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EL VERANO DEL INGLÉS Carme Riera Traducció lliure d’en Guillem de Castro.

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Me pregunta que se lo explique todo porque si no es así, no querrá encargarse del caso. Acepto su propuesta y le escribo empezando desde el principio para que tenga noticia sincera de mi persona. De hasta que punto necesita conocerme. Me hago cargo de hasta que punto necesita conocer todos los aspectos, incluso los más mínimos o superfluos, ya que en algunos de ellos podría encontrarse la clave para argumentar una buena defensa. Me dice que medite sobre los hechos, que los repase punto por punto tantas veces como sea necesario y se los describa con detalle. No dude que la obedeceré, que cumpliré una por una todas sus indicaciones. Tengo, para desgracia mía, todo el tiempo del mundo, y me lo tomaré. Comienzo, pues, por el principio. Con la antelación suficiente porque pudiese cambiar los planes, sin que esto la perjudique de manera irreparable, telefoneé a mi prima María para decirle que este verano no podría viajar con ella como teníamos por costumbre. Las sazones que me lo impedían eran de peso: de una vez para siempre


estaba dispuesta a acabar con el maldito problema del inglés. Entonces no imaginaba – empezaba febrero, lo recuerdo con exactitud – hasta que punto me habrían arrepentido. Por el contrario, tenia la seguridad que, al menos por una vez, había tomado una determinación acertada. No imaginaba, estúpida de mí, que sería la peor de mi vida. A veces las cosas son así de inesperadas, si mas no, para las personas que, como yo, tenían una extraordinaria intuición de mosquito. De todas maneras, diré en mi descargo, que tengo que señalar que no creo que nadie pueda tan solo sospechar todo lo que me ha sucedido solo por el hecho de querer aprender el inglés. Los motivos que me llevaron a acabar con aquella fata espantosa no solo estaban perfectamente justificados sino que eran de una objetividad absoluta. Pocos días antes de telefonear a mi prima para cancelar el viaje al Perú, el hecho de no saber inglés me habían dejado prácticamente en la estacada en la inmobiliaria donde trabajaba. Lo que me había pasado era justamente al revés de aquello que aseguraba en las vallas publicitarias el anuncio de una conocida academia de idiomas: Laura ha mejorado de trabajo porque sabe inglés. Después de mi fracaso y de un montón de noches de insomnio y de pesadillas – soñaba con un pez plateado y probablemente muy gustoso, de aquella gordita que te hacen venir más gana, se me escabullía de las manos dejándolas llenas de


escamas y, por más que fregaba y fregaba, continuaban pegadas a la piel – me juré que una segunda oportunidad en la cual mi jefe de personal de mi empresa ya había aludido, no me cogería desprevenida. En consecuencia, decidí que no dedicaría ni un segundo de mis vacaciones a otra cosa que no fuese aprender ingles. Me sabía mal por mi prima, por las bellezas del Perú, por Gustavo y Gladys. Bueno, mis amigos de Arequipa a los cuales había prometido una visita, pero mi decisión era irrevocable y el sueño, premonitorio: solo el conocimiento del idioma de loa yankees – aún que sería mejor empezar por referirme al de los hijos de la Gran Bretaña – mejoraría mi autoestima y mis posibilidades de prosperar profesionalmente. Consulté casi todas las instituciones dedicadas a la enseñanza de lenguas extranjeras – desde el British Council al Instituto Americano, pasado por la Escuela Oficial de Idiomas – y acabando por la retahíla de academias especializadas, para intentar averiguar que cursos ofrecían durante el mes de agosto, el único que yo podía dedicar entero a estudiar. Mi trabajo sin horarios – más bien tendría que decir mi trabajo de prácticamente catorce horas diarias el resto del año – no me permitían cualquier otra opción. Pero no todos los centros oficiales estaban abiertos el mes de agosto, y las academias privadas – aunque me garantizaban que con sus métodos el inglés dejaría de tener secretos para mí –


no me merecieron suficiente confianza. Por eso desistí de matricularme y también por el desasosiego que producía el futuro calor de agosto que ya en el mes de febrero, los meteorólogos, justificándose en los cambios climáticos, preveían que tenía que ser espantoso. La alternativa consistía en un curso en el Reino Unido o en Los Estados Unidos, que además de darme la posibilidad de salir de Barcelona, me permitía, gracias al contacto directo con los parlantes autóctonos, la inmersión total que tan necesaria me era. Solo así podría renunciar a tener que repetir una de las pocas frases que sabía pronunciar correctamente: I’m sorry. I don’t speak english, antes de enmudecer de manera irrevocable, con la cabeza gacha y desilusionada, pensando en todo lo que me perdía a consecuencia del desconocimiento de aquella lengua franca que es, nos guste o no, el inglés. Como yo nunca he disimulado esta manía, mis compañeros de trabajo intentaban quitarle importancia diciéndome que no me preocupase. Al fin y al cabo la mía era una carencia generacional. Pero, así y todo, me consolaba poco que fuese mal de muchos. Por el contrario, me dedicaba a imaginar la enorme cantidad de relaciones de todo tipo – amorosas, amistosas, comerciales – abortadas al mundo por culpa de esta carencia. Incluso estaba convencida que algunos acontecimientos políticos de nuestro desgraciado país tenían que ver con la


cuestión de la ignorancia idiomática. Consideraba que si Aznar hubiese sabido un poco de inglés, España no habría participado en la guerra de Irak. Fue su complejo de inferioridad que me impulsó a decirle a Bush Yes en lugar de No, thanks o, de entrada, No, Darling. Cuando no sabes un idioma no te ves capaz de negociar, esto está muy claro, y tiendes a aceptar cualquier cosa sin darte cuenta de las imposiciones te pueden salir de lo más caras. Pensándolo bien, tal vez nuestra participación en la guerra fue un efecto colateral de la carencia idiomática del presidente de entonces. Su educación, como la mía, fue una consecuencia más del franquismo. Entonces, auque Franco ya estaba muerto, los idiomas extranjeros eran considerados elementos de contaminación foránea. No estaba mal visto, sino todo lo contrario, no hablar más lengua que el español, el Idioma del Imperio, en el cual Carlos V – tal vez uno de los pocos gobernantes alabados por políglota cuando yo estudiaba – se dirigía a Dios, mientras trataba a su caballo en alemán y “se gancheaba” – es decir, ligaba con las damas – en francés. Las lenguas no fueron el fuerte de la educación en mi época, y creo que tampoco de la actual, si hemos de juzgar por lo que dicen las encuestas. Guardo en algún cajón de la cocina de casa unos recortes de prensa que me dio la Jennifer, mi compañera de la inmobiliaria, con la buena intención de consolarme, en los cuales se asegura que en el 58% de los


estudiantes españoles son incapaces de mantener una conversación en una lengua ajena a la propia; esto quiere decir que tampoco saben inglés, un idioma que, según ella, Bush también desconoce a pesar de ser el suyo. Pero ni con todos estos argumentos consiguió atenuar mi obsesión. Le aseguré que tanto los estudiantes como Bush me importaban un bledo, y que yo lo que quería era solucionar mi problema, que detestaba parecerme a ninguno de ellos y que lo mejor que podía hacer si quería ayudarme, en lugar de traerme recortes de los periódicos, era aconsejarme la mejor manera de aprender inglés. Jennifer me sugirió entonces que buscase una agencia de viajes especializada en turismo idiomático y ella misma me recomendó a dos que conocía. Fui enseguida a las direcciones que me había dado y allá, en efecto, me ofrecieron una gran cantidad de posibilidades. El abanico era amplísimo: cursos en los Estados Unidos, Escocia, el País de Gales, Irlanda… El precio no era barato pero eso a mi no me importaba. Mi sueldo es alto, aunque dependo mucho de las comisiones – o tal vez es mejor que escriba que era alto – alguna ventaja he de tener trabajar de sol a sol. Lo que me preocupaba era tener que compartir el curso con gente de edades distintas a la mía. Descartados los niños – nunca me imaginé que estos mocetones fuesen tantos y tuviesen tantas variedades de cursos exclusivos – no me podían asegurar que mis condiscípulos no fuesen adolescentes, jóvenes o


– al menos más jóvenes que yo – lo cual desde no hace mucho es habitual vaya donde vaya. Y esto no me hacía ninguna ilusión. Entiendo que mi exigencia de un grupo reducido, compartido solo con alumnos de entre cuarenta y cinco y cincuenta años, era muy difícil de satisfacer. Aunque la persona que me atendió se hizo perfecto cargo de mi situación y, incluso, me insinuó que a ella le sucedía lo mismo que a mí, que por su gusto excluiría del curso – y del mundo – a los jóvenes, no me lo podía garantizar. Y por eso desistí de seguir adelante. No me quería ver rodeada de pipiolos las neuronas de los cuales, mucho más ágiles que las mías, ya maduras, tendrían que hacer que me sintiese ridícula desde un buen principio. Aconsejada por Jennifer busqué en el mercado de Internet, y enseguida encontré una oferta que parecía cortada a mi medida. Después de pulsar un ábrete, sésamo, de la dirección de una lista obtenida mediante un link, encontré lo que parecía más apropiado a mi situación. Una profesora especializada en la enseñanza del inglés para extranjeros ofrecía sus servicios del tipo Aprenda inglés en casa de su profesor, una modalidad que me pareció de lo más conveniente. Además, el importe del curso (3000 libras), que la señora Annie Grose pedía a cambio de pensión completa y clases particulares full time, no me pareció excesivo considerando los precios de la mayoría de cursos. Tuve la sensación que finalmente aquello era lo que


buscaba. Esta modalidad me permitía hablar inglés las veinticuatro horas del día sin interrupción y, a la vez, sumergirme en la vida inglesa en sus detalles más íntimos. La profesora – la fotografía de la cual, formato carnet, ofrecía la página – tenía en apariencia un aspecto agradable, rubia, de ojos claros, cara redondita con una sonrisa de buena persona. En un breve curriculum constaba su fecha de nacimiento: febrero de 1945. Que tuviese sesenta años – casi once más que yo – me parecía perfecto. Así se haría cargo de las dificultades que el aprendizaje de los idiomas comporta cuando una ya es mayor. A parte, el hecho que fuese una mujer facilitaba las cosas, o así lo creí entonces. Si hubiese sido un hombre tal vez no me habría atrevido a enviar, tal como se pedía a los interesados, una carta de solicitud, un curriculum y una fotografía de cuerpo entero, requisitos, en especial este último, que me parecieron de entrada, extraños, a pesar de que Jennifer, a quien consulté, le parecieran justificados. Mi amiga argumentó que consideraba aquellos de lo más natural que la señora Annie Grose quisiese saber por adelantado con quien tendría que convivir durante cuatro semanas las veinticuatro horas del día, y que tanto las fotografías como los datos personales – entre los cuales tenía que anotar los gustos, aficiones, estado civil, número de hijos, en el caso de que se tuviesen, cargas familiares, etc. – eran requisitos indispensables para tratar de conocer


si alguna incompatibilidad podía hacer inviable la relación, adelantándose a lo que después sería irreparable. No obstante eso, yo tenía mis dudas, en especial por lo que hacía a la fotografía de cuerpo entero. ¿Por qué Mrs. Grose no se conformaba con una foto carnet como hacía todo el mundo, policía de fronteras incluida? ¿No era una foto de carnet la que ella mostraba? Jennifer que tenía respuesta para todo, me dijo que así la profesora sabría por adelantado si sus futuros alumnos tenían algún defecto físico o alguna discapacidad. De esta manera Mrs. Grose, sin salirse de los límites de lo que era políticamente correcto, tan importante en el mundo anglosajón, descartaba cualquier eventualidad de aquel tipo. Tal vez no le guste la gente baja o quizá los altos, gordos o delgados. Los gordos – decía Jennifer – pueden ocasionar verdaderas catástrofes domesticas, hundir sofás, romper sillas o desballestar camas, a parte de comer como glotones, arrasando neveras y despensas. Tal vez Mrs. Grose no tiene un mobiliario adecuado para los de doscientos kilos, ni presupuesto para los más tragones. O quien sabe si no detesta a los enanos. Porque, veamos, ¿Qué causas pueden llevar a un liliputiense a no desear aprender inglés? ¿Y porque razón Mrs.Grose ha de sentirse obligada a convivir con un liliputiense o prefiere mejor las personas más altas? Tal vez no le gusten las mujeres con los pies grandes o le parecen


gafes los cojos, o detesta la gente con pecas; los calvos le traen malos recuerdos o, por el contrario, no soporta a los que llevan el pelo largo o tiene prevención contra los bigotudos… Como puede verse, Jennifer tenía explicaciones convincentes para todo. Si Mrs. Grose quería escoger estaba en su derecho. Tampoco a mi me habría gustado convivir con una persona bizca, ya que los ojos estrábicos me inquietan mucho. Y menos aún con alguien que suda mucho. Detesto las personas la transpiración de las cuales las lleva a vivir mojadas y que cuado te dan la mano parece que acerquen un hígado a punto de ser trasplantado. Una vez perdí una venta fantástica de una torre en Collserola por no atender con cuidado al millonario que la quería comprar: su camisa mojada, y en especial su mano chorreante, me producían alergia. Pero esta es otra historia. Adelanto que, desgraciadamente para mi, Mrs.Grose sudaba bastante. Envié por correo todo lo que me solicitaba la profesora. Escogí una fotografía en la que salía favorecida, aunque no en exceso, no fuese cosa que no me reconociese. Me contestó que había recibido mi solicitud, que ya tenía diecinueve y que en el término de dos semanas me informaría si era yo la persona escogida. En este mismo correo me ajuntaba el escáner de una postal del lugar donde se encontraba la casa de Mrs.Grose, en medio del campo. Pero lo que si veía era un paisaje de colinas


suaves y me preguntaba sino me molestaba vivir aislada. Contesté al instante que, bien al contrario, me gustaba. El hecho de poder disfrutar del campo durante el mes de agosto me parecía un aliciente más. Vivo – o mejor dicho – vivía once meses encerrada en la ciudad. Pasar un mes fuera, lejos del jaleo del transito y de los ruidos nocturnos, me parecía de lo más gratificante. Me sentía tan ilusionada y deseaba tanto que me seleccionase que me pasaba las horas libres pendiente del correo electrónico y de los mensajes de Mrs.Grose. Pronto, cuatro días después que me llegase la postal, recibí otro correo. Me enviaba nuevas fotografías. Esta vez eran de la casa. En la primera se veía un edificio de tres plantas, solemne y antiguo, con paredes cubiertas de hiedra. Me hizo pensar en las viejas mansiones victorianas que tantas veces hemos contemplado en las películas y tal vez por eso me anticipé a recordarme allí, en septiembre, a mi vuelta a Barcelona, feliz con mi inglés bien envuelto en mis brazos como si fuese un recién nacido y la amistad de Mrs.Grose. La fachada principal de la casa se abría a una especie de porche y este, a un jardín con unas hortensias muy ufanas. Otra fotografía, tomada desde más lejos, mostraba el edificio en perspectiva, rodeado de naturaleza. En una tercera, se veía lo que yo supuse que sería mi habitación, porque de otro modo no tendría mucho sentido que me hiciese llegar el retrato de una alcoba en lugar del de una sala o de una biblioteca. Era enorme. Mi


deformación profesional inmobiliaria le calcule unos treinta metros, y no me equivoqué. Contra una de las paredes había una cama grande, con baldaquino, a un lado una mesilla de noche y al otro una silla tipo reina Ana. Delante de la cama, un sofá chester y dos butacas. Pero aún había más muebles: un canterano, un escritorio y un tallboy, aquella especie de cómoda alta con cajones donde los lores guardaban las camisas. Ya se que el ojo de la cámara tiende, casi siempre, a embellecer todo lo que capta y, en consecuencia, aquel lujo podría ser un producto exagerado. Tal vez, vistos al natural, aquellos muebles de tanta magnificencia estaban carcomidos, llenos de polvo y telarañas. Pero así y todo, tanto la casa como la habitación llamaban la atención. Las fotografías renovaron aún más mi ansiedad, pero esta vez el tiempo de espera fue más breve. Al cabo de dos días, mediante un correo electrónico, como siempre, Mrs.Grose me comunicaba, felicitándome, que mi candidatura había sido aceptada. Las respuestas que había hecho al cuestionario, mi condición, mis gustos y mis aficiones me convertían en la aspirante más idónea entre las veinte solicitantes. Pero para que la reserva fuese en firme se me pedía que enviase el 50% de la cantidad estipulada a una cuenta corriente domiciliada no en Inglaterra sino a los Estados Unidos, a una sucursal bancaria de un banco local (Layonard Bank) de un pueblo (Lebanon) de Nueva Inglaterra. Tal vez usted en mi lugar habría dudado


antes de hacer el ingreso, ya que nada me garantizaba que aquello no fuese una estafa, como hay tantas. ¿Qué existencia real tenía Mrs.Grose por mucha página web que exhibiese? Y, a parte, tampoco constaba el justificante de la transferencia que esta hubiese sido realizada por el pago parcial de un curso de inglés. ¿Y por qué una cuenta corriente americana y no una británica? Esto me lo aclaró Mrs.Grose motu proprio. Ella se encontraba en los Estados Unidos deshaciendo la casa que tenía en Lebanon. Durante casi dos décadas había sido profesora en una escuela del estado vecino de Vermont. El dinero que yo la enviaba le serviría para pagar parte del traslado de sus pertenencias hacia su lugar de origen, Inglaterra. Tenía la intención de retirarse a la casa de campo que me había enseñado fotografiada, oportuna herencia de una tía por parte de padre, que le había llegado no hacía mucho, caída del cielo, cuando ella empezaba a pensar en la jubilación que, ahora, finalmente, había conseguido antes de lo que le tocaba. II Desde que recibí la confirmación de la plaza, a finales de Marzo pasé los cuatro meses que faltaban hasta agosto en un estado de nerviosa expectativa. De tanto en tanto en correo electrónico, me traía la agradable sorpresa de noticias de mi futura profesora, con detalles relacionados con la estancia,


el tipo de ropa adecuada, cómoda, por descontado – casual –con alguna chaqueta imprescindible, ya que no acostumbraba a hacer demasiado calor y por la noche refrescaba; el horario estricto – ocho horas de trabajo sin perdonar un segundo – comenzaría a las nueve o’clock y acabaría a las siete, porque había que descontar los ratos de las comidas, o las posibilidades de hacer excursiones los fines de semana. Una opción que me aconsejaba aprovechar, aunque incrementase el precio de la estancia, ya que, a parte de hacer kilómetros en coche o en tren, nos obligaría a pasar la noche fuera de casa en algún bed and breakfast. Al tiempo que seguía practicando inglés, me permitiría conocer diversos lugares atractivos tanto por el paisaje como por sus aspectos literarios. Si he de decir la verdad, aquella sugerencia me interesó bien poco. Detesto las excursiones de fin de semana, con las carreteras embozadas y el riesgo de figurar en la lista de muertos por accidente planeando sobre la carrocería del coche como un pajarraco de mala suerte. Y aunque nada en contra de la literatura – eso lo dejo para los que se entretienen con novelas, como mi prima María, prima valenciana, todo sea dicho, que incluso se cree que lo que explican los libros ha pasado de verdad – a mí, la vida que hago no me deja tiempo para leer. Pertenezco pues, al tipo de personas que declara en las encuestas que nunca lee libros escandalizándose de los que dicen lo contrario, cuando no estoy trabajando – cosa que


solo pasa los fines de semana y aún así no todos –me dedico a ir al cine o a dormir; siempre tengo deudas de sueño. Me doy cuenta de que acabo de escribir en presente un parágrafo que en realidad debería haberlo escrito en pasado. La costumbre de treinta años – usted ya se hará cargo – puede más que los tres meses que hace que estoy aquí… Bueno, sigo con lo que explicaba. Las referencias que Mrs.Grose me dio del entorno de los lugares donde un tal Henry James situó Otro paso de rosca – mira que título, ¿no? – o los itinerarios turísticos por los alrededores de cumbres borrascosas o de Jane Eyre – que también salían en las guías que me compré – no me sedujeron demasiado, aunque tampoco las rechacé. Por el contrario, le dije que me parecían bien, que lo dejaba a su criterio y que, según el tiempo que hiciese, veríamos, que tal vez era mejor, antes de reservar el hotel, decidirlo cuando llegase. Me contestó con un mínimo mensaje, con un OK que yo traduje por de acuerdo, muy bien., pero enseguida me di cuenta que, quizá, la había molestado. Al fin y al cabo las excursiones eran una deferencia por su parte a la cual yo contestaba con evasivas. Era claro que ella no hacía negocio, y que más bien, acompañándome a los lugares que ella ya conocía, perdía tiempo y se privaba de descansar. Por eso y por no pasar por grosera delante suyo – odio el tópico que los catalanes miramos la peseta, perdón, el euro, ya tendría que estar acostumbrada pero lo


sigo diciendo mal – hice un ingreso por el importe que ella había calculado que costaba la primera excursión. Entre finales de marzo y finales de junio intercambiamos bastantes correos que no borré y, en consecuencia, supongo que aún deben estar en el buzón del correo electrónico del ordenador del despacho. Mi clave de acceso es lalala. Por favor, intente recuperarlos. A través de la página web de la inmobiliaria y tecleando mi nombre, Laura Prats Massuti, entrará sin problemas. Creo que de los correos, se pueden sacar algunas conclusiones interesantes en relación a la conducta de Mrs.Grose – a su cinismo, el cálculo estudiado, su frialdad y también del mío, tan estúpido, tan pendiente de la obsesión por aprender, de una vez, el maldito inglés. Mrs.Grose contestaba a mis preguntas sobre cuestiones de intendencia y yo, a las suyas. Recuerdo, por ejemplo, algunos “emilios” sobre platos predilectos e incompatibilidades culinarias. Por cierto, que una de las suyas eran los ajos, tan usuales en la cocina española, decía ella misma, lo que no le permitía digerir bien el gazpacho ni el ajoblanco que tanto le gustaban y que, después de todo lo que ha pasado, no deja de parecerme una broma premonitoria. Por mi parte, nunca había ninguna, excepto ahora sí, desde hace tres meses, desde mi desdichado verano inglés, estos postres repugnantes que consisten en una mezcla de melocotón hirviendo en una especie de empalagosa


crema de leche que la Grose, casi cada día, me daba para acabar la comida y que yo me veía en la obligación de comerme, primero para no hacerle un feo y después porque no me quedaba otro remedio. Antes de las vacaciones de Semana Santa escribí a Mrs.Grose pidiéndole que me indicase, ya que tenía por delante cuatro días libres, que tenía que hacer para ir preparándome para el intensivo agosto. Me recomendó que viese películas en inglés siempre que pudiese, que sintonizase las noticias de la CNN y la BBC. Lo intenté pero mis esfuerzos fueron del todo inútiles. Necesitaba leer los subtítulos de las películas para poderlas seguir, no entendía nada. Ni la voz de Richard Burton, tan sugestiva, ni aquel acento que dicen que es tan bueno de Laurence Olivier no me decían nada. Por lo que hacía a Bogart, su dicción de pato que, por descontado, tampoco conseguía descifrar, le hizo bajar muchos puntos en mi afecto. Y me supo muy mal porque era uno de mis actores predilectos. También desistí de escuchar las telenoticias en ingles. Me habría quedado in albis de todo lo que pasaba por el mundo o, todavía peor, sin saber si tenía que preocuparme por los atentados, accidentes y catástrofes naturales, en el caso de que sucediesen cerca, o solo compadecerme desde fuera de las víctimas. Pero en mi desánimo tenía la esperanza que, a la vuelta de las vacacione3s, sería capaz de entender todo lo que quisiesen explicarme los locutores de informativos de las dos cadenas y podrí disfrutar de los matices de


las voces – con la excepción de Bogart, al cual siempre lo oiría doblado – de mis actores predilectos que era de habla inglesa. La esperanza de llegar a adquirir la competencia lingüística que entonces no tenía, me devolvía la ilusión y tal vez más ganas de vivir. Jennifer, que era mi amiga más íntima, aunque no nos viésemos mucho fuera del trabajo, me decía con su particular humor británico que te puedes convertir en una amante de una lengua y que esta circunstancia a buen seguro que te afecta de manera muy positiva. Era muy cierto. Pensaba que si finalmente me veía con ánimo de hablar inglés, mi autoestima, muy disminuida en los últimos tiempos, desde que mi marido me dejó, pronto hará siete años, para irse con el jefe de la guardia urbana, camino de Sitges, donde montaron un restaurante recién salidos los dos del armario, aumentaría y me sentiría con fuerzas para empezar otra vez con empuje mi trabajo. Hablando inglés todo sería más fácil y el ascenso no me lo quitaría nadie. Esta vez si conseguiría pasar a adjunta de dirección de la zona del litoral, donde la mayoría de clientela es extranjera. A usted que domina lenguas. Mi interés le puede parecer extraño. Quien sabe sino piensa que soy un caso clínico, una maniática empujada por una rabia estrafalaria. Pero para que vea que no soy así, que a mucha más gente le pasa lo mismo, le ruego que consulte el diario El País de finales de julio una información que Jennifer recortó para mí pocos días


antes de mi viaje a Inglaterra., en la cual se informa que un empresario de La Selva dejó a la Generalitat de Cataluña una millonada de euros para que se dedicasen íntegramente a la enseñanza del inglés entre los jóvenes de su comarca. Intentaba así evitar lo que le había sucedido a el. A pesar de su gran fortuna conseguida con inversiones en el extranjero – parece que muchos terrenos que tenía en Venezuela estaban llenos de petróleo – se sentía más que frustrado, frustradísimo, porque no sabía ingles. Una carencia que le había marcado la vida hasta un punto de afectar a sus disposiciones testamentarias. Si eso le pasa a Joan Riera, de Santa Coloma de Farners – su nombre me quedó gravado, no me dejó de parecer un alma gemela – bien seguro que también les pasaba a muchas otras personas aunque no saliesen en los diarios ni hubiesen hecho fortuna como el. Como le decía, desistí de mirar la televisión en inglés y de intentar ver películas en versión original y me dediqué con afán a revolver los altillos de asa para buscar los libros de inglés de mi remota adolescencia, cuando me propuse estudiar esta lengua sin constancia, y naturalmente, sin éxito. Quería recuperar por lo menos los rudimentos más elementales: cuatro substantivos, cinco verbos, seis pronombres. Encontré dentro de una maleta el método Assimil, con discos incluidos, un fósil que acaricié con nostalgia. Eran de mi padre, que también se sentía predispuesto a aprender inglés y


que cada octubre solía repetir solemne: “De hoy no pasa. Hoy me matricularé en una academia de inglés” sin llegar a hacerlo nunca. El pobre murió durante el mandato de Richard Nixon, el nombre del cual era todo lo que se veía capaz de pronunciar en inglés. También encontré una gramática un poco más moderna que repasé y entendí, porque las explicaciones eran en castellano. Pero cuando hice saber a mi profesora que leía una gramática inglesa escrita en castellano me riñó mucho. Si verdaderamente deseaba aprender había que hacerlo de manera directa, sin pasar por ninguna otra lengua. Me recomendó entonces que me comprase un diccionario que no fuese bilingüe, sino solo inglés. Y así lo hice. Me pasé los días de Semana Santa que aún quedaban entre las páginas de aquel mamotreto, , inmersa, como en una especie de balsa resbaladiza, no de piscina, ya que las palabras incomprensibles me estiraban hacia abajo, hundiéndome. No hay nada más triste que un diccionario ininteligible. Pone en potencia un mundo a nuestro abasto pero entonces nos lo hace indescifrable. Los esfuerzos de aquel largo fin de semana me dejaron exhausta y decidí abandonar, no podía incorporarme al trabajo en aquel estado de agotamiento. Volví a escribir a Mrs.Grose para notificarle que aquel método no encajaba con mi manera de ser y pedirle que me diese otras opciones. Recibí una respuesta algo burlona: busque en cualquier tienda de antigüedades un reproductor de vinilo y empiece


con My Taylor is Rich “pero no le arriendo la ganancia”, añadía en una frase hecha castellano que me llamó la atención. Estaba claro que el método Assimil había quedado desfasado y que repasándolo no conseguiría gran cosa, pero me molestaba que la Grose se permitiese el lujo de ironizar sobre aquella especie de reliquia familiar. Claro está que ella desconocía que lo fuese. Le hice saber y por una vez ella me contestó un minuto después: si consideraba que sus directrices no eran buenas, sino tenía confianza en sus puntos de vista pedagógicos, podía devolverme el dinero y escoger un/una otro/otra candidato/candidata. Y aquí paz y después gloria. Horrorizada la pedí que no lo hiciese y hasta creo que se lo supliqué. No resistía pensar en el fracaso de arrastrar un año más mi carencia y la frustración añadida de tenerme que quedar en Barcelona el mes de agosto. Mi prima, enfadada conmigo porque la había dejado plantada, viajaba a Islandia con una amiga, y no querría ni oírme hablar, que yo me añadiese, estaba segura. Y no tenía humor para apuntarme al primer forfait donde aún quedasen plazas. Maestra en efectos sicológicos, ahora me consta, ¡y de que manera!, Mrs.Grose no se apresuró nada en contestarme. Lo hizo una semana más tarde, tranquilizándome, eso sí, y diciéndome que no me preocupase. Cualquier aprendizaje idiomático necesita tiempo y yo en aquellos momentos estaba demasiado atareada. Lo que tenía que hacer era


sencillo: esperar al mes de agosto. Entonces, pero me tenía que comprometer a aceptar sin peros y sin quejas sus planes de inmersión total que desde ahora, me lo advertía de antemano, serían duros. Esta era su opinión y, según su larga experiencia didáctica, el único camino válido si verdaderamente deseaba volver a Barcelona hablando inglés con una cierta fluidez. Solo necesitaba un poco de paciencia. Ni los atentados londinenses de julio, tan terribles, absurdos y bárbaros, hicieron tambalear ni un segundo mi decisión. No obstante eso, durante aquellos días se me ocurrió pensar que Mrs.Grose podía estar entre las víctimas. Su casa quedaba lejos de Londres, pero quien sabe si había podido ir a hacer cualquier encargo, compra o visita. Si era así, ¡adiós inglés! La escribí rápidamente interesándome por su salud y dándole el pésame por el desastre. También en Cataluña estábamos conmocionados, no tan solo en Inglaterra. El correo me fue devuelto por problemas con el servidor, probablemente, pensé, a consecuencia del colapso de mensajes. Igual que yo, familiares y amigos de todo el mundo deseaban comunicarse con su gente. Volví a intentarlo al cabo de unos días después y finalmente lo conseguí. Un par de semanas más tarde la Grose me escribió diciéndome que estaba bien. Que no estaba en Londres el 7 de julio, a pesar de tenía previsto ir aquel día. Una indisposición de estómago, de lo más oportuna se lo había impedido. Ella solía moverse en metro y quien


sabe si ahora no estaría entre las víctimas y yo “compuesta y sin novio”, añadí utilizando una de las frases hechas que tanto le gustaba usar, aprendidas, según me dijo más tarde, de su exmarido, que era hijo de un brigadista internacional y que ella, la muy mentirosa, aseguraba que lo había conocido en Madrid en 1964, en su primer viaje a España. En este mismo correo me anunciaba que pasaría el mes de julio fuera de casa, aunque consultaría de tanto en tanto el correo electrónico desde cualquier cibercafé. Internet no había entrado en las costumbres de la vida de su amiga Kathy Mac King, que vivía en Irlanda, donde mi futura profesora pensaba pasar el resto de julio. Volvería a Inglaterra a final de mes para preparar mi llegada. Le pedí las últimas instrucciones por su cualquier cosa no conseguía comunicarme con ella antes de salir hacia Londres. También le insinué si podía darme su número de móvil, pero me contestó que no tenía. Nunca lo había usado y deseaba seguir así. No osé pedirle el teléfono de su amiga, ya que ni tan solo me había dado el de su casa. Tal vez para contrarrestar esta falta de información se desvivió para ofrecerme los detalles más insignificantes a fin de facilitarme la llegada: posibilidades de coger el tube (metro) más rápido o el Airbus, más lento pero quizá más cómodo y sin paradas, desde Heathrow a Londres, importe de los billetes de las dos modalidades, tiempo exacto que tardaría, número de estaciones que había desde el aeropuerto hasta


Gloucester Road… el lugar donde tenía que transbordar de la línea blue a la línea green que me llevaría a la estación Victoria – por si escogía el metro – si es que no quería gastar en taxi, tal vez demasiado caro. Añadía también los horarios de ferrocarriles que tenía que coger, precios de primera y de segunda clase, nombre de los pueblos por los que pasaría, etc. Hasta llegar a Ledbury, donde ella me recogería… La estación era pequeña y no tenía pérdida posible Allí la encontraría, con una gramática inglesa en la mano. No me tenía que preocupar por los posibles retrasos. Esperaría las horas que fuesen necesarias. Entre tren y tren, se entretendría en hacer compras y encargos que siempre le quedaban pendientes en Ledbury. III La mujer que se me acercó al bajar del tren preguntándome en inglés si Laura Prats era yo, no tenía ningún parecido con la de la fotografía. Era, eso sí, de cara redonda, tipo garbanzo, pero los cabellos blancos y despeinados, la mirada oscura, más bien inquisidora, detrás de unas gafas de montura exótica de color calabaza, la hacían parecer muy diferente de la imagen que exhibía en la página web propagandística. Pero, más que por su cara, me llamó la atención su cuerpo: aquella espalda cuadrada y la barriga en forma de saco de boxeo. Ambos trazos le dan un aire de hombretón.


También su voz me sonó masculina. Vestía sin ninguna gracia una especie de chándal de color indefinido, entre gris y azul, y calzaba unos zapatos deportivos. Tal vez fuese una de aquellas personas que solo usan la ropa para cubrirse el cuerpo. Yo, por el contrario, aunque había seguido los consejos a la hora de preparar el equipaje y casi todo lo que había en la maleta era casual, llevaba un conjunto de chaqueta y pantalones comprados en una tienda de Toni Miró y el collarcito de perlas de mi madre, que siempre me daba suerte o, por lo menos, me la había dado hasta entonces. Pensé que era a causa de mi indumentaria que yo no le había causado buena impresión, porque me miró de pies a cabeza antes de decirme que no me había imaginado en absoluto así, que en la foto parecía de otra manera, más…sencilla. Me dijo todo esto en inglés, y al ver que no la entendía, me lo tradujo al castellano. Después de este primer intercambio cargó sola la maleta (que pesaba dieciocho kilos ochocientos gramos, según había comprobado al facturar en el check-in de la British del aeropuerto del Prat), como si hubiese cogido una pluma. Otra vez en inglés me preguntó si había tenido buen viaje y si quería tomar alguna cosa antes de irnos hacia su casa. Four Roses caía a una hora de coche de Ledbury. O eso me pareció entender. La contesté en castellano que, excepto un leve retraso en el avión, todo había ido muy bien gracias a sus directrices y que no estaba cansada. Tampoco tenía ni gana ni sed. Podíamos irnos


cuando ella quisiese. Hicimos en fila india un mínimo recorrido por el hall de la estación hasta su coche, aparcado al otro lado de la calle. Ella delante, y yo unos cuantos pasos detrás un poco impresionada por el bulto que hacía. Comprendí entonces que prefiriese no exhibirse de cuerpo entero en la página web, porque habría podido disuadir a algunas personas, en especial si eran hombres no muy altos o más bien bajos. El coche era un viejo jeep, enorme y deteriorado, perfectamente adecuado al estilo de su propietaria. Para meter mi equipaje hubo de reorganizar el maletero, que estaba lleno de herramientas de jardinería y de cajas de pañales., lo que me hizo suponer que Mrs. Grose tal vez tenía problemas de incontinencia, un trastorno que afecta muchas mujeres mayores sobre todo si son obesas. Escalé hasta el coche así, como pude – soy más bien bajita, y de piernas cortas – intentando evitar que Mrs.Grose me tuviese que empujar con el ridículo consiguiente, le acomodé en la punta del asiento, después de comprobar que los pies no me llegaban al duelo sino lo hacia así. Como el cinturón de seguridad había salido de la traba me lo puse por encima como si se tratase de una banda de honor. Mejor, pensé sentirme menos aprisionada. La Grose me preguntó Are you Reddy? Yes, la contesté feliz de haberla entendido. Entonces puso el motor en marcha. Arrancamos de golpe con un gran estruendo de latas y trozos de hierro. El día mustio de Londres


iba cambiando a medida que nos alejábamos de la ciudad y, aunque había lloviznado un raro antes de llegar a Hereford, ya cerca de Ledbury, acababa de salir el sol. Entres el verde de los árboles se colaba una claridad pálida. Detesto la luz fuerte, tan vez por eso me gustaba aquella claridad suave y envolvente y la tomé como un buen augurio. Me sentía feliz camino de mi meta. Mientras conducía por una carretera sin mucho tránsito, Mrs. Grose hablaba y hablaba como si yo la pidiese entender. Le rogué que, por favor hasta mañana tuviese la amabilidad de no hablarme en ingles. -De acuerdo – pero solo hoy. A partir de mañana quedará prohibidísimo decir una sola palabra en cualquier otra lengua. Sino lo hace así, se arrepentirá. Aquel tono amenazador me sorprendió. -Thank you very much – conseguí articular – Intentaré hacer todos los esfuerzos posibles. Le aseguro… -Más le vale – sentenció como un cínico comentario y riéndose sin parar, con un punto de sarcasmo, lo cual me permitió verle los dientes, los caninos y las muelas, que eran de un color dudoso. Me di cuenta, en seguida, como siempre que me presentan a alguien. Tal vez por deformación profesional, porque de jovencita trabajé como ayudante de un dentista, y no me puedo estar de fijarme en las dentaduras de la gente.


El coche, aún siendo una auténtica carraca, iba muy deprisa. Vi que el cuenta millas marcaba una velocidad excesiva, por encima de la que prohibía una señal de tráfico que acabábamos dejar atrás. Esto y el hecho de conducir por la izquierda me pusieron nerviosa. Aunque había estado algunas veces en Inglaterra, me daba cuenta de que no me sería fácil acostumbrarme a los hábitos del país. Como si me leyese el pensamiento, Mrs.Grose me advirtió que si ahora corría un poco era porque más adelante, al dejar la carretera general y tomar un camino sin asfaltar que conducía a su casa, no podría hacerlo. Me advirtió que atravesaríamos una zona casi salvaje de bosques y hondonadas por donde casi nunca circulaban vehículos. En efecto, durante el trayecto no nos topamos con ningún otro coche ni vimos a nadie. Las únicas construcciones que se podían adivinar fuera, más que edificios, parecían establos, pocilgas o refugios de cazadores. Cuando el paisaje se hizo menos abrupto pude observar algunos pastores de chotos, señales de presencia humana no demasiado lejos. Pero pronto la vegetación volvió trenzarse y de entre una zona boscosa apareció un pueblo semiderruido, abandonado. Lo único que parecía sostenerse en pie era la pequeña iglesia y algunas tumbas del cementerio. Pasamos por su lado, casi rozando aquellos muros medio caídos. - Un buen lugar para los fantasmas – dijo Mrs.Grose, haciendo sonar la bocina – Hago


ruido para que se aparten, por si acaso. Y para saludar a Jeremy, que a menudo está por aquí; sobre todo en verano le gusta vivir en el cementerio. A veces viene a casa y para ganarse unas libras me arregla el jardín. Es inofensivo, un poco retrasado, eso sí y un poco borracho…Pobre! Pero solo cuando se embriaga, grita y amenaza a todos, aunque prefiere el gobierno de la señora Thatcher, con razón…Antes había sido minero… No se si ponía cara de miedo escuchándola, pero ella debió adivinar que las posibles visitas del Jeremy no me harán ninguna ilusión… - No debe ser usted una cobarde, ¿verdad? Ya le dije que la casa estaba aislada, en medio del bosque. Tal vez habría tenido que recalcarle que viviríamos solas, usted y yo, alejadas del mundanal ruido, como se dice en castellano, o al menso eso decía el imbécil de mi marido. Me sorprendió que delante de una persona desconocida, como era yo, Mrs.Grose se pudiese referir a su exmarido de aquella manera, por muy idota que fuese. - Era tan idiota, tan poca gracia – añadió – que se sacaba la dentadura postiza y la depositaba con las monedas, el teléfono móvil y el reloj, en el escáner del aeropuerto. Imagínese, querida, la vergüenza que me hacía pasar. ¿Usted no debe ser de las que lleva dentadura postiza, ¿verdad?


- No, llevo implantes – le contesté sintiéndome en la obligación de decir la verdad, pero perpleja ante aquella pregunta tan directa e insólita, que nunca nadie me la había hecho. – Es lo más caro que llevo encima – continué - valen más de seis mil euros… - Eso no tiene importancia. Sabe? No puedo soportar a la gente con dentadura postiza. No puedo. Hacen un ruido asqueroso mientras comen, y además, la mueven… ¡Np y no! Lo tendré que añadir al cuestionario. El idiota de mi exmarido se la dejaba en cualquier parte. Una porquería…! Sobre la mesa, después de comer, en el baño…Un asco…! Pero ya no está. Se fue y no creo que vuelva a molestarme, sobretodo ahora que sabe que no estoy sola, que tengo visita, que ha venido usted…Ahora no se atreverá a insultarme ni a amenazarme… Fue en aquel momento cuando por primera vez me percaté que tal vez me había precipitado. Que solo a alguno tanto o más imbécil que el exmarido de mi profesora, como era yo, le habría podido pasar por la cabeza, sin más información que la garantizada por ella misma, sin aval de ninguna institución o centro mediador, dar por buena la oferta de aquel curso. ¿Quién me decía a mí que aquella Grose estaba en sus cabales? ¿Y aunque lo estuviese, parecía una persona singular con la cual no debía ser fácil convivir. Mi exmarido era también bastante idiota, pero yo no habría sido capaz de referirme a el de la


manera que la Grose lo acababa de hacer ante una desconocida. Aparte, le pregunté porqué la molestaba. Y me contesto que era uno de esos hombres que no soportan estar solos, que no aceptaba la separación que ella le había pedido. Estaba celoso y por eso la maltrataba. No osé pedirle más explicaciones. Me sentía inquieta y con miedo, especialmente a causa de las dos visitas que según Mrs.Grose en cualquier momento podían aparecer. Si, en efecto, vivíamos solas y aisladas, no sería demasiado agradable alternar con el Jeremy y sus borracheras o asistir a las peleas entre la Grose y el imbécil de su exmarido, con dentadura puesta o quitada. No obstante eso, en seguida que llegamos y vi los perros me tranquilicé. Eran dos mastines negros y un cocker de color marrón, que se acercaron a Mrs.Grose para darle la bienvenida con mil manifestaciones de alegría. Me olisquearon a mí. Creo que ella me presentó, porque pude entender mi nombre entre las palabras que les dirigía, en un tono de voz especial, como si hablase con criaturas pequeñas y quisiese imitar su media lengua. - Son inofensivos - ,e dijo – ya lo ve, excepto cuando yo les mando que no lo sean. Vigilan bien y eso me da seguridad. Me los regaló el. Supuse que se refería al imbécil, pero esta vez no lo nombró con aquel apelativo. - ¿Verdad, perros guapos, que sois muy buenos chicos y obedecéis a la mama? – preguntó una


vez más con aquel tono de voz, ahora abandonando el inglés para que yo la entendiese. Los perros parecían asentir con rápidos movimientos de cola. Note a la Grose más relajada que cuando iba al volante. Tal vez conducir la ponía nerviosa. El lugar era verdaderamente precioso y de una tranquilidad absoluta. Las fotografía no le hacían justicia porque, a pesar de ya me había parecido espléndido, aún lo era más al natura. La casa estaba rodeada por un gran jardín de tipo inglés, un poco salvaje; abundaban las hortensias y los rosales de cuatro tipos diferentes. Tal vez por eso alguien había bautizado la fina con el nombre de Four Roses. La planta principal se abría a un porche y en el primer piso y en el segundo, conté seis balcones, tres por cada lado. Fuera, olor a tierra mojada y a campo. Dentro, de limpio. Mi habitación, a la cual Mrs.Grose se puso tozuda y quiso subirme la maleta, era, en efecto, la que yo había visto retratada. Enorme y cómoda. Tenía un baño incorporado – producto de una reforma reciente –y una especie de vestidor que comunicaba con un armario que era como un pequeño anexo también de obra. El balcón, justo sobre el porche, daba a la parte de delante. La vista era muy buena. El jardín se perdía mezclando sus verdes con los del bosque que rodeaba a la propiedad. Aquellos tonos relajantes me apaciguaron los nervios. Me sentía bien conjuntada con el


paisaje. También yo llevaba un vestido de un verde dulce, de hoja de álamo. Mrs.Grose me dejó sola para que me cambiase y descansase, si así lo quería, o deshiciese el equipaje. Cuando yo quisiese me enseñaría el resto de la casa. Colgué mi ropa, llené la cómoda, me duché y después, con la maleta vacía en la mano para que ella me la guardase, tal como me había dicho, bajé al piso principal dispuesta a recorrer aquella especie de palacio. A consecuencia de mi trabajo en la inmobiliaria, estoy acostumbrada a visitar todo tipo de viviendas: torres de alto standing, con salas de billar; masías fortificadas, con capilla, establos y pasadizos secretos, casas modernistas de aquellas para tener serpientes en lugar de perros como animales de compañía, que valen una millonada, verdaderas “mansiones señoriales” – tal como las llamamos en el despacho – pero nunca había puesto los pies en un lugar como aquel. Era verdaderamente un pequeño palacio, con quince habitaciones, cinco salas, a parte de las de juegos y música, la biblioteca, etc. Tal vez le faltase una mano de pintura y los baños no eran de los más actuales, pero estaban para entrar a vivir, como decimos nosotros en los anuncios, al menos la planta baja y la que yo ocupaba. La segunda, donde Mrs.Grose tenía su habitación – que no me enseñó disculpándose porque no estaba arreglada – parecía en peores condiciones, aunque no la pude ver entera. La Grose me mostró solo una sala de juegos infantiles, en el


suelo de la cual había vías de juguete con una gran locomotora y vagones. - Si quiere podemos hacerla funcionar – me dijo la Grose riéndose, pero conduciéndome al tercer piso con una cierta prisa. Allá, por el contrario, me permitió acceder a todas las habitaciones e incluso quiso abrirme una de las cámaras cerradas desde hacía tiempo, llena de telarañas y polvo, para enseñarme la vista. Tuvo que luchar con las cerraduras de la ventana y los marcos desvencijados, demostrando que tenía mucha fuerza. Le agradecí la obstinación porque el paisaje desde allá arriba aún era más bello. El resto, igual que las golfas y los subterráneos, me los ahorró, lo cual no me habría preocupado nada sino fuese que la Grose insistió en la prohibición. De esta manera me incitaba a sospechar que la casa tenía sus misterios y remarcó lo del plural. No tan solo, me dijo, porque allá, en el segundo piso, justo en mi habitación, se había cometido en el siglo XVIII un crimen muy sonado; degollaron a la joven esposa de Lord Havelant y acusaron, parece que sin pruebas, al hijastro, que murió en el patíbulo, sino también porque en el siglo XX, a principios de los años cincuenta, se había celebrado en la biblioteca una reunión de la Sociedad de Espiritistas, a la cual pertenecía Lord Thames, el marido de su tía, de quien ella había heredado la finca. Los espiritistas consideraron que el lugar era extraordinario por lo que hacía a la comunicación con las personas que


habitan en el más allá. A pesar de que ella no creía demasiado en estas cosas, si que las respetaba. - ¿Desea comunicarse con algún pariente o amigo ya traspasado? – me preguntó súbitamente, con pose seria. - No – le dije – yo solo quiero aprender inglés - Tal vez los espíritus la enseñarían mejor que yo – me contestó, y se rió fuerte abriendo mucho la boca mostrando los dientes y los incisivos color de hueso viejo. No respondí. Me sentía nerviosa. ¿Se estaba burlando de mí? ¿Me quiere asustar? - ¿No tiene miedo, verdad? – me volvió a preguntar como si me leyese el pensamiento – No es mi intención que tenga, Miss Prats – y pronunció esto de Miss Prats con una cierta ironía, tal vez porque yo a ella la llamaba Mrs.Grose. - No – le contesté. De los muertos no tengo ningún miedo. No – insistí todavía, mintiendo, porque todo aquello no me hacía ni pizca de gracia. - No se preocupe – me dijo, conciliadora – Nadie es perfecto. A parte, los misterios tienen muchas ventajas. Hacen pensar. ¿No se lo cree? Tienen, como se lo diría, su algo. Además, en su caso, es un valor añadido. ¿No le parece? Así cuando vuelva a casa tendrá más cosas para explicar. En inglés, por descontado… Se me ocurrió, no se porqué, preguntarle com conseguía limpiar un lugar tan enorme, quien se


encargaba de hacer sábado, quien la ayudaba en aquella casa tan grande. No tener servicio me parecía imposible, pero nadie había comparecido a abrir. - Solo usted se ocupa de…- No me dejó acabar la frase. - Buena asociación – me dijo – La he hecho pensar en Rebeca o en Jane Eyre, ¿verdad? ¡Me iría muy bien una buena mayordoma…! Limpio yo, para mi desgracia, con la ayuda de Mary Dolson. Cuidó a mi tía durante su enfermedad y en invierno vive aquí, pero ahora está de vacaciones. Una vez por semana, los sábados, vienen dos hermanas, las Johnson de Blend Round, una aldea que hay a tres millas de aquí hacia el otro lado. A veces viene el Jeremy, cuando no está demasiado bebido, hacen limpieza general. Precisamente la falta de servicio me obliga a pedirle que usted misma se haga la cama y se lave la ropa. La lavadora está en el subterráneo, en la sala de máquinas. Se la enseñaré después. Ahora bajemos, venga, vamos a tomar el te. Me guió por la escalera de madera, que crjía pajo el peso de Mrs.Grose.Las paredes de la planta principal estaban cubiertas de cuadros de los antepasados – supuse – de Lord Thames, gente seria, con cara de circunstancias, y de paisajes suaves por donde cabalgaban jinetes apresurados. Los muebles eran solemnes y antiguos. Había flores secas dentro de


jarrones tallados y una gran colección de soldados de plomo repartidos en diversas vitrinas, una afición predilecta de Lord Thames que, al morir este, hacia los años sesenta, había continuado su mujer. Una colección valiosísima que ella no tendría otyro remedio que vender si quería conservar la propiedad y rehabilitarla. Allá en el piso principal, y mostrándome los tesoros de la casa, la Grose me pareció diferente, menos caballote, aunque eso en Inglaterra debe ser un aspecto digno de ser tenido en cuenta. Entre aquellos muebles cogía un cierto relieve aristocrático, a pesar de que en un país con la monarquía más hortera de la tierra no se si el hecho puede considerarse positivo. En la biblioteca donde incluso habían incunables y ediciones muy valiosas, según me advirtió, sirvió un te con unos canapés exquisitos, excusándose por la hora de tardanza. Consideraba que la puntualidad era una virtud personal irrenunciable. A partir de entonces tomaríamos el te a las five o’clock. Mi reloj marcaba las seis de la tarde del lunes 1º de agosto del 2005, primer día de mi curso de inglés. Creo que por muchas cosas que me pasen, malas o buenas, nunca olvidaré esa fecha. IV Durante los primeros días las clases funcionaron con toda normalidad. La monotonía del horario


establecido sin contemplaciones ningún tipo (de 9 a 10, gramática; de 10 a 11, ejercicios; de 11 a 12, conversación; parada para el lunch – servido y digerido en inglés, naturalmente – de 13 a 14; lectura en silencio de 14 a 15; lectura en voz alta – que a veces duraba más de una hora debido a mi detestable acento y mi nefasta pronunciación – de 15 a 16: ejercicios de 16 a 17; correcciones, te puntualmente a las 17; de 18 a 19, repaso general de todo lo que había estudiado durante el día) habría acabado con cualquier persona que no tuviese mi obstinado interés. En honor a la verdad, he de consignar aquí bien claro y brillante que Mrs.Grose era una profesora excelente. Se explicaba de una manera sencilla y fácilmente entendedora, en inglés, por descontado, e intentaba encontrar frases cortas – patrones exactos, les llamaba – que solo nombrasen palabras ya conocidas de las unidades anteriores. Yo creo que, en efecto, tenía una gran experiencia en este campo y le debo la iniciación que durante estos tres meses me ha servido de base para poder continuar, aunque el precio que he debido de pagar por ese aprendizaje del inglés ha sido el más caro de mi vida, un precio que nunca se me hubiese pasado por la cabeza. Nunca me he dedicado a la enseñanza, pero me imagino lo que puede llegar a ser de aburrido, tener que repetir lo mismo infinitas veces, como hacía ella conmigo, con paciencia de Job, debido a que yo, a menudo, me fatigaba en no olvidar los lejanos


rudimentos mal aprendidos y conjugaba, por ejemplo, el auxiliar do con el verbo ser en forma interrogativa o trataba de iniciar una frase en un orden diferente del que exigía la férrea disciplina gramatical inglesa, un aspecto que sacaba de sus casillas a Mrs.Grose y a mi me ponía histérica. ¿Que mal había en invertir si el orden del verbo, el sujeto y los complementos seguían allí el uno cerca del otro? ¿Qué diferencia había entre decir The dog followed the cat o Followed the dog the cat, si al fin y al cabo todo quería decir lo mismo: que el perro perseguía al gato, Este modelo me fue repetido cincuenta mil veces y le sirvió para advertirme seriamente que en inglés el sujeto siempre, siempre se antepone al verbo en la oraciones afirmativas y negativas, y que esto ayuda mucho al buen entendimiento y seriedad del trato interpersonal, como la colocación estricta de los adjetivos. En primer lugar, la forma, después el color, el origen y, en último término, el material. Round, yellow, italian, Golden, me repetía intentando meterme en la cabeza referencias fáciles de recordar que me pudiesen ayudar. Rodó,, groc, italiá, or. Forma, color, origen, material…! Pro el ejemplo no era del gusto de Mrs.Grose, que me dio una alternativa más lógica y verosímil: porqué desde cuando el oro era italiano? La profesora me hizo memorizar: They’re big, friendly, black, dogs. Una frase muy fácil: bastaba mirar a sus perros. Ellos son grandes amistosos, negros perros. Por qué no ellos son


amistosos grandes perros negros? O mejor, perros negros grandes amistosos? Me sentía ridícula repitiendo una y otra vez la misma frase sobre los perros. Tal vez había un punto de humor en el ladrido – guau, guau, guuuuu – que añadía la Grose cuando consideraba que mi dicción mejoraba, pero yo me lo tomé por un efecto de tono burlesco. A menudo creo que también para reírse de mi, e hacía repetir algunas palabras muy de prisa y otras con mucha clama, y me obligaba a deletrearlas, una costumbre muy inglesa, decía, y del todo necesaria si tenía en cuenta la semejanza de los sonidos. Intentaba tomarme con paciencia todos aquellos abusos, pero estoy segura que se me veía la rabia contenida. He de confesar que me entraban ganas de estrangularla, especialmente cuando ella me reñía acusándome de mentirosa. It’s not true, repetía enfurecida, mientras intentaba ser cortés Según ella yo mentía continuamente y eso era inadmisible. ¿Dónde se había visto contestar siempre falseando la verdad? La indignaba que cuando me preguntaba how old are you?, yo le contestase lo primero que me pasaba por la cabeza: I’m seventy years old. No way! You are forty-nine years old!, decía ella.I’m twelve years old, seguía yo. ¿Por que le había de importar tanto? Where are you from?, preguntaba después. I’m from Japan o I’m from Australia., decía yo. Lo hacía a posta, para enfadarla, porque no entendía que había de malo en contestar con una


ocurrencia cualquiera si desde el punto de vista gramatical la respuesta era correcta. Poco importaba con vistas al aprendizaje que yo hubiese nacido en el Japón o en Australia, que tuviese sesenta años o doce, fuese concertista de violín o rubia albina, en lugar de catalana, de cuarenta y nueve años, empleada de una inmobiliaria y con el cabello castaño… A causa de los enfados de la Grose, intenté acercar mis intervenciones a una realidad más factible, aunque no dejé de mentir por placer. Los interrogatorios lingüísticos a los cuales me sometió durante aquella primera semana, necesarios por tal de hacer prácticas, pronto me parecieron policiales y tal vez por eso, no se en función de que atavismos, tal vez incluso antifranquistas, intente evitar todo lo que pude en decir la verdad. Pero ella parecía darse cuenta y muchas veces mostraba su rechazo con contundencia: - No y no. ¡De ninguna manera! Usted no ha viajado nunca a la Antártida. ¡Ni se ha casado tres veces! It’s not true! – repetía incansable, enfadada, golpeando la mesa con sus manos grandes de campesina, mirándome como si me enviase al infierno. Pero fuera de estos momentos de furia, provocados también en parte, por mi mal oído y la falta bien explícita de facilidad para los idiomas, a parte, como ya he dicho, del deseo de no decir la verdad, Mrs.Grose se comportaba de una manera correcta e


incluso diría que amable. Se interesaba por si la comida me gustaba y por si dormía bien, un aspecto que parecía preocuparla mucho, ya que llegó a ofrecerme una carta de cojines, como tienen por costumbre en algunos hoteles de lujo. Por lo que hace al bed and breakfast – deseaba convertir la casa en un hotel rural en seguida que le diesen los permisos de obras y encontrase un socio decidido a apostar por la envergadura de aquel proyecto, según me confesó el primer día – no tenía queja alguna. La comida a base de roast beef, ensaladas, alguna sopa de legumbres, cakes, mermeladas fabricadas por la Mary Dolson bajo su atenta vigilancia – era aburridísimo, pero suficiente y del todo pasable si descuento los postres de melocotones calientes. Por contra, mi habitación era la más cómoda de todas las que he tenido y los primeros días dormí muy bien. No se oía ruido alguno y los espectros, a los cuales había aludido la Grose, debían estar de vacaciones ya que no percibí ni el más pequeño rumor, crujido de muebles o pasos en la madrugada, que es cuando los entendidos en la materia dicen que se manifiestan. La sensación de inquietud. el miedo casi inconsciente que Mrs.Grose con sus alusiones a los misterios de la casa me habían provocado el primer día desaparecieron enseguida cuando me percaté que la puerta de mi habitación, si bien no tenía llave, se cerraba por dentro con un gran baldón. Y a mí, como


ya he dicho, me daban mucho más miedo los vivos, el Jeremy o el imbécil del marido, que los muertos. El crimen cometido en mi habitación tampoco me quitaba el sueño, que yo incitaba con pastillas, si he de serle franca. Tal vez por eso, desde el día de mi llegada hasta el jueves, dormí de una tacada ocho horas, e incluso creo que me recuperé del cansancio acumulado en los últimos tiempos. Pero lo que me sucedió después de aquel 4 de agosto es como habría dicho Mrs.Grose que decía su marido, harina de otro costal, o higo de otra cesta que es como yo lo traduciría. Pero vamos por partes. Aquel jueves la profesora me anunció que todos los viernes me sometería a un examen. De la nota que sacase dependería la posibilidad de hacer vacaciones el fin de semana. No olvidaba que tenía que pagar por adelantado la excursión a Cumbres borrascosas, ni que yo misma, durante alguno de los lunches, le había manifestado de manera macarrónica, mi voluntar de ir a Londres para pasearme por las paradas de los mercados de los anticuarios que suelen instalarse los sábados en diversos lugares. Soy aficionada a coleccionar cajas de hojalata y estaba seguro que allá, en Brick Lane o en Picadilly Market de Saint Jame’s Church, podría encontrar a buen precio. Me pareció un poco exagerada la imposición de Mrs.Grose, pero me lo tomé a broma, recordando mis años escolares cuando las monjas castigaban la falta de aplicación con horas de estudio suplementarias y premiaban


nuestros esfuerzos con recompensas. En mi colegio solo las buenas estudiantas eran invitadas a una excursión dominical que se hacía cada trimestre y a la que no conseguí ir ni una vez. No me ha gustado nunca estudiar y no slo ahora que soy mayor; desde pequeña que he tenido poca memoria. Eso hacía que tuviese que esforzarme muchísimo para aprender al ritmo impuesto por Mrs.Grose que, por otra parte, y según ella, no era sino lo habitual, el destinado a personas con un coeficiente de inteligencia normal, y no una tortura, como dijo que yo le había reprochado el viernes de la primera semana, a consecuencia de la dificultad del examen, después de enzarzarnos en una discusión agria que ya venía del día anterior. Porque fue la tarde del jueves cuando nuestra relación empezó a trastabillar. Inflexible a no dejarme pronunciar una sola palabra en ningún otro idioma que no fuese el inglés, me confiscó el móvil. Me acusó de traidora porque por la tarde a la hora en que yo iba a estirar las piernas por el jardín – uno de los pocos momentos que nos concedíamos de tregua – me había oído hablar por teléfono en catalán. En efecto, había telefoneado a Jennifer papa contarle mis progresos y decirle que le estaba muy agradecida por haberme ayudado a conseguir aquel curso intensivo. <intenté ser de lo más optimista y le aseguré que tanto la Grose como el entorno eran magníficos, que me sentía feliz, y seguro que en septiembre, cuando volviese, ya no tendría que avergonzarme por no saber inglés-


Jennifer, que estaba en Alicante compartiendo con su marido, los dos hijos y la suegra un apartamento de 40 metros cuadrados, me aseguró que me envidiaba mucho. El calor era horrible, el mar sucísimo, la playa llena a rebosar, los niños insoportables, y el marido enfadado, como siempre. ¡Ojala ella no supiese inglés para poder venir conmigo, privándose de las delicias del veraneo! ¡Pobre Jennifer! Pero no quiero perder el hilo de lo que le explicaba con comentarios ni disgresiones. Acababa de hablar con Jennifer, que la Grose se me acercó: -Would you please give me your cell phone? Supuse que quería ver como era mi aparato o quizás usarlo para telefonear. Según me había asegurado, no tenía móvil y, a pesar de utilizar Internet, lo hacía siempre desde fuera de casa, en un cibercafé de Ledbury…En efecto, parecía poco interesada por los inventos modernos. Por otra parte, aunque pareciese imposible, en Four Roses no había teléfono, cosa que me extrañó mucho cuando me lo dijo, e incluso, me pareció peligroso en aquel aislamiento. Es por eso que no me lo acabé de creer y pensé que el aparato debía estar en su habitación, donde nunca me dejó pasar, tal vez porque lo quisiese usar llamando a Barcelona gratis. - Thank you – me dijo metiéndose mi pequeño Nokia dentro del bolsillo de su chandal asqueroso. – I wil give it back to you when you return to Spain at the end of the course.


Al principio pensé que la confiscación del móvil era una broma, que la Grose jugaba a representar el papel de madre superiora del internado y que a mi me había reservado el de alumna díscola. Pero no, todo era mucho más grave. Antes de subir a la habitación, donde quería encerrarme a estudiar – allá, me esperaban impacientes un montón de verbos irregulares, las partes del cuerpo humano, los días de la semana, los meses, las estaciones, los adverbios de tiempo, las conjunciones… ¡Dios mío!, todo un desorden gramatical a punto de meterse en la cama conmigo – le pedí que me devolviese el teléfono. - Por si vienen los fantasmas – le dije en castellano – y necesito pedir auxilio. La Grose se rió, enseñándome los dientes y abriendo la boca de una manera provocadora, casi agresiva. - No hay fantasmas – me aseguró en inglés – no existen si no creemos. ¿Verdad que me entiende? Usted no cree – insistió – Solo – y me lo tradujo por si no la entendía – cuentan los fantasmas de cada uno. A veces estos son los peores – añadió con sorna, y todavía preguntó -: ¿No le parece señorita Prats? - Yes – contesté – It’s true. You are right. - ¡Lo ve?, ha hecho muchos progresos en una semana, si mañana aprueba el examen veremos…Tal vez, si aprueba le devolveré el móvil. Pero no quiero ni una palabra que no sea en inglés.


- Please, please, Mrs .Grose…! – la supliqué, sintiéndome mucho más que ridícula, humillada. La Grose no solo conseguía rebajar mi autoestima hasta límites insospechados sino que, además, se permitía tratarme como a un párvulo. Para mí, el móvil, como para mucha otra gente, es casi una víscera más, un órgano del cuerpo sin el cual ya no sabría vivir, una especie de cordón umbilical que me unía con el resto de personas y me permitía enlazar con mi país, con mi gente, aunque tuviese pocas relaciones fuera del trabajo. Dejándome sin móvil, Mrs.Grose me hacía mucho más vulnerable porque el teléfono me daba seguridad. - Tomorrow, tomorrow – insistía ella – Y ahora vaya a estudiar. Venga, no pierda más tiempo. Si necesita alguna aclaración, baje, yo me quedaré aquí todavía un rato, preparando su examen. ¡Que duerma bien Las dificultades idiomáticas me impedían decirle que no estaba dispuesta a quedarme sin teléfono, que aquello constituía un flagrante delito de abuso de autoridad. Porque una cosa era que no me permitiese usar otra lengua que el inglés entre nosotras y una bien diferente que yo no pudiese hablar, fuera de las horas de clase, con quien me diese la gana. Pero no se lo dije. No podía, me faltaba vocabulario y en cierta manera, también valor. Me encerré en mi habitación. Sentada en el sofá, intentaba repasar la gramática que me había dejado la Grose. También miré los apuntes fijándome en las rígidas


construcciones, en la posición inamovible de adjetivos y adverbios. Tenía la cabeza como un timbal cuando me fui a la cama. Era casi la una. Dormí de una tacada hasta las cuatro. Lo recuerdo con exactitud porque miré el reloj y me levanté para ir al baño. Fue desde la ventana del baño que vi a Mrs.Grose fuera, cerca de la entrada principal. Arrastraba, casi llevándola en brazos a una persona que no se aguantaba derecha. Un instinto extraño me hizo retirar de la ventana y apagar la luz de la habitación. Después oí como se ponía el coche en marcha y el ruido de los neumáticos arrastrándose por la grava del jardín. Volví a la cama sin parar de pensar en lo que acababa de ver. ¿Quién era? ¿Qué relación tenía con la Grose? ¿Cuándo había venido? ¿Qué pestes hacían los dos a aquellas horas? Me costó mucho volver a coger el sueño. V Me desperté con los ojos cosidos por el sueño cuando sonó la alarma de mi reloj de pulsera. Suerte tuve que existiera la posibilidad de conectarla, porque por las mañanas era el móvil el encargado de sonar a las siete y ahora me lo habían confiscado. En parte me consolaba de su pérdida pensando en el ridículo quiquiriquí insoportable, que, muy probablemente, saldría todavía del bolsillo del asqueroso chándal de Mrs.Grose.


Me duché de prisa y bajé a la cocina dudando si preguntar a Mrs.Grose que había sucedido aquella noche o bien hacer como sino hubiese visto nada. Pero la curiosidad pudo más. En castellano, porque no sabía como hacerlo en inglés, inicié la conversación. Ella se llevó las manos a las orejas: - ¡Ni una palabra, no escucharé ni una palabra! ¿Qué juró ayer? ¿Ya no se acuerda? – lo ijo sonriente y en tono festivo, y después me preguntó también en inglés si había dormido bien y si estaba preparada para el examen – Rehágase con un buen desayuno, eso siempre alimente el cerebro – me dijo. La pasada noche, prosiguió en inglés sin que yo pudiese entender más que el sentido general, se había visto obligada, me pareció entender, a acompañar a una visita a su casa, muy tarde. Me quedé un poco más tranquila, a pesar de que se me escaparon muchas palabras que no conseguí entender. Había aludido a alguno tan ebrio que no se aguantaba y ¿por eso ella le había tenido que llevar en brazos? ¿O alguien que se puso enfermo de repente? Si era así, porqué no me había avisado para que la ayudase? Tal vez acababa de ofrecerme unas explicaciones tan verosímiles y yo no me había dado cuenta… Llevé los platos desde la cocina a la mesa del jardín y desayunamos juntas. Hacía un día glorioso – a glorious day! – lo había aprendido como una frase hecha igual que las formulas de saludo que repetía


mentalmente intentando encajarlas donde quedaban mejor. Todavía lo hago. ¡Dios mío! ¡Lo que me ha costado ponerme en situación de captar este maldito idioma! La Grose seguía aludiendo a los acontecimientos de aquella noche. Entre las pocas palabras que entendía percibí el nombre de Jeremy, el eventual jardinero. Tal vez se trataba de el. Si era así, aquella explicación que yo solo intuía, parecía lógica. Lo acepté: Jeremy había parecido con más alcohol encima del que era capaz de asimilar y Mrs.Grose se lo había sacado de encima acompañándole a su cueva. Por eso los perros tampoco ladraron. Le conocían de sobra… Cuando acabamos de almorzar. Mrs.Grose me hizo pasar a la biblioteca para rendir cuentas de aquella primera semana, recuperar mi móvil y hacer todos los méritos posibles para poder descansar casi dos días y medio, lejos. Empezamos con un dictado cogido del Times del día antes, lo cual me sorprendió, ya que no se recibía prensa en la casa y desde mi llegada no había comparecido nadie, excepto el borracho de la noche anterior Times del 4 de agosto no me parecía lectura adecuada para Jeremy, que debía ser un pobre tonto, quien sabe si analfabeto. Tal vez el que había venido no había sido el, sino el marido o exmarido de la Grose. Entonces si que habría podido aparecer con el periódico bajo el brazo, e irse arrastrando por su mujer, dejando el Times como pañora.


El dictado, que giraba sobre el crecimiento demográfico mundial, estaba lleno de cifras y se avenía muy bien con una práctica de ordinales y cardinales que, estoy segura, fascinaban a mi profesora, pero que a mí me parecían detestables. No era difícil, pero precisamente por eso, equivocarme en esta tontería me dejaba en un papel bien lúcido. Por lo que hacía a los ejercicios, lo hice pasablemente. Confundí, con mi oído inmejorable, fast con far. Contesté que me iba de aquí a tres huevos en lugar de decir de aquí a tres semanas, porque eggs y weeks me parecieron iguales, traduje applicants por aplicadores cuando quiere decir solicitantes, y fever, fiebre, por febrero. He died of a fever (El murió de fiebre) se me convirtió en “ella murió en febrero” y la escalera mecánica, escalator, era un escalador. Confundí también objetos contables con incontables, la crema (mousse) y los ratoncillos (Mouse), el ruido (Noise) y el bello (nice), y mil desastres más que ahora no quiero ni recordar. El examen se alargó durante casi dos horas. Mrs.Grose corrigió delante de mí la parte escrita después de ponerme un 3.75 sobre 10 en el oral. Del escrito saqué un 4.83, según sus baremos matemáticos, y eso que los verbos irregulares que vomité sin ningún error me ayudaron a subir la nota, pero a pesar de todo no aprobé. - Tendrá que quedarse sin el móvil y sin vacaciones, sino es que…


- No – me impuse – ¡sino es que…nada! Mrs.Grose, devuélvame el móvil porque me voy a Londres y necesito pedir que me envíen in taxi. - Aquí no llegan los taxis – me advirtió con una sonrisa de victoria – No hay ningún taxista tan estúpido que se arriesgue a desballestar su coche viniendo hasta aquí. Ni por larga que fuese la “carrera”, ni si quisiese volver a Barcelona en taxi, señorita Prats…Ahora usted depende de mí y de estos, si quiero – dijo señalando a los perros que jugaban cerca – Son obedientes y pueden impedir que se marche… Porque usted no se irá antes de acabar el curso – añadió mirándome fijamente con sus ojos miopes – Le aseguro que usted saldrá con el inglés sabido o pasará por encima de mi cadáver. Dudaba si la Grose hablaba en serio o si todo esto era una inmensa broma de alguno con un gran sentido del humor. Que me había tomado como blanco de sus burlas o, por el contrario, estaba loca, como todo un rebaño de cabras. - Hagamos un pacto – me propuso, finalmente – Le hago una repesca. Apruebe antes del mediodía la parte floja del examen y se podrá ir con buen viento y barca nueva hasta el domingo. ¿Qué le parece? Si se sale, de la repesca, la llevaré al tren y le devolveré el móvil. Así le ahorraré que se tenga que comprar otro. Sería capaz, y lo pasaría a escondidas como la francesa del año pasado que me quiso fastidiar…


No acabó la frase al darse cuenta que tal vez había hablado demasiado. - ¿Qué francesa? - Alguien como usted, pero menos tonta – me contestó riendo – ¡Venga, va, a estudiar, si es que quiere irse¡ ¡Venga, pase, va…! Vuelva cuando se lo sepa todo y esté segura. Subí a mi habitación y me encerré para repasar las faltas del examen, intentando memorizarlas lo más de prisa posible, estimulada por el premio. Me sentía como el perro de Pavlov, animalizada. Bajé pasada una hora a rendir cuentas. La Grose estaba en la cocina preparando la comida de sus queridos perros – grandes, negros y amistosos – en una gran olla que hacía olor a vísceras putrefactas. - Enseguida voy – me dijo. Fui hacia la biblioteca. No tardó mucho. Volvió a coger el Times. Me repitió una parte del dictado. Después me mandó que hiciese unos ejercicios escritos y finalmente, el oral. Saqué una media de 6.30. Me sentía feliz. Ella también estaba contenta. - ¡Lo que hay que inventar para que estudien! Nadie se lo creería. Apa, venga, va, aquí tiene el móvil – dijo, sacándoselo del bolsillo – Coja la ropa para el fin de semana. Le dejo una bolsa y la llevo al tren.¿Ya tiene una guía de Londres? Si quiere, puedo darle una. Tenía el tiempo justo para coger el tren de las 17.40 y llegar a Londres antes de que se hiciese de noche.


Podría aprovechar todo el sábado y buena parte del domingo. Casi dos días lejos de la Grose. Me llevó a la estación aún más deprisa que el día que me había recogido, como si fuese una posesa. Conducía sin decir nada, canturreando. Al llegar se encargó de comprarme los billetes, los pidió de ida y vuelta porque salían más baratos. El domingo a las seis de la tarde me esperaría en el mismo lugar. Sola, camino de Londres, me setía liberada. Intenté telefonear a un hotel que me había recomendado Jennifer para reservar habitación, pero el móvil se había quedado sin batería. No la había podido cargar en toda la semana porque, despistada como soy, había olvidado que en Inglaterra se necesita un adaptador de corriente. Esta era una compra absolutamente prioritaria. Enseguida que llegase tenía que localizar un VIPS para buscar el enchufe que me permitiese recargar el aparato. Necesitaba hablar con Jennifer para explicarle lo que me pasaba y pedirle consejo. Tal vez lo más prudente, a tenor de la situación, era abandonar el curso. No obstante eso, nunca en la vida había progresado tanto, ni había tenido la sensación que, al final, iba por muy buen camino. En el tres hablé con una confitera de Ledbury. Fui capaz de explicarle que hacía un curso intensivo de inglés con Mrs.Grose, la propietaria de la casa llamada Four Roses, que caía a una hora de Ledbury. Casualmente ella la conocía. Me preció que la extrañaba mucho que pudiese hacer de profesora tan


mayor. No fui capaz de replicarle que sesenta años no me parecía una edad tan provecta. Solo después de todo lo que había sucedido he pensado que, probablemente, la amable confitera se refría ala presunta tía de la Annie Grose, la verdadera propietaria de la casa. Si entonces hubiese sabido más inglés su alusión me habría ayudado a abrir los ojos. En Londres me lo pasé muy bien, Tuve suerte de encontrar sitio en el hotel recomendado por Jennifer cerca de Carnaby Street, donde un cartel aseguraba que se hablaba español. Pero yo hice como sino lo viese y pedí la habitación en inglés. Durante el rato que duró el check-in me mantuve fiel a mis prácticas idiomáticas. Después salí a cenar, pero antes pregunté donde podría encontrar el adaptador. Por suerte, en la esquina había un VIPS abierto veinticuatro horas y allí lo compré sin ningún problema. También se me ocurrió, no se porqué instinto anticipado de conservación, proveerme de una navaja. La habría deseado más pequeña pero solo las tenían grandes. Pagué y, guía en mano, busqué un restaurant de cocina mediterránea, que no fuese francesa por que por la noche prefiero una condimentación que no tenga nada que ver con la mantequilla la crema de leche, a las cuales son tan aficionados los gavachos. Localicé la situación de dos restaurantes italianos que no quedaban demasiado alejados de mi hotel, pero estaban llenos y tuve que conformarme con un hispano americano,


el único en que quedaba una mesa vacía. Allá – el mundo es una búsqueda, ¡que vulgaridad! Me encontré con la Yolanda, la hija del jefe de personal de la inmobiliaria que, en momentos de mucho trabajo, cuando los que tenían dinero negro se dedicaban a la compra compulsiva había venido a enseñar pisos. Estaba de vacaciones con una amiga.. La saludé y hablamos un rato. Como que ellas ya iban por los postres no me senté a su lado. Me preguntaron que hacía en Londres. No les contesté que huía de la pesadilla de las clases Les dije lo mismo que ellas: distraerme, Una frase que en Londres resultaba ingeniosa a pesar de que niebla no había. Una frase que ahora no sabría como traducir ni al inglés ni al castellano y eso que le he dado muchas vueltas. En fin, perdonen esta digresión. No sabe como me han llegado a entretener durante estos últimos meses terroríficos todas estas cuestiones lingüísticas tan complicadas y misteriosas. Para alguien como yo, que solo he estudiado comercio y que está acostumbrada a que los números son iguales en cualquier lengua, resulta difícil hacerse cargo que con las palabras no pasa lo mismo, que los significados a menudo no son iguales por bien traducidos que estén. Pero no quiero que pierda el tiempo con tonterías. Vuelvo a lo que estaba explicando. Me dio vergüenza confesar a la Yolanda y a su amiga que estaba haciendo un intensivo, encerrada en el campo. Sentía delante de aquellas


dos pipiolas, que seguro que hablaban inglés por los descosidos, un pudor extraño en tener que admitir que yo todavía no sabía, que justamente estaba aprendiendo. Si el curso hubiese estado de chino, ruso o japonés o árabe no me habría escondido, pero no saber todavía inglés me parecía una prueba de no ser nadir de no servir para nada. A pesar del esfuerzo por disimular, tal vez la Yolanda sabía que yo no sabía. Tal vez su padre le había comentado que mi ascenso se vio frustrado por aquel motivo. Quizá me equivoqué el no mencionar el curso con Mrs.Grose, ahora lo pienso, peo si no lo hice no fue con la intención de esconder, sino por los motivos que ya le he explicado. Por el contrario, es verdad que cuando, a consecuencia del resbalón de un camarero inexperto – que por cierto era catalán, le salió un “collons” del alma – mi bolsa cayó al suelo, intenté esconder la navaja de la vista al recoger mis pertenencias escampadas. Me pareció que pasar por una cobarde desgraciada delante de sus ojos añadía un tanto por ciento elevado de estupidez en mis limitaciones. Se que la Yolanda nunca me ha tenido simpatía y es por eso que se explayó en el detalle de la navaja cuando me habló con usted. Por lo que hace al resto, fue solo una topada rápida y casual que no duró más de 5 minutos, el tiempo en que otro camarero, esta vez de Fuengirola, preparaba mi mesa. Harta de las ensaladas aburridísimas y del roastbeef insípido de la Grose, pedí nachos, tortilla de


patata, carabineros y enchilada. Un potpurrí hispano mejicano que me pareció extraordinario, aunque a mi estómago no le fue fácil de digerir quizá más a consecuencia de las tequilas y las margaritas, los sumos, que decía el camarero que nos atendía, uno de aquellos andaluces graciosos que al verme sola, intentó ganarse la propina con esfuerzo: - ¿Sabe usted que se saca si se mete al Papa en una licuadora? - No, ¿Qué se saca? - Pues un sumo pontífice. El sábado me paseé por la ciudad. Recorrí algunos de sus encantos, donde hice provisión de cajas de hojalata. Encontré tres de finales del siglo XIX que me gustaron mucho. Una de pastillas y dos de te. Regateé en inglés y las saqué a buen precio. El domingo por la mañana fui a la Tate Gallery, donde se organizó un pequeño incidente por culpa de la navaja. El escáner de la entrada la detectó y la cosa no les gustó demasiado a los guardianes de la entrada. Como no entendí lo que me preguntaban, decidí que se la quedasen si así me dejaban pasar. No quería de ninguna manera desaprovechar la ocasión de visitar el museo precisamente aquel día en que mi madre habría celebrado su ochenta aniversario, sino se hubiese muerto en el año 2000, para contemplar en su honor el cuadro que a ella, más le gustaba del mundo. La muerte de Ofelia, de Dante Gabriele Rossetti. Una reproducción de


aquella pintura, procedente de un calendario de “La Caixa” la acompañaba, colgada delante de la cabecera de su cama, durante los últimos años de su vida. Sin hermanos ni parientes próximos – con mi prima valenciana, solo podía contar para los viajes y ahora ni eso – al desaparecer mi madre me quedé sin familia, una circunstancia que puede ser buena o mala, según se mire, pero que para mí ahora era malísima. A parte de Jennifer – con la que conseguí hablar aquel domingo por la tarde y que me aconsejó que, a pesar de todo aguantase y perseverase – nadie más en el mundo se preocupa por mí. En la inmobiliaria todos, empezando por el padre de la asquerosa Yolanda y con la sola excepción de Jennifer, como ya he dicho, prefiere olvidarse de mí, no se diese el caso que el lío en que estoy metida salpicase el buen nombre de la empresa. La gente es así de egoísta, cuando más los necesitas menos los tienes. ¿No es verdad? Tal como estaba previsto, después de comer cogí el tren de vuelta y a las seis p.m. Mrs.Grose me esperaba en la estación. Llevaba un chándal limpio, de color butano y un ramo de flores en la mano. - Para usted – me dijo en inglés, con una sonrisa y en un tono de lo más amable – para que esté contenta, de vuelta a casa. VI


Los cambios de humor de Mrs.Grose eran bien sintomáticos de su desequilibrio. Aquella tarde, de regreso a Four Roses, estaba de lo más encantadora y hablaba por los descosidos en castellano. Tanto era así que la contesté en inglés a una pregunta, quizá porque deseaba volver a hacer prácticas. - Ah, mira por donde. Mira la mosquita muerta como me busca… Aquella expresión, “mosquita muerta”, que mi abuela solía usar, me hizo gracia. Realmente la Grose tenía un dominio lingüístico extraordinario y un acento perfecto. La felicité. - Alguna cosa buena debia contagiarme de mi ex – me dijo, y todavía insistió -: Me enseñó castellano, e incluso un poco de catalán…”Passi ho-be, bon día” A veces le añoro…En la cama era bueno,,, Me miró con complicidad y después, como si hablase sola para ella, .todavía añadió: -¡Muy bueno! – y se rió con estrépito gutural hacia dentro de la garganta. Su risa me sonó de lo más extraño, como si fuese de ventrílocuo. De pronto paró en seco. Noté que le caían unas lágrimas. Se sacó un pañuelo del bolsillo y se sonó la nariz ruidosamente. - A veces lo añoro – insistió sin dejar de llorar. Yo no sabía que decirle. La Grose seguía con sus mocos y su pena. De pronto, volvió a reírse y me preguntó, acto seguido: - ¿Qué piensa usted de ls hombres?


Como tardaba en contestar, ella me repitió la pregunta: - Qué piensa usted, Laura Prats, de los hombres? - Nada en especial – le dije al final – Como que ya no les intereso a ellos, he decidido que tampoco me interesan a mí. A mí, lo único que me interesa de verdad es el inglés, Mrs.Grose. Pareció que se alegraba. - Son nuestro pasado. Sí, Darling, nuestro pasado, los hombres… - ¿Tanto como eso?... Yo no sería tan contundente… - Claro que si, my dear, no lo dude. Los hombres son nuestro pasado. Y mientras lo repetía todavía un par de veces, dio gas al coche que, más agónico que el viernes, resoplaba, se ahogaba, protestando por el mal camino. Legamos a casa cuando ya era de noche. Hacía frío y mal tiempo. Los perros salieron a recibirnos, inquietos por la tempestad que, según la Grose, habían adivinado que se acercaba. Me pidió que cerrase bien la ventana de mi baño después de advertirme en tono de recriminación que me la había dejado abierta antes de irme. Lo hice. Al abrir los cajones del canterazo para volver a poner la ropa que me había llevado para ir a Londres, tuve la sensación de que estaban revueltos. Por lo menos no recordaba haber guardado los sweaters mezclados con los calcetines y las bragas. Tampoco el zapatero que


estaba en el armario los zapatos guardaban el mismo orden que yo acostumbro a mantener. O eso era lo que pensaba, porque ya he consignado que soy despistada desde siempre, un defecto que la edad ha acentuado todavía más. ¿Qué interés podía tener la Grose en remover mis cosas? Tal vez no habría sido ella la que había movido los cajones y los zapatos, sino el equipo de limpieza de los sábados. Intenté quitarle importancia y bajé a cenar con la bolsa que me había dejado y una marioneta que, en principio, había comprado para Jennifer y no para la Grose. Pero no quería ser maleducada. Para Jennifer ya encontraría cualquier otro regalo. Se puso muy contenta con mi obsequio y me dio dos sonoros besos. - ¡Que delicada y generosa es usted, Laurita! – repetía. Había vuelto a cambiarse el chándal. Se había puesto uno muy usado y no tan brillante como el que llevaba cuando me vino a buscar a la estación. Era, eso sí, de un color menos ofensivo, de un rosa pálido. Pero la hacía más gorda. Grose, Gorda, gross, que en inglés quiere decir asqueroso, pensé, pidiéndole a Dios que me evitase equivocarme al nombrarla. Cenamos lo que se había entretenido en cocinar para mí. Un plato escocés, que a su abuela, que provenía de Edimburgo, le gustaba mucho: el haggis, una especie de callos indignos con hígados y corazones picados, intestinos y vísceras de animales


diversos, harina de salvado y cebolla, acompañado de nabos y puré de patata. Me lo tragué con penas y trabajo, muerta de asco., porque nunca he soportado las entrañas. Naturalmente le dije que me gustaba mucho y que sino repetía era a causa de la comida mejicana, tan pesada e indigesta, que había comido en Londres. Me despedí para irme a dormir enseguida que recogimos la cocina, con la excusa de que estaba cansada y con la certeza que pasaría la noche del loro a consecuencia de aquel plato cocinado con tanto amor. Daba vueltas en la cama, intentando coger el sueño, pero tenía ardor de estómago. Me levanté para ir a buscar agua a la nevera. Para no hacer ruido ni estorbar a Mrs.Grose, que también se había retirado a su habitación, no encendí la luz de la escalera. Cogí una linterna que siempre llevo cuando me voy de viaje. La tempestad que vaticinaban los perros todavía no había comparecido y no se oía ruido alguno. Por eso percibí perfectamente las quejas y los lloros de alguien, que me llegaban atenuados. Me puse a escuchar atentamente para aclarar de donde venían y me dí cuenta de que no eran de fuera sino de dentro de la casa, del piso de arriba, donde dormía la Grose. Pensando que tal vez no se encontrase bien, la llamé desde la escalera sin osar llamar a la puerta de su habitación, pero no me contestó. Tal vez sueña, pensé, y me volví a mi habitación después de beber un vaso de agua con bicarbonato, que, por suerte, estaba en un cajón de la


cocina. Me dormí gracias a las pastillas, pero me volví a despertar poco rato después. De nuevo oía los quejidos. Enseguida el viento empezó a aullar igual que los perros. La tempestad acababa de llegar. Me tapé la cabeza con la almohada. Prefería no darme cuenta de los truenos y la fuerza de la lluvia. Un relámpago dejó ver su resplandor a través de un resquicio de la ventana del baño. Me levanté para cerrar la puerta que comunicaba con mi habitación y por eso encendí la lámpara de la mesilla de noche. No había caminado ni dos pasos que me quedé a oscuras. Sino habían saltado los plomos de la casa quizá se había estropeado el transformador que nos proveía de electricidad. El temporal era fortísimo y el aguacero, de aquellos que hacen época. Suerte que la casa parecía sólida. La acidez de estómago me seguía haciendo la pascua de madrugada. Me dormí muy tarde, justo al despuntar el alba, por eso no oí la alarma del móvil. Faltaba poco para las diez, cuando me desperté. Desde el balcón se veía que la tempestad había hecho estragos en el jardín. Habían muchos arbustos que se habían partido y muchas flores estropeadas, y eran infinitas las hojas caídas al suelo, pero el día era luminoso y el cielo, limpio y liso como unas servilletas acabadas de poner. La Grose estaba fuera evaluando los daños. Me saludó en inglés y me preguntó si la tempestad me había impedido dormir. Le dije que si y que aparte había oído que alguien gemía.


- Seguro que era yo en sueños. No he dejado de tener pesadillas en toda la noche. Venga, baje a desayunar. Llevamos retraso. No podemos perder ni un minuto. Aquella segunda semana, Mrs.Grose decidió cambiar de método y me pidió que empezase haciendo una redacción sobre la excursión a Londres. Me daba una hora y no quería ninguna falta. Desapareció escaleras arriba hacia sus habitaciones. Poco después me pareció volver a oír llantos apagados por los sonidos de la música de radio. La Grose no solía ver la televisión, que se veía en pésimas condiciones a causa de los problemas de antena, pero si que se escuchaba la radio. A veces, para no molestarme, se colocaba unos auriculares, a pesar de que los conectaba mal y el sonido me llegaba también a mí. Pensé que tal vez lloraba porque se acordaba del imbécil de su marido. Que le degradase a mis ojos no quería decir que no le quisiese. De hecho, yo le había visto llorar por el, en el coche… Soy muy sensible a estos dramas íntimos porque se como nos pueden llegar a afectar.. También lo pasé muy mal cuando Tony me dejó por su amigo. Que me abandonase por otra mujer no me habría afectado tanto. Nunca he podido digerir que fuese por un hombre y encima que me culpase de su decisión, asegurándome que yo era una maniática insoportable. En fin, aquel fue el golpe más duro de mi vida, pero ¡que le vamos a hacer! ¡No a causa de sus gustos yo me iba a dejar crecer la barba!


Me concentré en la redacción. En cuanto la acabé, volvió la Grose. Tenía los ojos hinchados y parecía que hubiese vertido muchas lágrimas. Pero no osé decirle nada. No sabía como podía, consolarla, en inglés. Y ella volvía a mostrarse inflexible en la cuestión del idioma. - ¡Hasta que no sueñe en inglés, no estaré salvada! – me dijo, o al menos eso me pareció entender. El día siguió con la rutina de los ejercicios, la tanda de verbos irregulares que la Grose pretendía que me los inyectase directamente en vena. Después de comer me dijo que la perdonase, que se retiraría un rato a su habitación para descansar porque no se encontraba del todo bien. A menudo, me explicó, tenía unos rabiosos ataques de migraña. Si se quedaba a oscuras y muy quieta un rato, podríamos continuar las clases… El médico la había recetado unas pastillas nuevas, pero había olvidado cuantas se tenía que tomar. ¡Lástima de no tener teléfono! Me vi en la obligación de ofrecerle mi móvil. Se lo llevó arriba y no volvía verla en toda la tarde. Hacia las ocho, antes de la hora de cenar, subí al segundo piso y llamé a la puerta de su habitación. - Mrs.Grose, ¿necesita alguna cosa? ¿Se encuentra mejor? Pero nadie me contestó. Tampoco se oía nada. -Mrs.Grose – insistí - ¿puedo ayudarla? ¿Quiere que le prepare la cena? ¿Qué le apetece? Sin atreverme a entrar, ni tan solo comprobar si la puerta estaba abierta o cerrada. Miré por el ojo de la


cerradura. Dentro estaba la luz encendida y se veían dos camas que parecían ocupadas. El ángulo de visión no era completo, y por eso solo podía ver el lado de los pies. Me era imposible reconocer a las personas que estaban echadas. Si en una cama estaba la Grose dormida, ¿Quién ocupaba la cama de al lado? Me retiré enseguida procurando no hacer ningún ruido. ¿Por qué no me había dicho que en la casa vivía alguien más? ¿Era su exmarido la persona encamada? ¿ Y como se lo había hecho para que yo no le viese nunca? Porque yo, en efecto, a parte de la Grose no había visto a nadie más. ¿Tenía aquel otro huésped alguna relación con el cuerpo que yo le había visto cargado al cuello? Sin saber que hacer ni que camino tomar, me encerré yo también en mi habitación. La puerta de la cocina que, como la principal de la casa, comunicaba con el jardín, había quedado abierta pero no bajé a cerrarla. Estaban los perros dando vueltas por allá y de todas maneras entendía que los peligros estaban más bien dentro. Para darme ánimos me decía que tal vez lo había visto mal, que solo había una cama ocupada, la de Mrs.Grose, que la otra, a pesar de también lo parecía, quizá estaba medio deshecha y llena de ropa, o tal vez dormía el gato. ¿Quién sabe si la Grose compartía sus habitaciones con un gato? Me daba todas estas explicaciones con tal de tranquilizarme. Enseguida que apareciese se lo preguntaría abiertamente… Pero tal vez no volvería nunca más a comparecer.


Quizá se había muerto de un ataque cerebral anunciado por aquella malcapada… Dios mío, esto era lo que sucedía: Mrs.Grose estaba muerta y con mi móvil en su bolsillo. Ya me veía a la mañana siguiente descubriendo el cadáver después de echar la puerta abajo y teniéndome que proteger de las uñas zarpas del gato… ¿Pero como podía yo sola echar la puerta abajo? ¿Pediría auxilio, pero a quien y como, si ella se había quedado con el teléfono? Por suerte para mí, no necesitaba salir de mi habitación: el baño quedaba dentro y el agua del grifo era potable. Si tenía hambre podría comerme una barrita de Biomanán, siempre me llevo cuando voy de viaje, por si acaso. Pero decidí que más valía que ayunase. Intenté dormir después de tomarme una pastilla de orfidal, preocupada más que por mí, por mi profesora. La hipótesis del ataque cerebral iba ganado fuerza. El dolor de cabeza de la tarde era el síntoma inicial de una enfermedad mucho más grave, ahora ya irreversible. ¡Pobre mujer! La compadecía y me compadecía. El curso se había ido a hacer gárgaras por defunción de la profesora y mientras lo pensaba me llegaron los mismos llantos que había oído, pero esta vez los recibí con satisfacción, como una prueba que Mrs.Grose vivía. VII Fue Mrs.Grose la que me despertó llamando a mi habitación antes de que sonase la alarma de mi reloj.


Me pidió excusas. El dolor de cabeza la había dejado a ella en un KO temporal y a mí sin clase. Me llamaba para que me apresurase. Había que empezar antes para recuperar el tiempo que habíamos perdido. Había planificado cada una de las unidades didácticas, día por día, y no podía saltarse ninguna porque eso perjudicaría los resultados del método. Me sentía contentísima de no tener que encargarme de avisar a la funeraria con mi patético inglés y de poder continuar las clases. A pesar de que, de tanto en tanto, con aquellos sustos constantes me venían ganas de dejar el curso y dedicarme a hacer turismo, sabía que si lo hacía me arrepentiría por haber claudicado. Jennifer me había aconsejado aguantar y yo aguantaría. Le pedí que me devolviese el móvil. Me lo dio. Lo llevaba en el bolsillo. Además, quería abonarme la llamada. Había telefoneado al hospital, que quedaba a dos horas de distancia, pero sabía que para hacerlo, tenía que pasar por España encareciendo el precio de lo que era una llamada local. Me dio la explicación en castellano porque se trataba de una cuestión monetaria y quería que quedase bien clara. Le dije lo olvidase, que no tenía mayor importancia, y que volviésemos a las clases. Trabajamos muy bien toda la mañana. La Grose, como ya he dicho, se explicaba con una claridad extraordinaria y, aunque le gustaba más poner ejemplos de perros que no de gatos, le pregunté si le gustaban y si tenía alguno. Me dijo que si, que of course y que por allí corrían tres o cuatro, pero se


dejaban ver poco porque los perros les perseguían. La respuesta no me sirvió de mucho y no osé preguntarle en inglés si había alguien más íntimo que hiciese vida arriba con ella. Antes de comer, que tuvimos que hacerlo dentro por que el día estaba mal y hacía frío, Mrs.Grose me anunció que, mientras yo hacía los deberes de la tarde, ella se llegaría hasta el pueblo. No tardará mucho, lo imprescindible para ir a buscar a la farmacia unas pastillas más fuertes, aconsejadas telefónicamente por su médico, por si acaso le venía otra crisis. No se podía permitir que le sucediese lo mismo que el día anterior y volverme a dejar sin clases. No me hacía ninguna ilusión quedarme sola pero no me permitió acompañarla. Con la excusa de que tenía que hacer los deberes, se opuso. - ¿No tiene miedo, verdad? – me preguntó antes de subir al coche – Use el móvil para pedirme ayuda si le hace falta…pero hágalo en inglés – me dijo riendo antes de despedirse. Y se fue. Los perros persiguieron al coche escoltándolo un rato. Después volvieron resoplando y se echaron a la entrada del jardín. Los llamé y se acercaron. Dixi y Truxi, se llamaban los grandes perros negros amistosos, unos nombres ridículos de ratoncillos, nada apropiados para aquellos animales. El que no era negro se llamaba Diana, en honor supongo, a la princesa muerta. Le di un trocito de cake a cada uno y un poco de melocotón con nata que encontré dentro de un Tupper en la nevera con


la ilusión que mi ración de postre de la noche fuese más pequeña. A pesar de que no me gustaba quedarme sola en un lugar tan aislado, pensé que la ausencia de la Grose me pemitiría tal vez descubrir sino estaba también habitada por alguno aún desconocido para mí. Podría aprovechar para entrar en su habitación o, por lo menos, en el caso de que la hubiese dejado cerrada, podría cotillear por el agujero de la cerradura, sin tener que disimular. Pero no fui enseguida, sino después de un buen empacho de verbos irregulares y de vocabulario. Continuaba repitiendo comparativos y superlativos mentalmente mientras comprobaba que la puerta de la habitación de Mrs.Grose estaba cerrada con llave y no podía ver nada por el agujero de la cerradura porque este estaba obstruido probablemente con un algodón. Me vinieron tentaciones de sacarlo usando un punzón, un trozo pequeño de una ramita o incluso con un palillo, que debían estar en la cocina, pero me aguanté. Tal vez la Grose lo había dejado así para ponerme una trampa y no osé hacerlo. Si lo había hecho a posta, era evidente que la noche pasada me había oído y, no obstante eso, no me había contestado. Escuché con atención, con la oreja pegada a la puerta, pero de allí no salía ningún rumor. Subí entonces al tercer piso. Desde allá la vista era magnífica, por lo menos me lo había parecido el día de mi llegada, cuando Mrs.Grose me hizo subir.


Abrí los porticotes solo de una ventana con más dificultad que lo había hecho la Grose y me quedé mirando todos aquellos colores harmoniosos que se perdían por los campos. Yal vez a Mrs.Grose le hacía ilusión que le esperase en aquella especie de torre del castillo, como hacían las damas con los caballeros medievales que habían ido a la guerra, según me habían explicado. La tarde estaba a punto de ceder su lugar a la noche, pero todavía había un poco de claridad para poder ver sin dificultad en contorno de las cosas. Es por eso que distinguí perfectamente la silueta de un hombre que se acercaba por el camino de Four Roses y atravesaba el jardín hasta llegar a la entrada de la casa que yo había cerrado al subir. Era corpulento, muy alto y parecía fuerte, aunque caminaba de un modo extraño, renqueando, como si llevase una pierna ortopédica. Llevaba una gorra con visera y gafas oscuras, dos detalles fuera de lugar a esas horas. Tal vez no quería protegerse del sol sino esconder cabeza y ojos para no ser reconocido. Vestía unos pantalones tejanos, camisa clara, corbata a rayas y americana de tweed, muy británica. Debía haber frecuentado la casa con asiduidad porque los perros no ladraron, al contrario, lo recibieron alegres, como a un familiar. Seguramente lo era. - ¡Annie! – Oí que gritaba – Where are you? ¿Dónde estás? ¡Donde estás, Annie? – ¿Dónde demonios te has metido?


Intentó abrir la puerta de la cocina, cerrada por dentro con un pasador, sin conseguirlo, y después fue hasta la entrada principal. Fue entonces que levantó la cabeza y me vio. Ante de que me preguntase nada, le dije: - Annie no está, ha ido al pueblo… ¿Quién es usted? ¿Y que quiere? Esta forma tan directa de preguntar debía ser de mala educación para un británico, pero no sabía como expresarme mejor: Probablemente habría tenido que decir “¿Con quien tengo el gusto de hablar?” o algo parecido, en inglés. -Soy Richard, su marido. - Mucho gusto, Yo soy Laura, Laura Prats, alumna de Mrs.Grose. ¿Quiere esperarla? – le pregunté, algo angustiada, porque no tenía ningunas ganas de tener que ponerme a charlar con el imbécil del exmarido de Mrs.Grose. Además, tampoco se como se lo tomaría ella. - No, gracias, le saldré a encontrar al camino – me contestó. Y se fue. Su voz era parecida a la de Mrs.Grose pero algo m´s oscura y grave. También me la recordaba su aire y la manera de moverse. Dicen que todos los matrimonios acaban por parecerse. Y Pensé que era cierto. La Grose no tardó mucho. Llegó en un estado penoso, con la cara hinchada, como si la hubiesen pegado un puñetazo, le salía sangre por la nariz.


- ¿Qué le ha pasado? ¿Ha tenido un accidente? ¿Dónde tiene el botiquín? ¿Quiere que la cure? - No se moleste. En el baño hay agua oxigenada y yodo, yo misma puedo hacerlo. Gracias. - ¿Cómo se lo ha hecho? ¿Se ha caído? - Sí – dijo con un hilo de voz y después añadió sin ambages -: ¿Por qué he de negarlo? A usted no, Laura, porque es amiga mía. Ha sido el. Ya lo se, antes ha venido aquí a molestarla. - No, no me ha molestado, solo me ha preguntado por usted… - ¡Y ahora! No le defienda. Mire como me ha dejado. Casi me mata. Se ha instalado muy cerca de aquí. A cuatro millas, En bed and breakfast del otro lado. Tengo miedo. Le creo capaz de todo. Lloraba flojito y is lloros me recordaron los que había oído otras veces. Me dio pena ver a la pobre Grose maltratada. Como siempre, me equivocaba. Subió a curarse y después vino a la biblioteca donde yo la esperaba para mirar de corregir mis ejercicios. Alabó mis progresos y se fue hacia la cocina para preparar un poco de cena. Se la veía cansada. Comimos en silencio unos bocadillos de queso y al terminar me pidió que la ayudase a arrastrar un canterazo cerca de la puerta principal, que no tenía aldabas, para impedir el acceso a su exmarido, en caso que volviese aquella noche, tal como le había prometido, nos despertaría el ruido. Le había jurado


que vendría a matarla. La Grose estaba segura que todavía conservaba su antigua llave. - ¿Cómo es que todavía no ha cambiado la cerradura? – le pregunté. No .lo había hecho y ahora se arrepentía muchísimo de su falta de previsión. Aunque de hecho, la casa era accesible desde muchos puntos de la planta baja. Bastaba romper un cristal. Ninguna de las ventanas tenía rejas. - ¿Por qué no avisa a la policía? – la sugerí, ofreciéndole el móvil otra vez. - Gracias, pero no es necesario. Es inútil. La policía no hace ningún caso. ¡Pobre Laurita! – Dijo de repente -¡Pobre chica! Mire en que embrollo acaba de meterse solo a causa de su interés por aprender inglés! Que Dios la perdone. - Ciertamente tenía toda la razón. >Me despedí hasta mañana rogándola que me avisas si me necesitaba - No se preocupe y no salga de su habitación aunque me mate. Seria mucho peor y se enfurecería más. Tal como había pronosticado Mrs.Grose. el exmarido hizo su aparición con mucho ruido y furia hacia la una de la madrugada. Entró, como ella suponía por la puerta principal con su propia llave e hizo correr con su fuerza hercúlea del canterazo. Después gritando a la Annie, subió las escaleras. Yo no entendía nada de lo que decía porque hablaba en inglés pero suponía que debían ser insultos y


palabrotas. A pesar de que me sentía segura cerrada en mi habitación, padecía por Mrs.Grose. Por eso intenté llamar a la policía. En mi guía de Inglaterra había un grupo de números de emergencia. <suponía que en mi inglés macarrónico me haría entender y aunque tardasen en venir, saber que vendrían me tranquilizaba. Pero el teléfono no funcionaba, no daba ninguna señal. Lo abrí para ver si la tarjeta hacia un mal contacto y me di cuenta con sorpresa que no había, que había desaparecido y que por tanto, no podía pedir auxilio. Un castigo justo a la perversidad de la Grose, pensé, porque en aquellos momentos era a ella a quien trataba de ayudar. Aquello me pareció un golpe bajo. Una cosa era que me quisiese privar de hablar en catalán y la otra, bien diferente, impedirme de esta manera tan radical que me comunicase con el exterior. Estaba rabiosa y me sentía impotente, estafada y también dispuesta a pedirle explicaciones en seguida que se hiciese de día y el imbécil de su exmarido hubiese desaparecido. Ya no sentía ninguna piedad por la Grose Tal vez todo esos malos tratos se los merecía, por mala Durante mas de media hora seguí oyendo corredizas, objetos que se caían, gritos y revolcones, ahora abajo, ahora arriba, objetos que caían, gritos y revolcones, ahora arriba, ahora abajo. Finalmente se restableció el silencio y minutos después me pareció notar otra vez los pasos del marido bajando la escalera y perdiéndose hacia la puerta principal, que


se cerró con estrépito. Atenta a cualquier rumor que me hiciese llegar señales e la Grose, imaginaba su muerte por segunda vez y suponía que me tocaría ami explicar a la policía como habían sucedido los hechos, describir al marido por tal que lo pudiesen detener, y quien sabe si todo ello no me entorpecería mi decisión, ahora ya firme de tocar el dos. No ra yo la que claudicaba, eran las circunstancias las que decidían en mi lugar. - Abra, Laura, por favor. Richard ya se ha ido. Era Mrs. Grose, llamaba a mi habitación. Su vos me llegó en forma de súplica. Abrí la puerta a pesar de que estaba furiosa con ella. Iba con una camisa de dormir, toda estropeada y daba la impresión de que la habían golpeado, pero no me parecieron heridas graves. -¿Puedo pasar? – Me pidió – Me permite que me quede aquí, con usted. Dormiré en el sofá… -Esta en su casa. Mrs.Grose – le dije – disponga de la habitación como mejor le guste. Mi tono era duro. No me sentía con fuerza de soportar su presencia. - No querría molestarla .. Usted vuelva a la cama. Yo me quedaré solo un rato aquí, en el sofá. Me encontraba de aquello más incómoda, me sentía incapaz de meterme en la cama mientras ella estuviese allí. Me quedé a su lado, parecía haber entrado en un estado catatónico. Iba descalza y temblaba.


- Le prepararé una taza de leche caliente. ¿Le apetece? No me contestó, pero yo prefería ir a la cocina antes que seguir allá contemplándola en aquel estado de degradación total, despeinada y medio desnuda. Al volver a subir, me la encontré dentro de mi cama, dormida Decidí pasar el resto de la noche estirada en el canapé de la biblioteca. Mi decisión de irme en cuanto fuese de día, ahora era ya del todo irrevocable. VIII Después de la noche de la gran batalla, la advertí que me iba porque no toleraba ni un momento más lo que le estaba sucediendo a ella, ni tampoco a mí, pero Mrs.Grose me suplicó que no lo hiciese. Me lo pedía por Dios, arrodillándose delante de mí. A consecuencia del esfuerzo, sus huesos crujieron con ruido de mueble viejo. Me cogió una mano entre las suyas. Su tacto húmedo me molestaba. Intenté que me soltase sin conseguirlo. - Le ruego, Laurita – me dijo – No se vaya porque si el sabe que usted no está vendrá y me matará. Si ayer no lo hizo fue porque usted estaba y le había visto. Podía acusarle… - Váyase usted también – le dije – Abandone la casa. ¿Por qué no lo hace? No lo entiendo.


- Si pudiese lo haría, pero todo es inútil. Inútil – repetía acentuando el dramatismo cínico de sus palabras – El me lo ha dicho muchas veces, que me seguirá por todas partes, que no me dejará escapar nunca. En eso tenía razón, después lo he entendido. Gracias al manual psiquiátrico del doctor T.S. Smith pude desenredar alguno de los hilos de la intrincada madeja de la personalidad de Mrs.Grose, pero entonces yo no tenía datos que me permitiesen deducirlo. Insistí una vez más en la necesidad de avisar a la policía y después me referí a mí. No toleraba que hubiese manipulado mi teléfono, que me lo hubiese devuelto sin tarjeta. ¿Por qué lo había hecho? ¿Por qué motivo? ¿Por qué quería aislarme?, le preguntaba, indignada tratando todavía de libera mi mano de las suyas, que notaba como un estropajo mostoso y húmedo. - Fue sin querer – me respondió. Y me dio una explicación de lo más inverosímil: después de hablar con el médico se le cayó al suelo. Al comprobar si se había roto y ver que parecía mudo, lo abrió para ver si se había producido algún mal contacto. Y entonces la pequeña tarjeta maldita saltó y se perdió. - Créame, Laurita, es así. La busqué por todas partes. Créame, por lo que más quiera. Le digo la verdad. - No la creo, Mrs.Grose, lo que me explica no es cierto. No se le cayó.


Siguió mascullando y liando el ovillo. - En el balcón, estaba en el balcón, porque desde allá se oía mejor. Debió volar, Si, se lo digo de verdad, se lo juro, Laurita. Me mantuve firme por lo que se refería a dejar las clases. Insistí en que quería irme inmediatamente porque había perdido la confianza en ella. Además, no me encontraba bien en aquel ambiente de tanta hostilidad, tan aislada. Me era igual no acabar el curso y perder el dinero. Me era igual todo. Lo único que desaba era irme, marcharme enseguida. Le dije que me diese la maleta porque quería hacer el equipaje y volver a mi casa, en Barcelona, lo antes posible. - ¿Tendrá la amabilidad de llevarme a la estación? – le pregunté. La Grose se rió. Hizo una de aquellas risotadas que me gustaban tan poco. Después me miró, sarcástica. - De ninguna manera, Laurita. – Desde la noche anterior me llamaba así (little Laura), y utilizaba el diminutivo cada dos segundos – Usted no se puede ir, no y no, sin acabar el curso. Usted pagó un mes por adelantado y una excursión. La haremos, se lo prometo, si aprueba el examen de esta semana. Uno, dos… Va, venga…Suba a su habitación y dúchese, si quiere. Cámbiese y baje a desayunar. ¡Apresúrese…! - Mrs. Grose, le pido que me de la maleta. O dígame donde la dejó y yo mima la iré a buscar.


- Primero hemos de desayunar. Pase a la cocina. Ahora mismo lo preparo todo. Venga, va, ayúdeme. La seguí hasta allá, para no contradecirla me encargué, como hacía siempre, de poner la mesa con los platos y los vasos de leche mientras ella hacía los huevos fritos y freía el bacon. De repente, la tostadora empezó a echar humo. La apagué con un trapo mojado. - Está bien loca, Laurita. No lo haga nunca eso. Antes hay que desconectar los plomos. ¡Que disparate! ¿No le parece suficiente calvario, lo que tengo que pasar con Richard, y todavía me añade el suyo? Si usted se muere aquí ya me dirá que hago con su cadáver… ¿Lo entierro en el jardín? Por un instante tuve la intuición que quizá sí, que había cadáveres abonando los rosales que crecían tan ufanos. Quien sabe si yo acabaría también sirviendo de abono si no me iba a tiempo. - ¿No le he explicado que Jeremy encontró unos huesos mientras cavaba, y que resultaron ser de una mona? No es extraño, porque el marido de mi tía tenía una de nuestra tierra. - Mrs.Grose, por favor, devuélvame la maleta – la supliqué. - Mrs.Grose, por favor, devuélvame la maleta… dijo ella imitando mi voz con gran habilidad – ¡Ah, no! No pienso hacerlo. No por ahora. Más le vale comer y callar, Laurita.


Tenía hambre y me comí el desayuno sin decir nada, enfurecida y dispuesta a salir de allí con la maleta o sin ella, aunque tuviese que dejarme todo lo que había traído, y que era, como suele pasar, lo mejor que tenía y lo que me caía mejor. - Se lo que está pensando – me dijo interrumpiendo el silencio y pasando al inglés, en un tono amistoso. Aunque después continuó en castellano – También yo en su situación, desearía irme. Lo entiendo, pero no puede ser. Me juego mi prestigio y el suyo, Laurita.¿O es que no quiere el ascenso que le prometieron? Usted saldrá de aquí con el inglés puesto el 30 de agosto, ni un día más ni un día menos o pasará por encima de mi cadáver, ya se lo dije. Venga, vaya a buscar los libros que vamos muy retrasadas. ¿Qué día es hoy? - Miércoles – le contesté. - Razón de más para trabajar deprisa. Esta semana hemos perdido casi dos días. Tendremos que recuperarlos. Venga, espabílese. Yo también subo un momento a cambiarme. Me di cuenta que Mrs.Grose no me devolvería la maleta, y que si quería irme debería hacerlo a escondidas, porque ella no me dejaría marchar. Tal vez no me quedaría más remedio que esperar al sábado que llegase el equipo de limpieza, o aceptar la excursión a Cumbres borrascosas para poder huir. En cuanto llegásemos al primer lugar habitado intentaría desaparecer entre la gente y buscaría la


estación para coger un tren hacia Londres. Enseguida telefonearía a Jennifer para pedirle que me ayudase a denunciar a la Grose a la policía poder recuperar así mis pertenencias. No obstante, ¿de qué podía acusarla? ¿De retener mi maleta en un altillo? ¿De haber estropeado mi móvil sin querer, como decía ella? ¿De haberse metido en mi cama, donde nadie la había convidado? Esto solo eran tonterías. La policía no haría otra cosa que reírse de mí, incluso de reiría de mi Jennifer. Pero lo cierto era que mi vida en casa de la Grose se había vuelto insoportable. M sentía prisionera en manos de una loca, a la cual quizá los malos tratos del imbécil la habían trastornado. Pero yo no tenía culpa alguna. Yo, lo único que quería era irme. Pasé la mañana intentando imaginar una huída posible mientras la Grose, que me había indicado en un tono amenazador a reemprender las clases, me explicaba la lección. Si suspendía, me dijo al verme que yo estaba muy distraída, no habría excursión. Me quedaría sin salir el fin de semana. Hice esfuerzos para poner atención en las características del futuro en inglés, tal vez porque el futuro era lo que más me interesaba en aquellos momentos, la tabla salvadora de mi naufragio. Dicen que el miedo actúa como una especie de efecto paralizante, pero a mi aquella mañana me pasaba al contrario. El miedo, unido al deseo de escabullirme, me había desatado la lengua. Conjugué los verbos que me propuso sin equivocaciones, con un acento que, según me dijo,


supongo que para darme coba, había mejorado mucho desde que había llegado a Inglaterra. - Tendré que darle un premio, Laurita – me comunicó antes de comer – Lo ha hecho muy bien, a pesar de no haber casi dormido y estar muy preocupada. La amabilidad de Mrs.Grose todavía me irritaba más. Por eso le agradecí que casi no hablase durante la comida, que me lo pasé barrinando las posibilidades que tenía de salir de allí. Incluso pensé en pedir ayuda al maltratador si volvía, aunque tal vez la emprendería a golpes también conmigo. Podía intentar huir de noche mientras ella dormía, pero andando y a oscuras no llegaría muy lejos. La bicicleta, que el día de mi llegada había visto en un rincón del jardín, había desaparecido. Solo tenía una solución: robarle el coche. Eso era mejor hacerlo de día cuando ella se retiraba a su habitación y me dejaba allá abajo con los ejercicios… Lo que me tocaba hacer eran dos cosas: la primera encontrar la llave de su carraca y la segunda, recoger mi dinero, las tarjetas de crédito, el billete te vuelta y el D.N.I. Enseguida de acabar de comer subí a mi habitación pretextando que tenía frío. El termómetro había bajado un par de grados y el viento era húmedo, por eso le dije a la Grose que iba a cambiarme de ropa. Pero antes de hacerlo busqué en el cajón del tallboy donde lo había guardado, las libras y los euros, además del d.n.i., las tarjetas y el pasaje. Un rato


antes había tenido el presentimiento que lo encontraría vacío, sin nada. Pero no, por suerte estaba todo en su sitio, y no me parecía que faltase ni un céntimo. Lo metí todo en una de aquellas bolsas con cremallera que los turistas llevan atadas a la cintura y me la puse bien sobre las bragas, bien sujeta. Después me cambié de ropa. Escogí un jersey amplio que me cubriese bien y unos pantalones con pinzas para disimular el bulto del tesoro. Me saqué las chanclas que llevaba por casa y las cambié por unos zapatos cerrados y cómodos, por si tenía que andar, y bajé al jardín. Tenía una intuición: tal vez la Grose era de aquellas personas que dejan la llave del contacto dentro del coche. Me acerqué. En efecto, allá estaban. Ahora o nunca, me dije. Abrí la puerta y de un salto me subí. Puse el motor en marcha. Los perros rodearon aquellas cuatro latas y aceleré a fondo, entre los ladridos y los gritos de Mrs.Grose, que acababa de salir furiosa al balcón de su habitación y contemplaba impotente como me iba. Decidí tirar hacia Ledbury, por el camino que ya había hecho tres veces aunque quedase más lejos que el bed and breakfast, el lugar habitado más cercano. Prefería más aventurarme hacia lo conocido que no tener que dar explicaciones a desconocidos. Desde Ledbury cogería el tren hacia Londres. Estaba excitada y deseosa de llegar. En cierta medida, exultante porque me parecía una heroicidad lo que había sido


capaz de hacer, pero también triste, porque mi curso de inglés se había malogrado. Tal vez fueran los conjuros de la Grose más que mi impericia lo que hizo que de pronto el coche se parase en seco después de recorrer tan solo tres o cuatro millas. Intenté ponerlo en marcha treinta o cuarenta veces sin conseguirlo. Abrí el capó, a pesar de que no entiendo nada de mecánica y después el maletero. Quien sabe si me había quedado sin gasolina y la Grose, previsora, llevaba algún bidón. Pero solo había los trastos de jardinería, el paquete de pañales y una caja con material sanitario, , gasas, apósitos, sondas, tal vez en previsión de los ataques del imbécil. No me quedaba más remedio que continuar a pie, pero todavía no sabía si me convenía más tirar hacia el norte e intentar llegar a casa de los vecinos, que estaba mucho más cerca, o hacia el sur, hacia Ledbury, lo cual me llevaría más horas y me obligaría a avanzar a oscuras un trozo y tener que hacer autostop en la carretera, con el peligro consecuente que me recogiese algún pariente del Richard que, sin mujer conocida a la que maltratar, distribuyese la fuerza de su brazo sobre el primer cuerpo femenino que se le pusiese delante. Por el contrario, si volvía por donde había venido tendría que evitar rodear la cada de Mrs.Grose internándome en el bosque, que, a buen seguro estaría rabiosa y ya habría maquinado alguna cosa para hacerme volver, si sabía además que al coche le faltaba gasolina.


Decidí hacia el bed and breakfast. No tenía alternativa posible. Hasta allá podía llegar caminando antes de que se hiciese de noche. No quería arriesgarme a tener que dormir al ras. Tardé manos de una hora hasta avizorar Four Roses, porque caminé a buen paso: llegar cerca dejé el camino y me metí en el bosque por tal de esconderme de la vista de la Grose, por si acaso estaba a la espera de verme. Después de un buen taro conseguí volver al camino, intentado hacer todo el camino posible. Mi reloj marcaba las cinco y yo había salido de casa a las tres. No me debía faltar mucho para llegar si, tal como aseguraba Mrs.Grose, hasta los vecinos del bed and breakfast no había más de una hora a pie. Fue entonces cuando sentí el motor de un coche que se acercaba. Le pararé, intentaré pedirle que me deje subir, me dije… Pero inmediatamente comprobé con horror que quien se acercaba era Mrs.Grose con su carraca. Habría tenido que suponer que, tozuda como era, había salido a buscarme, usando la bicicleta y un bidón de gasolina. Se paró delante de mí: - Suba o la atropellaré –me dijo, rabiosa. - Arranque a correr hacia el bosque. Entonces ella salió del coche y me persiguió. Me atrapó, intentó doblegarme el brazo. La arañe para que me soltase y ella se defendió a mordiscos. Aflojó la presión en mi muñeca, pero no me soltó.


- ¡Mala pécora! – me dijo – Poca vergüenza, quería robarme el coche…Aún suerte que arregle la bicicleta… - En efecto, era allá, atada al portaequipajes – Venga, va, suba. Pero antes de todo devuélvame las llaves. Los duplicados son difíciles de hacer. ¡Rápido…! – y abrió su mano delante de mi puño cerrado. El viaje de vuelta transcurrió en silencio. - ¡Suba a su habitación, desagradecida! – Me dijo, al llegar - De ahora en adelante haremos aquí las clases. IX. Me dejé conducir por Mrs.Grose hasta mi habitación sin ofrecer resistencia. Una vez allí, enseguida que ella se fue, me encerré con el pasador. La Grose no podría entrar sino echaba la puerta abajo, me decía para darme ánimos. Y yo aguantaría hasta el sábado, hasta que llegase la brigada de limpieza. Las provisiones de biomanan me impediría pasar gana, y el baño incorporado a la habitación, evitaría que me muriese de sed y también que cayese en la humillación de tener que buscar un rincón para hacer mis necesidades. No obstante eso, en previsión que la Grose me cortase el agua llené los jarrones que estaban sobre el canterazo y también el lavabo y la bañera. Después me estiré sobre la cama. Tenía una fuerte


taquicardia nerviosa que me coge, a veces, cuando estoy muy tensa. No era para menos. Me pareció oír a la Grose cerca de la puerta. - Déjeme pasar, Laurita – me dijo, como si nuestras relaciones fuesen excelentes – Le traigo la cena. - Gracias, Mrs.Grose – le contesté, intentando mantener el mismo tono de normalidad en que me había hablado – Pero ya estoy en la cama. - Abra, Laura, es por su bien. Coma alguna cosa. No es bueno irse a dormir en ayunas. Si lo prefiere, me voy y le dejo la bandeja cerca de la puerta. - No se moleste. Buenas noches y muchas gracias – añadí con el mismo cinismo que ella había empleado en su educada petición. - Sueñe en inglés – me dijo al despedirse. Pasé toda la noche desvelada. Las pastillas no me hicieron efecto. Tenía miedo. Me preguntaba que me pasaría y como podría conseguir escapar. A ratos me sentía con ánimos de resistir, pero en otras consideraba que estaba a su merced y que tal vez intentaría acabar conmigo, aunque, si de verdad quería hacerlo, me decía para consolarme, no me habría dejado instalada en mi habitación, cerrada por dentro. Me habría hecho bajar al subterráneo. Daba gracias Dios por no estar allá, a oscuras y entre escarabajos y ratas enormes – las había visto una mañana, mientras me lavaba mi ropa interior y desde entonces hacía la colada en el lavabo. Tal vez la


Grose solo intentaba mantenerme a ralla. Estaba perturbada, pero no era una asesina. Me había querido atropellar pero yo le había robado el coche…tal vez solo intentaba, claro que con un método muy particular, que yo mejorase mi inglés. Pero nadie con sentido común se habría comportado como ella. Quizás tampoco como yo misma, me decía, al aceptar la propuesta de la Grose sin conocerla de nada… Me dormí de madrugada, agotada por el miedo y el cansancio, y mi sueño debía de ser profundo, porque no noté la presencia de la Grose hasta que no crujió la silla que estaba en el cabezal de mi cama, a consecuencia de su peso. - ¿Prefiere hacer la clase estirada, querida Laurita? Me incorporé instintivamente pensando que tenía una pesadilla. Pero no, ella aún estaba allá, con un nuevo modelo de chándal de color verde loro que le quedaba espantoso. ¿Pero por donde había entrado?, me pregunté. Mrs.Grose debía leerme el pensamiento como había hecho otras veces, y me contestó a mi pregunta ella misma: - Pues por la puerta. ¿Por donde quiere que entre? Miré hacia allá. Esta cerrada con el pasador puesto como yo lo había dejado. - Casa con dos puertas, mala es de guardar – me dijo señalando el armario – ¿Usted cree, Laurita, que yo habría permitido que perdiese clase encerrada en su habitación? ¡De ninguna


manera!. Puedo entrar y salir por la puerta de servicio – dijo riéndose. Me fregué los ojos. Pensaba que soñaba. Pensaba que en mi sueño aparecían los espíritus que atraviesan las paredes, los espíritus convocados por Lord Thames. Pero no, Mrs.Grose no era un espíritu. Tenía bastante con aquel olor a rancio que hacía, para negarlo. Los espíritus no huelen a nada. ¿Pero como había entrado? ¿Por donde? Miré hacia el armario, no era difícil suponer que al fondo, se pudiese abrir una puerta y que yo no me hubiese fijado. Comprendí hasta que punto le era indiferente que yo me cerrase por dentro. Y me sentí todavía más desgraciada Ahora si que me tenía absolutamente en sus manos. Lo que no comprendía era que quería hacer conmigo. ¿Matarme? ¿Quedarse con mis pertenencias? Eran poca cosa. Unas cuantas libras, un centenar de euros… ¿Me obligaría a transferir dinero a su cuenta antes de irme?¿ ¿O lo iría retirando ella, poco a poco, con mis tarjetas de crédito? Tal vez el móvil era otro: se trataba de una sádica que disfrutaba con la tortura. De hecho, ya lo había empezado a ejercer y cada vez sería más grave. Quizá me había escogido por alumna porque yo no tenía familia y le parecía que así tendría menos posibilidades de que me echasen en falta. Me sentía cogida en una trampa. Me puse a llorar. Me amenazó:


- ¡Cállese, no soporto que alguien llore! ¡Cómase las lágrimas, el llanto me descompone! ¡No llore…! - Por favor, Mrs.Grose, déjeme irme – la supliqué intentando tragarme las lágrimas y los mocos. - Claro que si, en cuanto acabe el curso y sepa suficiente inglés. Si la he cerrado es porque no me fío de usted, ¿sabe? Usted quería irse saltándose las clases y eso no puede ser. No se lo puedo permitir de ninguna manera. ¡No y no, esta vez no! – insistió todavía. Y se quedó un rato mirando hacia la ventana sin decir nada, como catatónica, con la mirada perdida. La había visto otra vez así: la noche que se metió en mi cama. Después de un rato se levantó y, paseándose por la habitación, continuó: - Es su última oportunidad. Lo dijo usted misma cuando llegó. Y también la mía, ¿sabe? Cuando era joven hice de institutriz. Ya no se estilaba mucho entonces pero ellos eran, ¿como se lo diría?, diferentes. Ricos, riquísimos. Tuve que enseñar a unos críos estúpidos que no querían aprender, canallas, insolentes. Me hacían burlas. Yo entonces era tímida y muy joven, además de pobre. Lo pasaba muy mal. Eran más que traviesos, eran malos. Aguanté todo con paciencia, pero fue inútil, me echaron a la calle… Me gusta enseñar. Creo que tengo cualidades para hacerlo: paciencia, mucha paciencia… ¿No es así, Laurita? - Sí – la contesté.


- Explico muy bien, ¿verdad que si? Pues con el montón de años que hacía que trabajaba en la escuela, casi diecinueve, pronto hará tres que tuvieron el atrevimiento de llevarme a juicio. ¿Y sabe porqué? ¡Por malos tratos! Veinte alumnos desgraciados me acusaron de maltratarlos, y ¡ni uno fue capaz de asegurar que gracias a mi habían aprendido inglés, que mis enseñanzas les había servido para sentirse menos extranjeros! ¿Maltratos…? ¡Vaya! ¿Y ahora también usted sería capaz de acusarme de malos tratos cuando lo único que intento es que aprenda inglés? No la contesté. Me sentía absolutamente incapaz de decir nada. He conocido a mucha gente estúpida, a mucha, porque hay más de lo que cabría imaginar, pero nunca me había enfrentado a alguien tan perturbada como la Grose. - Venga, amiga mía – me dijo, de pronto – deje de hacerse la perezosa y levántese. Hay que empezar a trabajar. Dúchese, cámbiese, haga lo que quiera, pero dentro de un cuarto de hora la quiero aquí a punto. Le prepararé el desayuno, un almuerzo ligero. Como que ayer no quiso cenar, no conviene que ahora se llene mucho. Salió por la puerta principal. Descorrió el pasador y desde fuera cerró con llave. Abrí enseguida el armario. Vi que la pared del fondo disimulaba una puerta. También estaba cerrada con llave. Me duché y me vestí de prisa. Abrí las ventanas, cogí los libros y me fui a sentar delante de la mesa a esperar que la


Grose volviese. Lo hizo enseguida. Llamó a la puerta, una costumbre tan educada como inútil en aquellos momentos. Yo no la podía abrir. - Ábrame, Laurita, por favor – me dijo – Yo voy cargada con la bandeja del desayuno. - No tengo llave – la contesté – el pasador no está puesto. - Lo había olvidado, perdóneme. ¡Soy tan despistada! Oí el ruido que hizo la bandeja al dejarla en el suelo, y después el de la llave en la cerradura. - Le traigo un te y melocotones con crema de leche bien calentita. ¿Son los postres que más le gustan, verdad? ¿O me equivoco? Ya he constatado aquí hasta que punto detestaba los melocotones calientes empalagosos s aturados de crema de leche. Nunca se lo había dicho, pero me debió adivinar la cara de asco que yo ponía al comerlos. Me los tragué porque tenía gana. Esperó de pie, delante de mí. Después retiró el servicio y salió otra vez dejando la puerta abierta. Sabía que no tenía escapatoria y por eso ni tan solo le pasó por la cabeza volver a cerrarla con llave. Comprobé que la llave no estaba puesta porque en este caso me habría cerrado por dentro. Pero no, se la había llevado. Miré el reloj: eran las once. No tardó ni cinco minutos el volver. - Empecemos allí donde nos quedamos ayer por la mañana – me lo dijo en castellano. De pronto, se tocó la frente como aquel que dice “¡Eureka!”, y


pasó al inglés. ¡Que cabeza la mía! Todo en inglés – Lo repitió dos o tres veces. La clase transcurrió con toda naturalidad, como si yo no fuese su prisionera. Intenté hacer esfuerzos para pensar solo en inglés, pero se me hacía muy difícil. Examinaba los objetos de mi habitación para saber cual podía ser más eficaz y contundente, si era necesario y tenía que defenderme. Si el próximo sábado no conseguía llamar la atención del equipo de limpieza, sino conseguía explicarles que la Grose me retenía allí contra mi voluntad, secuestrada, intentaría huir aunque tuviese que hacerlo eliminándola a ella, antes de que ella me eliminase a mí. ;e arrepentía de haber dejado la navaja en la Tate Gallery. Lo único que tenía eras tijeras de uñas. Decidí llevarlas encima con el d.n.i., el dinero, el billete y las tarjetas. De momento todavía no me había registrado. - Está demasiado distraída esta mañana, Laurita – me dijo otra vez en castellano - ¿es que no ve que no avanzamos? - Por favor, Mrs.Grose, tenga piedad de mí. Déjeme marchar. - Ni por todo el oro del mundo – contestó con una de aquellas frases hechas, presunto regalo de su presunto ex. - No puedo concentrarme. Por favor, Mrs.Grose, no creo que lo pueda soportar. Padezco taquicardia. Me encuentro mal…


- Si protesta usaré otros métodos. ¡Se lo prometo! – dijo saliendo, dando un portazo y cerrando con llave. Intenté dominarme y dominar la situación. Estábamos a jueves. El sábado llegarían las mujeres de la limpieza. El sábado se acabaría todo. Faltaban dos noches y menos de dos días. Tenía que resistir. Resistir, disimular, obedecerla, seguirle la corriente, nada de controversias, decir amén a todo lo que necesitase. Esperar sin desesperar. Intenté hacer los deberes, memorizar más verbos. Tal vez estaba tan rematadamente loca que lo hacía todo pensando en mi inglés. “Saldrá con el inglés correcto o pasará por encima de mi cadáver”… Oía sus palabras repicándome dentro de la cabeza. Recordé algunas películas de terror comparables a la situación que yo estaba viviendo: El coleccionista, Misery… La loca de Misery, se parecía a la Grose. Resistir, resistir al menos dos días. Las horas pasaban lentamente. Intentaba estudiar pero no podía. La Grose reapareció a la hora de comer, con una bandeja y el mismo plato de melocotones. Me lo comí todo. Al acabar, se marchó sin decirme nada. Por la tarde la oí subir y bajar la escalera a menudo y me pareció escuchar el mismo llanto de las otras veces. Fue entonces cuando pensé que encerradas en las habitaciones que Mrs.Grose no me había querido enseñar estaban mis antecesoras. Procedían de cursos anteriores, y quien sabe desde cuando estaban allá, tal vez encerradas, debilitadas por largas


vigilias. Tal vez hacía con ellas algún experimento macabro y por eso las mantenía con vida. ¿No había visto en el coche material sanitario? ¿Y no la había visto a ella arrastrando un cuerpo? ¡Dios mío!, pensé. Quizás en mi habitación, donde ella ya me había advertido que se había cometido también un crimen, era solo la celda que precedía a un encierro posterior mucho más duro. Sábado, hay que esperar hasta el sábado. ¿Y sino venía nadie el sábado? ¿Y sino era cierto que venía una brigada de limpieza? ¿O si esta estaba integrada por un grupo de sádicos como ella, y de sus cómplices? No podía evitar pensar en todo eso. Hacia la tarde volvió a presentarse. Entró por la puerta del armario y no por la principal. - Perdone, no he podido venir antes. He estado ocupada arriba – señaló al techo – Se me ha pasado la hora del te y no he podido preparar la cena. Todavía quedan postres de aquellos que le gustan tanto… ¡Golosa! Veamos los deberes. ¿Como ha ido eso? Dio un vistazo a mi cuaderno. - No los ha acabado. Apresúrese o se quedará sin cenar. Intenté hacer lo que me decía. - No me iré hasta que no acabe, Laurita. Esto no puede ser. ¿Qué dirá la mamá? Me reñiría mucho. Annie, usted no es responsable… dijo, imitando una voz que no conocía.


Cuantas más horas pasaban, más me daba cuenta que estaba en manos de una perturbada mental, probablemente esquizofrénica, y no sabía como la tenía que tratar ni de que manera había que actuar. Tal vez en su cerebro enfermo había una pequeña rendija para la piedad, pero ¿Dónde y como podía llegar hasta allá? De momento, parecía que lo único factible para obtener la recompensa de la excursión a Cumbres borrascosas era aprobar el examen, lo cual me parecía muy difícil. Tal vez si que tenía que hacer todos los esfuerzos. Quien sabe si esta es la única posibilidad de salir de esta prisión. - Venga, la ayudaré. Arrastró una silla y se sentó. Corrigió lo que yo había hecho. Después me animó a continuar, amenazándome: - Acabe o la dejo sin cenar. Ya se lo he dicho. Los niños desobedientes, hay que tratarlos así. No hay más remedio. X Aquella noche me dejó, en efecto, sin cenar. Tomé la primera barrita de biomanan que, comparada con los melocotones calientes, la encontré de lo mejor. Me dormí gracias a dos pastillas de orfidal. Pensaba que mantenerme en vigilia era inútil, que me convenía descansar. Cuanto más descansada estuviese, mejor podría aprovechar las oportunidades que se me presentasen para largarme.


Mrs.Grose compareció con la bandeja del desayuno a las 8.30 a.m. en punto. Parecía de buen humor y la dieta que me ofrecía era distinta de los asquerosos melocotones: huevos fritos con bacon, mermeladas, te y tostadas. - ¿Tiene gana, verdad? – me preguntó, amable, con una sonrisa. - Sí – le contesté. - Le traigo un desayuno muy y muy bueno, pero solo lo probará si ha estudiado. Veamos. Dejó la bandeja sobre el canterazo y se acercó a la mesa. Me hizo señales para que me sentase y me interrogó sobre el futuro. Respondí bastante bien. Parecía satisfecha. - Le da derecho a medio desayuno. Medio huevo frito, media tostada… me dijo trayéndome la bandeja a la mesa. Retiré los libros. Me hizo partir el huevo por la mitad. La yema se salió. Entonces cogió una cucharilla y midió cuantas cucharadas salían. Tres y media. - Le toca una y media y la mitad de media, Laurita. Nada más. Una para papá, otra para la mamá…Va, venga, abra la boca. Quería dármelas ella, como se hace con los niños pequeños. Me pareció tan terriblemente ridículo que pensé que estaba en el cine viendo una película alocada o en medio de un sueño absurdo. Todo aquello no podía estar sucediendo de verdad. ¿Qué había hecho yo para merecerlo? Esta situación no


tenía nada que ver con mi deseo de aprender inglés, pero era una consecuencia. Aquella mañana la Grose se empecinó en darme la comida. Tal vez había hecho una regresión a sus años de institutriz y era por eso que también me hablaba como si yo fuese la niña díscola que tenía que soportar. La yema del huevo que me prohibió que comiese acabó fuera del plato, sobre la bandeja. -¡Niña sucia!, ¡mira como lo has ensuciado esto! – me dijo. - Lo siento, Mrs.Grose – contesté con una voz casi infantil, entrando en su juego. - ¿Me prometes que serás buena niña? - Si, sí – afirmé tímidamente como si tuviese cuatro o cinco años. - Muy bien. Entonces iremos de paseo. ¿Qué vestido quieres que te ponga? - Ninguno. El que llevo me gusta – contesté. Que la Grose me pusiese las manos encima para cambiarme de ropa me provocaba arcadas. - No, mejor otro más bonito. Se fue al armario y escogió un conjunto de blusa y falda sin bolsillos, más bien ceñidos, que no me permitían llevar la bolsa atada a la cintura. Me ordenó que me lo pusiese. Consentí. ¿Qué otra cosa podía hacer? Pero antes le pedí permiso para ir al baño. Por suerte me lo permitió. Escondí detrás del depósito del water la bolsa con mis tesoros. Sobre la cama, que ella había estirado mientras yo estaba en el baño, estaba mi ropa.


- Venga, Laurita, te ayudaré a cambiarte. - No hace falta – volviendo a mi voz de mujer adulta. - Bien, veamos como lo haces. Con un súbito ataque de pudor me volví de espaldas. Intenté sacarme la ropa tan rápidamente como pude. No soportaba ni tan solo imaginar por un segundo las manos de la Grose sobre mi cuerpo. - Has crecido mucho. ¿Desde cuando llevas sostén? No la contesté. En cuanto estuve vestida me cogió de la mano y bajamos la escalera. Me condujo hasta el jardín. Del bolsillo sacó unas tijeras y empezó a cortar flores. - Para ti – me dijo – para tu habitación. Volvimos a subir. Me dejó sola otra vez, cerrada. Se fue sin decir nada después de poner las flores sobre mi cama. Viernes, pensé, hoy es viernes. Mañana se acabará todo. Resistiré siendo Laura, Laurita o lo que haga falta, cualquier persona que me obligue a representar. “Mañana se acabará todo. Mañana a las ocho, en seguida que lleguen gritaré por el balcón. Pediré auxilio. No podrán negármelo”, me decía. Claro que no. Me tiraré por la ventana si es necesario. Aunque había calculado que no había ninguna posibilidad de llegar al suelo con vida, prefería morir aplastada que encerrada en la habitación. Cada hora que pasaba era bienvenida. Nunca había deseado tanto que el tiempo se acelerase y tampoco nunca me había pasado tan


despacio. Estirada en la cama intentaba imaginar que estaba fuera, en cualquier lugar, bien lejos de allí, y me refugiaba en los días felices de mi infancia. Intentaba, con los ojos cerrados, recordarme pequeña durante las vacaciones en la casa de los abuelos, jugando con el vecino, mi compañero inseparable de aquel entonces. ¡Lástima que no le hubiese vuelto a ver! Después que mis abuelos murieron, mi madre vendió la casa de San Hilario. Estas imágenes me consolaron un poco, pero durante poco rato porque enseguida abrí los ojos para repasar uno por uno los objetos de la habitación con la mirada puesta en sopesar su contundencia para pegar un golpe, de tan obsesionada que estaba en defenderme. Me decía que estar cerrada en el subterráneo habría sido peor e intentaba no pensar, no fuese cosa que a la Grose, le viniese la idea de llevarme. Me daba cuenta que durante aquellas casi dos semanas que hacía que estaba allá había habido entre nosotras una cierta transmisión de pensamiento, mejor dicho, ella me lo adivinaba. Me preguntaba una y otra vez cual podía ser el punto débil de aquella mujer. ¿Qué la podía mover a piedad o conmiseración? ¿Había enloquecido a causa de los malos tratos? ¿Seguía enamorada de su marido a pesar de que este quisiese matarla? Me preguntaba como se puede llegar a perder el oremus de aquella manera. ¿Qué mecanismos influyen en todo esto? Pero no encontraba respuesta. Para librarme de la angustia que me atenazaba, iba


haciendo planes. Si me salgo de esta, me decía, trabajaré menos y me cuidaré más. Últimamente me había dedicado poco tiempo; desde que me di cuenta que ya ningún hombre se fijaba en mi persona dejé de frecuentar la peluquería, como hacía antes, cuando pensaba que aún podría agradar a alguien, y salía a la calle sin ningún tipo de maquillaje. Así me ahorraba de hacer cola oyendo conversaciones de gente más feliz que yo o mirando revistas llenas de personajes de la jet set, famosos de vidas glamorosas, las cuales me parecían como una pedrada de insultos contra mi vida, tan vulgar y solitaria. Con la cara sin maquillar no necesitaba pasarme ningún algodón ni crema limpiadora antes de acostarme, cosa que siempre me había parecido una lata. Me juré a mi misma que si sobrevivía lo celebraría como si me hubiese tocado el Gordo de la lotería. Abandonaría para siempre el inglés y viajaría a cualquier país de habla hispana, a cualquiera. Pediría un permiso de quince días sin sueldo a la inmobiliaria. Estaba segura que me lo darían. Fantaseaba también con ir a un balneario de cinco estrellas y sumergirme dentro de baños de aceite, algas, chocolate, vinos o cualquier otra porquería revitalizadora, y dejar que me masajeasen de arriba abajo para salir como nueva. Fantaseaba, ¿por qué no confesarlo?, con algún tro corazón solitario como el mío, eso si, masculino, latiendo majo un tórax bien musculazo. La esperanza es lo último que se pierde. Lo dicen y es bien cierto. Tal vez tenga algo


que ver con el instinto de supervivencia, aquello que nos lleva a aferrarnos desesperadamente, como me sucedía ami entonces. Sin llegar al extremo en que me encontraba, ya había observado a menudo, enseñando pisos que todos, desde los más pobres hasta los más ricos, nos hacemos la ilusión que la vida, finalmente será generosa con nuestras personas, que hay que confiar que las cosas mejorarán y que algún día, tarde o temprano, se cumplirán todos nuestros sueños. Me entretenía así como podía intentando repasar la tabla de multiplicar en inglés e incluso rezando el rosario. No soy católica practicante, pero lo fui hasta mi adolescencia. No obstante eso, entonces, igual que cuando viajo en avión y hay turbulencias, tuve muy en cuenta mis antiguas convicciones y supliqué a Dios y a la Virgen María que me sacasen de aquella prisión. Prometí limosnas a granel, abstinencias, ayunos, mortificaciones, sacrificios de todas clases, novenas e incluso exvotos. Todo me parecía poco si Dios Nuestro Señor conseguía que saliese de allí sana y salva. Debían ser las cuatro de la tarde cunado la Grose volvió a comparecer. Al verme estirada en la cama me ordenó que me levantase. - La he dejado sola para que estudie y usted se dedica adormir. Es una gandula, haciéndose la perezosa todo el día. ¿O es que se piensa que he olvidado que hoy es viernes y se tiene que examinar? Apa, venga, levántese…


No quise contradecirla y me senté cerca de la mesa donde tenía los libros y los cuadernos abiertos. Ella acercó otra silla y también se sentó. - Mire, Laura, ahora que usted está aquí cerrada, odiándome, he pensado que es un buen momento para enseñarle malas palabras. Las peores palabras inglesas. Son útiles y descansan, ya lo creo. Palabrotas, blasfemias i oraciones para que rece pidiendo ayuda a Dios. En su situación es lo más oportuno. Me la miré estupefacta. No se dio cuenta. - Vamos a ver, ¿que palabrotas sabe en inglés y en castellano? Tal vez usted es de aquellas que únicamente dicen mecachis. – Y canturreó -: Mi padre tiene un barco/mecachis en la mar… ¿Qué más dice la canción? - No lo se. No tengo ni idea. Vaya… ¡Qué lástima! Mi padre tiene un barco/mecachis en la mar… Siempre he tenido curiosidad por saber como continúa y que pasaba con el barco de papá… - Y volvió a cantar - ¿Qué canción sabe? - Pocas. Entono mal. No tengo buen oído. Eso no hace falta que me lo jure. Tengo suficiente en ver como maltrata este bello idioma de Shakespeare que es el mío. ¿Se acuerda de clavelitos? Esa ridícula canción española que canta la Tuna. El la cantaba, quiero decir el imbécil. Venga, va, cante conmigo clavelitos…


Obedecí. Si alguna vez alguien escribe un ensayo sobre malos tratos morales que se ponga en contacto conmigo. Podría ofrecerle muchos ejemplos. La Grose es un caso de manual. - ¡Lo hace muy mal! ¡Dios mío, como desafina!. Tenía razón. - Cuando era pequeña me expulsaron de todos los coros – le dije. - No es extraño. Va, vega, vamos al trabajo. ¡Se ha acabado el recreo! ¿Qué palabrotas sabe en castellano? Venga, anímese…Liberemos la tensión. La estúpida me tomaba por la tonta del bote. Se lo debía estar pasando de lo mejorcito conmigo. Se divertía humillándome. Le solté una retahíla. - Muy bien, Laurita, muy bien. Ahora diga en inglés: ¡Fuck you, mother fucker, damm you, shit…! Nos pasamos toda la tarde, palabrota arriba, palabrota abajo. Sino fuese porque la situación era patética habría resultado cómica. Mrs.Grose, vestida con su asqueroso chándal, con la cara amarillenta y violeta a consecuencia de los golpes y yo con mi falda de jorget y la blusa con volantes que hacía juego, el conjunto más elegante que tenía y que en el último momento había puesto en la maleta por si alguien me invitaba a un party o iba a algún concierto. Cuando estuvo segura que me sabía de carrerilla todas las malas palabras pasamos al Padrenuestro y después al Avemaría.


- Ya puede rezar en inglés – me dijo – le hará mejor provecho. Le pregunté si era católica. -¡Es claro que sí! – me contestó – Católica practicante. Pertenezco a la escasa minoría de ingleses que obedecen al Papa. Cuando mi tía vivía, aquí se celebraba misa. Los domingos voy a la única iglesia católica de los alrededores, más allá de Ledbury, aunque tenga que hacerme un hartazgo de conducir. La noticia me alegró. Tal vez si mañana la brigada de limpieza no acudía podría aprovechar para huir el domingo mientras ella iba a cumplir con el precepto. Mentí diciendo que yo era practicante y muy devota, aludí a las obras de misericordia, a las virtudes, al temor de Dios antes de implorar otra vez, por la Virgen Santísima, que me dejase marchar. - ¿Pero como quiere que lo haga, Laurita? ¡Como puede pedirme un imposible! Firmé un pacto con usted. Un intensivo de inglés en inglés. ¡Horror, estamos hablando en castellano, y yo sin darme cuenta, que cabeza! Y pasó de nuevo a su lengua. Hablaba y hablaba pero yo no entendía nada excepto alguna preposición, algún verbo y el nombre de Dios. Cuando acabó puso la firma: Mateo, capítulo XIII, versículos del I al V. Acababa de recitar un fragmento del Evangelio. Después se levantó y paseó un taro por la habitación, escrutando todos los rincones como si pasase revista. Cantaba Farewell,


Angelina, una canción de Joan Báez que yo también me sabía, de pies a cabeza. - It’s OK – me dijo, de pronto – All ready. Como ya es tarde, no le haré el examen hasta mañana. Mañana a primera hora, y si aprueba haremos la excursión…Mañana me temo que no vendrán las hermanas Johnson. El sábado pasado no me lo aseguraron. Tienen a su madre enferma. Apresúrese a estudiar y podremos ir a Cumbres borrascosas. Le adelanto que no tendré más remedio que llevarla esposada. No me fío nada de usted. Y salió por la puerta del armario. XI La noticia sobre la posible ausencia de las mujeres de la limpieza me dejó desesperanzada. Tal vez Mrs.Grose me lo había dicho a posta con tal de minarme más la moral. Lista como era. Bien seguro que había sospechado que les pediría auxilio enseguida que las viese aparecer. En relación con la excursión a Cumbre borrascosas, estaba seguro que nunca la haríamos porque difícilmente me habría podido llevar esposada sin llamar la atención. Más bien, me decía, lo que la Grose quería hacer era trasladarme a otro lugar y, por eso, me anunciaba que me ataría las manos y quien sabe sino me amordazaría y me encerraría en el subterráneo o, peor, me abandonaría en el bosque atada a un árbol. Tal vez no se le había ocurrido amordazarme, pero


todo llegaría, sin duda alguna. Me sentía más espavorida que nunca e incluso pensé en poner fin a mi vida con una sobredosis de orfidal si las cosas empeoraban. Por eso guardé también la caja de píldoras dentro de la bolsa de emergencias, que recogí de detrás de la cisterna del water, para volver a ponérmela, sujeta a la cintura, después de cambiarme el vestido de lujo que llevaba por ropa de estar por casa. Durante el resto de la tarde la Grose no volvió a parecer, ni tampoco por la noche. Cené media ración de biomanan y tres vasos de agua, intentando racionar las barritas que aún me quedaban por si iban mal dadas. La verdad es que tampoco tenía gana y por eso no encontré a faltar la cena. Durante mucho rato oía cantar a la Grose por el piso de abajo. Clavelitos, cantaba, y lo hacía con voces diferentes, más graves, más agudas y bajas, probando que versión le salía mejor y acabando cada una de sus felices interpretaciones con un xim pum horrible, que ami me parecía diabólico. La facilidad que tenía para escarnecer a la gente era una de sus habilidades predilectas. Lo había aprendido, según me explicó un día, haciendo teatro. Le habría gustado mucho debutar como actriz, pero su físico – siempre había sido bastante gordita – se lo había impedido. A pesar de todo eso, cuando vivía en los Estados Unidos, colaboraba con las obras que montaban en su escuela, e incluso había dirigido alguna y actuado en algún montaje. La


entusiasmaban los disfraces. La oí jugando con los perros del jardín y después, hacia las nueve, cerró la puerta principal y subió hacia su habitación. Pensé que se pararía en la mía, pero no, pasó de largo. Noté sus pasos por el piso de arriba un buen rato y cuando al final dejó de hacer ruido y se apagaron todos los rumores, me metí en la cama. No sabía si ponerme el camisón de dormir o acostarme vestida. Tenía miedo que si la Grose entraba y me veía preparada para escapar se pondría todavía más rabiosa, pero vestida me hacía la ilusión que estaba a punto de poderme ir. Opté por no quitarme la ropa. No era muy higiénico lo que estaba haciendo, pero ¿Qué importancia podía tener? Entre aquellas sábanas, había dormido ella. Sentí asco. El desagrado que la Grose me había causado desde el principio se había convertido entonces en una repulsión incontrolable. Cuando se sentaba a mi lado me apartaba. Creo que lo debió notar y creo que eso también iba en mi contra. Pero no lo podía disimular de ninguna manera, aunque lo intentaba. Saqué, antes de irme a la cama, las tijeritas de la bolsa y las puse bajo la almohada. Pensé que allí las tenía más a mano que si las tenía que ir a buscar a la cartuchera. Mrs.Grose no me había atacado, pero sospechaba que lo podía hacer en cualquier momento. Quien sabe si su advertencia de esposarme no llevaba implícito, el aviso de una agresión mucho peor. Si le digo que estaba asustada no le digo la verdad. Era mucho peor que eso. Las palabras difícilmente


podrían traducir mi estado de ánimo de aquella noche. El corazón me iba a toda velocidad. Asegurarle que me había aumentado la taquicardia es poco, porque le oía palpitar con sensación de arritmia, muy, muy deprisa y tenía la certeza de que me acabaría explotando. Me tomé dos orfidales. Deseaba que la muerte me sorprendiese dormida. Un poco más calmada grité al sueño rezando un Padrenuestro en inglés y una retahíla de avemarías que se me mezclaban en la cabeza con todas las malas palabras que me había enseñado la Grose interfiriendo las oraciones. Suerte que el sueño acabó con la percepción que, no tan solo la Grose, sino también yo, me había vuelto loca. Hacia la una de la madrugada me despertó un estrépito de muebles y carreras por el piso de abajo y oí la voz de la Grose insultando a su marido. Esta vez entendí perfectamente lo que le decía. Solo me llegaba la voz de ella. El no la contestaba. Otra vez el imbécil estaba allá, de eso no me cabía duda. Si la mata, me podré ir. Si la mata, seré libre. Señor, Dios mío, haz que la mate, llegue a rogar. Encendí todas las luces de la habitación, abrí el balcón de par en par y me quedé allí, al acecho, vigilando. Esperaría todo lo que hiciese falta y, enseguida que le viese salir, le llamaría para pedirle ayuda. El sabía perfectamente que yo estaba allí. Habíamos hablado. Lo que debía ignorar era que su mujer me había encerrado. Le explicaría todo sin tenerme que esforzar en hacerlo en inglés. ¡Qué


descanso! No tenía nada que perder, nada que temer, y el tampoco. Le advertiría que estaba dispuesta a testificar en su favor donde hiciese falta. Ella era la maltratadora. Yo podía dar fe. Aún era más que eso: era una persona desequilibrada, anormal, sádica. En aquellos momentos me sentía dispuesta a todo solo por el hecho de poder salir de allá. Pensaba que, tal vez, aquella era la última oportunidad que me quedaba, que Richard, Ricard, el imbécil o como pestes se llamase, era una especie de ángel liberador enviado directamente por Dios después de tantas súplicas. La lucha se había terminado porque ya no se sentía rumor alguno, pero el no salía. Desde mi lugar de vigía dominaba perfectamente la puerta por donde debía de pasar, dispuesta a llamarle. Tal vez no se iría de noche sino cuando se hiciese de día. No sabía cuanto rato podría aguantar allá de pie porque las píldoras me empezaban a hacer efecto. Temía que el sueño me venciese justo en el momento en que el saliese, y entonces perdería la posibilidad de pedirle auxilio. Esperé un poco más. Intentaba canturrear para mantenerme despierta. Además, tal vez así, llamaría su atención, pero no. No se oía nada, ni tan solo los gemidos que, de vez en cuando salían de la habitación de la Grose. Tampoco en ningún momento había escuchado sus pasos camino del piso de arriba. El silencio aún me daba más miedo. ¿Y si fuese al revés? ¿Y si la Grose se hubiese cargado a


su marido? Otra vez el corazón bombeaba de modo alarmante. Pensé que me cogería un ataque. Fue entonces cuando grité desde el balcón. - ¡Richard, Richard, por favor, suba! ¡Sáqueme de aquí! ¡Auxilio, auxilio, sáqueme de aquí! Nadie respondió. Histérica, golpeé la puerta con una silla. Di golpes en el suelo. Era imposible que no me oyesen. Al final me llegó una voz: - No se preocupe, Laura, ahora subo. Mira que es mala, esta Grose, ¿verdad? Pero ya la hemos castigado. La voz parecía más grave que la de Mrs.Grose pero era la voz de la Grose haciéndose pasar por la de su marido, estaba segura. Era ella escarneciendo la voz del marido. ¡Dios mío! Pensé que eso era lo peor que me podía pasar. - Es muy mala, la Annie, ¿verdad que si? Usted y yo tendremos que tomar una decisión…¿Qué quiere que hagamos con ella? Oía como subía la escalera. Temblando, esperé delante de la puerta con las tijeras en la mano. ¿Por qué no contestaba Richard? Se había ido sin que yo me percatase. Imposible. Tal vez si que me contestaba Richard y yo creía, aterrorizada, que quien me contestaba era la Grose. Poco rato después noté como se abría la puerta, pero no era la principal sino la secreta, la puerta del armario. Vi, entre mis vestidos colgados, primero los zapatos deportivos de su marido, después los pantalones tejanos, finalmente la americana, la


camisa, las gafas oscuras y la gorra. Avanzó hacia mí. Caminaba de un modo extraño. Me abrazó. Intenté que me soltase. - ¿Qué hace? ¡Por favor, déjeme estar! – le suplicaba. - ¿Ahora me negará que me ha llamado? – contestó a mi pregunta con otra mientras me arrastraba hacia la cama tapándome los ojos con una mano de estropajo húmedo. Entonces me dí cuenta que era Mrs.Grose, que se había vestido con la ropa de su marido, a pesar de que me parecía más alto y más robusto que ella. Intenté escabullirme, pero era mucho más fuerte que yo y me tenía cogida con sus manazas. Fue entonces cuando la clavé las tijeras en un costado. La hice mucho daño porque me soltó un momento para llevar su mano al lugar de la herida. Aproveché para clavársela otra vez, esta vez en el corazón. Insultándome, se me cayó encima. Noté la presión de sus dientes en mi cuello justo en el momento en que una muleta le caía por los pantalones abajo. Me defendí clavándole otra vez las tijeras. Desde el principio gritaba como una cerda conducida a la matanza. Después, poco a poco, dejó de moverse y de respirar. Las sábanas estaban llenas de sangre. Horrorizada por lo que había hecho, con las tijeras todavía en la mano, salí de la habitación por la puerta del armario. Tenía la llave puesta y la cerré. Bajé. Tenía miedo que Mrs.Grose, malherida o tal vez muerta, me persiguiese.


XII Recorrí la casa en estado de shock, llamando a Richard, pero el no podía responderme. Richard no existía. Era – ahora lo se – una invención de Mrs.Grose, que nunca había estado casada; un producto de su imaginación que la locura acabó haciéndolo real, como una proyección de su propia personalidad que intentaba acoplarse a un yo masculino que tal vez la habría hecho más feliz – o así debía de creerlo ella – según pude deducir de los libros que me dejó el médico de la prisión, interesado por mi caso. En el manual de psiquiatría del doctor Smith, que le recomiendo que se lea, encontré un caso muy parecido al de Mrs.Grose. Gracias a la interpretación que Smith hacía, comprendí que la Grose no se había disfrazado de hombre solo para asustarme, para llamar mi atención o hacer que la compadeciese por los malos tratos, poniendo en escena una tragicomedia de horrores, sino para intentar realizar, convertida en Richard, su sueño de haber nacido hombre en lugar de mujer, ya que siéndolo no se encontraba bien. Por eso se autolesionaba atribuyendo las heridas al marido celoso que creía tener. La Grose se odiaba, como tanta otra gente, pero en lugar de llevar este castigo con resignación, procurando con la propia persona de la mejor manera posible, intentaba destruir lo que más la molestaba de si misma: su aspecto físico,


nada atractivo que le hacía parecerse al hombre que le habría gustado ser y, entonces, eso la hacía aún más desagradable a los ojos de los hombres, la mirada de los cuales, a pesar de eso, era la única que le resultaba interesante, la única que se creía con derecho de contemplar el mundo, la única con capacidad de imponer leyes, de dictar normas con las cuales regirlo. Que Mrs.Grose hubiese optado por la enseñanza era una prueba más de este interés por hacer cumplir las reglas aunque solo fuesen las gramaticales, un aspecto que tenía que ver, fundamentalmente con su lado masculino y, por eso, aunque fuese de manera inconsciente, lo asumía con gusto siempre que sus alumnos aceptasen sus imposiciones sin ninguna protesta. Ninguna de estas interpretaciones se me había pasado por la cabeza, ni tan solo ahora, si he de serle franca, después de meditar días y días sobre la conducta de Mrs. Grose, pero Mens que nunca entonces. Han sido los libros, en especial el manual del doctor Smith, los que me han permitido conocer los mecanismos de la conducta de Mrs.Grose y su presunto marido se parecían, a pesar de haber visto al falso Richard en la débil luz del anochecer, y desde una ventana. Pero a pesar de eso nunca me habría imaginado que eran una misma persona, que la Grose se disfrazaba de hombre, añadiendo gracias a los zancos, altura a su cuerpo, recogiéndose los cabellos y tapándose los ojos con gafas oscuras.


Busqué a Richard, como ya le he dicho, inútilmente. Aterrorizada, bajé al primer piso, donde encontré en el recibidor, muebles patas arriba y en la cocina platos rotos, fruto de la pelea de Mrs.Grose con su imaginario marido. Después subí al segundo piso, a sus habitaciones, que estaban abiertas. Entré y lo que ví no lo olvidaré mientras viva. En una de las camas había una vieja atada con unas gruesas correas. Tenía un aspecto depauperado y cadavérico. La desaté y al hacerlo, abrió un instante los ojos. Me miró, pero me parece que ni tan solo me vio, mientras empezaba una letanía de quejas, muy bajito primero y después en un tono algo más alto. Le pregunté que quien era y donde había un teléfono. Me dirigí a ella en un inglés macarrónico y no me contestó. Pero atendiendo a su estado terminal, dudo que lo hubiese podido hacer aunque se lo hubiese preguntado con el más puro acento de Chelsea y la mejor corrección. Busqué un teléfono., fijo o móvil, por la habitación. Era imposible que no hubiese uno por mucho que la Grose me lo había asegurado, y lo encontré sobre la mesilla de noche que había al otro lado de la cama vacía. El auricular estaba mudo. No había ninguna señal de línea. Me di cuenta de que estaba desconectado. Quería llamar a Jennifer para pedirle que llamase a la policía, pero no me sabía el número. Siempre conectaba directamente mediante la memoria de mi móvil, tecleando su nombre. Tampoco recordaba el teléfono de emergencia que había encontrado la noche en que la Grose me


ofreció la función de su primera batalla con tal que viniesen a ayudar y detuviesen al marido. Tardé un rato en fijarme que sobre la mesilla de noche había también una agenda, y que allí constaban una serie de direcciones útiles, entre las cuales las del hospital. Hospital de Mrs.Grose, decía, Urgencias. Telefoneé. Me hice entender como pude. Pedí que enviasen una ambulancia. Tal vez Mrs. Grose todavía no estaba muerta. Después busque por todas partes las llaves del coche. Me sentía incapaz de quedarme allí ni un minuto más, ni tan solo un instante. Las encontre dentro del bolsillo del chándal que la Grose había dejado con otra ropa sobre una silla. Se que hice muy mal abandonando la casa sin esperar que viniesen del hospital, pero quedarme allá era superior a mis fuerzas. Me consta que esto, por desgracia, ha sido considerado un factor en mi contra. Pero no huía de la policía. Sino la avisé desde casa era porque no sabía como hacerlo, porque no era capaz de volver a entrar en mi habitación a buscar el número de emergencia de la guía. Huía del cuerpo ensangrentado de la Grose sobre mi cama y de la del cuerpo encamado y agónico, las lamentaciones del cual había oído a menudo durante aquellos días. Prefería pasar el resto de la noche a la intemperie que quedarme allá, aunque fuese oscura y negra y no supiese donde ir para buscar cobijo, antes de que se hiciese de día y pudiese hablar con el consulado para explicarle todo lo que me había


sucedido y pedirles ayuda. No es cierto que cogiese el coche de Mrs.Grose para irme hacia el aeropuerto con la intención de coger el primer avión que saliese para Barcelona. Es absurdo pensarlo. En mi habitación, donde estaba el cuerpo de Mrs.Grose, quedaban todas mis pertenencias, y estas conducían directamente a mi persona; también, en algún lugar de la casa encontrarían mi maleta, del asa de la cual colgaba una tarjeta con mi nombre y dirección. Siempre pensé en ir a la policía. Consideraba que no me podía pasar nada siendo inocente. Para mi desgracia, esta vez el coche de la Grose tenía gasolina. Digo por desgracia porque si me hubiese quedado en Four Roses todo habría sido seguramente más fácil. Cuando estaba a punto de dejar el camino asfaltado me crucé con la ambulancia. Tuve que hacer marcha atrás y buscar un lugar un poco más ancho para dejarla pasar. Los que iban dentro – un conductor y su acompañante – debían conocer el coche porque me preguntaron si venía de la casa de Mrs.Grose y que había pasado. Les entendí pero no me vi con fuerzas de contestarles en inglés y explicarles todo lo que había sucedido. Les pregunté si entendían el castellano. Uno de ellos lo hablaba. Era, me dijo, el médico que atendía a la vieja Mrs.Grose y que todos los sábados la visitaba acompañado por una enfermera. Alguien había telefoneado aquella madrugada al hospital solicitando un médico porque el estado de Mrs.Grose se había agravado. Tal vez ya estaba


muerta “llamé yo, llamé yo misma”, le dije, Pero no es la vieja señora la que estaba muerta, sino su sobrina, la Annie Grose”. - Se equivoca – me dijo – La Annie no es parienta de Mrs.Grose, es la persona que su hija contrató para atenderla durante los meses de verano, mientras ella estaba fuera, en Sidney, en casa de su hijo. Creo que en otra época trabajó en la casa, pero de eso, hace muchos años, pienso que de institutriz de la señorita Laura… - Es la Annie la que está muerta o a punto de morir: yo la he matado en defensa propia – le confesé. De aquella noche espantosa, no me acuerdo de nada más, creo que me desmayé. El cansancio y las pastillas mezcladas con la angustia debieron contribuir. Según me explicaron, hice el viaje de retorno a casa de Mrs.Grose – no de Annie Grove, pequeña pero fundamental diferencia – en la ambulancia. El médico, ante mi estado, optó por llevarme con el y comprobar si todo lo que le había explicado era cierto, antes de llamar a la policía. El caso Grove – y no Grose – ocupó páginas en los diarios británicos, y aunque hoy, a causa del terrorismo islámico, había más noticias que llevarse a la boca, y la serpiente del Ness parecía feliz en el fondo del lago, no dejaba de ser agosto, un mes de poca actividad informativa. Por eso, gracias a aquellas circunstancias, también mi nombre fue aireado sin ningún miramiento. En casi todos los medios se consideraba muy respetable la persona de


la señorita Grove, hija de un brigadista internacional que había luchado en la batalla del Ebro. Desde su jubilación de profesora en un colegio de los Estados Unidos, Mrs.Grove se hacía cargo, durante dos meses de verano de Mrs.Grose, al servicio de la cual había trabajado de jovencita. El equipo médico, que cada sábado visitaba a la señora, consideraba que estaba perfectamente atendida. Era cierto que Annie tenia que atarla a la cama, para que no intentase levantarse y caerse, cosa que ya había pasado más de una vez. Pero para atarla usaba unas correas de material ortopédico perfectamente homologadas y aprobadas por las autoridades sanitarias. De las atenciones que la empleada prodigaba a la señora, era una prueba el hecho de que una noche fue ella misma la que la llevó al hospital pensando en el hecho que el médico de urgencias no llegaría a tiempo. En todos los diarios se lamentaba la manera como la pobre Annie Grove tuvo que morir, apuñalada,, mejor dicho, tijereteada por una demente. ¡Así me consideran, ya lo ve!... Está bien claro que tenía, que tengo a todo el mundo en contra. Los ciudadanos de la Pérfida Albión continúan demostrando su animosidad contra nosotros Me dice usted que la página web de Mrs.Grose, en la cual encontré la información para el curso, no existe, y que nadie tiene idea si en el verano del 2004 llegó a Four Roses una chica francesa con tal de aprender ingles. Supongo que fue ella misma, la


Annie Grove, quien eliminó la referencia comprometedora una vez que su objetivo de reclamo se había completado, no fuese que la Laura Grose, la hija de la propietaria de la casa, se diese cuenta. Es bastante evidente que no le habría permitido duplicar la jornada laboral, atendiendo a su madre y al mismo tiempo dando clases. A mi favor hay que la señorita Laura solo permitió un año, que convidase durante unos cuantos días a alguna amiga para estar un poco más acompañada, especialmente durante el mes de agosto, cuando el servicio está de vacaciones. No fui yo esta amiga de la Grose, eso es bien cierto. También me tiene que ayudar el hecho de que ella se hiciese pasar delante de mi por la sobrina de la propietaria. Usted tendría que mirar si también se lo dijo a otra gente. Tal vez a sus compañeros de la escuela americana. En el pueblo de Lebanon en Nueva Inglaterra. En el Leyonard Bank, hice un ingreso del 50 % del importe del curso, como ya le he dicho. Hay que aclarar a nombre de quien estaba o está, si aún existe, el número de cuenta que medió. Tal vez lo único que me podría ayudar en e juicio serán los informes provenientes de la escuela. Ella misma me dijo que había sido acusada de malos tratos. Maté a la Grose – nunca me acostumbraré a escribir Grove, su verdadero apellido – porque creía que ella abusaría de mi y que después me mataría. Lo hice en defensa propia y se que usted me creerá. Murió en mi habitación no en la suya, razón de más


para deducir que fui yo la abordada, que fue ella la que entro en mi dormitorio y no yo en el suyo. Me dice usted que insinúe que actué sin saber lo que hacía, después de una pelea de amantes, que esto podía atenuar la condena, porque es muy difícil, casi imposible, que el juez crea que la Grose me mantenía secuestrada solo porque no aceptaba que me fuese sin acabar el curso, ni que intentase atropellarme. No puedo aportar más pruebas, solo tengo mi palabra. Ni tan solo la Jennifer me puede ayudar porque hablé con ella la primara semana, cuando la profesora todavía no había mostrado todas sus cartas de su locura. Era la locura, aquello que la llevaba a desdoblarse. Se que no es fácil que el juez lo reconozca, por más que la policía la vio vestida de hombre y usando los zancos que calzaba la noche en que murió. Busque, por favor, si otra gente estaba al corriente de la falsa existencia de Richard. Tal vez también se inventó el marido delante de la alumna francesa, el testimonio de la cual sería para mi importantísimo. Es muy probable que ella pasase las mismas humillaciones que yo, pero que se saliese. O no. O quizás no y su cadáver esté enterrado en el jardín…Si Jeremy existe, sino es igualmente producto de la mente enferma de la Grose, tal vez sepa alguna cosa. ¡Dios mío! ¡Ojala que en alguno de estos detalles, se encuentre la solución que me permita salir de aquí! He dicho toda la verdad sin cambiar un punto. Lo puedo jurar. Pero me temo mucho que la verdad en


este país de cínicos, el idioma del cual ya prueba hasta que punto lo son – una cosa es como pronuncian y otra bien diferente como escriben, un síntoma evidente de la doble moral de los ingleses – no me servirá de mucho. Tal vez sea mejor que me lo invente todo. Dime como hacerlo. Ayúdeme a buscar una coartada. No puedo más. Lo que quiero es salir de aquí. Se lo suplico. Tiene que conseguirlo. Tengo las horas contadas. El hecho de vivir en la enfermería no atenúa mis males, a pesar de que mi ingles, eso si, ha mejorado muchísimo. El otro día, incluso soñé en ese idioma, pero en medio del sueño apareció la Grose. ¡Que progresos más grandes, Laurita! –Me dijo desde el infierno – Aquí la espero, le guardo el sitio. No soy rica, ya lo sabe, pero tengo dinero para pagarme una buena defensa. Hágaselo saber a sus colegas ingleses, búsqueme el mejor defensor. A veces me vienen remordimientos, sobre todo cuando me veo con las tijeras en la mano y me contemplo clavándoselas al cuerpo de la Grose, una, dos, tres…hasta trece veces. Termino esta traducción el 6 de agosto de 2019, a las dos y media de la madrugada.


Profile for Guillermo de Castro

EL VERANO DEL INGLËS  

Me pregunta que se lo explique todo porque si no es así, no querrá encargarse del caso. Acepto su propuesta y le escribo empezando desde el...

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