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NOSOTROS DOS Xavier Bosch Traducció lliure d’en Guillem de Castro

Las ataduras invisibles No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis. Supongo que no…Aún veo por aquí abajo, que tengo abrazos y besos pendientes. Ya sabéis que soy poco dado a demostrar emociones, yo, y aún menos de expresarlas públicamente, pero creo que hoy, aquí, no tengo más remedio que mojarme y decir unas palabras. De manera que espero que se me note, que estoy muy contento, mucho, pero quiero confesaros al mismo tiempo que estoy un poco desbordado. ¿Se oye bien? De entrada, bienvenidos todos a vuestra casa, gracias por hacerme compañía y gracias a Miriam, por haber incumplido, una vez más, un acuerdo que teníamos. Siempre le había dicho que tenía prohibidas las fiestas sorpresa, que bajo ningún concepto, podía preparar ninguna, que pobre de ella que… Primer por qué, tal vez por mi trabajo, ya me conocéis, me gusta tenerlo todo controlado. Y segundo porque no podría soportar que mucha gente a la que quiero y que conozco, que sois todos


vosotros, me hayáis enredado los últimos días, cuando nos veíamos o hablábamos por teléfono., hacíais como si nada, y no me decíais que nos veríamos todos hoy en el Rafaeli. Nadie ha hablado más de la cuenta, nadie se ha metido de patas en el cubo, de modo que os he de decir, con todo mi cariño: una cosa, sois, todos, un atajo de cabrones. No quería fiestas sorpresa precisamente por eso, porque ahora me siento como un gaznápiro. Bueno, Miriam, supongo que, ahora que ya no me tienes que aguantar a todas horas, has pensado que esta sería una buena venganza…Montarme en mi casa, en el hotel, un cojón de fiesta sorpresa trayéndome aquí tutti quanti, a gente que no veía desde…uf. A ti y a Elsa, que seguro que tuvo la idea de todo esto, os debo una, y gorda, que lo sepáis. También supongo que para liaros en todo esto han tenido mucho que ver aquellos dos tunantes de allá al lado de los altavoces, Jana, que es la que graba con el móvil y Víctor, que para quien no lo haya reconocido con tanta greña, continúa siendo mi hijo. Os quiero mas que nada, ja lo sabéis, pero esto de hoy os lo tendré en cuenta. Bien, ya sabéis que no soy de hacer discursos y todavía menos sino tengo nada preparado… Una mañana, en la radio, oí a un productor de televisión que le felicitaban por su aniversario, que también debía cumplir cincuenta, porque dijo que si a los cincuenta te despiertas y no te duele nada, es señal de que estás muerto. Buena noticia, por lo tanto.


Estoy vivo. ¿Y a mí que me duele? Las rodillas. El tenis no perdona, y los miércoles, al día siguiente del partido sagrado de los martes, voy todo el día arriba y abajo en el ascensor, porque no puedo ni bajar dos escalones. Y eso que jugamos dobles y que mis tres compañeros, que también han venido, son, todavía, un poco mayores que yo. ¿Qué más me duele? A ver… Lo mismo da, tampoco vamos a hacer un inventario, aquí, pero la vista cansada es una cosa que nos llega a todos y para mirar el número del pasaporte por el check-in ya hace unos años que no los veo. Los que hacíais tiempo que no poníais los pies, ya veis que hemos hecho reformas en el hotel. Ahora, por ejemplo, ya no hay llaves, ni tan solo tarjetas para abrir las puertas. Acercando el móvil, con el código, ya es suficiente. Invertir para crecer, como dice el padre, que es quien aún nos enseña como tiene que funcionar este negocio. Cuanta más mar, más vela, ¿verdad, padre, que es una de las máximas de cabecera? Ya le veis, el más elegante de la ciudad. ¿Si o no? Con el, y con Elsa, decidimos que era el momento de pintar la cara al Rafaeli tanto por fuera como por dentro y darle este aire más…Más newyorker, mas de Tribeca, que espero que os haya gustado. Me parece que el abuelo, que hace más de setenta años tuvo la idea de realizar todo esto, hoy creería que fue una decisión acertada. Tenía mérito apostar, en aquel momento, acabada la guerra, por construir un hotel en el Paseo de Gracia antes de que fuese el Paseo de Gracia, antes de que


esta calle se convirtiese en nuestra Quinta Avenida, en los Campos Elíseos de Barcelona. No nos podemos quejar. Para los que hemos nacido en este edificio, que me trajeron de la Clínica del Pilar de la calle Balmes, directamente hasta aquí, y hemos vivido media vida en la planta sexta del Rafaeli, es un motivo de orgullo ver todo lo que ha ido viniendo después. El cambio de nombre, las estrellas, las guías, el reconocimiento y, sobre todo, las reservas de los clientes rusos, que, de un año para otro, nos aseguran una total ocupación. Sin la Perestroika no se que habríamos hecho ni donde estaríamos en este 2016. En este momento de celebración, no puedo dejar de tener un recuerdo para Alex y Roger, que añoramos, que encontramos a faltar y, pasados los años, todavía maldecimos por tanta desgracia. Cuando estoy arriba, en el despacho, el que era su despacho, donde Alex y Roger se sentaban cara a cara y ahora nos sentamos Elsa y yo, no hay día que no tenga un recuerdo para ellos dos, que habrían gestionado el hotel mejor que lo hacemos nosotros. Ellos si que sabían y habían nacido para este negocio vocacional, sacrificado y donde hay más ciencia que lo que la gente se cree. Creo que también hablo en nombre de Elsa si digo que nosotros solo intentamos estar a la altura de nuestros hermanos. Hoy por hoy, tenemos noventa y siete habitaciones, con quince suites y tres apartamentos con piscina propia. Debajo, en la zona de aguas, una piscina cubierta que es una réplica de


la de Mies van der Rohe en el The Langham de Chicago. Todo esto sin perder la tradición ni nuestros referentes. La biblioteca, como todos sabéis, continúa siendo un rincón muy querido por todos los de la casa. A pesar de la crisis, en los dos últimos años las ratios de ocupación han sido las mejores del hotel y esto nos sitúa entre… Y ya dejo de hablar del hotel, porque veo la cara de Miriam queriéndome decir “Esto, hoy, no toca”. Y, seguramente, ella que siempre sabe lo que se tiene que decir y lo que toca hacer, tiene razón una vez más. De manera que no me enrollo. Pasadlo bien. Supongo que aunque no lo haya organizado yo habrá comida y barra libre para todos. La insonorización de esta sala es perfecta y, si no lo es, lo comprobaremos esta noche y mañana ya nos quejaremos al arquitecto y nos ahorraremos de pagar las facturas de los paletas. De manera que, de nuevo, muchas gracias a todos, especialmente a los que habéis venido de fuera y que supongo que ya deben haber procurado para que tengáis una habitación como Dios manda. Y todavía mas agradecido a una persona, que ya la veo desde aquí arriba, y justamente acaba de entrar, que me parece que por suerte se ha perdido mi discurso y que me hace mucha ilusión verla porque es de aquellas personas que todos tenemos, o deberíamos tener, porque dan sentido a la vida. La amistad debe de ser eso: las ataduras invisibles con alguien que hace quince años que no has visto y es como si nos hubiésemos


hablado antesdeayer. Bebed, comed, reid, bailad, criticad a quien queráis y dejadme bajar para que le vaya a dar el abrazo que nos debemos y nos merecemos. Y un beso de ida y vuelta. 1983

LOS FELICES VEINTE I Tres sinónimos por segundo De repente. Del modo como le gustaba hacer las cosas, le sorprendió. - Dibújame un cerdo. - Sorry? - Aquí, un cerdo, como tu quieras. - ¿No era “¿Dibújame un cordero?” - Mierda… El papel que había plantificado delante de Kim se había manchado de cerveza. - Pásame uno – Laura lo hacía todo. Hablaba y mandaba – Otro. Kim, con el bolígrafo en una mano y el Fortuna en los labios, le acercó el dispensador de servilletas de papel. Ella cogió dos más, secó la mesa y, sin miramientos ni manías, los arrugó y los dejó caer sobre las baldosas grises. El bar de la facultad, si una cosa tenía, eran papeles por el suelo. Y colillas


apagadas. Y humo en el aire. Y ruido en el ambiente. Y la alegría que planeaba por los cuatro costados. Laura arrancó otra hoja de la libreta de apuntes de alemán y la puso sobre la mesa, en las narices de Kim. - Dibújame un cerdo, va…- Lo decía con los ojos juguetones de sus diez y ocho años. - ¿Pero, esto que es? - No seas un tieso de la vida, Ráfales. – Hablaba fuerte, con tono de entrenadora. Le sacudió por la espalda – Es un juego y ya está. Kim, con pocas ganas, se puso a dibujar sin pensárselo mucho. Tenía mucha traza con el lápiz pero no le apetecía dibujar un cerdo. No lo hacía desde pequeño y… Si le hubiese pedido un coche o un barco, todavía. ¿Pero un cerdo? Esbozó un cerdo con dos garabatos y una cola ridículamente retorcida. En la mesa de al lado, unos estudiantes de último curso de carrera celebraban alguna cosa. Por la cantidad de latas que empezaban a amontonarse, quizás no se acordaban ni de que. En los bares de las universidades siempre hay motivos para brindar. Aunque solo sea por la vida que se les abre por delante. Ni que fuese por el futuro que te espera, todavía, con todos los colores de la ilusión. - ¿Y ahora qué? – Kim plantificó el cerdito delante de ella, que no pudo aguantarse la risa – Si te burlas, no juego.


Laura cogió la servilleta y escrutó el dibujo con la atención del médico delante de unos análisis de sangre. Kim Ráfales temía el veredicto. - Eres un tío realista. Lo has dibujado en medio del… Ni arriba ni abajo. Centrado. - ¿Qué más? – El juego ya le había atrapado. Solo nos hace falta un elogio, para querer más. - Has dibujado un cerdo que mira hacia la derecha. - ¿Y? - En teoría querría decir que eres una persona activa, un innovador, ¿si? - Psé. - Que no tienes un gran sentido de la familia y que no das demasiada importancia a las fechas importantes. - ¿Qué son las fechas importantes? – dijo, al sentirse atrapado. Laura, que se acababa de atravesar el moño con un lapiz, iba a la suya. - El cerdo está de perfil. Si nos mirase a nosotros, querría decir que eres, como te lo diría… Que te gusta debatir. Un poco el abogado del diablo. - ¿A mi? Ni una cosa ni la otra. - ¿Qué no te gusta discutir ni debatir? No poco… - Que no, tía, osti… - ¿Ves como si? Levantaron los ojos del papel, al instante, se miraron y se rieron. A Laura le pareció que Kim le miraba la peca que tenía sobre el labio, la misma peca de la imperfección de su madre.


- Eso si, lo has dibujado con cuatro patas. Muy bien. - Solo faltaría… ¿Alguien dibuja un cerdo con tres patas? - Quiere decir que eres obstinado y que te aferras a los ideales. - ¿Yo? – sorprendido por tanta revelación de sus garabatos. - La cola, no te la pierdas. – Dio un sorbo de cerveza y se volvió a reír – Indica la calidad de las relaciones sexuales. - ¿Y que más? Venga, va… - Cuanto más larga, mejor. - Eso no vale. He hecho la cola así, retorcida, como la que tienen los cerdos, ahora no me vengas con… - Empezaba a estar harto, del psicoanálisis de bolsillo – Si la estiras toda, no te digo nada. Laura se abstuvo de hacer ningún comentario. Tuvo bastante con señalarle la cola con el dedo. De la cola pasó a las orejas. - Muy bien, Ráfales, la medida de las orejas indica que sabes escuchar a los demás. En cambio, un dibujo tan austero significa que eres metódico y… -Laura se lo quiso pensar. - ¿Y? Dime. ¿Qué más? ¿Que caray había visto su compañera de clase en la analítica para que, de repente, alargase aquel silencio?


-Según el cerdo veo que eres, déjame decírtelo, emocionalmente ingenuo y una persona dispuesta a a arriesgarse. ¿Pero que le estaba diciendo? ¿Por qué había hecho aquella pausa? En clase les habían hablado del valor de los silencios intencionados. ¿Por qué había querido, tanto si si como si no, hacer aquel juego aparentemente infantil? ¿Para llegar a donde? Se preguntaba Kim Ráfales. ¿Para decirme que soy emocionalmente ingenuo y que he de arriesgarme más? ¿Y restregármelo después de hablarme de mis dotes sexuales? ¿Qué está haciendo, Laura? ¿Me está insinuando que me lance? ¿Me está diciendo que no me corte? ¿Me está pidiendo un morreo? ¿Me lo está pidiendo, quizá? Ya en otro día, poco antes del puente de Todos los Santos, mientras almorzábamos al sol en el césped del campus de Bellaterra, con Marcos, Buixeda y Xenia, llegó Laura con el espíritu de cada mañana. Se había estirado a su lado, y como quien no quiere la cosa, se había sacado el anillo de la granada. “Hoy he soñado contigo”. Así, cataplam. Delante de todos,. Sin vergüenza. Con la despreocupación de la juventud. Una bomba para que explotase en el solecillo de la tarde. Cuando una compañera de clase, en primero de carrera, en el trozo de jardín que le corresponde en la facultas de traducción e interpretación, te viene, se te sienta a tu lado y te dice “hoy he soñado contigo”, ¿Qué tienes que pensar? Y ahora viene y, a solas, en el bar, me


sacude me llama emocionalmente ingenuo y que me arriesgue…O quizá no. Al final, tal vez la ingenua era ella y el sueño y el cerdo y los riesgos que le pedía eran tan solo para decirle alguna cosa, para divertirse un rato y pasa que ya te he visto. - ¿Me podrás dejar los apuntes de Orovio? – Kim había decidido cambiar de tema, como si nada le afectase – Ayer no pude venir. Laura cogió la carpeta, y antes de sacar los apuntes de lingüística computacional ya había guardado el cerdo de Ráfales. El ni siquiera se había dado cuenta que le cogían el dibujo como prenda de vete a saber qué, nublado que estaba por la escena. Le había llamado ingenuo, que aún sonaba peor, y el no se tenía, ni de lejos, por una persona que fuese con el lirio en la mano. Pensó en un sinónimo rápidamente: cándido. Otro, inocente. Otro, tímido. Quizás este no iba del todo bien con el significado exacto, pero tiró directo. En clase, a veces les ponían este ejercicio, decir tres sinónimos en menos de un segundo, Y después, traducirlos al francés, al inglés, al italiano o a las lenguas en que cada uno se especializase. Con escarbar, se había pillado los dedos. Tenía la sensación que los compañeros le miraban, que el profesor se esperaba de pie delante de la pizarra, y que se agotaban los segundos, uno tras otro, como una condena, y el era incapaz de decir, desgastar, gratar, rascar…No tenía ni idea de que quería decir escarbar, ni tan solo creía que hubiese oído nunca aquella palabra, y le dio rabia que Laura – tranquila,


perfecta – levantase la mano y recitase, como si nada, toda la procesión de sinónimos en todas las lenguas que dominaba. Aquel día, Joaquín Ráfales Angerri – Kim según firmaba las cartas y los exámenes – el tercero de cuatro hermanos, el joven que se había matriculado en traducción e interpretación porque su padre le había dicho “como mínimo aprende idiomas, que siempre te irá bien para el hotel”, se dio cuenta que la universidad es el preámbulo de la vida, done todos van a la suya, incluso los amigos. Ya ni se acordaba de aquellas palabras con las que se había sentido traicionado por Laura. Era una escena dormida en la memoria, pero, a raíz del puto cerdo del bar de la facultad, le había vuelto a la memoria como un latigazo. Emocionalmente ingenuo, era, de todas todas, una ofensa. La madre de Laura insistía para que se quitase la peca de encima del labio.. La tenía clavada en el mismo lugar. Descentrada, hacia la comisura derecha. Era oscura, como si se la hubiesen marcado con la punta de un rotulador grueso. Le decía que si quería, bajaba de Bañolas, y la acompañaba al médico de estética de Barcelona que la había recomendado. Y, en voz más baja, para que el padre no la oyese desde su butaca, le murmuraba que incluso le pagaría la visita. Y, si era necesario, la pequeña intervención, porque se había estado informando y le habían asegurado que no llegaba ni a operación.


- Mira, madre, el trauma con tu peca no me lo quieras traspasar a mi. Yo no tengo ningún problema. - Pero hace feo… - No es verdad. - Y tu, tan guapa, tan rubia, con esos pómulos y esos ojos verdes que te tendrías que comder el mundo, es una lástima que tengas la misma peca que yo… - Ay, madre. Soy tu hija. Que quieres que haga, es la genética. A mi ya me está bien…Somos rellenitas, tenemos una peca, no pasa nada… - Pero… - Cuando me canse ya me la maquillaré, como tu. - Hueles a tabaco – le olisqueó la ropa sin darse cuenta, con el gesto de cada semana. - ¿Verdad que no es mala? - Eso te lo tendría que decir un dermatólogo… - Me gusta tenerla, me gusta parecerme a ti. Es la peca de la imperfección. Desde aquella noche de septiembre, en casa de los Altimira, me llamaron siempre así. La noche de los jueves salían. Laura iba de tronco con las compañeras, llegaba ya de madrugada a su piso de estudiantes – un puño de la calle Montseny – dormía un par de horas, se preparaba un café y, desde la parada de Gracia, se iba hacia Bellaterra, con el llenísimo tren de la Autónoma. Después de tres horas de clase y alguna cabezada mal disimulada, acababa la semana. La ropa de Laura


olía a tabaco, “Sí, y qué”, como casi cada viernes. Comía en dos minutos, hacia la bolsa, y cogía el autocar de línea y volvía a casa para pasar el fin de semana con sus padres. - Ayer salí, sí, ¿algún problema? – De repente se sacó la camiseta y la echó en el cesto de la ropa sucia, con el resto de las bragas, camisetas y calcetines de basket que había echado en la bolsa – Ya la bajaré yo a la lavadora. Tú no hagas nada. Laura no quería oír, nunca más, el reproche que le había hecho su padre. Era uno de los primeros viernes de curso, había llegado a casa con la ilusión de dar un beso a sus padres y explicarles lo libre que se sentía de vivir en Barcelona y que bueno que era el profesor de Literatura inglesa, y sin que viniese a cuento, el padre se había enfadado a medio cenar y le había dicho, en su tono seco de contable de tienda de muebles, que si se pensaba que su madre era una criada, no hacía falta que volviese. Le lanzó, de mala gaita, que que era eso de volver a Banyoles con la ropa sucia de toda la semana, de la Universidad y de los entrenamientos, y llevársela, el lunes por la mañana, toda limpia y planchada a Barcelona. Y, encima, unos canalones y judía tierna y unos libritos rebozados para que solo tuviese que freírlos y unos tupers con chanfaina, que Laura se chupaba los dedos. La madre había bajado la vista, acariciaba al Dickens – ajeno al baile de bastones – y prefería no decir nada de nada. Pintaban bastos. Sabía que si se


ponía del lado de uno o del otro, le caería un golpe de levante o de poniente. Claudia optó por callar y dejó que Laura se rebotase con su padre y que no se hablasen hasta el día siguiente. Aquel viernes de principio de curso, todos se fueron a dormir como el Dickens con las orejas gachas. 2 Los pasos cortos de la ilusión - Apaga la radio, Alex, que a padre no le gusta que trabajemos con… - Pero si hoy no va a venir, los martes tiene junta del gremio. - Está en el ascensor… - Roger señaló la pantalla del despacho desde donde controlaban las nueve cámaras de seguridad del hotel. Roger, que acababa de estrenar los veintidós, se pasaba las tardes mirando, en directo, lo que pasaba en cada rincón del Rafaeli. Su padre le había encargado que se ocupase de la seguridad de todo el edificio, que contratase al vigilante de recepción – tres turnos de ocho horas – y que mirase cual era el mejor circuito cerrado de televisión para poder controlar todo desde el despacho de dirección del quinto piso. No le importaba invertir en seguridad. El Rafaeli, ahora que Barcelona se había situado en el mapa gracias a los mundiales de futbol con Italia, Argentina y Brasil, jugando en Sarriá, no se podía permitir coger mala fama. El Periódico había


publicado que, en el último mes, habían robado el billetero a tres turistas mientras daban el pasaporte en recepción y llenaban la obligada ficha de registro de su céntrico hotel. Alex, molesto por la corbata y por la noticia, dio el diario a su padre sin tenerlas todas consigo. -Mejor un carterista, un ladrón de turistas distraídos, que un ladrón de habitaciones. De estos, toquemos madera, nunca hemos tenido ninguno. – El padre dio un golpe con el diario sobre la mesa – Y si nunca ha faltado algo de alguna habitación, hemos mirado quien había hecho la habitación y se ha acabado por aclarar todo. Roger, que era el segundo de los hermanos Ráfales, se lo tomó en serio. Mientras el fuese el responsable de la seguridad, el Rafaeli no volvería a salir en los papeles. Al menos, por una mala noticia. Se ocupó personalmente, que colocasen una cámara sobre la puerta giratoria de la entrada principal, en el paseo de Gracia. Otra sobre el mostrador art déco de recepción. Una tercera en conserjería para vigilar el movimiento y, sobretodo, la consigna de las maletas. Una cuarta cámara que enfocaba los tres ascensores en una sola imagen, Y ya en cada planta, colaron un objetivo de gran angular que perdía la mirada hacia el punto de fuga del pasillo. En principio, no había ningún ángulo muerto. Todas las habitaciones, mas próximas o más lejanas, quedaban cubiertas. El padre mandó que las cámaras no estuviesen escondidas, que no fuesen pequeñas, que se viesen


que estaban, porque la experiencia le decía que era la única manera de disuadir a los manguis. Roger intentó que cambiase de opinión. - En un hotel de cuatro estrellas superior, con voluntad de llegar hasta la máxima categoría, tal vez sería mejor optar por una observación más discreta. - ¿Qué quieres decir? - Que con nuestro vestíbulo, con tanta madera clara y plateada, sería más conveniente, y más moderno, tener un sistema de contra vigilancia como los que hemos visto en Londres o en los Estados Unidos. ¿Recordáis aquel hotel de Park Avenue? Un hombre que rondaba por la entrada, como quien no quiere la cosa, vestido de negro, elegante. Aquí podríamos hacer lo mismo, que pudiese pasar por un cliente distinguido que espera una visita. Un fisonomista que… - No. El padre no estuvo por la labor. El vigilante debía ir vestido de guardia de seguridad, con todos los detalles. No era negociable. Quería una porra y una pistola al cinto, bien visibles. - Que parezca un policía con mala hostia, que se le pasen las ganas de meter la mano en el bolsillo de nadie, que disuada. ¿Me habéis entendido? El Paco Ráfales tenía las ideas claras. Había aprendido el oficio de su padre, el abuelo Francisco, el fundador del Hotel Ráfales. Años después, con una visión comercial insólita a mediados del siglo


pasado, había cambiado el nombre del establecimiento. Nadie había dudado en la familia, que la italianización había sido un acierto. Rafaeli les había dado glamour y marca.. Parecían de una cadena extranjera en medio del paseo de Gracia. Y más aún si alguno iba a Roma y encontraba que, a cinco minutos del taxi del Coliseo, había otro hotel Rafaeli, el del tío Vicente. El abuelo Francisco, consciente de que los abogados se ganan la vida con las disputas de las empresas familiares y porque, entonces, nunca se había fiado de las togas, había llegado a una decisión que le parecía justa. No necesitó ningún consejo profesional para decidir que, bajo el paraguas de una empresa patrimonial de la familia Ráfales, habría un hotel para cada hijo. Estaba convencido que, ni a la corta ni a la larga, aquel reparto no le traería problemas ni malas caras. Había dejado el hotel de Barcelona al hijo mayor, Paco, y el de Roma – que no llegaba a las cincuenta habitaciones – a su segundo hijo, Vicente, casado la zia Mina, una romana se armas tomar, también había puesto a los otros dos hijos a triscar en el hotel. Rómulo y Remo. Así les llamaban sus primos de Barcelona porque les habían explicado que, de pequeños, los primitos italianos se pasaban el día colgados de las tetas de la zia Mina. Hasta los tres años, cada vez que tenían gana, todavía mamaban leche materna, a discreción. El abuelo Francisco, cuando murió – visto y no visto – de un ataque de apoplejía, se fue a la suite mas oscura convencido


que había hecho un testamento perfecto. Creía que ni tan solo los recién llegados de la segunda o tercera generación podría estropear un plan tan bien urdido. Todos los negocios dependían de una misma empresa patrimonial, mitad de acciones para Paco y la otra mitad para Vicente. Uno gestionaría Barcelona, el otro Roma, y aquí paz y después gloria. Y sin malas caras por parte de ninguno. Así lo dejó escrito, con caligrafía trémula, ante el notario Masoliver que, con corbata oscura y voz grave para la ocasión, lo transmitió delante de los hijos. Santa inocencia. El abuelo Francisco estaría orgulloso de saber que sus cinco nietos, de un modo u otro, ya trabajaban en los hoteles. La niña, todavía no. Elsa era demasiado pequeña y, cuando algún sábado tenía el premio de ir a recoger a su padre al Rafaeli, le dejaban delante de la 218, se pararon y se aseguraron que correspondía a la llave que habían cogido de recepción. - No lleva ningún juego de toallas. - Hostia. - ¿No se lo explicaste? - ¿Yo? – dijo Alex, sorprendido. - ¿La 218 no es la de la ópera? - ¿La cantante? No, la Laborde quiere la esquina, la 16. - Asegúrate que en la 18 no tiene que entrar nadie. Si la pillan allí, padre me cuelga de los huevos.


- ¿Y si hacemos que…? – Roger era así. Aunque no se lo propusiera, siempre tenía pensada alguna. - No seas animal. Alex volvió asentarse delante del ordenador. - ¿Seguro que han entrado en la 218? – con tres teclas ya tuvo bastante. – Hoy tienen que entrar unos suecos, pero hasta las dos la habitación está bloqueada. El secreto mejor guardado de los hermanos Ráfales tenía, a parte del silencio cómplice, una estructura logística. Sabían que los clientes tenían que dejar la habitación antes de las doce. Sabían también, que a la una el servicio de limpieza de cada planta ya había dejado listas unas cuantas habitaciones con la rutina que les tenían cronometrada. Habían cambiado sábanas y toallas, habían vaciado la basura, habían limpiado el lavabo, habían pasado la aspiradora de aquella manera y se había asegurado – el señor Ráfales tenía mucha manía – que ninguno hubiese vaciado las botellitas de ginebra del minibar y las hubiese rellenado con agua del grifo. De una a dos, sino se distraían, todavía les tenía que sobrar tiempo. L truco era no deshacer nunca la cama y dejarlo todo tal y como lo habían encontrado. Pero en aquella ocasión, en la primera excursión de Kim, con la emoción del riesgo, con el miedo de la fechoría, se había olvidado de coger las toallas de recambio. El pacto que hizo después, cuando sus hermanos le felicitaron y le dieron la bienvenida al


club del secreto, era que lo pensaría para siempre. No se las volvería a dejar. -Una cosa… ¿Las imágenes quedan gravadas? – les preguntó Kim., al sentirse atrapado. -Claro… - ¿Y padre…? - Tranquilo – Roger se envaneció de su cargo – mientras yo sea el responsable de seguridad, las imágenes solo las veré yo. Padre ya tiene suficiente trabajo. - Una cosa, Kim. La niña todavía no lo debe saber. - No. Y tanto que no. Elsa llegó más tarde. Cuando Paco y María ya no pensaban, apareció una vida inesperada. De pronto, una nueva ilusión en la familia. Y más aún si era la niña que María siempre había querido y que Alex, Roger y Kim le reclamaban. Pero el azar – los óvulos siempre tan caprichosos – le habían negado esa posibilidad hasta que se pensaron que ya habían dicho buenas noches. El otoño de 1983, cuando Kim empezaba la carrera, Elsa justamente celebraba los trece años de edad con un hilillo de sangre que le mancho los zapatos. Ella siempre había sido el juguete de los tres hermanos mayores. El juguete que, de repente, ya se volvía y contestaba y ya no se dejaba pellizcar las mejillas cuando los tres grandullones la buscaban y la querían hacer girar como si aún fuese una peonza. La mimaban y la querían y la hacían reír siempre. Y más desde que faltó la madre y Elsa se convirtió en la única mujer,


entre cuatro hombres, que vivía en el sexto piso, arriba del todo del Rafaeli. 3 El día que conocí a Dickens Frankenstein fue el culpable que Laura y Kim, al cabo de tres semanas de curso, se dirigiesen la palabra por primera vez. Los dos estaban matriculados en literatura inglesa – asignatura troncal – con el Francis Barata. Cada uno por su lado había conseguido unas vagas referencias. Kim sabía que había sido profesos de literatura en la Universidad de Dallas durante muchos años, y así que la habían invitado a dar un seminario en la Autónoma y había descubierto los bosques del Vallés, había decidido quedarse a vivir en Bellaterra, en una de las casas modernas – viviendas con premio – del arquitecto Sert, que la universidad guardaba para los profesores. A Laura le había llegado, de manera descabezada e incorrecta, de aquella manera que llegan los rumores, que el Francis Barata tenía fama de excéntrico, de gritón, de homosexual y de un poco loco. Los dos, al cabo de quince días de clase, ya habían certificado que todos los bulos que corrían sobre el podían ser ciertos. Detrás de aquel tejano de bigote retorcido de tanto afinarlo con dos dedos, primero con una mano y después con la otra, había un profesor que te


enseñaba a leer las novelas de un modo insólito. Exigía a los alumnos, fuesen del curso que fuesen, que leyesen siempre en voz alta, que pensasen en la respiración y que, a cada personaje, le diesen una entonación diferente. No permitía que dos personajes, un Campesino y un abogado, hablasen igual. No concebía que una librera de Notting Hill y un taxista de Stirling, hablasen la misma manera. Cada palabra debía tener su perfume. Cada personaje tenía que tener su timbre, más grave o más agudo. Cada estudiante tenía que buscar la voz de cada protagonista dentro del libro. Y los alumnos, si se querían ganar la vida haciendo traducciones simultáneas por todo el mundo, tenían que encontrarla. La tercera semana de curso, Francis Barata les encargó un trabajo de grupo. Por parejas. Cada grupo escogería un libro diferente, uno de los títulos que el había escrito en la pizarra con letra de médico. Wuthering heights, Emily Brontë, 1847. A room of one’s own, Virginia Woolf, 1929. Frankenstein, Mary Shelley, 1818. - Perdone – le interrumpió Marcos desde la última fila – ¿todas son novelas escritas por mujeres? - ¿Y? – Francis Barata se volvió, retador, ofendido por la pregunta. - Por qué? - Porque no hay color. Porque entre una gran novela de un autor y una gran novela de una


autora siempre hay millones de detalles, de momentos, de textos entre líneas, que demuestran lo que ya sabíamos y, por vergüenza, no nos atrevíamos a decir en voz alta: que las mujeres nos dan mil vueltas, chicos. Aclarada la inquietud de Marcos, el profesor americano se volvió de cara a la pizarra dando la espalda a los alumnos. Fue entonces el primer miércoles de octubre de 1983, cuando Francis Barata cogió un yeso con cada mano. Sin girarse y con un rápido movimiento, tiró los dos yesos por encima de su espalda, hacia el aula, como quien tira una moneda en la Fontana de Trevi. -¿Quién los ha cogido? -Yo. – Laura, que había alcanzado el yeso en el aire, levantó el brazo. -Yo. . Kim había cogido el segundo del suelo, sin intuir de qué iría aquel juego. Muy bien. Vosotros dos formáis el primer grupo. Habéis estado de suerte. De todos estor libros – Francis Barata picó en la pizarra con la mano plana – debéis elegir uno para hacer el trabajo. Laura miró a Kim, que no le sonaba de nada. Le pareció que era la primera vez que veía aquella cara en clase. Y en la vida. Kim se volvió hacia la compañera, que le miraba y que todavía no sabía como se llamaba. Que pereza tener que hacer un trabajo de curso con esta tía que no conozco de nada. -¿Qué? – Francis Barata ya había cogido dos yesos más – Que es para hoy, chicos.


-¡Ah! ¿Lo hemos de elegir ahora? - No nos pasaremos la mañana. Cuento hasta cinco o elijo por vosotros. No, no, no… espere – saltó Laura, y miró al compañero desconocido - ¿Qué hacemos? -Frankenstein. -Kim lo decidió unilateralmente, por los dos. Eligió el único título que le sonaba de las tres que el profesor había propuesto en la pizarra. En aquel momento no tenía ni la más remota idea que acababa de escoger la primera novela de ciencia ficción. Todavía no sabía que el nombre de Frankenstein no hacía referencia al monstruo sino al científico que lo había creado. Tampoco tenia ni idea, que el monstruo del libro, con los ojos brillantes y una cabellera revuelta, no se parecía en nada al icono que el cine había puesto de moda y que, después hemos dibujado docenas de veces. Y todavía menos se olía que aquella historia del científico Víctor Frankenstein, un hombre que de tan afectado estaba por la muerte de su madre experimentó sobre la manera de volver a la vida a los seres fallecidos, le tocase tan de cerca. No hacía ni dos años el adiós de la suya, de madre (María Angerri y Cambra, 19321981) y las heridas de su ausencia aún estaban demasiado abiertas en la familia Ráfales. Tal vez porque Elsa, la pequeña, la que más estaba con la madre, no sufriese tanto, quizá porque todos estaban hechos de la misma pasta, los tres chicos mayores y el padre disimularon la derrota y continuaron


haciendo su vida, como si nada. Como si…unos cojones. A la salida de clase, Laura esperó al Frankenstein en la puerta. -Ey, parece que tendremos que trabajar juntos. Hola, me llamo Laura. -Esto nos lo pelamos en dos tardes - un poco desabrido. No se dieron la mano, ni se dieron ningún beso. A ninguno se le ocurrió. Eran compañeros de facultad y los formalismos eras poco universitarios. -¿Tu te llamas?, perdona… Kim. Kim Ráfales. Si quieres nos leemos el libro y después quedamos. -¿Tú lo tienes? -¿El qué? -El Frankenstein en inglés. -¿Yo? – Abrió los brazos como si le hubiesen silbado un orsay que no era. -No lo se, tío, como te has lanzado a decir el título así… Kim no entendió que le estaban pidiendo una disculpa. Estaba acostumbrado a ir a la suya. -¿Vas para abajo? – dijo Kim. -Tengo clase aquí al lado. No bajo, no. -Pásame el teléfono y te llamo. ¿Eres de Barcelona? - No hace falta… _Tenía que marcar distancias – Ya nos veremos por aquí, ¿no?


-¿Qué pasa, que no tienes teléfono? -Trobut que eres un poco borde… -¿Trobut? -Vivo en un piso de estudiantes, con tres más de fuera, y no estamos nunca… -¿Pero tenéis teléfono o no? -¿A ti que te parece? -Ah, claro, ¡los padres han de controlar que todo vaya bien por can fanga, no? -Venga, tira para abajo, tío, que aún llegarás tarde a clase. Kim la ofreció un cigarrillo, en son de paz. Laura lo rechazó, se volvió y maldijo a Francis Barata y el yeso de las narices que había cogido al vuelo. -Ey, trobut, de donde eres, que no me lo has dicho? - Ni te lo pienso decir. La primera semana de enero, Kim aparcaba su coche en la plaza porticada de Banyoles. Cerró el Ford Escort que compartía con Roger y, cargado de apuntes y con el libro de Mary Shelley bajo el brazo, buscó la calle de las Escribanías. Laura le había explicado, con tres garabatos, que estaba allí mismo, al lado de la muralla. Un hombre que parecía estar plantado en medio de la calle, un san Pablo, barrigón y calvo, le indicó el camino. -¿Escribanías? Usted debe de ir, por lo que me dice a casa de los Altimira. -Si, señor.


-Si busca a la nena, la he visto no hace mucho hacia allá, que iba botando la pelota. -¿Laura? -Es la estrella del básquet. -¿Laura? -Todavía no debe estar… ¿Mientras tanto, quiere que le acompañe a ver al negro? - No hace falta, gracias. - ¿No ha estado nunca en el museo Darder? Tenemos un negro disecado. No me importa acompañarlo. Es un guerrero bosquimano. -De verdad que no es necesario, voy a casa de… -Como veo que lleva el Frankenstein, he pensado que tal vez le interesarías estas cosas. Era tan grande que imponía. Parecía que le quisiese cortar el paso – El negro, da lo mismo. Hay un feto de animal, un asno de dos cabezas… ¿No ha visto nunca un negro? ¿Antes había estado en Banyoles, supongo? Lo digo porque la nena todavía no debe estar en casa. Es igual. -Si lo prefiere podemos ir a ver la arqueta de San Martiriano. -Muy amable, señor. Pero – para concluir – me esperan en casa para hacer un trabajo y… -Vilardell, para servirle. El hombre más amable de Banyoles se rindió cuando vio que delante tenía a un joven decidido, de piedra picada, y le indicó los cuarenta pasos que le faltaban para llegar a la casa de tres plantas, de piedra, de los Altimira.


Laura había vuelto de los entrenamientos, se había duchado, se había secado el pelo, y esperaba a Kim con el agua en los fogones, para prepararse un te.. Había cogido frío. La madre, que se había arreglado porque venía un compañero de clase de Barcelona, había puesto unas berenjenas a escalibar. Cuando sonó el timbre, Dickens ladró y corrió hacia la puerta. - Puntual, ya te lo dije… - Ey, pasa. No se dieron dos besos. Tampoco se dieron la mano. Ninguno de los dos lo encontró a faltar. - No te hará nada… - Laura apartó al perro con la pierna para que no olisquease el borde de los pantalones del tejano gris de Kim - ¿Lo has encontrado bien? -Si, sí…He dejado el coche en la… -Te presento a mi madre. -¿Tu eres Kim? -Mucho gusto, señora. -Claudia, por favor – Con la voz alterada – No me llames señora. La madre no entendía por qué, después de todo un trimestre, Laura todavía no le había hablado de aquel compañero tan bien plantado. Kim tenía unos ojos expresivos, de color miel, y una mata de cabello negro, revuelto, con grandes ondulaciones, de las que no saben para donde ir. Ella no soportaba el rizo pequeño, muy retorcido, que en la cabeza de los hombres siempre lo había encontrado ridículo.


Antes, pelado al uno, como su marido. A Claudia, que después de Laura habrían querido tener un niño – le gustaban los chicos con las espaldas anchas, como los remeros que veía cuando se bañaba en el lago, o que, ya vestidos, con camisetas estrechas, se encontraban por el pueblo dando una vuelta después de los entrenamientos. De una ojeada tuvo suficiente para darse cuenta que bajo la chaqueta de hilo de casa bien, con capucha y cincuenta cremalleras, había un joven nada enclenque, un proyecto de hombre a quien no le sobraba nada. ¿Era verdad que su hija no se había fijado? Demasiado básquet en la cabeza. A todas horas la pelota, mecachis, no a quien ha salido… - Enséñale el jardín, mujer…- le dijo a su hija para detener los pensamientos que la habían dejado parada. - ¿Quieres un te? – Laura apagó el fogón. Dickens pasó por delante. - ¿Tienes coca cola? - La casa era húmeda. La piedra antigua, gruesa, concentraba los recuerdos y el frío. O tal vez era el cielo gótico de aquel sábado que no dejaba que el sol se colase por el jardín. Ninguno de los Altimira habían dicho nunca jardín. Más bien era un patio con huerto que llegaba hasta la muralla. Un trozo de historia dentro de casa, al cual, de tanto verlo, ya no le daban valor. Alguien se había dejado la vida, hcia el siglo XIII, colocando allá, roca sobre roca para que


resistiese los años y los vientos y las fiebres constructoras. Pasados los siglos, para la familia de Laura no era más que un límite de la casa, una pared que – a primera hora – les daba sombra al patio. En el patio no había demasiado orden. El césped crecía, tanto como las malas hierbas, de una forma irregular. Aquí dos tiestos con troncos de geranios sin flor, allá una torreta descantillada con plantas aromáticas que Claudia usaba para cocinar. Tan solo el rosa evaporado de las hortensias daba color a un espacio asilvestrado, ideal para Dickens. Tan pronto iba como volvía. De repente, con sus mudos pasos, te lo encontrabas encima. - La hamaca debe de ser para las siestas. - ¡Que va! Me había pasado horas con las amigas, o leyendo o… Pero diría que la siesta no la he hecho nunca. La hamaca estaba atada por un extremo a un palo que no parecía ser de fiar, y del otro, al tronco de una higuera que, de tan antigua se enfilaba hasta media muralla. La madre, con los centenares de higos que el árbol regalaba cada años, hacía una confitura que todos se chupaban los dedos. No había visita que fuese a la casa de los Altimira que no se fuese con un bote de mermelada de higos de cuello de dama. -¿Tu eres de Barcelona? – Claudia les había preparado el te y la Coca-Cola en una bandeja, para que pudiesen llevárselo arriba.


-Vive en un hotel – respondió Laura. - Mujer, dicho así, no es del todo cierto…Vivo encima de un hotel. Es un hotel de la familia y todos vivimos en el piso que tenemos encima. Ya vivían los abuelos. -¿Sabes el hotel Rafaeli, mama, del Paseo de Gracia? -Ni idea. -Sí, mujer, que hace esquina con… -Hace tanto tiempo que no bajamos a Barcelona… - Miró a Kim para disculparse. Rebestia consagrada, que guapo que era – Mi marido va tan cansado que solo le faltaría que le dijese que hemos de ir a tal sitio, para que me mandase al cuerno… Un día le dije podíamos bajar a darle una sorpresa a Laura, a ver como se han arreglado el piso, y me dijo ¿pero no va a subir este viernes? Kim puso su sonrisa de hotelero. De compromiso. -¿Ni se os ocurra presentaros sin avisar, me oyes, mama? – Cogió la bandeja y empezó a subir las escaleras – Venga, recoge tu Frankenstein. Estuvieron cuatro horas en la habitación de Laura, hasta que les llamaron para comer. El lunes, que sería el primer día de clase del segundo trimestre, tenían que entregar el trabajo a Francis Barata sin falta. Estuvieron de acuerdo que habían perdido tres meses y que habían tardado demasiado en encontrarse para poner las conclusiones en común. Pero no comieron, y a sorbos de te o de Coca-Cola


empezaron a redactar el trabajo. “Víctor Frankenstein o jugar a ser Dios”. Les pareció un buen título, llamativo Lo sugirió Kim y lo pactaron en un dos por tres. Tampoco hizo falta un armisticio para negociar que Laura se podría al teclado porque escribía mejor y más rápido, y todavía más en inglés. Se distrajeron poco. Trabajaron duro. No aprovecharon para intimar ni para escrutar el póster de Magic Johnson que Laura había colgado, con chinchetas, en las puertas de los armarios. A ella solo la sorprendió descubrir que era un año más joven que Kim. El, en la escuela, había repetido algún BUP que no precisó y había llegado un años más tarde a la Universidad. O, como decía el burlándose, había llegado con más experiencia. ¿El motivo? ¿Por qué repetiste curso? Esto, Laura, ya te lo explicaré otro día. No perdamos el tiempo. Kim la había cortado sin manías. Concluyeron que Frankenstein era la evidencia más clara de que los monstruos son humanos, que la ciencia topa con la conciencia y que los miedos – la suma perfecta entre el suspense y el misterio – no paralizan una sociedad sino que, al contrario, la hacen avanzar. Sacaron el último folio de la máquina electrónica, pusieron las veintiséis páginas del trabajo dentro de un dossier y quedaron en que Kim los cosería en el hotel, que tenían una perforadora para preparar los informes de las convenciones. Por lo bajo, esperaban un notable.


Laura – demasiado rato encerrados en casa – decidió que irían hasta el lago en bicicleta. -Coge la mía que irás más alto. -¿Y tu? -Llevaré la de mi madre. Laura se puso la pelliza que colgaba al lado de la puerta y se enroscó la bufanda azul de la buena suerte hasta taparle la nariz. De camino al estanque, pedaleaban sin preocupaciones, con el frío de enero en la cara. El sol, demasiado pronto por la tarde, empezaba a batirse en retirada. Kim miraba a un lado y al otro, con prosa por llegar al estanque. Laura conducía con una sola mano en el manillar. Dickens, contento, contento, trotaba con la lengua fuera. -¿Vienes mucho por aquí? -¿En bici? Cada día que puedo. Desde hace…puf. – Al cabo de poco – No recuerdo ni los años que hace que doy vueltas al estanque. -¿Con el novio? -¿Qué dices? – le empujó por la espalda, con suficiente tacto para no desequilibrarlo. -¿Por qué no vienes en moto? No necesitarías pedalear. -¿Perdón? – Segunda pregunta extrañ en muy poco rato – Los urbanitas como sois. ¿Tu no vas nunca en bici? -¿Por Barcelona? ¿Estás loca? Mi padre siempre dice que se tendría que hacer un carril especial, como tienen en las grandes ciudades, poner


bicicletas de alquiler con paraditas en la calle… Es un iluminado del culo. ¿Cómo subes tú a Bellaterra? -¿A la facultad? En tren, ¿Cómo quieres que vaya? -Yo subo en moto cada día, por la Arrabassada. Llego con la adrenalina a tope. -Que no te tengan que coger algún día… -Mira – Kim le enseñó la cicatriz. Era la antigua señal de cinco o seis puntos que dibujaban una araña sobre su brazo izquierdo. -¿Esto te lo has hecho este curso? -¡No, que va! Laura señaló la casita blanca, plantada dentro del estanque a través de una pasarela. -Daremos la vuelta y pararemos allí. -Esto hace la tira que lo tengo. Los Reyes, un año, me trajeron una Cota 49. Yo debía tener ocho o nueve y salí dándole gas a la moto nueva en la casa de Llafranc, que tiene el camino lleno de grava, y me dí un morrón de narices. De todas las casetas a flor de agua, La Carpa de Oro era la pesquera que más le agradaba a Laura. No tanto por las formas arábigas que siempre le habían parecido extrañas en aquel paraje, ni por las almenas, que le conferían un aire de castillo en construcción infantil, sino porque era la que quedaba más resguardada. La leyenda decía – los lagos siempre viven de mil y una fábulas – que aquella caseta pertenecía a un cónsul ruso. Laura, desde que iba, de pequeña con sus abuelos, nunca había visto ninguno. Dejaron las bicicletas reclinadas en el suelo


y, de un salto, saltaron la barandilla. Después ayudaron a Dickens a que entrase con ellos en la pesquera. Hacía olor a hierba mojada. -No es un nombre para una perra… -Es un perro, tío, por favor. -Dickens, eh? Why? -Por mi padre. Ahora hace cinco años que lo encontramos abandonado, en la otra punta del lado, cerca de Porqueras. -¿A tu padre? -A Dickens, tonto – se desabrochó la pelliza – Nos dio tanta pena que lo subimos en el coche y nos lo llevamos a casa. Siempre recordaré el día que conocí a Dickens. Parece el título de una novela. Siempre recordaré el día que conocí a Dickens. Estaba sucio como una mala cosa, no parecía que tuviese este pelo tan rubio, y nos miraba con unos ojitos… ¿Cómo de agradecimiento, sabes? Y cuando estuvimos en el jardín de casa y le hubimos lavado, mi padre, que es un enfermo de Dickens, que lo sabe todo de el hombre, que nos lo ha explicado mil veces que el recordatorio que repartieron en su entierro ponía que era el amigo de los oprimidos, de los pobres, y de los que padecen y no se que y no se cuantos, saltó y dijo le podíamos llamar Dickens. -¿Tan mal estaba? -Peor. -Hablo del perro, no de tu padre. Se rieron los dos. -¿A que se dedica? Tu padre, quiero decir.


-Trabaja en una fábrica de muebles. Tal vez la hayas visto subiendo, a mano derecha, antes de entrar en Banyoles, Una tienda muy grande. Can Constans. ¿Te has fijado? -No. -Es igual. Mi padre es el contable, de toda la vida. - El los números, tú las letras. Para llevar la contraria. -Exacto. Si en el hotel alguna vez necesitáis unas cajoneras, sillas, mesillas de noche… -Se lo diré a mi hermano Alex. Es el mayor, se encarga de todas esas cosas. Dickens había subido a un laúd, que estaba varado en la pesquera. Laura con el culo frío, se levantó del suelo y entró en la barquita de postal, sin vela ni remos, sin nombre y sin historia. -Ven. Estaremos mejor. - ¿No saldrá el cónsul ruso? – Kim se levantó de un salto y se fue a sentar al lado de Laura. -¿Te gustan las barcas? Ella no supo que decir. Aquella, sí. El laúd del ruso, nada, que era abierto. Pero cada vez que subía al velero de su padre, y mira que había ido veces, notaba aquel cierto olor. La mezcla del motor, el gasoil, el agua, la pintura, las puertas de la cabina, lo que fuese. No había vez que subiese a La Fornarina Que no se marease como una sopa. Prefería no pensarlo. La tenía siempre en la nariz, aquella mierda, y le entraban náuseas solo de recordarlo.


-En el hotel, cada año tenemos un cliente, un hombre que no se por que feria viene, pero que se dedica a oler olores por todo el mundo. Una vez entramos en la habitación de Mister Paton cuando no estaba y, con mis hermanos, estuvimos mirando y revolviendo la maleta llena de tubitos que lleva con muestras de no se qué. Había trabajado para Guerlain, que dicen que los mejores perfumistas. ¿Tú te pones? -¿Perfume? No, nunca – ofendida – ¿por quien me has tomado? Tu te crees que puedo ir a entrenar un equipo de chicos de tres y catorce años perfumada como una mofeta? -Un día me gustaría ver como los entrenas… -Ven cuando quieras – Laura se percató que, por primera vez, Kim Ráfales Angerri mostraba un interés por alguna cosa que no fuese el mismo. -¿Trece años tienen tus chicos? - Es la mejor edad. Son tan espontáneos. -Ya te los regalo. El lago, con el último sol, era una balsa de aceite. Un espejo azulado, en calma, que reflejaba todos los tostados del día, que tendían a esconderse tras el verde de las montañas. Poco a poco, la noche apagaba el camino de Mieres, las Estunas, el pico de Rocacorba, o el bosque de esculturas exóticas del Xicu Cabanys. Quizás a Kim le habría gustado ver aquellas pollas gigantescas de Can Ginabreda. Pero se había oscurecido y, sin claridad, la temperatura en la pesquera del ruso bajaba a toda velocidad. Laura


notaba que se le estaban cortando los labios. Kim hacía rato que, como quien no quiere la cosa, se había enroscado la bufanda azul que Laura se había sacado para volverse a cerrar la cremallera de la pelliza. Pero ni el uno ni la otra tenían ninguna prisa. Allá donde se oscurecía el agua, por el reflejo de la última claridad, les parecía ver gotas de mercurio. -¿Tú por qué te apuntaste a la carrera? -¿De verdad que te interesa? -Claro – Quizá no demasiado. Laura lo había dicho por decir. -Dispara tu, venga. ¿Yo? – De repente le tocaba mojarse primero – yo me apunte por chuchotage. Me encanta el chu-chotage. Laura lo pronunciaba con boquita de piñón, sensual, burlesca. No sabía que era la timidez. Kim, con una mueca, le dio a entender que no sabía de que cojones le estaba hablando. Pero por su orgullo, se estuvo de preguntarlo. -Desde segundo de BUP que lo tenía claro. Me encantan los idiomas, inglés, francés, italiano, tengo facilidad y sabes porqué me matriculé? Pensé que haciendo interpretación, por fuerza tienes que conocer a mucha gente interesante y aprendes muchas cosas, seguro. También pensé que me gustaría ser periodista. Me encantaría dar voz a los que no la tienen. Con la interpretación es un poco igual. El lunes hablas de filosofía, el martes de política, el jueves de genética, otro día eres el


intérprete de Antony Minghella, que le hacen una entrevista en la radio cuando estrena una película. Cada día es distinto. Laura lo decía delante del agua, con la mirada perdida en la nada, como lo hacen los soñadores. O los ambiciosos, que nunca ven el horizonte. -Sal de aquí – Kim no soportaba que Dickens le oliese. -¿Y tu por qué te matriculaste? Kim no había superado la prueba de ingreso en Esade. Ni de lejos. Tampoco había tenido suficiente nota para entrar en económicas. No quería hacer Derecho – vaya palo – y el padre, que estaba un poco harto de firmar unas notas escolares que le hacían caer la cara de vergüenza, cogió a Kim por su cuenta, en el despacho, y sin dejarle sentarse, le dijo hazlo como quieras pero algo has de estudiar. Aunque solo sea idiomas, que siempre te servirán para el hotel. - Pero una vez me matriculé en traducción e interpretación tampoco le gustó lo que descubrió. Es una carrera de mujeres, me dijo. Y los pocos hombres que hay son maricones. Y los que no lo son, se vuelven. Y aquí estoy – picó con la mano plana sobre sus muslos – haciéndome pajas mentales sobre Frankenstein. - Después de un buen rato de silencio, Laura se atrevió a hacerle la pregunta, mirándole a los ojos. - ¿Eres homosexual?


- ¿Quieres que te lo demuestre? El pensamiento llegó al cerebro de Kim como un latigazo. Pero con un inusual sentido de la prudencia, prefirió no decirlo. Por una vez supo frenar a tiempo el Ráfales que llevaba dentro. Pero, por primera vez miró a Laura con otros ojos. Ya no era una compañera de clase desconocida. Decidió que era el momento de huir por un atajo. - ¿Este lago no tiene ningún monstruo? 4 Puccini no falla nunca Lo tenían todo a punto para su llegada. Como cada noche d función, Paco Ráfales en persona había pensado en cada uno de los detalles. Lo preparaba todo con un punto de emoción que sobrepasaba la profesionalidad. Lo tenía todo calculado, como le gustaba decir, hasta la cojonésima. Sabía a que hora se bajaría el telón, intuía cuanto tardaría en colgar el disfraz de Tosca, el rato que destinaría en saludar a todos los pelagatos del camerino e, incluso, calculaba cuantos autógrafos firmaría a los aficionados entusiastas que la esperarían a la salida lateral de la calle San Pablo, la puerta de servicio del Liceo. Y que por muchos años pudiese hacer dedicatorias a los aficionados, ahora que su voz estaba en el mejor momento de su carrera. Para liquidarlo con más rapidez la famosa soprano ya


tenía a punto para repartir unas postales de una foto suya – en blanco y negro, ufana, escotada y enjoyada – hecha durante el primer acto de La Traviata en el Covent Garden. Una vez en el coche, el Mercedes llevaría a Diana Laborde en un dos por tres hasta delante mismo del Hotel Rafaeli. Bajaría por la Rambla hacia la estatua de Colón, que le habían dicho que señalaba hacia America, daría la vuelta al monumento y subiría por el otro lado de la calle. A las tantas de la madrugada, con las paradas de flores y de animales con las persianas bajadas, en la Rambla planeaba la tristeza. Desde la Plaza de Cataluña Hasta el paseo de Gracia llegaría en menos de un do de pecho. Un conserje del hotel le abrió la puerta del coche. Otro, cortado por el mismo patrón, le hizo girar la puerta principal. Paco Ráfales, de pie detrás de un ramo de flores, se pasó la mano por la mata de cabello color ceniza. Esperaba a la diva sobre la alfombra persa como se espera a un jefe de Estado extranjero al pie del avión. Con la cabeza alta y la sonrisa nerviosa. - Un honor para el Rafaeli recibir a nuestra prima donna favorita. - Signor Ráfales, usted siempre tan atento. – Cogió el ramo y lo olió como si notase alguna cosa. - ¿Ha sonado bien esta noche Puccini? - Puccini nunca falla, caro amico - Espero que el pintor Cavaradossi haya estado a la altura de la señora…


- Magnífico es poco. Josep Carreras, que voz… levantó una ceja, teatral- Me lo llevaría a casa. - Me dicen, qué éxito, que todo Barcelona está llena de su “Vissi d’arte” de esta noche… - Va. Exagerati…Diana Davidova, convertida en Diana Laborde después de casarse con un pianista de Chicago, mezclaba el italiano, con el español y el inglés. Y todo con un acento del Este que al amo del Rafaeli le parecía, con perdón, erótico. - ¿Como es aquello… - Paco Ráfales, acalorado por el momento, se atrevió a canturrear a media voz – “He dado mi canto a las estrellas”? Entonaba, pero no pretendía llegar. El punto justo para no hacer el ridículo. Un poco más y…Sabía que Diana, a cambio del ramo y de los honores, les dedicaría unas notas. Ya era una costumbre. - E diedi il canto agli astri, al ciel, che ne ridean più belli. Nell’ ora del dolore – y se dejó ir – perché, perché Signore! - Brava! Paco Ráfales fue el primero en aplaudir. A la una tocada de la madrugada, en el vestíbulo del Rafaeli solo quedaban los dos conserjes, el vigilante en pie, una recepcionista de noche con muchos bostezos por delante y dos de los hijos Ráfales que formaban, mudados, por instrucciones del padre. Mas allá, una pareja de franceses que ya habían cogido la llave y que esperaban el ascensor porque ya no se veían con fuerzas para subir hasta el


primer piso. Ellos también se giraron y, con la flojera del vino, aplaudieron entre risas aquella actuación improvisada. Roger y Kim lo miraban todo desde el mostrador de recepción. -¿Tú crees que padre se la pela pensando en la Castafiore? -Hostia, tío, no seas guarro… -¿Qué?¿Es que te crees que padre no se la pela? - Mira no me lo quiero ni imaginar… - Un viudo, ¿Qué va a hacer? -Ay, Roger, hostia, va… El signor Ráfales se acercó a la soprano búlgara y, con los dos dedos de respeto, la cogió del codo. - ¿Le apetece una copa de champagne, en el bar? – Tenia un plan B – ¿O quizá en mi despacho? No se rendía nunca. Hacía años que recibía a Diana Laborde en la puerta del hotel después de cada función y siempre le ofrecía un último brindis, de cortesía, que nunca fue aceptado. - La cena está a punto, signor? – preguntó con afectación, como si estuviese sobre un escenario. - Si, tiene todo lo que ha pedido en su habitación. - Pues prefiero ir subiendo… Roger ganó la apuesta: Sabía que su padre volvería a recibir calabazas. Y también sabía que las encajaría sin que se le notase el rictus, digno. El Rafaeli no era el mejor hotel de la ciudad, pero la diva estaba a gusto. Era el primer hotel que el Liceo le había ofrecido cuando aún aparecía en


medio del cartel como Diana Davidova y el Gran Teatro la había contratado para un papel de segunda fila en una Lucia de Lammermoor. El viejo Ráfales, el fundador del hotel, un melómano que todavía conservaba discos de piedra, la había tratado con delicadeza desde el primer día. Y ella, que todavía tenía pocos caprichos y escasas manías, se encontraba cómoda. Como en casa, que es la mejor manera de sentirse en un hotel. Y más aún si la agenda te obliga a dormir trescientas noches al año lejos de tu cama. Entre los ensayos y las cinco funciones de cada ópera, cada vez que Diana Laborde entraba en el Rafaeli, cargada de maletas, no se instalaba por menos de tres semanas. Aquel año tocaba Tosca y, hacia el final de la temporada, volvería para cantar una Manón en el año del centenario del estreno de Massenet. Llegada a la segunda planta, el conserje le abrió la puerta de la 216 y le encendió la luz, sin esperar propina. Paco Ráfales tenía expresamente prohibido a maleteros, conserjes y a todo el personal, bajo pena de cortarles los huevos con una cizalla, que dentro de la habitación hiciesen aquella parada insinuadora a los clientes vip del Rafaeli. Diana Laborde, cerca de las dos de la madrugada, solo deseaba una cosa: cerrar la puerta y sacarse los zapatos. El mejor momento del día. Por la mañana, con la corbata roja de los miércoles, Paco Ráfales ya había hecho su ronda de control


planta por planta para asegurarse que todo estaba el orden – más o menos – antes de sentarse en su despacho, a las ocho y media en punto, con un zumo de naranja colado, un huevo pasado por agua y una tostada con confitura sorpresa. Le gustaba empezar el día con una mesa limpia de papeles. La mesa era la joya de un despacho de la quinta planta que ocupaba el espacio de dos habitaciones. Se había enamorado en un viaje y se la había hecho traer del fin del mundo. Al final, un ojo de la cara. Era un mueble colonial, de madera de la India, con vetas de dos colores oscurecidos por los años y con alguna grieta que la hacía imperfecta. Era una pieza gruesa que se aguantaba sobre cuatro patas macizas, imposible de mover. A la hora de pasar la aspiradora, ni cuatro mujeres de la limpieza podían moverla ni para un lado ni para otro. ¡A la una, a las dos y a las tres! Ni así. Como pesaba la mala puta… Encima solo había puesto la foto de María que sus cuatro hijos le hicieron revelar y enmarcar la primera Navidad sin su madre. Sabían que su padre era un hombre práctico, de mirar más hacia delante que hacia atrás. Por eso le pidieron, expresamente, que la tuviese sobre la mesa del despacho. Paco Ráfales se lo puso fácil. Les dijo que y tanto que si, que ya podían contar con ello, que en que lugar mejor podía estar. En ningún sitio se pasaba más horas y María, guapa como estaba en aquella foto del crucero por el Egeo, le acompañaría desde una mesa que de golpe se había convertido en un altar.


Antes de desayunar le dedicaba una mirada limpia y le daba los buenos días. Solo alguna mañana, muy de tanto en tanto, y siempre coincidiendo con alguna fecha familiar o con algún pequeño éxito del hotel que le habría gustado comentarle, Paco le ponía unos ojos tristes y añadía un como te añoro, María, al buenos días de siempre. Celebrado el ritual, se reponía para toda la jornada. El único despacho con dos balconadas sobre el paseo de Gracia era el de Paco Ráfales. El despacho de los chicos, puerta con puerta con el de su padre, en cambio no tenía luz. Ni muebles ingleses. Ni tampoco ninguna de las litografías de Dalí que, una sobre cada cabezal, habían puesto en las cincuenta mejores habitaciones del Rafaeli. Cincuenta Don Quijote y Sancho Panza, a lápiz, firmadas y numeradas del 71/125 al 120/125. En el despacho de Alex y Roger, que trabajaban con las mesas encaradas, había, eso sí, el póster sobre las diez claves del éxito según Aristóteles Onassis. Se lo había colgado el padre con toda la intención. Alex, un buen navegante, que desde pequeño tenía la manía del optimista, las barcas y la mar, se quedaba con el quinto punto del decálogo. “Mantente bronceado, aunque tengas que utilizar los rayos UVA, Para la mayoría de gente, el bronceado en invierno significa que has estado donde hay sol y, en este sentido, el sol es dinero” Para Roger, el mas tolondrón y el estudiante menos brillante, el consejo


más eficaz era el último de todos: “Si aspiras a conseguir el éxito, no malgastes tu tiempo leyendo las cosas que otros han hecho. Es mucho mejor vivir tu propia vida”. Cualquier excusa era buena para Roger para no abrir nunca un libro, ni por el amor de Dios. Solo faltaba que se l0 insinuase la gran fortuna del mundo, para cogerse a ella. Aunque nunca se lo dijeron, puestos a elegir, estaban de acuerdo que su padre, se quedaría con el octavo mandamiento. Onassis proclamaba que has de guardar tus problemas para ti mismo y hacer creer a la gente que en realidad te lo estás pasando de fábula. Era mucho Ráfales, aquel truco de supervivencia. Moy de hotelero. Todo es bonito, todo es perfecto, nunca pasa nada. Pero a veces pasan cosas y entonces dices, ah, es la vida y cuando te tienes que conformar con la derrota ya estás jodido. -Buenos días, chicos. Paco Ráfales entró en el despacho de los hijos, con la americana gris puesta y echándose los pantalones hacia arriba, con el tic de los delgados que necesitan ponerse bien la cintura y las perneras cuando se levantan y la ropa parece que quiere bajarse. Alex y Roger se levantaron para dar un beso al padre. Esto no lo perdonaban. -He visto, en la tercera, dos bandejas de desayuno vacías en el suelo. Pregunta si esperan que vengan las ratas… - Me lo apunto – Se había vuelto a sentar en una silla sin brazos. Si trabajas en un hotel no te puedes


arrellanar en una butaca, había dicho siempre el abuelo. - No soporto ver los cuchillos sucios y la mantequilla en medio de aquello de las habitaciones de los otros. Y el pasillo hace olor a comida… En la segunda, ¿cuantas veces he de decir que la aspiradora no la pasen hasta más tarde? Si despertamos a Diana Laborde tendremos un problema… Y diles también, a las de la limpieza de la segunda, que el carro no se deja en medio del pasillo. Después desaparecen toallas y champús y nadie sabe nada. - Ahora llamaré para que se lo digan. -No. Tú en persona se lo dirás. -Claro, claro…- No tenían miedo al padre, pero les infundía respeto. -¿Has preparado las tarifas para el años que viene? - Antes de comer las tendrás en tu despacho. Ahora estaba acabando el gráfico. Señaló el dibujo a dos colores – He aplicado los incrementos que me dijiste. Subimos la alta y la mediana y mantenemos la temporada baja. - Lo quiero ver. - Y tanto. Claro que si. -Y tu – dirigiéndose a Roger ¿ya has tenido la Idea? -¿La de la fiesta? Era el único encargo que Paco Ráfales le había hecho a Roger y no había pensado más. Decidió improvisar y cruzar los dedos a ver si colaba…


Sí, y tanto… ¿Quieres que te lo dejemos sobre la mesa, con las tarifas? - No, chato, me gustaría saber que has pensado. Roger buscó a su hermano con la mirada. Alex le contestó, de la misma manera, que ya te apañarás. -Pues…He pensado… - se aclaró la garganta – que ya que--- Hacer una fiesta de disfraces diferente. -¿De disfraces? ¿Qué quiere decir diferente? - Qué como Barcelona está con esa ilusión de presentarse para ser ciudad olímpica, que quiere ser… ¿Cómo se llama? - Ciudad candidata – Alex le echó una mano. -Pues como que Barcelona quiere ser candidata a los juegos Olímpicos, podríamos montar una fiesta donde todos fuesen vestidos de una ciudad que ya haya tenido unos juegos, en el año de los Juegos… -¿Por ejemplo? - El padre no lo veía claro. - París 1924. Hombres con sombrero plano. Una estética muy concreta – Ni Roger sabía que había interiorizado el listado de las Olimpiadas. Le había ido saliendo solo – O Los Ángeles el 32 o el Berlín del36… - ¿No meteremos a lo mejorcito de Barcelona en nuestro hotel disfrazados de nazis? - Tal vez no sea el mejor ejemplo… - ¿Y tu que dices? – preguntó pidiendo la opinión del heredero. -Que no es mala idea. Es original…Y este verano los Juegos vuelven a ser en Los Ángeles; no es mala idea, padre. – Alex se animaba mientras hablaba – Y


es verdad lo que dice Roger, que en Barcelona se respira una cierta ilusión por eso de la candidatura. El alcalde se lo ha cogido con ganas. -¿Maragall? Este ha de venir a la fiesta, ¿eh? Que el año pasado se escaqueó. - Si hacemos la coña olímpica y le damos propaganda, este año no se podrá escapar. - A Pascual ya le llamo yo – Puso una mano sobre el hombro de Roger – Chato, todo esto es trabajo, ¿oyes? Todo esto es mucho trabajo. La fiesta no se monta en tres semanas. Tienes seis meses, pero ha de salir de primera, ¿oyes? Recuerda que no es una fiesta para los clientes del hotel sino para cerrar la temporada de la terraza de verano, y quiero a toda Barcelona y que salgamos en los periódicos. Y si veo un solo soldado nazi te cortaré los huevos… Con una cizalla – Alex y Roger contestaron a una, riéndose de la expresión habitual de su padre. Paco Ráfales también se rió. Los hijos le habían desarmado A los cincuenta y uno, viudo y con alguna arruga que se había visto al lado de los ojos, tan solo los hijos conseguían dejarle fuera de combate. Tenían bastante con una broma, con media frase o con una ocurrencia a la hora de cenar, para que el padre no pudiese reprimir el orgullo por sus cuatro gaznápiros. Alex y Roger empezaban a volar solos. Se percataba que Kim, era el que más se parecía a el, le gustaba ir a la suya y que le molestasen poco. Y menos ahora, que estaba descubriendo de que iba el mundo. Y Elsa, la


pequeña, el juguete; le encantaba hacerle cosquillas clavándole la barbilla en la espalda o que le pidiese, sentándose sobre sus piernas, que la ayudase con una raíz cuadrada. El miércoles por la tarde le gustaba oírla, de lejos, como empezaba a rascar el cello de Ariadna, la profesora particular que llegaba al Rafaeli, arrastrando el instrumento. Si Elsa se aficionaba, ya le compraría un violonchelo más adelante. Todo estaba en su sitio. La bandeja del desayuno, el carro de la limpieza, la corbata del color que tocaba y la familia. A pesar de la ausencia de la madre, Paco Ráfales estaba convencido que eran bastante felices. 5 Algún día iré a Los Ángeles La escalera olía a gato. Cuando Kim subió, por primera vez, al piso de Laura, el curso ya cabalgaba hacia los exámenes finales. No hacía ni una semana, justo después de Sant Jordi, que todos los compañeros de carrera se habían puesto la manga corta y el buen humor de la primavera. Laura compartía un piso de estudiantes, en un tercero de una escalera oscura y sin ascensor en la calle Montseny. El vestíbulo con los buzones sin ningún nombre, los escalones y el rellano, todo olía a orines de gateen las baldosas frías. No era el primero que lo notaba y, por discreción, se lo quedaba para el.


- Lo siento – Se sacó las gafas de sol para disculparse – Aparcar me costado un cojón. - ¿Has venido en coche a Gracia? – cerró la puerta detrás de el – Hay que ser desgraciado…Pasa, va. Kim se sacó las llaves y el paquete de Fortuna, que le molestaban en los bolsillos. - ¿Se puede fumar? - ¿A ti que te parece? - ¿Cuántos días hacía que no vaciaban los ceniceros? No recordaba a quien le tocaba. Quizá a Txell. Aquella semana Laura era la encargada de los lavabos. El peor de los turnos. No soportaba sacar los pelos de la ducha de las otras. Y mira que se lo había dicho mil veces, que se cortasen el pelo o que cada una mirase de quitarlos después de… - ¿La has empezado a mirar? - ¿La peli? – Los dos sabían a que se refería y se rieron - ¡No! Te esperaba. No quería que te perdieses el principio. Es donde hay más diálogo… El piso tenía tres habitaciones, una cocina que se entraba de lado y un comedor donde, justo cabía un sofá gastado de dos plazas, un televisor y la mesa con cuatro sillas, todas cojas. En el fondo, una cortina escondía las vistas a un patio interior con poca vida. Como mínimo, entraba la claridad del resol. Al empezar el curso, las cuatro chicas habían pintado las paredes de blanco – en las votaciones a mano alzada el blanco se impuso por tres a uno al


garbanzo roto – y habían colgado cuatro estantes para que cada una tuviese un lugar, acotado y preciso, para poner sus cosas. Después de pintar y ensuciarse y partirse de risa encima de una escalera durante todo un fin de semana, las dos bombillas habían quedado a la vista y nunca nadie había pensado que aunque fuese una pantalla las habría dado menos sensación de interinidad. Las cuatro aprobaron – en este caso por unanimidad – que en el comedorcito no colgarían ningún cuadro ni fotos ni nada de nada. Quien quisiese un póster, en su habitación. Sira y Ana, las hermanas de Reus que dormían en literas, se habían colgado un Bruce Springsteen y un Indiana Jones que habían arrancado de la fachada de un cine, con cuidado de no romperlo. Txell, que en primero de ciencias de la información ya había decidido que quería ser presentadora de telenoticias, tenía una foto dedicada de Bernd Schuster y montajes de sus sobrinos por todas partes. De siete hermanos, sobrinos a patadas. Iban por los diez y seis y los que aún quedaban por llegar. Laura, en su celda, tenía un póster que a Kim le sonaba mucho. -¿Es el mismo de Banyoles? -No, tío…Este es el Abdul-Jabbar. -Ah, ¿y aquel? -Encuentro que te has fijado…El Magic Johnson haciendo una asistencia de las suyas, mirando hacia otro lado. Pero no vas desencaminado…Los dos son


de los Lakers. Algún día iré a Los Ángeles. ¿Sabes como se llama este lanzamiento? Señaló el Kareem. -¿Un gancho? -Un skyhook. Nadie los hace como Abdul-Jabbar. Bajan del cielo. Cogió la pelotita de básquet que tenía dentro de la papelera e imitó un tiro con una mano por encima de la cabeza. La metió dentro. -¡Olé! – Laura lo celebró con un enérgico gesto de puño y brazo, como si hubiese clavado una cesta desde media pista sobre la bocina en el último segundo de una gran final. Mucho básquet, pero tenía el caballete que lo usaba de mesa llena de apuntes, libros abiertos y bolígrafos destapados. En cuanto se dio cuenta, Laura recogió las dos tazas de te a medio beber y una claudia mordida en un platito y se lo llevó a la cocina. La habitación, a diferencia de la mesa, estaba pulida y ordenada. La cama estaba hecha. No tenía las simetrías perfectas del Rafaeli, claro está, pero a Kim le pareció que Laura se había preocupado bastante más que solamente una estirada de sábanas y pasa que te he visto. A los pies de la cama, que estaba arrinconada en el ángulo de dos paredes, tenía un combo. Una tele de palmo y medio con una cavidad, justo debajo, pera meter la película de video VHS. -¿Aquí? – Kim, sorprendido - ¿Estás segura? -¿Qué pasa?


- ¿No hay una tele en la sala? - No debes querer que nos pongamos a mirarla en el comedor y llegue una de las nenas y… -¡Hostia, Laura, mejor que nos encuentre en el sofá que en tu cama, ¿no? -Ey, ¿Qué pasa?, que solo es trabajo. – Puso la película y, con el mando a distancia, buscó el canal por donde se debía ver el video – Acostumbra a ser el cero, ¿Pero que habías pensado que follaríamos? Laura empujó a Kim, con las dos manos sobre el pecho, y le tiró sobre la manta. El, por una vez, se quedó sin respuesta. Para su suerte, enseguida empezó una película que no pasaría a la historia del cine. Pero quizá si a la de sus vidas. Resumiendo todo empezaba en una oficina triste con un halo de neblina. Un señor con aspecto de jefe comercial hablaba por el intercomunicador. Enseguida, entraba una chica con el nuevo catálogo de los alimentos de temporada. Estamos en una empresa de congelados. Guisantes, pescado, pizza, pasteles de cumpleaños. - El lenguaje es poco técnico. - Por ahora se entiende muy bien. A los alumnos que se matricularon con Manuel Aguado les pareció rarísimo que un día, al final de la clase, aquel profesor veterano les dijese que tenían que ver una película pornográfica en inglés e ir haciendo la traducción simultánea. De entrada, les pareció una broma. Pero no lo era. Era un ejercicio de universidad, un trabajo obligatorio que tenían que entregar en un casete antes de quince días. Cuando


se percataron que el encargo iba en serio todavía se alteró más el gallinero. Unos y otros gritaban como si ya lo estuvieran viendo. Una chica que no se lo acababa de creer recogió sus cosas con prisa y se marchó del aula, ofendida. Le faltaba incluso la respiración. A la mañana siguiente, a primera hora ya le había enviado una carta al decano de la facultad donde le ponía sobre la pista del caso, lamentaba la obscenidad – imperdonable – del ejercicio de la película erótica, se quejaba de la perversión del profesor y pedía, ipso facto, una sanción ejemplar. O, llegado el caso la expulsión de la universidad. A Manuel Aguado, a dos pasos de acogerse a la jubilación anticipada, aquellas cartas no le daban ni frío ni calor. Ya sabía, de cada año, que alguien del Opus Dei le montaría un sarao, que le amenazarían con un expediente y que, a fin de cuentas, todo acabaría en agua de borrajas. Formaba parte del juego de la provocación. Al fin y al cabo, ¿que tenía que hacer la gente, si el se ponía cachondo escuchando las simulaciones traducidas de sus alumnos? En casa, solo, Manuel se preparaba un whisky y ponía en marcha el casete. Después, avaluaba, corregía, puntuaba y tal día hizo un año. -¿Quieres que te abra mi nevera? -Congelador. Mejor congelador, ¿tal vez, no? -No me cortes que perderemos el hilo… Laura intentaba hacer las mismas muecas que la actriz – ¿Quieres que te abra … mi congelador?


-Oh, cariño, por lo que veo yo diría que es un microondas. -¿Qué es un micro-waves? – dejó de impostar la voz. -Sirve para… Hostia, que peli tan mala, Laura. ¿De donde la has sacado? -Era la única que tenían en inglés. Del videoclub. ¿Qué querías? Por cierto, por cierto… puso el video en pausa y dejó al comercial necesitado, con los dedos en la hebilla del cinturón – yo estaba como cortada y le he dicho al tío del videoclub que era para un trabajo ¿y sabes que me ha contestado? -... -Claro, claro. Claro, claro, me ha dicho el payo como queriendo decir ya se que tu… ¡Como si me conociese de algo! El play ayudó al comercial se despelotase delante suyo. En un dos por tres había presentado armas, con una polla de palmo y medio. La sorpresa, por más que intuida, les hizo sonreír. Miraban la película sin vergüenza. Uno al lado del otro, ni tan solo se incomodaban. Los dos estaban sentados sobre el colchón de Laura, con los pies en el suelo y los zapatos puestos. Tenían los ojos clavados en la pantalla del combo, como quien mira las campanadas de fin de Año, y ahora tú, ahora yo, intentaban como hacer la traducción cuando apretasen el rec en la grabadora Philips para el trabajo de Aguado y el ejercicio fuese de verdad.


Estaban bien juntos. Durante el curso se habían ido acercando. Día tras día. Sin darse cuenta, cada día se entendían mejor. Desayunar en el bar, sentarse juntos en clase, escuchar a los mismos profesores, dejarse copiar en los exámenes, reírse por las mismas cosas… Y, sobretodo, dejarse los apuntes cuando uno de los dos, por un entrenamiento de Laura o por un revolcón clandestino de Kim en una habitación libre del Rafaeli, habían hecho campana. Un mediodía lluvioso de febrero, Laura necesitaba fotocopiar un libro de historia del mundo jurídico y ya sabía que, por motivos éticos, en la copistería de la universidad no lo harían. Allí no cometían esa clase de delitos. Vendían maria y chocolate a escondidas, si convenía te daban un porro ya liado, pero libros, no fotocopiaban. Kim, que detectó la preocupación de Laura, se ofreció a llevarla en coche hasta cerca de los Cuatro Cantons, en San Cugat. Conocía un sitio donde hacían fotocopias de lo que fuese. Sin preguntas. Dejabas el libro, decías de aquí hasta aquí y un dependiente a la antigua, con bata azul de botones, se iba al fondo de la tienda y volvía, cinco minutos después, con el trabajo hecho, a media peseta cada copia. De Bellaterra a San Cugat estuvieron en un momento. Acostumbrada al tren arriba y abajo, o al autobús, que aún hacía más paradas y se tragaba todos los atascos. Laura encontró que ir en coche era un lijo. Y Kim, un chofer solícito.


- Ve. Te espero aquí… - Llegados al sitio, había puesto dos ruedas de su Ford Escort sobre la acera - ¿quieres paraguas? - No, no… ¿Es aquí, no? La había dejado diez metros más arriba de la copistería, en el único espacio, entre dos árboles, donde pensó que podía parar sin entorpecer la circulación. -Si no me saca ningún guardia, te espero aquí mismo. Laura ya había bajado del coche y, con el ruido de la puerta, no oyó las últimas palabras de Kim, que mató el tiempo en compañía de los 40 Principales. “Stay”, de Jackson Browne, fue la primera. Tres canciones más tarde y distraído con el dibujo de las gotas desacompasadas que bailaban sobre su parabrisas, vio por el retrovisor que Laura salía de la copistería. Bajaba los tres escalones corriendo por la lluvia, como si por correr nos tuviésemos que mojar menos. El bolso, nada, pero no quería que se le mojase el libro ni las fotocopias. Todavía por el retrovisor, Kim vio que Laura subía al coche de detrás, otro Ford que también había estacionado con dos ruedas sobre la acera. El conductor, más atónito que asustado, no sabía quien era la chica que de modo abrupto se le plantaba al lado. Quizá solo quería guarecerse… Kim, pasmado, no se lo podía creer. Veía la cara de sorpresa del chico y no oía lo que le decía, pero de pronto Laura le miró, se puso la mano en la boca, abrió la portezuela, volvió a bajar y


corrió cinco pasos más hasta el coche de delante, asegurándose que ahora no se equivocaba. Kim le había abierto la puerta para que Laura se lanzase, meándose de risa. No podía ni hablar. -¿Pero que has hecho? -¿Yo? – Cerró la puerta - ¿has movido el coche, no? No podían para de reír. -Pero si el de atrás es negro… -¿Y este, no es negro? - Es azul, Laura, de toda la vida… ¿No te habías fijado? -¿Este es azul? - Por lo menos has adivinado el coche. También era un Escort… -¿Lo ves como no estoy tan mal? -¿Pero que te ha dicho el tipo ese? -Yo he notado que tenía un olor diferente… Voy a coger el cinturón y me dice “¿Nos conocemos?” -¿Y tu qué? - Que hostia, perdón, perdón, perdón…Y he bajado corriendo. -El olor, por cierto, era mejor o peor? – preguntó el, competitivo. La broma duró desde San Cugat hasta Barcelona, por la Arrabassada. Kim podía hacer la carretera a ojos cerrados. Se conocía bien las curvas, de hacerlas cada día, y las trazaba como si fuese en moto, como si la calzada fuese toda para el y no tuviese que venir nadie de cara. Laura le agradeció


que, con aquel tiempo de mil demonios y con los zapatos húmedos, la llevase hasta su casa. Por el camino, Kim le explicó que, en segundo de BUP, le habían expulsado de la escuela durante dos semanas. De hecho, le querían echar de forma definitiva, pero su madre había ido a fumar la pipa de la paz con una directora que había quedado cautivada por Alex, que ya había tenido algún problema más con Roger y que, con la crisis de las caricaturas de Kim, ya empezaba a estar de los hermanos Ráfales, hasta el moño. Kim dibujaba con mucha traza. A su habilidad innata, se había sumado que dos tardes a la semana, a la salida de la escuela, le llevaban a un taller de diseño donde, durante una hora y media, les enseñaban a coger el carboncillo y hacer figuras humanas de todo tipo. A los quince años, Kim te pintaba un cuerpo de mujer con tres garabatos. Con dos rayas más, te la vestía desde la cabeza a los pies. Entre los compañeros de curso se habían hecho populares las caricaturas que esbozaba, durante la clase, de los profesores desnudos. Había completado toda una colección y, a la hora del patio, abría la carpeta, enseñaba los dibujos a los compañeros y se sentía un poco más héroe. Al de latín, pequeño y peludo, lo había dibujado con un mostacho que le llegaba a las rodillas. Todos habían visto la caricatura de su tutor, en pelotas y con una estrella de sheriff clavada sobre el pecho. A la de Matemáticas, una mujer robusta, la había convertido en una Venus de Willendorf llena de collares que


resbalaban sobre sus enormes tetas. A la de castellano la había puesto tomando el sol, en una playa nudista, con una mata de pelo púbico perfilado como si fuese la península Ibérica. En la escuela corría la voz de que estos dibujos existían. Si lo sabían los alumnos de segundo, si hablaban los monitores de comedor, seguro que también lo debían saber los profesores. A menudo parecía que no existiesen pero saben más cosas de las que aparentan. Que nadie dude que si disimulan es por mera supervivencia. El conflicto en mayúsculas llegó en clase de francés. Mientras Monsieur Pierre explicaba una fábula de La Fontaine, Kim le miraba y le retrataba, a escondidas, en un trozo de papel. Había pintado a Monsieur Pierre con una tiza en la mano y los pantalones bajados hasta el tobillo. En un maldito instante, Driqui, que compartía mesa con Kim durante todo el trimestre, miró el dibujo de reojo y reventó de risa. Se tapó la boca con la mano, pero ya no estuvo a tiempo. -¿A quoi te ríes? - De nada, de nada… - apretaba los dientes para no volver a reírse. Kim intentó esconder el papel bajo el libro… Trop tarde. Monsieur Pierre, un bretón que no se fiaba ni de su sombra, se había dado cuenta. -¿Qu’est-ce que c’est aquest papier? – Se acercó hasta la mesa de Kim y el Driki, que se sentaban en medio del aula.


- Nada, nada. – Kim sacó el papelito de debajo del libro y los puso dentro de la carpeta de separadores que tenía entreabierta sobre las piernas. -¿Por qué lo escondes, donc? – el monsieur, que ya estaba casi en la mesa, no estaba para bromas. - No es nada… - Notaba un súbito calor en la cara – cosas mías. Monsieur Pierre se paltó a su lado, serio. No soportaba que le rompiesen la vuelta. -Que me lo des, te digo – y puso la mano abierta, delante de Kim, sin mover un pelo. Inquisitorial. El Driqui le dijo bajito “Pasa, tío, pasa, No le…” Le cayó un pescozón francés que le hizo resonar la cabeza. Kim abrió la carpeta, sacó el papelito y lo arrugó dentro de su mano y, cuando veintiocho compañeros en silencio estaban convencidos que se lo daría a monsieur y que allá empezaría Hiroshima y Nagasaki, Kim contra las cuerdas tuvo un gesto de pillastre, se puso el papelito en la boca y lo empezó a masticar. Destrucción de pruebas, lo llaman. Driqui saltó un “Bravo, tío”. Más de uno aplaudió. Kim masticaba y trataba de tragarse la pasta, garganta abajo, tan rápido como podía. El monsieur, furioso, arrojó la tiza contra la mesa de Kim, se volvió, recogió sus fábulas y, acompañado con todos los animales y bestezuelas de La Fontaine, salió del aula contrariado. Rumiaba en francés sin parar, pero en medio del barullo nadie le entendió. El portazo, eso si, fue seco.


No había pasado mi media hora que el tutor de todos los BUP le había requisado la carpeta-Dentro, en medio de los apuntes de trigonometría y de la revolución industrial, fueron apareciendo la Venus de Willendorf, en el matojo de la península Ibérica, y el mostacho del tutor que declinaba en latín. El sheriff, que fue el primero en verlo, de entrada sonrió por debajo del bigote mientras pensaba que bien dibuja este hijo de puta. Pero, de pronto, cuando se vio el mismo, se le endureció la expresión. Después de debatirlo en el claustro de profesores. Y de pasarse las caricaturas arriba y abajo porque todos las querían ver, decidieron expulsarlo de la escuela. Solo el papel de la madre – llamémosle diplomacia, llamémosle mano izquierda – consiguió que le rebajasen la sanción. Digamos, a ver si nos entendemos, aportación a fondo perdido a la fundación del colegio, que estas cosas siempre se arreglan igual, en todas partes. En las dos o tres semanas que Kim se pasó en casa, lleno de deberes hasta las cejas, no paró de dibujar a la directora en actitudes cada vez más guarras. En una viñeta, se llegaba a retorcer tanto que ella misma era capaz de llegarse a lamer con la lengua. Aquel curso, quizá como venganza, el claustro de profesores decidió que Kim Ráfales Angerri tendría que repetir segundo de BUP. Al día siguiente que Laura escuchase este episodio con entusiasmo, decidió jugar con Kim. El hbá llegado tarde a clase de macroeconomía y se había


sentado en el fondo del aula, en la primera silla vacía que pudo encontrar, cerca de la puerta. Laura, al verle aislado, en el culo del mundo rompió un trocito de papel de un folio de la carpeta, escribió una cosa e hizo que, de mano en mano, disimuladamente, le llegase la notita. Aquel papel doblado cuatro veces cogió a Kim por sorpresa. No sabía quien era el remitente. Como un náufrago, levantó la cabeza u miró hacia delante, buscando un salvavidas amigo que se identificase. En los ojos de Laura encontró la respuesta. Le hizo ilusión descubrir que era cosa suya y se apresuró en leerla. “¿En este no le dibujas el conejo?” Arrancó un trozo de folio para contestarla. Se tapó con una mano, para que nadie viese lo que escribía, y fue dejando que el papel deshiciese el camino. Siete filas más adelante; laura ya esperaba el regalo. Se aseguró que el profesor de matemáticas escribiese en la pizarra para desenvolver el mensaje. Esperaba cualquier cosa menos aquello. Lo tuvo que leer dos veces, por si no lo había entendido bien. No había dudas. “Ya no hago profesores. Ahora pinto compañeras de curso”. Laura hizo como ai nunca hubiese recibido esa respuesta. No se volvió. En aquel momento le dio vergüenza mirar la cara de Kim que, burlesco, esperaba sacarle la lengua desde el fondo del aula. Suponía que ella habría entendido la broma, porque hay bromas que sino se entiende de entrada general un malentendido que, a veces, puede derivar en


conflicto y de la confusión a la batalla campal solo hay un paso y, al final, se puede enredar tanto el ovillo que ni una conferencia internacional de paz no consigue volverlo todo a la situación del principio. Y si alguna vez vuelve, siempre queda un qué. Prefirieron no darle importancia y, desde aquel día, Kim y Laura cogieron la costumbre de comunicarse con papelitos durante las horas de clase. Notita va mensaje viene durante toda la carrera, con el escozor inocente de abrir un papelito furtivo y tener que responder también a escondidas del profesor. Laura y Kim, en primero de carrera, se inventaron otro juego. En apariencia, inocente. - Un, dos, tres. ¿En que estás pensando? - En el próximo partido. En los cinco que pondré en el equipo titular. En cualquier momento, estuviesen haciendo lo que estuviesen haciendo, uno podía sorprender al otro siempre con la misma pregunta. ¿En qué estás pensando? Y el otro debía contestar con la verdad. Este era el pacto. Uno preguntaba y el otro contestaba, sin pensar, por un acto reflejo. El juego se lo había inventado Laura, una mañana, mientras tomaban el sol en el campus. Las normas las había puesto Kim, consciente, ya en el momento de establecerlas , que el sería el primero de saltárselas. No siempre se puede decir la verdad. A veces, media mentira dicha cuando toca es una huída aceptada. Si todos dijésemos siempre la verdad, a todas horas, delante


de todos, la convivencia sería insostenible. En el mundo habría más guerras, más muertos, más divorcios, más enredos a todas horas. Más trabajo para los abogados. En aquel momento, delante de la mamada que le estaban haciendo al fanático de los congelados, no estaban para preguntas. No podían pensar en nada más que en aquello que veían. Laura notó, de pronto, que sus pezones querían saludar. Con timidez, pero querían saludar. Con vistazo discreto, bajando la barbilla, comprobó que Kim no podía notar nada en su camiseta. -Oh, sí, sí… -Mmhh, mmhh… -Toda., muy bien. Más, más… Absortos en el teatro, no oyeron que alguien entraba en casa. ¡Eo! Soy yo… Sira oyó los gemidos que venían de la habitación de Laura.¿Laura! Nunca lo habría dicho… Estuvo a punto de darse la vuelta y marcharse sin decir ni hola. Pero la curiosidad ganó el pulso a la discreción. -¡Por lo menos podías cerrar la puerta! Ahora si que la habían oído. -Pasa, pasa…Sira. -Sí, ¿y que más? Laura cogió el mando, para bajar el volumen. -Que vengas, que te reirás. No pasa nada… Kim puso el Philips en stop y se levantó de la cama, como si se hubiese sentido atrapado.


-Tranquilo, que es Sira – como si estuviesen haciendo algo mal hecho. Con la carpeta en la mano, Sira – tercero de Medicina con alguna asignatura de segundo – se acercó poco a poco, con cuidado de sacar la nariz sin tenerlas todas. Temía encontrarse a Laura con no sabía quien haciendo no sabía que. Se imaginaba cualquier cosa menos un trabajo universitario que ya se sabe como empiezan pero no se sabe como acaban. Poco a poco, turbada, se acercó aún dos pasos más. Se acercaba haciendo ruido para que Laura y su acompañante la oyesen acercase. Llegó al linde de la puerta. A pesar de que estaba abierta, llamó igualmente, con los nudillos. - Hola, soy Sira. En la pantalla del combo había una vagina en primerísimo primer plano. -¿Qué tal, Kim? – Le dio dos besos. Notó la cara fresca de Sira. O, tal vez, era el que se le habían ido calentando las mejillas y no se había dado cuenta. -¿No os conocíais? Creía que… -No, que va… Me has hablado mil veces, pero no… -Espero que bien… -¿Tu eres el de las caricaturas, verdad? -Caramba, que fama… - No, si me parece muy bien… - Puso la cara más juguetona – Todos nos hemos imaginado a los profesores desnudos alguna que otra vez.


-¿Y tu crees – intervino Laura –que los profesores nos imaginan también en bolas a los alumnos? -Hostia, tía, si que vais fuertes… - Señaló la pantalla – No me extraña. - Es un trabajo de curso. Para la universidad… Kim empezaba a divertirse con la escena. -Sí, para traducción e interpretación, el mejor que hay es una peli porno. Grandes diálogos, sí señor. La excusa es buena. -Te juro que es para un trabajo del Aguado, Sira. Nosotros también nos quedamos a cuadros. -Queda claro que me he equivocado de carrera. En medicina, para hacer trabajos, nos llevan a la piscina de cadáveres, cogen uno, sacan al muerto, nos lo colocan allí encima, chorreando y venga a trocear por aquí y por allá. Veo que vuestros modelos se mueven más… -Se mueven y hablan… -Y también chorrean – remató Laura. Durante un buen rato, los tres en la cama, no pararon de reírse. A Kim le pareció que Sira era algo mayor que ellos. Por la manera de hablar, más madura, más segura. Por el modo de vestir, quizás. Los tejanos, la camiseta a juego, las botas de medio tiempo. Todo parecía más pensado que con Laura. Una vez calmados, Kim salió de la habitación en busca de un cenicero que había visto en la sala. Cuando se quedaron solas, Sira tuvo prisa por ajustar la puerta con el tacón.


- Hostia, Laura, no me lo habías dicho…dijo bajito. - ¿El qué? - El Kim, tía… - No pasa nada con Kim. - ¿Cómo que no pasa nada? Está buenísimo. – Se lanzó sobre su amiga - ¿Has visto que espalda tiene? Laura apagó el video, no fuese que perdiesen el hilo. Sira insistió. -¿Es nadador? – continuaban cuchicheando. -No lo se. Juega a tenis, me parece. ¿A tenis? Me encanta ese pelo que tiene, así… Revolvió el pelo a Laura. Le oyeron como picaba tres veces al cenicero en la basura de la cocina para que cayesen todas las colillas y la ceniza. -Dile que salga de marcha con nosotras, esta noche. -No querrá. -Va, Laura, tía – La zarandeó – Si se lo pides tu seguro que dirá que sí… -Los de Barcelona no salen los jueves. Laura estaba sorprendida por el súbito interés de su compañera de piso. Kim, con el paquete en una mano y el cenicero en la otra, abrió la puerta con el pie, sin miramientos, y les ofreció un Fortuna. Sira le cogió uno. Laura, en cambio, ni tan solo le había visto entrar. Parecía estar en la luna. Poro Kim sabía como hacerla volver a tocar el suelo. -Un, dos, tres. ¿En que estás pensando?


Tenía razón. No siempre se puede decir toda la verdad. 6 Un pedazo de París A las tantas, cuando le vio salir acompañado por la puerta del Karma, Sira notó que alguna cosa la molestaba por dentro. -¿La conoces? -La tengo vista, sí. -¿De aquí? – Extrañada - ¿del Karma? - No lo se… Parecía que a Laura no le importaba tanto como a Sira que, aquel jueves, cerca de las tres de la madrugada, Kim se fuese de la discoteca de la plaza Real con una chica que no era ninguna de ellas. Las cuatro compañeras de piso de la calle Montseny habían convencido a Kim para enseñarle la ruta de copas que las amigas de las comarcas habían ido descubriendo, semana tras semana, hasta convertirla en un itinerario tradicional, con pocas variaciones. La rutina de los jueves. -Diría que es de la facultad – Laura masticaba el hielo de un vodka con naranja. -¿Sabes como se llama? -Ay, Sira, tía…Casi ni me he fijado… -Demasiado humo – Txell ya tenía bastante. De ruido, de tabaco y de sudor - ¿Salimos un rato?


La noche había empezado hacía más de cuatro horas. De entrada quisieron que Kim, un día que bajaba a la zona caliente, conociese el Padam Padam. Es un pedazo de París, le dijeron para animarle. No hacía falta. Todo le parecía bien, aquella noche. Había conocido a las tres compañeras de piso de Laura, las había encontrado simpáticas y se dejó llevar en una velada diferente. Era lo que los hermanos Ráfales llamaban una noche de Scalextric: solo se trata de meterte en la guía y dejar que te lleven de un sitio a otro sin pensar. Sin descarrilar. Cuando eran pocos y con ganas de hablar, el Padam Padam era el lugar ideal para empezar una fiesta. Un bar musical como cualquier otro. Más que por el local de la calle Rauric en si – decorado con cuadros de pintores del barrio sin ningún encanto especial, donde se apreciaban más los marcos deslustrados que las pinturas – les hacía gracia que conociese a la dueña. Era una mujer mayor que se lo montaba todo ella sola. Te hacía sentar, servía las copas, pasaba la gamuza por las mesas, ponía la música y cobraba las consumiciones. Era de piel blanca como la Edith Piaf. Se pintaba los labios rojísimos como Edith Piaf. Tenía el cuerpo corto, como la cantante. Fea, como la Piaf, la había sentenciado Sira muchos jueves atrás. Todo ello, con un existencialismo muy francés. Con cuatro cervezas encima de la mesa, empezaron el examen a Kim.


-Claro que se quienes sois. Las tenía sentadas a su alrededor. La laura es la Laura. No necesita presentación. - Esto queda claro. -Vosotras dos sois hermanas, Sira y Ana, Sira es la mayor, ya se nota… -Serás… - Y estudia Medicina, también en Bellaterra. Ana, Ana…tiene cara de estudiar Filología pero, en realidad, debe hacer primero de Económicas. - Ibas bien. Hispánicas en la Central – Sira marcando territorio, se anticipó a su hermana. -¿Y yo? – la Txell. Cuando sonreía llenaba la pantalla. Y la vida. -Tú, por el acento has de ser de cerca de Banyoles… -Bravo, de Cornellá. - De Cornellá de Terri – recalcó Laura, habituada a deshacer malos entendidos. - Tu quieres ser la presentadora de telenoticias, eso si que me lo han chivado, ¿y te puedo decir una cosa? -Laura, y tu qué? Un poco bocazas, ¿no? - ¿Lo puedo decir o no? – a Kim le gustaba notar que captaba la atención. - La Txell y la Sira estaban impacientes por oírle. - Tú, en la tele, harás lo que quieras. Con esos ojos y esa… -Inteligencia – Laura le rescató. Se rieron.


- Es lo que iba a decir – Así que la futura presentadora de telenoticias le desafió, con la ceja alta, Kim se defendió riéndose – Si, sí, te lo juro. La Txell Romeu, todavía en primero de carrera, y se veía explicando a cámara que empezaba el juicio que afectaba a cuarenta mil veteranos del Vietnam que sufrieron las secuelas de un herbicida lanzado por aviones de guerra de los Estados Unidos. Hablaron de todo y de nada. Laura explicó la película que había visto en Capsa la tarde anterior. Educating Rita. El Michael Caine haciendo de profesor de literatura a la Julia Walters, una joven peluquera, durante una hora y media. Si podían, las compañeras de piso los miércoles iban al cine. Como le había gustado Flashdance. Aquel día si que se lo habían montado para ir todas juntas. Acostumbraban a ir al Verdi, no solo porque lo tuviesen cerca de casa sino por qué con la excusa de Laura de que la versión original le iba bien para su carrera, arrastraba a Sira, a Ana y a Txell, o a quien se apuntase. El martes era el día que salían a merendar por Barcelona. Bajaban hasta el portal del Ángel, miraban los escaparates de la Portaferrissa, en Petritxol, tomaban una taza de chocolate – Las dos hermanas eran más de suizos – y volvían por la plaza del Pino y Baños Nuevos hasta pararse en la esquina de la tienda de sombreros, que les parecía un negocio divertido, de otro tiempo, que les estimulaba la fantasía. Se imaginaban probándoselos y


poniéndoselos y entrando, con plumas en la cabeza, en fiestas donde nunca irían. Algunos martes según la exposición, se llegaban hasta la Virreina. Otra semana bajaron hasta el Museo de Cera, que lo encontraron horroroso. No reconocían a nadie. Al Cruyff, y con trabajo. Su descubrimiento de Barcelona no era nada caótico. Era una aventura de puntitas, con los pasos contados y la mirada curiosa. Todo planificado, acotado, como las vinajeras de la casa, que tenían cuatro, para que cada una se racionase su aceite de oliva como si fuese oro. Sin que tuviesen que verbalizarlo, la noche del jueves era el único momento de la semana que se permitían desmadrarse. -¿Y tú, qué? – Sira quería más. Veía de tres horas lejos, que Kim no estaba acostumbrado a aquel ambiente, ni sus pañuelos deshilachados ni a aquellas conversaciones dulcineas - ¿Tu de donde has salido? -¿Yo? – Le habían cogido por sorpresa. ¿Qué queréis que os diga? A los diez y ocho, nunca había pensado en hacer un inventario público. Tenía más anécdotas de hotel que noticias propias. Todo había sido un ir tirando, por acumulación, sin pensarlo mucho. Escuela, verano, vacaciones y juegos entre hermanos. O disputas entre ellos. Tal vez si que con el primer beso a los catorce todo dio un salto hacia delante. Los día arrancan a partir del primer encuentro sexual, pasan más rápidos y empieza a haber cosas


que se quedan para el recuerdo. Como si, de repente, fuésemos escribiendo una vida secreta, paralela. Si se hubiese puesto a pensar un poco, se habría dado cuenta que el segundo salto ya era la llegada a la universidad. De repente, los profesores ya no están por ti. Sin protección, bendita novedad, eres tu el que tienes que buscarte la vida. Para ti va el pollo, era una frase que se la había oíd a su padre en docenas de ocasiones y que entonces empezaba a tener sentido. Aquella noche de jueves en casa de la Piaf, antes cuatro chicas dispuestas a escucharle, se encontró que no tenía nada que explicar más allá de que le gustaban los días de sol y el cielo azul, y que oscureciese bien tarde. O, a la inversa, que la lluvia, desde bien pequeño, le ponía de un humor de mil demonios. En cuanto su madre le despertaba y le ponía los calcetines sentada a los pies de la cama, pedía que le levantasen la persiana de la ventana de la habitación para ver que día hacía. Era una costumbre que todavía mantenía, más por hábito que por superstición. Antes aquellas miradas atentas, se esforzó por hacer un balance difuminado de su trayectoria, lo único posible al doblar los diez y nueve. -¿Yo? Yo soy de aquí, mis padres también eran de aquí, mis abuelos también nacieron los cuatro en Barcelona. Tengo dos hermanos mayores… -¿Qué vengan? -Y Elsa, que es la hermana más pequeña, que, naturalmente, es la mimada de todos juntos.- Si


estiró los calcetines hacia arriba – Mi madre se murió hace dos años, y tengo unos tíos y unos primos que viven en Roma. En el hotel Rafaeli de Roma. Mi abuelo fundó el hotel. Los hoteles. -¿Tienes abuelos? - Uf. Uno de cuatro, nada más. -Tres de cuatro – Sira se apresuró a tirar el triunfo, seguro que ninguno la superaría. -Yo, dos de cuatro – Txell también se apuntó a la improvisada competición – Los dos de mi madre. -A mi no queda ninguno. De hecho – Laura no se podía ceer que estuviesen contando abuelos como si fuesen estadísticas de tiros libres – solo conocí a una. La abuela Dolores, que valió por cuatro. -No se si vosotros también hicisteis un juego…Un poco macabro, lo reconozco. – Kim, sin darse cuenta, puso una mano sobre la rodilla de Laura – Con mis hermanos, que aún tenían los cuatro abuelos, hacíamos apuestas para ver por que orden la diñarían. Y no adivinamos ni una. La abuela Teresa, que siempre era la que estaba enferma y que tenía rodamientos de cabeza todo el día, con las cervicales hechas papilla y médicos arriba y abajo a todas horas, fue la que les enterró a todos. La tía aguantó, para apagar el interruptor. Primero cayó un abuelo, después el otro, que nunca había estado enfermo y, al final, en la lucha entre las dos abuelas, todos apostábamos por la abuela Teresa que aguantaría menos, y tócate los huevos, se murió la otra, la


madre de mi madre. Y, ¿lo puedo decir? Empiezo a esta de esta cantinela hasta los huevos. La madame, igual se te sentaba en la mesa y te servía las sopas y te cobraba las cervezas, tenía una manía musical. N su bar sonaba siempre, a todas horas, Edith Piaf. Solo Edith Piaf. Del “milord” a “La vie en rose”. De “Non, je ne regrette rien” a “Padam-Padam”…Una obsesión. Cuando se acababa la casete de los grandes éxitos era el momento de marcharse y de abandonar el existencialismo francés, antes que no volviese a empezar el sin fin musical. Acabada la ilusión de haber estado en París, la ruta de los jueves continuaba en el Karma. Marcos y Buixeda acababan la segunda cerveza en Glaciar, de la botella a los labios. Laura, del brazo de Kim, y las tres compañeras de piso que se habían quedado dos pasos detrás, los pasaron a buscar. Xenia les esperaba a todos en la puerta de la discoteca. El humo de dentro se colaba por la puerta. -¿Me dejarán entrar con wambas? -¿Estos? Cuelan como zapatos. Ana, don’t worry. - Pero si estos está lleno de guiris que van como les sale de los cojones… Kim no sabía donde le llevaban. Así que bajaban tres escalones, notaba una cierta niebla. Si bajaban cinco, se iba haciendo más y más espesa. Diez escalones más abajo, el volumen de la música del Karma era ensordecedor y retumbaba dentro del


cuerpo. La barriga, como si estuviese a punto de enramparse, vibraba con cada paso. Abajo en la pista , un centenar de personas bailaban y se contorsionaban, cada uno a la suya, en un éxtasis patibulario. Laura intentó decirle algo a Kim, pero no se oían. Tuvo que hablarme al oído, y hacer pantalla con las dos manos y gritar como si estuviese entrenando a su equipo de básquet, para que el adivinase, mas o menos, de que le estaba hablando. La música sonaba tan fuerte que solo se podían decir cosas cortas, con órdenes directas, sin matices, que dolor de cabeza. Así que todas las chicas y Marc y el Buixeda se pusieron a bailar, y le perdieron la pista. Kim con las manos en los bolsillos, se fue abriendo paso hasta el mostrador más alejado de la zona de baile. Menos humo, menos gente, menos ruido. Una burbuja donde respirar. -¿Tu eres de la facu? -¿Qué? -Tu no haces traducción y… -¿Yo? - De la Autónoma? -Sí. -Te tengo visto. -¿Qué quieres? -¿Perdona? - ¿Qué que quieres’ – Kim hizo el gesto del sorbo? -¿Gin tonic? -¿Te llamas? -Kim.


-¿Tim? -Kim, Joaquín. - Yo, Frida. Se dieron dos besos. Kim le pidió un gin tonic y para el un cubata. -¿Has dicho que te llamas, sorry? -Frida. Fri-da ¿Qué pasa? No te rías. Lo intentó. Pero no lo consiguió. -No seas capullo, tío. Kim sacó la mano de los tejanos con un billete de mil pesetas. -Yo acabo este año… -¿Y que tal? -¿Qué tal qué? -La carrera. -Depende del profe. Pero bien. – Metió un dedo dentro del vaso para mover el limón que había quedado atrapado entre dos cubitos de hielo – A mí…A mí me encantan las lenguas. -Sí, sí, ya se te nota… -Ah sí, ¿se me nota? - Se le acercó con la mejilla al cuello. Entre uno y otro no cabía ni un pensamiento. Desde tan cerca, percibía en el aliento de Frida que aquel no era el primer gin tónic de la noche. ¿Segur que se me nota?, insistió la estudiante con más escote que camisa. A parir de la segunda insinuación, Kim ya sabía como debía actuar. Solo se trataba de sostener la conversación u acabar la consumición. Después… El futuro ni había sido nunca tan fácil de predecir. El


primer morreo llegó entando aún dentro de la discoteca. La Txell, que explicaba las noticias antes de ser periodista, fue quien puso sobre aviso a sus amigas, cuando vio que el amigo de Laura abriéndose paso, con cierta prisa, hacía la escalera de salida. -Ey, tías, mirad a Kim. Pero si lleva una tía cogida de la mano… -Van a bailar…- dijo desinteresada una. - ¿La conoces, Laura? – Sira, con la mosca en la nariz. -Sí, la tengo vista. -¿De aquí? ¿Del Karma? -No lo se… - Y tanto que lo sabía, la Laura – Diría que es de la facultad. -¿Sabes como se llama? -Hostia, tías, por favor… -No iban a bailar. La Sira, la Txell y la Laura, con la copa en la mano, los siguieron hasta que Kim y la chica, que enseñaba mollitas y ombligo, se perdieron niebla arriba. No habría puesto la mano en el fuego que la conociese de la facultad, Parecía mayor, la muy puta. Ha venido con nosotras… - Sira se lamentaba de la derrota – Si ha venido con nosotras, Kim tenía que irse con nosotras. Como mínimo podía haber dicho adiós. Laura no le defendió. Sabía que las compañeras de piso tenían razón. Despistando, hizo como si la situación le importase un rábano. Se fue a la pista y


se puso a baliar con Marcos, el ojazos azules del Maresme. Era de La Escala, pero no recordaba si vivía en Vilasar, en Premiá o en Teiá…Lo mismo daba. Que bien que se movía Marcos y que pasmarote era Kim. Una vez estuvieron en el Ford Escort que había aparcado en la Gardunya, el garaje de detrás del mercado de la Boquería, la Frida se dejó caer en el asiento del copiloto. Entre la ginebra, los zapatos y las horas que llevaba estando de pié, necesitaba arrellanarse. No pidió permiso para coger un Fortuna del paquete de Kim. -¿Dónde vamos? -A un hotel. -¿A un hotel? Te saldrá carísimo. ¿Tu vives con tus padres? -Si, sí, Claro. - Yo también. Mierda – Encendió el cigarrillo – Vamos mejor al espigón…Un hotel nos saldrá muy caro. -Tranquila. -¿Sabes donde quiero decir, al rompeolas? -Tú déjame hacer. No fue la única vez, por la noche que le dijo esas palabras. Y la Frida, viendo la seguridad de aquel chico fornido de primero de carrera, se dejó hacer. Y puso unos ojos como naranjas al ver que aparcaba en un hotel del paseo de Gracia, que se ponía tras en mostrador para mirar el mapa de las habitaciones


vacías, que cogía toallas limpias de un armario de la limpieza, que tenía una llave maestra que abría una habitación individual de la primera planta, que la desabrochaba los tres botones de la camisa sin inmutarse y que, cuando la tenía estrada en la cama desnuda y entregada, empezaba a hacer flexiones sobre ella hasta regalarla, uno detrás de otro , todos los gustos del placer. 7 Las treinta y cinco mil palabras del diccionario Los lunes, para ella, no era un día cualquiera. Aunque en la vida de los estudiantes las semanas se parecen mucho las una a las otras, hay una liturgias sagradas que les gusta repetir. Cada lunes sin falta, después de comer, después de una mañana en la universidad, Laura se afanaba por ir hacia la escuela, y antes de que el Brotons – que siempre era el primero – pusiese un pié en la pista del pabellón, ella ya había preparado el entrenamiento a consciencia. Después, se ataba el pelo en una cola, se pasaba la camiseta negra por la cabeza y se ponía el pantalón largo, de algodón negro, con una pata de elefante en los bajos de las perneras que casi le escondía los pies. Laura volvió hacia atrás y cogió la bolsa que habia dejado colgada en el vestidor de la escuela y abrió la cremallera. Del bolsillito de los secretos, se sacó el cronómetro y se lo colgó al cuello. Cuando


entrenaba a aquellos gaznápiros de BUP – a parte de las bases que ya eran todos más altos que ella – le gusdtaba tener una autoridad incuestionable. Y un simple cronómetro que le colgaba hasta el ombligo, se convertía, entonces, en escudo y galones. Se sentía más segura cuando tenía que pegar cuatro gritos o mandar un ejercicio a los chavales remolones que les daba una pereza de tres pares de cojones botar la pelota, con los ojos cerrados, cincuenta veces con cada mano. “¿Has visto nunca a un entrenador con pantalones cortos?”. Desde que había leído que Pat Riley lanzaba esta pregunta retórica en una entrevista en Sports Ilustrated, Laura había decidido que en invierno y en verano iría a los entrenamientos con pantalones largos. Y de paso, escondería sus muslos a unos chicos que… Dicho y hecho, que no quería enseñar los muslos y listos. Con los ocho chicos en la pista de básquet – “El Muntaner no vendrá porque le tocaba dentista” – Laura empezaba a repartir indicaciones. De entrada, estiramientos musculares. Haced cuatro parejas, sentaos en el suelo y os ayudáis entre vosotros., empujando los dedos del pie hacia arriba hasta que notéis como se estiran los gemelos y el soleo. De pie, venga. Para estirar los isquiotibiales, la pierna arriba hacia delante y el compañero que os la coja por el tobillo, treinta segundos mínimo cada pierna, que notéis bien como tira. Tres vueltas a la pista, al trote, para empezar a calentar. Media pista adelante con sprint, media pista atrás, de recuperación, va.


Ahora un zigzag de lado, atrás, siempre atrás, defendiendo con el culo abajo. Más abajo, esta es la actitud buena. Fijaos como lo hago yo. Cuando Kim entró en el pabellón, Laura se desplazaba de espalda dibujando líneas rectas ahora hacia aquí, ahora hacia allá, con las rodillas flexionadas, el culo suspendido y las manos en tensión, hacia delante, como si se defendiese de un rival invisible que le botaba la pelota en las narices, como una karateka concentrada antes de partir un ladrillo de un golpe seco. Ni se enteró de que su amigo se había sentado en la segunda fila de la gradería de un polideportivo que pedía, a gritos, una mano de pintura. Laura no podía despistarse ni un momento. Así que se giraba, el Arlá, el Enrique y el Rosell, se escaqueaban todo lo que podían. Siempre había uno que te venía con el cuento de la lágrima para no hacer el ejercicio que Laura ordenaba. Dicho y hecho, hasta que la pelota no entraba en el juego y no empezaban con las ruedas, primero de bandejas, después de lanzamientos, no podía dejar de decirles y repetirlos, ey, chavales, que sin esfuerzo no hay recompensa. Kim y Laura se habían visto por la mañana, en la facultad. Habían coincidido en la última clase de traducción inversa antes del examen final. No se habían podido sentar juntos porque Laura había llegado, escopeteada, cuando la Galindo ya hacía un cuarto de hora que hablaba. Laura y Sira, que también subía a Bellaterra de buena mañana se habían quedado atrapadas en el tren, entre estación y


estación. Se estuvieron más de una hora apretadas dentro del vagón sin que nadie les diese ninguna explicación. No soportaban ni aquel calor que las sofocaba ni la falta absoluta de información, la cara habitual del país del caos. “¿Qué coño pasa aquí?” Y aún suerte que habían podido tomar asiento cuando habían subido en la estación de Gracia. De pronto, cuando más de un viajero empezaba a dar señales de asfixia en un vagón llen de desesperación, corrió el bulo de que alguien se había tirado a la vía cerca de La Floresta. Una mujer. De unos sesenta años. Dicen, dicen, dicen. Pero, oficialmente, nadie les dijo nada de nada porque estas cosas cuando pasan, y parece que pasan a menudo, se ocultan y no se habla ni en los periódicos. El suicidio da vergüenza. Laura no había vuelto a ver a Kim desde la noche del jueves. El viernes, el no había pasado por la facultad y ella, acabada la última clase, se había ido hacia Banyoles. Tenía claro que, cuando se volviesen a ver, no le reprocharía nada. No le castigaría porque se hubiese hecho invisible cuando estaban en el Karma. De la Frida, porque había estado haciendo cuatro indagaciones y sabía que se llamaba Frida y que estaba a punto de licenciarse, no hablaría nunca. No tenía porque. Por más que Txell, cotilla como era, la había querido hurgar para que Laura se enfadase, ella no veía ningún motivo para hacer se la ofendida. Si Kim no le sacaba el tema, ella haría como sino le hubiese visto. Como si ni tan


solo hubiese imaginado lo que había pasado después. Pero,así que entró en el aula, le gusto percatarse que Kim estaba pendiente de quien abría la puerta. ¿Era ella o no? Aún le gustó más que, cuando no llevaba ni dos minutos sentada, le llegase un papelito doblado a sus manos. Lo desplegó. “La clase empezaba a las nueve”. Laura para devolverselo, miró de no hacer ruido para romper un trozo de papel de la libreta de apuntes. “Fuerza mayor. Una mujer se ha tirado al tres. Yo no subo en coche como algunos”, papelito arriba. “YO vengo en moto. No te equivoques” papelito abajo. “Pues me podías pasar a buscar cada mañana…”,ella. “Lo que quieres es ir pegada a mi y buscas una excusa”, notita va. “Eres un creído”, mensaje viene. Kim le dijo que si quería ir al cien aquella tarde y Laura le dijo que, ja debería saber que los lunes tenía entreno de básquet. “Donde, que iré”. “En la escuela Miquel Cors. No tendrás cojones”, le desafió Laura. “¿Qué te juegas?”, dobló el reto. “¿tu poner tus pies en una escuela pública? Esto si que será noticia”. -¿No podéis dejar de pasaros papelitos? – una compañera de apellidos alemanes les recriminó que se tuviese que pasar todo el taro haciendo de correa de transmisión. Y allí estaba el Kim Ráfales, unas cuantas horas más tarde, sentado, con un cigarrillo entre los dedos, mirando como el Arlá, el Brotons, el Enrique y el


Rosell, no encestaban un tiro libre ni por el amor de Dios. De reojo, a Laura le pareció que el entreno tenía un espectador. Por primera vez en todo el curso, desde que se había hecho cargo del equipo de los gaznápiros del Miquel Cors, se insinuaba una persona en la gradería del polideportivo. Solo a última hora, cuando guardaban la pelotas en una jaula, algún padre o madre se acercaba a recoger a sus hijos, que llevaban la camiseta mojada por la paliza. Laura se volvió, poco a poco, con la intriga por si era o no era. La intuición le había funcionado. Kim levantó una mano, tímidamente, como si aceptase una falta personal. A ella le salió una sonrisa. Y el le hizo un gesto de que estuviese por su faena como si yo no estuviese. Y ella volvió a mirar a la pista y, por un momento, se sintió entrenadora de los Lakers. Pero ni el Brotons era el Magic Johnson ni el Arlá el Abdul-Jabbar, y volvió de golpe a la realidad. Les montó una partidito, cuatro contra cuatro con media pista. Si la pelota cambiaba de equipo, tenían que salir fuera de la zona para poder volver a lanzar a la cesta. Sus normas resonaban en el pabellón vacío. Con el partido en marcha, Laura dejó por un momento el papel de árbitro – ingrato incluso en las costilladas de entrenamiento – y se acercó a la banda. Kim entendió el gesto y saltó dos filas de sillas para bajar hasta la pista. -Veo que te hacen claso…


-¿Qué pensabas? -¿No te creías que vendría? ¿Verdad que no? -¿Qué quiere? ¿Que te de las gracias? -Buf… - Laura no estaba para hacer una valoración técnica de sus jugadores – Vamos quintos en la liga. Hemos ganado los mismos partidos que hemos perdido. -Zero grados. Ni frío ni calor. – Silencio. Un silencio que les molestó – Pues tendré que venir a ver un partido… - No. Que yo en los partidos no estoy. Yo les entreno, pero ya dije, de entrada, que yo los fines de semana me iba a mi casa y que los sábados no podía estar en los partidos. Lo hace el profesor de gimnasia de la escuela, que sabe de todo y no sabe de nada. Un poco de básquet, un poco de handbol, un poco de… Laura, con la bola bajo el brazo, vio que Kim la miraba pero no tenía allí la cabeza y no se pudo aguantar -Un, dos tres, ¿En que estás pensando? -En nada. -Este no era el juego, Kimet. Teníamos que decir la verdad. - En nada. De verdad. -¿Mirabas la peca? -¿Yo? – le había pillado – No. -¿Qué pasa? -Nada, te lo juro.


-¿Qué mirabas? – Con un dedo se tocó la peca que sobresalía para asegurarse de que estaba en su lugar -¿Me pasa algo? -No, no… -¿Tengo un pedazo de croissant del desayuno de anteayer? -Que no… -Pues ¿por qué me mirabas la peca? -Yo? – ofendido, como un pívot del Madrid cuando le silban una falta personal. -¿No me la habías visto nunca? -Si, claro – dijo flojito – pero no miraba… - ¿Qué pasa? ¿No te gusta? -Ey, Laura…- Déjame respirar - ¿A que hora terminas en entreno? Sí, eso. Cambia de tema, como todos los tíos. Cuando estáis acorralados, otro tema. Como si fuésemos burras… -Qué no, Laura. No lo se. No pensaba en nada… - Y yo que me lo creo. Laura tiró la bola a la barriga de Kim, que la cogió al vuelo. - Hola, soy yo, Kim, tu amigo. Te he venido a ver como entrenabas a tus chicos…Me hacía gracia verte en acción. - Ya – Cuando se miraban sabían que no se podían enfadar. Laura rebajó su punto de alarma – A mi también me gusta que hayas… Pero dime una cosa. ¿Sí? Kim notó que aquellos ojos suplicaban la verdad


-Si – Qué remedio – ¿Qué? - ¿Te molesta mi peca? ¿Te ofende? ¿Crees que me la tengo que quitar, como mi madre? -Haz lo que quieras. -Mi madre me dice que es la peca de la imperfección. -Que va- Yo creo que… Que tiene personalidad. Que rabia. Le dijo la peor palabra que le podía haber dicho. La puta personalidad de la peca. Como si bailase sola; como si pensase, la peca. Kim intuyó, al instante, quizás por un nervio que tiraba de la cara de Laura, que de las treinta y cinco mil palabras del diccionario había ido a elegir una equivocada. Noto que ella tomaba aquella palabra con angustia, o rabia, no sabía ni en qué, y se apresuró a arreglarlo. - Pero si a ti te está bien…¿A ti te gusta? ¿Tu que piensas de esta peca? - Nada, Que…tiene personalidad. Le tomó la pelota de las manos, se volvió y le sacó el polvo a su voz más fuerte para gritar a los tontos de su equipo que quería más intensidad, que aquellos contraataques, Arlá y Rosell, eran de colegio de monjas y que las entradas a la cesta, Brotons de los cojones, tenían que hacerse con decisión, con ganas de comerse el mundo, con la cabeza bien alta y con la rodilla por delante, me cago en la hostia. He dicho con la rodilla por delante, ¿me podéis hacer caso? Laura no pudo oír, por suerte para Enrique que le decía “calla, pescadera” con la boca pequeña. Kim sentado en la banqueta al otro lado de la pista,


tampoco se dio cuenta. Oía el chirriar de las vambas cuando frenaban en seco sobre el parquet y se quedaba parado, eso si, al ver los golpes de genio de Laura. Nunca lo habría dicho. Y que bien que le quedaban aquellos pantalones pegados al culo y a los muslos, y, en cambio, tan anchos de abajo. Habría pensado que su compañera de carrera tenía…personalidad, si no fuese que. Personalidad en el vestir, en el hablar en el trato con los otros. Pero en aquel lunes de primavera, a media tarde, en un polideportivo escolar de un deporte que nunca había practicado, decidió borrar la maldita palabra de su colección. Se había acabado la personalidad para siempre. Se había hecho el propósito de no decirla nunca más, sino era por estricta necesidad profesional. Si en clase les habían explicado que una persona se mueve con trescientas palabras, y un escritor utiliza unas ochocientas, el como hombre de letras que estudiaba para ser intérprete debía usar unas quinientas. Cuatrocientas noventa y nueve, a partir de aquel momento. - Un café fuerte, señor Paco? Arsenio, tenía un código secreto con el amo del hotel. -Basta – Con un vistazo miró cuantos clientes de los que habían de entrar aquella noches ya tenían sus habitaciones - ¿Ahora? -Ahora.


El jefe de recepción del Rafaeli, Arsenio Rubio, sabía que si tenía que hacerle saber una información urgente o una curiosidad del hotel que requería discreción absoluta, tenía que recurrir a la contraseña que hacía años que le funcionaba. Un secreto entre los dos, que el trabajador del bigote fino valoraba como un acto de extrema confianza por sus más de treinta años de fidelidad y buen trabajo. Arsenio había entrado en el Rafaeli cuando, en los días del Congreso Eucarístico, el hotel se les había llenado de fieles de todo el mundo. Era una fecha fácil de recordar. Mayo del 52. Empezó como grumete de vestíbulo para dar avisos a los clientes, había pasado a ser maletero en el tiempo en que las propinas por subir el equipaje a las habitaciones hacían ilusión, Le habían ascendido a conserje, y después de años de pedir miles de táxis, de recomendar excursiones a la Sagrada Familia, a ver el huevo como baila o a un tablao flamenco, le pasaron a recepción, a otro estatus. Entradas y salidas. La primera imagen del hotel y la última después de abonar la factura. El día que cumplió los cincuenta, Paco Ráfales convidó a comer, con su mujer, al Vía Véneto de Ganduxer, le regaló un buen reloj, y le comunicó que, sino tenía inconveniente, le nombraba jefe de recepción del Hotel Rafaeli de Barcelona. Arsenio y Amparo lloraban de emoción. Y de agradecimiento. El ascenso, el restaurante, el detalle, un Omega con calendario y todo. Nunca hubiesen pensado que les valorasen tanto. Desde


aquel día Paco Ráfales supo que tendría, en su jefe de recepción, su mejor confidente por los siglos de los siglos. Arsenio era un hombre de constitución fuerte, con la raya en medio a la antigua usanza, y con la piel lustrosa, azulada, de una salud a prueba de bomba. Su bigote estrecho, que se había convertido en característico, le acompañaba desde le pasaron a conserjería. Pensó que le añadiría edad, poder y prestancia. Y, que carai, a Amparo le gustaba. Cuando se reía, en cambio, se le veía el agujero de la ausencia de muelas. Uno en cada lado. Tal vez por eso se reía poco, porque se sentía desnudo, había comentado a los Ráfales cuando María aún estaba viva. Arseno se reía poco, por no decir nunca. En una ocasión, en una comida familiar, Alex había planteado que imagen daban del hotel si el jefe de recepción era un señor muy amable y muy serio pero con los dos agujeros de la dejadez a la vista. Parece, más bien, que hubiese de estar en el mostrador de un tanatorio que no en el de un hotel, se atrevió a decir el mayor de los hijos de Ráfales. Su padre, con un calla y come, tuvo suficiente para cerrar la carpeta de una insinuación que ya no se volvió a abrir. A los clientes ya les iba bien, cuando llegaban cansados del viaje, que en el hotel, el primer saludo les hiciesen la pelota. El padre lo veía así y no se hable más. Desde que Arsenio se había puesto la americana de su nuevo cargo, cada mañana despachaba veinte minutos con el señor Ráfales en


las mesas de la oficina de la recepción, entre archivadores, carpetas y mapas. Pero, si en algún momento del día, el hombre que sabía todo lo que pasaba en el hotel, le decía “¿Un café fuerte, señor Paco?”, el amo sabía que pasaba alguna cosa que no podía dejarse para mañana. Se iban al piano bar, que era una sala con poca luz y una veintena de mesitas bajas que estaban detrás del ascensor, se sentaban en dos taburetes de la punta del mostrador y, mientras Ráfales se tomaba un ristretto con unas gafas de pasta de hojaldre – o una tableta de chocolate – escuchaba lo que le decía Arsenio. Nunca se inventaba nada. No decía nunca nada sin ton ni son. No escampaba un rumor que no tuviese contrastado, ni hablaba sin tener una buena base. Cuando le pedía un café fuerte al señor Ráfales era porque estaba seguro que se lo debía de creer a pies juntillas. La credibilidad es una virtud que se gana a base de no equivocarse nunca. Y Arsenio sentía orgullo profesional de no haber explicado, ni una sola vez, algo que no fuese verdad. Antes la duda, prudencia. En caso de no poder poner la mano en el fuego, silencio sepulcral. ¿Pero de que se tenía que enterar aquel lunes que el señor Paco lo tenía que saber, si o si? Tal vez porque no sabía mucho como enfocar la conversación, hablaba más bajito que de costumbre. El hecho conminaba prudencia. -Dígame, Arsenio. Le veo preocupado. No pasa nada. Nunca pasa nada.


El pianista, como si estuviese conchabado, empezó a tocar en aquel momento. -¿De mi hijo, dice? Para empezar, como cada día unas variaciones de jazz sobre unos nocturnos de Chopin. -Del Alex o del Roger? El Santi Santos, que durante el día despachaba en una oficina bancaria, se cambiaba la americana para tocar en el Rafaeli de siete de la tarde hasta las once de la noche. Seis noches a la semana. ¿Del Kim? – Paco Ráfales no entendía lo que pretendía decirle Arsenio – ¿Pero que tiene que ver Kim? Después, si se presentaba la ocasión, se quedaba acompañando a algún cliente solitario que le convidaba a compartir la última copa. ¿A cambio? Aguantarle los problemas, que la gente está fatal. -No fastidies, Arsenio. En una ocasión, una viuda de Marsella fascinada por el virtuosismo de Santi Santos le pidió que subiese a su habitación. -¿Cuándo dice que va… Una vez arriba, le hizo un buen Rachmaninov. -¿El jueves? Un allegretto para empezar. Después un andante con moto. Con delicadeza. -Estás seguro, Arsenio? Y un Molto allegro para acabar de satisfacer las necesidades de la viuda marsellesa, que después dudó que fuese viuda.


-Gracias, Arsenio, entiendo que no te ha tenido que ser fácil decírmelo. Se tomo el café de un sorbo, se levanto del taburete y saludó de rutina al Santi Santos. Todavía le daba vueltas a lo que le acababa de explicar Arsenio, sin más pan ni queso. -¿Qué tal, señor Ráfales? -Bien, bien, Santos… - Se arregló el nudo de la corbata verde de los lunes. - Empieza a hacer calor, aquí, en esta época, con tanta moqueta. ¿Vendrá gente, hoy? – Que traza tienen los pianista de hotel para hablar de cualquier cosa sin dejar de tocar. Todavía no había puesto un pie en la puerta giratoria del hotel, que Kim ya había recibido dos avisos que subiese a la quinta, al despacho de su padre. Arsenio, que estaba rellenando la ficha de entrada de un matrimonio noruego, le vio pasar, de soslayo, camino del ascensor. Arriba, cuando se abrió la puerta del quinto piso, Alex y Roger también le esperaban. -Dice padre que entres enseguida, que no te entretengamos. -¿Sabéis que pasa? -Ni idea. – Roger, con la fantasía de los pelirrojos, especuló – Quizás el jueves te dejaste la caja de condones en la habitación….


-¿A ti quien te ha dicho que los use? – De entrada, como Napoleón. La mejor defensa es un buen ataque. – ¿Creéis que sabe alguna cosa? -Por mi, no. -Por mí, tampoco. ¿Cómo se llamaba la tía? -¿Te ha pedido las cintas del jueves? –Kim señaló la pantalla donde se recibían las imágenes de las cámaras de seguridad. -No, No. A mi, no. -Por cierto, estamos pensando en montar una salida en la barca, sábado y domingo, ahora que hace buen tiempo. ¿Te apuntas, Kim? -Paso, paso. - Hemos de volver a arrancar La Fornarina, que la hemos tenido parada todo el…. -Final de curso, exámenes, tíos. Paso. ¿Sabéis que quiere padre o no? -Entra y calla, tío, y no preguntes. Kim abrió la puerta del despacho del padre sin llamar. Los cuatro hijos sabían que eran los únicos del edificio que se lo podían permitir a cualquier hora y fuese lo que fuese en cualquier circunstancia. El padre tenía un solo papel en cima de la mesa, ceca del retrato de María, un cenicero y un paquete de tabaco. Se levanto de la butaca de piel, se estiró los pantalones hacia arriba exageradamente y se dieron dos besos. -¿Cómo ha ido el día, guapo? -Bien, bien – Por el tono dedujo que no parecía enfadado.


- ¿De donde vienes? El padre se sentó en el sofá, con Kim a su lado. Aquella conversación no la podían tener con una mesa en medio, ni cara a cara. De lado era más fácil esquivar las miradas y fijar los ojos en ningún sitio. -Ahora – Buf – Ahora, nunca lo dirías, vengo de una escuela de ver un entrenamiento de básquet. - ¿Tu de básquet? Pero si eso es un deporte de patio de una carcel…. -¿Pero que dices, padre? Una amiga entrena un equipo y… -¿Tienes una amiga? -Una compañera de la facultad. La Laura, ya la conoces. Vino un día aquí y te la presenté… -¿Así que es Laura? -Sí. -¿Y la trajiste el jueves pasado aquí? -No – Mierda, lo sabía – Laura es una amiga de la facultad. Una buena amiga y nada más. - No hay nada, padre… -Pero aquí – mantenía el tono tranquilo – viniste con una chica, ¿si o no? -Sí, - bajó la mirada – pero no era ella. -¿Cómo se llamaba? -¿La chica? – con un pequeño esfuerzo habría recordado aquel nombre extraño – Es igual. _Es igual, es verdad. – El padre se levantó del sofá -¿quiere dos dedos de whisky? -¿Whisky yo? Padre, ¿pero que dices?


El padre si lo necesitaba. Se lo sirvió del mueble bar que tenía al lado de una marina del Bosch-Roger y se volvió a sentar en el sofá- Dejó el vaso en la mesita y se arregló el nudo de la corbata. Bien, Kim, estas cosas un padre no sabe nunca como decirlas pero… Y menos faltando la madre, especialmente, tu madre para estas cosas servía mucho mejor que yo. Pero me toca a mi decirlo y nada, felicitarte. Felicitarte y decirte que bien venido al club. Kim le miró. Alucinaba. He sabido que el jueves trajiste una chica al hotel, me han dicho el número y todo de la habitación. Tranquilo que no me lo ha dicho ni el Alex ni el Roger, ni nadie que tengas que saber. Tienes casi diez y nueve años y es una edad cojonuda para descubrir, para entrar, ninguna palabra le gustaba lo suficiente, todas le sonaban cursis en este momento. Digamos que es un buen momento para entrar en la vida sexual y descubrir que te lo puedes pasar muy bien en la cama con una chica, que es muy divertido y que… Kim estuvo a punto de decir, padre, dame un whisky, pero estaba tan colorado, y tan azorado por la escena que le tocaba aguantar con la cara impávida, que no podía decir ni padre, no continúes, lo mismo da, ya hace cuatro años que me tiré a una tía y si, me gustó mucho aquella nueva sensación, nunca sentida, de la penetración, aquel resbalar a donde no se sabe donde de la primera vez, un gusto experimental que parece infinito, que desde entonces, aquí en el hotel, y en el coche, y en la playa y en un césped, de noche en el


golf del Prat. Más vale que no lo sepas, padre. Si te crees que la Frida – de golpe recordó el nombre - felicidades, mejor para ti y ya me gusta que te quedes con esta versión. Y Paco Ráfales, que iba eligiendo las palabras para decirlo todo con suavidad, con la comprensión de un padre moderno, con la responsabilidad de un viudo que tiene que hacer de padre y de madre y de todo junto, le acabó pidiendo dos cosas, por favor. Si alguna vez tienes un problema que me lo expliques, que soy tu padre, y a pesar de que siempre estoy trabajando y parezco el hombre más ocupado del mundo, tu, y Alex y Roger y Elsa sois lo más importante de mi vida. Y, por favor, que vayas con cuidado, que tomes precauciones, que esto mismo también se lo he dicho a tus hermanos mayores cuando llegó el día como hoy contigo. ¿De acuerdo, Kim? Que pacto más extraño para hacer con un padre. Y nada más, chato, que me ha gustado tener esta conversación…de hombres. Gracias, a mi también, ¿Qué querías que dijese? Kim tenía unas ganas locas de salir de aquel despacho y arrancar a romperse de risa y explicar la conversación a sus hermanos y a Laura, que seguro que también se quedaría de pasta de boniato. Se levantó, con dignidad, y le dio un beso en la mejilla a su padre. -Vas muy guapo hoy, por cierto, señor Ráfales.


Le sorprendió el comentario de Kim. Desde que había muerto María, sus hijos le estaban más encima. Se fijaban más en el o se hacían mayores o ya no les daba vergüenza decir según que. Paco Ráfales, hombre de fórmulas, respondió lo mismo que cada vez que alguien elogiaba su elegancia. -El mérito es del sastre. -¿Es nuevo? – Con la mano abierta, Kim repasó la americana y los pantalones. -Del verano pasado. Ahora hacía tiempo que no me lo ponía – No sabía porque estaba dando explicaciones a su hijo, pero se las estaba dando. Quizás porque tampoco nunca habían tenido una conversación como la que acababa de temer – Pero hoy ya ha hecho calor… -No debe ser que… - No se atrevió. -¿Qué? Dime… -¿Canta en Barcelona, estos días, Diana Laborde? 8 Esperando a Carl Lewis En la cubierta del ferry, camino de Menorca, estalló una pequeña discusión. Habían zarpado a las once de la noche del puerto de Barcelona y, en la zona de butacas, a las tres de la madrugada todavía duraba la juerga. Los que querían dormirse quejaban que con tanto ruido aún no habían podido pegar un ojo. Ni girándose de un lado ni del otro, , ni poniéndose el


antifaz de los más previsores que, algunos ya conocían el pan que se comía, se habían traído de casa. No eran más de siete u ocho jóvenes que habían estado tocando la guitarra y cantando y que entonces explicaban chistes pasados de moda que les hacían una gracia extraordinaria. Como si viajasen solos, tenían suficiente con su jarana para molestar a todos. Acabada dos veces la paciencia, algún pasajero dejo ir un “vete a la mierda” al peludo que reía más alto. Los que estaban más cerca se dieron cuenta que enseguida que si aquella manera de mandarle al cuerno, no se paraba a tiempo, podía derivar en la tercera mundial. .¡A ti que te pasa, momia? – le dijeron al abuelo que les increpaba mientras su mujer, que sufría más por su marido que por ella, le intentaba tapar la boca con la mano. Laura intuyó el movimiento de Kim. -Tu no te metas. Por favor. -Llegaremos a Mahón hechos una mierda. -Pero no te metas. Kim, sentado en una butaca entre Laura y Xenia, arrugó la nariz e insistió: -Sino dormimos mañana no serviremos para nada. -Tenías que haber cogido cabina, tu… - le provocó Xenia. Kim no quiso responder. Ya lo había pensado pero lo dejó correr, no tanto por ser insolidarios con sus compañeros de curso sino porque no soportaba la sensación de estar enjaulado que le provocaban las


cabinas y, allá abajo, todavía notaba más aquel cierto olor. No le daba miedo marearse sino el miedo a tener miedo a marearse. De eso, siempre se burlaban sus hermanos cuando salían a navegar. En las butacas, si hacía falta, Kim se podía levantar y salir a tomar el fresco y lo tenía allí mismo, sin tener que correr a subir las escaleras que no sabía por qué siempre estaban frías y despintadas. Hubo suficiente con que el hombre mayor, deshaciéndose del tapabocas de su mujer, le dijese a los gaznápiros que le habían llamado momia que eran unos maleducados y les amenazase blandiendo su bastón, para que los chicos se burlasen de la giba del abuelo, cada segundo más, y ya se armó. De repente los jóvenes dejaron la guitarra sobre las mochilas, se levantaron y fueron a silenciar al viejo cascarrabias. Kim y Marc se pusieron de pie de golpe cuando vieron que le cogían el bastón y de lo lanzaban lejos, por el suelo, como quien juega a bolos. Otros compañeros de la facultad que también estaban adormecidos en sus butacas, unos aquí y otros allá, reaccionaron cuando vieron que los provocadores cogían al abuelo por las piernas y los brazos y le llevaban afuera, por babor, y lr hacían la baca amenazándole con echarlo al agua, a la una, a las dos, a las… El abuelo les insultaba y movía las piernas convulsamente, como no las había movido en los últimos diez años, para que le soltasen. Su mujer aún fritaba más que el. Reclamaba el auxilio de una


policía que no estaba y de una tripulación que no apareció por ninguna parte. Xenia y Laura salieron a cubierta, detrás de Kim y de Buixeda. Marcos, que jugaba a rugby con el equipo Universitario y que cuando era necesario gastaba la mala hostia del Alto Ampurdán, tuvo suficiente con dos gritos, cuatro empujones y una amenaza para poner un poco de orden. No se había levantado por curiosidad, para ver que pasaba, ni para clamar los sollozos de la mujer. Si querían gresca, tendrían gresca. El, llegado el caso, estaba dispuesto a ponerse hasta los codos. Les cogió la guitarra que tenían sobre las mochilas, se la enseñó como quien retiene a un polizonte e hizo el gesto de de romperles el instrumento con un golpe definitivo. Con un Fred Perry amarillo, que le iba ajustado, enseñaba unos bíceps trabajados con muchas horas de gimnasio. Justo antes de estrellar la guitarra española contra el bote salvavidas, frenó el movimiento en seco. Quid pro quo. Por lo menos consiguió que a cambio de recuperar el guitarrón, se calmasen las olas encrespadas y dejasen tranquilo al abuelo. Que cuando puso los dos pies en el suelo, todavía temblaba. A los setenta y dos años, no olvidaría nunca su primer viaje a Menorca. A las ocho de la mañana, cuando el ferry de la Transmediterránea dejó de roncar en el puerto de Mahón, unos y otros tenían tanto sueño que ni se dieron cuenta que le había salido a recibir un cielo azul tranquilo, de mañana veraniega. De todos los


estudiantes que habían acabado el primer curso de traducción e interpretación, cerca de unos cuarenta se habían apuntado – y pagado de antemano – el viaje a Menorca de finales de Julio. Primero habían pensado montar una excursión cuando tocaba, justo después de pasados los exámenes, pero se había ido inscribiendo gente y por un problema de hotel o de pasajes o de que no habían acabado de entender que,, la salida de cinco días se había pospuesto hasta aquellas fechas en que la isla ya estaba llena de turistas y de algunas familias de Barcelona que se instalaban para pasar el verano. Marcos, Xenia, Buixeda, Kim y Laura se sentaron en las cinco asientos de detrás del autocar que les tenía que llevar hasta un hotel rural, Entre Alaior y Sant Climent. Mas próximos a las playas del Sur, por el precio que pagaban no habían encontrado nada más. Para veinte habitaciones dobles se habían despertado demasiado tarde. S’Hortolà era un hotel sin estrellas, ni restaurante ni piscina, ni nada de lo que se esperaban encontrar en Menorca.. Si se lo tomaban con el optimismo de los diez y ocho años, parecía la casa de los masoveros de una finca señorial, del tiempo de los ingleses. Pero por más que mirasen a su alrededor, la casa madre no aparecía por ninguna parte, ni el huerto que debía dar nombre al edificio donde pasarían cuatro noches. Buixeda – que acabó el primer curso con un total de excelentes – se dio cuenta antes que nadie:


Esta debe ser la casa del hortelano, el payés que se cuidaba de los que sembraban y recogían en aquellos campos terrosos de por aquí. -Pero eso debía de ser en tiempos remotos. Ahora habían pintado la casa por fuera y la habían reformado por dentro. La habían dividido e habitaciones ridículas miniaturas con dos somieres y dos colchones, un estante que hacía de mesilla de noche, una pequeña tele que parecía que la habían puesto allí para no tirarla, y para de contar. Al lado de la puerta de entrada de cada habitación tenían una pica debajo de un espejo de dos palmos y un váter que pretendían disimular con una mampara de bambú. El plato de ducha, en cambio era comunitario. Estaba fuera de las habitaciones, al final del pasillo de cada una de las dos plantas. -¿Una ducha para veinte personas? Nos vamos a reír – el comentario se despertó por unanimidad. S’Hortolá era una construcción sencilla, una casa con el tejado a dos vientos y con las cuatro paredes blanquísimas, que deslumbraban desde muy lejos. Solo una tortuga que remoloneaba delante de la puerta y una buganvillas que se trepaban pared arriba por la fachada principal, moradas y orgullosas, daban un poco de vida a lo que era – se aceptan apuestas – el lugar más muerto de la isla. -¿No hemos encontrado nada peor? – dijo Marcos dejando la mochila sobre lo que decidió que sería su cama.


- Una cosa… - Kim se resistía a dejar su maleta sobre el colchón - ¿Te importa que me quede este, que está más cerca de la puerta? -¿Es que tienes miedo? -No – se rieron – Es la costumbre. En la habitación de al lado – la 29 era la única que tenía un balcón que daba atrás, con lejanísimas vistas al Monte Toro – se habían instalado Xenia y Laura. Habían tenido suerte. Podían salir a fumar un cigarrillo, de una en una. Habían pactado que, dentro, no fumarían y, fuera, no cabían las dos. Ni de lado. En aquel momento, poco pensaba Xenia que, bien pronto, se pasaría largas horas, plantada de pie en aquel balconcillo de nada. En el medio día de su llegada a Menorca, hubo quien quiso ir a la playa. Bajar a pie desde S’Hortolá hasta la playa de Son Bou era una larga excursión, que se les hacía más pesada a la ida, a la hora del sol, que de vuelta. Andar por la orilla de la carretera, con tantos coches y el asfalto que rebufaba, no era nada agradable y más de uno se decidió a levantar el dedo porque alguno de ellos les cogiese en autoestop. La palabra, a todos aquellos estudiantes de traducción, les hizo gracia. Autoestop. La encontraban larga, rudimentaria, pasada de moda. Muy gráfica, eso sí. Pero anticuada. ¿Y autoestop lo hace el viandante que va a pie o lo hace el conductor que se para? Y tanto que pasa, entre autoestima y autoestopista. ¿Tu que sabes, rata sabia? Discutieron también, sobre si


era un término universal que en todas partes se decía de la misma manera. Laura recordó que en Banyoles, lo llamaban “hacer el dedo” y todos se rieron e hicieron broma. Y entonces empezaron a explicarse anécdotas oídas – o leyendas urbanas, tal vez – sobre gente que había hecho autoestop y… Yo conozco a uno que… A mi me han dicho que en Francia un tipo… A mi me han jurado que una tía subió en un Mehari y ya nunca más… A ver quien la decía más gorda. Son Bou es una playa larga. No tenía ninguno de los encantos de las calas que les habían recomendado, la de Canutells, la de Biniparratx, la de Binidali, con su rocalla besando el mar. Pero para llegar aún tendrían que caminar más rato y, al final para bañarse o para estirar la toalla y dormir todo lo que no, habían podido dormir en el ferry, Ya les estaba bien. En la excursión de la tarde, a la Naveta del Tudons, no se apuntó bastante gente para que saliese el autocar. Se tuvo que cancelar. A la gran mayoría le dio pereza tener que atravesar casi toda la isla para ir a ver una construcción pretalaiótica de piedra que llevaría miles de años allá y que podían pasar unos cuantos miles más sin que tuviesen la curiosidad de meter la cabeza para ver como enterraban a unos antepasados de los que no sabían gran cosa. Hubo suficiente que alguien dijese que así que ponías la cabeza dentro del pasadizo adobado de abertura de


la nave hacía olor a bomba fétida, para que los demás dijesen no gracias, preferimos mas quedarnos rondando por aquí. En cambio, el plan de bajar a cenar a la cala En Porter y tener entradas para las Cuevas del Xoroi tuvo muchos adeptos. Quien más quien menos se quiso arreglar. Los que no se habían duchado al volver de la playa se quisieron dar una enjabonada, tanto si como no, antes de ir a cenar. Con tan solo dos duchas para todos juntos, en los pasillos de S’Hortolá se montaron un juego de corredizas, de colas, de toallas arriba y abajo que el viaje a Menorca comenzó a tomar otro rumbo. En el autocar, Kim y Marcos, sentados detrás de todo, esperaban la llegada de las chicas, que tardaron en aparecer más tarde de la hora fajada. La Xenia se había pintado los ojos con un azul vespertino que la favorecía. Laura se había dejado el pelo suelto, rubio y sano, hasta los hombros, y se había puesto un vestido blanco, de tirantes, la mar de sugerente que se le cogía bien al ombligo y al pecho. Con aquella pieza no eran necesarios los sostenes que la oprimían, que un día es un día. El vestido dejaba a la vista una piel dorada, acariciada por el sol, que se le notaba especialmente en el escote redondo, en los brazos – que se los había – depilado justo antes del viaje - y en los relucientes hombros de deportista. Miles de veces había oído decir a su madre que el moreno de montaña reseca. En cambio, le podía demostrar – por la fuerza de muchos veranos de la


familia Altamira en la playa de Calafat – que el moreno de playa luce mejor por los cristalitos diminutos que la arena va impregnando en la película del torso. Con los días, la piel queda finísima, salen millones de pecas pequeñitas y el cuerpo se vuelve una fiesta. “Todo el mundo está más guapo moreno” era una de la decena de sentencias que la Claudia repetía más veces a lo largo del mes. Si por cada vez que lo dices me dieses un duro, ya seríamos ricos – el padre, contable tocapelotas que hacía estadísticas de todo, también recontaba las frases más habituales de su mujer. La madre de Laura tenía, en estock, más reflexiones sobre las ventajas del moreno.”por contraste, destaca más el blanco de los ojos”, o bien El moreno es el buen recuerdo de momentos pasados al aire libre, o todavía “Si estás moreno, te sube la autoestima. Y de eso, ella que la tenía tan baja, sabía bien la teoría pero a menudo tropezaba con la práctica. Ninguna de estas tres últimas afirmaciones, pero no constaban en el top ten del ranking de los dogmas más citados de Claudia. En el paseo de Laura desde el volante hasta la última fila, Marcos y Kim se habían dado cuenta que su compañera de curso, parecía otra, se había tenido que recolocar en dos ocasiones, el tirante que se le caía hacia el hombro izquierdo. -Se te ve más morena, así tan clara…


Kim la recibió con un piropo. Laura le contestó con un peldaño menos de gentileza-¡Mira quien lo dice! Si tu siempre estás agitanado. -¿Yo? – Kim hizo como si se mirase por dentro. Llevaba una camisa azul bien planchada, abotonada hasta más arriba del pecho y arremangada, por debajo del codo. -En invierno de esquiar, en verano de navegar y todo el año de jugar a tenis. -¿Verdad que da rabia? – Ahora que lo decía… -Qué vida, tío… -Mi padre tiene un letrero que… - Decidió no seguir – Ey, sentaos, tías, que arranca. No quiso citar el quinto punto del decálogo del éxito según Onassis que estaba colgado en el despacho del Rafaeli. El mandamiento predilecto de Alex. Aquel que empieza diciendo mantente bronceado durante todo el año. En la pizzería, lentísimos. Tardaron mucho en servirles. Habían llegado con la claridad del sol y se les había hecho de noche bebiendo cervezas y más cervezas mientras esperaban que la mozzarella de búfala llegase, nadando desde Sicilia. Cuando salieron de aquel jardín interior al aire libre, más de uno hacía titubeos. Buixeda quizás se había tomado cinco. Marcos y Kim acostumbrados a la cerveza en ayunas, lo llevaban como si nada. Laura y Xenia, en cambio, a pesar de haber bebido mucho menos, se levantaron de la silla con la risa floja por


cualquier bagatela. Todo les hacía gracia y solo el empedrado irregular de los adoquines, en la bajada hacia las Coves d’en Xiroi, disimulaba una cierta inestabilidad. En la discoteca, había una cola de unas cuarenta personas para enseñar la entrada y para que les marcasen el sello de tinta a mano, como si fueses un cordero, por si querías salir y volver a entrar durante la noche. La cola no avanzaba demasiado deprisa. El portero jugaba con el poder de ir regulando el tránsito. -Es un truco de tendero – dijo Buixeda – así parece que haya cola para entrar. Laura, cansada de esperar se apoyó sobre el brazo de Marcos. Después se colgó todo el cuerpo. Y empezaron a hablar los dos, ajenos al resto. Se decían cosas, bajito, y se reían. Y volvían a reírse, tontamente. Y Marcos, con la barba y el pelo casi tan largos como los de Laura, no se estaba quieto, haciendo unas payasadas que Kim no le reconocía después de todo un año de verse casi cada día en clase. De repente, Laura y Marcos se tocaron los labios. Allí, de pie, en la cola de Las Coves d’en Xiroi. Pocos segundos después, volvieron a hacerlo. Kim si hizo el distraído, como sino lo hubiese visto. -¿A que hora cierran aquí? -No hay hora – respondió el portero más musculazo, que controlaba el acceso – Hasta que sale el sol.


Una vez dentro, dieron una vuelta para reconocer el terreno. Habían oído hablar, pero hasta que no entraron, no se daban cuenta de que era realmente singular. Tenía la música, la luz y el olor de una discoteca, pero se estaban paseando por un enorme apartamento de un troglodita, con muchas habitaciones y muchas vistas. La pista, no muy grande, tenía un aire insólito con una abertura, al fondo, que era un ventanal natural sobre el Mediterráneo. Espectacular. Era una discoteca extraña, con tantos rincones, terrazas y aberturas sobre el mar. Reconocidos los obstáculos Kim recogió las entradas, con una consumición por barba incluida, y fue a buscar los cinco cubatas. Primera ronda. Cuando volvió con los vasos de tubo llenos a rebosar, Marcos explicaba una historia. Se sabía la leyenda del moro. Más o menos. Recostado en el tronco de un árbol barnizado, que servía de barandilla para que nadie con dos copas de más se cayese acantilado abajo, narró la leyenda. Una vez, no sabía cuando, había naufragado un barco de moros cerca de la costa. De todos los que iban en el barco, solo se había salvado uno, Xoroi. Malherido y con gran esfuerzo había conseguido trepar hasta las cuevas, que decidió que serían un buen lugar para vivir. -¿Un poco húmedo, no crees? -Si, pero que me dice de las vistas? -Ahora, de noche, no veo una puta mierda. – La Xenia solo tenía ganas de sentarse.


-¿Y qué? Y qué? – a Laura le encantaba que Marcos le explicase un cuento antes de irse a dormir. Un día salió de la cueva y raptó a una joven, una guapa de los alrededores que estaba a punto de casarse, y se la trajo para aquí. En estas grutas se pasaron muchos años juntos. Hasta que un día, oh, sorpresa, en una ocasión en que toda la isla quedó con un palmo de nieve, los payeses de Alaior empezaron a seguir unas pisadas que les llevaron hasta este lugar. Dentro de la cueva encontraron al moro, la chica que ya no era tan joven y tres hijos de su relación. Xoroi al sentirse atrapado, corrió hacia uno de estos agujeros, se echó al agua nunca más se supo nada de el. Volvió al agua que es de donde había venido. -¿Conclusión? -Si nieva no salgas de casa. -No notáis que este cubata tiene gusto de garrafa? -¿Quién se viene a bailar? -Tiene cojones haber puesto una discoteca aquí dentro. ¿Si o no? Tiene muchos cojones. Marcos y Kim tenían que ir agachados pata no ir topando con la cabeza en las rocas. El paso del tiempo o la erosión por los vientos del sur o los golpes de cuernos que ya se habían dado antes algunos habían alisado las piedras que hacían de techo natural Aristas, como mínimo, no parecían haber. Sobre la pista, en cambio, la cueva se abría en vueltas hasta muy arriba. Había espacio, incluso, para que colgase una inmensa bola giratoria que, a


través de mosaico de miles de cristales cuadrados, lanzaba rayos de luz, aquí y allá, que petrificaban a los bailarines con unas caras y unos gestos grotescos, como si casa dos segundos quedase todos inmóviles. -Si Xoroi levantase la cabeza… -¡Se volvería a echar al mar! -Hacer una boîte en un lugar como este tiene delito. -¿Quién dice boîte hoy? Por más que gritasen no se entendían. Bailaban, fumaban, bebían. Se reían por todo o por nada. Se habían soltado el pelo. Llevaban todo un curso juntos en clase, pero nunca se habían visto juntos, los unos y los otros, tan liberados, tan espontáneos, tan… Ni cuando salían los jueves por Barcelona. Kim se había puesto a bailar rozándose con los tejanos de una chica rubia, holandesa, Jutta, le pareció oír que se llamaba. Parecía mayor. Pero tal vez no lo era. Alta como el, eso si. Muy rubia. Y con los labios pintados. Se hacían muecas. Bailaban cada uno por su lado. Cantaban, los dos, con la Gloria Gaynor. Gritaban. A gritos , libres. Primero bailaban de cara, como si el juego fuese el no llegarse a tocar, solo mejilla contra mejilla. Después la Jutta, o como se llamase – lo que menos le importaba del mundo a Kim, en aquel momento, eran los datos de su pasaporte – se le puso de espaldas, con el culo bien cerca de su pantalón.”I will survive”. Se movía con gracia, la holandesa. No tenía que ser fácil con loz zapatos rojos de tacón de


aguja, marcar el ritmo con los pies y con las caderas. A la tercera canción, Kim la cogió por la cintura. Ella se puso su cabellera toda hacia un lado, dándole el cuello, como si le pidiese el beso de Drácula por el otro lado. Cuando Kim no se pudo resistir, ella le cogió con una mano y, sin dejar de bailar, le guió discoteca abajo, más allá de las mesitas, hasta el lavabo. El de las tías estaba ocupado. Se miraron a los ojos de muy cerca y se entendieron sin palabras. Con una sonrisa atrevida hubo bastante. Sin reservas, es colaron en el de hombres, que acababa de quedar libre. Pasado el baldón, la Jutta bajó la tapa, se sentó encima, clavó a Kim de espaldas contra la puerta y le desabrochó, en perfecto orden europeo, hebilla, botón y cremallera. ¿Jutta significa lengua de serpiente en algún idioma? Primero dejó salir a la Jutta, retocándose los labios. D’Alkmaar, veintiséis años, más de Cruyff que de Neeskens. Mientras se vestían si que habían hablado el argot básico de estas situaciones. Después de lavarse las manos y pasárselas mojadas por los cabellos, Kim volvió a la realidad, como si nada. Cuando salió del lavabo le pareció que aún había entrado más gente en la discoteca. Ya era difícil dar un solo paso son rozarse con alguien. A pesar de que les buscó un buen rato, ya no encontró ni a Laura ni a Marcos por ninguna parte. Xenia, extasiada, continuaba en la pista de baile como si no hubiese


nadie más en el mundo. Incluso parecía que Umberto Tozzi la hacía vibrar. -¿Sabes donde están? -¿Quién? – Buixeda, con un vodka con naranja en una de las terrazas, notaba el aire que le daba en la cara pero ya no podía jurar si estaba en una gandula en Pukhet, en un safari en Tanzanai o en la costas borrascosa de Irlanda. -Laura y Marcos… -¿Quién? -Déjalo estar. Pidió otro cubata, rebajado con mucho hielo, y se lo tomó recostado en uno de los ventanales naturales de la cueva. Por el sonido del agua que chapoteaba más abajo, Kim intuía el ángulo recto, noventa grados perfectos, que dibujaban la piedra y el mar. Masticando el último hielo, recogió al Buixeda y a Xenia para llevarles hasta al hotel. El pagaba el taxi. -¡Xenia! ¡Xenia! La laura llamaba a la puerta de la habitación. Sin éxito. -¡Xenia, tía, despierta, que no tengo llave! – Y volvía a llamar a la 29, no demasiado fuerte, para no despertar a todos a las tres de la madrugada – Xenia, por favor… -Déjalo correr, Laura. ¿Lo intentamos en el jardín? - Un momento… Desde dentro salió la voz pastosa de la Xenia. Aún no sabía porqué, se levantó, como una sonambula, y


dio tres pasos con los ojos cerrados hasta que pudo abrir la puerta. -Vengo con Marcos… -Hi, Marck, how are you? Marc se había quedado en el linde de la puerta. Todavía no había puesto un pie dentro, que Xenia había caído redonda en su cama. Laura se acercó y, al oído, mientras le pedía un favor, la acariciaba para mantenerla despierta. Un favor, solo hoy, por favor. Ya se que tienes mucho sueño. -Ok, ok, Darling… - Se volvió a levantar, en sueños, sin tocar ni cuartos ni horas. Cogió el paquete de tabaco y el encendedor que tenía en el estante del lado de la cama y salió a fumar al balcón. Cuando Laura la iba a ajustar la puerta. Le preguntó dos cosas. -What time is it? -Las tres, aproximadamente, ¿Por qué me hablas en inglés, Xenia? Y la segunda: -¿De donde venís? ¿Y que más? A aquellas horas le explicaría que venían mojados, de la playa, de bañarse sin ropa, como no lo había hecho nunca con nadie. Entonces se pondría a explicarle como Marcos la había desafiado preguntándole si se había bañado alguna vez en el mar, de noche. -Es una sensación muy bestia. -¿Da miedo?


-No…Es…No se puede explicar, lo tienes que probar. -¿Ahora? -¿Tienes ganas? Con un cerrar los ojos le dijo que si, que muchas, y se escaparon de la discoteca y corrieron hasta la misma cala. Llegaron con la respiración a doscientos. Se morrearon vestidos, junto al agua. La ginebra y la lengua, que buen gusto. -¿Tu llevas el bañador debajo? -No. ¿Cómo quieres que… -¿Y? -Mejor, no? Solo hay una cosa mejor que bañarse en le mar de noche… Se desnudaron de prisa, cada uno a lo suyo. Marcos se quitó el Fred Perry amarillo que había llevado todo el día. Ella ayudo al vestido hasta dejárselo caer en los pies. Marcos lo había adivinado, llevaba sostén. Con los pies en el agua se volvieron a abrazar y a besuquearse. El primer abrazo, con los cuerpos desnudos, siempre provoca un escalofrío espeluznante. Y allá en medio, en la playa, sin nadie, todavía más. La sensación del calor de Marcos sobre su ombligo excitó tanto a Laura que prefirió irse corriendo hacia dentro del agua. Refrescaba, pero no corría ni una pizca de viento y se podía soportar. No paró de correr. Riéndose, hasta que el agua le llegó al cuello. Marcos, salpicándola con pasos más rápidos, la persiguió hasta que le convino alcanzarla. Metiéndose de cabeza la rodeó con los dos brazos


por la cintura. Ella se dejó apretar. Después, Marcos sacó la cabeza fuera del agua y con la barba mojada la besuqueó toda la cara y las orejas y bajó hasta probarle los pezones. Con desazón, Laura dejó de tocar los pies en el suelo para abrazarlo, enredada sobre su cuerpo. Las piernas sobre las piernas, que nuevo placer. Y se estuvieron rato así. Suave, poco a poco, el ritmo del agua calmada a su lado, casi quieta, sin olas. Sin nadie. Tenía razón Marcos. No daba miedo. Era una sensación nueva, muy diferente. No solo estaba contenta por haberlo probado; no entendía como no lo había hecho antes. Ya en la habitación, se secó con una toalla de ducha que todavía estaba húmeda y se estiraron en la cama de Laura. Les gustaba notar, en el otro, la piel salada por el reciente baño. Que contraste entre el cuerpo caliente por el sol del mediodía y la sal del mar a medianoche. Marcos, que tenía más experiencia sabía como manejarla. Dudaba poco y, a juzgar por los silencios y los gemidos contenidos de Laura, sabía por donde tenían que ir los dedos, y cuantos a la vez en cada momento y con que cadencia. Sabía como tenía que mover la lengua o intuía por las contracciones de los muslos de Laura, cuando era mejor dejarla descansar un rato para volver después, con más sensibilidad y concentración. Cuando les pareció que era difícil sentir más escozor, Marcos se estiro de espaldas en la cama para que Laura pudiese encaramarse, y dejar


que fuese ella la que dominase la escena hasta la larga sensación de fruición final. -Sobretodo, Marc, ahora no nos durmamos, que no dejemos a Xenia fuera – le dijo Laura, estirándose a su lado. Marcos solo tuvo que cambiar de habitación. Temía que le pasaría lo mismo. Kim se había quedado la única llave de la 28 y, más allá de las cuatro, tenía pocas probabilidades que oyese como llamaba a la puerta con los nudillos. -¡Voy! -Kim estaba despierto y le había oído a la primera. -¡Que haces despierto! – Marcos, con los pantalones puestos pero con el torso desnudo, decidió preguntar primero. -Juegos Olímpicos, tío. Esperando a Carl Lewis. -¿Cien metros? -No, hoy es largada. -Ya ha saltado? -Todavía no. ¿Qué tal? -¿El qué? -Laura… -¿Se oía – Marcos no se puso rojo porque ya había venido así. -Esto es S’Hortolá, tío. No se puede decir que las paredes sean de piedra precisamente… -Hemos intentado que… - Se oía poco, no te preocupes. ¿Pero que tal? -¿De verdad que lo quieres saber, Kim?


-Claro, tío… - Claro que no lo quiero saber. ¿O quieres tu que te explique como me la ha mamado una holandesa hasta la última gota? -Muy bien – Volvió a pensárselo, y, más rotundo, añadió -: La Laura. Muy bien. A Kim, más que la respuesta, le rompió el esquema aquella pausa. Talmente como si se complaciese habiéndose tirado a Laura. -Mira, el que ya se calienta es el Carl Lewis, no? -Si, si, disimula, capullo. 8.54 el primer salto. Que bestias, el hijo del viento. El se quedó con la tele encendida. Marcos, a los cinco minutos, roncaba como un jabalí. A la mañana siguiente salieron de excursión en autocar. Laura se quiso sentar sola, al lado de la ventana. Para pensar. O, mejor dicho, para no pensar en nada. Solo corrió la cortina bien atrás para ver la vida con otros colores. Mirar y distraerse con las ristras de kilómetros y más kilómetros de paredes secas – piedra sobre piedra sin argamasa – que parcelaban los campos y delimitaban las propiedades como en un ciclorama sin fin, de punta a punta de la isla. Los barrancos de la costa norte agobiaron a Laura. El paisaje del faro de Caballería, agitado y salvaje, tenía poco que ver con los arenales del sur, un continuo de playas mucho más dulces, en calma por el Garbi de las horas. El chófer – “quien quiera orinar que aproveche los lavabos del bar del Santuario” – paró el autocar en el Monte Toro, el


único montículo de una isla sin relieves. Situado a la mitad de la isla, como un mirador perfecto, les permitía contemplar todas las vistas en redondo. Ciutadella a la izquierda, Mahón a la derecha, el cabo de Caballería delante y aquello de allí abajo debe ser cala En Porter. Incluso, en aquel mediodía claro, se veía como Mallorca sacaba la nariz por el horizonte, la única foto de todo el grupo de la facultad la hicieron allí mismo, con la panorámica de Fornells a su espalda Todos juntos dijeron Luissssssss al mismo tiempo, mientras el chófer les retrataba con siete cámaras diferentes. Después, se hicieron una Kim, Marcos, Xenia, Laura y Buixeda. Al terminar, la bomba. -Kim, ¿me haces una con Marcos? – Laura ya le había puesto la cámara en los dedos. – Ven, Marcos. - ¡Y tanto! – Puso el ojo en el visor y vio como Laura se colgaba del cuello de Marcos – Aviso que no soy muy bueno haciendo fotos… ¿He de enfocar? -Es automática, Kim, solo dispara… -¿Queréis decir que no es a contraluz? -Que dispares, ¡va! -Si sale borrosa yo no tengo la culpa. -¡Dispara! Que imperativo tan cruel, dicho así, aunque sea para inmortalizar un momento con una fotografía. Y fue entonces cuando pasó. Fue justo en el instante en que apretaba el botón que, de repente, Kim notó una sensación nueva. Devolvió la cámara, sonrió por compromiso, dijo un de nada escondiendo la ironía y


al volver a subir al autocar, camino de no sabían donde, empezó a darle vueltas. De hecho, le daba lo mismo que coño de pueblecito de casas de un blanco cegador o que calas de arena fina les tocaba ir a ver. De repente, al tener que retratar a Laura con Marcos, notó un vacío extraño, como si le hubiesen arrebatado una cosa que consideraba muy suya. ¿Era rabia, aquello que sentía? ¿Era un principio de celos? Los famosos celos, de los que había oído hablar tantas veces pero que nunca los había experimentado, tal vez era aquello. Si lo era, ni le gustaba ni era un sentimiento que quisiese tener. No sabía que le tocaba más la pera, exactamente, si hacerles una foto juntos o que se les viese tan felices y juguetones. ¿Era una foto del día siguiente, para guardarla como recuerdo, o era el comienzo de algo más? ¿Marcos la alejaría de Laura, quizás, ahora que estaban tan a gusto? Dudaba si Marcos, barbudo, suelto, espontáneo, con una cachaza como si estuviese de vuelta de todo, hacía más para Laura que no un tipo como el, de sábanas limpias. Para que negarlo, algunos compañeros de facultad más kumbes que Kim, debían pensar que todo le había sido dado. Al final, este pensamiento no era nuevo, que culpa tenía el, de cómo se habían repartido las cartas. De vuelta al hotel, el autocar hizo una parada sorpresa. Bajaron en un circuito de karts, cerca de San Luis. Tenían una hora y media para ponerse el


casco, gasta gasolina y dar tantas vueltas como quisiesen en un trazado que tenía, sobre todo, curvas a la derecha. Kim hizo una demostración de dar gas, de avanzar por dentro y de frenar más tarde que ninguno hasta que sacó a Marcos fuera del asfalto. Empotró su kart contra una montaña de neumáticos colocados, estratégicamente, antes de la línea de meta. -¿No te has hecho daño, verdad? 9 Parece Navidad en el mes de agosto “Del Rafaeli todos tienen que salir mejor que lo que han entrado”. Por repetición y por convicción, Francisco Ráfales había inculcado aquella máxima de hotelero a sus hijos para que se lo tomasen muy en serio. Tanto Paco en el hotel de Barcelona como Vicente en el 4 estrellas de Roma hacían lo imposible para que todos saliesen del establecimiento con una sonrisa en los labios. Alex, Roger y todo el personal del Rafaeli, del Paseo de Gracia tenían órdenes de desvivirse por la clientela. Si traspasaban la puerta giratoria, tenían que salir mejor de lo que habían entrado. Lo mismo daba si dormían una sola noche, si se estaban una semana o, como en aquella ocasión, solo iban para la cena de la fiesta de la terraza-jardín, el acontecimiento anual del Rafaeli.


Después de tantos meses de preparación, había llegado la fecha de los nervios y de las relaciones públicas. Por lejanos que parezcan, los días siempre llegan. Los cuatrocientos invitados – al final asistieron trescientos sesenta y nueve, todo un éxito – habían recibido una invitación personal e intransferible. El tarjetón era un rótulo para colgar en la puerta de las habitaciones, pero en lugar del no molesten, Roger había diseñado unos anillos olímpicos y, con cada uno de los cinco colores, había escrito las instrucciones de la que sería la primera fiesta de disfraces de la historia del hotel. Tanto los hombres como las señoras se les rogaba de ir vestidos según la moda de cinco ciudades olímpicas, en el año en que se disputaron los Juegos. Atenas 1906. Paris 1924. Londres 1944. Roma 1960. Munich 1972. Las cinco, ciudades europeas. Como Barcelona, que se había ilusionado en organizar los juegos del 92 y que durante dos años trabajaría la candidatura con todos los detalles hasta que se supiese si se la concederían. La nariz decía que tal vez sí. Las ganas se habían contagiado por la ciudad como una epidemia de entusiasmo, pero estas cosas, hasta que no rompen el sobre y leen el nombre en voz alta, no se sabe nunca. La guardia urbana cortó la calzada lateral del Paseo de Gracia, de travesía a travesía, para que los convidados a la fiesta pudiesen llegar a la alfombra de color sangre seca que el hotel había puesto sobre la acera y que desembocaba en la puerta giratoria del


Rafaeli. La llegada de los invitados tenía todo el aire de un acontecimiento de gala cinematográfica. Un reportero de televisión registraba imágenes de todas las llegadas de los invitados. Dos fotógrafos de periódicos, con las bolsas y las cámaras colgando, disparaban a todo lo que se movía. El hotel también había alquilado un equipo de fotógrafos de boda que, al cabo de unos días, con las instantáneas ya reveladas, se las llevaba a Paco Ráfales para que el se entretuviese durante semanas, a enviarlas a quien correspondiesen. Si alguno había quedado desfavorecido, movido o con los ojos cerrados, se quedaba sin fotografía de recuerdo. El reportero del ayuntamiento, que era el único que podía trabajar por delante de la barandilla, solo disparaba cuando entraba la comitiva municipal, con el alcalde al frente. Pascual Maragall, charmant, había llegado a pie, con un traje color tierra de Atenas 1906, e iba encajando manos a derecha e izquierda, sin prisa. En la calle, se arremolinaba toda la gente que estiraba el cuello para ver si reconocía a alguno de los que entraban en el Rafaeli. -Parece Navidad en Agosto – dijo un niño francés, embobado delante de la fachada iluminado y engalanada para la ocasión. Dentro, en fila, Paco Ráfales y sus tres hijos mayores, Alex, Roger y Kim, recibían todos los convidados vestidos de Roma 1960. Impecable, vestido de gris, ceñido, con las perneras muy estrechas sobre el zapato marrón, con cordones de


lazo, enlustrados hasta hacerles brillar. La camisa blanca, que también se había hecho a medida, tenía un cuello exageradamente grande, rígido, encartonado. La corbata, - azul marino, - de los viernes, era muy estrecha y no acababa en punta. Era la primera vez que Paco Ráfales se ponía una corbata de punto que acababa en línea recta, como si la hubiesen cortado con unas tijeras. Confiaba que, con la americana abrochada, nadie se daría cuenta de aquella herejía. - Caramba, Paco, que elegancia – le dijo el alcalde, repasándolo de arriba abajo. - El mérito es del sastre. A los hermanos les costó aguantarse la risa. Detrás de Pascual y del séquito de regidores y de asesores, pasó el doctor Tarrés, el rey de la fecundación in vitro, con las solapas grandes de Munich 1972. Detrás con el smoking de Churchill, entró el prestigioso economista Federico Esparver, perpetuo aspirante a un Nóbel que se le resistía. Su acompañante, con la rosa elegante de Londres 1944, fue presentada, sin enrojecer, como una colega del desganado. -Señores Mundi, ¿como estamos? -Encantados, un año más, que nos haya invitado, amigo Ráfales – ni Atenas, ni París, ni Londres, ni…Hemos traído a nuestra hija Miriam, que acaba de cumplir los diez y ocho y le hacía ilusión venir. _ Bienvenida a la fiesta – Paco le dio dos besos a una chica con ojos de gato, que encandilaban – Mira, a


aquel de allá ya le conoces. Sois de la misma quinta. Kim, la Miriam Mundi, de los Mundi fabricantes de plástico para velas, que de pequeños os veíais a menudo. ¿Te acuerdas? -¡Y tanto! ¿Cómo estás? – Kim y Miriam se dieron dos besos, con la complicidad de la juventud, sin ninguna vergüenza. Saludados los anfitriones, a todos les servían una copa de cóctel. -Champán con grosella – repetían los camareros. Autómatas, sin dejar de enseñar los dientes – El cóctel del Liceo. La música de una orquesta en directo arrastraba a todos los invitados hacia la terraza de detrás, como el flautista de Hamelín. Laura miró el reloj de pared de la cocina. Ya debían estar todos dentro y ella todavía tenía que acabarse de maquillar, pedir un taxi y bajar hacia allá. Que sudores, antes de empezar. La habían invitado a la fiesta del Rafaeli, había recibido el tarjetón en su piso de estudiantes, y desde que había sabido que tenía que ir disfrazada, no lo había pasado nada bien. Ella se sentía más cómoda con la capucha y las Converse del básquet que no tenerse que vestir con… En una fiesta de tanto copete no quería ser el patito feo. No era su mundo. Ni de lejos. Pero cuando le explicó a Kim que prefería no ir, el había insistido, le había dicho que le hacía ilusión que fuese y que ya no podía echarse atrás. Demasiado


tarde. Ya había dicho a su padre que, por primera vez, llevaría una acompañante. Y no supo decir que no y, en aquellos momentos, mientras se ponía cinta en la cabeza, maldecía no hacer encontrado una excusa para hacerse la fuerte y decir lo siento, Kim, pero no puedo venir. Sira le recomendó que fuese a Menkes, en la Granvía, que a buen seguro encontraría cosas. Pero todo le pareció o demasiado caro o demasiado infantil o demasiado…Que cojones, que no encontraba bien de ninguna manera, tan disfrazada. Tenía que ir a una fiesta olímpica, no al baile de Blancanieves. Su madre, que se percataba lo que preocupaba a laura, desde lejos, la salvó. Sabía que una amiga de Banyoles, una pariente de los Flora del hostal, había heredado un montón de ropa bonita de su abuela de Porqueres. Piezas de museo. Tenía desde filigranas de bautizo, con puntas y puñetas, hasta un vestido de novia de color marfil, muy avanzado para su tiempo. Del baúl de la ropa de la bisabuela había salido, también, un precioso vestido de charlestón. A pesar de loa años, era una ropa suave, sedosa, de tonos rosados. ¿A cuantas fiestas de los felices años veinte debía haber ido aquel vestido? ¿Qué debía pasar, en aquellas fiestas en la Europa revuelta después de la Gran Guerra? La madre le pidió con el tacto de quien postula una joya en préstamo. Se la probó, le entró un dedo y medio para que no le cayese por ningún lado y le compró los zapatos a juego, cogidas al tobillo para que pudiese


bailar y lo suficientemente cómodas para que lo le hiciesen ampollas. Suponían, y tanto que si, que colaría por París 1924. Suponía que no sería la única que iría enseñando piernas. En el jardín, la algazara. Paco Ráfales había ordenado que pusiesen pocas sillas porque así los convidados desfilaban más de prisa. Se animan más a bailar, se cansan antes y no se les tiene que echar sino que se creen que se van por propia voluntad. Con tres horas, cuatro como mucho, tienen suficiente. El jardín estaba lleno de farolillos rojos e hileras de bombillas pequeñas, de maquillaje, que colgaban en ondas como las banderitas de los barcos. El rojo vivo de los farolillos con el alumbrado más claro de las bombillas redondas era una buena combinación. Roger habría puesto menos luces por todas partes. Se habría inclinado por una fiesta más íntima, de noche, pero el padre impuso su criterio con dos argumentos irrefutables. -Los convidados han de saber que comen. Y, a oscuras, ya estaremos bastante tiempo. -Tranquilo, padre, que a ti te incineraremos. De tanto en tanto, en una jardinera, de pared o dentro de unos grandes tiestos, Paco también había mandado colocar alguna antorcha de citronella para ahuyentar los mosquitos. Por los hombres, mo había problema, porque iban más trajeados, pero las espaldas desnudas y los tobillos de las damas eran


una diana agradecida para los mosquitos de ciudad, tan desorientados y molestos a finales de agosto. Laura entró en el Rafaeli por la puerta giratoria. Ya no había comité de bienvenida. Solo había quedado, de guardia, un camarero con la bandeja en una mano con unas copas de cóctel para los retardados. - Champany con grosella. - Ah, muy bien. - El cóctel del Liceo. - Con las prisas me he olvidado la invitación. – Se excusó con una mueca seductora, de las que abren puertas - ¿Hacia donde he de ir? - Es fácil. Solo tiene que seguir la música. Y el olor a comida. Y el ruido de las conversaciones de los centenares de convidados que cada vez hablaban más alto, de todo y de nada, para oírse los unos a los otros. Cuanta más gente, más jaleo. Las piernas se iban solas. Al salir al jardín entró en el espectáculo. En aquel instante se aseguró que no le habían hecho hacer una jugarreta. Todos iban elegantes, con vestidos muy diversos, pero se daba cuenta de que no era la única que se había disfrazado de Gran Gatsby. Vaya, que no era una broma de Kim, como había temido en algún momento. Si le hubiese hecho aquella jugada no se la habría perdonado nunca. De un vistazo, ubicó al cuarteto de música sobre la tarima, la televisión que con los focos encendidos


entrevistaba al alcalde y camareros por todas partes. De los Ráfales, ni rastro. Kim, que hacía rato que miraba su reloj cada tres minutos, si que la vio, abriéndose camino entre docenas de personas conversando de pie. No parecía ella. Se había recogido el cabello y se había puesto una cinta con lentejuelas en la cabeza. Por delante, le colgaba una onda muy marcada sobre la frente, como un flequillo. De aquella manera, el dorado de su cabello tomaba un tono más cálido, con reflejos de avellana. Sobre el vestido brillante, de un rosa tenue matizado y carnoso, dormían un montón de collarines largos con centenares de perlas. O tal vez era un solo collar que iba y venía algunas veces. También le lucían las muñecas, con brazaletes de muchas vueltas. Todavía tenía la piel morena, de Menorca. Nunca la había visto tan sofisticada. .¿Esta es la entrenadora de básquet, Kim? – Roger abrió mucho los ojos ante tanto glamour y con la falda por encima de la rodilla. -Laura, si. Por fin… -¿Y a esta no te la tiras? -¿Dónde ha dejado el chándal hoy? – dijo Alex, burlándose. -No. A esta se la tiraba Marcos… - Roger tenía información privilegiada – ¿se llama Marcos, verdad? -Ya no. -¿Ah, no? -Solo fueron tres días, de la salida a Menorca.


-¿Y tu a que esperas? -¿Yo? -Será que tienes muchos miramientos, tu… -Tenemos un pacto, nosotros dos. -Seguro… - Alex y Roger respondieron al unísono. Conociéndole como le conocían, no se lo creyeron. Lo tenían bien medido. A Kim le dolió no tener credibilidad antes sus hermanos, pero Laura se acercaba y no tenía tiempo de explicarles la clase de pacto, que de palabra habían hecho los dos, un jueves por la noche. Después de la ruta que habían empezado en el Padam-Padam, habían paseado por el barrio gótico y habían acabado sentados en un banco de la plaza del Pino. Kim, como quien no quiere la cosa, la había cogido de la mano. Después cada vez hablando en voz más baja, le acercó los labios. Laura le miró a los ojos con todo el afecto, le dio un beso, uno solo, y se apartó. -Kim… no sabía mucho como aclararlo. Por más que había pensado que aquel momento podía llegar, en el momento de decirlo le costó porque, en el beso, había notado un escalofrío peligroso – Preferiría que lo dejásemos aquí… -Pero… Ella le puso un dedo en la comisura de los labios, para hacerle callar. Pero, de nuevo, los labios se volvieron a encontrar. Y, todavía otro beso. Y otro. No quiero poner en peligro lo que tenemos Kim. Me fastidiaría mucho que perdiésemos nuestra


amistad. Esto que tenemos está muy bien y si vamos más allá…No lo se. Y yo no te quiero perder. -Pero yo tampoco… Perdieron la noción del tiempo. Uno y otro, inflamados. Ella se apartó y respiró. Todavía con el buen gusto en los labios, levantó una ceja para que Kim entendiese que todavía le quedaba una por decir. -Te lo digo de verdad. Prometámoslo, para no poner todo en peligro, que nunca traspasaremos esta frontera. Prometámoslo. Lo dijo con convencimiento. El, sin saber mucho el por qué, se resignó. -Entendidos – musitó. Se abrazaron fuerte, mejilla con mejilla, un buen rato has ta que notaron que un hombre alto, con sandalias y bigote de punta, les ofrecía comprar una flor por cien pesetas. Fue el momento de levantarse y largarse. Laura, en la fiesta, se había ido abriendo paso, mirando aquí y allá, como Alicia observando las maravillas de un mundo nuevo que la rodeaba. El vestido presentaba, sobre el pecho, una cortina de flecos que se movían graciosamente a cada paso. Cuando la tuvieron allá encima, Laura vio a los tres hermanos. -¿Va como de Charleston, verdad? -No lo se, tíos. Está de película. Si incluso se ha pintado una peca sobre el labio.


Kim les hizo callar y bajó los dos escalones para recibirla. Al sentirse rescatada; Laura se pueso la máscara dorada sobre los ojos. Era una máscara de mano, de formas venecianas, que se sostenía por una varilla de de purpurina. -¿No era una fiesta de disfraces? -Si, si. Vas perfecta, Laura. Muy adecuada – Tardó bastante – Estás muy guapa. -Gracias. A partir de aquel momento, para Laura, la noche que tanto la preocupaba empezó a diluirse. Paco Ráfales no era un hombre de discursos. Antes de subir a la tarima de la orquesta, repasó de un vistazo la nota que llevaba en el infierno de la americana. En cuanto los músicos terminaron una ranchera de Jorge Negrete y dejaron los instrumentos en reposo, el amo cogió el micrófono para decir cuatro cosas. Una, bienvenidos todos en nombre del Hotel Rafaeli. Dos, que agradecía a todos los invitados que hubiesen seguido la consigna de disfrazarse de ciudad olímpica (Añadió que Woodstock no había acogido nunca unos Juegos. Lo decía por un matrimonio que iba de hippies. O no habían entendido la invitación o se habían colado en la fiesta. Todos le rieron la broma, incluso el matrimonio aludido). Tres, que deseaba al alcalde Maragall que tuviese mucha suerte, el y la ciudad, en la nominación olímpica, y cuatro, que el baile de aquel año lo quería iniciar con una persona muy


especial: su princesa, la mujer de su vida, su hija. Elsa. A los amigos de la familia se les nublaron los ojos al verle bailar, con ilusión, con la pequeña de la casa. Un viudo, con hijos jóvenes siempre despierta compasión. La nena, con toda la pista para ella y su padre, estaba encantada de ser objetivo de todas las miradas en una fiesta que, para los del hotel, siempre habían sentido que era tan y tan importante. Sabía que estaban lo bueno y mejor de la ciudad y estaba convencida que, cuando se movía, todos se fijaban en como revoloteaba aquella falda encarnada que estrenaba para su presentación en sociedad. Después todo el mundo se les acercaba a decir monadas. Elsa repartía besos a diestra y a sinistra. Paco Ráfales, nacido para la diplomacia, desplegaba todas sus artes de las relaciones públicas. Conocía a todos por el nombre. A cada uno tenía algo que decirle. Sabía la última hora de cada caso de cada familia. Y, entonces, sin que se notase, lo controlaba todo. La cadencia de las bandejas de comida – todo exquisito, Paco – la temperatura de cada platillo, que no se formasen demasiadas colas para las bebidas, que los lavabos se mantuviesen limpios, que a nadie le faltase nada de nada. Nunca había ningún problema. Que nunca nadie le viese sufrir. Ni sudar. Los hoteleros lo tienen prohibido.


Roger aprovechó que Kim, al primer baile, se escaqueó. Vio a Laura, sola, mirando hacia rriba, como si contase estrellas, y tuvo una idea. -Ey. -Ay, hola. -Soy el hermano de Kim. -Ya, ya… -Lo digo porque no nos parecemos nada… -Veo que hoy vais de uniforme. -¿No te gusta? Roma 1960. -Yo, Paris, Año 24, verdad? No estoy muy segura. -Espectacular. – Como vio que le habían dado pie pasó el escáner de arriba abajo. Y después de abajo arriba – Me preguntaba si la chica más guapa de la fiesta me concedería este baile. ¡Uf, bailar? – Que compromiso - ¿Y ahora que debo decirle? - Es uno lento, no puedes decir que no. Era verdad. No se podía negar. Aquellos hermanos tenían alguna cosa que le resultaba magnética. Se preguntaba si era una virtud de los Ráfales o era una idea suya. El chico le tendió la mano, y Laura le dio la derecha, a la antigua, y le siguió los pasos hacia la pista. Justo cuando Roger pisaba su brillantísimo zapato, le tocaron por la espalda. -Perdona, chico, pero este baile me lo pido yo. Paco Ráfales le arrebató la mano de Laura y se la llevó justo a la mitad de la zona de baile. Roger se quedó con un palmo de narices, asombrado por la pericia de su padre. Ella, con la boca abierta,


tampoco lo pudo frenar. Con prudencia, el le puso una mano en la cintura y la otra en el hombro y, sin más contacto, bailaron “Moonlight Serenade”. Laura, más incómoda que honrada, agradeció que en el segundo solo de clarinete, el señor Ráfales empezase un tema: -Me ha dicho Kim que en la carrera te va muy bien. -Si. No me puedo quejar – se rió nerviosamente – Me gusta mucho. -Haces prácticas y todo, me ha dicho… -Si, si. Estoy muy contenta. Ayer las hice en… -¿Ayer? ¿Dónde? -Nada. En el museo arqueológico. En Gavá. ¿Lo conoce? -No lo conozco, no. Pero trátame de tú, por favor. No me hagas más viejo. -Nos ponemos el casco, bajamos a las minas con un grupo de diez científicos que han venido de Leicester y yo voy haciendo la interpretación de acompañamiento. -¿La qué?- Cuando el padre se reía se parecía a Kim. Los pómulos, los ojos, la forma de la boca. No sabían muy bien el qué. Un aire. Los ojos también se reían, traviesos. De joven debía haber hecho tronar y llover, aquel hombre. -La interpretación del acompañamiento. El guía va hablando y yo traduzco al inglés para los ingleses, sin micrófono, cerca de ellos. -¿Eso es el acompañamiento?


-De hecho, técnicamente y por lo que representa el esfuerzo de neuronas, duró tanto rato, más de una hora, que sería una interpretación consecutiva, pero vaya… -¿Sabes que es esto? – Pregunta retórica de Paco Ráfales – Un fox-trot. Un fox-trot de acompañamiento. ¿Me lo sabrías traducir? Siguieron bailando al son de Glenn Miller, con la cautela de los educados. No les habrían dado ningún premio, pero no se pisaban, que ya era mucho. A Paco, por la fragancia que le llegaba, le pareció que Laura llevaba el mismo perfume que María. Uno de los perfumes de María; uno dulce, con un regusto lejano al melocotón. En una ocasión, el hombre de las narices, Mister Patton, el cliente del hotel que olía perfumes por los cinco continentes, había explicado a Paco que nunca hay dos olores iguales sobre dos pieles diferentes. Pero era verdad que Laura que era anticolonias y potingues, le había pedido a su madre si podía cogerle alguna muestra. Cuando Kim volvió del lavabo, Roger ya le esperaba para darle la noticia. -¿Has visto a Laura? -No… -Mira. Padre es más rápido que tú. Alex, también en la pista, cogía a Miriam Mundi por la cintura. Ella le rodeaba con las manos por el cuello.


-Veo que nuestro hermano tampoco pierde el tiempo – Los señaló con la barbilla. Que ojazos tiene aquella pava. -¿Quieres bailar conmigo? – Roger se ofreció, en broma. -¡No seas burro, tío! Sobró comida para dar y vender. Ae rompieron cuatro tiestos, dos habitaciones se quejaron del ruido que les subía desde la terraza y un camarero se dislocó un brazo de un resbalón al entrar en la cocina. El alcalde, antes de irse con todo su séquito, cogió aparte a Paco Ráfales, le pellizcó una mejilla cariñosamente y le dejó un mensaje en clave: “Este año, si, Ráfales, este año, si.” Nadie supo lo que había querido decir. Ya habían dejado de tocar. Tomaban una copa, fumaban e intentaban meter un contrabajo en su funda imposible. Laura con un tubo de cubata en una mano, se acercó a Kim, que miraba por el balcón, hacia Colón. Le puso la máscara en los ojos y le dijo en un arranque: - Un, dos, tres. ¿En que estás pensando? - ¡Uf! - Kim se sintió atrapado – en nada. - Eso no vale. - No lo se. Estoy demasiado cansado para pensar. - Venga, Kim, tío, no te escaquees. ¿En que estabas pensando? - En una cosa que me han dicho mis hermanos. - ¿Qué te han dicho de qué?


- De ti. - ¿De mí? – las sorpresas tienen eso, que son inesperadas -¿Qué te han dicho de mi? - No te lo puedo… - Este no es el trato, Kim. Si jugamos, jugamos. Sin quererlo se habían acabado inventando un juego peligroso. Laura y Kim se habían dado cuenta de los riesgos de aquello que había nacido como un divertimento de universidad. De pronto, la verdad puede ofender. La verdad puede ser incómoda. La verdad, a veces, hace daño. Pero si eran amigos, amigos de verdad, no tenía que haber malos entendidos. Se lo podían decir todo. Esa era la norma. -Okay. Como tú dices, si jugamos, jugamos. – Respiró hondo, como antes de hacer un servicio de tenis – Me han dicho que te han visto entrar tan elegante, tan sexy, vestida así… -¿Qué te han dicho, va… Kim, que remedio, decidió continuar. Para disimular la vergüenza, exageró el gesto y la entonación: -¿Esta es la entrenadora de básquet? – Pensó si debía continuar. Venga, chico, lo mismo da, ahora ya has empezado -¿Y a esta no te la tiras? -¿Perdona? – Por un momento. Le cambió la cara ¿A esta no te la tiras? Esta, como si fuese…¿Y tu que les has dicho? -Que no entienden nada. Que tu y yo… Que nosotros somos dos amigos y basta.


-Claro que si, tío, bien dicho Laura con la mosca en la nariz - ¿Y que te han contestado? -¿La verdad? – Y esperó su asentimiento, con los párpados – No se lo han acabado de creer, me parece. -Te conocen demasiado, Alex y… -Roger. Es el que ha montado toda esta fiesta. Lo ha montado todo el. Era su prueba de fuego ante mi padre. Estoy contento porque le ha salido todo bien – Miró hacia el cielo – Y la noche ha aguantado. Laura se quedó pensativa. Había algo que le rondaba. -¿Y de la peca? ¿De la peca no han dicho nada, los brothers del alma? No, no. A ver, Laura, ahora no vayas a pensar que todo el mundo te va mirando la peca, que tampoco se ve tanto. En una pequita, no el cutis del Miki Lauda. Laura intuyó que Kim se cogía a cualquier cosa con tal de desviar la atención en un momento en que la conversación estaba madurando demasiado de prisa. - Tú – dio un sorbo al cubata, para coger carrerilla – De mayor tu serás un madurito interesante. A Kim, de entrada, no le gustó oírlo. Después, tuvo la necesidad de pasarlo a positivo. Estaba satisfecho con su cuerpo, pero nunca se había imaginado como sería al cabo de unos cuantos años. Nunca se había entretenido en especular como sería Kim Ráfales Angerri, con cuarenta años, ni con cuarenta y cinco ni con cincuenta. De pronto, le satisfizo saber que


sería un hombre de buen ver. Necesitaba que Laura le desarrollase aquella idea, aunque solo fuese un poco. Se lo reclamó, abriendo mucho los ojos y levantando la barbilla. -Cuando empieces a perder cabello, que te salgan arrugas aquí, en los ojos – le tocó con un pellizquito suave, delicadamente, con la punta de los dedos al final de las cejas – aquellas manchas de vejez que te habrán salido sobre las manos. Tal vez con gafas para leer…Si te mantienes así, delgado y fuerte, como ahora, si no dejas el tenis y no te sale la barriguita de todos los padres… Serás, eso, un madurito de los que se hacen mirar. Sus ojos coincidieron y, al encontrarse, pasó lo que pasa cada vez: se rieron. Laura lo remató. -Tú y yo tendremos que hablar dentro de unos cuantos años. -¿Y mientras tanto? Kim dejó la pregunta suspendida en el aire. No entendía si Laura planificaba jugadas a tantos años o sencillamente era un hablar por hablar fruto de la fiesta, del champany con grosella de bienvenida que pasaba tan bien. La respuesta no caía, ni por el efecto de la gravedad. -¿Mientras tanto? Tu se lo has dicho a tus hermanos. Nosotros dos somos amigos – Le cogió del brazo, fraternalmente - ¿qué mas queremos, no? Con una interpelación formulada de esta forma, solo había una respuesta posible. Conformada y escueta.


- Si, si – Se desabrochó el botón del cuello de la camisa – Me sabe mal no haber podido estar por ti esta noche. Tenía que… -Lo entiendo perfectamente. ¿Sabes? Pensaba que lo pasaría peor. -¿Baila bien mi padre? -Es un hombre encantador. -Voy a buscar las llaves y te acompaño en coche. -¿Ahora? No, no. -Decidido. -No, que no, Kim. Cogeré un taxi. No se si estás en condiciones de conducir… -¿Sabes que le decía mi padre a mi madre? Conduzco mejor, yo bebido que tu serena. -A mi, mi marido me dice eso y no vuelve a conducir en su puta vida. -Laura, que es mi padre… -Pero tu no vas borracho…No me lo parece. - No, claro que no, pero… No sabes la pereza que me da ir mañana hasta Ibiza, con la barca, con Alex. No se si me podré levantar… -¿Mañana? -Veinticuatro horas de ruta, que palo. Me parece que dormiré todo el rato. -Venga, que no os lo vais a pasar bien…No te quejes tanto. - ¿Quieres venir? Va… Hay miradas que quedan. Ya aquella era una de esas. No se sabe por qué, pero quedan tatuadas en un pliegue de la memoria, para siempre.


-Por nada del mundo. Con dos hermanos Ráfales, a Ibiza…Que peligro. -No se porque lo dices. Volvieron a reírse. -¡Adios! – Laura le dio un solo beso, en la mejilla – Gran fiesta. Kim se la quedó mirando, hasta que entró por la puerta giratoria y se perdió calle abajo. Laura se había ido del Rafaeli mejor de lo que había entrado. Mucho mejor. Misión cumplida, padre. 10 Como una isla que no ves

En el Mediterráneo no es muy habitual, pero, a veces, pasa. La Fornarina navegaba hacia Ibiza en un día soleado, a una velocidad de siete nudos y viento de sudoeste, de fuerza cuatro. Las puntas del pañuelo, el efecto del viento sobre el mar, hacían buena la vista. Los dos hermanos Ráfales a ratos se reían, a ratos charlaban y a veces se recluían en sus problemas. Les sorprendió darse cuenta de que llevaban un bañador parecido. Les recordó cuando la madre, de pequeños, les uniformaba a todos igual. Los tres chicos con la misma camisa de caballitos que salían en todas las fotografías de cumpleaños, los tres con los mismos pantalones de pana el día de


Reyes. Incluso, cada uno con su número, con los mismos zapatos negros que compraban en Torrents, en un tramo de la Gran Via que les parecía demasiado ruidoso. Aquella zapatería les hacía gracia porque tenían una máquina de Rayos X – entonces ni se les ocurría prohibirlos – donde ponías el zapato con el pie dentro y te salía el dibujo perfecto de hasta donde te llegaban los dedos. Quizá un número más, decía la madre, con la previsión de quien sabe que sus hijos crecían como las calabaceras. Alguna cosa les debía haber quedado de aquella manía de vestirlos igual porque, para ir a Ibiza, hubiesen cogido, sin decírselo, unos meyba con un estampado tan similar. Alex, con un ojo siempre en las coordenadas, se puso una camisa. No necesitaba abotonarla. Le gustaba ir a pecho descubierto, como veía hacer al padre Ráfales cuando iba al timón. En ausencia del patrón de la familia, el era el que estaba en la rueda, controlando el mar sin ninguna angustia. Recibía el viento por la amura de estribor, llevaba el barco escorado ligeramente a babor y estaba orgulloso de la estela de espuma que provocaba la Fornarina a medida que iba rasgando las olas. Siempre rumbo al sur, a ciento ochenta grados, camino de tres días de fiesta sin parar. - En el Mediterráneo no es muy habitual, pero a veces pasa, les dijo el perito de la policía, experto en accidentes marinos, escongiendose de


hombros – Llegan a circular tantos barcos de carga por el canal de Suez para ahorrarse dar la vuelta a todo el continente africano, que a veces pueden perder un contenedor. Si, esto pasa. Pasa poco, pero pasa. En los océanos es más frecuente, con un mar abierto, más bravo… Pero por lo que sea, en el Mediterráneo, de tanto en cuando también se cae un contenedor porque está mal atado, por el oleaje, por mala suerte… No es frecuente, pero pasa, y es de las cosas que asustan más a los navegantes. Estos contenedores flotan y se quedan a la deriva. Son tan herméticos que flotan porque tienen aire dentro. Cuanto más aire, menos se hunden. Y lo peor de todo es que se quedan a un palmo bajo el agua. Cuesta mucho verles simplemente con los ojos desnudos, los radares no los detectan y un contenedor de estos, en medio del mar, es como una roca inmensa. Y cuando topas, es como chocar contra una isla que no ves. Me sabe muy mal señores Ráfales. No hemos podido hacer nada más. El silencio duró veinte segundos. Tal vez treinta, pero parecieron dos horas. Kim agradecía el brazo de su padre por encima de sus hombros. Sumergido en el drama, no se quitaba de la cabeza que el tenía que haber ido con la Fornarina. Y necesitaba saber, con todo detalle, como había sido el accidente. Los detalles de la tragedia. Una hipótesis.


-¿Qué creemos que ha pasado? – el policía, de pie ante el, respiró hondo. Acostumbrado a dar malas noticias en salas de espera de hospital, sabía que aquella no era una cualquiera. -Si, por favor. -Es una hipótesis, que conste. Lo que ha pasado exactamente solo lo podían saber aquellos dos y… -Ya entiendo que usted no estaba. Por eso le pido, por favor, como cree que había ido todo eso? -Sería muy útil recuperar la barca del fondo del mar, pero por lo que aseguran nuestros submarinistas que aun han conseguido ver la embarcación… -Escuche, por favor, mis dos hermanos , Alex y Roger, mis dos hermanos mayores han muerto, no vaya con tantos miramientos porque nada de lo que pueda decir lo va a empeorar – El padre cogió a Kim por el brazo, para que entendiese que no tenía que cabrearse más. El rebajó el tono de las palabras y volvió a preguntar, entre sollozos - ¿Qué cree que ha pasado? Por favor, por favor… -A siete nudos de velocidad, topar con un contenedor de veinte toneladas es como chocar de cara contra una pared, a toda velocidad. Por la información de la activación de la radiobaliza sabemos que estaban en el canal, a medio camino entre las islas y la península. No se lo podían esperar porque los radares solo detectan cosas en la superficie. No han podido esquivar el contenedor porque no lo han visto venir. De los dos chicos, el


que estaba en la rueda se ha clavado el timón. Se le ha incrustado. Seguramente del golpe, la muerte ha sido instantánea. A partir de aquí, es más difícil decir como ha seguido el episodio, pero lo más probable es que… Kim miraba los ojos del policía y le interesaba el como. Los hechos. Los detalles. La manera como Roger se había intentado salvar, como se rompieron los obenques y como había caído el palo, como se lo debía haber hecho para activar la radiobaliza, como aguantó tanto rato hasta que llegó el helicóptero. Necesitaba rehacer sus últimos minutos, aunque solo fuese, para convertirlos en héroes para siempre. Paco Ráfales, en cambio, con los ojos clavados en la nada, lo oía todo de lejos, con sordina. Sólo le interesaba el por qué. El por qué absoluto. No las cábalas periciales según las cuales el contenedor del cargamento asiático había caído al mar por un mal aferrado, ni como se había desarbolado La Fornarina, sino el por qué de verdad. ¿Pero qué sus hijos? ¿Por qué merecían morir tan jóvenes? ¿Por qué – Virgen Santísima – los dos a la vez? ¿Por qué el azar se ensaña de un modo tan cruel con una familia? ¿Por qué es tan injusta la vida con una buena persona? ¿Por qué no se podía morir el, en lugar del Alex y del Roger? ¿Qué mal debía haber hecho para que Dios les enviase un castigo tan definitivo? ¿Por qué ya no valdría la pena los años que le quedasen por delante? Años de condena. Vagar para ir haciendo porque no hay más cojones,


y oír para siempre, de fondo, la música de un triste violín. No quería aquel acompañamiento cruel, un sin final de tortura persistente. Ni tan solo quería una explicación científica. Quería a sus hijos. Lo más probable – continuaba el policía, con la empatía justa, es que del choque con el contenedor se rompiesen los obenques, y lo hiciese caer todo, el palo, la vela mayor y la génova. El segundo chico, que debía estar sentado en la bañera, que es donde se ha de estar sino estás en la cabina o en la dinette, tenía una profunda herida en el cuello, como la de un latigazo de un cable de acero que aguanta el palo hasta la popa. ¿Saben que es el back-stay? Paco, sin pensar, dijo que si con los párpados. Claro que lo sabía. - Es ese cable de acero, que les decía. El chico tuvo fuerzas para activar la radiobaliza que nos dio el aviso, con las coordenadas exactas para localizarlos, y para lanzar un bote al mar. El bote, como saben, se abre automáticamente cuando lo tiras al agua. El segundo chico, Roger, lo encontraron allá, cuando llegó el helicóptero, poco más de una hora después que se activase la radiobaliza. Estaba inconsciente y perdía mucha sangre. Bajaron a recogerlo y, cuando le ataron para subirlo arriba, aun estaba vivo… ¿Y el barco? – preguntó por preguntar. A Kim no le importaba La Fornarina.


Está demasiado profundo para saberlo. Desde el helicóptero vieron lo que vieron… Supusieron que había un corte en el casco por la obra viva de lateral de babor. Seguro que el contenedor pegó contra ese lado y, con ese agujero, ya era imposible pararlo. Los socorristas vieron como el barco empezaba a hundirse por la proa, se fue girando y tardó más de media hora en que el mar lo engulló del todo. La Txell, compañera de piso, dijo a laura que había oído que los hijos del Hotel Rafaeli habían tenido un accidente con la barca. ¿Pero que dices, tía? Por la radio habían dicho que un hermano había muerto al instante y que al otro, le habían trasladado en helicóptero, sin éxito, desde el mar hasta el Valle de Hebrón. ¡Pero que me estás diciendo, hostia puta! Cuando Laura, deshecha y con un escalofrío, llegó al hospital, no sabía por qué corría, si ya no iba a hacer nada. Tenía frío y mucho miedo. En el taxi, llenando un kleenex tras otro, solo le llegaban imágenes a su cabeza, como calambres. Kim en la pesquera de Banyoles con su bufanda azul, el presentándose en el entreno del básquet, Kim celoso en Menorca. Que mal le sabía haberle hecho daño. O haberle dicho que de mayor sería un madurito interesante, si Kim, que cruel, ya no llegaría a mayor… El taxista, asustado por los sollozos desesperados del asiento de atrás, no se atrevió ni a preguntar lo que pasaba. Llevándola


donde la llevaba, ya se lo podía imaginar, pobre chica. Ya en el hospital, Laura caminaba con los pies ateridos pero necesitaba ir y preguntar a Roger o al señor Ráfales que sabían de Kim. Como podía ser que… No lo quería decir. Se resistía a imaginárselo. Que drama, pobre gente. Kim muerto y Alex, tan buen patrón y tan prudente, ¿Qué les había pasado en la barca, ¿oh, Dios mío?. En el punto de información la enviaron al primer piso. Subió corriendo. La sala de espera estaba llena de personas de pie, sin cara. No veía nada. No reconocía a nadie. Al fondo, sentados le pareció que veía a Paco Ráfales. Con la cara entre las manos, abatido, rodeado de gente sin palabras. Nadie encuentra el argumento en una tragedia así. A su lado… También sentado. No podía ser. Parecía Kim. No podía ser el. Por la radio habían hablado de dos hermanos que… Se acercó abriéndose paso. Y gritó su nombre. Primero con un hilo de voz, con el miedo de quien encuentra un fantasma Después con el nerviosismo que el espíritu de carne y huesos se levante, y te mire y venga hacia ti y, cara a cara, te llame por tu nombre, con todas las letras.¡Laura! -¿Kim? Fue el abrazo mas largo de su vida. No habían tenido bastantes años ni motivo alguno para hacerse uno como aquel, desesperado y sentido.


Los dos lloraban, pegados el uno al otro. Las lágrimas de Kim caían sobre el pelo de Laura, que había clavado su mejilla en el pecho de su amigo y todavía no entendía como estaba vivo si en la radio habían dicho lo que habían dicho. Los dos hermanos Ráfales, muertos en medio del mar. Kim, sollozando, sin poder contener la rabia, no tenía li ganas de secarse las lágrimas con la mano. El lagrimeo caliente de Laura iba extendiendo la mancha sobre la camisa de Kim. Poco a poco, cada vez más grande. El abrazo era, a cada minuto, más estrecho. Necesario. No podían soltarse. Ahora uno, ahora el otro, no podían parar el lloriqueo que emocionaba a todos los que tenían a su alrededor. Hay extrañas ocasiones en que el cuerpo y el alma firman una tregua y descubren que, a los dos, les conviene llorar sin parar. -Pero tú… - Laura, dijo como pudo. -Sí. Tenía… que ir yo… Sí. -Pero… -Roger, Laura, Roger. Y Alex… Y volvía a arrancar unos bramidos desconsolados que le impedían decir nada de nada. Tranquilo, Kim, ya me lo explicarás. La Fornarina era un velero de cuarenta y siete pies de eslora que Paco Ráfales había comprado poco después de quedarse viudo, en el puerto del Masnou. A través de un buen cliente del hotel, había sabido q2ue un empresario del textil de Teiá, con la fábrica


en Mataró, estaba en horas bajas y se vendía, entre otras propiedades, un velero de 14 metros de eslora y cuatro pies cuarenta de manga, con tres cabinas. Pensó que con dos camas grandes y un tercer espacio con literas era ideal para ir el con los cuatro hijos. Un sábado por la mañana y con la discreción de los Ráfales cargó a toda la familia en el coche, salieron del hotel y les llevó hacia el Maresme sin decirle a los chicos que tendrían una sorpresa. Al llegar a la riera de Alella, Alex intuyó que iban al puerto del Masnou. En alguna fecha señalada, con su madre aún viva, habían ido a comer al Enrico. Les encantaba compartir un arroz a banda para los seis. Así comían todos lo mismo y lo celebraban. Después de comer, a los padres les encantaba pasear mientras digerían el allioli y paseaban mirando los yates que estaban anclados en los amarres que estaban más cerca del Club Náutico. Aquel sábado por la mañana, cuando aparcaron delante de un velero, el Rubén Cano, no se imaginaba que su padre les diría “Subid”. Y que después de saltar adentro, les diría “Y ahora bajad a la cabina” y menos todavía que sobre las camas encontrarían un letrero con el nombre de cada hijo. -¿Es para nosotros, padre? -¿Lo has comprado? Paco Ráfales no dijo ni que si ni que no. No le gustaba hablar de dinero. Sus hijos no tenían nada que decir, si era comprado, o era alquilado o se lo habían dejado para un fin de semana. Pero con una


sola pista, Alex, Roger y Kim, tuvieron suficiente y ataron cabos. -Si queréis, le podéis cambiar el nombre. Podéis pensar en uno mejor. -Pero si ya tiene un nombre…Se Llama Rubén Cano. -¿Quién es Ruben Cano? – pregunto Elsa. .Un marinero que iba con Colón, creo, cuando descubrió América… -¿Pero tu que sabes? Rubén Cano era un futbolista… -¿Y tu que te lías? -Que si, que se hizo famoso por un gol de churro. .¿Y a un barco como este le ponen el nombre de un…? -Pensad uno. Uno cada uno. El padre se inventó las normas. No hace falta que lo digáis ahora. Pensad en el nombre que os gustaría que le pusiésemos y el sábado que viene lo votaremos entre todos. Ganó La Fornarina. Era la opción del Alex, que había elucubrado todo un razonamiento que convenció a sus hermanos. Era la suerte de ser el mayor y el que sabía más cosas. Por lo menos, el que antes las descubría. ¿Nosotros como nos llamamos? Ráfales. ¿Y el hotel como se llama? Rafaeli. ¿Y en la escuela como nos llaman muy a menudo? Rafaelo. Y Alex, que en la escuela había tenido la suerte de tener un profesor de historia del arte de los que hacen que te gusten las piedras y los museos, sabía que el pintor de las estancias vaticanas había nacido


un Viernes Santo y que había muerto a los treinta y siete años, otro Viernes Santo. Y que entremedio, de Semana Santa en Semana Santa, a parte de pintar magníficos cuadros y de edificar edificios remarcables, y de ramblear por el Renacimiento, había tenido una amante, que se llamaba Marguerita Luti. Y ahora, pasados los siglos, a cualquiera que le apeteciese viajar la podía ver expuesta en el Palazzo Barberini de Roma, con la mirada limpia, los senos desnudos, y un brazalete con el nombre del artista:”Raphael Urbinas. A la Marguerita la llamaban “La Fornarina” porque era hija de Luti, un célebre panadero de Siena. No se hable más, decidió el padre, satisfecho de que su hijo supiese tanta historia de la buena. Paco Ráfales se maldecía y no se lo acababa de creer. Lamentaba hasta la muerte el día en que mala hora compró el barco, el sábado que fueron al Masnou con la ilusión de preparar la primera salida, el día en que le pintaron el nombre de La Fornarina, haberle pagado los cursos para el título de patrón a Alex y me cago en diez y todos los Santos. Los remordimientos de Kim no tenían raíces tan profundas pero sabía que no se lo perdonaría nunca más. Sino hubiese bebido tanto, la noche anterior, no le habría dicho a Roger, ves por mi, que no me puedo ni levantar. No vamos a dejar que Alex vaya solo a Ibiza. Ves por mi, que ya sabes que el olorcillo del


barco…y Roger, de buena fe, se había vestido, se había preparado la bolsa para pasar tres noches de gresca con Alex y volver. Le había pedido un favor y le había enviado a morir. -Este pensamiento te lo has de quitar de la cabeza, Kim, por favor. Se lo dijo Laura, en cuanto supo que su amigo no iba en el barco el día del accidente. Y se lo repitió al día siguiente. Y cada día durante una semana. Y cada semana durante un mes. Y tantos meses como hicieron falta que Laura estuviese a su lado. Un día le pasaba a buscar por sorpresa y se lo llevaba al cine aunque Kim, de tanto llorar, ni tan solo veía la pantalla. Otro día se presentaba en su casa con el libro de la autoescuela y le pedía que le hiciese preguntas del test, que me estoy sacando el carnet. O ayúdame, ahora ya hago prácticas y tu conduces muy bien. Necesitaba alejarlo de la culpa, hacerle sentir importante y, poco a poco, que hubiesen cosas – aunque fuesen las cosas absurdas de cada día – que le volviesen a hacer reír. Laura había decidido que le tiraría tantas cuerdas como hiciese falta para sacarle del pozo.. Sabía que el, rabioso con el mundo, de la humor según el día, había momentos en que no le querría coger. Pero ella no se cansaría. No dejaría nunca de darle la mano y darle más argumentos a donde cogerse. Era consciente que, en la familia Ráfales, siempre habría un a.d.a. La felicidad mitificada de antes del accidente. Un antes y un después. Paco Ráfales no tuvo ni ánimos para poner


el retrato de Alex y de Roger en su mesa de despacho, al lado de la de María, que suerte que no ha tenido que pasar por eso. La madre no habría soportado que se le muriesen sus dos hijos mayores. Demasiado bestia.

2001

LAS HORAS VERTIGINOSAS 11 PRÓXIMA ESTACIÓN, ROCK AND ROLL

Por las mañanas, rutinas. Uno, el que se sube tronco arriba, dos, aquí, con la cola peinada, tres. El acróbata que dibuja caminos en el aire sobre las ramas, cuatro… Cada mañana, contaba las ardillas que veía en el Green Park, en el camino apresurado hacia el trabajo. A primera hora, de lunes a viernes, Laura – bufanda y gorro de lana, nariz roja y un café entre las manos – atravesaba el parque en diagonal, sin saber que sobre aquel terreno se enterraban, en otro tiempo, a los leprosos que morían en el hospital de Saint James, que estaba al lado. Tenía la costumbre de entrar al parque por el ángulo de Picadilly Street, por el lado del quiosco de la boca de metro, y salía por detrás de los jardines de


Buckingham, buscando el atajo hacia Victoria Station. El estudio musical de la productora de Eric estaba a pocas manzanas, en no se qué Gardens. En su línea recta para seguir el camino más corto, Laura tenía que esquivar el partido de cricket de cada día. Unos jóvenes indios o pakistaníes o de donde fuesen – en un año en Londres todavía no había aprendido a distinguirlos por la cara -, habían hecho un montón de bolsas en el suelo y, ajenos al mundo, empalaban la bola y gritaban y corrían entre los árboles. Quien pasase una sola mañana pensaría que era un juego improvisado. Los caminantes habituales, en cambio, sabían que aquello era una competición con todos los detalles. “Por las mañanas, rutinas”, tenía razón Richard Clemence. Todos vamos, más o menos, con los gestos cronometrados. La dama de la bicicleta y el sombrero, por ejemplo. Árbol arriba, árbol abajo, prácticamente siempre en el mismo sitio y sin dejar de pedalear con suavidad, la dama de la bicicleta adelantaba a Laura. De un día para otro, solo variaba el modelo de sombrero, ya fuese un tocado de Nefertiti o una media pamela o un borsalino de mujer, que se ponía ladeado. Pero nunca cambiaba la elegancia de una señora de facciones finas. El hombre de la pipa, que se daba impulso con la puntera del paraguas para hacer los pasos más largos, se lo cruzaba, metro aquí metro allá, siempre en el mismo cruce. Le echaba unos cincuenta. Era un señor ceniciento, de mirada simpática que, con sol o con lluvia, canturreaba siempre entre dientes. Unos


quince años más que ella, los tenía, seguro. Algún día le diría alguna cosa. Aunque fuese un good morning juguetón. O ni eso. Un good morning educado y basta, de pasada, como a los ciclistas cuando les tiran la bolsita de la comida sin pararse. En Green Park, con el primer sol, nadie caminaba poco a poco. Definitivamente – pensó – el slow walk del profesor Clemence no había triunfado en Londres. El joven encorbatado que llegaba tarde a la City casi ni tocaba los pies en el suelo, de tan rápido como iba. Pero no había mañana que no hablase de futbol por teléfono móvil. Cuando no criticaba a su entrenador, se burlaba de los centrales del West Ham y, sino, maldecía la vida sexual del árbitro. Todos iban siempre mal follados, árbitros y Liniers. A las ocho o’clock, el dependiente de los helados Carpigiani abría la persiana de la furgoneta, como si tuviese prisa para que llegase la primavera y, santa inocencia, dos días de buen tiempo seguido. Richard Clemence, profesor de filosofía de la Universidad de Kent, en Canterbury, tenía razón en lo que decía en sus conferencias, cuando veía a algún asistente mirar su reloj. - No hay nada más puntual que el tiempo. Podemos atrasar la hora del reloj, pero el tiempo, ajeno a todo y a todos, siempre avanza. Igual. Al mismo ritmo. Las manillas de los relojes de Laura Altimira y del profesor Clemence habían coincidido, por primera vez, en una jornadas en el Centro de Cultura Contemporánea, en la zona


más limpia del Raval. Acabada la carrera y a pesar de los morros que puso su padre durante semanas, Laura no volvió a vivir en Banyoles. Se quedó en Barcelona, supo llamar a las puertas que debía y no tardó en colocarse en la agencia que era pionera en el sector. Enseguida le salieron trabajitos, aquí y allá, para ir haciendo traducciones simultáneas. Le valoraban el cuidado en la lengua, la pasión por el trabajo, la disponibilidad absoluta y, sobretodo, la curiosidad universal. Necesitaba horas de vuelo y lo mismo le iba bien que la enviasen a un congreso de Cardiología, como a conferencias multireligiosas o, incluso, a las ruedas de prensa de un trofeo internacional de tenis. El único partido que había visto en su vida fue un martes que se presentó a ver a Kim por sorpresa. Le pareció un deporte para gente estirada, pero se abstuvo de decirlo. Un día – Laura lo encontró divertidísimo – le propusieron para contratarla para una boda de tres días en Tossa de Mar. La novia era una pubilla del pueblo y el marido era de San Francisco. La dificultas de la misión arrancaba en el momento que, de los Estados Unidos, venían ocho familias masticando chiclets que no sabían ni decir hola que tal. Aparte de la novia, los de aquí tampoco entendían ni una palabra de inglés. La vigilia de la boda, todo eran conversaciones pulidas y educadas. Al día siguiente, traducir al cura tuvo su qué y, ya al


tercer día, acabaron todos los californianos cantando el karaoke y Laura, también desenvuelta, traduciéndolos, a gritos, el “bailar pegados es bailar”. Cuando se lo explicó a Kim, no se lo creía. Se pensaba que le tomaba el pelo. -¿Cuántas revoluciones conocéis que se pueda decir en que minuto empezaron? Así que el profesor Clemence se sacó el reloj, lo dejó sobre la mesa y arrancó con su conferencia en el CCCB con esta desconcertante pregunta. Laura se quedó cautivada. Por el discurso, por la voz, por la dicción y por un algo de aquel hombre que, por la edad, podía ser su padre. Llevaba el cabello muy corto, a juego con una barba blanca que tenía la costumbre de peinársela con la mano plana, de la barbilla hacia la nuez, como si quisiese alisar las arrugas del cuello. Tan solo diez minutos antes de empezar la conferencia, les habían presentado formalmente y Laura, con una sonrisa que hacía difícil negarla nada, le pidió si podría hablar sin demasiada rapidez. Roto el hielo, osó decirle, también, que le iría de fábula si ella pudiese tener una copia de la ponencia, aunque solo fuese para poder leerla antes e irse familiarizando con el vocabulario específico y como se gesta una revolución. -Of course – De un maletín cerca de la jubilación anticipada, se sacó los diez y siete folios de su discurso.


-¿Improvisa mucho? – Laura, dando una ojeada a los papeles – Solo es por saberlo… -Un discurso es como la vida. Sino dejas margen para la libertad, mal vamos. Laura levantó la mirada y se dio cuenta que, de los pequeños ojos del profesor, de un azul vaporoso, se adivinaba un nuevo mundo. Y noto, como un extraño latigazo, que le apetecía descubrirlo. Todos tomaban apuntes. La treintena de asistentes que habían pagado cuatro euros simbólicos para oír al profesor Clemence no paraban de llenar hojas de libreta con dificultad, por culpa del auditorio en penumbra. Laura, desde la cabina de traductores, se dio cuenta que solo la mitad de la sala llevaba los auriculares puestos. El resto debía entender el inglés sin necesidad de sus servicios. El ponente predicaba, de pie, su conferencia, que ya había paseado con éxito por media Europa. Había colgado la americana en la silla y cuando salía de detrás del atril para cualquier claudator explicativo, mostraba su cuerpo enjuto, bajo una camisa amarilla, mal planchada. No era presumido, pero tenía el encanto del prestigio. Hablaba despacio, prácticamente como si dictase su charla. Tal vez, pensó Laura, era un mensaje para ponérselo fácil. Coger y sacar. Este era su trabajo. Y le encantaba hacerlo. Coger y sacar, sin parar. En la facultad le habían dicho que, cuando tuviese que trabajar de verdad, sería una buena señal si, durante la traducción, notaba la euforia de la adrenalina. Y


Laura la percibía mientras iba escuchando y traduciendo las palabras del profesor Clemence. Fueron cincuenta y cinco minutos – nuevamente el recuento del tiempo – sin nervios ni sorpresas. Le había interesado mucho todo lo que explicaba sobre la revolución de Copérnico y su intento al espectador alrededor de unas estrellas en reposo, después de fracasar al hacer que las estrellas girasen alrededor de las personas. Quedó satisfecha de su trabajo. Había puesto a prueba su capacidad de concentración durante tanto tiempo seguido. Después, con amabilidad británica, el profesor bajó a la platea a responder a las siete preguntas del público más curioso por el tema. Consumadas las revoluciones recogió sus papeles y los echó dentro de su gastado maletín. Era una buena hora para cenar. El organizador de las ponencias, un intelectual sin cargo que se había extasiado con la conferencia de Clemence, propuso de ir a picar alguna cosa. -¿Vendrá Laura? -¿Quién? -La traductora. Me ha dicho que se llama Laura, me parece…Si viene Laura, vayamos donde quieras. Salieron del CCCB, pasaron por delante del MACBA y, antes de esquivar más siglas, skaters de trazas diversas y perros que campaban solos, los tres fueron a dar un toque al Horiginal, al volver de la plaza. Entraron hasta el fondo del bar, buscando la mesa más tranquila, y, de repente, se encontraron en


medio de un teatrito que parecía improvisado. Con diez mesitas, una tarima y una cortina de cualquier manera habían montado el festival de cada miércoles. Unos cuantos ojos les reprocharon que les estorbasen en medio del acto, y decidieron, silenciosamente, dar marcha atrás. En la trastienda, muchos jóvenes escuchaban al porta que recitaba los versos inéditos que sostenía con la mano. Con la otra, se apoyaba en el suelo con un bastón de mango descantillado. “El viento es frío, la tarde es áspera”. Silabeaba con energía cada concepto. “Venid a mi, pequeños malos pensamientos”, les decía, y el público saboreaba la música de las palabras con los ojos cerrados. De tanto en tanto celebraban un buen verso de Francisco Garriga con un sorbo de Moritz, de la botella. “Quemad los libros. Alimentaos de las cenizas”. Y estaban dispuestos a hacerle caso. Acabado el recital, aplaudían al poeta y el ponía el gesto de siempre, la de saber que el reconocimiento desembarcaba con demasiados años de retraso. Cenaron tapas. El profesor quería tapas y cenaron tapas. Croquetas, patatas bravas, pulpo con pimentón rojo y jamón. El profesor quería jamón y el intelectual sin cargo pidió jamón. In platillo tras otro, porque Clemence se los ventilaba cogiendolo con dos dedos, con una técnica que no le era nueva. Al salir, el profesor dijo al intelectual sin cargo que gracias por todo, que no hacia falta que le acompañase hasta el hotel, que Laura ya sabría el


camino, y el organizador de las jornadas filosóficas, se dio por despedido. Atónito pero discreto, se perdió hacia Joaquín Costa arriba, para no estorbar. A Laura no le supo mal que el profesor Clemence la cogiese del brazo para pasear hasta su hotel, a cuatro manzanas del auditorio. -Demasiado corto el camino. No hemos podid hablar de nada. -Debe estar cansado. -¿Yo? Para mi ahora es media tarde…Estrechó los dedos de Laura con sus bíceps - ¿Por qué no subes y me explicas quien es esta Laura no se que más? -Laura Altimira. -Suena bien. Laura de los ojos de gata. ¿Subes o qué? -¿Ahora? – Laura mantenía una candidez de efectos retardados. -¿No hemos quedado que se tenía que improvisar, en la vida? Laura miró hacia otro lado. Notaba que se había puesto colorada. Había una parada de taxis alli mismo. Hasta aquel momento no había entendido que… Había tres, en procesión, con la luz verde que la esperaban. Tan solo se trataba de decir buenas noches, profesor, ha sido un placer, coger uno libre y decirle lléveme donde quiera, pero rápido, por favor. Pero Clemence eligió por ella. -Ven – la cogió de la mano. No tengas miedo. Laura, curiosa, se dejó llevar hacia dentro del Hotel Vergara. No había portero, ni tenía el glamour del


Rafaeli. A los ojos del recepcionzota, tampoco aquella escena con el filósofo de la postguerra de Churchill y la que parecía ser su hija debía ser de un gran encanto. Para ella, en cambio, si que era de un morbo inusual que arrastraba sin encontrar el momento de decir basta. En el ascensor, sin darse cuenta de que era estrecho e incómodo, se dieron un beso que hacía rato que se adivinaba. El primero de muchos, durante muchos y muchos meses. Ya en la habitación, abrieron una ginebra del minibar y hablaron poco. Laura no había visto nunca, ante ella, un cuerpo arrugado, y se lanzó. Le gustaba el contraste de su propia piel, lisa, hidratada y perfecta, con la blancura reseca del profesor. No se rió, al contrario. Respetó su figura cansada por los años, y le llenó de besos. El, a cambio, le reseguía las curvas con una delicadeza como no se la había hecho nunca nadie. Tampoco había estado con tanta gente, y no era el momento de hacer inventario, pero pensó que el profesor movía los dedos con una sabiduría que, para Laura, era toda una novedad. Jugaba y se entretenía en unos puntos que… La experiencia, pensó. Y se dejó llevar. Como nunca. Más de una vez. Como nunca, y tanto que si. Cerrando los ojos, para notarlo mejor, para no ver la camisa amarilla colgada de una silla convertida en un Don Juan de emergencia.


Kim se ofreció a llevarla al aeropuerto. De entrada no entendía mucho nada de lo que Laura le había explicado, a saltos, por teléfono. Los nervios, la emoción, la novedad…Por lo que fuese Laura no se explicaba como siempre. Se atragantaba, volvía hacia atrás, iba hacia delante y volvía a empezar. Después, en el bar del Rafaeli y de una forma más serena, le había ido explicando, palmo a palmo, los dos días que había pasado con Richard Clemence por Barcelona, desde que se lo habían presentado en el CCCB. Explicada la historia, le enseñó una foto -¿Estás preparado? – la volvió y la puso sobre la mesa. -¿Quién es? – Kim la cogió con dos dedos. -¿Quién quieres que sea – Dejó que unos clientes saliesen del bar –El profesor. -Pero… - Te tendrías que ver la cara, tío. -Es una broma – La miró a los ojos – Enséñame la foto de verdad. ¿Quién es Richard? -El. Profesor de filosofía de la Universidad de Kent. Te lo prometo… Laura – no podía dejar de mirar el retrato - ¿Pero cuantos años tiene? -El hace como los indios. Dice que no cuenta la edad. -El no, pero tu sí. Todo el mundo sabe los años que … - Le devolvió el retrato -¿Y tu te quieres ir a pasar un mes a su casa? -¿Qué?


-Nada. Nada…Cojones, tu. Muy normal. Que a este hombre le ha tocado la lotería. -No seas burro. Voy tres semanas y… -¿Lo saben tus padres? -¿Me acompañarás al aeropuerto? -No cambies de tema, Laura, hostia, no te pones por poco. Kim una semana más tarde, paraba su Audi TT en la puerta de la terminal A de vuelos internacionales y ponía los 4 intermitentes para que la guardia urbana, que había intuido por el retrovisor, no le buscase las cosquillas. - Un, dos, tres. ¿En que estás pensando - Laura le volvió a sorprender – No, no… No te rías por debajo de la nariz y contesta. - Que no se si te he de dar las gracias o no. - Si, hombre, ¿por traerme aquí? Te las he de dar yo, en todo caso. - No hablo de eso…Pero tu debes tener prisa y ya hemos hablado tantas veces que ahora, aquí, tu con la maleta… - ¿Yo? Voy sobrada de tiempo _ Laura le puso la mano sobre la mano, encima del cambio de marchas del automático - ¿Qué pasa. Kim? Se lo pensó antes de contestar. -Me cuesta… -No te burles, ahora… La hizo reír cuando quería llorar. -¿Entiendes lo que te quiero decir, Laura?


-Supongo que si. -Es una mierda tan grande… -Claro que lo entiendo, Kim. Pero se hace difícil ponerse en la piel del que vive una cosa así. -Es… -Pero no me lo tienes que agradecer – el pretendía sosegarla con palabras. -Cuando tienes miedo necesitas una mano para andar. Y tu me… -Le volvió a coger la mano. -¿No lo haría tu por mí? -¿Yo? – No lo tenía muy claro, acostumbrado como estaba Kim a ir a la suya – Supongo, vaya. -Seguro que si. Laura se incorporó y puso la cabeza de Kim sobre su barriga y le abrazó fuerte. El, como pudo, ahogó la gota de la primera lágrima. Tanpoco se permitió sacar una segunda y estuvo a punto de decirle no te vayas, ¿que vas a hacer en Londres con ese viejo? Pero Laura, se le anticipó. Me voy. Escribámonos. Llameémonos, de cuando en cuando… Siempre que quieras. Siempre que tengas ganas. Solo serán tres semanas. - Cuando no pueda más; Laura, te enviaré un papelito doblado. Y se marchó. Casi quince años. Londres olía a curry y a historia. El profesor Clemence también en esto, tenía razón. En su casita


del Swiss Cottage, en cambio, mandaba a todas horas, la fragancia del te de hierbas del alma. La casa del filósofo mantenía el calor de miles de libros leídos y de una brasa, en la chimenea, que se resistía a morir del todo. Laura se instaló en aquella casita de planta y piso, con un minúsculo jardín detrás, que se había ido convirtiendo en el depósito de herramientas, muebles antiguos, sin valor t cachivaches de todo tipo que Richard Clemence no sabía donde colocarlos. Cuando alguna cosa le estorbaba, la dejaba a la intemperie y allá se quedaba, al sol y serena, sin que pensase nunca más. Desde que el profesor se había divorciado de la Rose Mary – adiós, Ricky, aquí te quedas – nadie había vuelto a ordenar la casa, ni el jardín, ni había pensado, ni un solo día, que se tenía que quitar el polvo a las servilletas. Aprovecho el abandono de su mujer como una experiencia vital y, sin permitirse una pizca de autocompasión que le habría quitado rigor científico, no hacía nada más que reflexionar. Todo el santo día. Cada día de la semana. Con la chaqueta deformada y una taza de te como único consuelo, escribía y reescribía sin parar en el ordenador del despachito del primer piso. Durante meses ni tan solo pensó que tuviese necesidad de cortar el césped. Laura, con el empuje del amor, convencida de que la felicidad y la higiene a menudo van del brazo, se puso a ello, De entrada, había que ventilas el mal olor de la casa. Después, poco a poco, con ella ya instalada en la habitación de


Richard, lo fue ordenando todo. Empezó por los montones de libros que estaban en el suelo y, acabó sin decirle nada, por ordenar la vida del profesor. En el proceso, había lavado las cortinas, había comprado ocho vasos para tirar lo que nunca podría volverlos limpios. De paso, también renovó todas las tazas. Quizá el juego antiguo de té tenía algún valor, vete a saber si era alguna reliquia familiar, pero no quedaba ninguna pieza entera. A la basura y tal día hará un año. I couldn’t care less. De golpe, por deformación profesional, había pensado como traduciría esa frase hecha. Por la experiencia, sabía que refranes, frases hechas y juegos de palabras, eran, de largo, las piedras en los zapatos de los intérpretes que trabajan a degüello, automáticamente. Escuchar y decir sin pensar. ¿A degüello, como lo traduciría? Cuando entraba en ese juego ya no podía parar. El profesor Clarence era más Artús que Lancelot. No tenía dudas, le parecía un hombre íntegro, de una sola pieza. Y, una cosa que le hacía entrañable a los ojos de Laura, aunque fuese una eminencia en su campo, sabía reírse de el mismo. -¿Este eres tu? -¿Quién? -El de la foto del lavabo. -A ti que te parece? Richard se había enmarcado la página entera de la entrevista que le había hecho en The Guardian unos cuantos años atrás, cuando todavía no tenía la barba


blanca. La fotografía, la habían hecho el sentado en las escaleras de St. Paul’s Cathedral. Laura no podía para de reír. -¿Qué hacías con pies de pato? -Fue idea del fotógrafo – respondió Clemence desde la habitación – Has tardado tres días en fijarte. ¿Pero con traje y corbata y pies de pato? ¿En medio de la ciudad? Es patético, profesor… -Era la época del slow walk. El concepto se puso de moda. En la prensa, que siempre tropieza con las cosas más banales, le hizo gracia. La idea era mía, andar poco a poco para saborear los momentos, para degustar la vida y los paisajes… ¿No te parece buena idea, darling? -Original, si. -Y el fotógrafo del periódico se me presento con unos pies de pato para demostrar como se tiene que andar, xip-xap, con pasos lentos…Con pies de pato seguro que no se puede correr, me dijo. -¿Lo probaste? -Y unos cojones. -Pero te prestaste. Para la foto, quiero decir. Jo no habría… -Insistió… ¿Qué querías Laura? Estás allá, honrado porque The Guardian te dice que te dedicará una página, parecía que ellos lo tenían claro y al final dices de acuerdo, me pongo las aletas y me la hago, pero esta que no salga en el reportaje. Y, de todas, del centenar de fotos que me debían hacer, ¿Cuál eligieron?


-No te fíes nunca de un periodista, Clemence. – Abrió el agua de la ducha – son mas rebuscados que los filósofos. Con el ruido del agua, Richard ya no oyó la apostilla de Laura. Mientras se echaba el champú sobre su larga cabellera, Laura no podía parar de reír. Se lo imaginaba sentado en la puerta de la catedral, desatándose los zapatos, descalzándose, dejando los calcetines dentro del nido…Ridículo pero entrañable. Los pies de pato, que vergüenza. De pronto, notó las manos del profesor que la cogían por detrás y que le ponía la barba sobre la espalda. El agua les caía por encima. El se echó el gel en su mano y la enjabonó, poco a poco, empezando por el pecho, bajando hacia las piernas y volviendo a subir hacia su intimidad. Después de un aclarado; laura se sintió en deuda. También le enjabonó, de arriba abajo, entreteniéndose sin prisas, en el palo central de la filosofía. Por la cara que ponía el profesor, por los resoplidos que parecían de dolor pero que eran de placer, también parecía partidario del slow shower. Y del slow sex. Una cosa conduce a la otra. El profesor Clemence le había asegurado, tal vez por la inconsciencia de los pensadores que viven en otra órbita de preocupaciones, que en Londres encontraría trabajo para hacer de intérprete. Sin ningún problema, le había dicho.


Una cosa lleva a la otra, ya lo verás, Laura, insistió. Aquí hay mil actos cada día, museos, congresos, jornadas, acontecimientos y tu haces muy bien tu trabajo. En cuanto te oigan, te irán contratando. Y yo conozco a gente, haré tres llamadas y no te preocupes que la mancha de aceite crecerá hacia lugares impensables. Laura no tenía hipotecas y, mientras pudiese ir haciendo, todo le iba bien. Ciudad nueva, trabajos nuevos y, sobretodo, por primera vez, entregarse a una persona. Vivir con alguien como el profesor Clemence, apasionado y genial, que la ganaba por el oído. A Laura le importaba poco si le hablaba del asno de oro de Apuleyo o le demostraba con un bolígrafo verde y un papel, que el éxito se podía reducir a una fórmula matemática que el mismo había inventado. Si le hacía un retrato sicológico de Tristán y otro de Isolda, se quedaba boquiabierta. Si le explicaba porqué estaba convencido que esto de Internet sería un ingenio que duraría cuatro días, Laura se lo creía a pies juntillas. El profesor Clemence, en las aulas y en la vida, lo explicaba todo con pasión, con convicción y con el tic que ya le había observado en Barcelona, el día que se conocieron. Cada dos por tres, se estiraba la piel del cuello con la mano plana, como quien erosiona el pie de la piedra de San Pedro en el Vaticano. Laura, con la sensación de que cada día descubría los mundos nuevos que había visto en los ojos del profesor, lo encontraba casi siempre, todo,


fascinante. No tenía el instinto de replicar sino el de aprender. Tenía ganas de estar con el, en casa, y escucharle. O de enseñarle el huerto, modesto y rastrillado, que le había preparado en el jardín. O de pasear con el por los Kew Gardens y, delante de la pagoda, oírle hablar del pensamiento oriental. O convivir en un día a día tranquilo, con la lluvia menuda de Londres, y después de un lunes con los trabajos de cada uno, reencontrase en casa y que el le dijese que el portugués es lengua de poetas, y acariciarlo y explicarse las tres anécdotas del trabajo o de la universidad y, distraídamente pasarle dos dedos por la barba como si jugase a afeitarlo. Olía a anuncio, aquella barba. Laura era feliz y se dejó llevar por una vida donde nadie juzgaba a nadie. Estaban bien juntos, se sentían cómodos y no tenían que dar explicaciones. De la diferencia de más de treinta años entre uno y el otro, habían decidido, sin decírselo, que no lo mencionarían. Era un acto de prudencia. O de inteligencia. Quizás de supervivencia. ¿Quién tenía nada que decir? En casa, Laura tampoco dijo nunca ni una palabra. Ni a su madre. Ni cuando bajaba a Banyoles, una vez cada cuando le apetecía. Y mira que tuvo ocasiones en que estuvo tentada de sincerarse y decirle madre, no es verdad que viva sola. Pero no lo habría entendido. El profesor era mayor que Claudia y era difícil explicarlo. Dicho y eso, no la quiso preocupar. La madre intuía, pero tampoco preguntaba. La estabilidad familiar a


menudo se basa en el eterno empate entre aquello que no se dice y aquello que no se quiere saber. Uno a uno, pues. - Me han llamado hoy de la agencia, para un encargo diferente. Aprovecharon las largas horas del atardecer de junio para arrancar las malas hierbas del huerto -¿Ah, si? – El profesor se lo miraba de pie mientras masticaba una manzana sin pelar. -Era un estudio musical, por allá no se que de Gardens, entre Victoria y Buckingham – Laura que estaba agachada en el suelo, se arrodilló - ¿Sabes donde está la estatua de la pantera? -No… -Allá. Es igual. – Se limpió las manos en los tejanos y continuó arrancando hierbas. No se si es un tipo que tiene una discográfica o un productor musical. La cuestión es que este chico, un señor, vaya, un tío de unos cuarenta, me ha dicho que de todos los discos que se hacen, necesitan alguien que les traduzca las letras de las canciones a todas las lenguas para ponerlo en los libretos que envían al extranjero. -Eso está bien – con la boca llena. -Espera, Richard…Y que los grupos que lleva el, cuando hacen giras por el mundo, preferirían que siempre viajasen con la misma intérprete. Depende de los países, claro. Es un tema de idiomas. O sea, viajar con ellos. -Lo he entendido, Laura, ¿Cómo se llaman?


El, Eric. -No, no… - Hizo un gesto seco con la mano. -Ah… Stuart Records. -No. – Richard se rió, incomprendido – Los grupos. Laura sonrió, miró a los ojos al profesor y, enseguida, bajó la vista. -No me los ha querido decir. Me ha insistido que si me interesa el job ya me lo dirá. Pop, Soul, rock, esto si que me lo ha dicho. Sobretodo rock. Y he visto los discos de oro, o de lo que sean, que temía por allí, colgados de las paredes. El estudio son como unos bajos, todo insonorizado, para no tocar la pera a los vecinos. ¿Qué te parece? -¿Qué te parece a ti? -Interesante, no? Tres años aquí, y es el primer trabajo fijo que me proponen. Entendió que Laura ya había aceptado. -That’s the point. -¿Que? -Nada. -Dime, Richard…. Ahora con una pala aplastaba la tierra. El profesor un tuvo que espera la revelación de ningún oráculo para olerse que en aquella conversación empezaba a perder otra de las personas de su vida. La que le había hecho sentirse mejor, el amor debe ser eso, antes de transformarse en compañía. Se acabó la manzana y, sin rabia, toco el cabello de Laura.


-Hazlo. Seguro que te lo pasarás bien. -Durante dos largos años, Laura Altimira, de Banyoles, licenciada en traducción e interpretación por la Universidad Autónoma de Barcelona, compaginó el trabajo en Stuart Records con los otros encargos puntuales quizá mejor pagados. Iba de los camerinos de las giras a la vida cómoda con el profesor, que cada vez hablaba menos y pensaba más. A medida que Laura contaba ardillas e frecuentaba los aeropuertos y se divertía por los escenarios, Richard Clemence se fue cerrando en un callejón sin salida del pensamiento. Metro, tren, Londres, Canterbury, universidad, clases tutoría de tesis doctorales, vagón y para casa reventado de escribir tres páginas de un ensayo. Publicar un libro por año. Leer treinta y seis. Al día siguiente de su cumpleaños, un 17 de febrero con los parques enharinados de nieve, Laura tomó una decisión. Había recibido un ramo espectacular de Eric Stuart, la llamada emocionada de los padres a cobro revertido y un correo electrónico, escueto, de cortesía, de Kim. Se había apagado la llama, por decirlo en metáfora que tantas veces le había oído decir a Richard sobre otras parejas de su quinta. Pero ella era demasiado joven para resignarse. Tenía demasiado presente la vida dejada de su madre, y actuó en pispas. Se sacó los pies de pato y decidió pasar al ataque sin esperar que el destino la hiciese andar por el trayecto de los días. Pidió hora se fue a


una peluquería de Mayfair y se cortó el cabello a lo garçon para celebrar que, a los treinta años, aún era posible un cambio. Y también era asumible. Y que se lo podía permitir. Y que caramba, que se lo debía. Después de dos noches de sexo y música en la cama de Eric, se dio cuenta que delante suyo pasaba, de pronto, un tren inesperado. Hizo la mudanza en dos por tres. El profesor Clemence ni tan solo intentó retenerla, ni intentó argumentar nada en defensa propia. Hacía muchos meses que se había resignado a ese final y, como los estoicos, esperaba el momento con elegancia, planchándose la barba con su mano plana. Con los remordimientos acotados, con más tacto que palabras, pero mirándole a los ojos, Laura abandonó la filosofía y se fue con un productor musical con mas ganas de actuar en la vida que pensar en ella. Decidió subir al tren en marcha. Próxima estación, rock and roll. 12 UNA VOZ DE BRONCE Santi Santos – con alguna arruga nueva, las manos más deformadas y las coderas gastadas – no había dejado nunca de tocar. Con los dedos paseando arriba y abajo por las ochenta y siete teclas, había visto como las propinas pasaban de las pesetas a los euros, como desaparecían las corbatas, como las


grúas habían invadido Diagonal Mar y como los bancos preferían conceder hipotecas al ciento por ciento de su valor, antes que mirar a los ojos de sus clientes. Sin dejar de acariciar blancas y negras, había vivido el boom turístico de una ciudad más alegre, con más autoestima, que se había quitado el polvo de los complejos de encima. Se había percatado, sin levantarse del taburete de cada noche, que en el bar del Rafaeli se leían menos diarios, se abrían más ordenadores portátiles y se retiraban los ceniceros. Quizás en el hotel entraban menos japoneses pero venían más rusos y con los bolsillos aún más llenos. O, al menos, en el bar del hotel, bebían más y se quedaban más rato. Tantos años después, Santi Santos continuaba teniendo la misma sonrisa para los señores y una inclinación de cabeza, elegante, para las señoras. O una conversación. O, si llegaba el caso…Pero las ganas de seducir, con los años se habían ido evaporando. Poco a poco. Prácticamente, sin darse cuenta, tal como transcurre la vida. No se quejó nunca de nada y tocaba el “As time goes by”, de cada noche, con orgullo y la espalda recta. Pero hubo dos detalles que al pianista del Rafaeli le supieron mal. No entendió que costase tanto que le cambiasen el recubrimiento de marfil de un mi que se había rajado y nadie sabía como y, sobretodo, le hirió que le pusiesen competencia. El día que apareció una pantalla plana en la otra punta del bar, Santi Santos estuvo celoso. Se daba cuenta de que las miradas ya no eran todas para el sino que


la CNN, encendida todo el día, era un polo de atracción que le hacía la puñeta. Era una televisión muda, si, pero continuamente iba escupiendo rótulos de noticias que se escapaban por la izquierda de la pantalla. Que si el Bush, que si Irak, que si los resultados del New York Knicks, que si el maldito Dow Jones. Acabó de los índices de la bolsa – flechas verdes arriba, mierdecitas rojas abajo – hasta el gorro. El, manitas de plata, un profesional con una salud de hierro, no había dejado de tocar ni con el cambio de siglo. Ni tampoco con el cambio de milenio, en aquel fin de año tan sonado que decían que se acabaría el mundo y que se rompería todo. Los ascensores bajarían en caída libre, los radio despertadores se fundirían y los satélites, después de perder el oremus, estarían condenados a vagar eternamente por el espacio. Y al final, no pasó nada de nada. Aquella noche, desafiando a los malos augurios, el Rafaeli había organizado una fiesta especial para estrenar el año. Pero Paco Ráfales no apareció. De las fiestas, desde que se había ido consumiendo, no quería saber nada. Ni iba ni las organizaba. No estaba para celebraciones. Mientras no trajesen problemas, les decía tirad adelante y dejaba que se encargasen Kim, que había cogido las riendas del día a día del Rafaeli, y la Miriam que, a pesar de que no trabajaba, era la persona ideal para las movidas del hotel. Organizaba, montaba, delegaba, contrataba músicos, elegía menús, probaba cáterings, seleccionaba camareros, decidia vinos. Y,


tal vez le venía del negocio familiar, tenía un encanto especial a la hora de poner velas de todas las medidas, aquí y allá, para crear ambientes. Si Miriam Mundi se había ganado la credibilidad y el respeto del personal, no era porque fuese la mujer del dueño, a quien todos acostumbran a hacer la rosca, sino por su simpatía, su criterio y su trabajo. El mérito que le reconocían todos los trabajadores dentro del Rafaeli, desde el chef hasta el último maletero, era que no parecía que moviese un dedo y lo encajaba todo a la perfección. Después, siempre con el traje más distinguido de la velada, estrenado para la ocasión, sabía recibir. Miriam era la mejor anfitriona, con la mirada franca que había enamorado a Kim. Siempre tenía a punto una conversación o el comentario inteligente para cada convidado que entraba por la puerta giratoria del Paseo de Gracia. Las fiestas del Rafaeli se habían convertido, con su ayuda, en un acontecimiento social de la ciudad. Al día siguiente ai que Paco Ráfales tenia interés en ver que decían los periódicos. Repasada la prensa, pasaba a felicitar a su hijo y hacía llegar una caja de trufas de Sacha a su nuera. Sabía que le encantaban y Miriam para hacerlas durar, se comía una – solo una – después de café de la comida. Como si solo pudiese pecar una vez al día. Una noche, en casa, Miriam sorprendió a su marido. -¿No notas raro a tu padre?


De entrada; Kim no le dio importancia, estaban en el sofá de la sala de estar, y le pareció que hablaba por hablar. Vivían en una casita con jardín por encima del paseo de la Bonanova. Era una finca catalogada de la calle de las Escuelas Pías que había sido de un eminente siquiatra que se había muerto, sin hijos, a los ciento y pocos años. Los novios creyeron que el Rafaeli y toda la historia de los Ráfales pesaba demasiado y que era mejor alejarse, en sus horas de intimidad. Por otra parte su vida habría sido hotel para desayunar, hotel para comer y hotel para merendar y Miriam no estaba dispuesta. A pesar de que el padre insistió que encima de los despachos se podrían montar un… -Gracias, padre. Lo tienes que entender. Queremos hacer lo que nos guste; ya sabes lo que quiero al Rafaeli pero… No se hable más. El padre se hizo cargo. Se trataba de empezar de cero. El ya había hecho tarde para desprenderse de los fantasmas que tenía que arrastrar, pero Kim tenía derecho a huir. Les ayudó a pagar una parte de la casa y los padres de Miriam no quisieron ser menos, pagaron las obras que no fueron pocas y que quiso dirigir ella misma. Con ilusión, ideas y un presupuesto generoso, salieron adelante. Tenía buen gusto y con la ayuda de un primo arquitecto supo casar las cosas nuevas, los materiales más fríos, con los arcos antiguos de la casa y los techos artesonados de origen. Tanto si como no, Miriam luchó por mantener la baldosa


exagonal del mosaico hidráulico de Escofet que estaba en toda la plata baja. De la combinación entre lo viejo y lo moderno y un gran cuadro de colores de Perico Pastor salió un hogar confortable, cálido. De revista, como decían sus amigos. Como si no la hubiese oído, sumergido como estaba Kim en las páginas de economía, Miriam volvió a repetir -¿No ves raro a tu padre estos días? -No. No lo se. Yo… Kim levanto su mirada de La Vanguardia. La podían leer por la noche, después de cenar, cuando se sentaban en el sofá, uno en cada brazo, y encendían la tele por rutina, por si hacían algo. Era el momento que aprovechaban para hojear las noticias y hablar de las tonterías del día. -Pásame las páginas salmón. -¿Mi padre? – Resopló – Ya sabes que solo se encandila cuando está la Laborde en el hotel. -Tiene mucha gracias como se arregla y como la espera… Lo mejor s que no le gusta la ópera a tu padre. -No es que no le guste, es que no tiene orejas, tiene pámpanos. -Mira si sale en la crítica… -¿La crítica de que? -De la Diana Laborde, en el Liceo… Kim dobló el periódico y lo dejó sobre el sofá.


-Ten, búscalo tú. – Apagó la luz que le calentaba la cabeza y se levantó - ¿Por qué has dicho que mi padre está extraño? -Por que sí, porque desde que ha llegado su hermano que lo noto… No se como decirlo.¿Preocupado? -Chica, pues yo lo veo como siempre. Kim dio la vuelta por detrás del sofá. Sin que Miriam hubiese intuido la incursión, le levanto la negrísima melena de encima de la oreja, se agachó y le dio un beso en el cuello. -¿Qué tal en la tienda hoy? Cerró los ojos para saborear el momento. -Cansada. Pero todo bien, amor mío. El tío Vicente tenía la voz de bronce. Hablaba con una cantinela, ligeramente nasal, pegada del acento de le Via Veneto. Era un dedo más alto que su hermano Paco, pero también era más barrigón. De pequeño había sido al revés. El canijo de siempre era el Vicentet, pero desde que se había casado con la zia Mina y vivían en un caserón con perro en las afueras de Roma, la pasta se había convertido en una comida diaria. Pasta seca de cualquier forma – farfulle, pipe, linguine, rigatoni – ya fuese con ajo y guindilla, una amatriciana de fiesta mayor o como más le gustaba, unos simples espaguetis con el pomodoro de la suegra, lo más difícil a la hora de hacer la salsa de tomate, aparte de no salpicar todos los fogones. No se podía decir que Vicente Ráfales


estuviese gordo, pero si que según y como, cuando se levantaba, el cinturón solía girarse como si quisiese esconderse debajo del vientre, un detalle que sacaba de quicio a la zia Mina. No soportaba que la hebilla de su marido mirase al suelo, ella que le quería tan pincho. Le hacía ir de veintiún botones. Como si tuviese que bajar las escaleras de la piazza d’Spagna para rodar un anuncio, le decía siempre. Y el se paseaba por el vestíbulo del Rafaeli de Roma con la punta del pañuelo blanco que sacaba la nariz por el plastrón de la americana, los pantalones con las perneras estrechas y la vuelta girada por fuera, sobre un zapato duro, de cordones lustrados con el betún del color que le correspondía. -¿Recuerdas a Roger, como imitaba la manera de hablar del tío Vicente? -No demasiado, padre. -Tenía mucha gracia. Roger imitaba a todo el mundo desde pequeño. Era extraño que Paco Ráfales hablase sel Roger o del Alex. Pensaba cada día. Pero solo les nombraba muy de tanto en tanto. Y menos aún, delante de Kim o de Elsa. -¿Qué quiere el tío? ¿Por qué ha venido de Italia? -¿Por qué tiene que querer nada, Kim? – Si llevaba la corbata azul marino, era viernes. Se arregló el nudo mirándose en el reflejo de la ventana que daba al Paseo de Gracia – Tal vez para huir unos días de la zia. -¿No te cae muy bien la zia, verdad?


-¿A mí? Es el el que tiene que estar a gusto, es el el que se casó… -No lo se…Algo se lleva entre manos el tío Vicente. Tanto el uno como el otro sabían que se había estado toda la semana en el Rafaeli. Era insólito. A Kim le extrañaba que no les hubiese dicho el motivo. Normalmente cuando bajaba cada dos meses para el consejo de administración de los hoteles, llegaba una tarde, celebraban la reunión a la mañana siguiente, y después que los dos hermanos se hiciesen servir la comida en el piso de Paco, Vicente cogía en último vuelo de la tarde hacia RomaFiumicino. Aquella vez, en cambio, ya llevaba cinco días en Barcelona, y entraba y salía del hotel con la cartera de los papeles, como si fuese a reunirse a saber con quien. Kim había estado repasando las grabaciones de las cámaras de seguridad a marcha rápida, para asegurarse que el la habitación del tío no hubiese entrado nadie que no fuese del hotel. Nada sospechoso. Servicio de limpieza, servicio de habitaciones, el director financiero del grupo Rafaeli y nadie más. Kim no podía hacer nada más, desconfiaba de la familia italiana. Desde que habían venido de Roma para el entierro del Roger y de Alex, no les miraba de la misma manera. Alguna vez, con tacto, años después, había osado hablar con su padre, y a pesar de la prudencia de Paco Ráfales, con la costumbre


de no decir nunca una palabra más alta que el otro de la familia, habían estado de acuerdo. No les había gustado demasiado la manera como se habían presentado en todas partes como si sus sentimientos fuesen más auténticos que los del resto. Como si la pena, viniendo de lejos, fuese más pena. Ellos, que tan solo veían a Roger y a Alex muy de tanto en tanto, se habían colocado en primera fila del tanatorio de Collserola, habían llorado mas ruidosamente que nadie y, terminado el funeral, se habían puesto a recibir los abrazos en primera línea del duelo. Excesivo, tal vez sí, había acabado admitiendo el padre. Tampoco entendió que la zia Mina se hubiese puesto casi en el papel de madre, como si fuese la única mujer de la familia. Una vez en el cementerio de san Genís dels Agudells, con la ciudad a sus pies y a veinte lápidas del nicho de Carrasco y Formiguera, A Kim le había sobrado el discurso del tío Vicente, sobre el destino, la resignación y la madre que le parió. Después, todavía le fastidió doblemente que se hubiese arrancado a decir un padrenuestro que nadie le había pedido. La zia Mina, de luto riguroso de pies a cabeza, con medias negras, abrigo negro, unas pestañas teñidas y un velo de otro siglo sobre sus cabellos de carbón, conducía al pobre Paco arriba y abajo como si fuese un hombre desvalido. Los primo s, en cambio, no decían nada. En dos días en Barcelona, con trabajo se les oyó la voz. Parecían los guardaespaldas de sus padres. Rómulo resultó


llamarse Aldo; Remo, Mauro. Nadie supo si tenían opinión propia sobre algo. Tampoco le hubiese importado a nadie. Tanta sumisión de los primos y aquella voluntad de llevar la batuta de sus tíos escamaron a Kim, que todo sea dicho de pasada, tenía una pena tan grande que lo recordaba todo como una nebulosa espesa, como si aquellos días los hubiese vivido a través de unos binoculares al revés. O como si no los hubiese vivido nunca. -Ganas de protagonismo – concluyeron los amigos de los Ráfales de Barcelona. Ganas de protagonismo y necesidad de figurar, remachó Kim, que para siempre desconfió de los movimientos interesados de la rama romana de los Ráfales. No acertaba a pensar ni cuando, ni de que manera, pero sabía que el tiempo le daría la razón. Cuando menos lo pensaba, llegó el día. Paco estaba sentado en la mesa de su despacho, limpia de papeles y con un portalápices lleno de rotuladores color calabaza. Tenía la costumbre de escribir todas las notas con ese color. Kim, delante suyo, le enseñaba el nuevo modelo de llaves que había decidido poner en todas las habitaciones. Si funcionaban como el prototipo, ya no habría que introducir ninguna tarjeta dentro de la ranura, ni pasarla de arriba abajo, a una velocidad determinada, ni demasiado rápido ni demasiado lento, era una murga. Ahora, tan solo acercando la tarjeta al magnetismo de la cerradura de la puerta ya se encendería la luz verde, se desbloquearía el pomo y


el cliente podría entrar en la habitación. Cuando Paco dio el visto bueno que Kim no necesitaba – el pedido ya estaba hecho hacía días – el tío Vicente se presentó en las oficinas de dirección de la quinta planta. Entró sin llamar, sin importarle nada que interrumpiese la conversación entre padre e hijo. Llevaba algo entre ceja y ceja. Kim se percató que el tío llegaba embalado, como si se muriese de ganas de dejar caer la bomba. -Paco…, tengo una muy buena noticia. El sobrino como sino estuviese. -¿Ah, sí? Siéntate…, hombre, Vicente se sentó el la silla al lado de Kim. No tocaba con la espalda en el respaldo porque tenía prisa en dar la primicia. Al otro lado de la mesa, su hermano y presidente del grupo esperaba la salida de Vicente. Veía venir que no daría un bote de alegría, precisamente. Se olía que habría un antes y un después de aquel momento que estaban a punto de vivir. Con las manos enlazadas sobre mesa de la India, con los dedos entre los dedos, denotaban la poca fe que tenía en su hermano. -Lo he conseguido, Paco. Tenemos una oferta que no podemos rechazar. ¿Estais preparados? – Se inclinó hasta la punta de la silla y dejó la barriga colgando como un luchador de sumo a punto para la batalla. – Una gran cadena internacional nos compra los dos Rafaeli, el de Barcelona y el de Roma. Es ahora o nunca.


Lo había dicho todo de una tirón, sen parpadear, con su voz de bronce. Kim saltó antes de que Paco pudiese reaccionar. -A eso, tío, lo llamas una buena noticia? – Miró a su padre, con aire de reproche – No sabía que tuviésemos los hoteles en venta…¿Tu sabías algo? No le pudo decir que no. Paco tuvo bastante con levantar los dedos de la mesa, sin soltarlos y volverlos a bajar para que Kim entendiese que no debía perder los estribos, que no se tenía que precipitar y que, por respeto a los que habían convertido al Rafaeli en uno de los grandes hoteles de la ciudad, se debía callar. Aquella noche Kim dejó el trabajo antes que nunca, se fue a casa, tiró la americana sobre el sofá, se sacó la corbata con rabia y maldijo a su tío, a la carcoma de la zia Mina, a Rómulo, a Remo y a la madre que les matriculó a todos juntos. Y el padre, un hombre de mucho carácter, que había vivido para el hotel, ¿Cómo podía ser que ahora, de pronto, se rindiese? ¿Cómo podía ser que estuviese dispuesto a que su Rafaeli fuese, muy pronto, un Radisson cualquiera? Un Radisson más en la cadena. Cuando Miriam entró en casa, enseguida notó que había pasado alguna cosa. -¿Qué tienes? -Nada… -¿Te ha peleado con alguien? -¿Yo? -¿Ha pasado algo con tu padre?


-No. -¿Es el tío, entonces? -No, no… - Hacia de tripas corazón para disimular – Estoy bien. Miriam se sentó a su lado, le pasó los dedos como un rastrillo sin púas entre los cabellos y sacó su tono más tierno… -Ey, Kim – a media voz - ¿En que estás pensando? -Caramba – se le escapó una sonrisa malhumorada . Un, dos, tres… -¿Un dos, tres, que? - Nada, Miriam. No era el momento de explicarle el juego que tenían con la Laura, desde los tiempos de la facultad. No era el momento, tampoco, de pensar en Laura, que hacía muchos y muchos meses que no sabía nada. Dio un beso a Miriam, le dijo hola cariño y, después de mirarla a los ojos y encontrar una acogida afable, Kim se dejó llevar. No se lo podía creer. Le parecía una alta traición. Una deslealtad de lso Ráfales con los Ráfales. Le hervía la sangre. Le dolió que le hubiesen marginado. Que puta mierda. No entendía el por qué, de repente, de repente, buscaban comprador si no iban mal las cosas. No sabía si, todo junto, era una manía del tío que e aprovechaba de un padre alicaído, sin el empuje de antes. Les tenía que haber echado en cara, allá mismo, en el despacho, en caliente, que le hubiesen escondido las intenciones, que no hubiesen dicho nunca ni una palabra, que no


le hubiese pedido su opinión, que que cojones los dos, ya os vale, Y sobre todo el padre, de no decirme nada. Pero, por respeto a la edad y porque había entendido que el padre le pedía, se tragaría el orgullo, las palabras y el pronto. De momento, callaría. 13 LA SALSA WORCESTERSHIRE

Sabía mal decirlo. Miriam, a medida que pasaban los días, se daba cuenta que Kim – chico, que mal humor – necesitaba hablar con su padre, pedirle explicaciones y pleitear todo lo que hiciese falta para que no cometiesen esa locura. No se podían vender los Rafaeli. A pesar de que el, el hotel de Roma, francamente…Si el tío Vicente, y Rómulo y Remo, lo querían, que se lo metiesen por el culo. Miriam no encontraba momento para decirle a su marido que ella si que había hablado con su padre. Había cogido a su suegro por su cuenta, le había citado para comer y, persuasiva como sabía ser, vendedora que combinaba docilidad con insistencia, no le había dejado que dijese que no. Quedaron en el Samoa, una pizzería limpia, impersonal, de azulejos fríos, arriba del todo del Paseo de Gracia, a medio camino del hotel y de la tienda de Miriam.


-¿Dentro o fuera? – le dejó elegir a Paco – Con este octubre tan bueno, estaremos bien aquí en la terracita. En Barcelona siempre es primavera. -Demasiado ruido de coches… El maître, con dos cartas en la mano, les acompañó hasta la última mesa de un comedor lleno de turistas que salían extasiados del tour guiado por la Pedrera, en la acera de delante. No tardaron en servirles. Plato único. Spaghetti alle vongole para Paco, y ensalada Cesar para Miriam. Y una copa de vino blanco para cada uno, que acabaron siendo dos. -¿Puedo decir una cosa? Paco Ráfales enarcó una ceja. Sabía que, respondiese lo que respondiese, Miriam iría directa al grano. Después de siete años en la familia, si por primera vez le había convidado a comer se olía que no era para hablar de la última película de Clint Eastwood. El despistó con la ensalada de picatostes, el parmesano y la salsa Worcestershire de Miriam. -¿Sabes por qué se llama Cesar? -Paco… - ¿Lo sabes o no? – Se puso una servilleta en el cuello, para no mancharse la corbata verde de los lunes, con las salpicaduras de enrollar la pasta. -Porque se la inventaron en Roma, supongo. En tiempos de Cesar, seguramente. -No. Por Cesar Cardini. El inventor. Un cocinero que conocimos en nuestro primer viaje a California, con María.


Y entonces, cosas de hosteleros, el Paco le explicó con todo detalle que el 4 de julio de 1924, el día de la independencia norteamericana, un restaurante de Tijuana, el Caesar’s, se llenó tanto de gente que les sacaban los platos de las manos, y el amo, espabilado como el solo, juntó todos los ingredientes que tenía en la cocina y con cuatro cosas más se inventó una ensalada para salir del paso. -¿Puedo decir una cosa, papá, o no quieres que hablemos? Se comió una almeja, con dos dedos, antes de responder. -Hemos venido por eso, supongo… Miriam sabía lo que quería decir pero no encontraba la manera de empezar. No hay nunca una perfecta para estas conversaciones. -Yo ya se que no voy a cambiar a los Ráfales, ni tampoco lo pretendo, pero vistos desde fuera, entran ganas de deciros… Entran ganas de sacudiros a todos juntos. – Dudó si había elegido el buen camino ¿Me permites? -… - Qué remedio. -Cuando se murió tu mujer… -María. -Si, cuando se murió María, tu tenías tres chicos y a Elsa, que era muy pequeña. Todos hicisteis de tripas corazón, aguantasteis, disimulasteis, hicisteis como si nada hubiese pasado para que la niña no os viese sufrir, supongo. Todos en su habitación, todo reservado como si hubieseis colgado el no molestar


del hotel, todos pasándoselo solos, cada uno para el, mucho más allá de lo que es humano y de lo que es normal. ¿Si o no? -Pero tú, Miriam, todo eso no lo has vivido. -Pero me lo han explicado mis padres que os conocían y os querían. Y lo veían y se daban cuenta todos, por lo que me dicen. Después, imagínate, con el accidente de tus hijos, lo mismo. O peor. Con la desgracia de los mayores…Perdona, ¿pero no hicisteis un poco todos lo mismo? Pasar y tragar, como sino hubiese dolor. Y hay, papá, hostia si hay. -Claro que hay. Y lo llevamos todos muy dentro… -Ya lo se que sí, Paco. – Miriam dejó el tenedor, y puso su mano sobre la de su suegro – No me meto donde no me llaman, pero ¿Cuántas veces os habéis abrazado tu, Kim y Elsa juntos? ¿Cuántas veces os habéis permitido deciros, los unos a los otros, a la cara, sin vergüenza, como encontráis a faltar a Alex y a Roger? Los ojos de Paco miraban a los de Miriam. Se habían humedecido antes que los suyos. -¿Cuántas? – Dio un sorbo para no responder – Como el chiste de Nueva York. Una o ninguna. Miriam no entendió la broma. No sabía el chiste y notó, de nuevo, que Paco quería huir de las conversaciones espinosas, hacer de tripas corazón y mirar hacia otra parte. -No es ningún reproche, Paco. – Le dejó la mano, se limpió los labios con la servilleta y bajó el tono – Es la manera de ser de los Ráfales, que ya os


conozco. La manía esta de esconder los sentimientos. Los hoteleros siempre han de tener buena cara, ya lo se, Kim me lo ha dicho mil veces, pero me da rabia que seáis tan sumamente contenidos, que entre todos hayais hecho de la discreción un valor tan absoluto, tal llevado hasta sus últimas consecuencias, que los sentimientos se tapen y no se pueda hablar nunca de nada que pueda alterar el… -¿Tu crees que Kim es como yo? -Sois idénticos. ¿Tú y Kim? Iguales. Calcados. ¿No me dirás que no lo sabías? Kim es reconcentrado como el solo cuando se pone tozudo. Y ahora, lo digo, papá, porque sino reviento. Con la oferta esa del Radisson y el tío Vicente, tiene un disgusto que no se le acaba. Pero aún tiene más orgullo y no quiere ni contigo ni con nadie, porque dice que si ya está decidido, decidido está, y entonces no hay que tocarlo porque las acciones son tuyas y dice que tienes todo el derecho, porque, a ver una cosa, ai es que lo puedo preguntar. Esto ya está hecho y bendecido? -¿La venta? -Si. -No. Y de aquí no lo sacó. Nuevamente la discreción. El escudo de los Ráfales. Los negocios eran una cosa demasiado importante para irlo pregonando a los cuatro vientos. Ahora, si Miriam quería hablar del hotel y de la familia italiana y de la manera de ser de


la zia Mina y de los pocapena de los primos de Kim y de Elsa, hablarían. Paco Ráfales le explicó que, a la larga, todo tenía que ser para ellos, pero que el y Vicente…Si habían tirado del carro y habían convertido a los Rafaeli en lo que eran, no solo podían tomar la decisión que creyesen conveniente sino que tenían derecho a ello. Miriam le dijo, caramba y tanto que si pero que solo le pedía que no se equivocase en una cosa: ¿la decisión la había tomado el o había dejado que el tío la tomase por los dos? La llegada de un café corto con una gafas de pasta de hojaldre le salvó. Paco dio el tema por acabado: -¿Cómo están los niños? -¿Los niños? – Que huevos, mi suegro, pensó – Me parece que Víctor no tardará a nadar. Ya se suelta solo. -¿Y la Jana? Una Princesa, ya lo sabes. Va contenta a la escuela, sale contenta. Es fantástica. -Mi princesa. Paco conocía a Miriam desde que había nacido y no había pensado ni remotamente que, un día, se convertiría en la madre de sus nietos. Adivinaba, por las chicas que veía con Kim, que su hijo tenía buen gusto, que le tiraban más las morenas, eso si, pero nunca le pasó por la cabeza que la hija de los Mundi pudiese acabar siendo una más de la familia. Las hijas de los amigos, que te han escupido farinetas,


que las has visto caer de los pañales al suelo, que las has recogido cuando querían andar y no lo conseguían, que has aguantado como marraneaban porque tenían sueño y no podían dormir, que ye han manchado el sofá recién tapizado, nunca lo pensaste. Y un buen día, una tarde de primavera, te encuentras mudado de cabeza a pies, para ver como, chinochano, al paso marcado por la marcha de Lohengrin, atraviesa la nave gótica del monasterio de Pedralbes del brazo de un Ferran Mundi todavía más empolainado que tu, que en un dos por tres se convierte en tu consuegro por dos simples si, yo quiero. Paco no se había parado nunca a pensar como era que Kim y Miriam se habían reencontrado y habían empezado a salir juntos. María si que lo habría querido saber. Ella siempre quería saber como se habían conocido las parejas. Todas. Cuando no lo sabía, lo preguntaba. Cuanto más rebuscada fuese la historia, mejor. Estaba convencida de que no existían las casualidades, que todo tenía un por qué. Que si ella – María Angerri – había pedido ventanilla de las últimas filas y el – Paco Ráfales se sentaba en la butaca del pasillo era porque alguien había decidido que allá, en un avión que volvía de Praga, empezaría una conversación, y después, una cosa lleva a la otra. Quizá, si la María lo hubiese podido saber, la historia de Kim y la Miriam no le hubiese hecho ni frío ni calor. Pero habría sido la


vida de su hijo y solo por eso ya habría valido la pena escrutar los detalles. Un mediodía de abril, de camino a casa, con la chaqueta sobre el brazo y la bandolera cruzada, Miriam mordisqueaba un trozo de pan aún caliente, más por vicio que por gana. Era una costumbre de toda la vida, el gesto de cada día. Abría ligeramente la bolsa del pan y, de un mordisco, arrancaba la barra del pan que sacaba la cabeza. Todavía con la boca llena, oyó que un coche tocaba la bocina, con timidez. Sin darle importancia, continuó su camino. .¿Eo, Miriam? Kim preguntaba con la preocupación que tal vez se había equivocado de persona. -¿Hola? Miriam miró hacia el coche deportivo rojo. El conductor llevaba gafas de sol y no acababa de ver quien… -Soy Kim. Kim Ráfales… - Se sacó las gafas. -Ahora si, ei… -¿Qué tal? -Hacia casa a comer… Kim sin dejar de mirarla, apretó un botón al lado del volante y el techo del deportivo rojo de dos plaza se levantó, por delante, como un caballo que se levanta alzando las patas, desafiante. -¿Se te levanta sola? Poco a poco, el mecanismo fue escondiendo el techo plegable dentro del maletero.


- Si tuviese que hacerlo yo, a mano y toda la murga, no lo descapotaría nunca. -Nunca había visto uno de estos… ¿Qué es? -Un Lexus – tan orgulloso que estaba de su compra y, en aquella ocasión, le dio vergüenza tener que decir la marca. -Es muy guapo. -¿Sabes que me dijo mi padre, cuando le dije que me quería comprar este coche? -Ni idea – mordió otro trozo de pan, de pie, al lado de la puerta del conductor. -¡lo quieres para correr o para hacer el mierda? Lo pensé dos segundos intentando adivinar que quería que le contestase y cerrando los ojos le digo para hacer el mierda. Buf, le dije. ¿Lo quieres conducir? -¿Yo? - No tendrás cojones de dejarme conducir este trasto. Echó el pan, la bolsa y el abrigo en el asiento de atrás. Con las piernas largas de Miriam, no tuvo necesidad de colocar la butaca demasiado adelante. Con un solo dedo y un botón con muchas funciones tuvo suficiente para retocar los retrovisores. - No pases de doscientos cuarenta, si puede ser. - No, por ciudad no, Kim, tranquilo. Cogió cuatro semáforos en verde por Consejo de Ciento, giró por Pau Claris abajo y enfiló recto hacia el mar. Los días improvisados son los que mejor salen. Kim se dejó llevar por aquella niña con quien, de pequeños, habían compartido arena y columpios,


que habían coincidido en fiestas de los padres que les parecían un rollo, que les había dado vergüenza hablarse cuando los dos tenían granos, y que recordaba muy vagamente de la fiesta de disfraces olímpicos del Rafaeli, un recuerdo con la luz velada. Todo lo que había pasado a.d.a., justo en las semanas, días y horas previas a la tragedia, había quedado en una nebulosa a medio camino entre la realidad y la fantasía. Lo viví o lo soñé. Pero aquel momento era cierto, y quien lo iba a decir, tenía a su lado a una Miriam hecha y derecha, con personalidad, segura en los gestos y en las palabras, que cogía el volante con la mano izquierda mientras con la derecha no la sacaba de encima del cambio de marchas, por si lo tuviese que usar en cualquier momento. Un semáforo rojo la salvó. Se puso sacar los negros cabellos que el viento le había colocado en la cara. En un momento se hizo un moño alto, que sabía que le permitía enseñar la nuca tensada por un hilo de bailarina. Conducía y no callaba. Le explicó que trabajaba en una tienda distinta, que se había inspirado en un negocio que había visto en el barrio de Tribeca en Nueva York. No era una floristería, ni una tienda de muebles, ni una librería, pero vendían ramos de flores originales y mesas coloniales y espejos antiguos y relojes de estación que parecían de época y alguna escultura elegida de Marta Moreu y libros de arquitectura nuevos de trinca y posters de cine de cuando se estrenaban buenas películas y velas de todas las fragancias marca de la casa y


algún pañuelo con el estampado de Liberty y cosas que compraba donde fuese y que, si le gustaban a ella, pensaba que también tendrían salida entre sus clientes. La máxima de Gris – que así se llamaba la tienda, a juego con el color de todas las paredes – es que nunca vendería nada que a Miriam no le gustase. Cuando con su voz alegre y modulada hubo hecho todo el inventario, aparcó en el Puerto Olímpico. -Me invitas a comer, supongo… -¿No te esperan en casa? -¿A mí? – Miriam apagó el motor del coche. -He visto que llevabas el pan y he pensado… - Kim volvió a arrancar para capotar el Lexus – No lo vamos a dejar abierto, en medio del puerto. -Soy panarra. Me comería una barra al día, pero si me lo preguntas, vivo sola. -¿Ah, si? Creía… No tenia ni idea – Creía que aún estabas en casa de tus padres. -Tío…Que poco informado estás. Has de salir más del hotel, hombre. – Se volvió a recoger sus cosas y bajó del coche - ¿Conoces este de aquí? Le señaló el restaurante que les había quedado en sus narices. -¿Así que es verdad que te he de invitar? -Claro… Me han dicho que a los jugadores del Barça, cuando vienen, no mes cobran. A Kim, todos los restaurantes con vista a los barcos le parecieron, más o menos, iguales. Los mismos tenderetes levantados, hileras de mesas preparadas con poco encanto y camareros pesados que te


ofrecían una carta plastificada, con fotos, para intentar captarte antes que te sedujese la cesta de pescados del al lado. Hablan idiomas, eso sí. - Con este día, mejor fuera. Miriam decidió por los dos. Kim no sabía, a las dos y cuarto del mediodía de primer viernes de abril, sentado en una mesa con resol, con las gafas oscuras puestas, compartiendo unos mejillones de roca y un arroz caldoso del Salamanca, delante de una mujer de mirada risueña que conocía desde pequeña, que los días improvisados son, a menudo, los que te cambian la vida. Volvieron a quedar. Por iniciativa de… Con el tiempo, la historia se diluye, las versiones se confunden y, quien más quien menos, tiende a ponerse medallas. Pero el caso era que a los dos les venía de gusto volverse a ver. El fin de semana siguiente fueron juntos al teatro. Lo propuso Kim y Miriam encargó las entradas. Fugaz, de Benet y Jornet, en el Romea. Sexta fila para ver bien de cerca de Jordi Boixaderas. Les gustó, a pesar de que si hubiesen de decir la verdad, tal vez se perdieran algún pasaje de la obra porque, de reojo, estaban pendientes el uno del otro. Al cabo de ocho días volvieron a quedar. -Te debo una. Esta vez te convido yo a cenar. -Me parece perfecto. -¿Conoces el Tram-tram de Sarriá?


Miriam, cabellos negros y maneras desenvueltas – era esbelta y seca. Los pómulos, siempre con ganas de aparecer, redondeaban sus formas. Andaba con la espalda recta, con el orgullo de las que han ido por la Plisetskaia y se han quedado en el camino pero no han mantenido el estilo. Estaba orgullosa de sus hombros, abiertos, que exhibía como sino tuviese nada que esconder. Sabía que aquella manera de ir por la vida, con la cabeza alta y la espalda hacia atrás, le presentaba el pecho, bien colocado, con elegancia. También se daba cuenta, porque se había asegurado delante del espejo de la habitación, que, unos tejanos azules, con sus buenas caderas, no solían pasar desapercibidos. Antes de los treinta, Miriam – porque esconderlo – no se encontraba demasiados defectos. Tenía, quizás si, una boca grande. ¿Y qué? Lucía una sonrisa franca y unos dientes sanos y bien puestos que le gustaba enseñar en cada risa. Durante la cena en un rincón íntimo de Sarriá recordaron alguna batallitas familiares. Recordaron algún episodio de adolescentes donde los dos aparecían en la misma escena. En un fin de año, los Mundi y los Ráfales habían coincidido en casa de los pesados de los Tejedor. Mientras esperaban las campanadas, Miriam les había enseñado como podía ponerse dos galletas maria entera en la boca. Lo consiguió y, después, durante el aplauso de los chicos, se las volvió sacar enteras, con precisión de cirujano, sin haberse ahogado. En el juego de y tu que sabes hacer, Miriam recordó


como Kim, al segundo intento, había apagado la luz de la habitación con un golpe de pelota de tenis. A la segunda, si, pero había hecho diana en el interruptor, que era el reto que se había propuesto. El día de Sant Jordi, Gris aprovechaba que había tanta gente yendo de paseo por la cuadrícula del Ensanche que siempre que había alguno que entraba en su tienda del pasaje Mercader a pedir un ramo especial o cogía un libro que, para la ocasión, Miriam y las cuatro dependientas que aquel día la ayudaban habían puesto más a la vista. A última hora, guando el gentío ya iba de baja, que le hervían los pies de tantas horas de pie, cuando pensaba que ganas tenía de ducharse y sacarse el sostén y la camiseta sudada y la bata blanca que se había puesto para tener un bolsillo grande donde meter las tijeras, Kim entró por la puerta, limpio y pulido, con la camisa planchada y una rosa en la mano. -En quien menos pensaba en este momento era en ti. -¿Siempre has mentido tan mal o solo lo haces por Sant Jordi? -Muchas gracias, Kim – Olió la rosa, la dejó sobre el mostrador, y se dieron dos besos – Es muy bonita. Kim se arremangó y se puso a sus órdenes. Miriam se quedó parada de verle devolver los libros a las estanterías, plegar el tablero y los caballetes, pasar la escoba para recoger las hojas y las espigas que habían quedado por el suelo. Los refuerzos, y el


buen humor, habían llegado en el momento justo, cuando las fuerzas del personal ya iban de baja. A las nueve pasadas, con la persiana bajada, las dependientas ocasionales fueron desfilando. La jefa les agradecía las manos prestadas y, de un cajón, iba sacando trescientos euros para cada una, el jornal que habían pactado. Tenía prisa para que se fuesen. - No os preocupéis, ya acabaré de recoger todo yo. Al final se quedaron solos. En la trastienda, Miriam y Kim encontraron lo que buscaban. El primer beso. Un año después, dia a día, después que Kim se presentase en Gris escondo tras cincuenta rosas blancas y con un anillo con siete diamantes incrustados en el infierno de la americana, Le dijo a Miriam las palabras que había estado ensayando, pero que no salieron exactamente tal como se las había preparado. Era aquello que empezaba diciendo guapísima y querida, me gustaria que aceptases este regalo que significa que nada me haría más feliz, que de lunes a domingo, cada día de los siete días de la semana que simbolizan estas piedras, los pasásemos juntos cada semana del mundo, cada años de nuestra vida, y entonces notó que se estaba liando de mala manera y le costó volver al guión pero Miriam ya hacía rato que le había entendido. La respuesta no fue, exactamente, la que Kim esperaba. -¿Que nos casemos?


-Sí. -¿Tu i yo? -Si. -Como has tardado, capullo. Miriam hubiese querido casarse también por Sant Jordi, para hacerlo redondo, y a Kim le pareció una buena idea y pensó que, en lugar de un cigarro y unas chocolatinas de recordatorio, podían regalar un libro a cada convidado, tanto hombres como mujeres. Un libro pensado para cada persona. Un gran trabajo, pero podía ser un detalle original para un día especial. Pero el 23 de abril no pudo ser. En el Monasterio de Pedralbes, no te puedes casar cuando tu quieres sino cuando las monjas te dan una fecha que es por aquí o por la puerta. Y para los Mundi era importante que la nena se casase donde la habían bautizado, donde había hecho la primera comunión, y decidieron que el 30 de Mayo de 1994 le iba bien a todo el mundo. Kim y los Ráfales, no pusieron ninguna pega ni a la iglesia, ni al cura, ni a la fecha ni el obligado traje de etiqueta. Para Paco, en cambio era innegociable que el convite se hiciese en el Rafaeli y que lo pagaba el. -¿Quién me dijiste que era la Laura Altimira? -Una amiga de la facultad. ¿Por qué? Un mes antes de la boda, fue la primera vez que Kim y Miriam hablaron de ella. -Porque aún no ha dicho si vendrá o no.


-No lo se. Vive en Londres. -¿Y tu crees que vendrá desde Londres? -No lo se. Éramos muy amigos, pero para mi sería un palo bajar desde allá arriba para ir a una boda que, a parte del novio no conocerá a casi nadie. -Ya, pero no podemos esperar mucho más. -Miriam, aún falta un mes. -¿Estás seguro de que recibió la invitación? -No, así no puedo saberlo. -¿Tienes su teléfono? ¿Tienes su correo electrónico? -Mañana desde el hotel le envío in mail. La respuesta no fue inmediata. Tardó dos días en llegar, por lo menos era clara. Kim, primera noticia, que ilusión. No he recibido la invitación. La verdad es que si me la enviaste a la dirección de Swiss Cottage que tenías de mi, hace ya algún tiempo que no vivo allí. Cuando nos veamos ya te lo explicaré. Nos tenemos que poner al día, ¿de acuerdo? Ahora vivo más en el centro y estoy viviendo con un chico que es manager musical, te encantaría conocerte, a pesar de que no tenéis nada que ver, me parece. Uau. Así que pronto serás un hombre casado, con la Miriam Mundi. Envíame alguna foto. Tiene que ser guapísima. A ti no te caza cualquiera. Os agradezco mucho que contéis conmigo, me ha hecho ilusión que pensaseis y de verdad que me he planteado bajar, pero cuando he visto que la fecha


era el 30 de mayo te he de decir que, sintiéndolo mucho, me será imposible venir. Estamos de gira con un grupo, los Arts Institute (¿los conoces?) y aquel día tienen/tenemos un concierto. Son muy buenos. Quizá todavía no son súper conocidos mundialmente, pero la gente, cuando les ve en directo, flipa. Ostras, así que Kim Ráfales se casa. Ya me imagino que la fiesta en el Rafaeli será sonada. Que seais muy felices. Muchos besos a tu padre y, sobretodo, sobretodo, cuida de Elsa, que será la más guapa de la boda. Con permiso de la novia, que no conozco. Take care, Kim. Cuídate mucho y que seas muy muy y muy feliz con Miriam. Y a ver si reemprendemos el contacto que no puede ser que estemos tanto tiempo, por no decir años, sin saber el uno del otro, añoro tus papelitos arrugados, tus notitas arrugadas. Ya sabes de que hablo, ¿o ya me has olvidado, ahora que te casas? Besos. Muchos besos, Y disculpa que no pueda venir. Laura. Miriam, esperó que Kim le diese el beso de buenas noches, apagase la luz de la mesilla, y como cada noche, ritual y caliente, le pusiese la mano sobre el muslo. -Tú sabes cual es el chiste de Nueva York? -El chista de Nueva York? Hostia, ¿ocho millones de habitantes y solo tienen uno?


-No lo sé, el que acaba…Uno o ninguno, o una cosa así… Kim se rió al recordarlo. Le hizo gracia que Miriam solo supiese el final. -Es muy viejo y muy tonto. -¿Y? -Dice que son dos amigos que se encuentran. Uno le dice al otro “¿Tu cuantas veces has estado en Nueva York?” Y el amigo le contesta “Cuatro o cinco”. Y le pregunta “¿Y tu?” Y el otro le contesta “Una o ninguna”. -Uf… -¿Por qué? ¿Quién te lo ha explicado? Miriam pensó que había llegado el momento. Aunque hiciese daño decirlo, se puso de lado, acarició con dos dedos el brazo de su marido, y le dijo lo mal que le sabía verle así y le confesó con quien había comido y de que habían hablado. Punto por punto, con la tranquilidad de la media voz, de la chala de madrugada. Con la luz apagada, las horas, en la cama, las horas pasan muy deprisa. 14 Una Yoko Ono dentro de si

Eric Stuart picó con los nudillos en la puerta del improvisado camerino de la sala llena de conciertos de Birmingham donde los Arts Institute habían


tocado antes cuatrocientas personas. Entusiastas, entregadas, enfervorizadas. Chicos, espabilad, os espero en el autocar con Laura. Bruce, sin camisa, se pasaba agua por las axilas rozando la pica mientras aguantaba el porro entre los labios con la barbilla elevada, el gesto calculado para no quemarse o para no echarse el humo en los ojos. De los cinco del grupo era el que tenía más michelines, más grasa, más teta y mas de todo. El Peter y el Joe, hundidos en el sofá iban por la segunda pinta. -¿Tu has visto lo que yo? -¿El qué? – Joe, el único del grupo que pasaba de los treinta, no sabía de que le hablaban. -La tía de la primera fila, la que iba de blanco… -No me he fijado. -Nos ha enseñado el felpudo, tío. -No puede ser… - Joe, el de los teclados, nunca veía nada. Quedaba más atrás del escenario y se acostumbraba a perder todo lo que los otros veían. Al final, creía que se inventaban todas aquellas historias para tomarle el pelo -¿Pero, como que te ha enseñado el felpudo? -¿De verdad que no lo has visto? – Ray, el cantante salía del lavabo, husmeando – Llevaba como una falda corta, una minifalda blanca, ¿si o no? -Sí, sí.


-Y de repente, cierra los ojos, como si entrase en éxtasis, se levanta la parte de delante y nos enseña toda la mata. Una mata negra, importante. ¿Sí o no? ¿Y cuanto rato ha estado así? ¿Dos canciones, quizás? -Dos, seguro – ratificó el Shilton, el bajo, zurdo que acostumbraba a tocar más cerca del cantante – El Ray me viene y me dice al oído, en medio del tema, mira esta… -¿No llevaba bragas? – Al Joe, capaz de hacer cien mil movimientos diarios con los músculos de la mano sobre las blancas y las negras del piano, habían cosas en la vida real, más allá del teclado, que se le escapaban. Por demasiado graves o por demasiado agudas. -Pero lo mejor, tíos, es que era rubia. Tenía el cabello rubio como una Barbie, se levanta la falda y aquello era Maradona, era la cabeza del Pelusa…Negro y rizado. ¿Sí o no? -¿Quién se tira hoy a esta? -Seguro que nos espera fuera. -Está cayendo un chaparrón de mil demonios, por cierto – Peter, tragándose la pinta de un trago. Laura se había sentado a la derecha, en la plaza del conductor. Cuando había gira, ella prefería ser ella la que llevase el minibus y arrastrase a todo el grupo. A Eric y a los cinco músicos del grupo ya les parecía bien. El año anterior, en el tour de conciertos por el norte de Francia – Calais, Dunkerque, Lille, Lens – ella fue la única que se vió con valor de conducir un


minibús de alquiler con el volante a la izquierda, y cuando volvieron a la Gran Bretaña, ya siempre quedaron en que fuese ella la que los llevase de un lado a otro. Eric subió delante, corriendo, para esquivar la lluvia. Abrió la puerta de un manotazo, se sentó al lado de Laura y se cerró por dentro. -Buf. Ya vienen… Creo. -¿Qué tal? Eric sonrió. Últimamente no tenía ganas. Hacía demasiados días que por las noches sudaba sin saber porqué y de día, cada dos por tres, tenía que correr para llegar al lavabo antes que no fuese demasiado tarde. Pero después del concierto del sábado, el manager musical no podía ocultar su satisfacción. -Más o menos como ayer en Manchester – Puso la mano para que Laura le diese los cinco dedos – El triángulo no falla nunca. El Viernes por la noche habían tocado en un gran pub de Manchester, y el sábado habían llenado la sala de Birmingham, y al día siguiente les esperaba Liverpool, que dicen que no es mal lugar para la música. Los Art Institute hacían Britpop, como los Oasis o los Elástica, aseguraba siempre Eric – pesado y persistente – para intentar vender conciertos por toda Gran Bretaña o para convencer a los programadores de radio que tal vez no haga falta tanto Blur y, en cambio, estaría bien apostar por algunas voces nuevas como las del Ray Grobbelaar, el carismático cantante de los Art Institute. Como


conjunto, tal vez no tenían el mejor nombre, ni el productor que les diese el empuje definitivo, pero si que era un grupo original como su propia música, que enganchaba cada vez a más gente joven. En tan solo cinco años, desde el concierto que Eric les había conseguido en el Marquee de Londres, que les sirvió para que la prensa les conociese y le diese alas, habían grabado dos trabajos en una misma discográfica independiente, donde Eric Stuart tenía una pequeña participación. Después, llevaba meses con una maqueta nueva en las manos, llamando a las puertas de los majors para que Sony o Warner apostasen por ellos con el álbum Times’s Voices El título que coincidía con la última canción, lo había sugerido el. De momento, no quería tomarse el silencio de las multinacionales como la peor de las respuestas. Más grave sería un no, decía de vez en cuando a los chicos para tranquilizarlos. Mientras tanto, los Art Institute daban un par de conciertos al año, con más de dos mil personas y se ganaban la vida en giras de dos o tres días en locales donde, a cambio de la música, no les cobraban nada por dejarles tocar noventa minutos. El taquillaje iba al cien por ciento para ellos y los pubs se quedaban la totalidad de las consumiciones. Un trato justo. Eric Stuart no había descubierto la sopa de ajo, pero era la manera como, libra a libra, bolo a bolo, habían empezado a funcionar otros grupos que el había gestionado, con más o menos éxito. Los Daily Song o los Paloma’s Sniples, tuvieron más pasado que


futuro. Los Carrot Pie, en cambio, si que hicieron mella. Ficharon por Universal y el primer disco de oro se lo regalaron a Eric para que lo colgase en el despacho de no se qué Gardens. Todo un detalle. -Creo que el ciento por ciento de las veces que he venido a Birmingham en mi puta vida, siempre ha llovido – dijo Peter, el guitarrista, al subir corriendo al minibus. -Será que en Dublín no llueve… - le planchó Laura. Tras Peter, subieron Shilton, Joe y Ray, que se había puesto una camiseta limpia de promoción del grupo, con su cara en el pecho, y se había perfumado. -Podemos arrancar. -¿Y Bruce? -Ha dicho que se queda… -Pero… -Tu tira, Laura. Arranca y no preguntes. -Dice que tiene una cita con Maradona. Joe, Shilton y Peter se meaban de risa con la ocurrencia de Ray. Laura no sabía de que iba la cosa. Eric tampoco, pero lo intuía. Las groupies que se ponen bien se tienen que aprovechar en caliente. A veces incluso el manager había acabado follando, de pie, con alguna fan que, en las fiesteritas improvisadas después de los conciertos, estaba dispuesta a todo con tal de acercarse a sus ídolos. Más de una, más de dos y más de… Es una de las grandes actividades paralelas del mundo de la


música, habían leído en una ocasión en una revista especializada. ¿O no lo hacía Schubert? ¿O no lo hacía Puccini? Salvando las distancias, los Art Institute se sentían más jóvenes, más modernos y más de moda. -No sufráis por Bruce – Shilton leyó un mensaje del móvil – dice que irá directo al hotel con la furgo de Marck. -Vamos al Curry, va. Las cenas de después de los conciertos eran el mejor momento de la semana. Se habían sacado un peso de encima, tenían la adrenalina por las nubes y, a las once pasadas de la noche, siempre se aseguraban que, en cualquier ciudad británica donde tocasen, Laura les habría encontrado un restaurante hindú que aún estuviese abierto para poder comer todo lo que no habían podido comer a mediodía antes de la actuación. “Vamos al curri”, era el grito de guerra de los Art Institute para saber que se habían ganado la cena y que empezaba la noche. Sino pasaba nada raro, tres o cuatro horas después se estirarían en la cama con la lengua pastosa. A la mañana siguiente, antes de que se levantasen con la necesidad de una ducha y un café fuerte para la resaca, Mark y Gary ya estaba en ruta hacia el próximo destino. Habían estado los últimos en recoger de Birmingham y eran los primeros de ir hacia Liverpool con los instrumentos y todos los aparatos para montar el concierto.. Gary – cuatro


dedos en cada mano, por una broma de nacimiento – era el roadie de los Art Institute desde antes del proverbial concierto del Marquee. Era el pipa encargado de afinar los instrumentos, de cambiar una cuerda que se rompía durante la actuación y de montar los teclados y los amplificadores. Mark era el técnico de sonido, el mozo de cuerda, el chófer de la furgo de los instrumentos y, según como, se podía convertir en el camello de Bruce MacMahon y de Ray Grobbelaar. Tenía contactos en el infierno y sabía, en cada localidad de la isla, a quien tenía que recurrir para comprar un gramo de cocaína a cualquier hora. “Una barra de pan no sabría donde encontrarla, pero eso, vaya que si”, les había dicho el espabilado técnico, la noche que dos horas antes de arrancar un concierto en una sala de Charing Cross había visto angustiado al cantante. Ray, una raya le daba seguridad para salir al escenario o comerse el mundo. En la habitación del Jurys Inn, un tres estrellas en el centro de Birmingham, Laura y Eric se sacaron los zapatos y los pantalones. Los bajos habían quedado mojados solo de atravesar tres calles, desde donde habían aparcado el minibus hasta el hotel. El grupo, el trabajo y el día a día musical hacían que, prácticamente, Laura y Eric solo estuviesen solos a la hora de acostarse. En Londres no variaba mucho esta vida apresurada. El no estaba nunca en casa. O estaba en la oficina o haciendo audiciones o tratando


con productores musicales o encargando carteles o camisetas o gorras con el logotipo de sus grupos. O, sencillamente, bajaba a tomarse una cerveza con cualquiera. Cualquier excusa era buena para llegar tarde a casa, sin ganas de cenar. Laura, en cambio, dependía más de los encargos. A parte de los trabajos para Stuart Records – traducciones y giras – en aquellos años no hubo semana que no la llamasen para hacer de intérprete en conferencias, inauguraciones o actos en embajadas que le llenaban muchas jornadas enteras. Trabajaba mucho, gastaba poco y, justamente por estos dos motivos, su padre no podía estar más orgulloso. Eric, en cambio, le daba mala espina. Solo le había visto una vez, en Banyoles y otra en París, en un encuentro que hicieron a medio camino, pero desconfiaba de los pelirrojos y no le gustaba el mundo de aquella música que no es música, dicho en palabras suyas, que Claudia intentaba que no lo repitiese delante de nadie. El señor Altimira, contable de la gran fábrica de muebles del Plá del Estany, tenía la íntima esperanza que aquella historia no fuese para siempre. No entendía, por ejemplo, que su yerno fuese por la vida con dos móviles. ¿Donde se ha visto, Claudia? Por la noche, Eric tenía el detalle de silenciar los teléfonos, pero los dejaba sobre la mesilla de noche para notar el zumbido. Pero sus propios ronquidos no le dejaban oír nada y, cuando había una llamada, Laura era siempre la que se despertaba, quien miraba


la pantalla y, en función del nombre que leyese, intentaba despertar a su pareja, que pesaba como un muerto, o decidía apagarle el móvil, volverse a girar y continuar durmiendo. Eric, a juzgar por el único retrato de boda de sus padres que tenía en el piso, se parecía a su padre, incluso en lo de la barba corta y arreglada. Los dos tenían un cuello fuerte, la frente amplia, el pelo liso, tirando a panocha, y la mirada desafiante. No le gustaba parecerse a el. Ni en las facciones, ni en los prontos. En los años que hacía que Laura vivía con Eric, nunca quiso hablar. Solo, de vez en cuando, cuando Eric llegaba bebido explicaba alguna cosa sobre el imbécil de su padre. Así le llamaba al viejo David Stuart, un mecánico de camiones que aseguraban que había sido una manitas de plata y que se fue de casa cuando los hijos – Eric y Violet – todavía no podían ir solos a la escuela pública de Bournemouth, que estaba a diez minutos a pie de su casa. Años después, cuando volvió a la ciudad para exigir de malas maneras que tenía derecho a ver a sus hijos, ya era un deshecho. Tenia la cabeza mal amueblada, el alcohol le había abotargado los ojos y andaba, sin ton ni son, con las arrugas de la desgracia encima. Se había hecho viejo de golpe y a pesar de que imploró el perdón y unas cuantas libras, exactamente por este orden, la madre le cerró la puerta en los morros y le dijo que solo le haría un favor. Uno solo pero el más grande de todos:no le


juzgaría. A cambio, no le quería volver a ver más. Le pedía que se largase y que ella se encargaría, con su esfuerzo y sus principios, que a sus hijos no les faltase nunca de nada y que conseguiría, segunda parte del mismo favor, que no juzgasen a su padre y que nunca le faltasen al respeto. Eric oyó esta conversación con la puerta entreabierta de la habitación y se asomó a la ventana para ver como su padre dibujaba, con pasos de plomo, el camino hacia el resto de sus días. Cuando le vio dar la vuelta a la esquina, corrió a abrazar a su madre. Secadas las lágrimas, se imaginó, por siempre jamás, un padre que vagaba sin parar hacia las voces de los tiempos. El grupo, ya durante la gira por el norte de Francia, había hecho una excepción con Laura. Los Art Institute tenían una máxima. Prohibida la entrada de las novias en el camerino. Durante unos cuantos meses, incluso colgaban un rótulo en la puerta que, con caligrafía casera, explicaba el veto. Después ya no hizo falta que lo escribiesen porque los cinco lo cumplían a rajatabla. Peter, que leía compulsivamente las historias de todos los grupos de rock, aseguraba que muchos conjuntos acababan mal por culpa de las mujeres. -Eso, Pet, es una excusa que no se sostiene por ningún lado –Laura saltó – es… ¿Te lo puedo decir? -¿El qué? -Machismo del siglo pasado.


Una discusión que podía durar horas, Peter la quiso cerrar en lo que le duraba su solo de guitarra al inicio de los conciertos. -Esto que he dicho, te guste o no, es una gran verdad. ¿Qué pasa? ¿Lo quieres saber? -… -Laura, con los ojos como platos. -Que entran las novias después del concierto al camerino y una dice…”A ti te han puesto menos rato el foco que a los otros” “A ti se te veía poco, escondido tras la batería”, y ya estamos… -Y otra cosa que también hay que decir… - Bruce se sumo, a los demás – Nosotros tampoco hablamos igual entre nosotros si aquí dentro tuviésemos a la novia. Admitámoslo, ni decimos lo mismo, ni actuamos igual. Cuando estamos con ellas parecemos unos tíos más…pasados por agua. ¿Me explico, Laura? -Y, en el fondo, hablemos claro…todas las novias de los músicos tienen una Yoko Ono dentro de sí. Remachó Shilton. -Pero, tíos… - Laura no se rendía fácilmente. -¿Verdad que en el vestidor del Aston Villa no entran las mujeres de los futbolistas? Pues en el nuestro tampoco. Ya está. Nada convencida, claudicó. Seis contra uno. No tenían razón, pero eran más. Una batalla perdida. En Liverpool, los Art Institute habrían llenado una sala el doble de grande que la del club donde tocaron. Ray Grobbelaar, en cuanto pisó el


escenario, tuvo suficiente con cuatro movimientos de cadera para meterse el público en el bolsillo. Interpretaron las diez y siete canciones del último disco y, en las propinas, dijo que estrenaban tres nuevas, todas compuestas por el mismo. Ray, delante, jugaba con el micrófono y se lo iba cambiando de mano durante todo el concierto. A su lado, Shilton ponía de vez en cuando una rodilla en el suelo como si quisiese acercar el bajo al público que, de repente, gritaba como si les despeinase la escoba de la bruja del tren. Un paso atrás, el virtuoso Peter sabía que todavía estaba más sexi con una guitarra en las manos. Detrás, alzados sobre una tarima, Joe y Bruce. Uno, con dos tambores y tres teclados, parecía el hombre orquesta. El otro, que se había permitido una esnifada de última hora, aprovechaba todos los sonidos de su batería, se sentía Ringo Starr y le caía el sudor por la patilla. Fue un buen concierto. Se lo pasaron bien, estuvieron conjuntados, se entendían con la mirada, tocaban de memoria y lo dieron todo hasta la última nota. A diferencia de las dos noches anteriores, Laura quiso vivir el concierto bailando en medio del público. Saltando y cantando y dejándose llevar. Eric no salió del camerino porque no se encontraba demasiado bien. Con la calculadora del teléfono móvil, contó que habían recaudado más dinero que en Manchester pero menos que en Birmingham. Tal vez si hubiesen sabido que venderían tantas entradas y que, por seguridad, habrían tenido que dejar a


algunos fans en la calle, habrían alquilado un local con más aforo. O quizá no. Ya está bien, pensaba el manager, que la gente se quede con ganas. Que no pueda entrar todo el que quiera. La ley de la oferta y la demanda. El truco de la escasez. La manera, en el futuro, de alzar más los precios. Poco a poco. Los Beatles tampoco pasaron de The Cavern al Carnegie Hall en dos días. Acabado el concierto, mientras los cinco chicos se lavaban en la pica y se secaban con la única toalla que les habían puesto.. Eric pidió estirarse en la butaca. Súbitamente se había quedado sin fuerzas. Una fatiga aguda, una bajada de vitalidad… -Tómate un sorbo de Coca-Cola. Laura, que enseguida había ido a sacar una de la máquina, le abrió la anilla y le dio la lata y le puso la mano en la frente. -Tienes mucha fiebre, Eric. Hemos de buscar alguien de urgencias. -No será nada, guapa. Estaré bien… - Se le cerraron los ojos – No entiendo que me pasa. Se me han fundido los plomos. -No te pasa nada, tío. – Bruce dijo la suya – Mañana volvemos a Londres y te enviaré a un buen amigo mío. Es un buen veterinario.

15


La música de los dioses Kim se desnudó con pereza mientras pensaba ay señor. Enrolló la corbata para que no se arrugase, se sacó el reloj que le había regalado Miriam en su último cumpleaños, colgó la ropa en el armarito que tenía en el vestidor de la zona de aguas del hotel, y sin chancletas, entró en la sauna húmeda. Arsenio, que no se le pasaba nada por alto, le había avisado que Vicente Ráfales había pedido que tenía que hacer para estarse un rato en los baños turcos.. Lo había dicho así, baños turcos, con el primer nombre que le habían puesto al Rafaeli cuando, con Paco, habían decidido reinvertir un buen montón de millones de pesetas de los beneficios de un año para construir la piscina, el jacuzzi y, al lado de los vestidores, dos saunas húmedas y dos secas que se pudiesen acceder directamente, en pelotas. Los hombres en una, las mujeres en otra. Cuando Kim se introdujo en la penumbra de la zona de vapor, el tío estaba desnudo, alicaído, sentado con las manos en las rodillas y la toalla sobre la nuca, como púgil entre rounds. Al ver que se abría la puerta, alzó la mirada. -Ey, Kim. – Se sorprendió de ver a su sobrino. -¿Note molesta, tío, esta música? -No. -La encuentro demasiado fuerte… -Me gusta, la música de los dioses… - Cerró los ojos y volvió a agachar la cabeza - ¿Dónde vas así?


-¿Perdona? -¿No te piensas quitar los calzoncillos aquí dentro? -No me voy a estar mucho rato – La gracia del tío para hacerle sentir ridículo – Tengo una muda siempre en el armarito, no te preocupes. Kim se sentó en el mismo escalón que el tío, de perfil. Le calcó el gesto, por pura comodidad. -Me han dicho que hoy llega la zia… -Esta tarde. Los he de ir a recoger al aeropuerto. Vienen todos, Mina y tus primos. Debe hacer tiempo que no les ves… -Si, no lo sé… ¿Todavía son tan del Lazio? -Ay, el calcio. No ganan para disgustos. Yo les digo, para hacerles rabiar, haceros de la Juve, hombre, que así tal vez algún día celebrareis algo. – Levantó la cabeza, abrió los ojos y miró a Kim ¿Vienes a menudo por aquí? -¿A la sauna? Nunca…casi nunca. Solo para desentumecerme un poco… se toco los gemelos – del tenis. -Me haces compañía… -De hecho, te he visto entrar. He pensado que sería un buen momento… -¿Para? – Lo sabía perfectamente. -Para hablar, quizá… -¿Tu y yo? ¿De que hemos de hablar aquí? -No me lo pongas más difícil, tío. Dejaron de ocultarse las miradas. -Es una oferta inmejorable, Kim, y tu lo sabes. Lo mires por donde lo mires es una oferta cojonuda.


-No me preocupa tanto la oferta de los Radisson, que también, sino el por qué. Con el índice y el anular, Vicente Ráfales Argemí, presumido incluso sin ropa, se secó dos gotas que corrían pr las cejas, y ajenas a la conversación, jugaban a ver si caían o no caían. -Porque nos asegura el futuro, así de fácil. Esta es la ocasión porque, sino lo hacemos ahora, nosa podemos pillar los dedos. Estamos en un momento que damos dos pasos adelante o tendremos que dar alguno hacia atrás… -En Roma quizás si… -Aquí y en Roma. Aquí también Los Rafaeli necesitan otro empujón, y tal como se está poniendo este negocio a escala mundial, solo nos la puede dar en capital de un fondo de inversión o de una gran cadena. Nosotros llegamos donde llegamos. -Pero tanta prisa… No lo entiendo, francamente. -Porque es ahora, Kim. Es ahora cuando Radisson se ha interesado por nosotros y con unas condiciones que… Tú lo sabes, supongo, que nos ofrecen que tanto tu padre aquí como yo allá podemos continuar cinco años al frente de los hoteles. Todo esto quedará firmado, irá a misa. Y después de estos cinco años de transición, ya, jubilados y tranquilos. ¿Qué más quieres? -Primero no será una transición, será una agonía. Y segundo, ni tu ni mi padre no sabréis que hacer sin trabajar todas las horas. Y ya que hablamos del padre, déjame decírtelo – Respiró hondo – Me


parece que te estás aprovechando un poco. Mi padre está… Tu padre está en plenitud de facultades mentales – le interrumpió secamente el tío Vicente. -Naturalmente. -Nadie le hará tomar una decisión que no quiera… -Mi padre…un momento. ¿Quieres que hablemos de padre? ¿Quieres que hablemos de verdad? ¿Quieres saber y te pido por favor que no me tomes las palabras al pie de la letra, ¿quieres saber por qué creo que abusas de tu hermano? ¿Yo? Porco cane. Que no, Kim. -Porque tienes suerte de que sea un buena fe, que no quiere problemas y menos aún con la familia. El ha sido un luchador, ha tirado del carro, solo ha tenido la obsesión de hacer crecer este hotel y solo ha tenido un hobby: trabajar. Pero el padre, hablemos claro, desde la muerte de Alex y de Roger que ya no es el mismo y tu lo sabes. Es un hombre en stand-by. Es un hombre apático, como si todo le resbalase un poco. Mi padre vive por rutina, no jodamos. Se hace el fuerte, claro que si, porque es un Ráfales, nadie le ve nunca una mala cara, pero mi padre es un hombre triste, desvalido, no tiene ni la alegría ni el empuje que tenía antes. Y tu lo sabes y creo, sinceramente, tío, me sabe mal decírtelo pero es como lo veo, que… -No me vuelvas a decir que me aprovecho, hostia – Se sacó la toalla blanca de la nuca y se la colocó desplegada sobre los muslos, como si le diese


vergüenza decir según que con los castelgandolfos a la vista. Tan solo ganaba tiempo para serenarse, rumiar una respuesta y no mandar al cuerno a su sobrino – Tu eres su hijo, Kim. Y me gusta ver como le quieres y como le cuidáis, tu, tu mujer y tu hermana, y me gusta ver como os entendéis los dos con una mueca, pero no olvides nunca una cosa… Si tu eres su hijo, yo soy su hermano. Yo hace más de sesenta años que le conozco. -No vamos a hacer una competición de quien le conoció antes… -Déjame acabar. Desde de nací que hemos jugado, nos hemos peleado y hemos crecido juntos, en este hotel. ¿Qué tu quieres a este hotel? Nadie lo duda, Kim. Pero yo también. Mucho. Y desde hace más tiempo. Que si te sabe mal por lo que habría pensado el abuelo Francisco, a mi todavía más. Quiero decir, lecciones, las justas. -Entonces, precisamente, tío…¿Por qué cojones nos lo hemos de vender? -Porque ahora tenemos la oportunidad, porque hasta aquí hemos llegado, porque de lo que nos pagará Radisson en los próximos cinco años podreis vivir tú y Jana y Victor, y los hijos y los nietos de la Jana y el Victor y con un poco de suerte hasta los bisnietos y todo. -¿Y? Los dos supieron sostener la mirada de sangre. El vapor, la música y el respeto les ayudaba a mantener la compostura.


-¿Qué? Dime… -Que sino lo vendemos también continuaremos viviendo todos. ¿Es que no dan beneficios los hoteles? - Cada vez menos. -¿Es que no repartimos dividendos cada años? Por eso mismo, tío, no entiendo las ganas, la necesidad, ahora, de corramos todos a vender…La puta urgencia. Lo siento pero no lo entiendo. -Porque no se perderá el nombre, solo pondremos un nombre delante. Un nombre de prestigio. Y por contrato, nos garantizamos que durante treinta años más, como poco, se tendrá que llamar Radisson Rafaeli. Suena bien. -Yo no quiero cambiar el nombre, quiero que el nombre sea el que es, quiero que el piano y el Santi Santos estén donde están, quiero que te sirvan el café en la mesa y que no te tengas que levantar y hacer cola con la capsulita en la mano…O sea, no quiero cambiar el hotel, no quiero que el Rafaeli se parezca al Radisson de Bergen, o al Radisson de Estocolmo o al de París. Que todos se parecen. Y claro que están bien, solo faltaría, pero todos son iguales. Sin personalidad. Quiero que nos mantengamos independientes, no quiero perder al Rafaeli… -Pero esto… -¿Qué? Dime. -Que no depende de ti.


-No te quiero engañar, tío, Intentaré, todo lo que pueda, que no tengas el si del cincuenta por ciento de mi padre. -No lo conseguirás. El surtidor de vapor volvió a escupir niebla caliente y les difuminó las siluetas. -Solo he venido a decirte que lo intentaré -Es muy loable, Kim. Pero, por favor, hazme un favor… - el tío Vicente alargó la mano, le cogió la rodilla y se la apretó con fuerza con los cinco dedos – no me toques los huevos. Se retaron sin mirarse a los ojos. No podían. Habría parecido el inicio de un duelo de consecuencias imprevistas. Kim, por acto reflejo, se levantó y abrió la puerta de la sauna de vapor. -Recuerdos a tía. -De tu parte, guapo. La música espiritual continuaba instrumental y tranquila, columpiándose entre silencios e inspiraciones celtas pasadas por un new age un poco pasado de moda.. Que invento tan extraño en nombre de los dioses. Cuanto negocio alrededor de la meditación. Demasiado alto el volumen, volvió a pensar Kim mientras entraba en el pequeño vestidor de la zona de aguas. Ya haría que lo bajasen. Se sacó los slips y pasó por una ducha fría que aguantó sin gritar. No conoces a tus parientes hasta que no se presenta una crisis. Que gran verdad la frase que en alguna ocasión la había oído decir a Arsenio Rubio, convertido ya en el primer ejecutivo del hotel que no


era de la familia. Kim se vistió con rapidez. No le apetecía volver a coincidir con el tío en el vestidor. Con los dedos apresurados, se fue poniendo sus cosas en los bolsillos. La llave maestra, el dinero, a la derecha del pantalón; el encendedor, a la izquierda. El móvil…Antes de guardarlo, le echo una ojeada. Que raro. En el cuarto de hora larga que había estado en la sauna había recibido tres llamadas perdidas de un número muy largo. Tres llamadas con el prefijo de Londres. Tres llamadas seguidas. Tanta insistencia pero no le habían dejado ningún mensaje. Cuando estuviese arriba, en la soledad del despacho, llamaría. 16 He jugado a la ruleta rusa Pensó un rato, mientras se duchaba. Y decidió que le explicaría la verdad. A Miriam, podía haberle dicho que se iba dos días a Londres para distraerse. O le podía haber comentado que iba para asimilar el disgusto por la venta del Rafaeli, o que se iba para no enfrentarse a su padre, o que iba a una reunión para negociar con un comprador que tal vez estuviese dispuesto a presentar una mejor oferta. O le podría decir, y Miriam se lo habría creído, que iba hoy volvía mañana para escaparse de la pesada de zia Mina y de sus primos, que ya habían llegado de Roma y que no paraban de pedirle que les


acompañase a los restaurantes más in de la ciudad y a los locales de moda de la noche de Barcelona. Le habría dicho una trola y habría colado. Pero decidió decirle la verdad. En aquella ocasión no tenía nada que esconder. -¿Pero que quiere decir que hoy, así, de repente, te vas a Londres? ¿A ver a quien? -A ver a Laura. Me llamó. – Abrió las manos como sino fuese culpa suya – Me dijo que tenía un problema. -¿La Laura de la facultad? -Sí. -¿La de la peca? -No se si tiene una peca, Miriam? -¿La que no vino a la boda? -Sí, sí. Ya sabes quien es Laura. -Por foto si – soltó, de paso. Miriam, con bragas y sujetador y la toalla todavía atada a la cabeza, elegía la ropa para vestirse. Kim, a los pies de la cama, se ataba los zapatos. Hablaban sin mirarse, al irse al trabajo por las mañanas. -¿Y que le pasa que es tan urgente? -No lo se. Me pareció muy… - Buscó la palabra justa – Muy angustiada. -¿Pero cuanto hace que no os veis? -¿Y qué? Si una amiga tiene un problema… -¿Una amiga que hace ocho o diez años que no os veis? ¿Y ahora, a correr todos? Venga, hombre, venga… -¿Tu no lo harías por un amigo?


-Ah. ¿Y te ha pedido que vayas? -No. No me lo ha pedido. -¿Pero ella sabe que vas a ir? -No. No le he dicho nada… - Kim levantó los ojos y se topó con la mirada recriminatoria de Miriam – Que no, caramba, que no sabe que voy. -Es que no entiendo que con el pollo que tienes montado aquí, con tu padre y el tío y el Radisson, ahora, tú decides irte. Justo en este momento. -Mujer, por dos días tampoco pasará nada… -Pero que tu te vayas de esta manera, a la aventura, convendrás que… - Se sacó la toalla y se secó el cuello – No hace mucho para un señor ordenado y metódico como tu que lo ha de tener todo siempre controlado. -No nos enfadaremos ahora por esto. -¿Quieres que te acompañe? ¿Si es ir hoy y volverte mañana, quieres que vaya? -Miriam… - Esta salida no se la esperaba. -¿Qué? Me lo puedo montar en la tienda. Las empresarias tenemos esta libertad. -Miriam… - Kim, calzado y de pie, le dio un beso en la frente – No es para ti, este papel. Si ya estaba bastante mosca, aquel beso, paternal, condescendiente, la acabó de enfadar. -Pues ve, y fóllatela de una vez. -Ey, chata, ¿tu crees que…? -Y coge el cepillo de dientes para después. -Hostia, Miriam…


Ella entró en le lavabo y cerró la puerta con un golpe seco, para subrayar la rabieta. Kim, a pesar de que la escena le corroía, intentó mantener la calma. Intentaba no contaminarse con el humo acre de la pólvora. Pero se volvió. Levantó un poco la voz para asegurarse que su mujer le oiría pero que los niños, en la habitación de al lado, no podrían. -Si ahora se cae el avión te sabrá muy mal que estas hayan sido las últimas palabras. Miriam volvió a abrir la puerta, de golpe. -Eres un mamonazo, Kim. Ve a Londres y dale recuerdos de mi parte. Y llámame, sobre todo, para saber que es todo esto tan grave que le pasa, que, si no, no podré dormir. Era una mala manera de irse. Del paseo de la Bonanova al aeropuerto del Prat le duró la indignación. Las broncas le sacaban de sus casillas. Si eran injustas, como consideraba que era el caso, todavía más. Injusta y desproporcionada. No se esperaba, nunca en la vida, que su mujer le montase una escena como aquella. Quizá tampoco era habitual – y en frío era capaz de reconocerlo – que el, de repente, cogiese una muda, un neceser, una maleta de ruedas y comprase un billete de avión de última hora, de huída improvisada, hacia no sabía bien qué. Cuando las ruedas del British Airways dejaron de tocar el suelo, ya no pensó más en Miriam.


Londres, antes de comer, le recibió con la insidiosa lluvia del atardecer. El lugar de coger un taxi como había hecho siempre que había llegado con sus padres, fue a buscar el Gatwick Express. Decidió que no pasaría por el Four Seasons, ni para dejar la maleta. En poco más de media hora de tren, estaba en la Victoria Station y evitó los atascos de siempre en la autopista para entrar en la City. A pie, atajando por pasos subterráneos que conocía bien, enseguida estuvo en Marble Arch. Por tres libras, compró un paraguas de mírame y no me toques y entro en Hyde Park, que, a un mes para Navidad, está en su mejor momento. Fuese por la lluvia o por la hora o porque el negocio de los charlatanes iba de baja, en el Speaker’s Corner no había nadie que predicase. Anduvo sobre el césped – los verdes que adornan el país – hasta llegar al Serpentine y entrar en el selfservice que cuelga sobre el lago. Dejó el paraguas en una mesa de mármol gris y, vigilando la maleta con un ojo, se fue a pedir una cerveza. Al tercer sorbo, decidió que era la hora de llamar. Marcó los números con los nervios de un adolescente. A la cuarta señal, le respondieron. -Allô. -¿Laura? -¿Kim? -¿Qué tal? -Que bien que me llames. -Escucha una cosa…No se si estás comiendo. -Sí, sí, pero dime…


-Es que estoy en Londres. -¿Ahora? No me lo puedo creer…¿Estás en Londres? -Te lo juro. Estoy en Hyde Park. No se si tienes trabajo… -Sí, no, bueno… - se rió nerviosamente - ¿Dónde estás? -¿Sabes el restaurante Serpentine? -Creo que hay dos. El The Dell o el del Lido? -El The Dell, pone aquí, si. El de la punta, más cerca de… -Si me esperas, en una hora estoy allí. Dame una hora. Máximo una hora y cuarto. ¿Te puedes esperar? -Claro que si. Tranquila… -Perfecto, Kim. -Comeré algo mientras tanto. -¿Tu en un self service? -He cambiado mucho. -Tengo muchas ganas de verte. Que bien. ¿No te vayas, eh? -No, no… Los lagos dan una tregua a la ciudad. La paz del Serpentine solo se resquebrajaba por el ruido de los cubiertos y las bandejas, por el rumor educado de los que hacían cola mientras esperaban el segundo plato – un estofado caliente, una carne a la plancha o un pescado desconocido para Kim – y por la vocecilla esmirriada de la cajera de aspecto curtido. En cuanto dejó de llover, dos jóvenes contratados por el


servicio de limpieza, reconocibles por un mono verde, secaron los bancos y las mesas de piedra. La gente, turistas y autóctonos necesitados de sol, salieron a tomar un café cerca del agua. Los patos cloqueaban sin parar, desorientados, tal vez por el súbito cambio de tiempo. Kim tiró el paraguas, que ya había tenido su utilidad, cogió el pastelito de manzana que tanto le gustaba al goloso de su padre, y arrastrando la maleta con la otra mano, también fue a comérselo fuera. A tomar el fresco de Noviembre y a esperar a Laura. Fuese el que fuese el problema que tuviese, le apetecía mucho verla. Fuese lo que fuese lo que la pasaba, y rogaba que no fuese nada grave, el nerviosismo de reencontrarla le tenía… Notó que alguien que estaba de pie detrás de él le cogía por el hombro. -One, Two, Three. What are you thinking about? -Se tragó el pastel que tenía en la boca, se volvió y se puedo en pie. -¡Laura! -¡Hola, Kim! ¡Qué fuerte! Se abrazaron con fuerza. Cogidos todavía por los antebrazos, se retiraron ligeramente para volver a mirarse a los ojos, al rostro… Les faltaba perspectiva para verse más que en primer plano. -Estás muy guapa con el pelo corto. Que cambio. – La despeinó pasándole la mano por la cabeza - ¿Y más delgada, no? -Tú estás como siempre. Guapo como siempre. -Laura, Laura…


-¡Qué ilusión que estés aquí! Y se volvieron a abrazar. Diez segundos apretándose el uno contra el otro. Veinte, con sentimiento. Treinta, que son una eternidad para un abrazo pero que es un rato razonable si se hace lejos de casa, si llega después de un montón de años de no verse y si de repente percibes que, a pesar del paso del tiempo y de la vida, aun tenían muchas cosas en común. -Siéntate, Kim, aún no has terminado de… - Señaló el platito de postre. -Ah, no… Si te explico porqué he pedido el pastel…Vamos, si quieres. -¿Has venido a Londres por trabajo? -Sí, tenía una reunión esta mañana en el mismo aeropuerto – Las trolas se tienen que decir con convicción. Y una vez se empieza, se han de mantener hasta el final – Como no sabía a que hora acabaría no te he querido decir nada. Mejor así, una sorpresa. ¿O no? -Te la has jugado. Podía tener trabajo…O la semana pasada, por ejemplo, estábamos de gira y no me habrían encontrado en Londres. -Mañana he de verme con una persona. Negocios. El viaje no me lo ahorraba, vaya. Pero me habría dado mucha rabia no encontrarte. Laura le aguantó la puerta para que saliese con la maleta son tropezar con nada. -Pocas mudas llevas aquí dentro. -Regreso mañana, sí.


-Y… -¿Y? Laura no osaba. Kim no la quiso ayudar. -Que si tenemos todo el día… ¿podemos cenar? ¿O como lo tienes, Kim? -Hasta mañana soy todo tuyo. El Serpentine era una sábana azul sin ninguna arruga. Pasearon por el borde del lago con pasos que no iban a ninguna parte. Hablaron de todo y de nada. Hicieron el inventario de Elsa, de Paco, de Jana y el Víctor. Aprovechó para enseñarle una foto de sus hijos que tenía en el móvil. No te imagino haciendo de padre, le dijo. Después, le hizo feliz al observar que la nena se parecía a el. Ya puestos, Kim también le enseñó una de Miriam, que Laura la encontró muy atractiva y no se privó en decirlo. Hablaron de Banyoles y de sus padres. Claudia estaba negra porque pasaba demasiado tiempo sin ver a Laura y porque el padre, ya jubilado de la fábrica de muebles, se estaba todo el día en casa y empezaba a desvariar. La madre le decía por teléfono – hablaban, como mínimo, tres veces cada semana que cuando acababa la paciencia tenía que volver a empezar. Y las amigas, ¿Cómo se llamaban? ¿Las del piso? Había dos hermanas, una que estudiaba medicina. Sira es ginecóloga desde hace uf…Tiene consulta en la Corachán. Estos días he hablado mucho con ella. Sira siempre te encontró guapísimo. ¿Qué dices? Y Ana, su hermana, la he perdido la pista. Se que dejó la carrera a medias. Hispánicas,


me parece que estudiaba Filología. ¿Y la que iba a ciencias de la Información en Bellaterra? La Txell ¿No la reconoces, tío? La Txell es la Meritxell Romeu, la que presenta el Telenoticias. Sabes la del fin de semana, a mediodía. ¿Aquella es la Txell? Estuvo unos cuantos meses de baja porque tuvo a su hijo, que ahora ya debe tener dos o tres años. A veces la veo por Internet. Encuentro que lo hace muy bien. Ya me fijaré. Y de Marcos, ¿sabes algo? Yo no, ¿y tú? ¿Por qué tenía que saber yo nada? ¿No me reprocharás ahora el viaje a Menorca? ¿Qué te voy a reprochar yo? Cada uno se sabe sus cosas…¿O no? En la conversación atolondrada aún salió un nombre en el inventario. ¿Cómo se llamaba, Kim, aquel amigo tan pijo que tenías? El… no me acuerdo del nombre. Ya se quien quieres decir. Nunca me cayó bien. Un buen abogado. Ahora me está ayudando con un pollo que tenemos con el Rafaeli. ¿Un problema? Ya te lo explicaré otro día…Si te vas mañana… ¿Seguro que ha de ser mañana? Sin darse cuenta del crujido de las hojas secas bajo sus pies, dieron una vuelta y media al lago. Después se subieron a un montículo con vistas al Serpentine y, al lado de un esqueleto de una encina desplomada, se sentaron en dos gandulas de franjas verdes y blancas que comprobaron que estuviesen secas. Más que sentarse, se dejaron caer porque las butacas de los parques de Londres, que están por todas partes, ja lo tienen esto, que las gandulas te dejan el culo


suspendido y las rodillas a la altura de los ojos. Una vez estás aposentado, son cómodas, dijo Kim. Lo malo es levantarse, replicó Laura. Pero todavía no a nuestra edad, concluyeron los dos a la vez. -Tú, nada, porque se te ve muy en forma. ¿Aun juegas a básquet? -¿Aquí? ¿En Londres? ¡Qué va! No saben ni lo que es. Verían una cesta y no sabrían si la pelota ha de entrar por arriba o por abajo – Cogió una piedrecita con la que había topado con los dedos que peinaban el césped húmedo y la tiró tres pies adelante – Aquí no hago nada. Kim pensaba que hacia ya una hora larga que estaban juntos y que de todo aquello tan grave que le pasaba a Laura, de aquella llantina que le había hecho por teléfono, no se cantaba ni gallo ni gallina. Ni parecía que tuviese la más mínima intención. -¿Y tú, qué? ¿Aún juegas a tenis? - Sí. Bueno, un poco menos. Hago más campanas de las que querría. Los martes han dejado de ser sagrados. En el hotel han sido, y son, años de mucho trabajo y cuando no es una cosa es otra… -¿Individuales, verdad? -No, no. Dobles. Jugamos por parejas. Así, si pierdo, la culpa siempre es de mi compañero. -Eso es muy Ráfales. -Del todo. Un pasmarote se les plantó delante, con una máquina en el pecho, para decirles que aquellos asientos eran de pago. Satisfecho el peaje, el hombre


de piel de Gandhi, uniformado de cobrador del parque, giró dos veces la pequeña manivela del trasto de fabricar billetes. -Mi madre, cuando pica carne para hacer los canalones, usa una máquina muy parecida a esta. Kim se rió. El cobrador tuvo la certeza que se pitorreaban de el pero no hizo caso. Les dio los resguardos y fue a pescar a otros pasavolantes que habían decidido esperar al anochecer sentados en las gandulas que parecían repartidas por el parque sin ton ni son. Kim aprovechó que se guardaba las monedas del cambio en el bolsillo para invitar a Laura a un cigarrillo. Se incorporó para encendérselo. -Cada vez que me he senado aquí me han venido ganas de fumar en pipa. No me preguntes por qué. -¿Por qué? -Ya casi no me acordaba que eres tan… preguntona. -No he cambiado tanto, tampoco. El pelo más corto, menos rubio, alguna arruga y basta. Pero, una pipa aquí, ¿por qué? -El por qué no lo se – Pensó. Fue contestando en voz alta aquello que se le ocurría – Te sientas aquí, llenas la pipa como si fueses Simenon y pasas unas horas viendo a la gente que pasea…Uno que patina, este del paraguas, dos que corren, la pareja que se pelea, de tanto en tanto dos bobbys que patrullan a caballo…Desde aquí puedes ir viendo la vida como te pasa por delante.


-¿Esto no pasa en el vestíbulo del hotel, tambien? -Sí, sí, seguramente – Se sintió pillado – Pero allá no tengo tiempo ni de fijarme. ¿Ves aquella que empuja el cochecito de gemelos, como resopla porque hace un poco de rampa? -Todavía saldrá el arco iris si se continúa levantando la tarde… -No tendremos tanta suerte, Laura, una cosa – Kim no podía más de tantas bagatelas y le puso la mano sobre la rodilla – Laura Altimira, ¿me puedes decir que te pasa? Me llamaste y… Dime, ¿Qué es lo que te hace sufrir? Respiró hondo. Empezaba a pensar que era verdad que Kim había venido a Londres para una reunión y que, aparte de hablar sobre las hojas que caían de los árboles con el zigzagueo equívoco de un helicóptero que toma tierra, no tenía ninguna intención de preguntarle como estaba. Una lágrima rebelde le bajó por la mejilla. Antes de resbalase una segunda que ya estaba a punto, intentó empezar. ¿Por donde? -¿Recuerdas que hace tiempo que estoy con un chico…? -Henry. -Eric. Eric Stuart, un hombre del mundo de la música…Un buen manager. Y una buen tío. Lo pasamos bien juntos, me colgué, me fascinó y estamos bien juntos. Diría que aún estamos bien… El es el representante de algunos grupos. ¿Te suena los Art Institute? -¿Art Institute? ¿Cuál es su hit?


-No pienso cantar ahora, Kim. Hicimos una gira por Inglaterra. Manchester, Liverpool, Birmingham, y de pronto Eric se empieza a encontrar sin fuerzas, baldado, que no podía ni… Una sensación que no había tenido nunca e hizo un bajón en tres días, que no parecía el.- Se le anegaron los ojos – Tiene el sida. Era lo último que esperaba oír. -Laura… -Eres el primero a quien se lo digo. Eric tiene sida. Se cogieron de la mano. La de Laura estaba entre sudada. En seguida estuvo también la de Kim. Atónito, decidió darle cuerda para que hablase todo lo que quisiese. Hasta donde necesitase. Hasta donde pudiese. -Mi pareja tiene sida. Ha desarrollado la enfermedad. -Y no lo sabía, que era portador de… -Claro que lo sabía. Por eso me siento engañada. Llevo la hostia de tiempo yéndome a la cama con un tío que tenía anticuerpos, que dice que no sabe como se contagió, y que si lo sabe tampoco me lo explica. Hemos hecho de todo, Kim. Desde que estamos juntos hemos hecho de todo, por todas partes, sin precauciones. Nunca, sin ninguna precaución. Un condón, ¿para qué? Kim, a media voz, se atrevió a hacer la pregunta. -¿Y tú? Laura volvió a sollozar.


-¿Yo? – Soltó la mano de Kim para secarse con la camiseta – Yo estoy limpia. Yo, nada de nada, Kim. -¿Te has hecho…? -Me he hecho las pruebas, el test…Todo. Y el análisis ha salido bien. Yo nada, un milagro. Estoy viva. He jugado a la ruleta rusa y no se ha disparado. Me lo dijo el médico tal cual, has jugado a la ruleta rusa. -Que hijo de puta. -Eric dice…Claro, ¿Qué quieres que diga? Dice que era portador asintomático, que tantos años después creía que ni contagiaba, que le habían dicho que ya no desarrollaría la enfermedad, pero el virus ahora ha decidido seguir su camino. -Me sabe muy mal. Muy mal por ti, Laura. – Le puso la mano en la nuca - ¿Qué piensas hacer? -¿Qué quieres? ¿Qué lo mate? -No debes pensar en ayudarle, encima… -Es mi pareja, Kim. -Laura, hostia, no me fastidies – Se levantó de un salto y se colocó delante de ella – No me jodas, tía. ¿Alguien te ha dicho si la puede palmar, de eso? -Claro que se puede morir. Hace diez días que leo de todo. También se puede cronificar la enfermedad. Los tratamientos ya no son como antes. Se ha avanzado mucho, nos dijo el médico. Pero es igual, ahora Eric si que está cagado. -A buenas horas. -A buenas horas, claro.


-Laura, hablémoslo con calma. Pero a mi me parece, perdona que te lo diga, y si me meto donde no me llaman me dice que calle… -Si has venido puedes decir lo que quieras… -Pues me parece que con Ericya no has de hacer nada. Qué cojones haces con este tío que te ha traicionado, que ha ido a la suya, que ha pasado de ti como de la mierda, que se te ha follado sabiendo el riesgo que corrías, y que le ha importado un rábano si el era el portador del VIH. El ha ido a la suya… -El siempre va a la suya. -Pues ya es hora que tú vayas a la tuya. You first, you always first. ¡Hostia! -No es tan fácil. Este mundo lleva todo esto. Kim, inquieto, se volvió a sentar a su lado. -Piensa en ti, y pasa de el. Por favor, hostia, Laura, por favor. Tú tenías un sueño. Un día, no se si en Banyoles o donde, me dijiste que querías ser periodista porque te encantaría dar voz a los que no tenían voz, hacer justicia, conocer gente interesante. Y por lo que me dice y por lo que veo, te has alejado de todo eso. Al contrario, te has sumergido en un mundo que no se como llamarlo… ¿Frívolo? ¿Oscuro? Un mundo sórdido que no es el tuyo. Tú, en la facultad, eras una idealista. Era lo mejor de ti, Laura. No lo pierdas eso. Tu lo tenías claro…Ey, muy bien, Los Art Institute, ja has llegado al límite, ya has visto por dentro como lo viven, ya puedes escribir un reportaje si quieres. Una experiencia. Todo eso ya


lo tienes. Ja lo has visto todo esto. Good bye. ¿Sí o no? -Quizás sí. No lo se. -No poco. Claro que lo sabes. Eres una tía inteligente, Laura. Tu sabes que te has escapado por los pelos, da las gracias y lárgate. No lo dudes, Laura, aquí ya no haces nada. Tu eres diferente de todo esto. Con la vista clavada en árboles centenarios, Serpentine allá, parecía que Laura no le escuchase. .Estos días he leido, lo que dijo Bill Crosby, ¿sabes quien es? -No. -El de los Crosby, Stills &… Dice que el mundo de la música, desde la pastilla hasta el sida, ha habido barra libre. Y tiene razón. Desde que las tías supimos que no podíamos quedar embarazadas y hasta que no hemos visto que había riesgo de contagio, nos hemos pasado el esperma por todas partes… -Tampoco es eso. - Sí que es eso. Barra libre, Kim. Barra libre total. Después de los conciertos, he visto como las tía se abrían de piernas para que se las folle el músico o el batería o el manager, que esta es otra. Aquí, con las groupies, folla todo el mundo. -Me equivoqué de profesión… - Puso unos ojos de estúpida. -No seas burro.


Clavó un golpeen la fuerte espalda de Kim. Laura sonrió pero continuaba desviando lágrimas sobre las palmas de las manos, como si las quisiese enjuagar hacia fuera. Reía y lloraba a un tiempo. Kim pensó que aquel era el arco iris que la Laura deseaba ver. Pero se abstuvo de comentarlo. Hay silencios que valen más de cien contratos. Dejaron que las sombras se les precipitasen, palmo a palmo. La claridad se evaporaba a medida que los figurantes desaparecían de delante suyo. Hablaron y callaron hasta que les ganó el crepúsculo. -Nos echaran del parque, al final. – Miró el reloj – Uf, ¿has visto que hora es? -Salgamos, cenemos, ¿Qué te apetece hacer? Laura no se privó de pedirlo. -¿Me podré quedar contigo, esta noche? 17 Todo esto lo hago por vosotros -Como te gusta tergiversarlo todo, Mina. Cuando Aldo y Mauro, que volvían de cenar en un restaurante del Borne – unos pinchos vascos de pie, cerca del Museo Picasso – llamaron a la puerta de la habitación de sus padres, Vicente y Mina estaban en la eterna discusión. Una conversación que hacía años que duraba. Estuviesen en la cocina o saliendo de la ducha. Para desayunar o para cenar. En la Alhambra de Granada o en el Marina Bay de


Singapur, nunca perdían el hilo. Ella repetia argumentos y cantinelas; y el las toreaba como podía. A veces contestaba, otros dias la dejaba decir y, en cualquiera de los dos casos se lamentaba que Mina se hubiese convertido en una mujer cactus, que pinchaba la cogieses por donde la cogieses. Mina, cuando se enfadaba con aquellos ojos tan negros y la raya pintada de azul marino que se le escapaba más allá del final de las cejas, daba miedo. Desde hacía algunos años, desde que había tenido la última regla, se acaloraba a todas horas y cuando discutía notaba que toda ella se sofocaba y se ponía de mala leche. Y todavía había algo peor. No soportaba que los otros notasen que ella empezaba a sudar y notaba que el cuello y la papada y las mejillas se le debían poner coloradas. Tan guapa como había sido, morena, alta, pechugona, que se hacía decir si señor cuando atravesaba las plazas de Roma, subida en zapatos altos, Mina no soportaba hacerse mayor. Y menos aún que le costase tanto disimular las torturas fisiológicas a las cuales la creación, Dios o quien coño fuese, había castigado a las mujeres. Cuando no es la menstruación es la menopausia y si no… ¿Y ellos, qué? ¿No les podía haber tocado a ellos también un poco de sufrimiento? Que injusticia. De encima de la mesilla de noche, al lado de un asesinato siciliano del Camilleri que tenía a medio leer, cogió el abanico japonés que la acompañaba a


todas partes. Y reempezó la tonadilla argumental de siempre. -A ti, Vicente, te dieron el hotel pequeño y tu te conformaste. El abuelo Francisco siempre miró a Paco con mejores ojos, quizás porque era el mayor, ya lo entiendo,en Italia también pasan estas cosas, pero el reparto de los hoteles, lo mires por donde lo mires, no fue equitativo. Paco, ya se que es tu hermano y le quieres mucho y toda la pesca, pero siempre lo ha manejado como ha querido. No ha tenido que dar explicaciones. Y han llevado un tren de vida que ya lo querríamos para nosotros. Con un hotel más grande, con más habitaciones, con más metros cuadrados, así tutto es más fácil. Vicente hacía como treinta años que se pinchaba con el cactus cada vez que reemprendían aquello que el, un día que no pudo más, lo llamó la eterna discusión. Eran casi treinta años, desde que se habían casado en Santa María del Trastevere, que oía aquella cantinela, semana sí, semana también. A Mina, los bramidos de su marido le entraban por una oreja y le salían por la otra, y siguió percutiendo con la única intención que Vicente se hiciese valer y que reclamase lo que era suyo, aquello que en justicia le tocaba y, todavía más aquello que a la larga había de ser para sus hijos. Si no luchaba por ellos, como mínimo que tuviese sangre para asegurar que sus hijos no serían también herederos de un mismo agravio que se arrastraba desde antiguo. Si ahora, con la venta


inminente de los Rafaeli a una gran cadena, Paco no le resarcía del abuso histórico, ya no lo haría nunca. Y más aún, si la iniciativa y el contrato con los Radisson lo había gestionado el y se lo había currado todo el. -Solo faltaría, Vicente, que ahora nos volviesen a dar por el… -Como te gusta mangonearlo todo, Mina – respondió al cactus, con la misma entonación clavada que si hubiese dicho santa paciencia. Aldo y Mauro entraron en la habitación con un sobre de papel kraft en la mano. Mina, delante del espejo de los armarios, se arregló la falda negra, que se había dado cuenta que le había quedado un poco torcida. Con la mano se secó la mejilla antes de los niños la diesen un beso. Por ganapias que se hubiesen hecho, por más cicatrices que tuviese el Mauro en la cara, para ella siempre serían los niños. Vicente cogió el mando de la tele y bajó el volumen de la previsión meteorológica de la RAI. Un hombre, con muchos galones de militar anunciaba una granizada para el día siguiente por todo el norte desde Como hasta Venecia. Mientras tanto, le habían preparado una exposición inesperada. ¿Qué son estas fotos? Mina las había sacado del sobre marrón de papel kraft, y las extendió sobre la cama una al lado de la otra. Eran siete capturas de pantalla cuadradas.


Hacían el efecto de unas polaroid en blanco y negro, con más grano que resolución. Parecían desenfocadas y tomadas desde un punto de vista alto. En el ángulo superior de cada foto, figuraba el número de la cámara que había registrado aquella imagen en movimiento que, después, alguien se había entretenido en congelar hasta convertirla en un instante quieto, en una prueba para ser utilizada contra alguien. En el ángulo de abajo, también con letras blancas, malhechas, aparecía la fecha y la hora exacta. Vicente, mirando por encima de sus gafas, para ver de cerca, no se fijó en los detalles. Cogió una cualquiera, la observó con detenimiento pero no sabía que es lo que tenía que ver en todo aquel misterio que, de repente, le planteaban la Mina, Aldo y Mauro. En todas las fotos salía un hombre y una mujer de espaldas, sí. ¿Y qué? -¿No le reconoces? -¿Es el Kim? -Es el pasillo de la segunda planta del hotel. Kim sale en esta y en las otras seis. Tenemos siete en total. -Y el cretino de Kim sale en todas. – Aldo apuntó a su madre. -La mujer que le acompaña cada vez parece diferente – Mina, impaciente, por llegar al nudo de la cuestión. Vicente se sentó a los pies de la cama. -¿Qué quieres decir “que le acompaña?” – calcó el acento italiano de su mujer.


-Tal vez esta de aquí, la de la segunda foto, que se la ve más de perfil, es la misma que esta de la siete. ¿Lo ves? Aldo había numerado las fotografías con lápiz por detrás. El criterio había sido fácil: por orden cronológico. De la más antigua a la más nueva. Entre la primera y la séptima no habían pasado más de dos años. De repente, Vicente Ráfales Argemí, se cayó de la higuera. -¿Siempre se las lleva a la misma habitación? Se había dado cuenta de lo que significaban aquel montón de fotografías. -La 218. Eccoli qua. Siempre la misma. -El picadero oficial –dijo Mauro, burlón. -Más bien el follódromo clandestino, tendrías que decir – le rectificó su hermano. -Porque una cosa… - Vicente pensaba en voz alta. Levantó la barbilla y mohino, miró a Mina y a los chicos, que estaban de pie alrededor de la cama. ¿Estáis convencidos que ella no es la Miriam? -Segurísimo, papa. -¿En ninguna de las siete fotos? -¿A ti te parece que lo sea? -No lo se. No se ve xsi nada, aquí… ¿Qué quereis que os diga? -¿A ti te da la impresión, amor mío, que esta sea la Miriam? – Mina le fue pasando las fotos por las narices – ¿Y esta? ¿Y esta otra? ¿Y esta con el pelo corto como si fuese un militar? No ha ido nunca así, ella. Ni iría nunca así, la cuñada de tu hermano.


Mina se había entretenidocon lupa, repasarlas de una en una. Habría sido más facil encontrar un pene incipiente en una ecografía que saber ver nada en aquellas fotos de poca calidad, pero aún así, había podido sacar alguna conclusión. En la 218, Kim había estado con una chica con tejanos y unas Asics reflectantes; con una que se sacó los zapatos de aguja en el pasillo y las llevaba en la mano; con otra que Mina habría jurado que iba con el uniforme de azafata de vuelo o, tal vez, de azafata de congresos; y por lo poco que se intuía, con una mujer que parecía mucho más mayor que el. Esta era, a juzgar por la fotografía nº 2 y nº 7, la única que se repetía. Pondría la mano en el fuego que era la misma persona. .Qué…Di. ¿Tu crees que la Miriam es alguna de estas? A Vicente no necesitó contestarla. Ya se daba cuenta de que aquellas chicas “que le acompañaban” a Kim, eran su mujer. No sabía que decir. Sorprendido por lo que le estaban mostrando, la cabeza le daba vueltas como si estuviese en el circuito de Monza. A toda pastilla. No se lo podía creer. Iba a decir que quizá, a lo mejor, en la habitación iba a hacer reuniones. Para no quedar como un bobo delante de la familia, frenó la frase a tiempo. Quizás todas aquellas excursiones a la 218 eran de hacía años, esto si que lo verbalizó. Tal vez eran aventuras previas a…


-Tienes las fechas, madonna santa. No busques más excusas para justificar a tu sobrino. No era ninguna defensa. Ni un pliego de descargos. Pero si que Vicente, sabiendo que un Ráfales es un Ráfales, conocedor de hasta que punto la trágica muerte de sus hermanos había podido trastornar la vida emocional de Kim y, al final, poniéndose en la piel de un hombre si madre que busca sus tetas por todas partes, podía entender, según como, en equilibrio tozudo entre la muerte y el sexo. ¿O no se han escrito mil y una teorías entre Eros y Tánatos? No sabía nada con certeza sobre las motivaciones de Kim, ni lo hablaría con nadie, pura especulación, pero… ¿Por qué no? Podía ser, sobretodo, una explicación sobre el descubrimiento de la vida secreta de Kim. Una válvula de escape. Un revolución interna. Una manera de desfogarse. Y nadie tenia nada que decir sobre a quein se tiraba o se dejaba de tirar. A el tampoco le habría gustado que le siguiesen cuando, de cinco a siete, salía del despacho del hotel y se iba a un pisito en la Via del Tritone a evadirse de sus problemas. Vicente recogió las siete instantáneas de encima de las sábanas, las metió dentro del sobre, se levanto de un salto y repicó tres veces con las palmas de las manos. -¿Quién os ha dado esta mierda? Nadie le contestó. Mina miró a sus hijos.Les arrugó discretamente la frente queriendo darles a entender


que, aquí, todos mudos. Vicente, con su voz de bronce, no estaba para hostias: -Exijo que me digáis quien os ha entregado este sobre. -Nadie. -¿Qué quiere decir nadie? -Nos lo hemos encontrado, padre.- Aldo se esforzaba por sostener el tipo y la mirada – Alguien, y no sabemos quien la ha pasado por debajo de la puerta de nuestra habitación. -¿Pero vosotros os pensáis que yo me chupo el dedo, chicos? ¿Hago cara de imbecil, yo? -… -¿No me oís? Quizás os pensáis que vuestro padre es un imbecil? -No. -No – dijo Mauro, aún más flojito. -¿Lo sabéis, verdad, que todo esto lo hafgo por vosotros? Para asegurar, para garantizar vuestro futuro. Que no os falte nunca de nada. Y vosotros no me queréis decir… Fuera de mi vista. – Irritado, viendo que sus hijos se quedaban plantados con espantapájaros, volvió a decirles – Que os larguéis, he dicho. Dai En cuanto cerraron por fuera, Vicente desplazó la puerta corrediza del armario del pasillo de la entrada de la habitación, y se dio cuenta que la caja fuerte estaba cerrada. -¿Qué código le has puesto? – murmuró malhumorado.


-El de siempre. -¿El corto? – Vicente tecleó las seis cifras de la fecha de su boda sin esperar que Mina me musitase la respuesta. Se le abrió - ¿Tú me lo dirás, verdad? -¿Por qué las guardas? -Porque no vamos a hacer nada. -¿Por qué no? Es una piedra que tenemos atragantada. Y la tenemos que jugar bien. No hemos llegado hata aquí para… -¿Quién os ha pasado las fotos, Mina? ¿A cambio de qué? -Ha sido mi hermano? -Es mejor que no lo sepas, Vicente – Se levantó y miró el termostato de la habitación – Si esto se complica, siempre podrás decir que tu no sabías nada. ¿No tienes mucho calor, tú? -No pienso jugar tan sucio, Mina. Mi hermano firmará la venta. Kim no le podrá convencer y cuando Paco firme, la semana que viene, arrivederci… ¿O no es lo que queríamos? Mina, pensativa, no respondió la obviedad de su marido porque tenía la cabeza en otra parte. -Sobre las fotos, Vicente, yo solo tengo una duda. – Mina notaba que le sudaban los pechos. Malditos calores – No se si se las hemos de enseñar primero a Kim o, directamente, las hemos de hacer llegar a la tienda de su mujercita. - ¿Pero tu que pretendes? ¿Vender los hoteles o romper un matrimonio? No te entiendo, Mina. Déjame hacer a mí. Por una vez, a mi manera, ¿me


oyes? _ Vicente se pasó las manos por su cabello ceniciento. Repitió, por rutina el gesto y miró a su mujer, cansado de aquella canción – No se las enseñaremos a nadie estas fotos. - Todas no. Solo una. Para empezar. – Le fue agrandando la escena a medida que la expresaba. – Para ir haciendo boca. Para ver como respiran. Para que Kim sepa que sabemos cosas. -Eres una hija de puta reconsagrada, Mina. -No se ofendió. Tan solo aprovechó para doblar la apuesta. -Mejor una hija de puta que no un poca pena como tu, Vicente – Mina miró a su marido con ojos rabiosos mientras se sacaba la murga de los sostenes por el escote – Uf, que alivio. Si fuese por ti… -¡Qué? Dime. -Que estariamos pelados como ratas. 18 Solo hay un secreto

Se le hizo extraño que al bajar del taxi le abriesen la puerta. Parecía que no hubiesen pasado los años. Un grum del Rafaeli le sacó las dos maletas grandes del portaequipajes de un Skoda amarillo y negro que olía a nuevo de trinca. El paseo de Gracia volvía a estar engalanado para Navidad.


Laura se fijó en la fila de bombillas que subían por las ramas de los plátanos y dibujaban un perfil singular, que no lo había visto nunca antes. No sabía imaginar que efecto haría cuando, al anochecer, las encendiesen. Que diferencia entre la timidez de Barcelona cuando se acercan las fiestas con la euforia luminosa que había dejado atrás, en Londres. Había tardado veinte días en decidirse, pero finalmente, había recogido las cosas, había escrito una carta a Eric, con más lágrimas que reproches, y había hecho caso a Kim. - Bajo. Lo dejo todo y vuelvo. - Creo que haces bien, Laura. Perfecto. ¿Cuándo llegas? - Cojo el avión de las… Espera que lo mire. Es un British. El que sale a las… - como cuesta encontrar la hora de los vuelos en los billetes – a las once y diez del miércoles, hora inglesa. ¿Dices miércoles? – Memorizó la agenda – Tengo una comida con reunión o una reunión con comida, una mandanga de estas, vaya. Pero hago que te vayan a recoger. Ningún problema. -No, no. Cogeré un taxi. -Vendrás cargadísima, mujer… -No, no tanto… Pienso dejar muchas cosas aquí arriba y lo mas gordo me lo hago traer por uno de esos de mudanzas. -Más práctico, tu dirás.


-Es que solo puedo facturar dos paquetes, creo. Se han puesto de una manera los aeropuertos desde la mierda del Bin Laden… -Una cosa. ¿Donde te instalarás? -No tengo ganas de ir a Banyoles. Ahora no puedo volver. De momento no se lo diré ni a mis padres que he vuelto. Me tendré que buscar la vida. Buscar trabajo y un piso de alquiler, supongo. -Ven al Rafaeli, mujer. Te quedas los días que quieras y buscas un apartamento o lo que sea, con más tranquilidad. -No lo se. -Mi padre y Elsa estarán encantados de tenerte. Y yo más. En cuanto colgaron, Kim entró en el despacho de su padre. Hacía demasiados días que las expresiones se les habían vuelto ásperas y creyó que darle una buena noticia serviría para encender una pipa de la paz.Por lo menos, aunque fuese por un rato, podrían aparcar el tema que les preocupaba, que les preocupaba y que, a pesar de la buena voluntad que ponían tanto el uno como el otro, los separaba. Paco Ráfales, en frío, tuvo que hacer memoria para ponerle cara a Laura. Después, cuando la localizó y recordó su baile de la fiesta a.d.a. le hizo ilusión saber que volvería a ver a aquella chica jovial, de amplia sonrisa y que siempre divertía a su hijo. Quiso saber que había sido de ella. Se quedo asombrado que llevase tanto tiempo viviendo en Inglaterra, y que el ni tan solo


lo hubiese sabido. Preguntó que día llegaba y decidió que, aquella misma noche, le montarían una cena de bienvenida en su piso, el la sexta planta. Kim le dijo, padre, no te compliques la vida. Y Paco le contestó que le apetecía y que, si Laura hacía tanto tiempo que estaba fuera, encargaría una cena de pan con tomate y jamón, y una tortilla de patatas y cebolla, que a buen seguro lo agradecería más que dos guisos para impresionar. Por los ruidos del hotel, se sabe que hora es. Elsa, por indicación de Kim, la esperaba en recepción. En cuanto la vio entrar por la puerta giratoria reconoció a la misma Laura de siempre. Más delgada, quizás si, y más sofisticada. Y con el cuello al aire, a la francesa, como se la había descrito Kim. Más mujer. Elsa – vestido de chaqueta negro, zapatos de medio talón – salió de detrás del mostrador y se le plantó delante. -¡Elsa! -¡Qué ilusión! Dos besos y, con el permiso del abrigo de mano, una abrazo de verdad. -Cuanto tiempo, Elsa. Déjame que te mire. Que mayor te has hecho, madre mía. ¿Cómo estás? Se abrazaron de nuevo. Y se dieron dos besos. -Bien, todo muy bien. ¿Y tú?


-Ahora bien. Con ganas de … Hoy, rara. Nerviosa, por tantos cambios. Parece que esté huyendo de una guerra. No se si Kim te lo ha… -Muy por encima – Elsa no había sabido si tenía que responder que si o que no. -Ya te lo explicaré. -Ya tengo la llave de la habitación y todo a punto; si quieres, podemos subir, que debes tener ganas de… - hizo el gesto de dedos sucios, como quien tiene necesidad de lavarse las manos. -Una cosa…Laura se acercó a Elsa, al oído – Me estoy meando, eso sí. -¿Vamos arriba entonces? Elsa, con una sonrisa de oreja a oreja, contenta de reencontrar a Laura, acercó la tarjeta de la habitación para que se le abriese la puerta del ascensor más próximo al mostrador. El reloj del Rafaeli marcaba las dos y cuarto del miércoles 5 de diciembre del 2001. -¿No necesitas que te de el D.N.I.? -Que buena que eres. No hace falta, no… Miró a conserjería – Las maletas a la 218 cuando subáis. El pasillo de la segunda planta, silencioso y ordenado, olía a flor de loto. Paco tenía una obsesión para que todas las zonas del hotel, desde la biblioteca hasta la zona de aguas, del primer saludo por el check-in hasta el último pasillo hacia la lavandería, todo tuviese un aire agradable, reconocible. Un olor nuevo, solo para ellos. Había pedido a su cliente perfumista, un hombre fiel al


hotel desde hacía muchos años, que crease un ambientador propio para el Rafaeli. Después de olisquear muestras y más muestras que Mister Paton le había presentado, Paco, Kim y Elsa, habían acabado escogiendo aquella esencia de flor de loto que te atrapaba sin molesta. Perfumaba pero no embriagaba. Al contrario, era una fragancia que invitaba a quedarse en aquel lugar. Mas de un cliente había pasado por recepción para pedirles donde podían comprar un frasco de aquel ambientador. Los Ráfales, con ojo comercial, decidieron hacer unos bastoncillos y un spray. Iban a medias con el hombre de las narices. A Mister Paton ya le iba bien porque se sacaba una propina, a final de mes, al margen de su empresa. En Roma, Vicente también se quedó el mismo ambientador para el vestíbulo del Rafaeli, pero la zia Mina se lo hizo retirar al cabo de unas pocas semanas. Hacía olor de tienda de ropa vulgar, sentenció. Elsa abrió la puerta de la 218 y puso la tarjeta para que, de golpe, se encendiesen todas las luces de la habitación. Las cortinas también se subieron solas, automáticamente. -¡Uau! Laura dejó caer el abrigo sobre la cama king size y se acercó al ventanal. Nunca había visto el paseo de Gracias desde aquel punto de vista. -De noche aún son más chulas, las vistas. Elsa no miraba el paisaje, la repasaba a ella – Te queda muy bien ese flejillo, así, decantado…


-Cuanta claridad. -Padre siempre quiere que haya mucha luz en todas partes. Tiene una obsesión. Dice que a oscuras ya pasaremos mucho tiempo. -¿Cómo está? -¿Mi padre? Bien. – Por rutina, se abrochó y se desabrochó el botón de arriba del todo del vestido – Va haciendo. Apagadote, tal vez. Pero de salud, como un roble. Ya le verás. Perdona, que querías ir al lavabo y te estoy… -No, no, Elsa. Me encanta verte tan bien. -A mi también. -De todo aquello… - Laura no sabía mucho como preguntarlo - ¿Todo en su sitio? -No, no. Quiero decir que sí, que todo va bien. Nunca más nada. -Me alegro. -No me he resentido nunca de nada. Ni pinenso. Me lo hicieron muy bien y no se si te lo agradecí suficiente. -No seas tonta, Elsa, por favor… La pequeña de los Ráfales levanto el dedo, como quien ha de comunicar un anuncio relevante. -Escucha, tengo un mensaje de Kim para ti. Me pidió que te dijeses que a las ocho estés a punto, que el hoy no se podía escapar antes pero que a las ocho estés a punto que iréis a cenar, cerca de aquí, a un lugar muy especial. Dice que está seguro que te gustará. -¿Tu lo sabes?


Dudó. -Sí. -¿Y no me puedes decir donde? -Mmmh… - Juguetona – No, no. -¿Una pista? -Cerca de aquí. Por cierto, tu no debes haber comido…¿Quieres que te haga subir alguna cosa? -No, gracias. En el avión he comido una porquería envuelta, de esas tan buenas. -Bajo a ver que pasa con las maletas, que ya estám tardando. -A las ocho o’clock estaré a punto. Dile a Kim que no sufra. Y gracias por todo, Elsa. Al cerrarse la puerta de la 218 del Hotel Rafaeli del paseo de Gracia de Barcelona, Laura Altimira se sintió en casa. Respiró hondo. Xic-xac, salvada. Y corrió a sacar el precinto de la taza. Paco Ráfales, con la corbata roja de los miércoles – esta sentado solo en la cabecera de la mesa. A su derecha, Kim. Al lado de su hijo, Miriam, que estrenaba un vestido perla, de crêpe georgette que todos le alabaron por lo bien que le caía. Los cabellos recogidos, con un rizo que jugaba a esconderle un ojo, le permitía lucir unos pendientes modernistas de su suegra. Cuando Miriam le hizo abuelo, Paco le quiso regalar, quisiera o no, aquellas joyas de Masriera que habían sido de su mujer. A Laura – camisa blanca por dentro de los tejanos – le dijeron que se sentase entre Paco y


Elsa. Kim, que para cenar se había quitado la americana de pana de tres botones, tenía a la convidada acabada de llegar de Londres frente por frente. Paco siempre había querido una mesa rectangular, con dos cabeceras, para marcar jerarquías. En los años de felicidad, cuando en la familia eran los seis, el se sentaba en una punta, María en la otra y, en medio, los hijos, dos a cada lado de la mesa. En ausencia de su mujer y, más todavía, con la desgracia de los dos hijos, pensó si tendría que comprar una mesa redonda, sin ángulos. Pero al final le pareció que variar el mobiliario y la disposición habría sido, aunque solo fuera un poco, girar la página. Una falta de respeto para los que ya no estaban. Paco sabía que algunos recuerdos se esconden para salvarlos de ser olvidados. Laura, mientras le servían la cena en la mesa, intentaba tejer complicidades con Miriam, que había conocido hacia cinco minutos, en cuanto Kim las presentó, en el recibidor de la casa de su padre. - Pensaba que vería a vuestros hijos… - Demasiado pequeños para cenar fuera. Mañana tienen escuela y se han quedado en casa con la canguro. - Kim me enseñó fotos – Miró a Miriam – Qué guapos, Víctor y Jana, por favor… - No es pasión de abuelo, pero no los hay mejores – subrayó Paco.


- ¿Con estos padres, que quieres? Laura encontraba a Miriam radiante. - ¿Tu no tienes? – Paco, revivido por una noche, parecía otro – Hijos, quiero decir… - No, de momento no. Soy soltera. ¿O estoy soltera? Tanto tiempo fuera ya no se ni como se tiene que decir – Notó en la espesura del silencio que todos esperaban que desenvolviese aquella información escueta – Y, de momento, sin ningún plan a corto plazo… - Es como se está mejor, di que si – Elsa se sentía identificada. - ¿Y allá, por el Támesis, que hacías? – Paco parecía sinceramente curioso –Lo puedo preguntar, ¿verdad? La vida musical de Laura en Londres pareció interesarles más que los trabajos de interpretación de conferencias y reuniones, que ya se podían imaginar en que consistían. La escuchaban embelesados. Miriam conocía los Art Institute, se sabía un par de canciones, y les hizo gracia que Laura trabajase para su manager – así lo explicó ella – y que fuese arriba y abajo, de gira, con todo el grupo. Quisieron saber detalles y se entusiasmaron escuchando cosas de un mundo que les era extraño. Para Laura era, de repente, un inesperado ejercicio de liquidación de su pasado. La obligó a reflexionar, en voz alta sobre momentos que había vivido tan de cerca que, en el día a día, le faltaba perspectiva para darse cuenta


de cómo te devora la realidad. Poco a poco, le iban surgiendo pensamientos y vivencias. Y le gustaba notar que todos la escuchaban con deleite. En un grupo musical de cinco personas, las entrevistas siempre las acaba haciendo el cantante. ¿Quién iba a las radios? ¿Quién salía en los periódicos? ¿A quien convidaban los programas de televisión? A Ray Grobbelaar, respondía Miriam. Siempre, remachaba Laura. Las camisetas, otro caso. Cuando los Art Institute estampaban camisetas de promoción para venderlas en los conciertos, la cara del cantante salía en primer plano y con trabajos se veían a los otros, detrás de Ray. Y gracias que estaban, pero aquí empezaban los problemas del grupo. Los celos, el ver que no todos son iguales. Los cuatro le daban la razón. Si encima, el que compone las canciones es el cantante, entonces ya… También, por lo que había oído decir a Eric, y a toda la gente que pasaba por Stuart Records, los que tocan el bajo suelen ser los más introvertidos y los más sosos del grupo. El caso de Shilton, el Peter Shilton de los Art Institute, era una demostración palpable. En cambio, el Bruce, el batería escocés que iba emporrado hasta el culo no se parecía al patrón de aquello que aseguran que pasa en muchos percusionistas de los grupos de rock. Dicen que los baterías, entre que están en el fondo a la izquierda, como los lavabos, que no salen en la foto y que tocan igual cada día, tienen poco lucimiento y hay muchos que lo van dejando.


Hasta el punto que tocan por rutina y, al final, en muchos conjuntos les sale más a cuenta coger a un batería de alquiler. Así, si se adormece, lo cambian por otro y tal día hizo un año. Ha pasado millones de veces, sentenció Laura. Elsa quería saber más.¿Y el sexo, las drogas y el rock and roll? ¿Verdad o leyenda? Laura se encontró, de forma abrupta, retornando al anteayer. Explicó la doble vida de los grupos, como la música es una manera de ligar. Todo es más sexi con una guitarra en la mano, decía siempre Eric. Si encima tiene un foco, todavía más. Si eres de una banda de éxito si tienes treinta años, que ya no eres un adolescente, y todas las chicas se te ponen bien, ¿Qué tienes que hacer? Las drogas, en cambio, son otra cosa. Pero a Laura le daba angustia hablarlo delante de Paco, que lo escuchaba todo con los ojos muy abiertos. Quiso pasar por encima y se limitó a decir que los porros, ya os lo podeis imaginar, corren como el agua. Y por lo que respecta a la coca… Lo mató con un ejemplo. Si tu instrumento es la voz, un día que notas que no la tienes demasiado bien, va y te metes una raya antes de salir al escenario. Si te das cuenta que funciona, y que te da seguridad y que cantas mejor, ¿en el siguiente concierto, que harás? Y a la tercera audición, para asegurar, lo más probable es que vuelvas y, entonces, sin pensarlo, pasa a ser un hábito. Ya estás enganchado. Hay un día en que un compañero, entre bambalinas, antes de salir al escenario, te dice tu no puedes salir así,


te avisa que te hará daño, que acabarás mal, pero el ya ni te escucha, porque ya no te quiere oír. A Ray no le importa, se la mete y sale y canta. -¿En el Rafaeli todo esto no pasa, verdad, padre? Miriam tuvo la necesidad de marcar el orden y el territorio. Aquí estoy yo, este es mi suegro y las fábulas de la música y las drogas ya nos las imaginamos nosotros solos. Tenía la sensación de que Laura había descubierto la sopa de ajo y les venía a explicar la receta. Cuanto más la escuchaba, más le escamaba un detalle. No la veía afectada por aquel problema tan y tan grave que había hecho que Kim tuviese que huir como un cohete a rescatarla o a consolarla o, sencillamente, a ponerse de su lado, que fue la expresión exacta que utilizó el, su marido, cuando regresó de Londres. Paco Ráfales recogió el guante. - Bueno, en las habitaciones cada uno hace lo que quiere, pero la gestión es otra cosa. Una cosa es la música y otra cosa es la letra. - ¿Cuál es el secreto de un hotel como este, Paco? - En los negocios familiares, solo hay un secreto. Horas. Lo dijo con decisión, convencido de la fórmula. Kim, que no había atinado antes, estuvo de acuerdo. Laura pensó en los muebles de Can Constans y su padre. Miriam, sin perder nunca la sonrisa, no se privó de poner un pero. -Pero en un hotel, las cosas son un poco peculiares. ¿O no?


-¿Por qué? Un hotel es la vida en miniatura. Hay gente que se está muchos días, hay gente que se está pocos, igual que los hay que se mueren de viejos y los hay que… -Paco notó que en la mesa todos pensarían en Alex y en Roger y no se quiso recrear. Era consciente que como ecia su poeta predilecto, de los pantanos de la memoria siempre sales mal parado. Tenía que seguir adelante, como fuese, para no arruinar la velada – Un hotel es como la vida. Esto, Kim y Elsa me lo han oído decir muchas veces. Unos pueden pagar las suites, otros se han de conformar con la individual y otros intentan dormir dos en una habitación de una sola cama y todavía intentan escaquearse sin pagar. Unos se pelean por cualquier cosa y otros son felices. Y sino lo son, lo hacen ver, porque necesitan pensar que están bien con sobrevivir. En el hotel, igual que en la vida, hay quien gasta mucho agua y hay que se duchan poco. Los hay que son ruidoso y que no respetan a los vecinos y los hay que llegan, duermen y se van sin que nadie les haya oído. Los hay que tienen amantes y… los hay que los querrían tener. Hay clientes que se olvidan cosas, sobre todo pijamas, hay quien los roba. Se lo llevan todo, incluso se entretienen en sacar las pilas del mando de la tele. -Y el gel y el champú – Elsa le dijo a su padre. -No, el gel y el champú ya los ponemos para que se los lleven. Si cogen el jabón ya no nos roban el albornoz.


-Que también se los llevan. – Kim lo sabía bien, porque acababa de encargarse una cincuentena más, con el logotipo del Rafaeli bordado en el pecho. - Me venía tan a gusto una buena tortilla de patata – Laura cogió la mano de Paco, que estaba sobre la mesa -¿La has hecho tu? -¿Si te digo que sí, te parecerá más buena todavía? Después de los variados tes, cafés e infusiones, Miriam fue la primera en levantarse y dar las gracias por la cena, y que se iba a casa, que si Kim se quería quedar a charlar con Laura, ya volvería a la Bonanova. Elsa, que hacía rato que se frotaba los ojos, aprovechó para bajar con Miriam. En cuanto estuvieron en el ascensor, le hizo a su cuñada la pregunta que hacía horas que le rondaba. -¿No te la quitarías tu aquella peca, Elsa? -¿Qué peca? Paco después de veinte minutos de inventario, por orden cronológico, nombres de hoteles y de restaurantes de Londres donde había estado por aquello que el llamaba espionaje industrial y que no quería decir nada más que copiar las mejores ideas de cada lugar, también dobló la servilleta en su argolla, se levanto de la cabecera de la mesa y dijo chicos, me voy a dormir. -Yo quizás también- Laura se aguantaba un bostezo hacia ya rato. -¿Tienes el abrigo?- Kim la sorprendió. -Lo tengo en la habitación. ¿Por?


-Bajémoslo a buscar. -¿Ahora salimos a pasear? -Mejor. Laura entró y salió de la 218 a toda velocidad. Kim la esperaba sosteniendo la puerta del ascensor para que no se cerrase. Volvió con el abrigo camel en la mano. Le gustaba verla con la camisa de seda blanca, con unas solapas en punta que se escapaban por encima de un jersey corto, de casmir beige, que le llegaba hasta los bolsillos de los tejanos. Kim no estaba acostumbrada a ver a Laura sobre unos tacones. En lugar de seguir bajando, puso la llave lila para ir hacia arriba, más allá del piso de sus padres. -¿Volvemos a subir? – acabó de ponerse el abrigo. -Verás un rincón del Rafaeli que muy poca gente lo ha visto. Asi que estuvieron arriba y se abrió la puerta, estuvieron delante de una terraza de doce pasos, con tiestos y torrecillas de plantas bien cuidadas a lado y lado. Al final, una glorieta sostenida por cuatro columnas lisas daba sobre el paseo de Gracia. Laura de acercó a la barandilla de la misma piedra blanca, para asomarse. Los coches sonaban lejos. El rumor de la ciudad se amortiguaba en las noches de invierno. -Así si que es bonito, la calle, con las luces encendidas. Tenemos una ciudad de primera, Kim –Intentó reconocer edificios y puntas - ¿No tendrás frío, tú, con solo la bufanda?


-A mi me gusta más esta terracita… Laura se volvió, dio la espalda a la ciudad y contempló uno de los secretos del Rafaeli. El lugar que ningún turista nunca había podido ver. -Este era el jardín de mi madre. -¿El jardín de tu madre? Kim lo decía todo sin nostalgia. No se lo podía permitir. Informaba y basta. -Ella subía cada día. Leía en el banco o cuidaba las plantas. Se pasaba horas, con los esquejes, con la tierra…Le encantaban estos pensamientos de flores grandes. Y los ciclámenes. Más los rojos que los blancos. Lo hemos querido mantener como lo tenía ella, con este rosal que se emparra por la pared. -¿Te cuidas tu? Kim se rió mientras se abrochaba los tres botones de la americana. -¿Me ves a mi haciendo esto? -Tu padre, entonces? -No, no, tampoco. ¿Mi padre? -Me encantan estos matrimonios, mezclados de colores…. - Tenemos un jardinero que viene no se cuantos días de la semana. Si no… ¿De que nosotros lo tendríamos así? -Clero, no recordaba que los que sois de casa buena os lo tienen que hacer todo, que si no… Se volvieron a reír. Cogióa Laura por la nuca y la llevó hasta la glorieta. Kim se sentó en el banco de


madera, encarado como si fuese un mirador hacia el centro de la vida. -¡Así que este es el lugar sagrado de los Ráfales? -Es un lugar donde hemos pasado muy buenos ratos de pequeños, si. Supongo que por eso lo conservamos. Y por eso lucho ahora. Para que no se pierda… -¿Puedo encenderlo? – Le ofreció un cigarrillo. Kim también cogió uno - ¿Qué quieres decir? - Que por eso estoy en plena batalla, para salvar el hotel. Porque mi padre y mi tío, te lo medio expliqué la noche de Londres, creen…Los dos están convencidos que ha llegado la hora de vender el hotel, de formar parte de una cadena, ellos se han hecho mayores, tienen una buena oferta…Y yo presumo que al tío le están untando de alguna manera y no se porque todos juntos lo aceptamos. -¿Y que haces? -¿Francamente? Lo que puedo, Laura, que no se si es mucho. Intento convencer a padre que no de el último paso. Pero el Paco Ráfales que tu conociste ya está en otra galaxia. Es como si hubiese echado el sombrero al fuego. -¿Sabes una cosa, Kim?... Me hace gracia verte así. -¿Ah, si? -Te estabas volviendo aburrido. -¿Perdona? Kim no sabía, por una vez, si le hablaban de verdad o le estaba vacilando. Laura, con el cuelo del abrigo levantado, dio una pipada larga.


-Un aburrido. Sí, es la palabra. Creía que que te habías vuelto un sosaina. Te hacía todo el día aquí cerrado, el negocio, el hotel, las tarifas y ahora veo que, en el fondo eres un idealista. Nunca lo habría pensado de ti… -Mujer… Se encontraron la piel. El tacto, tenue, dulce, matizaba las palabras. -Si no te lo reprocho. Está bien. Kim, mírame, que está bien. Me gusta. Ahora resulta que te quieres convertir en un héroe intentando salvar el nombre de la familia, el hotel de tus padres, luchando y batallando o no se como lo has dicho…¿Y yo? – Retiró la mano -¿En que me he convertido. En una interprete que habla con las frases de otro. -Tampoco es eso. -Un traductor es una persona que no tiene voz propia. Lo he estado pensando. Yo hablo. Muchas horas al día, con la vos de los otros. ¿Por qué? Porque tal vez no tenga nada que decir. -Laura, tía, por favor. ¿Que te lías tu ahora? Has hecho muchas cosas, muy interesantes. -Uy, sí…No te creas. ¿Te acuerdas del profesor Clemence? Richard Clemence, polvo y libros. Me enamoro de un hombre mayor, me voy tras el profesor de filosofía, jugamos a My fair lady, me enseña cosas, sale en los periódicos con pies de pato y, a partir de allá, qué. Eric Stuart, un seductor. La música y su mundo. A toda pastilla. Discos, conciertos,


cantantes, grabaciones y cervezas. Y vida al límite y un poco más. Nos lo pasamos bien. Vivimos y reímos. Reímos mucho, trabajamos más, vamos reventados y, de pronto,, el abismo. La traición. El que coño hago en este país perdiendo mis mejores años con un abuelo que el cuerpo le empieza a oler a viejo y con untío que ni tan solo es capaz de decirme que está… -¿Quieres que te diga que le dije en la carta de despedida, al Eric? – Sacó el humo por la nariz, poco a poco. Kim, enarcando las cejas, tuvo suficiente para que Laura entendiese que no hacía falta, pero que si l convenía explicarlo para desfogarse el la escucharía de buen grado. Pero no creía, que recordarlo la ayudase a echar hacia delante. Se rehizo el nudo de la bufuandas para que le tapase mejor el cuello y aprovecho para ponerse en pie, recostado en la barandilla. No le gustaba que estuviesen sentados de lado cuando le dijese lo que le quería decir. Necesitaba mirarla a los ojos. -Laura, tu vida no es la vida de tus parejas. Ella no podía dejar de mirarle. Intentaba reaccionar a aquel martillazo, pero no lo conseguía. Tu vida es tuya. Kim se levanto para subirse a la barandilla, dobló los pies para apalancarse, y fue continuando buscando el tesoro. Las palabras. Las palabras que ayudan. Las palabras que ayudan a una amiga. Las palabras que ayudan a una amiga que está pasando un mal momento.


-Todavía estamos a tiempo de hacerlo todo. Somos jóvenes. La cantidad de cosas que hemos hecho y las que nos han pasado, pero somos muy jóvenes. Yo me sinto joven, juego a tenis, corro por la pista, tengo amigos, salgo y me río. No soy un aburrido, que te quede claro. -Esto te ha picado… Laura reaccionó. Reconoce que esto se te ha atravesado. -Es que has dicho que me estaba volviendo un… ¿Y tu que sabes, eh? Si tu vivías en Londres y has pasado de mi hasta ahora que…Y yo aquí, me divertía con los amigos. -¿Qué amigos? -No lo se. Con los amigos. Hay amigos para cada cosa. Los del tenis. Los de reír… -Los de vivir. -¿Cuáles son los de vivir? Necesito cinco segundos antes de contestar. -Los que te hacen explicar cosas que te hacen sufrir, supongo. -¿Y nosotros dos de cuales somos? -A Miriam, por ejemplo, se lo explicas todo? -Ella es lista – Lo dijo con orgullo – Siempre ve lo que le pasa. Me lo nota. -¿Y esos amigos del tenis y de reír, os explicáis las cosas que os hacen sufrir? -¿Nosotros? Somos tíos, Laura. ¿No nos explicamos todo tu y yo? Han pasado muchos años y hoy he vuelto a estar con Elsa y me ha hecho ilusión ver que está tan bien.


-Me aayuda mucho en el hotel. Es buena. Es Ráfales, modestia aparte. -Sabe lo que quiere y no lo ha tenido fácil… Elsa, que… Laura frenó a tiempo – Que suerte tener un hermano como tu. Quiero decir que los que somos hijos únicos eso no lo valoramos. Supo reconducirlo. Había prometido a Elsa que cumpliría la palabra de no decírselo nunca a nadie. Ni siquiera a Kim. Elsa todavía iba a la escuela, había conocido a un chico en el bar de los viernes y, cuando por accidente, por un preservativo que no habían sabido colocar bien o por puta mala suerte, quedó embarazada, el payo se hizo el longuis y no quiso saber nada. Elsa no sabía a quien decírselo. A su padre, por descontado que no. Después de dudarlo durante dos noches sin dormir, tampoco se atrevió a decírselo a Kim y recurrió a Laura. La mejor amiga de su hermano. Le caía bien y quizás la podría ayudar. Laura no se lo diría nunca a nadie. Nunca. No tenía muchos ahorros, pero todos los que tenía se los dio t buscó una clínica donde debían ir y la encubrió durante dos días, en su piso de estudiantes, para que nadie sospechase nada de nada. A cambio, Elsa se había comprometido a devolverle todo el dinero cuando lo tuviese, cuando llegase a los diez y ocho años y pudiese disponer de la cuenta corriente a su nombre que no había podido tocar hasta entonces. Un día, cuando Laura no pensaba, se encontró a Elsa en el portal de su


casa. Le traía el dinero y una camiseta de los Lakers. -¿Recuerdas como nos conocimos? -Hostia, Kim, claro… -Si, en la facultad, naturalmente. Pero haciendo qué? -Un trabajo de grupo de literatura inglesa… -Para el chalado del Francis Barata, si señora. -Un trabajo sobre Frankenstein que lo hice todo yo y tu solo lo firmaste, para variar. -Que huevos. – Kim, juguetón, la cogió del cuello del abrigo – Como te pasas, Laura. Y la soltó. -¿Quieres saber que pensé de ti aquel primer día? -No. Ahora te esperas, Laura, que te iba a decir una cosa importante. -¿Tú? -Si, el hombre aburrido también tiene memoria y, a veces, sentimientos y todo. - Ah, si, que novedad… -Tú recuerdas cuales la gran frase de Frankenstein? -¿Ahora mismo…? No podía ni pensar, abrumada. – Como hice yo todo el trabajo, tendría que recordarlo, verdad? “Tu me diste emociones, pero no me dijiste como usarlas”. -Una buena frase, si. -Es buena porque es una gran verdad. Es el reproche que le hace el monstruo al doctor y es lo que no nos puede pasar a nosotros. ¿Te das cuenta,


Laura? Hay cosas que nos tocan el corazón pero cuando llega el momento, nunca sabemos como manejar estas emociones. -Sería más fácil ir por la vida con un manual? Tal vez si, pero no sería tan divertido. -Pues eso. Que tenemos tiempo para aprender. Kim, delicado, le retiró el flequillo con dos dedos sobre la frente. Laura se escudó en el pasado. -¿Quieres saber que pensé de ti, o no, en la primera conversación? A Kim le vibró el móvil. -A mas de una de la madrugada – Se lo sacó del bolsillo – No son horas. Lo miró sin que Laura pudiese ver la pantalla. -¿Algún problema? -No, no. Nada – dijo, displicente, mientras miraba el mensaje – Publicidad de… “Los niños están durmiendo como lirones. En casa todo bien. No tardarás, ¿verdad?”. Kim leyó el sms de la Miriam pero no contestó. Solo le costó apretar la pantalla cinco segundos para apagar el teléfomo y guardarlo en la americana. En el bolsillo del infierno. 19 Con un punto de furia De repente, sin saber porqué, sin previo aviso, sin que hayas hecho nada del otro mundo para


estropearlo todo, la vida se complica. Así, de regenteen el que había de ser un día como otro cualquiera. Apagó el despertador a la hora de siempre, puso sin pensar un pie en el suelo, se duchó, encendió la música en el lavabo porque estaba harto de desgracias, políticos y otras noticias truculentas, se vistió, preparó desayunos, acompañó a Jana a la escuela, dejó a Víctor en la guardería y llegó a su trabajo. En el Rafaeli, de entrada, todo parecía ordenado. Un maletero llamaba a un taxi para un canadiense con prisas para ir al aeropuerto. El suelo del vestíbulo relucía con el desinfectante perfumado de cada mañana. En la mesa de cerca de la entrada de la cafetería, estaba apilada y a nivel, toda la prensa nacional de los martes en una fila y, en otra, cinco grandes periódicos internacionales de la vigilia. A medida que llegasen los ejemplares del día irían cambiando con la discreción de todo el hall de un buen hotel Los clientes desayunaban el buffet abierto. Pero los cafés con leche o los tes los servían en las mesas con jarras de diseño nórdico. En la pantalla plana del piano la CNN escupía noticias para nadie. En la biblioteca, los libros esperaban que alguien entrase a despertarlos. Sabían, por la experiencia de una mañana tras otra, que era demasiado temprano. En el mostrador de recepción, Kim dio el visto bueno a las tarifas del día. Paco le había comentado más de una vez que no se acostumbraría nunca que los precios cambiasen cuatro veces en una jornada,


como las tarifas de los billetes de avión. Antes, en los años noventa, la gerencia del hotel marcaba los precios para todo el año, temporada alta, temporada baja, fines de semana, ferias y mes de agosto. Ahora se tenía que hacer números cada día y, en el juego de acertar los precios, había un negocio. Antes de coger el ascensor, Kim sacó la nariz por la cafetería para preguntar si la 218 había bajado a desayunar. Una pantalla le dijo que no. Estuvo tentado de coger una bandeja con una tostada, mantequilla y mermelada de higo y subirle el capuchino a la habitación. Ya lo veía. Llamaba a la 218 y Laura, con cara soñolienta a anudándose el albornoz, le abría la puerta y se lo encontraba a el, a pie firme, servicial, con la bandeja en las manos, el periódico bajo la axila y un “Buenos días” de los que alegran la existencia. Se contuvo y siguió derecho a la quinta planta. Recibió un mensaje del móvil de Laura. Se había ido pronto a Banyoles. Suerte que no se había plantado a llamar a la puerta de la habitación. Se habría confitado la confitura. Elsa todavía no estaba y encendió las luces del despacho. Le gustaba ser el primero en llegar y dominar los interruptores y el aire acondicionado y mover el ratón para resucitar su Hewlett-Packard. Hasta aquel momento, las nueve y cuarto de la mañana, lo tenía todavía absolutamente todo bajo control. Pero al sentarse en su butaca, se dio cuenta de una novedad. Al pié del ordenador había un


sobre marrón que se sostenía depié, apoyado en la pantalla. No recordaba haberlo dejado. Estaba cerrado. Solo estaba su nombre escrito con letras de palo, mayúsculas y bolígrafo azul. Quizá era un Roller. Ni tan solo el apellido. Kim a secas. Le dio la vuelta. Ningún remitente. Ningún sello. Ninguna otra pista. Cogió el sobre con una mano y levanto el brazo y la barbilla para examinarlo a contraluz, intentando adivinar en contenido interior por el perfil que marcaba la bombilla del techo. Quería asegurarse que no rompería lo que fuese que hubiese dentro.. El abrecartas rompió el sobre por un ángulo y, en aquel mismo instante, a las nueve y cuarto de la mañana, se le complicó la vida. Era el. El con una mujer descalza, con los zapatos de tacón de aguja en la mano. El, en blanco y negro, con la subdirectora de la banca privada en el pasillo de la segunda planta. El con Sandra López – hasta ese momento no había recordado el nombre – a punto de entrar en la 218. La cáptura de la imagen de la cámara de seguridad del Rafaeli. Una sola foto. Borrosa y desenfocada pero definitiva. Nada más. Ni una nota ni una… ¿Quién había tenido acceso a aquella mierda? ¿Quién le estaba dando por el culo? ¿Quién le había hecho llegar el sobre? ¿Con que intenciones? ¿Quién le quería hacer chantaje?


No hacia falta ninguna nota para entender una cosa. Quien fuese que sabía su secreto proponía silencio. La pregunta era, ¿a cambio de que? Fuese quien fuese, que montón de hijos de puta. Elsa entró en el despacho con la cara limpia, con la sonrisa de la mañana y la costumbre de darle dos besos a su hermano. -¿Qué te pasa? -Nada. -Parece que hayas visto un fantasma… dijo, mientras colgaba la chaqueta en un armario. Kim abrió el primer cajón de su escritorio y dejó caer el sobre como quien no quiere la cosa. -¿No has desayunado o qué? -Si. No – Levantó la cabeza - ¿Qué? -Que si has desayunado o necesitas un café. ¿Estás bajo de azúcar? Después no me digas que no te cuido. ¿Dónde tienes a Laura? -¿Laura? Se ha ido a Banyoles. Volverá mañana. Al final se ha armado de valor para ir a ver a sus padres… -Los tiene bien puestos Laura. Me gusta esta tía. -Ya. Escucha una cosa…Tu sabes quien tiene acceso a las imágenes de nuestras cámaras de seguridad? -¿Ha pasado alguna cosa? -No, no… -¿Han robado en alguna habitación? -Que no, Elsa, hostia… -Chico, que humor de buena mañana.


Kim respiró hondo. Se levantó de un salto, anduvo con pasos discretos hasta la puerta del despacho de Paco, entró, se acercó a la ventana y volvió hacia atrás también poco a poco. -Elsa, perdona. Pasa una cosa. Me pasa una cosa. Pero, ¿me aseguras que no se la dirás ni a padre? Elsa intuyó la gravedad de la mañana. -Te lo prometo, Kim. Ves como si que… - Se dio cuenta de que no era el momento de reproches ¿Qué pasa? Kim abrió el cajón d su buc y sacó el sobre- Lo apretó con dos dedos para que hiciese panza, se abriese y la foto resbalase sola sobre la mesa, como sino la quisiese tocar. Apestada. Elsa si que la cogió sin manías. -¿Quién es? -La Sandra López. -¿Quién? -La de la banca privada que nos aconseja con los fondos de inversión y… -Hostia, Kim, que marronazo… - Volvió la foto por si ponía algo por detrás -¿Pero de donde la has sacado? Lo pensó por un momento. - Esto es lo que me pregunto. ¿Tú quien crees que puede haber capturado esto? Se lo pensó un momento. - En el hotel, aparte de padre, tu y yo, a las imágenes tiene acceso el señor Rubio, el de


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seguridad, no se si la policía y el monitor de recepción… Pero el monitor de recepción no las registra, solo están todas las cámaras en el momento. Y esto está sacado de… ¿Pueden haber más fotos? ¿Qué? Si, esta es la única foto con Sandra López que pueden tener. Si, claro –Kim dice casi ofendido. Así todos saben que cartas tiene. A ti te han dicho pórtate bien que sabemos esto de ti, y ya está… Elsa no pudo reprimir una mueca – Mientras no se la enseñen a Miriam… ¿Y que te piensas que me están diciendo? Hoy la has visto tú, pero sabemos donde haría más daño. ¿Sospechas de alguien? Uf… - Kim, tirando los brazos hacia delante, cogió a su hermana por encima de los hombros – No me lo hagas decir. Se moría de ganas, pero no se atrevía. Elsa le ayudó. ¿En quien piensas? Dime, no pasa nada. Es demasiado bestia. ¿En nuestros primos italianos, verdad? Y el tío y la zia Mina…No lo se. Tal vez no. Pero desde que vinieron con la oferta del Radisson…No entienden que les plante cara. ¿Tu les vez capaces de eso?


- ¿De eso, dices? Elsa, no seas inocente. Están locos por vender. Harán lo que sea para que padre no se eche atrás. Todo esto es inminente. - Sí… Pensó que no le podía esconder nada a su hermano. – Padre quiere cerrarlo tan rápido como pueda porque tiene el viaje a Venecia en la cabeza. - No se de que me hablas. ¿Qué viaje? - Diana Laborde le ha invitado a La Fenice. Hace cincuenta años que debutó, le dan una fiesta y canta no se que ópera. Ella le ha hecho llegar dos plateas a padre, con una cara muy bonita, ye he visto al hombre animado como hacía tiempo que… - Me lo puedo imaginar. - Y me ha pedido que le acompañe. - ¿Y vais? - ¿A ti que te parece? Nunca he estado en Venecia y me apetece ir con padre. ¿Lo entiendes, verdad? - Claro que si. Y tanto. Kim pasó un dedo por la mejilla de Elsa – Te gustará mucho. Pensaba que ya habías estado. - Tengo ganas de verla. Todos me han dicho que Venecia es la ciudad donde se para el tiempo y – hizo media mueca – que los canales huelen mal. -¿Cuando os vais? -El sábado, en principio. Se quiere ir con la venta al Radisson cerrada.


Elsa se le echó al cuello. Intuyó que su hermano necesitaba un abrazo sentido. Y tres palabras. -No te rindas – Y tres más – Estoy contigo. Durante la mañana, Elsa se percataba que su hermano estaba inquieto, irascible como no lo recordaba desde hacía muchos años. Contestaba mal por teléfono e, incluso, cuando el padre llegó al despacho, Kim le contestó con dos gruñidos que no venían a nada. No parecía el. Cuando vio que llamaba a Juan, su pareja de tenis, para anular el partido de mediodía por un contratiempo de última hora, Elsa le dijo que lo pensase mejor. -Te irá bien salir de aquí, Kim. Dale cuatro golpes de raqueta y te descargas un poco. Ve. Hazme caso. Cogió la ropa, la bolsa con la ropa de tenis, los conflictos morales y los metió en el maletero del coche. Le iría bien desfogarse en la pista con los compañeros del martes de Pompeya. No era el mejor club de Barcelona, ni el más peripuesto, pero Kim se encontraba a gusto. Era un club casero, con pocas pistas, escondido en la montaña de Montjuic, a medio camino entre la ciudad y el castillo. Las pistas se habían creado como pabellón para las prácticas del tenis para la Exposición Internacional de 1929. Después, aquellas pistas cayeron en desuso, abandonadas durante don décadas, hasta que el Pompeya, huyendo de los carísimos alquileres del centro de la ciudad, se instaló en la montaña, en un equipo deportivo a escondidas que ni los ciudadanos sabían que existía. A pesar del


nombre oficial – Real Sociedad de Tenis Pompeya – no tenía ni nombradía ni glamour, pero a los socios ya les iba bien. Aparcaban dentro del recinto, tenían un armario grande para cada uno en el vestidor y la cuota hacía un montón de años que habia quedado congelada. El presidente Minguella – todo el día José María arriba, José María abajo era un hombre charmant y, manitas, que vivía y vestía con la discreción de los que han sido los mejores en su trabajo y que ya no tienen que demostrar nada. Minguella – que había sido el agente de los mejores futbolistas del mundo – dinamizaba el club, las conversaciones del restaurante y las partidas de domino. Los socios que a base de dejadas y de reveses a dos manos, habían pasado de seniors a veteranos también habían ido abandonando la raqueta para coger las fichas y jugar partidas que no se terminaban nunca. Kim llegaba al Pompeya casi a las tres, se cambiaba en su rincón del vestidor, se anudaba la cinta en la cabeza, jugaba una hora de dobles con Saura, el Vía y Juan – los tres de siempre – se duchaba, tomaba una cerveza con una tapa con los amigos y se volvía al Rafaeli sintiéndose un hombre nuevo. Hacia muchos años que el partido del martes a mediodía era sagrado. Las mismas dos parejas, la misma hora, la misma pista de tierra batida. Y si podía ser, victoria, aunque fuese ajustada. Aunque fuese en un tie-break agónico en el tercer set. No le gustaba perder en nada. Y si


había una pelota por medio, aún menos. Era el momento de la semana que se olvidaba de todo y su mundo quedaba concentrado en una volea definitiva desde la red. No existía nada más. Pero aquel martes, Juan, su pareja de toda la vida, un tensita con más voluntas de muñeca, le notó que no tenía los cinco sentidos en la pista. -Kim. Delante o detrás. -Dime…No le había oído bien. -Que si te quedas a media pista estamos muertos. -Ya. Perdona. Al quinto juego, con tres a dos en contra, le volvía a tocar servir a Kim. A las tres y cuarto, el sol le daba en la cara y cuando levantaba la pelota arriba con la mano izquierda, se deslumbraba. Por mucho que entrecerrase los ojos,, se cegaba y, aunque tenía el gesto muy mecanizado, le costaba empalar la pola por en medio de las cuerdas. En el punto definitivo del juego, con ventaja para el Saura y el Vía, cometió una doble falta. Les rompió el servicio – cuatro a dos y Kim, rabioso, por tener que ir a remolque, por su falta y por la foto de la Sandra López que no se sacaba de la cabeza, estampó la raqueta contra la pared. No pasa nada, Kim – Juan le quiso animar. Como profesor de latín en un instituto, era un buen defensor de las causas perdidas. No se rompió. Había tenido suerte. La pista central, allí donde se jugaban los partidos de exhibición del 1929, era una construcción peculiar. En uno de los


laterales, había dos filas de gradería de piedra y una terraza desde donde se podían contemplar los partidos. En la otra, allí donde fue a para la Wilson de Kim, era un muro de rocas de dimensiones enormes que daba un aire de bunker a la primera pista donde se celebró un partido de Cola Davis en la ciudad. Cogió la raqueta para continuar el partido, pero no le duró mucho más en las manos. -¡Out! Saura cantó fuera una pelota que a Kim le pareció que había entrado. Aquel drive no se le podía haber escapado. -¡Márcala! Saura se acercó a la raya para buscar el bote. -Yo también la he visto buena – osó decir Juan. No lo tenía muy claro, pero intuyó que era el momento de ponerse de parte de Kim. -Es esta. Está fuera. – Saura hizo un círculo la marca de una pelota. -Y unos cojones – saltó Kim – Ya has hecho una antes. Ya van dos. -Venga, hombre, juguemos es igual… - El Vía, funcionario de despacho, no quería problemas – Tiremos dos y repetimos el punto, no pasa nada. Kim, encendido, se había acercado a la red. Se quería cerciorar que Saura le había hecho un círculo a un bote que no era. Lo tuvo claro enseguida. -Que no, hosti, que no. Si no ves bien, no vengas a jugar…Cada semana igual.


-¿Pero que quieres decir, burro, con que cada semana igual? – Saura cuando se ofendía sacaba pecho. Le salía el gesto de milhombres de director de instituto acostumbrado a tener que habérselas con todo tipo de personal. -Que vengo aquí a pasarlo bien no a que me labres una bola que ha ido un dedo dentro, por favor… -Que te digo que es esta – Saura marcaba el bote con el mango de la raqueta y miraba al suelo como quien busca conchas en la playa – Por aquí no hay ninguna más. -Ves a la mierda, hombre… Si quieres ganar, ya has ganado – Kim con rabia, tiró la raqueta al suelo y se marchó. Vía y Juan intentaron reconducirlo. Pero Kim no tenía ninguna intención de hacer las paces. -Venga, entonces, hasta el martes que viene…le gritó Saura, irónico, viendo que Kim se sacaba la cinta de la cabeza y salía de la pista. -El martes no volveré. Buscaos otro. ¡Iros los tres a la mierda! Se estuvo mas que nunca bajo la ducha. Con la cabeza baja, dejaba que el agua caliente le diese sobre la nuca. Se iba calmando poco a poco. Pero al cabo de un rato, se puso a maldecir por todas partes. Lo decía todo en voz baja. Nada en concreto. Contra todo y contra todos. El tenis, de repente, le dejó de importar. Pelearse con los amigos por una puta bola…Sabía que no había estado bien. Era una tontería que se había


convertido en una tempestad. Pasados los relámpagos, los truenos resonaban mas lejos cada vez. Había hecho que sus nervios los pagasen quien menos culpa tenían. Y, si era necesario, y al salir se los encontraba todavía en la pista, jugando una vuelta australiana, de dos contra uno, miraría de disculparse. Aunque fuese de aquella manera de los hombres, con orgullo, sin rebajarse mucho. Antes de enjabonarse, con el chorro en cascada sobre los hombros y con los ojos cerrados; Kim empezó a tomar decisiones. Del chantaje, de momento, no hablaría con su padre. Antes tenía que descubrir quien le tocaba los huevos con las manos frías. Para desactivar la extorsión decidió, eso si, que se lo explicaría a Miriam. Para tener la sartén por el mango, no podía jugársela que su mujer supiese lo de la aventura de la 218 por otra persona. De la aventura o de las aventuras, porque Kim estaba convencido que le habían enseñado una primera foto como anzuelo, para demostrarle que si tenían una también podían tener las otras. Prefirió no ponerse a contar cuantas. De momento, se ceñiría a la Sandra López. La única foto. La prueba que nunca habría pensado que le pudiese delatar. Pero,llegado el momento del mal trago, no fue tan fácil. Para hablar con Miriam, esperó a que hubiesen cenado, que Jana y Víctor ya estuviesen en la cama y que tuviesen, los dos solos, el rato de tranquilidad de cada noche. Cuando le pareció que


no jhabía ningún canal que hiciesen nada que les pudiese interesar, hizo de tripas corazón. Los nervios le iban por dentro. -Miriam… - Se pasó dos dedos por las cejas – Te quería hablar de un tema. A buena hora, pensó ella. Cogió el mando y apuntó al televisor. No tuvo bastante con enmudecerlo como en otras ocasiones, cuando querían hablar de alguna cosa importante de los hijos o de algún problema en el trabajo. Lo apagó con un punto de furia. Miriam se le adelantó. -¿Qué piensas hacer con Laura? -¿Laura? – Kim desconcertado, no se esperaba aquella salida. Era la última cosa que tenía en mente en aquel instante. Pero estaba el falso y decidió aprovecharlo. Sobre la marcha, cambió de planes. - ¿Qué le pasa a Laura? -Nada – Miró a Kim – Nada, nada… Miriam no sabía por donde empezar. Había pensado como tenía que arrancar aquella conversación pero, cuando llegó el momento, su guión se fue a hacer gárgaras. Por lo menos, como hablar con su marido sin perder los estribos. -¿Laura? – volvió a decir Kim, extrañado. -El otro día me comentaste que se te había pasado por la cabeza, tal vez, darle trabajo en el hotel. He estado pensando y…Solo te pido una cosa.- Se aseguró, con ojos inquisitivos, que Kim le aguantaba la mirada – No la pongas a trabajar en casa.


-Pero… - El bajó la vista. Miriam volvió a decir, lentamente. -Mírame, Kim, por favor. – Y cuando lo tuvo cara a cara, a dos palmos, fue más clara que nunca en siete años de matrimonio – No la metas en el hotel, ¿de acuerdo? -Estoy convencido que será una relaciones públicas de primera. Es una buena idea. El hotel ha crecido y… -Oh, Kim… El hotel ha crecido, si, y seguramente ella sería la mejor relaciones públicas del mundo y haría muy bien su trabajo, porque ella lo hace todo de maravilla, eso ya lo sabemos. Pero te pido una cosa y te he pedido bien pocas en la vida, y te he dejado pasar muchas, pero esta es una. – Y entonces, masticando cada una de las sílabas – No quiero a Laura en el Rafaeli. - Si fuese un hombre… - No se pensaba rendir. En aquel caso no tenía nada que esconder y jugó fuerte – Si fuese un amigo que tuviese un problema no pondría ninguna pega porque le echases una mano. -Laura no es un hombre. -Miriam… - Bajó los hombros, decepcionado. -Kim, te lo pido por favor. -Pero es que… -Hazlo por nosotros. -No entiendo esa fijación que la tienes. -Francamente, chico… - Se levantó del sofá. Estaba demasiado agitada para seguir sentada – No pensaba que una peca pudiese tener tanto atractivo.


-Pero calmémonos un momento, mujer. ¿Qué te imaginas que ha pasado entre nosotros dos? Somos amigos. Amigos. -Sí, eso ya lo he visto. Una amiga que cuando tiene un problema, corramos todos hacia Londres. Ahora corramos todos hacia el hotel. Venga, démosla trabajo, no vaya a ser que no pueda hacerlo por ella misma. ¿No es tan brillante en la traducción simultánea? -¿Pero que mal hay, Miriam? ¿Eh? Dímelo… ¿Es que un hombre y una mujer no pueden ser amigos? -Lejos del Rafaeli, Kim. Ayúdala, en eso no me puedo oponer, pero lejos del Rafaeli. Solo te pico eso. Solo eso. Kim desvió la vista-¿Y tu que quieres ahora? Ni ella ni el le habían oído llegar. Víctor apareció en la puerta del comedor, abrazado a un oso y con la gorra de los Newyork Yankees. - No puedo dormir… - suspiró con la cara abotargada. - Venga, pasa, que ya voy… A Víctor, ni adelante ni atrás, no le hicieron efecto las palabras de su madre. Con el pelo mojado, sudaba de mala manera, no movía ni una pestaña. Se había quedado clavado en el linde de la puerta. Abrazaba al peluche de béisbol como si le fuese la vida. Miriam decidió acabarlo rápido. Estiro su mano para que Víctor la cogiese y el niño, por acto reflejo, se la dio.


-Vamos, venga… Y sin encender la luz, salieron al pasillo juntos – Ya te he dicho que con este pijama te morirías de calor. ¿Te lo ha dicho o no, la mama? ¿Y la mama siempre tiene razón. ¿verdad que si? Kim volvió a encender la tele. No quería hablar más. Encontraba injusta que en casa le acusasen de una cosa que no había pasado. Laura, vale. Le irritaba el chantaje. Descubriría que le había traicionado, pero de momento, no le confesaría nada a Miriam. En un solo día había pasado de todo. Que martes. No se tenía que haber levantado. 20 Como si fuese una “prima donna”

Estimado Paco Ráfales: Le escribo desde París, en una mañana lluviosa por lo que no saldré del hotel. Estos días estoy cantando una Norma en el Palais Garnier. Hemos hecho las dos primeras funciones y todavía nos quedan cuatro. No nos podemos quejar, ¿verdad? Tenemos trabajo, las críticas por la Casta Diva son extraordinarias, el público del Garnier, que es un público entendido, está extasiado y el montaje es una producción de la misma Ópera de París que estoy convencida que rondará por todo el mundo.


Estoy en el Hotel Ritz de la plaza Vendôme. Recuerdo que, en una ocasión, me dijo que era su plaza predilecta. Me habló de la simetría, del urbanismo clásico francés y me dijo que me imaginase la plaza sin la columna. Esta mañana lo he intentado mientras la contemplaba desde la ventana y, automáticamente, ya me perdonará, he pensado en usted. Y me he decidido a escribirle. El motivo d esta carta es doble. De un lado, le quiero decir que cada vez que estoy por el mundo, en un hotel, en un cinco estrellas gran lujo como este donde no me falta nada, siempre tengo un pensamiento para el Rafaeli. Las atenciones de su padre y desde hace tantos años, de las sutyas propias, han conseguido que siempre que voy a Barcelona me sienta como en casa. Me gusta cantar en el Liceo, me gusta entrar al Teatro por la Rambla que aún es de día (encuentro que es una calle con una claridad y un color como no conozco ningún otro) y me gusta, cuando salgo de la función, encontrarle a usted en la puerta del hotel siempre con un ramo entre las manos y una palabra amable. Su sonrisa, su elegante discreción y ese tener siempre la expresión justa no me las encuentro en ninguna otra parte. Piense en un gran teatro de ópera, el que quiera, piense en un gran hotel, cualquiera, y sepa que no lo cambio por venir a cantar a Barcelona y estarme en su hotel. No olvido tampoco que, cuando mi nombre salía en letra pequeña al final de los carteles, en el


Rafaeli ya me trataban como si fuese una prima donna. Así es, exactamente, como me he sentido siempre en su establecimiento, desde el primer día. Le aseguro, Paco Paquito, que todas las atenciones que me puedan dar en el Japón o en los Estados Unidos, que pecan por exceso o por superficiales, no tienen el justo punto de la familia del Rafaeli, como me gusta nombrarles a mi después de algunas décadas que ya hace que nos conocemos (no me atrevería ni a contar cuantas). En todos estos años, he visto como ha crecido el hotel y como la vida de los Ráfales ha tenido una escala de emociones con demasiados agudos y demasiados graves. No sabe, estimado Paco, cuantas veces he pensado en la desgracia de sus hijos y como estaría yo si me hubiese pasado alguna cosa de este género. No hay vez que no coja un vuelo transoceánico que no mire por la ventanilla, y en un momento o en otro, piense en la brutalidad de un mar que engulle dos vidas sanas y jóvenes como las de sus hijos. Espero que no le sepa mal que le confiese que una de las conversaciones más impactantes de mi vida la tuve hablando con usted. Yo volvía del Liceo de hacer un Gounod(no recuerdo si era un Romeo y Julieta o un Fausto). En este caso, usted me invitó a su despacho, donde me había preparado cantidades de fruta pelada y cortada. Diría que no hacía ni dos años de la muerte de sus hijos y yo le pregunté como estaba. Y le aseguro, tal vez porque temía la


respuesta, que lo intenté hacer con prudencia y con el tacto que requería un tema tan delicado. Y usted, quizás no se acordará, solo me dijo una cosa. Una sola, pero profunda. -Les añoro desesperadamente. No dijo nada más. No le cayó ni una lágrima. Yo me tuve que contener pero le aseguro, estimado Paco, que aquel desesperadamente lo he llevado dentro a todas horas. Me ha martilleado para siempre. Nunca he oído una palabra dicha con tanto sentimiento. Nunca he cantado una nota donde hubiese tanta verdad como en una sola palabra suya. Después, pensé mucho. En el teatro todos nos ponemos un disfraz para ser un personaje, leemos una partitura y hacemos un papel, pero en cambio, madonna santa, que difícil es ponerse en la realidad, en la piel de otro. Ya me perdonará que le hable de todo esto. Discúlpeme si le he debilitado, no ha sido mi voluntad. Pero es de aquellas cosas que prefiero decirlas que no quedármelas dentro. ¿A usted no le pasa lo mismo? Le he explicado, con la mejor de las intenciones, para que se de cuenta de hasta que punto me apetece abrazarlo cuando, una o dos veces al año, tengo la suerte de venir al Rafaeli. Hablando del paso del tiempo, de cómo esta vida se va que vuela, que en un cerrar y abrir los ojos han pasado veinte años y ya estamos en el tercer acto y a punto de bajar el telón, llego al segundo


motivo de esta carta que he querido escribir yo misma, con mi letra. Como debe saber, pronto hará cincuenta años de mi debut en los escenarios y, para celebrar esta efeméride, cantaré una Lucia de Lammermoor en La Fenice. Es mi rol preferido y aunque reconozco que tal vez ya no tenga edad para este papel, la organización del teatro me ha dado todas las facilidades para que pudiese elegir el título, el reparto y el director de orquesta. Así pues, si encima del escenario tendré la inmensa fortuna de estar acompañada de cantidad de gente que admiro, que quiero y que me ha acompañado durante esta larga carrera, también me haría una enorme ilusión que en el público estuviesen las personas que, por un motivo o por otro, han estado a mi lado durante todo este tiempo, con fidelidad, profesionalidad y apoyo. Es por esto, querido Paco, que me gustaría mucho que usted pudiese asistir y por este motivo le adjunto dos entradas de platea que deseo que sean de su gusto, para que venga con quien quiera. Después, terminada la función, en el mismo teatro habrá una pequeña fiesta restringida para algunos centenares de amigos. Del Canadá vendrá mi hija Alma y mi marido. De Bulgaria vendrá toda la familia Davidova que aún me queda. ¿Le he hablado alguna vez de mis cinco hermanas? Me gustará podérselas presentar a mi hotelero preferido.


Sepa, Mi querido Paco, que me gustaría mucho que en esta ocasión tan especial de mi trayectoria usted estuviese y, con una copa en la mano, pudiésemos brindar juntos por un horizonte sin nubes. Con mi agradecimiento infinito y con la inmensa ilusión de reencontrarle en Venecia. Afectuosamente, Diana Laborde. P.D. Para conseguir una buena habitación en Venecia, seguro que usted no tendrá ningún problema. Ahora bien, si ese fin de semana de diciembre fuese una de aquellas fechas locas que se prevé que en Venecia pueda haber overbooking, hable con mi secretaria. No hay nada que Virginia no pueda solucionar. 21 Cansa mucho ser héroe las veinticuatro horas Después de unos segundos, Paco se pasó la mano por los cabellos plateados y resopló. Sentado tras la mesa de su despacho, había escuchado el relato de Kim en silencio. Primero con distancia, después con incredulidad y, finalmente, a medida que se enredaba la cosa bien enredada, con indignación.


Kim había intentado explicarlo todo con claridad y con tanta clama como supo. Todo lo que había querido explicar No llevaba papeles. No quiso enseñarle ninguna fotografía, Para hablar con el padre, de negocios, de tu a tu, no hacia falta. Se trataba de argumentar y explicar sin alterarse. Solo los hechos. Sabía que si aprovechaba para atacar al tío Vicente, pondría al padre a la defensiva. El Paco – no se ha de confundir el humo con el asado – de entrada creyó que todas aquellas felonías eran el último juego de manos de su hijo, a la desesperada, para parar la cuenta atrás y frenar la firma de la venta del hotel. Aquella misma tarde, pasadas las seis, llegaban los suecos del Radisson con dos abogados con idiomas, se instalaban todos juntos en habitaciones del Rafaeli y a la mañana siguiente debían reunirse con Paco y Vicente para cerrar los últimos flecos de la integración de los dos hoteles, el de Barcelona y el de Roma, a la cadena internacional. Las cifras, las fechas de integración y la fusión del personal ya estaban claras. Bien que se había preocupado Vicente. Pero quedaban pendientes, temas de rotulación y de proveedores y de seguridad y puntas que iban surgiendo aquí y allá. Los suecos se habían dado cuenta, en el último mail, que no habían establecido todavía como se haría la comunicación del acuerdo, hacia dentro y hacia fuera, hacia los trabajadores y hacia los clientes. Y era necesario dejarlo todo atado, escrito y firmado. Pasado


mañana tenían hora con el notario Masoliver, el hombre que había dado fe a todos los contratos, compraventas y testamentos de los Ráfales desde uf, todavía en vida del abuelo Francisco. Aún sin decir nada, Paco se levanto ceremoniosamente de la butaca donde se había quedado clavado por el empuje del discurso del Kim. Se subió los pantalones se fue a mirar la nada por una de las dos balconadas sobre el paseo de Gracia, la que tenía siempre entreabierta medio palmo para que se escapase el humo. Se arregló el nudo de la corbata – la roja de los miércoles – y empezó a renegar, a derecha e izquierda, sin miramientos. Contra Vicente, ambicioso, envidioso, que desde pequeño siempre había querido lo que el tenía. Un juguete, un juguete. Un beso de su madre, un beso. Un paquete de tabaco. Un paquete. Una novia, una novia. Un hotel en Barcelona… Contra Mina, un buitre de raza que nunca tenía bastante, instigadora de todos los males. Estirada, creída, seductora, con aires de… ¿Qué más quisiera ella que ser la Cardinale? Contra los carroñeros de Rómulo y Remo, que habían salido a ella, que matarían por una peseta. Contra los hijos de puta del hotel que le habían traicionado; fuese quien fuese, lo encontraría. Contra la polla de Kim, que no la podía dejar nunca quieta. Contra el mismo, por estúpido, por pazguato, por inocente, por haberse dejado engañar por su hermano, por no haberse dado cuenta de las trampas, por quien reputas le


pedía, a su edad, entrar en una batalla que nunca hubiese querido que fuese suya, por haberse encegado, aún no sabía ni como ni el por qué, por la morterada de dinero sueco. Por bobalicón, hostia santa. Y contra los de Radisson por untar a Vicente con una prima, una bonificación o un rappel. Se llamase como se llamase, Kim le había podido mostrar, gracias a su viaje a Londres y a una reunión secreta con un directivo de la cadena hotelera, que más allá del precio de venta, el tío se embolsaba una comisión aparte del total de la operación. Solo para el. Negocio redondo. Directo al bolsillo sin que nadie más tuviese que saberlo. Pero ahora Paco lo sabía y sacaba fuego por las muelas. -¿Qué sabe Miriam? -Nada. -¿Nada de qué? -¿De la foto? -Sí, hostia, del chantaje. -Nada – Kim se la jugó – Si para salvar el hotel crees que tengo que… -Tú, mudo del todo. No te inmoles, ti, ahora… Solo faltaría eso. Paco se volvió a sentar en la butaca, frente a frente a su hijo. Se miraban serios, preocupados. El padre, encendido, dolido, pensativo. El hijo, a la expectativa. Encima de la mesa nada. El retrato de María, el marco con Alex y Roger y un sobre gris perla, de papel verjurado. Ni el matasellos de París


llamó la atención de Kim, preocupado como estaba con su historia. Era la carta de Diana Laborde que Paco la había leído, por lo menos tres veces. Después que el padre hiciese sonar los nudillos de los dedos sobre la madera, cada vez más rabioso, Kim no dudó en hacerle la pregunta: -¿Qué piensas hacer? El padre dio la conversación por terminada. -Ya lo verás. Cosas de su padre. Los Ráfales, los malos ratos los pasan solos. Kim le habría querido decir se que el sábado de vas a Venecia con Elsa. Ya me ha comentado que la Laborde te ha enviado una carta de color de olor a manzana y dos invitaciones para ir a oírla a La Fenice. Pero no tuvo ocasión de abrir otro frente. Llevaba unos días muy intensos y, al fin y al cabo, se daba cuenta que no se puede apretar siempre a todos y a todas horas. Cansa mucho ser héroe las veinticuatro horas del día. Antes de salir del despacho, Kim aún dio un paso atrás. -Perdona, padre… ¿Como se llama aquel amigo tuyo de Australia? -¿El Ramos? -¿Es con quien hicisteis la mili juntos?. ¿Todavía es el rector de la Universidad de Camberra? -Sí, supongo que sí. Toiu Ramos. ¿Por? -Por nada. Ya lo verás – uno a uno – Gracias, padre. Y cuando ya se iba.


-Kim. Una cosa. – Paco esperó a que Kim se volviese, para mirarle a los ojos – Ciérrate la bragueta, hijo mío, de vez en cuando. Las ruedas de la bicicleta habían quedado desinfladas después de tanto tiempo de no usarlas. Laura las hinchó con la mancha que encontró en la habitación de los trastos viejos. Desde siempre le había gustado que la familia, tan pulcra y ordenada, tuviese un agujero, en el subterráneo de piedra fría, que fuese una fiesta de sorpresas. Si veías un poco – con una bombilla desnuda, de 40, era difícil ver nada – lo mismo te podías encontrar tres garrafas de vino, un montón de patatas que esperaban su momento sobre unos sacos de esparto, una azada para el pequeño huero que Claudia tenía en el jardín, una caja de herramientas de un lampista que se la olvidó y nunca volvió a recogerla, con la red de una antigua hamaca doblada. Y, claro está, la mancha. Los Altimira eran de los que no tiran nada, por si acaso. Con la bicicleta a punto, Laura se puso el jersey Burdeos que tanto le había gustado en otro tiempo y que, durante años, ni recordaba que lo tenía. Olía a armario. En Banyoles, su ropa había cogido humedad y regusto a cerrado. Le daba lo mismo. Ya se ventilaría mientras daba un par de vueltas al estanque con la vieja bufanda azul de la buena suerte, de cuando aún se pensaba que el mundo funcionaba por supersticiones. Su madre, contenta por tener la


nena en casa, con ganas de aprovechar cualquier momento para estar con ella, le había insinuado si la podía acompañar. Con una caricia, Laura tuvo suficiente para que se diese cuenta que prefería pedalear sin hablar con nadie. Necesitaba estar sola. Después de la conversación que había tenido la vigilia con Miriam, tenía que aclararse las ideas. Si hubiese tenido al Dickens, se lo habría llevado para que corriese tras ella con la lengua fuera. Pero ya hacía tres años que habían tenido que sacrificar al perro y Claudia no quiso ninguno más, después de un duelo que fue largo, doloroso, como todas las penas y con alguna escena de una acidez incómoda. El día que su marido, harto de tanto pañuelo y tanta lágrima, le echó en cara no me llorarás tanto a mí, no, y Claudia le contestó ya dices bien, el matrimonio Altimira se sumergió en unas semanas difíciles. Nunca pasan los años alrededor de un lago. El agua calmada, los cañaverales que la esconden, las casitas de postal en el lugar de siempre, los patitos que, de tanto en cuando, meten la cabeza con el pico en el agua. El estanque del Vilar donde habían pasado horas y más horas parloteando con las amigas, la iglesia de Porqueres que había visto tantas veces en el álbum de fotos de la boda de sus padres. Los días en suspensión. Todo estaba igual. Los siglos pasan mientras el lago sigue estando siempre allá, impertérrito, aguantando las


envestidas del viento y de la historia. Era una sensación que, a Laura, cuanto mayor se hacía, más le gustaba. Cada vuelta que daba al lago era, de nuevo, todas las vueltas de su vida. Pasó de largo de los años del filósofo, de la locura de Londres y de la barraca de pesca de la Carpa de Oro. La caseta estaba allá pero no quería contemplarla demasiado. Flanqueada como estaba por los árboles de la orilla, le pareció, de reojo, que el laúd que había estado varado era el mismo donde habían pasado un atardecer con Kim, que había subido a Banyoles para hacer un trabajo de literatura inglesa para la facultad, sobre la novela de Frankenstein, se acordaba bien. Francis Barata les puso muy buena nota. ¿Qué debe de haber sido de Francis Barata? Fue la tarde que descubrió que aquel chico que olía a colonia no era, solo, un fachenda de casa bien. Le vio la cicatriz del accidente de moto y, desde entonces, habían hablado de todo y de nada, pero la cicatriz no había aparecido nunca más en la conversación. Fue el primer día que estuvieron bien juntos. Pero no entendía que Miriam le hubiese insinuado así, tan a las claras, que ella estaba enamorada de Kim. No sabía por qué se había inventado una falacia de tal magnitud. Que disparate. Pero unas palabras de la mujer de Kim, dichas con mas malicia que resentimiento, la obligaban a pensar: - Se ríe más contigo que conmigo.


Miriam le había soltado así, como quien no quiere la cosa pero con el alma fría. Y Laura no había sabido que cara poner. -Te explica más cosas a ti que a mí. -Que no, mujer… A Laura, pequeña victoria inesperada se le escapó una tímida sonrisa. Pero temía que Miriam continuase por aquel sinuoso camino. -Mientras ti estás en el hotel, yo no duermo. Pero también le fastidiaba tener que dar explicaciones. Que se las tuviesen Kim y ella, si tenían algún problema. Pero las encajó tal como iban viniendo, de pie, en el paseo de Gracia, a pocos pasos de la puerta del hotel. De entrada, Laura pensó que se habían encontrado por casualidad. Después entendió que Miriam, tan guapa, tan arreglada, la había ido a esperar. Lo decía todo con dignidad, pero disparaba con bala. La mujer de Kim – Laura se había dado cuenta al primer golpe de vista – no era de las que se dejan pisar. No era de las que se compadecen de su mala suerte. Al contrario, notaba en propia carne que Miriam era de las que, para bien o para mal, actúan. Quería ganar la guerra sin presentar batalla, como si esperase que el enemigo se batiese en retirada. Y todavía un reproche final. Todo el día, Laura arriba, Laura abajo, Laura esto Laura aquello. No hay día que no hable de ti – le dijo sin perder los estribos, de la manera que hacía todo Miriam, con elegancia.


En básquet, Laura habría pedido tiempo muerto. Pero en el día a día, no existe ese recurso de poner un dedo sobre la mano plana y mirar a la mesa de los anotadores para que alguien pare el reloj y tengamos un minuto de pausa para arreglar la escena que se nos atraviesa. Laura dejó la bicicleta debajo del porche y se sentó en una terraza de la plaza Mayor a tomarse una cerveza. Pidió un cigarrillo a unos muchachos que se reían en la mesa de al lado y, sacando el humo por la nariz, decidió. Las ideas, de entrada, fluyeron en desorden. Pero a medida que se fue serenando fue capaz de urdir un plan de actuación de su vida y tomó tres determinaciones. Primera. Que no le diría nada a Kim de la conversación que había tenido con Miriam. Segunda, que aunque ella le hubiese pedido que se fuese del Rafaeli y que la había invitado que se buscase un trabajo por el mundo, ella lo haría, pero no porque se lo hubiese pedido la Miriam, sino porque tal vez era lo mejor para todos. Tercera, no pensaba renunciar a su amistad con Kim, pero si que era prudente, hoy por hoy, poner tierra por medio. En una cosa si tenía razón Miriam: era innegable que a Paco le brillaban los ojos cuando hablaba con ella, que Elsa sentía una predilección especial por Laura que no la podía disimular y que, al final, todos los Ráfales perdían el culo cuando ella estaba cerca. Miriam le había dicho, pausadamente, pero con estas mismas palabras. Ella no había provocado nada de


todo esto, se defendió. La vida, los años, las circunstancias…Por lo que fuese, perdían el culo. Quizá sí. Pero era verdad que ella en medio de aquella familia también se sentía como si fuese una más. Y está claro que, hasta aquel momento ella nunca había calculado como se lo tomaría Miriam. Y no porque ella le hubiese pedido en aquella conversación delicada de cinco minutos, entonces podía intentar meterse en su piel y entender que los celos eran, a parte de hacer el ridículo como había dicho Miriam, un sentimiento desagradable. Con motivos o sin ellos, los celos, pensarse que el otro te la pega, o te la ha pegado o te la puede pegar, siempre duele. Y de pronto, sentada en la plaza porticada de su pueblo, recordando cada una de las frases dichas en el paseo de Gracia mientras veía pasar por delante toda la gente que le sonaba de cuando era pequeña, tomó una cuarta decisión, que tal vez era la primera y más irrevocable que todas. No huiría a la francesa, no montaría ningún pollo, pero le explicaría a Kim que dejaría el Rafaeli mañana mismo y que se instalaría en casa de Sira, su amiga del alma, que le había ofrecido una habitación. Y en cuanto encontrase una oportunidad de trabajo en el extranjero, se largaría. Tan lejos como pudiese de Barcelona. De todo esto, cuando volvió a casa de sus padres a la hora de comer, no dijo nada de nada. Aparcó la bicicleta hasta Dios sabe cuando, abrazó a Claudia y le dio un beso muy largo.


- No hay nada como el olorcillo de la verdura de casa, mamá. Paco se puso la americana, salió del despacho y se fue hasta el ascensor. -¿En qué estás pensando, papá? – le preguntó Elsa al verle pasar decidido. -¿Yo? – Pillado - ¿Qué no tienes trabajo tú? Cuando estuvo en el vestíbulo, buscó a Arsenio Rubio. En recepción – con un autocar de austriacos en pleno check-in, hacia rato que no sabían donde estaba. Ni los conserjes, ni los maleteros trabajando a destajo no le supieron dar razón. Lo encontró en el piano-bar, sentado en un taburete alto. A aquella hora del mediodía, justo antes de comer, nadie tocaba el piano y el señor Rubio tomaba un café de espaldas a la CNN. -¿Un café fuerte, Rubio? Paco le sorprendió con el código secreto que compartían. Por una vez, era el quien decia la contraseña. Arsenio Rubio la entendió, al instante, que el amo le pedía una conversación secreta. -Usted dirá, señor Ráfales. - Aquí no – Paco se estiró de la barbita para que Arsenio se diese cuenta de que en una mesita, una señora distinguida ojeaba El País – Vamos a la biblioteca. Arsenio, con la piel azulada de salud pese a su sesentona larga – se acabó el café de un sorbo que le escaldó el esófago. Puso la taza en su sitio y se puso


a andar detrás de Paco Ráfales. Parecía que le persiguiesen. - Entre – Abrió la puerta corredera de forja y cristal de la biblioteca de los libros de viajes – Aquí estaremos solos. - Empezamos haciendo trampas, poniendo nosotros, algún libro para rellenar y, ahora, mire… Con las dos manos abiertas, Arsenio mostró aquellas estanterías llenas de arriba abajo. Libros y más libros en una sala decorada al gusto de Elsa. Con alguna vela perfumada a punto para encenderla – La gente ahora ya lo sabe y deja ex profeso novelas para el hotel. O las dejan aquí, o hacen ver que se las olvidan en la habitación o las llevan ellos mismos a recepción. Que buena idea tuvo la señora María, el día en que pensó que teníamos que hacer una biblioteca con los libros que la gente iba dejando en la mesilla de noche. -No me haga la pelota. Deje a mi mujer en paz. Siéntese. -¿Y usted? –Notó que el amo no estaba para bromas. -Siéntese, Rubio. Yo estoy mejor de pie. Arsenio Rubio dejó caer su corpachón fuerte sobre un chester individual. No entendía por qué, de repente, el señor Ráfales estaba tan seco. - Arsenio, usted que sabe todo lo del hotel, me ha de ayudar. - Naturalmente.


Paco corrió la puerta hasta ajustarla del todo. Pesaba mucho pero resbalaba bien. Si alguien quería entrar en la biblioteca vería que estaba ocupada a través de los cristales y cejaría en su empeño. - Así no nos molestará nadie. - Perfecto – Tanto misterio le preocupaba. - Tampoco nos pueden grabar. Aquí no hay cámaras. - ¿En que puedo ayudarle? - Me tendría que aclarar, si es hoy mejor qjue mañana, quien ha hecho chantaje a mi hijo. - ¿A Kim? - Sí. A Kim, tengo algún otro? - ¿Pero que quiere decir con chantaje? - Mire, Rubio, le ham hecho llegar una foto con una señora entrando en la 218. Mo ponga esa cara. Es tal como se lo explico. - Pero… - Sí, ya lo se, ahora no vamos a juzgar a Kim. Recuerda, supongo, que un día, hace muchos años, un día que hicimos un café fuerte y usted me vio a explicar que mi hijo había llevado a una chica a su habitación. Bien, eso por lo que parece se ha ido repitiendo o lo ha hecho mas de una vez o no ha dejado nunca de hacerlo durante años…No me gusta, de acuerdo. ¿Pero que tiene que decir el resto de la gente? Es su vida, ya es mayor y para el va el pollo. La cuestión: alguien le ha hecho llegar un sobre anónimo solo con ua


foto dentro, el entrando en la habitación con una mujer. ¿Usted no sabe nada? - No. - I se le ocurre quien pude estar detrás? - No, no… - Con un hilo de voz. - Kim tiene una hipótesis – Hizo una larga pausa y volvió hacia atrás. De olvidaba un detalle importante. – Me parece que no se lo he dicho, Arsenio, que la foto que le han hecho llegar a mi hijo es una imagen congelada. Una foto fija sacada de nuestras grabaciones de las cámaras de seguridad. De la cámara de la segunda planta. - No me lo había dicho, no, tiene usted razón. - Usted, como primer ejecutivo del hotel, como el hombre que lo sabe todo, que entró en el hotel de grum y ha acabado siendo el… ¿Quién cree que ha podido tener acceso a esas imágenes? Espérese. No se precipite. No diga nada que todavía no le he explicado la hipótesis que sostiene mi hijo. Y tal vez no vaya mal encaminado. A ver como lo ve usted, Arsenio. Paco Ráfales se sentó en una butaca a juego con la del señor Rubio. No estaban cara a cara. Los dos intuían que, en una conversación como aquella, era mejor darle una escapatoria a la mirada. Con la experiencia de dos personas mayores. De dos hombres de negocios con mil y una conversaciones desagradables encima, sabían que los pensamientos tenían un punto de fuga. Paco empezó a desenrrollar el ovillo.


- Como usted sabe, porque nunca le hemos ocultado nada, mi hermano y yo estamos en negociaciones, en tratos muy avanzados, para vender los hoteles, el de aquí y el de Roma, a una gran cadena hotelera internacional. Bueno, Radisson, ya está al tanto. También sabe que, desde el primer día. Kim está luchando para que el hotel siga siendo independiente, para que se mantenga como es, tal y como lo hemos hecho con el esfuerzo de todos, y para que no cambie de nombre. Kim me da toda clase de argumentos para que esta venta, que ya está medio atada, no se acabe haciendo. Pues bien – se aclaró la garganta – el cree, y me gustaría pensar que se equivoca, que ha sido precisamente mi hermano, o Mina, la mujer de Vicente, que han querido asustarle diciéndole mira lo que sabemos de ti. O te estás quieto o te estropeamos el matrimonio. Es muy fuerte pero el está convencido de que es así. Yo le digo que solo es un presentimiento, a mi me cuesta mucho de creer y por eso está usted aquí. Y, ahora, amigo Rubio, solo déjeme hacerle dos preguntas. Mejor dicho, tres. Primera pregunta.¿Cree que mi hermano, o mi hermano y su mujer, puede estar detrás de ese sobre que ha recibido mi hijo? Usted me dirá, pregúnteselo a Vicente, que es su hermano. Sí, y tiene razón, pero primero quiero saber su opinión. Segunda pregunta. ¿Quién sospecha usted que les habría podido pasar esa fotografía comprometida de


Kim? Aquí, a parte de la familia, y usted que es como si lo fuese, se me ocurre que esto solo pueden ver en recepción, alguien del personal del hotel, que no se quien pueda ser, los de seguridad, claro está, y el registro de la policía. Y basta. Y la tercera pregunta. ¿Usted cree que Kim, que es un buen chico, que ha pasado por lo que ha pasado, que ha luchado por el hotel como nadie, que se puso las pilas para hacer el trabajo que hacían sus dos hermanos cuando nadie daba un duro por el, quizás ni yo mismo, se merece todo esto? Se lo merece, Kim, todo esto, Arsenio? - No. - ¿Cómo dice? - No… - No le oigo. Hable más alto. ¿Se lo merecía, Kim? Dígame… No le oigo, Arsenio. Arsenio balbuceó alguna cosa. -Hable claro. Míreme a la cara si tiene cojones. Arsenio Rubio se tapó el rostro con las dos manos y empezó a llorar. - Yo no… Paco se levantó instintivamente. Para imponer. - ¿Por qué lo ha hecho, Arsenio? Por qué… Lloriqueaba como un crío pequeño escondiendo el rostro entre las manos y la cabeza entre las piernas. En un dos por tres, las babas y las lágrimas de los nervios le resbalaban por las mejillas y le caían sobre la pernera.


Yo no… Per-do-ne-me--- Un hombre de sesenta y cinco años sollozando, en la biblioteca del coño de libros de viajeros – A mí… Me vino Mina... -Hija de puta – masculló Paco entre dientes. -Me dijo que… - Lloraba y hablaba y se sentía como un cordero degollado – Me cegué3, perdóneme… -Cálmese, Arsenio, por el amor de Dios, que no entiendo nada… ¿Qué le dijo mi cuñada? -Nada… -Nada, no. ¿Qué cojones le dijo. Cálmese, hostia… Paco se volvió a sentar, con una mano sobre la butaca de Arsenio, esperando que se calmase. Sin prisa. -Me dijo…Se sonó y se enjugó los ojos con el mismo pañuelo – Me vino, ya lo sabe, guapa como es, y me empezó a decir alguna cosa que yo no entendía. Me decía que yo estaba a punto de dejar el hotel, que yo tenía que vivir bien. Que tenía que vivir como ustedes habían vivido siempre. Que me han tenido aquí cerrado en el hotel, toda una vida trabajando de sol a sol por el negocio de la familia, y que mi mujer y yo nos merecíamos viajar e ir a buenos restaurantes y vivir como hemos visto que vivían los Ráfales. Un crucero, los mejores cigarros, viajes, coches, no se que mas me dijo, y yo sonreía y pensaba que dice esta mujer, y entonces ella me dijo que me quería dar unos cuantos miles de euros, y que solo tenía que hacer una cosa. Y yo… Veinte mil, me dijo. Una cosa


fácil. Dijo que no me costaría nada hacerlo y fue cuando me preguntó que sabía yo de la vida de Kim y… - Y decidió traicionar a mi hijo y echarlo todo a rodar. -Lo siento, señor Ráfales, lo siento mucho… - Me lo tenía que haber explicado a mi, Rubio, todo esto, ¿es que no se da cuenta? A mi, como ha hecho siempre. Y nos ha dado por el culo, pero bien dados por el culo… -Yo… -No diga nada más. – Serio como nunca - ¿Y usted que les explicó de la vida de Kim? -Nada. Le di la foto y… No pensaba que la fuesen a usar para eso. Le juro que yo no lo sabía. -¿Una sola foto? -… -¿Qué? Diga. ¿Solo tienen una? -Sí – dijo con todo el convencimiento que le quedaba. Paco volvió levantarse para subirse los pantalones y aprovechó para poner del derecho dos libros que tenían el lomo al revés. Hacía rato que le molestaban a los ojos. Sin darse cuenta de que los nervios le hacían ir de un lado para otro, se dejó caer en el chester y dio un resoplido que asustó a Arsenio. -La decepción es enorme, Rubio. Me siento traicionado. No le puedo decir ni como me siento. Cincuenta años de fidelidad, cincuenta años


trabajando en nuestra casa para acabar así… ¿Por cuánto dice, veinte mil euros? -Veinticuatro, en total. Si quiere… Paco Ráfales, que era muy largo, le entendió al instante. - No, no, confíteselos. Disfrútelos con Amparo o váyase de putas o haga lo que quiera… - Que manera de… - Volvió a arrancar a llorar – Me sabe muy mal. - Qué decepción, Rubio. Ha tenido toda nuestra confianza, toda una vida en el Rafaeli, y nos ha acabado dándonos por el culo a base de bien. Por veinticuatro mil euros de mierda…Si necesitaba dinero, habérmelos pedido. ¿Es que no le hemos dado siempre aquí todo lo que nos ha…? ¿Qué no le hemos tratado como a uno más de la familia, Rubio? - Si, si…al contrario - Acojonado – Ninguna queja. - ¿Y entonces? – Intentaba que no se le notase el disgusto en la voz – “Mina me dijo…”, “No pensé qué…”. Habría preferido que me hubiese metido mano en la caja. Si quería dinero, mejor robarlo que esto que ha hecho, Rubio. Nos ha matado. ¿Lo entiende, verdad, que nos ha matado? - Si quiere recojo mis cosas y me voy hoy mismo. Paco no le dijo ni que si ni que no a la poca dignidad que le quedaba a un señor Rubio, deshecho


delante suyo. Se lo quería pensar. Medio minuto, que se hizo eterno. -Lo haremos mejor, Arsenio. Tendrás que marcharte, sí, eso es una realidad. A no ser que Kim me lo pida, no te denunciaremos. Te jubilas, te vas con Amparo, lo le expliques nunca lo que has hecho, que se moriría del disgusto, pero no te queremos ver nunca más por aquí. Nunca más. ¿Entendido? - Entendido… - Pero antes, eso sí, tendrás que hacer un ultimo servicio al Rafaeli. - Lo que usted mande, señor Ráfales. Lo que usted mande lo repitió hasta tres veces Arsenio Rubio, con los ojos de la vergüenza cada vez más bajos. 22 Pídeme lo que quieras

Poca cosa. Bien poca. Un diploma. Dos litografías abstractas. Una mesa larga. Las mismas ocho sillas con reposabrazos de cuando abrieron el despacho después de aprobar las oposiciones y ganar la plaza en Barcelona. Y, encima de la mesa, a medio camino entre una cabecera y la otra, un bote con cinco bolígrafos bic, azules, sin tapón, a punto para una firma en cada página. Las salas de reuniones de los notarios. Así de austeras, así de tristes. Demasiado


impersonales para acordar cosas que marcan vidas enteras. A la hora en punto para dar fe de la compraventa en el despacho de Masoliver, Niklas Sorensen, consejero delegado de Radisson International, hombre con poderes para firmarlo todo, sacó un montón de papeles de la abultada cartera y los puso encima de la mesa. Su abogado, un rubio delgado por más de treinta maratones, miraba continuamente a los hermanos Ráfales y les sonreía con complicidad, con el nerviosismo de los abogados que van al notario y saben que no pueden decir trigo hasta que la Victoria, veintiocho años como pasante de la notaría, entró apresuradamente en la sala de reuniones, con la prisa de última hora que siempre tienen en estos lugares, y, en un inglés macarrónico, pidió a los cuatro si le podían dejar el DNI o los pasaportes. Sorensen, el abogado delgado y Vicente corrieron a desenfundar la cartera para dar la documentación. Paco hizo el gesto de meter la mano dentro de la americana pero la retiró. - Perdone un momento, Mister Sorensen. ¿Les importaría salir dos minutos de la sala? -¿Nosotros? – el abogado, sorprendido por la petición de Paco Ráfales. -¿Qué haces? – Vicente fusiló a su hermano con la mirada. - Será un momento. Discúlpenos. El consejero delegado, ya de pie, iba a recoger todo el papeleo.


-No se preocupe. No tocaremos nada. Puede dejarlo, que nosotros no… - En la sala de espera, si quieren, está mi mujer y mis hijos – dijo Vicente, nervioso, preocupado porque los suecos no se enfadasen – Tal como salen, a mano derecha. ¿Quieren que les acompañe? Sorensen y el abogado dejaron la sala de reuniones sin poner ninguna mala cara, ni hacer ningún gesto. Mina, Aldo y Mauro, cada uno con una revista en la mano, solo esperaban que se acabase todo para irlo a celebrar. Tenían mesa reservada para hacer una paella en la Barceloneta. En cuanto los hermanos Ráfales se quedaron solos, Paco desbrozó el camino. -Vicente, yo hoy no firmaré. -¿Qué quieres decir? -Ni hoy ni nunca. -Pero… - Entendió que no era ninguna broma. Con la cara, lo decía todo - ¿Pero que me estás diciendo? - Ya me has entendido. El Rafaeli no se vende, ni cambia de nombre ni pasa a ser de nadie. -Han venido hasta aquí… ¿Sabes quienes son? ¿Sabes cuanto dinero están dispuestos a pagar? Tenemos las escrituras y todo, a punto… - Vicente, me da lo mismo. - Es nuestra jubilación dorada, es la salvación del grupo… - No me importa lo más mínimo, ¿lo entiendes? - ¿Pero se puede saber que te pasa a t ahora? ¿Quién cojones te ha…


-Habéis ido demasiado lejos. -¿Lejos de qué? -Arsenio Rubio. Os habéis pasado. -¿El Rubio? No se que te ha explicado Rubio pero seguro que es un malentendido. Seguro. -No firmo y punto. No quiero hablar más. -¡Por Dios, Paco! Uno irritado, el otro impasible. Con las convicciones firmes. -Al final, Vicente, todo esto junto me ha hecho pensar que no quiero vender el hotel porque sería vender nuestra propia vida, la de padre, que lo fundó, la del jardín de mi querida María, la vida de mis hijos… El Rafaeli ya no es solo mío. Es un símbolo del paseo de Gracia, es la casa de nuestros clientes, algunos de los cuales, después de tantos años, ya han pasado a ser buenos amigos. Yo no quiero que cuando lleguen aquí se encuentren una franquicia que podría ser igual en Bergen que en Tel-Aviv, en Chicago que en Berlín. Quiero que cuando entren por nuestra puerta encuentren el aroma del tiempo, las notas del piano. Las sábanas de hilo y el jabón de magnolia. Y quiero que Kim y Elsa luchen para convertir el Rafaeli en el hotel con más encanto de Barcelona. - Pero todo eso, Paco, lo podemos mantener. Lo podemos tener por contrato… - Hay contratos, y tú lo sabes, que son certificados de defunción. - ¿Pero de que hablas, tu ahora?


- Te iba a decir, Vicente, que no te reconozco. Te iba a decir que no se como te has vuelto. Eres el mismo egoísta de siempre. - Paco, te arrepentirás. - Tú a la tuya. Envidioso como cuando éramos… - Ahora no jodamos, Paco, hostia. Cojamos la pasta, vendemos los hoteles y después ya hablaremos. Firma. Tu y yo nos arreglaremos, pero por lo que más quieras, firma. - No cambiaré de opinión. Está decidido. Kim tenía razón. ¿Por lo que mas quiero, me dices? Lo que más quiero es mi familia, la mía, la de verdad, la que me queda, Kim y Elsa, y por eso, y no solo por eso, y porque quiero al Rafaeli tan como es, no firmaré. - Pero ahora no puedes echarte atrás. Paco volvió a meterse la mano dentro de la americana, sacó un sobre alargado del bolsillo, y con un punto de misterio, lo dejó encima de la mesa. Vicente, lo cogió y lo abrió con prisas. - ¿Y esto? – No salió lo que pensaba que encontraría. - Cuatro billetes de avión. A tu nombre, al de Mina, Aldo y Mauro. Salís de aquí a dos horas. Por vuestras cosas no sufráis. He pedido – se auto corrigió – he mandado al señor Rubio que entrase en vuestras habitaciones, que lo recogiese todo, que os hiciese las maletas. Os está esperando aquí abajo, con la furgoneta del hotel en marcha, para llevaros hasta el aeropuerto.


- Te has vuelto loco, Paco. – Vicente, cuando se cabreaba, se le enrojecía el cuello. - ¿Sabes que ha significado para el Rafaeli, el Arsenio Rubio? – Se puso a hablar para el, como si Vicente hubiese desaparecido delante de el – Nunca pensé que se vendiese tan barato… - Esto todavía lo podemos arreglar. - Toda persona tiene un precio, supongo, pero no lo habría dicho nunca de el, precisamente… - Y todavía menos de ti, que para conseguir tu objetivo, estuvieses dispuesto a todo. - ¿Yo? - Incluso matar a Kim. - No se de que me hablas… - Y/a eres demasiado mayor para la comedia, Vicente. No te fichará ningún teatro. Ni aunque tengas ese vozarrón. – Paco se levantó y se subió los pantalones – De manera que ahora haremos una cosa. Yo me iré. Saldré de la sala y me iré. Tu te reúnes con los suecos, das la cara y les dices que no vendemos los hoteles. Gracias por el interés, gracias por todo, pero no vendemos. Le dices a Masoliver que no haremos la operación y, después, coges a tu mujer y a los chicos, subes al coche con Arsenio y no os quiero ver nunca más. Ni aquí ni en Roma. Nunca más. ¿entendido? - Paco, te arrepentirás toda la vida. - Para mi estás muerto. - Pero que barbaridades estás diciendo…


- Largaos antes que decidamos denunciaros, a los cuatro. - ¿Denunciarnos, encima? - Por extorsión. - Lo estás sacando todo de madre… - Adiós, Vicente. - ¿Qué quieres, Paco? – También se levantó – Pídeme lo que quieras y lo haré. - El hermano mayor volvió a dar un paso atrás. Haré que los abogados estudien como podemos deshacer el patrimonio. Tu a la tuya y nosotros a la nuestra. Así lo has querido. No hagas esperar a los del Radisson – Y ya, dándole la espalda – Los nórdicos son gente muy puntual. Kim ni tan solo se dio cuenta que se abria la puerta del ascensor y que salía alguien. - ¿Puedo pasar? Sentado en su mesa de despacho de la quinta planta, levantó la vista. - Sí, sí, claro. – Se sorprendió que fuese Laura ¿Has vuelto al Rafaeli? - He venido a verte, de visita. Ah, muy bien. – Kim no dejó de mirar los balances que se había hecho imprimir en papel para examinarlos con más detenimiento. Laura, sentada ante el, se calló. Era como si esperase que el médico le acabase de revisar el análisis de sangre. Habría sido un buen internista,


quizá, Kim. Un poco lento a la hora de interpretar los resultados, pensó Laura. - ¿Estás de mal humor? – empezaba a sentirse ignorada. - ¿Yo? No… - Hostia, Kim… - ¿Qué pasa? ¿No puedo? - Se te mota desde una hora lejos – No reprimió la satisfacción de haberlo adivinado. - Me conoces demasiado… No lo dijo con amabilidad. Kim se dio cuenta, dejó el subrayador amarillo sobre la mesa y levantó la barbilla. Se miraron. Por una vez, Laura le vio la preocupación en los ojos. Y, fuese lo que fuese, le quiso quitar hierro. - Un, dos, tres. ¿En que estás…? - No estoy para juegos, Laura, lo siento. - ¿Ves como si que estás de mala leche… El dijo que no con la cabeza. - Mi padre y mi tío están en el notario, con los del Radisson. ¿Qué quieres que te diga? - Ah, ¿es eso? - ¿Qué quieres decir? Claro que es eso. ¿Te parece poco? - ¿Pero al final se lo venden? - No lo se. Al final ya no se nada.- Respiró hondo – Padre tenía algo entre manos, pero ha ido… Y si no quiere firmar, no vas al notario… Laura se dio cuenta que Kim no estaba para bromas y ella no quería ser un solor de cabeza añadido.


- Te molestaré poco. Yo, de hecho… Te vengo a decir adiós. - ¿Adiós de que? - Me han ofrecido un trabajo, algo diferente. Y he dicho que si. - Caramba, Laura. ¿Un trabajo? Por lo menos tu tienes buenas noticias. - Es un curro muy lejos de aquí. - ¿Ah, sí? - No te lo creerás… - ¿En Londres? No me digas que vuelves a Londres. - No… - abrió mucho sus ojos verdes - ¿Has estado nunca en Australia? - No, No… - ¿Australia, capital? - Sydney. Moc. Camberra. Recibo un mail de la universidad de allá que necesitan una profesora de castellano para la facultad de traducción e interpretación. Y no se como han llegado hasta mí, pero ahora, en este momento, me apetece. - ¿En Australia? -De momento hasta final de curso – Ilusionada – No se mucho como van los cursos allá y las estaciones del año en las antípodas. De momento, seis meses, me han dicho. Después, si me gusta, ya veremos… Todo el mundo me dice que en un lugar cojonudo. -¿Estás segura, Laura?


-Sí. No. No lo se. Me parece que sí. Por edad, por la experiencia, es el momento de hacerlo, ¿no te parece? Total, que mi peca y yo nos vamos, las dos solas, a la otra punta del mundo. -Si te vas con la peca ya me quedo más tranquilo… Laura, después de darle vueltas, se decidió a decir la frase que había estado pensando del derecho y del revés. -Es ahora o nunca, Kim. No tengo hijos, no tengo pareja y no quiero depender nunca más de nadie que no sea yo misma. Kim no se quiso precipitar en la valoración. Miró a los ojos de Laura. Uno en las pupilas del otro. Se encontraban cómodos y se entendieron. -Esta es una buena decisión… -Pero… - Laura se dio cuenta que el doctor Ráfales dejaba el diagnóstico a medias. -Pero nada… Que este nunca suena demasiado a definitivo. No sabes nunca que pasará. No se puede decir nunca que este cura no es mi padre. Se rieron, por primera vez en el rato que estaban juntos. -En mi caso, si que te lo puedo decir y te lo puedo asegurar – remachó Laura. Kim fue capaz de salir de su problema y, por unos instantes, se puso en la piel de Laura. Le preguntó como se lo cogerían sus padres. Australia está muy lejos. Si ya costó que te fuesen a ver a Londres…


-¿Cómo quieres que se lo tomen? Mal. A mi madre le sabrá mal y mi ladre, como siempre, pensará en el. -¿Y? -Lo tengo claro. He decidido que ahora he de poner distancia de por medio. De todo y de todos – Laura cogió la muñeca de Kim - ¿Lo entiendes, verdad? -Sí, si, claro. -Uf…Este sí suena a venga va, vete, que hoy tengo la cabeza que me echa humo. -Que no, tía, te lo digo de verdad – Kim agachó la cabeza para darle un beso en la mano -¿Cuándo te vas? Me están acabando de mirar los vuelos y las combinaciones. Si todo va bien, el martes que viene. -¿El martes, ya? - No me podrás acompañar. Lo siento. -¿Por qué no? -Los martes tienes tenis. ¿Y eso es sagrado, no? Laura le soltó el brazo, y le fregó la mano tres veces, de los tres abrazos que le habría querido dar y se abstuvo. -Pues el lunes podemos hacer una cena de despedida. En nuestra casa. No has estado nunca todavía… -Kim, de verdad, no hace falta. -¿Por qué, mujer? -Porque no hace falta – Ni tan solo quería imaginarse la escena – No es necesario y punto.


Vicente sacó la cabeza en la sala de espera de la notaria, protegida por un tronco del Brasil más alto que el, y sin Mirar a Mina ni a sus hijos rugió: -¡Vámonos! Nadie entendió aquella maniobra precipitada. En la sala de reuniones, Sorensen y el abogado delgado de Radisson se quedaron mudos, con los contratos en la mano y los cheques con muchos ceros en la cartera. En la sala de espera, Aldo y Mauro recogieron las chaquetas de encima de las sillas y siguieron a su padre, que sacaba fuego por las muelas. Mina, asustada por un guión imprevisto, fue la última en salir de la notaría. Cuando ya estaban en la escalera y oían maldecir a Vicente en voz baja, la Victoria le persiguió con unos zapatos de tacón de aguja que no eran para correr. -¿Señor Ráfales? Señor Ráfales. Si DNI… No le dio ni las gracias. Volvió atrás, lo cogió con malos modos y se lo guardó en el bolsillo y continuó bajando los escalones relucientes como si le persiguiesen. Del primero al Principal lo hizo en dos zancadas. La Mina, Rómulo y remo, le seguían sin entender que había pasado. Arsenio les esperaba dentro de su Renault, con dos ruedas sobre la acera, en la puerta del notario. Cuando les vio salir, bajó del coche para abrirles la puerta, atemorizado. -¿Pero se puede saber que hacemos, papá? – Mauro fue el primero en preguntar.


-Volvemos a Roma. -¿Y el Radisson? – La Mina no entendía aquel mal humor y aquel súbito cambio de planes. - A la mierda el Radisson. A la mierda el Paco, el Kim y tus putas fotos. -¿Pero por qué volvemos a casa? – Aldo, gesticulando con las manos, como un romano indignado - ¿Y como volvemos a casa? -¿Y las maletas? – dijo Mina. Arsenio osó abrir la boca por primera vez. - Las tengo yo. Las llevo yo. Están todas en el maletero. - Vicente le miró con ojos drogados de rabia. - Tú, charlatán…Ya me puedes devolver los cincuenta mil euros. - ¿Qué quieres decir? – Mina pretendió interrogar a su marido. Empezaba a atar cabos. - Sube – Vicente le abrió la puerta de delante. Mina entró y se sentó, con el bolso entre las piernas. En cuanto arrancó el coche, Mina, porca miseria, empezó a arremeter a derecha y a izquierda con su temperamento de aceite de almendras amargas. Recibió Vicente por blando, Arsenio por traidor de mierda, Paco por tornadizo, Kim por pichafloja, Miriam por cornuda, y de nuevo, Vicente por pazguato, por haber dejado escapar la oportunidad de su vida, por no haber sabido jugar las cartas, por ser un burro de siete suelas, por ser un acomplejado con su hermano, por ser tan tonto de no saber poner


los cojones sobre la mesa, pero no será que no te lo he dicho veces, por… -¡Calla! Después de oírla decir palabrotas de todo y de todos y, especialmente de dejarle a el como un trapo sucio, Vicente fue contundente. Calla y no me toques más los huevos. Paco les sacaba de Barcelona y de sus vidas. No tenía ganas de hablar y menos aún de oír la desdichada idea que les había llevado a urdir una conspiración inútil que se les había vuelto en contra. Por quererlo todo, perderían lo que ya tenían dado por seguro. Sentado detrás del Arsenio Rubio, pierna con pierna con Mauro – el más pequeño siempre se ponía en medio – Vicente miraba por la ventana. Miraba pero no veía nada, ofuscado como estaba por el desenlace de la historia. Arsenio Rubio conducía en silencio. Ni tan solo se atrevía a mirar por el retrovisor, para no toparse con los ojos de ninguno de los tres Ráfales que volvían a Roma con la cola entre piernas. El, por unos euros cogidos en caliente, había perdido la cabeza, había perdido el trabajo y todavía le querían hacer sentir culpable… Y una mierda. Dentro del Renault, todos se tragaban su pena como podían. En tensión. En silencio. Cagandose en diez y en su madre. De repente, en una esquina del Ensanche, Mina tuvo un pronto. -Pare aquí.


-Pero… -Párese aquí momento, le digo – Abrió la puerta – Vuelvo enseguida. Mina, decidida, bajó del coche. Vicente y los chicos se preguntaban que coño había visto su madre. Arsenio no podía dejar de mirar los andares de la mujer melosa que, aún no sabía como, le había liado para que traicionase a Kim y destruyese toda una carrera impecable de fidelidad a los Ráfales y al Rafaeli. Escopeteada, con el bolso bajo el brazo, Mina pasó entre tres motos aparcadas en la acera y entró en una oficina de mensajería.MRW. Cuando volvió, cinco minutos después, Vicente la esperaba con una pregunta. -¿Se puede saber que has hecho ahora? -¿No me has dicho que me calle? – fue la manera de decirle a tu che cazzo te ne frega, imbécil de mierda. En el trayecto hasta la terminal de salidas internacionales nadie dijo nada más. Al cabo de tres horas, cuando Vicente y la familia volaban sobre el Mediterráneo, un repartidor con el uniforme de la empresa aparcaba su moto en el pasaje Mercader. Se sacó el casco y, con un sobre plastificado en las manos, entró en la tienda. Gris era un establecimiento muy elegante donde, quien tuviese dos reales, se gastaría uno y medio. Pero el


mensajero no se fijaba en estas cosas. Iba a hacer su trabajo. - ¿Miriam Mundi? - Soy yo. - Firme aquí. Cuando el mensajero se marchó, Miriam cogió las largas tijeras que siempre tenía cerca sobre el mostrador, a punto para envolver cualquier regalo. No esperaba ningún paquete. La curiosidad la apresuró a cortar el sobre grande, plastificado, de MRW. De dentro, salió otro sobre. Marronazo, de papel kraft, sin remitente. Lo abrió. Dentro no decía nada. Tan solo aparecieron unas fotografías. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete.

2016 LA FIESTA 23 Can I help you?

No conocía a nadie. Ni una sola cara. Ni la del portero que le ofreció una mano para que bajase del taxi que la había llevado hasta el paseo de Gracia. Ni la de los dos jóvenes maleteros que, al lado de la


gran vidriera de entrada se apuntalaban en el carrito enmoquetado para trajinar los equipajes. Cuando Laura – con un smoking de profundo escote – hubo pasado la puerta giratoria, le pareció que ponía los pies en un hotel nuevo. Pero entonces, que cosa más extraña, tuvo la sensación que nunca se había ido de aquel lugar. El aire era el mismo. La calidez de siempre, la que recordaba. En recepción, dos chicas que por la edad, hubiesen podido ser sus hijas, la miraban, y sin venir a cuento, la sonrieron y la recibieron con un how are you y can I help you con una predisposición ensayada. El Rafaeli era el Rafaeli pero – con un vistazo tuvo suficiente – se había rejuvenecido, había modernizado el personal, había cambiado el patronaje de la indumentaria, la ubicación del mostrador e incluso toda la iluminación del vestíbulo que, de pronto, le pareció más grande y más claro. De arriba del techo colgaban unas bombillas de diseño, sujetas por un largo cable de acero que se sostenía vete a saber como. Aquellos puntos de luz, gotas de colores, parecía que flotasen en el aire. - Hola, bien mirado… - Laura se dirigió a una de las chicas con traje de chaqueta gris perla y cuello Mao – si que me puede ayudar. - ¿Viene a la fiesta del señor Joaquín Ráfales? Intuyó la más rubia de las dos. - Sí.


- ¿Me puede decir su nombre, por favor? – le pidió mientras ponía una lista sobre el mostrador. - Soy Laura – Aparcó la confianza y se puso en plan oficial – Laura Altimira. - ¿Ha venido sola? Laura ni contestó. Se limitó a mirar teatralmente por encima de su hombro para asegurarse que no la había seguido ni su sombra… - La acompaño. – dijo la recepcionista después de poner una marca en una lista que ya estaba llena de crucecitas azules. - ¿Es una fiesta sorpresa, no? – preguntó Laura, un paso por detrás de la rubia de cabellos planchados. La recepcionista miró la hora en el iPhone que llevaba en el pecho, como un colgante cogido por una original cadena de clips. - Lo era, sí. Sorry to tell you. – Le abrió la puerta – Es aquí. Cuando entró en la sala con la timidez del que no sabe con que se va a encontrar allá, la vista se fue sola. Laura identificó a Kim al instante. Estaba tras el atril, solo, sobre un escenario improvisado, con un piano de cola sin interprete. Los invitados con una copa o un canapé en la mano, le escuchaban en silencio. Incluso los músicos – un cuarteto de jazz – habían dejado de tocar y estaba atentos al discurso de un hombre al que le faltaban pocos minutos para soplar un pastel con cincuenta velas. Era su momento. Con traje oscuro y corbata, impecable.


Hablaba con una mano en el bolsillo y la otra sobre el cinturón, con la americana medio abierta, con la seguridad del portavoz de la Casa Blanca. El tiempo solo había pasado en algún cabello gris, que visto de lejos, enharinaba la misma cabellera, limpia, vigorosa y enredada de cuando le había conocido en la facultad. Kim, que levanto ligeramente las cejas cuando la detectó, seguía teniendo cara de salud, con la piel tostada, tal vez por el sol del tenis. Kim hablaba sin vergüenza, con la alegría en los ojos, y con la seguridad de los que juegan en casa. Tantos años después, y Alex y Roger estaban siempre presentes. También hablo en nombre de Elsa, si digo que nosotros solo intentamos estar a la altura de nuestros hermanos. Hoy por hoy, tenemos noventa y siete habitaciones, con quince suites y tres apartamentos con piscina propia. Abajo, en la zona de aguas, una piscina cubierta que es una réplica de la de Mies van der Rohe en The Langham de Chicago. Todo esto sin perder la tradición y nuestros referentes. La biblioteca, como vosotros sabéis, continúa siendo un rincón muy querido por todos los de la casa. A pesar de la crisis, en los dos últimos años las ratios de ocupación han sido las mejores del hotel y esto nos sitúa entre… Y ya dejo de hablar del hotel porque veo la cara de Miriam queriéndome decir “esto hoy no toca”. Y, seguramente, ella que siempre sabe lo que tengo que decir y lo que toca hacer, tiene razón una vez


más. De manera que no me enrollo. Psadlo bien. Supongo que aunque no lo haya organizado yo, habrá comida y barra libre para todos. La insonorización de esta sala es perfecta y, si no lo es, lo comprobaremos esta noche y mañana ya nos quejaremos al arquitecto y nos ahorraremos de pagar la factura a los albañiles. De manera que, de nuevo, gracias a todos, especialmente a los que habéis venido de fuera y que supongo que ya deben haber hecho para que tengáis una habitación como Dios manda. Y todavía más agradecido a una persona, que ya veo desde aquí arriba y que justamente acaba de entrar, que me parece que, por suerte, se ha perdido mi discurso y que me hace mucha ilusión verla porque es de aquellas personas que todos tenemos, o deberíamos tener, porque dan sentido a la vida. La amistad debe ser eso: las ataduras invisibles con alguien que hace quince años que no has visto y es como si hubieses hablado anteayer. Bebed, comed, reíd, bailad, criticad a quien queráis y dejadme bajar porque le voy a dar un abrazo que nos debemos y nos merecemos. Y un beso de ida y vuelta. Kim dio dos pasos para salir del escenario y bajar a abrazar a Laura. Pero en aquel momento, con la precisión de una gala televisada, se apagaron las luces de la sala. Jana aprovechó para sentarse en el escabel del piano en el instante en que se abría la puerta de la cocina. Salió un cincuenta gigante con


números rojos y unas bengalas encendidas encima. Un foco iluminaba el pastel, otro se centraba en la cara de un anfitrión que por más muecas de asustadizo que puso, ya se esperaba la escena, más o menos. Jana empezó a tocar las primeras notas cuando vio aparecer el pastel que, lentamente, avanzaba arrastrado por Paco en una red y Víctor al otro lado del carro. Del fondo de la sala se oyó una voz fuerte, inesperada. A Kim le faltaban ojos para mirar a un lado y a otro. Diana Laborde, una de las grandes divas, le cantaba el happy birthday delante del los oh de admiración de todos los invitados. Es la Laborde, se decían unos a otros. Que vozarrón, todavía. ¿Cuántos años debe tener? ¿Has visto la túnica, con toda esta pedrería? Esto ha de valer… Ahora sí, habían conseguido sorprenderle. Y emocionarle. Kim abrazó a su hijo, le guiñó el ojo a la pianista – que se volvió, orgullosa de la familia – y dio dos besos a su padre. A Paco le brillaban los ojos. Le había salido bien la jugada. La Laborde, que ya solo cantana cuatro conciertos benéficos al año y que hacía alguna temporadas que no representaba óperas por el mundo, se lo había arreglado para estar en la fiesta de Kim tan solo por un motivo. Paco se lo había pedido. El uno y la otra estaban ya en la edad en que te mueves por ilusiones. A menudo más por las de los que te rodean que por las propias. Y Paco Ráfales y Diana Laborde – cada uno arrastraba sus éxitos y sus


muertos con tanta dignidad como podían – ya se miraban los escaparates de las tiendas de bastones. Jana y Víctor se acercaron a Kim para ayudarle a soplar las velas. El padre le cogió por la espalda, uno a cada lado. - Retírate las greñas, que te quemarás. - Ay, papá… - Víctor, harto que cualquier excusa valía para meterse con su mata e pelo. - Cierra los ojos, papá. Un deseo. – Jana, con el móvil en la mano, aprovechó para hacer una selfie del momento. Kim pidió a su padre y a Diana Laborde que se acercasen para la fotografía. Jana, sin comple3jos, volvió a largar el brazo para encuadrar el auto retrato del grupo. - Miriam, ¿Dónde estás? Sube tu también… - Kim la buscó con la mirada – Y un aplauso para ella que me huelo que entre ella y Elsa, son las que han montado toda esta fiesta de hoy. Miriam no se hizo rogar. En su papel, con la elegancia que todo el mundo le reconocía, subió al escenario y, delante del piano, se puso entre Jana y Víctor Ráfales. A su lado, el Ráfales protagonista. Y, en la punta, Paco Ráfales. Diana Laborde, como en su carrera musical, se había sabido retirar a tiempo. La fotografía era para la familia. Dos camareros se llevaron el pastel. Mientras lo cortaban y lo servían, Kim bajó a buscar a Laura, que hablaba animadamente con Elsa. La media melena, un poco ondulada, con las puntas más


claras, que le iluminaban la cara, contrastaba con el negro del smoking. -Laura, que ilusión que hayas venido… -Hombre, no podía faltar. Se dieron dos besos, como si se hubiesen visto anteayer. -¿Qué? -¿Qué? – contestó, mas fuerte, Kim. -¿Qué tú? -¿Qué de qué? -¿En que estás pensando? Se rieron y, entonces si, se abrazaron. Se apretaron con fuerza y no se soltaron del todo. -Cuanto tiempo, Kim, tío. -Ya no lo debíamos un abrazo así… -¿Ahora eres el señor Ráfales, tu? -¿Por los cincuenta, lo dices? - No, en el hotel. - Sí. Tú también debes estar a punto de… ¿En febrero, no? -Ha sido entrar y todos el señor Joaquín arriba, el señor Joaquín abajo… ¿Dónde está Kim? - Estoy aquí, caramba. -Me voy cinco minutos a Australia y te has convertido en un señor… -¿Pero que dices? Tú estás igual…Los mismos ojos, la misma peca…El cabello, ¿no lo llevabas asi, verdad? -¿Qué, buscando defectos?


Volvieron a reírse. Y no se abstuvieron de un privilegio que solo se puede practicar en el mundo de los vivos: mirarse a los ojos. Pero enseguida, tiraron de Kim por el brazo. No se quien quería no se qué. Los anfitriones, en las fiestas, están demasiado solicitados. - ¿No te vuelvas a marchar, eh? Le dijo Kim mientras se lo llevaban. - Sí. Hasta dentro de quince años – gritó laura para asegurase que la oía. Un camarero, con una bandeja llena de copas de cava, se le plantó delante. En cuanto cogió una, le tocaron por la espalda. -¿Laura? Se volvió. Era Miriam Mundi. -Qué bien que hayas venido. -Miriam, que tal… Se dieron dos besos – Mujer, me hizo ilusión que me invitases. Y que me invitases tú… -Kim no se habría atrevido. Le conozco demasiado y habría dicho si la convidas se verá obligada a venir de Australia, pro supuse que le haría mucha gracia. Y seguro que se la ha hecho… -Sí, sí, ahora le he visto. – Laura estaba incómoda, a pesar de que se había imaginado aquel momento en las turbulencias del cielo de Singapur – A mi también me gusta estar hoy aquí. Gracias, Miriam. -De nada, mujer… Para Kim siempre has sido una amiga muy especial.


-Laura agradeció que Miriam – vestido color vino de seda drapeada – hubiese dicho aquellas palabras sin un punto de ironía. Una frase meramente descriptiva. Y acertada. -Jana y Víctor son majísimos. Les he visto con el pastel y no me podía creer que fuesen ellos. Si ya no tienes a dos niños en casa… -Lo hemos hecho bien, sí. No es fácil… ¿Tú…? – no osó. -¿Hijos? ¿Yo? Laura no tuvo tiempo de contestar porque un hombre alto, fuerte con la seguridad que le daba la cuenta corriente y la corbata, se acercó con la boca llena y le dio un beso en la mejilla a Miriam. -Perdona, Laura… Te presento a mi marido. -Ah, mucho gusto. Laura le alargó la mano. El engullendo con prisa la mini quiche Lorraine, le dio dos besos. -Laura, Cristian. Cristian, Laura… Laura le notó una sonrisa cómplice, de no sabía qué, pero no le dio importancia porque aquel hombre rocoso, tal como llegó se marchó. -¿No jugabas a básquet, tú, Laura? -Uf, hablas de mil años… -Tal vez le conozcas… - Señaló a su marido con la servilleta de papel – Es el Cristian Iglesias, de la Peña. Jugaba de base… -¿De que Peña?


-Del Juventud de Badalona, mujer…El Crisi Iglesias, el Crisi. Según el tenía la mejor muñeca desde los cinco metros de toda la Liga. -¿Es el Crisi? ¿Te has casado con el Crisi? No me lo puedo creer… -¿Te suena? – gratamente sorprendida. -¡Y tanto! – No tenía ni la más remota idea de quien era. Ni lo había oído nombrar nunca. Miriam, que nunca se saltaba ningún capítulo de un libro, vio que la cronología de su historia requería una explicación. -¿Sabía, verdad, que Kim y yo nos separamos? -Sí, sí, claro. Me lo dijo el en un mail. No te creas que tardó en decírmelo. Tal vez un año, Cuando ya vivía en… -En la calle Inmaculada, vive. Me escribió para darme el cambio de dirección, que si no… -Ahora vive por encima de la plaza de la Bonanova. ¿Sabes donde están los Escolapios de Sarriá? -Ni idea, Miriam. Hace tanto tiempo que no venía por aquí… -No te preocupes. Dile que te lleve, que te lo enseñará con mucho gusto. Laura vio venir, de golpe, que la cortesía de Miriam se iba diluyendo en la conversación y, antes de que la cordialidad se convirtiese en un limon exprimido, antes de que llegase una frase que no quería oír, antes de que una conversación corta, de


pie, derivase en una batalla de infantería, antes de que se escapase una recriminación en medio del escándalo de la fiesta, antes de que la exmujer de Kim – tan elegante como siempre, con aquellos brazaletes anchos – le lanzase un reproche que no merecía, antes de que pudiese pensar que un viaje de quince años y veinte horas no había valido la pena, encontró la excusa precisa. -Voy a saludar a Paco. Caramba, ¿como se conserva tu suegro, eh? -Este si que es un pedazo de pan. -Miriam, déjame decirte una cosa… - Laura le tocó la seda arrugada de la cintura – Es muy bonito, este vestido. -¿Ah, sí? Muchas gracias. Miriam ya lo sabía. Se lo había comprado con toda la intención para la fiesta de los cincuenta años de su exmarido. Se había probado dos mil. Se los había mirado del derecho y del revés, y no eligió exactamente aquel hasta que, delante del espejo, cuando vio como le quedaba aquel vestido de seda drapeada, pegado al cuerpo y sin mangas, le dijo a la dependienta la frase que le salió de dentro: Es un vestido de todo esto que te pierdes. 24 Cada palabra tiene su perfume


En el escenario montado para la ocasión en la terraza-jardín del Rafaeli, los cinco músicos del cuarteto de jazz enfundaban los instrumentos sin prisa. Un banjo para zurdos, un saxo, un clarinete y un contrabajo que se toca a dos manos pero que se necesitan cuatro para guardarlo. En aquella actuación especial del Quartet Miles, les había acompañado la Dora Parker, la cantante de ojos de tigre y voz aterciopelada acostumbrada a recibir elogios y miradas carnales en cualquier escenario. Acabada la fiesta, la noche bajaba de intensidad. Con la luz más tenue del jardín y con el rumor de las últimas palabras, el anfitrión se despedía de los invitados más troneras o de los que aprovechaban – barra libre, bendita expresión – la última copa de balde. Laura, dispuesta a aguantar hasta que no quedase nadie, le gustó ver desde una distancia de respeto, con que veneración Kim le daba las buenas noches a su padre. Un solo beso explica muchas cosas. Ella esperó su turno para despedirse de Paco Ráfales e insistir que le encontraba muy pincho y que le había agradado mucho verle y saludarle y tener la conversación que habían mantenido. Durante la fiesta habían hablado bastante rato, sentados en dos sillas, lejos de la música. La vista de Laura se iba hacia las cejas blancas, recortadas del señor Ráfales, convertido en un abuelo presumido que, para mantener la dignidad, cada mañana se acercaba al espejo para atusarse el pelo


personalmente. Paco tenía otra costumbre que, con los años, se había convertido en un vicio: no hablaba nunca de el. Escuchaba. Como buen hotelero, aguzaba el oído, callaba y, aunque había oído cosas de todos los colores, nunca juzgaba a nadie. Era un good listener, le había dicho un día Diana Laborde, y Paco se había enorgullecido con aquellas palabras que le parecieron una flor. Le costaba hablar de el y, entonces, con la soprano cerca, todavía más. Mientras la diva recibía felicitaciones entusiastas de los invitados más melómanos – incluso le besaban la mano, a la antigua – Laura aprovechaba para hablar con el padre de Kim. Paco, más encogido, con una corbata elegida en Santa Eulalia para la ocasión, y con una mirada que aun inspiraba respeto, hablaba con la voz más grave, con más pausas pero con el mismo determinismo que la última vez que le había visto. Y lo decía todo con franqueza. Le quiso demostrar a Laura, la gran ilusión que le hacía reencontrarse con ella, le confesó que siempre que siempre le había gustado verla cerca de Kim porque con ella, Kim siempre estaba alegra, incluso en los años en que en el Rafaeli no se reía demasiado. Y, entonces, Paco Ráfales desembocó en su tema. El único. El hotel. Le preguntó si se había percatado de los cambios que habían hecho. La fachada limpia, iluminada con menos castaña de luz pero más elegante. Una redecoración de toda la planta baja, del hall, de la recepción, de la conserjería, el ascensor nuevo. Solo habían dos cosas que Elsa, que


se había encargado de dibujar y estar al frente de las obras, había querido conservar de todas todas. La biblioteca de libros de viajes y la terraza del jardín de la madre. -No se si has estado nunca… -Sí, sí. ¿Arriba, verdad? Una vez me la enseñó Kim. Recuerdo un olor… ¿a qué? ¿Puede ser que fuese jazmín, en invierno? Y, entonces, de repente, sin que viniese a cuento, de la manera como pasan las cosas de la vida, como un latigazo, Paco la descolocó con una sola pregunta. Directa. -¿Eres feliz, Laura? Laura respondió automáticamente, sin pensarlo. Dijo que sí, que y tanto, que estaba contenta de cómo le iba todo. Pero se dio cuenta que nunca se había planteado la vida en esos términos. Había vivido en dos hemisferios, había pasado por medio mundo, arrastraba casi cincuenta años de experiencias, había nacido en Banyoles, había vivido en Barcelona y en Londres, y tantos años en Camberra que le parecían media vida, había conocido a mucha gente interesante, había convivido con unos cuantos hombres, había reído más que había llorado, aún no le pesaba el paso del tiempo, solo había entrado en un quirófano por un tendón de Aquiles, había pensado que tendría hijos, pero cuando renunció, ya no le dio más importancia, había visto como la valoraban por su trabajo, había traducido conversaciones confidenciales que habrían


sido portada de los periódicos de medio mundo, había trabajado con la intermitencia de ls autónomos, que tan pronto no hay trabajo, y de repente de llega todo de golpe y no te la sacas de encima ni para morirse, había vivido la vida universitaria como estudiante y como profesora hasta llegar a catedrática de una plaza que estaba a punto de caer y, en una lado y en el otro se había sentido muy a gusto. Ah, y había comido siempre de todo y sin privarse nunca de nada; estaba orgullosa de tener controlada la fórmula del índice de masa corporal. ¿Qué más quieres, Laura?, se preguntaba en las horas bajas. Pero… ¿Feliz? Dicho así, con la palabra sagrada? Ella había hecho su camino, siempre adelante, sin quejas ni demasiados esfuerzos, en paz con ella misma como solía repetir cuando hablaba con alguna amiga con un te delante, que consideraba que era uno de los placeres de la vida que no se valoraba lo suficiente. Laura estaba orgullosa de no deber emociones a nadie, de no haber dejado nunca nada por decir, de haber vuelto justo a casa para despedirse de su padre y estar al lado de su madre durante el entierro y en los días gélidos de vaciar armarios. Y día que pasa, año que le sigue. No, quizá esta tampoco era la expresión justa. Se quedaba corta. Por otra parte, ya que Paco la obligaba a hacer balance, tal vez si que los ideales se habían ido acomodando, como si los años fuesen un factor de corrección imparable. Pero poner nota a la felicidad – un seis, tal vez un siete y medio – lo


dejaba para los test de las revistas de las peluquerías de Banyoles. A Paco, dicho y hecho, prefirió decirle que sí, que y tanto, que estaba contenta de cómo le iba todo. Laura abrazó al señor Ráfales como lo habría hecho con su padre, le dio dos besos, y el amo del Rafaeli, satisfecho, se fue xino-xano hasta el ascensor. Le acompañaban, si quieres como si no quieres, Elsa y su marido – Miguel Angulo – y dos chicos gemelos que, muertos de sueño como estaban, les hacían partirse de risa. Angulo que había tenido un golpe de suerte con una aplicación para teléfonos móviles para hervir la pasta al dente, llevaba a cada uno de sus hijos abrazados a una pernera de los pantalones. Cada paso que hacía arrastraba uno, ahora Joel, ahora Axel. Elsa, radiante con un palabra de honor rojo, de Dior, había dicho a Laura, durante la fiesta que haber tenido los hijos era lo mejor que le había pasado por años que viviese, que esperaba que fuesen muchos. Esperaban que fuesen muchos, sí. En esto coincidieron. Miriam, siempre en su papel, también adivinó el momento que tenía que desaparecer. Víctor y Jana, que habían esquivado los cristales de una copa rota, esperaban a su madre en la puerta que les devolvía al vestíbulo. -¿Ha estado bien, verdad?


-¿La fiesta? – Laura, confundida, puso sus cinco sentidos para entenderlo – Perfecta, Miriam. A ti no se te escapa nada. -Mujer… - Se lo habían dado digerido – Una cosa si que se me escapó. Pero ya hace mucho tiempo y ya ha caducado. Laura se preocupó. Miriam, flis-flas, la había dejado sin palabras. -Kim…Ha estado contento hoy, si… -Me parece que si, pero nunca sabes lo bastante, con Kim. Tiene un problema de retención de emociones como todos los Ráfales. Me temo que Víctor va por el mismo camino…Es como su padre. -La caricatura que ha hecho Víctor… Muy chula. -Pues no se la quería dar, tu. Me decía que le daba vergüenza ¿Aquí? ¿Delante de todos? Que no se que tonterías… Laura miró al suelo para armarse de valor. -Gracias Miriam, por insistir que viniese. -Solo faltaría. Tú, hoy tenías que estar. No tenía sentido que no… - Tal vez sí, pero invitarme, decirme que viniese, decirme lo que me dijiste de Kim…Tu mail me hizo pensar y me ayudó a tomar la decisión. -¿No te volverás a Australia? Laura cerró los párpados y movió suavemente la cabeza. Iba a decir una cosa y se encontró explicando otra. -No lo se. Ya me he movido lo suficiente, me parece. Pero tampoco puedo decir que haya venido


para quedarme. Tengo cara en Camberra, un buen trabajo y alguna perspectiva como para dejarlo correr después de tanto luchar. -¿Te puedo decir una cosa? -Y tanto, claro que si… Laura se quedó de piedra. -Que tengas mucha suerte. Mucha suerte – y puso la mejilla para darle dos besos, fríos, de cortesía – Me voy, que loa niños me esperan. -Y tanto, y tanto… - Y se quedó plantada, con aquel mucha suerte, irónico, con segundas, dentro de su cabeza. Los músicos con la generosa propina dentro de un sobre, también se iban. Pero la música había quedado apilada con el resto de regalos. Todos habían tenido que traer un CD con la música de su vida. Era la condición para que los invitados no se tuvieran que gastar una morterada para un regalo de cincuenta años a un hombre que ya debía tener de todo y, que si no lo tenía, se lo podía comprar. Asi y todo, hubo quien desobedeció las instrucciones estrictas de Elsa y Miriam o no se enteró o le pareció que era demasiado poca cosa presentarse en el Rafaeli, trajeados de fiesta, con un simple disco compacto para Kim. Ni con cincuenta años más podré escuchar toda esta música. – Kim revolvió los discos cuando se quedó a solas con Laura. Los pasaba de un montón a otro. Los miraba pero no veía nada. Unos motetes de Palestrina, las suites para cello de Bach, dos discos


de Leonard Cohen, el concierto del Llach en el camp Nou, Pink Floyd, Orfeo y Eurídice, El Nick Cave, unos éxitos de Julio Iglesias, la Céline Dion, A child is born, del Bernat Vivancos, el Paolo Conte, Brothers in arms de los Dire Straits y Supertramp, y la Nina Simone y el Pep Sala y el Idilio de Sigfrido, y el Frank Sinatra, y Aznavour, y el Réquiem de Brahms y unas canciones de amor búlgaras y Elton John y el Savall y La Bohème y dos discos de gregorianos y uno de la Silvia Pérez Cruz y… Miriam tuvo una buena idea.¿Esto de que todos regalen su música preferida es original, ¿no crees? -Se nota que te quiere. -La Laborde que enrollada que es esta mujer, me ha traído un registro pirata de una Tosca suya en la Scala. Pero la elección de todos es muy pensada. Y la variedad es muy curiosa. Cada uno se emociona con una música diferente. -Dice mucho de cada uno, sí, - Laura le cogió el disco de Edith Piaf que Kim estaba a punto de pasar de un lado a otro – Mira este es buenísimo. “Allez, venez, Milord. Vous asseoir a ma table. Il fait froid dehors…” -Y te ha traído a ti, Miriam, que eres el major regalo. Laura dejó de canturrear. -Sí, eso tiene mérito. -¿Qué hayas venido desde Sydney? -No, si, también… Vivo en Camberra, da lo mismo.


-Estoy muy contento – La noche, momento de confidencias – Supongo que me lo notas. -El mérito, quiero decir… - se puso nerviosa – Me refería que sea ella la que me ha invitado. Un señor detalle. De todas maneras, permíteme que te lo diga; El mejor regalo no soy yo. Laura cogió la lámina, enmarcada que se apoyaba a los pies del atril, al lado del montón de discos. La levantó y la miró. -Es una caricatura magnífica. Ha ce reír mucho. -La ha hecho Víctor, mi… -Ya lo se. Ya le he visto. Ya había llegado yo…He visto como te lo regalaba. Y he visto como le brillaban los ojos mientras rompias el papel de envoltorio y lo que te ha dicho mientras lo desenvolvías… -¿Lo has oído? – incrédulo. -Eres el mejor padre del mundo. Sí o no? -¿Lo has oído? -Los interpretes somos muy buenos leyendo los labios. Eres el mejor padre del mundo, te quiero, te ha dicho. -Me ha hecho ilusión, sí… - Con el marco en las manos y los ojos empañados – Es que… ¿Lo has visto o no? Me ha dibujado favorecido, pero yo no tengo esta napia, ¿verdad? Me gusta tener el hotel detrás, todo junto… Me encanta. -¿Sabes que he pensado? Encuentro que esta traza para el dibujp debe ser una cosa genética. En la facultas tu dibujabas de fábula. No parabas. Todo el


dia haciendo caricaturas…Aquellos dibujos puercos, con las profesoras desnudas. Me parece que guardo alguno. Con tanta mudanza arriba y abajo ya no sabría donde encontrarlos. Pero si me pongo, tal vez aun salgan… -¿Recuerdas aquel día que me pescaron y me tragué el papel? -Te fue de un pelo. ¿Cómo se llamaba la profe aquella de las tetas grandes y los collarcitos? Laura se recolocó el smoking. La blonda de abajo ya no sacaba ni las puntas, e instintivamente se arregló el escote. Kim, con cuidado, volvió a dejar la caricatura en el suelo. -Víctor está muy guapo… -Y tu hija también, Kim…Jana es guapísima. Dentro de unos años hará tronar y llover. -¿Qué dices de aquí a unos años? Ya hace tiempo que voy con una ametralladora a punto para el primero que se le averque… Un maletero joven con ganas que le hiciesen fijo, les interrumpió con una posecilla prudente. -Perdone, señor Joaquín. Me han dicho que viniese. -¿Aquí? – No sabía de que iba la cosa. -Por los regalos, me han dicho… -Sí, gracias. Coge una carretilla y súbemelos todos arriba, al despacho. -Vigila si entre los papeles no tiremos nada que… -Los cedes también? -Sí, sí, todo, gracias. -Ya lo podrá escuchar, usted, todo esto?


-Con paciencia, tal vez sí… - Se rió. Por la desvergüenza de un chaval de pelo rizado. -La música, señor Joaquín, es un lenguaje que tenemos para comunicarnos con el más allá. -¿Y tu como lo sabes? -Yo no. Schumann. Mi padre toca el violín en la OBC y colecciona frases de música. Dice que cuando ya no tenemos nada, solo nos queda la música. -Gracias. Subeo arriba. ¿Tienes la llave del despacho? El maletero le enseñó la llave maestra que llevaba encadenada al cinturón mientras iba a buscar la carretilla. Laura abrió mucho los ojos, mirando a Kim. -Como suben, chico… -¿Te puedo decir una cosa? – Kim se aseguro, muy bajito, de que los camareros que retiraban platos y copas no le oyesen – Una fiesta de cincuenta años es como un entierro en vida… -Si, hombre…Pero si está muy bien una fiesta así. – Laura puso las dos manos sobre los hombros de Kim – Como mínimo te traen las flores cuando aún estás. Incomprendido, dejó caer la frente hasta descansarla sobre la frente de Laura. Lo mantuvieron cinco segundo que les parecieron tres años. Nuna habían hecho este gesto, pero de repente, se sentían como en casa. Estaban bien, tan bien, cabeza con cabeza, tan tranquilos, tan descansados, tan cerca, que Kim se asustó y todo. Discretamente,


optó por retirarse como quien no ha hecho nada y volvió sobre el tema. Quizás con tantas copas, se le había encallado una idea. -¿Sabes en que más se parece, Laura, una fiesta sorpresa y tu propio funeral? -Ay, tío, por favor… - Ella también le quitó las manos de encima. -Que hay gente que viene de corazón, hay gente que te dice cosas bonitas… Cada palabra tiene su perfume, de acuerdo. Pero también los hay que vienen por compromiso, o por quedar bien o… Se les nota de tres horas lejos. -¿Y que? Han venido y se lo han pasado bien, hombre, y han estado a tu lado. Pues ya está… -Pero… -Kim, tu no pasarás lista en tu funeral… - Le riñó pero, al instante, se rió por lo que acababa de decir – Ni yo tampoco, en el mío. No estaremos para muchas alegrías en ese momento. -Seguro que no. – Y sonrió. -La muerte nos recuerda que hemos de vivir – Laura le pellizco la barbilla. Kim se aflojó la corbata y se desabrochó con dos dedos, el botón del cuello. Se habría sacado la americana pero no quiso que Laura viese que su camisa, de tan mojada, se hubiese podido escurrir. -Me sabe mal que hoy no haya podido estar mucho por ti… -Solo faltaría, Kim, tío.


-Había tanta gente… Y caras que hacía, uf, que no veía… -Tenemos dís para vernos, no te preocupes. -¿Mañana? – decidido, ilusionado como si acabase de cumplir veinte. -¿Mañana qué? -Quedemos mañana. Nos tenemos que poner al día uno y otro. Te paso a buscar, vamos a dar una vuelta y, si quieres, después cenamos donde te haga gracia… -¿Sabes que me gustaría? Me apetece mucho pasear por el barrio Gótico. Hace tanto tiempo que no… -Eso está hecho. Laura le pasó una mano por la mejilla. Y en la otra estampó un ruidoso beso de buenas noches. -Venga, señor de cincuenta, que te costará dormir hoy con tantas emociones… -¿Y tú? -¿Yo qué? -¿Duermes en el Rafaeli? -No… de pronto, Laura se dio cuenta que levantando la ceja de los enigmas, podía jugar con Kim – No, no, esta vez no. -¿Dónde estás esta noche? -Ey, ¿pero que te pasa? ¿Es que lo tienes que saber todo, tú, controlador aéreo? 25 Como un homenaje mudo


Un manojo de nervios. Laura lo negó. ¿Por qué tenía que estar nerviosa por pasar un sábado con Kim? -No tiene ningún sentido, esto, Sira. Si nos conocemos de toda la vida… Pro Sira insistió que su ojo clínico no acostumbraba a equivocarse y que veía a su amiga, siempre con la procesión por dentro, nerviosa como cuando rondaban los diez y nueve y tenía una cita de tarde. Lo notó por la excitación a la hora de levantarse, por la manera de prepararse el te y, sobretodo, por la forma que tenía de ir sacando ropa de su maleta e irla descartando. Nada le pareciía suficientemente bueno. O demasiado recatado, o demasiado insinuante, o demasiado corto o demasiado largo, o demasiado cursi o demasiado oscuro o demasiado… De repente, arrodillada en la habitación de invitados del piso de Sira – doctora Vilanova, jefa del servicio de ginecología y obstetricia de la clínica Corachan – tomo la decisión. Cogió los últimos tejanos que se había comprado en Australia y se los probó delante del espejo. Una vez dentro, después de tres o cuatro saltitos con los pies juntos, pidió una segunda opinión. -Te hacen un buen culo. – La doctora Vilanova, fuera de la consulta, sabía dar el diagnóstico que el paciente necesitaba oír. -¿Estás segura?


-Tú y yo nos diremos siempre la verdad, hasta donde sea soportable. Preocupada por la estrechez de los tejanos, mirándose de un lado y del otro, Laura ni tan solo había oído el pacto que le había propuesto su amiga. -¿Me puedes dejar una camisa? ¿Tienes alguna blanca? Removieron el armario de Sira, como si todavía estuvieron en el piso de estudiantes. Allá adentro se podía removerlo todo con comodidad. Había espacio de sobras. Desde el día que metió toda la ropa del Raúl en dos maletas y le echó de su casa, y le envió a que se fuese a vivir con la putita del despacho con la cual había descubierto unas fotos marranas en el móvil, le sobraban colgadores en el armario-espejo de la habitación de matrimonio. Laura no tardó en encontrar lo que buscaba. Una camisa vlanca, elegante, de un color crudo roto, con cuello de solapa recortada pero sin mangas. Por delante, se la podía abotonar todo lo que conviniese. La espalda, en cambio, quedaba tapada por arriba y más abierta por abajo hasta dejarle a la vista, un triángulo equilátero sobre las lumbares. Era la gracia de una camisola que caía hasta las caderas. Una blusa evasée, que no tiraba por ninguna parte. -Que envidia. Tienes los mismos hombros perfectos de cuando hacías de entrenadora en la facultad… - Que más quisiera yo… - Laura se miró de arriba abajo. Súbitamente los nervios habían desaparecido.


Le encantó la combinación. No le gustó tanto la edad que reflejaba el espejo – Uf…¿Cuántos años nos quedan, todavía, doctora, para estar follables? Sira Vilanova se rió para no llorar pero intentó mantener la moral alta: -Los que quieras, nos quedan. Piensa que ellos están siempre a punto. Cuando Kim llamó al timbre del ático de las Corts de la Sira, Laura aún se estaba calzando. Se puso las que ella llamaba vambas de astronauta. Bajas, plateadas, con un encofinado de fantasía de las que se enamoró en cuanto las vio en un aparador del centro de Camberra. -Hola, Kim, soy Sira… - habló por el auricular el interfono – Laura baja enseguida. Dos minutos. Fueron diez. Kim que también se había mirado más que cualquier otro sábado, se había puesto una americana de hilo sobre una camisa azul, de muestra pequeña. Cuando vio salir a Laura, bajó del coche para darla dos besos. -Estás guapísima. A Laura no le pareció una flor de cortesía. La frase que le habría gustado oír la noche anterior, en la fiesta, llegaba al dia siguiente, con efecto retardado. Subió al coche sin fijarse ni en la marca ni en el modelo. Ni tan solo habría podido decir, con una pistola en el pecho, de que color era. Una vez dentro, un detalle si que no le pasó por alto.


-Se me hace extraño ver un coche con el volante a la izquierda. -¿En Australia conducen por el otro lado? -Si. Como en Inglaterra. Se ve que a mi solo me tiran los países invertidos – Se avergonzó al instante de su absurdo comentario y tuvo la necesidad de cambiar de conversación a toda velocidad – Me has venido a buscar a Les Corts…Que detalle. No sabía que sabías entrar en estos barrios de ente normal. -Mujer, teniendo en cuenta que tu me has venido a buscar desde Australia…Estamos uno a uno. -Sí, tío, que cara…Igual ¿Y qué yo qué? Kim subió el volumen desde el volante. -Escucha esto… ¿Te gusta? -Si. – No le había dado tiempo ni de oir una estrofa. Pero valoró que Kim tuviese una música pensada para cuando ella subiese al coche. - Es el Giorgio Conte. -Paolo, perdona. Se llama Paolo Conte. -Sorry. – Todas caían en la misma trampa – Pero es que su hermano se llama Giorgio. Di vaniglia e di fior. -No sabía que tenía un hermano. ¿También canta? El no respondió. Se limitó a subir aún más el volumen de la canción. Ella, por deformación profesional, se puso a traducirla verso a verso. Y así, silbando los tres, el Giorgio, Laura y Kim llegaron al parking de la catedral con el buen humor de la música.


En la plaza Nueva, delante del Hotel Colón, había una feria callejera que juntaba un poco de todo, , anticuarios, libros de viejo, sifones y algunas confituras y hierbas medicinales. Pasaron por en medio sin que nada les llamase la atención. -¿Sabes que imagen me ha quedado de ti, del tiempo de la facultad? -No hace falta, Laura… -La de un tío con el culo empotrado en un coche. A todas partes ibas en coche. -¿Yo? – sorprendido por la entrada de caballo siciliano. -Pero si para ir de tu hotel a mi piso en Gracia me acompañabas en coche… -Porque debía ser tarde, y sufría por ti…Yo siempre he sufrido por ti. -Venga, va – Le cogió la mano. Celebro que podamos hacer un paseo a pie… -Mujer… - Kim no se daba por vencido – Porque el barrio Gótico es zona peatonal, que sino, de qué… -¿Puedo decir una cosa? – Laura no esperó el permiso – Aquel Ford Escort era un poco de quillo… Si llevaba hasta un alerón y todo. -Era el XR3 de inyección. ¿Qué pasa? -No hacía para ti, lo siento. Kim le soltó la mano, haciéndose el ofendido. Continuaron el paseo satisfechos de caminar lado a lado, contentos de acompasar los pasos por las piedras gastadas por el tiempo. Fueron a la sombra espesa de Baños Nuevos, cortaron por el tramo de


los anticuarios de la calle de la Paja y miraron de no pisar ninguna meada de perro. Dejaron atrás la plaza Nueva, subieron por la calle del Obispo cogiéndose a un pasamanos de hierro viejo, dieron una vuelta por el claustro de la catedral – que ocas más sucias – y bajaron por San Severo, donde un guitarrista con amplificador pellizcaba el Concierto de Aranjuez. Kim acertó una moneda de dos euros dentro del sombrero de las limosnas. Ya en San Felipe Neri, en la plaza que no conduce a ninguna parte, Laura jugaba a meter los dedos por los agujeros de la metralla de la fachada de la iglesia. Parecían agujeros de bala. Los que eran de la medida de su índice, los hurgaba como si quisiese probar la nata de un pastel. Se entretenía en un agujero y en otro, como un homenaje mudo a los muertos de la guerra de todas las guerras. Y se estremecía por la memoria de las piedras. Kim miraba hacia el otro lado de la plaza, se había embobado con la puerta de un hotel. La combinación de hierro forjado y cristal del Neri le pareció una buena solución para aquel espacio. En el Rafaeli, en cambio, cantaría. Laura, a la suya, esperó que Kim se acercase. -Una vez, en la escuela, que bajamos de excursión a Barcelona, vinimos a correr y a saltar a esta plaza. Y cuando mejor nos lo estábamos pasando, la maestra nos reunió, nos hizo sentar en el suelo y nos explicó que aquí murieron más de cuarenta niños, en


un bombardeo a las nueve de la mañana. Jugaban como si nada y la aviación italiana… -¿Aquí? -¿No me debes querer decir que no habías puesto nunca los pies en San Felipe Neri? -Claro que si. Pero esta historia no… - se excusó, abriendo las dos palmas de las manos – Está bien que a los cincuenta todavía me enseñes cosas nuevas. -Todo depende de la voluntad de aprender. No es cuestión de edad, Kim. Laura miró al cielo, como si esperase ver los aviones del 38. Solo detectó una nubecilla que no rompía el azul luminoso de Barcelona en un día sin calima. Después, se esperaron a que unos chiquillos con bata se apartasen de la fuente para hacerse una foto. -Parezco una guiri haciendo la ruta del Gótico – dijo Laura, mientras se subía a la piedra para que Kim la retratase -¿Ya me la enviarás, eh? Dispararon ocho o diez. Por si tenia los ojos cerrados, o hacia alguna mueca o la había cogido hablando o tenía una sombra en la cara. Buscaba el momento. La foto. Quería que los ojos verdes de Laura que mantenían el brillo del campus de la facultad, horadasen la cámara de su Samsung de muchas pulgadas de pantalla. El día volaba. Laura tenía prisa por encontrar sus atajos de los años del piso de estudiantes. Tenía


curiosidad por ver como había quedado el Borne. Le habían hablado del contraste entre las ruinas de la ciudad medieval y la techumbre de hierro del antiguo mercado. No había estado y, para ir más de prisa, tuvieron que bajar por el empedrado de la calle de la Platería – siempre le había parecido un buen nombre para una calle tan bonita – bordearon Santa María del Mar, que tenía las puertas cerradas, levantaron la cabeza para ver la llama encendida del Fossar de las Moreras y enfilaron la ramblita del paseo del Borne. A media tarde, los plataneros filtraban la claridad, un hilo de aire daba vida y las hojas dejaban una sombra tenue sobre la calle. Solo, de tanto en tanto, pasaba algún rayo de sol perdido que se establecía por su cuenta. Era la hora en que Barcelona se gustaba. El momento distinguido en que el tostado del sol se enseñoreaba sobre las sólidas paredes del Gótico y el verde disipado del reflejo de las hojas de los árboles. La luz, la atmósfera y la catedral del Mar en el punto de fuga. El escenario ideal para una fotografía, O para los pintores de acuarela que, secuestran el instante, antes que no se seque la pintura. Para aislarse del trajín de idas y venidas, Kim y Laura se sentaron en la única mesa libre de una terraza en medio del paseo. Pidieron dos granizados de café. Hacía años que no tomaban ninguno y le apeteció mucho. Brindaron con los dos vasos helados, de tubo, con una cañita con arruga para cada uno. Al primer sorbo lo encontraron exageradamente dulce. Demasiada


azúcar. Demasiado aguado. El recuerdo era mejor. Y demasiado caro. A Laura le molestó que el camarero les cobrase por adelantado. Normas de la casa, y se encogió de hombros para disculparse. O para sacarse las pulgas de encima por que a el, en el fondo, le daba lo mismo si dos guiris o dos pencas se levantaban y se largaban haciéndose los distraídos, sin pagar. Ya no quería perseguir a ninguno más. Estaba harto de iniciar media carrera y, cuando veía que no les atraparía, frenar en seco, dar cuatro gritos y quedar como un bobalicón en medio de la calle. El negocio no era suyo, que coño. El, al final del mes. Mientras le abonasen la nómina, no quería nada más. Con desdén Laura puso los diez euros dentro del platito para que aquel espantapájaros, plantado a su lado, les dejase de hacer sombra. -Me hizo gracia, ayer en tu fiesta, ver al pianista del bar. El Santi… -Santi Santos – la ayudó. -¿Todavía toca? -Lo mismo de siempre. Ni una nueva en el repertorio. Pero tiene los dedos ya muy rígidos. Artritis de pianista, lo llaman. -Pobre – Laura quería saber más cosas del hotel – En cambio, ¿sabes a quien no saludé? De hecho, ¿sabes a quien no vi? ¿Como se llamaba aquel hombre que hacía de todo, que estaba sobre cualquier detalle?


-Se jubiló hace tiempo. No vino el Arsenio Rubio, no – dijo Kim con la naturalidad del que come sushi con palillos dos veces a la semana. Laura, curiosa, quiso saber como era su día a día en el Rafaeli. En realidad, necesitaba saberlo todo de el. Era una máquina de preguntar. A Kim le recordó el tubo que lanza pelotas de tenis en los entrenamientos infantiles. Una detrás de la otra, sin parar. Ahora hacia aquí, ahora hacia allá para obligarte a reaccionar rápido. Laura le instó para que le explicase que había hecho aquella misma mañana, pongamos por ejemplo. También le pidió que era lo peor que había visto nunca en el hotel. Kim lo tenía claro. El drama de la Motoko. Una clienta japonesa, que viajaba sola, que el día que celebraba su cumpleaños – treinta y pocos, le parecía recordar – se cortó las venas en la bañera. Las chicas del servicio de habitaciones la encontraron hacia mediodía, cuando entraron a hacerle la cama. El agua de la bañera se había teñido de rojo, tenía una docena de velas consumidas por el suelo del lavabo e incluso se había puesto una emisora de música clásica que todavía sonaba, flojito, en el lavabo de la 323. Nadie tocó nada hasta que vino la juez. La mujer lo había dejado todo previsto y todo ordenado. La maleta hecha – que detalle y cuatro cartas cerradas sobre la mesilla de noche, con las indicaciones escritas en inglés. Una para sus padres, una para su hijo, otra para el que había sido su marido y una cuarta a nombre del


hotel. Kim la había tenido que abrir delante de la juez y, para sorpresa de todos, dentro solo había una cosa: el importe exacto – en billetes – de las tres noches que la Motoko había pasado en el Rafaeli. Kim removió el granizado para que el hielo se fuese derritiendo, y prefirió explicarle la anécdota del abejorro de aquella mañana. Una mujer nórdica, jubilada o viuda o las alegrías a la vez, había bajado a recepción quejándose que en su habitación había un insecto grande y que, fuese como fuese, tenían que subir a quitárselo que no podía ser que en un hotel de nuestra categoría pasasen estas cosas y que pediría el libro de reclamaciones y que… La recepcionista que había aguantado el chaparrón y un maletero espabilado del Rafaeli, un gambiano de Vic, subieron a la habitación a matar a la bestia. Era un abejorro negro, gordo, que no parecía tener ninguna preocupación mientras se entretenía sobre la almohada blanca de la mujer de Oslo. De yan grande que era, se habría podido hacer una sopa. El maletero, vivo como el solo, se le ocurrió decirle a la señora usted si que ha tenido suerte. Este no es un abejorro cualquiera, esta es una especie protegida, quedan muy pocos ejemplares de este insecto en el mundo y no se le puede tocar ni matar. Si me lo permite, le haré unas fotografías y las enviaremos a un grupo de científicos que están analizando esta especie tan rara. -¿Y se lo ha creído?


-No lo se. Pero la mujer no ha pedido el libro de reclamaciones, no nos ha tocado más los huevos y nosotros nos hemos hecho un hartón de reír. – Buscó en el móvil por si tenía la foto del abejorro, pero no la encontró - ¿Y tu qué? Aquí solo hablo yo… -¿Yo? Yo te he traído una cosita… - Laura se estiró para llegar a ponerse la mano en el bolso, en la silla de al lado – Esto es para ti. -Con la delicadeza de un mago, dejó un paquete encima de la mesa. -¿Es para mí? Kim palpó el regalo envuelto en un sobre del FNAC. Sin lazos ni nada. -¿Un cede? – Lo había cazado sin necesidad de romper el papel – Como ayer me regalaron pocos discos… -Faltaba el mío, hombre. ¿No te diste cuenta de que te había traído ninguno? -¿La verdad? – Sonrió – Ayer estaba un poco superado por todo junto… -Con las prisas y tal, me lo dejé en la maleta. Lo siento. Laura no tenía intención alguna de decirle la verdad. Miriam – no pasa nada – se había olvidado de darle la instrucción de que cada convidado a la fiesta de Kim le tenía que regalar un disco con la música de su vida. Pongamos por caso que la exmujer de Kim tuvo, de buena fe, un descuido. Así había preferido suponerlo Laura. Un detalle sin importancia. Ya había hecho suficiente en


convidarla e insistir, del derecho y del revés, para que viniese desde las antípodas. Seguro que lo había querido boicotear. Ni dejar en evidencia. Seguro que no. Una mujer nunca lo haría. Y una ex, todavía menos. -¿Este es el disco de tu vida? Moonlight serenade? -Uno de ellos. -No me lo habías dicho nunca. -Hay muchas cosas que aún no sabes de mí. -Glenn Miller. -Es instrumental – sorbió la caña del granizado – Hay aquel arrastre del saxo que se te lleva. -Sí, sí… - Kim intentaba recordar si lo habían escuchado juntos alguna vez, con Laura – Tal vez lo hemos bailado? -¿Tu i yo? No del todo… - Laura, de vez en cuando se ponía enigmática, juguetona – La bailé, a ver si lo recuerdas, con el Ráfales original… -¿Con mi padre? – extrañado. -En una noche muy especial. -¿Tu y mi padre? – con cierta sorna. -El baile de la última noche de antes del accidente. Como lo llamáis… -Sí, así, tal cual .A.d.a. – Cogió el móvil y el cede de encima de la mesa – Ey, muchas gracias por el regalo, ¿nos vamos? Todavía no lo había acabado de decir que Kim ya estaba de pie. La manía de los hombres para, de repente, huir de los sitios. De la silla de al lado, Laura cogió el bolso ètnic-chic – así se lo habían


dicho en la tienda – y también se levantó sin perder el hilo. -Es verdad, y tu lo sabes mejor que nadie, que hay un antes y un después en la vida de los Ráfales. En ti, en Elsa y en Paco. Y yo bailé con el, tal vez en la última noche de felicidad. – Esbozó una sonrisa triste que Kim, andando a su lado, no vio – No ha habido una sola vez que haya visto la luna llena, en Australia, en Londres o allá donde estuviese que no haya pensado en aquel baile. Lo he pensado mil veces. Kim desvió la atención. No le interesaba liarse con los sentimientos. No en aquel momento. El pasado era una carpeta siempre presente, aparcada en el cerebro, y podía recurrir a ella cuando lo quisiese. La abría, la miraba con la prisa de un delincuente, la cerraba y la volvía a guardar. No dejaba que mandase sobre cada cosa que decía o que pensaba. Y despistó. -Me pensaba que me habrías traído un disco de… ¿Como se llamaban tus peludos de Londres? -Los Art Institute. Un respeto, hombre… Yo no me burlo de tu pasado. -Confieso, Laura, que no los tengo en el Spotify. -¿Sabes qué? Yo tampoco. Laura las sabias palabras de su madre. Claudia, banyolina de buen conformar, le había dado un consejo para que ella lo siguiese o no, que eso era cosa suya. Le había dicho: si tienes un buen recuerdo de un sitio, de un viaje, o de una persona,


guárdalo y no lo devuelvas. Y ella acostumbraba a hacerle caso. -No me esquives, Kim, que hablábamos de tu padre. Por cierto, sabes que me dijo ayer, en el rato que estuvimos hablando en la fiesta? -Ni idea. -Un momento, déjame decírtelo – Levantó los dos índices, para llamar la atención. – Kim es mi héroe. Sino fuese por el, ya no tendríamos el Rafaeli. -Caramba, que bien. -Palabra por palabra. ¿Qué más quieres, tío? No quería darle importancia, pero no se abstuvo de decirlo en voz alta: -Tampoco habría pasado nada si me lo hubiese dicho a mi, alguna vez. -Espérate… Y añadió, puedes estar orgullosa de tu amigo. - En eso tiene razón. -¿Y sabes que le contesté? -A ver… - falsa paciencia. -Que amigos como tu solo hay uno. En la vida, solo uno. En medio del paseo del Borne, en la rambla donde los caballeros medievales se batían en duelo y se pinchaban y se herían, Kim y Laura entendieron que era el momento. Se abrazaron, con naturalidad. Porque tenían ganas. Se apretaron con fuerza, sin prisa. Se lo debían desde no sabían cuando, aquel abrazo. El uno al otro. Inmóviles. Si hubiese sido


una competición, habría costado decidir quien se había abalanzado con más ansia y durante más rato. No se dieron cuenta de que les observaban las hormigas de Salvat-Papaseit que, pintadas en una pared medianera, se escapaban fachada arriba. No les molestaban los timbres de las bicicletas que les pasaban rozando, peligrosamente, ni el rugido de las furgonetas que descargaban cajas de plástico, llenas de cervezas, para los bares del paseo. Ellos en su mundo. Sin ninguna prisa, como si hubiesen hecho una tregua con la vida. Hasta que el pendiente de Laura se enganchó al botón de la camisa del Kim y tuvieron que mirarlo bien para deshacer en divertido enredo sin arrancar ni una cosa ni la otra. - Tenía razón – Cuando se pudieron desenganchar, Kim fue el primero en dar medio paso atrás – Nos quedan muchas cosas por decir, y por hacer y por saber. Ayer, en la fiesta, quería decir una cosa en el discurso pero después te vi entrar y se me fue de la cabeza… - Disimulaste bien, si te quedaste en blanco. - No me quedé en blanco, perdona. Solo he dicho que iba a explicar una cosa que se me fue de la cabeza y ahora me ha vuelto, de golpe, como un latigazo. Iba a decir que a los cincuenta años ya tenemos una cosa segura, que tenemos más pasado que futuro. - Hostia, Kim, yo no lo veo así. Y me sabe mal que…


-Míratelo como quieras, pero es una verdad como una casa de payés. El barrio de la Ribera tenía calles y rincones para perderse y vacilar. Pero cada itinerario, acababa volviendo, como un imán, al mismo sitio. El Borne era un polo de atracción para los turistas y para muchos ciudadanos que, después de años de reformas y arqueólogos, descubrían la Barcelona de 1700. Laura y Kim entraron a ver los yacimientos. Pasearon por las pasarelas colgadas sobre las piedras de la antigüedad y coincidieron en que otro día, con más tiempo, harían una visita guiada. De pronto, cuando estaban al lado de la cervecería de las tapas caras, a Kim le pareció que, cuando menos lo esperaba, recibía un reproche. Como si el abrazo hubiese abierto la veda de la confianza. -No te entiendo. ¿Qué quieres decir con que yo te dejé de escribir? -Cada año, por mi cumpleaños, recibía un mail. Un correo tuyo, ingenioso, la mar de amable. Como mínimo uno al año que, desde allá, en la otra punta del mundo, me servía para saber que te acordabas de mí. Yo sabía que estabas bien, que todo iba como siempre y te contestaba. -Perfecto – Kim, a la defensiva, sin saber por donde le saldría. -Y me servía, sobre todo, para constatar que me decías aún estoy aquí.


-Sí, era eso, Laura. Y tu me contestabas. Y yo también sabía que estabas bien. ¿Dónde está el problema? -Que un año, hace tres o cuatro, de golpe, dejaste de felicitarme. Y al año siguiente tampoco… Y pensé que me había perdido alguna cosa. Nada, solo es eso. Qué me gustaría saber que pasó para… -Nada. No lo se…Me distraje, supongo…Después cuando debí pensar… -Que te olvidaste de mi, blanco y en botella. No pasa nada. -Te juro que no lo se. – Le daba rabia sentirse mal ¿Cuándo dices que dejé de escribirte? -De verdad que no pasa nada, no te preocupes… -Qué quieres que te diga ahora? Demasiado trabajo, supongo. -Venga, Kim, esta excusa si que no me sirve, que a ti no se te escapa nada. Nunca se te ha escapado nada. -Es que no se que piensas que te escondo. Todo es más simple. Me sabe mal, Laura, si interpretaste que… Yo siempre he pensado que nos teníamos el uno al otro. No hacía falta decírnoslo… Era eso, si. Tu no sabes las veces que he pensado en ti. Tu no puedes saber ls cartas que he llegado a escribirte y que, al final, por prudencia no he osado enviarte. -Kim. -¿Qué? -Estás hecho un engatusador de primera… -Soy hotelero.


-Pues eso, una redundancia. Hicieron toda una galería en silencio. Kim, por un lado, no se podía creer que Laura le saliese con esa tontería. Por el otro lado, hacia memoria para intentar recordar como era que le había pasado por alto, de un año a otro, la fecha del cumpleaños de Laura. Con quien estaba tres o cuatro años atrás, que se había despistado. Laura caminaba por el ala sur del Borne, ofendida por esta especie de que más quieres de los hombres, que se pensaba que Kim no tenía y que le servía para darse cuenta de que su amigo tampoco era perfecto. El maldito que más quieres de los hombres, como si les perdonasen la vida, como si fuesen ellos el centro del mundo. Y justo cuando le salía la vena feminista, Kim le interrumpió los pensamientos. -Una cosa. No seas bruja, Laura.¿Y por qué no me escribiste tú? Si veías que a mi se me había pasado por alto… ¿y tu, qué? Te he encontrado a faltar. ¿No me podías felicitar desde Australia? ¿Estaba prohibido? Mi madre decía que tanto hay de aquí allá que de allá aquí. Contó hasta cinco. -De acuerdo, Kim, dos a dos. – Le dio la mano – No nos lo tengamos en cuenta, ¿de acuerdo? Abandonaron el Borne por detrás, por la puerta opuesta por donde habían entrado al ercado. En esquina con la calle Comercial, grupos de tres o cuatro personas no paraban de abrir la puerta del Big Fish para preguntar si tenían mesa. Medio


minuto después, salían con la mueca de la decepción. Sin reserva, imposible. En la tienda de al lado, ya en el pasaje Mercantil, debajo de una de las arcadas señoriales de Fontseré, descubrieron un curioso local de objetos suecos de segunda o tercera mano importados y restaurados, con gusto, por Sofía Gidlööf, que ya estaba a punto de bajar la persiana. Laura le rogó poder entrar para echar un vistazo y se compró una taza para el te del desayuno. Todas sus cosas se habían quedado en Camberra y, aunque en el piso de Sira no faltaba de nada, necesitaba su taza para sentirse como en casa. Continuaron vagando por una ruta que trasladaba a Laura treinta años atrás. Se dio cuenta que cuanto más antiguo es un barrio, menos cambia. Las mismas tiendas en nuevas manos, las mismas piedras, las penas de siempre. Decidieron que el Arco del Triunfo ya lo daban por visto. Pero aunque hubiesen querido no habrían podido atravesar hacia el parque de la Ciudadela. El paseo Picasso estaba cortado al tránsito y unas improvisadas pistas de básquet lo habían invadido de punta a punta. El ayuntamiento y unos cuantos patrocinadores habían montado unas jornadas de competiciones de tres contra tres sobre el asfalto repintado para el juego. Las cinco pistas estaban llenas. Diez partidos a la vez. Media pista para cada uno. A pesar de que el sol ya se escondía, todavía calentaba demasiado para ponerse a mirar chicos que corrian y saltaban como si les fuese la


vida. Pero Laura quedó atrapada por el juego. El sonido de la pelota contra el tablero era su adicción. -Street basquet de tres contra tres, sin árbitro, tiene su coña. Kim a su lado, miraba el partido que parecía más reñido. Tres chicos con camisetas de equipos de la NBA – una de los Bulls, una de los Pacers y una de los Celtics – y tres que jugaban sin camiseta. Los unos y los otros rodaban los veinte. Laura detectó, al primer vistazo, que el mejor era el de los Pacers, pero los que ganaban, por poco, eran los descamisados. Enseguida entendió la dinámica. Después de cada enceste, el chico que había anotado cantaba el marcador en voz alta, el equipo rival salía de la zona del triple y volvía a empezar el ataque. El juego no se paraba nunca. En aquel momento, el más bajito de los descamisados, que respondía al grito de Gato, la botaba, desafiante, delante de los Bulls, que le marcaba con la lengua fuera. El Gato aprovechó un bloqueo del más alto del equipo y, justo en el momento en que iniciaba el primer paso para dejar una bandeja, notó que se le torcía el tobillo. Se cayó, envió la pelota fuera y los cinco fueron a interesarse por su pierna. El Gato, con cara de dolor, no podía continuar y los dos compañeros de equipo le hicieron la sillita para retirarlo hasta fuera de la pista.


Laura tenía la pelota en las manos. En un pronto, le dio el bolso a Kim para que lo sostuviese y sorprendió a todos. -¿Puedo jugar yo? Los dos que iban sin camiseta y que se habían quedado sin el compañero que se sujetaba el calcetín con las dos manos para que no se le cayese la pierna al suelo, se miraron aturullados. -¿Has jugado alguna vez? Laura no contestó. Se limitó a botar la pelota entre las piernas, con una mano por delante y la otra por detrás de los tejanos. Cada vez se la pasaba más rápido. El Gato levantó la vista, para no perderselo. -Ey, ¿Puede jugar con nosotros? – los descamisados se lo preguntaron a los de la NBA, que se encogieron de hombros queriendo decir a nosotros que cojones nos preguntan. Laura con la bola en la mano, dijo una cosa al oído de Kim. Una jugarreta. Atónito por lo que veía y por lo que le decía, no supo frenar el ímpetu de su amiga. De repente, Laura, a punto de los cincuenta, con camisa blanca, tejanos y unas vambas plateadas, mas de vestir que de jugar, se había colado en la competición de teenagers de calle. Sin ninguna vergüenza, Laura se presentó y les preguntó sus nombres. Sus compañeros eran el Richi y el Ezequiel. Kim se puso el bolso ètnic-chic con incrustaciones de pedrería entre las piernas y sacó el móvil del bolsillo para hacer un video.


Al primer ataque, el Richi se jugó en uno contra uno, el anillo escupió la pelota y el Celtics cazó el rebote muy arriba. Laura defendía al hombre. A ella le gustó que le tocase marcar al Pacers, la estrella rival. Pero a la primra jugada se la rifó. Miró a su derecha, pasó la pelota por detrás la espalda hacia la izquierda y el NBA encestó fácil. Era su turno. La tocaba atacar a Laura con los descamisados. No conocía de nada al Richi ni al Ezequiel, no sabía que jugada tenía que marcar y decidió ir por derecho. Penetró botándola con la derencha, marcando los tres pasos con las vambas de astronauta y, cuando estuvo en el cuello de botella, se la pasó al Richi mientras ella corría hacia el ángulo de la pista para que se la devolviese rápidamente. Clavó los pies en el suelo, cogió la pasada, saltó todo lo que pudo y, desde más allá de la línea de tres, tiro a la cesta. La bola toco el anillo, se levanto dos palmos, rebotó en el tablón y cayó dentro. -Uau – gritaron sus compañeros de equipo. -Yes – contestó Laura, eufórica, alargando la s. Kim aplaudiendo por encima de la cabeza con el móvil en la mano, estropeó la filmación. El Gato, de pie, recuperado – mas o menos – la aplaudía dispuesto a volver a entrar al partido después de ver que el esguince temido solo había quedado en una torcedura. Laura, orgullosa por haber aprovechado su momento, se volvió resoplando hacia la banda. Kim, integrado en un ambiente que


no era el suyo, le puso la mano. Laura, cómplice, se la picó. -Apuesta ganada – dijo jadeando – ahora tendrás que cumplir -Me has dejado a cuadros con este triple. -¿Has sufrido? No, no… -¿Te has avergonzado un poco? – le pinchó la barriga con un dedo. -No, no… -Tal vez… - De repente, una duda - ¿Tenemos tiempo para que me vaya a cambiar para ir a cenar? -Tenemos mesa – miró el reloj – dentro de media hora…No hace falta. -Es que…Respiró hondo todavía - ¿Se me nota mucho? - ¿El que? -Que sudan las tetas. 26 Un palmo más allá del deseo

Laura no se fue a cambiar. Kim cuando estuvieron en el coche, le dijo que estaba perfecta, que no sufriese por nada de nada. -¿Dónde me llevas? -Donde vamos, debes querer decir. – kim miró que no hubiese nadie cerca antes de descapotar el Audi


nuevo de trina. No le gustaba hacer la exhibición en público y que alguien pudiese llegar a casa y decir sabes a quien he visto hacer el mierda por la calle? – Vamos a un sitio que, cuando te fuiste, juraría que aún no existía. -Caramba…sorpresa. – Se miró en el espejito de cortesía para asegurarse que la peca esta be su sitio. Con un gloss, solo brillante, se repasó los labios, mecánicamente – Dame una pista. -¿Una pista? La estuvo pensando mientras, por el retrovisor se aseguraba que el techo se doblaba solo sin encallarse en ninguna parte. Era el regalo que el mismo se había hecho por los cincuenta y que había llegado, directo de Alemania, un mes antes del 21 de julio. Que diferencia con su primer descapotable. Que murga era, entonces, tener que bajar del coche y ensuciarse las manos. Con este modelo – azul elegante –solo hacía falta apretar un botón al lado del volante y la capota se escondía sola dentro del coche. Veinte segundos, aún no. Impecable. - Mira, una fácil. Es un restaurante que está dentro del hotel. - Y no es el Rafaeli. - No. Es un hotel, segunda pista, que generoso que estoy, que ha cambiado la fisonomía de la ciudad. Se ve desde todas partes. Desde el Tibidabo, desde Montjuic, desde el mar…Es un icono.


- Ya lo tengo, me parece. Es un edificio – arrastró las palabras, como en una adivinanza - ¿Qué se han copiado de un hotel de Dubai? - Kim torció la nariz. - El único siete estrellas del mundo está en Dubai y se parecen mucho, sí, pero, que yo sepa, en arquitectura nadie copia a nadie. - ¿O sea que lo he adivinado, ¿no? Cuando llegaron al Hotel Vela, el sol ya dormía. En un dos por tres el cielo atravesó los últimos colores del azul. -¿Te gustaría que fuese tuyo este hotel? Laura a punto de poner el pie en la inmensa puerta giratoria. -¿Cómo sabes a que me dedico? Laura se rió y continuaron el juego. - He puesto tu nombre a Google. A una primera cita hay que ir informado – Se lo miró - ¿Tu no has hecho nunca lo mismo? - Yo prefiero descubrirlo solo. Pero no te preocupes, que durante la cena te arrancaré a que te dedicas… Subieron a la terraza abierta del restaurante Bravo, en el primer piso del W. Una mesa para dos, con vistas a la playa, a la Barceloneta, a las torres gemelas, a las tres chimeneas y más allá, hasta perderse en Montgat en el punto de fuga. A medida que iba cayendo la noche, se fue acortando el horizonte, se quitaron las vistas, se recortó el perfil de la ciudad mediterránea y fueron apareciendo unos puntos de luz, aquí y allá, que era el decorado que


Kim había imaginado cuando había reservado la mesa al final de la terraza. La carta que había preparado Carlos Abellán, un chef con estrella Michelin, tenía una peculiaridad. Al lado de cada plato escribía desde que siglo se cocinaba aquella comida en Barcelona. La esqueixada de bacalao ahumado con su pilpil era del siglo XVII, de cuando los catalanes regresaban de hacer la ruta ÁfricaCuba-Terranova. El arroz con espardenyas, del siglo XIX, era una comida tradicional de los pescadores convertido ahora en una exquisitez de gran valor. El plato más antiguo de la carta era un pollo asado dulce, con ciruelas, pasas y manzana, una mezcla de carne y fruta que ya se estilaba en el siglo I después de Cristo. Decidieron aparcar la historia y pedir el menú degustación sin que les desvelasen ninguna sorpresa. Cinco medias raciones y dos postres. Trajesen lo que trajesen, les gustaría a los dos. La pérgola daba, a su mesa con vela, el punto de discreción para la conversación. -Yo era de letras y, desde siempre, sabía que quería estudiar traducción e interpretación. Hice la carrera en la Universidad Autónoma en cinco años, en los cursos que tocaban y, enseguida, me puse a trabajar de intérprete de cabina, básicamente, -¿Conservas los amigos de la facultad? -No…No demasiado. Hay algunos a los que veo de tanto en tanto. ¿Sabes que pasa? Que vivido mucho tiempo fuera. -¿Ah, sí? ¿Afuera, en el extranjero?


-Si. En el extranjero, exacto. -¿por trabajo o por amos? -No, no…Estoy sola. Quiero decir que no tengo pareja. Ni hijos, ni familia, si era a esto a lo que te referías. -¿Yo? – No – Comediante, inocente - ¿Te lo ha parecido, quizás? -No, en absoluto… Cuando Laura se aguantaba la risa, se le hacían un hoyito divertido en la mejilla que Kim había olvidado. – Decías si habías marchado por amor o por trabajo…Pero ambas cosas pueden ser. Me flipé por un filósofo inglés, un crac que llegó a escribir un artículo en el Philosophical Transactions que es la primera revista de ciencia que ha habido en el mundo. - Y tanto. – Socarrón – Tú dirás… - Es donde Newton publicaba sus teorías. -Pero… - Kim quiso remarcar la adversativa, preludio de un precipicio. -Exacto. Siempre hay un pero, en las relaciones. Demasiado mayor. Y el tenías sus dolores de cabeza. Visto ahora, en perspectiva, no podía funcionar. A el le interesaban las preguntas y yo tenía la edad para las respuestas. -Y para un poco de música. -¿Cómo lo sabes? ¿Seguro que no has estado hurgando en mi vida? – Se sirvió un poco de vino blanco, mirando que no gotease la botella – Que bien que pasa, tan fresquito. Hubo un músico, en Londres, si. Bueno, no tan bien. El, de hecho, era el


manager y medio productor de un grupo, pero, ves, aquí también hay otro pero, son unos años de nebulosa que no quiero… ¿Sabes de que me enteré en Inglaterra? Que ellos se levantan y miran por la ventana para saber si hace sol. Nosotros, aquí, nos levantamos y corremos a levantar las persianas para ver si llueve. El clima nos hace diferentes. Por eso es lógico que en los países donde siempre hace buen tiempo, tengamos artistas. Siempre es agosto. Aquí nos inspiramos en los colores, con la vida en la calle. En los países fríos, en cambio, tienen filósofos y gente que piensa. Si hace sol, no se puede pensar, hay que salir a celebrarlo. -¿Y a todo esto has llegado tu sola? – Burlándose. -No seas burro, Kim. Y no me digas que hay excepciones. Claro que siempre hay excepciones que confirman la regla. -¿Y en Australia, qué? -¿Qué de qué? -Miraron la tercera degustación que les sirvieron por la derecha. Un ceviche con flores. -Si hubo algún hombre, alguna persona especial… - Kim había llegado donde quería. -Es un país maravilloso, la gente es fantástica, hace un montón de años que vivo y no soy monja… Por lo tanto, sí, claro, esnormal que… Pero escúchame,¿Qué tengo que explicarte a ti yo? ¿Qué te interrogo yo a ti, de con quien has estado o has dejado de estar?...? ¿Qué has visto que saque la calculadora?


-¿Esto está buenísimo, verdad, Laura? -Sí, disimula tu ahora, señor Ráfales? Kim cruzó los cubiertos sobre el plato y, antes de enfilar la conversación, se secó los labios con la servilleta. -Un día me escribiste, cuando aún nos escribíamos por mail, diciendo que estabas pensando, quizás, en tener un hijo. -Estuve pensando, sí, Durante unos meses no se decirte cuantos. Poco antes de los cuarenta, me dí cuenta que tal vez era mi última oportunidad. Me vino una urgencia. -¿Aquello del reloj biológico? -Tal vez sí. No lo se. De repente se me despertó un desasosiego que no había tenido nunca. Lo valoré. Hacerlo sola, como madre soltera. De voluntarios, no te preocupes, los habría podido encontrar. De hecho, quizá hasta los habría podido elegir… Pero a la hra de la verdad, me dio pereza, me dio… Tal vez no sea la palabra. No era miedo, tampoco. Pero era la sensación que me estaba forzando y que no lo hacía con el corazón. -¿Y? - Bien, lo llevo bien. No me arrepiento. No me lo reprocho. Je ne regrette rien. Lo decía, si. Y lo repetía con una seguridad estudiada. Pero en el mismo momento que las palabras salían de su boca, se daba cuenta de que le sabía peor de lo que se pensaba. Kim, prudente, también lo percibió.


-No se si me meto donde no me llaman… - No osaba, pero el lo tenía que preguntar – Lo he soñado o tu, un día, en aquel mismo correo o en otro me decías… ¿elige un nombre de niña? Y yo, siguiéndote la broma, te dije María. Pero después nunca más tuve respuesta y yo n me atreví a… -Perdona, Kim. Ya no te dije nada más. Tienes razón. Durante unos días lo tuve claro y me emocioné y tuve la necesidad de compartir, de decirte, eh, quizá seré madre…Pro entonces lo deje correr y me lo saqué de la cabeza. Fuera hijos y adelante. Te lo decía antes, que no me reprocho nada. No me gusta jugar a lo que allá dicen what if. ¿Qué habría pasado si… ¿Qué habría pasado si ahora tuviese un hijo? ¿Qué habría pasado sino me hubiese ido a Australia? ¿Qué habría pasado si hubiese estudiado Medicina en lugar de interpretación? Da lo mismo romperse la cabeza. Ya está. No hay necesidad de hacer cábalas. Ya es pasado. Está allá y miro de vivir el presente, cada día. La vida es demasiado corta para leer libros malos. -Eso está bien, Laura. -No es mío. Es de James Joyce, me parece. – Ella puso su mano derecha sobre la mano del reloj de Kim – Tu tienes dos hijos muy guapos. -Es verdad, sí. Es lo mejor que he hecho en la vida. Asi de claro. Y eso que yo no soy mucho de hacer balances, pero reconozco que de entrada no tenía


demasiado claro que tuviésemos que tener…Y ahora, en cambio… No ahora, siempre. Desde que nacieron Jana y Víctor. Ya puedes tener mil cosas en la cabeza que cuando tienes encima a tu hija, a los tres meses, a los cuatro años o a los dieciséis, se te pasan todos los males. Puedes haber viajado por todo el mundo, has hecho negocios, has fichado un chef de primera, que mira que son complicados, has hecho que el hotel sea todo un referente en la ciudad y un día, mientras vas en bicicleta con tus hijos, de Taüll a Durro, te das cuenta que no hay nada como estar con ellos. El otro día el Víctor explicó no se que tontería y la Jana puso una cara que se la vi, clavada, a la mueca de mi madre. Mira que Jana no conoció a su abuela, pero hay cosas que no se pagan con todo el oro del mundo. Y vienen y te piden que les rasques la espalda, y aprenden a hablar y copian gestos y ves que son esponjas, que lo cazan todo a mil por hora, que nada se les pasa por alto, que son listos… - Estaba diciendo una de las grandes verdades de la vida, por primera vez en voz alta, y se espantó y todo del poder que tenía Laura. Tenia suficiente con tenerla delante, mirar sus ojitos que le escuchaban y notar la peca de la imperfección cerca, para dejarse llevar. Se quedo espeluznado y rebajó el tono de su entusiasmo – ¿y sabes que es lo mejor de todo? Que tu te estás allá media hora con el móvil para saber como funciona una aplicación nueva y ellos te lo resuelven a ojos cerrados.


-Sí, Kim, lo mejor de tener hijos, es eso exactamente – Sacó la mano para que pudiesen retirar los platos – Que te solucionen los problemas del teléfono. Ya lo veo. Que lástima que me lo haya perdido… Con lo que me costó aprender comos e silenciaba este trasto. Después del primero de los postres – buñuelos de viento del Tío Nelo rellenos de chocolate – el maître se presentó en la mesa con una bandeja en las manos. A su lado, el sommelier, una mujer esbelta bajo un delantal verde, traía una botella de champagne en las manos. -¿Señora Laura Altimira? – el maître, reverencial. Ella levanto la mirada y miró a Kim, extrañada de que supiesen su nombre. -Acaban de traer esto para usted – El hombre bajó la bandeja para que Laura pudiese coger el paquete envuelto, con papel de seda dorada. -¿Esto es cosa tuya? Kim no dijo ni que si ni que no. A las preguntas retóricas tenía la costumbre de ahorrarse las respuestas. La sommelier puso dos copas sobre la mesa y esperó el permiso leve de Kim para destapar el Dom Perignon. Con un movimiento de sus párpados tuvo suficiente para entender la señal, destapó la botella, ahogando el estrépito del tapón, y lo empezó a servir. -Me parece que no es un cede – aclaró Kim.


Laura, con la vista en los dedos, palpaba un paquete cuadrado. -Hostia, que sorpresa… - Tal vez sea un despertador, con esta caja… - Se dio cuenta que la sommelier se esperaba con la botella en la mano, como si hubiese ganado el Roland Garros y se pusiese bien para las fotos – No hace falta, ya puede servir, ya. Este no falla nunca. -¿Un perfume? ¿Me has comprado un perfume? -¿Yo? No… -¿Cómo que no? Nous Deux, no lo había oído nunca… - Que extraño. Si tu no te ponías nunca perfume. Los morros que había puesto Laura para decir Nous Deux le habían recordado las bromas que se hacían en la facultad cuando tenían que decir chuchotage. Jugaban a ver quien era capaz de estirar los labios más allá de la punta de la nariz. -¿Me lo has comprado tu o no? -Haz la pregunta de otra manera. A ver… -¿El regalo es tuyo? -Eso tal vez sí. -Pero no me lo has comprado… - Laura abrió la boca y puso los ojos redondos - ¿Lo has robado? -No, mujer, no, tu…Piensa. Esto debía de ser una escena romántica y lo estamos convirtiendo en… -¿Me los has fabricado? No dijo ni que si ni que no. A las preguntas retóricas… Se limitó a tragar saliva y contraatacar con otra pregunta:


-Te he hablado nunca de Mister Paton? -¿Mister Qué? – Se rió – Diría que no… Me acordaría de este nombre. Laura sacó el tapón de la botellita cuadrada, apretó dos veces el vaporizador sobre su muñeca y alargó el brazo. ¿Te gusta? Kim lo olió. -Es a ti a quien tiene que gustar. Laura volvió a acercarse la nariz al antebrazo y cerró los ojos para notar todas las fragancias. Notó flores blancas, el frescor de los cítricos, y alguna cosa del lago de su casa. -A mi, mucho, muchísimo. Me gusta, ¿sabes porqué? -… -Porque no empalaga. – Sin levantarse de la silla, solo estirándose, le dio un beso en la mejilla – Muchas gracias, Kim. Esto es mucho más que un detalle. - Ya se que me dijiste, hace muchos, muchos años, que no te ponías nunca perfume. Pero pensé que este te caería bien. Y – se concentró para que no le temblase la voz – era una manera de decirte que en esta vida nunca se puede decir nunca. -Encuentro que a veces tienes buenas ideas y todo. - Le guiño un ojo - ¿Quién es Mister Paton? -¿Qué versión, la corta o la larga? -A esta hora, la breve, por favor. – Laura levantó la copa – Por nosotros. Por Nous Deux. -Fue decirlo en voz alta y darse cuenta del mensaje. Kim también levantó la copa flauta por el pie, como


los hombres de mundo. Brindaron, se miraron a los ojos y les pareció que era la primera vez que se veían. Después de estas impresiones compartidas, bebieron. -Buenísimo, Kim – degustando el champagne. -Mister Paton es un cliente del hotel. De toda la vida. No se si viene tres o cuatro veces al año, desde el tiempo de mi padre. Es… No se como de llama el cargo, o su trabajo exactamente, pero tiene una nariz privilegiada, huele perfumes por los cinco continentes. Viene aquí y prueba los nuevos productos de Puig y les dice más así o mas asá…Ya hace algunos años que le pedimos que hiciese la esencia del Rafaeli y nos vino con una colonia muy característica. Es aquella fragancia que seguro que has notado mil veces porque rociamos el hall, el ascensor, los pasillos…Nos agrada que todo tenga un ambiente agradable, que se reconozca. – Kim había necesitado toda aquella previa para, de repente, lanzarse a decir lo que nunca había osado – Hace muchos años, no se cuantos, le hice un encargo a Mister Paton. Tu te fuiste de Barcelona precipitadamente, te salió un trabajo en Australia que tenía que ser para unos cuantos meses, y a mi, ahora ya te lo puedo decir, ya me fue bien que te fueses en aquel momento porque tenía un problema de los gordos con Miriam, que se me juntó con todo el asunto porque mi padre y los sobrinos de Roma se querían vender el hotel. Tenían montado un número


de tres pares de cojones. Miriam creía… Pensaba, a pesar de que ella no me lo dijo nunca, que tu y yo… -¿Yu y yo? – haciéndose la sorprendida. -O sea, todo era un lío. Cada día era peor que el anterior. Mucho peor. Y en medio de toda la tempestad, tu te fuiste así, de golpe, y se que yo no estuve lo suficiente por ti, que había tenido aquel problema con el músico…Pero con el tiempo, cuando todo se calmó, cuando me separé, cuando los remordimientos se fueron colocando en su lugar, con el tema del hotel resuelto de una vez, pude tener un poco de serenidad para pensar y me di cuenta que contigo no había estado a la altura… -No te castigues, Kim. -Es verdad. No estuve a la altura. Por lo que fuese, no me di cuenta de que quería decirte que te fueses… -Venga… -Déjame que te diga. De modo que hace años, tal vez seis o siete, un día cogí por mi cuenta a Mister Paton, le invité a tomarnos un whisky en la biblioteca del hotel y le hice un encargo muy especial. Le pedí si me podía hacer un perfume solo para ti. -Kim, tío… -A el le hizo gracia el encargo. Lo encontró original. En aquel momento aún no se habían abierto todo este bien de Dios de tiendas en las que tu mezclas y te haces tu perfume, que es un boom que ya veremos lo que dura. Total, que Mister Paton se


fue animando y al segundo whisky ya quería que le diese pistas, que le enseñase una foto tuya, que le dijese como eras de talante, físicamente y donde habías nacido. -Le hablaste de Banyoles, supongo. -No. Nada. Cero. Solo quise decirle una cosa – Se lo pensó mejor – Dos. Es mi mejor amiga y, sobretodo, ha de ser un perfume para la mujer que no me ha fallado nunca. Laura cogió la copa y dio un sorbo, largo y tranquilo, para no tener que explicar, de repente, lo que pensaba. Para no hacer evidente que se le nublaban los ojos. Para que nadie más que ella notase el latido de la sangre en las sienes. Por no tenerle que decir como me gusta que el señor Ráfales, dueño del hotel no se que no se cuantos, empresario de éxito en Barcelona, un hombre hecho y derecho, el amigo con el que siempre pudo contar, un personaje que entrevistan las revistas de glamour, continúe siendo mi Kim de siempre, y que encima sea así, vulnerable. Ya que se había embalado, dejó que acabase la historia. -Un día, Mister Paton me vino con tres frasquitos pequeños y me invitó a olerlos. Me gustaron los tres. Después que los probásemos sobre el cuello de una mujer, aunque me advirtió que ninguna esencia hace exactamente el mismo olor sobre pieles diferentes.. Yo le pedí a Elsa que entrase en mi despacho. Sin decirle para quien era ni para que hacíamos aquella prueba, las probamos todas, descartamos una y,


entre las dos finalistas, lo tuve clarísimo. Este, dije, que encuentro que no empalaga nada, y me gusta que lo hayas notado. Al cabo de tres meses, Mister Paton volvió al Rafaeli con esta botella cuadrada de cristal grueso, tintado de verde, con tanta personalidad, con el perfume dentro. Quedamos en que aquella fórmula no la elaboraría más para nadie y me garantizó la exclusividad. Yo le sugerí un nombre y el se entusiasmó, Guardé la botella con la caja del Nous Deux en el armario del despacho y pensé que cuando nos volviésemos a ver, cuando te dignases a volver desde el fin del mundo, este sería un buen regalo de bienvenida. Un hola que tal. -Lo es, Kim, lo es. Que hayas creado un perfume para mí es… No tengo palabras. -Yo no he creado nada, Laura. Mister Paton… iniciado el ataque, se volvió a poner la coraza. No estaba acostumbrado a estar mucho tiempo al descubierto. Los sentimientos son, como buen Ráfales, también con vaporizador. Laura reseguía los bordes redondeados de la botellita minimalista, con el dedo arriba y abajo, saboreando el momento, los golpes escondidos de Kim y la historia que le acababa de revelar. -¿Sabes lo que me gusta de ti? – Ella si que tenía necesidad de decir las cosas – Que siempre tienes la capacidad de sorprenderme. Y que me haces reír. Le quería decir yo también te quiero, Laura. Pero prefirió decirlo con una salida del tiesto: -¿Quieres que te explique ahora la versión larga?


-Quiero que cumplas el juego de esta tarde. -¿De verdad? ¿Te apetece que te enseñe donde vivo? -¿He hecho un triple o no? Kim se había comprado una casa de dos plantas, un jardín con una magnolia detrás y un garaje para cinco coches en la calle Inmaculada, tocando a los Cuatro Caminos, a dos minutos a pie de las Escuelas Pías de Sarriá. Durante quince años, la casa había sido la sede de una agencia de publicidad que, como otras de la zona alta, no había visto venir la crisis, había estirado más el brazo que la manga y, después de haber invertido algún millón en reformas y modernización del inmueble, se había quedado sin encargos, sin clientes y, finalmente, sin el edificio. Kim, bien conectado, se la había adjudicado por la mitad de precio en una subasta a finales del 2011. A coste de mercado, no se la habría comprado. Por más que Elsa, desde que visitaron la torre la primera vez, insistió que hacía mucho para el, Kim ni loco se habría gastado tanto dinero. Estaba desde hacía cuatro años largos, se la había puesto a su aire pocos muebles y bien elegidos, cristal por todas partes y arte moderno en las paredes – y Víctor y Jana tenían una buena habitación para cada uno, en los días que tenían que estar con su padre.- Aquel viernes habían subido con Miriam a la Costa Brava. – Es aquí. – Kim apretó el mando a distancia para


que se abriese la puerta del garaje. Con otro mando, desconectó la alarma, desde el coche. De noche, con la llegada por el parking, Laura no vio gran cosa. Fuera había una luz tenue de una calle estrecha. Le pareció una casa discreta, escondida detrás de una hiedra ufana que envolvía, de arriba abajo, las enormes planchas que hacían de cierre. En el recibidor, cuando Kim encendió las luces, les recibió un cuadro apaisado, azulísimo, que ocupaba toda la pared. - ¿Es un Klein? – se extasió – También debe ser robado. Como el perfume… - ¿Sabias que es un pintor que dio nombre a un color? Me encanta el azul Klein. En cuanto Kim abrió una primera puerta corredera, le enseñó su pequeño museo. -¿No te había dicho nunca que hacia colección, verdad? -¿Qué es eso, Kim? -A ti que te parece? – Kim se sacó la americana y, por costumbre, se arremangó las mangas de la camisa – Venga, Laura, no es tan difícil. Yu puedes deducirlo… La sala estaba llena de muebles de llaves de recepción de hotel. Casi todas eran de madera. Los había descoloridos, decapados, algunos de los más rurales, de pensión de pueblo, otros más nórdicos, de madera clara. También los había señoriales, que conservaban todo el prestigio en la madera de cerezo americano. Todos los llaveros de pared eran


rectangulares, hechos a medida. Fuesen muebles de recepción de hoteles de muchas o pocas habitaciones, de motel de carretera o de un cinco estrellas de la otra punta del mundo, la mayoría conservaban todavía, en el agujero, el número de la llave que le correspondía. A Kim le gustaba que en dos de los muebles, todavía colgasen todas las llaves, como si el cliente tuviese que volver. Cuanta vida escondida en cada llavero de pomo de hierro, con la etiqueta con el número, con la volandera negra de goma para salvarla de los golpes. Cuantas historias había detrás de cada llave. - Antes ibas a un hotel y te daban la llave de la habitación – Kim cogió una cualquiera Pesaba tanto y la hacían tan grande para que no la perdieses y para que te estorbase llevarla encima. Y cuando salías a pasear tenías que dejar la llave en la recepción, y te la guardaban en un mueble como este, de manera que, de un vistazo, sabías si la habitación estaba ocupada. No había que mirar el rack, que llamamos, para saber la disponibilidad de plazas libres. - Ah, si, Kim, no fastidies… - Siguiéndole la comedia – Que interesante. - Como vienes de Australia, que allá no se como va todo esto, que no te pienses que siempre ha sido como ahora, que acercas el móvil a la puerta y ya te detecta el código, que ya es necesario ni tarjeta magnética.


- Que tonto que eres… - Laura le cogió los brazos por detrás, como si le fuese a reducir - ¿No hay ninguna del Rafaeli? He preferido que se quede allí, en el hotel, en el piso de mi padre. Me supo mal llevármela. ¿Sabes cual es, de todas estas, la que más me ha costado? Laura le liberó y, como si estuviese en un museo, recorrió toda la sala con pasos cortos, de una Punata a otra. Dudó entre dos muebles y disparó contra el más grande, con un montón de cajoncitos. Cuarenta por veinte, tal vez. -Si señora, este. Es del Plaza de Nueva York – Acarició la madera noble, lisa, perfecta, sin ninguna astilla – Me parece que nunca había sufrido tanto como el día de la licitación. Tenía una persona allá, en la sala, yo lo seguía a ciegas, por teléfono, y algún hijo de puta también iba subiendo la puja y, al final, en lugar del llavero parecía que estuviese comprando el hotel entero. -Según y como, parecen casitas de muñecas. - Es verdad. Jana, mas de un día, había jugado – Sin pensar que en cada puerta que abría, le descubría un nuevo mundo a Laura, entraron en la sala principal de la casa. Kim fue directo al mueble bar – Tengo una grappa nonino que tienes que probar. ¿Un culito? El día. El Gótico. El triple del juego. El Vela, El menú degustación. La conversación. La casa. La colección de llaves de hotel y, después. Su refugio. Ver que con dos sofás una Helen del Manolo Valdés


y un enorme cuadro de bañistas de Juan Genovés montaba su escenario. Y, sobretodo, con un Kim que estaba por ella, Laura no dijo que no. Y con la grappa, de repente, sintió la necesidad de hablar. -Cuando estás sola, estás muy sola. Pero hay un momento que te das cuenta que es mejor estar sola que con el hombre equivocado. En Londres tal vez viví con dos wrong men y, cuando llegué a Australia, me fui… Ha habido de todo, claro que si. Son muchos años. Pero ninguno para que haya dicho de este me enamoro, de este… También es verdad que, con la edad, te haces más selectiva. No todo ha de ser malo. ¿Allá sabes que he descubierto? – Kim se sentó a su lado con un dedalito que tuvo que correr a chupar para que no se vertiese – El valor de las amigas. Amigas. Todas mujeres. Hemos quedado cada semana en casa de una o en casa de otra. Eran vecinas o de otros profesores de la universidad o una chica, argentina, Mirta, que conocí en un gimnasio. Quedábamos para tomar un te y no hacia falta nada más. Estábamos bien juntas, la conversación se alargaba y, no lo se, son amistades más de cara a cara, ¿sabes que quiero decir? No hay que explicarse según que cosas para llegar a una intimidad más profunda. Y estábamos bien juntas y no necesitábamos ningún hombre. Ni los encontrábamos a faltar. Y esto que habían que estaban casadas, y había que no, pero allá éramos un nosotras. Te diré, quizá no te lo creas, te diré que hemos llorado. He llorado con amigas, y no de


tristeza, sino de… Este estar juntas nos hacía más fuertes. Llorábamos, tal vez, por esta intimidad que te decía. Nadie nos borraba la manera de ser. Hablábamos y no teníamos que demostrar nada a nadie. Vosotros sois más competitivos, incluso con la amistad. Contáis los amigos, los valoráis, hacéis ranquings, los clasificáis…I, perdona por el meeting, hacéis todo esto porque así, mientras tanto, escondéis más las emociones. Estáis encapsulados. No me mires asi, Kim, las cosas son como son. Os han educado diciendo que llorar es de niñas. O de maricas. Por eso, cuando os tenéis que decir cosas fuertes, no miráis a los ojos, habláis de lado, a veces os decís cosas fuertes mientras camináis para no tener que aguantar la mirada… -Laura… - hizo durar los puntos suspensivos para digerir el monólogo, y para que se diese cuenta de que era su turno. Un sorbo más tarde, tomó la palabra, poco a poco, pensando muy bien cada frase para no pisar ninguna mina – Es evidente que yo, Laura, no me puedo meter en la piel de una mujer. No se si soy demasiado hombre para decir estas cosas, o tal vez tenga un lado gay que no sabía, pero déjame decirte, y que conste que te lo digo cara a cara, mirando esos ojos verdes donde se ve el mar y el cielo, que estoy muy contento, contento y orgulloso, de nuestra amistad. Y, de repente, como si Laura hubiese oído llover, alteró la conversación con un reproche dicho con una sonrisa helada y palabras amables.


-Tú me has querido mucho, y tanto que si, Kim Ráfales, pero nunca has tenido ojos para mí. -¿Perdona? – Ofendido - ¿Pero como puedes decir eso? Quieres que te diga que pensaba mientras traducíamos la película porno en tu piso, para un trabajo en la facultad? ¿Quieres que te diga que llevabas en Menorca, la noche de las Cuevas de Xoroi? -Buf, han pasado treinta años. Ni yo sabría decirte lo que llevaba. -Te dejaste suelto el pelo y estabas radiante con… cerró los ojos con la concentración de un mentalista – con un vestido blanco, de tirantes, que nos enseñabas los hombros… -Ahora que lo dices – Impresionada, se acabó la gota de grappa del fondo del dedalito, para disimular. -Un poco como hoy. Tú sabes lo que te queda bien. Camisa blanca, los hombros al viento…No pasa el tiempo para Laura Altimira. -Igual que ahora, si. ¿Y que más? -Seguro que no soy el único que te lo ve. Si tú supieses, pensó Laura. Pero no era el momento de entrar en detalles y sacó otro tema. -¿Sabes de donde viene, Kim, la palabra recordar? -Yo no acabé la carrera – se excusó – De donde proviene, a ver… - Recordar. Re-cordar quiere decir volver a pasar por el corazón. Recordamos cuando volvemos a pasar un momento por aquí.


Y tanto si recordaba cosas. Ahora, obligado por esta Laura que no había dejado de hurgar desde el bar de la facultad, y tanto si le venían a la mente – y resultaba que pasaba por el corazón – escenas que habían vivido juntos. Muchos momentos de risas. Y de conversaciones y de excursiones y de anécdotas. Y el instante del drama, con la niebla necesaria para soportar la carne viva de la herida. Y recordaba el día que se le ocurrió llevar un pastel de cumpleaños del congelador del supermercado que estaba tan recalcitrantemente duro que, ni con un cuchillo mas grande ni con todas sus fuerzas no lo pudieron cortar. Como se partieron de risa. Con trabajo pudieron clavar dos velas para que Laura pudiese soplarlas y pensar un deseo. Y recordó la noche que en un interrail por capitales europeas habían tenido que dormir juntos en una misma cama en un alberge en Praga, y no se habían tocado ni un pelo en toda la noche. Mejor dicho, se habían cogido de la mano, un instante, en el momento de hasta mañana. Aquella habitación la recordaba como si fuese ahora. Cuando, por las incomodidades del colchón, se despertaba, abría un ojo y, sin desvelarse, veía a Laura a su lado, durmiendo tan tranquila, tenía una nueva sensación, de satisfacción. Y recordaba que nunca le había dicho como se había sentido en Praga, cuando se había tenido que meter entre las sábanas solo en calzoncillos tan cerca de ella. Y recordaba el día que llovía, que la había acompañado a hacer unas fotocopias, Laura se había equivocado


de coche y había subido al de detrás. Y recordaba que el interfono del piso de estudiantes, de Gracia, siempre estaba estropeado y como tenía que tirar piedrecitas al cristal con la fuerza precisa para que le oyesen, sin romper ninguno. Y recordaba con todo detalle el día en que Laura lo desmereció. Como quien no quiere la cosa, en medio de una conversación cualquiera le soltó: de mayor tú serás un madurito interesante. Exactamente con estas siete palabras. En este orden. Con el diminutivo incorporado. Ni más ni menos. Tal vez quería ser una galantería pero en aquella conversación de noche, con un cubata en la mano, le sonó, de entrada, a un que te quede claro que paso de ti, rotundo. Quizá después llegaron los matices, los argumentos y las martingalas que todos hacemos para endulzar aquello que no queremos oír. Y la primera impresión fue la que quedó. Por más que, con los años, lo pasase por la traductora del corazón tantas veces como fuesen necesarias, la interpretación siempre había sido la misma. -¿Eso te dije? – De nuevo, sorpresa – Está bien claro que como vidente me habría podido ganar la vida. -Ahora lo estás arreglando, muchas gracias. -Es verdad. Eres un maduro interesante. – Le pasó dos dedos por la barba, como si le afeitase Encontraríamos otros adjetivos, pero este te lo clavó. Sentados en el sofá, uno al lado del otro, hablaban sin prisa mientras caían las horas. Ni a uno ni al otro


se les escapó un bostezo. Todo el día habían estado en tensión. Toda la noche se columpiaban, con ojos de lobo, entre la sinceridad y la seducción, tan arriesgada, una como juguetona la otra. Y allí en la madrugada del viernes 22 al sábado 23 de julio de 2016 sin que Laura hubiese llegado todavía a la planta de las habitaciones de la casa de Kim, fueron un palmo más allá del deseo. 27 Nunca nos bañamos en el mismo río Ella se despertó antes que Kim. Tal vez la molestó el primer sol. Quizá en silbido tozudo de un mirlo rompió el silencio de un sábado de verano en la zona alta. Quizá fueron las ganas de abrir los ojos y mirarlo, a su lado. O, simplemente, era la culpa del jet lag de las narices. La última vez que había venido de Australia había estado muchos días con la velada y el sueño bien confundidos. Había contado la tortura. Doce días, concretamente, en que el reloj decía una cosa y su cuerpo respondía lo contrario. Aquella mañana, en una habitación que, desde la cama, le parecía una pista de baile, la claridad iba desvelando, poco a poco, un mundo de grises y colores dilatados. Todo a juego. Las paredes desnudas, las maderas de los listones regulables de las persianas de librillo, las giocondas gemelas de Warhol y una butaca de piel que Laura decidió que


era para calzarse los zapatos, o a juzgar por la lámpara Tolomeo, para leer la prensa económica e internacional que tenía plegada sobre una mesita auxiliar. Al fondo, descubrió un vestidor hecho a medida para las americanas, los pantalones de cabeza abajo y las camisas colgadas según colores. Muchas blancas y pocas oscuras, Todo en su sitio. Todo ordenado. Y de repente, una duda rompió su mañana más plácida: ¿hasta que punto Kim permitiría que ella le desbaratase la vida? El dormía a su lado, boca abajo, con las manos sobre la cabeza, y con una pierna y un hombro fuera de la sábana perla. Estuvo observándolo durante unos buenos veinte minutos. Escuchaba como respiraba, contemplaba como la barba de la mañana le ennegrecía las facciones y le miraba las cejas – las pobladas cejas de siempre –que ni la almohada las había despeinado. Le gustaba observar aquellos labios gruesos, que hacía pocas horas, hasta que se durmieron abrazados en la cama, le habían parecido tiernos y melosos. Y ya tenía ganas e volverlos a sujetar entre los suyos. Y pellizcarlos y soltarlos. Y volver de nuevo. Y jugar a morderlos, como habían empezado a animarse en el sofá de abajo, antes que Kim, con la seguridad que requería el momento, la cogiese de la mano y la dijese ven. Con dos dedos, sin quererlo despertar solo para que notase una caricia, para que el sueño se volviese más agradable y para que al abrir los ojos fuese más tranquilo, le resiguió el brazo. Tan suave como


sabía, tan delicadamente como la había tratado Kim la noche anterior. Con las yemas de los dedos, jugaba tocarle los pelos – mikado particular – sin llegar a piel. Le reencontró la araña, casi difuminada, de la cicatriz del accidente de moto de juventud. Los puntos nunca se van del todo, para recordarnos nuestra fragilidad. Cuando menos se pensaba, Kim, todavía haciéndose el dormido, la sorprendió: -Buenos días, guapa. -Buenos días, Kim. -¿Cómo has dormido? -¿A ti que te parece? -¿Bien? -Mejor que en casa – le despeinó con una mano.Buenos días, señor Joaquín Ráfales. La Laura, finalmente, pudo hacer aquello que hacía rato – y dias y meses y tal vez algunos años – que le apetecía mucho: besos a Kim. Besos serenos para despertarlo. Besos de buenos días. Se lo había imaginado muchas veces. Y de repente, le era permitido. Desde la noche anterior, aquello que durante años, uno y otro pensaban, calladamente, que habría puesto en riesgo su relación, ya no era fruta prohibida. Al contrario, el deseo se había hecho carne: las palabras quemaban y las manos, curiosas, descubrieron unos nuevos cuerpos. No querían correr, pero los labios y los dedos competían por llegar a todas partes. La Grappa, en la lengua, eras frecor. Erotismo y deseo, todo junto. Aprovecharon


otro beso largo para desabrocharse la camisa. Kim con traza, enseguida hubo acabado con la blusa blanca. En la camisa de el, Laura tenía más botones para deshacer el ojal. Dejaron caer la riopa al suelo, y por un instante, abrieron los ojos. Se miraron sin enrojecer. Estaban en casa, finalmente, como los niños que juegan. Seguros y tranquilos. Con una sola mano y un gesto seco de hombros, Laura se sacó el sostén, que también se deslizó hasta los pies. Kim, antes de osar tocar aquellos pechos firmes, más blancos que el resto de piel tostada, se agachó para besarlos. Primero con tacto. Después, como si le fuese la vida. Al acabar,todavía, metía la cabeza y se perdía en un océano de sensaciones. Laura se mordía el labio inferior para no jadear y levantaba el cuello para que Kim le pasase la barba y volviese a bajar en un recorrido que la hacía sentir femeninamente protagonista. Todavía de pie al lado del sofá, se desabrocharon los tejanos y, entonces, dejaron que una mano lenta explorase – bendita búsqueda – en zona cálida. Se sacaron los pantalones y dejaron que, en el primer abrazo cuerpo a cuerpo, un roce ocasional les convirtiese en amantes apasionados. Se estiraron sobe los cojines. Laura, sin palabras, marcó cada secuencia, cada movimiento y cada gesto acompasado de aquel baile soñado. Era ella la que se humedecía mientras le lamia el torso. Le olía el cuello, y alterada arqueaba la espalda para notarlo mejor o para murmurarme palabras de las que no se


habían dicho nunca. Y le agarraba los muslos para que no se le escapase la fiera. Cuando lo tuvo apuntalado, encajó los cuerpos. Con cuidado. Y dejaron que se deslizase resbalando. Ahora calmados, ahora a empellones, para gozar de todas las dimensiones. A partir de aquel momento, Laura agradeció que Kim supiese combinar la convicción con la poesía. Era justo lo que esperaba de el: el escozor mágico e infinito. El orgasmo de su vida. Después subieron a hacer el amor a la habitación principal de la casa. Al king size de Kim tal vez se estuvieron más de una hora, antes de caer rendidos. Habían dormido juntos, como en Praga, como en Londres, pero esta vez no habían dejado ninguna asignatura pendiente. Con Kim despierto, Laura puso los pies en el suelo, se levantó y anduvo desnuda hasta la alfombra de delante del vestidor. -Me encanta tu casa – Miró a un lado y al otro, abriendo los brazos – Y esta habitación… -Por allí verás el jardín – Kim estiró un dedo para señalarle la ventana. -Se acercó y cambió la inclinación de los listones de la persiana para mirar hacia abajo. -Una magnolia. ¿Tienes una magnolia? ¿Sabías que es mi árbol preferido? -Para serte franco, iba con la casa. -Encuentro que tiene una hojas tan relucientes y tan duras…¿Tiene flor? -Sobretodo hace buen olor.


-¿Y aquella flor blanca tan…? -Pregúntale al jardinero del Rafaeli. Es el quien está al cuidado de todo… -Kim… - decepcionada por una respuesta tan de hombre en un momento tan de mujer - ¿Sabes porqué me gustan? Porque tienen hojas todo el año. No me gustan los árboles que en invierno se quedan desnudos. Los encuentro, desvalidos, tristes. En cambio la magnolia… -Kim seguía inmóvil. Miraba la silueta de Laura que, a contraluz, en el antepecho de la ventana le parecía una perfecta sombra chinesca. Laura se volvió a estirar en la cama, a su lado. -Un, dos, tres, ¿En qué estás pensando? -¿En quien estoy pensando? En ti. -No, perdona. En qué estás pensando, Kim? -Ahora no vale. -¿Cómo que no? - Pensaba en que hora debe ser. -Sí, hombre, es la hora de comer de pasado mañana. ¿En qué pensabas? Va… Laura se le arrapó. Le puso la pierna por ecima de la suya. -¿Lo quieres saber? – a Kim le encantó aquel calorcillo. -Lo necesito saber. – Laura aprovechó para clavarle un beso en el cuello. -Pensaba en… dijo lo que creyó que Laura querría oír, en que habría pasado si no hubieses entrado el triple…


-¿Sinceramente? – Se le acercó a la oreja – Tal vez habríamos tardado un poco más, pero creo que habríamos acabado igual, los dos aquí. Y ahora no me digas que fue un golpe de suerte, que todo depende de un enceste. -Yo no te he dicho eso.- Se puso bien y la abrazó – Laura, Laura, Laura… Después del abrazo fuerte, distinto a todos los que se habían hecho antes, Laura estiró la sábana de un golpe hasta sacarlo por los pies de la cama e hizo que Kim se estirase bien alineado con la cara metida en la almohada. Como si estuviese en una litera de masajes, Laura le regaló besos por todo el cuerpo. -Déjame hacer. Sin prisa, dulcemente. De un lado al otro, trenzando la simetría del placer. Descubrió que Kim, en la nuca, tenía escalofríos y en los pies cosquillas. En el resto, relajado, obediente, se dejaba hacer, si. Cuando lo tuvo entregado, Laura le pidió que se volviese. Ella, con traza, se colocó encima. El acoplamiento fue lento, profundo, respetuoso. I, cuando notó una quemazón de no poder más, Laura empezó a cabalgar suave, con un vaivén acompasado, meciéndose con las caderas adelante y atrás, dominio y parsimonia, para que uno y otro notasen todos los gustos. Dándolo todo. Con amor. Cuando se dio cuenta que Kim estaba al borde del cielo, lentificó sus movimientos, inclinó su cuerpo hacia delante y depositó sus pechos sobre su cuerpo, ahora si, ahora no, para que notase tantos puntos de


contacto y que el viaje fuese más largo y el placer más sideral. El, con la experiencia de los cincuenta, la supo esperar. No se desencajaron hasta que la respiración se les hubo tranquilizado. Al final, se estiraron uno al lado del otro, mirando al techo, sin decir nada, pero con la necesidad, todavía, de estar en contacto. Mientras se desudaban, la mano de Kim reposaba sobre el muslo de Laura. La de ella estaba a gusto sobre la cadera de un hombre que no recordaba un despertar tan pletórico en su casa. Radiante como estaba, feliz por levantarse al lado de Laura, solo tenía ganas de reír. Pero se abstenía para que Laura no se pensase que… No quería que una risotada a deshora delatase la satisfacción de quien cuelga el trofeo de caza en la cabecera de la cama. Levantarse al lado de su amiga del alma era, para Kim, mucho más que eso. Era hacer el amor con la persona que, tal vez sin saberlo, siempre había buscado cuando entraba en la habitación 218. Era el sexo a que renunciaba para no poner en peligro la amistad. Era la mujer que siempre había añorado. Era, mira por donde, el momento en que ya no había nada que perder. Era la gran oportunidad del resto de su vida. -¿Estás leyendo este? – Laura cogió el volumen de la mesilla de noche – Avenue of Mysteries? -Sí, acaba de salir.


-Míralo el. Ha pasado de las revistas de motos de la facultad a leer a John Irving… -¿Qué quieres decir? – Volviéndose, haciendose el ofendido. -¿Sabes que me gusta a mi de Irving? Que no tiene prisa en explicar las historias, que crea un mundo y deja que vaya fluyendo…Todo llega a su debido tiempo – Antes de olerlas, hizo correr las páginas con el dedo pulgar como un crupier de casino - ¿Qué tal este? -Me gustó más aquel de Una mujer difícil. Perotocó el punto del libro – ya ves que voy por el inicio. Laura volvió a dejar el libro sobre la mesilla, al lado de un despertador digital japonés que marcaba una hora imposible. -Hay un proverbio árabe que me gusta mucho – ella, suave, mientras le peinaba las cejas con un solo dedo – El libro es un jardín que podemos llevar en el bolsillo. Kim la cogió por la muñeca, de repente, como si pasase algo grave. -Yo nunca he tenido bolsillos tan grandes, Laura. ¡Son setecientas páginas! Se rieron a gusto, se estiraron con la barriga al aire y volvieron a contemplar los ángulos del techo. -¿Quieres saber cual es el proverbio de los Ráfales? -Hombre…Y tanto. -Del Rafaeli se sale mejor de lo que se entra. Y venga a reírse de nuevo.


-Tu padre siempre tiene razón. Me encanta el Paco… Después de unas etapas de silencio, Laura sintió la necesidad de enlazar con una conversación que se había quedado a medias. -¿Sabes cuando ayer me decías que estaba como hace treinta años? -Tienes razón. No era verdad. Cada día estás mejor. - El giró la cabeza para mirarla – Seguro que, en el sexo, los dos sabemos mucho más. -¿Y tu que sabes, sino puedes comparar? -Eso es verdad. Pero mejor que esto de hoy, seguro que no puede ser… -Yo no hablaba de sexo, Kim, no despistes. -Tu siempre has estado una mujer guapa. Ya lo eras en la facultad. -Entonces no te digo que no. Resultona, decía mi madre. Pero es igual… Levantó la mano para que Kim entendiese que no tenía que hacerle perder el hilo. Laura necesitaba decirlo, y que no la interrumpiesen. En algún momento, siempre necesitamos que alguien nos escuche – Hacerse mayor, para una mujer, es horrible. La sensación de hacerse vieja es una mierda. Solo la peca continúa en su lugar. Allá, invariable. El resto se va restaurando como se puede. Antes de ayer, en su casa, lo hablábamos xon Sira. Y mira que ella se ha cuidado y que es una doctora con mucha clase, pero me decía, nosotras, a partir de los cuarenta y cinco, ya está. Vamos caducando. Se ha acabado. Las


arrugas no dan experiencia, es todo mentira. La menopausia será terrible. El declive llega de golpe y es devastador. -Sois unas exageradas. -Tu no lo quieras arreglar que no sabes de que hablo. Cuando hay una mujer atractiva a nuestra edad, os la miráis como quien mira a Floquet de Neu. Una rareza en la naturaleza. Como me decía Sira, si han sido guapas, aún padecen más porque, encima, han dejad de serlo. -No es verdad, Laura. Tu eres una mujer muy guapa. Atractiva a los cincuenta. Y lo serás a los sesenta y a los setenta… -No sigas. -Y sí, todos nos hacemos mayores, pero ya se sabe. No pasa nada. Nosotros también caducamos, como dices tu. -No es lo mismo. Y sabes que no es lo mismo. -Mira mis ojos. Se han vuelto tristes, y de ceniza, justo cuando veo las cosas más bonitas que he visto nunca. Te veo a ti, veo a mis hijos,,,¿Qué mas quiero? Cuando me tendrían que brillar más que nunca, me veo en las fotos que me hacen en las revistas o, ni eso, cuando me miro al espejo o en el retrovisor del coche pienso que… .Ep, ep, ep, Kim, lo siento pero no cuela. – No le dejó acabar – Todos nos hacemos mayores, claro que sí. Pero tú tienes unos ojos bonitos, francos, inteligentes. ¿y sabes qué? Esto no te lo he dicho nunca…Un poco intimidatorios. Una mirada tuya


siempre hace respeto, aquí y en el Rafaeli. Pero da lo mismo. Si preguntásemos a veinte personas que dijesen alguna cosa de tus ojos, ninguno, absolutamente ninguno, aunque no hubiesen visto como los tenías antes, no diría que los tienes tristes. ¿Sabes que veo yo en tus ojos? -… -Un hombre valiente. Se ducharon juntos. Jugaron a enjabonarse la cabeza y la espalda. Kim hizo broma con otra peca que, hasta aquel momento, no la había detectado. -Tantos años pensando que la peca que te daba personalidad era la de la cara y he tenido que llegar a los cincuenta para saber que aún había una mucho mejor. -¡Calla! -¿Qué es? ¿El premio? ¿El tesoro para el que llega al final del juego? -Serás… Laura le arrebató el teléfono y le roció la cara como si fuese una pistola de agua. Después bajaron al jardín. A Laura le gustó el frescor del césped regado a sus pies. El resol entre los árboles, la sombra serena del patio y la fragancia de la humedad la retornaron a Banyoles. Un olor casero. -Una magnolia no es un árbol cualquiera. Tiene las hojas distinguidas, ¿No crees?


-Eso ya lo dijiste ayer – gritó Kim desde la cocina. -¿Qué es eso? ¿El primer reproche? – hablo alto para que también la oyese. Laura sacudió la pinaza que había volado desde un jardín vecino y se sentó en la única silla encofinada. Supuso que era la de Kim y que las otras dos debían ser las de la Jana y el Víctor. Le gustó imaginárselos, a los tres, en una escena familiar, cada uno mirando su móvil y moviendo los dedos con una traza entrenada. Kim, silbando a Rachmaninov sin saberlo, no tardó en salir con una bandeja llena que sostenía con las dos manos. Doz zumos verdes, dos tostadas y unas virutas de pavo ahumado que había cortado con la máquina profesional que había hecho comprar para la cocina. -A esta hora, ya no se si estamos almrzando comiendo o merendando. -¿El sexo también te abre la gana a ti? Dejó la bandeja sobre la mesa y la sorprendió por detrás, con un largo beso en el cuello, bajo la oreja. -Tienes la piel más suave que he tocado nunca. -Kim, no te burles. -Y me encanta tu perfume – Flojito, le mordió el lóbulo son pendiente. -¿Ah, sí? -¿Es un perfume nuevo? -No lo sé. Si quieres que te lo diga, no recurdo ni el nombre. Me lo regaló un pretendiente muy guapo. Uno que conocí ayer…


-¿Justamente ayer? Qué suerte, ¿y que tal? – kim se sentó, al lado de ella, en la silla de Jana. -No se. Ya lo veremos – Dio un sorbo al zumo de espinacas, apio, manzana y limón – No me hago ilusiones. Tiene fama de haber tenido siempre las mujeres que ha querido. Y jóvenes, ¿sabes? Cuando digo jóvenes quiero decir de las que tienen la piel tirante de verdad. -¿Qué dices? – Hizo su pose más crápula – Si eso es verdad, que envidia de tío. -Hoy por hoy, todo está demasiado reciente. No lo se. Justo le estoy conociendo. Ya te lo diré. Como buen amigo que eres, ya te iré informando. Para entendernos, estoy a la expectativa. De momento… se lo pensó y contestó con la mirada más provocadora – es un melón por abrir. -Hostia, Laura, he oído comparaciones mejores. – Se acercó para darle un beso de espinacas , apio y… - Estás muy guapa. Aunque me digas esas cosas, te está muy bien mi azul -Kim la había ofrecido el armario de la Jana para que buscase alguna cosa para ponerse. Tal vez encontraría alguna pieza que le fuese bien, le había dicho. Pero Laura no se sentía cómoda con la idea. No le gustó ponerse una ropa de una niña o de una chica de una joven o de quien fuese. De la hija de Kim, al final Prefirió ir a su vestidor, revolver las camisas, elegir la más larga y salir al jardín, con los pies descalzos, una camisa azul de hilo que le


llegaba hasta las rodilla y una goma en el pelo, con la cola alta. -¿Sabes que no me gusto ayer, Kim, de lo que me dijiste ayer? -Ay – Levantó las cejas Tranquilo – Le puso una mano sobre el pantalón – Que dijeses que a los cincuenta, ta tenemos más pasad que futuro. -Es una verdad irrefutable. -Naturalmente que sí. Pero el presente todavía puede ser maravilloso. El amor a los cincuenta no es un premio de consolación. No son dos abuelos que buscan compañía. -Kim barrió con la mano la pinaza que había sobre la tercera silla, la única que estaba vacía, como si esperasen a alguien más. Pero aquel domingo, en la casa de la calle Inmaculada, querían estar solos. Era su día, Se lo habían ganado. -El amor a los cincuenta – Laura no había ejado de pensar – tiene muchas ventajas. Sabes lo que quiere y lo que no. Sabes lo que te gusta de la vida y que no estás dispuesta a a volver a pasar. Llevas mucha mochila en cima, sabes decir basta y sabes decir por aquí nunca más. -¿Todo esto te lo ha dicho Sira? -De rodo esto me he dado cuenta yo sola, chico. ¿Qué tenemos tu yo? Que lo sabemos todo el uno del otro. Y que nos entendemos y que sabemos que nos gusta y que nos da rabia – Cogió trozo de pavo y se lo metió en la boca. Se la tapó para hablar – Yo


ya se, por ejemplo, que te has ido a la cama con setenta mujeres y que has coleccionado amantes,,, -Eso era antes – Setenta de golpe, le parecieron pocas, pero a medio partido no era el momento de discutir estadísticas – Contigo es otra cosa. -No te lo reprocho. -A ti te queiro. Y me gusta estar contigo. Laura hizo como sino lo hubiese oído, como si nada le pudiese romper las oraciones, pero no solo lo había entendido a la primera sino que valoraba el peso de cada una de aquellas palabras. Letra por letra. -Quiero decir que no me has de dar explicaciones, tú, Kim. y se como eres… -No del todo. Tal vez no lo sepas todo Hay cosas que no se dicen ni a la mejor amiga. Y tu no sabes hasta que punto siempre has estado especial para mí. ¿Sabes aquello de que si vivieses de nuevo tu vida, que harían de diferente? El otro día me hablabas tu del what if. Si yo viviese mi vida de cabeza y de nuevo, tengo claro el momento en que me equivoqué.. No te habría dejado escapar cuando volviste de Londres. Allá debía haber abierto los ojos y darme cuenta de que mi amiga de la facultad, la que un día me dijo, con aire de suficiencia que de mayor sería inmadurito interesante, la que estuvo conmigo cuando se murieron mis hermanos, la que se pone a jugar a básquet sin complejos en medio de la calle, la que lleva este perfume que enamora y que no se de donde coño lo ha sacado, en aquel momento


tal vez me habría de haber dado cuenta que tenía que hacer un golpe de cabeza. Ahora, no me importa haberme equivocado, porque tengo lo que quiero. Está claro que no somos un premio de consolación. -Eres un encantador de serpientes, Kim. El mejor… Laura se sentó sobre las piernas de el y se colgó de su cuello. Notaba como era de mágico y extraño al mismo tiempo, de formidable y extraordinario enamorarse de tu amigote toda la vida. Normalmente es al revés. Una pareja se enamora y el tiempo y la convivencia los convierte en amigos. Que suerte que había tenido ella. Que suerte, la los dos, de haber hecho este camino – Yo también te quiero. Muchísimo. Madurito interesante… -Venga, vés… - se fregaron nariz con nariz, como esquimales – Tú no has jugado nunca a que haría de diferente si… -Mira Un día decidí que es mejor mirar hacia delante que hacia atrás. No hace daño. Y no podemos bañarnos dos veces en el mismo río. Esta es una gran verdad. No nos podemos bañar dos veces en el mismo Río porque el agua que pasa siempre es diferente y nosotros tampoco somos los mismos. Todos crecemos, todos maduramos, las circunstancias son cambiantes y la realidad no es estable. -¿Esto del río te lo dijo el filósofo de los pies de pato, supongo? -No, tontaina – La pellizcó con ganas – Me suena que es de…Es igual, no lo se.


-Gastaron el domingo sin hacer nada. Llenaron la casa de palabras. Miraron fotos del tiempo de la universidad y pasaron la vida en limpio. Laura que no encontraba el momento para comentarle la oferta de trabajo que había recibido por correo electrónico, abrió el ordenador portátil que siempre había enchufado en la isla de la cocina y le enseñó todos los animales que había visto en Australia – quolls, iguanas, equidnos – y que aquí ni tan solo sabemos que existen. Ojearon un volumen gigante de Dalí, una reliquia con ilustraciones que Kim tenía como único libro en la mesa baja a los pies del sofá. Se durmieron en los brazos uno del otro en la siesta del verano. Cuando se despertaron, la tarde echaba fuego y trabajaron su cuerpo minuciosamente. Después les apeteció un te frío con menta. Por la noche, después de un poco de pasta con parmesano – un solo plato, y dos tenedores – encendieron el televisor, se arrebujaron en el sofá e hicieron una cosa nueva: comentar la jugada Apagado el debate sobre unos supervivientes tronados en una isla desierta, salieron al jardín. La magnolia lucía la esperanza de su color. No hicieron planes. Era el mejor preludio para una vida nueva. El lunes por la mañana el calor del verano era insolente. Desde la cama, Kim llamó al Rafaeli para avisar que no le esperasen, que estaría todo el día fuera del hotel, haciendo gestiones y reuniones. Envió unos whatsapps a los hijos. ¿Todo bien? Hasta


mañana, guapos. Después quiso que Laura viese que apagaba el móvil. En casa ya no había querido tener teléfono fijo si no lo iba a usar. -Tú, señor responsable – Laura le toco la barbilla – Un laborable en casa ya sabrás estarte? -Todavía puedo hacer cosas que te pueden sorprender. -¿Y los remordimientos a que hora los tendrás? – Laura le pasó la mano por la sotabarba. , Rascas… La Anabel, como cada día de cada día, metió la llave en la cerradura a las diez en punto. Una vuelta, dos, y una vez dentro, cerró la puerta. -¡Hostia! -¿Quién es? -¡No está puesta la alarma! ¡Estoy yo en casa! – Kim se apresuró a gritar para que la Anabel le oyese desde el piso de abajo – La Anabel. No había pensado. La criada, ecuatoriana, treinta y ocho años, todos ls papeles en regla y los impuestos al día – era de una puntualidad exagerada tanto a la hora de entrar como a la hora de irse. Laura dio un bote desde la cama a la ducha. -No pasa nada, tía… -Si, hombre, se pensará que soy una más… -Que no, Laura que a casa no ha venido nadie nunca – No se lo creyó ni el, pero el ruido del agua hizo que ya no le oyese la mentira. Anabel se hizo la discreta durante todo el día, pero mientras arreglaba la cocina, ponía lavadoras, hacía


la cama del señor y pasaba la aspiradora por cada una de las plantas, aprovechaba para repasar a Laura de arriba abajo. Le hubiese gustado tener una camisa blanca, con cuello, sin mangas y con la espalda arriesgada, como llevaba la amante del señor. Puestos a elegir, le molaban más aquellas vambas plateadas, acolchadas, tengo tanta clase como la señora de la casa. En Laura había visto alguna cosa diferente. Tal vez no había visto nunca que el señor se quedase todo un lunes en casa. -Pasadas las cinco, aún o cinco minutos después que el marido de Anabel la pasase a recoger en coche, cuando Laura y Kim ya suspiraban por toda otra tarde solo para ellos, sonó el timbre de casa. -¿Qué se debe haber dejado esta mujer? -¿No tiene llaves? Si por la mañana ha abierto ella… -Lo debe hacer para no molestar – Kim, que se levantó para ir a abrir, conocía la falsa prudencia de las criadas - ¿para no pillarnos, sabes? -¿Qué quieres decir? Que se piensa que corremos a follar como dos adolescentes, en cuanto nos quedamos solos…? -Ahora íbamos, ¿no? Seductor de película, le hizo un guiño, y ella le dijo, calla, marrano, y se volvieron a reír. Kim miró la pantalla del interfono. -Que extraño. – Apretó el botón para abrir la puerta de la entrada – Es la Elsa.


-¿La Elsa? – Laura se aseguró que estaba visible para recibirla y que no tuviese la sorpresa de encontrarla allá, instalada, de señora de la casa. Kim pasó el baldón y bajó a encontrar a su hermana. -Kim, ¿Dónde te había metido…? A distancia, le vio la cara de siete dioses. Y los ojos anegados. -¿Qué pasa, Elsa? Su hermano le abrazó. -Qué quieres decir con esta cara? -Y lloró mucho. De tristeza, de nervios, del susto que llevaba encima. Solo pudo decir… -Padre, Kim… -Pero, Elsa… Ella con los sentimientos encogidos, no podía decir nada. Kim solo entendía ya no hace falta que corras. Y el, el hermano mayor, la consolaba intuyendo la gravedad. Laura respetó el abrazo íntimo entre familia. Notaba que tenían que desahogarse juntos. Solos. El hijo de Paco. Cuando ya no pudo más de pena, se acercó y les pasó la mano por la cabeza a los dos. Desolados como estaban, les acarició el pelo. Poco a poco, osó hacer las preguntas que al Kim, aturdido, no le salían. ¿Dónde está? ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no nos lo habéis dicho antes? Habia desayunado lo de siempre, a la hora de cada día, con el periódico a un lado. El huevo pasado por agua, el zumo de naranja colado y la tostada con un poco de confitura sorpresa. De arándanos sabrosos,


se la habían puesto. Había paladeado su dulzura con ls ojos cerrados, sin saber que sería el gusto que le acompañaría hasta última hora. Bajó a recepción a dar los buenos días sin que dijese que le dolía algo, sin que ninguno de todos a los que dio los buenos días – dos recepcionistas, un maletero, un grum, el de seguridad con ganas de acabar el turno – detectasen ninguna señal que hiciese sospechar en el final de nada. Al contrario. Las últimas palabras que le oyeron a Paco Ráfales, fueron vigorosas. -¿Sabéis por qué el Four Seasons de Londres, es el mejor hotel del mundo? – Se estiró los pantalones arriba antes de contestarse el mismo – Porque cada día cambian el ramo de flores más bonito que hayáis visto nunca, que es el que está en la entrada. A partir de mañana me gustaría que en el vestíbulo del Rafaeli hiciésemos lo mismo. Quiero el mejor ramo del mundo, cada día. Las chicas de recepción pensaron pues dígaselo a su hijo o a Elsa, pero, en cambio, le devolvieron una sonrisa antes de contestarle, claro que si, señor Ráfales. A partir de aquel momento, nadie vio como había subido en el ascensor. Nadie se fijó. Hasta aquella hora del lunes, el 25 de julio de 2016 era un día normal. Dentro de la cabina, Paco se mareó. De pronto, se encontró encharcado de sudor. En cuanto se abrieron las puertas de la quinta, un latigazo fuerte en el corazón le tiró al suelo. Se intento apoyar en la pared, pero se cayó. La opresión era insoportable, el


peso del pecho subía hasta la mandíbula y traspasaba cualquier linde de dolor conocido. Nunca había notado un dolor como aquel. En los diez y siete segundos que ya no podría explicárselos a nadie, le pasaron por delante seis motivos para vivir. Kim, Elsa, los cuatro nietos. Y el Rafaeli cinco estrellas. Vio fugazmente, el cirio de un bautizo con el abuelo Francisco (llevaba un crío en brazos). Alex y Roger en un marco de fotos. Un cartel de La Fenice. La Fornarina saliendo del puerto. La zía Mina desnuda y Rómulo y Remo succionándole los pechos. Perdóname María, por la Laborde. El horizonte a veintidós kilómetros. La fachada del paseo de Gracia iluminada por Navidad. Un baile con Laura. La primera bicicleta. El rumor del buffet abierto del Rafaeli a la hora del desayuno. Un avión que llega de Praga. Los dedos del pianista, desenfocado, sobre las teclas negras. Alguien que canta, alguien que grita, alguien que llora. Intuyó a Dios, que sacaba la nariz. En el epílogo de las alucinaciones, oyó con sordina, unos timbales antes del telón definitivo. Como si el soniquete cada vez llegase de más lejos. Como si… No le fallaron las ganas de vivir. Tan solo una mala jugada del corazón, en el momento que lo consideró oportuno, le paró el tiempo. Las cámaras de seguridad dieron fe, Paco no tuvo fuerzas para nada más. Se había desabrochado el botón de la camisa y, en un último gesto, se aflojó la corbata verde de los lunes.


28 El también fue joven

Para no disgustarle, siguieron sus instrucciones. Pensaron que, aunque estuviese muerto, le habría gustado que se cumpliesen sus deseos al pie de la letra. Kim sabía que, en algún lugar, el padre había dejado escrito un guión que había que seguir al pie de la letra. Elsa adivinó, sin tenerlo que pensar demasiado, que en la caja fuerte de su despacho del hotel encontrarían un sobre. El sobre. Lo descubrieron debajo de todo, tapado por un montón de escrituras de compra venta de pisos y de constitución de empresas. No tenían ninguna duda que aquel era el tesoro que se habían puesto a buscar con el corazón encogido y la necesidad en los dedos. La letra torcida, inclinada hacia la derecha como si soplase viento de poniente, era la suya. Estaba escrito con rotulador calabaza, como todas las notas que les dejaba siempre el padre, ya en tiempos de la escuela. Era su punto de artista. El rotulador calabaza, las corbatas de colores…Fuera habían dos líneasPara Kim y Elsa. Para abrir enseguida, cuando ya no esté. El humor del padre les hizo llorar. Rasgaron el sobre con cuidado, con la voluntad de no romperlo,


y se pusieron a leer un manual póstumo que les había escrito no sabían cuando. No podían adivinar si hacía una semana, dos meses o quince años. En la carta – escueta, directa, meditada – no había ni fecha. Y allá, leyendo las doce líneas con cuatro ojos y en voz baja, fue cuando Kim y Elsa se quedaron con la boca abierta. Cuando ya se pensaban que Paco Ráfales no les podía sorprender en nada, de tan bien como le conocían, de pronto les pedía que no le enterrasen al lado de su madre. El padre había tenido otra idea. Un pensamiento para el día siguiente del funeral, o – literalmente – para cuando le hubiesen convertido en polvo, y las cenizas se hubiesen enfriado. En eso, les daba un margen. Aunque les costase algún sacrificio, era la última voluntad del padre, que le vamos a hacer. Se miraron y pensaron que no era el momento de hacerle el vacío. - Un Ráfales en esencia – dijo Laura, cuando hacía cuatro horas largas que navegaban – Todo profesional. Todo pensado. ¿No dejáis nunca nana a la improvisación, vosotros? - Jana le cogió la carta de los dedos. Acababa de descubrir que existía aquel escrito y quiso ver las últimas voluntades del abuelo. Víctor la incitaba para que las leyese en voz alta. - Que no, pesado – respuesta seca, antes de secarse con la manga de la camiseta. - Qué maja, la Laborde, ¿verdad? – Kim desvió la atención para dejar que su hija se emocionase a gusto.


- Sí. – Elsa lacónicamente, mientras de volvía a untar la cara con el protector solar de sus gemelos. Los niños se habían quedado en casa. Demasiado pequeños para pasar diez horas en alta mar. Cinco hacia aquí, tirar la cenizas, y cinco más de vuelta. - Ha sido todo un detalle que nos viniese a despedir al puerto. - Y el detalle de traer un ramo idéntico al que padre le regalaba siempre a ella, esperándola en la puerta, después de una función. Que mujer, la Laborde. - Parecía una diosa, hoy, allá, completamente vestida de negro. - Estas túnicas así, todas tiradas, solo las hacen para las cantantes de ópera, no? – peguntó Laura – A mi, pronto me convendrá una… - Tú, ¿pero que dices? – Kim la habría abrazado, pero, delante de los niños, se abstuvo. - El patrón de la barca, un hombre discreto que se limitó a dar un precio y no les quiso avisar que en el mar estaba prohibido echar las cenizas, no fuese a ser que perdiese el alquiler de un día – a tanto la hora, cobrado de antemano – de golpe sacó la cabeza para avisarles con un grito: - Por las coordenadas que me han dado esto debe de ser más o menos por aquí. - Gracias, capitán – dijo Miguel Angulo, el marido de Elsa.


- El mar, espejo perfecto – estaba en calma. A simple vista, no se veía ninguna otra embarcación por la zona. Mas o menos, en aquel radio habían encontrado a Alex y a Roger. Más o menos en aquel trozo de mar sin principio ni final, el contenedor había envestido a La Fornarina y buenas noches para siempre. Más o menos por allá, en el canal, a medio camino de Barcelona a Ibiza, a la mierda dos jóvenes vidas. Todos lo pensaron pero no lo nombraron. No era cuestión de debilitarse aún más. No hacía para los Ráfales. Paco les había pedido, con un texto que no permitía ninguna otra interpretación, que el, que no había vuelto a mirar nunca más el mar desde que le había arrebatado a sus hijos, quería, entonces, volver a ciegas. Justo en el lugar del accidente. Y estaban allá – más o menos allá – en un mar convertido en una balsa de aceite, como si la naturaleza fuese conciente de la ocasión. Y estaban allá, todos en pie, a punto para el ritual. Elsa, y Miguel, Jana y Víctor, y Laura, que se había quedado dos pasos atrás para no parecer de la familia. Kim, que había entrado en la cabina, salió con una urna en las manos. El patrón, haciéndose cabal de la delicadeza del momento, paró el motor. - ¿No tendríamos que ponernos una camiseta? – dijo Miguel – Encuentro que echar las cenizas así, en bañador y bikini…


- Estamos en el mar, es primero de agosto. ¿qué quieres? – le respondió Elsa - ¿Cómo te crees que habría ido tu suegro, hoy? - Kim se acercó al mar, por la popa. - ¿No tirarás la urna al agua, verdad, padre? - ¿Qué pasa. Es biodegradable. –La pedimos biodegradable, no? – Vio las caras atónitas, a si alrededor – De acuerdo, de acuerdo. Tiraremos solo las cenizas. - Jana y Víctor se cogieron de la mano. Victor le pasó la otra a Miguel. Miguel a Elsa. Y Elsa hizo el gesto para que Laura se acercase y le diese la suya mientras Kim destapaba el recipiente y, poco a poco, arrojaba los restos de Paco Ráfales al agua. Con Alex y Roger. Como el quería. - Bueno, padre…Muchas gracias. – se aclararon la garganta – Muchas gracias por todo. Lo has hecho muy bien y no era fácil Tapó la urna, pasó el dedo como si acariciase el brazo de su padre y miró al resto. Se dio cuenta que Laura estaba emocionada pero miraba como sino pasase nada. -¿Queréis decir alguna cosa más? -Te encontraremos a faltar, abuelo… - A Jana le salió de dentro, ahogando un sollozo. Elsa dijo que no con la cabeza, espeluznada. -¿Podríamos rezar un Padrenuestro? -¡Por favor, Miguel! Mi padre no…


-¿Que pasa? Un padrenuestro, por si acaso… insistiendo de aquella manera – Tampoco hará daño a nadie. -Miguel, que te digo que… - Elsa se quedó a media respuesta –Tengo una idea menjor. Ahora no lo pensaba, que tonta. Corrió adentro y en un dos por tres, volvió a salir con un cede que aún estaba envuelto en papel de seda. -Es el que te regaló el padre el viernes, por tus cincuenta. Lo puso en las manos de Kim, que, de repente, le supo muy mal no haberlo desenvuelto. -¡Dios mío! – Le invadía la intriga por ver cual era la música de su vida. Se había entretenido en abrir el regalo de todos, menos el de su padre. Demasiada confianza Y, al mismo tiempo, le dolía no haberlo destapado delante suyo y haberlo comentado juntos. Que rabia. - Muy bueno, Elsa – laura, con la piel de gallina como toda la familia. – que bien pensado habiéndolo traído. Los dedos de Kim rompieron el papel, con prisa. .Uau, el Renato Carosone. -¿Qué es, papá? -¡Canciones italianas! -Dámelo, las pondremos. Cuando lo abrió para sacar el disco, se dio cuenta de que Paco había dejado una tarjeta suya con una


dedicatoria. Escrita con letra muy pequeña y en color calabaza de siempre. -Hostia, de sorpresa en sorpresa. Recuerda siempre, querido Kim, que los de nuestra hornada también fuimos jóvenes. Tú todavía lo eres. A los cincuenta puede empezar todo. Aprovéchalo. Y firmaba tu padre. A secas. Los niños corrieron a poner el Carosone mientras Elsa volvía los altavoces hacia fuera. Se volvieron a coger todos. Pero ahora, por los hombros, para escuchar “Piccolisima serenata” como si fuese su responso. La del Paco Ráfales. El padre. El abuelo. El hotelero elegante del paseo de Gracia de Barcelona, -El también fue joven. Cuando acabó la música nadie tuvo ganas de decir nada. Cada uno aislado en su silencio. Con la necesidad íntima, de volver a el. La tranquilidad del mar, en azul eterno, ayudaba al momento privado y a los recuerdos con Paco. Cada uno los suyos. Elsa miraba al cielo y volvía a volar a Ámsterdam, la primera vez que subía a un avión para acompañar a su padre a la inauguración de un hotel. Jana se veía abriendo regalos en el piso de los abuelos, con el olor de escudella del día de Navidad. Víctor, sentado en las piernas del abuelo, intentando salirse para que no le hiciese cosquillas clavandole la barbilla en las costillas. Que traza tenía. Miguel Angulo se veía al lado de Paco, enseñándole – cosas del yerno – como


crear un grupo de whatsapp. Kim, con los ojos cerrados fuertemente, recordaba a su padre en el Rafaeli, en la mesa del despacho, en recepción, supervisando las obras, mirando balances, dándole la propina de fin de año a los trabajadores que se lo merecían, poniendo bien los lomos de los libros de la biblioteca o, de más joven, regando las plantas del jardín de la madre. Pero todos los pensamientos para el padre eran en el hotel. No le venía a la memoria ni una sola imagen fuera del Rafaeli. Para Laura, Paco Ráfales era volver a aquel baile, en la fiesta de la felicidad, el día antes de a.d.a. Siempre aquel baile. Moonligth Serenade. El patrón, con el estrépito de la arrancada del motor, decidió dar el duelo por despedido. Cuando el barco recuperó la velocidad de dieciséis nudos, Elsa dijo que había traído uno bocadillos preparados y preguntó que quien se apuntaba. El viaje les había abierto el apetito y bajó a poner los triángulos de jamón en dulce, y queso en la biquinera, para quien los quisiese calientes. Después de la comida-merienda, Jana y Víctor se estiraron en cubierta a tomar el sol. Kim, al cabo de un rato, se sentó entre los dos. -A ver quien sabe una cosa… ¿Quien me dice primero, a cuanto está el horizonte? -¿Qué quieres decir? – Jana, incorporada, jugando con un palo de selfie y su móvil en la punta. -¿Hasta donde os llega la vista?


-Ay, papa, yo que se… - Me lo explicó el abuelo. A veintidós kilómetros. -Habría molado más que la tierra no fuese redonda y que tuviese un final. Un corte y abajo, que hace bajada. -¿Víctor, pero que te lías? – Jana reprendió a su hermano. Kim quería llegar a la conclusión del razonamiento. - El horizonte está en nuestros ojos, me acabó diciendo el abuelo cuando yo era pequeño. El horizonte está en nuestros ojos. ¿Qué lección, verdad? – Puso la mano en la nuca de Elsa - ¿A ti no te lo dijo? - No…Vaya, no lo recuerdo. Quizás si. - ¿Nos hacemos una foto todos juntos? – dijo Jana, blandiendo el palo del selfie. - Ya la tiro yo… - Laura se prestó mientras Miguel Angulo y los cuatro Ráfales que quedaban en el mundo se ponían bien. Hartos de sol, Kim entró en la cabina, se sirvió un vaso de zumo de naranja y se dejó caer en el sofá rinconera de piel blanda. Laura no tardó en ir a buscarlo y se sentó a su lado. -Are you ok? -Sí. -Ha salido todo bien. -Si. -¿Quieres estar solo?


-No, no…Un dia tranquilo, si. Ha ido bien esta salida con todos, es verdad. Esta serenidad en alta mar debe ayudar. -Pero… - ella notaba que le tenía que socorrer. -Pero… - que no acabo de hace a la idea que hayamos echado al mar las cenizas de padre… - Es muy extraño, si. – Laura le puso la mano en el muslo. -Ha sido todo tan rápido – la miró a los ojos. -Has estado valiente, Kim. - No me he mareado esta vez. Tienes razón – Sabía perfectamente que Laura no se refería al vaivedn de la embarcación – Suerte de la tortilla de biodraminas que me he tomado para desayunar, porque yo, este cierto olor… -Kim – Laura iba a la suya – Kim, una cosa. Lo adivino si digo que tu no habías vuelto a subir a una barca desde la muerte de tus hermanos? ¿A que no? No pudo responder. Apretó los labios con fuerza. Laura noto como se nublaban los ojos de Kim. La impresionó ver a un hombre, de piedra picada, llorar a los cincuenta. Le dolió ver que el hombre al que amaba todavía se reprochaba, treinta años después, no haber ido hacia Ibiza y haber enviado al Roger. Sacó la mano de la pierna y se la apretó con sentimiento. -Has estado muy valiente – repitió Laura, más bajito - ¿Me oyes? Mucho. -Que remedio – Subió los hombros de que quiere hacer? – Ha sido la voluntad del padre. Lo ha dejado


todo por escrito. Por suerte, lo ha dejado todo escrito. -Un Ráfales autentico hasta el último detalle. -Decía, y lo sabía muy bien, que ni la Elsa ni yo no habíamos subido nunca mas a una barca, en la carta decía que entendía nuestro sacrificio y nuestro esfuerzo, pero que el había decidido, hacía muchos años, que cuando se hubiesen enfriado sus cenizas… Ya da lo mismo. Lo hemos hecho como el quería y tenemos que estar contentos. -Lo habéis hecho perfecto – Laura le quiso distraer – ¿El hermano de Paco, el tío de Roma vive? -El si. El tío Vicente. La que la diño hace ya tiempo es el cactus. -¿Quién es el cactus? -La zía Mina – Kim se sonrió – Mi padre la llamaba así. La mujer cactus. No e de que se murió. Se debía pinchar por dentro. O se debía morir de envidia. -¿No han venido para el funeral? Es extraño. -El, de hecho, llamó. Telefoneó por si bajaban… ¿Y sabes lo que le dijo Elsa? No te lo pierdas. Haced lo que queráis, tío, yo no os lo puedo prohibir. Pero que sepáis que no seréis bienvenidos. -Y cazaron la sutileza supongo – Laura se rió. - Sí, sí…Muy sutil. Déjala correr a Elsa cuando saca el genio. -No seréis bienvenidos. Me dicen a mí una cosa así y… Uau, la Elsa Ráfales.


Kim cogió la revista de papel couché que había quedado abierta en el sofá, e alguno que la había mirado antes y, maquinalmente se puso a pasar las páginas. Siempre le había gustado ver las casas de los ricos. Cuando la cerró, se percató que Laura le estaba observando, que esperaba que acabase de mirar los santos y que tenía algo que decirle. Por su movimiento de párpados, entendió que debía ser importante. -¿Qué pasa? -Kim, he pensado,. Me cuesta decírtelo, pero dentro de una semana tendría que irme. -¿Irte? ¿A dónde? -Me vuelvo a Australia. -Si, hombre… -Te lo digo de verdad. Me ha salido un trabajo en la universidad que hace muchos meses que esperaba. Kim cambió de cata cuando se dio cuenta de que Laura no le vacilaba. -Te lo iba a decir en tu casa. Fue llegar a Barcelona y recibir su correo electrónico, pero llamó Elsa, ha pasado todo lo que ha pasado y … -Pero, Laura…Podemos hacer un cambio de planes. Ella dijo que no con movimiento leve de sus ojos. -Me ha encantado venir para tu cumpleaños, y hemos estado bien juntos y creo que hemos hecho alguna cosa que nos la debíamos… -Y que ha estado bien. Muy bien. ¿O no?


-Sí, sí, muy bien. Y me sabe muy mal la muerte de tu padre, pero, dentro de todo, también me ha gustado estar aquí contigo en este momento, para pasar estos días a tu lado, pero ahora, precisamente, ahora vas a tener un trabajo extra en el hotel que ni te lo esperas. Sin tu padre te tocará coger las riendas, hacerlo todo tú… -No, no, Laura, no te equivoques. Las riendas, que dices tu, ya hace tiempo que las llevaba yo. Elsa y yo. Y el hotel va solo. Tenemos un buen equipo. Por eso no has de sufrir. No me pongas a mi y a mi padre como excusa… -Ya me entiendes .Quiero decir que el Rafaeli es tu prioridad. Yo se lo importante que es para ti tu trabajo. -¿Y tú me lo dices? ¿Eres tu, Laura, la que vienes y me dice que te vuelves a Australia por un trabajo en la universidad? ¿Es que te han hecho decana? ¿Rectora, tal vez? -No me mires así, Kim. -No te miro de ninguna manera… -No poco. Tus ojos te delatan. Te han delatado siempre. -Pero, Laura, mujer - Intentó poner la cara más neutra que supo. En aquellas circunstancias, le costaba – Perdona, no quería decir que… Seguro que es muy importante el trabajo que te han ofrecido. ¿Pero qué quieres que te digan mis ojos? ¿Qué quieres que te diga yo? Sencillamente, que no lo entiendo. Te tengo a ti. Te tengo aquí. No me creo


que hayas venido solo a felicitarme. Veinticuatro horas de avión no se hacen por una fiesta sorpresa. -Hombre, Kim, esto no me lo digas…Yo lo he hecho por ti, y con mucho gusto. Y lo volvería a hacer. Y han sido cuatro días de una…, busco la palabra en el techo – De una intensidad que no se olvida -¿Y no puede ser así cada día? Intensidad, fogosidad, felicidad. ¿Qué más quieres? -Reconozco que quizás no he elegido un buen momento para decírtelo. -No te engañes, nunca habrá un buen momento para decirme que te vas. Jana entro de repente, haciendo ver que no escuchaba, ni veía ni miraba. -¿Es que no me oyes o qué, papá? Kim y Laura dieron un golpe de culo en el sofá, para separarse. -Te he llamado tres veces. -No te he oído, perdóname, guapa. ¿Qué pasa? - Que nos falta uno para jugar al Scrabble, por parejas. La tía Elsa y Víctor hacen un equipo. Y me falta alguien que quiera ir conmigo… -Díselo a Miguel, hija. El tío pasa, dice que no quiere hacer el ridículo. Venga, papá…¡Va! -Has pareja con Laura, que ganareis seguro. -¡Perfecto! – Jana, ilusionada, alargó la mano para arrancar a Laura del sofá y llevársela para fuera.


-De acuerdo – respondió resignada, como si le hiciese ilusión. Le picó en los cinco dedos, igual que hacía con su equipo de básquet, pero se quedó sentada – Preparad el tablero que ahora voy. Jana salió, vacilante, segura de haber hecho un fichaje ganador. -Papá no juega, voy con Laura, elis, elis. -Si, hombre – se oyó en el fondo, el lamento de Elsa. Seguros de estar solos, Laura le reprochó a Kim. -Si que sabes, sí, delegar. Después se abrazaron.. -Te quiero, lo siento. – Y le dio tres besos en un mismo lado. Kim también bajó el tono, sin soltarla. Abrazados todavía, le habló, mejilla contra mejilla. -¿Puedo hacer alguna cosa para que te lo repienses? Se volvió con tres besos aún más breves. - ¿Puedo decir alguna cosa que haga cambiar de parecer a esta Laura Altimira tozuda como una mula? -No viene de un día ni de dos. Pero me vuelvo a casa, Kim. -¡Laura! – gritó Jana, desde fuera, con todas las letras hacia abajo. -A pesar de todo…Yo también te quiero, Laura. -¿Qué quieres decir con a pesar de todo? – Se hizo la ofendida, forzó una sonrisa, se levantó y salió a ganar la partida. Una detrás de otra. Con Jana hicieron un tándem invencible.


Kim se quedó sentado en el sofá, mirando a lo lejos a través del ventanal. Sin proponérselo hizo una siesta larga. El agua, en sordina, las risotadas de la partida, de fondo, y el balanceo rítmico de la nave le ayudaron. Eran días de dormir poco. Llegaron a puerto antes que el azul del mar virase a negro. 29 Y tapó la hoja con las dos manos

En cinco cuartos se plantaron desde el paseo de Gracia a la Cerdaña. Al día siguiente de tanto mar, Kim necesitaba el verde, después del azul. Kim necesitaba montaña y la serenidad de un cielo próximo. El frescor del verano, por la noche, les podía ir bien para desintoxicarse de los días de abrazos de tanatorio y gestiones desagradables. Laura había dicho que no conocía la Torre del Remedio, un cinco estrellas de once habitaciones de lujo en un palacete modernista que, antes de las reformas, había pasado muchos inviernos cerrado, lleno de hojas y de historias de la guerra civil. Ella quería y se dolia. Dijo que si se trataba de ir un día, dormir y volver, ya le iba bien. Podía ser, según y como, la despedida antes de irse a Camberra. Kim argumentó, con entusiasmo, que y tanto que se podía subir y bajar en dos días, que con la autovía y el


túnel del Cadí era un momento, que no tardaba más de una hora y media de hotel a hotel. De puerta a puerta. En el camino de Barcelona a Puigcerdá, Kim fue explicando todas las paradas y dichos de su padre cada vez que subían al valle. En Sallent había habido una gasolinera donde tenían un mico que se la pelaba dentro de la jaula. A Alex y al Roger les hacía mucha gracia. En Mantesa, la madre había tenido unas primas, de la parte Angerri, que no sabía que se había hecho de ellas. En Berga, el tío Juan había montado una fábrica de empaquetar harina. En Vilada se escapaban para comprar galletas duras de roer. En Cercs siempre se paraban en la misma panadería a comprar una coca de toda la vida que, después, devorarían con fuet y alioli de membrillo. A Kim se le escapó la risa pensando en el Cocu, el perro del panadero. Era un milleches que tenía la nariz arremangada, y tan torcida hacia arriba que a todos les hacía mucha gracia. En el desvío de La Molina, que dejaron a mano derecha, recordó que el padre se había cargado los ligamentos esquiando fuera de pistas cuando el todavía tenía que nacer. En la Torre del Remedio les dieron la habitación Pla, de la Boira. Pero a principios de agosto ni rastro de nieve. La atmósfera era tan nítida que desde el balcón, les permitía ver hasta el otro lado de un valle abierto y luminoso. El hotel estaba lleno de americanos que a media tarde llegaban baldados, de


hacer excursiones en bicicletas de montaña. Ellos dos decidieron hacer la ruta a pie. Kim conocía unos atajos para bajar desde el pueblo de Bolvir y, atravesando por unas casas antiguas – piedra fría y techos de pizarra – llegar hasta Fontanals, en medio de la plana. Hablaron de Paco y, de los árboles o de los rastrojos que encontraban a su paso, de cómo dirían cencerros en cinco idiomas diferentes, de animales extraños que Laura había visto en Australia Y que no sabían ni que existían. Salió Jana y Víctor y las reuniones con sus profesoras, las moscas de las colas de unas vacas adormecidas, las aplicaciones del móvil del uno y de la otra y, de tanto en tanto, alguna anécdota del Rafaeli. Ella se estremeció al oír que un día un cliente ruso se presentó en recepción con una bolsa de basura llena de billetes, preguntando si se la podían guardar porque en la caja fuerte de la habitación ya no cabían más. A ratos, Kim y Laura caminaban cogidos por la cintura; en otros momentos, se enlazaban las manos y, según como, se soltaban y hablaban y andaban con la vista perdida en el prado que les esperaba. Pero la conversación no la tuvieron. La conversación que ambos sabían que había quedado pendiente, y que en un momento u otro tendrían que tocar, ninguno de los dos quiso ser el primero en sacarla a la palestra. Tal vez la guardaban para el hotel, por la noche, pensaba Kim. Quizás mañana, mientras desayunamos estos huevos revueltos con caviar que tanto me han recomendado,


apostaba Laura, que había vuelto con sed a la habitación. -¿A que hora bajaremos a cenar? -Antes de las nueve, si te parece bien. He dicho que nos la reservasen para las nueve menos cuarto. ¿Te ha abierto la gana la caminata? -La montaña abre la gana, dicen – remachó Laura ¿qué haces? -No lo mires, mujer… - Kim, sentado en el escritorio al lado de la chimenea modernista, tapó el papel con la mano. Laura, juguetona, le cogió por la espalda e intentó sacar la nariz por encima para descubrir que estaba escribiendo. Tan solo llegó a ver que usaba el papel de carta del hotel. -Va, Kim… -Que no. -¿Son ideas para el Rafaeli o es una carta para mí? -Que no mires, te digo, pesada. – Dejó el lápiz y tapó la hoja con las dos manos. -¿Te crees que estamos en la facultad, o qué? Descalza, por la suite, anduvo hasta la nevera del minibar, escondido en un mueble del recibidor, buscando un te frío – Venimos hasta la montaña, me pides que te conceda dos días, nos encerramos en la habitación y te pones a escribir… -Pero si hemos estado tres horas andando, Laura…Hemos bajado desde aquí hasta Fontanals y hemos vuelto. Hemos hecho todo el llano de la Cerdanya, que de vuelta no es tan plano…


-Abuelo… ¿No será que resoplas desde los cincuenta? -Nunca había estado tan en forma como ahora. Nunca. Y no escribo. – dio unos golpecitos sobre el escritorio – Pinto. -Pues peor. ¿Qué te ha cogido ahora para ponerte a dibujar? Te ha inspirado el paisaje…No hay Nestea, tú. – Con una rodilla en el suelo, fue sacando las botellitas de delante para ver que no estuviera escondido detrás – Tónica, aguas, dos cero, zumo de piña, zumo de naranja… -Te estoy dibujando un cerdo. -¿Quieres el de piña? -Sino lo quieres tú…Por favor. -¿Que dices qué qué? -En la facultad, un día, me dijiste dibújame un cerdo. ¿Te acuerdas? -Hombre, tu cerdito famoso… -¿Que pretendías que hiciese el ridículo? -No, perdona, es un test sicológico. Era una manera de conocer a un chico que encontraba que tenía alguna cosa – Se lo repensó – Enigmático, sería el término. -No recuerdo lo que me salió, solo se que me quedó una expresión de todo lo que me llegaste a decir. -¿Ah, sí? -Algo así como… Emocionalmente ingenuo. ¿Qué pensé yo? ¿De qué, moreno? Me llamaste emocionalmente ingenuo y te quedaste tan ancha. Allá, en el bar, delante de todos.


-¿Y no lo eres? -¿Te lo parezco? -Ahora…tal vez no. – Laura dejó el zumo de piña sobre un posavasos para que no se manchase la madera. -Gracias – Instintivamente, Kim volvió a tapar el dibujo con la mano abierta – Ahora no dices. ¿Y entonces? -¿Tú que crees? Kim Ráfales no quería pensar. No le gustaba imaginarse el, a los diez y ocho, en una facultad donde se matriculó porque su padre le dijo que una cosa u otra tenía que hacer y que, como mínimo, sabría idiomas. - Mira, déjame acabar la obra de arte, ahora que estoy inspirado, y después te lo explico. - ¿Pues sabes que te digo, chico? Que me voy a duchar antes de bajar a cenar. Kim se volvió para mirarla. Quizás ya se había quitado la ropa. -¿Quieres que te haga subir el Nestea, mientras tanto? Aquí te lo traerán enseguida. Estamos en el mejor hotel del país – Al oír que salía a chorro el agua del grifo del jacuzzi, gritó – Esto no es el Rafaeli, Aquí se desviven por los clientes. En el restaurante, los sentaron de tres cuartos, mirando hacia fuera. Les habían preparado la mesa redonda más próxima a la ventana, con vistas al jardín señorial que se escapaba hasta la casa de los


dueños del hotel, flanqueada por unos castaños centenarios que daban paz. Más allá, la claridad teñía de rosa los prados y las montañas redondeadas que rodeaban el valle. Como se alargan los días en la Cerdaña. Como cuesta, en verano, que se haga de noche. A Laura le gustó que el mismo chef saliese a tomarles nota. José María Boix, con la bata blanca de cuello redondo y el nombre bordado en el pecho, le dio el pésame por Paco Ráfales. -En este mundillo nos conocemos todos. Somos un país pequeño – dijo con una voz dulce y el recogimiento del hombre más educado de los Pirineos – Siempre que venía aquí, tu padre comía lo mismo. Raviolis de foie, el picantón con espárragos de ribazo… - Y es pastel de manzana – el xip de Kim se activó al instante. -¿Queréis que os cante los platos del día, fuera de la carta? Laura cogió l mano de Kim. -No es necesario, ¿verdad? Hemos de hacer un homenaje a tu padre. ¿Hagamos dos menús Paco Ráfales? -Kim levanto las cejas, de grata sorpresa. Al chef también le pareció una buena idea. -Era un hombre de costumbres, si. Siempre se van los mejores. Qué lástima – dijo con un aire ligeramente místico, antes de volver a la cocina con pasos pausados y un silencio discreto.


Laura se había dado cuenta que, disimuladamente, Kim había bajado con unos papeles que intentaba esconder bajo el brazo. -¿Me lo piensas dar o te los tengo que coger con mis artes? -¿Ahora? -¿Tú crees que puedo esperar más? El artista se aseguró que enseñaba, por orden, la primera de las caricaturas. Tapó medio dibujo con una mano y dejó que Laura adivinase que era. -¿Es un perro? -Está claro que un cerdo no es, no. -Es el Dickens, Kim. Lo has clavado. Retiró la mano para destapar todo el dibujo. - Y apa aquí, ¿me has hecho una caricatura? Pro, tío, me has hecho muy joven… Y con el pelo largo, con una cola. Y la peca y todo, como eres. - No sabes cuantas veces había hecho este dibujo. -¿Y no me lo diste nunca? ¿Y por qué me has puesto un chándal y esta pata de elefante? -Era en la época del básquet. Hacías de entrenadora. ¿Ibas así o no? -Si, si. – Laura vio que el preparaba un segundo dibujo - ¿Hay más? Kim giró una segunda hoja. Volvía a ser Laura con la peca, pero con el pelo corto y un traje chaqueta con un buen escote. -¿Y esto? -Londres. El Serpentine.


-Aquí ya se me ve mayor. Pero yo no he ido nunca con esas tetas. Eso es lo que tú quisieras. -¿Te gustan? -Muchísimo. Quiero más. -Este… - Volvió una tercera hoja - ¿A ver si sabes de cuando representa que es, este? La había retratado tal como iba en la caminata de la tarde, con el mismo vestido de verano, de muestra floreada y unas vambas andarinas. -Ep, Kim, aquí hay un error. ¿Y la peca? Te la has dejado. El miró al cielo. -Si estás del otro perfil, como quieres que te la pinte? Si quieres pido un lápiz y te la pinto en el otro lado… -No hace falta, no… - Laura había colocado los tres dibujos sobre la mesa y, como si fuese una exposición de viñetas, los iba examinando. Le faltaban ojos – Hombre…ahora, mirándolo…De los años de la facultad, en lugar de ponerme un chándal, me podías haber dibujado mudada para la fiesta del primer día que entré en el Rafaeli. No sabes lo mal que lo pasamos con aquel vestido, si sería o no bastante adecuado, si cantaría en medio de tanta gente de Barcelona…Me ayudó mi madre y medio Banyoles. No sabes que nervios pasé. Iba muerta de vergüenza. No quería parecer el patito feo, y ¿sabes que hiciste tú, cuando me viste? -Ni que me matasen.


-Me dijiste estás muy guapa. Imagínatelo. Yo sufría por no hacer el ridículo y tú, con dos palabras me tranquilizaste. – Dio un sorbo al cava – Buscaba un aprobado y me diste un notable. -¿Quieres ver el último dibujo o no? -¿Qué pasa? ¿No te ha interesado nada de lo que te he dicho, verdad? -¿Lo quieres ver o no? -Claro que si. Kim giró el papel con gesto seco, de prestidigitador, y se lo puso al lado del plato. -¿Y estos dos? -¿Tú y yo? Tú y yo. Laura no necesitaba explicaciones. Había acertado como acabaría la secuencia de viñetas. No se lo quiso poner fácil. Kim continuó con la explicación, con un dedo sobre su caricatura. -Somos nosotros, dentro de dos años. O dentro de cinco. O tal vez dentro de diez años. -Mira que bien, yo dentro de cinco años estaré igual. Tú te has hecho más robusto todavía. Eso sí, te has dibujado sin corbata, veo. Muy adecuado, e están perdiendo las corbatas. -Laura de burlarte y escúchame un momento. -¿Yo? – haciéndose la tonta. -Lo he dibujado porque quizá no te lo sabré decir con palabras. Tu siempre has hablado mejor que yo y… Nada, que este dibujo quiere decir que no quiero que te vayas. Quiere decir que no puede ser que te vayas a Australia. Otra vez, no. Ni hoy, ni mañana,


ni nunca más. Este dibujo quiere decir que no quiero perderte, que no puedo ser tan tonto de acompañarte al aeropuerto y ver como te escapas de mi vida.No me puedo permitir que te vuelvas a ir. Ya me equivoqué hace quince años cuando… Es igual, era un momento complicado y no me di cuenta que entre unos y otros…No tuve la cabeza lo suficientemente clara. El hotel en venta, Miriam, el chantaje de los tíos para acabar de ensuciarlo. Unos días extraños. Pero ahora ya da lo mismo, el pasado. Lo doy todo por bueno si ahora nos dejamos de historias, de prejuicios y hacemos lo que nos apetece, que ya tenemos edad y ya nos toca. Nadie nos juzgará. Tu sabes que has sido la mejor amiga que he tenido nunca, yo he sido tu amigo del alma. Nos hemos tenido cuando nos hemos necesitado. Nos hemos tenido en la distancia, en Londres o en las antípodas. Nos hemos salvado cuando ha hecho falta. Hemos reído y hemos llorado Nos hemos abrazado y hemos hablado y hemos vuelto a reír, pero ahora ya no tengo bastante. Nos merecemos mucho más, Laura. Yo no se como decírtelo, te necesito. Te necesito conmigo. Te necesito conmigo, cerca, cada día. Llámame egoísta, si quieres, pero yo te quiero y me ha costado darme cuenta hasta que punto. Ahora se que me quiero levantar contigo cada mañana, y vivir y hablar y hacernos la puñeta como solemos hacer, con un amor que rebosa por los cuatro costados y que hasta ahora lo hemos tenido capado porque hemos sido cobardes o porque estábamos


lejos o porque nos habíamos prometido no se que tonteria de juventud. Ahora soy yo, Laura. Ya no tengo a nadie más. Mis padres no están, mis hermanos son un recuerdo. Elsa ha hecho su vida, yo no se los años que hace que estoy divorciado y los niños ya vuelan solos. Ahora es mi momento. Los años son nuestros. Quédate conmigo. Quédate aquí. Esto ya tenía que habértelo dicho hace quince años y no supe, atrapado como estaba. Ahora si me atrevo a decírtelo. Me estoy muriendo de vergüenza, que se me debe de notar desde tres horas lejos, pero me es igual. Lo tengo que probar. Me he de arriesgar, ya no tengo nada que perder. Ya no tenemos nada que perder. Por eso me he de sacar la coraza delante de ti, porque te quiero, porque necesito que me digas que no estoy haciendo el patético con estas palabras y porque quiero que rompas los billetes y que me digas que a Australia solo volverás a recoger tus cosas para volver a Barcelona, para siempre, para estar conmigo. O si quieres, voy yo para allá. Si tu trabajo es importante también me lo podría arreglar yo. Si es un problema encontraremos la solución. La vida nos espera. Nos queremos tal como somos. Es una gran ventaja hayamos llegado hasta hoy sabiéndolo todo el uno del otro. Y con ganas de más, y más intensamente. Creo en ti, confío en mí y estoy seguro de nosotros dos. Si hemos llegado hasta aquí, si nos conocemos tanto como nos conocemos, ahora, a los cincuenta, ya no habrá sorpresas. Nunca he estado tan seguro de nada, Dime, si o no, que vale la


pena probarlo. Dime que nos tenemos que dar esta oportunidad. Pongo la mano en el fuego por nostros, las dos manos, porque estoy seguro que no nos escaldaremos.. Ya no somos dos niños, Laura. Ya sabemos lo que queremos, ya hemos aprendido a decir esto si, esto no. Y ya sabemos de que va la vida. Me lo dijiste tu el otro día: la muerte nos dice que tenemos que vivir. Tenemos una, esta es la buena y ahora empieza nuestro momento. ¿Lo ves o no, que esta es la buena? -Uf… -Recogió miguitas de pan con el cuchillo ¿Te puedo decir una cosa? -Y tanto – Kim, azorado de haber hecho en voz alta un discurso que nunca antes se había permitido. -El menú de Paco Ráfales te ha sentado muy bien. Pusieron las cuatro manos sobre las servilletas de hili, y se las cogieron. Se miraron a los ojos y se rieron, nerviosos. Kim bajó la cabeza, sobre las manos, avergonzado. -¿Me he arrastrado demasiado? -No creas. El punto justo. Ya era hora, quizá, que te pusieses a mi nivel. Piensa que venir de Australia para una fiesta sorpresa, hacerte ilusiones y acabar en un entierro no es un mal curriculum. Laura cogió una copa de cava, que se las habían vuelto a llenar sin que se diesen cuenta, y propuso un brindis. -Por Paco Ráfales. -Por mi padre, y tanto… ¿Y por nosotros dos?


Kim se lo jugó todo a una pregunta. Ella se hizo de rogar. Miró hacia el jardín. La oscuridad, finalmente había engullido las montañas. Unos cuantos faroles anaranjados, un poco tristes, escondían el telón del paisaje. Poco a poco, Laura volvió a levantar la copa, la alargó hacia la de Kim y dejó que sonase cristal contra cristal. Después estiró el cuello hasta llegarle a dar un beso húmedo de cava. – Por nosotros – Y se mojó los labios con un sorbo corto, viendo la emoción en la mirada expresiva de Kim ¿Sabes que te habrían dicho en la facultad? Que nosotros dos es una redundancia. Si aquí solo somos dos, diciendo nosotros ya es bastante. -Perdona… - desconcertado todavía por la excitación del último asalto – Es que yo hacia muchas campanas. -Pues no se puede decir que te haya ido mal del todo, señor hotelero. -¿Lo ves, como no nos aburriremos, tu y yo? – De pronto, dudó – Tu y yo, ¿está bien dicho? Se partieron el pastel de manzana, pidieron dos infusiones y salieron sin prisa, a dar la vuelta al hote. Del brazo, contemplaron una noche serna. Ya en el Pla de la Boira descubrieron, en sus cuerpos, una belleza para la que no habían estado entrenados. Se perdieron en la piel del otro, en los olores y en los sonidos pequeños. Durmieron con la ventana abierta. No querían perder el espectáculo de las estrellas desde la almohada.


Después de desayunar, pagar y cargar en el coche las dos maletas de nada, enseguida estuvieron en Barcelona. En cinco cuartos de hora – “Corres demasiado, Kim” – de puerta a puerta. Por la mañana, El Rafaeli lució, en el vestíbulo, el mejor ramo de flores que se haya visto nunca. Tal como era la voluntad de Paco. Laura se encargó que lo cambiasen cada día. Terminado de traducir el domingo 19 de Mayo de 2019 a las 2 y 32 de la madrugada.

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NOSOTROS DOS  

No se muy bien por donde empezar. No se si ya os he abrazado a todos y os he saludado como os merecéis.

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