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LA VECINA Isabel Clara Simó Traducción libre de Guillermo de Castro Julio del 2011

I Encontrar aparcamiento en mi calle era cada vez más difícil. Cuando yo llegaba, cada día, a las tres o tres y cuarto, la mayoría de mis vecinos ya hacía media hora o más que estaban en casa, y las dos aceras estaban llenas de vehículos. En mi bloque de pisos no hay aparcamientos subterráneos, y lo mismo pasa en el de al lado y en el de la esquina. Cuando lo alquilé no le di importancia porque era el único bloque alto de toda la calle, y creí que siempre habría un sitio u otro donde colocar mi pequeño Renault. Pero con el tiempo se han construido dos bloques más, y el número de coches ha crecido. El espacio en las aceras, no. Mi trabajo en el banco es un buen trabajo, porque tiene un horario que te deja la tarde libre y porque es muy difícil de perder. Los bancos, generalmente, no hacen suspensión de pagos, ni recortan plantillas. Es aburrido, eso sí, sobre todo los días que te toca ventanilla, porque la gente es pesada, y a menudo no saben lo que quieren. Llenar un simple impreso con los datos personales es una operación muy complicada para la mayoría, y si lo has de hacer tú, la cola se alarga y el interventor empieza a hacerte miradas cada vez más insistentes. La gente tampoco sabe contar y es propensa a acusarte a ti, que tienes los dedos pelados, que las cuentas no le salen. Pero cuando al público lo atiende otro, y tú estás en la cabina comprobando datos o clasificando talones y pagarés, puedes distraerte un poco, si quieres. No mucho, porque las cabinas son transparentes y en uno u otro momento te das


cuenta que alguien te está observando. A mis compañeros les agrada tan poco como atender al público, pero a mi me relaja los nervios y soy capaz de concentrarme y acabar con un montón de papeles en un par de horas. Cuando llega la hora de salir, todos sonríen, como si salieran flores de pronto y empezase la vida real. Pero a mi tampoco me entusiasma, porque mi tipo de vida es más bien misantrópico y solitario. Al principio solía comer en un restaurante sencillo que hay cerca del banco, pero tuve una gastritis muy molesta y el médico me aseguró que una dieta equilibrada solo es posible en casa. Cuando le dije que vivía solo, que llego dadas las tres a casa y que el menú que soy capaz de prepararme es peor que el de los restaurantes, el se encogió de hombros, y murmuró que me buscase una mujer. No quería hacer caso, pero la gastritis cada vez me molestaba más y opté por probarlo. Compraba en un supermercado que han puesto nuevo en el barrio y tenían comidas preparadas que solo hacía falta descongelar y calentar y que no eran demasiados malos. Por lo menos no peores que los del restaurante. Y descubrí lo agradable que era comer en zapatillas y con la chaqueta vieja que tengo para estar por casa. La única tortura era lo del aparcamiento. Me tocaba cada día dar vueltas por el barrio, y después enfilar un callejón donde se prohíbe estacionar, pero que nunca está vigilado. El callejón también estaba lleno de coches, porque mi mismo pensamiento lo habían tenido todos. Como no tenía salida, muchos días me tocaba recular y volver a enfilar la calle hasta un par, o a veces, tres travesías más arriba. Llegaba a casa pues, andando, más y todo que desde la parada del metro. Sino había tomado la precaución de coger el abrigo, en este barrio tan ventoso y sombrío, el paseo era el primer paso para pillar un resfriado, demasiado suave para pedir la baja y demasiado fuerte para poder hacer nada bueno en el trabajo. Cada día me juraba que a la mañana siguiente iría a trabajar en metro: Solo que por la mañana, soñoliento como me levantaba, me daba pereza y me decía “tal vez hoy tenga suerte” y me


prometía salir de los primeros y volver a casa aunque solo fuesen diez minutos antes con tal de no ser el último vecino en buscar un lugar para dejar el coche. El mes de enero de este año es frío y parece como si el invierno, que ha tardado tanto en venir, quisiese vengarse y hacer acto de presencia de un modo contundente. El viento era cortante como un cuchillo afilado, y suerte que hoy llevaba abrigo. La vigilia había llovido y, al bajar del coche, con la cartera en una mano y el abrigo a medio poner en la otra, no me di cuenta del charco de agua que tenía en los pies, y me mojé los zapatos y el agua me penetró y me mojó los calcetines. Noté un escalofrío en la espalda. El rellano de casa siempre está oscuro, a todas horas del día. He cambiado la bombilla yo mismo un montón de veces pero, misteriosamente, se volatiliza. Siempre me toca abrir la puerta a tientas, dejar la cartera en el suelo, de cualquier manera, y guiándome por el tacto acertar con la llave el agujero de de la cerradura. Si no me diese tanta pereza, cansado de estar de pié casi toda la mañana – el sábado me toca ventanilla – como una maldición, el día de las colas más largas, casi todos son mujeres que no saben que quieren, y si lo saben no aciertan a decírtelo – ahora mismo me ducharía. Pero mi calentador me tiene manía. Solo es capaz de enviarme chorros de agua bien caliente, de aquellos que sacan humo, cuando he de lavar los paltos. Si me quiero duchar, no. Un chorrito tibio, tirando a frío, y aún gracias. Ahora hace tres meses que vino el empleado de las reparaciones de la marca del calentador, y me cobró tres mil pesetas. Pero el agua solo se calienta de verdad cuando se trata de cualquier cosa menos de la ducha. Hice la reclamación, pero me dijeron que yo mismo había firmado la hoja de conformidad porque, al acabar, mi ducha era un chorro poderoso de agua hirviendo. Al día siguiente, no. Ni nunca más. Me quité los zapatos mojados y eché los calcetines chorreando en la cesta de la ropa sucia, porque no me gusta tener nada por medio, y me calcé mis suaves, calientes y deliciosas pantuflas.


Ya, puestos a hacer, me desnudé en un santiamén y me puse el pijama y la bata caliente. En la cocina, la estufa de butano daba un ambiente cálido y acogedor. Tengo una buena cocina, porque es grande, y me cabe el balancín acolchado que era de mi madre: aún la veo, un libro en las manos, y haciendo palanca con el pié para que el balancín no dejase de columpiarla, con un ruido rítmico, como el de una máquina, Es un ruido que me recuerda mi infancia. Y el hogar. En la nevera tenía comida para al menos tres días. Seleccioné los canelones – que tienen la ventaja que no hay que descongelarlos previamente – y escalopa de segundo. Abriría un paquete de patatas fritas, que hoy me lo merecía. Los canelones empezaban a gratinarse y la sartén con el aceite para freír la escalopa estaba a punto. La mesa, puesta. Bebería agua, que la noche antes había tomado un vaso de vino y el estómago se me había resentido. La radio estaba apagada, porque a las horas en que yo como no hacen mas que tonterías y me molestan tantos anuncios. Sonaba en mi tocadiscos el segundo movimiento de la cuarta sinfonía de Mendelsohn, la italiana. Olía a queso gratinado y solo me faltaba hacerme un buen zumo de naranja para tener el postre a punto. Era casi feliz. En aquel momento llamaron a la puerta, Tres veces seguidas, como de alguien que tiene prisa. Era un compromiso abrir así, en bata a aquellas horas, y los canelones a punto de quemarse. Una cuarta llamada me decidió a abrir, y aun mas, me decidí a echar a quien fuese en menos de un minuto. Yo no recibía visitas. Y mucho menso a aquella hora – casi las cuatro – en que me disponía a comer. En el quicio de la puerta había dos hombres, uno con el abrigo marrón, más alto, y el otro con una estrafalaria gabardina a cuadros. Este segundo llevaba una especie de gorra de visera, también a cuadros. Los dos pateaban el suelo para hacer pasar el frío. El mas alto me miró con la poca luz del recibidorcito de casa como si le hubiese ofendido en algo grave. Tenía cara de dolor de muelas.


- ¿Es usted Leonard Bent? - Si – y abrí la puerta un palmo más. - ¿Podemos pasar? Será un momento. Me enseña una cartera vieja. Había una estrella plateada. Siempre impresiona la policía en casa. Así que les dejé entrar, un poco inquieto, pero aún maldiciéndoles, por ser tan inoportunos. Les dije, mientras les conducía a la salita, que perdonasen que fuese vestido así, pero es que iba a comer y que… - Se le quema alguna cosa. Señor Brent. Lo había dicho el más bajo, el de la gabardina, y aseguro que lo dijo en tono de mofa. Me disculpé y corrí hasta la cocina apagar el horno. Los canelones aún se podían salvar, pero el gratinado de encima estaba carbonizado, Al volver a la salita, los dos se habían sentado, sin sacarse los abrigos. Me había decidido a ser expeditivo. - Miren, me sabe mal, pero he de comer. Salgo tarde del trabajo. Además no estoy vestido. Si me pueden decir rápidamente que quieren o venir otro día… - Será solo un momento. Se trata de una simple investigación. Lo dejamos listo en un minuto. Soy el sargento Colomer. Mi compañero es el cabo Matías. Somos del departamento de investigación criminal. Nuestra obligación es interrogar a los vecinos cuando… - ¿Investigación criminal? - Si, es un nombre que siempre asusta. Pero no tenemos otro. - ¿Y que tengo yo que ver…? - Hombre, usted es vecino de la víctima. - ¿Víctima? El mas bajo hizo un gesto de cansancio y cerró la libreta que acababa de abrir. Suspiró y preguntó si es que no sabía nada de lo que había pasado la noche anterior en el sexto primera. Justo dos pisos por encima del mío. - Se llamaba Justo Vernis. Estaba casado con Dalia Minobis, sin hijos. Regentaba un almacén de suministros de automóvil en la calle de San Pedro, 66.


- Les conozco. Solo de vista, pero son de los pocos vecinos que conozco. Más a la señora Vernis, porque me la he encontrado alguna vez en el supermercado. ¿Dice que les ha pasado algo? - Una mujer muy bonita. Está alteradísima, es natural. Parece que no tenían deudas, ni enemigos, ni estaban envueltos en nada delictivo. Pero hay que investigar. Lo dice la ley, ¿sabe? - Como ayer tardaba más que de costumbre en volver a casa – prosiguió el sargento Colomer – la señora Vernis fue al almacén. Le había telefoneado pero no contestaba, pero ella dice que a menudo tenía la línea averiada porque están construyendo un edificio al lado y algún enlace ha afectado a su línea. Lo hemos comprobado y es cierto: había hecho cuatro reclamaciones a la compañía telefónica. Así pues se fue al almacén. Llegaba antes de las diez y eran casi las doce. - ¡Claro que no me enteré! A Las once ya estaba en la cama. - Eso lo explica todo. Todo el barrio lo sabe. Nos extrañaba que usted no hubiese oído decir nada. - En el almacén – continuó el cabo Matías – encontró a su marido. Se había colgado en un pequeño patio donde tiene el water y algunas herramientas oxidadas. - ¿Y todo eso pasó ayer mismo? Hice las exclamaciones de rigor. Pero no me sentía nada afectado. Casi no le conocía al señor Vernis. No nos saludábamos en la escalera y me era más bien antipático. Tuve un malévolo pensamiento de alegría, porque la Dalia, una mujer joven y bonita, tenía cara de no ser feliz, y no me extrañaba nada, con aquel marido tan arisco. Y tan vulgar. Me alegraba que ahora estuviese liberada. Pero no lo dije en voz alta. ¿Dónde trabaja usted? – dijo el cabo, con la libreta abierta de nuevo ante si y un bolígrafo en la mano. - Soy segundo oficial de banca. En el Banco Central, la sucursal de la ronda de San Antonio. - ¿Cuál es su horario?


- A las ocho he de estar en el trabajo. Salgo a las dos y media o tres menos cuarto, según los días. Anoche estuve leyendo hasta… - ¿No tiene televisor? - No. Me acosté sobre las once menos cuarto: me gusta irme pronto a dormir, porque viviendo tan apartado, he de madrugar para ser puntual. Soy un poco dormilón, ¿saben? Intenté sonreír pero ninguno de los dos me secundó. Recordé que no había comido, y que no tenía ninguna obligación de aguantar a la policía en casa. En cualquier caso, yo colaboraba graciosamente. No me podían tener en ayunas. Era su trabajo, pero no el mío. - Ahora me disculparán. Aún no he comido, y un hombre tiene derecho a estar tranquilo en su casa cuando vuelve de trabajar… - ¿Le molestan nuestras preguntas? ¿Preferiría que le citásemos en la comisaría? Aflojé, claro está. Que remedio, siempre tienen la sartén por el mango. ¡Y a mí que me importa si un vecino decide acabar con todo! - ¿Y la radio? Los periódicos aun no lo han publicado, pero la radio lo ha dicho. Nosotros mismos lo hemos oído. - Me he levantado a las siete menos cuarto y me he ido directo al trabajo. Ahora, cuando ustedes han llegado, estaba escuchando música, porque la radio a estas horas me molesta. - Si, lo hemos oído desde la escalera. Música de misa. - ¡Hombre! - Hemos de interrogar a todos los vecinos, ¿comprende? De repente se me ocurrió que esto no tenía ningún sentido. Los “vecinos” eran de los de la calle de San Pedro, donde se había colgado aquel desgraciado. No los del piso donde vivía. Pero no me hizo falta preguntarlo. El sargento me miraba y como si me adivinase el pensamiento, aclaró: - Ayer noche retiramos el cadáver. Hay que hacer la autopsia en seguida, en todos los casos de muerte violenta. Es la ley,


¿sabe? El señor Justo Vernis fue colgado cuando ya estaba muerto. No es un suicidio. Por eso estamos aquí. Queremos averiguar quien lo ha matado.

II

Me desperté, la mañana del domingo, sudado, con la ropa de la cama arrugada, como si alguien hubiese luchado encarnizadamente. Recuerdo que mi madre siempre me reñía, por mi manera de dormir. Una riña de aquellas extrañas, de las que no sabes como deshacerte porque no puedes hacer nada. El cielo era gris y en viento de la vigilia había pintado con rayas encarnadas unas nubes deshilachadas, Tenía la boca seca, como si hubiese bebido en exceso, y me ardía el estómago. Y eso que a duras penas había tocado la comida, y menos aún el alcohol. Me preparé sal de frutas y unos eructos ácidos me aliviaron un poco el estómago. El médico había dicho que mis problemas gástricos tenían mucho que ver con los nervios, y me tenía que preguntar resueltamente, porqué me había afectado de aquella manera la muerte de mi vecino, un hombre tan antipático y de aspecto tan poco agradable. Es una práctica que llevo a cabo desde siempre y que me da buenos resultados. Creo que no todos pueden hacerlo, al menos del modo en que yo lo hago desde que era pequeño. Es una terapia excelente, un camino para conocerse uno mismo y afrontar los problemas. Las religiones no lo hacen mejor. Se trata, cuando te sientes inquieto, cuando te percatas que algo no va bien, de cerrar los ojos y preguntarse: “¿Qué me pasa realmente?” La pregunta no es fácil de contestar, y uno mismo busca evasivas, pero si uno continúa, si no se permite evadir respuestas, la respuesta, maravillosamente, empieza a flotar el la conciencia. Nadie es capaz de encontrar tantas cosas dentro como uno mismo, no hay mejor siquiatra que una conciencia alerta. Me senté en el balancín,


y con los ojos cerrados, me hice la pregunta. La primera respuesta era que no pasaba nada. Y yo insistía:”Has pasado una mala noche, tienes el estómago revuelto, algo dentro de ti está dando vueltas, como si buscase una salida” Y yo, sin apartar la atención de mi interior, insistía: “¿Por qué? ¿Por qué te ha de inquietar que unos policías vengan a hacer un trabajo rutinario y te hagan unas preguntas inocuas?” “La policía siempre impresiona. Además estaba desprevenido, en pijama y a punto de comer” “Muchas personas te resultan poco agradables. En el mismo banco, ¿Cuánta gente te resulta desagradable y pesada y la tienes que soportar? El hecho de que sean policías te puede inquietar, pero no lo suficiente para revolverte el estómago y hacerte tener este gusto tan desagradable, que parece que tengas la lengua de trapo y el paladar de ceniza.” No lo encontraba y por más que maldecía y que sabía que la inquietud estaba en alguna parte, no encontraba la respuesta. Me concedí un descanso, para ducharme con el chorrito tibio característico de mi baño, y después me hice unas tostadas y un vaso de leche descremada, sin café, para no irritar más la mucosa del estómago. Después me vestí y bajé a comprar la prensa y un panecillo en la confitería que siempre está abierta. Pero no me puse a leer el periódico, como si me castigase y, volví tozudamente, a cerrar los ojos, en el balancín donde había estado mi madre. “Di, ¿Por qué? ¿Por qué estás inquieto y preocupado y con esta sensación de haber cometido un error o un desliz? Aquello que se siente cuando uno ha hecho el ridículo o ha dicho lo que tenía que haberse callado… Aquella solución que todo el mundo conoce pero que poca gente afronta…” “Me preocupa la vecina”, me dije, y suspiré porque era exactamente eso lo que daba vueltas dentro de mí. La vecina: La Dalia. Una chica tan bonita, con aquellas faldas cortas y una sonrisa dulce cuando te mira. Y unos ojos castaños, con chispitas de luz, como pequeñísimas estrellas bailando dentro. La Dalia, que me sonreía y me decía “buenos días” o “buenas


noches” con voz triste, como un gatito que pide ayuda. ¿Por que me tenía que preocupar Dalia? ¿Es que tal vez había tenido la idea de cortejarla, y que aquello que era agradable de ver en la escalera o en el supermercado, ahora, con el marido muerto, se había vuelto un reto, una cosa real, una proposición no formulada? Tenía dolor de cabeza e tanto pensar. Así que, sin tocar los periódicos; Salí a la calle a refrescarme la mente. Era absurdo que me obsesionase la Dalia, ni como mujer ni como persona metida en líos. Yo no le había propuesto nada, ni estaba obligado a nada con ella. Respecto a los líos, más la veía como víctima que no como otra cosa. En la escollera hacía frío, mucho frío, y estaban muchos cafés cerrados. Excepto uno, que ya conocía, donde me refugié, al lado de una ventana polvorienta. El vaso de leche que me sirvieron estaba caliente y agradable y me calentó los pensamientos y todo. “Lo que pasa es que estoy demasiado solo, y las personas solas se preocupan por nada” Y de repente se me ocurrió que en lugar de pensar, lo que tenía que hacer era comportarme como un buen vecino y subir a darle el pésame y a ofrecerme por si me necesitaba. Claro está que si fuese al revés, ella la muerta y el señor Justo el viudo, no se me habría pasado una cosa así por la cabeza. Pero a los hombres nos gustan las mujeres, ¿no? Y a mí me gustaba aquella, aunque solo fuese un poco, de la misma manera superficial y desinteresada que te gusta una chica que pasa o la artista de una película: sin hacer ningún tipo de planes ni esperar nada de la chica. De pronto me vi corriendo, más que andando, y que estaba impaciente por llegar, como si hubiese descubierto una urgencia, que aquel pésame era importantísimo. “Estás inquieto desde ayer, pobre Leo, porque es una chica que te gusta, mas que ninguna otra en estos momentos, porque has soñado y la has deseado cuando has olido el olor de lavanda que hace en el ascensor, y porque ahora tienes el paso franco, y eso te asusta”. Me lo decía en el mismo tono de voz con que me reñía mi madre. Con compasión.


Nada más llegar a la puerta del sexto primera noté, con toda la fuerza de la evidencia, que iba a dar un mal paso, que allí no me buscaba nadie, y que ya era bastante desagradable recibir a la policía en casa, para meterme ahora, sin ninguna obligación, en medio del problema. ¿Qué pasaría si ahora ella me hacía alguna confidencia comprometedora? ¿O si me pedía alguna ayuda real, por ejemplo, dinero? ¿Quién me mandaba a mí…? Pero el dedo se me fue solo hacía el timbre y oí el ruido irritante del mecanismo, antes de darme tiempo a huir, escalera abajo. El silencio me permitió notar como el corazón me latía apresuradamente, como si estuviese a punto de hacer una fechoría, y me decía: “Chico, esta chica te importa más de lo que quieres hacer creer…”, justo en el mismo momento en que unos centímetros de puerta se abrían y apareciese la varicilla de la Dalia. - ¿Señora Vernis? Soy yo, su vecino del cuarto. Creo que ha pasado una desgracia. Quería… La puerta se abrió del todo y me pareció que la Dalia sonreía y todo, como si le agradase verme. - ¡Pero si eres tú…! Pasa, hombre. No me imaginaba que me recibiese tan desenfadada, con el tuteo y todo, y menos aún que estuviese acompañada. - Te presento a mi hermana, Nora. Es mi vecino de abajo. Sé que se llama Leo, pero no se su apellido. Me sonrió, con su sonrisa triste, y me miró con un punto de interrogación, para que yo mismo aclarase como me llamaba. - Oh, mucho gusto, eeh, señora… - Llámame Nora, sin cumplidos. - Me llamo Bent, Leonard Bent. Vivo abajo, en el cuarto. Subía por saber si podía ser útil en algo. Antes que nada, la acompaño en el sentimiento, quiero decir que lo siento mucho, Dalia, ¿no? Notaba que estaba tartamudeando, y que las dos mujeres me miraban con sorna, pero no me podía esperar que me trataran con tanta confianza, la primera vez que veía a aquella Nora, que yo,


por no saber, ni sabía si tenía hermanas o hermanos. Claro está que en un momento así aparece la familia. La familia es, antes que nada, para las bodas y los entierros, y las comuniones y bautizos a mucho pedir. La familia no está para hablar de cosas, sino para las ceremonias, para la comida de Navidad, para recordar que somos una tribu. Me ofrecieron beber, y acepté una coca cola. De hecho la reunión era naturalísima. Dalia tenía los ojos enrojecidos y se notaba que había llorado. Nora era mayor que ella, por lo menos diez años más y tenía una cara mucho más cínica, pero era agradable. Hablaba con franqueza y te hacía notar el efecto de que estabas entre amigos de toda la vida. Era de aquellas personas con quien te sientes cercano y con quien tienes ganas de confiarte. -¿Eres de aquí? Le expliqué un poco la vida que hacía. Me sentía seguro con aquella mujer, algo robusta y abierta, a mi lado. Dalia no decía nada. Iba por la habitación, como si buscase alguna cosa. Me fijé y vi que arreglaba los almohadones y los volvía a desarreglar, como si estuviese nerviosa. Era una salita muy parecida a la mía, pero con mejores muebles y un maravilloso sol que entraba por la ventana, filtrado por unas blancas cortinas, y con aquello que se dice que una mano femenina para tener las cosas agradablemente dispuestas. La alfombra estaba muy gastada y tenía un agujero cerca de donde yo me sentaba que alguien se había preocupado en coser. Es extraño como son las cosas. Nunca pensé que este matrimonio acabaría bien, sino fuese porque la Dalia es tan tonta… Pero aún así, es muy fuerte. Nunca lo hubiese creído. ¿Le conocías tú, a Justo? Muy poco. A veces me lo había encontrado en la escalera. Nada más. Nora me escrutaba, al decir esto, la Dalia dejó de buscar para echarme una rápida mirada. Me sentí incómodo. ¿Qué quería que dijese en una situación así?


- ¡Ah! Pensaba que erais amigos. Como no ha venido ningún otro vecino, y como Dalia siempre se queja que no se trata con nadie más de la escalera… - ¡Hombre! Me ha parecido mi obligación. Yo tampoco me hago con los vecinos. Pero cuando pasa una desgracia, ya se sabe. Somos personas, ¿no? Además, ¿sabéis? Ayer vino la policía a verme. Rutina, claro está. Las dos me miraban ahora, intrigadas, y Dalia acercó una silla y se sentó al lado de su hermana, frente a mí. - Me sabe mal que te hayan molestado. - Ya verás, Dali, ya verás. A la fuerza se sabrá que era un animal contigo. Y que te pegaba. Se hizo un silencio. La coca cola estaba natural, como a mi me gusta, y no me habían puesto hielo. Bebí un trago largo y miraba el culo del vaso, dispuesto a irme. La sensación tan agradable, de hogar y de compañía franca, se me había evaporado, y ahora tenía ganas de salir de allí. - Dali, ve a hacer café. La chica obedeció y nos miró algo inquieta, antes de salir para la cocina. Se notaba que estaba acostumbrada a obedecer. Pero en el umbral de la salita se volvió y nos miró de nuevo. Había un rayo de sol que daba en los ojos y le daban un brillo verdoso. Como una botella de champán a la que le da la luz. Era un color nuevo en sus ojos. Y le daba un aire a su cara perverso, como de cabaretera. Solo fue un instante, porque escondió la cara en seguida. - Mi hermana es una tonta. Yo no dije nada y volví a beber. Tenía que irme. Yo no había pedido café. - Me ha hablado de ti. - ¿De mí? - Si. Un montón de veces. Dice que tienes una mirada dulce. - ¿La tengo?


Entonces me cogió la cara por la barbilla y me la levantó, como si fuese un niño. Me miró con una pequeña sonrisa, pero no burlona, sino maternal. - Se te ve buen chico, si. - No creas que… Conozco muy poco a tu hermana. - No me lo creo. He visto como te mira. Y bien que sabes su nombre. - No digo que no sepa quien es. Por eso he venido. Pero nunca habíamos hablado antes ella y yo, creo. - ¡Ey, tu! ¡Que no he caído del nido! - Te equivocas de medio a medio. - Ella se lo merece. Y el animal de Justo, en el cielo esté, aún se lo merece más. ¿Sabías que se casaron deprisa y corriendo? El muy bestia la dejó preñada. Y cumplió porque me metí por medio. Después abortó, ya ves si tiene mala suerte. Y ahora le hace esta marranada… - ¿Dices que la pegaba? - Bueno, solo una vez. Pero con el cinturón. Así, en las costillas. Con las manos hizo el gesto de usar el látigo. Me estremecí. Son cosas que hacen daño en el alma cuando lo imaginas. - Se que me dirás que no, pero te lo he de preguntar: ¿Os entendéis, vosotros dos? Me darías una alegría, porque bastante que se ve que eres una persona decente. Entró Dalia con una bandeja y unas tacitas. Me ahorró el contestar. Nada mas entrar ella, la salita volvía a tener color. Y ella ya no tenía aquel relámpago verde en los ojos. - He de irme. Me levanté y dije que no cuando Nora insistió en que tomase una taza de café. Dalia fue tras de mi para acompañarme a la puerta. No hacía falta, porque yo conocía el piso, era idéntico al mío. Le dije un adiós silencioso con la cabeza. Cuando ya estaba en la escalera, ella salió y ajustó la puerta. - Leo, gracias por no haber dicho nada.


III

Repasaba un balance que no me salía, en mi cabina, por tercera vez y procuraba concentrarme para no equivocarme. Los ordenadores no valen nada, cuando alguien pica la tecla equivocada. Mi cabina de cristal olía a tinta y a sudor. Y el bolígrafo se había gastado. Germán era, de todos los compañeros del banco, el más amigo. También le gustaba, como a mí, la vida tranquila, y quería profundamente a su mujer y a un niño que tenían que siempre lloraba. Me había convidado a cenar muchas veces, pero solo había ido una. Su mujer olía a violetas y a jabón. Tenía la cara pecosa y el cabello rojo. No era guapa, pero a los diez minutos empezabas a encontrarle detalles. Después de una hora te parecía preciosa y envidiabas a Germán. Eran felices, se veía claramente. Entró en la cabina y me preguntó si ya había salido el balance. Le dije que no con la cabeza para no descontarme, y el se esperó a que acabase aquella suma. - ¿Vienes a cenar hoy? La Marilín hace calamares rellenos. ¿Sabías que se hacen con chocolate? Nos sobrarán si no vienes. ¿Te animas? - Es que no quiero molestar. Además tengo el estómago revuelto estos días. - No te preocupes. Marilín no pone especies, ni nada picante. No te puede hacer daño. ¿Estás preocupado por eso de tu vecino? - Preocupado no. Pero es que ella, la Dalia, me dijo una cosa muy rara ayer, cuando subí a darle el pésame. - ¿Sí? - Me dijo que gracias por no haber dicho nada. No paro de darle vueltas. - Las mujeres son raras.


- La tuya, no. - Se rió con ganas y me dio un golpe en el hombro. Me vi obligado a aceptar. Además me haría bien. - ¡Ah! - dijo cuando ya se iba - Esta mañana han venido dos tipos preguntando por ti. Como estabas aquí dentro, Lorenzo no te ha visto y ha dicho que no estabas. Hemos salido a llamarles pero ya se habían ido. - ¿Dos tipos? ¿Cómo eran? - Normales. Uno alto, con un abrigo marrón. Y el otro, más bajo, con una gabardina a cuadros y una gorra de visera. ¿Les conoces? Le dije que no y Germán me dejó solo. Me recomendó que no llegase mas tarde de las nueve, porque así podríamos hablar un rato. Estaba claro que los dos policías habían venido al banco, y esto lo encontraba muy anormal. Lorenzo me explicó que aquellos dos hombres le habían preguntado si yo trabajaba en aquella sucursal. No mencionó si se habían identificado o no y yo no quise preguntar. Se disculpó por haber dicho que no estaba y que no sabía que estuviese en la cabina. Sólo tenía que levantar a cabeza un poco para comprobarlo, porque mi cabina es de cristal por los cuatro costados, y aunque yo esté sentado y con la cabeza agachada, se me puede ver perfectamente. Solo si hubiese levantado un poco la cabeza. Pero no lo hizo, y ahora me dejaba a mi el trabajo, si es que necesitaba explicarlo, de decir que si que estaba, en el banco, y que mi compañero no se había tomado la molestia de comprobarlo. Y como eran policías, acostumbrados a desconfiar de la gente, tal vez no me creyesen. Tendrían que preguntárselo al interventor, y este se pondría las gafas y me miraría con su mirada suspicaz, y más si le decían que eran policías. Le habría dado un golpe a Lorenzo. Son las cosas de este tipo las que me molestan. La Marilín había hecho unos calamares estupendos, y una ensalada fresca y crujiente, como acabada de recolectar. No se como lo hace, porque tiene el mercado lejos de casa y ha de ir al


supermercado a comprar. De postre tenía un pastel de limón, que había hecho ella misma. Y una copita de vino dulce, de aquellos tan digestivos. Les expliqué toda la historia de la muerte de mi vecino, sin callar nada de la conversación con la Dalia y la Nora, y ellos hicieron mil especulaciones. Con una simpatía y una amistad de aquellas que te hacen sentirte feliz de la vida y de los amigos. Después la Marilín y trajo una bandeja con tazas de café: dos descafeinados para Germán y para mi, y uno normal para ella. El niño me despertará igual. Prefiero estar alerta – dijo. - Yo no puedo tomar nunca, café normal, ni de día. Me da dolor de estómago. - Necesitas una mujer, Leo. - Todos me lo dicen. - Entonces ya te lo diré más, para no molestarte. Pero es cierto. - Sea como sea – intervino Germán – aquí tienes tu casa. Ya lo sabes. Si te encuentras solo, ven con nosotros, Nos darás una alegría. Noté como los ojos se me humedecían ridículamente. Una cosa así calienta el corazón. La luz sobre la mesa se reflejaba en los cabellos de Marilín, y rojos como eran, parecía una aureola de fuego. La embellecía. Cuando se lo dije ella se rió y miró a Germán. Era una mirada entre amigos, con un punto de complicidad. Ambos debían pensar que yo debía estar un poco chalado, y que había que ayudarme, porque, en su opinión, soy un buen chico. Al volver hacía casa, iba conduciendo con la agradable sensación de haber pasado una estupenda velada. Si yo no fuese tan arisco, les frecuentaría más. Es muy bueno tener amigos. Esto me dio la idea de ir a Colera el fin de semana. No iba nunca, en invierno, pero podía hacer una excepción. El estómago no me habia molestado en toda la tarde, y ¡es tan bueno tener amigos! Me repetía. En Colera está la Blanca y su abuelo. El abuelo de Blanca había sido amigo de mi madre, de toda la vida. Cuando murieron los padres de Blanca, el señor Raurich se


la llevó a Colera, a su hotel, y la había cuidado. Era un hotelito pequeño y barato que solo hacía cuatro duros en verano. Pero lo tenían abierto todo el año. Tienen un realquilado fijo, y se vive lo mismo que en una familia que tuvieses un realquilado de confianza en su piso. El realquilado era un coronel retirado, el señor Manzano, un hombre viejo y dulce, con sentido del humor, una virtud que nunca tienen los militares. Cada noche hacían la manilla. Porque tienen otro realquilado, casi fijo: Jaime Pons, que es viajante de objetos de regalo, y “hace” la costa. Tiene el cuartel general en Colera y se está buena parte del año en el hotel del señor Raurich. Es un hombre de unos cuarenta años, absolutamente anodino, y le pesa el trabajo. Sería un jubilado feliz. Cuando acabe la manilla, hay partidita de ajedrez entre el señor Raurich y el señor Manzano. Normalmente gana el abuelo de Blanca. Pero alguna vez chochea y entonces, el coronel le gana. Se pone tan contento que olvida la prudencia del vencedor y alaba las propias jugadas como si se tratase de una estrategia bélica de la mejor calidad. Pero el señor Raurich no se enfada. No lo he visto nunca enfadado, ni la vez que fueron a embargarle el hotel. Yo tengo habitación fija, todo el año, incluso en temporada alta. Estoy los fines de semana, cuando empieza a hacer calor, y cuando tengo vacaciones. Ir es como volver a casa, un hecho normal y rutinario, de aquellos que no dan ni frío ni calor, pero que no desagrada. Lo que pasa es que últimamente he acogido tirria al coche, y he ido poco. Desde agosto que no he puesto los pies. Se extrañarían al verme, pero estarían contentos. El señor Raurich está convencido, aunque nunca lo ha comentado, que acabaré casándome con la Blanca, y seguramente ella también lo cree. Yo también acabaría creyéndolo, sino fuese que es imposible que Blanca deje el hotel. Y yo no dejaré mi trabajo para retirarme a Colera, como si también estuviese jubilado. De todas maneras, me costaría romper con mi rutina. Lo he pensado muchas veces, cuando estoy harto del banco, pero en el


fondo del fondo me gusta mi vida, siempre solo y cada día los mismos pasos. Tampoco lo hemos hablado nunca, la Blanca y yo, pero me percato de que ella me espera, con la tranquila confianza de que todo llega en este mundo. Tal vez un día. Tal vez. No es una chica muy atractiva, pero tampoco es fea. Va siempre con la cara limpia, sin maquillaje, y batitas sencillas o un jersey tejido en casa. Los cabellos recogidos en una cola, y zapato plano. Es muy inteligente y muy culta. Tuvo que dejar los estudios al morir sus padres, pero no ha parado de leer. Pero es la persona menos pedante que he conocido en mi vida. Las cosas que sabe, le parece tan natural saberlas que nunca hace ostentación. Hacen un buen trío, aquellos tres: un militar con sentido del humor, una hotelera culta y un hotelero sin afán especulador. Y los tres te dan calor con solo mirarte. Hay otra cosa – a parte de las ganas de sentirte entre amigos que me habían venido de la cena en casa de Germán – que me impulsaba a ir a Colera: la manía del dibujo. Soy un dibujante excelente, pero un pésimo artista, Nunca me engañaré a mi mismo, y más en una cosa como esta. Yo soy capaz de copiar a la perfección cualquier modelo. Solo copiar. No se crear. Para mi es un ejercicio de observación y de paciencia, no de creación artística. Es como para algunos hacer un rompecabezas. Pero solo dibujo paisajes, paisajes naturales, no ciudadanos. Y por eso mi marco siempre es Colera. Este fin de semana, a parte de las veladas de ajedrez, podría dibujar. Tengo siempre el lápiz recién afilado y todos los utensilios limpios y ordenados. Me hacía ilusión ponerme, con la libreta en las rodillas, e ir haciendo, rayita a rayita, una especie de fotografía natural de cualquier rincón de Colera. Por la noche, después de la manilla, el señor Raurich dirá: - ¿Hace una partida ajedrez? Cuando estamos los tres, hemos de hacer turnos. Nos jugamos a cara o cruz el turno de los dos primeros jugadores, el que gana, juega con el tercero. Esto quiere decir una hora extra antes de ir a dormir, pero lo aguantamos a gusto. Blanca se sienta en un balancín, casi igual que el de mi madre y lee a nuestro lado. Pons


se retira al acabar la manilla, porque es un dormilón nato y porque odia el ajedrez. A Blanca tampoco le agradan, tan inteligente como es, porque dice que la enerva. Pero le encanta vernos, y fuma a nuestro lado, leyendo un libro y de cuando en cuando levanta la vista y nos mira como contemplamos, cazurros y concentrados, el tablero. - Me encanta veros sufrir…dice, irónica. Lo ideal sería irme directamente desde el banco, porque el viernes, incluso en pleno invierno, se hace imposible circular por la tarde. Sino como – y para mi esto no tiene demasiada importancia; ya cenaré bien – puedo hacer el viaje con bastante tranquilidad. Antes de las siete puedo estar en Colera, y así, hasta el domingo, son dos días completos. La única pega es la vuelta. Si vuelvo demasiado temprano, el viaje no vale la pena, y si vengo como todos, la carretera estará imposible. Así pues, el jueves por la tarde me puse a hacer el equipaje y por la mañana solo tendría que meter la bolsa en el coche para poder irme directamente desde el trabajo. Se trata de un equipaje muy sencillo: ropa interior y un pijama, el jersey grueso, el neceser con los trastos de afeitar y lavarme los dientes y los zapatos viejos. Estuve tentado de llevarme los zapatos de agua, por si acaso llovía pero entonces no cabrían en la bolsa de asas y tendría que coger la maleta. Y entonces pensé que le tenía que llevar algo a Blanca. Siempre lo hacía. La lástima es que un libro no le podía llevar, porque después de tanto tiempo sin verla no tenía ni idea de que le podía interesar. Un disco si, porque de esto si entiendo un poco, podía encontrar algo bueno, que fuese para ella. Se me de memoria el contenido de su pequeña discoteca. El inconveniente es que la tienda de discos está muy lejos, en el centro. Si iba mañana, viernes, adiós los planes de viajar a buena hora, y ahora mismo me daba una pereza terrible. Lo más sencillo sería llevarle una caja de bombones, del supermercado. A todo el mundo le gustan los bombones, y aunque lo quiere disimular, Blanca es golosa.


Fui a ponerme el abrigo para bajar al supermercado, y suerte que me di cuenta que iba en zapatillas. Me estaba atando los cordones de los zapatos cuando llamaron a la puerta. Siempre me molesta oír el timbre de la puerta, como si me tuviesen que pillar en una fechoría. La luz de la escalera estaba fundida, como siempre. En la escalera había la sombra de un solo cuerpo. Pero no era la silueta de un poli, sino el agradable contorno de una chica. Apreté el interruptor del recibidor. La Dalia estaba en el umbral de la puerta con su faldita corta y los ojos tristes de siempre. Sonrió con timidez. Cuando la tuve sentada en la salita – ella se sentaba sin tocar el respaldo de la butaca – me dijo que me quería explicar porque me había dado las gracias el otro día, al despedirme de su casa. - Siempre sospechan de los familiares, en estos casos. Me lo dijo Nora y tiene razón, porque no han dejado de molestarme con absurdas preguntas. Cada día, ¿sabes lo que es eso? Yo no decía nada y me limitaba a mirarla. Aun tenía los ojos enrojecidos y estaba pálida. Parecía una niña. Por ahora no he encontrado ningún móvil. Por otra parte saben que yo no puedo haberlo hecho, tan pequeña como soy y el, un san Pablo. Si sospechaban, que hay un hombre… ¿entiendes? Quiero decir, si creen que hay alguien, un hombre, un amante… ¿comprendes? Entonces se calló y se miró las manos caídas sobre la falda. Volvió a levantar la cabeza y me ojeó en silencio, como si esperase que yo dijese alguna cosa. Como yo callaba se puso de pié, y vino hacia mi. Entonces se inclinó y me dio un beso en la mejilla. Olía a lavanda y sus labios eran cálidos. Era un beso húmedo y vivo y sentí que mi sangre era como mantequilla fundida que corría enfebrecida por dentro de mi cuerpo. Aún estaba medio inclinada cuando me levanté y le devolví el beso. En los labios. Eran tiernos y ardientes y tenían gusto de mujer. Ella me miró sin sorpresa.


- ¿Sabes, Leo? Si sospechan una cosa así, me irán detrás como perros de presa. Yo no les había dicho nada del encargo que te hice, para no comprometerte, y me alegré que tú tampoco lo dijeses. Pero no acabo de entender porque no se lo dijiste. Entonces me acordé. Me había dado un paquete para su marido, para que se lo llevase a la tienda. Y yo se lo llevé. Lo que pasa es que lo había olvidado.

IV

Había decidido no pensar hasta que se me pasase el temblor de las manos. Lo había hasta ahora, cuando estaba al volante, conduciendo hacia Colera. La radio apagada, la velocidad prudente. Tenía que proceder ordenadamente. Desde el comienzo, para no perderme. Cuando Dalia me dijo eso del encargo que me había hecho, me cogió una especie de mareo, que era fruto del pánico. Notaba una garra en la garganta, que me ahogaban, veía doble, figuras desvaídas que se doblaban en diagonal, como vistas a través de las paredes de un vaso. Se alargaban y desaparecían de delante, talmente fantasmas, y sentía un chorro de sangre que me regaba el cerebro como un torrente que pugna por romper la esclusa, y la inminente sensación de que iba a desmayarme. Solo un segundo. Dalia se había ido, y había cerrado la puerta silenciosamente, como si temiese hacer ruido, y no se había dado cuenta de mi malestar. Cuando me pasó, sudaba. Me lavé la cara en el lavabo, un buen chorro de agua fría, y me di cuenta de que en aquel momento era incapaz de pensar. El terror, el pánico, no era porque ese encargo en la tienda de Justo Vernis me implicase o no. De momento, no encontraba pegas. El terror que me invadía era por otro motivo: que yo lo hubiese olvidado. Y un único pensamiento que me hacía respirar a


saltos, como un pez fuera del agua: este era el malestar que noté cuando vinieron los policías a casa. Aquella cosa turbia que me hacía daño en el estómago, la sensación de que las cosas no iban bien, y que intenté inútilmente aclarar, sentado en el balancín, con un esfuerzo de de racionalidad que resultó baldío. Esto no era otra cosa que la extraña sensación de haber olvidado una cosa, Igual que cuando sales de casa y no estás seguro de si has apagado el gas, y te incordia esa sensación hasta no tener otro remedio que volver a comprobarlo. Solo que ahora se trataba de algo mas grande. Era un olvido enorme. Había olvidado aquello que ahora se restablecía en los circuitos de mi memoria como si dirigiese un foco potente de luz: el encargo que me había hecho la Dalia y que yo había cumplido. Un episodio entero, muchos pasos. Todo borrado, y la huidiza sensación de que se te escapa una brizna de vida por los vericuetos de la memoria. Me dolía tanto pensarlo… Mañana, mañana lo pensaré, la huída cobarde que había aprendido de la Escarlata O’Hara cuando decía: mañana lloraré, hoy no podría”. Y ya era mañana. Tantas horas cerrando el pensamiento, dándome una tregua hasta mañana, y ya había llegado, y ya estaba en el coche, y tenía delante todo un episodio por resolver, y las consecuencia que se derivarían. Porque nadie me creería. “Mire, lo siento, había olvidado que si que había hablado con mis vecinos, y que fui a la tienda del señor Vernis, el mismo día de su muerte” No, nadie me creería. “De hecho, tenía una extraña sensación, me daba cuenta de que me olvidaba alguna cosa”. No, imposible, era ridículo. Y ahora lo recordaba todo, incluso los más pequeños detalles. Hacía una semana, más o menos, que me había cogido una depresión. A veces me pasa. Me sentía vacío. Era un viernes. ¡Dios, el viernes pasado! Y estaba decidido a acabar con aquella melancolía deprimente y absurda. Cuando me siento así, me pasan dos cosas: pienso en mi madre y pienso en la Cati. Las dos cosas más extremas del mundo. Mi


madre era una mujer extraña. Un día me dijo: “Leonardo, deberías ir al médico. Tu no estás bien” Mi madre puso el índice en la sien e hizo un movimiento circular. Deseé que se muriese. Era un buen hijo y, si de alguna cosa estaba seguro, era de mi buena salud mental. Ella si que era rara. Nunca me perdonó que me fuese de casa y la dejase sola. Siempre me lo echaba en cara. Yo lo aguantaba como podía, pero siempre cariñoso. Que no faltase de nada. Pero cuando me acusó de loco, deseé su muerte; solo para mí, mentalmente, y me sentía malo cuando lo deseaba. Era una mujer egoísta y terriblemente absorbente que no quería nada más que a si misma. Cada año, por Navidad, y por su aniversario, le llevaba un regalo. “Ya lo abriré después, Leonardo”, decía, como dándome a entender que mis regalos le importaban un rábano, y que no valía la pena la molestia de desenvolverlos. Cuando murió y fui a su casa, a deshacer aquel piso, céntrico y viejo, descubrí todo el menosprecio que sentía por mi. De todo lo que había, solo me quedé el balancín, porque siempre me había gustado, y porque me parecía mal deshacerme de todo, como si la quisiese borrar del pensamiento. Ella decía que los recuerdos de los demás era como dar vida a los difuntos. Y los encontré, todos mis regalos, en la buhardilla, aún sin desenvolver: el reloj de porcelana, el pañuelo de seda natural, la aguja de oro y el collar de perlas, el renard para el cuello del abrigo y el dedal de plata. Docenas de objetos, algunos de los cuales me habían costado más de un sacrificio, porque todos eran caros, de primerísima calidad. Allí estaban, en la buhardilla, respirando el menosprecio que ella sentía por mí. Lloré de rabia y la maldije. Solo hacía un mes que me había dicho: “Leonardo, tendrías que ir al médico…” En el cementerio no pude bailar sobre su tumba, porque era un nicho de antes de la guerra que había comprado mi padre antes de nacer yo. No, no se puede bailar sobre un nicho, pero le saqué la lengua a la lápida, tan nueva, con su nombre escrito en letras doradas. Le saque la lengua un buen rato y después me puse a reír, bajito, porque en el cementerio siempre hay visitas, y no podía ser visto sacándole la lengua al nicho de mi madre. “Desde


ahora no volveré a pensar en ti”, y no lo cumplí, porque cuando volvía alguna de mis depresiones, la volvía a ver en el balancín, haciendo palanca con el pié, para ir columpiándose. Fumaba unos cigarros muy delgados y nunca hacía punto, ni era una viejecita dulce y comprensiva. Era fuerte como un roble y despiadada con la gente que no le gustaba. Y el mayor cumplido que le podían hacer era que la dijesen que era fuerte. Odiaba la música, solo porque a mi me gustaba, y menospreciaba mi trabajo de oficinista. Pero todo esto se lo escondía a la gente. Incluso me lo escondía a mí y solo lo manifestó cuando dejé su casa. Cuando estábamos solos. Porque todos la querían y estaba orgullosa. Ella, creo, nunca quiso a nadie. Del balancín no me desprendí porque me resultaba demasiado cómodo como asiento, y porque Blanca tiene uno igual. De estas cosas nunca había hablado en la vida a nadie. Ni a Blanca, que la conocía a través de su abuelo, que siempre dice: “Una mujer admirable, tu madre. Todo un carácter” y yo asiento. La gente desconfía de los que no quieren a su madre. El pulso se me aceleraba cuando pensaba en la absurda acusación que tenía que ir a un médico de locos, y sentía una rabia dentro de la garganta. ¡Si yo contase todos los absurdos que le había visto hacer! ¡Y encima llamarme loco a mí! Era para morirse de risa. Sin embargo, la cólera era un mal augurio. Y cuando llegaba la depresión me preguntaba mil veces, como si estuviese obligado a una tortura autoimpuesta, si era verdad. Si tenía razón ella. Me oía rechinar los dientes solo imaginarlo. Y ahora lo tenía que afrontar: el hecho es que había olvidado todo un episodio, muy reciente, y que cuando me interrogaban había dicho lo que creía que era verdad Que mi cerebro había hecho trampa, como si tuviese un fallo, una grieta. Una enfermedad. El viernes pasado volví a pensar en mi madre, y la rabia que me daba que me hubiese acusado de loco. Y en seguida pensé en la Cati. Está en las antípodas de mi madre, por eso la relaciono, por el contraste. No me cuesta decir que es una puta. Pero es ingenua.


No tiene malicia. Y conmigo se porta muy bien. Cualquier tipo puede hacer lo que quiera de aquella infeliz. Dice que le gusto, más que ningún otro, y no es comedia, porque me ha dado pruebas. También es limpia, virtud que no tienen las de su clase. Cuando voy al bar, si la encuentro, se deshace de alegría, y me hace un precio especial. Ha habido días que no me ha querido cobrar nada. No es que sea tonta, porque de la vida lo sabe todo, pobre Cati. Es que no sirve para el oficio y nunca progresará. Es muy crédula, muy manejable, y se que es una buena chica. La había ido a ver, aquella tarde, pero estaba ocupada. Tenía clientes apalabrados, y a parte de unos minutos, no podía estar por mí. Pero me convidó a una tónica y me cogió de la mano. - Sé que te pasa algo. Díselo a tu Cati. Le di un beso y me fui. Me sentía igual de deprimido, y el calor de la Cati no me había penetrado la camisa, ni había notado el aliento de su compañía, como otras veces. Así pues tomé una decisión: Lo dejaría todo, cambiaría de vida. Estaba en la mesita de la cocina, redactando una carta a la dirección del banco. Pedía que me enviasen a la más pequeña, la más alejada de las sucursales, en un pueblo pequeño y escondido, si puede ser que no figurase en el mapa. Hacía el borrador a mano, para pasar la carta después a máquina y que no hubiese ningún error. Una solicitud formal, y al diablo todo y todos. Empezaría de nuevo, conocería a otra gente. Me complacía pensar que podría encontrar buena gente, con quien hacer una tertulia masa, sin vida anterior. Como un huevo vacío del que solo queda la cáscara y la puedes llenar de las cosas que tu mismo tienes derecho a escoger. Y llamaron a la puerta. Era la Dalia, pero aún no sabía su nombre. Le había mirado las piernas muchas veces, en la escalera y en el supermercado, y una o dos veces habíamos coincidido en el ascensor. Tenía los ojos tristes, como un gatito, y daba ganas de acariciarla. Y me despertaba el deseo verle las rodillas redondas y ágiles, bajo la falda. Habría metido la mano, para reseguir la curva de la pierna, hasta el muslo, hasta arriba de todo, con mucha


suavidad. Y le habría lamido el cuello y mordido los labios. Era – es - muy atractiva, la Dalia. Pues allí estaba, en el umbral de la puerta diciéndome si le podía hacer un favor. - Acaba de llegar un paquete para mi marido. Se que es urgente y que lo está esperando. Pero el teléfono no funciona. Tendría que ir a llevárselo, ahora mismo. Pero, ya ve, no tengo coche y perdería mucho tiempo. ¿Sabe que pasa? Tengo un pastel de manzana en el horno. Si se lo doy esta noche, se lo tomará mal, porque me tiene dicho que es urgente. Si usted me hiciese este favor… Le he visto llegar desde la ventana muchas veces y se que tiene coche. Si me hiciese este favor… Creo que es un abuso, pero… La Dalia bajó la cabeza, muy confusa. Me daba rabia salir, pero no podía decirle que no. No se le niega nada a una chica como Dalia. - Con una condición: que me trates de tu. Ella sonrió, ganada la batalla, y me dijo que se llamaba Dalia. Un nombre de flor. Y que le pegaba. Pero todo el camino me estuve lamentando por haber cedido, que murga, ¡ir al centro para hacer un favor a una gente que no conocía de nada! Además, aquel Justo me era antipático. Se extrañó cuando me vio y murmuró que su mujer era una inconsciente. Pero no lo decía por haber molestado a un vecino, sino porque, siendo yo un desconocido, podía haberle robado aquella mierda de paquete. ¡Oh, no se preocupe por mí! – Dije con ironía – estaba sacando el coche y su señora me ha visto y me lo ha explicado. Y como a mi me venía de paso… Ella estaba preocupada por si usted tenía mucha urgencia de este pedido. Me miró, suspicaz, y me preguntó que como sabía que era un pedido. Le habría roto los morros. Pero era más alto que yo, y seguramente más fuerte. Tal vez un poco gordo, pero demasiado robusto para pegarle. Abrió el paquete sobre el mostrador. Era un almacén grande y frío, lleno de herramientas amontonadas, piezas de automóviles por todas partes. La puerta estaba enmarcada con neumáticos, una


cosa vulgarísima. Y no había nadie. Era un negocio sucio y decadente. Y el cuadraba perfectamente en ese lugar. Me enseñó el contenido del paquete que yo le había llevado: era una palanca de cambio de velocidades de aquellas que van adosadas a la columna de dirección. Es de un modelo del 56, de un Seat 1.430. Ya no se fabrican. Pero se trata de un buen cliente. Sabía que me lo enviarían a casa y le tenía dicho a Dalia que me avisase inmediatamente. Es mi mejor cliente, le debo un montón de favores. ¡Pues ella, ni tan solo me ha telefoneado, ha cogido al primer desconocido y me lo mete en la tienda…! - ¡Ep, maestro, escuche! Su señora le ha telefoneado y el teléfono no funcionaba. Como me ha visto salir y le he dicho que iba al centro… El muy idiota se fue al teléfono y comprobó que, en efecto, no había línea. ¡Ya ves, haces un favor y en lugar de darte las gracias…! Al volver a casa, subí al sexto, y suavicé la reacción del marido. Se veía a la legua que ella le tenía miedo. No esperaba que me diesen las gracias del modo en que ella lo hizo. Torció la cabeza y me preguntó si era malo odiar al marido. Le dije que no con la cabeza. - ¿Y engañarle? Y se me acercó y me cogió por la corbata, para hacerme bajar la cabeza. Me ofrecía los labios. Pero yo me limité a decirle adiós con una sonrisa. Si hubiese querido la habría poseído en la misma cama de aquel caradura de Justo Vernis. Después, hacia las diez, cogí un libro y me puse a leer. Me encontraba mejor. Y no era por el beso de la Cati, sino por la mirada, densa y ansiosa, de la Dalia. Había cenado un simple bistec y una manzana, y solo un vaso de vino. A las once estaba dormido. La depresión se había ido, estaba casi seguro. Y soñé que poseía a la Dalia, encima del balancín de mi madre. Y que tenía gusto a fresa. Y olor de lavanda.


Por la mañana lo había olvidado. Una cosa como esta no tiene sentido. Tal vez si que estaba loco. Quizás tenía razón mi madre, y estaba chalado. Nadie olvida una cosa así. Y ahora no podía explicar a la policía que no es que les hubiese mentido, sino que me había olvidado de haber estado en la tienda del señor Vernis, que tal vez era el último que le había visto con vida. Y que no era la clase de hombre, por lo menos aquel día, que tiene pensado colgarse de una cuerda en su roñosa tienda. Pero ya estaba a la vista de Colera, y el corazón me palpitaba. Había estado llorando mientras lo pensaba, todo esto. Unas lágrimas finas, imperceptibles, que no me habían nublado la vista. Pero me notaba su rastro en las mejillas, un hilillo viscoso, como sise hubiese paseado un caracol. Blanca estaba muy contenta de verme y me dijo que habían sobrado albóndigas de la comida, y no aceptó mis protestas de que era demasiado tarde para comer, que ya cenaría antes. Llevaba una camisa a rayas blancas y azules, atada al estómago, y estaba bastante atractiva. Se olía que arrastraba algo en el alma y que buscaba refugio. Pero su abuelo no tenía buena cara. Tenía las mejillas grises y chupadas. Blanca se puso el dedo índice en los labios al ver que le miraba asustado. E incluso estuvo por mí y me mimó, como una hermana mayor. Mientras yo comía, hambriento, las albóndigas que les habían sobrado – “están hechas solo de ternera”, me había asegurado ella, que conocía bien mis manías digestivas – se sentó a mi lado y me dijo que había leído un poema precioso. No me pidió permiso para leerlo: Es bueno tener lágrimas a punto, encerradas, Por si de repente muere Alguien a quien quieres o lees Un verso o piensas en el juego Perdido O bien, de noche, antes


Que nazca el alba, algún ladrido Rompe el duro silencio… Le hice un gesto, para que se callase. Y ella obedeció, manteniendo el libro entre sus dedos, señalando la página. Porque me había asaltado una angustia profunda al oírle recitar unos versos como estos, que no comprendía. Pero que me dolían. Ella esperó en silencio. Y yo le pregunté por el abuelo. ¡Tiene cáncer, pobre abuelo! Y apoyó la frente en la mano, para taparse la cara, como un niño que tiene miedo por la noche, en la cama, y mete la cabeza bajo la sábana…

V

Conducía ya oscurecido, pasadas las ocho, porque no me habían dejado irme antes. Y porque Blanca necesitaba mi compañía tanto como yo la suya. Pero las luces de mi Renault son débiles, tan viejo y estropeado como lo tengo, e iba a velocidad moderada por la carretera general, milagrosamente vacía. Solo algunos camiones. Odio las autopistas. Tenía mucho en que pensar y me encontraba bien y fresco, contento de haber pasado dos días en Colera. Pero no me podía relajar, concentrado en conducir con mucha prudencia. En dirección contraria, a cada momento, me cruzaba con algunos coches, camiones sobretodo. Al fondo de la carretera, aun lejos, vi unas luces potentes. Un imbécil que no pone las cortas. Y se iba acercando a toda velocidad. A pesar de que estaba medio deslumbrado, me di cuenta de que venía por mi mano, con las luces largas y el pie a fondo en el gas. El corazón me dio un bote y noté que los reflejos se me paralizaban. Reaccioné en el último instante, cuando ya


tenía el coche encima: golpe de volante que no se como tuve el valor de hacerlo. Y me encontré atravesado en medio de la carretera, con la frente goteándome el sudor. El otro coche había descrito un arco por mi derecha y se alejaba como un cohete. No había reducido nada su velocidad. Cuando me serené, las manos aun me temblaban y enderecé el coche y aparqué en el arcén para acabar de serenarme. Lo había leído en los periódicos, que hay unos conductores suicidas que envisten a los otros. A menudo los matan. Y me había tocado a mí, precisamente a mí. O quizás venía no por un conductor anónimo, sino por una persona concreta. Era absurdo, porque, ¿Quién querría matarme? ¿Tal vez haya hecho alguna cosa por la que mereciese la muerte? ¿Quizás si que soy algo raro, mas incluso que mi madre, y me siento culpable de todo lo que pasa? Ahora la sensación de paz se había esfumado, y todo lo que había ganado con la compañía de Blanca, con su franca amistad y su paciencia, se evaporaba en la negra noche de la carretera de la costa. Me había empezado a leer un poema que me había afectado muy dentro. Y después mientras ella trajinaba por la cocina, al ver el libro en la mesa, lo busqué y acabé de leerlo: Y vienen los recuerdos, De tantas culpas que Nunca has expiado Y ves al derrotado Ejército de los hombres Arrastrando los pies pesadamente Por las explanadas embarradas Bajo la lluvia, mientras silban Los trenes. Que todo es duro, cruel, sin piedad Y siempre el mal y la vergüenza duran. - Blanca, ¿yo estoy loco?


Negó con la cabeza, con una sonrisa, como quien ha oído una tontería. En el comedor hacían la manilla y nosotros estábamos fuera, era una noche cálida, que nadie habría previsto desde Barcelona. Se lo conté, poco a poco, subrayando con voz angustiada que me hacía saber que podía olvidarme de cosas como esta, y ella me escuchaba atentamente, con la frente lisa y sus ojos de color miel fijos en mí. Todos olvidamos cosas. De acuerdo, tú has olvidado un episodio entero, pero no te creas que esto no pueda pasar. Lo importante es que después lo has recordado, ¿no? A mí una vez también me pasó. Estaba en Valencia. Ya sabes que tengo unos primos. Pues había ido a la Alameda a saludarles. Mi primo Jaime había quedado conmigo en el centro, en Barrachina, y me apeteció ir andando, porque tenía tiempo y hacía bueno. Después, hablando con el de Valencia, me preguntó por que puente había venido, y yo le aseguré que por ninguno: estaba segura porque había estado, no abstraída, sino mirándolo todo y fijándome en las cosas. El se rió y me aseguro que aquello era imposible. Solo me convenció con el plano de Valencia en las manos. Hace un efecto extraño saber que has olvidado una cosa que acabas de hacer. Pero esto no es patológico sino culpa de nuestra memoria, que es limitada y nos hace trastadas, y hace trampas con nosotros. - Esto es diferente. - ¡No! Es lo mismo. Pero esto no viene ahora al caso. Lo malo es que dijiste a la policía que nuca habías hablado con este individuo. Si el asunto se complica, tendrás trabajo. No se si sería mejor que te presentases espontáneamente y les explicases, sin dramatizar, que no lo habías pensado antes. Si lo dices sin darle importancia, y no como me lo has dicho a mí, que parece que te vaya la vida, se darán cuenta de que dices la verdad. Porque si se llega a saber, sospecharán de ti. - ¿Y como le digo a Dalia…? Ella me agradeció el no haber dicho nada.


- ¿Te gusta, verdad? Dices “Dalia” como si mordieses un pastel… Ya es bien raro que te de las gracias por eso. Da la impresión de que esconde alguna cosa esta mujer. Con su sentido común, y su amistad, Blanca me estaba borrando las preocupaciones, y cuando me llamaron para jugar al ajedrez, me sentía bien por dentro. - Te quería traer unos bombones, pero con todo esto… - ¡Venga, hombre, venga! No me tienes que traer nada… Al llegar a casa, aún alterado por aquella bestia de la carretera, me encontré un papel por debajo de la puerta. Era un comunicado de comisaría, para que me presentase al día siguiente, de diez a doce, y preguntase por el sargento Colomer. Decía en el papel que no me habían encontrado en casa y que necesitaban que yo confirmase unos detalles. ¡Que mala suerte! Así que la idea de Blanca de presentarme espontáneamente se había difuminado, y ahora, si es que me decidía a explicarlo todo, había perdido la oportunidad de aclarar las cosas sin hacerme sospechoso. También me preocupaba que hayan querido volver a hablar conmigo, siendo solo un simple vecino. Cierto que habían estado en el banco y por culpa de Lorenzo no me habían encontrado, Pero todo parecía serio. Blanca me había dicho que tal vez Dalia ocultaba alguna cosa, y no la había creído. Pero si lo miraba fríamente, si que había algo extraño en su actitud. Tal vez si pudiese…Pero no, de la Dalia no sacaría nada en claro. Además me miraría con aquellos ojos de gatito perdido y yo me fundiría. Con quien tenía que hablar era con Nora. ¿Cómo había dicho el policía que se llamaban aquellas hermanas? Había dicho, estaba seguro, Minobis. Habría un montón en la guía telefónica. Pero no perdía nada probando. Tuve mucha suerte, porque entre los Minobis de la guía solo había dos que tuviesen la inicial N. Y uno era un transportista. El otro decía ATS. Yo no sabía si estaba casada, si vivía sola, si el


teléfono iba a su nombre, si era ATS o no, si era una hora prudente de llamar… El reloj marcaba las once dadas. A la segunda llamada descolgaron el auricular. Y era una voz de mujer. - ¿Hablo con Nora Minobis? - ¿Quién lo pregunta? - Me llamo Leo Bent. Soy vecino de una hermana de la señora Minobis. Y es urgente que hable con ella. - ¿Leo? ¿Eres tú? ¿Qué pasa? ¿Está bien la Dali? Solo quiero hablar contigo. Ahora mismo. Y no te preocupes, que Dalia está perfectamente, por lo que se. - Escucha, ¿estás loco o que? Estoy a medio ver una película, voy en camisón y llevo rulos en la cabeza… ¡Ah! Y una cara llena de crema. - Dame tu dirección, por favor. Tengo un aviso de comisaría, dicen que me he de presentar mañana por la mañana. Y quiero hablar contigo. Ahora mismo – insistí. Me dio la dirección y colgué antes de que se arrepintiese en recibirme. El coche, bien aparcado, no me preocupaba, como si aquel incidente de la carretera hubiese quedado relegado por pensamientos más urgentes, y tampoco me daba pena abandonar el lugar que había encontrado para estacionarlo. Ahora tenía la cabeza en otra parte. La casa de Nora estaba bien amueblada y era un poco impersonal. La sala era pequeña y cuando entré aun tenía el televisor encendido. Yo mismo lo pagué. Ella no se había vestido y llevaba una bata blanca, ceñida en la cintura, de aquellas acolchadas. Por la boca del escote se le veía el camisón, de un azul oscuro y seguramente de nylon. Tenía los pies desnudos dentro de unas zapatillas forradas de piel. En el sofá donde había estado sentada había un montón de almohadones arrugados. Por el modo como estaban colocados era de aquellas personas que se enroscan, con los pies escondidos, para ver la televisión. La crema y los rulos que había dicho que llevaba, si habían desaparecido.


Ella tenía el mismo aspecto franco y agradable que el día que la conocí, y de nuevo me dio la sensación de una persona a la que conocía hacía mucho tiempo. De hecho, me daba cuenta de lo estrambótica que era mi presencia en aquella casa a esas horas, y que allí no podía ir a lamentarme, como en la falda de Blanca, sino que había de ser expeditivo, claro y concreto. Ella me miraba con suspicacia, y tenía los ojos un poco entornados, como quien intenta adivinar la intención de los demás. O como los miopes. Pero nada de eso borraba la impresión de tranquilidad que emanaba de su persona. - ¿Así que eres enfermera? - ¿Se trata de una visita social, Leo? - Por toda respuesta le alargué el aviso de comisaría. Era un papel anodino, ja lo se, pero era una manera de empezar. Lo leyó rápidamente y me lo devolvió. No me había invitado a sentarme y continuaba mirándome esperando una explicación. - Hay una cosa que es importante que sepas. Si no, no puedes adivinar porque me molesta tanto este papel. - No, realmente no lo puedo adivinar. - Nora – empecé. Pero me interrumpí porque no me gustaba estar allí de pie, como un forastero mal recibido y de quien se espera que se marche lo antes posible, y me senté en una de las butacas, al lado del sofá – Nora, el día que murió Justo, Dalia había bajado a mi casa. Antes, te lo juro, nunca habíamos hablado. - Ya lo se. Y se sentó en el sofá, donde seguramente había estado cuando la llamé. Instintivamente escondió los pies bajo los almohadones. Antes tuve tiempo de darme cuenta de que tenía unos pies magníficos, con las uñas pintadas y sin una dureza, ni una piel, ni ninguna imperfección. No es frecuente encontrar una mujer con los pies intactos. - El otro día insinuaste…Bien, dejémoslo. Aquel día Dalia me pidió que llevase a la tienda un paquete que Justo estaba esperando. Era una petición muy insólita y en condiciones


normales me habría negado, pero tu hermana es muy atractiva. Y tiene cara de necesitar ayuda. - Así, que tu, como un caballero, corriste a ayudar a la doncella necesitada… - Bien, el caso es que fui. Justo era más desagradable de lo que yo mismo pensaba. Por la cara de Nora pasó, como un relámpago, un reflejo de ira. Pero tal vez lo imaginé, porque en seguida volvió a tener el mismo porte de antes. - El caso es que no se lo dije a la policía. Y ahora parecerá que les he escondido algo. - Todo eso ya lo sabía. La Dali me lo ha contado. Me preguntaba porque no se lo habías dicho. De hecho, soy incapaz de entender que motivo podías tener. - Yo mismo no lo se bien – mentí – en aquel momento, me pareció una medida prudente. No quería entremeterme. Fue una tontería, ahora lo veo claro. El caso es que este fin de semana he estado pensando, y he decidido decirlo, exactamente como pasó. Solo que este aviso me estropea el plan. Ya no será un acto espontáneo, ¿comprendes? - No, francamente, no lo entiendo. - He venido para que me digas si esto perjudicará a tu hermana. Como ella medió las gracias por haber callado… Quería que tu me explicases porque me agradeció una cosa, que por lo que yo veo, a ella no la afecta en nada. - Pues te lo diré: ella te dio las gracias solo para sustraerse a la verdad. Cuando viniste a darle el pésame, justamente estábamos haciendo cábalas, las dos, por tu comportamiento. Nos moríamos de ganas de preguntártelo. Dali prefería hacerlo a su manera. En una chica que prefiere los caminos indirectos. A mi me gusta ir al grano. Era una definición cortísima pero que describía a la perfección el carácter de las dos. - Me pidió que la dejase hacer a ella. Si lo sacaba en la conversación… No dio resultado. Ella te lo agradeció solo


para arrancarte una explicación. No estaba nada agradecida. Has de entender que a ella si la perjudicabas, porque tenía que elegir entre callar ella también, y ser cómplice tuya – subrayó la palabra “cómplice” con el dedo índice levantado – o denunciar tu mentira. Decidió que era mejor callarse. - Y por eso tú sospechabas que nos entendíamos. - Algo así. - Por lo tanto, si mañana se lo explico a la policía… - Le sacarás un peso de encima. Ella tiene pensado decir que, como se trataba de un detalle insignificante, lo había callado para no comprometerte. De hecho, te debe un favor, ¿no? Pero ante el sargento Colomer las cosas no fueron como tenía previsto. En el banco, había tenido que decir la verdad al interventor, señor Mascaró, Es un hombre muy exigente y frío como un pez. Pero me consta que me tiene simpatía, porque siempre me trata con una cierta condescendencia. Se caló las gafas y dijo: ¡Que desagradable es todo esto! Y me hizo un gesto con la mano, de aquiescencia, por lo que respectaba salir del banco tan pronto y quizás tener que faltar toda la mañana. Y en comisaría me hicieron esperar más de diez minutos. Cuando entré en el despacho del sargento Colomer, estaba otro hombre, también de paisano, sentado en otra mesa, Ambos intercambiaban papeles y comentaban algo en voz baja. Era un despacho pequeño y viejo, con las paredes descascarilladas y una luz de neón en el techo, como única iluminación. La silla donde me senté necesitaba una urgente mano de pintura. - Es difícil de localizar, señor Bent – dijo en tono de reproche y resoplando como quien acaba de coronar un trabajo dificilísimo. - Siento que no me encontrasen en el banco. Si estaba, pero el compañero al que preguntaron no lo sabía. Pueden comprobarlo. Me había salido una voz ronca, y me aclaré la garganta. También tenía las manos sudorosas.


- Y en su casa no contestaba ni al teléfono ni a la puerta. ¿Tal vez ha estado fuera, señor Bent? - En efecto. He pasado el fin de semana en Colera. Tengo unos amigos y acostumbro a ir. En cuanto lo dije, me arrepentí en seguida: si le preguntaban a Blanca, esta diría, con su habitual franqueza, que fue toda una sorpresa verme aparecer, porque no voy nunca los fines de semana. Pero ya estaba dicho. - Le estamos muy agradecidos de que al final se haya dejado ver, señor Bent – y no escondió, sino que acentuó el tono mordaz – Hay un hecho nuevo en este caso que queremos discutir con usted. - Sí, señor Bent – el tono de voz del sargento es hizo duro, de repente. Colocó los codos sobre la mesa y echó el cuerpo hacia delante, ahora completamente serio. - Resulta que ha parecido un testigo que le vio entrar en el almacén del señor Vernis, el viernes día 22, a las ocho y media de la noche. Más o menos a la hora en que murió. Señor Bent: usted nos aseguró, cuando le interrogamos, que nunca había hablado con el señor Justo Vernis. Tendrá que encontrar una explicación muy buena, señor Bent, porque si no, tengo la obligación de acusarle formalmente de asesinato.

VI “¡No me han encerrado!”, fue el primer pensamiento victorioso y aligerado que me vino a la cabeza, al encontrarme de nuevo, tres horas después, en la puerta de la comisaría. “¡No me han encerrado!”, pensaba lleno de alegría, mezclada con inquietud, por todas las venas de mi cuerpo. Y respiraba el aire con la misma fruición que si acabase de escapar de un peligro mortal, y miraba alrededor como si, milagrosamente, hubiese vuelto a la vida.


Decidí premiarme por todos los sustos que, en tan poco tiempo, había tenido que soportar. Y me premiaría de la única forma que se hacerlo: con una buena comida. Una costumbre de familia, la comida como premio. Y mientras buscaba un restaurante pulido y limpio que me gustase, iba pensando, analizándolo todo lo que me había pasado entre las desconchadas paredes de aquella comisaría que me daba escalofríos solo recordarla. Cuando el sargento Colomer me lanzó aquella especie de ultimátum espantoso, lo primero que se me ocurrió es que hacía teatro. Que era una actitud aprendida para dar miedo a la gente. Que era demasiado teatral para ser real. Que, en el fondo, el me veía como yo me veo y como me ven todos: un infeliz, incapaz, por cobardía, de cometer un asesinato. O tal vez era una especie de pensamiento para consolarme, una tabla de salvación a la que me agarraba para no dejarme intimidar, por puro instinto reflejo de defensa. No lo se. Mi explicación, a pesar de estos pensamientos tranquilizadores, me salió tartamudeando y confusa. Pero no me escuchó, sino que se incorporó para conducirme a otro despacho. Porque mi “caso” era para personajes más elevados en la morbosa jerarquía policíaca. Me llevó a un despacho más amplio y más cuidado, que tenía la parte superior de los tabiques de cristal transparente, y un calendario de una compañía aseguradora en la pared. La silla giratoria en la que se sentaba el hombre a quien me tenía que enfrentar chirriaba, faltada de aceite. Era calvo, con una anticuada americana marrón, y unas gafas de montura negra. Y tenía la pose fría y anodina de un contable de empresa familiar. En una mesita de al lado había un policía de uniforme y, delante, una máquina de escribir que, en aquel momento, estaba silenciosa. Este hombre, del que nadie tuvo la amabilidad de decirme su nombre, hablaba por teléfono al entrar el sargento Colomer y yo. Este esperó, respetuosamente, que acabase la conversación, y solo avanzamos cuando hubo colgado el aparato. Yo lo vivía como si no fuese yo, sino como si estuviese mirándolo desde fuera.


Expliqué todo lo que había pasado e intenté hacer comprender que no lo había “escondido” sino olvidado, todo aquello de la ida a la tienda del señor Vernis. Pero las modulaciones de mi voz, incluso los ligeros gestos que hacía para subrayar la sinceridad de mis palabras, caían en el vacío, ante un hombre que no miraba, ni tenía expresión alguna en la cara, ni parecía que me escuchase. Cuando terminé y firmé mi declaración, y cuando ya me veía esposado y conducido al calabozo, se limitó a decirme que, desgraciadamente, estaba implicado hasta el cuello, al menos como testigo, y que mi obligación era permanecer en Barcelona, o en todo caso, tener constantemente informado al sargento Colomer de donde me podía localizar. Que no olvidase que ahora era un personaje sospechoso, y que mis actos y mis palabras debían ser, de ahora en adelante, medidos como el suelo de una habitación que se quiere enmoquetar. Que tuviese cuidado. Y cuando me iba, maravillado de la buena suerte que me iluminaba, y me encaré con el sargento Colomer, que estaba sentado con el tobillo de un pie, sobre la rodilla de la otra pierna, y recostado en la pared, me llamó de nuevo: - Una cosa más: ¿conoce a Mario Besai? - ¿Quién? - Besai, Mario. - No, ¿quien es? - ¿No lo habrá olvidado también? Pero en su entonación no había el más leve acento de ironía. - No. No he oído nunca este nombre. Por lo menos que yo recuerde – y me mordí los labios, por haber aludido a mi desprestigiada memoria. - Si recuerda algo. Díganoslo en seguida. Será mejor para usted y para todos. Y otra cosa: si recuerda otros hechos, por ejemplo si ha matado al señor Vernis, también nos lo tiene que decir. A primera vista, siempre parece conveniente callarse estas cosas. Pero a la larga todos acaban por convencerse que decir la verdad es más sencillo y más seguro. No tenemos pena de muerte en este país.


-

Era el discurso más largo que había hecho y me cortó literalmente la respiración. Después cuando salimos con el sargento Colomer, me fijé en la verruga que este tenía en la mejilla derecha; una verruga no muy notoria y que no se porqué me inspiró confianza, como si fuese una imperfección digamos que familiar, de aquellas que te hacen próximas las cosas. Sentía un afecto creciente por el sargento, como si, con su corpachón alto y grande, pudiese encontrar una especie de refugio, una protección contra los hombrecillos de voz suave y aspecto anodino que pueden herir como con una daga cuando hablan. - Hice la comida que me había prometido a mi mismo. E intenté disfrutarla, pero tenía un montón de dudas en el espíritu, como un crío que ha hecho una diablura y se esconde, y mientras le buscan, el siente el amargo sabor del miedo pegado al velo del paladar… Desde el restaurante llamé a Nora, pero no me contestó nadie. Al llegar a casa, en lugar de llamar al cuarto en el ascensor, llamé al sexto. Había algo en aquellas hermanas que me indicaba que sabían más de lo que decían. Dalia abrió casi en seguida. Pero la casa ya no era la que era. Los muebles estaban amontonados, patas al aire, y había paquetes por todas partes, un montón de cuadros, de maletas, de cazuelas. La típica movida que se presenta cuando alguien se muda de casa. Ella llevaba el cabello recogido, con unos rizos rebeldes que se le habían escapado, y la punta de la nariz sucia de polvo. Iba con pantalones ceñidos y un jersey de cuello alto, toda de negro, y tenía una cara extrañamente feliz. Me echó los brazos al cuello en un gesto más bien infantil que sensual, y se rió entre exclamaciones de sorpresa y de alegría. - ¡Leo! Como me alegra verte. Creí que me esquivabas… La separé de mí. Con lo que gustaba y se ve que estaba condenado a rechazarla. Me miró seria y me acarició el pelo. Y yo le limpié la punta de la nariz con un dedo. Estaba preciosa, y continuaba oliendo a lavanda.


- Solo he venido a hacerte una pregunta, pero veo que estás liada. ¿Te mudas, Dalia? - Si. Me voy de esta casa. Me trae malos recuerdos, ¿sabes? - ¿Con Nora? ¡No! ¡Que cosas dices! Nora prefiere vivir sola y, cuando estamos juntas mucho rato, acabamos peleándonos. He alquilado un piso casi nuevo en Gracia. Si quieres te daré la dirección. Pensaba bajar a decírtelo. Sonrió como disculpándose. Me cogió por la mano y me hizo sentarme en un sofá que estaba desplazado de su sitio, pero era el único asiento libre de trastos. - Estoy contentísima de irme – añadió, como si hablase sola, mirando a lo lejos, embobada – Nunca me gustó este piso ni este barrio. Nora me lo quería sacar de la cabeza, porque dice que es tan reciente esto de Justo, dará la impresión de que me escapo. “Es como bailar sobre su tumba”, me ha dicho. ¡Que tonterías! El almacén se lo queda Jerónimo, un amigo suyo. Se lo quería comprar hace tiempo, para poner una tienda de flores. Pero Justo era tozudo como una mula y no cedió nunca a las ofertas de Jerónimo. A mi me pagará mucho menos de lo que le había ofrecido a Justo. Dice Nora que, con estas prisas, saldré perdiendo. Pero me da lo mismo. Tengo ganas de salir de este agujero y de borrar todo lo que ha pasado, y de tener vecinos amables, que digan “hola” y de vivir en el centro y de poder ir al cine y a comerme una ensaimada con chocolate en una granja y comprar en el mercado y tener una peluquería con chicas sonrientes que te hagan las uñas y te digan que te conviene un tratamiento a base de pepinos para el cutis, y llegar tarde a casa si voy de compras y tener siete pintalabios de siete colores distintos y un tocadiscos que atruene toda la casa y… Dejó de enumerar todas las delicias a que, tan evidentemente, había tenido que renunciar en su desgraciada vida matrimonial. Se lamía los labios, sin darse cuenta, y sonreía hacia dentro como si un pozo de maravillas se abriese a sus pies. Y de nuevo, tuve ganas de protegerla, de servirle estas ilusiones infantiles y


mantenerla alejada de personas como aquel inspector que me había interrogado sin modular la voz y, sobretodo, de protegerla del pasado, lleno de sombras. La cogí por los hombros e hice reposar su cabeza en mi pecho, acariciándole el cabello, y ella se dejó hacer, sin cambiar su ritmo de respiración, señal que continuaba inmersa en el futuro de golosinas que tenía in mente. Y así estuvimos, los dos en silencio, hasta que reaccionó de golpe, como una cabra loca, dio un salto y empezó a moverse por la habitación. - ¡Madre de Dios! ¡Pero si tengo un montón de cosas por hacer y me estoy aquí como si me sobrase el tiempo! Leo, ¿Por qué no me ayudas? Dije que si con la cabeza y la ayudé. Mejor sería decir que yo hacía el trabajo y ella saltaba de un lado a otro diciendo que había que hacer eso o aquello y cambiando de idea inmediatamente. Ya estaba cansado, y llevábamos al menos dos horas trabajando, cuando llamaron a la puerta. Eran los transportistas de muebles. Y aún estaba toda la vajilla para envolver. Pero mientras los hombre ataban la polea y bajaban muebles, Dalia y yo acabamos, y esta vez si que colaboró de verdad. Ya estaba oscuro cuando el piso quedó completamente vacío, excepto la alfombra gastada que estaba medio enrollada en un rincón, y Dalia, al pasar, le dio una patada rabiosa y después me miró y se echó a reír. ¡Dios, como había odiado a su marido esta moza! Convencí a Dalia que estaba demasiado cansada para seguir al camión de mudanzas y que no estaba en condiciones de colocar los muebles en el piso nuevo. Que necesitaba una buena ducha. Que los hombres lo colocarían como mejor les pareciese y que le dejasen la llave en el buzón, y que a partir de mañana, con clama, ella iría ordenando muebles y todo lo demás. No quería, pero la palabra “ducha” la convenció. - Bien, de todos modos, me he de ir a dormir… - No hace falta. Hoy te quedas en mi casa. Me miró, riéndose y me guiñó un ojo, con mirada maliciosa. No quería que me malinterpretase.


- O tal vez mas vale que duermas en casa de Nora. Por una noche no os peleareis. Si quieres te llevo en el coche. Pero dijo que no, que, puestos a elegir, me prefería a mi, que era mas guapo que Nora… Mi ducha no es para ofrecérsela a las visitas pero Dalia no se quejó y se ducho a gusto. Después se puso mi albornoz y Salió con una toalla envuelta en la cabeza. - Me he lavado también la cabeza, ¡no sabes la suciedad que ha salido! Yo ya había inspeccionado la nevera y había seleccionado una cena para dos. Pero no tenía vino. Si me daba prisa aún podría encontrar abierto el supermercado. Y cuando volví, la mesa estaba puesta y la sopa de verduras a punto, y la merluza rebozada a punto de freír. Y un paquete de patatas abierto, para picar. Y ella tenía los cabellos sueltos y el albornoz puesto. Y las mejillas coloradas, de tan cerca de la estufa como estaba. Misteriosamente, después de ducharse en mi casa, donde no hay ningún tipo de colonia, continuaba teniendo olor a lavanda… Cenamos con mucho apetito, porque el ejercicio físico nos había despertado un hambre de lobo, y nos lo comíamos tan deprisa que, al mirarnos, nos reíamos el uno del otro y, ahogábamos la risa con la boca llena, y eso aun nos hacía reír más. A mí me parecía que todo el resto era irreal: la visita a la comisaría y la verruga del sargento Colomer, las amenazas del inspector calvo de la chaqueta marrón y aquel Mario Besai por quien me había preguntado… - Dalia, ¿conoces a Mario Besai? Se quedó petrificada, con el cuchillo con el que cortaba una naranja, flotando en el aire. Solo un instante porque se apresuró a cerrar la boca y apartó la mirada. - No. Nada de nada. Noté que le conocía y que le había sorprendido mucho que yo se lo mentase. Y, muy deprisa, como quien quiere tapar pensamientos atropelladamente, se rió, me cogió la mano y me


confesó que yo le gustaba y que quería que aquella noche fuese perfecta. - No pensemos en nada, Leo, no recordemos nada, no hagamos nada más que mirarnos, y tocarnos, el uno al otro. Hacer el amor con ella fue como deslizarse entre estrellas, en medio del universo, y como abrazar la tierra entera, y como beber la esencia de la vida. Y, teniéndola fuertemente abrazada, yo sabía que nada más tiene sentido en la vida de un hombre. Y que esto era lo que yo había estado esperando desde que estaba vivo, ya en las entrañas de mi madre, y que, aparte de ella, de su contacto, todo era oscuridad, una angustiosa nada, un vacío aburrido y estéril. Y que Dalia era ya parte de mi mismo, fibra a fibra, poro a poro, célula a célula… Cuando me desperté ella aun dormía, encogida como un niño, echada sobre un costado. Entraba claridad por la ventana que no habíamos cerrado del todo. El reloj marcaba las nueve y media, y me vino un pinchazo de terror al pensar en el banco. Y que afuera todo era sórdido y que tocaba volver a empezar. “Llegaré tan tarde, que ya no vale la pena ir con prisas…”, me dije a mi mismo, u así, medio incorporado, la contemplaba aún y acaricié, apenas tocándola con la palma de la mano, sus cabellos extendidos sobre la almohada. Mezclado con la ternura que sentía mirándola, tan pequeña, tan infantilmente arropada con las sábanas, tenía el pensamiento de una certeza: Dalia sabía algo que no me diría nunca. Y queriéndolo o no, me estaba involucrando a mi. Auque yo juraría que no había ninguna malicia el lo que hacía, sino el pueril y tozudo egoísmo que la condicionaba. - Te quiero…- musité, muy bajito, para no despertarla, y poco a poco, para no hacer ruido, me vestí y salí de casa, camino del banco. En la esquina del banco, en la ronda de san Antonio, hay un quiosco donde a veces compro el periódico, si tengo tiempo. Me acerqué para ver de ordenar mis pensamientos y buscar una buena excusa por llegar tarde. Y para no llamar la atención, abrí el periódico e medio de la calle y hacía como si leyese, buscando


frenéticamente una excusa plausible. ¿Podría decir que la policía otra vez…? No. Bastante se había preocupado el señor Mascaró ayer mismo. ¿Y si…? Entonces lo vi. Estaba justo en la página por donde había abierto el periódico. No era un titular a toda plana, pero era lo suficientemente grande para que no le pasase desapercibido a nadie: “…En la misteriosa muerte del industrial Justo Vernis, que regentaba una tienda de suministros de automóvil en la calle San Pedro, han aparecido nuevas evidencias, como la de un empleado de banca, Leonard Bent, que a la misma hora de la muerte del señor Vernis, fue visto entrando en la tienda, según testigos oculares. Se desconoce, por ahora, la motivación que pueda haber tras este trágico suceso, pero en medios bien informados, se asegura que podría estar relacionado con el tráfico de estupefacientes…” Se abrió la tierra a mis pies y sentí un mareo que me hacía dar vueltas la cabeza, y la sensación de que el estómago me explotaba y que iba a vomitar…

VII

No solo era yo el que había leído el periódico. También lo había leído el señor Mascaró. Y el señor Poncell, el director de la sucursal. Y la gente que me conocía y la que no me conocía. Ahora estaba marcado y todos me mirarían de reojo y se preguntarían si era o no de fiar. Y pensaba, con una ira marga mezclada con el pánico que me paralizaba la respiración, que esto era injusto, que nadie tiene derecho a hacerle esto a un hombre, a un hombre inocente e inofensivo como yo. Y que en esta vida estás irremisiblemente solo, sobre todo cuando vienen mal dadas. Me colé hacia mi cabina y cogí un fajo de papeles que, de momento, me era imposible de leer ni de entender, y me iba


diciendo que me tenía que concentrar, que de mi actitud dependía… - Te toca ventanilla, Leo – Era la voz de Martín, un compañero nuevo de hacía dos meses. Había metido solo la cabeza por la puerta de la cabina y había hablado al tiempo que daba dos suaves golpes en el cristal. Hacía solo media hora o así que estaba en la ventanilla, cuando un sudaca me pidió dólares. Fui a preguntar a Germán cuantos podíamos vender, y noté que se ponía nervioso y que mi presencia le preocupaba. Tenía que saber cual era mi posición ahora: - Escucha, Germán, si te parece podía pasar por tu casa esta noche. He traído de Colera una garnacha que querría que probaseis. A la Marilin le gustará – iba improvisando, tanteando el terreno – Si quieres, compro un poco de jamón y hacemos un pan con tomate… Se disculpó, muy nervioso y dijo que aquella noche salían, y de pronto recordó a su hijo, y añadió que la madre de Marilin había venido a Barcelona y ellos aprovechaban para poder salir. Yo recordaba muy bien que me habían explicado que la madre de Marilin estaba baldada, y que con trabajos se movía, y que nunca vendría a Barcelona a verles. Ellos me habían explicado que les tocaba ir una vez al mes a Berga, a ver a su madre, que vivía con una hermana de la Marilín, y que también le pasaban un dinero, para ayudarla. - Pues si no podéis esta noche, ¿Qué te parece mañana? - Ay, lo siento, Leo, pero Marilín no está estos días muy fina. El médico le ha dicho que necesita reposo – dijo con una absoluta incongruencia. - Si quieres yo mismo lo preparo todo, para que ella no se canse – insistí con un punto de maldad, torturando al pobre Germán, que se me escabullía desesperado, como un pez que cogieses con las manos. - Ya te avisaré cuando las cosas se arreglen en casa. Ya sabes que nosotros…


Pero no acabó, no tuvo el valor de repetir, ni como frase hecha, que su casa era la mía y que podía ir cuando quisiese. Me dio pena hacerle sufrir más, y notaba un pinchazo, al volver a la ventanilla, al recordar como me sentí cuando me manifestaron su amistad y su invitación a frecuentarlos. Y me decía con sarcasmo que las amistades que yo era capaz de tener eran frágiles como el cristal. Pero no tuve tiempo de pensar mucho, porque cinco minutos después se me acercaba Lorenzo y me decía que sustituía porque el señor Mascaró preguntaba por mi. Tenía un despacho pequeño con olor de nuevo, con una planta enorme en un rincón, de aquellas que se autoriegan y una musiquilla suave que daba la impresión de estar en la sala de espera del médico. El señor Mascaró había oído decir que los ejecutivos como Dios manda siempre tienen la mesa limpia de papeles, porque los trabajos rutinarios los hace otro, y se preocupaba por dar esa imagen el también, sin conseguirlo. Yo le había visto guardar apresuradamente papeles en el cajón cuando alguien venía a visitarle. Pero al entrar yo no había tomado aquella precaución. Me tuvo de pie, acabando de escribir algo, con sus manos blancas y huesudas, pero sin nervio, y los ojos escondidos tras las gafas rectangulares que gastaba. Era un hombre neutro el señor Mascaró. Parecía que se le había acabado la sangre, de tan chupado y tan blanca como tenía la piel. Y nunca sonreía ni se irritaba por nada. Tenía fama de ser un hombre listo y un buen conocedor de los secretos de la banca, pero le faltaba un poco de genio para poder progresar. Era un subordinado perfecto, pero pésimo para mandar a los demás. Asimismo, todos los del banco le teníamos un poco de miedo o, mejor dicho, un poco de prevención, porque podía salirte con una sanción por los motivos más impensados y sabíamos por experiencia que era inflexible. En mi sucursal, el director no hablaba mucho, y, por lo que el mismo decía, estaba reunido constantemente con los ejecutivos de Barcelona. Me constaba que era el brazo derecho del consejero


delegado, que era un hombre de aúpa, cuyo criterio era importantísimo, frente a los principales jefes de Madrid. El trabajo rutinario de hacer funcionar la sucursal era asunto exclusivo del señor Mascaró, y las pequeñas cosas de cada día ni tan solo llegaban a sus oídos. El mío era un buen trabajo, lo se muy bien, pero a veces es irritante. El señor Mascaró me miró con la pose de un maestro ante el alumno que ha soltado un ratón en la clase. Me dijo, con una frialdad de mármol, que estaba exento de trabajar una semana. Que, naturalmente, se me descontaría de las vacaciones, y que por el prestigio del banco era mejor que me hiciese invisible. Que si, pasada una semana, las cosas no se habían arreglado, tomarían una decisión sobre mi caso. Que el prestigio del banco no podía empañarse por el oscuro asunto en el que estaba envuelto. - Si las cosas no se arreglan – repitió golpeando con la uña sobre la superficie de la mesa de cristal. - Necesito un buen abogado, señor Mascaró. - Era una decisión súbita que se me había ocurrido oyéndole hablar – Por el prestigio del banco. Todos queremos que las cosas se arreglen. Y creo que el banco debería de proteger a sus empleados. Se quedó literalmente con la boca abierta. La idea le debió parecer extravagante, pero la palabra mágica – “el prestigio del banco” – le hizo vacilar. - Bien, bien, lo consultaré. No se si es nuestra obligación, pero quizás… Dejó vagar la mirada en el aire. Estaba seguro que no pensaba en lo que me convenía, ni tan solo en el banco, sino en el efecto que causaría el transmitir mi petición. ¿Le convenía a el hacer esta solicitud? Me entraron ganas de reír, ganas de ponerme a bailar y de hacer locuras, porque la mezquindad de aquella conversación, el poco tacto con que había sido expuesta, me rebelaba que también toda mi vida había sido triste y mezquina, que no éramos, yo, y el señor Mascaró, y Germán y toda la tropa, otra cosa que motas de polvo, granitos de arena de una gran maquinaria que


giraba implacable, a despecho de si pisaba los granitos de arena, débiles, insignificantes y todos iguales que alimentaban su mecanismo. A todo esto, algo había cambiado dentro de mí. Ahora ya no estaba analizando mis temores ni mis fobias. Ahora tenía un problema real, un problema que enfocaba todo mi mundo con una luz diferente. El débil y sucio oxígeno de Barcelona me llenó los pulmones, camino de casa, a través de la ventana bajada del Renault, tan insignificante y gastado como yo mismo estaba. Me senté en el balancín, y, con los ojos cerrados, iba reflexionando en todo aquello que se me había venido encima. Necesitaba soluciones. Ahora mismo. Y las soluciones no me llegarían solas. Ni tan solo la policía me ayudaría. Excepto, tal vez, el sargento Colomer. Pero sino me ponía en acción, ni un abogado ni todo el cuerpo de policía, ni mi banco, ni ninguno de los amigos, me sacarían de aquel lío. Y entonces sonó el teléfono. - Leo, ¿eres tú? Te he llamado al banco y me han dicho que estabas de baja. Dicen que estás enfermo, pero he pensado que te han echado. - ¿Blanca? - Si, soy yo. Estoy muy preocupada. La policía ha telefoneado, preguntando por ti. Y he leído los periódicos. Me sabría mal que por mi culpa… - ¿Quieres decir que todo viene de haberles ido a decir que si que conocía al señor Vernis? No te preocupes por esto: me tomaron la delantera. Ellos lo sabían antes. - Leo, por Dios, haz memoria de todo. ¿Qué más pasó cuando fuiste a llevar aquel paquete? ¿Qué hiciste cuando se portó groseramente contigo? Se me cayó el alma a los pies. ¿También Blanca…? Pero en seguida me dije que era una pregunta razonable, Blanca no me juzgaba, ni tan solo estaba asustada por ella, sino por mí. Temía que hubiese olvidado otro detallito. Por ejemplo que yo hubiese matado al señor Vernis. Y debía confesarme que era lógico, visto mi carácter incongruente, mis lapsus, todas mis neurosis. Que el


hecho que yo fuese culpable solo la preocupaba por mí. Así me lo parecía. Ella repitió dos o tres veces mi nombre, para cerciorarse que aún estaba al teléfono. - Estoy seguro, Blanca. Cuando el se portó groseramente, di media vuelta y me fui. Estaba rabioso, porque no soporto a la gente maleducada y menos cuando le acababa de hacer un favor. Dí media vuelta. A las once estaba en la cama, absolutamente tranquilo. Te lo juro, Blanca. Oí como respiraba, tranquilizada. - Tienes que contratar un abogado en seguida, Leo. - Ya lo he pensado. No sufras, Blanca, no sufras por mi. ¿Y el abuelo? ¿Cómo está el abuelo? - Igual. Aún tiene para … Se puso a llorar. Hay personas que han nacido para soportar a otras. Y Blanca era una de esas. Tenía que cuidar del abuelo y de mí. Pero ninguno de nosotros tendría un pensamiento para Blanca, que ya se sabe cuidar sola, que no necesita las muletas que necesitamos los demás. Y asimismo, llorando al teléfono la notaba vulnerable, como yo mismo. Por eso la tranquilicé, y conseguí que, al colgar, tuviese una voz de nuevo fresca y relajada. Estuve pensando mucho rato mucho rato, con las ventanas bajadas, y en la penumbra de la salita, en el balancín de mi madre. Antes que nada había que tener la seguridad de que mi cerebro funcionaba bien, y que las sospechas de Blanca no eran ciertas. Que realmente había salido de la tienda y que… Fui a buscar papel y lápiz y me senté en la mesa. Había hecho un esquema mental y ahora lo dibujaba. Me salían interrogantes por todas partes. Algunos de los cuales olían a lavanda. Al acabar sabía ciencia cierta una cosa: que yo no había matado al señor Vernis. Que solo el montón de sentimientos de culpabilidad que arrastro desde toda la vida me habían hecho dudar. Y habían hecho dudar a Blanca. ¿Cómo es el poema que había leído? Y llegan los recuerdos


De tantas culpas que Nunca has expiado Y ves al derrotado Ejército de los hombres Arrastrando los pies pesadamente Por la llanuras embarradas Bajo la lluvia, mientras silban Los trenes. Que todo es duro, cruel, sin piedad Y siempre el mal y la vergüenza duran. Sacudí la cabeza, como si quisiese sacar todos los pensamientos enfermizos que me asediaban y, con la guía telefónica, localicé el teléfono de la comisaría. Pregunté por el sargento Colomer. - Soy Leonardo Bent, sargento. Hubo un silencio. Seguramente el sargento estaba sorprendido. - ¿Puedo hablar con usted? - ¿No puede ser por teléfono? - Si y no. Por teléfono solo una cosa: ¿Quién es Mario Besai? Se hizo otro silencio. Se ve que tendría que insistir: - ¿Es un secreto, sargento? Recuerde que el inspector me habló de el. - ¿Quiere jugar a detectives, señor Bent? - ¡Escúcheme, sargento: casi me han despedido del trabajo, tengo amigos que me han retirado su amistad y ustedes hablan de mí como si fuese un ciudadano peligroso…! - No hace falta que grite. Le oigo muy bien. No se si debo darle esa información. Me temo que usted tiene cierta tendencia a…conspirar. Y soy un policía, no su director espiritual. - ¿Me dice quien demonios es este Mario o no? - Bien, se lo diré: es el mozo de un bar que está casi enfrente de la tienda del señor Vernis. Fue el quien le vio entrar aquel día. Reflexioné un instante. - ¿No encuentra extraño, sargento, que una persona que no me conoce de nada y que ocasionalmente me ve entrar en una


tienda, pueda hacer una descripción tan detallada de mi persona para que se me pueda identificar? Yo no podría hacerlo, ¿y usted? Noté que había dado en la diana. Que también el sargento, mas acostumbrado que yo a escuchar declaraciones, se había hecho la misma pregunta. - Dice que le llamó la atención… que se fijó porque en aquel momento miraba hacia la tienda. A veces, el señor Vernis, desde la puerta, le hacía una seña para le llevase un carajillo. Era aficionado a los carajillos. Por eso este chico… - ¿Chico? - Solo tiene veinte años. - Sargento, ahora he de hacer unas cosas. Le volveré a llamar para verle. - Habitualmente por las mañanas estoy en la comisaría. Cogí el metro para ir a la calle de San Pedro. La tienda del señor Vernis aun tenía los neumáticos alrededor de la puerta, pero estaba cerrada y ya tenía un dedo de polvo. Enfrente, en la esquina, había un bar. No podía ser otro, porque en toda la isla no había ninguno más. Lo comprobé. El camarero que me atendió, en el mostrador, era corpulento y muy moreno de cara y de pelo, y ya había cumplido los cincuenta. Le pedí una cerveza, admirado del montón de dias que no había tenido dolor de estómago. “Tal vez si que son los nervios, como dice el médico, pero al revés: cuanto más nervios, mejor digiero”. Alargué la cerveza una media hora, y tenía una saludable sensación de gana que me impacientaba, delante de un vaso de cerveza medio vacío. Le vi de reojo. Salía de dentro, supongo que de la cocina, con los cabellos enmarañados y un Largo delantal blanco atado sobre el estómago. Llevaba una escoba en la mano. No aparentaba más de diecisiete o diez y ocho años. Tenía el pelo de color panocha, y esto me hizo pensar en Nora; también tenía la cara pecosa, pero con un efecto extraño, como si las pecas las llevase pintadas, porque era excesivamente pálido. Era muy alto y delgado, como


un adolescente que acaba de tener el último estirón. Cuando me vio, se quedó parado. Yo no le quitaba la vista de encima. Palideció de tal manera que parecía que las pecas le fuesen a saltar como botones minúsculos y cayeran al suelo. Le llamé suficientemente alto para que el camarero que me había atendido lo oyese y no se volviese dentro. - ¿Verdad que no nos habíamos visto antes? Le tenía muy cerca, la luz de la calle le daba en el rostro, en la parte exterior del mostrador, donde yo me sentaba. El me miraba con una cara de terror indescriptible. Las niñas le bailaban como si fuesen gotas temblando sobre un cristal. O quizás tu que tienes tan buena memoria, si que me habías visto antes… Estaba satisfecho, me salía una voz tan amenazadora como pretendía. El, sin contestar, empezó, sin darse cuenta, a rascarse el pecho por la abertura de la camisa desabrochada que llevaba. Me había asaltado un pensamiento. Al comprobar que el camarero no estaba allí, que andaba trajinando por el final de la barra, le cogí del brazo de un golpe, sin darle tiempo a reaccionar. A la luz de la calle, aquel brazo delgado y largo como una caña me pareció de una blancura cadavérica. Le arremangué la camisa. Estaba cosido a pinchazos. Solo duró un segundo, porque, aterrorizado y todo, reaccionó casi en el acto, de deshizo de un tirón y arrancó a correr hacia dentro. Ahora ya tenía un plan trazado. Y por Dios que lo iba a seguir.

VIII

En el metro había mucha gente, pero poco a poco se iba aclarando. Cuando ya faltaban pocas paradas para la mía, me fijé en una mujer que se sentaba delante de mí. Era una vieja, muy mal vestida, pero arreglada. Respiraba pobreza, tal vez miseria


incluso. A su lado, se sentaba un chico de aquellos de tejanos y anorak de colores, el cual, al levantarse, se enganchó en la bolsa de la mujer y le dio un tirón. El gesto que hizo ella fue terrible, un gesto de espanto, de desconfianza, de precipitarse a coger su bolsa miserable, de reproche sin palabras, de angustia… El chico se disculpó y desapareció por la puerta. Aquella mujer había resumido en un gesto toda la miseria de una vida pequeña y aplastada. Una mujer que nunca había tenido nada y nunca lo tendría; que nunca había saboreado una buena comida ni había tenido un buen vestido ni había gozado de ninguna comodidad. Una mujer que solo había nacido para trabajar y para sufrir, tras la cual se adivinaba una vida de riñas y gritos. De soportar los empujones de los demás. De sufrir sin ninguna esperanza. Y además solo tenemos una vida, y nadie puede repetir. Al bajar tenía la boca amarga y me decía que, con todos sus inconvenientes, era mejor el coche que el metro. La vida hace daño cuando la miras de cerca. En la puerta de casa me esperaba Dalia. Se veía de lejos que había ido a la peluquería. El nuevo peinado, demasiado relamido no la favorecía, pero tenía las mejillas sonrosadas y sonreía feliz. - ¡Uf! ¡Si que has tardado! - He comido fuera de casa. - Yo también – y sonrió con más intensidad, como quien dice un secreto fabuloso. Fui a darla un beso pero apartó la cara. - ¡Que me acabo de maquillar! – y levantó la cabeza para que yo calibrase el trabajo. Entonces me di cuenta de que la bombilla de la escalera funcionaba, y eso era una novedad tan agradable, que me sentí tan de buen humor como ella. - Estás muy guapa. - ¡Lo dices solo para quedar bien! ¿Sabes, Leo? He venido para invitarte. Quiero devolverte la cena que te debo – e hizo un gesto de coquetería – Y sobre todo para que veas como me ha quedado el piso. Claro que aún he de comprar muchas cosas, y que no tengo ni cortinas, pero es precioso. - ¿A que horas quieres que vaya, guapa?


- ¡Ahora mismo! Creí que te encontraría después de comer y he pensado que podríamos estar juntos esta tarde. Tienes fiesta por la tarde, ¿no? “A todas horas del día”, pensé, satisfecho de que ella no supiese mi situación en el banco. - Ahora mismo no puedo, bonita. - Pues vente a las ocho. No, mejor a las nueve. Te haré un estofado que te chuparás los dedos. ¿Sabes que soy buena cocinera? Te haré helado de fresas. ¿Te gusta el helado en invierno? Estará hecho en casa. Estoy segura de que no has probado nunca uno tan bueno. Se fue saltando los escalones como un pájaro, porque el ascensor no quería subir. Me pareció que canturreaba, por el hueco de la escalera. En casa, me puse el cuarteto de piano en sol menor de Mozart, uno de mis preferidos. Es de una elegancia, de un civismo, de una gracia tales que te hace apreciar el quehacer de los hombres y te reconcilia con tu especie. Una especie de placer que aquella mujer del metro no probaría en su vida. ¡Vaya mierda, tener que pensar estas cosas, y sentirte mal, como si hubieses arrebatado algo a alguien, en algún lugar…! Necesitaba un martini, y aunque tengo muy pocas bebidas en casa, ginebra y martini seco si que hay habitualmente. Me salió casi perfecto, solo había tenido que prescindir de la aceituna. El primo de Blanca, Jaime, que era valenciano, hacía tiempo que ejercía en Barcelona, en el Hospital de San Pablo. Le conocía muy poco, y, obviamente, no tenía ni su teléfono ni su dirección. Telefoneé al hospital y pregunté por el doctor Ferris, y me dijeron que no estaba, que solo iba por las mañanas. Que por la tarde tenía consulta privada. ¡Qué mala suerte! Blanca se sorprendió al oírme y la pero la tranquilicé y la mentí diciéndole que tenía un buen abogado que me había asegurado que todo eran infundios, que la policía no tenía nada en absoluto contra mí, sino ya estaría detenido, y que la máquina de la ley era


lenta y pesada, que solo había que tener paciencia. Se quedó contenta como una niña. ¿Necesitas dinero, Leo? Le temblaba la voz al preguntármelo, porque conociéndome, sabía que una cosa así podía caerme mal y ofenderme. Además ella estaba tan falta de dinero como yo. Me conmovió. - Solo necesito una cosa: la dirección y el teléfono de tu primo Jaime. - ¿Estás enfermo? - Solo es para comprobar una cosa. Vivía en la parte alta de Muntaner, y se estaba haciendo de oro, día a día, me aseguró Blanca. Se ofreció a telefonearle ella primero, para recomendarle a su primo que me hiciese todo el caso del mundo. Se lo acepté. El primo de Blanca tenía una voz llana, profesional, y unos modos educados y suaves. Sus pacientes debían apreciarle. Visitaba de cuatro a seis, y me citó a las seis y media en su casa, que era donde tenía la consulta. Todo el piso – toda la parte que puede ver – estaba diseñada por los mejores profesionales del ramo. Había una luz amarillenta, muy cálida, que proyectaba sombras redondeadas sobre unas paredes casi desnudas. Ningún mueble tenía aristas, solo imperaban las curvas. La estancia donde me hicieron esperar, que no tenía pinta de sala de espera, y quizás no lo era, estaba dominada por un cuadro enorme que me pareció de Bracque. Una especie de telón, semi transparente, cubría una ventana inmensa. Al lado, había un espacio vacío que aún tenía las marcas de algún mueble que debía haber repuesto muy recientemente. Jaime entró cuando yo examinaba aquel vacío y hacía cábalas sobre el tipo de mueble. - Una planta. Una planta de aquellas horribles, en una jardinera dorada. Detesto las plantas, y el interiorista me dijo que sin un toque verde, esto parecería la sala de un aeropuerto privado. - ¿Y eso es malo?


Nos habíamos estrechado las manos, cogiéndonos del codo, como amigos íntimos, y el sonreía todo el rato. Igual nos habíamos visto un par de veces y nunca habíamos mantenido una conversación seguida. - No, si te gustan los aeropuertos. El interiorista sin duda quería decir que sería excesivamente impersonal, que las plantas dan una impresión de cosa vivida, de lugar real. - Los aeropuertos están llenos de plantas… - Se que un médico no debería decir una cosa así, pero cogí manía a la planta desde el primer día. Estoy convencido que me traía mala suerte. - Todo esto tiene el aspecto de un lugar donde nunca ha entrado la mala suerte, Jaime. - No te hagas una idea equivocada. Veo cosas horribles todos los días, y no gano tanto como mi diseñador… Empujándome ligeramente por el hombro, me llevó hacia su despacho, que era menos impresionante, pero más “vivido”. Tenía atmósfera. Y la mesa, anacrónica en su antigüedad, de marca, estaba iluminada de un modo que te entraban unas ganas locas de trabajar. Había una chimenea. Encendida. Silbé de admiración y el se volvió a reír, pero cuando se sentó tenía una mirada, no dura, sino objetiva, llana y profesional, como debe ser en un médico. Le habría contado las confidencias más íntimas si me hubiese tirado de la lengua. Lo que yo había ido a pedirle no le gustó nada. Y eso que hube de ampliarle la información, y explicarle solo por encima, lo que me había propuesto, para que comprendiese que no era curiosidad ni menos curiosidad morbosa lo que me había llevado hasta el. - Blanca me ha asegurado que me ayudarías – dije cunado se quedó pensativo, tocando el pie de la lámpara y mirándolo, pensando si podía confiar en mi o no – Se que es delicado. Pero no le daré otro uso que el que te acabo de decir. Te doy mi palabra. - Siento mucha ternura por Blanca – dijo aún pensativo. Interpreté que se excusaba así mismo por revelar cosas que


debería de callar – Ha tenido mala suerte y seguramente continuará igual toda la vida. Siempre he creído que acabaríais juntos vosotros dos. Entonces me miró directamente a la cara, y me observó de un modo clínico. - ¿Es por eso que dices que continuará teniendo mala suerte? - ¡Oh, no te ofendas! Blanca es de ese tipo de personas que siempre actúan desinteresadamente. ¿Sabes que la cortejó un industrial de San Pedro Pescador que había hecho una fortuna en América? No era un gran tipo, pero tenía una fortuna que se contaba por sacos. Ella no es una mujer atractiva pero tiene una especie de… No se como explicarlo. - ¿Una especie de luz? - Una cosa así. - ¿Y le dijo que no? - Peor que eso. Le dijo que le humillaba recibir una oferta como aquella. En fin, no dejó ninguna posibilidad por delante, por si un día se lo pensaba mejor. Ahora, cuando falte el abuelo, se encontrará muy sola. Y muy pobre. Me volvió a mirar directamente, y opté porque continuase creyendo que Blanca me tendría a su lado. - No estará sola. Me sentía enfermo diciendo una cosa así con una sonrisa de autoconfianza y de hombre de mundo. Pero gané la partida. Me dijo todo lo que quería saber. Incluso más, porque una vez empezada la confidencia, todos se dejan arrastrar, como en una borrachera, por la propia audacia. Cuando salí, con la cabeza llena de datos, me metí en el primer café y allí, con cuidado, anoté todo lo que me había dicho, para que no me fallase después la memoria. Esperar a alguien, resguardado en un rincón y con los pies helados, es mala cosa. Me maldecía por no haber encontrado aparcamiento en un lugar que tuviese suficiente visibilidad. Cuando la hubo, porque tarde o temprano la gente recoge su


coche, me supo mal volver a buscarlo, por si en aquel momento salía el Mario del bar. Había oído dar las diez, y me preguntaba si sería de aquellos bares que cierran de madrugada. O si haría como los otros que cierran antes de las once. El abrigo apenas me daba calor, y había tenido que hacer mil cabriolas cuando me percataba que alguien me observaba. No es lógico encontrar a una persona horas y horas en el mismo lugar. Claro que podía pensarse que esperaba a mi chica y que me resignaba a morir congelado en nombre del amor. A pesar de eso, no me quería exponer a llamar la atención. Cogía el periódico que había leído cien veces, daba un corto paseo hasta el buzón, y después hasta la cabina telefónica. Incluso fingí que telefoneaba. Estaba seguro que Mario Besai estaba dentro: yo mismo le había visto. Y podía jurar que no había salido. Había comprobado que aquel bar no tenía otra puerta de salida, y no aparté los ojos de la entrada ni un momento. Me moría de hambre, pero sobre todo tenía sed: me tentaba entrar a tomarme un café con leche caliente como el fuego, o una bebida larga. Mario no estaba en el mostrador y a lo mejor salía. Pero si me veía todo se estropearía. No: no me arriesgaría. Ya había aguantado frío, y dolor de pies en la mili. Y si lo había hecho antes podía volver ha hacerlo. Cerraron cerca de las doce. Y el chico salió a las doce y diez. Me preguntaba si cogería o no el bus nocturno. El metro cierra a las once los días laborables. No me vio. Iba encogido dentro de un anorak naranja, las manos en los bolsillos y el paso rápido. Pero le podía seguir fácilmente. En la oscuridad de la calle, su pelo panocha se confundía con el anorak, y por la postura, parecía un hombre sin cabeza. En la esquina de arriba se acercó a una vespa, y empezó a desatar una cadena. Le maldije en silencio. Le habría arrancado uno a uno sus ridículos cabellos rojos.


Yo había dejado el Renault en el paseo de Maragall, justo en dirección contraria. ¡Después de haberle estado esperando tanto rato, no podía perderlo ahora! Pero la suerte me acompañó. Vi su vespa que giraba calle Viñals arriba. Y entonces moderé la velocidad para no hacerme visible en su retrovisor. Después enfiló a la máxima velocidad que podía, Mare de Deu de Montserrat, y después torció como si fuese al Hospital de San Pablo. Cuando lo atravesó, continuó en dirección a Gracia. Subió por Escorial y se metió por la calle Legalidad. Aparcaba en la acera cuando yo llegaba. Ahora no me importaba si me veía. Tenía el nombre y tenía la dirección. Y le tenía a el. Todo mío. Dejé el coche justo en una señal de prohibido el aparcamiento, pero no me importaba si me multaban. Cuando le puse la mano en un hombro dio un salto asustado. - Tú y yo hemos de hablar. Le había cogido por las solapas y miraba de poner la cara más amenazadora de que era capaz. - ¡Suélteme! ¡No tiene ningún derecho! ¡Se lo diré a la policía…! - ¿te gusta mucho a ti hablar con la bofia? ¿Es que te dedicas? ¿Eres un chivato, tío? - ¡Déjeme, le digo! ¡No soy nada, no soy…! Le dí una bofetada que le hizo callar en seco. Dejó de moverse, dejó de hablar… Y le salieron dos lagrimitas redondas y pequeñas en los lagrimales. Parecía un chico pequeño, y me dio lástima. Pero no me podía permitir ternuras, así que le di otro guantazo que por poco se me va de las manos. Un hilillo de sangre le salió de la nariz izquierda, se detuvo un instante en la barbilla y cayó goteando. Entonces le solté. Estaba quieto y me miraba con los ojos desorbitados, como si no pudiese creer lo que le estaba pasando. Me sentía enfermo ante aquella mirada de estupor. - Mira, no te quiero hacer daño. Pero te lo haré sino cantas. Los faros de un coche que se acercaba me hirieron por un instante los ojos. Le puse una mano en el hombro, para que no


aprovechase para huir, y así parecíamos dos amigos que se despiden. Se estuvo quieto, pero cuando el coche desapareció ya no tenía aquella mirada de reproche. Sacó un pañuelo y se limpió la nariz y los ojos. Yo esperaba. -¿Qué quiere saber? -¿Quién te dijo que me denunciases? - Nadie. Le vi salir de la tienda de coches. - Escucha, chato – le agarré con fuerza del anorak, a la altura del cuello. Lo tenía cinco centímetros y notaba su olor. Hedía a aceite frito – Se que eres un yonqui y tu sabes que lo se y puedo trincarte así. Solté una mano e hice sonar los dedos ante sus narices. Se ablandó en seguida. -De verdad que no se nada. Yo le había visto salir…Bueno, no, le había visto entrar. -¿En que quedamos? ¿Salir o entrar? -El caso es que… ¡Ey, colega, no me podía quedar sin material! - ¡El nombre! Y me lo dijo, Bajito, con la cabeza gacha. Al habérmelo dicho levantó la cara y me dedicó una tristísima sonrisa, como quien se libra de un peso. Después abrió la puerta de su casa y entró sin volverse. Yo también estaba triste. Y me temblaban las manos. Como el día que me examiné para entrar en la Orquesta de la Ciudad, con mi flauta travesera resbalándome entre el sudor de los dedos. Mi madre se indignó, porque ella no sabía que me presentase. Y dijo, malhumorada que que suerte que había fracasado. “¡No quieren a nadie sin título en el Conservatorio!”, había dicho. Ella me lo había hecho dejar, el Conservatorio, cuando murió mi padre y necesitaba dinero en casa. Y en aquel anuncio decían que no pedían el título, solo para hacer una sustitución en verano. De cualquier modo me habían dicho que no, porque las manos me temblaban y había equivocado una nota. Y ahora me volvían a temblar las manos. Y volvía a notar la boca tan seca que no podía ni escupir. Una sed mezclada de tristeza. Como un explosivo.


Dalia vivía allí mismo, una calle más arriba, en la calle Providencia. Justo en la misma isla que Mario. Tal vez no fuese casualidad. Aún no era la una, Y recordaba muy bien el piso y la puerta. Pero al apretar el timbre, el zumbido eléctrico me hirió el oído, como una violación. Dalia contestó en seguida, a través del contestador. Su voz era de alarmada y cuando le dije quien era me dijo que me fuese, y la oí llorar. Me había olvidado de la cita para la cena. Había conseguido que me abriese y la tenía llorando abrazada a mí, como una niña que se ha quedado sin regalo de Reyes. Le hice el amor con mucha suavidad, con toda la ternura del mundo, dejándola disfrutar y descansar, disfrutar y descansar, disfrutar y descansar… Eran las cinco de la mañana cuando conseguí beberme dos cervezas seguidas. Ella me miraba beber, intrigada. -Te quiero, Leo, eres el primer hombre que quiero de verdad. ¡Y tu la primera mujer, pequeña Dalia!¡Dalia, dulce e inconsciente!¡Dalia inmadura y caprichosa!¡Dalia niña! Guapa, dulce, débil egoísta Dalia…!

IX

No había dormido ni un minuto y estaba extrañamente desvelado. Me sentía fuerte por dentro. Y no me importaba que el agua de la ducha estuviese casi fría, sino que la disfrutaba, como si cada uno de sus débiles chorros me reconfortasen y me diesen vitalidad. Al salir, me preparé un inmenso desayuno americano: mi estómago ahora era de hierro. Sobre las diez sonó el teléfono. Era Jaime, que cumplía la promesa de darme información adicional. La voz la tenía seca, como quien se arrepiente de una promesa pero es demasiado


orgulloso para volverse atrás. Yo iba apuntando y al acabar, intenté tranquilizarle. - Le daré un buen uso, Jaime. Se calló un momento y al final dijo: - Las palabras son, a veces, como bolas de nieve. Y colgó. En seguida marqué el número de la comisaría. Colomer me dijo que podía ir en seguida, si podía. Sonaba intrigado, pero tenía la voz amistosa. Estaba muy necesitado de un poco de amistad. Aunque solo fuesen migajas, recogidas al azar. Estaba a medio vestir y no me quería arriesgar a que le hiciesen salir para algún servicio, así que me apresuré. Incluso tuve tiempo de elegir corbata: me pondría la que me regaló una vez Blanca, y que nunca había usado, porque era demasiado buena para mi, de seda italiana, de un amarillo pálido. Pensaba que me traería suerte llevarla. El sargento debía haber avisado que me esperaba, porque el guardia del mostrador dijo que si con la cabeza cuando oyó mi nombre y me hizo entrar en seguida, sin llamar a la puerta. Colomer tenía la mirada amistosa también, y tenía sobretodo, mucho interés en escuchar mi historia, pero no había historia alguna. Solo tenía preguntas para el. - Son solo dos preguntas. - Ni hablar. Yo hago las preguntas. - Si lo prefiere así…Pero perderemos el tiempo, porque yo no tengo respuestas. - ¿Qué preguntas son? Solo por curiosidad, ¿eh? No me comprometo a nada. Echó hacia atrás la silla y se metió las manos en los bolsillos. Era una pose de fachenda que, ahora que le conocía un poco, sabía que era fingida. Solo para asustar a los tontos. - La primera es la causa de la muerte de Vernis. No ha salido en los periódicos ni nadie la ha comentado… Negó lentamente con la cabeza y sonrió. - Necesito saberlo, Colomer.


Dejó de sonreír cuando se oyó llamar tan llanamente, pero no se le veía enfadado. Volvió a negarlo, pero sin fuerza. - Haremos una cosa: toquemos y toquemos. Información a cambio de información. - Bien, primero usted. Le había cambiado la cara, acercó la silla a la mesa y cogió un bolígrafo y un bloc. - ¿Puedo fiarme? Todos saben que la bofia no tiene palabra. - Le consta que se lo puedo sacar por la fuerza. Fingí que me enfadaba. - Si, lo se. Pero no creo que lo haga. Probemos a ver. Se quien es el camello de Mario. No era una delación: estaba seguro que la policía sabía perfectamente que Mario se pinchaba. Un inexperto como yo lo había sabido en seguida. - ¿Pruebas? - No. Suspiró y chasqueó la lengua, como quien dice “¡Qué lástima!” Si el hacía comedia, yo también la haría. Así que le hice sufrir un poco. Cuando al final se lo dije, silbó por lo bajo. ¿Sabe que lo había sospechado? - …y el calvito del despacho del fondo no se lo ha creído, ¿no? Se rió a carcajadas, y me miró con simpatía. Yo esperaba; en esta vida nadie vive de simpatías. Cuando lo hubo digerido, se levantó, abrió un archivador metálico, tan oxidado y con los papeles tan mal ordenados, que había que sudar para encontrar lo que fuese. Sacó una carpeta y la abrió sobre la mesa, vigilando que yo no pudiese leer nada. - Murió de un paro cardiaco – y me miró con sorna. - No me haga esto, sargento. - De verdad. Eso es lo que dice el comunicado de la autopsia. También dice que no fue de muerte natural, La parada cardiaca la provocó… - leyó lentamente, para no equivocar los nombres. Seguía las palabras con el índice – una asociación de secobarbital y bralobarbital.


- ¿Barbitúricos? - Dice el forense, además de el informe, que hay un medicamento que es de venta libre y que contiene los dos fármacos. Vesperax, se llama. Y dice también – Colomer cumplía su palabra rigurosamente – que la dosis que encontró era insignificante. Que se necesitan por lo menos treinta píldoras para provocar una parada cardíaca, que corresponden a tres gramos de secobarbital y uno de bralobarbital. Pero que el cadáver solo había ingerido dos, como mucho tres. La dosis que se tomaría un ama de casa aburrida, en caso de insomnio. - ¿Y a pesar de eso…? - A pesar de eso, le falló el corazón – Ahora hablaba mientras recolocaba la carpeta en su lugar. - ¿Quiere decir, sargento, que el asesino o asesinos no tenían intención de matarle? ¿Qué se tomó una dosis de ese…? - Vesperax. - ¿…Vesperax solo para poder dormir por la noche y que…? - ¡Oh, no! Si te tomas un par de pastillas de esas, quince minutos después estás durmiendo. Reflexioné. Colomer me veía reflexionar, con los codos sobre la mesa y las manos juntas como quien reza una oración. Al final lo entendí. - ¿Le dijo el médico que habría pasado si no le hubiese sobrevenido el ataque al corazón? Quiero decir, ¿se habrían encontrado restos de Vesperax en la sangre? - Es curioso: jo le hice la mima pregunta. Dice que solo en el caso de haber encontrado el cadáver en seguida. Cuatro horas después, incluso menos, según el tipo de organismo, los barbitúricos se habrían disuelto en la sangre, sin dejar rastro. Como se produjo la parada cardiaca, entonces fue diferente. Nos miramos y los dos pensamos lo mismo. - Ahora la segunda pregunta- Tendrá que ser como antes: toquemos y toquemos. - Esta vez, no. En realidad no es una pregunta, es un ruego. Una petición.


- Venga. - Quiero una pistola, Colomer. - El guardia de la entrada le dará un impreso para hacer la solicitud. En este país, se necesita un permiso de armas, por si no lo sabía. Se le había endurecido el rostro. Pero no me dejé intimidar. - La necesito. Pero no para usarla. Se lo prometo. Solo para protegerme. - Cómprese un perro. Se mantuvo inconmovible. Así que tuve que adaptar mi historia, no toda, pero si las cosas más sustanciales. Me escuchaba mientras se acariciaba la barbilla. Volvíamos a ser amigos. Ni tan solo permitió que entrase un pasma que quería pasar a toda costa. De odas formas, fue en vano. - Lo siento, Leo – Miraba la mesa y movía la cabeza con tristeza – De verdad, no lo puedo hacer. De verdad. No le pude sacar nada más. Excepto que se llamaba Severiano y que ahora nos tuteábamos. En otras circunstancias, esto me hubiese puesto contento. Pero ahora estaba preocupado. Y el rostro de Dalia me bailaba dentro del corazón. Pasé por el banco, como cliente. Estaba Germán en la ventanilla, completamente intimidado por mi presencia. - Quiero que sepas, Leo, que me sabe muy mal. Marilín está de acuerdo. Te han hecho una buena marranada. Tardé uno segundos en comprender que se refería al banco. Olía mal, esto que oía, porque sonaba a como si estuviese despedido definitivamente. Tal vez había oído algo. Pero no quería implicarle más y no le pregunté nada. Me sentía generoso. - Y yo quiero que sepas que os comprendo. Quizás yo habría reaccionado igual. No éramos tan amigos como eso. De hecho, no sabíamos muchas cosas el uno del otro. - De cualquier manera, Leo, si nos necesitas…Si nos necesitas de verdad… Había enrojecido. En el fondo era una buena persona. Cobarde, como somos todos, y algo mezquino. Pero no era malo.


- Gracias, Germán. Necesitar, por ahora no necesito nada. Pero dile a Marilín que soy inocente. Que no tengo nada que ver. Díselo. Se emocionó. Después me trajo el dinero que le había pedido, de mi cuenta. Una miseria. Una mierda de miseria. Mierda como el banco y miserable como yo. Todo lo que tenía en el mundo. A parte de una flauta travesera, oculta bajo las sábanas en el cajón grande del canterano… Fui al supermercado, para abastecer mi nevera, e hice limpieza. Había enormes montones de polvo debajo de la cama y verdín en la base del lavabo. Y una capa de grasa en los azulejos de la cocina. Para hacerme compañía había puesto en el tocadiscos los tres conciertos para flauta, de François Devienne, por Rampal en persona. Devienne está considerado un autor menor, pero para mi es uno de los grandes. Y por lo que se refiere a Rampal, los ángeles no tocarían mejor. Cuando llegaba al tutti en re, y en seguida el solo en mi menor, del Concierto en sol mayor número cinco, yo degustaba con todos los sentidos, la esencia de la belleza. Con la misma facilidad con que te bebes un vaso de agua. Casi había acabado, cuando llamaron a la puerta. Era un mensajero, que me dio un paquete a cambio de una firma en un papel roñoso. Dentro del paquete no había ninguna nota ni ningún nombre. Había una pistola pequeña, seguramente de calibre 6,35. Solo que no tenía cargador, ni percusor, ni fiador, ni nada. Era una pistola de juguete. Me puse a reir a carcajadas. Reía sobre la polonesa en rondó con que acaba el Concierto número ocho en sol mayor, de Devienne, reía a grandes carcajadas, de la ingenuidad de Colomer y de la mía propia. Me reía para esconder la amargura del lío en que me había metido. Tiré la caja y la pistola a la basura. Me tomaría un par de bocadillos en un bar cualquiera, porque ahora la cocina estaba reluciente y no quería ensuciarla tan pronto. De pronto, las piernas me pesaban, como si el cansancio me saliese de una sola vez. Para reconfortarme, pensaba en Dalia. Yendo hacía el bar encontré una


floristería. Pero no tenían dalias porque, decían, no era la época. Me tuve que conformar con un ramo convencional que la misma florista me preparó, con flores variadas. Era bonito. Le puse una tarjeta para Dalia, donde solo decía: “Te quiero” Mientras lo escribía, olía su aroma de lavanda, borrando los olores mezclados y dulces de la tienda de flores, tapándolos todos, como un manto hecho de sueños… En casa de Nora había portero. Uno no se explica como podía no estar jubilado, un viejecito como aquel. Pero tuve que saber, esto uy mucho más, porque se moría de ganas de hablar y de ser escuchado. Yo le oía medio por piedad medio por conveniencia. Mi historia no le gustó. El era el padre del portero de verdad. Que estaba en el hospital porque le habían operado de los pies, atacado por una artrosis que no le permitía mantenerse en pie. Tenía para unos buenos tres meses, y el le sustituía para no perder la plaza, ya que no tenía contrato. Me explicó que el, con los ochenta cumplidos, tenía mejor salud que su hijo, y que el único inconveniente era el frío que pasaba. - Madrugar no me importa, porque los viejos, ya se sabe, no dormimos. ¡Pero este frío, cuando estoy quieto…! Dice Manolo que me ponga la estufa, pero yo una vez me quedé dormido y se me quemó la bata, y le he cogido manía ¿verdad que se entiende? ¡Pero aquello que le pedía…! Estaba prohibido, me decía. Le había explicado que era un amigo de Nora, que hacía mucho tiempo que no nos veíamos, y que estaría contenta de encontrarme. ¡Que me hacía tanta ilusión darle una buena sorpresa! ¡Si el me abría el piso y me dejaba pasar…! Yo era de fiar. Trabajaba en un banco. Y Nora toda una señora, no se fuese a pensar… Decía que no, tozudo como un niño. Le alargué un billete de cinco mil, nuevo de fábrica, y una sonrisa amistosa. Y entonces cedió, si yo le juraba que su hijo, Manolo, el de los pies artrósicos, no lo iba a saber nunca… Cuando me cogió el billete y abrió un armarito para buscar la llave, me di cuenta que ahora las cosas iban en serio, y encontraba a faltar la pistola de juguete que


había tirado. Tal vez me diese confianza si la hubiese llevado. O quizás me estorbase, quien sabe. El pisito de Nora estaba muy ordenado y tenía, ahora vacío, un aire más impersonal que la noche en que vine a hablar con ella. Le hurgué en la nevera, para matar el tiempo con una bebida. Pero solo encontré bitter sin alcohol. Me puse dos cubitos de hielo y me repanchingué en una butaquita que estaba encarada a la puerta. Solo eran las seis, e ignoraba su horario. Si tenía guardia y no venía no me veía capaz de repetir la operación con el portero. Solo se trataba de esperar. Un rato o toda la tarde y toda la noche. De hecho se estaba mejor en el piso de Nora que no en la esquina de la calle de San Pedro, donde había esperado a Mario. Poco a poco la vista se me nubló, falto de sueño como iba. En la cocina encontré en seguida lo que necesitaba para hacer café, y estaba todo tan a punto, que era fácil deducir que ella tomaba café con mucha frecuencia. A pesar de todo lo que sabía y de todo lo que era probable, Nora me gustaba, me caía bien. En la mesita de la sala había una cajita de plata falsa y dentro unos cigarrillos de tabaco rubio. Me fumé uno con el café, y poco a poco me espabilé. ¡Que pinta si entraba y me encontraba dormido! No podía leer, porque habría tenido que encender la luz, y me aburría mortalmente, sentado allí o paseando a ciegas, y los minutos se me hacían larguísimos. Dieron las nueve, y apenas me quedaba paciencia. La salita estaba oscura como boca de lobo. La llave sonó en la cerradura, con suavidad, vi una silueta y el clic del interruptor. No me vio en seguida. La aplaudí secretamente por su aplomo. No gritó ni se asustó. Solo un sonido gutural y el gesto de llevarse la mano a la boca. Un segundo. En seguida se serenó y me miró con dureza. Y con agresividad. - ¿Qué coño haces aquí? ¿Cómo has podido entrar? - Tengo muchas otras habilidades. - ¡Lárgate! ¿Desgraciado! Estaba furiosa con ella misma, por haberse permitido asustarse solo un segundo. - ¿No te gustan las sorpresas?


- ¡Estoy de ti – y se tocó la cabeza – hasta el moño! - ¡Pero si he venido a hacerte un favor, reina! - ¡Hazle tus merdosos favores a la Dali, que te deja! No me gustó eso que decía. Me levanté y la cogí por la muñeca y le retorcí el brazo. Tenía los ojos brillantes, y me miraba sin quejarse. Hasta que cedió y dijo un ay bajito, mientras volvía la cabeza. - Solo quería avisarte, reina. Se como sacas la heroína del hospital. Y se que haces con ella. Me di la vuelta y me fui, dando un buen portazo. Había conseguido el efecto sorpresa. Pero al final me puse nervioso. Había echado el anzuelo y quería pescar. Y para pescar has de olvidarte de los nervios.

X

Ella, en cambio, no se había puesto nada nerviosa. Lo supe en seguida. Cuando ya tenía el coche aparcado, contento por haber encontrado un lugar a pocos metros de mi casa. Había cenado bien y había bebido un poco. No mucho, pero más de lo que acostumbro, y el vino me calentaba las venas y me daba un punto de euforia. Mañana daría el siguiente paso. Y no solo para librarme de este lío, sino por una inercia que todos llevamos dentro, que nos impide dejar de hacer una cosa, dejarlo a medio camino, no acabar lo que has empezado. Cuando buscaba el llavero en el bolsillo noté que no estaba solo. Me volví como una centella, todo yo en tensión, y allí estaban. Dos gorilas enormes, pensé. No podía verles las caras, porque el único farolillo de la calle está en la acera delante de casa, de modo que la luz me iluminaba a mí, y ellos quedaban a contraluz. Eran dos, muy cuadrados. Maldije no llevar la pistolita de plástico que


había tirado. Pero mejor así, porque aquellos mansos no se dejarían enredar. No me habían pegado nunca en mi vida. Ni yo había pegado nunca a nadie. Todas mis habilidades defensivas se reducían al poco judo infantil que había aprendido cuando hacía el bachillerato. El primer puñetazo me dio la sensación de que me había saltado toda la mandíbula, dientes y todo, y el dolor era mucho mas intenso del que yo era capaz de soportar. Intentaba desesperadamente esquivar una patada en los testículos, pero ellos me habían inmovilizado. Uno me sujetaba y el otro trataba mi estómago como si fuese un tambor. A cada golpe, se tambaleaba el mundo entero y sentía que me hervían las entrañas. Me sentía morir, y ellos no paraban. - Este por bocazas. Era la única palabra que habían pronunciado. Y a continuación, un golpe en el pecho, que estoy seguro que me mató, que me arrebató el poco de vida que me quedaba. Estaba roto, de arriba abajo. Me habían partido en dos y yo rebotaba, rebotaba, más allá del dolor, más allá de los golpes. Rebotaba contra la acera. Y llegué al fondo de la nada. Cuando desperté tenía la lengua hinchada y seca, no podía hablar, y tenía una visión confusa. La cosa mas extraña es que estaba la cara de Blanca, mirándome ansiosa. Por tanto estaba soñando. Poco a poco, iba volviendo a la vida. Estaba en un hospital. Y Blanca no era un sueño, sino un ser de carne y hueso, sentada al lado de la cama, mirándome con unas finas arrugas en la frente y los ojos abiertos de par en par. Lo que más me apetecía era beber, tanta agua como hubiese en la Tierra, y la cosa que mas me urgía era saber que me había pasado. De momento no recordaba la paliza en el portal de mi casa. Lo fui sabiendo todo, pero dosificado. Me había encontrado, tirado en el suelo, un vecino madrugador, que casi me mata intentándome hacer la respiración artificial a base de sacudirme el pecho que me habían destrozado aquellos gorilas. Después llamó a la policía, porque no sabía el número de ningún hospital. Y


además llegaba tarde a su trabajo. Me llevaron al Valle de Hebrón y me curaron. Tenía roto el esternón, solo una fisura, pero lo suficientemente grande para que me tuviesen fuertemente vendado e inmovilizado por unos días. También tenía rota una costilla, así que cada vez que respiraba notaba un pinchazo candente cerca del estómago. El labio, me lo habían partido de tal manera que había necesitado cuatro puntos de sutura para repararlo y me faltaba un canino de los dientes de abajo. Por lo que hacía al ojo izquierdo, lo tenía tapado, porque había tenido un derrame que me lo había hinchado y el hematoma, parece, era espantoso. También tenía un tobillo dislocado, por el modo como me había caído al suelo. El resto, de mi, era aprovechable. La policía abrió el atestado, que llegó a oídos de Colomer. Severiano había venido a verme cuando aún estaba en el limbo. Y había dejado una florecillas al lado de la cama, que ya estaban medio secas. Después había telefoneado a Blanca, porque no sabía que tuviese a nadie más a quien avisar. Y era verdad. Y Blanca, aunque tenía el abuelo en el hotel, había dejado Colera, conduciendo un dos caballos que debería estar prohibido sacar a la calle, que no se había usado desde la guerra del Francés. Y hacía tres días que estaba a mi lado, mirándome angustiada, hasta que la sacaban y se iba a mi piso a dormir. Me contó que le había costado Dios y ayuda conseguir las llaves, porque las enfermeras tenían más cuidado con las cosas de los enfermos que con los enfermos mismos. Les dijo que era mi mujer y que estábamos divorciados. Cuando me lo contó, añadió con una irónica tristeza: - Ya ves que al final he conseguido pescarte. No lo habría dicho en circunstancias normales. Pero estando a pedazos, no valían comedias. Se lo agradecí con una sonrisa invisible que me despertó el dolor de los puntos del labio. Me quedaría una cicatriz gloriosa, desde la boca hasta la base de la nariz. Si alguna vez me lo preguntan, les diré que me lo he hecho de una caída del caballo, jugando al polo. Se lo merecerán si me lo preguntan.


Cuando me sacaron la venda del ojo, Blanca dijo que era igual que Rocky después de un combate. Pero yo no me sentía como Rocky. El médico dijo que el hematoma iría desapareciendo. Que me pusiese unas gotas y que no forzase la vista. La enfermera de mi sala era gruesa y reluciente y con un genio terrible. Tenía crucificado a un pobre hombre que se había caído del balcón de su casa en estado de embriaguez. Suerte que era un primero. Le tenía verdadera tirria y le daba sermones apocalípticos sobre los males del alcohol. Cuando le ponía una inyección, procuraba buscar los puntos más sensibles, para hacerle daño. Y el gritaba como un cerdo en día de matanza. A mi me trataba mejor, pero decía que le gustaba tanto ver policías en su sala como una coz de burro enfadado. Ahora, eso si, en las curas ponía ternura, y me miraba con ojos de vaca, y movía la cabeza por la compasión que sentía. ¡Fíjate que pinta debía de tener, para ablandar a aquel elefante! Me tuvieron nueve días. Y cuando me soltaron de aquel infierno, tenía tres personas conmigo. Blanca, obviamente; el sargento Colomer, que me sostenía en pie con la misma facilidad que si yo fuese de papel y Dalia. La había avisado Blanca, que es una gran mujer. Como había conseguido la dirección, no lo sabía. Tal vez había untado a las enfermeras para hacerse con mi agenda, o tal vez me lo había hecho decir a mi cuando estaba medio inconsciente. No hay otra como Blanca. Dalia se comportó y no se puso histérica. Iba muy digna, con unos pantalones de piel y una chaqueta a juego, y sin nada de maquillaje. Me miraba horrorizada, pero no hacía aspavientos ni lloraba. En las pupilas tenía un brillo de terror. Entre los tres me bajaron a recepción y allí acabamos de llenar unos papeles. Asi mismo había que pagar no se que, y estaba demasiado débil para discutir con Blanca, que lo quiso pagar ella. Nos esperaba el coche oficial de Colomer y yo le dije que aquello era ilegal, usar el coche para asuntos particulares.


-Solo lo usé el día del parto de mi mujer. Y ahora. Pero tú estás fichado. Sospechoso principal de un asesinato y metido en temas delictivos. Pero su voz era mansa y las mujeres no se lo tomaron en serio. Al fin y al cabo, tenía razón. Era todo eso. Y un imbécil. Y Colomer, vete a saber porqué, era evidente que se sentía culpable por mí. En casa, una vez instalado, resultó que Dalia no servía para nada y solo estorbaba. Y Blanca se lo tomaba con paciencia. No hacía caso de mis ruegos para que volviese a Colera, porque el abuelo la necesitaba mas que yo, pero se negaba y me decía “tu a callar” como si fuese un niño. Al cabo de dos días conseguí que me hiciese caso. Y también eché a Dalia, que solo se quejaba y me decía: “Pobre Leo, pobre Leo”, como si los lamentos curasen. Pero yo me había recuperado muy deprisa: un par de curas más y estaría como nuevo, a punto para repetir. ¡Que mierda de vida! Solo y libre de nuevo, me preparaba para salir cuando llamaron al timbre. Era Germán. Me traía un pastel de chocolate hecho por la Marilín, una botella de oporto de la mejor marca, que aún llevaba la etiqueta del supermercado de mi barrio, y una cara larga y compungida. - Entre los compañeros hemos decidido emprender alguna acción. En solidaridad contigo… Se percató demasiado tarde que no sabía de qué me hablaba. Blanca me había guardado uno papeles y me había dicho que, cuando me encontrase mejor, los leyese. La correspondencia, me había dicho. Y si que lo era. Solo que había una carta del banco, en que se me comunicaba mi despido definitivo, “por una falta no justificada de quince días”, y, para quitarme las ganas de pelearme, un talón con el sueldo de tres meses. Lo mínimo que marca la ley. Germán se hacía cruces de haberme encontrado desinformado, y decía que le dolía ser el quien me trajese la mala noticia.


-Pero ya sabes como son estas cosas. Primero uno que se echa atrás. Después, otro que dice que si no se cuenta con las otras sucursales es un suicidio y no conduce a nada mas que ha recibir sanciones. Un tercero acaba diciendo que, al fin y al cabo, hay que comprender que, teniendo en cuenta la publicidad en los periódicos, el banco ha de tomar medidas de prudencia, que no es lo mismo que si tú no hubieses hecho nada más que hablar. Y así. Te juro que presioné a los compañeros, y les repetía que tu si lo harías por un compañero… - No lo se, Germán, no se si lo haría. - Pero es que además es injusto. Porque una semana te la dieron ellos… - Y no consta en ninguna parte, porque me lo dijeron de palabra. No caí que, así, no tenía ninguna prueba… - Y la otra has estado enfermo en un hospital. Y de eso tienes papeles de sobra. Les puedes empapelar, si quieres. - ¿Y que sacaría con eso? Si perdía, y es lo más probable, no tendría ni la flaca compensación que me envían. Y si ganaba y les hacía readmitirme, me harían la vida imposible y nunca podría ascender. Tal vez sea mejor así, incluso. No sabes lo harto que estaba del trabajo en el banco. - Todos lo estamos. Nos habíamos quedado tristes y le ofrecí probar aquel oporto, Dona Antonia, que me había traído y que tenía un sabor consistente y etéreo a la vez. Una bebida de calidad. También habíamos empezado el pastel de Marilín, hecho de puro chocolate y relleno con unas almendras finísimas y un biscuit tierno como la nieve. Se nos fundía en la boca y Germán estaba contento de verme disfrutar con el pastel y la bebida que me había traído. Se sentaba en una silla con los codos en las rodillas y la barbilla apoyada en las manos cruzadas. Y se nos acabó la conversación. Puse un disco nuevo que me había comprado Blanca durante los dos días que me había hecho de enfermera en casa. Era un disco de la marina Rosell. Me emocionó una canción que decía:


Todas las islas tendría A cambio de un beso. Piratas y bandoleros A todos yo robaría Y nada me pararía Si tus brazos yo encontrase. Por un beso. Tus labios yo tendría Como el refugio mas seguro. Piratas y marineros Y moros de morería Y yo no me asustaría Si te tuviese siempre para mí. Por un beso. Nos interrumpió el timbre de la puerta. Germán fue a abrir. Volvió pálido, con Severiano tras el. Me hizo sonreír el susto de Germán, y más aún la precipitación con que se despidió. - No somos muy populares, nosotros – dijo con sorna el sargento, que había captado tan bien como yo el atolondramiento del pobre Germán. Se dejó caer en una silla con un bufido y una postura de cansancio que rompía el corazón. Le alargué el papel del banco y lo leyó moviendo la cabeza y chasqueando la lengua. Me lo devolvió sin decir palabra. - ¿Ibas a salir? - Si. - Los aficionados solo estorbáis, ¿lo sabías? - Lo he oído decir. A veces también nos estorbamos a nosotros mismos. - No parecías tan tozudo el día que te conocí… - ¿Qué hace el milhombres de la calva? - ¡Uf! – sonrió resignado – Dice que se ocupará personalmente del caso si continuamos sin resultados.


Había imitado la voz de su superior a la perfección. Después se sacó una pistola del bolsillo y la dejó sobre la mesa a mi alcance. Comprendí que me la daba. Y que lo hacía por su cuenta. - ¿Está cargada? – dije, bajito, con una punta de desconfianza. - ¿El que? No veo nada aquí que pueda estar cargado o descargado. Me había mirado directamente a los ojos. Es decir que me la daba y no me la daba. Quería protegerme y se arriesgaba a tener que contestar a muchas preguntas si yo no era legal. - Me gusta tu balancín. Mi mujer siempre me pide uno así, pero de estos antiguos, no de los que hacen ahora, que no tienen personalidad. – Lo había dicho para cambiar de tema, pro era evidente que mi balancín le gustaba de verdad – Nunca encuentro el tiempo para buscarlo. Y si lo encontrase no tendría bastante dinero. ¿Tienes idea de lo que gana un sargento de la policía? - No. Pero se lo que gana un empleado de banca. Y que le piden a cambio. - A nosotros nos piden obediencia militar, no ser listos, y que no comprometamos a nadie. Tengo la impresión que si los que mandan se encontrasen un día sin delincuentes tendrían un disgusto de los grandes. - Pues si os matan uno, arman un sarao de narices. - ¡Oh, si! Somos unos magníficos cadáveres, gloriosos. Nuestro cadáver es lo más valioso que tenemos. Le serví el oporto de Germán, pero no quiso pastel. También había puesto el disco. Parecía que no lo escuchaba, pero al acabar me preguntó por Dalia. - ¿Es atractiva, eh? Y te gusta más que el pan… - Dalia es especial. - ¡Especial! ¡Ah! ¡Todo es pura mierda, desde arriba hasta abajo del todo!... ¡Todo está bastante podrido, excepto para palomos como tu, que encuentra que las chicas como Dalia, son “especiales”…! Aún debes de creer en la amistad y en el amor, y en la bondad oculta de las personas, y…


- Conforme. Todo está lleno de mierda, pero a veces encuentras una brizna de… un poco de respeto, un poco de calor, un poco de… - No he encontrado nunca ninguno de estos pocos, en mi oficio. Yo encuentro un mundo tapizado de mierda, y no hay florecillas en la mierda. - Las florecillas salen del estiércol. No siempre: a veces. Se levantó y se fue hacia la puerta. Volvió a entrar y medijo, mirando al suelo: - Tengo un amigo que trabaja en una compañía de seguros. Me ha dicho que necesitan un contable. Han puesto un anuncio y han ido estudiantes, electricistas e incluso un licenciado en económicas y otro en informática. Ningún contable. Tu has trabajado en un banco, y esto les gustará, a la compañía de seguros. Y si quieres puedo darte un empujoncito. El sueldo no es nada del otro mundo, Pero para ir tirando… - Gracias, Severiano. Hazlo. Yo como todos los días. ¡Ah! Y llévate el balancín. Dile a tu mujer que has rondado medio Barcelona para encontrarlo. ¿Sabes lo importante que es tener contenta a la mujer? - ¡No fastidies! Guárdate tu merdoso balancín. Y no te pongas sentimental, ¿quieres? Ah, y ve con cuidado con eso – hizo un gesto con la cabeza, en dirección a la mesa donde yacía la pistola que ni el ni yo habíamos tocado – Hay una cosa peor que la vida de un sargento de policía: la vida de un sargento expedientado y despedido.

XI

Cuando se fue cogí y estudié la pistola. Era de un calibre 7.65 y el cargador estaba completo. Me sentí más fuerte cuando la tuve en el bolsillo. Después llamé a Germán. Aún no había llegado a


casa y la Marilín estaba amable y blanda, como quien habla con un enfermo desahuciado. Al fondo oía llanto de criatura. Era enervante. Cuando ya iba a colgar dijo: “Un momento. Ahora mismo llega Germán.” Le pedí una cosa. Una cosa que había pensado antes, pero que cuando le tenía delante había olvidado. A germán le gustaría hacerme un favor, porque esto mejoraría el estado de su conciencia. - Tú sabes que tenemos dinero negro. Y me huele que aquí hay dinero negro. Solo lo tienes que mirar cuando el señor Mascaró no esté. Le había dado el nombre y apellidos de Nora. Era un tiro al aire, pero tal vez tendría suerte. Germán se comprometió a intentarlo. Sudaría y todo, solo por mirar el ordenador unos segundos. Pero estaba seguro que lo haría. Había luz en las ventanas de Nora. Y el portero viejo ya se había ido cuando yo llegué. Tuve que usar el portero automático, y falseando la voz, le pedí que me abriese, que me había dejado la llave en casa y que vivía en el primero. Cayó en la trampa. Y cuando me vio en el umbral de la puerta intentó cerrarla en seguida. Solo que yo fui mas rápido y le di un empujón rápido. - ¿No me preguntas como me encuentro, Nora? - ¿Y porque te lo tengo que preguntar? Que yo sepa no soy tu enfermera. - Pues tendrías que preocuparte de la salud de los que apalizan tus amigos. - ¡No se de que me hablas! Había cerrado la puerta tras de mi con el talón y la apunté con la pistola. Ni se inmutó. - Ahora como una buena niña, me lo contarás todo. Desde el principio. - ¡Tú estás loco! ¡Pero loco de atar! - Ya lo creo. Y los locos hacen locuras. Sobre todo cuando tengo una pistola en la mano. - ¡Aparta esa pistola de juguete, que yo no soy tonta!


Yo no había disparado nunca. Pero sabía donde estaba el fiador. Lo saqué y apunté a los almohadones del sofá. Tenía un nudo en la garganta que amenazaba con ahogarme. Pero tenía que hacerme el duro si la quería sacar toda la historia. El ruido que se ocasionó fue como el Apocalipsis. No creo que haya nada en el mundo que haga tanto ruido como un tiro en una habitación cerrada.. Estaba maravillado de ver la puntería que había tenido. El almohadón de encima había dado un salto espontáneo, como si se hubiese saltado un muelle de dentro. Y en seguida un olor a chamuscado que ponía los pelos de punta. Nora palideció y también sus labios, y después de unos segundos le subió la sangre a la cara de golpe. Miraba atónita su sofá y me miraba a mí con los ojos brillantes como un fuego de campamento por la noche. Apenas pudo hablar con dificultad. - ¡Pero…! ¡Todos…! Todo… ¡Todos habrán oído este estrépito! Respiraba como si hubiese coronado la ascensión al Pedraforca. - Ahora trae agua para ti y ginebra para mí. O cualquier otra cosa que tengas. Después te sientas y me lo vas contando todo como si fuese tu confesor predilecto. - ¡No me das miedo! – Gritaba, loca de rabia – ¡No me das ni pizca de miedo, maldito, chupatintas, cobarde, hijo de puta! ¡Ahora mismo aviso a la policía para que te encierren, que eres un individuo peligroso y no puedes ir por el mundo, malvado…! Sin darle la espalda, anduve hasta el teléfono. Lo descolgué y sin sacarle la vista de encima, marqué el 091. Cuando me contestaron le alargué el auricular. - La policía al teléfono. Apretó la horquilla del teléfono de un golpe y me miró indignada. Después se fue a la cocina y volvió con el agua para ella y un whisky para mí. Nos sentamos a la mesa, y yo dejé la pistola suficientemente lejos para que no la pudiese conseguir y lo suficientemente cerca para que yo la atrapase en un segundo. Estuvimos bebiendo unos


instantes. Ella, mientras tanto se había calmado y se la notaba dueña de si misma otra vez. Por las arrugas de su frente le podía leer los pensamientos. Estaba decidiendo que perdía y que ganaba hablando conmigo. Por lo visto, gané yo. - ¿Qué quieres saber? - Todo. Primero, como y porqué murió Justo. Bebió del vaso de agua y apoyó la barbilla en la mano. Parecía más vieja, y miraba a lo lejos, completamente serena. Sabía que tenía que hablar, y se lo tomaba bien, como un buen jugador de cartas que pierde una fortuna con un gesto espabilado y elegante. - El como es fácil de explicar, pero el porqué es complicado. Tienes que saber los antecedentes, para entenderlo. Odiábamos a Justo… Pero no, no es este el comienzo. El comienzo es más antiguo, es de aquellas cosas que pasan en las familias, y que no se cuentan nunca, porque pertenecen adentro, y no afuera, y eso les da un aire de intimidad que ni las familias malavenidas pueden destruir. Cuando nació la Dali…Bien, la vida cambió para nosotros. Era muy guapa y muy graciosa. Todos la dorábamos. Especialmente mi padre. Mi hermano… Tengo un hermano mayor. Se fue a Montevideo durante la primera crisis del ramo textil. Pues, mi hermano, Marsal, la consentía muchísimo. A veces discutíamos por quien la daba de cenar o para hacerle un regalo mejor que el de los otros…Han pasado muchos años, ahora parecen siglos, como si perteneciese a otra vida, a otro mundo… Se quedó absorta, mirando al vacío. Yo había decidido dejarla hablar a su aire. En el fondo, tal vez lo deseaba y todo, vaciar su conciencia. La voz de Nora era modulada y algo grave, y tranquiliza oírla. Tiene que ser una magnífica enfermera. - Así que creció consentida y viciada. Siempre encontraba quien cargase con sus obligaciones. Le hacíamos los deberes, nos responsabilizábamos si había roto alguna cosa, la tratábamos como una niña pequeña cuando ya era una mujer… No lo se explicar bien, pero la Dali era


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responsabilidad nuestra, de todos nosotros. Y cuando faltaron los padres, las cosas continuaron igual. Una cosa si que cambió, que tuvimos que enseñarla a vivir, incluso la teníamos que reñir para que hiciese caso, para que obedeciese en las cosas más sencillas. En el fondo, estábamos asustados de su inconsciencia, y queríamos rectificar cosas de ella cuando ya era una mujer hecha y derecha. Entonces decía que nos odiaba y que echaba en falta a sus padres. Era una cosa así como…como si nosotros, mi hermano y yo, tuviésemos que velar por ella, y como si nunca pudiésemos pedirle cuentas de nada. Cuando Marsal se fue me dijo que tuviese cuidado. Me lo pidió innecesariamente, porque yo lo tenía que hacer lo mismo. Cuando la escribe es como si se dirigiese a una hija, a una hija pequeña… Entonces me miró, con una mirada dulce. Una mirada nueva, que no se la había visto antes. - ¿Tú la quieres, verdad? Pues no la hagas daño. Te podría perdonar que me hicieses una jugada a mí, pero no a la Dali. Es difícil de explicar, ya te lo he dicho antes. - Así que cuando Justo la dejó embarazada, tu le odiaste y… ¡No! ¡No es tan simple! Porque Justo era mi novio. Nos íbamos a casar. Ya teníamos piso, el mismo que la Dalí, encima de tu casa. Era un tipo interesante, y no era tan arisco como cuando tu le conociste. Era…muy masculino, muy viril. Parecía que fuese a comerse el mundo. Y hacía el amor como un salvaje. Algo que te hacía olvidar sus brusquedades. Yo estaba enamorada de el, no de una manera loca, pero desde muy dentro. Y además sabía llevarle y el se comportaba como un buen camarada. - ¿Dalia te lo robó? -¡Oh, no tuvo ninguna importancia! Era muy propio de Justo. Lo había hecho otras veces. A mi no me sabía mal, porque eran cosas intrascendentes. Un impulso hacía cada mujer, una especie de impulsos que el no podía vencer. A mi me tocaba hacerme la enfadada, para que no se acostumbrase. Pero en el


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fondo, me daba lo mismo. Era mío, y yo de el. Y eso no podía romperlo nadie. Excepto Dalia. Excepto ella. Mi hermanita. Dali es para mí lo primero antes que ninguna otra persona en el mundo. Es una especie de hija, alocada a veces, y débil, pero es responsabilidad mía. Por encima de todo y de todos. ¿Lo entiendes? Procuro entenderlo. Nunca se la había mirado a la Dali, y sabía lo que significaba para mí. Pero le dio uno de sus prontos, y se encaprichó. Le duraría un par de días, o hasta que la tuviese entre las piernas. Y a pesar de saber que eso no se lo perdonaría, la cazó. Ella le dio todas las facilidades porque es así. Nosotros la hemos acostumbrado a satisfacer todos sus caprichos. No es que sea amoral ella, es su egoísmo pueril, y aquella indefensión con que te desarma…Bien, el caso es que hicieron el amor, en mi casa, mira si hay para…Yo antes tenía el piso de mis padres, en la calle Diputación. Quizás no habría sabido nunca nada, pero el caso es que Dali se quedó embarazada. Y me lo tuvo que decir. Podía callarse el nombre de el, pero yo se lo habría sacado de todas formas. Cuando lo supe sentí dos cosas: un terrible rencor por Justo, que me hacía esto a mi sabiendo lo que Dali representa y el que… Y mucho miedo por ella. Me explicaba que el la había dejado de querer en seguida de haberle hecho el amor. Y que como matrimonio será un desastre. La pobre Dali no sabía con quien se las tenía. Suerte que allí estaba yo para protegerla. ¿Y por Dalia? ¿No sentiste rencor por ella? ¿Por mi hermana? ¡No! Ni por un instante. Yo he de cuidar a la Dali. Cogí a Justo por mi cuenta y le dije todo lo que pensaba, y que ahora le haría casarse con Dali, y que si no se comportaba bien… El me conocía bien. Sabía que esta vez se había pasado de la raya, que yo no amenazaba en balde y que le vigilaría. Se casaron, y el mismo día de la boda, se veía de lejos que eso no duraría, que no funcionaría, que yo me había


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equivocado… Le había propuesto a Dali que abortase pero se puso hecha una fiera, y habló como en los melodramas. Después me lo pidió, pero ya era demasiado tarde para hacer nada. ¡Que mierda! Yo había hecho lo que mejor me pareció para ella, tal vez sea una anticuada, pero si iban a tener una criatura, mejor que se casasen, ¿no? También me decía que quizás la vida de matrimonio templaría un poco el carácter de Dali…No lo sé. Creo que me equivoqué. Que habría debido despedir a Justo y preocuparme solo de Dali, de su bienestar. Pero ya estaba hecho. A el le había pasado el capricho por ella, y ella estaba como una cría que destapa regalos: sensaciones nuevas. Le duró muy poco, ¡pobre chica! ¿Se llevó mal con ella desde el principio? Tú me habías dicho que la pegaba… Se portó bien. Yo vigilaba. Pero las cosas fueron cambiando, Antes que nada, descubriríamos un detalle en el carácter de Justo que antes lo le habíamos notado: era un avaro, un agarrado, un enfermo del dinero. Cuidaba a Dali porque yo estaba al quite y sabía que no amenazaba en balde. Me conocía lo suficiente para saber que le podía hacer mas daño yo a el que el a mi. Ella empezaba a quejarse de las tacañerías de el. Y como era una enfermedad, y no se podía hacer nada, le daba dinero a ella, bajo mano. Cuando el lo descubrió se enfadó muchísimo, y me dijo que era a el al que tenía que pagar, por haber tenido que cargar con una mocosa que no servía para mujer. Lo dijo delante de ella, y yo le dí una bofetada sensacional y se amansó, mirándome como a una vaca, y murmurando que a mi si que me quería. Todo eso, delante de ella, ¡el muy cabrón! ¿Y ella decidió abortar aunque fuese demasiado tarde? ¡No! El aborto fue espontáneo. No intervino nadie. Yo mima la acompañaba al ginecólogo y estaba al corriente de la evolución del embarazo. A mi no me podía engañar en eso. Abortó porque… porque si, porque estas cosas pasan y le había tocado a ella. Estuvo muy delicada unos cuantos días. Y


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cuando se recuperó, miraba de un modo raro. Me decía que me odiaba, como cuando de pequeña se enfadaba. Pero se ve que ahora era mas profundo, a raíz de aquel día en que Justo y yo, discutimos delante de ella. Me decía que la dejase en paz, que no volviese por su casa, que no me quería ver más. Y que iba a dejar a Justo. La obedecí, hasta que se le pasó la depresión, porque era una depresión al fin y al cabo, y suele pasar después de un aborto. Pero ella no pudo deshacerse de Justo. El, supongo que se sintió estafado, de haberse tenido que casar para nada, al final. La agarró como si fuese un gatito y creo que quería castigarla para castigarme a mí. Yo solo me lo olía, porque no me atrevía a pasar por su casa, después de todo lo que me había dicho Dali. Fui un par de veces a la tienda de Justo a advertirle que fuese con cuidado, que yo continuaba vigilante, y que si me enteraba que… Y aun así, ¿la pegaba? Si. La pegó. La Dali vino una noche a casa, deshecha en lágrimas, a contármelo. Y yo decidí que ya estaba bien de aquel cabrito. Que estaba avisado: a Dali, ni un pelo de la ropa. Y esto el lo sabía. Que no se lo perdonaría. Intenté hablar con Dali, de adulto a adulto. Investigar se le aburría de verdad, si deseaba que…que el desapareciese. Pero solo decía: “¡Si, si, que se vaya! ¡Llévatelo, Nora, llévatelo! No le quiero ver más”. Si había dudado, ahora estaba decidida. Dali me enseñó la espalda, con las rayas del cinturón marcadas, unas rayas rojas, que poco a poco se volvieron moradas y después negras, y mientras duraban, yo sentía que el odio se apoderaba de mí, que mataría a Justo, aunque fuese la última cosa que hiciese en la Tierra. ¿Pero ella no sabía nada? ¿Verdad, Nora, que ella no sabía nada de esos propósitos tuyos? Estaba sudando, con el miedo de oír lo que no quería oír, y que me rondaba por la cabeza desde hacía días. Incluso habría preferido que Nora me mintiese. Se lo habría suplicado. Y le cogía el brazo, sobre la mesa, sacudiéndola, para animarla a


decir que no, que Dalia estaba fuera de todo esto. Ella notó perfectamente que es lo que yo quería, que le estaba pidiendo, y rompió a reír, con un deje de crueldad. - ¡Claro que lo sabía! Lo planeamos entre las dos, lo hicimos las dos. Bueno, lo planteé yo, pero ella sabía perfectamente todo lo que estaba pasando, y colaboró. Tenía muchas ganas de ser libre, lo decía a menudo. Que sepas que la Dalia está enviciada y es caprichosa, pero no es tonta. Sabe lo que hace. ¡Ya lo creo que lo sabe! Se lo había advertido, que llevaría tiempo, que tuviese paciencia. Que yo tenía un plan y ella debía hacer exactamente lo que yo le dijese. - ¿Así que fue inducida? De hecho, ¿tú la obligaste? - No, rey, no. Aportó muchas ideas. Algunas descabelladas. Otras perfectamente aprovechables. Como tu intervención. Hablaba malignamente. Se vengaba de mí, me devolvía el golpe. La solté el brazo y le hice un gesto para que continuase, sin interrumpirla, y sin mirarla. Miraba la pistola, encima de la mesa, para que me diese confianza. - Tenía dos objetivos: que pareciese un suicidio y que la Dali quedase absolutamente fuera de toda sospecha. Lo primero era fácil: soy una enfermera, una buena enfermera. Se que hay que hacer y como. Y además, hay… En el hospital tenemos una buena reserva de morfina. Y también tenemos heroína. La morfina es muy fácil de sacar. Cuando un enfermo ya no puede más, firmas en un libro, haces constar la dosis, y después inyectas agua destilada. Si lo haces con mesura, puedes sacar unos cuantos gramos cada semana. - Lo sabía. Jaime Ferris lo sabía. El me lo había explicado, como un gran secreto, que hay fugas de drogas, en todos los hospitales. Y me había indicado algunas hipótesis, como esta que ahora estaba oyendo. Y me había dado una lista de las enfermeras que podían ser culpable. Nora no era ninguna de ellas, pero yo le había dado el nombre y había comprobado que tenía la oportunidad y el carácter. En los hospitales prefieren que no se sepa, por el lío en que se meterían. Pero si


se hacía discretamente, si no trascendía, abriría personalmente una investigación sobre Nora. Aún no sabía los resultados. - Pero la heroína es otra cosa. Yo había sacado morfina muchas veces. La vendía muy bien. Conozco al tipo que se encarga de pagarme. Y, a veces, el me buscaba para decirme que necesitaba otra dosis. El no es drogadicto, el hace de camello, y está organizado. Cuando hacen la comedia de una redada general, recurre a mí, para cubrir las pérdidas más inmediatas. - ¿Sabes qué? ¡Que no me avergüenzo de decirlo! Conozco gente que hace cosas mucho peores. Y esto mío era muy pequeño. Unos gramitos solo, de vez en cuando. Nada que pueda empeorar al mundo. En el hospital teníamos rehabilitación, normalmente delincuentes que nos enviaba el juzgado. Mario Besai era uno de ellos. Yo sabía que estaba rehabilitado, al acabar el tratamiento, solo superficialmente, y que recaería en seguida. Una asistente social tonta creía en el. Siempre lo hacen, se ve que esto les hace sentirse útiles… ¡Imbéciles! Le había encontrado trabajo. Le vi en la tienda de Justo un día que había ido a amenazarle, después del aborto de la Dali. Estaba el Mario, con un carajillo que le llevaba del bar. Cuando me vio, enrojeció como la grana. No se tenía que ser del oficio para saber que continuaba pinchándose. Hice ver que no le conocía, pero tomé buena nota mental… Sin embargo, aquella mujer, aquel ser sin escrúpulos, continuaba cayéndome bien, tenía una personalidad ambigua, abnegada y tierna como era capaz de ser con la hermana, y terrible y calculadora, como una gata salvaje. Y en mitad de todo, su voz reposada y grave y su mirada que inspiraba confianza… - Era un plan muy sencillo. Y perfecto. Mario le pondría las dos píldoras de Vesperax en el carajillo. Justo las había tomado otras veces, cuando éramos novios, Caía redondo, como un muñeco. Yo le había visto antes y estaba segura que funcionaría. El solía pedir el carajillo hacia las seis de la tarde, más o menos. Y Mario me ayudaría, no para que no le


denunciase, sino por una dosis purísima de heroína. Habría matado a su madre por aquella dosis, ahora que el desgraciado no tenía ni un clavo y la asistente social le visitaba para chuparse los labios con su rehabilitación imaginaria. Lo habíamos planificado para el viernes. Yo estaba en el bar con un montón de revistas, al lado del teléfono. Cuando Justo hizo un gesto desde la puerta de su tienda, yo me acerqué al camarero para hacerle un encargo complicado que había pensado y así Mario podía echarle las píldoras y añadir mas coñac para matar el gusto. Le temblaban las manos al pobre desgraciado. En seguida telefoneé. Solo tuve que decir “Ahora” No te creas, que pagaba mi precio, por aquel “servicio”. Mi camello había querido cobrar en dinero y en droga, y no eran baratos. Había sudado para conseguir ayuda. Cuando Justo cayese dormido, solo le tenían que colgar. Nadie dudaría que era un suicidio. Y los individuos que me proporcionaba la organización, sabían como hacerlo, eran profesionales. El efecto del Vesperax en Justo era de cinco minutos, pero había un margen de hasta veinte minutos. Dependía de lo que hubiese comido aquel día. Cuando Mario volvió le temblaba la tacita vacía en la bandeja como un cascabel. Justo a veces se quedaba la tacita para tomarse el carajillo lentamente, pero aquel día hubo suerte: se lo bebió de un sorbo y devolvió la taza vacía a Mario. Vi a los dos individuos que entraban. Una vez inerme, colgarlo era un trabajo duro, pero aquellos dos, con aquellas manazas… - ¿Los mismos que me acariciaron en la puerta de mi casa? - Supongo que si. Lo admitió como si no tuviese importancia alguna. O como si estuviésemos hablando de una excursión campestre bien planificada. - ¿Qué les salió mal? - ¡Una probabilidad entre un millón! Casi imposible, pero pasó. El Vesperax no le hizo dormir, sino que le provocó una parada cardiaca. ¡Solo dos píldoras! ¿Te das cuenta de lo increíble


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que es? He estado leyendo estadísticas y solo pasa en un 0.09 por ciento de veces. Supongo que tenía alguna insuficiencia. Incluso he llegado a pensar si no sería que… Bien, aquella tacañería suya, quiero decir. Tal vez estaba ahorrando para la Dali, si el faltase… No me lo puedo quitar de la cabeza, porque si fuese así, me sabría muy mal haberle matado. Aquellos dos individuos no lo sabían, que le colgaban muerto. Y entonces si que se sabría. Era una complicación, aunque yo estaba bien cubierta. La organización me protegería. Siempre lo hacen. Son más de fiar que si todos fuésemos hermanos. Así pues, Dalia no tuvo nada que ver. A parte de que, según tu, lo sabía y lo consentía. Ningún juez la… ¡Que va! Intervino. Ya lo creo que si. Lo sabía todo, palabra por palabra. Pero Dali es cobarde. Quería asegurarse que no quedaría implicada. Si las cosas salían mal y se sabía que no era un suicidio, temía que pudiesen sospechar de ella. “Si sospechan que alguien me ha ayudado, que tengo un amante y que lo hemos hecho nosotros dos…”, no paraba de decirlo. Si, a mi también me lo había dicho y casi con las mismas palabras. Esto no podía ser mentira. No podía engañarme a mi mismo. Por eso pensó en ti. Dijo que, si alguien la veía en casa, a la misma hora, quedaría libre de toda sospecha. Dijo que tenía un vecino que vivía solo, y con coche. Si ella te pedía un favor, estaba segura de que te gustaba y de que eras demasiado tímido para negarte a hacérselo. Justo esperaba un paquete en casa, y le tenía encargado que se lo llevase en seguida a la tienda. Hacía una semana que había llegado y se lo tenía bien escondido, esperando que yo la avisase que la ocasión había llegado. Estaba nervioso, porque Justo estaba de mal humor, a causa del paquete. Y suerte que tenía el teléfono de la tienda averiado con mucha frecuencia, porque habría frito a preguntas a los remitentes. De todas maneras sabía que ya se lo habían enviado. Había ido a Correos y todo, a preguntar, pero no había sacado nada en claro. También era


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suerte que tuviese el teléfono averiado. La Dali estaba cubierta. Así que yo hacia de testigo de que ella estaba en casa mientras Justo se moría…Por eso me hacía la pelota. ¿Y que te pensabas? Pero ahora es distinto. Eres bien tonto. Quizás si que le gustas. Tal vez si que te tiene afecto. Tal vez te quiera y todo. Durará quince días. O un mes. Créeme, conozco muy bien a Dali… Pues ahora tus conocimientos sobre la sicología humana se pudrirán en la Trinidad. O en un lugar peor. Estás acabada, Nora. Lo había dicho con toda la rabia, y había cogido la pistola. Me quemaba lo que me había dicho, estaba furioso de oírla burlarse de mí. Y de nosotros dos, Dalia y yo. Se puso a reírse con toda la boca y se golpeaba los muslos. ¿Yo? ¿Yo, acabada? ¡No me hagas reír, chaval! Hay un par de cositas en que no has pensado. Primero – levantó el índice y lo cogió con la otra mano, como quien se dispone a contar -: No tienes prueba alguna. Tu palabra vale tanto como la mía, y yo lo negaré todo. Quizás si que me ocasionarás algún lío, pero no tienes pruebas. Ni una. Y segundo – se cogió otro dedo -: Si me empapelan a mi, empapelan a Dali. ¿No lo habías pensado?

XII

Si. Lo había pensado. Pensaba de prisa, con toda la fuerza de mi cerebro. Pensaba, de prisa y sin parar, con los labios apretados, conduciendo hacia el piso de Dalia. Nora no me había preguntado como sabía yo que sacaba heroína del hospital. Debía pensar que era un farol, una especulación. Tenía una historia montada, por si me lo preguntaba. Tampoco yo


le había preguntado porque me dieron la paliza. Era demasiado evidente para hacer preguntas entupidas. Cuando la amenacé se había limitado a decirle a su camello que yo estaba haciendo preguntas. “Son como hermanos”, había dicho Nora, y ella tenía un muy alto concepto de la fraternidad. Solo un telefonazo. Un tipo como yo se quedará escarmentado para toda su vida. Y, si, me había asustado. Pero también me había enamorado de Dalia. Y la quería limpia, a mi lado. Ahora, esta imagen de felicidad idílica, Dalia y yo juntos, para sobrevivir dignamente, se rompía, como hecha de cristal. Nora había dicho dos cosas: la primera era la falta de pruebas. Se equivocaba. Pronto las tendría. Estaba a punto de tenerlas. Y la segunda, era una carta fuerte, porque ella misma, por lo que adivinaba, exculparía a su hermana. Pero yo no me podía arriesgar. Una persona acorralada hace cosas impulsivas. Dalia no estaba en casa. Busqué una cabina telefónica y marque el número de Blanca, en Colera. Me habría gustado mas pedirle aquello a Blanca, con el consentimiento de Nora, pero corría prisa y no podía ir con filigranas, tal y como estaban las cosas. Blanca estaba encantada de oírme, y no me dejó hablar hasta que le hube asegurado que había hecho todas las curas, como un buen chico. El abuelo, me dijo, estaba peor. Tal vez le tuvieran que ingresar. Pero el no quería. Tenía la voz triste y cansada. - Solo un par de días o tres, a lo sumo. Pero no lo tiene que saber nadie. No te lo pediría sino fuese necesario. Era una buena canallada pedirle a Blanca que escondiese a Dalia, hasta que pudiese sacarla del país. Era una canallada porque ella no me diría que no, y yo la imponía, abusando de su nobleza y de su generosidad, que escondiese a la mujer que yo amaba. Y ella lo sabía. Me dijo que “claro que si, Leo, ya sabes que yo por ti, yo…” Noté un amargor en la boca y no le pude dar las gracias. Cuando volvía a casa de Dalia, la vi bajar de un taxi. Pero no fue fácil hablar con ella. No fue fácil que lo comprendiese. Ni tampoco que me obedeciese.


- Lo más importante de todo es que Nora no lo sepa, tienes que entender esto. Si no lo haces como te digo, estarás envuelta hasta el cuello. - ¡Todos me mandan! ¡Todos me quieren hacer obedecer! ¡Nora cada vez es peor, ya no la aguanto, siempre haciéndome recomendaciones, siempre diciéndome lo que he de hacer! ¡Y ahora tu! ¡Estoy harta de todos! Se lo repetí desde un buen comienzo. Yo lo sabía todo. Y la policía estaba a punto de saberlo. Y poco a poco lo fue comprendiendo, que no la hablaba para darle consejos paternales, sino para salvarla. Que iba en serio. Abría unos ojos como naranjas y me miraba aterrorizada. ¡Pero si yo no hice nada! Tu lo sabes, Leo, ¿verdad que lo sabes? Lo hizo todo ella. ¡Que vaya ella a la cárcel! Yo, si, quería librarme de Justo. Mil veces estuve a punto de pedir el divorcio. Pero, ¿Dónde iba yo? No tengo ni un clavo, Ahora, en cambio… Se volvía a distraer, pensando en los tesoros que Justo tenía guardados y que ella había heredado. Una fortunita, que se gastaría en un par de años si continuaba comprándose cosas y viviendo de caprichos. ¡Era para ponerse nervioso! Lo que no quería de ninguna manera era irse sin el dinero de Justo. Eso, lo decía y lo repetía. Lealtad hacia su hermana, no tenía ninguna, y estaba dispuesta a escabullirse. Solo que aquella pequeña egoísta quería el dinero y no lo quería dejar. ¿Pero no ves que si retiras de la cuenta una cantidad grande te harás notar? ¿No ves que…? - ¡Tengo una libreta, Leo, tengo una libreta! No está todo pero si una parte. Más de la mitad. Ya ves que me conformo. Si lo saco en Colera, nadie lo sabrá, al menos hasta pasados unos días. ¿Verdad que me dejarás, Leo? ¡Piensa que yo no tengo nada, que fuera no sabría que hacer…! - Tendrá que ser en Girona, en Colera no hay caja de ahorros. Tampoco te puedes llevar maletas… - ¡No me puedo ir con las manos en los bolsillos!


- Yo te compraré lo que te haga falta. Cuando te telefonee, has de estar lista, y esperándome en la estación. Yo tendré tu billete para Francia y… Se resistía como una lagartija. No quería dejar su precioso piso nuevo, y, confesó, el abrigo de visón que se acababa de comprar, y unas joyas que…y… - ¡Basta! La sacudí por los hombros, medio arrodillado, intentándola explicar la gravedad del caso y la prisa que corría. Al final asintió. Cuando ya me iba, me dijo con un hilo de voz: - ¿Y Nora? ¿Qué le pasará a Nora? Preferí no contestarla, pero me alegraba que hubiese tenido a última hora un pensamiento para su hermana. Fui directamente a RENFE a comprarle un billete. Hasta París. Allí tenía unos amigos que la alojarían unos días, si se lo pedía. Después confiaba en tener suficiente libertad de movimientos para ir a buscarla. No podríamos volver más, pero no me importaba. Incluso sentía una alegría salvaje, tan cerca de una vida que solo había osado imaginar en sueños. Y con Dalia a mi lado. Yo haría que me amase toda la vida. Debíamos viajar de noche. Para que Colomer no me encontrase a faltar. Ataría cabos en seguida, si yo volaba. Aquella misma noche, si era posible. Cuando entraba en casa, el teléfono sonaba. Era Germán. - Lo siento, chico. No hay nada. Pero tengo un amigo que trabaja en el Banco Universal. Allí tienen más dinero negro que nosotros. Si no los tenemos ellos o nosotros es que te has equivocado de persona. - No me he equivocado. Y no es la clase de persona que guardaría el dinero bajo el colchón. Prueba lo de tu amigo. Pro por favor, que sea deprisa. Solo colgar el teléfono volvió a sonar, como si me hubiesen estado llamando mientras yo comunicaba. Era Severiano. - ¿Ha ido bien?


- Si y no – le tenía que dar largas. Solo un par de días, solo dos días, solo el tiempo de llevarme a Dalia. ¡Solo eso! - ¿Qué quieres decir? - Quiero decir que tengo la historia completa, pero me faltan las pruebas… - Creía que habías dicho que tu amigo, el médico anónimo, la estaba investigando y que ya te había dado buenas noticias… - Todavía nada en concreto. Deberemos tener un poco de paciencia. - ¿Paciencia? Ya no lo puedo parar más. ¡En veinticuatro horas el caso no será mío…! ¿Es que te crees que soy el amo de la policía? - ¡Yo hago lo que puedo! Hubo un silencio. Severiano pensaba. Y sabía por experiencia que cuando pensaba solía acertarla. Lástima que fuese un sargento de la policía. - Leo, escucha. Aquella chica es muy guapa, y a ti te gusta, pero no hagas tonterías. Si está implicada y la quieres encubrir, te saldrá el tiro por la culata. Tengo más experiencia que tu. Le dije que yo no estaba encubriendo a nadie, que Dalia no tenía nada que ver y que todo se reducía a una historia de celos, porque el marido de Dalia había sido el novio de Nora. Se lo dije con demasiada pasión, y el se limitó a repetir: “Veinticuatro horas”, y me colgó. El viaje lo hicimos de noche; todo el tiempo hablando de nimiedades, que sino hablaba francés, que si allí se vestían distinto que aquí, que sin ropa estaba perdida, que si yo le había prometido que se lo enviaría todo. Sobre todo el abrigo de pieles, que no le había dejado llevarse, con aquella temperatura suave que hacía aquel día. Al llegar a Girona dormía, con la cabeza inclinada y un rostro de absoluta inocencia. La tuve que despertar y la acompañé a un cajero automático. Sacó una buena cantidad y lo escondió en el infierno de la bolsa de mano que llevaba. El contacto con el dinero la había puesto de buen humor y decía que tenía gana y


que me convidaba a cenar.. Ella misma comprobó que a aquella hora no sería fácil encontrar nada abierto. Se resignó a llegar a Colera. - Blanca está enamorada de ti, ¿verdad? - No. Somos como hermanos. - Yo he visto como te mira. - ¿Y tu, Dalia, tu como me miras? Se abrazó a mi brazo derecho y me dio un beso en el cuello. Ahora parecía confiada y alegre y depositaba en mí toda la responsabilidad de su persona. Como había hecho toda la vida con Nora. Pero a mi me llenaba de alegría sentirla tan mía, tan propia, tan unida a mí. Blanca estaba triste, cuando nos recibió, y tenía los ojos como de haber llorado. Nos recibió con cortesía, pero miraba a Dalia con frialdad. No me atreví a darle un beso a Dalia, al despedirme, porque yo debía regresar en seguida a Barcelona. No, ni la besé, ni tampoco puede hacer otra cosa que decirle que se comportase, y ella se limitó a hacer un gesto de enfado, mirando aquella casa que encontraba, a aquellas horas de la noche, demasiado modesta, un poco lóbrega y todo. Tal vez se percataba ahora de la gravedad de la situación. Y no le gustaba nada. Blanca, al salir a despedirme al coche, me miró con dureza y dijo: - Yo no soy ninguna santa, espero que lo comprendas. Solo tuve valor para murmurarle, una vez más, que solo serían un par de días. Me daba demasiada vergüenza mirarla directamente y dejar que, por lo menos, las palabras me devolviesen la nobleza que había enterrado con mis actos. Ella misma cerró la puerta del Renault, cuando hube entrado, con un golpe frío y seco. En Barcelona aún tuve tiempo de dormir unas horitas, un sueño inquieto, de enfermo, con todos los nervios en tensión. Al día siguiente sería un día de mucha actividad. Jaime Ferris me había explicado toda la manipulación que, aun siendo a escala reducida, se produce en los hospitales, y había concretado por lo que se refería al hospital de Nora. Después


había averiguado los días de guardia de Nora, la cantidad de veces que, en los últimos seis meses, había usado alguna droga en su trabajo de noche, y las cantidades. Y, a cambio de mi discreción absoluta respecto a su persona, se había comprometido a investigar a Nora. Debería contar con la gobernanta de noches, que era de absoluta confianza. Cuando Nora le pidiese la llave del armario de las drogas y el registro para firmarlo, tenía que seguirla hasta la puerta de la sala, con la inyección preparada. Cogerla y llevar la jeringa al laboratorio. Si en aquella ocasión no había robado la droga, la operación quedaba desmantelada, pero Jaime opinaba que la gobernanta tenía experiencia y había dicho que según que enfermo ella sabría si… Tenía que ser un enfermo no demasiado grave, porque si no le calmaba el dolor de verdad, gritaría toda la noche y Nora era una buena enfermera y no se arriesgaría. Tenía que ser alguien que lo necesitase, pero no mucho. La gobernanta le había dicho a Jaime Ferris que se podía fiar de su intuición. Y había añadido que de Nora no se lo hubiese imaginado nunca. Que parecía demasiado seria y competente. Ahora solo tocaba esperar. Si no estaba loca, o si la constante impunidad no la había vuelto confiada, ahora dejaría pasar tiempo antes de reincidir. Por eso había que presionarla. Confiaba que, después de la conversación conmigo, necesitase un “regalo” para hacerse proteger. Por suerte, la cosa funcionó. El teléfono sonó cuando al final había conseguido dormirme profundamente. Era Ferris. Se limitó a decirme que fuese en seguida a su casa. Que me esperaba antes de ir a trabajar. Y que me apresurase. Me abrió personalmente y ni tan solo me permitió pasar a su preciosa casa-consulta. Me tuvo en la escalera, como a un vendedor de enciclopedias. Estaba antipático y reservado, y completamente arrepentido de haberme prometido nada. Es curioso, el mundo de la medicina y sus embrollados sistemas de autoprotección gremial… Fue ayer mismo, por la noche. Ella aún no lo sabe, porque la señora… la gobernanta la pilló diciendo que la necesitaban en


otro sitio y que ella misma le pondría la inyección al enfermo. Probó una gota y aseguró que era agua destilada. Me la ha traído esta madrugada. Me dio un paquete, un simple envoltorio de papel de plástico. - Haz tu mismo el análisis – continuó secamente. - Pero Jaime, ¿Cómo puedo yo ahora demostrar que es realmente la Nora…? - Ten – me alargó un papel. Y cerró la puerta. El papel era una declaración de la gobernanta, firmado. Me fui directamente a la comisaría. Pero Colomer aún no había llegado. Iría a ver a Germán, que ya estaba en el banco. Cuando me vio, desde su cabina de cristal, me hizo una seña y salió del mostrador. - Tengo una cosa para ti. Ven al bar. ¡Lorenzo! – Llamó – Ahora vuelvo. Es cosa de un minuto. Estaba excitado el pobre Germán. Parecía que también había habido suerte por este lado. En el bar, en medio del ruido de cafeteras y pedidos, en una hora punta como era la de desayunar, me dijo lo que su amigo había encontrado. - Aquí tienes el número. Corresponde a unas acciones correctivas, no nominales. El riesgo de que Hacienda pida el nombre es muy bajo, porque este país es muy pobre y mas vale tenerlos invertidos. Solo dice N. Minobis pero creo que será suficiente, es una cosa consentida. Leo, no creo que puedas… - Un mandamiento judicial y no se necesita el consentimiento de Hacienda. Se calló en seco y se tomó el café que le habían servido. Después pensó un rato. - ¿Mi amigo no…? - Tranquilo. No se sabrá de donde proviene la información. Ni tan solo yo se el nombre de tu amigo. - ¿Y no saldrá a relucir? - No. Si fuese un personaje, los abogados removerían toda la mierda. Pero la Nora es un pájaro pequeño. Nadie hará preguntas. Te lo prometo.


Todos querían seguridad. Todos querían protegerse de la granizada. Todos se cagaban en los pantalones. ¿Hay alguien interesado en la justicia? ¿Hay alguien que realmente esté dispuesto a meter a los criminales entre rejas? Cuando oyes a la gente clamar por más seguridad ciudadana, reclamando más cárceles, más penas para los delincuentes, te preguntas que están dispuestos a hacer para impedir que la gente venda droga, que la gente no mate, no viole, ni robe. Ni yo mismo, que me había metido por casualidad, y que estaba actuando cuando ya no tenía nada que perder. Ni mi miserable sueldo de oficial de segunda de la sucursal de un banco… Le di las gracias a Germán, y el suspiró de satisfacción. Como si acabase de saldar una deuda y el hubiese pagado religiosamente su parte. Ahora estaremos en paz. Le di unos golpecitos en la espalda, a modo de despedida, y volví a la comisaría, a ver a Colomer.

XIII

Le había puesto sobre la mesa, de cara a el, los dos papeles, y, al lado el envoltorio con la jeringuilla. Dio un silbido y me miró con una sonrisa de agradecimiento. - Me lo tienes que contar todo. Ahora vuelvo. Haré analizar esto, con prioridad. El pájaro podría espantarse. Rodeó la mesa y cuando pasó por mi lado, le dije: - Ten. Le alargaba la pistola. Se paró en seco y miró con timidez el arma. Se mojó los labios y me la cogió. La guardó en un cajón. - ¡Coño de hombre! ¡Mira que traerme la pipa aquí! Pero no lo decía enfadado. Tardó más de media hora, que yo aproveché para reconstruir la historia sin que interviniese la Dalia para nada. Tarde o temprano, Colomer se enteraría que se había


pirado y si lo sabía, adivinaría por que y que era cosa mía. Tendría que ser muy convincente en la primera versión, para que al menos durante el día no sospechase nada. Aquella misma noche iría a Colera a llevarme a Dalia. Tenía un billete abierto, que podía cerrar el día que quisiese. Pero no me podía arriesgar a tenerla en Colera, y mucho menos implicar a Blanca como encubridora. Si Colomer no desconfiaba y me dejaba libertad de movimientos, pasado mañana estaría en Paris con Dalia. Mis amigos, algo parientes que tenía, me ayudarían a encontrar algún trabajo. El racismo estaba de mi parte, y me costaría menos que aun argelino o a un negro. No podía estarme mucho, pero unos meses si que podríamos quedarnos. Después nos iríamos al Brasil. O a Montevideo, con aquel hermano de la Dalia, Marsal. O… No tenía ganas de pensarlo todavía. La marcha de los acontecimientos decidiría por mí. Ahora estaba demasiado cansado para pensar. El corazón me latía como un telar a toda máquina. Le endosé toda la historia a Colomer. Excepto, claro está, los detalles que me interesaba callar. El aguantaba la respiración mientras yo hablaba. En el despacho no había nadie, ni esto era una declaración oficial. De hecho, el y yo sabíamos que pasaría como una historia conseguida por el. Era mejor para el y mejor para mí. Además, ninguno de los dos queríamos contestar demasiadas preguntas. Después, todo sería mera rutina policiaca y judicial. - Si, si - dijo al acabar yo, repasando mentalmente todo el relato, royendo un lápiz – Todo encaja. Le dejé acabar de pensar y de asimilar todo lo que le había contado. Sabía que me haría algunas preguntas. Estaba preparado. - ¿Y de la paliza, no quieres decir nada? - No. ¿Para que? Nadie puede borrarla. - Pero los perros que te azuzó Nora quedarán libres… - A estas horas ya estarán advertidos y no los encontraríamos ni con lupa. A mi no me importa, si quieres remover toda esta porquería. Pero eso no debe ser cosa tuya, sino de la brigada antidroga…


- Si – dijo desanimado Pensó un poco más, como si estuviese haciendo tiempo. - Otra cosa: ¿Cómo es que Dalia te envió aquel mismo día a la tienda de su marido? ¡No me digas que es mera casualidad…! - Pues si, lo es. Me miró atentamente, con las cejas levantadas, calibrando si esto se lo podía creer o no. Ahora el corazón se me había parado. Se ve que decidió que, casualidades, también las hay en la vida. -Así pues, celos. El señor Vernis dejó una fortuna considerable. Creía que tendría que ver…´ - Ya ves que no. La cuenta escondida de la Nora es muy generosa. No lo necesitaba. Pero no podía soportar que le hubiesen robado el novio. Hacía años que le daba vueltas. Son tenaces las mujeres, ¿no crees? Debía haber metido mucha prisa a los laboratorios policíacos, porque no había pasado ni una hora o poco más que un guardia entró con un sobre marrón y se lo dio. Cuando leyó su contenido, Severiano estaba exultante de felicidad. Me miró como quien enseña el retrato de los hijos en una pose graciosa. - Puedo hacer que te readmitan en el banco, si quieres – dijo chorreando agradecimiento, con una voz suave y dulce – O si no, hoy mismo hablo con los de la compañía de seguros. Mira, ahora mismo telefoneo al amigo que me lo dijo, no sea que la plaza, entretanto, la ocupe otro. - No hace falta – Casi le grité – No hace falta, Severiano, gracias. Estoy tan cansado que no podría soportar una entrevista de trabajo. Dejémoslo para mañana, ¿de acuerdo? Mira, haremos una cosa: dame tu número de teléfono particular y te llamaré cuando haya descansado un día entero. Lancé un largo suspiro, para rubricar lo de mi cansancio. El asintió y escribió su teléfono en un papel. También puso su dirección. Y esto me dio una idea. En el fondo, el había sido legal conmigo. Y yo le había hecho el trabajo, pero también le había engañado. Últimamente, me porto como un cerdo con los amigos.


Me pidió que me esperase un poco todavía. Quería que le acompañase a hacer la detención. Y necesitaba la orden de sus superiores. Tendría que ir a explicarle todo el caso al inspector de la calva que me era tan antipático. Suerte que no me pidió que le acompañase también al despacho del fondo, porque lo habría hecho porque no me agradaba la idea. De hecho, una simple detención no necesita demasiados trámites. Los enredos vienen después. Estuvo siglos, mientras yo me aburría en la silla roñosa en que me había sentado, en su despacho. Me dolían las nalgas y los nervios no me dejaban tranquilo. Volvió sonriente. Ha de ser algo bueno, restregar por los morros de un superior suspicaz y mal nacido un éxito personal. Yo pronto estará libre de tantas pamplinas. Claro es que encontraría otras, y gente mezquina y pobres de espíritu y gente que te revuelve las tripas. Los hay por todas partes. El paraíso no está instalado entre la fábrica humana. Fui con Colomer, en su coche oficial, que ya conocía, y con el cabo Matías, que aún llevaba su extravagante gabardina a cuadros y la gorra, también a cuadros. Me saludó poniéndose el índice en la visera de la gorra, y no dijo nada más en todo el viaje. Severiano iba explicando que primero había comprobado, en el hospital, el horario de Nora, y que había tenido guardia la noche anterior, y ahora, hasta la noche, no se tenía que volver a presentar. - La encontraremos durmiendo o acabada de levantar. Es un momento perfecto para detener a la gente, cuando aún tienen sus defensas dormidas. Noté una bocanada de asco, y me dio pena que un hombre como Colomer tuviese un oficio tan podrido y que le iba pudriendo el alma poco a poco. A los cincuenta años sería como todos. Que pena. El número que montamos en casa de Nora fue triste y amargo, como darle un purgante a un niño. Se reía bajito, mirándome con altivez y desprecio, mientras hablaba Severiano. Creía la pobre


infeliz que se trataba de una medalla. Cuando vio el número de sus acciones en un papel y el resultado del análisis en otro, cambió de color y se puso a llorar, sin bajar la cabeza. De repente la cara se le había llenado de arrugas, como si hubiese envejecido en un instante. Se tragó las lágrimas y me miró con dureza. - Esta me la pagarás, mal nacido. - A pesar de todo me gustas, Nora. Eres una mujer que me caes bien. No lo puedo evitar. Me miró con los ojos redondos y murmuró que yo era un tipo bien raro. Y que me había infravalorado. Pero no me sentí halagado en absoluto. Le rogué a Colomer que no la esposase, y el, con un gesto, obligó a Matías a guardarse las esposas en el bolsillo. En el coche dije que yo me iba por mi cuenta, que ya no tenía nada que hacer allí. Severiano me golpeó la espalda y dijo que no hiciese caso de la Nora, que al principio, todos tienen estos humos, y que, a la larga, se vuelven cautos. -Pero yo te debo un favor. Te has portado como… - iba a decir “como un hombre”, pero lo debió encontrar impropio, o hiriente – un buen amigo. Cuenta conmigo para lo que quieras. ¡Ep, y escucha! No te hagas mala sangre. La vida está hecha de este modo y no la podemos cambiar ni tu ni yo. Le sonreí. El no podía entender, al menos por ahora, que ya no me quedaba demasiado respeto por mi mismo, ni por la mayoría de las personas. No me podía ir en seguida. Yo sabía que la Nora mantendría a Dalia apartada de todo mientras pudiese, pero también sabía como las gastan en comisaría: cantaría. En comisaría todo son émulos de la Montserrat Caballé. Pero contaba con un margen de tiempo. No me convenía salir disparado hacia Colera. A la misma Dalia la había impedido salir con maletas y a la luz del día. La había esperado lejos de su casa y la permití llevar solo una bolsa pequeña, para que ningún vecino pensase que se iba de viaje. Después la hice volver a salir con la bolsa de la compra, que aún estaba en el maletero del coche. Yo debía actuar igual. Saldría de noche y sin otro equipaje que el que llevaba encima. No soy


abogado, pero la pena por complicidad en un asesinato tiene que ser larga. A mi no me importaba esperarla, pero ella no lo resistiría. Y saldría diferente. Solo pensándolo, se me revolvían las tripas. Tenía que impedir que Dalia pasase por eso. Y estaba dispuesto a jugármelo todo para conseguirlo. En casa telefoneé a una empresa de mudanzas. Era una imprudencia pero debía tomar precauciones. Di órdenes concretas de que mi balancín no lo tenían que llevar a casa de Colomer hasta el día siguiente. Aunque lo adivinase, o aunque Nora hubiese cantado, ya estaría fuera de su control. Me hacía ilusión que lo tuviese el. Últimamente aquel balancín me estorbaba. Comí sin gana y no tenía humor ni para escuchar música. Paseaba arriba y abajo, dejando que pasasen los minutos, uno tras otro. Pensaba en Mario, y en trance que le tocaba pasar. Tan joven aún. No se merecía que sintiese piedad, pero no podía evitarlo. Sonó el teléfono de una manera extraña, como en el timbre hubiese una nota de urgencia. Eran ya las siete y oscurecía. Saldría a las nueve, porque no podía esperar más. El timbre del teléfono me pareció un mal augurio. - ¡Leo, Leo! – Era la angustiada voz de Blanca - ¡Leo! ¡Contesta! ¿Eres tú? ¡Se ha ido, Leo, ha huido! ¿Ha sido culpa mía! ¡Lo siento, Leo, lo siento muchísimo! Me sentía cansadísimo, con el alma en los pies. Lo iba entendiendo, en medio de los gritos asustados y alarmados de Blanca. Dalia no había podido resistir la tentación de explicarle todo a Blanca. Palabra por palabra. Y ella, un poco por despecho, al saber que nos íbamos los dos juntos, y un poco por su afán de protección hacia mi persona, le dijo que nunca podríamos volver. Y ella, Dalia, la miró como si estuviese loca y le preguntó si yo podría traerla sus cosas. Blanca le dijo que claro que no, que bastante debería agradecerme que la salvase de la cárcel. Y entonces Dalia empezó a decir incoherencias, que si su abrigo, que si sus joyas… Y Blanca no pudo impedir que se fuese.


- Iba hacia la estación, Leo. Estoy segura que vuelve a Barcelona, a buscar sus malditas cosas. ¡Tienes que perdonarme, Leo, tienes que perdonarme! Sudaba como una fuente, y no se como tranquilicé a Blanca. No sabía por donde empezar, no me acordaba como encontrar los trenes de Colera. Fui a la estación en taxi, porque me temblaban las manos y las piernas me fallaban. Hasta las doce no llegaba ningún tren, y ella hacía tiempo que había salido de Colera. ¿Dónde estaba, donde estaba Dalia? ¿Qué tontería iba a hacer? Si yo llegaba antes que la policía aún podría salvarla, aún podría tenerla toda para mí, no me importa donde ni el tipo de vida que llevásemos. ¡Su rostro de niña, las piernas, la falda corta, el olor a lavanda que emanaba, y mi Dalia, pequeña y desvalida, y egoísta e inconsciente! La tenía que encontrar. Fui a su casa y llamé hasta despertar a sus vecinos y todo. Ya no me importaba la discreción, ahora tenía una urgencia, tenía una necesidad de encontrarla que me hacía caminar a tientas, darme trompazos y palos de ciego. Notaba el gusto inconfundible del miedo pegado al velo del paladar. A las doce volvía a estar en la estación, y vi bajar a gente, yo acuciado, arriba y abajo del convoy, esperando ver sus ágiles piernas saltar de un vagón a otro. No estaba. Debía haber hecho autostop. Y no había llegado. No estaba en su casa. ¿Y si había ido a mi casa, a protegerse? Volví a mi casa con las sienes palpitando como ametralladoras, y todo estaba silencioso y muerto. No estaba en ninguna parte. ¿Y si al hacer autostop le hubiese pasado algo…? ¿Y si…? ¡Tal vez ha vuelto al hotel de Blanca! ¡Tal vez Blanca esté telefoneándome cada cuarto de hora para encontrarme…! La telefoneé yo y me contestó casi en seguida: - No. No ha vuelto. ¿No la encuentras? ¡Es absurdo! ¿Dónde puede haber ido? Me explicó que estaba velando al abuelo, que estaba muy mal y que no quería que le ingresasen, que quería morirse en su cama. Pero que le hospitalizaría en Figueres. Cuando fuese de día. Y yo


iba a perder el único contacto que aún tenía con Dalia. Blanca estaba alterada, pero había controlado sus nervios y solo se le notaba que todo esto era demasiado para ella, en un muy tenue temblor de la voz. No se como pasé el resto de la noche. Se que iba telefoneando al piso de Dalia, que sonaba a vacío. También probé en el piso de Nora, por si ella tenía llave y había ido a esconderse allí, como lugar más improbable donde pudiese ser atrapada. Pero no le pegaba, no era una persona prudente, no tendría cuidado. Había algo que no ligaba. Tal vez había hecho autostop, pero el conductor no llegaba hasta Barcelona, y estaba en algún pueblo, esperando a mañana para continuar viaje hacia Barcelona. Quizás me había alarmado por nada, y aún podría arreglarlo todo. Quizás… Me estaba volviendo loco, de tanto especular y barajar posibilidades. Cuando sonó el teléfono di un salto del susto. Agarré el auricular como una tabla de salvación. Pero lo que oí no era la voz de Dalia, sino la ronca voz de Colomer. - ¡Mal nacido! ¡Hijo de puta! ¡Desgraciado! ¿Te crees que las cosas quedarán así? ¡Mira que eres incauto! ¡La has hecho huir y tú te quedas aquí! ¿A que juegas, hijo de la gran puta? Sí, como yo había previsto, Nora había acabado por cantar. Y la policía se presentó en el piso de Dalia. Y no la habían encontrado. Adivinaron que la hermana intentaba avisarla y habían actuado deprisa y corriendo. Una vez hecha y firmada la declaración, Nora había pedido hablar con un abogado. No podían negarse, después de las horas que la tenían incomunicada, porque algún político podía meterse, sobre esto de la asistencia de abogados a los detenidos. A Colomer le extrañó que supiese de memoria el teléfono de su abogado. Ella había dicho: “¿Señor abogado?”, y eso tampoco era natural. Y le había dicho que tendría que defenderlas, a ella y a su hermana Dali. Había hablado con Dali. Estaba seguro. Alguien había contestado al teléfono, y este alguien debía de ser la misma Dalia. Colomer lo había adivinado, que yo la había hecho huir, y no esperaba encontrarme a mi, como


un buen chico en casa, esperando que viniesen a detenerme por encubridor. Estaba muy disgustado y decía que yo le había estafado. No escuchaba su letanía, sino que pensaba. La habían ido a buscar cuando yo estaba a punto de llegar a la estación: no había tenido tiempo para huir, yo la habría visto. Colgué el aparato mientras Colomer aún hablaba, mezclando su historia con un repertorio de insultos. Es muy difícil abrir una puerta cerrada a patadas. Toda la casa temblaba, y yo continuaba tomando carrerilla y pegando taconazos a aquella puerta que parecía de ñigui-ñogui. Los vecinos empezaron a sacar la cabeza por sus puertas. Salió del mismo rellano una vecina con los ojos desorbitados. - ¡Avise a la policía! ¡Y a una ambulancia! ¡De prisa! Al final la reventé, por la parte de las bisagras, porque el tornillo de la bisagra de arriba había saltado. El olor a gas era insoportable. Con el pañuelo en la nariz, corrí a abrir las ventanas. La cocina estaba a oscuras y olía más a gas. No podía tocar los interruptores. No acertaba a abrir la ventana de la cocina. Me corté al romper el cristal con una cazuela que había encontrado. No me importaba ver como me corría la sangre por los dedos. La claridad iluminó el cuerpo de Dalia. Tenía el horno abierto y había puesto la almohada de su cama para reposar la cabeza en la puerta del horno. En el suelo tenía su abrigo de visón, arrebujado como una alfombra preciosa, y ella se sentaba encima. Llevaba un brazalete de oro y unos pendientes de unas piedras brillantes y un collar de perlas. Tenía el rostro un poco hinchado, pero sonreía, con una pose de absoluto descanso. Estaba mareado por el gas y lo veía todo borroso, hasta que identifiqué que me caían las lágrimas y me tapaban la vista. Sin darme cuenta, me limpié la cara con la mano herida. Le buscaba el corazón, a Dalia, y solo encontraba una piel tan fría como si fuese una estatua de hielo. Cuando supo que iba a perder sus preciosas posesiones, debió volver a casa y entonces la llamó Nora y le dijo aquella comedia de que el abogado las tendría que defender, también a ella. Seguro


que entonces me llamó a mí, buscando protección, y no me encontró. Se sintió totalmente desamparada. Y no lo resistió. Aún intentaba encontrarle el corazón cuando noté una mano en el hombro. Era Colomer. También el había pensado lo mismo que yo cuando le colgué el aparato. Me hizo levantar del suelo y ordenó con un gesto que se llevasen el cuerpo de Dalia. Entonces me puse a llorar con grandes sollozos, como un niño terriblemente asustado. Y solo. Solo. Solo. Colomer me llevó a un rincón y me sostuvo la cabeza en su hombro para ahogar mis sollozos. Cuando sus hombres se fueron, me llevó al comedor, que ya estaba bien ventilado, me sentó a la fuerza y me sirvió un vaso de agua. Conseguí serenarme. Pero estaba vacío por dentro como si fuese la cáscara de un huevo al que han sorbido su contenido por el agujero de una aguja. Volví a ver a Colomer, al día siguiente, en mi casa, envuelto yo en una manta y temblando como si tuviese fiebre. Me miraba con ternura. Me dijo que lo había explicado todo y que conseguiría que no me hiciesen presentar ni al juicio de Nora. También dijo que su mujer me daba las gracias por el balancín, y me dio unos papeles el que decía que el trabajo en compañía de seguros, era mío, que me aceptaban como empleado. Un buen amigo, Colomer. Me dijo que las cosas se arreglarían. - A veces un hombre tiene bastante con todo lo que le pasa. De todas maneras, al día siguiente las cosas son un poco, solo un poco, mejores. Si uno lo aguanta, ya puede aguantarlo todo. Incluso la mierda en la que estamos metidos todos. Tenía también un mensaje para mí. Como yo no contestaba al teléfono, Blanca le había llamado a el. El abuelo se había muerto en el hospital de Figueres. Que yo no estaba en condiciones de ir al entierro, y que ahora no hacía falta que hiciese nada por el, que no me preocupase. Y que sabía donde la podía encontrar. Cuando Colomer se fue, supe que tenía razón, que debía continuar viviendo. Tal vez me casase con Blanca. Un día, no sabía cuando. Quizás progresaría en aquella compañía de seguros que me había proporcionado mi amigo policía. Tal vez un día


desenterraría mi flauta travesera del infierno de un cajón del canterano, y a lo mejor volvería a tener ilusiones. Quizás si. El estómago me volvía a doler de un modo insoportable.

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LA VECINA