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del Swiss Cottage, en cambio, mandaba a todas horas, la fragancia del te de hierbas del alma. La casa del filósofo mantenía el calor de miles de libros leídos y de una brasa, en la chimenea, que se resistía a morir del todo. Laura se instaló en aquella casita de planta y piso, con un minúsculo jardín detrás, que se había ido convirtiendo en el depósito de herramientas, muebles antiguos, sin valor t cachivaches de todo tipo que Richard Clemence no sabía donde colocarlos. Cuando alguna cosa le estorbaba, la dejaba a la intemperie y allá se quedaba, al sol y serena, sin que pensase nunca más. Desde que el profesor se había divorciado de la Rose Mary – adiós, Ricky, aquí te quedas – nadie había vuelto a ordenar la casa, ni el jardín, ni había pensado, ni un solo día, que se tenía que quitar el polvo a las servilletas. Aprovecho el abandono de su mujer como una experiencia vital y, sin permitirse una pizca de autocompasión que le habría quitado rigor científico, no hacía nada más que reflexionar. Todo el santo día. Cada día de la semana. Con la chaqueta deformada y una taza de te como único consuelo, escribía y reescribía sin parar en el ordenador del despachito del primer piso. Durante meses ni tan solo pensó que tuviese necesidad de cortar el césped. Laura, con el empuje del amor, convencida de que la felicidad y la higiene a menudo van del brazo, se puso a ello, De entrada, había que ventilas el mal olor de la casa. Después, poco a poco, con ella ya instalada en la habitación de

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NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

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