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LA TIERRA RETIRADA Mercè Ibarz Traduida lliurament per Guillem de Castro.

El indio más viejo se para. Mira aquello que tiene delante, Comprende alguna cosa, Y dice a los indios jóvenes: ¡Deteneos! ¡En el mundo muerto No somos invisibles! Hemos de ir por los límites del mundo. De la selva esmeralda. Película de J. Boorman. 1 Ir y volver de Saidí se puede hacer por caminos diferentes. Y a mi, hace veinticinco años me gustaba sobretodo la carretera de arriba. El coche de línea nacía en el mismo pueblo, delante de la tabernita, y hacia unas cuantas paradas por pueblos de Leída antes de llegar a la ciudad. Pero la carretera era recta, recta. Dejábamos Saidí, me giraba para saludar la silueta de la ermita de San Antonio y los altiplanos que en el horizonte protegían la ribera baja del Cinca de la aspereza de los Monegros y, enseguida, mi madre, en cada vuelta, me hacía fijar en uno de los viejos pozos a la vera del camino, donde durante la guerra tiraron tantos cadáveres. Los mirábamos y mi madre callaba,


hablaba para sus adentros y yo no le preguntaba nada. Aún no sabía gran cosa del frente del Ebro y de los anarquistas. Era en 1968 y yo tenía catorce años, la edad ritual que en el pueblo quería decir empezar a trabajar en el término. Así había estado para mis padres y para mi hermano. Pero yo iba hacia Lleida y después, cuando acabase el bachillerato y el preuniversitario, iría hacia Barcelona. Era una chica, las máquinas ya habían llegado a la agricultura y en casa no me necesitaban, podría seguir estudiando y hacer una carrera. Una carrera. Jaume continuaría en la tierra: padre había comprado un tractor y con los hermanos de la madre, una máquina de segar que usaban por turnos, por la mañana unos y por la tarde los otros. La carretera era recta, recta. Era una carretera nueva. Unía los pueblos de colonización decididos por el franquismo a finales de los años cuarenta, levantados por gentes del sur en estas tierras de la frontera leridana que habían sido de la mujer de Macià – del presidente Macià de la “casita y el huerto”, entonces no lo sabía – y que seguían en la órbita de una antigua y certificada familia vinatera catalana. Aún hoy, en una de las plazas de la iglesia el reloj del campanario está parado a la misma hora que cuando yo pasaba con el coche de línea, las ocho menos cuarto. En aquella parte de la frontera las propiedades agrícolas están concentradas, los bancales son inmensos y ya entonces eran regados por un sistema de aspersión de grandes dimensiones, desconocido en Saidí. Ruedas y tuberías como esqueletos de dinosaurios de metal, que hoy son la arqueología resistente de los rudimentos de la industrialización agrícola. San Miquel, el primer pueblo era también mi primer signo del exterior. Mucho más que los puentes de Fraga y


que la misma Lleida con su calle Mayor llena de tiendas y aquella fachada toda llena de juguetes de arriba abajo, que conocía desde los cinco o seis años. San Miquel era el exterior para mí, tal vez porque se encuentra en la dirección entonces más transitada de la agricultura, caminos que en aquellos años me eran más familiares que ir a Lleida por abajo, por la vieja carretera de Fraga. Era la dirección de los cereales, del secano, o sea, del Plantel, de los Montcalvos y de los Abellars, donde cogíamos alfalfa a mano y donde las máquinas ya empezaban a segar y a recoger el trigo y la cebada. Atravesábamos la acequia de la Clamor Amarga que recorre el secano hasta encontrar al Cinca, y todavía quedaban tres kilómetros a pie. Algunas veces, madre, que caminaba muy deprisa, alta y decidida, siempre como huyendo de algún dolor de cabeza, nos subía al cuello. Veíamos salir el sol delante de nosotros, coloreando el secano ufano de grano. En las sierras peladas de los Montcalvos pasábamos dos semanas enteras en el tiempo de la siega. Antes de irnos a dormir mirábamos las estrellas, el yayo reconocía algunas y se inventaba romances de tanto en tanto, cuando la cosecha iba bien. Era un hombre fachendoso y buenazo. Para el era importante poder llegar a casa y decirle al ama – la iaia – que se había comido el bocadillo solo de pan, y había ahorrado el jamón, que no era necesario que le cortase más para mañana. Entonces se sentaba, satisfecho, al lado del fuego de la cocina. Solo el decía de los Montcalvos, la Codonyera, porque cuando el los compró, de joven, había un membrillero. Una pareja de Vallmanya se había querido instalar pero el compromiso se deshizo. La boda estaba tan avanzada que la masía había sido distribuida por dentro como vivienda, no como la de los


Abellars o el del Plantel, que no eran más que almacenes sonde, cuando hacía falta, personas y mulas dormían juntos. La masía de los Montcalvos tenía cocina, cuadra y habitaciones. Olía a luz de aceite, de tendal, y de paja nueva. Al bancal más lejano de la masía, cada año padre me decía: ¡Ve al final del bancal, pon un pie en el otro lado y ya tendrás una pierna en Aragón y la otra en Cataluña! Y yo siempre lo hacía. A mediados de los sesenta casi no había mas árboles que olivos. Unos cuantos almendros y poca cosa más. No se hacía ninguna otra fruta ni hortaliza que no fuese para casa. Higos y melocotones de secano, uva y tomates de cuelga y de conserva, trufas, melones y todas las verduras del huerto. Saidí, pasaba entonces de los dos mil habitantes, la cifra más alta que ha tenido nunca. Casi todas las familias eran propietarias de las tierras trabajadas, pero ni entonces ni ahora, la tienen concentrada en una sola parcela, como en los pueblos de la carretera de arriba. La mayoría de las casas tenían de seis a diez hectáreas, y de quince a más de veinte unas cuantas, entre ellas mi familia. Había también dos o tres terratenientes. Las propiedades están repartidas en tres o cuatro lugares del término, y a su vez, cada trozo geográfico está formado por bancales pequeños que iban bien para el trabajo del labrador con los animales pero que serían una fuente de nuevos problemas cuando llegarían las máquinas que querían bancales grandes. Saidí estaba entonces vuelto hacia el secano regado por el canal de Aragón y Cataluña. Es el pueblo de la zona con más término fertilizado por esta obra hidráulica y agrícola decisiva. Oía a los hombres hablar con respecto al año 1909, cuando el canal fue abierto y los iaios eran criaturas.


Los pequeños propietarios payeses de aquel tiempo eran poca cosa más que siervos feudales sin amo. Sus fatigas eran inclementes. No pasaban de coger unas cuantas aceitunas, cereales y hortalizas para la propia supervivencia. Los pocos árboles que hay en las sierras fueron plantados por ellos, para frenar el cierzo y los buitres. No fue hasta los años sesenta que los payeses que pudieron comprar tractores ensancharon poco a poco el patrimonio, ganando a las sierras nuevas terrazas de cultivo. Aquellos que no lo pudieron hacer no sobrevivieron a la tierra. En aquella década maquinista más de cien personas dejaron el pueblo por la ciudad. De este lado de la ribera, Saidí era a principios del siglo el único pueblo donde, toda la miseria y los vestigios feudales, casi todas las familias tenían tierra propia, aunque solo fuesen unas poca fanegas. El canal les dio vida. Los otros pueblos de la ribera tenían menos secano, menos tierra de rendimiento. El canal les quedaba lejos. Pero lo que verdaderamente decidía su suerte era que la tierra no era propiedad de los payeses y los amos eran brutales. Por las carreteras de la ribera, grupos de maestros libertarios recorrían los pueblos durante los años de la república y de la guerra, años feroces, y enseñaban a leer y a escribir. Gracias al agua del canal, la tierra ganada a los Montcalvos fue pronto tierra fértil. El sistema de riego continúa siendo el mismo que cuando el agua llegó hace casi noventa años: con un azadón, el agricultor abre y acompaña el paso del agua por las palmas de un territorio desnivelado y dividido como un mosaico. El huerto, al otro lado del secano, donde el sol se pone, era un territorio secundario, El otoño de 1968, cuando me fui para Lleida, ya hacía tiempo que los hombres pensaban


que se tendría que criar, en el huerto, una vez hechos a la idea que trabajar en arroz se había convertido en un trabajo demasiado caro. Cada año hacía falta más mano de obra para quitar las malas hierbas que las cosechas habían criado. “La tierra es madre de todas las hierbas y de todo lo que se le plante, mariastra”, dice la frase payesa, y los años lo confirman uno detrás del otro, hoy tanto o más que entonces. A cultivar el arroz y a mostrar la experiencia habían venido al huerto algunas familias valerianas y de las tierras del Delta del Ebro; por ellas las criaturas sabían que hay ratas de agua tan limpias que se pueden comer. No nos lo acabábamos de creer. Nos lo decíamos los unos a los otros con una mezcla de asco y admiración. ¿Una rata de agua es como un conejo? ¿Un conejo es como un gato? ¿Un gato puede ser una rata? Tal vez, si. Los mayores no nos contestaban nada en claro, decían confusiones sobre los años de guerra y las cosas que las personas pueden llegar a hacer o a comer. Si dejabas estar las ratas de agua y preguntabas directamente por la guerra, el desasosiego de los mayores aún se hacia más turbio. Se lo veías en la cara, en los labios apretados y los ojos se endurecían. De aquella guerra, decía la iaia, no sabremos nunca nada, no la podrá explicar nunca nadie… Convivir con animales era normal y no me daba cuenta que con el paso de los años no vería ni uno en casa. A veces me pregunto que efecto ha hecho en las mujeres de los cuarenta para arriba dejar de criar animales y de transformarlos en comida, la desaparición del corral, de sus rutinas y de sus sorpresas. Está muy claro todo aquello que se ha ganado: las casas y las calles del pueblo están limpias de malos olores y de paja embadurnada. No se, en cambio, que se ha perdido para siempre sin los animales.


Me mortificaba la matanza del verraco y procuraba desaparecer hasta que las tripas no estaban limpias y listas otra vez, para el mondongo. Los gritos del animal sabedor de la llegada de su hora – porque lo sabían, las mujeres lo decían – el hombre afilando en gran cuchillo y el chorro de sangre del cuello del verraco brotando como una acequia roja en un aljibe donde acaban de dar el agua, eran para mí, una desazón fascinante, un miedo claro y definido. Un cerdo tiene mucha sangre, mucha: es gracias a aquel chorro de sangre que el animal puede ser transformado en comida. “Allí donde no hay sangre, butifarras no se hacen.” El matador manipulaba dos ganchos. Uno lo clavaba en el hueso de la mandíbula del cerdo, y el otro lo ajustaba a su propia pierna, para aguantar la fuerza desesperada con que el animal encajaba la moral herida. La sangres brotaba rato y rato, Los gritos del verraco llenaban el aire de un aliento salvaje. Yo me refugiaba cerca del fuego, donde la caldera hervía de agua para escaldar al animal, desnudarla de crines y después abrirlo en canal para vaciarlo de las vísceras y poder empezar el mondongo. Aquel protocolo me asustaba y me atraía, viejo ceremonial como el mundo que me acercaba a la vida rasa y pelada, a la vida de los mayores. Escondía mi miedo como fuese. El miedo se transformaba en excitación cuando empezaba el mondongo. Toda aquella cadena de transformación de la bestia me parecía la expresión de la sabiduría. Cuando la tía Antonieta metía en la caldera aquel brazo seco que tenía y anunciaba que el agua ya empezaba a hervir, yo contenía la respiración. Los viejos, ¿No tienen temperatura? Aquella mujer de ochenta años era la señora del mondongo. Mandaba tranquila, con discreto humor. Pequeña y enclenque, le faltaban dientes y


vestía siempre de negro, de pies a cabeza. Poseía el secreto del fuego, de la sal y de la pimienta. Cuando las butifarras hervían dentro de la caldera, ella iba metiendo el brazo y sabía el momento exacto en que las tenía que retirar. Los hombres alimentaban el fuego y miraban a la tía Antonieta con admiración. Padre le preguntaba continuamente si el agua ya estaba a punto o si las butifarras estaban suficientemente cocidas, y ella, venga a meter y sacar el brazo del agua hirviendo. Cuando las mujeres me dieron permiso para hacer funcionar la manivela de la máquina de hacer salchichas y longanizas empezó mi verdadera adolescencia. Bastante mayor para hacer mondongo. Haz ir bien las manos y los dedos en embutir la carne picada y salada en la máquina y la haces pasar girando la manivela al ritmo que te pide la tripa, más grande, más pequeña, más ancha, más estrecha, estate atenta. Bastante mayor para trabajar todo aquel día seguido, con toda la casa y su gente en sintonía porque en una sola jornada, de las cinco de la mañana hasta las once de la noche, el cerdo quedase extendido por los cañizos, y colgado de clavos en las vigas en forma de jamón, tortitas y butifarras de sangre y pan, longanizas y fuets, salchichas, butifarra blanca o butifarra negra, butifarra de huevo, carme magra y carme veteada. El mondongo era un ritual de armonía, veinticuatro horas de concordia. Aquel día el mundo de cada casa olvidaba todo lo que pudiese hacerle ir mal. Solo las criaturas sentíamos el miedo del cerdo. Solíamos hacerlo justo al terminar el año, el día del hombre de las narices y si la mondonguera podía, de vacaciones de estudio, cuando la tierra y los hombres descansaban y las mujeres ya habían hecho en los hornos del pueblo las empanadas de Navidad. Nadie se peleaba, ni tampoco se criticaba de forma feroz a


nadie, como si abrir el verraco en canal y manipular todo su cuerpo fuese también un sacrificio que ahorraba el rosario de murmuraciones de los unos contra los otros, la mirada corrosiva que hace los pueblos tan inhabitables. Pasábamos toda la jornada a la vera del fuego, aquel fuego en el suelo que desaparecería de la vida diaria gracias a la llegada de las cocinas de butano. El fuego pasó entonces a las golfas. En la casa vieja de la calle Mayor me fue muy bien el gallinero de las golfas. Iba en verano, cuando estaba vacío. Las gallinas no podían soportar el calor y a primeros de junio las llevábamos al corral más fresco de la era. Antes de subir a las golfas iba al pajar, a dar de comer a las gallinas. El día del traslado era una confusión. Corríamos, mi madre y yo, dando vueltas por el gallinero y cogíamos las gallinas de dos en dos. Yo te las daba y tú, dos en cada mano, las llevabas a la era; después iba yo, cargada con una en cada mano: tú siempre has tenido mucha fuerza en las manos. Cuando tenías que matar alguna, o un conejo, no me lo dejabas hacer; tu querías que a mi no me hiciese falta saberlo hacer. Tienes que vivir de otra manera, hija. Si estudiaba, me salvaría, me decías, y pasabas de una cosa a la otra con aquella capacidad de hablar sin decirlo todo que según tú es un don natural que tienen algunas personas. A mi no me importaba llevar la comida a la era. Iba con ganas, a buscar los huevos. Veo las ponedoras y me sorprendo al recordar que algunas gallinas necesitan más intimidad que otras. A la ponedora mayor, csi empotrada en la pared del fondo, algún día había puesto ocho huevos y todo. A veces, llegaba en el momento justo en que el huevo caía en la paja. Si te encuentras un huevo acabado de poner, pásatelo por delante de los ojos, va bien


para la vista…, me decían las mujeres que me encontraba por el camino de la era. Y yo siempre lo hacía. En las golfas pasaba los medios días entre cosecha y cosecha de alfalfa, y cuando ya se había acabado la siega. Durante dos horas largas, en pleno bochorno de los medios días del verano, el pueblo se encerraba en las casas y el silencio llegaba a ser más ruidoso que el calor bajo el tejado. Era un silencio espeso, cargado de cansancio de los mayores. En las golfas podía poner la radio sin miedo a despertar a nadie. Cosía, leía o cantaba. Esperaba la hora de las novelas de la radio, que empezaban a las cuatro en punto de la tarde, un horario que coincidía con el momento en que los hombres, si es que habían comido en casa, volvían al término. Ahora los hombres comen siempre en casa, y las siestas, si se hacen, son muy cortas. La jornada de trabajo en el terreno no ha ce más que alargarse, todos los días del año. Sale el sol y tractores, motos y coches se ponen en marcha y no paran, como en un hormiguero. Se acabaron los desayunos de una hora, ni en casa ni en el tajo, tampoco meriendas… Pero no quiero que el frenesí y el nerviosismo del presente se coma la memoria y el recuerdo. En una sillita de enea cosía en el balcón y veía vivir y morir la tarde. Por primera vez escuchaba los nuevos conjuntos ingleses y me aprendía de memoria las canciones de rock del país. Buscaba por las emisoras las canciones preferidas de mi hermano para cumplir sus encargos, sacar la letra para que pudiese imitar a los cantantes que veía por la tele nueva del bar de Torrotxo. A cambio, el me explicaba, punto por punto, las historias de terror, historias extraordinarias, las llamaban, que también veía por la tele, aquel nuevo invento prodigioso. El rostro franco de Jaume se demudaba en máscaras nerviosas.


Aquel 1968 que el coche de línea me llevó a Lleida a estudiar, en casa ya no había ni gatos ni mulas y no vivíamos en la calle Mayor. Mi madre consiguió acostumbrar a los gatos a no subir al piso, más nuevo que el otro, y poco a poco me fui olvidando de los gatos y de las gatas, y de las gallinas, también de las yeguas. No recuero ningún caballo. Las mulas son más resistentes y más tranquilas, decían los hombres. La Morena, La Catalina. El iaio las hablaba, y yo, a veces bajaba a la cuadra a estar cerca de ellas y a verlas reír y enseñar aquellos dientes inmensos. De tanto en cuando la Morena, la más mansa, me llevaba al Plantel o a los Abellars y me volvía a casa. Jaume trilló muchas veces con las mulas, yo solo una, sentada feliz y contenta en el trillo mientras el animal lo hacia girar y girar. Después me estiraba en una manta con olor a paja, esperaba que llegasen las hormigas y después las seguía hasta su nido. Recuerdo más ir en carro que a caballo, y no tengo memoria de ningún nacimiento de pollino. En cambio las gatas parían continuamente. Era una desazón ver todos aquellos gatitos hechos una bola solidaria, la gata que sufría, sabedora que pronto alguien cogería sus crías y las tiraría por la pendiente del castillo abajo. A buscarse la vida a los cuatro días. Nos quedábamos uno y basta, en casa eran animales de compañía solo para la iaia y para mí. Ellas dos, la iaia y la gata, tenían mucha relación. Sus miradas eran parecidas, las dos tenían aquella presencia totémica de los animales vigilantes. La última gata fue a morir al pie de su cama, y el hijo, un gato que acabaría enfermo de un cáncer de garganta, también lo encontramos muerto cerca de la habitación de la iaia.


Yo jugaba y me gustaba tener el gato en la falda mientras leía. También le observaba cuando cazaba. El gato trazaba una mirada alrededor de un agujero en la pared, se quedaba petrificado en un punto del círculo imaginario y esperaba. Sus ojos proyectaban una luz fría, hiriente. El ratoncillo sacaba la nariz por el agujero y se asustaba, volvía a entrar, y al cabo de un momento, salía de nuevo, impaciente. El gato no se había movido ni un pelo. Delante de aquella inmovilidad, el ratoncillo caminaba confiado y de camino el gato, con la espalda hecha un arco, le atacaba. Hería al ratoncillo pero no le mataba. Le dejaba irse, sangrando. La ratita corría como podía hacia el agujero, pero el gato no la dejaba entrar sino que la volvía a morder. Después se quedaba de nuevo petrificado, y vuelta a empezar. La operación duraba tanto como la muerte lenta del ratoncillo, y el gato, que por costumbre cazaba después de comer, abandonaba entonces a su víctima con altivez. A veces copiaba la quietud del gato. Cerca de la pared soleada de la masía de los Montalvos, a la hora del mediodía, esperaba que una lagartija saliese de su nido cuando mi figura le hubiese dejado de dar miedo. Lento y medio ciego, al cabo de un rato, el lagarto salía,, se arrastraba con cautela y se ponía a tomar el sol. El verde de su piel refulgía. El ventanal del gallinero de la calle Mayor daba al huerto, pero los otros tejados y las paredes de las casas vecinas no dejaban ver el paisaje. Cuando visitaba casas en las calles de la cuesta del castillo, me habría llevado las ventanas que daban al huerto. Me parecía un jardín, pero no se me habría ocurrido decírselo nunca a nadie.


Los hombres siempre se burlaban si un día se te escapaba que los ababoles son bonitos. En seguida el iaio o mi padre la emprendían contra las malas hierbas y los imbéciles que buscan la belleza en el trabajo de la tierra - ¡cuando lo hacen los otros!, remataban. No lo habría dicho nunca, que mirar el huerto era como mirar un jardín. Yo era un chiquilla áspera, poco preparada para los sentimientos expansivos. No lo sabría decir, que cuando ves el huerto desde la carretera, y aún mas arriba desde el castillo – juego geométrico de bancales y caminos, árboles, cultivos y brazales de riego cerca del río, la planicie alta de los Monegros en el horizonte – los ojos y el entendimiento de la gente por fuerza tienen que calmarse. Supe el por qué años después, al sur, cuando vi que se podían vivir juntos olivos y árboles frutales. Entendí que Saidí, con huero de río y secano con agua, viene de donde viene, de la tradición del agua árabe y de la suerte de poder aprovechar la frontera catalana, el gran canal de 1909. Cuando los libros de geografía hablan de Saidí no cuentan nada de ninguna reina Saida ni de si se tiró o no abajo desde el castillo, tan como de pequeña oía decir. Cuentan que un noble árabe que regía los destinos de la plaza fuerte y que, en señal de amistad y buen entendimiento, hizo construir el castillo para darlo como regalo al noble cristiano de Lleida con quien acababa de hacer las paces. Esto pasaba en el año 1120. Saidí vio vivir juntos durante siglos árabes, cristianos y judíos. Los moriscos, los payeses de la época, fueron expulsados a primeros del siglo XVII. La tradición de los árabes de Al-Andaluz era crear planas fértiles, como expresión de su capacidad de organización social, colonizadora, vehiculadora de civilización. Los gobernantes impulsaban la agricultura de regadíos – una


obra sensacional de ingeniería y de matemáticas - para hacer evidentes que su poder sería tan estable como lo es el paso de las estaciones que hace fructificar la tierra. En toda la península no consta que hiciesen fortalezas en tierras áridas, fortalezas y basta. Montaban plazas fuertes como Saidí, de cara al río, y extraían toda la riqueza del huerto tejiendo un cañamazo subterráneo de riegos. Cuando el rey Jaime entró ganador en Valencia y expulsó a medio país, lo hizo repoblar con gente de la frontera del Cinca, gente a quien tocaba hacer las guerras y las postguerras cada vez que los señores lo mandaban, mira por donde el destino secular de las fronteras. Por las tierras de las naranjas, cuando el otro habla valenciano, prefiero hablar como Saidí. Cuando hablo castellano, más de una vez, por el norte de la península, me han preguntado si era valenciana. En alguna ocasión he dicho que si. Como en Saidí. Hablar, ¿Y leer? ¿Y escribir? ¿Cómo en Saidí? Unas personas con nombres catalanes y otras castellanas, sin ningún motivo expreso que no sea una razón histórica. Cinco kilómetros arriba del río, Almudáfar, de habla castellana bien aragonés. Doce kilómetros abajo del río, Fraga: con otra cantinela y que nadie no la confunda con la de Saidí ni tampoco con la de Vilella, justo delante del río. Nueve kilómetros arriba del secano, San Miquel: habla de Lleida mezclada con palabras andaluzas y de todo el sur. ¿Y leer? ¿Y escribir? Escribiré en la lengua que hablamos, lo supe en Lleida y nada me ha hecho desdecirme cuando llegué a Barcelona, al contrario. Leer aquellas palabras que solo decía pero que no sabía escribir ni había visto nunca sobre papel, aprender nuevas y cada vez razonar y hablar mejor y poder leer más. Con mi acento. “¿Ya te has hecho de


Barcelona?” Nunca dejaré la música de Saidí. Ahora la escribo. No tengo ninguna intención de hacer pasar por feliz el Saidí de antes de la fruta, claro que lo recuerdo. Cuando iba a misa, me gustaban las fiestas grandes poeque se encendían todas las luces. El padre de Héctor, que en el baile tocaba el acordeón, hacía sonar el órgano y la Rosita de la Rosa y las otras mujeres cantaban. Una vez hube de cantar el solo del coro, cuando oí mi propia voz, alguna cosa me pasó, me quedé muda y nunca más he hecho un solo. A veces pienso porqué, en otra vida, me gustaría cantar; debe ser el deseo de aquella voz ahogada en el coro de Saidí. Pero las fiestas eran escasas y la mayoría de los domingos la misa me aburría. Envidiaba a las chicas que se pareaban con las ceras y se iban. Los hombres no iban y en general eran y son anticlericales, ¿por qué tenía que ir yo? Tampoco tengo buen recuerdo de los curas. Exceptuando, tal vez, de un hombre altivo y estudioso que no me dijo nada cuando dejé de ir a la iglesia y después consoló a mi madre cuando me casé por lo civil. Me casé con Luis en 1977, pero casi nadie se lo creyó porque no hicimos la boda en Saidí y porque ni tan solo vino a Barcelona toda la familia, solo mis padres y mi hermano. Así sin las cisas en Saidí. Sobre todo los asuntos de misa y ceremoniosos. La iglesia, levantada en los tiempos contundentes de la Edad Media, tiene el campanario hecho de ladrillos del castillo. Está dedicada a Juan el Bautista, el predicador del desierto. Es grande, de tres naves y doce altares. Saidí la hizo con muchas vueltas, desde principios del siglo XIII hasta el siglo XVIII. En más de una ocasión las obras se continuaron porque el obispado de Lleida amenazaba con


la excomunión a los ayuntamientos de aquellos tiempos. “Vox clamantis in deserto”, dice encima del altar mayor. De emociones religiosas no recuerdo ninguna. Veo, eso sí, la negrura de la sotana de un lado y del otro de la plaza, de la rectoría a la iglesia. Los hombres despotricaban contra la bandera clerical que convocaba al orden. Las mujeres se mudaban tan bien como podían y seguían el volandear de la sotana. Aquel puchero de contradicciones explotó una noche de 1963, cuando alguien pintó en la puerta de la iglesia, al lado de la lápida de los Caídos, una hoz, un martillo y dos palabras: Viva Fidel.. También pintaron dentro, los reclinatorios propiedad de las familias acomodadas. El rector avisó al alcalde. Los ánimos se exaltaron y hu hombre del somatén. Llevado por el ardor franquista, propuso la estrategia: buscar a los culpables y quemarlos en la plaza de misa. El estrépito inquisitorial duró más de una semana. Los tres comunistas del pueblo estaban asustadísimos. Pero resultó que el cabecilla del grupo subversivo era el hijo del alcalde. Antes las proporciones que la cosa tomaba, el chico confesó voluntariamente, un día en la Sardera, trabajando con su padre. Y aquí acabó todo. Los subversivos tenían catorce años. Digo que así acabó todo, pero solo en apariencia. Al cabo de tres días de dragar el río encontraron ahogado al tío Antonio del Panadero, padre de otro de los chicos, un hombre que se había trastocado de Francia, del campo de huidos republicanos. No había podido soportar el temor y se fue a morir al río. La milicia franquista del somatén duró hasta 1967. Por Semana Santa, el altar lateral del Sagrado Corazón se convertía en centro. Podía ver bien el retablo del infierno. Es un relieve humilde, de yeso coloreado bien vivo, donde


hombres y mujeres, desnudos, se queman en las llamas más grandes que ellos, los hombres con los ojos abiertos de par en par, las mujeres con los pechos al aire. Todos pidiendo ayuda a gritos, ayuda que no llegó, eterna. Era muy teatral. Era una escena del todo natural para los otros pero a mi me desasosegaba. Me evoca las ganas desesperadas que tenía de irme. Hace poco le he sacado una foto que aún no me explico como ha salido tan bien, sin flash y con una iluminación que no le podía llegar porque aquel día todos los laterales de la iglesia estaban en penumbra. Forcé la sensibilidad de la película, pero de nada me valió en todas las otras fotos que hice en interiores más claros que aquel. En cambio, el retablo oscuro se acomodó perfectamente a la máquina. La foto rescata el infierno, humeante. Pasaba muchas horas con la vista en tebeos y libros, metida primero en cuentos y novelas de la colección “Cadete” y después en las tremendas historias de la colección “Reno” que entraban en casa periódicamente. Un día, el Lleida. Mi madre vio un libro con un título de una película de Gary Cooper e Ingrid Bergman que la censura no había dejado estrenar porque iba de republicanos durante la guerra civil. Compró la novela de Hemingway y me dijo que se la regalase yo a mi padre, que así a el no le sabría tan mal que fuese un libro caro. Era un volumen de tapas duras, de letra grande y clara, una edición muy diferente a las de las colecciones populares de traducciones de autores americanos de la postguerra. El libro si había pasado la censura, me explicó mi madre que se lo había dicho el librero. Yo también lo lei, porque mi padre, payés ilustrado, no me prohibía nunca los libros de los mayores. Leía y leía durante horas


sin que mi fantasía entrase para nada, como una disciplina o una huida. No se lo reconocía a nadie, ni siquiera a Jaume, que aquellos libros para mayores no me llegaban a interesar. Solo había un libro que releía una y otra vez, la historia de Genoveva de Brabante y su huida al bosque, donde crió a su hijo con la leche de una cierva. También leía las novelas rosa de la iaia y las del oeste y de gángsters de mi hermano, y quizá los recordaba un poco pero no mucho más. Tenía pocos tebeos míos, era Jaume quien los compraba por ser el mayor. Leíamos aquellas historias de la guerra de los americanos con los japoneses, de héroes medievales y sus novias nórdicas, de héroes modernos que volaban. Tenía a mano algunos libros viejos, de Blasco Ibáñez y de Julio Verne, y otros más nuevos y también de tapas duras de Knut Hamsun, Pearl S.Buck y de Giovanni Papini. Hombre imperativo, de mentalidad fatalista pero poseído por las exigencias de la curiosidad, mi padre respetaba los libros, le tenía confianza plena. Después de la guerra, cuando acabaron los seis años de mili forzosa que les tocó hacer a su quinta adolescente, se suscribió a la revista Mundo y después, con mi tío Julio, se pasaron al Selecciones. Primero en esta revista y después a La Vanguardia o El Heraldo de Aragón, que a veces entraban en casa, leía cosas que me interesaban, palabras nuevas, la geografía del mundo, el destino de las mujeres de la India, pasatiempos aritméticos. De los tebeos para jovencitas recuerdo solo la cabecera de Mary Noticias, una moza joven y dinámica, en posición de empezar a irse, con un bolígrafo y una bolsa grande, seguida por un fotógrafo, a punto de emprender viajes llenos de peripecias. Mi padre y el padre de mi madre eran fanáticos del parte de la radio. Cuando dije que quería ser


periodista, los dos hombres tal vez pensaron que lo decía por ellos. Para mi se trataba más que nada de no ser maestra, el destino de tantas chicas rurales. Pensaba en escribir pero no me atrevía. El verdadero tráfico de lecturas fue, de adolescente, el de las fotonovelas. A las chicas jóvenes nos daban una especie de cohesión, un juego de intercambios que las chicas no habían tenido antes. Seguir una historia en fotos podía ser fascinante, aunque fuesen aquellas imágenes de mujeres y hombres estirados ante la cámara. Las leía con un cierto disgusto, porque las historias no me decían nada y me molestaba aquella caza del novio, aquellas heroínas sin oficio ni beneficio (cosa que las novelas rosa no desatendían tanto). Disfrutaba, en cambio, cuando las protagonistas eran la Silvia Tortosa y algunas pocas más. Actrices expresivas que te hacían ver el esqueleto de la narración fotográfica. Unos cuantos chicos y chicas, no tanto como ahora, nos preparábamos para el bachillerato con los directores de la escuela y nos examinábamos por libre en Lleida. Así lo hizo primero Jaume y después yo. Entonces ya teníamos biblioteca pública y allí encontré los libros de Enyd Bliton que, gracias a una redacción que nos hizo hacer el maestro Panadés, me descubrieron las ganas de escribir. Cuando inicié los estudios, mi hermano, , con catorce años y con la reválida, ya empezó en la tierra a ayudar a mi padre. Iba siempre al cine y no he parado de comentar con el tío Julio las películas preferidas, que no siempre eran las mismas, y la carrera y la vida de nuestros actores y actrices, de los únicos que entonces me merecían el nombre de artistas. Su preferido era Tyrone Power, a quien no se parecía en nada. Delgado, de estómago


hundido, cara de pájaro irónico, el tío tiene una memoria implacable. Cuando Fernando se mató con el tractor, dejó de ir al cine y ni miraba la televisión. El era una de las pocas personas mayores que hasta entonces aún iba al cine del Simó, ya en decadencia. Pero el cine también le perdió a el. Al tío le gustaba contar aquella noche del 28 de marzo de 1954, la de Lo que el viento se llevó, cuando yo estaba dentro del vientre de mi madre. El cine había hecho más fortuna en Saidí que en cualquier otro pueblo de la ribera, y en algunas ocasiones se habían estrenado películas antes que en Lleida o en Zaragoza, como Belinda. El Simó tenía buenos contactos en Barcelona con la gente de las distribuidoras. Con un bidoncito de aceite, en aquellos años de hambre en la ciudad, el conseguía una de las pocas cintas que llegaban de cada película para toda España. A veces, volvía con una que el distribuidor había previsto primero para Terrasa o Sabadell. El Simó llegó a tener nueve cines en pueblos de la ribera. La base fuerte fue siempre Saidí, donde las películas que el conseguía pasaban antes que a Fraga, donde también se estableció con dos cines. La primera película que hizo en Saidí, el 17 de abril de 1948, fue Casablanca. Entonces empezó la pasión por el cine. Ya se hacían antes, antes de la guerra y todo, en el Club de los Republicanos. Pero como dice mi tío, hasta que no llegó Simó, la gente estaba muy verde en cine, no sabía como podía llegar a ser de bueno. En los tiempos que el tío recuerda, la gente no se creía para nada lo que el cine contaba. Se iba a soñar, a ver maravillas, cosas que solo pasaban en la pantalla. Todos se excitaban, gritaban y se reían cuando veían llegar al héroe en un gran coche, lo aparcaba delante de una casa, y, sin cerrarlo, entraba en la mansión. Nadie tendría nunca aquel coche ni aquella casa, esto solo


pasaba en el cien y solo se podía ver en el cine. Jaume me ha contado hace poco que en el café ha oído explicar a un vecino, un hombre de la edad de nuestro padre, que un día saliendo del cine le había dicho a su mujer: Hay una cosa que si me gustará antes de morirme… ¡Un coche como el de la película! No se, no creo que lo tengamos nunca… Ahora tiene dos. Pero hace cuarenta años no se lo habría creído ni por casualidad. El cine es probablemente la diferencia en la vida de las generaciones de los iaios y de los padres. Por el cine se hacía lo que conviniese. Cuando en 1954 compró los derechos de exhibición de Lo que el viento se llevó, Simó tenía dos cines más, en Vilella y en Vallobar, al otro lado del río. Pagó a la distribuidora para pasarlo solo en Saidí. Un vigilante de la productora acudió para controlar cuanta gente iba. De nada le valió. La película se vio aquella noche en los tres pueblos. Cuando el primer rollo se acababa en Saidí, un correo en bicicleta la hizo llegar al barquero, y la película empezó en el cine de Vilella. Cuando acabó, ya estaba a punto el segundo rollo, que acababa de llegar de Saidí, y en primero partía otra vez en bicicleta hacia Vallobar. La operación se repitió hasta que toda la historia de Tara, una de las más largas que se habían visto nunca, puso el The End, primero en Saidí, después en Vilella y finalmente en Vallobar. Eran tiempos de estraperlo, que por aquí duro hasta 1960. Las cosas del cine iban tan bien, que Simó se decidió a hacer uno nuevo en Saidí, una sala que aún hoy es magnífica. La abrió en 1957, con 550 butacas de madera para un pueblo que no llegaba a los dos mil habitantes. Veinte años después la buenas épocas del cine se acabaron, como en las ciudades, y Simó optó por cambiar las butacas y hacer la sala más confortable, Las butacas se


redujeron a 300 y el local fue acondicionado con calefacción y refrigeración, el mejor cine de la provincia, dice su amo con satisfacción y también con mucha pena. Pero nada paró la muerte del cine como espectáculo y costumbre colectiva, y el revivir, pequeño pero cierto, que el cine ha hecho en las ciudades es una ola que no nos ha llegado. Los jóvenes tienen coche y todos se van sábados y domingos. En 1986 se tomó otra determinación: hacia falta una buena pantalla gigante de video. Durante dos años y medio, hasta que casi todas las casas se compraron una, la cosa fue tirando. A finales del años pasado, Simó llegó a un acuerdo con el Ayuntamiento pero la cosa también se fue a hacer puñetas El año glorioso de 1992 el cine ha muerto definitivamente en Saidí. La última película fue Tacones lejanos, el día de San Jordi. Muchos ya la habían visto en Lleida o en Fraga.

Así crecí. En una ribera antigua cultivada desde los tiempos de los árabes que ya pedía demasiado para seguir haciendo arroz. Una ribera rodeada al norte por cereales de secano, donde llegaban las máquinas cuando yo estaba a punto de irme y las formas de vida y de trabajo cambiaban mucho más velozmente que el coche que el coche de línea que me llevaba a Lleida. A un lado tenía el horizonte del huerto, seguidor del río y de la carretera de vueltas y revueltas hasta Fraga. Al otro lado del horizonte tenía la carretera recta de secano. Cuando llegó la hora de irme, me fui derecha por la carretera de arriba. 2


Con el tiempo aprendí a notar el gusto de los doce kilómetros de curvas que separan Saidí de Fraga, exageradas, cerradas y ligadas entre sí por escasos metros de línea recta. Necesité años. Volvía a casa de mis padres con aquella disposición del espíritu que solo al cabo de muchas lunas sabría que el desconcierto, y no la prudencia, guiaba sus pasos. Vivía en una gran ciudad y volvía a un pueblo pequeño. Entre 1971 que llegué a Barcelona y 1976 en que empecé a ganarme la vida en el periodismo, los límites de mi mundo habían sido tan removidos que la única forma que tengo de aproximarme a como era entonces mi estado de ánimo es decir que tenía la manía de la normalidad. Había vivido en muchos pisos de estudiantes y ya estaba harta, pronto tendría un trabajo fijo, de aquellos tan difíciles de dejar, y pronto tendría que pensar en casarme. Todo llamaba a la normalidad. Había conocido la normalidad antifranquista pero no sabía como vivir la nueva etapa de exultación histórica, que me aparecía como una película de romanos. Historias de poder, como de antiguos gladiadores y esclavas que buscaban la liberación, de pactos y contrapactos en que no llegaba a creer, como si aquel panorama lo viese en cine antiguo con decorados de cartón piedra. Estaba nebulosa. Para contrarrestar el desconcierto, supongo, me exigía a mi mima normalidad en la vida y en el trabajo. Abandoné las tentativas literarias, una práctica paciente del oficio de escribir que en realidad no lo inicié, porque al fin y al cabo, me decía a mi misma las pocas veces que pensaba, ya escribía cada tarde en la redacción. Sin necesidad de inventar nada. Por aquella manía de la normalidad, digamos, empecé a volver a Saidí por la carretera convencional, la general hasta Fraga y después la carretera


del Muro y el río. Me olvidaba del coche de línea de arriba y me adentraba en las curvas de abajo. Diecisiete años después, paro el coche en la curva donde la acequia de la Clamor Amarga penetra en el vientre de la carretera de Fraga y miro el río. Hace tiempo que lleno papeles, vistiendo historias con palabras, contando cosas y lugares, casi siempre con dosis enormes de distancia. Me gusta la distancia. El gusto de la panorámica me debe venir de este rincón del mundo, de la carretera sobre el río, del mirador del castillo de Saidí sobre el huerto y de la atalaya de las sierras peladas sobre el secano transformado en regadío, de los cielos de poniente que extienden por la tierra un velo exaltado o melancólico, según la estación y el día. A veces solo hay una niebla espesa. Pero ahora quiero mirar de otra manera, dibujar con palabras el manojo de manchas de colores terrosos y sintéticos que conforman aquello que conozco del Saidí de ahora. Mirar y contar de cerca. Esta carretera, por ejemplo. Sigue el río desde tiempo inmemorial. Es el camino original de cuando Saidí solo era el castillo, allá por el siglo XI. Va sumando años y años, es la ruta más antigua y persistente, una serpiente de asfalto ondulante. Siempre me atrae cuando llego por la carretera general y la enfilo. Su ausencia de perspectiva viaria me provoca un cambio brusco del tiempo mental, como si mi cabeza fuese el coche y también tuviese que pasar de la quinta marcha a la segunda. Hasta que llego a Saidí. La gran pared de tierra roja que acompaña los primeros kilómetros, el Muro, sigue perdiendo peso a causa de


todos los cultivos, subvencionados y no subvencionados, que los payeses de Fraga le han plantado encima en estos años de obsesión por ganar tierra y producir más. La tierra absorbe el agua del riego, de arriba debajo de la pared natural, y el Muro protesta como si fuese un viejo señor feudal puesto a trabajar por unos revolucionarios sin revolución. Protege del cierzo a cambio dejar salir sus defecaciones. En la ventaja de la tierra ganada, imagino. La tierra se deja ganar pero impone un precio. El Muro de Fraga ha dado unas cuantas fanegas más, pero chupa y se cae. El tránsito ha de ir atento a las piedras que pueden ocupar en cualquier momento la carretera. Es constante, a menudo espeso, el tránsito. En el rompiente del Muro, el otro día se formó en un instante un juego de intermitentes y de miradas que me habrían hecho volver a suspender el examen de conducir: a mi izquierda, desde el interior de Fraga, una furgoneta se dirigía hacia la ribera; delante de mí, un camión quería entrar en la ciudad y, de la calle de al lado de la carretera, un chico en bicicleta quería ir hacia donde yo estaba, que venía de Lleida y, a pocos metros, dos chicos jóvenes,, uno árabe y el otro muy rubio, hacían autostop para ir a Saidí o a Bellver. Cogían fruta en Bellver, y conocían Saidí de ir arriba y abajo. Uno era de Argelia, el otro del antiguo Berlín Este. El rubio tenía dieciocho años, el moreno veintiocho. El argelino hablaba francés y el alemán un poco de ingles. Entre ellos se entendían en un español paupérrimo. Vivían en ciudades grandes y venían a coger frutas por diferentes razones. El argelino, temporero de tres años, no tenía ningún trabajo en su país. El alemán había llegado al Cinca desde Madrid por recomendación de un amigo al


quedarse sin dinero para continuar las vacaciones, que dedicaba a aprender español. Más confiado y parlanchín, el berlinés comentó que no había vivido nunca en pueblos tan pequeños: “Son como una gran familia, lo saben todo de todos”. La gente de ciudad es igual en todas partes, pensé, divertida. Le extrañaba que con tantos extranjeros que van al Cinca a coger fruta la gente no hable más idiomas. Debía creer que solo en la antigua Europa del este hay ignorancias de lenguas extranjeras. No dije nada, me interesaba más escucharlos y tampoco habría sabido como explicar a dos temporeros de la explotadora ruta de la fruta que entre Bellver y Saidí hay también la distancia de la lengua, que estamos en un territorio que ha servido a la lengua hablándola, sin leerla ni escribirla nunca. Sin ni tan solo reconocerla, bien convencida la gente que la grafía de su habla no existía. En este sentido, tv3 y las clases de catalán en la escuela son ahora un punto de inflexión imponente. El chico argelino, de rostro fino y reservado, callaba. Tal vez le habría podido entender, hijo de una revuelta que retornó la lengua árabe a la escuela y que ha seguido conservando la lengua francesa. Los argelinos han accedido, vía satélite y en francés, a las imágenes de la profunda división de su país, que la propia televisión niega. Todos hicieron votos por aprender más idiomas, también mi sobrino Javier, de nueve años, a punto de empezar a estudiar inglés. Los dos temporeros miraban por las ventanas del coche y explicaban con medias frases, anécdotas fatales de la frustración de sus ciudades. Los doce kilómetros hasta Saidí se acabaron y les dejé. Dos compañeros del norte a sur del mapa clavados en un punto de una carretera de


tercera categoría de un territorio frutal. No habíamos comentado nada de las tensiones que dominan la temporada de la fruta y que recaen sin contemplaciones en los emigrantes africanos, del racismo, en definitiva. Los casos de palizas y de heridas a los africanos se sucedían desde hacía tiempo por los pueblos del Segre y del Cinca. La diferencia de 1992 es que en Fraga ha dimitido el alcalde, un hombre que tuvo la idea de hacer un campamento municipal de acogida para los temporeros. Acudieron setecientos, en una ciudad que no llega a doce mil habitantes. Demasiados forasteros pobres, según los criterios de una sociedad rural en que los ricos han pasado en veinte años de tener una mula en casa a hacer casas con escaleras de mármol en el campo, de ir en carro a ir en un Mercedes si puede ser. Después de la paliza en el campo de futbol de tres argelinos, en medio de la crisis municipal, un grupo de exaltados todavía llegaron a aterrorizar a las vecinas que ayudaban a los emigrantes con comida. La carretera daría pie al lirismo e incluso a una cierta épica, la de los primeros años del siglo, cuando “el rey del trigo” traía simientes de Rusia, o así me lo ha contado mi madre. Pero miro de cerca y el presente me irrita más que no me atrae el pasado. Por aquí hay gente que no quiere pasar de ninguna de las maneras. Los hechos dicen que la gente censada en las oficinas del paro en Fraga se escapa todo lo que puede de ir a coger fruta, un trabajo pesado para el cual no hay máquinas. Los ministerios de agricultura y de trabajo han hecho el acuerdo de compartir el subsidio agrícola, pero el caso es que el parado prefiere cobrar solo una parte del subsidio y no trabajar, a ir a coger por el subsidio entero. ¿Es extraño que los africanos vengan, si saben que aquí hay trabajo que nadie más que ellos quieren hacer?


Pero no son solos los extranjeros empobrecidos los que viene por aquí buscando trabajo. Con ellos se haba poco y, muy a menudo, nada. Hay muchos otros extranjeros por las riberas bajas del Segre y del Cinca antes de encontrar el Ebro en Mequinenza. Extranjeros ricos o, como mínimo, de presente y futuro seguros, gente que ahora saben de estas tierras más que nosotros mismos. Forman una red bien trabada: empresarios agrícolas, personal de la industria de la alimentación, de los servicios de producción y distribución de adobos químicos, de las simientes y de los injertos frutales. La red enlaza Fraga con Italia, Francia y Bélgica. Ellos si que hablan idiomas. Dicen que una empresa francesa piensa comprar y rentabilizar los Monegros a partir de Candasnos, un pueblo que se ha quedado sin jóvenes. Los milaneses que desde hace años compran aceite en Les Garrigues ya hace unas cuantas temporadas que también compran en Fraga y, sí, desde entonces el aceite es caro para los fraguenses y para todos. El hipermercado de al lado de la discoteca, donde compra toda la ribera, es belga. En cambio, para los agricultores su mundo se ha hecho demasiado grande y sus límites se han vuelto desconocidos. Los bancos ocupan más y más locales en todas las poblaciones, los dineros se trafican. El tránsito de Fraga y a través de Fraga es denso, febril, a veces un juego a ciegas. Coches, tractores, camiones, furgonetas, máquinas de segar, remolques, sulfatadoras, más coches de marcas caras, más temporeros haciendo autostop, mujeres que bajan a comprar al supermercado, mujeres que trabajan fuera de casa, coches de línea, chicos y chicas hacia el instituto, maestros que trabajan en este pueblo y viven en otro, gente que va a Lleida a comprar, a vender, al médico, a estudiar; curas y médicos que hacen turnos por la ribera,


viajantes de comercio, y hombres que llevan y recogen el trabajo sumergido que las mujeres hacen en casa cuando no trabajan en el campo: camisas, anzuelos, las cosas más diversas. Y los forasteros: los hombres que alquilan sus máquinas de segar – demasiado caras, hoy, porque el payés las tenga en propiedad – los temporeros de verano más que ninguno, los intermediarios que se llevan los cereales, la alfalfa, el panizo, los girasoles y la fruta, sobretodo la fruta. Los intermediarios. Servidores de mercaderes que deciden la suerte de la temporada agrícola, la comida de las ciudades y a que precio y, también que comprar en la tienda y en el super rurales, donde se va a buscar todo lo que no sea fruta y verdura. Solo los payeses de verdad saben hacer verdura. Todavía. En Saidí tan solo las granjas trabajan con una cooperativa, la de Guissona. Para la producción agrícola y su distribución, ni tampoco para el consumo, la fórmula de la cooperativa no se ha intentado hasta ahora de forma decidida. Las organizaciones colectivas como la cámara agraria y el sindicato de riegos son oficiales, franquistas en sus orígenes. La curva de la Clamor Amarga no es un buen sitio para parar el coche mucho rato. Mientras conduzco pienso en otros nómadas de estas carreteras. El tiempo de los gitanos. Hace poco ha estado en Saidí una colonia, y he oído decir todo tipo de cosas. Que iban en coches muy viejos pero muy grandes, que vete a saber de donde los habían sacado, que en Barcelona la Generalitat les había dado dinero para que se fuesen de la ciudad hasta pasados los Juegos Olímpicos, que son unos sucios. Parece que no queda memoria en el pueblo de los tiempos en que un gitano vendía un animal y su palabra era sagrada, un pacto


que nadie rompía. Ferias de animales en el mes de abril, cuando el payés empezaba a ver como le iría la siembra y cuantos animales necesitaría para recoger la cosecha: ferias también de cosas nuevas para las casas, los lotes de mantas que se vendían rápidamente gracia a las grandes dotes publicitarias de los charlatanes vendedores. Compre, señora, compre, y más de una compraba por el gusto de volverse a sentir señora. Todo aquel escándalo contrastaba con los tratos casi secretos, hechos de gestos y de miradas, de los payeses con los gitanos. Una vez llegados a un acuerdo, las manos se estrechaban y la mula o la burra estaban allá, ciertas, de verdad. Ahora no hay tratos con gitanos, ni ferias, ahora hay tratos con los intermediarios. Son la perversión del nomadismo. Por ellos el payés ha sabido que la palabra de un hombre puede no valer gran cosa. Ningún gobierno postfranquista no ha hecho nada no parece que piense hacer nada porque los tratos con el comercio siguen respetados. No se sabe nunca a que precio irá la fruta ni, aún peor, cuando la pagarán ni si les regatearan al precio pactado. Un día de primavera de 1988, un grupo de agricultores jóvenes, entre ellos mi hermano, se hartaron de reclamar por teléfono el dinero de la cosecha del verano y se presentaron en Mercabarna. En medio del gran mercado, escarnecieron con gritos y mofas a su intermediario. Volvieron a casa con un malgasto en la boca. Contentos de haber dejado embarrado de insultos a aquel hombre arrogante, deprimidos por tener que recorrer al papel tradicional que la ciudad adjudica al payés de hacer el número de la bronca pesada y provinciana. Hablo de agricultores de conversación inteligente, vestidos con


cazadoras de piel, lectores de periódicos. intermediarios los tratan como bufones.

Los

Doy marcha atrás, reculo un poco, bien atenta a no coger a otro coche detrás de mí, y entro por el camino de los restos romanos y de Santa Quiteria, a medio camino entre Fraga y Saidí. Vuelvo a ver, como en un video mental, los años de incertidumbre. Volvía al pueblo y a menudo era como estar del todo sola. Solo la familia parecía inmutable, fuera de las periódicas riñas atávicas, para mi incomprensibles, y de los muertos – han muerto algunos jóvenes, en mi familia: cazando, nadando, con el tracto una y otra vez. Todo el resto de la gente y de las diversiones – iba el fin de semana – pasaban por la carretera de Fraga y su tránsito nuevo. Hice lo mismo: coger el coche y dejar el lugar familiar. Pero por otras rutas. En un pueblo casi desierto los domingos, descubrí caminos poco transitados tanto por arriba como por abajo. Me daba cuenta que solo yo en casa pasaba por las carreteras de arriba, una rareza que a mi me devolvía el sentido de pertenencia. Iba por paisajes que no había visto nunca pero que, inexplicablemente, parecían formar parte de mi retina. Recorría los Abellars, donde de jovencita había cogido alfalfa, y de vuelta tomaba una vereda desconocida que me conducía a tierras pedregosas desde donde las nubes esparcidas ran como signos de un lenguaje de humo. Aún no tenía treinta años y ya había pasado más tiempo fuera de Saidí que en Saidí. La silueta de la ermita de San Antonio, como siempre, me centraba. Seguía el canal por la orilla, en medio de las planas de viñas de Raimat y continuaba por el camino de Alcarrás, por el secano dorado de grano que al cabo de poco sería


una extensión de rastrojos áridos. Pronto hube de dejar de frecuentar aquella ruta imposible, llena de baches y de polvo que dejan las ruedas de los coches envejecidas, la carrocería sucia, la columna vertebral en peligro. Es un atajo que hasta Gimenells no existe en los mapas. Un camino de carro, al cual ninguna administración dedica ni un duro para ponerlo en condiciones. Pero no es ninguna reliquia. Pasan camiones sobrecargados, que aprovechan la condición anónima de la ruta para transportar más mercancías de las legalmente permitidas en vehículos de sus proporciones. Ellos han dejado las heridas de baches. Así u todo, el encanto me dura y cuando hace tiempo que no voy, me llama. A pesar de la mortificación viaria, el pequeño bosque de pinaza que abre el paso al Plá de la Font me hace respirar por toda la piel. En Saidí, los árboles de sombra son raquíticos y los pocos que había en el centro urbano, en la plaza de misa, se los cargaron para hacer una plaza dura. Otra variante de la ruta es la carretera de Valmanya, para mi la carretera de los Montcalvos. La austeridad y la extraña serenidad del secano en este punto del mapa me hacen bajar del coche y se me enraízan los pies. Una tarde de poniente excesivo tiré con el coche hacia las carreteras de abajo. En lugar de ir hacia Fraga giré hacia la derecha, arriba. Pasé pueblos que conocía solo de nombre y al llegar a Albalat, de donde era una buena amiga de los tiempos libres de Lleida y de los años difíciles de la llegada a Barcelona se me ocurrió seguir. Tuve que escoger, y lo hice hacia la izquierda, hacia Alcolea. Vuelvo siempre. El puente de Alcolea es humilde, sin pretensiones, hecho de cinco vueltas de cemento a cada lado. Pasar un puente


es acceder a la otra cara de la moneda, y en esta curva discretísima del río la primera vez que lo atravesé parecía que el sol caído me enviaba una promesa. Una promesa, ¿de qué? Era la primera vez que iba tan lejos de Saidí a pasear. Cuando al volver dije de donde venía, en casa me miraron como si hubiese hecho una aventura. Hacía años que nadie no iba. Tal vez, pienso ahora, el poniente me había enviado la promesa que un día el recuerdo de aquella tarde de autonomía me ayudaría a escribir estas rayas. En aquel momento, y no es poco, se amplió los límites de mi mundo más remoto y privado, el mundo de Saidí. Al principio solo lo pasaba y volvía hacia atrás, para volverlo a disfrutar y emprender el retorno. Otro día me decidí a atravesar Alcolea. Así salí al otro lado del río. Pasé cerca de los altiplanos de los Monegros, de tierra roja y de perfiles lisos, verticales como una orden, de película del Oeste. Una sobriedad monumental. Perspectivas desconocidas del río y del paisaje se abrían delante de mí. La mirada abastaba un territorio comprensible. Subí a Santa María de Xalamera, un nombre que solo conocía de cuando la ribera gritó, a finales del franquismo, contra la construcción de la central nuclear en el pueblo que da nombre a la basílica románica. Ella domina el paisaje y limita los Monegros. Cierra la ribera baja del Cinca, de la misma manera que lo hace el castillo de Saidí en un punto situado en diagonal respecto a ella. Su construcción es inmediatamente anterior a la de la Seo de Lleida, la catedral de campanario esbelto. Los muros de santa María son de un lado muy tostados por el sol y, por el otro del color del nácar que la sombra da a la piedra antigua.


Seguiré hasta Fraga, resolví otro fin de semana. Así pase por primera vez por Vilella, el pueblo tradicionalmente rival de Saidí. Hasta 1965 se podía ir en barca, pero nunca me llevaron. Desde que ya no hay, se han acabado también las ironías y las gracietas sobre el pueblo de delante. Pocos años después de la barca se empezó a hablar que por el mismo punto se haría un puente. Saidí y Fraga lo hicieron imposible, dicen, por más bueno que para el comercio de la fruta sería ahorrarse la carretera sinuosa de Fraga. La barca se perdió un día río allá y fue a parar delante de Vilella, donde se quedó varada, atada con una sirga. Un día la sirga de rompió – o alguien la rompió, dice aún el barquero. La barca y el barquero llevan en su memoria de mi madre historias de cuando iban a buscar agua al río, y del estraperlo de la postguerra. Llegar a Saidí por el perímetro del huerto me dio ligereza. La vuelta a la ribera me había alimentado los ojos con nuevos puntos de vista del castillo y de San Antonio. También me volvió el gusto por la carretera de Fraga. Ahora diría que contribuyó a darme cuenta de que podía prescindir de la manía de la normalidad, recorrer los caminos de mi propia plana fértil. Poco a poco fui descubriendo que también hago vueltas y revueltas, como por la carretera del Muro. Durante años había ido a Barcelona por la carretera de Lleida, un rosario de pueblos como el mío, de donde salían otras chicas que como yo, no hacían falta en la agricultura y podían seguir estudios. Chicas que tenían la suerte de vivir en una época agrícola de expansión que se enorgullecía de ver llegar a las primeras mujeres jóvenes a la universidad. Todas las otras chicas de Saidí que me habían precedido en los estudios eran maestras. El año en que se abrió la discoteca en Fraga, en 1971, me iba para Barcelona. Llevaba conmigo


un estricto sentido del deber y del trabajo, Aquila sensación contradictoria, a veces paralizante, de oír decir a mi padre que yo era un elegido de los dioses. Lo decía así, en castellano y en masculino, para hacerlo más trascendente. Cuando iba en autocar, o en coche cuando podía, soñaba la autopista. Hasta la Panadella, pueblo tras pueblo, el humor del pasaje no cambiaba hasta que las ruedas del vehículo dejaban los cultivos planos del Urgell y bajaban hacia los bosques de Igualada ¿Cómo estaría el paso de los Brucs? Casi siempre los atravesábamos detrás de camiones y coches de línea que no podían con su alma. ¡Que desespero llegar a Barcelona! Hacían ya las obras de los túneles de los Brucs, abiertos en los últimos tiempos del franquismo, cuando tantas cosas estaban cambiando alrededor de todos nosotros y otras cosas se iban fijando como costras en la piel del futuro, en la agricultura y también en el periodismo, estudios que tenía por la mitad en aquel 1974. Cuando tuve el primer coche siempre quería ir por la autopista. Tierras del Campo de Tarragona, cerca de Poblet y Santas Creus. Ruta recta, recta, buena para correr y para huir. Ir y volver de Saidí en el tiempo más corto posible. Como vosotros arriba y debajo de Fraga a Saidí, yo arriba y debajo de Saidí a Barcelona. Lo más rápido posible. Al cabo de años de ir y venir por la autopista, hoy siento el gusto por la autovía. La vieja carretera de Barcelona a Lérida está renovada hasta el punto de parecer uno de los caminos del cielo, una ruta abierta al horizonte de poniente sin ninguno de los obstáculos de tener que pasar por el interior de pueblos y Vilas.


Después de la Panadella, la autovía entra en las tierras del trigo, amplias llanuras de tierra amorosa, buena de trabajar. Tierra de siembra, de árboles contados. Vuelvo a ver los pequeños restos de los viejos castillos sobre las colinas. Pronto, la sobria fachada de Cervera abre el paso hacia Tárrega. De tanto en tanto pienso en Manuel de Pedrolo, que en este punto del paisaje me parece, más que en otra parte, el escritor fascinado por la ciudad como tierra amorosa del juego sucio y del choque neto de los sentimientos. Una mirada de hombre de pueblo. De la misma manera que cuando en Saidí salgo a pasear por el puente de Alcolea a veces me viene a la memoria la Crónica del alba, del joven Ramón J. Sender y la historia del valle del Cinca de hace sesenta años. Bajo de Santa Quiteria y pienso que mis caminos diferentes ganados en estos veinticinco años se han hecho circulares. De Barcelona a Saidí reencuentro las migas de pan que alguien delante de mi ha ido dejando para que no me pierda. De Saidí a Saidí por la ribera, de Saidí a Saidí, por el secano, rehago las huellas de las mulas y el dibujo de las ruedas de los tractores sobre el polvo de los caminos. De Saidí a Barcelona, la máscara humana se vuelve portadora. 3 Llego a Saidí un poco emborrachada de recuerdos, y se me acude que las calles son caminos de otro tipo. Carreteras del tiempo que, en mejor o peor estado, marcan las señales y los recuerdos de sus habitantes, los tatuajes de sus cambios. Hay caminos perdidos. Como ahora el callejón de la antigua pista de baile, que ya no es utilizada para nada. El baile se perdió hace años y años. Pasar por esta


calle estrecha me hace perpleja como si de un momento a otro pudiese aparecer el fantasma de la vieja plataforma de cemento. No tiene salida. El castillo está solitario, a pesar de que una vez estuvo a punto de ser un parque. El esqueleto metálico de una plataforma de paseo bajo los rosales que no han llegado a nacer, allá de ha quedado, anacrónica. Podría ser una buena plaza. Es la antigua planta de la fortaleza medieval, que se alza a más de cien metros del río. De pequeños nos agradaba sentarnos en la punta del todo, aguantando un ratito la sensación inestable de las piernas colgadas, preocupados por si algún gracioso venía sin hacer ruido por detrás y nos asustaba. El sol era fuerte todo el año a parte de los dos meses de invierno de niebla granítica. Desde el castillo, la vista del huerto cuando el sol se pone es a menudo dramática, excesiva de cielo rojizo y de río crepuscular. Cielo rojizo, lluvia y viento – y aquí casi siempre quiere decir viento, poquísima lluvia. En pleno día, el huerto desde el castillo es dulce del velo que da al aire en cielo azul y el río ancho. El Cinca, grande y decidido, baja sucio, pero el huerto verdea todo el año. En invierno, cuando se levanta la niebla, los árboles desnudos se recortan sobre los Monegros protectores. Del castillo solo queda la muralla. Conserva intacto su carácter de emblema al llegar desde Fraga. En mi memoria está lleno de actividad: juegos morbosos de criaturas, gatos echados abajo, procesiones de palmas, rogativas de lluvia. También de proyectos fantásticos, de un día excavar el pasadizo secreto, que según la tradición, une el castillo con la iglesia. Ahora el castillo solo vive de noche, cuando los adolescentes que aún no tienen edad ni coche para ir a la discoteca se reúnen en la oscuridad. Un mundo aparte.


El camino del río está desdibujado por las carretadas de grava que se han sacado para la construcción de nuevas casas y de granjas. Si alguna vez me paseo tampoco encuentro un alma. Las mujeres fueron a buscar agua hasta 1946. Mi generación aún se bañaba. El Cinca fluye contaminado de las papeleras de los años sesenta y, más recientemente, de las fábricas que reciclan grasas – para la industria de la alimentación – de los animales muertos en las granjas. Y sobretodo va sucio el río de los sulfatos y pesticidas que año tras año chorrean los árboles frutales del huerto. La tierra se venga, se mire como se mire. O si se quiere decir en la manera mágica payesa, es otra vez aquello de que la tierra es madre de todas las hierbas y de todo lo que se planta, madrastra. Los pesticidas eliminan unas malas hierbas y hacen crecer otras nuevas para redondear el proceso, la bestia química de los sulfatos Se une al agua que riega la tierra, al río. Pesticidas y sulfatos van del árbol al río. Y esto, no obstante, la presencia del Cinca es una fuerza que parece siempre poderosa. Enfermo y cargado de venenos, reposa y avanza por su cuenca sin desfallecer. ¿Hasta cuando? También hay caminos ganados. En el lado del secano, la subida a la ermita de San Antonio es siempre pedregosa, pero mucha más vida pisa ahora la tierra desnuda. En la falda de la sierra ha crecido el parque de las piscinas. En verano es como un milagro de verdor voluntarioso entre tomillos secos, una atalaya plácida sobre el pueblo y los Monegros al fondo del horizonte. Por dentro del pueblo, por sus calles, la tónica es el aburrimiento. Como siempre, y más. Para cualquier cosa nueva se va a Fraga o a Lleida, es como una letanía. De


noche, la calle ya no es el escenario que tanto en verano como en invierno hacía desaparecer las fronteras de las casas. No recuerdo aquellos tiempos mas comunitarios como si fuese un cuento de hadas, tengo aún muy presente la presión de las cosas que se tenían que hacer por fuerza, tanto si tenías ganas como si no, tanto si eras una persona sociable como si no lo eras. Solo que a veces era una sensación de paz formar parte de la cadena de un trabajo amable – hacer conservas, aplastar la uva, romper almendras, elegir olivas, despanochar el maiz – en un grupo de mujeres, criaturas y viejos que iban contando cosas, siempre de broma o, cuando tocaban las chafarderías implacables, con fatalismo y un humor grotesco lleno de salud. Me ponía en guardia cuando veía llegar a la María de la calle del Castillo: delgada, rápida como una centella, sarcástica y conocedora de casi todas las intimidades del pueblo, te podía poner en evidencia en cualquier momento. Entonces estallaba en una carcajada socarrona y te llenaba de abrazos. No te podías enfadar de ninguna manera. Por lo que oigo decir, ahora la gente se conoce pero no se trata. Por las noches del verano se bajaba a la calle a tomar el fresco, y en invierno los vecinos acudían a la casa donde tocaba descascarillar las almendras o desgranar las panochas. Cuantos más viejos había y más lejos estábamos de la estrecha y solitaria calle Mayor, más algarabía. Por eso a veces recuerdo más cosas de la calle del Castillo, donde vivían los iaios y los tíos. Pero como otros adolescentes, podía resistir poco rato aquel hablar continuo. El trabajo era nuestro para no saber todo lo que se podía llegar a saber de la otra gente. Pasaba por muy


estudiosa porque me metía en la cama con un libro, que dentro escondía una novelita o al Genoveva de Brabante. Aquella vida social estaba a punto de acabar. Para plantar fruta se arrancaban los olivos y los almendros. En la misma ola llegó la televisión. Lo cambió todo. Cuando las cosas pasan en el cien, te las crees o no te las crees. Depende de la película. Pero por la tele todo parece de verdad. Hace la compañía que en las casas falta cuando las familias son reducidas, no se crían animales y no siempre hay buen humor. ¿Hay que decir que la tele ha uniformado el mundo rural a la manera del mundo urbano, o ya lo saben todos? Me viene a la cabeza una iaia que conoció la pantallita a los setenta años. Un día vio a Franco y se le cayó a los pies: ella creía que era joven, no había pensado que sería tan mayor, si todavía mandaba… Cuando pocos años después la cabeza le dejó de regir, estaba convencida que la televisión era una ventana. Contaba que acababa de ver a los reyes y la habían saludado con la mano: ella les había convidado a visitarla. Ya queda poca gente para quien la televisión es un invento fantástico, es una cosa tan natural como un tractor. Creadora de intimidades reconocidas y también de inconfesadas, ella es la reina en todas partes. Quiero imaginar que para las criaturas las calles de Saidí continúan siendo el mapa del tesoro y para los adolescentes la geografía de los primeros amores. Como ahora las callejuelas hacia las eras. Me gusta pensar que los más pequeños de todos aquellos que todavía no tienen coche ni motos, los chiquillos y las chiquillas de los videojuegos, saben los caminos del pueblo y todos los atajos. Un día, tal vez, una o uno de ellos lo escribirá, y si lo hace pronto lo leeré y sabré cuales son sus calles y cuales son sus paisajes.


¿Me atreveré a pasearme por dentro de sus casas? Son los caminos más secretos de todos, los inconfesables. Rutas más difíciles de seguir que las calles, que los caminos del término, que las carreteras hacia el exterior. Una niebla espesa como un canto, del mes de enero, es la que pondría si esto fuese una película. ¿Hasta que punto se puede decir que un pueblo pequeño como este, en este punto del mapa, ha cambiado más que una ciudad como Barcelona en los mismos años? En la ciudad se han visto los efectos de la incorporación de la mujer a la educación, al trabajo y al paro, de las relaciones familiares modificadas por el dinero que corre de un bolsillo a otro y de los bolsillos a las tiendas del mundo omnipotente de la cultura juvenil, de las relaciones personales dominadas por la ambición del éxito o por el miedo al fracaso, del aumento de la gente vieja y joven que vive sola, de la comida rápida, de la gracia del camuflaje y del anonimato. Cuando vuelvo al pueblo, no se si porque me acciona la memoria, la distancia me parece mucho más inmensa: en el trabajo que las mujeres hacíais cuando yo era pequeña y el que hacéis ahora, en las maneras de cocinar de las mujeres mayores y de las mujeres jóvenes, en las formas de vestir en las casas que teníamos en las casas que tenemos ahora. Pero en las ciudades grandes, ¿no ha sido así también? Una cosa diría que no ha cambiado ni gota: los clanes familiares y su telaraña de agravios incrustados bajo la piel de la gente desde tiempos remotísimos. No quiero meterme en intimidades. Lo reconozco. La primera cosa que se ve en una casa de payés es que la mujer sigue trabajando mucho. Parecía que las máquinas la devolverían a casa, pero no. Llegaban tractores y


segadoras, también sistemas mecánicos para alimentar y criar animales a centenares. Hacer arroz era la única cosa que no resultaba demasiado cara, tampoco tenía sentido criar gallinas y matar un cerdo al año en cada casa. La familia mudaba de fisonomía, al ritmo de la mecanización. Los jóvenes procuraban no vivir con los viejos, las parejas nuevas respiraban, se hacían casas con todas las comodidades. ¿Valía la pena criar animales en cada casa, si resultaban tan caros de alimentar y en las casas cada vez había menos gente? Podía ser más productivo criar animales no para el consumo familiar sino para las nuevas formas de alimentación que quería la ciudad, y que pronto se extendería a los pueblos. En las aglomeraciones urbanas se necesitaban alimentos variados que diesen a la gente la ilusión que la postguerra había acabado definitivamente. Nuevas dietas de comida, más alegría en la mesa diaria. Del pollo únicamente por Navidad se pasaba al pollo cada domingo. La comida tenía que dejar de ser cara, y lo dejaría de ser si los animales se criaban en grandes cantidades. Unos cuantos hombres creyeron que había llegado el momento de dejar la tierra y hacer granjas de gallinas, de pollos y de cerdos. Las mujeres se pusieron al camino, las primeras. Un payés no sabe llevar una granja así como así, pero una payesa maneja una granja como si el corral se le hubiese hecho grande. Cuando llegaba la hora de sacar a los animales, ellas sabían organizar aquella locura de alas enfurecidas, gritos agudos, brazos aturdidos, mal olor persistente de paja sucia. La relación de las mujeres con la agricultura tomaba una curva cerrada, de aquellas que hay que tomarla en segunda, y hasta en primera y todo. La mayoría de las


familias no optaron por las granjas, sino para nivelar las tierras colgadas de secano, ganar terreno a la sierra y sembrar más cereales y alfalfa. Era cuestión de saber que tractores se podían comprar y si se podían pagar. El español Ebro, el italiano Fiat, el inglés Masey Ferguson, el americano John Deere. Los hombres dijeron a las mujeres que no hacía falta el término: las máquinas lo harían todo. Fue una verdad corta. Pronto se vio que la mecanización resultaba tan cara que no había bastante con hacer más producción de cereal y de alfalfa. Se empezaron a plantar árboles. También lo hacía la gente de la ciudad que, sin ninguna experiencia agrícola, un buen día compró tierra por la ribera; las mujeres fueron los brazos que les cogerían la fruta. Cuando los hombres también se decidieron a plantar árboles, cuando vieron que sembrar más no era suficiente, que de la simiente se tenía que pasar al huso y al injerto, muchas mujeres ya estaban entrenadas en coger: melocotones, peras, manzanas, cerezas y fresas. Los hombres eran aún payeses tradicionales y vosotras ya erais, juntamente con los chicos jóvenes de casas con poca tierra, o los hijos que no serían herederos, la avanzada de que con el tiempo es el oficio dominante, los recogedores de fruta. Ya no criaban animales ni segaban alfalfa ni aguantaban sacos de cebada y de trigo. Además de hacer las faenas de la casa y de dar forma a las relaciones familiares. Ganabais un jornal. Me siento en el banco de piedra de la plaza del ayuntamiento, cerca de la biblioteca y de los locales municipales donde hice el bachillerato, y recuerdo que para mí también fue decisivo ganarme los primeros jornales. Tanto cuando íbamos a coger la fruta para el industrial de San Juan d’Espí, como después, en


Barcelona. Pero no es de los jornales ganados de lo que quiero escribir, sino de lo que unos y otros podemos contar del papel que las sociedades pequeñas hicieron las mujeres. Como vivieron las iaias, como han vivido las madre, como vivís vosotras; como son ahora las madres jóvenes, como es el presente de las iaias. Durante los años en Saidí vi hacer a los hombres y a las mujeres papeles de los cuales nadie podría escapar, como si todos fuesen víctimas de una especie de condena. Los hombres, a trabajar hasta el embrutecimiento. Las mujeres, a discutir y complicar las cosas en las casas y en las calles, también hasta el embrutecimiento. Las iaias tenían un poder tan absorbente que las madres jóvenes quedaban ahogadas. Veía que el esquema se repetía en casas donde vivía la iaia y la mujer del hijo. Cuando no trabajaban, los hombres huían al café. Dicen los libros que las sociedades payesas son profundamente matriarcales, que las mujeres dominan la vida de las casas y los impulsos de la colectividad. Mientras que los hombres están preparados solo para trabajar, hechos a la medida del padre. Padres e hijos trabajan siempre juntos, hasta que la generación se renueva de natural. En Italia tienen una expresión muy adecuada: padre padrone, padre y patrón. Tanto si son aún los propietarios legales de la tierra como si ya han hecho el traspaso a los hijos, los payeses viejos trabajan hasta que no pueden más. Mientras se atreven intervienen el las decisiones profesionales de los hijos, aunque los chicos ya tengan más de cuarenta años. A muchos de los hombres viejos les da temor estar en casa. Cuando no trabajan, muchos piensan y el futuro les pesa. Pasado y futuro es la dualidad en que se ha movido toda la vida un payés de edad: la tradición del trabajo y el


tiempo que hará. Ayer y mañana. Pasado y futuro. Hizo el gran esfuerzo para entender y hacer servir las máquinas, los hijos machos se quedaron en la tierra tanto si querían como si no y ahora ve como el gobierno le exige hacer abortar el cereal, producto de la tierra ganada, y como la fruta se queda en el árbol por exceso de producción. ¿Ha trabajado demasiado? Cuando el iaio supo que el padre arrancaba los olivos del Plantel para plantar trigo, gritaba: ¡No puede ser, los olivos han visto pasar a Cristo! Y se quedó sin saber que hacía su hijo. Ahora que es iaio, el padre piensa que quizá no debía haber comprado aquel tractor con el cual arranco los olivos. Mi primo Fernando tenía la pasión de las motos. Era amigo de los animales, muy reservado en sus cosas, de facciones agudas. Le veía dominado por una tensión interna exigente, terriblemente moderna en su prisa, ansiosa. Yo era más cautelosa, pactaba con los míos porque al fin y al cabo sabía que mi vida pasaría fuera de Saidí. A veces el sendero se le oscurecía de tan claro que lo veía, a la manera rebelde de un James Dean revivido en payés. Viene a mi memoria como el chico rural de los años setenta, un tipo de humanidad del todo nueva para mí, que después me parecería conocer en el cine de Scorsese, en Malas calles o en After hours. Un gran pájaro silvestre encima de una Ducati. Venía Barcelona para el rallye de Montjuic. El mundo del trial y de las carreteras le hizo solidario de los trotamundos y de los jóvenes que iban al pueblo a coger fruta. El tractor le mató a los veintitrés años. Era en 1984 y hacía once años que el tractor viejo había matado al tío Miquel. Su padre, mi tío Julio, no se había ocupado nunca de las máquinas hasta que su hermano murió. Compró de camino un tractor nuevo, otro Fiat, más


poderoso. Lo fue a buscar a Tárrega, contento de sacarse de encima el vejo. Lo aprendió a hacer funcionar hasta que su hijo tuviese la edad. El tío Miquel y Fernando eran buenos con la maquinaria, el no. Los dos están muertos. La culpa arrastra al hombre que ha quedado acompañado de las máquinas. Era un jugador de cartas de los más maliciosos, un seguidor ferviente del Barça y un fanático del cine. Desde hace nueve años no se mueve de casa más que para ir a trabajar, o a Fraga a visitar a la hija y a los nietos. La tía Carmeta, reservada, paciente, siempre de negro, ha tenido que ser la más fuerte. No mandó nunca en casa mientras vivió su suegra. Para el hombre payéis, en general laca no es, aunque en muchos casos se la hace el mismo, nada de muy importante. Es donde vas a comer y a dormir, donde se crían los hijos y donde te puedes proteger cuando estás enfermo, donde no te toca otro remedio que estar cuando n puedes trabajar y no son horas de ir al café. Pero todos los otros días y para los días de lluvia, la verdadera casa del hombre payés es el café. Para las mujeres, en cambio, las casas han estado en estos veintinco años un gran campo de operaciones. Muchas casas nuevas son ahora buenas, bien diferente a las de mi infancia. La fruta ha dado mucho trabajo y ha exigido presupuestos elevados en fertilizantes y plaguicidas, pero hasta ahora ha respondido bien. Por primera vez, la economía familiar de un propietario agrícola pequeño o mediano, ha podido destinar una parte de sus entradas a cosas que solo hace quince años eran lujos impensables: casas, viajes, coches y motos, e incluso unos días de vacaciones al año. A pesar que el cultivo intensivo de la tierra, imprescindible para la supervivencia, haya hecho que los hombres tengan trabajo


cada día del años, las mujeres que han podido han montado un tipo de casa que hace evidente la satisfacción de tener un poder adquisitivo sólido. A la mujer que hoy tiene entre treinta y cuarenta y pocos años se le debe que el agricultor haya entendido un poco mejor que el resultado de su trabajo no es solo la cosecha, sino también una mejor calidad de vida. Pero el hombre se pregunta si la mejora de vida se tiene que medir con tener un piso repulido o con el poco que ha variado la dureza del trabajo físico en la tierra. Ella ha luchado por dejar de ser la feroz matriarca que casi todos hemos conocido en casa. Ha tenido que batallar por la intimidad de su propia familia y por tener voz en las decisiones profesionales. Ahora es un tiempo raro, una reconversión que vuelve a los hombres en criaturas desvalidas. Veo mi propia familia y observo que las mujeres de mi edad, cinco años arriba cinco abajo, son las primeras que no tienen suegros o padres en casa. A la generación de mi madre y de mi tía les ha tocado el difícil e ingrato papel de aprender a vivir solas cuando han empezado a envejecer. Las iaias no estuvieron nunca solas. Con más o menos armonía en casa, vivieron rodeadas de gente y de animales. El dominio que ejercían, más grande o más pequeño, duraba toda la vida. Los padres-patrones continúan teniendo su ración de poder, en el trabajo. Ellas, no. 4 Un día de mayo le discutí a mi padre su amargura antes los problemas agrícolas. Jaume había hecho hacer un pequeño pantano en los Abellars, tal como hacen tantos agricultores


para afrontar la reconsagrada falta de agua de los últimos cinco años. A pesar de que han plantado muchos árboles, de momento no han traido más lluvia. El pantano fue complicado de hacer. No se podía hacer más que en un trozo de tierra colgada de la sierra. Las máquinas lo tuvieron muy difícil, el proceso fue lento y costoso. Con todo lo que en Barcelona os gastáis, se quejaba mi padre, para hacer las Olimpiadas, todo el país tendría agua. Yo sostenía que tenía que estar contento de haber podido hacer el pantano, que imaginase lo que pasaría si fuese un payés con poca tierra o sin hijos, un campesino de Extremadura o de la India. Además, a mí que me explicas de las Olimpiadas, yo no tengo nada que ver. Deja de hablar como si la gente que vivimos en las ciudades fuésemos el Gobierno, o la Generalitat o rl Ayuntamiento, le rebatí. Esto es lo malo, que la gente no quiere saber nada de nada. Ni los payeses, ni los de ciudad, ni los periodistas ni nadie, remató el. Hacía tiempo que las conversaciones familiares giraban cada vez más sobre los problemas de la fruta. Los problemas de criarla y sobretodo de venderla. Primero era el barullo de los precios, y cada vez más, de las dificultades para cobrar. La Uaga (Unión de Agricultores de Aragón), uno de los primeros sindicatos payeses del postfranquismo, de inspiración socialista, dirigido por gente culta y lúcida, demasiado consciente de la falta de tradición sindical, tiene poco peso en Saidí. Pero ha contribuido a despertar en el agricultor las ganas de contrastar su saber directo con las informaciones que el gobierno raciona – y los medios de comunicación recogen lo mínimo – sobre los nuevos caminos de la tierra previstos por la Europa de los colosos bancarios.


El payés contemporáneo es, en la mayoría de los casos, un payés tan informado como puede. Los ejemplos de situaciones humillantes con los intermediarios, como ahora la que causó la vista escarnecedora a Mercabarna de un grupo de agricultores del pueblo, se alternan en su memorial de agravios con el ansia de conocer que trampas les están preparando. Quiere saber que le reserva un futuro quien sabe si más inclemente que el cielo, más determinante que las delicias maternales de la naturaleza. Tiene razón. Por los periódicos y por la televisión no sabemos gran cosa, dejando aparte de cuando los agricultores hacen manifestaciones sonadas y las cámaras les hacen un cierto caso.. Todos los que no somos payeses somos, la mayoría, habitantes de la ciudad que provenimos de la tierra, tal como lo recordaba un orador en los jardines de la Alfajería, un día de protesta payesa en Zaragoza.. Pero tampoco sabemos nada de sus desazones, ni de las estrategias de la administración ni de las exigencias transnacionales. Menos sabemos todavía de lo que puede llegar a significar, desde el punto de vista de la cultura entendida como alimentación y nutrición del diálogo con el pasado y la memoria, la desaparición de los payeses tal como ahora los conocemos. La Europa bancaria, la Comunidad Europea si queréis, contempla las tierras del sur del continente como tierras retiradas de sus funciones agrícolas, destinadas a parques naturales donde los antiguos agricultores harán de conservadores del paisaje, una especie de guardias forestales del secano, del regadío, de los pantanos y de cualquier otro terreno. Unos pocos, bien pocos, tendrán industrias agrícolas bien bonitas, como ahora la cría de caracoles o una Golden especial contra el cáncer. Limpios y pulidos, jóvenes y guapos, guardias forestales u


pequeños industriales agrícolas, serán felices para siempre jamás. Como quien dice colorín colorado. Dos meses después de la discusión con mi padre, provechosa, que me había removido mucho, un día de julio volví a pensar. Iba por la autovía hacia Barcelona. Después de pasar las tierras del trigo, me di cuenta que hacía veinticinco años que había salido de Saidí y unos cuantos que oía quejas continuadas, las cuales me tomaba como si fuesen historias familiares. La familia dejó de ocupar mi mente y pude ver la panorámica más general; superproducción de alimentos, alimentos que se estropeaban mientras que en la ciudad los pagaban caros y, peor todavía, mientras en tantos sitios del mundo, la pobreza extrema y el hambre crecían al galope. La guerra de los alimentos está matando más gente que todas las guerras del siglo, y este es un siglo asesino. Este libro nació así, en la autovía, pasada la Panadella. Al principio lo fui haciendo con recuerdos personales y la memoria de los míos. Después necesité hablar con más gente. Reencontré viejas amistades. Recordando y reencontrando amigos he ido escribiendo, para conocer un poco mejor Saidí.. Y a mi misma. No tenía previsto escribir sobre mí y de los míos a los treinta y ocho años, me he sentido llamada. Lo que está pasando en la agricultura es demasiado bestia, desballestado, explícitamente manicomial. Podría coger las razones que a primeros de siglo la poeta de origen cubano Gertrudis Gómez de Avellaneda dio a un amigo suyo, y dice: “De vos me ocupo de escribir de mí, porque solo por vos consentiría hacerlo”.También haría mías bien a gusto las palabras de Voltaire que escribió en el siglo XVIII: “Los libros más útiles son aquellos en que los


lectores hacen la mitad del trabajo: penetran en los pensamientos que les son presentados en estado embrionario, corrigen aquello que les parece defectuoso, refuerzan con las propias reflexiones aquello que les parece más débil”. He escrito sobre mis recuerdos de pequeña y de chica, de cómo después me encontré el paisaje, de la vida en las calles y en las casas a lo largo de un cuarto de siglo. Querría recorrer ahora los caminos de la fruta y atalayar los caminos que esperan a la tierra. Estamos todos en el mismo saco. Vosotros productores, yo consumidora. A todos la propaganda nos recomienda dietas de fibra y de fruta para conservar la línea y la salud. Cereales y fruta, fibra. Aquello que a vosotros os trae de cabeza, próxima a la neurosis, y que a mi me cuesta caro. Los melocotones a principios de verano y la manzana en septiembre, la fruta llega a Saidí, Fraga, Serós, Vilella, Vallobar y Aitona quince días antes que a Lleida. El Segre y el Cinca configuran en sus riberas bajas un microclima, un territorio reducido de atmósfera propia. Situado entre el altiplano de los Monegros y las planicies del Segriá, este punto del mapa no tiene ningún otro nombre que una definición de geografía económica. No es una comarca natural – abasta dos – ni una comarca política, sino que el microclima no entiende de fronteras históricas. Existe y basta. La depresión que separa Fraga de los Monegros, las tierras amorosas de las tierras ásperas, es notablemente pronunciada, cualquier viajero las reconoce. Pero el microclima se ha hecho notorio con la cosecha de la fruta, para el cual es especialmente apropiado. Desde hace veinte años se ha ido haciendo presente como si fuese un país.


Pero es un país inerme. En Huesca, nadie hace caso de las necesidades del Bajo Cinca, y Lérida mira al Bajo Segriá como a un familiar lejano con pretensiones de casarse con la pubilla porque se ha hecho rico desde hace poco. El microclima no ha conseguido todavía una denominación de origen que le desbroce el camino. Hace una fruta que podría ser la primera en llegar al mercado. Precisamente por ser madrugadora es muy buena, dulce y fuerte, gustosa de comer tanto cuando está un poco verde como cuando está bien madura. Ni los melocotones pierden gusto cuando dejan el árbol ni la manzana se vuelve harinosa. Hoy que habéis tenido que tirar tantos melocotones – millones y millones de kilos, por primera vez tirados a las sucias aguas de los ríos – y dejar caerse al suelo tantas y tantas manzanas – hazas y hazas cubiertas de manzanas doradas, un espectáculo de belleza podrida – he hecho caso a los de casa y me he traído más fruta que nunca a Barcelona y la he regalado a amigos y vecinos. Todos han quedado impresionados de comer una fruta sabrosísima que no recuerda en nada a la que compra, a precios astronómicos. Los caminos e la fruta explican esta anomalía fundamental de la producción payesa y de la alimentación en este final de siglo XX: en las ciudades comen la fruta más mala y más cara de toda la que la agricultura produce a escasos kilómetros de los centros de distribución y venta. En los mercados y en las tiendas llega la de menor calibre, la más pequeña fruta descolorida, sin sabor, raquítica, sin olor, metódicamente mala. Es solo un poco más aparente que la fruta que, en condiciones de producción ajustada, se va directamente para hacer zumos industriales o sidra. Los agricultores sospechan que esta fruta de escasa calidad que invade los mercados locales proviene de las fincas


compradas entre 1970 y 1985 por industriales del cinturón de Barcelona. Han hecho grandes producciones sin gastar mucho, cuidando poco los árboles, utilizando los fertilizantes más baratos. Como si lo hiciesen de más a más, dicen que para blanquear dinero. Una tarde cogíamos en el huerto y Javier, que a los nueve años ha oído decir tantas cosas contra la tierra que no tiene ningunas ganas de ir, quería jugar. Entre los árboles se hacía sentir un denso mal humor. Trabajar, ¿para qué?, pensaba yo: no sabíamos si aquello que cogíamos iría hacia la báscula o se pudriría en la carreta del tractor. Hice un comentario satírico que Jaume encajó cabeceando, y me volví hacia Javier: ¡Ten, para la sidra!, Le dije, lanzándole manzanas a diestro y siniestro. ¡Para la sidra!, empalmó el, bien contento. ¡Para la sidra!, siguió la Conchi. ¡Para la sidra!, continuó Luis. ¡Para la sidra! ¡Para la sidra! De tan locos que parecíamos, padre y Jaume acabaron sonriendo. Pero ellos no dejaron de trabajar en ningún momento. La manzana para la sidra se le compra al payés a un precio irrisorio. En cambio, un litro de zumo es tan caro para el consumidor como un kilo de melocotones o de manzanas y el precio no baja nunca, vaya como vaya la temporada frutera. Más ÚN: ¿Cuántas manzanas hacen falta para hacer un litro de zumo de manzana? Puro misterio. Al final, las manzanas de aquella tarde fueron para la sidra, a seis pesetas el kilo. Eran preciosas. Sin cooperativa que elimine a los intermediarios, sin cámaras propias donde poder soportar los bandazos de precios y del mercado, un pueblo como Saidí vive expuesto al nerviosismo sin cabeza cada verano. Estrés es una palabra que cada vez oigo más al pueblo. Su uso es tan frecuente o más que en la ciudad, donde se habla tanto que ya es palabra tan común como ir en metro.


Recoger es un trabajo duro, en medio de un calor insoportable, una temperatura que entre los árboles supera los treinta y cinco grados, si una gota de aire. Pero nada es más agotador que vender y cobrar la fruta. En 1991 los melocotones fueron comprados a ochenta pesetas y las manzanas a veinte duros, en 1992 a veinte pesetas y a seis. Día a día bajaba el precio, y cada día, a mediodía, mientras las mujeres llegaban muertas a casa a hacer la comida para volverse a marchar en seguida a recoger, los hombres se arrastraban por la báscula a intentar saber quería aquel día el comisionista y a como los pensaba pagar. ¿Y si el intermediario no volvía más? Como compromiso, los comisionistas solo dejan una especie de albarán casi en blanco. Es un régimen de economía salvaje, me razonan los amigos. Tomamos un café en casa de Conchi y Jaume, hablamos un rato. Son tres parejas y el alcalde, socialista, que ha venido solo porque la mujer está metiendo en la cama a las gemelas. Gente informada, las mujeres, mas batalladoras que ellos, todos un poco abatidos porque el año ha sido cruel. Antonio hace una cruda reflexión: “La generación anterior nos ha dejado sobre todo una gran desconfianza en la unidad de los payeses”. “Da mas miedo la gente que el tiempo”, dice Cristina cuando hablamos de la época de la Uaga y de porqué se rompió la cooperativa de Fraga. Su marido pasa revista a los últimos años: “Nos pensábamos que se trataba solo de producir más y más, y hemos llegado a la crisis de la abundancia. Lo peor del caso es que no sabemos estar sin trabajar. La angustia del trabajo no me abandona ni cuando estoy de vacaciones”. Estrés, desconfianza, angustia… ¿Y el futuro?, pregunto. “Nos vemos subvencionados, en los límites de la supervivencia, parados”.


Tienen alrededor de los cuarenta años y todos, si pueden, esperan que hijos e hijas no se queden en la tierra. Apunto que cuando se habla de la desaparición de los payeses se entiende que los agricultores dejarán de trabajar tal como lo han hecho hasta ahora. Pero no todos se tendrán que ir hacia las ciudades. A unos cuantos se les pedirá si quieren sobrevivir a su terreno, hacer industrias relacionadas con la transformación de los alimentos, especializarse en algunos cultivos o en la cría de determinados animales. “Ya tenemos más de cuarenta años…”, responden melancólicamente. Las mujeres me miran, interesadas, pero ninguna de ella dice nada. El desasosiego de la fruta causa una especie de enfermedad personal y colectiva. Conchi me explica que cuando las mujeres a mediados de octubre vuelven a casa y dejan de hacer las faenas del campo, los seis meses siguientes tienen bajadas. Mi cuñada hace anzuelos, es una moza activa, siempre dispuesta a ser optimista. De hacer dieciocho hors diarias en una conexión constante con el trabajo propio, que carga de energía la capacidad que toda persona tiene cuando es el su propio amo, las mujeres pasan a tener todo el día casi vacío por delante. Las criaturas en la escuela, las casas limpias y pulidas sin ningún animal que cuidar, las noches que se hacen cada día más largas, nada para coser – la ropa se compra de confección o la hace la modista – los hombres trabajan continuamente o se van al café… El caso es que hay muchas máquinas pero un año y otro tenéis menos tiempo. En eso, todos somos iguales, en Barcelona o en Saidí. La maquinaria tampoco ha ahorrado el trabajo físico. Cuando os veo trabajar y oigo vuestras quejas ácidas pienso que los iaios que sabían tan pocas


cosas y que solo podían usar su esfuerzo y el de sus animales, tal vez no se cansaban tanto. Son cosas que me hace notar mi hermano. En los ojos de Jaume, cuando hablamos, veo una rebeldía que va camino de verse obligada a volverse asco. Las mujeres están más decididas a no quejarse porque su vida en casa ha cambiado mucho más positivamente que en el terruño. Cuando graniza, el pueblo respira… En 1992 fue un año difícil porque hubo demasiada producción en toda Europa, ningún fenómenos del cielo la estropeó. Así es, chiquilla, me dice Antonio, el marido de mi amiga Antonieta. Le veo irse sobre el tractor y pienso en la contradictoria verdad que me ha dejado caer, como un oráculo. A medida que el payés se ha ido haciendo empresario agrícola, ha entrado en el círculo del dinero que rueda de un lado a otro a condición que no les hagas estar siempre en el banco; tener el dinero en el banco y no moverlos demasiado era la filosofía económica de toda la vida, había que abandonarla: un empresario agrícola no es un payés como el de antes, le conviene asegurar la producción. Si una granizada se lo lleva en el último momento, y aquel año la manzana va tirada, el seguro es parte de la cosecha. Pero aquel septiembre granizó poco. Aún así, vinieron los inspectores del seguro (que hace el Estado), y la gente empezó a tener una idea de cómo funcionaran las cosas en un futuro inmediato. Disimulando, pidiendo, traficando, el dinero – la subvención, el seguro – irán llegando, sin que su distribución tenga mucho que ver ni con la tierra ni con la cosecha, ni como se ha comportado el cielo. “El sistema de subvenciones es una trampa mortal para el payés, mata la ilusión por trabajar; ya no se trata de hacer aquello que


sabemos hacer o aquello a lo que la tierra responde mejor; sino aquello que nos manden: la producción subvencionada”, repetían aquella noche mis amigos, y yo no sabía que decir, inmersa en una cultura urbana que se muere por las subvenciones. El desconcierto domina. ¿Por qué no se trabaja en cooperativa? La de Fraga, en la cual Saidí estaba encuadrada, falló por discusiones con el gerente. La desconfianza, siempre la desconfianza. Me explican que para los profesionales de la gerencia las cooperativas agrícolas son una escuela, de la cual salen del camino cuando pueden para irse hacia la industria. Al cabo de unos días de aquella noche de tertulia, los amigos me cuentan por teléfono que está a punto de constituirse una cooperativa. Pienso otra vez en toda la energía que se necesita para crear un clima de confianza. Encuentro mucha gente exhausta, enormemente fatigada desde que la agricultura es más un negocio que un servicio. En veinte años el payés ha tenido que pasar de ser labrador a ser empresario agrícola, y además, comerciante. De la misma manera que los padres hicieron lo que pudieron, hace treinta años, el paso de la mula a la máquina, y convirtieron las sierras de secano en terrazas de alfalfa y de cereales. La tierra ganada. Ahora resulta que para seguir en este extraño negocio del comercio transnacional, de las subvenciones a las cosechas impuestas y de la obligación de dejar de producir, la tierra ganada tendrá que ser tierra retirada. La modificación de raíz se impone – y podéis necesitar todos los hijos y también las hijas. Tiempo de taquicardias, tiempo de extirpaciones. La verdad es que el momento de las pequeñas y medianas explotaciones agrícolas parece abocado a una especie de


reconversión industrial. Ya no se habla del problema de la tierra, de la propiedad, sino del problema de la agricultura, en concreto, de si pertenece a un país activo en los pactos políticos transnacionales. Haciendo un repaso histórico, diría que es la nueva fase de la “reforma agraria”. Hay un hilo que une el presente con la Revolución Francesa, que, en España, con la desamortización de Mendizábal, se hizo al revés. El gobierno de la época, a mediados del siglo XIX, se aprovechó del ideal de la reforma agraria para salvarse de la bancarrota y ganar las guerras carlistas, y unos años después, para financiar la construcción del ferrocarril. Los payeses no sacaron nada, solo vieron como se quedaban detrás y la propiedad volvía a la Iglesia. Mientras el caballo de hierro nacía, llegaba al puerto de Barcelona el trigo norteamericano. Fue una crisis agrícola y social de consecuencias drásticas, durante la cual emigraron a ultramar más gente, en proporción, de la que en los últimos años sesenta marcharía hacia la Europa rica. Podríamos seguir con las colectivizaciones libertarias durante la república y llegar al tiempo en que este libro ha empezado, cuando durante el franquismo los payeses, a su suerte, mecanizaron el campo- Muero Franco, las pequeñas y medianas explotaciones han sido tratadas, sobre todo por el gobierno socialista, como si fuesen empresas industriales. El precio de la tierra baja en picado desde 1985. Ahora la cuestión es para que sirve la producción agrícola y que payeses están en condiciones de asumir las exigencias de la Europa inmediata. Por eso el momento parece una fase más de la “reforma agraria” española, una reconversión industrial más. Las transformaciones del carácter de la tierra ya están llegando a Saidí. Conozco unas cuantas hectáreas de tierra


retirada. Tierra labrada y preparada, pero no sembrada. Esponjosa y blanda, del color de las entrañas del trigo maduro, generosa. Y no obstante eso, abandonada, improductiva. La tierra retirada, que nombre más extraño. Como si la tierra estuviese a punto para la jubilación. O como si estuviese pasada de moda y la hubiesen sacado del catálogo de los grandes almacenes del consumo. O como si fuese una persona para quien no hay trabajo y, si presenta los papeles correspondientes, tiene derecho a subsidio. La tierra retirada cobra por serlo. El gobierno paga para conseguir que el payés deje la tierra sin trabajar, y como que no puede pagar por las tierras yermas – en toda España tendría que pagar demasiado, sobretodo a los terratenientes del sur – los políticos se han inventado esta modalidad de la tierra retirada. No es tierra dejada en barbecho para recuperar minerales y fuerza para una nueva siembra. Es la tierra retirada. Me voy a dormir pensando que, a pesar de llevar diez largos años como comerciante y empresario además de payés, el pequeño y mediano propietario agrícola continúa siendo un superviviente. No se puede industrializar porque su tierra está toda ella dividida en trozos pequeños y diseminados por el término municipal. No quiere abandonar porque ha conseguido una calidad de vida superior a la de todas las generaciones anteriores. Pero al cabo de estos años de abundancia, su ilusión de normalidad se aclara. Es también un superviviente porque no confía en el legado que puede dejar a los más jóvenes, a los hijos.

5


Acabada la comida del domingo, los jóvenes se van de camino por la carretera de Fraga. A los bares, al cine, sobretodo a la discoteca. Conocen bien las curvas. Sus máquinas de correr, motos duras y coches de carrocería y de motores potentes, se ajustan exactamente a la geometría de la ruta. No tienen miedo Supongo que temen más a las tardes adormecidas en el pueblo, la cara de los hombres mayores pasando el rato vacío en los bares, las madres jóvenes encerradas en casa mirando la tele, la mujeres mayores que se mudan para ir a misa de seis, única función colectiva que sigue su ritmo ancestral, implacable, de representación del poder y las diferencias sociales. Huyen. Tengo vagos recuerdos de los últimos años de desintegración del baile. La orquesta, la Hilton Club, acabó en medio de líos que no han sido nunca suficientemente aclarados. Fuera la orquesta, fuera el baile. Era en 1971, cuando Franco todavía era una presencia eterna. El ayuntamiento cerraba el baile y, entonces, impedía el proyecto del amo del cine de convertir la pista en una discoteca. El baile podía desaparecer, pero nadie ha osado nunca dejar de hacer la fiesta del verano. Desde 1976, durante cinco días de agosto, Saidí baila en el patio de la escuela. El baile de la polvareda no ha perdurado. Cuando muy de tanto en tanto voy a la fiesta de agosto, me divierto y a veces me inquieta el abismo tan grande que la ausencia del baile durante el año ha creado entre jóvenes y adultos. Los jóvenes solo van la noche que toca el grupo heavy del programa, que intenta así atraerles. Después de una de estas sesiones, una noche entró la Guardia Civil, bien armados, a parar los pies a un mozo


pasado de rosca, que en un brote de entusiasmo rockero, lo único que hacía era gritar por los micros del escenario como un cerdo el día del mondongo. Siempre ha habido peñas de mozos durante las fiestas, pero ahora te hacen pensar en escenarios de ciencia-ficción. Tal vez por las luces improvisadas, ténues, sin fuerza, que hacen sombras equívocas, fantasmales. Hablan, fuman, se esconden y beben mas que bailar. Ocupan solares abandonados entre las casas del pueblo, lugares que durante unas cuantas noches se convierten en escenarios juveniles prohibidos a cualquier transgresión de las edades. Hace veinticinco años, la fiesta grande del verano cumplía otra función. Las parejas acababan siendo novios formales si durante los cinco días bailaban juntos y las familias se lo permitían. Para los adolescentes, cada año se repetía el paso social, colectivo, que va desde tener la primera regla a ser una señorita. Del baile entre chicas al primer baile de verdad. El baile de la polvareda, donde los pequeños jugaban mas que bailaban, se hacía en la era de detrás del escenario de la pista de baile, aprovechando la misma música. El mundo se ensanchaba cuando podías pasar al baile de los mayores. Pero cuando accedí a la pista, el ritual de la esperas del bailarín me disminuyó tanto que ni a mi misma me habría gustado bailar conmigo. Había visto la escena muchas veces en el cine y siempre me parecía que yo no sería nunca ninguna protagonista adecuada, que más me valía dejarlo correr. Me sentaba en el banco de piedra y dejaba la mente en blanco. Me iba antes de que el baile acabase. En casa, por aquello que me iría o que ya era estudiante en Lleida, nadie me preguntaba nada. Tampoco habría sabido que decir.


Eran los primeros años de las reglas. Ya eres una mujer, me decía mi madre. Aquella sangre y aquellos dolores, los pechos pequeños que no me crecían, las gafas tan poco favorecedoras, todo era un trastorno. Cada fiesta de agosto tenía la regla, pero creo recordar que en este caso incluso estaba contenta. Aquel dolor y aquellos vómitos acababan por dejarme limpia, mientras que tantos días de baile me hacían sentir como manchada, con una especie de sensación de ser una criatura falsa, de tener algún error de fabricación. Bailaba con algunos compañeros del grupo, tan inseguros como yo. Todavía era peor el baile de invierno, cerrado, con una sala alargada rodeada de palcos, una especie de monstruo lleno de ojos que controlaban desde arriba, y criticaban y criticaban. Mucha gente se lo pasaba bien, y muchos entes lo pasábamos muy mal. No hablábamos nunca, las desplazadas. Íbamos y basta, como quien cumple una sentencia. Suerte que llegó el Twist. La verdad es que tanto de pequeña como de jovencita me agradaba más que nada el baile del mediodía durante la fiesta de agosto, el baile de los iaios, cuando la orquesta les daba un concierto que casi siempre era de Glenn Miller y solo salían a la pista tres o cuatro parejas de aquellas que lo hacen tan bien. Aún oigo la orquesta. Una noche de finales de los ochenta fui a parar a una de las peñas al aire libre. Me sentí un poco forastera. Os miraba y no sabía nada de vosotros, ni de que casa erais ni si seguíais viviendo en Saidí o marcharíais Necesarios como mano de obra en tiempo de la fruta, chicos y chicas nacidos en la euforia de la plantada de árboles, de la tierra ganada al secano y transformada en campos de melocotoneros y de manzanos, vuestro paso de la


adolescencia a la juventud me parece tan duro como el mío y, según como se mire, más divertido y todo. Diría que vuestra tierra ganada en la intimidad, una especie de clandestinidad camaleónica que ya me habría gustado a mí. Si os queréis quedar en el pueblo solo vosotros sabéis vuestros rincones si marcháis, también. Cundo la madre, que con los años ha encontrado el gusto por contar historias, me hace fijar en alguna moza o un chico que pasan por la calle porque son parientes de alguno que de jovencita trataba, la mayoría de las veces no se en absoluto de quien me habla. En mi cabeza se hace un vacío total, Para despertar mi memoria, la madre recorre a la geografía del pueblo. Alguno que vivía en la calle de la Luna, cerca de la casa de mi compañera Alodia, o que tomaba el fresco en la calle de Abajo, o que compró una de las casas baratas…Ya sabe que el nombre de las casas no me dice nada, que solo en algunos casos asocio el nombre y la persona. De toda manera, la madre no empieza a contar las cosas a la directa. - No dirías nunca de quien es esta chica. - No… - Ja podrías. Es igual que su iaia. - Sino me acuerdo de las personas mayores ¿Cómo quieres que me acuerde como era esta chica de veinte años, maquilada y ufana, cuando era un chiquilla de ocho? - Ya podrías. Bien que te gustaban las jotas de su yayo - ¡Ah! ¿Es la nieta del tío Raja? - ¿Pero que dices, mujer. ¿No reconoces a esa chica? - No desvíes. Ninguno ha cantado mejor las jotas que el tío Raja. Y no, ya ves que no se quien es aquella chica.


Es la misma moza que horas después de mi conversación con mi madre, entro e la discoteca de Fraga. Va en grupo, con otras mozas decididas, vestidas con matices de gris y del color madera, largas cabelleras como sábanas tostadas de luna. Los focos hacen este efecto de luz imprecisos. Todo aún es muy quieto en el interior de la iglesia nocturna de los jóvenes. El grupo se dirige a la champañería donde tienen por costumbre de encontrase los de Saidí. Todavía no habia nadie. Son más de la once de la noche, pero ya se sabe que a hora la entrada a la discoteca se ha alargado hasta cuartos de una de la madrugada. El grupo deshace el camino hasta la puerta y se va hacia la Rambla de Cegonyer, a recorrer los bares de noche, el último toque de calidad del ocio fragratí, el paso previo a la disco. A partir de las tres de la madrugada acudirán los más movidos, los que vuelven del radio de cincuenta kilómetros donde están las macrodiscotecas de la competencia: la Wonder de Lleida, La Big Ben de Mollerusa y la Kips’s de Agramunt, esta última la primera que se levantó en las comarcas lleidetanas. Los jóvenes del micro clima y sus alrededores son la clientela principal de La Florida, pero no la única. Un buen montón llegan de lejos: de Flix, de Caspe, de Salou, y de Amposta y todo. Esta es una macrodiscoteca más. Pero también es especial Conforma un mundo entero para los atletas se la noche de las dos riberas de Poniente, un escenario múltiple por donde desfila, a la manera de un ejército de voluntarios perseverantes, los chicos y las chicas, los del Bajo Cinca dy del Bajo Segriá. El microclima se cuece aquí. Aquí hierve la olla de este territorio generoso y salvaje, donde hace más de diez veranos llegaron por la


carretera general que lo atraviesa, los temporeros y las drogas juveniles, y después la emigración norteafricana. Aquí es hacen ver los invisibles, los jóvenes de las noches trafagosas. Los jóvenes son iguales aquí que en la ciudad, me dice Pepe, un amigo de Fraga de hace muchos años, profesor de filosofía en un instituto del extrarradio de Barcelona. Quizá son diferentes, continúa, porque aquí trabajan de momento, tienen más dinero en el bolsillo que muchos de la ciudad, pero a la hora de divertirse hacen las mismas cosas. Aprovechamos que el gran interior está casi vacío para observar la distribución del espacio. Es un conjunto de desniveles que conducen hacia rincones y salas. A la manera de un decorado de la película West Side Story, el musical de las bandas juveniles en las calles de Brooklyn de Nueva York. Fue una idea del arquitecto que dio forma a las primeras discotecas de finales de los años sesenta, las de la costa, la Madox de Playa de Aro, La Revolución de Lloret – y la que abrió el fuego en el interior, la de Agramunt. Cuando los Arnau, una de las familias poderosas de Fraga, propietarios de esta sala de baile desde la postguerra, le pidieron un nuevo modelo que reemplazase a la boîte de los años setenta, el arquitecto Regás sabía muy bien que una de las funciones primordiales de una macro comarcal era juntar espacios locales, de manera que los jóvenes de cada pueblo pudiesen encontrarse como en su pueblo ideal. En las primeras horas de la noche, los de Saidí se suelen reunir en la champañería la mayoría, y algunos en la cafetería; los de Torrent en la sala de música lenta; los de Vallobar en la cafetería; los de Bellver en la champañería… Son la cerca de una de la madrugada, y


empiezan a llegar. Pepe y yo nos paseamos por los espacios alrededor de la sala principal. Encontramos, claro está, el grupo de chicos de Saidí en la champañería. El local se ha llenado de grupos de amigos y de vecinos, bien o mal relacionados. Como en West Side Story. . Por un amigo que Pepe ha encontrado en el Cegonyer sabemos que esta es una noche movida, a pesar de que como clientes no notamos nada. Un grupo de nueve policías antidrogas, con perros, están interrogando a los disc-jockeys. No han encontrado nada. Los propietarios no se lo podrían permitir. Hace poco dos de sus guardias de seguridad dieron una paliza a un magrebí y este los ha denunciado. Fraga y la discoteca han estado en el punto de mira de la prensa desde la dimisión del alcalde Beltrán y, más aún, desde la denuncia del temporero magrebí. Tomando una copa en una de las barras, oímos decir que las fiestas del Pilar han estado cargadas de cocaína. El sonido sube de nivel decibélico. Si continúa así, cosa que sin duda la música hará, pronto seremos dos moscardones mareados. Vamos a la sala de baile lento. Es exactamente como una boîte de los años sesenta, con sus luces psicodélicas y los asientos bajos e incómodos. Así era la primera discoteca, la que asustó a las familias del baile - ¿Cómo controlar en una sala oscura que hacen los hijos y las hijas, con quien bailan, o peor, porqué no bailan? – la sala que hizo predicar a los curas desde los púlpitos y los confesionarios. En el baile antiguo, las chicas bajaban en fila desde los palcos al primer toque de la orquesta y esperaban a su bailarín. El baile suelto las liberó, las emancipaba de aquel ponerse a la disposición de quien quisiese o pudiese bailar con ellas, de quien estuviese en condiciones de ser aceptado por la familia.


También los chicos tímidos se sacaron un peso de encima con los bailes sueltos. Dicen que los chuletas han ido perdiendo categoría desde entonces. Mas todavía perdieron puntos los castigadores cuando la entrada a la discoteca subió de precio e incluía la consumición. Para muchas chicas se acabó aquella orden de la madre de no decir nunca no a ninguna invitación, aquel aguantar un pelma toda la tarde porque convidaba a gaseosa. El baile suelto era otra forma de vivir los domingos. Sin el control de la familia y con aquella música – la música yé-yé – uno podía bailar solo e incluso no baliar. Eran tiempos cambiantes y la gente que hasta entonces no se había movido de los pueblos con tanta frecuencia, tenía ganas de hablar. Las ramas jóvenes del Bajo Segre y del Bajo Cinca se encontraban. Los primeros estaban más avanzados en casi todo. Según Arnau, el Bajo Segre salvó la discoteca en los primeros años setenta, cuando la nueva sala de baile parecía un choque demasiado brusco para Fraga y la comarca. Los comportamientos se copiaban. Los chicos hablaban de las nuevas cosechas de fruta, y las chicas de anticonceptivos. La discoteca no conserva la sala de baile lento por nostalgia. Al contrario. La han tenido que rescatar para ponerse al día, o mejor dicho, por la noche, de una parte de la clientela. Aquí se reúnen los after hours, gente que busca lugares fuera de hora, cuando todo esta ya cerrado. Vienen de lejos, de Amposta y todo. También va gente de Saidí. Es la única parte de la disco abierta la noche del domingo a lunes hasta las seis de la madrugada. No seremos nosotros dos los que nos quedemos hasta tan tarde. Vamos dando vueltas y observando. La gente bebe cantidad. Las cuatro pistas de baile están llenas. La que más, la de salsa, y la que menos, la de karaoke, este


invento japonés que consiste en hacer playback de tu canción preferidas mientras el video la emite. Se ve algún africano cerca de la barra principal. Hay muchas parejas pero también grupos de amigas en las mesas, hombres no tan jóvenes solos en las barras, chicos solitarios sentados por las escaleras y que se alegran enormemente cuando llega algún compañero. Diría que las chicas están más relajadas, más seguras. Dicen que ellas marcan el ritmo de las relaciones. Que responsabilidad, se me ocurre. Espero que no sea el retorno del matriarcado. Dejamos la discoteca cerca de las cuatro de la madrugada, cansados y mareados por el volumen del griterío tenaz de la música. En la puerta, encontramos a un grupo de periodistas y cámaras de televisión. En cámara de tv3 es de Saidí. Están a la espera a ver si cazan alguna imagen o noticia de la visita policial y de las drogas…Mi percepción de Fraga y la comarca se dilata, se hace potente como si fuese producto de un alucinógeno. Pepe me acompaña hasta el coche. Seguimos en silencio, pensando en las visiones interiores que la noche ha evocado en cada uno. Respiro la calma oscura y callada de las viejas calles de los alrededores. El río riega sucio y tranquilo la ciudad bajo los puentes. Bueno, a ver como te sales a la hora de escribir, me dice el amigo con media sonrisa. Emprendo la carretera del Muro. En seguida encuentro a la guardia civil y una escena que me parece lunática. Cerca del Muro, grupos de gente se diría que sonambulas dan vueltas y hacen gimnasia a la luz indirecta de los faros de los coches. Sino toman aire , sino se les pasa la trompa, los guardias no les dejarán seguir. También yo tendré que soplar y enseñar el carnet. En el aire se huele a alcohol y


de bumos no siempre legales. Coches y motos esperan por las curvas. Tiro para adelante. Ningún otro cche nos sigue, hasta que me meto en las curvas y les pierdo por el retrovisor. He de conducir atenta: hacia Fraga el tránsito es intenso y los conductores tienen prisa. Aviso con las luces del control del Muro. Uno de los vehículos me entiende y se hace cargo de los que le van detrás. Cuento una docena de coches que, seguro, van a alguna discoteca. Me parece que les queda mucha noche por correr. No tengo costumbre de llegar tan tarde a Saidí. La oscuridad de noviembre a estas horas de la madrugada es total. Pasada la última curva, en el punto de la carretera más alto, donde de día la perspectiva del río es espléndida, solo se ve la silueta iluminada de las primeras casas del pueblo. Sabría que están aunque no hubiese ni una gota de luz. Como el castillo. Paso sin verlo, notándolo. Mientras cierro el coche, hago planes. Aprovechando que es Todos los Santos y estoy aquí, cuando me levante dentro de unas horas iré a llevarle flores a Fernando. Daré una vuelta por la carretera de arriba. Pasaré por la Placeta, donde está mi hectárea de tierra retirada. Después volveré a coger la carretera de abajo, con el coche cargado de manzanas e iré a buscar la carretera general y la autovía. Hasta que vuelva. Barcelona, julio de 1992-enero de 1993. EPILOGO Mientras escribo, al cabo de diecisiete años, las sierras peladas del valle del Cinca son verdes, es Mayo. Sierras peladas verdes. No las había visto nunca así, con este vestido, las recordaría, estoy segura. El invierno ha sido


lluvioso hasta para ellas y así están, en el camino de Saidí a fraga., por la carretera de abajo, al otro lado del huerto. Protegen las sierras el trigo y la cebada, los melocotones que todavía están como nueces y las manzanas pequeñas como olivas arbequinas. Acompañan al río voluntarioso y limpio de primavera húmeda que distrae por unos días su cauce, sucio de años de servir a la agricultura moderna. Me continúa conmoviendo cualquiera de mis caminos, que han cambiado mucho. Diecisiete años son una vida, quizá más de una. Hot hago el camino con más motivo todavía, cuando vengo a ver a mi madre a Bellver, donde está en la residencia. Justo delante del santuario de Santa María de Xalamera al otro lado del río. No habría podido imaginarlo cuando escribía en 1992 esta Tierra retirada, de ninguna de las maneras. También la basílica está distinta, la consejería aragonesa le ha puesto puertas nuevas, iluminación pertinente, información para los visitantes que ahora llegan más. De una manera que encuentro similar, hasta poética – no puedo hacer nada, las cosas de escribir tienen esto, una ve correspondencia por todas partes – mi madre conoce a su vejez una restauración decente que hace más llevaderas sus dolores de cabeza. La residencia es de hace poco, hemos tenido suerte. A veces mi madre, Quima, dice sin darse cuenta de la guardería…Mi hermano Jaume y la Conchi, Luis y yo estamos agradecidos, como el tío Julio y lo estaría la tía Carmeta. El padre, Pepe, se murió hace cinco años, justo este mayo. Por fortuna no ha visto como han cambiado los Montcalvos, también en eso hemos tenido suerte. Sierras peladas verdes, ellas comprenden la suerte de estos rabales de la historia agrícola, de la historia de la tierra. También las sierras peladas deben ser verdes por la


carretera de los Montcalvos. Paso muy poco, me cuesta coger la carretera de Valmanya para ir a buscar la autovía a la altura de Alcarrás. Me he acostumbrado a cogerla desde Fraga, a veces pasando por el desvío de Serós, donde la sierras peladas se recogen en un punto que a mí me maravilla: se alzan decididas y forman un arco que protege de las inclemencias su pequeño valle sembrado año tras año. Es un hechizo, el mío, que hace reír a mi marido y a nuestro sobrino. Una tarde que llegábamos de Barcelona, los tres en coche, les pedí de pasar, y me quedé boquiabierta y todavía se ríen, pero se que, aunque les gusta provocarme, los dos me tienen envidia… por descubrirme a mi misma en el paisaje. En este sentido, me he hecho más y más japonesa, si puedo decirlo así. Ahora me gustaría decirle a mi padre, de viva voz, ver la cara que pondría, que no es cierto que el gusto del paisaje me aleje de el – su “ya no eres de aquí, hija” cuando le decía que la vista del campanario de la iglesia del pueblo o desde la ermita de San Antonio es preciosa – sino que, como dice un sabio japonés, el paisaje no se contempla ni está vivo desde la distancia, no implica distancia en el espectador ocioso que ve belleza porque no trabaja, sino que es una de nuestras condiciones en tanto que personas que vivimos en un tiempo, y también, en un lugar. Tiempo y espacio. El paisaje conforma la estructura del sentimiento. Por eso no volveré más, ni tampoco mi hermano, a nuestros Montcalvos que han dejado de ser no solo nuestros – que esto si que los decidimos, venderlos – sino el paisaje que eran. Nuestro secano regado por el canal de Aragón y Cataluña desde hace más de un siglo, la pradera donde mi padre me hacía jugar a poner una pierna en un territorio y la otra en el otro, el trigo verde y el trigo maduro, los ababoles rojos, los plásticos amarillos de los


adobos y sus peligros, las máquinas de segar. Paisaje que se puede decir que hasta el megatren que ahora pasa ultrarrápido, azul real sus puentes en el horizonte, había respetado. Por voluntad de los nuevos propietarios y con el permiso de las autoridades los Montcalvos son ahora un vertedero de basuras. Por suerte – hemos tenido, sí. A pesar de todo – mi madre y yo fuimos un día a la vieja masía antes de la venta y yo, que acababa de estrenar cámara digital, lo fotografié todo. ¿Todo? En estos años transcurridos desde 1992 y La tierra retirada, he pensado, discutido, leído, odiado una y otra vez la transformación del mundo rural en uno de los bancos de pruebas del extraño mundo de finales del siglo XX con que hemos empezado, como no podía ser de otra manera, el siglo XXI. El mundo rural y la línea de costa han vuelto a toda la antigua Iberia el laboratorio del mundo urbano más presente: especulación de la tierra y de la zona de la costa, corrupción de los ayuntamientos, mafias de la construcción, abuso de la mano de obra migrante, picaresca perversa de los migrantes y de los sindicatos, desaparición de la tradición agrícola, del agua y de los ríos, alienación de los indígenas. El paisaje como destrucción. Y, no obstante, en el paisaje vivo. Vivimos. Un día de estos, antes de acabar todo, comenzaremos obras en casa y convertiremos las golfas en espacio de vida y trabajo, arreglaremos el corral que cada verano nos devuelve el olor ácido de estiércol de los cerdos que se criaban hace más de treinta años y lo transformaremos en jardín de sombra, cerraremos con material translúcido los patios que ahora ensucian de mala manera las cigüeñas, todo el año, en Saidí como en tantos otros lugares donde antes solo pasabn las primaveras. Luis y yo viviremos más y más


tiempo en los años venideros, si todo va bien… El no es rural, es urbano de casta. Pero está claro que la destrucción del paisaje cada uno de nosotros lo vive con una intimidad feroz. Con el tiempo soy más urbana que Luis, y el más rural que yo. Cada uno, no solo nosotros dos, vive como puede la destrucción. ¡Y como vive esta tierra retirada! Además de las disposiciones europeas que dieron lugar a la denominación, más poéticamente central y acertada de lo que podían sospechar los burócratas de turno… E la nave va… A trancas y barrancas, pero va. En tantas cosas continúa siendo pionera. El festival Sónar hace años que rindió homenaje al señor Arnau de este libro, por la contribución decisiva de la Florida 135 al mundo de los dj. El Sónar se llama desde no se que edición Festival Internacional de Música Avanzada y Arte Multimedia de Barcelona. Poca broma. De la misma manera, la familia de la Florida fraguense comprendió de inmediato las nuevas cosas jóvenes y sus negocios y gestiona el Monegros Desert Festival. La Florida tiene por descontado en Internet su propio espacio de música, entrevistas, agenda, fórums y tienda virtual. Visionaria tierra. Si en las páginas anteriores salen un chico argelino y un berlinés del este, ahora en Saidí casi no hay subsaharianos ni árabes, y del este ha venido mucha gente; ahora hay mas mujeres y más criaturas. La gente del este son búlgaros que, mira por donde, han venido todos del mismo pueblo de origen. Ellos han hecho rescatar a sus hombres el comercio del caracol, que los payeses han dejado de recoger y de otro sitio no veníanEn verano la población crece dos terceras partes. Por la televisión sabe la gente local que se llaman”camas calientes” a los colchones donde duermen africanos y casa


y masías abandonadas. A diferencia de ellos, la gente del este europeo ha llegado para quedarse, con la familia al completo. Compran casas medio deshechas, pajares, almacenes y masías a punto de caerse. Va pareciendo otro urbanismo, más salvaje, y un Saidí nuevo. En paralelo, hay más y más hambre en el mundo y una agricultura más y más abocada a producir alimentos sin orden ni concierto y a venderlos por una miseria en un mercado que los encarece sin sentido. La perplejidad de los jóvenes agricultores es brutal. Es la época cóctel. Todo se mezcla; es quizá la gracia también la advertencia de la tierra retirada a hermanos y vecinos: urbanos, de la costa, jóvenes y viejos, mujeres y hombres, payeses o no, con crisis o sin ella. No se está solo dentro de la piel, no. Barcelona, primavera del 2009.

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Profile for Guillermo de Castro

La tierra retirada  

Ir y volver de Saidí se puede hacer por caminos diferentes.

La tierra retirada  

Ir y volver de Saidí se puede hacer por caminos diferentes.

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