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- Una cosa… - Kim se resistía a dejar su maleta sobre el colchón - ¿Te importa que me quede este, que está más cerca de la puerta? -¿Es que tienes miedo? -No – se rieron – Es la costumbre. En la habitación de al lado – la 29 era la única que tenía un balcón que daba atrás, con lejanísimas vistas al Monte Toro – se habían instalado Xenia y Laura. Habían tenido suerte. Podían salir a fumar un cigarrillo, de una en una. Habían pactado que, dentro, no fumarían y, fuera, no cabían las dos. Ni de lado. En aquel momento, poco pensaba Xenia que, bien pronto, se pasaría largas horas, plantada de pie en aquel balconcillo de nada. En el medio día de su llegada a Menorca, hubo quien quiso ir a la playa. Bajar a pie desde S’Hortolá hasta la playa de Son Bou era una larga excursión, que se les hacía más pesada a la ida, a la hora del sol, que de vuelta. Andar por la orilla de la carretera, con tantos coches y el asfalto que rebufaba, no era nada agradable y más de uno se decidió a levantar el dedo porque alguno de ellos les cogiese en autoestop. La palabra, a todos aquellos estudiantes de traducción, les hizo gracia. Autoestop. La encontraban larga, rudimentaria, pasada de moda. Muy gráfica, eso sí. Pero anticuada. ¿Y autoestop lo hace el viandante que va a pie o lo hace el conductor que se para? Y tanto que pasa, entre autoestima y autoestopista. ¿Tu que sabes, rata sabia? Discutieron también, sobre si

Profile for Guillermo de Castro

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

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