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LA AVENTURA DE ENVEJECER. Teresa Pamies Traducción libre de Guillermo de Castro.

Dos de Mayo del 2007. MOTIVACION. Cuando a fines de los sesenta, Simone de Beauvoir trabajaba en su ensayo “La Vieillesse” gente de su entorno le decían: ¡Qué idea la tuya ¡ Usted no es vieja. ¡Que tema más triste ha elegido ¡ La ya famosa escritora francesa estaba rondando los 60 años. Tenía 62 cuando fue publicado y traducido a cantidad de idiomas, entre los que estaba el castellano. A mi no podrían hacerme el mismo reproche porque me he puesto a escribir “la aventura de envejecer” a los 82 años, la mitad de los cuales los he dedicado a escribir la crónica de mi generación que ha envejecido sin darse cuenta porque, por suerte, envejecemos poco a poco. Si envejeciésemos súbitamente no soportaríamos el impacto. La naturaleza humana lo debe tener programado por etapas y gradualmente, imperceptible en unos más que en otros pero con el mismo final para todos. He querido decirlo y me he dedicado durante las vacaciones de este verano provista de una carpeta con recortes de prensa guardados sobre esta cuestión, algunos libros que lo han desarrollado y


mis 80 años cumplidos, he empezado este opúsculo con pretensión de ensayo, en el balneario Prats de Caldas de Malavella, el marco mas adecuado para el reposo, la observación serena de la vida de mayores y pequeños, la reflexión no interrumpida por la histérica cotidianeidad urbana, los buenos alimentos, los baños de agua termal, los paseos al aire…………………, la recuperación de antiguas amistades veraniegas, y el intercambio de opiniones y confidencias con gentes de diferentes generaciones que tienen cosas que explicar sobre la aventura de vivir y de envejecer. He procurado resumirlo en 60 folios y este es el resultado. Teresa Pàmies. Barcelona y Caldas de Malavella. Agosto del 2001.

PRIMERA PARTE. Soy viejo y la muerte me ha robado los pensamientos de juventud: y quien no sepa que es la vejez, que tenga mucha paciencia cuando le llegue, porque antes no se puede saber. (Miquel Ángelo Buonarotti, de una carta a su amigo Vasari escrita en febrero de 1558, cuando tenia 89 años de edad. Vivió 89.) Deja que yo te revele los dones reservados a la vejez para coronar los esfuerzos de toda tu vida. Thomas S. Elliot. Cuando a sus 90 años, el pensador italiano Norberto Bobbio publicó su ensayo “de senectute”, un perspicaz critico lo calificó de crónica “de una aventura personal”, la aventura de alguien que se lanza a la búsqueda de la propia identidad, que se


obstina en averiguar en el momento en que el futuro parece a punto de desvanecerse, el grado de coherencia alcanzado “metido de lleno en este trabajo” añade el crítico. Bobbio sabe que ante final de sus días, que el percibe inminente, constituye un reto de una intensidad perturbadora, un reto que afronta con una determinación que podría calificarse de juvenil. Al emprender la Aventura de envejecer intentaremos entender el sentido o la falta de sentido de la propia vida. Como tantos ancianos que se lo han propuesto. Norberto Bobbio disponía de los instrumentos, ………………………………………..,per o sobre todo con la voluntad de vivir la ancianidad sin pasar por la decrepitud. Este es el propósito impulsor de la aventura de envejecer sin esperar la degradación irreversible. No todas las `personas que se encuentran bien conscientes miran de hacer preguntas ni buscar respuestas como ha hecho N.Bobbio en su espléndido ensayo, documento aleccionador y lúcido sobre el proceso de envejecimiento humano en general y en el de nuestra época en particular. Los trazos relevantes de los hombres y mujeres que aparecen en este intento de ensayo sobre el envejecimiento no son recetas ni consejos para envejecer bien, sino ejemplos reunidos, por Rita Levi-Montalcini (premio Nóbel de Medicina) en su clarividente y divertido opúsculo “El as en la manga” editado en catalán por Ampurias en 1999. A sus noventa años la prestigiosa neuróloga italiana hace una valoración positiva del libro de Norberto Bobbio pero considera que, como Simone de Beauvoir en su


documentado ensayo “La Vieillesse”, se expresa en términos pesimistas cuando escribe, “la inmensa mayoría de los hombres acoge; la vejez con tristeza o con rebeldía, esta inspira mas repugnancia que la misma muerte”. Bobbio es más delicado pero igual de pesimista cuando escribe en “de Senectute” “el tiempo del viejo es el tiempo del pasado. El mundo del futuro está abierto a la imaginación, y ya no te pertenece, mientras que el mundo del pasado es aquel, en el que, por medio de los recuerdos, te refugias en ti mismo. El viejo vive de recuerdos y para los recuerdos…”. Su compatriota y contemporánea (ambos son nonagenarios) Rita Levi-Montalcini discrepa cordialmente y escribe: “Al contrario que Bobbio, creo que la vejez no se ha de vivir recordando el tiempo pasado, sino programando la propia actividad para el tiempo que resta, ya sea un día, un mes o unos años, con la esperanza de poder realizar proyectos que no habían sido posible llevarlos a término durante los años jóvenes”. La vejez es una experiencia individual, intransferible. No hay dos personas que la vivan igual ni a la misma edad. La exministra francesa Françoise Giroud (entrevistada por el País semanal), confesaba a sus ochenta y cuatro años, que empezó a sentirse vieja cuando cumplió los ochenta. Su sueño había sido –dejar de envejecer- como si eso fuese posible por el solo hecho de desearlo intensamente. Ahora que, también dice sin complejos,”Cuando envejecemos, envejecemos. Tengo ochenta y cuatro años, ¡que quiere que le haga ¡. Me canso, tengo ciática, pequeñas molestias


que ni tan solo son problemas de salud, sino síntomas de una máquina que ya no funciona a la perfección. Si pudiese soñar alguna cosa, sería aquel impulso, aquella fuerza vital. Dicen que conservo esa fuerza en la escritura. De modo que en mi trabajo puedo estar tranquila. Pero si se trata de correr tras un autobús…”. A mi me pasó a los detenta y cinco años, y la sensación no fue exultante pero tampoco deprimente. Por mi profesión y experiencia vital ya estaba “mentalizada” como ahora se dice. Desde los sesenta años había participado en docenas de mesas redondas, escrito artículos, pronunciado conferencias en “esplais”, residencias de la 3ª edad, aulas universitarias para jubilados,; había sido jurado de certámenes literarios organizados por “La Caixa” , ayuntamientos, asociaciones de vecinos, la Conserjería, de Bienestar Social, promotoras de actividades literarias entre personas mayores de setenta años, etc. Todo eso junto me impelió a documentarme sobre esta cuestión, a rebuscar entre estadísticas mas o menos fiables, a seguir de cerca la actualidad protagonizada por famosos y anónimos, viejos y viejas de insólita vitalidad física y mental, o de personas seniles antes de tiempo por no disponer de un mínimo que les asegure una decorosa vejez, o bien limitados por la falta de información sobre el proceso de envejecimiento y las maneras de encajarlo sin traumas. Me creía preparada, provista para entender lo que me esperaba camino de los ochenta años y ahora que ya los tengo e inicio un nuevo decenio, me estimula la descripción que hace la exministra de


Mitterrand, que, octogenaria, ha disfrutado de cinco años de la política activa no militante pero intensa, del ejercicio de una profesión tan estimulante como el periodismo y la literatura y de placeres del cuerpo que una mujer sexualmente liberada y económicamente emancipada se puede permitir en el linde de la senectud, aunque la tilden de estrafalaria, patética o chocha (caduca). Ciertamente es un caso excepcional, pero cada vez lo será menos. Reconforta saber, en la experiencia de una contemporánea y colega-no por exministra sino por escritora- que los achaques de la vejez no son problemas de salud sino averías en el motor que mueve el organismo. Que lo diga una persona de ochenta y cuatro años ayuda a los que nos acercamos a no confundir una ciática con un cáncer de huesos, ni la arritmia producida por el esfuerzo de correr tras un autobús con una angina de pecho o con una taquicardia. Estar informado sobre la diferencia permite evitar el pánico lindando la vejez, que es propensa a la hipocondría y al síndrome del enfermo imaginario, personaje creado por Moliere, a la edad de 42 años. El siquiatra Luis Rojas Marcos, presidente de la Corporación Sanitaria y Hospitalaria de la ciudad de Nueva York y asesor de La Caixa, en temas relativos a la tercera edad, presentó una ponencia en las jornadas de marzo de 1999, en Santiago de Compostela, sobre patologías reales y no reales entre los viejos y las viejas. En cierto modo, teorizó experiencias como las de Françoise Giroud, que constata las molestias de la edad, pero no las vive


como problemas de salud sino como averías de un motor que ya no funciona a la perfección. El Dr. Luis Rojas Marcos, que aun no ha sufrido la experiencia porque es joven, decía en su ponencia: “El envejecimiento del cuerpo y de los sentidos disminuye poco a poco nuestra libertad de acción, mientras que los órganos internos nos llaman la atención con sus averías. Por otro lado, las condiciones económicas, que a menudo empeoran después de la jubilación, restringen la capacidad para tomar decisiones libremente. No obstante, si nos lo proponemos, casi siempre es posible adoptar un estilo de vida razonablemente independiente, estimulante y activa”. Dr. Luis Rojas Marcos. Aprender a vivir. Fundación La Caixa, 1999. Cuando voy al ambulatorio de la Seguridad Social de mi barrio, para consultar con el medico de cabecera o a buscar la pastilla para la hipertensión, constato que la mayoría de los pacientes son viejos y viejas que se desplazan con la ayuda de una muleta o sin ella. No tienen grandes problemas de movilidad sino algunas averías que, debidamente tratadas, permiten hacer una vida relativamente activa, pero algunos y algunas se creen enfermos y exageran sus indicios. Entre ellos intercambian información, no la que les proporciona el cuerpo y el ánimo propios, sino la que les llega, deformada y falsa, vía publicidad, rumores y habladurías escampadas en hogares de jubilados, en la barbería o en la peluquería o en las capillas de los tanatorios


cuando vamos a dar el pésame a la familia de un vecino, de una coetánea o de un amigo de la misma “quinta” que nos ha dejado por el camino. El panorama puede parecer siniestro, no propicio para la aventura de envejecer, y sin embargo, en las diversos encuentros de los viejos, circunstanciales o programados, planea un deseo de vivir, grandes dosis de buen humor en la evocación de las “batallitas” vividas en la juventud y magnificadas por la humana necesidad de satisfacer el ego, aunque sea con retraso. A veces leen el periódico esperando la “vez” pero les cuesta concentrarse en la lectura, incluso aunque tengan entre manos un libro que les interesa. No es un problema de concentración sino de vista. Los editores de papel impreso no parecen sensibles a los problemas de visión y de audición que, junto a la de masticar con la dentadura mellada y tambaleante, son cataclismos de la edad no previstos por la Seguridad Social. De eso hablamos los viejos que nos encontramos. Sabemos que se han hecho progresos notables en los tratamientos de cada una de estas averías del mecanismo humano pero la mayoría de los afectados estamos excluidos por razones económicas. La Seguridad Social no cubre los gastos del dentista ni la aplicación de la oftalmología con los prodigiosos cristales progresivos, la operación a tiempo de las cataratas ni el costoso tratamiento para parar la degeneración macular, primera causa de ceguera en los ancianos. La aventura de envejecer incluye, también, la acción reivindicativa que algunos ancianos ya plantean abiertamente desde sus asociaciones y también


individualmente. Con cartas a los diarios, como esta de la Sra. Maria Gironella publicada en el Avui del 30de junio del 2001 con un curioso titular de la redacción: El teatro y los sordos. Dice: “Soy una jubilada y ya me he despedido de ir nunca más al teatro, y no es que no me guste, todo lo contrario. El problema es que no oigo bien (tengo un 63% de pérdida auditiva). Hago una sugerencia, ya que hacen tantas cosas para la gente mayor, y con los avances que hay hoy en día: se podrían destinar unas cuantas butacas con auriculares aplicados, para utilizarlos y subir el volumen a voluntad; vaya, como en el Congreso de los Diputados o en los aviones. No soy experta en la materia, pero a causa de mi problema, hace años que he buscado soluciones para la vida cotidiana y me va bastante bien. Yo lanzo la idea y, si ponéis buena voluntad, podríais hacer felices a muchas personas que se encuentran impotentes y abandonan la posibilidad de ir al cine o al teatro. Firmado: Maria Gironella Estorch. Barcelona”. Este es un ejemplo de actitud no resignada, no fatalista que, a la vejez, requiere coraje y la clarividencia que algunas personas niegan a los viejos para justificar la desconsideración de que son objeto. Y no hace falta ser viejo para reivindicar lo que se llama “calidad de vida” para los ancianos, por pocos años que nos queden. La editora barcelonesa Isabel Martí contestó a una carta en la que agradecía que La Campana utilice letra grande en la confección de sus libros. Deja que te explique una


historia, me dijo la joven editora. “Cuando yo era pequeña tenia en casa a una abuela, a la que le gustaba mucho leer. Siempre la recordaré sentada al lado de la ventana del comedor. Mi madre le traía montones de libros que le podían interesar, pero a menudo ella tenía que decir: “Huy, esta letra es demasiado pequeña, no puedo leerla”.Por esto, concluye Isabel Martí, procuro que todos los libros que editamos tengan una tipografía fácilmente legible. Algunos de los paliativos de los achaques de la vejez están al alcance de los empresarios, funcionarios, diseñadores y activistas culturales que no parecen estar interesados en el potencial consumidor de libros, música o teatro representado por un sector de la sociedad no en decadencia sino en apogeo, numérica y cualitativamente. No hace falta recurrir a las estadísticas para argumentarlo, y sobretodo cuando estas están falseadas. En términos económicos, confundir los achaques de la edad con problemas de salud genera y justifica malversación de los caudales públicos. Las multinacionales farmacéuticas se chupan los dedos y la Administración Pública no puede invertir en servicios esenciales como los que requieren el incremento de personas desamparadas o en situación precaria por razón de edad, prematuramente jubiladas por exigencias de la competitividad en las empresas privadas o públicas, que quieren personal con una presencia agradable, dinámica y sin antecedentes sindicales ni políticos, susceptibles de crear conflictos laborales. Son sustituidos por jóvenes sin experiencia profesional,


ni la madurez mental de los sexagenarios despedidos, rechazados, excluidos del mercado de mano de obra especializada. La jubilaciónincentivada-actúa como elemento de presión sobre los afectados y disminuye su capacidad de sublevarse. En un artículo publicado el 7 de diciembre de 1997 y titulado “Envejecer”, José Mª Espinàs, que entonces tenia 70 años (ahora ha cumplido 74), comentaba, críticamente, la publicidad para vender productos y artefactos para destinados a detener el envejecimiento. “El mencionado anuncio, escribía Espinàs, habla de los que no quieren transmitir a los demás sus señales de fatiga o estrés. Me parece una actitud positiva. Ahora que: Este engaño caritativo solo vale si es temporal. Si envejecer ya no entra en tus planes….esto ya es otra cosa. Porque ya no se trata de sugerir que un hombre disimule discretamente su edad, sino que presenta el proceso de envejecimiento como un hecho al cual podemos decir no”. Y nuestro escritor y cronista de la realidad de su tiempo prosigue: “La aceptación del envejecimiento es una condición básica de la salud síquica, y aún mas en la edad en que nos damos cuenta claramente del proceso. ¿Que quiere decir saber envejecer? No sentirse víctima del paso del tiempo, admitir que es una evolución natural y-- en contra de lo que dice el anuncio-- que es absolutamente recomendable que el hecho de envejecer entre en nuestros planes, que figure en nuestra agenda sicológica. Y así se puede envejecer con el ánimo


adecuado. Traduzco de un latín antiguo: “Que lamentable es envejecer de mala gana”. Los expertos en Geriatría, Antropología y otras ciencias llamadas sociales, formados en la teoría pero no en la vida, parecen descubrir la generación anterior y su aportación a la economía, la cultura y a la enseñanza, y una cierta preocupación social de raíces humanísticas. Algunos han envejecido desde una juventud frustrada por circunstancias históricas de las que no eran responsables. Otros no han renunciado a recuperar los años escamoteados por el intento de genocidio de una generación no rentable en términos económicos y políticos desde la óptica de los vencedores de la Guerra Civil, que ellos no conocieron, pero que marcó su infancia y adolescencia. Hemos visto envejecer, dignamente, a hombres y a mujeres de cultura que hoy son homenajeados con ocasión de su aniversario: septuagenarios como Espinás; octogenarios como Juan Triadú; nonagenarios como el Dr. Moisés Broggi y Joaquín Homs, todos ellos activos en las diversas ramas de la cultura y las artes en las cuales sobresalieron en su juventud y su madurez, no siempre aceptados por aquellos jóvenes “progres” de una radicalidad postiza pero estridente y petulante con los que envejecían haciendo cultura y país, tildados de pusilánimes y, finalmente de dinosaurios cuando, objetivamente crearon el futuro con su obra desairada y a veces silenciada, como la de la escritora y periodista Ana Murià, que a sus ochenta años seguía opinando desde la prensa catalana y mejicana ( el México de su exilio republicano compartido con el poeta Agustín Bartra,


con el cual regresó a casa al empezar a envejecer pero con su obra hecha que completarían en Cataluña). A sus ochenta años cumplidos, Ana Muriá opinaba sobre la caída del muro de Berlín, no desde el pasado, con la franqueza que la caracteriza. Ahora tiene 97 años, vive en Tarrasa y se ratifica en lo que escribió cuando fue demolido el siniestro muro de la vergüenza. “Nace otro mundo” escribía comentando la actualidad, “el mundo de nuestros sucesores. Herederos de nuestro fracaso; corregidlo. Para sustituir las injusticias que tenia que ser la justicia social, no restablezcáis las antiguas”. Ana Murià, Avui, 9 de Noviembre de 1999. La lucidez y la contemporaneidad implícitas en las reflexiones de la nonagenaria escritora catalana, no son atributos exclusivos da la intelectualidad. Rosa Sellares- noventa y un años- al jubilarse prematuramente en la fábrica de Navàs donde había estado trabajando durante 3 décadas, aprendió la aventura de envejecer en contra de los tópicos desmovilizadores y desmoralizadores para le gente de su edad. Aprendió a nadar bordeando los setenta en la piscina municipal de Navás y, ya octogenaria participó en carreras de natación para la tercera edad. El pasado mes de marzo compitió en un festival master. Era la veterana. Hizo los 25 metros mariposa y espalda en 2 minutos, 22 segundos y 84 centésimas. Afrontó el envejecimiento como un reto que le planteaba la vida, deportivamente. Sigue practicando la natación, hace largas caminatas por


el bosque y lee. “Leer es mi gran pasión”, dice en una entrevista a El País Semanal. “Cuando empecé a perder vista lo que me entristeció fue no poder leer”. Hace dos años la operaron de cataratas y ahora ve, incluso sin gafas. Y opina sobre lo que lee y sobre lo que observa a su alrededor; siempre con los pies en el suelo: “Se que no puedo competir con los jóvenes, no tengo su vitalidad; el cuerpo humano va desgastando su maquinaria año tras año. Tenemos que admitirlo. No me importa que me llamen vieja. Lo soy. De eso no se salva nadie, salvo que muera joven. He trabajado mucho, incluso haciendo horas extras, y si me lo pedían, también el sábado. El dinero era bien recibido porque había que mantener a la familia. Los tres hijos- Marcela, Corazón de Maria y Pedroestudiaron con becas. Con mi pensión yo no podía viajar como lo he hecho en los últimos años, por casi toda Europa. Las chicas me ayudan a pagar los gastos. Me encanta buscar setas, una afición muy enraizada en Navás. Lo que nunca hubiese hecho es sentarme a hacer ganchillo, como algunas de mis amigas, pero es que ellas están peor que yo”. Rosa Sellarés no pierde el oremus ni en la fama ni ante las tentaciones del consumismo. No mira la TV: prefiere “devorar libros”. Tiene dos nietos pero no le agrada satisfacer sus caprichos. Sigue comprando en las tiendas pequeñas. No le agradan los centros comerciales que califica de “tentadores”. “Si vas, picas”. “Por eso no trajino dinero. Solo compro lo que tenia planeado”.


Para la nonagenaria obrera jubilada, hay que concentrarlo todo en lo esencial, y vivir al propio ritmo, que no es el de los jóvenes, como dijo el poeta Vicente Aleixandre en Poemas de la Consumación, escritos en la ancianidad creativa y nada rencorosa ni amargada, como es la de algunos personajes que no soportan el peso de los años ni la presencia de la juventud que les tiene que relevar. El poeta tenia 70 años y aun no le habían otorgado el Nóbel de Literatura en 1977, cuando escribió: Los Viejos y los Jóvenes Unos jóvenes, pasan. Ahí pasan, sucesivos, Ajenos a la tarde gloriosa que los unge, Como esos viejos Más lentos van uncidos A ese rayo final del sol poniente. Estos si son conscientes de la tibieza de la tarde fina, Delgado el sol les toca y ellos toman Su templanza: es un bien- ¡quedan tan pocos ¡-, Y pasan despaciosos por esa senda clara. Es el verdor primero de la estación temprana, Un río juvenil, más bien niñez de un manantial cercano, Y el verdor incipiente, robles tiernos, Bosque hacia el puerto en ascensión ligera. Ligerísima. Más no van ya los viejos a su ritmo. Y allí, los jóvenes que se adelantan pasan, Sin ver, y siguen, sin mirarles. Los ancianos los miran. Son estables,


Estos, los que al extremo de la vida, En el borde del fin, quedan suspensos, Sin caer, cual por siempre. Mientras las juveniles sombras pasan, ellos si, Consumibles, inestables, Urgidos de la sed que un soplo sacia. Vicente Aleixandre, Poemas de la Consumación, Barcelona, 1978. Aleixandre envejeció rejuveneciendo su arte y potenciándolo sin miedo a la vejez, sembrando la simiente entre la generación de la posguerra, que había quedado desamparada y, en Cataluña, privada de la lengua en la que se expresaba, enraizada en el pueblo y salvada por poetas como Juan Vinyoli y su obra de viejo prematuro, de quien nunca desesperaron los jóvenes buscando su propio ritmo. Juan Vinyoli murió joven, pues a los 70 años difícilmente comienza la vejez. No se habían agotado sus dotes de poeta ni las motivaciones esenciales que le inspiraron. Seguramente le asustaba la decrepitud, y algunos de sus versos escritos antes de los sesenta años rezuman sus miedos. “Me he de ir consolando/de hacerme viejo…”, escribió a sus 49 años. No avanzaba, recluido en el buscado aislamiento: “Sigo solo, escrutando la transparencia/de este rincón del tiempo parado”. Tenia 59 años cuando escribió: “Morir, dormir, no se/como acoger al nuevo día, frío/muñón morado, yo inapetente/con la pipa que me cuelga de la boca/de pescador rendido.”


No era únicamente la lasitud del cuerpo sino también del alma. “Hace falta mucho valor/para enfrentarse con una /frágil hora naciente, de todas la primera/las mas difícil.” Tenia 65 años cuando, desde las Tres Torres, dedicaba un verso a Rafael Alberti en el cual el poeta catalán, mas joven que su colega gaditano, decía: “Mientras la guadaña nos tenga marginados/vivimos, quemamos y clamamos. /Después tan solo necesitamos/morir con honor.” Rafael Alberti vivió 20 años más que su amigo, que murió joven porque no supo o no quiso envejecer. En el conmovedor-Autorretrato a los 65 añosVinyoli no disimula su aversión a la vejez, cuyos signos, reflejados en el espejo, le dan asco. “Mírame la cara encendida De sátiro viejo. Que vinoso color de vida muy vivida, Ya no recuperable. Vasos vacíos. Recojo, sin embargo, uva con una falsa voracidad, y me embriago Del vino de los años. Y tanteo, palpo Paredes de oscuridad, no tocando ya nunca El cuerpo de melocotón de ninguna mujer, Pues ya no estoy enamorado. Malogrado tiempo de vida, este, tan solo para patearla. Joan Vinyoli no emprendió la aventura de envejecer porque no quería alargar la vida solo para patearla. Al renunciar a proseguir el viaje, dejó inacabada su gran obra literaria y tal vez se perdió emociones y satisfacciones de una ancianidad activa, creativa, y


no lo que el mismo sintetizaba en 4 líneas del poema “Sabiduría”: Apaga el fuego, Enciende la luz, Busca tu lugar Y mira el humo. Sin embargo, no es esta la sabiduría conseguida al final del trayecto. Son numerosos y conocidos los nonagenarios que ofrecen una imagen bien distinta de la que sugiere el bellísimo verso de Joan Vinyoli. El Dr. Luis Rojas Marcos lo destaca en la mencionada ponencia en la jornada Las personas mayores ante el tercer milenio, celebradas en Santiago de Compostela, el 4 de marzo de 1999: El rechazo del natural envejecimiento va unido con frecuencia al mensaje “las personas mayores son diferentes”. Esta tácita proposición postula que el paso de los años nos transforma en seres distintos, con quienes el resto de los humanos tienen muy poco en común. La creencia de que los mayores están afligidos por defectos graves, y, secretamente, son seres menos valiosos, es una de las fuerzas mas dañinas, porque hace posible todo tipo de actitudes y conductas intolerantes y ofrece una disculpa a la hora de marginarlos…No existen mayores pruebas de progreso, del desarrollo, de la madurez y la civilización de un pueblo que su capacidad para aceptar la dignidad del proceso vital en su totalidad, y su firmeza para adoptar


una actitud de respeto y de apoyo hacia las personas de edad avanzada”. Después de señalar que el 80 % de las personas mayores de 70 años mantienen una cotidianeidad activa y autosuficientes según las mismas investigaciones científicas, el Dr. Rojas Marcos opina que la sociedad occidental desestima la capacidad de autonomía de las personas mayores, ignora su prudencia, el sentido común y la experiencia adquirida con los años. Se equipara, erróneamente, el paso del tiempo con el deterioro de las cualidades humanas mas valiosas. Y añade: “Las etapas posteriores del ciclo de la vida se caracterizan, sobre todo por la sabiduría. Es una sabiduría que combina la esperanza, la voluntad, el Amor y el interés por los demás con una actitud realista y despegada hacia la inevitabilidad de la muerte”. El eminente siquiatra sevillano no comparte la tesis de que cada uno carga con un equipaje hereditario que determina las formas y los ritmos de su envejecimiento. Y dice: “Hoy tenemos a nuestro alcance abundantes pruebas de que la vitalidad física, mental y social de las ultimas décadas de la existencia no es tanto una cuestión genética sino del estilo de vida que elegimos.”


Esta sería la clave para entender que gente de la misma familia y educada con valores similares tengan un proceso de envejecimiento diferente en muchos o en todos los aspectos visibles o invisibles. La aventura de envejecer es individual, como lo es el estilo de vida de cada persona, escogido en función del gusto, las necesidades, el ambiente del entorno y las amistades efímeras o estables. Presentaremos algunos ejemplos. En 1968, a los 82 años, Clementina Arderiu escribió La esperanza todavía, conjunto de poemas incluidos en su Obra poética, publicada por Ediciones 62 en 1973, con prólogo de Joan Teixidor que no ha perdido vigencia a pesar de las tres décadas transcurridas y los cambios que han transfigurado tantas cosas. El poeta destacaba la palabra esperanza, presente en el titulo de los últimos versos de Clementina Arderiu y en toda su obra anterior. “Es muy significativo” escribe Joan Teixidor “que la encontremos en el titulo del ultimo de sus libros y aun mas con un adverbio que le da mas fuerza cuando todo parece que se hunde, y los años nos pesan” y Carles Riba “al que tanto queríamos” ya no está. El marido de Clementina Arderiu había fallecido en 1959, a la edad de 66 años. Ella era 6 años mas joven. No se convirtió en la “desconsolada viuda”convencional ni en la sexagenaria que, al quedarse sola, renunciaba a una vida activa, creativa y fecunda. En mi viudez No quiero sombras a mi duelo.


He sido, y soy aun, Mujer que vive a pleno sol. Clementina Arderiu, La esperanza todavía 1968. Su 85º aniversario la encontró debilitada por una súbita enfermedad cardiaca que no le permitía vivir a pleno sol sino confinada en el hogar de uno de sus 4 hijos, que no la dejaron sola en el piso familiar a una edad tan avanzada y con problemas de salud. Era en 1974 cuando Lluis Bassets la entrevistó para Tele/Express. “Clementina Arderiu”, escribe el periodista, “me recibe sentada en un diván y rodeada de almohadones. Cuando entro se levanta con penas y trabajos con voluntad. Otras veces, mientras dura la conversación se levanta para buscar cartas, libros y fotografías. A pesar de su enfermedad y de sus años, mantiene un admirable espíritu activo y joven.” A sus 85 años, la anciana poetisa mostraba un coraje y una lucidez insólitos entre los viejos del tópico. Coraje para decir lo que pensaba sobre el panorama cultural del momento, sin halagar a los jóvenes ni pontificar sobre el oficio, como suelen hacer, aun hoy, algunos veteranos de la tribu que no quieren complicarse la vida ni crearse enemigos entre colegas y potenciales lectores. “De la literatura que hoy se hace” responde Clementina Arderiu a una pregunta del entrevistador, “puedo decirle que no me gusta demasiado. Eso de que se digan malas palabras y no se respete el lenguaje no va con la poesía y de la literatura.


Cuando en un libro encuentro una frase ambigua o que en lugar de poner fer pone fotre, ya cierro. En poesía no se puede permitir. Me diréis que son cosas de viejo, pero es degradar la lengua poner cosas de estas.” Le daban tanto asco algunos de los originales presentados al premio de poesía que llevaba el nombre de su marido, que Clementina Arderiu dimitió del jurado del que formaba parte. Puede ser discutible, pero hay que reconocer la coherencia de la decisión. En aquella entrevista póstuma, la viuda de Carles Riba habló de su condición de madre de familia y de cómo se organizaba para hacerla compatible con su vocación literaria, afrontando las servidumbre del ama de casa de su tiempo y la maledicencia de los envidiosos que hacían correr el bulo de que los poemas de Clementina Arderiu los escribía su marido, Carles Riba. “Yo he tenido 4 hijos y he estado casada 43 años. Ahora tengo 3 bisnietos. Siempre he estado muy pendiente de mi marido y de la casa. Muchas veces pasaba tres y hasta cuatro meses sin escribir una línea. Pero mi marido me decía: Haz versos. No lo dejes.” Y Clementina no lo dejó, ni tan solo cuando falleció su marido y quedó viuda a los 60 años. Habían madurado juntos, pero tuvo que emprender sola la aventura de envejecer, renunciando a muchas cosas


porque, como dijo uno de los patriarcas de la lengua española: “La vejez es un rosario de renuncias.” Nuestra poetisa no renunció a la poesía, que cultivó hasta el umbral del final del trayecto. Escribía, viajaba, leía sintiéndose acompañada del recuerdo, de la añoranza de los compañeros que ella evocaba: ...¡Y aun oigo aquella voz Que me guía! Tengo las palabras que escribió ¡Y me quedan! Pero no encuentro aquella mano segura… Clementina Arderiu, La esperanza todavía, 1962. Con el título “Abuela” expresó, a los 77 años, su confianza en el futuro: De los nietos la voz Me hace estremecer, “¡somos la estirpe!” Timbre y acento Bien catalanes, Que no otra cosa ¡Sean bien hombres! Tengo fe De la Esperanza todavía, 1966.

SEGUNDA PARTE.


Envejecer en pareja ha de ser mas problemático porque la vejez, según escribió Josep Plá en Notas del atardecer, es “un proceso de enfriamiento”, idea que, por cierto, quizá fue plagiada de la que Aristóteles formuló muchos siglos antes. Lo cita Simone de Beauvoir en su ensayo “La vieillesse” refiriéndose a chacras de la ancianidad que Hipócrates situaba a los 56 años. “Los sucesores de Hipócrates fueron mediocres”, escribe Simone de Beauvoir en su notable ensayo. “Aristóteles impuso sus puntos de vista fundamentados en la especulación y no en la experiencia: la condición de la vida era, según el, el calor interno y asimilaba la senectud a un enfriamiento.” Josep Plá pensaba lo mismo pero, a diferencia de Aristóteles, no lo fundamentaba en la especulación sino en la propia experiencia. Tenía 80 años y desde los 70, padecía los zarpazos desmoralizadores del frío en sus huesos y en su estado anímico, fríos que producían pánico o rompían el equilibrio entre la vida biológica y el pensamiento. Reconocía que en tales condiciones No tenía derecho a compartirlas con una mujer. Envejecer con Josep Plá no habría sido una fiesta precisamente… “Ahora que estoy llegando a los 80 años, a una velocidad increíble, que aun tengo la absurda ilusión de escribir este libro, a veces pienso en el pasado y, bien cribadas las cosas, tengo que reconocer que mi existencia, dentro de mi total limitación, ha estado llena de suerte y que he ido aproando los escollos de la existencia, a veces


conscientemente, a menudo con una perfecta inconsciencia. Si me quejase, seria un desagradecido, un indecente desagradecido. He tenido la suerte de ser una persona limitada, concreta y, hasta donde he podido, libre.” Josep Plá. Notas del atardecer. Para “aproar los escollos de la existencia” hay suficiente con el proel en la proa de la embarcación, para utilizar el símil marinero del escritor ampurdanés. El no estuvo nunca en la proa de nada. Practicaba el menfotismo por comodidad. Su individualismo no concebía que la mujer que le acompañase en la singladura reclamase la misma libertad que el practicaba. Y, claro está, ya tenemos el primer tropiezo contra los “escollos de la existencia”: “No me ha deslumbrado nunca nada: ni el dinero, ni la publicidad, ni el bienestar (que no existe), ni la felicidad (que aun existe menos), ni la política, ni la consideración, ni la perfección, ni el redentorismo, ni la revolución, ni cualquier fanatismo, ni la inmensa cantidad de cobardías grotescas que presenta la vida. He ido haciendo mi camino oscuro y continuado, y si alguna persona ha tenido la paciencia de decir algo de mi, a favor o en contra, es igual, cosa que agradezco, naturalmente: el hecho me ha entrado por una oreja y me ha salido por la otra.” Josep Plá. Notas del atardecer.


Si fuese exacto el autorretrato moral que se hizo a los 80 años, difícilmente habría podido encontrar pareja para afrontar juntos la senectud. Volviendo a la teoría de la vejez como un proceso de enfriamiento, podríamos encontrar argumentos para atribuirle la congelación de la libido, e incluso del enamoramiento platónico, pero ¿porqué tendrían que afectar sentimientos nacidos y consolidados en la convivencia, el poso de humanos afectos, una ternura, una amistad, unos hábitos adquiridos conjuntamente,, unas complicidades…,factores cohesionadores de la convivencia en la discrepancia y en los conflictos eventuales a la hora de envejecer juntos? Contra esta ingenua hipótesis, idílica, se alzaran murallas de objeciones pragmáticas y realistas, acompañadas de estadísticas sobre la crisis de la pareja. Pero una pareja humana son dos individualidades y no dos gotas de llanto en una canción, ni dos seres en uno que amando se mueren, como dice el bolero Somos. Si así fuese, la aventura de envejecer no podría animar a la pareja moderna a menos que el uno y la otra fuesen capaces de preservar lo esencial de aquello que un día les unió y que el envejecimiento pondrá a prueba ineluctablemente. Un hombre y una mujer envejecerán con las características propias de cada uno, que incluyen la salud física, el modo de ser personal, la autosuficiencia económica, el grado de educación…Mientras fueron jóvenes y en la primera madurez, las diferencias no actuaban como elemento de confrontación, de irritabilidad, de


desconfianza o de codicia, de celos o de cobardía que suelen manifestarse en la ancianidad En los geriátricos públicos y privados, son fenómenos generadores de disputas, intrigas y violencias que la ciencia intenta paliar con fármacos o tratamientos específicos que pueden evitar el estallido de situaciones dramáticas y peligrosas, y prevenir cosas peores. Desde luego que las estructuras sanitarias y la investigación que las promueven no son infalibles. El siquiatra Luis Rojas Marcos lo recordaba en su conferencia basándose en su experiencia en el tratamiento de la demencia senil y de otras patologías atribuidas a la edad. Su receta predilecta es el trato personal con las personas afectadas por estas patologías, especialmente eficaz en el caso de las parejas que quieren envejecer compartiendo las fases mas dolorosas y las mas gratificantes de este proceso. La pareja mas famosa del siglo XX, Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre, fueron, durante dos o tres décadas, modelo de unión libre, inteligente, creativa y transgresora de las normas represoras de los sentimientos y de los comportamientos emancipadores. Influyeron en sus contemporáneos intelectuales y en parte, en la militancia política y sindical, con la que la famosa pareja colaboró abiertamente con su bagaje cultural, su prestigio, su tiempo, y una parte considerable del dinero ganado con las obras escritas y editadas en millones de ejemplares y traducidas a las principales lenguas. Era la pareja referente a la generación de la guerra fría, caracterizada por su radicalismo verbal, no solo


en cuestiones políticas sino también en la defensa de los valores proclamados por el feminismo, especialmente revolucionarios en materia de sexo y las relaciones de pareja. Simone de Beauvoir y Jean Paul Sartre rompieron los esquemas imperantes. Eran pareja pero vivían en pisos diferentes, no solo en camas separadas.Mostraban una relación satisfactoria que no excluía la eventualidad de un amante para ella, y unas cuantas señoras para el. Compartían piso cuando les apetecía y recibían amigos a cenar como una pareja convencional, en plan de anfitriones divertidos, generosos e influyentes. No tuvieron hijos, por decisión consensuada, justificada con argumentos egoístas, pero adoptaron alguna chica o algún chico, no para satisfacer ningún instinto maternal o paternal sino para asegurarse fidelidades y acólitos y también compañía joven para la vejez, sabiendo, como sabían, que no la afrontarían juntos. Grandes aventureros en el campo del pensamiento y de la acción política, no se prepararon para el reto del envejecimiento. La senectud les cogió desprevenidos, y a Jean Paul Sartre completamente desamparado. La aventura de vivir se acabó del modo más sórdido y miserable. A los primeros síntomas de decrepitud, el más débil y el más viejo de los dos cargó con el fardo. Simone de Beauvoir era observadora y escribió la crónica en su libro póstumo La ceremonia de los adioses, con la siguiente dedicatoria: “A los que han querido a Sartre, le quieren y le querrán”, pero después de leerlo uno


se pregunta si ella le quiso, o si dejó de quererle al hacerse viejo. Simone de Beauvoir había escrito el ensayo La Vieillesse, redactado, en parte, en el piso de su compañero de su compañero Jean Paul, como ella recordaba en su libro. Ni ella ni el eran viejos en esa época- finales de los setenta- y el ensayo sintetizaba un alud de información abrumador sobre el envejecimiento humano, pero no les afectaba personalmente. Expresó la repulsión que le producía descubrir las miserias en la ancianidad de los demás, especialmente de los hombres ilustres, que Simone de Beauvoir utilizó como material de laboratorio. Volcó información conocida pero también inédita. En algunos capítulos encontramos una Beauvoir compasiva, con una fría lucidez, sublevada contra una civilización que impone a la mayoría de los ancianos “un nivel de vida tan miserable que la expresión viejo y pobre constituye casi un pleonasmo; a la inversa la mayoría de los indigentes son viejos. Los ocios no abren al jubilado posibilidades nuevas; en el momento en que el individuo se encuentra por fin liberado de coacciones, se le quitan los medios de utilizar su libertad. Está condenado a vegetar en la soledad y el aburrimiento, es un puro deshecho.” (Simone de Beauvoir, introducción a su ensayo La vejez.) Este fue el destino reservado a Jean Paul Sartre, no porque fuese pobre sino porque le dejaron solo. De esto no tiene la culpa la sociedad. La ceremonia de los adioses escandalizó a los admiradores de la singular pareja. Se consideró una despiadada y gélida narración de la degradación


física y espiritual del hombre con el cual la autora compartió diez años de la aventura de vivir la subversión desde un humanismo que incluía, entre otros valores esenciales, el de la compasión y el respeto a la dignidad de la persona, con mas razón cuando que ha perdido las capacidades físicas y mentales para defenderse. Los achaques fisiológicos del septuagenario decrépito y mitificado, autor de La náusea y proel de la nave Tiempos modernos, fueron esparcidos, impúdicamente, por la mujer que compartió pensamiento y acción en la discrepancia, compitiendo abiertamente en el campo de la cultura contemporánea, sin eclipsarse. Cuando apareció la traducción castellana de La ceremonia…, el diario La Vanguardia publicó, en su edición del domingo 18 de Abril de 1982 y en la sección “Tribuna”, un artículo del catedrático Domingo García-Sabell titulado “Relato inhumano, Sartre enfermo”. Es un texto duro, escribe García-Sabell, aristado, con una cierta lejanía descriptiva que desconcierta e irrita. En él se nos aparece un Sartre vencido, agotado por sus dolencias y en trance de dimisión vital. No es una constatación desgarrada de lo que ocurre. Es un certificado lúcido y frío de todos y cada uno de los progresos de la patología del escritor.” La redactora de la revista francesa L’Express, Janick Jossin ha buceado en el libro de su “se ha excedido en crueldad y realismo, pero lo peor es que ha mostrado su incapacidad para captar lo esencial. Ante la muerte Sartre no puede quedar


reducido a un inventario de anécdotas, síntomas e instantáneas; a un diario cotidiano de mayordoma indiscreta que esconde el drama bajo una proliferación de detalles. Esta última verdad de Sastre era esperada por muchos no como voyeurs (cotillas), que es lo que nos propone Simone de Beauvoir, sino como lectores, como discípulos, enemigos o admiradores igualmente preocupados por reencontrarle en estas pruebas en que la realidad supera definitivamente al pensamiento. Estas cosas, por desgracia, son banales y Sastre no lo era.” La redactora del Express tituló su articulo “la segunda muerte de Sartre” y aconsejó a los lectores de la Ceremonia de los adioses que dejasen de lado a Beauvoir. “Siempre quedará Sartre”. El escritor catalán Robert Saladrigas es bastante mas ecuánime en su opinión de critico literario y discrepa de los que acusaban a Simone de Beauvoir de “canibalismo puro al ensañarse con alguien, que desaparecido un años antes, no podía defenderse. Otros la tildaron de oportunista y de valerse de su intimidad con Sartre para sacar un nuevo libro con las máximas probabilidades de obtener un éxito de ventas. Un escándalo, en suma, que coleó durante varios meses en los ambientes intelectuales franceses.” Robert Saladrigas, La Vanguardia, 17 de Enero de 1983. Hecha la exhaustiva reseña de las contradictorias relaciones que estableció la famosa pareja, Robert Saladrigas no se sitúa en calidad de juez, y escribe: “Estoy seguro de que a Beauvoir no le resultó fácil reflejar el proceso de decrepitud de sastre, pero


tenia que hacerlo, y logró sobreponerse. De nuevo me pregunto, asombrado, ¿que se le puede reprochar? Cada uno contestará a la pregunta como mejor le parezca.

TERCERA PARTE La vejez es un naufragio. Chateaubriand, Memorias de ultratumba. (Lo escribió cuando tenía 30 años y vivió 80) Las recetas de los expertos, los consejos de los sabios no sirven para todos, pero todos podemos aprender de los que han explicado como envejecieron y han sabido transmitir lo esencial y lo universal, dejando aparte la peripecia personal. La neuróloga italiana de origen judío Rita Levi Montalcini, Premio Nóbel de Medicina 1986, recogió, para sus estudios específicos, ejemplos de personajes excepcionales. Convirtió la aventura científica en indagación apasionada de los fenómenos del envejecimiento del cerebro humano, investigación a la que dedicó miles de horas de laboratorio, bastantes menos de las que ha pasado observando y analizando el envejecimiento de personas concretas que, como ella misma, llegan a los 90 años con plenitud de facultades mentales, de las cuales depende, en definitiva, el buen


funcionamiento de los órganos principales. Lo ha explicado en el libro El As en la manga en, con una claridad y una amenidad estimulantes: “en el juego del póquer,- escribe,- la carta de la baraja de mayor valor se representa como un As, indicado convencionalmente con la letra A, que si se encuentra en una determinada secuencia tiene un valor mayor que todas las otras y determina la victoria.” “en el juego de la vida, la carta mas alta está representada por la capacidad de servirse, en todas sus fases y, en particular, en la fase senil, de las actividades mentales i síquicas que se poseen” Rita Levi-Montalcini, El as en la manga, Editorial Empuries, Barcelona, 1999. Hay una gran dosis de voluntarismo en esta afirmación de la científica italiana, pero sin un mínimo de voluntad y entusiasmo no se puede emprender la aventura de envejecer. Hay que ser consciente de los limites de “una partida de póquer” tan azarosa, conocer las reglas del juego y, cuando sea necesario, infringirlas con la picardía del viejo trapacero.¿Porqué no? “Cada edad tiene sus limitaciones” ha dicho el escritor nonagenario Francisco Ayala. Miguel Delibes, doce años más joven, es bien consciente y decidió no sobrepasar los límites rebajando el volumen de su actividad; a diferencia de otros coetáneos, no invoca esos límites como coartada para tirar la toalla y hacer mutis del escenario


literario en el cual sigue actuando en la línea de siempre. Lo hace discretamente y midiendo sus fuerzas con tal de evitar el espectáculo de la decadencia antes del declive. Cuando le solicitan una entrevista, Delibes pide las preguntas por escrito y las contesta también por escrito. “Desconfío de mi fluidez mental, de mi memoria, de mi capacidad de responderles a espetaperro a mis 78 años”. Esto no es decadencia sino lucidez y humildad. “La ancianidad”, escribió Goethe, “consiste en la progresiva reducción de la perspectiva.” Sabía definición, pero entenderla en toda su extensión requiere un nivel de cultura que la mayoría de los ancianos no han podido adquirir, un hecho objetivo que dificulta la asimilación del pensamiento clarificador de los grandes humanistas de todos los tiempos. Comparando los testimonios de intelectuales y artistas que han envejecido conservando y enriqueciendo sus facultades mentales con las de los hombres y mujeres de humilde condición que han entrado en la ancianidad asustados por ignorancia, nos damos cuenta de cómo afecta “la reducción de la perspectiva” cuando la jubilación les convierte en personas sin proyectos ni horizontes. Necesitan reposar después de una vida de trabajo, no siempre gratificante, a veces embrutecedora, sin una afición creativa ni formación cultural compensadora de tantas frustraciones, no por falta de inteligencia sino por no haberla ejercido más que en la lucha diaria por sobrevivir. No se plantean preguntas metafísicas. Les preocupa la


escasez de sus pensiones, el miedo a que sean recortadas y devaluadas por la inflación y por otras calamidades de la coyuntura económica y el descrédito de la política. La perspectiva de solución de sus problemas la ven lejana, y no porque “la ancianidad la reduzca progresivamente” (Goethe) sino porque el sistema capitalista ya no puede abrir horizontes de ningún tipo, ni perspectivas de mejora para la mayoría, ni para los viejos ni para los jóvenes,, ni al depauperado tercer Mundo, ni para el opulento Occidente a la deriva. Luchar para evitarlo es parte de la aventura de envejecer con dignidad. “La senilidad, igual que las fases precedentes, no ha de ser vivida con la añoranza de los privilegios y de las ventajas perdidas con el paso de los años. La vida sigue un curso muy preciso y enriquece cada edad con cualidades propias.” Rita Levi Montalcini, El as en la manga. (Escrito cuando tenía noventa años) En mis encuentros con gente “de avanzada edad” uno de los eufemismos aplicados para huir del adjetivo viejo, reuniones en forma de coloquios, charlas y conferencias sobre esta cuestión, he constatado la diferencia entre el proceso de envejecimiento de los trabajadores de la industria, la construcción y la agricultura y la de los jubilados o rentistas de clase media: exempresarios, funcionarios, exmilitares, profesiones liberales y la gran legión de amas de casa. Los primeros tenían una actitud más pasiva y aspiraciones elementales, de intendencia y de ocio barato. Los segundos,


físicamente menos gastados, intelectualmente más curiosos y receptivos, envejecen sin mencionarlo, no han perdido el interés por lo que sucede en el planeta, enriquecen su bagaje cultural planificando el tiempo de ocio que nunca habían tenido, gozando del equilibrio anímico que proporciona una jubilación decorosa y rentas equivalentes, con sus diferencias, con los anteriores ingresos. No pasan angustias económicas, se sienten queridos por hijos y nietos, que no les necesitan y a los cuales, eventualmente, pueden ayudar con toda naturalidad. El hecho de no tener que pedir nada a la familia es un factor importante en el envejecimiento armonioso de los abuelos. Son económicamente autosuficientes y no estiran más el brazo que la manga. Pueden seguir las recomendaciones de la geriatría moderna para mantener cuerpo y mente en forma. Son una parte cuantitativamente importante, pero todavía constituyen excepciones. El neurólogo Nolasc Acarin, en un articulo publicado en La Vanguardia con el titulo “Envejecer”, escribió “La mayoría de los viejos tienen pocos recursos y menos incentivos para mantener una cierta actividad intelectual que estimule su cerebro, que facilite la adecuada generación de conexiones neuronales y se pueda mantener así una vida inteligente”.Y el Dr. Acarin recomienda que los viejos, además de hacer ejercicio físico, puedan encontrar “una ocupación cultural, sea individual o en actividades sociales de carácter colectivo”. Estas son reflexiones de un hombre de ciencia que ha tenido y tiene la ocasión de elaborar y contrastar


sus tesis con la realidad de los ambulatorios, los servicios médicos públicos y privados de consulta y tratamiento de patologías derivadas de la edad. Son deducciones que ayudan a interpretar desde un estudio realizado en 1997 por un equipo de neurólogos y neuropsicólogos entre 2142 personas ingresadas en 21 residencias para la tercera edad en 13 comarcas de Cataluña, estudio sintetizado en este titular del Avui “El 45% de los ancianos catalanes ingresados en residencias publicas padecen Alzheimer, tienen una media de 83 años y un nivel bajo de formación.”Aun no siendo cifras extrapolables a la población catalana mayor de 65 años ni a la totalidad de los 36.000 ancianos que viven en residencias publicas o privadas, la situación contrastada es bastante generalizable. Llama la atención, particularmente, que en la población estudiada predominen las mujeres (76,5%) con un bajo nivel de escolarización (un 45% son analfabetos o analfabetos funcionales). Podría atribuirse la prevalencia de las mujeres al hecho conocido de que la mujer vive más años que el hombre, pero no explica el bajo nivel cultural. Tratándose de la generación de la guerra y la posguerra, revela la marginación de que era victima la mujer en aquella época, situación que por suerte ha mejorado con el advenimiento de la democracia y la lucha de los movimientos feministas. Las viejas que he conocido en los centros para la tercera edad y en las organizaciones específicas de carácter cultural y cívico son las más activas, las que muestran mas capacidad de iniciativa, y las mas


creativas a la hora de reivindicar. Viven la ancianidad con un talante optimista. Como consumidores no se dejan embaucar ni confundir. El Sr. Pedro Carbonell, en un artículo del Avui, hablaba de “la revolución de las mujeres mayores, recordando que el fenómenos no se produce por generación espontánea.” “Es fruto del trabajo de asociaciones que vienen de lejos y en las que militan mujeres mayores que ya ingresaron de jóvenes o en su madurez”. También hay aspectos negativos en los comportamientos y hábitos de viejos y viejas, y no se deben de obviar al tiempo de reflexionar sobre esta cuestión. El Dr. Luis Rojas Marcos alerta contra la tendencia de muchos ancianos a convertirse en el centro de atención de la familia, de los amigos y vecinos, exagerando sus enfermedades o inventándose algunas. El polifacético Joaquín Renart tenía 82 años cuando, el dos de junio de 1961, anotó en su famoso diario: “Decididamente los viejos y los enfermos somos unos egoístas. Todo lo supeditamos a nuestro uso personal. Nos creemos que aun estamos en el candelero, que no hay otro asunto mas importante que tener cuidado de nosotros; somos exigentes en todo y no nos hacemos cargo de nada.” Quizá exagera un poco, el simpático Renart, en este arranque autocrítico, pero sugiere con franqueza la figura del abuelo cascarrabias de su tiempo. Aun quedan. Enrique Miret Magdalena, en una charla en


la Universidad de Mayores. Experiencia Reciproca de Madrid (la UMER), da algunos consejos “para mantenerse”, el segundo de los cuales decía: Hemos de evitar que el viejo se convierta en lo que dice el refrán: “¿Que es la vejez?”: “estornudar, toser y preguntar la hora que es.” Lo malo de estar centrado en uno mismo, volverse aprensivo, hacerse la victima inútil, que todos deben de estar pendientes de el, y que ya no tiene mas misión que ser cuidado y pasar el tiempo sin finalidad alguna. Es verdad que partir de los 50, añadía como segundo consejo el prestigioso periodista octogenario, empiezan las goteras, pero porque no nos hemos cuidado, ni hemos hecho una vida sana que hubiese impedido el derrumbamiento físico que, sin embargo, todavía tiene remedio. El punto nº 7 del decálogo de consejos de Enrique Miret Magdalena dice: “Hay también que evitar que se vuelvan retraídos, pues es cierto, que años y desengaños hacen a los hombres huraños y, ¿cual es el estimulo a emplear? Que nos cuenten sus anécdotas y experiencias de la vida, incluso que pueda haber charlas de algunos mas dotados para que tengan esa expansión enriquecedora contando a los demás lo que saben, ayudándoles a prepararlo bien para que no resulte una cosa pesada. Pues “antes faltarán peces en el mar, que le falten al viejo cosas para contar”.


Es un buen consejo pero los viejos que queremos contar nuestras experiencias o sencillamente opinar sobre lo que sea nos exponemos a ser interrumpidos con el impertinente y desconsiderado “no me cuente sus batallitas. No te enrolles, abuelete…” Y, desde luego, Miret Magdalena tiene razón. Lo que el recomienda es una terapia contra el aislamiento y la soledad del anciano. Una terapia barata, inocua y pedagógica por la información que aporta a los jóvenes y los valores que transmite. Mientras hablas, mientras tienes delante o al lado a alguien que te escucha y remueves el poso de los recuerdos para responderle, el cerebro trabaja, genera memoria, o sea vida. Así puedes evitar o retrasar la demencia senil en sus variadas expresiones. No es una cuestión de “los mas dotados”; no hace falta tener buen pico ni lo que se dice “facilidad de palabra” sino un remanente de inteligencia, aunque parezca oxidada. Usándola pierde el oxido y se desbloquea. “La inteligencia verbal no decae necesariamente con la edad, y podría aumentar cuando se envejece. Los neuropsicólogos demuestran que si con la edad disminuyen ciertos aspectos de la inteligencia, sobretodo la rapidez para procesar información, cuando se les da el tiempo suficiente, resuelven tan bien como los jóvenes, los tests de capacidad cognitiva. Y la curiosa conclusión que decía: La reducción de memoria está vinculada a la reducción de la actividad física.”


José Mª Espinás. Avui. 9 de mayo de 1996. (El escritor tenia setenta años, y su padre se acercaba a los 100, y estaba en plena forma). El articulo se titula: “Ejercicio y cerebro”. Aquí entramos en el terreno delicado de las neuronas, tema todavía controvertido, después de un montón de tesis científicas y empíricas confrontadas pero cada vez más coincidentes en lo esencial: las neuronas del cerebro humano se regeneran. Si es así, se abre una gran esperanza en el mundo de la geriatría: evitar o curar enfermedades como el Alzheimer. En ello trabajan los neurólogos más eminentes. Se dedican recursos ingentes con resultados que estimulan la búsqueda. Una crónica de la periodista Rosa Townsend desde Nueva York, publicada en El País el 23 de Noviembre de 1999, daba una noticia que, en el transcurso de los dos últimos años, se ha confirmado con nuevas aportaciones al estudio de la regeneración neuronal del cerebro. Primero leamos la crónica de Rosa Townsend. Después añadiremos opiniones tan prestigiosas de neurólogos como la de la ya mencionada Rita Levi Montalcini y la del siquiatra Luis Rojas Marcos. “La ciencias ha dado un salto gigante para desentrañar los misterios del cerebro, el órgano que guarda las claves de lo que significa el ser humano y la singularidad del individuo. El hasta ahora dogma de que el cerebro de los adultos nunca genera nuevas neuronas acaba de ser


anulado por el descubrimiento de la Universidad de Princeton de que cada día, miles de nuevas neuronas aparecen en la corteza cerebral, el área en la que se desarrolla el intelecto, la personalidad y la memoria. Esto abre un nuevo y prometedor frente para tratar enfermedades degenerativas como el Parkinson o de Alzheimer, uy para entender la naturaleza de la memoria. Pero también abre un debate sobre el punto hasta lo que se puede manipular el cerebro para detener su envejecimiento.” Rosa Townsend, El País, 23 de Noviembre de 1999. En la misma sección “Salud”, El País, publicaba el 28 de septiembre – dos meses antes de la información de su corresponsal en NY. --, unas declaraciones de la Dra. Paola Timiras, hechas durante su breve estancia en Barcelona, a Marta Costa-Pau. Timiras, doctora en medicina por la Universidad de Roma, dirigía un laboratorio de investigación del envejecimiento en el Departamento de Biología Molecular y celular, de la Universidad de California, y se encontraba en Barcelona para cerrar un Master de gerontologia social en la Universidad de Barcelona. Se refirió a la importancia que tienen las investigaciones sobre enfermedades degenerativas que, según el científico español y premio Nóbel Ramón y Cajal, no tenían cura porque “tenemos un número limitado de neuronas que no pueden regenerarse ni reemplazarse porque entonces perderíamos la memoria”. La Dra. Paola Timiras comenta en la entrevista que le hace Maria Costa-Pau a la edad de setenta y seis años.


“Ramón y Cajal no se equivocó. En términos generales, su teoría sigue siendo válida, ya que es cierto que las neuronas no pueden regenerarse. Pero no tuvo en cuenta que en circunstancias especiales, cuando se actúa sobre el ambiente que rodea a las neuronas, estas pueden reproducirse.” Dra. Paola Timiras, El País, 28 de septiembre de 1999. A los setenta y seis años, la profesora Timiras ofrece el aspecto vital descrito por la periodista catalana en esta imagen precisa y atractiva: “Paola Timiras, cuyo aspecto físico y su extraordinaria vitalidad, no permiten adivinar su verdadera edad (76 años) es considerada una autoridad mundial en el estudio de las bases fisiológicas del envejecimiento.” La neuróloga Rita Levi Montalcini, veinte años mayor que su compatriota Timiras y, por consiguiente, con una experiencia mas larga en la investigación de la estructura y función del sistema nervioso, ha valorado en diferentes ocasiones los trabajos de Ramón y Cajal y en su ensayo El as en la manga se refiere en estos términos: “Gracias a la obra fundamental de Ramón y Cajal, en la segunda mitad del siglo XX se revelaba la composición y estructura del sistema nervioso en todos sus aspectos”. En este mismo libro, la ya galardonada con el Nóbel de Medicina vuelve a la obra del científico español con una reflexión mas crítica, pero lúcida y


aclaradora: “hasta hace unos decenios los estudiosos del sistema nervioso estaban de acuerdo con todo lo que había afirmado, a comienzos del siglo XX, Ramón y Cajal:”… las vías nerviosas son fijas, finitas e inmutables. Todo puede morir, nada se puede regenerar…” “Este dogma”, escribe Rita Levi Montalcini, “se hundió con la demostración de que los componentes del sistema nervioso periférico y central no están fijados de modo irreversible en el programa genético, porque se adaptan a exigencias ambientales de considerable magnitud, no solo en el periodo inicial del desarrollo, con la diferenciación acabada, sino también en la fase senil, lo que es bien notable.” De manera que aquellos que nos encontramos en la fase senil del desarrollo no estamos condenados, fatalmente, a los desastres causados por el desgaste de las neuronas. Y esto lo dice una mujer de ciencia que no ha perdido ni una de sus facultades mentales. ¿Cómo se lo ha hecho para conseguirlo? Esta es la madre de los huevos o “la pregunta del millón” como se dice ahora. Ella misma lo explica lo explica a la periodista Lola Galán en una amplia entrevista publicada en El País el 12 de Junio de 1999 con ocasión de la presentación de su autobiografía. Elogio de la Imperfección. La entrevista demuestra, como se dice en el preámbulo “la coherencia que existe entre sus investigaciones sobre la senilidad y el cerebro y su propia actitud vital.”


El mensaje es altamente estimulante para los que ya hemos dejado atrás los ochenta y navegamos rumbo a los noventa. La periodista dice que la nonagenaria científica la recibió en el Centro Nazionale de Recerca de Roma, donde sigue trabajando en la sección de neurobiología, además de pronunciar conferencias y escribir libros con la ayuda de una grabadora porque “ya no tengo buena vista” según dijo. “La Fundación que lleva su nombre, dedicada a ayudar a los jóvenes a encontrar un futuro, se ha convertido en la gran misión de su vejez. Una edad de la vida que para muchos evoca exclusivamente reclusión y recuerdos, pero que para Levi Montalcini, reserva enormes satisfacciones, a condición de que el ser humano sea capaz de prepararse para ella, ejercitando el cerebro toda la vida. “A los 90 años sigo interesada en mi trabajo, pienso en el futuro y no vivo de recuerdos”, dice la doctora que ha abordado el tema de la senilidad en el As en la manga.” La periodista Lola Galán le dice a la entrevistada que, leyendo su autobiografía saca la conclusión de que ha hecho una vida monástica, no en el sentido religioso sino refiriéndose a la clase de relación que ha tenido con el trabajo. Rita Levi Montalcini le contesta: “Podríamos considerarla así, o sea, una vida dedicada enteramente a la tarea científica y social. El único objetivo de mi larga vida ha sido siempre el trabajo científico que me ha llevado a Estocolmo y el interés social que me ha llevado a


la promulgación de los Derechos Humanos, a la creación de la Women Internacional Network y a la Fundación Levi Montalcini. Ahora estoy dedicada sobretodo a las cuestiones sociales. Porque ha disminuido mi actividad de laboratorio, ya no puedo dedicarme a ello, he perdido vista aunque sigo teniendo capacidad de pensar.” La capacidad de pensar y el valor de decir lo que piensas no son atributos adquiridos con los años si no se han manifestado antes de envejecer. Los ancianos que, como Rita Levi, los tienen y los profesan son personas excepcionales pero no perfectas. El titulo del último libro de la eminente neuróloga italiana no es casual: Elogio de la imperfección. El titulo es tan expresivo del contenido que no hace falta explicarlo. La autora se describe en todas las facetas de su personalidad y sin falsa modestia ni afán exhibicionista, habla de sus imperfecciones, de los fracasos asumidos en la larga y lenta búsqueda de solución de problemas que afectan a la salud, al bienestar y al equilibrio de la sociedad. Y esta lucha avanzó a pesar de las imperfecciones de los hombres y mujeres que las asumen. Una valiosa lección de perseverancia. Con la excusa de buscar de buscar la perfección hay hombres y mujeres que no hacen nada bien, entre los viejos y entre los jóvenes. El libro Elogio de la imperfección estimula el esfuerzo para promover causas justas consideradas, desde siempre, causas perdidas. Saca al fracaso connotaciones desmoralizadoras y desmovilizadoras y ayuda a recobrar la confianza a los que se saben


imperfectos. Lo importante es sentirse capaz de pensar. Conservar la mente activa. El Dr. Luis Rojas Marcos, desde su experiencia como presidente de la Corporación Sanitaria y Hospitalaria de Nueva York, lo recuerda y lo reitera en sus escritos y conferencias, entrevistas radiofónicas y debates televisivos: “Numerosos estudios demuestran la relación positiva entra la calidad de vida a partir de los 65 años y el envolvimiento con la vida. Este envolvimiento consiste concretamente en la interacción física y emocional con el mundo circundante y la dedicación a tareas y actividades que estimulen y ejerciten, tanto los órganos del cuerpo – sentidos, corazón, pulmones, músculos y articulaciones – como las facultades del alma – memoria, entendimiento y voluntad -. También se ha comprobado que las personas mayores que conservan activa la mente y se esfuerzan en aprender cosas nuevas y mantenerse al día, experimentan una vejez más gratificante. En este sentido, el ordenador, como instrumento de información, de comunicación y de estímulo mental, ofrece grandes posibilidades”. Luis Rojas Marcos, Aprender a vivir. Como “instrumento de información”, el ordenador puede ser recomendable para los viejos, pero me permito discrepar del Dr. Rojas Marcos cuando dice que es recomendable como estímulo mental. Tengo mis reservas sobre la necesidad y eficacia de introducir a los viejos en las cuevas de Internet, y no


porque sea demasiado mayor para aprender “nuevas tecnologías”, sino por un instinto rebelde contra toda clase de inducción a cambios presentados como renovadores, cambios en el modo de vivir la cotidianeidad que, en el caso de los ancianos, puede desconcertar el ánimo, excitarle y crearle problemas “colaterales” a los que plantea el envejecimiento. Conozco algunos coetáneos que lo han intentado, por curiosidad, para demostrar a los nietos que aun “carburan”.La experiencia no ha sido positiva. En el esfuerzo empleado y en el tiempo que han dedicado, han olvidado conocimientos adquiridos en el largo proceso vital y, en mas de una ocasión, han perdido autoestima. La sensación de fracaso, atribuida a la edad, les ha hecho sentirse más viejos de lo que son. Mis reservas son fruto de mi ignorancia. Soy consciente, incluso pueden parecer reaccionarias, porque se critican instrumentos de progreso tan prodigiosos como la informática. Tal vez sea el miedo a la incontrolable expansión de la cibernética en manos de multinacionales que concentran no solo el capital del colosal negocio sino los resortes de su distribución y orientación política, y en conjunto, lo confieso, me asusta, me da mala espina. No me precio de una incapacidad que, en mi profesión, parece un contrasentido, pero tampoco me crea ningún complejo de anticuada, ni lo justifico con lo avanzado de mi edad, porque hay nonagenarios como Francisco Ayala que, al celebrar sus 95 años por ahora (2001), ha expresado su admiración por los ordenadores y su agradecimiento exultante por la difusión que Internet hace de su


obra literaria. La prensa de Madrid ha informado con este titular bajo una fotografía del gran escritor granadino con un ramo de flores en las manos: Ayala cumple 95 años y saca una “Web”. “Pletórico de energía, humor y lucidez, Francisco Ayala cumplió ayer 95 años. Para celebrarlo, y como síntoma de que el ensayista, sociólogo y escritor granadino sigue estando a la última, su fundación pone en marcha una página web (www.ayala.es) llamada “El Jardín de las delicias” en la que sus seguidores internautas podrían consultar fondos, ver fotos, oír su voz y conocer mejor su obra.” Nadie puede negar el prodigio técnico y cultural que supone el acontecimiento. El mismo Ayala se muestra encantado con su web: “Siempre he estado muy atento a los medios de comunicación electrónicos. Escribí muy temprano sobre la televisión y he practicado el arte del ordenador desde el primer día, con la desventaja de me he olvidado de escribir a mano.” Francisco Ayala, El País, 17 de Mayo del 2001. Si yo me olvidase de escribir a mano, tendría que cerrar. Entre los amigos escritores, editores e incluso lectores, soy una rara avis porque me resisto a usar el ordenador para mi trabajo. Me proponen hacer la prueba, usarlo como instrumento de trabajo, y me recitan la lista de ventajas del ingenio, como es la de corregir el texto sobre la marcha, cosa que parece


complicar extremadamente el trabajo del escritor “convencional”. Yo tengo otros métodos y no he sentido la necesidad de cambiarlos por la técnica cibernética. Recuerdo las divertidas polémicas que tenía con el querido Tisner, un forofo del ordenador que intentó insistentemente en convertirme a su religión cibernética. Quizás la palabra religión no sea la mas indicada pero se le parece. Yo escribo la primera versión de mis artículos y libros con bolígrafo y sobre papel ya usado por una sola cara. Del que tengo ingentes reservas. Después las paso a máquina – durante muchos años, una Olimpia que echo de menos y dos Olivetti – lettera portátiles y manuales. Mas tarde, hace 4 años, me compré, asesorada por una amiga del barrio que regenta una tienda de máquinas y ordenadores en la calle Aribau, una Triophadler eléctrica, modelo Gabriela 7007-L, con la que puedo trabajar un par de horas seguidas, sin fijar la mirada en la movediza pantalla, sin interrupciones por avería en el circuito eléctrico, ni virus molestos, ni ninguno de los imponderables de la cibernética. Con las Olimpia y Olivetti me gané la vida traduciendo, a mi vuelta del exilio. Hemos compartido momentos exultantes y de angustia, de incertidumbre y de satisfacción escribiendo más de 40 libros y centenares de artículos desde la edad de cuarenta años hasta mis ochenta, “salivados” y activos. No me siento “hervir la sangre” como cantaba el querido Juan Manuel Serrat, a sus veinte años pero tampoco tiro el bolígrafo para seguir trabajando…sin ordenador.


Me gusta una frase de José Saramago en que contesta a la pregunta de porque no utiliza ordenador. “Porque el ordenador no puede llorar” Con la edad, nos volvemos sentimentales porque sabemos más de la vida. Y la vida no es únicamente biología. El profesor de filosofía José Luis Aranguren bordeaba los noventa años cuando publicó su libro La vejez como autorrealización personal a finales de 1992. Al presentarlo en Madrid – cuatro años antes de morir de una lesión cardiaca inoperable – lo explicó con la franqueza que caracteriza el léxico y la conducta del anciano “políticamente incorrecto”, según formulación de los melindrosos (llepafils) erigidos en críticos indiscutibles, mayormente jóvenes y “progres” que buscan, morbosamente, contradicciones e incoherencias en las autobiografías de los viejos para poder presumir de eruditos y modernos. Cuando encuentran o creen encontrar en la obra de algún anciano una formulación o un dato incongruente insinúan que se trata de “viejos decrépitos que carecen de capacidad evocadora, analítica y reflexiva”. El profesor Aranguren estableció una sutil diferencia entre memoria como facultad mental, y la “memoria del corazón, capaz de recordar los afectos y sentimientos de su vida pasada, los importantes y decisivos que configuran su personalidad”, escribió Carlos Gurméndez en un articulo sobre el ensayo autobiográfico de Aranguren, articulo titulado: Elogio de la senectud. En el libro reseñado, el profesor Aranguren no muestra signo


alguno de decrepitud, sino consejos muy acertados para escribir vivencias personales y generacionales, como en mi caso. Me considero escritora testimonial, no solo de vivencias individuales sino de la conducta de mi generación en la época en que nos tocó vivir: del advenimiento incruento de la Segunda Republica, la Guerra Civil desencadenada por el fascismo, la lucha popular para hacerle frente, la derrota, el exilio, la recuperación de la democracia a pesar de la sangrienta represión de los vencedores. Y con tal de dar testimonio, no hay bastante con las hemerotecas y la memoria como “facultad mental”: lo importante es la “memoria del corazón”, como decía el recordado José Luis Aranguren. Cuando a los ochenta años escribes sobre una vida tan llena de acontecimientos, te agarras a la memoria del corazón a riesgo de olvidar nombres y cifras, datos territoriales y paisajes desaparecidos; puedes tomar como realidad lo que solo fue un proyecto frustrado pero, como dijo el profesor Aranguren, “el recuerdo del corazón es mucho mas importante que la memoria inerte”. Y con los recuerdos del corazón identificas los hechos registrados en las hemerotecas, decides escribirlos y lo haces a mano, sobre papel blanco a una sola cara. La otra ya fue escrita y hace camino. Me gusta saber que siembro sobre rastrojo y no sobre piedra. Y la siembra es manual. La memoria del corazón se hace oír sobre el papel en blanco vía bolígrafo y el teclado de la máquina manual siempre disponible. Si la tratas bien te lo demostrará. Con el ordenador no habrá nunca este


feeling. Como dijo el octogenario José Saramago, “el ordenador no llora”. Se fiel A las pequeñas cosas, No te es dado volar Sobre el callado abismo. Joan Vinyoli, “Hacia las dos”. No son únicamente tareas intelectuales las que aguijonean la actividad cerebral. El septuagenario y eminente neurólogo Jordi Cervós sigue activo en el campo de su especialidad. Acumula experiencias no solo teoría, al frente del Instituto de Neuropatología de la Universidad Libre de Berlín, y en declaraciones hechas en Bilbao con ocasión de un encuentro científico negó que el envejecimiento genere inevitablemente la demencia senil. Aconsejó, como medida preventiva, mantener la cabeza activa y, predicando con el ejemplo, anunció que a los sesenta y cinco años (ahora tiene setenta) había empezado a estudiar ruso. Debió desconcertar a más de un colega cuando añadió: “Pero hay también otras tareas mas sencillas de practicar recomendables: preocuparse de las tareas del hogar, atender a los nietos, cuidar un jardín, escuchar música o ir al teatro, son costumbres muy positivas para mantener la capacidad intelectual, tan ágil en la ancianidad como en la juventud.”


El País, 31 de Octubre de 1995. Un mes antes de esta declaración del Dr. Jordi Cervós, el también neurólogo catalán Nolasc Acarín exponía tesis similares en un artículo publicado en La Vanguardia titulado “Envejecer”. Decía, entre otras consideraciones: “Se ha hecho una labor notable para difundir la conveniencia del ejercicio físico moderado en personas ancianas a fin de mejorar el riego sanguíneo cerebral, pero no basta, el ejercicio físico debe de acompañarse de ejercicio mental…Seria recomendable que los ancianos, además de cierto ejercicio físico se esforzasen y recibieran ayuda para hallar una ocupación cultural, sea una labor individual como la filatelia o la clasificación botánica, o aun mejor, una actividad que les mantuviera en contacto con los jóvenes, como un trabajo científico, social, proseguir el interés por mejorar el mundo, o dedicarse a la formación de sus nietos.” La Vanguardia, 17 de Septiembre de 1995. La recomendación del Doctor Jordi Cervós a los jubilados masculinos para instarlos a “preocuparse de las tareas del hogar o a educar a sus nietos” equivale a una valoración del papel de las amas de casa y al esfuerzo mental que exige llegar a final de mes con escasos ingresos y con las oscilaciones del mercado que ellas no controlan. Las tareas de la casa no consisten solo en hacer de burro de carga


sino tener conocimientos de logística, de aritmética, de psicología, y al asignar estas tareas exclusivamente a la mujer se priva al hombre de conocimientos y habilidades que un día, especialmente en la vejez, le pueden hacer falta. Este es un punto en el que puede converger el interés del hombre y de la mujer. “La emancipación de la mujer, dice el famoso neurólogo, profesor de la Universidad Libre de Berlín, va a ser beneficiosa para los hombres, porque les va a obligar a trabajar en el hogar después de la jubilación.” El País, 31 de Octubre del 2001. A diferencia de la mujer que envejece o que se queda sola, el hombre se encuentra desprovisto de aquello que le hacían los demás, la mujer en este caso. No le han enseñado o no ha querido aprender a ser autosuficiente en su cotidianeidad doméstica. Al envejecer ha de afrontar las consecuencias de su “inutilidad” y si es viudo, divorciado o soltero, busca la solución en un matrimonio de conveniencia, en un apaño ocasional con una vecina viuda que no quiere casarse para seguir cobrando la pensión de viudedad, o alquilando los servicios de una asistenta a tanto la hora, si la pensión de jubilado o el eventual patrimonio se lo permiten. En los últimos años se practica la transacción comercial-sentimental entre hombre viejo solo y dominicana o peruana, guineana o búlgara, inmigrantes sin papeles, que al casarse con un español, legalizan su residencia, resuelven el problema de la vivienda y abren camino a las


hermanas, primos o cuñados que huyen de la miseria de sus piases y se buscan la vida en la Madre Patria. Es un procedimiento que, de rebote, resuelve los problemas de soledad y de incapacidad de las personas mayores que no pueden valerse por si mismas. Necesitan a alguien que les ayude a vestirse, a alimentarse, a lavarse, a pasear, a ir al ambulatorio, al cine o a un concierto para vivir dignamente, porque la vida, como dijo nuestro Joan Vinyoli, es para vivirla, no para patearla. “Afirma Aranguren que el viejo puede ser mas solidario que nunca y desarrollar una intensa vida social y afectiva…En su profundo estudio sobre amor y sexualidad en la vejez, juzga que los viejos pueden amar con cariño pero sin pasión pues quieren mas ser amados que poseer o entregarse. Es la edad del cuidado y de la concentración en la vida que todavía queda, de búsqueda, de apoyo y de ser amado…el viejo es capaz de un saboreo estético-erótico de la vida, del erotismo cariñoso, mucho mas que de la violenta sexualidad.” Carlos Gurméndez, comentando el ensayo del profesor Aranguren La vejez como autorrealización personal y social. Babelia, dentro de El País, 12 de Diciembre de 1992. Me gusta la expresión erotismo cariñoso para definir la sexualidad en la vejez. En la aventura de envejecer descubrimos la importancia de las


palabras y de los conceptos. Algunos la encontrarán cursi o Light, como se llama ahora a las bebidas sin alcohol, sin cafeína, sin teína y sin ningún aditivo excitante. Las mujeres viejas no solemos hablar de sexo ni usamos el galicismo hacer el amor como un eufemismo de follar, fornicar, cardar o catxar – modismo leridano. Esto de “hacer el amor” es pedante y fachenda, una expresión que no ha cuajado entre las mujeres y los hombres de edad avanzada o provecta. En catalán tenemos los indefinidos “dallonses y daixonses” que nos sirven para llenar vacíos de memoria, despistar al interlocutor, sustituir palabras y expresiones malsonantes y esconder nuestra ignorancia. Mi generación aun no admite el elogio de nuestros nietos a los canalones cocinados por la abuela: “De puta madre, abuela, te han salido de puta madre”. Pitarra lo habría incorporado a su léxico obsceno y escatológico, como lo era el repertorio de Vicent García, el Rector de Vallfogona, con despropósitos que bordean la pornografía anticlerical que servia de afrodisíaco inocuo y barato, como el teatro de Pitarra, el mas irreverente y moderno. Recuerdo los sábados de mercado en Balaguer cuando yo era una cría. Los payeses que desayunaban con vino bajo los porches de la plaza Mercadal hablaban de mujeres, o sea de sexo, como lo suelen hacer los hombres: inventan o exageran proezas de catre con una imaginación aguijoneada por alguna verdulera de lengua picante y escandalosa. Al final era como una especie de masturbación colectiva, ejercicio de


precalentamiento que les preparaba para tocar culo y teta en el burdel del otro lado del Segre, burdel legal, conocido por el nombre de Las Mañas. Aquellos payeses y tenderos o vendedores ambulantes no eran viejos pero ya lo parecían a los cincuenta años. Viudos o solteros que, como decía el gallinero que participaba en la orgía verbal; “Presumid de lo que no hacéis y querríais hacer, mamarrachos…” “¿Y que es lo que querían hacer?”, nos preguntábamos los chicos que escuchábamos la conversación sentados en el suelo con las piernas cruzadas. Aquella manera ordinaria y primitiva de hablar de “porquerías” marcó la educación sentimental de unas cuantas generaciones. Hoy se habla con más naturalidad de los placeres de la carne, especialmente las mujeres, mas descaradas, bien informadas sobre orgasmos que no han disfrutado nunca, erecciones viriles que “fan figa”, técnicas del Kamasutra leídas en las revistas de sexo y otras particularidades de las relaciones sexuales humanas que la proliferación de revistas especializadas y los debates radiofónicos y televisados ponen al alcance de la gente mayor, consumidora compulsiva de morbo y chafarderias sobre adulterios, compra-venta de gigolós para las señoras mayorcitas y esposas insatisfechas, y nenas de seda para el viejo cubierto de oro que no sabe vivir en la castidad recomendada por los gerontólogos. No son el equivalente del viejo verde de la zarzuela, pero si el equivalente en versión moderna. Aquí, cuando el hombre que envejece desea estar en disposición galante


alquila un video porno en la esquina y se lo pasa en grande. La mujer tiene una sexualidad no tan acuciante y más imaginación para prescindir del sexo. A diferencia del macho, puede vivir sensaciones eróticas intensas leyendo el primo Basilio; por ejemplo, la escena en el interior de un carruaje sobre los adoquines de Lisboa, donde Basilio seduce, con solo la palabra, el aliento en la oreja de la primita casada y aburrida que se entrega en cuerpo y alma al hombre que la hace sentir mujer. Los personajes de Eçá de Queirós practican el erotismo cariñoso formulado por el profesor Aranguren. En la aventura de envejecer tropiezas, a menudo, con las miserias de una sexualidad desconcertada o primaria. Esta sexualidad ha sobrevivido a frustraciones y mentiras a golpes de “carinyo”, que no es l’amour de las novelas francesas ni el gran love de Lo que el viento se llevó. El “carinyo” es algo más que el cariño. Este no tiene ni traducción catalana o ha de ser traducción literal con fonética de nuestra tierra, sustituyendo la ñ del castellano por la ny de nuestro alfabeto. En Barcelona dicen “carinyu” especialmente las pescaderas de los mercados municipales, que son muy cariñosas. En la vejez, la pulsión sexual puede derivar en casos patológicos. Un cerebro deteriorado – dicen los sexólogos – no es capaz de controlar la eventual pulsión erótica y se observa el desarrollo de delirios eróticos que bordean la demencia senil… El problema mas grave son las llamadas “perversiones seniles”, que, curiosamente, no parecen afectar a la mujer. Aquí, en el curso de la


aventura de envejecer dignamente, se descubre mucha miseria moral difícilmente condenable y totalmente incurable pero si previsible o sea que se pueden evitar o mitigar con medidas profilácticas y sociales. En su ensayo La vieillesse, citado en otros capítulos de este opúsculo, Simone de Beauvoir aborda el problema sin miedo a escandalizar, ni ofender ni herir susceptibilidades: “Una cuestión discutida es la de saber si las perversiones seniles suelen entrañar o no delitos. Kinsey acepta la idea bastante difundida de que los viejos impotentes son a veces culpables de atentados contra niños. Es también la tesis del doctor Destrem. El erotismo de los viejos – dice – adopta formas semejantes al impulso patológico. Son a veces culpables de atentados contra la moral y las buenas costumbres: exhibicionismo, caricias a niños… Otros científicos, avalados por estadísticas tan fiables como las primeras, han negado rotundamente que esto sea una patología senil, ya que se da mayormente en individuos más jóvenes. La doctora Isadora Rubin, en su libro “L’amour après soixante ans” (el amor después de los sesenta años) se basa en encuesta que han establecido que, por lo que hace a los atentados contra la moral y las buenas costumbres, las épocas críticas son la adolescencia, los años situados entre los 35 y 40 años, y las proximidades a la cincuentena. El especialista en puericultura Donald Mulcock estudió


la estadística de un cierto número de atentados contra niños: los hombres que se dedican a los niños lo hacen entre los 39 y los 50 años; la edad de los que se dedican a las niñas varía entre los 33 y los 44 años. Las niñas nunca son importunadas por hombres de más de 65 años. Tanta información contradictoria, a pesar de lo que pueda haber de subjetividad y de error, revela sin embargo, la existencia de un peligro en la evolución de la sexualidad en algunos ancianos que no son conscientes. Algunos pediatras aconsejan a los padres de niños que viven con los abuelos o que los frecuentan que los pequeños han de saber – el como depende de la habilidad y tacto de los padres – las cosas que hacen o piden algunos abuelos jugando o simulando jugar con sus nietos. Es una manera de prevenir abusos, por inocentes que parezcan, al tiempo que se ayuda a los ancianos a tomar conciencia de una eventual perversión nociva para los niños y traumática o deformadora de su propia sexualidad. De todo esto se podría deducir que las “perversiones seniles” se dan únicamente en los ancianos machos y que las hembras están excluidas, debido a la especificidad de su sexualidad, que los sexólogos califican de mas compleja, mas polivalente y mas autosuficiente que la masculina. Otras particularidades se manifiestan, en mayor o menos grado, en el proceso de envejecimiento, desde la menopausia, que la libera de la servidumbre de un embarazo no deseado, cuando ya ha conocido la alegría de la maternidad y la intensidad afectiva que la une con los hijos,


experiencias del cuerpo y de la psique, o sea del alma, que no tendrá nunca un macho. Por otra parte, la mujer envejece con una sexualidad menos perentoria, que le permite disfrutar del sexo y sus preliminares, sin las ansias ni las urgencias del hombre, apresado y preocupado por “quedar bien.” A diferencia de su pareja femenina, no puede disimular lo que el órgano viril no reclama. Al envejecer, la mujer aprende a separar el grano de la paja en materia de sexo. Desconfío de las encuestas sobre la vida sexual como las que ha elaborado la famosa sexóloga Shere Hite, de las que se extraen deducciones que no se corresponden con las que decimos las mujeres entre nosotras, las que callamos cuando nos preguntan, porque de nuestra vida sexual no tienen porque saber. Las mujeres entre nosotras hablamos sin hipocresía, ni miedo a pasar por frígida, ni con ínfulas de vampiresa, ni mala conciencia por no haber culminado l’amour fou ni los “sublimes orgasmos” del bolero de Lolita de la Colina. Al envejecer, la mujer va descubriendo que en esto del sexo hay mucho cuento y no poco camelo intelectual, mucha simulación y fachenda, y eso no se refleja en las encuestas, ni en los debates en televisión con invitadas exhibicionistas y con expertos de renombre. Pero la mujer también retiene en la memoria del corazón momentos inefables de placer erótico no buscado, no preparado: un revolcón en el bosque después de un paseo, con las manos enlazadas con las de el, la punta de los dedos intercambiando los latidos de la sangre entusiasmada con el ritmo justo,


sin prisas, como una larga caricia que culminará en la fusión de los cuerpos que se desean. Son momentos pletóricos que la mujer recordará aunque envejezca sabiendo que son irrepetibles y que pasaran años calentándonos el cuerpo y el alma. Las ancianas no caen en las “perversiones seniles” estudiadas por el doctor Kinsey, ni representan un peligro para las criaturas de la familia que les son confiadas. Sus “desviaciones” tiene un origen en la soledad, en la falta de comunicación y de una relación afectuosa con aquellos y aquellas que les rodean, y buscan suplirlo con algún animal doméstico, que puede ser un perrito de aspecto desamparado, una gata de pelo sedoso y ojos de esmeralda o un canario cantarín. Los cuidan como si fuesen de la familia, los bañan, los perfuman, los llevan al veterinario al primer estornudo de la criatura, los adiestran sin la violencia de los domadores de circo, con paciencia y ternura. Los enseñan a lamer las orejas del ama, a besuquearla con el hocico húmedo o el tierno pico, que restregará, tiernamente, los puntos erógenos del cuerpo marchito de su ama. Y cuando el animalito muera bajo las ruedas de un camión sin frenos o de una enfermedad galopante, entonces la desconsolada ama paga un palmo de tierra en un cementerio especial para enterrar al querido compañero en la “Aventura de envejecer”. Algunos de los epitafios escritos sobre la placa identificadora del animal enterrado, son documentos impresionantes sobre la soledad y la bondad de las ancianas o parejas de ancianos de nuestro tiempo. No son “perversiones seniles” ni “desviaciones sexuales”. Y si lo fuesen,¿que? No hacen daño a


nadie. Se lo pagan ellas mismas de una mísera pensión o del patrimonio personal que la parentela espera heredar cuando la estrafalaria abuela o bisabuela pase a mejor vida. “He descubierto el remedio contra la angustia de las arrugas: Huir de los espejos.” Catherine Deneuve, a los 58 años. “Ah! Más vale que no me encuentre con un espejo; estas bolsas bajo los ojos, estas mejillas hundidas, esta mirada apagada… Doy miedo y esto me inspira negras ideas.” André Gide, a los ochenta años. Para las mujeres que de joven fueron impresionantes y tuvieron una madurez esplendorosa, envidiada y codiciada, envejecer es un suplicio. Pasa lo mismo con los hombres que triunfaron en sociedad por su atractivo físico, buen gusto en el vestir, cautivadores hablando y una presencia turbadora de seductor irresistible. Ni ellos ni ellas envejecen armoniosamente sino con la obsesión disgregadora de recuperar los signos externos de la juventud que se aleja insidiosamente, una manía que les conduce a las manos de los nuevos charlatanes de la cosmética, la cirugía plástica, los esteticistas, los modistos, los magos del tarot vendedores de esperanzas a los que la han perdido…, y si pareciese un doctor Fausto prometiendo juventud eterna a cambio del alma tendría cola para hacer tratos.


Todo junto incapacita a los afectados por el pánico del envejecimiento para vivir nuevas etapas de la existencia humana, nuevas sensaciones y experiencias gratificantes y creativas, con otras más ingratas y dolorosas, porque la vida no es un camino de rosas. Hay mujeres que al envejecer no encuentran a faltar placeres que no conocieron o que solo probaron de soslayo o con desencanto, pero si que añoran el deseo que provocaron en hombres de su entorno, delito explícito o implícito en miradas que las halagaba como mujeres que despertaban a la sexualidad. Para ellas, la aparición de la primera arruga alrededor de los ojos que han perdido brillo, el brote del primer cabello blanco entre una cabellera aun vigorosa o de una mancha de vejez en las manos, son desastres, pequeños cataclismos que afrontan agarrándose, precisamente, a los instantes ya lejanos pero no olvidados y, helas! irrepetibles. Pero no quieren envejecer y eso, como escribió el clásico castellano, “es poner puertas al campo”. Entre las mujeres famosas por su belleza y su poder de seducción entre sus coetáneos, hombres y mujeres, estuvo Madame de Sévigné que reunía en su salón de Paris a la flor y nata de una aristocracia ilustrada y refinada. La marquesa comenzó muy joven a maldecir el envejecimiento antes de que este alcanzase su codiciado cuerpo. De su obra literaria destacaron las cartas dirigidas a su hija, condesa de Grinhan, cartas escritas con una libertad excepcional para su tiempo. En una de aquellas cartas hablaba de “atroz vejez” antes de padecerla y, mas tarde, se refería a la vejez de los demás, que la angustiaba


porque presagiaba la suya. “Sería tan agradable dejar de nosotros una memoria digna de ser conservada y no estropearla y desfigurarla con todas las miserias que nos trae la vejez y sus heridas…” Y en su desvarío, escribió una aberración como esta. “Preferiría los países donde, por afecto, se mata a los padres viejos, si pudiésemos conciliarlo con el cristianismo”. Parece ser que la marquesa de Sevigné tenía escrúpulos religiosos, que conciliaba con ideas tan despiadadas como las que expresa en aquella carta apocalíptica. Cinco años antes había escrito algo mas reconfortante: “Aun no se da cuenta nadie de la edad que tengo. A veces, me sorprendo yo misma de mi salud. Me he curado de pequeñas molestias que tenia antes. No solo avanzo poco a poco como una tortuga sino que estoy dispuesta a creer que camino como un cangrejo. A pesar de eso, hago esfuerzos por no engañarme con estas apariencias.” Madame de Sevigné aun vivió 5 años más, hasta los 70, que entonces eran muchos para una mujer. La repugnancia a la vejez, el miedo a que los otros la viesen envejecer la escamotearon diez años de una vida que aun no le había dado todo. “Es curioso: tengo 75 años y muchos proyectos, pero de repente te das cuenta de que ya no tienes demasiado tiempo para hacerlos” Ana Maria Matute, El País, Enero del 2001.


“Llevo el paso del tiempo de la mejor manera posible. Con la conciencia absoluta de que el tiempo es irrecuperable, con la preocupación de ver que los plazos se acortan y la angustia de tener muchas cosas que hacer y no saber si podré hacerlas. Trato de llevarme lo mejor que puedo conmigo mismo.” Joan Manuel Serrat, al cumplir 57 años, y presentar su último disco compacto: Cansiones. Mientras tenemos proyectos, podemos ser viejos pero no decrépitos. La aventura de envejecer se acaba cuando se ha perdido la ilusión y la curiosidad que requiere urdir un proyecto y creer en el, por modesto que sea, por insignificante que les parezca a los demás. Lo importante es el valor que tú le otorgues, el alma que hayas puesto. Recuerdo una canción del inolvidable Vinicius de Moraes, un poeta-cantante-compositor brasileño que supo envejecer creando pequeñas maravillas que ayudaron a envejecer a sus contemporáneos. La canción se titula “un poco de ilusión” y el mismo la cantaba y la voz que, con los años y el dominio del oficio, adquirió la pátina de las emociones y acumuló sustancia artística. Escuchándola una víspera de otoño le dediqué mi artículo del lunes en el Avui del 31 de Octubre de 1981. Unos cuantos días después el correo me trajo una carta manuscrita del octogenario poeta Tomás Garcés fechada en su piso de la Gran Vía de las Corts Catalanes el 3 de Noviembre de 1981.


Ahora tendría 100 años. Entonces tenía 80 y una obra poética prodigiosa pero no acabada. Su carta decía así: “Su artículo del 31 de octubre me gustó tanto que lo llevo, recortado, en la cartera; como una estampa o talismán, o exigente recordatorio. Porque yo también, en el mundo en que vivimos, y sobretodo a mi edad, necesito que no me falte un poco de ilusión.” Tomás Garcés murió en noviembre de 1993. Tenía noventa y dos años. La parroquia de Santa Ana donde le despedimos el jueves 18 de noviembre estaba de bote en bote. La ceremonia fue tan sencilla como lo eran sus poemas “a la sombra de un almez” (lledoner) y “canción del amor que pasa” que inspiraron bellas melodías a Mompou y a Vives pocos años mayores que el. A aquella ceremonia dediqué un artículo publicado el 22 de noviembre en el Avui. Hacia la crónica y acababa con esta descripción: “La belleza serena del templo, la música del órgano que recibió y despidió al viejo poeta, la nublada mirada de los viejos amigos y la postura desvalida de los jóvenes me sugerían que Tomás Garcés Garcés seguramente los hubiese querido ilusionados en algún proyecto creativo, aunque solo fuese un poco, un poquito.” Crónicas de despedida, Editorial Empuries, Barcelona 2000.


Tomás Garcés no se dejó embrutecer por El tiempo que huye, titulo de su esplendido dietario. Lo evitó saliendo a la calle cada día, conversando con la gente, paseando por el Ensanche de Barcelona, donde tantas veces no saludamos y, ya octogenario, caminando entre la naturaleza que le inspiró poemas vitales y la elegante y precisa prosa de sus dietarios, como la página escrita el 9 de octubre de 1981: “He escrito en la buhardilla de la Selva durante un par de horas. Después, cerca de las dos, he emprendido mi paseo hasta el Mas de Estela. Buen día, sol y tramuntaneta. Las viñas del camino son una extensión donde se mezclan el verde y el rojizo. Aun no hace una semana que se acabó la vendimia. La uva ya está en las bodegas. En las cepas ya solo quedan, fútiles desperdicios, cuatro racimos sueltos. Hay pámpanos rosados, otros de un rojo oscuro, otros más marchitos, color de mesa nueva. Mientras ando no dejan de atacarme las moscas borrachas. Llego al Mas, difícilmente, colándome entre la pared y una triple fila de alambre de espino. La perra ya me conoce. No ladra. No he encontrado, como casi siempre, a nadie por el camino. En una revuelta, de súbito, ha pasado una espesa bandada de gorriones. A la vuelta, contra el aire del norte, he visto, por vez primera en este año,, pequeñas, con un fondo alado de vivísimo carmín, dos “pampanelles”. Después, cerca de casa, el relámpago de seda de un “espiadimonis”. Hoy cumplo ochenta y un años.”


Tomás Garcés, El tiempo que huye, Laertes, Barcelona, 1984. Todavía vivió 11 años más… Murió en noviembre de 1993. En Mayo de aquel mismo año le fue concedido el Premio de Honor de las Letras Catalanas. El 20 de julio en plenitud de facultades mentales encargó a sus hijos una nota de agradecimiento a todos los que le habían felicitado por el Premio. Acabó la aventura de envejecer dignamente. Esto también le honra.

CUARTA PARTE Diario del balneario, miércoles, 1º de agosto del 2001. La canícula nos agobia y buscamos la sombra de los árboles centenarios del jardín del balneario Prats de Caldas de Malavella huyendo del bochorno de este agosto aturdidor. El secular establecimiento de aguas termales se ha ido adaptando a los cambios generacionales y a las necesidades derivadas de la agitada vida moderna que afecta no únicamente a la llamada tercera edad sino también a gente joven física y anímicamente, ajada por profesiones sometidas al ritmo furioso de la nueva economía y servicios. Gente “estresada” como se dice traduciendo del inglés. Los balnearios de hoy no tienen nada que ver con el asilo o las casas de convalecencia donde iban a parar nuestros abuelos impedidos. Tampoco son los


fastuosos balnearios de las películas de Visconti o de Mikhalkov concebidos para el ocio, los placeres y las aventuras eróticas crepusculares amenizadas con las emociones y sobresaltos de la ruleta. La parroquia de aquellas estaciones balnearias que prosperaron en Europa se lo podían pagar con las fortunas amasadas con el negocio de las guerras, el saqueo de las colonias y la despiadada explotación de sus pueblos. Eran tiempos de vacas gordas que favorecieron el resurgir de los “glamorosos” y literarios balnearios de Panticosa, en Aragón; de Cestona, en le país vasco; de Karlovi Vari y Marianske Lazne, en Bohemia, y los de Caldas de Boí, Caldas de Montbui, La Garriga, Vallfogona de Riucorb y del balneario Prats en Caldas de Malavella, donde también está el Vichy catalán. Actualmente hay una decena en funcionamiento, unos más adaptados que otros al nuevo concepto de balneario. El desenlace de la Segunda Guerra Mundial, los cambios de sistema político que impuso nuevas reivindicaciones de los trabajadores precipitaron su decadencia pero también su reconversión. Fue el empresariado francés, dinámico y receptivo a la presión social, el que se arriesgó a la aventura económica de hacer mas asequibles los balnearios, hostales de montaña y hoteles cerca del mar a una clientela potencial emergente, especialmente numerosa entre los jubilados, rentistas y la generación en activo pero con problemas de salud, consecuencia de accidentes laborales, depresiones y accidentes de tráfico que requieren “balneoterapia” que no es lo que antes se llamaba a “una cura de aguas.” El negocio estaba garantizado porque la


Seguridad Social reconocía la balneoterapia como un derecho de los trabajadores a la atención sanitaria. Hablo de Francia, naturalmente. En España no lo hemos conseguido, todavía, pero avanzamos en esa dirección. Los empresarios de hosteleria están interesados, y las capas modestas del país también. El Estado contribuye a través del INSERSO, que, en temporada baja, llena centenares de plazas de hotel y balnearios con jubilados y amas de casa con ingresos modestos y sin patrimonio. No lo tienen gratuito, pero demostrando la exigüidad de sus ingresos y con el certificado médico correspondiente, gozan de considerables rebajas. Sin embargo, quedan excluidos en temporada alta, cosa justificable por razones económicas y también por justicia social. Quien no reúna los requisitos exigidos por el INSERSO, solo tiene que hacer la reserva directamente en el balneario y pagar las tarifas vigentes, en temporada alta o en la baja. Es nuestro caso y el del resto de los que, viejos o jóvenes, llenamos el balneario Prats y buscamos, como he dicho al comenzar este diario, “la sombra de los árboles centenarios del jardín huyendo del bochorno de este agosto aturdidor”. Viernes, 3 de agosto del 2001. Hoy, en el tablero de anuncios, convocatorias y notificaciones, colgado al lado de la puerta del ascensor, he leído, en un folio editado sin pié de imprenta y en letras grandes que facilitan su lectura, ocho recomendaciones bajo el titulo “Aprendiendo a envejecer”. El primer consejo es de cariz estético:


“Cuidarás tu apariencia cada día. Arréglate bien, como para ir a una fiesta. ¿Que fiesta mas grande que la vida? Suena como música celestial pero siempre habrá un viejo o una vieja que la escuche y bajen a desayunar, pulidos, arreglados, afeitados y vestidos con ropa limpia y adecuada para empezar el día “como una fiesta de la vida”, y no por obedecer ninguna norma o edicto. El segundo punto recomienda: “No te encierres en casa, ni en tu habitación. Nada de jugar al enclaustrado o al prisionero voluntario. Saldrás al campo a pasear. El agua estancada se pudre y la máquina que no se usa, se oxida.” El tercer punto recomienda hacer ejercicio: “Un rato de gimnasia, un paseo razonable, dentro o fuera de la casa…” y concluye con una consigna galvanizadora: “contra la pereza, diligencia”. Y son tan convincentes, que no habrá viejo perezoso ni vieja gandula que no se vuelva diligente, como la octogenaria que, al leerlo, bajará mañana a desayunar después de cambiar el albornoz de la sesión de masaje neurosedante por una falda estampada y una blusa de seda gris que le de un aspecto mas “cuidado” como le dice el espejo del armario de su habitación. El punto cuarto insiste en el aspecto como factor esencial en la aventura de envejecer: “Evitarás gestos y actitudes de viejo desanimado. La cabeza baja, la espalda encorvada, arrastrando los pies…NO ¡Que las personas te elogien cuando pases…” Y el punto quinto es aun mas contundente: “No hablarás de tu vejez, ni te quejarás de tus males.


Acabarás encontrándote mas viejo y mas enfermo de lo que eres en realidad y te dejaran de lado.” El viejo nonagenario sociable y comunicativo está convencido de que “los otros” le agradecen que les hable de su próstata, tensión arterial, osteoporosis y artritis y de cómo lo supera gracias al doctor “dallonses” o a la fisioterapeuta “daixonses”, que le han acertado el tratamiento. Lo que no comentará con nadie son sus puñeteras hemorroides, ni la eventual incontinencia urinaria, ni su impotencia sexual `porque un hombre que se respete no habla de estas “gaitas”, especialmente, si respeta el precepto numero seis, que le insta a “cultivar el optimismo sobre todas las cosas” por aquello de que “a mal tiempo buena cara” que es el modo de ser positivo en tus pensamientos, fuente inextinguible de “buen humor, cara alegre, gestos amables”, ya que “la vejez no es cuestión de años, pero si de estado de ánimo”. El manual “Aprendiendo a envejecer” expuesto en el vestíbulo del balneario me parece redactado por jóvenes sicólogos, gerontólogos y algún experto en ciencias de la comunicación y de arte dramático inspirado en el gran Stanislavski, basado en la asunción de los trazos del personaje que hay que representar sobre el escenario. Esto requiere una gran confianza en uno mismo y una considerable dosis de autoestima y autosuficiencia “Intentarás serte útil a ti misma” Y en el punto siete: “No eres un parásito ni una rama rota voluntariamente del árbol de la vida”. Después de tan sublime metáfora, la soflama ordena al viejo destinatario: “Espabílate tu mismo en


todo lo que puedas y ayuda a los demás”. Finalmente reivindica el trabajo como “terapia infalible”, cualquier ocupación manual, intelectual o artística es remedio infalible contra todos los males. El tono y el contenido de las ocho recomendaciones exulta al optimismo postizo de losa programas de televisión concebidos para alegrar al personal con todos los tópicos sobre el abuelo “incombustible, simpático, clarividente”; abuelos y abuelas traviesos a los que se les ríen las gracias y las incoherencias como si con la ancianidad se incrementase el ego y la necesidad de autoengañarse sobre una realidad que les desborda. No obstante, con los años mas vale pecar de optimista que de quejica y de apocalíptico. Lunes, 6 de agosto del 2001 Hoy ha muerto mi amigo Jorge Amado. Tenía 89 años. Le conocí en Praga en la década de los cincuenta cuando éramos exiliados, el menos tiempo que los españoles antifranquistas que no volverían a casa hasta los setenta. Se ha acabado la a ventura del gran novelista brasileño. Cuando llegó a Praga solo tenía 48 años y le acompañaba su jovencísima y guapa Zelia Gattai, hoy su viuda, por la que rompió con la legitima – también escritora pero mas vieja que la garota de Bahía – la bella adolescente de quien Jorge Amado se enamoró locamente y con quien compartiría 50 años de militancia comunista y peripecias literarias, entre persecuciones y exilios impuestos por Getulio


Vargas, el sátrapa que duró menos que Franco, por lo que el exilio de Jorge y Zelia duró menos que el nuestro. La pareja, aun joven, volvió al Brasil para envejecer juntos y convertir la literatura en una experiencia fabulosa inspirada en la vida de los explotados y de los humillados, protagonistas de sus novelas mas famosas, traducidas a 50 lenguas y adaptadas al cine y a la televisión, como la prodigiosa Gabriela, clavo y canela y Doña Flor y sus dos maridos, interpretada en el cine y en la televisión por Sonia Braga, considerada, aun hoy, paradigma de la mujer brasileña morena y sensual. Convertida en culebrón por la cadena televisiva Globo, la novela de Jorge Amado fue vista por 12 millones de brasileños. Pero esto fue después de su exilio en Praga, durante el cual nos conocimos en 1953 y el recibió el premio Stalin, del que nunca renegó, aun a pesar de de denunciar y condenar el estalinismo. En el año 1995, Jorge Amado cumplía 83 años y se plantó en Madrid a presentar sus memorias, Navegación de cabotaje. No era un anciano acobardado por los estragos del tiempo. Demostró una lucidez mental y una energía vital envidiables a su edad. He guardado sus declaraciones, que no han perdido vigencia y le muestran tal y como yo le recuerdo. Con los años alcanzó la sabiduría y la franqueza que hacen mas libres a los que envejecen sin contemporizar con ninguno de los poderes que intentan someter al intelectual contemporáneo. Zelia le acompañaba y en Madrid la presentó con estas palabras: “He tenido algunos privilegios en mi


vida, pero de todo, lo mejor es esta señora que está aquí, a mi lado.” Una declaración publica de amor a su compañera a las cuales Zelia estaba acostumbrada. Amado no dejó pasar la ocasión que le ofrecía la presentación de su biografía ante sus lectores para afirmarse en los ideales defendidos en su juventud y que no pudieron destruir ni el estalinismo ni el derrumbe del comunismo instituido. Con una clarividencia y una honestidad insólitas en un anciano de su condición, dijo: “Pero no ceo que lo que pasó signifique la última batalla entre el capitalismo y el socialismo, visto el capitalismo como una situación perfecta y única. Yo creo que el capitalismo es una porquería. Se basa en el engaño, el dinero, el lucro, y muchas veces conduce hacia la guerra y el racismo. Sigo creyendo en el socialismo y la humanidad marchará con el tiempo hacia él en un camino nuevo, hacia una sociedad menos injusta, menos mala y discriminatoria.” El País, 28 de Marzo de 1995. Es el Jorge Amado que conocí de joven, en el exilio que nos impusieron las circunstancias políticas de nuestros respectivos países. A sus 83 años todavía tenia claro lo esencial. Con este espíritu ha vivido hasta el 6 de agosto del 2001. Ya no celebraba los aniversarios. “¿Para que celebrar una decadencia?”, dijo a su amigo José Sarney, que le felicitó a sus 85 años. “Dejémonos de pamplinas; la vejez es una gran desgracia”. No temía a la muerte, y pidió ser


incinerado y que sus cenizas se escampasen alrededor del árbol del mango del jardín de su casa, en el popular barrio de Río Vérmelho. A la sombra de aquel mango pasaron horas leyendo y conversando la pareja que yo conocí en el ambiente fraternal del exilio antifascista. “Dejémonos de tonterías: la vejez es una gran desgracia”, dijo Jorge Amado a su amigo José Sarney el día que hacia 85 años. Para unos lo es mas que para otros. Entre los escritores que han triunfado en la aventura de envejecer y han sabido explicarla y transmitir las angustias o los miedos, encontramos testimonios estimulantes y no es solo literatura. Son reflexiones sobre la vida que les ayudaron a vivirla en plenitud en la ultima etapa, la mas difícil pero también la mas gratificante cuando las dificultades aguzan el espíritu y acrecientan el entusiasmo. Pero Jorge Amado tenia razón: “La vejez es una desgracia”, o como dice a menudo un vecino nonagenario, paseado en silla de ruedas por un peruano de 30 años: “La vejez es una putada”. También hay escritores jóvenes que “explican” la vejez que no conocen y la glorifican como homenaje que ni todos los viejos se merecen, ni desean ni valoran. La joven escritora mallorquina Mª de la Pau Janer comenzaba su artículo del 4 de agosto en el Avui con esta frase: “Hacerse mayor significa volverse mas sabio, porque la vida se ocupa de suavizar las ásperas aristas de todo aquello que nos parecía incomprensible mientras nos da respuestas.


Respuestas que no habríamos sido capaces de imaginar”. La joven escritora no se refiere a hacerse viejo sino a madurar, que no es lo mismo. Después de explicar lo que ella entiende como “soscaires asprivols” de la madurez, se queja de que nuestro mundo vive al margen de los mayores. Incluso, a veces, intenta olvidarles. O arrinconarles, como si fuesen un estorbo. No es extraño: vivimos un tiempo en que solo cuenta ser joven y bello. La publicidad nos presenta la vejez como el fantasma mas terrible, contra el que hay que luchar. No hay nada mas doloroso – nos dicen – que descubrir las primeras canas. Hemos de combatir con todas las armas las arrugas. Cada arruga es – explican – un síntoma de decrepitud. Y nos quieren hacer creer que significa la negación del poder, de la fuerza e incluso del amor.” Después de una defensa apasionada de la gente mayor, la joven y bonita escritora mallorquina mitifica un pasado idílico, de rondalla de novela ternurista: “Antes, cuando los abuelos Vivian muy cerca de sus nietos, y no existía el corte entre generaciones que abunda en las ciudades, los mas jóvenes aprendían muchas cosas. Tenían la posibilidad de recibir el bagaje de los abuelos y de escuchar sus historias. Los niños crecían más felices, enriquecidos con la experiencia de los mayores, y los viejos se sentina útiles y vivos, con la posibilidad de compartir todo lo que la vida les había enseñado. Querría elogiar la vejez


de aquel tiempo en que las mujeres y los hombres eran ricos de todo aquello que el camino les ha ofrecido.” Mª de la Pau Janer, Avui, « Volverse mas sabios « 4 de agosto del 2001. No es este el panorama que describe José Pous Pagés en su novela realista y conmovedora Cuando se estorba. Los que hoy somos viejos no creemos que aquel pasado fuese mejor, ni que nuestro abuelos fuesen objeto de un trato tan respetuoso en el seno de la familia y en la sociedad. Cuando Mª de la Pau Janer tenga 80 años, seguramente dirá como el octogenario escritor Jorge Amado: “dejémonos de tonterías, la vejez en una gran desgracia”. El la afrontó con la vitalidad que genera la revuelta contra el viejo mundo. Martes, 7 de agosto del 2001. Ayer, en la Universidad Menéndez y Pelayo, Palacio de la Magdalena de Santander y a la edad de 95 años, el escritor granadino Francisco Ayala demostró que la aventura de envejecer que emprendió cuando tenía setenta ha sido la etapa más creativa, la más gratificante y la más fructífera de su ciclo vital. Solo pidió que le dejasen descansar, que no quiere decir acabar. Todo lo que ha hecho de joven y de viejo el nonagenario Ayala lo resume en esta frase: “Mi obra tiene índole de proyecto”. Vierte el peso de su experiencia en todos los


géneros literarios aparte de la poesía lírica. “Ya he dicho todo lo que tenia que decir. Creo que ya es hora de parar, ¿no? Me lo merezco.” El profesor Ayala se para a reposar pero su proyecto no se enroca.: “Veo posibilidades de interpretación de la realidad muy ricas, pero es cosa de otros. Ahora dejadme descansar a mi.” Su proyecto será reemprendido por las generaciones que se sientan identificadas, no solo en la rama literaria e la cultura, pero también, ya que: La literatura seguirá existiendo igual porque la sensación literaria es la eclosión de la personalidad, su manifestación mas profunda.” El País, 7 de agosto del 2001. La clarividencia del nonagenario escritor granadino, Académico de la Lengua Española, Premio Cervantes, Premio Príncipe de Asturias y candidato al Nóbel de Literatura, confirma de sobras las tesis de los neurólogos y gerontólogos que han estudiado el cerebro humano en las diversas fases de su desenvolvimiento que hacen coincidir la longevidad activa y satisfactoria con el ejercicio intelectual junto al físico pero por este orden: el cerebro manda, orienta, impulsa o frena otras actividades del organismo. Las investigaciones sobre el Alzheimer aportan nuevos datos que lo corroboran. Han sido desmontados los prejuicios ancestrales sobre las neuronas del cerebro y su desgaste con el paso de los años, irremisiblemente perdidas, sin esperanza


de regeneración. La ciencia demuestra que esta regeneración se produce y descubrirlo permite avanzar en la prevención de los trastornos mentales atribuibles a la edad. Lo comentaba el otro día con una octogenaria, placidamente sentadas a la sombra de un cedro del jardín. Ella no lo tenía claro y exclamó: Si el cerebro es el que manda, como usted dice, me gustaría saber quien manda al cerebro. “¿No se puede equivocar a la hora de mandar lo que tienen que hacer las piernas, el intestino grueso, los pulmones o la lengua?”, y con un gran sentido práctico de la vida la espabilada coetánea se oponía a los teoremas y los enigmas no resueltos de la cotidianeidad de los viejos…y de los jóvenes. El cerebro dirige el mecanismo del cuerpo y recibe las respuestas y estas pueden ser estimulantes o depresivas, le decía yo repitiendo mis lecturas mal digeridas. La viejecita me dejó boquiabierta con su improvisado comentario: “Una persona sana puede morir de un disgusto, ¿lo sabia? Conozco a mas de uno y a mas de una que la palmaron a fuerza de disgustos…”. A su manera hablaba de las enfermedades sicosomáticas estudiadas por el doctor Vignat entre ancianos hospitalizados en la ciudad francesa de Lyón, citado por Simona de Beauvoir en su ya mencionado ensayo La vieillesse (1983), escrito cuando ella tenía 42 años y todavía no podía hablar por experiencia propia. El doctor Vignat descubrió que los hospitalizados padecían, en orden decreciente, enfermedades cardiovasculares, respiratorias,, mentales, marasmo biológico, enfermedades vasculares, neurológicas,


trastornos del aparato locomotor y digestivos, para concluir: “Como sea que la vejez es, por excelencia, el campo de la psicometría, las enfermedades orgánicas dependen, también y estrechamente, de factores sicológicos.” “O sea” – interrumpió la viejecita – “que mas vale no ponerse piedras en el hígado”. Para saber eso no hace falta haber hecho el bachillerato, ¿no cree?”

En el curso de nuestras conversaciones tropezábamos a menudo con tópicos, refranes y dichos sobre los viejos y sus manías – decía: “suyas”, porque ella no se incluía entre los viejos maniáticos , pero en realidad las dos ironizábamos sobre nuestra condición de octogenarias, con tal de no caer en la jeremiada senil que precipita la decrepitud y te convierte en una vieja llorona y pesada. Ironizar sobre uno mismo es más eficaz que recurrir al autoengaño. En las tertulias del jardín o en la piscina del balneario se habla de los hijos y de los nietos pero siempre en positivo, desde un ostensible orgullo de padres y abuelos, que chirría. Les justifican si no les van a ver durante el veraneo, sino telefonean para saber si los abuelos necesitan alguna cosa o anunciarles una visita relámpago para comer en familia, eventualmente acompañados de amigos o conocidos que “os quieren conocer”, gente “enrollada” que os gustará, etc., etc. De los problemas de los hijos y de los nietos, los abuelos veraneantes no los mencionan porque “son cosas que escuecen y vale mas aparcarlos porque


no te dejan dormir, te revuelven los ánimos y te hacen sentir mas viejo”. Los temas de conversación entre los ancianos varían según el sexo: ellos comentan los enredos del mundo futbolístico y la situación económica, las cotizaciones de la bolsa, y el aumento de tarifas de los seguros, en las que algunos jubilados son verdaderos expertos. Pero también hablan del nivel de colesterol, la hipertensión y la sordera. De política no hablan nunca en serio, especulan sobre rumores, cotillean pero no opinan. De política no quieren saber nada pero si de las pensiones que dependen de la política. Ellas hablan de la familia, siempre en términos laudatorios. Se alcanza una especie de espíritu tribal y el propósito de esconder o de obviar los conflictos generacionales, de intereses o de sensibilidades, aunque sea deformando la realidad o huyendo de ella aun sabiendo que es ineludible. Pero la aventura de envejecer sin tropezar por el camino requiere de esta capacidad de autoengaño que permite ganar tiempo, es decir ganar vida. Y de la vida cotidiana hablan más las mujeres que los hombres. Las pequeñas cosas, las sublimes y las insignificantes, los chismorreos de la prensa rosa los rumores oídos en la peluquería, los líos de los famosos, con los que son indulgentes o despiadados, según la simpatía o antipatía que tienen por la princesa “dallonses” o por el señorito “daixonses”. Suelen estar al día del embarazo de una actriz, de los adulterios de actualidad, de la decoración de las casas de los aristócratas en declive y de las orgías


de los jeques en Marbella y de los desfiles de moda de Madrid, Barcelona o Playa de Aro. Lo comentan sin acritud porque las mujeres mayores no pierden el oremus por los trapos y la cosmética. El tema recurrente en las tertulias entre las mujeres del balneario son los nietos, sus estudios, y sus proezas reales o virtuales. En algunos casos niños de parejas “desestabilizadas” o apuntaladas con las muletas del compromiso o del consenso y la ayuda de los abuelos “canguro” patrocinadores de un trato precario que retrase la ruptura o la violencia que traumatiza a los niños pequeños. “Esto nos ayuda a envejecer”, dice mi amiga octogenaria – a envejecer sin lloriquear, a parecer mas joven porque a los pequeños no les gusta la imagen del viejo depauperado o llorón. Hemos de procurar no hacer olor a viejo, aunque sea a fuerza de lociones, lavandas y agua de rosas, depilación de los pelos del bigote, limpiezas de cutis y un buen corte de pelo, bien peinado y siempre limpio, y una faja que nos haga caminar derechos y reduzca la grasa allí donde nos sobra. Todo es poco con tal de no asustar a los pequeños con una “facha” asquerosa, como el de alguno y alguna que no se arreglan y se disfrazan de abuelos de rondalla. Y los niños de hoy quieren abuelos dinámicos, divertidos, “enrollados”, y no el anciano de barba blanca, desdentado y taciturno, sentado en el poyo con las manos sarmentosas y frías apoyadas en el bastón o en la muleta, puntal de la osamenta que ha envejecido antes de tiempo… …porque a envejecer, se aprende. También lo constata la ciencia, en este caso, estudios realizados


en Holanda entre hombres y mujeres de mas de sesenta y un años en plena actividad. Esto requiere una cierta dosis de salud pero, sobretodo, razones sicológicas y sociales que pueden prolongar la vejez incluso entrando en la etapa final, que puede durar quince o veinte años. El estudio revela importantes diferencias, entre sujetos de la misma edad. La edad cronológica y la biológica no siempre coinciden. “La senectud”, escribe el gerontólogo norteamericano Howell, “no es una pendiente que bajen todos a la mima velocidad. Es un tramo de escalones irregulares por los que algunos se precipitan con más rapidez que otros. Y esto se aprende antes de dar el primer paso hacia la pendiente.” “Usted ha leído mucho sobre los viejos, sabe un montón…” dijo mi amiga del balneario interrumpiendo discretamente mi perorata. “Sabe un montón, pero a nuestra edad”, añadió, “ya no podemos aprender a envejecer: somos viejas y basta…” “¡Soy viejo y basta!” escribe Mosen Ballarín en su columna dominical en el Avui del 1 de julio, con el estilo directo de los sermones de mosen Tronxo, personaje de su novela que nos descubrió un prosista prodigioso. A sus ochenta años, José Ballarín ironiza sobre la propia ancianidad, ironía que ayuda a adornarla de buen humor cuando los demás la disfrazan y la maquillan como si fuese una tara.”Soy viejo y nada más. Que ya es bastante.” “Cuando digo que lo soy, confieso que no quiero ser incluido en la “tercera edad” porque no se si


me he escabullido de la segunda, tampoco paso porque me incluyan entre la “gente mayor” y mucho menos que me den jabón diciéndome “persona mayor – gran persona”. No quiero que me engatusen, no soy Napoleón ni Santo Dominguito. Soy viejo y nada más. Que ya es bastante.” La franqueza de los viejos autosuficientes, o sea libres porque no dependen de nadie, no es provocación ni travesura sino una especie de sabiduría e ingenio adquiridos en la larga aventura de envejecer dignamente. Es el caso del cura del terruño que José Mª Ballarín convirtió en personaje entrañable que encaró el progreso con reflexiones tan graciosas como esta: “Hemos pasado de oír decir que “esta niña habla como una vieja” a ver como su abuela se disloca bailando teniendo cuidado de que no se le desmonte el esqueleto.” Es su modo de ironizar sobre los viejos que no asumen la vejez, se disfrazan de jóvenes y caen en el exhibicionismo grotesco y, a veces, patético. Pero ironizando también se pueden decir cosas muy serias desde la ancianidad. Como esta: “Nos han arrinconado, viejos compañeros. Y no nos engañemos. Tenemos que aceptar sin ser alocados, que el esqueleto nos cruje y que no podemos hacer como si fuésemos hacia atrás. Diría que gracias a Dios. Pero mientras nos


quede un soplo de vida, incluso con el cuerpo baldado, no somos inútiles. Justamente porque cada uno de nosotros sabe lo que ha pasado y padecido, podemos entender como nunca los dolores y los gozos de los demás, la ternura por los infancia, las soledades en rincones de vida vacíos. Sin hacernos el entrometido tenemos el don de los consoladores. Para un creyente es el don del Espíritu Santo.” José Mª Ballarin, Avui, 1º de julio del 2001. Y para el no creyente estará siempre el instinto de vivir, dijo el estimado poeta Joan Vinyoli, que era agnóstico. Ya era viejo cuando escribió “El gran fuego”, que resume su concepto, su manía de vivir sin rendirse. Atizo fuegos Que se me apagan. No hay leña Bastante seca Y fuerte Para mantenerlos. Cada día Mas cansado, pero siempre sin rendirme, Quiero encender el gran fuego: Que todas las chispas Llenen la noche. Juan Vinyoli, “El gran fuego”.


Aquí se acaba la aventura de escribir sobre el envejecimiento pensando en los que aun son jóvenes, a los que deseo que lleguen a viejos sin pasar por la decrepitud. Teresa Pàmies, Caldas de Malavella y Barcelona, Agosto-Septiembre del 2001.

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Profile for Guillermo de Castro

LA AVENTURA DE ENVEJECER  

Cuando a fines de los sesenta, Simone de Beauvoir trabajaba en su ensayo “La Vieillesse” gente de su entorno le decían: ¡Qué idea la tuya ¡...

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