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LA SALVAJE ISABEL-CLARA SIMÓ

Elegía de Dolores Mendoza

Primera Parte AZUL Capítulo I – GOD 1

Llevaba una falda larga, hasta los tobillos, de tela basta y arrugada, llena de manchas, y una chaqueta de marinero estrecha, sin botones. La chica sostenía la chaqueta con las manos, como si se estuviese abrazando ella misma. En la cabeza, un pañuelo negro, o casi negro, anudado en la nuca, tapándole hasta las cejas. Y en los pies, una bambas que debían haber jugado muchos partidos o caminado muchas leguas. La cara era pálida y cubierta de pecas. También sucia. Como la luna reflejada en un charco de barro. Una gitana, seguro. A pesar de las pecas, y los ojos azules asustados, y las pestañas casi transparentes de tan rubias. Una gitana. Y por tanto, liante, y por tanto, pedigüeña. Y no tenía nada que hacer en la puerta de una casa de señores. Nada más que gimotear y pedir y pedir y molestar. Victoria, la criada, mirando por la mirilla, había decidido no abrir la puerta. Por más que le picase la curiosidad aquella chica estrafalaria, y tan pequeña que no podía conllevar peligro alguno, ninguna agresión, ninguna maldad. En un solo año, cinco robos en la escalera. Mejor no abrir la puerta. ¿Y si tiene un cómplice, eh?


Un cómplice escondido y, en seguida que abres, se te echan encima… Victoria debía guardar la casa; la casa de los señores tiene que ser guardadas por mujeres como Victoria. Las casas donde duermen y donde suspiran y donde bostezan, y donde descansan y comen y se pasean con las manos a la espalda señores que deben ser guardados. Guardados incluso de gitanillas pequeñas que tienen los ojos asustados y un color de cera en las mejillas. El timbre vuelve a sonar. Tantos inventos y no puedes taparlo ni pararlo, el timbre, y al final le despertará, y dirá, ¿es que no sabes abrir la puerta, mujer? Mira que hace preguntas idiotas solo para reñir sin que sea dicho que está riñendo. Todo lo ha de hacer como si no estuviese haciéndolo. Retorcidos que son, todos. Entonces quita la cabeza de la mirilla, porque la chiquilla había puesto el ojo, sin dejar de apretar el timbre, y seguro que le había visto la oscura sombra de la pupila, y mirando sin ver – ¿se puede ver nada desde fuera? – empieza a hablar pero, o bien al voz no llega bien o bien hablaba una lengua que no se entendía, aquella gitanilla extraña que se había metido en la cabeza entrar. A ver que tenía que hacer, aquel adefesio, en una casa de señores, ni que se le había perdido. Entonces le llegó la voz. No gritaba, hablaba como una persona que se ha quedado sin aliento, y solo decía: “Mister Saimon! ¡Mister Saimon!”. ¿Mister Saimon? Puso la oreja, plana sobre la madera, y oyó aquel “Mister Saimon” claro y neto, y aplicó el ojo, con precaución, a la mirilla. La chica ya no miraba y sostenía en las manos un trozo de papel. Una carta. El sobre de una carta. Un sobre grasiento, doblado en cuatro y alisado después, y lo tenía delante de la mirilla, y lo mostraba para que se leyese lo que decía, como los controladores de carrera ponen el cartel levantado, con el número de vueltas.


Victoria era una mujerona gorda, ancha de caderas y con la sotabarba temblando bajo el mentón, y llevaba un delantal blanco como la nieve; y los cabellos negros echados estirados hacia atrás. Los ojos, pequeños, los tenía sepultados en un mar de arrugas, caóticas, como el dibujo que deja una bala que ha atravesado un cristal. En el sobre ponía “Joaquín Simón”, correctamente escrito, el nombre de su señor. La palabra es sortilegio, y más la palabra escrita, así es que Victoria se decidió a abrir la puerta, solo un resquicio, el espacio justo para coger la carta y echar a la mensajera. Pero así que lo hubo hecho y alargó la mano hacia el papel, el sobre voló de delante de sus ojos, y se escondió detrás de la falda ancha y sucia y la chica puso rápidamente el pie en la abertura. Le tocaría echarla a empujones. Una retahíla de palabras incomprensibles le estalló en los oídos. Bien que intentaba la chica hacerse entender, pero solo le salían aquellas palabras extranjeras, dichas deprisa, con urgencia, atropelladamente. - Dame la carta y lárgate. La chica se calló, la miró y dijo que no con la cabeza. Como si no hubiese entendido las palabras pero si el sentido. Vista sin la molestia de la mirilla, se veía que tenía en los ojos todo el desesperado brillo que proporciona el pánico. Si hasta daba lástima y todo… Se miraron un momento, los ojos del miedo, relucientes y duros como un lago cubierto de hielo, y los ojos recelosos. La chica entonces encontró una palabra: - Yo ver Mister Saimon. Victoria asintió y la otra aflojó la resistencia. Sacó el brazo de detrás y mostró la carta, agitándola como una paloma cogida de las patas por los dedos de una mano que la hace danzar y aletear. Entonces el pañuelo le cayó debajo de la nariz y con la mano izquierda la chica dio un tirón y se lo arrancó de la cabeza. Era


un pañuelo casi negro y quedó descansando en sus hombros. Debajo lucía un cabello rojo panocha. Ninguna gitana tiene los cabellos rojos. Ni la cara blanca, ni las pecas, ni las pestañas transparentes. Ninguna gitana que quiere entrar a robar lleva un sobre con el nombre del amo escrito correctamente. Ninguna gitana habla con palabras extranjeras, palabras oscuras que tienen sabor a otros países. Debe ser una gitana extranjera; dicen que hay por todo el mundo. Como las ratas. Victoria cazó la carta al vuelo, dio un ligero empujón a la chiquita y cerró la puerta. Solo le dijo: - Espérate aquí. Con energía, y se dio cuenta que esto la gitana pelirroja lo había entendido y le pareció que asentía y todo. Con la carta y la pálida sonrisa de ir a hacer algo atrevido, Victoria avanzó hacia el dormitorio. - Si se molesta por fastidiarle la siesta, que se jorobe. Y que se rejorobe. Aquí pone su nombre. Y, si no le gusta, que se aguante – murmuraba. La palabra es sortilegio, y más cuando está escrita, y el señor no protestó. Porque ser despertado por Victoria quería decir que tenía que ser despertado. Además, ¿para que dormiríamos sino para ser despertados? Se apoyó en el codo en la cama, haciendo palanca, se puso las gafas que descansaban sobre la mesilla de noche, miró a Victoria que estaba de pie, con las manos en las caderas, retándole, y sintió ganas de reírse. La cara de enfadada de Victoria es exactamente la que ponemos todos cuando nos colocamos a la defensiva. Mira que se preocupa por nada esta mujer, por una mierda de siesta, por una rutina mierdosa, por una apresurarse de mierda. Ganas de sufrir por nada. La vida es más sencilla. Abrió la carta y la leyó. Eran solo cuatro líneas apresuradas, escritas en un inglés descuidado y directo, a toda prisa. La


firmaba Jack Thurber. El nombre le estalló en el cerebro como la flor de un castillo de fuegos artificiales, y se puso a reír. Primero nervioso, después con ganas. Estaba tan sorprendido de lo que había leído, que lo volvió a hacer, y todavía otra vez. Paró de reír y se quedó mirando la carta y sintiéndose observado por Victoria que había enarcado las cejas, reprobadora. Abrió un poco la boca, y las mejillas colgaron un poco. Tenía cara de tortuga. Y entonces si que se puso a reír a carcajadas. Y Victoria se sintió ofendida, tanto sufrir por romperle el sueño, y va este tonto y se pone a reír… - ¡No puede ser! ¡No puede ser! Se ahogaba riéndose, golpeaba la cama, pataleaba y se le escapaban las lágrimas. Los locos, más vale que se desfoguen, pensaba Victoria. Vivir, dejar vivir, ir a lo tuyo y cumplir. Para mí, como si se pone a rezar o a cantar ópera… Cuando hubo soltado toda la risa que le traía la carta, le vinieron las prisas. “¿Dónde está esta chica?” “En la escalera” “¿En la escalera?”, y se ponía las zapatillas, la bata de seda roja, y abría las cortinas; el crepúsculo, desmayado, le quemó la cara. “¿Dónde sino? ¿En la sala, como las visitas? ¿En el balcón, como las plantas? ¿En el armario de los zapatos?” Esta absurda Victoria, tan simple y tan sensata, que ni tan solo sospecha que si tiene sentido del humor, mal que le pese. Que sabia es y que necia. Que fuerte y que débil. Si es o no es, como todos. Mira si no seremos una cuadrilla de animales, que robamos, usurpamos, matamos, herimos, sufrimos, lloramos y amamos solo para engañar a la muerte… En el balcón había un tiesto con un camedrio, que subía por el tallo para tocar el aire. La única flor, púrpura, oscilaba perezosa, como una vieja en un balancín. Cuando Joaquín abrió la puerta, se quedó parado. Allí estaba la chica, sosteniendo el pañuelo con las dos manos, como si fuese a


saltar a la comba, y los ojos relucientes de fiebre y de temor. “Espérate aquí” le había dicho la mujer, y no estaba segura si eso había sido sentencia o esperanza. Aquel señor de la bata roja debía de ser el tal Saimon. Tenía los pelos tiesos como si hubiese corrido o hubiese dormido. Y de pronto, el tipo aquel se puso a reír, mira tu que manera más extraña de saludar a la gente. Thurber le había dicho que aquel individuo de Barcelona la ayudaría, que podía estar tan segura como que antes de llegar la noche el sol se pone. Aquel tipo que se reía inclinando el cuerpo, mofándose de ella, era viejo como Thurber y vivía en una casa rica. La chica pensó que era más seguro que la noche llegase después de haberse puesto el sol que no que aquel hombre la ayudase. - ¿Y tú como cojones te llamas? La chica sabía que eso era una pregunta, pero como no sabía cual, no la podía contestar. Así pues, dijo todo lo que sabía decir: - Thurber. Jack Thurber. Tú, mister Saimon – y tras un breve silencio, desazonado – Can you help me? No era la tristeza que emanaba, ni el miedo, ni la suciedad que tenía por todas partes, ni los cabellos rojos como la aurora, ni las pecas, ni toda la cómica pinta que tenía. Era que en el “help” se le había quebrado la voz y ahora ya no era divertido mirarla. Una bocanada de lástima pasó del “help” tembloroso al señor Simon, y rebotó en el corpachón de Victoria que no se quería perder nada. Si te lo pierdes, pierdes también el control de las cosas, y entonces ya no eres nada, nada, nada. - Victoria, llévala a la cocina y dale de comer. Después hablaremos. Completamente serio. Y la chica, como si el diccionario del estómago fuese universal, lo entendió en seguida y siguió a Victoria, que se introdujo, sin volverse, en sus dominios.


2 Le dio un muslo de pollo frío, queso, leche caliente, paté y tostadas. Y unas galletas. La chica estaba sentada en la mesa de la cocina y no hacía otra cosa que comer. Ni se percataba que Joaquín se la miraba, y que Victoria estaba aliviada, porque tomar una decisión es más difícil que seguir instrucciones, y dar de comer es una cosa que sabes hacer casi por inercia. Comía y bebía leche sin parar, apresurada, como si fuesen a arrebatarle aquellos deliciosos dones. Ahora parecía una niña. ¿Qué tendría? ¿Catorce? ¿Quince años? Tal vez diez y seis, a mucho tener. A medida que comía, el color le volvía a las mejillas y ya no parecía tan fea y estrafalaria como había parecido en la puerta de la casa. - Voy a prepararle un baño. Y voy a ver que le encuentro para vestirla, porque todo esto – y señalaba con la barbilla la indumentaria de la chica – hay que quemarlo. Toda ella apesta. ¡La comida era tan buena, tan buena, tan buena! Hasta que llegó a las galletas y las mordió con glotonería, con la barriga llena, no levantó la vista. Notó un breve estremecimiento, porque Joaquín, mirándola, parecía un profesor que examina una rana despedazada en el laboratorio de biología. La chica sintió entonces un temor distinto a todos los otros, un temor nuevo, uno que crecía de dentro afuera, y hace burbujas en el cerebro, como si hirviese y que te deja perdido en el pasillo de una casa perdida en un país perdido. El miedo a pasar hambre, es un miedo real, familiar, concreto. El miedo al frío, a los colmillos de un perro, al de un guardia que te persigue, a no encontrar el camino, el miedo a la oscuridad, el miedo a una paliza… Fantasmas familiares, de cada día, hechos a ti, como las uñas están hechas a la medida y a la forma de los dedos de cada uno. Pero aquel temor era nuevo del todo. Agriaba la leche que acababa de tomar. Volvía serrín el pollo y las galletas. Joaquín


la miraba, un poco altivo, y el miedo que tenía era abstracto, inabordable, impreciso. Invisible como el aire. Pero real. -¿Qué precio tendré que pagar? Lo pensó, pero era un pensamiento tan fuerte, que le salió disparado del cerebro, rebotó en las paredes de los artísticos azulejos, saltó al microondas y de allí a la nevera, dio un salto directo del suelo al techo, y chocó con las sienes de Joaquín que lo notó dentro de su cabeza como si el pensamiento se hubiese convertido en palabras. Joaquín entonces sintió el mordisco de la lástima, y bajó la cabeza. La chica tenía las manos plegadas sobre la falda y se aguantaba las ganas de llorar. Nunca había llorado ante nadie. Ni atravesar el Atlántico vestida como un fantoche, le habían humedecido los ojos. Ni la rabia de tener hambre y de ser mal vista y maltratada, ni por sentir frío. Pero ahora si que habría llorado, si llorar no le diese el asco que la daba. - Ahora te bañarás, dormirás, y la Victoria – señaló con un movimiento de cabeza a la puerta por donde había salido Victoria a prepararle el baño – te comprará algo de vestir. Cuando estés preparada, hablaremos. Se lo había dicho en inglés y ella asintió, sin palabras. (Incómodo, desconfiado, copulo con la nada y no me avergüenzo ni me mortifica otra cosa que el tedio pegajoso de la víspera. Incómodo abro la puerta y te veo: Dolores. Entonces sonrío.) Durmió doce horas seguidas y cuando se despertó no se acordaba de donde estaba. Eran las cinco de la madrugada y el silencio y la oscuridad le robaban los sentidos. Sentada en la cama, desnuda, miró con los ojos abiertos la oscuridad que se diluía con la claridad de un farol que se filtraba por la persiana


bajada. Estaba sentada mirando la oscuridad aclararse, pero tenía las cejas arrugadas y no sentía ni miedo ni ansiedad. Se estaba caliente. Se estaba bien. Y tenía gana, pero una gana buena. La memoria fue recomponiendo la situación. Y se acordó de aquella mujerona y de aquel hombre de la bata roja. ¡Mira que si tuviese razón el viejo Thurber! Había una lámpara en la mesilla y encontró en seguida el interruptor. Un halo de luz amarillenta le mostró un dormitorio que parecía el de un hotel de lujo. En la silla había ropa. Se levantó de un salto, aguantando el frío, y encontró las cosas que le había comprado Victoria: unos pantalones tejanos que, mira por donde, le iban bien. Una camisa demasiado ancha y un jersey demasiado ceñido. Había braguitas, seis en total, y dos sostenes… Ella nunca los había usado y se los probó en seguida. Se puso unos calcetines y unos zapatos que le estaban un poco anchos. Tolo olía a nuevo, como su cuerpo después de bañarse en una bañera redonda que le pareció lasciva. Cuando estuvo vestida, salió de puntillas a explorar. Tenía que encontrar comida. ¿Era una convidada, no? A esto no se le puede llamar robar… Además la carta de Thurber había surtido efecto. No le harían nada, si hurtaba un poco de comida. Tuvo un susto cuando abrió una puerta que resultó ser de un dormitorio. Seguro que allí dormía la mujerona. Otra era una sala con una gran mesa y llena de sofás y un ordenador e hileras incontables de libros incontables. Y una butaca que tenía botones. La probó y tan pronto se levantaba, se reclinaba, o subía un apoya pies para descansar los pies. A la chica poco le faltó para reírse, de tan divertido como era, casi como unos caballitos de feria. Pero una casa, por la noche, huele y sabe y tiene el ritmo de personas dormidas. Las risas se oyen como estallidos de traca. En la tercera puerta que lo intentó encontró la cocina. Estaba bañada por un resplandor azulado y opaco, y el frigorífico


brillaba como la cara de la luna. Encendió la luz y empezó a prepararse comida. Se las apañó bastante bien. En lugar de gas, apretó un botón que ponía en marcha un extractor de aire escondido en la campana de la cocina; en lugar de leche, salió vino de un brik; en lugar de mantequilla, aquello era queso…Pero la gana acuciaba y salió de la prueba. Era el desayuno mejor del mundo, y sola, sin ser observada por nadie. Cuando estuvo saciada, inspeccionó el salón y el comedor. Hurtó una botella de whisky de un armarito con luces y un cigarrillo mentolado de una cajita de piel repujada. Se lo llevó a la cocina. Y se puso a fumar y a beber, con los pies sobre la mesa, la silla apoyada hacia atrás, sonriendo en silencio mientras poco a poco, la luz del alba eclipsaba la luz eléctrica. No se enteraba de nada, porque se sentía confortablemente mareada y vagamente bebida. Victoria la encontró dormida, con los brazos sobre la mesa y la cabeza descansando sobre los brazos. Aun sonreía y olía a whisky. De buena gana, Victoria le habría pegado un par de escobazos, pero al ver lo bien que le caía la ropa que le había comprado por la tarde, mientras la chiquilla se bañaba, y como se veía de joven y de frágil, mira, que hasta sintió ternura. Alejó la ternura con un sacudida firme al brazo de la chica. Ella abrió los ojos nublados de sueño y sonrió, como si la Victoria fuese un paisaje habitual, de cada día. - Gracias – dijo y se pellizcó el jersey para indicar que se refería a la ropa nueva. El resto de la conversación fue divertida como el juego de los despropósitos. La mujer le decía a gritos, como si fuese sorda: “Whisky, no. Es malo”, y con un gesto cómico: hacía que “no” con el dedo índice, levantado ante la nariz de la chica. Bien se veía que no era un insulto, sino un intento burdo de comunicarse. Y se iban entendiendo, con gestos y con gritos. Y alguna palabra en español que la chica iba recordando. Incluso


se rieron cuando Victoria sirvió un gran almuerzo para las dos y ella mostró los dedos marcando un dos y tocándose después la barriga con un movimiento circular de la mano e hinchando las mejillas. Pero desayunar dos veces es una cosa buenísima. Y la chica se debía encontrar muy bien, con la doble ración, porque se puso a ayudarla, sin habérselo pedido, y dejaron una cocina reluciente con olor a limón, y regaron las plantas y pusieron en marcha la calefacción y conectaron la lavadora, con explicaciones a gritos de Victoria, y ella haciendo solemnes gestos de asentimiento. A las diez, Victoria puso una bandeja con patas sobre la mesa y se puso a preparar el desayuno del señor. Cuando estuvo listo, le dijo con gestos y con palabras: - Ven conmigo. Si, si, tu, ven. Que le llevaremos esto y le despertaremos. Verás que contento se pone, porque pareces otra, con esta ropa. Ni señal de comparación, hija, ni señal de comparación. La bandeja la llevaba Victoria, y la chica iba detrás, un poco encogida. Tenía cara de ratón en un agujero. El dormitorio olía a sueño y la colcha era reluciente y suave como la piel de un niño, y Joaquín estaba de tan buen humor y dijo que parecía una princesa vestida por una bruja. Pero Victoria no entendía el inglés y no supo de qué se reían esos dos. Mira si se sentiría celosa, aquella mujerona arisca… Joaquín la ordenó que le esperase en el despacho. Que cuando estuviese arreglado iría, porque quería que se lo contase todo. - ¿Eres la hija de Jack Thurber, verdad? - ¡Noooo! - ¿Ah, no? – y de pronto pareció preocupado. Y más viejo – bien, ya me lo contarás después. Y la despidió con un gesto de la mano. ¿Se puede contar la vida, toda una vida, sin hacerse un lío? ¿Por donde empezaría? “Mire, señor, yo nací…” “El caso es que


Jack Thurber es muy amigo mío. Bien, no, de mi padre…” “He venido huyendo, porque me jugaba la vida…” “Tengo un pasaporte falso. Me lo dio Thurber…” Nada, no era así. Porque aquel tipo no le daría asilo ni nada parecido. Tal vez la dejase trabajar con la mujerona, la Victoria aquella, y hacerle de criada. Porque al miserable de Thurber no le debía deber un favor demasiado importante aquel señorón de Barcelona… Cuando se abrió la puerta y entró Joaquín Simón, y se sentó con un suspiro en aquella butaca que subía y bajaba, que se inclinaba y se estiraba, y se la quedó mirando, la chica notó todo el amargo estremecimiento de un día de examen. Y se quedó sin voz.

3 EL PRIMER ESCALÓN: LA REGLA (A) ¿Me encontraba en un mal paso, sabe? Y mister Thurber me ayudó (el mal nacido de Thurber, ojalá se queme en el infierno toda la eternidad) El es… era amigo de mi padre. Y cuando pasó aquello, yo le pedí ayuda, y me dijo, ten, Dorothy – me llamo Dorothy de verdad – aquí tienes un pasaporte y aquí tienes dinero, y aquí tienes ropa, (¡ropa maloliente y vieja del montón donde mean los gatos, que asco más vomitivo!) Y aquí tienes esta carta. Ve a Phoenix, coge el avión y márchate a Barcelona. Eso está en España, ¿verdad que tu hablas español? – casi todos lo hablan allí – y le das esta carta a Saimon, que es muy amigo


mío, y el te ayudará. De modo que arranqué a correr y estuve a tiempo de de coger el autobús nocturno; la parada es al final del pueblo, a más de dos kilómetro, y después hube de esperar tres horas en el aeropuerto, y el pasaporte se lo creyeron todos, porque Thurber me dijo: Dorothy ponte un pañuelo en la cabeza, que con estos cabellos no puedes pasar por hispana…El pasaporte era de una tía joven, pero mayor que yo, i allá, en la trastienda Thurber me hizo la foto y me hizo apretar la yema del dedo sobre un tampón y puso mi huella, y no se notaba nada. Todos lo creyeron, el pasaporte… Joaquín miró el pasaporte, que estaba sobre la mesa de despacho, y estudió la foto. Estaba a nombres de Dolores Mendoza, hija de Manuel y Rigoberta, de diez y nueve años de edad, nacida en Lucena, España. En los bolsillos de la falda, Victoria solo había encontrado el pasaporte, un pañuelo lleno de mocos, un anillo de hojalata, de los que salen en las cajas de cereales, y una moneda de veinticinco céntimos. - El me dijo que no le dijese a nadie, que soy la Dorothy y no la Dolores. Solo a usted. (¡Que nombre tan extraño, aquel! Pains!, una especie de nombre que te llena la boca de sufrimientos. Pero no le podía decir a Thurber que yo, el español… Quizás si que había habido muchos, hispanos, y en la escuela había un montón, pero allá, en el barrio, todos éramos blancos. Solo Joe, pero no cuenta, porque Joe era negro. ¿Qué harán ahora sin mi? Pensarán que me han matado, o que me persiguen. O que se me ha llevado la niebla de la noche…) - ¿Qué clase relación tenía Jack con tu padre? - No lo se – escogió los músculos – Son… eran amigos, supongo. Pero no se frecuentaban mucho. - ¿Alguna vez te habían hablado de mi? - No.


(Ni de Barcelona. Que no sabía ni que existía en ningún mapa. En la escuela no nos habían dicho nada de Barcelona. Y si nos lo habían dicho, ya no me acuerdo. Más allá del mar. Los que van, ya no vuelven. Se quedan pegados a Europa como si fuesen mosquitos en el barro. En Phoenix, cuando mi padre me llevó, hace ya tanto tiempo, vi en un escaparate un anuncio de un viaje, que iba a Venecia, a pasar las vacaciones. En Phoenix si que van a Europa solo para ver cosas. Pero allí, en Flagstown…) - ¿Y Jack no te dijo porqué confiaba tanto en mí? ¿Por qué estaba tan seguro que te ayudaría? - No. Además no había tiempo. (¿Que hacer, que hacer, que hacer? Que hacer cuando sientes que están asesinando a tu padre, dos hombre con caras largas y mirada vacía, y que le ahogan, y que el padre se vuelve rojo como si fuese a explotar y uno se vuelve y te ve en el dintel de la puerta, con la camisa de dormir y descalza…? - ¡Cógela, cógela! Lo decía el más alto, y el más bajo se lanzó hacia ti, y tu echaste a correr por la calle, toda oscura y la camisa de dormir toda blanca, como un fantasma. ¿A casa de Bill? No: ni me abrirán. ¿Y a la casa grande, a ver si la Emmy me puede esconder en algún lugar? Buf, ¡hasta que se despierten y oigan mis golpes…! ¿Thurber? ¿Thurber? ¿Aquel canalla, que ahora baja la cabeza y no osa ni mirarte como si le diese vergüenza? ¿Thurber? No sabía porque pero era la única persona que podía ayudarme, y ninguna otra. El maldito trapero. Mala persona. Con una deuda por pagar…) - ¿Viste como le mataban? - Creo que si, pero huí en seguida. Y fui, en camisa de dormir, a casa de Thurber. Llamé a la puerta de atrás, porque sabía que dormía allá, en la trastienda. ¿Es una chabola, sabe? Le llevábamos hierros viejos, que encontrábamos en el vertedero, y nos lo pagaba. La tienda se abre por delante, con una persiana de


hierro, y está todo amontonado y huele mal. Creo que tiene ratas y todo. A mi no me dan miedo las ratas…Hay muchas en el barrio…Nosotros, quiero decir mis amigos y yo, sabemos cazarlas (nos ponemos a hacer ruido, dando golpes a las vigas con bastones y gritando como demonios. Los otros hacen un semicírculo y llevan palos con pinchos. Tarde o temprano salen, gritando y corriendo erráticas. Sino tienes miedo, es fácil. Yo le enseñé a cazarlas a Thomas, cuando vino al barrio. Al principio tenía miedo, y por eso las ratas iban directas hacia el, corriendo asustadas. Creo que huelen el miedo. El me dejaba su perro, siempre que quería, y yo le enseñaba a cazar ratas, y a aguantarse el miedo para que no le oliesen y no le atacasen) con pinchos y no les tenemos nada de miedo. Yo sabía que Thurber era amigo de mi padre, aunque nunca les vi juntos, pero debían ser muy muy amigos. Así pues, llamé, sin hacer mucho ruido, por detrás. Hay una puerta, que parece oxidada e inservible, pero yo se que se puede abrir, y que justo allá duerme el viejo. Me abrió y me miró asustado, pero no porque supiese nada de lo que pasaba, sino porque estaba dormido y le había despertado de golpe. Estoy segura que yo era la única persona en el mundo que esperaba encontrarse en la puerta de su casa, a media noche (desde que pasó aquello, siempre doy una vuelta, para no tener que pasar por la tienda. Es la única cosa en el mundo que me da miedo de verdad. Esto y que se me caigan los dientes, como le pasó al pobre Jeremías, que parecía un abuelo con las encías vacías. Cuando mi padre lo supo, fue a cantarle las cuarenta al Thurber. ¡Le matará, le matará! Me decía yo, y me hacía feliz el pensarlo, que aquel cerdo quedaría destrozado de la paliza que le daría mi padre. Pero cuando el padre volvió – al final no era un mal padre – me miró como si le hiciese vergüenza mirarme, y me dijo: “No vuelvas a molestar al


señor Thurber. Y no vuelvas a pasar cerca de la tienda”. Después se bebió la medida grande de ginebra que guarda para los casos especiales, y me volvió a mirar, pero de reojo. I añadió: “No te preocupes que no te volverá a tocar”. Aquel día me hice mayor de verdad, porque a mi padre ya no me lo volví a creer, y ya no quería que me contase sus historias de marine, ni la cara que hacía mi madre antes de dejarnos, ni como andaba con las manos el tío Ted, cuando trabajaba en el circo… Ya no le creí más, porque me había hecho mayor de pronto, y ahora le veía tal como era: un viejo triste y encogido que solo chuleaba en el Hoolys-bar porque le conocían de memoria. Pero cuando vinieron a matarle, los dos hombres de cara larga y ojos vacíos, y eché a correr, pensé que solo me podía ayudar Thurber. Si había algún secreto entre el y mi padre, ahora me tocaba a mi. Además, ¿me debía algo, no? Si llego a ir a la policía y les digo que aquel asqueroso había abusado de mi…Solo tenía trece años, y le habrían metido en la cárcel. Le habrían dado por el culo, los otros. Me han dicho que los que matan mujeres y violan niñas están mal vistos, en la cárcel… Pero en la comisaría no me habrían creído, y mi padre no me habría ayudado. Pero me debía una. Y yo estaba segura que me escondería, hasta que los dos tipos que habían matado a mi padre se hubiesen ido. Allí no me encontrarían. Yo estaría quieta, y el viejo Thurber miraría por una rendija, los dos a oscuras. Y al haberse ido, me diría, “anda, chica, ya puedes salir”. Estaba segura que no me volvería a poner las manos encima. No se porqué, pero estaba segura. Y también estaba segura que me escondería, hasta que aquellos se cansasen de buscarme por el barrio. No podían entretenerse demasiado porque les perseguirían a ellos… Pero en lugar de eso, Thurber me hizo muchas preguntas cogiéndome por los dos brazos y sacudiéndome, como si yo fuese un bote de Ketchup cuando solo quedan unas gotas… Frenéticamente…”¿Lo has visto todo? ¿Has visto la cara que tenían? ¿Eran así y así? Y


después: “Tienes que huir, chica. Te cazarán de todas tosa si no haces lo que yo te diga”. Al principio no quería, porque aquellos dos, por más que temiesen que yo les describiese punto por punto, no osarían volver. ¿Habían matado a un hombre, no? Y aunque fuese un don nadie, como el padre, un hombre enfermo del pecho por haber trabajado en las minas de cobre y con un subsidio miserable, y que se emborrachaba alguna vez y galleaba en el Hoolys, ¿era un hombre, no? Y es delito matar personas. Pero Thurber me empezó a asustar y me dijo que aquellos dos no estaban solos, que estaban organizados y que mi piel no valía más que la piel de un conejo cazado. Que hiciese todo lo que el me dijese. Y me hizo la foto y me tomó las huellas y estuvo más de media hora falsificando un pasaporte. Yo buscaba en el montón de ropa vieja, a ver que me podía poner. No podía ir a casa a buscar nada. Ni los zapatos. Ni la caja de pastillas de menta donde tengo los ahorros. Y allí no había nada más que pingajos que olían a meados de gato…. ¡Que asco que me dan los gatos! Malas bestias. Y el no paraba de decir: “Te tienes que teñir los cabellos de negro. Ahora te llamas Dolores. ¿Me has entendido? Dolores. Do-lo-res. Repítelo para que no se te olvide. No creo que te busquen en Barcelona. Está muy lejos” Pero no encontró el tinte, tantas cosas como tiene, en montones, todo sucio y hecho una mierda. Y me recomendó que me tiñese en el aeropuerto. Pero, ¿puedes entrar en unos lavabos y teñirte el pelo, así, por la cara, con tanta gente mirando? Pero si que me ayudó. Y me puso un pañuelo, en la cabeza, bien bajado, para que no se viese que soy pelirroja. ¿Pero tu padre y el no se reunían? Ellos y otras personas. Como si fuesen una especie de club. Algún día de la semana. - No. No lo creo. Mi padre iba aquí y allá. A veces hacía algún trabajillo. En el jardín de alguna casa, o en la construcción.


- Flagstown, ¿dices que es el nombre del pueblo? - Si, pero es una ciudad. Y nosotros no vivíamos del todo en Flagstown. La ciudad es muy grande y bonita. El barrio se llama Colorado Moon, pero todos le llaman Moon. Está en el extrarradio. Había habido una fundición, pero eso era antes de que yo naciese. Y ahora solo quedan restos. Sólo hay dos calles, y una explanada llena de hierba vieja llena de vigas podridas. Y no hay escuela ni nada. No pasan ni autobuses. A mi me llevaba a la escuela, Finney, un negro que tenía un camión. Pero tenía que volver a pie, y me cansé. Detrás del montón de vigas, que es más alto que una persona, hay un barranco, pero no es profundo. El fondo está cubierto de barro, pero nosotros habíamos construido un camino con tablones de madera y planchas de zinc, y pasábamos a la llanura. Allí delante mismo está el Pequeño Colorado. Es peligroso para bañarse, pero lo hacemos todos, cuando hace calor. Hace mucho calor en Moon. Y se ve el pico de Humphrey, que siempre está nevado, de tan alto como es… Venía de un foso profundo, aquella chica. Era una salvaje. Y Thurber y su padre y todo el grupo vivían en el mismo foso. El foso de los perdedores, donde solo hay alcohol y gritos y palizas y chicos y chicas que cazan ratas y no van a la escuela. Joaquín sonrió al pensar en tantas cosas como habían hecho juntos, el y Thurber. Vivían entonces en Los Ángeles, y eran los amos del mundo. Volvió a mirarse el falso pasaporte – estaba muy bien hecho, mira si aún le quedaba traza al mal nacido de Jack – vio la cara absurda y pecosa de aquella mocosa indómita. - Te llamaré Dolores. Siempre. Y a todos les diremos que te llamas Dolores. Y que eres una parienta mía que se ha quedado huérfana… - ¿Pero me puedo quedar aquí? Joaquín alisó la carta. Solo cuatro líneas, escritas con prisas: “Quim: es la hija de un compañero. Le han matado y la buscan a


ella. Acógela en tu casa.. Y que nadie sepa que te la envío yo. ¿Te acuerdas de William Morgan?” Y debajo, la firma: Jack Thurber. William Morgan había muerto en Nueva York en 1926. No tenía nada que ver con ninguno de ellos. Pero había muerto de una manera terrible. Y nadie supo nunca quien le había matado. El y Jack recurrían a su nombre cuando quería hablar de venganza encarnizada. Aquel periodista aventurero y borracho había levantado una encendida polémica en la opinión pública. Secretamente, el y Jack le respetaban. Porque el tal Morgan había tenido huevos, eso no se podía negar. Imposible saber que había pasado, con una carta tan escueta. La primera impresión habría jurado que el que estaba en un lío era el mismo Jack, y aquella, su hija… - Claro que te puedes quedar. - ¿De criada suya? - ¿Criada? Joaquín puso cara de estupefacción. Y se volvió a reír, como cuando la había conocido en el umbral de la casa. Dolores había tenido que coger tres aviones para llegar a Barcelona. Y el dinero que le había dado Thurber le llegó justísimo para los pasajes. A bordo le habían dado comida, pero solo una vez de los tres. En los otros dos vuelos, solo caramelos y coca cola. Y la miraban de reojo como si fuese una fiera peligrosa. ¿Tenía ella la culpa que el miserable Thurber solo tuviese harapos malolientes de orines de gato? Del aeropuerto de Barcelona, hasta casa del tal Saimon había tardado cuatro horas. No la entendían. En el Moon no había hispanos, y ella solo les había oído hablar en la escuela, pero nunca se había fijado mucho. Le había dicho a Thurber que hablaba español para facilitar las cosas. A veces solo mentía por eso: para ahorrarse demasiadas explicaciones. Por economía de esfuerzos.


Nadie la entendía y la enviaban a un lugar o a otro o se volvían sin contestarla, como si su presencia ofendiese a la vista. “De hecho, solo sois hispanos”, había pensado, despechada. Cuando al final, encontró la calle, era ya media tarde. Más que una calle, era una placita, sin salida. Estaba rodeada de casas con jardín. El número seis era el del centro. Había una verja, que llegaba a la cintura, con hierros acabado en punta y dos jardineras largas a los dos lados del portal. Se llegaba por una calle muy cuesta arriba, enfilado a la montaña. Y en las jardineras solo había plantas verdes, sin ninguna flor. En invierno no crecen los rosales, estaban las ramas, mustios y escuálidos como una vieja friolera. La puerta estaba cerrada, pero a los dos lados había unos cristales resguardados por dos rejas. Y la reja de la derecha estaba entreabierta. Fue fácil pasar los dedos y abrir la puerta por dentro. Después había un vestíbulo, con sofás de piel y luces adosadas a las paredes. Aquel vestíbulo tenía calefacción. Desde fuera había visto que la casa tenía tres pisos, pero tuvo suerte: en el primer piso ponía una placa con el nombre que llevaba escrito en el sobre. En el momento de ir a llamar al timbre tuvo una bocanada de pánico. Pero apretó los dientes. El miedo se puede tragar o se puede escupir. Pero el suyo era un miedo y blando como un chicle gastado, y se lo tragó. - ¿Criada? – repitió Joaquín – No: tú serás mi hija. No te puedes quedar indefinidamente sino tienes permiso de residencia. Yo te prohijaré. Pero, ¿a nadie, a nadie, me oyes bien? – y levantó el dedo como haciendo una advertencia muy severa y muy seria – ni a Victoria, le tienes que decir otro nombre que el de Dolores… - ¿Su hija? Aquel tipo estaba trastocado. Mal de la cabeza. ¿Alguien pude inventarse una hija? - Yo me ocuparé de todo. Tengo un excelente abogado. Haremos ver que eres una sobrina huérfana, y que te has


quedado sola y que yo te quiero adoptar. No habrá complicaciones. - ¿Y yo que tengo que hacer? – con una delgada vocecilla. - ¿Tu? Nada. Obedecerme y nada más – y como si lo acabase de pensar, con la frente clara y lisa, le dijo poco a poco: – Métete una cosa en la cabeza. Solo una. Has de seguir mis reglas. Y mis reglas son que te quiero guapa, te quiero culta y te quiero fuerte. Y tiesa como un huso. Segunda Parte ROJO CAPITULO II – JAKIN 4 – El primer escalón: La Regla (B)

Les había dicho que tenía quince años, pero no los cumplía hasta finales de mayo. Y que los cabellos los había heredado de su madre, que era guapa como una modelo, y que se había muerto la pobre de una cosa de pecho. Y había contestado muy bien a las preguntas del abogado y a las del juez. También dijo que en lugar de Mendoza, ahora prefería llevar el apellido de su padre adoptivo, pero que no quería llamarse Dolors (¡ni tampoco Pains!), sino Dolores, porque estaba acostumbrada a oírse llamar así. Cuanto más mentía mejor lo hacía. Joaquín le enviaba miradas de de aprobación y la animaba. Todo la exaltaba, y juró que sería todas aquellas cosas tan bonitas que el nuevo padre quería que fuese. Pero que a la escuela, eso si que no, no quería de ninguna de las maneras. Joaquín Simón dijo que el sería el profesor. Y empezaron bastante bien, pero a el le daba pereza la pesada rutina de las clases y se impacientaba. De manera que acabó contratando un chico de gruesas gafas y ojos grises que parecía triste. La Dolores estaba contentísima, porque Tomás, el profesor, era un


bobalicón y le podía engañar de mil maneras. Con Quim no se hubiese atrevido nunca. El profesor le recordaba a Thomas, cuando vino a vivir al Moon, que era tan callado y tan delgado y tenía la mirada profunda y las palabras cortas, como si las tuviese encerradas en la garganta y no le saliesen solas. Aquel día que fueron los dos solos al Pequeño Colorado, a bañarse, Thomas había dicho que le daba vergüenza desnudarse, y se quedaron sentados, mirando el río, callados y contemplando el crepúsculo siempre rojo, pero siempre un rojo distinto. Y de pronto Thomas le dijo: “Mi padre me pega”. Todos los padres pegan, mira sino para que estarían hechos, pero esto es una cosa que nunca se dice. Por lo tanto, lo que estaba diciendo Thomas era: soy tu amigo y por eso te hago una confidencia. Y a partir de aquel momento ella le protegió, y le enseñó a cazar ratas y a mirar a Bill sin bajar la cabeza; Bill, era buena persona pero un poco chuleta y le gustaba asustar a la gente. Thomas encontró una cueva, y ella se lo dijo a los otros, y así se integró en el grupo, tanto, que un día que llegó con el labio partido nadie preguntó nada. Cada uno se tiene que pasar sus cosas. Y cuando Joe dijo de ir a la gasolinera a buscar dinero – Hugh, el encargado dejaba las propinas en una lata al lado de la ventana y, cuando se distraía podías meter la mano y coger algunas monedas; total, no las contaba nunca – Thomas dijo: “Yo, no”. Y nadie se rió ni le retó. Y eso quería decir que ya era uno más. Y no es que se pareciese nada a Tomás, pero los dos eran tristes y delgados, y no sonreían. Quim, eso sí, vigilaba los progresos y no estaba nunca contento. Y a ella le daba vergüenza no ser tiesa como un huso, como el decía que tenía que ser. De hecho, no tenía ningún amigo. La casa solo tenía tres viviendas, una por planta. Arriba vivía un notario con su mujer, y eran antipáticos y estirados. Y en el ático vivía una familia, con un hijo idiota perdido, de su edad, y una chica más joven.


Eran aquella clase de personas que no sienten curiosidad por nada, y por tanto, nunca hacen nuevos amigos. Ponían la música muy fuerte, cuando estaban solos, y se reían a gritos por la escalera y tiraban pieles de pipas en la entrada y se restregaban los pies en el felpudo de su casa. La Victoria no les podía ver, y si no hubiese sido por Quim, habría subido cantidad de veces a decirles cuatro frescas (“La familia y los vecinos no se eligen; solo se eligen los amigos. Uno se tiene que resignar a su país, a su sangre y a sus vecinos.” Entonces miraba a Dolores y sonreía, una sonrisa pálida y desmayada, que igual podía querer decir que la familia no es buena ni eligiéndola, o que ella era una excepción en la regla. Pero lo peor del caso es que tenían gato, aquellos de arriba. Dolores lo odiaba, incluso más que a los otros gatos, porque siempre se lo encontraba en la escalera. ¿Es que no sabían cerrar la puerta? ¿No podían tener un perro como las personas normales? Pues no. La madre de los de arriba, que también tenía cara de gato, no había querido tener perro, porque decía que los perros necesitan demasiadas atenciones. Y a este gato odioso le habían puesto el absurdo nombre de Fuf. Cuando salía de casa, solía encontrárselo espiándola. ¡Maldito animal! Dolores le daba una patada, y el gato, en lugar de huir, la esperaba siempre, seguramente para poder volverse algún día. El mejor lugar de la casa era la cocina, con Victoria, que le explicaba todo. Y ahora que ya la entendía, sabía más cosas de Quim por ella que no por observación directa. Siempre hablaba mal del amo, pero tenía un cierto aire cálido en el fondo del fondo de las palabras. - ¡Te tienes que lavar el pelo, nena, no me vuelvas loca! El señor quiere que brillen, que brillen mucho. Y te lo tienes que cepillar cada noche. Solo tienes ese pelo, no seas boba y háztelos valer, mujer! A ella le encantaba esta manera directa y dura de sospesar la vida. La entendía en seguida. Y cuando la reñía, que era a


menudo, lo hacía como un payés que insulta a su propio campo y le llama condenado, maldito seas, y lo riega y lo labra y lo alimenta como si el amor y el odio fuesen sentimientos armónicos. Un día Joaquín las envió a una casa de belleza que tenía música flotando en el aire y olores dulces, y chicas pintadas con voces suaves que hablaban como si tuviesen un secreto maravilloso que contarte. Las paredes eran de cristal negro. Victoria les explicó que aquella chica tenía pecas y que se las tenían que quitar. - El señor… Su padre dice que no le gustan. La chica de uñas largas y párpados lila se rió y dijo que eso, ni con cirugía lo podría resolver. Pero que si le hacían este tratamiento y aquel otro, se le aclararían. - Pero no podrá tomar el sol. Si toma el sol le volverán a salir todas las pecas. Igual que antes. Y después les explicó que las pecas son graciosas, y que ligan con su cabello rojo. - Mire la Katherine Hepburn. Como triunfó en el lugar más difícil, en Hollywood. Con cutis de pelirroja y pelo estirado hacia atrás. Lo que cuenta es saber explotar el propio físico. Victoria llegó malhumorada a casa y le dijo al amo que cada uno tiene su cara, y que no está bien cambiar la naturaleza de las cosas. Pero que había comprado este y aquel potingue para aclarar las pecas de Dolores. Y Quim la miró escrutándola, enarcando las cejas, y dijo que bueno, que sin ser distinguidas, es verdad que son graciosas. Y además, que la gente distinguida no tiene gracia. Y la ordenó que se pusiese aquellas cremas cada noche. Otro día se enfadó muchísimo, y la gritó, porque no sabía comer. Dolores estaba estupefacta por decirle que no sabía comer… ¿Es que no había comido toda la vida, eh? Y el le explicó lo de los cubiertos, y de la servilleta, y lo de los vasos, y


las cosas que se pueden comer con los dedos y las que no. Y se fue dando un portazo cuando vio que tenía las uñas roídas. En la cocina, en cambio, todo era comprensible. - Victoria, dice que no se leer. Ni comer. Y no me ha dicho que no se dormir porque no lo ve, que si no, seguro que lo hago pésimamente. - Tú síguele la corriente, ¿no ves que está lelo? No le repliques y… - ¡Pero si no le replico nunca! ¡Me da una cosa cuando me mira! ¡Es tan difícil ser hija! - ¿Sabes que puedes hacer? Cuando esté enfadado contigo, te colocas de manera que el sol te de en los cabellos y los haga brillar. Está mucho por tus cabellos. Explótalo, mujer, explótalo. Es como si el lo hubiese oído; solo la reñía cuando era de noche o cuando las cortinas estaba corridas del todo. Y ella sacudía la cabeza, a ver si los cabellos le conmovían, y el aún se enfadaba más. - ¿Qué son estos gestos con la cabeza? ¿Es que solo sabes comportarte como una salvaje? Victoria le explicaba que Joaquín ganaba dinero sin hacer nada de nada. Que le telefoneaban y le decían mira que negocio más bueno. Necesitamos capitalistas. Y si eran de confianza estudiaba bien la propuesta y telefoneaba a esta o al otro, o convidaba a cenar al seño Carnisser, el abogado, y hablaban hasta que amanecía. Tenía en cuenta todos los pros y los contras, y después decía que si o decía que no. Y como tenía muy buena cabeza, lo acertaba casi siempre y empezaba a llover más dinero todavía. Y sino lo acertaba se volvía melancólico y decía, mira Victoria, esto del dinero es como la lluvia: a veces cae y a veces no cae. Y solo es dinero. También le explicaba que antes de venir Dolores hacían muchas reuniones, un grupo de amigos que no paraban de reír y de beber, pero que ahora no quería recibir a nadie.


- Porque tú le das vergüenza. Cuando te tenga enseñada, volverán a venir. El señor ha de tener lo mejor de todo. ¿Y sabes para que sirve tener lo mejor de todo? ¡No para disfrutarlo, ca! ¡Para que los amigos digan ooooh! ¿Qué bonito! Cuando esté seguro que al verte dirán ¡ooooh!, volverá a haber reuniones en casa. Y tú sonreirás y sabrás como hay que hacerlo todo. Dolores se aplicaba, y estudiaba y obedecía, pero a menudo perdía la paciencia y todo le parecía un plomo, y una cosa absurda y una atadura. Pero después miraba los vestidos que tenía, y la fila de zapatos, todas nuevas, y el cajón de la ropa interior, lleno a rebosar, y todo tan bonito, y se decía, mira que eres idiota, aprovecha la vida ahora que la tienes de cara. Hubiese sido más fácil si tuviese amigos con quien hablar, pero solo tenía a Victoria. Y no era suficiente, con una mujerona refunfuñona. Una mañana conoció al chico del horno. Solo tenía catorce años, e iba al tercero a llevar el pan y los croissants los días entre semana. Dolores se lo encontró viniendo del jardín y estuvieron hablando más de media hora. Se hicieron amigos y el le traía algún pastelito de la panadería que hubiese salido deforme, y ella le rogaba a Victoria que la dejase ir a comparar el pan. Ramón, el chico de la panadería, le había prometido que algún día le llevaría a su perro, si tanto le gustaban, pero tendría que ser fuera de horas, porque la dueña no le dejaba llevarlo a la panadería. Dolores le regaló un amuleto que había fabricado ella misma, con una araña muerta y con las patas estiradas aprisionándola entre dos botones de cristal. Ramón dijo que era un amuleto magnífico y que si sabía que servía para curar las caries. Un domingo, cuando el calor del verano ya apuntaba, salió de casa deprisa y a escondidas, porque había quedado con Ramón para jugar a futbol. (Yo te enseño el futbol inglés y tú me enseñas el futbol americano, ¿vale?) Y allá estaba la mala bestia


de Fuf, enseñándole los dientes, con un rencoroso silencio, mirándola con odio. Bajó corriendo la escalera sin hacerle caso y el animal se le pegó detrás, resoplando como una vieja que sube al autobús. Y cuando ya estaba casi llegando a la verja de la entrada, se le tiró encima y le araño una mejilla. A Dolores le salió toda la rabia del mundo de dentro a fuera. ¡Ahora vas a saber quien soy yo, mala bestia!, y le cogió del cuello, dio media vuelta en el aire, fiiiuuu, y lo tiró contra la pared. Si se mataba, mejor para todos. Nadie sabrá que lo he hecho yo. Y lo dejó estar. El animal voló por los aires dando un chillido desafinado y cayó con tan mala fortuna que quedó atravesado por uno de los hierros de la reja, justo en medio del vientre. Se quedó colgando por los dos lados, con un pellejo de algodón. Y el barrote de hierro rezumaba sangre. Aún tuvo un momento los ojos vidriosos abiertos, hasta que inclinó la cabeza. Parecía de trapo, así enristrado. A Dolores le entró angustia por todo su cuerpo. Porque si lo hubiese llegado a matar estrellado contra la pared, dos patadas, lo tira a la calle, ¿podría haber sido un coche, no? Pero imaginarse que tendría que desenristrar aquel cuerpo repugnante, blando como una nube negra, le daba náuseas. Por lo tanto, subió a la casa, y buscó a Victoria, que estaba limpiando manchas de la alfombra grande con una botellita que tenía un olor picante. Arrodillada y congestionada, enseñaba las ligas de las medias y un trozo de muslo, blanco y surcado por venas azules. Cuando la hubo escuchado, le dijo: - Eres una mala pieza. Y se fue a la cocina a coger una bolsa de basura, dos bayetas y, del armario de las herramientas, una pala grande. - Ven conmigo y ayuda – le ordenó. Lo desempaló Victoria, sin decir una palabra. Estaba pálida cuando metió el cuerpo del gato en la bolsa. La llevó detrás,


donde tenían un pequeño jardín. Al lado de las buganvillas y debajo del limonero, la tierra era blanda como la arena de la playa. Dolores empezó a cavar. Cuando estuvo bien enterrado, Victoria limpió los barrotes, escupiendo en los sitios donde la sangre se había secado; después subió en silencio las escaleras. Tiró las dos bayetas a la basura, sucias de sangre. La miró con una cara que nunca antes le había puesto, con los ojos navegando entre las arrugas, como si fuesen dardos. Y le dio una bofetada seca. Por la noche, después de cenar, Quim, la llamó a su despacho. La riñó, si, pero sin gritarla. La riñó con tristeza. Tenía bolsas bajo los ojos y las mejillas le colgaban. Se había hecho más viejo y la miraba como si fuese el centro del mundo y del alma donde yacen todas las decepciones humanas. Dolores no había tenido nunca en la vida tantas ganas de llorar, y con trabajo, se pudo aguantar hasta ser encerrada en su habitación. Allí, sentada ante el espejo del tocador, dejo fluir toda aquella pena que le había dado la pena de Joaquín. Y lloraba como si hubiese pinchado un globo lleno de agua, como un odre deshinchándose, y dejando salir toda la esencia que lo embellecía. El arañazo de la mejilla escocía, anegada en lágrimas. Cuando se miró al espejo, deshecha en llanto, se dio tanta y tanta rabia, de ser débil y de ser fea y de ser tan bestia como era, que, con cuatro golpes de la tijera grande, zzzisss, zzzasss, zzziss, zzzass, se cortó la larga cabellera roja.. Los rizos, caídos sobre la mesa del tocador, parecían serpientes muertas de cobre. Joaquín estuvo dos semanas sin hablarla. Pero tampoco la denunció a los vecinos de arriba. 5 – El segundo escalón: La Malla (A)


En un año el cabello crece. En un año, unos pechos de niña se vuelven altos, firmes, fragantes y llenos. Blanca e vermella e rossa fo la Dolores, así como lo fue Blanquerna. Ramón, el chico de la panadería, se le quedó pequeño. Y Tomás, el profesor triste, tuvo que dimitir, porque se sentía turbado por Dolores. “No tienes que ser ignorante sino sabia; no tienes que ser fanática, sino tolerante; no tienes que ser ambiciosa, sino generosa”, le había dicho Joaquín. Y ella se esforzaba, y allá donde el conocimiento le faltaba, ponía una sonrisa ladeada, y sabía bajar las pestañas transparentes con picardía; y como cuando hacía estas cosas se le hacían hoyuelos en las mejillas y le brillaban los dientes, parecía una chica dulce, y Victoria decía, mira, no es tan salvaje, pero Joaquín debía tener el corazón de piedra, porque siempre estaba huraño con ella, y cuando se ponía encantadora el se limitaba a medirle la longitud de sus cabellos. Normalmente lo hacía el día uno de cada mes, y comentaba si era un centímetro o dos, y después la despedía con mal humor. En el baño, mientras se afeitaba, Joaquín miraba su rostro arrugado, y se acariciaba las mejillas con oscura melancolía (…no me da miedo la muerte, pero me da miedo morirme) Y pensaba en los buenos tiempos en Estados Unidos, pobres como ratas, el y Jack, y aquel judío que se llamaba Joseph no-seque, y en la sociedad que habían formado cuando les apadrinó Jean-Paul Nicolas, que decía que era conde. Cuando hizo el primer dinero y pensó en volver a casa, continuó viendo a otros compañeros, de la misma sociedad, que está repartida por todo el mundo. Pero ahora que era viejo y cínico, y ya no creía en nada, no iba nunca a ninguna de las reuniones secretas. Acabó de arreglarse porque Juan Carnisser estaba a punto de llegar, y quería que fuese una magnífica merienda. Era la primera visita que permitía que tuviese Dolores, y esperaba


enseñársela al amigo con la alegre ostentación con que se enseñan las primeras peras que ha dado el peral que uno ha cultivado. Mil gusanos le bullían en el estómago. - Es un instrumento de destrucción, esta chica. Ha crecido así, como un perro perdido. Pero te juro que conseguiré dominarla. Soy un padre severo, no te creas, (en un año no ha dejado ni salir de casa. Solo al vecindario, y con la Victoria. Es muy lista, y aprende rápido, pero aún es un potro medio salvaje, que acepta las riendas y el bocado a cambio de regalos) Pero no veo que progrese nada. Juan Carnisser, sentado medio estirado, miró a Joaquín a través del Armagnac, y sonrió: - Te gustaría que fuese de marfil, y esculpirla… - Psss... No es más que una niña. Me hace una cierta ilusión ver si soy capaz de hacer crecer a mi gusto una criatura. Hoy, en esta merienda-cena, no seas demasiado afectuoso. Piensa que es un examen que ha de pasar… En la cocina, Dolores y Victoria hacían pastelillos de boniato, castañas confitadas y panellets de mazapán. - El quiere que sea perfecta. Que no me equivoque nunca. - Lo único que veo que quiere es que tengas los cabellos tan largos como al principio. Y que sepas comportarte. Piensa que es muy tozudo, y ha cavilado que seas una señorita. No tienes escapatoria. - Nunca me lo perdonará esto de los cabellos… - ¿Perdonarte? ¡Ni sabe lo que significa eso! Era un noviembre cálido y el cielo era de tres colores. En el aire se había depositado un olor a bosque. La acacia de delante tenía las hojas desmayadas, temblorosas y de un verde brillante. Una única nube, larga delgada como una serpiente, se puso


justo bajo el sol, marcándolo y se diría que lo sostenía, para que no se colgase detrás de Collserola. Una bandada de estorninos practicaba la perfecta geometría del vuelo comunitario. - Es la primera vez que convida a alguien. Mujer, esto es buena señal – le pasó el bote de piñones para que rebozase los panellets redondos. - Si, pero solo a este, que es muy amigo suyo. Aún no se fía de mí. No confía. - ¡No comas, descarada! Óyeme: no hables con la boca llena, no interrumpas cuando estén hablando, no dejes languidecer una conversación, no discutas, límpiate la boca con la servilleta después de beber, no pongas los codos en la mesa… - ¡Ecs, cuantas cosas! Allá en mi pueblo, había un negro que se llamaba Finney, y tenía un camión. Me enseñó a conducir, y al principio yo decía que era imposible hacer tantas cosas a un tiempo, pero después… ¿Sabes que me gustaría hacer? ¡Ir a la playa! - Eso. Y coger una buena pulmonía… - ¡Pero si hace mucho calor! - Al principio me hizo gracia. Después fue un reto. Lo haré de manera que no se pueda hacer mejor, pensaba. La educación es cuestión de método. Las personas no somos muy diferentes de las máquinas. Solo que tenemos más teclas. Y hay que saber tocarlas. - ¡Ay, Joaquín! ¿Siempre serás el mismo! ¿Y esta moza, de verdad se cree que eres una especie de monstruo? - Eso espero. Y como que Victoria bien que lo cree, pues ayuda. Ahora están las dos preparando la merienda. Se supone que Dolores no ha de ayudar, pero ayuda a escondidas mías. - ¿Y no te aburres siempre encerrado aquí, siempre vigilante, siempre exigiendo más y más?


- A mí, lo único que me aburre, es la estupidez humana. Y fuera, sobra. Además, me hago viejo. Juan – y deja pasar un silencio, como si paladease un licor largamente – ¿soy muy viejo? Quiero decir: ¿me ves muy gastado, muy pasado? Victoria se había sentado y descansaba sus manos sobre la falda, las mejillas enrojecidas. Esperaba que el horno sonase, y hablaba con melancolía. Ya era oscuro del todo, y Dolores había encendido la luz, pero Victoria le pidió que la pagase, que le dolían los ojos. -… tenía diez y siete años. Era muy alto y tenía el pelo rizado, como los del padre. Se reía por todo. Cuando le avisaron ya estaba muerto. La moto se había empotrado contra el radiador de un camión (tenía abierto el cráneo, como un melón partido por una piedra. No parecía el. El médico no paraba de decir que ya lo habían traído muerto, que no tenía la culpa. Diez y siete años. Allí estirado, con la cara deformada, los ojos opacos como los de un pez. Ya no tenía ganas de llorar, solo sentía dolor. Todo el vientre me dolía, como si me hubiesen vaciado, como si hubiese habido un agujero y no hubiese intestinos, ni bazo, ni vejiga, ni ovarios, ni matriz. Como si fuese un agujero vacío. Y me dolía. Ya no quería vivir. Me pesaba la vida. Pero cuando volvía sentir que tenía el vientre lleno, como si todas las cosas que tenemos dentro hubiesen vuelto a su lugar, me entró una gana terrible, y me daba vergüenza ponerme a comer como una loca. Comía y me venían náuseas, y si no comía, me moría de ganas. El médico me dio una cosa para dormir, pero yo me la tomaba todo el día, y así estuve diez días, comiendo y vomitando, tomando pastillas, echada en la cama, con los ojos abiertos y no pudiendo dormir, y de día, dormida en la silla. No podía pensar en Octavio, porque entonces no lo habría podido resistir, de manera que solo pensaba en cosas muy difíciles de hacer, como los bolillos, o el


fil-tiré, o la coca de chicharrones. Y me acordaba mucho de fabricar jabón y de pastar pan en casa. Y pensaba en el frío hasta que temblaba, y en el calor hasta que me ponía a sudar. Así diez días). Dolores también estaba sentada, escuchando el silencio de la mujer, que estaba de espaldas, de cara al horno, pero tenía los hombros caídos, pesados, como las alas de un pájaro encogido de frío. Cada vez era más oscuro, y estaba pasando la hora que habían decidido para merendar. Tenía solo una uña roída y se había puesto crema cada noche, hasta tener las manos finas y suaves. Se acarició una con la otra. - No quería llorar, porque si empezaba no lo podría acabar nunca. Y Rompí todas las fotos, sin mirarlas. Para poderlo resistir. Pero no se puede resistir. Ni así ni de ninguna otra manera. Olía a lágrimas y a horno encendido. Olía a panellets y ya no había luz. Las dos mujeres sentadas, esperando que sonara el horno. Y el señor y su amigo, charlando, en el estudio. Debían hablar de dinero. O de mujeres. O de alguna otra clase de tonterías. No hay quien los entienda, a aquellos. Cuando sonó el timbre del horno, Victoria encendió la luz, apagó el horno, y sacó una bandeja humeante de panellets. Parecían de confitería. Habían salido un poco aplastados, pero eso era porque en casa no pones batata, que están hechos de verdad, sin ninguna trampa. Dolores sintió que le venían náuseas y que no podría comer ninguna de aquellas cosas que habían hecho para obsequiar al convidado. A Dolores le estaba prohibido poner la mesa, ni hacer nada de la casa. Cuando se colaba en la cocina y ayudaba a Victoria lo hacía a escondidas. Y porque el señor no entraba nunca. Pero ahora ya no había nada más que hacer, en aquella cocina que olía a horno y a lágrimas. Había llegado el momento. Dolores fue al despacho a sentarse con los hombres a hablar, mientras


Victoria ponía la mesa. Cuando Joaquín le presentó al convidado, que se llamaba Juan Carnisser, la chica se dio cuenta que estaba demasiado triste para aguzar los sentidos y quedar bien, y se quedó desanimada, oyendo sin hablar. Aquel señor le hizo muchas preguntas, pero ella, que siempre tenía ganas de ver a mucha gente y de hablar por los codos, se había quedado sin palabras y tenía la boca seca. Joaquín la miraba enfadado, disgustadísimo que pasase con tan mala nota el primer examen de verdad que le hacía. La prueba práctica. Cuando Victoria entró a decirles que la merienda estaba a punto y que pasasen todos al comedor, miró a la chica, y al mal humor de Joaquín, y la cara de extrañeza del convidado. Decidió llevarse a Dolores, tanto si se enfadaba el amo como si no. La sombra de un cadáver joven, de pelo rizado le dolía en las entrañas. Así pues, delante del abogado, a quien le tenía mucha confianza, se desató el delantal y dijo: - La chica y yo nos vamos al cine. Volveremos pronto. Que cene a gusto. Joaquín, por la sorpresa no pudo replicar y las vio salir, sin decir una palabra. Juan se puso a reír y le dio un golpecito amistoso en los hombros, burlándose. La película era aburrida, y Victoria se durmió e incluso roncó un poco. Aprovechando la oscuridad de la sala, Dolores se puso a llorar, como si la película le diese pena. Pero no sabía porque lloraba. En el comedor de casa, los dos hombres comían pastelitos de boniato, castañas confitadas y panellets. Y bebían moscatel. Joan Carnisser no encontró motivo para seguir burlándose de Joaquín, y hablaba de política y de mujeres, como se debía. Al final, consiguió que Quim sonriese y todo. Cuando volvieron a casa, el señor estaba solo, y estaba en la sala, leyendo un libro y ni las saludó. Como que la chica no tenía gana, se fueron a la cama sin cenar y se acostó pensando en su padre, cuando estaba de buenas y le traía cosas, golosinas


escondidas en los confines de la americana. Y pensaba en el Thomas, y en el Pequeño Colorado, y como era ahora de rica. Y que sola estaba. Notaba una bola de fuego en el estómago, como si estuviese enferma. Se destapó dando cuatro patadas y pensó que estaría bien bañarse en el Pequeño Colorado, aunque fuese noviembre y el agua estuviese helada. Y casi notaba la frescura del agua, amortiguándole el ardor del cuerpo. A media noche, Joaquín entró de puntillas y estuvo un rato mirando a la chica, en el abandono del sueño. Y se sintió amargado. Dolores no lo sabía, que también vigilaba su sueño… (Un cuerpo durmiendo, un cuerpo respirando al acompasado jadeo de la inconsciencia. El cuello se doblega, liberado del altivo peso de la cabeza, en reposo, y hay algunos cabellos adheridos por la fragante respiración del sueño. La mejilla reposa en una mano, la mano en la almohada; los labios están entreabiertos – solo un poco – y los párpados agitados por el suave aleteo de las pupilas, que buscan la luz, aprisionadas. Hueles a cuerpo que duerme. Al final de la cama, se entrevé un trozo de pie. Me caen unas lágrimas de viejo caduco, sentimental y testarudo: las plantas de los pies las tienes sonrosadas, ¡y esto me conmueve!) Por la mañana, en la clase de geografía, Dolores le pidió perdón por el mal papel que había hecho. - No me encontraba bien… - ¿Y ahora? ¿Ya te encuentras mejor? - Si…No lo se. - ¡No quiero cosas raras, chica! - Es que… - ¿Qué? ¿Qué te pasa? - No lo se. Me haría ilusión ir a la playa…


Joaquín no se burló. Acabó la clase y después hicieron matemáticas, y la redacción diaria. Estaba preocupado, y ni la reñía. A la mañana siguiente le ordenó que subiese al coche y la llevó a Blanes. Se quedaron a comer en un restaurante cerca del agua. El mar estaba hinchado, como si estuviese cocido con levadura, y las gaviotas gritaban surcando el aire. La espuma de las olas era gris, y el cielo sucio de barro. Cuando acabaron de comer se puso a llover, y toda la electricidad del aire entró en el cuerpo de Dolores, que se puso a reír y a hablar, y quiso salir a recibir la lluvia. A través del cristal del ventanal del restaurante, Joaquín la veía, descalza, corriendo por la arena mojada, levantando la boca al aire para beberse la lluvia. Y estaba melancólico, midiendo con la mirada aquel cuerpo blanco, rubio y rojo que hacía el loco con aquella llamarada de cabellos aguantando la lluvia. 6 – El segundo escalón: la Malla (B) Joaquín Simon robó todo el dinero que encontró en casa, y dejó las piezas de la radio rota sobre la mesa de despacho de su padre. Tenía trece años. Se marchó de casa a la hora que se levanta la noche, y cuando se extendía por todo el mundo la siniestra mueca de la guerra. Llevaba una maleta grande llena a rebosar de ropa. No soportaba ni al padre ni a la madre ni a la hermana llorona, ni quería ser matemático ni abogado, las dos únicas opciones que podía elegir. Y, sobretodo, no soportaría la amarga, humillante, envilecedora brutalidad del padre: le estampó contra la pared la radio que le habían traído los Reyes. La radio era suya. Y la quería. Detestaba a los curas de la escuela, despreciaba a los sabihondos, aduladores y babosos que siempre le ponían como ejemplo y, por eso, hacía campana, tan a menudo que, al final, el


director había avisado a su padre. Y su padre le pegó, le rompió la radio, que era la única cosa de la que estaba orgulloso. Ninguno de sus amigos tenía una, y todos se la envidiaban. Tenía el chasis de madera buena y la limpiaba hasta que relucía. Era preciosa. Huir de casa era como hacer campana, pero una campana larga. Y al hacerlo solo sentía rabia. Ni miedo, ni remordimiento, ni ninguna clase de pesar. Tener trece años no significa ser tonto – ni tan solo quiere decir ser inocente – iba bien equipado y llevaba un buen fajo de billetes. No volvió nunca a casa. En el barco que zarpaba hacia los Estados Unidos (el habría preferido Venezuela, donde dicen que solo hay que alargar la mano para hacer dinero) consiguió burlar todas las vigilancias. Se ponía a hablar con alguna señora mayor, cuando alguno de la tripulación le miraba y todos pensaban que había venido con la familia. Iba bien vestido, se comportaba con educación y era muy listo. Y cada ola que rompía en la proa del trasatlántico era como el silbido de salida de las clases, le rebotaba en el corazón y este cantaba. No se arrepentía nada de haberse ido de casa. Contemplando la rizada superficie tambaleante del mar, decía en voz baja: “Que os jodan, que os jodan, que os jodan…) Tal vez al ser una maldición escupida al mar, todas las búsquedas que hicieron sus padres fueron en vano. En la isla de Ellis donde pasó control médico y legal, si que tuvo que aguzar el ingenio para poder entrar en Nueva York. Primero explicó que venía a ver a su padre, que trabajaba allí, pero no pudo dar ninguna dirección creíble y no le creyeron. Después fingió que su madre, con la que viajaba, se había tirado por la borda y que el, deshecho no se había atrevido a contárselo al capitán. Pero ningún nombre como el suyo figuraba en la lista de pasajeros. Después, cuando ya habían decidido que lo retornarían allí de donde había venido, se escondió en un baúl lleno de libros, de un estudiante italiano. Los libros los tiró al


mar. A pesar de que había hecho unos agujeritos, le faltó poco para morir de asfixia, y quedó tan malparado que, cuando pasó la última barrera, se quedó encogido en un portal, sin color en las mejillas, más de tres horas, como un muñeco de trapo. Al cabo de poco tiempo pudo comprobar que allí, en nueva York, estaba lleno de personas ilegales como el. Los rigurosísimos controles de emigración de los años treinta habían bajado bastante en los cuarenta. Pero el dinero se acabó pronto, y tuvo que trabajar de mil maneras. La lengua la aprendió en seguida porque los hermanos se la habían enseñado un poco, no tanto como el francés, pero… Cuando se quedó sin un clavo, le sacaron de una siniestra pensión de aquellas donde no se hacen preguntas, se dio cuenta de que había llegado la hora de la verdad. No podía ser limpiabotas, ni abrir coches ni hacer encargos, porque había mucha competencia, organizada y violenta. Le dieron algunas hostias. Ahora bien, el tenía algo que pocos de sus competidores tenían: buena educación y buena ropa. Consiguió hacer de botones en un hotel barato, en Brooklyn y era tan atento y tan servicial que todo el mundo le daba propinas. Además tenía una habitación, miserable y metida en la buhardilla, donde podía dormir. La suerte fue que sabía jugar a tenis, y lo hacía bastante bien. Un cliente del hotel le propuso jugar una partida, y le dijo que le pagaría por el servicio. Le llevó a un club y allí hizo nuevos contactos. Tenía que trabajar con cuidado, porque el club hacía la vista gorda si acompañaba a alguien, pero no habría consentido que fuese a hacer dinero. Contactó también con los tíos de una orquesta que tenía el club para amenizar el comedor. Uno de ellos, que tocaba el saxo tenor, le dijo que por tanto y cuanto le conseguiría papeles de residente. Como no tenía bastante dinero, decidió robarlos al mismo club, engañando con una falsa alarma al viejo que había en recepción. No era demasiado, pero bastante para pagar al del saxo. Fue una lección


dura de tragar: el músico se embolsó el dinero y nunca más supo nada. Y al club no se atrevió a volver. Pronto descubrió que podía poner cara de ángel y explotar la caridad americana. Se metió en el bolsillos a una mujer del ejército de salvación, gorda y risueña como una matrona, a quien contó que un músico que tocaba el saxo le había robado sus papeles, y que estaba solo, porque su madre, pobrecilla, había muerto en el trasatlántico. Miss Glitter que sentía una ternura tozuda y maternal, después de patearse muchas oficinas, gritando con su aguda voz, y esgrimiendo un monedero negro y gastado, como si fuese una vieja sufragista, le consiguió los papeles. Y así pudo encontrar trabajo, el primer trabajo legal: ayudante de una bibliotecaria. Aquella mujer, delgada y flaca como un fideo, toda huesos y arrugas, se llamaba Mistress Cherney, y antes de jubilarse necesitaba a alguien que la ayudase a transportar el carrito de libros y a subirse a los estantes más altos de todos. Era un trabajo aburridísimo, porque en aquella biblioteca solo había algún jubilado que estorbaba en casa y algunas criaturas que las madres dejaban, como si fuese una guardería, algunas horas por la tarde. Joaquín para matar el tiempo empezó a leer. Primero solo quería novelas de aventuras. Pero después se lo tragaba todo, con un ansia devoradora. Y allí, en la biblioteca, todo el tiempo que estuvo con Mistress Cherney, y solo, aprendió radiofonía: Después, en la habitación que tenía alquilada, instaló un minúsculo taller, compró una radio de segunda mano y consiguió restos de otras radios, y fue haciendo pruebas. Era su primer aprendizaje laboral, su primer oficio. Se hizo un técnico de primera, y pronto comenzó a tener clientes. Fue muy oportuno porque Mistress Cherney se jubiló y pusieron en su lugar a una chica joven que no necesitaba ayuda y que le miró con la misma altiva indiferencia con que miraría a


una procesión de hormigas triscando por el campo. Además de reparar radios también arreglaba planchas y tostadoras. Tenía traza y trabajaba a muy buen precio. En dos años consiguió tener un taller que daba un buen montón de dólares, si se deslomaba a trabajar y lo hacía solo. La lástima es que tuvo que huir, pies para que os quiero, por culpa de un negocio, muy rentable, pero nada limpio, en que había participado: el y sus socios – cuatro en total – lo tenían muy bien estudiado. Era una rifa de una radio preciosa – todo chasis – en beneficios de unos pobres huérfanos desvalidos e imaginarios. Cuando llevaban casi medio año en aquel negocio que daba mucho más que la reparación de radios, les pillaron. El se pudo escabullir, pero sus colegas tuvieron que visitar a un juez que estaba dispuesto a poner fin a la delincuencia juvenil que flagelaba las calles de Nueva York de los años cuarenta… Se fue sin un céntimo en los bolsillos y con muchas prisas. Hizo autostop, y no paró hasta estar en la costa oeste, donde estaba seguro de empezar una vida nueva. Pasó mucha gana en el viaje y durmió a la serena casi siempre. ¡Era un país tan grande…! Cuando llegó a Los Ángeles, acababa de cumplir los diez y ocho años. Y allí conoció a Jack, que trabajaba de macarra de tres chicas canijas, detritus del espejismo del cine. Jack había sido aviador y tenía la teoría que el ramo de la aviación era el más próspero de los negocios…si tenías capital para iniciarlo, claro está. Se ayudaban mutuamente, porque se entendían, y llegaron a hacer un buen grupo, con otros dos individuos que querían hacer dinero rápidamente, en abundancia y sin riesgos. Joaquín tenía más cabeza que ellos y planearon un par de golpes, de poca monta pero de buenos resultados.


Cuando pillaron a uno de ellos, el, Jack y Joseph, que era judío y estaba tísico, se quedaron mustios. Joaquín ya estaba escarmentado. - Tenemos que hacer negocios legales. Las cosas ilegales solo se pueden hacer cuando se tiene mucha pasta. O mucho poder. Primero ganaremos dinero honrado, y después, cuando dispongamos de fondos, haremos negocios grandes. Jack entendía en aviones, el entendía en radios, y Joseph entendía, no mucho, pero, en encuadernación. Decidieron ir haciendo trabajillos esporádicos, y montar un taller como el que Joaquín había tenido en Nueva York. Solo que ahora había que aprender televisiones, porque en los Estados Unidos, y especialmente a finales de los cuarenta, había estallado el boom de la imagen y había gran demanda. Lo único que no funcionaba era aquellos de la encuadernación, de modo que Joseph se especializó, mientras que Joaquín lo hacía en televisiones y antenas. Lo consiguieron. Por méritos propios. No era un gran taller pero trabajaban mucho y reparaban bien. Jack llevaba la contabilidad y conseguía clientes, porque un mecánico de aviación sin título no tenía ninguna salida. Cuando el tallercito empezó a rendir, compraron algunos modelos nuevos y los vendían por las casas. Aspiradores y cortacéspedes también. Nunca se habían discutido, pero ahora que ganaban empezaron las disputas. Al final se quedaron solos Quim y Jack. Jack pensaba que tal vez había llegado la hora de pensar en un plan para ganar dinero de prisa, pero Joaquín le decía: “Aún no; aún no. Ten paciencia”. Un día fueron a instalar una antena a la casa de Jean-Paul Nicolás, que vivía en Long Beach y que decía que era noble, y que era francés, y ya se veía que no era ni una cosa ni otra. Lo que estaba claro era que tenía mucho dinero y además, tenía el proyecto de montar una sociedad humanitaria. A ellos dos,


chicos jóvenes y listos, y con cara de colgados, les cogió simpatía, les tomó bajo su protección, les adiestró y los tres fundaron la sociedad. En un par de años, Joaquín conoció a las personas más influyentes de Los Ángeles y su taller se convirtió en una empresa. Jack decidió hacer negocios por su cuenta e hicieron las participaciones muy bien hechas. Se continuaban viendo, en las reuniones de la sociedad, pero ya no era lo mismo. Joaquín Simón, a los treinta años, era un hombre rico. Y cuanto más dinero ganaba, mas conseguía. No llegó a poner en práctica aquello de hacer negocios ilegales, porque era un ramo muy explotado y no necesitaba correr riesgos. Se casó con la Melanie Thompson, una chica de ojos azules y piel pálida, el padre de la cual era fabricante de embutidos, un hombre muy rico y muy vulgar que, al casar a la hija, dio un largo suspiro y se perdió para siempre. A los cuarenta años, con una segunda mujer – la Katherine Simson, hija de un pastor y bellísima – con una buena fortuna líquida y un par de empresas en marcha, Joaquín empezó a sentir añoranza. El mismo no se lo sabía explicar, pero lo cierto es que se añoraba. Y volvió a Barcelona en 1970. No buscó a sus padres ni nadie le dijo nada. Debían haber muerto. Las hermanita, vete a saber donde paraba a esas horas. Compró una casa. Se dio a conocer en los círculos donde debía ser conocido, y se orientó muy bien en una ciudad que le era casi desconocida, hecha de recuerdos borrosos como el aliento en el cristal de una ventana. La Katherine no quiso instalarse en Barcelona, y se divorciaron por carta. En el año 70, al poco de llegar de América, encontró una criada de servicio que parecía estar hecha a su medida: la Victoria. Impertinente, chismosa, mandona pero eficaz y con una malhumorada fidelidad. Viajó muchísimo. Supo vivir con


discreción. Tuvo la capacidad de adaptarse suavemente a todos los cambios políticos. Y a los sesenta y cuatro años, cuando se aburría mortalmente porque ya no tenía nada que aprender de la vida, le cayó encima una criatura arisca y medio salvaje que le enviaba Jack desde América. El reto le animó. Era una cosa que todavía no había probado hacer: hacer crecer a una niña y convertirla en un ser exquisito, de primera calidad. Con ninguno de los dos matrimonios quiso hijos. Ahora se afanaba por transformar a Dolores en una criatura deliciosa. Además, la mocosa le hacía gracia. Pero hacer de Pigmalión era un trabajo delicado que exige concentrarse y hacer esfuerzos. Desde el día en que la Dolores llamó a la puerta, con aquellos vestidos sucios que hedían a meados de gato, Joaquín no se volvió a aburrir. Ahora quemaba por las noches y codiciaba de día. Ahora, por primera vez en la vida, le pesaba la vejez. CAPITULO III – BOAZ 7 – El tercer escalón: El Cincel (A) Desde el día en que Dolores y Quim habían estado en la playa, desde que la lluvias empapó el cuerpo de la chica mientras el la miraba desde el ventanal del restaurante, las relaciones de los dos cambiaron. Ahora se habían hecho amigos. Joaquín le había dicho que el era como un padre que un día, por azar, ve a su hija, que aún le parece una niña, salir desnuda de la ducha, y entonces acepta, con una evidencia que ni los sentidos ni la razón pueden negar, que ahora es una mujer y, empieza a hablarle diferente, a respetarla y a tratarla como una igual. Y que el había visto, aquella imagen trémula bajo la lluvia, y admitió que había llegado la hora de cambiar la disciplina de la palabra


ruda por la madura contención de la conversación. Al final de este parlamento, le había preguntado si quería que fuesen amigos. Ahora se pasaban muchas horas riendo, paseando y comprando cosas preciosas. Victoria les miraba, a los dos, y les espiaba, con los ojos empequeñecidos de rabia. Callaba pero tenía una arruga distinta de las otras, larga y profunda en medio de la frente, y había un leve puntito de temor en las en las miraba que les lanzaba. Quim descubrió que la chica era codiciosa, golosa y presumida. Cuando se habían cansado de reír, podía decirle, venga, vamos, que compraremos un helado, y ella volvía a reírse y los pies ya le volaban a la puerta. Y cuando también se cansaba de golosinas, le decía quieres que vayamos a comprar un vestido, o un monedero, o unos zapatos o una bata de ir por casa, tan vaporosa que te haga parecer un ángel andando entre nubes, y ella se reía y decía siempre si. Si, si, si. Quería cosas, las quería, las apretaba contra su pecho, y se cubría con ellas, y se calzaba y se vestía, y sonreía al espejo, y le sonreía a el, que la miraba con la profunda concentración lejana con que leemos las páginas de un libro. Quim había descubierto que de esta manera era una discípula más atenta, y que aprendía mejor la conjugación de un verbo mientras paseaban y miraban escaparates que ante un papel y un lápiz entre los dedos. Ya no parecía una salvaje. La chica también había aprendido otras lecciones. Había descubierto algunas debilidades de Quim: que cuando ella se reía, marcándosele los hoyuelos en las mejillas, o cuando dejaba que el reflejo rojo de sus ya largos cabellos le cruzase como un relámpago su visión antes severa, el no podía evitar el sonreír. Una sonrisa pálida y débil, cargada de pensamientos ocultos. Y


entonces el hacía lo que ella quería que hiciese, como un animal domesticado. - ¡Está orgulloso de mi, Victoria! ¿Ahora si que lo está! ¿Sabes que quiere de verdad? ¡Que sea guapa! ¡No quiere que sea ni fuerte, ni inteligente, ni culta, ni educada, ni todas las monsergas que me ha estado diciendo siempre! ¡Lo que de verdad quiere es que sea guapa! Y el me ve guapa… - Te está viciando, ya ves lo que está haciendo. Y yo creo que entre el poco y el mucho… La mujer probaba la comida, que se estaba cocinando en el fuego, con la cuchara de madera, soplando un poco, y se desentendía del entusiasmo de la chica. Y encontraba que la comida tenía un punto de amargura, como si todas las cosas que pensaba y no quería pensar, que miraba y no quería ver, que quería decir y no decía, le espesasen la saliva y le disminuyesen el sentido del sabor, con lo acentuado que lo tenía. Quim está cerrado en el baño. Se acaba de bañar. Ahora está envuelto en un albornoz azul oscuro y se acaba de cortar las uñas de los pies, sentado cerca de la bañera – una bañera redonda , de piedra oscura sensualmente resbaladiza – Cuando ha acabado el trabajo, se ha repasado las pieles de los pies, con la hoja plana de las tijeras. Después se ha levantado, y se ha acercado al espejo. Con las tijeras que acaba de enjuagar, se recorta los pelos de las cejas que le crecen erizadas, como si quisiesen hacer visera. En el espejo, se ve reflejados los brazos, todavía levantados a la altura de las cejas. Las amplias mangas del albornoz le han caído más arriba de los codos. Y ve que sus brazos, que entrena con los tensores cada día y que aún se conservan tersos y con el brillo de los músculos tirantes, morenos por la luz de cuarzo, están llenos de manchas. Los junta, levantados ante sus ojos, porque no se fía del espejo. Todo el reverso de los brazos está lleno de manchas, grandes y pálidas como salpicaduras de café. Son las rosas de la muerte. Las


manchas de la edad. Y mira con serenidad a los ojos del otro yo que vive en el otro lado del espejo y se intenta dar valor con una sonrisa (es la vejez que llega poco a poco, sin hacer ruido, y cuando te crees que la has asustado, vuelve, y da un paso más aprisa. Como la sobra que colgada de la pared te sigue sin cansarse. Si apresuras el paso, la sombra también lo hace. Y no puedes pactar, ni mirarla cara a cara. Solo es el resultado del bulto del cuerpo y de un foco de luz, y tú lo sabes, pero no puedes ni huir ni pactar ni alejarte. No te queda más remedio que apagar la luz. A oscuras te puedes hacer la ilusión que la sombra no existe…) Y dices en voz alta “mira que eres imbécil. ¿No habíamos quedado que no temías a la muerte?” Tal vez es que Dolores que te ha sorbido el seso. Que lástima no haberla conocido antes… Tonterías. Antes a aquella mocosa ni te la habrías mirado. Y todavía menos te la habrías quedado, ni te habría divertido subirla ni adornarla ni alimentarla y paladear una belleza que no procede de tu biología, pero si de tu mirada. ¿Existiría la belleza sin unos ojos que la viesen bella? Cuando sale de cuarto de baño está mustio y no tiene ganas de juegos ni de estar de broma. Dolores intenta en vano que la lleve al cine, o a ver escaparates – ¡tanto que nos divertimos, Quim! – y no consigue ni hacerle sonreír un poco. - Cenaré en mi habitación, Victoria. Cierra la puerta y las dos mujeres se miran y notan que detrás de la puerta se ha instalado un silencio pesado como una piedra al caer en el agua. - Es un lunático, chica. Y Victoria se va a prepararle la cena en la bandeja de patas, moviendo la cabeza como un cubo vacío en la mano de un payés cansado.


Joan Carnisser y Dolores cenaron solos. Quim había olvidado que venía Joan a cenar, y ni el ni Victoria ni Dolores le dijeron nada. Cuando Victoria le entró la cena, se lo encontró en la cama. Estaba acostado con el albornoz puesto y los ojos cerrados. La mujer dejó la bandeja en la mesilla y salió de puntillas, por si acaso dormía. El amo no siempre fingía. - ¿Crees que está enfadado conmigo? – lo dice con afectación, solo para oír que el amigo de su padre le dice que no, que ella es estupenda y el un viejo lunático. - No. Está un poco depresivo. Las personas muy activas tienen estas cosas, de cuando en cuando. - ¿Activas? ¡Pero si no hace nada en todo el día! Joan Carnisser echa la espalda un poco hacia atrás y mira a la chica con los ojos fruncidos. De hecho le gustaba más cuando era medio salvaje. Ahora es melindrosa y afectada. Tiene un deje de falsedad en todo lo que dice y en todos sus gestos. Además no comprende como Joaquín la ve tan bonita. Va bien vestida, es joven, se pasa muchas horas arreglándose, pero tiene la cara vulgar y lisa. Los ojos, psé, pasables, tal vez la barbilla es firme, pero la curva de las mejillas no tiene aquella gracia mórbida que tienen las mujeres guapas de verdad. Si le sacas el poco refinamiento que ha ido adquiriendo y aquella blusa completamente blanca, de mangas anchas y transparentes, el cinturón de cuero suave que se ajusta como una piel a su cintura, los pantalones de seda negra, los cabellos meticulosamente despeinados, la finura trabajada de las manos…Si le sacas todo lo que Joaquín le ha dado y queda solo la chiquilla pelirroja, delgada y nervuda, y le pones encima ropa vulgar, ni te volverías a mirarla por la calle. La examina, disgustado por las carantoñas y las muecas afectadas, por la tragona autocomplacencia, y le habla, con el tono duro y severo que antes le hacía reír cuando lo usaba Joaquín. Le explica que si


quiere ser amiga de su padre, lo tiene que ser de verdad, y tratarlo como a un igual, como hace el con ella. Que le nota un cierto menosprecio interior, como si estuviese dispuesta a dominarle. La llama perversa, y ella le mira con tedio, y la mirada vacía de chica aburrida irrita a Joan y la ataca más a fondo, hasta llegar, con las palabras, al lugar secreto donde la piel es fina de verdad y donde duele hasta el roce de un ala de mariposa. Poco a poco se le enrojece la cara y se le llenan los ojos de lágrimas y mira estupefacta a Joan, antes siempre cortés, siempre educado y condescendiente. La llama egoísta, malcriada, insensible, afectada y estúpida. Le dice que Joaquín se porta con ella como nadie lo ha hecho nunca, y que ella parece una chiquilla idiotizada por una vanidad que no tiene ninguna base, más que el gratuito afecto de un padre que no se merece. Al final tiene ganas de llorar de verdad, y ella, que guarda el recuerdo de un orgullo de acero, de hierro, de diamante, del cristal seco y duro del cuello de una botella roto, se levanta y se va corriendo a la cocina. Victoria no trata de consolarla. Cuando tienes lágrimas dentro, es mejor verterlas. Dentro se pudren y se convierten en vinagre. Continúa atendiendo a la cena con un silencio que incluso acompaña bien. La chica llora, sin gemidos. Deja caer lágrimas sobre las manos cerradas, y cuando acaba está más tranquila y como si estuviese muy muy cansada. Se oye la puerta de entrada, que suena. Es Joan Carnisser que se va, abandonando el comedor de la casa de su amigo. No se ha tomado el café que iba a servirle Victoria. Ella, que tiene la cafetera en la mano, al oír el ruido de la puerta, la vuelve a dejar sobre el fogón. Se sienta resoplando y empieza a hablar como si lo hubiese estado haciendo todo el rato. - Cuando estaba casada, a veces, por la noche, mi marido y yo nos sentábamos en la camilla e inventábamos cuentos. Solo


alguna vez, pero en días de aquellos que parecen largos y que no se acaban nunca, y que después de cenar dices, señor que cansada estoy. Entonces estábamos los dos callados, en la camilla, y yo hacía café y nos lo tomábamos poco a poco. Y de repente, Bernat me decía: Hoy me he encontrado una cartera llena. Justo en medio de la calle. Delante de la farmacia. Y yo decía: ¿Cuánto dinero había? Y el decía que ni tiempo había tenido de contarlo, de tan llena como estaba. ¿Los has metido en el banco?, le preguntaba yo. Teníamos una cuenta en el banco, y metíamos de cuando en cuando alguna cosa, para cuando Octavio tuviese que estudiar. Porque Octavio sería un señor. Un médico o un abogado o algo así. Pero íbamos tan justos que en la cuenta casi no poníamos nada. Y el decía que si, que había ido al banco, a depositar aquel dinero, y que el cajero le decía, caramba, si que ha tenido suerte últimamente. Y añadía que había tenido que explicar que le había tocado la lotería, y que quería quedarse con algo de dinero para celebrarlo en casa, porque yo aún no sabía la noticia… Dolores la miraba hipnotizada, con los labios entreabiertos y las mejillas arboladas, como una niña que escucha un cuento y se siente fascinada, sin saber porqué. - Y entonces me decía que había salido del banco otra vez con el dinero para comprarme un regalo, que el cajero se lo había sugerido. - ¿Pero era inventado? ¿Y tú lo sabías? - Era un juego. Lo jugábamos solo de vez en cuando. Aquellos días que estás cansado y el día se te ha hecho muy largo… Bien, pues me decía que había encontrado a un chiquillo descalzo, que pedía limosna, y que le había inspirado tanta compasión que le había dado todo el fajo de billetes. Bien hecho, le decía yo, satisfecha de una obra de caridad tan estupenda. ¿Y la cartera?, añadía. Oh, también se la he dado a aquel chico. ¿Sabes? Se


parecía un poco a Octavio, y he pensado que no está bien que un chico lo tenga todo y otro no tenga nada… - ¿Y tu a el? ¿También le contabas cuentos? - ¡Y tanto! Cuando el acababa, empezaba yo. Le decía que había venido a casa el pasante de un abogado y me decía que un tío mío se había muerto en América y me había dejado un diamante precioso como herencia, que valía millones, porque era un diamante único en el mundo. Y el me hacía también muchas preguntas. Le decía que lo había llevado a una joyería, porque lo quería engastado en una diadema de oro, y que los trocitos de la piedra, porque era demasiado grande, que sobrasen era para el joyero, por su trabajo y por el oro de la diadema. Y el decía, radiante, que estaba impaciente por verme la diadema puesta…En días así, nos íbamos a dormir satisfechos, como si de verdad nos hubiese pasado casos magníficos, y se hubiese hecho justicia, porque nos lo merecíamos, cosas sí, personas como nosotros. - A mi me parece una historia triste. - Tú eres una estúpida mocosa. - Si, ya lo se. El abogado de mi padre me lo ha dicho muy claro. - Y bien que ha hecho. - Tú no sabes todas las cosas que me ha dicho. - ¿Aquel? Ni la mitad de las que te habría dicho yo. - Quizás si – Dolores tiene la cabeza apoyada en la palma de la mano y mira a lo lejos, hacia las nieblas espesas del desconsuelo – pero tú no me lo habrías dicho solo por el placer de hacerme daño. Aquella noche Dolores soñó que Thurber le decía entra chica, entra por esta puerta, que te pagaré la nevera que has encontrado en el vertedero…


8 - El Tercer escalón: El Cincel (B) Ramón, el chico del pan, había venido cargado de cosas. Victoria quería hacer vol-au-vents, y necesitaba pan de higo para rellenar y nata sin azúcar para la salsa de terciopelo del asado con setas. Dolores estaba en la cocina y ayudó con el mismo cuidado que si se tratase de copos de nieve, la carga delicada y sutil, con olor de horno y de verano. Ramón estaba intimidado y miraba al suelo, o a los vol-au-vents o a Victoria. Cuando estuvo vacío el cesto de mimbre y cuando el chico hubo cobrado, y ciego y sordo a las preguntas de Dolores, esta le cogió de la mano, y le llevó, en volandas por el pasillo, hasta su habitación. El chico aceptó suavemente sentarse en su cama, como una mosca atrapada en una campana de cristal, y se miró las uñas, ennegrecidas y cortas, como si fuera interesante examinarlas. - ¿Pero, a ti que te pasa? ¿Es que ya no somos amigos? El chico bajó aún más la cabeza porque según que preguntas no son para ser contestadas, sino solo para ser escuchadas. - ¿Tienes aún el amuleto? Ahora Dolores hablaba con una voz más dulce y más cercana, como si de verdad fuesen amigos. Ramón dijo que si con la cabeza y se sintió enfadado por notarse enrojecer. Fuego en las mejillas, mejillas sin pelo cuando uno ya es un hombre. Pelo. Ser adulto. Has de ser rudo. Alto, fuerte, desvergonzado. Y lleno de pelo. Son las leyes. Estiró una cadenita de las que dejan un halo verde en la piel y por el escote del jersey salió el amuleto con la araña muerta, con las patas estiradas. Como el primer día. Dolores suspiró impaciente, y se puso a arreglar cosas por la habitación, para darle tiempo a rehacerse, y le dice, como si no dijese nada, si quiere que vayan juntos a la casa en obras que está en la travesera. Como que ha llovido, pueden hacer ríos, y balsas, y presas, y dibujar caras con hilillos de agua sucia. Ramón la mira con la boca abierta, como un corderillo. Ella


lleva tejanos y un jersey amarillo con un cocodrilo que abre las fauces pidiendo agua. - ¡Eso son niñerías! – exclama ofendido. - ¿Y que? Es divertido… - Puedes chapotear aquí, en el jardín de tu casa… (Está el esqueleto de un gato. Los gatos, si los desentierras, resucitan, Dolores. Mala suerte. Cruza los dedos y bésatelos, para alejar la sombra malaputa de la desgracia.) - Vale, pues vamos al cine. - ¿Tú y yo? - ¿Por qué no? - Porque no te dejarán ir conmigo… (Anda, ¿porque dices eso ahora? ¿Porque eres un mierdoso burro de carga de una panadería mierdosa, o porque yo soy la mascota que solo puede comer en la mano del amo? ¿Qué dicen en el vecindario de mí? ¿Cómo me ven los otros? ¿Qué saben de mí?) - ¿Te da vergüenza salir conmigo, Ramón? Ramón piensa en el prestigio. Prestigio del hombre que empieza a ser. Y en el otro prestigio, de llevar una chica rica y guapa al lado. Entonces, sonríe, goloso. - ¡Que va! – hace una pausa y busca que va a decir ahora – ¿Tienes juegos de ordenador? - No. Además, prefiero salir que quedarme en casa. - ¿Te gustaría ir a una carrera de perros? – los ojos le brillan de la buena idea que ha tenido. Ella lo sopesa y sabe que no la dejarán. Últimamente se ha prometido portarse bien y ser buena hija con Joaquín. Pero ya no es tan divertido como antes. Le mira, de hito en hito, y le pregunta a bocajarro: - ¿Cómo me ves? - ¿Yo?


- Si, tu. Antes no hacías tantos melindres para jugar. - Criaturadas… - Ya no somos amigos… - Bueno, ahora eres distinta. - ¿Quieres decirme de una puñetera vez como me ves y porqué te pones como si fuese una marciana cuando te hablo? - Eres distinta. - ¿Cómo de distinta? (No, no es ser mayor, ni ir vestida de boutique, ni llevar las uñas largas y pintadas. El “distinto” de Ramón es un “distinto” escupido, como un insulto, como un reproche.) - No lo se, tía, así, estirada. Como si te hubieses tragado una escoba… - ¿Yo? Estás loco. - Y como si no tuvieses…fuerza. Ella se envara, sale dignamente y el chico detrás, con la cabeza gacha. En la cocina le dice a Victoria que le de una buena propina “al chico del pan”. Escupitajo sobre escupitajo, si me pisas te piso, si me escarneces te pego. Pero Ramón sonríe, dice que no y la mira socarrón. Mira, tía, la vida: hoy haces tú diana, y mañana la hago yo. ¿O que te habías pensado como eran las cosas? Dolores ha pasado anginas, y después hace durar la convalecencia. Lleva flotando como la sábana de un fantasma, la bata blanca y ligera como una nube, que es incomodísima porque se pega por todas partes. Y lleva el pelo suelto y ningún afeite en la cara. Parece una niña disfrazada. Joaquín la acompaña todo el rato. Y hablan y hablan. Hoy han desayunado en la cocina bajo la sombra tutelar de Victoria que no para de reñirles. Los dominios se han de preservar, sino las invasiones del “otro” serían definitivas, y esto no es vida ni es nada, madredediosjesus que paciencia me toca tener siempre.


- ¡Querría aprender a tocar el piano, Quim! - ¡Que idea! ¿Quieres que acabe loco escuchando escalas? - Pues el violín. Lo apretaría así de fuerte – junta el músculo y la barbilla, pero lo hace con la parte derecha y resulta cómica. - Vaya descubrimiento: resulta que en el violín no hay escalas… - Pero a ti te gustaría, ¿verdad? ¿Verdad que te gustaría que supiese tocar un instrumento? - De acuerdo, te compraré una armónica. Dolores que tiene u sorbo de leche en la boca, tiene un ataque de risa, salpica a Quim, la mesa, la bata vaporosa como una nube y un poco los azulejos decorados que tan relucientes conserva Victoria. Victoria murmura y Joaquín es feliz. (Con las dos manos, levantas la taza, te la acercas a la boca, bebes un sorbo. La leche se refleja en tu rostro y te platea las mejillas. Pero sin dejar de beber, abres los ojos, me miras y se diría que sonríes. En este juego, mojas la nariz en el líquido de la taza, tienes una risotada y mil gotitas de leche me salpican la cara, pecho y vientre. Quizás quedaré embarazado con la leche – seminal – de Dolores…) No le compra la armónica ni la hace estudiar piano. Le dice que si quiere, le enseñará a jugar al ajedrez, y que está seguro que lo hará muy bien “a pesar que seas mujer, y ya se sabe que las mujeres no valen para el ajedrez”. Es un conjuro infalible: ella hincha el pecho y le dice ya lo verás si sabré, que os habéis creído. No hay nada que haga un hombre que yo no pueda hacer…


Ahora juegan cada noche, y es verdad que Dolores ha aprendido deprisa. Pronto, Quim, que es un jugador bastante bueno, ha de pensar las jugadas y la gana con cara satisfecha. Resulta que ella se enfada cuando pierde, y el se divierte pinchándola. Van al teatro y al Liceo. Organizan cenas en casa para mucha gente. Y un día la lleva a París, donde se extasía de todo y dice que si la viese el grupo… El grupo quiere decir Moon y vida dura, pero tierra sólida. La que has mamado, imborrable. En París solo quiere libros de pintura – nada de ropa, Quim, que ya tengo mucha – y un curso para aprender lenguas. Cuando vuelven a casa, la sala parece fría, y ella dice, ¿sabes que querría? Una tortuga, que no da trabajo, y es muy bonito mirarlas. Victoria está contenta de verles y dice que vale, pero tortuga de tierra, no de las de agua que le dan escalofríos. - ¿Tu crees que me falta fuerza, Victoria? - ¿Fuerza? Ya hablas como el. Acabarás igual de loca, por estar todos los días juntos. - ¡Pero si lo dice Ramón, el del pan… Victoria le explica que tener fuerza quiere decir tener una cosa dentro que no sabe como se llama ni como se describe. Que ella hace de juguete del señor, por eso no tiene fuerza. Y eso que ahora, chica, ya no eres tan cretina como antes… - Joaquín, ¿tu sabes como puedo tener fuerza? El le trae del cuarto de baño sus tensores, pero no la hace reír. Ella se enfada. Quim, cuando la ha comprendido, se sienta ante ella y le dice, poco a poco, clavándole su mirada: - Al perro de Ramón lo ha aplastado un camión, esta mañana. Era un camión grande. El cuerpo del pobre animal no tenía ni dos centímetros de altura, extendido en el pavimento. Tenía la cabeza destrozada. No le ha salido sangre, como si se la hubiese bebido el asfalto. Pero la masa encefálica le ha salido


toda y se ha quedado pegada en el caucho de las ruedas, y un ojo entero también. El camionero lloraba como una mujer, limpiando la rueda… - Ella tiene un ataque de nervios, le golpea el pecho, grita, blasfema, dice cantidad de palabras prohibidas. Y las dice en inglés. Está histérica y el la sujeta por las muñecas, mientras ella patalea, un potrillo del campo que no ha probado nunca ningún tipo de espuela. Después la suelta, ella gimoteando, y le da un par de hostias. Victoria la acompaña a casa de Ramón, que vive en la Verneda. Al verla, el chico le echa los brazos al cuello y llora, sin darle vergüenza. - ¡Le quería tanto, Dolores! - Ella le abraza y le besa los cortos cabellos, con olor a colonia, y no dice nada. Después en una cafetería, los dos jóvenes prueban a emborracharse con unos cubatas, y Victoria bebe absenta, lentamente y golosa, sin hacerles caso. - No eres tan pija como creía, tía. Dolores, por la noche, en la cama, piensa que no es tan débil como dice Ramón. Se levanta de un salto, coge el bloc de dibujo y se pone a dibujar a Tom, el perro mil leches del chico de la panadería. Le sale bastante bien, pero si te fijas, los ojos del perro se parecen a los de Quim. Al menos un poco. 9 – El Cuarto escalón: La Escuadra (A) Dolores, en todo este tiempo, ha aprendido tres lenguas, se ha leído la mitad de la biblioteca de Quim y se ha familiarizado con los secretos del buen gusto – en el comer, en el vestir, en hablar, en muebles y en discos, en cuadros y en teatro – y encima, ha engordado un poco y da gusto verla. Lleva el cabello recogido, encrespados, como un aura roja. Le gusta el negro para vestir e


ir escotada. Sabe jugar al bridge y al golf y conoce los inextricables y sutiles secretos del arte de la conversación. Quim la exhibe, la lleva a todas partes, y se ha rejuvenecido al menos diez años. Joan Carnisser le dice que le envidia un poco y que le hace sentir pesar por no haber tenido hijos. Y Quim se hincha como un gallo, y mira por donde, recuerda al guardia urbano que vieron en Paris, y que hizo morir de risa a Dolores, tan henchido, envanecido e imperioso por controlar el tránsito que era una caricatura de la virilidad. Aún hacen broma y cuando uno de los dos, ella o Quim, quiere imitar a la autoridad, se hinchan, levantan la cabeza y hacen sonar un pito imaginario, moviendo imperiosamente los brazos. Victoria dice que cuando la chica se enfada, o está triste, le sale toda la vulgaridad que lleva escondida en algún secreto rincón del alma. Y tiene razón, como siempre. Joaquín piedras en el riñón – o por lo menos arenilla – y ha pasado una mala temporada. Ahora no solo tiene una criada sino también una hija atenta que procura por el. Creyeron Que ella se había contagiado – ¿las piedras se contagian? – porque cogió un febrón. Victoria no ha oído hablar de la empatía, pero cree que el le ha contagiado el mal de piedra, a pesar de que Joaquín se burle. Pero a los tres días de tener fiebre llaman al médico. El médico se llama Iván Calsina, y es muy amigo de Quim. Se ha encerrado en la habitación de Dolores y la reconoce por todos los rincones del cuerpo. Al salir, parece tranquilo. Quim, que está levantado y que ya ha pasado lo peor de su ataque de piedra, le mira ansioso. - Creo que tiene una infección. Que vaya al ginecólogo que la reconocerá mejor. Y a continuación cita media docena de enfermedades de mujer, y dice que le parece lo más probable.


Joaquín está perplejo. - Di, ¿Dónde te duele? – la increpa Victoria. - Pues aquí abajo. No me puedo ni tocar del dolor que tengo. - ¿Abajo? ¿En el vientre? - No, más abajo. - ¿En la vejiga? - ¡No, en el coño, mujer! Es una infección sin importancia, una vulvitis que se trata con unas perlas de color miel introducidas en la vagina. Mientras la chica se viste, Joaquín interroga al ginecólogo, uno muy famoso, que se llama Jacinto Escrivá. - ¿Pero, como lo ha podido coger? - Seguramente en un gimnasio, en una ducha, con una toalla… Eso no hay modo de saberlo. Tomará esté antibiótico y este otro, y en ocho días ni se acordará. Joaquín parece ofendido de que Dolores tenga una vulvitis. El nombre es ridículo y la enfermedad humillante. Como tener purgaciones, vaya… - Es que es una chica que nunca ha tenido contacto carnal… A el mismo le parecen execrablemente pomposas las palabras que acaba de decir, pero es que hay días que no aciertas en tono, sobretodo si estás desconcertado. El ginecólogo le mira con prudencia. Se rasca la barbilla. Baja la voz y mira los papeles que tiene sobre la mesa. - No, no tiene nada que ver. La vulvitis no solo se coge por contacto carnal. Pero esto, señor Simón… Esta chica no es…como se lo diría? Al llegar a casa Quim se encierra en su estudio y la echa fuera, rabioso y mortificado como un niño al que han suspendido un examen que había preparado muchísimo. Al día siguiente hace cara de guardia urbano de París, sin darse cuenta, y la interroga sin piedad.


- ¿Con quien has estado? ¡Lo quiero saber! ¡Lo quiero saber! ¡Y no te esfuerces en inventar mentiras porque te aplastaré como una cáscara de huevo! ¿Quiero la verdad! Ella tartajea, trata de hablar con humildad, se siente insultada, vejada, jura y perjura, y el, implacable, no para: “¡El nombre! ¡Quiero el nombre!”. - Quim, me violaron cuando tenía trece años. En el Moon. Lo ha dicho llanamente, sin extremismos, con una sencillez impresionante en toda su humilde y resplandeciente aura de verdad. El lo encaja. La mira de arriba abajo y nota hervir la rabia. - ¿Quién fue? Sospecha de su padre, que por algo le debían matar, un tipo que debía ser realmente repugnante. - Thurber. No, no puede ser. Esto es una patada en la boca del estómago. Esto es revolver y retorcer la hoja de la historia, esto es monstruoso, tan amigos que… - Y no he estado con nadie más (reacciona igual que el padre, como si le diese vergüenza que Thurber fuese una mala persona. Como si fuese intocable. Como si fuese responsabilidad compartida. Que mierda de vida en que la amistad de los hombres está por encima de mi dignidad. Yo no cuento. Solo cuenta la mala bestia de Thurber, quien me lo había de decir). - Cuéntamelo, Con todos los detalles. - Encontré una nevera vieja, echada en le vertedero. Estaba oxidada, pero la caja estaba entera. Pensé que Thurber me daría algún dólar, si era capaz de transportarla. Y sola. Porque si lo tenía que compartir no valía la pena tomarse la molestia. Me la cargué a la espalda, y se me caía, me resbalaba. Si se cae se


hace polvo, pensaba yo, y Thurber no la querrá. Le gustan las piezas enteras, vete a saber para que las quiere. Recuerda paso a paso: el arañazo en la pierna, cargada con el trasto, el hilillo de sangre que caía por la pierna hasta el pie. Las rodillas despellejadas. Y que piso una mierda de perro y que estuvo a punto de caerse. Y como dejó la nevera en el suelo, y la abrazó, a ver si así era más fácil de llevar. Y como le resbalaba. Las gotas de sudor en las sienes se habían hecho riachuelos que manaban sin parar. Veía caer las gotitas como si fuesen lágrimas de la nevera cargada a la espalda. Tres veces se tuvo que parar para coger aire. Ya faltaba menos. Intentó arrastrarla, pero había piedras y hierbas y la nevera no quería avanzar. Cuando llegó a la tienda de Thurber el la miró y miró a la nevera. - No tendrías que jugar con eso. - No juego. Es para usted. Para vendérsela. ¿Qué me da? - Las neveras son peligrosas, ¿no lo sabías? Aquí mismo, en el vertedero, hace muchos años, encontraron dentro de una nevera el cadáver de un niño que había desaparecido. Como la puerta funciona bien, abres, te parece un trasto tirado e inservible y…Aquel niño debía meterse dentro y la puerta se cerró. Si te quedas atrapado en una nevera ya puedes gritar, que no te oirá nadie. La chica nunca había oído hablar tanto al viejo Thurber y guardó el impaciente respeto que hay que tener con las personas mayores. A ver si cobraba, coño. Y el dijo que la nevera estaba en buen estado y que seguro que aun funcionaba, que se la compraba para usarla, pero que tenía que ayudarle a meterla en casa. ¿Casa? Claro, bien le tenía que llamar casa a aquel agujero maloliente. Le explica que la han tenido que llevar a la parte de atrás, donde tiene la cama y el poco de cocina que usa.


- Estaba cansada pero me prometió diez dólares, que no estaba nada mal, y le ayudé. Detrás había una puerta oxidada que yo creía que no se usaba. Y la abrió. Estaba oscuro y olía de manera diferente (cuando cerró la puerta casi no veía nada. Y me tiró encima de la cama, que estaba mojado, del rocío, tal vez, o de sudor o de meados. No lo se. No lo entendí hasta que me levantó las faldas y me hurgó en las bragas. El grupo hablaba de eso. Y las personas mayores también. Incluso yo decía marranadas y hacía broma. Pero siempre había pensado que era la cosa más asquerosa que la humanidad había inventado. Era distinto con los perros, una cosa natural…Pero imaginar que un hombre un día me podía meter su cosa y que eso me pudiese llegar a gustar…Todos hablan. Y ahora aquel viejo maloliente se me tiraba encima. Me pasaba a mí. Y quise gritar, pero me tapó la boca y me pegó. Yo soy más ágil, que te has creído, cerdo asqueroso, y me escabullí de entre sus piernas, evitando mirar aquella porra horrible que le salía de la bragueta, una cosa roja y tiesa con un olor que mareaba. Y entonces sacó una cosa reluciente del bolsillo. Al principio yo no sabía que era, porque bastante trabajo tenía con escabullirme y escaparme de aquel bestia. Pero lo sentí en la nuca. Duro y afilado. La hoja de una navaja. Creo que el corazón se me paró, y pensaba deprisa, no se atreverá, no lo hará, este es un cobarde… Y entonces sentí que la punta me entraba en la piel y que manaba sangre, y que me contorneaba el cuello. Cuando la hoja pasó por encima de aquella vena, ¿cómo se llama? Aquella tan gruesa que si la cortas estás perdido, la que sirve para matar animales, y noté que mi vena latía y que, al latir, estaba hinchada, y que iba a cortarla con aquella hoja de la navaja…me quedé quieta esperando que apartase aquella hoja, y el paró y me mandó que me desnudase y que me pusiese así y asá. Cuando me penetró, tenía la punta de la navaja sobre la


carótida – si, creo que se llama así – como un buey al que van a degollar en el matadero. Pero a pesar de cómo jadeaba no me la cortó, quizá porque yo estaba muy quieta, apretando los dientes y aguantándome el dolor que tenía, y la rabia, y el asco y la humillación. Notaba como me desgarraba como si fuese de papel y notaba un dolor de fuego y brasas. Me mojó con un líquido repugnante y cuando se separó de mi yo todavía no me podía mover y sentí que toda la humedad de aquella cama provenía de mi, de mis sudor. Cuando me fui, no podía andar, porque tenía las piernas de madera y un estallido de dolor me explotaba entre las piernas. Regueros de sangre alrededor del cuello…) Y me echó sobre la cama y allá mismo me violó, y yo… Calla y mira a Joaquín, que tiene la cara gris y se dice que estas cosas no son para ser contadas: Que le está vejando a el, al contárselo, como si la hubiesen violado los dos. Siente una bocanada de compasión. -Mala puta, mala bestia: ¿Por qué no te defendiste? – y la escupe, en medio de la cara, porque ha hablado con los dientes casi apretados. Después la pega con rabia. CAPITULO IV – VISITA 10 – El cuarto escalón: La Escuadra (B) Dolores se despierta de repente, como si hubiese tenido un desgarro en el sueño. Se incorpora en la cama y esta sudando. Y entonces le ve, en la penumbra que proporciona el farol de la calle: es Joaquín, con los ojos redondos, mirándola, La chica se lleva un susto de muerte. “¿Qué haces aquí?”, y el le explica que la ha oído gritar y que ha entrado a ver que la pasaba, y la


ha visto dormida y se ha quedado un ratito por si se encontraba mal. Dolores se siente turbada, porque ser mirado cuando uno duerme es un pensamiento que inquieta, que produce desasosiego. Dolores ha estado muy enferma. Los antibióticos no le hacían efecto, y Joaquín le ha dicho a la cara que le daba asco. Y por este abatimiento le ha venido la fiebre. Han sido diez días de candencias diversas. En el bajo vientre y en medio del alma. Que la haya venido a ver, porque debe haber gritado en sueños, es una buena señal, como diría Victoria. Tal vez se esté ablandando. Quizás ha empezado a comprender. O a perdonar. ¿Perdonar que? ¿Qué, que, que, que me tienen que perdonar a mi? ¿O es que ahora las víctimas son los ofensores y los victimarios los ofendidos? De cualquier forma, Quim no la ha oído gritar, ni aloja compasión, ni perdón ni magnanimidad ni nada de todo eso. Entra a menudo, por la noche, como una sombra, con cautela, a oscuras. Y la mira largamente. ¡No se cansaría nunca…! Verla dormir es lo mejor del día. Y aquella noche se ha sentido excitado y unas perlitas de sudor le nacen en las entradas del pelo (Joaquín es un hombre alto, con cabello completamente blanco y abundante, aunque tiene algunas entradas; de hecho, le otorgan distinción), mientras la mira. Ha notado calor, en el vientre y en las manos, la ha mirado con la voraz glotonería con que un hambriento mira la comida. Y se ha masturbado en un silencio total y sin rendijas, sin dejar de mirarla, y en cada bocanada de placer notaba la piel de Dolores, la notaba, podía hasta morderla, aunque fuesen sus propios labios los que mordía. Ni ha suspirado. Solo un cierto rechinar de la silla donde se sienta. Y justo cuando le ha llegado el placer supremo, azorado por haber tenido tal intensidad de placer en el acto solitario, justo en aquel momento, ella se ha despertado como si hubiese compartido su placer emboscado. Como si la


hubiese llenado a ella de su deseo, tan secreto, tan escondido, tan tapado bajo capas y capas de indiferencia paternal. El ha tenido el tiempo justísimo en los breves instantes en que la chica pasa del sueño a la vigilia, de vestirse y esconder su tembloroso, palpitante, tirante miembro, bajo la bata de seda roja. A la mañana siguiente parece que han hecho las paces. El se siente culpable y ella también. Y ninguno de los dos es nada culpable, e incluso querrían ser absueltos por el otro. Esto les acerca, como un cojo y un ciego que andan juntos carentes cada uno del otro. Para postres, Victoria les ha servido kiwis cortados a láminas, con azúcar y nadando en vino de misa. Dolores, que aún está desganada, remueve con la cuchara el vino y toca lánguidamente las láminas de fruta verde. - ¿Parecen ojos, verdad, Quim? Unos ojos que me miran… Joaquín mira aquellas láminas tan finas, casi frágiles, y ni sabe ver ojos. Ve un delicado contorno de puntitos negros, ovalado, rodeado de verde. El centro es blanco. El ve el agujero de la vida. Y piensa salvajemente en el placer que ha sentido solo, mirando a la chica dormida, y muerde la fruta ávidamente. Victoria y Dolores suben a un autobús camino de casa. Ahora la chica está bastante bien para ir a visitar al ginecólogo. Le ha dado de alta porque está completamente curada y le ha recetado unas pastillas para que le devuelvan color a las mejillas, que ahora son céreas. En la consulta estaba el médico y la enfermera, y cuando Dolores estaba desnuda e iba a estirarse en aquella camilla que tiene dos garfios, como dos horcas, donde poner las piernas, ha entrado un joven. - Es mi hijo – ha dicho el médico, y le ha dejado ver el interior amoratado de Dolores.


Es un chico como ella, y la ha examinado en su femenina desnudez, encogido de vergüenza y Dolores se sentía morir, y habría querido cerrar las piernas. El padre ha encendido una luz y le ha enseñado a su hijo todos sus secretos, como un insecto que no vale nada por si mismo. Cuando, habiendo acabado, el chico la ha ayudado a levantarse, se han mirado, una mirada cruzada como un relámpago de luz e incertidumbre, y entonces ella se ha sentido algo más fuerte al captar la turbación del hijo del médico. En el autobús que las lleva a casa, las dos mujeres están calladas. Y de pronto la chica dice: - No me deja ir sola a ninguna parte, Victoria. Y ya tengo diez y ocho años, creo. El “creo” lo ha dicho tan bajo que ni se oye. Y lo repite mentalmente, haciendo crec-crec-crec. Como un grillo aplastado en la suela del zapato. - Y también, de pronto, la mujer dice: - Yo tuve un aborto. Octavio ya tenía siete años, y no creía volver a tener ninguno más (me lo hice yo misma, con una aguja de media previamente hervida. Tal como me lo habían explicado. Cuando vi que me moría, grité por la ventana, sin levantarme de la cama, donde me desangraba poco a poco. Octavio estaba en la escuela. Y Bernat hacía un mes que se había muerto. ¡No podía tener un hijo, yo sola, sin Bernat! No podía. E hice aquello de la aguja, y la sangre manaba sin parar. Abrí la ventana, para que la Quimeta, la de arriba, me oyese. Si que me oyó y avisó a un médico. Cuando llegó casi había perdido el sentido, e hizo venir a los bomberos para que echasen la puerta abajo. Notaba gotear la sangre en el suelo, que había atravesado el colchón y hacía cloc-cloc-cloc-cloc, y me notaba adormecer y tenía ganas de dejarme llevar, de acabar del todo. Pero estaba Octavio y no me podía morir. El médico


avisó a una ambulancia. Y cuando estuve bien, me dijo que no daría parte, que se hacía cargo de lo que había pasado, y que una mujer casada, que se ha quedado viuda estando preñada, es algo diferente, que no ha habido vicio, y cuando volvía a casa subí al piso de Quimeta a recoger a Octavio, que me abrazó tan fuerte que me volvieron todas las ganas de vivir que había perdido. Y…) Y aún así, me quede preñada. Pero aborté y casi me dejo la vida porque me desangraba. Me atendió un médico que también se llamaba Jacinto, como el tuyo. ¿A que es casualidad? Al llegar a casa encuentran a Quim muy excitado, porque dice que tiene una sorpresa para la chica. - Para celebrar que te has curado. Y para que veas que no te guardo ningún rencor. Victoria, que sabe todo de todo, se queda parada porque no sabe de que rencor hablan, y la pone de mal humor que la dejen aparte en sus cosas. - Mi sorpresa está en el despacho. Y creo que te gustará mucho. Ha dicho “creo” y la chica vuelve a oír crec-crec-crec dentro de su cerebro, como miles de grillos pisados por miles de suelas de zapatos, y entra en el despacho, seguida por Quim, que le espía las reacciones. Sobre la mesa hay una cesta. La cesta es de mimbre, con dos tapaderas que se levantan una a cada lado. Dentro de la cesta hay un cachorro de perro. Es un braco italiano, color crema con manchas negras. Y no tiene ni un mes de vida. Dolores lo coge con las manos trémulas, lo levanta en el aire, sin atreverse a apretarlo por miedo a hacerle daño. El animalito tiembla de frío, y entonces lo abraza, apretándolo contra su pecho, y el cachorrillo se agita inquieto, falto de aire y


de libertad. Dolores no ha dicho ni palabra. Corre a la cocina, busca leche ante el estupor de Victoria, que ve aquella bola pequeña de vida en los brazos de la chica, y casi sin pensar, la ayuda a entibiar la leche al fuego. El cachorro no quiere o no sabe comer. Las dos mujeres se esfuerzan por hacerle beber, y el animalillo tiembla y tiene cara de lástima. “¡Pobrecillo! ¡Pobrecillo!” Victoria se las ingenia con un trapo, haciéndole un pezón, biberón improvisado que resulta y Dolores se siente como si fuese ella quien le estuviese amamantando, apretado contra el pecho, chupando el trapo empapado en leche caliente. Cuando ha acabado, lo coloca, al lado de los fogones, busca, frenética, por la cocina, algo blando donde ponerle. Aún no ha abierto la boca. - ¡Espera, mujer, espera! ¡Ten paciencia! Victoria ha traído una manta vieja, que corta en cuatro pedazos, y entre las dos le hacen una cama, y lo colocan tocando al radiador del pasillo, y le acarician, a pesar de que Victoria refunfuña bastante. A la chica se le ha ido toda la sangre de las mejillas, y aunque no lo supieses se adivina que aquello es el regalo más preciado que ha tenido en su vida. Se exalta, en silencio, con los ojos fijos en el perrillo. Oyendo sin escuchar los fingidos lamentos de Victoria – “¡Con el trabajo que dan! ¡Y todo el día rondando por el piso! ¡Y al final, como si lo viese, la pobre Victoria le tocará limpiarlo, alimentarlo y pasearlo! Es muy fácil querer perros cuando hay un burro de carga que se preocupe. Creía que en esta casa no habría animales. Mira, el primer día de venir a trabajar ya lo deje bien claro. Y, si acaso, se había hablado de una tortuga. Pues, nada, mujer, nada, los caprichos del señor son ley, y si no te gusta, te…” – y mientras decía todo esto sin parar, sonríe mirando al cachorro y le pone el trozo de manta para que esté más cómodo – “Encuentra a faltar a su madre, el pobrecillo”


La chica corre por la casa, poseía, como si el perro fuese a evaporarse fuera de su atenta mirada. Busca y busca, hasta que encuentra un cestito que había sido del pan. Lo forra con otro trozo de manta. Después Victoria la ayuda a hacer un cajón, y suerte que tienen serrín, de cuando entró agua con la tormenta, por la puerta de atrás, la que da a la galería, y todavía queda un poco en el fondo de un saco, allí, escondido en el armarito de las herramientas. Hacen el cajón, y hablan de cómo van a hacerlo para que aprenda a ser bien educado, y la chica se escandaliza cuando oye decir a Victoria que cuando un perro no obedece, paff, azote en el culo, y ya verás como obedece. Total, solo es un animal. Pero tiene la cara plácida y la chica deja de mirarla para fijarse amorosa en el cachorrillo que duerme, y dice que han de comprar en seguida un libro para saber todo lo de las vacunas y muchas otras cosas – “Tonterías”, dice Victoria – y le acaricia con una sólida ternura como a un cristal transparente recién limpio y que reluce. Ha pasado casi una hora, desde que Joaquín la ha hecho entrar en el despacho para ver el regalo que le ha comprado, y ella aún no le ha dado las gracias. Pero ahora si. Levanta la cabeza, le mira, y hay un mar profundo de gratitud y de amistad en los claros ojos de la chica. Ojos abiertos, con un estupor maravillado. Le echa los brazos al cuello, le besa en ambas mejillas y le dice con una fuerza impresionante, al ser tan infantil: - ¡Te quiero más que a nada en el mundo, Quim! 11 – El quinto escalón: El Nivel (A) El hijo del médico le ha enviado un ramo de flores a Dolores. El hijo del médico se llama Jacinto, como su padre, y como el


médico que cortó la sangría desesperada de Victoria, hace ya muchos años. Con el ramo venía una tarjeta: “Enhorabuena por tu recuperación, Jacinto Escrivá (hijo) P.S.: No te creas que los médicos son siempre tan Pulidos, pero me he de captar la clientela de mi padre Como sea…Estas flores son un vulgar soborno.” Es un ramo de tulipanes y margaritas, elegido con muy buen gusto, y la chica se ríe, y lo levanta al aire. En seguida lo pone en manos de Victoria y le dice que lo ponga en agua, y que atento aquel chico, con una breve chispa de inquietud en el estómago, al pensar fugazmente, en su sexo abierto ante la seria mirada de aquel chico. Después se desentiende, y se pone a jugar con el cachorro. Aquel día solo hace que consentir al cachorro, le lleva al veterinario y le cuida con amorosa obstinación. De hecho, no le deja tranquilo, el perro está mareado. Querría que lo viese Ramón, pero no se que hacer. ¿Tu que crees, Victoria? ¿Tu que crees, Joaquín? Tal vez sufriría, tal vez pensaría en el pobre Tom… ¿Y que nombre le ponemos? Tiene que ser un nombre muy bonito, pero que sea, no se, muy así… - Le tienes que dar las gracias a este chico. Joaquín, que ha mirado el ramo como quien encuentra un escarabajo en la cama, ahora, al ver a la chica pendiente del perro – de su perro – recuerda magnánimo sus deberes sociales, siempre ejemplar en las lecciones de buena educación. Se levanta pronto, en cuanto oye al perro ladrar, y tiene más cuidado que con un bebé. Victoria le ha dicho, al verla siempre en bata y siempre col el cabello enmarañado, pendiente de la bestezuela, que sino se comporta le da una patada al coño del perro, que le tiene sorbido el seso, y Joaquín que lo ha oído, ha


puesto una sonrisa casi de piedra. Porque la chica ha palidecido, solo oyendo aquella amenaza. Si no haces esto o lo otro, pegaré al perro. Si no…puedo matar al perro. Ahuyenta el pensamiento, porque es un pensamiento de malhechor. Y a el le ha costado llegar a ser un señor. Los vecinos antipáticos del tercero han venido a protestar. No pueden dormir, por las noches, como Dios manda, porque el perrito es insoportable, con sus ladridos y sus gemidos. Han enviado a una criada. Era una mujer mayor, como Victoria, y la tienen desde hace poco. Pero es delgada y larguirucha y tiene los pómulos marcados, como dos bultos, y la nariz le hace una curva. La mujer habla con la engolada educación de las personas modestas, y dice que si no es molestia, y que se hagan cargo de… Victoria dice que también se tienen que hacer cargo los señores de arriba, que hacer callar a un cachorro es muy difícil, pero que crecen en un dos por tres, y será un perro bien educado que no ladrará nunca. Y que ya verán que bien tener un perro en la casa, que espantará a los ladrones. Porque los ladrones se lo dicen todo. ¿Sabe que tienen hasta un código de señales que dejan al lado de la puerta? Y que si hay un subnormal en la familia dejan una señal, hecha con una navaja, para que nadie entre a robar. Ya ve. A veces los chorizos son más personas que los señores… Pero la criada de arriba debe tener unas instrucciones muy concretas. Tiene acento gallego y pose humilde, pero debe ser dura como la piedra pómez, porque no se siente convencida por la verborrea de Victoria e insiste en que sus señores hablan de poner una denuncia y que… Dolores, hecha una furia, grita a aquella mujer con un lenguaje áspero. La mujer da un paso atrás e insiste más débilmente. Entonces la chica sube a zancadas – la bata vaporosa como una nube surcando el aire como una mariposa de papel – los escalones hasta el tercer piso y da golpes en la puerta. Antes que


Joaquín, que ha salido al oír los primeros gritos de la chica, se acerque a poner orden y le diga a Victoria “detén a esta loca”, Victoria se le ha pegado detrás, y en el preciso momento en que la señora que tiene ojos de gato del tercero abra la puerta, Victoria la alcanza, la coge fuertemente por el brazo y la devuelve a rastras a casa. La chica va gritando “¡Más que todos vosotros, mala gente, malas bestias! Mi perro vale más que usted y todos los podridos miembros de su familia que…” En casa, Joaquín la abofetea. Ella calla súbitamente y baja la cabeza, como si estuviese cansada. Y no llora. Se queda en silencio, con la cabeza gacha, el pecho subiendo y bajando como un fuelle. Cuando levanta la cabeza, mira a Joaquín y le dice: - Lo siento. He perdido la cabeza. Pero no me vuelvas a pegar nunca más. - ¡Tantas veces como quiera, me oyes! El lenguaje que has utilizado, los modos… ¡Hostia, no sabes como detesto la grosería! Has nacido y has crecido vulgar, y solo puedo hacer que darte una capa de barniz. Pero, a la mínima, el animal que siempre has sido sale fuera… Dolores no habla en todo el día. Se ha pasado la mayor parte del tiempo encerrada en su habitación, con el perrito. Solo sale a buscar comida para el animal. Ella no ha querido comer nada. Y Joaquín pasea arriba y abajo por la sala, y Victoria le habla con voz suave y tenue, como si estuviese enfermo. Cuando Joaquín cena, la chica aparece en el umbral del comedor, con el perro en brazos. - Ya se que nombre le pondré. Se llamará Vulgar. - Es un nombre muy feo, Dolores, y no le pega. - Ya lo se: Pero con este nombre lo hago más mío. Joaquín que tiene la cuchara aun medio levantada, dice que si con la cabeza y continua comiendo. El televisor está encendido y explica que matan a gente por todas partes. Dolores deja al


perro en su cesta, apaga el televisor, y se sienta al lado de Joaquín. - Tengo hambre. ¿Puedo cenar? Sin esperar respuesta mete la cucharilla del postre en el palto de sopa y se la come. Sonríe y dice: - ¡Que buena! Pero Victoria ya está cerca de la mesa, con otro plato de sopa y cubiertos para ella. La riñe por ir en bata todo el día, por ser maleducada, ¿donde se ha visto, meter la cuchara en el palto de otro? ¿Es eso todo lo que aprendes, chica? La paciencia que yo necesito ni un santo la tendría. Una regañina que sirve para apaciguar a Joaquín. Y Joaquín lo sabe y lo sabe la chica y Victoria sabe que todos lo saben. - ¿Es por el perro, sabes? ¡Lo había deseado tanto! ¡Si lo supieses! Y por eso te he replicado. Por eso me he puesto así. Y por eso estoy todo el día sin arreglarme y sin querer salir. Pero ya me acostumbraré al perro, al Vulgar, quiero decir. Te dije la verdad: que te quiero muchísimo, Quim. Y que no te merezco. ¿Me perdonas? - ¡Esta si que es buena! – Victoria le sirve una cola rebozada de merluza, con una rodaja de limón y una ramita de perejil de adorno – ¿Ya está, verdad? Perdona, y venga, a lo mismo. ¡Hija mía tendrías que ser tú! Joaquín le aprieta la mano, por encima de las servilletas y sonríe con paternal magnificencia. - A partir de mañana, me levantaré pronto, me arreglaré, le sacaré a pasear, estudiaré muchísimo. Ah, y he de telefonear al hijo del médico, que aun no le he dado las gracias por el ramo. ¿O es mejor que le escriba, Quim? Los dedos de Quim, que apretaban la mano de Dolores se aflojan, y la sonrisa paternal se ha fundido como una bombilla vieja. Come el pescado y maldice, porque dice que se le ha clavado una espina en el paladar.


(Estabas asomada a la ventana y yo no estaba. Tu no pensabas en mí. Acabada de levantar, con el cabello despeinado y los labios pálidos. La aurora te miraba complacida y el sol naciente aumentaba el naciente fulgor rojo de tu pelo…) 12 – El quinto escalón: El Nivel (B) “Si tienes un hijo, complácete; pero tiembla por el depósito que se te confía. Haz que hasta los diez años te tema, hasta los veinte te quiera y hasta la muerte te respete. Hasta los diez años se su maestro, hasta los veinte su padre, y hasta la muerte, su amigo. Piensa en darle buenos principios antes que buenas maneras: que te deba la claridad de la rectitud y no frívola elegancia. Hazle antes una persona honesta que una persona hábil.”

Por fin ha venido Ramón a conocer a Vulgar, y le ha dicho sin ambages a Dolores que lo está educando pésimamente. Que será caprichoso y llorón, y que más le valdría haber tenido un perro faldero que no un noble animal como aquel. -¡Los perros no necesitan carantoñas para quererte! -¡Es que es tan dulce…! Una mierda. Es un perro. Le has de dar de comer y vacunarle. Le has de pasear y le has de enseñar a hacer sus cosas en un cajón. No es un juguete. Te falta un hervor, tía… Ha hecho más efecto esto que todos los sermones de Victoria. La chica y Ramón han ido al cine, y Joaquín le ha dicho, antes de darle dinero para que puedan tomarse algo en algún lugar, muy halagador, que está contento que vaya con Ramón. - No sabes lo antipáticas que me son las personas estiradas, que ni mirarían a Ramón…


- ¿Cómo los del tercero? Y los dos estallan en risas. Por la noche la chica no le da ni un beso al perro. Y el perro no lo encuentra a faltar. A partir de entonces, Dolores se comporta como debe. Se viste y se preocupa del perro, pero sin asfixiarlo de amor. Ayuda a Victoria, siempre a escondidas de Joaquín. Y estudia. En las tertulias-cenas de casa de Joaquín Simon, empiezan a comparecer también los hijos. Dolores está muy contenta. Primero porque la enorgullece que vengan por ella, y segundo, porque así tiene a gente normal con quien hablar. Pero a menudo la conversación es colectiva, y todo funciona como las bisagras engrasadas. Uno de los jóvenes ha propuesto ir al mar, a estrenar la motora nueva. Tienen que ir a Rosas, y con la barca, hasta la escala. El joven se llama Serafín Renom, hijo de banquero, y es un chico bien plantado y aunque sea un juerguista tiene fama de simpático y muy bien educado. Vendrá la Roser, hermana de Serafín, y Martí, que es hijo de Doménec Vives, que era fabricante de tejidos y ahora tiene un Casino. - ¿Y los mayores no podemos ir? exclama Doménec Vives, más en broma que por convicción. - Perdone, pero no. Me acabo de sacar el título de patrón y no tengo práctica. No quiero que seamos más de tres o cuatro personas. Pero tu si, Dolores. Verás que bien lo pasaremos. ¡Y hace tan buen tiempo! Además tengo muchas ganas de estrenarla. Mirad, al volver podemos cenar en el Motel. ¿Vamos es tu coche o en el mío, Martí? Dolores mira al trasluz su copa de vino y cierra un ojo, como si la cosa no la afectase. Los dos chicos hablan del proyecto y ni le preguntan si ella quiere ir. Lo dan por hecho. Joaquín, que ha echado hacia atrás su silla, tiene la cara en la penumbra, y la mira, no sabe si disgustado o no. - ¿Tu que dices?


Es una pregunta hecha sin secretos, pero con un punto de intimidad, y Dolores le dice dirigiéndose solo a el: - No tengo ni pizca de ganas. Había quedado con Ramón. Eso si tu nos dejas el ordenador. Está empeñado en enseñarme unos juegos nuevos que tiene. - ¿De donde saca tantos juegos? Porque son caros…- como si quisiese que los otros, que escuchan a medias, entendiesen que están hablando de un chico modesto, complaciéndose. Cosas de Joaquín. - En el mercado de San Antonio. Hay mercadillo los domingos. Y se hacen cambios. - ¿Cambios? Eso es piratería… - ¿Y que? ¿Por qué Ramón no tiene que tener juegos de ordenador, si tanto le gustan? Esta última pregunta si que la han oído todos y callan, con una misericordiosa sonrisa en los labios, porque es de aquellas preguntas difíciles de contestar. Además, ¿son cosas evidentes, no? Siempre ha sido así. Hay quien tiene y quien no tiene. Toda la vida. Y como no hay nada que hacer, no vale la pena hacerse mala sangre, ¿Verdad que no? Joaquín saca los Cohíba y un coñac que es de reserva, solo para ocasiones especiales e hincha el pecho y se da golpes en el vientre. Se diría que está eufórico. Dolores ha rehusado la invitación, y como los chicos insisten, promete ir la próxima vez. - Este domingo no, que tengo un compromiso. - ¡Bah! Pero no se echa atrás. A la mañana siguiente cuando le entra el desayuno a la cama, Victoria, le explica a Joaquín, pero empezando por otras cosas, y dándole vueltas y vueltas, el aburridísimo cuento de siempre, y que Joaquín aguanta porque sabe que eso quiere decir que Victoria tiene algo para contar, y si Victoria tiene algo que


contar es que debe ser escuchada, pues le explica que se ha encontrado a la criada de arriba, aquella mujer seca, con pómulos como bultos y hablar gallego, con una cadencia que parece que gimotee…Y aquí, otra perífrasis para hablar de todos los gallegos que Victoria ha conocido, y lo trabajadores que son, pero que nunca sabes por donde te van a salir, y que buena gente, que allí si que saben lo que es trabajar duro, y más las mujeres, que no tienen derechos ni nada, que todos los hombres se apoyan, un montón de gandules. A mi dadme una gallega, que a los gallegos ya les pueden echar todos al mar…Y al final, se lo explica. La criada de arriba ha dicho que hace una semana subió Dolores a pedir perdón a la señora, y no es que la Severina, que es el nombre de la criada del tercero lo haya escuchado, porque bastante tiene con sacar mierda de los demás, como todas las que tenemos este oficio, siempre tras la mierda que dejan los amos… - ¡Basta, Victoria! ¿Qué cojones te ha dicho la Ceferina o Severina o como quiera que se llame aquella de arriba? - Claro, y ahora palabrotas, y después si la chica las dice, todo es reñirla. ¿De quien las aprende, eh? Porque las palabrotas de aquí, de mi no las ha aprendido. Y las que dice en inglés, a mi, plin, porque como no se enrienden, a mí por una oreja me entra… - ¡Mujer, acaba de una vez! - Pues preguntó por la dueña, y le dijo, muy educadamente, como una señorita, que la perdonase. Dijo que aún estaba enferma de unas fiebres, y que las medicinas que tomaba la alteraban los nervios, que lo último que quería era ofender a nadie y menos todavía a los vecinos del tercero, que eran unos buenos vecinos y da gusto saber que viven en el último piso. Así mismo. Mire, me he sentido pagada. Como si fuese mía. La chica tienes esas cosas. Un día la matarías y al día siguiente te la comerías a besos. Pero yo, de usted, no le diría nada, porque si


no nos lo ha dicho, es que es cosa de ella, y no lo hace por hacer méritos, sino de verdad. Dolores se ha pasado la tarde en la cocina preparando pastelillos de atún, mejor que los de la panadería, le ha asegurado Victoria, para agasajar a Ramón. Si el sabe que los ha hecho ella, le gustará pincharla pero se mostrará agradecido. El trabajo lo ha hecho más Victoria pero la mujer piensa que la voluntas también vale. Joaquín ha estado fuera. Ha llegado cuando ellas aún estaban en la cocina y ha sacado las narices y ha dicho sonriente – señal que está de buenas, madredediosjesús y que descanso – ¿que era uno de aquellos momentos que no puedo entrar en la cocina y he de hacer ver que Dolores no trabaja? Y ha desaparecido hacia el salón. Cuando la chica ha ido a su habitación a peinarse un poco, se encuentra un ordenador nuevo sobre la mesa de su estudio. Está enchufado y todo, y la pantalla es azul y parpadea como si estuviese impaciente por empezar a jugar con Ramón y con Dolores. El grito que da atrae a Victoria, y la mujer le dice que que ganas de tirar el dinero, mira que para que queremos dos si ya tenemos uno en casa, aquí todo el mundo está loco, y les da la espalda, despectiva y se va a la cocina, el único lugar de la casa donde hay un poco de orden y de sentido común… - ¿Quim! ¡Quim! ¡Quim! Eres el mejor… Joaquín le separa los brazos de su cuello y le dice con fingida severidad que no se crea que con besitos todo se compra en este mundo. Que esto es por cosas que el sabe. Que está contento, vaya, lo dice como si se lo arrancasen a la fuerza. Ella se pone las manos en la boca y baila y salta a su alrededor.. Cuando está detrás de la butaca le estira de los pelos y le despeina, y el no sabe como reñirla, sino que la echa con coquetería. Y, despectivamente, piensa en las burlas de Joan por haberle guardado el aparato desde el viernes.


En el balconcillo de la habitación el tiesto de camedrio se ha quedado solo, porque el camedrio se murió en invierno. Ahora el tiesto parece viejo y polvoriento, y como si tuviese frío, en la muda desnudez de la tierra vacía. Joaquín mira la calle. Después de hartarse de jugar, los dos jóvenes han decidido cenar en una pizzería que hay nueva y donde hacen unas pizzas con toneladas de queso fundido. Cuando salen, Joaquín les ve de espaldas, yendo calle abajo. Son siluetas jóvenes, llenas de ánimo, como si estuviesen llenas de insectos que saltan dentro del cuerpo, y el se siente melancólico y aparatado. De repente se pone rígido. Porque Ramón debe de haber dicho alguna cosa que ha enfadado de broma a Dolores y ella le hadado una patada en el culo. Unos de los gestos más vulgares y que Joaquín más detesta. Pone un rictus amargo y baja la persiana. Cuando Dolores vuelve, le ha encontrado dormido ante el televisor. Pasaban una película pornográfica a todo color.

CAPITULO V - INTERIORA 13 – El sexto escalón: La Plomada (A) - Allá por los 70, poco antes de volver a casa, conocí un chico ciego. De nacimiento. Era la época en que Uri Geller causaba furor en los medios de comunicación. ¿Tú sabes quien era Uri Geller? - No, pero me suena. - Si, mujer, fue muy famoso. Doblaba cucharillas. - ¡Vaya cosa! ¡Eso también lo se hacer yo! - ¡Mira que eres ignorante, Dolores! Las doblaba por televisión. Quiero decir que cuando el salía, en su programa, las cucharas de tu casa se doblaban. Y los relojes averiados se


ponían en marcha. Y algún televisor en blanco y negro adquiría colores. Eso es lo que decían. Todo el mundo hablaba. Pero después se supo que era un fraude, y ya no se ha vuelto a saber nada más. - ¿Pero, tu lo viste? ¿Tus cucharas se doblaban, cuando ese Uri salía en pantalla? - ¡Yo? ¡Dios me libre! No veía sus programas. Pero es algo como la Carolina de Mónaco. Aunque no te interese, oyes hablar por todas partes. Bueno, en aquella época estas cosas tenían mucha audiencia, y me temo que hoy también. Además, siempre encontraban algún científico u otro que les daba consistencia y verosimilitud. Porque científicos, como taxistas y como contables, los hay buenos y malos, solo que, si bajo un nombre o una cara, pones “científico”, solo puedes decir amén… Pero el caso de Uri Geller, como tantos otros, acabó como acaban siempre estas cosas: de repente. La historia se ha acabado. Basta. No se habla. Silencio. C’est fini. Bien, pues un día iba al teatro, al “Imperial”, en un barrio de Los Ángeles, para distraerme, y salió aquel chico ciego, que tenía visiones. En el programa de mano explicaba su vida. Decía que, cuando era pequeño, ocho o diez años, ahora no lo recuerdo, el chico dijo a su madre que veía un puntito de luz. El chico era ciego de nacimiento, y su madre, en cuanto oyó la historia del puntito de luz, cogió esperanzas y fue al hospital general, a hablar con el jefe de oftalmología… - ¿El jefe de qué? - ¡Coño, que ignorante estás hecha! Ophtalmós quiere decir “ojo”, y logos, “tratado”, más o menos, o sea que… - Quim no puede evitar hacer de profesor. - ¡Ah, oculista! Y la madre de aquel chico, que se llamaba Sasha Moore, insistió en que el chico veía, por lo menos un poco. El departamento de oftalmología se interesó de verdad y le hicieron


diez mil pruebas, y nada, nada que hacer: el chico tenía lesionado el nervio óptico, y esto, poca broma, porque no hay nada que hacer. Pero el chico decía, si que veo: es un puntito pequeño, de luz azulada… - ¿Cómo sabía un ciego que la luz era azulada? Quiero decir, ¿Cómo puede saber un ciego lo que es azul? - O aún peor: ¿como puede saber que es un punto de luz? ¿Qué concepto tenía? Conocía la palabra, claro está, pero ¿a que concepto lo asociaba? ¿Pensamos en conceptos, o pensamos en palabras? La palabra es una cosa concreta, que tiene un sonido y una grafía, pero ¿donde está un concepto? ¿Cómo se adquiere? ¿Cómo se forma? ¿Cuál es el concepto de “punto de luz” para un ciego de nacimiento? Cosas así no tienen respuesta. O no deberían tenerla, digo yo, que soy un viejo escéptico que no cree en nada, y creo que es mejor dejarlo como está, Si no acabas loco… - Bien, ¿y que más pasó? Pues que los médicos le dijeron a la madre de Sasha que anotase la hora exacta y la frecuencia con que se presentaban aquellos puntos luminosos de matiz azul, y la madre le dijo al hijo que la avisase, a cualquier hora del día, a pesar de que el chico insistía que duraba unas breves décimas de segundo…Pues resultó que el chico avisaba a su madre siempre de noche, cuando estaba completamente a oscuras y medio dormido en la cama. O sea, que nada de entrever luces. Le pasaba siempre en la oscuridad. Y duraba menos que un suspiro. El chico explicaba que se tenía que concentrar mucho, para que apareciese aquel punto de luz. Y los médicos descartaron toda esperanza, pero la madre se aferró. Y un productor de televisión le puso en contacto con unos videntes que tenían un programa, y entre todos adiestraron al chico. Se dedicó al mundo del espectáculo. Adivinaba pensamientos y cosas ocultas, y tonterías así.


- ¿Siempre son mentiras estas cosas que dicen? - ¡Siempre, chica, siempre! ¡Si fuese verdad, no tendrían espectáculo, no tengas duda alguna! “El inocente es inocente porque no sabe lo que es inocente. Si no no sería inocente”… ¿Me entiendes? - ¿Y que mas pasó? - Pues que aquel día yo estaba desocupado fui a aquel teatro y le vi. Era un chico ya de veinte años o más, y yo estaba firmemente decido a regresar a casa. Vete a saber porqué, me añoraba. Imagínatelo: sentir añoranza por un país que ni recordaba…Y es que las personas somos pura biología, y el lugar donde has pasado tus primeros años debe formar parte de la memoria biológica. Nada que ver con patriotismos ni todas esas zarandajas… - Pues yo, de mi país, cada vez recuerdo menos. - Porque eres demasiado joven. Cuando cumplas la cuarentena ya me lo sabrás decir. Aquel espectáculo donde salía aquel chico ciego no me interesaba ni poco ni mucho, pero cuando le vi haciendo el payaso, concentrándose y todas esas tonterías, le noté tan triste y tan abatido y se le veía tan víctima de una especie de conspiración… - ¿Conspiración? ¿De quien? - En primer lugar, de su madre. Las madres son un espécimen muy curioso. Matarían por sus hijos, todos lo saben, y algunas matarían a sus hijos y todo. ¡Por amor, es evidente, esto es sagrado! Pero cuando algún empresario, o algún productor se fija, aquel hijo ya está listo. Venderían el alma al demonio, porque el “triunfo” del hijo es algo más que dinero: es la paga de alguna deuda oculta que tienen en las entrañas. O la manera de convencer al mundo que han parido un hijo distinto de los demás…Son la plaga del mundo del espectáculo. ¡Las madres…! ¡Cuanta literatura y cuanto vitriolo, todo mezclado! Creo que pierden la cabeza. O proyectan todo aquello


que…Bueno, yo que se. El caso es que me conmovió aquel pobre chico, que hacía trampas para adivinar nombres y edades y el dinero que alguien del público llevaba en el bolsillo. Estaba pálido y demacrado y no daba ninguna gracia verle. Hacía sufrir. Cuando se acabó la representación fui a verle a su camerino. Estaba solo, medio a oscuras y fumaba un cigarrillo mentolado, con el maquillaje aún puesto. Debía esperar a su amantísima madre que le vistiese… ¡Que cosas pasan! - Pero, ¿Por qué le fuiste a ver? - No lo se…tal vez para hacerle compañía (me volvía a casa y tenía una cosa que no quería ni tirar ni llevármela conmigo. Era una atadura y no quería. ¿Quién me la podía guardar? No conocía a nadie con la suficiente confianza, y aún menos a alguien ajeno a lo que aquella cosa significaba). Tenía que ser alguien desconocido, que si lo perdía o se lo robaban, al no saberlo yo, no sintiese culpa. Era yo el que no podía deshacerse, porque no era un objeto vacío de significado. Sasha me pareció perfecto. Cuando se lo pedí, que me lo guardase el, hasta pareció agradecido y todo…) o tal vez para ayudarle. Fue un impulso. Le dije que lo estaban matando, toda la gentuza que le explotaba un don que no tenía. Que no tiene nadie. Y sonrió desmayadamente, como un fantasma torturado que ha pensado lo que dices todos los minutos de todos los días. Le dije que si me hacía un favor le pagaría una escuela para ciegos. Imagínate: no sabía ni leer ni escribir. Decía que “no había tenido tiempo”. Son como buitres, las madres, a veces. Yo había oído nombrar una buena escuela, allí mismo, en Los Ángeles. Le di la dirección y un buen montón de dólares. Y le dije que huyese ahora mismo. Que, a cambio, solo le pedía que me guardase una cosa… - ¿Qué cosa? ¿Qué te tenía que guardar, Quim?


- A ti no te importa. - ¡Coño, no me dejes así! - ¡No digas palabrotas! ¡Te lo he dicho mil veces! - Ah, ¿y tu si, verdad? - Yo soy distinto. - Narices. - Me cogió las manos e intentó darme las gracias, pero no se lo permití. - Eres un tío cojonudo. - Ni tío, ni cojonudo. Te lavaré la boca con jabón, chica. - ¿Y lo hizo? ¿Lo de huir? ¿Aprendió a leer y a escribir? - No lo se. Ni yo le dije mi nombre, ni el modo de encontrarme. ¿Sabes? Es la primera vez que se lo cuento a alguien. Tal vez continúe haciendo de adivino, ves a saber. - ¿Y aquella cosa te la guardó? - No lo se. - Creo que eso de que te guardase una cosa era para disimular. Para convencerle que era favor por favor. Eres un tío…un hombre… ¿Sabes algún sinónimo de cojonudo? Joaquín la saca del despacho y se queda solo. Recuerda la joya como si la tuviese delante: un triángulo, y dentro, como el escudo de Valencia, las cuatro barras cubiertas por una corona, entre dos columnas. Las dos columnas son unas “eles” que se dan la espalda. Después, debajo, otro triángulo con el ojo dentro, una escuadra y unos rayos que salen. Caramba, la quería. Pero romper ataduras significa romper ataduras. Hasta que llegó la carta de Jack Thurber, y resurgía todo aquello, con cuatro letras escritas de prisa y la presencia de Dolores, desde los profundos lugares de la memoria… Después intenta cerrar los ojos y de imaginarse un punto de luz, azulado. A veces si que sale. Pero el no es ciego.


El pasado, de vez en cuando, tiene estas interrupciones. Como si estuviese allí mismo, ante ti. Tangible. ¿Por qué recordamos tantas cosas? O, mejor aún, ¿por qué olvidamos tantas cosas?

14 - El sexto escalón: La Plomada (B) Dolores ha convencido a Victoria para ir a la peluquería. Ha descubierto que la mujer se tiñe el cabello con un líquido negro que hace churretes y parece laca china, acharolada y falsa. Pero no se lo ha dicho, porque la mujer presume de no tener ni una cana, con sesenta años cumplidos. Miras a aquella mujerona y te preguntas que clase de resorte puede hacer, que entre tantas capas de fealdad, se esconda una pizca de presunción. Quizá cuando nos miramos al espejo vemos nuestro rostro suavizado por la feroz estima que nos tenemos a nosotros mismos. Le ha dicho para convencerla, que aquellos cabellos estirados hacia atrás ya no se estilan, que la hacen mayor, que en su peluquería hacen unas permanentes suaves y aterciopeladas como campos de trigo batidos por el viento. - Y de paso te podrían teñir. No porque lo necesites, ¿eh?, sino porque un negro que no sea tan oscuro hace las facciones menos duras. La mujer tiene caídas las comisuras de los labios, siente desconfianza y menosprecio por las cosas poco naturales que la gente se pone encima, y la timidez de ser estudiada y vestida por jovencitas vanas y desconocidas y por grandes espejos bien iluminados que no perdonan nada. Pero se deja vencer, y Quim obedece el gesto de la chica de no pinchar a Victoria, pero las despide con una sonrisa del que se traga la risa. Es la mofa, y Victoria hace constar que va para hacer callar a aquella mocosa pesada que no la deja vivir, y mientras lo dice, no puede evitar ruborizarse.


El Vulgar ha crecido bastante y está bien educado. Aún es un cachorro juguetón pero tiene cabeza. Más que algunas personas. Sabe como tiene que tratar a la dueña, al amo y a la criada, y no se equivoca nunca. Ahora se aguanta las ganas de jugar porque en casa solo están Quim y el, y se queda en la alfombra, a los pies del amo, quito como un perro viejo, aunque mueve la cola rápidamente. Quim ni le mira. Pero cuando se pone a hablar en voz alta, el cachorro levanta la cabeza y escucha. Es de color de crema tostada, y las manchas, como ha pasado con las pecas de Dolores, se han ido aclarando. La punta de la cola la tiene blanca y el morro negro. Los ojos, muy oscuros y con una humedad reluciente, como dos grandes gotas de agua negra. Cuando Quim se levanta, el perro le sigue, pero allí donde le conduce el amo al perro le parece que está prohibido ir, por lo que se oculta detrás de sus piernas. Quim ha entrado en la habitación de Dolores. Hace días que lo piensa. Nota el deseo de mirarlo todo, de rebuscar en los rincones, de saber que guarda y que esconde. No puede tener secretos. No los puede tener. No puede. ¿Y un diario? No cree. ¿Y una carta? Ni hablar, lo sabría. Un secreto. Una traición. También hay un placer, el placer de oler la ropa, de acariciar tejidos, de palpar cadenas y colgantes, la pulserita de piedras de su aniversario, la transparencia eléctrica de las medias, la suavidad del moaré de sus jerseys, el perfume del maquillaje, la fragancia del champú… Vulgar le ve hacer, inquieto, y no mueve la cola ni se atreve a entrar del todo. Aquel espacio es de la dueña. Ha visto entrar por las noches al amo, y ha escondido la cabeza entre las patas, porque intuye que hay algo que se vulnera en ese entrar clandestino en la habitación de otra persona. No es como cuando Victoria entra a limpiar. Está el pecado. Un perro sabe más lo que es un pecado que la mayoría de los humanos.


Joaquín sabe que tiene tiempo. Las peluquerías son lentas y estipulan un ceremonial muy complicado. Además, las oirá entrar, si acaso vuelven antes de lo previsto. Abre cajones y toca. Mete la nariz. Levanta unas braguitas, suaves como piel humana, apoya la cara, y las besa. Hay unas medias sobre la silla, que aún conservan la forma de las piernas, y las levanta también, y mira a su través: son como una telaraña dura y blanda a un tiempo. O como la piel del agua. Revuelve los botes, los tubos, los frascos, los pinceles, los cepillos, las mágicas cajitas de encima del tocador. Toda la ropa está colocada en orden. Hay algún papel, pero son redacciones que el le ha puesto, o algún poema que ha copiado. Tiene una especie de amuleto, hecho con dos botones de cristal, aplastando una araña dentro, que tiene las patas estiradas, que salvaje está hecha todavía, y si rascas… Unas pocas joyas, clips y agujas de cabeza, útiles de manicura, el armario lleno de vestidos… Joaquín siente y toca a Dolores sintiendo y tocando aquellos objetos, oliendo aquellos perfumes. En el cajón pequeño de la mesilla de noche hay una caja. Es una caja hecha a mano, con cartones, y forrada con tela estampada. Dentro hay dinero. Un buen montón. Joaquín le da dinero con frecuencia. Para comprar cosas, para ir al cine, para cenar fuera, para hacer un regalo a Victoria. Cuando ella le pide y cuando a el le apetece. No te tiene que faltar nada, le dice si ella los rechaza porque no necesita tanto. Y ahora están allí, ante el. Los extiende por la cama y los cuenta: hay veintisiete mil cuatrocientas treinta pesetas. Le es imposible saberlo, pero casi debe ser todo lo que le ha ido dando. Una chica que no sale nunca, que lo tiene todo cubierto. Y se lo ha guardado. Nota un pellizco en el corazón. ¿Para que los guarda? ¿Es que no sabe que si le pide dinero se lo dará siempre? Si le ha dicho dame para un helado, le ha engañado, porque era para guardarlo en la cajita de cartón forrada en tela estampada.


Está ahorrando. Dolores está ahorrando. Dinero guardado. Se quiere ir. Siente una bocanada de rabia y de dolor a un tiempo. Es un engaño, una trampa, una mentira, es… Guarda dinero a mis espaldas. Tiene ganas de llorar. Ahora siente ira, y piensa decirle que es una pécora, que es una… Mira al perro, aun en el quicio de la puerta, inseguro, observándole. ¿Y si fuese que…? ¡Ah, claro que si! Le gusta tener un rinconcito para ella. Le gusta notar la independencia de comprarse un capricho sin tener que pedirlo. Se está haciendo mayor, es eso. Además hay gente que ahorra y no lo pueden evitar. Recuerda el día que se puso hecha una furia, insultando a la criada de los de arriba, y subir corriendo las escaleras a cantarles las cuarenta, como un ejército que no teme nada al enemigo. Y que le dio dos hostias, pero solo para cortarle el histerismo, porque la estaba admirando. Es decidida, no tiene miedo, sabe lo que quiere. Y esconde el dinero. Sabe lo que quiere: no se perderá por el mundo, nunca se acobardará. Es magnífica, es admirable. Entonces devuelve el dinero, procurando que esté exactamente como lo ha encontrado. Ahora siente ternura, porque tiene una hija fuerte y dura, y decidida, que sabe guardar un dinero por si acaso, que saldrá de todo. Y cuando deja la habitación, seguido por el perro, sonríe y se va pensando si la propondrá abrirle una cuenta en el banco… (La oreja, redonda y tierna; la barbilla firme – solo un leve hoyuelo en el centro – la ceja en un arco perfecto. Los pechos altos y las caderas bajas… Soy un oscuro deseo, porque sentir no siento. Soy un bramido mudo y soy grotesco. Tengo avaricia y tengo envidia. No puedo crear, solo contemplo. Dolores da una fresca carcajada, da media vuelta y sale. Se ríe de mí.)


Segrega jugos beatíficos cuando regresan las dos mujeres. Hasta acaricia la cabeza del perro, que se deja hacer, pero que se va corriendo, ladrando, al encuentro de la chica. Victoria está agresiva, porque se siente avergonzada del nuevo peinado. Lleva el pelo corto y rizado, de un color caoba, y la papada le tiembla de indignación que no sabe contra quien dirigirla. ¡Las malas putas, que nos han clavado un pico, por cuatro potingues que me han puesto! Papa dineros, ladronas, estafadoras, por ponerte las manos encima quieren que les des todo lo que ganas con un trabajo honrado. A trabajar las ponía yo, a recoger esparto en el campo, a cargar barreños de ropa, a transportar cestas de frutas, a partir leña, a recoger olivas, a… Quim se ríe y la piropea, porque tiene el corazón de jalea temblorosa y blanda y el refunfuñar de Victoria son inútiles porque la cuenta de la peluquería no la pagaba ella y no es lógico que hable de jornales ni de trabajos aperreados. Se la ve más gorda y nada favorecida. Pero querer más sería un milagro. Cuando se atreve, la mujer se mira al espejo del pasillo, se toca con delicadeza los rizos y se queda unos instantes extasiada, calibrándose. Dolores y Quim disimulan, porque la ven desde dentro y se miran con picardía. Cuando llega Joan Carnisser, nada de meriendas, Victoria dice que ha hecho una cena muy especial. Soufflé de queso y perdices al vino, y mientras lo sirve, sin saberlo ella misma, va canturreando una canción que parece mora, llena de cadencias, y luce una sonrisa, como una flor, que si que la embellece. - ¿Sabes, Joan? Dolores es como una telaraña. - ¡Pero hombre, que dices! Si está preciosa, y es buena chica... - Por eso mismo lo digo. ¿Tú te has fijado nunca en una telaraña? Es una obra perfecta. Casi un milagro. Es jugosa y


fresca, como hecha de agua, y al mismo tiempo, dura y resistente… - Si, y pegajosa. Es para cazar moscas. - Imagínate una telaraña acabada de tejer, en un árbol, y que la de el sol. La geometría, la perfección y el ingenio de fabricar un sistema en que todo está relacionado con todo. La alarma más perfecta que existe. - Quieres decir que la chica atrae a muchos moscardones… - No tienes sentido poético. - ¿Que tiene de poético una mosca, pensada como alimento? ¿Qué tiene de poético el número de proteínas que necesita una araña para sobrevivir, y el código genético donde tiene impreso como se las ha de apañar para conseguirlas? Una mosca es un insecto. Nada más. - No te creas: un ala de mosca es también una irisada obra maestra. Por cierto, Joan, ¿verdad que Dolores tendría que tener una cuenta propia? Nada excesivo, pero que sepa que tiene algún dinero propio… Aquella noche, por vez primera, mirándola dormir, se agachó y la dio un tierno beso en los cabellos. La chica volvió la cabeza, rompiendo la plácida postura que tenía, y enseñó el cuello, que parecía de cristal esmerilado a la tenue claridad del faro. Joaquín miró aquel cuello doblado, de indefinible consistencia. Una piel tan sutil como un suspiro, con una turgencia transparente. Una telaraña puede ser una maravilla, pero el cuello de Dolores, toda su piel era más perfecta. Más que la piel nacarada de la fruta fresca. Más suave que la superficie lisa del agua, más calida que el aliento de la boca de un recién nacido… Vulgar no está en el umbral, ni espiando a Quim desde su cesta. Esta vez entra y mira aquella larga escena, y poco a poco, en un silencio total, se acerca. Pone las patas sobre el borde de la cama, tocando a Quim. No se le oye ni respirar, y está inmóvil


como un ser inanimado. El hombre y el perro miran el cuello de Dolores. Los dos estáticos, parece que rezasen. 15 – El séptimo escalón: El Compás (A) Finalmente, un domingo de primavera que parece verano, Dolores ha ido a Rosas a hacer otra excursión con la barca motora de Serafín – de Rosas a La Escala – porque la anterior fue todo un éxito, y le habían contado maravillas. Son los mismos de la vez anterior: Serafín y Rosario, Martí y ahora ella. A última hora se ha añadido Laura, una amiga de Rosario. Cuando vuelve es casi de madrugada, y Joaquín está esperándola. Está en su estudio y tiene cara de sueño. Le dice que no se ha quedado por ella, sino por un informe bancario que debía estudiar, pero el informe está abierto por la primera página y a su lado no hay una cuartilla llena de numeritos, como siempre que estudia algún proyecto comercial. La chica está cansada pero alegre como la espuma de champán. Se sienta en el suelo y pone la cabeza sobre las rodillas de Quim, y se dispone a contárselo todo. Le dice que el viaje hasta Rosas ha sido largo, porque iban demasiado estrechos en el coche, y que le encontraba a faltar entre aquella conversación insustancial que usan todos los jóvenes. - Se ve que yo soy mayor. - O tal vez que has vivido más cosas que ellos, y esto te ha hecho madurar. Pero añade que ella tiene un sistema cuando se aburre para no parecer que se impacienta. Dice que concentra la vista en un punto, solo en uno, y que deja que sus pensamientos fluyan hacia ese punto. Entonces el espíritu descansa y los nervios desaparecen. Se concentró en una “G” que había en el


parabrisas, creo que por ser la inicial de “Golf” que es el nombre del coche de Serafín (una G. Una G. Una G entre las patas de un Compás…) pero que al llegar al agua se sentía tan excitada como todos. Eso lo tiene el mar, que calma y excita. Quizás si que hay ánimas o hechiceras diminutas que habitan entre el agua del mar, como aquella historia que me contaste, Quim. Y que la barca es preciosa. Que Laura se mareó un poco pero que serafín fue prudente. Que Rosas es blanca y limpia, y La Escala, desde el agua, parece un sueño de piratas. Que se comieron los bocatas y tenían mucha sed. Bebí tanta cerveza que no paraba de ir al water…Que cenaron en el motel, aunque Martí decía que que lata hacerlo todo igual que la otra vez, ¿es que no tenían imaginación? Pero que Serafín quería hacerlo todo igual que la otra vez. En honor a Dolores. - Era en mi honor, y Rosario me cogió antipatía. Laura no lo se, porque estaba mustia por haberse mareado. No valen ni un real ninguna de las dos. - ¿Qué os pasa a las mujeres, que os odiáis tanto? – y justo en aquel momento Quim empieza a acariciarle los cabellos, mientras le habla. Despeinada, aquella mata de pelo recogida y medio deshecha parece la corola de una flor roja. Tiene algún granito de arena y humedad de sal – Os miráis de reojo, os espiáis, os denigráis. Como si fueseis rivales, como si cada mujer fuese, para otra, una competencia peligrosa que hay que eliminar. - ¿Yo?, ¡yo no hago eso! - Lo hacéis todas. Y entre guapas más. - Suerte que yo no soy guapa. Y entonces Joaquín deja de mimarla y la aparta de sus rodillas. Ella le cuenta también que, a la vuelta, Serafín quería que se detuviesen en su casa. A tomar el desayuno, y que los demás si


se avenían, pero ella no. Y eso que tenía ganas de tomar una buena taza de leche bien caliente. - ¿Por qué no querías? La chica aún está sentada en el suelo, a los pies de Quim, con el cuerpo erguido y los ojos melancólicos. - Por ti. - ¿Por mí? ¿A que viene esto? ¿Qué tengo yo que ver? - Nada. Que te encontraba a faltar. Quim se siente tan profundamente turbado que se levanta de golpe. Casi tira la butaca, la que sube y baja, que se inclina y de levanta, y se va malhumorado, o haciéndolo ver, hacia la cama. La chica, que todavía tenía mucho que contar, se queda mustia. Como una copa medio vacía después de una fiesta. Y también se va a dormir. Jacinto Escrivá ha venido un par de veces a visitarla, desde lo del ramo. La telefonea y la propone salir. Dolores nunca ha encontrado el momento, o no le hace gracia aquel médico joven que vio como estaba hecha por dentro. Pero, mientras comían, le dice a Joaquín que por la noche saldrá a cenar con Jacinto. Quim, de pronto, nota un temor irracional que intenta desviar inútilmente de su pensamiento. Le ata la rectitud del camino, le abulta la finura de la lógica, le trastorna la coherencia del discurso. Como todos los miedos, el suyo es un miedo irracional. “Dice que le echó de menos en Rosas. Pero en un momento u otro dejará de hacerlo. Será estando conmigo que añorará a los demás”. - Que cene aquí. - ¿Por qué? - ¡Porque lo digo yo, y basta! Victoria saca la mesa y mueve la cabeza, un movimiento de sabiduría concentrada y antigua, y murmura que los jóvenes han de estar con los jóvenes, que es ley de vida, que los mayores


estorban, que ni siquiera hablan igual y que no piensan lo mismo. Y que, sobretodo, no sienten igual los mayores que los jóvenes. Joaquín se enfurece y dice mil barbaridades que ofenden y humillan a Victoria, que se vuelve a la cocina, altiva y desdeñosa; su culazo, a popa, se columpia sin prisas, con la altivez de un animal herido que se va sin miedo y sin volverse. Con el orgullo triste de la vaca ciega que se aleja moviendo su larga cola con languidez. Por eso ha venido Jacinto Escrivá a cenar, y está cohibido, y hay nubes negras en la frente de Quim, avergonzado de su propia inseguridad y de una conducta que no es la de el. Lo último del mundo que confesaría es que ha sentido miedo. Pensamiento prohibido: el miedo. Porque significa debilidad. ¿A quien le gusta confesar que es vulnerable? La cena es lentísima, ralentizadas las horas del reloj, incómodos los gestos, morosas las palabras. El chico ya no sabe que conversación sacar, y Dolores tozudamente mantiene baja la cabeza sobre el plato. Victoria ha quemado la cena y casi no se puede comer. La chica se ha aficionado un poco a bordar. Solo por diversión. Hace un almohadón. Ha comprado un tambor y un cañamazo que ya lleva el dibujo impreso de la tienda. Lanas de todos los colores, ya ovilladas, están en una bolsa transparente. Tiene el pelo recogido, henchido como una corona alrededor de la cabeza y lleva un largo vestido, de estar por casa, sin mangas y fresco. Parece una dama de otros tiempos. Borda en la sal, y Joaquín tiene periódicos ingleses y americanos que hablan de finanzas y vuelve las hojas haciendo ruido de aleteo de pájaros. No retira su cara de delante de la sábana de papel impreso, cuando dice: - Perdóname, chica.


Ella deja el almohadón y mira el periódico abierto un buen rato. - ¿Por qué, Joaquín? ¿Por qué te comportaste así? Entonces dobla el diario, apoya los codos en las rodillas, inclina el torso hacia adelante, descansa la cabeza en las palmas de las manos, y desgrana su confesión: - Estaba de mal humor. Pero me equivoqué. Yo también cometo errores. No soy perfecto. La diferencia es que yo se reconocerlo. Bueno, Dolores, ya lo sabes: sal con quien quieras y cuando quieras. La chica abre sorprendida los ojos. - Pero si a mi eso me la repamplinfa… y le mira esperando que la riña, pero el deja pasar la vulgaridad – Lo que me duele es el modo como hablaste a Victoria. Ahora el sorprendido es el. Con esta chica nunca se sabe. Vete a saber que circula por dentro de ese cerebro. Es media mañana y hoy no hace calor. Las nubes se han engrosado y amenaza tormenta, pero por levante quedan algunos claros. Tal vez estalle a media tarde. Se oye estridente la música fuerte y sincopada de los de arriba. Deben de haber salido los padres, y el chico se aprovecha. ¿O el hijo mayor se casó? No está seguro. No sabes nunca ni que vecinos tienes y lo sabes todo sobre los hijos y las vidas de los famosos de pacotilla, los personajes de cartón piedra de las revistas, hasta las serias y todo. Quim dice que ha de salir un momento. La chica calla y borda. Aquel almohadón, que seguramente no servirá para nada, lo hacía para Quim. Pero ha decidido dárselo a Victoria. Cuando se cansa se va a pasear con Vulgar, que intuye la tormenta y está inquieto. Cuando regresa entra a la cocina a prepararle la comida. Primero le da agua pero el perro no bebe. Victoria tiene ojos de haber llorado y vacía el lava vajillas haciendo, con la boca, ruiditos de dolor en la espalda, suspiros, algún ay, y fatigadas resonancias de agacharse e incorporarse.


Busca en el bolsillo del delantal y saca un paquete, desenvuelto, pero aún con el papel de la tienda. Se lo alarga a Dolores. - Mira que me ha regalado. Sin ser mi santo. Es una botella de perfume francés que se llama “Poisson”. Solo la botella es ya una obra de arte. - En cuanto ha entrado, la ha puesto sobre la mesa y me ha dicho, toma, esto es para ti. Mira, son cosas que no puedo resistir. Hay gente que no puede resistir ver llorar a alguien, y hay quien no puede resistir oír gritar a otro. A mi, lo que de verdad me quita las fuerzas de las piernas es ver al amo arrepentido. Créeme: no lo verás mucho. - ¿Era su forma de pedirte perdón, verdad? - Exacto, y me he puesto a llorar como una criatura. Ahora he de hacer ver que no me ha dado nada. Ya ves, ni las gracias le puedo dar. - ¿Por qué? - Pareces tonta. Porque esto significa punto final, ¿lo entiendes? Como no sabe decir “Perdóname, Victoria, que he sido grosero e injusto”… Mira si unas palabras así las iba a decir el, que está por encima de todos. Pues me planta el regalito delante, y yo se que lo ha comprado el mismo, que lo ha elegido. Y no le puedo ni dar las gracias, ¿pero, ves? Me ha llegado al corazón… La chica no tiene el valor para decirle que aquello va por ella, por Dolores. Ni para contarle que a ella si que le ha pedido perdón, y que aquel frasco de cristal, que atesora aromas delicadas y elegantes, es para que le perdone ella. Le coge la mano fuerte, grande, roja y arrugada y se la aprieta en silencio. A la hora de comer Quim le da una noticia que le suena como si fuese un petardo estallando al lado de los oídos: que ha recibido carta de Jack Thurber. - Dice la muerte de tu padre fue una cosa organizada, y que es muy peligroso. Que suerte que huiste tan y tan deprisa. Que no


se lo diga a nadie. Que no le escriba. Que aún corres peligro. Que conserves el nombre de Dolores Mendoza. Que tal vez con el tiempo… Porque hay orden de buscarla. Que el corre un gran riesgo, solo por escribir una simple carta, porque aquella banda organizada está por todo el mundo y lo saben todo… Dolores no tiene miedo del peligro. Sabe que está a salvo, allí, con Quim, en Barcelona. Siente otro tipo de inquietud, más profunda e indefinible. Se maravilla y asusta que esté olvidando su pasado, y que el nombre de Thurber, y hasta la muerte del padre, le llega sonando desde muy lejos. De un pasado tan remoto que podría hacerse la ilusión que nunca ha existido. Es solo un sueño que se deshilacha durante el día y que, a las pocas horas de haber nacido, se desintegra, se evapora, se desvanece. Se olvida. Y todo lo que se olvida es como si nunca hubiese existido.

CAPITULO VI - TIERRA 16 – El séptimo escalón: El Compás (B) Una perla es cada insulto, un diamante cada afrenta. ¿Con que otros sentidos me haréis ver este cielo azul sobre las montañas, y el mar inmenso, y el sol que brilla por doquier? Los labios se le entreabren para la dulce lucha y tiene en los ojos un canto brillante como de puñal. Feliz el que ha vivido bajo un extraño cielo y su paz no cambiaba y quien desde unos ojos amorosos acechando la brava garganta no ha visto mezclado el engaño…Vosotros no sabéis lo que es guardar la madera en el muelle: pero yo he visto la lluvia caer a cántaros sobre los barriles…Cuantas gaviotas con claridad de exilio, cuantas chicas vestidas de desnudez, cuantas gafas oscuras para no ver, cuantos elefantes sagrados que no leen nada. Todo está lleno. Todo está


lleno. Todo está lleno. Todo está lleno. Como una lira ronca, por la lluvia de plata hacían cálidos arpegios las largas manos del viento. Los hombres no son sino son libres y diversos son los hombres y diversas las lenguas. Cuando yo me enfrasco en una causa justa, como Tell soy adusta y arrogante. Cuando estalló la guerra yo tenía catorce años y dos meses. De momento no me hizo demasiado efecto. Tenía la cabeza llena de otras cosas, que ahora juzgo aún más importante. No había en todo Valencia unos amantes como nosotros. Con ramos de luz adorno soledades, con ramos de oscuridad enciendo todos los deseos. Y me esponjo con el cuello hinchado y bailo, a pesar de saber que me acechan los ojos del cazador… Así se iba hilando, huso e hilo. El huso, la historia, flecha henchida donde se enrosca el hilo frágil de las palabras. 17 – El séptimo escalón (rellano): El Compás © En el corto camino del comedor a la cocina, Victoria lanza un gemido. Se le cae de las manos la bandeja con dos platos no vacíos del todo, y se oye un estruendo. Con las manos libres, tantea el aire, como una gaviota antes de emprender el vuelo. Las deja caer y todo su cuerpo se hunde lentamente, como por etapas: un navío naufragando bajo las aguas. Cae el culo primero antes que nada, que se sienta en el suelo, en un contundente desplome. Se queda sentada, de cara a la puerta, de espaldas a la mesa y a sus dos comensales, que ahora se levantan, con los cuerpos echados hacia adelante, precipitándose hacia aquel viejo elefante que así se desploma. Auxilio inútil. La mujer se ha quedado sentada con las piernas rectas y totalmente abiertas, la cabeza caída, la papada contrahecha bajo el peso de la cabeza completamente gacha. Tiene los ojos cerrados.


Ha muerto así, sentada en el comedor de la casa del amo, y con los trozos de platos y de restos de comida escampados a su alrededor. Dolores y Joaquín se agachan, se arrodillan, le hablan, la tocan. La zarandean y entonces el cuerpo derrotado cae de lado. La cabeza rebota en el suelo. El estupor los petrifica y tardan uno segundos en ir al teléfono a pedir ayuda. Una ayuda imposible, pues la muerte cuando se presenta tiene la partida ganada de antemano, por anticipado. Antes de ir, como patos mareados, hacia el teléfono, se percatan que la mujer se ha orinado encima, cuando se ha sentido ahogada por la fría y ganchuda mano de la muerte. 18 – El séptimo escalón (bajando): El Compás (D) Al entierro de Victoria no fue nadie. Ni la señora Rosa que tanto la aprecia y le da la carne más tierna y blanda del mercado. Ni la Paca que le vende los huevos. Ni la criada de pómulos abultados de arriba, que le había parecido tan buena mujer. Ni la Teresa, la de las medias, que borda sin parar para los demás. Ni Lucas, el zapatero, que un día la había propuesto casarse y compartir los sueldos. Ni el Remigio, el dependiente de la charcutería, que sabe exactamente como le gusta a Victoria que le prepare el queso rallado, las tiras de bacon, los dátiles más jugosos…Ni Gonzalo, el monaguillo, que le vende cada año, el 13 de marzo, una vela en memoria de su marido. Ni la verdulera, ni la pescadera, Ni Roser, que tiene una mercería donde siempre compra la mujer. Tampoco ha venido la Quimeta, la vecina de siempre, de cuando estaba casada y que le guardaba al niño, porque aquella mujer se había muerto hacía más de diez años. Quizás veinte. Hace un día espléndido de verano. El sol alegra los nichos. Quim y Dolores han estado solos en Sancho de Ávila y ahora están solos en el cementerio. Ninguno de los dos habla, porque


tienen algo en la garganta, una bola grande, densa y pesada de una pena anclada y azorada. Ni se han mirado. Un sacerdote anónimo dice cuatro cosas y unos paletas hacen xxaff, xxaff, con unas paletadas de yeso, y tapan el nicho. Entonces Dolores coge de la mano a Quim que le cuelga como la manga de un abrigo en el armario. El no se la aprieta. Ninguno de los dos llora. Xxaff, xxaff, hacen los paletas. Después alisan la pasta con una rastra y quedan unos caminitos circulares. La pasta es gris, pero el sol batiente le va sacando la blancura de debajo. Cogiéndose la mano, se vuelven hacia la puerta del cementerio de Montjuïc. En el caminito está Ramón, el chico del pan. Lleva un ramito de flores doradas y tiene las mejillas blancas. Los mira y no dice nada. Se pone a caminar con ellos, callados los tres, y van bajando a pie la falda de Montjuïc. Ramón no se ha acordado de depositar las flores en el nicho de Victoria. Hay muy poco transito, a aquella hora de calor, y se oyen las pisadas de tres pares de pies – clap-clap-clap-clap-clap-clap – sobre el asfalto.

Tercera Parte NEGRO CAPITULO VII – RECTIFICANDO 19 – El séptimo escalón (bajando): El Compás (E) Se quedaban horas en silencio, y encontraban que la casa estaba escandalosamente vacía. Pero Quim no se daba cuenta, como si le diese vergüenza sentirse afectado, y cuando hablaba, chasqueaba la lengua y decía: “Total, una simple criada. El mundo está lleno”. Y ponía cara de estar perdido en un país


extraño. Vulgar lloriqueaba y se pegaba a Dolores como si viese la sombra de Victoria y sentía temor. Lo primero que pidió Dolores es que no tuviesen otra criada, que era insultante que alguien se posesionase de la cocina, de la habitación, del territorio vital de Victoria. Bobadas, dijo Joaquín. La segunda, que le dejase llevar la casa a ella. - Bien, como quieras. Buscaremos una asistenta, pero eso son sentimentalismos estúpidos, porque criada o asistenta, bien tendrá que mangonear en la cocina, digo yo. Pero que tú te pongas a limpiar y a cocinar, eso ni hablar. Sácatelo de la cabeza. Ella le rogó que, por lo menos mientras encontraban una asistenta, se lo dejase hacer, que le apetecía, y que no sabía que fuese tan snob como para vetárselo, pero Quim se mostró inflexible, y no hubo nada que hacer. Incluso el primer día, fue el quien recogió la suciedad del suelo, y a Dolores solo le dejó preparar unos bocadillos fríos. Pero llegó el día que tuvieron que entrar en el recinto sagrado de Victoria, su dormitorio. Ninguno de los dos había entrado nunca, excepto Dolores, el primer día de estar en casa y ni tan solo traspasó el umbral. Pero la mujerona estaba tan viva allí, era tan notorio su olor, la forma del cuerpo en sus vestidos enormes del armario, había tantos objetos personales, que se les cayó el alma a los pies y salieron de puntillas, como si temiesen espantar algún fantasma dormido en algún rincón de la habitación. Quim se sentó y se rascó la barbilla y, como siempre pasa en estos casos, cuando alguien tiene dinero y hay alguna tarea desagradable por hacer, se puso a pensar quien podría vaciar aquella habitación. Alguien a quien no le temblasen las manos ni tuviese otro interés que el de un salario. A pesar de que, desde que habían salido a hurtadillas de aquel dormitorio tan lleno de recuerdos de Victoria, no habían vuelto a


abrir la boca, y se sentaban en silencio mirando al aire, Dolores habló como si hubiesen estado conversando y no fuesen pensamientos, sino palabras, lo que llenaba su debilidad. - Familia no debe de tener ninguna. Claro que Ramón tal vez podría… Quim no dijo nada, y Dolores telefoneó a la panadería. Se llevaron la sorpresa de saber que ya no trabajaba allí, que hacía meses que había dejado la panadería, pero que tenía teléfono en su casa y que ahora se lo daban, porque habían quedado contentos de su trabajo e incluso les había ayudado a encontrar un sustituto que, la verdad sea dicha, aún no había cogido el ritmo, pero que se le va a hacer, se hacen hombres y quieren salario de hombres, así son las cosas… Cuando telefoneó a su casa, el chico no estaba, y habló con una mujer que dijo ser su madre, y que como estaba, que la recordaba de cuando vino a ver a mi Ramón, el día que un camión aplastó al pobre Tom. Dolores no recordaba de ninguna de las maneras que hubiese conocido a la madre de Ramón, ni habría podido describir como era aquella mujer porque, si había llegado su imagen a la retina, no había traspasado la sutil e inextricable barrera de la memoria, y se le había ido de la cabeza sin ningún ruido, como el humo de un cigarrillo ante una ventana abierta. También dijo que le daría el encargo y que no tuviese cuidado, que mi Ramón es muy cumplidor, que no parece un chico de los de hoy en día que van locos por la vida, y que nunca le había dado ninguna preocupación, mire si es suerte, en los tiempos que corren… Las quejas ancestrales. La edad de oro, que todos hemos perdidos, desde siempre. La inocencia, que se quedó encerrada en el fondo del cajón más profundo de todos, y echamos la llave al mar, donde la Matarile no la encontraría nunca. El pasado si que era bello. ¡Ay, el pasado, tan remoto, que lástima que lo hayamos perdido! El pasado no existe, y no lo sabemos.


Habían encontrado bistecs en el congelador de la nevera, y estaban padre e hija preparándolos en la cocina, en una sartén, porque ninguno de los dos sabía manejar el microondas y el prospecto con las instrucciones vete a saber donde estaría a aquellas horas. Cuando llamaron a la puerta, fue Joaquín, y entró en la cocina con Ramón que parecía más alto y más hombre, o quizás era el efecto que le necesitaban y había crecido a los ojos de ambos, de repente. Ramón aceptó a quedarse a cenar con ellos si se lo dejaban hacer a el, que si que sabía como iba el microondas y que freír bistecs congelados era una mala cosa. También sabía otras cosas: como funcionaba la lavadora y el lavavajillas, y se lo explicó poco a poco, como si fuesen tarados mentales. Cenaron en la cocina, e incluso comieron una escalibada que Ramón había rescatado del congelador, y Quim murmuraba que tantas horas ayudándola en la cocina, y que sabía más Ramón que Dolores, y que hay gente que se fija, y gente que hace lo que le dicen y no sabe ni porqué se hace. - Lo había experimentado tiempo atrás, porque son cosas que nunca fallan. Si encontraba unos obreros cavando una zanja en la calle, preguntaba a alguno de ellos para que era aquella zanja. Había tres tipos de respuestas. ¡Eh! Y quien dice una zanja, dice una intervención quirúrgica o un despacho de contabilidad. En todas partes igual: hay quien dice que la zanja es para aquella conducción de luz, porque el semáforo está estropeado y hay que arreglarlo; hay quien dice que es para un cable eléctrico, pero sin saber que papel desempeña el cable ni cual es la finalidad de todo esto. Y en tercer lugar hay quien se encoje de hombros y dice que no lo sabe, que le han dicho que cave, y el, a cavar. Lo decía con tristeza, sin retarla y sin ánimo de ofender, como quien constata una mala suerte contra lo que más vale es no


ponerse en contra porque sería perder el tiempo. Y ni Ramón ni Dolores le replicaron. Estaban comiendo, mudos. Cuando por fin le explicaron que querían hacer limpieza de la habitación de Victoria, el chico dijo que si con la cabeza, como si en seguida se percatase de la situación y calibrase que aquel par tenían las manos de cristal. - Creo que lo mejor sería avisar a “Caritas” o a una institución de aquellas que recogen ropa. Lo dejarán limpio en seguida y, si ponen pegas, con una propinita se soluciona. Era un buen argumento. - Si quieren yo me puedo encargar. Solo para que no hurten nada… Era extraño pensar que iban a dar unas cosas a una institución y que había que ir con cuidado de que no les robasen. Parecía un pensamiento de la misma Victoria. Quim le preguntó, poco a poco, como si la pregunta tuviese más importancia que la respuesta, que como es que fue al cementerio. - No pude salir antes del trabajo. Lo sentí muchísimo. Y les explicó que fue Victoria quien le encontró colocación en una fábrica, un trabajo de inyección de plásticos, porque conocía al encargado, y le recomendó. Y el señor Manuel, el encargado, dijo que el le enseñaría el oficio, y que viviendo de parte de Victoria le prefería a el que no a otros con más experiencia. Y que aprendió en seguida, “excepto el primer día, que estropeé un trabajo y pensaba que me echarían”. Que hacía ya seis meses que estaba en la fábrica, y que ganaba un buen jornal y no la miseria que le daban en la panadería, que son de la Cofradía del Ahorro, y encima abusaban, porque estaba contratado para hacer recados y la de sacos que había carreteado y la de hornos que había llenado y vaciado, sin tener ninguna obligación. Que estaba muy contento con el trabajo, y como el señor Manuel estaba a punto de jubilarse, aunque los hubiese más antiguos, yo


se que el me quiere recomendar a mi. Aún falta un año, y entonces ya sabré el oficio como nadie… Dolores sintió que su vida era una vida vacía, que aquellos planes, aquellos esfuerzos, aquellos proyectos, la alegría de saber que escalas, y que ganas más, eran cosas fuera de su abasto y tuvo una amarga migaja de envidia; solo un puntito, redondo y minúsculo como un grano de mijo. - ¿Pero a este señor Manuel de que le conocía Victoria? Ella, que yo sepa, no tenía demasiadas relaciones ni demasiados amigos. No salía nunca o salía muy poco. A comprar y basta. - No lo se. Pero se ve que era amigo de su marido, cuando eran jóvenes, y Victoria había ido a visitarles, al señor Manuel y a su mujer, que son andaluces, pero hablan el catalán mejor que usted y que yo. Yo no lo se, pero creo que era algo de política. Porque Victoria, por más que le pregunté, nunca me quiso explicar de que había muerto su marido… Cosas de la dictadura, creo yo. Pero pronto me di cuenta de que no podía ir a Sancho de Ávila, a pesar de que el señor Manuel me dijo que fuese, y que le comprase unas flores de su parte, porque se presentó el dueño, y tuve que quedarme, para no hacer quedar mal al señor Manuel…entonces, me dije, hombre, ves al cementerio, a decirle adiós, a Victoria… Ramón ha avisado a los chicos de un centro de esparcimiento de ayuda al tercer mundo o algo parecido. La mayoría son estudiantes, u objetores que hacen el servicio sustitutorio, y que han estado media hora para cargarlo todo en una furgoneta. Todo, excepto una cadenita con una imagen, que parece de oro, porque son buenos chicos, incapaces de esconderse en el bolsillo una joya, aunque sea una mierdecilla como aquella. Cuando se le enseñan a Dolores aquella medallita, ella tiene el impulso de decirles lleváosla también, pero alarga la mano y se la pone al


cuello. La medallita tiene el tacto frío, pero se calienta en seguida. Que lástima no habérsela puesto, cuando se murió… Ramón también les ha enviado una asistenta. Es una mujer bastante joven, baja y dinámica,, que se ríe por nada, y que hace el trabajo de prisa para poder aprovechar unos minutitos y salir antes de hora. No tiene quien la vigile, pero la mujer es bastante legal, y les lleva la casa de prisa y con eficacia. También hace alguna vez la compra, pero no sabe cocinar, y Quim ha permitido a Dolores que haga la comida y la cena, pero la mayoría de días lo haremos fuera, así nos ahorramos problemas. Pero la compra la tiene que hacer por teléfono, y si resulta más caro y menos bueno, es igual. No te quiero ver arrastrando el carrito de la compra y haciendo cola en el pescado o en la carne. Alguna vez. En algún momento. Tal vez nos saquemos a Victoria de la cabeza. Quizás la echemos de casa, porque ahora está en todas partes, y se le oye la voz, y las pisadas, y la escuchas murmurar y te sientes extraño en tu propia cocina. La habitación está vacía y han avisado a los pintores, que lo cambian todo, de arriba abajo. Eliminan los olores. ¿Quieres que pongamos un despacho para ti? Allí, en tu dormitorio, con el ordenador y todo, estás un poco estrecha. Mira, pondremos estantes, y la mesita del ordenador y otra para estudiar, que hace mil años que no das golpe, chica, y esto no puede ser. Después van juntos a comprar, y compran una persiana japonesa y unas lámparas de pie de diseño italiano, y una mesita con archivador y todo. ¡Ah! Y con un cajón que se puede cerrar con llave. Lo que más ilusión le ha hecho a Dolores es que le ha comprado una butaca como la de el, pero algo pequeña, y ahora se pasa horas jugando, como una criatura. Y a la habitación de Victoria, pintada de nuevo, decorada y transformada en despacho ya no da miedo entrar.


Resulta que Dolores guisa bastante bien, y como les da pereza salir, comen casi siempre en casa. Para la chica, ahora ya la cocina no tiene secretos. Y alguna vez echa a Quim como si fuese la dueña. O como si fuese la criada. El verano está es su apogeo, el aire acondicionado funciona todo el día. Dolores ha comprado geranios y una clavellina, Poco a poco va controlando a Emilia, la asistenta. Sale poquísimo, a pasear con Vulgar, a comprar con Quim, a algún restaurante con el. Las tardes de bochorno, se pone unos shorts y una camiseta sin mangas y delgada y se encierra en “su” despacho, donde desconecta el aire acondicionado que dice que le molesta. Quim ha mirado por el agujero de la cerradura y la ha visto, seria, concentrada, leyendo libros. Y a el, viéndola, le salta el corazón. 20 – El sexto escalón (bajando): La Plomada (A) Serafín Renóm ha venido a buscarla y no han valido excusas. Se la lleva a cenar y a un espectáculo. Serafín es un chico muy bien plantado, a pesar de tener en la boca un gesto de desdén, el gesto que tienen las personas que son a un tiempo orgullosas e inseguras. Está moreno, un moreno dorado y sano, y viste con muy buen gusto. Mira directamente a los ojos, una mirada cálida, aterciopelada y simpática que acompaña porque es una mirada que te escucha. Al principio solo habla el, cenando en un restaurante muy distinguido, y le explica que su padre es insoportable, y que cree que banqueros no hay ninguno honrado, que el quiere otra cosa en la vida, pero que aun no sabe cual. Y entonces parece un chiquillo y inspira ternura, pero le brillan los ojos, y


adivinas que es una táctica para robar corazones, esto de hacerse el desvalido. Pero en seguida la que habla es Dolores, y como no habla nunca con nadie, resulta que tiene muchas cosas que explicar. El le hace preguntas breves, muy amistosas, le inspira confianza, la deja explayarse. Ella se lo cuenta todo, la versión que han montado ella y Quim: que sus padres murieron y Quim, que es su tío, la adoptó, pero que va olvidando su anterior vida, como sino hubiese existido nunca, como si todo lo hubiese estado soñando y no viviendo. El se escandaliza de la vida que ella lleva. - Como una prisionera. ¿Por qué le has de tener miedo? Ella lo niega, lo niega con energía, lo niega con violencia, y así se hace evidente que si le teme. Si estuviese Victoria… - Has de mirar por ti. Las personas que mueren parecen más importantes de lo que fueron. Hasta que las olvidamos del todo. ¿Ves? A mi no me pasaría nada si se muriese mi padre… De hecho, ella tampoco sabe lo que quiere. Deja transcurrir los días. Está bien. Pero tiene un decaimiento que no tenía antes, cuando estaba Victoria… - Eres mayor de edad. Se siente muy bien tratada, sabe que es un buen padre, y que se desvive por ella. Le compra muchas cosas, no la deja trabajar… - Tu vida es tuya. Como si le hubiese sorbido la vida, porque antes no paraba nunca, y ahora lleva una vida vacía… - Tienes derecho, ¿lo sabes? Estás adoptada legalmente. Tienes todos los derechos. Económicos, quiero decir. Si tuviese un proyecto, una finalidad, una idea. Algo en que ocuparse. Un oficio. Una obligación… - Y tienes que ser independiente, que vale más que todo. Sobretodo si tienes un buen dinero.


Tal vez si que es miedo, lo reconoce, o agradecimiento, o el hecho de haberse doblegado a ser educada por el, porque era bastante mayor para aceptar o no según que cosas. Y también, temor a herirle… - Mañana mismo sales sin decirle nada. ¿Por qué puñetas tienes que darle explicaciones? - Mira, yo no iré a buscarte, sino tu a mi. Te vistes y le dices, “salgo”. Y si te pregunta donde, le dices: “A dar una vuelta. Volveré tarde”. Quim coge al perro y se lo sienta en la falda. Está en la mecedora, donde se suele sentar Dolores, y acaricia al animal. Después lo levanta en el aire, y se miran los dos a los ojos. Tiene unos ojos dulces, Vulgar, tiernos, llenos de afecto. Quim se siente enfermo, y le dice: “Soy como tu, Vulgar, somos los dos iguales. No pensamos en otra cosa. Pero en ti es natural que pase, porque eres un perro. Pero yo, ¿Qué soy? Quizás me he vuelto loco (Soy un perro. Un perro que levanta trágicamente la Cabeza y aúlla dolorido. Un aullido largo y tenebroso Que atraviesa capas y capas de mala suerte y acaba Clavándose en la diana atribulada del pesar. Aúllo oscuramente, en solitario. Aúllo como un perro, porque soy perro. Aúllo porque eres bella y te me escapas) si es que fuese posible que un loco sepa que está loco. He de hablar con Joan. El es abogado y sabe que se puede hacer. Pero ya me dijo que no se podía hacer nada, que cuando aceptas la paternidad no puedes desdecirte.” Vulgar le lame la cara. Una lengua húmeda que empieza a ser rasposa. Si consigo vencer la repugnancia de hacerte daño, hará


lo que yo quiera. Todo lo que yo quiera. A ver porqué he de tener la debilidad de asustarme de hacer daño a un simple perro. Y después de un pensamiento huidizo y rápido como el disparo de un flash: ahora Victoria ya no está. Nadie me espía. No tengo testigo alguno. Si yo quisiese. Si yo pudiese. Si yo supiese… Está en la habitación, con la luz apagada, pero despierto, cuando llega ella, la cabeza llena de preocupaciones. Se ha parado a escuchar en medio de la sala y el incluso ha contenido la respiración. Ya es muy tarde y hace calor. Si la hubiese esperado, quizá se sentaría en el suelo, recostaría su cabeza en mis rodillas y me contaría que ha hecho, donde ha ido, y tal vez me diría que me ha encontrado a faltar… A la mañana siguiente ella circula por la casa con la cara concentrada, y Quim presiente que eso es de mal augurio. Casi no dice nada. Es una comida insípida. Vulgar la suplica inútilmente salir a pasear. Ella ni le mira, le da de comer y le tranquiliza con cuatro carantoñas mal hechas. Por la tarde no se encierra en el despacho nuevo, sino en su habitación y se está horas. Vete a saber que hace, pasea Quim, ocioso, arriba y abajo, como si fuese el el prisionero. Hacia las siete, cuando el sol decide aflojar su fuerza y empieza a arrastrarse lentamente, hacia la raya de poniente, Dolores sale bien vestida, se va hacia la puerta y dice mientras camina: - Adiós, Quim, salgo. El paf de la puerta llega antes de que el reaccione. Estupefacto, mirando la puerta, plantado, con las manos a la espalda, la mandíbula colgando y con cara de tortuga. Después se hunde en el sillón y llora. Los mocos le cuelgan como un hilo, hasta las rodillas, Aprieta los puños y siente hervir la rabia.


Dolores va a casa de Serafín. Coge un taxi, porque aunque no está muy lejos, le da pereza andar. Las calles están casi solitarias. Tendría que tener coche propio, piensa, y se pone triste al pensar que una cosa u otra. O planta cara o mendiga regalos. Todo no puede ser. Es una lógica que no tiene respuesta. La familia Renóm está en La Escala, pasando el verano. El padre sube y baja, de cuando en cuando, pero hoy que es viernes, no hay nadie, solo el chico. Esto Dolores no lo sabía. Además, no conoce los códigos, porque ha hecho una vida pasiva de sociedad. Cuando entra en el piso el la recibe en bañador y le explica que estaba en la terraza tomando aquel sol escuchimizado y polvoriento de Barcelona. - ¿No hay nadie? - No, todos están fuera. ¿Qué bien, verdad? Le dice que el ha bajado a Barcelona a hacer algunas cosas, pero que se ha quedado por ella, porque habían quedado. - A pesar que creía que no vendrías. Por eso me has encontrado así, sin arreglar. Pero no se establece el clima de confianza de ayer, en el restaurante, y ella no encuentra las palabras para decirle que ha tenido que vencer la inercia de quedarse en casa, o de pedir permiso. Y en el fondo, no se siente nada satisfecha. Lleva una blusa blanca y pantalones por debajo la rodilla. Está muy delgada y es esbelta. La mata de pelo la lleva suelta, rozándole los hombros, y tiene las sienes brillantes de sudor. Serafín la lleva al salón donde hay aire acondicionado y le prepara una bebida exótica, que sabe dulce y amarga al mismo tiempo y que refresca mucho. Pone música, una música indolente y cadenciosa como el lomo de un animal echado a la sombra. La hace bailar, le toca la espalda con la mano plana, aproxima su mejilla a la de ella, respira suavemente en su oreja, sin decir nada. Sube y baja la mano plana por la espalda, y le aprieta los


dedos. Ella tiene los ojos cerrados y huele la fragante humedad del cuerpo del chico, siente el deseo, toca la piel, escucha los latidos del corazón. Aún hay música cuando se acuestan en la cama. El hace el amor lentamente, con la precisión de un hombre avezado a hacer gozar a las mujeres. Ella se siente penetrar con gran placer, extrañada de sentirse tan bien, desde los trece años pensando que aquello no le gustaría nunca. Su propio coraje es el mejor estimulante erótico. Se han duchado juntos y han comido algo en la resplandeciente cocina de aquella casa. Ella se nota extraña. Nota su propio cuerpo ajeno. Pero ríe las bromas del chico. Sola, en el baño, se palpa los pechos, los muslos, el sexo húmedo, sin acabar de creerse que es ella misma. Vacía la cabeza de cualquier sombra de temor. Pero mira el reloj. Son las doce de la noche. Y Quim estará preocupado… Como anoche, la casa está a oscuras y en silencio. Como anoche, se para un momento a escuchar si oye algún ruido en el dormitorio de el. Como anoche, Quim aguanta la respiración y espera. Cuando hace un buen rato que la chica ha cerrado la puerta de su dormitorio, Quim se levanta, poco a poco, y entra a verla dormir, como siempre. Pero hoy tiene la cara hundida en la almohada y solo le ve la mata de pelo, partida en dos en la nuca. Un cuello magnético, que se muestra entre los cabellos como un sexo abierto de mujer. Entonces nota alguna cosa, que al principio no sabe que es. Intenta razonar notando un desasosiego inexplicable. Es el olor, adivina al final. Le huele el cuerpo. Aquel jabón no es el que ella gasta. Coge la ropa y la huele a fondo. E las braguitas queda el olor inequívoco de sexo, olor de sexo. Con la ropa en las manos, pálido como un muerto, Quim la mira con los ojos homicidas del celoso.


Al día siguiente la chica dice que sale, y al ir a abrir la puerta, ve que está cerrada con llave. Va a buscar una llave y no hay ninguna, en toda la casa. El está trabajando en el despacho, y ella entra decidida a protestar. - ¡Saldrás cuando yo lo diga! ¡Harás lo que yo quiera! Y ahora, fuera de aquí, tengo trabajo. - ¡Soy mayor de edad! - Tu tienes la edad que yo quiero que tengas. ¡Fuera! Lo ha dicho gritando. Ella está furiosa. Había pensado si quería o no salir. No sabe porque, el juego de ayer no la apetece. De hecho, encontrarse con Serafín no sabe si es buena idea, porque no será igual que ayer. Pero esto de que la haya cerrado la puerta la enfurece. La puerta de atrás, la de la cocina, está cerrada también. Cierra bien las puertas, pone la televisión a todo volumen, envuelve con una toalla el palo de una escoba y arremete contra el cristal, que no cede. Vuelve y vuelve, sudando entera, tozuda en su furor. Va al armario de las herramientas, coge un buen martillo, y ahora si, el cristal, se pulveriza como harina, estalla como una lluvia venenosa, la cubre toda, pero sin hacerle daño. De la galería hasta abajo, no es nada difícil. Le toca dar un buen salto, pero la tierra blanda del jardín atenúa el golpe. Se levanta. Está cansada, tiene calor, está furiosa, las manos hinchadas, y se pone a caminar. Ni tan solo piensa como se lo va a hacer para volver a casa. Por ahora, gana ella. Pero en casa de Serafín no hay nadie. Es verdad que no habían quedado, pero es raro que se haya ido fuera sin decirle nada. Lo de ayer fue importante. ¿O no? Se pasea. Entra en un bar y bebe un granizado. Mira escaparates. Las calles están casi muertas y arrastra los pies sin saber que rumbo tomar. Hacia la tarde vuelve a casa de Serafín, que debe haber salido un momento, porque irse a La Escala, así, sin decir nada…El timbre resuena en una casa vacía.


Cuando anochece, no lo resiste más y vuelve a casa. Tal vez el no querrá abrirla. Quizás no la quiere nadie. Quizás no se ha portado bien. Pero Joaquín solo quiere castigarla. No la dejará tirada. Tiene un momento de terror al recordar la carta de Thurber diciendo que aquella banda la busca por todas partes. No se atreve llamar al timbre, casi veinte minutos plantada en la puerta intentando reunir el valor. Subir a la galería es más difícil que bajar. Quim no ha hecho nada por el cristal roto, exponiendo la casa a los ladrones. Todo está sembrado de cristales. Se rompe la ropa, se hiere las manos. Consigue subirse, se agarra a la barandilla de la galería, la salta y se estira, resoplando, por aquel esfuerzo tan grande. La casa, silenciosa. Tal vez no haya nadie. Pero no es posible. ¿Dónde podía haber ido Joaquín? ¿Dónde iría sin ella? Reune valor y abre con la máxima prudencia la habitación de Quim. En la penumbra, ve su cama intacta. Recorre la casa. No está. Se siente culpable. Ahora está en un laberinto donde no encuentra la salida, dando vueltas inútilmente. Ni enciende la luz de su habitación cuando, rendida, decide irse a dormir, y mañana ya veremos lo que pasará. Tal vez si le pidiese perdón… Su grito atraviesa la noche como una flecha de papel un mar de sombras. Se ahoga, gritando, de terror y de espanto abriendo los ojos. Vomita fuego saliendo de las entrañas. Abotargada, galopándole la sangre, subiendo cuello arriba. En la cama está el cuerpo de Vulgar, la cabeza caía en la almohada. Tiene un cuchillo clavado en el cuello. La sangre llena toda la cama. Dolores pierde el conocimiento y cae al suelo. 21 – El sexto escalón (bajando): La Plomada (B)


Han pasado siete días, los siete de veinticuatro horas. La puerta está cerrada y Quim no está. Dolores creía volverse loca. No puede salir, no puede llamar a nadie. Podría avisar a los bomberos, pero no sabe que decirles, que explicación dar. Se pasea horas y horas, medio vestida, descalza, los cabellos revueltos. Llora horas seguidas, duerme en la sala, en el sofá de piel, y se despierta bañada en sudor. Vuelve a llorar, pasea, se desespera. Nota todos los malos sentimientos: rabia, ira, odio, impotencia, humillación…Lo nota todo y enloquece día a día. Cuando el hambre le muerde furiosamente el estómago, dos días enteros sin comer, ve que en la nevera no hay muchas provisiones. Pero se las come, salvajemente, crudas y todo. Bebe toda clase de licores. El cuerpo de Vulgar hiede. Revueltos los cabellos, los pies descalzos, llorando sin consuelo. Al cuarto día recupera la cabeza. Barre los cristales. Envuelve el cuerpo del perro en la colcha sucia de sangre seca, y siente náuseas. Evita mirarlo. Se las ingenia para bajar con una cuerda el cuerpo del perro hasta el jardín. Suerte que no hay vecinos, a mediados de agosto. Después baja ella, cargada con la pala, y recuerda el día del gato, y lo bien que trabajaba Victoria, y que si ella estuviese Quim no se habría atrevido nunca a hacer lo que le ha hecho al perro. Lo entierra profundamente, en la otra punta, por si acaso se encontrase los restos de aquel asqueroso de Fuf. Ha bajado también el tiesto de la clavellina y planta las flores sobre la tumba de Vulgar. Sube como puede. Y se decide a lavarse, a hacer una comida como Dios manda, y a limpiar la casa. Lo hace todo con energía, encerrando los pensamientos, para que no le desborden de la cabeza, porque nota la locura, regurgitándole del cerebro, riéndose de ella, mirándola, esperando que ceda y que se deje ir. Y poseerla.


Arregla con cartón el cristal roto. Fríe unos huevos y hace una sopa de sobre. Ahora está limpia y peinada, y la casa huele bien, por todo el spray que ha usado. Reflexiona: no puede avisar al supermercado, el único que funciona, porque no puede abrir la puerta. Ni, aunque lo encontrase, hacer venir a un cristalero. Dinero tiene en casa, el que sisa a Joaquín, pero no encuentra en ningún lugar la llave. La puerta está cerrada, y está hecha a prueba de desanimar a los ladrones. La tarea más difícil es la cama. Tira a la basura, que está llena a rebosar, las sábanas, friega con jabón y agua caliente el colchón. Lo pone a sol para que se seque. Después lo volverá del revés, para no notar ni la humedad ni el horror de aquella mancha, ahora casi desaparecida por completo. Baja bolsas de basura con una cuerda hasta el jardín. Vuelve a hacer una comida. Bebe mucha leche, porque de eso tiene muchas provisiones. Se hace arroz hervido. Pone patatas a asar al horno. Bebe todo el vino que encuentra. Y whisky y ginebra. Quim le ha prohibido beber, a parte de un poco de vino en las comidas, pero bebe para sobrevivir, no por vicio. En todo el tiempo el teléfono ha sonado tres veces, pero no ha contestado a ninguna llamada. Se pregunta donde debe estar Emilia; seguramente Quim la debe haber avisado que no vaya antes de lo que hizo lo que hizo. ¿Y si no vuelve más? Siempre quedan los bomberos, claro, pero si una cosa así sale en los periódicos, está perdida del todo. Se ve que los de la banda son muy listos y también muy poderosos. Siente ganas de desesperarse, pero se las aguanta. Intenta poner orden a las horas del día. Lo que más la inquieta es la falta de comida. Llaman a la puerta. Ve por la mirilla que es el cartero y hace el sordo. Otro día llama un hombre que grita que es el del gas, y también calla. ¿Cuántos días más podré aguantar?


Al séptimo día está limpiando el baño cuando oye la puerta. Hay unas pisadas, las familiares pisadas de Quim. Deja de fregar, arrodillada delante de la bañera, de espaldas a la puerta y se queda rígida. Toda la ristra de sentimientos que la estaban trastornando ahora están minimizados. Son unos remordimientos sordos y dolorosos pero han perdido veneno. Siente que Quim está quieto en el umbral del baño. Continúa fregando, como si fuese sorda. - Ya sabes que no me gusta que hagas de mula de carga. Se vuelve y se marcha. Es lo único que le ha dicho: que no trabaje. Tal vez esté loco, Quim. No: seguro que está loco. Está perdida, no sabe que hacer. Oye que llaman a la puerta y el ruido familiar del hombre del supermercado que descarga en la cocina. Se incorpora y deja el trabajo. Va hacia la cocina y, sin decir nada, ayuda a Quim a ordenar los paquetes. Es media mañana, pero se pone en seguida a hacer la comida. El no dice nada y la deja hacer. Come sola, en la cocina, con un hambre terrible, con pinzas de cangrejo mordiéndole el vientre. Cuando ha comido hasta quedar exhausta, llaman a la puerta y entra un cristalero que la saluda y se pone a trabajar en la puerta de la galería. Cuando acaba, ella ojea el jardín y ve que el montón de bolsas de basura no está ya. Quim las debe haber echado en el contenedor. Entonces oye que el la llama, desde el despacho. Está sentado en la mesa y tiene una profundísima arruga en la frente. - Siento que hayas pasado hambre. No había pensado en la comida. Ella está estupefacta. Tiene las manos frías y los ojos ardientes. - Pero estoy contento. No solo has salido adelante, sino que has sido capaz de mantener el orden y la limpieza. Algunas cosas buenas si que las debes tener. Entonces explota, le insulta y le grita, le llama asesino y mala persona y le escupe, con una saliva espesa, en plena cara.


El se levanta de la silla, rodea la mesa y la sujeta por las muñecas. - Sino te calmas, Dolores, sino te portas civilizadamente, tendré que pegarte. - ¿Civilizadamente? – está al borde de la histeria – ¿Quieres decirme que hay de civilizado en matar a un pobre perro? - Yo no lo he matado, Dolores, tú le has matado. Ella se queda sin aliento con la respuesta. El la ha ido calmando, y le dice que la conoce muy bien, que adivinó en seguida que estaba hecha y llena de antiguos y menospreciables vicios. Y que lo ha acertado todo. - …cuando me contaste aquella historia de una violación… ¡Ah! ¡A ti, que eres tan salvaje te tenía que violar un hombre como Jack Thurber! Lo sabía. En seguida que has podido has ido a revolcarte con el primero que se te ha puesto a tiro. ¡Con lo que te he vigilado y con lo que he sufrido por ti! Lo llevas dentro, chica. Por eso tenía que castigarte. Tengo una responsabilidad contigo. Bastante me pesa, pero la tengo y no puedo desdecirme. Te tenía que castigar, ¿lo comprendes, Dolores? Ella no sabe que contestar, porque nota que las palabras de el penetran más profundamente de lo que querría y que está consiguiendo que se considere culpable. La está trastornando el cerebro. - ¿No lo comprendes? Tenía que ser algo que no olvidases nunca. Se me rompía el corazón, pobre perro, ja sabes que yo le quería, pero no me quedaba más remedio. Así que no me acuses a mi (solo quería herirle, para que te diese lástima y te arrepintieses. Porque le necesitaba para amenazarte en otras ocasiones. Pero hizo un salto estúpido, tan bien que lo tenía cogido, medio dormido con aquella inyección que le puse para no hacerle sufrir. Dio aquel salto, y el mismo se clavó el


cuchillo. Solo quería hacerle una herida en el cuello. Que se viese lo suficiente para darte lástima, pero no quería matarle… ¿Ay, Dolores, si pudiese jurártelo te lo juraría! ¡Si me pudieses entender!) de lo que has provocado tu misma. Te has acostado con un hombre, y te tenía que castigar. Extrañamente, ella se va calmando y asiente, y se apoya en el pecho de el, que la abraza suavemente y la habla con dulzura, repitiendo que lo ha hecho por ella, porque no hay otro modo de domarla. Cuando la tiene tan tranquila y dócil, la aparta de su cuerpo y saca una cosa del bolsillo. Entre los dedos en alto hay un manojo de llaves. - Mira, las llaves. No eres ninguna prisionera. Solo tienes que pedirme permiso y decirme donde vas. Solo eso. Ya ves lo poco que cuesta. ¡Ah! Y no mentirme nunca. Si no lo haces como te digo, te volveré a castigar, chica. Ella, que no ha llorado cuando le insultaba, lo haría ahora, porque en medio de las nubes que la turban la razón, intuye que está perdida de verdad, en manos de un loco. Pero el la va sorbiendo la voluntad y asiente, porque es verdad que no se ha portado bien. - Tengo un regalo para ti. Anda, ven conmigo. La hace bajar las escaleras, cogiéndola del brazo, porque ella vacila y se tiene que apoyar. En la puerta hay un coche nuevo, de color blanco. El vuelve a mostrarle unas llaves, levantando la mano ante su rostro, enseñándoselas. - Ten, es para ti. Aquí tienes las llaves. Mañana mismo te enseño a conducir. ¿Lo ves, mujer? Puedes ir donde quieras, hacer todo lo que te apetezca. Solo me tienes que pedir permiso.


Allí, en medio de la calle le coge la barbilla, le levanta la cara obligándola a mirarle, y ella musita “perdóname”, tan bajito que solo lo oye el, y lo oye más por la mirada que ella pone que no por las palabras dichas tan bajo. Entran en el coche y ella tiene un momento de alegría al verlo tan nuevo, tan bien acabado, tan propio. Le echa los brazos al cuello y le da un gracias grande y esplendoroso como un sol naciente. A la mañana mismo, tal como le ha prometido, empieza a enseñarla a conducir. Es una buena época, con tan poco tránsito. Además, ella ya sabe conducir un poco. Del perro nadie dice ni una palabra, aunque Quim ha visto la clavellina plantada en el jardín comunitario y ha comprendido lo que significa. Retoman la misma rutina de siempre y resulta que se avienen como antes. Ahora ella sabe cuales son las reglas de este juego: le ha de obedecer. ¿Y si te fueses? “Que va, aquellos me cazarían”. - Tendrás de todo, Dolores, pero me has de obedecer. En todo. Y nada de hacer nunca más el pendón. ¿Y si el tuviese razón? Tal vez, incluso se lo merezca. - Eres libre. Solo tienes que pedirlo. Tienes coche, tienes una cuenta propia, quizás incluso tengas algunos ahorros, solo abriendo la boca, tendrás todo lo que quieras. Si haces siempre lo que yo te mande. Solo eso. ¿Qué vida es esta la que tiene que hacer? Sin embargo es una buena vida. Tiene muchas ventajas. - Mañana nos vamos a Blanes, que tanto te gustó, y pasaremos unos días. Aunque estemos en plena temporada, se de un hotel donde no me pueden negar nada. ¿Cómo estás de ropa de playa, chica? ¿Y si de verdad está loco?


“Entonces le he de seguir la corriente.” Entonces ha de decir siempre que si. Entonces le tiene que obedecer. “Entonces le he de engañar. Pero lo he de hacer muy bien, y ser más lista que el” - ¿De verdad quieres que vayamos a la playa, Quim, con la gente que hay? ¿No crees que estemos mejor aquí? A el se le ilumina el rostro y dice, entusiasmado, que si. - ¿Sabes que me gustaría? - Dime. Se le ve deseoso de serle grato. - Querría que viniese Ramon a ver el coche. Y que el me enseñase también. Quim dice, “hecho” y le pasa el brazo por los hombros, como protegiéndola. Ramón es de toda confianza. Y le puede apartar de un manotazo, como a una mosca, si molesta.

CAPITULO VIII 22 – El Quinto escalón (bajando): El Nivel (A) Pero llegaron tiempos felices, tal es la capacidad humana de adaptarse, de pegarse a la tierra y a sus circunstancias, de adaptar unos humores a otros humores – ¡con lo difícil que es! – de cantar a solas, sin darse cuenta, cuando hay tormenta y es difícil sobrevivir. Dolores y Joaquín habían firmado una paz muy larga, que parecía segura como la feracidad de la tierra y la continuidad de una fuente. Llegó un otoño tibio y blando y un invierno tardío, de frío seco y el cielo raso con un azul duro.


Victoria había dejado de existir definitivamente y Vulgar no era más que una sombra de un rictus en los labios, alguna noche de esas que se alargan demasiado. Ya no tenían a la Emilia, la mujer de la limpieza bajita y alegre, que escatimaba unos minutitos de las horas que cobraba. Joaquín había encontrado una empresa de limpieza a domicilio, y los había contratado. La llevaban hombres, y hacían el trabajo con expeditiva eficacia, seca y distante. Generalmente venían dos hombres y les pedían que saliesen y no estorbasen, como operarios que capitanean una nave por unas horas. Lo dejaban todo desinfectado, de un limpio tan aséptico que daba la sensación de que habían hervido el piso, que ahora era la sala de un moderno hospital. Con una vez a la semana había más que suficiente. Si había que arreglar alguna cosa, aquella empresa se encargaba del pintor, del lampista o del paleta. Y todo funcionaba de primera. La comida la compraban en el supermercado de siempre, por teléfono, y también era un hombre joven el que la subía y les recomendaba cosas, porque hemos recibido un cordero que es tierno como el agua, directa de Gerona, me pueden creer, y hay patatas nuevas, y las naranjas son agrias pero la uva es dulce como la miel, la tienen que probar. ¿Quieren foie-gras auténtico? Hay una partida acabada de llegar de Francia. Un poco caro, pero no encontrarán otro igual en todo Barcelona. Porque aquel hombre era uno de los amos y sabía vender. Joaquín había propuesto a Dolores que cocinasen juntos, que eso era un arte, como la pintura, y que hay que tener mucha traza y no está al alcance de todos. Compró libros y se ponían como soldados delante de la mesa de la cocina, con los ingredientes en fila, y ellos vestidos con delantales blanquísimos e incluso gorros de cocinero. Seguían las instrucciones del recetario hasta que, decía Quim, tuviesen bastante seguridad para hacer inventos. Los previos conocimientos de Dolores


fueron olvidados, porque se trata de hacer una obra de arte, a diario, y no comidas caseras, que las puede hacer cualquiera que se ponga. Resultó muy divertido. Se levantaban hacia las diez y desayunaban mientras hacían planes para la comida. Sobre la una empezaba la operación. Aunque se lo tomaban muy en serio, se reían a menudo. Cuando estropeaban algún plato, ninguno de los dos cedía, y uno u otro aseguraba que en el fondo, tiene un sabor especial, al que hay que acostumbrarse, un sabor exquisito, pero que hay que saberlo apreciar. Rivalizaban amistosamente, y casi nunca iban al restaurante. Para cenar hacían cosas más sencillas, o comían los restos de la comida – esta era la parte más difícil de soportar, tener que repetir – porque siempre se pasaban de medidas y cocinaban más de dos raciones. Se habían hartado de reír, imaginando la cara que pondrían los locos del tercero, o los estirados notarios del segundo si les subían parte de su comida: “Hemos pensado que les gustaría probarlo, lo hemos hecho nosotros mismos, ¿saben? Indefectiblemente se morían de risa. También se recuperaron las reuniones en casa. Al principio de retomarlas, Serafín Renóm declinó la invitación, pero Joaquín se puso tozudo en convidarle, para demostrar a Dolores que todo estaba saldado y liquidado. Pero cuando por fin empezó a venir, Joaquín le vigilaba, y Dolores se sentía intimidada. La avergonzaba que Serafín no la hubiese dicho nunca nada más, y eso la despechaba, pero había aprendido el frágil arte de poner buena cara a los que despreciaba. Cuando se iba, ella y Quim suspiraban aliviados, cada uno por sus motivos. El chico ni sospechaba que era el motivo de una tácita competición, y habría jurado que la aventura con Dolores ella la había medio olvidado como la había medio olvidado el, y que Joaquín, claro, no sabía ni una palabra.


También empezó a venir Jacinto Escrivá, el médico hijo del médico, que era serio y había perdonado la tensa cena del año pasado. Secretamente miraba a Dolores, y ella no le hacía caso. Quim, que lo notaba todo, saboreaba el morboso placer de pincharle y complacerse y, haciéndolo, se sentía superior. Dolores llevaba bastante bien el coche, sobre todo desde que hizo venir a Ramón para que lo viese, y fue el el que se encargó de enseñarla. El tenía entonces una pequeña furgoneta y presumía de conocer el tránsito de Barcelona mejor que los taxistas. Salían en el coche de ella a hacer mil cosas, los fines de semana solo, porque entre semana Ramón estaba demasiado ocupado. O también demasiado cansado. Siempre le decían a Joaquín que les acompañase, que iban al cine, o aun bar musical nuevo, en la parte alta de Muntaner, que era una maravilla de diseño, pero el decía que no, no, id vosotros, que sois jóvenes. A mi no me liéis. Nunca le negó un permiso a Dolores. Nunca. Pero el permiso era obligatorio. Más que lavarse los dientes por la mañana, más que desnudarse para meterse en la cama, más que ponerse al abrigo para salir de casa, más que pagar las facturas, más que encender la calefacción, más que lavar la ropa, más que regar las plantas. Incluso más que respirar. Y como pasa con todas las costumbres, cuando te acostumbras te parece imposible olvidarte. Sin embargo, tal vez porque estaba en su naturaleza, como decía Quim, o porque en todas las naturalezas está el impulso de la vulneración, Dolores decía mentiras. Pequeñas mentiras. Seguramente con la finalidad de saber que podía mentir. De reguardar aquella sombra de una sombra de alguna cosa que no tenía ni cuerpo ni forma pero que es tan importante y que acostumbramos a llamar libertad. Travesuras insignificantes. Sonreír cuando quería algo. Decir que iba a la peluquería y pasar antes por una tienda, por un bar,


incluso, por una iglesia, que eran todas tan acogedoramente seguras como un útero. Solo por el gusto de transgredir el deber, y siempre por cosas nimias. No para herir, no para ofender, no por fastidiar, sino por el gusto indefinible e incluso profundo de hacer lo que a uno le da la gana, aunque sea en pequeñas cosas. A veces llevaba algún regalo para Quim. Un pastel de queso, una caja de pañuelos blancos, un abrecartas dorado con un león rampante en la empuñadura, un foulard de seda, unos disquetes de ordenador, una botella de bourbon… La primera vez, el estuvo suspicaz y no entendía los motivos, pero cuando se frecuentaron los aceptaba agradecido, se engolosinaba con los paquetes como un niño, y le alababa el gusto “que es obra mía, chica. Sin mi te gustarían las camisas a cuadros”, y cogió también la costumbre de comprarle a ella pequeños regalos cuando salía solo. La traía una botella de colonia, medias de fantasía con dibujos caprichosos, un estuche de papel de cartas orlado de una cenefa de flores moradas, pastelillos de nata, marron glacé, una cadenita de oro para la medalla de Victoria, que se había vuelto blanca, un ramito de flores, un rimmel que no costaba quitar “para esas pestañas tan transparentes que te empequeñecen los ojos”, una tijeritas de manicura… Sin embargo, Joaquín ignoraba que mientras los suyos eran regalos inocentes, los de la chica estaban hechos en cada fechoría, en cada travesura, en cada tropelía que hacía para violar el permiso que le había concedido. Pero un día ella había ido a buscar a Ramón a la salida de la fábrica. Había dicho que iba a recoger una chaqueta que tenía en la tintorería, y ya lo había hecho. La tenía en el coche, envuelta en el plástico y con los alfileres que ponían. Fue por eso: por el gusto de hacerlo, por el mero placer de hacer cosas prohibidas. Solo estuvo un momento, el “pasaba por aquí” y todo eso, y el chico le dijo que porqué no iban al Montseny a buscar setas, el


próximo domingo, y ella le replicó que bastante degradado estaba, pobre Montseny, y que demasiada gente que rompía, con un delirio absurdo, toda la superficie de la montaña. Y el dijo que que lástima, las setas, que son tan buenas. Y le contó que le habían subido el sueldo, y que cuando la apeteciese irían a merendar a una granja que hacen el mejor chocolate deshecho de este mundo. Se quedó en nada. Nada de nada. Pero el sábado vino Ramón y cenaron los tres. El chico traía una película que Dolores tenía interés en ver, y la había pedido. Así pues, después de cenar, se arrellanaron a ver la película, y Dolores ni recordaba de la breve conversación que habían tenido en la puerta de la fábrica. El chico, sin saber en que lío la metía, mencionó lo de la salida al Montseny, y Quim no se inmutó, con los ojos fijos en la pantalla del televisor, pero vio muy bien de reojo, que ella se ponía los dedos en los labios y el chico se callaba en seco. Sin embargo, Dolores sabía que Quim lo había captado. A pesar de que no dio ninguna prueba ni hizo el más mínimo comentario del incidente. A partir de aquel día, Joaquín siguió a la chica siempre que salía. Con tanta pericia, paciencia y perseverancia que ella no lo sospechó. Había alquilado un coche que tenía en el callejón de detrás de su casa, y la seguía. Desde entonces las pequeñas mentiras de Dolores fueron sumando en la infalible memoria de Joaquín. Llevaba una contabilidad exacta. No le cambió el humor, pero ella le había descubierto alguna vez, observándola cuando estaba distraída. Con una mirada amarga y un pliegue horizontal en su frente. Continuaba mirándola cuando estaba dormida, todas las noches de cada día, más de media hora. Pero ella una noche se despertó sin ruido, con tal lasitud que no se sobresaltó al ver la silueta de Joaquín en la oscuridad. Casi ni había entreabierto los párpados. Le miró, desde la cama, inmóvil, con la cara crispada, la


atención febril, y con los ojos doloridos como la piel rasgada de una herida abierta. Cuando el dejó la habitación le temblaba el cuerpo entero. Y ya no pudo dormir más. Tenía un extraño presentimiento. Un presentimiento oscuro y turbador, que se esforzó por echar de su cabeza. El presentimiento, borroso y grávido, esta bien anclado dentro y no se pudo deshacer de el. 23 – El quinto escalón (bajando): El Nivel (B) Joan Carnisser sostiene una costilla, ensartada en un pincho de hierro, sobre las llamas del hogar. Dolores frota un ajo sobre una tostada que se le escapa de las manos porque quema mucho. Joaquín descorcha una botella de vino con un sacacorchos de dos palancas, una a cada lado. Están los tres solos y celebran los diez y nueve años de Dolores. Quim le ha regalado un anillo con un diamante muy grande, y ella, a menudo, levanta su mano ante los ojos, como si el diamante fuese un espejo mágico, y sonríe recibiendo en su rostro los reflejos que despierta el fuego. - ¿Sabéis? Una vez tuve un anillo muy parecido a este. La piedra no era tan grande, pero era un brillante muy puro, y para mi significaba una fortuna porque estaba pelado como una rata… - ¿De verdad has sido pobre alguna vez, Quim? - ¡Y tanto! - Venga, hombre, di aquello que te mueres por decir: todo lo que tengo lo he conseguido yo solo, nadie me ha regalado nada. ¿Os podéis creer que no hay nadie, pero nadie, que acepte que lo que tiene, sea talento o fortuna, proceda de otra fuente que no sea el mismo? Es la vanidad humana, Joaquín, que no tiene principio ni final… Es como el tiempo.


- Cuanto más viejo, más filosofía de pacotilla gasta, coño, Juan. ¿No podías ser un poco más original, en lugar de ir repitiendo tópicos estúpidos como un loro? - Bien. Pues he aquí una pregunta original: ¿de donde demonios habías sacado tú aquel anillo? - Me lo encontré. Joan Carnisser rompió a reír, depositó la costilla asada en una bandeja y pinchó otra, esta cruda. Quim enrojeció un poco. Solo un leve toque de color vinoso que no procedía del fuego. - De acuerdo: la robé. - ¿Tuuu? – Dolores estaba divertidamente escandalizada. - Hice muchas tonterías en mi juventud. Bueno, pues veréis lo que me pasó. Yo me decía que, por más mala suerte que tuviese, al menos cien dólares si me los darían, y fui a casa de un joyero. De aquellos que no tienen tienda en la calle, sino en un piso, y se anuncian en el balcón. No era tan ingenuo como para creer que aquel joyero sería honrado conmigo, pero cien dólares…Valía más de mil, por tanto no era esperar demasiado. - ¿Y cuanto te ofreció? - Nada: dijo que era falso. Yo estaba seguro que era bueno, porque entendía bastante y lo había examinado a fondo. Dijo que era bisutería. Me hice el llorica y haciéndose el magnánimo, el joyero me ofreció diez dólares, por la montura, que explicó que estaba bastante bien hecha y la podía aprovechar. - Y fuiste a otro… - No. Pensé que una vez visto aquel diamante tan puro, aquel joyero no lo dejaría escapar. Y me consta que todos los joyeros tienen un arma bajo la mesa. Si no se lo quería vender, me atacaría, y después, diciendo que se lo quería robar… Así que puse cara de desilusión y de resignación y, en el momento en que se volvió a sacar la caja del dinero, agarré el anillo y corrí escaleras abajo. - Para ir a otro joyero.


- ¡Coño, no seas pesado, Juan! ¡No podía ir a otro joyero, hombre! Son una red. Solo marcharme yo, ya habría telefoneado a un par, y estos, probablemente a otros. Son las reglas del juego. No se puede hacer nada. Pero yo necesitaba el dinero, y sobretodo, quería salime con la mía. Era muy joven y cuando eres joven te gusta presumir de listo… - Miró discretamente a Dolores que echaba sal a las costillas hechas. Ella levantó la mano, miró el anillo, y se le salpicó la piel de unas pecas nuevas: lentejuelas de diamantes, pequeñas y brillantes como chispas de brasa. - Así pues, mientras nadaba, me comía el alma de rabia pensando como hacerle la jugada a aquel golfo de joyero. Y tuve una idea. Una idea muy buena que me salió redonda. Fui a la comisaría del barrio… - ¡Anda! - Si, chica, si. Era muy osado. Y me la jugaba. Que placer, ¿verdad? Jugársela, arriesgarse… En comisaría dije que me había encontrado aquel anillo en el suelo, y que si tenían oficina de objetos perdidos. Pensad que yo era muy jovencito y, mal está decirlo, era bien plantado, e iba bien vestido. Hablaba con mucho acento – no tanto como está, ¿eh? Que no sabe todavía como se pronuncian las “tes”… - pero yo tenía modos. El oficial que me atendió sonreía simpático, al ver aquel joven extranjero honrado, e hizo un discursito sobre buenos ciudadanos y todo eso, y empezó a tomarme algunos datos. Había jaleo, pero en aquellos momentos era como si estuviésemos solos, inclinados sobre la mesa de aquel oficial que se llamaba Spencer. Mientras apuntaba los datos – yo por aquel entonces tenía un trabajo honrado y un domicilio, no os creáis que sino hubiese ido a la comisaría – el hombre sonreía paternal y comentó que por qué no me lo había quedado, el anillo. Yo, haciéndome el ingenuo que se cree listo, le guiñé un ojo y le dije que quería hacerlo, porque una cosa encontrada es de quien la encuentra, ¿no? Pero


que había ido a un joyero y me había ofrecido diez dólares. Y que vergüenza, como quieren estafarle a uno, que va de buena fe por la vida. De manera que por eso lo llevaba a comisaría, que no quería líos con ningún joyero. Pero que yo antes había trabajado en una joyería – esto era mentira, pero no podía decirle a un policía el origen de mis conocimientos – y sabía seguro que la joya valía más de mil dólares. Chicos: le brillaron los ojos de codicia. Nunca he vuelto a ver una cara tan transparentemente avariciosa. - Pues mira a Dolores: sino tenemos cuidado se comerá el anillo… - ¡Mira lo que me aprovecharía comérmelo! Fíjate donde iría a parar, al final… - ¡No seas vulgar, chica! Entonces estiré un poco más la cuerda, hablando como si la idea fuese del oficial de policía, intentando convencerle de que, a uno de la bofia, el joyero no se atrevería a estafarle. Y que podíamos ir a medias. - ¡Que cojones tienes! - ¿Yo? ¿Yo, Juan, yo? ¿O los tenían el joyero y el policía? ¿O todos juntos? Funcionó como una máquina acabada de engrasar. ¡Si hubieseis visto la cara del joyero cuando me vio aparecer con un policía uniformado! Blanco se quedó. Farfullaba y todo. Juró que se había equivocado en la primera tasación, que perdía vista, y nos dio trescientos dólares. ¿De los de aquella época, eh? ¡Ah! Y el bofia fue legal: fuimos a medias, tal como habíamos quedado, e incluso se ofreció a ayudarme si algún otro sinvergüenza quería estafarme en un futuro… Al día siguiente, Dolores sale. Dice que necesita unas zapatillas deportivas, para ir a jugar a squash con Quim, porque el tenis lo encuentra algo aburrido. Quim la sigue con el coche alquilado. Como tiene dificultades para encontrar aparcamiento, se tiene que contentar con verla aparecer con una caja de zapatos


en la mano. Pero después no vuelve a casa. Ahora si la puede vigilar bien estacionando en doble fila y sentado en el coche. Ella ha entrado en una joyería del centro. Ha estado un rato. Sale con cara de gato satisfecho, chupándose los labios. La muy bruja ha ido a tasar el anillo y el veredicto le ha parecido bien. Yo ayer la di la idea contándole aquello del policía y el joyero… Cuando llega a casa, el, que siempre la lleva la delantera, cuando ve que dobla hacia arriba y enfila la parte alta donde ellos viven, hace ver que ha estado leyendo y comenta que el squash es un deporte muy duro, y ella, como hace siempre que la retan, levanta la barbilla y asegura que le ganará, porque si tu tienes más fuerza yo tengo más agilidad, sino, ya lo verás…Y le enseña las zapatillas que se ha comprado. - Has tardado mucho… - Puff, ¡las tiendas están tan llenas los sábados! Le dice de leer, que aún es temprano para cenar. Ella coge un libro cualquiera y se sienta, con un suspiro. El la espía y se percata que nunca pasa la hoja, que sonría con una secreta glotonería. De buena gana la daba una paliza a la pequeña traidora, la maldita mentirosa… De repente, ella se fija en la hoja que tiene delante, da un pequeño resoplido, yergue el cuerpo y dice, incontinente: - ¡Mira que dice aquí, Joaquín ¡Que cosa más preciosa y más bien dicha! - Se levanta y le enseña el libro. Aquella tontorrona ha ido a coger las cartas de Séneca, para hacer ver que lee. Toda ella es engaño, toda es simulación, todo es comedia… En el libro, donde ella le señala con el dedo, dice: “La desconfianza justifica la infidelidad”. Las palabras le martillean y le resuenan en la cabeza a Joaquín. Lo lee tres veces, mira a la chica. Se cruzan una mirada torva. Los ojos de ella dicen: ¿Lo ves? Cuanto más me vigiles tanto


más te he de engañar…”, y los de el: “¿Por qué me haces daño, si yo te quiero bien?” Al día siguiente el hace un partido desastroso y ella se vanagloria por haberle ganado. En la ducha, Joaquín recorre con las manos la piel fofa de su cuerpo los pelos blanquecinos, el vientre caído, la flojedad de sus músculos, y nota la candencia amarga de la edad. Si yo fuese Fausto… ¡Ay, si yo fuese Fausto!

(A mi la soledad me hacía compañía. A mi me placía ser el señor, el amo absoluto de mí Reino. Me divertía con el cinismo de escarnecer a los crédulos, y me gustaba exhibir la melancólica sabiduría de los entendidos: los que constatan que somos, como mucho, vegetales. Ni tan solo eres bonita, ni hacía soñar carnalidades fastuosas ni alegres bacanales. Yo te he hecho. Y no puedo aguantar más. Puedo aguantar el odio, y la desidia desdeñosa e incluso el engaño. Royéndome la rabia y la impotencia, dentro del vientre, destripado el orgullo como las tripas de un muerto, Me retuerzo de dolor, amarga la saliva, de fuego Los ojos… ¡Me quemo y me requemo! ¡Al final, eres tu quien me ha creado! ¡Y después displicente, ¡me has echado al fuego, y has esparcido las cenizas!) 24 – El cuarto escalón (bajando): La Escuadra (A)


Ha pasado un hecho muy curioso: Ramón se ha presentado en casa un sábado por la tarde, y ha pedido querer hablar con Joaquín. Los dos solos. Dolores les ve encerrarse en el despacho y mira la puerta, totalmente desorientada. ¿Qué puede querer su amigo’ ¿Por qué ella no lo puede escuchar? Se va al ordenador y juega a un juego monótono, uno que le gusta mucho a ramón, y come anises de todos los colores, en un bol ancho. Cada anís hace creek cuando lo mastica. Es el mejor momento: después la pasta es demasiado dulce. Se los come a puñados, porque Joaquín le ha dicho que vaya con cuidado con los dientes, que es demasiado golosa… Cuando ha pasado una hora y la curiosidad puede más que la paciencia, sale a ver que pasa con Ramón. Quim está en la sala, leyendo periódicos. - ¿Y Ramón? - ¿Ramón? Hace rato que se ha ido. - No me ha dicho nada… ¿Qué quería? - Nada. Hablar. La chica ha recuperado el almohadón que hacia antes y se pone a bordar a su lado. Joaquín tiene una cara plana: no está ni contento ni disgustado. Ella, en cambio, tiene un sentimiento concreto: se siente triste. Ramón la ha dejado de lado. Y es su amigo, no de Joaquín. - ¿Sabes que, Quim? - ¿Mm…? - Yo no tengo raíces. -¿Y qué? Yo tampoco… - Ya no soy de allá, del Moon. Ni soy de aquí. No soy de ninguna parte. El deja de mirar el periódico y la mira. -¿Y que si no eres de ninguna parte? Yo tampoco soy de ninguna parte. - Mentira. Tú eres de aquí. Sino, a ver, ¿Por qué volviste?


- Hay gente que se va solo por el placer de volver. ¿Lo sabías? - Cada vez me acuerdo menos. Ya, ni pienso. - Mejor. Eso significa que te has adaptado bien. Hay gente que no se adapta nunca. Yo, la verdad, eso no lo he entendido nunca. -Pero todos tienen raíces. (Yo no tengo, ni tengo tronco, ni hojas, ni ramas. No tengo nada) Es como decir, que se yo, que no sabes quien eres. - No digas más tonterías y déjame leer en paz. Dolores se levanta y se va a su habitación. Se sienta ante el espejo, apoyando la barbilla en las dos manos, con los codos en la mesa del tocador. Se ha hecho bonita. Se gusta. ¿Por qué Serafín no le ha dicho nada más? ¿Tan mal lo hizo? ¿Tan poco le gustó? ¿No es atractiva? Y Quim, que la vigila por las noches… ¿Por qué hace eso? Eso no es normal. Y ahora Ramón. Es el único amigo que tiene. El único. Y ha querido hablar con Quim, a solas. Y entonces, cuando más apenada y decaída está, le cruza por la cabeza una nueva idea, luminosa, radiante como la cola de un cometa. Un estallido mental. Y sonríe: ¿no será que le gusto a Ramón? Tal ve se ha percatado que en esta casa todo pasa por Joaquín, y le ha querido hablar primero a el. Las mejillas se le encienden, los pies taconean el suelo. Se le forman los hoyitos en las mejillas y se retoca el peinado, con los brazos al aire. Claro que es más joven que yo, pero no lo parece. Y es un trabajador, pero eso a Quim no le preocupa, porque sabe que le tiene mucha simpatía. No seríamos amigos si el no lo quisiese. Pero, ¿no me lo habría dicho primero a mí…? ¿Y a Quim? ¿Qué le debe haber dicho? No parecía enfadado. Ni tampoco contento. Pero seguro que es eso. ¿Y yo? ¿Qué siento yo?, ¡Ah, si, Ramón es estupendo! ¡Con el me encuentro tan a gusto! Debe tener la


piel cálida y los dedos fuertes. Debe tener los labios blandos como harina y ardientes como el fuego… Se estira en la cama, con las manos en la nuca y sueña con el tacto de Ramón y va descubriendo como le gustaría probarlo. Sale y le dice a Quim si es que no van a cenar nunca, y se le pone detrás y le hace cosquillas hasta hacerle reír. Durante toda la cena estudia a Quim, y explora el terreno haciéndole preguntas indirectas sobre Ramón. Pero Quim no le dice nada. Se pasa toda la semana, una semana que tiene más de mil días, hechas de incontables horas. Pasan más días, Dolores desasosegada, Quim afable y Ramón inexistente. Por fin, Ramón la llama por teléfono y le dice para salir el domingo, que pueden ir a aquella granja que un día le había mencionado. “Ahora. Ahora. Ahora. Ahora.” La granja está llena a rebosar, y también todos los bares donde intentan entrar. Ella lleva un vestido nuevo. El se ha puesto corbata, y no parece el Ramón de siempre. Al final encuentran un rincón, pero es un bar de mala nota, donde les miran displicentes. Es un local muy oscuro, con luces rojas en las mesas, y la oscuridad despierta las ganas de hacer confidencias. “Ahora. Ahora. Ahora. Ahora.” Pero el no habla. Golpea con la paja el hielo frappé de la bebida como un abejaruco picotea la corteza de un árbol., con la cabeza gacha y la mente lejana. Dolores piensa que confidencias de verdad no las ha tenido con nadie. Y se le hace un nudo en la garganta si intenta explicar lo raro que es Quim y la espesa red de miedos y de recelos que les separan. O que les unen. Mira, pero unas indefinibles ganas de confiarle a Ramón, y empieza poco a poco: - Quim es un hombre extraño… - Si, sabe muchas cosas de la vida. - Victoria decía, no se como decirlo, que estaba un poco loco… - Tal vez si, pero un buen tío.


- A mi me tiene muy vigilada… - ¿A ti? Para mí querría una vigilancia así. - Si supieses… - Yo las únicas cosas que se es son las que veo. - ¿Te acuerdas de Vulgar? Bueno, no se escapó de casa. El… Las palabras se le mueren, porque no sabe como decirlas. Nota que lo que dice parece demasiado absurdo. Hay una larga pausa, y Ramón deja de picotear el hielo y se bebe de un solo trago toda la bebida. - Quería hablar contigo, Dolores. “Ahora. Ahora. Ahora. Ahora.” - Te escucho. Más que tu a mi. - ¿Es que no te escucho yo? - No. Quiero hablar contigo, contarte cosas, y no pones atención. - No, guapa, no: tu quieres criticar a Joaquín, porque te debe de haber reñido o alguna tontería de estas, y a mi no me gusta que le critiques. - ¡No sabía que fueseis tan amigos, caramba! - Escúchame, Dolores, tu padre es un tipo muy legal. Y yo estoy en deuda con el. - ¿Tú? - Si, yo. ¿Sabes la fábrica? Coño, tía, me las vi mal de verdad. Estaba muy jodido. Ajustaban plantilla, y el tema iba rigurosamente por antigüedad. Por lo tanto, yo, prácticamente, estaba en la calle. ¡Y me acababan de subir el sueldo! Fue idea de mi madre. Me dijo, porqué no se lo dices al señor Simón? Tiene muchas influencias… Tan tonta como parece, y mira si afina. Se lo expliqué, y tú, al día siguiente, al mismo día siguiente, me llaman de personal y me dicen que no sufra, que yo me quedaba. Joaquín me dijo, cuando fui a contárselo, que conocía bien al dueño de la empresa. Y, digo yo, ¿por qué me tenía que hacer un favor a mí? ¿Eh? ¿Por qué? Pues porque es


un tío muy legal, muy persona, tú… Por eso no me gusta que le critiques, y menos por nimiedades. ¡Si supieses la suerte que tienes! Ya no es un local oscuro que invita a hacerse confidencias. Ahora es un local siniestro y lleno de suciedad escondida en la oscuridad. Dolores baja la cabeza y siente el peso de la impotencia. Solo murmura: - ¿Y que me querías decir? - Oh, pues mira, que… Somos muy amigos, tu y yo, y creo que lo tienes que saber. Que tengo novia. Y que estoy mucho por ella, pero mucho. Bueno, que estoy muy enamorado. Es…es estupenda. Le explica que se llama Virginia, que estudia magisterio y que tiene el pelo castaño y locura por las criaturas. Que sabe dibujar muy bien, que va siempre muy sencillamente vestida y que, a pesar de todo, todo le cae bien porque tiene elegancia natural. Qua conoció en casa de un tío, el tío Martín, que es paleta y que gana mucha pasta, y ella hacía de canguro del niño, que tiene cuatro años. Y que es tan y tan feliz. Dolores le aprieta la mano, con amistad. Cuando por la noche se va a dormir, cierra con el pestillo por dentro. No duerme: ha robado una botella de ginebra casi llena y se emborracha sola, en total silencio, sin llanto y con determinación, como si cumpliese un deber. Tardará tres días es sacarse el dolor de cabeza de encima y darse cuenta de que Quim la mira preocupado. CAPITULO IX 25 - El cuarto escalón (bajando): La Escuadra (B) Jacinto Escrivá ahora frecuenta la casa. Es evidente que corteja a Dolores, y ella lo acepta, con desgana. Y con desgana


vive y con desgana piensa. Hace esfuerzos para recordar el Moon, que se aleja de ella, como si le hubiesen cambiado la naturaleza y hubiese nacido el día en que llamó a la puerta de Joaquín Simon. Quim ya no es seco con el médico joven, y acepta con cortesía y con ancha y amistosa sonrisa las visitas. Incluso parece que anima al chico, que le empuja hacia Dolores. Ella piensa: las visitas que me hace por la noche – ¿cuantas me ha hecho? – tal vez no sean nada de nada. Quizás lo único que quiere es el total control de mis actos, y de mis pensamientos y de todo. Quiere dirigir todo. No me quiere para el… Jacinto es un chico serio y reflexivo, que gasta pocas palabras y hace bromas forzadas, porque es muy tímido. Pero, en el fondo, Dolores nota que es fuerte. Una fortaleza sólida, como la raíz de un árbol. Ella tiene un deseo, amplio y profundo, como un mar entero, de hablar, de decir cosas, de ser escuchada, de explicar toda la confusión en que vive. Siente un pánico duro y resbaladizo, como un escarabajo negro, que le hace abrir mucho los ojos y jadear cuando nota que está perdiendo su pasado, y cuando nota que se está adaptando poco a poco al cautiverio de pertenecer a otra persona. Intenta ser racional, enumera las ventajas y las razones que asisten a su padre, y reconoce sin pesar que se está tan bien, sintiéndose dominada… La llegada de la amistad de Jacinto le siembra en la cabeza todos estos pensamientos, hervidos y amasados, espesados y mezclados, una gelatina maloliente que le pesa, y al mismo tiempo, le da un nuevo empujón. Una esperanza. Una puerta al final del túnel, que está entreabierta y donde se ve la luz del sol por la mirilla. Jacinto parece que se encuentra bien pasando las tardes en casa, mas que saliendo. No es amigo de bailes ni de ningún ruido estridente. Adora su profesión y discursea. Cuenta sus proyectos, pero las palabras se le mueren en la boca cuando mira


a Dolores, como si una fuerza eléctrica le absorbiese los pensamientos cuando la mira y cuando ella le mira a el. Y Joaquín parece divertido. Y les anima. Cuando deciden salir, Joaquín le da conversación, mientras ella ha ido a cambiarse. - ¿Y qué? ¿No te gustaría tener consulta propia? - Bueno, la de mi padre está muy bien. Y así tengo mucho trabajo hecho, porque empezar de nada.. – y chasquea la lengua y mueve la cabeza. Las dificultades de siempre, las que todos tienen. Las que todos saben. - ¿Y con Dolores, qué? ¿Eh? ¿Te gusta, verdad? - Le hace hablar, sacándole las palabras amistosamente, estableciendo complicidades. Lenguaje de hombres. - Es una chica distinta a todas. Es…especial. Que mira a través de las paredes, de los objetos, de la cáscara del cerebro. Que atraviesa a las personas. Que es buena, inteligente y tierna, sin ser tonta, ni sabia ni blanda. Fuerte por fuera y blanda por dentro. - Quieres decir como un bombón de licor. Delicioso: muerdes el chocolate negro, amargo y duro por fuera y notas en la lengua el hilillo dulcísimo de sus internos secretos… - No querría que usted pensase… Vaya, que yo no la veo como un bombón. Como un objeto de deseo… - ¿Entonces no la deseas? - ¡Oh!, ¡si, y tanto…! Pero, bueno, quiero decir que no es eso. Que es eso y muchas otras cosas. Que… El chico se atora, violentado, y se escapa aterrorizado con Dolores, que ya se ha acabado de arreglar. Y otras veces. El no se lo comenta a la chica, y ella, en cambio, se muere por contarle todo. Como si fuese el médico… Después la misma afabilidad amable con ella. - ¿Qué? ¿Os habéis divertido? ¿Habéis ido al concierto? Bien, bien, bien, bien. ¿Y que? ¿Te gusta Jacinto?


- Si. Si que me gusta. Es muy agradable. Y muy persona. - Pero, ¿más que un amigo? ¿O no? - Tal vez sí. Creo que va en serio conmigo. - ¿Y tu? ¿Qué piensas tú? - Yo no pienso nada. Nunca pienso nada. Solo vivo. Intento aprovechas las cosas de la vida, las buenas. Y de rechazar las malas. - Pero, ¿Te gusta o no, Jacinto? - A mi no me gusta nada. Ni me disgusta nada. Pero se está bien a su lado. Hace compañía. Sabe escuchar (y no hay nada que escuchar porque no tengo nada que decir. O demasiado por decir. Porque me da vergüenza decir que de verdad no se quien soy. Porque hablar de Quim es siempre inoportuno. Y no me atrevo) y se ve seguro de si mismo. Quim tiene que marcharse fuera. Se ha metido en un negocio de un nuevo hotel, muy importante, que edifican en la costa. La sociedad necesita capital y le han ofrecido participar. Tiene que ir a verlo, y medirlo y calcularlo. Sabe que no es un viaje divertido y que no sería oportuno llevarse a Dolores. Así que le dice que estará fuera tres o cuatro días y que la deja sola. Que haga todo lo que le apetezca, pero – alza la voz, imperativo – que no quiere que salga con Jacinto ni que lo reciba en casa mientras el esté fuera. - Solo te pido eso. Ya ves que es poco. El chico me gusta. Creo que te puede hacer mucho bien. Pero no quiero que seáis como ratoncillos cuando el gato está fuera. Solo son tres o cuatro días, os podéis esperar. Me vejaría saber que estás con el, sin que yo sepa donde, como o cuando. A el ponle la excusa que te parezca. O dile la verdad, me da lo mismo.


Ella pasea por la casa y pasea sola por Barcelona. No le apetece hacer trampas, y no ve a Jacinto, como Quim le ha pedido. Pasea dejando que el aire la lleve, desmayadamente. Desde el puerto hasta Gracia, desde Horta a la Plaza de España, dejándose llevar por sus propios pies. Acaba cansadísima y serenamente clamada. En la casa también se pasea. Entra en el despacho de Quim, ociosa, y le revuelve los papeles. Abre cajones y lee cosas que no entiende y otras que si entiende pero que no tienen ningún interés para ella. Hasta que encuentra la carta. Está debajo de una carpeta de piel negra, aún guardada dentro del sobre. Es una carta de Jack Thurber. El le había hablado de aquella carta, pero no se la llegó a enseñar. Querido Quim: Me hago viejo y confundo las cosas. Me creía que tenía olfato y ya ves: no soy nada. Acabado. Michael Gardner era uno de los nuestros, y que le matasen así… Bueno: me confundí. Debía dinero y quiso esconderse de la mafia, y le mataron. ¡Y yo que te envié a su hija pensando que era mujer muerta! El pobre Gardner había hecho muchas animaladas, y contado cosas que no hay que contar. Me creía que era otro tipo de muerte… ¡Que le vamos a hacer! Bueno, perdóname por haberte pasado un encargo inútil. A la chica, no la busca nadie, no hay nada organizado ni siniestro. Puede usar su nombre y volver a casa – ya no la tiene, desde que mataron a Gardner y ella huyó – No hace falta que se haga pasar por hispana ni que se esconda. Escríbeme y cuéntame lo que has hecho.


Perdona a este viejo ignorante que lo ha confundido todo. Pero no pierdas el tiempo pidiéndome una indemnización porque estoy totalmente pelado. ¿Recuerdas los viejos tiempos? Éramos magníficos, tu y yo… Un abrazo Jack Thurber. Dolores miró la carta como sino tuviese nada que ver con ella. Hizo un esfuerzo por comprender bien lo que decía. Michael Gardner era su padre. Y a ella no la perseguía nadie y no tenía sentido llamarse Dolores Simon. Ni nada la ataba a Joaquín. El la había engañado. Para retenerla. Para dominarla. O tal vez incluso porque la quería. Decidió que se iba. De súbito entró en su habitación a hacerse la maleta. No pensaba dejar ni una nota. Cuando abrió el armario, mientras contemplaba los vestidos ordenados, sintió en el estómago una debilidad y se dijo que no sabía donde ir. Que ya no sabía dejar de ser Dolores, que no sabía quien era aquella Dorothy que había sido. Que ya no sabía vivir sin que Quim le dijese como tenía que vivir. Se puso a llorar, de pié, ante el armario abierto, con el cuerpo inclinado y gimiendo, con las manos cogidas a las puertas abiertas del armario. Cuando se calmó se fue hacia el teléfono. Le había dicho a Jacinto que se iba fuera con Joaquín, unos pocos días. Pero le llamó porque tenía que vomitar de una vez todo lo que llevaba dentro, y aquel chico la escucharía. Aunque no la creyese nunca por lo menos la escucharía. Marcó el número. El timbre sonó – nyeeeeeeec-nyeeeeeeeecnyeeeeeeeec – con aquel ruido que hace cuando suena en una casa vacía. Jacinto no estaba en casa.


26 – El Tercer Escalón (Bajando): El Cincel (A) Cuando Quim volvió, Dolores le tenía rabia – soy una persona, yo. Soy una persona. Una persona. Nadie posee personas. Persona. Yo – y tenía la carta de Jack Thurber para echársela a la cara. Pero Quim estaba alegre y, si le hablaba, seguro que le diría, displicente, ¿pues que te creías? ¿Qué el mundo te perseguía y no había ningún escondrijo más que mi casa? Confiésalo, chica, confiésalo, que te gusta estar conmigo. Y que eres mía. De arriba abajo. De la cabeza a los pies. Salió con Ramón y su novia, que se llamaba Virginia y que recostaba su cabeza en los hombros de su Ramón, y cerraba los ojos como si estuviese poseída, y el segregaba ternura por la dejadez confiada de la chica, que quería ser maestra y no se controlaba ella misma. No podía hablar con Ramón. Como no se había atrevido a hacerlo con Jacinto. Pero aquella tarde que salió con Ramón y Virginia se encontró con Serafín, que iba con todo un grupo, ruidoso, y que se mostró amable y la perforaba con miradas cómplices. Cosas del alcohol, pero ella se le ofreció. Hizo como hacía Virginia, y le recostó su cabeza rojiza en sus débiles hombros, y notó el aftershave de él y las caricias fortuitas de sus manos. Y le dijo para verse. Solos. Los dos otra vez. - Te encuentro a faltar, ¿sabes? – le decía poniéndose seductora. Y el la citó. Tengo un amigo que tiene un apartamento que me deja. Pero ha de ser jueves. Si supieses, incluso hay cola, porque los padres – aquella especie a la que llaman “padres”, guardianes de las crías de los humanos – se han hecho guardiasciviles desde que está la sida…Siempre tienen miedo los padres. Ser padre quiere decir tener miedo. La especie, que


es muy conservadora. Pues nos podemos ver, si quieres, a las cinco, en esta dirección. Llevaré bebidas y tú trae…Nada, no traigas nada, tráete a ti, que es lo que necesito. Me acuerdo de tu olor y de la suavidad de seda de tu piel…Ramón y Virginia no se enteran de nada, sumergidos cada uno y navegando en la mirada del otro, bebiéndose a sorbos, como un helado que se chupa con una paja. Dolores saborea preparándose la venganza. No es un hecho fortuito, que se da de improviso, sino que lo premedita todo: para hacer daño a Joaquín. Que se fastidie, el viejo desgraciado, y que se fastidie, que me tiene aquí amarrada por la fuerza. Engañándome. Ha dicho que se dispone a salir de nuevo con Ramón. Que su novia quiere elegir muebles en la Plaza de las Glorias, porque han pensado irse a vivir juntos, y Virginia no puede aguantar a la madre de su novio. Ella no sabe que Quim la sigue siempre que sale. Pero si lo supiese aún estaría más decidida y todo: quiere escarnecerlo, humillarlo, vejarlo, pisotearlo. El viejo jodido. Quim ignora que va a hacer a aquella casa de la calle Aribau, y especula (¡…la he pedido tan poco! Solo que me obedezca…) Y sopesa todas las posibilidades que la imaginación puede barajar. Aparca sobre la acera, que la multa se puede pagar, pero perder la pista es mucho más grave. Observa los buzones, y no reconoce ningún nombre, en aquel edificio de Aribau. Vuelve a casa muy desconcertado, y piensa mucho rato. Dolores ha estado más de tres horas, y ha comparecido cambiada: los ojos relucientes como brasas verdes y las mejillas subidas de color y los labios secos. Pero esta vez no huele a nada, y el no está seguro de lo que ha pasado ni con quien. ¿Ramón? ¡Que va! Ramón es de confianza. Y buena persona. ¡Ah! Y le debe un favor de los grandes. ¿Jacinto?


¡Que va! Jacinto es un hombre recto y va con Dolores, de verdad, no por capricho… Telefonea a un amigo y el amigo telefonea a otro. Encuentra a un detective muy caro, muy competente y muy discreto, que le recibe en seguida, por sus influencias. Es un hombre regordete, con las mejillas abotargadas y escaso pelo. Lleva bigotito y un anillo cuadrado en el dedo medio. Anota dos o tres cosas en una libreta de color ceniza y asiente, divertido, porque no es un juego difícil de ganar. Todos quieren lo mismo: controlar. Controlar mujer, dinero, amigos, familia, un banco. Control significa poder. Una semana después ya tiene el nombre del que alquila el piso y el nombre del amigo a quien se lo deja, y las horas que se encuentran este y Dolores. Que sea Serafín, el mismo de la otra vez, es especialmente mortificador (esto es reincidencia, un agravante en los juicios) porque aquel pobre chico es un estúpido, un imbécil. ¡Si por lo menos hubiese volado más alto…!) Detiene el coche justo en la puerta, agachándose para que Dolores, cuando llegue, no le pueda reconocer. La excusa de hoy para salir era muy débil, y eso si que no, ella no tiene nada de idiota. O me desafía la muy marrana, o ha perdido la razón, la muy desgraciada. Espera. Muchas horas. Aparece Serafín y se mete en aquella casa. Aparece Dolores y sube las escaleras, apresurada. El detective ha instalado un video minúsculo en el pequeño dormitorio de aquel apartamento impersonal. Quim tiene en la mano un control remoto, porque quiere ser el, en persona, el que obtenga la prueba fehaciente. El video está enfocado a la cama. Aprieta el botón del control. Aprieta los dientes. Y vuelve a casa. Mejor sería morirse. Fundirse en la


nada, dejar escapar la vida. Avergonzarse de estar vivo. Pero se quema y se requema. Al día siguiente recibe un sobre amarillo, con su nombre y nada más: no hay encabezamiento ni nombre del remitente. Es un sobre grande. Contiene un video. Se encierra con llave en su estudio y permanece inmóvil, con el video en las manos, haciéndose dolorosas preguntas. Cree tener autoridad y estás asistido de un derecho. ¿Por qué entonces se siente tan miserable y tan mezquino? Mira el sobre como quien duda a las puertas del infierno. Ve una película mal grabada y que empieza a media acción. Viendo a Dolores revolcarse desnuda, unos lagrimones redondos le cuelgan de los párpados, negándose a caer. Rebobina y mira otra vez. Tiene ganas de vomitar. Para la cinta, una y otra vez. Se siente envilecido, como si le hubiesen atravesado la cara con un látigo, y se siente vil por esto que hace. Por ser espía. ¡Husmear es tan bajo…! ¿Pero como curar la quemazón que le abrasa día y noche? Quince días después dispone de tres videos. Los mira por la noche y llora siempre. Se siente imbécil. Los esfuerzos por llevar una vida normal en casa le dejan agotado, como una botella de coñac que solo queda el fuerte olor, seca de líquido. (¡Miradme aquí, tan pobre, desnudo, amargo y viejo! Miradme y hacer befa. Nunca he practicado la destrucción: ni la desconfianza que engendra la infidelidad ni la codicia portadora de desasosiego. No soy ni un pazguato ni un malvado. Pero ella es agua viva y se me ha escapado entre los dedos. Miradme bien: como un mendigo, la mano aun extendida, los dedos abiertos, estupefacto por ver que está vacía. Escarnecedme, porque tengo toda la pinta de un cretino.


Miradme y hacer befa. Soy viejo. Y soy ridículo.) Ya no entra por las noches a verla dormir. Solo mira aquellos tres videos infinitas veces, regodeándose en el propio dolor, como un enfermo. Ella nota que algo pasa. Pero no tiene miedo. Tiene la mirada dura. Está harta de Serafín y de su necia persona. Ni tan solo está animada en un placer que ahora le parece efímero, burdo y rutinario. Pero vuelve. Y por el camino, va diciendo “Jódete, jódete, jódete”. Ignora que el la ve pero se siente fuerte de saber lo que está haciendo, y el mal que le hace a Joaquín. Eso si que es placer. “No me puede hacer nada. Nada de nada. No me puede hacer nada. “Y vuelve y vuelve a aquella leonera tan insubstancial como el mismo Serafín y, seguramente, como el amigo de Serafín, también. Un sábado por la noche, ella tiene un motivo para reír e intenta hacerle reír a el, y Quim la echa de su lado con violencia. La chica se envara y le mira al fondo de los ojos. Los ojos que dicen Jacinto que atraviesan paredes y los huesos de la cabeza. - Eres una maldita puta – le escupe Joaquín. - Ella se levanta, entra en su habitación, y vuelve a salir con un papel en la mano. Un papel. También llevaba uno cuando cuando llamó al timbre de la casa, la gitanilla sucia y asustada que recogió como un gato abandonado. Y con una uñas que arañan más profundo que las de un gato. Este papel, como el del primer día, también es una carta, y también es de Thurber. - Dolores tira la carta en la falda de Joaquín y se queda de pié ante el, con los brazos en jarras. Despectiva y llena de odio. Está bellísima.


El reconoce la carta solo desdoblarla el papel. La ladronzuela ha registrado el estudio. En aquel momento piensa en matarla. Allí, de pie ante el, sin decir nada, con los brazos en jarras y los ojos chispeantes. El se encoje, como si notase el aguijón envenenado de un escorpión. Piensa en matarla. - Mala puta. Mala bestia – lo dice muy flojo pero ella lo entiende. - Le contesta decidida y sin miedo: - Me voy, Joaquín. Y el ya no piensa en matarla. Siente una bocanada de pánico enseñoreándose de todo su ser. Ahora solo piensa en retenerla. Al precio que sea. 27 – El tercer escalón (bajando): El Cincel (B) La mira como hace la maleta. Que actúe con rabia le da esperanza. Una decisión fría y meditada es casi indestructible; pero una rabieta es como todas las cosas de la vida: huidiza. “Soy más inteligente que ella; la puedo convencer.” - ¿Puedo saber porque te vas? Ella no contesta, pero parpadea ligeramente, inclinada sobre la maleta, que quiere decir que en el fondo, quizás vacila. - ¿Podrías escribir ahora mismo en un papel, la lista de motivos que tienes? La de tus agravios. ¿Por qué no intentas hacerlo? Es un estupendo ejercicio. Siempre. Sobretodo para no dejarse llevar por los nervios – remacha todavía el clavo. - ¡Si que se porque me voy! Y si que lo tengo decidido desde hace días. ¡Desde que encontré la carta! ¡Cuantos sermones, cuantos consejos! ¡Y eras tu el que me engañabas a mi!


- ¿Buscas estos jerseys? – le alarga un montón de jerseys que están sobre la mesa. – Si es como dices, vayamos por partes: ves diciendo la lista de motivos. Enumerándolos. - Primero porque me has engañado. - ¡Que estupidez! ¿Tan importante es este engaño para que te vayas, para que pierdas un tipo de vida agradable y provechosa? ¡Es desproporcionado, chica! - Pero ¡no es un engaño cualquiera! Es menospreciable, es abyecto, es… - Muy bien, hablemos. ¿Por qué crees que te he engañado? ¿eh? ¿Qué motivos crees que tenía? - Eso es claro como el agua. Querías retenerme… - ¿Y porque quería retenerte? - ¡No lo se! ¡No lo se! ¡No lo se! - ¿Quiere decir que te odio? ¿Quiere decir que me eres indiferente? ¿Eh, Dolores? ¿Por qué una persona quiere retener a otra? - ¡Muy bien, muy bien! De acuerdo: Me quieres mucho. Quieres tenerme contigo. Pero conseguirlo con engaño… ¡Tu! El hombre perfecto, que sermonea sobre lealtad, sobre decir la verdad, sobre franqueza… ¡De buena gana te escupiría! - Ya lo has hecho. Has estado con Serafín, ¿verdad? Y lo has hecho para vengarte de mí. Sino me hiciese tanto daño (¡tanto, Dolores!) diría que estamos en paz. Con la diferencia que yo he actuado por afecto, y tu, por odio. - Eso de que he estado con Serafín lo dices tú. Además no tienes ningún derecho a meterte. Hago lo que quiero y con quien quiero. - ¿Niegas haber hecho el amor con Serafín? - ¡Siiiiiii! El la coge a la fuerza por la muñeca y la lleva a rastras hacia el estudio. Saca una cinta de video y la conecta. La hace sentar de un empujón. A los pocos minutos ella se tapa la cara de


vergüenza y se niega a mirar nada más. El para la cinta y levanta la barbilla. -¿Por qué me mientes? ¿Por qué me mientes siempre? -¿Me has espiado! ¡Me has espiado! ¡Eres un loco! ¡Eres un enfermo! -Escucha, Dolores. Escúchame bien: te recibí como lo que eras, como un animal salvaje. Quería hacer de ti…Ni se como decirlo. Quería que fueses una obra maestra. Tienes madera. Y yo conozco los procedimientos necesarios. Y mírate: en tan pocos años, en tan poco tiempo, nadie te podría reconocer. He estado pendiente de ti. Si me he equivocado alguna vez, o se me ha ido la mano, lo siento… Lo siento y te pido que me perdones. ¡Pero lo he hecho por ti! ¿Qué ventajas puedo sacar yo, chica? ¿No lo comprendes? Se necesita esfuerzo. Y, dentro de todo, nunca te he negado nada. -¡Quim, no me vuelvas loca! Mataste a Vulgar. Me dejaste encerrada con su cuerpo. No dudo que hayas actuado por mí, a favor mío, pero has sido cruel y has sido injusto. -¡Ah, ya lo sabía! ¡Sabía que saldría eso! Te juro, Dolores, te juro que no le quería matar. Solo hacerle una herida superficial. Quería que te dieses cuenta de que no actuabas correctamente. Hacerte reflexionar. Despertar la ternura que sentías por el pobre perro, y a través de el… -¿Me lo juras? ¿Tu? ¡Tú no crees en nada! - Yo creo en Dios, Dolores. - ¡Ningún padre vigila como tu, controla como tu, castiga como tu, no…! - Ningún padre quiere como quiero yo. Ella baja la cabeza. Se siente vencida. Siente la tentación de resignarse, de darse, de aceptar. Una lucecita blanca y redonda se le enciende en el cerebro, le rebota de lado a lado de la cabeza. La silueta encendida de Quim en la oscuridad… - ¿Me quieres, Quim? – ha musitado sin levantar la vista.


- ¡Vete! ¡Vete si quieres! ¡Déjame en paz! ¡No quiero nada contigo! Y sale del estudio dando un portazo. Ella se sienta, confundida. Tal vez esté loco. Tal vez es cruel. Pero la quiere. ¡Que dolor y que alegría saberse objeto de un amor tan loco! Y entonces hace exactamente lo que el la ha pedido que haga: reflexionar. Sopesar las cosas. Analizar los motivos. Se siente dominada y angustiada. El no la deja respirar. Y se siente feliz a su lado. Y pasa de un extremo al otro, calibrándolo, y se desespera como una rata en un laberinto que no encuentra la salida, y da vueltas y vueltas, siempre por los mismos lugares, girando inútilmente. Mira por la casa y adivina que Quim está en el dormitorio. Mira por el agujero de la cerradura. Quim está sentado en la cama, con la cabeza sobre las rodillas: la imagen exacta de la derrota. La terrible picadura de la compasión le muerde el corazón, de modo que se va a la cocina, y suspirando, se pone a preparar una buenísima cena. Ha hecho mousse de salmón y costillas de cabrito rebozadas. Elige un Côte Rôtie como bebida. Pone la mesa y pone las servilletas buenas y la vajilla buena. ¿Por qué siempre tenemos una imperiosa necesidad de ser redimidos por los demás? Al fin y al cabo, Dolores no tiene un lugar adonde ir. “Soy mejor que el. Le puedo convencer” Llama con suavidad a la puerta del dormitorio y dice, con voz neutra, que la cena está en la mesa. El, en el umbral del comedor, escruta la mesa y la cara de la chica. No sonríe con la boca pero lo hace con los ojos. Asiente lentamente con la cabeza y se sienta a la mesa. Cuando acaban el primer plato ella rompe el silencio: - Quiero que sepas que Serafín no me importa nada… - Solo querías castigarme.


- Exacto. Querías hacerte daño. Y aún lo quiero. - ¿Entonces porque te enfada tanto que haya grabado las cintas? El objetivo era que yo no sufriese, ¿no? - No sabía que me espiabas. Me hacía feliz saber que te estaba fastidiando. Desobedeciéndote. - Ya ves. Eres tan retorcida como soy yo. - ¿No soy obra tuya? - Créeme que lo dudo. Y cada vez lo dudo más. Yo también tengo cosas buenas. - Y yo también. Hasta los postres vuelve a reinar el silencio, el clic-clic de los cubiertos, amplificado. - Quim, no me dejas respirar. - Pero piensa… -Déjame acabar. Si en lugar de imponer, de mandar, de castigar, sencillamente lo pidieses… -¡Esto es una trampa, Dolores! ¡Es un sofisma! ¡Todos nos vemos muy buenos, pero hay maldad en toda naturaleza humana! -Eso no lo se. Pero si se que si me hubieses dicho, mira, todo aquello de tu padre ya ha pasado, ya no corres ningún peligro. Pero deseo que continúes conmigo… ¡Ay, Quim! ¿Es que no lo ves? Yo estoy muy bien contigo, no tengo porque irme. - Y tarde o temprano un Serafín u otro te dirá que tienes unos derechos, que tienes otras opciones. Todos, todos hablan siempre de derechos, pero nunca de las obligaciones. -¿Pero, por qué este afán de dominarme? El no contesta. Cuando lo hace ella casi no recuerda la pregunta. Lo dice despacio, casi silabeando: - Porque no creo que exista otro modo de querer. Aquella noche Quim si entró a verla dormir. Ella tenía los ojos abiertos, y se miraron, largamente, los dos, sin decir una palabra.


Y los dos, a un tiempo, sonrieron. Cuando ella se durmió, el acarició suavemente el borde de la colcha. Y después se de puntillas, tan silenciosamente como si fuese etéreo. CAPITULO X – LAPIDEM 28 – El segundo escalón (bajando): El Mazo (A) Pero el malestar ya había entrado en aquella casa, en las afueras de Barcelona. El aire se había podrido, las palabras estaban muertas, las paredes, florecidas, y los ojos ya no miraban: solo herían. Esta vez era demasiado tarde y el malestar no se atenuó. Dos criaturas silenciosas, espiándose mutuamente, desconfiando y necesitándose. Como los microbios, que no pueden vivir sin dañar a un organismo. Entre ellos, se había roto cualquier posibilidad de ternura, el hilo sutil y humanísimo de un tejido que no hay manera de zurcir, y se habían vuelto contendientes de una batalla que, como todas las batallas, no tiene más sentido que el del orgullo de poder decir que has ganado. Así es de inmensa la estupidez humana. Empujaban los días con todas las fuerzas que tenían, porque para disimular ser fuertes, habían abdicado de la auténtica fortaleza. El pesado cuerpo de Victoria había sido la ventana abierta al mundo, y, al caer el cuerpo de la mujerona, la ventana había quedado cegada. Ramón ya no venía, porque tenía la vida plena y ocupada, como aquel que asciende a la cima de una montaña, mira embobado el amplio paisaje que domina y lo abraza con la vista y lo hace suyo: solo los años – a veces ni los años – convertirán aquel paisaje en un sueño inalcanzable. Joan Carnisser si que venía, pero estaba enfermo, muy enfermo y abatido y melancólico, porque un cáncer se lo comía


y no se quería morir – nadie lo quiere, ni las hormigas que, dicen, que no tienen individualidad distinta. – ni tampoco quería que unos carceleros le encerrasen en la celda del dolor. Decía que el sabía plantar cara al fin total. Pero no sabía, y se encogía de pánico cuando algún latigazo doloroso le recordaba que el tiempo pasaba. Y Jacinto también venía, y Dolores y Quim bromeaban y eran unos buenos anfitriones que atendían al invitado con cortesía, pero todas las palabras, todas las miradas estaban cubiertas por un manto de hielo. En aquel escenario de aquel rincón del gran teatro, los actores recitaban sus papeles, pero no los interpretaban. Dolores ya no sale nunca. Ya no borda en el almohadón de punto de cruz, ya no lee nada, ya no ponen ningún interés en el cocinar ni en la comida. Se ha adelgazado y unas ojeras moradas le circundan sus claros ojos. Se sienta, con las manos plegadas, concentra la mirada en un punto cualquiera, y se mete en el profundo pozo de la nada, de la página en blanco, del cerebro desierto. Pero no puede estar parado sin pensar en nada. Solo los muertos pueden estar vacíos por completo. Estando así, una ruidosa tarde – hay silbidos y sirenas en la calle, tal vez un accidente. Que se fastidien. No son nada mío – le viene a la memoria, nítida y precisa, la cara de Thomas, su amigo del Moon. Es hilvanado este recuerdo y a partir de esa cara que intenta recuperar la vida de Dorothy, de aquella Dorothy que había sido ella. Thomas será muy distinto. Quizás ya ni viva en el Moon. Tal vez ni se acuerde de ella. Y siente una ganas feroces de comunicarse con el, de tender un puente, aunque sea ruinoso, hacia la vida de antes, que se le escapa de las manos sino se apresura. Coge papel y escribe una carta a su amigo, tan lejano, tan incierto. Le pregunta por todos los del grupo. Por la casa de su


padre. Por la Emmy – ¿aún es criada en la casa grande? – La Emmy era una mujer negra, de cuarenta años, cuando ella huyó. Vivía en la casa grande, como nombraban a la única casa que quedaba de los buenos tiempos, cuando estaba abierta la mina de cobre. Vivían unos viejitos, cuyos hijos se habían ido pronto. Se llamaban Grellet, o Greller, no estaba segura, y a la criada negra no la podían mantener, pero ella quiso quedarse. La casa estaba a punto de desmoronarse, de lo vieja y podrida y necesitada de reparaciones urgentes. Y Emmy, con el delantal blanco y la cofia de encaje aun daba un cierto aire de distinción a aquellos pobres viejos, siempre bien vestidos y bien calzados y con los abrigos orlados de piel, pero todo apolillado y descolorido por el paso del tiempo. Fue recordando a Thomas que se acordó de Emmy. En aquella casa, con lo grande que era, cabía mucha gente. Si volviese…Si volviese y la casa de su padre estaba ocupada, podría decirle a Emmy, si ayudándola…Si mientras encontraba algo…Si, el tiempo necesario para rehacerse… Se extrañó de tener esos pensamientos porque le venían de muy adentro y de muy lejos, como si su cerebro, que ella procuraba detener y que no pensase en nada, hubiese estado trabajando por su cuenta, y ahora le servía propósitos que ella misma ignoraba. Cuando acabó la carta, puso la dirección, sintiéndose orgullosa de recordarla todavía. Pegó con la lengua el sobre y los sellos. Y se dijo que tenía que ir en seguida a echarla al buzón, no fuese que Quim se la confiscase. Hasta ahí habían llegado. Hasta allí se habían dejado llevar. Desgraciadamente sonó el teléfono. Desgraciadamente el supermercado les decía que el hombre que les servía los encargos estaba enfermo en cama, y que aquel día no podrían servirles. Desgraciadamente, Dolores se dijo que bajaría en un salto a coger el encargo ella misma, un momento, y no pensó en coger la carta para echarla, aprovechando el camino al súper.


Y, desgraciadamente, Quim, ojeó la habitación de la chica, que tenía la puerta abierta, y vio la carta. La abrió con el vapor del lavavajillas, que acababa de pararse, y la leyó, dejándola donde la había encontrado. Se sentó en la mecedora, de cara a la puerta, con los dedos cruzados de las manos, vigilando la puerta. Y la ira se le iba apoderando. Cuando Dolores entró, resoplando por la carga que traía del supermercado, le dijo: - Así que quieres que una tal Emmy te acoja en su casa. Así que has decidido huir. Ella lo negó. Y no mentía. No sabía que hubiese decidido nada. - Y has decidido que uno de tus amantes, un tal Thomas, se reúna contigo. Ella lo volvió a negar. - Coge la carta y rómpela. Delante de mí. La chica entró en la habitación, sin llevar los cestos de plástico a la cocina, que quedaron absurdamente plantificados en el pasillo de la entrada. Salió con la carta. La levantó en el aire y la hizo trizas, todos los papelitos revoloteaban y caían como nieve sobre las baldosas relucientes de la habitación, sin apartar la vista de la torva mirada de Quim. - Puedo escribir otra – dijo eso sin gritar. Con los brazos caídos desmadejadamente y la cabeza erguida. El lo negó con una torcida sonrisa de menosprecio. Se levantó de la mecedora, y fue cerrando las puertas, con llave. Después recogió todas las llaves y se las guardó en el bolsillo. Ahora estaban plantados, uno ante el otro, retándose. Y ella, en aquel preciso momento, decidió irse. Lo decidió sin ruido, sin histerismos. Lo había decidido a fondo. El debió de adivinarlo: - Ya se lo que tengo que hacer, Dolores. No me queda más remedio. A la fuerza, la arrastró hasta la cama de ella, la echó de un empujón, y salió. Ella se quedó quieta. No le importaba nada de


lo que le hiciese. De un modo u otro se iría, en uno u otro momento. El pobre Quim no tenía nada que hacer. Que se joda. Cuando el volvió a entrar llevaba entre los dedos una jeringa de inyecciones, y Dolores, entonces, con mucho miedo, intentó escabullirse, pero Quim la atrapó. - Te dolerá, porque no quieres estarte quieta, pero no te puede perjudicar. Solo te adormecerá un poco. El pinchazo en el brazo le pareció una larga puñalada. En unos momentos el mundo se le nublo, tembloroso e inseguro, y las paredes se caían al suelo. Se daba cuenta a medias que el estaba atándola a la cama, con una cuerda. Y con dificultad se dio cuenta de que se iba y que había cerrado la puerta de la entrada con extrema violencia. Cuando se despertó, todo estaba oscuro, y tenía las manos magulladas por la cuerda. Estaba mareada, como borracha, y tenía la boca seca y ardiente como si hubiese comido arena del desierto. No la había atado bastante fuerte y, con unas cuantas sacudidas, notó que la cuerda cedía, y se puso como si le fuese la vida. Porque le iba. Cuando pudo soltarse tenía los tobillos y las muñecas rodeados de un círculo rojo de sangre. Comprobó que las dos puertas de la casa, y como se temía, estaban bien cerradas. El cristal nuevo de la galería de la cocina era a prueba de golpes, se lo había comentado el cristalero aquel día que vino a cambiarlo. Dolores no se acobardó. Haciendo eses se fue hasta el teléfono. Jacinto estaba en casa y se alarmó al oír la voz ronca y tartamudeante de Dolores. Le preguntó con ansiedad que le pasaba, y ella iba desgranando las palabras sin darse cuenta que nada de lo que decía tenía ningún sentido. - Mataron a mi padre allí, en el Moon, y yo me escapé y un viejo asqueroso me ayudó porque era amigo o no se que de mi padre y llegué aquí porque aquel viejo era amigo de Quim y el


quiso criarme y me adoptó y ahora me tortura y me ha atado y me encierra con llave y mató a mi perro, Vulgar que yo quería tanto y está loco perdido y necesito ayuda hedehuircomoseaparaqueelnomeencuentreymepuedavolverahace rloque… Al principio, el le pide que hable más despacio, e intenta calmarla y tranquilizarla, con el corazón en la garganta del susto que tiene de oír a su Dolores diciendo aquellas locuras sin sentido, pero al ver que no consigue nada más que seguir escuchando la salmodia sin modulaciones de la chica, enarca las cejas y se calla, desconcertado, sin saber que hacer, dándose cuenta de que tiene que hacer alguna cosa, y que la tiene que hacer el, porque es médico, adiestrado para ayudar a la gente, y que se le rompe el corazón al oír delirar a una chica tan preciosa y tan especial como aquella, y así no se puede pensar con claridad. La prometió que iba en seguida, sin hacerle caso de que ella decía que no le podía abrir. A ver porque no ha de poder abrir. Especulaba si la chica hubiese caído desde arriba de una escalera o algo así, y tenía una especie de conmoción que la impedía hablar bien y razonar como se debía. Salió corriendo de casa y se encaminó a casa de Joaquín. Cuando llegó Quim, le vio allí llamando al timbre y pegando a la puerta con los puños. Mientras subía la escalera oía la conversación: ¡No puedo, no puedo abrir! Pero mujer, solo has de girar la llave. No puedo, no puedo. Dolores, por favor. Vete, vete, o vendrá el y te atrapará… Quim subió la escalera tranquilamente y poniendo el brazo sobre los hombros de Jacinto le dijo, con una tristeza que quizá no era fingida, o por lo menos, no lo parecía: - me alegro que estés aquí, Jacinto. Estoy preocupadísimo. Parece que Dolores haya perdido la razón. Espera, ahora abro. He tenido que cerrar porque tenía que buscar un médico y por


teléfono no encontraba a ninguno. No me han sabido enviar a ningún siquiatra los de urgencias. No sabía que hacer. He cerrado porque que Dolores hiciese alguna barbaridad. Si me pudieses ayudar, si nos pudieses ayudar, ay, Jacinto, te lo agradecería siempre… Y mientras lo decía, abrió la puerta con la llave y dejó que Dolores se echase al cuello del joven. El, totalmente abatido, se inclinó a decirle: - Mira si la puedes tranquilizar un poco y, cuando puedas, ven y hablaremos. Hemos de ayudar a esta pobre chica. 29 – El segundo escalón (bajando): El Mazo (B) Quim y Jacinto están en el estudio, y Dolores duerme. A pesar de que Jacinto ha visto el pinchazo y ha empezado a dudar – un tenue recelo muy suave en el fondo del fondo – Quim le ha explicado el calmante que le ha puesto cuando ella ha perdido la razón, y que tal vez hubiese debido esperar a un médico, pero que no ha encontrado ninguno y se ha asustado.. le dice la dosis y el tipo de calmante y el chico asiente y le pregunta que ha pasado exactamente. Quim habla con una total veracidad, y nadie dudaría de el. Y eso que improvisa. Un ataque de histeria, o algo parecido: un cuchillo, primero dirigido contra el, después contra ella misma … - e incluso la he tenido que atar… Le tiembla la voz, como si se aguantase las lágrimas. Que gritaba y decía que el había matado al perro, que se había escapado y lo debía haber atropellado un coche, porque el pobre era todavía un cachorro. - No sabes como me he visto. Me he asustado de verdad. Bueno, aún lo estoy. El chico le dice que el buscará un buen médico, que se tiene que poner en tratamiento y aclarar en seguida lo que le pasa, y


Quim dice, claro que si, claro que si, pero no consentiré que la encierren de ninguna de las maneras. Se hace un silencio porque, como un súbito relámpago, por la cabeza del chico atraviesa la siniestra, la terrible, la dolorosa imagen de la locura, y sin quererlo, le asalta una pregunta – ¡somos siempre tan mezquinos! – de si será una enfermedad hereditaria. Libros de texto medio olvidados flotan como restos de un naufragio, ahora emergiendo un madero, ahora hundiéndose, ahora emergiendo una botella, ahora sumergida bajo las capas del agua… - ¡Es ya tan tarde! Quizás mañana… Mañana quiere decir esperanza. Luz del sol. Un nuevo día. Esperanza. - ¿Quiere que me quede esta noche? Quizás siendo dos a vigilarla… - No, no hace falta. Déjame el numero de teléfono, que no se si lo debo tener apuntado en algún sitio. Y, sino te importa, te llamaré si hay alguna novedad. Quim no llama, ni tampoco al día siguiente. El chico si que lo hace, y recibe palabras muy tranquilizadoras. Ya tienen médico y parece que necesitará un tratamiento muy largo. - …una especie de paranoia, pero tengo la esperanza que sea pasajera, que sea curable. Pero he dejado muy claro que a ella no la encierran en ninguna parte. Ey, sino es completamente necesario para ella. Jacinto ignora que no hay ningún médico ni ningún diagnóstico ni ninguna verdad en todo lo que Quim le dice. No desconfía. Tampoco sabe que la puerta está ahora siempre cerrada con llave. Que el teléfono tiene un candado y que solo puede contestar y telefonear Quim. Que Dolores es una prisionera, no una enferma. Por lo menos, no más enferma que cualquier persona.


Llama un par de veces al día, y Quim le da siempre noticias un poco mejor que las anteriores. - Más vale que no vengas. Se altera cuando entra alguien. Creo que es lo mejor para ella. Al cabo de una semana el chico ya solo telefonea cada dos días. Y quince días más tarde, ha dejado de llamar. La electricidad que emanaba Dolores se ha deshecho como ceniza, se ha hecho triza, se ha fundido. A veces, Jacinto nota un pellizco fugaz de remordimiento, pero se dice que el aún no había dado ningún paso en serio. Que es guapa, si, y que habría sido…pero nada más, más vale dejarlo. No representa nada esta chica para mí. Lástima… ¡Era tan guapa! Joan Carnisser ha muerto, mucho antes de lo que el mismo pensaba. Quim ha ido al entierro y ha hecho llevar una gran corona de flores. Dolores se ha quedado en casa, encerrada con llave, y un sedante navegándole por las venas. También ha venido Ramón, sin avisar,. Y Joaquín le ha echado fuera, diciéndole que están muy ocupados, que están pintando la casa y que Dolores ha ido al centro eligiendo cortinas nuevas. A cada persona que telefonea o que viene a preguntar por ella, le dice que está fuera, que está de viaje, que ha ido a los Estados Unidos a ver a unos parientes que tiene. Que no sabe cuando volverá. Cada persona que llama al timbre significa que Dolores será atada y amordazada y, si se pone salvaje, también será pinchada con el sedante. Llega un momento que ella deja de debatirse y especula con la situación en que vive: no puede comunicarse con nadie, de ninguna manera. Pero si fuese lista…Ha de mantener la serenidad, seguirle la corriente a Quim, e ingeniárselas para salir de allí. Tiene mucho tiempo para pensar lo que tiene que hacer: no puede hacer un cambio demasiado brusco, porque el la conoce


muy bien. Y es astuto el mal nacido. No puede hacer planes demasiado largos porque es capaz de matarla y todo – ¿o no? – ¿Podría hacerlo Quim? – No puede usar la violencia, porque el la podrá reducir siempre que quiera. Por la noche, cuando el duerma…Bien tiene que dormir tarde o temprano. Si pudiese llegar a un armisticio, conseguir que aflojase un poco la vigilancia, si pudiese hurtar la llave… Después de darle muchas vueltas, establece un plan. Ha de ser sutil. Ha de ser inteligente. Ha de ser, sobretodo, capaz de hacerlo sola: en estos momentos está muy claro que no puede contar con nadie en el mundo. ¿Serán lo suficientemente fuertes las propias piernas, Dolores, para apuntalarte fuerte? - No me ates, Quim, no hace falta – le mira con fingida resignación y le sale muy bien – fíate de mí. Te prometo que no me moveré, que no gritaré. Que no haré nada de nada. El deja la cuerda sobre la silla, le da un beso en la frente y se va a abrir la puerta. Le han traído unos paquetes, bastante grandes, y tiene que firmar aquí y aquí. El hombre que le alarga el recibo se está unos pocos momentos. El corazón de Joaquín va al galope, la oreja presta, el ojo mirando hacia atrás. Pero Dolores no ha dicho ni ha hecho nada de nada. Como ha prometido. Cuando ha escondido las cajas en el estudio, entra en la habitación de la chica. Ella está serena, sentada en la cama. - ¿Lo ves? - ¿De manera que has decidido cambiar de actitud? - No es eso. Pero he tenido ocasión de comprobar que no conduce a nada que me desgañite o que quiera pedir socorro. - ¡Auxilio! ¡Que manera de hablar! Como si corrieses algún peligro. ¿Cómo puedes creer que yo puedo hacerte daño, Dolores?


La pregunta, en aquella situación suena absurda, y ella siente hervir la furia y se la aguanta. - Querría que hablásemos, Joaquín. - Te escucho. Dime. - No podemos continuar viviendo así… - ¿Y que quieres que haga? Tú te quieres ir, y yo no quiero que te vayas. No me queda otro remedio. - ¿Y si te prometo que no me iré? - ¡Ay, Dolores! He dejado de confiar en ti. Me has engañado siempre. Siempre. - Pero ya lo has visto ahora mismo: te he prometido que no gritaría y no lo he hecho. Ponme a prueba las veces que quieras, Quim. Pero es que no sabes lo horrible que es vivir así. Soy una prisionera… - Muy bien – dice de pronto, decidido – Arréglate que iremos a dar un paseo, tu y yo. Ella bebe a tragos el aire de fuera, mira el sol y ve titilaciones y mira escaparates y acaricia un árbol. ¡Que bonito es todo! - Yo también sufro, chica – le dice mientras caminan. La tiene cogida, sin apretarla, del codo – No sabes como lamento que estés tan pálida, sin tomar el sol ni nada. Si supieses… La chica se porta muy bien, le tiene contento, y el cambia de manera de ser, pero, eso si, sin dejar nunca de vigilarla. No es solo que no se fíe de ella: es que no se fía de nadie en el mundo. Una noches, después de cenar, la chica le dice de jugar al ajedrez, e incluso se divierten. El está radiante – ¡podríamos ser tan felices, chica! – e incluso deja que ella le gane. Alarga la mano y la pone sobre los blanquísimos y delgado dedos de Dolores. Ella, a pesar de la contención con que lleva la comedia, tiene un gesto instintivo, irrefrenable, y aparta rápidamente su mano, como si la de Quim quemase. El se va a dormir, y se le ve triste.


(Yo también he escupido en el cráneo pelado de los cretinos; yo también me he complacido en el aire asensual de nuestras sacristías. Yo he sido altivo. Ahora soy un perro que suplica que me dejes pegarme, un breve instante, a tus caderas.) En muy pocos días, Dolores tiene una copia de la llave, el dinero de la libreta y el que guarda en casa, El anillo bien escondido y una pequeña maleta con lo más imprescindible. Ha necesitado ingenio, paciencia y mucha astucia. Está muy satisfecha. Esta vez si que le podrá ganar. Esta vez, jodido y maldito viejo, te has condenado. 30 - El primer escalón (bajando): La regla (A) Quim duerme. Se oyen los ronquidos pegando la oreja a la puerta. Hay que ir con mucho cuidado, porque tiene el sueño ligero. Si hubiese conseguido, que se yo, unas gotas de aquellas que no saben a nada si las pones en la comida, y dormirlo… Si se atreviese a atarle…Imposible: se despertaría antes de acabar el trabajo. Dolores tiene tanto miedo, que hace más ruido del que querría, todo el cuerpo trémulo, las manos como las alas de un pájaro que prueban el aire desde detrás de los barrotes. Tropieza con una silla y se queda yerta de terror. Los ronquidos se han interrumpido, y nota los pies helados, descalzos sobre las baldosas de la sala. Reemprenden los ronquidos. Coge aire. Habla consigo misma: ya no tienes nada que perder, Dolores, sigue adelante. ¿Y que si te descubre? ¿Qué más puede hacerte este loco? Se viste a oscuras y sin ningún ruido. Sujeta el corazón, que late como un compresor eléctrico, no acierta a meter los pies en


los zapatos, no encuentra el extremo de la manga, no sabe donde coño se han metido los ojales de aquella blusa, la cremallera no sube, ¿aquel zapato es del pie izquierdo, o no? ¡Si por lo menos consiguiese dejar de temblar! Ahora llega la parte más difícil de todas: abrir la puerta. Y después cerrarla. ¿Y que si la dejo abierta? No, no, no, no: podría batir y podría despertarle…O quizás… Tiene una bolsa llena de ropa, los ahorros cosidos en la vuelta de los pantalones, el anillo en el dedo: ¡le da tanta seguridad mirarlo! No ha encontrado más que el viejo pasaporte, el que iba a nombre de Dolores Mendoza – ¿tal vez no llegaron a hacer ninguno con el nombre de Dolores Simon? – pero no importa: con aquel tiene más que suficiente. ¡Bien que vino entonces, cuando llegó, hace ya tanto tiempo! Y no le ha ido mal todos aquellos años. Irá al aeropuerto. No, un taxi no, que gastaré demasiado dinero y necesitaré todo el que tengo. Con el autobús nocturno hasta la Estación de Sants, y allí cogerá el autobús para el aeropuerto. Recuerda cosas, como si fuesen saliendo de debajo, muy de debajo, de aquel lugar donde se guarda la memoria: nadie me quería explicar donde estaba aquella calle. Tardó… creo que cuatro horas, andando y andando. Estaba cansada. Y tenía mucha hambre. ¡Hambre! Tal vez si me llevo algo para comer… No, no hace falta. Además haría ruido preparándolo. Ya está en la puerta. La abre milímetro a milímetro, tan despacio como si pesase mil toneladas. Desde allí no le llega el rumor de los ronquidos de Quim, pero si me oyese ya estaría aquí: me pegaría y me volvería a atar. O que se yo que más podría hacerme. Ya casi estoy. Un poco más, Dolores, un poco más: esto de fuera es ya la calle. Una calle que comunica con todos los sitios del mundo. Volver a casa. No tengo casa. Pero he de volver allá. Quizás ya no me conozca nadie. Quizá podría ir… Se le entremezclan los pensamientos, porque todo eso no


ha querido proyectarlo todavía. Sentía tanta impaciencia por irse que el objetivo solo era ese. ¡Ya está! Solo hay la rendija justa para que pase su cuerpo y la bolsa de viaje. Ya está fuera. Ahora hemos de cerrar la puerta. Con la llave (¡lo difícil que fue conseguir una copia! Pero últimamente volvía a confiar en mí y me dejó ir a la peluquería. Sabía que me seguía, pero no pensó en seguir a la chica de la peluquería, que me hizo el favor de ir a hacerme una copia, a casa del cerrajero…) Mete la llave en la cerradura para evitar que la puerta suene cuando la cierre. Aproxima la hoja poco a poco, gira la llave: el ruido, a pesar de las precauciones, es estrepitoso. Del susto, nota en bombear de la sangre en las mejillas y el latir de las venas del cuello, como si quisiesen salirse, como si llamasen salvajemente en las paredes del cuello, para escaparse. Como se escapa ella. Unos instantes de terror, quieta con una barra de hielo, como un árbol, como una roca. Y no pasa nada de nada. Las escaleras. La puerta de entrada, que se abre desde dentro. La calle. Los faroles están encendidos y se oye un grillo haciendo chirriar los élitros. La calle está teñida de azul, hay luna llena, y unas nubes perezosas rodeándola. Las pisadas suenan como si el asfalto estuviese vacío, como si fuese una cáscara de huevo, una piel de sandía, clac-clac, clac-clac, clacclac. De puntillas anda demasiado despacio. La cuesta, abajo, abajo. ¿Y si se volvía? ¿Y si se volvía y le veía a el riéndose, en el balcón? ¿Y si se volvía y le veía a el detrás, con un arma en las manos, con una cuerda, con la jeringuilla de inyecciones? Hace un esfuerzo muy grande y vuelve rápidamente la cabeza: todo está desierto. Y la casa ya es solo una silueta que va desapareciendo de su visión como un barco que naufraga sin remedio, sorbido por el mar.


En Travesera, descarta la primera parada de autobús: está demasiado cerca, y el autobús nocturno a veces tarda mucho. Camina y todavía descarta la parada siguiente. En la tercera se para bajo la cornisa de la parada de autobuses, completamente solitaria. Cada segundo, cada minuto que pasa, es un martirio. No para de mirar hacia arriba. No viene nadie. Por un instante nota que se le nubla la vista: ha visto a un hombre correr hacia ella. Pero no: gira por la esquina de abajo y el hombre desaparece del todo. El autobús, ya está aquí. Sube y compra el billete sin poder hablar, como si tuviese la boca seca de saliva. Le duele todo el cuerpo: quizás tenga incluso fiebre. El autobús la deja bastante cerca de la Estación de Sants. Se siente salvada, pero no está tranquila del todo. Respira a fondo cuando el autobús del aeropuerto arranca. Baja en la puerta de vuelos internacionales. En el vestíbulo del aeropuerto hay mucha más gente de la que esperaba. Quizás haya huelga, o demora en todos los vuelos. Si se acordase de rezar, seguro que lo haría ahora mismo. ¡Oh, Dios mío! ¡Oh, Dios, haz que haya un avión para mí! Hay un vuelo a las seis – son las cuatro y media – a Nueva York, pero no quedan asientos. Si quiere que la apunte en la lista de espera… - Le aseguro que a última hora siempre falla alguien.. Hay una estadística que lo asegura: en todos los vuelos de todas las horas y en todos los puntos del mundo. - ¿Y otro vuelo? Pero no: tendrá que esperar hasta mañana por la noche, o pasado mañana a mediodía. Dolores se resigna y acepta que aquella chica uniformada y sonriente la apunte en la lista de espera. Se va al bar. Cae desplomada en una silla, sin fuerzas, pero está bastante serena: si encuentra sitio en el avión, Quim ya no la alcanzará. Cuando haya tragado algún líquido, se


aferrará al mostrador, no sea que alguien le hurte el posible billete de avión. Ahora no puede: está demasiado cansada. Como en el bar no sirve nadie, se levanta y va al mostrador. Pide un café con leche. ¿Para comer? No, no podría tragar ni un bocado. (Cuando acabe el café con leche, iré al servicio a maquillarme: debo estar tan pálida como si me hubiesen blanqueado la cara.) Con el primer sorbo de café con leche – ¡que bueno que está! ¡Como reconforta! – una mano le agarra el brazo. Sabe que es Quim, antes de volverse y mirar. El lleva el abrigo encima del pijama. Está despeinado. Tiene tiempo de ver que bajo los zapatos no se ha puesto los calcetines. No recuerda si ha pagado: tal vez no lo ha hecho, algún camarero vendrá a decirle escuche señorita, que esto vale tanto… Cuando está dentro del coche, volando por Barcelona de regreso a casa, se pone a llorar con grandes sollozos. No sabe lo que la ha inyectado, pero no es la misma sensación de siempre: está relajada, sin sueño, y siente cosquillas en la base del cuello, como si le manase la risa. No sabe que la están haciendo, pero está calmada, en paz, y no siente ninguna inquietud. Incluso siente un bienestar que se le va extendiendo por todo el cuerpo. Ahora la sientan en una silla recta, con brazos, y le hacen apoyar la cabeza. Que cosa, le colocan una guirnalda de flores en la frente. ¿Por qué le abren la boca? Se pone a reír y no puede, sin saber porque quiere reír ni tampoco porque no puede. Tiene la cabeza sujeta, con una correa, a una butaca dura. Y otra correa le oprime la mandíbula inferior. Bien apretadas, las correas la obligan a mantener la boca abierta. La sala está inundada de luz de día. Quim está abriendo un montón de cajas y saca objetos.


- Escucha, chica: espero que no te muevas, porque sino te haré mucho daño. No lo he hecho nunca, y espero contar con tu colaboración… ¿Me oyes? Mira: tengo que hacerlo. Es necesario. Completamente necesario. ¿Lo hago por ti, sabes? He de impedir que te veas con nadie ni que te vayas con nadie. He de conseguir que des asco. Es la única manera. Y créeme: lo siento mucho. Mucho más que tu misma. No puede hablar, pero le queda un poco de conocimiento, y sale del abotargamiento inicial: ¿Qué me vas a hacer, Quim? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¡No me hagas daño! No me desfigures…Pero, con la boca abierta solo salen gemidos de sus labios. El va diciendo todo lo que hace. Ella patalea inútilmente: está completamente atada, inmovilizada. Idiotizada. Aniquilada. - No creas que va a ser fácil conseguirlo. Aquel tipo de dependiente de la tienda de material odontológico quería a toda costa ver mis credenciales de médico. ¡Uf... que pesado! Y sobre todo tuve de ser muy hábil para justificar que quería estas herramientas anticuadas. ¡Caramba, no quería comprar un equipo de turbina de aire…! Demasiado aparatoso. Y, además, yo que estuve una temporada con un dentista, solo se manipular este aparato con motor eléctrico. - Le dice que no se asuste, que no le hará daño. Que no se intente mover porque a pesar de estar tan mien atada puede perforarle el paladar. - Sería horroroso, Dolores. Y no te sabría curar. Ya me dirás con que excusa íbamos a ver a un médico. Mira, ahora te inyectaré en las encías una buena dosis de novocaína. Con dos pinchazos habrá suficiente. La segunda ni la notarás: como si tuvieses las encías hechas de madera. ¿Verdad que es lo mismo que cuando vas al dentista? Pero lo hago por ti, chica. Para protegerte de ti misma. No te preocupes, tengo más dosis:


cuando te pase el efecto te hará mucho daño, ¿sabes? ¡Ay, mi niña, como lo lamento! El contrángulo está provisto de una broca de unos dos centímetros de largo y un milímetro de anchura. La broca es de diamante. - ¿Sabes? No estarás nada guapa, y será imposible que alguien te de nunca un beso. Pero para mi serás la misma. No necesitamos a nadie, tú y yo. La fresa horrorosa y enervante empieza. La broca se mete en los bordes de los incisivos de arriba. Le dejará los cuatro incisivos superiores en forma triangular: dientes de tiburón, como terroríficos pinchos. Ella grita guturalmente, a pesar de que no siente dolor, y el ha de parar para dejarla respirar, porque se ahoga con su propia saliva. Incluso la acerca un vaso a los labios para que se enjuague, pero con aquella postura el agua se le cae de la boca y le empapa la blusa, que aún lleva puesta. Ha durado una eternidad. Dolores se ha desmayado. Cuando se despierta, está en su cama. Un terrible dolor le llena la boca. Se mira al espejo y grita, enloquecida. Todo está cerrado y Quim no está. Busca por la casa, rompiendo todo lo que toca, algún tipo de calmante. Tiene los labios hinchados y pequeñas estrías de sangre le cruzan la lengua, como la piel de un lagarto. Parece un animal salvaje que acabase de morder y de comerse el cuerpo palpitante de una víctima abatida y que aún chorree sangre. Es una imagen pavorosa: grita de dolor, con la pulpa de los dientes rota, cuatro triángulos de trazo inseguro como unos colmillos, los labios rezumando sangre, heridos con llagas. Gritando salvajemente. Desesperándose de dolor. La razón completamente perdida.

CAPITULO XI - HIRAM


31 – El primer escalón (bajando): la Regla (B) Con ojos llorosos y cara de terror, cabellos al viento con grandes aullidos, Dolores corre por la calle, abierta la puerta con su propia llave, la copia que tan ingeniosamente había hecho hacer y que aún estaba en su bolsa, olvidada por Quim, que no ha pensado porque sus pensamientos se han desviado, porque su cerebro todo el es una pulpa dolorosa y lacerada, como los labios, como los dientes de Dolores. Brazos abiertos sale por el patio, llorando sus ojos, loca de dolor, buscando auxilio donde sea, allí donde haya quien le pueda clamar aquel flagelo, aquel tormento, aquella brasa encendida, aquel martirio, aquellos martillazos en las encías y en toda la boca. Esparcidos los cabellos, llorando, la blusa manchada de sangre, los labios hinchados, descalza de un pie – ni sabe donde debe haber perdido el zapato, bestia feroz y aullando que parece sin saberlo una Cenicienta rota – Algunas personas se paran a mirarla, y algún alma caritativa se acerca para ayudar a aquella chica que sufre así, que corre, que así se agita, pero nadie osa acercársele mucho, porque seguro que se trata de una loca: ¿Quién sino tendría tal aspecto en plena calle? Encuentra en un lugar cualquiera de no sabe que calle una placa de dentista, incapaz de leer el nombre, pero segura que “Odontólogo” quiere decir dentista - ¡mira que eres ignorante, Dolores! ¿Es que no sabes que “odontólogo”, como “oftalmólogo” vienen del griego? ¿No sabes todas las lecciones que con tanta dedicación te han querido enseñar? – dentista, Y sube por las escaleras, llama al timbre sin quitar el dedo – ¡ahhhh, ahhhh! ¡Abrid! ¡Abrid! – y una indignada enfermera, dispuesta a echarle la caballería encima a aquel maleducado/mal educada que llama así, abre y se calla en seguida al ver que hay alguien que de verdad necesita ayuda. Que hay alguien


desesperado. El doctor sale en seguida, alertado por la enfermera, y la hace pasar al momento, a otra sala, una que tiene para las urgencias, y antes que nada, de un pinchazo diestro, le calma aquel terrible dolor, y vuelve a la sala principal a disculparse con una mujer gorda que suspira con alivio por la inesperada tregua, y le dice, siga, siga, que esto mío puede esperar, y si hay una urgencia hemos de ser clementes. Clementes y misericordiosos, como lo es el mismo Alá. Vaya, vaya, doctor, no se preocupe, que yo lo tengo todo hecho… El dentista es un hombre aún joven que debe acercarse a los cuarenta, de pelo rubio y gafas de montura metálica y pose untuosa. Los labios blandos, y los rasgos de un niño que no ha acabado de crecer, pero las manos son fuertes y bien entrenadas. Después del calmante la examina y pregunta en vano, a la chica con la boca abierta, fatigada de la loca carrera, por el dolor, por el desespero, dejándose hacer, que quien le ha podido hacer una cosa así. Asegura en aquella conversación de uno solo, que esto no lo ha hecho un dentista ni ningún profesional, que estas cosas hay que denunciarlas, que esto entra en el catalogo de lo que la ley llama torturar personas, y que no hay derecho, encima del intrusismo, tener que enmendar tan terribles errores. Ahora mismo llamaría a la ley, y toda la parafernalia que siempre la acompaña: policías y jueces, abogados y carceleros. Si estuviese Quim, se reiría y diría, ¡ay, la ley!, hecha para legalizar los grandes robos, los abusos de los más fuertes; y esto también, hecha para que nos matemos unos a otros, que somos malas bestias, hechos así de nacimiento. Pero a medida que va curando a la chica, la ira del médico se diluye y piensa en la pereza que tiene la ley, y en los pasos que implacables, te hacen hacer los que la rodean… Tiene para un buen rato, y el doctor le dice a la enfermera que ha entrado a preguntarle que hacemos con los clientes, porque no solo preguntan que ha pasado sino que aseguran todos juntos


que tienen mucha prisa y cosas urgente de hacer – ¡se hace tan largo esperar y la impaciencia es tan difícil de soportar! – y le dice que tiene para un par de horas, que cite a todos para otro día, y con heroísmo, a pesar de tener las mandíbulas blandas y los labios blancos en un rictus infantil entre las cejas, garantiza que hará horas extraordinarias mañana: aquel tributo si que lo puede pagar y quedará en paz consigo mismo. Y con la justicia incluso, si fuese necesario. Le practica lo que se llama una endodoncia, y a Dolores se le han secado las lágrimas, y queda un rastro como si un caracol hubiese pasado por las dos mejillas, un simple recuerdo ya, de todo el daño que ha soportado, y por eso se deja hacer, alejadas todas las ansias, que tiempo habrá para afrontarlas. - ¿Quién ha podido hacer una cosa así? – exclama atribulado, constantemente, aquel dentista. Y mira por donde, aquella corta frase atribulada le hace más compañía y más consuelo a Dolores que todos los sermones del mundo. “Seguro que no ha sido un dentista. ¿Qué mala bestia puede hacer una cosa así? ¿Qué sádico, que perturbado lo ha hecho?” La enfermera anuncia en la sala de espera que tendrán que volver, que el doctor ha de ayudar a esta chica que acaba de entrar. Una urgencia, espero que se hagan cargo. Algunos murmuran; otros que han visto el espectáculo, dicen que bueno, que se esperarán un poco más o que vendrán mañana. Le pone unas fundas, claro está, provisionales, y le dice, mire, esto hay que hacerlo mejor, pero por lo menos, ya no tendrá dolor, y no se cortará los labios y la lengua. Aquí tiene este producto – es un jarabe encarnado que tiene gusto a fresa – que le curará las heridas, y tome esto que le receto, y este calmante por si acaso, y ahora le daré hora para arreglarle los dientes como Dios manda. También le dice que lo tiene que denunciar, pero habla con más compasión que energía, y añade que cuente con el, que hará un


informe de tal como la ha encontrado. Incluso no se ve con ánimo de interrogarla, porque ahora la chica llora con grandes muestras de flaqueza y flojedad. Aquel dentista es buena persona, y la ha atendido como mejor podía, pero ahora tiene un poco de miedo y de recelo. Hablan el y la enfermera mientras Dolores se repone. “¡Que cosas tan desagradables se encuentran en esta profesión!” Dolores asegura que si, que pondrá la denuncia, que ha sido secuestrada por un loco – ¡suena tan extraño, decir esto entre personas normales! – y quiere pagar la visita, y con creces, porque está muy agradecida y que volverá. Mañana. - Pero me voy de viaje ahora mismo – se contradice. Explica algunas cosas, incoherentes la mayoría, habla de huir, dice que la cogerán, promete hacer la denuncia, si, si, no se preocupe, pero he de coger un avión. Escuche señorita, compréndalo, mi trabajo vale dinero... Ha costado un buen rato hacerse entender, porque Dolores, con los labios tan heridos no habla bien, pero ha conseguido todo lo que quiere: que la dejen irse, que le acepten el anillo que lleva en el dedo, “es un brillante muy bueno, se lo aseguro”, por la visita, e incluso que el dentista le de una chaqueta blanca de médico, la que guarda de recambio en el armario de la consulta, para tapar aquella blusa tan manchada y, como aun va descalza de un pie, también consigue que la enfermera le ceda unas zapatillas blancas, porque tiene zapatos de calle en el mismo armario donde está la chaqueta del médico. El dinero aun lo tiene cosido en la vuelta de los pantalones. Va al aeropuerto y ahora si tiene suerte: hay un avión que sale en unos minutos y si, hay plaza. Casi se lo gasta todo: es un pasaje caro. La chaqueta del dentista le va grande y las zapatillas de la enfermera le van pequeñas. Parece una gitana disfrazada, tan despeinada y con los morros tan hinchados y rojos, donde va


aplicando aquel jarabe tan bueno. Se va así, como llegó: hecha una lástima. Solo se ha llevado una cosa, una sola: la medallita, colgada al cuello, de Victoria. Su cuerpo, desierto de bienes, ha rebotado a lado y lado del Atlántico, como una pelota que rebota en una pared. Cuando está sentada en el avión, empieza a recordar que ella es la Dorothy Gardner, y que lleva un pasaporte falso. Que pertenece al Moon. Que piensa y habla en inglés. Que tiene una identidad que se estaba diluyendo, pero que ha permanecido en el fondo de su cerebro, solo cerrada con llave, como su cuerpo y sus pensamientos han estado también encerrados bajo llave todos aquellos años. Y que ahora es libre. La memoria enhebra recuerdos. Sabe donde va, sabe que quiere, sabe que sabe. Y al mismo tiempo no sabe nada de nada. Se imagina el rostro de Joaquín y nota una profunda e inexplicable tristeza. (¡Ay, Quim! ¡Que felices hubiésemos podido ser tú y yo! ¿Ay, Quim! ¿Qué haré yo ahora sin ti?) Ni tan solo sabe si podrá prescindir de el, si sabrá vivir, si algún día podrá tapar el profundo agujero que le ha dejado en el alma aquel hombre que la contempla como dormía, embobado. (¡Me has querido tanto, Joaquín!) El avión despega. 32 Cuando unas horas más tarde Joaquín llega a casa, cargado con drogas calmantes, asustado como un hombre que se precipita en un abismo por oír los lamentos de Dolores, anonadado de su propia salvajada, ve la puerta abierta y se ahoga de rabia y de terror. Ella ha huido.


(¡El aeropuerto!) Y echa a correr. (¡La he de atrapar. La he de conseguir. La he de recuperar!) Llega justo cuando ella atraviesa el umbral de internacional. La ve mal vestida. Como una gitana sucia. Se dispone a correr, y entonces, ¡ay, entonces! Quim se para, reacciona, se mira a si mismo implacablemente, admite que es un viejo ridículo, recupera el sentido común que había perdido. Se queda quieto, como atravesado el cuerpo por una aguja, una especie de mariposa atrapada en una caja de cartón. Una bocanada de ternura, de amor legítimo, le llena todo: la ve marchar, inmóvil y siente que la quiere con todos los hilos del tejido del alma, con todo el fervor que puede emanar un ser humano. Como nunca nadie ha querido a otra persona. (Te vas, te vas. Y yéndote, muda el árbol sus ramas y gotea por el tronco la sangre de los cien pájaros que anidaban. El tiempo se detiene – solo para mí, pero – me baño dos veces y mil veces en el mismo lugar del río.) Se asoma al ventanal que da al exterior. Ve el avión como un gusano inseguro arrastrarse por la pista, lentamente. (¿Qué me ha pasado? ¿Cuándo perdí la razón? ¿Cuándo llegó ella? ¿Cuándo me sentí aterrado de ser viejo? ¿Cuándo me di cuenta que nunca me querría? ¡Y pensar que el cerdo de Jack la ha tenido para el y yo ni la he tocado! ¡Y pensar que un hombre como yo ha enloquecido de amor por una chica!) Está claro: puede ir a América. Y puede buscarla. Sabe que la puede encontrar. Pero algo muy hondo le dice que aquella


partida la ha perdido y que tiene que tener la dignidad de saber perder. Eso si, se nota amargo. Ella ha ganado. Y le ha dejado atrás, como una servilleta manchada de rouge después haberlo usado en una gran comida. Ya inservible, tirado y abandonado, sucio y arrugado. (¿Sabré vivir sin ella?) Y la amargura se vuelve pesada, como una piedra atada al cuello de un suicida. (¿Y ahora que soy? ¿Cuál es el lugar exacto y cual es el tiempo? ¿Dónde estoy colocado y cuando? Me rebelo, deshecho, y me lamento de haber sido vencido. Sería fácil concluir que llevaba un puñal bajo el brazo cuando nací. En la derrota me he quedado plantado, en medio de la nada que va después de una batalla. ¡Yo no he huido! Y, sin embargo, no quiero morir. ¿Como podría, sino, saborear la hiel que me has dejado?) Las viejas máximas le despiertan del desconsuelo que siente: “Si tu destino te avergüenza, es que tienes orgullo: recuerda que el destino ni te honra ni te degrada, sino que será la manera como lo cumplas lo que te honrará o te degradará.” Mira el avión, que ahora toma velocidad y corre desesperado, y piensa: “¡Ay, Dolores! ¡Habríamos podido ser tan felices, tan felices, con todo el amor que te tengo!”. Deslumbrado de mirar al cielo, y aquel gusano que ahora se eleva y posee todo el orgullo de un águila real, Quim sonríe,


satisfecho de haber sido capaz de querer tan profundamente: un lujo solo al alcance de algunos mortales. 33 Dolores oye música, mentalmente, mientras el avión sube. Tod und Verzweiflung flammet um mich her! ¡Le gustaba tanto a Quim oír la Reina de la Noche! So bist du meine Tochter nimmermehr Verstossen sei auf ewig, verlassen sei auf ewig, Zertrümmert sei’n auf ewig alle Bande der Natur… (¿Que hare ahora sin tí?) El avión ya se ha elevado y las ruedas se esconden bajo la panza. Como una flecha, como un dedo gigante que se escapase al cielo, hendiendo las nubes hacia arriba. Dolores piensa: “¡Si que ha sido caro el precio que me ha tocado pagar! Y dice, casi en voz alta: - ¡Venga, Dorothy! ¡Caza la rata! Abajo, en el suelo, Quim mira hipnotizado al avión, con la boca entreabierta, con cara de tortuga, extrañamente sereno. El avión atraviesa decidido la masa de nubes. Como la aguja de Dolores en el bordado que hacía, aguja arriba y abajo, haciendo un dibujo que ahora ya nunca se acabaría. Barcelona, 21 de Marzo de 2013.


LA SALVAJE  

Llevaba una falda larga, hasta los tobillos, de tela basta y arrugada, llena de manchas, y una chaqueta de marinero estrecha, sin botones. L...