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LINEA AZUL Ramón Solsona. Traducción libre de Guillermo de Castro Empiezo el 17 de noviembre del 2010. Termino el 11 de febrero del 2011.

“Una noche, hace unas semanas, llegué con el tiempo justo a la estación y subí en un vagón cualquiera. (…) La mujer, a quien llamaré señora Brown, era una de estas abuelitas limpias, vestidas con una ropa vieja, tan cepillada, zurcida y bien abrochada que denotaba una pobreza mas extrema que los harapos y la suciedad. Me pareció que no contaba con ningún tipo de ayuda y que tenía que tomar las decisiones por si misma. Pensé que, después de ser abandonada por su marido o de quedarse viuda, tuvo una vida difícil, llena de angustias. Le costó subir a un hijo único que ahora, quizás, va por mal camino. Todo esto lo pensé mientras me sentaba. (…) Creo que todas las novelas empiezan con una vieja sentada en el asiento de delante” Virginia Woolf, El señor Bennett y la señora Brown. “La vida es como un árbol frondoso que con solo ser sacudido deja caer los asuntos a montones. (…) La imaginación y la 1


realidad nos dan generosamente la materia, las situaciones, las tramas de los cuentos; pero es solo la elaboración artística lo que puede infundirles vida” Augusto Monterroso, La vaca.

HORTA

Las golondrinas corren por el cielo azul como flechas de trayectorias cambiantes y bajan a toda velocidad hasta casi estrellarse contra los balcones. Van tan deprisa que cuesta seguir el batir de sus alas, la bandera negra que agitan con una excitación irreflexiva. Se persiguen, juegan, se atropellan, se ríen con unas carcajadas alegres, como en un partido de futbol donde silbasen veinte árbitros a la vez. Te fijas bien antes de sumergirte en las entrañas del subsuelo. Cuando salgas, quizás no veas ninguna golondrina, tal vez el cielo se haya tapado con nubes cenicientas e incluso podría darse el caso que lloviese. No lo sabrás hasta el final, cuando llegues a Cornellá. Estás en la plaza Ibiza, el corazón de Horta. La boca del metro se abre ante ti como un chupador. Bajas las escaleras, marcas la tarjeta y haces girar el torniquete de la máquina canceladora. Ya estás dentro. Suspendida en el techo del pasillo, una cámara te hace pensar que alguien te está viendo en algún lugar remoto. Una música ambiental, neutra, aséptica, te acompaña hasta el andén. El convoy que te ha de llevar de un extremo al otro de Barcelona te espera con las puertas abiertas, con el aire reposado que se respira en los comienzos de línea. 2


Te sientas y observas a la gente que va entrando: un hombre que lleva una jaula de canario tapada con ropa de hacer hatillos, una mujer musulmana con la cabeza cubierta, una chica que se afana haciendo crucigramas, un adolescente que se entretiene tecleando en su móvil, una mujer que lee una gruesa novela, un cartero que trajina un carro amarillo que lleva impreso el logotipo de correos… Te gustan los vagones de esta línea porque, encarados a lado y lado en dos únicas filas, los pasajeros se pueden observar los unos a los otros detenidamente. Mira como entra esa vieja pequeña y seca que se mueve con ligereza. En una mano lleva un bastón que no utiliza y en la otra sostiene una bolsa del supermercado. La acompaña una chica joven, negra y reluciente como el betún, y una mujer que la protege y le da órdenes: - Vigile, mamá, siéntese, cuidado con el bastón. La vieja se sienta con la docilidad de una niña obediente, y te das cuenta de que no le llegan los pies al suelo. Está claro que son madre e hija. Pero, ¿y la otra? ¿Qué relación hay entre ellas y la chica negra? Forman un trío bien curioso, de tres edades distintas, escalonadas. Dirías que la chica negra tiene unos veinte años. Lleva una mochila como las que llevan los estudiantes y habla con las dos mujeres con una familiaridad rutinaria. Coge un libro y, con una pequeña regla de plástico en una mano y un lápiz en la otra, va subrayando algunos pasajes. Las otras dos mujeres son mucho mayores. La vieja debe tener unos buenos ochenta años y su hija más de sesenta. La vieja se ha puesto la bolsa del supermercado sobre la falda, ha sacado una madeja y se ha puesto a hacer ganchillo mientras balancea las piernas con suavidad. - Ahora no, aquí no – dice su hija. 3


La mujer ni se inmuta, como si oyese llover. La hija desiste y con la mirada se dirige a la chica negra como diciéndole: Mira que es tozuda. Y añade, sin convicción, una apostilla: - ¿No ve que bajaremos en seguida? Sin desviar la mirada y sin parar ni un momento el rápido movimiento del ganchillo, la vieja interpone un codo para hacer barrera y evitar que le confisquen la labor. Continúa haciendo ganchillo, concentrada en las pasadas del blanquísimo hilo. No hace caso a las admoniciones de la hija. Para la vieja, el ganchillo se ha convertido en la razón de su existencia, porque aunque los otros no lo sepan, la salud y la vida de todos sus descendientes dependen de aquel pequeño instrumento de metal. Continúa entrando gente. Unos jóvenes, chico y chica se quedan de pie al lado de la puerta, con una mano de cada uno dentro del bolsillo de atrás de los pantalones del otro. Se dan un beso de tornillo, se toman un rato para respirar y vuelven a acoplar sus bocas. Entra un hombre ancho de hombros que… Vaya, no entiendo como habiendo tantos asientos libres se ha tenido que sentar justo a mi lado. Se te pega, vuestros brazos se tocan y notas un calor humano que te incomoda. Te entran ganas de levantarte y cambiar de sitio, pero te abstienes, sería demasiado violento. Suena la señal acústica, las puertas se cierran y el andén desaparece de tu vista. Túnel. Querrías fijarte en la vieja que hace ganchillo y las dos mujeres que la acompañan, pero tu vecino te distrae. No dejas de percibir el contacto del hombre de anchos hombros. Si lo tuvieses delante le examinarías atentamente, buscarías en sus facciones trazas de un antiguo jugador de rugby, chapucero y astuto. Pero el mismo se encarga de desmentirlo. Abre una pequeña carpeta azul llena de hojas, algunas de las cuales están encabezadas por un escudo. 4


Estiras el cuelo todo lo que puedes y consigues descifrar el logotipo Club de Básquet Santa Rosa de Lima – Horta. Ya sabes algo de el que te permite explicar su vida paso a paso. Como si le leyeses las líneas de la mano, puedes adivinar su pasado y predecir su futuro que no será como el lo sueña. Ves un trasiego que será como un cambio de agujas ferroviario, una desviación que le apartará sin remedio del camino que se había trazado. Porque tu vecino de asiento no vive la vida con inercia, como tanta gente que se limita a trampear el día a día sin otra aspiración que ir tirando. Es ambicioso, tiene una meta que no ha confesado a nadie. Pero no la conseguirá. El hombre de anchos hombros que se sienta a tu lado lleva el veneno del básquet en la sangre. Habiendo nacido en Badalona, era difícil que se sustrajese a la pasión con que en aquella ciudad se vive el deporte de la cesta. Se formó en una de las escuelas de básquet con más tradición, la de San José. No era bastante alto para ser admitido en el primer equipo, pero fue jugando hasta que se casó y se fue a vivir a Horta, de donde es su mujer. Se integró en seguida en el barrio. Le gusta la efervescencia asociativa de entidades centenarias. El ambiente de los domingos por la mañana, con grupos de hombres que van al campo de la Unión Deportiva y que después comentan la jugada tomándose un vermut en casa Quimet. Le gusta el borboteo de los días de cada día alrededor del mercado, con las mujeres que trajinan por la calle Tajo cestos y carros cargados de pollos, de naranjas y de verdura. Ellas son la clientela principal de su mujer, que tiene una tienda de ropa infantil en la misma calle. El marido antes la ayudaba en la tienda, a ratos perdidos, pero ahora dedica al básquet todo el tiempo que le sobra como comercial del grupo de empresas Uriarte. Lleva el veneno del básquet en la sangre. 5


Mira de reojo para curiosear las hojas que contiene la carpeta azul y ve fichas federativas de nenas o chicas de unos catorce años. Te fijas en una niña-chica que enseña unos dientes cargados de hierros correctores que no te cuesta mucho imaginar que el hombre de anchos hombros es entrenador de uno de los equipos del Santa Rosa de Lima y que la chica de la ortodoncia es hija suya. Ella es una pieza clave en la historia pasada y futura. Es la hija mayor. Después vienen un chico y otra chica. Pero solo la mayor ha heredado la pasión por el básquet. Tiene un físico excepcional: alta, estilizada, flexible, ágil, fibra pura. Y todavía posee mejores virtudes sicológicas. Tiene constancia, capacidad de sacrificio, visión del juego, audacia y carácter. Todo eso según su padre. Siempre que elogia las cualidades deportivas de su hija añade: No hablo como padre, lo digo objetivamente. Ahora va a la Federación para algún trámite rutinario y allí recibirá una sorpresa mayúscula. Le enseñarán una lista acabada de recibir por fax y le dirán: Enhorabuena, tu hija ha sido convocada para jugar en los campeonatos de España, con la selección cadete catalana. El hombre se emocionará y experimentará un temblor y le flaquearan las piernas que lo disimulará lo mejor que sabe. Solo falta media hora para que esto pase. Le miras de reojo y no detectas ninguna premonición de alegría en su rostro. Pero la buena noticia no le cogerá del todo desprevenido. Tiene todas las ilusiones puestas en su hija, se imagina que será una gran jugadora de básquet, calcula los años que le faltan para convertirse en una estrella y salir en los periódicos y en la televisión. No sabe que, muy pronto, será el quien salga en los periódicos. 6


VILAPISCINA

La vieja que hace ganchillo va al médico. Está acostumbrada a pasar revisiones, a hacerse pruebas y análisis para controlar el azúcar, la urea, la circulación, el corazón, la vista, el oído… Sin terminar de confesarlo, en el fondo alimenta la esperanza de una mala noticia: Mire, señora, siento tener que decirle que tiene una enfermedad grave y que tal vez no salga de ella. No le teme por el sufrimiento, sino alargar el dolor porque si. Tampoco quiere hacer sufrir a su hija, sentada a su lado como un guardia civil. Lo controla todo: ¿Ha hecho pipi?, ¿ha ido de vientre?, ¿se ha tomado las pastillas?, esta pierna la veo algo hinchada, mire arriba, que le pongo las gotas, me parece que tiene un poco de conjuntivitis… La vieja que hace ganchillo levanta un momento la mirada de la labor y observa al chico que acaba de entrar. Se fija en el brillo movedizo de sus orejas, dos cruces doradas. ¡Un chico con dos santos cristos como pendientes!, piensa compungida. La vieja se santigua, se debe decir que si ya estuviese muerta se ahorraría el presenciar escarnios con las cosas más sagradas. Tiene más de noventa años y está cansada de vivir. A mi se me han saltado, dice a menudo. Pero en su interior sabe de sobras porque se la han saltado y lo acepta con resignación cristiana. Su vida ha sido una lucha personal con la muerte, un estira y afloja que se ha saldado con muchas derrotas y una gran victoria. Se le murieron antes de tiempo tres madres, los hermanos, el padre y el marido. La muerte se enseñoreó con su familia desde 7


que vino al mundo. Y cuando tuvo edad de procrear, tuvo que convivir con la muerte que se le había agazapado en las entrañas. Tuvo tres madres. La primera, la suya, murió después del parto, de tifus. El padre se casó con una hermana de la madre y, nueve meses justos después de la segunda boda, nació otra niña. Esta vez el parto fue bien y la nueva madre se rehizo rápidamente. Era una mujer fuerte, con pechos firmes y ubérrimos. Después de dar de mamar a la pequeña, cogia a la hijastra, que tenía dos años y medio, y la amorraba al pezón para que acabase el exceso de leche. La vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir no sabe si es un recuerdo cierto o es que se lo habían explicado de pequeña, pero le parece recordar el olor agridulce de la leche, el hilo blancuzco que salía de la boca de la hermanita cuando acababa de mamar y le dejaba para ella el pecho tirante y generoso de su segunda madre. La pequeña solo vivió medio año, porque las dos, madre e hija murieron intoxicadas por la mala combustión del brasero. El padre se casó otra vez con una hermana de las dos anteriores esposas. La tercera madre tuvo dos chicos y murió desangrada al parir al segundo. Esto pasaba en 1921. La vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir recuerda como si fuese hoy mismo que no la dejaron ir al entierro de la tercera madre. Se tuvo que quedar con las mujeres, pasando un rosario interminable y eterno. Por la mañana arrancó unas matas floridas de boj, las llevó al cementerio y las plantó en la sepultura de las tres madres. Rezó un padrenuestro y un avemaría por cada madre y por la hermanita muerta y se santiguó con la resignación de quien acepta siempre la voluntad de Dios. Mas sufrió la madre de Dios, se decía.

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El hombre de anchos hombros que pronto saldrá en los periódicos cierra la carpeta azul donde guarda las fichas de las jugadoras de básquet. Es una carpeta pequeña, sencilla, gastada por el uso. ¿Cuántas fichas debe haber transportado? ¿Cuánta documentación previa y posterior a los partidos? ¿Por cuantos campos ha pasado? Si la carpeta pudiese hablar, explicaría que tu vecino, ese hombre corpulento que viaja pegado a tu brazo, empezó haciendo de entrenador en el colegio Santa Armanda, donde estudian sus tres hijos. Allí fundó una escuela de básquet exclusivamente para chicas. Lo hizo pensando en poder dirigir a la mayor, para enseñarle los fundamentos con método. A los otros dos hijos no les interesa ningún deporte, pero la mayor es una máquina entrenándose. Siempre quiere aprender, corregir, perfeccionar, probar, repetir, mejorar… El Santa Rosa de Lima pidió al hombre que pronto saldrá en los periódicos que se hiciera cargo del infantil femenino. El lo aceptó entusiasmado y se llevó al Santa Rosa los mejores jugadores del santa Armanda. Al cabo de poco la hija mayor jugaba en el cinco inicial y se convertía en la figura del equipo. Quiere continuar entrenando al mismo equipo, pulirlo, fortalecerlo y promocionarlo hasta la categoría senior. De momento llevan una trayectoria imparable y el hombre sueña que, si consigue mantener el conjunto sin que los clubs poderosos le cojan ninguna jugadora, pueden aspirar a la máxima categoría. Hoy se gana la vida como comercial del grupo de empresas Uriarte, pero hace todos los cursillos de la federación y asiste a los clínicos de alto nivel para llegar a ser un día entrenador profesional. En contra de la opinión de muchos, hace jugar a la hija de base. La quiere convertir en el Pau Gasol de las chicas. Cuando Gasol 9


era jovencito y jugaba en el Cornellá, el también criticaba que le colocasen de base, pero ahora reconoce que esto le sirvió ganar en agilidad y en visión del juego. Es por lo que aplica el mismo proceder con la hija. La estrategia empieza a dar resultados. Los sueños se empiezan a cumplir. Cada vez ve mas claro que un día dirigirá el equipo senior, que el se convertirá en el entrenador de moda y que los clubes de mas prestigio se lo disputen. Se ve el mismo en la pista dando instrucciones a las chicas que obedecen sus órdenes con exactitud. Poco a poco ha ido adquiriendo los aires medio teatrales y medio toreros de los entrenadores de élite, algunos de los cuales se visten siempre impecables con trajes italianos y corbatas de seda. El quiere ser de estos. Prefiere la elegancia que no el chándal que es ordinario. Le halaga pensar que un día pueda estar rodeado de muchachas espléndidas, con algunas torres americanas o escandinavas de dos metros, majestuosas diosas negras y rubias admiradas por todos. Siente escalofríos de voluptuosidad cuando se imagina en el mismo centro de un ruedo de cuerpos femeninos frescos y fragantes, fuertes, elásticos, duros, bien silueteados por bodys que resaltan la belleza de la juventud. No son fantasías eróticas, sino medallas de vanidad masculina. ¡Que envidian le tendrán los hombres que le vean por la tele! Pensarán: Yo quiero estar en el lugar de ese tío. De pronto baja de la nube y vuelve a la realidad. No se quiere precipitar. Los triunfos llegarán poco a poco, uno detrás de otro. Cuando le den la noticia de la inclusión de su hija en la selección cadete, pensará: Es el primer paso. Después… todo llegará. Mientras fantaseas, los ojos vagan erráticos por el vagón hasta que se paran en el cuello de una mujer que tienes cerca. Debe de haber subido ahora mismo, en Vilapiscina, pero no te habías 10


fijado. Es una mujer mayor que tiene un cutis reluciente en el que destacan unas manchitas oscuras en el cuello, cerca de la mejilla derecha. No parecen pecas ni manchas en la piel. ¿Qué son? ¿Nació con estos puntitos o aparecieron mas tarde? ¿Y si es así, cuando? ¿Cómo? Decides basar en este detalle su biografía. En alguna otra ocasión has visto a gente que tiene la piel picada de salpicaduras de productos químicos o de partículas que se han quedado incrustadas bajo la epidermis como un tatuaje accidental. Deben de ser eso, partículas. Pero, ¿de que? ¿Se le clavaron esquirlas de limaduras metálicas? ¿Polvo de carbón? Ya lo tienes: es pólvora. Eso lo explica todo. Esta mujer nació en un pueblo andaluz y cuando vino a Barcelona, en los años cincuenta, ya traía esas señales en el cuello desde hacía tiempo. El hermano mayor trabajaba en la mina y llevaba a casa pequeñas cantidades de pólvora para que los pequeños jugasen. Les entusiasmaba encenderla y contemplar la violenta llamarada de vivos colores. El juego terminaba en un hilo de humo que impregnaba el aire de un embriagador olor a azufre. En uno de estos juegos comprimieron pólvora en la corteza de un árbol y algunos granitos saltaron a las caras de los que observaban atentamente el prodigio. El más pequeño perdió un ojo y a ella, que tenia doce años, se le incrustaron unos granitos en el cuello que nunca tuvo interés en hacerlos desaparecer. Al revés, es muy supersticiosa y los tiene como un talismán. Vino a Barcelona sin conocer a nadie. Y sin dinero. Se pasaba el día vagabundeando y preguntando a la gente de la calle si necesitaban una criada, pero su aspecto desaliñado inspiraba desconfianza y nadie le contestaba. Por las noches dormía en la playa del Somorrostro, arrebujada entre dos barracas, hasta que una gitana le llamó la atención: Ei, tu, ¿porqué no te va a dormir a tu casa? No tengo casa. Pues vete a una casa de huéspedes. No 11


tengo un real, dijo ella. Si te acercas a Tierra Negra, harás algún dinero y podrás irte a dormir al cine Argentina. La Tierra Negra estaba al pie de Montjuic, entre el puerto y el Morrot. En aquel lugar, negro por la proximidad del muelle de carbón, se practicaba el comercio sexual mas tirado de Barcelona. Colas de hombres y de adolescentes esperaban que les tocase el turno para que unas mujeres viejas y consumidas les hiciesen una paja o una mamada por dos o tres pesetas. Una vieja, recostada en un árbol, llevaba un cascabel atado a cada tobillo, y con las manos envueltas en trapos, masturbaba a dos chicos a la vez. Cuando la chica le hizo la competencia unos cuantos árboles mas lejos, la vieja le dijo de todo, pero no dejó el trabajo. Le sobraba parroquia. El cine Argentina hacia esquina a la calle Robadors, en el corazón del Barrio Chino. Estaba casi lleno, pero la gente no iba a ver películas, sino a dormir unas cuantas horas seguidas. Eran inmigrantes, como ella, sin oficio ni beneficio, expresos que no tenían donde ir, borrachos que dormían la mona, indigentes, perdularios, soldados, reambulantes y alguna puta barata que palpaba los asientos y se ofrecía. Durmió unos cuantos días en el cine Argentina, hasta que entró en un burdel de la misma calle Robadors llamado La Gaucha. Al cabo de un mes ya tenía clientes asiduos y un nombre de guerra: la Pólvora. Cuando vio que los hombres pagaban bien quince pesetas por dormir con ella se sintió a salvo. Incluso poderosa. Fue entonces cuando empezó a urdir la venganza contra los que la habían echado del pueblo. Un día la Pólvora explotará, se decía, y más de uno quedará como yo, marcado para siempre.

VIRREY AMAT 12


Sube más gente. Alguien se sienta al otro lado del hombre ancho de hombros y el se decanta hacia ti, casi te aplasta. Después recupera el equilibrio, se queda encajonado y con cada arrancada o frenada del vagón se cae sobre uno de los dos compañeros de viaje. El hombre ancho de espaldas que saldrá en todos los periódicos n vive del básquet. Su meta es conseguirlo, pero de momento, no puede dejar de hacer de comercial del grupo de empresas Uriarte. El toca el ramo de pinturas y barnices y se organiza el trabajo de manera que sea compatible con los entrenamientos, los partidos y los clínicos de entrenador. De momento, entre su sueldo y y los ingresos que proporciona la tienda de ropa de niños de su mujer van tirando y subiendo a sus hijos. Si llega a entrenar en un gran equipo, lo primero que hará será contratar un buen plan de pensiones para el y su mujer. Piensa mucho en su futuro. Tiene fe en el mismo y no prevé que le pueda pasar lo que le pasará. Hoy, cuando salga de la federación, hará gestiones por el centro de Barcelona relacionadas con las empresas Uriarte y por la tarde visitará clientes de la zona de Sant Boi, Sant Andréu de la Barca y de Martorell. No irá a comer a casa y por la noche, cuando regrese del trabajo, tendrá justo el tiempo para dirigir el entreno. Hoy es voluntario, para las chicas quieran mejorar los lanzamientos y que dispongan de una hora larga para ensayar tiros a la cesta una y otra vez desde diversos ángulos. La hija siempre es la primera en llegar e, indefectiblemente, la última en abandonar la pista. Por la noche, cuando padre e hija vuelven a casa, darán la gran noticia de la inclusión de la hija en la selección catalana cadete y 13


harán una fiesta casera. Se harán traer pizzas y coca colas. El padre abrirá una botella de cava, brindarán con los vasos de cristal de todos los días, y en uno de los muchos brindis, uno se romperá. Reaccionarán con carcajadas, como si se tratase de un gag de una película cómica, y estarán tan embalados que se reirán por cualquier cosa. En el transcurso de la fiesta, el hijo menor coronará a la hermana mayor con un calcetín blanco de deporte. Dirá: Eres la reina del básquet. Todos se reirán y la pequeña dirá: Pareces la del anuncio. ¿Qué anuncio? El de ropa interior. Se referirá a un anuncio de ropa interior protagonizado por una chica con aspecto de hawaiana. ¡Apa! Que si. Que no. ¡Y tanto que te pareces! Esta discusión trivial, mantenida entre bromas y risas, será la primera causa que cambiará completamente la vida del padre. En casa no se hablará de nada más que de la selección catalana y de los Campeonatos de España. Después de los entrenamientos oficiales, la chica volverá a casa con un chándal y una bolsa de deporte que les habrá regalado la federación. Y con dos juegos de un equipo completo marcado con el número 6. El hermano mediano, que es muy burlón, dirá que porqué no cuelgan esa camiseta en el techo del pasillo, como se hace en los pabellones de la NBA el día que se retira un jugador excepcional. Cada vez que tu vecino se mueve, tu recibes el efecto de su onda expansiva. Piensa en la hija. Se alegra de sus éxitos pero también teme que se la cojan antes de que el pueda subir al Santa Rosa a la liga española. Tiene el presentimiento que su futuro va unido al de ella. Si culminan juntos la carrera ascendente, después cada uno podrá volar por su cuenta. Pero si la chica se deja tentar por los cantos de sirena de los grandes clubes, todo puede estropearse sin remedio. Y el con ella. 14


A menudo pensaba esto. También el día que, yendo en coche, le parecerá ver en un escaparate la foto de la chica que anuncia ropa interior con una estética vagamente hawaiana y que, según su hija pequeña, se parece a la hija mayor. Volverá la cabeza para fijarse en el anuncio y le parecerá que si, que la hija mayor y la modelo de la fotografía tienen rasgos comunes. Cuando vuelva a mirar hacia delante se dará cuenta de que el semáforo está en rojo y que el coche está a punto de topar con el motorista de delante. Irá a frenar, pero tendrá los pies mal colocados y el zapato se enredará, no acertará con el pedal de freno, como si lo hubiesen desplazado. El hombre se pondrá nervioso, buscará el freno con desesperación, y lo clavará por error en el pedal del acelerador. A fondo. El coche dará un brusco salto hacia delante y el, ofuscado, dará un golpe de volante a la derecha para no embestir a la moto. El coche se subirá a la acera, topará con el semáforo y lo partirá en dos. Todo pasará muy rápido, sin tiempo para rehacerse de la sorpresa ni de rectificar el error. Oirá gritos y cuando baje del coche, asustado y pálido, verá a un hombre en el suelo. Muerto. Después de enviudar tres veces, el padre de la vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir no se volvió a casar. Y eso que aun le quedaban tres cuñadas casaderas que pronto quedaron reducidas a dos, porque la que venía a continuación – la que le “tocaba” – corrió a meterse monja. Explicó que era para rezar por sus hermanas difuntas, pero todos lo interpretaron como una huía precipitada para salvar el pellejo. La vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir hizo de madre de sus dos hermanitos. De madre y de padre, porque el padre abdicó y se dio a la bebida. Con trece años, la mayor se ocupaba de los pequeños, llevaba el timón de la casa, cocinaba, lavaba la ropa en el rio y administraba el poco dinero que el 15


padre la daba. La ayudaban las vecinas, algunas de las cuales tenían su misma edad. Las más jóvenes la llevaban astillas para encender el fuego y entretenían a los pequeños mientras ella preparaba la sopa. Las mujeres del pueblo la ayudaban a hacer calcetines, a zurcirlos, a volver los abrigos. Preparaban brebajes, ungüentos y cataplasmas cuando los hermanitos se ponían enfermos y se los quedaban cuando ella salía con su padre, que era zahorí. El trabajo de zahorí exigía mucha concentración para que el cuerpo pudiese percibir los ocultos mensajes del agua. Había que aguzar los sentidos y escucharse bien por dentro hasta notar un cosquilleo imperceptible que costaba mucho detectar porque iba y venía. La gente creía que todo consistía en obedecer las órdenes de una vara de avellano, pero el padre no la usaba mucho. El avellano, como mucho, solo le servía para la parte final de una laboriosa búsqueda. El padre solía empezar describiendo círculos muy amplios caminando a buen paso hasta que, de repente, se paraba porque había notado la extraña vibración del agua bajo sus pies. Entonces exigía absoluto silencio a su alrededor y si hacía viento acababa y lo dejaba para otro día. El momento era delicado, decisivo. Se desplazaba con pequeños pasos inseguros, haciendo equilibrios, se dejaba guiar por el sexto sentido que había desarrollado, se ponía en trance como los médiums de los espiritistas y después de unas cuantas horas de moverse con la cautela de de un animal decía: Aquí. Clavaba una estaca, colgaba la gorra y encendía un cigarrillo. Regresaba a casa extenuado. Ella había heredado ese don de adivinar los misteriosos caminos del agua. Ayudaba a su padre porque era su obligación pero sobretodo, porque el padre había perdido facultades por culpa del vino. No es que se equivocase, eso nunca, sino que no 16


encontraba la veta y empezaba a acumular fracasos. Ella no era tan fina, tenía que utilizar la vara de avellano y raramente lo conseguía sola, necesitaba la intuición y el arte del padre. Pero ir con su padre le daba miedo, tenía mal beber y los días que no conseguía su veta de agua, convertía el camino de vuelta en una sarta de improperios, amenazas y blasfemias. Cuando llegaba a casa gritaba a los hijos por cualquier tontería y les azotaba con el cinturón, sobretodo al pequeño, al que culpaba la muerte de su tercera esposa. La lloró hasta el último día de su existencia, convertido en un impenitente borracho. Cuando tenían que ir lejos, a dos, tres o cuatro horas de tartana, ella rezaba todo el camino para que Dios le calmase. Se lo pedía con fervor a la Madre de Dios de los Dolores que se había cosido por dentro de la camiseta. La vieja que hace ganchillo recuerda la estampa como si la estuviese viendo: una cartulina, amarillenta, con los bordes gastados, que mostraba una Virgen coronada y sufriente, con el corazón atravesado por siete puñales que debían ser de plata, como los que habían en la iglesia del pueblo. Y recuerda, aun hoy, las punzadas del alma cada vez que los chiquillos se acercaban a su casa para corear una cancioncilla burlona: El viejo zahorí, en lugar de agua busca vino. La mujer que hacía de prostituta con el nombre de la Pólvora se fue del pueblo porque no la querían en ninguna parte. Su novio había desafiado públicamente a los caciques y ellos se vengaron con una de las represalias habituales contra aquellos que no se sometían a los caprichos de los poderosos. Los transgresores y sus familias caían en desgracia sin misericordia. No les alquilaban ninguna finca, no entraban a servir en ninguna casa ni les fiaban en ninguna tienda, porque estaban apestados, 17


marcados. Y mas les valían que no protestasen mucho si no querían que la guardia civil les rompiese la cara. A ella solo la dijeron: Ya te puedes ir. No le dieron más explicaciones. Y no la quisieron en ninguna otra casa. Desde los trece años en que empezó a trabajar, había estado en tres cortijos, hacia de criada a cambio de un jergón, de las sobras de las comidas y de las propinas concedidas graciosamente como un extra. En las tres casas donde había servido, los amos o sus hijos varones la habían utilizado como distracción sexual, sobretodo cuando tenía catorce, quince y dieciséis años. La amenazaban que si hablaba más de la cuenta su familia pagaría las consecuencias. Se lo decían los mismos que después la echaron sin miramientos. No se lo perdonó. Vino a Barcelona en un arrebato porque en el pueblo le habían cerrado todas las puertas. Y también para escapar de una situación que hacia tiempo la atormentaba. Tenía novio pero no como lo solían ser las demás parejas. Se veían poco y ella tenía una actitud extraña, evasiva, casi no se dejaba besar y no consentía que el chico le pusiese la mano encima. Se hacía la estrecha, le decía que ya tendrían tiempo para tocarse y hacerse cosas cuando estuviesen casados. Pero le iba dando largas cada vez que el le hablaba del dia de la boda. Temía su reacción cuando descubriese que no era virgen. Por eso, irse del pueblo era huir de los caciques, del miedo, de la miseria, y también del novio, de la honra perdida, del que dirán, de todo. Se hizo puta como se hacían tantas chicas que llegaban a Barcelona estibadas en trenes llamados borregueros, Shangai Express o transiberianos. Rodó por diversos prostíbulos y meublés, siempre por la misma zona: Robadors, Rambla de Santa Mónica, Conde del Asalto… Ir de un lado a otro formaba parte de aquello que llamaban renovación del ganado. 18


No era el trabajo que hubiese elegido, pero comía cada día y pagaba religiosamente una habitación realquilada en la calle Escudellers. Pero no se veía haciendo aquello toda la vida. No quería llegar a vieja y acabar masturbando a chicos en la Tierra Negra. La mayoría de sus compañeras también lo quería dejar y casarse o bien continuar el negocio como madame. Ella tenía otros planes porque la rabia para que la rabia y el resentimiento explotasen como un volcán. Alimentaba la esperanza de regresar al pueblo guapa y rica con la intención de exhibirse antes los caciques que se habían aliado para no alquilarla más. A algunos de ellos les quería decir a la cara y ante todos: He prosperado gracias a ti. Tú me follaste tantas veces como quisiste cuando estaba sirviendo en tu casa y eso me ha servido para hacer una buena carrera de puta. Pero ahora cobro, y si lo quieres volver a hacer te saldrá caro, pensaba decir. Empezaba a ahorrar alguna peseta cuando un embarazo la cogió por sorpresa. La Pólvora tomaba las precauciones habituales para no agarrar enfermedades venéreas. Cada sábado pasaba la preceptiva revisión médica y siempre lavaba los bajos de los clientes con permanganato, tanto si les gustaba como si no. Pero no esperaba un embarazo. Una vez vio un feto en un rincón de la calle Arco del Teatro. De alguna puta que se había librado de el probablemente. Pero ella no quería que le provocasen un aborto a base de darse golpes, como había hecho alguna compañera. Ni quería acudir a nadie. Era demasiado caro y arriesgado. Lo mejor era sacarle partido económico al embarazo. A medida que el vientre se le iba hinchando fue aumentando la tarifa, porque los hombres, sobre todo los maduros, pagaban las desviaciones a precio de oro. Algunas lo explotaban muy bien. Como la Santa, que se hacía cortes en las manos, en los pies y en 19


las costillas para hacer creer que menstruaba por los estigmas de Nuestro Señor. Se le infectaron las heridas unas cuantas veces, pero consiguió retirarse y comprar una parada de fruta y verdura en el mercado de San Antonio. La Pólvora dio voces para pasar la criatura a algún matrimonio que no pudiese tener hijos. Ella lo llamaba así, pero la realidad es que lo quería vender y la discreta subasta que promovió se saldó con tres mil pesetas, que pago un cliente el día que se llevó al recién nacido a su casa, una niña. Una noche, poco después de vender la niña, vio por casualidad una escena que la impactó. Subía por la Rambla en el momento que había terminado una función del Liceo y el paseo se llenaba de hombres vestidos de etiqueta y de mujeres resplandecientes que parecían salidas de una película en technicolor. Bajo la claridad de las farolas, los collares brillaban como estrellas. Por delante de ella pasaron vestidos escotados que llegaban al suelo en cascadas relucientes, terciopelos y telas tornasoladas que hacían fru-fru al andar. Percibió el olor a buen tabaco y a buenos perfumes que había aspirado en las casas en las que había servido y se le redobló la sed de venganza. Aquí hay mucho, mucho dinero, pensó. Y si lo hay para vosotros también lo habrá para mi. Un hombre que lleva un maletín de ejecutivo con cantoneras de latón se sienta en uno de los asientos que aun están libres. Viste un traje azul marino, camisa blanca y una corbata de color Burdeos. Se sienta, se coloca el maletín sobre las piernas, concentra su mirada en un punto invisible y tamborilea los dedos sobre el maletín. ¿Es un hombre de negocios? ¿Un viajante? ¿Un artista? 20


Siempre ha tenido una vena artística. Cuando era delineante proyectista en una empresa de muebles, a parte de los proyectos de aprovechamiento de espacios y de decoración que realizaba para los clientes, hacía retratos de los compañeros, caricaturas y aucas festivas que eran muy aplaudidas. Hasta que la empresa donde había trabajado casi treinta años cerró. Se quedó sin trabajo y solo. Hasta entonces vivía bien solo. La mujer le plantó una Navidad, cuando tenían que ir a comer a casa de sus suegros y el estaba entretenido acabando el pesebre que cada año hacia en el comedor. Eran pesebres artísticos, realizados con tanta meticulosidad y tanto detalle que no se terminaban nunca. La mujer se esperó de mala gana hasta que perdió la paciencia, destrozó el pesebre en una ataque de nervios y se fue sin el. El marido se quedó reconstruyendo el pesebre y ella solo regresó para hacer las maletas. No tener hijos facilitó un divorcio rápido y relativamente amistoso. El marido tenía treinta y cinco años y en ningún momento sintió el síndrome de los separados habladores que solo saben lloriquear. Al revés, se sentía feliz y nuevo. Para estrenar su libertad, en lugar de desmostar el pesebre, lo dejó en el comedor. No era hombre de bares ni de salir mucho. Prefería quedarse en casa escuchando música y rehaciendo el pesebre, de modo que sin darse cuenta, lo fue perfeccionando y ampliando hasta las tres cuartas partes del comedor que ocupa ahora. Es un prodigio de meticulosidad y exactitud. Lo ha construido con piedras de belén, tierra del Sinaí, agua del lago Tiberiades, musgo blanco de Nazaret, farigola de los alrededores de Petra, cantos de río del Nilo, olivos de Jerusalén, corteza de cedro del Líbano…También incorpora artesanía en miniatura procedente de todo el mundo y a escala proporcionada: una sillitas de boga compradas en el Cairo, 21


un pequeño telar japonés, un pozo indonesio, una barca brasileña, unos angelitos de Cuzco y, naturalmente, las apreciadas figuras de pesebre de Nápoles. Ahorraba todo el año para poder viajar y escoger artesanía selecta para el pesebre. De paso, el viaje le proporcionaba relaciones esporádicas con algunas mujeres. Todo era plenamente satisfactorio hasta que se quedó sin trabajo y vio que se le cerraban todas las puertas por culpa de la edad. Al hacer los cincuenta se sintió perdido. De pronto se vio mayor y solo, sin oficio ni beneficio. Se lamentaba de los años que había dedicado al pesebre y más de una vez estuvo tentado de destruirlo con la misma rabia como lo había hecho su ex. Había que olvidarse y buscar una compañía con urgencia. Aun estás as tiempo de encontrar la mujer de tu vida, se repetía obsesivamente, aun estás a tiempo. Lo piensa ahora mismo, sin darse cuenta de que tiene a su lado a una firme candidata a ser la mujer de su vida. Más o menos deben de ser de la misma edad. Si el pudiese ver con Rayos X la cartera que lleva la mujer que está a su lado y que estrecha contra su pecho, vería que está llena de exámenes corregidos con abundancia de bolígrafo rojo. Tanbien hay una libreta de notas, apuntes, folios llenos de fórmulas que debe fotocopiar, una agenda, un repertorio de problemas y ejercicios muy gastado y una carpeta con asuntos pendientes y notificaciones caducadas, calendarios de evaluaciones, convocatorias de claustros… Es profesora de instituto. Hoy devolverá a los alumnos los exámenes de álgebra que corrigió ayer, dirá que no entiende porque las notas son tan bajas si todos los problemas ya los habían hecho en clase, exactamente los mismos. Con el desánimo de quien predica en el desierto, resolverá de nuevo 22


paso a paso todos los ejercicios en la pizarra para que los alumnos se den cuenta de los errores. Nota fatiga y frustración: ¿Qué sentido tiene explicar sistemas de ecuaciones a unos chicos y chicas que asisten a clase como condenados a galeras? Con los años de docencia, la profesora ha perdido interés y entusiasmo. Se siente tan ridícula explicando la regla de Ruffini, tan inútil, tan poco preparada para hacer el trabajo social que se le exige, tan acobardada ante algunos ganapias con la cara cosida por piercings… Este es el momento mas bajo de la profesora de instituto: sale de casa como si la llevasen al matadero y cuando está en el metro tiene ganas de llorar. No sabe que el hombre que tiene al lad0 estaría encantado de ofrecerle su hombro para que llorase a gusto y se desahogase. Ignora que el ya la consuela desde la distancia y desde un anonimato prudente. Hace días que este hombre y ella se cartean por Internet y se están haciendo unas recíprocas e inconfesadas ilusiones que crecen día a día. Pero no se conocen

MARAGALL

Las puertas funcionan a la antigua, los pasajeros no tienen que accionar ningún mecanismo porque todas se abren y se cierran al mismo tiempo, con independencia si sube o baja gente. Ahora mismo han bajado dos o tres personas que deben de ir a buscar la línea amarilla y no ha subido nadie. Pero tu vecino de asiento, que pronto saldrá en todos los periódicos, no se mueve, no te libras de su pegajoso contacto. Saldrá en las páginas interiores de los periódicos como noticia destacada de las desgracias del día. Los titulares dirán: “Mata a 23


un peatón por culpa de un anuncio de ropa interior”, “Distracción mortal”, “Jubilado atropellado cuando se esperaba en un semáforo”, “Ropa interior asesina”, etc. Todos los periódicos relacionarán la distracción del conductor con el anuncio y reproducirán la foto de tu vecino de asiento cuando entre en los juzgados custodiado por la policía. Habrá especulaciones y rumores porque la policía querrá saber si hay alguna relación entre el atropello y unas extrañas marcas en el cuerpo de la víctima. Al final dejarán al conductor en libertad y el caso quedará pendiente de juicio. Regresará a casa traumatizado. No se podrá quitar de la cabeza al muerto, el pobre hombre muerto absurdamente. Además del vía crucis interior sufrirá una dolorosa expiación pública. El accidente será aireado por los medios de comunicación y la imagen del entrenador de básquet – un hombre aparentemente normal, dirán en un telenoticias – se asociará a los hechos de sangre, a los asesinatos, a los acontecimientos escabrosos que tanto gustan a la gente. La presencia de cámaras, micros y flashes cuando le trasladen desde las dependencias policiales a los juzgados dinamitará el confortable anonimato de hoy y le convertirá en carne de la prensa amarilla, rosa y negra. Se sentirá perseguido y manchado para siempre. Le parecerá que a los ojos de todos se habrá convertido en un ser lleno de pústulas morales, un monstruo, un entrenador de chicas que llevaba una doble vida inconfesable. Durante unos días se hablará mucho. En la radio y en la televisión se harán debates sobre la falta de seguridad de los peatones, sobre los límites éticos de la publicidad, sobre erotomanía y fetichismo, sobre las consecuencias de conducir bajo los efectos del alcohol… Porque algún periódico habrá escrito que, según testigos presenciales, el conductor iba bebido. 24


De nada servirán las precisiones del abogado cuando explique que su cliente dio cero en el análisis de alcoholemia y que no es un fetichista de la lencería. No podrá salir a la calle sin notarse señalado por dedos acusadores. Tendrá pánico a las cámaras y a los periodistas. No se verá con ánimos de ir de pista en pista de básquet sabiéndose el centro de todas las miradas, de malévolos comentarios y de burlas. Pedirá al segundo entrenador que se haga cargo del equipo mientras el se recupera del shock sicológico. No tendrá ninguna actividad, ni deportiva ni laboral. El grupo de empresas Uriarte le sugerirá que se tome un par de meses para rehacerse del golpe. Pasado este tiempo, le dirán, entre circunloquios y alabanzas, que están obligados a preservar la imagen corporativa y que han encontrado una buena solución para todos. Les rescindirán el contrato a cambio de una indemnización substanciosa y el lo aceptará sin desánimo, sin ganas de presentar batalla. Se encerrará en casa y no saldrá durante días y semanas enteras. Estará seguro de que cada vez que ponga los pies en la calle, la gente murmurará: Mira, aquel es el de los periódicos, el erotómano, el asesino, el borracho, el pederasta, el violador. El hombre que dejó de interesarse por los pesebres para buscar a la mujer de su vida empezó la búsqueda por los ambientes de separados y divorciados. Probó suerte en el Sutton, la sala de baile que los domingos se llenaba de hombres y mujeres maduros: ellos limpios, peinados y perfumados; ellas peinadas de peluquería, acicaladas con vaporosas galas de fiesta mayor, cargadas de bisutería y bañadas en perfume. Se sintió observado con el interés que provocan las caras nuevas en los ambientes de viejos conocidos. Una veterana 25


le pintó el panorama de un modo realista: Aquí venimos a divertirnos, si cae alguna otra cosa, mejor, pero no te hagas ilusiones. Si cae alguna cosa, dijo literalmente. Estaba harto de oír esas palabras: alguna cosa. En las oficinas de colocación siempre le decían: ya le avisaremos si sale alguna cosa. Todos los jefes de personal acababan las entrevistas con la mima musiquilla: Ya le diremos alguna cosa. Los conocidos se comprometían a dar voces y a avisarle inmediatamente si sabían alguna cosa. Incluso en el Sutton había que esperar que cayese alguna cosa. Con los cincuenta que le pesaban como un muerto, se había vuelto un corazón solitario entre hombres gomosos y mujeres endomingadas, esperaba que cayese alguna cosa que le sacase de ese pozo. Su suerte estaba cifrada en ese oráculo cabalístico: alguna cosa. Pero, ¿Cuál? En el Sutton ligó con una separada de poco más de cuarenta años. No era amor lo que buscaba con anhelo, sino una aventura ocasional, una tabla de salvación mutua que duró unas semanas. La separada se negaba a explicar como se ganaba la vida hasta que le confesó que cantaba. ¿Eres cantante profesional? Si, pero solo canto en los entierros y en las misas de difuntos. ¿Sola? No, con mi ex, que es violinista. Interpretamos el Ave María, de Schubert, El valle del río rojo y otras piezas que pide la gente, como cantos espirituales negros, canciones de los Beatles, de Julio Iglesias, de Madonna o de Lluis Llach, temas de películas, como Doctor Zhivago o Titanic. Cantando en los entierros la mujer vive mejor que cuando trabajaba en un despacho. Le sugirió que también habría trabajo para el. En un entierro le preguntaron si sabía de algún dibujante que retratase difuntos. El dijo que no, pero que aquellos podía ser un buen trabajo. Se lo propuso: ¿Por qué no lo pruebas? Y le 26


animó a intentarlo, le presentó a su ex marido y entre los dos le convencieron. Led costó dar el paso pero lo dio. Ahora mismo, en el maletín con las cantoneras de latón lleva un bloc de dibujo, una carpeta con folios de papel Ingres, líquido fijador y una caja vieja de puros donde guarda carboncillos de diferentes medidas, lápiz carbón, barritas Conté blancas y negras, una goma, difuminos y un trapo de algodón de color ceniza que en algún momento había sido blanco. Hoy, la cantante funeraria, su ex y el son buenos amigos. Se ven con regularidad y hablan del negocio, a ver si cae alguna cosa por la parte musical o pr la parte del dibujo. En este clima de mutua confianza, fueron ellos los que le sugirieron que dejase de ir al Sutton y que buscase pareja a través de Internet. Las primeras tentativas fueron frustrantes, pero ahora se hace muchas ilusiones con la profesora de instituto que se sienta a su lado y de la cual solo conoce dos iniciales – A.M. – que no sabe si son auténticas o falsas. Tu si que lo sabes, son falsas. La Pólvora nunca ha añorado a la hija que vendió ni ha sentido curiosidad por saber como es. Si ha tenido algún pensamiento fugaz sobre el novio que la plantó sin darle explicaciones, un buen chico, de familia pobre como ella, que había osado plantar cara a los poderosos. No ha vuelto a saber nada. Pero tampoco quería verle mas ni quería imaginar como hubiese podido ser su vida de haberse casado. No tenía sentido planteárselo, tal como habían ido las cosas tenía que acabar haciendo de puta. Ya lo era cuando tenía novio, lo era desde los trece años, desde el día en que el propietario de un cortijo le bajó las bragas sin que ella se atreviese a protestar. Siempre había sido altiva, desconfiada, solitaria y muy calculadora. Después del parto aumentó su ambición y se volvió 27


más dura por dentro y maleable por fuera de acuerdo con sus intereses. No se sacaba de la cabeza a las mujeres que salían despreocupadamente del Liceo exhibiendo riqueza y elegancia. Sabía que nunca jugaría a tenis con ellas y que no sería aceptada en un palco del Liceo a su lado, pero si podía compartir sus maridos. Quería ser la querida de un potentado, una mantenida con casa propia y cuenta corriente propia. Cuando lo consiguiese regresaría al pueblo y diría aquello que tenía que decir a la cara de los caciques. O, bien mirado, tal vez era mejor decírselo a las mujeres de las familias ricas: vuestros padres, vuestros maridos, vuestros hermanos, vuestros hijos me hicieron puta cuando yo aun era una niña. Se gastó el dinero de la venta de la hija en ropa y en zapatos. Se proveyó de lencería fina, se cortó el pelo, se lo tiñó de rubio, se hizo la permanente y empezó a frecuentar los cabarets de más arriba de la Rambla. No quería saber nada del Barrio Chino. Su estrategia apuntaba a la plaza de Cataluña, la Diagonal y Pedralbes, que era territorio de ricos. Empezó por el Rigat y el Bolero y tuvo problemas para hacerse un lugar entre las habituales, las putas finas que sabían bailar, conversar e irse a la cama en el momento oportuno. En el Chino el tiempo estaba tasado y los tratos se hacían directamente: ¿Qué quieres hacer? Esto vale tanto, esto otro, tanto, y eso, tanto. Ahora todo era mas sutil y había que jugar con el tiempo al revés, había que adular a los hombres sin prisas, enamorarlos, emborracharlos de deseo y hacerse valer. Ella se enamoraba de verdad, pero no de los hombres, se volvía loca por los billetes de sus carteras. Destilaba sensualidad con los que olían a dinero y expulsaba sin miramientos a los que tenían pinta de pobres. Todos los hombres tienen el cerebro en la punta del nabo, se decía. Y cuanto mas tarden en eyacular, más dinero soltaban. 28


Poco a poco, la Pólvora se fue haciendo una clientela de una cierta categoría. Eran pequeños fabricantes, hombres de negocio forjados en la época del estraperlo, autoridades franquistas del ámbito local, herederos derrochadores, algún médico, algún abogado, algún bohemio que gastaba los duros a paletadas… La paciencia con que la Pólvora soportaba a hombres insoportables y aguantaba la lata de lamentos conyugales tenía una jugosa recompensa en forma de joyas y billetes de banco. Esto le permitió ir a vivir a una decorosa pensión de la calle de Trafalgar y abrir una libreta en la Caja de Ahorros y Monte de Piedad. Pero no conseguía que nadie le pusiese un piso de querida. Una tarde se le acercó un hombre que ya se le había aproximado unas cuantas veces. Ella le rechazaba siempre, no le encontraba mas distinguido que a un tranviario o a un paleta. Pero en el momento en que ella le tocó el brazo para decirle: Otro día, rey, sintió una descarga eléctrica tan fuerte que la hizo saltar hacia atrás. Se asustó, nunca se había enrampado tocando a una persona. Lo interpretó como una señal, una advertencia. Supersticiosa como era – no ha dejado de serlo – cambió de actitud y se mostró solícita para aplacar la maldición que aquel hombre debía ser portador. Se dedicó con tanta parsimonia que el cliente se entusiasmó y dijo: Hace tiempo que te iba detrás y ahora que te tengo no te me escaparás. Te pondré un piso y serás mía todo el día, solo mía. La Pólvora se lo comió a besos: ¡lo había conseguido! Y se reía de ella misma, del miedo que había pasado. Ahora interpretaba el calambre de antes como un buen augurio. La vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir se casó con un pocero. El padre, como todos los zahories, se relacionaba 29


con distintos poceros, pero no había ninguno que soportase el mal genio de un borracho maleducado. Aceptó casarse con el con una condición: no dejar la casa. El padre y los hermanos la necesitaban. Sobre todo los hermanos que eran obra suya. El mayor, de diez y siete años, era un hombre hecho y derecho que trabajaba en el bosque, donde aprendía a usar el hacha y se instruía en el difícil y peligroso arte de las carboneras. El pequeño, que ya tenía catorce años, llevaba a casa el minúsculo jornal que ganaba como aprendiz de sastre. El pocero no se vio capaz de convivir con un suegro dominado por el vino y retiró su propuesta de matrimonio. Pero al cabo de unos cuantos meses lo pensó mejor y aceptó el ir a vivir con el zahorí, como un militar que firma la capitulación. Había ido detrás de algunas chicas, pero le dieron calabazas y cuando se volvió a declarar lo hizo sin alegría, con una resignación fatalista. Dijo: me caso contigo y con tu padre. Se casaron en 1935. Entonces empezó la ristra de abortos y de criaturas que nacían muertas. Hasta cinco, una cada año. Los dos hermanos murieron en la guerra. No en la guerra, no en el frente, no vestidos de soldado, no bajo las bombas de artillería ni ametrallados por los aviones que aparecían sin esperarlos por encima de la montaña. Cuando la vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir se dio cuenta que el rector había huido, cuando vio que quemaban pajares, cuando supo que algunos hombres de la comarca habían muerto de mala manera, suplicó a sus hermanos que se escondiesen, que por nada del mundo se dejasen arrastrar por aquella locura de rencor y de pólvora. Vivieron dos largos años en el bosque y en chozas, donde se escondían otros chicos que también huían de la guerra. A los desertores no les faltó nunca comida. Recogían leña, cazaban, hacían sopa de ortigas y cocinaban los alimentos que 30


les llegaban furtivamente. Una vez cada cinco o seis semanas, la hermana mayor les subía pan, vino, aceite, ajos, cebollas, tabaco y queso. Y también subía hilo y aguja por si hacia falta hacer algún zurcido. A uno de aquellos chicos, de un pueblo vecino, siempre le tenía que coser un botón o zurcir un siete. A ella le parecía que se rasgaba la ropa ex profeso, para retenerla un rato, y cosía deprisa, con una gran turbación. ¡Que ojazos tenía aquel chico! Pero un buen día del año 38 no encontró a nadie. La cabaña estaba vacía, registrada. Notó el susto de la premonición, un relámpago que corta y quema por dentro. Salió con el corazón desbocado y entró en el bosque. Iba de un lado a otro, corría, saltaba, se arañaba, se caía, rodaba y, contraviniendo a la sagrada norma del silencio, no paraba de buscar a sus hermanos llamándoles por su nombre, que ahora le parecían los más bonitos del mundo. Hasta que encontró cuatro cuerpos tirados en un claro. Aun le parece verles ahora: los jerseys de lana que ella había hecho con agujas de media tenían un agujero en el pecho; los pantalones que ella había cosido se habían convertido en unos harapos que el aire hacía ondear; las piernas y los brazos no tenían carne, solo huesos y tendones; las caras eran calaveras con pelos y sin ojos. Los buitres habían roído los cadáveres a conciencia y las fieras se habían llevado algunos huesos. Virgen de los Siete Dolores, matadme a mi también, suplicó la vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir. Nunca se supo si alguien les delató, pero la versión más creíble era que la matanza era obra de los soldados que huían a Francia. Les habían matado a tiros, de eso no cabía ninguna duda. Tal vez los soldados les asaltaron para robarles la despensa bien provista, o quizá porque se retiraban derrotados y a la desbandada por 31


culpa de los desertores que vivían regaladamente en las montañas. Colocaron los cadáveres en una sola angarilla y los bajaron al pueblo. Nadie recordaba haber llevado ningún muerto tan ligero como aquel puñado de huesos que eran cuatro personas juntas. La mujer que hoy es vieja y hace ganchillo en el metro acompañó a los hermanos al cementerio, donde morían todas sus ilusiones. Allí descansaban las tres madres y la hermanita, y ahora enterraba dos claveles que tenían que ser los mejores de la comarca. No pudo reprimir un último adiós salido del fondo del corazón con el dolor de una madre que lo ha perdido todo: ¡Adiós, queridos hermanos! Y en seguida se dijo: Mas sufrió la Madre de Dios.

CONGRESO

La profesora que se escribe con el hombre que tiene al lado nació en Figueras. Fue a Barcelona a estudiar Físicas y se instaló en el piso de la abuela materna, que la acogió solícita hasta que la chica se casó. El matrimonio fue un desastre, una equivocación que no lamentaba del todo porque formaba parte del aprendizaje de la vida. Se casó a los veintidós años, primer error, y fue madre a los veintitrés, segundo error. Cuando el marido la dejó, ella no se lo pensó dos veces y volvió con la abuela, esta vez con una criatura de tres años. Desde entonces puso límite a los hombres: no quería ni compromisos ni ataduras de ningún género. De hecho, no tuvo muchas relaciones, pero tampoco las buscó. Ya tenía bastante trabajo con su hija. 32


Hubo una figura masculina que la acompaña en la distancia desde hace años. La primera vez fue durante la fiesta mayor de Gracia, en la calle Puigmartí, que se había adornado con motivos de juegos de azar: dados, cartas, ruleta… Había ido con un grupo de amigos y cuando estalló una tormenta de verano el grupo se disgregó. Ella corría a refugiarse y se sintió aferrada por unos brazos de acero. No te me escapes, le dijo una voz masculina. Quédate aquí, y sonriendo, con cara de complicidad, añadió: Va, mujer, aunque solo sea un ratito, hasta que pare de llover. Entonces experimentó la sorpresa más grande de su vida: era William Hurt. Hacía pocos días que había visto Fuego en el cuerpo y le había dado rabia que Kathleen Turner maltratase injustamente a William Hurt, un actor guapo, de brazos robustos y mirada profunda. Ahora William Hurt la abrazaba con fuerza en un portal y le pedía que se quedase con el hasta que acabase de llover. Que no pare, que llueva a cántaros, pensó ella mientras los brazos de William Hurt la aferraban con una maravillosa fuerza masculina. Era un gesto de protección, un cobijo generoso que lo mismo podía acabar en una morreada de película como se podía resolver con unos golpecitos en la espalda, al estilo de los viejos amigos. ¿Cuánto duró? Diez segundos, veinte, treinta? Fue el instante mas intenso de su vida. Nadie la ha vuelto a apretar con aquel vigor, nadie le ha provocado nunca más un desmoronamiento de los sentidos ni una flaqueza de la voluntad como en esa ocasión. William Hurt debió leer la sorpresa en sus ojos, porq1ue la soltó y dijo: ¿No eres Alicia? Perdona, te he confundido. Y se marchó bruscamente. Pero la memoria detuvo fugazmente ese instante y conserva el dulce escalofrío de aquel enlace de hierro que los sentidos paladean de vez en cuando con nostalgia. Desde entonces William Hurt la acompaña y se le aparece con 33


regularidad.. Porque hoy aquel William Hurt vive en su barrio, cerca de su casa, y el azar entrecruza caprichosamente sus itinerarios. Es clavado a William Hurt, piensa cada vez que le ve. Han pasado años. La hija se ha hecho mayor y se ha independizado, la abuela murió después de una larga enfermedad que dejó a la profesora de instituto con una sensación de cansancio y de vacío que aun arrastra. Le pesa la docencia y se siente contagiada por el desánimo que se vive en la sala de profesores. Cuando un compañero deja el instituto para acceder ala Universidad, para trabajar en la administración, para entrar en una empresa, o alguien se va al extranjero para hacer un cambio radical, los comentarios siempre son: Que envidia, ojala yo también tuviese esa oportunidad para largarme. Ella fantaseaba con la idea de abrir una tienda de ropa para la casa, tal vez un establecimiento especializado en estampados provenzales: sábanas de muestra con la vuelta en negativo, cortinas de estilo campestre, toallas, secamanos, ropa de casa… Nunca dio un paso para abrir una tienda pero como soñar no cuesta nada, se distrae mirando escaparates, comparando tiendas y pensando: Una cosa así me gustaría. También fantaseaba con William Hurt. El hombre que la confundió con una tal Alicia y que vive cerca de su casa. Nunca mas la ha vuelto a confundir, ni tan solo la ha dirigido una mirada. Pero ella revive el mágico estremecimiento de una noche de agosto cuando le ve comprando en le mercado, cuando acompaña a sus hijas a la escuela, cuando tira la basura, bien clasificada, en los contenedores de vidrio, de papel y de plástico, cuando sale del garaje en el pequeño Mitsubishi de color verde manzana, cuando va a trabajar en moto, cuando se lo encuentra por la calle con las dos hijas y la mujer… ¿Su mujer es Alicia? No lo sabe, pero la profesora de instituto siente una profunda 34


antipatía por ella, no cree que se merezca los abrazos de William Hurt, como no se los merecía la pérfida de Kathleen Turner. Se identifica en cambio, con la mujer sencilla, del barrio, que se esfuerza por agradar a William Hurt y le ama en vano, sin recompensa, en el Turista accidental. Decididamente este hombre no sabe elegir a las mujeres. Mala suerte, piensa. - Perdone - le dice a su compañero de asiento. Sin querer le ha dado un golpe con la cartera. El hombre que retrata muertos al carbón hace un gesto que significa: No pasa nada. Pero no se miran a la cara, la cara que el otro tiene tantas ganas de conocer. Nunca sabrán que un día – hoy, ahora – se han oído la voz y han estado tan cerca que se tocaban. Después de prometerle un piso y de jurarle que se lo pondría a su nombre ante notario, el cliente con quien la Pólvora se había acalambrado quería demostrar que, además de dinero, tenía un extraordinario vigor sexual. Le dijo: Me puedo correr tres veces seguidas sin sacarla, ¿quieres verlo? La primera eyaculación no tardó mucho, pero la segunda no llegaba nunca. Ella le decía que no hacía falta, que no tenía que demostrarle nada, pero el hombre se lo había tomado como una cuestión de honor y no se daba por vencido. Insistía, aceleraba, desfallecía, cogía aire y sacaba fuerzas de flaqueza para seguir. Estaba congestionado, jadeaba y sudaba como una caldera de vapor. No quiere llegar pero llegará. Te lo juro. He dicho tres y serán tres. Lo probaron en distintas posturas hasta que cayó rendido, muerto. Si, no había duda alguna: estaba bien muerto. La Pólvora avisó al encargado del meublé, que se dio a todos los demonios. Un cliente muerto era un grave inconveniente para 35


un negocio basado en la discreción. Tendremos que llamar a la policía, dijo con enojo y si empiezan a venir inspectores y jueces, nos cerrarán el local. ¿Quién coño es?, preguntó de mal humor refiriéndose al muerto. Un momento que lo miro. La Pólvora hurgó en la americana del cliente, que estaba colgado en el respaldo de una silla, y examinó su cartera. Entonces tuvo una intuición y dijo al encargado: Tal vez lo podamos arreglar. Llamó a casa del difunto y le pidió a su mujer que fuese corriendo, que cogiese un taxi en seguida porque su marido la necesitaba con urgencia. Al cabo de un cuarto de hora, la mujer estrenó su condición de viuda contemplando el cadáver desnudo de su marido reflejado en los espejos que cubrían paredes y techo de la habitación. Podemos hacer dos cosas, dijo la Pólvora, con dominio de si misma y sentido práctico. Avisamos a la policía y mañana todos sabrán lo que ha pasado o llevamos a su marido a su casa y usted convence al médico que se lo ha encontrado muerto en la cama. Avisaron a un mozo que hacía encargos en un triciclo y, a cambio de una suculenta propina, medio vistió al hombre con la camisa y los calzoncillos, lo envolvió en un hule, lo puso en la caja del triciclo, y le subió cuatro pisos a sus espaldas por una escalera de servicio y le dejó sobre una cama de matrimonio de estilo isabelino. Cuando al día siguiente la Pólvora se presentó en casa del difunto ignoraba que la viuda era Hija de María, miembro de la Adoración Nocturna y Dama Catequista. Pero lo supo en seguida, por unas mujeres de negro de pies a cabeza que le abrieron la puerta y le preguntaron si era de alguna de esas tres cosas. Dijo que si, y la dijeron que esperase. Era una casa luminosa, con buenos muebles y cuadros en las paredes. La viuda se sofocó al verla y la condujo a un despachito. ¿Qué hace 36


aquí?, le dijo. La Pólvora respondió: Si no me paga el favor que le he hecho, llevo al entierro un ramo de flores y le monto un número que dará que hablar a toda Barcelona. Por favor, sino respeta mi dolor, hágalo al menos por los niños. La Pólvora dijo: De usted depende que sus hijos sepan que su padre murió follando con una puta. ¿Que es lo que quiere? La casa que me había prometido su marido. Lo dijo así, sin pensárselo dos veces. Dijo casa, pero pensaba en un pisito de querida, una vivienda pequeña, arregladita, bonita. No se dio cuenta de la diferencia que hay entre un piso y una casa hasta que la viuda dijo: ¿Cuál? Esto no se lo esperaba. La viuda le preguntaba que casa como si tuviese todo un catálogo y no le viniese de aquí. Y así era, en efecto, porque su marido era rentista, propietario de edificios enteros en Barcelona, Badalona y Granollers. Y tenía torres de veraneo en la Garriga, en San Pol, en Calafell y en Puigcerdá. Y así fue como la Pólvora heredó, si se puede llamar así, un viejo edificio de Gracia, en la plaza Joanic. En los pisos vivían seis familias, dos por rellano, y en los bajos estaba una imprenta y un taller de reparación de motos. Con el cambio de dueño, la vida de los inquilinos se alteró, porque la Pólvora se convirtió en una celosa centinela de su propiedad. Pasaba a cobrar los alquileres personalmente, puerta por puerta, entraba en los pisos, inspeccionaba, escudriñaba, vigilaba que nadie tuviese realquilados, hacía repercutir con creces el coste de las reparaciones y no perdonaba retraso alguno en el cobro de los recibos. Si alguien le pedía unos días de margen para pagar mas adelante, la Pólvora era inflexible. Y no consentía que intentasen ablandarle el corazón con lacrimógenas historias. Más putas las he pasado yo, decía, y no he pedido nada a nadie. Y cuando digo putas quiero decir putas. Esta casa me la he ganado con el coño y es mi hucha para cuando sea mayor. Los inquilinos la llamaban 37


la Mala Puta, pero le daba lo mismo. No perdonaba ni una peseta. Se había propuesto volver al pueblo con coche propio y chófer uniformado. La mujer que hace ganchillo y que está cansada de vivir continuó encadenando embarazos inútiles y el padre continuó bebiendo y buscando camorra. Sino levantaba la mano a su hija era porque el pocero, el yerno, se lo impedía. No habría dudado en pegarle un tiro en la cara si hubiese osado tocarla. Pegar a una mujer preñada era el peor pecado que puede cometer un hombre. Pero una vez tras otra, la mujer abortaba como una vaca desgraciada. Todo lo engendraba muerto: tres abortos dos inocentes en los primeros cinco años de matrimonio. Harta de abortar rezaba para que el marido no se le acercase. Se confesaba de tener malos pensamientos, de sentir asco de si misma porque su vientre transformaba la simiente del marido en veneno. Estaba convencida de expiar una gran culpa y que Dios había decretado la extinción de la estirpe. El confesor la corregía y le recordaba que solo el demonio mata inocentes. Tanto se lo repitió, que la mujer se convenció que las criaturas muertas eran obra del demonio que salía de la boca blasfema de su padre. Cada juramento era una invitación al maligno. Como amo y señor de aquella casa y de su gente, el demonio se cobraba un tributo de vidas humanas. Primero mató a tres madres consecutivamente y a una hermanita, después a los otros dos hermanos cuando estaban en la flor de la vida. Y ahora le arrebataba los angelitos que aun no habían visto la luz. De esto no se confesaba porque no era un mal pensamiento sino una evidencia: vivía con el demonio dentro. 38


La vieja ve como si fuese ahora, mientras hace ganchillo dentro de un vagón de metro, que su marido sale de casa con un bulto bajo el brazo. Lleva al cementerio el quinto engendro de la naturaleza, una niña de carnes moradas. El marido ya lo hace maquinalmente, con una pena rutinaria. Ella había hecho lo imposible para que aquella escena no se volviese a repetir, había rezado y rezado para no quedar preñada nunca mas. Virgen de los Siete Dolores, que me quede seca. Pero continuaba concibiendo y ahora notaba dentro la presencia cierta del demonio con toda su maldad. Se sentía habitada por un monstruo. Un día que estaba muy desesperada. Al sexto embarazo, estuvo tentada de tirarse montaña abajo. Le sobraba repugnancia pero le faltaba valor. A medida que el vientre se le iba hinchando, se intensificaban los movimientos del monstruo, una anguila mas negra que el alquitrán crecía y chapoteaba en el agua podrida. Podrida, si, estaba bien segura, porque ella conocía el arte de leer el curso del agua profunda y sabía que su vientre estaba inundado de podredumbre. Ya no haría promesas por salvar al hijo, como en los embarazos anteriores, sino que rezaba para que se cumpliese la tradición familiar, y que fuese ella la que muriese, como habían hecho una vez tras otras sus tres madres. El confesor la reprendió con severidad, pero ella insistía en que quería morirse antes de parir otro monstruo. El padre cayó fulminado durante una borrachera. Acababa de escurrir la botella y profirió gritos y blasfemias porque quería mas vino. Gritó: Me cago en… y ya no acabó la frase. Cayó muerto, con los ojos abiertos, rojos de vino y de rabia. Ella sintió un oscuro deseo: que con el disgusto de la muerte del padre el vientre se librase del monstruo que fraguaba. Ahora que el blasfemo había pagado con la vida las ofensas a Nuestro Señor, 39


quizás el cielo tendría piedad y detendría el calvario del embarazo putrefacto. Pero la bestia que llevaba dentro continuó engordando, se movía voluptuosamente por el negro lodo de su vientre. No quería ver al monstruo vivo ni quería volver a ver nunca mas al marido salir de casa camino del cementerio con un bulto bajo el brazo. Todo esto transcurría en el año 1941. Parió una niña viva. Un milagro, Y un tormento porque sobre ese cuerpecillo tibio pesaba el maleficio de la familia, una deuda inexplicable que se pagaba con vidas humanas. La mujer cosió estampas de la Virgen de los Siete Dolores en las chambras de la niña y rezaba continuamente para que viviese. El que murió fue el marido. Para ahorrarse el jornal de un carpintero, cavaba los pozos el mismo y ponía los travesaños para fijar la tierra y evitar los desprendimientos. Hasta que un día se quedó colgado en un pozo y tardaron dos días en llegar a la profundidad donde le había dejado atrapado el barro. Lo que debía sufrir el pobre, allí abajo, sin aire para respirar. Pobrecillo, repetía su mujer. Se lo imaginaba inmóvil, sin poder pedir auxilio, con los ojos y la boca llenos de tierra. Ofrecía a la Madre de Dios su dolor de viuda para salvar el alma del marido y su sufrimiento de madre sola para que amparase a la niña huérfana en todo momento. Solo le quedaba la nena y la certeza que el destino continuaría cumpliendo la maldición que la perseguía. Por eso, la vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir vivía en estado de alerta, dispuesta a interceptar al mensajero de la muerte y a ofrecer con agrado la propia vida a cambio de salvar la de un ángel inocente. Y cuando el medico envió a la niña al hospital para que la mirasen por Rayos X, ella dijo: lo sabía, lo sabía. ¿Por eso habían puesto un médico en el pueblo, pensó, para 40


morirse igual que antes? Subió al coche de línea con el corazón encogido. Sería la primera vez que entrase en un hospital. Pero mas que a un templo de la medicina le parecía que llevaba a su hija al matadero. Y cuando en el hospital diagnosticaron que la niña tenía tuberculosis no tuvo el valor de llorar: temía algo así. Una vez en el pueblo la mujer se postró ante la imagen de la Madre de Dios de los Dolores que había en la iglesia y juró solemnemente que si la nena se salvaba con sus manos haría el manto mas bonito que le hubiesen tejido nunca a ninguna madre de Dios. El hombre ancho de hombros que saldrá en todos los periódicos se te cae encima con cada movimiento del vagón. Y cuando se mueve se estampa contra tu brazo. Como ahora, que vuelve a abrir la pequeña carpeta azul y consulta un papel. A pesar de tus descarados esfuerzos no consigues saber que dice. Parece un impreso oficial, tal vez es una baja médica que va a tramitar a la Federación Catalana de Básquet. Pobre hombre, piensas. Si supiese la que le espera… Todas sus ilusiones a la mierda por culpa de un estúpido accidente. Como comercial ha hecho miles de kilómetros y nunca había tenido ningún accidente grave. Pequeños golpes sin importancia, algún encontronazo con el coche de delante, ralladas en los aparcamientos, poca cosa, rutina para las compañías de seguros. Revivirá mil veces el momento en que n o acertaba el pedal del freno y se asustó. ¿A cuanto iba?, se preguntará. ¿A veinte? ¿A treinta? Estará seguro de haber aminorado la velocidad para mirar el escaparate de la chica de inspiración hawaiana y recordará que a la primera ojeada le pareció que si, que tenía un aire a su hija. Entonces se percató que el semáforo estaba en rojo y que el coche estaba a punto de embestir a la moto que tenía 41


delante. En lugar de frenar, dio gas. ¿O no fue así? ¿Cómo es que perdió la posición de los pies? ¿Cómo puede un experto conductor acelerar en lugar de frenar? ¿Por qué giró el volante hacia la derecha en lugar de hacia la izquierda? ¿Por qué el coche saltó a la acera con tanta velocidad? ¿Cuánto rato transcurrió desde el momento en que supo que debía de frenar hasta que se lanzó contra el semáforo? ¿Cómo es que, además de atropellar a un hombre, partió el semáforo? ¿La victima se percató de que un coche se le echaba encima? ¿Intentó apartarse? ¿Sufrió? ¿Supo que se moría? ¿Cómo pueden pasar tantas cosas en dos o tres segundos?, se dirá una y otra vez. Caerá en una profunda depresión, se encerrará en casa y su mujer hará lo imposible para que vea que amigos y conocidos no han cambiado la opinión que tienen de el, que tal vez aun le aprecian mas que antes porque saben que un accidente fortuito lo puede tener cualquiera. Le animará a ir a Valencia a ver como su hija debuta jugando con la selección catalana cadete. Su hija mayor, su obra. Cuando la mujer le tenga casi convencido, una semana antes de empezar los Campeonatos de España, la chica le cogerá aparte y le pedirá por favor que no vaya a Valencia a verla jugar. Le dirá que es para no desconcentrarse, pero el padre se dará cuenta que su hija se avergüenza de el y que teme que todos reconozcan al hombre que mató a un peatón por haberse distraído mirando un anuncio de ropa interior. Será un duro golpe, durísimo, que aun le deprimirá más. Será inútil que después la hija rectifique y le pida perdón con lágrimas en los ojos. El hombre que tenía que triunfar como entrenador se dejará caer por una pendiente de absoluto pesimismo, negra como un pozo infinito… La mujer conseguirá que se ponga en manos de un siquiatra, que le prescribirá una fuerte medicación 42


antidepresiva. Pero continuará sin salir de casa. Se sentirá incapaz de hacer nada, se estará horas quieto, inmóvil, en la cama o en el sofá. No escuchará música, no verá la televisión, no querrá saber nada del básquet ni de los progresos de su hija. Tendrá un rencor hacia ella, no le perdonará que le haya vetado ir a los Campeonatos de España y que haya traicionado un pacto que el consideraba implícito en la relación padre-entrenador e hija-jugadora: triunfar los dos juntos o no hacerlo ninguno. Aquellos dos o tres segundos le cambiarán la vida. Se irá rehaciendo muy despacio gracias a las pastillas y a la tenacidad de su mujer. La primera señal de optimismo será que una mañana de domingo la mujer le dirá de salir a pasear un rato y el dirá que si. Cada domingo le habrá hecho la misma propuesta y el la habrá rechazado sistemáticamente, hasta que un día dirá que si. Será una bonita sorpresa. Y otro día aceptará acompañarla a Carrefour a hacer una de aquellas macro compras que le gustan tanto a la hija pequeña. La pequeña se afana llenando el carro de detergentes, dentífricos, papel higiénico, compresas, lejía, conservas, yogures, arroz, leche, coca-cola, pizzas congeladas, zumos de frutas, magdalenas, esponjas, calcetines, bragas, wambas, lápices de colores y los dulces de capricho que son el toque de gracia de cada expedición al híper. Mira, le dirá a su mujer. ¿Qué? Aquellas dos mujeres me están espiando, me han reconocido. ¡Que te van a espiar!, dirá la mujer, pero el no estará tranquilo hasta que no vuelvan a casa. Dirá que lo ha pasado mal porque la gente le reconoce y la mujer le contestará que es imposible, que se lo saque de la cabeza. El se sentirá incomprendido y se callará. El Santa Rosa de Lima le pedirá varias veces que vuelva a entrenar al equipo cadete y el contestará con excusas que si, pero que mas adelante. 43


Hasta que un día dirá claramente que le dejen en paz y que el básquet le importa una mierda. Un día hará un comentario que alarmará a su mujer. En las noticias de la radio explicarán que un hombre que se había quedado sin trabajo ha matado a su mujer y a sus hijos y después se ha suicidado. El dirá que lo entiende y su mujer se quedará helada: ¿Qué quieres decir, que está bien matar a la familia? No digo que esté bien hecho, pero yo entiendo a ese hombre. Te fijas en esa chica negra que acompaña a la mujer que hace ganchillo y a su hija. Está abstraída subrayando el libro con la ayuda de un lápiz y una pequeña regla de plástico. Lo hace minuciosamente. Si un bache o una curva provocan que se tuerza la línea, la borra con una goma y la vuelve a marcar. ¿Cómo es que habla en catalán con ellas? ¿Cuál será su lengua materna? ¿Es americana o africana? ¿Qué ha venido a hacer a Barcelona? ¿Cómo ha llegado? ¿Cuándo? ¿Es una inmigrante sin papeles? No lo parece por la mochila y por la edad dirías que es una estudiante. Si es así, ¿Qué estudia? ¿Por qué lo hace aquí y no en su país? Viene del interior de Kenia, de Loiyangalani, uno de los pocos poblados que hay en las orillas del algo Turkana, con el que tiene una relación contradictoria. Cuando está allí tiene ganas de de irse y de vivir al modo occidental. Y cuando se aleja siente añoranza de su gente, de la claridad del día, del resplandor de las estrellas puro de la noche, del viento, del cielo abierto, de la sombra de una acacia solitaria… El camino que la ha traído hasta aquí ha sido una continuidad de golpes de fortuna que le han permitido huir de la pobreza. Fue a la escuela relativamente tarde, a los nueve años, y aun no se ha saciado del ansia de saber, de absorber todo aquello que se puede 44


aprender en las aulas y en los libros, sobre todo en los libros, en cualquier libro, aunque esté gastado y estropeado. Fíjate con que ansia lee, con que pulcritud subraya los parágrafos, con las líneas bien paralelas. En las bibliotecas siente una emoción reverencial, para ella son santuarios de la sabiduría y se siente un ser privilegiado al poder pasarse horas, días enteros leyendo, descubriendo, aprendiendo. Le gusta tanto que estudia biblioteconomía y documentación. Ahora está en segundo curso y el año que viene cuando tenga la diplomatura, tendrá que hacerse un propósito y decidir si continua estudiando una licenciatura o se incorpora de lleno al mundo profesional. De momento prefiere no pensar, aunque en el fondo le gustaría no dejar nunca de estudiar y pasarse la vida aprendiendo, aprendiendo. El futuro se presenta como un problema abstracto, como una nube que de pronto se insinúa en el horizonte. No es el principal problema. Ahora tiene otro más perentorio y más tangible: regresar a Loiyangalani. La chica negra tiene veintiún años, ha vuelto varias veces al pueblo y siempre siente una gran excitación a medida que se acerca. Tanto si va por Mararal como por Marsabit en cuanto el camino inicia el descenso que lleva al lago Turkana, el corazón le late con fuerza y se le desboca una alegría indescriptible cuando ve la gran mancha verde del agua. Entonces se siente samburu al cien por ciento y, a medida que se acerca a la conjunto de cabañas, tiene que reprimir el impulso de descalzarse y echar a correr para abrazar a la primera criatura con que tropiece, las cabras, los camellos, las mujeres que lavan en la fuente… ¡Es tan feliz cuando vuelve a casa! Ahora teme volver. No puede olvidar las palabras que le dijo el abuelo la última vez que se vieron. Fue justo después de las 45


vacaciones de verano, cuando ella tenía que irse para empezar el curso en Barcelona. El abuelo es un hombre extraño. Es el hombre más viejo, incluso mas que las mujeres mas longevas de Loiyangalani. Es callado y solitario desde siempre, enigmático. Inspira temor, todos le tratan con respeto y, si puede ser, a distancia, nadie quiere que suelte una de sus maldiciones, porque se cumplen. Cuando hubo un conflicto de pastoreo entre dos samburu, el abuelo amenazó al infractor: Si continúas entrando en el terreno del otro, tus vacas se morirán. Y se murieron. Una peste afectó solo a las vacas del culpable y las fue matando una por una. El abuelo no soporta que la gente se vaya del poblado, lo interpreta como una traición. Una vez maldijo a una pareja que se quería ir a vivir a Meru y al cabo de unos días encontraron el jeep que les trasladaba, abandonado y sin ruedas. Aun está. Es una zona de bandidos que a la chica que teme volver a Loiyangalani le da miedo atravesar. Cuando ve los restos oxidados del jeep, se acuerda que no se supo nunca nada más de sus ocupantes y cree que aquello fue obra de su abuelo. No tiene ninguna duda, porque ella misma ha estado a punto de correr una suerte parecida en algunos de sus retornos a casa. Por eso evita hablar con el y mas aun despedirse cuando se va. Pero la última vez, cuando ella ya tenía su equipaje a punto, se lo encontró de cara y no le pudo evitar. Adiós, abuelo, me voy a Europa. ¿Otra vez? Si, pero volveré. No hace falta, si no nos has de traer nada bueno, mejor no vuelvas. Desde entonces no osa volver.

SAGRERA 46


La vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir no esperó a ver a su hija curada para cumplir su promesa. Compró hilo de seda de color azul celeste y comenzó a hacer el mantel de ganchillo, para que la Madre de Dios se diese cuenta, que en cada pasada, ponía todo el amor de madre y toda la fe de cristiana. Solo una madre podía apiadarse de otra madre. Y mientras tejía, rezaba: Dios te salve María, María… De día se llevaba a la hija lejos del pueblo, a la montaña, para que respirase el aire de la sierra, y por la noche la velaba con el celo de una loba herida. Mientras la niña descansaba, ella tejía febrilmente a su lado y rezaba sin parar. El hilo de seda era tan fino que el trabajo avanzaba muy lentamente. Mejor, así la Madre de Dios verá que no la escatimo ni tiempo ni hilo, pensaba. El manto crecía muy despacio y la niña continuaba tosiendo de un modo que parecía que el pecho se le tenía que romper. En cada acceso, en cada espasmo violento que estremecía el cuerpo de la criatura de nueve años como si fuese una máquina desballestada, la mujer que ahora hace ganchillo y que está cansada de la vida, pensaba: Se me va, se me va. Pero no se iba. Después de las crisis, la niña caía en su sopor profundo y respiraba con un jadeo cansado y áspero, como la respiración de un moribundo. Cada vez que el medico venia a poner una inyección a la hija, la madre experimentaba una opresión en el pecho, un ahogo como el que debe de sentir el que comparece ante un tribunal temiendo que le condenen a muerte. La penicilina tarda en hacer efecto, decías el médico. Y ella pensaba: Soy yo que tardo demasiado en acabar el manto de la Madre de Dios. Por eso la vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir no comía ni 47


dormía. Hasta que un día, aunque con cierta precipitación, dio el manto por acabado y se dijo que la mañana siguiente lo llevaría a la iglesia y se lo daría a la imagen de la Dolorosa. Aquella misma noche avisó al medico y al rector. La niña tenía una fiebre altísima, desvariaba y ponía los ojos en blanco. Bajo la débil luz de flexo, el capellán y el medico se repartían su cuerpo ardiente y extenuado. El rector ungía la cara, las manos, el pecho, los pies. El medico aplicaba una toalla húmeda en la frente y le daba friegas en el pecho con alcohol aromatizado con espliego. Mientras el capellán desgranaba una salmodia latina como si fuese un responso, el medico, concentrado en los síntomas de la enferma, repetía un lamento: La penicilina tarda en hacer efecto, la penicilina tarda en hacer efecto. La niña recuperó la mirada, pero solo fue un instante fugaz. Al cabo de un rato, cerró los ojos, vencida por el agotamiento. Tenía la cara mojada por el sudor y se dejaba ir entera como un cuerpo muerto. Parecía desmayada, ausente, pero la enfermedad la minaba por dentro, como si los pulmones funcionasen al límite de la fatiga. Poco a poco se fue formando una crisis de ataques de tos y las convulsiones empezaron a sacudir violentamente su cuerpo. Con cada acceso de tos, la cara se congestionaba y se contraía toda ella en un gesto de dolor. Pero no abría los ojos. La ronquera de la tos era un rugido cavernoso, masculino, con unos chasquidos secos y profundos impropios de una criatura. Hubo una extraña pausa, como si los pulmones hubiesen decretado un silencio funerario mientras se agotaba la escasa vida que quedaba en aquel pecho que se movía lentamente arriba y abajo y que se consumía sin remedio. De pronto, el cuerpo se encorvó con fuerza al mismo tiempo al tiempo que un bramido espantoso llenaba la habitación y quien sabe si se oía por todo el valle. El doctor intensificó las friegas con un desesperado delirio y el cura 48


se arrodilló a los pies de la cama, de cara al santo cristo de la pared. Entonces la mujer que ahora hace ganchillo y que está cansada de la vida cogió el manto que había acabado hacía unas horas, y lo extendió sobre el cuerpo enfermo y clamó una oración: Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte, amen. Fue una reacción instintiva, arrebatada, que le supuso una agria reprensión del medico: Pero, ¿Qué hace mujer? El siguiente ataque no era tan fuerte, pero vino acompañado de un vómito que ensangrentó el cielo azul del manto. El medico reaccionó con enojo: Mire lo que ha conseguido, ¿lo ve? Pero la mujer solo estaba atenta buscando indicios de mejora y exclamó: ¡Ha abierto los ojos! ¡Ha abierto los ojos! ¿Y que? dijo el medico, esto no quiere decir nada. Si que quería decir. Desde aquella noche la fiebre fue decreciendo, los ataques de tos fueron perdiendo virulencia y la salud triunfó definitivamente. El medico no dejaba de exaltar los meritos de la penicilina y la vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir no osó contradecirlo. Para ella, la promesa del manto rompió el maleficio. Aquel bramido espantoso que recuerda como si fuese ahora mismo fue la lucha definitiva entre el bien y el mal. Nunca tuvo duda alguna que la sangre escupida era el demonio que huía derrotado, el demonio que después de vivir en su vientre y matar a cinco de sus hijos, se había apoderado de la hija. Gracias, Madre de Dios, por vuestra intercesión, Amen. Toda la vida recordará el milagro, el instante en que la hija que ahora se sienta a su lado en el vagón del metro abrió los ojos. Ahora sabe que aquel día firmó un pacto con la muerte: la hija y todos sus descendientes se salvarían de la maldición que hasta entonces pesaba sobre la saga a cambio de que ella no muriese. 49


Por eso cuando la vieja dice que no se muere porque se la has saltado no lo dice de broma. Lo tiene como una verdad incontestable. Es inútil que la hija le haga hacerse pruebas y análisis para controlar el azúcar, la urea y la tensión. Ya lo dicen todos los médicos: Está mejor que usted y que yo, nos enterrará a todos. La vieja querría estar enferma como todos los de su edad y morirse de una vez, pero acepta su suerte con resignación y con un heroísmo callado, porque su pervivencia garantiza la vida de su hija, de sus nietos y bisnietos. Al revés de Nuestro Señor, que murió antes de tiempo para salvar a los otros, ella vive más de la cuenta para salvar a los otros. Los primeros trabajos que hizo el hombre que retrataba difuntos al carbón eran imperfectos. Le faltaba experiencia y valor para sobreponerse al ambiente funerario. Poco a poco fue adquiriendo destreza y desenvoltura. Se dio cuenta de que una persona con los ojos cerrados no tiene alma y, sin que se lo explicase nadie, descubrió que el perfil es el skyline de la personalidad, sobre todo la nariz y el mentón, tan definitorios como una huella dactilar. Por eso cuando hace retratos al carbón refuerza la línea de la nariz con la barrita Conté y a veces lo contrasta con algún trazo blanco. Afortunadamente la mayoría de retratos son de gente mayor, con rostros angulosos que indican perfectamente el camino al carbón. Pero el procura no hacer mucho caso de las caras hundidas, porque la familia quiere un retrato del muero no de la muerte. Se gana bien la vida. Cobra ciento veinte euros por retratar la cara del difunto y ciento ochenta por hacer la cara y las manos. Ahora entra y sale de las capillas ardientes con naturalidad y oficio, sin dejarse atrapar por las lágrimas ni por el duelo. En alguna ocasión ha saludado a una viuda bellísima y se ha 50


quedado con las ganas de ofrecerle sus servicios no solo como dibujante sino también como sustituto del marido. De pronto notas que te mira con los ojos entreabiertos y piensas que tal vez te esté estudiando, que te imagina dentro de un ataúd, con los párpados soldados y las manos unidas beatíficamente sobre el vientre. Tal vez adivine el escalofrío que te recorre la columna vertebral. Está acostumbrado. Sabe que su trabajo provoca una repugnancia instintiva, como si fuese enterrador o embalsamador. Por eso, cuando en los chats de Internet le preguntan a que se dedica, el contesta que al dibujo artístico. A la mujer con la que se escribe, la profesora de instituto que se sienta a su lado, le gustaba enseñar matemáticas y física pero ahora se siente abandonada por la administración en medio del campo de batalla. Ya no tiene edad para hacer de asistente social ni para resolver el problema del desmoronamiento del mundo. Las clases se le hacen largas, eternas. Cada vez explica menos materia y ya no sabe como hacer para explicar menos aun. Se siente inútil, le faltan reflejos para acomodarse al nuevo programa social, profesional y personal. Quiere acabar de una vez. Pero no sabe como. Cuenta los años que le faltan para jubilarse y piensa: No lo aguantaré. ¿Por qué no pides una baja y haces una cura de descanso?, se dice cada día en el metro, camino del instituto. Pero el amor propio le ponerse al mismo nivel que los demás compañeros porque ellos cogen bajas por cualquier tontería. El mismo sentimiento del deber que la había atado a la cama de la abuela enferma de gravedad le impedía faltar a clase. Ojala me desmayase ahora mismo y me despertase en medio de un balneario rodeado de árboles y de silencio, piensa. 51


Cuando fue a ver Smoke, comprobó que el William Hurt real se hace mayor sin perder atractivo. El otro, el suyo, el que vive cerca de su casa, no ha dejado de parecérsele. Los dos han perdido pelo y los dos conservan una envidiable complexión atlética. Con los años, el William Hurt del barrio ha adquirido un aire de elegancia intelectual y ahora le ve como un hombre bien plantado, capaz de reproducir abrazos majestuosos como el de aquella noche de agosto en un portal de la calle Puigmartí. Pero también es un confidente, un consejero, el amigo de toda la vida que te sabe escuchar y que te rescata suavemente cuando zozobras. Todo esto es platónico, porque el William Hurt del barrio la ignora. Entra y sale de casa, va a comprar, acompaña a la hija mayor a las competiciones escolares pero nunca se para a saludar a la profesora de instituto que pasa cerca de sus brazos nerviosos que un dia, ya muy lejano, la abrazaron por error. Ahora hay un tercer William Hurt, una reviviscencia virtual de los otros dos. Es su compañero de asiento, el hombre que retrata difuntos al carbón y que es su ciber corresponsal. Los dos se envían mensajes con la ilusión de dos náufragos que vislumbran el bote que les salvará la vida. Ella no sabe como debe ser físicamente que tiene al lado, pero de momento le atribuye las facciones idealizadas de William Hurt. Como puedes comprobar, no se parecen en nada. La chica negra que teme volver la Loiyangalani ha vivido los últimos meses con una gran duda: las palabras del abuelo ¿eran una amenaza o un simple comentario? Las recuerda con absoluta exactitud: Si no nos has de traer nana bueno más vale que no vuelvas. Se quedó tan atemorizada que no se ha atrevido a volver al final de los trimestres. Se ha saltado las vacaciones de Navidad y 52


las de Pascua y no le ha explicado el porqué a nadie. Se ha limitado a dar excusas amparándose en los estudios, en los trabajos que hace por las tardes y en el dinero que cuesta el viaje en avión. El abuelo se la tiene jurada. En una ocasión e que ella acababa de regresar a Loiyangalani, el abuelo entró en la cabaña y no la reconoció al principio. Soy yo, dijo ella. ¿Quién? Yo. Entonces el abuelo dejó escapar una de sus frases hirientes como lanzas: ¿Como quieres que te conozca nadie si ni tu misma sabes como te llamas? Siempre tiene la palabra justa para dar en la herida. Efectivamente esta chica ha tenido muchos nombres. El primero se lo puso su madre: Namishon. La llamó así desde un primer momento, cuando dio a luz en la cabaña. La tuvo sola, era la cuarta vez que paría y sabía lo que tenía que hacer. Ven aquí Namishon, dijo cuando le cortó el cordón umbilical con los dientes y le ofreció el pecho. Pero en el poblado la llamaron Japanís. Por aquellos días estaban en Loiyangalani un campamento de japoneses y copiaron el gentilito con la misma facilidad con que transmitían a los recién nacidos palabras relacionadas con el mundo de los visitantes: Spencer, Bernadette, Toni Horta, Lisboa, Chicago Bulls, Nissan Patrol, Marlboro… Desde bien pequeña, Japanís veía en los mzungus, los blancos, una fuente de diversión. La llegada de un mzungu era una fiesta. Ahora también, pero ja no es tan excepcional, porque las rutas que llevan turistas al lago Turkana hacen noche en Loiyangalani. Son reducidos grupos de visitantes. Algunos de los cuales se tienen por aventureros y están ansiosos por explicar que han estado en el infierno, en el pueblo más pobre del mundo, un añojal inhabitable rodeado de desiertos y próximo a un lago salado que, además, está infestado por cocodrilos. 53


Cuando llega un Land rover o un camión de pasajeros con un grupo de visitantes, los chiquillos se alborotan y corren a saludarlos y a pedir. Se dejan hacer fotos a cambio de unos schillings y se ofrecen a hacer de guías a los forasteros que quieren visitar el poblado y ver una cabaña por dentro. Los mzungus quieren asistir a danzas y todos se quieren fotografiar al lado de individuos de las cuatro étnias caracterizados al modo tradicional, quieren folklore. La suerte de la chica negra que quiere ser bibliotecaria cambió el día en que llegaron tres Land rover. Entonces ella tenía nueve años. Mientras un grupo de niños y niñas se arracimaban alrededor de unos americanos que repartían chicles y tabaco para masticar, ella se fijó en un matrimonio mzungu que vagaba tímidamente entre las cabañas. Eran la hija de la vieja que hace ganchillo y su marido. Namishon-Japanis les siguió. El hombre que saldrá en los periódicos aburrirá el deporte que Hoyle apasiona. No será el brillante entrenador que había querido ser. La pequeña carpeta que usa para llevar arriba y abajo las fichas y los documentos del equipo acabará arrinconada en el fondo de un cajón. No llegara a aspirar el femenino perfume femenino del equipo senior ni podrá presumir de trabajar rodeado de bellezas. Tampoco vibrará con la carrera ascendente de la hija, se mantendrá al margen con una aparente indiferencia que será expresión del rencor. Le dará rabia que la chica progrese sin necesitarle, que no renuncie al básquet por solidaridad con el. A la hija le dolerá el radical desinterés del padre, un desinterés que irá convirtiendo en una animadversión latente, una muda venganza, no explícita, como si ella tuviese toda la culpa de sus males. Sino la hubiesen seleccionado para los campeonatos de 54


España, si no lo hubiesen celebrado en casa, sino hubiesen dicho que se parecía a la chica del anuncio de sostenes… Hasta que un día ella explotará: No entiendo esta paranoia, le dirá. El padre se encerrará en su habitación y la madre recriminará a la hija que hable así a su padre. Discutirán con palabras fuertes y las dos se declararán infelices e incomprendidas. El padre captará claramente el sentido de la pelea y se sentirá culpable. Se acostumbrará a mostrarse hermético con los de casa hasta que le saldrá la oportunidad de de trabajar en la creación de una empresa de importación de tejidos y ropa de Australia. Se la propondrá un antiguo compañero de la competencia, un comercial que, como el, se habrá quedado sin trabajo y que decidirá invertir la indemnización en un negocio propio. Esto le animará y le endulzará algo el carácter. La familia se dará cuenta y se sorprenderá de que vuelva a coger el coche. Será una señal inequívoca de recuperación. Cuando en negocio empiece a dar sus primeros pasos, el hombre que saldrá en todos los periódicos recibirá una llamada de su abogado para decirle que le quiere ver. Irá y el abogado le dirá que ya tiene fecha para el juicio. La respuesta será: ¿Habrá periodistas? No le dará miedo el juicio ni la sentencia que, según el abogado, será benigna. Mas le asustará que vuelvan a hablar de el, estar de nuevo en boca de todos, revivir el calvario del linchamientos público. Suplicará que ni los periódicos ni la televisión lleguen a saber la fecha del juicio, pero el abogado le dirá que esto es inevitable y que si quiere ocultar su identidad, se tape la cara cuando vayan a los juzgados. Se le caerá el mundo encima. No querrá volver a casa con la mala noticia. Se irá a un bar, se beberá unos cuantos whiskys y cuando baje al aparcamiento donde ha dejado el coche se sentirá abatido, desconsolado, 55


incapaz de dar la cara a otra tanda de apariciones públicas. No, eso no, otra vez no. De ninguna manera. Pondrá suavemente en marcha el coche y al dar gas recordará la confusión de pedales que le habrá arruinado la vida. Ahora ya es igual, ahora ya no le importa nada. Estás borracho, pensará. Mejor. Moverá el coche en dirección contraria a las flechas que indican el camino hacia el exterior. No irá hacia la salida sino que bajará a la planta cuarta., la última, que está clausurada y totalmente a oscuras porque no se usa. ¡Tiene cojones!, pensará. En todas partes faltan aparcamientos y aquí sobra una planta entera. Abajo del todo, al final de la rampa, los faros iluminarán la gran galería vacía y medirá la distancia que tiene que recorrer. Hay suficiente espacio, pensará. La cabeza le dará vueltas por efecto del whisky. Pero no vacilará. Dará gas a fondo y de pronto frenará en seco con un chirrido espantoso. Se dará cuenta de que tiene colocado el cinturón se seguridad por la fuerza de la costumbre, y sonreirá con ironía. Se desatará y maniobrará en la negrura del parking desierto para volver a enfilar el largo pasillo desde el principio, como un avión que encara la pista principal para despegar. Esta vez las piernas le temblarán, notará las manos sudorosas y la garganta seca. Con gusto se tomaría otro whisky pero no lo hará. Acabemos de una vez, pensará. Es curioso, el primer intento le habrá salido de dentro con decisión, pero en el segundo notará debilidad, como si le fallasen las fuerzas. ¡Que cojones, vamos allá! Gas a fondo, motor revolucionado al máximo, cambio rápido de marchas, gas a fondo, a fondo hasta el límite, los dientes apretados y el cono de luz pasando rápidamente por las hileras de columnas. Los ojos cerrados para no ver el impacto contra la pared. Gas a fondo durante unos instantes eternos en los que solo se oirá el ronquido del motor, hasta que, por un no previsto 56


instinto de supervivencia, tu vecino de asiento pisará de repente el pedal del freno, abrirá los ojos y girará el volante a la derecha. Todo simultáneamente y ejecutado a la desesperada en una fracción de segundo. Demasiado tarde. El tren entra en la estación y la Pólvora se dispone a bajar. Seguramente irá a buscar la línea roja para ir a casa de su administrador. Se sabe el camino de memoria, podría hacerlo con los ojos cerrados. No se deja engañar por estas dos estaciones iguales, calcadas. Sino fuese por la franja de color que identifica claramente las estaciones de cada línea, no sabría decir si está en la estación de Sagrera de la línea roja o de la línea azul. Son prácticamente idénticas, con un tercer anden central por donde transitan miles de personas cada día. Son miles de pies que producen un rumor sordo, un roce que resuena en los anchos y elegantes arcos de las dos estaciones. Además están tan cerca la una de la otra que el viajero se desconcierta y tiene la sensación de encontrarse en la estación de partida. En Sagrera no hay ninguno de esos inhóspitos pasillos, tortuosos y absurdamente largos que enlazan algunas líneas y que solo se humanizan con las notas que emite algún violinista retirado o de algún joven canadiense que toca la guitarra y la armónica. La Pólvora no da nunca ni un céntimo a los músicos. Ni a nadie. Si tiene un céntimo lo ahorra y piensa como hacerlo crecer. Mientras ejerció como propietaria de un viejo edificio de Gracia, no dejó de pescar clientes más o menos selectos en los cabarets y salas de fiesta. Hasta que conoció a un tal Miñambres, de Fincas Miñambres. Fue en el transcurso de una charla postcoital en un meublé. Intuyó que podía serle útil y le expuso el problema: Tengo una casa vieja que me da muchos problemas y poco dinero. ¿Qué puedo hacer? 57


Fincas Miñambres se ocupó de todo. Indemnizó a los inquilinos con el mínimo legal, echó abajo la casa, construyeron diez pisos y los vendieron por una buena cantidad. A cambio de la operación, la Pólvora se quedó uno de los pisos nuevos y una antigua y bonita torre en la calle Marmellá, en el Putxet. Una vez instalada en la calle Marmellá, la Pólvora dejó la prostitución y se dedicó a la especulación inmobiliaria. La torre satisfacía sus aspiraciones. El aire del Putxet era puro y tenía una espléndida vista panorámica de Barcelona. Como el barrio estaba en cuesta, la casa quedaba separada de la calle por un tramo largo de escaleras y unas terrazas que ella transformó en huertos. Rememoraba así sus tiempos infantiles y de adolescencia en su pueblo, cuando ayudaba a cuidar los huertos de los señores. Ahora tenía huertos, árboles frutales y casa propia. Un matrimonio se cuidaba de limpiarla, de calentarla en invierno, de pintarla cuando hacía falta, de cocinar y sobretodo de tener el huerto cuidado como un jardín y los árboles frutales bien cargados cuando llegaba el verano. La Pólvora no renunció a los hombres. Ahora los escogía a conciencia. Llevaba a la torre a toreros, boxeadores, futbolistas y a algún actor de cine. Sin ruidos, porque no era amante de los escándalos. Solo quería músculos jóvenes y, si caía algún tonto de los que sueltan los billetes con alegría. La Pólvora hoy es una mujer tacaña, incapaz de comer en un restaurante si no la invitan o de comprarse un vestido que la guste. Es una enferma del ahorro. Primero lo hacía para poder comprar un piso si el viejo Miñambres localizaba alguna ganga. Después de acostumbró a las operaciones rápidas de compra y venta, con unas plusvalías inmediatas que multiplicaban el dinero en pocos días. Acabó formando sociedad con el viejo Miñambres, que la informaba puntualmente de las operaciones 58


que incrementaban poco a poco la cuenta corriente y el patrimonio inmobiliario de la Pólvora. El paso de los años ha ido apaciguando el ansia de venganza de la exprostituta. Continúa pensando que regresará al pueblo, porque quiere hacer ostentación de su dinero y porque quiere escupir a la cara de los que la maltrataron. Pero no tiene prisa. Mas adelante, cuando sea más rica, piensa. Siempre lo mismo, mas rica. Ahora le lleva los negocios el hijo Miñambres, que tiene una política mas agresiva. Aconseja a la Pólvora que invierta en casas viejas, que compre pisos ocupados por gente mayor o por familias que pagan alquileres ínfimos, tan improductivos que son ruinosos. El se encarga de ir vaciando los pisos y de colocar en la misma escalera grupos de veinte o treinta inmigrantes ruidosos para que armen ruido todo el día, pongan la música a todo volumen, toquen la trompeta y los timbales toda la noche… Son muy pocos los inquilinos que lo resisten y así, con unas indemnizaciones mínimas, la Pólvora puede disponer pronto de todo el edificio para rehacerlo, echarlo abajo o de revenderlo en el circuito de la especulación inmobiliaria. La torre, que en los años sesenta era la mas bonita de la calle Marmellá y que se la conocía en el vecindario como la Casa de la Fulana, estoy hoy muy deteriorada. El matrimonio que la cuidaba se hizo mayor y ya no podían subir y bajar tantas escaleras. El marido y la mujer se jubilaron y, ellos si, regresaron a su pueblo de origen. No les sustituyó nadie y en poco tiempo los árboles frutales perdieron brillo y las malas hierbas se enseñorearon de los antiguos huertos. De lo único que ahora se cuida la Pólvora es de dar de comer a los gatos, que acabaran viviendo dentro de la casa y molestándola con un hedor insoportable. La Casa de los Gatos, la llamarán los niños. 59


En la caja fuerte de Fincas Miñambres hay un sobre con treinta mil euros y un documento manuscrito de la Pólvora que dice: “Para que se me entierra en el pueblo en un panteón de mármol. Y que la lápida diga: La Pólvora, puta y emigrada gracias a los caciques”. Cuando la Pólvora muera el documento será destruido y el hijo Miñambres usará el dinero para comprarse un BMW rojo, la ilusión de su vida. La Pólvora dejará veintitrés pisos dispersos por Barcelona. Pasarán a manos de los Miñambres, que lo tienen todo bien atado legalmente. Excepto la torre de la calle Marmellá que será objeto de una larga disputa legal entre unos sobrinos de la Pólvora que nunca habían oído hablar de la parienta rica, la exprostituta que empezó durmiendo en la playa del Somorrostro y haciendo pajas en la Tierra Negra y que vendió una criatura por tres mil pesetas. En el pueblo no la recordará prácticamente nadie. Emigró tanta gente en aquellos años que la memoria no sabrá reconstruir los árboles genealógicos de las antiguas familias. La Pólvora no regresará al pueblo. Donde si vuelve, de vez en cuando, es a la Rambla. Le gusta contemplar los portales donde aun son visibles las marcas que dejaron los tacones de las mujeres que hacían guardia. A fuerza de esperar a los clientes de pie, invierno y verano, los tacones de aguja de las putas de la Carola, la Raquel y de otros meublés fueron limando los tres dedos de piedra hasta agujerearla del todo. Ella se lo ahorró. Tuvo la suficiente astucia par ascender desde la parte baja de la Rambla hasta el pináculo del Putxet. Cuando lo piensa sonríe satisfecha. Vuelve caminando y, al pasar a nivel del Liceo, se acuerda de las mujeres elegantes que salían una noche de una función y se dice con altivez: ¿Qué creíais, que no lo conseguiría? 60


Antes de que baje la mujer, tienes tiempo de examinar las manchas azuladas incrustadas en el cuello. Efectivamente parecen de pólvora. Pero tal vez no lo sean.

CAMPO DEL ARPA

La chica que teme volver a Loiyangalani añora su tierra. Cada vez que recibe una carta de su familia, siempre escrita por terceras personas, tiene la esperanza de que le comuniquen la muerte del abuelo. Nadie ha vivido tanto como el. Cuando se muera dejará de fastidiar, piensa. Aun así, no está segura de que quede sin efecto su amenaza-predicción. El poder del abuelo es muy grande. Las cartas no lo dicen nunca. Debe hacer lo de siempre. Pasar el día echado en el pedregal, con la cabeza apoyada en el pequeño taburete de madera y con la vista fijada en el lago o en el Kulal, el macizo montañoso donde son felices otras tribus samburu que tienen abundancia de agua dulce, frescor y pasto de sobra. Nadie se atreve a preguntarle que piensa o que mira, todo el mundo sabe que añora el tiempo en que iba de un lado a otro con centenares de vacas y camellos de su propiedad. El abuelo había sido uno de los samburu mas ricos y mas poderosos y ahora no tiene nada. Deja pasar el tiempo y se está quieto, inmóvil, con la vista perdida en la grandiosidad del espacio, hasta que el sol se precipita por el horizonte y oscurece en un momento. Entonces vuelve al poblado y entra en la manyatta. Se salta muchas comidas pero, cuando come, los mejores pedazos son para el, sobre todo los días que hay carne. Todos quieren estar a bien con el abuelo. 61


Namishon-Japanís aprendió a evitarlo desde pequeña. A los niños no les gusta jugar cerca de el, tienen miedo de su mirada y de su silencio inquietante, pero aun tienen mas miedo a sus palabras, que generalmente sentencian. El día en que NamishonJapanís siguió al matrimonio de mzungus que acababa de llegar al poblado tropezó con el si querer y la niña se asustó. ¿Dónde vas?, le dijo el abuelo. A ninguna parte. Ah. Temía que el abuelo pudiese saber que llevaba en la cabeza pero no dijo nada más y ella continuó espiando a los mzungus a distancia. Hasta que se dio cuenta de que le hacían señales para que se acercase. Fue la primera conversación que tuvo con la hija de la vieja que hace ganchillo y con su marido. Se entendieron por gestos y con las medias palabras inglesas que sabían todos los niños para pedir chicles, caramelos, schillings, lápices… Pero ella no quería ninguna de esas cosas. Pues, ¿Qué es lo que quieres? Escuela, dijo, quiero ir a una escuela. ¿Qué escuela? La de aquí, la de la misión. ¿Aquí hay una escuela? Si. ¿Y porque no vas? Voy a las clases de Priscilla, una turca que nos enseña a leer colgando las letras del abecedario entre dos acacias, y yo ya me las se todas. Priscilla no nos cobra nada, pero la misión vale dinero y en mi casa no tienen. ¿Qué la escuela cuesta dinero? ¿Estás segura? Si. Los mzungus ponían cara de incredulidad. Namishon-Japanís les llevó hasta el oasis y llamó a la puerta de la misión. Abrió una monja y la niña asistió a un diálogo del que no entendió una palabra, pero si el sentido general. El matrimonio mzungu preguntaba si era verdad que había que pagar para ir a la escuela y la monja le dijo que no, pero que la chiquillería no podía ir desnuda a clase, que tenía que ir con bata. Si no tienen, les podemos vender una. ¿Cuánto vale? Dos mil schillings kenianos. Aquí tiene el dinero para que le compren una bata y para escolarizarla hasta que acabe la primaria. ¿Cómo te 62


llamas?, dijo la monja mientras cogía el dinero. De repente se había vuelto simpática. Pero frunció la nariz: ¿Japanís? Que nombre tan extraño. Bien, ya hablaremos cuando empiecen las clases. Antes de cerrar la puerta, le dijo al matrimonio si querían colaborar en la ampliación de la iglesia. Le dieron unos dólares sin mucho entusiasmo. El padre de Japanís escupió en las manos del matrimonio mzungu como muestra de agradecimiento y les ofreció una maniata para que pasasen unos días con ellos, pero el matrimonio dijo que tenían que seguir viaje. Eso si, se comprometieron a mantenerse en contacto y a regresar en otra ocasión. A la mañana siguiente, al despuntar el día, Namishon-Japanís y sus amigas les cantaron una canción de despedida mientras perseguían el Land rover que se llevaba a sus benefactores. Unos y otros agitaron sus manos hasta que la caravana de coches desapareció en un recodo del camino. Al cabo de un mes, Namishon-Japanís fue a la escuela. Sin collares, brazaletes ni pendientes, porque no estaba permitido. Y cambió de nombre. Como la mayoría de misioneros y de monjas eran italianos la pusieron María Ausiliatrice. La profesora deprimida no tiene la tecnofobia de algunas compañeras. Desde el primer momento se interesó por los ordenadores y en diversas ocasiones ha sido la responsable del área de informática del instituto. Pero le costó decidirse a entrar en los chats de Internet para buscar afecto. Se sentía mal consigo misma, como si perpetrase una bajeza, un acto degradante. Pronto dejó de participar en los chats porque tener una conversación escribiendo le parecía un retroceso cultural, un absurdo. Se limitó a escribir mensajes etiquetados con unas falsas iniciales y sin usar seudónimos cursis. A ver quien 63


respondía. Cada noche abría el correo electrónico con una mezcla de escepticismo y de curiosidad. Siempre acababa desilusionada y enviaba una despedida agradable pero explícita. Le llamó la atención este mensaje: “Hombre de 53 años. Sufrí mucho cuando me quedé sin trabajo, pero estoy saliendo adelante. Barcelona”. Ella contestó: “Mujer de 51 años. Sufro porque no puedo dejar el trabajo. Barcelona”. Las cartas del hombre que se sienta a su lado son pulcras y educadas. Se nota que mide sus palabras y que probablemente trabaja mucho sus borradores. Explica que está divorciado, que no tiene hijos, que ha viajado por todo el mundo y que, después de años de hacer de delineante proyectista en una empresa de muebles, ahora se dedica al dibujo artístico. De vez en cuando habla del singular pesebre que tiene en el comedor y, sobretodo, se interesa mucho por ella. Ella escribe de corrido, sin ningún esquema previo y sin corregir mucho. Le ha explicado que tiene una hija que ya vive sola, que en los últimos años ha cuidado de una abuela enferma y que ahora está cansada de todo. También de corregir exámenes. Desde que le ha confesado que está pasando por un periodo depresivo y que sus cartas le distraen, el corresponsal que aun no tiene ni cara ni voz, el hombre que justamente se sienta a su lado, le hace unos dibujos humorísticos vagamente inspirados en sus explicaciones, los escanea y se los envía con comentarios simpáticos: ella – con unas facciones inventadas – corrigiendo exámenes, ella observando detenidamente el pesebre, ella inaugurando una tienda de ropa provenzal, ella liberándose del estrés en Honolulu… La profesora sabe que está llegando el momento de conocerse y tiene miedo. Hasta ahora ha ido dando largas, pero ya ha empezado a escribir que ella también tiene ganas de conocerle. 64


El hombre la querrá tranquilizar y le enviará sus datos personales: la dirección, el teléfono, diversas fotografías y una fotocopia del carné de identidad. No se parece en nada a William Hurt, pensará ella. Aconsejada por las amigas no le facilitará ningún dato personal. De momento ni el nombre. Continúa amparándose en las dos iniciales inventadas. Se citarán en la terraza del Zurich un sábado por la tarde. A pesar de que es un lugar muy concurrido, ella le pedirá a dos amigas que se estén en una mesa próxima para sentirse más segura. El día antes irá a la peluquería, se hará depilar en la Francis, paseará por la Rambla de Cataluña, mirará escaparates, se comprará una falda y un bolso italiano de color teja. Por la noche tomará un hipnótico para dormir y no pensar. El hombre que retrata difuntos al carbón dudará si vestirse con camisa y corbata o presentarse de un modo más informal, con un polo o una cazadora. Hará un dibujo alusivo a la ocasión. Llenará media cartulina con unas viñetas que representen la terraza del Zurich y a el mismo preguntando a todas las señoras si están citadas con un dibujante. Lo meterá dentro de un tubo de cartón y lo envolverá para regalo. La noche antes tomará un hipnótico. Después del milagro del manto ofrecido a la Madre de Dios de los Dolores como promesa, la vieja no lavó las manchas de sangre del último vómito de la hija enferma. Quería que se conservase siempre la prenda del triunfo. No le dijo nunca a nadie, ni siquiera a su hija, que aquella sangre seca era el demonio derrotado. Pero antes de darle el manto al sacerdote para que lo colgase en la iglesia como un exvoto, aun bordó un festón con hilo de oro y cosió unas perlas a guisa de corona. 65


Pasaron muchos años, casi treinta, sin que volviese a hacer una sola pasada de ganchillo. La hija creció, se casó, se fue a vivir a Barcelona y se llevó a su madre. Le dio tres nietos, tres chicos que crecían fuertes y sanos. El maleficio parecía conjurado. Pero un día el mediano se tragó un imperdible y le tuvieron que llevar a urgencias. Inmediatamente la vieja que hacía ganchillo y que está cansada de vivir porque hizo un pacto con la muerte fue a comprar hilo y un ganchillo. Desde entonces, cada vez que uno de los nietos tenía tos, fiebre o dolor de barriga, ella ya sabía lo que le tocaba. De tanto en cuando enviaba un paquete al pueblo con una túnica para la Madre de Dios de los Dolores, una esclavina, una larga estola para poderla besar sin tener que ponerse de puntillas, unos peucos para el Niño Jesús…, hasta que un día le devolvieron el paquete porque ya no había sacerdote y la rectoría la habían alquilado a unos veraneantes. Poco a poco, imperceptiblemente, hacer ganchillo se convirtió en una rutina. Ya no tenía que buscar un motivo perentorio ni hacer promesas. Inundó la casa de puntillas, tapetes, caminos de mesa, cortinas, colchas, cubrecamas, bufandas… Y cuando empezaron a nacer bisnietos les hacia jerseys, mantellinas y casquetes con hilo de perlé rosa si era una niña y azul si era un chico. La vieja tiene una cómoda llena de labores acabadas. El armario también está lleno y encima de el hay cajas de cartón llenas de piezas inútiles de ganchillo. Al principio lo doblaba con cuidado y envolvía cada pieza con papel fino. Ahora ya no. Cuando acaba un tapete o una funda para los cojines del sofá, lo mete de malos modos en un cajón y en seguida empieza otro. Pero antes de empezar una nueva pieza, siempre le pregunta a la 66


hija que clase de dibujo o de cenefa quiere que haga. La respuesta es invariablemente la misma: usted misma. Le molesta esta indiferencia de la hija, pero no protesta. Está acostumbrada a no entender muchas de las cosas de aquella casa. Sobretodo la manía de irse al extranjero. Los nietos se van a estudiar al extranjero y solo les ve por Navidad. La hija y su marido se van a lugares del mundo donde la gente va desnuda y duermen en el suelo. ¿Quién le pedía a su hija traerse a una negra de África y meterla en su casa? Una negra-negra que no sabía ni el padrenuestro. Por suerte entre todos la han ido civilizando y ella misma le ha enseñado a hacer ganchillos, pero no le gustan estas extravagancias, la marean, la descolocan. Al principio desconfiaba de la chica negra, pensaba que le robaría el dinero de la pensión y lo escondía entre los tapetes que se acumulaban en la cómoda. El dinero desapareció y cuando se lo dijo a su hija, tuvieron una escena fuerte, desagradable, porque la hija y su marido defendieron a la chica negra encarnizadamente y la exigieron que no le comentase nada ni la acusase de nada. Sospecharon de una ecuatoriana que había hecho compañía a la vieja cuando tuvo un herpes zoster, una enfermedad dolorosa que, desgraciadamente, no mata, pensaba la vieja. Tal vez si que había sido la ecuatoriana, la china mulata como la llamaba ella. Parecía dulce, pero esta gente es así y si te la metes en casa después no te puedes quejar. Tiene ganas de irse de un mundo que no entiende, pero sabe que esto no es posible. A mi se me han saltado, piensa con resignación. ¡Cuqui, ven! Levanta la pata. Ahora la otra. Échate. Ponte de pié. Toma una galleta, cógela. Así no, con las dos patas. Más derecho. Venga, tóma. Muy bien, Cuqui. 67


El Cuqui moviendo la cola cuando oye que suena el timbre. El Cuqui bajando los ojos cuando nota que le riñen. El Cuqui, dócil y manso, obediente como ningún otro perro. ¡Búscala, ve, corre, búscala! El Cuqui es pequeño. El pelaje blanco con manchas negras. ¡No me lamas la mano! ¿Es que no me oyes? ¡Te digo que no me lamas! Ahora no, Cuqui, vete. Vete. Tengo dolor de cabeza. No me hagas hablar, Con trabajo puedo respirar. Algo se me clava en el pecho cada vez que respiro. No me puedo mover. ¿Qué hora es? Querría levantarme pero no puedo. No tengo piernas. Piernas, brazos y manos, no se donde tengo las manos. Me duele la cabeza y me puede estallar en cualquier momento. Ven aquí, Cuqui. En la falda. Así, quieto. No puedo hacerte caricias, lo siento. Tengo un cuchillo clavado en alguna parte, que no me deja respirar. Te lo juro. Abrirá los ojos, poco a poco y verá una luz tenue. El impacto del coche habrá destrozado los faros, pero quedará la claridad de la puerta abierta, débil como la llama de un quinqué en la oscuridad de la cuarta planta del aparcamiento. Ningún otro coche, solo el suyo, estrellado contra una columna. Se oye algún motor que vibra en pisos superiores. El rumos desaparece y todo queda en silencio. Poco a poco vuelve en si y se percata que está mojado. No sabe si es sangre, sudor o vómitos. Tampoco sabe que heridas tiene porque no se puede mover. Se ha quedado encogido en una extraña postura, donde pone los pies el acompañante del conductor. Ve el volante desde abajo y el airbag hinchado. Ve las dos puertas abiertas, desencajadas. Querría palparse pero no puede.. Solo se nota la cabeza y cada vez que se mueve nota un 68


dolor vivísimo. O dos dolores. O tres. Todos los dolores del cuerpo concentrados en el cráneo y cuello. No se puede mover. ¿Qué querías que hiciese, Cuqui? Quería acabar de una vez y no ha salido bien. A ti te pasó lo mismo. No sabemos suficiente. Soy un desastre, no sirvo ni para matarme. El Cuqui era el perro de su madre. La mujer le hacia gracias, lo paseaba cada día, por la mañana y por la noche, le hablaba como si de verdad le pudiese entender. Le decía: Me parece Cuqui, que hoy lloverá todo el día. O bien: Cuqui, recuérdame que he de llamar a mi hermana. El perro vivía pegado a sus faldas, era un fiel compañero, que los días oscuros se le sentaba en la falda y se enroscaba como un gato. Cuando su madre murió, no sabia que hacer con el Cuqui y al final se lo quedaron unos tíos. Pero el Cuqui se añoraba. Una vez se escapó de casa de sus nuevos amos y por poco no le atropella un autobús. Al cabo de unos días dio un tirón de la correa y atravesó la calle en el momento de más tráfico. Fue un milagro que no le atropellasen. La tercera vez lo cogió de lleno una furgoneta y murió en el acto. Entonces comprendió que el perro lo buscaba, se había tirado ex profeso porque no quería vivir sin su dueña. Hacía tiempo que no recordaba a Cuqui, pero tenia lógica que ahora lo pensase. El también había fallado el primer intento. Hazme un favor, Cuqui. Avisa a alguien. Que me saquen de aquí. No puedo más. Avisa a mamá, Cuqui. Corre. ¿Qué hace este hombre? ¿Por qué se abrocha la americana con tanta insistencia? ¿Tiene frío? No lo parece, más bien se le ve pendiente de la mirada de los otros, como si quisiese esconder algo. ¿Qué? Es extraño que un hombre de su edad y apariencia llame la atención de esta manera. Se hace notar más que si arrastrase el estuche de un violín, un carro de ir a la compra o 69


unas jaulas de pájaros. Incluso una bicicleta entra y sale de los vagones con más naturalidad que la postura forzada del hombre que esconde algo en el pecho. De cuando en cuando se mira el bolsillo interior de la americana y piensas que, si lleva un sobre con dinero, está actuando imprudentemente, porque se delata a cada momento. De pronto le descubres su secreto. No lleva dinero ni se mira los bolsillos interiores de la americana, sino que quiere disimular las manchas que le afean la camisa blanca y que intenta tapar con la americana y la corbata. No lo consigue del todo, los intersticios que deja la ropa permiten adivinar que son manchas de sangre. ¿De quien es la sangre? ¿De el? ¿Cómo se lo ha hecho? ¿Cuándo?, te preguntas. Tal vez se ha dado un golpe y le ha salido sangre de la nariz, quizá ha socorrido a alguien y se ha manchado con sangre ajena. No, el mismo te da la respuesta. Se ha vuelto un momento y le has podido ver entera la cara con la suficiente nitidez para contar los cuatro puntos de sutura que lleva en la ceja izquierda. Tiene una parte de la cara, tumefacta, con restos de hinchazón y la bolsa bajo de los ojos marcada con un tinte violáceo. Todo esto hace pensar que si ha tenido un accidente ha sido hace varias horas, tal vez pasó ayer. En todo este tiempo no se ha podido cambiar de ropa ni se ha afeitado y piensas que este hombre debe de ser de fuera de Barcelona, infieres que ha pasado la noche en urgencias del hospital de San Pablo, que no está muy lejos de aquí. O en el de la Cruz Roja. Cuando le han dado de alta debe haber querido andar un rato, quizás se ha tomado un café en un bar y ha sentido la necesidad de ir al lavabo. Debe de haber aprovechado para mirarse al espejo. Doy lástima, piensa. Que dirán en casa cuando me vean. 70


El hombre de la ceja partida y que lleva la camisa manchada de sangre llegó ayer a Barcelona con la intención de regresar a Camellera, el pueblo del Ampurdán donde vive, por la tarde. Hace más de cincuenta años que baja a Barcelona cada martes para asistir al mercado del grano. Es uno de los asiduos, uno de los más antiguos y respetados. Ayer fue un martes como cualquier otro. Saludó a los pocos compañeros que quedan de su época, todos con el aire patriarcal de los veteranos, y una vez mas sintió amor por las columnas góticas, por la amplia nave y elegante que hasta hace cuatro días acogía también la bolsa del dinero y que las nuevas tecnologías han hecho emigrar hacia lugares mas vulgares. Comió en el Siete Puertas, el restaurante de siempre, donde antes compartía mesa con agentes de cambio y bolsa, mayoristas del Borne, detallistas de buen paladar, industriales, molineros, propietarios rurales y algún rentista ocioso. Ahora, difícilmente coinciden tres o cuatro conocidos de los viejos tiempos, que el califica como los años del guano. No necesita bajar a Barcelona porque ahora la mayoría de las transacciones se hacen por teléfono o por Internet. De eso se ocupa el hijo mayor y el nieto, que ya hace años que llevan el negocio. El se limita a seguir sus directrices y a hacer pequeños encargos. Pero aunque no tuviese nada que hacer, continuaría bajando a Barcelona cada martes. Mientras tenga salud no piensa fallar. Ayer, después de los postres, después de un café y de una copita de coñac, después de una sobremesa que se alargo hasta casi las cinco, después de pagar y de despedirse de los contertulios hasta la semana que viene, el hombre salió del Siete Puertas paladeando la felicidad concreta de todos los martes. Como los médicos le recomiendan caminar, echó a andar arriba, arriba, arriba, yendo por la Vía Layetana, Lauria y otras calles 71


hasta llegar a la confluencia de Córcega con Nápoles. Entró en una empresa de simientes y tratamientos fitosanitarios y formalizó un pedido que le había encargado su hijo. Cuando llegó a la calle miró hacia el cielo porque parecía que quería llover y, en el momento de levantar la cabeza, recibió un impacto que le partió la ceja y le tiró al suelo. Quedó atontado como un boxeador caído en la lona por K.O. Pero si hubiese conservado un hilo de conocimiento, no se habría sorprendido de verse de aquella manera, incluso habría pensado: ¡Ya era hora! Su subconsciente lo espera, está siempre dispuesto a encajar un imprevisto revés, anhela coincidir en la trayectoria de una bala perdida y saldar con sangre una antigua deuda de sangre que contrajo el día en que mató a un hombre. Desde entonces lo lleva incrustado en la conciencia.

HOSPITAL DE SAN PABLO

Una jirafa amarilla. Moka coge la pelota y se la pasa a Corny, que la devuelve a Moka. Bota se acerca a la botella, mira a la derecha, al extremo, donde está Villacampa, y cuando ha hecho el gesto de pasarle la pelota, todos los del Círculo siguen una trayectoria inexistente. Moka les ha engañado a todos y se la ha pasado a Margall, sin mirarle, intuyendo que entraba en la cocina como una bala. El Matraco lo ha intuido sin oposición. ¡Que tobillo tiene el Moka, como mueve la pelota! Distribuye el juego como si tuviese ojos en la espalda, sin telegrafiar nunca la jugada. El público grita a coro: ¡Moka! ¡Moka! Y también: ¡Matraco! ¡Matraco! Desde el círculo central, Tomás Jofresa abre y cierra los brazos acompasadamente para que la gente aun 72


grite más y anime más. Es una locura de gritos unánimes. Hay una jirafa suspendida, quieta. Montero roba una pelota y la tira en profundidad hacia Pressley, que encesta y se cuelga de la red para añadir espectáculo. Corny le felicita con un give me five y el público grita:¡Moka! ¡Moka! ¡Peña! ¡Peña!. Un momento. ¿Cuánta gente juega aquí? Corny, uno. Moka, dos. Margall, tres. El otro Margall, cuatro. No, a ver, Narciso está muerto, no puede jugar. Debe de ser el Ruf. O el Filbá. No, Filbá también está muerto. ¿Cómo quieres que jueguen si están muertos? Tú también estás muerto, por eso estás con el Enric Margall y el Filbá, porque ellos han querido jugar tu partido de homenaje, con un minuto de silencio y todas estas cosas que se hacen cuando muere un jugador. Pero tú no juegas, arbitras y entrenas. Y encestas desde el círculo central, un gran enceste que hace que el público del Olimpic se levante como si tuviese un muelle en asiento. No, no, ¿que no ves que jugamos en el pabellón del Ausias Marc? Ah, entonces si. Debe de ser el partido de homenaje a Enric Margall. Que putada morirse tan joven. ¿Cómo se llaman los otros hermanos? José María, uno. Narciso, dos. Corny, tres. Reggie Johnson, cuatro. Moka, cinco. Santillana, seis. Villacampa, siete. Tomás, doce. Rafa, trece. Andrés Jiménez, catorce. Epi, quince. Si, Epi es el quince. Pero hoy no juega. O ya se ha ido, porque no queda nadie. Solo hay una chica que se entrena, y se entrena y se entrena. Sola. Ensaya tiros libres, lanzamientos de tres puntos, ganchos, rabotes al tablero. Se oye el chirrido de las zapatillas cuando clava los pies en el suelo y el bum-bum de la pelota resonando en la grandiosidad del espacio vacío. Si, bien vacío. El marcador electrónico no funciona, está todo apagado, a oscuras. Solo veo una jirafa amarilla. Estos asientos son incómodos. Querría irme y estirar las piernas, pero no puedo. Me ahogo. Me cuesta respirar. ¿Cómo 73


quieres respirar si te has dado una hostia con el coche? He frenado demasiado tarde.. Otra vez eh girado el volante a la derecha, instintivamente, como aquel día. La he vuelto a cagar. Siempre la cago. Por favor, sacadme de aquí. No me puedo mover. Suerte que la puerta ha quedado abierta y se ha encendido la luz interior del coche. Por lo menos puedo ver algo: un fluorescente apagado del garaje, el volante, al airbag. Debo de haber rebotado, no lo se. Como que no llevaba el cinturón de seguridad, me debo de haber dado hostias hasta quedar metido aquí delante, casi de cabeza abajo y sin poderme mover. Las llaves de contacto están en su lugar, con el llavero que me regalaron las chicas del infantil el año en que quedaron campeonas de grupo: una jirafa amarilla de plástico. Es divertida. Por todas partes hay cristales rotos. Puedo mover el cuelo aunque sea a costa de un dolor que se me clava en el cerebro. Pero tengo que hacerlo, he de salir. Aquí no debe bajar nadie. No se porque no me puedo mover Tal vez tenga fiebre. Por favor, traedme agua, tengo mucha sed. Lo que tienes que pedir es que te saquen de aquí. Si, sacadme de aquí. Os lo pido por favor. ¿A quien se lo dices? No lo se, a alguien. Toca el claxon, que te oigan. No puedo. ¿Es que no ves que no me puedo mover? Pues grita, y bien fuerte, porque aquí no debe de bajar nunca nadie. ¿Se oyen voces, verdad? Tal vez si, parecen voces de mujer, pero vienen de muy lejos, casi no se oyen. Deben llevarse un coche de las plantas superiores. Aprovéchalo, grita, pide auxilio. No puedo. Claro que puedes, venga, grita. Auxilio. ¡Más fuerte! Auxilio. Así no, sino gritas fuerte no te oirán. Va, venga, con todas tus fuerzas. ¡¡¡Auxilio!!! Notará un pinchazo terrible y se desmayará.

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El hombre que lleva un muerto en la conciencia recuperó el conocimiento en la Cruz Roja. Se dio cuenta de que llevaba la pulcra camisa blanca de los martes manchada de sangre, con estas manchas que la americana abotonada no llegaba a disimular. Le cosieron la ceja partida y le hicieron una exploración general buscando algún otro traumatismo, especialmente en la cabeza. No le detectaron nada, excepto una ligera taquiarritmia y, habida cuenta de que era de fuera de Barcelona, decidieron tenerle toda la noche en observación. El mismo llamó a Camellera por el móvil y se buscó una excusa para que no sufriesen. Dijo que se había encontrado a un viejo amigo, Riera, y que le había invitado a cenar y, como el último tren salía a las siete y cuarto, se quedaría a dormir en el hotel Oriente. Les tranquilizó: que no, que no le pasaba nada, que estaba perfectamente y que no se preocupasen. Si querían saber de el, solo tenían que llamarle al móvil. Por la noche recibió la visita de un policía que le hizo saber que había sido victima de una agresión y que necesitaba saber que relación tenía con el atacante. Era un hombre que se había peleado con su hija porque siempre estaba pegada al teléfono y que, en un ataque de ira, le había cogido el aparato de las manos y se lo había tirado con rabia por la ventana. El hombre de la ceja partida se desentendió. No tenía ni el gusto ni las ganas de conocer a ningún energúmeno lanza teléfonos. Lo dejaba todo en manos de la policía, pero no quería presentar ninguna denuncia. En aquel momento estaba realmente mareado. El hombre de la ceja partida ha vivido una noche irreal, extraña, con la sensación de desamparo que rezuma la asepsia sanitaria. Ha ofrecido a la medicina su cuerpo vencido, le han paseado en silla de ruedas, vergonzosamente desnudo dentro de un camisón que tenían que atárselo por la espalda, le has estirado 75


en una litera demasiado estrecha y demasiado alta, le han tenido en un cubículo toda la noche, recluido tras unas cortinas por donde emergían caras que le daban órdenes después de largos espacios de silencio en los que solo se notaban movimientos de personas invisibles, ruidos de puertas, de carritos, de timbres, de ruidos metálicos, tintineo de cristales, el bip-bip de algún aparato… Le daba angustia violar el silencio clínico cada vez que tenía que avisar a la enfermera que tenía ganas de orinar. Aunque nadie le recriminaba nada, se veía obligado a justificarse: Es que a mi edad, la próstata… Se sentía atrapado, indefenso, sin escapatoria, como un escolar que no mueve ni un músculo en clase porque tiene miedo de que el maestro le castigue severamente. No lo ha dicho, pero ha pasado frío. La noche se le ha hecho larga. Ha tenido tiempo para pensar y calcular la exacta sincronía de dos acciones paralelas: un hombre que sale de un edificio y levanta la cabeza para mirar si hay nubes y, exactamente al mismo tiempo, un padre iracundo que grita a su hija, tal vez por enésima vez, y lanza un teléfono por la ventana, con fuerza. Las probabilidades de que un vecino de Camallera intercepte el itinerario de un teléfono volador en uno de los muchos chaflanes de Barcelona, son prácticamente nulas, y a pesar de ello, la ceja partida certificaba la violencia del impacto. Así se ha expresado su invisible interlocutor, con quien ha compartido la frialdad de la mesa de rayos X, los silencios y las cavilaciones de la larga noche hospitalaria. Su interlocutor es la sombra que siempre le acompaña, el muerto que lleva en la conciencia. El abuelo de la chica que tiene regresar a Loiyangalani tiene la esperanza de que todo cambie. Cree firmemente que los samburu abandonarán el poblado y que reemprenderán la tradicional vida 76


de trashumancia y vagueo. Solo teme que, cuando se acabe la peor sequedad que se recuerda y los ríos ocasionales recuperen la memoria del agua, ya no quede nadie. Pero a pesar de los deseos del abuelo, los años pasan y el desierto continúa comiéndose el territorio. Sólo los molo, hábiles pescadores, no se han movido de su sitio y hacen la vida de siempre. Los otros pueblos viven en una provisionalidad que se eterniza. Han desaparecido rebaños enteros de vacas, cabras y camellos, y los rendile, los samburu y los turkana convergieron en la orilla del lago salado empujados por el instinto de subsistencia. Loiyangalani se convirtió en una gran bolsa de hambre y la agonía llegó a conocimiento de los organismos internacionales, que construyeron una pequeña pista cerca del oasis para que pudiesen aterrizar avionetas con ayuda humanitaria. Los que buscan una vida mejor en otros lugares son unos renegados para el abuelo. Les trata con desprecio y de cuando en cuando sentencia a alguien con dichos inapelables. No habla por hablar. A la chica samburu que hoy tiene miedo de volver a Loiyangalani el abuelo le dijo un día que ni ella misma sabía como se llamaba. Lo dijo con desdén, pero tenía razón. Hubo un tiempo en que la chica dudaba si continuar llamándose Japanís o adoptar el nombre que le habían puesto en la misión, que se quedó reducido a Siliatrís. María Ausiliatrice era demasiado largo de pronunciar y, además, casi todas las niñas que iban a la escuela de la misión se llamaban María: María de la Providencia, María Inmaculada, María de la Divina Gracia, María Misericordiosa, María del Perpetuo Socorro, María Reina de los Ángeles Custodios… La iglesia, bautizada como Santa María de Loiyangalani, celebra la Madre de Dios del 15 de agosto como la 77


fiesta central del calendario. Los cantos y los tambores de la misa de la Mama María se escuchan desde la otra orilla del lago. La chica recuerda el tiempo que pasó en la misión y la inmensa felicidad que sintió el día en que escribió la primera carta a sus protectores: Hola, soy Siliatrís. Ya se escribir y soy la primera de la clase. Ahora está acostumbrada a pasar temporadas lejos de casa, pero nunca había estado tanto tiempo sin ver a los suyos. Por culpa del vaticinio del abuelo: Si no nos tienes que traer nada bueno, mejor no vuelvas. Si al abuelo se le pudiese contentar con una camiseta Nike o un reloj Swatch ya lo habría hecho, pero ella conoce sus profundos pensamientos, su añoranza de una vida anterior. El abuelo había sido rico y hoy tiene lo mismo que la mayoría de los hombres samburu: un taburete de madera, una manta, un bastón y una calabaza para beber agua. Los que crían cabras o gallinas o son dueños de algún asno aun tienen en que ocuparse. Los demás no tienen nada más que hacer que masticar tabaco. Y tienen suerte si las mujeres de la cooperativa les alquilan para cantar y bailar cuando hay visitas. No, cuando el abuelo le dijo que no volviese sino traía nada bueno no hablaba por el sino por la familia y por todos los samburu en general. El abuelo está receloso de los que se van de Loiyangalani si no es que vayan en busca del mejor regalo que se les puede hacer a todos juntos: lluvia, pastos, comida en abundancia. Una empresa imposible. La vieja que hace ganchillo y que está cansada de vivir porque hizo un pacto con la muerte guarda la albor en la bolsa de plástico del supermercado porque ya toca bajarse. La hija la sobreprotege: - Vaya con cuidado, no tropiece, cójase. 78


Pero no necesita cogerse. Ni siquiera usa el bastón. Solo bajan las dos mujeres mayores. La chica negra continua subrayando el libro con la ayuda de un lápiz y una regla de plástico. Cuando guarda la labor te fijas en las envejecidas y sarmentosas manos y te maravillas de la destreza con que las mueve. A medida que se ha ido haciendo mayor, las manos de la vieja trabajan de manera automática mientras recuerda los pensamientos con nitidez y serenidad. Recuerda el comienzo de la guerra, el desastre que lo destruyó todo. Se ve a ella misma preparando la sopa de todos los días, con un perro al lado, que se llama Moro y se ve rezando para que el padre no llegue antes de la hora. Se acuerda de los malos embarazos, de cómo se vaciaba sola entre dos sillas, cogiendose fuerte.. Mientras hace ganchillo en su butaca del comedor, con la silenciosa mansedumbre de un animal de compañía, nota la presencia de sus hermanos, el olor de tierra y musgo del mayor cuando volvía de pasar una cuantas semanas vigilando las carboneras de día y de noche. Entraba, dejaba el hacha clavada tras la puerta y allí se quedaba cuatro o cinco días hasta que volvía al bosque. Ella tenía miedo de que el padre, cada vez mas consumido por el vino, hiciese un disparate con el hacha. Tiene al padre mucho mas presente que al marido. Recuerda como si fuese ahora que le hedía el aliento y que se sacaba el cinturón para pegar con la hebilla. Pero a veces recordaba al padre en un momento de éxtasis, concentrado en trazar mentalmente el mapa subterráneo del agua. De repente el padre dice: Aquí. Clava la estaca y se quita la gorra, exhausto, baldado como una partera. A veces le preguntaban con incredulidad: ¿Aquí? Si, aquí. ¿Estás seguro? Que llueva mierda si miento, decía el padre. En sus buenos tiempos el padre había llegado a encontrar agua en la cima de una montaña. El marido 79


en cambio se le manifiesta poco en los recuerdos. Cuando piensa en el, es un hombre que no habla, una figura borrosa que sale de casa sin decir nada, con un bulto bajo el brazo camino del cementerio. Se lo imagina muerto, pobrecillo, en el fondo del pozo que estaba construyendo y le reza un padrenuestro. Nuca ha revelado a nadie que ella mantiene a la familia protegida en virtud de un pacto secreto. No sufráis, que mientras Dios me de salud – y se bien que me la dará – yo no os fallaré, piensa. Un día escucho que la hija hablaba por teléfono de su pasión por el ganchillo y que decía: Que le vas a hacer, son cosas de vieja. Y ella pensó: Tu si que te has hecho vieja. Y gracias a mí, que te piensas. - Cójase. La hija la coge por el brazo. - Cójase. Mire donde pone los pies. ¿Quiere que le sostenga el bastón? Déme la bolsa. Se pasará una hora larga haciendo ganchillo en la sala de espera del médico. Después el médico mirará los análisis y dirá lo de siempre: Usted nos enterrará a todos. El hombre que retrata difuntos al carbón no sabrá como ocupar la mañana del sábado cuando tiene que encontrarse con la corresponsal desconocida y se le hará larga. Comerá poco, intentará hacer la siesta y no podrá porque su cabeza no dejará de plantearse todas las incógnitas: ¿le hará gracia el dibujo?, ¿no sería mas adecuado un ramo de flores? ¿Le tiene que dar un beso en la mejilla o es mejor un breve apretón de manos?, ¿y si la mujer se presenta con la hija?, ¿se tiene que poner camisa y corbata?, ¿Cómo le verá ella?, ¿le encontrará demasiado viejo?, ¿le tiene que explicar como se gana realmente la vida?, ¿tiene que alargar el encuentro y irse a cenar juntos?,¿la tiene que llevar 80


a casa?, ¿si le dice que solo la quiere enseñar el pesebre, le sonará a encerrona?, ¿Qué espera ella de el, que sea el hombre de su vida?,¿Qué pensaría su ex si supiese que busca pareja por Internet? A las cuatro se duchará por segunda vez, se afeitará por segunda vez, se dará un masaje en la cara con un aftershaves que le irritará la piel, demasiado castigada por los dos afeitados. Para atenuar el escozor, se echara abundante agua fría en las mejillas. Y vaya a cerrar el grifo, la rosca irá loca y no se cerrará. Lo probará muchas veces hasta que se quede con el pomo del grifo en las manos. ¡Mierda!, una avería en el peor momento. Para no perder mas el tiempo, saldrá al balcón de atrás para cerrar el agua, pero al poner la mano en la llave de paso, notará un calambre que le hará retirar la mano con presteza. Se dará cuenta que de la tubería cuelga una pequeña bola oscura llena de agujeros: un avispero. ¡Cojones de avispas!, dirá en voz alta mientras notará el dolor en su mano derecha. Rabioso, vaciará un bote de insecticida contra el nido, lo cubrirá con un líquido lechoso y unas cuantas avispas zumbarán amenazadoramente a su alrededor cuando consiga cerrar la llave de paso del agua. Tendrá el tiempo justo para vestirse corriendo, bajar a la calle con el dibujo bien enrollado y envuelto y coger un taxi. Por favor, lléveme a la plaza de Cataluña. El coche avanzará deprisa, porque a aquella hora no hay mucho transito. Sudará, pensará que la cazadora es demasiado gruesa, tendrá la sensación de estar dentro de una sauna y le pedirá la taxista si puede bajar el cristal de la ventanilla. Los nervios, pensará, y se notará mareado, mirará de respirar el aire fresco, pero la cabeza le dará vueltas sin remedio y querrá decirle a la taxista que pare un momentos. No le dará tiempo y vomitará dentro del coche. 81


¿Qué le pasa, se encuentra bien? ¡Ey, señor! Cuando la taxista verá que no contesta, parará el taxi, bajará, abrirá la puerta de atrás y se lo encontrará sucio y sin conocimiento. El hombre que retrata difuntos al carbón y que se sienta al lado de la mujer con la cual se escribe correos electrónicos sufrirá un shock anafiláctico que le tendrá dos días en el hospital. Ahora, en el momento en que tú le observas detenidamente en el metro, aun no sabe que es alérgico a las picaduras de avispa. Mas tarde, en el hospital, los médicos le explicarán que su sensibilidad es extrema, le recomendarán que se ponga en manos de un alergólogo y que se someta a un proceso controlado de vacunación. Le dirán que se tome este aviso en serio porque una nueva picadura le puede causar la muerte. Al hombre le costará asimilar que su vida está en manos de una mierda de insecto. Cuando le den de alta, lo primero que hará será comunicarse con la desconocida que en ese momento se sienta a su lado para explicarle lo que ha pasado, se excusará y le pedirá una nueva cita. Pero la mujer no le responderá. El le enviará nuevos mensajes, se justificará con insistencia e incluso le escaneará el informe médico para que vea que no la engaña, pero no recibirá ninguna respuesta. Al final se convencerá que la mujer no le cree y que le ha borrado de su pensamiento. Pero no será asi, la mujer no llegará a leer nunca sus excusas.

GAUDI

Gracias a la sesión semanal de la lonja del grano, para el hombre que lleva un muerto en la conciencia el martes es un día gratificante, un día exclusivamente masculino que, años atrás, 82


tenía su máxima expresión en el humo del tabaco que se elevaba por la noble sala gótica, entre los montones de hombres que hacían hervir el dinero pronunciando una sílaba o haciendo un solo gesto. Una aquiescencia marcada con los ojos o con el enérgico movimiento de una mano podía significar transacciones de muchos miles de duros, que es como se contaba entonces. El hombre de la ceja partida aprovechaba las horas de tren e ida y venida para leer toda clase de informaciones agrarias, de cosechas, de cotizaciones, repasaba prospectos de piensos y fertilizantes, anuarios, boletines gremiales, consultaba revistas especializadas y periódicos, buscaba noticias de acuerdos comerciales, estudiaba las llegadas de los barcos a los puertos de Barcelona y Tarragona… Ahora no, ahora pasa una buena parte del trayecto pendiente de ir al lavabo por culpa de la próstata. Aunque no haría falta que viniese a Barcelona, cada martes continua cogiendo el tren a primera hora para verse con los viejos colegas, comer en el Siete Puertas, hacer una larga sobremesa, estirar las piernas, y orinar en la estación de Sants antes de volver a coger el tren de Camellera. Como hubiese hecho ayer de no haber acabado caído en el suelo y sin conocimiento. Tranquilizó a la familia diciendo que pasará la noche en el hotel Oriente. El dato era creíble, porque durante mucho tiempo pasó en el hotel Oriente los días que bajaba a la Lonja. En los años cincuenta los pocos trenes que comunicaban Barcelona con Figueres y Portbou circulaban con retrasos importantes y sufrían toda clase de averías y de contratiempos, como alguna tramontanada que había hecho descarrilar a más de uno. Por eso solía pasar una noche en Barcelona. Si eligió el hotel Oriente es porque había hecho dinero con el estraperlo y se lo podía permitir. 83


Solo en Barcelona, libre, a veces pagado de su perspicacia profesional por las toneladas de soja o de cebada que había adquirido a buen precio, se paseaba por la rambla como si fuese el amo, como si toda aquella efervescencia, el abigarrado muestrario de tipos y personajes, fuese un espectáculo expuesto expresamente para el. En la zona baja de la Rambla seguía la ruta de la prostitución y se enzarzaba en el mercadeo con la misma mentalidad comercial con la que rechazaba una buena oferta de maíz porque sabía que no tardaría en entrar un barco de maíz plata con un precio aun mejor. Escudriñaba por los portales, cribaba, regateaba, hacía tratos con las prostitutas con un asunto estrictamente mercantil. Para evitar riesgos innecesarios tenía unas cuantas normas: llevar el dinero justo, no aventurarse en las oscuras calles del Barrio Chino que eran territorios de embocadas y navajas, no tener mas tratos con las mujeres de la vida que los estrictamente fisiológicos y no de dejar nunca propina ni hacer ningún regalo. El hombre de la ceja partida que lleva un muerto en la conciencia no entiende que alguien se pueda enamoriscar de una prostituta. El amor no cuadra con las putas. La costumbre del paseo semanal por la Rambla le había llevado a tratar asiduamente a unas mujeres más que a otras y a fijar un precio que ahorraba el regateo. Aun hoy recuerda a la que llamaban la Francisqueta, la Marifé, la Portuguesa, la Rita Hayworth, que era una copia de estar por casa del original. Las manchas de sangre de la camisa que intenta tapar con la americana le recuerdan a la santa, famosa porque decían que tenia estigmas y que menstruaba por las llagas de Cristo. El la había visto unas cuantas veces, pero nunca la contrató porque le daba angustia. Y porque era carísima. 84


Las noches en el Oriente se acabaron cuando el hijo mayor bajó con el a Barcelona para irse familiarizando con el negocio. Entonces recurrió a las prostitutas de Figueres y de Gerona y, actualmente, con ochenta años cumplidos, va una vez por semana a un club de carretera de los muchos que puede encontrar a la vuelta de la esquina. Pero en el Ampurdán teme los encuentros casuales, el embarazo de coincidir con un proveedor, las bromas de mal gusto de un viajante envilecido por el whisky y, sobretodo, teme encontrarse con un hijo o un sobrino. Nunca más ha vuelto a tener la libertad de Barcelona. El solo hecho de decir a su familia que se alojaría en el hotel Oriente le ha hecho sentir un cosquilleo por la nostalgia y le ha hecho revivir gloriosos momentos del pasado. No piensa renunciar a las putas, de la misma manera que no quiere dejar de venir a Barcelona los martes. Mientras el cuerpo aguante…piensa. A veces, el hombre de la ceja partida se pregunta si las visitas a los burdeles son una necesidad, una prolongación natural de la doble vida interior a la que le obliga el muerto que lleva sobre su conciencia.

Mary. El siguiente nombre de la chica samburu que tiene miedo de volver a Loiyangalani fue Mary, una reducción cosmopolita de María Ausiliatrice. Cuando acabó la primaria, siendo siempre la primera de la clase, sus protectores tuvieron que multiplicarse durante todo un verano para encontrarle plaza en otro lugar. Al abuelo no le hacia ninguna gracia que se fuese, pero no dijo nada. Estaba la opción de Mararal, Marsabit o Wamba, poblaciones situadas a un día de distancia de Loiyangalani, un día de camino pedregoso y de desierto encima de un camión habilitado para pasajeros. Al final 85


lo consiguió en una escuela católica de Maralal, un internado de chicas. Era la primera vez que abandonaba el poblado. Hasta entonces solo dormía fuera cuando iba a pasar unos días al Molo, con los pescadores que vivían a tres horas de camino o a veinte minutos en coche. El día que se fue a Maralal, la chica tenía plena conciencia que estaba dando un paso de gigante. Se fue con el corazón dividido entre la pena de la madre y de las hermanas y la ilusión de conocer un mundo distinto. El mundo. Hoy aun arrastra esa ambivalencia, que no abandonará nunca. Vivirá siempre con un choque de sentimientos en su corazón. En Maralal había electricidad, teléfono, movimiento de coches, gente que hablaba muchas lenguas, especialmente inglés y kisuahilí. Pero Maralal era también un ghetto, un reducto, un fortín lleno de barreras y de normas. La verja de pinchos que rodeaba todo el colegio simbolizaba la mentalidad de las monjas: No salgas, no mires, no hagas, no digas. En Maralal, la chica conoció la lluvia regular, el frío y las escaleras. No necesitaba paraguas porque el internado era un bunker del que solo se salía al final de cada trimestre. Su primer jersey fue el del uniforme de la escuela, pero las mojas, que lo tenían todo reglamentado, también tenían normas para esto. Las hacían levantar a las cinco de la mañana para estudiar y las hacían pasar frío para que no se durmiesen. Nada de jerseys, que el frío espabila el cerebro, decían. Las clases, el comedor, la capilla y la sala de estudios estaban en la planta baja. Al piso superior, donde estaban las habitaciones, se accedía por una escalera, la primera que la chica había visto en su vida. Al principio subía los escalones con impericia, de uno en uno, pero en seguida cogió confianza y se divirtió subiendo y bajando, saltando, riendo y contando en voz 86


alta. Esta espontánea expansión le valió el primer castigo: se quedó sin patio todo un día. Por haber roto una zona de silencio y, sobre todo, por haber usado un idioma distinto del inglés. Estaba tan perseguido hablar en las lenguas nativas, que Namishon-Japanís-María-Ausiliatrice-Siliatrís se hizo llamar Mary en seguida. Ni tan solo el swahili estaba permitido. Aunque ahora la veas callada y subrayando el libro, abstraída de todo, era una chica muy habladora. Como no se acostumbraba a hablar en inglés con las demás chicas samburu y Turkana que habían llegado a Maralal desde diversos lugares, la castigaban a menudo, pero no le importaba pasarse horas recluida en la biblioteca, una habitación pequeña que era dispensario y cuarto de trastos. La llamaban biblioteca a causa de un solo estante, combado por el peso de unos cuantos libros viejos, la mayoría de temas religiosos, algunos atlas y ocho volúmenes dispersos de una enciclopedia que eran una fuente inagotable de conocimiento. La primera vuelta a casa no fue hasta finales del primer, largo e inacabable trimestre, cuando regresó al poblado para pasar las vacaciones de Semana santa. Se sintió liberada y feliz. Pero en seguida echó a faltar las compañías, el olor rancio de los libros de la exigua biblioteca. Se habituó a ir y venir. Sabía que al abuelo no le hacía gracia y también se habituó a su resentimiento. Hasta que un día, el camión que la llevaba volcó. Ninguno de los seis pasajeros se hizo daño, pero no tenían manera de pedir auxilio. Pasaron un día y medio sin agua, esperando que pasase alguien. Les recogió otro camión y todo acabó bien, pero la chica no dudó nunca que fue un aviso del abuelo, cuando aun no le había dicho: Si no nos has de traer nada bueno, más vale que no vuelvas. Le podía haber pasado como a la pareja que desapareció de un jeep sin dejar 87


rastro. El jeep está totalmente desballestado y renegrido, parece un esqueleto plantado en medio del desierto como una advertencia del poder del abuelo. Pidió por carta a las hermanas que hiciesen una consulta al lanzador de sandalias. Las cartas no son el mejor procedimiento para comunicarse con su madre y las hermanas. Ninguna de ellas ha ido a la escuela y se tiene que fiar de las mujeres de la cooperativa que saben leer y escribir. La cooperativa es exclusivamente femenina, son mujeres de las cuatro étnias que ofrecen a los visitantes comida típica, espectáculo de danzas tradicionales y alojamientos en la maniata. Son las mas espabiladas y también las mas chafarderas: leen las cartas en público y lo comentan todo entre ellas. Por eso, como no se pueden tener secretos, la chica samburu no dijo toda la verdad a las hermanas y solo dijo que preguntasen al lanzador de sandalias como irían las cosas el día que ella volviese al poblado. Hace unos días que ha recibido la respuesta.

A la cuarta planta del subterráneo llegará amortiguado el rumor de los coches que maniobran en la planta superior. El hombre ancho de hombros que tienes al lado estrellará el coche contra una columna, quedará atrapado dentro del coche, pasará horas en un estado de semiinconsciencia y sus fuerzas le irán abandonando. Por la noche, el vigilante nocturno hará las rondas preceptivas y, a intervalos regulares, marcará los correspondientes registros en los relojes habilitados en cada planta, menos de la ultima, para que quede constancia de su rutina. Antes si que llegaba al piso inferior, pero la empresa lo suprimió del recorrido porque no hay ningún coche para vigilar, solo algún gato que de tanto en 88


cuando se refugia a dormir sin sobresaltos. Tal vez podría oír los gritos de auxilio que vienen de la planta cuarta sino llevase los auriculares puestos de un pequeño aparato de radio que lleva en el bolsillo. Pero no se los sacará, la radio le hace compañía, le ayuda a combatir el tedio de la noche. Por la mañana reinará una absoluta quietud. En las tinieblas de la cuarta planta solo titilará la pálida luz del coche estrellado contra la columna. La batería se habrá ido debilitando y solo quedará un hilo de luz, tenue y delicado como una vela que se apaga. El hombre abrirá los ojos como si se despertase de una anestesia y será plenamente conciente de su inmovilidad y de su soledad. Le habrá desaparecido el dolor de cabeza y aspirará el profundo silencio como si recibiese en la cara el aire fresco de una madrugada. Encajonado en el suelo del coche, no podrá mover el cuerpo, pero notará como crece dentro una luz interior que le despejará los sentidos con una clarividencia hiriente. Se verá como un hombre ridículo que tenía ínfulas de gran entrenador de básquet femenino, un hombre que no ha sabido soportar la desgracia, que ha hecho pagar su angustia a la familia y que no ha sabido realizar el único acto heroico de su vida. Se quería matar porque no soportaba volver a salir en los periódicos y volver a margar la vida a los suyos con fobias y depresiones. Ahora está arrepentido. Ahora que está totalmente desvalido se siente con fuerzas para luchar, para ser como antes, un hombre normal, un buen entrenador para las categorías femeninas inferiores, un padre orgulloso de los éxitos de la hija mayor… Aprovechará el chispazo de lucidez para decir en voz alta y uno por uno los nombres de los hijos y de la mujer, a modo de desagravio, como un modo simbólico de pedirles perdón. Será el momento más solemne de su vida y llorará con unos espasmos 89


que le harán renacer los pinchazos que le perforan el cráneo. Llorará de arrepentimiento y de rabia hasta que note un mareo que le irá debilitando la conciencia con la suficiente lentitud para que llegue a pensar: Se ha acabado, que lástima. Un hombre observa el interior del túnel con la cara pegada al cristal de la puerta y haciendo visera con las manos para evitar reflejos. ¿Qué mira? ¿Que puede encontrar sino la monotonía del túnel, la infinita red de cables y tubos de color ceniza adosados a la pared y que, por efecto de de la velocidad, parece que se mueva como un gusano? ¿Qué busca si todos los túneles son iguales? No es cierto. Los túneles tienen desviaciones secretas, se entrecruzan a diferentes niveles en la espesura de la profundidad y no siempre van de una estación a otra por el camino mas corto. A veces siguen tortuosas rutas que tu serías incapaz de situar en un plano. Por eso te gustan los vagones de las líneas lila y verde que unen los cinco vagones en una sola plataforma, transitable de punta a punta. Son orugas que reproducen fielmente las contorsiones del recorrido, las vueltas y revueltas, las subidas y los toboganes que no son perceptibles desde los vagones convencionales de la línea azul. Ya sabes que mira el hombre. Te acuerdas que en este tramo hay una estación vacía, una estación fantasma que no se llegó a inaugurar. La primitiva línea 2 tenía que ir desde Horta hasta Pueblo Seco, pero acabó intercambiando una parte del trazado con la línea 5, que atravesaba Barcelona desde Cornellá hasta Badalona. La correspondencia de las dos líneas se tenía que producir cerca de la Sagrada Familia y la estación se excavó en la avenida Gaudí, de la que tomó su nombre. Una vez acabada, con los andenes y los accesos construidos, hubo un cambio de 90


estrategia y la estación se traslado un poco mas abajo, tocando al templo. Así, ya construida, Gaudí se sumo a otras estaciones fantasmas, como las abolidas Fernando y Correos, y Banco, en el Llano de la Catedral, que también murió antes de ser estrenada. Gaudí es hoy un recuerdo arqueológico de aquello que podía haber sido y no fue, un chiste surrealista del túnel, una curiosidad que puedes ver fácilmente si prestas atención. El hombre busca con la mirada estos andenes muertos, iluminados fugazmente por el relámpago de los vagones. También se iluminan de noche, cuando se acaba el servicio y la telaraña se saca de las tinieblas con bombillas dispersas y un ejército de operarios se dedica a los trabajos de limpieza y mantenimiento. El era uno de estos, hacia el trabajo más solitario, el más humilde. Calzado con unas gruesas botas, provisto de un farol y de una llave inglesa lo suficientemente grande para apretar algún tornillo díscolo en las traviesas, consumía las noches y las madrugadas recorriendo el tramo de Sagrera a Diagonal inspeccionando el estado de las vías y de la catenaria. Solo oía el silencio de sus pasos, el agua de las filtraciones y, muy excepcionalmente, las pisadas de un perro desorientado, alguna pareja que se había refugiado en los túneles y que no sabía como salir al exterior, un drogadicto, un borracho que dormía la mona… Veía brigadas de trabajadores que sustituían vías estropeadas por nuevas vías, otros comprobaban por enésima vez el funcionamiento de un cambio de agujas o repasaban las catenarias subidos en vehículos especiales. Saludaba a las mujeres que limpiaban las estaciones y que le enseñaban lo que habían encontrado en los pasillos, en los andenes, en las papeleras: maletines, mochilas, paraguas, muletas, sombreros, libros, llaves, bocadillos intactos, bolsos de señora con dinero 91


dentro, billeteros vacíos tirados por los carteristas, dentaduras postizas, condones usados… Hasta un feto humano habían encontrado en una papelera. El hombre se sentaba a fumar un rato en los andenes fantasmagóricos de Gaudí. Era un momento delicioso, un descanso que coincidía aproximadamente con la mitad del recorrido. Ahora que está jubilado añora aquel momento en que fumaba con fruición y pensaba. Siempre ha pensado mucho. Las largas horas de soledad y de oscuridad en las tripas del metro le han acentuado el carácter obsesivo, que dentro de poco se exacerbará hasta el punto que, a fuerza de pensar, el hombre que mira con nostalgia los fantasmales andenes de Gaudí se sentirá llamado a salvar al mundo.

La profesora de instituto que se escribe con el hombre que retrata difuntos al carbón tendrá un gran desengaño cuando el no se presente a la cita del Zurich. Después de consumir tres cafés y de esperarlo durante una hora con impaciencia, después de consultar con sus amigas que harán guardia allí cerca, se pondrá un límite: Si no viene en cinco minutos, me voy. Se retirará avergonzada, con la convicción de haber hecho el ridículo y de haber dejado jirones de dignidad en la terraza del Zurich. Quien me pedía meterme en aventuras, se dirá. Se sentirá desgraciada y llorará. Las amigas la consolarán y ella aun se sentirá mas desgraciada, porque pensará que las bofetadas sentimentales se han de llorar en la intimidad. Estará seguro de que su interlocutor ha acudido a la cita, que se ha presentado a la hora convenida, que la ha observado desde la distancia y que, al verla se ha sentido decepcionado y se ha ido. Será una derrota mas a añadir al sentimiento de fracaso que la 92


profesora de instituto arrastra desde hace ya tiempo. No tienes solución, pensará. Las amigas le dirán que los hombres son así, frívolos e informales, intentarán minimizar el encuentro frustrado y tratarán de verlo, inútilmente, por el lado cómico. El se lo pierde, dirán. Una de las amigas la convidará a pasar el resto del fin de semana en su casa, en Vilasar de Dalt. Ella dirá que no, pero la amiga insistirá y se verá forzada a ir. Dormirá mal y se despertará temprano. Querrá corresponder a la amabilidad de su amiga y saldrá a comprar melindros y cacao en polvo para hacer chocolate deshecho. Cogerá un paraguas, porque a aquella hora del domingo lloverá un poco y cuando regrese de la pastelería la lluvia se habrá convertido en diluvio. Dudará el atravesar la riera porque bajará muy llena, elegirá un lugar que le parecerá poco profundo y resbalará, perderá el paraguas, el bolso, los melindros y el cacao en polvo. No tendrá tiempo de recogerlo porque se le echará encima una alta pared de agua, una ola gigante que bajará desde la montaña hasta el mar, arrastrando troncos, piedras, coches y contenedores de basuras. Se la llevará riera abajo. El hombre y la mujer que se escriben cartas de amistad a través de Internet se disponen a bajar en la Sagrada Familia. Esperan a que se abra la puerta automática uno al lado del otro, sin mirarse. El nota como se mueven los lápices y los carboncillos dentro del maletín de ejecutivo con cantoneras de latón. Ella, con la cartera llena de exámenes corregidos, hace de tripas corazón para entrar en el instituto sin que se note que no querría volver a poner más los pies. Esta noche leerán las cartas afectuosas y delicadas que se envían uno al otro, se debatirán entra la ilusión y la duda y se preguntarán como debe ser el, como debe ser ella. 93


No se llegarán a conocer. El hombre que retrata difuntos al carbón faltará a la cita por culpa de una picada de avispa. La profesora de instituto no tendrá ocasión de leer sus excusas, porque se la llevará una riada. No será la única víctima: aquel día dos personas mas serán arrastradas por el agua y aparecerán muertas en la playa. Pero ella no. Encontrarán el bolso italiano de color teja que se compró dos días antes, con los documentos y los objetos personales, pero su cuerpo no aparecerá por ninguna parte. Se hablará mucho de la profesora de instituto desaparecida en el Maresme. Estas cosas pasan, tal vez el mar la devolverá un día, dirá la gente. Y dejará de ser noticia.

SAGRADA FAMILIA

Tu compañero de asiento baja aquí. Cogerá la línea 2 hasta plaza Universidad. Desde allí hasta la Federación Catalana de Básquet son cinco minutos. Cuando se levanta notas por última vez la transpiración de la carne maciza y cálida que se te venía encima cada vez que el metro daba una sacudida. Baja moviendo distraídamente la pequeña carpeta azul y tu notas el escalofrío de un mal presagio. La familia vivirá en una gran angustia durante tres semanas. Intentarán reconstruir sus últimos pasos, sabrán que ha ido a ver a un abogado y que se ha llevado el coche. Irán a la policía, que ordenará la búsqueda del vehículo por todas las carreteras y contrastará la matrícula con los siniestros de los últimos días. Tampoco lo localizará en el aeropuerto ni en los alrededores de ninguna estación de tren.. A nadie se le ocurrirá buscarlo en el 94


fondo de un parking subterráneo, en una planta inhabilitada. Será un operario que repasará las luces de emergencia en una inspección rutinaria el que descubrirá el coche empotrado en una columna en el fondo del aparcamiento. Habrán pasado veintidós días. La juez que ordenará el levantamiento del cadáver vomitará y tendrá que salir a la calle para que le de el aire. Los siguientes días se encontrará mal, dejará de ir al trabajo y el médico le preguntará si está embarazada. Ella lo negará, pero el resultado del análisis será positivo. A lo largo de su vida recordará muchas veces a los amigos y conocidos que cuando se quedó embarazada del mayor no supo distinguir entre las náuseas propias del embarazo y las náuseas que provocan los accidentes, los crímenes y los suicidios. Lo explicará con mucha gracia. Entran cuatro chicas cargadas con mochilas inmensas y se pasan la botella de agua mineral. Son altas, pálidas, rubias y con las mejillas enrojecidas, pero lo que mas llama su atención no es su acaloramiento ni el volumen exagerado de las mochilas, sino que las cuatro se han comprado un enorme sombrero mejicano. Han venido en busca de sol al país de los toros, del flamenco, de la pandereta y del chorizo, y volverán a su país sin haberse dado cuenta que en Barcelona se habla otra lengua que no es el español y que es una ciudad de pocos toros y poco flamenco. Pedirán sangría creyendo que es la bebida nacional, comerán un plato de arroz falsamente coloreado de amarillo convencidas que aquellos es una auténtica paella y nunca en su vida sospecharán que los sombreros mejicanos forman parte de un imaginario cinematográfico que no tiene nada que ver con Barcelona, España ni Europa. 95


Las altas agujas de la Sagrada Familia atraen a los turistas con la fuerza de un imán, son de obligada visita, así como lo es la basílica de San Pedro, en Roma o la Torre Eiffel de Paris. Por encima de tu cabeza hay en este momento la habitual efervescencia de visitantes llegados de todo el mundo. Arriba, en la superficie, se alinean los autocares de los Tour operadores, que mueven personas con una mentalidad empresarial de distribución, clasificación, embalaje, etiquetaje y expedición de mercancías. Los excedentes de esta logística hacen las rutas turísticas por su cuenta o viajan en metro mezclados con los ecuatorianos que han venido a hacer los trabajos que han dejado de hacer los inmigrantes de los años sesenta, bengalíes que se destrozan la espalda carreteando bombonas de butano, filipinas que sirven en casa burguesas, dominicanas que limpian oficinas de madrugada, subsaharianos que venden quincalla, paletas marroquíes, magrebíes con la cabeza cubierta, jovencísimas gitanas rumanas que piden limosna mientras dan el pecho, polacos que comulgan cada día, mormones norteamericanos que te quieren convertir, chinas que arrastran fardos, coreanos que abren restaurantes chinos, nuevos ricos rusos, modelos escandinavas, italianos presumidos, peruanas que pasean viejos en silla de ruedas, argentinos traumatizados por la ruina financiera de su pais, portugueses que venden La Farola, universitarios palestinos, cubanos fugitivos, kurdos exiliados, negros elegantes que parecen salidos de la City londinense, alemanes de multinacionales alemanas, pakistaníes de ojos profundos que tienen tiendas abiertas todo el día, kosovares fuera de la ley, islamista apocalípticos, japoneses que se fotografían junto a las fachadas de los edificios de Saudí, trotamundos apátridas, camareros de todas las nacionalidades, traficantes de personas, 96


inmigrantes clandestinos, prostitutas-esclavas procedentes de la miseria universal, correos de droga reclutados entre los parias y los carteristas de los cinco continentes. Muchas veces la chica samburu que teme volver a Loiyangalani se ha sentido mzungu pero al revés, negra en un país de blancos. Ella también se ha visto haciendo el papel de turista-mzungu, adocenada t ridícula como algunos visitantes que se presentan en el poblado vestidos de safari, con extrañas ropas de camuflaje, botas nuevas, calcetines blancos y la preceptiva cámara de video. Cuando sus protectores la llevan a visitar algún lugar de interés turístico, se deja llevar pero sin entusiasmo, recela de todo aquellos que atrae ríos de turistas. Se dice: Estoy haciendo el mzungu. Solo en Montserrat experimentó una curiosidad sincera. Le llamó la atención que tanta gente venerase una Madre de Dios extrañamente negra en territorio mzungu. La chica samburu que teme volver a Loiyangalani vino por primera vez a Barcelona para pasar unos días en casa de sus protectores. Para ella fue como asaltar el mundo definitivamente. De repente conoció Nairobi, el caótico tránsito de la gran ciudad, los aeropuertos, las escaleras mecánicas, la megafonía, los ascensores, las azafatas, los trenes, el mar, las playas llenas de cuerpos extendidos, los indigentes, los supermercados, los cajeros automáticos, las discotecas, los fotomatones, las pizzas y los helados. También supo lo que es sentirse rara por el color de la piel. Se alojó en casa de la vieja que hace ganchillo y notó que su presencia la causaba estupor. Y miedo. Cada vez que se acercaba a la vieja o le preguntaba alguna cosa, la mujer se santiguaba. Solo interesándose por el ganchillo consiguió una aproximación y más de una vez intuyó que la mujer se maravillaba de algo que no cuadraba con sus esquemas. Lo decía en voz alta: Pues es 97


verdad, no huele mal. O bien: Tan negra como es y tan espabilada… El segundo viaje a Barcelona lo hizo sola y se sintió la reina del mundo. Ahora ya sabía que podía ir a todas partes sin delatar a cada instante su origen humilde y tribal. Había acabado la secundaria. Y con angustia. Quería estudiar óptica, topografía o alguna carrera relacionada con el ramo textil. Todo le venía de leer los viejos volúmenes de la enciclopedia del colegio, de la fascinación por los aparatos y las máquinas. Le daba lo mismo una cosa que otra y esto desconcertaba a sus protectores, que no sabían hacia donde tirar ni si le podrían pagar los estudios superiores. Namishon-Japanís-María-Ausiliatrice-Siliatrís-Mary encontró un colegio norteamericano de Nairobi que becaba al cien por ciento la mitad de las plazas. La oferta consistía en un curso puente que enlazaba con una universidad de California en la que se podía mantener la beca hasta el final de los estudios. La única condición era someterse a unas pruebas de aptitud académicas y físicas. Superó las dos y se inscribió como Mery, con e, porque hacía más americano. El colegio era mixto, pero con rigurosas separaciones entre chicos y chicas. Reinaba una exigencia máxima, pero no en el aspecto intelectual, sino en el físico. Ella, cuando hacía la secundaria en Maralal, había quedado campeona de salto de longitud en los juegos olímpicos ínterescolares y se había defendido bien en las carreras. Pero no le dio ninguna importancia, era un entretenimiento, una ocasión para romper la rutina. En el colegio de Nairobi, en cambio, era esencial martirizar el cuerpo con estiramientos y arañar décimas de segundo en los cronómetros. Le interesaba mas encerrarse en la 98


biblioteca, donde tenía una larga pared llena de libros a su disposición. Le dieron un ultimátum: Sino te esfuerzas mas perderás la beca. Y la perdió. Se dio cuenta de que aquello solo era un anzuelo para captar atletas y llevarlos a los Estados Unidos. Se habían establecido en Nairobi porque Kenia era un plantel de medallas olímpicas y de campeones del mundo con récords inverosímiles. Pero a ella el deporte no le decía nada. Telefoneó a sus protectores. Me sacan del colegio, ¿Qué hago? Ente aquí y buscaremos alguna solución. Al cabo de unos días volvía a vivir con la vieja que hacía ganchillo. Estaba dispuesta a estudiar en Barcelona pero se tuvo que esperar hasta el curso siguiente, hasta que se resolvió el complicado papeleo de convalidaciones, visados y permisos de residencia. Mientras tanto, aprendió dos cosas: el catalán y hacer ganchillo. Hacer ganchillo es una especie de adicción que la distrae de las preocupaciones que arrastra por el conflicto con el abuelo. Hace unos días recibió carta de las hermanas y el corazón le dio un vuelco. Le hacían saber que las sandalias habían pronosticado que cuando ella volviese todo iría bien. Esto la tranquilizó, pero también le planteó otra duda: ¿a quien tenía que creer más, al lanzador de sandalias o al abuelo? Finalmente tomó una decisión irrevocable: cuando acabe el curso volverá a Loiyangalani. Aunque los escorpiones se la coman viva. Antes de jubilarse, cuando trabajaba de noche en los túneles del metro, el hombre que se sentirá llamado a salvar el mundo pensaba, ideaba, creaba inventos. Nunca llevaba ninguno a la práctica, sus inventos eran llamaradas mentales que le bullían en la cabeza durante días, hasta que se cansaba y una nueva elucubración mataba a la anterior. Se siente orgulloso de algunas 99


fiebres creativas que, si bien acaban en nada, podían haber sido muy beneficiosas para la sociedad, como la distinción de los números escritos en mayúsculas y en minúsculas o bien el sistema de recogida domiciliaria de leche materna para unos bancos de leche provinciales de su invención. O la creación de una normativa para hacer que todos los viandantes vayan siempre por la derecha, con un sistema de señales y penalizaciones aplicables a todo el mundo. Sus inventos no eran objetos concretos, sino conceptos, ideas útiles para el progreso de la humanidad. Eran sistemas complejos que el desarrollaba minuciosamente mientras andaba de noche por el silencio de los túneles entre Sagrera y Diagonal. Al principio explicaba los proyectos a su mujer, pero ella no le hacía caso, le decía que tenía la cabeza pájaros y que no era bueno estar siempre preocupado por tonterías. Hasta que el hombre se acostumbró a guardarse para si mismo las genialidades que engendraba en su cabeza. Pero le fastidiaba que la mujer no entendiese dos cosas: que le era imposible dejar de pensar y que nunca había pensado en sacar provecho personal de las cavilaciones. No soy egoísta, mis ideas son filantrópicas, decía. La mujer, que era de San Martín Sarroca, fruncía el ceño cuando oía aquella palabra tan rara. Asociaba la filantropía con una enfermedad de la viña, la filoxera, y no hacía caso a su marido cuando le decía que no tenía nada que ver. El túnel se convirtió en su refugio y en su confidente. La quietud del subsuelo le permitía concentrarse en sus fiebres creativas sin trabas. A veces intenta no pensar, dejar la mente en blanco, como dicen que hacen los hindúes y las monjas contemplativas. O pensar en cosas banales, como hacen las personas que cantan y silban con despreocupación, como hace su mujer cuando mira la tele y se deja llevar por unas historias que 100


olvida al cabo de cinco minutos. ¡Que envidia! ¡Que maravilla no pensar! Pero a el le es imposible, no puede parar la barrena que tiene en el cerebro como una maldición. Una maldición que tiene un origen bien definido y que solo el conoce. No se lo ha dicho a nadie, ni a su mujer, que su vida está gobernada por una visión que tuvo en su juventud y que le marcó para siempre. De pronto suena un acordeón. Poca gente vuelve la cabeza. La mayoría de los pasajeros hacen ver que no oyen nada, que no ven nada, como si el acordeonista fuese invisible. Están advertidos del constante desfile de pedigüeños y consideran que, si bien los músicos ejercen una forma de mendicidad más agradable, son tan fastidiosos como los rumanos, los vendedores de kleenex o los pobres que recitan sus salmodias estudiadamente conmovedoras. Tu luchas por disimular la curiosidad que te despiertan los músicos hasta que el cascabeleo del acordeón de te ensancha el corazón y te vence. Lo toca un chico de facciones gitanas, pelo negro, piel tostada y ojos hindúes de profunda mirada. Algunas notas suenan de forma enronquecida e incluso desafinada. Los fallos son debidos al instrumento. Es un acordeón negro, maltrecho, con las teclas amarillentas y algún desperfecto reparado de manera casera. Las heridas restan sonoridad pero dan un sello de heroísmo, como si el acordeón y el gitano hubiesen sobrevivido a una guerra. A su lado se apresta un músico de fisonomía andina que toca una guitarra. La fusión de los dos instrumentos es armoniosa, el acordeón canta la alegría de una fiesta popular francesa, lleva la iniciativa melódica con una autoridad indiscutible sobre el rasgueo que el ecuatoriano imprime a la guitarra con unos movimientos ágiles y vivos como el aleteo de un colibrí. Que pareja más curiosa: un gitano-gitano y un indio-indio. 101


¿De donde han salido? ¿Siempre actúan juntos? ¿Desde cuando? ¿Qué azar les ha unido? ¿Por qué tocan juntos? ¿Son amigos? El hombre de la ceja partida lleva un muerto en la conciencia desde la guerra civil, de una guerra que no hizo. Pertenecía a la quinta del biberón del 41, pero se escapó y se fue a la vecina Francia antes de ser reclutado. Estuvo en la masía de unos medios parientes en Elna. Pero en contra del parecer de todos decidió volver a Camellera antes de tiempo, cuando la guerra aun no se había acabado del todo. Su determinación era proporcional al desastre republicano: se sentía más seguro cuanto mas vencidos estaban los rojos, mas impaciente de volver cuanto mas desbordada cuanto mas desbordada la administración francesa por los miles de refugiados que atravesaban cada día la frontera. La impaciencia tenía una justificación: en las últimas semanas los rojos habían movilizado a los hombres mayores de cuarenta años y, aunque no sabía si se habían llevado a su padre, no podía dejar que la madre llevase sola el timón de la masia. Era hijo único y su deber era ayudar. Pasó la frontera el 7 de febrero del 39, cuando el irresistible avance de los nacionales ya pisaba el Ampurdán. Hizo un viaje en contra de todos, caminaba contra la multitud que había ido dejando sus pertenencias por el camino y que conservaba las mantas, enrolladas y colgadas en bandolera, como su única posesión. Era un río de mujeres, criaturas y viejos, familias enteras que no hacían otra cosa que andar. Algunas venían a pie desde Castilla, Valencia y Aragón. También había un montón de soldados que, sin mandos y con las unidades disgregadas, dudaban de exiliarse o entregarse a los nacionales. 102


Viéndole bien afeitado, bien calzado, bien vestido y que iba en dirección al interior, algunos soldados intuyeron que era un desertor y se le encararon. Aun hoy recuerda a un soldado rojo con barba de días, andrajoso y piojoso, que le increpó porque habían perdido la guerra por culpa de desertores como el. Se lamentó amargamente: Si me quedase una sola bala… Se apartó del camino para evitar más incidentes. Y porque volvían a bombardear Figueres. Subido en el monte de la Mala Vecina vio las columnas de humo. Sabía por los exiliados que en la última semana Figueres había sido bombardeada intensamente y que muchos fugitivos habían dejado la vida. Sentía muchas ganas de ir y de comprobar con sus ojos el alcance de los destrozos, como estaba la plaza del Grano y la estación, que eran los lugares que más conocía. Pero no quería tentar mas a la suerte. Los rojos habían perdido la guerra, pero aun fusilaban prisioneros, espías y desertores. Contempló desde lejos la destrucción de Figueres y vió como los aviones sembraban el Ampurdán de bombas para allanar el camino de los vencedores. Recordó que las crónicas de los periódicos franceses hablaban a menudo de la guerra diciendo que las tropas de un bando o del otro habían entrado en una población a sangre y fuego. Sabía que había entrado en el territorio de la muerte, pero no pensó en volverse atrás.

VERDAGUER

Ajenos al abrir y cerrar de las puertas, el acordeonista y el guitarrista no paran de tocar. Lo hacen en actitudes bien distintas. El indio de la guitarra se retuerce con su instrumento y baila con 103


todo el cuerpo. El gitano hincha el acordeón muy serio, con la espalda recta, echado hacia atrás, la cara en alto y la mirada perdida. Al dúo le falta una tercera persona que no toca instrumento alguno ni canta porque es sordomuda. Es la hermana del gitano, que se llama Dalia y está ingresada en el hospital del Valle de Hebrón. El gitano sabe tocar la guitarra, la trompeta, el acordeón y el teclado. Todo lo ha aprendido de oído y por tradición familiar. Su padre se ganaba la vida yendo de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad con una cabra amaestrada que se subía a una escalera de tijera mientras tocaba la trompeta y uno de los hijos tocaba un tambor. A medida que sus hijos se fueron haciendo mayores, aprendían a tocar algún instrumento y se incorporaban al espectáculo. Excepto la Dalia, que nació sorda y solo pasaba el platillo. El hecho de no oír y de no hablar no le representó ninguna mayor muestra de afecto ni ningún estatus especial. Tenía los mismos deberes y las mismas restricciones que las demás chicas gitanas y a la hora de trabajar era una mas. La única prerrogativa de la Dalia era que la compraban lápices de colores y blocs de dibujo. Se podía pasar días enteros dibujando y pintando sin cansarse. Cuando el gitano tuvo diecinueve años y su hermana doce, un incendio quemó las dos caravanas en las afueras de Zaragoza.. Pasó de noche, mientras todos dormían. El y su hermana se salvaron, pero no pudieron evitar la muerte de sus padres y de sus dos hermanos. El hermano superviviente, este que ahora toca el acordeón con una pose tan seria, rechazó la tutela que le ofrecía el patriarca de la familia. Dijo que no le hacía falta y juró que se haría cargo de su hermana. Lo sigue cumpliendo, vela por 104


ella con el celo sobre protector de una madre y la estricta vigilancia de un padre. Hace ya cinco años de ese accidente. Desde entonces han ido de aquí para allá tocando el los teclados y la trompeta por plazas y calles y ella recogiendo el dinero con una pandereta. Hasta que unos guardias municipales les confiscaron el carrito con los teclados, los altavoces y las baterías. Entonces el chico se compró este acordeón por cuatro duros y ambos se dedicaron a tocar en el metro. Les iba bastante bien hasta que un día en que la hermana perdió el sentido y el chico la llevó de urgencias al hospital del Valle de Hebrón. Le diagnosticaron un aneurisma y se quedaron con Dalia para hacerle exploraciones mas exhaustivas. El hermano se asustó y avisó a la familia, que acudió en masa, con la determinación de los jóvenes que se alistan para ir al frente cuando la Patria les reclama. Son parientes llegados expresamente desde lejos y que hacen turnos día y noche para velar a la enferma. Para no alejarse, viven al lado mismo del hospital. Empezaron descansando en los bancos de un pequeño parque contiguo, entre toboganes y columpios, y poco a poco se fueron instalando casi sin querer, solo porque había una fuente que les permitía lavar la ropa. Comen al aire libre, usan los lavabos del hospital y duermen al raso, en viejos colchones recogidos Dios sabe donde. El desparramamiento de basura, viejas butacas, mesas de camping, bolsas de plástico, cajas de cartón que hacen de despensa, ropa tendida y restos de hogueras han cambiado completamente la fisonomía del parque infantil y ha provocado las iras de los vecinos bloques.

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El hombre que se sabrá llamado para salvar el mundo arrastra como una cruz el episodio que le distinguirá para siempre del resto de la gente. Pasó cuando era joven, antes de hacer la mili. Vivía en Campdevanol y trabajaba en la fragua de Babié, en el turno e noche. Iba y venía del trabajo con un compañero de Campdevanol que tenía moto y le acompañaba cada día al salir de la fragua. Una noche de invierno, cuando regresaban a casa, al pasar por una curva cerrada vieron en el otro lado del río una claridad anaranjada que despuntaba por detrás del pico de Plana Farriola, como si el bosque se quemase convertido en una gran tea pero sin sombra de humo. El amigo detuvo la moto en medio de la curva y ambos se quedaron sin respirar y contemplaron en silencio como crecía el resplandor y el cielo se iluminaba con una especie de de arco iris de un color naranja brillante con irisaciones metálicas. Como si se tratase de una aurora extemporánea, se veían perfectamente las formas de las colinas, con sus repliegues, las peñas y las gargantas de los torrentes, todo ello teñido por una pálida fosforescencia de color calabaza. El río reflejaba el fenómeno con una claridad fantasmagórica, y se veía la vía del tren con tanta nitidez que se podían contar las traviesas. El arco de claridad llegaba hasta la sierra de Sopladores y por allá se puso por detrás de la Solana de la Villa, con un ocaso de hierro al rojo que se fue apagando hasta que quedaron de nuevo engullidos por la más absoluta negrura de la noche. Solo quedó el incierto cono luminoso del faro de la moto, débil como la llama de una vela. Los dos amigos continuaron hacia Campdevanol sin decir nada, tal vez para evitar la mala suerte de los hechos sobrenaturales. Les dominaba el desconcierto e incluso una sombra de vergüenza, como si aquello que habían visto fuese tan 106


alucinante que solo pudiese salir de la imaginación de un borracho o de un loco. La moto aceleró, se notaba que el amigo tenía ganas de llegar a casa de una vez, pero antes de entrar en Campdevanol un rayo cruzó el cielo con un ruido espantoso y una lanza de fuego se clavó en el motorista. La moto siguió sola sin sus dos ocupantes. Un camionero les encontró extendidos en el suelo, uno estaba muerto, electrocutado, y el otro había perdido el sentido. Cuando despertó notó que nadie hablaba de la extraordinaria claridad. Si que habían oído el rayo que mató al compañero, un relámpago único porque no hubo ninguno mas y no llovió una gota. El hombre que se sabía llamado a salvar al mundo no sabía si tenía que estar agradecido al destino por haber salvado la vida o le tenía que temer, tal vez el también acabaría pagando un altísimo precio por haber presenciado aquella fosforescencia mágica. Cogió miedo y juró que por nada del mundo diría ni media palabra a nadie de ninguno de los dos extraordinarios fenómenos que vio aquella noche. No ha explicado aquel hecho sobrenatural a nadie, ni a su mujer. Y nunca ha dudado que aquel resplandor se le metió muy dentro, como unos rayos X que atraviesan la ropa y la carne para pegarse en los huesos. Lo tiene asumido porque desde aquella noche no ha dejado de experimentar mortificaciones, como la predisposición permanente a pensar y a elucubrar. Pero la primera molestia de todas fue de origen físico. Se volvió friolero, muy friolero. El hombre de la ceja partida que lleva un muerto sobre la conciencia tardó dos días en llegar a Camallera. Era consciente de que estaba en un terreno ambiguo, indeciso, a punto de ser 107


conquistado o ya en poder de los nacionales. Avanzaba con pies de plomo, sin entrar en los pueblos y sin pisar las carreteras. Se cruzaba con fugitivos cada vez mas apresurados. Poco a poco desaparecían las personas y quedaba el rastro mudo del éxodo: animales abandonados a su suerte, maletas reventadas, hatillos, colchones, una silla, una lámpara de latón, una cazuela de barro, libros escolares, una escampada de papeles que parecían contabilidad comercial… En los bosques del palacio de Santa Eulalia se encontró un caballo solitario que pastaba entre los pinos. Lo recuerda, ceniciento, con manchas de carbón y con la crin amarillenta, como de mantequilla. El hombre de la ceja partida que lleva un muerto sobre la conciencia se quedó inmóvil, porque el caballo llevaba bridas y silla. El jinete no debía de estar muy lejos., quizá era un militar que se había parado a descansar un momento. ¿Rojo o nacional? El tiempo pasaba, el caballo se desplazaba con languidez sin rumbo y no llegaba nadie. De cuando en cuando se oía un tiro lejano y el retumbar de las bombas con las que los aviones castigaban la costa y el interior. Siguió al caballo durante mucho rato, se le acercó despacio y de cara hasta que el animal se dejó coger con la alegre docilidad con que los caballos cambian de amo. Era joven, estaba bien herrado y no parecía que surgiese del medio de una guerra. Por un extraño milagro, había sobrevivido a las balas, a las necesidades logísticas de los militares y al hambre de los civiles. Avanzaba con prudencia por senderos y por el bosque. De vez en cuando oía ruidos lejanos que tanto podían ser bombas lanzadas por los nacionales como los puentes que volaban los rojos. Los puentes eran pasos delicados, pero sabía como evitarlos. Cuando llegó al Fluviá, buscó un rincón sombrío, 108


descabalgó, hizo abrevar al caballo y atravesó el río a pié, con muchas precauciones. Después, una vez en la otra orilla, se sintió seguro: como aquel que dice ya estaba en casa. No contaba con que mientras cabalgaba por una hondonada, un coche se le echaría encima. Literalmente, por encima de su cabeza, como caído del cielo. El estrépito de la caída alertó al animal con el tiempo justo de esquivar la masa de hierros que rodaba por el terraplén. El caballo hizo caer al jinete y continuó solo, al galope, y relinchando. ¡Un caballo! Dijeron desde arriba. Descabalgado y aturdido, miró hacia arriba y vio unas miradas expectantes. Las criaturas de los alrededores se entretenían en tirar al barranco coches que habían quedado abandonados en plena huida de los republicanos. ¡Un caballo! Repitieron. El, por la hondonada, sorteando los montones de escombros, y la tropa infantil por la cuneta de la carretera, corrían en dirección al caballo, que se había parado bastante más lejos. Llegó el primero, salto a su grupa y gritó: ¡Corre! A la altura de San Morí sonaron ráfagas de ametralladora y tiros desperdigados. Se paró en seco. No sabía si era un tiroteo entre rivales, fusilamientos en represalia de los vencedores, un aviso para intimidar a los pueblerinos o una celebración de la victoria con vino y pólvora. Paró al caballo y se quedó quieto a una prudente distancia, parapetado tras unas zarzas desde donde veía un tramo de la carretera, la mola del castillo y la silueta del campanario, en el que ondeaba una bandera española. Ahora ya sabía seguro que estaba en zona nacional. Pero no estaba nada seguro. Estaba acojonado. Le podían tomar por un soldado rojo o, aun peor, por un desertor de los mismos nacionales. La radio francesa explicaba que las represalias franquistas eran terribles: fusilaban sin juicio previo, los penales 109


y los campos de concentración no daban abasto a meter prisioneros. Estaba muy cerca de casa, conocía cada palmo del terreno, pero no osaba dar un paso, y aun menos con un caballo que en el momento menos oportuno podía relinchar o hacer un movimiento brusco que le delatase. Se habría podido presentar a los vencedores sin miedo, con el expediente político y militar sin tacha porque no había hecho la guerra con los rojos, pero antes tenía el deber de ayudar a los de casa. Eso si sus padres no habían muerto durante los bombardeos. No se oyeron más tiros, pero toda la tarde hubo movimiento de tropas. Pasó un largo convoy que remolcaba piezas de artillería y que tal vez iba hacia Figueras o hacia la costa, y a media tarde llegó un camión lleno de soldados uniformados. Le pareció que se desplegaban hacia el río, hacia la central eléctrica. Desde su escondite oía los gritos de los mandos y las bromas que hacían los soldados. Al anochecer salieron de Sant Mori dos camiones mas, el de delante llevaba civiles en la caja y el de atrás, tropa. Pasó la noche a la intemperie, temiendo que le descubriesen los militares. Esta noche, cuando ha pasado frío en el aséptico cubículo de la Cruz Roja, en medio del rumoroso silencio de la noche en los hospitales y del olor a desinfectante, ha recordado el intenso frío de aquella noche de febrero. Se ha sentido solo, desvalido y cobarde como entonces, cuando estaba atrapado en una guerra que no hizo. Todos los de su edad, los que habían sobrevivido, estaban endurecidos por el cansancio y la metralla, estaban acostumbrados a pasar la noche al raso. Aun hoy el hombre de la ceja partida se imagina ocupando el lugar que le hubiese tocado sino hubiese huido a Francia y se ve a sí mismo en las trincheras, muerto de miedo, incapaz de cerrar los ojos. En aquella angustiosa noche de vela se preguntaba cuantos 110


emboscados estaban, como el, escrutando la noche con miedo a ser descubiertos. Se sentía perseguido por fugitivos del ejército rojo que le recriminaban su cobardía. De vez en cuando se estremecía por un ruido inopinado; el rumor vegetal del aire, el crujir de una rama, el fantasmagórico vuelo de un pájaro, el caballo que piafaba… Le parecía que docenas de ojos le acechaban desde las sombras y que, bajo la pálida claridad de la luna, brillarían de un momento a otro docenas de bayonetas que le buscarían el vientre. Mary-Mery ja tiene los regalos que llevará a su familia. Los hermanos, los chicos, que aun están en la edad de ser guerreros, le dibujaron la silueta de sus pies para que les comprase unas zapatillas Reebok, pero son demasiado caras y les ha comprado unas mas baratas. A su padre le regalará una piedra de afilar, a la madre un camisón con flores verdes y rojas y a las hermanas un neceser para cada una, con un espejito, que es lo que les hará mas gracia. Solo falta comprar el regalo del abuelo. Ya lo tiene decidido: una medalla de la Virgen de Montserrat con una cadena. Le dirá que es un amuleto para que le proteja de los males espíritus. Pero la intención es otra. En realidad espera que la Virgen vele por ella y neutralice cualquier maldición que pueda venir del abuelo. Por primera vez Mary-Mery ha pagado los regalos con sus ahorros. Está orgullosa. Y espera con ansiedad el momento de coger a su madre aparte y decirle: Me ha sobrado esto. Y le dará los doscientos cincuenta dólares que ha ahorrado. Su madre se mostrará agradecida y triste a un tiempo. Agradecida por el camisón estampado con flores, que nunca se llegará a poner, pero sobre todo por el dinero, con los que podrá saldar las deudas y comprar alimentos durante unos cuantos meses. Y estará triste 111


porque los dólares serán la confirmación que su hija tiene una vida propia lejos de los suyos con un oficio que nunca podrá ejercer en el poblado. La chica ha empezado a trabajar como aprendiz de bibliotecaria. El primer trabajo remunerado solo le ocupó unas cuantas tardes. Consistía en organizar la biblioteca y los archivos del Colegio Oficial de Ortodoncistas. Ahora trabaja por las tardes en la facultad de Matemáticas y Estadística de la politécnica. No es la biblioteca mas divertida del mundo, todos los libros son muy técnicos, y la mayoría de sus usuarios son chicos callados y serios, capaces de pasarse horas ante un ordenador sin levantarse ni para ir al lavabo. Gana poco, pero es su dinero, con el que poder comprarse ropa, salir con las amigas y llevar regalos a la familia sin tener que depender de la generosidad de sus protectores. Piensa excitada en su camino de vuelta a casa. De Barcelona a Nairobi y, desde la capital, la combinación mas rápida hacia Loiyangalani, que no bajará de dos días en un Land rover o en un camión de pasajeros. Cuando llegue al poblado, todos se alegrarán de verla y ella se quedará parada al ver como han crecido sus hermanas. Repartirá los regalos y estará pendiente del abuelo que, distante y huraño como siempre, se mantendrá al margen de todo. Cuando le de la medalla, el abuelo no la querrá. Dirá: No quiero eso, no lo quiero.

DIAGONAL

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El indio de la guitarra y el gitano del acordeón no paran de tocar. Da la sensación de que no se acuerdan de parar la música y pasar el platillo. El gitano tiene el pensamiento en otra parte. Mira a lo lejos y al aire, por encima de las cabezas de la gente. Que ojos, piensas, que mirada mas penetrante. Por la gravedad de su rostro no parece que esté tocando un festival de melodías populares – Hello Dolly, When the Saints, Strangers in the Night, Que viva España, Tea for Two… Piensa en la hermana ingresada, en los días que pasan sin que los médicos se atrevan a hacer un pronóstico tranquilizador. De momento están haciendo exploraciones, dicen que la chica tiene el corazón delicado, pero que probablemente podrá hacer una vida norma. Si se cuida, claro está. El gitano sufre. Quiere a su hermana con locura. Desde el día en que quedaron huérfanos vive solo por ella. Le compra lápices de colores y pinturas, se la lleva a las ferias porque a Dalia le encanta subir a las atracciones, le regala los vestidos que sabe que le gustan… Pero Dalia no es la misma de antes del incendio que mató a parte de su familia. Nunca ríe y nunca llora, tampoco se lamenta ni pide nada. El chico daría lo que fuese porque su hermana pudiese hablar y tuviese una conversación con el. Que dijese: Me pasa esto, y aquello y lo de más allá. Pero no. Dalia se encierra en sus pensamientos y solo pinta y dibuja. Sin parar. Casi siempre flores y motivos vegetales. Tal vez esta sea su manera de expulsar las penas, piensa el gitano. Tal vez haga como el, que a fuerza de convivir con una sordomuda, se ha habituado a callar y a desfogarse con la música. El gitano del acordeón y Dalia no han vuelto a dormir en una autocaravana. Solo de pensarlo reviven las horas de horror y de fuego y el olor que desprendían los cuerpos quemados de los 113


padres y hermanos. Prefieren acogerse al azar de los refugios ocasionales. Están acostumbrados a rodar y guarecerse en refugios rudimentarios. Ahora viven en el Buen Pastor, en una fábrica abandonada. Por las noches, después de cenar, la chica pinta con betún, que es su último descubrimiento, y el chico toca la guitarra, un instrumento demasiado delicado para pasearlo por el metro, demasiado íntimo. Toca y canta flamenco con un hilo de voz que no le acaba de salir, un quejío que se mete por dentro de la garganta y se enrosca en sus entrañas. A veces tiene la sensación de que no es el el que canta, sino que son las voces de los difuntos que viven dentro de el y que salen por las noches a lamentase de su desgracia. Antes de irse a dormir besan un recuerdo de sus padres, una pequeña herradura de plata que su padre siempre llevaba colgada al cuello y que ahora lo hace en el cuello del acordeonista. Duermen sobre un viejo colchón, los dos muy juntos, calentándose el uno al otro en las frías noches de invierno, como lo hacían siempre los hermanos, amontonados en las literas de las caravanas. Dormir juntos sirve también para que el gitano del acordeón ejerza una permanente vigilancia sobre la hermana. Dice que si alguien le pone la mano encima le matará. No sabe que el indio de la guitarra está profundamente enamorado de Dalia y que estudia el modo de eludir el sitio para estar los dos juntos un rato. El indio está convencido de que con una sola ocasión tendrá suficiente. Tiene indicios de que la chica le desea, y si hace falta y está dispuesta, huirán y empezarán una nueva vida lejos, muy lejos. Las estaciones pasan y no dejan de tocar. Ambos tienen el pensamiento fijado en Dalia, pero cada uno piensa a su manera.

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Al amanecer, tras una inacabable y tensa noche, el hombre de la ceja partida que tiene un muerto sobre su conciencia desata al caballo y llevándolo por la brida, se va poco a poco. Se daba a todos los diablos cada vez que pisaba hojarasca o que las pezuñas del caballo hacían rodar alguna piedra. En Saus aun vio, de lejos, una recua de mulos que transportaban material militar pesado. Temía que le confiscasen el caballo. Se lo quería regalar a su padre como lo que era: un tesoro. Probablemente en su casa se habían quedado sin macho y quien sabe si sin carro ni arreos. A pesar de su estampa gallarda, casi aristocrática, aquel animal serviría como simple animal de tiro, pero tendría una vida mas digna que la de aquellos mulos tratados a latigazos por soldados abyectos. Llegó a su casa a mediodía, cuando sonaba el recuperado toque del Ángelus. La madre se le echó al cuello y el padre tuvo un ataque de llanto que le salió del alma. No tenían muy buena cara: el padre parecía veinte años más viejo y la madre tenía el vientre hinchado. El había oído hablar de la hidropesía, pero la madre no tenía cara de enferma. Y no lo estaba, sino que lucía una preñez de 8 meses. De todas las novedades que se imaginaba encontrar al llegar a casa, la que menos se esperaba era la de dejar de ser hijo único a los diez y nueve años. Tal como había supuesto, les habían robado el macho. No sabían quien, un buen día se encontraron vacía la cuadra. Se llevaron una gran sorpresa cuando el chico les dijo: Tomad, un caballo. Cuando salió de la sorpresa el padre lo encerró en la cuadra para que no se lo confiscasen ni lo robasen las hambrientas bocas. La alegría de sus padres estaba teñida de preocupación: ¿Por qué no se había esperado a volver cuando la situación se 115


tranquilizase? Era momento de escarmientos y revanchas, se hablaba de fusilamientos en las tapias de los cementerios, de heridos que se desangraban sin auxilio, de fugitivos perdidos en tierra de nadie, de peligrosos desertores, de bandidos que aprovechaban el desgobierno para robar y matar… Los soldados rojos entraban en las masías y exigían comida con desesperación, había prisioneros que vagaban sin saber donde ir porque se habían quedado sin guardianes y en los bosques aun se encontraba gente Armanda que intentaban alcanzar la frontera. Pocos días antes habían tenido a un soldado durmiendo en la era a pleno sol. No saben como llegó ni si iba con mas gente. Solo recuerdan que durmió un día entero en el suelo sobre las losas. Le vieron estirado a primera hora de la mañana y, muertos de miedo, se encerraron en casa. Por la noche, el padre abrió la puerta con cuidado, dejó una manta, pan, tocino y un botijo lleno y corrió de nuevo a cerrar a cal y canto. A la mañana siguiente solo quedaba el botijo. El hombre de la ceja partida se puso a trabajar en seguida. Como le podían llamar a filas en cualquier momento, tenía prisa por dejar listo todo aquello que el padre no podría hacer cuando la madre pariese. Empezó por lo más urgente, reparar el techo. Sustituía las tejas rotas por otras viejas que guardaban desde tiempo inmemorial en un rincón del establo. En una de las idas y venidas, oyó que el perro ladraba en la puerta de la cuadra. Imaginó que el perro se las tenía con el caballo o que había visto una serpiente. Entró armado de una horca de hierro de cinco puntas. Pero no era una serpiente, era un chico con el pelo alborotado y la barba espesa, un soldado rojo que tenía el caballo cogido por la brida. Hubo brevísimo momento de desconcierto mutuo y de indecisión. Los ojos del soldado brillaron en la penumbra de la 116


cuadra. ¡Quieto! ¿Deja el caballo!, dijo mientras mantenía la horca en actitud defensiva. ¡Que dejes el caballo! El soldado lo hizo y entonces movió el cuerpo de un modo extraño, como si fuese a dar un paso adelante y al mismo tiempo quisiese esquivar un golpe. O como si intentase una maniobra de ataque. Tal vez llevaba un arma. Pero solo tuvo tiempo de decir: ¿Qué haces?, porque el hombre lleva este muerto sobre la conciencia. Lo ensartó contra la pared con tanta fuerza que notó crujir la barriga y como las púas desgarraban los tejidos blandos de las vísceras. Estuvieron unos segundo paralizados, el soldado con los ojos abiertos como quizás nunca los había puesto hasta entonces y el con lúcido horror de saber que aquello no tenía remedio. Retiró la hora de un golpe, el soldado se tapó el vientre con las manos, cayó de rodillas, y atravesándole con la mirada, gritó: ¡Pero que has hecho, hijo de puta, no iba armado! Lleno de pánico, tiró la horca y huyó corriendo. El soldado quedó extendido sobre el estiércol, y el perro se le acercó a lamerle la sangre que salía a chorros. Cuando Mary-Mery tenga las maletas a punto para volver a su casa, la vieja que hace ganchillo le dirá: Toma, llévate esto. Y le dará media docena de tapetes para su familia. La chica los cogerá por cortesía y no se puede imaginar el éxito que tendrán esos tapetes. El primero en enamorarse será el abuelo. No querrá la medalla de Montserrat que ella le había comprado expresamente, sino un tapete. No quiero esto, dirá, quiero aquello. Y desde aquel momento pondrá siempre aquel tapete sobre el escabel de madera donde recuesta la cabeza horas y horas mientras contempla el paisaje echado de cara al lago o de cara al Kulal. Después será un visitante del poblado, un estúpido turista que, 117


convencido que se trata de artesanía autóctona, se emperrará en comprar uno de los tapetes que verá en un maniata. Se lo venderán caro, y poco a poco los irán vendiendo todos. Excepto el del abuelo, que será intocable. El matrimonio mzungu que la protege le dará las cajas de labores que se amontonan sobre el armario de la abuela que hace ganchillo todo el día. Así, poco a poco, irán a parar a Loiyangalani docenas de tapetes, manteles, puntillas, jerseys y peucos que venderán a turistas incautos, imbéciles ricos que llegan en avioneta, pagan una fortuna por pasar un par de noches en la cabaña y regresan cargados de falsos souvenirs. La chica enseñará a hacer ganchillo a algunas mujeres del Loiyangalani que desarrollaran una variante propia, inventada por ellas. Harán puntillas intercalando bolitas de colores que usan para los collares. Esto provocará una agria discusión con las mujeres de la cooperativa. Se quejarán de que ellas se esfuerzan en ofrecer una visión natural y auténtica del poblado mientras que otras se están haciendo de oro con una artesanía falsa. Entonces saldrá todo a la luz: ¿no hacen los collares con bolas de cristal llegadas de Yugoslavia? ¿No han incorporado los botones de los trajes de los mzungus? ¿No añaden juegos de llaves, ellas que no han tenido nunca una puerta con cerradura? Cuando se plantaron los palos del teléfono, ¿no arrancaron los cables para hacer collares con los hilos de cobre? ¿Porque hacen ver que son una tribu primitiva cuando aprovechan todo lo que pueden de los mzungus y se mueren de ganas de tener todo lo que ellos tienen? Si aceptan todo eso, ¿porque no pueden hacer una mezcla de collar y de tapete que, por otra parte, se lo han inventado en Loiyangalani? El resultado será un comercio que llevará una relativa prosperidad a unas cuantas familias. 118


Mary-Mery pensará muchas veces en el inesperado giro que acabaron teniendo las palabras del abuelo: Sino nos has de traer nada bueno, más vale que no vuelvas. Se refería a los tapetes, claro. Con el tiempo las interpretó mas como una profecía que como una amenaza, como si el abuelo se hubiese servido de ella mediante un poder oculto para paliar la pobreza crónica de toda la comunidad. Como dice su madre, si no cae lluvia que lluevan chelines. Y era eso. Namishon-Japanis-María-Ausiliatrice-Siliatrís-Mary-Mery será feliz de haber aportado algo bueno a los suyos, pero se sentirá condenada a vivir en un permanente conflicto. Siempre añorará el poblado y siempre tendrá ganas de irse cuando esté. Y siempre, de retorno a Europa, tendrá un oscuro sentimiento de traición, como si renegase de sus orígenes. El año que viene, cuando acabe sus estudios de bibliotecoeconomía, retrasará el propósito de hacer la licenciatura en Documentación. Estrenará el título en la biblioteca de la Facultad de Geografía, pero cada vez se sentirá mas atraída por otras cosas que no sean aprender o estudiar. Saldrá mas con las amigas, se divertirá bailando en las discotecas y los fines de semana trabajará en un bar de copas. Conocerá a un chico holandés y se irá a vivir con el a Maastricht. Para la familia que la ha protegido será una sorpresa y la primera reacción será de celos. Les costará entender que la chica ha cerrado un ciclo en Barcelona, que ha estudiado biblioteconomía como podía haber hecho cualquier otra carrera, solo porque necesitaba saciar su sed de saber. Finalmente se percatarán que la pequeña Japanis es ya una persona adulta y madura, libre y autónoma. La chica les agradecerá una y mil veces todo lo que han hecho por ella, y ellos se mostrarán obsequiosos con el holandés y harán ver que están muy 119


contentos, pero en el aeropuerto, cuando la pareja desaparezca por las escaleras mecánicas, se harán un hartón de llorar. En casa, todos los objetos que han ido acumulando de Loiyangalani adquirirán un aire pretérito, de museo. A veces destaparán uno de los frascos de madera y cuero que la chica les trajo del poblado y aspirarán el olor de humo y de leche agria con el que están impregnados. El olor de Loiyangalani, dirán. De vez en cuando, la chica les irá a ver pero ya no se llamará Mary ni Mery, sino Namishon. Volver a su primer nombre la ayudará a mitigar la lucha interior entre el allá y el aquí, el pasado y el presente, las raíces y la perdida de las raíces. Su chico la llamará Nami y entre los dos abrirán una empresa especializada en diseño de webs que se llamará Martijn & Nami productions. Compartirán un despacho en una céntrica calle y ella combatirá la pesadez de los largos, fríos y lluviosos días con un póster del lago Turkana que tendrá siempre a la vista. Se prepara para bajar. Guarda el libro, el lápiz y la regla. Cuando desaparece, piensas en su futuro y te sientes como un lanzador de sandalias. Cruce de líneas. Movimiento de personas que van hacia la línea verde y las que van hacia los Ferrocarriles de la Generalitat. Sino fuese porque la distancia es excesiva, dirías que hasta aquí te llega el olor de la estación de Provenza. No lo piensas por las mujeres de la limpieza que regresan de los despachos y de las casas de la Vía Augusta dejando el aire impregnado a lejía. No, aquello es circunstancial. Tampoco te refieres al olor genérico del Metro, sino a los matices que son el sello distintivo de algunas líneas. La de Sarriá tiene un olor propio y, por más que modernicen los convoys y reformen las estaciones, el olor siempre tiene trazos de humedad caliente. 120


También la línea roja tiene un olor característico, distinto, más ácido. Y aun mas las estaciones de la RENFE, con las traviesas tratadas con tanta creosota que a veces hasta pican los ojos. Piensas en el Metro como en un paisaje de olores, incluidos los corporales, cuando un hombre que acaba de entrar interrumpe tus cavilaciones. Va directamente al guitarrista y al ecuatoriano y les ordena callar con un imperativo gesto. Paralizados por la sorpresa los músicos le obedecen. La música se interrumpe en la mitad y el vagón queda en silencio. -Señoras y señores. Me permito llamar su atención un momento. Va vestido de un modo inusual para una persona de su edad. Lleva unos pantalones rojos y una camiseta negra muy ajustada. Es ancho de hombros y de complexión robusta. La camiseta le marca los pectorales y una barriga dura. Tiene el cuello grueso como la raíz de un árbol. -No pido nada para mí que, gracias a Dios, no necesito la ayuda de nadie. Tengo salud y voy tirando con una pensión que es una mierda. Parece uno de esos jubilados que hacen ejercicio cada día, un poco de gimnasia, algo de piscina, algo de tenis y largas caminatas. La piel morena, tostada, le proporciona un aire saludable como el de los nadadores vitalicios que se bañan todo el año en el mar, tanto si hace sol como si nieva. -No, yo no pido nada para mí, sino para mi amigo que, como pueden ver, tuvo la desgracia de perder las cuerdas vocales. Se refiere a un hombre delgado que va con el y que tiene la base del cuello hundida por una laringotomía. Un medallón le tapa estratégicamente el agujero por donde respira. Se mantiene en un discreto segundo plano mientras su velador despliega el 121


viejo recurso retórico de la captación benevolente con algunos ornamentos de cosecha propia. -Esta no es la mayor desgracia. Si mi amigo se ve hoy en la mas absoluta miseria es por culpa de una mujer, una mala puta, con perdón de las señoras aquí presentes que, después de chuparle el dinero y la salud, le echó a la calle como un perro. Yo le ayudo en lo que puedo y pido que ustedes hagan lo propio. Necesita algo de dinero para empezar una nueva vida, pero si piensan que mi amigo se lo gastará en vino y mujeres, se equivocan. Mi amigo no nota ni los olores ni el gusto de la comida. Le da lo mismo beber whisky que agua del gripo. Y de mujeres…No, mi amigo ha quedado escarmentado para siempre. Molesto por la interrupción, el gitano retoma en solitario la melodía que había dejado colgada. El intruso que no tolera interferencias, le increpa: -Tú calla. Lo dice de una manera imperativa y el ecuatoriano le hace un gesto a su compañero: Déjalo estar. Aprovechas la pauta táctica para examinarlo. Supones que con la estrafalaria combinación de camiseta negra y pantalones rojos quiere emular la audacia de la juventud. Inútilmente, porque el negro pelo que le quiere disimular la calva es falsísimo, de un tinte que, en lugar de quitarle años se los añade. Toda su perdona revela un afán por maquillar la edad. La musculatura del torso y el bronceado de la piel son impostados. Te llama la atención de una cadena plateada que lleva en la muñeca derecha. -Si no es para vino ni para mujeres, ¿para que quiere el dinero? Pues para jugar a la lotería. Si lo piensan bien, es el modo más fácil y rápido de dejar de ser pobre. Ustedes hacen una pequeña ayuda económica y la lotería se encargará de multiplicarla por mil. Ey, hablo de la lotería del estado, la de los décimos, los 122


reintegros y toda la pesca. Nada de jugar al póker ni dejarse el dinero en la ruleta de un casino. No, todo legal y transparente. Para que ustedes tengan la seguridad que sus donativos van a parar a las arcas públicas y sirven para hacer carreteras, escuelas y hospitales. Y si a mi amigo le toca el gordo, tendrán la tranquilidad de conciencia de haber salvado a un hombre que no merece vivir como vive. Otra estratégica pausa. Se nota que se lo pasa bien sermoneando: la afectada entonación, la complacencia en escucharse a si mismo, los gestos de fanfarrón… Parece que de un momento a otro hinchará los bíceps y desafiará a alguien. De momento lo hace con la mirada. Se te acerca porque debes de ser la única persona que le escucha. Os miráis de hito en hito y te das cuenta de que además de llevar el pelo teñido de negro, lleva las cejas renegridas y un refuerzo de rimel en los ojos. -Ya ven como se puede caer desde arriba de todo hasta el fondo por culpa de una mujer ingrata. Pero con la ayuda de todos ustedes, las cosas se arreglarán. En nombre de mi amigo, gracias por su ayuda. Ah, no se aceptan donativos de céntimos de euro. El hombre calla y se aparta. Ahora le toca el turno al laringectomizado, que inicia la captación con una caja de cartón en la que se ve pintado un letrero que dice PROLOTERIA. Después de la enigmática visión nocturna y de la muerte por un rayo del compañero, el hombre que se sabrá llamado a salvar al mundo hizo el servicio militar.. Le destinaron a la ciudad de Jaca, donde pasó un frío salvaje. El no temía a la nieve, estaba avezado a los inviernos pirenaicos de Campdevánol. A las noches de hielo y a las albas cortantes, no obstante, el frío se lo comía vivo. Fue entonces cuando pensó si aquella visión nocturna no le había cambiado la temperatura de su cuerpo. 123


Concluyó que si, porque desde entonces se volvió friolero sin remedio. Fíjate cuantas capas de ropa lleva. Ahora que le tienes delante, sentado en el asiento que ocupaba la vieja del ganchillo, cuentas, una, dos, tres jerseys. Debe de ser una de aquellas personas que no van nunca en manga corta, ni en verano. Si ahora va así, imagínate como debe de ir en pleno invierno, debe parecer un esquimal. Vive pendiente de la temperatura. Teme al frío como otros temen a los rayos o al pedrisco. Antes de salir de casa, cada ,día verifica si va bien equipado y si, cuando ya está en la calle, cree que ha cometido un error por exceso o por defecto, retrocede y estudia nuevas alternativas de gruesos y regruesos, siempre con algo de ropa mas de la necesaria, porque prefiere mas pasar calor que frío. Pero cuidado, porque el calor excesivo le expone a sudar y a resfriarse. Elegir la ropa adecuada a cada circunstancia es una operación compleja y delicada. Es toda una ciencia. No se fía de las predicciones meteorológicas. Tiene pánico a los cambios de estación, los tiempos engañosos que inducen a confiarse, a dar por bueno un sol que parece de verano pero que esconde arañazos polares. Incluso sigue alerta los meses de Julio y Agosto, porque la canícula tiene malas bromas, con episodios traidores que cogen desprevenida a la gente, sin un mal jersey a mano. Odia el viento. Es su gran adversario, el enemigo declarado contra el que mantiene una guerra personal como si se tratase de un asunto de honor. El frío es relativamente previsible y se puede combatir con capas de ropa, pero el viento es innoble, se manifiesta de improviso, con voluntad de hacer daño. Desde casa, parapetado tras las ventanas dobles que ajustan herméticamente, el hombre observa todos los indicios del viento 124


para ponerse en guardia. Desconfía del azul intenso del cielo porque es el viento que le hace brillar a latigazos. Escruta el movimiento de las hojas de los plátanos, estudia el ondular de las banderolas publicitarias que a veces están colgadas de los faroles, busca sábanas tendidas para ver si se mueven, mira si el viento hincha las cortinas de las casas que tienen los balcones abiertos…Pero a veces, en invierno, cuando los plátanos están pelados del todo, hay día en que no se ve ropa tendida por ninguna parte ni banderolas en los faroles. Entonces se desespera buscando evidencias y, como no ve ninguna, ha de salir al balcón y experimentar por si mismo, como un conejillo de Indias de laboratorio que se somete resignadamente al sacrificio. Ahora que está jubilado sufre aun más que cuando trabajaba e iba al trabajo sin tantos temores. Los túneles del metro le ofrecen una sensación confortable porque allí abajo no llega el viento, como mucho los remolinos y corrientes de aire que siempre se producen en los mismos lugares a causa de le los respiraderos y de las turbulencias fijas, bien definidas. Cuando caminaba por las vías se sentía seguro y protegido. No le importaba estar solo. Así tenía mas tiempo para pensar y buscar soluciones a problemas que el mundo no sabía resolver, incluso problemas que ni la gente se plantea. Desde el día en que vio aquella mágica luz no ha dejado de pensar. ¡Alarma! ¿Se ha resfriado? ¿Le ha sorprendido una traidora ráfaga de viento? ¿Cómo es que se ha resfriado si toma todas las precauciones el mundo? Con un enorme pañuelo seca un hilo de acuosos mocos y con el mismo pañuelo, bastante viejo y arrugado, se seca los ojos. ¿Es que llora? Si. Está afectado por la muerte de la mujer. De tanto en cuando le asaltan unos ataques de tristeza que le llenan de lágrimas los ojos. Así, de repente, como ahora. La encuentra a 125


faltar. También encuentra a faltar el descanso y la tranquilidad que había antes en su casa. El dolor y el sueño son dos cosas distintas, pero cree que si pudiese dormir recuperaría algo la paz perdida. Por eso se ha visto obligado a ir a Fincas Miñambres y decir claramente que quiere dormir, que lo necesita. Les ha hecho saber que así no se puede vivir.

HOSPITAL CLINICO

El hombre de la ceja partida que lleva la muerte de un soldado sobre su conciencia no les explicó a sus padres lo que acababa de hacer. Comió en silencio, aguijoneado por la acusación de aquel grito: ¡Que haces hijo de puta! Después, como el era el que se ocupaba del caballo, pretextando una excusa se fue a la cuadra y tapó al muerto con paja. No sabía que hacer. Por la noche cargó al soldado en un carretón y se lo llevó al medio del campo. Soplaba un viento fino, helado, de pleno invierno. Cavó en silencio y cuando le pareció que había llegado a una profundidad suficiente examinó al soldado muerto. El azul de la luna le hacía ver aun más muerto y remarcaba que tenía los ojos abiertos, de par en par, atónitos, que continuaban gritando. ¡Que haces, hijo de puta! Iba sucio, sin afeitar, mal vestido y calzado con una alpargata. No tenía armas. Debía haber perdido la otra alpargata y al vez por eso se quedo rezagado de sus compañeros. Cuando echó el cuerpo en el agujero se dio cuenta de que no iba descalzo, sino que le faltaba un pie, ya que el muñón estaba perfectamente cicatrizado. Ahora entendía el movimiento extraño que hizo el soldado cuando le sorprendió y le amenazó 126


con la horca. Al dejar suelto al caballo necesitaba reequilibrarse, debió buscar un punto de apoyo en la pared o un bastón para apoyarse, pero el lo interpretó como un gesto de ataque y le clavo la horca bien dentro. El otro solo tuvo tiempo de gritar: ¡Que haces hijo de puta! Se desesperó: había matado a un chico que no llevaba armas y que andaba cojo. Había acabado con la vida de un indefenso tullido solo porque le robaba un caballo que no era de nadie. El se lo había encontrado en mitad del bosque con la misma sorpresa con la que el fugitivo debía haber descubierto el medio de locomoción que le permitiría sustituir el pie amputado. El soldado necesitaba de verdad el caballo, el no. El hombre de la ceja partida recordó el llanto convulso que le sacudió y las lágrimas que le mancharon la ropa como las manchas de sangre que ahora intenta disimular. El cadáver fue enterrado con los ojos abierto y el regresó a la masía con aquella mirada clavada en su cerebro:¿Qué haces, hijo de puta! Este grito resonará en su cabeza hasta el día de su muerte. Explicó a los padres que había encontrado bombas en medio del campo y les dijo que las había enterrado. A los padres les pareció que había obrado con sentido común, les podían acusar de ocultar un arsenal rojo o bien les podían marear con preguntas y llevarse al chico a hacer el servicio militar que tenía pendiente. Al cabo de los años, el hombre de la ceja partida por un teléfono y que lleva un muerto sobre su conciencia pensó que sus padres estaban mas asustados que el, porque nunca le preguntaron que clase de bombas había visto, como habían llegado allí, si se trataba de granadas o de proyectiles de gran calibre como los que había usado la aviación para interceptar las columnas de refugiados que corrían hacia la frontera. No, Nunca 127


más se habló de las bombas. El padre aró siempre aquel campo con temor, dejó una superficie redonda sin más explicación y que los descendientes lo mantuviesen intacta durante decenios, siempre rodeando la zona prohibida. Si uno e los chicos de las nuevas generaciones pregunta porque el tractor no entra nunca en aquella zona, le contestan: Hay bombas de la guerra. Incluso el mismo se lo ha llegado a creer en algún momento, pero es un instante fugaz, siempre vuelve la imagen de un cadáver enterrado con los ojos abiertos y que le acusa: ¡Qué haces, hijo de puta! Observas al indio de la guitarra. El y el gitano esperan que se vayan los intrusos que piden para comprar lotería. Le observas atentamente y tardas un rato en hacer un retrato. Es ecuatoriano. Parece indio por las facciones y por los ojos almendrados, pero la apariencia engaña. No viene del altiplano ni de una aldea payesa, sino de la costa, de una familia de clase media de Guayaquil que le pudo dar estudios musicales. Sus padres eran – lo son aun – de votos de Julio Jaramillo. Le conocieron en el cine Central, una noche que Jaramillo cantaba para entretener al público entre película y película Desde entones le idolatraron, le seguían por la radio y le fueron a recibir al aeropuerto el día en que volvió a Ecuador para morir. Fue un estadillo de entusiasmo, una locura colectiva. Julio Jaramillo se murió el mismo día en que este músico que toca en el metro cumplió ocho años. Toda la vida recordará la convulsión popular, la larguísima cola para ir a ver el cadáver expuesto en el palacio de los deportes, con gente que lloraba y se desmayaba. Al llegar en presencia del difunto, sus padres se arrodillaron y juraron en voz alta que consagrarían a su hijo a la música para que el legado de Jaramillo se mantuviese vivo de generación en generación. 128


Le inscribieron en el conservatorio y le compraron un requinto para que emulase al ídolo de su país. Por lo tanto no es una guitarra, es un requinto ecuatoriano. El niño tocó en seguida pasillos, valses y aires típicos que emocionaban a sus padres y les hacia llorar cuando interpretaba Guayaquil de mis amores. Pero pronto se decantó por la música clásica. Hizo seis cursos de piano y, como se caso muy joven y en seguida tuvo dos hijos, colgó los estudios para ganarse la vida haciendo de profesor de música en colegios y academias del barrio. El ecuatoriano se considera un artista modesto, pero un artista. Su mujer nunca lo ha entendido. Considera que la música es un entretenimiento, no un trabajo serio que sirva para mantener a una familia. Ella tiene otros valores. Se emperró en llevar a sus hijos, dos chicos, a la academia militar desde el parvulario, pero no consiguió influencias suficientemente poderosas y les tuvo que matricular en el liceo naval, que es privado y cobra unas mensualidades muy elevadas. Dice que Guayaquil es una ciudad llena de delincuentes y que el único modo de evitar que sus hijos caigan en la mala vida es inculcarles desde un buen principio la integridad moral y el hábito por la disciplina más rigurosa. La mujer siempre lleva encima una foto de los hijos vestidos con el uniforme de cadete que le sirve para tirar adelante en los momentos difíciles. Todo lo hace por ellos. El liceo naval es carísimo, fuera del alcance de un músico de trabajo irregular y mal pagado. Se hacían cargo los padres de ella que la daban total soporte a la teoría de la disciplina y de la rigidez moral. Hasta que la crisis económica puso en peligro las matrículas, y la mujer del músico vino a Barcelona para ganarse la vida cuidando a a ancianos. Al cabo de un tiempo, llamó a su marido porque el dinero que se ganaba en Europa, enviados a Ecuador, valían cuatro o cinco e incluso diez veces más. Hazlo 129


por tus hijos, sacrifícate por ellos, como lo hago yo, ven, le dijo la mujer. Una vez aquí, la decepción del músico fue grande. Vivía en un piso pequeño donde se apiñaban trece personas, todas ecuatorianas, que pagaban un alquiler abusivo para no tener ni espacio ni intimidad. Después de el, cuando parecía que ya no cabía nadie mas, aun llego un compatriota que pagaba un alquiler mensual de doscientos euros por dormir en el balcón. No encontraba trabajo como profesor de música. Ni tan solo le salían clases particulares. Por eso pidió un requinto a un compañero de piso y se fue a tocar al metro como hacían otros ecuatorianos en su situación. Los inicios fueron duros, el estrépito del metro le ahogaba la voz y no se la oía ni el mismo. Lo peor era a la hora de cobrar. Alargar la manos era una humillación, el se consideraba un artista que cobraba por hacer un trabajo, no un pedigüeño, Y para que quedase bien claro que no pedía limosna, daba siempre las gracias a la gente por su colaboración. Recuperó el repertorio que les gustaba a sus padres, pasillos, valses, pasacalles, boleros, canciones de Carlos Rubira, de Alberto Guillen, del Dúo Ecuador… Ha descubierto que tiene el don de adivinar que canción gustará a la gente que se acerca. A las personas mayores les canta tangos, a las parejas de mediana edad, boleros románticos y para a juventud canta salsa. De tanto en tanto la intuición le hace ganar buenas propinas, como el hombre que le pagó diez euros porque se emocionó al oír Adiós muchachos o la mujer que le pidió que subiese a su casa y le interpretase para ella sola Amor secreto, a modo de homenaje póstumo a su amante, un hombre casado que se había muerto hace poco. Aquella desconocida se emperró en pagarle cincuenta euros tanto si quería como si no. Cuando le dio los billetes a su 130


mujer, ella solo vio el valor del dinero. En cambio, a el, le conmovió la autenticidad de un amor tan secreto y tan indestructible. Como el suyo. El hombre que se sabrá llamado a salvar al mundo enviudó hace tres meses. Cuando acabó el servicio vino a Barcelona y al cabo de poco se volvió a casar. Intentaba ir a Campdevánol lo mínimo, la curva donde presenció la luz misteriosa le producía espanto y se sentía dominado por un terror invencible cada vez que pasaba por el lugar donde un rayo mató a su amigo de la moto. Aun hoy no le hace ninguna gracia regresar al pueblo. En Barcelona hizo de albañil, pintó paredes, repartió hielo, limpió chimeneas, tiñó ropa de luto, hizo de recadero… Compaginaba algunos de esos trabajos, incluso después de entrar de plantilla de trabajador en el metro en 1971. Desde entonces calcula que ha hecho 32.518 kilómetros en solitario por los túneles. Ha tenido tiempo de pensar en grandes avances, como las normas de utilización de los números en mayúscula y en minúscula, el banco de leche materna basado en una red de recogida a domicilio, un proyecto de ley que prohibía estornudar en público, un calendario sin semanas ni meses, un sistema infalible para no perder los paraguas, un código de señales para comunicarse con personas de cualquier lugar del mundo, un proyecto para reducir todos los nombres y apellidos a una lista limitada… Pero a su mujer le importaban un rábano sus inventos, por mas filantrópicos que fuesen. Estás cargado de manías, le decía. Le dolía, se sentía incomprendido. Por eso se acostumbró a no decir nada de sus descubrimientos. Pero ahora que no tiene mujer la encuentra a faltar y la llora. Daría un brazo porque le dijeses: 131


Estás cargado de manías. Lo debe de pensar ahora mismo cuando arruga bien arrugado el inmenso pañuelo y se lo lleva indistintamente a los ojos y a la nariz. La primera decisión que tomó el hombre friolero cuando murió su mujer de un infarto de miocardio fue la de contratar a un dibujante para que le hiciese un retrato mortuorio. Quería perpetuar la expresión de paz que le quedó en el rostro como una despedida feliz, serena. Tiene el retrato en el comedor, en el lugar donde había estado una santa Cena de yeso que se rompió hace años y le hace compañía en el inmenso vacío de la soledad. El dia del entierro fue perseguido por su enemigo: un gélido viento que se paseaba por el cementerio de Collserola que se encarnizó con la pequeña comitiva fúnebre. El hombre descubrió con espanto que no iba suficientemente abrigado, que con el jaleo del entierro había desatendido el minucioso rito de la elección de su indumentaria y se sintió injuriado una vez más por el destino. Llegó a casa y lloró ante el dibujo hecho un día antes. Tendré que aprender a vivir sin ti, le dijo al retrato. Encontraré la casa fría, helada, en viento del cementerio me perseguirá siempre. En efecto, a cualquier hora le parece oír el silbido del enemigo filtrándose por los resquicios. Comprueba a menudo si las ventanas están bien ajustadas, pone periódicos bajo las puertas, repasa las bisagras, sella las junturas con silicona, ha hecho cambiar algún cristal, y aun así, nota la amenaza del viento por doquier. Estas precauciones defensivas tienen un doble propósito: frenar el viento y, de paso, minimizar la gran algarabía que no le deja vivir desde hace unas semanas. Parece que todo se haya confabulado en su contra. Ahora mismo viene de Fincas Miñambres, de rogarle al administrador que haga algo con los 132


vecinos de abajo. Son veinte o treinta inmigrantes que gritan y hacen jaleo todo el día. Y por las noches, hacen fiestas, tocan la trompeta, cantan y ríen sin parar. No se puede vivir, créame. Siempre están de juerga y además ponen la televisión a todo volumen. ¿Usted sabe lo que es que te toquen la trompeta toda la noche? Hace cuatro días que enterré a mi mujer, que en paz descanse, y no respetan el luto ni a la gente enferma, como la señora del segundo segunda, que está impedida. Los demás vecinos también se quejan, han hecho venir a la guardia urbana no se cuantas veces, pero nada, al cabo de un rato vuelven a lo suyo. El hijo Miñambres le ha dicho que no se preocupe, que intervendrá personalmente, y ha aprovechado la ocasión para acompañarle en el sentimiento. Señoras y señores, muchas gracias por su solidaridad. Como mi amigo les está agradecido y se siente en deuda con ustedes, me pide que les diga una cosa: que, según sus cálculos, el gordo del sorteo de mañana acabará en 31 o en 87, y en la del sábado en 29 o en 44. Lo digo porque el no es egoísta. Solo pide una cosa: si algún día se hacen ricos y quieren hacerse el mierda comprándose un Ferrari, que sea rojo, como deben de ser los Ferrari, y no esas mariconadas amarillas y azules que se compran los imbéciles que no saben que hacer con el dinero. Un Ferrari es rojo o no es un Ferrari. ¿O no? Su amigo asiente con la cabeza. -Este dinero- el amigo agita la caja Pro lotería- irán a parar íntegramente a comprar lotería. Nosotros no somos como los enredones de pacotilla que van por el metro diciendo que se han quedado sin trabajo, que tienen a la mujer ingresada en el hospital o un hijo con leucemia. ¡Narices! No, mi amigo solo 133


pasa un mal momento y basta. Sepan que es alguien importante y que habla cuatro idiomas. Bueno, eso era antes, cuando podía hablar. El laringectomizado se toca el traqueostoma y pone cara de resignación; que le vamos a hacer. Si no hubiese sido por la mala puta que le arruinó…Hey, que no lo digo por que si. Mi amigo ha viajado por los cinco continentes y ha actuado en los mejores locales del mundo. ¿Alguno de ustedes ha estado en Nueva York? ¿Conocen el Madison Square Garden? ¿Y el Royal Albert Hall de Londres? Silencio, miradas evasivas. También la tuya, ocupada en leer el nombre que hay gravado en la cadena que se mueve en la muñeca del que habla. Pone “Johnny Bomba”. Si no hubiese sido por culpa de aquella mala mujer que le perdió… Deja la frase en suspenso. -En fin, señores, gracias por todo. Si quieren continuar ayudando a mi amigo, mañana nos encontrarán en la línea roja. Se abren las puertas y ambos bajan corriendo para cambiar de vagón. Jhonny Bomba. Te preguntas de donde viene ese nombre. Y porque demonios atribuye la desgracia de su amigo a una mujer sin entrañas. Este hombre debe de tener mucha imaginación. A nadie se le ocurre pedir dinero y al mismo tiempo hablar de loterías, de Ferraris y de actuaciones en el Madison Square Garden y en el Royal Albert Hall. No te crees ni media palabra. Un matrimonio de jubilados se sienta en silencio, con una rutina mecánica. El hombre tiene una mano quemada, la piel del dorso parece mantequilla untada de cualquier manera, con irregularidades y manchas de tonos rosáceos, sin pelos. La mujer 134


lleva ambas piernas completamente vendadas. Piernas de momia, las llama ella. Viene del consultorio de cirugía vascular del Hospital Clínico, donde acude con regularidad y donde, de vez en cuando, le hacen pequeñas intervenciones. Si hora se desenvolviese las vendas, se verían las dos piernas hinchadas como un bocoy y abultadas como un mapa en relieve lleno de ríos violáceos inverosímiles que se cruzan, suben y bajan. El matrimonio de jubilados regresa a su casa, en el barrio de Can Serra, en Hospitalet. Van y vienen por rutina. Ela vuelve siempre muy mejorada. Al ir se apodera de ella una imagen que tiene grabada: sobre una mesa de un quirófano, con las venas y las arterias de las piernas reventadas. Se imagina las piernas. Se imagina las piernas convertidas en botijos de mil agujeros que no paran de sangrar hasta que se desangra del todo. Entonces piensa: Quien sabe si un día no volveré viva. Por eso tiene la manía de, el día antes de cada visita, deja la casa como una patena, con toda la ropa limpia, planchada y colocada y la nevera bien provista. Cada vez que salen de casa para ir al Clínico, el piso que limpio y pulido, como si tuviesen que ir a vivir los reyes de España, dice con orgullo. Quiere facilitar la vida de su marido si, por un azar, a ella le pasase alguna desgracia. Y se imagina al marido regresando en el metro, solo porque ella se ha quedado en el depósito de cadáveres. No sabe que esto no pasará nunca, que no será ella sino su marido que muy pronto le llevarán al hospital para que le hagan la autopsia. Ahora, de vuelta a casa, la mujer ha sustituido los presentimientos mortuorios por una euforia vitalista y ya piensa en la comida: hoy, bacalao con xanfaina.

ENTENZA 135


El hombre de la ceja partida que lleva sobre su conciencia la muerte gratuita de un soldado no tuvo valor para matar al caballo. Se lo propuso muchas veces, pero le vencía el horror. Se torturaba pensando en la concatenación de acontecimientos que concurrieron en aquel instante: si el chico hubiese tomado otra dirección y no hubiese entrado en la masía, si el no hubiese reparado el tejado, si el perro no hubiese ladrado, si el no hubiese tenido a mano la horca, si el chico le hubiese amenazado con un arma… Porqué, ¿entre las infinitas variables posibles, se fraguó la mas trágica? Además de esto, otra coincidencia más trágica, la de un teléfono y su ceja, es un sainete que se ha saldado con cuatro puntos de sutura. No sirve como pago de la antigua deuda. Se acostumbró a convivir con el fantasma sin pié y ojos desorbitados. Se torturaba pensando que para ir desde la frontera a su casa había vivido dos días llenos de peligro en los que se jugó la vida por amor a sus padres. El soldado muerto en cambio, llevaba cientos de días de guerra sobre sus costillas, probablemente había sobrevivido al frente, quien sabe si había sufrido las batallas mas crueles en tierras aragonesas, quien sabe si había visto caer montones de compañeros a su alrededor, talvez le habían hecho prisionero en el Ebro y, habiendo escapado heroicamente, se retiraba solo y a destiempo con la esperanza de llegar a Francia. Si fuese así, le había faltado bien poco. Tuvo la mala suerte de topar con un cobarde que mientras los de su edad se hacían hombres en veinticuatro horas, el había tenido una vida regalada en el Rosellón. Le mató estúpidamente por no haber sabido administrar su miedo. Quizá el soldado rojo habría salvado la vida si lo hubiesen capturado los nacionales. 136


Cualquier persona, civil o militar, habría actuado con mas piedad que el. A fuerza de vivir en sus pensamientos, el soldado muerto adquirió una fisonomía estable, incluso tuvo un nombre, el mismo con el que bautizaron a su hermanito: Antón. Había una profunda relación de causa-efecto, como si la muerte de uno reviviese al otro, como si para nacer, el Tonet necesitase arrebatarle la vida a alguien, aunque fuese la de cualquiera que pasase por allí. El carácter y la biografía del soldado Antón eran sincréticos, personificaban cualquier hecho que se explicase de la guerra. Antón era el soldado que había dormido todo un día en la era de la masía; Antón había perdido el pié por un golpe de suerte, porque le habían fusilado mal; Antón era un soldado cojo que andaba por las masías buscando un caballo que le permitiese llegar a la frontera…siempre Antón. Cuando en el café, en el mercado o en la Lonja alguien explicaba episodios de la guerra, Antón era siempre el protagonista y siempre remiraba con los ojos muy abiertos, desencajados y le preguntaba con estupor porque le mataba: ¡Que haces, hijo de puta! El hombre de la ceja partida no ha hablado nunca con nadie de Antón. Es un secreto que se llevará a la tumba. Pero el secreto se ha suavizado con los años, y ahora, Antón es un amigo fiel, un interlocutor íntimo, una voz de la conciencia con quien tener largos diálogos interiores, a quien consulta las dudas comerciales y con quien comparte las mujeres que alquila en los prostíbulos. En el fondo tiene la esperanza que, exultante de placer, un día Antón cerrará los ojos. Pero no lo hae nunca.

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El matrimonio de jubilados, formado por el hombre de la mano quemada y la mujer de las piernas vendadas, vuelve a su casa, en el barrio de Can Serra, en Hospitalet. Can Serra es su territorio, el abrigo, el nido, la coraza protectora. En Can Serra notan un calor amniótico. No solo les pertenece el piso, conseguido con heroicos sacrificios, sino el barrio entero, los bloques, el parque, el mercado, los rincones ajardinados, la media docena de olivos repartidos aquí y allá… Cuando ellos llegaron y se instalaron en uno de los primeros bloques, no había nada. Ni calles, ni agua ni luz. Nada. El hombre de la mano quemada había nacido en 1930 en un pueblecito de la provincia de Jaén. Los recuerdos de la guerra civil y los años posteriores se confunden en la polvareda de un camión que se llevaba para siempre a unos hombres a los que habían hecho subir a culatazos. La mayoría eran mineros. Ni la guerra ni la postguerra habían cambiado la vida de hambre y de miseria. Poco trabajo y mal pagado. A veces de sol a sol por una comida. La familia entera, los padres y siete hermanos, vivían de coger aceitunas, de coger garbanzos, de segar, de escardar, de recoger estiércol de caballo y cagadas de cabras para venderlos como abono, de hacer carboncillo con brotes que arrancaban clandestinamente de la raíz de los olivos. Y de robar por los huertos, sabiendo que si les pillaban, les podían vaciar un ojo de una perdigonada o enviarlos a la Guardia Civil para que les escarmentasen a puñetazos y a culatazos. El padre se cayó de una escalera en la temporada de la aceituna y se quedó cojo. El carácter se le avinagró, se dio a la bebida y se volvió un hombre colérico, violento, que pegaba a sus hijos con el cinturón sino volvían a casa por lo menos con una peseta. Por eso se acostumbraron a dormir al raso o en algún establo sino habían conseguido por lo menos el estipendio mínimo. 138


El hombre de la mano quemada recuerda el tiempo de los olivos como un suplicio. Recuerda la infancia que no tuvo y nota en las mejillas las lágrimas que rodaban en silencio por el frío y por el dolor de la postura, arrodillado, con los músculos agarrotados, las manos ateridas y el viento helado que mordía los sabañones. Si al día siguiente tenían que recoger aceitunas en otra finca, se trasladaban de noche para empezar a trabajar al despuntar el día. Recuerda que andaba bajo un cielo tachonado de estrellas, vivas como heridas abiertas. El sol se levantaba majestuosamente por encima de los olivos y el viento movía las ramas como si levantase las faldas de una mujer que llevase enaguas de plata. Empezaban a trabajar muertos de sueño y reventados de cansancio. A los doce años había empezado a trabajar en la mina, acompañando a alguno de sus hermanos. No le permitían bajar a las galerías, pero ayudaba a hacer los montones y a llevar los cántaros de agua fresca que un lado a otro. A los veinte años, inopinadamente, se convirtió en el cabeza de familia. El padre había muerto súbitamente, en pleno delirium tremens, a medio azotar a uno de los hijos con la hebilla del cinturón. Dijo: Me cago en… y cayó a plomo, con el cinturón enrollado en su mano. Para huir del hambre y de la miseria, el hermano mayor emigró a Francia, a la vendimia, y ya no volvió. El segundo se hizo guardia civil, y el tercero entró como mozo de cuadras en un cortijo que estaba a tres días de camino. Este no aportaba ni una peseta a casa porque le pagaban el jornal con el alojamiento – la cuadra – y un par de comidas al día. El, el cuarto, se libró del servicio militar, porque era hijo de viuda y se sintió con la obligación de ganar un sueldo que permitieses comprar ropa y calzado para su madre y los hermanos y para que de cuando en cuando, pudiesen comer un huevo. 139


Entró en la mina, esta vez hasta dentro. Conoció viejos de treinta y cuarenta años, medios hombres silicóticos que trabajaban a precio fijo y se ahogaban a cada golpe de pico: los pulmones se tapaban con el sobreesfuerzo de un tren de vapor que patina y resopla. El hombre de la mano quemada era joven y fuerte, calculó con serenidad que podría mantener a la familia durante diez o quince años a cambio de pagar el tributo de la mina y acabar con el pecho petrificado por el mineral. El día que le hagan la autopsia, que será exhaustiva por las circunstancias de la muerte, descubrirán las trazas. El hombre que se sabrá llamado a salvar el mundo irá su casa, y se volverá a marchar cuando le llegue desde lejos el gran jaleo de sus vecinos. Prefiere irse a dar un paseo antes que aguantar la alegre zarabanda del piso de abajo. Lo hace entristecido, piensa que Edmundo no está bien. Antes no pasaban estas cosas entre vecinos, la gente se ayudaba y no se hacían la puñeta como ahora. Por culpa del fandango continuo que no le deja descansar se ve obligado a estar más tiempo en la calle del que quisiera. Por eso se ha abrigado tanto, porque en la calle se expone a las traidoras puñaladas del viento. Piensa que el viento se debería prohibir, que con tantos avances científicos y más de cinco mil satélites artificiales orbitando por encima de la Tierra, ninguno hace nada para erradicar la maldad de los vientos. Cuando callejea sin rumbo, se distrae adivinando la temperatura. Raramente se equivoca en las de un grado. Conoce todos los termómetros que hay en la calle, en los anuncios luminosos y en los comercios, y sabe perfectamente cuales son fiables y que corrección, en más o en menos, hay que aplicar a cada uno. Considera que el de la óptica Martínez-Fillola es el más exacto de todos, y antes de pasar por delante, hace siempre una apuesta 140


consigo mismo y se da el margen de medio grado. Ahora debemos de estar a diez y siete o diez y siete y medio. Pasa por la óptica y ve que marca diez y siete y medio y se dice: Lo sabía. Y continúa su camino, calculando de antemano que el de la estación marcará diez y nueve, el de la farmacia, diez y ocho y medio y el que está arriba del todo del edificio del Banco de Comercio, quince. Esta no es la única destreza que ha desarrollado. También adivina la hora. Ahora deben faltar cinco o diez minutos para las cinco, piensa. Mira el reloj y comprueba que no se ha equivocado. Si por la noche se levanta a orinar, a beber agua, o simplemente se desvela, lo primero que hace es, antes de levantarse, calcular que hora debe ser. Mira el despertador y raramente se equivoca en más de diez minutos. Si tiene termómetros en todos los balcones y ventanas, si tiene la casa llena de relojes, si conoce todos los relojes y termómetros de la vía pública, si va por la calle haciendo adivinanzas horarias y térmicas consigo mismo, es para ratificar la sensación de fatalidad, para confirmar el estigma que le ha atribuido el destino. Siente envidia de la gente que vive al margen del tiempo, de los que van por el mundo sin reloj, de los que le paran por la calle para preguntarle ingenuamente que hora es. El a veces contesta de memoria: Las cuatro y veintidós, y lee la desconfianza en la cara del interpelante. Entonces enseña el reloj para demostrar que no se lo inventa. Lo sabía, se dice con amargura cada vez que el reloj corrobora sus pronósticos, como quien se ha resignado a un martirio continuado y sordo. Está seguro que no solo está preparado para adivinar el tiempo y la temperatura, sino que, si lo secuestrasen, si le vendasen fuerte los ojos y le tapasen las orejas, el sabría siempre donde está con la misma fatalidad con que adivina la hora casi con exactitud. 141


Se siente perseguido por la maldición de la luz nocturna. Pero pronto empezará a interpretarlo de otra manera, entenderá que el silencioso sacrificio forma parte de una larga ascesis personal, un camino sembrado de zarzales que tiene un oculto sentido. El miedo se transformará en curiosidad y expectativa. Se percatará que su vida ha sido una acumulación continua de pequeños poderes que la gente normal no tiene. Estará convencido que tiene que pasar algo mas relacionado con aquel prodigio luminoso. Algo igualmente prodigioso. El ecuatoriano del requinto y el gitano del acordeón han reemprendido el concierto. Mejor dicho, parece que empiecen de nuevo, como si el paréntesis de la colecta proletaria hubiese hecho olvidar sus méritos artísticos. El ecuatoriano del requinto ha conocido en Barcelona a músicos de América latina, de Bosnia, de Portugal, de Rusia, trotamundos alemanes, aventureros de Estados Unidos, africanos de toda África… Su curiosidad de músico inquieto le hace preguntar a unos y a otros el porqué y el como de cada instrumento, les pide permiso para transcribir las tonadillas y las canciones… Interroga a todos y con todos hace intercambio de conocimientos musicale4s. Excepto con los gitanos rumanos, que tienen unas actitudes secas que le inspiran temor. Concibió el proyecto de formar un grupo intercultural, con una mezcla de elementos heterogéneos, como salterios, ocarinas y flautas chinas al lado de saxos y guitarras eléctricas. Es un proyecto artístico pero también ideológico, ya que quiere promover la fraternidad universal. Su mujer no quiere saber nada. Solo piensa en el dinero que tiene que enviar a Guayaquil. Se mata a trabajar haciendo faenas en casas particulares, alquilándose a bares y restaurantes para 142


fregar platos o limpiar lavabos, cuidando viejos por las noches, velando enfermos o haciendo de canguro con criaturas. El ecuatoriano del requinto se siente incomprendido. La mujer se ha dejado deslumbrar por el consumismo de las sociedades avanzadas, y su cabeza se ha convertido en una calculadora de euros y dólares. Casi ni se ven. No tiene ni un momento para hablar de sus cosas, de la incomunicación que les está alejando el uno del otro. Ni una mala pregunta: ¿Cómo tienes aquello del conjunto intercultural? La mujer no cuenta con el para nada, ni tan solo espera aportaciones económicas para pagar las cuotas del liceo naval donde estudian sus hijos. Da por hecho que a ella le toca trabajar por dos. Lo asume con una resignación ancestral, como si el destino de las mujeres fuese casarse con un inútil. El día que el ecuatoriano del requinto coincidió en el metro con el gitano le preguntó por unos acordes que no coincidían con la digitación que había observado en otros acordeonistas. El gitano le dijo que todo lo que sabia lo había aprendido de su padre y por si mismo, que no había estudiado música y que tocaba de oído. No solo el acordeón, también la trompeta, la guitarra y los teclados. El ecuatoriano se interesó por la hermana: ¿Y ella que toca? Nada. ¿Canta? No, es sordomuda. ¿Cómo se llama? Dalia. Ayudó al gitano a tocar las canciones de un álbum de los Beatles que el chico había encontrado por azar. Le leía la partitura y la tarareaba para que el gitano la fuese captando de oído y le fuese encontrando el tono y el tempo. La primera vez que el ecuatoriano puso los pies en la fábrica del Buen Pastor donde viven los dos hermanos se quedó intrigado con la conducta de Dalia. Mientras el ayudaba al chico a tocar las canciones de los Beatles, la hermana dibujaba sobre las paredes desconchadas. Lo hacía con betún negro, directamente con los dedos. Había llenado un pedazo de pared con flores redondas 143


como girasoles con tallos largos y un bosque de hojas de todas las medidas y formas. El ecuatoriano y el gitano tocaban en el metro cada mañana. Y por las tardes ensayaban en la fábrica abandonada mientras la chica consumía una caja de betún tras otra. Un día el ecuatoriano le llevó un bote de betún azul marino y a la chica se le iluminaron los ojos con unos destellos de alegría que a el le parecieron diamantes. Después le llevó betún gris, azul celeste, beige, amarillo, rojo, verde… Se convirtió en una costumbre y ella ya lo esperaba con impaciencia. En pocos días las paredes de la fábrica abandonada se alegraron con estallido de color. El ecuatoriano instruyó al gitano con unos rudimentos de solfeo y mientras estudiaban y ensayaban la mirada se le escapaba hacia la chica. Ella también le miraba de reojo. Una vez que el chico sorprendió un cruce de miradas le dijo que le costaba encontrar a alguien que se quisiese casar con su hermana. ¿Por qué, porque es sordomuda? Si. Pero si encuentra un hombre que la quiera… Uno cualquiera no, Dalia solo se casará con uno de los nuestros. ¿Quieres decir un gitano? Claro, no te hagas ilusiones. ¿Yo? Yo ya estoy casado. ¿Pues porque le haces tantos regalitos? Para que pinte con colores, ahora dibuja pájaros también, ¿te has fijado? ¿Y que si pinta pájaros? Nada, que lo hace muy bien. Tráele todas las pinturas y betunes que quieras pero si la tocas un solo pelo, te mato. El gitano no repitió más la advertencia, pero al ecuatoriano le quedó bien grabado: Si la tocas un solo pelo, te mato.

SANTS ESTACIÓN

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El hombre de la mano quemada y la mujer de las piernas vendadas callan, no dicen nada, cada uno se halla enfrascado en sus propios asuntos. Desde hace veinte años, desde la casi sedición de la mujer se han enquistado en una capa de rutina y de convivencia neutra. El hombre de la mano quemada ha desafiado la muerte muchas veces. Bajaba a pozos verticales de cien o doscientos metros de profundidad para limpiar la caldera cuando nadie quería bajar. Sobre el agua y el barro del fondo, caían continuamente piedras, piedras asesinas que plagaban la comarca de viudas y huérfanos. Como nadie quería bajar, el capataz ofrecía el importe de cinco horas extras a quien lo hiciese. No aceptaba nadie. Diez. Nadie. Quince… Hasta que, empujado por la necesidad, un voluntario se ofrecía con el mismo entusiasmo que si le llevasen al patíbulo. Muchas veces, antes de meterse en el larguísimo ataúd, el voluntario, blanco como la cera, daba instrucciones respecto a su familia por si acaso le pasaba algo, y aquel testamento improvisado se convertía en el peor augurio de la bajada. El, en cambio, hacía lo contrario, procuraba inspirar confianza para que los de arriba estuviesen tranquilos y le ayudasen con serenidad si le tenían que auxiliar. Los accidentes mortales eran frecuentes en las galerías a causa de los desprendimientos súbitos o barrenos que estallaban a destiempo. La bajada a los pozos verticales constituía el máximo riesgo. Lo certificaban los cuerpos inertes que debían izar de cuando en cuando. El, el hombre de la mano quemada, bajó unas cuantas veces, espoleado por la subasta de billetes que ofrecía el capataz. Aprendió a dominarse, a no perder el control de si mismo y a afinar el oído desde el mismo momento en que empezaba a bajar por el insondable intestino negro. Una vez en el fondo, embarrado y bajo una lluvia constante de tierra y 145


piedras, temeroso siempre de la pedrada definitiva, acababa el encargo en media hora sin hacer ningún movimiento inútil, rentabilizando al máximo cada esfuerzo para salir cuanto antes mejor. A veces, aun sueña con la subida, inacabable, eterna, con la opresión de una angustia claustrofóbica que no sintió nunca en la mina, solo en la cama, las noches de pesadilla. Al volver a la superficie, los compañeros le abrazaban y le liberaban de la tensión con gritos y vivas. Pero el momento más feliz no era este, sino el corto instante, nada solemne, de entregar los billetes a su madre: Tenga, cómprese unas alpargatas. También ahorraba alguna peseta para casarse. Tenía novia, una chica mas joven que el y que tenía el recuerdo de otra mina impreso en la piel. Cuando la chica era pequeña, su hermano mayor llevaba pólvora a casa para que jugasen los hermanos pequeños. Hasta que, en uno de los juegos, el mas pequeño perdió un ojo y a la chica se le incrustaron unos granos en el cuello. La novia servía en un cortijo de otro pueblo y, como no tenían muchas ocasiones de verse, el noviazgo era tan intermitente que el chico se desesperaba. También le desesperaba que la novia no se dejase tocar, decía que ya tendrían tiempo de hacer cosas cuando estuviesen casados. Pero cada vez que proponía fijar la fecha de la boda, ella salía con mil excusas para no concretar nada. Todo junto era estrambótico, y se sentía mal consigo mismo. A veces se preguntaba si realmente tenía novia o solo jugaban a perder el tiempo. Hasta que se cansó y tomó la decisión de partir peras. Pero los hechos se precipitaron de tal manera que no llegó a decírselo nunca a la chica de los granitos de pólvora. El mundo no va bien, dirá a menudo al retrato de la mujer. 146


El hombre que se sentirá llamado a salvar al mundo acostumbrará a decir en voz alta sus pensamientos y a mantener monólogos con el dibujo hecho al carbón. Y, a fuerza de vaciar el chorro de pensamientos que no explicaba en vida porque ella le contestaba que estaba cargado de puñetas, acabará sincerándose. Revelará el secreto que ha arrastrado desde la juventud y será como si se sacase un peso de encima. Incluso se atreverá a formular una pregunta que le ha rondado por la cabeza toda la vida: ¿Por qué no tuvimos hijos? Siempre había tenido la sospecha de que la culpa no era de su mujer sino de el, es decir, de aquella luz estrambótica que se le había metido dentro. Se pasará el día teniendo largas sentadas con el retrato que preside el comedor dentro de un marco de grandes volutas doradas, le confiará las intensas cavilaciones que siempre le han bullido en la cabeza. Y, a fuerza de concentrarse en sus pensamientos, no oirá el estruendo del piso de abajo. El ruido permanente formará parte del paisaje y no volverá a quejarse de los vecinos a Fincas Miñambres. Aquello que antes interpretaba como una maldición, después lo verá como una cadena de hechos que no puede ser casual. Creerá firmemente que la muerte de la mujer forma parte de un plan exacto que empezó una noche de invierno cerca de la Farga de Bebié y que debe culminar con una empresa de gran importancia para el género humano. Tener frío, pensar permanentemente, desafiar los relojes y los termómetros habrá sido un ejercicio de preparación, un postulado para acceder a premoniciones de más envergadura. Tal vez porque ya anticipa este consuelo, ves que ha parado de sonarse y de secarse los ojos con el gran pañuelo multiusos. Intuyes que pronto dejará de interesarse por los relojes y por los termómetros y se consagrará a cultivar el tesoro de la 147


clarividencia. Sabrá que es clarividente el día que lea un periódico y lo encuentre lleno de conflictos armados: la India, el Pakistán, Israel y Palestina, las dos Coreas, el Perú y el Ecuador, Etiopía y Eritrea, hutus y tutsis… Tan fácil como es acabar con estas guerras, pensará. Y también pensará: ¿Cómo es posible que no se le ocurra a nadie la solución? ¿Es que no ven que sino se paran las escaladas bélicas, el mundo puede acabar destruido por un holocausto nuclear? Empujado por la generosidad filantrópica que su mujer no sabía distinguir de la filoxera, no ideará un plan específico para cada contienda, sino un modelo que sirva para todos los conflictos. Será su gran contribución a la paz del mundo, un hecho que ha de servir para poner las bases de la concordia mundial definitiva. Su plan se basará en tres puntos fundamentales. Estos: 1.- Abolición de los ejércitos de todos los países en conflicto. 2.- Retirada de todas las armas de los países en conflicto. 3.- Sustitución de todos los cargos políticos masculinos de los países en conflicto por mujeres. Olvidado de los termómetros y los relojes – pero sabiendo siempre la hora y la temperatura exactas si se lo preguntan – elaborará un memorándum de mas de ochocientas paginas manuscritas y lo enviará a las Naciones Unidas. Contendrá una explicación detallada de todos los pasos que habría que seguir para asegurar la eficacia del plan y también adjuntará un calendario exhaustivo de dos años para acabar definitivamente con las hostilidades y para proceder al relevo de los hombres por las mujeres. Considera que este punto es vital para garantizar la paz. Habrá pensado detenidamente y habrá llegado a la conclusión que las mujeres son pacíficas por naturaleza como lo había sido su difunta, acostada dulcemente ante sus ojos. 148


No dejará de pensar y de plantearse nuevos horizontes. Este plan es perfecto para los países que están en guerra, se dirá, pero hay que prevenir, evitar que haya nuevas confrontaciones. Hace falta una fórmula que impida cualquier guerra en el futuro. O sea que la solución es arreglar el mundo entero, le dirá un día al retrato funerario de su mujer. Y cargará con la responsabilidad de conseguirlo. Ahora si, los músicos dan por acabado el concierto. El gitano recoge los donativos en un vaso de plástico y el ecuatoriano lo hace con la funda del requinto y agradece las colaboraciones a media voz con una sonrisa y unas maneras dulces que contrastan con la ruda severidad de su compañero. Tu les das una moneda y estás a punto de preguntar por Dalia. Querrías desearle que se recupere pronto pero no lo haces. Te callas. Y observas atentamente a los músicos, que los tienes bien cerca. Te percatas que el gitano tiene colgada al cuello la pequeña herradura de plata que había sido de su padre. No piensa desprenderse de ella mientras viva. Cuando el ecuatoriano te pide una colaboración dirías que en sus ojos brilla la llamita del amor platónico, una chispa que le llega desde el fondo del alma y que alimenta la esperanza de ser correspondido. El ecuatoriano sospecha que Dalia también siente algo por el porque de vez en cuando le sonríe. Lo hace a escondidas de su hermano y eso solo se puede interpretar como una complicidad, una declaración subterránea de afecto. El gitano no se da cuenta y continua quejándose de que la chica ni llora ni se ríe nunca. No es verdad, piensa el ecuatoriano. A mí si me sonríe. Antes de caer enferma, cuando iban corriendo de un vagón a otro, Dalia aprovechaba las prisas para arrimarse al ecuatoriano y 149


rozarle un brazo o una pierna. Era un contacto fugaz. Un si es no que al ecuatoriano le hacía subir la adrenalina. Pero no osaba corresponderla. E hermano era muy capaz de cumplir su amenaza. En las últimas semanas el ecuatoriano ha ido cultivando una ternura que le rebosa por el corazón, por los ojos, por la boca, por las manos que sacuden el requinto, por las bonitas canciones de amor que canta pensando en ella… Se pregunta si Dalia es consciente de su belleza. Tiene un cuerpo adolescente que exhala un delicado esplendor juvenil. El rigor de la vida nómada y la desgracia de perder media familia la han hecho adoptar unos modos ásperos en apariencia. Pero los ojos dicen otra cosa, son como un pozo de agua fresca en medio del desierto. El hecho de que sea sordomuda le añade misterio y la hace más atractiva. Y aún debe serlo mas por dentro, piensa el ecuatoriano. Sus dibujos expresan una gran vida interior, de una belleza más intrínseca que la belleza física. Dalia, que nombre tan bonito. Yo seré tu boca y tus oídos. Volveré a tocar el piano, y tu lo oirás en el corazón porque cada nota será una rosa perfumada, un dulce mensaje de amor. El ecuatoriano del requinto no puede sacarse a Dalia de la cabeza. Cuando su mujer le habla de trabajo y de dinero – siempre de trabajo y de dinero – el se siente el hombre mas incomprendido del mundo y piensa: Dalia me entiende y tu no. Puedo hablar mas con ella, que es sorda y muda, que contigo. Porque los dos tenemos alma de artista y nuestros corazones hablan un mismo lenguaje sin necesidad de palabras. Con ella puedo aspirar a un futuro feliz y a tener hijos y educarlos sin que nadie me los secuestre y los ponga en manos de los militares. No lo aguanto más. Un día de estos huiré con ella y ya no nos podrá separar nadie. 150


Todo esto piensa el ecuatoriano del requinto, que se dispone a cambiar de vagón junto a su amigo-enemigo acordeonista. El hombre de la ceja partida se mira en el cristal de la puerta y piensa que los suyos pondrán el grito en el cielo cuando le vean magullado y sucio. Se cruza la americana todo lo que puede para esconder las manchas. Va a bajar y piensas que lo has adivinado: seguramente va a la estación de la Renfe para coger un tren hacia Camallera. Lo primero que hará en la estación será ir al lavabo. La próstata le comprime la vejiga y tiene que orinar a menudo. Cuando suba al tren buscará el vagón central, que es donde suele estar el vater que, con toda seguridad, tendrá que utilizar. Llevará el muerto en la conciencia hasta el último instante de su vida. Se sentirá aliviado cuando, dentro de unos años, los médicos le digan que no le queda mucho tiempo de vida. La mujer, sus hijos, su hermano Tonet, todos admirarán la entereza con que afrontará la muerte. Ignorarán que le da vergüenza haber pasado el año 2000, lo considerará un premio excesivo a su vileza. Confortado por una gran paz interior, confirmará ante notario el reparto económico que heredó de su padre – para su hermano Tonet y su descendencia, la masía, las tierras que no han dejado de cultivar, la casa de Camallera, el piso de Figueras, los terrenos de Vilaur y el negocio del grano – dejará de ir de putas y se preparará para tener la serenidad que le faltó sesenta años atrás. Ahora me toca a mi, le dirá mentalmente a Antón. El final será rápido y morirá en paz. Un día, años después de su muerte, el sobrino mayor detendrá el tractor porque habrá visto algo extraño. Al remover la tierra alrededor del cerco prohibido, aparecerá una calavera. Vendrán jueces y policías y desenterrarán el esqueleto entero de Antón., 151


excepto el pie que perdió en el frente. Pondrán los huesos en una bolsa de plástico, los examinará un médico forense de Figueras, dirá que son restos humanos de la guerra civil y los enterrarán en la fosa común. Nunca sabrá nadie lo que pasó con Antón, como llegó allí y como, en el transcurso de mas de siete décadas, las pasadas de los tractores, el círculo preservado se ha ido desplazando poco a poco, de modo que hoy los huesos enterrados ya están muy cerca de la tierra cultivable. Los artificieros del ejército buscarán inútilmente unas bombas que, según la tradición familiar, están enterradas en aquel rodal de tierra yerma. En lugar de bombas encontrarán otro cadáver, más reciente, que aun conservará aun mechas de pelo y restos de vestido. El laberinto subterráneo que conecta las dos estaciones de metro y la estación de la Renfe es uno de los escenarios preferidos por las bandas de carteristas. Eligen pasajeros incautos, ocupados en orientarse mientras trajinan mochilas y pesadas maletas. Actúan de manera coordinada y les reconocen los guardias de seguridad y también los vendedores de los pequeños establecimientos del metro: el hombre del estanco, la chica que vende caramelos, los camareros de los bares… Los carteristas vuelven en seguida a la calle cuando les pillan y, si se trata de inmigrantes que son deportados, en seguida son sustituidos por nuevos carteristas. El mercado se renueva constantemente. Sientes una atracción morbosa por los carteristas. Te gustaría ver como actúan, como se pasan la mercancía de unos a otros, como se disgregan, como se reencuentran para repartirse el botín. Les preguntarías como se han hecho ladrones, que les ha inducido a ello, como han aprendido el oficio, que piensan de las víctimas, del matrimonio a quien han robado unos billetes de 152


avión que acabarán en un contenedor de basura, de los inmigrantes que se han quedado sin los papeles que les había costado tantos sacrificios, del estudiante que ha perdido los apuntes de todo el curso… Te gustaría confrontarlos con la rabia y la impotencia que siente la persona robada. Te preguntas que pasaría si descubrieses que te han robado el dinero y los documentos. Es una angustia irracional que te asalta a menudo. Más que el valor del dinero te inquieta la impudicia del despojamiento, la derrota moral y la consiguiente desolación interior que no cicatriza en diez minutos. Pero aquí y ahora es difícil que caigas en manos de los carteristas. Esta hora de la mañana es plácida, permite coger la línea azul con relativa comodidad, sin las aglomeraciones de las horas punta, sobre todo cuando se ha dejado atrás el centro de Barcelona y las principales estaciones de enlace. A pesar de que sobran asientos libres, siempre hay gente que prefiere estar de pie, personas hartas de estarse horas y horas sentadas en una oficina o que conducen todo el día, como esta mujer que acaba de entrar y que se queda de pie al lado de la puerta. Es taxista y aprovecha el día libre para ir a un taller de reparaciones para un asunto que no tiene nada que ver con el taxi. Es un taller que solo repara coches descatalogados. Esta mujer es una apasionada del motor. Desde muy pequeña comparte la afición de su padre por los coches. En contra de la opinión de su madre, el padre se la llevaba a ver las novedades del Salón del Automóvil y no dudaba en llevarla al Gran Premio de Formula 1 en el circuito de Montjuic. En medio del ruido infernal de aquella fiesta mayor del motor, la taxista se encontraba como pez en el agua. Pero su debilidad no era la Fórmula 1 sino los camiones. Cada año pedía camiones de juguete a los Reyes. Escribía cartas en un 153


lenguaje que sus padres no entendían: un Pegaso Comet en versión Jumper, un semirremolque hormigonera de Caterpillar, una cabeza tractora de la casa DAF con una bañera de dos ejes o, si podía ser, de tres. Esta manía disgustaba a la madre y era motivo de discusiones matrimoniales: La culpa la tienes tu, que le has llenado la cabeza de gasolina, decía la mujer. En la adolescencia la hija continuaba diciendo que quería ser camionera, y la madre se cuadró: No quiero oír más eso. Si lo tienes metido en la cabeza, bájatela a los pies. ¡Mira que hay trabajos bonitos para una mujer! ¿Por qué no estudias puericultura? Y si no quieres estudiar, puedes ser estethicienne o poner una tienda de ropa. Tu padre y yo te podemos ayudar. La madre no se salió con la suya y, antes de ser taxista, la chica fue camionera.

PLAZA DE SANTS

El hombre de la mano quemada y la mujer de las piernas vendadas tendrían que haber bajado aquí para coger la línea roja, que les deja al lado de su casa. Debe haber una explicación plausible que justifique el porqué continúan mas allá. Tal vez tengan que ir a ver a unos parientes, quizá van a mirar tiendas en la zona de la calle Badal o en el mercado de Collblanc. Tal vez es que simplemente quieren evitar el pasillo que une las dos líneas, demasiado largo y pesado, como la mayoría de las correspondencias de Metro. Además la estación de Can Serra, en la línea 1, queda muy enterrada, y hay que subir muchas escaleras. Si la mujer se ve con ánimos, prefieren continuar por 154


la entre azul hasta Pubilla Casas o Can Vidalet e ir andando despacio hasta casa. Están ligados a can Serra, pero les costó años. Antes ya les había costado salir del pueblo, cada uno del suyo. El se quedó sin trabajo cuando, a causa de un accidente en que murieron cuatro compañeros, se produjo una huelga espontánea de mineros. Reclamaban una reparación urgente de los andamios y una maquinaria más moderna. La empresa reaccionó con un cierre fulminante y definitivo de la explotación. El hombre de la mano quemada se quedó sin sueldo fijo y volvió a hacer trabajos esporádicos, volvió a segar y volvió a coger aceitunas, habas, cebada, lino, garbanzos, algodón… Una tarde tórrida de agosto, grupos de mujeres, hombres y niños, entre los que estaban la madre y un hermano, se afanaban a recoger garbanzos sin otra sombra que el ala del sobrero de paja. Abatida por un trabajo que había empezado al despuntar el día, la madre se quedaba rezagada de la fila de jornaleros, que avanzaban todos al mismo tiempo. Se le acercó el mayoral y le dijo que se apresurase. Ella dijo que si, pero no avanzaba, y el mayoral, sin bajar del caballo, le preguntó que le pasaba. Nada, dijo alguien, que se marea. El mayoral le concedió un rato para que bebiese agua del botijo y se rehiciese. Pero la mujer no tenía fuerzas para manejar la hoz, con trabajo se sostenía en pie. El mayoral le dijo que allí se iba a trabajar y la envió al pueblo sin contemplaciones. El hijo protestó, su madre no podía volver sola a casa con aquel sol que estaba cayendo, ¿es que no veía que no se encontraba bien? El mayoral escupió palabras como holgazanería y beneficencia y le dijo que se fuese con ella si quería, pero que ninguno de los dos cobraría el jornal. No nos puede hacer eso, estamos trabajando todo el día, desde la mañana. El mayoral volvió la grupa del caballo sin contestarle. 155


El hijo, el hombre que hoy tiene la mano quemada, se quedó un momento indeciso paralizado por la indignación. El que no protestaba nunca, ni en la mina, continuó trabajando con la vista nublada por la rabia, esperó que el mayoral pasase por su lado, le distrajo, diciendo que le llamaban y, cuando el jinete volvió la cabeza, con una maniobra rápida descargó un furioso golpe de hoz contra los testículos del caballo. La bestia se encabritó con un relincho desesperado como un latigazo humano y arrancó a correr con los testículos colgando de un pellejo. De la herida salió un chorro impetuoso de sangre que le salpicó y a el y a algunos otros jornaleros y se perdió a campo través dejando una sinuosa línea negra. El mayoral cayó al suelo y habría muerto degollado si los jornaleros no hubiesen impedido la consumación de la venganza. Le quitaron la hoz con gritos de reprobación. ¿Qué has hecho, desgraciado? El estupor de sus compañeros quería decir: ¿No te das cuenta, desgraciado, que te perseguirá por todas partes y que no parará hasta que no te rompa todos los huesos?. ¿No te das cuenta, desgraciado, que si te denuncia a la Guardia Civil igualmente te romperán los huesos? ¿No te das cuenta, desgraciado, que los mayorales, los capataces y los señores se avisarán y te negarán el pan y la sal a ti y a tu familia? ¿No te das cuenta, desgraciado, que tendrás que llevarte a tu novia bien lejos de aquí, porque a ella tampoco la querrán en ningún sitio? Su madre también lo entendió así, porque en seguida le dijo: ¡Corre! ¡Huye! ¿Huir? ¿Dónde? ¡A Francia, con tu hermano, corre, corre! Huyó por una explanada inmensa, convencido que otro mayoral le atraparía con facilidad. Corría campo a través pisando garbanzos con la misma ansia por salvar la vida que cuando, tiempo atrás, subía de los pozos verticales. Sabía que cada 156


segundo era oro y cuando alcanzó un campo de olivos, se sintió más seguro. Subido a una rama bien alta, recuperó la respiración. Exhausto, resoplando, con la camisa manchada de sangre del caballo, encumbrado entre el ramaje a guisa de refugio - atalaya, contempló a un lado la infinidad de olivos bien enfilados y floridos y pensó que en noviembre y en diciembre todos se agacharían para recoger los frutos con mas humillación que humildad. Al otro lado contempló los altibajos de la explanada de garbanzos, asada por el sol, con las filas de figuritas que se inclinaban rítmicamente sobre las matas, con el culo al aire y el sombrero de paja contra el suelo. Otra figura diminuta consolaba o sacrificaba al caballo, que yacía exangüe sobre la tierra blanca y caliente. Nunca más, se dijo. Arrancó con rabia unas ramitas de olivo y, con los ojos llenos de lágrimas, escupió varias veces contra la corteza resquebrajada. Y juró que nunca más volvería a poner los pies en el pueblo. Esto pasó en 1958. Tenía veintiocho años. La taxista que fue camionera ayuda a mantener en buen estado los Renault 8 que su padre colecciona. Tiene seis y, como solo dispone de una plaza de aparcamiento, deja cinco en la calle. Los mueve de un modo rotativo. Sabe que si un coche viejo está demasiados días en la calle puede parecer abandonado. Además los coches han de circular, necesitan hacer kilómetros para mantener el motor y los circuitos en buen estado. Padre e hija viven en la calle Fontrodona, en el Pueblo Seco. Cada domingo por la mañana, a primera hora, aprovechan el éxodo de los barceloneses, cuando la gente se va de fin de semana y quedan aparcamientos libres en la vía pública, para cambiarlos todos de sitio. En casa, en una pared de la galería, tienen un tablón de corcho con un plano de Pueblo Seco y unos 157


alfileres de colores que sitúan los R-8 en el punto exacto donde están aparcados y que cada semana cambian de sitio. Lo más excitante no es mover los coches de un sitio a otro, sino hacerlos dar vueltas un rato para escuchar como canta el motor y como responde a cada uno de los estímulos: cambio de marchas, embrague, aceleración, frenos, ralentí…La taxista tiene un oído finísimo, avezada a detectar cualquier ruidito o vibración sospechosa. Descubrir anomalías y repararlas es un placer indescriptible. Ahora mientras de se muerde las uñas, la taxista piensa en la sorpresa que está preparando en secreto para el dia que su padre cumpla setenta y cinco años: un R-10 totalmente rehecho. Había tenido uno pero se lo vendió para poderse comprar un modelo superior, en R-12. Los R-10 eran una variante del R-8 que no tuvo demasiado éxito, pero el padre de la taxista recuerda que tenía una tercera muy larga que le permitía subir a las cuestas empinadas de las montañas cargado con la mujer la hija y las maletas. Eso si, pedía una conducción un poco deportiva y los pasajeros de atrás se quejaban de que encontraban la suspensión demasiado dura. El padre les replicaba que los coches no son barcas sino esqueletos de hierro, unos esqueletos que podían ser bonitos, como los R-10, la variante más cómoda y señora de los R-8. Se lo vendió enfadado porque la Guardia Civil lo adoptó como coche oficial, pero se ha arrepentido mil veces. La taxista su padre han reconstruido artesanalmente unos cuantos R-8. Para restaurar uno necesitan uno o dos más, aunque estén para tirar, solo para obtener unas cuantas piezas originales aprovechables. Un amigo del padre les deja unos bajos que lo usan como taller y allí, entre los dos, reparan a conciencia todo lo que pueden. Después llevan el coche a un taller de confianza para que hagan la parte mecánica más delicada y los trabajos 158


finales de planchistería. Todo esto les cuesta mucho dinero, pero la emoción de sacar a la calle el coche acabado y reluciente es inefable. El viejo-nuevo R-10 que regalará a su padre ya está casi listo. Le ha habido de sustituir la caja de cambios, la bomba de agua, el tubo de escape, el parachoques de atrás, el cuenta kilómetros, la goma protectora del maletero, un cristal lateral y diversas molduras y embellecedores. La sustitución de la caja de cambios ha sido delicada. Según la taxista, la palanca de cambios es la la clave de la conducción, porque dialoga de tu a tu con el juego de engranajes. Conducir es conversar con el motor, dice siempre, mover la palanca de cambio no es una rutina para los que conducen atentos a la sicología de las máquinas y saben leer sus deseos y necesidades. La taxista se precia de saber cambiar de marchas sin desembragar, orientándose solo por la música del motor. El padre asegura que no cree en la resurrección de la carne pero si en la de los coches. Lo dice por los R-8 que ha devuelto a la vida, pero seguramente no se le ha pasado nunca por la cabeza tener un R-10. Será una sorpresa mayúscula. Tal vez hasta se emocione. La taxista que había sido camionera tiene dudas: ¿y si le afecta al corazón? Decide que antes de hacerle el regalo lo consultará con el cardiólogo. El metro entra en la estación y baja el hombre al que le falta poco tiempo para dedicarse a la titánica labor de salvar al mundo. Anda despacio, abstraído en sus propias cavilaciones. Pensará y trabajará sin descanso, sin dejarse intimidar por las trompetas y la algazara del piso de abajo, sin ceder ni al hambre ni al sueño. 159


Primero tendrá la genial idea de trasladar los países y regiones en conflicto a zonas bien lejanas. Por ejemplo, el Kurdistán, entero, a Terranova, Córcega a Madagascar, Taiwán a Bolivia, Irlanda del Norte a Mongolia, Chechenia a las Filipinas, etc. Perfeccionará la idea y propondrá que no solo se aleje a una de las partes, sino a los dos litigantes. Así, por ejemplo, Israel iría a parar a Finlandia y Palestina al Japón, Eritrea al Uruguay y Etiopía al estado de Nueva York, el país vasco a Nigeria y España al Uzbekistán, Irak a Borneo e Irán al Camerún, etc. Pero su poderosa clarividencia le hará ver que el plan tiene fisuras:¿Qué pasará con los iranianos proiraquianos y los iraquianos proiranianos? ¿Irán a gusto, los unos y los otros a recomenzar desde cero a un nuevo emplazamiento? Los bretones que no quieran la independencia de Bretaña, ¿estarán dispuestos a separarse de Francia? Los católicos y los protestantes de Irlanda del Norte, ¿han de estar siempre juntos en el mapa? ¿Qué pasará con las familias que están divididas entre Cuba y Miami, entre el Tíbet ocupado por los chinos y el Tíbet en el exilio? ¿Y las parejas que viven divididas en Timos o en Chipre? Después de pensar intensamente, de romper centenares de croquis y de pintar mapamundis con hipótesis de todos los colores, el hombre que se sentirá llamado a salvar al mundo concebirá la gran revolución pacífica que marcará el año cero de la historia, en cero que el escribirá mentalmente con cifras mayúsculas. No tendrá dudas, sabrá con toda exactitud como ha de hacer el trabajo que le ha estado encomendado desde la noche lejana en que una luz prodigiosa le ungió como profeta, luz y guía. Se abocará en cuerpo y alma hasta el fin de sus días. El plan definitivo será una versión corregida y aumentada de las anteriores propuestas. Consistirá en repartir el mundo en mil 160


estados, ni uno mas ni uno menos, todos ellos pequeños para evitar tentaciones totalitarias y todos de las mismas dimensiones. Todos tendrán un nuevo nombre, una bandera nueva y un himno nuevo. Así, gracias a esta división racional del mundo, todos los del planeta podrán elegir libremente que país quiere que sea el suyo. Así se habrán acabado las disputas entre vecinos y se producirá una gran mezcla que será la base de una nueva era sin ejércitos y, por tanto, sin guerras. Enviará largos memoradums manuscritos a las Naciones Unidas acompañados de un esbozo del nuevo mapamundi y de los flamantes mil pequeños estados, coloreados con rotulador. Después confeccionará de uno en uno los mapas de cada nuevo país, con el nuevo nombre, el diseño de la nueva bandera y los uniformes de las selecciones oficiales de futbol. También establecerá un calendario para organizar los traslados de la población mundial a los nuevos asentamientos. Todos los escritos harán hincapié la filosofía de la libre voluntad de cada persona como fundamento de la nueva era. Quien quiera ser cartrubiano, por ejemplo, solo tendrá que ir al país llamado Cartrub – que en el nuevo mapa ocupará el espacio del actual desierto de Thar – aunque hayan nacido en Maracaibo, el Himalaya o en las islas Fidji. Cuando acabe los informes detallados de los mil países ya me podré morir, pensará. Pero solo tendrá tiempo de hacer trescientos setenta y ocho. Mientras que el hombre que se sentirá llamado a salvar al mundo desaparece de tu vista piensas que si se cumplen tus augurios se morirá de inanición. Le encontrarán apoyado sobre la mesa del comedor, en medio de un maremágnum de papeles, atlas, mapas y lápices de colores. En el momento de la muerte llevará dos camisetas, dos camisas, dos jerseys y una gorra de piel de conejo con orejeras. 161


De repente te das cuenta que el hombre que será llamado a salvar al mundo se ha dejado el pañuelo, grande, sucio, arrugado, sobre el asiento. El azar te ha situado cerca del loco que canta ópera en el andén. Cada día, todo el día, desde buena mañana siempre en la misma estación, en el mismo andén y repitiendo siempre el mismo pasaje: Ora e per sempre addio, sante memorie, Addio, sublimi incanti del pensier! Viejo, con el pelo blanco, liso, largo hasta los hombros, encorvado sobre un bastón que levanta ligeramente cada vez que ataca el aria: Ora e per sempre addio, sante memorie, Addio, sublimi incanti del pensier! De aquí no pasa. Recomienza siempre desde el principio, como un disco rallado que vuelve al principio después de los primeros copases, tanto si hay gente a su lado como si no, tanto si hay tranquilidad como si se acerca el estrépito del convoy. Este hombre cree que mañana va a cantar en el Liceo. Vive en un calendario de una sola hoja y su reloj tiene un solo minuto, con una única rutina, imperturbable y matemática. Para el cada día es ayer, siempre es el día antes del estreno. Y cada mañana es pasado mañana. La fantasía del tenor del metro tiene un fundamento. En la década de los años cincuenta actuó muchas veces en el Liceo y conoció a cantantes de primera fila, como Mario del Mónaco, 162


Gianni Raimondi, Manuel Ausensi, Anton Dermota, Renata Tebaldi, Enriqueta Tarrés, Victoria de los Ángeles… El hacía de figurante y no cantaba, ni tan solo en el coro, pero, metido entre el populacho, los soldados o los esclavos, movía los labios al compás de la letra y se hacía la ilusión de que realmente cantaba. Una vez, en uno de los ensayos, el director escénico le eligió para hacer de doble del tenor. Le dijo: Usted hace de Mario del Mónaco. Fue una circunstancia accidental que al cabo de los años, a medida que su reloj mental se ha ido desballestando, ha tomado una dimensión profética. Hoy el tenor del metro ha desempolvado aquel ensayo y lo ha convertido en la razón de su vida. El lejano y borroso “Usted hace de Mario del Mónaco” se ha convertido en “Usted es y será siempre Mario del Mónaco”. Ahora mismo lo es, en el andén del metro, mientras está ocupado en ensayar la función del eterno mañana. Pero este hombre ha tenido épocas de lucidez. Tenía bastante con que le llamasen a filas, le diesen un fusil y le enviasen al frente. Fue un soldado irreflexivo, dado a los desatinos, pero leal y obediente sin medida. Hizo la campaña del Ebro y en 1938 atravesó dos veces el río, de ida en la ofensiva de julio y de vuelta en el repliegue de noviembre. Desde entonces no ha dejado de recular. Durante la retirada se agregó a una unidad constituida sobre la marcha, una cincuentena de hombres de distintas armas y de divisiones diferentes mandados por un capitán de infantería que imponía un respeto reverencial. No hacía como los otros oficiales que, para salvarse ellos, abandonaban a su tropa a su suerte. A pesar de que la guerra ya estaba perdida, exigía disciplina y lealtad a cambio de asegurar comida, alojamiento y seguridad personal para todos. Reprimía la desobediencia con rigor, no toleraba el pillaje ni los excesos de ninguna clase. No dudó en 163


fusilar a un sargento que había violado una chica en una masía donde habían pernoctado. Nosotros somos la República y en todas partes hemos de ser ejemplo de valor y de honradez tanto si ganamos como si perdemos esta mierda de guerra, decía. En San Feliu de Codinas el capitán se reunió con una mujer joven que parecía que estaba esperando para irse con el. Entonces el capitán dio libertad a sus hombres para que fuesen a Barcelona y se uniesen a los vencedores o bien que le acompañásemos hasta Francia. Y en cuanto a la mujer joven, nadie sabía quien era, se especulaba si se trataba de su mujer o de un amor de guerra. O tal vez era una de las putas que la FAI rescató del barrio chino y las convirtió en milicianas. Fuese quien fuese, el capitán la trataba con exquisitos miramientos y todo el grupo avanzábamos poco a poco para no cansarla en exceso. Parecía enferma, cada día estaba más pálida, pero no se quejaba. De tanto en cuando se caía y tenían que ayudarla a levantarse. En San Celoni el capitán requisó a punta de pistola una caballo para ella y el grupo aceleró la marcha. El capitán ordenó al futuro Mario del Mónaco del metro que se ocupase del caballo en que no le faltase pienso ni agua. Era un animal joven, esbelto, con el lomo gris, algunas manchas negras en los flancos y la crin de color mantequilla. La vigilancia del hermano es un obstáculo grave para que el ecuatoriano se atreva a declarar su amor a la chica. Pero hay otro impedimento; el ecuatoriano ya ha hecho los treinta años y la Dalia tiene diecisiete recién cumplidos. Con esta diferencia de edad ¿puede tener muchas esperanzas? ¿Que puede hacer para convencerla de que no es un seductor sin escrúpulos ni un pervertidor de menores? ¿Le creerá cuando la diga que ella es el 164


primer y único amor de su vida? Si la chica le envía señales es porque debe apreciar su sinceridad. Pero… ¿y si el juego de miradas y sonrisas clandestinas son solo para jugar con el, para hacerle hacer el ridículo y reírse? Estas dudas le consumen. Ahora hace días que no ha visto a Dalia. Está en el hospital del Valle de Hebrón y la familia de su amigo no le deja entrar a verla. Tu no, dijo el patriarca. Se veía claramente que no le agradaba su presencia. Fue una orden taxativa que todos repitieron; Tu no. Su amigo la justifica como puede: Lo siento, pero por culpa de los aparatos y otras cosas que la ponen, lleva una ropa muy ligera y no la puedes ver. A pesar de todo, intentó colarse en la habitación de la enferma, pero la presencia de los gitanos en los rellanos, pasillos y salas de espera se lo impidió. Les espió a distancia y aprovechó que iban al lavabo o a la cafetería para saltarse un control, pero en el siguiente pasillo había otro. Hay gitanos por todas partes. Últimamente no ensayan, solo tocan un par de horas en el metro y, cuando se separan, el ecuatoriano ronda el hospital como un enamorado impaciente. Intenta ver a la chica desde fuera, de lejos, en la otra parte del muro que envuelve todo el complejo de edificios de la ciudad sanitaria. Para ello se sube a la montaña y escruta por las ventanas de la planta de cardiología. No ha conseguido verla nunca, la distancia es excesiva y las personas se ven tan pequeñas que no se las puede identificar. A pesar de eso pasa largos ratos sentado en el suelo, entre las hierbas de la parte de montaña que se escapa de la zona urbana y se extiende libremente en su estado natural. Se sienta y mira. Es su modo de sentirse cerca de ella, de manifestarle un amor incondicional. Sentado en la falda de la montaña ha entrado en un estado febril. Sin apartar la vista de las pequeñas y lejanas ventanas del bloque hospitalario, ha pensado intensamente en el futuro. Después de 165


plantearse todos los interrogantes y de considerar todas las respuestas posibles, ha decidido que en cuanto tenga acceso a Dalia, huirán. No quiere volver a pasar por el tormento de no poder acercársele, no quiere vivir con el temor de ser pillado por una familia que se ha desplegado alrededor de la chica con un instinto de defensa militar. Le sabe mal por el acordeonita que es un buen chico. Pero se equivoca con su hermana, la quiere proteger a la manera de los suyos y no se da cuenta que ella tiene derecho a hacer lo que su corazón la dicte. Está convencido que cuando viajó de Guayaquil a Barcelona estaba haciendo, sin saberlo, la ruta que le había marcado el destino. El sexto sentido que le hace adivinar que canción le gustará a la gente que se acerca, le dice también que Dalia será suya. Huirán, estás decidido.

BADAL

La madre de la taxista se desesperaba; Esta niña tiene la cabeza llena de gasolina. Desde muy pequeña ya decía que quería ser camionera y lo confirmo cuando tuvo la edad de plantearse seriamente su futuro. La madre no quería oír hablar de eso, se quejaba a su marido, a quien consideraba culpable y cómplice de las inclinaciones extravagantes de su hija. Viendo que no podría vencer la intolerancia de la madre, la chica estableció un plan secreto. Decidió estudiar idiomas, que para una chica quedaba bien, pero interiormente había decidido que cuando fuese mayor de edad se iría al extranjero y llevaría tantos camiones como le diese la gana sin tener que pedir permiso a nadie. Mientras tanto hizo a escondidas unos cursos de 166


mecánica por correspondencia – domiciliados en casa de una amiga – y, cuando el padre le regaló el importe del carnet de conducir, ella no tardó en ampliarlo secretamente para poder llevar toda clase de camiones. ¡El trabajo que tuvo cuando unos periodistas la querían entrevistar en un reportaje televisivo sobre mujeres que hacen trabajo tradicionalmente masculinos! ¡No, por favor! – les suplicó - ¡si lo ve mi madre me mata! Hasta que un día cogió a su padre de tu a tu y se lo explicó todo. El padre se mostró comprensivo, de hecho ya se olía que la chica llevaba algo entre ceja y ceja, pero le pidió que esperase un tiempo a irse de casa. Acababa de saber que la mujer tenía una cosa mala y que le quedaba poco tiempo de vida. Efectivamente, al cabo de medio año estaba muerta y enterrada. Y su padre le dijo a la hija: Gracias. Ahora ya puedes hacer lo que quieras. Los primeros tiempos fueron difíciles. Empezó en el mismo Barcelona, para coger práctica. Le salían trabajos eventuales para suplir a conductores que estaban de baja. Se trataba de furgonetas y camiones ligeros, de reparto, que la obligaban a pasar más rato aparcando en los chaflanes y discutiendo con otros conductores, que no haciendo kilómetros que es lo que ella quería. De sustitución en sustitución entró a prueba en Meditrans Exprés. Comenzó haciendo rutas cortas, sin llegar nunca a la frontera, hasta que un día le adjudicaron un Pegaso Troner y le dijeron que debía ir hasta Luxemburgo. La taxista no olvidará nunca la emoción de este primer viaje. Lo había conseguido. El aprendizaje de idiomas le fue especialmente útil. La elegían a ella para ir a Holanda, a Suiza, a Alemania, a Inglaterra… Esto la permitió establecer contactos y dar el salto a la compañía Willy Betz, una de las empresas europeas más grandes del sector. Durante once años deambuló por toda Europa con los mejores camiones, especialmente de la marca Mercedes. 167


Fijó su residencia en Alemania y de tanto en cuando venía a Barcelona, pasaba unos días con su padre y le comentaba las maravillas tecnológicas del mundo del camión. Le explicaba como funcionaban los cambios automáticos, los circuitos electrónicos, detectores de averías o la revolución del aire acondicionado, el invento más genial para los camioneros después de la dirección asistida. Hablaban largo y tendido de todo esto y después se volvía a hacer kilómetros por Europa. Compartía algunos fines de semana con Oskar, el gran amor y el gran desengaño de su vida. Sino hubiese sido por Oskar, la taxista hoy posiblemente aun conduciría camiones. El hombre de la mano quemada que se sienta al lado de la mujer de las piernas vendadas observa la tranquila estación de Badal. Nada que ver con la muchedumbre que se amontona los días de partido. Masas compactas, coloreadas con camisetas y bufandas del Barça, bajan en bloque del metro y van hacia el estadio en bloque, como si se tratase de una manifestación. Los vagones se acaban de vaciar del todo en la siguiente parada, como si más allá de Collblanc no hubiese vida. El hombre de la mano quemada es socio del Barça. El día que tuvo el carnet en las manos se emocionó, era el punto culminante de una lucha persistente contra la miseria y la explotación. El carnet del Barça era el diploma que certificaba su victoria. Había huido del pueblo sin equipaje ni dinero. Solo llevaba su carnet de identidad, esto le tranquilizaba, sobretodo después de haberse sacado las manchas de sangre de la camisa. Si le paraba una pareja de la Guardia Civil, se podía identificar y continuar su peregrinaje. Siguiendo la exhortación de su madre - ¡Corre! ¡Huye! ¡Vea Francia con tu hermano! – quería llegar a la frontera 168


y ganarse la vida donde decía que había mucho trabajo y bien pagado. Había ido tan poco a la escuela que con trabajos podía leer y escribir. Recordaba vagamente algunas nociones de geografía y un mapa de España colgado en la pared, pero no sabía donde estaba Francia ni por donde se iba. Por eso preguntaba a la gente que encontraba por el camino:¿Me puede decir si voy bien para ir a Francia? Se acostumbro a no encontrar respuesta y a las burlas, pero pronto intuyó una dirección y procuró no abandonarla, Caminaba guiado por el curso del sol, se alimentaba de bellotas, piñones y si tenía suerte, se hacía una lagartija a la brasa. Robaba fruta y verdura cuando tenía ocasión. Tenía bastante práctica. Por la noche dormía en cualquier rincón y por la mañana, con el primer canto de los pájaros, reemprendía la andadura. Cuando veía un olivar, recordaba la dureza de la cosecha y se meaba con rabia en los viejos troncos. A veces recordaba la arrogante figura del mayoral sobre el caballo y le sabía mal haberle cortado los testículos al caballo y no al jinete. Conoció ciudades cada vez más grandes: Tomelloso, Cuenca, Teruel, Alcañiz, Valls, Barcelona. Se paró en Barcelona, donde sabía que había gente del pueblo y de la mina que había emigrado. En Barcelona podría hacer el suficiente dinero para sacarse el pasaporte y comprar un billete de tren hasta Francia. El primer trabajo que encontró fue en Esplugas. Tenía que ayudar a regar a un payés, a recoger fruta y a llevarla hasta el Borne. El cafarnaum de personas y de comida en el Borne le impresionó. Aquello no parecía real sino un sueño. Deseaba encontrarse en medio de aquel hervir humano, entre montañas de cajas llenas de fruta. No comprendía aquellos insultos gargajosos de los mozos de cuerda que hablaban en otra lengua ni los tratos 169


que hacían hombres manchados de tabaco, pero admiraba el estrépito de las carretillas por encima de los adoquines y aspiraba con delectación una suma de olores a hierba fresca, a tomates, melón maduro, manzana, patatas, col tierna, cebolla. Todo el entorno contribuía a la fiesta: los almacenes próximos exhalaban efluvios picantes de café, de arenques y especies, los bares servían cafés humeantes, coñac, aguardiente y vasos de mezclas que golpeaban contra el mármol con un golpe seco. Le fascinaba que el inmenso bullicio tuviese lugar a oscuras, como una gran confabulación nocturna para que a la salida del sol la ciudad estuviese provista con la abundancia de un cuento infantil. Nunca se hubiese imaginado que en alguna parte del mundo hubiese tanta comida. Y aun le habían hablado de la existencia de otros mercados tan grandes como aquel para vender solo carne y pescado. Entendió porque la gente dejaba el pueblo y venía a Barcelona y, en consecuencia, decidió que no necesitaba ir a Francia. Decidió también que trabajaría duro para traerse a su madre y hermanos. Sentía remordimientos por haber hecho pagar a su familia el precio de su acción el día en que se rebeló contra el mayoral. De la novia ni se acordaba de tan liberado como se sentía. Solo le sabía mal no haberle dicho a la cara que ya estaba cansado de aquel noviazgo tan soso y tan raro. Encontró trabajo de albañil, un oficio que aprendió en seguida. Alquiló una habitación a un matrimonio de la Trinidad, trabajó sábados y domingos y envió dinero a casa para que cogiesen el primer tren hacia Barcelona. Vinieron la madre y un hermano y los tres se metieron en la habitación. Pero la madre se moría de añoranza, se ahogaba encerrada en un piso y se volvió al pueblo. Pero los hijos no. Celebraban que, matándose a trabajar como en el pueblo, ahora les quedase algún dinero en el bolsillo. 170


Los hermanos iban a bailar el jueves por la tarde y, en una sala de baile fue donde el hombre de la mano quemada, hoy ya jubilado, conoció a la mujer que ahora lleva las piernas vendadas como una momia. El futuro tenor del metro huyó a Francia guiado por el capitán. Pero ni el ni ningún otro soldado llegó a poner los pies en la frontera. El grupo avanzaba despacio. Los soldados a pie y la mujer de aspecto enfermizo sobre el caballo. La mujer comía poco, cada día estaba más débil y el capitán cabalgaba con ella, la sujetaba con amor y la animaba porque ya estaban llegando. Crecía la inquietud, los fascistas estaban cerca y la gente huía cada vez más deprisa. Se oían detonaciones lejanas, no se sabía si eran bombardeos enemigos o voladuras de los últimos puentes. El capitán hubo de hacer valer su autoridad para que sus hombres no se dejasen abatir por el nerviosismo y por la fatiga. Una noche, en las afueras de San Miguel de Fluviá, el oficial se puso solemne y les dijo que por la mañana entrarían en Francia. Estaba emocionado. Les trató de héroes y de soldados ejemplares. Les abrazó uno por uno y les dio las últimas instrucciones: aquella misma noche se desharían de las bombas de mano que aun llevaban encima – cuatro por cabeza – y cuando entrasen en Francia darían el mosquetón reglamentario y las municiones a las autoridades francesas. El futuro tenor del metro no esperó que le explicasen como había que eliminar las bombas de mano. Las tiró las cuatro allí mismo en unos bancales que rompían el terreno en escalones descendentes. Explotaron en cadena con un ruido ensordecedor. Todos se asustaron. También el caballo y arrancó a correr hacia la oscuridad. Nadie salió herido, pero el capitán reaccionó 171


colérico. Se sacó la pistola y, furioso, gritando como un loco, ordenó a sus hombres que fuesen a buscar el caballo y advirtió que, si no le encontraban, haría fusilar al autor del sabotaje. Los soldados se internaron en el bosque. La noche era cerrada, espesa. Como no veían y no podían encontrar las marcas de las herraduras, como no oían ningún ruido que les pudiese orientar tuvieron miedo de la represalia y desertaron todos en bloque. Los nacionales estaban ya pisándoles los talones y, si la mujer enferma se quedaba sin medio de transporte, el capitán, que estaba encoñado hasta las orejas, era muy capaz de matarlos a todos. Pasaron la noche al raso y justo al día siguiente se entregaron al enemigo. El futuro tenor del metro hizo los tres años más de servicio militar a que estaban obligados como perdedores y se ganó la vida haciendo de modelo. Como los rojos habían destruido iglesias y conventos, había mucha demanda de san Antonios, san Josés, santos cristos y sagrados corazones. También hizo de modelo en el Círculo Artístico de San Lucas y de figurante en el Liceo. Este era el trabajo que mas le gustaba. Esperar entre bambalinas para salir a escena era pesado, aburrido, pero cuando se veía en medio del espectáculo lo vivía con intensidad y se sentía artista. Hacer de Mario del Mónaco en un ensayo fue una recompensa, un honor inesperado. Aquellos instantes de tenor mudo, ocasional, fueron la cima de su carrera. Siempre había sido algo alocado, pero un día, de repente, se trastocó del todo. Fue una tarde en que posaba en Círculo Artístico para que los asociados tomasen apuntes del natural. Al acabar la sesión salió a la calle sin vestirse, se paseó desnudo, a pelo, por la plaza Nueva, subió por la calle del Obispo, entró en el claustro de la Catedral y se bañó plácidamente en el estanque 172


de los patos. De allí fue directamente al Mental de Sant Andreu y se estuvo una larga temporada. Durante años entró y salió del manicomio, pero ya no actuó más en el Liceo. Se volvió obsesivo y en uno de sus delirios conoció a Johnny Bomba y a su amigo que hoy pide en el metro para comprar lotería. Coincidieron en Castelldefels, buscando con el detector de metales los tesoros que los bañistas perdían en la arena. Se ponían a primera hora de la mañana, antes de que la gente invadiese la playa, y se excitaban cuando sonaba la señal acústica de los detectores. Hacían conjeturas sobre los millones de pesetas que podían obtener por una joya de valor, pero solo encontraban algún anillo de pacotilla, algún pendiente de plata, gafas de sol, latas de refresco, monedas, juegos de llaves…Un Rolex de oro, auténtico, es el único tesoro que consiguieron. Lo localizó el futuro tenor, pero el laringectomizado lo desenterró, lo hizo limpiar y lo vendió pos su cuenta. Los dos amigos se desengañaron y vendieron los detectores de metales a otros ilusos. El futuro tenor no, batió las playas en solitario, incluso en invierno, cuando nadie se acercaba a la arena. Fue en aquella soledad donde rememoró los años de figurante en el Liceo y se sintió Mario del Mónaco. Desde entonces no para de cantar: Ora e per sempre addio, sante memorie, Addio, sublimi encanti del pensier!

Desde su observatorio, sentado en la falda de la montaña, el ecuatoriano contempla Barcelona con el mar al fondo, casi imperceptible bajo una capa de niebla sucia. A sus pies, a nivel del mismo hospital, ve el campamento de la extensa familia de la 173


chica y oye algunos gritos de los gitanillos que juegan entre los pinos. A veces intuye la negra figura del patriarca y piensa que, si el quisiese, Dalia sería suya. Sabe que esto no pasará pero ni una familia por grande y compacta que sea, ni todo un ejército puede oponerse a la fuerza del amor, piensa. La aglomeración urbana, el relieve de Barcelona y la pendiente que va desde la montaña al mar le recuerda Guayaquil. Sonríe cuando piensa que antes que su destino uniese el nombre de las dos ciudades, ya lo había hecho el futbol. Toda su familia era seguidora fanática del Emelec, el rival futbolístico del Barcelona Sporting Club de Guayaquil. Allí son enemigos irreconciliables, aquí, en cambio, declararse en contra del Futbol Club Barcelona le parecería de mal gusto. No siente nostalgia de su tierra. Solamente una vez se le saltaron las lágrimas por un puñado de tiernos recuerdos. Fue un día en que al salir del metro en la plaza Cataluña, le asaltó la voz de Julio Jaramillo que cantaba Náufrago de amor. Entonces se percató de que era un 9 de febrero, el aniversario de la muerte del ídolo de su país. Un grupo de compatriotas se había congregado en la plaza Cataluña para revivir la fecha como se hace en Guayaquil, difundiendo las canciones de Jaramillo a todo volumen, por cada calle, por cada esquina. Aquella voz atiplada, inconfundible, le cogió a traición y le puso la piel de gallina. Lloró. Recordó la cola que había hecho un 9 de febrero de 1978 y del solemne juramento que su padre hizo ante el cadáver del cantante. En la plaza Cataluña lloró decepcionado de si mismo por no haber sabido cumplir las expectativas de sus padres. El no sería nunca un Jaramillo, ni tan solo un Abilio Bermúdez, un cantante al que conocía personalmente. Bermúdez tenía personalidad, como Jaramillo. El no. El era un don nadie, un medio músico con la carrera de piano a medio terminar, una 174


medio cantante que se desgañitaba en el metro, un medio marido y un medio padre que tenía a sus hijos a merced de la familia de su mujer… Pero ahora, sentado cara al mar se sentía capaz de grandes empresas. Sobre todo de una: amar a Dalia. Se pasa horas sumergido en voluptuosos delirios. Se imagina un futuro lleno de felicidad en el que se desvive para que el frágil corazón de Dalia no sufra. La tratará con tanta solicitud que se curará y los médicos lo atribuirán a un milagro. Y lo será. Triunfará el amor. El solo vivirá para ella. Los dedos, habituados a arrancar notas al requinto, adquirirán una sensibilidad especial porque será su lenguaje. Hablará con los dedos y con los dedos le dirá a todas horas que la ama. Le dará caricias de seda a las que ella corresponderá con largos y cálidos besos. Se amarán sin prisas y después de cada orgasmo reemprenderán poco a poco las caricias, una y otra vez, como una ola que avanza pausadamente por una playa lisa y que se rompe y recomienza al ritmo de un acunar paciente e infatigable. El sueño les vencerá sin que se den cuenta y dormirán entrelazados, como si la desnudez del uno no pudiese descansar sin la proximidad del otro. El será siempre el primero en despertar y tendrá el placer de contemplarla como quien contempla un tesoro. La vestirá, la peinará, le cantará canciones de amor, le comprará betún de todos los colores. Vivirán en una casa de paredes blancas como la nieve, y Dalia la pintará con flores de colores muy vivos, de pájaros, de plantas resplandecientes. En su sueño, el ecuatoriano ve a Dalia, con los dedos manchados de betún, bonita y alegre después de pintar todo el día. Ve también como dibuja sobre su cuerpo y, como el, embriagado de felicidad y el, embriagado de felicidad y de erotismo, se deja hacer hasta que se abrazan y ruedan por el suelo llenos de amor. 175


COLLBLANC

La taxista se come las uñas impaciente pensando en como quedará el Renault 10 que ha hecho restaurar para su padre y recuerdo con añoranza los tiempos en que llevaba camiones. Le gustaba aquella vida. Cuando subía a la cabina se sentía segura, poderosa. La altura física le daba una superioridad indiscutible, como el piloto de un avión, que sabe que todos dependen de el, como el militar que se hace respetar por el numero de estrellas que lleva en la manga. La cabina era una atalaya desde la que las personas se veían pequeñas y frágiles, y los coches parecían satélites subsidiarios de los auténticos señores de la carretera, los camiones de gran tonelaje, los trailers que llevaban la placa TIR o la inscripción VEICOLO LONGO como quien exhibe un título nobiliario. Al bajar de la cabina en cambio se sentía vulgar, casi ridícula, como los pájaros que vuelan majestuosamente durante horas y apenas saben andar por el suelo. Le gustaba el espíritu independiente y libre de la profesión. Es cierto que el transporte de mercancías está sometido a legislaciones cambiantes y complejas y que las empresas presiona al camionero para que se multiplique haciendo el trabajo de dos y de tres hombre y, sobretodo, para que cada vez vaya mas deprisa. Pero el camionero de raza es como el pescador que se queja porque se juega la vida en un trabajo mal pagado y, que a pesar de eso, no se sabe estar en tierra firme. La taxista no tenía un concepto demasiado elevado de sus colegas. La mayoría eran rudos y, fuera del ámbito sexual, de 176


charla muy limitada. Pero los respetaba por el solo hecho de compartir con ellos un trabajo de riesgo. Los camiones vuelcan, se salen de la carretera, chocan, se caen en los pantanos, se empotran contra las casas, chocan entre ellos, atropellan ciclistas, vierten líquidos tóxicos, se inflaman, atrapan conductores que han levantado la cabina, hacen rutas peligrosas, desafían al sueño y al cansancio, son víctimas de la lluvia, del hielo, de la niebla… Todo esto se comenta entre compañeros y los une, les apiña en una solidaria hermandad de mutuo socorro que les empuja a ayudarse en cualquier circunstancia. Le gustaba este mundo de riesgo y de hermandad. Requerir la ayuda de un compañero porque no sabes por donde atravesar un río o simplemente que te pare un camionero que solo sabe hablar finlandés para pedirte café porque se le ha estropeado la cafetera produce una agradable sensación de fraternidad. Nunca se sintió sola. Ella respetaba y también se hacía respetar. Sabía lo que decían por detrás. Que si era lesbiana, porque las mujeres normales no hacen de camioneras. Poco le importaba. Si hubiese sido lesbiana no habría tenido la relación que tuvo con Oskar. El hombre de la mano quemada y la mujer de las piernas vendadas se casaron después de dos años de noviazgo, si es que se podía llamar noviazgo a una relación intermitente y esporádica a causa del trabajo de ella. Era criada y solo tenía libres las tardes de los jueves y de los domingos. El, que ya había cumplido los treinta, tenía prisa por casarse. Ya había perdido bastante tiempo con la primera novia, la de las manchas de pólvora. ¿Qué habrá sido de ella?, ha pensado en alguna ocasión. Hicieron una boda pobre y los recién casados se colocaron en una habitación de realquilados con derecho a cocina. No tenían 177


cama de matrimonio porque no cabía, con trabajo había espacio para una cama individual que la llamaban cama turca, una silla y un armario estrecho. Pero estaban decididos a tener una casa propia y desde el primer día ahorraron hasta el último real. Ella hacía trabajos de limpieza en los pisos del Ensanche, y el hacía de albañil e incluso de paleta en algunos trabajos suplementarios que encontraba aquí y allá. Poco a poco, privándose de comprar ropa y tomando solo un vaso de leche por toda cena, ahorraron veinte mil pesetas, que fue la entrada de un piso en Verdún. Era un piso ficticio. Les estafaron y las veinte mil pesetas se esfumaron sin dejar rastro. Fue un golpe brutal, un durísimo desengaño. Se pasaron noches enteras llorando, convencidos que nunca conseguirían nada, que habían nacido para ser bestias de carga sin ningún derecho, trabajadores incultos a los que se podía robar impunemente. La mujer estaba embarazada y en la exigua habitación compartida no cabían más que ellos dos. ¿Que hacemos ahora?, se repetían sin hallar la respuesta. Se plantearon muy seriamente la posibilidad de regresar a Andalucía, al pueblo de ella, porque el no podía volver al suyo, estaba sentenciado. Incluso se les pasó por la cabeza irse a Alemania, como habían hecho muchos conocidos. Al final, con el rincón que habían conseguido para el segundo plazo del piso inexistente, compraron una barraca en Montjuic, en Can Valero, y decidieron empezar desde cero. Era un habitáculo formado por tres paredes de ladrillo complementadas con tablones, planchas de diversa procedencia, latas y un techo de trozos desiguales de Uralita. En la falda de la montaña había algunos olivos y el hombre empezó a respetarlos y a lamentar haberse meado en ellos cuando huía del pueblo. Los olivos eran más nobles que las personas; eran arrogantes pero honrados. A los dos les pareció que aquella época de penalidades es cuando 178


mas unidos estuvieron, pero como no se lo han dicho nunca, no saben que el otro piensa lo mismo. Empezar de cero significaba trabajar aun más horas para alimentar una boca más. En cuanto pudo la mujer volvió a fregar pisos donde le permitiesen ir con la criatura. Tuvo hijos lo suficientemente pacíficos para estar sentados en una silla sin protestar mientras ella trabajaba. La suerte les dio la cara cuando el marido instaló una bomba en un pozo de una torre en Vallcarca. Desde entonces se corrió la voz y le llamaban de todas partes. Nunca hubiese dicho que en Barcelona y sus alrededores hubiese tantos pozos y tan poca gente que se atreviese a bajar. Comparados con los pozos verticales de la mina, aquello era coser y cantar. Sonreía por dentro cuando veía las muecas que ponían todos para no bajar a un pozo. Y como el se atrevía abajar a profundidades que asustaban a los profesionales de toda la vida, cogió fama de pocero arriesgado y constantemente le llamaban para limpiar, reparar y construir pozos. Pero no por eso dejó el trabajo de albañil, del que aceptaba hasta trabajos de noche. Había semanas en que apenas dormía. El hombre nunca dijo que vivieron cinco años en una barraca. La mujer de las piernas vendadas, en cambio, no se escondía. Al revés, recalca a sus hijos que tengan bien presente que de pequeños iban a cagar a la montaña porque en la barraca no había water. Recordad siempre que venís de abajo del todo, les decía ella. I añadía: Muchas de estas mujeres que ahora presumen de vestidos, de coches o de televisores de cuatro palmos, vienen de las barracas. ¿O es que ya nadie se acuerda de Can Valero, de la Montañita, del estadio de Montjuic o de can Tunis? ¿Qué se ha hecho de los miles de familias que vivíamos en las barracas? ¿Se las ha tragado la tierra? ¿Porque se callan? ¿De que se avergüenzan, de haber sido pobres? Pues yo no tengo 179


vergüenza, al revés, quiero que se sepa, que no nos han regalado nada y que para poder comprar un piso donde Cristo perdió las alpargatas las mujeres hemos tenido que limpiar mucha roña en casa de los ricos y que en toda la vida nos sacaremos de las manos el olor a lejía. En 1971 entraban en el piso de Can Serra, habiendo firmado un montón de letras. Vuelves a ver al acordeonista y al ecuatoriano del requinto. Se han colocado en un extremo del vagón contiguo y les ves de espaldas, en la misma actitud de antes: uno agachado sobre el requinto y el otro con la mirada alta y distante. Dentro de pocos días el acordeonista dirá a su compañero: Mañana le dan el alta a Dalia y no nos veremos más. Nos vamos con la familia, lejos de aquí. ¿Qué dices? Que nos vamos. Me llevo a Dalia. El ecuatoriano se quedará atónito. Se aguantará las ganas de llorar y con trabajo le quedarán ánimos para balbucear: ¿Ah si? Entonces el acordeonista le explicará que el patriarca se lleva a los dos con el por el bien de la chica. No quiere que duerma mas en descampados y fábricas abandonadas que no protegen del viento y de la lluvia. Y añadirá que los suyos se están moviendo para encontrarle un marido a Dalia. Las palabras del gitano serán como una puñalada. Será la última conversación entre los dos. Se despedirán y en cuanto el ecuatoriano del requinto haya dado media vuelta, llorará desesperado, vencido por la rabia y la impotencia. Llorará todo el día, y al día siguiente, y al otro y al otro. La ira se irá transformando en pena y llorará de tristeza. Su mujer le preguntará que le pasa y el dirá que añora Guayaquil y que tiene ganas de ver a los niños. Se sentirá miserable por haber invocado 180


a los hijos, porque no es verdad, piensa bien poco en ellos, desde que visten de soldaditos no les siente como propios. Obedeciendo a un impulso irracional, subirá de nuevo a la falda de la montaña, desde donde contemplará la mole de ladrillo rojo en recuerdo del tiempo en que la esperanza era posible. Ya no examinará los perfiles de las figuritas humanas que se ven en la multitud de ventanas del hospital, se limitará a hacer volar los recuerdos, a rememorar el tiempo de una prefelicidad que acabará en nada. Ni tan solo se habrá podido despedir de Dalia. Pasará tardes enteras sentado con la mirada perdida sobre los edificios de Barcelona pensando en su amor: ¿Dónde debe estar? ¿Qué debe estar haciendo? ¿Se acordará de mi cuando pinte? ¿Quién le comprará betún de colores? Entonces hará una cosa que no había hecho nunca antes: compondrá canciones. Le saldrán de dentro, espontáneamente. Serán baladas tristes que hablarán de estrellas fugaces, de amantes que no se llegan a besar, de corazones inundados de nostalgia… Subirá a la montaña con un lápiz y un papel pautado e irá anotando las letras y las músicas que le dicte la borrachera de añoranza. Hasta que un día notará la presencia de alguien que le observa, volverá la cabeza y la verá, a Dalia, que le sonríe y se lanza en sus brazos. Piensas en el tenor del metro y en sus amigos que hoy piden para comprar lotería. Te viene a la memoria la estrafalaria imagen de Johnny Bomba, con sus pantalones rojos y la camiseta negra. Tienes presente su cuerpo regordete y fuerte, con una barriga demasiado tirante por su edad. Y la cara tostada por los rayos UVA, con el negro postizo del pelo, las cejas y las pestañas. Aun te preguntas que caray pretenden el y su amigo. Teóricamente solo piden dinero, pero la fachendería y las 181


mentiras de Johnny Bomba parecen mas una tomadura de pelo, una performance. Además de los músicos y pedigüeños te consta que hay actores de la calle que hacen improvisaciones dramáticas en el metro y que acaban pasando el platillo. Al amigo laringectomizado, en cambio, se le veía auténtico, como un sin techo habituado a rodar de un lado a otro. Entonces piensas que… ¿Y si todo fuese verdad? Si el tenor del metro ha actuado en el Liceo, aunque solo sea como figurante, sus compañeros de búsqueda de tesoros en las playas de Castelldefels también podían haber tenido su momento de gloria en el Royal Albert Hall, de Londres. Tal vez Johnny Bomba y su amigo se conocen desde muy jóvenes y siempre se han ayudado el uno al otro. Quizás si que han dado la vuelta al mundo unas cuantas veces. ¿y si fuese verdad que el amigo laringectomizado cayó realmente de la gloria al infierno a causa de una mujer? ¿Y si de verdad tiene una fe ciega en la lotería para salir de la pobreza? Imagínate que, por la musculación de Johnny Bomba, por su desenvoltura casi insolente, por la costumbre de plantar cara a la gente con farolería profesional… Imagínate que Johnny Bomba y el amigo sean exluchadores de lucha libre Imagínate que el laringectomizado tuviese antes un cuerpo hercúleo, pero el cáncer, la extirpación de la laringe y la radioterapia le han adelgazado hasta darme su actual aspecto de cerilla con piernas. Si así fuese, los dos podían haber dado el paso hacia de la lucha grecorromana a la lucha libre. La grecorromana es un deporte amateur que permitía acumular trofeos en casa y que tenía como meta máxima acceder a unos Juegos Olímpicos. Pero de eso no se vivía y los buenos luchadores se pasaban a la lucha libre, que no era exactamente lo mismo, pero daban popularidad y dinero. En los primeros entrenamientos con profesionales, en el 182


gimnasio del Price, conocieron a otros debutantes, jóvenes e inexpertos como ellos. Eran Johnny Bomba, conocido también como la Bomba Johnny, y Barrabás II, hoy laringectomizado, hermano del mítico Barrabás I. Los otros dos, algo más jóvenes eran Tomás Carrasco, a quien los empresarios calificaban como el Tigre de Sabadell, y Quico Sanclemente, que primero fue el Lobo y después el Caimán. Dejaron de llamarle el Lobo porque en uno de los primeros combates, el público se quejaba de su poca agresividad y gritaba: ¡ Tu no eres un Lobo, eres una Lubina! Johnny Bomba y Barrabás II sabían excitar a la gente con una escenificación bien ensayada. Johnny aguantaba todos los castigos. Algunos compañeros le conocían como el Bayeta porque siempre acababa por los suelos. Era un as echándose dentro y fuera del ring, se pegaba unas costaladas y recibía de verdad, pero también repartía leña cuando hacía falta. Si le acusaban de que todo estaba amañado y pactado, Johnny se defendía: Cuando un payo se pone a saltar sobre tu estómago no hay trampa posible, y cuando te tiran de arriba abajo del ring la caía es auténtica y si te pegas una hostia te tienes que aguantar. Barrabás era desmañado y no tenía muchos recursos técnicos pero básicamente era un provocador. Si el ambiente era frío, buscaba brega entre el público como solo el sabía hacerlo. Barrabás y Johnny llevaban con frecuencia a sus mujeres a los combates y las utilizaban de gancho para que les tildasen de gallinas voz en grito. Barrabás enviaba a menudo a su mujer a fregar platos y la desafiaba a probar quien era mas hombre, si su marido o el. A pesar de que debía moderar su lenguaje y las provocaciones para que no le retirasen la licencia. Barrabás II, que hoy no tiene voz a causa de la laringectomía, se encaraba con los espectadores y les decía que mas valía ser hijo de puta 183


que cornudo. Mas de una vez había tenido que salir del local custodiado por la policía. Sin ser figuras de primera fila, Johnny Bomba y Barrabás iban de una parte del mundo a la otra y ganaban dinero a base de dejarse rapar al cero en el mismo ring sino vencían a los ídolos locales y dejarse hacer picadillo a la vista de un público escandaloso. Como en aquel combate en el Royal Albert Hall de Londres, durante una velada cara, con cena incluida, en la que Johnny fue a parar a la sopa de tortuga que ingería una pareja aparentemente desprevenida pero que participaba en la confabulación. A Johnny le llamaban el Bomba por eso, por la facilidad con que se estrellaba contra el suelo o contra el público de las primeras filas. En el Royal Albert Hall rompió el palto, la sopera, la mesa y perdió todos los dientes de abajo por el impacto de la mandíbula contra la mesa de al lado, que era maciza de verdad. Hoy, Johnny y Barrabás reniegan a sus setenta años y añoran aquel tiempo en el que la lucha llenaba palacios de deportes y plazas de toros hasta la bandera. En verano, con los espectáculos al aire libre y las fiestas mayores, no paraban. Hasta que la gente dejó de ir, los empresarios dejaron de organizar combates y la lucha libre despareció. Adivinas que Johnny Bomba tiene ganas de demostrar que aun está en forma. Tendrá ocasión. Le propondrán que vuelva a luchar y dirá que si, sin pensárselo dos veces. A la hora de la verdad se arrepentirá de haber aceptado, pero no se echará atrás. - Siéntate, papá. Lo dice una chica alta y cuadrada que lleva un gran sobre de plástico, de los que contienen radiografías, ecografías y resonancias magnéticas. 184


- Siéntate, papá. – repite mientras ayuda a sentarse a un hombre que medio arrastra una pierna y que anda ayudado por una muleta. Es una mujer robusta que podría competir con un hombre que se dedicase a transportar materiales pesados. La chica parece consciente de esta impresión y la disimula con unas maneras suaves, intencionadamente femeninas. Debe ser tímida, porque habla en voz baja para no llamar la atención y baja la mirada, como un caracol que se mete dentro de su concha. Al contrario que la hija, el hombre es escuchimizado, poca cosa, con unos huesos delgados como varillas de paraguas. Padre e hija se han repartido el vigor y la salud de manera desequilibrada, pero el lo acepta con una resignación alegre, porque su hija es la única razón de su existencia. Le da fuerzas para trampear una salud dimisionaria y para cargar con las consecuencias de un carácter débil que le ha sembrado la vida de contratiempos. Tienes la sangre de horchata, te dejas tomar el pelo, eres un calzonazos, no se porque me casé contigo, si tuviese lo que hay que tener… le decía su mujer. Aquello que empezó como un murmullo sordo se convirtió en música continuada, con gritos y palabras escupidas con rabia. Si esperas que tu padre haga algo, estás arreglada, le decía a menudo a su hija. Tal vez su mujer tenía razón: si el hubiese tenido mas genio, habría parado el golpe. Pero las cosas fueron como fueron. Cuando trabajaba en un taller de pasamanería, a un compañero de trabajo y a el, les tocaron quince millones de un décimo compartido del gordo de Navidad. El compañero le propuso establecerse por su cuenta e ir a medias en el nuevo negocio. El dijo que si y empezó un periodo febril de gestiones para encontrar un local adecuado, conseguir créditos y poder comprar las primeras máquinas. 185


El comienzo fue esperanzador. Se hacía unos hartones de trabajar, pero volvía feliz a casa. La mujer estaba contenta, nada hacía predecir el mal humos crónico que le sobrevino cuando llegaron las dificultades. Nunca le perdonó el declive económico que la hizo renunciar a una vida sin lujos pero cómoda. Cuando aun todo iba bien, el hombre empezó a quejarse de unos dolores en la cadera que atribuía al exceso de trabajo. El dolor se intensificó cuando surgieron los primeros problemas causados por la informalidad de algunos clientes importantes a la hora de pagar. Alegaban razones coyunturales, pero los retrasos se acumulaban y hacían girar la rueda hacia un círculo vicioso envenenado. Si la empresa no cobraba, no podían pagar los términos de los préstamos, los bancos les estrangulaban, los proveedores no aceptaban excusas y no suministraban nada sino cobraban en el acto. Todo eran deudas y, los trabajadores, cansados de no cobrar los salarios, denunciaron a los amos en Magistratura. La empresa quebró y los dos socios, endeudados hasta el cuello, lo perdieron todo, incluidas sus casas. Con una diferencia. El padre de la chica alta y cuadrada se declaró insolvente cuando ya no le quedaba nada para embargarle, y el exsocio que también se quedó sin nada, tuvo que pagar hasta la última peseta de las deudas. Siempre, incluso en los momentos de mayor desgracia, le persiguió para recordárselo. Aun hoy lo hace: He pagado más que tú y no te lo perdono. Entonces el dolor de la cadera se había vuelto un tormento crónico. La mujer ponía el grito en el cielo. Atribuía los estertores y los sacrificios a la debilidad de su marido, a la falta de carácter para enfrentarse al socio y a los acreedores. El golpe de gracia ocurrió cuando ejecutaron el desahucio de la casa. Ella no se lo perdonó. 186


¡Como puedes estar tan tranquilo! Aquí nadie paga las multas y no pasa nada. Nadie devuelve los préstamos a tiempo, porque los bancos gritan mucho pero no muerden. Y si ellos gritan, tú aún más. Si ellos te amenazan tu les amenazas a ellos; si te echan los jueces encima, tu les engañas con faltas promesas, como hacen todos. Este es un país de estafadores y, cuando mas grande sea la bola, mas seguro puedes estar de no ir a la cárcel. La ley solo recae sobre los tontos como tu. ¿Es que no ves que los clientes que te deben dinero se hacen una panzada de reírse a tu costa? Y tú, en lugar de cogerles por los cojones, te arrugas y te dejas tirar a la calle como un perro. ¿Dónde iremos ahora?

CARDENAL REIG

Esto no es una estación, Aun no. Lo será cuando ensanchen el túnel para hacer los andenes y excaven pasillos y escaleras hasta el exterior. Un día será una estación nueva y las bocas se abrirán en la confluencia de la carretera de Sants con Cardenal Reig, de la que toma el nombre la futura estación. Cardenal Reig se añadirá a la tradición clerical de un nomenclátor lleno de santos, de cardenales y de obispos, como Urquinaona y Torres y Bages. La gente no se fija mucho en los nombres de las vías públicas ni en el de estaciones de metro. Pocos viajeros se preguntan quien era Justo Oliveras, la Pubilla Casas, Pep Ventura, Bac de Roda o la reina Elisenda. Tal vez cuando Barcelona celebra la anual Semana de la Poesía, cuando por unos días los vagones viajan con poemas estampados en las ventanillas, quizá alguien se fija en la rumorosa sonoridad de 187


algunas estaciones, como Campo del Arpa, Florida, Fontana, Gorg, Llacuna o Selva de Mar. Pero esto es excepcional. Pocos viajeros se preguntarán quien era el cardenal Reig. Eso si es que Cardenal Reig no acaba como la estación fantasma de Gaudí. O puede batir el record histórico de la línea 2, algunos tramos de la cual estuvieron más de diez o quince años prácticamente acabados sin entrar en servicio. Deja de pensar entonces en esta nebulosa y vuelve al presente, al matrimonio de jubilados que vivieron durante cinco años en una barraca y que entraron en el piso de Can Serra, en Hospitalet, cuando aun no tenía ni agua ni luz. El barrio era entonces una explanada de huertos, campos de algarrobos y bloques emergentes. No habían calles asfaltadas ni tiendas ni escuelas ni mercado ni metro ni autobús. Nada. Ya tenían dos hijos que, una vez casados, les han dado cuatro nietos: cuatro cabecitas infantiles en cuatro marcos de plata sobre el televisor. Cuando tomaron posesión del piso, lo primero que hizo la mujer fue llenar de besos todas las paredes, las ventanas, las puertas, el suelo. ¡Es nuestro, exclamaba, es nuestro! Le duró días. Pero había que pagar las letras y el marido no ganaba bastante. Por eso, un día, no sabiendo como conseguir más dinero, se roció la mano con ácido sulfúrico. Esto le permitió cobrar la baja y alargarla durante tres meses, que aprovechó para hacer trabajos sueltos y bajar a tantos pozos como pudo. El dolor era intensísimo y la mano se le infectó dos veces,. No se acabó de curar bien y por eso le quedó esa piel rosácea, pero la estratagema le permitió superar un momento crítico, desesperado. Si en otros tiempos las adversidades les habían unido, ahora empezaba a distanciarles. Las angustias económicas coincidieron con las luchas del barrio por denunciar la especulación y los 188


abusos, por exigir los equipamientos de todas clases que les faltaban. La Mujer se unió a las movilizaciones con entusiasmo y participó en la recogida de firmas, en asambleas y sobretodo, en las ruidosas manifestaciones ante el Ayuntamiento de Hospitalet. En aquella época protestar por cualquier cosa era enfrentarse a un sistema político autoritario y cualquier reivindicación se tomaba en seguida de antifranquismo militante. Al hombre de la mano quemada esto le daba pánico, ya había sufrido una vez las consecuencias de plantar cara al poder y había tenido que huir por piernas. Ahora temía perder aquello que había conseguido con tanto esfuerzo y no veía nada bien que su mujer se significase e hiciese el ridículo. Ellas eran incultas, no estaban capacitados para enfrentarse con las constructoras y aun menos con el Ayuntamiento. Un día la policía podía echárseles encima, porque le constaba que entre los que más gritaban había gente fichada, agitadores políticos, sobretodo comunistas y afiliados a los sindicatos clandestinos. Por culpa de ellos, todos corrían un grave peligro. Llegó a prohibir a la mujer que saliese de casa cuando el tambor recorría las calles convocando a la gente del barrio con un redoble de Revolución Francesa. Hubo gritos, amenazas y mediaciones de otras mujeres para que la dejase participar en el movimiento vecinal. Y la animaban a ella para que se sumase, que el barrio era cosa de todos. El hombre cedió, consintió que la mujer, que ya tenía mal las piernas pero que aun no las llevaba vendadas permanentemente, hiciese el payaso tanto como quisiese y se metiese en politiquerías. Lo aceptó como una derrota personal. La relación entre ellos dos se deterioró y, a medida que la mujer iba abriendo su círculo de amistades, el se iba cerrando en casa. Había conseguido un estatus modesto pero inimaginable cuando salió 189


del pueblo, campo a través, con solo lo puesto. Los dos carnets del Barça – el suyo y el de su mujer – marcaban el hito de su ascenso social, culminaban un largo proceso de integración. Y cuando le echaban en cara que no participaba en la lucha del barrio porque tenía una mentalidad pequeñoburguesa, se indignaba: ¿No es eso lo que queríamos? ¿No hemos venido para ser pequeños burgueses? Sino fuese porque el, aleccionado por la tiránica embriaguez de su padre, detestó el alcohol desde muy pequeño, quizá se habría dado a la bebida. No soportaba haber perdido autoridad moral, que la mujer tomase unas iniciativas que no le correspondían y que supeditase sus obligaciones a una deplorable locura colectiva de asambleas y pancartas. No soportaba la retórica que imperaba en el barrio: lucha, clase obrera, plataforma reivindicativa, asamblea, toma de conciencia…Eso de la toma de conciencia su mujer se lo tomó tan en serio que, en las primeras elecciones democráticas, no solo no le pidió consejo sino que no le reveló a quien votaba. La mujer se inscribió en la escuela de adultos al mismo tiempo que dejó de acompañarle al futbol. Fue la puñalada definitiva, el menosprecio que el aun no ha digerido. Ahora ha alquilado el carnet que le sobra a un vecino del barrio y el va solo al futbol. No es que sienta una gran pasión futbolística, su vicio, en realidad, es ir al estadio a participar del espectáculo que se representa en aquella colosal arquitectura. Cuando se hizo del Barça sintió como si su vida hubiese llegado por fin a puerto. El carnet certificaba que le habían admitido en la crema de la sociedad catalana, ahora ya tenía suficiente pedigrí para ir al campo y juntarse con las fuerzas vivas del país. Cuando coje la línea azul para ir al futbol, en el momento de empujar a la gente para caber en el repleto vagón, se siente 190


afortunado. Y después, en el estadio, donde se arraciman miles y miles de personas, se sumerge en el ambiente extraordinario, indescriptible: gritos, colores, sentimientos a flor de piel. Aquello también es una toma de conciencia, se dice a si mismo. Desde el tiempo en que se extasiaba en el Borne, no había experimentado un placer tan intenso, sino que ahora el participaba en el prodigio. Ganar o perder en el fondo le era indiferente, lo importante era estar, empaparse de barcelonismo, dejarse arrastrar por un griterío misteriosamente unánime: ¡aah!, ¡uuui!, ¡goool! Desde su atalaya se maravillaba del hervidero de todo aquel hormiguero humano y se sentía orgulloso de formar parte de el. Si alguna vez no puede ir le parece que se pierde algo sublime y trascendente. Su mujer es incapaz de entenderlo. El hombre de la muleta y la chica alta y cuadrada no hablan mucho. Ella está acostumbrada a no abrir la boca. Desde bien pequeña aprendió que cualquier palabra era una chispa que podían incendiar un conflicto. En casa se respiraba una atmósfera biliosa, amenazadora como el grisú de una mina, que se va acumulando a traición, en silencio. Cuando les echaron del piso por culpa de las deudas, la relación familiar ya estaba deteriorada del todo, el padre y la madre se trataban a gritos o con indiferencia, sin matices intermedios, sin una pizca de respeto. Fueron a una casa de alquiler, un cuarto piso sin ascensor.. Cabían justito, pero era lo único que habían encontrado. De vez en cuando el padre recibía la rencorosa visita del exsocio, que solo venía a recordarle una cosa: He pagado más que tu y no te lo perdono. El día que tengas un duro será para mí. Hoy el padre y la hija añoran aquel piso: todo lo que sobrevino después fue una caída por un tobogán sin fin. La chica alta y cuadrada tiene todo el despojo grabado en la memoria, recuerda 191


como la casa se fue vaciando de lo más elemental porque todo acababa empeñado o malvendido: el microondas, la tabla de planchar, la lavadora, la nevera, los armarios, las lámparas… La mesa y las sillas del comedor fueron sustituidas por cajas de fruta recogidas en el mercado. Un día les cerraban el agua y, cuando conseguían restablecer el suministro, les cortaban el teléfono o se quedaban sin luz. La chica se acuerda estar haciendo los deberes en la cocina, a la luz azul de los fogones de gas butano. Cuando había. La hija recuerda con claridad el día en que se llevaron el televisor, un Sony de veintiuna pulgadas, el último testimonio de los buenos tiempos. Fue un dos de enero. El día antes había visto el concierto que se hace en Viena cada primero de año. Estaba fascinada por la fastuosidad de la sala, llena de estatuas doradas y con unas arañas relucientes como mil diamantes colgados del techo. Casi aspiraba la fragancia de las abundantísimas flores que decoraban los balcones y el escenario y olía el perfume que exhalaba un público elegante y selecto. Sentada sobre una caja de fruta pensaba que el vals era la quintaesencia de la despreocupación. Si miraba a su alrededor no veía dorados ni flores ni arañas, sino bombillas desnudas y miseria, si prestaba atención no oía violines sino el portazo que daba su madre cuando salía sin decir donde iba. No hacía falta. Bastante sabía que ella y su padre iban al bingo a probar suerte. El padre también desaparecía para ahogar su desasosiego en la ruta de los bares. Volvía con el aliento a vino y los ojos chispeantes propensos a gimotear después de recibir una lluvia de improperios de su mujer. Pero si la chica cerraba los ojos se figuraba que estaba en Viena, donde se respiraba con creces la elegancia y no se insultaba por una comida o una cena mas que problemáticas. Al contrario, en Viena la gente sonreía, aplaudía y 192


se deseaba un feliz año nuevo con una despreocupación absoluta por las subsistencia de cada día. Desde entonces la chica alta y cuadrada hace lo imposible por ver el año nuevo vienés o escucharlo por radio. Los valses le recuerdan la época de oro en que tenía un buen televisor y aun hoy suena el eco de un cuento de hadas que la mete dentro de la música como si se refugiase un una campana de cristal. Se imagina sentada en las primeras filas del Musikverein, vestida con ropa glamourosa y envuelta por hombres perfumados. Un día que su madre estaba de peor humor que nunca, la niña observo que vomitaba a escondidas y le preguntó que le pasaba. Que quieres que me pase, que estoy embarazada. Lo dijo como quien anuncia una calamidad, una más de la lista inacabable de agravios en que se había convertido su vida. Y tu padre sin dar golpe. Se refería a la invalidez absoluta que le acababan de conceder a causa de sus problemas de caderas. Esto tenía una parte positiva: desde ahora podría disponer de una pensión que, si bien era mínima, era el único ingreso fijo de la familia. ¡Yo puedo trabajar! Exclamó la niña espontáneamente Le dijeron que no, que era demasiado pequeña, pero que debería ayudar a su madre mientras durase el embarazo. Desde aquel día se convirtió en criada, recadera, niñera, enfermera y asistente social. Tenía doce años. La Bomba Johnny, Barrabás II, el Tigre y el Caimán hicieron gran parte de su carrera juntos. Ninguno de ellos llegó a primera figura en la lucha libre, pero se hicieron un nombre, cada uno en su estilo. La Bomba Johnny como luchador duro, de hierro colado, capaz de encajar golpes bestiales sin parpadear. Barrabás como heterodoxo y, sobretodo como un showman. 193


El Tigre y el caimán formaban un subgrupo bien definido y compacto. Siempre iban juntos y se mantenían al margen de las aventuras que se organizaban en el extranjero, cuando los dólares quemaban en las manos y la mayoría de los luchadores corrían a gastárselos. Ellos dos no, dentro y fuera del ring mantenían el espíritu noble, idealizado de la grecorromana. Eran exquisitos, ágiles, elegantes y muy técnicos, pero les faltaba sentido del espectáculo. En los carteles siempre se les calificaba de atletas y de finos estilistas, pero nunca de terroríficos, demoledores, carniceros o violentos, como se les llamaba a los otros. Una lucha entre los dos desesperaba al público. Eran exhibiciones de las mejores llaves y contrallaves ejecutadas con una plasticidad coreográfica, sin mala leche. Solo el tigre se destapaba de cuando en cuando con ataques de rabia que desconcertaban al rival y animaban al público. Cuando el catch a cuatro se puso de moda, formaron dos parejas: Bomba y Tigre contra Barrabás y Caimán. Se enfrentaron muchísimas veces. El Tigre y el Caimán realizaban la parte más técnica y la Bomba Johnny y Barrabás ponían la pimienta, el histrionismo que hacía falta para que el público vociferase, rugiese, protestase, se revolviese, riese, sufriese, insultase, aplaudiese, silbase y al final de todo saliese satisfecho. En mucos sitios ya les conocían y les pedían a coro las llaves más famosas: ¡La corbata, hazle la corbata! ¡El teléfono! ¡La mano de almirez! ¡La gabardina! ¡La silla eléctrica!... Hasta que un día actuaron los cuatro, en Madrid, en el campo del Gas, antes siete mil espectadores. En un momento en que el Tigre y el Caimán hacían una de sus exhibiciones don estilo gentleman, el público les increpó: ¡Tongo!¡Tongo!¡Qué se besen!¡Que se besen! Nada nuevo, eran los gritos habituales. Barrabás hacia ver que se enfurecía y recriminaba a Johnny que 194


su compañero era un cagado y los dos se enzarzaban en una lucha paralela y antirreglamentaria. La comedia de siempre. Pero esta vez el Tigre y el caimán reaccionaron de forma insólita. Cuando les empezaron a gritar que se besasen, se abrazaron y se dieron un largo, larguísimo beso con lengua, como los que se daban las parejas en las películas. El griterío fue apoteósico. Ni los árbitros ni los mismos compañeros podían separar a los dos luchadores que se mantenían fundidos en un morreo nunca visto entre hombres. Empezaron a llover objetos al ring y volaron sillas. Primero fueron unas cuantas y después una lluvia que provocó una desbandada general. El combate y el resto de la velada se suspendieron. Algunas personas precisaron unos puntos de sutura en la cabeza, y a los cuatro luchadores les retiraron la licencia federativa durante medio año. Johnny y Barrabás se indignaron por la sanción y no quisieron hacer más ningún catch a cuatro con los otros dos, pero sobretodo se quedaron impresionados porque el beso de tornillo fue auténtico. El Tigre y el Caimán habían estado años amándose en secreto y nadie había notado nunca nada. ¡Que asco! ¡Todo este tiempo nos hemos dejado magrear por ellos y resulta que eran del ramo del agua! No, si aún tendremos que ir al gimnasio con un tapón en el culo… Riñeron y desde entonces se refieren a ellos como aquel par de maricones. Tal vez es para disimular un fondo de admiración que a Johnny se le ha escapado alguna vez: ¡Que cojones tuvieron aquel par de maricones en el campo del Gas! La taxista conoció a Oskar en un Autohof, una gran área de servicio alemana para camiones equipada con talleres mecánicos, unas buenas duchas, bazares, cafeterías, restaurantes y zonas de reposo bien acondicionadas. 195


Como tantas otras veces, compartió mesa con un desconocido. Fue el quien la pidió permiso:¿Puedo sentarme? Hablaron animadamente y acabaron también compartiendo la estrecha litera del camión. A ella le apetecía dormir en una cama, pero Oskar estaba admirado que fuese camionera y la animó a que le enseñase la cabina. Ella se resistía, no quería parecerse a los colegas consumidores de revistas porno que solo piensan en pollas, coños, mamadas y folladas, los asiduos a los puticlubs de carretera y que por las noches participaban en el incesante movimiento de putas que van de una cabina a la otra en los grandes aparcamientos de camiones. A la mañana siguiente, antes de irse con su furgoneta Westfalia, Oskar le dio un número de teléfono para que se volviesen a ver. Entonces no había móviles y era complicado que se pudiesen comunicar dos personas que siempre estaban moviéndose. Pero el deseo siempre encuentra la manera de vencer los obstáculos. La segunda vez durmieron en el exiguo habitáculo de la furgoneta. Fue ella la que insistió. Para la taxista, entonces camionera, la Westfalia era encantadora. El deterioro que acusaba, tanto por dentro como por fuera, la identificaba como un icono del tiempo de Woodstock y de la Isla de Wight. Era de un azul marino descolorido y en el interior tenía unas cortinitas de un malva desmayado que algún día debían haber sido moradas o negras. Detrás llevaba pintado bien visible, un círculo amarillo y calabaza con un sol sonriente y el eslogan “ Atomkranft? Nein, Danke”, que añadía un pedigrí ecológico y contestatario a las reminiscencias de la cultura hippy. Oskar tenía el mismo encanto que la furgoneta. La cabellera le llegaba mas abajo que los hombros, el modo informal de vestir, las botas gastadas, la naturalidad con que se declaraba al margen de las modas, la forma sencilla y alegre de vivir una vida frugal, 196


sin ninguna concesión a la comodidad ni al sibaritismo, ni tan solo el gastronómico…Oskar se confesaba solitario, amante de vida medio bohemia, alternativa, de una independencia absoluta que le impedía juntarse con las personas y las ideas. Todo era fácil con Oskar. Excepto verse. Le explicó que era fotógrafo localizador, que trabajaba para agencias de publicidad que le encargaban cualquier clase de escenarios naturales para los anuncios: playas idílicas, bosques espesos, palacios, chalets, cabañas de pastor, antiguas fábricas, fábricas modernas, teatros, supermercados o discotecas, según las necesidades. Su trabajo era rodar de un sitio a otro, hacer montones de fotos y enviarlas a las agencias. No vivía en la furgoneta. Tenía un domicilio en Wolfsburg que se resistía revelar. Prefería establecer contacto a través de un número de teléfono del trabajo donde respondía personalmente o le pasaban los avisos. La taxista insistió en que se viesen mas hasta que el le explicó que no podía ser, que no llevaba una vida tan libre ni tan bohemia como ella pensaba. Le confesó que estaba casado y que tenía dos hijas. Le enseñó unas fotos de la familia. La casa, la decoración, los trajes, todo tenía el mismo aire alternativo y post hippy del Oskar y la Westfalia. Pero aquellas estampas familiares decían algo más. Si la edad de las dos niñas se podía situar fácilmente entre los seis y los diez años, la edad de la mujer era difícil calcularla. Según como, parecía joven y, según como, horriblemente vieja. Era un cuerpo delgado y retorcido que iba en silla de ruedas y que sonreía a la cámara con un rictus monstruoso. No la puedo dejar, dijo Oskar. Tuvimos un accidente, yo llevaba el citaron abrochado, ella no. No la puedo dejar, repetía. Fue culpa mía.

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El ecuatoriano del requinto y el gitano del acordeón han desaparecido de tu vista. Tal vez hayan vuelto a cambiar de vagón o han bajado para esperar otro metro. Tal vez hayan dado por acabada su jornada laboral y, después de hacer recuento y de repartirse las ganancias, se irán por separado. El comprará un bloc de dibujo y unos bolígrafos de colores en una tienda de todo a cien y se los llevará a su hermana. El del requinto se irá directamente al Valle de Hebrón, subirá a la montaña y hará guardia desde su atalaya amorosa hasta que oscurezca. Pronto darán de alta a Dalia y la gran familia gitana lo celebrarán con bailes y guitarras. Se llevarán a los dos hermanos con ellos, pero ella no querrá dormir en una caravana, la aterrorizará y se negará. No pude soportar revivir el incendio que se llevó la vida de los suyos. Le explicarán con gestos y dibujos que solo serán unos días, que después tendrá una cama y toda una habitación para ella en una casa, pero la chica se escapará. Irá a buscar al ecuatoriano del requinto al lugar donde le veía cada tarde desde el hospital, sentado en la montaña, mirándola. Cuando se le eche al cuello, el ecuatoriano llorará como una criatura y la llenará de besos. Y entonces no sabrá poner en practica ninguno de los planes de fuga que había planeado. No tendrá suficiente serenidad para saber que ha de hacer, donde ha de ir, a quien tiene que acudir. Eso si, será muy consciente que el hermano y toda la familia deben de estar buscando a Dalia como locos y que el tiene todos los números para que le acusen de rapto y quien sabe si de violación. Quizá le quieran linchar. Con el nerviosismo solo se le ocurrirá recurrir a su mujer para decirle: Te dejo tranquila, no te molestaré mas, me voy con el amor de mi vida. Solo necesito dinero para coger en seguida un tren, o un autocar, o un taxi, lo que sea. 198


Le sorprenderá la serena respuesta de su mujer, que desenvolverá un tapete de ganchillo bien enrollado dentro del que habrá un fajo de billetes. Ten, le dirá. Le dará mil euros y el se quedará paralizado, no sabía que su mujer guardase dinero a escondidas:¿De donde lo has sacado? Ella solo le contestará: Toma y no vuelvas más. No le dirá que desde el día que salió de Guayaquil tenía una bolsa secreta para poder traer a sus hijos a Barcelona. Les quería ir a buscar personalmente, no quiere enviarles el dinero, tiene miedo que se pierda por el camino, que alguien haga como ella ha hecho en algunas casas donde ha servido o a cuidado de viejos. No es robar, se dice, porque es un caso de necesidad. ¿Qué no haría una madre por sus hijos? Como prueba de buena voluntad, da siempre una parte del botín a la santa Rita que está expuesta en la iglesia de San Agustín. La huída del marido aclarará el panorama y se sentirá aliviada y optimista. Oirá un guirigay al pie de la escalera. El ecuatoriano del requinto se percatará que el acordeonista se le ha anticipado y que los gitanos interpelan a gritos a los peruanos del piso de abajo. El y Dalia se escaparán por el terrado, saltando de una casa a la otra. Querrán coger un taxi y no encontrarán ninguno que les acepte. Subirán a aun autobús, el primero que encuentren y, una vez rehechos del susto, comprarán una bolsa de viaje sencilla, algo de ropa e irán a la estación de Sants con la sensación de que los gitanos les pisan los talones. Subirán al tres y cada minuto les parecerá que los perseguidores les siguen de cerca. Se mantendrán con las manos unidas y mirándose a los ojos hasta que la chica se mareará y bajarán antes de tiempo, en Camallera. El ecuatoriano temerá por que el corazón de la chica no resista los sobresaltos de la huída. Oscurecerá y se ocultarán en una cabaña. Dalia se encontrará 199


mejor y se entregará amorosamente al músico del requinto. Perderán la conciencia un par de horas y el sol les pillará despiertos. Entonces el ecuatoriano irá a buscar provisiones para desayunar. Entrará en la única tienda del pueblo, comprará una coca de pan, una tableta de chocolate, dos latas de atún y una coca cola grande. Cuando regrese a la cabaña encontrará muerta a Dalia.

PUBILLA CASAS

La chica alta y cuadrada tuvo un hermanito a los doce años. Y a los trece otro. Entre los dos partos les echaron del piso de alquiler y tuvieron que acudir a la asistencia social. La chica alta y cuadrada se multiplicaba para cuidar a sus hermanos cuando la madre no estaba, hacía a menudo la comida y la cena con cuatro cosas, cambiaba a los pequeños cuando se ensuciaban, los bañaba, les acostaba y les mecía. Por este motivo llegaba tarde muchas veces a la escuela y eso fue el motivo para que los maestros acusasen a los padres de negligencia.. La reacción fue cambiar a la hija del centro escolar y volverla a cambiar cuando se reprodujeron las quejas. A la hora de parecer ofendidos, los padres actuaban con una unanimidad insólita. Se daban maña. A la chica le gustaba estudiar cualquier cosa, en todas las escuelas a las que había ido sacaba libros de la biblioteca para aprender por su cuenta. Saber más que los otros, incluso que los maestros, provocaba admiración y respeto, la protegía como una coraza en cada centro que iba. Además era consciente de que su 200


aspecto de gigante desmañada infundía un respeto que ella alimentaba con un comportamiento reservado. Estaba avezada a no decir nada, a esconder que su casa era un infierno. Nunca llevó ningún amigo a su casa, desarrolló una gran facilidad para buscar excusas plausibles y para referirse a su familia en términos neutros sin levantar sospechas. Aprendió a fingir y a adaptarse a los cambios de piso, de barrio y de escuela con un automatismo silencioso. Los padres se peleaban con las instituciones benéficas que les facilitaban alojamiento y se enemistaban con las otras personas acogidas a las que acusaban de recibir un trato de favor. Cuando no les echaban eran ellos los que se iban como protesta por cualquier tontería y con el aire teatral de dignidad herida. Y siempre, fuesen donde fuesen, recibían las visita del exsocio, que venía a recordarles que el había pagado las deudas hasta la última peseta. Eran visitas tensas, frías, sin gritos, que solo duraban el tiempo justo para que el exsocio dijese una única frase: No te lo perdono. Y cuando tengas un duro será para mí. La nena no preguntaba, no protestaba. Llevaba dentro del pecho una angustia tan sólida que se había acostumbrado a sobrellevarla con la misma resignación con que sobrellevaba la poca ropa y los pocos libros escolares de un lugar a otro en la pequeña maleta de plástico. Convirtió la tristeza en un extraño tesoro, en una resistencia interior que la ayudaba a no esperar nunca nada bueno, a juzgarlo todo con un pesimismo preventivo y profiláctico. Le dolía tenerse que hacer cargo de todo, pero la abnegación para sacar adelante a sus hermanos le daba una fuerza de voluntad de la que no tenía una conciencia clara. Lo supo cuando la familia se rompió definitivamente. 201


Primero fue el golpe de llegar a casa y descubrir que había un hombre que no conocía y que entrecruzaba con su madre un juego de miradas ardientes y de complicidad explícita. Adiós, Víctor, le dijo la madre para despedirle. No hizo más comentario, como si no se hubiese ido nadie. Unos días más tarde, una noche que el padre llegó más borracho que de costumbre, la madre hizo las maletas a toda prisa y le dijo a la hija: Nos vamos. ¿Dónde? Con Victor. ¿Los niños también? Claro, son mis hijos. También son hijos de mi padre. ¿De tu padre? ¿De donde has sacado eso? ¿Te lo ha dicho el? Siempre recordará la mueca de su madre y su sonrisa maliciosa. La dolió, como si la hubiese clavado una aguja muy profunda en el punto más sensible de sus entrañas. Sintió odio contra su madre y piedad hacia el padre, pero no dijo nada. Hizo las maletas como siempre y siguió a su madre escaleras abajo. Fueron a una pensión de mala muerte. Allí descubrió otra madre, distinta de la de antes. La de ahora era sumisa, dócil, entregada a un hombre que le llenaba la cabeza de quimeras. No parecía la misma mujer que trataba a su marido con un desdeño desabrido. Ahora ella la que sufría los menosprecios de un vividor que tenía la fachada atractiva de un hombre de mundo y una trastienda colérica.. La madre adoraba a aquel hombre, le toleraba todo. Solo le pedía que no pegase a sus hijos y el lo cumplía, pero la chica temía que en cualquier momento le llovería encima un montón de bofetadas. Victor le daba pánico. La chica alta y cuadrada había asistido a mil peleas familiares. El padre tenía un beber triste, lloriqueante, y la madre adornaba sus frustraciones con palabras cargadas de odio. Discutían, gritaban y alguna vez habían volado objetos contra el suelo, pero nunca se habían puesto la mano encima. Ahora, en cambio, la madre recibía bofetadas con una resignación incomprensible, sin 202


defenderse. Y, como laz intensidad de las palizas aumentaba, la hija le suplicaba que se fuesen, que volviesen con su padre. La respuesta de la madre siempre era la misma: No me hagas reir. Johnny Bomba no dejó nunca de trabajar en otras ocupaciones a parte de la lucha libre. De joven ayudaba en el taller de tapicería de su padre, siempre dijo que allí se le endurecieron las manos, con tantos golpes como se dio clavando tachuelas. Cuando el padre se jubiló, Johnny se hizo cargo del negocio, lo agrandó y lo transformó en una tienda de tresillos que el hijo mayor ha reconvertido en un gimnasio. Durante años, pegó en los cristales de la tienda retazos de prensa, carteles y fotos donde se le veía luchando en el salón Iris, en Sudáfrica, en Buenos Aires, en Fukuoka contra un luchador de sumo… Quería imitar la estrategia de Vicente Febrer, un luchador de Sants que había hecho popular su establecimiento exhibiéndose el mismo al lado de un león macho que utilizaba como mascota y como anuncio. Con el dinero de la lucha libre amplió el negocio familiar y se compró un piso en la calle Nápoles, donde vive con su mujer y su hija pequeña. Entre la pensión y el alquiler del gimnasio que le paga el hijo tiene suficiente para ir tirando. A menudo va al gimnasio. Hace pesas y toda clase de máquinas de musculación, pero sobre todo va por coquetería. Le gusta exhibirse y que digan de el que está como un toro. También toma sesiones de rayos UVA para que digan que está más moreno que nadie. Y si se tiñe el pelo y se maquilla los ojos es para que las chicas y las mujeres que van a hacer aerobic le digan que está guapo y le hagan bromas subiditas de tono. El se deja halagar y después dice en el vestidor de hombres: Las casadas son las mejores. Pero todos saben que es incapaz de darle el salto a su mujer. Dicen que le tiene bien cogido por los cojones. 203


El piso no es ni grande ni pequeño pero en casa se siente enjaulado. La mujer le está diciendo todo el día: No pises, que está fregado; hay pelos en el lavabo; pasa la escobilla por la taza del vater, ¡guarro!; Ayer no te cambiaste de ropa interior… Pero no puede impedir que su marido se siga viendo con Barrabás, al que tiene por una mala compañía desde que perdió la cabeza por una fulana y acabó en la cárcel. Johnny no se atreve a llevarla la contraria, pero descarga su mal humos con su hija, la pequeña, que tiene casi treinta años y no aguanta en ningún trabajo. Si no la echan al cabo de un mes, es ella la que se va y se está semanas enteras en casa sin hacer nada. Alguna cosa si que hace: a todas horas telefonea a sus novios, los antiguos, los actuales y los futuros. Parte peras con uno y a los cuatro días ya tiene otro. Johnny no lo soporta y a veces estalla: Podrás ayudar a tu madre por lo menos. No pegas golpe y aun tienes la caradura de estar todo el día agarrada al teléfono. Y la factura, ¿Quién la paga, eh? Ayer cansado de repetir siempre lo mismo, le arrancó el aparato de las manos y lo tiró a la calle. Después se presentó un policia porque decía que había ido a parar a la cabeza de un hombre y le había hecho una brecha. Pero no está arrepentido. Dice que sin teléfono se vive mejor. El hombre que se quemó la mano con ácido sulfúrico y la mujer de las piernas vendadas tardaron en recomponer una nueva manera de vivir. Fue a raíz de la jubilación de el y de la enfermedad crónica de las piernas de ella. Ahora se hacen compañía, no discuten y dejan pasar las horas lánguidamente ante el televisor. Pero ambos arrastran un fondo de desencanto. Ella se siente avergonzada porque su marido no solo no participó en las manifestaciones de las grandes conquistas del barrio, sino que además ponía trabas a la confraternización, al espíritu de 204


lucha que se transmitían de unos a otros. Si todos nos hubiésemos quedado en casa, el barrio sería hoy una selva de bloques de pisos y, si ahora la línea roja tiene una estación en can Serra es porque entre todos nos hicimos respetar, piensa la mujer. La mujer de las piernas vendadas añora la época de movilizaciones, la fraternidad del barrio. Cualquier excusa era motivo de fiesta y todos salían a la calle. ¡Que envidia le daban los matrimonios que compartían la alegría y regalaban horas de trabajo generoso! Ahora, con las piernas baldadas, la mujer no asiste a muchas reuniones. Limpia la casa con furor, le parece que un día las piernas le estallarán como una granada madura y, si le pasa una desgracia o se muere, quiere que encuentren la casa limpia y ordenada como si tuviesen de ir a vivir los Reyes de España. Sale poco, pero el domingo va a misa, toda una novedad que su marido interpreta como una flaqueza senil. El se ha refugiado en el futbol, lo ha convertido en su reducto, su pequeño triunfo incomprendido. Le sabe mal que los hios hayan seguido las huellas de su madre y no le quieran acompañar al campo. Por eso ha urdido una pequeña venganza: hará socios a los cuatro nietos. Para Reyes quiere preparar un golpe de efecto que será una bomba: un carnet para cada uno. La pega es que las inscripciones son caras y la única manera que se le ha ocurrido para recoger el dinero es volver a bajar a los pozos. Ya ha hecho seis, todos de modo clandestino, Si su mujer lo supiese,, le mataría. Le diría de todo y le echaría en cara que ya no tiene ni veinte, ni treinta ni cuarenta años. No es necesario que se lo recuerde, bastante lo nota el, cada vez le cuesta mas bajar, ha perdido agilidad y reflejos. Desde que ha cumplido setenta años se nota pesado y el principio de silicosis que cogió en la mina le pasa factura. Antes tenía una confianza ciega en los de arriba y en el mismo, ahora desconfía de sus fuerzas y aun más de los 205


pipiolos que dan o tiran de la cuerda. Pero la verdad es que ya no se encuentra a nadie que baje a los pozos y eso hace que cada día esté mejor pagado. Muchas mañanas sale a estirar las piernas por el camino de los olivos. Conoce todos los que están repartidos por Can Serra y los que han plantado en el nuevo parque de Can Boixeres. Los examina uno por uno y recuerda los viejos tiempos con añoranza. De vez en cuando se lleva una ramita y la tiene unos días en el comedor. Juró que no volvería al pueblo pero rompió su promesa. Fue para el entierro de su madre y volvió alguna vez más. De la antigua novia, la chica tatuada de pólvora a la que plantó sin haberla dicho que no quería tener mas relaciones, solo supo que también había emigrado, como tantos otros, pero nadie tenía noticia alguna de ella. Volver al pueblo le reconcilió definitivamente con los olivos, sintió nostalgia de la tierra, como si el dolor físico que había sufrido recogiendo aceitunas formase parte del aprendizaje de la vida. Hoy le parece comprender a aquellos árboles como se entiende a un amigo íntimo con quien se han compartido penas y alegrías y cuando pisa un olivar nota que por las venas le corre savia de olivo. Ahora piensa que le habría gustado un pequeño campo de olivos solo por el gusto de vivir entre árboles centenarios. Iría al alba, cuando el primer sol toca las cumbres y todo coge un color de oro viejo. Saludaría a los árboles uno a uno con una salva de besos, como los que estampó su mujer en las paredes del piso el día que les entregaron las llaves. A veces les dice a sus hijos: Cuando yo me muera no me traigáis flores sino ramas de olivo. No tardarán mucho en cumplir su encargo.çç Después de haberla confesado que tenía mujer y dos hijas y que la mujer estaba impedida a causa de un accidente de coche, Oskar le propuso: Si quieres nos vamos viendo, mi trabajo me 206


permite estar unos días seguidos lejos de casa. Tengo una persona que cuida de mi mujer y ya sabe lo que tiene que hacer cuando yo no estoy. Pero no me pidas que la abandone por ti. No la dejaré mientras viva. La taxista aceptó convertirse en amante fija discontinua, como decía con buen humor. Se veían cada tres o cuatro semanas, pasaban un par de días juntos, tres como mucho, en sitios diferentes, según donde les llevara el trabajo de cada uno. Ella quería verle más, pero no habría soportado una convivencia diaria, le gustaba el camión y el tipo de vida que llevaba, sin tener que dar explicaciones a nadie. Sin ataduras, podía tener los horarios que mas le gustaban, como los transportes nocturnos, que le producían una sensación de bienestar. Una sola vez pasaron quince días juntos. Fue en el verano del 93. Oskar accedió a acompañarla a los estados Unidos a hacer la travesía de costa a costa, exclusivamente en camión. Si la vida de las personas tiene un zenit, un momento de máxima plenitud en que todo se conjunta a favor de la realización de los sueños, el zenit de la taxista fue aquel viaje. Quería conocer los grandes camiones americanos, vivir dentro de aquellas bestias legendarias que tienen morro de locomotora y chimeneas de plata a lado y lado de la cabina. Lo consiguió. Y tuvo la oportunidad de conducir una bestia, un cabezal de tres ejes, un Freighliner rojo de 400 CV coronado por una impresionante trompetería de cláxones. También la dejaron llevar durante toda una noche un Peterbilt enorme que tenía pintado un corazón con esta leyenda: “Bob ama a Bárbara”. Y al otro lado el mismo corazón con la frase a la inversa: “Bárbara ama a Bob”. Por la mañana cuando el sol caía de lleno sobre un paisaje estepario, una voz les dio los buenos días y les pidió café. Era Bárbara, que 207


aparecía por la cortina de atrás con un pijama estampado con cerecitas. Bárbara y Bob se conocieron en la carretera y se casaron en la caja del Peterbilt engalanada para la ocasión con flores y banderas americanas. No eran un caso excepcional. A lo largo del viaje se encontraron con otros matrimonios de camioneros que hacían turnos al volante. En solitario o en pareja, la mayoría de truckers habían hecho del camión la filosofía de sus vidas. Decoraban sus máquinas profusamente, por fuera y por dentro, predominando la estética country. Se vestían con botas y chaquetas de cuero llenas de flequillos y se reunían para cantar temas country en cualquier bar de carretera. Oskar estuvo encantador con todos, buscaba conversación con los camioneros, les pedía que le explicasen anécdotas, les convidaba a tabaco y, si no conducían, compartía algún porro con ellos. No paró de hacer fotos durante el viaje, media docena de las cuales fueron a parar al camión de su amiga. La taxista no era dada a llenar la cabina de amuletos ni amiga de construir altares con los retratos de familia, pero aquellas fotos de los Estados Unidos la reconfortaban en los bajos momentos. Eran imágenes de alguno de los camiones que les transportaron, también una foto de Oskar y otra de los dos, sonrientes, felices y relajados. No vuelves a ver al gitano del acordeón ni al ecuatoriano del requinto. No crees que lleguen al final de trayecto. Pueden retroceder en cualquier momento o pueden salir a la calle y separarse, pensando en Dalia, cada uno a su manera. El ecuatoriano que confía plenamente en el destino no sabe que pronto dará a Dalia por perdida, que más tarde la encontrará de pronto y que, cuando después de una huida precipitada, se sienta 208


el hombre más afortunado del mundo, encontrará a Dalia muerta en la cabaña donde habrán pasado la noche. Parecerá dormida, como si de un momento a otro fuese a abrir los ojos y tuviese que sonreír como no había dejado de hacerlo durante toda la noche anterior. Pero no los abrirá. Está fría, muerta. El corazón, pensará el ecuatoriano del requinto. Se pasará el día llorándola, acariciándola, besándole los ojos, diciéndole: Te amo, Dalia. Por la noche cogerá herramientas de la cabaña y cavará un agujero en una zona yerma de un campo próximo.. Enterrará a Dalia y la cantará Lágrimas negras y Nuestro juramento, la canción mas emblemática de Julio Jaramillo, que habla de unos amantes que se comprometen a llorarse si uno de los dos se muere y a escribir su historia con sangre del corazón. Al día siguiente volverá a Barcelona y no explicará lo que ha pasado. La mujer tampoco le preguntará nada, solo le exigirá los mil euros. Y no le dejará respirar hasta que no se los devuelva todo. El ecuatoriano del requinto volverá a tocar en el metro y cantará canciones tristes que compuso cuando pensaba que había perdido a Dalia para siempre. Verá a Dalia en cada pareja que se besa, en cada canción de amor que cante, en cada flor que vea. A veces se le saltarán las lágrimas y se irá del vagón sin recoger la colaboración del público. Algunas tarde volverá a subir a la montaña y se sentirá profundamente derrotado. Dentro de unos años, encontrarán el cadáver de la chica cerca del esqueleto de un soldado de la guerra civil al que le falta un pie y nadie sabrá darle ninguna explicación.

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CAN VIDALET

La taxista continua mordiéndose las uñas. Quizás esté pensando en el renovado R-10 que piensa regalarle a su padre. Tal vez rememore la relación que tuvo con Oskar, siempre intermitente exceptuando los días que pasaron en Estados Unidos. La intensa felicidad del viaje americano no se repitió. Oskar había insinuado que no podía continuar haciendo una comedia al lado de una mujer que no amaba pero por que sentía piedad. Pero cada vez que la taxista intentaba hablarle abiertamente, el le pedía paciencia y le decía que su mujer no duraría mucho. En alguna ocasión había nombrado la palabra eutanasia y entonces era ella, la taxista, la que no quería continuar hablando. Esperar e incluso desear la muerte de otra persona para ser feliz la revolvía el estómago. A medida que iba pasando el tiempo, la relación se estancó en una rutina de encuentros cortos y ocasionales. El le enseñaba a menudo fotos de los lugares donde había estado localizando exteriores que le pedían las agencias de publicidad y también le enseñaba fotos de la familia, de modo que la taxista fue viendo el esplendoroso tránsito de las niñas a chicas. También conoció a los distintos asistentes y enfermeras que se hacían cargo de su mujer tullida, cada vez más decrépita, retorcida y seca en una silla de ruedas que le iba holgada. Hasta que Oskar decidió no hacerla mas fotos. Por compasión, dijo. Todo cambió el día que le mandaron un transporte que no le tocaba, una emergencia diurna que la hizo circular lejos de Wolfsburg. Al pasar cerca de una Autohof vio aparcada la furgoneta de Oskar. Era un día húmedo, cubierto por un cielo de nieve, embrumado por una neblina de hollín que limitaba la 210


visión. Pero se veía lo suficiente para reconocer la Westfalia azul que destacaba como una miniatura entre la extensión de camiones con el descolorido sol antinuclear pintado detrás. A Oskar no le gustaban las estaciones de servicio y siempre que podía se paraba en una Autohof. Así se conocieron, compartiendo por azar la mesa de una cafetería. ¿Pero que hace aquí?, pensó sorprendida, y con una sombra de preocupación. ¿No decía que tenía ingresada a su mujer? Aquello no cuadraba. Como no encontraba ninguna explicación plausible decidió resolver la duda por la vía directa, preguntándole a Oskar. Se desvió en la siguiente salida de la autopista, dio media vuelta y reculó en dirección contraria. Sabía que infringía las normas, que se exponía a ser delatada por el tacógrafo del camión y por el kilometraje anotado en las hojas de ruta. También podía ser descubierta por uno de los numerosos camiones de la Willi Betz que cubrían las carreteras alemanas. Pero nada podía parla. Obedecía a un impulso irracional y, mientras se desesperaba por desandar los trece larguísimos kilómetros que había hecho de mas, sentía crecer un mal presagio que no sabía concretar. Llegó a la Autohof sedando y temblorosa, con el temor de haber perdido mucho tiempo dando la vuelta. Pero no, la pequeña y bonita Westfalia estaba en el mismo lugar. Aparcó de cualquier manera y inspeccionó las instalaciones con el ansia y el miedo de encontrar a Oskar. Entró en las tiendas, en los lavabos de los hombres, en las cafeterías…Allí estaba, en una mesa. Enseñando una fotografías a una chica rubia, no especialmente bonita pero bastante mas joven que el. La chica comía un bocadillo y miraba las fotos mientras se dejaba besuquear el cuello. ¡Desde cuando te lo haces con putas!, pensó la taxista entre una mezcla de rabia y de tristeza. 211


Barrabás II llevó una vida mas agitada que la del Johnny Bomba. Le gustaba la buena vida y el dinero se fundía en sus manos. Después de cada gira por Alemania, Japón, Angola, Estados Unidos, México, Sudamérica tenía grandes discusiones con su mujer. Ella exigía una administración cuidadosa de la paga, que generalmente era en dólares. Le decía: Si el Johnny se ha podido comprar un piso, no se porque nosotros no podemos hacerlo. Pero Barrabás continuaba malgastando el dinero. Sobretodo desde el día en que conoció a la Pólvora. Era una de las típicas mujeres que se sentaban en las primeras filas del Iris o del Price y que daban buenas propinas a los empleados para poder saludar a algún luchador cuando acabase el combate. Lo decían así: saludar. A veces no hacía falta intermediarios. Desde el ring las calaban en seguida, mujeres solas que llevaban abrigos de pieles y que fumaban con gestos estudiados, mujeres que miraban a los luchadores calculando con determinación. Una espectadora hizo un gesto inequívoco a Barrabás: Tú, te quiero. Se lo llevó a su casa, una antigua torre del Putxet, en la calle Marmellá, a la que se accedía por un largo tramo de escaleras, con unos niveles que eran huertos llenos de lechugas, tomateras, judías, acelgas, calabacines y también naranjos y limoneros. Barrabás no lo vio de momento, porque era de noche, sino a la mañana siguiente cuando abandonó la casa. Estaba feliz, había follado como un animal con una mujer fantástica que tenía unas manchas de pólvora en el cuello. No durmió con ella, sino solo, en otra habitación. La criada, una mujer mayor, una andaluza simpática, le despertó, le hizo saber que ya era hora de irse pero que a la señora tal vez le gustaría volver a verle. La incertidumbre del tal vez desconcertó a Barrabás, y la criada le dijo guiñándole un ojo: Tráigala alguna cosita. 212


Se presentó con un brazalete de plata y esmalte y volvieron a follar como animales. Barrabás se convirtió en un huésped habitual. Iba de día, se quedaba a comer, a dormir… La criada le preparaba unos guisos deliciosos que el devoraba con fruición, sobre todo el estofado de rabo de toro. La Pólvora se extasiaba contemplando como Barrabás zampaba un plato tras otro, como repetía, como mojaba pan en la salsa hasta dejar el palto limpio y brillante. Cuídamelo bien le decía la Pólvora a la criada mientras palpaba los bíceps de su amante. Admiraba el cuerpo musculazo de Barrabás y por las noches le hacía trabajar en exclusiva para ella. Pero en todo el tiempo que duró su relación no durmieron nunca juntos. Siempre en habitaciones separadas. Barrabás comprobó que la Pólvora era sensible a los regalos y que, cuanto más valor tenían, mas complaciente se mostraba. No tardó en sugerir ella misma algunas joyas o perfumes franceses que le gustaría recibir, con precisas indicaciones de en que tienda los podía encontrar. O bien le pedía dinero directamente para comprarse unos zapatos de piel de serpiente. Despues se los enseñaba, hasta que convirtió en un hábito pedirle dinero sin especificar el motivo: ¿No tendrías diez mil pesetas? Mañana sin falta necesitaré cincuenta mil pesetas… Así que Barrabás fue adquiriendo la costumbre de ir cada lunes desde la calle Provenza a la calle Marmellá, es decir, desde el despacho del empresario, donde cobraba indefectiblemente cada lunes, hasta la bonita torre de la Pólvora. Entraba y le decía. Toma. La Pólvora cogía el dinero con desenvoltura y le daba un beso. Gracias, guapo. Cuando la mujer de Barrabás le abandonó, el no protestó en absoluto. Al contrario, se sintió liberado, vendió el piso y se fue a vivir con la Pólvora. Estaba enamorado y satisfacía sus caprichos con la sumisión de un perro faldero, pero entonces la 213


lucha libre ya estaba en declive. Se organizaban pocos combates, cada vez se cobraba menos y las giras se redujeron drásticamente. Barrabás no podía sostener el tren de vida a que le obligaba la Pólvora. Se endeudó con gente turbia, participó en unas extorsiones a empresarios, le pillaron y se pasó dos años en la Modelo. Cuando salió no tenía ni oficio ni beneficio y la Pólvora no quiso saber nada de el. Un día la chica alta y cuadrada no aguantó un estallido de cólera de Víctor y se fue. Fue una huída espontánea, una escapada para respirar y dar tiempo a que la tormenta amainase. Oscurecía y vagabundeaba por las calles del Raval no atreviéndose a volver a la pensión, Andaba por callejuelas que olían a orín y a lejía, con portales oscuros que anunciaban pensiones miserables. Ella conocía algunas y pensaba que nunca en su vida podría sacarse de encima ese olor a cerrado, de sudor rancio, de pies, de tabaco, de vino, de vater sucio, de col hervida y meados de gatos. Se cruzaba con sombras y miradas de acero. La venció el temor y ya no regresó a la pensión. Le sabía mal por sus hermanitos pero aquella noche durmió en una cada de acogida y por la mañana se presentó en casa de su padre, este hombre de la muleta, envejecido prematuramente que tenía sentado delante. ¿En que debe estar pensando ahora? ¿En la precipitada huía de su mujer con las criaturas? ¿En los casi dos años que pasó solo, abandonado a su suerte y viviendo de una exigua pensión de invalidez? ¿Tiene ganas de salir del metro y pedir un coñac en el primer bar que encuentre? Ahora ya no bebe. La vuelta de la hija le cambió de arriba abajo. Le devolvió una confianza en si mismo que había perdido desde que la pérdida del taller se lo llevó todo, como una riada impetuosa. La hija le 214


encontró delgado, con las mejillas hundidas, sin la mitad de los dientes y con una cojera que le impedía andar, pero que no era obstáculo para ir de bar en bar. El hermano Blas, un religioso de San Juan de Dios que ayudaba a alcohólicos e indigentes, le proporcionaba comida y le hacía ratos de compañía en un local que el mismo le había conseguido. Eran unos bajos, el antiguo almacén de un chamarilero que no llegaba a veinte metros cuadrados. Si bien no tenía condiciones higiénicas para servir de vivienda, al menos estaba en una planta baja y le ahorraba el esfuerzo de subir y bajar escaleras. La hija vivió con el en las mismas condiciones: sin ducha, sin calefacción y usando un cubo como water. Se acostumbró a tirar las bolsas con excrementos como una rutina más. Gracias a su robusta constitución, desde los catorce años que cogía su padre en brazos y le ayudaba a lavarse y a vestirse, que eran dos operaciones complicadas. Y ahora que no tenía que ocuparse des hermanos, estudiaba todo lo que podía. Tenían un pequeño televisor que permitía ver el concierto de 1º de Año con interferencias e imágenes inestables. Para ella no había vacaciones de verano ni de Navidad, la única fiesta del año era el concierto de los valses de Viena. El resto era ir a la escuela, estudiar, hacer los deberes de manera casi clandestina, sin decirle a nadie donde y como vivía, ayudar a su padre, acompañarle al rosario de visitas al médico… Como ahora, que viene de recoger los resultados de una resonancia magnética y piensa por enésima vez porque no las hacen en un formato más pequeño. Está cansada de ir arriba y abajo con estos grandes sobres de plástico. Avergonzado de su vida anterior y ayudado por el hermano Blas, el padre dejó de beber y se consagró a su hija. Tenía la obsesión de salir de aquel agujero e ir a un piso digno, pero no 215


consentía que ella se pusiese a trabajar. La veía tan aficionada a estudiar y se sentía tan culpable de haberla desprotegido en el pasado, que quería desquitarse dándole la buena educación que no había tenido hasta ahora. Por eso volvió a trabajar. Gracias al hermano Blas conseguía pequeños trabajos manuales que le servían para comprar libros y material escolar. Eran trabajos mal pagados que hacía a gusto por amor a su hija. La chica quería traer dinero a casa y el padre la amenazaba: Si dejas los estudios, me cortaré las venas y ya no seré un obstáculo para ti. La chica insistía y al final llegaron a un pacto. Cuando tuviese la edad legal se pondría a trabajar y estudiaría por las noches. Y así lo hizo: a los diez y siete años entró en una peluquería y por las noches iba a un instituto. Su sueldo, administrado con rigor militar, servía para alquilar un pisito que tenía lo mínimo imprescindible, ascensor incluido. Fue como pasar de la noche al día. Los primeros días de vivir el padre no podía contener la emoción y dejaba caer unas lágrimas cuando decía: Volvemos a vivir como personas. El padre, este hombre de la muleta que parece más viejo de lo que es, se pasaba largos ratos contemplando como la chica estudiaba y de cuando en cuando decía con los ojos relucientes: ¿Qué habría hecho sin ti? Y después añadía: Tu madre tenía razón, soy débil de carácter, no sirvo para nada. Pero el padre no hablaba nunca de los pequeños. Ella tampoco lo hizo nunca, se acostumbró a añorarles en silencio. A menudo se preguntaba como debían se, donde debían estar, si su madre aguató mucho tiempo al lado del Víctor. Nunca más lo ha sabido. Hace dos años que la chica alta y cuadrada va a la universidad. Fue la mayor alegría que podía darle a su padre. Estudia estadística y análisis matemático en la Politécnica. El intenso régimen lectivo la obligó a dejar la peluquería y ahora trabaja en 216


casa, haciendo encuestas y ventas por teléfono, con periodos de mucho trabajo y semanas enteras sin recibir ningún encargo. Pero gracias a un ahorro milimétrico, no han dejado de comer ningún día ni han retrasado el recibo del gas, de la luz o del teléfono. En su interior la chica alta y cuadrada se ha jurado que no tendrá nunca deudas y que nunca la echarán de casa. Ella no sabe que con la estabilidad económica, frágil pero sostenida, ha reavivado la venganza del antiguo socio de su padre. El también perdió su casa, la mujer y la familia y periódicamente ha venido a recordar que pagó mas dinero que el y que no le perdona. Ahora dice que no puede ser, que mientras el no tiene nada, su ex socio se permite enviar a su hija a la universidad. El padre no sabe como sacárselo de encima, está cansado de explicarle que no tiene un real y que su hija se financia sus estudios con becas y trabajando. Pero el ex socio no le escucha y ahora ya ha pasado a las amenazas. Tendrían que haber bajado en Pubilla Casas. Tal vez te hayas equivocado, tal vez el hombre de la mano quemada y la mujer de las piernas vendadas no vivan en Can Serra. Aunque esto tampoco cambiaría mucho una historia que puedes trasplantar a cualquier barrio hecho en cuatro días por especuladores y concebido como un gheto de inmigrantes explotados por todas partes. Tal vez no han bajado antes porque, abstraídos en sus pensamientos, estaban distraídos. El hombre de la mano quemada empieza a temer a los pozos y, aunque se propone firmemente no pensar en ello, no puede evitar un desasosiego. Está tentado de sincerarse con la mujer: Quiero obsequiar a nuestros nietos con un carnet del Barça para cada uno. He bajado a unos cuantos pozos pero estoy cogiendo miedo y preferiría 217


coger el dinero que me falta de los ahorros. Pero no se atreverá. Después de tanto tiempo sin hacerse confidencias no sabría como empezar. Cuando estará en el sitio, todo le dará mala espina: un pozo muy abandonado, sin polea, sin escalera de gato ni escalones para poder ir bajando una pierna aquí y la otra allá. Las paredes cubiertas de un verdín filamentoso, estarán muy resbaladizas. Bajará una vela encendida dentro de un fanal para ver si hay oxígeno. La luz se irá empequeñeciendo a medida que baja y se convertirá en un punto vacilante en la oscuridad. Durante el expectante descenso, el hierro de fanal chocará con las paredes como una esquila de resonancias lúgubres. La vela no se apagará pero revelará una profundidad importante, unos treinta metros. No bajo, dice el hombre. ¿Cómo que no? Habíamos quedado… He dicho que no bajo y no bajo. Le convencieron con dinero, como cuando le animaban a bajar al pozo de la mina. Al propietario, que quiere instalar un sistema de riego automático para el jardín, le saldrá mas a cuenta pagar al pocero más del triple de lo estipulado que no pagar cada mes el agua corriente marcada por el contador. Tendrá que trabajar sin luz eléctrica porque no habrá bastante cable. Mal asunto. Comprobará repetidamente que la polea que habrá hecho colocar esté bien fijada, atará bien las herramientas, se ajustará bien el casco de albañil y se llevará una linterna de más. Se extrañaran que no use una sillita y los mosquetones del escalador que ahora se usan, pero el es de la vieja escuela, de la de la cuerda bien atada a la cintura, como siempre se ha hecho. Sentado en el brocal del pozo, por vez primera en su vida se santiguará instintivamente. El mismo se sorprenderá. Arriba darán cuerda lentamente, y como un sepultado en vida, se irá enterrando en la oscuridad. Abajo, abajo, abajo, poco a poco, 218


abajo, abajo, A medida que vaya bajando escuchará un rumor sordo, un eco de agua removida. Preguntará a los de arriba sino han vaciado el pozo y le dirán que solo queda un palmo de agua. Le parecerá oír ruido de agua moviéndose. ¿Y si han vuelto a abrir la mina?, pensará. Cuando llegue a nivel del agua comprobará que, efectivamente, solo hay un palmo de agua y de pronto escuchará un ruido, un chapoteo seco. Pasado el susto comprobará que solo es una anguila. La buscará con la linterna y verá una especie de serpiente más gruesa que un brazo. Sonreirá y pensará que el pobre animal debe estar ciego. Recordará la costumbre de echar una anguila al fondo de los pozos para mantenerlos limpios siempre. Tranquilo, que todo va bien, se dirá. Y se reconfortará pensando en los terribles pozos verticales y la lluvia de piedras asesinas. Rascará las paredes, limpiará la entrada de la mina y hará subir varios cubos llenos de piedras y de resbaladizo musgo verde, pero salvará la vida de la anguila. Dará el silbido convenido para que le suban a la superficie, un círculo de incierta claridad sobre su cabeza. A medio subir silbará dos veces para que paren un momento. Se parará en un pequeño rellano excavado en medio del muro porque la cuerda le siega y le duele. Entonces pasa un hecho inexplicable: el extremo de la cuerda del exterior se escurrirá hacia dentro del pozo. El instinto le hará pegarse contra la pared porque al precipitarse al fondo, el peso de la cuerda le puede arrastrar en su caída. Resistirá el tirón y oirá el sordo impacto, un ¡xaf! Que habría podido ser su cuerpo. ¡Que hacéis, hijos de puta! ¡Que cojones hacéis! ¡Está vivo, está vivo! ¿Moved el culo y echadme otra cuerda, me cago en la madre que os parió! ¡De prisa, esto está mojado y resbala mucho! Al acabar de decirlo, un pie le resbalará por encima de la pequeña cornisa resbaladiza, y el hombre de la mano quemada se quedará 219


petrificado en una postura inverosímil, con un pie colgando y la espalda pegada al muro. Se incorporará poco a poco y se estará callado e inmóvil hasta que le tiren otra cuerda. Sin moverse ni un milímetro. Las botas de goma de caña alta son muy útiles para andar por el agua, pero no tienen la suela suficiente gravada para adherirse a las superficies resbaladizas. Respirará despacio para no hacer ningún falso movimiento. Asomado al borde de un precipito negro como la noche, oirá los ruidos de los de arriba, lleno de gritos y de recriminaciones. Pero no les escuchará, estará más atento al rumor de que resuena como reverberaciones de una catedral. Derecho y quieto, suspendido entre la tierra y el infierno, decidirá que se ha acabado bajar a los pozos Ahora lo verá todo con realismo: No tiene edad ni tiene los medios modernos que hacen falta. No debía haber aceptado bajar en tan malas condiciones ni ponerse en manos d gente inexperta. Se acabaron los pozos, este es el último, se dirá. En el fondo del todo, se agitará la anguila. No sabrías decir donde está ahora exactamente. El camino subterráneo del metro se salta limpiamente las fronteras que rigen en la superficie. No es fácil entender el laberinto de términos municipales que flanquean Barcelona. Por el lado del Besós, Santa Coloma, Badalona y San Adrián y algunos barrios de Barcelona encajan en el plano haciendo zigzags imprevistos. Por el lado del Llobregat también. Las particiones de Sants, Hospitalet, Cornellá, San Juan d’Espi, San Justo, Esplugas y Pedralbes son imperceptible, calles normales que tienen una acera en cada municipio, de modo que no sabes nunca donde estás. Aquí, en Can Vidalet sube gente de Esplugas y de Hospitalet, dependiendo si viven en un lado u otro de la calle Maladeta. La 220


mayoría van en dirección al centro de Barcelona, pero a pesar de que en el vagón apenas quedan una docena de personas, aun suben pasajeros que se mueven a contracorriente, hacia la periferia. Como esa chica que se ha sentado al lado del pañuelo arrugado. La chica se fija en el pañuelo con un cierto asco y mira hacia otro lado para no verlo. Con la cabeza vuelta forma una diana propiciatoria para tus fabulaciones, como una mujer joven se desabrocha la blusa y ofrece el cuello al vampiro para que le chupe el alma. Tu, el vampiro, te lanzas con el pensamiento y, al clavarle los colmillos de la curiosidad fantasiosa, le arrancas respuestas a tus imperiosas preguntas: ¿Quién eres?, ¿Qué haces aquí?, ¿De donde vienes?, ¿A dónde vas? Te aventuras a atribuirle una biografía. Pongamos que ahora tiene veintitrés años y que está embarazada, Embarazada de poco, si se pede decir así, un embarazo provisional que aun ha de superar unos cuantos momentos críticos antes de consolidarse. Solo hará tres días que un espermatozoide fecundo un óvulo en una de las trompas y seguirá su camino hacia el útero Esta bolita insignificante, de dos décimas de milímetro, evitará el menstruo de la chica y desencadenará una restructuración de su organismo para que la ínfima bolita se convierta en un pequeño batracio. Poco a poco el batracio irá adquiriendo trazas humanas de manos, ojos, pies y una piel transparente que estará surcada por ríos como hilos de seda que serán venas y arterias. Pero aun faltan días, semanas, para que pase todo esto. La chica tardará dos meses en saber que está embarazada. No será una gran sorpresa porque desde hace quince días juega con fuego. Está viviendo un periodo de fuerte excitación sexual, de un deseo que se multiplica a fuerza de tocamientos y miradas y que los polvos continuados no llegan a saciar. Ella misma dice que va caliente y, por eso mismo, porque está caliente, hoy le pasarán 221


cosas que relacionará con el incipiente embarazo y que recordará toda su vida.

CAN BOIXERES

La chica lata y cuadrada ha acompañado a su padre a hacerse unos análisis y ha aprovechado para recoger el resultado de una resonancia magnética. Los médicos le están haciendo una batería de pruebas porque la pierna enferma se le ha hinchado y la hija piensa si no tendrá algo grave. Los hospitales la asustan, teme que su padre acabe en una silla de ruedas. El padre, en cambio, solo está preocupado por las amenazas del ex socio. La chica alta y cuadrada ha gastado muchas horas llevando a su padre al hospital. Sabe que siempre podrá contar con el hermano Blas o algún voluntario de su asociación pero no le gusta pedir ayuda a nadie sino es absolutamente imprescindible. Está acostumbrada a perder clases por culpa de las visitas al médico y siempre se lleva los apuntes y la calculadora para estudiar y hacer problemas en la sala de espera. Nunca se queja. La pésima convivencia familiar y la peregrinación por pisos y pensiones de mala muerte le han forjado un carácter retraído, silencioso, tímido, solitario. Evita hacer amistades, marca distancias con los compañeros porque se sabe diferente. El bajón económico y social de los padres la incitó en el convencimiento de que ella no tenía derecho a nada y que será una intrusa en todas partes. Obsérvala bien, mira su postura tímida y la mirada evasiva que te rehúye. No le gusta nada sentirse observada. En el fondo del fondo, se tiene por una impostora que ha de velar 222


porque nadie conozca la verdad. En el fondo del fondo siente que está yendo demasiado lejos, cree que tarde o temprano descubrirán que no se ha sacado el olor a pensión barata. No se ha quejado nunca por no haber tenido un walkman o por no ir a las discotecas como hacen los chicos y las chicas de su edad. Procura no pensar en ello y lo consigue gracias a una resignación absoluta y radical. No tiene conciencia de haber renunciado a nada porque nunca ha tenido nada. Pero posee una constancia y una determinación que hacen que se concentre en las únicas cosas que la importan: la economía doméstica, la salud del padre, la carrera…Nada más. Está demasiado escarmentada para hacerse ilusiones. Solo pensar que su padre se puede quedar impedido le anula cualquier proyecto de futuro. La tarde del domingo es su momento de distracción. Sale a estirar las piernas y a tomarse un café. El único gasto que se permite es el precio de este café que se toma de un modo casi ceremonioso. Sale de casa a media tarde y va hacia el centro de Barcelona. Por el camino se cruza con hombres que escuchan el futbol. Observa como se paran un momento para manipular la radio mientras su silueta de recorta contra el sol que muere por detrás de San Pedro Mártir y proyecta una sombra de ciprés. Durante la larga caminata contempla como el cielo se incendia con nubes de color carmesí y franjas lilas y anaranjadas. A veces un avión deja impresa una estela que se tiñe de los colores del atardecer, una pincelada de óxido que poco a poco se dilata, se rompe y se funde hasta evaporarse del todo, como una metáfora del esplendor y el ocaso de los fines de semana. Bajo la claridad espectral de los faroles, brilla la fosforescencia de algunos anuncios y de algunos aparadores inertes, sin vida, como vitrinas de museo. Todo esto la fascina. Y le gusta que haga frío. Bares, granjas y cafés le ofrecen refugio a cada paso 223


con un calor humano, pero ella no se para hasta el Ensanche, el barrio que tal vez hubiese sido el suyo si el taller de pasamanería del padre hubiese prosperado. Le gusta la armonía burguesa de esta cuadrícula de calles que por las mañanas se llenan de hombres de negocios y de niñas uniformadas que van a colegios de monjas. Pero esto será mañana. Las tardes de los domingos todo es más irreal, más ambiguo. Entra en un bar de la Rambla de Cataluña o de Consejo de Ciento, paladea el café con delectación y observa a las parejas que hacen tiempo para entrar en los cines, grupos de amigos que hablan a gritos, matrimonios mayores que no se dicen nada, extranjeros cansados de andar, bebedores con los ojos llenos de alcohol, mujeres solas que hacen sopa de letras, hombres silenciosos que se juegan el dinero en las máquinas tragaperras… La chica alta y cuadrada observa atentamente, esta es toda su diversión. Regresa a casa a pie, cuando ya es de noche y todo tiene un aire claudicante. Se respira una atmósfera de tristeza como si la última puesta de sol de la semana hubiese dejado un velo de nostalgia por los alegres días que se han ido sin remedio. Por el camino de vuelta se cruza con sombras que echan bolsas de basura en los contenedores, familias que descargan los esquís y el equipaje, con jóvenes estudiantes que vuelven a sus casas cargados de libros y apuntes, con indigentes que preparan una cama de cartón a la entrada de una caja de ahorros, con paseantes de perros que fuman abstraídos mientras el animal mea en un árbol, con novios que se dan el penúltimo beso, con solitarios como ella que vuelven a casa cansados y moderadamente felices. Solo al final, en los últimos metros le asalta la duda de cómo debe estar el padre. Siempre que mete la llave en la cerradura teme encontrarlo en el suelo y que ya no pueda andar más. 224


Al padre también le preocupa acabar en una silla de ruedas. Pero ahora solo piensa en las amenazas del ex socio, que irán subiendo de tono hasta que un día le diga: Acabemos esto de una vez. Sino me pagas lo que me debes me lo cobraré en tu hija. Al padre le saldrá una respuesta espontánea, instintiva: ¡Córtame una mano si quieres, pero a ella déjala en paz! El ex socio también contestará de una manera inmediata y espontánea: De acuerdo. El hombre perderá la mano derecha. La chica que aun no sabe que está embarazada ha trabajado siempre en lugares estrechísimos, minúsculos. Primero ayudando a su padre o sustituyéndole en la cabina de venta de cupones. No es ciego del todo, pero sufre de albinismo ocular que heredará el nieto que acaba de concebir. El embarazo ha empezado su camino sin llamar la atención, pero la ruleta genética ya ha hecho su tirada y no variará la apuesta del óvulo y del espermatozoide que se han fusionado hace tres días. Ahora ya está todo decidido, será un niño y será albino. Pero el albinismo no será el problema mas grave. Este microscópico proyecto de criatura ha de dar grandes tribulaciones a sus padres, un tormento que la chica que aun no sabe que está embarazada relacionará, al cabo del tiempo, con el día de hoy y con la churrería. La madre de la chica ha trabajado durante veinte años en un camión-churrería que rueda por los mercados semanales de las poblaciones próximas a Barcelona. El negocio es del cuñado y ha vivido épocas de trabajo frenéticas. Hasta cuatro personas se movían en el diminuto espacio de la camioneta. En una punta el tío hacia patatas y churros sin parar, siempre con la camiseta mojada y la piel perlada de gotas de sudor brillante y untuosa por el humo del aceite. Era una bestia de carga, una máquina que los 225


sábados y los domingos asaba pollos al ast sin dejar de freír los churros y las patatas. Al otro lado, en un ángulo del minúsculo espacio, la tía hacía cafés y chocolate deshecho. En medio de los dos la madre de la chica se multiplicaba para atender al público y, como no daba abasto, a menudo le pedía a su hija que le ayudase. En total cuatro personas metidas con calzador, sin apenas espacio para moverse. Tanta gente no cabía allí dentro, la chica procuraba ir poco, solo para sustituir a la tía o a la madre los días que estaban enfermas. Este trajín duró hasta que la tía se murió de una embolia y todo cambió. La madre afectada por la muerte de la hermana dejó de trabajar y, el tío pidió a la sobrina que les sustituyese, porque el solo no podía llevar la churrería. Ella dijo que no, que no veía capaz de llevar ella sola el trabajo de la madre y de la tía. No dijo toda la verdad, que odiaba la atmósfera sofocante de la churrería, especialmente los meses de verano. Entonces el tío cogió a un chico y le enseñó el oficio. No tuvo mucho tiempo para enseñarle porque el tío ha tenido una angina de pecho. Se ve que hacía tiempo que la arrastraba y los médicos le han recomendado que lo deje, que se jubile. El hombre se ha tomado unas semanas para pensarlo. Las desgracias se le han acumulado tan de prisa que no ha tenido tiempo de asimilarlas. Mientras se lo piensa, ha dejado la churrería en manos del aprendiz y ha pedido a la sobrina que, excepcionalmente, le eche una mano durante unos días. Después de tantos años de sacrificio, no quiere perder la clientela ni las licencias. A regañadientes, solo para hacer un favor al tío, la chica pide unos días de permiso en la mercería donde trabaja. De hecho, es una mini mercería, una de estas paradas escamoteables que están adosadas a loes mercados municipales. Tiene dos metro y medio 226


de de ancho por uno de profundidad, pero a ella le parece la gloria. Es el lugar más espacioso donde haya trabajado nunca. El aprendiz la ha dejado preñada. Parecía un chico tímido, un poco tosco. Era bueno para conducir la camioneta, estabilizarla, calzarla y abrir los laterales para convertirla en tienda, bueno para trajinar bombonas de butano y para estarse las horas que fuesen de pie, pero corto en palabras y en iniciativas. No se queja nunca y acepta las órdenes con una docilidad que al principio exasperaba a la chica. Ahora ya no. Ahora está enamorada. Colgadísima, dice ella. Primero atrapó alguna mirada furtiva, se dio cuenta de que el chico la observaba de reojo y que enrojecía cuando ella le sorprendía. Le llamó la atención su cuidado exquisito para no chocar con ella. La chica, que estaba acostumbrada a los encontronazos, los codazos y culazos inevitables en los espacios minúsculos, se divertía observando la turbación que le causaba al chico el contacto físico. Perdón, se disculpaba el aprendiz. Y al cabo de un rato, otra vez: Perdón. Cada vez se le veía mas aturdido. Al cabo de cuatro o cinco días de trabajar juntos, aquello que había empezado como una broma se fue enrareciendo, porque la chica experimentaba una situación contradictoria. Ya no sabía si tropezaba con el aprendiz por casualidad, para jugar con el o porque tenía unas ganas irreprimibles de provocarle. Soy demasiado cruel, pensó. Le estoy poniendo como una moto solo para divertirme y yo no soy una calientapollas. Pero no dejaba de mirarle y de hacer que el se sorprendiese mirándole. Esto hizo crecer el deseo en los dos, mirándose, tocándose por el trabajo, esquivándose, conviviendo durante horas en un exiguo agujero, acumulando electricidad de alto 227


voltaje, como si con cada contacto por mínimo que fuese, tuviese que saltar chispas enormes. Hasta que una semana justa después de haberse ido a trabajar con el, en un momento inesperado para ambos, cuando era la hora de limpiar y ordenar todos los instrumentos, se miraron intensamente a los ojos y ella sintió el impulso de cerrar la camioneta por dentro. Fue en le marcadillo de san Adrián, bajo los arcos de cemento de la autopista. Desde ese momento la convivencia se ha hecho explosiva. Las miradas son explícitas, aprovechan cualquier excusa para tocarse y manosearse fuera del alcance de las miradas. Follan en cuanto pueden en la furgoneta, follan en cuanto se acaba el mercado y entremedio se excitan todo lo que pueden. Mientras estabas pensando estas cosas, te percatas que el pañuelo del hombre que se sabía llamado a salvar al mundo, ha desaparecido. No se ha acercado nadie ni se ha caído al suelo. Era un pañuelo demasiado grande como para haberle perdido de vista. Solo se lo puede haber quedado ella, la chica que aun no sabe que está embarazada y que se ha sentado al lado del pañuelo. Debe de haber descubierto que entre sus pliegues había alguna cosa. Tal vez dinero. Barrabás se hundió más cuando salió de la cárcel que cuando estaba dentro. Le consumía el desdeño de su amada. Johnny Bomba no sabía donde mirar cuando su amigo, una mole humana de piedra esculpida, le explicaba sus penas a lágrima viva mientras se cambiaban en el gimnasio. Porque, aunque no luchasen, Johnny el obligaba a prepararse por si surgía alguna oportunidad. Johnny siempre ha estado en forma, incluso hoy.

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Barrabás se empleó en el puerto como estibador. Tenía la esperanza de que si conseguía un capitalito volvería a enamorar a la Pólvora. ¿Enamorar?, le decían los amigos, extrañados. La Pólvora es una puta que solo se enamora del dinero. Si nos hubieses hecho caso cuando te encoñaste… Aún tenía esperanzas, pero con el cáncer de laringe Barrabás inició una caída física irreversible. Se quedó en la piel y el hueso. Y mudo, incomunicado. Johnny le llevó a una asociación de larigectomizados para que le enseñasen a vivir una nueva vida, pero Barrabás cambió el carácter y se volvió huraño. Y empezó a madurar la idea de vengarse de la Pólvora. Le achacaba todas las desgracias, no la perdonaba que ella, que fumaba como un carretero continuase con la laringe intacta y que el, en cambio, tuviese que respirar por una falsa boca. Los antiguos luchadores se lo sacaban de encima porque siempre les pedía dinero y porque no aguantaban la aparatosa respiración de cafetera embozada ni el extraño modo de hablar, como si eructase. Solo Johnny Bomba ha mantenido la amistad. Con la condición de no prestarle ni un euro. Ahora, viejo y enfermo, casi convertido en un indigente, Barrabás continúa quejándose de la Pólvora. Me ha destrozado la vida, dice. La mataré. Pero desde hace un tiempo parece haberse olvidado, porque solo piensa en hacerse rico. Soñó que le tocaba la lotería. El lo explica de otra manera, dice que no lo soñó, sino que lo vio, que fue una revelación del mas allá. Y vive obsesionado por el número que le tiene que cambiar la suerte. Interpreta los sueños en clave numérica hasta obtener cinco cifras. Si sueña con un gato, lo descompone en 4 patas, 2 ojos, 2 orejas, 1 boca y 1 cola. Si sueña que fuma, se imagina un paquete de 46, la marca que más había consumido, que contiene 229


20 unidades en 3 filas. Si sueña con un piano se va al escaparate de una tienda de pianos y cuenta: 52 teclas blancas, 36 negras, y 3 pedales y, combinando estas cifras decide que tiene que comprar décimos de los números 33.652, 35.236, 36.352, 52.336, 36.523 y 52.363. Barrabás tiene una fe ciega en la lotería. Da por hecho que un día le tocará el gordo y que se malgastará el dinero en México, donde la lucha libre aún está muy viva. Reencontrará amigos de los viejos tiempos, les convidará a presenciar los combates desde la primera fila y después continuarán la fiesta con mariachis, champán y mujeres de bandera. ¿Y cuando se te acabe el dinero?, le pregunta Johnny. Volveré a jugar a la lotería, responde el esófago de Barrabás, con reverberaciones cavernosas. Un día fue a ver al tenor del metro para preguntarle si aun tenía el detector de metales. Si, pero no lo uso. ¿Me lo dejas? ¿Para que lo quieres? Para hacer dinero y ganar en la lotería. Podemos ir a medias y nos partimos el premio. No, que mañana tengo función en el Liceo, dijo el tenor. Le dejó el detector de metales y Barrabás volvió a buscar tesoros en las playas de Castelldefels. El resultado es el mismo de siempre: no encuentra nada que valga la pena. Johnny se niega a perder el tiempo buscando tesoros, pero ayuda al amigo a recaudar dinero en el metro. Nunca se ha creído lo de sus elucubraciones visionarias sobre la lotería. En realidad le acompaña para divertirse, para recordar los días en que se encaraba con el público. Le sube la adrenalina y se siente joven. Añora el ring. Hola, Oskar, dijo la taxista. 230


¡Hola! ¡Que sorpresa! ¿Conoces a Regina? Es de una agencia de publicidad de Berlín Oriental. Están empezando y no dominan aun este mundo, pero saldrán adelante, ya verás. Los del Este tienen ganas de ponerse al día en todo y cada vez nos hacen más competencia. Si no nos espabilamos tendremos que emigrar todos allí. Saltaremos el muro al revés. Reaccionó con naturalidad y con simpatía. Se le notaba seguro, hablador, confiado, convincente. Encantador, como siempre. La taxista dudó, ya no estaba tan seguro de haberle pillado dándole besos al cuello de una amiguita, tal vez le había parecido. Se sintió avergonzada por el primer ataque de celos de su vida y cuando Oskar se sacó el billetero y la dijo que la iba a buscar un café, ella se excusó y le dijo que tenía mucha prisa. Se iban a despedir, pero los celos, la sospecha, un mal presagio, una mezcla de intuiciones oscuras detuvieron a la taxista. Un momento, dijo. Cogió el sobre de fotografías que estaba sobre la mesa y las miró por encima. En una se veía a Oskar subido en un imponente camión Freightliner que tenía llamaradas pintadas a los lados. ¿Qué te ha dicho que es esto?, le preguntó a Regina. Un camión americano, dijo la chica, de un reportaje que hizo en los estados Unidos. Entonces sorprendió un rictus de incomodidad en Oskar, que intentó recuperar las fotos, pero la taxista se lo impidió. ¿Le has explicado que hicimos juntos ese viaje? ¿Le has dicho que yo conduje ese camión durante dos horas? ¿Sabe que tengo copias colgadas en la cabina del camión y que sales tú? ¿Quieres que se las enseñe? ¡Dame las fotos!, dijo Oskar con una impaciencia mal disimulada. ¿Es que no ves que es una muestra de fotos para enseñárselas a los clientes? ¿Por qué solo se te ve a ti y a mi no? Oskar había perdido el aplomo y delataba mentira a cada segundo que pasaba. Los malos augurios se confirmaban. Pero 231


había algo mas que darle el salto con una jovencita acabada de nacer. Seguramente no era una puta sino una conquista, una pánfila que se había dejado liar. Como ella. De repente vio a Oskar como a un extraño, un desconocido que le causaba temor. Le podía haber preguntado. ¿Cuanto tiempo hace que me engañas? ¿Con quien juegas, con ella o conmigo? O bien: ¿Por qué me haces esto? Esto solo habría expresado el estupor que la aturdía. Pero le salió de dentro la pregunta más profunda de todas: ¿Quién eres? ¿Qué quieres decir? Eso, que quien eres. No te entiendo, ¿que quieres decir con quien soy? La taxista reaccionó con presteza. Cogió el billetero que Oskar aun llevaba en la mano y salió corriendo como una loca. Hizo caer un expositor, embistió a unas cuantas personas y se coló fuera por una puerta de emergencia. Corrió por la explanada amparándose en la protección que le ofrecían unos cuantos centenares de trailers, subió al camión, consiguió acertar con el contacto y salió disparada. Había una claridad espectral, plomiza. Comenzaba a caer aguanieve y se formaba una película de suciedad líquida sobre el asfalto. El corazón le palpitaba al límite del paroxismo. Autopista. Kilómetros. Velocidad. Retrovisor: ni rastro de la Westfalia. El billetero de Oskar en el bolsillo. En cuanto el metro sale a la luz del sol, el hombre de la mano quemada y la mujer de las piernas vendadas se preparan para bajar. Les gusta especialmente esta estación batida por corrientes de aire fresco. La claridad del cielo y los huertos del torrente le dan un aspecto rural que les reconforta. Si que van a Can Serra. Van por el interior del parque de Can Boixeres, lo aprovechan para pasear y para saludar a algún 232


conocido que toma el sol o que juega a la petanca. A el le gusta esta zona de vegetación que se extiende por el torrente. Bajo el viaducto ha visto conejos más de una vez y piensa que en épocas pasadas, cuando llegó, los habría matado a pedradas y los habría llevado a casa para que la mujer los guisase. Ahora no, ahora son una atracción, una pincelada ecológica en medio de la ciudad. Pero hoy no piensa ni en los conejos ni en los olivos. Tiene la cabeza en otra parte, en el pozo que se ha comprometido a limpiar. Su miedo está justificado. Pero cuando se tenga que enfrentarse al peligro, cuando esté inmóvil en una exigua plataforma del pozo, recuperará la sangre fría de cuando era minero y concentrará toda su atención en salvar la vida. Preverá meticulosamente los gestos que deberá hacer. El mas importante es no moverse para nada, ni tan solo cuando le echen la otra cuerda, porque podría precipitarse al vacío. Tampoco mirará hacia arriba, para no perder estabilidad. Para no tropezar, se sacará la cuerda que aún tiene atada a la cintura. Lo hará con parsimonia, como a cámara lenta, fiándose solo del tacto. Dejará caer la cuerda inútil y oirá un ¡xaf! que le pondrá los pelos de punta. Y cuando llegue la cuerda salvadora, esperará a encontrársela entre las manos y no dirá nada. No hará caso ni responderá a los gritos histéricos y contradictorios de los de arriba. Se pasará la nueva cuerda por la cintura y se atará a tientas y sin prisas. Dos vueltas y tres nudos bien apretados. ¡Ahora!, gritará bien alto. Notará un tirón muy violento y una quemazón en el cuello y subirá ahogándose y pataleando como un ahorcado a la fuerza. En la oscuridad no se habrá dado cuenta que se enredaba la cuerda al cuello. Con un esfuerzo supremo conseguirá levantar las manos por encima de la cabeza y cogerse bien fuerte para mantenerse con el peso de los brazos y evitar el 233


estrangulamiento. Se aferrará con todas sus fuerzas hasta que, en el límite de extenuación, gritará desesperado: ¡De prisa, que me muero! Le sacarán exhausto, pero vivo. Rechazará todas las ayudas. No querrá volver a casa en coche ni en taxi. Querrá volver solo y andando para respirar aire fresco. Tirará la bolsa de las herramientas en un contenedor y revalidará el juramento: Ahora si, se acabaron los pozos. Porque ya habrá juntado el dinero que le faltaba para inscribir a los nietos como socios del Barça y porque realmente se habrá asustado y pensaba que no saldría vivo. La edad no perdona, pensará. Tendrá la boca muy seca, notará la piel del cuello irritada y le dolerá todo el cuerpo, pero la alegría de de volver a nacer será superior al dolor. Pasará por una placita adornada con unos olivos milenarios y, abrazado a uno de los troncos, se liberará de la tensión llorando a lágrima viva. Cuando se haya rehecho, reemprenderá el camino a casa y un coche le atropellará inopinadamente. El conductor, distraído por el anuncio de un escaparate, invadirá la acera y embestirá al hombre de la mano quemada, que morirá en el acto. Se van con clama y, poco a poco, al paso de ella, se dirigirán hacia la calle. Ha sido la última vez que han cogido el metro los dos juntos. Cuando vuelvan al Clínico lo harán por separado. Primero el, muerto. Después ella, avisada del accidente cuando ya se hayan llevado el cadáver al Instituto Anatómico Forense para que le hagan la autopsia. Tardarán más de una semana en enterrarlo, porque al médico forense le intrigarán las señales de violencia en el cuello y en la cintura, y la policía querrá investigar el origen de un fajo de billetes en el bolsillo de la víctima.

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SAN ILDEFONSO

A la chica que aun no sabe que está embarazada los días se le hacen largos. Espera el momento en que ella y el chico se podrán entregar el uno al otro. En medio del griterío y el caos general de los mercadillos, juegan a arrumbarse y a provocarse. Hay días que ella va al trabajo sin sostén o bien se los saca a media mañana, se los pasa subrepticiamente y después se agacha para que le vea los pechos. Acaban la jornada antes de tiempo y, devorados por la impaciencia, se cierran en la camioneta y se morrean y follan con ansiedad entre vapores aceitosos. Al principio el se ponía un condón, pero a veces la urgencia del deseo hace que se salten las precauciones profilácticas y anticonceptivas. Por eso hace días que los espermatozoides del aprendiz encuentran vía libre por el sanísimo aparato reproductor de la chica y van en busca del óvulo maduro. La competencia era encarnizada y el encuentro en una de las trompas era inevitable, Diversos espermatozoides se adhirieron a la corona radial del óvulo con la intención de entrar, y lo podía haber conseguido cualquiera de los candidatos, pero solo uno entró en la zona pelúcida. No era el mejor, pero eso no se sabrá hasta el cabo de los años. La chica ha cogido disimuladamente el pañuelo sucio y arrugado del hombre que se sabrá escogido para salvar al mundo. Le ha parecido ver la punta azul de un billete de veinte euros entre los pliegues del pañuelo. Por eso, aprovechando que tu estabas abstraído en tus elucubraciones, ha vencido la repugnancia y, con un rápido movimiento, lo debe de haber cogido por una punta y lo debe haber puesto en la bolsa. 235


Después verá que, efectivamente, había billetes, mas de uno, hasta un total de ciento sesenta euros metidos en un pañuelo mucho más grande que los habituales. Lo descubrirá cuando esté en la calle, cuando vaya a firmar la liquidación de la mini mercería donde trabajaba hasta hace bien poco. Si no ha bajado aquí es que debe de ir al mercado de Marsans, a medio camino entre las estaciones de Gavarra y Cornellá. Tiene ganas de firmar los papeles de una vez, no por los cuatro cuartos que le pagarán, sino para sentir que empieza una nueva vida. Es feliz. En tres semanas todo se ha precipitado. Le ha dicho al tío que está encantada de trabajar en la churrería, y el hombre ya ha tomado la decisión de jubilarse y de traspasarla el negocio. Está tan contento como pueda estarlo un hombre que ha trabajado como una mula yendo arriba y abajo con la mujer y la cuñada y que de golpe se queda viudo, solo y haciendo vida de cardiópata. Si te gusta el oficio, la churrería es tuya, te la regalo, le ha dicho a la sobrina con los ojos húmedos. Saldrá de firmar la liquidación de la mini mercería con un modesto cheque y un gran sentimiento de libertad. Entonces decidirá gastar en algún extra el dinero que se ha encontrado en el pañuelo. Una locura, una más. Querrá dar una sorpresa al aprendiz, que hoy se tiene que espabilar haciendo churros y despachando el solo. Decidirá comprarse ropa interior sexi, ropa buena, de marca. Será la primera y única vez en su vida que se compre ropa interior cara. Para eso se tomará tiempo antes de decidirse y pedirá consejo a la dueña de la tienda, con la que establecerá una relación próxima a la complicidad. Finalmente se enamorará de un conjunto de sostenes y culottes de blonda negra con puntillas rosas y encarnadas que harán juego con unas medias de malla tupida. Se inspirará en un anuncio publicitario de ropa interior que hay expuesto en la tienda donde se ve una 236


chica que sugiere un aire hawaiano. ¿Te gusta?, dirá la dueña, refiriéndose al anuncio. Si, mucho, ya me había fijado en los anuncios de la tele, es guapísima. Cuando se vaya de la tienda, la dueña pensará en las palabras de la chica que aun no sabe que está embarazada y decidirá aprovecharse de la campaña televisiva. Cambiará las cosas del escaparate y lo llenará de muestras de la marca de la modelo de aspecto hawaiano. Lo dispondrá de tal manera que la fotografía presidirá el escaparate como una invitada de honor. Será una composición fatal que estará expuesta durante unas cuantas semanas, hasta que un hombre pase casualmente por delante de la tienda, se fije en la fotografía del escaparate, pierda el control del coche y atropelle a un pobre hombre, que morirá en el acto. Al cabo de unos días la taxista se presentó en la dirección de Wolfsburg que constaba en los carnets de Oskar. Era el domicilio que el no había querido facilitarle y que ella, ¡burra!,no insistió en conocer. Había estudiado atentamente los documentos de su billetero y había encontrado respuesta a las preguntas que tenía que haber hecho sobre la familia y el trabajo de Oskar. Y que nunca había formulado por pudor, para no violar el margen de independencia que conservaba cada uno. ¡Burra!, se decía. Tal como temía, Oskar no estaba casado y su familia era un invento. No existían las nenas ni la mujer ni el accidente ni la silla de ruedas. Mejor dicho, si existían. Pero quería verificar sus sospechas. Por eso no se presentó en la casa de Oskar sino que le esperó a una cierta distancia del domicilio. Se acercó a primera hora de la mañana, se estuvo un buen rato moviendo los pies sobre la nieve para combatir el frío intenso, hasta que Oskar salió a la calle. Le siguió hasta una tienda de material fotográfico que estaba cerrada. Oskar levantó el cierre metálico, entro y encendió 237


las luces. Al cabo de un rato se presentó un hombre de mediana edad que pasó hacia dentro. Debía ser el dependiente. Todo ligaba. El teléfono al cual había estado llamando durante ocho años era el de aquella tienda. La mayoría de las veces se ponía el mismo Oskar y, cuando no estaba, era el dependiente el que le pasaba el aviso. Esto lo explicaba todo. Las fotos de la niñas y de la mujer desfigurada por un accidente eran reales, pero eran copias, pertenecían a otra familia, probablemente vecina de aquel barrio. Oskar nunca había trabajado como localizador para agencias de publicidad. Las fotos que decía haber estado haciendo viajando aquí y allá para localizar chalets, pueblos y parajes singulares que supuestamente le pedían las agencias de publicidad eran copias de los carretes que los clientes llevaban a revelar. Esto explicaba que se saliese por la tangente cuando ella se interesaba por algún paisaje concreto. Ahora veía claramente que su personalidad no concordaba con la competencia feroz del mundo de la publicidad. Ahora entendía también que siempre enseñase fotografías de medida estándar, las copias de uso habitual que todos usan y no los grandes formatos que utilizan los profesionales. De repente, todos los misterios tenían una explicación y Oskar dejaba de ser un mito para convertirse en una rata de alcantarilla. Una rata muda que no dijo ni pío a las verdades que la taxista le espetó en la cara. Toma, le dijo alargándole el billetero. Oskar lo recogió sin levantar la mirada. Está todo, no te he robado nada. Espera, un momento. ¿Qué quieres? No te vayas. ¿Por qué? ¿No quieres que hablemos? La taxista tenía motivos para arrancarle los ojos y para destruir la tienda en un ataque de cólera. Pero cuando le vió abatido y vencido, vacilante como nunca antes le había visto, sintió 238


repugnancia y, sin levantar la voz, con un desdén que le salía del alma, le dijo: Vete a tomar por el culo. Y se fue. El viaje a los estados Unidos había sido el zenit, el momento de máxima felicidad de la taxista. Ahora el péndulo de la vida se caía y la condenaba a la infelicidad. La taxista se creía lo suficientemente fuerte para no dejarse abatir por un fracaso amoroso. Sabía que la complicada situación se acabaría un día u otro, pero no esperaba ser víctima de una falsedad de larga duración. Había sido lo suficientemente burra para ir de culo durante ocho años tras un impresentable que no había dudado en explotar la parálisis de una pobre mujer para hacerse pasar por un tio abnegado. Oskar no era nada de lo que decía o que aparentaba ser. La furgoneta y el traje descuidado formaban parte del atrezzo para proyectar la imagen de un hombre encantador y alternativo con una vaga reminiscencia hippy. Todo era falso, teatro para seducir a mujeres burras e incautas. ¿A quien más engañaba? ¿Cuántas mujeres tuvo en los ocho años que ella, ¡burra!, salió con el. ¿Elegía siempre a sus víctimas en un Autohof? ¿A la Regina también le había contado la comedia de una mujer imposibilitada o para cada conquista interpretaba un papel diferente? ¿Sabían sus convecinos que las fotos caseras que le llevaban a revelar alimentaban una retahíla de ficciones que hacía daño a otras personas? La taxista no se torturó mucho haciéndose todas estas preguntas. No tenía interés en conocer los detalles de aquella farsa. Tenía suficiente con la magnitud de una decepción que lo contaminaba todo. Por vez primera encontraba agobiante la vida de camionera. Estaba harta de frío, de la nieve, de no ver el sol durante semanas enteras. Las largas tiradas nocturnas que antes la tonificaban ahora se le hacían tan monótonas que le parecía 239


conducir sonámbula. Tal vez debería dejar el turno de noche. Tal vez debería dejar Alemania. Tal vez debería dejar el camión. - Vamos, papá. El padre de la chica alta y cuadrada perderá la mano y no revelará nunca a nadie que la amputación fue un tributo para proteger a su hija. Faltan unas cuantas semanas para que una noche el hombre vaya con el ex socio a una playa de Castelldefels y ponga la mano derecha sobre un tablón sabiendo que la perderá. La derecha no la izquierda. Porque la necesita para apoyarse en la muleta, como puedes comprobar ahora que se ha levantado para apearse. Al ex socio le dará igual cortarle una mano que la otra. Incluso le ofrecerá la posibilidad de sacarse el anillo que lleva. ¿Es el de la boda? No, lo empeñé. Este no vale nada, es de latón. El ex socio dará un solo hachazo, fuerte, preciso, limpio, y después dirá: Ahora ya somos tan desgraciados el uno como el otro. Pero el hombre de la muleta no lo oirá, se caerá desmayado en la arena. Lo recogerá una patrulla municipal y le ingresarán en el Hospital de Bellvitge porque habrá perdido mucha sangre. Avisarán a la policía, que investigará y sospechará del ex socio pero cada vez que pregunten a la víctima quien le ha cortado la mano y porqué, la respuesta será siempre la misma: No lo puedo decir. Ni los médicos ni su hija le arrancarán otras palabras: No lo puedo decir. Le apretarán las tuercas para que por lo menos explique que se ha hecho de la mano amputada, pero de eso realmente no sabe nada. El ex socio se dará por satisfecho con la venganza, dejará de molestarle y cumplirá la promesa de no acercarse a la hija. En el primer momento el hombre vivirá la pérdida de la mano con 240


la satisfacción del martirio. Se sentirá grande, heroico, redimido de las culpas pretéritas de un hombre débil que no ha sabido ser ni empresario, ni marido ni padre. Habrá pagado con creces la deuda de gratitud que había contraído con la hija, pero pronto se lo cobrará. Dejará de hacer los trabajos manuales con los que se ganaba algún dinerillo, se autodeclarará inútil total y apelará a su minusvalía para desarrollar una tiránica resistencia pasiva y se creerá con derecho a exigir más atenciones de su hija. Volverá a beber y un día que tendrá la cabeza nublada se caerá por unas escaleras que separan el desnivel de dos calles, se romperá el fémur y ya no volverá a nadar más. La chica se desesperará y por vez primera contestará a su padre de mala manera. Casi se sentirá como la madre, que en los años en que vivieron juntos no paraba de increpar a su marido. Se refugiará en la carrera, se encerrará en la biblioteca de la facultad durante horas para no ir a casa. La bibliotecaria, la Namishon -Japanís-María-Ausiliatrice-Siliatrís- Mary-Mery intentará una aproximación a aquella estudiante alta y fuerte que hace ejercicios, consulta libros y toma apuntes durante horas sin hacer ningún ruido, como si no estuviese, como si quisiera pasar tan desapercibida como una mesa o una silla. La chica alta y cuadrada está tan acostumbrada a reprimirse para no hacer amigos, tan hecha a las pequeñas mentiras para no tener que explicar a nadie la verdad de su casa, que se limitará a contestar con frases cortas, sin dar pie a una conversación afectuosa. Piensas que es una lástima, que ella y la chica samburu del lago Turkana podrían ser buenas amigas. Las dos han encontrado en los estudios una salida a situaciones difíciles y las dos se están forjando su futuro con un esfuerzo muy superior al resto de chicos y chicas de su edad. Pero el carácter 241


extrovertido de la bibliotecaria en prácticas no conseguirá vencer la resistencia defensiva de la otra. Sus biografías se tocarán tangencialmente, sin llegar a comunicarse. Más de una vez la chica alta y cuadrada sentirá el impulso de hacer confidencias a la bibliotecaria negra, confidencias que nunca ha hecho a nadie. Le hervirá una rebeldía interior que no sentía antes y tendrá tentaciones de abandonar al padre a su suerte, como hizo la madre. Pero no lo hará. El hermano Blas se percatará de que la chica está en el límite de sus fuerzas y la instará a no desanimarse y a no dejar los estudios. Será su apoyo, la ayudará a mover a su padre, a lavarlo, a vestirlo y a carretearlo de hospital en hospital. Dentro de cuatro años el padre morirá de un golpe de calor. Será un mes de julio, ardiente como ningún otro, que le provocará unos delirios repentinos. Pasará por la noche, la chica se asustará, avisará al servicio de urgencias, pero el padre vivirá solo unas pocas horas más y expirará en la UCI. Tras la muerte del padre, el hermano Blas continuará visitando a la chica alta y cuadrada. Aparentemente para hacerla compañía y para ayudarla a rehacer su vida pensando solo en un futuro que el dirá insistentemente que se tiene que ganar a pulso. Pero un día la confesará que la admira, que está enamorado de ella y que, si se lo pide, dejará la orden. A la chica le costará rehacerse del estupor, pero le dirá que si, se casarán y a la boda asistirán los dos hermanos que perdió de vista cuando huyó de la pensión. Le costará localizarles, a ellos y a la madre. Se llevará la sorpresa de ver que la madre aun vive con el hombre que la pegaba. La madre se mostrará distante y no querrá asistir a la boda. Los hermanos si, pero la relación con ellos será fría, artificial, se tratarán como extraños y nunca se profesarán afecto. 242


La chica alta y cuadrada trabajará en un banco alemán, después entrará en la administración pública y ejercerá cargos de responsabilidad en áreas de cálculo y estadística del ayuntamiento de Barcelona. Cuando se jubile los compañeros le harán un homenaje y le regalarán un brazalete y unos pendientes de plata. Entonces ya será viuda, porque Blas, su marido, se habrá muerto quince meses antes, de una embolia. El día que haga los setenta y cinco, los hijos (dos) y los nietos (tres) le regalarán una semana de hotel en Viena y una entrada para el concierto de Año Nuevo en la Musikverein. Ayudándose con la muleta, el hombre baja con trabajos, arrastrando la pierna. La chica le ayuda con una mano y con la otra coge el gran sobre de plástico que contiene los resultados de la resonancia magnética. Un día Barrabás irá a ver a Johnny Bomba a su casa. Será un hecho extraordinario, porque sabe que su mujer le tiene por un perdulario y que no será bien recibido. Estará muy excitado y Johnny no conseguirá entenderlo. Vamos, le dirá, y me lo explicas despacio. Se sentarán en un banco del paseo de San Juan y tendrán una conversación larga, confusa a causa de los nervios de Barrabás y de la dificultad para expresarse. Al final Johnny conseguirá entender que, mientras pasaba el detector de metales en Castelldefels, su amigo ha encontrado una mano enterrada en la arena. Una mano humana, una mano derecha renegrida y seca, asquerosa. El anillo que habrá en uno de los dedos hará sonar al detector de metales y Barrabás se quedará tan aterrorizado que no pensará si el anillo tiene valor o no. Interpretará el hallazgo como una señal de alarma, dirá que es 243


un aviso del destino, un ultimátum por que las oportunidades de ganar a la lotería se acaban. ¿Estás seguro de que era una mano? Completamente. ¿Y que has hecho? La he dejado donde estaba.¿Te has quedado el anillo? No. ¿Pues que has hecho, se lo has dicho a la policía? ¿Quién, yo? ¿A la policía? ¡Ni loco! La sobreexcitación de Barrabás no tendrá tregua. ¡Ahora! ¡Ahora o nunca!, le dirá a su amigo. Y le mareará con urgencias para que le deje dinero. Promete devolverle ciento por uno. Pero Johnny no cederá un milímetro, le dirá que le olvide, que es del dominio público que Barrabás no devuelve nunca ni una puta peseta. Pero el insistirá con los nervios de un drogadicto que necesita la dosis, le llenará la cabeza diciéndole que nunca más volverán a tener una oportunidad como esta. ¿Oportunidad de que, de tirar el dinero? ¡Te juro que nos tocará, lo se! ¡Lo veo! Barrabás se sentirá lúcido como los profetas de la Biblia, hablará con la exaltación de un alucinado, se verá poseído por una clarividencia cegadora que le anticipa una por una todas las maravillas futuras. Se desespera por la negativa sistemática de su amigo y le pedirá si le puede ayudar de otra manera. ¿Cómo? Luchando, hazlo por mí, te lo pido como un favor personal. Le prometerá que irán a medias en los beneficios de la lotería y que los dos se irán a México, a correrla con Huracán González, Huapac el Melenas, Mister KO, el Ángel Exterminador, Toro Junior, el Yul Brinner de Monterrey y tantos otros amigos de los años gloriosos. Será fabuloso, dirá con soplidos esofágicos. ¿Qué me dices? A Johnny Bomba le hará gracia la proposición. Siempre ha tenido ganas de volver al ring y demostrar que se mantiene en 244


forma. De acuerdo, contestará, pero ya me dirás quien cojones organiza un combate. Déjamelo a mi, dirá Barrabás. Hará gestiones. Sabe que tanto en cuando se organizan algunos combates el lugares extravagantes, charlotadas para un público ávido de artistas decadentes y freaks. En alguna discoteca para que los jóvenes se rían de los viejos luchadores o en salas de prono duro para ambientar los espectáculos con atracciones exóticas. Pero ni eso encontrará Barrabás. Oirá unas cuantas veces esta observación formulada con una piedad condescendiente: Johnny Bomba ya no tiene edad para que le peguen hostias. ¿Cuantos años tiene, setenta? Barrabás contestará: Si, pero está en forma. Encontrará la solución en uno de esos periódicos que regalan a la entrada del metro. Leerá que se han levantado protestas contra un circo belga que se ha instalado en Hospitalet para actuar diez días y que en cada función ofrecen tres mil euros a quien se atreva a pasar un minuto en la jaula del oso. A Barrabás no le interesan los defensores de los animales, sino el dinero. Enseñará el periódico a Johnny y le dirá: ¿Te atreves? ¿Contra un oso? Si. ¿Y si me mata? ¿Cómo quieres que te mate, es que no ves que le sacan sedado a la pista? Y añadirá: Nos haremos ricos, multiplicaremos los tres mil euros por mil o por diez mil. ¿Qué me dices? De acuerdo, dirá Johnny.

GAVARRA

Quedan pocas personas. Continúas dando vueltas al misterio del pañuelo y te ratificas que solo lo puede haber cogido la 245


chica que no sabe que está embarazada. Es un pequeño misterio, modesto, que te invita a fabular con el mismo atractivo que un crimen no resuelto. Observas atentamente a la chica, buscas su mirada a ver si se pone colorada, si se siente descubierta por haberse apropiado del pañuelo y del dinero. Pero no se delata. Sabe aguantar la presión, piensas. Cuando el tío sepa que está embarazada y que el padre de la criatura es el aprendiz de la churrería, se desdecirá de su promesa y no le cederá el negocio.. Más que ofendido se sentirá traicionado por la chica. La churrería quiere lucha, sacrificio, y las náuseas de un embarazo no son la mejor carta de presentación para asumir responsabilidades. También le decepcionará el aprendiz. ¿Así le paga su interés por enseñarle el oficio, haciéndole un bombo a la chica?¿La ha seducido aprovechando que el, el amo, está de baja por culpa de una angina de pecho? ¿No sabe lo que son los condones? ¿O quizás aquella pose de mosquita muerta formaba parte de una estrategia para quedarse con el negocio? No, chico. No se si te has pasado de listo o de tonto, pero conmigo no cuentes. Si has sido bueno para preñarla, también lo serás para hacerte cargo del regalito. La chica y el aprendiz se sentirán injustamente tratados, pero de la desventura harán virtud. Cuanto más les hiera la adversidad, más unidos estarán. Siempre será así. Cuando el hijo que ahora empieza a formarse les trate con violento rencor, se refugiarán el uno en el otro y resistirán juntos los ataques de su furia destructiva. El embarazo es tan incipiente que aun podría pasar que el embrión no enraizase en la pared del útero y que desapareciese en forma de aborto espontáneo del que ella no llegaría ni a enterarse. Pero enraizará. También podría ser que la chica 246


decidiese no tener la criatura y abortase voluntariamente. Pero esto tampoco sucederá. Querrá tener el hijo como una venganza contra el tío y para demostrarles a todos que la relación con el aprendiz de la churrería es seria y no solo fruto de una fiebre erótica. El embarazo, por tanto, seguirá su curso. No se casarán, se irán a vivir a un piso del Raval, en la calle del Carmen. Harán cualquier trabajo para criar al niño rodeado de cuidados. Repartirán propaganda, pasearán perros de raza, venderán helados en la playa, recolectarán alcachofas y espárragos, irán casa por casa ofreciendo toallas a precio de ganga, limpiarán piscinas, harán de extras en unas cuantas películas, colgarán carteles electorales, vigilarán el aparcamiento de un restaurante de la costa, venderán tabaco de contrabando y echarán las cartas del tarot sentados en un banco de la plaza Cataluña. La mayoría de las veces los dos juntos y siempre en espacios abiertos, todo lo contrario de la churrería ambulante donde hoy trabajan y se excitan. La ocupación que les resultará más productiva será hacer de estatuas humanas. Aprovecharán la proximidad de la Rambla para ganarse la vida cuando no tengan otra fuente de ingresos. No harán tanta caja como los demás. Les faltará gracia e ingenio para competir con artistas venidos de todo el mundo, y que están mas de una hora para maquillarse y vestirse con ropas sofisticadas. No compondrán nunca figuras originales, no se pintarán el cuerpo de purpurina ni harán los prodigiosos movimientos que imitan a un títere mecánico articulado. No, ellos dos se caracterizarán siempre de un modo chapucero, con una máscara y algún disfraz barato. Los primeros serán Caperucita y el Lobo y pronto se especializarán en personajes de la tele que atraen a los niños, como los Simpson o las Tres Gemelas. En alguna ocasión en que los guardias municipales 247


expulsarán de la Rambla a los embaucadores y a los pedigüeños les echarán a ellos sin otro motivo que la falta de calidad estética. Pero al cabo de unos días volverán. Necesitarán dinero para vivir, pero sobretodo para el niño que la chica no sabe que espera. Nunca le faltará de nada. Será albino y eso provocará una sobreprotección constante. Le llevarán a un buen parvulario y después a los Escolapios de la ronda de San Antonio. Se preocuparán porque domine el braille desde bien pequeño, para que esté preparado si pierde la vista del todo. Los padres se desvivirán por su hijo y el se lo pagará con una ingratitud violenta. La vida de la taxista tiene unas etapas marcadas: el anhelo por ser camionera, los diez y seis años que condujo camiones, once de los cuales los pasó en Alemania, y el cambio del camión por el taxi. Ahora tiene cuarenta y cinco años y ya hace cuatro que es taxista. No le costó dejar los camiones. De repente se sentía cansada. Había hecho dos millones y medio de kilómetros para la Willi Betz, la vista comenzaba a acusar el exceso de conducción nocturna., los robos a los camiones estacionados aumentaban de un modo tan alarmante que vivía en un permanente estado de alerta, sin casi ni tiempo para ir a orinar… Pero había un motivo más profundo. Las carreteras y autopistas estaban sembradas de recuerdos asociados al hijo de puta de Oskar y a cada paso le parecía cruzarse con la vieja Westfalia. El desasosiego se le hizo insoportable y solicitó incorporarse a transportes especiales y a destinos asiáticos y africanos. También se apuntó a cursos para llevar tipper trucks, bulldozers, apisonadoras o cualquier otra máquina pesada. Pero no llegó a hacer nada de eso. Un medio infarto de miocardio de 248


su padre la precipitó la decisión de dejarlo todo y volverse a Barcelona. Se tomó un tiempo de reflexión. La ofrecieron un puesto de responsabilidad en un parque logístico, pero no se veía en un despacho, sin un volante entre las manos. Lo necesitaba, tenía la cabeza llena de gasolina, como decía su madre disgustada. Mientras se lo pensaba, se quedó a vivir con el padre y empezó a ayudarle a restaurar un R-8. Esto la distrajo de todo lo demás hasta que compró una licencia de taxi y se hizo taxista. El taxi era otro mundo. Por una parte parecía un juguete y por otra tenía un trato directo con el público que le era totalmente nuevo. No estaba acostumbrada a complacer los caprichos de la gente ni a escuchar conversaciones ajenas, algunas muy íntimas, ni a soportar tonterías ni groserías. Se ha adaptado porque quiere una vida sencilla, rutinaria. Es consciente del desengaño de Oskar, que aun le pesa como una losa, se siente como si arrastrase un gran cansancio interior, un desánimo que la hace renunciar a cualquier clase aventura. No ha vuelto a mirar a un hombre con la esperanza de obtener un beso ardiente ni una palabra sincera. No quiere saber nada de los hombres. Solo sirven para follar y según y como, ni para eso. El hombre ideal debería satisfacerla de vez en cuando con un buen polvo y después tendría que desaparecer sin dejar rastro. Si además fuese mudo, sería perfecto. Pero esta mujer se volverá a enamorar, Llevará a urgencias a un cliente que vomitará en el taxi y se desmayará. Al día siguiente irá a verle para llevarle un dibujo que se había dejado en el taxi y el hombre se disculpará por haberle ocasionado tantas molestias. Querrá hacerse cargo de la limpieza de la tapicería y querrá gratificar a la taxista por su diligencia. Le dirá que una picadura de avispa le causó un shock alérgico y 249


que si ella no le hubiese llevado tan rápido a urgencias tal vez ahora no podría contarlo. La taxista se negará a cobrarle nada, pero el insistirá e invocará el derecho a mandarle un detalle a su casa. Por haberle salvado la vida y por la gentileza de ir expresamente a llevarle el dibujo que se dejó en el coche. Ella al final le dará la dirección. Al cabo de unos días el hombre que retrata difuntos al carbón se presentará en casa de la taxista con un ramo de flores y una caja de bombones. Será una tarde de domingo. Estará el padre y, cuando el visitante diga que el primer coche que tuvo fue un R-8 de segunda mano, la conversación fluyó sola. Hablarán de Renaults, de coches y de camiones. Le preguntarán a que se dedica, el contestará que retrata difuntos al carbón y esto gustará a la taxista. No de su trabajo, sino de que un hombre tan digno y tan señor no oculte su trabajo que puede parecer escabroso y que, bien mirado, no lo es. Quedarán para otro día porque el padre de la taxista le quiere enseñar los R-8 que tiene diseminados por las calles vecinas. El corresponderá a la invitación enseñándoles un pesebre que ha tardado años en construirlo y que le ocupa medio piso. El padre estará maravillado y examinará todos los detalles, tanto los artísticos visibles como los técnicos invisibles. Será el inicio de una amistad que pondrá a la taxista en guardia a la taxista. Se había impuesto una consigna férrea: no enamorarse. Pero la cautivarán los modos elegantes de este hombre, tan discreto y tan clásico, que no tiene nada que ver con Oskar. Se dará cuenta de que está realmente enamorada el día que, pensando en el, topará con el coche de delante, otro taxi. La mujer le preguntará:¿Qué te pasaba esta noche? Nada, ¿por qué? No has parado de moverte y de cambiar de lado cada dos 250


minutos. Debía soñar, dirá Johnny Bomba para no levantar sospechas. Si le dice que ha estado despierto toda la noche pensando en como inmovilizar a un oso, la mujer que echa de casa. Pasará el día pensativo, lamentando haberse dejado liar. Sentirá la tentación de desdecirse, pero el ha sido siempre un hombre de palabra. En el ring había resistido los castigos más salvajes sin dejar de mirar nunca al adversario. En el Royal Albert Hall, los árbitros suspendieron el combate, a pesar de haberse tragado unos cuantos dientes, no había tirado la toalla. Tampoco lo dejó el día que Dinamita Lombarte le rompió el tabique de la nariz en una acción fortuita, no se amilanó ante Brutus, un alemán enmascarado que daba unos codazos al hígado con la contundencia de una maza, y soportó los tirones del nigeriano Kid Caníbal cuando le centrifugó tirándole de los pelos hasta que Johnny salió disparado, y el Caníbal se quedó con un mechón de pelos en la mano. No, Johnny Bomba ha sido siempre un hombre de palabra y sabe sufrir para cumplir los pactos. Por la noche, el y Barrabás irán al circo. Le sorprenderá la tranquilidad de su amigo. Aplaudirá, se reirá y se quedará boquiabierto con un entusiasmo infantil. Johnny en cambio creerá que el espectáculo es lamentable, aburrido e infinitamente largo hasta que no le toque el turno al domador. Entonces el corazón le dará un salto. Sacarán el oso a la pista, una bestia de pelo castaño, casi negro, más alta que una persona. A Johnny le parecerá que el oso es inmenso y que la jaula es minúscula, que el oso cabe con trabajo. Mientras sacan al animal encadenado, el director de pista advertirá que es un animal extremadamente peligroso. 251


El número será flojo, ejercicios malabares de poca importancia que tendrán al oso como sujeto pasivo, estático y distraído, como ausente. Pero, a medio número, el domador mostrará unas telas de vivos colores ante el oso, y la bestia las convertirá en cintas de un par de zarpazos: zas, zas. Cojones, que navajas, pensará Johnny. Al final el público aplaudirá sin muchas ganas, solo por cortesía. Y entonces el director de pista enseñará un fajo de billetes y dirá: Aquí hay tres mil euros. Si alguien resiste un minuto en la jaula del oso, son suyos. ¿Quién se anima? ¡Yo!, dirá Johnny. Y se levantará un murmullo de admiración en el público. En un primer momento el directo de pista quedará desconcertado. Dirá que es la primera persona que lo intenta. Le advertirá que corre un serio peligro y que actúa bajo su exclusiva responsabilidad. Le pedirá que se tome un rato para pensarlo bien. No hace falta, dirá Johnny. Y bajará a la pista decidido a acabar cuanto antes mejor. Pedirán silencio, la orquesta callará, solo se oirá el inquietante redoble del tambor que acentúa los momentos de tensión y de peligro. Se apagarán todas las luces, excepto un potente foco que seguirá los pasos de Johnny como un faro hasta la puerta de la jaula. Notará el hedor del animal, una vaharada intensa de orines y de roña. ¿Preparado?, dirá el director de pista con un cronómetro en la mano mientras Johnny se cagará en la Pólvora y pensará con rencor: Si Barrabás no se hubiese encoñado con aquella puta… ¡Ya!, gritará el director de pista. En cuanto abren la jaula, Johnny se lanza sobre el animal sin darle tiempo a reaccionar y le hace una llave para inmovilizarle los brazos contra los costados. Al principio no encuentra resistencia. Quizá si que esté sedado, piensa Johnny con la 252


mejilla pegada al pecho del oso. Que pelos mas puntiagudos, la madre que te parió. Pero no deja de hacer fuerza, cada vez más, porque nota que el animal quiere librarse y que intensifica progresivamente la presión contraria, sin sacudidas, en un pulso sordo y sostenido. Johnny también intensifica la ofensiva para impedir que el oso haga un movimiento brusco. Suerte que ya debe faltar poco, un minuto pasa pronto. Pero este es inacabable. Ni el hijo de puta del director de pista ni nadie anuncia que se haya cumplido el tiempo. ¿Como puede ser? ¿Es que se han ido o qué? No lo sabe, no ve a nadie. No oye a nadie. Sólo el redoble del tambor, que le pone nervioso. El duelo se está haciendo larguísimo, la bestia se agita, quiere liberarse. Johnny está congestionado, tiene la sensación que, de un momento a otro, el oso de desatará del nudo que le traba y que le cortará a tiras como lo ha hecho antes con la ropa de colores. ¡Cojones, cojones, cojones! Los dientes bien apretados, las venas del cuello a punto de reventar, churretes de rimel en las mejillas. Lo siento, Barrabás, no puedo más. ¡Conseguido! ¡Un minuto y cuarenta y tres segundos! ¡Bravo, bravo, bravo! ¡Un aplauso para el caballero! Se deja ir, exhausto, grogui y, en el momento de aflojar el abrazo, el oso dará un bramido y lanzará las garras sobre Johnny antes de que tenga tiempo de abandonar la jaula. La intervención del domador impedirá que el animal se ensañe con el intruso, pero no podrá evitar que Johnny salga haciendo eses, con la cara y el pecho ensangrentados. El dinero, reclamará Johnny antes de caer redondo sobre la arena de la pista. La Orquesta tocará una marcha militar americana.

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CORNELLA CENTRO

La taxista será la mujer que el hombre que dibuja difuntos al carbón buscaba afanosamente. No se llegarán a casar ni llevarán una vida muy matrimonial. Conservarán las prerrogativas de una vida solitaria, cada uno vivirá en su casa y cultivarán sus aficiones por separado. El fin de semana el hombre ayudará a cambiar de lugar los R-8, pero no se implicará en temas automovilísticos. Quien se cambiará decididamente de bando será el padre, que dejará los Renaults en manos de la hija, y se pasará al pesebrismo. Los dos hombres decidirán tirar un tabique y ampliar el pesebre con una nueva área dedicada a los trabajos tradicionales de la payesía. El padre construirá una masía típica en miniatura, con todos los detalles imaginables y todos los instrumentos de los antiguos payeses, hechos a escala. Y el continuará viajando en busca de artesanía selecta. Pero no viajará solo, lo hará con la taxista. En uno de los viajes irán a Kenya y en una tienda de Nairobi verán unos tapetes hechos de puntillas y bolitas de cristal de colores. El hombre comprará uno y lo exhibirá en su casa al lado de otros recuerdos africanos. El hombre que retrata difuntos al carbón tomará toda clase de precauciones para que no le vuelvan a picar las avispas y, por si acaso, llevará siempre un kit de emergencia, con dos jeringas cargadas de adrenalina. Pero siempre estará agradecido a la avispa que la puso en contacto con la taxista. Alguna vez recordará la cita que tenía con una simpática profesora de instituto que firmaba con dos iniciales, seguramente falsas. El no se presentó por culpa del shock 254


anafiláctico de una reacción alérgica, y en cuanto pudo se disculpó por correo electrónico, pero ella no volvió a escribirle una raya más. Seguramente se pensó que había jugado con ella y tal vez le odió. Pero la vida es así, pensará el hombre, aquello que más anhelas te llega por el camino más inesperado. En el primer encuentro los dos solos, el y la taxista comentarán la noticia del cadáver de una mujer encontrado en una playa de Córcega. El hombre que hace retratos de difuntos al carbón no sabrá nunca que aquella mujer fue su enigmática corresponsal y que hoy mismo han estado sentados el uno al lado del otro. No sabrá que después de la cita frustrada, la mujer se fue a Vilasar a casa de una amiga, que la riada la arrastró hasta el mar y que durante dos meses el cadáver emprendió un errático viaje de más de seiscientos kilómetros a merced de las corrientes y de las mareas del golfo de León. Pero a ella le hizo un dibujo humorístico que se quedó olvidado en un taxi. Otra mujer, la taxista, le llevará el dibujo al hospital y se convertirá en la mujer de su vida. Todo esto aún tiene que pasar y tu te preguntas si la felicidad funciona así, si está restringida a una cuota limitada de personas, de modo que no se puede ingresar en el club de los felices sino es a costa de alguien que cae en desgracia y se da de baja. La taxista encontrará un cariño sereno. Será un amor de detallitos, sin fogosidad ni excitación, pero constante y regular. Ella lo apreciará mucho más que el engañoso encanto de una furgoneta Westfalia. Recordará el mundo de los camiones con añoranza y envidiará los avances que facilitan la vida de los camioneros: el GPS, el fax, los sofisticados ordenadores de a bordo, los cambios automáticos, los equipos de alta fidelidad… 255


El padre recibirá el regalo del restaurado R-10 con una gran emoción, pero su corazón lo aguantará bien. La hija continuará salvando coches viejos. Pronto dejará el taxi y abrirá un negocio dedicado exclusivamente a devolver la vida a modelos antiguos de la casa Renault. Habrá gente que pagará fortunas por recuperar un R-15, un R-17 o un Renault Fuego de una serie especial, un ejemplar que había sido de Jean-Paul Belmondo. Para celebrar los primeros diez años de relación, el hombre le hará el regalo más insólito que nunca se puede imaginar que se pueda hacer a una persona, y menos aún a una mujer. Le regalará un camión Commer diesel de cuatro cilindros que el salvará in extremis de ser desballestado, una antigualla hecha polvo después de cincuenta años ininterrumpidos de servicio. La taxista tardará tres años en restaurarlo y al final quedará perfecto: la cabina reluciente y nueva, de un intenso color cereza, las llantas bruñidas como espejos y la caja pulcra como antes de estrenarla, pintada de color gris perla con un suplemento de barandillas con un borde negro que permite instalar bancos para llevar personas. Todo ello hecho con recambios originales. Un trabajo que tendrá una consecuencia imprevista cunado el ayuntamiento de Barcelona le pida el Commer para incorporarlo a la comitiva de la Cabalgata de Reyes. A partir de entonces, la taxista se renovará periódicamente el permiso de conducir camiones solo para poder llevar la joya de la corona durante unas horas en la mágica noche de cada 5 de enero. Barrabás tendrá mucho trabajo en decidir cuales y cuantos números de lotería ha de comprar. Lo calculará a partir de las localidades que les habrán dado en el circo: asientos 9 y 11 de 256


la fila 4. Los cruzará en combinaciones de cinco cifras, algunas de las cuales no tendrán billetes disponibles a la venta. Se gastará en lotería los tres mil euros ganados en el circo por Johnny Bomba y solo recuperará doscientos ochenta en reintegros. Se desesperará, pero no se dará por vencido y reinvertirá los doscientos ochenta euros en unos números que elegirá al azar en la misma administración de lotería: Este, este y este. Le tocará el segundo premio: setenta y dos mil euros; doce millones de pesetas. ¡Somos ricos, somos ricos! Dirá exultante de felicidad. Lo proclamará con una locuacidad difícil e ininteligible acompañada de gestos de victoria. Se abrazará a Johnny como si les hubiesen proclamado campeones de la World Wrestling Federation. La agitada respiración de Barrabás producirá un ruido tan escandaloso que Johnny dirá: Prefiero abrazarme a un oso que a una caldera oxidada. Johnny lo explicará en casa y la mujer sacará fuego por las muelas. Le dirá: Si te vas a México con ese perdulario, no vuelvas. ¿Es que no ves que un poco más y te vas al otro barrio por su culpa? ¿Por qué no se encerró el con el oso? Al cabo de unos días y con las heridas ya casi curadas, Johnny Bomba y Barrabás irán a una agencia de viajes y volverán a casa con los billetes de avión en el bolsillo. La mujer insistirá: Te lo repito: si te vas, no vuelvas. Ya hablaremos, dirá el. Y hará la maleta. Se irán un viernes por la mañana. A Johnny aún le tirarán las cicatrices del hombro derecho, cosida con diez y siete puntos. Y un párpado le quedará semicerrado para siempre. Te los imaginas haciendo broma: Que pinta que tenemos, tu mudo y yo tuerto. Por cierto,¿aun quieres matar a la Pólvora? Calla, no 257


me hables, estoy seguro de que si me la encuentro me volvería a robar los cuartos. Los dos reirán a carcajadas. Al llegar al aeropuerto, Johnny Bomba y Barrabás II se encontrarán con el Tigre y el Caimán. Tendrán una charla breve, de circunstancias. ¿Dónde vais? A México. ¿Y vosotros? Nos hemos casado en Suecia y ahora volvemos de viaje de bodas. Mientras se alejan, Barrabás los seguirá con la vista, tragará aire y lo regurgitará con un burbujeo ronco: ¡Serán maricones! El hijo que espera la chica que aun no sabe que está embarazada pasará la infancia entre algodones. Irá al médico con más frecuencia de lo habitual y la consulta al oculista se convertirá en una especie de segunda residencia. En contra del consejo del pediatra, los padres no permitirán que el niño vaya a las excursiones escolares ni le dejarán practicar deportes al aire libre. Como a los albinos les molesta la luz del sol, la playa le estará vedada y cuando el niño salga a pasear con los padres le protegerán con gorras y sombreros y le untarán constantemente la delicada piel blanca con cremas solares. La casa siempre estará en penumbra y la ventana de su cuarto tendrá un juego especial de porticones y persianas para que nunca entre el sol directo. Para Reyes tendrá todo lo que pida y por su aniversario los padres llenarán la casa de globos y convidarán a los compañeros del colegio a fiestas llenas de bebidas, caramelos, pasteles y piñatas. Le comprarán ropa de marca y le consentirán todos los caprichos, especialmente los alimenticios, porque será un niño remilgado y delicado. Como le gustarán mucho los churros y las patatas fritas, los padres rememorarán los viejos tiempos de felicidad sexual, los de hoy, 258


haciéndolos expresamente para el. Hasta que el niño se cansará. En la pubertad, el hijo hará un cambio que se irá envenenando con el paso de los años. Se volverá arisco, se quejará de las limitaciones que le impone el albinismo y culpará a los padres, tendrá salidas imprevisibles, se encerrará en su cuarto dando unos portazos que harán temblar el edificio. Cuando se sepa dueño de la situación, cuando sepa que los padres no saben que hacer con el y que les hace bailar a su aire, irá aumentado el dominio con una tiranía sostenida e implacable. A los dieciséis años más de una vez intentará agredir a su padre y en alguna ocasión le tirará el primer objeto que pille. Les dará miedo. Tendrán la esperanza de que, una vez superada la adolescencia, el hijo cambie. No será así y el chico hará la vida que le plazca. El niño que en este momento se está formando y que hoy es más pequeño que la mitad de la mitad de la cabeza de un alfiler será detenido a los veinte años, acusado de asaltar una farmacia. Los padres se resistirán a creerlo, pero la policía les enseñará el video que les hará caer la venda de los ojos. Una cámara de vigilancia habrá registrado unas imágenes en las que se podrá identificar al hijo, que entra a cara descubierta, pasa tras el mostrador, amenaza a la farmacéutica, coge el dinero de la caja y, antes de irse, golpea a la mujer con un escarnecimiento brutal e innecesario. Los padres se endeudarán para pagarle un buen abogado, que conseguirá una pena simbólica porque demostrará que el chico sufre de brotes sicóticos. Pero no se querrá someter a tratamiento, y los padres no volverán a vivir tranquilos. La casa será para ellos una cárcel, una pesadilla. Vivirán con el ay en el cuerpo, temerosos del cambio de humor del hijo y de sus coléricas reacciones. Tendrá periodos de calma, pero nunca le 259


verán reír. Y, cuando estalle en insultos y ataques de ira, ellos se encerrarán en la habitación de matrimonio, con llave. No le llevarán la contraria en nada, y, a pesar de eso, el padre recibirá dos palizas y la madre otra. Será la gota que colme el vaso y denunciarán al hijo a la policía:¡No podemos más, hagan algo, por favor, enciérrenlo! Fin de trayecto. El vagón se vacía y tu eres el último en bajar. El metro cierra las puertas tras de ti. Ves como arranca y suavemente entra en una zona técnica para descansar un rato antes de emprender el recorrido en sentido inverso. Te quedas rezagado por detrás de la chica que, según tu, no sabe que está embarazada. Probablemente espera que pases de largo para contar cuanto dinero hay en el pañuelo del hombre que se sintió llamado a salvar al mundo. Pero nota que la observas y lo deja correr. Sube las escaleras y la sigues a distancia hasta que el sol del exterior te deslumbra. La chica sigue por el puente que atraviesa las vías de la Renfe y tu solo la sigues con la mirada. No necesitas seguirla más. Se encamina a cumplir una de tus predicciones. Irá al mercado de Marsans, firmará la liquidación de la mini mercería, se comprará ropa interior sexy con los ciento sesenta euros que estaban en el pañuelo arrugado, en la tienda elogiará una fotografía publicitaria con bastante convicción para que la dueña cuelgue el póster en el escaparate. En casa se duchará, se arreglará y se perfumará para darle una sorpresa erótica al aprendiz, que hoy se ha quedado solo en la furgoneta-churrería. Cuando vaya a reunirse con el ya será hora de acabar y la chica cerrará la camioneta por dentro. Para que la ropa interior haga más efecto, se desnudará con una cadencia voluptuosa a modo de estriptis y después le desnudará a el. Se besarán y follarán con pasión y 260


en una de las embestidas acometerán los cacharros de los fogones y salpicará el aceite caliente sobre el vientre de la chica. No le darán importancia, más bien le hará gracia ir señalada durante el recuerdo de una follada histórica. Ahora si que voy quemada, dirá con buen humor. Pero, al cabo de los años, estará convencida de que esas salpicaduras se filtraron hasta los ovarios y la matriz y que por eso el niño salió como salió. Nadie conseguirá sacárselo de la cabeza. De pronto, la chica se para en medio del puente de Renfe y se vuelve. Te mira fijamente a los ojos, como si hiciese rato que piensa en ti. Tal vez tiene ganas de decirte alguna cosa, tal vez te quiere aclarar que no trabaja en una churrería y que hoy por hoy es imposible que esté embarazada. Tal vez quiera protestar por el papel que le has dado. Pero no, ella no puede conocer el curso de tus pensamientos, no sabe nada de tus fabulaciones. Tú tampoco conoces las suyas. Tal vez ella también ha hecho volar su imaginación y, mientras tú le atribuías una historia, ella te atribuía otra. De repente sientes una curiosidad ardiente y en la mirada tensa que os cruzáis, tu desde abajo y ella desde el puente, la cargas con una solicitud de intercambio: tu me lo explicas y yo te lo explico, dime que me has hecho hacer y yo te revelaré mis fantasías. Pero la chica vuelve bruscamente la cabeza y desaparece puente abajo. Piensas que los otros también hacen contigo su película y quizás te estrellan en un parking o te adjudican la idea de querer salvar al mundo. Levantas la cabeza y miras al cielo. Una nube de golondrinas planea con suavidad a mucha altura. Parecen inmóviles, pero, si te fijas bien, ves que hacen una coreografía lenta y elegante que se disgrega y se recompone constantemente. Hace un sol intenso, de mar. ============================================= 261


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Profile for Guillermo de Castro

LINEA AZUL  

“Una noche, hace unas semanas, llegué con el tiempo justo a la estación y subí en un vagón cualquiera. (…) La mujer, a quien llamaré señora...

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“Una noche, hace unas semanas, llegué con el tiempo justo a la estación y subí en un vagón cualquiera. (…) La mujer, a quien llamaré señora...

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