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LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER Milan Kundera Traducción libre de Guillermo de Castro

Primera Parte LA LIGEREZA Y LA PESADEZ 1

El eterno retorno es una idea misteriosa y, con ella, Nietzsche puso a unos cuantos filósofos en un brete: ¡pensar que un día todo se repetiría tal como ya lo hemos vivido y que, incluso, esta repetición se volverá a repetir indefinidamente! ¿Qué significa este mito estrafalario? El mito del eterno retorno afirma, a través de la negación, que la vida que desaparece para siempre, que ya no vuelve, es parecida a una sombra, no tiene peso, está muerta de entrada, y que aunque sea atroz, bella, espléndida, esta atrocidad, esta belleza, este esplendor no significa nada. No hay que tenerla en cuenta, igual que una guerra entre dos reinos africanos del siglo XIV, que no cambió nada en la capa de la tierra, aunque trescientos mil negros encontraron la muerte en medio de suplicios indescriptibles. ¿Cambiará nada, en la guerra entre dos reinos africanos del siglo XIV, que se repita un número incalculable de veces en el eterno retorno? Sí: se convertirá en un bloque que se levanta y perdura, y su estupidez no tendrá remisión. Si la Revolución Francesa se tuviese que repetir eternamente, la historiografía francesa estaría menos orgullosa de Robespierre. Pero como que habla de una cosa que no volverá, los años de sangre ya son solo palabras, teorías, discusiones, son más ligeros que una pelusa, no dan nada de miedo. Hay una diferencia infinita entre un Robespierre que apareció una sola vez en la historia y un Robespierre que vuelva eternamente a cortar la cabeza de los franceses. Digamos, pues, que la idea del eterno retorno establece una perspectiva en que las cosas ya no nos parecen tal como las conocemos: se nos presentan sin la circunstancia atenuante de fugacidad. Esta circunstancia atenuante es precisamente la que nos impide pronunciar cualquier veredicto. ¿Es por condenar lo que es efímero? Las nubes naranjas del poniente lo iluminan todo con el encanto de la añoranza; incluso la guillotina. No hace mucho me sorprendí en medio de una sensación increíble: ojeando un libro sobre Hitler me emocionaba delante de algunas de sus fotos; me recordaban los tiempos de mi infancia; la viví durante la guerra; unos cuantos miembros de mi familia encontraron la muerte en campos de concentración


nazis; pero, ¿Qué era su muerte al lado de aquella fotografía de Hitler que me recordaba un tiempo pasado de mi vida, un tiempo que no volverá? Esta reconciliación con Hitler traiciona la profunda perversión moral inherente a un mundo fundamentado esencialmente en la inexistencia del retorno, porque en este mundo todo es perdonado por adelantado y todo, pues, es cínicamente permitido. 2 Si cada segundo de nuestra vida se ha de repetir un número infinito de veces, entonces estamos clavados en la eternidad como Jesucristo en la cruz. Es una idea conmovedora. En el mundo del eterno retorno, cada gesto lleva el peso de una responsabilidad insoportable. Esto es lo que le hacía decir a Nietzsche que la idea del eterno retorno es el fardo más pesado (das schwerste Gewicht). Si el eterno retorno es el fardo más pesado, nuestras vidas, sobre este telón de fondo, pueden aparecer en toda su espléndida ligereza. Pero, ¿de verdad la pesadez es conmovedora y la ligereza bonita? El fardo más pesado nos hunde, nos hace doblar debajo de el, nos aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amorosa de todos los siglos la mujer desea recibir el fardo del cuerpo del macho. El fardo más pesado, pues, es también la imagen de la realización vital más intensa. Cuanto más pesado sea el fardo, más cerca de la tierra está nuestra vida, y mas real y bonita es. En cambio, la ausencia total de fardo hace que el ser humano se vuelva más ligero que el aire, que se eleve, que se aleje de la tierra, del ser terrestre, que solo sea medio real y sus movimientos tan libres como insignificantes. Entonces, ¿qué hemos de elegir? ¿La pesadez o la ligereza? Nietzsche nos recuerda que Parménides se hizo esta pregunta en el siglo VI antes de Jesucristo. Según el, el universo está dividido en parejas de contrarios: luz-sombra, espeso-fino, caliente-frío, ser-no ser. Consideraba que uno de los polos de la contradicción es positivo (claridad, calor, finura, ser) y el otro negativo. Esta división en polos positivo y negativo nos puede parecer de una simplicidad pueril. Aparte de un caso, dice Nietzsche: ¿Quién es el positivo, la pesadez o la ligereza? Parménides respondía: aquello ligero es positivo, aquello pesado es negativo. ¿Tenía razón o no la tenía? He ahí la cuestión. Solo hay una sola cosa cierta. La contradicción pesado-ligero es la más misteriosa y la más ambigua de todas las contradicciones. 3


Hace muchos años que pienso en Tomás, pero es a la luz de estas reflexiones que le he visto claramente por primera vez. Le he visto de pie, en una ventana de su piso, con los ojos clavados en el otro lado del patio, en el muro del edificio de delante, y sin saber que tenía que hacer. Unas tres semanas antes, había conocido a Tereza en una pequeña ciudad de Bohemia. Con dificultades habían podido pasar una hora juntos. Ella le había acompañado a la estación y le había hecho compañía hasta que había subido al tren. Unos diez días más tarde le fue a ver a Praga. Hicieron el amor el mismo día. Por la noche tuvo un ataque de fiebre y pasó toda la semana en casa de el con la gripe. Entonces sintió un amor inexplicable por aquella chica casi desconocida. Le parecía que era un niño a quien le habían dejado en una cesta untada de pega y abandonado a las aguas de un río para que el la recogiese en la orilla de su cama. Se quedó en su casa una semana y después, una vez recuperada, volvió a la ciudad donde vivía, a doscientos kilómetros de Praga. Y es aquí donde se sitúa el momento de que acabo de hablar y donde veo la clave de la vida de Tomás: está de pie en la ventana, con los ojos clavados en el otro lado del patio, en el muro del edificio de delante, y reflexiona: ¿He de proponerla que se venga a instalar en Praga? Esta responsabilidad le aterroriza. Si ahora la invita a su casa, vendrá para ofrecerle su vida. ¿O bien tiene que renunciar? En este caso, Tereza continuará haciendo de camarera de una cervecería en un culo del mundo, y no la volverá a ver. ¿Quiere que le venga a ver o no quiere? Mira al patio, los ojos clavados en el muro de delante, y busca una respuesta. Vuelve, una y otra vez, a la imagen de la mujer estirada en su sofá; no le recordaba a nadie de su vida anterior. No era ni una amante ni una esposa. Era un niño que el había sacado de un cesto untado de pega y que había puesto a la orilla de su cama. Se había dormido. Se arrodilló a su lado. El aliento febril se le aceleraba y oyó un gemido flojo. Apretó su cara contra la de ella y, en medio del sueño, la musitó palabras tranquilizadoras. Al cabo de un momento, le pareció que respiraba más despacio y que la cara de ella se levantaba maquinalmente hacia al suya. Sentía en los labios el olor un poco agrio de la fiebre, y lo aspiraba como si quisiera empaparse de la intimidad de su cuerpo. Entonces se imaginó que estaba en su casa desde hacía muchos años y que se estaba muriendo. De pronto, le pareció evidente que no sobreviviría a su muerte. Se echaría a su lado para morir con ella. Conmovido por esta visión, escondió la cara contra la de ella en la almohada y se quedó así mucho tiempo. Ahora, está de pie en la ventana e invoca aquel instante. ¿No era el amor, esto, que se había dado a conocer de aquella manera?


Pero, ¿era amor? Se había llegado a convencer que quería morir a su lado, pero estaba bien claro que era un sentimiento exagerado: ¡solo la veía por segunda vez en su vida! ¿No era más bien la reacción histérica de un hombre que, aún comprendiendo en su interior que era un inepto para el amor, empezaba a representarse a el mismo la comedia del amor? ¡Además, su subconsciente era tan cobarde que, para hacer la comedia, elegía a aquella camarera de provincias que casi no tenía ninguna posibilidad de entrar en su vida! Miraba los muros sucios del patio y comprendía que no sabía si era histeria o amor. Y, en aquella situación en que un hombre de verdad habría podido actuar inmediatamente, se reprochaba a sí mismo que dudase y privarse así del instante más bonito de su vida (está arrodillado a la cabecera de la joven, convencido que no podrá sobrevivir a su muerte) de toda significación. No paraba de hacerse reproches, pero acabó diciéndose que en el fondo era bien normal no saber que quería: El hombre nunca puede saber que se necesita querer porque solo tiene una vida y no la puede comparar a vidas anteriores ni rectificarla en vidas posteriores. ¿Vale más estar con Tereza o quedarse solo? No hay ninguna manera de verificar que decisión es la buena porque no hay ninguna comparación. Todo se vive enseguida por primera vez y sin preparación. Como si un actor entrase en escena sin haber ensayado nunca. ¿Pero, que puede valer la vida, si el primer ensayo de la vida ya es la vida misma? Es eso que hace que la vida parezca siempre un borrador. Pero ni tan solo “borrador” es la palabra correcta, porque un borrador siempre es el esbozo de alguna cosa, la preparación de un cuadro, mientras que el borrador que es nuestra vida es un borrador de nada, un borrador sin cuadro. Tomás se repite el proverbio alemán: einmal ist keinmal, una vez no cuenta, una vez es nunca. Poder vivir solo una vida es como no vivir nada. 4 Pero un día, durante una pausa entre dos operaciones, una enfermera le avisó que le llamaban por teléfono. Oyó la voz de Tereza por el auricular. Le llamaba desde la estación. Se alegró. Por desgracia, aquella noche estaba ocupado y no la convidó a su casa hasta el día siguiente. Enseguida que hubo colgado, se arrepintió de no haberle dicho que fuese enseguida. ¿Aún tenía tiempo de cancelar la cita! Se preguntaba que haría Tereza, en Praga, durante las largas treinta horas que faltaban para su encuentro y tenía ganas de coger el coche y salir a buscarla por las calles de la ciudad.


Llegó al día siguiente por la noche. Llevaba un bolso en bandolera colgado de una larga correa, la encontró más elegante que la última vez. Llevaba un libro grueso en la mano: Ana Karenina, de Tolstoi. Se comportaba de manera alegre, incluso un poco exagerada, y se esforzaba en mostrarle que le había venido bien por casualidad, a causa de una circunstancia concreta: estaba en Praga por motivos profesionales, quizás (su comentario era muy vago) buscando un nuevo trabajo. Después se encontraron estirados, pegados, desnudos y agotados en el sofá. Ya se hacía de noche. Le preguntó donde estaba, la quería acompañar en coche. Respondió algo incómoda que se buscaría un hotel y que había dejado la maleta en la consigna. El día antes tenía miedo de que no viniese a ofrecerle toda su vida si la convidaba a su casa en Praga. Ahora, cuando la oía decir que tenía la maleta en la consigna, se dijo que había puesto su vida en aquella maleta y que la había dejado en la estación antes de ofrecérsela. Subió con ella al coche aparcado delante del edificio, fue a la estación, retiró la maleta (era grande y muy, muy pesada) y la llevó a su casa con Tereza. ¿Cómo es que se decidió tan deprisa, cuando había dudado una quincena de días y ni tan solo le había enviado una postal? El mismo estaba sorprendido. Actuaba contra sus principios. Ahora hacía diez años, cuando se había divorciado de su primera mujer, había vivido el divorcio en un ambiente de algazara, como otros celebran su boda. Entonces había comprendido que no había nacido para vivir al lado de una mujer, fuese quien fuese, y que solo podía ser el mismo manteniéndose soltero. Por eso se esforzaba al máximo en arreglar el sistema de su vida de manera que nunca una mujer se pudiese instalar en su casa con una maleta. Por eso solo tenía un sofá. Aunque fuese un sofá bastante amplio, afirmaba a sus compañías que era incapaz de dormirse al lado de algún otro en una cama compartida y a todas las llevaba a casa después de la media noche. Hasta la primera vez, cuando Tereza se quedó en casa suya con la gripe, no durmió con ella. Pasó la primera noche en una butaca grande y las noches siguientes fue al hospital, donde tenía la consulta equipada con una gandula que usaba en el turno de noche. A pesar de todo, esta vez se durmió a su lado. Por la mañana, cuando se despertó, constató que Tereza, que aún dormía, le cogía la mano. ¿Se habían cogido de la mano toda la noche? Esto le resultaba difícil de creer. Ella respiraba profundamente en medio del sueño, le cogía la mano (firmemente, no conseguía soltarse) y la maleta muy muy pesada estaba al lado de la cama. No osaba deshacer la mano de la de ella por miedo a despertarla, y se volvió con mucho cuidado para poder observarla mejor.


Se volvió a decir que Tereza era un niño que habían puesto en un cesto untado con pega y lo habían dejado corriente abajo. ¡Como se puede dejar derivar por las aguas furiosas de un río el cesto que acoge un niño? ¡Si la hija del Faraón no hubiese retirado de las aguas la cesta del pequeño Moisés, no habría existido el Antiguo Testamento y toda nuestra civilización! Al comienzo de muchos mitos antiguos hay alguien que salva a un niño abandonado. ¡Si Polibi no hubiese recogido al pequeño Edipo, Sófocles no habría escrito su más bonita tragedia! Tomás no sabía entonces que las metáforas son una cosa peligrosa. Con las metáforas no se hace broma. El amor puede nacer de una sola metáfora. 5 Con bastante trabajo había vivido dos años con su primera mujer y había tenido un hijo. En el juicio por el divorcio, el juez confió el niño a la madre y condenó a Tomás a pasarles la tercera parte de su salario. Entonces le garantizó que podría ver a su hijo dos veces al mes. Pero cada vez que lo tenía que ir a ver la madre posponía la cita. Si les hubiese hecho regalos lujosos, a buen seguro que lo habría podido ver más fácilmente. Comprendió que tenía que pagar a la madre el amor de su hijo y pagar por adelantado. Se imaginaba que con el tiempo quieriendo inculcar a su hijo sus ideas que eran totalmente opuestas a las de la madre.. Solo de pensarlo se sentía cansado. Un domingo en que la madre había vuelto a impedir en el último minuto que saliese con su hijo decidió que no lo volvería a ver nunca másBien mirado, ¿porqué tenía que hacerse más con aquel niño que no con otro? No le ataba nada, aparte de una noche imprudente. ¡Les pasaría escrupulosamente el dinero, pero que no le pidiesen, en nombre de se sabe que sentimientos paternales, que luchase por sus derechos de padre! Evidentemente, nadie estaba dispuesto a aceptar estas ideas. Sus propios padres le condenaron y declararon que si Tomás se negaba a interesarse por su hijo, los padres de Tomás también dejarían de interesarse por el suyo. De manera que continuaban teniendo con su nuera relaciones de una cordialidad ostensible y presumían delante de su entorno de su actitud ejemplar y de su sentido de la justicia. En poco tiempo, pues, consiguió desprenderse de una esposa, de un hijo, de una madre y de un padre. La única herencia que le quedaba era el miedo por las mujeres. Las deseaba, pero las temía. Entre el miedo y el deseo, había que encontrar un compromiso; era lo que el nombraba “la mistad erótica”. Afirmaba a sus amantes: solo una relación exenta de sentimentalismos, en que


ninguno de sus compañeros no se atribuía derechos sobre la vida y la libertad del otro, podía conducir a la felicidad de los dos. Para tener la certeza de que la amistad erótica no cediese nunca a la agresividad del amor, solo veía a cada una de sus amantes con largos intervalos. El lo consideraba el método perfecto y hacía el elogio a sus amigos: “Hay que observar la regla de tres. Puedes ver a la misma mujer en intervalos muy próximos, pero entonces nunca más de tres veces. O bien la puedes frecuentar durante muchos años, pero solo con la condición de dejar pasar al menos tres semanas entre cada cita”. Aquel sistema ofrecía a Tomás la posibilidad de no romper con sus amantes permanentes y de tener a la vez muchas amantes efímeras. No siempre le comprendían. De todas sus amigas, Sabina era la que le comprendía mejor. Era pintora. Decía: “Te aprecio porque eres todo lo contrario del kitsch. En el reino del kitsch, serías un monstruo. En cualquier guión de película americana o rusa solo podrías ser un caso asqueroso” Por eso pidió a Sabina que le ayudase a encontrar trabajo en Praga para Tereza. Tal como exigían las reglas no escritas de la amistad erótica, le prometió hacer todos los posibles y efectivamente, no tardó mucho en encontrarle un sitio en el laboratorio de fotografía de un semanario. Era un trabajo que no exigía ningún conocimiento en particular, pero elevó a Tereza del estatus de camarera al de personal de prensa. Sabina fue personalmente a presentarla a la redacción, y Tomás se dijo entonces que nunca había tenido una amiga mejor. 6 La convención no escrita de la amistad erótica implicaba que el amor quedaba excluido de la vida de Tomás. Si hubiese incumplido esta condición, las otras amantes se habrían encontrado enseguida en una posición inferior y se habrían revuelto. Procuró a Tereza entonces un estudio alquilado donde se tuvo que llevar su pesada maleta. Quería cuidarla, protegerla, disfrutar de su presencia, pero no sentía ninguna necesidad de cambiar su modo de vida. Tampoco quería que se supiese que dormía en su casa. Su compromiso era el cuerpo del delito del amor. Nunca dormía con las otras mujeres. Cuando las iba a ver a casa de ellas, era fácil, se podía ir cuando quisiera. Era más delicado que fuesen a su casa y las tenía que explicar que las acompañaría a su casa pasada la media noche porque padecía insomnio y no conseguía dormirse al lado de alguien. No estaba demasiado lejos de la verdad, pero la razón principal era peor y no osaba confesársela a sus compañeras: en el instante que seguía al amor, sentía un


deseo insuperable de quedarse solo. Le era desagradable despertarse a media noche al lado de un ser extraño; el despertar matinal de la pareja le daba asco; no le gustaba que oyesen como se cepillaba los dientes en el baño y la intimidad de desayunar en pareja no le tentaba. ¡Por eso se quedó tan sorprendido cuando se despertó y Tereza le tenía firmemente agarrado de la mano! La miraba y le costaba entender que había pasado. Evocaba las horas que acababan de pasar y le parecía respirar el perfume de una felicidad desconocida. Desde entonces, los dos disfrutaban de antemano del sueño compartido. Casi estaría tentado de decir que, para ellos, el objetivo del acto del amor no era la voluptuosidad sino el sueño que llegaba después. Ella, sobretodo, no podía dormir si el. Si se quedaba sola en su estudio (que cada vez más era una coartada), no podía cerrar los ojos en toda la noche. En sus brazos, incluso en el momento máximo de la agitación, siempre se dormía. El le explicaba a media voz cuentos que se inventaba para ella, cosas sin importancia, palabras tranquilizadoras o graciosas que repetía en un tono monótono. En la cabeza de Tereza estas palabras se convertían en visiones confusas que la conducían al primer sueño. El tenía poder absoluto sobre su sueño y ella se dormía en el segundo que el había escogido. Cuando dormían, ella le cogía como la primera noche: le apretaba firmemente la muñeca, el dedo, el tobillo. Cuando el se quería alejar sin despertarla, tenía que actuar con astucia. Liberaba el dedo (la muñeca, el tobillo) de su estrechez, cosa que siempre la medio despertaba, porque le vigilaba atentamente incluso durante el sueño. Para clamarla, la deslizaba en la mano, en lugar de su muñeca un objeto cualquiera (un pijama hecho un ovillo, una zapatilla, un libro) que ella enseguida apretaba enérgicamente como si fuese una parte de su cuerpo. Un día que el se acababa de dormir y que ella estaba en la recámara del primer sueño donde todavía podía responder a sus preguntas, el le dijo: -¡Muy bien, ahora me voy! -¿Dónde vas? – preguntó ella. -Salgo – dijo con voz severa. -¡Voy contigo! – dijo ella levantándose de la cama. -No, no quiero. Me voy para siempre – dijo el, y salió de la habitación, hasta la cancela. Ella se levantó y le siguió a la cancela cerrando los ojos. Solo llevaba una blusa y debajo iba desnuda. Tenía la cara inmóvil, sin expresión, pero sus movimientos eran anérgicos. Desde la cancela, salió al pasillo (el pasillo común del edificio de alquiler) y cerró la puerta delante de ella. Ella la abrió con un gesto brusco y le siguió, convencida en su semisueño que el se quería ir para siempre y que ella le tenía que retener. El bajó un piso, se paró en el


rellano y la esperó. Ella se reunió con el, lo cogió de la mano, y le llevó a su lado, a la cama. Tomás se decía: hacer el amor con una mujer y dormirse, he aquí dos pasiones no solo diferentes sino casi contradictorias. El amor no se manifiesta con el deseo de hacer el amor (este deseo se aplica a un innumerable multitud de mujeres), sino con el deseo del sueño compartido (este deseo solo se refiere a una sola mujer). 7 En plena noche Tereza se puso a gemir en medio del sueño. Tomás la despertó, pero ella, cuando le vio la cara, dijo con rabia: “¡Vete! ¡Vete!” Después le explicó el sueño: estaban los dos en algún lugar con Sabina. En una habitación inmensa. En medio había una cama, parecía el escenario de un teatro Tomás le ordenó que se quedase en un rincón e hizo el amor con Sabina delante de ella. Ella miraba, y este espectáculo le provocaba un dolor insoportable. Para ahogar el dolor del alma bajo el dolor físico se metía agujas debajo de las uñas. “¡Hacía un dolor horroroso!”, dijo, cerrando los puños como si en realidad tuviese las manos heridas. El la rodeó con sus brazos y lentamente (no paraba de temblar) se durmió en su abrazo. Por la mañana, aún pensando en el sueño, recordó una cosa. Abrió la mesa del despacho y sacó un paquete de cartas de Sabina. Al cabo de un rato encontró este pasaje: “Querría hacer el amor contigo en mi taller como si fuese el escenario de un teatro. Habría gente alrededor y no tendrían derecho a acercarse. Pero no nos podían quitar los ojos de encima…”. Lo peor era que la carta llevaba fecha. Era una carta reciente, escrita cuando Tereza ya hacía tiempo que vivía con Tomás. Se enrabió: “¡Has removido mis cartas!”. Sin intentar negarlo, dijo: “¡Y qué! ¡Échame fuera, entonces!”. Pero no la echó. La veía, allí, metiéndose las agujas debajo de las uñas, clavada contra la pared del taller de Sabina. Le cogió los dedos entre las manos, los acarició, se los llevó a los labios, los besó como si hubiesen quedado restos de sangre. Pero a partir de aquel momento, pareció que todo conspiraba contra ella. No pasaba día sin que supiese una cosa nueva sobre sus aventuras clandestinas. Al principio lo negaba todo. Cuando las pruebas eran demasiado flagrantes, intentaba demostrar que no había ninguna contradicción, entre su vida polígama y su amor por Tereza. No era consecuente: ahora negaba las infidelidades, ahora las justificaba.


Un día, llamaba a una amiga para quedar. Cuando acabó la comunicación oyó un ruido extraño en la habitación de al lado, como un crujir de dientes. Ella había estado en su casa y el no lo sabía. Tenía en la mano un bote de tranquilizantes, se lo bebía a morro y, como la mano le temblaba, el cristal del bote le chocaba contra los dientes. Se lanzó sobre ella como si la quisiese salvar de ahogarse. El bote de valeriana cayó y se hizo una mancha grande en la alfombra. Ella se resistió, quería escaparse, y el la mantuvo durante un cuarto de hora como en una camisa de fuerza, hasta que se hubo calmado. Sabía que se encontraba en una situación injustificable porque estaba fundamentada en una desigualdad total: Mucho antes de que ella hubiese descubierto la correspondencia con Sabina habían ido juntos a un cabaret con unos cuantos amigos. Celebraban el nuevo trabajo de Tereza. Había dejado el laboratorio de fotografía y había pasado a ser fotógrafa de la revista. Como que a el no le gustaba bailar, uno de sus jóvenes colegas del hospital se ocupaba de Tereza. Danzaban magníficamente sobre la pista y Tereza parecía más bonita que nunca. Estaba admirado de ver con que precisión y que docilidad se anticipaba en una fracción de segundo a la voluntad de su pareja. Aquella danza parecía proclamar su abnegación, su deseo ardiente de hacer lo que leía en los ojos de Tomás, no estaban necesariamente ligados a la persona de Tomás, sino que estaban preparados para responder a la llamada de cualquier hombre que la encontrase. No había nada más fácil que imaginar que Tereza y aquel joven colega eran amantes. ¡Precisamente era esa misma facilidad con que el los podía imaginar así lo que el haría! Era muy fácil pensar en cuerpo de Tereza en el abrazo amoroso con cualquier cuerpo masculino, y esta idea le puso de mal humor. Aquella noche, bien tarde, cuando hubieron vuelto a casa, le confesó que estaba celoso. Aquellos celos absurdos, nacidos de una posibilidad totalmente teórica, era la prueba que consideraba la fidelidad de ella como una condición sine qua non. Pero entonces, ¿Cómo le podía recriminar que estuviese celosa de sus amantes reales? 8 De día se esforzaba (pero sin conseguirlo demasiado) en creer lo que decía Tomás y estar contenta como lo había estado hasta ahora. Pero los celos, domados de día, se manifestaban aún con más violencia en sus sueños, que siempre se acababan con un gemido que el solo podía interrumpirlo despertándola. Sus sueños se repetían como temas con variaciones o como episodios de un folletín televisivo. Un sueño que volvía a menudo, por ejemplo, era el sueño de


los gatos que le saltaban a la cara y le plantaban las uñas en la piel. La verdad es que este sueño tiene una explicación sencilla: en checo, gato es una expresión del argot que quiere decir “chica bonita”. Tereza se sentía amenazada por las mujeres, por todas las mujeres. Todas las mujeres eran amantes potenciales de Tomás, y le daban miedo. En otro ciclo de sueños, la enviaban a la muerte. Una noche que el la había despertado mientras gritaba de terror, le explicó este sueño: “Había una gran piscina cubierta. Éramos una veintena de personas. Solo mujeres.. Estábamos todas completamente desnudas y teníamos que marcar el paso alrededor del agua. Había un cuévano muy grande colgado del techo, y dentro había un hombre. Llevaba un sombrero de alas anchas que le disimulaban la cara, pero yo sabía que eras tú. Nos daba órdenes. Gritabas. Teníamos que cantar mientras desfilábamos y flexionábamos las rodillas. Cuando una mujer hacía mal la flexión, tu le disparabas con un revolver y caía muerta en el agua. Entonces, todas las otras se echaban a reír y a cantar aún más fuerte. Y tu no apartabas los ojos, y si una de nostras hacía un movimiento mal hecho tu la abatías. El agua estaba llena de cadáveres que flotaban en la superficie. ¿Yo sabía que ya no tenía fuerzas para hacer la próxima flexión y que me matarías!” El tercer ciclo de sueños explicaba lo que le pasaba una vez muerta. Yacía en un carro de muertos grande como un camión de mudanzas. A su alrededor solo habían cadáveres de mujeres. Había tantos que tenían que dejar la puerta de atrás abierta y las piernas salían fuera. Tereza gritaba: -¡Hey, que no estoy muerta! ¡Todavía tengo todos mis sentidos! -Nosotras también tenemos todos nuestros sentidos – se reían los cadáveres. Tenían exactamente la misma risa que las mujeres vivas que le decían, tiempo atrás, con placer, que tendría los dientes estropeados, los ovarios enfermos y arrugas y que era bien normal porque ellas también tenían mal los dientes, los ovarios enfermos y arrugas. Con la misma risa, le explicaban ahora que estaba muerta que todo estaba en orden. Súbitamente, tuvo ganas de orinar. Exclamo: -¡Tengo ganas de orinar! ¡Es la prueba de que no estoy muerta! Volvieron a reírse muy fuerte: - ¡Es normal que tengas ganas de orinar! Todas estas sensaciones te durarán todavía mucho tiempo. Es como a los que les han amputado una mano y todavía la notan mucho tiempo después. Nosotras ya no tenemos orina y aún así todavía tenemos ganas de orinar. Tereza se apretaba contra Tomás en la cama: Y todas me decían de ti, como si me conociesen de toda la vida, como si fuesen mis compañeras, y yo tenía miedo a que me obligasen a quedarme con ellas para siempre!


9 Todas las lenguas salidas del latín forman la palabra compasión con el prefijo “com” y la raíz “pasión”, que originariamente, significaba “sufrimiento”. En otras lenguas, por ejemplo, en checo, en polaco, en alemán, en sueco, esta palabra se traduce con un sustantivo formado con un prefijo equivalente seguido de la palabra “sentimiento” (en checo: soucit; en polaco: wsplo-czucie; en alemán: Mit-gefühl; es sueco: med-Känsla). En las lenguas derivadas del latín la palabra compasión significa que no se puede mirar con frialdad el sufrimiento de los demás; dicho de otra manera: se tiene simpatía por aquel que sufre. Otra palabra, que si es o no es, tiene el mismo sentido, piedad (en inglés pity, en italiano pietá, etc), sugiere incluso una especie de indulgencia hacia el ser que sufre. Tener piedad por una mujer quiere decir estar mejor que ella, quiere decir inclinarse, bajarse hacia ella. Por eso la palabra compasión inspira generalmente desconfianza; designa un sentimiento considerado como de segundo oren que no tiene mucho que ver con el amor. Querer a alguien por compasión en no querer de verdad. En las lenguas que forman la palabra compasión no con la raíz “pasiónsufrimiento” sino con el sustantivo “sentimiento”, la palabra se usa casi siempre en el mismo sentido, pero es difícil de decir si designa un sentimiento malo o mediocre. La fuerza secreta de su etimología baña la palabra con otra claridad y le da un sentido más amplio: Tener compasión (co-sentimiento) es poder vivir con el otro su desgracia pero también sentir con el cualquier otro sentimiento: la alegría, la angustia, la felicidad, el dolor. Esta compasión (en el sentido de soucit, wspolczucie, Mitgefühl, medkämsla) designa pues la más alta capacidad de imaginación afectiva, el arte de la telepatía de las emociones. En la jerarquía de los sentimientos es el sentimiento supremo. Cuando Tereza soñaba que se metía agujas debajo de las uñas, se traicionaba y revelaba así a Tomás que removía a escondidas sus cajones. Si lo hubiese hecho otra mujer no le habría vuelto a dirigir nunca más la palabra. Como Tereza lo sabía, le dijo: “¡Échame fuera!”. Pero no tan solo no la echó sino que le cogió la mano y le dio besos en la punta de los dedos porque, en aquel momento, el mismo notaba el dolor que ella sentía bajo sus uñas, como si los nervios de los dedos de Tereza estuviesen directamente ligados con su propio cerebro. El que no poseía el don diabólico de la compasión (co-sentimiento) solo puede condenar fríamente el comportamiento de Tereza, porque la vida privada del otro es sagrada y no se abren los cajones donde guarda su correspondencia personal. Pero como que la compasión de había convertido en el destino(o la maldición) de Tomás, le parecía que era el mismo el que estaba


arrodillado delante del cajón abierto de su mesa de despacho y que no conseguía apartar los ojos de las frases trazadas por la mano de Sabina. Comprendía a Tereza, y no tan solo era incapaz de reprocharle lo que había hecho sino que aún la amaba más. 10 Cada vez más tenía gestos bruscos e incoherentes. Hacía dos años que había descubierto sus infidelidades y todo iba de mal en peor. No había solución. ¡Como puede ser! ¿No podía poner fin a sus amistades eróticas? No. Eso le habría deshecho. No tenía fuerzas para dominar su hambre de otras mujeres. Y, además, le parecía inútil. Nadie sabía mejor que el que sus aventuras no corrían ningún riesgo para Tereza. ¿Por qué se tenía que privar? Hacerlo le parecía tan absurdo como renunciar a ir a los partidos de futbol. ¿Pero se podía hablar todavía de placer? Cuando salía a encontrarse con una de sus amantes sentía aversión hacia ella y se juraba que era la última vez que la veía. Tenía la imagen de Tereza ante sus ojos, y tenía que emborracharse de prisa para no pensar. ¡Desde que la conocía, no se podía ir a la cama con otras mujeres sin la ayuda del alcohol! Pero el aliento de alcohol era precisamente el indicio con que Tereza descubría aún más fácilmente sus infidelidades. La trampa se había cerrado a su alrededor: cuando las iba a buscar, ya no tenía ganas pero solo pasar un día marcaba un número de teléfono para quedar. Aún estaba en casa de Sabina donde se sentía mejor, porque sabía que era discreta y que no tenía que sufrir porque le descubriesen. En el taller flotaba como un recuerdo de su vida pasada, si vida idílica de soltero. Tal vez ni el mismo se percataba de cómo había cambiado: tenía miedo de volver tarde a casa porque Tereza le esperaba. Una vez, Sabina se dio cuenta que miraba el reloj mientras hacían el amor y que se esforzaba por llegar al final. Al acabar, con paso indolente, se paseaba desnuda por el taller y después, plantada delante de una tela inacabada colocada en un caballete, miró de reojo a Tomás, que se apresuraba a vestirse. Pronto estuvo vestido, pero tenía un pie desnudo. Miró alrededor, después se puso a cuatro patas y buscó alguna cosa debajo de la mesa. Ella le dijo: Cuando te miro, tengo la impresión que te vas convirtiendo en el tema eterno de mis telas. El encuentro de dos mundos, Una doble exposición. Detrás de la silueta de Tomás el libertino aparece la cara increíble del enamorado romántico. O bien es al contrario: a través de la silueta de Tristán que solo piensa en su Tereza, se ve el bello universo traicionado del libertino.


Tomás se había levantado y escuchaba con una oreja distraído las palabras de Sabina-¿Qué buscas? – le preguntó ella. -Un calcetín. Inspeccionó la habitación con el, después el se volvió a poner a gatas y volvió a buscar debajo de la mesa. - Aquí no hay ningún calcetín. – dijo Sabina – Evidentemente que cuando has llegado no lo llevabas. - ¡Qué quieres decir, que no lo llevaba! – exclamó Tomás mirando el reloj ¡Evidentemente que no he venido con un solo calcetín! - Vete a saber. Desde hace un tiempo estás muy distraído. Siempre vas con prisas, miras el reloj, de modo que no me sorprende que te olvides de ponerte un calcetín. El ya estaba decidido a ponerse el zapato sobre el pie desnudo. -Hace frío fuera – dijo Sabina - ¡Te dejaré una media! Sabia muy bien que era una venganza. Ella le había escondido el calcetín para castigarle por haber mirado el reloj mientras hacían el amor. Con el frío que hacia, no le quedaba otro remedio que someterse. Volvió a casa y tenía un calcetín en una pierna y una media blanca en el tobillo. Su situación no tenía salida: a los ojos de sus amantes estaba marcado por el sello vergonzoso de su amor por Tereza, y a los ojos de Tereza por el sello vergonzoso de sus aventuras con sus amantes. 11 Para aliviar el sufrimiento, se casaron (al final pudieron rescindir el alquiler, ella ya no vivía en el estudio) y le procuro un pequeño cachorro. La madre era un San bernardo de un colega de Tomás. El padre era un perro lobo de un vecino. Nadie quería los a los pequeños bordes y a su colega le sabía muy mal matarlos. Tomás tenía que elegir entre los cachorros y sabía que los que no eligiesen morirían. Se sentía como el presidente de la República cuando tiene cuatro condenados a muerte y solo puede amnistiar a uno. Finalmente eligió uno de los cachorros, una hembra que parecía tener el cuerpo de perro lobo y una cabeza que recordaba a su made San Bernardo.. Se lo llevó a Tereza. Cogió el cachorro, lo estrechó contra su pecho, y en aquel momento el animal se hizo pipi sobre su blusa. Después hizo falta encontrarle un nombre. Tomás quería que se supiese solo con este nombre que era el perro de Tereza. Y recordó el libro que llevaba bajo la axila el día que fue a Praga sin avisarle. Propuso llamarle Tolstoi.


No le podemos poner Tolstoi – replicó Tereza – ya que es una chica. Podemos ponerle Ana Karenina. No le podemos poner Ana Karenina, ninguna mujer no ha tenido nunca una cara tan ridícula – dijo Tomás – Mas bien Karenin. Si, Karenin. Siempre me la he imaginado exactamente así. - ¿No le perturbará la sexualidad, llamándose Karenin? Es posible – dijo Tomás – que una perra que sus amos la llamen siempre con un nombre de perro tenga tendencias lesbiana. Lo más curios es que la previsión de Tomás se realizó. Normalmente las perras se hacen más con su amo que con su dueña, pero con Karenin fue al contrario. Decidió enamorarse de Tereza. Tomás estaba reconocido. Le acariciaba la cabeza y la decía: “Tienes razón, Karenin, es exactamente lo que esperaba de ti. Visto que no me salgo por mi mismo, necesito que me ayudes”. Pero incluso con la ayuda de Karenin, no conseguía hacerla feliz. Lo comprendió unos días después de la ocupación de su país por los tanques rusos, el director de una clínica de Zurich, que Tomás había conocido durante un coloquio internacional, le llamaba cada día desde allí. Sufría por Tomás y le ofrecía un trabajo. 12 Si Tomás no dudaba en rechazar la oferta del médico suizo era a causa de Tereza. Pensaba que no se querría ir. Además, ella pasó los siete primeros días de la ocupación en una especie de tránsito que casi parecía la felicidad. Estaba en la calle con una máquina fotográfica y distribuía sus películas a los periodistas extranjeros, que se peleaban por conseguirlas. Un día que se había mostrado demasiado temeraria y había fotografiado de cerca de un oficial que apuntaba a los manifestantes con un revolver, la detuvieron y la hicieron pasar la noche en el cuartel general ruso. Amenazaron con fusilarla, pero enseguida la dejaron volver a la calle a volver a la calle a tomar fotos. Así la sorpresa de Tomás fue grande cuando le dijo el décimo día de la ocupación. - Bien mirado, porqué no te quieres ir a Suiza? - ¿Y porqué habría de ir? - Aquí tienes cuentas pendientes, - ¿Y quien no las tiene? – replicó Tomás con gesto resignado – Pero dime una cosa, ¿podrías vivir en el extranjero? - ¿Y porque no? - Después de haber visto que estás dispuesta a sacrificar la vida por tu país, me pregunto como lo podrías dejar ahora. - Desde que he vuelto de Dub`cek, todo ha cambiado – dijo Tereza.


Era verdad: la euforia general solo había durado los primeros días de la ocupación. El ejército ruso se había llevado a sus hombres del estado checo como si fuesen criminales, nadie sabía donde estaban, todos sufrían por sus vidas, y la rabia contra los rusos aturdía como un licor. Era la fiesta embriagadora de la rabia. Las ciudades de Bohemia se cubrían de miles de carteles pintados a mano rematados con inscripciones sarcásticas, poemas y caricaturas de Breznev y de su ejército, de quien rodos se reían como de una tropa de soldados analfabetos. Pero ninguna fiesta puede durar eternamente. Durante este tiempo, los rudos habían forzado a los dirigentes checos secuestrados a firmar un compromiso en Moscú. Con este compromiso Dubcek volvió a Praga e hizo un discurso por la radio. Sus seis días de secuestro habían disminuido hasta el punto que con trabajos casi no podía hablar, tartamudeaba y le costaba respirar, marcando en medio de las frases unas pausas interminables que duraban casi medio minuto. El compromiso salvó al país de lo peor: ejecuciones y deportaciones en masa a Siberia, que horrorizaban a todos. Pero enseguida quedó bien clara una cosa: Bohemia debía inclinarse ante el conquistador. Para siempre ya tartajearía, y se liaba, le costaría respirar, como Alexander Dubcek. La fiesta se había acabado. Entraban en la humillación cotidiana. Tereza explicaba todo esto a Tomás, y el sabía que era verdad, pero que bajo aquella verdad se escondía otra razón bien diferente, más fundamental, que hacía que Tereza quisiese irse de Praga: viviendo aquí era desgraciada. Había vivido sus días más bonitos cuando había fotografiado a los soldados rusos en las calles de Praga y estaba expuesta al peligro. Eran los únicos días en que el folletín televisado de sus sueños se había interrumpido y en que las noches habían sido tranquilas. Con sus blindados, los rusos le habían dado serenidad. Ahora que la fiesta se había acabado, volvía a tener miedo de sus noches y quería huir. Había descubierto que había circunstancias en que podía sentirse fuerte y satisfecha, y deseaba irse al extranjero con la esperanza de encontrar circunstancias parecidas. -¿Y no te hace nada – le preguntaba Tomás – Que la Sabina haya emigrado a Suiza? -Ginebra no es Zurich – decía Tereza – bien seguro que me molestará menos allí que no en Praga. Aquel que se quiere ir del lugar donde vive no es feliz. Este deseo de Tereza de emigrar, Tomás lo aceptó como un culpable acepta el veredicto. Se sometió y un poco más tarde se encontró con Tereza y Karenin en la ciudad más grande de Suiza. 13


Compró una cama para mudarse a un piso vacío (aún no tenían con que comprarse oros muebles) y se sumergió en el trabajo con toda la desazón de un hombre que empieza una vida nueva pasados los cuarenta años. Llamó unas cuantas veces a Sabina a Ginebra. Por casualidad había hecho un vernissage ocho días antes de la invasión rusa y los coleccionistas de arte suizos, impulsados por la simpatía hacia su pequeño país, le habían comprado todas las telas. “¡Gracias a los rusos me he hecho rica!”, dijo echándose a reír por el teléfono, y convidó a Tomás a su casa, a su nuevo taller que, aseguraba, no era muy diferente del que Tomás conocía en Praga. La habría ido a ver gustosamente, pero no encontraba ninguna excusa para justificar el viaje delante de Tereza. Fue entonces Sabina la que fue a Zurich. Se quedó en el hotel. Tomás fue a verla saliendo del trabajo, se anunció por teléfono desde la recepción y subió a la cámara. Le abrió la puerta y se le plantó delante sobre sus largas piernas y bonitas, desnuda, en bragas y en sostén. Tenía un sombrero grande colgado en la cabeza. Miraba largamente a Tomás, sin moverse, y no decía nada. Tomás también estaba inmóvil, silencioso. Después se dio cuenta de que estaba muy emocionado. Le quitó el sombrero de la cabeza y lo dejó sobre la mesilla. Hicieron el amor sin decir ni una palabra. Volviendo del hotel a su casa de Zurich (adornada desde hacía tiempo con una mesa, sillas, sofá y alfombra) se decía con un sentimiento de alegría que llevaba con ella su manera de vida como el caracol su casa. Tereza y Sabina representaban los dos polos de su vida, polos alejados e irreconciliables, pero bonitos los dos. Pero como llevaba a todas partes con el, su sistema de vida, como un apéndice de su cuerpo, Tereza continuaba teniendo los mismos sueños. Estaban en Zurich, desde hacía seis o siete meses cuando encontró una carta en la mesa, una noche que había vuelto tarde. Tereza le anunciaba que había vuelto a Praga. Se había marchado porque no tenía fuerzas para vivir en el extranjero. Sabía que aquí tendría que haber sido un apoyo para Tomás y también sabía que era incapaz. Ingenuamente, había creído que la vida en el extranjero la cambiaría. Se había imaginado que después de lo que había vivido los días de la invasión ya no volvería a ser mezquina, que se convertiría en adulta, razonable, valiente, pero se había sobrestimado. Para el era un peso y era justamente lo que no quería. Quería sacar el agua clara de todo junto antes de que fuese demasiado tarde. Y que le perdonase por haberse llevado a Karenin. Se tomó unos somníferos muy fuertes pero hasta la madrugada no se durmió. Por suerte era un sábado y se podía quedar en casa. Por cientos de veces repasó como estaban las cosas: las fronteras entre Bohemia y el resto del mundo ya no


estaban abiertas como lo habían estado en la época en que se habían ido. Ni los telegramas ni los teléfonos no podrían hacer volver a Tereza. Las autoridades no la volverían a dejar salir. No se lo llegaba a creer, pero la marcha de Tereza era definitiva. 14 La idea de que no podía hacer nada de nada le dejaba en un estado de estupor, pero al mismo tiempo le tranquilizaba. Nadie le obligaba a tomar una decisión. No tenía que mirar el muro del edificio de delante y preguntarse si quería o no quería vivir con ella. La misma Tereza lo había decidido todo. Se fue a comer a un restaurante. Se sentía triste, pero durante la comida su desespero inicial pareció clamarse, como si hubiese perdido el vigor y solo le quedase la melancolía. Miraba hacia atrás los años pasados con ella y se decía que su historia no podía acabar mejor. Si la hubiesen inventado, no la habrían podido cerrar de otra manera. Un día Tereza había ido a su casa sin avisarle. Un día se había ido de la misma manera. Había llegado con una maleta pesada. Y con una maleta pesada de marchó. Pagó, salió del restaurante y se fue a dar una vuelta por las calles, lleno de una melancolía cada vez más deliciosa. Tenía tras de si siete años de vida con Tereza y mira por donde constataba que estos años eran los más bonitos en el recuerdo que no en el instante que los había vivido. El amor entre el y Tereza era ciertamente bonito, pero también fatigoso, siempre había que esconder alguna cosa, disimular, fingir, reparar, levantarle la moral, consolarla, probarle continuamente que la quería, sufrir los reproches de sus celos, de su sufrimiento, de sus sueños, sentirse culpable, justificarse y excusarse. Ahora, el cansancio había desaparecido y solo quedaba la belleza. Comenzaba la noche del sábado; por vez primera se paseaba solo por Zurich y aspiraba profundamente el perfume de su libertad. La aventura acechaba en cada esquina. El futuro volvía a ser un misterio. Volvía a su vida de soltero, esta vida que, tiempo era tiempo, seguro que era su destino porque era la única en que podía ser tal y como era de verdad. Había vivido encadenado a Tereza durante siete años y ella había seguido con la mirada cada uno de sus pasos. Era como si le hubiese tenido atado con bolas de hierro en los tobillos. Ahora, de repente, su paso era más ligero. Casi planeaba. Se encontraba en el espacio mágico de Parménides: saboreaba la dulce ligereza del ser. (¿Tenía ganas de telefonear a Ginebra a Sabina, de contactar con alguna de las mujeres de Zurich que había conocido en estos últimos meses? No, no tenía


ningunas ganas. Cuando te encuentras con otra, lo sabía, el recuerdo de Tereza le causaría un dolor insoportable.) 15 Este extraño encantamiento melancólico duró hasta el domingo por la noche. El lunes todo cambió. Tereza hizo irrupción en su pensamiento: sentía lo que había sufrido escribiéndole la carta de adiós; sentía como sus manos temblaban; la veía arrastrando con una mano la pesada maleta, la correa de Karenin en la otra; la imaginaba girando la llave de la cerradura su piso de Praga y sentía en su propio corazón la desolación y el aislamiento que le había soplado en la cara cuando había abierto la puerta. Durante aquellos dos bonitos días de melancolía, su compasión (aquella maldición de la telepatía sentimental) reposaba. La compasión dormía como el minero duerme el domingo después de una semana de duro trabajo a fin de poder volver a bajar al pozo el lunes. Tomás examinaba a un enfermo y era a Tereza quien veía en su lugar. Se llamaba al orden: “¡No pienses! ¡No pienses!” Se dijo: “Estoy enfermo de compasión y es por eso que es bueno que se haya ido y que no la vuelva a ver. ¡ No es de ella de quien me tengo que liberar, sino de mi compasión, de aquella enfermedad que antes no conocía y de la cual ella me ha inoculado el bacilo!” Sábado y domingo había sentido como le llegaba la dulce ligereza del ser desde el fondo del futuro. El lunes se sintió invadido por una pesadez como nunca la había sentido. Todas las toneladas de hierro de los tanques rusos no eran nada comparadas con este peso. No hay nada más pesado que la compasión. Ni tan solo nuestro propio dolor no es tan pesado como el dolor sentido juntamente con otro, por otro, en lugar de otro, multiplicado por la imaginación, alargado por centenares de ecos. Se sermoneaba, se daba la orden de no ceder a la compasión, y la compasión le escuchaba bajando la cabeza como un culpable. La compasión sabía que abusaba de sus derechos pero se entozudaba discretamente, cosa que hizo que cinco días después de la marcha de Tereza Tomás anunciase al director de la clínica (el mismo que le había llamado cada día a Praga después de la invasión rusa) que tenía que volver inmediatamente. Tenía vergüenza. Sabía que el director encontraría irresponsable e imperdonable su conducta. Tenía muchas muchas ganas de confiárselo todo y de la carta que le había dejado sobre la mesa, pero no hizo nada de eso. Un médico suizo, en el modo de actuar de Tereza, solo habría visto un comportamiento histérico y desagradable. Y Tomás no quería permitir que mal pensasen de Tereza. El director estaba realmente disgustado.


Tomás se encogió de espaldas y dijo: “Es muss sein. Es muss sein”. Era una alusión, el último cuarteto de Beethoven, está compuesto sobre estos dos motivos: ¿Muss es sein? ¡Es muss sein! ¿Es muss sein! Para que el sentido de estas palabras fuese totalmente claro Beethoven incluyo delante del último movimiento las palabras “Der schwer gefasste Entschluss”, la decisión muy sopesada. Con esta alusión a Beethoven Tomás ya se encontraba cerca de Tereza, ya que era ella la que le había obligado a comprar los discos de los cuartetos y las sonatas de Beethoven. Esta alusión, a parte, era más oportuna de lo que se imaginaba, ya que el director era melómano. Con una sonrisa serena, le dijo suavemente, imitando con la voz la melodía de Beethoven: “Muss es sein? ¿Es necesario? Tomás volvió a decir: “¡Sí, es necesario! Ja, es muss sein!”. 16 A diferencia de Parménides, Beethoven parecía considerar la pesadez como una cosa positiva. “Der schwer gefasste Entschluss”, la decisión bien sopesada va asociada a la voz del Destino (“es muss sein!”); la pesadez, la necesidad y el valor son tres nociones intrínsecamente relacionadas: solo es grave lo que es necesario, solo tiene valor lo que pesa. Esta convicción ha nacido de la música de Beethoven y aunque sea posible (incluso probable) que la responsabilidad incumba más a los exégetas de Beethoven que no la mismo compositor, hoy todos, si es o no es, la compartimos: para nosotros, lo que hace la grandeza del hombre es que lleva su destino como Atlas llevaba sobre sus espaldas la vuelta del cielo. El héroe de Beethoven es un halterofilista que levanta pesos metafísicos. Tomás conducía hacia la frontera suiza e imagino que Beethoven en persona, adusto y peludo, dirigía la banda de los bomberos locales y la tocaba, para su adiós a la inmigración, una marca titulada Es muss sein! Pero más tarde, después de haber pasado la frontera checa, se topo de bruces con una columna de tanques rusos. Tuvo que parar el coche en un cruce y esperar una media horita que hubiesen pasado. Un conductor de tanques terrorífico vestía un uniforme negro se había situado en el cruce y dirigía el transito como si todas las carreteras de Bohemia le perteneciesen solo a el. “Es muss sein! ¡Es necesario!, se repetía Tomás, pero pronto empezó a dudar: ¿Realmente era necesario?


Sí, habría sido insoportable quedarse en Zurich e imaginar a Tereza sola en Praga. ¿Pero cuanto tiempo le habría atormentado la compasión? ¿Toda la vida? ¿Todo un año? ¿Un mes? ¿Oslo una semana? ¿Cómo lo podía saber? ¿Cómo podía verificarlo? Cualquier estudiante, haciendo prácticas de física, por hacer experimentos para verificar la exactitud de una hipótesis científica. Pro el hombre, como solo tiene una vida, no tiene ninguna posibilidad de verificar la hipótesis sino es con la experiencia, de manera que nunca sabrá si ha tenido razón o no de obedecer a su sentimiento. Sus reflexiones estaban en este punto cuando abrió la puerta del piso. Karenin le saltó a la cara y todavía facilitó en instante de los reencuentros. Las ganas de echarse en brazos de Tereza (aquellas ganas que aún sentía en el momento en que había subido al coche en Zurich) habían desaparecido completamente. Se encontraban cara a cara en medio de una planicie nevada y los dos temblaban de frío. 17 Desde el primer día de la ocupación, los aviones rusos se pasaban la noche sobrevolando los cielos de Praga. Tomás había perdido la costumbre de este ruido y n conseguía dormirse. Se giraba y se volvía a girar cerca de Tereza, dormida, y pensaba en lo que ella le había dicho unos años antes, en medio de unos comentarios insignificantes. Hablaban de su amigo Z y ella había declarado: “Sino te hubiese conocido a buen seguro que me habría enamorado”. Ya entonces estas palabras habían sumergido a Tomás en una extraña melancolía. Había entendido bruscamente que era bien por azar que Tereza se había enamorado de el y no de su amigo Z. Que aparte de su amor por Tomás había, en el reino de lo posible, un número infinito de amores irrealizados por otros hombres. Todos creían que es impensable que el amor de nuestra vida pueda ser una cosa ligera, una cosa que no pesa nada; nos figuramos que nuestro amor es el que tenía que ser; que sin el, nuestra vida no sería nuestra vida. Nos persuadimos que Beethoven en persona, arisco y con la cabellera terrorífica, toca su “Es muss seis!” por nuestro gran amor. Tomás recordaba el comentario de Tereza sobre su amigo Z y constataba que la historia de amor de su vida no reposaba sobre “Es muss sein”, sino más bien sobre “Es kÖnnte auch anders sein”: esto bien habría podido pasar de un modo u otro.


Siete años antes, por azar, se había declarado un caso difícil de meningitis en el hospital de la ciudad donde vivía la Tereza y habían llamado de urgencia al jefe de la unidad donde trabajaba Tomás en consulta.. Pero, por azar, el jefe de la unidad tenía una ciática, no se podía mover, y había enviado a Tomás en su lugar a aquel hospital de provincias. En la ciudad había cinco hoteles, pero Tomás de había alojado por azar en aquel donde trabajaba Tereza. Por azar, tenía unos momentos libres antes de la salida del tren y había ido a sentarse en la cervecería. Tereza estaba de servicio por azar y servía por azar la mesa de Tomás. Así que habían sido necesarios una serie de seis azares para empujar a Tomás hacia Tereza, como si, dejado a si mismo, nada le hubiese conducido. Había vuelto a Bohemia, a causa de ella. Una decisión tan fatal reposaba en un amor tan fortuito que ni tan solo habría existido si el jefe de la unidad no hubiese tenido una ciática siete años antes. Y esta mujer, esta encarnación del azar absoluto, estaba ahora durmiendo a su lado y respiraba profundamente en su sueño. Era muy tarde: Tomás sentía que empezaba ha hacerle daño la barriga, tal como le pasaba en los momentos de angustia. La respiración de Tereza se convirtió un par de veces es unos ronquidos suaves. Tomás no sentía ni la más pequeña compasión. Solo sentía una cosa, una presión en la boca del estómago y el desespero de haber vuelto.


Segunda parte El alma y el cuerpo 1 Sería una tontería, por parte del autor, querer hacer creer al lector que sus personajes han existido de verdad. No han nacido de un cuerpo maternal sino de unas cuantas frases evocadoras o de una situación clave. Tomás nació de la frase ein mal ist keinmal. Tereza nació de unos borborigmos. La primera vez que entró en el piso de Tomás, la barriga le empezó a hacer ruidos. No hay que sorprenderse, porque no había comido ni cenado, solo había comido un bocadillo en el andén a última hora de la mañana, antes de subir al tren. Preocupada por su viaje audaz, se olvidó de comer. Pero cuando uno no se ocupa mucho de su cuerpo se convierte más fácilmente en víctima. ¡Qué suplicio sentir como su vientre tomaba la palabra en el momento en que se volvía a encontrar delante de Tomás! Estaba a punto de llorar. Al cabo de diez segundos, por suerte, Tomás la abrazaba y ella se pudo olvidar de las voces de su vientre. 2 Así pues, Tereza nació de una situación que revela brutalmente la dualidad irreconciliable del cuerpo y el alma, esta experiencia humana fundamental. Antes, el hombre escuchaba con estupor el martilleo regular que le llegaba desde el fondo del pecho y se preguntaba que era. No se podía considerar idéntico a una cosa tan extraña y desconocida como un cuerpo. El cuerpo era una jaula y, en el interior, alguna cosa miraba, escuchaba, pensaba y se sorprendía; esta alguna cosa, este remanente que subsistía una vez eliminado el cuerpo, era el alma. Hoy en día, claro está, el cuerpo ha dejado de ser un misterio: lo que pica dentro del pecho es el corazón, lo sabemos bien, y la nariz solo es la extremidad de una conducto que surge del cuerpo para llevar oxígeno a los pulmones.. La cara solo es el cuadro de control donde van a parar todos los mecanismos físicos: la digestión, la vista, el oído, la respiración la reflexión. Desde que el hombre puede dar nombre a todas las partes del cuerpo, el cuerpo ya no le preocupa tanto. También todos saben ahora que el alma tan solo es la actividad de la materia gris del cerebro. La dualidad del alma y del cuerpo ha quedado escondida detrás de términos científicos y hoy tan solo es un prejuicio pasado de moda que, francamente, da risa.


Pero hay bastante con estar locamente enamorado y sentir como rugen los intestinos para que la unidad de alma y cuerpo, ilusión lírica de la época científica, se desvanezca enseguida. 3 Tereza intentaba verse a través de su cuerpo. También se miraba con frecuencia al espejo. Y como que tenía miedo que su madre la sorprendiese, aquellas miradas llevaban la marca de un vicio secreto. No era vanidad, lo que la atraía hacia el espejo, sino la sorpresa de descubrir su yo. Olvidaba que tenía delante del cuerpo el cuadro de control de los mecanismos corporales. Creía ver su alma, que se le revelaba bajo los trazos de su cara. Olvidaba que la nariz es la extremidad de una tubería que lleva aire a los pulmones. Veía la expresión fiel de su naturaleza. Se contemplaba largamente, y lo que a veces la contrariaba era encontrarse en el rostro los trazos de su madre. Entonces todavía se obstinaba más en mirarse, y tiraba de la voluntad para abstraerse de la fisonomía maternal, hacer borrón y cuenta nueva y dejar subsistir solo la cara de lo que era ella misma. Cuando lo conseguía, era un minuto embriagador: el alma subía a la superficie del cuerpo, igual que la tripulación que se lanza desde el vientre se la nave, invade el puente, mueve los brazos hacia el cielo y canta. 4 No tan solo se parecía físicamente a su madre, sino que una de las veces le hizo el efecto que su vida ha sido una prolongación de la vida de su madre, un poco como el recorrido de una bola de billar es la prolongación de un gesto ejecutado por el brazo de un jugador. ¿Dónde y cuando había nacido aquel gesto que, más tarde, se metamorfoseó en vida de Tereza? Sin duda en el instante en que un comerciante de Praga elogió por primera vez, delante de su hija, la madre de Tereza, su belleza. Entonces la madre tenía tres o cuatro años y le decía que se parecía a la madonna de Rafael. El tomó buena nota y, más adelante, en los bancos de la escuela, en lugar de escuchar al profesor se preguntaba a que cuadro se podía parecer. Cuando llegó la época de las proposiciones matrimoniales tuvo nueve pretendientes. Los tenía a todos arrodillados haciendo un círculo a su alrededor. Ella estaba en medio como una princesa y no sabía cual escoger: el primero era el más guapo, el segundo más agudo, el tercero más rico, el cuarto más deportista, el quinto de una familia mejor, el sexto le recitaba versos, el séptimo había recorrido todo el mundo, el octavo tocaba el violín y el noveno


era el hombre más viril de todos. Pero todos se arrodillaban de la misma manera y todos tenían las mismas ampollas en las rodillas. Al final eligió al noveno, no porque fuese el más viril sino porque en el momento en que ella le susurraba al oído mientras hacían el amor: “¡Ten cuidado! ¡Ve con mucho cuidado!”, el no hacía nada expresamente, de manera que se tuvo que espabilar a cogerlo como marido porque no encontró a tiempo un médico que la hiciese abortar. Así nació Tereza. La innumerable familia fluía de todos los rincones del país, se inclinaba sobre la cuna y ceceaban. La madre de Tereza no ceceaba. Callaba. Pensaba en los otros ocho pretendientes y a todos los encontraba mucho mejores que al noveno. Igual que a su hija, a la madre de Tereza le gustaba mucho mirarse al espejo. Un día constató que tenía arrugas alrededor de los ojos, y se dijo que su matrimonio era un absurdo. Encontró un hombre nada viril, que tenía tras el unas cuantas estafas y dos divorcios. Detestaba los amantes con las rodillas llenas de ampollas. Sentía unas ganas furiosas de ser ella la que se arrodillase. Cayó de rodillas delante del estafador y dejó a su marido y a Tereza. El hombre más viril de todos se convirtió en un hombre más triste de todos. Tenía tanta tristeza que todo le era indiferente. Decía, por todas partes, y en voz alta, lo que pensaba, y la policía comunista, indignada por sus reflexiones incongruentes, le interrogó, lo condenó y lo metió en la cárcel. Expulsada del piso sellado, Tereza se fue a casa de su madre. Al cabo de un tiempo, el hombre más triste de todos, se murió en la prisión, y la madre, seguida por Tereza, se fue con su estafador a instalarse en una pequeña ciudad al pie de las montañas. El suegro era un oficinista, la madre dependienta en una tienda. Tuvo más hijos. Después, un día que se volvía a mirar al espejo, se dio cuenta de que era vieja y fea. 5 Habiendo constatado que lo había perdido todo, buscó un culpable. Todos eran culpables: era culpable su primer marido, viril y poco querido, que la había desobedecido cuando ella le susurraba al oído que fuese con cuidado; era culpable su segundo marido, poco viril y bien amado, que la había arrastrado lejos de Praga, a una pequeña ciudad de provincias, e iba tras todas las mujeres, de manera que ella no paraba de estar celosa. Delante de sus dos maridos estaba desarmada. El único ser humano que le pertenecía y no podía huir, el huésped que podía pagar por todos, era Tereza. Bien mirado tal vez era cierto que era la responsable de la suerte de su madre. Ella: el absurdo encuentro de un espermatozoide y de un óvulo de la mujer más bonita. En aquel segundo fatídico llamado Tereza la madre había empezado el maratón de su vida estropeada.


No se cansaba de explicar a Tereza que ser madre era sacrificarlo todo. Sus palabras eran convincentes porque expresaban la experiencia de una mujer que lo había perdido todo a causa de su hija. Tereza escuchaba y creía que el valor más alto de la vida era la maternidad, y que la maternidad es un gran sacrificio. Si la maternidad era el Sacrificio en mayúsculas, ser hija es la Falta que nunca nada podrá expiar. 6 De todas maneras, Tereza ignoraba el episodio de la noche en que su madre había susurrado al oído del hombre más viril que fuese con cuidado. La culpabilidad que sentía era indefinible, como el pecado original. Hacía todos los posibles por expiarlo. Como su madre la había sacado del colegio, trabajaba de camarera desde los quince años, y le daba todo lo que ganaba. Estaba dispuesta a todo por merecer su amor. Hacía los trabajos de casa, se ocupaba de sus hermanos, se pasaba el domingo entero rascando y limpiando. Una lástima, porque en el instituto era la más dotada de la clase. Quería estudiar, pero sola, sola en aquella ciudad, ¿Cómo iba a estudiar? Hacía la colada y tenía un libro cerca de su lugar en el lavadero. Volvía las páginas y las gotas de agua mojaban el libro. En casa, el mal olor no existía. La madre iba y venía por el piso en ropa interior, a veces sin sostenes, a veces incluso, los días de verano, a pelo. Su padrastro no se paseaba a pelo, pero siempre esperaba que Tereza fuese a la bañera para entrar en el cuarto de baño. Un día que ella se había cerrado con llave, la madre le hizo una escena: “¿Quién te has pensado que eres? ¡No se te la comerá tu belleza!” (Esta situación muestra claramente que el odio de la madre por la hija era más fuerte que los celos que le inspiraba su marido. La falta de la hija era infinita, englobaba todas las infidelidades del marido. Que la hija se quisiera emancipar y ose reivindicar sus derechos – como el de cerrarse con llave en el cuarto de baño – es mucho más inaceptable para la madre que una posible intención sexual del marido delante de Tereza) Un día de invierno, la madre se paseaba desnuda en una habitación con la luz encendida. Tereza corrió a bajr la persiana para que no la pudiesen ver desde el edificio de delante. Oyó como se reía detrás suyo. Por la mañana, unas amigas visitaron a su madre. Una vecina, una compañera de la tienda, una institutriz del barrio y dos o tres mujeres que se reunían regularmente. Tereza fue a pasar un ratito, acompañada del hijo de una de aquellas señoras, un chico de dieciséis años. La madre aprovechó enseguida para explicar que Tereza había querido proteger su pudor. Se reía y todas las mujeres se morían de risa. Después la madre dijo: Tereza no quiere admitir que el cuerpo humano orinas y se echa


pedos”. Tereza estaba colorada como un tomate, pero la madre continuaba: “¿Qué tiene eso de malo?” Y enseguida, respondiendo ella misma a su pregunta, dejó salir un pedo bien sonoro. Todas las mujeres se reían. 7 La madre se suena haciendo mucho ruido, explica a las otras detalles de su vida sexual, exhibiendo su dentadura. Sabe despegarla con un golpe de lengua con una traza notable, dejando que la mandíbula superior vuelva a caer sobre los dientes de debajo con una amplia sonrisa; su cara de pronto provoca piel de gallina. Todo su comportamiento quiere ser un gesto brusco con que rechazar su juventud y su belleza. En la época en que los nueve pretendientes se arrodillaban en circulo a su alrededor, vigilaba con una cuenta ansiosa su desnudez. Sopesaba el precio de su cuerpo con la balanza de su pudor. Si ahora es impúdica, lo es de manera radical, como si quisiese, con su impudicia, tachar solemnemente su vida pasada y gritar bien alto que la juventud y la belleza que sobrestimó, no tiene, de hecho, ningún valor. Tereza me parece la prolongación de este gesto con que la madre rechaza bien lejos su vida de mujer bonita. (Y si Tereza misma tiene movimientos nerviosos, si a sus gestos les falta una calma graciosa, no hay que sorprenderse: aquel gran gesto de su madre, autodestructivo y violento, es ella, es Tereza). 8 La madre reclama justicia para ella y quiere que el culpable sea castigado. Insiste para que su hija se quede con ella en el mundo de la impudicia, donde la juventud y la belleza no significan nada, donde el universo es tan solo un campo de concentración gigantesco de cuerpos que se parecen unos a otros, con almas invisibles. Ahora podemos entender mejor el sentido del vicio secreto de Tereza, de sus largas miradas repetidas ante el espejo. Era un combate con su madre. Era en deseo de no ser un cuerpo como los otros cuerpos, sino de ver en la superficie de su cara la tripulación del alma surgiendo del vientre de la nave. No era fácil porque el alma, triste, atemorizada, espantada, se escondía en el fondo de las entrañas de Tereza y le daba vergüenza mostrarse. Fue así el día que vio a Tomás por primera vez. Esquivaba a los borrachos en la cervecería, su cuerpo se hundía bajo el peso de las jarras de cerveza que llevaba en una bandeja, y tenía el alma en la boca del estómago o en el bazo. En aquel momento oyó a Tomás que la llamaba. Aquella llamada era


importante, porque venía de alguien que no conocía ni su madre ni los borrachos de quienes oía cada día los comentarios obscenos y sudados. Su estatus de desconocido le elevaba por encima de los otros. Y había otra cosa: tenía un libro abierto sobre la mesa. En aquel café, todavía nadie había abierto un libro en una mesa. Para Tereza, era el signo de reconocimiento de una fraternidad secreta. Contra el mundo de la grosería que la rodeaba, tan solo tenía un arma: los libros que se llevaba de la biblioteca municipal; sobretodo novelas: las leía en abundancia, de Fielding a Thomas Mann.. Le ofrecían una posibilidad de evasión imaginaria y la arrancaban de una vida que no le aportaba ninguna satisfacción, pero también tenían un sentido para ella en tanto que objetos: le gustaba pasear por la calle con libros bajo el brazo. Eran para ella lo que era el bastón elegante para el dandy del siglo pasado. La distinguían de los otros. (La comparación entre el libro y el bastón elegante del dandy no es totalmente exacta. El bastón era el signo distintivo del dandy, pero también le hacía un personaje moderno y a la moda. El libro distinguía a Tereza de las otras mujeres jóvenes, pero la convertía en un ser de otro tiempo. Claro que era demasiado joven para ver lo que había de pasado de moda en su persona. Encontraba idiotas a los adolescentes que se paseaban a su alrededor con transistores a tdo volumen. No se daba cuenta que ellos eran modernos). Así, el hombre que la acababa de llamar era entonces un desconocido y el miembro de una fraternidad secreta. Hablaba de manera amable y Tereza sintió como su alma se lanzaba hacia la superficie por todas sus venas, todos sus capilares y todos sus poros para que el la viese. 9 Después de vuelta de Zurich a Praga, Tomás se sentía nervioso ante la idea de que su reencuentro con Tereza había sido el resultado de seis azares improbables. Pero era todo lo contrario. Un hecho, ¿no es más importante y cargado de significado cuanto más depende de un gran número de azares? Solo el azar se nos puede aparecer como un mensaje. Lo que pasa por necesidad, aquello esperado y que se repite cada dái, es tan solo una cosa muda. Solo el azar habla. Probemos de leer igual que las gitanas leen en el fondo de una taza las figuras que ha dibujado el poso del café. La presencia de Tomás en la cervecería fue para Tereza la manifestación del azar absoluto. Estaba solo en una mesa delante de un libro abierto. Levanto la mirada hacia ella y sonrió: “¡Un conyac!”. En aquel momento en la radio sonaba una música. Tereza se fue a buscar el conyac al mostrador y giró el botón del aparato para aumentar el volumen.


Había reconocido a Beethoven. Lo conocía desde que un cuarteto de Praga había pasado de gira por la pequeña ciudad. Tereza (tal como sabemos, aspiraba a “cultivarse”), fue al concierto. La sala estaba vacía. Se encontró sola con el farmacéutico y su mujer. De manera que había un cuarteto de música en el escenario y un trío de oyentes en la sala, pero los músicos habían tenido la amabilidad de no anular el concierto y tocar para ellos solos durante toda una velada los tres últimos cuartetos de Beethoven. Después el farmacéutico, había invitado a cenar a los músicos y había pedido a la oyente desconocida que se sumase. Desde entonce Beethoven se había convertido para ella en la imagen del mundo “del otro lado”, la imagen del mundo al que aspiraba. Ahora, mientras volvía del mostrador con un coñac para Tomás, se esforzaba en leer en aquel azar: ¿Cómo podía ser que en el mismo momento en que tenía que servir un coñac a aquel desconocido que le gustaba, oyese a Beethoven? El azar tiene estos sortilegios, la necesidad no. Para que un amor sea inolvidable hace falta que los azares se reúnan desde el primer momento, tal como los pájaros sobre los hombros de San Francisco de Assis. 10 La llamó para pagar. Cerró el libro (esta señal de reconocimiento de una fraternidad secreta) y ella tuvo ganas de saber que leía. - ¿Me lo puede apuntar en la cuenta del hotel? – preguntó el. - Claro que si. ¿Qué número de habitación tiene? El le enseño una llave en la cabeza de de un llavero de madera donde había un seis pintado en rojo. - Es curioso – dijo ella – está en la seis. - ¿Qué tiene de curioso esto? – preguntó el. Ella recordó que cuando vivía en Praga en casa de sus padres, antes del divorcio, su edificio era el número seis. Pero dijo algo bien diferente (y no podemos dejar de admirar su astucia): -Tiene la habitación seis y yo acabo a las seis. - Y yo cojo el tren a las siete – dijo el desconocido. Ella ya no supo decir nada más, le dio la cuenta para que la firmase y la llevó a recepción. Cuando acabó el servicio, el había dejado la mesa. ¿Había entendido su mensaje secreto? Cuando salía del restaurante se sentía nerviosa. Delante, en el centro de la pequeña y sucia ciudad, había una plaza lóbrega y despejada que siempre había sido para ella un islote de belleza: un césped con cuatro chopos, bancos, un desmayo y forsítias. El estaba sentado en un banco amarillo desde donde podía verse la entrada a la cervecería. ¿Era precisamente el banco donde ella se había sentado el día antes


con un libro en la falda! Entonces comprendió (los pájaros de los azares se posaban en sus hombros) que aquel desconocido le estaba predestinado. La llamó, la convidó a sentarse a su lado. (Tereza sintió la tripulación del alma lanzarse hacia el puente de su cuerpo). Un poco más tarde, le acompañó a la estación y, en el momento de dejarla, el le dio una tarjeta con su número de teléfono: “Si, por azar, viene algún día a Praga…”. 11 Mucho más que aquella tarjeta de visita que el le dio en el último momento, fue aquella llamada de los azares (el libro, Beethoven, la cifra o el banco amarillo de la plaza) que dio a Tereza el coraje de irse de su casa y cambiar su destino. Son quizás estos pocos azares (bien mirado bastante modestos y banales, totalmente dignos de aquella insignificante ciudad) que pusieron en movimiento su amor y se convirtieron en la fuente de energía donde se abrevará hasta el final. Nuestra vida cotidiana está bombardeada de azares, más exactamente de encuentros fortuitos entre la gente y los hechos, aquello que llamamos coincidencias: Tomás aparece en la cervecería en el momento en que la radio toca Beethoven. En su gran mayoría, estas coincidencias pasan totalmente desapercibidas. Si el carnicero de la esquina hubiese ido a sentarse en el lugar de Tomás, Tereza no se habría fijado que en la radio tocaban Beethoven (aunque el encuentro de un carnicero con Beethoven sea también una coincidencia bien curiosa), Pero el amor naciente le afinó el sentido de la belleza y no olvidará nunca aquella música. Cada vez que la oiga se emocionará. Todo lo que entonces pase a su alrededor estará aureolado del resplandor de esta música, y será bonito. Al principio de la novela que Tereza llevaba bajo la axila el día que fue a casa de Tomás, Anna encuentra a Vronsky en unas circunstancias bien extrañas. Están en el andén de una estación donde alguien acaba de caerse bajo el tren. Al final de novela, es Ana la que tira bajo el tren. Esta composición simétrica, donde el mismo motivo aparece al principio y al final, puede parecer muy “novelesca”. Sí, lo admito, pero solo a condición que novelesco no signifique para vosotros una cosa “inventada”,”artificial”, “sin parecido con la vida”. Porque es bien así como están compuestas las vidas humanas. Están compuestas como una partitura musical. El hombre, guiado por el sentido de la belleza, transforma el hecho fortuito (una música de Beethoven, un muerto en una estación) en un motivo que después se inscribirá en la partitura de su vida. Volverá, repetirá, se inscribirá en la partitura de su vida. Volverá, lo repetirá, lo modificará, lo desarrollará como hace el compositor con el tema de su sonata. Ana habría podido poner fin a sus días de cualquier otra


manera. Pero el motivo de la estación y de la muerte, la atraía en el instante de la desesperanza por su belleza sombría. El hombre, sin saberlo, compone su vida según las leyes de la belleza hasta en los momentos de la desesperación más profunda. Por eso no podemos reprochar a la novela que esté fascinada por los misteriosos encuentros de los azares (por ejemplo, por el encuentro de Vronsky, de Ana, del andén y de la muerte, o el encuentro de Beethoven , de Tomás, de Tereza y de la copa de coñac), Pero podemos reprocharle con razón al hombre que sea ciego en estos azares y que prive así su vida de la dimensión de la belleza. 12 Animada por los pájaros de los azares que se habían posado sobre sus hombros, se tomó una semana de permiso sin avisar a su madre, y tomó el tren. Fue a menudo a los lavabos a mirarse al espejo e implorar a su alma que, aquel día decisivo de su vida, no abandonase ni un segundo el puente de su cuerpo. Mientras se miraba, cogió miedo porque se notaba el cuello irritado. ¿Es que se pondría enferma aquel día fatídico? Pero ya no había manera de recular. Le llamó desde la estación y en el momento en que la puerta se abrió, su vientre emitió de repente unos ruidos horribles. Se moría de vergüenza. Era como tener a su madre en el vientre y oírla hacer broma para estropearle la cita. De entrada creyó que el la echaría a causa de estos ruidos absurdos, pero en cambio la abrazó. Le agradecía que fuese indiferente a sus borborigmos, y le daba besos con más pasión aún, con los ojos empañados de niebla. No había pasado ni un minuto que ya estaban haciendo el amor. Y mientras hacían el amor ella gritaba. Ya tenía fiebre. Estaba engripada. La extremidad de la cañería que lleva aire a los pulmones estaba roja y embozada. Después volvió con una maleta pesada donde había metido sus cosas, decidida a no volver más a la pequeña ciudad. El la invitó a su casa al día siguiente. Pasó la noche en un hotel barato. Por la mañana dejó la maleta en la consigna de la estación y todo el día estuvo dando vueltas por las calles de Praga, con Anna Karenina bajo la axila. Por la noche llamó, le abrió; no soltaba el libro. Como si fuese su billete de entrada al universo de Tomás. Comprendía que solo tenía como pasaporte aquel billete miserable, y esto la provocaba ganas de llorar. Para evitar llorar actuaba con volubilidad, hablaba fuerte y se reía. Pero, como la otra vez, apenas hubo pisado el dintel el la abrazó e hicieron el amor. Resbaló dentro de una niebla donde no había nada que ver, nada que sentir aparte de su grito.


13 No era un jadeo, no era un gemido, era verdaderamente un grito. Gritaba tan fuerte que Tomás alejaba su cabeza, como si aquella voz gritándole en la oreja le hubiese de romper el tímpano. Aquel grito no era una expresión de sensualidad. La sensualidad es la movilización máxima de los sentidos: observas al otro intensamente y escuchas los ruidos más leves. El grito de Tereza, al contrario, quería aturdir los sentidos para impedirles ver y sentir. Lo que gritaba en ella era el idealismo ingenuo de su amor, que quería abolir todas las contradicciones, abolir la dualidad del cuerpo y del alma, y tal vez incluso abolir el tiempo. ¿Tenía los ojos cerrados? No, pero no miraban a parte alguna, estaban clavados en el vacío del techo y, por unos instantes, giraba violentamente la cabeza de un lado a otro. Cuando su grito se calmó, se durmió al lado de Tomás, y tuvo toda la noche la mano de el dentro de la suya. Ya, a los ocho años, se dormía con una mano cogida a la otra, imaginándose que así tenía al hombre que amaba, al hombre de su vida. Por eso es muy comprensible que apretase con tanta tozudez la mano de Tomás en su sueño: se preparaba, se entrenaba desde la infancia. 14 Una chica que en lugar de “cultivarse”, ha de servir cerveza a los borrachos y pasarse los domingos lavando ropa sucia de sus hermanos, amasa en ella una reserva inmensa de vida, inconcebible para la gente que va a la universidad y bosteza ante los libros que tiene que leer. Tereza había leído más que ellos, sabía más que ellos de la vida, pero nunca lo sabría. Lo que distingue al autodidacta del que ha hecho sus estudios no es la amplitud de los conocimientos, sino un grado diferente de vitalidad y de confianza en si mismo. El fervor con que Tereza, una vez en Praga, se lanzó a la vida era entonces voraz y frágil. Parecía que tuviese miedo que un día le dijesen: “¡Aquí no es tu lugar! ¡Vuélvete de allí donde has venido!”. Toda su hambre de vivir pendía de un hilo: la voz de Tomás, que había hecho subir hasta las alturas el alma tímidamente escondida en las entrañas de Tereza. Encontró un lugar en una revista, el laboratorio fotográfico, pero no tenía suficiente. Quería hacer fotos ella misma. La amiga de Tomás, Sabina, la dejó monografías de fotógrafos famosos, se encontraron en un café y le explicó delante de los libros abiertos lo que tenían de interesante aquellas fotos. Tereza la escuchaba con una atención silenciosa, una atención que bien pocas veces ve un profesor en la cara de sus alumnos.


Gracias a Sabina, Tereza entendió el parentesco de la fotografía y de la pintura y obligó a Tomás a acompañarla a todas las exposiciones. Pronto consiguió publicar sus propias fotos en la revista y dejó el laboratorio para trabajar entre los fotógrafos profesionales del semanario. Aquella noche fueron con unos amigos a celebrar su promoción en una sala de fiestas; bailaron, Tomás se enfurruñó y, como ella insistía en saber que le pasaba, le confesó que, al final, cuando volvían a casa, que estaba celoso porque la había visto bailar con su colega. “¿De verdad que te he hecho ponerte celoso?” Repitió estas palabras una docena de veces, como si le hubiese anunciado que le habían concedido el premio Nobel y se negase a creérselo. Le cogió por la cintura y se puso a bailar con el en la habitación. No era nada parecido al baile mundano de hacía poco, en la pista de la sala de fiestas. Era una especie de danza popular, una serie de botes extravagantes; levantaba la pierna muy arriba, ejecutaba grandes saltos vulgares y le arrastraba por los cuatro rincones de la habitación. Ay, pronto ella también se volvió celosa. Para Tomás, sus celos no fueron el premio Nobel, sino un fardo del que no escaparía hasta un año o dos antes de morir. 15 Desfilaba desnuda alrededor de la piscina con un montón de otras mujeres desnudas, Tomás estaba arriba, de pie en una cesta colgada del techo, gritaba y las obligaba a cantar y a flexionar las rodillas. Cuando una mujer hacía un falso movimiento, la abatía de un tiro de revolver. Quería volver a este sueño: el horror no empezaba en el momento en que Tomás disparaba la primara bala. Era un sueño horrible desde el principio. Marchar al paso, desnuda entre otras mujeres desnudas, era para Tereza la imagen más elemental del horror. En la época en que vivía en casa de su madre tenía prohibido cerrarse con llave en el cuarto de baño. Para justificarlo, la madre le decía: “Tu cuerpo es como todos los otros cuerpos; no tienes derecho al pudor; no tienes ninguna razón de esconder una cosa que existe bajo una forma idéntica en miles de millones de ejemplares”. En el universo de su madre todos los cuerpos eran los mismos y marchaban al paso uno detrás del otro. Desde la infancia, la desnudez era para Tereza el signo de la uniformidad obligatoria del campo de concentración; el signo de la humillación. Al comienzo del sueño había todavía otro horror: ¡todas las mujeres tenían que cantar! ¡No tan solo sus cuerpos eran los mismos, igual de devaluados, simples mecanismos sonoros sin alma, sino que las mujeres se alegraban! Era la solidaridad alegre de los sin alma. Eran felices de haber rechazado el fardo


del alma, esta ilusión de la unicidad, este orgullo ridículo, y de ser todas parecidas. Tereza cantaba con ellas pero no se alegraba. Cantaba porque tenía miedo que las mujeres la matasen sino cantaba. ¿Pero que significaba que Tomás las abatiese a tiros de revolver y que cayesen una tras otra, muertas, en la piscina? Las mujeres que se alegran de ser bien iguales e indiferenciadas celebran, de hecho, su muerte futura, que hará que su parecido sea absoluto. El chasquido de los tiros era tan solo el feliz éxito de su marcha macabra. Se reían con una risa alegre a cada disparo de revolver y, mientras el cadáver se sumergía lentamente bajo la superficie del agua, todavía cantaban más fuerte. ¿Y por qué era Tomás, el que disparaba, y por qué también quería disparar contra Tereza? Por que era el que había enviado a Tereza en medio de aquellas mujeres. Esto era lo que el sueño tenía que enseñar a Tomás, porque Tereza no sabía como decírselo ella misma. Se había ido a vivir con el para huir del universo de su madre, donde todos los cuerpos eran iguales. Había ido a vivir con el para que su cuerpo se tornase único e irreemplazable. Y mira por donde que el había trazado también, un signo de igualdad entre ella y las otras: las abrazaba a todas de la misma manera, les prodigaba las mismas caricias, no hacia ninguna, pero ninguna diferencia entre el cuerpo de Tereza y los otros cuerpos. La había vuelto a enviar al universo de donde ella creía haber escapado. La había enviado a desfilar desnuda delante de las otras mujeres desnudas. 16 Tenía, alternativamente, tres series de sueños: la primera, donde hacían estragos los gatos, decía lo que había sufrido cuando vivía; la segunda mostraba en innumerables y variadas imágenes de su ejecución; la tercera hablaba de su vida en el más allá, donde su humillación se había convertido en un estado eterno. En estos sueños no había nada que descifrar. La acusación contra Tomás era tan evidente que el solo podía callar y acariciar, con la cabeza baja, la mano de Tereza. Además de ser elocuentes estos sueños eran bonitos. Es un aspecto que le pasó por alto a Freud en su teoría de los sueños. El sueño no es tan solo una comunicación (a veces una comunicación cifrada), también es una actividad estética, un juego de la imaginación, y este juego es en si mismo un valor. El sueño es la prueba que imaginar, solar lo que ha sido, es una de las necesidades más profundas del hombre. Allí está la razón del peligro pérfido que se esconde en el sueño. Si el sueño no fuese bonito, lo podríamos olvidar pronto. Pero Tereza volvía sin parar a sus sueños, se le repetían en la cabeza, los convertía


en leyendas. Tomás vivía bajo el hechizo hipnótico de la belleza conmovedora de los sueños de Tereza. “Tereza, Tereza querida, te alejas de mí. ¿Dónde quieres ir? Cada día sueñas con la muerte, como si quisieses desaparecer realmente…”, le decía un día que estaban en una mesa de un bar. Estaba el dia en su apogeo, la razón y la voluntad habían retomado el gobierno. Una gota de vino negro resbalaba lentamente por la pared del vaso, y Tereza decía: “Tomás, no puedo hacer nada. Lo entiendo todo. Se que me quieres. Se muy bien que tus infidelidades no son ningún drama…” Le miraba con amor, pero temía la noche que tenía que llegar, tenía miedo de sus sueños. Su vida estaba dividida en dos. La noche y el día se disputaban el poder sobre ella.

17 El que se quiere “cultivar” continuamente ha de pensar que un día le llegará el vértigo. ¿Qué es el vértigo? ¿El miedo a caer? Pero, ¿por qué tenemos vértigo en un mirador que tiene una barandilla bien sólida? El vértigo es algo diferente al miedo a caerse. Es la voz del vacío bajo nosotros que nos atrae y nos embruja, el deseo de caída del que nos defendamos enseguida con miedo. El desfile de las mujeres desnudas alrededor de la piscina, los cadáveres en el carro de los muertos que se alegraban que Tereza estuviese muerta como ellos, era el “hacia abajo” lo que le daba grima, de donde ya había huido una vez, pero que la atraía misteriosamente. Ara su vértigo: oía una llamada muy dulce (casi alegre) a renunciar al destino y al alma. Era la llamada a la solidaridad con los sin alma y, en los momentos de debilidad, tenía ganas de responder y de volver hacia su madre. Tenía ganas de que se fuese del puente de su cuerpo la tripulación del alma; de bajar a sentarse en medio de las amigas de su madre y reírse cuando una u otra dejaba ir un pedo sonoro; de desfilar desnuda con ellas alrededor de la piscina y de cantar. 18 Es verdad que antes de dejar a la familia, Tereza se peleaba con su madre, pero no olvidemos que entonces la quería con un amor desgraciado. Habría hecho lo que fuese por su madre solo con que esta se lo hubiese pedido con la voz del amor. No haber oído nunca esa voz le dio la fuerza para irse.


Cuando la madre entendió que su agresividad ya no tenías ascendente sobre su hija, la escribió a Praga cartas lacrimógenas. Se quejaba de su marido, de su amo, de su salud, de sus hijos, y decía que Tereza era el único ser que tenía en el mundo. A Tereza le parecía que al final oía la voz del amor maternal, que tanto había añorado durante veinte años, y tuvo ganas de volver a su lado. Todavía tenía más ganas porque se sentía débil. Las infidelidades de Tomás le revelaban se súbito su impotencia, y de este sentimiento de impotencia nacía el vértigo, un inmenso deseo de caer. La madre la llamó. Tenía un cáncer, decía. Con suerte le quedaban unos meses de vida. Alte esta noticia, el desespero en que las infidelidades de Tomás la habían sumergido, se convirtió en revuelta. Se reprochaba de haber traicionado a su madre por un hombre que no la quería. Estaba dispuesta a olvidar todo lo que su madre le había hecho pasar. Ahora incluso estaba decidida a comprenderla. Las dos estaban en la misma situación: la madre quería a su marido como Tereza quería a Tomás, y las infidelidades del padrastro hacían sufrir a su madre como las de Tomás atormentaban a Tereza. Si su madre había sido mala con ella, era tan solo porque era demasiado desgraciada Hablo con Tomás de la enfermedad de su madre y le anunció que se cogería una semana de permiso para ir a verla. En su voz había un tono de reo. Como si adivinase que lo que atraía a Teres hacia su madre era el vértigo, Tomás no quería que se produjese ese viaje. Telefoneo al dispensario de la pequeña ciudad. En Bohemia los dossiers de los exámenes tumorales son muy detallados y pudo verificar que la madre de Tereza no tenía ningún síntoma de cáncer y que ni tan solo había ido a ninguna consulta desde hacía un año. Tereza obedeció y no fue a ver a su madre. Pero el mismo día se cayó en la calle. El andar se le volvió inseguro, casi se caía cada día, se daba golpes o, al menos, soltaba lo que tenía en las manos. Sentía un dese insuperable de caerse. Vivía n un vértigo continuo. Aquel que se cae dice: “¡Levántame!”, Con paciencia, Tomás al levantaba 19 “Querría hacer el amor en mi taller, como si fuese el escenario de un teatro. Habría gente alrededor y no tendrían derecho a acercarse, pero no podrían apartar la vista de nosotros…” A medida que el tiempo pasaba, esta imagen perdía su crudeza inicial y empezaba a excitarle. Muchas veces haciendo el amor, cuchicheando al oído de Tomás, evocaba aquella situación Se dijo que existía una manera de escapar de la condena que leía en sus infidelidades: ¡ Que la llevase con ella”, y que la llevase a casa de sus


amantes!. Con aquella sinuosidad, tl ves su cuerpo volvería a ser único y el primero entre todos. Su cuerpo seria el alter ego de Tomás, su segundo y su ayudante. Se abrazaron fuerte, y ella le murmuró” Te desnudaría, te lavaría en la bañera y te llevaría,,,” Quería que los dos se transformasen en criaturas hermafroditas y que los cuerpos de las otras mujeres se convirtiesen en su juguete común. 20 Servir de alter ego en su vida polígama. Tomás no lo quería entender, pero ella no podía desembarazarse de esta idea e intentaba acercarse a Sabina. La propuso retratarla. Sabina la convidó a su taller. Tereza descubría finalmente la inmensa sala con el amplio sofá en el centro, elevado como un estrado. “¡Qué vergüenza que todavía no hayas venido nunca a mi casa!”, decía Sabina mostrándole los cuadros alineados contra la pared. Incluso le sacó una antigua tela que había pintado cuando era estudiante. Se veían unos altos hornos en construcción. Había trabajado en la época en que la escuela de Bellas Artes exigía el realismo más riguroso (entonces el arte no realista era considerado un intento de subvertir el socialismo), y Sabina, guiada por el gusto deportivo de la apuesta, se esforzaba en ser todavía más rigurosa que los profesores. En su estilo de aquella época, el trazo riguroso del pincel era imperceptible, cosa que daba a sus telas la apariencia de fotos en colores. “Este cuadro lo había estropeado. Había vertido pintura roja sobre la tela. Al principio estaba furiosa, pero aquella mancha me empezó a gustar porque parecía una fisura, como si los hornos no fuesen hornos de verdad, sino tan solo un viejo decorado, pero no solo un viejo decorado agrietado donde los hornos estaban pintados en trompe l’oeil. Empecé a divertirme con esta fisura, a hacerla más grande, e imaginar lo que se podía ver detrás. Fue así como pinté mi primer ciclo de cuadros que llamé Decorados. Evidentemente, no los tenía que ver nadie. Me habrían echado de la escuela. Por delante era un mundo perfectamente realista y, en segundo término, como detrás de una tela rota de un decorado de teatro, se veía otra cosa, alguna cosa misteriosa o abstracta”. Se interrumpió y después añadió: “Delante era la mentira inteligible, y detrás la verdad incomprensible” Tereza escuchaba con una atención increíble que un profesor tiene bien pocas oportunidades de ver en la cara de sus estudiantes, y constataba que todos los cuadros de Sabina, el de antes y los de ahora, de hecho siempre hablaban de la misma cosa, que todos eran el encuentro simultáneo de dos temas, de dos mundos, que eran como fotografías nacidas de una doble exposición. Un paisaje y, al fondo, en transparencia, una luz de


cabecera encendida. Una mano rompiendo por detrás una idílica naturaleza muerta con manzanas, nueces y un abeto de Navidad iluminado. De repente sintió admiración por Sabina y, como la artista era muy amistosa, esta admiración no estaba mezclada con temor o desconfianza y se convertía en simpatía. Estuvo a punto de descuidarse que había ido a hacer fotografías. Sabina tuvo que recordárselo. Separando la mirada de los cuadros, vio el sofá elevado como un estrado en medio de la sala. 21 Había una mesilla de noche al lado del sofá, y en esta mesilla, un zócalo en forma de cabeza humana, uno de aquellos expositores que los peluqueros usan para mostrar las pelucas. En la casa de Sabina, la cabeza postiza no llevaba peluca, sino un sombrero antiguo, un sobrero de copa. Sabina sonrió: “Este sombrero de copa viene de mi abuelo”. Sombreros como aquel, negros, redondos, rígidos, Tereza solo los había visto en el cien. Charlie Chaplin siempre llevaba uno. Ella también sonrió, cogió el sombrero con la mano y lo examinó detenidamente. Después dijo: “¿Te lo quieres poner para que te haga una foto?”. Por toda respuesta Sabina soltó una risotada. Tereza colocó cogió la máquina y empezó a hacer fotos. Al cabo de una horita, dijo: - Y si te hago fotos desnuda? - ¿Desnuda? – dijo Sabina. - Sí. Dijo Tereza, repitiendo la proposición con valor. - Para hacer eso primero hay que beber – dijo Sabina, y destapó una botella de vino. Tereza sentía una especie de rigidez, estaba callada mientras que Sabina, arriba y debajo de la sala, con un vaso de vino en la mano, y hablando de su abuelo, que era alcalde de una pequeña ciudad de provincias; Sabina no le había llegado a conocer; todo lo que quedaba era aquel sombrero y una fotografía donde se veían a un grupo de prohombres en una tribuna; uno de los prohombres era el abuelo de Sabina; no se sabía muy bien que hacían, allí, tal vez participaban en una ceremonia, quizás inauguraban un monumento a la memoria de otro prohombre que también llevaba un sombrero de copa en las ocasiones solemnes. Sabina habló largamente del sombrero de su abuelo. Después de beber el tercer vaso, dijo; “¡Espera un segundo!” y desapareció en el cuarto de baño. Volvió con un albornoz. Tereza cogió la máquina y la aplicó contra el ojo. Sabina abrió el albornoz.


22 La máquina le servía a Tereza de ojo mecánico para observar a la amante de Tomás y al mismo tiempo de velo para disimularle la cara. A Sabina le costó un buen rato para decidirse a quitarse el albornoz. La situación era más difícil de lo que había pensado. Después de haber posado durante unos minutos, se acercó a Tereza y le dijo: “Ahora me toca a mi fotografiarte. ¡Desnúdate!” Estas palabras, “desnúdate”, que Sabina había oído muchas veces en boca de Tomás, se le habían gravado en la memoria. Así era la orden de Tomás que la amante dirigía a la esposa, de manera que las dos mujeres estaban relacionadas por la misma mágica frase. Era la manera que tenía el de hacer salir, súbitamente, de una conversación anodina, una situación erótica: no con caricias, tocamientos, cumplidos, ruegos, sino con una orden que profería de pronto, de improviso, con una voz baja pero enérgica y autoritaria, y a distancia. En aquel momento, nunca tocaba a aquella a la que se dirigía. Incluso a Tereza le decía a menudo, exactamente en el mismo tono: “¡Desnúdate!”. Y aunque decía esto en voz baja, aunque solo lo susurrase, era una orden, y ella siempre se sentía excitada como de obedecerlo. Pero ahora acababa de oír estas mismas palabras y su deseo de someterse era tan grande porque era una extraña locura en aquel caso todavía más bonita visto que la orden no la había proferido un hombre, sino una mujer. Sabina le cogíó la máquina de las manos y Tereza se desnudó. Estaba de pie, desnuda y desarmada. Literalmente desarmada ya que le había privado de la máquina que había usado para esconder la cara y que apuntaba a Sabina como un arma. Estaba a merced de la amante de Tomás. Aquella bella sumisión la embriagaba. ¡Ojala aquellos segundos en que estaba desnuda delante de Sabina no se acabasen nunca! Pensó Que Sabina también sintió el encanto insólito de aquella situación en la que tenía delante suyo a la mujer de su amante, extrañamente dócil y tímida. Apretó un par o tres veces el disparador, y después, como asustada por aquel embrujo y para disiparlo cuanto antes mejor, se rio muy fuerte. Tereza hizo lo mismo y las dos se volvieron a vestir. 23 Todos los crímenes pasados del Imperio ruso se perpetraron al abrigo de una discreta penumbra. La deportación de centenares de miles de lituanos, el asesinato de miles de polacos, la liquidación de los tártaros de Crimea, todo esto ha quedado en la memoria sin pruebas fotográficas, o sea como algo


indemostrable que tarde o temprano se hará pasar por una mistificación. Al contrario, la invasión de Checoslovaquia, en 1968, fue fotografiada, filmada y depositada en los archivos del mundo entero. Los fotógrafos y cámaras checas comprendieron la ocasión que les daban de hacer lo único que todavía se podía hacer: preservar para el futuro lejano la imagen de la violación. Tereza pasó aquellos siete días por las calles fotografiando soldados y oficiales rusos en toda clase de situaciones comprometedoras. Cogieron desprevenidos a los rusos, Habían recibido instrucciones precisas sobre la actitud que debían adoptar en el caso que disparasen contra ellos o si les tiraban piedras, pero nadie les había indicado como tenían que reaccionar ante el objetivo de una máquina fotográfica. Tereza hizo centenares de películas de fotos. Distribuyo, más o menos, la mitad entre periodistas extranjeros en forma de rodetes para revelar (la frontera aún seguía abierta, los periodistas venían del extranjero, al menos para un viaje rápido, y aceptaban agradecidos cualquier documento). Muchas de sus fotos aparecieron en el extranjero en los diarios más diversos: se veían tanques, puños amenazadores, edificios medio derruidos, muertos cubiertos con una bandera tricolor ensangrentada, jóvenes con moto que daban vueltas a toda velocidad alrededor de los tanques blandiendo banderas checas en las puntas de largos palos, y chicas muy jóvenes con minifaldas increíblemente cortas, que provocaban a los desventurados soldados rusos sexualmente hambrientos, echándoles besos bajo sus ojos a paseantes desconocidos. La invasión rusa, repitámoslo, no fue solo una tragedia; fue también la fiesta del odio con una euforia extraña que nunca nadie llegará a entender. 24 Se había llevado a Suiza unas cincuenta fotografías que reveló ella misma con todo el cuidado y con todo el arte de que era capaz. Se propuso la publicación en una revista de gran tiraje. El redactor en jefe la recibió amablemente (todos los checos llevaban alrededor de la cabeza la aureola de su desgracia, cosa que emocionaba a los buenos suizos), la convidó a sentarse en un sofá, examinó las fotos, las elogió, y explicó que no tenían ninguna posibilidad de ser publicadas (“¡por más bonitas que fuesen!”), ya que ahora los hechos estaban demasiado alejados. “¡Pero no se ha acabado lo que pasa en Praga!·, se indignaba Tereza, y miraba de explicarle en mal alemán que en su país ocupado, en aquel mismo momento, contra todo y contra todos, en las fábricas se constituían consejos obreros, los estudiantes hacían huelga para protestar contra la ocupación y que todo el país continuaba viviendo como le parecía mejor. ¡Precisamente era eso lo increíble! ¡ Y eso no le interesaba a nadie!


El redactor en jefe se sintió más tranquilo cuando una mujer enérgica entró en la habitación e interrumpió la conversación. Le dio una carpeta: “Te traigo un reportaje sobre una playa nudista”. Sutil, el redactor en jefe temió que aquella checa que fotografiaba tanques pudiese encontrar frívola la imagen de gente a pelo en una playa. Apartó la carpeta bien lejos, a un extremo de la mesa de despacho, y se apresuró a decir a la recién llegada: -Te presento a una colega de Praga. Me ha traído unas fotos espléndidas. La mujer estrechó la mano de Tereza y cogió las fotos. -¡Mientras tanto, mire las mías!. Tereza se inclinó sobre la carpeta y sacó las fotografías. El redactor en jefe dijo a Tereza, con una voz casi culpable: -Es exactamente lo contrario de lo que usted ha fotografiado. Tereza respondió: -¡De ninguna manera! Es exactamente lo mismo. Nadie comprendió esa frase, e incluso a mi me cuesta un poco explicar que quería decir Tereza comparando una playa nudista con una invasión rusa. Examinaba los positivos y se paró mucho rato en una foto donde se veía a una familia de cuatro personas en círculo: la madre desnuda inclinada sobre sus tres hijos, con unas tetas grandes que colgaban igual que cuelgan las tetas de las cabras o de las vacas, y de espalda, igualmente inclinado hacia delante, con las bolsas que parecían mamas en miniatura. -¿No le gusta? – preguntó el redactor en jefe. -Está bien fotografiado. -Me parece que el tema le escandaliza – dijo la fotógrafa - Solo verla se puede adivinar que no iría a una playa nudista. -Seguramente no – dijo Tereza. El redactor en jefe sonrió: -¡Enseguida se ve de donde viene! ¡Rediez, como llegan a ser puritanos los países comunistas! La fotógrafa añadió, con una amabilidad maternal: -Cuerpos desnudos. ¿Y qué? ¡Es normal! ¡Todo lo que es normal es bonito! Tereza se acordó de su madre, que se paseaba desnuda por el piso. Todavía oía las risas que la habían acompañado cuando había corrido a bajar la persiana para que no viesen a su madre totalmente desnuda. 25 La fotógrafa invitó a Tereza a tomar un café en el bar.


-Tus fotos son muy interesantes. Me he fijado que tienes un sentido fantástico del cuerpo femenino. ¿Sabes que pienso? ¡En aquellas jóvenes en posiciones provocativas! -¿Las parejas jóvenes que se dan besos delante de los tanques rusos? -Sí. Serías una fotógrafa de moda bastante buena. Claro está que antes de todo tendrías que ponerte en contacto con una modelo. Si puede ser, con una chica que comience, como tú. Después podrías hacer algunas fotos para presentarlas en una agencia. Evidentemente necesitarías un poco de tiempo para hacerte un hueco. Mientras esperas, quizás te podría ayudar de alguna manera. Presentarte al periodista que dirige la sección Tu jardín. Tal vez necesite fotos. Cactus, rosas, cosas de estas. -Muchas gracias por todo – dijo sinceramente Tereza, viendo que la mujer sentada ante ella estaba llena de buena voluntad. Pero enseguida se dijo: ¿Por qué tendría que fotografiar cactus? Sentía una especie de cansancio ante la idea de volver a empezar lo que ya había hecho en Praga: pelearse por un hueco, por una carrera, por cada foto publicada. Nunca había sido ambiciosa por vanidad. Lo único que quería era huir del mundo de su madre. Sí, de pronto lo veía muy claro: había ejercido su carrera de fotógrafa con mucho fervor, pero tendría que haber puesto el mismo fervor en cualquier otra actividad, porque la fotografía solo había sido un medio de “cultivarse” y de vivir al lado de Tomás. Dijo: ¿Sabes?. Mi marido es médico y me puede alimentar. No tengo necesidad de hacer fotografías. La fotógrafa le respondió: -¡No entiendo que puedas renunciar a la fotografía después de haber hecho unas tan bonitas! Sí, las fotografías de los días de la invasión eran una cosa bien distinta. Aquellas fotos no las había hecho para Tomás. Las había hecho impelida por la pasión. Pero no por la pasión de la fotografía. Por la pasión del odio. Aquella situación no se repetiría. Además las fotos que había hecho por pasión ya no las quería nadie porque ya no eran actuales. Solo un cactus era eternamente actual. Y los cactus no le interesaban. - Eres muy amable, sabes – dijo – Pero prefiero quedarme en casa. No necesito trabajar. La fotógrafa dijo: -¿Y te satisface quedarte en casa? Tereza le dijo: - Prefiero eso que no fotografiar cactus. La fotógrafa dijo:


- Aunque fotografíes cactus es tu vida. Si vives tan solo para tu marido, no es tu vida. De súbito, Tereza se sintió molesta: -Mi vida es mi marido, no un cactus. La fotógrafa hablaba con una cierta irritación: - ¿Quieres decir, entonces, que eres feliz? Tereza dijo (todavía molesta): - ¡Claro que soy feliz! La fotógrafa dijo: -Una mujer que dice esto es, por fuerza, muy… - Prefirió no acabar la frase. Tereza la completó: -Quieres decir, por fuerza muy limitada. La fotógrafa se controló y dijo: -No. No limitada. Anacrónica. Teresa dijo con un aire pensativo: -Tienes razón. Es exactamente lo que mi marido dice de mí. 26 Pero Tomás pasaba días enteros en la clínica y ella estaba sola en casa. ¡Todavía tenía suerte que tenía a Karenin que podía dar largos paseos! Cuando volvía, se sentaba delante de un manual de alemán o de francés. Pero estaba deprimida y no conseguía concentrarse. A menudo pensaba en el discurso de Dubcek que había hecho por la radio a la vuelta de Moscú. No recordaba nada de lo que había dicho pero aún tenía en el oído su voz tartamudeante. Pensaba en el: unos soldados extranjeros le habían detenido en su propio país, a el, al jefe de un estado soberano, le habían raptado, le habían secuestrado durante cuatro días en algún lugar de las montañas de Ucrania, le habían hecho comprender que le fusilarían como habían fusilado doce años antes a su predecesor Imre Nagy, después lo habían transferido a Moscú, le habían ordenado que se bañase, se afeitase, se vistiese, se pusiese una corbata, le habían anunciado que ya no estaba destinado al pelotón de ejecución, le habían conminado a volverse a considerar Jefe del estado, le habían hecho sentar en una mesa delante de Breznev y le habían obligado a negociar. Había vuelto humillado y se había dirigido a un pueblo humillado. Estaba tan humillado hasta el punto de no poder hablar. Tereza no olvidaría nunca aquellas pausas horribles en medio de las frases. ¿Estaba al límite de sus fuerzas¿ ¿Estaba enfermo? ¿Le habían drogad? ¿o bien solo era el desespero. Si queda algo de Dubcek, quedarán aquellos largos silencios horribles durante los cuales no podía respirar, cuando buscaba aire ante un pueblo pegado a sus


receptores. En aquellos silencios estaba todo el horror que se había abatido sobre el país. Era el séptimo día de la invasión, había escuchado este discurso en la redacción de un diario que se había convertido durante aquellos días en el portavoz de la resistencia. En aquel momento todos los que estaban en la redacción y que escuchaban a Dubcek le odiaban, Les daba rabia el compromiso a que había consentido, se sentían humillados en su humillación y su debilidad les ofendía. Ahora, en Zurich, siempre pensando en aquel momento, ya no sentía ningún menosprecio por Dubcek. La palabra debilidad ya no s0naba como un veredicto. Cunado te confrontas con una fuerza superior siempre ers débil, incluso si tienes el cuerpo de atleta de Dubcek. Aquella debilidad que entonces le parecía insoportable, asquerosa que le había hecho salir de su país, de pronto le atraía. Comprendía que formaba parte de los débiles, del campo de los débiles, del país de los débiles y que les tenía que ser fiel, justamente porque eran débiles y buscaban aire en medio de las frases. Aquella debilidad le atraía igual que el vértigo. Le atraía porque ella misma se sentía débil. Volvía a estar celos y las manos le temblaban otra vez. Tomás de dio cuenta e hizo el gesto de siempre, le cogió las manos para calmarla con una prisión de los dedos. Le rechazó. -¿Qué tienes? - Nada. - ¿Qué quieres que haga por ti? -Quiero que seas viejo. Que tengas diez años más. ¡Veinte años más! Con eso quiso decir: “Quiero que seas débil. Que seas tan débil como yo” 27 A Karenin nunca le había hecho mucha gracia ir a Suiza. Karenin odiaba los cambios. Para un puerro el tiempo no va en línea recta, su curso no es un movimiento continuo hacia delante, cada vez más lejos, de una cosa a la cosa siguiente. Describe un movimiento circular, como el tiempo de las agujas de un reloj, porque las agujas tampoco van alocadamente hacía adelante, sino que giran en redondo sobre el cuadrante, día tras día, siguiendo la misma trayectoria. En Praga, había suficiente que comprasen un sofá nuevo, o que cambiasen un jarrón de sitio, para que Karenin se indignase. Eran cosas que perturbaban su sentido del tiempo. Es lo que les pasaría a las agujas si cambiasen las cifras del cuadrante sin parar. A pesar de esto, pronto consiguió restablecer en el piso de Zurich la antigua rutina y los ritos antiguos. Por la mañana, como en Praga, se reunía con el de


un bote en la cama para inaugurar el día; después hacía las primeras compras matinales con Tereza y exigía como en Praga, su paseo diario. Karenin era el reloj de su vida,. En los momentos de desesperación, Tereza se decía que tenía que aguantar a causa del perro porque aún era más débil que ella, tal vez más débil de Dubcek y que su patria abandonada. Volvían del paseo cuando sonó el teléfono. Descolgó el aparato y pregunto quien era. Era una voz de mujer que hablaba alemán y preguntaba por Tomás. La voz se impacientaba y a Tereza le pareció adivinar una nota de menos precio. Cuando le dijo que Tomás había salido y que no sabía cuando regresaría, la mujer se puso a reír al otro lado de la línea, y colgó sin despedirse. Tereza sabía que no debía darle importancia. Tal vez era una enfermera del hospital, una enferma, una secretaria, vete a saber. A pesar de todo estaba afectada y no se podía concentrar. Comprendió que había perdido la poca fuerza que aún tenía en Praga, y que era totalmente incapaz de soportar este incidente, bien mirado sin ninguna importancia. Quien vive en el extranjero camina por un espacio vacío colgado en el aire sin red de protección que ofrece a todos los seres vivientes el país que es su propio país, donde tiene a su familia, a sus colegas, a sus amigos, y donde se hacen entender sin esfuerzo en la lengua que conocen desde pequeños. En Praga, dependía de un Tomás, es verdad, pero solo a lo que correspondía al corazón. Aquí dependía de el para todo. Si la abandonaba ¿Qué seria de ella aquí? ¿Se tenía que pasar la vida con la zozobra de perderle? Se decía que su encuentro se basaba desde el primer momento en un error. Anna Karenina que aquel día apretaba bajo su axila, era el carnet de identidad falso que había hecho servir para engañar a Tomás Se habían creado un infierno, mutuamente, incluso queriéndose. Era verdad que se querían, y eso era la prueba que la culpa no venía de ellos mismos, de su comportamiento o de su sentimiento lábil, sino de su incompatibilidad, porque el era fuerte y ella era débil. Ella era como Dubcek, que hacía una pausa de medio minuto en medio de una frase; era como su patria, que tartajeaba, buscaba aire y no podía hablar. Pero era precisamente el débil que tenia que ser fuerte e irse cuando el fuerte era demasiado débil para poder herir al débil. He aquí lo que decía. Después apretando la cara contra el cráneo peludo de Karenin: “No te enfades conmigo Karenin, pero tendremos que volver a cambiar de casa” 28


Se encogía en un rincón del compartimento, la pesada maleta encima de su cabeza, Karenin agachado a sus pies. Pensaba en el cocinero de la cervecería donde trabajaba cuando vivía en casa de su madre. Nunca dejaba de pasar la ocasión de tocarle el culo y más de una vez le había propuesto delante de todos irse con el a la cama. Era extraño que justamente pensase en aquel cocinero. Todavía todo aquello le daba asco. Pero ahora solo tenía una idea, encontrarle y decirle: “¿No decías que querías irte conmigo a la cama? ¡Pues venga, vamos!” Tenía ganas de hacer alguna cosa que le impidiese volver atrás. Tenía ganas de borrar brutalmente todo el pasado de los últimos siete años. Era el vértigo. Un deseo mareante, insuperable de caer. Podría decir que tener vértigo es estar ebrio de tu propia debilidad y no te quieres resistir, sino abandonarte. Te embriagas de tu propia debilidad, quieres ser todavía más débil, quieres hundirte en medio de la callea la vista de todos, quieres estar en el suelo, aún más abajo que el suelo. Se convencía que no se quedaría en Praga y que no volvería a trabajar de fotógrafa. Iría a la pequeña ciudad de donde la había arrastrado la voz de Tomás. Pero una vez estuvo en Praga bien tenía que pasar un tiempo para arreglar detalles prácticos. Retrasaba su marcha. De manera que al cabo de cinco días Tomás apareció de pronto en el piso. Karenin le saltaba a la cara y así se ahorró durante un buen rato la necesidad de hablarse. Estaban los dos cara a cara en medio de una planicie nevada y temblaban de frío. Después se acercaron como unos amantes que todavía no se han besado. Preguntó: -¿Va todo bien? -Sí. -¿Has ido a la revista? -He llamado. -¿Y? -Nada. Esperaba. -¿Qué? Ella no contestaba. No le podía decir que le esperaba a el. 29 Volvamos al momento que ya conocen. Tomás estaba desesperado y le dolía el estómago. Se durmió muy tarde.


Un momento después. Tereza se despertó. (Los aviones rusos continuaban sobrevolando el cielo de Praga y en medio de aquel barullo se dormía mal) Su primer pensamiento fue este: el había vuelto por ella. Pero ella había cambiado de destino. Ahora ya no era el que era responsable de ella, era ella que era responsable de el. Esta responsabilidad le parecía por encima de sus fuerzas. Después se acordó: ayer, el había aparecido en la puerta del piso y, un momento después una iglesia de Praga había tocado las seis. El veía delante de ella, sentado en un banco amarillo, y oía el repicar de las campanas. No, no era superstición, era el sentido de la belleza que la desataba de pronto de su angustia y la llenaba de un deseo renovado de vivir. Otra vez los pájaros de los azares se habían posado sobre sus hombros. Tenía lágrimas en los ojos y era infinitamente feliz de oírlo respirar a su lado.


TERCERA PARTE

Las palabras incomprendidas 1 Ginebra es una ciudad de surtidores y de fuentes. En los jardines públicos aún se ven las glorietas donde antes tocaban las bandas de música. Incluso la universidad se pierde en medio de los árboles. Franz, que justo había acabado el curso de mañana, salió del edificio.. El agua pulverizada que salía de los aspersores volvía a caer en el césped; estaba de un humor excelente. De la universidad se fue directamente a casa de su amiga. Vivía a pocas calles de allí. A menudo pasaba por su casa, pero siempre como un amigo atento, nunca como un amante. Si hubiese hecho el amor en su taller de Ginebra, habría pasado de una mujer a la otra el mismo día, de la esposa a la amante, de la amante a la esposa, y como en Ginebra maridos y mujeres dormían en la misma cama, a la francesa, habría pasado entonces en pocas horas de la cama de una mujer a la cama de otra. A sus ojos, habría sido humillante la amante y la esposa y, bien mirado, humillarse a sí mismo. Su amor por la mujer de quien se había enamorado desde hacía unos meses era una cosa tan preciosa que se las ingeniaba para crearle un espacio autónomo, un territorio inaccesible de pureza. A menudo le invitaban a dar conferencias a universidades extranjeras y ahora aceptaba de buen grado todas las invitaciones.. Como no tenía bastante, las completaba con congresos y coloquios imaginarios para justificar los viajes delante de su esposa. La amiga, que tenía libertad para usar su tiempo, le acompañaba. Así le había hecho conocer en un corto espacio de tiempo unas cuantas ciudades europeas y una ciudad americana. - Dentro de unos diez días, sino te parece mal, podríamos ir a Palermo – le dijo. - Prefiero mejor Ginebra. De pie, delante del caballete, examinaba una tela inacabada. - Ya conozco Palermo – dijo. - -¿Cómo dices? – preguntó el con un tono casi celoso. - Una amiga me envió una postal desde allí. La pegué con cello en el water. ¿Es que no la has visto? Después añadió: Escucha la historia de un poeta de comienzos de siglo. Era muy viejo y su secretario la daba su paseo. Un día le dijo: “¡Levante la cabeza, Maestro, y mire! ¡He aquí el primer aeroplano que pasa por encima de la ciudad!” “Me lo puedo imaginar”, replicó el Maestro a su secretario, sin levantar la vista. ¡He aquí!, sabes, yo también me puedo imaginar Palermo. Habrá los mismos


hoteles, los mismos coches que en todas las ciudades. En mi taller, por lo menos, todos los cuadros son diferentes. Franz se enfurruñó. Estaba tan acostumbrado al ligamen entre su vida amorosa y los viajes que había puesto en su propuesta “¡Vamos a Palermo!” un mensaje erótico inequívoco. Para el, la respuesta “¡Prefiero Ginebra!” solo podía querer decir una cosa: su amiga ya no le deseaba. ¿Cómo se puede explicar esta falta de seguridad ante su amante? ¡No tenía razón alguna para dudar así de el mismo! Era ella, no el, que había dado los primeros pasos después de conocerse; era un hombre bien plantado, en la cima de su carrera científica e incluso temido por sus colegas por la altivez y la obstinación que mostraba en las polémicas entre especialistas. Entonces, ¿por qué se repetía cada día que su amante le quería dejar? Solo se me ocurre esta explicación: para el, el amor no era la prolongación sino más bien la antípoda de su vida pública. El amor para el era el deseo de abandonarse a la buena voluntas y a merced del otro. El que se libra al otro talmente como el soldado que se constituye prisionero ha de tirar, antes que nada, todas sus armas. Y, viéndose sin defensa, no puede evitar preguntarse cuando caerá el golpe. Entonces puedo decir que para Franz era la espera continua del golpe. Mientras el se abandonaba a su angustia, su amiga había guardado los pinceles y había salid de la habitación. Regresó con una botella de vino. La abrió en silencio y llenó dos vasos. Sintió como un peso pesado le caía del pecho. Las palabras “Prefiero Ginebra” no quería decir que ella no quisiese hacer el amor, más bien todo lo contrario, que ya tenía suficiente en limitar sus momentos de intimidad a una estancias breves en ciudades extranjeras. Ella levantó el vaso y lo vació de un trago. Franz levantó el suyo y también bebió. Evidentemente estaba muy satisfecho de constatar que el rechazo de ir a Palermo solo era, en realidad, una invitación al amor, pero pronto sintió un cierto pesar: su amiga había decidido romper la regla de pureza que el había introducido en su relación; no comprendía los esfuerzos angustiosos que el desplegaba para proteger el amor de la banalidad y aislarlo radicalmente de su hogar conyugal. Abstenerse de hacer el amor con su amante en Ginebra era, de hecho, un castigo que se inflingía para castigarse por haberse casado con otra. Vivía esta situación como una falta o como una tara. De su vida amorosa con su esposa, prácticamente no se podía decir nada, pero de rodas maneras dormían en la misma cama, por la noche cada uno despertaba al otro con su respiración ronca, y aspiraban mutuamente las miasmas de sus cuerpos. Es verdad que habría preferido dormir solo, pero la cama común continuaba siendo el símbolo del matrimonio y los símbolos, ya se sabe, son intocables.


Cada vez que se metía en la cama al lado de su mujer, pensaba en su amiga, que imaginaba metiéndose en la cama al lado de su mujer. Cada vez la idea le daba vergüenza, de manera que quería poner cuanta más distancia mejor entre la cama donde dormía con su mujer y la cama donde hacía el amor con su amante Ella se sirvió otro vaso de vino, bebió un sorbo, y después sin abrir la boca, con una indiferencia extraña, como si Franz no estuviese, se sacó lentamente la blusa. Se comportaba tal como se comporta en un ejercicio de improvisación el alumno de un curso de arte dramático que se tiene que mostrar tal como es cuando está solo y nadie le ve. Estaba en falda y sostén. Después (como si hubiese recordado de repente que había alguien más en la habitación) miró largamente sobre Franz. Esta mirada le incomodaba porque no la comprendía. Entre los amantes se establecen rápidamente reglas de juego de que no tienen conciencia pero que tienen fuerza de ley, y que no hay que transgredir. La mirada que acababa de poner sobre el salía de estas reglas; no tenía nada en común con las miradas que precedían habitualmente a su abrazo. En aquella mirada no había ni reto ni coquetería, sino más bien una especie de interrogación. Pero Franz no sabía absolutamente nada sobre que interrogaba aquella mirada. Ella se sacó la falda. Le cogió de la mano y le hizo volver la cabeza hacia un gran espejo recostado contra la pared unos pasos más lejos. Sin soltarle la mano, se miraba en aquel espejo y ponía la misma mirada interrogante ahora sobre ella, ahora sobre el. En el suelo, al pie del espejo había una cabeza postiza con un viejo sombrero de copa. Ella se inclinó para cogerlo y se lo puso en la cabeza. En seguida la imagen del espejo cambió: se veía a una mujer en ropa interior, bella, inaccesible, indiferente, la cabeza coronada por un sombrero de copa totalmente absurdo. Daba la mano a un señor con traje gris y corbata. Se volvió a sorprender por entender tan poco a su amante. No se había desnudado para invitarle al amor, sino para hacerle una travesura extraña, un happening íntimo para ellos dos. Sonrió, comprensivo y consentidor. Se pensaba que ella también sonreiría, pero su espera se vio decepcionada. No le soltaba la mano y la mirada iba del uno al otro dentro del espejo. La duración del happening superaba los límites. Franz encontraba aquella farsa (encantadora, es verdad, bastante lo quería admitir), se alargaba un poco demasiado. Cogió delicadamente el sombrero de copa entre dos dedos, lo sacó delicadamente de la cabeza de Sabina y lo volvió a poner en el zócalo. Era como borrar el bigote que dibuja un crío travieso a la imagen de la Virgen María. Ella se quedó todavía inmóvil durante unos segundos contemplándose en el espejo. Después Franz la cubrió de besos tiernos. Le volvió a pedir que le


acompañase dentro de unos diez días a Palermo. Esta vez, ella se lo prometió sin discusión, y el se fue. Le había vuelto el buen humor. Ginebra, que había maldecido toda la vida como la metrópoli del aburrimiento, le parecía bonita y llena de aventuras. Se volvió levantando la cabeza hacia la vidriera del taller. Eran las últimas semanas de la primavera, hacía calor, todas las ventanas estaban cubiertas por persianas ralladas. Franz llegó a un parque sobre el cual, a lo lejos, flotaban las cúpulas de la iglesia ortodoxa, parecidas a balas de oro que una fuerza invisible hubiesen parado justo antes del impacto, para que quedasen inmóviles en el aire. Era bonito. Franz bajó hacia el muelle para coger una embarcación que le llevase al otro lado del lago, en la orilla derecha, donde vivía. 2 Sabina se quedó sola. Se plantó de nuevo delante del espejo. Todavía iba en ropa interior. Se volvió a poner el sombrero de copa y se examinó un buen rato. La sorprendía, después de tanto tiempo, que aún la persiguiese el mismo instante perdido. Cuando Tomás, hacía años, había ido a su casa, el sombrero de copa le había cautivado. Se lo había puesto y se había contemplado en el gran espejo que entonces como ahora se apoyaba sobre la pared del estudio praguense de Sabina. Quería ver que pinta tendría hubiese hecho de alcalde una vila del siglo pasado. Después, cuando Sabina se empezó a desnudar lentamente, le puso el sobrero de copa en la cabeza. Estaban de pie ante el espejo (continuaban así mientras ella se desnudaba) y espiaban su imagen. Ella iba en ropa interior y con el sombrero de copa puesto. Después, de pronto, comprendió que aquella escena les excitaba a los dos. ¿Cómo podía ser? Un instante antes, el sombrero de copa que llevaba en la cabeza le daba la impresión de una broma. De la comicidad a la excitación, ¿solo había un paso? Sí. Mientras se miraba al espejo, al principio ella solo vio una situación divertida. Pero después la comicidad quedó ahogada bajo la excitación: el sombrero de copa ya no era tan solo un gag, significaba la violencia, la violencia hecha a Sabina, a su dignidad de mujer. Se veía, las piernas desnudas, con unas bragas pequeñas que dejaban ver el pubis. La ropa interior subrayaba en encanto de su femineidad, y el sombrero de hombre de fieltro rígido la negaba, la violaba, la ridiculizaba. Tomás estaba a su lado, totalmente vestido, cosa que comportaba que la esencia de lo que veían ya no era la broma (el también debería estar en ropa interior y con un sombrero igual), sino la humillación. En lugar de rehusar aquella humillación, ella la exhibía, provocativa y orgullosa, como si se hubiese dejado violar de buen grado y


públicamente, y al final, sin poder aguantar más, hizo caer a Tomás. El sombrero de copa rodó bajo la mesa; sus cuerp0s se enroscaban sobre la alfombra al pie del espejo. Volvamos otra vez al sombrero de copa: Primero de todo, era una huella dejada por un antepasado olvidado que había sido alcalde de una ciudad de Bohemia en el siglo XIX. Segundo, era un recuerdo del padre de Sabina. Después del entierro, su hermano se había apropiado de todos los bienes de sus padres y ella se había negado tozudamente, por orgullo, a luchar por sus derechos. Había declarad sarcásticamente que conservaba el sombrero de copa como única herencia de su padre. Tercero, era el accesorio de los juegos eróticos con Tomás. Cuarto, era el símbolo de su originalidad, que cultivaba deliberadamente. Cuando había emigrado, no se había podido llevar casi nada, y para cargar este objeto que sobraba más que nada, había tenido que renunciar a otras cosas más útiles. Quinto: en el extranjero, el sombrero de copa se había convertido en un objeto sentimental. Cuando había ido a ver a Tomás a Zurich, se lo había llevado y se lo había puesto en la cabeza para abrirle la puerta de su habitación del hotel. Entonces se produjo una cosa inesperada: el sombrero de copa no era ni divertido ni excitante, era un vestigio del pasado. Los dos se habían emocionado. Hicieron el amor como nunca lo habían hecho antes: no había lugar para los juegos obscenos, porque su encuentro n era la prolongación de juegos eróticos donde cada vez se imaginaban vicios nuevos, sino una recapitulación del tiempo, un canto a la memoria de su pasado común, la recapitulación sentimental de una historia sentimental que se perdía en la lejanía. El sombrero de copa se había convertido en el motivo de la partitura musical que era la vida de Sabina. Este motivo volvía una y otra vez, y cada vez cogía un significado diferente; todos estos significados pasaban por el sombrero de copa como el agua por el lecho del río. Y era, puedo, decirlo, el cauce del río de Heráclito: “¡Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río! El sombrero de copa era el cauce de un río y Sabina veía fluir cada vez un río diferente, otro río semántico: el mismo objeto suscitaba cada vez un significado diferente, pero este significado repercutía (como un eco, como un reguero de ecos) todos los significados anteriores. Cada nueva experiencia vivida resonaba con una armonía más rica. En Zurich, en la habitación del hotel, estaban emocionados con la visión del sombrero de copa y se amaban casi llorando, porque aquella cosa negra no era tan solo un recuerdo de sus juegos amorosos, sino que era también una huella del padre de Sabina y del abuelo, que habían vivido en un tiempo sin coches ni aviones.


Indudablemente ahora es más fácil comprender el abismo que separaba a Sabina de Franz: el la escuchaba ávidamente hablar de su vida, y ella le escuchaba con la misma avidez. Comprendían exactamente el sentido lógic de las palabras que se decían, pero sin oír el murmullo del río semántico que fluía a través de aquellas palabras. Es por eso que cuando Sabina se puso el sombrero de copa delante de él, Franz se sintió incómodo como si le hubiesen hablado en una lengua desconocida. No encontraba aquel gesto ni obsceno ni sentimental, solo era un gesto incomprensible que le desconcertaba por su ausencia de significado. Mientras las personas son más o menos jóvenes y la partitura musical de su vida se encuentra solo en los primeros compases, la pueden componer juntos e intercambiar motivos (tal como Tomás y Sabina intercambiaron el motivo del sombrero de copa), pero, cuando se encuentran en una edad más madura, su partitura musical está más o menos acabada, y cada palabra, cada objeto significa una cosa diferente en la partitura de cada uno. Si reemprendiese todos los caminos entre Sabina y Franz, la lista de sus incomprensiones formaría un diccionario muy grueso. Tendremos que tener suficiente con un léxico pequeño. 3 Pequeño léxico de palabras incomprendidas (primera parte) MUJER Ser mujer es, para Sabina, una condición que no ha elegido. Lo que no es efecto de una elección no se puede considerar ni un mérito ni un fracaso. Delante de un estado que se los impone, hay, piensa Sabina, que encontrar una actitud apropiada. Le parece igual de absurdo sublevarse contra el hecho que ha nacido mujer como vanagloriarse. En uno de sus primeros encuentros, Franz le dijo con una entonación singular: “Sabina, eres una mujer” Ella no entendía porque le anunciaba esta noticia con el tono solemne de Cristóbal Colón que acabase de ver una orilla de una América. Tan solo más tarde que para el la palabra mujer, que pronunciaba con un énfasis particular, no era la designación de uno de los dos sexos de la especie humana, sino que representaba un valor. No todas las mujeres eran dignas de ser llamadas mujeres. Pero si para Franz Sabina era la mujer ¿Qué puede ser para el la MarieClaude, su verdadera esposa? Hace una veintena de años (entonces solo hacía unos meses que se conocían) ella le amenazó con suicidarse si la abandonaba. Aquella amenaza cautivó a Franz, No es que María-Claudia le agradase con


exageración, pro su amor lo consideraba sublime. Se consideraba indigno de un amor tan grande y creía que se tenía que inclinar muy abajo delante de él. De manera que se habían inclinado hasta el suelo y se había casado. Y aunque ella no le volvió nunca a manifestar la misma intensidad de sentimientos que en el instante en que le había amenazado con suicidarse, este imperativo continuaba bien vivo dentro de el: No hacer nunca mal a la Marie Claude y respetar la mujer en ella. Esta frase es curiosa. No decía: espetar a Marie - Claude, sino respetar la mujer en la Marie-Claude. Pero como que Marie –Claude era misma era una mujer, ¿Quién es esta otra mujer que se esconde y que el la ha de respetar? ¿No puede ser la idea platónica de la mujer? No, se su madre, Nunca se le hubiese ocurrido que lo que respetaba a su madre era a la mujer, Adoraba a su madre, no una mujer en ella. La idea platónica de la mujer y de su madre eran una sola cosa. El debía tener unos doce años cuando la madre se había quedado sola porque el padre de Frank la había abandonado súbitamente. Franz pensaba que había pasado alguna cosa bastante grave. Pro su madre escondía el drama bajo comentarios neutros y mesurados para no traumatizarlo. Fue aquel día, cuando salían del pido a dar una vuelta por la ciudad, que Franz se dio cuenta que su madre se había puesto los zapatos desparejados. Estaba confundido y la quería avisar pero daba miedo ofenderla. Va pasar dos horas en la calle sin poder apartar los ojos de los pies de su madre. Fue entonces que empezó a entender que era el sufrimiento LA FIDELIDAD Y LA TRAICIÓN La había querido desde la infancia hasta el momento de acompañarla hasta el cementerio, y la quería en sus recuerdos. De aquí le venía la idea de que la fidelidad era la primera de todas las virtudes; da unidad a nuestra vida que, sin ella se dispersaría en mil impresiones fugitivas, Franz hablaba a menudo de su madre a Sabina, y tal vez lo hacía, inconscientemente, por cálculo: Sabina quedaría seducida por su tirada hacia la fidelidad, y sería una manera de hacérsela suya. Pero resulta que lo que seducía a Sabina era la traición, no la fidelidad. La palabra fidelidad le recordaba a su padre un hombre provinciano y puritano que los domingos se entretenía pintando el sol poniente sobre los bosques y ramos de rosas en un jarrón. Gracias a el empezó a dibujar desde muy joven. A los catorce años se enamoró de un chico de su edad. Su padre se asustó y le prohibió de salir sola durante un año. Un día le enseñó unas reproducciones de Picasso y se rieron mucho. Como no tenía el derecho de querer a un chico de


su edad, al menos amó el cubismo. Después del bachillerato se fue a Praga con la impresión reconfortante que al final podría traicionar a su casa. La traición. Desde nuestra infancia, el padre y el maestro nos repiten que es la cosa más abominable que uno pueda llegar a imaginar. Pero, ¿Qué es traicionar? Traicionar es salir de la fila. Traicionar es salir de la fila e irse hacia lo desconocido. Sabina no conocía nada más bonito que irse hacia lo desconocido. Se inscribió en la Escuela de Bellas Artes, pero no le permitían pintar como Picasso. Entonces era obligatorio lo que se llamaba realismo socialista, y en Bellas Artes fabricaban retratos de jefes de estado comunistas. Su deseo de traicionar a su padre continuaba sin hacerse realidad porque el comunismo no era nada más que otro padre, igual de severo y obtuso, que prohibía tanto el amor (la época era puritana) como a Picasso. Se casó con un actor mediocre de Praga solo porque tenía fama de excéntrico y tanto el padre como la madre le consideraban inaceptable. Después murió su madre. Por la mañana volviendo a Praga después del entierro, recibió un telegrama de que su padre se había suicidado de pena. Le cogieron remordimientos: ¿Tan malo era, por parte de su padre, pintar rosas en un jarrón y que no le gustase Picasso? ¿Era tan reprensible tener miedo que la hija le quedase preñada a los catorce años? ¿Tan ridículo era no haber podido vivir sin su mujer? Volvía a sentirse atraída por el deseo de traicionar: traicionar su propia traición. Anunció a su marido (ya no le veía excéntrico, sino más bien un borracho molesto) que le dejaba. Pero si traicionas a B porque has traicionado a A, esto no quiere decir que te reconcilies con A. La vida de la artista divorciada no se parecía a la vida de sus padres traicionados. La primera traición es irreparable. Provoca, por una reacción en cadena, otras traiciones y cada una de estas nos aleja cada vez más de la traición inicial. LA MUSICA Para Frank, es el arte de más se acerca a la belleza dionisiaca concebida como embriaguez. Es difícil aturdirse con una novela o un cuadro, pero te puedes embriagar con la Novena de Beethoven, con la Sonata para dos pianos y percusión de Bartok, y con una canción de los Beatles. Frank no hace distinción entre la música culta y la música ligera. Esta distinción le parece hipócrita y anticuada. Le gustan lo mismo el rock y Mozart. Para el la música es liberadora.: Le libera de la soledad y del encierro, del polvo de las bibliotecas, abre en su cuerpo puertas donde el alma puede salir a fraternizar. Le gusta bailar y le sabe mal que Sabina no comparta esta pasión.


Cenan juntos en el restaurante y los altavoces acompañan su comida con una ruidosa música ritmada. Sabina dice: -Es un círculo vicioso. La gente se vuelve sorda porque cada vez ponen la música más fuerte. Pero como se vuelven sordos, no pueden hacer nada más que elevar el volumen. -¿Qué no te gusta de la música? – pregunta Franz. -No – dice Sabina. Después añade -: Y tal vez si viviese en otra época… - Y piensa en la época de Johann Sebastian Bach, cuando la música parecía una rosa abierta sobre la inmensa planicie nevada del silencio. El ruido bajo la máscara del silencio la persigue desde que era bien joven. Cuando estudiaba Bellas Artes tenía que pasar vacaciones enteras en el Plantío de la Juventud, tal como se le llamaba entonces. Los jóvenes se alojaban en barracones colectivos y trabajaban en la construcción de altos hornos. Desde las cinco de la mañana hasta las nueve de la noche los altavoces escupían música ensordecedora. Ella tenía ganas de llorar, pero la música era alegre y la podías eliminar en ningún sitio, ni en los vaters, ni en la cama bajo la colcha. La música era como una camada de perros que la perseguía. Entonces pensaba que el universo comunista era el único donde reinaba aquella barbarie de música. En el extranjero, constata que la transformación de la música en ruido es un procedo planetario que hace entrar a la humanidad en la fase histórica de la fealdad total. El carácter total de la fealdad se ha manifestado de entrada con la omnipresente fealdad acústica: los coches, las motos, las guitarras eléctricas, los martillos neumáticos, los altavoces, las sirenas. La omnipresencia de la fealdad visual no tardará en llegar. Cenaron, subieron a la habitación, hicieron el amor. Después en el linde del sueño, las ideas empezaron a mezclarse en la cabeza de Franz. Recordaba la música ruidosa del restaurante y se decía: “El ruido tiene una ventaja. No se pueden oír las palabras”. Desde su juventud, no hacía nada más que hablar, escribir, dar clases, inventar frases, buscar fórmulas, corregirlas, de manera que al final ninguna de las palabras no era ya exacta, que su sentido se difuminaba, que perdían su contenido y solo quedaban migajas, ahechaduras, polvo, arena que le flotaba en el cerebro, que le producía migraña, que era su insomnio, su enfermedad.. Y entonces sintió el deseo, confusamente e irresistiblemente, de una música inmensa, de un ruido absoluto, de un jaleo bonito y alegre que abrazaría, inundaría, ahogaría toda cosa, donde se hundirían para siempre jamás el dolor, la vanidad, la insignificancia de las palabras. ¡La música es la negación de las frases, la música es la antipalabra! Tenía ganas de quedarse con Sabina en un largo abrazo, de callar, de no volver a pronunciar una frase y dejar que el placer confluyese con el clamor orgiástico de la música. En aquel feliz barullo imaginario se durmió.


LA LUZ Y LA OSCURIDAD Para Sabina vivir significaba ver. La visión tiene los límites de una frontera doble: la luz interna y la oscuridad total. Tal vez sea de aquí que le viene la repugnancia por cualquier extremismo. Los extremos marcan la frontera más allá de la cual se acaba la vida, y la pasión del extremismo, tanto en arte como en política, es un deseo disfrazado de muerte. Para Franz, la palabra luz no evoca la imagen de un paisaje tiernamente iluminado por la claridad, son la fuente de la luz en tanto que tal: el sol, una bombilla, un proyector. Le viene el recuerdo de metáforas familiares: el sol de la verdad, el estallido deslumbrante de la razón, etc. Tanto como por la luz, se siente atraído por la oscuridad. En nuestro tiempo, apagar la luz para hacer el amor se considera ridículo; el lo sabe y deja una pequeña luz encendida sobre la cama. Pero en el momento de penetrar a la Sabina, está cierra los ojos. La voluntad de que se empapa le exige oscuridad. Esta oscuridad es pura, completa, sin imágenes ni visiones, esta oscuridad no tiene fin, no tiene fronteras, esta oscuridad es el infinito que cada uno de nosotros lleva en el (¡Sí, quien busca el infinito solo tiene que cerrar los ojos!). En el momento en que siente la voluptuosidad escamparse por su cuerpo, Franz se despliega, se disuelve en el infinito de su oscuridad, se convierte el mismo en infinito. Pero cuanto más crece el hombre en su oscuridad interior, más se encoge en su apariencia exterior. Un hombre con los ojos cerrados solo es rechazo de si mismo. Es desagradable de ver; por eso Sabina no le quiere ver y también cierra sus ojos. Pero esta oscuridad no significa para ella el infinito, solo el desacuerdo con el que ve, la negación de lo que es visto, el rechazo de ver. 4 Sabina se había dejado convencer para ir a una reunión de sus compatriotas. La conversación volvía a girar sobre si habría que habido luchar contra los rusos con las armas. Evidentemente, aquí, seguros entre los emigrados, todos proclamaban que habría habido que luchar. Sabina dijo: -¡Pues, venga, volved y luchad! Era una cosa que no se podía decir. Un señor de cabellera grisácea y rizada con moldes de peluquero la señaló con un índice muy largo: No hable de esta manera Todos tenemos parte de responsabilidad en lo que ha pasado. Usted también. ¿Qué hacía cuando estaba en nuestro país, contra el régimen comunista? Pintaba y basta…


En los países comunista, la inspección y el control de los ciudadanos son actividades sociales básicas y continuas. Para que un pintor reciba autorización para exponer, para que un ciudadano tenga un visado y pase las vacaciones en el mar, para que un futbolista sea admitido en la selección nacional, lo primero que se necesita es que se junten toda clase de certificados sobre el (de la portera, de los compañeros de trabajo, de la policía, de la célula del partido, del comité de empresa) y estos testimonios en seguida están reunidos, sopesados, recapitulados por funcionarios especialmente destinados a este trabajo. Lo que se dice en estos testimonios no tiene nada que ver con la aptitud del ciudadano para pintar o para filmar, o con su estado de salud, que puede requerir una temporada cerca del mar. Solo tratan de una cosa, de lo que se llama “el perfil político del ciudadano” (lo que dice el ciudadano, lo que piensa, como se comporta, si participa en las reuniones o en los desfiles del Primero de Mayo). Visto que todo (la vida cotidiana, el ascenso y las vacaciones) depende de la nota que se le da al ciudadano, todos están obligados (para jugar en la selección nacional, hacer una exposición o pasar unas vacaciones en el mar) a comportarse de manera que pueda obtener una buena nota. Era en esto que pensaba Sabina cuando oía hablar al hombre de pelo gris. A el le daba lo mismo que sus conciudadanos jugasen bien al futbol, o pintasen con talento (ningún checo se había preocupado nunca de lo que ella pintaba); sol le interesaba saber una cosa: saber si habían estado opositores activos o pasivos con el régimen comunista, de primera o de última hora, de verdad o haciéndolo ver. Como era pintora, sabía observar las caras y conocía, desde Praga, la fisonomía de la gente que tiene pasión por inspeccionar y poner nota a los otros. Todos aquellos tenían el índice un poco más largo que el dedo medio y lo apuntaban hacia sus interlocutores-. Además el presidente Novotny, que reinó en Bohemia durante catorce años, hasta 1968, tenía exactamente los mismos cabellos grises rizados con moldes de peluquería y se podía enorgullecer del índice más largo de toda la Europa Central. Cunado el emigrado emérito oyó de la boca de aquella artista pintora de quien nunca había visto los cuadros, que se parecía al presidente comunista Novotny, se puso encarnado, después blanco, después rojo otra vez, y se volvió a poner blanco, quiso decir alguna cosa, no dijo nada y se quedó en silencio Todos callaban con el, y Sabina acabó por levantarse y salir. Le sabía mal, pero una vez en la calle se dijo: contado y abatido, ¿por qué se tenía que hacer con los checos? ¿Qué tenían en común con ellos? ¿Un paisaje? Si les hubiesen preguntado que tenía para ellos Bohemia, esta palabra habría hecho surgir delante de sus ojos imágenes discordantes sin ninguna clase de unidad.


¿O bien la cultura? Pero, ¿Qué es la cultura? ¿La música? ¿Dvorak y Janacek? Si. Pero, ¿y si a un checo no le gusta la música? De pronto, la identidad sueca solo es aire. ¿O bien los grandes hombres? ¿Jan Hus? Aquellos no habían leído ni una raya de sus libros. La única cosa que podían comprender unánimemente eran las llamas, la gloria de las llamas donde lo habían quemado por hereje, la gloria de la ceniza en que se había convertido, de manera que la esencia del alma checa, pensaba Sabina, solo era para ellos, ceniza y nada más. Lo único que tenían en común todos juntos era su derrota y los reproches que se lanzaban los unos a los otros. Caminaba deprisa. Lo que la preocupaba, más que no la pelea con los emigrados, eran sus propios pensamientos. Sabía que eran injustos. Claro que entre los checos había otras personas a parte de aquel hombre de índice desmesurado. El incómodo silencio que había seguido a sus palabras no significaba que todos los otros estuviesen en desacuerdo. Más bien habían quedado desconcertados por Aquila irrupción de odio, por aquella incomprensión de que todos los emigrados caen víctimas. Entonces, ¿por qué no le daban lástima, así y todo? ¿Por qué no les veía conmovidos y abandonados? Ya sabemos la respuesta: cuando traicionaron a su padre, la vida se abrió ante ellos como un largo camino de traiciones y cada traición nueva la atrae como un vicio y como una victoria. ¡No se quiere quedar en la fila y no se quedará? ¡Nunca se quedará en la fila con las mismas perdonas y las mismas palabras! Por eso está sobreexcitada por su propia injusticia. Esta sobreexcitación no es desagradable; bien al contrario, Sabina ha tenido la impresión que acababa de obtener una victoria y que alguien, invisible, la aplaudía. Pronto la embriaguez dejó paso a la angustia: ¡algún día tendremos que llegar al final de este camino? ¡Algún día habrá que poner fin a las traiciones! ¡Habrá que pararse definitivamente! Era de noche y caminaba con paso rápido por el andén de la estación. El tren de Ámsterdam ya estaba formado. Buscaba su vagón. Abrió la puerta del compartimento donde la había llevado un revisor afable y vio a Franz sentado en la cama con la manta plegada. Se levantó para recibirla, ella le abrazó y le cubrió de besos. Tenia unas ganas terrible de decirle, como la mujer más banal: “¡No me dejes, tenme cerca de ti, domíname, se fuerte!” Pero eran palabras que no podía y no sabía pronunciar. Cuando el dejó de abrazarla, solo dijo: “¡Que contesto que estoy, de estar contigo!2. Con su discreción natural no podía decir nada más 5


Pequeño léxico de palabras incomprendidas (continuación)

LOS DESFILES En Italia o en Francia encuentran la solución muy fácilmente. Cuando los padres les obligan a ir a la iglesia, se vengan afiliándose a un partido (comunista, trotskista, maoísta, etc.) Pero el padre de Sabina primero la envió a la iglesia, y después, por miedo, la obligó a apuntarse a las juventudes comunistas. Cuando se hacía el desfile del 1º de Mayo nunca conseguía seguir el paso, de manera que tenía detrás le insultaba y le pisaba los talones expresamente. Y si tenía que cantar nunca se sabía las letras y abría una boca muda. Sus colegas se dieron cuenta y la denunciaron. Desde joven no soportaba ningún desfile. Franz había estudiado en París, y excepcionalmente dotado como estaba tenía delante una carrera científica asegurada desde los veinte años. Desde aquel momento, sabía que se pasaría toda la vida entre las paredes de un despacho de la universidad, de las bibliotecas públicas y de dos o tres aulas; ante esta idea, tenía la sensación de ahogarse. Quería salir de su vida igual que sales de casa para irte a la calle. Aún vivía en París e iba a menudo a las manifestaciones. Le hacía mucho bien celebrar alguna cosa, reivindicar alguna cosa, protestar contra alguna cosa, no estar solo, estar en la calle y estar con los otros. Los desfiles que irrumpían desde el Boulevard Saint-Germain o de la República hacia la Bastilla le fascinaban. La multitud en marcha gritando slogans era para el la imagen de Europa y de su historia. Europa es una Gran Marcha. Una Marcha de revolución en revolución, de combate en combate, siempre hacia delante. Lo podría decir de otra manera: Franz encontraba irreal su vida entre los libros. Aspiraba a la vida real, al contacto con otros hombres u otras mujeres marchando con el codo con codo, aspiraba a su clamor. No se daba cuenta que lo que encontraba irreal (su trabajo en el aislamiento de las bibliotecas) era su vida real, y en cambio, los desfiles que consideraba como la realidad no eran nada más que un espectáculo, una danza, una fiesta, o dicho de otra manera, un sueño. Sabina, cuado era estudiante vivía en una ciudad universitaria. El Primero de Mayo todos estaban obligados a ir a primera hora a los puntos de encuentro de la manifestación. Para que no faltase nadie, había unos estudiantes, militantes retribuidos, que comprobaban que el edificio estuviese vacío. Ella iba a esconderse en los lavabos y solo volvía a la habitación cuando hacía mucho rato que la gente se había ido


. Reinaba un silencio como nunca había conocido. Desde muy lejos le llegaba la música de una marcha. Era como estar escondida en el interior de una concha y oír de lejos la resaca de un universo hostil. Un par de años después de haber dejado Bohemia, se encontró por casualidad en París el día del aniversario de la ocupación rusa. Aquel día se hacía una manifestación de protesta y no pudo evitar su participación. Había jóvenes franceses que levantaban el puño y gritaban consignas contra el imperialismo soviético. Aquellas consignas le gustaban, pero constató con sorpresa que era incapaz de gritar junto a los otros. Solo se pudo quedar unos minutos en el desfile. Explicó esta experiencia a unos amigos franceses. Se quedaron parados: “¿Es que no quieres luchar contra la ocupación de tu país?” Quería decirles que el comunismo, el fascismo, todas las ocupaciones y todas las invasiones disimulan un mal más básico y más universal; la imagen de este mal era el séquito de gente que desfila levantando el brazo, y gritando las mismas sílabas al unísono. Pero sabía que no se lo podía explicar. Se sintió incomoda y prefirió cambiar de tema. LA BELLEZA DE NUEVA YORK Caminaban horas y horas por Nueva York; el espectáculo cambiaba a cada paso como si hubiesen seguido un camino sinuoso en un paisaje fascinantes de montañas: un hombre joven rezaba de rodillas en medio de acera; a unos pasos, recostada en un árbol, una negra muy bonita dormitaba; un hombre vestido de negro atravesaba la calle gesticulando para dirigir una orquesta invisible; el agua brotaba en las picas de una fuente y alrededor había paletas sentados comiendo. Una escaleras mecánicas escalaban las fachadas de casas horribles de obra vista y estas casas eran tan feas que se volvían bonitas: bien cerca se levantaba un rascacielos gigante de cristal y detrás otro rascacielos con un tejado cubier5to por un pequeño palacio con torres, galerías y columnas doradas. Pensaba en sus telas: También se veían de lado cosas que no tenían relación entre ellas, altos hornos en construcción y, al fondo, una luz de petróleo; o también otra luz con la pantalla de cristal, pasada de moda que estallaba en pequeños fragmentos que se alzaban sobre un paisaje desolado de un cenagal. Frank dijo: - En Europa la belleza siempre ha tenido un crácter intencional. Siempre ha habido un designio estético y una planificación de larga duración; se han necesitado años para levantar, según esa planificación, una catedral gótica o una ciudad renacentista. La belleza de Nueva York tiene un origen bien diferente. Es una


belleza n intencional. Ha nacido sin premeditación por parte del hombre, como una gruta de estalactitas. Hay formas, asquerosas en si mismas, que se encuentran por azar, sin ninguna planificación, en vecindarios improbables donde de pronto brillan con una poesía mágica. Sabina dijo: - La belleza no intencionada. Claro que si. También podríamos decir: la belleza por error. Antes de desaparecer totalmente del mundo, la belleza aún existirá durante unos cuantos momentos, pero por error. La belleza por error es el último estadio de la historia de la belleza Pensaba en su primer cuadro realmente conseguido; encima se había vertido pintura roja por error. Si, sus cuadros estaban edificados sobre la belleza por error y Nueva York era la patria secreta y verdadera de su pintura. Franz dijo: - Quizás la belleza no intencionada de Nueva York es mucho más rica y más variada que no la belleza demasiado austera y demasiado elaborada nacida de un proyecto humano. Pero ya no es la belleza europea. Es un mundo extraño. ¿Cómo es? ¿O sea que hay alguna cosa sobre la cual los dos están de acuerdo? No. También en eso hay una diferencia. La extrañeza de la belleza de Nueva York atrae locamente a Sabina. A Franz le fascina, pero al mismo tiempo le asusta; le hace venir el mal de Europa. LA PATRIA DE SABINA Sabina comprende su reticencia ante los Estados Unidos. Franz es la encarnación de Europa; su madre era originaria de de Viena, su padre era francés. El es suizo. Franz admira la patria de Sabina. Cuando le habla de Bohemia y de sus amigos de allí, i oye las palabras prisiones, persecuciones, tanques en las calles, emigración, panfletos, literatura prohibida, exposiciones prohibidas, siente una envidia extraña marcada por la añoranza. Le confiesa a Sabina: -Un día, un filósofo escribió que todo lo que digo son especulaciones que rehúyen cualquier demostración y me calificó de “Sócrates casi inverosímil”. Me sentí horrorosamente humillado y le contesté con rabia. ¡Imagínate que este episodio ridículo es el conflicto más grave que nuca he vivido! ¡En aquel momento mi vida llegó al máximo de sus posibilidades dramáticas! Nosotros


dos vivimos en escalas diferentes. Tu entraste en mi vida como Gulliver en el país de los enanos. Sabina protesta. Dice que los conflictos, los dramas, las tragedias no significan nada de nada, no tienen ningún valor, no merecen ni respeto ni admiración. Lo que todos pueden envidiar a Franz es el trabajo que puede llegar a hacer en paz. Franz dice que no con la cabeza: - En una sociedad rica, a las personas no necesitan trabajar con las manos y se dedican a una actividad intelectual. Cada vez hay más universitarios y más estudiantes. Para conseguir diplomas, tienen que encontrar temas de estudios. Hay un número infinito de temas, porque se puede disertar sobre cualquier cosa. Los legajos de papel entintado se acumulan en los archivos, que son más tristes que los cementerios porque ni tan solo se va el día de los muertos. La cultura desaparece en una multitud de producciones, en un alud de frases, en la demencia de la cantidad. Créeme, un solo libro prohibido en tu país significa infinitamente más que los miles de millones de palabras que escupen nuestras universidades. - Es en este sentido que se podría comprender la debilidad de Franz por todas las revoluciones. Tiempo atrás, simpatizaba con Cuba, después con China, y después, lleno de asco por la crueldad de sus regímenes, acabó admitiendo, con melancolía que tan solo le quedaba aquel océano de letras que no pesan nada y no son la vida. Se hizo profesor en Ginebra (donde no hay manifestaciones) y, con una especie de abnegación (en una soledad sin mueres y sin desfiles) publicó unas cuantas obras científicas que tuvieron un cierto renombre. Después, un día, Sabina surgió como una aparición; venía de un país donde las ilusiones revolucionarias hacía tiempo que se habían mustiado pero donde subsistía lo que el más admiraba de las revoluciones: la vida que se juega en la escala grandiosa del riesgo, del valor y de la amenaza de la muerte. Sabina le devolvía la confianza en la grandeza del destino humano. Era tanto más bonita cuando más dejaba transparentar su silueta, el drama doloroso de su país. - Por desgracia, a Sabina este drama no le gusta. Las palabras prisiones, persecuciones, libros prohibidos, ocupación, blindados, son para ella palabras horrible desprovistas de cualquier perfume romántico. La única palabra que le suena


dulcemente en la oreja como un recuerdo nostálgico de su país natal es la palabra cementerio. EL CEMENTERIO Los cementerios de Bohemia se parecen a jardines. Las tumbas están cubiertas de césped y de flores de colores violáceos. Hay monumentos humildes escondidos entre el verdor del follaje. Por la noche, el cementerio está lleno de velas encendidas, como si los muertos hiciesen un baile infantil. Sí, un baile infantil, porque los muertos sn inocentes como los niños. Por más cruel que fuese la vida, en el cementerio siempre reinaba la paz. Incluso durante la guerra, bajo Hitler, bajo Stalin, bajo todas las ocupaciones. Cuando se sentía triste, cogía el coche para irse lejos de Praga a pasear por uno de sus cementerios preferidos. Estos cementerios de pueblo sobre un fondo azulado de colinas eran bonitos como una canción de cuna. Para Franz, un cementerio tan solo es un vertedero asqueroso de huesos y pedruscos. 6 - ¡No me harán subir en un vehículo! ¡Tendría miedo de morir de un accidente! Aunque no te mates, quedas traumatizado para toda la vida! – decía el escultor cogiéndose maquinalmente el dedo que se había cuidado de tallar mientras trabajaba la madera. De milagro, los médicos habían conseguido salvárselo. ¡Puedes contar! – pregonaba la Marie-Claude en plena forma. ¡Tuve un accidente y era magnífico! ¡Nunca me he sentido mejor que en el hospital! No podía pegar ojo y leía sin parar, día y noche. Todos la miraban con una sorpresa que visiblemente le gustaba mucho. A la irritación de Franz (recordaba que después de aquel accidente su mujer estaba muy deprimida y no paraba de quejarse), se mezclaba una especie de admiración (en don de la Marie-Claude de metamorfosearlo todo lo que había vivido testimoniaba una vitalidad digna de encomio) Ella continuaba: -Fue en el hospital que empecé a clasificar los libros en dos categorías: los diurnos y los nocturnos. Es verdad, hay libros de día y libros que solo se pueden leer de noche. Todos expresaban una sorpresa admirativa, a parte del escultor, que se aguantaba el dedo y tenía la cara crispada por un recuerdo penoso. Marie-Claude se volvió: -¿En que categoría pondrías a Stendhal?


El escultor no escuchaba y se encogió de hombros con un aire molesto. Un crítico de arte, a su lado, declaró que Stendhal, a su modo de ver, era una lectura de día. Marie-Claude dijo que no con la cabeza y anunció con su voz de trompeta: - ¡De ninguna manera! ¡No, no y no, no lo aciertas ni un poco! ¡Stendhal es un autor nocturno! Franz seguía de muy lejos el debate sobre el arte nocturno y diurno y solo pensaba en el momento en que Sabina haría su entrada. Los dos habían reflexionado durante muchos días para saber si ella tenía que aceptar aquella invitación a aquel coctel que Marie-Claude hacía en honor a todos los pintores y escultores que habían expuesto en su galería privada. Desde que había conocido a Franz, Sabina evitaba a su mujer. Pero, con miedo a traicionarse, finalmente había decidido que sería más natural y menos sospechoso ir. Mientras lanzaba miradas furtivas en dirección a la entrada, se percató que en el otro lado del salón hacía su perorata, infatigablemente, la voz de MarieAnne, su hija de dieciocho años. Dejó el grupo donde oficiaba su mujer por el círculo donde reinaba su hija. Había una persona en la butaca, las demás de pie, y la Marie-Anne sentada en el suelo. Franz estaba seguro de que Marie-Claude, en el extremo opuesto del salón, pronto también se sentaría en la alfombra. En aquella época sentarse en el suelo delante de los invitados era un gesto que significaba que eras natural, relajado, progresista, sociable y parisino. MarieClaude ponía tanta pasión en sentarse en el suelo en todas partes que Franz a menudo tenía miedo de encontrársela sentada en el suelo en la tienda donde iba a comprar tabaco. - Alan, ¿en que trabajas en este momento? – preguntó MarieAnne al hombre a cuyos pies estaba sentada. - Alan, ingenuo y honesto, quiso responder sinceramente a la hija de la propietaria de la galería. Empezó explicándole su nueva manera de pintar, que combinaba la fotografía y la pintura al óleo. Con dificultad había pronunciado tres frases que MarieAnne emitió un silbido. El pintor, concentrado, hablaba con lentitud y no la oyó silbar. Franz susurró: -¿Me puedes decir por qué silbas? -Porque detesto que me hablen de política – replicó en voz alta la hija. Efectivamente, don hombres, de pie, del mismo grupo hablaban de las próximas elecciones francesas. Marie-Anne que se sentía obligada a dirigir la conversación, preguntó a los dos hombres si la semana que viene irían al Gran Teatro, donde una compañía lírica italiana iba a representar una ópera de Rossini. Alan, el pintor, se entozudía en buscar fórmulas lo más precisas


posibles para explicar su nueva manera de pintar, y Franz sentía vergüenza de su hija. Para hacerla callar, dijo que el se aburría mortalmente en la ópera. -Es que no entiendes – le dijo Marie-Anne, intentando, sin levantarse, de darle un golpecito en la barriga a su padre -, ¡Es tan guapo, el intérprete principal! ¡Es mortalmente guapo! ¡Le he visto dos veces y, desde entonces, estoy locamente enamorada! Franz constataba que su hija se parecía atrozmente a su madre. ¿Por qué no se le parecería a el? No había nada que hacer, nunca se parecería. Ya había oído a Marie-Claude proclamar miles de veces que estaba enamorada de este o de aquel pintor, de un cantante, de un escritor, de un político e incluso una vez de un corredor ciclista. Evidentemente solo era retórica de cenas mundanas y cócteles, pero a veces recordaba que veinte años antes había dicho exactamente lo mismo sobre el, amenazándole por añadidura, con suicidarse. Justo en aquel momento entró Sabina. Marie-Claude la vio y fue a saludarla. La hija continuaba la conversación sobre Rossini, pero Franz solo tenía oídos para lo que hablaban las dos mujeres. Después de unas cuantas frases amables de bienvenida, Marie-Claude cogió entre los dedos el colgante de cerámica que Sabina llevaba alrededor del cuello y dijo, con voz muy fuerte: -¿Qué es esto? ¡Es horrible! Franz quedo cautivado por esa frase. No la había pronunciado en un tono agresivo, antes al contrario, la risa de trompeta había indicado enseguida que el rechazo del colgante no cambiaba ni un ápice la amistad de Marie-Claude por la pintora, pero así y todo, la frase no entraba dentro del tono habitual que Marie-Claude usaba con los otros. -Lo he hecho yo misma – dijo Sabina. -Lo encuentro horrible, sinceramente – repitió muy alto Marie-Claude - ¡No lo tendrías que llevar! Franz sabía que a su mujer le daba lo mismo que una joya fuese fea o bonita. Era feo lo que ella quería ver feo y era bonito lo que ella quería ver bonito. Las joyas de sus amigas eran bonitas a priori. Podía encontrarlas feas, pero lo escondía con mucho cuidado porque las alabanzas hacía tiempo que se habían convertido en su segunda naturaleza. ¿Entonces por qué había decidido encontrar fea una joya que Sabina había hecho ella misma? Para Franz, de pronto, lo vio perfectamente claro: Marie-Claude había declarado que la joya de Sabina era fea porque se lo podía permitir. Con más precisión todavía, Marie-Claude había proclamado que la joya de Sabina era fea para demostrar que se podía permitir decir a Sabina que su joya era fea. El año anterior, la exposición de Sabina no había tenido mucho éxito y a Marie-Claude no le daba ni frío ni calor la simpatía de Sabina. Al contrario,,


Sabina tenía todos los motivos y razones del mundo para buscar la simpatía de Marie-Claude. Pero su comportamiento no lo demostraba en absoluto. Sí, Franz lo comprendía muy claramente: Marie-Claude aprovechó la ocasión para mostrar a Sabina (y a las demás) cual era la verdadera relación de fuerzas entre ellas. 7 Pequeño léxico de palabras incomprendidas (final)

LA IGLESIA VIEJA DE ÁMSTERDAM De un lado están las casas, y detrás las grandes ventanas de la planta baja que se parecen a escaparates de tiendas, se ven las minúsculas habitaciones de las putas. Están en ropa interior, sentadas al lado del cristal, en pequeñas butacas adornadas con cojines. Tienen el aire de grandes gatitas que se aburren. Al otro lado de la calle está ocupada por una gigantesca iglesia gótica del siglo XIV. Entre el mundo de las putas y el mundo de Dios, como un río que separa dos reinos, se extiende un opor acido a orines. En el interior del antiguo estilo gótico solo quedan las altas paredes desnudas, las columnas, la vuelta y las ventanas. No hay ninguna pintura, no hay ninguna estatua. La iglesia está vacía como la sala de un gimnasio. Todo lo que se ve son filas de sillas que forman, en el centro, un gran cuadrado alrededor de un estrado minúsculo donde se alza la pequeña mesa del predicador. Detrás de las sillas, hay compartimentos de madera; son los palcos destinados a las familias de los ciudadanos ricos. Las sillas y los palcos están situados sin ninguna consideración por la configuración de los muros y la disposición de las columnas, como para comunicarle a la arquitectura gótica su indiferencia y su desdén. Ahora hace ya siglos que la fe calvinista ha convertido a la iglesia en un simple hangar que no tiene otra función que proteger las oraciones de los fieles de la nieve y de la lluvia. Franz estaba fascinado: la Gran Marcha de la historia había atravesado aquella sala gigantesca. Sabina recordaba que después del golpe comunista habían nacionalizado todos los castillos de Bohemia y los habían convertido en centros de aprendizaje, en hogares para jubilados, incluso en establos. Ella había visitado uno de aquellos establos: unos ganchos con anillas de hierro salían de los muros rebozados, y las vacas que estaban atadas miraban soñadoramente por las ventanas al parque del castillo por donde corrían las gallinas. Franz dijo:


-Este vacío me fascina. Acumulan altares, estatuas, pinturas, sillas, butacas, alfombras, libros, y después viene el instante de alegría liberadora en que barren todo esto igual que barren las migajas de una mesa. ¿Te puedes imaginar la escoba de Hércules que ha barrido esta iglesia? Sabina mostró uno de los palcos de madera: -Los pobres se estaban de pie y los ricos tenían palcos. Pero había una cosa que uní al banquero y al pobre: el odio a la belleza. - ¿Qué es la belleza? –dijo Franz y pensó enseguida en una inauguración a que había tenido que asistir hacía poco al lado de su mujer. La vanidad infinita de los parlamentos y de las palabras, la vanidad de la cultura, la vanidad del arte. Cuando estudiante, Sabina trabajaba en el Plantel de la Juventud y tenía en el alma el veneno de las alegres bandas de música que brotaban ininterrumpidamente por los altavoces, un domingo había salido en moto. Recorrió kilómetros en pleno bosque y se paró en un pueblecito desconocido perdido en medio de las colinas. Apoyó la moto en el muro de la iglesia y entró. Precisamente celebraban misa. Entonces la religión estaba perseguida por el régimen comunista, y la mayoría de la gente evitaba las iglesias. En los bancos solo había viejos, porque no tenían miedo del régimen. So tenían miedo a la muerte. El capellán pronunciaba una frase con una voz melodiosa y después de el la gente la repetía en el coro. Eran letanías. Volvían las mismas palabras como un peregrino que no puede apartar los ojos de un paisaje, como un hombre que no se puede despedir de la vida. Se sentó en el fondo, en un banco; a veces cerraba los ojos y al cabo de un rato los volvía a abrir; veía sobre ella la vuelta pintada de azul y en esta cúpula grandes astros dorados. Cedía al encantamiento. Lo que había encontrado inesperadamente en aquella iglesia no era a Dios, sino la belleza. Entonces sabía muy bien que aquella iglesia y aquellas letanías no eran bonitas por ellas mismas, sino bonitas gracias a su vecindario involuntario con el Plantel de la Juventud donde pasaba sus días en medio del barullo de las canciones. La misa era bonita porque se le había aparecido súbitamente y clandestinamente como un mundo traicionado. Desde entonces sabe que la belleza es un mundo traicionado. Solo la podemos encontrar cuando sus perseguidores la han olvidado por error en algún lugar. La belleza se esconde tras los decorados de un desfile del Primero de Mayo. Para encontrarla hay que romper la tela del decorado. - Es la primera vez que me siento fascinado por una iglesia – dijo Franz. No eran i el protestantismo ni el ascetismo, que le entusiasmaban. Era otra cosa, una cosa muy personal que no osaba hablar delante de Sabina. Le parecía oír una voz que le incitaba a coger la escoba de Hércules para barrer de su vida


las inauguraciones de Marie-Claude, los cantantes de Marie-Anne, los congresos y los coloquios, los vanos parlamentos, las vanas palabras. El gran espacio vacío de la iglesia de Ámsterdam se le apareció como la imagen de su propia liberación. LA FUERZA En la cama de uno de los numerosos hoteles donde hacían el amor, Sabina jugaba con los brazos de Franz: -¡Mira que estás musculado! A Franz me gustaban mucho aquellas alabanzas. Se levantó de la cama, cogió una silla de roble, pesada, por la pata, a ras de suelo, y empezó a levantarla lentamente. Mientras tanto le decía a Sabina: - No has de sufrir por nada, yo te podría defender en cualquier circunstancia, hace tiempo fui campeón de judo. Consiguió levantar el brazo hasta la vertical sin soltar la silla, y Sabina le dijo: -¡Me gusta, saberte tan fuerte! Pero, muy en el fondo de ella misma, añadió también esto: Franz es fuerte, pero toda su fuerza solo está volcada hacia el exterior. Con la gente que vive, con los que quiere, es débil. La debilidad de Franz se llama bondad. Franz nunca daría órdenes a Sabina. Nunca la mandaría, como Tomás en otros tiempos, de poner el espejo en el suelo y caminar arriba y abajo totalmente desnuda. No es que le falte sensualidad, pero no tiene la fuerza de mandar. Hay cosas que solo se pueden conseguir con la violencia. El amor físico es imposible sin violencia. Sabia miraba a Franz paseándose por la habitación blandiendo bien arriba la silla, cosa que el parecía grotesca y la llenaba de una tristeza extraña. Franz dejó la silla y se sentó, de cara hacia Sabina. -No es que me desagrade ser fuerte – dijo – pero, ¿de que me puede servir, en Ginebra, una musculatura así? Lo llevo como un adorno. Son plumas de pavo real. Nunca he hinchado los morros a nadie. Sabina proseguía sus reflexiones melancólicas. ¿Y si hubiese tenido un hombre que le hubiese dado órdenes? ¿Qué la hubiese querido dominar? ¿Cuánto tiempo lo habría soportado? ¡Ni cinco minutos! Esto demostraba que no le convenía ningún hombre. Ni fuerte ni débil. Dijo: -¿Y porqué no usas tu fuerza conmigo de tanto en tanto? - Porque querer es renunciar a la fuerza – dijo Franz en voz baja. Sabina comprendió dos cosas: primero, que esta frase era bonita y verdadera. Segundo, que con esta frase Franz se acababa de descalificar en su vida erótica.


VIVIR EN LA VERDAD Es una fórmula que Kafka hizo servir en su diario o en una carta. Franz no se acordaba exactamente donde. Esta fórmula le sedujo. ¿Qué quiere decir vivir en la verdad? Es fácil darle una definición negativa: es no cedir metitas, no esconderse, no disimular nada. Desde que conoció a Sabina el vive en la mentira. Habla a su mujer del congreso de Ámsterdam y de las conferencias de Madrid que no han existido nunca, tiene miedo de pasear con Sabina por las calles de Ginebra. Decir mentiras y esconderse le divierte precisamente porque no lo había hecho nunca. Le hace sentir un cosquilleo agradable como le pasa al primero de la clase cuando finalmente decide hacer campana. Pero a Sabina, vivir en la verdad, no decirse mentiras a ella ni a los demás, solo es posible a condición de vivir sin público. Desde que hay un testimonio de nuestros actos, nos adaptamos por las buenas o por las malas a los ojos que nos observan, y ya nada de lo que hacemos es verdadero. Tener un público, pensar en un público, es vivir en la mentira. Sabina menosprecia la literatura en que el autor revela toda su intimidad, y también la de sus amigos. Quien pierde su intimidad lo ha perdido todo, piensa Sabina. Y aquel que ha renunciado de buen grado es un monstruo. Por eso Sabina no sufre por el hecho de haber escondido su amor. Al contrario, para ella es la única manera de vivir”en la verdad”. Franz, en cambio, está seguro que en la separación de la vida en ámbito privado y ámbito público, se encuentra la fuente de toda mentira: eres uno en privado y otro en público. Para Franz, “vivir en la verdad” es abolir la barrera entre lo privado y lo público. Le gusta citar la frase de Anduve Bretón que decía que habría querido vivir “en una casa de cristal”, donde nada es un secreto y que está abierta a todas las miradas. Cuando oyó a su mujer decirle a Sabina: “¡Que joya más horrible!”, comprendió que le era imposible vivir en la mentira. En aquel momento tenía que defender a Sabina. Sino lo había hecho, era solo por miedo a traicionar a su amor clandestino. Al día siguiente del cóctel tenía que ir a pasar dos días a Roma con Sabina. Las palabras “¡Que joya más horrible!” le volvían sin parar a la memoria y su mujer se le aparecía bajo una claridad distinta. Ya no era como siempre se le había aparecido. Su agresividad invulnerable, ruidos, dinámica, le aligeraba del peso de la bondad que había llevado pacientemente durante veintitrés años de matrimonio. Recordó el inmenso espacio del interior de la iglesia de Ámsterdam y sintió fluir el entusiasmo extraño e incomprensible que aquel vacío le suscitaba.


Hacía la maleta cuando Marie-Claude entró en la habitación; hablaba de los invitados a la velada, aprobando enérgicamente algunas opiniones que había oído y condenando otras con un tono ácido. Franz la miró largamente y después dijo: -No hay ninguna conferencia en Roma. Ella no lo entendía: -Entonces, ¿por qué vas? El contestó: -Tengo una amante desde hace nueve meses. No la quiero ver en Ginebra. Es por eso que viajo tan a menudo. He pensado que era mejor avisarte. Después de las primeras palabras tuvo miedo, el coraje inicial le abandonaba. Apartó los ojos para no leer en la cara de Marie-Claude el desespero que se pensaba inflingirle con sus palabras. Después de una corta pausa, oyó: -Sí, yo también pienso que es mejor estar avisada. El tono era firme y Franz levantó la vista: Marie-Claude no estaba nada hundida. Continuaba pareciendo la mujer que decía con una voz de trompeta: “¡Que joya mas horrible!” Marie-Claude continuó: - Ya que tienes el valor de anunciarme que me engañas desde hace nueve meses, ¿le puedes decir también con quien? El siempre se había dicho que no tenía que ofender a Marie-Claude, que tenía que respetar a la mujer en ella. Pero, ¿Qué se había hecho, de la mujer en Marie-Claude? Dicho de otra manera ¿Qué se había hecho de la imagen de la madre que asociaba a su esposa? Su madre, la madre triste y herida, calzada con zapatos desparejados, se había ido de Marie – Claire, y quizás ni eso, ya que nunca lo había sido. Lo comprendió con un brote súbito de odio. -No tengo ninguna razón para ocultártelo – Dijo. Como no la hería que la engañase, segur que la heriría saber quien era su rival. Pronunció el nombre de Sabina mirándola directamente a los ojos. Un poco más tarde se encontró con Sabina en el aeropuerto. El avión se elevó y el se sentía cada vez más ligero. Se decía que al cabo de nueve meses finalmente volvía a vivir en la verdad. 8 Para Sabina, fue como si Franz hubiese forzado la puerta de su intimidad. Era como ver en la entrada la cabeza de la Marie-Claude, la cabeza de la MarieAnne, la cabeza de Alan, en pintor, y la cabeza del escultor que no paraba de sostenerse el dedo, y la cabeza de todas las personas que conocía en Ginebra. Se convertiría, a pesar de ella misma, en la rival de una mujer que le era


totalmente indiferente. Franz se divorciaría y ella ocuparía su sitio a su lado en el gran lecho conyugal. De cerca o de lejos, todos la mirarían; tendría que interpretar la comedia delante de todos; en lugar de ser Sabina, estaría obligada a interpretar el papel de Sabina y encontrar la manera de interpretarlo. El amor, hecho público, cogería peso y se convertiría en un fardo. Solo pensarlo se sentía desfallecer. Cenaban en un restaurante en Roma y bebían vino. Ella estaba taciturna. -¿De verdad que no estás enfadada? – le preguntó Franz. Le aseguró que n estaba enfadada. Aún se encontraba en plena confusión y no sabía si tenía que alegrarse o no. Pensaba en su encuentro en el vagón cama del tren de Ámsterdam. Aquella noche había tenido ganas de echársele a los pies, de suplicarle que la tuviese a su lado, si era necesario por la fuerza, y que no la dejase irse nunca más. Aquella noche había tenido ganas de acabar de una vez por todas con aquel peligroso viaje de traición en traición. Había tenido ganas de parar. Ahora, miraba de representarse con toda la intensidad posible su deseo de entonces, de invocarlo, de apoyarse en el. En vano. El malestar era más fuerte. Regresaban al hotel en medio de la animación de la noche. A su alrededor, los italianos gritaban, bramaban, gesticulaban, de manera ue podían ir uno al lado del otro y callar sin oír su propio silencio. Después, Sabina se paso un buen rato lavándose en el cuarto de baño mientras Franz esperaba bajo la colcha de la amplia cama matrimonial. Como siempre, había una pequeña luz encendida. Volviendo del baño, ella pagó el interruptor. Era la primera vez que actuaba así. Franz debía haber desconfiado de ese gesto. No se había fijado, porque para el la luz no tenía ninguna importancia. Mientras hacían el amor, ya lo sabemos, tenía los ojos cerrados. Es justamente a causa de aquellos ojos cerrados que Sabina apagó la luz. No le quería ver, ni tan solo un segundo, los párpados cerrados. Los ojos, tal como dice el proverbio, son la ventana del alma. El cuerpo de Franz, que se debatía encima suyo con los ojos cerrados, era un cuerpo sin alma. Se parecía a un animalito que todavía es ciego y deja oír unos sonidos lastimeros porque tiene sed. Con sus músculos magníficos, Franz era en el coito como un cachorro gigantesco lactando de sus pechos. ¡Y es verdad, tenía una teta en su boca como para mamar! La idea de que por debajo Franz era un hombre adulto pero que por arriba era un recién nacido que mama, o sea que se va a la cama con un recién nacido, era para ella el límite de la abyección. ¡No, no lo quiere volver a ver nunca más debatiéndose desesperadamente encima suyo, nunca más le ofrecería su pecho como una perra a su cachorro, hoy es la última vez, irrevocablemente, la última vez!


Evidentemente sabía que su decisión era una injusticia grandísima, que Franz era el mejor de los hombres que nunca había conocido, que era inteligente, que entendía sus cuadros, que era bueno, honesto, guapo pero cuanto más le veía más ganas tenía de violar aquella inteligencia, aquella bondad de alma, de violar aquella fuerza débil. Ella le quiso aquella noche, con más fogosidad que nunca antes, excitada por la idea de que era la última vez. Le quería y ya estaba en otro lado, lejos de allí. Volvía a oír como sonaba en la lejanía la trompeta de oro de la traición y se sentía incapaz de resistir aquella voz. Le parecía que se abría delante suyo un espacio todavía inmenso de libertad, y la extensión de aquel espacio la excitaba. Quiere a Franz con locura, orgullosamente, como nunca le había querido. Franz gemía sobre su cuerpo y estaba seguro de entenderlo todo: durante la cena, Sabina había estado silenciosa y no le había dicho nada de lo que pensaba de su decisión, pero ahora le respondía. Le manifestaba su alegría, su pasión, su consentimiento, su deseo de vivir para siempre con el. Le parecía que era un caballero cabalgando en un vacío magnífico, un vacío sin esposa, sin hijo, sin hogar, un vacío magnífico barrido por la escoba de Hércules, un vacío magnífico que el llenaría con su amor. El uno sobre el otro, los dos cabalgaban. Los dos iban hacia horizontes que deseaban. Los dos se aturdían con una traición que les desataba. Franz cabalgaba a Sabina y traicionaba a su mujer, Sabina cabalgaba a Franz y traicionaba a Franz. 9 Durante una veintena de años, en su mujer había visto a su madre, un ser débil que tenía que proteger; esta idea tenía raíces demasiado profundas para que pudiese despegarse en dos días. Cuando volvió a su casa tenía remordimientos: tal vez, después de irse el, había tenido una crisis, tal vez la encontraría abrumada por la tristeza. Giró tímidamente la llave en la cerradura y se fue a su habitación. Se cuidó de no hacer ruido y aguzó el oído: si estaba en casa. Después de unas cuantas dudas, le fue a dar los buenos días, como solía hacer. Ella enarcó las cejas, haciendo ver que se sorprendía: -¿Has vuelto aquí? Tenia ganas de responder (con una sorpresa sincera): “¿Dónde querías que fuese?”, pero se calló. Ella volvió: - Para que todo quede bien claro entre nosotros, no tengo ningún inconveniente que te vayas a vivir a su casa inmediatamente.


El día que se había ido cuando le había confesado todo, no tenía ningún plan preciso. Estaba dispuesto, a su vuelta, a discutir de todo amistosamente a fin de de hacerle el menor daño posible. No había previsto que ella insistiría, con una perseverancia fría, que se fuese. Aunque esta actitud le facilitaba las cosas, estaba decepcionado. Toda la vida había tenido miedo de herirla y era solo por eso que se había impuesto la disciplina voluntaria de una monogamia embrutecedora. ¡ Y mira por donde que al cabo de veinte años constataba que sus miramientos habían sido totalmente inútiles y que se había privado de mujeres a causa de un malentendido! Después de las clases de la tarde, fue directamente a casa de Sabina desde la universidad. Contaba con pedirle que le dejase pasar la noche en su casa. Llamó, pero no le abrió nadie. Fue a esperar al café de delante, con los ojos clavados en la entrada del edificio. Las horas pasaban y no sabía que hacer. Toda la vida había dormido en la misma cama que Marie-Claude. Si ahora volvía a su casa ¿Se tenía que estirar a su lado como antes? Claro que se podría preparar la cama en el sofá de la habitación contigua. Pero, eso, ¿no sería un gesto demasiado ostentoso? ¿No podría ella ver una muestra de hostilidad? ¡Quería quedar como amigos con su mujer! Pero ir a dormir a su lado tampoco era posible. Ya oía las preguntas irónicas: ¿Cómo? ¿No prefería la cama de Sabina? Optó por la habitación de un hotel. Al día siguiente, durante todo el día, estuvo llamando a la puerta de Sabina. Siempre en vano. El tercer día fue a encontrar al conserje. No sabía nada y le envió a la propietaria que le alquilaba el taller. La llamó y supo que Sabina se había ido hacía dos días pagando el alquiler de los tres siguientes meses, tal como constaba en el contrato de arrendamiento. Durante unos cuantos días, estuvo probando de sorprender a Sabina en su casa, hasta que encontró el piso abierto y dentro tres hombres con guardapolvos que se llevaban los muebles y las teles para cargarlos en un gran camión de mudanzas aparcado delante de la casa. Les preguntó que donde tenían que transportar los muebles. Respondieron que les habían prohibido formalmente de decir la dirección. Estaba a punto de darles unos billetes para que le revelasen el secreto, pero de pronto le fallaron las fuerzas. Estaba totalmente paralizado de tristeza. No entendía nada, no se podía explicar nada, y slo sabía que se esperaba este momento desde que había conocido a Sabina. Había pasado lo que tenía que pasar. Franz no se defendía. Encontró un piso pequeño en la ciudad vieja. Pasó por su antiguo hogar en un momento que estaba seguro de no encontrar ni a su hija ni a su mujer, para


coger algo de ropa y algunos libros indispensables. Vigiló de no llevarse nada que pudiese encontrar a faltar Marie-Claude. Un día la vio detrás de un cristal de un salón de te. Estaba con dos señoras y se le veía una animación viva en la cara, donde una mímica desmesurada había grabado, desde hacía mucho tiempo, innumerables arrugas. Las señoras la escuchaban y no paraban de reír. Franz no se podía estar pensando que hablaban de el. Evidentemente sabía que Sabina había desaparecido de Ginebra en el momento exacto que el había decidido irse a vivir con ella. ¿Era una historia realmente cómica” No se podía sorprender de ser el motivo de las risas de las amigas de su mujer. Volvió a su nuevo hogar, desde donde oía el carillón de la catedral de San pedro. Aquel día le habían traído una mesa de una tienda. Olvidó a MarieClaude y a sus amigas. Y por un instante olvidó también a Sabina. Se sentó en la mesa. Estaba contento de haberla elegido el mismo. Durante veinte años había vivido entre muebles que no había elegido. Marie-Claude lo organizaba todo Por primera vez en la vida había dejado de ser un niño pequeño, y era independiente. Por la mañana tenía que ir a un ebanista al que le encargaría una biblioteca. Se había pasado unas semanas dibujando la forma, las dimensiones y el emplazamiento. Entonces, de pronto, sorprendido, comprendió que no era desgraciado. La presencia física de Sabina contaba mucho menos de lo que pensaba. Lo que contaba era la marca dorada, la marca mágica que ella había impreso en su vida y de al cual nadie le podría privar. Incluso antes de desaparecer de su vida había tenido tiempo de ponerle el la mano la escoba de Hércules y el la había hecho usado para barrer de su existencia todo lo que no le gustaba. Aquella felicidad inopinada, aquel bienestar, aquella alegría que le procuraban su libertad y su nueva vida, era un regalo que ella le había dejado. Bien mirado, siempre había lo irreal a lo real. Igual que se sentía mejor en las manifestaciones (que, tal como he dicho, solo son un espectáculo y un sueño) que detrás de la catedral donde el hacia las clases a sus estudiantes, era más feliz con Sabina metamorfoseada en diosa invisible que no lo era con S abina cuando recorría el mundo a su lado y temblaba a cada paso por su amor. Ella le había regalado la libertad súbita del hombre que vive solo, le había adornado con el aura de la seducción. Se había vuelto atractivo para las mujeres; una de sus estudiantes se enamoró. Así, bruscamente, en un espacio de tiempo increíblemente corto, todo el decorado de su vida cambió. Hacía bien poco tiempo todavía que vivía en un gran piso burgués, con una criada, una hija y una esposa, ¡y mira por donde se encuentra en un estudio de la ciudad vieja y que su joven amiga pasa casi cada noche nen su casa! No necesitaban ir a los hoteles de por el mundo, podía hacer


el amor en su propio piso, en su propia cama, en presencia de sus libros y de su cenicero puesto sobre la mesilla de noche. No era ni fea ni guapa pero, ¡tanto más joven que el! Y admiraba a Franz, igual que a Franz un tiempo antes admiraba Sabina. No era desagradable. Y aunque podía considerar como una pequeña decadencia el cambio de Sabina por una estudiante con gafas, su bondad hacía que el la acogiese con alegría y sintiese un amor paternal que nunca había podido satisfacer, porque la MarieAnne no se comportaba como una hija sin como otra Marie-Claude. Un día fue a ver a su mujer y le dijo que se quería volver a casar. Marie-Claude dijo que no con la cabeza. - Si nos divorciamos, no cambiará nada. No perderás nada. ¿Te lo dejo todo! - Para mí, el dinero no cuenta – le dijo - Entonces, ¿Qué cuenta? - El amor. - ¿El amor?- Franz se sorprendió. La Marie-Claude sonreía. - El amor es un combate. Luchare durante mucho tiempo. Hata el final. - ¿El amor es un combate? Yo no tengo ningunas ganas de combatir – dijo Franz, y se fue. 10 Después de pasar cuatro años en Ginebra, Sabina vivía en París y no conseguía superar su melancolía. Si la hubiesen preguntado que le había pasado, no habría encontrado palabras para explicarlo. El drama de una vida siempre se puede explicar con la metáfora de la pesadez. Decimos que nos ha caído un fardo encima de los hombros. Llevamos este fardo, lo soportamos, o no lo soportamos, luchamos, perdemos o ganamos. Pero exactamente, ¿Qué le había pasado a Sabina? Nada. Había dejado a un hombre porque le quería dejar. Después de eso, ¿la había perseguido el? ¿Había intentado vengarse? No. Su drama no era el drama de la pesadez sino de la ligereza. Lo que le había caído encima, no era un fardo, sino la insuperable ligereza del ser. Hasta aquí, los instantes de traición la exaltaban y la llenaban de alegría ante la idea de que un nuevo camino se abría ante ella y, al final, todavía otra aventura de traición. Pero, ¿Qué pasaría si el viaje se acababa? Podía traicionar a unos padres, a un marido, a un amor, a una patria, pero, ¿Qué quedará por traicionar cuando ya no haya ni padres, ni marido, ni amor ni patria?


Sabina sentía el vacío a su alrededor. ¿Y si aquel vacío era precisamente la meta de todas sus traiciones? Evidentemente, hasta entonces no tenía conciencia, y es comprensible: la meta que perseguimos siempre está velada. Una joven que tiene ganas de casarse tiene ganas de una cosa que le es totalmente desconocida. El joven que corre tras la gloria no tiene ninguna idea de lo que es la gloria. Lo que da un sentido a nuestra conducta siempre nos es totalmente desconocido. Sabina también ignora que meta se esconde tras su deseo de traicionar. La insoportable ligereza del ser, ¿es esta la meta? Después de marchar de Ginebra, se ha acercado mucho. Hacía tres años que estaba en Ginebra cuando recibió una carta de Bohemia. Una carta del hijo de Tomás. Había oído hablar de ella, había conseguido la dirección y se decidió a escribirla porque “la amiga más próxima” de su padre. Le anunciaba la muerte de Tomás y de Tereza. Según decía la carta, habían vivido los últimos años en un pueblo donde Tomás trabajaba de caminero. Iban a menudo a la ciudad de al lado, donde siempre pasaban la noche en un pequeño hotel. La carretera atravesaba unas colinas, tenía muchas curvas, y el camión había caído por un barranco. Habían encontrado los cuerpos totalmente aplastados. La policía había constatado que los frenos estaban en muy mal estado. No acababa de rehacerse de esta noticia. La última ligazón que la anudaba con el pasado se había roto. Según si vieja costumbre, intentó calmarse dándose una vuelta por el cementerio. El más próximo era el cementerio de Montparnasse. Estaba formado por frágiles hileras de piedra, de capillas en miniatura erigidas cerca de las tumbas. Sabina no entendía porque había muertos que deseaban tener encima aquellas imitaciones de palacios. Aquel cementerio era la vanidad hecha piedra. Lejos de ser más razonables después de la muerte, los habitantes del cementerio todavía eran mas badulaques que cuando vivían. Desplegaban su importancia sobre los monumentos. No eran padres, madres, hijos o abuelas, lo que reposaban allí, sino notables y funcionarios de la administración, personas cargadas de título y honores, hasta un empleado ce correos ofrecía a la administración pública su rango, su grado, su posición social – su dignidad. Mientras caminaba por una avenida del cementerio, vio que había un entierro un poco más lejos. El maestro de ceremonias tenía los brazos llenos de flores y las distribuía a los parientes y a ls amigos, uno a uno. Ofreció una a Sabina. Ella se sumó al séquito. Había que bordear unos cuantos monumentos para llegar a la fosa liberada de su lápida. Se inclinó. La fosa era muy profunda. Dejó caer la flor. La flor describió unas espirales cortas y cayó sobre el ataúd. En Bohemia no hay tumbas tan hondas. En París son tan profundas como altas


son las casas. Los ojos se fijaron sobre la piedra que esperaba aparte, al lado de la fosa. Aquella piedra la lleno de miedo y volvió muy deprisa a casa. Todo el día estuvo pensando en aquella piedra ¿Por qué la había asustado tanto hasta aquel punto? Se dio esta respuesta: si una tumba está cerrada con una piedra, el muerto no podrá salir nunca más. Pero, de todas maneras, ¡el muerto no saldrá de su tumba!. Entonces, ¿no acaba siendo todo lo mismo, yazga sobre la arcilla o debajo de una piedra? No, no acaba siendo lo mismo: si la tumba está cerrada con una piedra es que no quieren que el muerto vuelva. La pesada piedras le dice; “¡Quédate donde estás!” Sabina recuerda la tumba de su padre. Sobre el ataúd hay arcilla, de la arcilla surgen flores, un arce extiende sus raíces hacia el ataúd, y se puede decir que el muerto sale de su tumba por las raíces y las flores. Si su padre hubiese estado cubierto por una piedra, ella nunca le hubiese podido hablar después deu muerte, nunca hubiese podido sentir en el follaje del árbol su voz que la perdonaba. ¿Qué aspecto debía tener el cementerio donde reposan Tereza y Tomás? Volvía a pensar. A veces, iban a la vecina ciudad y pasaban una noche en el hotel. Este fragmento de la carta la había impactado. Cerificaba que habían sido felices. Volvía a ver a Tomás como si fuese una de sus telas: en primer plano. Don Juan como un falso decorado pintado por la mano de un pintor naïf por un resquicio del decorado se veía a Tristán. El había muerto como un Tristán, no como un Don Juan. Los padres de Sabina habían muerto la misma semana. Tomás y Tereza en el mismo segundo. De repente, tuvo ganas de estar con Franz. Cuando ella le había hablado de sus paseos por los cementerios, el había sentido asco y había comparado los cementerios como un desguace de huesos y rocalla. Aquel día un abismo de incomprensión se había abierto entre ellos. Solo hoy, en el cementerio de Montparnasse, acabó de comprender lo que quería decir. Le duele haber sido tan impaciente. Si hubiesen estado juntos más tiempo, tal vez habría empezado a comprender poco a poco, las palabras que pronunciaban. Sus vocabularios se habrían acercado, púdica y lentamente, como unos amantes muy tímidos, y la música de los dos habría empezado a fundirse en la música del otro. Pero es demasiado tarde. Sí, es demasiado tarde y Sabina sabe que no se quedará en París, que irá más lejos, aún más lejos porque, si se muriese aquí, la encerrarían bajo una piedra, y para una mujer que no conoce el descanso es una idea insoportable que la detengan para siempre en su carrera. 11


Todos los amigos de Franz sabían lo que pasaba con Marie-Claude y todos sabían lo que pasaba con su estudiante de gafas gruesas. Lo que no sabía nadie era la historia de Sabina. Franz se equivocaba cuando pensaba que MarieClaude hablaba con sus amigas. Sabina era guapa y Marie-Claude no habría querido que comparasen sus dos caras. Por miedo a ser descubierto, nunca le había pedido ni un cuadro ni un dibujo, ni tan solo una fotografía de carnet. O sea que había desaparecido de su existencia sin dejar marcas. Había pasado el año más bonito de su vida, pero no quedaba ninguna prueba tangible. Por eso aún sentía más placer en serle fiel. Cuando se encuentran solos en su habitación, su joven amiga a veces levantaba la cabeza y ponía una mirada interrogante sobre el: - ¿En que piensas? Franz está sentado en una butaca, los ojos clavados en el techo. Responda lo que responda, seguro que piensa en Sabina. Cuando publica un estudio en una revista científica, su estudiante es la primera lectora y quiere hablarle. Pero el piensa que diría Sabina de este texto. Todo lo que hace, lo hace por Sabina de una manera que agradaría a Sabina. Es una infidelidad muy inocente, cortada a medida para Franz, que nunca podrá hacer daño a su estudiante con gafas. Si mantiene el culto a Sabina es menos por amor que por una religión. Además, de la teología de esta religión se desprende que su joven amante le ha sido enviada por Sabina. Entre su amor terrestre y su amor supraterrestre reina pues una concordia perfecta, y si el amor supraterrestre contiene necesariamente (por el solo hecho de ser supraterrestre) una fuerte parte inexplicable e ininteligible (¡recordamos el léxico de palabras incomprendidas, aquella larga lista de malos entendidos!), su amor terrestre reposa sobre una verdadera comprensión. La estudiante es mucho más joven que Sabina, la partitura musical de su vida, con trabajo está esbozada y ella inserta con gratitud los motivos que la han conducido a Franz. La Gran Marcha de Franz también es un artículo de su fe. Para ella, como para el, la música es embriaguez dionisíaca. Va a menudo a bailar. Viven en la verdad, nada de lo que hacen es un secreto para nadie. Buscan la compañía de amigos, de colegas, de estudiantes y de desconocidos, se sientan en una mesa, beben y hablan de buena gana. A menudo van juntos de excursión a los Alpes. Franz se inclina hacia delante, ella le salta al cuello y se la lleva a galope a través de los prados, declamando en voz alta un largo poema alemán que su madre le enseñó cuando era pequeño. La pequeña ríe escandalosamente., le coge del cuello y le admira sus curvas, sus hombros y sus pulmones.


La única cosa que no acaba de entender es la simpatía singular que Franz tiene por todos los países que padecen el yugo de Rusia. El día del aniversario de la invasión, una asociación checa de Ginebra organiza una ceremonia conmemorativa. En la sala hay muy poca gente. El orador tiene los cabellos grises rizados con moldes de peluquero. Lee un largo discurso y consigue aburrir a aquel grupo de entusiastas que han ido a escucharle. Habla el francés sin faltas pero con un acento horrible. De tanto en tanto, para subrayar sus ideas, apunta con el índice, como si amenazase a las personas sentadas en la sala. La estudiante con gafas está sentada al lado de Franz y reprime un bostezo. Pero Franz sonríe con aire feliz. Tiene los ojos clavados en el hombre de cabellos grises, que encuentra simpático, con aquel índice sorprendente. Se dice que este hombre es un mensajero secreto, un ángel que mantiene la comunicación entre el y su diosa. Cierra los ojos y sueña. Cierra los ojos igual que los cerró sobre el cuerpo de Sabina en quince hoteles de Europa y en un hotel de América…


CUARTA PARTE

EL ALMA Y EL CUERPO 1 Tereza volvió hacia las dos y media de la mañana, fue al baño, se puso el pijama y se estiró al lado de Tomás. El dormía. Inclinada sobre su cara, en el momento de ponerle los labios le notó un olor extraño en sus cabellos. Le olía como un perro y acabó entendiéndolo: era un olor femenino, el olor de un sexo. A las seis sonó el despertador. Era el momento de Karenin. Siempre se despertaba bastante antes que ellos, pero no osaba molestarles. Esperaba impacientemente el repique del despertador que le daba derecho a saltar sobre la cama, pisar sus cuerpos y darles golpes con el morro. Al principio, habían intentado impedírselo y de hacerlo fuera de la cama, pero el perro era más tozudo que sus amos y había acabado imponiendo sus derechos. Además, Tereza constataba desde hacía un tiempo que no era nada desagradable entrar en el día con la invitación de Karenin. Para el, el instante de despertarse era felicidad pura: se sorprendía con ingenuidad y simpleza, de estar aún en este mundo y se alegraba sinceramente. En cambio, Tereza se despertaba de mala gana, con el deseo de alargar la noche y de no volver a abrir los ojos. Ahora, Karenin esperaba a la entrada, los ojos levantados hacia la percha donde estaban colgados en collar y la correa. Tereza le puso el collar y se fueron a comprar. Compraron leche, pan, mantequilla y, como siempre, una pasta para el. De camino de vuelta, Karenin trotó a su lado, con la pasta en los morros. Miraba orgullosamente a su alrededor, claramente encantado de hacerse notar y que le señalasen con el dedo. En casa se quedó esperando en la linde de la habitación con la pasta en los morros, esperando que Tomás se percatase de su presencia, se agachase y empezase a ladrar y hacer ver que se la quería quitar. Esta escena se repetía día tras día: se pasaban unos buenos cinco minutos persiguiéndose a través del piso hsta que Karenin se refugiaba bajo la mesa y devoraba bien rápido su pasta. Pero esta mañana esperó en vano la ceremonia matinal. Había un transistor sobre la mesilla y Tomás lo escuchaba. 2 La radio difundía un programa sobre la emigración checa. Era un montaje de conversaciones privadas escuchadas clandestinamente y grabadas por un espía que se había infiltrado entre los emigrantes para volver enseguida al país a bombo y platillos. Se trataba de chafarderías insignificantes entrecortadas de


tanto en tanto por palabras desgajadas sobre el régimen de ocupación, pero también frases en que los emigrantes se trataban mutuamente de cretinos y de impostores. La emisión insistía sobre todo en aquellos pasajes: había que probar no tan solo que aquella gente hablaba mal de la Unión Soviética (cosa que no indignaba a nadie en Bohemia), sino que se calumniaban mutuamente sin dudar en insultarse. Cosa curiosa, decíamos groserías desde la mañana a la noche, pero solo que oíamos en la radio a algún conocido que puntúa las frases con “nos tocan los cojones” quedamos decepcionados, a pesar de nosotros mismos. -¡Esto, así empezó con Prochazka! – dijo Tomás sin dejar de escuchar. Jan Prochazka era un novelista checo cuadragenario, con una vitalidad de toro, que mucho antes de 1968 se había puesto a criticar en voz alta la situación del país. Era uno de los hombres más populares de la Primavera de Praga, aquella vertiginosa liberalización del comunismo que se acabó con la invasión rusa. Poco después de la invasión, toda la prensa iba contra el, pero cuanto más le perseguían, más le quería la gente. De manera que la radio (éramos en 1970) había empezado a difundir como un folletín conversaciones privadas que Prochazka había tenido dos años antes (o sea en la primavera de 1968) con un profesor de universidad. ¡Ninguno de los dos hombres sospechaba que habían escondido un sistema de escucha en el piso del profesor y que desde hacía tiempo espiaban el más pequeño de sus gestos! Prochazka siempre divertía a sus amigos con sus hipérboles y sus excesos. Y hete aquí que se podían oír estos “cirios rotos” en una serie de emisiones radiadas. La policía secreta, que había montado el programa, se había cuidado de subrayar un pasaje en el que el novelista se burlaba de sus amigos, por ejemplo de Dubcek. Aunque la gente no ahorraba ninguna ocasión de calumniar a sus amigos, curiosamente, ¡su Prochazka adorado les indignaba más que la odiada policía secreta! Tomás apagó la radio y dijo: -Hay una policía secreta en todos los países del mundo. ¡Pero solo es en nuestro país que difunde sus registros por la radio! ¡Es inaudito! -¡No tanto! – Dijo Tereza – Cuando tenía catorce años, llevaba un diario íntimo. Tenía miedo de que alguien lo leyese. Lo escondía entre la paja. Mi madre acabó descubriéndolo. Un día, a la hora de comer, mientras comíamos la sopa, se lo sacó del bolsillo y dijo: “¡Escuchad bien, familia!”, y se puso a leerlo en voz alta mientras se moría de risa en cada frase. Toda la familia se moría de risa y se olvidaba de comer. 3 Siempre miraba de convencerla que le dejase almorzar solo y que ella se quedase en la cama. Pero ella no quería saber nada. Tomás trabajaba de siete de


la mañana a cuatro de la tarde, y ella de cuatro hasta media noche. Sino hubiese almorzado con el, solo habrían podido hablar el domingo. Por eso ella se levantaba a la misma hora que el, y una vez se había ido, se volvía a la cama y echaba un sueñecito. Pero aquel día tenía miedo de volverse a dormir porque quería ir a las diez a la sauna de baños de la Isla de Sofía. Había mucha gente que quería ir, pocas plazas y solo se podía entrar con influencias. Por suerte la cajera era la mujer de un profesor excluido de la universidad. El profesor era amigo de un antiguo enfermo de Tomás, Tomás había hablado con el enfermo, el enfermo había hablado con el profesor, el profesor con su mujer y Tereza tenía lugar reservado un día a la semana. Fue a pie. Odiaba los tranvías perpetuamente llenos a rebosar donde la gente se apretujaba en un abrazo rencoroso, se pisaban los pies, se arrancaban los botones de los abrigos y se insultaban. Lloviznaba. La gente se apresuraba, levantaba por encima de sus cabezas los paraguas abiertos y, de pronto, en las aceras, había empujones. Los bordes de los paraguas entrechocaban. Los hombres eran amables, y cuando pasaban cerca de Tereza, levantaban muy arriba los paraguas para dejarla pasar. Pero las mujeres no se apartaban ni un dedo. Miraban adelante, con cara dura, cada una esperando que la otra se confesase más débil y capitulase. El encuentro de los paraguas era una prueba de fuerza. Al principio, Tereza se apartaba, pero cuando comprendió que su amabilidad no era nunca correspondida, apretó más fuerte su paraguas, como las otras. Unas cuantas veces, su paraguas chocó violentamente contra un paraguas que venía, pero nunca ninguna mujer pedía perdón. Normalmente, todo pasaba en silencio; dos tres veces oyó: “¡Bruja!” o “¡Mierda!”. Entre las mujeres armadas de paraguas, las había jóvenes y mayores, pero las jóvenes estaban entre las combatientes más intrépidas. Tereza recordaba los días de la invasión. Mujeres jóvenes con minifaldas pasaban y volvían a pasar enarbolando la bandera nacional en la punta de una pértiga. Era un atentado sexual contra los soldados rusos sometidos a unos cuantos años de castidad. En Praga, se debían pensar que estaban en un planeta inventado por un autor de ciencia-ficción, planeta poblado por mujeres increíblemente elegantes que exhibían su menosprecio, metidas en largas piernas estilizadas como Rusia toda entera no había visto desde hacía cinco o seis siglos. Durante aquellos días, ella había hecho innumerables fotos de aquellas mujeres jóvenes sobre el fondo de los tanques.¡Como las admiraba entonces! Y eran las mismas mujeres que veía hoy avanzar hacia ella, adustas y malas. A guisa de bandera, llevaban un paraguas, pro lo cogían con el mismo orgullo. Estaban dispuestas a enfrentarse con el mismo encarnizamiento con un ejército extranjero y con el paraguas que se negaba a caerles el paso.


4 Llegó a la plaza de la Ciudad Vieja donde se levanta la catedral austera de Tyn y las casas barrocas alineadas formando un cuadrilátero irregular. El antiguo ayuntamiento del siglo XIV, que antes ocupaba todo un lado de la plaza, está en ruinas desde hace veintisiete años. Varsovia, Dresden, Colonia, Budapest, Berlín fueron horriblemente mutiladas por la última guerra, pero sus habitantes la han reconstruido, y por regla general se propusieron firmemente restaurar con mucho cuidado los centros históricos. A los habitantes de Praga, estas ciudades les causaban complejo de inferioridad. En su país, el único edificio histórico que la guerra destruyó es este ayuntamiento antiguo. Decidieron conservar las ruinas por miedo que el primer polaco o el primer alemán venido no les reprochase de no haber sufrido bastante. Delante de aquellos ilustres escombros que han de ser hasta lasta los confines de la eternidad la condena visible de la guerra, se elevaba una tribuna hecha de barras metálicas para la manifestación que el partido comunista había traído ayer o que traerá mañana al pueblo de Praga. Tereza miraba el ayuntamiento destruido y de golpe aquel espectáculo le recordaba a su madre: la necesidad perversa de exponer sus ruinas, de enorgullecerse de su fealdad, de enarbolar su miseria, de desnudar el muñón de la mano amputada y obligar al mundo entero a mirarlo. Todo, en aquellos últimos tiempos, le recordaba a su madre, como si el universo maternal de que había escapado hacia una decena de años la hubiese conseguido rodear por todas partes. Era por eso que en el desayuno había explicado que su madre leía su diario íntimo a la familia muriéndose de risa. Cuando una conversación de amigos delante de un vaso de vino es difundida públicamente por la radio, esto solo puede querer decir una cosa: que el mundo se ha convertido en un campo de concentración. Tereza usaba aquella palabra casi desde su infancia para expresar la idea que se hacía de la vida en su familia. El campo de concentración es un mundo en el que perpetuamente viven los unos sobre los otros, día y noche. Las crueldades y las violencias solo son un aspecto secundario (y nada necesario). El campo de concentración es la liquidación total de la vida privada. Prochazka, que ni tan solo estaba protegido en su casa cuando discutía con un amigo delante de un vaso, vivía (¡sin pensárselo, este fue su error fatal!) en un campo de concentración. Tereza había vivido en un campo de concentración cuando vivía en la casa de su madre. Desde entonces, sabía que el campo de concentración no era nada excepcional, nada que nos tuviese que sorprender, sino una cosa previa, fundamental, donde nacemos y de la cual tan solo nos podemos evadir con una tensión extrema de todas nuestras fuerzas.


5 Las mujeres estaban sentadas en tres bancos escalonados, estrechos, apretujándose una contra la otra. Una mujer de unos treinta años, de cara muy bonita, transpiraba al lado de Tereza. Bajo sus hombros le colgaban dos pechos increíblemente voluminosos que se movían siempre. Cuando se levantó, Tereza vio que su parte trasera también se parecía a unos zurrones inmensos y que no tenían nada en común con su cara. Tal vez aquella mujer, también se pasa largos ratos delante del espejo para mirarse el cuerpo e intentar percibir el alma por transparencia tal como lo prueba Tereza desde su infancia. Seguro que, tiempo atrás, ella también creyó como una tontaina que su cuerpo podía servir de emblema a su alma. ¿Pero como no ha de ser monstruosa, esta alma, si se parece a este colgador con cuatro fardos? Tereza se levantó para pasar a la ducha. Después se fue a tomar el fresco. Continuaba lloviznando. Estaba en un pontón colocado sobre unos metros cuadrados del Vltava entre altos plafones que protegían a las señoras de las miradas de la ciudad. Bajando la cabeza, vio sobre la superficie del agua la cara de la mujer en quien acababa de pensar. La mujer le sonreía. Tenía la nariz fina, grandes ojos castaños y la mirada infantil. Subía la escalera y bajo la cara tierna, reaparecieron dos zurrones que tropezaban y proyectaban a su alrededor gotitas de agua fría. 6 Se fue a vestir. Estaba delante de un gran espejo. No, su cuerpo no tenía nada de monstruoso. No tenía zurrones bajo sus hombros, sino unos pechos más bien pequeños. Su madre se reía porque no eran suficientemente grandes, no como tenían que ser, cosa que le había provocado complejos que solo Tomás había conseguido deshacer. Ahora, podía aceptar sus dimensiones. Pero les reprochaba las areolas demasiado anchas y demasiado oscuras alrededor de los pezones. Si hubiese podido trazar ella misma el dibujo de su cuerpo, tendría pezones discretos, delicados, que con trabajo saliesen de la vuelta del pecho y con un matiz apenas discernible del resto de la piel. Aquel gran pezón rojo oscuro le parecía la obra de un pintor rústico que hubiese juntado imágenes obscenas para los necesitados. Se examinaba y se preguntaba que pasaría si su nariz se alargase un milímetro cada día. ¿Cuánto tardaría su cara en ser irreconocible?


Y si cada parte de su cuerpo se pusiese a crecer y a encogerse hasta el punto de hacerle perder cualquier semejanza con Tereza, ¿sería todavía ella misma, habría aún una Tereza? Evidentemente. Incluso suponiendo que Tereza no se pareciese en absoluto a Tereza, por dentro su lama siempre sería la misma y solo podría observar con miedo lo que le pasase al cuerpo. Pero entonces, ¿Qué relación hay entre Tereza y su cuerpo? Su cuerpo, ¿tiene cualquier derecho en nombre de Tereza? Y sino tiene ese derecho, ¿a que se refiere este nombre? Solo una cosa incorpórea, inmaterial. (Desde la infancia, siempre son las mismas preguntas las que pasan por la cabeza de Tereza. Porque las preguntas realmente importantes solo son las que puede formular un niño. Solo las preguntas más ingenuas son preguntas realmente importantes. Son los interrogantes que no tienen respuesta. Una pregunta que no tiene respuesta es una barrera más allá de la cual no hay caminos. Dicho de otra manera: son las preguntas que no tienen respuesta las que marcan los límites de las posibilidades humanas y que trazan las fronteras de nuestra existencia). Tereza está inmóvil, embrujada delante del espejo, y mira su cuerpo como si le fuese extraño; extraño, y a pesar de eso asignado a ella y solo a ella. Le da asco. No ha tenido la fuerza para Tomás en el cuerpo único de su vida. Este cuerpo la ha decepcionado., la ha traicionado. Durante toda una noche se ha visto obligada a respirar en los cabellos de Tomás el olor íntimo de otra. De pronto tiene ganas de despachar este cuerpo como su fuese una criada. ¡De ser solo un alma con Tomás y de echar fuera el cuerpo, bien lejos, para que se comporte como los otros cuerpos femeninos se comportan con los cuerpos masculinos! Como su cuerpo no ha sabido convertirse en el cuerpo único para Tomás y ha perdido así la batalla más grande de la vida de Tereza, pues bien, ¡que se vaya este cuerpo! 7 Volvió a casa, comió sin gana en la cocina. A las tres y media puso la correa a Karenin y fueron (siempre a pie) al hotel donde trabajaba, en un barrio periférico. Cuando la habían echado de la revista, encontró un trabajo de camarera. Esto era unos meses después de volver de Zurich; al final, no le perdonaron haber fotografiado a los tanques rusos durante siete días. Había obtenido este trabajo gracias a unos amigos: gente que había perdido mas o menos en el mismo momento que ella y también habían encontrado refugio. La contabilidad la llevaba un antiguo profesor de teología, en recepción estaba un embajador.


Volvía a tener miedo por sus piernas. Tiempo atrás, cuando trabajaba en provincias de camarera, observaba los músculos de las piernas de sus colegas, que estaban cubiertas de varices. Era la enfermedad de todas las que servían, las que se pasaban la vida caminando, corriendo, o de pie, con los brazos duramente cargados. Por lo menos el trabajo no era tan duro como tiempo atrás en provincias. Antes de empezar el servicio, tenía que carretear pesadas cajas de botellas de cerveza y de agua mineral, pero el resto del tiempo estaba tras el mostrador, servía alcohol a los clientes y, mientras tanto aclaraba los vasos en una pequeña pica instalada en el extremo de la barra. Karenin se quedaba pacientemente estirado a sus pies durante todo el rato del trabajo. Era medianoche pasada cuando acabó las cuentas y le dio el dinero al director del hotel. Después fue a decir adiós al embajador, que hacía el turno de noche. Detrás del largo mostrador de recepción, una puerta daba a una alcoba donde era posible dar una cabezada en una cama plegable muy estrecha. Encima, había fotografías enmarcadas: siempre se le veía con personas que sonreían al objetivo o le estrechaban la mano, o que estaban sentadas a su lado y firmaban alguna cosa. En una fotografía muy visible se reconocía, cerca de su cara, la cara sonriente de John F.Kennedy. No era con el presidente de los Estados Unidos con quien discutía aquella noche, sino con un sexagenario desconocido que se calló cuando vio a Tereza. - Es una amiga – dijo el embajador – Puedes hablar tranquilamente – Después volviéndose hacia Tereza - : Hoy mismo han condenado a su hijo a cinco años. Supo que en los primeros días de la invasión, el hijo del sexagenario vigilaba con unos amigos la entrada a un edificio donde estaba instalada una sección especial del ejército ruso. Los checos salían de allí, el no tenía duda alguna, eran confidentes al servicio de los rusos. El y sus compañeros les seguían, apuntaban las matrículas de los vehículos y las pasaban a los periodistas de una emisora clandestina que avisaba a la población. Habían pegado a uno con la ayuda de sus amigos. El sexagenario decía: - Esta foto es la única prueba material. El lo ha negado todo, hasta el momento en que le han presentado esto. Sacó un recorte de prensa del bolsillo de su camisa: En la foto se veía a un joven que cogía a un tipo por el cuello. Alrededor había gente que miraba. Sobre la foto se podía leer: “El castigo de un colaboracionista”. La Tereza se tranquilizó. No, no era ella la que había hecho esa foto. Volvió a casa con Karenin atravesando las oscuras calles de Praga. Pensaba en aquellos días en que había fotografiado tanques. ¡Que ingenuos habían sido, todos ellos! Se pensaban que arriesgaban la vida por la patria, y en lugar de eso trabajaban sin saberlo para la policía rusa.


Llegó a casa a la una y media. Tomás ya dormía. En sus cabellos había un olor femenino, un olor a sexo. 8 ¿Qué es la coquetería? Podría decirse que es un comportamiento que tiene que sugerir que el acercamiento sexual es posible, sin que esta probabilidad pueda ser percibida como una certeza. Dicho de otra manera: la coquetería es una promesa no garantizada de coito. Tereza está de pie detrás del mostrador del bar y los clientes a quien sirve alcohol le hacen proposiciones. ¿Quizás encuentra desagradable este continuo asalto de cumplidos, segundas intenciones, historias verdes, incitaciones, sonrisas y miradas? Nada de eso. Siente un deseo insuperable de ofrecer su cuerpo (este cuerpo extraño que querría arrojar bien lejos), de ofrecerlo a esta resaca. Tomás siempre la ha querido convencer que el amor y el acto del amor son dos mundos diferentes. Ella se negaba a admitirlo. Ahora está rodeada de hombres que no la inspiran ninguna simpatía. ¿Qué efecto le haría de irse a la cama con uno de ellos? Tiene ganas de probarlo, al menos bajo la forma de esta promesa no garantizada que es la coquetería. No nos vamos a engañar: no busca la manera de vengarse de Tomás. Busca una salida del laberinto. Sabe que ella es un peso para Tomás: se toma las cosas demasiado en serio, lo convierte todo en una tragedia, no consigue comprender la ligereza y la futilidad alegre del amor físico. ¡Querría aprender la ligereza! ¡Querría que la enseñasen a n ser tan anacrónica! Si para otras mujeres la coquetería es una segunda naturaleza, una rutina insignificante, para ella es, desde ahora, el campo de investigación importante que le tiene que hacer descubrir de que es capaz. Pero como que es tan importante, tan grave, su coquetería ha perdido toda ligereza, es forzada, querida, excesiva. El equilibrio entre la promesa y la ausencia de garantía (es en eso en lo que reside precisamente el auténtico virtuosismo de la coquetería) se ha roto. Es demasiado diligente a prometer sin mostrar bastante claramente que su promesa no la obliga a nada. Dicho de otra manera, todos la creen extraordinariamente fácil. Y después, cuando los hombres la reclaman la realización de lo que han considerado que les prometía, topan con una resistencia súbita que tan solo se pueden explicar por la crueldad refinada de Tereza. 9 Un adolescente de unos dieciséis años se instaló en un taburete libre. Pronunció algunas frases provocativas que se incrustaban en la conversación


igual que se incrusta en un dibujo el trazo falso que no se puede ni continuar ni borrar. -¡Tienes unas piernas muy bonitas! – dijo. Ella se rebeló: -¡Como si las pudieses ver a través de la madera del mostrador! -Te conozco. Te veo por la calle –explicó el joven. Pero Tereza se había alejado y se ocupaba de otros clientes. El pidió un coñac. Ella dijo que no. -Acabo de hacer dieciocho años – protestaba el adolescente. -¡Pues enséñame el carnet de identidad! -De ninguna manera – replicó el adolescente. -¡Muy bien! ¡Pues toma una gaseosa! Sin abrir boca, el adolescente se levantó de su taburete y salió. Al cabo de media hora, volvió y se sentó en la barra. Gesticulaba mucho y el aliento le olía mal a alcohol a tres metros. - ¡Una gaseosa! - ¡Vas borracho! – le dijo ella. El adolescente señaló el cartel pegado en la pared detrás de Tereza: “Está totalmente prohibido servir bebidas alcohólicas a menores de dieciocho años”. -Tienes prohibid servirme alcohol – dijo el señalando a Tereza con un gran gesto de la mano – pero en ningún sitio dice que no tenga derecho a estar borracho. - ¿Dónde te has puesto de esta manera? – le preguntó Tereza. - ¡En el bar de delante! – soltó una carcajada, y otra vez, exigió una gaseosa. -¿Y por que no te has quedado? -Porque te quiero mirar – dijo el adolescente – Te quiero. Y diciendo esto tenía la cara extrañamente crispada. No lo entendía, ella: ¿Le tomaba el pelo? ¿Le hacia proposiciones? ¿Era una broma? ¿O simplemente iba borracho y no sabía lo que decía? Le puso una gaseosa delante y se ocupó de otros clientes. Las palabras “¡Te quiero!”, parecían haber agotado las fuerzas del adolescente. No dijo nada más, puso sin hacer ruido el dinero sobre el mostrador y se esfumó sin que Tereza se percatase. Pero apenas había salido que un hombre pequeño y calvo que estaba en el tercer vodka, tomó la palabra: - ¡Señora, sabe muy bien que no tiene derecho a servir alcohol a menores! - ¡Pero si no le he servido alcohol! ¡Se ha tomado una gaseosa! -¡He visto muy bien lo que le ponía a la gaseosa! -¿que se inventa? – exclamo Tereza. - Otro vodka – pidió el calvo y añadió - ¡Ya hace un tiempo que la vigilo!


- ¡Pues bien!, considérese feliz de poder mirar a una chica guapa, y cállese! – intervino un tipo alto que se había acercado al mostrador y había observado toda la escena. - ¡Usted no se meta! No tiene nada que ver con usted! – gritó el calvo. - ¿Y me puede explicar que tiene que ver con usted? – preguntó el tipo alto. Tereza sirvió al calvo el vodka que había pedido. El se lo bebió de un trago, pago y se marchó. - Muchas gracias – le dijo Tereza al tipo alto. - Por nada – dijo en tipo alto, y también salió. 10 Unos días más tarde, volvió a aparecer por el bar. Cuando le vio Tereza le sonrió como a un amigo. - Le tengo que volver a dar las gracias. Aquel calvo viene a menudo y es horrorosamente desagradable. - ¡No se preocupe! -¿Por qué me quería perjudicar el otro día? -¡No es más que un borracho! Se lo vuelvo a decir: ¡no se preocupe! - Como me lo pide usted, no me preocuparé. El tipo alto la miraba a los ojos: -Me lo tiene que prometer. - Se lo prometo. - Me gusta mucho oír que me promete alguna cosa – dijo el hombre sin dejar de mirarla a los ojos. Estaban en plena coquetería: este comportamiento que ha de sugerir que el acercamiento sexual es posible, aunque solo sea una probabilidad sin garantía y totalmente teórica. -¿Cómo es que se puede encontrar una mujer como usted en el barrio más feo de Praga? – le dijo el. - ¿Y usted? ¿Qué hace aquí, en el barrio más feo de Praga? El le dijo que no vivía muy lejos, que era ingeniero y que la última vez se había parado por casualidad cuando regresaba del trabajo. 11 Miraba a Tomás. No tenía la mirada dirigida hacia sus ojos, sino uns decena de centímetros más arriba, en sus cabellos, que exhalaban el olor de sexo de otra. Dijo:


-Tomás, no puedo más. Se que no tengo derecho a quejarme. Desde que volviste a Praga por mi causa, me prohibiste ser celosa. No quiero ser celosa, pero no lo puedo evitar, no tengo fuerzas. ¡Por favor, ayúdame! La cogió del brazo y la condujo a una plaza donde años antes iban a menudo a pasear. En aquella plaza había bancos: azules, amarillos y rojos. Cuando estuvieron sentados, Tomás le dijo: - Te comprendo. Se lo que quieres. Lo he preparado todo. Ahora irás a la Montaña de Piedra. - En seguida sintió un ataque de angustia: - ¿A la Montaña de Piedra? ¿A hacer que en la Montaña de Piedra? - Subirás arriba de todo y lo entenderás. No tenía ganas de irse; su cuerpo estaba tan débil que no conseguiría levantarse del banco. Pero no podía desobedecer a Tomás. Hizo un esfuerzo por levantarse. Se volvió. El seguía sentado en el banco y le sonreía casi con alegría. Hizo un gest con la mano, evidentemente para animarla. 12 Llegando a la Montaña de Piedra, la colina verdeante que se levanta en el centro de Praga, vio con estupor que no había nadie. Era curioso, porque normalmente mucha gente de Praga iban a cualquier hora a tomar el fresco. Tenía angustia en el corazón, pero los caminos eran tan silenciosos y el silencio tan tranquilizador que no se defendía y se abandonaba con confianza a los brazos del cerro. A sus pies se veía una multitud de torres y de puentes. Los santos amenazaban con los puños, con los ojos petrificados clavados en las nubes. Era la ciudad más bonita del mundo. Llegó arriba. Detrás de las paradas donde normalmente vendían helados, postales y galletas (aquel día los vendedores no estaban), se extendía hasta el infinito el césped, punteado por árboles escampados. Vio a unos cuantos hombres. Cuanto más se acercaba más enlentecía el paso. Había seis. Estaban inmóviles o bien iban y venían muy lentamente, un poco como jugadores en un campo de golf cuando examinan el relieve, sopesan el bastón y se concentran para ponerse a punto antes de la competición. Al final, llegó muy cerca. Entre los seis hombres estuvo segura de reconocer a tres que habían venido aquí para hacer el mismo papel que ella: estaban intimidados, daba la impresión de tener miedo a molestar, de manera que preferían callar y miraban a su alrededor con aire interrogativo. Los otros tres irradiaban una bonhomía indulgente. Uno de ellos tenía un fusil en la mano. Cuando vio a Tereza le hizo la señal con una sonrisa. -Sí, s aquí.


-Ella saludó con la cabeza y se sintió terriblemente incómoda. El hombre añadió: -Para que no haya ningún error. ¿Es su voluntad? Era fácil decir “no, no es mi voluntad”; pero para ella era impensable traicionar la confianza de Tomás. ¿Qué excusa invocaría una vez vuelta a casa? De manera que dijo: - Sí, evidentemente. Es mi voluntad. El hombre del fusil continuaba: - Tiene que comprender porque le hago esta pregunta. Solo hacemos esto cuando estamos totalmente seguros que los que nos vienen a encontrar han decidido ellos mismos expresamente de morir. Solo es un servicio que les hacemos. Su mirada interrogadora continuaba puesta sobre Tereza, y ella tuvo que volver a asegurar: - Sí, no se preocupe. Es mi voluntad. - ¿Quiere pasar la primera? – le preguntó el. Ella quería retardar la ejecución, aunque solo fuese por unos momentos. - No, si es posible querría pasar la última. - Como quiera – dijo el hombre, y se fue hacia los otros. Sus dos ayudantes no llevaban armas y solo estaban allí para ocuparse de las personas que tenían que morir. Les cogían por el brazo y los acompañaban al césped. Era una inmensa superficie herbácea que se extendía hasta el infinito. Los candidatos a la ejecución podían elegir ellos mismos su árbol. Se paraban, miraban largamente, no se acababan de decidir. Dos de entre ellos eligieron finalmente dos plátanos, pero el tercero se iba cada vez más lejos y no encontraba ningún árbol conveniente para su muerte. El ayudante, que le cogía suavemente del brazo, le acompañaba sin impacientarse, pero al final el hombre no tuvo más calor para avanzar y se paró cerca de un arce tupido. Los ayudantes pusieron una venda en los ojos a los tres hombres. Sobre el césped inmenso, entonces había tres hombres recostados en tres troncos de árbol, cada uno con una venda en los ojos y la cabeza vuelta hacia el cielo. El hombre del fusil apuntó y disparó. A parte del canto de los pájaros no se oyó ningún ruido. El fusil llevaba silenciador. Solo se veía que el hombre recostado empezaba a caerse. Sin alejarse del lugar donde se encontraba, el hombre del fusil se giró hacia otra dirección y el personaje recostado en el plátano también se hundió en un silencio total, y unos instantes más tarde (el hombre del fusil pivotaba sin moverse) el tercer candidato al suplicio también cayo encima del césped. 13


Uno de los asistentes se acercó sin decir palabra a Tereza. Llevaba en la mano una venda de color azul marino. Comprendió que le quería vendar los ojos. Movió la cabeza y dijo: - No, lo quiero ver todo. Pero no era la verdadera razón de su rechazo. No tenia nada de los héroes que están decididos a mirar valientemente a los ojos del pelotón de ejecución. Solo intentaba retrasar su muerte. Le parecía que en el momento en que tuviese los ojos vendados ya estaría en la recámara de la muerte, sin esperanza de retorno. El hombre no miró de obligarla y la cogió del brazo. Caminaban por el inmenso césped y Tereza n se podía decidir por un árbol u otro. Nadie la obligaba a apresurarse, pero sabía que, de todas maneras, no se podía escapar. Viendo delante suyo un castaño florido, se acercó. Se recostó en el tronco y levantó la cabeza: veía el follaje atravesado por los rayos del sol y oía la ciudad que murmuraba a lo lejos, débil y tiernamente, como la voz de mil violines. El hombre levantó el fusil. Ya no sentía que tuviese valor. Estaba desesperada de su debilidad, pero no la pudo controlar. Y dijo: - ¡No! No es mi voluntad. El hombre bajó inmediatamente el cañón del fusil y dijo con mucha calma: - Si no es su voluntad. No se puede hacer. No tenemos derecho. Su voz era amable, como si se excusase delante de Tereza por no poderla ejecutar si no era su voluntad. Aquella amabilidad le rompía el corazón, giro la cabeza hacia la corteza del árbol y se puso a llorar. 14 Abrazaba el árbol, con el cuerpo sacudido por gemidos, como sino fuese un árbol, sino su padre, al que había perdido; a su abuelo, que no lo había conocido; a su bisabuelo, a su tatarabuelo, un hombre infinitamente viejo, llegado de las profundidades más lejanas del tiempo para ofrecerle la cara en la corteza rugosa del árbol. Se volvió. Los tres hombres ya estaban lejos, iban y venían por el césped como jugadores de golf, y era bien bien en un bastón de golf que hacía pensar el fusil en la mano del que iba armado. Volvía a bajar por las avenidas de la Montaña de piedra, y guardaba en el fondo del alma la añoranza del hombre que la tenía que fusilar y no lo había hecho. Lo encontró a faltar. ¡Tenía necesidad de alguien que la ayudase, finalmente! Tomás no la ayudaría. Tomás la enviaba a la muerte. ¿Solo otro la podía ayudar!


Cuanto más se acercaba a la ciudad, más añoranza tenía de aquel hombre y más miedo tenía de Tomás. No la perdonaría de no haber cumplido su promesa. No la perdonaría de no haber tenido valor y de haberle traicionado. Ya estaba en la calle donde vivían y sabía que lo vería de un momento a otro. Ante aquella idea le cogió tanto miedo que tenía dolor de barriga y ganas de vomitar. 15 El ingeniero la había convidado a su casa. Ya había rehusado dos veces. Esta vez aceptó. Como siempre comió de pie en la cocina y al terminar salió. Eran casi las dos. Se acercaba al lugar donde vivía y sentía como las piernas se le aflojaban al paso. Después fantaseó que era Tomás que la enviaba a casa de aquel hombre. ¿No era el que se pasaba el tiempo explicándole que el amor y la sexualidad no tenían nada en común? Simplemente iba a buscar una confirmación a sus palabras. Oía su voz que le decía: “Te comprendo. Tú sabes lo que quieres. Lo he arreglado todo. Subirás arriba y lo entenderás” Sí, no hacía nada más que ejecutar las órdenes de Tomás. Solo se quería quedar un ratito en casa del ingeniero; justo el tiempo de tomar una taza de café, justo el tiempo de descubrir como es avanzar hasta la frontera de la infidelidad. Quería empujar a su cuerpo hasta aquella frontera, dejarlo un instante como si fuese a la picota y después, en el momento en que el ingeniero intentase cogerla entres sus brazos, diría como había dicho al hombre del fusil de la Montaña de Piedra: “¡No! ¡No! No es mi voluntad” El hombre bajaría el cañón del fusil y diría con una voz suave: “Si no es su voluntad, no lo podemos hacer. No tenemos derecho”. Y ella se giraría hacia el tronco del árbol y se pondría a llorar. 16 Era un edificio de comienzos de siglo en un barrio obrero de Praga. Penetró en el corredor de paredes enblanquinadas y sucias. Los escalones gastados de la escalera de piedra con barandilla metálica la llevaron al primer piso. Giró a la izquierda. Era la segunda puerta sin nombre ni timbre. Llamó. El la abrió. Todo el piso estaba formado por una sola pieza dividida por una cortina a dos metros de la puerta para hacer efecto de un vestíbulo; allí había una mesa con un fogoncito, y una pequeña nevera. Avanzando hacia dentro, vio delante de


ella el rectángulo vertical de la ventana al final de una estancia estrecha y larga; en un lado había una biblioteca; al otro, un sofá y una única butaca. -Mi casa es muy sencilla – dijo e ingeniero – Espero que no te haya decepcionado. - No, en absoluto – dijo Teresa, con los ojos clavados en la pared totalmente cubierta de estanterías llenas de libros. Aquel hombre no tenía una mesa digna de este nombre, pero tenía centenares de libros. Esto alegró a Tereza; la angustia que la había acompañado mientras iba, empezaba a fundirse. Desde la infancia, veía en el libro la señal de una fraternidad secreta. Alguien que tenía una biblioteca como esta no la podía hacer daño. El la preguntó que la apetecía. ¿Un poco de vino? No, no; no quería vino. Si tomaba algo tomaría un café. El desapareció tras la cortina y ella se acercó a la biblioteca. Uno de los libros la cautivó. Era una traducción del Edipo, de Sófocles. ¿Qué extraño era encontrar aquel libro en la casa de aquel desconocido! Unos años antes, Tomás le había regalado a Tereza pidiéndole que lo leyese atentamente, y habían hablado mucho rato. Después había publicado sus reflexiones en una revista y era aquel artículo que había dado la vuelta totalmente a su vida. Miraba el lomo del libro y esta visión la tranquilizaba. Era como si Tomás hubiese dejado deliberadamente su rastro allí, un mensaje que significaba que el mismo lo había arreglado todo. Cogió el libro y lo abrió. Cuando el ingeniero volviese, le preguntaría porque tenía aquel libro, si lo había leído y que pensaba. Así pasaría con un giro astuto de la conversación, del territorio peligroso del piso del desconocido al universo familiar de las ideas de Tomás. Entonces notó una mano en la espalda. El ingeniero le quitó el libro de las manos, lo devolvió sin decir nada a la biblioteca y la guió hasta el sofá. Ella volvió a pensar en la frase que había dicho al ejecutor de la Montaña de Piedra y la profirió en voz alta: - ¡No, no! ¡No es mi voluntad! Estaba convencida que era una fórmula mágica que inmediatamente cambiaría la situación, pero en aquella habitación las palabras perdieron todo su poder. Incluso creo que incitaron al hombre a mostrarse aún más decidido: la abrazó contra el y le puso una mano en el pecho. Cosa extraña: aquel contacto la liberó enseguida de su angustia Como si con aquel contacto, el ingeniero hubiese mostrado su cuerpo y ella hubiese entendido que el objetivo no era para ella (su alma), sino su cuerpo y solo el. Aquel cuerpo que la había traicionado y que había lanzado lejos de ella entre los otros cuerpos. 17


El le desabrochó un botón de la blusa, esperando que ella continuase sola. Ella no obedeció a esta expectativa. Había echado su cuerpo lejos de ella, pero no quería tomar ninguna responsabilidad. No se desnudaba, ni tampoco se defendía. Su alma quería mostrar así que, aunque desaprobaba lo que se estaba produciendo, había elegido mantenerse neutral. El la desnudaba y, mientras tanto, ella estaba casi inerte. Cuando la dio un beso, sus labios no respondieron. Después se dio cuenta que tenía el sexo húmedo y se quedó consternada. Sentía su excitación, que era tanto más grande porque estaba excitada contra su voluntad. Su alma ya consentía a todo lo que estaba pasando, pero ella también sabía que para alargar aquella gran excitación su aquiescencia tenía que continuar siendo tácita. Si hubiese hablado en voz alta, si hubiese aceptado participar con gusto a la escena amorosa, la excitación se habría fundido. Por que lo que excitaba el alma era precisamente ser traicionada por el cuerpo, que actuaba contra su voluntad, y asistir a esta traición. Después el le quitó las bragas; ahora estaba totalmente desnuda. El alma veía su cuerpo desnudo entre los brazos del desconocido y aquel espectáculo le parecía increíble, como contemplar de cerca el planeta Marte. Bajo la claridad de lo increíble, su cuerpo perdió por primera vez su banalidad; por primera vez, ella lo miraba encantada, la singularidad, la inimitable unicidad de su cuerpo pasaban al primer plano. No era el más ordinario de todos los cuerpos (era así como lo había visto hasta el presente) sino el más extraordinario. El alma no podía arrancar la mirada de la peca de nacimiento, redonda y marrón, justo encima del pubis. El alma veía en aquella mancha el sello con que ella misma había marcado aquel cuerpo y encontraba blasfemo que el miembro de un desconocido se moviese tan cerca de aquel sello sagrado. Cuando Tereza levantó la mirada y vio su cara, recordó que nunca había consentido que aquel cuerpo, con el alma había grabado su firma, se encontrase en brazos de alguien que ella no conocía y no quería conocer. La invadió un odio que la aturdía. Hizo fluir la saliva a los labios para escupir a la cara del desconocido. Se observaban los dos con la misma avidez, el se dio cuenta de su rabia y precipitó sus movimientos. Tereza, notaba de lejos que la voluptuosidad la ganaba, y se pus a gritar: “No, no, no”, se resistía al gozo que se acercaba, y como se resistía, el gozo reprimido irradiaba largamente por todo su cuerpo, porque no encontraba otra salida para huir: la voluptuosidad se escampaba como la morfina inyectada en una vena. Ella se debatía en brazos de aquel hombre, daba golpes a ciegas y le escupía en la cara. 18


Las tazas de los waters modernos se levan sobre el suelo como la flor blanca del nenúfar. El arquitecto hace lo imposible para que el cuerpo olvide su miseria y el hombre ignore que se hace con las deyecciones de sus entrañas cuando el agua de la cisterna se las lleva haciendo gloc-gloc. Las tuberías de los desguaces, aunque sus tentáculos lleguen hasta dentro de nuestros pisos, las disimulan con cuidado a nuestras miradas y lo ignoran todo de la invisibles Venecias de mierda sobre las cuales están edificados nuestros cuartos de baño, nuestros dormitorios, nuestras salas de baile y nuestros parlamentos. Los lavabos de aquel viejo edificio de un barrio obrero de Praga eran menos hipócritas; el suelo era de losetas grises, desde donde se elevaba, huérfana y miserable, la taza del water. Su forma no evocaba la flor del nenúfar, sino que, al contrario, recordaba lo que era: la embocadura ensanchada de una tubería. Incluso le faltaba el asiento de madera y Tereza tuvo que sentarse en la plancha esmaltada que la hizo espeluznarse. Estaba sentada en la taza, y el deseo de vaciar las entrañas, que la había asaltado de pronto, era el deseo de ir hasta el final de todo de la humillación, el deseo de ser cuerpo, solo cuerpo, aquel cuerpo que su madre siempre decía que solo estaba para digerir y evacuar. Tereza vacía sus entrañas y en aquel momento siente una tristeza y una soledad infinitas. No hay nada más miserable que su cuerpo desnudo sentado en la embocadura ensanchada de una tubería de desguace. Su alma ha perdido la curiosidad del espectador, la malevolencia y el orgullo: otra vez, ha vuelto al fondo de todo el cuerpo en sus repliegues más escondidos y espera desesperadamente que la rescaten. 19 Se levantó de la taza, tiró de la cadena y volvió a la entrada. El alma temblaba en el cuerpo desnudo y rechazado. Tereza aún sentía en el ano el contacto con el papel con que se había limpiado. Entonces se produjo algo inolvidable: tuvo ganas de irlo a encontrar a la habitación y de escucharle la voz, la llamada. Si la hubiese hablado con voz dulce y grave, su alma habría encontrado la audacia de volver a la superficie del cuerpo, y ella se habría puesto a llorar. Le habría abrazado tal como había abrazado en sueños el amplio tronco del castaño. Estaba en la entrada y se esforzaba en controlar aquel deseo inmenso de ponerse a llorar delante de el. Sino lo controlaba, lo sabía, pasaría lo que ella no quería que pasase. Se enamoraría. En aquel momento le llegó una voz desde el fondo del piso. Oyendo aquella voz descarnada (sin ver entonces la alta estatura del ingeniero), se sorprendió: era una voz fina y aguda. ¿Era posible que no se hubiese fijado nunca? Sin


duda fue gracias a la impresión desconcertante y desagradable que le causaba aquella voz que pudo rechazar la tentación. Volvió a la habitación, recogió su ropa escampada, se vistió rápidamente y salió. 20 Volvía de comprar con Karenin, que tenía una pasta en la boca.. Era una mañana fría, helaba un poco. Bordeaba una urbanización donde habían habilitado, en unas grandes parcelas entre las casas, unos hueros minúsculos y unos pequeños jardines. Karenin se paró súbitamente, y clavó los ojos. Ella también miró hacia aquel lado pero sin ver nada de particular. Karenin la estiró y ella se dejó llevar. Al final, sobre la arcilla helada de una plataforma desierta, vio la cabeza negra de una corneja de pico largo. La cabeza, sin cuerpo, se movía lentamente y, de tanto en tanto, el pico emitía un sonido triste y ronco. Karenin estaba tan nervioso que soltó la pasta. Tereza tuvo que atarlo a un árbol para que no hiciese daño a la corneja. Después se arrodilló e intentó cavar la tierra alrededor del cuerpo del pájaro que habían enterrado vivo. No era nada fácil. Se rompió una uña; le salía sangre. En aquel momento una piedra cayó cerca suyo. Levantó los ojos y vió a dos criaturas que debían tener unos diez años, en el linde de una casa. Se puso de pie. Viendo su reacción y el perro atado al árbol, huyeron. Se volvió a poner de rodillas para cavar la arcilla y al final consiguió liberar a la corneja de su tumba. Pero el pájaro estaba paralizado y no podía ni andar ni volar. Lo envolvió con el pañuelo rojo del cuello que llevaba y con la mano izquierda lo apretó contra su cuerpo. Con la mano derecha desató a Karenin del árbol, y necesitó toda su fuerza para dominarlo y mantenerlo contra su pierna. Llamó porque no tenía la mano libre para buscar la llave del bolsillo. Tomás abrió. Ella le acercó la correa de Karenin. “¡Aguántalo!”, le ordenó, y llevó a la corneja al cuarto de baño. La puso en el suelo debajo del lavabo. La corneja se debatía pero no se podía mover. Del cuerpo le salía un líquido espeso y amarillento. Tereza le hizo un lecho con trapos viejos para que no notase el frío mosaico. El pájaro movía desesperadamente el ala paralizada; levantaba su pico como un reproche. 21 Ella estaba sentada en el borde de la bañera y no podía apartar la mirada de la corneja agonizante. En su aislamiento veía la imagen de su propia suerte y se repetía: “En el mundo no tengo a nadie aparte de Tomás”.


¿Le había enseñado, la historia con el ingeniero, que las aventuras no tienen nada que ver con el amor? ¿Qué son ligeras y no pesan nada? ¿Estaba más tranquila? De ninguna manera. La perseguía una escena: acababa de salir del water y su cuerpo estaba de pie en la entrada, desnudo y abandonado. El alma, asustada, temblaba en sus entrañas. En aquel momento, si el hombre, desde el fondo de la habitación, se hubiese dirigido a su alma, se habría puesto a llorar, y habría caído en sus brazos. Imaginaba que una amiga de Tomás se hubiese encontrado en su lugar, a la entrada delante del water, y Tomás en la habitación, en lugar del ingeniero. Solo habría dicho una palabra a la mujer joven, una sola palabra, y ella le habría abrazado llorando. Tereza sabe que es esto a lo que se parece el instante en que nace el amor: la mujer no se resiste a la voz que llama a su alma asustada; el hombre no se resiste a la mujer que tiene el alma atenta a su voz. Tomás no está nunca seguro delante de la trampa del amor y Tereza no puede hacer nada más que temblar por el cada hora, cada minuto. ¿Qué arma puede tener ella? Solo su fidelidad. La fidelidad que le ha ofrecido desde el comienzo, desde el primer día, como si enseguida hubiese sabido que no tenía nada más que darle. Su amor es una arquitectura extrañamente asimétrica: reposa en la certeza absoluta de la fidelidad de Tereza como un palacio gigantesco sobre una única columna. Ahora la corneja ya no movía las alas; movía con trabajo la pata herida, rota. Tereza no la quería dejar, como si velase la cabecera de una hermana moribunda. Al final, se fue a la cocina para comer en un momento. Cuando volvió, la corneja estaba muerta. 22 El primer año de su relación, Tereza gritaba mientras hacía el amor, y este grito, tal como decíamos, buscaba cegar y ensordecer los sentidos. Más adelante, gritaba menos, pero su alma continuaba cegada por el amor y no veía nada. Cuando se había ido a la cama con el ingeniero, la ausencia de amor finalmente le había devuelto la vista al alma. Había vuelto de la sauna y volvía a estar delante del espejo. Se miraba y volvía a ver con el pensamiento la escena de amor en casa del ingeniero. Lo que recordaba no era el amante. La verdad es que ni tan solo le habría podido describir, quizá ni tan solo se había fijado como era completamente desnudo. Lo que recordaba (y lo que ahora miraba con excitación en el espejo) era su propio cuerpo; su pubis y la peca redonda que tenía completamente encima.


Este lunar, que hasta entonces solo había sido un simple defecto cutáneo, se le había grabado en la memoria. Quería verla y volverla a ver en la proximidad increíble del miembro del desconocido. No puedo dejar de subrayarlo una y otra vez: no tenía ganas de ver el sexo del desconocido. Quería ver, cerca de este sexo, su propio pubis. No deseaba el cuerpo del otro. Deseaba su propio cuerpo, revelado de pronto, tanto más excitante porque era más próximo y más extraño. Mira su cuerpo cubierto de las finas gotitas de la ducha y piensa que el ingeniero pasará por el bar un dia de estos. ¡Tiene ganas de que vaya, que la convide! ¡Tiene unas ganas inmensas! 23 Día tras día, tenía miedo de ver aparecer al ingeniero en el mostrador, y de no tener la fuerza de decir “no”. A medida que pasaban los días, el miedo a verle dejaba paso al miedo que no fuese. Había pasado un mes y el ingeniero no daba señales de vida. Para Tereza era inexplicable. El deseo decepcionado dejo lugar a la desazón.: ¿Por qué no iba? Servía unos clientes. Había vuelto el calvo pequeño, el que la había acusado la tarde anterior de servir alcohol a menores. Explicaba con voz gruesa una historia verde, la misma que había oído centenares de veces de la boca de borrachos a quien servía copas en provincias. Como se volvía a sentir asaltada por el universo de su madre, le interrumpió brutalmente. El se enfadó: ¡No me puede dar órdenes usted!. Considérese afortunada que la dejemos trabajar en este bar. -¿Que ustedes me dejen? ¿Quiénes son ustedes? -Nosotros – dijo el hombre, y pidió otro vodka – Y recuerde que no permitiré que me insulte. Después mostrando el cuello de Tereza, que llevaba unas cuantas vueltas de perlas baratas, dijo: -¿De donde salen sus perlas? ¡Seguro que no son un regalo de su marido que es un limpia cristales! ¡No es el que le puede regalar perlas con lo que gana! ¿Son los clientes que le regalan eso? ¿A cambio de que? -¡Haga el favor de callarse ahora mismo! – exclamó Tereza. El hombre intentó coger el collar entre sus dedos. - ¡Recuerde que ahora la prostitución está prohibida en nuestro país! Karenin se levantó, y apoyó las patas delanteras en el mostrador y ladró. 24


El embajador dijo: - Era un poli. - Si era un poli debería ser más discreto – observó Tereza - ¿de que sirve un policía Secreta sino es secreta? El embajador se sentó en el sofá juntando los pies debajo de el, como había aprendido en un curso de yoga. En la pared, Kennedy sonreía y confería a sus palabras una especie de consagración. -Estimada Tereza – dijo en tono paternal – los polis tienen diferentes funciones. La primera es clásica. Escuchan lo que dice la gente e informan a sus superiores. “La segunda es una función de intimidación. Nos muestran que nos tienen a su merced y quieren que tengamos miedo. Es lo que buscaba tu calvo. “La tercera función consiste en escenificar situaciones que nos pueden comprometer. Ya no le interesa a nadie acusarnos de complot contra el Estado, porque eso nos traería nuevas simpatías. Prefieren encontrarnos haxix en el culo de los bolsillos o probar que hemos violado a una niña de doce años. Siempre encuentran a algún crío que dará testimonio. Tereza recordó al ingeniero. ¿Cómo se explicaba que no hubiese vuelto? El embajador continuaba: -Tienen que hacer caer a las personas en trampas para tenerlas a su servicio, y hacerles servir para preparar otras trampas a otras personas, e ir haciendo para conseguir poco a poco convertir todo un pueblo en una organización inmensa de confidentes. Tereza ya solo pensaba en una cosa, que la policía le había enviado al ingeniero. ¿Y quien era aquel chico extraño que había ido a emborrachar al bar de enfrente y había vuelto para declarársele? Era a causa de aquel chico que el poli la había gritado y que el ingeniero la había defendido. Los tres habían hecho un papel en un guión preparado anticipadamente; se trataba de hacerle caer simpático al hombre que tenía el trabajo de seducirla. ¿Cómo es que no lo había pensado? Aquel piso tenía un aspecto rancio y no ligaba para nada con aquel tipo. ¿Por qué aquel ingeniero bien vestido tenía que vivir en un piso tan tronado? ¿De verdad que era ingeniero? En este caso, ¿Cómo se había podido ausentar del trabajo a las dos de la tarde? ¡ Y quien se podía imaginar a un ingeniero leyendo a Sófocles! ¡No, no era una biblioteca de ingeniero! Aquella habitación más bien parecía un piso confiscado a un intelectual sin dinero y encerrado en la cárcel. Cuando tenía diez años, habían detenido a su padre y también le habían confiscado el piso y toda su biblioteca. ¿Ves a saber de que había servido el piso, después de aquello?


Ahora veía claramente porque no había vuelto. Había completado su misión. ¿Cuál? El poli borracho lo había explicado sin querer cuando había dicho: “¡Recuerde que ahora la prostitución está prohibida en nuestro país!” ¡Aquel ingeniero imaginario testimoniaría que se había ido a la cama con ella y que ella le había pedido dinero! La amenazarían con el escándalo y la harían cantar para que denunciase a las personas que iban a emborracharse al bar. El embajador intentaba tranquilizarla. -tu desventura no me parece nada peligrosa. -Puede ser – dijo ella con voz ahogada, y salió con Karenin por las oscuras calles de Praga. 25 Para huir del sufrimiento la mayoría de las veces nos refugiamos en el futuro. Imaginemos, en la pista del tiempo una línea más allá de la cual el sufrimiento actual dejará de existir. Pero Tereza, delante suyo, no veía esta línea. Solo la podía consolar mirando hacia atrás. Volvía ser domingo. Cogieron el coche para irse lejos de Praga. Tomás iba al volante, Tereza a su lado y Karenin en el asiento de atrás. A veces levantaba la cabeza para lamerle las orejas. Al cabo de dos horas, llegaron a una pequeña ciudad termal donde habían pasado uno s días hacía cinco o seis años. Querían hacer noche. Aparcaron el coche en la plaza y bajaron. Nada había cambiado. Delante estaba el hotel donde se habían alojado aquel año, y el viejo tilo delante de la entrada. Se entendían, a la izquierda del hotel, antiguas vueltas de madera y, al final de todo, el agua de una fuente que brotaba en una pica de mármol. Algunas personas se inclinaban, como tiempo atrás, con el vaso en la mano. Tomás le enseñaba el hotel. Bien mirado había cambiado alguna cosa. Tiempo atrás se llamaba el Gran Hotel y ahora, según el rótulo, era el Baikal. Miraron la plaza, en la esquina del establecimiento era la Plaza de Moscú. Después dieron la vuelta (Karenin seguía solo, sin correa) a todas las calles que conocían, y miraban los nombres: había la calle Stalingrado, la calle Leningrado, la calle Rostov, la calle Novosibirsk, la casa de convalescencia Tolstoi, la calle Kiev, la calle Odessa, la casa de convalescencia RimskiKorsakov, estaba el hotel Suborov, el cinema Gorki y el café Pushkin. Todos los nombres procedían de Rusia y de la historia rusa. Tereza recordaba los primeros días de la invasión. La gente retiraba las placas de las calles de todas las ciudades y arrasaban los indicadores de las carreteras. En una noche el país se había convertido en anónimo. Durante siete días, el ejército ruso había errado a través del país sin saber donde estaban. Los oficiales buscaban los edificios de los diarios,, de la televisión, de la radio, para


ocuparlos, pero no los podían encontrar. Interrogaban a las personas, pero las personas se encogían de hombros o indicaban direcciones falsas. Con los años, parece que aquel anonimato no dejó de ser peligroso para el país. Ni las calles ni las casas no habían podido encontrar su nombre original. Una estación termal de Bohemia de había convertido así, de un día para otro, en una pequeña Rusia imaginaria, y Tereza constataba que les habían confiscado el pasado que habían ido a buscar. Les era imposible de quedarse a pasar la noche. 26 Volvieron al coche en silencio. Tereza decía que todas las cosas y las personas se mostraban bajo disfraces: la vieja ciudad de Bohemia estaba cubierta de nombres rusos; cuando hacían fotos de la invasión, los checos trabajaban de hecho para la policía secreta rusa; el hombre que la había enviado a la muerte llevaba sobre la cara la máscara de Tomás; el policía se había hecho pasar por un ingeniero, el ingeniero quería hacer el papel del hombre de la Montaña de Piedra. La señal del libro en su piso era una señal engañosa que estaba allí para despistarla. Ahora, mientras pensaba en el libro que había tenido en las manos, una idea le atravesó el espíritu, y las mejillas se le pusieron coloradas. ¿Cómo habían ido las cosas? El ingeniero había dicho que iba a hacer café. Ella se había acercado a la biblioteca y había sacado el Edipo, de Sófocles. Después el ingeniero había vuelto, ¿pero sin el café! Revolvía la situación en todos los sentidos: cuando se había ido, con el pretexto de hacer café, ¿Cuánto tiempo se había estado? Por lo menos un minuto, no tenía ninguna duda, o dos, tal vez hasta tres. ¿Qué había podido hacer tanto tiempo en aquel vestíbulo minúsculo? ¿Había ido al water? Tereza intentaba recordar oído el cierre de la puerta o el gloc-gloc de la cisterna. No, seguro que no había oído el agua, se acordaría. Y estaba casi segura, no había oído cerrar la puerta. Entonces, ¿Qué había hecho en el vestíbulo? De pronto, era todo bien claro. Para hacerla caer en la trampa, no había bastante con el simple testimonio del ingeniero. Necesitaba una prueba irrefutable. Durante aquella larga ausencia sospechosa, el ingeniero había instalado una cámara en el vestíbulo. O bien, cosa más plausible, había introducido a un tipo con un aparato de hacer fotos, que escondido tras la cortina, les había fotografiado. Mira por donde que unas semanas atrás ella se había sorprendido que Prochazka no supiese que vivía en un campo de concentración, donde no podía existir la vida privada. ¿Y ella qué? Cuando se iba de casa de su madre, había pensado, ingenua, que se había convertido para siempre en un ama de su vida


privada. <pero la casa materna se extendía por el mundo entero y la perseguía por todas partes. Tereza no se escaparía nunca. Bajaron unas escaleras entre unos jardines para llegar al lugar donde habían dejado el coche. - ¿Qué te pasa? – preguntó Tomás. Antes que ella tuviese tiempo de contestarle, alguien dijo buen día a Tomás. 27 Era un hombre que rondaba los cincuenta con una cara burilada por el viento, un payés que Tomás había operado hacía ya tiempo. Cada año le enviaban a hacer una cura en aquella estación termal. Convidó a Tomás y a Tereza a tomar algo. Como en los lugares públicos no admitía perro, Tereza fue a dejar a Karenin al coche, y los hombres se sentaron a esperarla en el café. Cuando volvió el payés decía: en nuestro pueblo todo está tranquilo. A mi, incluso, me eligieron presidente de la cooperativa hace dos años. - Enhorabuena – dijo Tomás. - Es que allí, sabe, es el campo. Todos se van. Las autoridades pueden estar contentas si alguien acepta quedarse. No se pueden permitir echarnos del trabajo. - Sería el rincón ideal para nosotros – dijo Tereza. - Usted se aburriría, señorita. Allí no hay nada. Nada de nada. Tereza miraba la cara burilada por el viento. Aquel payés le era muy simpático. ¡Después de tanto tiempo por fin encontraba a alguien simpático! Delante de sus ojos surgió una escena campestre: un pueblo y el campanario de la iglesia, campos, bosques, una liebre huyendo en un surco, un guardabosques con sombrero verde. Nunca había vivido en el campo. Era una imagen que se la había imaginado de oírla contar. O por sus lecturas. O algunos antepasados lejanos la habían inscrito en su subconsciente. De todas maneras, aquella imagen estaba dentro suyo, clara y limpia como la fotografía de la bisabuela en el álbum de la familia, o como un viejo grabado. - ¿Todavía tiene dolores? – le preguntó Tomás. El payés mostró detrás del cuello un punto donde el carneo se junta con la columna vertebral. - A veces me duele por aquí. Sin levantarse de la silla, Tomás le palpó el sitio que le acababa de indicar y le hizo unas cuantas preguntas a su antiguo enfermo. Después dijo: - No tengo derecho a hacer recetas. Pero, cuando vuelva, dígale a su médico que ha hablado conmigo y que le he recomendado esto. Sacó un bloc de notas del bolsillo interior y arranco una hoja. Escribió el nombre del medicamento en mayúsculas.


28 Iban en dirección a Praga. Tereza pensaba en la foto donde su cuerpo desnudo estaba en brazos del ingeniero. Miraba de tranquilizarse: incluso admitiendo que la foto existiese, Tomás no la vería nunca. Para aquella gente la foto solo tenía una utilidad si la podían usar para hacer cantar a Tereza. Una vez enviada a Tomás, la foto perdería inmediatamente su valor. ¿Pero qué pasaría si los polis decidían que Tereza no tenía ningún valor para ellos? En este caso, la foto ya no sería para ellos una foto divertida y si alguien tenía ganas, nadie le podía impedir de meterla en un sobre y enviarla a la dirección de Tomás, para reírse un rato. ¿Qué pasaría si Tomás recibiese una foto así? ¿La echaría de casa? Quizás no. Pero el frágil edificio de su amor quedaría talmente destruido, porque este edificio reposaba sobre la única columna de su fidelidad, y los amores son como los imperios; si desparece la idea sobre la cual la han edificado ellos mueren con ella. Tenía una imagen delante de los ojos: una liebre largándose en un surco, un guardabosques con un sombrero verde y el campanario de una iglesia encima del bosque. Quería decirle a Tomás que tenían que ir a Praga. Irse lejos de los niños que entierran vivas a las cornejas, lejos de los polis, lejos de las mujeres jóvenes armadas con paraguas. Quería decirle que se tenían que ir a vivir al campo. Que era su único camino de salvación. Volvió la cabeza hacia el. Pero Tomás callaba, con los ojos clavados sobre los adoquines delante suyo. Ella era incapaz de pasar el cierre del silencio que se levantaba entre ellos. Perdió el valor de hablar. Estaba en el mismo estado que el día que había bajado de la Montaña de Piedra, Tenía dolor de barriga y ganas de vomitar. Tomás le daba miedo. Era demasiado fuerte para ella y ella era demasiado débil. Daba órdenes que ella no comprendía. Se esforzaba en ejecutarlas, pero no sabía como ponerse. Quería volver a la Montaña de Piedra a pedirle al hombre del fusil que le permitiese vendarle los ojos y ponerse en el tronco del castaño. Tenía ganas de morirse. 29 Se despertó y constató que estaba sola en casa.


Salió y se fue hacia los muelles. Quería ver el Vltava. Quería pararse en la orilla y mirar largamente el agua, porque la visión del agua corriente calma y cura. El río corre de siglo en siglo y las historias de los hombres tienen lugar en la orilla. Tienen lugar porque las olvidan al día siguiente y el río no para de correr. Recostada en la barandilla, miraba hacia abajo. Era en las afueras de Praga, el Vltava ya había atravesado la ciudad dejando detrás suyo el esplendor del Hradchine y de las iglesias, pareciendo una actriz después de la representación, cansada y pensativa. Las aguas corrían entre orillas sucias cerradas por tanques y muros detrás de los cuales habían fábricas y terrenos de juego abandonados. Miró mucho tiempo el agua, que aquí aún parecía más triste, todavía más oscura; después, de pronto, vio en medio del río un objeto extraño, un objeto rojo, sí, un banco. Un banco de madera de patas metálicas como hay tantos en los jardines públicos de Praga. Flotaba lentamente en medio del Vltava, y detrás iba otro banco. Después otro, y todavía otro, y Tereza comprendió al final que veía los bancos de los jardines públicos de Praga saliendo de la ciudad siguiendo la corriente, había muchos, había cada vez más, flotaban en el agua como las hojas del atardecer cuando el agua las arrastra lejos de los bosques, los habían rojos, amarillos y azules. Se volvió a preguntar la gente que significaba eso. ¿Por qué los bancos de los jardines públicos de Praga se iban siguiendo el agua? Pero la gente pasaba con aire indiferente, les daba lo mismo que el río corriese, de siglo en siglo, en medio de la ciudad efímera. Volvió a contemplar el agua. Se sentía infinitamente triste. Comprendía lo que veía. Era un adiós. El adiós a la vida que se iba con su séquito de colores. Los bancos habían desaparecido del campo de su mirada. Todavía vio algunos, los últimos, los atrasados, después aún hubo uno amarillo, después otro, uno azul, el último.


QUINTA PARTE

LA LIGEREZA Y LA PESADEZ 1 Cuando Tereza, sin avisar, había ido a casa de Tomás, a Praga, el la había hecho el amor, tal como he dicho en la primera parte, aquel mismo día, a aquella misma hora, pero entonces ella había tenido fiebre. Estaba estirada en su cama y el en la cabecera, convencido que ella era un niño pequeño que habían puesto en un cesto y que lo habían enviado aguas abajo. Desde entonces hasta ahora, le gustaba aquella imagen del niño abandonado y pensaba a menudo en los mitos antiguos donde aparecen. Indudablemente hay que ver aquí el motivo secreto que le incitó a buscar la traducción del Edipo de Sófocles. La historia de Edipo es bastante conocida: un pastor que había encontrado a un recién nacido lo llevó al rey Polibio, que lo crió. Cuando Edipo fue mayor, encontró en un camino de montaña un carro en el que iba un príncipe desconocido. Discutieron y se pelearon y Edipo mató al príncipe. Más adelante, se casó con la reina Jocasta y se convirtió en rey de Tebas. No se imaginaba que el hombre al que había matado en la montaña era su padre, y la mujer con quien dormía, era su madre. Mientras tanto la suerte se encarnizaba sobre sus súbditos y les llenaba de enfermedades. Cuando Edipo comprendió que el mismo era el culpable de sus sufrimientos, se vació los ojos con unas agujas y, ciego para siempre, se fue de Tebas. 2 Los que piensan que los regímenes comunistas de la Europa Central son exclusivamente obra de criminales dejan en la sombra una verdad básica: los regímenes criminales no han tomado forma gracias a unos criminales, sino a unos entusiastas convencidos de haber descubierto el único camino al paraíso. Y defendían valerosamente este camino, ejecutando para ello, a mucha gente. Más tarde, quedó claro como el día que el paraíso no existía y que los entusiastas eran, de todas todas, unos asesinos. Entonces todos se volvieron contra los comunistas: “¡Sois responsables de las desgracias del país (está empobrecido y arruinado), de la pérdida de su independencia (ha caído bajo el dominio de los rusos), de los asesinatos judiciales!” Los que eran acusados respondían: “¡No lo sabíamos! ¡Nos engañaron! ¡ En el fondo de todo somos inocentes!”


De manera que el debate se desplazaba hasta esta cuestión: ¿Es verdad que no lo sabían? ¿O solo hacían ver que no sabían nada? Tomás seguía este debate (como diez millones de checos) y se decía que era seguro que ente los comunistas habían que no eran completamente ignorantes (al menos debían haber oído hablar de los horrores que se habían producido y que no se habían dejado de producir en la Rusia postrevolucionaria). Pero era probable que la mayoría no estuviese al corriente de nada. Y el se decía que la cuestión fundamental no era: ¿lo sabían o no lo sabían) Sino: ¿Eres inocente porque no sabes nada? Un imbécil sentado en el trono, ¿Queda descargado de toda responsabilidad solo por ser imbécil? Admitamos que el fiscal checo que, al comienzo de los años cincuenta, reclamaba la pena de muerte para un inocente lo hiciese engañado por la policía secreta rusa y por el gobierno de su país. Pero ahora que sabemos que las acusaciones eran absurdas y los torturados, inocentes, ¿Cómo puede ser que el mismo fiscal defienda la pureza de su alma y se de golpes de pecho. “¡Mi conciencia es inmaculada, no lo sabía, yo creía!” ¿No es precisamente en el su “¡yo no sabía! ¡Yo creía!” donde reside su falta irreparable? Entonces Tomás recordó la historia de Edipo: Edipo no sabía que dormía con su propia madre, y a pesar de todo, cuando hubo comprendido lo que había pasado no se sintió inocente. No pudo soportar el espectáculo de la desgracia que había provocado su ignorancia, se vació los ojos, y ciego, se fue de Tebas. Tomás oía los gritos de los comunistas que defendían la pureza de su alma, y se decía “A causa de vuestra ignorancia este país tal vez haya perdido su libertad durante siglos ¿Y todavía gritáis que os sentís inocentes? ¿Cómo puede ser que aún podáis mirar a vuestro alrededor? ¿Cómo puede ser que no estéis horrorizados? ¡Tal vez no tenéis ojos para ver! ¿Si tuvieseis, os lo tendríais que vaciar e iros de Tebas!” Esta comparación le gustaba tanto que la usaba a menudo en las conversaciones con sus amigos y la expresaba con fórmulas cada vez más aceradas y cada vez más elegantes. En aquella época leía un semanario cultural que había adquirido una autonomía considerable en el interior del régimen y hablaba de cosas de que los otros no podían hablar públicamente. La revista publicaba incluso artículos en que se preguntaba quien era culpable, y en que medida, de los asesinatos judiciales cometidos durante los procesos políticos de los primeros años del comunismo. En todas estas discusiones, siempre volvía la misma pregunta. ¿lo sabían o no lo sabían? Como Tomás consideraba que esta cuestión era secundaria, un día escribió sus reflexiones sobre Edipo y las envió al semanario. Al cabo de un mes recibió una respuesta. Le pedían que pasase por la redacción. Cuando fue, le recibió un periodista bajito, derecho como un huso que le propuso modificar


la sintaxis de una frase. El texto apareció al cabo de un tiempo en la penúltima página entre las “cartas al director”. Tomás no sintió ninguna satisfacción. Habían considerado necesario convocarle en el diario para hacerle aprobar un cambio en la sintaxis, pero después, sin preguntarle nada habían cortado de tal manera el texto que sus reflexiones se reducían a una tesis fundamental (un poco demasiado esquemática y agresiva) y ya no le gustaba nada. Esto pasaba en la primavera de 1968. Alexander Dubcek estaba en el poder y estaba rodeado de comunistas que se sentían culpables y que estaban dispuestos a hacer alguna cosa para reparar su falta. Pero los otros comunistas, que clamaban que eran inocentes, tenían miedo que el pueblo rabioso no les quisiese juzgar. Cada día iban a quejarse al embajador ruso y a implorarle su ayuda. Cuando apareció la carta de Tomás, dejaron salir un grito: “¡Hasta aquí hemos llegado! ¡Osan escribir públicamente que nos hemos de vaciar los ojos!”. Dos o tres meses más tarde, los rusos decidieron que en su provincia era inadmisible la libertad de expresión y en el espacio de una noche su ejército ocupó el país de Tomas. 3 Volviendo de Zurich, Tomás había recuperado su trabajo en el mismo hospital de Praga. Pero poco después el jefe de servicio le convocó. - Al fin y al cabo, querido colega – le dijo – usted no es escritor ni periodista, ni el salvador del pueblo, usted es médico y hombre de ciencia. No le querría perder y haré todo lo necesario para mantenerle aquí. Pero tiene que retractarse del artículo que escribió sobre Edipo. ¿Es que lo considera muy importante? - Es la cosa del mundo a la que doy menos importancia – dijo Tomás, recordando que le habían recortado más de un tercio de su texto. - ¿Entiende de que se trata? – le dijo el jefe de servicio. Lo entendía: había que sopesar dos cosas: por un lado, su honor (que exigía que el no rechazase lo que había escrito) y del otro aquello que se había acostumbrado a considerar como el sentido de su vida (su trabajo de hombre de ciencia y de médico). El jefe de servicio continuó: - Es una práctica medieval, exigir a alguien que se retracte de lo que ha escrito. ¿Qué quiere decir “retractarse?” En la época moderna, no te puedes retractar de una idea, solo la puedes refutar. Y como retractarse de una idea, querido colega, es una cosa imposible, puramente verbal, formal, mágica, no veo porque razón no tiene que hacer lo que le piden. En una sociedad regida por el terror, las declaraciones no comprometen a nada porque son


extorsionadas con la violencia y un hombre honesto tiene el deber de no hacer caso, de no escucharlas. Por eso le digo, estimado colega, que, en su interés y en el interés de sus enfermos, tiene que continuar en su sitio. - Estoy convencido que tiene razón – dijo Tomás, y tenía un aire desgraciado. -¡Pero? – dijo el jefe de servicio, esforzándose en adivinar sus pensamientos. - Tengo miedo de avergonzarme. - ¿Delante de quien? ¿Es que tal vez tiene una opinión tal alta de la gente que le rodea que le preocupa lo que piensen? - No – dijo Tomás – No tengo una alta opinión de la gente. - Además – dijo el jefe de servicio – me han asegurado que no se tratará de una declaración pública. Son unos burócratas. Necesitan tener en sus dossiers alguna cosa que pruebe que no está en contra del régimen para poder defenderse si alguna vez le reprochan que le han mantenido en su trabajo. Me han prometido que su declaración quedará entre usted y las autoridades y no se plantean que se llegue a publicar. - Le pido una semana de reflexión – dijo Tomás, dando por acabada la entrevista. 4 Era considerado el mejor cirujano del hospital. Incluso se decía que el jefe de servicio, que se acercaba a la edad de la jubilación, le cedería pronto su lugar. Cuando corrió la voz que las autoridades superiores le exigían una declaración autocrítica, nadie dudó que obedecería. Fue la primera cosa que le sorprendió: aunque no hubiese hecho nada que justificase esta suposición, la gente apostaba más por su deshonestidad que no por su rectitud. La otra cosa sorprendente era la reacción que tenía ante su presunto comportamiento. Podría dividirla, en general, en dos categorías: La primera clase de reacción se encontraba en aquellos que ellos mismos (o sus próximos) habían renegado de alguna cosa, que habían sido obligados a declararse públicamente de acuerdo con el régimen de ocupación, o que se preparaban a hacerlo (a la fuerza, ciertamente, nadie lo hacía de buena gana). Esta gente le dirigía una extraña sonrisa que aún no había visto nunca la sonrisa tímida de una complicidad secreta. Era la sonrisa de dos hombres que se han encontrado por azar en una casa de putas, tienen un poco de vergüenza, y entonces les gusta que su vergüenza sea recíproca. Se crea entre ellos una especie de ligazón fraterna. Le sonreían aún con más ganas por el hecho de que nunca había pasado por ser un conformista. Su presunta aceptación de la oferta del jefe de servicio, era, pues, la prueba que la cobardía se iba convirtiendo lentamente y firmemente en


una regla de conducta y pronto dejaría de ser considerada lo que era. Todos aquellos nunca habían sido amigos suyos. Tomás comprendió con espanto que si redactaba realmente la declaración que le exigían, le invitarían a su casa a tomarse una copa y mirarían de hacerse sus amigos. La segunda clase de reacción era la reacción de los que eran ellos mismos (o sus próximos) perseguidos, que se negaban a aceptar cualquier compromiso con la potencia ocupante o a quien nadie exigía compromiso o declaración (tal vez porque eran demasiado jóvenes o todavía no se habían metido en nada), pero que estaban convencidos que nunca lo consentirían. Uno de ellos, S., un médico joven y además muy campechano, le preguntó un día a Tomás: - Dime, ¿Ya les has escrito lo que quieren? - Por favor, dime de que me hablas. -De tu retractación – dijo S. No lo decía de mala fe, incluso sonreía. En el herbario generoso de las sonrisas, era una sonrisa bien distinta a la sonrisa de la superioridad moral satisfecha. - Escucha – le dijo Tomás - ¿Qué sabes tu de mi retractación? ¿Acaso la has leído? -No – respondió S. - Entonces, ¿qué te lías? – dijo Tomás. S. continuaba con la misma sonrisa satisfecha. - ¡Venga! Ya sabemos todos como va. Estas declaraciones se redactan bajo la forma de una carta al director, o al ministro, o a quien sea, que promete que la carta no será publicada para que el autor no se sienta humillado. Va así, ¿verdad? Tomás se encogió de hombros y esperó la continuación. - Después de eso, la declaración se clasifica con mucho cuidado, pero el autor sabe que puede ser publicada en cualquier momento. En estas condiciones, nunca podrá decir nada más, nunca criticará nada más, nunca protestará contra nada más, porque entonces publicarían su declaración y quedaría deshonrado a los ojos de todos. En resumen, es un método bastante amable. Se podrían encontrar peores. - Sí, es un método muy amable – dijo Tomás – pero me pica la curiosidad saber quien te ha dicho que había aceptado. El colega se encogió de hombros, pero su sonrisa no le desapareció de la cara. Tomás comprendió una cosa extraña ¡Todos le sonreían, todos deseaban que redactase su retractación, retractándose habría hecho felices a todos! Los unos se alegraban porque la inflación de cobardía banalizaba su propia conducta y les devolvía el honor perdido. Los otros se habían acostumbrado a ver en su honor un privilegio particular al que no querían renunciar de ninguna de las


maneras. Por eso alimentaban hacia los cobardes un amor secreto; sin ellos, su coraje solo habría sido un esfuerzo banal e inútil que nadie habría admirado. Tomás no podía soportar estas sonrisas, que le parecía verlas por todas partes, incluso en la calle, en la cara de desconocidos. No podía dormir. ¿Cómo es? ¿Tanta importancia otorgaba a aquellas personas? Ninguna en absoluto. No pensaba nada bueno y el fastidiaba dejarse trastornar por sus miradas. En realidad no tenía lógica alguna. ¿Cómo es que alguien que tenía una opinión tan triste de los otros podía depender hasta aquel punto de su juicio? Es posible que su profunda desconfianza en los hombres (la duda por lo que respecta a su derecho a decidir sobre su suerte y a juzgarlo) ya hubiese tenido un papel a la hora de elegir un oficio que excluía que fuese expuesto a las miradas del público. Aquel que elige, por ejemplo, una carrera de político acepta voluntariamente que el público sea su juez con la fe ingenua y declarada de ganarse su favor. La hostilidad eventual de la multitud le incita, entonces, a actuaciones cada vez más exigentes, de la misma manera que Tomás se sentía estimulado por la dificultad de un diagnóstico. El médico (a diferencia del hombre político o del actor) solo es juzgado por sus enfermos y por sus colegas más próximos, o sea, entre cuatro paredes, de hombre a hombre. Confrontadas las miradas de los que le juzgan, puede responder en el mismo momento, explicarse o defenderse. Pero Tomás se encontraba ahora (por primera vez en la vida) en una situación en que había más miradas clavadas en el de las que podía tolerar. No podía responder ni con su propia mirada ni con palabras. Se encontraba a merced de ellos. Se hablaba de el en el hospital y fuera del hospital (Praga tenía los nervios a flor de piel y las noticias sobre los que se retractaban, denunciaban, colaboraban, circulaban con la velocidad extraordinaria de un tam-tam africano) y el lo sabía y no podía hacer nada. El mismo estaba sorprendido de ver hasta que punto esto le era insoportable y que pánico le provocaba. El interés que todos tenían por el le hacía estar incómodo como la presión de una multitud o como el contacto de las personas que nos arrebatan la ropa en una pesadilla. Fue a ver al jefe de servicio y le anunció que no firmaría nada. El jefe de servicio le estrechó la mano con más fuerza de la acostumbrada y dijo que se esperaba su decisión. Tomás le dijo: - Quizás me podría conservar mi trabajo aquí, incluso sin declaración – Y así quería hacerle entender que habría suficiente que todos sus colegas amenazasen con presentar su dimisión si le obligaban a irse. Pero a ninguno se le ocurrió blandir su dimisión, y un poco más tarde Tomás (el jefe de servicio aun le estrechó la mano con más fuerza si cabe que la última vez; le hizo moretones y todo) tuvo que dejar su trabajo en el hospital.


5 Primero encontró un trabajo en una clínica de provincias a ochenta kilómetros de Praga. Iba cada día en tren y volvía mortalmente cansado. Un año después, consiguió una colocación más cómoda pero totalmente subalterna en un dispensario de barrio. Ya no se podía consagrar a la cirugía y trabajaba de médico de cabecera. La sala de espera estaba llena hasta los topes, con trabajo tenía como mucho cinco minutos para cada uno de sus pacientes; les recetaba aspirinas, les redactaba bajas para sus patrones y les enviaba a la consulta de los especialistas. A sus ojos ya no era médico, sino oficinista. Un día, al final de la consulta recibió la visita de un hombre de unos cincuenta años a quien el hecho de estar gordo le daba un aire de seriedad. El señor se presentó como director general en el Ministerio del Interior, y convidó a Tomás al café de delante. Encargó una botella de vino. Tomás protestaba: - He de conducir. Si la policía me detiene me quitarán el carnet. El hombre del Ministerio del Interior sonrió: - Si le pasa algo, utilice mi nombre – y le alargó a Tomás una tarjeta de visita en la que estaba su nombre (falso, seguro) y el número de teléfono del Ministerio. Después explicó largamente a Tomás como le llegaba a apreciar. En el Ministerio todos deploraban que un cirujano de su envergadura quedase reducido a recetar aspirinas en un dispensario de barrio. Incluso le hizo comprender indirectamente que a la policía, sin poderlo decir en voz alta, le sabía mal que los especialistas fuesen expulsados con tan poco respeto por sus trabajos. Como que hacía mucho tiempo que Tomás no había oído a nadie que lo elogiase, escuchaba muy atentamente al hombrecillo barrigudo y constataba con sorpresa que estaba muy bien informado, y con detalle, de sus éxitos como cirujano.¡Que indefensos estamos ante la adulación! Tomás no podía tmarse en serio lo que decía el hombre del Ministerio. Pero no era tan solo por vanidad. Era sobretodo por inexperiencia. Cuando te encuentras delante de alguien que es amable, deferente, cortés, es muy difícil convencerse a cada instante que nada de lo que dice es verdad, que nada es sincero. Para conseguir no creer (continuamente y sistemáticamente, sin un segundo de duda), hay que hacer un gran esfuerzo y también entrenamiento, o sea frecuentes interrogatorios policiales. Era este entrenamiento lo que le faltaba a Tomás. El hombre del Ministerio continuaba: - Sabemos, doctor, que tenía una colocación excelente en Zurich. Y apreciamos mucho que haya vuelto. Estuvo muy bien hecho por su parte. Sabía


que su lugar estaba aquí. – Después añadió, como si lanzase un reproche a Tomás -: ¡Pero su lugar es la sala de operaciones! - Estoy de acuerdo con usted – dijo Tomás. Hubo una corta pausa y el hombre del Ministerio siguió con voz herida: - Pero, dígame, doctor, ¿de verdad cree que es necesario vaciar los ojos de los comunistas? ¿No le parece curioso que lo diga usted, que ha devuelto la salud a tantas personas? - Esto no tiene ni pies ni cabeza – protestó Tomás – Lea bien lo que escribí. - Lo he leído – dijo el hombre del Ministerio con una voz que quería ser afligida. - ¿Y es posible que escribiese que había que vaciar los ojos a los comunistas? - Es lo que todo el mundo entendió – dijo el hombre del Ministerio, y su voz cada vez era más afligida. - Si hubiese leído el texto entero, tal como lo había escrito, nunca habría pensado una cosa así. Lo acortaron un poco. - ¿Cómo dice? – dijo el hombre del Ministerio, levantando la oreja - ¿No publicaron su texto tal y como lo había escrito? - Lo recortaron. -¿Mucho? -Una tercera parte. El hombre del Ministerio parecía sinceramente indignado: - ¡No fue muy leal, por su parte! Tomás se encogió de hombros. - ¡Se tenía que haber defendido, usted! ¡Tenía que haber pedido inmediatamente una rectificación! - ¿Que quiere, hombre? Los rusos llegaron poco después. Teníamos otros problemas – dijo Tomás. - ¿Por qué quiere hacer creer que un médico como usted desa que otros hombres pierdan la vista? - ¡Venga, venga! Mi artículo apareció en un rincón de la revista entre otras cartas. Nadie se debía fijar. -¡No diga eso, doctor! Yo mismo he discutido con mucha gente que me ha hablado de su artículo y se han sorprendido que usted lo pudiese escribir. Pero ahora que me ha explicado que su artículo, tal como fue publicado, no es exactamente el que había escrito, todo está más claro. ¿Le sugirieron que lo escribiese? - No – dijo Tomás – lo envié yo espontáneamente. - ¿Conocía a aquellas personas? - ¿Cuáles? - Las que publicaron su artículo. - No.


- ¿No llegó a hablar nunca? - Con un periodista. - ¿Cómo se llamaba? Finalmente Tomás comprendió que era un interrogatorio. Se dijo que cada una de sus palabras podía poner a alguien en peligro. Evidentemente sabía el nombre del periodista, pero lo negó. - No lo se. - ¡Venga, doctor! – dijo el hombre con un tono lleno de indignación ante aquella falta de sinceridad - ¡Bien se debía presentar! Es tragicómico que sea precisamente nuestra buena educación que se haya convertido en la aliada de la policía. No sabemos mentir. El imperativo “¡Di la verdad!”, que nos inculcaron nuestros padres, hace que automáticamente nos de vergüenza decir mentiras, incluso delante del policía que nos interroga. Nos es más fácil pelearnos, insultarlo (cosa que no tiene ningún sentido), que no mentir sin manías (que es precisamente lo que se debe hacer). Cuando oyó que el hombre del Ministerio le reprochaba la falta de sinceridad, Tomás casi se sintió culpable, tuvo que superar una especie de bloqueo moral para perseverar en su mentira: -Seguro que se presentó – dijo – pero como que su nombre no me decía nada, lo olvidé enseguida. -¿Cómo era? El periodista con quien había tenido tratos entonces era pequeño y tenía el cabello rubio muy corto cortado en cepillo. Tomás miró de elegir características diametralmente opuestas: Era alto. Tenía los cabellos largos y negros. -¿Ah, sí? – dijo el hombre del Ministerio - ¿y la barbilla salida? - Eso mismo – dijo Tomás - Un tipo un poco encorvado. - Eso mismo – volvió a repetir Tomás, y comprendió que el hombre del Ministerio acababa de identificar a alguien. No solamente Tomás había denunciado a un pobre periodista, sino que para acabarlo de arreglar su denuncia era falsa. -¿Pero para que le había convocado? ¿De que hablaron? -Querían cambiar la sintaxis de una frase. Esta respuesta le dio la impresión de un subterfugio ridículo. El hombre del Ministerio volvía a estar enfadado que Tomás se negase a decirle la verdad: -¡Venga, doctor! ¡Acaba de afirmar que le recortaron una tercera parte del texto y ahora me dice que discutieron un cambio de sintaxis! ¡No tiene mucha lógica, todo esto! Tomás supo encontrar una respuesta fácilmente, porque lo que decía era la pura verdad:


- No es lógico, pero es así – dijo, riendo – Me pidieron autorización para cambiar la sintaxis de una frase y después me recortaron una tercera parte del artículo. El hombre del Ministerio volvió amover la cabeza, como sino pudiese comprender un comportamiento tan inmoral, y dijo: -¡Estas personas no fueron nada correctas con usted! Vació su vaso y concluyó: -Doctor, usted ha sido víctima de una manipulación. Sería una lástima que lo tuvieran que pagar usted y sus enfermos. Sabemos perfectamente de sus cualidades, doctor. Veremos que se puede hacer. Ofreció su mano a Tomás y se despidió cordialmente. Salieron del café y cada uno volvió a su coche. 6 Aquel encuentro puso a Tomás de un humor sombrío. Se reprochaba haberse dejado enredar por el tono jovial de la entrevista. Como no se había negado a hablar con el policía (no estaba preparado para una situación semejante y no sabía que permite o que autoriza la ley), ¡por lo menos se habría tenido que negar a acompañarlo al café a tener una charla como con un amigo! ¡Y si alguien le había visto, alguien que conocía a ese tipo! ¡Seguro que habría concluido que Tomás estaba al servicio de la policía! ¡Y porqué le había tenido que decir a aquel poli que le habían recortado el artículo! ¿Por qué le había dado, sin razón alguna, aquella información? Estaba profundamente descontento con el mismo. Unos quince días más tarde, el hombre del Ministerio volvió. Le propuso ir al café de delante como la última vez, pero Tomás prefirió quedarse en la consulta. -Le entiendo, doctor - dijo el otro con una sonrisa. Aquella frase afectó a Tomás. El hombre del Ministerio se acababa de expresar como el jugador de ajedrez que confirma a su adversario que ha cometido un error en la jugada precedente. Estaban sentados en sus sillas, cara a cara, separados por la mesa de despacho de Tomás. Al cabo de diez minutos de hablar de la epidemia de gripe que entonces hacía estragos, el hombre dijo: - Hemos reflexionado sobre su caso, doctor. Si tan solo se tratase de usted, el caso sería sencillo. Pero hemos de tener en cuenta la opinión pública. Lo quisiese o no lo quisiese, su artículo contribuyó a la histeria comunista. No le esconderé que inclusote sugirieron de llevarlo ante la justicia a causa de su artículo. Hay una disposición del código respecto a esto. Incitación pública a la violencia.


El hombre del Ministerio del Interior hizo una pausa y miró a Tomás a los ojos. Tomás se encogió de hombros. El hombre adquirió un tono tranquilizador. - Descartamos esa idea. Sea cual sea su responsabilidad, el interés de la sociedad exige que usted tenga trabajo allí donde sus competencias son mejor utilizadas. Su antiguo jefe de servicio le aprecia mucho. Y también nos hemos informado con sus enfermos. ¡Es un gran especialista, usted, doctor! Nadie puede exigir que un médico entienda nada de política. Usted se dejó enredar, doctor. Esto hay que arreglarlo. Por eso le queremos proponer el texto de una declaración que usted tendría que poner, si le parece bien, a disposición de la prensa. - Después nosotros nos ocuparíamos que fuese publicada cuando llegas el momento – dijo, alargándole un papel a Tomás. Tomás leyó lo que estaba escrito y se quedó desatinado. Era mucho peor que lo que su antiguo jefe de servicio le había exigido dos años antes. Ya no era una sencilla retractación del artículo sobre Edipo. Allí habían frase sobre el amor a la Unión Soviética y la fidelidad al partido comunista, había una condena a los intelectuales que, lo decía bien claro, querían conducir al país a una guerra civil, pero sobre todo había una denuncia de la redacción del semanario cultural con el nombre del periodista de alta silueta curvada (Tomás no le había visto nunca pero reconocía el nombre y la foto) que le había liado deliberadamente deformando el sentido de su artículo para hacer una llamada contrarrevolucionaria; eran demasiado cobardes, lo decía bien claro, por redactar ellos mismos un artículo como aquel y habían querido esconderse tras un médico ingenuo. El hombre del Ministerio leía el espanto en los ojos de Tomás. Inclinándose hacia delante, le dio unos golpecitos amistosos en la rodilla por debajo de la mesa: - ¡Doctor, solo es un borrador! Puede reflexionar y si quiere cambiar una fórmula u otra, seguro que podremos llegar a entendernos. ¡Al fin y al cabo, es su texto! Tomás devolvió el papel al policía como si tuviese miedo de tenerlo un segundo más en su mano. Casi se imaginaría que le buscarían las huellas digitales. El lugar de coger el papel, el hombre del Ministerio separó los brazos en un gesto de fingida sorpresa (era el gesto del Papa bendiciendo a las multitudes desde arriba del balcón): - Pero, doctor, ¿porqué me lo devuelve? Lo tiene que conservar. Ya reflexionará tranquilamente en su casa.


Tomás movía la cabeza y sostenía pacientemente el papel en su mano extendida. El hombre del Ministerio dejó de imitar al Santo Padre bendiciendo a las multitudes y se tuvo que resignar a coger el papel. Tomás le quería decir con toda su firmeza que no redactaría ni firmaría nunca nada. Pero cambió de tono en el último momento. Dijo con calma: -No soy un analfabeto. ¿Por qué tendría que firmar algo que no he escrito? - Muy bien, doctor, podemos elegir el proceso inverso. Primero usted mismo escribe alguna cosa y después nos lo miraremos juntos. Lo que acaba de leer por lo menos le puede servir de modelo. ¿Por qué Tomás no había rehusado enseguida y categóricamente la propuesta de la policía? En un abrir y cerrar de ojos se hizo aquel razonamiento: a partir del hecho que las declaraciones de aquel tipo tenían por objetivo desmoralizar a toda la nación, era verosímil que en su caso la policía perseguía un objetivo más preciso: tal vez preparaban un proceso contra los periodistas del semanario al cual Tomás había enviado su artículo. En este caso, la declaración de Tomás les serviría de prueba y la harían servir también en la campaña de prensa que lanzarían contra los periodistas. Negándose entonces, firmemente y categóricamente, corría el peligro de ver como la policía publicaba el texto preparado de antemano poniéndole fraudulentamente su firma. ¡Nunca un periódico publicaría sus desmentidos! ¡Nadie en el mundo creería que el no hubiese escrito y firmado aquel artículo! Ya había comprendido que la gente se alegraba demasiado de la humillación moral de los otros para dejarse estropear este placer con explicaciones. Dándole al policía la esperanza de que el mismo redactaría un texto, ganaba tiempo. Al mismo día siguiente escribió la carta de dimisión. Suponía (correctamente) que una vez que hubiese bajado voluntariamente al grado más bajo de la escala social (donde entonces habían tenido que bajar miles de intelectuales de otras disciplinas), la policía ya no tendría fuerza, sobre el y dejaría de interesarles. En estas condiciones, ya no podrían publicar ninguna declaración presuntamente firmada por el, ya que no sería gente creíble. Aquellas vergonzosas declaraciones públicas se acompañan siempre de la promoción y no de la caída de los firmantes. Pero como en Bohemia los médicos son funcionarios, el Estado puede liberarlos de sus funciones, evidentemente, pero no está obligado. El empleado con quien Tomás discutió su dimisión conocía su reputación y le respetaba. Intentó persuadirlo que no dejase su trabajo. Tomás comprendió de pronto que no estaba muy convencido de haber hecho la elección correcta. Pero se sintió atado a aquella decisión por una especie de promesa de fidelidad y se reafirmó. Así se convirtió en limpia cristales.


7 Unos cuantos años antes, yendo en coche de Zurich a Praga, Tomás se repetía en voz baja: “es muss sein!” pensando en su amor por Tereza. Una vez pasada la frontera, empezó a dudar que realmente hiciese falta: comprendió que solo le había impelido hacia Tereza una serie de azares ridículos que se habían producido siete años antes (habían empezado con la ciática del jefe de servicio) y que le llevaban a una jaula donde no tendría manera de salir. ¿Hay que concluir que no había “es muss sein!” en su vida, que no había ninguna gran necesidad? A mi parecer, había una. No era el amor, era el trabajo lo que le había llevado a la medicina no era ni el azar ni un cálculo racional, sino un profundo deseo interior. Si hay una manera de clasificar a los seres en categorías, es ciertamente según estos deseos profundos que les guían hacia esta o aquella actividad que ejercen durante toda su vida. Cada francés es diferente. Pero todos los actores del mundo se parecen – en París, en Praga, e incluso en el teatro de provincias más modesto. Es actor el que acepta desde la infancia exponerse al público anónimo. Sin este consentimiento fundamental que no tiene nada que ver con el talento, uno no se puede convertir en actor. De igual manera, el médico es el que acepta ocuparse durante toda la vida con todas sus consecuencias, de cuerpos humanos. Es este acuerdo fundamental (de ninguna manera el talento o la traza) lo que le permite entrar el primer año en la sala de disección y convertirse en médico seis años más tarde. La cirugía eleva el imperativo fundamental de la profesión médica al límite extremo en que aquello humano roza con aquello divino. Cuando das violentos golpes de garrote al cráneo de alguien, se hundirá y dejará de respirar para siempre jamás. Pero de todas maneras un día u otro bien dejará de respirar. Este asesinato lo único que hace es avanzar lo que Dios arreglaría el mismo un poco más tarde. Dios, podemos suponer, previó el homicidio pero no la cirugía. No se imaginaba que alguien osaría meter la mano en el interior del mecanismo que había inventado, envuelto con mucho cuidado con piel, sellado y escondido a los ojos del hombre. Cuando Tomás puso por primera vez su escalpelo sobre la piel de un paciente dormido por la anestesia y después, con un gesto enérgico, parió esa piel y la descosió con una raya derecha y exacta (como un trozo de tejido inanimado, un abrigo, una falta, una cortina) sintió un sentimiento de sacrilegio breve pero intenso. ¡Seguramente era eso lo que le atraía! Era esta necesidad, este “es muss sein!” profundamente enraizado en el y al cual no le había empujado ni un azar ni una ciática del jefe de servicio, nada del exterior. Pero entonces, ¿Cómo puede ser que se haya separado tan deprisa con tanta resolución y tan fácilmente de una cosa tan profunda?


El nos contestaría que actuó así para impedir que la policía le utilizase. Pero, francamente, aunque era una teoría posible (realmente pasaron casos de este tipo), no era nada probable que la policía hiciese publicar una declaración falsa seguida de su firma. Evidentemente tenemos el derecho de temer incluso peligros poco probables. Admitámoslo. Y admitamos también que estaba enfadado contra el mismo, contra su propia chapucería y que quería evitar volver a tener nuevos contactos con la policía que lo único que habrían hecho era exacerbar su propio sentimiento de impotencia. Y admitamos también que en realidad ya había perdido su ocupación, porque su trabajo mecánico en el dispensario donde recetaba aspirinas no tenía nada en común con la idea que el tenía de la medicina. A pesar de todo esto, una decisión tan súbita me parece extraña. ¿No esconde alguna cosa más profunda, alguna cosa que rehuía su reflexión racional? 8 A Tomás había empezado a gustarle Beethoven para hacer feliz a Tereza, pero no le apasionaba la música y no creo que conociese la verdadera historia del ilustre motivo de Beethoven “muss es sein? Es muss sein!” Pasó de esta manera: un cierto señor Dembscher debía cincuenta florines a Beethoven, y el compositor, eternamente arruinado, se los reclamó. “Muss es sein?”, “¿es necesario?”, suspiró el pobre señor Dembscher, y Beethoven respondió con una alegre sonrisa: “Es muss sein!”, “lo es”, y después inscribió estas palabras en su melodía en la libreta y compuso sobre este motivo realista una pequeña pieza para cuatro voces: tres voces cantan “es muss sein, ja, ja, ja” “es necesario, es necesario, sí, sí, sí”, y la cuarta voz añade: “heraus mit dem Beutel!”, “saca la bolsa!”. Un año más tarde, el mismo motivo se convertía en el núcleo del cuarto movimiento del último cuarteto opus 135. Beethoven ya no pensaba en la bolsa de Dembscher. Las palabras “es muss sein!” tomaban para el una tonalidad cada vez más solemne, como si el Fat en persona las hubiese proferido. En la lengua de Kant, incluso “buen día”, debidamente pronunciado, puede parecer una tesis metafísica. El alemán es una lengua de palabras pesadas. “Es muss sein!” ya no era ninguna broma sino “der schwer gefaste Entschluss”, “la decisión bien sopesada”. Beethoven, pues, había convertido una inspiración cómica en un cuarteto serio, una broma en verdad metafísica. Es un ejemplo interesante de pasar de ligero a pesado (o sea, según Parménides, de cambio de positivo al negativo). Cosa curiosa, esta mutación no nos sorprende. En cambio nos indignaríamos si Beethoven hubiese pasado de la seriedad del cuarteto a la broma ligera del


cánon a cuatro voces sobre la bolsa de Dembscher, aunque hubiese actuado bien siguiendo el espíritu de Parménides: ¡Habría cambiado del pesado al ligero, o sea, del negativo al positivo! ¡Al principio, habría habido (bajo la forma de esbozo imperfecto) una gran variedad metafísica y al final (como obra acabada) una broma totalmente ligera! Pero ya no sabemos pensar como Parménides. Creo que en el fondo Tomás si irritaba desde hacía tiempo delante de este agresivo, solemne y austero “es muss sein!” y que había en el un deseo profundo de cambiar, según el espíritu de Parménides, de pesado a ligero. Recordemos que tiempo atrás había tenido bastante con un instante para rechazar el volver a ver nunca más a su primera mujer y a su hijo y que se había sentido aliviado cuando había sabido que sus padres habían roto con el. ¿No era esto un gesto brusco y poco racional con el cual rechazó lo que se le quería afirmar como una pesada obligación, como un “es muss sein!? Evidentemente, entonces se trataba de un “es muss sein!” exterior, impuesto por las convenciones sociales, mientras que el “es muss sein!” de su amor por la medicina era una necesidad interior. Precisamente por eso, todavía era peor. Porque el imperativo interior todavía es más fuerte y aún incita con más fuerza a la revuelta. Ser cirujano es abrir la superficie de las cosas y mirar lo que se esconde dentro. Tal vez fue este deseo el que le hizo venir las ganas a Tomás de ir a ver que había más allá del “es muss sein!”; ducho de otra manera, ir a ver que queda de la vida cuando el hombre se ha desprendido de todo lo que hasta entonces había considerado su misión. De todas las maneras, cuando se fue a presentar a la afable directora de las empresas praguenses de limpieza de cristales y escaparates, el resultado de su decisión le apareció de súbito en toda su realidad se medio asustó. Fue en aquel espanto que vivió sus primeros días del nuevo trabajo. Pero una vez superada (mas o menos al cabo de una semana) la extrañeza pasmosa de su nueva vida, se dio cuenta de pronto que se encontraba en unas largas vacaciones. Hacía cosas a las que no le daba ninguna importancia, y era bonito. Comprendía la felicidad de la gente (que hasta entonces le había dado lástima) que ejerce un trabajo al cual no han sido llevados por un “es muss sein!” interior y que pueden olvidar cuando dejan el trabajo. Todavía no había comprendido nunca aquella bienvenida indiferencia. Tiempo atrás, cuando una operación no había salido como el habría querido, estaba desesperado y no dormía. Incluso llegaba a perder el gusto por las mujeres, El “es muss sein!” de su trabajo era como un vampiro que le chupaba la sangre. Ahora, recorría Praga con su larga percha para limpiar los aparadores t constataba con sorpresa que se sentía diez años más joven. Las vendedores de grandes almacenes le llamaban “doctor” (el tam-tam praguense funcionaba


perfectamente) y le pedían consejo sobre sus resfriados, sus lumbalgias y sus retrasos menstruales. Casi sentían vergüenza cuando le veían rociar los paradores con agua, enganchar una brocha en la punta de su percha y empezar a limpiar. Si hubiesen podido plantar a sus clientes en la tienda, seguro que le habrían cogido la percha de las manos para limpiar los cristales en su lugar. Tomás trabajaba sobretodo en los grandes almacenes, pero la empresa le enviaba también a casas particulares. En aquella época la gente todavía vivía las persecuciones contra los intelectuales checos en una especie de euforia de la solidaridad. Cuando sus antiguos enfermos supieron que Tomás era un limpia cristales, llamaron a su empresa para reclamarle. Le acogían con una botella de champán o de licor, inscribían en su hoja que había limpiado trece ventanas y después pasaban un par de horas charlando y brindado con el. Cuando se iba para dirigirse a otras casas o a otra tienda, estaba de un humor espléndido. Las familias de los oficiales rusos se acababan de instalar en el país, la radio difundía los discursos conminatorios de los funcionarios del Ministerio del Interior que ocupaban el lugar de los periodista despedidos, y el iba dando tumbos entre dos vinos a través de las calles de Praga en el estado de espíritu de un hombre que va de fiesta en fiesta. Eran sus grandes vacaciones. Volvía a la época de su vida de soltero. Porque de pronto estaba sin Tereza. Solo la veía por la noche, cuando ella volvía del bar y el abría un ojo en el primer sueño, y después por la mañana, cuando era ella la que estaba soñolienta y el se apresuraba para ir al trabajo. Tenía dieciséis horas solo para el y era un espacio de libertad ofrecido inesperadamente. Para el, desde la primera juventud, un espacio de libertad quería decir mujeres. 9 Cuando sus amigos le preguntaban cuantas mujeres había tenido, daba una respuesta evasiva y, si insistían, decía: “Deben ser unas doscientas”. Algunos envidiosos afirmaban que exageraba. El se defendía: “No son tantas. Mis relaciones con las mujeres duran, más o menos, veinticinco años. Dividid doscientas mujeres por veinticinco. Veréis que hacen, más o menos, ocho mujeres nuevas por año. No es para tanto.” Pero desde que vivía con Tereza, su actividad erótica topaba con dificultades de organización; solo le podía reservar (entre la sala de operaciones y su casa) una estrecha franja de tiempo que, eso sí, explotaba intensamente (como el agricultor de montaña cultiva con asiduidad su parcela), pero que no se podía comparar con el momio que de pronto le había tocado de tener un espacio de dieciséis horas. (Digo dieciséis, porque incluso las ocho horas durante las cuales limpiaba cristales ofrecían mil ocasiones de conocer nuevas tenderas, empleadas o amas de casa y quedar)


¿Qué buscaba en todas estas mujeres? ¿Qué le atraía hacia ellas? ¿No es el amor físico, la repetición eterna de lo mismo? De ninguna manera. Siempre queda un pequeño porcentaje inimaginable. Evidentemente, cuado veía a una mujer, toda vestida, es podía imaginar más o menos como debía ser una vez desnudada (aquí su experiencia de médico completaba la experiencia del amante), pero entre la aproximación de la idea y la precisión de la realidad subsistía una pequeña laguna inimaginable, y era esta laguna la que no le dejaba reposar. Y después el acoso de lo inimaginable no se acaba con el descubrimiento de la desnudez, va más lejos: ¿Qué caras pondrían mientras se desnudaban? ¿Qué dirían cuando les hiciese el amor? ¿En que notas serían sus suspiros? ¿Que mueca se les grabaría en la cara en el momento del orgasmo? La unicidad del “yo” se esconde justamente en lo que el ser humano tiene de inimaginable. Solo se puede imaginar lo que es idéntico en todos los seres, lo que les es común. El “yo” individual es el que se distingue del general, o sea el que no se deja ni imaginar ni calcular de antemano, el que primero de todo hay que revelar, descubrir, conquistar en el otro. Tomás, que durante los diez últimos años de su actividad médica se había ocupado exclusivamente del cerebro humano, sabía que no hay nada más difícil de alcanzar que el “yo”. Entre Hitler y Einstein, entre Breznev y Soljenitsin, hay más parecidos que diferencias. Si se pudiese expresar aritméticamente, hay entre ellos una millonésima de diferencia y novecientas noventa y nueve millonésimas de parecido. Tomás está obsesionado por el deseo de descubrir esta millonésima parte y de hacerla suya y es esto, a sus ojos, el sentido de su obsesión por las mujeres. No está obsesionado por las mujeres, está obsesionado por lo que cada una de ellas tiene de inimaginable, dicho de otra manera, por aquella millonésima de diferencia que distingue a una mujer de las otras. (Quizás en este caso su pasión de cirujano se encontraba con su pasión de mujeriego. No soltaba el escalpelo imaginario ni tan solo cuando estaba con sus amantes. Deseaba hacer suya alguna cosa que estaba profundamente escondida en el interior de ellas mismas, de manera que tenía que romper la envoltura superficial). Evidentemente tenemos derecho a preguntar porque solo iba a buscar en la sexualidad esta millonésima de diferencia. ¿No lo podía encontrar, por ejemplo, en su manera de ser, en sus gustos culinarios o en sus preferencias estéticas? Huelga decir que esta millonésima de disimilitud está presente en todos los ámbitos de la vida humana, pero en todas partes está públicamente revelada, no hay que descubrirla, no es necesario el escalpelo. Que una mujer prefiera el queso a los pasteles y que otra no soporte el brócoli es, evidentemente, una


señal de originalidad, pero inmediatamente se ve que esta originalidad es bien insignificante y vana y que perderíamos el tiempo interesándonos y buscando un valor cualquiera. Es tan solo en la sexualidad que la millonésima de diferencia, aparece como una cosa preciosa, porque no es accesible públicamente y hay que conquistarla. Hace solo medio siglo esta especie de conquista exigía mucho tiempo (¡semanas, y a veces incluso meses!) y el valor de aquello conquistado se medía por el tiempo consagrado a conquistarlo. Incluso hoy, aunque el tiempo de conquista se haya acortado considerablemente, la sexualidad continúa apareciendo como el cofre de plata donde se oculta el misterio del yo femenino. Entonces no era el deseo de voluptuosidad (digamos que la voluptuosidad llegaba de propina) sino el deseo de hacer suyo el mundo (de abrir con el escalpelo el cuerpo yacente del mundo), lo que le lanzaba a perseguir mujeres. 10 Los hombres que persiguen una multitud de mujeres se pueden dividir fácilmente en dos categorías. Los unos buscan en todas las mujeres su propio sueño, su idea subjetiva de la mujer. A los otros les mueve el deseo de hacer suya la infinita diversidad del mundo femenino objetivo. La obsesión de los primeros es una obsesión romántica: lo que buscan en las mujeres es a ellos mismos, su ideal, y se sienten decepcionados siempre y continuamente porque el ideal, tal como sabemos, es algo imposible de encontrar. Como que la decepción que les empuja de mujer en mujer ofrece una excusa romántica a su inconsistencia, muchas señoras sentimentales encuentran conmovedora su poligamia tozuda. La otra obsesión es una obsesión libertina, y las mujeres no lo ven nada conmovedor: como el hombre no proyecta en las mujeres un ideal subjetivo, todo le interesa y nada puede decepcionarle. Y precisamente esta inepcia para quedar decepcionado tiene en ella misma algo de escandalosa. A los ojos del mundo, la obsesión del fiador libertino es irremisible (porque no está expiada por la decepción). Como que el follador romántico persigue siempre el mismo tipo de mujer, ni tan solo se nota que cambie de amantes; sus amigos le provocan continuamente malos entendidos porque no diferencian a sus compañeras y las nombran a todas por el mismo nombre. En su persecución del conocimiento, los folladores libertinos (y es evidente que en esta categoría hay que poner a Tomás) se alejan cada vez más de la belleza femenina convencional (que pronto les aburre) y es casi seguro que acabaran en coleccionistas de curiosidades. Ellos lo saben, les da un poco de


vergüenza y, para no preocupar a sus amigos, no se muestran en público con sus amantes. Tomás limpiaba cristales desde hacía un par de años cuando le llamó una nueva clienta. La primera vez que la vio en el quicio de la puerta del piso quedo enseguida cautivado por su rareza. Era una rareza discreta, reservada, que se mantenía en los límites de una banalidad agradable (el gusto de Tomás por las curiosidades no tenía nada en común con la afición felliniana por los monstruos): era extraordinariamente alta, aún más alta que el, tenía la nariz delicada y muy larga, y la cara estaba en aquel punto insólito en que era imposible decir que era bonita (¡todos habrían protestado!) aunque no estaba exenta de belleza. (Al menos según Tomás). Llevaba unos pantalones y una blusa blancos, se habría dicho la síntesis extraña de una criatura muy delgada, de una jirafa y de una cigüeña. Le miraba con una larga mirada atenta y escrutadora donde tampoco faltaba una chispa de ironía inteligente. - Entre, doctor – dijo ella. Comprendía que la mujer sabía quien era. Haciéndose el despistado, preguntó: - ¿Dónde puedo coger agua? Abrió la puerta del cuarto de baño. Vio delante suyo el lavabo, la bañera, la taza del water; delante de la bañera, delante del lavabo y delante del water había puestas pequeñas alfombras rosas. La mujer parecida a una jirafa y a una cigüeña sonreía entornando ls ojos, y todo lo que decía daba el efecto de tener un sentido o una ironía escondidos. - El cuarto de baño está todo a su disposición, doctor – dijo – Haga lo que le parezca mejor. - ¿incluso me puedo bañar? -¿Qué le gusta bañarse – le preguntó. Lleno el cubo con agua caliente y volvió al salón. -¿Por donde quiere que empiece? -Solo depende de usted esto – dijo ella encogiéndose de espaldas. - ¿Qué puedo ver las ventanas de las otras habitaciones? -¿Quiere visitar el piso? – Sonreía como si la limpieza de los cristales fuese un capricho de Tomás y este capricho no le interesase en absoluto. Entró en el cuarto de al lado. Era una habitación con una gran ventana, dos camas enganchadas una a la otra y un cuadro que representaba un paisaje otoñal de abedules iluminado por el sol poniente. Cuando volvió, en la mesa había una botella de vino empezada y dos vasos. -¿No quiere coger un poco de fuerzas antes de su trabajo tan duro? – preguntó ella. - Con mucho gusto – dijo Tomás, sentándose. - Debe ser interesante para usted, ir así a casa de la gente, ¿verdad? – dijo ella.


-Está bastante bien – dijo Tomás. -En todas partes se debe encontrar mujeres con los maridos en el trabajo. -Mas bien me encuentro abuelas y suegras – dijo Tomás. -¿Y no encuentra a faltar el trabajo de antes? -Primero explíqueme como ha oído hablar de mi trabajo de antes. - Su patrón está muy orgulloso de usted – dijo la mujer cigüeña. -¿todavía ahora? – Tomás se sorprendió. -Cuando le he llamado para que me enviase a alguien a limpiarme los cristales, me han preguntado si es que le quería a usted. Parece que es un gran cirujano que han echado del hospital ¡Puede creerme que me ha interesado mucho! -Tiene un curiosidad maravillosa – dijo el. - ¿Se nota? Sí, en la manera de mirar. -¿Y como miro, si se puede saber? - Entorna los ojos y no para de hacer preguntas. -¿Es que no le agrada contestar? Gracias a ella, la conversación giraba de golpe hacia la broma. Nada de lo que ella decía tenía nada que ver con el mundo exterior. Sus palabras solo se dirigían a ellos dos. Como la conversación en seguida les había elevado a los dos como tema principal, no había nada más fácil que completar las palabras con tocamientos, y Tomás, mientras hablaba de los ojos que se cerraban, los acariciaba. Y ella respondía a cada uno de sus tocamientos con una caricia propia. No actuaba espontáneamente sino más bien con un perseverancia deseada como si estuviesen jugando a “yo te hago lo que tu me haces”. Así estaban cara a cara, cada uno con las manos puestas en el cuerpo del otro. Cuando Tomás intentó ponerle la mano entre los muslos, finalmente ella empezó a defenderse. No acababa de aclarar si se defendía de verdad, pero ya había pasado suficiente tiempo y al cabo de diez minutos le esperaba el próximo cliente. Se levantó y explicó que se tenía que ir. Ella tenía las mejillas encendidas. - Tengo que firmarle el albarán –dijo ella - Pero sino he hecho nada – protestó el. - Es culpa mía – dijo ella, y después añadió, con una voz dulce, lánguida, inocente -: Le tendré que volver a llamar para que pueda acabar lo que ni tan solo ha podido empezar por culpa mía. Como que Tomás se negaba a darle el albarán para firmar, ella dijo tiernamente, con el tono que habría puesto para pedir un servicio: -Por favor, démelo – Y añadió, cerrando los ojos – No soy yo la que pago, es mi marido, y no es usted el que cobra, sino la empresa estatal. Esta transacción no nos concierne ni al uno ni al otro.


11 La curiosa disimetría de la mujer parecida a una jirafa y a una cigüeña le excitaba solo de pensarlo: la coquetería aliada con la grosería; un deseo sexual ingenuamente confesado con la compañía de una sonrisa irónica; la banalidad vulgar del piso y la singularidad de su propietaria. ¿Cómo sería cuando hiciesen el amor? Intentaba imaginarla, pero no era fácil. Fue su única preocupación durante unos cuantos días. Cuando ella le convidó por segunda vez, la botella de vino ya esperaba sobre la mesa y dos vasos. Pero esta vez todo fue muy deprisa. Se encontraron enseguida cara a cara en la habitación (el sol se ponía sobre el paisaje de abedules blancos) y se besaron. El dijo su habitual: “¡Desnúdate!”, pero, en lugar de obedecer le ordenó: “No, tu primero”. No estaba acostumbrado y perdió un poco de aplomo. Ella le empezó a quitar los pantalones. “¡Desnúdate!”, le volvió a intimar unas cuantas veces (con un poco de éxito cómico), pero lo único que podía hacer era aceptar un compromiso; según las reglas del juego que ella le había impuesto la última vez(“lo que tu me hagas, yo te lo hago”. Ella le acabó de quitar los pantalones y el de su falda, después ella le quitó la camisa y el la blusa, hasta que, al final, estuvieron desnudos cara a cara. El tenía su mano puesta en su sexo húmedo y hacia resbalar los dedos hacia el orificio anal, en todas las mujeres el lugar del cuerpo que a el más le gustaba. Ella lo tenía extremadamente protuberante, cosa que le sugería claramente la idea del largo tubo digestivo acabándose aquí con leve resalte. Palpaba el anillo, firme y sano, aquel anillo, el más bonito de todos, nombrada esfínter en el lenguaje de los médicos, cuando sintió súbitamente los dedos de la mujer posarse en el mismo sitio suyo detrás. Repetía todos sus gestos con la precisión de un espejo. Aunque había conocido, tal como había dicho, unas doscientas mujeres (y desde que limpiaba cristales se contaban aún más) nunca le había pasado que una mujer más alta que el se le plantase delante, cerrase los ojos y le palpase el ano. Para superar la incomodidad, la empujó con decisión a la cama. Este movimiento súbito la cogió desprevenida. Su cuerpo alto caía de espaldas y la cara cubierta de pecas rojas tenía el aire asustado de alguien que ha perdido el equilibrio. Como el estaba derecho delante de ella, la cogió por las rodillas y las levantó muy arriba las piernas ligeramente separadas. De pronto, parecían los brazos levantados del soldado preso de pánico que se rinde ante la amenaza de un arma. La grosería unida al fervor, el fervor unido a la grosería excitaban terriblemente a Tomás. Se amaron largamente. El le observaba la cara cubierta de pecas rojas y buscaba la expresión de espanto de una mujer a quien la hacen


la zancadilla y se cae, inimitable expresión que le acababa de hacer subir a la cabeza el flujo de la excitación. Cuando acabaron, el se fue a lavar al cuarto de baño. Ella le acompañó y le explicó durante mucho rato donde estaba el jabón, donde estaba el guantes de crin y que había que hacer para tener agua caliente. El encontraba curioso que le explicase estas cosas sencillas con tanto detalle. Le dijo que lo había entendido y que se quería quedar solo en el cuarto de baño. - ¿No me dejarás ver como te lavas? – le dijo en un tono suplicante. Finalmente la pudo hacer salir. Se lavaba, orinaba en el lavabo (práctica corriente entre los médicos checos) y tenía la impresión que ella iba y venía con impaciencia delante del cuarto de baño, buscando un pretexto para entrar. Cuando hubo cerrado los grifos, detectó que un silencio total reinaba en el piso y creyó que ella le observaba. Estaba casi seguro que había un agujero en la puerta y que ella clavaba su bonito ojo semicerrado. Cuando la dejó, se sentía de un humor excelente. Se esforzaba en recordar lo esencial, de condensar el recuerdo en una fórmula química que permitiese definir la unicidad (la millonésima de diferencia) de aquella mujer. Finalmente llegó a una fórmula compuesta de tres elementos: La grosería unida al fervor. La cara asustada de alguien que pierde el equilibrio y se cae. Las piernas levantadas como los brazos de un soldado que se rinde ante la amenaza de un arma. Repitiendo esta fórmula sentía el sentimiento radiante de haberse vuelto a hacer suyo un fragmento del mundo; de haber cortado con su escalpelo imaginario un cinta delgada de tejido en la tela infinita del universo. 12 Mira lo que le pasó, más o menos, por esa misma época unas cuantas veces con una mujer joven en un piso de un viejo amigo, cada día, se lo dejaba hasta media noche. Al cabo de un mes o dos, ella le recordó uno de sus encuentros: habían hecho el amor sobre la alfombra de delante de la ventana, decía ella, y fuera los relámpagos caían y los truenos bramaban. ¡Habían hecho el amor durante toda la tempestad y era, decía ella, de una belleza inolvidable! Mientras la escuchaba, Tomás se sorprendía: si, recordaba que habían hecho el amor sobre al alfombra (en el estudio de su amigo solo había un sofá estrecho donde no se sentía demasiado cómodo), ¡pero había olvidado por completo la tempestad! Era extraño, se acordaba de las diversas veces que había quedado, incluso recordaba exactamente de que manera habían hecho el amor (ella se negaba a hacer el amor por detrás) recordaba las diversas frases que ella había pronunciado mientras hacían el amor (siempre le pedía que la


cogiese por las caderas con firmeza, y protestaba si la miraba), incluso recordaba el corte de su ropa interior – pero no se acordaba para nada de la tempestad. De sus aventuras amorosas su memoria solo registraba el estrecho camino escarpado de la conquista sexual: la primera agresión verbal, el primer tocamiento, la primera obscenidad que el le había dicho y que ella le había dicho, todas las pequeñas perversiones a que la había obligado poco a poco y hasta todas las que ella le había negado. Todo el resto (con una cuenta casi pendiente) estaba excluido de su memoria. Incluso olvidaba el lugar donde había encontrado a aquella mujer por primera vez, porque aquel instante era antes de la conquista sexual propiamente dicha. La mujer joven hablaba de la tempestad, la cara marcada por una sonrisa soñadora, y el la miraba sorprendido y casi avergonzado: ella había vivido una cosa bonita y el no la había vivido con ella. La reacción dicotómica de su memoria delante la tempestad nocturna expresaba toda la diferencia que puede haber entre el amor y el no-amor. Por no-amor, no quiero decir que Tomás se comportase como un cínico delante de aquella mujer joven, que solo hubiese visto, tal como se dice ahora, un objeto sexual: al contrario, el la quería como una amiga, apreciaba su carácter y su inteligencia, estaba dispuesto a ayudarla cada vez que le necesitase. No es que el se llevase mal con ella, era su memoria que la había excluido, sin que el tuviese nada que ver, de la esfera del amor. Parece que en el cerebro existe una zona bien específica que se podría llamar memoria poética y que registra lo que nos ha encantado, lo que no has emocionado, lo que su belleza a nuestra vida. Desde que Tomás había conocido a Tereza, ninguna mujer tenía derecho a dejar marca, ni tan solo la más efímera, en esta zona de su cerebro. Tereza ocupaba como una déspota su memoria poética y había barrido cualquier traza de las otras mujeres. No era justo, porque, por ejemplo, la mujer joven con la que había hecho el amor sobre la alfombra durante la tempestad no era menos digna de poesía que Tereza. Ella le gritaba: “¡Cierra los ojos, cógeme por las caderas, apriétame fuerte!” No podía soportar que Tomás tuviese los ojos abiertos, atentos y escrutadores mientras hacían el amor, y que su cuerpo, ligeramente levantado sobre el suyo, no se pegase a su piel. No quería que el la estudiase. Quería arrastrarle en la ola mágica donde solo se puede entrar con los ojos cerrados. Se negaba a ponerse de cuatro patas para que en aquella posición sus cuerpo, con trabajo, apenas se tocaban y el podía observarla a una distancia de unos cincuenta centímetro. Detestaba este alejamiento. Quería confundirse con el. Además, le afirmaba tozudamente, mirándole a los ojos, que no llegaba a disfrutar, aunque la alfombra estuviese mojada de su orgasmo: “No busco disfrutar, busco la felicidad, y disfrutar si la


felicitar no es disfrutar”. Dicho de otra manera. Llamaba a la puerta de su memoria poética. Pero la puerta estaba cerrada. En la memoria poética de Tomás no había sitio para ella. Solo había sitio para ella en la alfombra. La aventura de Tomás con Tereza había empezado exactamente allá donde acababan sus aventuras con las otras mujeres. Se representaba en el otro lado del imperativo que le empujaba a la conquista de las mujeres. En Tereza no quería revelar nada. La había encontrado revelada. Había hecho el amor sin haberse tomado tiempo de coger el escalpelo imaginario con que abría el cuerpo yacente del mundo. Sin cogerse el tiempo de preguntarse como sería mientras hacía el amor, ya la quería. La historia de amor solo había comenzado después: ella había tenido fiebre y el no la había podido llevar a su casa como con las otras mujeres. Se había arrodillado a la cabecera de la cama y le había venido la idea de que ella había sido enviada en una cesta siguiendo la corriente del agua. Ya he dicho que las metáforas son peligrosas. El amor comienza con una metáfora. Dicho de otra manera: el amor empieza en el momento en que una mujer se inscribe con una palabra en nuestra memoria poética. 13 No tardó en renovar su huella: había ido a buscar la leche como cada mañana y, cuando el la abrió, apretaba contra su pecho una corneja envuelta en un chal rojo. Era así como las gitanas llevaban a sus hijos en brazos. El no olvidaría nunca el inmenso pico acusador de la corneja cerca de su cara. La había encontrad medio enterrada. Hace mucho tiempo, los cosacos trataban así a los enemigos que habían hecho prisioneros. “Lo han hecho unos niños”, dijo ella, y en esta frase había más que una sencilla constatación; era la expresión de un asco súbito por el género humano. El recordaba que ella le había dicho hacía poco: “Empiezo a estar agradecida por no haber querido tener niños”. La víspera se había quejado de que un tipo la había insultado en el bar donde trabajaba. La había cogido por su collar de pacotilla afirmando que seguro que lo había ganado prostituyéndose. Estaba muy molesta. Sobretodo porque no había razón alguna, pensaba Tomás. De pronto, se sintió incomodo ante la idea que la veía tan poco desde hacía dos años y que ni tan solo tenía la ocasión de apretarle las manos con las suyas para impedir que temblase. Se hacía estas reflexiones por la mañana, mientras iba al despacho donde una empleada daba al limpia cristales en trabajo del día. Un particular había pedido expresamente que le enviasen a Tomás para limpiar las ventanas. Fue de mal humor a la dirección indicada, preocupado porque no fuese otra mujer la que se


lo pedía. Estaba rumiando sus reflexiones sobre Tereza y no le importaban las aventuras. Cuando abrió la puerta, se tranquilizó. Vio delante de él a un hombre muy alto, un poco encorvado. El hombre tenía la barbilla salida y le recordaba a alguien. Sonreía. - Entre, doctor – dijo introduciéndole en la sala de estar. Le esperaba un hombre joven. Estaba de pie, la cara escarlata. Miraba a Tomás y se esforzaba en sonreírle. - No creo que valga la pena presentarles – dijo el hombre. - No – dijo Tomás sin sonreír, y alargó la mano al hombre joven. Era su hijo. Al acabar el hombre de la barbita se presentó. -¡Sabía muy bien que me recordaba a alguien! – dijo Tomás -¡Claro que si! ¡Y tanto que le conozco! En fotografía. Se instalaron en unas butacas entre las cuales había una mesita baja. Tomás pensó que los dos hombres sentados delante de el eran sus propias creaciones no voluntarias y no queridas. Había hecho un hijo obligado por su mujer, y obligado por la policía que le interrogaba había trazado el retrato de aquel hombre alto y encorvado. Para alejar sus pensamientos, dijo: -¡Bien, pues! ¿Por qué ventana he de empezar? Los dos hombres delante de él se rieron con ganas. -Si, estaba bien claro, no tenían nada que ver con las ventanas. No le habían invitado para limpiar ventanas, le habían convidado a una trampa. No había hablado nunca con su hijo. Era la primera vez que le estrechaba la mano. Solo le conocía de vista y no lo quería conocer de ninguna otra manera- No quería saber nada y deseaba que su hijo pensase lo mismo. - Un cartel bonito, ¿verdad? – dijo el periodista mostrando un gran dibujo enmarcado y colgado en la pared delante de Tomás. Por primera vez desde que había entrado, Tomás levantó los ojos. Las paredes estaban cubiertas de cuadros interesantes. Había muchas fotografías y carteles. El dibujo que le había mostrado el periodista había aparecido en 1969 en uno de los últimos números del semanario, antes de su prohibición por parte de los rusos. Era la imitación de un cartel famoso de la guerra civil rusa del 1918, que llamaba a la población a enrolarse en el Ejército Rojo: un soldado en un casco adornado con una estrella roja y con la mirada extraordinariamente severa te miraba a los ojos y te y te apuntaba con una mano con el índice estirado. El texto ruso original decía: “Ciudadano, ¿todavía no has entrado en el Ejército Rojo?” lo habían reemplazado por aquella frase checa: “Ciudadano, ¿tu también has firmado las dos mil palabras?” Los que reconocían haberlas firmado los despachaban al momento.


- Un dibujo bien bonito. Me acuerdo – dijo Tomás El periodista sonrió: Esperemos que un soldado del Ejército Rojo no escuche lo que decimos. Y, añadió en tono serio: - Para que todo quede claro, doctor, esta no es mi casa. Es el piso de un amigo. No es seguro, entonces, que la policía nos escuche, en este momento. Solo es posible, si le hubiese hecho venir a mi casa, sería seguro. Después continuó en un tono más ligero: - Pero parto del principio que no tenemos nada que esconder ninguno. Además, ¡imagine que ventaja para los historiadores checos del futuro! ¡En los archivos de la policía encontrarán la vida de todos los intelectuales registradas en bandas magnéticas! ¿Sabe el esfuerzo que representa, para el historiador, reconstituir la vida sexual de un Voltaire, un Kant o un Tolstoi? En el caso de los checos no tendrán ninguna duda. Todo está registrado. Hasta el más pequeño suspiro. Y volviéndose hacia los micrófonos imaginarios escondidos en la pared, dijo, levantando la voz: -Señores, como siempre en ocasiones parecidas, les quiero animar en su trabajo y darles las gracias en mi nombre y en el nombre de futuros historiadores. Los tres se rieron y después el periodista se puso a hablar de las circunstancias que habían rodeado la prohibición del semanario, del que hacía el dibujante que había tenido la idea de aquella caricatura y de lo que hacían los otros pintores, filósofos y cineastas checos. Después de la invasión rusa, los habían privado a todos de su trabajo y se habían convertido en limpia cristales, vigilantes de parking, porteros de noche, fogoneros de calderas en edificios públicos y como máximo, ya que esto quería decir que tenían relaciones, taxistas. No es que lo que decía el periodista no fuese interesante, pero Tomás no conseguía concentrarse en sus palabras. Pensaba en su hijo. Recordaba que desde hacía unos mese se lo encontraba por la calle. Evidentemente no era por casualidad. Lo que le sorprendía era verle ahora en compañía del periodista perseguido. La primera mujer de Tomás era una comunista de piedra picada, y Tomás deducía automáticamente que su hijo debía estar bajo su influencia. No sabía nada de el. Claro que le habría podido preguntar cuales eran las relaciones con su madre, pero esta pregunta le parecía fuera de lugar en presencia de un extraño. El periodista llegó finalmente al quid de la cuestión. Dijo que cada vez había más gente detenida, únicamente por haber defendido su opinión, y acabó su exposición cn estas palabras: - Y finalmente nos hemos dicho que había que hacer alguna cosa.


- ¿Qué quieren hacer? – preguntó Tomás. En aquel momento, su hijo intervino. Era la primera vez que le oía hablar. Constató con sorpresa que tartajeaba. -Por lo que sabemos – dijo – maltratan a los prisioneros políticos. Algunos están en un estado realmente crítico. Entonces nos hemos dicho que estaría bien redactar una petición que sería firmada por los intelectuales checos más distinguidos y conocidos y que aún tienen un cierto peso. No, no era un tartamudeo, era más bien un sollozo que endentecía su alocución, de manera que cada palabra que pronunciaba era martilleada y subrayada sin que pudiese evitarlo. Estaba bien claro que se daba cuenta porque las mejillas, después de haber recobrado una coloración más normal, se volvía a enrojecer. - ¿Quieren que les indique gente de mi especialidad a los que puedan dirigirse? – preguntó Tomás. - No – el periodista se rió – No queremos un consejo. ¡Queremos su firma! ¡Otra vez se sentía halagado! ¡Otra vez estaba contento que alguien no hubiese olvidad todavía que era cirujano! Solo se defendió por modestia: -¡Escuchen! ¡No es porque me hayan despedido, que soy un gran médico! -No hemos olvidado lo que escribió en nuestro semanario – dijo sonriente el periodista a TomásCon un entusiasmo que tal vez Tomás no notó, su hijo dijo: -¡Sí! - No acabo de ver – dijo Tomás – en que puede ayudar a los prisioneros mi nombre en una petición. Los que tendrían que firmar sn más bien los que aún no han caído en desgracia y que han conservado un mínimo de influencia delante de la gente bien situada, ¿no les parece? -¡Claro que tendrían que firmar! – dijo el periodista y se rió. El hijo de Tomás también dejó oír su risa, la risa de un hombre que ha llegado a entender muchas cosas: - ¡Pero es que esta gente no firmará nunca! El periodista continuó: - ¡Esto no quiere decir que no vayamos a verlos! No somos bastante buenos para ahorrarles sus contorsiones – dijo – Querría que oyese sus excusas. ¡Son magníficas! El hijo se rió con una risa aprobatoria. El periodista continuó: -Evidentemente, todos nos aseguran que están de acuerdo en todo con nosotros, pero, según ellos, hay que hacer las cosas de manera diferente: de una manera más táctica, más razonablemente, más discretamente. Tienen miedo de firmar aunque tienen miedo de nosotros porque pensemos mal de ellos sino firman.


El hijo y el periodista se rieron a una. El periodista alargó a Tomás una folio de papel en el que había un texto breve que pedía al presidente de la República, en un tono relativamente amable, que amnistiase a los prisioneros políticos. Tomás miró de reflexionar con rapidez: ¿Amnistiar a los prisioneros políticos? Muy bien. ¿Pero les amnistiarían porque unas personas rechazadas por el régimen (o sea prisioneros políticos potenciales) se lo pedían al presidente de la República? ¡El único resultado que podia tener una petición de aquel tipo era que los prisioneros políticos no fuesen amnistiados, aunque, por azar, se preparasen a amnistiarlos! Estas reflexiones fueron interrumpidas por su hijo: - Lo que es esencial es hacer saber que aún hay en este país un puñado de hombres y de mujeres que no tienen miedo. De mostrar quien está con quien. De separar el grano de la paja. Tomás reflexionaba: “Sí, eso mismo, ¡pero que tiene eso que ver con los prisioneros políticos! Una cosa u otra.: o se trata de obtener una amnistía o se trata de separar el grano de la paja. No es lo mismo” -¿Duda, doctor? – le preguntó el periodista. Si. Dudaba. Pero tenía miedo de decirlo. En la pared, delante suyo estaba la imagen del soldado que amenazaba con el dedo y decía: “¿Todavía dudas en alistarte en el Ejército Rojo?” O bien: “¿Todavía no has firmado las dos mil palabras?”. O bien: “¿Tú también has firmado las dos mil palabras?”. O también: ¿No quieres firmar la petición de amnistía?”. Dijese lo que dijese, lo hacía con amenazas. El periodista acababa de hacer saber lo que pensaba de la gente que, aún considerando que hacia falta amnistiar a los prisioneros políticos, invocaba mil argumentos para no firmar la petición. Según el periodista, estos razonamientos solo eran pretextos detrás de los cuales se escondía la cobardía. Entonces, ¿Qué podía decir Tomás? El silencio se alargaba, pero esta vez fue el que lo rompió mientras se reía. Mostrando el dibujo de la pared, dijo: -Miren a ese tipo de ahí que me amenaza y me pregunta si firmaré o no firmaré. ¡Es difícil reflexionar bajo esa mirada! Se rieron un momento los tres. Después Tomás dijo: -Muy bien. Reflexionaré. ¿Nos podemos ver los próximos días? -Siempre me hará feliz verle – dijo el periodista – pero para esta petición no queda mucho tiempo. Mañana la queremos hacer llegar al presidente. -¿Mañana?


Tomás pensaba en el policía gordo que le había alargado un texto en que precisamente tenía que denunciar al hombre de la barbilla salida. Todos le querían obligar a firmar textos que no había escrito el, en persona. Su hijo dijo: - ¡En este caso no hay necesidad de reflexionar! Las palabras eran agresivas, pero el tono casi suplicante. Esta vez se miraron a los ojos y Tomás se dio cuenta que su hijo, cuando miraba atentamente, levantaba un poco la comisura izquierda del labio superior. Conocía este rictus de haberlo visto en su propia cara cuando verificaba en el espejo, con mucho cuidado, si estaba bien afeitado. No pudo reprimir un sentimiento de malestar viéndolo ahora en la cara de otro. Si has vivido siempre con tus hijos te acostumbras a estos parecidos, los encuentras normales, y si alguna vez te fijas incluso te puede hacer gracia. ¿Pero era la primera vez en su vida que Tomás hablaba con su hijo! ¡No estaba acostumbrado a estar sentado delante de su propio rictus! Imagínate que te han amputado una mano para injertarla en otro. Y un día alguien viene a sentarse delante de ti y gesticula con esta mano debajo de tu nariz. Bien seguro que lo tomarás como un espantajo. ¡Y aunque la conozcas íntimamente, aunque sea tu mano, tendrás miedo que te toque! El hijo continuaba: - ¡Supongo que estás del lado de los perseguidos! Durante toda la conversación, Tomás se había preguntado si su hijo le trataría de usted o de tu. Hasta ahora había elegido las frases de manera que no tuviese que elegir. Esta vez, al final, había elegido. Le tuteaba y Tomás tuvo de pronto la certeza que durante toda esta escena no se habían tratado para nada de la amnistía de los presos políticos, que el objetivo era su hijo: si firmaba, sus dos destinos se unirían y Tomás se vería más o menos forzado a acercársele. Si no firmaba, sus relaciones serían inexistentes, como lo, habían sido siempre, pero esta vez no sería por voluntad suya, sino por voluntad de su hijo, que renegaría de su padre a causa de su cobardía. Estaba en la situación del jugador de ajedrez que no puede hacer nada para escapar a la derrota y tiene que abandonar la partida. Bien mirado, firmase o no firmase, todo quedaría exactamente igual. No cambiaría nada su suerte, ni la suerte de los prisioneros políticos. -Dadme eso – dijo, y cogió el papel. 14 Como si le hubiese querido recompensar por su decisión, el periodista le dijo: - Lo que escribió sobre Edipo estaba muy, muy bien. El hijo le alargó la pluma y añadió:


- Hay ideas que son como un atentado. Los elogios del periodista halagaban, pero la metáfora de su hijo le pareció exagerada y fuera de lugar. - Por desgracia, es un atentado que solo hizo una víctima: yo. A causa de este artículo, ya no puedo operar a mis enfermos – dijo. Estas palabras sonaron con frialdad y casi con hostilidad.. Para borrar esta pequeña disonancia, el periodista hizo observar (con el aire de alguien que presenta excusas): - Su artículo, de todas maneras, ayudó a mucha gente. Para Tomás las palabras “ayudar a mucha gente” se identificaban desde la infancia con una única actividad: la medicina. ¿Qué había ayudado nunca a alguien un artículo en el diario? ¿Qué le querían hacer creer aquel par? Acomodaban toda su vida a una miserable reflexión sobre Edipo, todavía menos que eso: a un único no simplista que había pronunciado a la cara del régimen. Tomás dijo (siempre con la misma frialdad en la voz, pero sin darse cuenta): - Ignoro si aquel artículo ayudó a alguien. Pero en mi trabajo de cirujano salvé la vida a numerosas personas. Hubo una nueva pausa. Fue interrumpida por su hijo: - Las ideas también pueden salvar vidas. Tomás veía su propia boca en la cara de su hijo y se decía: “ Hace una impresión muy extraña, eso de ver tartajear a tu propia boca” El hijo continuó con un esfuerzo perceptible: - Había una cosa formidable en tu artículo. El rechazo del compromiso. Esta facultad, que estamos perdiendo, de distinguir claramente entre el bien y el mal. Ya no sabemos que es sentirse culpable. Los comunistas han encontrado una excusa: Stalin les engañó. Un asesino se excusa diciendo que su madre no le quería y que estaba frustrado. Y de repente tu dices: “No hay ninguna justificación. Nadie en su alma en su consciencia, no era más inocente que Edipo. Y a pesar de todo el mismo se castigó cuando vio lo que había hecho” Tomás hizo un esfuerzo por apartar la mirada de su labio que veía en la cara de su hijo y miró de concentrar su atención en el periodista. Estaba irritado y tenía ganas de contradecirles. - Saben una cosa – dijo – todo esto solo es un malentendido. La frontera entre el bien y el mal es terriblemente difusa. Yo no reclamaba el castigo de nadie, no era este mi objetivo. Castigar a alguien que no sabía lo que hacía es una barbaridad. El mito de Edipo es un mito bonito. Pero hacerlo servir de esta manera… - Iba a añadir una cosa, pero recordó que lo que dijese podía quedar grabado. No tenía la más pequeña ambición de ser citado por los historiadores de siglos futuros. Más bien tenía miedo que le citase la policía. Porque lo que le había exigido, la policía, era exactamente la condena de su artículo. Le


desagradaba que finalmente la pudiese oír de su propia boca. Sabía que cada frase pronunciada en aquel país un día podía ser difundida por la radio. Se calló. - ¿Qué le lleva a cambiar de parecer? – preguntó el periodista. - Más bien me pregunto que me llevó a escribir aquel artículo – dijo Tomás, y en seguida se acordó: ella se había encallado en la orilla de su cama como un niño pequeño abandonado en una cesta aguas abajo. Si, era por eso que había ido a buscar aquel libro, volvía a las historias de Rómulo, de Moisés, de Edipo. De pronto, ella estaba allí, la veía delante suyo, apretando contra su pecho la corneja envuelta en el chal rojo. Esta imagen le reconfortaba. Como si le hubiese ido a decir que Tereza estaba viva, que en aquel momento estaba en la misma ciudad que el, y que no contaba nada más. El periodista rompió el silencio: - Le entiendo, doctor. A mi tampoco me gusta que se castigue. Pero nosotros no reclamamos ningún castigo. Pedimos la remisión del castigo. - Ya lo se – dijo Tomás. Aceptaba la idea que, en unos segundos, haría una cosa tal vez generosa, pero sin ningún tipo de duda, perfectamente inútil (porque no ayudaría de ninguna manera a los prisioneros políticos) y que le era personalmente desagradable (porque actuaba en circunstancias que le eran impuestas) Su hijo volvió a decir (con un tono casi suplicante): - ¡Tu deber es firmar! ¿Deber?. ¿Su hijo que le quería recordar su deber? ¡Era lo peor que le podía decir! La imagen de Tereza apretando en sus brazos a la corneja le volvió a verla en sus ojos. Se acordó, le había dicho que el día antes un poli había ido al bar y la había molestado. Las manos le volvían a temblar. Se había hecho vieja. PARA El no contaba nada. Solo contaba ella. Ella, que había salido de seis azares, ella, la flor nacida de la ciática del jefe de servicio, ella, que estaba en el otro lado de todos los “es muss sein!”, ella, la única cosa que le interesaba verdaderamente. ¿Por qué preguntarse todavía si era necesario firmar o no? Para todas sus decisiones solo tenía un solo criterio: no hacer nada que pudiese perjudicar a Tereza. Tomás no podía salvar a los presos políticos, pero podía hacer feliz a Tereza. No, ni tan solo eso, era capaz de hacer. Pero si firmaba la petición estaba casi seguro que los polis le irían a molestar todavía más a menudo y que las manos le temblarían más fuerte. - es mucho más importante – dijo – desenterrar una corneja enterrada viva que no enviar una petición a un presidente. - Sabía que esta frase era incomprensible, pero esto aún le daba más satisfacción. Sentía una embriaguez de repente e inesperada. La misma embriaguez negra que el día que había anunciado a su mujer que no les quería


volver a ver, ni a ella ni a su hijo. La misma embriaguez negra que el día que había echado en el buzón la carta con que renunciaba para siempre a su trabajo de médico. No estaba nada seguro de actuar correctamente, pero estaba seguro de actuar como quería. - Me sabe mal – dijo – pero no firmaré. 15 Unos días más tarde todos los periódicos hablaban de la petición. Naturalmente en ningún sitio decía que era una petición humilde a favor de los presos políticos y que se pedía su liberación. Ningún diario decía la más pequeña frase de aquel texto tan corto. Pero se hablaba largamente, en términos vagos y amenazadores, de una llamada subversiva que debía servir de trampolín para un nuevo combate contra el socialismo. Citaban los nombres concretos de los firmantes, y los nombres iban seguidos de calumnias y de ataques conmovedores. Evidentemente, era previsible. Sino estaba organizada por el Partido Comunista, entonces cualquier acto público (reunión, petición, manifestación) era considerada ilegal y ponía en peligro a cualquiera que participase. Todos lo sabían. Precisamente por eso a Tomás aún le sabía peor no haber firmado la petición. Exactamente, ¿Por qué no la había firmado? No acababa de entender los motivos de su decisión. Y le vuelvo a ver, otra vez, tal como se me apareció al comienzo de esta novela. Está en la ventana y mira a la pared del edificio de enfrente. Nació de esta imagen. Tal como ya he dicho, los personajes no nacen de un cuerpo materno tal como nacen los seres vivos, sino de una situación, de una frase, de una metáfora que contiene en germen una posibilidad humana fundamental que el autor se imagina que aún no ha sido descubierta o de que aún no se ha dicho nada de esencial. ¿Pero no se afirma que un autor no puede hablar nada más que de el mismo? Mirar, impotente, al patio y no llegar a tomar ninguna decisión:: sentir el borborigmo tozudo del propio vientre en un instante de exaltación amorosa; traicionar y no saberse parar en el bellísimo camino de las traiciones; levantar el puño en la manifestación de la Gran Marcha; dar muestras de humor delante de los micrófonos disimulados por la policía: he conseguido y yo mismo he vivido todas estas situaciones, pero de ninguna de ellas no ha salido el personaje que soy yo mismo en mi curriculum vitae. Los personajes de mi novela son mis propias decisiones que no se han realizado. Es eso lo que me hace quererlos a todos y que todos me hagan horripilar de igual manera. Los unos y los otros han pasado una frontera que yo solo he bordeado. Es esta frontera pasada ( la frontera (la frontera al otro lado de la cual se acaba mi yo)


lo que me atrae. Y es solo en el otro lado que empieza el misterio que interroga la novela. La novela no es una confesión del autor, sino una exploración de lo que es la vida humana en la trampa en que se ha convertido el mundo. Pero ya es bastante. Volvamos a Tomás. Está en la ventana y mira al patio a la pared sucia del edificio de enfrente. Siente una especie de añoranza del hombre alto y de barbilla salida y de sus amigos que no conoce y de los cuales no forma parte. Es como si hubiese pasad por al lado de una bella desconocida en el andén de una estación y antes de poderla abordar, ella hubiese subido al coche cama de un tres que se iba hacia Lisboa o Estambul. Volvió a reflexionar: ¿Qué habría tenido que hacer? Incluso apartando todo lo que provenía del sentimiento (la admiración que sentía por el periodista, la irritación que le causaba su hijo), no siempre conseguía saber si habría tenido que firmar o no el texto que le habían presentado. ¿Es justo levantar la voz cuando intentan reducir al hombre al silencio? Sí. Pero por otra parte, ¿Por qué los diarios consagraban tanto espacio a esta petición? La prensa (enteramente manipulada por el Estado) habría podido muy bien no abrir la boca de todo este asunto y nadie nunca habría sabido nada. ¡Si hablaba era porque esto interesaba a los amos del país! Para ellos era un don del cielo, y servían para justificar y lanzar una nueva ola de persecución. Entonces, ¿que habría habido que hacer? ¿Firmar o no firmar? También se puede formular la cuestión en estos términos: ¿Más vale gritar y apresar el propio fin de esta manera? ¿o callar y conseguir una agonía más lenta? ¿Hay una sola respuesta para estas preguntas? Y le volvió la idea que ya conocemos: la vida humana solo tiene lugar una vez y nunca podremos cual era la decisión buena y cual la mala, porque, en cualquier situación, solo podemos decidir una sola vez. No nos es concedida una segunda, una tercera, una cuarta vida para poder comparar diferentes decisiones. La historia es igual a la vida del individuo. En 1618, la nobleza de Bohemia se envalentonó, y decidió defender sus libertades religiosas y, furiosa contra el emperador sentado en su trono vienés, lanzó por una ventana del Hradcany dos de sus representantes más eminentes. Fue así que comenzó la guerra de los treinta años, que provocó la destrucción casi total del pueblo checo. ¿¿Habrían tenido que tener, pues, los checos, más prudencia que valor? La respuesta parece fácil pero no lo es. Trescientos años más tarde, en 1938, después de conferencia de Munich, el mundo entero decidió sacrificar su país a Hitler. ¿Tendrían que haber intentado, entonces, luchar solos contra un enemigo ocho veces superior en número? ¿Contrariamente a lo que habían hecho en 1618, entonces mostraron


más prudencia que valor. Su capitulación marcó el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, que se saldó con la pérdida de su libertad en tanto que nación, nadie sabía por cuanto tiempo. ¿Les habría hecho falta, entonces, tener más valor que prudencia? ¿Qué había que hacer? Si la historia checa se pudiese repetir, sería realmente muy interesante intentar cada vez la otra posibilidad y acabar comparando los dos resultados. A falta de esta experiencia, todos los razonamientos son un juego de hipótesis. Einmal ist keinmal. Una vez no cuenta. Una vez es nunca. La historia de Bohemia no se repetirá una segunda vez, la historia de Europa tampoco. La historia de Bohemia y la historia de Europa son dos esbozos que ha trazado la inexperiencia fatal de la humanidad. La historia es igual de ligera como una brizna de polvo, que se levanta, como una cosa que mañana desaparecerá. Tomás volvió a pensar con una especial añoranza, casi con amor, en el periodista de la silueta alta y encorvada. Aquel hombre actuaba como si la historia no fuese solo un esbozo sino un cuadro acabado. Actuaba como si todo lo que hiciese se hubiese de repetir un número incalculable de veces en el eterno retorno, y estaba seguro de no dudar nunca de sus actos. Estaba convencido que tenía razón y no veía, en eso, la señal de un espíritu lerdo, sino una marca de virtud. Vivía en una historia que no era (o no tenía conciencia de ser) un esbozo. 16 Un poco más tarde, se volvió a hacer esta reflexión que menciono para aclarar el capítulo precedente: supongamos que hay en el universo un planeta donde se volvería al mundo una segunda vz. Entonces recordaríamos perfectamente la vida pasada en la Tierra, toda la experiencia adquirida aquí abajo. Y tal vez exista otro planeta donde cada uno vería el día una tercera vez con la experiencia de dos vidas vividas. Y tal vez hayan otros y otros planetas donde la especie humana renacerá subiendo siempre cada vez un grado (una vida) en la escala de la madurez. Es la idea que tiene Tomás del eterno retorno. Nosotros, en la Tierra (el planeta número 1, al planeta de la inexperiencia) evidentemente solo nos podemos hacer una idea muy vaga de lo que pasaría al hombre en otros planetas. ¿Sería más sabio? ¿Realmente tiene la madurez a su alcance? ¿Se puede acceder a través de la repetición? Solo es n la perspectiva de esta utopía que las nociones de pesimismo y optimismo tienen un sentido: el optimista es el que e imagina que la historia humana será menos sangrante en el planeta número 5. El pesimista, el que no lo cree.


17 Una famosa novela de Julio Verne, que a Tomás le gustaba mucho cuando era pequeño, se titula Dos años de vacaciones, y es bien verdad que dos años es la duración máxima para unas vacaciones. Ya hace casi tres años que Tomás limpia cristales. Durante aquellas semanas comprendió (con tristeza, y también con una secreta sonrisa) que se empezaba a cansar físicamente y que, sin haber perdido nada de su deseo, solo poseía a las mujeres al precio de una tensión extrema de sus fuerzas. (Añado: en absoluto de sus fuerzas sexuales, sino de sus fuerzas físicas; no tenía dificultades con su sexo, sino con la respiración, y era precisamente esto lo que le parecía un poco cómico). Un día intentaba quedar una tarde, pero tal como pasa a veces, ninguna de sus amigas cogía el teléfono, y corría el riesgo que la tarde quedase desierta. Estaba desesperado. Llamó una docena de veces a casa de una mujer joven, una estudiante de arte muy encantadora con un cuerpo dorado al sol en las playas nudistas de alguna parte de Yugoeslavia y que se enorgullecía de un moreno perfectamente uniforme, como si hubiese girado lentamente en un ast con un mecanismo sorprendentemente preciso. La llamó inútilmente desde todas las tiendas donde trabajaba. Hacia las cuatro, una vez acabada la ronda, cuando volvía al despacho para dejar los albaranes firmados, le llamó una desconocida en una calle del centro de Praga. Le sonreía: -Doctor, ¿Dónde se esconde? ¡Le he perdido totalmente de vista! Tomás hacía un esfuerzo para recordar de donde la conocía. ¿Era una de sus antiguas enfermas? Se comportaba como si hubiesen sido amigos íntimos. Intentaba responder de manera que no mostrase que no la reconocía. Ya se preguntaba como convencerla para que le acompañase al estudio de su amigo, del que tenía la llave en su bolsillo, cuando un comentario inesperado le reveló quien era aquella mujer: era la estudiante de arte dramático con el cuerpo magníficamente bronceado que había llamado sin parar todo el día. Aquella desventura le divirtió y le asustó a un tiempo: estaba cansado, no solo físicamente sino también mentalmente; no se podía prolongar de manera indefinida los dos años de vacaciones. 18 Las vacaciones sin la mesa de operaciones también eran unas vacaciones sin Tereza: se pasaban días enteros sin verse y el domingo, finalmente, juntos llenos de deseo pero alejados el uno del otro como la noche en que Tomás


había vuelto de Zurich, teniendo un largo camino que recorrer para poderse tocar y abrazar. El amor físico les aportaba placer pero ningún consuelo. Ella ya no gritaba como tiempo atrás, y en el momento del orgasmo, su mueca parecía expresar dolor y una ausencia extraña. Tiernamente unidos, solo lo estaban por la noche, en el sueño. Siempre se daban la mano, y ella olvidaba el abismo (el abismo de la claridad del día) que les separaba. Pero estas noches no daban a Tomás ni el tiempo ni el modo de protegerla y de cuidarla. Por la mañana cuando la veía, se le oprimía el corazón y temblaba por ella, que tenía un aspecto triste y enfermizo. Un domingo ella le propuso de ir a algún sitio en el campo con el coche. Fueron a una ciudad balnearia donde constataron que todas las calles habían sido rebautizadas con nombres rusos y donde encontraron a un antiguo enfermo de Tomás. Aquel encuentro les trastornó. De repente, le volvían a hablar como un médico y durante un instante le pareció revivir la vida anterior, con su regularidad reconfortante, con las horas de consulta, con la mirada confiada de los enfermos: aunque parecía no hacer mucho caso, en realidad le aportaba una satisfacción y la necesitaba. Volvían, y Tomás, conduciendo, se repetía que su vuelta de Zurich a Praga había sido un error catastrófico. Mantenía los ojos convulsivamente clavados en la carretera para no ver a Tereza. La tenía tirria. La presencia a su lado se le aparecía en su contingencia insoportable. ¿Por qué estaba a su lado? ¿Quién la había puesto en el cesto y la había dejado aguas abajo? ¿Y por que había tenido que atracar en la orilla de la cama de Tomás? ¿Y por que ella y no otra? El coche rodaba; durante todo el trayecto ni uno ni otro abrieron la boca. Una vez en casa cenaron en silencio. El silencio se alzaba entre ellos como una desgracia. Cada minuto que pasaba lo hacía más pesado. Para desprenderse de esa sensación se afanaron en acostarse pronto. Durante la noche, el la despertó para sacarla de sus gemidos. Ella le explicó: - Estaba enterrada. Desde hacía mucho tiempo. Tú me venías a ver una vez cada semana. Llamabas al panteón y yo salía. Tenía los ojos llenos de tierra. - “Tu me decías: “No puedes ver nada”, y me quitabas la tierra de los ojos. “Y yo te contestaba: “De todas maneras, no veo nada. Tengo agujeros en lugar de ojos” “Después estuviste mucho tiempo sin venir y yo sabía que estabas con otra. Las semanas pasaban y tu no volvías nunca. Yo ya no dormía nada por miedo a perderme tu vuelta. Un día, finalmente volviste y llamaste al panteón, pero estaba tan agotada de haber pasado un mes sin dormir que con trabajos no tenía fuerzas de levantarlo. Cuando al final lo conseguí, parecías decepcionado. Me dijiste que tenía mala cara. Sentía que no te gustaba, que tenías las mejillas chupadas y que hacia gestos repentinos e incoherentes.


- “por disculparme te dije “Perdóname, en todo este tiempo no he dormido” - “Y tu me dijiste con voz tranquilizadora, pero que sonaba falsa: “Lo ves, tienes que descansar. Tendrías que cogerte un mes de vacaciones” -“¡Y sabía muy bien lo que querías decir cuando hablabas de vacaciones! Sabía que querías estar un mes entero sin verme porque estarías con otra. Te fuiste y yo bajé al fondo de la tumba, y sabía que me volvería a pasar un mes entero sin dormir, para oírte cuando llegases en el momento que fuese, y que cuado volvieses, al cabo de un mes, aún estaría más fea y tu estarías más decepcionado. Nunca había oído nada más terrorífico que este relato. Abrazaba bien fuerte a Tereza, sentía como le temblaba todo el cuerpo y le parecía que no tenía suficientes fuerzas para llevarle el amor que le tenía. El planeta podía temblar bajo las deflagraciones de las bombas, cada día un nuevo intruso podía saquear la patria, podrían llevar a todos los habitantes del barrio ante el pelotón de ejecución, que el habría soportado todo esto más fácilmente pero que no osaría decirlo. Pero la tristeza de un solo sueño de Tereza le era intolerable. Volvía al interior del sueño que ella le acababa de explicar. Se veía ante ella: le acariciaba la mejilla y, discretamente, para que ella no se llegase a dar cuenta, le sacaba la tierra de las órbitas. Después la oyó pronunciar esta frase, la más horrorosa de todas: “De todas maneras no veo nada. Tengo agujeros en lugar de ojos” Se le oprimía el corazón, se creyó estar a punto de tener un infarto. Tereza se había vuelto a dormir; pero el no podía dormir. La imaginaba muerta. Estaba muerta y tenía sueños horribles; pero como estaba muerta, el no la podía despertar. Sí, era eso, la muerte: Tereza dormía, soñaba sueños atroces y el no la podía despertar. 19 Despues de cinco años de invasión por parte del ejército ruso del país de Tomás, Praga había cambiado mucho: la gente que Tomás encontraba por la calle ya no eran los mismos de antes. La mitad de sus amigos habían emigrado y la mitad de los que se habían quedado estaban muertos. Es un hecho que ningún historiador no consignará: los años que siguieron a la invasión rusa fueron un periodo de entierros; nunca las defunciones habían llegado a una tal frecuencia. Y no hablo solo de los casos (de hecho bastante raros) en que alguno había sido perseguido hasta la muerte como lo fue Jan Protchazka. Quince días después que la radio hubiese empezado a difundir diariamente la grabación de sus conversaciones privadas, le ingresaron. El cáncer que debía dormitar en su cuerpo desde hacía un tiempo había florecido como una rosa. La


operación se hizo en presencia de la policía y cuando hubieron constatado que el novelista estaba condenado, no se interesaron más y lo dejaron morir en brazos de su mujer. Pero la muerte también tocaba a los que no eran perseguidos directamente. Infiltrándose a través del alma, el desespero que había hecho presa en el país se amparaba de los cuerpos y los abatía. Algunos huían desesperadamente ante los favores del régimen, que les quería llenar de honores y obligarles a aparecer en público al lado de los nuevos dirigentes. Es así que murió el poeta Frantisek Hrubín, huyendo del amor del partido. El ministro de Cultura, de quien había intentado escapar con todas sus fuerzas, le atrapó en su ataúd. Pronunció sobre su tumba un discurso sobre el amor del poeta por la Unión Soviética. Tal vez profirió esta barbaridad para despertar al poeta. Pero el mundo era tan feo que nadie quería resucitar de entre los muertos. Tomás fue al crematorio para asistir a los funerales de un biólogo famoso expulsado de la universidad de la Academia de Ciencias. Para evitar que la ceremonia se convirtiese en una manifestación, se había prohibido indicar la hora en las esquelas, y los parientes no habían sabido hasta el último momento que el difunto sería incinerado a las seis y media de la mañana. Cuando entraba en la sala del crematorio, a Tomás le costó entender lo que pasaba: la sala estaba iluminada como un estudio de cine. Miró a su alrededor con sorpresa y vio cámaras instaladas en tres ángulos de la sala. No, no era la televisión, era la policía que filmaba el entierro para poder identificar a los que asistían. Un viejo colega del sabio fenecido, que todavía era miembro de la Academia de Ciencias, tuvo el valor de pronunciar unas palabras delante del ataúd. No se había imaginado convertirse así en una estrella del cine. Después de la ceremonia, cuando todos hubieron dado la mano a la familia del difunto, Tomás vio en un rincón de la sala un pequeño grupo donde reconoció al periodista de silueta alta y encorvada. Volvió a sentir una especie de añoranza por aquella gente que no tiene miedo a nada y, bien seguro, están unidos entre ellos por una gran amistad. Se acercó, sonrió, le quiso dar los buenos días, pero el hombre de cuerpo alto y encorvado le dijo: “Cuidado, doctor, más vale que no se acerque”. Era una frase extraña. Podía ser una advertencia sincera y amistosa (“Vigile, nos filman, si nos dirige la palabra le puede tocar ir a otro interrogatorio”) pero no se podía excluir una intención irónica (“¡No tuvo el valor de firmar una petición, sea lógico y no tenga contacto con nosotros!”). Fuese cual fuese la interpretación correcta, Tomás obedeció y se eclipsó. Tenía la impresión de que la bella desconocida con quien se había cruzado en el andén de una estación subía a un coche-cama de un rápido y, al instante en que estaba a punto de decirle que la admiraba, ella se puso un dedo en los labios para prohibirle hablar.


20 A primera hora de la tarde tuvo un encuentro interesante. Limpiaba un aparador de una zapatería cuando un hombre todavía joven se le paró a dos pasos. El hombre se recostaba contra el aparador para mirar las etiquetas. - Todo sube – dijo Tomás, sin dejar de pasar la esponja sobre el cristal mojado. El hombre volvió la cabeza. Era un colega del hospital, aquel que he mencionado como S., que se indignaba, sonriente, ante la idea que Tomás había redactado su autocrítica. Tomás de alegraba de aquel encuentro (era tan solo el placer ingenuo que nos ofrece lo inesperado), pero vio en la mirada de su colega (en el primer segundo en que S. todavía no había tenido tiempo de reaccionar) una expresión de sorpresa desagradable. - ¿Cómo va todo? – le preguntó S. Incluso antes de haber formulado la respuesta, Tomás comprendió que S. se avergonzaba de su pregunta. Evidentemente era una ineptitud, por parte de un médico que aún ejercía su trabajo, preguntar “¿Cómo va todo?” a un médico que limpia aparadores. - No puede ir mejor – respondió Tomás con toda la alegría del mundo para aliviarle de su incomodidad, pero enseguida sintió que este “no puede ir mejor” podía ser interpretado a pesar de el mismo (y precisamente a causa del tono risueño a que se había visto obligado), como una ironía amarga. Por eso se apresuró a añadir: - ¿Nada nuevo, en el hospital? - Nada, todo es normal – respondió S. Incluso esta respuesta, que de hecho quería ser neutra, estaba totalmente fuera de lugar, y los dos lo sabían y sabían que el otro lo sabía. ¿Cómo podía ser todo normal cuando uno de los médicos limpiaba cristales? - ¿Y el jefe de servicio? – quiso saber Tomás. - ¿Es que lo le ves? – preguntó S. - No – dijo Tomás. Era exacto. Desde que se había ido del hospital, nunca había vuelto a ver al jefe de servicio, aunque tiempo atrás habían sido unos colaboradores excelentes y casi hubiesen llegado a considerarse amigos. Fuese como fuese, el “no” que acababa de pronunciar tenía un regusto triste y Tomás adivinaba que a S. le sabía mal por haberle hecho esa pregunta porque el mismo, S., igual que el jefe de servicio, nunca había ido a informarse sobre Tomás y a preguntarle si necesitaba alguna cosa. La conversación entre los dos antiguos colegas se hacía imposible, aunque ambos, sobretodo a Tomás, les sabía mal. No sentía rencor contra sus colegas


por haberle olvidado. Lo habría explicado de buena gana, y enseguida, al joven médico. Tenía ganas de decirle: “No pongas ese aire incómodo. ¿Es normal, entra dentro del orden de las cosas, que no os queráis hacer conmigo! ¡No te sientas culpable! ¡Me gusta mucho haberte encontrado!”, pero incluso tenía miedo de decirle eso, porque hasta ahora ninguna de sus palabras había tenido el sentido que el había puesto y su antiguo colega habría podido sospechar un sarcasmo detrás de esa frase que, a pesar de todo, era sincera. -Perdóname – dijo finalmente S. – tengo prisa – y le alargó la mano – Ya te llamaré. Antes, cuando sus colegas le menospreciaban a causa de su supuesta cobardía, el les sonreía a todos. Ahora que ya no le podían menospreciar, que incluso estaban obligados a respetarle, le evitaban. Además, sus antiguos enfermos ya no le convidaban a tomarse una copa de champán. La situación de los intelectuales desclasificados ya no tenía nada de excepcional; era un estado permanente y desagradable de ver. 21 Vlvió a casa, se metió en la cama y se durmió más rápido que de costumbre. Más o menos, al cabo de una hora le despertó un dolor de barriga. Era su antiguo mal que siempre se manifestaba en momentos de depresión. Abrió el botiquín y renegó. No había medicinas. Se había descuidado de conseguirlas. Intentó ahogar el ataque a base de fuerza de voluntad y más o menos lo consiguió, pero no pudo volverse a dormir. Cuando volvió Tereza, hacia la una y media de la madrugada, el tenía ganas de hablar. Le explicó el entierro, el episodio del periodista que se había negado a hablarle, y el encuentro con su antiguo colega S. - Praga se ha vuelto fea – dijo Tereza. - Es verdad – dijo Tomás Al cabo de un ratito, Tereza dijo a media voz: - Lo mejor sería irse de aquí. - Sí, pero no podemos ir a ninguna parte, dijo Tomás Se sentó en la cama, en pijama; ella fue a sentarse a su lado y le pasó el brazo por la cintura. - Al campo – dijo Tereza. - ¿Al campo? – dijo el, sorprendido. - Allí estaríamos los dos solos. Tú no te encontrarías al periodista ni a tus antiguos colegas. Allí hay gente diferente, y está la naturaleza, que ha quedado como antes.


En aquel momento, Tomás volvió a sentir un dolor confuso en el estómago; se encontraba viejo, tenía la impresión de que no necesitaba nada más que un poco de tranquilidad y de paz. - Tal vez tengas razón – dijo con dificultad, porque cuando tenía dolor le costaba respirar. Tereza continuó: - Tendríamos una barraca con un patio, y Karenin se lo podría pasar pipa. - Si – dijo Tomás. Después intentó imaginarse que pasaría si realmente se iban a vivir al campo. En un pueblo, sería difícil tener una mujer nueva cada ocho días. Sería el final de sus aventuras eróticas. - Pero tu te aburrirías, en el campo, solo conmigo – dijo Tereza adivinándole el pensamiento. El dolor iba en aumento. No podía hablar. Pensó que la persecución de las mujeres también era un “es muss sein!”, un imperativo que le reducía a la esclavitud. Tenía ganas de hacer vacaciones. Pero vacaciones totales, de decir adiós a todos los imperativos, a todos los “es muss sein!”. Si había podido decir adiós para siempre a la mesa de operaciones del hospital, ¿Por qué no tenía que poder decir adiós a la mesa de operaciones del mundo, donde su escalpelo imaginario abría el capazo del yo femenino para encontrar la ilusoria millonésima de diferencia? - ¿Qué te duele el estómago? – se dio cuenta por fin, Tereza. Asintió. - ¿Te has puesto una inyección? Dijo que no con la cabeza. - Olvidé comprar medicinas. - Ella le recriminó su negligencia y le acarició la frente sudorosa. - Va mejor – dijo el. - Estírate – Dijo ella echándole la colcha por encima. Fue al cuarto de baño y volvió al rato para estirarse a su lado. El volvió la cabeza hacia ella sobre la almohada y se quedó agobiado: la tristeza que emanaba de los ojos de Tereza era insoportable. -¡Tereza, escúchame! – dijo el - ¿Qué te pasa? Hace tiempo que estás extraña. Lo siento. Lo se. Ella hizo que no con la cabeza: - No, no me pasa nada. - ¡No me lo niegues! -Es lo mismo de siempre – dijo ella. “Lo mismo de siempre” significaba que estaba celosa y que el continuaba siéndole infiel. Pero Tomás insistía:


- No, Tereza, Esta vez es otra cosa. Nunca te he visto en un estado parecido. Tereza replicó: - ¡Muy bien! Como que quieres que te lo diga: ¡vete a lavar la cabeza! No entendía nada. Ella dijo con tristeza, sin agresividad, casi con ternura: - Los cabellos te hacen un olor muy fuerte desde hace meses. Hacen olor a sexo. No te lo quería decir. Pero hace ya no se cuantas noches que me haces respirar el sexo de una de tus amantes. Ante aquellas palabras, volvieron los retortijones de estómago. Era desesperante. ¡Tanto como se lavaba! Se fregaba escrupulosamente todo el cuerpo, las manos, la cara para no dejar ningún rastro de olor desconocido. En los cuartos de baño de las otras, evitaba las pastillas de jabón perfumadas. Siempre llevaba su propio jabón de Marsella. Pero se había descuidado de los cabellos. ¡No, no había pensado en el pelo! Y recordó a la mujer que se le subía a la cara y le exigía que le hiciese el amor con toda la cara y con la parte de arriba del cráneo. ¡Como la detestaba ahora! ¡Que cosa más idiota! Veía que no había manera de negarlo y que solo podía reírse como un tonto e ir al cuarto de baño a lavarse la cabeza. Ella le volvió a acariciar la frente. - Quédate en la cama. Ya no vale la pena. Ahora, ya estoy acostumbrada. Le dolía el estómago y solo deseaba tranquilidad y paz. - Escribiré a aquel antiguo enfermo que encontramos en la ciudad balnearia ¿Conoces la región donde se encuentra su pueblo? - No – dijo Tereza. A Tomás le costaba mucho hablar. Solo consiguió musitar: - Bosques… montañas… - Sí, eso mismo. Vámonos de aquí. Pero ahora no vuelvas a hablar. – y continuaba acariciándole la frente. Estaban estirados uno al lado del otro y no decían nada. Poco a poco, el dolor se iba yendo. Pronto dormirían los dos. 22 Se despertó en medio de la noche y constató con sorpresa que había tenido sueños eróticos. Solo se acordaba con exactitud del último: una giganta nadaba desnuda en una piscina, era por lo menos cinco veces más grande que el y tenía el vientre totalmente cubierto de una crin espesa, de la entrepierna al ombligo. El la observaba de cerca y estaba enormemente excitado. ¿Cómo podía estar excitado mientras su cuerpo estaba debilitado por los retortijones del estómago? ¿Y como podía estar excitado viendo a una mujer que, si hubiese estado despierto, solo le habría inspirado asco?


Se dijo: Hay dos ruedas dentadas que giran en sentido inverso en el mecanismo de relojería del cerebro. En la una, están las visiones; en la otra, las reacciones del cuerpo. El diente sobre el cual está gravado la visión de una mujer desnuda se imbrica en el diente opuesto, en el cual está gravado el imperativo de la erección. Si una rueda salta una muesca, por una u otra razón, y el diente de la excitación entra en contacto con el diente donde está pintada la imagen de una golondrina en pleno vuelo, nuestro sexo se levantará a la vista de la golondrina. Además, había sabido por un estudio en que uno de sus colegas, especialista en el sueño, afirmaba que el hombre que sueña siempre está en erección, sea cual sea su sueño. La asociación de la erección y de una mujer desnuda solo era, pues, una manera de regular elegida entre mil posibilidades por el Creador para ajustar el mecanismo de relojería en la cabeza del hombre. ¿Y que hay de común entre todo esto y el amor? Nada. Si una rueda salta de una muesca a la cabeza de Tomás, y si solo se excita ante la visión de la golondrina, esto no cambiará nada su amor por Tereza. Si la excitación es un mecanismo con que se divierte el Creador, el amor es, al contrario, el que solo nos pertenece a nosotros y por este motivo nos escapamos del Creador. El amor es nuestra libertad. El amor está más allá del “es muss sein!” Pero esto tampoco es toda la verdad. Incluso si el amor es diferente del mecanismo de relojería de la sexualidad, que el Creador imaginó para divertirse, de toda manera está relacionado como una mujer tierna y desnuda al balancín de un reloj enorme. Tomás se dice: “Relacionar el amor con la sexualidad es una de las ideas más extrañas del Creador” Y también se dice esto: “La única manera de salvar el amor de la tontería de la sexualidad sería regular de otra manera el reloj en nuestra cabeza y estar excitado delante de la visión de la golondrina” Se adormeció con este dulce pensamiento. Y en la linde del sueño, en el espacio encantado de las visiones confusas, estuvo seguro. De pronto, que acababa de descubrir la solución de todos los enigmas, la llave del misterio, una nueva utopía, el Paraíso: un mundo en que está en erección delante de una golondrina y en que puede querer a Tereza sin que le preocupe la simpleza agresiva de la sexualidad. Se volvió a dormir. 23 Estaba en medio de mujeres medio desnudas que giraban a su alrededor, y el se sentía cansado. Para huir, abrió la puerta que daba a una habitación vecina.


Vio delante suyo una mujer joven estirada en un sofá. Ella también estaba medio desnuda, vestida solamente con unas bragas; estaba acostada de lado y se apoyaba en un codo. Le miraba sonriente, como si supiese que iría. Se acercó. Sentía una felicidad inmensa porque al final la había encontrado y podía estar con ella. Se sentó al lado, le dijo unas cuantas palabras, y ella también le dijo unas cuantas palabras. Ella irradiaba calma. Los movimientos de su mano eran lentos y flexibles. Toda la vida había tenido el deseo de estos gestos plácidos. Lo que le había faltado toda la vida era aquella calma femenina. Pero en aquel momento pasó del sueño a la semiinconsciencia. Estaba en aquel no man’s land en que ya no duermes pro que todavía no estás en el estado de vigilia. Estaba desesperado de ver desaparecer a aquella mujer y se decía: “¡Dios mío! No la puedo perder de ninguna manera!” Intentaba recordar con todas sus fuerzas donde la había encontrado, lo que había vivido. ¿Cómo podía ser que no se acordase si la conocía tan bien? Se prometió llamarla a primera hora. Pero también se estremeció delante de la idea que no la podría llamar porque no se acordaba de su nombre. ¿Cómo había podido olvidar el nombre de alguien que conocía tan bien? Después, casi talmente despierto, con los ojos abiertos, se dijo: “¿Dónde estoy?, si, estoy en Praga, ¿Pero es de Praga esta mujer?, ¿Qué tal vez la he conocido en otro lugar? ¿Quizás la conocí en Suiza? Necesitó un momento para comprender que no conocía a aquella mujer, que no era ni de Zurich ni de Praga, que aquella mujer era del sueño y de ningún sitio más Estaba tan alterado que se sentó en el lado de la cama. Tereza respiraba profundamente a su lado. El se decía que la mujer joven de su sueño no se parecía a ninguna de las mujeres que había conocido a lo largo de su vida. Aquella mujer joven que le había parecido tan familiar, le era, bien mirado, totalmente desconocida. Pero era a ella la que siempre había deseado. Si un día encontraba su paraíso personal, suponiendo que este paraíso existiese, tendría que vivir al lado de aquella mujer. La mujer joven de su sueño era la “es muss sein!” de su amor. Recordó el famoso mito del Banquete de Platón, hace muchísimo tiempo, los humanos eran hermafroditas, y Dios les separó en dos mitades que desde entonces hasta ahora erran a través del mundo y se buscan. El amor es el deseo de esta mitad perdida de nosotros mismos. Admitamos que sea así; que cada uno de nosotros tiene, en alguna parte del mundo, una pareja con quien hace mucho tiempo formaban un solo cuerpo. Esta otra mitad de Tomás es la mujer joven que ha soñado. Pero nadie encontrará la otra mitad de uno mismo. En su lugar, le envían una Tereza aguas abajo en una cesta. Pero, ¿Qué pasa más tarde, si encuentra realmente a la mujer que le era destinada, la otra mitad de el mismo? ¿A quien daría


preferencia? ¿A la mujer encontrada en una cesta o a la mujer del mito de Platón? Se imagina que vive en un mundo ideal con la mujer de su sueño. Y entonces Tereza pasa bajo las ventanas abiertas de su casa. Está sola, se para en la acera y pone sobre ella, de lejos, una mirada infinitamente triste. Y el no le puede sostener esta mirada. ¡Otra vez, siente el dolor de Tereza en au propio corazón! Otra vez< es víctima de la compasión y quier en el alma de Tereza. Salta por la ventana. Pero ella le dice amargamente que lo que ha de hacer es quedarse allá donde es feliz, y hace gestos súbitos e incoherentes que siempre le han irritado y que siempre ha encontrado desagradables. Le coge las manos nerviosas, las aprieta entre las suyas para tranquilizarla. Y sabe que está dispuesto a dejar en todo momento la casa de su felicidad, que está dispuesto a dejar en todo momento su paraíso donde vive con la mujer joven de su sueño, que traicionará el “es muss sein!” de su amor para irse con Tereza, esta mujer nacida de seis azares grotescos. Sentado en la cama, miraba a la mujer estirada a su lado, que le tenía cogida la mano en su sueño. Sentía por ella un amor inexpresable. En este minuto, dormía sin duda un sueño muy frágil porque abrió los ojos y los puso mirándole, asustados. -¿Qué miras? – le preguntó. Sabía que no tenía que despertarla, sino volverla hacia el sueño; intentó responderle con palabras que harían nacer en su pensamiento la chispa de un sueño nuevo. - Miro las estrellas – dijo el. - No digas mentiras, no miras las estrellas, miras al suelo. -Porque vamos en avión y las estrellas están bajo nosotros. -Ah, muy bien – dijo Tereza. Apretó aún más fuerte la mano de Tomás y se volvió a dormir. Tomás sabía que Tereza miraba ahora por la ventanilla del avión que volaba muy alto por encima de las estrellas


SEXTA PARTE LA GRAN MARCHA 1 No fue hasta 1980, por un artículo publicado en Sunday Times, que se supo como murió el hijo de Stalin, Iakov. Prisionero de guerra en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, estaba internado en el mismo campo que unos oficiales ingleses. Compartían las comunas. El hijo de Stalin siempre las dejaba sucias. A los ingleses no les gustaba ver sus comunas manchadas de mierda, aunque fuese la mierda del hijo del hombre entonces más poderoso del universo. Se lo reprocharon. Se sintió ofendido. Ellos repitieron sus amonestaciones y le obligaron a limpiar las comunas. Se enfadó, discutió, y se peleó. Finalmente pidió audiencia al comandante del campo. Quería que hiciese de árbitro de sus diferencias. Pero los alemanes están demasiado imbuidos de su importancia para tener que discutir sobre la mierda. El hijo de Stalin no pudo soportar la humillación. Profiriendo hacia el cielo terribles blasfemias rusas, se tiró contra el filo de púas con corriente de alta tensión que rodeaba el campo. Su cuerpo, que nunca más ensuciaría las comunas británicas, quedó colgado. 2 El hijo de Stalin no tuvo una vida fácil. Su padre lo engendró con una mujer que todo indica que acabó fusilada. El joven Stalin, entonces, era entonces hijo de Dios (porque su padre era venerado como Dios) y condenado por el. La gente le tenía miedo por partida doble: les podía perjudicar con su poder (para algo era el hijo de Stalin) y con su amistad (el padre podía castigar al amigo en lugar del hijo réprobo). La condena y el privilegio, la felicidad y la desgracia, nadie sintió más concretamente hasta que punto estas oposiciones son intercambiables y como es de estrecho el margen entre los dos polos de la existencia humana. Bien al comienzo de la guerra, lo capturaron los alemanes, y otros prisioneros, miembros de una nación que desde siempre le era visceralmente antipática por su moderación incomprensible, le acusaban de ser sucio. El que llevaba sobre sus espaldas el drama más sublime que se pueda llegar a concebir (era entonces hijo de Dios y ángel caído), ¿le tenían que juzgar no por causas nobles (referentes a Dios y a los ángeles), sino por la mierda? El drama más noble y el incidente más trivial, ¿están tan vertiginosamente cerca? ¿Vertiginosamente cerca? ¿Puede ocasionar vértigo, entonces, la proximidad?


Claro que si. Cuando el Polo Norte se acerque al Polo Sur casi hasta el punto de tocarse, sino hay diferencia entre el noble y el vil, si el hijo de Dios puede ser juzgado por la mierda, la existencia humana pierde sus dimensiones y se vuelve de una ligereza insoportable. Entonces, el hijo de Stalin se lanza sobre la alambrada de púas electrificadas para tirar su cuerpo como sobre el plato de una balanza que sube lastimosamente, levantado por la ligereza infinita de un mundo que ha perdido las dimensiones. El hijo de Stalin dio su vida por la mierda. Pero morir por la mierda no es una muerte desprovista de sentido. Los alemanes que sacrificaron su vida para ensanchar el territorio de su imperio más hacia el este, los rusos que murieron porque la potencia de su país llegase más lejos, hacia el oeste, si, aquellos murieron por una tontería y su muerte está desprovista de sentido y no tiene abasto general. En cambio, la muerte del hijo de Stalin fue la única muerte metafísica en medio de la idiocia general de la guerra. 3 Cuando era un crío y ojeaba el Antiguo Testamento explicado para niños e ilustrado con gravados de Gustavo Doré, veía al buen Dios en una nube. Era un señor mayor, tenía ojos, nariz y una barba larga y yo me decía que si tenía una boca, bien debía comer. Y si comía también tenia que tener intestinos. Pero esta idea enseguida me asustaba, porque aunque fuese de una familia más bien atea sentía que la idea de los intestinos de Dios era blasfema. Sin la más pequeña preparación teológica, espontáneamente, el niño que yo era entonces ya comprendía que había incompatibilidad entre la mierda y Dios, y consiguientemente, la fragilidad de la tesis fundamental de la antropología cristiana que dice que el hombre fue creado a imagen de Dios, y entonces Dios tiene intestinos, o bien Dios no tiene intestinos y el hombre no se le parece. Los antiguos gnósticos lo sentían con tanta claridad como yo a mis cinco años. Para resolver esta maldito problema, Valentón, gran maestre de la gnosis del siglo II, afirmaba que Jesús “comía y bebía, pero no defecaba”. La mierda es un problema teológico más arduo que el mal. Dios dio la libertad al hombre y por eso se puede admitir que no es responsable de los crímenes de la humanidad. Pero la responsabilidad de la mierda incumbe totalmente a aquel que creó al hombre, y solo a el. 4 En el siglo IV, San Jerónimo rechazaba categóricamente la idea de que Adán y Eva hubiesen podido hacer el amor en el Paraíso. Joan Escot Eriúgena, ilustre teólogo del siglo IX, admitía, por el contrario esta idea. Pero, según el, Adán


podía levantar el miembro lo mismo que nosotros levantamos el brazo o la pierna, o sea, cuando quería y como quería. No busquemos, pues, detrás de esta idea, el sueño eterno del hombre obsesionado por la amenaza de la impotencia. La idea de Escot Eriúgena tiene otro significado. Si el miembro viril se puede levantar con una simple injunción (mandato) del cerebro, esto quiere decir que se puede prescindir de la excitación. Lo que el gran teólogo consideraba incompatible con el Paraíso no era el coito y la voluptuosidad con que va asociado. Lo que era incompatible con el Paraíso era la excitación. Retengamos bien esto: En el Paraíso existía la voluptuosidad pero no la excitación. En el razonamiento de Escot Eriúgena se puede encontrar la clave de una justificación teológica (dicho de otra manera, una teodicea) de la mierda. Mientras era permitido al hombre de estar en el Paraíso, o bien (igual que Jesús según la teoría de Valentín) no defecaba, o bien, cosa que parece más verosímil, la mierda no ra percibida como una cosa repugnante. Cuando echaron al hombre del Paraíso, le reveló la naturaleza inmunda y el asco. El hombre empezó a esconder aquello que le daba vergüenza, y cuando separaba el velo quedaba deslumbrado por una claridad muy fuerte. Así, justo después de haber descubierto aquello inmundo, también descubrió la excitación. Sin la mierda (en el sentido literal y figurado de la palabra) el amor sexual no sería tal como lo conocemos: acompañado de un martilleo del corazón y de una ceguera de los sentidos. En la tercera parte de esta novela, he evocado a Sabina medio desnuda, de pie, con un sombrero de copa en la cabeza junto a un Tomás completamente vestido. Pero hay una cosa que he escondido. Mientras se observaban en el espejo y ella se sentía excitada por la ridiculez de la situación, se imaginó que Tomás la haría sentar, tal como estaba, cubierta con el sombrero, en la taza del water y que vaciaría sus intestinos delante suyo. El cuerpo se le puso a tamborilear, las ideas se le nublaron e hizo caer a Tomás en la alfombra, yy al cabo de un momento gritaba de gusto. 5 El debate entre los que afirman que el universo fue creado por Dios, y los que piensan que apareció solo, se refiere a una cosa que sobrepasa nuestra comprensión y nuestra experiencia. Pero bien real es la diferencia entre los que dudan del ser tal como le fue dado al hombre (lo mismo es como y porque) y los que se adhieren sin reservas. Detrás de todas las creencias europeas, sean religiosas o políticas, está el primer capítulo del Génesis, de donde se desprende que el mundo fue creado tal como había de ser, que el ser es bueno y que, así, procrear es una cosa buena. Nombramos a esta creencia fundamental acuerdo categórico con el ser.


Si todavía no hace mucho, en los libros, la palabra mierda era reemplazada por puntos suspensivos, no era por razones morales. ¡Bien mirado, nadie pretenderá que la mierda es inmoral! El desacuerdo con la mierda es metafísico. El instante de la defecación es la prueba cotidiana del carácter inaceptable de la Creación. O una cosa o la otra: o bien la mierda es aceptable (¡¡ y entonces no necesitamos cerrarnos con llave en los váteres!!), o bien la manera como nos crearon es inadmisible. De esto se desprende que el acuerdo categórico con el ser tiene como ideal estético un mundo en el que se niega la mierda y en todos se comportan como sino existiese. Este ideal estético se llama kitsch. Esta palabra alemana que apareció en medio del sentimental siglo XIX y que acto seguido se escampó por las demás lenguas. Pero la utilización frecuente que se ha hecho ha borrado su valor metafísico original, a saber: el kitsch, por esencia, es la negación absoluta de la mierda; tanto en el sentido literal como en sentido figurado: el kitsch excluye del campo de visión todo lo que la existencia humana tiene de esencialmente inaceptable. 6 La primera revuelta interior de Sabina contra el comunismo no tenía un carácter ético, sino estético. Lo que le repugnaba era mucho más la fealdad del mundo comunista (los castillos convertidos en establos) que la máscara de belleza con que se cubría o, dicho de otra manera, el kitsch comunista. El modelo de este kitsch es la fiesta llamada Primero de Mayo. Había visto las manifestaciones del Primero de Mayo en la época en que la gente todavía era entusiasta o se aplicaba en serlo. Las mujeres llevaban blusas rojas, blancas o azules y, vistas desde los balcones y las ventanas, formaban toda clase de motivos: estrellas de cinco puntas, corazones, letras. Entre las diferentes secciones, avanzaban pequeñas orquestas que marcaban el ritmo de la marcha. Cuando la manifestación se acercaba a la tribuna, hasta las caras más aburridas se iluminaban con una sonrisa. Como si hubiesen querido probar que se alegraban como querían, o, más exactamente, que estaban de acuerdo tal como se debía. Y no se trata de un simple acuerdo político con el comunismo, sino de un acuerdo con el ser en tanto que tal. La fiesta del Primero de Mayo abrevaba en el manantial profundo del acuerdo categórico con el ser. La consigna tácita y no escrita de la manifestación no era “¡Viva el comunismo!”, sino “¡Viva la vida!” La fuerza y la astucia de la política comunista era haber acaparado esta palabra de orden. Era precisamente esta estúpida tautología (“¡Viva la vida!”) que arrastraba a la manifestación comunista incluso a todos aquellos a quien las ideas comunistas dejaban totalmente indiferentes.


7 Unos diez años más tarde (ya vivía en los Estados Unidos) un senador americano amigo de sus amigos la llevaba de paseo en un coche enorme. En los asientos de atrás se apretujaban cuatro criaturas. El senador se paró; los niños bajaron y corrieron por un césped muy espacioso hacia un estadio donde había una pista de patinaje artificial. El senador de quedaba por los alrededores y miraba con aire soñador las cuatro pequeñas siluetas que corrían; se volvió hacia Sabina: “¡Míreles!”, dijo, con la mano describiendo un círculo que englobaba el estadio, el césped y los niños: “Esto es lo que yo llamo felicidad”. Estas palabras no eran tan solo una expresión de alegría delante de los niños que corrían y la hierba que crecía, era también una manifestación de comprensión delante de una mujer que venía de un país comunista donde, el senador estaba convencido, la hierba no crece y los niños no corren. Pero en aquel instante Sabina se imaginó este senador en una tribuna de una plaza de Praga. En la cara tenía exactamente el mismo tipo de sonrisa que los hombres de estado comunistas dirigían desde arriba de la tribuna a los ciudadanos igualmente sonrientes que desfilaban manifestándose a sus pies. 8 ¿Cómo podía saber aquel senador que los niños significaban la felicidad? ¿Es que les leía el alma? ¿Y si, con trabajo fuera de su campo de visión, tres de ellos se habían tirado sobre el cuarto y habían empezado a pegarle? El senador solo tenía un argumento a favor de su afirmación: su sensibilidad. Cuando ha hablado el corazón, no es conveniente que la razón ponga objeciones. En el reino del kitsch se ejerce la dictadura del corazón. Evidentemente en necesario que los sentimientos suscitados por el kitsch puedan ser compartidos por el mayor número de personas. Por eso el kitsch no tiene nada que hacer con las cosas insólitas; convoca imágenes clave profundamente ancladas en la memoria de los hombres: la hija ingrata, el padre abandonado, niños que corren por el césped, la patria traicionada, el recuerdo del primer amor. El kitsch hace nacer una detrás de la otra dos lágrimas de emoción. La primera lágrima dice: “¡Que bonitos son unos niños corriendo por el césped!”. La segunda lágrima dice: “¡Como es de bonito emocionarse con toda la humanidad ante la vista de unos niños corriendo por el césped!”. Solo esta segunda lágrima hace que el kitsch sea el kitsch. La fraternidad de todos los hombres solo podrá ser fundada sobre el kitsch.


9 Nadie lo sabe mejor que los políticos. Desde que hay una cámara fotográfica cerca, corren hacia el primer niño que ven para levantarlo en brazos y darle un beso en la mejilla. El kitsch es el ideal estético de todos los políticos, de todos los movimientos políticos. En una sociedad donde coexisten diversas corrientes y donde su influencia se anula o se limitan mutuamente, aun te puedes escapar, más o menos, de la inquisición del kitsch; el individuo puede salvaguardar su originalidad y el artista crea obras inesperadas. Pero allí donde un solo movimiento político ostenta todo el poder, te encuentras de golpe en el reino del kitsch totalitario. Si digo totalitario es porque todo lo que atenta contra el kitsch es proscrito de la vida: toda manifestación de individualismo (porque toda disonancia es un gargajo escupido a la cara de la fraternidad sonriente), todo escepticismo (porque quien comienza a dudar del más pequeño detalle acaba poniendo en duda la vida en tanto que tal), la ironía (porque en el reino del kitsch todo hay que tomárselo en serio), pero también la madre que ha abandonado a la familia o el hombre que prefiere los hombres a las mujeres y amenaza así el slogan sacrosanto del “creced y multiplicaos”. Desde este punto de vista, lo que llaman el gulag puede ser considerado una fosa séptica don del kitsch totalitario echa su porquería. 10 Los diez primeros años después de la Segunda Guerra Mundial fue la época del más espantoso terror estaliniano. Fue en esta época que detuvieron al padre de Tereza por una tontería y que echaron de su casa a la chiquilla de diez años que tenía entonces. Sabina tenía veinte años y estudiaba Bellas Artes. El profesor de Marxismo les explicaba, a ella y a sus condiscípulas, este postulado del arte socialista: la sociedad soviética ya estaba tan avanzada que el conflicto fundamental ya no era el conflicto entre el bien y el mal sino el conflicto entre lo bueno y lo mejor. La mierda (o sea lo que es esencialmente inaceptable) solo podía existir, pues, “en el otro lado” (por ejemplo, en los Estados Unidos) y solo era a partir de allí, del exterior, y solo como un cuerpo extraño (por ejemplo, bajo la apariencia de espías), que podían penetrar en el mundo “de los buenos y de los mejores” Si en aquel tiempo cruel entre todos los tiempos, las películas soviéticas que inundaban las salas de los cines de los países comunistas estaban impregnadas de una inocencia increíble. El conflicto más grave que se podía producir entre dos rusos era el malentendido amoroso: el se imaginaba que ella ya no le


quería, y ella pensaba lo mismo de el. Al final, caían en brazos el uno del otro y les brotaban de los ojos lágrimas de felicidad. La explicación convencional de estas películas es hoy esta: pintaban el ideal comunista, mientras que la realidad comunista era mucho más sombría. Esta interpretación sublevaba a Sabina. La idea que el universo del kitsch soviético pudiese convertirse en realidad y que ella lo pudiese vivir la provocaba escalofríos. Sin ni un segundo de lucha, prefería más la vida en el régimen comunista real, incluso con todas las persecuciones y las colas en las puertas de las carnicerías. En el mundo comunista real es posible vivir. En el mundo del ideal comunismo realizado, en esta mundo de cretinos sonrientes con quien no habría podido intercambiar ni una sola palabra, habría reventado de horror al cabo de ocho días. Me parece que el sentimiento que el kitsch soviético despertaba en Sabina se parece al terror que Tereza sentía en el sueño en que desfilaba alrededor de una piscina con mujeres desnudas y donde era obligada a cantar canciones alegres. En la superficie flotaban cadáveres. No había ni una mujer a la que Tereza pudiese decir una sola palabra, hacer una sola pregunta. La única respuesta que habría oído era el refrán que seguía a la canción. No había nadie a quien pudiese dirigirse con un guiño. Enseguida la habrían señalado al hombre que estaba de pie dentro del cesto sobre el agua para que la disparase. El sueño de Tereza denuncia la verdadera función del kitsch: el kitsch es un para vientos que disimula la muerte. 11 En el reino del kitsch totalitario, las respuestas se dan por adelantado y excluyen cualquier pregunta nueva. Resulta que el verdadero adversario del kitsch totalitario es el hombre que interroga. La pregunta es como el cuchillo que rasga la tela pintada del decorado para que podamos ver lo que hay detrás. Así es como Sabina explicó a Tereza el sentido de sus telas: delante está la mentira inteligible, y detrás se transparenta la verdad incomprensible. Pero resulta que los que luchan contra los regímenes totalitarios no pueden luchar nada con interrogaciones y dudas. Ellos también tienen necesidad de su certeza y su verdad simplista, que han de ser comprensibles para el mayor número de personas y provocar una secreción lagrimal colectiva. Un día, un movimiento político organizó una exposición de telas de Sabina en Alemania. Sabina cogió el catálogo: delante de su foto habían dibujados unos hilos de púas. En el interior estaba su biografía que se parecía a la hagiografía de los mártires y de los santos: había sufrido, había combatido la injusticia, se


había visto obligada a abandonar su país torturado y continuaba combatiendo. “Con sus cuadros, lucha por la libertad”, decía la última frase del texto. Protestó pero no la entendían. Veamos, ¿no es cierto que el comunismo persigue el arte moderno? Ella respondió con rabia: “¡Mi enemigo no es el comunismo, es el kitsch!” Desde entonces, rodeaba su biografía de mixtificaciones y, más tarde, cuando se encontró en los Estados Unidos, incluso llegó a conseguir esconder que era checa. Era un esfuerzo desesperado por huir del kitsch que la gente quería fabricar con su vida. 12 Esta de pie delante de su caballete, donde había una tela aún inacabada. Un señor mayor estaba sentado detrás suyo en un sofá y observaba cada trazo de su pincel. Después miró el reloj: - Yo diría que ya es hora de ir a comer – dijo. - Dejó la paleta y fue a pasarse un agua al cuarto de baño. El hombre se levantó del sofá y se inclinó para coger el bastón apoyado en una mesa. La puerta del taller daba directamente a un patio con césped. Oscurecía. Al otro lado, a una veintena de metros había una casa blanca de madera y las ventanas de la planta baja estaban iluminadas. Sabina se sentía emocionada viendo aquellas dos ventanas que brillaban en el crepúsculo. Toda su vida había afirmado que su enemigo era el kitsch. ¿Pero no lo lleva ella misma en el fondo de su ser’ Su kitsch es la visión de un hogar tranquilo, dulce, armonioso, donde reinan una madre amable y un padre lleno de sabiduría. Esta imagen le nació dentro de ella después de la muerte de sus padres. Como su vida ha sido muy distinta de este sueño tan bonito, aún es más sensible a su encanto y ha notado más de una vez humedecérsele los ojos viendo en la televisión, en una película sentimental, una hija ingrata apretando entre sus brazos al padre abandonado, y brillar en el crepúsculo las ventanas de una casa donde vive una familia feliz. Había conocido al señor mayor en Nueva York. Era rico y le gustaba la pintura. Vivía en el campo, en una gran casa, con su mujer, de su misma edad. En propiedad, delante de la casa, había una vieja cuadra. La había hecho transformar en taller, y había invitado a Sabina y, después, se pasaba días enteros siguiendo los movimientos de su pincel. Ahora están cenando los tres. La señora mayor llama a Sabina “¡mi niña1” pero según todas las apariencias es más bien al revés: Sabina es aquí como una madre con sus don niños colgados de su falda, que la admiran y estarían dispuestos a obedecer solo que ella quisiese darles órdenes.


¿Ha encontrado en el linde la vejez a los padres a los cuales se los arrancaron cuando era joven? ¿Finalmente ha encontrado a los niños que nunca ha tenido? Sabe muy bien que es una ilusión. Su estancia en la casa de estos viejos encantadores solo es una parada provisional. El señor mayor está gravemente enfermo y su mujer, cuando se encuentre sin el, se irá a casa de su hijo, en el Canadá. Sabina reemprenderá el camino de las traiciones y, de tanto en tanto, en lo más profundo de ella hará tintinear en la insoportable ligereza del ser una ridícula canción sentimental que hablará de dos ventanas iluminadas detrás de las cuales vive una familia feliz. Esta canción la conmueve, pero ella no se toma su emoción seriamente. Sabe muy bien que esta canción es una mentira bonita. En el instante en que el kitsch es reconocido como mentira, se sitúa en el contexto del no-kitsch. Habiendo perdido su poder autoritario, es emocionante como cualquier debilidad humana. Porque ninguno entre nosotros no es un superhombre y no pude escapar totalmente del kitsch. Sea quien sea el menosprecio que nos inspira, el kitsch forma parte de la condición humana. 13 La fuente del kitsch es el acuerdo categórico con el ser. Pero, ¿Quién es, el fundamento del ser? ¿Dios? ¿La humanidad? ¿La lucha? ¿El hombre? ¿La mujer? Sobre esto hay toda clase de opiniones, de manera que hay todo tipo de kitschs: el kitsch católico, protestante, judío, comunista, fascista, democrático, feminista, europeo, americano, nacional, internacional. Después de la época de la Revolución Francesa una mitad de Europa tomó el nombre de izquierda y la otra mitad recibió el apelativo de derecha. Es prácticamente imposible definir una u otra de estas nociones por unos principios teóricos cualquiera que serían la base. Esto no es nada sorprendente_ los movimientos políticos no reposan sobre actitudes racionales sino sobre representaciones, imágenes, palabras, arquetipos, el conjunto de los cuales constituye este o aquel kitsch político. La idea de la Gran Marcha, con que a Franz le gusta embriagarse es el kitsch político que une a la gente de izquierdas de todos los tiempos y de toldas las tendencias. La Gran Marcha es el magnífico avance hacia delante, el avance hacia la fraternidad, la igualdad, la justicia, la felicidad, y todavía más lejos, a pesar de todos los obstáculos, porque es necesario que haya obstáculos para que la marcha pueda ser la Gran Marcha. ¡La dictadura del proletariado o la democracia? ¿El rechazo de la sociedad de consumo o el aumento de la producción? ¿La guillotina o la abolición de la pena de muerte? Todo junto no tiene demasiada importancia. Lo que hace de


un hombre de izquierdas un hombre de izquierda no es tal teoría o tal otra, sino su capacidad de integrar cualquier teoría en el kitsch llamado Gran Marcha. 14 Con esto no quiero decir que Franz sea el hombre del kitsch. Más o menos, la idea de la Gran Marcha hace el papel, en su vida, que hace la canción sentimental que habla de dos ventanas iluminadas en la vida de Sabina. ¿Por qué partido político vota? Me temo que no vota y que el día de las elecciones preferirá irse de excursión a la montaña. Esto no quiere decir que la Gran Marcha haya dejado de emocionar. Es bonito soñar que formas parte de una multitud en marcha que avanza a través de los siglos, y Franz no ha olvidado este sueño tan bonito. Un día, unos amigos le llamaron desde París. Organizaban una marcha sobre Cambodja y le invitaban a adherirse. En aquella época, Cambodja tenía detrás suyo una guerra civil, los bombardeos americanos, las atrocidades perpetradas por los comunistas locales, que habían reducido a una quinta parte la población de aquel pequeño país, y finalmente la ocupación por parte del Vietnam, su vecino, que entonces solo era un instrumento de Rusia. En Cambodja había hambre y la gente se moría sin asistencia médica. Las organizaciones internacionales de médicos ya habían pedido muchas veces la autorización de entrar en el país, cosa que los vietnamitas les negaban. Un grupo de grandes intelectuales occidentales habían decidido organizar una marcha a la frontera cambodjana y, con este gran espectáculo representado a los ojos del mundo entero, conseguir la entrada de médicos en el país ocupado. El amigo que había llamado a Franz era uno de aquellos con quien, tiempo atrás, desfilaba por las calles de París. Al comienzo quedó entusiasmado por la propuesta, pero enseguida la mirada se posó en la estudiante. Estaba sentada delante suyo en un sofá y los ojos parecían todavía más grandes tras las gafas de moda. Franz creyó que sus ojos le imploraban que no se fuese. Se excusó. Pero solo colgar ya le sabía mal. Había escuchado y concedido los votos de su amante terrestre, pero había omitido su amor celestial. ¿No era Cambodja una variante de la patria de Sabina? ¡Un país ocupado por el ejército comunista del país vecino! ¡País sobre el cual se había abatido el puño de Rusia! De repente se dijo que su amigo casi olvidado le llamaba bajo una señal secreta de Sabina. Las criaturas celestiales lo saben todo y lo ven todo. Si participaba en aquella marcha, Sabina le vería y estaría contenta. Comprendería que le era fiel. - ¿Te sabría muy mal si finalmente voy? – preguntó a su amiga de las gafas, que deploraba cada día pasado sin el pero que no sabía negarle nada.


Unos días más tarde, se encontró en un gran avión en el aeropuerto de París. Entre los pasajeros había una veintena de médicos escoltados por unos cincuenta intelectuales (catedráticos, escritores, diputados, cantantes, actores y alcaldes) y cuatrocientos periodistas y fotógrafos que les acompañaban. 15 El avión aterrizó en Bangkok. Los cuatrocientos setenta médicos, intelectuales y periodistas fueron al gran salón de un hotel internacional donde ya les esperaban otros médicos, actores, cantantes y filólogos acompañados de más centenares de periodistas con sus libretas, magnetófonos, cámaras de fotografía y de video. Al fondo de la sala estaban sentados una veintena de americanos que ya empezaban a dirigir la reunión. Los intelectuales franceses a los que se había añadido Franz se sentían marginados y humillados. La marcha sobre Cambodja era idea suya y mira por donde los americanos, con una naturalidad admirable, se hacían cargo de todo y para colmo hablaban inglés sin ni tan solo preguntar si un francés o un danés los podía entender. Evidentemente los daneses hacía mucho tiempo que habían olvidado que tiempo ha constituían una nación, de manera que, de todos los europeos, los franceses fueron los únicos a quienes se les ocurrió protestar. Gente de principios, se negaban a protestar en inglés y se dirigían en su lengua materna a los americanos instalados en el estrado. Como no entendían una palabra de lo que decían, los americanos contestaban a sus palabras con sonrisas afables y aprobadoras. Finalmente, los franceses no les quedó otro recurso que formular sus objeciones en inglés. “¿Por qué se habla inglés en esta reunión? ¡También hay franceses aquí!” Los americanos se mostraron sorprendidos de una objeción tan curiosa, pero no paraban de sonreír y aceptaron que se tradujesen todos los discursos. Se pasó un buen rato buscando un intérprete para que la reunión pudiese continuar. Después, como que había que escuchar cada frase en inglés y después en francés, la reunión duro el doble de tiempo e incluso más del doble, porque todos los franceses sabían inglés, interrumpían al intérprete, le corregían con discusiones a propósito de cada palabra. La aparición de una estrella americana en el estrado marcó el apogeo de la reunión. Para ella, algunos fotógrafos y otros cámaras irrumpieron en la sala y cada sílaba que pronunciaba la actriz era saludada con un catric-catrac de los aparatos. La actriz hablaba de los niños que sufren, de la barbarie de la dictadura comunista, del derecho del hombre a la seguridad, de las amenazas que pesan sobre los valores tradicionales de la sociedad civilizada, de la libertad individual y del presidente Carter, que estaba afligido por lo que pasaba en Cambodja. Estas últimas palabras las dijo llorando.


En aquel momento, un joven médico francés de bigote pelirrojo se levantó y comenzó a vociferar: - ¡Estamos aquí para salvar moribundos! ¡No estamos aquí por la gloria del presidente Carter! ¡No queremos que esta manifestación degenere en un circo de propaganda americana! ¡No hemos venido para protestar contra el comunismo, sino para curar enfermos! - Otros franceses se sumaron al medico bigotudo. El intérprete tenía miedo y no osaba traducir lo que decían. Igual que hacía un rato, los veinte americanos del estrado se los miraban con sonrisas llenas de simpatía y muchos de ellos lo aprobaban moviendo la cabeza. A uno de ellos incluso se le ocurrió levantar el puño porque sabía que a los europeos les gustaba hacer este gesto en los momentos de euforia colectiva.

16 ¿Cómo es que unos intelectuales de izquierdas (porque el médico bigotudo era uno) aceptan desfilar contra los intereses de un país comunista cuando el comunismo hasta ahora siempre ha formado parte de la izquierda? Cunado los crímenes del país bautizado como Unión Soviética llegaron a ser demasiado escandalosos, el hombre de izquierdas se encontró ante una alternativa: o bien escupir sobre su vida pasada y renunciar a desfilar, o bien(con más o menos incomodidad) alinear a la Unión Soviética entre los obstáculos a la Gran Marcha y continuar su camino en la manifestación. Ya he dicho que lo que hace que la izquierda sea la izquierda es el kitsch de la Gran Marcha. La identidad del kitsch no está determinada por una estrategia política sino por imágenes, metáforas, un vocabulario. De manera que es posible transgredir la costumbre y desfilar contra los intereses de un país comunista. Pero no es posible reemplazar las palabras por otras palabras. Se puede amenazar con el puño al ejército vietnamita. No le puedes gritar: “¡Abajo el comunismo!”. Porque “¡Abajo el comunismo!” es la consigna de los enemigos de la Gran Marcha, y aquel que no quiera perder el prestigio se tiene que mantener fiel a la pureza de su propio kitsch. No digo esto para explicar el malentendido entre el médico francés y la estrella americana, que se creyó en su egocentrismo, víctima de envidiosos y misóginos. En realidad, el médico francés daba pruebas de una gran sensibilidad estética: las palabras “el presidente Carter”, “nuestros valores tradicionales”, “la barbarie del comunismo”, formaban parte del vocabulario del kitsch americano y no tenían nada que ver con el kitsch de la Gran Marcha. 17


Al día siguiente por la mañana subieron todos en autocares para atravesar toda Tailandia en dirección a la frontera cambodiana. Por la noche llegaron a un pueblecito donde tenían reservadas unas barracas levantadas sobre pilares. El río, que tenía crecidas peligrosas, obligaba a la gente a alojarse arriba mientras que abajo, al pie de los pilares se amontonaban los cerdos. Franz dormía en una habitación con cuatro profesores de universidad más. De abajo les llegaban, en medio del sueño, los gruñidos de los cerdos, mientras que a su lado roncaba un matemático ilustre. Por la mañana todos volvieron al autocar. A dos kilómetros de la frontera, la circulación estaba prohibida. Solo había una carretera estrecha que conducía al puesto fronterizo guardado por el ejército. Los autocares se pararon. Cuando bajaban, los franceses constataron que los americanos les habían vuelto a avanzar y les esperaban, ya alineados en la cabeza de la manifestación. Fue el momento más delicado. El intérprete tuvo que volver a intervenir y la discusión fue rápida. Finalmente llegaron a un acuerdo: un americano, un francés y un intérprete cambodjano ocuparon la parte delantera de la manifestación. Después venían los médicos y, detrás, los otros; la actriz americana se encontró en la cola. La carretera era estrecha y bordeada de campos de minas. Cada dos minutos se encontraban con una trampa: dos bloques de cemento coronados con hilos de púas, y entre los bloques, un paso estrecho. Había que avanzar en fila india. A unos cinco metros delante de Franz iba un famoso peta y cantando pop alemán que ya había escrito novecientas treinta canciones por la paz y contra la guerra. En la punta de un palo largo llevaba una bandera blanca que hacía juego con su espesa barba negra y le distinguía de los otros. Fotógrafos y cámaras iban y venían haciendo carreras alrededor de esta manifestación. Hacían chascar y otros ruidos con sus aparatos, corrían hacia delante, se paraban, reculaban, se agachaban y después volvían a correr hacia delante. De tanto en tanto gritaban el nombre de un hombre o de una mujer famosos; el interpelado se giraba maquinalmente en su dirección y, justo en aquel momento, apretaban los disparadores. 18 Se sentía en el ambiente que pasaría alguna cosa. La gente enlentecia el paso y se giraba. La estrella americana, que habían colocado al final de la manifestación, se negó a soportar más tiempo esta humillación y decidió atacar. Se puso a correr. Era como en los cinco mil metros, cuando un corredor que ha reservado las


fuerzas y se ha quedado hasta entonces en la cola del grupo, se lanza hacia delante y pasa a todos los participantes. Los hombres sonreían con aire molesto y se separaban para permitir la victoria de la insigne corredora, pero algunas mujeres se pusieron a gritar: - ¡A la fila! ¡Esta marcha no es de estrellas del cine! La actriz no se dejó intimidar y continuó avanzando siempre corriendo, seguida por cinco fotógrafos y dos cámaras. Una francesa, catedrática de lingüística, cogió a la actriz por la muñeca y le dijo (en un inglés espantoso): - Es la marcha de los médicos para salvar camboyanos mortalmente enfermos. ¡No hacemos un espectáculo para las estrellas! La actriz tenía la muñeca cogida como con unas tenazas por la mano de la catedrática de lingüística y no tenía suficiente fuerza para soltarse. Dijo (en un inglés excelente): -¡Que te follen! ¡He participado en centenares de manifestaciones! ¡Las estrellas se tienen que hacer ver por todo el mundo! ¡Es nuestro trabajo! ¡Es nuestro deber moral! - ¡Mierda! – dijo la catedrática de lingüística (en un francés excelente) La estrella americana la entendió y se puso a llorar. - ¡Quédese así! – exclamó un cámara mientras se arrodillaba delante suyo. La actriz miró largamente el objetivo, las lágrimas le caían mejillas abajo. 19 La catedrática de lingüística acabó soltando la muñeca de la estrella americana. El cantante alemán que tenía una barba negra y llevaba la bandera blanca gritó el nombre de la actriz. La estrella no lo había oído nunca pero en este minuto de humillación era más sensible de lo ordinario a las manifestaciones de simpatía y se lanzó en su dirección. El poeta cantante pasó el asta de la bandera a su mano izquierda para enlazar con su brazo derecho los hombros de la actriz. Fotógrafos y cámaras daban saltos alrededor de la actriz y del cantante. Un famoso fotógrafo americano quería tener sus dos caras y la bandera en su objetivo, cosa que no era fácil vista la altura del asta. Se puso a correr hacia atrás en un arrozal. Fue así que pisó una mina. Se vio una explosión y su cuerpo destrozado voló en trozos, que salpicaron con un chaparrón de sangre a la intelligentsia internacional. El cantante y la actriz estaban asustados y se habían quedado clavados en el suelo. Los dos levantaron la mirada hacia la bandera. Estaba salpicada de sangre. Primero este espectáculo solo hizo crecer su horror. Después, unas cuantas veces, levantaron tímidamente los ojos y empezaron a sonreír. Sentían


un orgullo extraño, todavía desconocido, ante la idea de que la bandera que llevaban estuviese santificada por la sangre. Y siguieron caminando. 20 La frontera estaba formada por un riachuelo, pero no la podían ver porque a todo lo largo se levantaba un muro de un metro y medio de altura coronado por sacos terreros destinados a los tiradores tailandeses. El muro solo se interrumpía en un sitio. Allí, un puente curvado atravesaba el río. Nadie se había metido. Había tropas vietnamitas de ocupación apostadas en el otro lado del río, pero tampoco eran visibles. Tenían las posiciones perfectamente camufladas. A pesar de eso, no tenían ninguna duda que los vietnamitas invisibles abrirían fuego cuando alguien intentase pasar el puente. Algunos miembros de la manifestación se acercaron al muro y se pusieron de puntillas. Franz se apoyó en una aspillera entre dos sacos e intentó ver. No vio nada porque le sacó fuera un fotógrafo que consideraba que tenía derecho a ocupar el sitio. Se volvió. En las ramas de un árbol solitario, parecidos a un grupo de cornejas grandes, estaban sentados siete fotógrafos, con los ojos clavados en la otra orilla. En aquel momento, el intérprete que caminaba delante de la manifestación aplicó a los labios un embudo muy grande y se puso a gritar en lengua khmer a través del río: aquí hay unos médicos y exigen que les dejen entrar en territorio camboyano para dispensar su asistencia médica; su acción no tiene nada que ver con ninguna inteligencia política; solo les guía la preocupación por las vidas humanas. La respuesta de la otra orilla fue un silencio increíble. Un silencio tan denso que producía angustia en todos. Solo el catric-catrac de los aparatos fotográficos resonaba en medio de aquel silencio como el canto de un insecto exótico. De pronto, Franz tuvo la impresión de que la Gran Marcha llegaba a su final. Las fronteras del silencio se cerraban sobre Europa, y el espacio donde tenía lugar la Gran Marcha ya solo era un pequeño estrado en el centro del planeta. Las multitudes que tiempo atrás de amontonaban al pie del estrado ya hacía mucho tiempo que habían vuelto la cabeza, y la Gran Marcha continuaba en la soledad y sin espectadores. Si, pensaba Franz, la Gran Marcha continúa, a pesar de la indiferencia del mundo, pero se vuelve intranquila, febril, ayer contra la ocupación americana en Vietnam, hoy contra la ocupación vietnamita de Camboya, ayer por Israel, hoy por los palestinos, ayer por Cuba, mañana contra Cuba, y siempre contra los Estados Unidos, cada vez contra las matanzas y cada vez para dar apoyo a las matanzas, Europa desfila y para


poder seguir el ritmo de los acontecimientos sin perderse ni un paso lo acelera cada vez más, de manera que la Gran Marcha es una manifestación de gente apresurada que desfila al galope, y la escena disminuye cada vez más, hasta un día que será solo un punto sin dimensiones. 21 El intérprete hizo un segundo intento por el megáfono. Como la primera vez, la única respuesta fue un enorme silencio infinitamente indiferente. Franz miraba. Aquel silencio de la otra orilla les pegaba a todos en la cara como una bofetada. Incluso el cantante con la bandera blanca y la actriz estaban incómodos y dubitativos. Franz comprendió de repente que ridículos eran, el y los otros, pero esta toma de conciencia no le alejaba de ellos, no le inspiraba ninguna ironía, al contrario, sentía por ellos un amor infinito, como aquel que sentimos por los condenados. Si, la Gran Marcha llegaba a su final, pero ¿es una razón para que Franz la traicione? ¿No se acerca a su fin, también, su propia vida? ¿He de ridiculizar el exhibicionismo de estos que han acompañado a la frontera a unos médicos valientes? ¿Pueden hacer algo más toda esta gente que no sea dar un espectáculo? ¿Les queda algo mejor? Franz tiene razón. Pienso en el periodista que organizaba en Praga una campaña de firmas para la amnistía de los presos políticos. Sabía muy bien que aquella campaña no ayudaría a los prisioneros. El verdadero objetivo no era liberar a los prisioneros sino demostrar que todavía había gente que no tenía miedo. Lo que hacía tenía parte de espectáculo. Pero no tenía otra posibilidad No podía elegir entre la acción y el espectáculo: solo tenía una elección: dar un espectáculo o no hacer nada. Hay situaciones en que el hombre está condenado a hacer un espectáculo. Su combate contra el poder silencioso (contra el poder silencioso del otro lado del río, contra la policía convertida en micrófonos mudos escondidos en el muro) es el combate de una compañía de teatro que se enfrenta a un ejército. Franz vio a su amigo de la Sorbona que levantaba el puño y amenazaba el silencio de la otra orilla. 22 Por tercera vez el intérprete hizo su llamamiento por el megáfono. La respuesta volvió a ser el silencio y esto convirtió de repente la angustia de Franz en rabia frenética. Estaba a unos pasos del puente que separa Tailandia de Camboya, y le entró el deseo inmenso de lanzar contra el cielo blasfemias terribles y de morir en el atronador ruido inmenso del fusilamiento.


Aquel deseo súbito de Franz nos recuerda alguna cosa;, si, nos recuerda al hijo de Stalin que corrió a colgarse de la alambrada electrificada porque no podía soportar ver como el polvo de la existencia humana se acercaban hasta el punto de tocarse, de manera que ya no había diferencia entre la nobleza y la abyección, entre el ángel y la mosca, entre Dios y la mierda. Franz no podía admitir que la gloria de la Gran Marcha se redujese a la vanidad cómica de la gente que desfilaba y que el estruendo grandioso de la historia europea desapareciese en un silencio infinito, de manera que ya no hay diferencia entre la historia y el silencio. Habría querido poner su propia vida en la balanza para probar que la Gran Marcha es más pesada que la mierda. Pero no se puede probar nada parecido. En un platillo de la balanza, estaba la mierda, el hijo de Stalin pus todo su cuerpo en el otro platillo y la balanza no se volvió a mover. En lugar de hacerse matar, Franz agacho la cabeza, y con los otros, volvió en fila india para coger el autocar. 23 Todos tenemos necesidad que alguien nos mire. Nos podríamos clasificar en cuatro categorías según el tipo de mirada bajo la cual queremos vivir. La primera busca la mirada de un número infinito de ojos anónimos, o dicho de otra manera, la mirada del público. Es el caso del cantante alemán y de la estrella americana, también es el caso del periodista de la barbilla salida. Estaba acostumbrado a sus lectores, y cuando los rusos prohibieron su semanario tuvo la impresión de encontrarse en una atmósfera cien veces rarificada. Para el, nadie podía ocupar el lugar de la mirada de los ojos desconocidos. Tenía la impresión de ahogarse. Después, un día comprendió que era seguido a cada paso por la policía, escuchado cuando telefoneaba e incluso discretamente fotografiado por la calle. ¡De pronto, unos ojos anónimos le acompañaban a todas partes, y pudo volver a respirar! ¡Fue feliz! Interpelaba con tono teatral los micrófonos escondidos en la pared. En la policía reencontraba al público perdido. En la segunda categoría, están los que no pueden vivir sin la miara de una multitud de ojos familiares. Son los organizadores incansables de cócteles y de cenas. Son más felices que la gente de la primera categoría, que, cuando pierden el público, se imaginan que en la sala de su vida se han apagado las luces. Es lo que les pasa a casi todos, un día u otro. La gente de la segunda categoría, en cambio, siempre consiguen procurarse alguna mirada. MarieClaude y su hija son de estos. Después viene la tercera categoría, la categoría de los que tienen necesidad de estar bajo los ojos del ser querido. Su condición es igual de peligrosa que la de


la gente del primer grupo. Si se cierran los ojos del ser querido, la sala quedará en la oscuridad. En entre estos que hemos de colocar a Tereza y a Tomás. Finalmente está la cuarta categoría, la más rara, los que viven bajo las miradas imaginarias de los seres ausentes. Por ejemplo, Franz. Si ha ido hasta la frontera cambodjiana es tan solo a causa de Sabina. El autocar se zarandea por las carreteras tailandesas y el nota que Sabina le clava su larga mirada. El hijo de Tomás pertenece a la misma categoría. Yo le llamaría Simón (estará contento de tener un nombre bíblico como su padre). La mirada a que aspira es la mirada de los ojos de Tomás. Comprometido en la campaña de firmas, le echaron de la universidad. La chica que frecuentaba era la sobrina del cura del pueblo. Se casó y se convirtió en un tractorista en una cooperativa, católico practicante y padre de familia. Supo que Tomás también vivía en el campo y esto le gustó. ¡El destino había hecho simétricas sus vidas! Fue esto lo que le incitó a escribirle una carta. No pedía respuesta. Solo quería una cosa: que Tomás pusiese su mirada sobre su vida. 24 Franz y Simón son los soñadores de esta novela. A diferencia de Franz, Simón no quería a su madre. Desde su infancia que buscaba a su padre. Estaba dispuesto a creer que una ofensa hecha a su padre precedía y explicaba la injusticia que su padre había cometido con el. Nunca le había odiado y se negaba a convertirse en aliado de su madre, que se pasaba el tiempo calumniando a Tomás. Vivió con ella hasta los dieciocho años y, acabado el bachillerato se fue a estudiar a Praga. En aquel momento, Tomás ya era limpia cristales. Simón le esperó muchas veces para provocar un encuentro fortuito por la calle. Pero su padre no se paraba nunca. Si se había hecho amigo del viejo periodista de la barbilla salida era tan solo porque le recordaba el destino de su padre. El periodista no sabía el nombre de Tomás. El artículo sobre Edipo había caído en el olvido y el supo de su existencia por Simón, que le pedía ir a ver a Tomás juntos para proponerle que le firmase una petición. El periodista solo lo aceptó para contentar al joven, al que apreciaba mucho. Cuando Simón pensaba en aquel encuentro, se avergonzaba de los nervios que había tenido. Era evidente que a su padre le había desagradado. En cambio, su padre le había gustado a el. Recordaba cada una de sus palabras y cada vez le daba más la razón. Sobretodo se le había grabado una frase en la memoria: “Castigar a los que no saben lo que hacían, es de bárbaros”. Cuando el tío de su amiga le puso una biblia entre las manos le hicieron mucha impresión las palabras de Jesús: “Perdónales, padre, porque no saben lo que hacen”. Sabía


que su padre era ateo, pero el parecido de las dos frases era para el una señal secreta: su padre aprobaba la vida que había elegido. Vivía en el campo desde hacía más de dos años cuando recibió una carta en la que Tomás le invitaba a su casa. En encuentro fue amistoso, Simón se sentía a gusto y casi no tartajeaba. Seguro que no se daba cuenta de que no se entendían mucho. Al cabo de poco, recibió un telegrama. Tomás y su mujer habían muerto aplastados bajo un camión. Fue entonces cuando oyó hablar de una mujer que tiempo atrás había sido amante de su padre y que vivía en Francia. Como necesitaba desesperadamente un ojo imaginario que continuase observando su vida, de tanto en tanto, le escribía largos mensajes. 25 Hasta el final de sus días, Sabina no dejará de recibir las cartas de este triste epistológrafo pueblerino. Muchas ni tan solo las abría, porque el país de donde es originaria cada vez le interesaba menos. El señor mayor ha muerto y Sabina se ha ido a instalar a California. Siempre más al oeste, siempre más lejos de Bohemia. Sus cuadros se venden bien y los Estados Unidos le gustan bastante. Pero solo superficialmente. Por debajo de la superficie, hay un mundo que le es extraño. Bajo tierra no tiene ningún abuelo, ni ningún tío. Tiene miedo de dejarse encerrar en un ataúd y bajar bajo la tierra de América. Por eso ha redactado un testamento en el que ha estipulado que han de quemar sus despojos y echar sus cenizas al aire. Tereza y Tomás han muerto bajo el signo de la pesadez. Ella quiere morir bajo el signo de la ligereza. Será más ligera que el aire. Según Parménides, es la transformación de lo negativo en positivo. 26 El autocar se paró delante de un hotel de Bangkok. Ya nadie tenía ganas de organizar reuniones. Se escamparon en pequeños grupos por la ciudad, algunos para visitar templos, otros para ir a un burdel. Su amigo de la Sorbona propuso a Franz pasar la velada juntos, pero el prefirió quedarse solo. Oscurecía y salió. Pensaba continuamente en Sabina y sentía sobre el la larga mirada bajo la cual siempre empezaba a dudar de el mismo, porque no sabía que pensaba verdaderamente Sabina. También era esta mirada le hundía en la confusión. ¿Quizás se reía de el? ¿No debía encontrar estúpido el culto que le dedicaba? ¿No quería decirle que al final se tendría que comportar como un adulto y consagrarse plenamente a la amiga que ella misma le había enviado?


Intentó imaginarse la cara con grandes gafas redondas. Comprendía que feliz era con su estudiante. De pronto, el viaje a Camboya le parecía ridículo e insignificante. Bien mirado, ¿para que había ido? Ahora ya lo sabe. ¡Había hecho este viaje para comprender finalmente que su vida verdadera, su única vida real, no eran las manifestaciones ni Sabina, sino su estudiante con gafas! ¡Había hecho este viaje para convencerse que la realidad es más que el sueño, mucho más que el sueño! Después de la penumbra surgió una silueta y le dirigió unas palabras en una lengua desconocida. Le miraba con una sorpresa mezclada con compasión. El desconocido se inclinaba, sonreía y no paraba de parlotear con un tono muy insistente. ¿Qué le decía? Le pareció que le pedía que le siguiese. El hombre le cogió de la mano y le arrastró. Franz se dijo que necesitaba su ayuda. ¿Quizás no había venido aquí por nada? ¿Tal vez le habían llamado para socorrer a alguien? De pronto, al lado del hombre que parloteaba aparecieron dos tipos más, y uno de ellos le conminó en inglés que le diera el dinero. En aquel momento, la chica de las gafas desapareció del campo de su conciencia. Volvía a ser Sabina que le miraba, la Sabina irreal del destino grandioso, la Sabina delante de la cual se sentía muy pequeño. Sus ojos estaban puestos sobre el con una expresión de rabia y de descontento: ¿Se había dejado enredar otra vez? ¿Volvían a abusar de su bondad de tonto una vez más? Con un gesto brusco, se soltó del hombre que aferraba por la manga. Sabía que a Sabina siempre le había gustado su fuerza. Agarró por el brazo que el segundo hombre le había amenazado. Le cogió con firmeza, y haciendo una presa de judo perfecta, le dio la vuelta sobre su cabeza. Ahora estaba contento de si mismo. Los ojos de Sabina no le dejaban. ¿No le volvería a ver humillado nunca más! ¡Franz ya no volvería a ser débil y sentimental! Sentía un odio casi alegre delante de aquellos hombres que se habían querido aprovechar de su ingenuidad. Estaba un poco encorvado y no apartaba los ojos de aquellos dos tipo, Pero de pronto una cosa pesada le dio en la cabeza y se hundió. Se daba cuenta que le llevaban a algún lugar. Después cayó en un vacío, noto un choque violento y perdió el sentido. Se despertó mucho más tarde en un hospital de Ginebra. La Marie-Claude se inclinaba sobre su cama. El quería decirle que no la quería aquí. Quería que avisasen inmediatamente a la estudiante gafa grandes. Pensaba en ella y en nadie más. Quería gritar que no soportaba a nadie más en su cabecera. Pero constato con miedo que no podía hablar. Miraba a la Marie-Claude con un odio infinito y se quería volver hacia la pared para no verla. Pero con la cabeza pasaba igual. No podía mover el cuerpo Por lo menos intentó mover la cabeza,


Pro con la cabeza pasaba lo mismo, no podía hacer ni el más pequeño movimiento. Entonce cerró los ojos para no ver. 27 Franz muerto pertenece al final a su mujer legítima como nunca antes le había pertenecido, Marie-Claude lo decide todo, encarga las coronas, se hace hacer un vestido negro que en realidad era un vestido de novia. Sí, para la esposa es finalmente su verdadero casamiento; la coronación de su vida, La recompensa a todos sus sufrimientos. Además, el pastor la entiende muy bien y, sobre la tumba habla del indefectible amor conyugal que ha tenido que atravesar tantas pruebas pero que ha estado para el difunto, hasta el final de sus días, un puerto donde ha podido volver en el último momento. Incluso el colega de Franz a quien la MarieClaude le ha pedido pronunciar unas palabras sobre el ataúd homenajeando sobretodo a la valiente esposa del difunto. En algún lugar, hacia atrás, encogida, sostenida por una amiga, esta la chica de las gafas gruesas. Ha ahogado tantas lágrimas y se ha tomado tantas pastillas que tiene convulsiones antes del final de la ceremonia. Se dobla en dos, se aguántale vientre y su amiga le ha de ayudar a salir del cementerio 28 Desde que recibió el telegrama del presidente de la cooperativa, se subió a la moto y se uso en camino. Se encargó del entierro. En la lápida hizo grabar, sobre el nombre del padre, esta inscripción; “Quería el reino de Dios sobre la Tierra”. Sabe con certeza que su padre nunca hubiese hecho servir estas palabras. Pero está seguro que esta inscripción expresaba exactamente lo que sería su padre. El Reino de Dios significa la justicia. Tomás anhelaba un mundo donde reinase la justicia. ¿No tiene derecho, Simón, de expresar la vida de su padre con su propio vocabulario? ¿No es este, desde tiempos inmemoriales, el derecho de todos los herederos? “Después de una larga dispersión, la vuelta” se puede leer en monumento funerario de Franz. Esta inscripción se puede interpretar como un símbolo religioso. El descarrío en la vida terrestre, la vuelta a los brazos de Dios. Pero los iniciados saben que esta frase también tiene un sentido bien profano. Además, Marie-Claude habla cada día. Franz, aquel Franz bueno y querido, no soportó la crisis de la cincuentena. ¿Cayó en las garras de una pobre chica! Ni tan solo era bonita (¿os fijasteis en aquellas gafas redondas y enormes que casi la ocultaban?). Pero un


quincuagenario (¡todos lo sabemos muy bien!) vendería su alma por un pedazo de carne joven. ¡Solo su pobre mujer puede saber lo que sufrido! ¡Para el era una tortura moral! Por que Franz, en el fondo de su alma, era una persona buena y honesta. ¿Cómo se puede explicar, sino, aquel viaje absurdo y desesperado a un rincón perdido de Asia? Fue a buscar la muerte. Si, MarieClaude está segura: Franz fue a buscar deliberadamente la muerte. Durante sus últimos días, cuando estaba en medio de la agonía y ya no necesitaba decir mentiras, solo la quería ver a ella. No podía hablar pero al menos le daba las gracias con la mirada. Los ojos le pedían perdón. Y ella le perdonó. 29 ¿Qué ha quedado de los agonizantes de Camboya? Una gran foto de la estrella americana cogiendo en brazos a un niño amarillo. ¿Qué ha quedado de Tomás? Una inscripción: “Quería el Reino de Dios sobre la Tierra” ¿Qué ha quedado de Beethoven? Un hombre melancólico con una cabellera inverosímil que pronuncia con una voz sombría: “Es muss sein!” Que ha quedado de Franz? Una inscripción: “Después de un largo descarrío, la vuelta” E ir haciendo y haciendo. Antes de ser olvidados, nos convertirán en kitsch. El kitsch es la estación de enlace, entre el ser y el olvido.


SEPTIMA PARTE LA SONRISA DE KARENIN 1 La ventana daba a un lateral salpicado por los cuerpos retorcidos de los manzanos. Sobre el lateral, el bosque aprisionaba el horizonte, u la curva de las colinas se extendía a lo lejos. Por la noche, una luna blanca se elevaba en el pálido cielo y era el momento en que Tereza salía al linde de la puerta. La luna colgada en el cielo, que aún no se había oscurecido, era como una luz que alguien se había olvidado de apagar por la mañana y que se ha quedado encendida todo el día en la habitación de los muertos. Los manzanos retorcidos crecían en el lateral y ninguno de ellos podía dejar nunca el lugar donde había echado raíces, igual que Tereza y Tomás nunca más podrían dejar aquel pueblo. Habían vendido el coche, el televisor, la radio para poder comprar la casita con un jardín a un payés que se había ido a instalar a la ciudad. Ir a vivir al campo era la única posibilidad de evasión que les quedaba, porque en el campo, donde siempre hacían falta brazos, nunca faltaba alojamiento. Nadie se interesaba por el pasado político de los que aceptaban irse a trabajar a los campos o a los bosques y nadie les envidiaba. Tereza era feliz de haber dejado la ciudad y de estar lejos del bar con clientes borrachos, lejos de mujeres desconocidas que dejaban el olor de su sexo en los cabellos de Tomás. La policía había renunciado a ocuparse y como que la historia del ingeniero se confundía en su memoria con la escena de la Montaña de Piedra, con dificultad distinguía lo que era sueño y lo que era realidad. (Además, ¿estaba realmente al servicio de la policía secreta, el ingeniero? Tal vez si, tal vez no. No faltan hombres que se dejan pisos para sus citas y a quien no le gusta irse a la cama más de una vez con la misma mujer). Tereza, pues, era feliz, le parecía que llegaba a su objetivo: ella y Tomás estaban juntos, y estaban solos. ¿Solos? He de ser más exacto: lo que he llamado soledad significaba que había interrumpido cualquier contacto con sus antiguos amigos y conocidos. Había cortado con su vida pasada igual que se corta con unas tijeras, una cinta. Pero se sentía bien en compañía de los payeses con que trabajaba, que visitaban de tanto en cuando y les convidaban a su casa. El día que había conocido al presidente de la cooperativa en la ciudad balnearia donde las calles estaban rebautizadas con nombres rusos, de golpe, Tereza había descubierto, dentro de ella, la imagen del campo que habían dejado recuerdos de lectura o de sus antepasados: un mundo armonioso donde todos los miembros forman una gran familia que comparten los mismos


intereses y las mismas costumbres: cada domingo, la misa en la iglesia, el hostal donde los hombres se encuentran son las mujeres, y la sala de este mismo hostal donde los sábados hay una orquesta y todo el pueblo baila. Pero bajo el comunismo el pueblo ya se parecía a esta imagen secular. La iglesia estaba en un pueblo vecino y no iba nadie, el hostal de había transformado en oficinas, los hombres no sabían donde encontrarse para beber una cerveza, los jóvenes no sabían donde ir a bailar. No se podían celebrar fiestas religiosas y las fiestas oficiales no les interesaban a nadie. El cine más próximo estaba en la ciudad, a veinte kilómetros. Después de la jornada laboral, cuando antes la gente se interpelaba alegremente y aprovechaban una pausa para charlar, ahora se encerraban entre las cuatro paredes de sus casitas con mobiliario moderno desde donde el mal gusto soplaba como una corriente de aire, y tenían los ojos clavados en la pantalla iluminada del televisor. No se visitaban los unos a los otros, y con trabajo iban de tanto en cuanto a intercambiar cuatro palabras con un vecino antes de cenar. Todos soñaban con irse a instalar en la ciudad. El campo ya no ofrecía nada de lo que hubiese podido dar un poco de interés a la vida. Tal vez es porque nadie se quería quedar que el Estado había perdido su autoridad sobre el campo. El agricultor que ya no es propietario de su tierra, y tan solo es un asalariado que trabaja los campos ya no se siente ligado ni al paisaje ni a su trabajo, no hay nada que pueda tener miedo a perder. Gracias a esta indiferencia, el campo ha conservado un margen considerable de autonomía y de libertad. El presidente de la cooperativa no estaba impuesto desde fuera (como lo son todos los responsables de las ciudades). Más bien los elegían los payeses y eran de los suyos. Como que todos se querían ir, Tereza y Tomás tenían una posición excepcional: habían ido voluntariamente. Los otros aprovechaban la más pequeña ocasión para ir a pasar el día a los pueblos de los alrededores, pero Tereza y Tomás solo querían quedarse donde estaban y no tardaron mucho en conocer mejor a los del pueblo, que no los del pueblo se conocían entre ellos. El presidente de la cooperativa se convirtió en su verdadero amigo. Tenía una esposa, cuatro niños y un cerdo que había criado como si fuese un perro. El cerdo se llamaba Mefisto y era la gloria y la atracción del pueblo. Obedecía a la voz, era muy limpio, de color rosa y trotaba sobre sus pequeñas patas unguladas como una mujer con los músculos de las piernas gordas trota sobre sus tacones altos. La primera vez que Karenin vio a Mefisto se quedó desconcertado y se estuvo un buen rato girando a su alrededor y olisqueándolo. Pero pronto se hizo amigo y lo prefería a los perros del pueblo, que menospreciaba porque estaban atados en la perrera y ladraban por nada, perpetuamente y sin motivo. Karenin


apreciaba la rareza en su justo valor e incluso tengo la tentación de decir que daba más importancia a esta amistad con el cerdo. El presidente de la cooperativa estaba ahora feliz de poder ayudar a su viejo cirujano y descontento de no poder hacer más por el. Tomás era camionero, llevaba a los agricultores a los campos o transportaba el material. La cooperativa tenía cuatro grandes edificios de cría de animales y además un establo pequeño de cuarenta corderos. Los habían confiado a Tereza, que les llevaba a pastar dos veces cada día. Como los prados vecinos, fácilmente accesibles estaban destinados al forraje, Tereza tenía que llevar el rebaño a las colinas de los alrededores. Los carneros ramoneaban la hierba de los prados cada vez más lejos y Tereza recorría, a lo largo de los años, toda la vasta comarca que rodeaba el pueblo. Como tiempo atrás en la pequeña ciudad, siempre tenía un libro en la mano, y una vez en los prados lo abría y leía. Karenin siempre la acompañaba. Había prendido a ladrar detrás de las vacas jóvenes que estaban demasiado juguetonas y se alejaban de las otras; esto le daba un placer evidente. De los tres, era el más feliz. Nunca su función de “canciller del reloj”, había sido tan escrupulosamente respetada como aquí donde no había lugar para la improvisación. Aquí, el tiempo en que vivían Tereza y Tomás se acercaba a la regularidad del tiempo de Karenin. Un día, después de comer (era el momento en que todos tenían una hora libre) paseaban con Karenin por el flanco lateral detrás de la casa. - No me gusta como corre – dijo Tereza. Karenin cojeaba de la pata izquierda. Tomás se inclinó y le palpó la para. Descubrió una pequeña bola en el muslo. Al día siguiente lo hizo subir a su lado en el asiento del camión y se paró en un pueblo vecino, donde vivía el veterinario. Lo pasó a ver al cabo de una semana y volvió anunciando que Karenin tenía un cáncer. Tres días más tarde le operó el mismo con el veterinario. Cuando volvieron a casa, Karenín aún no se había despertado de la anestesia. Estaba estirado en la alfombra, tenía los ojos abiertos t gemía. En el muslo, los pelos estaban afeitados y tenía una herida con seis puntos de sutura. Un poco más tarde intentó levantarse pero no pudo. Tereza tenía miedo ¿y sino podía volver a andar nunca más? - No sufras – le dijo Tomás – aún está bajo los efectos de la anestesia. Ella intentó levantarlo, pero Karenin le enseñó los dientes. ¡Era la primera vez que la quería morder! - No sabe quien eres – le dijo Tomás – No te reconoce. Le acostaron en la cama, a su lado, donde se traspuso inmediatamente. Ellos también se durmieron.


Les despertó súbitamente hacia las tres de la madrugada. Movía la cola y le daba lametazos a Tereza y a Tomás. Se refregaba contra ellos, salvajemente, insaciablemente. ¡También era la primera vez que les despertaba! Siempre esperaba que uno de los dos estuviese despierto para querer saltar encima de la cama. Pero aquella vez no se había podido controlar cuando súbitamente recobró su plena conciencia en medio de la noche. ¡Quien sabe de que lejanías llegaba! ¡Quien sabe que espectros había afrontado! Y ahora, viendo que estaba en su casa y reconocía a los seres que le eran más próximos, no podía evitar comunicarles su alegría terrible, la alegría que sentía por su vuelta y su nuevo nacimiento. 2 Al comienzo del todo del Génesis, está escrito que Dios creó al hombre para que reinase sobre los pájaros, los peces y los animales. Evidentemente, el Génesis fue escrito por un hombre y no por un caballo. No es nada seguro que Dios haya querido realmente que el hombre reinase sobre las otras criaturas. Es más probable que el hombre haya inventado a Dios para santificar el poder que ha usurpado sobre la vaca y el caballo. Si, el derecho de matar a un ciervo o a una vaca es la única cosa en que toda la humanidad está fraternalmente de acuerdo, incluso durante las guerras más sangrientas. Este derecho nos parece indudable porque somos nosotros los que nos encontramos arriba de todo de la jerarquía. Pero habría suficiente que un tercero se metiese en el juego, por ejemplo un visitante llegado de otro planeta donde Dios le habría dicho: “Tu reinarás sobre las criaturas de todas las otras estrellas”, y toda la evidencia del Génesis e pondría enseguida en tela de juicio. El hombre uncido a un carro por un marciano, eventualmente rustido al ast por un habitante de la Vía Láctea, tal vez recordará la loncha de ternera que acostumbraba a cortar en su plato, y pedirá perdón (demasiado tarde) a la vaca. Tereza avanza con su rebaño de corderos, las empuja delante de ella, siempre hay una a la que hay que reñir porque las vacas jóvenes son juguetonas y se apartan del camino para correr por los campos. Karenin las acompaña. Normalmente se divierte mucho mostrarse severo con sus vacas, irles detrás ladrando e insultarlas (su Dios le ha encargado de reinar sobre las vacas t el está orgulloso). Pero hoy le cuesta mucho andar y salta sobre tres patas; a la cuarta tiene una herida que sangra. Cada dos minutos, Tereza se inclina para acariciarle el lomo. Pasados quince días de la operación es evidente que el cáncer no se ha detenido y que Karenin irá empeorando. Por el camino encuentran a una vecina que va al establo, calzada con botas de goma. La vecina se para:


- ¿Qué le pasa al perro? Parece que cojea. - Tiene un cáncer. Le queda poco –y nota como se le hace un nudo en la garganta y le cuesta hablar. La vecina se da cuenta de las lágrimas de Tereza y casi se enfada: - ¡Dios del cielo!, no estará llorando por un perro, ¿verdad? No lo dice con malicia, es una buena mujer, es más bien para consolarla. Tereza lo sabe, vive en el pueblo desde hace tiempo para comprender que si los payeses quisiesen a sus conejos como ella quiere a Karenin, no podrían matar ninguno y no tardarían mucho en morirse de gana igual que sus animales. A pesar de esto, el comentario de su vecina le parece hostil. - Ya lo se – responde sin protestar, pero se separa enseguida y continúa su camino. Se siente sola con su amor por su perro. Piensa con una sonrisa melancólica que lo tiene que esconder con más cuidado que si tuviese que disimular una infidelidad. El amor que sientes por un perro escandaliza. ¡Si la vecina supiese que engaña a Tomás le daría golpecitos en la espalda con aire de complicidad! De manera que sigue su camino con el rebaño, que se rozan unas con otras, y ella se dice que son unos animales muy simpáticos. Pacíficas, sin malicia, a veces de una alegría infantil: parecen unas damas gordas en la cincuentena que quisiesen hacer ver que tienen catorce. Tereza las mira con ternura y se dice (es una idea que le viene irresistiblemente desde hace un par de años) que la humanidad vive como un parásito de la vaca igual que la tenia vive como un parásito del hombre: Se ha enganchado a sus tripas como sanguijuela. El hombre es un parásito de la vaca, sin duda esta es la definición que un nohombre podría dar del hombre en su zoología. En esta definición se puede ver una simple broma y sonreír con indulgencia. Pero si Tereza se lo toma en serio, está enfilando una pendiente resbaladiza: estas ideas son peligrosas y la alejan de la humanidad. Ya, en el Génesis, Dios encargó al hombre de reinar sobre los animales, pero esto se puede explicar diciendo que solo le prestó este poder. El hombre no era el propietario, sino el gerente del planeta, y un día tendrá que rendir cuentas de su gestión. Descartes fue más lejos: hizo del hombre “el amo y señor de la naturaleza”. Y es verdad que hay una lógica profunda en el hecho que el, precisamente, negase que los animales tuviesen alma. El hombre es el propietario y el amo, mientras que el animal, dijo Descartes, solo es un autómata, una máquina animada, una “machina animata”. Cuando un animal se queja, no se trata de un quejido, sino de un roce de un mecanismo que funciona mal. Cuando la rueda de una carreta rechina no quiere decir que la carreta esté enferma, sino que no está engrasada. De la misma manera, hay que interpretar las quejas de los animales y no lamentarse por el perro que cortan en vivo en un laboratorio.


Las terneras pastan en un prado, Tereza está sentada en una raíz de un árbol y Karenin está a sus pies, con la cabeza sobre sus rodillas. Y Tereza se acuerda de una noticia de dos rayas que leyó en un diario hace una docena de años: se decía que en una ciudad de Rusia habían abatido a todos los perros. Esta noticia, discreta y aparentemente sin importancia, le había hecho sentir por vez primera el miedo que emanaba de aquel país vecino. Era una anticipación de todo lo que pasó después; los dos primeros años después de la invasión rusa aún no se podía hablar de terror. Como que casi toda la nación desaprobaba el régimen de ocupación, era necesario que los rusos encontrasen entre los checos hombres nuevos y que los subiesen al poder. ¿Pero donde los tenían que encontrar, visto que la fe en el comunismo y el amor a Rusia eran cosas muertas? Los fueron a buscar entre los que se alimentaban dentro de su dese vengativo de pasar cuentas con la vida. Había que pagar, alimentar, mantener viva su agresividad. Primero había que arrastrarla hacia una diana provisional. Esta diana fueron los animales. Entonces los diarios empezaron a publicar una serie de artículos y a organizar campañas en forma de cartas al director. Por ejemplo, se exigía la exterminación de palomas en las ciudades. Y fueron bien examinados. Pero en el campo se apuntaba sobre todo a los perros. La gente todavía estaba traumatizada por la catástrofe de la ocupación, pero en los diarios, en la radio y en la tele solo se hablaba de los perros que ensuciaban las aceras y los jardines públicos, que amenazaban así la salud de los niños y que no servían para nada, pero que aún así, había que alimentarlos. Se creo una verdadera psicosis, y Tereza tenía miedo porque la purria irritada no la tomase con Karenin. Un año más tarde, apuntaron el rencor acumulado (ensayado primero con los animales) hacia su verdadera diana: el hombre. Empezaron los despidos, las detenciones, los juicios. Al final los animales podían respirar. Tereza acariciaba la cabeza de Karenin, que reposaba tranquilamente sobre sus rodillas. Se hace más o menos este razonamiento. Comportarse bien con tus congéneres no tiene mérito. Tereza tiene la obligación, de ser correcta con los demás del pueblo porque sino no podría vivir, e incluso con Tomás está obligada a comportarse como una mujer amante porque necesita a Tomás. Nunca se podrá determinar en que medida nuestras relaciones con los otros son el resultado de nuestros sentimientos, de nuestro amor o no-amor, de nuestra benevolencia o del odio, y en que medida están condicionadas por adelantado para las relaciones de fuerza entre los individuos. La verdadera bondad del hombre solo se puede manifestar en toda su pureza y libertad hacia aquellos que no representen ninguna fuerza. La verdadera prueba moral de la humanidad (la más radical, que se sitúa a un nivel tan profundo que rehúye nuestra mirada) son sus relaciones con los que están a su merced: los


animales. Y es aquí que se ha producido el fracaso fundamental del hombre, tan fundamental que se desprende de todos los otros. Una ternera que se ha acercado a Tereza, se ha parado y la examina largamente con sus ojos grandes y castaños. Tereza la conoce. La llama Margarita. Le habría gustado dar un nombre a todas sus terneras, pero no ha podido. Hay demasiadas. Antes, bien seguro que todavía era así hace una treintena de años, todas las vacas del pueblo tenían un nombre (y si el nombre es la señal del alma, puedo decir que tenían una, por más que le fastidie a Descartes) Pero entonces el pueblo se convirtió en una gran fábrica cooperativa y las vacas se pasan la vida en dos metros cuadrados de establo. Ya no tienen nombre y solo son unas “machinae animatae”. El mundo ha dado la razón a Descartes. Siempre tengo delante de los ojos, a Tereza sentada en una raíz de un árbol, acariciando la cabeza de Karenin y piensa en el fracaso de la humanidad. Al mismo tiempo se me parece otra imagen: Nietzsche sale de un hotel de Turín. Ve delante de el un caballo y un cochero que le está dando latigazos. Nietzsche se acerca al caballo, le abraza por el cuello bajo los ojos del cochero y se pone a llorar. Esto pasaba en 1889 y Nietzsche ya se había alejado, también el, de los hombres. Dicho de otra manera: fue precisamente en aquel momento que se declaró su enfermedad mental. Pero, a mi modo de ver, es precisamente esto lo que da a su gesto su significado profundo. Nietzsche había ido a pedir perdón al caballo por Descartes. Su locura (o sea su divorcio con la humanidad) empieza en el momento en que llora sobre el caballo. Y es este Nietzsche el que quiero, igual que quiero a Tereza, que acaricia sobre sus rodillas la cabeza de un perro mortalmente enfermo. Los veo a los dos de lado: ambos se apartan del camino donde la humanidad “dueña y señora de la naturaleza”, continúa su marcha hacia delante. 3 Karenin había dado a luz dos pastas y una abeja. Miraba con sorpresa su curiosa progenitura. Las pastas estaban tranquilas, pero la abeja, asustada, pronto se puso a volar y desapareció. Era un sueño que acababa de tener Tereza. Cuando se despertó, le explicó a Tomás y los dos encontraron un consuelo: este sueño convertía la enfermedad de Karenin en un embarazo y el drama de dar a luz tenía un desenlace al mismo tiempo, cómico y enternecedor: dos pastas bien pequeñas y una abeja. Ella volvió a tener una esperanza absurda. Se levantó y se vistió. Su jornada, en el pueblo, también empezaba yendo a comprar: iba a la droguería a comprar leche, pan, croissants. Pero aquel día cuando llamó a Karenin para que la


acompañase, el perro con trabajos solo pudo levantar la cabeza. Era la primera vez que se negaba a participar en la ceremonia que siempre, el mismo, había exigido con tozudez. Así que se fue sin el. “¿Dónde está Karenin?”, preguntó la dependienta, que ya le tenía la pasta preparada. Esta vez fue Tereza que se llevó la pasta en su cesta. Cuando llegó al linde, la sacó para enseñársela a Karenin. Quería que la viniese a buscar. Pero continuaba acostado y no se movía. Tomás veía que Tereza estaba muy triste. Cogió la pasta con la boca y se puso a cuatro patas delante de Karenin. Después de acercó poco a poco. Karenin le miraba, y pareció que en los ojos se le encendía un brillo de interés, pero no se levantaba. Tomás se acercó la cara bien rozando su morro. Sin desplazar el cuerpo, el perro mordió un trozo de la pasta que salía de la boca de Tomás. Después Tomás cogió pasta para dejársela entera a Karenin. Tomás, todavía a cuatro patas, reculó, se retorció y se puso a gruñir. Quería hacer ver que se quería pelear por la pasta. El perro respondió al amo con su propio gruñido. Otra vez, Tomás todavía a cuatro patas, se acercó al perro y cogió el extremo de la pasta que salía de la boca del perro. Tenían las caras muy cerca la una de la otra, Tomás olía el aliento del perro, y los pelos largos que crecían alrededor del morro le hacían cosquillas en la cara. El perro volvió a emitir un gruñido y sacudió bruscamente el morro. A cada uno de ellos les quedaba un trozo de pasta bien cogida entre los dientes. Karenin cometió su viejo error. Dejó un pedazo de pasta y quiso coger el trozo que su amo tenía en la boca. Como siempre, había olvidado que Tomás no era un perro y que tenía manos. Tomás no dejó la pasta que tenía en la boca y cogió la mitad caída en el suelo. - ¡Tomás – gritó Tereza – no le cojas su pasta! Tomás dejó caer las dos mitades delante de Karenin, que se tragó una muy deprisa, pero conservó la otra en la boca, mucho tiempo y ostensiblemente, para mostrar orgullosamente a sus amos que había ganado la partida. Se lo miraban y repetían que si Karenin sonreía y que, mientras sonriese todavía tendría una razón para vivir, incluso si estaba condenado. Por la mañana parecía que su estado mejoraba. Comieron. Era el momento en que los dos tenían una hora de libertad y cuando llevaban al perro a dar un paseo. El lo sabía y, normalmente, unos instantes antes, iba saltando a su alrededor con aire inquieto, pero esta vez, cuando Tereza le cogió la correa y el collar, les miró largamente sin moverse. Estaban plantados delante suyo y se esforzaban en parecer contentos (a causa de el y por el) a fin de comunicarle un poco de buen humor. Al cabo de un momento, como si el perro hubiese tenido lástima, se les acercó cojeando sobre tres patas y se dejó poner el collar. Tereza – dijo Tomás – Ya se que estás reñida con la máquina fotográfica. ¡Pero hoy cógela!


Tereza obedeció. Abrió un armario para buscar la máquina, escondida en un rincón y olvidada. Tomás volvió: - Un día, estaremos muy contentos de tener estas fotos. Karenín era una parte de nuestras vidas. -¿Qué quieres decir, era? – dijo Tereza, como si una serpiente la hubiese mordido. La máquina estaba delante suyo, al fondo del armario, pero no hacía ningún gesto – No la cogeré. No quiero creer que Karenin ya no estará. ¡Tú ya hablas en pasado! - ¡No te enfades conmigo! – dijo Tomás. - No me enfado – dijo con una voz muy floja Tereza ¡Cuantas veces yo también me he sorprendido pensando en pasado! ¡Y cuantas veces me lo he reprochado! Es por eso que no me llevaré la máquina. Iban por el camino sin hablar. No hablar era la única manera de no pensar en Karenin en pasado. No apartaban los ojos y estaban continuamente con el. Acechaban el momento en que sonreiría. Pero no sonreía; solo andaba, y siempre sobre tres patas. - Hace esto solo por nosotros – dijo Tereza – No tenía ganas de salir. Ha venido solo para que estemos contentos. - Lo que decía era triste, pero a pesar de esto estaban contentos sin darse cuenta. Si estaban contentos, no era a pesar de la tristeza, sino gracias a la tristeza Se daban la mano y los dos tenían la misma imagen delante suyo: un perro cojo que encarnaba diez años de su vida. Aún hicieron un trecho más de camino. Después, Karenin, para su gran decepción, se paró y dio la vuelta. Tuvieron que volver. Tal vez aquel mismo día o al día siguiente, entrando de pronto en la habitación de Tomás, Tereza vio que leía una carta. Cuando oyó abrir la puerta, puso la carta entre otros papeles. Ella se dio cuenta. Y cuando salía de la habitación vio que se guardaba la carta en el bolsillo. Pero se había descuidado del sobre. Una vez sola en casa, lo examinó. La dirección estaba escrita con una escritura desconocida que le pareció muy pulida y donde creyó ver una escritura de mujer. Más tarde, cuando se volvieron a ver, le preguntó, como aquel que no quiere nada, si había llegado el correo. 2No”, dijo Tomás, y el desespero se apoderó de Tereza, un desespero aún más cruel porque ya había perdido la costumbre. No, no creía que Tomás, allí, pudiese ver a una mujer a escondidas. Era prácticamente imposible. Estaba al corriente de todos sus movimientos de libertad. Pero bien seguro que en Praga había una mujer en que pensaba y que aún le importaba aunque no le pudiese dejar el olor de su sexo en sus cabellos. No creía que Tomás la pudiese dejar por esa mujer, pero tenía el sentimiento que la felicidad de los dos últimos años pasados en el campo, era igual que antes, envilecida por la mentira.


Le volvía una idea antigua: su casa no era Tomás, sino Karenin. ¿Quién volvería a montar el reloj de sus días cuando ya no estuviera? Tereza ponía el pensamiento en el futuro, en un futuro sin Karenin, y se sentía abandonada. Karenin estaba estirado en un rincón y gemía. Tereza fue al jardín. Examinó la hierba entre dos manzanos y se dijo que era allí que enterrarían a Karenin. Hundió un tacón en el suelo para trazar un rectángulo en la hierba. Sería el lugar de la tumba. - ¿Qué haces? – le preguntó Tomás, que la sorprendió tan inesperadamente como ella le había sorprendido a el unas horas antes mientras leía una carta. No contestó. El veía que las manos le temblaban; era la primera vez desde hacía mucho tiempo. Se las cogió. Ella se separó. - ¿Es la tumba de Karenin? Ella no respondió. Su silencio irritaba a Tomás, Y estalló: -Me has reprochado que piense en pasado. Y tú, ¿Qué haces? ¿es que ya lo quieres enterrar? Ella le dio la espalda y volvió adentro de la casa. Tomás fue a su habitación y dio un portazo tras de si. Tereza volvió a abrir la puerta diciéndole: - Solo sabes pensar en ti, al menos ahora podías pensar en el. Dormía y le has despertado. Ahora volverá a quejarse. Sabía que era injusta (el perro no dormía), sabía que se comportaba como la mujer del pueblo más vulgar que quiere hacer daño y sabe como hacerlo. Tomás entró de puntillas en la habitación donde estaba Karenin estirado. Pero no quería dejarlo solo con el. Se inclinaban sobre el perro, cada uno por un lado. Este movimiento común no era un gesto de conciliación. Al contrario, Cada uno estaba solo. Tereza con su perro, y Tomás con su perro. Me da bastante miedo porque no se queden así, con el, hasta el último momento, los dos separados, cada uno solo. 4 ¿Por qué la palabra idilio es tan importante para Teresa? Nosotros, educados en la mitología del Antiguo Testamento, podríamos decir que el idilio es la imagen que se ha quedado en nosotros como un recuerdo del Paraíso: la vida en el Paraíso no se parecía a la carrera en línea recta que nos conduce hacia lo desconocido, no era una aventura. Se desplazaba en círculo entre cosas conocidas. Su monotonía no era aburrimiento sino felicidad. Mientras el hombre vivía en el campo, en medio de la naturaleza, rodeado de animales domésticos, en el abrazo de las estaciones y su repetición, siempre le


quedaba ni que fuese un reflejo de aquel idílico paradisíaco. Así, el día que Tereza encontró en la ciudad balnearia al presidente de la cooperativa, vio surgir ante sus ojos la imagen del campo (del campo donde no había vivido nunca, que no conocía) y la deslumbró. Era como mirar hacia atrás, en dirección al Paraíso. En el Paraíso, cuando se inclinaba hacia la fuente, Adán aún no sabía que lo que veía era a el mismo. No habría entendido a Tereza que, cuando era pequeña, se plantaba delante del espejo y se esforzaba en ver su alma a través de su cuerpo. Adán era como Karenin. A veces, para divertirse, Tereza le llevaba delante del espejo. No reconocía su imagen y la miraba con un aire distraído, con una indiferencia increíble. La comparación entre Karenin y Adán me lleva a la idea de que en el Paraíso el hombre aún no era el hombre. Más exactamente: el hombre aún no estaba lanzado hacia la trayectoria del hombre. Nosotros estamos lanzados desde hace mucho tiempo y queremos en el vacío del tiempo, que se cumpla en línea recta. Pero en nosotros todavía hay un cordón muy fino que nos une al lejano Paraíso nebuloso donde Adán se inclinaba en la fuente y, a diferencia de Narciso, no pensaba que aquella pálida mancha amarilla que veía aparecer era el mismo. La añoranza del Paraíso es el deseo del hombre de no ser hombre. Cuando era adolescente y encontraba las tollas higiénicas de su madre manchadas de sangre menstrual, a Tereza le daba asco y odiaba a su madre por no tener ni tan solo el pudor de esconderlas. Pero Karenin, que era una perra, también tenía sus reglas. Le venían una vez cada seis meses y le duraba quince días. Para que no manchase el piso, Tereza le ponía un pedazo de algodón muy grueso entre las piernas y la vestía con una de sus bragas viejas ingeniosamente atada al cuerpo por una cinta larga. Durante quince días sonreía viendo este disfraz. ¿Cómo explicarse que las reglas de una perra le despierten una ternura divertida mientras que sus propias reglas le daban asco? La respuesta me parece fácil: al perro no lo han echado nunca del Paraíso. Karenin ignora totalmente la dualidad del cuerpo y del alma y no sabe que es el asco. Por eso Tereza está tan bien y tan tranquila a su lado. (Y es por esto que es tan peligroso convertir el alma en una máquina animada y hace de la vaca una máquina que produce leche: de esta manera el hombre corta el hilo que le ligaba al Paraíso, y nada podrá pararle ni confortarle en su vuelo a través del vacío del tiempo) Del caos confuso de estas ideas, en el espíritu de Tereza germina un pensamiento blasfemo del cual no se puede desprender: el amor que le une a Karenin es mejor que el amor que hay entre ella y Tomás. Mejor, no mayor. Tereza no quiere acusar a nadie, ni ella ni Tomás, no quiere afirmar que se podrían querer más. Le parece más bien que la pareja humana está creada de tal


manera que el amor del hombre y de la mujer es a priori de una naturaleza inferior al que puede ser (por lo menos en la mejor de sus variantes) al amor entre el hombre y el perro, esta rareza de la historia del hombre que el Creador, verosímilmente, no había planificado. Es un amor desinteresado: Tereza no quiere nada de Karenin. Ni tan solo exige amor. Nunca se ha planteado las cuestiones que atormentan a las parejas humanas: ¿Qué me quiere?, ¿Qué ha querido a alguien más que a mí? ¿Qué me quiere mas que yo a el? Todas estas cuestiones que interrogan al amor, los sopesan, lo escrutan, lo examinan, y tal vez lo destruyen antes de nacer. Si somos incapaces de amar tal vez es porque deseamos ser amados, o sea que queremos alguna cosa del otro (el amor), en lugar de ir sin reivindicaciones y querer solo la simple presencia. Y otra cosa: Tereza ha aceptado a Karenin tal como es, no ha intentado cambiarle a su imagen, de entrada ha aceptado su universo de perro, no se lo quiere arrebatar, no está celosa de sus inclinaciones secretas. Si lo ha criado no es para cambiarlo (como un hombre quiere cambiar a su mujer, y una mujer a su hombre), sino tan solo para enseñarle el lenguaje elemental que les ha permitido comprenderse y vivir juntos. Y además: su amor por el perro es un amor voluntario, nadie la ha obligado. (Tereza vuelve a pensar en su madre, y siente un gran pesar: ¡Si su madre hubiese sido una de las mujeres desconocidas del pueblo, su grosería alegre quizás le habría caído simpática! ¡Ah! ¡Si su madre hubiese podido ser una desconocida! Desde la infancia; a Tereza siempre le dio vergüenza que su madre ocupase los rasgos de su cara y la hubiese confiscado su yo. Y lo peor de todo es que el imperativo milenario “¡Quiere a tu padre y a tu madre!” la obligaba a aceptar esta ocupación, ¡a calificar de amor esta agresión! No es culpa de su madre que Tereza rompiese. No rompió con su madre porque su madre era como era, sino porque era su madre) Pero sobretodo: ningún ser humano puede hacer la ofrenda de su idilio a otro. Solo puede hacerlo el animal porque no lo echaron del Paraíso. El amor entre el hombre y el perro es idílico. Es un amor sin conflictos, sin escenas de resentimiento, sin evolución. Alrededor de Tereza y de Tomás, Karenin trazaba el círculo de su vida fundada sobre la repetición y esperaba lo mismo de ellos. Si Karenin hubiese sido un ser humano en lugar de ser un perro, seguro que haría mucho tiempo que le habría dicho a Tereza: “Escucha, ya no me divierte llevar una pasta en la boca día tras día, ¿No me puedes buscar alguna otra cosa nueva?” En esta frase está toda la condena del hombre. El tiempo humano no gira en círculos sino que avanza en línea recta. Por eso el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es deseo de repetición. “Sí, la felicidad es deseo de repetición”, piensa Tereza.


Cuando el presidente de la cooperativa iba a pasear a su Mefisto después del trabajo y encontraba a Tereza, nunca se olvidaba de decir: “¡Señora Tereza! ¡Si la hubiese conocido antes! ¿Habríamos ido detrás de las chicas juntos! ¡Ninguna mujer se resiste a dos cerdos!” Ante estas palabras, el cerdo dejaba emitir un gruñido porque le habían criado para hacer esto. Tereza se reía, y eso que sabía un minuto antes lo que le diría el presidente. La repetición no quitaba ningún encanto a la broma. Al contrario. En el contexto del idilio, incluso el humor obedece a la dulce ley de la repetición. . 5 En relación al hombre, el perro no tiene demasiados privilegios, pero hay uno que es bastante apreciable: en su caso, la ley no prohíbe la eutanasia; el animal tiene derecho a una muerte misericordiosa. Karenin andaba sobre tres patas y cada vez se pasaba más tiempo tendido en su rincón. Sue quejaba, gemía. Tereza y Tomás estaban totalmente de acuerdo: no tenían derecho a dejarlo sufrir inútilmente. Pero su acuerdo sobre este principio no le ahorraba una incertidumbre angustiante: ¿Cómo saber cuando sería inútil el sufrimiento? ¿Cómo determinar el instante en que ya no valía la pena vivir? ¡Si por lo menos Tomás no hubiese sido médico! Entonces se habrían podido esconder tras un tercero. Habrían podido ir a buscar al veterinario y pedirle que le pusiese una inyección al perro. ¡Es tan duro, asumir uno mismo el papel de la muerte! Durante mucho tiempo, Tomás había declarado enérgicamente que nunca le pondría una inyección el mismo y que llamaría al veterinario. Pero al final comprendió que le podía conceder un privilegio que no está al alcance de ningún ser humano: la muerte le llegaría bajo la forma de aquellos que quería. Karenin se había pasado la noche gimiendo. Por la mañana, después de haberle auscultado, Tomás dijo a Tereza: - No podemos esperar más. Prono los dos tenían que salir a trabajar. Tereza fue a buscar a Karenin a la habitación. Hasta entonces se había estado estirado con indiferencia (incluso unos momentos antes, mientras Tomás le auscultaba, no le había hecho ni caso), pero en aquel instante, cuando oyó abrirse la puerta, levantó la cabeza y miró a Tereza. No pudo sostenerle la mirada, casi le dio miedo. Nunca miraba a Tomás así, de aquella manera solo miraba a Tereza. Pero nunca con la misma intensidad que hoy. No era una mirada de desesperación o de tristeza, no. Era una mirada de una confianza estremecedora, insoportable. Aquella mirada era una pregunta ávida. Durante toda su vida, Karenin había esperado la respuesta de Tereza y ahora la hacía saber (todavía con mucha más insistencia que en el pasado) que


siempre estaba a punto de saber la verdad por parte de ella (porque para el todo lo que viene de Tereza es la verdad: si le dice “¡siéntate!”o “¡échate!” esto son verdades que el incorpora y que dan un sentid a su vida). Aquella mirada de una confianza conmovedora fue breve. Enseguida volvió a reposar su cabeza sobre sus patas. Tereza sabía que nunca más nadie la miraría así. Nunca le daban dulces, pero un día antes ella había comprado barritas de chocolate. Las sacó del papel de plata, las partió en trocitos pequeños y se las puso alrededor. Añadió un bol de agua para que no le faltase durante las pocas horas que se quedaría solo en casa. Pero la miraba que había puesto sobre ella parecía haberlo cansado. Aunque estaba rodeado de trocitos de chocolate, no volvió a levantar la cabeza. Ella se estiró en el suelo muy cerca de el y lo cogió en brazos. El la olisqueó lentamente y la lamió un par de veces con un gran cansancio. Recibió esta caricia con los ojos cerrados, como si lo hubiese querido grabar para siempre en su memoria. Giró la cabeza para que la lamiese también la otra mejilla. Después se tuvo que ir a ocuparse de las terneras. No volvió hasta después de haber comido. Tomás aún no había llegado. Karenin continuaba echado, rodeado de trocitos de chocolate, y ya no levantó la cabeza cuando sintió que se acercaba Tereza. La pierna enferma estaba hinchada y el tumor había pasado a otro lugar. Una gotita de color rojo claro (que no se parecía a la sangre) había aparecido entre los pelos. Igual que por la mañana se estiró en el suelo a su lado. Le había pasado un brazo alrededor de su cuerpo y cerraba los ojos. Después oyó tamborilear en la puerta. “¡Doctor, doctor! ¡Aquí está el cerdo y su presidente!” Ella era incapaz de hablar con nadie. No hizo ni un gesto y mantuvo los ojos cerrados. Volvió a oir: “Doctor, los cerdos le han venido a ver”, y después volvió el silencio. Tomás llegó media hora más tarde. Fue a la cocina, y sin decir nada, preparó la inyección. Cuando volvió a la habitación, Tereza estaba de pie y Karenin hizo un esfuerzo para levantarse. Cuando vio a Tomás movió flojito la cola. - ¡Mira! – Dijo Tereza – todavía sonríe. Lo dijo en un tono de súplica, como si hubiese querido con estas palabras, pedirle una breve prórroga, pero no insistió. Lentamente, extendió una sábana encima de la cama. Era una sábana blanca salpicada de motivos que representaban pequeñas flores violetas. Por otro lado, ya lo había preparado todo, había pensado en todo, como si ya hubiese pensado en la muerte de Karenin muchos días antes. (¡Ah!, ¡Que horror!, ¡soñamos por adelantado la muerte de los que queremos!) El perro ya no tenía fuerzas suficientes para saltar sobre la cama. Lo cogieron en brazos y lo levantaron juntos. Tereza lo puso de lado y Tomás examinó la


pata. Buscaba un lugar donde la vena fuese prominente y bien visible. Cortó los pelos con unas tijeras en aquel sitio. Tereza estaba arrodillada a los pies de la cama y con las manos sostenía la cabeza de Karenin contra su cara. Tomás le pidió que sostuviese con fuerza la pata de detrás, justo encima de la vena, que era delgada y era difícil hundir la aguja. Ella sostenía la pata de Karenin, pero sin alejar su cara de la del perro. Le hablaba sin parar con una voz suave y el solo pensaba en ella. No tenía miedo. La volvió a lamer un par de veces en la cara. Y Tereza le susurraba: - No tengas miedo, no tengas miedo, allí no tendrás dolor, allí soñarás con ardillas y con liebres, habrán vacas, también estará Mefisto, no tengas miedo… Tomás clavó la aguja en la vena y bajó el pistón. En ligero estremecimiento recorrió la pata de Karenin, se le aceleró la respiración y después se paró en seco. Tereza estaba arrodillada en el suelo a los pies de la cama y le apretaba la cara contra su cabeza. Tuvieron que volver los dos a su trabajo y el perro se quedó estirado en la cama, sobre la sábana blanca adornada con flores violetas. Volvieron por la noche. Tomás fue al jardín. Encontró entre dos manzanos las cuatro marcas del rectángulo que Tereza había trazado con su tacón unos días antes. Se puso a cavar. Observaba rigurosamente las dimensiones indicadas. Quería que todo fuese como quería Tereza. Ella se había quedado dentro de la casa con Karenin. Tenía miedo que enterrasen vivo al perro. Le aplicó la oreja al morro y le pareció notar un aliento ligero. Se separó y constató que el pecho se le movía un poco. ( ¡No, ni tan solo ha sentido su propia respiración, que imprime un movimiento imperceptible a su propio cuerpo, y cree que es el pecho del perro que se mueve!) Encontró un espejo en su bolso y lo aplicó contra la nariz del perro. El espejo estaba tan sucio que le pareció ver la nube dejada por el aliento. - ¡Tomás, está vivo! – exclamó cuando Tomás volvió del jardín con los zapatos cubiertos de barro. Se inclinó, e hizo que no con la cabeza. Cogieron cada uno de una punta de la sábana donde reposaba Karenin. Tereza por el lado de las patas, Tomás por el lado de la cabeza. Lo levantaron y lo llevaron al jardín. Tereza sintió en las manos que la sábana estaba mojada. “Cuando llegó nos trajo un pequeño charco y nos deja un todo marchándose), pensó. Estaba contenta de sentir aquella humedad bajo sus dedos, el último adiós del perro. Lo llevaron entre los dos manzanos y lo pusieron en el fondo de la fosa. Ella se inclinó para arreglarle la sábana de manera que lo envolviese totalmente. No


podía soportar la idea que la tierra que le echarían encima pudiese caer sobre su cuerpo desnudo. Después se volvió dentro de la casa y cogió el collar, la correa y un puñado de trocitos de chocolate que habían quedado intactos, por el suelo, desde por la mañana. Lo echó todo junto dentro de la tumba. Al lado de la fosa había un montón de tierra acabada de remover. Tomás cogió la pala. Tereza recordaba su sueño: Karenin había dado a luz dos pastas muy pequeñas y una abeja. De pronto, esta frase parecía un epitafio. Imaginaba, entre los manzanos, un monumento con esta inscripción: “Aquí reposa Karenin. Dio a luz a dos pequeñas pastas y a una abeja”. La penumbra se extendía por el jardín, no era de día ni de noche, había una luna pálida en el cielo, como una luz olvidada en la habitación de los muertos. Los dos tenían los zapatos llenos de tierra y devolvieron el barro y la pala al caseto donde guardaban las herramientas: rastrillos, picos, escardadores. 6 Estaba sentado en la mesa de su habitación, allí donde se instalaba siempre para leer un libro. En aquellos momentos, cuando Tereza le iba a buscar, se inclinaba detrás suyo y pegaba por detrás su cara contra la de el. Mientras hacía este gesto, aquel día, se dio cuenta de que Tomás no leía ningún libro. Había una carta delante suyo, y aún con dificultad, si tenía cinco rayas mecanografiadas, Tomás le clavaba una larga mirada inmóvil. - ¿Qué es? –preguntó Tereza con angustia. Sin volverse, Tomás cogió la carta y se la alargó. Habís escrito que tenía que ir aqul mismo día al aeródromo de la ciudad vecina. Cuando, al final, giró la cabeza hacia Tereza, ella leyó en sus ojos el mismo horror que ella acababa de sentir. - Te acompañaré – dijo. El hizo que no con la cabeza: - Esta convocatoria solo me afecta a mí. Ella repitió: - No, te acompañaré – y subió al camión de Tomás. Unos instantes más tarde llegaban al campo de aviación. Había niebla. Delante suto, muy vagamente, se perfilaban siluetas de aviones. Iban del uno al otro, pero las puertas de todos aquellos aviones estaban cerradas, no había manera de entrar. Acabaron por encontrar uno con la puerta delantera abierta, y tenía una pasarela pegada. Subieron los escalones, un auxiliar de vuelo apareció en la puerta y les hizo señal de continuar subiendo. Era un avión pequeño, como mucho de una treintena de plazas, y estaba totalmente vacío.


Avanzaron por el pasillo entre los asientos, sin dejar de cogerse y sin interesarse por lo que pasaba a su alrededor. Se sentaron uno la lado del otro y Tereza puso la cabeza en el hombro de Tomás. El horror inicial se disipaba y se convertía en tristeza. El horror es un choque, un instante de deslumbramiento total. El horror está desprovisto de cualquier rastro de belleza. Solo se ve la claridad violenta del hecho desconocido que esperamos. Por el contrario, la sorpresa comporta que sabemos. La explosión del horror se velaba y el mundo se veía con una claridad azulada y tierna que hacía a las cosas más bonitas de lo que eran antes. En el instante en que había leído la carta, Tereza no había sentido amor por Tomás, solo había pensado que no le tenía que dajr ni un segundo: el horror ahogaba todos los otros sentimientos, todas las otras sensaciones. Ahora que estaba pegada a le (en avión flotaba en medio de las nubes), el espanto había pasado y ella sentía su amor y sabía que era un amor sin límites y sin medida. Finalmente el avión aterrizó. Se levantaron y se dirigieron hacia la puerta que el auxiliar de vuelo había abierto. Seguían cogiéndose por la cintura y estaban de pie en los escalones de arriba de la pasarela. Abajo, vieron a tres hombres que tenían máscaras sobre la cara y fusiles en las manos. Era inútil dudar, porque no había manera de escaparse. Bajaron poco a poco y cuando pusieron un pie en la pista uno de los hombres levantó el fusil y se lo puso en la mejilla. No hubo detonación, pero Tereza sintió como Tomás, que apenas unos segundos antes iba pegado contra ella y la cogía por la cintura, se hundía en el suelo. Quiso apretarle contra ella pero no lo pudo retener. Cayó sobre el asfalto de la pista de aterrizaje. Ella se inclinó. Quería tirarse encima suyo para cubrirlo con su cuerpo, pero entonces pasó una cosa extraña: el cuerpo de el empezó a encogerse bajo sus ojos, muy deprisa. Era tan increíble que ella estaba petrificada y se había quedado clavada en el suelo. El cuerpo de Tomás se empequeñecía cada vez más, ya no se parecía nada a Tomás, solo quedaba una cosa minúscula, y aquella cosa ínfima se empezaba a mover y después se ponía a correr y huía por el campo de aviación. El hombre que había disparado se quitó la máscara y sonrió con aire afable a Tereza. Después se volvió y se lanzó a perseguir a aquella cosa minúscula que corría haciendo zigzag de aquí para allá, como si evitase a alguien y buscase desesperadamente un cobijo. La persecución duró unos momentos y después el hombre se echó bruscamente al suelo y la persecución se acabó. Se levantó y fue hacia Tereza. Le llevaba una cosa entre las manos. La cosa temblaba de miedo. Era una liebre. Se la alargó a Tereza. Entonces el espanto y la tristeza desaparecieron y fue feliz de tener a aquel animal pequeño entre sus brazos, un pequeño animal que era suyo y que podía apretar contra su cuerpo. Se puso a llorar de felicidad. Lloraba, no paraba de llorar, no veía a través de


las lágrimas y se llevaba la liebre a casa mientras se decía que, al final, llegaba cerca del objetivo que era allí donde quería estar, allí donde ya no había ninguna razón para evadirse. Enfiló las calles de Praga y pronto encontró su casa. Había vivido con sus padres cuando era pequeña. Su madre y su padre ya no vivían ni el uno ni el otro. La acogieron dos viejos que no había visto nunca, pero sabía que eran su bisabuelo y su bisabuela. Los dos tenían la cara arrugada como la corteza de un árbol y Tereza estaba contenta de vivir. Pero, en esos momentos quería estar sola con su pequeño animal. Encontró sin dificultad su habitación donde había vivido a partir de los cinco años, cuando sus padres habían decidido que se merecía una habitación toda para ella sola. La habitación estaba amueblada con un sofá, una mesa pequeña y una silla. En la mesa había una luz encendida que la esperaba desde hacía todo aquel tiempo. Y en la luz reposaba una mariposa con las alas abiertas adornadas por dos grandes ojos pintados. Tereza sabía que llegaba a su objetivo. Se estiró en el sofá y apretó la liebre contra su cara. 7 Estaba sentado en la mesa donde se instalaba siempre para leer libros. Tenía delante un sobre y una carta. Dijo a Tereza: - De tanto en tanto recibo unas cartas y te querría hablar. Me escribe mi hijo. He hecho todos los posibles para evitar un contacto entre mi vida y la suya. Y mira como se ha vengado de mí el destino. Hace unos años le excluyeron de la universidad. Es tractorista en un pueblo. Es verdad, no hay contacto entre mi vida y la suya, pero están trazadas una al lado de la otra en la misma dirección como dos líneas paralelas. - ¿Y por qué no me querías hablar de estas cartas? – dijo Tereza, profundamente aliviada. - No lo se. Me era desagradable. - ¿Te escribe a menudo? - De tanto en cuando. - ¿Y de que te habla? - De el. - ¿Y es interesante? - Sí. Su madre, como ya sabes es una comunista feroz. Rompió con ella hace tiempo. Se ha relacionado con gente que se encontraba en la misma situación que nosotros. Intentaron echar para adelante actividades políticas. Ahora algunos están en la cárcel. Pero también se peleó con estos. Se ha distanciado. Los califica de “eternos revolucionarios”. - ¿Y se ha reconciliado con el régimen?


- No, de ninguna manera. Es creyente y piensa que eso es la clave de todo. Según el, todos han de vivir la vida de cada día según las normas dadas por la religión sin tener en cuenta al régimen. Hay que ignorarlo. Según el, si crees en Dios, eres capaz de instaurar con tu conducta, en cualquier situación, lo que el denomina “el Reino de Dios en la tierra”. Me explica que la iglesia es en nuestro país la única asociación voluntaria que se escapa al control del Estado. Me pregunto si practica para resistir mejor contra el régimen o si cree de verdad. - ¡Venga, pues! ¡Pregúntaselo! - No me ha dado su dirección – Después añadió -: Evidentemente está el nombre del pueblo en la estampilla de Correos. Habrá suficiente con enviar una carta a la cooperativa local. Tereza estaba avergonzada de sus sospechas antes Tomás y quería reparar la falta con un acto de generosidad hacia su hijo: - ¿Por qué no le escribes? ¿Por qué no le convidas? - Se me parece – dijo Tomás – Cuando habla, hace exactamente la misma mueca que hago yo con el labio superior. Ver mi propia boca hablando del Reino de Dios me parece un poco extraño. Tereza se puso a reír. Tomás también se rió. Tereza le dijo: - ¡Tomás, no seas criatura! Es una historia muy vieja. Tú y tu primera mujer. ¿Qué tiene que ver con el esta historia? ¿Qué tiene de común con ella? Si tuviste mal gusto cuando era joven, no es ninguna razón para hacer daño a nadie. - Con el corazón en la mano, este encuentro me pone muy nervioso. Sobretodo es por eso que no tengo ganas de verle. No se porque he sido tan tozudo. Un día tomas una decisión, ni tan solo sabes como, y esta decisión tiene su propia fuerza de inercia. Cada año que pasa es un poco más difícil cambiarla. - ¡Invítale! – dijo ella. Unos meses más tarde, volviendo del establo, oyó voces desde la carretera. Cuando se acercaba vio el camión de Tomás. Tomás estaba inclinado y desmontaba una rueda. Alrededor había un pequeño grupo que le miraba, esperando que Tomás hubiese acabado la reparación. Ella estaba inmóvil y no podía apartar la mirada: Tomás se hacía viejo. Tenía los cabellos grises, y la poca traza con que trabajaba no era la chapuza de un médico que se ha convertido en camionero, sino la poca traza de un hombre que ya no es joven. Recordaba una conversación de hacía poco con el presidente. Le había dicho que el camión de Tomás estaba en un estado lamentable. Lo había dicho como


una broma, no era una queja, pero de todas maneras estaba preocupado. “Tomás conoce mejor lo que hay dentro del cuerpo de un hombre que no lo que hay dentro de un motor”, dijo riéndose. Después le confió que había hecho unas cuantas gestiones ante la administración para que Tomás pudiese ejercer la medicina en el barrio. Había sabido que la policía no se lo autorizaría nunca. Se ocultó tras el tronco de un árbol para que no le viesen los hombres que rodeaban el camión, pero no apartaba los ojos. Se sentía el corazón lleno de remordimientos: era a causa de ella que había dejado Zurich para volver a Praga. Era a causa de ella que había dejado Praga, e incluso aquí, ella había seguido hostigándole, incluso delante de Karenin agonizante le había atormentado con sus sospechas no confesadas. En su interior, todavía le reprochaba de no quererla lo suficiente. Consideraba que el amor de ella estaba por encima de cualquier reproche, pero que el amor de el era una simple condescendencia. Ahora veía que injusta había sido: ¡Si realmente hubiese querido a Tomás con un gran amor, se habría quedado con el en el extranjero! ¡Allí, Tomás era feliz, una nueva vida se abría ante el! ¡Y ella le había dejado, se había ido! ¡Evidentemente estaba convencida que actuaba por generosidad, para no ser un peso para el! Pero aquella generosidad, ¿era nada más que un subterfugio? ¡En realidad, sabía que ella volvería, que iría a reunírsele! La había llamado, , le había arrastrado cada vez mas abajo, igual que las hadas atraen a los payeses en las turberas y dejan que se ahoguen. ¡Había aprovechado un momento que el tenía dolores de tripas para sacarle la promesa de que se irían a vivir al campo! ¿Qué astuta que había sido! Le había llamado para que la siguiera, cada vez para ponerle a prueba, para asegurarse que la quería, le había llamado hasta que se encontraba aquí_ gris y cansado, con los dedos rígidos que nunca más podrían sostener el escalpelo del cirujano. Han llegado al final. De aquí, ¿Dónde podrían ir todavía? Nunca les dejaron ir al extranjero. Nunca podrán volver a Praga, nadie les dará trabajo. Por lo que respecta irse a otro pueblo, ¿de que serviría? ¡Dios mío, había que venir aquí para que ella tuviese la certeza de que la quería! Finalmente Tomás consiguió volver a montar la rueda del camión. Los críos saltaron las barandillas y el motor empezó a roncar. Ella se fue a casa y se preparó un baño. Estaba estirada dentro del agua caliente y pensaba que durante toda la vida había abusado de su propia debilidad contra Tomás. Todos tenemos tendencia a ver a un culpable en la fuerza, y una víctima inocente en la debilidad. Pero ahora Tereza se da cuenta ¡en su caso, es lo contrario! ¡Incluso en sus sueños, como si hubiesen conocido la única debilidad de aquel hombre fuerte, le ofrecían en espectáculo el sufrimiento de Tereza para obligarle a recular! La debilidad de Tereza era una


debilidad agresiva que cada vez le forzaba a capitular, hasta el momento en que había dejado de ser fuerte y se había metamorfoseado en liebre entre sus brazos. Pensaba sin parar en este sueño. Salió de la bañera y fue a buscar un vestido de mudar. Se quería poner su ropa más bonita para agradarle, para que estuviese contento. Con dificultades se había acabado de abrochar el último botón cunado Tomás irrumpió ruidosamente en la casa, seguido del presidente de la cooperativa y de un payés joven visiblemente pálido. - ¡De prisa! – gritó Tomás - ¡Alcohol, alguna cosa muy fuerte! Tereza corrió a buscar una botella de licor de ciruela. Puso el alcohol en un vaso y el joven lo vació de un trago. Mientras tanto, le explicaban que había pasado: el joven se había dislocado el hombro mientras trabajaba y gritaba de dolor. Nadie sabía que hacer y habían llamado a Tomás, que con un solo gesto, le había vuelto a poner el brazo en su lugar de la articulación. El joven se tragó un segundo vaso de licor y dijo a Tomás: - ¡Tu mujer está guapísima hoy! - Imbécil – le dijo el presidente – la señora Tereza siempre está guapa. - Ya lo se que siempre está guapa – dijo el joven – pero además hoy se ha puesto un vestido muy bonito. Nunca la había visto con ese vestido. ¿Qué se va de visita? - No. Me he vestido así para Tomás. - Ya tienes suerte, doctor – le dijo el presidente – mi costilla no lo haría lo de acicalarse para verme contento. - Es precisamente que sales con tu cerdo y no con tu mujer – dijo el joven, riéndose a carcajadas. - ¿Qué se ha hecho de Mefisto? – dijo Tomás – Hace que no le he visto casi… (pareció que reflexionaba) ¡Una hora! - Está cansado de verme – dijo el presidente. - Cuando la veo con ese vestido tan bonito, me vienen ganas de bailar – dijo el joven a Tereza - ¿La dejarás bailar conmigo, doctor? - Iremos todos a bailar – dijo Tereza. - ¿Vendrás? – le dijo el joven a Tomás. -¿Donde podemos ir? – preguntó Tomás. El joven indicó un pueblo vecino donde había un hotel con una pista de baile. - Tú vendrás con nosotros – dijo el joven al presidente, en un tono sin posibilidades de réplica, y como iba por el tercer vaso de licor de ciruela, añadió -: ¡Si Mefisto le añora, llevémoslo! ¡Así, iremos con dos cerdos! ¡Todas las chicas se caerán de culo cuando vean llegar a dos cerdos! – y volvió a soltar una carcajada.


- Si Mefisto no os estorba, iré con vosotros – dijo el presidente, y todos subieron al camión de Tomás. Tomás cogió el volante, Tereza se puso a su lado y los dos hombres cogieron sitio detrás con la botella de licor medio vacía. Ya habían salido del pueblo cuando el presidente recordó que se había olvidado a Mefisto en casa. Llamó a Tomás para que diese media vuelta. - No vale la pena, con un cerdo ya hay bastante – dijo el joven, y el presidente se calmó. El día declinaba. La carretera subía haciendo vueltas y revueltas. Llegaron a la ciudad y se pararon delante del hotel. Tereza y Tomás no habían estado nunca. Una escalera conducía al subterráneo, donde estaba el bar, la pista de baile y algunas mesas. Un hombre de unos sesenta años tocaba en un piano de pared, y una señora de la misma edad se ocupaba del violín. Tocaban canciones de hacía cuarenta años. Cuatro o cinco parejas bailaban en la pista. El joven dio un vistazo circular a la sala. - ¡No hay ninguna para mí aquí! – dijo, y enseguida convidó a Tereza a bailar. El presidente se sentó en una mesa con Tomás y encargó una botella de vino. - ¡No puedo beber, yo. ¡He de conducir! - protestó Tomás. - ¿Y que? – dijo el presidente – Pasaremos la noche aquí. Reservaré dos habitaciones. Cuando Tereza volvió de la pista con el joven, el presidente la invitó a bailar; después, al final, bailó con Tomás. Mientras bailaban, le dijo: - Tomás, en tu vida yo soy la causa de todos los males. Es por mi causa que viniste hasta aquí. Soy yo que te he hecho bajar tan abajo que ya no se puede bajar más. - Eso son tonterías – replicó Tomás – para empezar, ¿Qué quieres decir con tan abajo? - Si nos hubiésemos quedado en Zurich, ahora operarías enfermos. - Y tú harías fotografías. - No se puede comparar – dijo Tereza – para ti, tu trabajo contaba mas que nada en el mundo, mientras que yo puedo hacer cualquier cosa, me da lo mismo. Yo no he perdido nada. Eres tú que lo has perdido todo. - Tereza – dijo Tomás - ¿no te has dado cuenta que aquí yo soy feliz? - ¡Opera es tu misión! - Son monsergas, eso de la misión. Yo no tengo misión. Nadie tiene misión. Y es un alivio enorme darte cuenta de que eres libre, que no tienes ninguna misión. Por el tono de voz, era imposible dudar de su sinceridad. Volvió a ver la escena de la tarde: reparaba el camión y ella veía que se hacía viejo. Ella había


llegado donde quería llegar: siempre había deseado que se hiciese viejo. Volvió a pensar en la liebre que apretaba contra lacara en su habitación de pequeña. ¿Qué significaba convertirse en liebre? Significa olvidar tu fuerza. Significa que ahora ya no tiene más fuerza uno que el otro. Iban y venían, esbozando las figuras de baile al son del piano y del violín; Tereza tenía la cabeza apoyada en el hombro de Tomás. Como en el avión que les llevaba a los dos a través de la niebla. Ahora volvía a sentir la misma felicidad extraña: estamos en la última parada. Esta felicidad significaba: estamos juntos. La tristeza era la forma, y la felicidad el contenido. La felicidad llenaba el espacio de la tristeza. Volvieron a la mesa. Ella bailó dos veces más con el presidente y una vez con el joven, ya tan borracho que se cayó con ella en la pista. Después subieron los cuatro y fueron a sus habitaciones. Tomás giró la llave y encendió la araña. Ella vio dos camas puestas una contra la otra y cerca de la cama una mesilla de noche con una luz de cabecera. Una mariposa nocturna muy grande, asustada por la claridad, se escapó de la pantalla de la luz y se puso a revolotear a través de la habitación. De abajo llegaba el eco debilitado del piano y del violín. Barcelona, 5 de agosto de 2019. Termino esta traducción a las siete de la tarde.

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LA INSOPORTABLE LEVEDAD DEL SER  

El eterno retorno es una idea misteriosa y, con ella, Nietzsche puso a unos cuantos filósofos en un brete

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