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EL PEQUEÑO PRINCIPE Antoine de Saint – Exupéry Traducido por Guillermo de Castro

A León Wert Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una gran persona. Tengo una buena excusa: esta gran persona es el mejor amigo que tengo en el mundo. Tengo otra excusa: esta gran persona puede entenderlo todo, incluso los libros infantiles. Tengo una tercera excusa: Esta gran persona vive en Francia donde tiene hambre y frío. Necesita mucho ser consolada. Si todas estas excusas no son suficientes, quiero dedicar este libro al niño que ha sido en otro tiempo esta gran persona. Todas las grandes personas han sido primero niños. (Aunque pocas de ellas lo recuerdan) Corrijo pues mi dedicatoria: A León Werth, Cuando era un niño. 1 Cuando yo tenía seis años, vi una vez, una magnífica imagen, en un libro sobre la selva virgen que se llamaba Historias vividas. Representaba una


serpiente boa que se comía a un fauno. He aquí la copia del dibujo. Se decía en el libro: “Las serpientes boas se tragan a sus presas enteras, sin masticarlas. Después no se pueden mover y duermen durantes los seis meses que dura su digestión.” He reflexionado mucho sobre las aventuras en la jungla y, a la vez, he intentado con un lápiz de colores, a diseñar mi primer dibujo. Mi dibujo número 1. Era así: He mostrado mi original a personas mayores y les he pedido si mi dibujo les daba miedo. Y ellas me han respondido: “¿Por qué un sombrero tenía que dar miedo?” Mi dibujo no representaba un sombrero. Representaba una serpiente boa que digería un elefante. Entonces he dibujado el interior de la serpiente boa, para que las personas mayores pudiesen entenderlo. Aún así han necesitado explicaciones. Mi dibujo número 2 era así: Las personas mayores me han aconsejado de dejar de lado los dibujos de serpientes boas abiertas o cerradas, y interesarme mejor por la geografía, la historia, el cálculo o la gramática. Así fue como abandone a la edad de seis años una magnífica carrera de pintor. Había sido desanimado por el fracaso de mi dibujo número 1 y de mi dibujo número 2. Las personas mayores solas no entienden


nunca nada, y es cansado para los niños tener que darles siempre explicaciones… He debido elegir otro oficio y he aprendido a pilotar aviones. He volado un poco por todo el mundo. Y la geografía, es cierto, me ha servido de mucho. Sabía reconocer, al primer golpe de vista, la China de Arizona. Ha sido muy útil, si uno se pierde durante la noche. He tenido, en el transcurso de mi vida, montones de contactos con montones de gente seria. He vivido mucho con personas mayores. Las he visto muy de cerca. No ha mejorado mucho mi opinión. Cuando encontraba alguna que me parecía un poco lúcida yo hacía la prueba con ella de mi dibujo número 1, que siempre he conservado. Yo quería saber si era verdaderamente comprensiva. Pero siempre me respondía: “Es un sombrero.” Entonces no le hablaba ni de serpientes boas, ni de selvas vírgenes, ni de estrellas. Me ponía a su nivel. Le hablaba de bridge, de golf, de política o de corbatas. Y la persona mayor se ponía muy contenta al conocer a un hombre tan razonable… II Así que yo he vivido solo, sin nadie con quien hablar verdaderamente, hasta tener una avería en el desierto del Sahara, hace seis años. Algo se había roto en mi motor. Y como no llevaba conmigo a ningún mecánico ni pasajeros, me dispuse a intentar


conseguir, solo, ua difícil reparación. Para mi era una cuestión de vida o muerte. Tenía escasamente agua para ocho días. La primera noche me dormí sobre la arena a mil millas de cualquier tierra habitada. Estaba más aislado que un náufrago sobre una balsa en medio del océano. Imaginaos por tanto mi sorpresa, al nacer el día, cuando una especie de vocecilla me ha despertado. Decía:… “Por favor… ¡dibújame un cordero! - ¡Hey! - Dibújame un cordero…” Me puse en pie de un salto como si hubiese sido alcanzado por un rayo. Me froté los ojos. Miré bien. Y vi un hombrecillo extraordinario que me observaba seriamente. Este es el mejor esbozo que, más tarde, he conseguido hacer de el. Pero mi dibujo, a buen seguro, es mucho menos atractivo que el modelo. No es culpa mía. Había sido desanimado de mi carrera de pintor por los mayores, a la edad de seis años, y no aprendí a dibujar nada, excepto boas con las bocas cerradas y boas con las bocas abiertas. Yo miraba esta aparición con los ojos bien abiertos por la sorpresa. No olvidéis que me encontraba a mil millas de cualquier región habitada. Pero mi pequeño hombrecillo no parecía ni perdido, ni muerto de cansancio, ni muerto de hambre, ni muerto de sed ni muerto de miedo. No tenía para nada la apariencia de un niño perdido en medio del


desierto. A mil millas de cualquier región habitada. Cuando al final conseguí hablar, le dije: “Pero… ¿tu que haces aquí?” Y el me dijo entonces, con dulzura, como algo muy serio: “Por favor…dibújame un cordero…” Cuando el misterio es demasiado impresionante, uno no se atreve a desobedecer. Tan absurdo me parecía que eso se me apareciese a mil millas de cualquier lugar habitado y en peligro de muerte, que saqué de mi bolsillo una hoja de papel y una estilográfica. Pero recordé entonces que había estudiado sobretodo geografía, historia, cálculo y gramática y le dije al hombrecillo (con un poco de mal humor) que no sabía dibujar. El me contestó: “Da lo mismo. Dibújame un cordero.” Como nunca había dibujado un cordero hice, para el, uno de los dos únicos dibujos de los que era capaz. El de la boa con la boca cerrada. Y me quedé estupefacto oyendo al pequeño hombrecillo contestándome: “¡No! No quiero un elefante dentro de una boa. Una boa es muy peligrosa, y un elefante es muy voluminoso. En casa todo es muy pequeño. Necesito un cordero. Dibújame un cordero.” Entonces lo dibujé. Lo miró atentamente, y dijo: “¡No! Este está muy enfermo. Hazme otro.” Se lo dibujé: Mi amigo sonrió cariñosamente, con indulgencia:


“Míralo bien…no es un cordero, es un carnero. Tiene cuernos…” Rehice otra vez mi dibujo: Pero lo rechazó también, como los anteriores: “Este es demasiado viejo. Quiero un cordero que viva mucho tiempo.” Entonces, ya sin paciencia, como tenía prisa en empezar a desmontar mi motor, garrapateé este dibujo: Y le dije: “Esto es la caja. El cordero que quieres etá dentro.” Pero me quedé muy sorprendido al ver iluminarse la cara de mi joven juez: “¡Es justo lo que yo quería! ¿Crees que necesite mucha hierba este cordero? - ¿Por qué? - Porque mi casa es muy pequeña… - Seguro que bastará. Te he hecho un cordero pequeño.” El inclinó la cabeza hacia el dibujo: “No tan pequeño… ¡Mira! Se ha dormido…” Y así fue como conocí al pequeño príncipe. III Necesité mucho tiempo para entender de donde venía. El principito, que preguntaba tantas cosas, no parecía nunca entender las mías. Eran palabras pronunciadas al azar que, poco a poco, me lo han


revelado todo. Así que, cuando vio por primera vez mi avión (no dibujaré mi avión, es un dibujo demasiado complicado para mí), le preguntó: “¿Qué es esa cosa? - No es una cosa. Eso vuela. Es un avión. Es mi avión.” Y estuve orgulloso de enseñarle que volaba. Entonces el gritó: “¡Vaya! ¡Te has caído del cielo! - Si, le dije con modestia. -¡Ah! ¡Es gracioso!...” Y el principito lanzó una carcajada que me molestó mucho. Deseo que se tomen mis desgracias en serio. Después añadió: “¿Entonces tu también vienes del cielo? ¿De que planeta eres?” Yo entreví entonces un resplandor, en el misterio de su presencia, y bruscamente le pregunté: “¿Entonces tu vienes de otro planeta?” Pero no me contestó. Movió suavemente la cabeza mientras miraba mi avión: “Cierto es que, aquí arriba, no puedes venir de muy lejos…” Y se sumergió en un sueño que duró mucho tiempo. Después, sacando mi cordero de su bolsillo, se sumergió en la contemplación de su tesoro. Imaginaos lo intrigado que estaba por esta medio confidencia sobre “los otros planetas”, así que me esforcé en saber más:


“¿De donde vienes tu, hombrecillo? ¿Dónde está “tu casa”? ¿Dónde te quieres llevar mi cordero?” Me contestó después de un silencio meditado: “Está bien, con la caja que me has dado, por la noche, le servirá de casa. - Seguro. Y si eres amable, te daré también una cuerda para atarle durante el día. Y una estaca. La propuesta pareció chocar al principito: - “¿Atarle? ¡Que idea más absurda! - Pero sino le atas, el se marchará y se perderá.” Y mi amigo lanzó una nueva carcajada: “¡Pero donde quieres que se vaya…! - Da lo mismo. Hacia adelante…” Entonces el principito señaló muy serio: “¡Lo mismo da, es tan pequeña mi casa!” Y algo melancólico, tal vez, añadió: “Hacia delante no podrá ir muy lejos…” IV Yo había aprendido una segunda cosa muy importante: ¡que su planeta de origen no era mayor que una casa! Esto no podía sorprenderme demasiado. Yo sabía que aparte de los grandes planetas como la Tierra, Júpiter, Marte o Venus, a los que se ha dado nombre, hay otros centenares que son a veces tan pequeños que cuesta mucho verlos con un telescopio. Cuando un astrónomo descubre uno de ellos, le nombra con un número. Por ejemplo, le llama “asteroide 325”.


Tengo buenas razones para creer que el planeta de donde venía el principito era el asteroide B 612. Este asteroide solo ha sido visto una vez por telescopio, en 1909, por un astrónomo turco. Entonces hizo una gran demostración de su descubrimiento en un congreso internacional de astronomía. Pero nadie se lo creyó a causa del vestido. Los grandes personajes son así. Felizmente para la reputación del asteroide B 612, un dictador turco impuso a su pueblo, bajo pena de muerte, vestirse a la europea. El astrónomo repitió su demostración en 1920, con un traje muy elegante. Y esta vez todo el mundo le creyó. Si os he contado estos detalles sobre el asteroide B 612 y si os he revelado su número, es a causa de estos grandes personajes. A las personas mayores les gustan las cifras. Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os preguntan nunca sobre lo esencial. Ellos nunca os dicen: “¿Cuál es el sonido de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefiere? ¿Colecciona mariposas?” Os preguntan: “¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?” Solo entonces ellos creen conocerle. Si vosotros decís a las personas mayores: “He visto una bonita casa de ladrillos rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el techo…”, ellos no se imaginan esa casa. Hay que decirles: “He visto una casa de cien mil francos” Entonces ellos dirán: “¡Que bonita es!”


Así, si les decís, “la prueba de que el principito ha existido es que era encantador, que se reía y que quería un cordero. Cuando se quiere un cordero es la prueba de que se existe”, ¡ellos se encogerán de hombros y os tratarán como a un niño! Pero si les decís: “El planeta de donde venía es el asteroide B 612”, entonces estarán convencidos, y os dejarán tranquilos con sus preguntas. Ellos son así. No hace falta quererles. Los niños han de ser indulgentes con las personas mayores. Pero, seguro, ¡nosotros que entendemos la vida, nosotros nos burlamos de los números! Me hubiese gustado empezar esta historia como los cuentos de hadas. Me hubiese gustado decir: “Érase una vez un principito que habitaba en un planeta a penas mayor que el, y que necesitaba un amigo…” Para los que entienden la vida, así hubiese sido mucho mejor. Pues no quiero que se lea mi libro a la ligera. Me da pena contar estos recuerdos. Ya hace seis años que mi amigo se ha ido con su cordero. Si intento aquí describirle, es para no olvidarle. Es triste olvidar a un amigo. No todo el mundo ha tenido un amigo. Y me puedo volver como las personas mayores que solo se interesan por los números. Es por eso que me he comprado una caja de colores y de lápices. ¡Es duro tener que remitirse a los dibujos, a mi edad, cuando no se han hecho más tentativas que las de una boa con la boca abierta y una boa con la boca cerrada, a los seis años de edad! Seguro que


intentaré hacer los retratos lo más parecidos posibles. Aunque no estoy seguro de conseguirlo. Un dibujo es como es, y el otro no se parece en nada. Me equivoco también en la talla. En uno el principito es demasiado grande. En otro es demasiado pequeño. Lo intento también en el color de su traje. Estonces tanteo así y asá, a veces bien y a veces mal. Me equivocaré al final en ciertos detalles más importantes. Pero esto habrá que perdonármelo. Mi amigo no daba nunca explicaciones. Me creía tal vez parecido a el. Pero yo, desgraciadamente, no se ver borregos a través de las cajas. Soy un poco como las personas mayores. He debido envejecer. V Cada día aprendía algo sobre el planeta, sobre la partida, sobre el viaje. Llegaba suavemente, al filo de las reflexiones. Fue así que al tercer día conocí el drama de los baobabs. Esta vez también fue gracias al cordero, porque el principito me interrogó, como si tuviese una gran duda: “¿Es verdad que los corderos comen arbustos? - Si, es verdad. - ¡Ah! Estoy contento!” No entendí porque era tan importante que los corderos comiesen arbustos. Pero el principito añadió:


“¿O sea que también se comen los baobabs?” Yo le señalé al principito que los baobabs no son arbustos, sino árboles grandes como iglesias y que aunque el llevase consigo una manada de elefantes, esa manada no llegaría ni a la copa de un solo baobab. La idea de una manda de elefantes hizo que el principito se riese: “Habría que ponerlos los unos sobre los otros…” Pero señaló con buen juicio: “los baobabs antes de crecer, empiezan por ser pequeños. - ¡Exacto! ¿Pero por que quieres que tus corderos se coman los pequeños baobabs?” Me contestó: “¡Bien! ¿Veamos!”, como si se tratase de una evidencia. Y necesité hacer un gran esfuerzo intelectual para entender por mi mismo este problema. Y en verdad, en el planeta del principito, había como en todos los planetas, buenas y malas hierbas. Por tanto, buenas semillas de buenas hierbas y malas semillas de malas hierbas. Pero las semillas son invisibles. Duermen en el secreto de la tierra hasta que se le ocurre a una de ellas despertarse. Entonces se estira, y aflora primero tímidamente hacia el sol una pequeña ramita inofensiva. Si se trata de una ramita de rábano o de rosal, se la puede dejar crecer como quiera. Pero si se trata de una planta mala, hay que arrancarla en seguida, en cuanto se la reconoce. Entonces había semillas terribles en el planeta del


principito…eran las semillas de baobab. El suelo del planeta estaba infestado. Un baobab, si se deja mucho tiempo, ya no se puede uno desembarazar de el. Puebla todo el planeta. Y lo perfora con sus raíces. Y si el planeta es demasiado pequeño o si los baobabs son demasiado numerosos, lo hacen estallar. “Es una cuestión de disciplina, me diría más tarde el principito. Cuando se ha terminado la toilette de la mañana, hay que hacer con cuidado la toilette del planeta. Hay que obligarse regularmente a arrancar los baobabs desde que se los diferencia de los rosales, a los que se parecen mucho cuando son muy jóvenes. Es un trabajo muy pesado pero muy fácil.” Un día me aconsejó intentar conseguir un dibujo bonito, para que lo entendiesen bien los chicos de mi país. “Si un día viajasen, me decía, les podría ser útil. A veces no hay inconveniente en dejar para más tarde el trabajo, pero si se trata de baobabs, es siempre una catástrofe. Yo he conocido un planeta, habitado por un perezoso. El había descuidado tres arbustos…” Y a partir de las indicaciones del principito, dibujé ese planeta. No me gusta mucho usar el tono de un moralista. Pero el peligro de los baobabs es tan poco conocido, y los riesgos que corren los que se pierden en un asteroide son tan considerables que, por una vez, yo tuve en cuenta la excepción a mis reservas. Yo dije: “¡Niños! ¡Tened cuidado con los baobabs!” Era para advertir a mis amigos de un peligro que


corrían desde hacía tiempo, como yo mismo, sin saberlo, que he trabajado tanto este dibujo. La lección que yo daba valía la pena. Vosotros os preguntareis tal vez: ¿Por qué no hay en este libro otros dibujos tan grandes como los dibujos del baobab? La respuesta es bien sencilla: Lo he probado pero no lo he podido conseguir. Cuando he dibujado a los baobabs estaba poseído por el sentimiento de la urgencia. VI ¡Ah! Principito, he entendido, poco a poco, también, tu pequeña vida melancólica. No habías tenido por distracción durante mucho tiempo nada más que la dulzura de las puestas de sol. Aprendí este nuevo detalle, el cuarto día por la mañana, cuando me dijiste: “Me gustan las puestas de so. Vamos a ver una puesta de sol… - Tenemos que esperar… - ¿Esperar que? - Esperar que el sol se ponga.” Tú tuviste primero una gran sorpresa, y después te has reído de ti mismo. Y me dijiste: “¡Creía estar en mi casa!” En efecto. Cuando es mediodía en los Estados Unidos, el sol, todo el mundo lo sabe, se pone en Francia. Bastaría poder ir a Francia en un minuto para poder asistir a la puesta del sol.


Desgraciadamente Francia está demasiado alejada. Pero, en tu pequeño planeta, te bastaría adelantar solo unos pasos tu silla. Y verías el crepúsculo cada vez que lo deseases… “¡Un día yo he visto ponerse el sol cuarenta y cuatro veces!” Y algo más tarde añadías: “Sabes…cuando se está tan triste gusta ver las puestas de sol… - ¿Los días de cuarenta y cuatro veces tu estabas tan triste?” Pero el principito no contestó. VII El quinto día, siempre gracias al cordero, el secreto de la vida del principito me fue revelado. Me pidió con brusquedad, sin preámbulos, como el fruto de un problema largo tiempo meditado en silencio: “¿Un cordero, si come arbustos, también se come las flores? - Un cordero come todo lo que se encuentra. - ¿Incluso las flores que llevan espinas? - Si, incluso las flores que tienen espinas. - Entonces, ¿las espinas para que sirven?” No lo sabía. Entonces estaba muy ocupado en desenroscar un tornillo demasiado apretado en mi motor. Estaba muy preocupado pues mi avería empezaba a parecerme muy grave, y el agua para beber que se iba agotando me hacía temer lo peor.


“¿De que sirven las espinas?” El principito nunca renunciaba a una pregunta, una vez la había formulado. Yo estaba enfadado con mi tornillo y le contesté cualquier cosa: “¡Las espinas no sirven para nada, es pura maldad de las flores! - ¡Oh!” Pero después de un silencio, me dijo, con una especie de rencor: “¡No te creo! Las flores son débiles. Son infantiles. Se aseguran como pueden. Se creen terribles con sus espinas…” Yo no le contesté nada. En ese momento yo me decía: “Si este tornillo se me resiste todavía, lo sacaré de un martillazo.” El principito distrajo de nuevo mis pensamientos: “Tu aún crees que las flores… - ¡No! ¡No! ¡No creo nada! He contestado cualquier cosa. ¡A mi me preocupan cosas serias!” Me miró estupefacto. “¡Cosas serias!” Me veía, martillo en mano y con los dedos negros de grasa, volcado sobre un objeto que le parecía muy feo. “¡Hablas como las personas mayores!” Esto me dio un poco de vergüenza. Pero sin piedad añadió: “¡Confundes todo…lo mezclas todo!” Estaba verdaderamente enfadado. Sacudía al viento sus dorados cabellos:


“Conozco un planeta donde hay un señor carmesí. Nunca ha olido una flor. Nunca ha visto una estrella. Nunca ha querido a nadie. No ha hecho otra cosa que sumas. Y siempre repite como tu: ¡Soy un hombre serio! Y eso le hace henchirse de orgullo. Pero no es un hombre, ¡es un champiñón! - ¿Qué es? - ¡Un champiñón! El principito entonces estaba pálido de cólera. “Hace millones de años que las flores fabrican espinas. Hace millones de años que los corderos se comen incluso las flores. ¿Y no es serio intentar comprender porque se preocupan tanto en fabricar espinas que no sirven nunca para nada? ¿No es importante la guerra entre los corderos y las flores? ¿No es más serio y más importante que las sumas de un señor gordo y rojo? ¡Y si yo conozco una única flor en el mundo, que no existe en parte alguna salvo en mi planeta, y un pequeño cordero puede aniquilar de un solo golpe una mañana, sin darse cuenta de lo que hace, esto no es importante!” Enrojece y después sigue: “Si alguien ama una flor de la que existe solo un ejemplar entre los millones y millones de estrellas. Eso basta para ser feliz cuando las mira. El se dice: “Mi flor está en alguna parte…” ¡pero si el cordero se come la flor, es para el como si, bruscamente, se apagasen todas las estrellas! ¡Y eso no es importante!”


Y no pudo decir nada más. Estalló bruscamente en sollozos. La noche había caído. Yo había dejado mis herramientas. Me burlaba de mi martillo, de mi tornillo, de la sed y de la muerte. ¡Había sobre una estrella, en un planeta, el mío, la Tierra, un principito a quien consolar! Le cogí en brazos. Le acuné. Le dije: “la flor que tu quieres no está en peligro… Le dibujaré un bozal a tu cordero…Dibujaré una armadura para tu flor…Yo…” No sabía bien que decir. Me sentía muy torpe. No sabía como llegarle o como juntarme… ¡Es tan misterioso el país de las lágrimas! VIII He aprendido muy deprisa a conocer esa flor. Siempre había habido en el planeta del principito flores muy sencillas, adornadas por una sola fila de pétalos, que no ocupaban casi sitio y no molestaban a nadie. Aparecían una mañana en la hierba y se extinguían por la noche. Pero esta había germinado un día, de una semilla nadie sabe de donde, y el principito había vigilado muy de cerca esta ramita que no se parecía a las otras ramitas. Podría ser una nueva raza de baobab. Pero el arbusto cesó pronto de crecer y empezó a prepara una flor. El principito que asistía al desarrollo de un enorme botón, notaba mucho que saldría una aparición milagrosa, pero la flor no acababa de prepararse a ser bella, al abrigo de su verde cámara. Elegía con cuidado sus colores.


Se vestía lentamente, ajustando uno a uno sus pétalos. No quería aparecer arrugada como las margaritas. Solo quería aparecer radiante en toda su belleza. ¡Eh!, si. ¡Era muy coqueta! Su misteriosa toilette había durado días y días. Y he aquí que una mañana, justamente a la hora de salir el sol, se mostró. Y ella, que había trabajado con tanta precisión, dijo bostezando: “¡Ah! Me acabo de despertar…Os pido perdón… Aún estoy despeinada…” El principito, entonces, no pudo contener su admiración: “¡Que bella eres! No, no es eso, respondió dulcemente la flor. He nacido al mismo tiempo que el sol…” El principito adivinó que no era muy modesta, pero ¡era tan encantadora! “Creo que es la hora del desayuno, había dicho en seguida, tendría la bondad de pensar en mi…” Y el principito, confundido, había ido a buscar una regadera de agua fresca, y se la había servido a la flor. Bien pronto le había atormentado por su vanidad algo desconfiada. Un día, por ejemplo, hablando de sus cuatro espinas, ella le había dicho al principito: “¡Ya pueden venir los tigres con sus garras! - No hay tigres en mi planeta, objetó el principito, y además los tigres no comen hierba.


- Yo no soy una hierba, respondió dulcemente la flor. - Perdóneme… - No temo nada de los tigres, pero tengo horror a las corrientes de aire. ¿No tendría un biombo?” “Horror a las corrientes de aire… no es bueno para una planta, observó el principito. Esta flor es bien complicada…” “Por la noche me pondréis bajo un globo. Hace mucho frío en su casa. Está mal instalada. De donde yo vengo…” Pero se interrumpió. Ella había llegado bajo la forma de una simiente. No había podido conocer otros mundos. Humillada por haberse dejado sorprender preparando una mentira tan infantil, había tosido dos o tres veces, para llevar al principito a su terreno: “¿Ese biombo?... - ¡Lo iba a buscar pero me estabas hablando!” Entonces ella había forzado su tos para que tuviese, por lo menos, remordimientos. Así que el principito, a pesar de la buena voluntad de su amor, había empezado a dudar de ella. Se había tomado en serio palabras sin importancia y se había tornado muy desgraciado. “No habría tenido que escucharla, me confió un día, no hay que escuchar nunca a las flores. Hay que mirarlas y olerlas. La mía impregnaba de olor mi planeta pero yo no sabía disfrutarlo. Esta historia de


las garras, que me había puesto nervioso, debía haberme enternecido…” Todavía me dijo: “¡No he sabido comprenderla! Tendría que haberla juzgado por sus actos y no por sus palabras. Me invadía y me iluminaba. ¡No tendría que haber huido! Hubiese debido adivinar su ternura detrás de sus pobres astucias. ¡Las flores son tan contradictorias! Pero yo era demasiado joven para saber amar.” IX Creo que el se aprovechó, para su evasión, de una emigración de pájaros salvajes. La mañana de su partida ordenó bien su planeta. Deshollinó cuidadosamente sus volcanes en actividad. Tenía dos volcanes en actividad. Eran muy útiles para calentar el desayuno por las mañanas. También tenía un volcán extinguido. Pero como el decía: “¡Nunca se sabe!” También deshollino el volcán extinto. Si están bien deshollinados, los volcanes arden suave y regularmente, sin erupciones. Las erupciones volcánicas son como los fuegos de las chimeneas. Evidentemente en nuestro mundo somos demasiado pequeños para deshollinar nuestros volcanes. Es por eso que nos causan tantas molestias. El principito arrancó también con algo de melancolía, los últimos brotes de los baobabs. Se creía que nunca más tenía que volver. Pero todos


esos trabajos familiares le parecieron esa mañana extremadamente dulces. Y cuando regó por última vez la flor, se dispuso a ponerla al abrigo bajo su globo, le entraron ganas de llorar. “Adiós”, le dijo a la flor. Pero ella no le contestó. “Adiós”, repitió. La flor tosió. Pero no era por su resfriado. “He sido tonta, le dijo al final. Te pido perdón, Intenta ser feliz.” Se quedó sorprendido por la ausencia de reproches. Se quedó desconcertado, con el globo en el aire. No entendía esta dulzura tranquila. “Si, te quiero, le dijo la flor. Nunca lo has sabido, por culpa mía. No tiene ninguna importancia. Pero tú has sido tan tonto como yo. Intenta ser feliz…Deja ese globo tranquilo. Ya no lo quiero. - Pero el viento… - No estoy tan resfriada como eso…El aire fresco de la noche me irá bien. Soy una flor. - Pero los animales… - Es necesario que soporte dos o tres orugas si quiero conocer mariposas. Parece que es tan hermoso. ¿Sino quien me visitará? Tu estarás lejos. En cuanto a los animales grandes, no temo nada. Tengo mis garras.” Y ella mostraba inocentemente sus cuatro espinas. Después añadió: “No te entretengas, me pone nerviosa. Has decidido irte. Vete.”


Ella no quería que la viese llorar. Era una flor tan orgullosa… X Se encontraba en la región de los asteroides 325, 326, 327, 328, 329 y 330. Empezó por visitarlos para buscar un trabajo y para instruirse. El primero estaba habitado por un rey. El rey se sentaba, vestido de púrpura y de armiño, sobre un trono muy sencillo y sin embargo majestuoso. “¡Ah! ¡He aquí alguien!”, gritó el rey cuando apercibió al principito. Y el principito se preguntó: ¿Cómo me puede reconocer si nunca me ha visto antes?” No sabía que para los reyes el mundo era muy simple. Todos los hombres eran súbditos. “Acércate que te vea mejor”, le dijo el rey orgulloso de ser el rey para alguien. El principito busco algún lugar donde sentarse, pero todo el planeta estaba cubierto por la magnífica capa de armiño. Se quedo de pie y como estaba cansado, bostezó. “Va contra la etiqueta bostezar en presencia de un rey, le dijo el monarca. Te lo prohíbo. - No puedo evitarlo, contestó el principito confundido, He hecho un largo viaje y no he dormido…


- Entonces te ordeno bostezar. Hace años que no he visto a nadie bostezar. Los bostezos son para mi curiosidades. ¡Venga! Bosteza más. Es una orden. - Me asusta…no puedo…dijo el principito enrojeciendo. - ¡Hum! ¡Hum! Contestó el rey. Entonces…te ordeno que bosteces o que…” Farfullaba un poco y parecía contrariado. Pues el rey deseaba especialmente que su autoridad fuese respetada. No toleraba la desobediencia. Era un rey absolutista. Pero como era muy bueno, daba órdenes razonables. “Si yo mandase, decía con frecuencia, si yo mandase a un general convertirse en pájaro de mar, si el general no obedeciese, no sería culpa del general. Sería culpa mía.” “¿Puedo sentarme? Preguntó tímidamente el principito. - Te ordeno que te sientes”, le contestó el rey, que sacudió majestuosamente un faldón de su abrigo de armiño. Pero el principito se asombró. El planeta era minúsculo. ¿Sobre que reinaría el rey? “Sire, le dijo…os pido perdón por preguntaros… - Te ordeno que me preguntes, se apresuró a decir el rey. - Sire… ¿sobre que reináis? - Sobre todo, respondió el rey con una gran sencillez. - ¿Sobre todo?


El rey con un discreto gesto señaló el planeta, los otros planetas y las estrellas. “¿Sobre todo esto? Dijo el principito. - Sobre todo esto…” respondió el rey. Pues no solo era un monarca absolutista sino que era un monarca universal. “¿Y os obedecen las estrellas? - Seguro, le dijo el rey. Ellas también obedecen. No tolero la indisciplina.” Tal poder maravilló al principito. Si el lo hubiese detentado habría podido asistir no a cuarenta y cuatro, ¡sino a setenta y dos, a cien, o incluso a doscientas puestas de sol en el mismo día, sin tener que moverse de la silla! Y como estaba un poco triste con motivo de recordar su pequeño planeta abandonado, se atrevió a solicitar una gracia al rey: “Querría ver una puesta de sol… Hágame el favor…ordene al sol que se ponga… - Si yo ordenase a un general volar de flor en flor como una mariposa, o escribir una tragedia, o convertirse en pájaro de mar, y si el general no ejecutase la orden recibida, ¿quien, entre el y yo, estaría equivocado? - Seríais vos, dijo con firmeza el principito. - Exacto. Hay que exigirle a cada uno lo que cada uno puede dar, retomó el rey. La autoridad descansa ante todo en la razón. Si ordenas a tu pueblo de tirarse al mar, hará una revolución. Tengo el deber de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.


- ¿Entonces, mi puesta de sol?, le recordó el principito que nunca olvidaba una pregunta cuando la había formulado. - Tendrás tu puesta de sol. Yo la exigiré. Pero esperaré, con mi sabiduría de gobernador, a que las condiciones sean favorables. -¿Cuándo será eso?, se informó el principito. -¡Hem! ¡Hem! Le respondió el rey, que antes consultó un gran calendario, ¡hem! ¡hem! Será, hacia…hacia… ¡será esta noche hacia las siete cuarenta! Verás como seré obedecido.” El principito bostezó. Echaba de menos su puesta de sol fallida. Y después se aburría ya un poco: “Ya no tengo nada más que hacer aquí, le dijo al rey. ¡Voy a marcharme! - No te vayas, contestó el rey que estaba tan orgulloso de tener un súbdito. No te vayas, ¡Te hago ministro! - ¿Ministro de que? - De… ¡de justicia! - Pero, ¡si no hay nadie a quien juzgar! - Nunca se sabe, le dijo el rey. Todavía no he hecho la vuelta por mi reino. Soy muy viejo, y no tengo sitio para una carroza, y me canso de andar. -¡Oh!, pero ya lo he visto, dijo el principito que se inclinó para dar un vistazo al otro lado del planeta. Tampoco hay nadie allí… - Pues te juzgarás tu mismo, le contestó el rey. Es lo más difícil. Es más difícil juzgarse a si mismo que


juzgar a otro. Si consigues juzgarte bien, es que eres un verdadero sabio. - Yo, dijo el principito, puedo juzgarme en cualquier parte. No tengo necesidad de vivir aquí. - ¡Hem! ¡Hem! dijo el rey. Creo que en mi planeta hay en alguna parte un viejo ratón. Lo oigo por la noche. Podrás juzgar a ese viejo ratón. Le condenarás a muerte de vez en cuando. Así su vida dependerá de tu justicia. Pero le indultarás cada vez para economizar. Solo hay uno. - A mí, respondió el principito, no me gusta condenar a muerte, y creo que me voy. - No”, dijo el rey. Pero el principito, habiendo terminado sus preparativos, no quiso apenar al viejo monarca: “Si vuestra Majestad desease ser obedecido puntualmente, me podría dar una orden razonable. Podría ordenarme, por ejemplo, de marcharme antes de un minuto. Me parece que las condiciones son favorables…” El rey no contestó, y el principito lo intentó, primero, y después, suspirando, comenzó la partida… “Te hago mi embajador”, se apresuró entonces a gritar el rey. Tenía un aspecto de gran autoridad. “Las personas mayores son bien raras”, se dijo el principito asimismo, durante su viaje. XI


El segundo planeta estaba habitado por un vanidoso: “¡Ah! ¡Ah! ¡He aquí la visita de un admirador!” grito de lejos el vanidoso en cuanto apercibió al principito. Pues para los vanidosos, los otros hombres son admiradores “Buenos días, dijo el principito. Tiene usted un gracioso sombrero. - Es para saludar, le respondió el vanidoso. Es para saludar cuando se me aclama. Desgraciadamente no pasa nadie por aquí nunca. - ¿Ah, si? Dijo el principito que no lo entendía. - Golpea tus manos una contra la otra”, le aconsejó el vanidoso. El principito golpeó sus manos una contra la otra. El vanidoso saludó modestamente levantando su sombrero “Esto es más divertido que la visita al rey”, se dijo asimismo el principito. Y empezó a pegar con las manos la una contra la otra. El vanidoso recomenzó a saludar levantando su sombrero. Después de cinco minutos de ejercicio el principito se fatigó por la monotonía del juego: “Y para que el sobrero caiga, preguntó el, ¿que es lo que hay que hacer?” Pero el vanidoso no le entendió. Los vanidosos solo entienden las alabanzas. “¿Es que me admiras mucho verdaderamente? Le preguntó al pequeño príncipe.


- Que es lo que significa “admirar”? ¿Admirar significa reconocer que yo soy el hombre más hermoso, le mejor vestido, el más rico y el más inteligente del planeta. -¡Pero si tu estás solo en tu planeta! - Hazme este favor. Admírame a pesar de eso. - Te admiro, le dijo el principito, levantando algo los hombros, ¿pero en que te puede interesar esto?” El principito se marchó. “Las personas mayores decididamente son bien extrañas”, se dijo simplemente asimismo durante su viaje. XII El siguiente planeta estaba habitado por un bebedor. Esta visita fue muy corta pero ello hundió al principito en una gran melancolía: “¿Qué haces tu aquí? Le dijo al bebedor, al que encontró en silencio instalado ante una colección de botellas vacías y una colección de botellas llenas. - Bebo, contestó el bebedor con un aire lúgubre. - ¿Por qué bebes? Le preguntó el pequeño príncipe. - Para olvidar, respondió el bebedor. - ¿Para olvidar el que? Inquirió el principito que ya le compadecía. - Para olvidar que tengo vergüenza, confesó el bebedor bajando la cabeza.


- ¿Vergüenza de que, se informa el principito que deseaba socorrerle. - ¡Vergüenza de beber!” acabó el bebedor que se encerró definitivamente en el silencio. Y el pequeño príncipe se fue perplejo. “Las personas mayores decididamente son muy, muy raras”, se decía el mismo durante el viaje. XIII El cuarto planeta era el de un hombre de negocios. Este hombre estaba tan ocupado que ni siquiera levantó la visita a la llegada del principito. “Buenos días, le dijo este. Vuestro cigarrillo está apagado. - Tres y dos son cinco. Cinco y siete, doce. Doce y tres quince. Buenos días. Quince y siete veintidós. Veintidós y seis veintiocho. No tengo tiempo de encenderlo. Veintiséis y cinco treinta y uno ¡Ouf! Esto suma quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. -¿Quinientos millones de que? - ¿Hein? ¿Aún estás aquí? Quinientos un millones de… no se de que… ¡tengo tanto trabajo! ¡Soy serio, yo, no me divierto con tonterías! Dos y cinco siete… - ¿Quinientos un millones de que?” repitió el principito que nunca en su vida había renunciado a una pregunta una vez la había formulado. El hombre de negocios levantó la cabeza:


“Después de cincuenta y cuatro años que vivo en este planeta, solo he sido molestado tres veces. La primera vez fue hace veintidós años por un abejorro que llegó Dios sabe de donde. Producía un ruido espantoso, y tuve cuatro errores en una suma. La segunda vez fue hace once años, por un ataque de reumatismo. Estaba falto de ejercicio. No tengo tiempo de gandulear. Yo soy serio. La tercera vez… ¡hela aquí! Decía pues que quinientos un millón… - Millones de que?” El hombre de negocios comprendió que no tenía salida: “Millones de esas pequeñas cosas que a veces se ven en el cielo. - ¿Moscas? - No; pequeñas cosas que brillan. - ¿Abejas? - No. Pequeñas cosas doradas que hacen soñar despiertos a los holgazanes. ¡Pero yo soy serio! No tengo tiempo de holgazanear. - ¡Ah! ¿Estrellas? - Así es. Estrellas. -¿Y que haces con quinientos millones de estrellas? - Quinientos un millones seiscientas veintidós mil setecientas treinta y una. Yo soy serio y soy preciso. - ¿Y que haces con esas estrellas? - ¿Qué hago? - Si. - Nada. Las poseo.


- ¿Tu posees las estrellas? - Si. - Pero yo ya he visto un rey que… - Los reyes no poseen. “Reinan” sobre. Es muy diferente. - ¿Y para que te sirve poseer las estrellas? - Me sirve para ser rico. - ¿Y de que te sirve ser rico? - Para comprar otras estrellas, si se encuentra alguna.” “Este, se dijo asimismo el principito, razona un poco como mi borracho.” Pero todavía tenía algunas preguntas: “¿Cómo se pueden poseer las estrellas? - ¿De quien son?, contestó, gruñendo, el hombre de negocios. - No lo se. A nadie. - Entonces son mías, porque yo lo he pensado primero. - ¿Con eso basta? - Seguro. Cuando tú te encuentras un diamante que no es de nadie, es tuyo. Cuando encuentras una isla que no es de nadie, es tuya. Cuando tienes una idea el primero, tú la patentas: es tuya. Y yo poseo las estrellas porque jamás nadie antes que yo ha soñado poseerlas. - Eso es cierto, dijo el principito. ¿Y que haces con ellas?


- Las administro. Las cuento y las recuento, dijo el hombre de negocios. Es difícil. ¡Pero yo soy un hombre serio! El principito todavía no estaba satisfecho. “Yo, si tengo un foulard, puedo ponérmelo alrededor del cuello y llevarlo. Yo, si poseo una flor puedo coger mi flor y llevármela. ¡Pero tú no puedes coger las estrellas! - No, pero las puedo meter en un banco. - ¿Y eso que quiere decir? - Eso quiere decir que escribo en un papel el número de mis estrellas. Y después encierro con llave ese papel en un cajón. -¿Y eso es todo? - ¡Me basta!” “Es divertido, pensó el principito. Es bastante poético. Pero no es serio.” El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy distintas de las ideas de las personas mayores. “, Yo, dijo aún, poseo una flor que riego todos los días. Poseo tres volcanes que deshollino todas las semanas. Incluso deshollino el que está extinguido. Nunca se sabe. Es útil para mis volcanes, es útil para mi flor, el que yo las posea. Pero tu no eres útil a las estrellas…” El hombre de negocios abrió la boca pero no encontró palabras para contestar, y el principito se fue. “Las personas mayores decididamente son extraordinarias”, se decía asimismo durante el viaje.


XIV El quinto planeta era muy curioso. Era el más pequeño de todos. Tenía justo sitio para alojar un farol y un farolero. El principito no conseguía explicarse para que pudieran servir, en alguna parte del cielo, sobre un planeta sin casa ni pueblo, un farol y un farolero. Sin embargo, se dijo asimismo: “Tal vez este hombre sea absurdo. Aunque menos absurdo que el rey, que el vanidoso, que el hombre de negocios y que el bebedor. Por lo menos su trabajo tiene un sentido. Cuando enciende su farol, es como si hiciese nacer una estrella de más, o una flor. Cuando apaga su farol, duerme la flor o la estrella. Es un trabajo muy bonito. Es verdaderamente útil puesto que es bonito” Cuando abordó el planeta, saludó respetuosamente al farolero: “Buenos días. ¿Por qué acabas de apagar tu farol? - Es la consigna, respondió el farolero. Buenos días. - ¿Qué es la consigna? - La de apagar mi farol. Buenas noches” Y la volvió a encender. - ¿Pero por que acabas de encenderla? - Es la consigna, dijo el farolero. - No lo entiendo, dijo el principito. - No hay nada que entender, dijo el farolero. La consigna es la consigna. Buenos días”


Y apagó su farol. Después se enjugó la frente con un pañuelo a cuadros rojos. “Tengo un trabajo terrible. Antes era razonable. Apagaba por las mañanas y encendía por las noches. Tenía el resto del día, para descansar y el resto de la noche para dormir… - ¿Y después de esa época, ha cambiado la consigna? - La consigna no ha cambiado, dijo el farolero. ¡Ese es el drama! ¡El planeta, de año en año, ha girado cada vez más deprisa, pero la consigna no ha cambiado! - ¡Y entonces?, dijo el principito. - Entonces, mientras da una vuelta por minuto, no tengo ni un segundo de reposo. ¡Enciendo y apago una vez cada minuto! - ¡Es curioso! ¡Los días aquí duran un minuto! - No es curioso del todo, dijo el farolero. Hace ya un mes que estamos hablando juntos. - ¿Un mes? - Si. ¡Treinta minutos! ¡Treinta días! Buenas noches” - Y volvió a encender su farol. El principito le miró y quiso a este farolero que era tan fiel a la consigna. Se acordó de las puestas de sol que el mismo iba, en otro momento, a buscar, apartando la silla. Quiso ayudar a su amigo: - ¿Sabes?...conozco un medio de que descanses cuando quieras…


- Lo quiero”, dijo el farolero. Pues se puede ser, a la vez, fiel y perezoso. El principito prosiguió: “Tu planeta es tan pequeño que tu le das la vuelta en tres zancadas. Solo debes ir más despacio para seguir estando en el sol. Cuando quieras descansar, andarás… y el día durará tanto tiempo como quieras. - Esto no me soluciona gran cosa, dijo el farolero. Lo que más me gusta en la vida es dormir. - Es una lástima, dijo el principito. - Es una lástima, dijo el farolero. Buenas noches. Y apagó su farol. “Este, se dijo el principito. Mientras seguía su viaje más lejos, este será despreciado por todos los otros, por el rey, por el vanidoso, por el bebedor, por el hombre de negocios. Sin embargo es el único que no me ha parecido ridículo. Tal vez sea porque se ocupa de algo más que de si mismo.” Suspiró con pena y se dijo: “Este es el único que ha podido ser mi amigo. Pero su planeta es demasiado pequeño. No hay sitio para dos…” ¡Lo que el principito no quería confesar era que echaba de menos este bendito planeta sobretodo con motivo de sus mil cuatrocientas cuarenta puestas de sol cada veinticuatro horas! XV


El sexto planeta era un planeta diez veces más grande. Estaba habitado por un anciano que escribía enormes libros. “¡Mira! ¡He aquí un explorador!, exclamó cuando vio al principito. El principito se sentó en una mesa y resopló un poco. ¡Había viajado tanto! “¿De donde vienes?, le dijo el anciano. - ¿Qué gran libro es ese?, le dijo el principito. ¿Qué hace usted aquí? - Yo soy geógrafo, dijo el anciano. - ¿Qué es un geógrafo? - Es un sabio que sabe donde se encuentran los mares, los ríos, las ciudades, las montañas y los desiertos. - Eso es muy interesante, dijo el principito. ¡Por fin es un verdadero trabajo! Y echó un vistazo alrededor suyo por el planeta del geógrafo. Nunca había visto un planeta tan majestuoso. - Es muy hermoso vuestro planeta. ¿Tiene océanos? - No puedo saberlo, dijo el geógrafo. -¡Ah! El principito estaba decepcionado. ¿Y montañas? - No puedo saberlo, dijo el geógrafo. - ¿Y ciudades, ríos y desiertos? - Tampoco puedo saberlo, dijo el geógrafo. - ¡Pero sois geógrafo! - Exactamente, dijo el geógrafo, pero no soy explorador. No tengo exploradores. No es el


geógrafo el que hace el recuento de las ciudades, de los ríos, de las montañas, de los mares, de los océanos y de los desiertos. El geógrafo es demasiado importante para holgazanear. Nunca abandona su despacho. Pero recibe a los exploradores. Y les interroga y toma nota de sus recuerdos. Y si los recuerdos de alguno de ellos le parece interesante, el geógrafo hace una encuesta sobre la moralidad del explorador. - ¿Para que? - Porque un explorador que mintiese supondría una catástrofe en los libros de geografía. Lo mismo que un explorador que bebiese demasiado. -¿Y eso, por que?, dijo el principito. - Porque los borrachos ven doble. Entonces el geógrafo anotaría dos montañas allí donde solo había una. - Conozco a alguien que será un mal explorador. - Es posible. Entonces, si la moralidad del explorador parece buena, se hace una encuesta sobre su descubrimiento. - ¿Vamos a verlo? - No. Es demasiado complicado. Pero se exige al explorador que aporte pruebas. Si se trata, por ejemplo, del descubrimiento de una gran montaña, se exige que el aporte grandes piedras.” Y el geógrafo, abriendo su registro, sacó punta a su lápiz. Se toma nota, primero a lápiz, de las descripciones de los exploradores. Se espera, para


tomar nota con tinta, que el explorador haya aportado las pruebas. “¿Entonces? Preguntó el geógrafo. - ¡Oh! Mi casa, dijo el principito, no es muy interesante, es muy pequeña. Tengo tres volcanes. Dos en actividad, y un volcán extinguido. Pero nunca se sabe. - Nunca se sabe, dijo el geógrafo. - También tengo una flor. - No tomamos nota de las flores, dijo el geógrafo. - ¿Por qué? ¡Es lo más bonito! - Porque las flores son efímeras. - ¿Qué significa “efímero”? - Las geografías, dijo el geógrafo, son los libros más serios de todos los libros. Nunca pasan de moda. Es muy raro que una montaña cambie de sitio. Es muy raro que un océano se vacíe de agua. Escribimos cosas eternas. - Pero los volcanes extintos pueden despertarse, interrumpió el principito. ¿Qué significa “efímero”? - Que los volcanes estén extinguidos o estén despiertos, a nosotros nos da lo mismo, dijo el geógrafo. Lo que cuenta para nosotros es la montaña. Esa no cambia. - ¿Pero que significa “efímero”? repetía el principito, que en toda su vida había renunciado a una pregunta, una vez la había formulado. - Significa “que está amenazado por su próxima desaparición”.


- ¿Mi flor está amenazada por una próxima desaparición? - Seguro.” - Mi flor es efímera, se dijo el principito, ¡y solo tiene cuatro espinas para defenderse contra el mundo! ¡Y la he dejado sola en mi casa!” Aquí tuvo su primer movimiento de disgusto. Pero repitió con valor: “¿Qué me aconsejáis que visite?, preguntó. - El planeta Tierra, le contestó el geógrafo. Tiene una buena reputación…” Y el principito se marchó, soñando con su flor. XVI Así que el próximo planeta fue la Tierra. ¡La Tierra no es un planeta cualquiera! Cuenta con ciento once reyes (sin olvidar, por descontado, los reyes negros), siete mil geógrafos, novecientos mil hombres de negocios, siete millones y medio de borrachos, trescientos once millones de vanidosos, es decir, mas o menos, dos mil millones de personas mayores. Para que os deis una idea de las dimensiones de la Tierra os diré que antes de la invención de la electricidad había que mantener, en el conjunto de los seis continentes, un verdadero ejército de cuatrocientos sesenta y dos mil quinientos once faroleros.


Visto desde lejos esto tenía un espléndido efecto. Los movimientos de este ejército estaban regulados como los de un ballet de ópera. Primero llegaba el turno de los faroleros de Nueva Zelanda y de Australia. Después estos, habiendo encendido sus lámparas, se iban a dormir. Entonces entraban a su vez en el baile los faroleros de China y de Siberia. Después también ellos se escamoteaban por los pasillos. Llegaba entonces el turno de los faroleros de Rusia y de las Indias. Tras estos, los de África y de Europa. Después los de América del Sur. Después los de América del Norte. Y nunca se equivocaban en el orden de entrar en escena. Era grandioso. Solo, el farolero del único farol del polo Norte y su compañero, del único farol del polo Sur, llevaban caminos de ocio y de indolencia: Trabajaban dos veces al año. XVII Cuando se quiere ser ingenioso se puede llegar a mentir un poco. No he sido del todo honesto hablándoos de los faroleros. Me arriesgo a dar una idea falsa de nuestro planeta a los que no lo conocen. Los hombres ocupan muy poco sitio sobre la Tierra. Si los dos mil millones de habitantes que pueblan la Tierra estuviesen de pie y un poco apretados, como en un meeting, llenarían fácilmente una plaza pública de veinte millas de largo por veinte de


ancho. Se podría amontonar a la humanidad sobre el más pequeño islote del Pacífico. Las personas mayores, seguro, no os creerán. Se imaginan tener mucho sitio. Se ven importantes como baobabs. Aconsejadles entonces que hagan el cálculo. Ellos adoran las cifras: les gustará. Pero no perdáis el tiempo con este castigo. Es inútil. Tened confianza en mí. El principito, una vez en la Tierra, se sorprendió de no ver a nadie. Tenía ya miedo de haberse confundido de planeta, cuando una serpiente de color de luna se movió en la arena. - Buenas noches, dijo el principito, por si acaso. - Buenas noches, dijo la serpiente. - ¿Sobre que planeta me he caído?, preguntó el principito. - Sobre la Tierra, en África, contestó la serpiente. - ¡Ah!... ¿Y no hay nadie en la Tierra? - Esto es el desierto. No hay nadie en los desiertos. La Tierra es grande”, dijo la serpiente. El principito se sentó en una piedra y levantó los ojos hacia el cielo: “Me pregunto, dijo, si las estrellas esta´n encendidas para que cada uno pueda encontrar un día la suya. Mira mi planeta. Está justo encima de nosotros… ¡pero que lejos está! - Es bello, dijo la serpiente. ¿A que vienes aquí? - Tengo problemas con una flor, dijo el principito. - ¡Ah!” Dijo la serpiente. Y se callaron.


“¿Dónde están los hombres? Prosiguió al final el principito. Se está un poco solo en este desierto… - También se está solo en casa de los hombres”, dijo la serpiente. El principito la miró un buen rato: “Eres un animal muy curioso, le dijo al final, delgado como un dedo… - Pero soy mas poderoso que el dedo de un rey”, dijo la serpiente. El principito sonrió: - No eres muy poderoso…no tienes ni patas…no puedes viajar… - Puedo llevarte más lejos que un navío”, dijo la serpiente. Y se enroscó alrededor del tobillo del principito, como una pulsera de oro: “Todo lo que yo toco, lo devuelvo a la tierra de la que ha salido, dijo. Pero tu eres puro y vienes de una estrella…” El principito no dijo nada. “Me inspiras piedad, tu tan débil, sobre esta Tierra de granito. Un día te puedo ayudar si echas de menos tu planeta. Puedo… -¡Oh! Lo he entendido bien, dijo el principito, ¿pero por que hablas siempre con enigmas? - Yo los resuelvo todos”, dijo la serpiente. Y se callaron. XVIII


El principito atravesó el desierto y no encontró más que una flor. Una flor con tres pétalos, una folr de nada… “Buenos días, dijo el principito. - Buenos días, dijo la flor. - ¿Dónde están los hombres?” preguntó educadamente el principito. La flor había visto pasar un día una caravana: “¿Los hombres? Creo que hay seis o siete. Les he visto hace años, pero nunca se sabe donde encontrarles. El viento los pasea. No tienen raíces, esto les molesta mucho. - Adiós, dijo el principito. - Adiós, dijo la flor. XIX El principito ascendió a una montaña alta. Las únicas montañas que el había conocido nunca eran los tres volcanes que le llegaban a la rodilla. Y usaba el volcán extinguido como un taburete. “Desde una montaña tan alta como esta, se dijo, veré de un golpe todo el planeta y todos los hombres…” Pero no vio nada más que agujas de rocas muy afiladas. “Buenos días, dijo por si acaso. - Buenos días…buenos días…buenos días… respondía el eco. - ¿Quién eres tu? Dijo el principito. - Quien eres tu…quien eres tu…quien eres tu…, respondía el eco.


- Sed mis amigos, estoy solo, dijo. - estoy solo…estoy solo…estoy solo…, respondía el eco. - ¡Que planeta mas raro!, pensó entonces. Está seco, es puntiagudo y salado. Y los hombres faltos de imaginación. Repiten lo que se les dice… En mi casa tenía una flor: Siempre hablaba la primera…” XX Pero pasó que el principito, habiendo recorrido mucho trayecto a través de las arenas, las rocas y las nieves, al final descubrió una carretera. Y las carreteras van siempre hacia los hombres. - “Buenos días”, dijo. Era un jardín lleno de rosas. - “Buenos días”, dijeron las rosas. El principito las miró. Se parecían todas a su flor. “¿Quién sois? Les preguntó estupefacto. - Somos rosas, dijeron las rosas. -¡Ah!, dijo el principito… Y se sintió muy desgraciado. Su flor le había contado que ella era la única en su especie en el universo. Y aquí habían cinco mil, todas parecidas, ¡en un solo jardín! “Ella estaría muy triste, se dijo, si viese esto… tosería enormemente y haría ver que se moría para escapar del ridículo. Y yo estaría obligado a hacer ver que la curaba, pues sino, para humillarme también a mi, ella se dejaría morir…”


Después todavía se dijo: “Yo me creía rico por tener una flor única, y solo poseo una rosa vulgar. Esto, y mis tres volcanes que me llegan a la rodilla, y de los cuales uno, quizás está extinguido para siempre, esto no hace de mi un gran príncipe…” Y, acostándose en la hierba, lloró. XXI Fue entonces que apareció el zorro: “Buenos días, dijo el zorro. - Buenos días, respondió cortésmente el principito, que se volvió pero no vio nada. - Estoy aquí, dijo la voz, bajo el manzano… -¿Quién eres tu? Dijo el principito. Eres muy bello… - Soy un zorro, dijo el zorro. - Ven a jugar conmigo, le propuso el principito, estoy tan triste… - No puedo jugar contigo, dijo el zorro. No estoy domesticado. -¡Ah! perdón”, dijo el principito. Pero después de pensar, añadió: “¿Qué significa “domesticado”? - Tú no eres de aquí, dijo el zorro, ¿Qué buscas? - Busco a los hombres, dijo el principito. ¿Qué significa “domesticado”? - Los hombres, dijo el zorro, tienen fusiles y cazan. ¡Es muy molesto! Ellos crían también gallinas. Es su único interés. ¿Tu buscas gallinas?


- No, dijo el principito, busco amigos. ¿Qué significa “domesticado”? El algo demasiado olvidado. Significa “crear lazos…” - ¿Crear lazos? - Seguro, dijo el zorro. Tú solo eres para mí un chico pequeño parecido a cien mil pequeños chicos. Y no te necesito. Y tú tampoco me necesitas a mí. Solo soy para ti un zorro parecido a cien mil zorros. Pero, si tú me domesticas, nosotros necesitaremos el uno del otro. Tú serás para mi único en el mundo. Y yo seré para ti único en el mundo… - Empiezo a entenderlo, dijo el principito. Hay una flor…creo que ella me ha adoptado… - Es posible, dijo el zorro. Se ven toda clase de cosas en la Tierra… -¡Oh!, no es en la Tierra”, dijo el principito. El zorro pareció muy intrigado: -¿En otro planeta? - Si. - ¿Hay cazadores en ese planeta? - No. - ¡Eso es interesante! ¿Y gallinas? - No. - Nada es perfecto”, dijo el zorro. Pero el zorro volvió a su idea: “Mi vida es monótona. Yo cazo gallinas y los hombres me cazan. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres se parecen. Por lo tanto me aburro un poco. Pero, si tú me domesticas, mi vida se


iluminará. Conoceré un ruido de pasos que será distinto de todos los otros. Los otros pasos me hacen esconderme. Los tuyos me llamarán fuera de la madriguera, como una música. ¡Y, mira! ¿Ves, allá abajo, los campos de trigo? Yo no como pan. El trigo para mi es inútil. Los campos de trigo no me dicen nada. Y, ¡eso es triste! Pero tú tienes los cabellos de color de oro. Entonces, ¡será maravilloso cuando tú me hayas domesticado! El trigo, que es dorado, hará que me acuerde de ti. Y me gustará el ruido del viento en el trigo…” El zorro se calló y miró mucho rato al principito: “Por favor… ¡adóptame!, dijo. - Me gustaría, respondió el principito, pero no tengo mucho tiempo. Tengo amigos que descubrir y muchas cosas por conocer. - Solo se conocen las cosas que se domestican, dijo el zorro. Los hombres no tienen tiempo de conocer nada. Compran las cosas hechas en casa de los comerciantes. Pero como no existen comerciantes amigos, los hombres no tienen amigos. Si tú quieres un amigo, ¡domestícame! -¿Qué tengo que hacer?, dijo el principito. - Hay que ser muy paciente, respondió el zorro. Tú te sentarás un poco más lejos de mí, así, en la hierba. Yo te miaré de reojo y tu no dirás nada. El lenguaje es motivo de malos entendidos. Pero cada día te podrás sentar un poco más cerca…” Al día siguiente regresó el principito.


“Sería mejor que vinieses a la misma hora, dijo el zorro. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres yo empezaré a ser feliz. Cuanto más adelante la hora, yo seré más feliz. A las cuatro, yo estaré ya agitado e inquieto: ¡descubriré el precio de la felicidad! Pero si tu vienes a cualquier hora, no sabré nunca a que hora empezar a alegrarme…Hay unos ritos. - ¿Qué es un rito? Dijo el principito. -Es algo también muy olvidado, dijo el zorro. Es lo que hace que unos días sean distintos de otros días, una hora de otras horas. Hay un rito, por ejemplo, en mis cazadores. Ellos bailan los jueves con las chicas del pueblo. ¡Entonces el jueves es maravilloso! Me paseo hasta la viña. Si los cazadores bailasen siempre, los días se parecerían todos, y yo no tendría vacaciones.” Así que el principito domesticó al zorro. Y cuando la hora de partir estuvo cercana: “¡Ah!”, dijo el zorro. Lloraré. - Es culpa tuya, dijo el principito, no te deseo ningún mal, pero tu has querido que te domestique… - Así es, dijo el zorro. -¡Pero vas a llorar!, dijo el principito. - Seguro, dijo el zorro. - ¡Entonces no ganas nada! - Gano, dijo el zorro, por el color del trigo.” Después añadió:


“Vete a ver las rosas. Comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.” El principito se fue a ver las rosas: “No sois parecidas del todo a mi rosa, no sis todavía nada, les dijo. Nadie os ha domesticado y vosotros no habéis adoptado a nadie. Sois como era mi zorro. Solo era un zorro parecido a miles de zorros. Pero yo le he hecho amigo mío, y ahora es único en el mundo.” Y las rosas estaban muy molestas. “Sois bellas, pero estáis vacías, les dijo todavía. No se puede morir por vosotras. Seguro que mi rosa, un paseante cualquiera creería que se os parece. Pero solo ella es más importante que todas vosotras puesto que es ella la que yo la he regado. Porque es a ella que he puesto bajo un globo. Porque es a ella que he resguardado con el biombo. Porque es a ella que he recortado los capullos (salvo dos o tres para las mariposas). Porque es a ella a quien he escuchado quejarse, o enorgullecerse, o incluso, alguna vez callarse. Porque es mi rosa.” Y volvió hacia el zorro: “Adiós, le dijo… - Adiós, dijo el zorro. He aquí mi secreto. Es muy simple: solo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.


- Lo esencial es invisible a los ojos, repitió el principito, para recordarlo. - Es el tiempo que has perdido con tu rosa lo que hace a tu rosa tan importante. - Es el tiempo que he perdido con mi rosa…dijo el principito, para acordarse. - Los hombres han olvidado esta verdad, dijo el zorro. Pero tú no debes olvidarla. Tu eres responsable para siempre de lo que tu has adoptado. Tú eres responsable de tu rosa… - Yo soy responsable de mi rosa…, repitió el principito, para recordarlo. XXII “Buenos días, dijo el principito. - Buenos días, dijo el guardagujas. - ¿Qué haces aquí? Dijo el principito. - Elijo a los viajeros, por paquetes de mil, dijo el guardagujas. Expido los trenes que se los llevan, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda.” Y un rápido iluminado, gruñendo como el trueno, hizo temblar la cabina del guardagujas. - Tienen mucha prisa, dijo el principito. ¿Qué buscan? - El mismo conductor de la locomotora lo ignora” dijo el guardagujas. Y rugió en sentido inverso un segundo rápido iluminado. “¿Ya vuelven? Preguntó el principito…


- No son los mismos, dijo el guardagujas, Es un cambio. - ¿No estaban contentos donde estaban? - Nunca se está contento donde se está”, dijo el guardagujas. Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado. “¿Persiguen a los primeros viajeros? Preguntó el principito. - No persiguen nada de nada, dijo el guardagujas. Duermen dentro o bien bostezan. Los niños suelen aplastar su nariz contra los cristales. - Solo los niños saben lo que buscan, dijo el principito. Pierden el tiempo por una muñeca de trapo, y ella es muy importante, y si se la quitan, lloran… -Tienen suerte, dijo el guardagujas. XXIII -“Buenos días, dijo el principito. - Buenos días, dijo el vendedor. Era un vendedor de píldoras perfeccionadas que apagan la sed. Se toman un par a la semana y no se tiene necesidad de beber. - ¿Por qué vendes esto? Dijo el principito. - Es un gran ahorro de tiempo, dijo el vendedor. Los expertos lo han calculado. Se ahorran cincuenta y tres minutos a la semana. - ¿Y que se hace con esos cincuenta y tres minutos?


- Se hace lo que se quiere…” “Yo, se dijo el principito, si tuviese cincuenta y tres minutos para gastar me iría tranquilamente hacia una fuente…” XXIV Estábamos en el octavo día de mi avería en el desierto, y había escuchado la historia del vendedor bebiéndome la última gota de mi provisión de agua: “¡Ah! Le dije al principito, ¡tus recuerdos son muy bonitos, pero aún no he reparado mi avión, no tengo nada para beber y yo también sería feliz, si pudiese ir tranquilamente hacia una fuente! - Mi amigo el zorro me dijo… - Hombrecillo, ¡no se trata de tu zorro! - Porque vamos a morir de sed…” No entendió mi razonamiento y me contestó: “Es bueno tener un amigo, incluso si se va a morir. Yo estoy muy contento de tener un amigo zorro…” “El no calcula el peligro, me dije. El nunca tiene ni sed ni hambre. Le basta con un poco de sol…” Pero el me miró y contestó a mi pensamiento: “Yo también tengo sed…busquemos un pozo…” Tuve un gesto de cansancio: es absurdo buscar un pozo, al azar, en la inmensidad del desierto. Sin embargo, nos pusimos en marcha. Cuando hubimos caminado horas, en silencio, cayó la noche y las estrellas empezaron a


encenderse. Yo las percibía como en un sueño, teniendo algo de fiebre, a causa de la sed. Las palabras del principito bailaban en mi memoria: “¿También tienes sed tu?”, le pregunté. Pero no contestó a mi pregunta. Sencillamente me dijo: “El agua también puede ser buena para el corazón…” No entendí su respuesta pero me callé…Sabía muy bien que no había que interrogarle. El estaba cansado. Se sentó. Yo me senté cerca de el. Y después de un silencio, todavía dijo: “Las estrellas son bellas, a causa de una flor que no se ve…” Yo le contesté “seguro “ y miré, sin hablar, los pliegues de la arena bajo la luna. “El desierto es hermoso”, añadió. Y era verdad. Siempre he amado el desierto. Uno se sienta en una duna de arena. No se ve nada. No se oye nada. Y, sin embargo, algo irradia en el silencio… “Lo que embellece el desierto, dijo el principito, es que esconde un pozo en alguna parte…” Me sorprendí al comprender, de pronto, esta misteriosa radiación de la arena. Cuando era pequeño, yo vivía en una casa antigua y la leyenda contaba que un tesoro había huido. Seguro que nadie supo descubrirlo, ni tan siquiera lo ha buscado, pero encantaba toda la casa. Mi casa escondía un secreto en el fondo de su corazón…


“Si, le dije al principito, ¡que se trate de la casa, de las estrellas o del desierto, es lo que hace su belleza invisible! - Estoy contento, dijo el, que estés de acuerdo con mi zorro.” Cuando el principito se durmió le tome en brazos y me puse de nuevo en camino. Estaba emocionado. Me parecía llevar un frágil tesoro. Me parecía incluso que no había nada más frágil sobre la Tierra. Miraba, a la luz de la luna, esa frente pálida, esos ojos cerrados y esas mechas de pelo que se movían con el viento, y yo me decía: “Lo que estoy viendo solo es una corteza. Lo más importante es invisible…” Como sus labios entreabiertos esbozaban una media sonrisa, me dije: “Lo que conmueve tan fuerte de este principito dormido, es su fidelidad por una flor, es la imagen de una rosa que luce en el como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme…” Y le imaginé más frágil todavía. Hay que proteger bien las lámparas: una ventolera las puede apagar… Y, andando así, descubrí un pozo al amanecer. XXV “Los hombres, dijo el principito, se sumergen en los rápidos pero no saben lo que buscan. Entonces se ponen nerviosos y giran en redondo…” Y añadió: “No vale la pena…”


El pozo que habíamos alcanzado no se parecía a los pozos saharianos. Los pozos saharianos son simples agujeros excavados en la arena. Este se parecía a un pozo de pueblo. Pero no había pueblo alguno, y yo creía que soñaba. “Es extraño, le dije al principito, todo está listo: la polea, el cubo, la cuerda…” El se rió, tocó la cuerda e hizo girar la polea. Y la polea gimió como gime una vieja veleta cuando el viento lleva dormido mucho tiempo. “Oyes, dijo el principito, despertamos a este pozo y canta…” No quería que el hiciese esfuerzos: “Déjame a mi, le dije, es demasiado pesado para ti” Lentamente icé el cubo hasta el brocal. Lo coloqué bien asentado. En mis oídos perduraba el canto de la polea y, dentro del agua, que aún temblaba, veía titilar el sol. “Tengo sed de esta agua, dijo el principito, dame de beber…” ¡Y comprendí lo que había estado buscando! Subí el cubo hasta sus labios. Bebió con los ojos cerrados. Era dulce como una fiesta. Esta agua era algo más que alimento. Ella había nacido de la marcha de las estrellas, del canto de la polea, del esfuerzo de mis brazos. Era buena para el corazón, era como un regalo. Cuando yo era pequeño, la luz del árbol de Navidad, la música de la misa de media


noche, la dulzura de las sonrisas conseguía así toda la luz del regalo de Navidad que recibía. “Los hombres de tu casa, dijo el principito, cultivan cinco mil rosas en un mismo jardín…y no encuentran lo que buscan… - No lo encuentran, le contesté. Y el principito añadió: “Pero los ojos son ciegos. Hay que buscar con el corazón.” Yo había bebido. Respiraba bien. La arena, al amanecer era de color miel. Yo era feliz también por este color miel. Por que era necesario que yo estuviese triste… “es necesario que tu mantengas tu promesa, me dijo dulcemente el principito, que de nuevo estaba sentado cerca de mí. - ¿Qué promesa? - Lo sabes… un bozal para mi cordero… ¡Soy responsable de esta flor!” Saqué de mi bolsillo mis esbozos de dibujo. El principito los vio y dijo, riéndose: “Tus baobabs, se parecen un poco a las coles… -¡Oh!” ¡Yo que estaba tan orgulloso de mis baobabs! “Tu zorro…sus orejas…se parecen un poco a cuernos…y son demasiado largas! Y se volvió a reír. “Eres injusto, hombrecillo, yo solo sabía dibujar boas con la boca abierta y con la boca cerrada.


- ¡Oh! , de acuerdo, dijo, los niños lo saben” Yo dibujé entonces un bozal. Y se me encogió el corazón cuando se lo daba… “Tu tienes proyectos que ignoro…” Pero no me contestó. Me dijo: “Sabes, mi caída en la Tierra…mañana será el aniversario…” Después de un silencio, añadió: “Me caí muy cerca de aquí…” Y se ruborizó. Y de nuevo, sin comprender por que, yo experimenté una tristeza extraña. Entre tanto me surgió una pregunta: “¡Entonces no fue por azar que la mañana en que te conocí, hace ocho días, tu te estabas paseando, solo, a mil millas de cualquier parte habitada! ¿Volvías hacia el lugar de tu caída?” El principito volvió a sonrojarse. Y yo añadí titubeando: “Quizás, a causa de tu aniversario?...” El principito se sonrojó de nuevo. El nunca contestaba a las preguntas, pero cuando uno se sonroja, significa “si”, no es cierto? “¡Ah! Le dije, tengo miedo…” Pero el me contestó: “Ahora tienes que trabajar. Tienes que volver junto a tu máquina. Yo te espero aquí. Regresa mañana por la noche…”


Pero yo no estaba seguro. Me acordaba del zorro. Se corre el riesgo de llorar un poco si se ha dejado domesticar… XXVI Al lado del pozo había una ruina de un viejo muro de piedra. Cuando volví de mi trabajo, al día siguiente por la noche, percibí de lejos a mi principito sentado allá arriba, con las piernas colgando. Y oí como hablaba: “¿No te acuerdas?, decía. ¡No está aquí!” Otra voz le contestaba, porque replicó: “¡Si! ¡Si! Es el día, pero no es este el lugar…” Yo proseguí mi marcha hacia el muro. Ni veía ni oía a nadie. Pero el principito replicaba de nuevo: “…Seguro. Tú verás donde empiezan mis huellas en la arena. Solo tienes que esperarme. Estaré esta noche.” Yo estaba a veinte metros del muro y seguía sin ver nada. El principito todavía dijo, después de un silencio: “¿Tienes buen veneno? ¿Estás seguro de no hacerme sufrir mucho?” Me paré, con el corazón encogido, pero no entendía nada. “Ahora, vete, dijo… ¡Quiero bajar!” Entonces yo bajé los ojos hacia el pie del muro y ¡dí un salto! Estaba allí, levantada hacia el principito, una de esas serpientes amarillas que os


ejecutan en treinta segundos. Mientras rebuscaba en mi bolsillo para sacar mi revolver, eché a correr, pero con el ruido que hice, la serpiente se coló suavemente en la arena, como un chorro de agua que se muere y, sin precipitarse, se metió entre las piedras con un ligero ruido metálico. Llegué al muro justo a tiempo para recibir en mis brazos a mi pequeño principito, pálido como la nieve. “¡Que ha pasado aquí! ¡Ahora hablas con las serpientes!” Le había quitado su eterna bufanda de oro. Le había mojado las sienes y le había dado de beber. Y ahora no me atrevía a pedirle nada. El me miró seriamente y me abrazo el cuello con sus brazos. Yo sentía latir su corazón como el de un pájaro moribundo, cuando le han pegado un tiro. Me dijo: “Estoy contento de que hayas encontrado lo que te faltaba a tu máquina. Vas a poder volver a tu casa… - ¿Cómo lo sabes?” - Yo iba justamente a decirle que, contra todo pronóstico, ¡había conseguido acabar mi trabajo! No contestó nada a mi pregunta, pero añadió: “Yo también, hoy, volveré a mi casa…” Después, melancólico: “Es mucho más lejos… es mucho más difícil…” Yo presentía que estaba pasando algo extraordinario. Le abracé como a un niño,, y mientras me pareció que se colaba verticalmente en


un abismo sin que yo pudiese hacer nada por retenerlo… Tenía la mirada seria, perdida, muy lejos: “Tengo tu cordero. Y tengo la caja para el cordero. Y tengo el bozal…” El sonrió melancólicamente. Esperé mucho tiempo. Notaba que se calentaba poco a poco: “Pequeño hombrecillo, tienes miedo…” ¡Seguro que tenía miedo! Pero se rió dulcemente: “Más miedo tendré esta noche…” De nuevo me quedé helado por el sentimiento de lo irreparable. Y comprendí que no soportaría más la idea de no volver a oír jamás esa risa. Para mi era como una fuente en el desierto. Pequeño hombrecillo, quiero aún oírte reír…” Pero me dijo: “Esta noche hará un año. Mi estrella estará justo encima del lugar desde donde me caí el año pasado… - Hombrecillo, ¿es una pesadilla esta historia de la serpiente, de la cita y de la estrella…?” Pero no respondió a mi pregunta. Me dijo: “Lo que es importante, no se ve… - Cierto… - Es como con la flor. Si tú quieres a una flor que se encuentra en una estrella, es bello, por la noche, mirar al cielo. Todas las estrellas están floridas. - Cierto…


- Es como con el agua. La que me has dado a beber era como una música, por la polea y la cuerda…lo recuerdas…era buena. - Cierto… - Tú, por la noche, mirarás las estrellas. Mi casa es muy pequeña para que te enseñe donde está la mía. Es mejor así. Mi estrella, será para ti una de las estrellas. Entonces, te gustará ver todas las estrellas…Todas serán tus amigas. Y entonces yo te haré un regalo…” Se rió de nuevo. “¡Ah! ¡Pequeño hombrecillo, pequeño hombrecillo, me gusta oír esa risa! - Precisamente será ese mi regalo…será como el agua… -¿Qué quieres decir? - La gente tienen estrellas que no son las mismas. Para unos, que viajan, las estrellas son guías. Para otros solo son pequeñas luces. Para otros, que son sabios, son problemas. Para mi hombre de negocios eran de oro. Pero todas esas estrellas se callan. Tú tendrás estrellas como nadie las ha tenido… - ¿Qué quieres decir? - Cuando tú mires al cielo, por la noche, como yo viviré en una de ellas, porque me reiré en una de ellas, entonces será para ti como si todas riesen. ¡Tendrás estrellas que saben reír!” - Y se volvió a reír. “Y cuando te consueles (uno siempre se consuela) estarás contento de haberme conocido. Tú siempre


serás mi amigo. Tendrás ganas de reírte conmigo. Y abrirás quizás tu ventana, así, por placer…Y tus amigos se sorprenderán de verte reír mirando al cielo. Entonces tu les dirás: “¡Si, las estrellas siempre me hacen reír!” Y ellos creerán que estás loco. Te habré hecho una buena mala pasada…” Y se volvió a reír. “Será como si te hubiese dado, en lugar de estrellas, montones de pequeños cascabeles que saben reírse…” Y se volvió a reír. Después se puso serio: “Esta noche…sabes…no vengas. - No te abandonaré. - Tendré el aspecto de estar mal…parecerá que me voy a morir. Así será. No vengas a verme, no vale la pena… - No te abandonaré.” Pero estaba preocupado. “Si te digo esto…es a causa de la serpiente. No hace falta que te muerda…Las serpientes, son malas. Pueden morder por gusto… - No te abandonaré.” Pero algo le dijo: “Es verdad que no tienen veneno para una segunda mordedura…” Esa noche no le vi ponerse en camino. Se había ido sin hacer ruido. Cuando alcancé a reunirme con el, se iba decidido, con paso rápido. Solo me dijo: “¡Ah! ¿Estás aquí?...”


Y me cogió de la mano. Pero todavía se lamentó: “Te has equivocado. Te pondrás triste. Parecerá que esté muerto pero no será verdad…” Yo callaba. “Compréndelo. Es demasiado lejos. No me puedo llevar este cuerpo allí. Es demasiado pesado.” Yo callaba. “Será como una vieja cáscara abandonada. No son tristes las cáscaras viejas…” Yo callaba. Se desanimó un poco. Pero todavía hizo un esfuerzo: “¿Sabes? Será bonito. Yo también miraré las estrellas. Todas las estrellas serán pozos con una polea oxidada. Todas las estrellas me darán de beber…” Yo callaba. “¡Será tan divertido! Tendrás quinientos millones de cascabeles y yo tendré quinientos millones de fuentes…” Y el se calló también, porque estaba llorando… “Aquí estamos. Déjame dar solo un paso.” Y se sentó porque tenía miedo. Aún dijo: “¿Sabes?...mi flor… ¡soy responsable! ¡Y es tan débil! Y es tan infantil. Tiene cuatro espinas de nada para protegerse del mundo…” Yo me senté porque ya no podía tenerme en pie. Dijo: “Eso es todo…”


Aún vaciló un poco, después se levantó. Dio un paso. Yo no podía moverme. Solo se vio un relámpago amarillo cerca de su pierna. Se quedó un instante inmóvil. No gritó. Se cayó dulcemente como se cae un árbol. No hizo ni ruido, por la arena. XXVII Y ahora ya, hace seis años…Nunca he contado esta historia. Los compañeros que han vuelto a ver han estado muy contentos de verme con vida. Yo estaba triste pero les decía: “Es el cansancio…” Ahora ya me he consolado un poco. Es decir…no del todo. Pero se que el ha vuelto a su planeta, porque al amanecer, no he encontrado su cuerpo. No era un cuerpo demasiado pesado…Y me gusta por las noches escuchar las estrellas. Son como quinientos millones de cascabeles… Pero hete aquí que pasa algo extraordinario. Al bozal que he dibujado para el principito, ¡olvidé añadirle una correa de cuero! No habrá podido atarlo nunca al cordero. Entonces me pregunto: ¿Qué habrá pasado en su planeta? Tal vez el cordero se haya comido su flor…” Al mismo tiempo me dije: ¡Seguro que no! El principito encierra todas las noches su flor bajo su globo de cristal, y vigila bien a su cordero…” Entonces soy feliz. Y todas las estrellas sonríen dulcemente.


Pero también me dije: ¡Si uno se distrae alguna vez, es suficiente! Si ha olvidado una noche de colocarle el globo de cristal, o bien el cordero ha salido sin hacer ruido por la noche…” ¡Entonces los cascabeles lloran todos!... Esto es un gran misterio. Para vosotros, que queréis al principito tanto como yo, nada en el universo es igual si, en alguna parte, quien sabe donde, un cordero que no conocemos, se ha comido o no una rosa… Mirad el cielo. Preguntaros: ¿El cordero se ha comido o no se ha comido la flor? Y veréis como todo cambia… ¡Y ninguna persona mayor comprenderá nunca que esto sea tan importante!

Esto es, para mi, el mas hermoso y triste paisaje del mundo. Es el mismo paisaje que el de la página precedente, pero lo he dibujado una vez más para enseñároslo bien. Ha sido aquí que el principito apareció sobre la tierra, después desapareció. Mirad atentamente este paisaje para que estéis seguros de reconocerlo, si viajáis un día a África, al desierto. Y si llegáis a pasar por allí, os ruego, no os apresuréis, esperad un poco justo bajo su estrella! Si entonces un niño viene a vosotros, si se ríe, si tiene los cabellos dorados, si no os contesta cunado se le pregunta, adivinaréis quien es. ¡Entonces sed


gentiles! No me dejÊis tan triste: escribidme deprisa que ha vuelto‌ Barcelona, 3 de marzo del 2014 =====================================

El pequeño principe  

Pido perdón a los niños por haber dedicado este libro a una gran persona. Tengo una buena excusa: esta gran persona es el mejor amigo que te...

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