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quince años más que ella, los tenía, seguro. Algún día le diría alguna cosa. Aunque fuese un good morning juguetón. O ni eso. Un good morning educado y basta, de pasada, como a los ciclistas cuando les tiran la bolsita de la comida sin pararse. En Green Park, con el primer sol, nadie caminaba poco a poco. Definitivamente – pensó – el slow walk del profesor Clemence no había triunfado en Londres. El joven encorbatado que llegaba tarde a la City casi ni tocaba los pies en el suelo, de tan rápido como iba. Pero no había mañana que no hablase de futbol por teléfono móvil. Cuando no criticaba a su entrenador, se burlaba de los centrales del West Ham y, sino, maldecía la vida sexual del árbitro. Todos iban siempre mal follados, árbitros y Liniers. A las ocho o’clock, el dependiente de los helados Carpigiani abría la persiana de la furgoneta, como si tuviese prisa para que llegase la primavera y, santa inocencia, dos días de buen tiempo seguido. Richard Clemence, profesor de filosofía de la Universidad de Kent, en Canterbury, tenía razón en lo que decía en sus conferencias, cuando veía a algún asistente mirar su reloj. - No hay nada más puntual que el tiempo. Podemos atrasar la hora del reloj, pero el tiempo, ajeno a todo y a todos, siempre avanza. Igual. Al mismo ritmo. Las manillas de los relojes de Laura Altimira y del profesor Clemence habían coincidido, por primera vez, en una jornadas en el Centro de Cultura Contemporánea, en la zona

Profile for Guillermo de Castro

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.