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Buckingham, buscando el atajo hacia Victoria Station. El estudio musical de la productora de Eric estaba a pocas manzanas, en no se qué Gardens. En su línea recta para seguir el camino más corto, Laura tenía que esquivar el partido de cricket de cada día. Unos jóvenes indios o pakistaníes o de donde fuesen – en un año en Londres todavía no había aprendido a distinguirlos por la cara -, habían hecho un montón de bolsas en el suelo y, ajenos al mundo, empalaban la bola y gritaban y corrían entre los árboles. Quien pasase una sola mañana pensaría que era un juego improvisado. Los caminantes habituales, en cambio, sabían que aquello era una competición con todos los detalles. “Por las mañanas, rutinas”, tenía razón Richard Clemence. Todos vamos, más o menos, con los gestos cronometrados. La dama de la bicicleta y el sombrero, por ejemplo. Árbol arriba, árbol abajo, prácticamente siempre en el mismo sitio y sin dejar de pedalear con suavidad, la dama de la bicicleta adelantaba a Laura. De un día para otro, solo variaba el modelo de sombrero, ya fuese un tocado de Nefertiti o una media pamela o un borsalino de mujer, que se ponía ladeado. Pero nunca cambiaba la elegancia de una señora de facciones finas. El hombre de la pipa, que se daba impulso con la puntera del paraguas para hacer los pasos más largos, se lo cruzaba, metro aquí metro allá, siempre en el mismo cruce. Le echaba unos cincuenta. Era un señor ceniciento, de mirada simpática que, con sol o con lluvia, canturreaba siempre entre dientes. Unos

Profile for Guillermo de Castro

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

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