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EL JUEGO DEL ÁNGEL Carlos Ruiz Zafón Traducció (GRATIA ET AMORE) d’en Guillem de Castro

Primer Acto LA CIUDAD DE LOS MALDITOS Un escritor no olvida nunca la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia. Nunca olvida la primera vez que siente el dulce veneno de la vanidad en la sangre y que cree que, si consigue que nadie descubra su falta de talento, el sueño de la literatura será capaz de poner un techo sobre su cabeza, un plato caliente al final del día y aquello que más desea: su nombre impreso en un miserable trozo de papel que seguramente vivirá más que el mismo. Un escritor está condenado a recordar siempre este momento, porque es entonces cuando ya está perdido que su alma tiene un precio. Mi primera vez llegó un día lejano del mes de diciembre de año 1917. Entonces yo tenía diecisiete años y trabajaba en La Voz de la Industria. Este diario, que iba de capa caída, se consumía en un lugar cavernoso que, hacía mucho tiempo, había alojado una fábrica de ácido sulfúrico, con unos muros que todavía rezumaban aquel vapor corrosivo que se lo comía todo: la ropa, el alma e incluso las suelas de los zapatos. La sede de la publicación se levantaba detrás del bosque de ángeles y cruces del cementerio de Pueblo Nuevo, y, de lejos, la silueta del edificio se confundía con los panteones, recortados sobre un horizonte acuchillado por cientos de chimeneas y fábricas que tejían un crepúsculo perpetuo, hecho de escarlata y negro, sobre la ciudad de Barcelona. La noche que cambió el rumbo de mi vida, el subdirector del periódico, el señor Basilio Moragas, quiso recibirme, poco antes del


cierre de la edición, el oscuro cuchitril que había en el fondo de la redacción, y que servía, al mismo tiempo, de despacho y de cubículo destinado al consumo compulsivo de habanos. El señor Basilio era un hombre de aspecto feroz, lucía unos bigotes generosos, no se iba con chiquitas y era partidario de la teoría según la cual un uso liberal de adverbios y una adjetivación excesiva eran cosas propias de pervertidos y de personas con deficiencias vitamínicas. Si descubría un redactor con tendencias a la prosa florida, le hacía ir durante tres semanas a escribir esquelas funerarias. Si, al cabo de un tiempo, el tipo reincidía, el señor Basilio le apuntaba para siempre a la sección dedicada a las amas de casa. Nos tenía a todos bien asustados, y él lo sabía. - Señor Basilio, ¿Qué me ha hecho llamar? – dije yo, tímidamente. El subdirector me miró de reojo. Me metió en aquel despacho que olía a sudor y a tabaco, por este mismo orden. El señor Basilio pasó por alto mi presencia y continuó revisando uno de los artículos que tenía sobre el escritorio, con el lápiz rojo en la mano. Durante un par de minutos, el subdirector se dedicó a tachar o a amputar el texto, sin ningún miramiento, mientras iba profiriendo una buena retahíla de palabrotas, como si yo no estuviese allá. Yo no sabía que hacer, vi que había una silla en la pared y me senté. - ¿Quién le ha dicho que se siente? – murmuró el señor Basilio, sin levantar los ojos del texto. Me levanté enseguida. No podía ni respirar. El subdirector resopló y dejó caer el lápiz rojo, se repanchingó en la butaca y me clavó una mirada como si fuese un trasto. - Me han dicho que usted escribe, Martín. Tragué saliva, y cuando abrí la boca, me salió un ridículo hilo de voz. - Un poco, vaya, no lo sé, sí que escribo, pero… - Espero que le salga mejor que cuando habla. ¿Y que escribe usted, sino es preguntar demasiado? - Historias policíacas. Quiero decir… - Ya lo pesco.


La mirada que me lanzó el señor Basilio no tenía precio. Si le hubiese dicho que me dedicaba a hacer figuritas de pesebre con musgo tierno se habría entusiasmado tres veces más. Volvió a resoplar y se encogió de hombros. -Vidal me ha dicho que no es malo del todo, usted. Vaya, que destaca y todo. Claro que, con la competencia que hay por aquí, no hay que ser ningún genio. Pero si Vidal lo dice… El señor Pedro Vidal era la pluma estelar de La Voz de la Industria. Escribía una columna semanal de sucesos que constituía la única pieza que valía la pena leer de todo el diario, y era el autor de una docena de de novelas de intriga – sobre gángsters del Raval conchabados y encamados con damas de la alta sociedad – que habían obtenido una modesta popularidad. Iba siempre enfundado en trajes de seda impecables y relucientes mocasines italianos, y tenía las posturas de un galán de sesión de tarde, con los cabellos rubios siempre bien planchados, el bigote a lápiz y la sonrisa fácil y generosa de quien se encuentra bien en su piel y en este mundo. Venía de una dinastía de indianos que se habían hecho de oro en las Américas y que, cuando habían vuelto a la ciudad condal, habían dado una buena mordida al suculento negocio de la electrificación de Barcelona. Su padre, el patriarca del clan, era uno de los accionistas mayoritarios del periódico, Y el señor Pedro usaba la redacción como el patio de la escuela para matar el aburrimiento que le provocaba el hecho de no tener que trabajar nunca para ganarse la vida. Le daba lo mismo si el diario perdía un montón de dinero, tan abundante como el aceite que dejaban escapar los nuevos automóviles que ya empezaban a recorrer las calles de Barcelona.: con la proliferación de títulos nobiliarios de que disfrutaba, la dinastía de los Visal se dedicaba actualmente a coleccionar en el Ensanche bancos y solares que tenían la medida de pequeños principados. A Pedro Vidal fue a la primera persona a quien enseñé mis borradores, que ya escribía cuando era pequeño e iba arriba y abajo por la redacción repartiendo cafés y cigarrillos. Siempre tuvo tiempo para escucharme, para leer mis escritos y para darme buenos


consejos. Con el paso del tiempo, me convertí en su ayudante y me permitió mecanografiarle los textos. Fue el que me dijo que, si quería apostar mi destino a la ruleta rusa de la literatura, el estaba dispuesto a ayudarme y a guiarme en mis primeros pasos. Era, pues, fiel a su palabra, y ahora me hacía ir a ver a las garras afiladas del señor Basilio, el guardián del diario. - Vidal es un sentimental que todavía cree en aquel grupo de leyendas tan profundamente antiespañolas como la meritocracia o el hecho de dar oportunidades a quien se lo merece y no a quien tiene un buen padrino. Como tiene tanto dinero, se puede permitir el lujo de ir por el mundo como un poeta. Si yo tuviese, aunque solo fuese la centésima parte de los duros que le sobran, me habría dedicado a escribir sonetos, y los pajarillos me vendrían a comer en la mano, embobados por mi bondad y mi talento. - ¿El señor Vidal es un gran hombre! – protesté yo. - Yo todavía diría más. Es un santo, porque, a pesar del aspecto que tiene usted de muerto de gana, ya hace semanas que me incordia diciéndome que usted tiene mucho talento, que es muy trabajador y no cuantos cuentos más Es que el sabe que, en el fondo, soy un trozo de pan y, además me ha asegurado que, si le doy a usted esta oportunidad, me regalará una caja de habanos. Y si Vidal lo dice, para mi es como si Moisés bajase de la montaña con piedra en la mano y la verdad revelada en la nuca. Vaya, que, para ir acabando, porque es Navidad y porque quiero que su amigo me deje tranquilo de una vez, le ofrezco debutar como los héroes: contra el cielo y la tierra. - Muchísimas gracias, señor Basilio. Le aseguro que no se arrepentirá de… -Pare el carro, joven. Vamos por partes, ¿Qué piensa usted del uso generoso e indiscriminado de adverbios y adjetivos? - Qué es una vergüenza y que tendría que estar tipificado en el código penal – le contesté, con la convicción de un converso militante. El señor Basilio dijo que si con la cabeza en señal de aprobación.


- Va bien, Martín. Tiene claras sus prioridades. En este oficio, los que sobreviven son los que tienen prioridades, no principios. Esta es la estrategia. Venga, siéntese y atienda lo que le diga, que no me gusta repetir las cosas. La estrategia era la siguiente. Por motivos que el señor Basilio prefirió dejar de lado, la contraportada de la edición dominical, que tradicionalmente se reservaba a un relato literario o de viajes, no estaba hecha y no había tiempo para reaccionar. El contenido previsto era una narración de inspiración patriótica y de lirismo encendido sobre la gesta de los almogávares, los cuales, entre golpes y canciones, salvaron al mundo cristiano y a todas las cosas decentes que había en la tierra, empezando por Tierra Santa y acabando por el delta del Llobregat. Desgraciadamente, el texto no había llegado a tiempo o, tan como yo me imaginaba, al señor Basilio no le apetecía publicarlo. Esto nos daba un margen de seis horas hasta el cierre de la edición. Y no había ningún otro candidato para hacer la sustitución que un anuncio de página entera publicitando unas fajas hechas de de huesos de ballena que prometían unos tobillos de sueño e inmunidad delante de los canelones. Ante un dilema como este, el consejo de dirección había dictaminado que había que tener valor y sacarle jugo de los talentos literarios que abundaban en la redacción, de manera que se pudiese solucionar el problema y llenar cuatro columnas con una pieza de interés humanístico que hiciese disfrutar a nuestra leal audiencia familiar. La lista de talentos indiscutibles a los que se podía recurrir estaba formada por diez nombres, y ninguno de ellos era, por descontado, el mío. - Amigo Martín, las circunstancias se han confabulado para que ninguno de estos señores que tenemos en nómina esté aquí o le podamos localizar con un margen de tiempo prudencial. Antes este desastre inminente, he decidido darle la oportunidad. - Cuente con ella. - Cuento, pues, con cinco folios a doble espacio antes de seis horas, Edgar Allan Poe. Tráigame una historia, no un discurso. Si quiero sermones ya iré a la Misa del Gallo, ¿entendidos? Tráigame una


historia que no haya leído nunca antes, y si resulta que ya la le he leído, tráigamela tan bien escrita y narrada que no me de cuenta. Cuando ya me disponía a salir volando, el señor Basilio se levantó, pasó por al lado de su escritorio y me puso sobre mi hombro una manaza de la medida y el peso de una esclusa. Fue entonces que, como le veía de muy cerca, me di cuenta de que los ojos le sonreían. - Si la historia es decente le pagaré diez pesetas. Y si es buena y gusta a nuestros lectores, le publicaré más. - ¿Alguna indicación específica, señor Basilio? - Sí, que no me decepcione. Las seis horas que tenía por delante las pasé como en una especie de tránsito. Me senté en la mesa que estaba en el centro de la redacción, reservada a Vidal para aquellos días que le apetecía pasar un rato por el diario. La sala estaba vacía y llena de unas tinieblas hechas por el humo de diez mil cigarrillos. Cerré los ojos durante un momento y conjuré una imagen, un manto de nubes negras que se escampaban sobre la ciudad lluviosa, un hombre que caminaba arrancando sombras con sangre en las manos y un secreto en la mirada. No sabía quien era ni de que huía, pero durante aquellas seis horas se convirtió en mi mejor amigo... Puse un folio en la máquina de escribir y sin pararme ni un momento, empecé a sacar todo lo que llevaba dentro. Luchaba con cada una de las palabras, de las frases, de las expresiones, de las imágenes y de las letras, como si fuesen las últimas que podría escribir. Escribí y reescribí cada raya como si me fuese la vida, y, al final, lo volvía escribir todo de principio a fin. Solo me acompañaba aquel sonido de tecleo constante, que se perdía en la sala llena de sombras, con el gran reloj de pared que quedaban para que se hiciese de día. Poco antes de las seis de la mañana, arranqué el último folio de la máquina y respiré hondo. Estaba derrotado y me daba la impresión de tener un avispero dentro del cerebro. Oí los pasos lentos y pesados del señor Basilio, que había resucitado de una de sus siestas


controladas y que se acercaba con parsimonia. Cogió los folios y se los dí, sin osar mirarle a los ojos. El señor Basilio se sentó en la mesa de al lado y encendió la luz. Sus ojos resbalaban por el texto con rapidez, y su cara no expresaba nada. Entonces dejó su habano en la punta de la mesa y, mientras me miraba, me leyó en voz alta la primera raya: - “Ya es negra noche en la ciudad y por las calles se escampa el olor a pólvora como el aliento de una maldición.” El señor Basilio me miró de reojo y yo sonreí enseñándole todos mis dientes. No dijo nada, se levantó y se fue con mi relato en sus manos. Vi que se iba hacia su despacho y que cerraba la puerta. Me quedé de piedra, sin saber si tenía que arrancar a correr o a esperar el veredicto de muerte. Al cabo de diez minutos que me parecieron diez años, la puerta del despacho des subdirector se abrió y la voz atronadora del señor Basilio se oyó por toda la redacción. - Marín, haga a favor de venir. Me arrastré tan lentamente como pude, encogiéndome unos centímetros a cada paso que daba, hasta que no tuve más remedio que levantar la cabeza y los ojos. El señor Basilio que blandía el temible lápiz rojo, me miraba fríamente. Quise tragar saliva, pero tenía la boca seca. El señor Basilio cogió los folios y me los devolvió. Ya me dí la vuelta para largarme muy deprisa, mientras iba pensando que siempre encontraría un lugar de limpiabotas en el loby del hotel Colon. - Apa, llevé esto al taller y que hagan las planchas – oí tras de mi. Me volví. Creía que era una broma cruel. El señor Basilio abrió el cajón de su escritorio, contó diez pesetas y las dejó sobre la mesa. -Esto es suyo. Le aconsejo que se compre otro modelito, que ya hace cuatro años que lleva el mismo conjunto y le está fatal. Vaya, que le sobran cuatro tallas, por lo bajo. Apa, vaya a ver al señor Pantaleoni, en la sastrería de la calle Escudellers, y dígale que va de mi parte. Le tratará bien. - Muchas gracias, señor Basilio. Lo haré.


- Y ya me puede ir preparando otro cuento de estos. Le doy una semana. Pero no se me distraiga. Y a ver si en este hay menos muertos, que al lector de hoy le gustan los finales dulces donde triunfa la grandeza del espíritu humano y todas estas tonterías. - Sí, señor Basilio. El subdirector dijo que si con la cabeza y me alargó la mano. Nos las estrechamos. -Ha hecho un buen trabajo, Martín. El lunes que viene le quiero ver en la mesa de Junceda, y que ahora es suya. Trabajará en la sección de sucesos. - Cuente con ellos. -Sí, con lo que puedo contar es que, tarde o temprano, me dejará bien colgado. Y hará lo que tiene que hacer, porque usted no es periodista ni lo será nunca. Pero todavía no es un escritor de novelas policíacas, aunque se lo crea. Si tiene paciencia y se queda por aquí una temporada, le enseñaremos un par de cosas que le serán útiles. En aquel momento, en que había bajado la guardia, me dominó un sentimiento de gratitud tan intenso que quise abrazar a aquel hombretón. El señor Basilio se volvió a poner su máscara feroz, me clavó una mirada afilada y me señaló la puerta. - No me haga ningún numerito, por favor. Deje la puerta cerrada. Por fuera. Y feliz Navidad. - Feliz Navidad. El lunes siguiente, cuando llegué a la redacción dispuesto a ocupar por primera vez mi escritorio, encontré un sobre de papel de estraza con un lazo y mi nombre, en la tipografía que hacía años que mecanografiaba. Dentro, estaba la contraportada del domingo con mi historia enmarcada y con una nota que decía lo siguiente: - “Esto es solo el comienzo. Dentro de diez años, yo seré el aprendiz y tú el maestro. Tu amigo y colega, Pedro Vidal.” 2


Mi debut literario sobrevivió pues al bautizo de fuego, y el señor Basilio, fiel a su palabra me ofreció la oportunidad de publicar un par de relatos más del mismo tipo. Bien pronto, la dirección decidió que mi carrera fulgurante tendría periodicidad semanal, siempre que continuase cumpliendo puntualmente con mis obligaciones en la redacción y por el mismo precio. Intoxicado por la vanidad y el agotamiento, me pasaba los días rehaciendo los textos de mis compañeros y redactando a toda prisa toda clase de crónicas de sucesos y de desgracias variadas. Al terminar, por las noches, me dedicaba a escribir solo en la sala de redacción un serial por entregas bizantino y operístico, que hacia ya tiempo que bullía en mi imaginación y que, con el título de Los Misterios de Barcelona, no tenía ningún escrúpulo a la hora de hacer un potipoti que abarcaba desde Dumas hasta Stocker, pasando por Sue y Féval. Dormía tres horas al día, y tenía la pinta de haberlas pasado dentro de un ataúd. Vidal, que no había conocido nunca aquella hambre que no tiene nada que ver con el estómago y que se me comía por dentro, me decía que me estaba quemando el cerebro y que, si continuaba con ese ritmo, celebraría mi propio funeral antes de los veinte años. El señor Basilio, que no se escandalizaba de mi laboriosidad, tenía reservas de otro tipo. Me publicaba los capítulos a regañadientes, porque no le gustaba aquel exceso de morbosidad y porque consideraba que desaprovechaba mi talento con argumentos y tramas de mal gusto. Los misterios de Barcelona engendraron bien pronto, una pequeña estrella de la ficción por entregas, una heroína que había imaginado como solo se puede imaginar a una femme fatale a los diecisiete años. La Chloé Permanyer era la princesa oscura de todas las vampiresas. Demasiado inteligente y todavía más retorcida. Chloé siempre iba vestida con las más incendiarias novedades de ropa interior. Era la amante y la mano derecha del enigmático Baltasar Morel, el cerebro de aquel submundo, que vivía en una mansión subterránea, llena de autómatas y de reliquias macabras, a la cual se accedía, secretamente, a través de túneles soterrados bajo las tumbas del Barrio Gótico. El


método preferido de Chloé para asesinar a sus víctimas era seducirlas con una danza hipnótica en la cual se iba deshaciendo de su ropa y, al acabar, le s deba un beso con un pintalabios envenenado que les paralizaba todos los músculos y les dejaba morir de asfixia en silencio. Mientras tanto, ella se miraba a los moribundos de hito en hito, e iba saboreando un antídoto disuelto en Dom Perignon de fina reserva. Vaya, cosas que pasan. Eso sí, Chloé y Baltasar tenían su código de honor: solo liquidaban escoria y limpiaban la sociedad de pinchos, mal nacidos, santurrones, malas almas, fanáticos cortos de miras y toda clase de cretinos que hacían de este mundo un lugar más miserable de la cuenta, ya fuese en el nombre de banderas, dioses, lenguas, razas o cualquier porquería tras la cual escondían su codicia y su miseria moral. Para mí, eran unos héroes más bien heterodoxos, como todos los héroes de verdad. Para el señor Basilio, que tenía unos gustos enraizados en la edad de oro de los poetas y de los cronistas medievales catalanes, Aquellos era un disparate de dimensiones descomunales; ahora bien, teniendo en cuenta la buena acogida de que disfrutaban las historias y el afecto que, aunque le supiese mal, me tenía, toleraba mis extravagancias y las atribuía a mis fogosidades infantiles. - Usted tiene más oficio que buen gusto, Martín. Padece una patología que tiene un nombre: grand guignol, que vendría a ser, en relación al drama, lo mismo que la sífilis en relación con los genitales. ¿Verdad que me entiende? Esto le produce un placer, pero a la larga, se lo lleva todo abajo. Tendría que leer a los clásicos, hombre, o por lo menos, al señor Narciso Oller, y así elevaría sus aspiraciones literarias. -Pero a los lectores les gustan mis relatos – le decía yo. -Esto no es mérito suyo. Es de la competencia, que es tan mala y tan pedante que es capaz de hacer que se duerma un burro en menos de un parágrafo. A ver si madura de una puñetera vez y deja tranquilo al árbol de la fruta prohibida Yo ponía cara de arrepentimiento, pero por dentro me deleitaba con aquellas palabras proscritas, grand guignol, y me decía a mi mismo


que cada causa, aunque parezca banal, ha de tener un caballero de defienda su honra. Y empecé a sentirme el más afortunado de los mortales cuando descubrí que a unos cuantos compañeros del diario les molestaba que el mas joven del grupo, la mascota de la redacción, hubiese empezado a dar sus primeros pasos en el mundo de las letras, mientras sus propias aspiraciones y ambiciones literarias se iban consumiendo en los grises limbos de su mediocridad. El hecho de que los lectores del diario leyesen ávidamente aquellos relatos y los valorasen más que otros de contenido publicados en el rotativo en los últimos veinte años solo servían para empeorar las cosas. En pocas semanas me di cuenta que el orgullo herido de aquello que, hasta había. bien poco, había considerado mu única familia, les convertía en tribunal hostil que ya empezaba a dejarme de saludar, a no decirme nada y a buscar el placer en afinar su talento y su despecho inventándose toda clase de expresiones socarronas que se apresuraban a dedicarme siempre que yo no estuviese delante. Así pues, mi buena fortuna resultaba incomprensible y solo la sabían atribuir a la ayuda de Pedro Vidal, a la ignorancia y a la estupidez de nuestros suscriptores y a la teoría nacional tan extendida y tan nuestra, según la cual se dictaminaba sin excepciones, que llegar a un cierto grado de éxito en cualquier ámbito profesional era una prueba irrefutable de incapacidad y de falta de méritos. Ante esta nueva situación, tan inesperada y tan ofensiva, Vidal intentaba animarme, pero yo ya empezaba a sospechar que mis días en la redacción estaban contados. - La envidia es la religión de los mediocres – decía Vidal – Les consuela, anula los nervios que se los comen por dentro y, finalmente, les pudre el alma y les permite justificar su mezquindad y su codicia hasta que se llegan a creer que son virtudes y que las puertas del cielo e abrirán para que entren los miserables como ellos, que pasan por esta vida sin dejar ningún


rastro, a parte de sus intentos chapuceros para perjudicar a los demás y, si es posible, destruir aquellos que, por el simple hecho de existir y de ser lo que son, ponen en evidencia su pobreza de espíritu y de mente. Bienaventurados aquellos a los que ladran los cretinos, porque nunca les robarán el alma ni la libertad. - ¡Amen! – decía entonces el señor Basilio – Si usted no hubiese nacido tan rico, tenía que haber sido sacerdote. O revolucionario. Con sermones como este hasta un obispo se arrodillaría lleno de remordimientos. - Si, ya se pueden reír, ya – me quejaba yo – Pero ellos lo que quieren es que me vaya. Todo el abanico de enemistades y recelos que mis esfuerzos me iban produciendo, la triste realidad era, que, a pesar de mis ínfulas de autor popular, mi sueldo solo me llegaba para sobrevivir a duras penas, comprar más libros de los que tenía tiempo de leer y alquilar un chamizo en una pensión soterrada en un callejón al lado de la calle Princesa, regentada por una devota gallega que llamábamos señora Carmen. La señora Carmen pedía discreción y cambiaba las sábanas una vez al mes, de maneras que se aconsejaba a los residentes que se abstuviesen en la tentación del onanismo o de meterse en la cama con la ropa sucia. No era necesario restringir la presencia femenina en aquellas habitaciones, porque no habría habido ni una sola mujer en toda la ciudad que hubiese aceptado entrar en aquel agujero ni bajo amenaza de muerte. Allí aprendí que casi todo se olvida en esta vida, empezando por los olores, y que si había algo que quería en este mundo era no acabar muriéndome en un lugar como aquel. En las horas bajas, que eran la mayoría, me decía que si había algo que me pudiese sacar de allí antes que no hiciese un brote de tuberculosis era la literatura, y que si había alguien a quien esto le escociese, al alma o alas vergüenzas, era su problema.


Los domingos, a la hora de misa, mientras la señora Carmen se encaminaba a su cita con el Altísimo, los realquilados aprovechábamos la ocasión para reunirnos en la habitación del más veterano de todos nosotros, un pobre infeliz que se llamaba Heliodoro. De joven había querido ser torero, pero solo había llegado a comentarista taurino y encargado de los urinarios de la zona de sol de la Monumental. - El arte de los toros se ha terminado – proclamaba – Ahora, solo es un negocio de ganaderos ambiciosos y de toreros sin alma. El público ya no sabe distinguir entre los que torean de cara a la galería y los que hacen la faena con arte. Esto ya solo lo saben valorar los entendidos. - Si usted hubiese tenido la ocasión de mostrar su arte, Heliodoro, todo sería diferente. - En este país solo triunfan los mediocres. - Ya lo puede usted decir. Ya. Después del sermón dominical de Heliodoro, llegaba la hora de celebrar. Amontonados como fuets, los inquilinos se aglomeraban en la ventanita de la habitación, para poder ver y oír los gemidos de una vecina de la casa de al lado, la Marujita. La Marujita se ganaba la vida fregando tiendas de tres al cuarto, pero los domingos y las fiestas de precepto las dedicaba a su chico, un seminarista que venía a escondidas en tren desde Manresa y que se dedicaba en cuerpo y alma al conocimiento del pecado. Y mientras mis compañeros de alojamiento se amontonaban delante del ventanuco para capturar una visión huidiza de las descomunale4s formas de la Marujita, sonó el timbre de la pensión. Como no había voluntarios, porque ninguno quería perderse una localidad con una buena vista del espectáculo, yo desistí de mi afán para encontrar un hueco entre aquel grupo y me encaminé hacia la puerta. Cuando abrí, tropecé con una visión insólita e improbable en un espacio tan miserable como aquel. El señor Pedro Viñas, genio y figura, con su traje de seda italiana, me miraba sonriente desde el rellano.


- Se ha hecho la luz – me dijo, mientras entraba sin esperar ninguna invitación. Vidal se detuvo a contemplar la sala que servía tanto de comedor como de ágora de aquel cuchitril, y soltó un resoplido. - Vale más que vayamos a la habitación – le sugerí. Le acompañé hasta mi cuarto. Los gritos y los vítores de mis compañeros de piso, en honor de la Marujita y de sus acrobacias amorosas, atravesaban las paredes y nos llenaban de alegría. - Caramba, que lugar más alegre – comento Vidal. - Si os place, pasé a la suite presidencial, señor Pedro – le convidé. Entramos y cerramos la puerta. Después de echar una ojeada a mi habitación, se sentó en la única silla que había y me miró con pose displicente. No me costaba nada en absoluto imaginarme la sensación que mi casa le había causado. - ¿Qué le parece? - Un lugar cautivador. Vaya, que tengo ganas de venirme a vivir aquí yo también. El señor Pedro Vidal vivía en villa Helios, una monumental casona modernista, de tres pisos y terraza, situado en las colinas que subían por Pedralbes, en el cruce entre las calles de la Abadesa Olzet y de Panamá. La casa era un regalo de su padre le había hecho diez años atrás, con la esperanza que tuviese sentido común y formase una familia, un cometido en el que Vidal llevaba un atraso de unas cuantas décadas. La vida había bendecido al señor Pedro Vidal con diversos talentos, entre los cuales se contaba la capacidad de decepcionar y disgustar a su padre con cualquier cosa que hiciese. Y ver que se juntaba con indeseables como yo, no le ayudaba nada. Recuerdo una vez en que había visitado a mi mentor para llevarle unos papeles del periódico, y coincidí con el patriarca del clan Vidal, en una de las salas de Villa Helios. Cuando me vio, el padre del señor Pedro, me mandó que le fuese a buscar un vaso de gaseosa y un trapo limpio para limpiarle una mancha que tenía en la solapa. - Me parece que se equivoca, señor. Yo no soy un criado…


Me dirigió una sonrisa que aclaraba el orden de las cosas en el mundo sin necesidad de palabras. - El que te equivocas eres tú, chavalote. Eres un criado, aunque no lo sepas. ¿Cómo te llamas? - David Martín, señor. El patriarca saboreó mi nombre. - Sigue este consejo, David Martín. Vete de esta casa y vuélvete al lugar que perteneces. Te ahorrarás muchos problemas y me los ahorrarás a mí. No se lo expliqué nunca al señor Pedro, pero enseguida, fui corriendo a la cocina a buscar la gaseosa y el trapo y me pasé un cuarto de hora limpiando la americana del gran hombre. La sombra del clan era alargada, y por mucho que al señor Pedro le gustase darse aires de bohemia, la verdad es que toda su vida era una extensión de la red familiar. Villa Helios quedaba debidamente situada a cinco minutos de la gran mansión paterna, que dominaba el tramo superior de la Avenida Pearson y que era una especie de catedral, con balaustradas, escalinatas y buhardillas, desde donde se podía contemplar toda Barcelona, como un niño se mira sus juguetes que tiene repartidos por el suelo. Cada día, una expedición de dos criados y una cocinera de la casa grande, que era el nombre que recibía el domicilio paterno en el entorno de los Vidal, se desplazaba a Villa Helios para limpiar, planchar y cocinar y abrillantar toda la casa. Su misión era que acaudalado protector viviese en un mundo entre algodones, en una mansión de una comodidad extrema y que no pudiese oír nunca las fastidiosas molestias de la vida cotidiana. El señor Pedro Vidal se movía por la ciudad en un flamante HispanoSuiza, pilotado por el chófer de la familia, Manuel Sagnier, y era muy probable que no hubiese subido nunca a un tranvía. Como buen miembro del palacio y ilustre linaje, el señor Vidal no podía entender el triste encanto, el regusto hecho de miseria y libertad, que tenían las pensiones baratas de la Barcelona de la época. - No se aguante en decir lo que piensa, señor Pedro.


- Este lugar es una cueva de mala muerte – proclamó al final – No se como puedes vivir aquí. - Pues con mi sueldo, y voy justito. - Si hace falta, yo te puedo pagar lo que haga falta para que vivas en un lugar donde no huela a orines y a azufre. - Ni pensarlo. Vidal suspiró. - Murió de orgullo y de asfixia. Ya tienes un epitafio gratis. Durante un momento, Vidal se dedicó a cotillear por la habitación. Inspeccionó mi minúsculo armario, miró por la ventana, con cara de asco, tocó la pintura verdosa de las paredes y todavía tocó con la punta del dedo gordo la bombilla solitaria que colgaba del techo, como si se quisiese asegurar completamente que la calidad de todo junto era ínfima. - ¿Qué ha venido a hacer aquí, señor Pedro? ¿Demasiado aire puro en Pedralbes? - No vengo de casa. Vengo del periódico. - ¿Y como es eso? - Quería saber donde vives, por cotillear. Y además te traigo una cosa. Se sacó un sobre de pergamino blanco del bolsillo de la americana y me lo dio. - Ha llegado hoy, a tu nombre. Cogí el sobre y lo examiné. Iba cerrado con un sello de lacre en el que se podía ver el dibujo de una silueta alada. Un ángel. A parte de eso, solo estaba mi nombre escrito pulcramente con una caligrafía escarlata y exquisita. - ¿Quién me lo envía? – pregunté, curioso. Vidal se encogió de hombros. - Algún admirador. O alguna admiradora. No lo se. Ábrelo. Abrí el sobre con mucho cuidado y saqué un folio doblado en que, con la misma caligrafía, se podía leer lo que sigue: Mi querido amigo,


Me permito dirigirle esta carta para transmitirle mi admiración y para felicitarle por el éxito que ha tenido Los misterios de Barcelona, durante esta temporada en las páginas de La Voz de la Industria. Como lector y como amante de la buena literatura, me complace descubrir una nueva voz, llena de talento, de juventud y de promesas. Me permitirá, pues, que como muestra de mi agradecimiento por las buenas horas que me ha proporcionado la lectura de sus relatos, le convide a vivir una pequeña sorpresa, que espero le resulte placentera. Será esta noche a las 12 horas en el Sueño del Raval. Le estarán esperando. Cordialmente, A.C. Vidal, que también lo había leído por encima de mis hombros, arqueó las cejas, intrigado. - Interesante – musitó. - ¿Qué quiere decir “interesante”? – pregunté - ¡Qué es el Sueño del Raval? Vidal sacó un cigarrillo de su caja de platino. -La señora Carmen no permite fumar en la pensión – le advertí. - ¿Por qué? ¿El humo no le deja notar el olor a orines? Vidal encendió el cigarrillo y lo saboreó con más placer, como se disfrutan todas las cosas prohibidas. - ¿Ha conocido a alguna mujer, David? - Claro. Muchas. - Lo digo en el sentido bíblico. - ¿En misa? - No, en la cama. - Ah. - ¿Y pues? La verdad es que no tenía mucho que explicar que pudiese impresionar a alguien como Vidal. Mis juegos y amores de adolescente se habían caracterizado por su modestia y por una falta de originalidad notable. No había nada, en mi breve catálogo, de


pellizcos, arrambladas y besos robados en portales y salas de cinematógrafo, siempre en medio de la oscuridad, que pudiese aspirar a merecer la consideración del señor Pedro Vidal, el maestro consagrado en las artes y las ciencias de los juegos amorosos de la Ciudad Condal. - ¿Y a que viene todo esto ahora? Vidal adoptó una postura magistral y me endilgó uno de sus discursos. - En mis años jóvenes, existía la costumbre que, por lo menos los señoritos como yo, nos iniciásemos en este mundo acompañados por la mano experta de una profesional. Cuando yo tenía tu edad, mi padre, que era y todavía lo es un buen cliente de los establecimientos más finos de la ciudad, me llevó a un lugar que se llamaba El Sueño del Raval, situado a pocos metros de aquel palacio macabro que nuestro querido Conde de Güell quiso que Gaudí me construyese cerca de la Rambla. No me digas que no has oído hablar nunca de ese lugar. - ¿Del conde o de la casa de putas? - Qué gracia. El Sueño era un establecimiento elegante destinado a una clientela selecta y con criterio. La verdad es que pensaba que ya hacía años que había cerrado, pero supongo que me equivoco. A diferencia de la literatura, hay negocios que no dejan nunca de prosperar. - Entendido. ¿Esto es idea suya, no? ¿Una especie de broma? Vidal dijo que no con la cabeza. - Noto una cierta hostilidad en sus palabras. Pero, sinceramente, no creo que ninguno de nuestros nobles soldados de la prensa se pueda permitir pagar los honorarios de un lugar como El Sueño del Raval, sino estoy equivocado. Resopló. - Me da lo mismo. No pienso ir. Vidal arqueó las cejas. - No me vengas con tonterías. No me dirás que no eres un descreído como yo y que quieres llegar sin mácula en el corazón y en los


bajos al lecho nupcial, que eres un alma pura que quiere esperar aquel momento mágico en que el amor verdadero te lleva a descubrir, en un solo latido, el éxtasis de la carne y del alma, con la bendición del Espíritu Santo, de manera que llenes el mundo de criaturas que lleven tu nombre y los ojos de su madre, la mujer santa y llena de virtudes y de modestia, con quien entrarás en el cielo bajo la mirada de aprobación y de alegría del Niño Jesús. - Pare el carro. Yo no iba por aquí. - Entonces, me alegro. Porque es posible y lo remarco, posible, que este momento no llegue nunca, que no te enamores, que no quieras ni puedas ligar tu vida a nadie y que, como yo mismo, un día cumplas cuarenta y cinco años y te des cuenta que ya no eres joven y que nadie ha preparado para ti un corazón de cupidos con liras ni una cama de rosas blancas que se extienden hasta el altar, y que no te queda otra venganza que robar a la vida el placer de una carne firme y ardiente, un gozo que se deshace antes que las buenas intenciones, pero que es lo más parecido al paraíso que encontrarás en este asqueroso mundo, donde todo se pudre, empezando por la belleza y acabando por la memoria. Dejé que pasasen unos minutos de silencio, como si fuese una especie de ovación. Vidal era un gran aficionado a la ópera y se le habían pegado el tempo y la declamación de las grandes arias. No dejaba nunca de asistir a sus citas con Puccini, en el palco familiar del Liceo. Era uno de los pocos, sin contar con los infelices que se amontonaban en el gallinero, que iban para escuchar la música que el tanto estimaba y que tanto peso tenía en los discursos sobre el cielo y la tierra que, a menudo, me contaba. - ¿Y entonces? – preguntó Vidal, con pose desafiante. - Este último parágrafo me suena mucho. Le había pillado. Suspiró y dijo que si con la cabeza. - Es de Asesinato en el Círculo del Liceo – admitió – La escena final, en la que Miranda La Fleur dispara un tiro al perverso marqués que le ha roto el corazón, que la ha traicionado en una noche de pasión en la suite nupcial del hotel Colón, ha caído en la


tentación y se encuentra en brazos de la espía del zar, Svetlana Ivanova. - Ya me lo parecía. Ha hecho una buena elección. Es su obra maestra, señor Pedro. Vidal sonrió, cínicamente, cogió otro cigarrillo y empezó a jugar con el, como si pensase si lo quería encender en aquel momento o dejarlo para mas adelante. - Ahora bien, esto no impide que haya algunas cosas ciertas en todo lo que acabo de decir – concluyó. Vidal desdobló un pañuelo que llevaba en el bolsillo y lo extendió en el borde de la ventana y, al final, se sentó tomando las adecuadas medidas para que no se estropeasen sus pantalones de lujo. Me percaté que el Hispano-Suiza estaba aparcado debajo, en la esquina de la calle de la Princesa. El chófer, Manuel, estaba dando lustre a los cromados, talmente como si se tratase de una escultura de Rodin. Manuel siempre me había recordado a mi padre, hombres de una misma generación que habían pasado demasiados días y demasiadas noches de desgracias y que llevaban la memoria escrita en la cara. Había oído decir a algunos sirvientes de Villa Helios que Manuel Sagnier había pasad una larga temporada en la cárcel y que, cuando salió, había sufrido años de miseria porque nadie le ofrecía otro trabajo que el de estibador, descargando sacos y cajas del puerto, un oficio que ni la edad ni la salud ya no se lo permitían hacer. Las chafardearías aseguraban que una vez, Manuel, poniendo en peligro su propia vida, había salvado a Vidal de morir atropellado por un tranvía. En agradecimiento, Pedro Vidal, cuando conoció la penosa situación del pobre hombre, decidió ofrecerle trabajo e incluso la posibilidad de mudarse con la mujer y la hija al pequeño apartamento que había encima de las cocheras de Villa Helios. Le aseguró que la pequeña Cristina estudiaría con los mismos tutores que iban cada día a la casa paterna, en la Avenida Pearson, para impartir diversas materias a los cachorros de la dinastía Vidal, y que su mujer podría trabajar como modista para la familia. Entonces el estaba sopesando la necesidad de comprar uno de los primeros automóviles que muy


pronto se venderían en Barcelona y, si Manuel se avenía a instruirse en el arte de la conducción motorizada y deja atrás la carraca y la tartana, Vidal necesitaría un chófer, porque en aquellos tiempos, los señoritos ni tan solo ponían las manos sobre aquellas máquinas de combustión ni de ningún tipo de inventos que soltasen gases. Por descontado, Manuel lo aceptó. Después de un rescate de la miseria como aquel, la versión oficial aseguraba que Manuel Sagnier y su familia sentían una devoción ciega por el señor Vidal, aquella especie de caballero de los desheredados. Yo no sabía si creerme de arriba abajo aquella historia, o, simplemente atribuirla a la cadena de leyendas que se habían ido tejiendo alrededor del carácter bondadoso que Pedro Vidal, cultivaba: parecía que solo le faltase para acabarlo de redondear, que un buen día se le apareciese una pastora huerfanita rodeada de luz. - Pones esa cara traviesa cada vez que piensas en cosas maliciosas – dijo Vidal - ¿Qué tienes ahora en la cabeza? - Nada. Solo pensaba que usted es un pedazo de pan bendito. - Con tu edad y tu posición, el cinismo no te abrirá muchas puertas. - Esto lo debe explicar todo. - Apa, saluda a Manuel, que siempre me pregunta por ti. Saqué la cabeza por la ventana y, cuando me vio el chófer, que siempre me trataba como a un señorito y no como al pelacañas que yo era realmente, me saludó desde el coche. Le devolví el saludo. Sentada en el asiento del pasajero estaba Cristina, su hija, una criatura de piel pálida y labios perfectos que tenía un par de años más que yo, y que me había robado el sentido desde que la vi por primera vez, una vez que Vidal me convidó a visitar Villa Helios. - No te la mires tanto, que la vas a estropear – mi sugirió Vidal. Me volví y me tropecé con aquella pose maquiavélica que Vidal reservaba para los asuntos del corazón y otras vísceras nobles. - No se de que me habla. - Esto si que es cierto – replicó Vidal – Venga, chico, ¿Qué vas a hacer esta noche? Volví a leer la nota y dudé.


- ¿Señor Pedro, ¿usted va con frecuencia a locales de este tipo? - Yo no he pagado por una mujer desde que tenía quince años y, técnicamente, quien pagó fue mi padre – replicó Vidal, sin inmutarse – Pero si una cosa es de balde… - No lo sé, señor Pedro. - Claro que lo sabes. Vidal me dio un golpecito en la espalda, mientras se encaminaba hacia la puerta. - Te quedan siete horas hasta la media noche – dijo – Lo digo por si quieres hacer una siesta y recuperar fuerzas. Saqué la cabeza por la ventana y vi que se dirigía hacia el coche. Manuel le abrió la puerta y Vidal se dejó caer en el asiento de atrás con dejadez. Oí el motor del Hispano-Suiza que desplegaba su sinfonía de pistones y émbolos. En aquel momento, Cristina, la hija del chófer, levantó los ojos y miró hacia mi ventana. Sonreí, pero me di cuenta que ella no recordaba quien era yo. Al cabo de un momento, apartó la mirada y la gran carroza de Vidal se fue en dirección a su mundo. 3 Aquellos días la calle Nueva de la Rambla era como un pasillo de faroles y rótulos luminosos extendidos en medio de las tinieblas del Raval. Cabarets, salones de baile y locales de nombres dudosos se alineaban sobre las dos aceras, al lado de un grupo de casas especializadas en los males de Venus, que mostraban sin pudor los célebres carteles de gomas y lavajes. Los establecimientos estaban abiertos hasta el alba, y, en aquella calle, se mezclaba gente de todo tipo y condición, desde señoritos de casa bien hasta miembros de tripulaciones de barcos anclados en el puerto, una mezcolanza de personajes extravagantes que querían vivir la noche. A ambos lados de la calle, se abrían callejones estrechos y nebulosos que acomodaban una retahíla de prostíbulos de nivel decreciente.


El Sueño del Raval ocupaba la parte superior de un edificio que, en los bajos, tenía una sala de music-hall en que se anunciaba, con grandes rótulos, la actuación de una bailarina enfundada en una toga diáfana y ligera, que no escondía sus encantos y sostenía en sus brazos una serpiente negra, con una lengua bífida que le besaba los labios. “Eva Montenegro y el tango de la muerte – decía el cartel – La reina de la noche en seis veladas únicas e improrrogables. Con la intervención estelar de Mesmero, el lector de mentes que descubrirá sus secretos más íntimos”. Al lado de la entrada del local, había una puerta pequeñita que daba paso a una larga escalinata con las paredes pintadas de color rojo. Subí las escaleras y me planté delante de una gran puerta de robre labrado, con un picaporte que tenía la forma de una ninfa de bronce que llevaba un modesto trébol en la zona del pubis. Llamé un par de veces y me esperé, intentando esquivar mi reflejo en el gran espejo ahumado que cubría buena parte de la pared. Cuando ya pensaba en largarme cuanto antes mejor, se abrió la puerta y una mujer de mediana edad y con el pelo muy blanco y bien atado en un moño perfecto me sonrió con pose serena. - Usted debe de ser el señor David Martín. Nadie me había llamado señor en toda mi vida., y la formalidad me cogió desprevenido. - Yo mismo. - Si es tan amable de pasar y acompañarme. La seguí a través de un corto pasillo que llevaba hasta una amplia sala circular de paredes vestidas de terciopelo rojo y luces atenuadas. En el techo, había una especie de cúpula de cristal esmaltado, de la que colgaba una araña de cristal que se acababa encima de una mesa de caoba. En medio de la mesa, había un gramófono inmenso que dejaba oír un aria de ópera. - ¿Quiere algo para beber, señor? - Si tuviese un vaso de agua se lo agradecería.


La dama de cabellos blancos sonrió sin mover los párpados, con aquel comportamiento sereno e imperturbable. - Quizá el señor querrá probar una copa de champán o un licor. O tal vez un jerez. Mi paladar no iba más allá de distinguir las distintas cosechas de agua del grifo, de manera que me encogí de hombros. - Usted misma. La dama hizo que sí con la cabeza sin dejar de sonreír y me señaló una de las lujosas butacas que había por los rincones de la gran sala. - Si el señor quiere sentarse un rato, Chloé no tardará mucho en venir. Me pareció que me ahogaba. - ¿Chloé? Sin tener en cuenta mis ojos como naranjas, la dama de los cabellos blancos se difuminó silenciosamente por una puerta que se entreveía detrás de una cortina hecha con nudos negros, y me dejó solo, con mis sueños y mis deseos inconfesables. Yo iba dando tumbos por la sala, mirando de apaciguar el temblor que tenía en las piernas y por todo el cuerpo. A parte de la música tenue que sonaba y de los latidos del corazón que me notaba en las sienes, aquel lugar era una tumba. Salían seis pasillos, flanqueados por pequeñas aberturas cubiertas con cortinas azules, que conducían a seis puertas blancas, cerradas y de doble hoja. Me apoltroné en una de las butacas, una de aquellas piezas concebidas para ser merecedoras de las ancas más nobles de príncipes regentes y generalísimos con una cierta debilidad por los golpes de Estado. Al cabo de poco rato, la dama de blanco volvió con una copa de champán en una bandeja de plata. La acepté y ella volvió a desaparecer por la misma puerta. Me tragué la copa de un único sorbo y me aflojé el cuello de la camisa. Empezaba a imaginarme que todo aquello debía ser una broma de Vidal. Entonces, vi una figura que avanzaba hacia mí desde uno de los pasillos. Parecía una niña, y lo era. Andaba con la cabeza baja, sin que le pudiese ver los ojos. Me levanté.


La nena se inclinó en una genuflexión reverente y me indicó que la siguiese. Fue entonces cuando me di cuenta que una de sus manos era postiza, como la de un maniquí. La nena me condujo hasta el final del pasillo y con una llave que llevaba colgada al cuello, abrió una puerta y me cedió el paso. La habitación estaba casi a oscuras. Me metí dentro intentando forzar la vista. Entonces oí que la puerta se cerraba a mis espaldas, y cuando me volví la niña había desaparecido. Oí que el mecanismo de la cerradura giraba y supe que estaba encerrado. Pasó casi un minuto, y yo me mantenía completamente inmóvil. Poco a poco, mis ojos se fueron acostumbrando a la penumbra y los contornos de la cámara fueron cobrando forma. La habitación estaba cubierta por una tela negra desde el suelo hasta el techo. A un lado había unos cuantos ingenios bastante extraños, que yo no había visto nunca y que no pude decidir si me parecían siniestros o tentadores. Había una gran cama circular, con un cabezal que me pareció una gran telaraña, de la que colgaban dos palmatorias, en que ardían dos cirios negros, dejando salir aquel perfume propio de capillas y velatorios. A un lado de la cama había una reja de formas sinuosas. Noté un escalofrío. Aquel lugar era idéntico al dormitorio que yo había creado en la ficción para que viviese mi inefable vampiresa Chloé en sus aventuras de Los misterios de Barcelona. Había alguna cosa en todo aquello que olía a chamusquina. Cuando ya me disponía a forzar la puerta, me di cuenta de que no estaba solo. Me paré, helado. Una silueta se iba perfilando por el fondo de la reja. Dos ojos brillantes me observaban y pude ver que unos dedos blancos y largos, con las uñas pintadas de negro, sacaban la cabeza por los agujeros de la reja. Tragué saliva. - ¿Chloé? – dije, con un hilo de voz. Era ella. Mi Chloé. La operística e insuperable femme fatale de mis relatos se habían hecho carne y lencería fina. Tenía la piel más pálida que había visto nunca y los cabellos negros y brillantes, recortados en un ángulo recto que le enmarcaban la cara. Llevaba los labios pintados de un color tan vivo que parecía sangre fresca, y unas aureolas negras de sombra le rodeaban los ojos verdes. Se movía


como un felino, como si aquel cuerpo ceñido por una cotilla brillante como escamas fuese de agua y hubiese aprendido a esquivar la gravedad. Su largo e inacabable cuello llevaba una cinta de terciopelo escarlata de la que colgaba una cruz invertida. Miré como se acercaba lentamente, incapaz de respirar, mis ojos atrapados en aquellas piernas de unas formas imposibles bajo medias de seda que probablemente costaban más de lo que yo ganaba en todo un año. Llevaba unos zapatos con punta de puñal atados a los tobillos con cintas de seda. No había visto nunca nada tan bonito ni que me diese tanto miedo. Me dejé llevar por aquella criatura hasta la cama. Me caí, literalmente, de culo. La luz de las velas acariciaba el perfil de su cuerpo. Mi cara y mis labios se quedaron a la altura de su vientre desnudo y sin darme cuenta de lo que hacía empecé a besarla por debajo del ombligo y rocé mi mejilla contra su piel. En aquel momento, ya me había olvidado de quien era yo y donde me encontraba. Se arrodilló delante de mí y me cogió la mano derecha. Lentamente, como un gato, me chupó los dedos de la mano de uno en uno y entonces me clavó sus ojos de hito en hito y empezó a quitarme la ropa. Cuando la quise ayudar, ella me sonrió y me apartó las manos. - Xssst. Cuando hubo acabado, se inclinó hacia mí y me lamió los labios. - Ahora te toca a ti. Desnúdame. Poco a poco. Muy poco a poco. Entonces supe que, si había sobrevivido a mi infancia enfermiza y desgraciada, era solo para que ahora pudiese vivir aquellos segundos. La desnudé lentamente, separando poco a poco la ropa de la piel, hasta que solo quedó sobre su cuerpo, la cinta de terciopelo escarlata colgada de su cuello y aquellas medías negras, unos recuerdos que bien podrían alimentar la memoria de un infeliz como yo durante cien años. - Acaríciame – me decía al oído – Juega conmigo. La acaricié y la besé cada centímetro de su piel como si la quisiese memorizar toda la vida. Chloé no tenía prisa y respondía al tacto de


mis manos y de mis labios con gemidos suaves que me guiaban. Después, me hizo estirar sobre la cama y cubrió mi cuerpo con el suyo hasta que noté que toda la piel me quemaba. Le puse mis manos en la espalda y reseguí aquella raya milagrosa que le dibujaba la columna. Su mirada impenetrable me observaba solo a unos centímetros de la cara. Noté que tenía que decirle alguna cosa. - Me llamo… - Xssst. Antes de que pudiese decir cualquier otra tontería, Chloé me besó suavemente y, durante una hora, me hizo desaparecer de este mundo. Consciente de mí poca traza, pero haciéndome creer que no se daba cuenta, Chloé se adelantaba a cada uno de mis movimientos y me guiaba las manos por su cuerpo, sin prisa y sin pudor. No había ni tedio ni ausencia en sus ojos. Me dejaba hacer, con infinita paciencia y con una ternura que me hizo olvidar como había llegado hasta este lugar. Aquella noche, durante una hora, me aprendí cada pliegue de su piel, de la misma manera que hay quien se aprende oraciones o condenas. Más adelante, cuando casi ya no me quedaba aliento, Chloé me dejó que apoyase mi cabeza sobre su pecho y me acarició los cabellos durante un largo silencio, hasta que me quedé dormido en sus brazos, con la mano entre sus muslos. Cuando desperté, la habitación continuaba dominada por la penumbra, y Chloé se había ido. Su piel ya no estaba entre mis manos. Solo tenía una tarjeta de visita impresa en el mismo pergamino blanco que el sobre en que me había llegado la invitación. Bajo el emblema del ángel, se podía leer: Andreas Corelli Éditeur Éditions de la Lumière Boulevard St. Germain, 69. Paris. En la parte de atrás había una anotación hecha a mano.


Querido David, la vida está hecha de grandes esperanzas. Cuando esté a punto para convertir en realidad las suyas, hágamelo saber. Le estaré esperando. Su amigo y lector, A.C. Recogí la ropa del suelo y me vestí. La puerta de la cámara ya no estaba cerrada. <atravesé el pasillo hasta el salón, donde el gramófono había enmudecido. No había ningún rastro de la niña ni de la dama de los cabellos blancos que me había recibido. Todo estaba en silencio. A medida que me encaminaba hacia la salida, me dio la impresión que las luces que dejaba atrás se desvanecían, y que aquellos pasillos y aquellas cámaras se oscurecían lentamente. Llegué al rellano y bajé las escaleras para volver al mundo, sin ganas. Cuando salí a la calle, enfilé la Rambla, dejando atrás el bullicio y el gentío de de los locales nocturnos. Una niebla suave y cálida subía desde el puerto, y el centelleo de los ventanales del hotel Oriente la teñía de un amarillo sucio y polvoriento en donde los viandantes se desvanecían como trazos de vapor. Mientras iba caminando, el perfume de Chloé empezó a marchitarse, a huir de mi pensamiento, y yo me iba preguntado si los labios de Cristina Sagnier, la hija del chófer de los Vidal, tendrían el mismo gusto. 4 Nadie sabe lo que es la sed hasta que bebe por primera vez. Tres días después de mi primera visita al Sueño del Raval, el recuerdo de la piel de Chloé me quemaba el pensamiento y todo. Sin decir nada a nadie – y aún menos a Vidal – decidí reunir los pocos ahorros que me quedaban y volver aquella misma noche, con la esperanza de tener suficiente para comprar, aunque solo fuese un instante el estar en los brazos de aquella chica. Cuando llegué a la escalera de paredes rojas que subían hacia el Sueño del Raval, era más de media noche. La luz de la escalera estaba apagada y subí poco a poco, dejando atrás la


ciudadela ruidosa de cabarets, bares, music-halls y locales de definición difícil con que los años de la gran guerra de Europa habían sembrado la calle Nueva de la Rambla. La luz temblorosa que se filtraba desde el portal iba dibujando los escalones a medida que subía. Cuando llegué al rellano, me paré buscando el picaporte de la puerta a tientas. Solo rozar con los dedos el pesado picaporte de metal y levantarlo un poco, la puerta cedió unos centímetros y me di cuenta de que estaba abierta. La empujé suavemente. Un silencio absoluto me acarició el rostro. Delante, se abría una penumbra azulada. Avancé unos pasos, desconcertado. El sonido de las luces de la calle parpadeaba en el aire, revelando visiones huidizas de las paredes desnudas y el suelo de madera quebrada. Llegué a la sala que recordaba, decorada con terciopelo y mobiliario de lujo. Estaba vacía. La capa de polvo que cubría el suelo relucía como arena bajo la reverberación de los carteles luminosos de la calle. Avancé dejando un rastro de pisadas sobre el polvo. No había ninguna señal del gramófono, ni de las butacas ni de los cuadros. El techo estaba reventado y se podían entrever vigas de madera ennegrecida. La pintura de las paredes colgaba en jirones como piel de serpiente. Fui hasta el pasillo que llevaba a la habitación donde había encontrado a Chloé. Crucé aquel túnel de oscuridad hasta llegar a la puerta de doble hoja, que ya no era blanca. La puerta no tenía pomo, justo un agujero en la madera, como si hubiesen arrancado la maneta de golpe. Abrí la puerta y entré. El dormitorio de Chloé era una celda de negrura. Las paredes estaban carbonizadas y la mayor parte del techo se había hundido. Podía ver el lienzo de nubes negras que cruzaban el cielo y la luna que proyectaba un halo plateado sobre en esqueleto metálico que había sido la cama. Fue entonces que oí que el suelo crujía detrás de mí y me volví rápidamente, dándome cuenta de que había alguien más. Una silueta oscura y afilada, masculina, se recortaba en la entrada del pasillo. No le podía ver la cara, pero estaba seguro que me observaba. Se quedó allá, inmóvil como una araña, unos cuantos segundos, el tiempo que tardé en reaccionar y dar un paso hacia el.


En un instante, la silueta se retiró hacia las sombras y, cuando llegué al salón, ya no había nadie. Un reflejo de luz que venía de un rótulo luminoso del otro lado de la calle inundó la sala durante un segundo y me permitió ver un pequeño montón de escombros apilados contra la pared. Me acerqué y me arrodillé ante los restos carcomidos por el fuego. En medio de los escombros, se veía alguna cosa. Dedos. Aparté las cenizas que los cubrían y poco a poco surgió el contorno de una mano. La cogí y cuando tiré de ella, vi que estaba rota a la altura de la muñeca. La reconocí inmediatamente y comprendí que la mano de aquella niña, que había imaginado de madera, era de porcelana. La dejé caer otra vez sobre los escombros y me alejé de allí. Me planteé si la presencia de aquel desconocido era una invención mía, porque no había ningún rastro de sus pisadas en el polvo. Volví a bajar a la calle y me quedé al pie del edificio, escudriñando las ventanas del primer piso desde la acera, completamente confundido. La gente me pasaba por el lado riendo, sin fijarse en mi presencia. Intenté descubrir la silueta de aquel desconocido entre el gentío. Sabía que estaba allá, quizá a pocos metros y me observaba. Al cabo de un rato, atravesé la calle y entre en un café estrecho y lleno de gente. Conseguí hacerme un hueco en la barra y llamé al camarero con un gesto. - ¿Qué será? Tenía la boca seca y arenosa. - Una cerveza – improvisé. Mientras en camarero me ponía la bebida, me incliné hacia delante. - Escúcheme, ¿no sabe si han cerrado el local de aquí delante, El Sueño del Raval? El camarero dejó el vaso sobre la barra y me miró como si fuese entupido. - Lo cerraron hace quince años – me dijo. - ¿Está seguro? - Y tanto. Después del incendio, no se volvió a abrir. ¿Quiere algo más?


Dije que no con la cabeza. - Pues serán cuatro céntimos. Pagué la consumición y me fui sin tocar el vaso. Al día siguiente llegué a la redacción del periódico antes de la hora y me fui directamente a los archivos del subterráneo. Con la ayuda de Matías, el encargado, y guiándome por lo que me había explicado el camarero, empecé a consultar las primeras planas de La Voz de la Industria de quince años atrás. Tardé unos tres cuartos de hora en encontrar la historia, una breve nota. El incendio se había producido durante la madrugada del día de Corpus del 1903. Habían muerto seis personas, atrapadas entre las llamas: un cliente, cuatro chicas de plantilla y una nena que trabajaba en el local. La policía y los bomberos habían apuntado como causa de la tragedia un quinqué averiado, por más que el patronato de una parroquia próxima comentaba la retribución divina y la intervención del espíritu Santo como factores determinantes. Volví a la pensión y me estiré en la cama, intentando coger el sueño sin conseguirlo. Saqué del bolsillo la tarjeta de aquel benefactor desconocido que me había encontrado en los dedos al despertarme en la cama de Chloé y, dentro de la penumbra, volvía a leer las palabras escritas al dorso: “Grandes esperanzas.” 5 En mi mundo, las esperanzas, grandes o pequeñas, raramente se convierten en realidad. Hasta hacía pocos meses, mi único deseo, cada noche, cuando me iba a dormir, era tener algún día suficiente valor para decirle alguna cosa a Cristina, la hija del chófer de mi mentor; y que pasasen las horas que me separaban del alba para poder volver a la redacción de La Voz de la Industria. Ahora, también aquel refugio se me comenzaba a escapar de las manos. Quizá si alguna de mis manías fracasaba estrepitosamente, conseguiría recuperar el afecto de los compañeros, me dacia. Tal vez si escribía alguna cosa tan mediocre y abyecta que ningún lector consiguiese pasarse el


primer parágrafo, se me perdonarían los pecados de juventud. Tal vez aquel precio que tenía que pagar no era demasiado elevado para volverme a sentir en casa. Tal vez. Hacía muchos años que había ido a parar a La Voz de la Industria de la mano de mi padre, un hombre atormentado y sin fortuna que, al volver de la guerra de las Filipinas, se habían encontrado una ciudad que prefería no reconocerle y una esposa que ya le había olvidado, una mujer que, al cabo de dos años, decidió abandonarlo. Le dejó el alma rota y un hijo que había querido nunca y que no sabía que hacer. El padre, que, con trabajos, sabía leer y escribir su nombre, no tenía ni oficio ni beneficio. Lo único que había aprendido en la guerra eras a matar otros hombres como el, antes que le matasen, siempre en nombre de causas grandiosas y vacías que se mostraban más absurdas y más viles cuanto más cerca estaba del combate. Cuando volvió de la guerra, mi padre, que parecía un hombre veinte años más viejo que cuando se marchó, fue a buscar trabajo en diversas industrias de Pueblo Nuevo y del barrio de San Martí. Los trabajos solo le duraban unos cuantos días, y tarde o temprano le veía volver a casa con la mirada embrutecida por el resentimiento. Con el tiempo, y como no tenía otra alternativa, aceptó un lugar como vigilante nocturno en La Voz de la Industria. El sueldo era modesto, pero los meses pasaban, y por primera vez desde que había vuelto de la guerra, parecía que no se metía en líos. La paz duró bien poco. Pronto, algunos de sus antiguos compañeros de armas, cadáveres en vida que habían vuelto mutilados de cuerpo y de alma para comprobar que los mismos que los habían enviado a morir en el nombre de Dios y de la Patria ahora les escupían a la cara, le implicaron en asuntos turbios que le iban grandes y que nunca acabó por entenderlos. Mi padre desaparecía a menudo un par de días, y cuando volvía tornaba con las manos y la ropa con olor a pólvora y los bolsillos de dinero. Entonces se refugiaba dentro de su habitación y, creído que yo no me daba cuenta, se inyectaba todo lo que había podido


conseguir, fuese poco o mucho. Al principio, nunca cerraba la puerta, pero un día me atrapó espiándole y me clavó una bofetada que me abrió el labio. Después, me abrazó hasta que la fuerza se le acabó en los brazos, se hundió, y se quedó estirado en el suelo con la aguja colgada aún de la piel. Le saqué la aguja y le tapé con una manta. Después de aquel incidente empezó a cerrarse con llave. Vivíamos en un ático suspendido sobre las obras del auditorio nuevo del Palacio del Orfeón Catalán. Era un lugar frío y estrecho, y parecía que el viento y la humedad atravesasen las paredes. Yo acostumbraba a sentarme en el balconcillo, con las piernas colgando, para ver pasar la gente y contemplar aquel escollo de esculturas y columnas imposibles que iban creciendo al otro lado de la calle. A veces me imaginaba que las podía tocar con los dedos, y otras, la mayoría, me parecían que estaban tan lejos como la luna. Fui un niño débil y enfermizo, propenso a padecer graves fiebres e infecciones que querían arrastrarme hasta la tumba, pero que, a última hora, siempre se arrepentían y se iban para ir a encontrar presas más jugosas. Cuando me ponía enfermo, mi padre acababa perdiendo la paciencia, y después de la segunda noche en blanco solía dejarme en manos de alguna vecina y desaparecía de casa unos cuantos días. Con el tiempo, empecé a sospechar que el debía confiar en que un día, cuando volviese a casa, ya me encontraría muerto y que, de esa manera, se libraría de la carga de aquel chico con una salud de papel que no le servía para nada. Más de una vez yo también lo deseaba, pero mi padre siempre volvía y me encontraba vivo, y un poco más alto. La madre naturaleza no tenía ningún pudor en deleitarme con su extenso código penal de gérmenes y miserias, pero nunca encontró de aplicarme del todo la ley de la gravedad. Contra todo pronóstico, sobreviví durante aquellos primeros años andando por la cuerda floja de una infancia anterior a la penicilina. En aquellos tiempos, la muerte aún no vivía en el anonimato y se podía ver y oler por doquier, devorando almas que aún no habían tenido tiempo ni de pecar.


Ya entonces, mis únicos amigos eran de papel y de tinta. En la escuela, había aprendido a leer y a escribir mucho antes que los otros chavales del barrio. Allí donde los otros compañeros solo veían arañazos de tinta en páginas incomprensibles, yo veía, luces, calles y gente. Las palabras y el misterio de su ciencia oculta me fascinaban, y las imaginaba como una llave con la que abrir un mundo infinito y alejado de aquella casa, de aquellas calles y de aquellos días turbios, en los cuales incluso yo podía intuir que no me esperaba demasiada suerte. A mi padre, no le gustaba ver libros en casa. En los libros había alguna cosa, además de letras que no podía descifrar, que le ofendía. Me solía decir que en cuanto cumpliese los diez años me pondría a trabajar, y que haría bien de quitarme de la cabeza todos aquellos pajarillos, porque, en caso contrario, acabaría siendo un desgraciado y un muerto de gana. Yo escondía los libros debajo del colchón y esperaba que el estuviese fuera o que durmiese para leer. Una vez, me pilló leyendo de noche y se enfadó mucho. Me arrancó el libro de las manos y lo tiró por la ventana. - Si te vuelvo a pillar gastando luz para leer todas esas tonterías, te arrepentirás. Mi padre no era un hombre tacaño y, a pesar de las miserias que pasábamos, cuando podía me daba unas monedas para que me comprase caramelos como los otros críos del barrio. El estaba convencido que me lo gastaba en bastoncillos de regaliz, pipas o dulces, pero yo los guardaba debajo del colchón dentro de un bote de café y, cuando juntaba cuatro o cinco reales, iba corriendo a comprarme un libro a escondidas de el. El sitio que más me gustaba de toda la ciudad era la librería Sampere e Hijos, en la calle de Santa Ana. Aquel lugar, con olor a papel viejo y a polvo era mi santuario y refugio. El librero siempre me dejaba una silla para sentarme en un rincón y leer a mi aire cualquier libro que quisiese. Sampere casi nunca me dejaba pagar los libros que me ponía en mis manos, pero cuando el no se daba cuenta, antes de irme, yo le dejaba sobre el mostrador las pocas monedas que había podido reunir. Solo era calderilla, y si me hubiese tenido que


comprar un libro con aquella miseria, seguramente solo me habría podido permitir un librillo de hojas de papel de fumar para hacer cigarrillos. Cuando era hora de irme, lo hacía arrastrando los pies y el alma, porque si hubiese sido decisión mía, me habría quedado a vivir allí. Una Navidad, Sampere me hizo el mejor de los regalos que he recibido nunca. Era un volumen viejo, leído a fondo y vivido a fondo. Grandes esperanzas, de Carlos Dickens…- leí en la cubierta. Me constaba que Sampere conocía a algunos escritores habituales de la tienda y, por el cariño con que manipulaba aquel volumen, me imaginé que tal vez aquel señor Carlos era uno de ellos. - ¿Un amigo suyo? - De toda la vida. Y a partir de hoy, amigo tuyo, también. Aquella tarde, escondido bajo la ropa para que mi padre no lo viese, me llevé a mi nuevo amigo a casa. La de aquel año fue un otoño de lluvias y de días plomizos durante los cuales leí Grandes esperanzas unas nueve veces seguidas. En parte porque no tenía otro libro a mano, y en parte, porque no creía que pudiese haber otro libro mejor, y empezaba a sospechar que el señor Carlos lo había escrito exclusivamente para mí. Pronto me convencí que no quería nada más en la vida que aprender a hacer lo que hacia aquel tal señor Dickens. Una madrugada, me desperté de repente gracias a una sacudida de mi padre, que había vuelto del trabajo antes de tiempo. Tenía los ojos enrojecidos y el aliento le hedía a aguardiente. Le miré horrorizado mientras el tocaba con los dedos la bombilla desnuda, colgada de un cable. - Está caliente. Me clavó los ojos e hizo explotar la bombilla contra la pared. Estalló en mil pedazos de cristal que me cayeron por la cara, pero no me atreví a apartarlos. - ¿Dónde lo tienes? – me preguntó mi padre, con voz fría y serena. Dije que no con la cabeza, temblando. - ¿Dónde tienes ese libro de mierda?


Lo negué otra vez. Dentro de la penumbra, justo vi llegar el golpe. Noté que perdía la visión y que me caía de la cama, con sangre en la boca y un dolor intenso, como fuego blanco, que me quemaba los labios. Incliné la cabeza y vi en el suelo los que suponía eran los fragmentos de un par de dientes rotos. Mi padre me cogió por el cuello con una mano y me levantó: - ¿Dónde lo tienes? - Padre, por favor… Me tiró de cara contra la pared con todas sus fuerzas y el golpe en la cabeza me hizo perder el equilibrio y hundirme como un saco de huesos. Me arrastré hasta un rincón y me quedé allá, encogido como un ovillo, mirando a mi padre, que abría el armario y sacaba las cuatro piezas de ropa que había y me las tiraba al suelo. Registró cajones y baúles sin encontrar el libro hasta que, exhausto, volvió donde yo estaba. Cerré los ojos y me pegué a la pared, esperando un nuevo golpe que no llegó a caer. Abrí los ojos y vi a mi padre sentado en la cama. Sollozaba, dominado por la angustia y la vergüenza. Cuando se dio cuenta de que le miraba, huyó corriendo escaleras abajo. Oí el sonido de sus pasos, que se adentraban en el silencio del alba, y solo cuando supe de verdad que ya estaba lejos, me arrastré hasta la cama t saqué el libro de su escondrijo, debajo del colchón. Me vestí y, con la novela bajo el brazo, bajé a la calle. Cuando llegué a la puerta de la librería, por la calle de Santa Ana, bajaba un lienzo de niebla. El librero y su hijo vivían en el primer piso de aquella casa. Era consciente que a las seis de la mañana no eran horas de llamar a casa de nadie, pero en aquel momento solo tenía una idea fija, solo quería salvar aquel libro. Estaba seguro que si mi padre me lo encontraba al volver a casa, lo destrozaría con toda la furia que llevaba en la sangre. Apreté el timbre y esperé. Tuve que insistir dos o tres veces hasta oír que se abría el balcón y vi al viejo Sampere, en bata y zapatillas, que sacaba la cabeza y me miraba enfadado. Al cabo de medio minuto, ya estaba abajo abriéndome y cuando me vio la cara, le desapareció de la cara cualquier sombra de indignación. Se arrodilló delante de mi, y me cogió por los brazos.


- ¡Dios mío! ¿Te encuentras bien? ¿Quién te ha hecho esto? - Nadie. Me he caído. Le alargué el libro. - He venido a devolvérselo, porque no quiero que le pase nada… Sampere me miró sin decir nada. Me levanto a peso en brazos y me subió al piso. Su hijo, un chico de doce años tan tímido que no recordaba haberle oído nunca la voz, se había despertado al oír a su padre y se esperaba en el rellano de arriba. Cuando me vio la sangre en la cara, miró a su padre, asustado. - Llama al doctor Campos. El chico asintió y corrió al teléfono. Le oí hablar y comprobé que no era mudo. Entre los dos, me instalaron en una butaca del comedor y me limpiaron la sangre de las heridas, mientras esperaban que llegase el médico. - ¿No me quieres decir quien te ha hecho esto, ¿verdad? No abrí los labios. Sampere no sabía donde vivía yo y no quería darle ninguna pista. - ¿Ha sido tu padre? Desvié la mirada. - No. Me he caído. El doctor Campos, que vivía cuatro o cinco portales más allá, llegó al cabo de cinco minutos. Me examinó de pies a cabeza; me palpó los moretones y me curó los cortes tan delicadamente como pudo. Era evidente que los ojos le quemaban de indignación, pero no dijo nada. - No hay fracturas, pero si unos cuantos golpes que le durarán y le dolerán unos cuantos días. Estos dos dientes habrá que arrancarlos. Son piezas perdidas y hay riesgo de infección. Cuando el médico se fue, Sampere me preparó un vaso de leche tibia con cacao y observó como me lo bebía, sonriente. - ¿Y todo esto por salvar Grandes esperanzas, ¿eh? Me encogí de hombros. Padre e hijo intercambiaron una mirada y una sonrisa de complicidad.


- La próxima vez que quieras salvar un libro, sálvalo de verdad, no te juegues la vida. Me lo dices y te llevaré a un lugar secreto. Allí los libros no mueren nunca y no los puede destruir nadie. Los miré a los dos, intrigado. - ¿Dónde está ese lugar? Sampere me guiñó un ojo y me dedicó aquella sonrisa misteriosa que parecía salida de un serial de Alejandro Dumas. Decían que era la marca de familia. - Cuando llegue el momento, ya lo sabrás. Mi padre se pasó toda la semana con los ojos clavados en el suelo, roído por los remordimientos. Compró una bombilla nueva y llegó a decirme que, si la quería encender, que la encendiese, pero no mucho rato, porque la electricidad era muy cara. Preferí no jugar con fuego. El sábado, mi padre me quiso comprar un libro y fue a una librería de la calle de la Paja, delante de la vieja muralla romana. Sería la primera y la última que visitaba. Una vez allí, como el hombre no podía leer los títulos en el lomo de los centenares de libros que estaba expuestos, salimos con las manos vacías. Después me dio dinero, más que de costumbre, y me dijo que me comprase lo que más me gustase. Me pareció un momento idóneo para hablarle de un tema que ya hacía tiempo que esperaba una ocasión. - La señora Mariana, la maestra, me ha pedido que le diga a usted que a ver si un día puede ir a la escuela a hablar con ella – me arriesgué. - ¿A hablar de qué? ¿Qué has hecho? - Nada, padre. La señora Mariana quiere hablar con usted de mi educación futura. Dice que tengo posibilidades y que le parece que me podría ayudar a conseguir una beca para entrar en los escolapios… - ¿Y quien se cree que es, esta mujer, para llenarte la cabeza de pájaros y decirte que te meterá en un colegio para chicos de casa bien? ¿Ya sabes quienes son esta gentuza? ¿ya sabes como te mirarán y como te tratarán cuando sepan de donde vienes?


Bajé la mirada. - La señora Mariana solo me quiere ayudar, padre. Nada más. No se enfade, por favor. Le diré que no puede ser y se acabó. Mi padre me miró lleno de rabia, pero se contuvo y respiró hondo repetidamente con los ojos cerrados, antes de decir nada. - Iremos hacia delante, ¿me oyes? Tú y yo. Sin las limosnas de ese grupo de hijos de puta. Y con la cabeza bien alta. - Sí, padre. Mi padre me puso una mano sobre el hombro y me miró como si, durante un breve instante que no se repetiría nunca más, se sintiese orgulloso de mi; aunque fuésemos tan diferentes, aunque me gustasen los libros que el no podía leer, aunque ella nos hubiese dejado solos a los dos, uno contra otro. En aquel instante, me dije que mi padre era el hombre más bueno del mundo, y que todos se enterarían, aunque solo fuese una vez, de ponerle una buena carta en las manos. - Todo el daño que hacemos en la vida, nos vuelve, David. Y yo he hecho mucho. Mucho. Pero he pagado un precio. Y nos cambiará la suerte. Ya lo verás. Ya lo verás… A pesar de la insistencia de la señora Mariana, que era una mujer espabilada y se imaginaba perfectamente como iban las cosas, no volví a comentar la cuestión de los estudios con mi padre. Cuando la maestra comprendió que no había ninguna esperanza, me dijo que cada día, al acabar las clases, me dedicaría una hora exclusivamente, para hablarme de libros, de historia y de todas aquellas cosas que tanto asustaban a mi padre. - Será nuestro secreto – dijo la maestra. Entonces ya había empezado a comprender que mi padre se avergonzase de que la gente pensase que era un ignorante, un despojo de una guerra en que, como en casi todas, se luchaba en nombre de Dios y de la Patrias, para que fuesen más poderosos hombres que ya lo eran demasiado antes de provocarla. En aquella época, empecé a acompañar a mi pare a su trabajo algunas noches. Cogíamos un tranvía en la calle Trafalgar que nos dejaba a las puertas del cementerio. Yo me quedaba en la garita, leyendo periódicos viejos y,


a ratos, intentaba conversar con el, empresa harto difícil. Mi padre ya casi ni hablaba ni de la guerra en las colonias ni de la mujer que le había abandonado. Una vez, una vez le pregunté por qué nos había abandonado mi madre. Yo sospechaba que había sido por culpa mía, por alguna cosa mal hecha por mí, aunque solo fuese nacer. - Tu madre ya me había abandonado antes de que me enviasen al frente. El tonto fui yo, que no lo supe ver hasta mi vuelta. La vida es así, David. Tarde o temprano, todo y todos te abandonan. - Yo a usted no le abandonaré nunca, padre. Me pareció que estaba a punto de echarse a llorar y le abracé para no verle la cara. Al día siguiente, sin avisarme, mi padre me llevó al almacén de telas El Indio, en la calle del Carmen. No llegamos a entrar, pero desde el aparador del vestíbulo me señaló a una mujer joven y alegre que atendía a los clientes y les enseñaba telas y tejidos de lujo. - Esa es tu madre – dijo – Un día de estos, volveré a venir y la mataré. - No diga eso, padre. Me miró con los ojos enrojecidos y comprendí que todavía la quería, y que yo no la perdonaría nunca por este mismo motivo. Recuerdo que la observé en secreto, sin que ella supiese que estábamos allá. Solo la reconocí por el retrato que mi padre guardaba en un cajón de la casa, cerca de la pistola del ejército que cada noche, cuando creía que yo dormía, se la miraba como si tuviese que darle todas las respuestas, o, por lo menos, las que el necesitaba. A lo largo de los años volví más de una vez a plantarme ante las puertas de aquel bazar para espiarla en secreto. Nunca tuve el valor de entrar, ni para decirle nada cuando la veía salir de la tienda y se alejaba Rambla abajo. Yo me había imaginado que se encaminaba hacia una vida bien distinta de la mía, con una familia que la hacía feliz y un hijo que merecía su afecto y el contacto de su piel más que yo. Mi padre no supo nunca que a veces me escapaba para ir a verla, ni que algunos días la seguía de cerca, siempre a punto de cogerla de


la mano y andar a su lado, siempre huyendo en el último momento. En mi mundo, las grandes esperanzas solo vivían entre las páginas de un libro. La buena suerte que mi padre anhelaba tan intensamente no llegó nunca. La única gentileza que la vida le ofreció fue no hacerle esperar mucho. Una noche, cuando llegábamos a las puertas del periódico para empezar la jornada, salieron de las sombras tres pistoleros y le cosieron a tiros delante de mis ojos. Recuerdo el olor a azufre y el halo humeante que subía de los agujeros que las balas le habían hecho en el abrigo. Uno de los pistoleros estaba a punto de rematarlo de un tiro en la cabeza, pero yo me lancé sobre mi padre y el otro asesino le paró. Recuerdo que aquel pistolero me clavaba los ojos, mientras dudaba si me tenía que matar a mí también. Al cabo de un momento, se fueron a paso ligero y se escurrieron por las callejuelas escondidas por las fábricas de Pueblo Nuevo. Aquella noche, los asesinos dejaron a mi padre desangrándose en mis brazos y a mí, solo en el mundo. Pasé casi dos semanas durmiendo en los talleres de la imprenta del periódico, escondido entre las máquinas de linotipia que parecían arañas de acero gigantescas, intentando amortiguar aquel silbido enloquecedor que por la noche me perforaba los tímpanos. Cuando me descubrieron, aún tenía las manos y la ropa manchada de sangre negra y seca. Al principio, nadie sabía quien era, porque no dije ni una palabra en casi una semana, y cuando lo hice fue solo para gritar el nombre de mi padre hasta quedarme sin voz. Cuando me preguntaron por mi madre, les dije que se había muerto y que no tenía ningún pariente vivo. La historia llegó a oídas de Pedro Vidal, el hombre estrella del diario e íntimo amigo del editor. Vidal mandó que me diesen trabajo en la empresa como chico de los recados y que, de momento, me dejasen vivir en el modesto habitáculo que el portero tenía en el subterráneo. Aquellos años, las calles de Barcelona, la sangre y la violencia empezaban a ser el pan nuestro de cada día. Días de panfletos que incitaban a la revuelta, y de bombas que dejaban cuerpos troceados y


humeantes por las calles del Raval, de grupos de figuras negras que recorrían la noche regando sangre, de procesiones y desfiles de santos y generales que olían a muerto y a engaño, de discursos incendiarios en los que todos mentían y todos tenían razón. La rabia y el odio que, al cabo de unos años, llevarían a los unos y a los otros a matarse en nombre de consignas grandiosas y banderas de colores, ya se empezaban a notar en el aire envenenado. La niebla perpetua de las fábricas reptaba sobre la ciudad y manchaba las avenidas empedradas y surcadas por tranvías y carruajes. La noche pertenecía a las farolas de gas, las sombras de las callejuelas salpicadas por los relámpagos de los tiros y el surco azul de la pólvora quemada. Eran años en los que era necesario crecer deprisa y en el que muchas criaturas, cuando la infancia se les iba de las manos, ya tenían mirada de viejos. Ahora que ya no tenía más familia que aquella Barcelona tenebrosa, el periódico se convirtió en mi refugio y mi mundo, hasta que, a los catorce años, el sueldo me permitió alquilar una habitación en la pensión de la señora Carmen. Justamente hacía una semana que vivía, que un día la dueña de la casa vino a mi habitación y me comunicó que en la puerta estaba un señor que preguntaba por mí. En el rellano de la escalera, me encontré a un hombre vestido de gris, de mirada gris y de voz gris, que me preguntó si yo era David Martín y cuando asentí, me dio un paquete envuelto en papel de estraza. Al cabo de poco, ya se había perdido escaleras abajo, y su ausencia gris había apestado todavía más aquel mundo de miserias en que yo vivía. Me llevé el paquete a la habitación y cerré la puerta. Nadie, a excepción de dos o tres personas del periódico, sabía que yo vivía allí. Deshice el paquete, intrigado. Era el primer paquete que recibía en toda mi vida. Dentro había un estuche de madera que me resultó vagamente familiar. Lo dejé encima de la colcha de la cama y lo abrí. Contenía la vieja pistola de mi padre, el arma que el ejército le había dado y con la que había vuelto de las Filipinas para encontrar una muerte prematura y miserable. Ceca del arma, había una caja de cartón con unas cuantas balas. Cogí la pistola con las dos manos y la sopesé.


Olía a pólvora y a aceite. Me pregunté a cuantos hombres debía haber matado mi padre con aquella arma, una pistola con la que, seguramente, quería poner fin a su propia vida, sin saber que habría algún otro que se le adelantaría. Volví a guardar el arma en su estuche y lo cerré. El primer impulso fue tirarlo a la basura, pero me di cuenta que aquella pistola era lo único que me quedaba de mi padre. Supuse que un usurero de los muchos que llenaban la ciudad, después de la muerte de mi padre, debía haber confiscado las pocas cosas que teníamos, en aquel piso viejo suspendido delante del tejado del Palacio de la Música, para compensar las deudas, y que ahora había decidido enviarme aquel recordatorio macabro para darme la bienvenida a la edad adulta. Escondí el estuche encima del armario, pegado a una pared donde se amontonaba la porquería, porque la señora Carmen no llegaba ni con zancos, y no lo volví a tocar en unos cuantos años. Aquella misma tarde, volví a la librería Sampere e hijos y, con la sensación de ser ya un hombre de mundo con recursos, expuse al librero la intención de comprar aquel viejo ejemplar de Grandes esperanzas que me había visto obligado a devolverle años atrás. - Póngale el precio que quiera – le dije – Póngale el precio de todos los libros que no le he pagado en los últimos diez años. Recuerdo que Sampere me sonrió tristemente y poniéndome una mano en la espalda, me dijo: - Lo he vendido esta mañana – me confesó, abatido. 6 Trescientos sesenta y cinco días de haber escrito el primer relato pala La Voz de la Industria llegué, como siempre, a la redacción del diario y la encontré casi desierta. Con trabajos quedaban un grupo de redactores que meses atrás me había dedicado desde sobrenombres afectuosos hasta palabras de apoyo, y aquel día, cuando me vieron entrar, ignoraron mi saludo y se encerraron en un redondel de murmullos. En menos de un minuto, habían recogido los abrigos y


habían desaparecido como si tuviesen miedo de un contagio. Me quedé sentado solo en aquella sala insondable, contemplando el espectáculo extraño de decenas de mesas vacías. Unos pasos lentos y contundentes a mi espalda me anunciaron que se acercaba el señor Basilio. - Buenas noches, señor Basilio. ¿Qué pasa hoy que se han ido todos? - Hay una cena de Navidad de toda la redacción. En las Siete Puertas. – dijo en voz baja – Supongo que no le han dicho nada. Fingí una sonrisa despreocupada y dije que no. - ¿Usted no va? El señor Basilio lo negó. - Se me han pasado las ganas. Nos miramos en silencio. - ¿Y si le invito yo? – Me ofrecí – Donde usted quiera. En Can Solé, si le parece. Usted y yo, para celebrar el éxito de Los Misterios de Barcelona. El señor Basilio sonrió, asintiendo lentamente. - Martín, no se como decirle esto. - ¿Decirme el qué? En señor Basilio de aclaró la garganta. - No le podré publicar más episodios de Los misterios de Barcelona. Le miré sin comprender. El señor Basilio me rehuyó la mirada. - ¿Quiere que escriba alguna otra cosa? ¿una cosa un poco más al estilo del señor Narciso Oller? Yo puedo intentar de… - Martín, usted ya sabe como es la gente. Ha habido quejas. He intentado parar el asunto, pero el director es un hombre débil y los conflictos innecesarios no le gustan. - No le entiendo, señor Basilio. - Martín, me han encargado que se lo diga yo. Finalmente me miro y se encogió de hombros. - O sea que me han despedido – murmuré. Note, que, a mi pesar, se me llenaban los ojos de lágrimas.


- Ahora le parece el fin del mundo, pero créame que en el fondo es lo mejor que le podía pasar. Este lugar no hace para usted. - ¿Y que lugar es que hace para mí? – le pregunté. - Lo siento, Martín. Créame que lo siento. El señor Basilio se incorporó pe puso la mano sobre mi hombro afectuosamente. - Feliz Navidad, Martín. Aquella misma noche vacié mi escritorio y dejé para siempre el que había sido mi hogar, para perderme dentro de las calles obscuras y solitarias de la ciudad. De camino a la pensión, me acerqué al restaurante Siete Puertas, bajo los arcos de la casa Xifré. Me quedé fuera, contemplando a mis compañeros que reían y brindaban detrás de los cristales. Quise pensar que mi ausencia les hacía felices o que, por lo menos, les hacía olvidar que no lo eran y no lo serían nunca. Pasé el resto de aquella semana a la deriva, refugiándome cada día en la biblioteca del Ateneo y creyendo que cuando volviese a la pensión, encontraría una nota del director del periódico para pedirme que me reincorporase a la redacción. Escondido en una de las salas de lectura, sacaba aquella tarjeta que me había encontrado en las manos al despertar en el Sueño del Raval y empezaba a escribir una carta a aquel benefactor anónimo, Andreas Corelli, que siempre acababa rompiendo y volviéndola a escribir al día siguiente. El sétimo día, harto de compadecerme, decidí hacer la inevitable peregrinación hasta la casa de mi creador. Cogí el tren de Sarria en la calle Pelayo. En aquella época, aún circulaba por la superficie, y me senté bien delante del vagón para contemplar la ciudad y sus calles, que se volvían más amplios y señoriales a medida que nos alejábamos del centro. Bajé en la parada de Sarriá y allí cogí un tranvía que me dejaría a las puertas del monasterio de Pedralbes. Hacía un día de un calor insólito para le época y, en la brisa, podía percibir el perfume de los pinos y la Retana que salpicaba la falda de la montaña. Enfilé la boca de la Avenida Pearson, que ya se empezaba a urbanizar y pronto distinguí


la silueta inconfundible de Villa Helios. A medida que subía la pendiente y me acercaba, pude ver que Vidal estaba sentado en la ventana de su terraza en mangas de camisa mientras saboreaba un cigarrillo. Se oía música flotando en el aire y recordé que Vidal era uno de los pocos privilegiados que tenía un receptor de radio. Que bien que se debía ver la vida desde allá arriba y que poca cosa que me debía ver yo. Le saludé con la mano y me devolvió el saludo. Cuando llegué al chalet, le encontré con el chófer, Manuel, que se dirigía a las cocheras llevando un puñado de trapos y un cubo con agua humeante. - Es una alegría verle por aquí, David – me dijo - ¿Cómo le va la vida? ¿Continúan los éxitos? - Hacemos lo que podemos – le respondí. - No sea modesto, que incluso mi hija lee estas aventuras que escribe usted en el periódico. Tragué saliva, sorprendido que la hija del chófer conociese no ya mi existencia, sino que incluso hubiese llegado a leer algunas de las tonterías que yo escribía. - ¿La Cristina? - No tengo ninguna más – me replicó el señor Manuel – El señor está arriba, en el estudio, por si quiere subir. Como agradecimiento, dije que si con la cabeza y enseguida me colé dentro del caserón. Subí hasta la terraza del primer piso, que se alzaba entre el terrado ondulado de tejas policromadas. Allá encontré a Vidal, instalado en aquel estudio desde donde se podían ver la ciudad y el mar en la distancia. Vidal apagó la radio, un trasto de la medida de un meteorito pequeño que había comprado unos cuantos meses atrás, cuando se habían anunciado las primeras emisiones de Radio Barcelona desde los estudios camuflados bajo la cúpula del hotel Colón. - Me ha costado casi doscientas pesetas y ahora resulta que solo dice tonterías. Nos sentamos en dos sillas encaradas, con todas las ventanas abiertas a aquella brisa que, a mí, habitante de la ciudad vieja y


tenebrosa, me hacía el efecto que venía de otro mundo. El silencio era exquisito, como un milagro. Se podían oír los insectos zumbando por el jardín y las hojas de los árboles columpiándose al viento. -Parece que estemos en pleno verano- me atreví a decir. - No disimules hablando del tiempo. Ya me han explicado lo que ha pasado – dijo Vidal. Me encogí de hombros y di una ojeada por el escritorio. Me constaba que mi protector hacía meses, sino años, que intentaba escribir lo que el decía una novela “seria”, alejada de las tramas ligeras de sus historias policíacas, para inscribir su nombre en las secciones más rancias de las bibliotecas. No se veían muchas cuartillas. - ¿Cómo va la obra maestra? Vidal echó la colilla por la ventana y miró allá. - Ya no tengo nada más que decir, David. - Tonterías. - En esta vida todo son tonterías. Solo es una cuestión de perspectiva. - Tendría que poner eso, en el libro, El nihilista de la colina. Un éxito cantado. - Quien pronto necesitará un éxito eres tu, porque sino me equivoco debes empezar a ir corto de fondos. - Siempre puedo aceptar su caridad. - Ahora te parece el fin del mundo, pero… - …pronto me daré cuenta que es lo mejor que me podía pasar – concluí – No me diga que ahora es el señor Basilio el que le escribe esos discursos. Vidal se echó a reír. - ¿Qué piensas hacer? - ¿Usted no necesita un secretario? - Ya tengo la mejor secretaria que podría tener. Es más inteligente que yo, infinitamente más trabajadora, y cuando sonríe incluso me parece que este asqueroso mundo tiene algo de futuro. - ¿Y quien es esta maravilla? - La hija de Manuel.


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La Cristina. Al final te oigo pronunciar su nombre. Ha elegido una mala semana para reírse de mi, señor Pedro. No me mires con esa cara de perro abandonado. ¿Te parece que Pedro Vidal permitiría que aquella banda de mediocres estreñidos y envidiosos te despidiesen por las buenas sin hacer nada? - Si hubiese hablado con el director, sería otra cosa. - Lo se. Por eso yo mismo le sugerí que te despidiese – dijo Vidal. Tuve la sensación de que me acababa de dar una bofetada. - Muchas gracias por el empujón – improvisé. - Le dije que te despidiese porque tengo una cosa mucho mejor para ti. - ¿La mendicidad? - Hombre de poca fe. Ayer mismo hablé de ti con un par de socios que acaban de abrir una editorial nueva y buscan sangre fresca para exprimir y explotar. - Suena muy bien. - Ya están al corriente de Los misterios de Barcelona y quieren hacerte una oferta que te convertirá en un hombre de pies a cabeza. - ¿Lo dice de verdad? Claro que lo digo de verdad. Quieren que les escribas un serial episódico según la tradición más barroca, sanguinaria y delirante del grand gignol, que haga pedacitos a Los misterios de Barcelona. Creo que es la oportunidad que tu esperabas. Les he dicho que los irás a ver y que estabas a punto para comenzar a trabajar inmediatamente. Suspiré profundamente. Vidal me guiñó un ojo y me abrazó. 7 Fue así como, pocos meses antes de cumplir los veinte años, recibí y acepté una oferta para escribir novelas de peseta bajo el pseudónimo de Ignatius B. Samson. El contrato me comprometía a


darles cada mes doscientas páginas de manuscrito mecanografiado llenas de intrigas, asesinatos de la alta sociedad, horrores incompatibles con los ambientes más sórdidos, amores ilícitos entre terratenientes crueles de mandíbula fuerte y damiselas de deseos inconfesables, y todo tipo de estirpes familiares retorcidas con un trasfondo más espeso y turbio que las aguas del puerto. El serial, que decidí bautizar como La ciudad de los malditos, aparecía en un volumen mensual en edición cartoné con cubierta ilustrada a todo color. A cambio, recibiría más dinero de los que nunca habría imaginado que se pudiesen ganar haciendo alguna cosa que me inspirase respeto, y no tendría más censura que la que me impusiese el interés de los lectores que me supiese ganar. Los términos de la oferta me obligaban a escribir desde el anonimato de un pseudónimo extravagante, pero en aquel momento me pareció un precio muy bajo a cambio de poderme ganar la vida en el oficio que siempre había soñado ejercer. Renunciaría a la vanidad de ver mi nombre impreso en mi obra, pero no renunciaría ni a mi mismo mi a aquello que era. Los editores eran un par de ciudadanos pintorescos que se llamaban Barrido y Escobillas. Barrido, pequeño, gordito y siempre dispuesto a mostrar su sonrisa oleosa y sibilina, era el cerebro de la operación. Provenía de la industria butifarrera y aunque no había leído más de tres libros en toda su vida, incluidos el catecismo y el listín de teléfonos, gozaba de una audacia proverbial para cocinar los libros de contabilidad, que adulteraba con vista a los inversores con zarandajas de ficción que ya habrían querido emular los autores, a los cuales, la casa, tal como había predicho Vidal, estafaba, explotaba y, en último término, dejaba caer al río cuando los vientos soplaban en contra, cosa que, tarde o temprano, siempre acababa pasando. El Escobillas ejercía un rol complementario. Alto, delgado, y con un aire vagamente amenazador, se había formado en el negocio de las pompas fúnebres, y a causa de la colonia maloliente con que se bañaba las vergüenzas, siempre dejaba un rastro indefinido de formol que ponía los pelos de punta. Su trabajo consistía esencialmente la de capataz siniestro, con el látigo en la mano y dispuesto a encargarse


del trabajo sucio para la cual Barrido, a causa de su carácter más alegre y de una disposición no tan atlética, presentaba menos aptitudes. El menaje a trois se redondeaba con la secretaria de dirección, Herminia, que les seguía por todas partes como un perro fiel que todos conocían por el nombre de la Veneno, porque a pesar de aquella apariencia de gata sumisa, era tan de fiar como una serpiente de cascabel en celo. Cumplidos aparte, yo procuraba verles lo menos posible. La nuestra era una relación estrictamente mercantil y ninguna de de las partes no sentía grandes deseos de alterar el protocolo establecido. Me había propuesto aprovechar aquella oportunidad y trabajar a fondo para demostrar a Vidal, y a mi mismo, que luchaba por merecer su ayuda y confianza. Cuando tuve dinero fresco en los bolsillos, decidí abandonar la pensión de la señora Carmen y buscar horizontes más confortables. Ya hacía tiempo que me había fijado en un caserón de aire monumental en el número 30 de la calle de Flassaders, tocando al paseo del Borne. Había pasado durante años por delante, yendo y viniendo del diario a la pensión. La finca, rematada con torreón que brotaba de una fachada esculpida con relieves y gárgolas, estaba cerrada hacía años, el portal sellado con cerrojos y encadenados picados por el óxido. A pesar de su aspecto fúnebre y desmesurado, o quizás precisamente por este motivo, la idea de llegar a vivir algún día me despertaba aquella lujuria de las ideas desaconsejables. En otras circunstancias, habría asumido que un lugar como aquel excedía de largo mi magro presupuesto, pero los largos años de abandono y olvido a que parecía condenado me hicieron alimentar la esperanza que, si nadie quería aquel lugar, tal vez los propietarios aceptarían mi oferta. Preguntando por el barrio, pude saber que la casa estaba deshabitada desde hacía muchos años y que la propiedad estaba en manos de Vicente Clavé, un administrador de fincas que tenía el despacho en la calle del Comercio, delante del mercado. Clavé era todo un señor de la vieja escuela y le gustaba vestirse como las esculturas de alcaldes y padres de la patria que se podían ver en las entradas del Parque de la


Ciudadela, y si te despistabas, se elevaba entre ráfagas de retórica que no personaban ni las cosas divinas ni las humanas. - Así que usted es escritor. Pues, mire, yo le podría explicar historias que le servirían para hacer libros muy buenos. - No lo dudo. ¿Por qué no empieza por explicarme la de la casa de Flassaders, número 30? Clavé adoptó una expresión de máscara griega. - ¿La casa de la torre? - Si señor. - Créame, joven, no desee ir a vivir allá. - ¿Por qué no? Clavé bajó la voz, y murmurando como si temiese que las paredes le escuchasen, dejó caer una sentencia en tono fúnebre: - Aquella casa está maldita. Yo la visité cunado fuimos a precintarla con el notario y le puedo asegurar que la parte vieja del cementerio de Montjuic es más alegre. Desde entonces que está vacía. El lugar tiene malos recuerdos. No la quiere nadie. - Los recuerdos de la casa no pueden se peores que los míos y, de todas maneras, seguro que ayudarán a rebajar el precio que piden. - A veces, hay precios que no se pueden pagar con dinero. - ¿La puedo ver? Visité la casa de la torre por primera vez una mañana de marzo en compañía del administrador, su secretario y el interventor del banco que ostentaba el título de propiedad. Aparentemente, la finca se había pasado años atrapada en medio de un espeso laberinto de disputas legales hasta revertir al final en la entidad de crédito que había avalado el último propietario. Si Clavé no mentía, no había vuelto a entrar nadie desde hacía veinte años como mínimo. 8 Al cabo de unos años, cuando leía la crónica de unos exploradores británicos que se introducían dentro de las tinieblas de un sepulcro


egipcio milenario con laberintos y maldiciones incluidos, me vino a la memoria aquella primera visita a la casa de la torre de la calle Flassaders. El secretario venía equipado con un farol de aceite porque, en la casa, nunca se había llegado a instalar la luz. El interventor llevaba un juego de quince llaves con el que liberar los incontables candados que aseguraban las cadenas. Al abrir el portal, la casa exhaló un aliento pútrido, de tumba y de humedad. El interventor se puso a toser y el administrador que había traído su mejor expresión de escepticismo y censura, se puso un pañuelo en la boca. - Usted primero – me invitó. El vestíbulo era una especie de patio interior al estilo de los antiguos palacios de la zona, con un empedrado de losas grandes y una escalinata de piedra que subía hasta la puerta principal del edificio. Una claraboya de cristal completamente cubierta de excrementos de palomas y gaviotas parpadeaba en la parte alta. - No hay ratas – me anunció, cuando ya estábamos dentro del edificio. - Alguien debía tener gusto y sentido común – dijo el administrador a mi espalda. Seguimos escaleras arriba hasta el rellano de la entrada en el piso principal y entonces el interventor necesito diez minutos para encontrar la llave que encajaba en la cerradura. El mecanismo cedió con una queja que no sonaba a bienvenida. La puerta, bastante grande, se abrió para mostrar un pasillo infinito sembrado de telarañas que serpenteaban entre las tinieblas. - Madre de Dios – murmuró el administrador. Nadie osaba dar el primer paso, así que una vez más tuve que ser yo quien precediese la expedición. El secretario sostenía el farol bien arriba y lo observaba todo con aire compungido. El administrador y el interventor se miraron de una manera indescifrable. Cuando vieron que les observaba, el banquero sonrió plácidamente.


- Después de quitarle el polvo y hacer cuatro retoques, esto será un palacio – dijo. - El palacio de Barba Azul – comentó el administrador. - Seamos positivos – le corrigió el interventor – La casa hace una temporada que está desocupada y esto siempre implica algunos desperfectos. Yo los oía con dificultad. Había soñado tantas veces en aquel lugar al pasar por delante de la portalada que no sabía ver el aura fúnebre y oscura que la llenaba. Avancé por el pasillo principal, mientras exploraba habitaciones y cámaras llenos de muebles viejos abandonados bajo una espesa capa de polvo. Sobre una mesa, aún estaban unos manteles deshilachados, un servicio de mesa y una bandeja con frutas y flores petrificadas. Las copas y los cubiertos aún estaban allí, como si los habitantes de la casa se hubiesen levantado a medio cenar. Los armarios rebosaban de ropa vieja, piezas descoloridas y zapatos. Había cajones enteros llenos de fotografías, gafas, plumas y relojes. Retratos velados de polvo nos observaban desde las cómodas. Las camas estaban hechas y cubiertas por un velo blanco que relucía en la penumbra. Un gramófono monumental descansaba sobre una mesa de caoba. Había un disco puesto y la aguja se había deslizado por encima hasta el final. Soplé la lámina de polvo que lo cubría y el título del registro emergió a la vista, el Lacrimosa de W.A. Mozart. - La sinfónica en casa – dijo el interventor - ¿Qué más se puede pedir? Aquí, usted vivirá como un sátrapa. El administrador le endilgó una mirada asesina, negando en voz baja. Recorrimos el piso hasta la galería del fondo. Había un juego de café que reposaba en la mesa y un libro abierto sobre una butaca continuaba esperando que alguien girase la página. - Parece como si se hubiesen ido de repente, sin tiempo de llevarse nada – dije yo. El interventor se aclaró la voz. - ¿Tal vez el señor querrá ver el estudio?


El estudio estaba situado arriba del todo de una torre afilada, una estructura peculiar que tenía por alma una escalera de caracol a la que se accedía desde el pasillo principal, y donde en la fachada exterior se podían leer las huellas de tantas generaciones como recordaba la ciudad. La torre era como una atalaya suspendida sobre los tejados del barrio de la Ribera y estaba rematada por un cimborrio estrecho, de metal y cristal teñido que, de paso, hacía de lucernario y del cual salía una rosa de los vientos en forma de dragón. Subimos por la escalinata y accedimos a la sala, y el interventor se apresuró a abrir los ventanales para dejar entrar el aire y la luz. La cámara tenía una forma de un salón rectangular de techo alto y suelo de madera oscura. Desde los cuatro ventanales en arco, abiertos a los cuatro costados, podía contemplar la basílica de Santa María del Mar al sur, el gran mercado del Borne, al norte, la vieja estación de Francia al este y, hacia el oeste, el laberinto infinito de calles y de avenidas cabalgando las unas sobre las otras en dirección al Tibidabo. - ¿Qué me dice? Una maravilla – argumentó el banquero con entusiasmo. El administrador lo examinaba todo con reserva y disgusto. El secretario mantenía el farol levantado, aunque ya no hacía ninguna falta. Me acerqué a un ventanal y me asomé mirando al cielo, extasiado. Tenía toda la ciudad a mis pies y quise creer que cuando abriese aquellas ventanas nuevas que ahora serían mías, las calles de Barcelona me susurrarían historias por la noche y secretos al oído, para que yo los atrapase sobre papel y se los explicase a quien los quisiese oír. Vidal tenía su torre de marfil exuberante y señorial en la zona más distinguida y elegante de Pedralbes, rodeada de colinas, árboles y cielos de ensueño. Yo tendría mi torre siniestra sobre las calles más antiguas y tenebrosas de la ciudad, rodeado de los marasmos y las tinieblas de aquella necrópolis que los poetas y los asesinos habían bautizado como la “Rosa de Fuego”. Lo que hizo que me acabase de decidir fue el escritorio que dominaba el centro del estudio. Encima, como una gran escultura de


metal y luz, reposaba una máquina de escribir Underwood impresionante por la que yo habría pagado el precio del alquiler. Me senté en la butaca de mariscal que había delante de la mesa y, con una sonrisa en los labios, acaricié las teclas de la máquina. - Me la quedo – dije. El interventor suspiró aliviado y el administrador se persignó poniendo los ojos en blanco... Aquella misma tarde, firmé un contrato de alquiler por diez años. Mientras los operarios de la compañía eléctrica instalaban los cables de la luz dentro de la casa, me dediqué a limpiar, ordenar y acondicionar el habitáculo con la ayuda de tres criados que Vidal me envió en tropel sin preguntarme antes si necesitaba ayuda o no. Pronto descubrí que el modus operandi de aquel pelotón de expertos consistía en trepanar paredes a diestro y siniestro, y al acabar, preguntar. Tres días después que desembarcasen, en la casa no funcionaba ni una sola bombilla, pero todos habrían dicho que había una plaga de termitas devoradoras de yeso y minerales nobles. - ¿Quiere decir que no hay otra manera de solucionarlo, esto? – preguntaba yo al jefe del batallón, que lo arreglaba todo a martillazos. Otilio, ya que aquella lumbrera se llamaba así, me enseñaba el juego de planos de la casa que me había dado el administrador junto con las llaves, y argumentaba que la culpa era de la casa, que estaba mal construida. - Mire esto – me decía – Cuando una cosa está mal hecha, está mal hecha y basta. Aquí mismo. Aquí dice que usted tiene una cisterna en el terrado. Pues no. La tiene en el patio de detrás. - ¿Y que importancia tiene eso? A usted la cisterna no le afecta, Otilio. Concéntrese en la cuestión eléctrica. Luz. Ni grifos ni canalizaciones. Luz. Necesito luz. - Pero todo va relacionado. ¿Qué me dice de la galería? - Que no hay luz. - Según los planos, esto tendría que ser una pared maestra. Pues aquí, el compañero Remigio le ha dado un golpecito de nada y se ha hundido la mitad del muro. De las habitaciones ya no le hablo.


Según esto, la sala del fondo del pasillo tiene unos cuarenta metros cuadrados. Ni de coña. Pondría la mano en el fuego que no tiene ni veinte. Hay una pared donde no debería haber ninguna. Y de los bajantes, vaya, más vale lo hablar. No hay ninguno donde se supone que debería estar. - ¿Está seguro que sabe interpretar los planos? - Escúcheme, que soy un profesional. Hágame caso, esta casa en un rompecabezas... Aquí todo el mundo ha metido la mano. - Pues se tendrá que espabilar. Haga milagros o haga lo que quiera, pero el viernes quiero las paredes tapadas, pintadas y la luz en marcha. - No me haga correr que este trabajo es de precisión. Hay que actuar con estrategia. - ¿Y que piensan hacer? - De momento, ir a almorzar. - ¡Pero si solo hace media hora que han llegado! - Señor Martín, con esta actitud no iremos a ninguna parte. El vía crucis de las obras chapuzas se prolongó una semana más de la cuenta, pero incluso con la presencia de Otilio y su escuadrón de expertos haciendo agujeros donde no tocaba y disfrutando de almuerzos de dos horas y media, la ilusión de poder habitar al final aquel caserón con el que había soñado tanto tiempo me habría permitido vivir durante años con velas y faroles de aceite, si fuese necesario. Tuve la suerte que el barrio de la Ribera era una reserva espiritual y material de artesanos de todo tipo y, al lado de mi nuevo domicilio, encontraría alguien que me instalase cerraduras nuevas y que no pareciesen robadas de la Bastilla, y lámparas y grifos según las costumbres del siglo XX. La idea de disponer de una línea telefónica no me persuadía y, por lo que había podido oír en la radio de Vidal, aquello que la prensa de la época llamaba los nuevos medios de comunicación de masas, no me había tenido en cuenta a la hora de buscarse el público. Resolví que la mía sería una existencia de libros y de silencio. De la pensión, solo me llevé una muda y aquel estuche que contenía la pistola de mi padre, su único recuerdo.


Repartí el resto de la ropa y efectos personales entre los otros realquilados. Si hubiese podido dejar detrás la piel y la memoria, también lo habría hecho. Pasé la primera noche oficial y electrificada en la casa de la torre el día en que apareció publicado el episodio inaugural de La Ciudad de los malditos. La novela era una intriga imaginaria que había tejido alrededor del incendio de El Sueño del Raval, el año 1903, y también alrededor de una criatura fantasmal que desde entonces embrujaba las calles de este barrio. Antes que se secase la tinta de aquella primera edición, ya había empezado a trabajar en la segunda novela de la serie. Según mis cálculos y partiendo de la base de treinta días de trabajo ininterrumpido cada mes, Ignatius B. Samson tenía que producir una media de 6,66 páginas de manuscrito útil diariamente para cumplir los términos del contrato, cosa que era una locura, pero que tenía la ventaja de no dejarle mucho tiempo libre para darme cuenta. Me costaba ser consciente que con el paso de los días había empezado a consumir más café y más cigarrillos que oxígeno. A medida que lo envenenaba, tenía la impresión que el cerebro se me iba transformando en una máquina de vapor que nunca llegaba a enfriarse del todo. Ignatius B. Samson era joven y tenía resistencia. Trabajaba toda la noche y caía exhausto al alba, teniendo extraños sueños en los que las letras de la página atrapada en la máquina de escribir del estudio, se despegaban del papel y, como arañas de tinta, se le arrastraban por las manos y la cara, atravesándole la piel y anidando en sus venas hasta que le cubrían de negro el corazón y le nublaban las pupilas en charcos de oscuridad. Me pasaba semanas enteras sin salir casi para nada del caserón y le olvidaba del día de la semana o el mes del año en que vivía. No prestaba atención a los dolores de cabeza reiterativos que a veces me asaltaban de golpe, como si un punzón de metal me perforase el cráneo, quemándome la vista en una reverberación de luz blanca. Me había acostumbrado a vivir con un silbido constante en el oído que tan solo el murmullo del


viento o la lluvia conseguían enmascarar. A veces, cuando aquel sudor frío me cubría el rostro y notaba que las manos me temblaban sobre el teclado de la Underwood, me decía que al día siguiente iría al médico. Pero al día siguiente siempre había otra escena y una historia que narrar. Cuando la vida de Ignatius B. Samson cumplió el primer año, para celebrarlo decidí tomarme el día libre y reencontrarme con el sol, la brisa y las calles de una ciudad que había dejado de pisar y ya solo me la imaginaba. Me afeité, me lavé y me puse el más presentable de todos mis trajes. Dejé abiertas las ventanas del estudio para que se ventilase la casa, y aquella espesa niebla que se había convertido en el perfume característico pudiese escamparse a los cuatro vientos. Al bajar a la calle me encontré un sobre grande al pie de la ranura del buzón. Dentro, había una lámina de pergamino lacrado con el sello del ángel, y adornada con aquella caligrafía exquisita, en la cual se podía leer lo siguiente: Querido David: Quería ser el primero en felicitarle en esta nueva etapa profesional. Me lo he pasado muy bien con la lectura de los primeros episodios de La ciudad de los malditos. Confío que este pequeño obsequio le complazca. Le reitero mi admiración y la voluntad de que algún día nuestros destinos se encuentren. Con la seguridad de que así será, le saluda afectuosamente su amigo y lector. Andreas Corelli El obsequio era el mismo ejemplar de Grandes esperanzas que el señor Sampere me había regalado de pequeño, el mismo que le había devuelto antes de que lo pudiese encontrar mi padre, y el mismo que cuando lo quise recuperar años más tarde al precio que fuese, había desaparecido pocas horas antes en manos de un desconocido. Contemplé aquel trocito de papel que un día no muy lejano me había dado la impresión de contener toda la magia y toda la luz del mundo.


En la cubierta, todavía se podían apreciar las huellas de mis dedos de criatura manchados de sangre. - Gracias – murmuré. 9 El señor Sampere se ajustó las gafas de precisión para examinar el libro. Lo puso sobre un trapo extendido sobre el escritorio de la trastienda y acercó la luz para que el haz se concentrase en el volumen. Su análisis pericial se prolongó unos cuantos minutos mientras yo guardaba un silencio religioso. Observé como pasaba las hojas, como las olía, como acariciaba el papel y el lomo, como sopesaba el libro con una mano y después con la otra, y finalmente como cerraba la tapa y examinaba con una lupa las huellas tintadas con sangre seca que mis dedos habían dejado en aquel lugar hacía doce o trece años. - Increíble – murmuró, sacándose las gafas – Es el mismo libro. ¿Cómo dice que lo ha recuperado? - Ni yo lo se. Señor Sampere, ¿Qué sabe usted de un escritor francés que se llama Andreas Corelli? - De entrada, suena más a italiano que a francés, por mas que eso de Andreas parece griego… - La editorial está en París. Ediciones La Lumière. Sampere estuvo pensativo unos instantes, dudando. - Me temo que no me resulta familiar. Se lo preguntaré a Barceló, que lo sabe todo, a ver que me dice. Gastón Barceló era uno de los decanos del gremio de libreros viejos de Barcelona y su conocimiento enciclopédico era tan legendario como su carácter abrasivo y pedante. Dentro de la profesión, la norma era que, en caso de duda, se consultase a Barceló. En aquel momento apareció el hijo de Sampere, que aún siendo dos o tres años mayor que yo, era tan tímido que a veces se volvía invisible, e hizo una seña a su padre. - Padre, vienen a recoger un encargo que usted anotó, me parece.


El librero asintió y me alargó un volumen grueso y desgastado por el uso. - Aquí tiene el último catálogo de editores europeos. Si quiere, vaya hojeándolo, a ver si encuentra alguna cosa y yo, mientras tanto, atenderé a este cliente – me sugirió. Me quedé solo en la trastienda de la librería, buscando en vano Ediciones La Lumière, mientras Sampere volvía al mostrador. Hojeando el catálogo, le oí conversar con una voz femenina que me resultó familiar. Oí que mencionaba al señor Pedro Vidal, e intrigado, saqué la cabeza para hacer el chafardero. La Cristina Sagnier, hija del chófer y secretaria de mi protector, repasaba un montón de libros que Sampere iba apuntando en el libro de ventas. Cuando me vio, me sonrió con cortesía, pero tuve la certeza que no me había reconocido. Sampere levantó sus ojos y cuando se percató de mi mirada de tonto, trazó una rápida radiografía de la situación. - ¿Ustedes dos ya se conocen, ¿verdad? – dijo. Cristina enarcó las cejas, sorprendida, y me volvió a mirar incapaz de ubicarme. - David Martín. Amigo del señor Pedro – me presenté. - Ah, claro – dijo – Buenos días. - ¿Cómo está su padre? – improvisé. - Bien, bien, Me espera en la esquina en el coche. Sampere, que no dejaba pasar ni una, intervino: - La señorita Sagnier ha venido a recoger unos libros que me encargo Vidal. Como pesan un poco, tal vez usted tendría la bondad de ayudarla a llevarlos hasta el coche… - No se preocupe… - protestó Cristina. - Faltaría más – salté yo, listo a levantar la pila de libros, que resultó tan pesada como la edición de lijo de la Enciclopedia Británica con anexos incluidos. Noté que me crujía alguna cosa en la espalda y Cristina me miró, asustada. - ¿Se encuentra bien?


- No sufra, señorita. El amigo Martín aquí presente, aunque sea de letras, es valiente como un toro – dijo Sampere - ¿No es verdad, Martín? Cristina me observaba poco convencida. Le ofrecí mi mejor sonrisa de macho invencible. - Fuerte como un roble – le dije – Esto solo es un simple calentamiento. Sampere hijo iba a ofrecerse a llevar la mitad de los libros, pero su padre, en un arranque de diplomacia, le retuvo por el brazo. Cristina me sostuvo la puerta abierta y yo me arriesgué a recorrer los quince o veinte metros que me separaban del Hispano-Suiza aparcado en la esquina con el Portal del Ángel. Llegué bien justo, con los brazos a punto de incendiárseme. Manuel, el chófer, me ayudó a descargar los libros y me saludó cordialmente. - Que casualidad verle por aquí, señor Martín. - El mundo es pequeño. Cristina me ofreció una leve sonrisa como agradecimiento y subió al coche. - Me sabe mal esto de los libros. - Vaya. Un poco de ejercicio levanta la moral – aduje, ignorando el nudo de cables que se me habían enredado en la espalda – Recuerdos al señor Pedro. Vi como se iban hacia la plaza de Cataluña y al volverme, vi a Sampere en la puerta de la librería, que me miraba con una sonrisa de gato y me indicaba por signos que me limpiase la baba. Me acerqué y no pude evitar reírme de mi mismo. - Ahora ya se su secreto, Martín. Yo me lo imaginaba más diestro en estas lides. - Todo se oxida. - Ya lo creo que si. ¿Puedo quedarme el libro unos cuantos días? Yo asentí. - Trátemelo bien. 10


La volví a ver al cabo de unos meses, en compañía de Pedro Vidal en la mesa que el siempre tenía reservada en la Maison Dorée. Vidal me invitó a sentarme con ellos, pero con un intercambio de miradas con la chica, tuve suficiente para saber que debía declinar la invitación. - ¿Cómo va la novela, señor Pedro? - A toda vela. - Me alegro. Buen provecho. Nuestros encuentros eran fortuitos. A veces me la encontraba en la librería Sampere e hijos, donde iba a menudo a buscar libros para el señor Pedro. Sampere, si tenía ocasión, me dejaba solo con ella, pero Cristina pronto descubrió la estratagema y prefirió hacer venir a un mozo desde Villa Helius a recoger los encargos. - Ya se que no es cosa mía – decía Sampere – Pero usted haría bien sacándosela de la cabeza. - No se de que me habla, señor Sampere. - Ya hace tiempo que nos conocemos, Martín… Los meses pasaban de soslayo y yo ni me enteraba. Vivía de noche, escribiendo desde el anochecer hasta el alba, y dormía de día. Barrido y Escobillas no paraban de congratularse con el éxito de La ciudad de los malditos y, cuando veían que estaba a punto de sufrir un colapso, me aseguraban que después de un par de novelas más me concederían unos años sabático, para que descansase o me dedicase a escribir una obra personal que publicarían a bombo y platillo con mi nombre auténtico en grandes letras mayúsculas en la cubierta. Siempre me faltaban un par de novelas más. Los pinchazos, los dolores de cabeza y los mareos cada vez eran más frecuentes, pero yo los atribuía al cansancio y los ahogaba con nuevas inyecciones de cafeína, cigarrillos y caramelos de codeína y Dios sabe cuantas cosas más, que me proporcionaba a escondidas un farmacéutico de la calle Platería y que sabían a pólvora. El señor Basilio con quien comía jueves si y jueves no, en una terraza de la Barceloneta, me instaba a ir al médico,


y yo siempre le decía que si, que tenía hora para aquella misma semana. A parte de mi antiguo jefe y de los Sampere, no disponía de tiempo para ver a nadie más que a Vidal, y cuando lo hacía era más porque el venía a visitarme que no por iniciativa mía. No le gustaba la casa de la torre y siempre quería que saliésemos a dar un paseo, que nos llevaba hasta el bar Almirall, en la calle Joaquín Costa. Tenia cuenta y mantenía una tertulia literaria la noche de los viernes. No me invitaba porque sabía que todos los asistentes, poetas frustrados y lameculos que le reían las gracias esperando una limosna, una recomendación para un editor o un elogio con que enmascarar las heridas de la vanidad., me detestaban con una consistencia, energía y obstinación que les faltaban en las empresas artísticas, que el público, demasiado chapucero, se empeñaba en ignorar. Allí, a golpes de absenta y habanos caribeños, me hablaba de su novela que no se acababa nunca, de los planes que tenía de retirarse de aquella vida de retirado y de sus relaciones amorosas y conquistas; cuanto mayor se hacía el, más jóvenes y núbiles eran las chicas. - No me preguntas por Cristina – me decía a veces con malicia. - ¿Qué quiere que le pregunte? - Si ella pregunta por ti. - ¿Ella le pregunta por mi, señor Pedro? - No. - Pues no hay más que hablar. - La verdad es que el otro día te mencionó. Le miré a los ojos para saber si me tomaba el pelo. - ¿Y que le dijo? - No te gustará. - No se preocupe. - No lo dijo con estas palabras, pero me pareció entender que no entendía porque te prostituías escribiendo seriales de poca monta para aquellos ladronzuelos, y que estabas arruinando el talento y la juventud.


Tuve la sensación que Vidal me acababa de clavar un puñal de hielo en el estómago. - ¿Es eso lo que piensa de mí? Vidal se encogió de hombros. - Pues por mí, ya se puede ir al infierno… Trabajaba cada día menos los domingos, que me dedicaba a rondar por las calles y casi siempre iba a parar a alguna taberna del Paralelo. No me costaba demasiado encontrar compañía y afecto pasajeros en los brazos de un alma solitaria que, como la mía, también esperaba eternamente. Hasta a la mañana siguiente cuando me despertaba a su lado y descubría que la chica del momento era solo una extraña, no me daba cuenta de que todas se parecían, en el color de los cabellos, en la manera de andar, en un gesto o una mirada. Tarde o temprano, para ahogar para cortar aquel silencio cortante de las despedidas, aquellas damas de una noche me preguntaban como me ganaba la vida, y cuando la vanidad me traicionaba y les explicaba que era escritor, me tomaban por mentiroso, porque nadie había oído hablar de David Martín, a pesar de que algunas sabían quien era Ignatius B. Samson y conocían de oídas La ciudad de los malditos. Con el tiempo, empecé a decir que trabajaba en el edificio de aduanas portuarias de las Atarazanas o que era pasante en el bufete de abogados de Sayrach, Muntaner y Cruells. Recuerdo una tarde en que me había sentado en el café de la Ópera en compañía de una maestra de música que se llamaba Alicia; yo sospechaba que, si estaba conmigo, era porque la ayudaba a olvidar a algún otro que, realmente, ella no quería olvidar. Cuando estaba a punto de besarla, descubrí la cara de Cristina detrás del cristal. Cuando salí a la calle ya se había perdido entre el gentío de la Rambla. Dos semanas más tarde, Vidal se emperró en invitarme al estreno de Madame Butterfly en el Liceo. La familia Vidal era propietaria de un palco del primer piso y a Vidal le gustaba ir toda la temporada con una periodicidad semanal Le encontré en el vestíbulo y descubrí que también había traído a Cristina. La chica me saludó


con una sonrisa glacial y no me volvió a dirigir la palabra, ni la mirada, hasta que Vidal, en mitad del segundo acto, decidió bajar al Círculo a saludar a un primo suyo, y nos dejó solos en el palco, uno contra otro, sin más escudo que Puccini y centenares de rostros en la penumbra del teatro. Aguanté unos diez minutos antes de volverme y mirarle a los ojos. - ¿He hecho algo que la haya ofendido? – le pregunté. - No. - Podemos intentar fingir que somos amigos, ¿al menos en ocasiones como estas? - Yo no quiero ser amiga suya, David. - ¿Por qué no? - Porque usted tampoco quiere ser amigo mío. Tenía razón. Yo no quería ser amigo de ella. - ¿Es verdad que cree que me prostituyo? - Lo que yo piense no tiene la menor importancia. Lo que cuenta es lo que piensa usted. Me quedé allí cinco minutos más y después me levanté y me fui sin decir una sola palabra más. Cuando llegué a la gran escalinata del Liceo, ya me había prometido a mi mismo que nunca más la dedicaría ni un pensamiento ni una mirada ni una palabra amable. A la mañana siguiente, me la encontré delante de la catedral y, cuando quise esquivarla, me saludó con la mano, sonriente. Me quedé inmóvil, mientras veía que ella se acercaba. - ¿No me invitará a merendar? - Me gano la vida en la calle y no estaré libre hasta dentro de un par de horas. - Pues entonces permítame que le invite yo. ¿Qué cobra por acompañar a una dama durante una hora? La seguí a la fuerza hasta una chocolatería de la calle Petritxol. Pedimos un par de tazas de chocolate caliente y nos sentamos uno frente al otro, esperando quien sería el primero en decir alguna cosa. Esta vez gané yo.


- Ayer no quise ofenderle, David. No se lo que le debe de haber explicado el señor Pedro, pero yo eso no lo he dicho nunca. - Tal vez solo lo piensa, por eso me lo debía decir el señor Pedro. - No tiene ni idea de lo que pienso – replicó en un tono afilado – Ni el señor Pedro tampoco. Me encogí de hombros. - De acuerdo. - Lo que dije era algo bien distinto. Dije que me parecía que usted no hacía lo que sentía. Sonreí, asintiendo. Lo único que sentía en aquel instante era el deseo de besarla. Cristina me sostuvo la mirada, desafiante. No apartó la cara cuando yo alargué la mano y la acaricié los labios, antes de pasarle los dedos por la barbilla y el cuello. - Así no – dijo al final. Cuando el camarero nos trajo las dos tazas humeantes, ya se había ido. Pasaron meses antes no volví a oír su nombre. Un día de finales de septiembre, cuando justamente había dejado listo una nueva entrega de La ciudad de los malditos, decidí tomarme una noche libre. Intuía que se aproximaba una de aquellas tempestades de náuseas y de puñaladas de fuego en el cerebro. Me tragué un montón de pastillas de codeína y me estiré en la cama a oscuras, esperando que se me pasase aquel sudor frío y el temblor de las manos. Empezaba a coger el sueño cuando oí que llamaban a la puerta. Me arrastré hasta el recibidor y abrí la puerta. Vidal, enfundado en uno de sus impecables conjuntos de seda italiana, encendía un cigarrillo bajo un halo de luz que parecía pintado ex profeso por el mismo Vermeer para celebrar la ocasión. - ¿Estás vivo o hablo con un fantasma? – me preguntó. - No me diga que ha venido desde Villa Helius hasta aquí para decirme esto. - No. He venido porque hace meses que no se nada de ti y me preocupas. ¿Por qué no te haces instalar una línea telefónica, en este mausoleo, como hace la gente normal?


- No me gustan los teléfonos. Me gusta ver la cara de la gente cuando me habla y que me puedan ver la mía. - En tu caso no se si es una buena idea esto. ¿Te has mirado últimamente al espejo? - Esta es su especialidad, señor Pedro. - Hay gente en el depósito de cadáveres que tiene mejor color. Venga, vístete. - ¿Por qué? - Porque te lo digo yo. Vamos a pasear. Vidal no aceptó ni negativas ni protestas. Me arrastró hasta el coche, que se esperaba en el paseo del Borne, e indicó a Manuel que lo pusiese en marcha. - ¿Dónde vamos? - Sorpresa. Cruzamos toda Barcelona hasta llegar a la Avenida de Pedralbes e iniciamos el ascenso por la falda de la colina. Unos minutos más tarde, vimos Villa Helius: los ventanales completamente iluminados, proyectaban una burbuja de oro fundido sobre el crepúsculo. Vidal no soltaba prenda y sonreía misteriosamente. Al llegar al caserón me indicó que le siguiese y me guió hasta el salón grande. Un grupo de personas se esperaba y al verme, se pusieron a aplaudir. Reconocí al señor Basilio, a Cristina, a los Sampere, padre e hijo, mi antigua maestra de escuela, Mariana, algunos de los autores que publicaban conmigo en Barrido y Escobillas, con los cuales había hecho amistad Manuel, que se había sumado al grupo, y algunas de las conquistas de Vidal. El señor Pedro me alargó una copa de champán y me sonrió. - Felicidades por tus veintiocho años, David. Ni me acordaba. Al final de la cena me disculpé un instante para salir al jardín a tomar el aire. Un cielo lleno de estrellas vertía un velo de plata sobre las copas de los árboles. No había pasado ni un minuto que oí unos pasos que se acercaban y me volví: tenía delante a la última persona que esperaba ver en aquel momento, Cristina Sagnier. Sonrió mirándome, casi disculpándose por la intromisión.


- Pedro no sabe que he salido a hablar con usted – me dijo. Remarcó que el señor había dejado el tratamiento, pero actué como sino me hubiese dado cuenta. - Me gustaría hablar con usted, David – dijo – pero ni aquí ni ahora. Ni la penumbra del jardín consiguió ocultar mi desconcierto. - ¿Nos podemos ver mañana en algún sitio? – me preguntó – Le prometo que no le haré perder mucho tiempo. - Con una condición – le dije – Que no me vuelva a llamar de usted. Los cumpleaños ya envejecen suficiente y de sobras. Cristina sonrió. - De acuerdo. Le trataré de tu si usted me trata de tu, también. - Llamar de tu es una de mis especialidades. ¿Dónde quieres que nos veamos? - ¿Puede ser en tu casa? No quiero que nos vea nadie ni que Pedro sepa que he hablado contigo. - Como quieras… Cristina sonrió aliviada. - Gracias. ¿Mañana, pues? ¿Por la tarde? - Cuando quieras. ¿Sabes donde vivo? - Mi padre si lo sabe. Se inclinó ligeramente y me dio un beso en la mejilla. - Feliz aniversario, David. Antes de que yo pudiese decir nada, se había esfumado en medio del jardín. Cuando volví al salón, ya se había ido. Vidal me disparó una mirada fría desde el otro extremo del salón, y después de darse cuenta de que yo también le había visto, me sonrió. Al cabo de una hora, Manuel, con el visto bueno de Vidal, se empeñó en acompañarme a casa en el Hispano-Suiza. Me senté a su lado, como acostumbraba a hacer cuando viajábamos los dos solos, y el aprovechaba la ocasión para explicarme trucos de conducción y, sin que Vidal tuviese conocimiento, incluso me dejaba coger el volante un rato. Aquella noche, el chófer estaba mustio y no abrió los labios hasta que llegamos al centro de la ciudad. Estaba más delgado


que la última vez que le había visto y me pareció que la edad empezaba a pasarle factura. - ¿Le pasa algo, Manuel? – le pregunté El chófer se encogió de hombros. - No es nada grave, señor Martín. - Si le preocupa alguna cosa… - Tonterías de la salid. A mi edad todo son pequeñas preocupaciones, usted ya lo sabe. Pero yo ya no tengo mucha importancia. Ahora, la que cuenta es mi hija. No supe que responder y me limité a asentir. - Me consta que usted le tiene afecto, señor Martín. A mi Cristina. Un padre sabe ver estas cosas. Volví a asentir con la cabeza, en silencio. No dijimos nada más hasta que Manuel paró el coche cerca de la calle Flassaders, me alargó la mano y me deseó nuevamente un feliz aniversario. - Si me pasase alguna cosa – dijo entonces – Usted la ayudaría, ¿verdad que sí, señor Marín? ¿Haría esto por mí? - Y tanto que sí, Manuel. Pero, ¿Qué le tiene que pasar a usted? En chófer sonrió y se despidió con un gesto. Le vi subir al coche y alejarse lentamente. No tuve la certeza absoluta, pero habría jurado que, después de un trayecto en que casi no había dicho nada, ahora hablaba solo. 11 Me pasé toda la mañana dando vueltas por la casa, acondicionándola y limpiando objetos y rincones que ni recordaba que existiesen. Bajé corriendo hasta una floristería del mercado y, cuando volví cargado de ramos, me di cuenta que no sabía donde había guardado los jarrones para ponerlos. Me vestí como si fuese a buscar trabajo. Ensayé palabras y saludos que me sonaban ridículos. Me miré al espejo para comprobar que Vidal tenía razón, tenía aspecto de vampiro. Al final, me senté en una butaca de la galería a esperar con un libro entre las manos. No pasé de la primera página en


dos horas. No fue hasta las cuatro en punto de la tarde que oí los pasos de Cristina en la escalera y me levanté de un bote. Cuando llamó a la puerta, yo ya hacía una eternidad que me esperaba. - Hola, David. ¿Vengo en mal momento? - No, no. Al contrario. Pasa, por favor. Cristina sonrió con cortesía y se introdujo por el pasillo. La acompañé hasta la sala de lectura y la invité a sentarse. Lo examinaba todo detenidamente con la mirada. - Es un lugar muy especial – dijo – Pedro ya me dijo que tenías una casa señorial. - El prefiere el término “tétrica”, pero supongo que todo es cuestión de gustos. - ¿Te puedo preguntar porque viniste a vivir aquí? Es una casa más bien grande para alguien que vive solo. Alguien que vive solo, me dije. Todos acaban convirtiéndose en aquello que ve en los ojos de las personas que desea. - ¿La verdad? – le pregunté – La verdad es que vine a vivir aquí porque durante muchos años veía esta casa casi cada día al ir y volver del periódico. Siempre estaba cerrada y al final empecé a creerme que me esperaba a mí. Acabé soñando, literalmente, que un día vendría a vivir. Y así ha sido. - ¿Todos tus sueños se hacen realidad, David? Aquel tono irónico me recordaba mucho a Vidal. - No – respondí – Este es el único. Pero tu me querías hablar de alguna cosa y yo te estoy entreteniendo con historias que seguramente no te interesan. Lo dije más a la defensiva de lo que habría querido. Con el deseo me había pasado como con las flores: una vez las tenía en las manos, no sabía que hacer. - Te quería hablar de Pedro. – empezó Cristina. - Ah. - Tu eres su mejor amigo. Le conoces bien. Habla de ti como de un hijo. Te quiere más que a nadie, ya lo sabes.


- El señor Pedro siempre me ha tratado como a un hijo – dije – Sino fuese por el y por el señor Sampere no se que habría sido de mí. - Quería hablar contigo porque estoy muy preocupada por el. - ¿Preocupada por qué? - Ya sabes que empecé a trabajar para el como secretaria hace ya años. La verdad es que Pedro es un hombre generoso y hemos acabado siendo buenos amigos. Se ha portado muy bien con mi padre y conmigo. Por eso me sabe mal verle así. - ¿Qué quieres decir? - Es ese libro maldito, la novela que quiere escribir. - Hace años que se dedica. - Hace años que la destruye. Yo le corrijo y mecanografío todas las páginas. En todos estos años que le he hecho de secretaria, ha destruido dos mil páginas, por lo menos. Dice que no tiene talento. Que es un farsante. Bebe sin parar. A veces, me lo encuentro solo en su despacho, arriba, bebido y llorando como un niño… Tragué saliva. -… dice que te envidia, que querría ser como tú, que la gente miente y le elogia porque le quieren sacar alguna cosa, dinero o ayuda, pero que sabe que su obra no tiene ningún valor. Con los demás, guarda las apariencias, se viste bien y todo eso, pero yo le veo cada día y se está apagando. A veces, me da miedo que haga una tontería. Ya hace tiempo que dura todo esto. No había dicho nada porque no sabía con quien hablarlo. Se que, si el descubriese que he venido a verte, se enfadaría. Siempre me dice: a David no le molestes con mis cosas. El tiene la vida por delante y yo ya no soy nada. Siempre dice cosas así. Perdona que te explique todo esto, pero no sabía a quien acudir… Nos sumergimos en un largo silencio. Noté que me invadía un frío intenso, la certeza que, mientras el hombre a quien debía la vida se había hundido en la desesperación, yo, recluido en mi propio mundo, no me había parado ni un segundo para darme cuenta. - Tal vez no tendría que haber venido.


- No – le dije – has hecho bien. Cristina me observó con una sonrisa tibia en los labios y por primera vez me pareció que ya no me miraba como a un extraño. - ¿Qué haremos? – preguntó. - Le ayudaremos – dije yo. - ¿Y sino se deja? - Pues lo haremos sin que se de cuenta. 12 No sabré nunca si lo hice por ayudar a Vidal, como me decía a mi mismo, o simplemente a cambio de tener una excusa para pasar más tiempo al lado de Cristina. Nos encontrábamos casi cada tarde en la casa de la torre. Cristina traía los folios que Vidal había escrito el día antes a mano, siempre llenos de correcciones, parágrafos enteros tachados, anotaciones por todas partes y mil y unos intentos de salvar lo que no se podía salvar. Subíamos al estudio y nos sentábamos en el suelo. Cristina los leía en voz alta una primera vez y después lo discutíamos extensamente. Mi protector quería escribir una tentativa de casta épica que abrazaba tres generaciones de una dinastía barcelonesa no muy distinta de los Vidal. La acción arrancaba unos años antes de la revolución industrial con la llegada de dos hermanos huérfanos a la ciudad y evolucionaba con una especie de parábola bíblica al estilo de Caín y Abel. Uno de los hermanos finalmente se convertía en el magnate más rico y poderoso de la época, mientras que el otro se consagraba a la Iglesia y a ayudar a los pobres, para acabar trágicamente en un episodio que traslucía las desventuras del sacerdote y poeta Jacinto Verdaguer. Los dos hermanos se enfrentaban a lo largo de toda una vida, en la que desfilaban una galería inacabable de personajes a través de melodramas tórridos, escandalosos, asesinatos, relaciones amorosas ilícitas, tragedias y el resto de requisitos del género, todo junto ambientado sobre el escenario del nacimiento de la metrópolis moderna y el mundo industrial y financiero. Narraba la novela un nieto de uno de los dos


hermanos, que reconstruía la historia mientras contemplaba la ciudad en llamas desde un palacio de Pedralbes durante los días de la Semana Trágica de 1909. Lo primero que me sorprendió fue que aquel argumento se lo había esbozado yo, a Vidal, un par de años atrás, a raíz de la sugerencia para emprender su presunta novela ambiciosa, que siempre decía que algún día escribiría. En segundo lugar, me sorprendió que no me hubiese dicho nunca que quería utilizar aquella idea, y más aún teniendo en cuenta que ya había invertido años de trabajo, y que no le habían faltado ocasiones para comentármelo. En tercer lugar, me sorprendió que la novela, tal y como estaba, era un fracaso completo y monumental: no funcionaba ni una sola pieza, empezando por los personajes y la estructura, pasando por la atmósfera y la dramatización, y acabando por un lenguaje y un estilo que hacían pensar en los esfuerzos de un aficionado con tantas pretensiones como tiempo libre. - ¿Qué te parece? – me preguntaba Cristina - ¿Crees que tiene solución? Preferí no decirle que Vidal me había copiado el argumento y, con el ánimo de no preocuparla todavía más, sonreí y asentí. - Hay que trabajarlo un poco. Nada más. Cuando empezaba a oscurecer, Cristina se sentaba en la máquina y entre los dos reescribíamos el libro de Vidal, letra por letra, línea por línea, escena por escena. El argumento que Vidal había construido era tan difuso e insípido que opté por recuperar lo que yo había improvisado al sugerirle la idea. Lentamente, empezamos a resucitar a los personajes, reventándolos por dentro y reconstruyéndolos de pies a cabeza. Ni una sola escena, momento, línea o palabra no sobrevivía a este proceso y, a pesar de todo, a medida que avanzábamos, tenía la impresión que estábamos haciendo justicia a la novela que Vidal llevaba dentro de su corazón y se había propuesto escribir, aunque no supiese como.


Cristina me decía que a veces, Vidal, semanas después de creer que había escrito una escena, la releía en la versión final mecanografiada y se sorprendía de la delicadeza de su oficio y de la plenitud de un talento en el que había dejado de creer. Cristina tenía miedo de que acabase descubriendo que hacíamos nosotros y me decía que teníamos que ser más fieles al original. - No subestimes nunca la vanidad de un escritor, especialmente de un escritor mediocre – replicaba yo. - No me gusta oírte hablar así de Pedro. - Lo siento. A mi tampoco. - Tal vez tendrías que aflojar un poco el ritmo. No tienes buena cara. Pedro ya no me preocupa, ahora quien me preocupa eres tú. - Alguna cosa buena tenía que salir, de todo esto. Con el tiempo, me acostumbré a vivir para saborear aquellos momentos que compartía con ella. Mi trabajo no tardó en resentirse. Sacaba tiempo, para trabajar en La ciudad de los malditos, de donde no lo había, y justo dormía tres horas al día, esforzándome al máximo para cumplir los términos del contrato. Barrido y Escobillas tenían por norma no leer ningún libro, ni los que publicaban ellos ni los de la competencia, pero la Veneno si que los leía, y pronto empezó a sospechar que me pasaba alguna cosa extraña. - Este no eres tú – me decía a veces. - Claro que no soy yo, querida Herminia. Es un escritor que se llama Ignatius B. Samson. Era consciente del riesgo que había asumido, pero no me importaba. No me importaba despertarme día tras día cubierto de sudor y con el corazón palpitante como si me tuviese que romper las costillas. Habría pagado aquel precio y mucho más por no renunciar a aquel trato lento y secreto que, sin quererlo, nos convertían en cómplices. Sabía perfectamente que Cristina me lo veía en los ojos cada día que venía a casa, y sabía perfectamente que nunca contestaría a mis gestos. No había futuro ni grandes esperanzas en aquella carrera hacia ninguna parte y los dos lo sabíamos muy bien.


A veces, cansados ya de intentar reflotar aquella nave con vías de agua por todas partes, abandonábamos el manuscrito de Vidal y nos atrevíamos a hablar de alguna otra cosa que no fuese aquella proximidad que, de tanto esconderse, empezaba a quemarnos la conciencia. Ocasionalmente, me armaba de valor y le cogía la mano. Ella me dejaba hacer, pero sabía que la incomodaba, que pensaba que lo que hacíamos no estaba bien, que la deuda de gratitud que teníamos con Vidal nos unía y nos separaba al mismo tiempo. Una noche, poco antes de irse, le cogí suavemente la cara e intenté besarla. Se quedó inmóvil y, cuando me vi en el espejo de su mirada, no osé decir nada. Se levantó y se marchó, mudos los dos. No la volví a ver hasta al cabo de dos semanas y cuando volvió, me hizo prometer que nunca más volvería a pasar algo parecido. - David, quiero que comprendas que, cuando acabemos este trabajo del libro de Pedro, no nos volveremos a ver como ahora. - ¿Por qué no? -Ya lo sabes. Mis tentativas para cercarme no eran la única cosa que Cristina no veía con buenos ojos. No me olía que Vidal tenía razón cuando me había dicho que no le gustaban los libros que escribía para Barrido y Escobillas, aunque no me dijese nada. No me costaba nada imaginármela pensando que lo mío era una empresa mercenaria y sin alma, que me estaba vendiendo la integridad a cambio de una limosna para enriquecer a aquel par de ratas de cloaca, porque no tenía el valor de escribir con el corazón, en nombre propio y con mis propios sentimientos. Lo que peor me sabía era que, en el fondo, tenía razón. Yo fantaseaba con la idea de renunciar al contrato, de escribir un libro solo para ella, tal vez debería volver a los días grises y miserables del periódico. Siempre podría vivir de la caridad y los favores de Vidal. Había salido a caminar después de una larga noche de trabajo, incapaz de coger el sueño. Sin saber donde quería ir, mis pies me condujeron ciudad arriba, hasta las obras de la Sagrada Familia. De


pequeño, mi padre me había llevado alguna vez para contemplar aquella babel de esculturas y pórticos que nunca acababan de levantar el vuelo, como si estuviese maldita. A mi, me gustaba volverlo a visitar y comprobar que no había cambiado, que la ciudad no paraba de crecer a su alrededor, pero que la Sagrada Familia continuaba en ruinas desde el primer día. Cuando llegué, despuntaba un alba azulada cegada de luces rojas que perfilaban las torres de la fachada de la Natividad. Un viento del este arrastraba el polvo de las calles sin adoquinar y el olor ácido de las fábricas que apuntalaban la frontera del barrio de Sant Martí. Cuando cruzaba la calle Mallorca, vi las luces de un tranvía que se acercaba entre las neblinas del alba. Oí el repicar de las ruedas de metal sobre los raíles y el tintinear de la campana que el conductor hacía sonar para alertar del paso del convoy entre las sombras. Quise correr, pero no pude. Me quedé clavado allá, inmóvil entre los raíles contemplando las luces del tranvía, que se me abalanzaba. Oí los gritos del conductor y, cuando se trabaron los frenos, vi el reguero de chispas que salían de las ruedas. A pesar de eso, con la muerte a pocos metros, no pude mover ni un músculo que se me encendió en los ojos hasta que el faro del tranvía quedó velado. Noté aquel olor de electricidad que llevaba la luz blanca que se me encendió en los ojos hasta que el faro del tranvía se quedó velado. Me hundí como un muñeco, conservando el sentido a duras penas unos cuantos segundos más, el tiempo imprescindible para ver que la rueda del tranvía, humeante, se paraba a unos veinte centímetros de mi cara. Entonces todo se volvió oscuridad. 13 Abrí los ojos. Columnas de piedra gruesas como árboles se elevaban en la penumbra t subían hasta una vuelta desnuda. Agujas de luz polvorienta caían en diagonal e insinuaban hileras inacabables de jergones. Pequeñas gotas de agua se desprendían de las alturas


como lágrimas negras que estallaban y resonaban al tocar el suelo. La penumbra olía a florido y a humedad. - Bienvenido al purgatorio. Me alcé y me volví. Delante de mí había un hombre vestido de harapos que leía un periódico a la luz de un farol y me blandía una sonrisa que solo mostraba la mitad de los dientes. La primera plana del diario que tenía en las manos anunciaba que el general Primo de Rivera asumía todos los poderes del Estado e inauguraba una dictadura “de maneras refinadas” para salvar al país de una hecatombe inminente. Aquel diario era de hacía seis años, si no lo era de más. - ¿Dónde estoy? El hombre me miró por encima del periódico, intrigado. - En el hotel Ritz. ¿No lo huele? - ¿Cómo he llegado aquí? - Medio muerto. Le han traído esta mañana en litera y desde entonces que duerme la mona. Palpé la chaqueta para comprobar que todo el dinero que llevaba había desaparecido. - Como es el mundo – exclamó el hombre, encarado a las noticias del periódico – Se nota que, en las fases más avanzadas del cretinismo, la falta de ideas se compensa con el exceso de ideologías. - ¿Cómo se sale de aquí? - Si tanta prisa tiene… Hay dos maneras, la permanente y la temporal. La permanente es por el tejado: un buen salto y se libera para siempre de toda esta escoria. La salida temporal es por allá, al fondo, donde ronda aquel tonto al que se le caen los pantalones y que saluda con el puño en alto, como un revolucionario, a todo el que pasa. Pero si sale por allá, tarde o temprano volverá a venir. El hombre del periódico me observaba divertido, con aquella lucidez que solo brilla en los locos de tanto en cuando. - ¿Ha sido usted el que me ha robado?


- La duda ofende. Cuando le han traído usted ya estaba limpio como una patena, y yo solo acepto títulos negociables en bolsa. Dejé a aquel lunático en su cama de mala muerte, con el periódico atrasado y aquellos discursos avanzados. La cabeza todavía me daba vueltas y con trabajo podía dar cuatro pasos en línea recta, pero conseguí llegar a una puerta que daba a unas escalinatas, en un lateral del gran redondel. En la parte superior de la escalera parecía filtrarse una tenue claridad. Subí cuatro o cinco pisos hasta notar un aliento de aire fresco que entraba por un portal, al final de las escaleras. Salí al exterior y al final comprendí donde había ido a parar. Delante de mi, se veía un lago suspendido sobre el arbolado del Parque de la Ciudadela. El sol empezaba a ponerse sobre la ciudad y las aguas recubiertas de algas ondulaban como vino vertido. El Depósito de las Aguas tenía la pinta de un castillo chapucero o de una cárcel. Lo habían construido para suministrar agua a los pabellones de la Exposición Universal del 1888, pero con el tiempo sus tripas de catedral laica habían acabado por servir de cobijo a moribundos e indigentes que no tenían otro lugar donde refugiarse cuando la noche o el frío se imponían. El gran embalse de agua suspendido sobre el suelo ahora era un lago embarrado y turbio que se desangraba lentamente por las grietas del edificio. Fue entonces cuando me fijé en la figura que se recostaba en uno de los extremos del terrado. Como si el simple roce de la mirada le hubiese alertado, se giró bruscamente y me miró. Todavía me notaba un poco aturdido y con la visión nublada, pero me pareció que la figura se acercaba. Lo hacía demasiado deprisa, como si los pies no le tocasen al suelo al andar y se desplazase a saltos bruscos y demasiado ágiles para captarlos con la mirada. A contraluz, casi no le podía distinguir el rostro, pero pude ver que se trataba de un señor de ojos negros y relucientes que parecían demasiado grandes para aquella cara. Cuanto más cerca estaba de mí, más intensa era la impresión que se le alargaba la silueta y aumentaba de estatura. Noté un escalofrío a ver que avanzaba y retrocedí unos pasos sin darme cuenta que me dirigía hacia el borde del lago. Mis pies dejaron de tocar el


suelo y ya empezaba a caerme de espaldas hacia las oscuras aguas del estanque, cuando el extraño me agarró del brazo. Tiró delicadamente y me guió de vuelta a terreno seguro. Me senté en uno de los bancos que rodeaban el estanque y respiré hondo. Levanté la vista y le vi claramente por primera vez. Tenía los ojos de una medida normal, la estatura como la mía, los pasos y los gestos eran de un señor como cualquier otro. Mostraba una expresión amable y tranquilizadora. - Gracias – le dije. - ¿Se encuentra bien? - Si. Solo ha sido un mareo. El extraño se sentó a mi lado. Llevaba un traje oscuro de tres piezas de factura exquisita, adornado con un broche pequeño y plateado en la solapa de la americana, un ángel con las alas desplegadas que me resultó extrañamente familiar. Se me ocurrió que la presencia de un señor tan elegante en aquel terrado resultaba ligeramente inusual. Como si me pudiese leer el pensamiento, el extraño me sonrió. - Confío en no haberle asustado – dijo con voz suave – Supongo que no esperaba encontrar a nadie aquí arriba, usted. Le miré perplejo. Me vi el reflejo de mi cara en sus pupilas negras, que se dilataban como una mancha de tinta sobre un papel. - ¿Le puedo preguntar qué le ha traído hasta aquí? - El mismo que a usted: grandes esperanzas. - Andreas Corelli – murmuré. Se le iluminó el rostro. - Que placer más grande poderle saludar en persona finalmente, amigo mío. Hablaba con un acento suave que no supe localizar. El instinto me decía que me levantase y me fuese bien deprisa, antes de que aquel extraño pronunciase ni una sola palabra más, pero había alguna cosa en su voz, en la mirada, que transmitía serenidad y confianza. Preferí no preguntarle como había podido saber que me encontraría en aquel lugar, cuando ni yo mismo sabía donde estaba. El sonido de sus palabras y la luz de sus ojos me reconfortaban. Me largó la mano y se la estreché. La sonrisa prometía un paraíso perdido.


- Supongo que le tendría que agradecer todas las gentilezas con las que me ha obsequiado a lo largo de los años, señor Corelli. Me temo que estoy en deuda con usted. - De ninguna manera. Quien está en deuda soy yo, amigo mío, y también quien se ha de disculpar por abordarle de esta manera en un lugar y unos momentos tan inconvenientes, pero confieso que ya hace tiempo que quería hablar con usted y no acertaba a encontrar la ocasión. - ¿Qué es lo que puedo hacer por usted, entonces? - Quiero que trabaje para mí. - ¿Perdone? - Quiero que escriba para mí. - Naturalmente. Ya no me acordaba que usted es editor. El desconocido sonrió. Tenía una risa dulce, de niño que no ha roto nunca un plato. - El mejor de todos. El editor que usted ha esperado toda la vida. El editor que le hará inmortal. El desconocido me largó una tarjeta de visita, idéntica a la que me había encontrado en los dedos al despertarme del sueño con Chloé, y que aún conservaba. Andreas Corelli Éditeur Éditions de la Lumière Boulevard St. Germain, 69. Paris - Me halaga señor Corelli, pero me temo que me es imposible aceptar la invitación. Tengo un contrato firmado con… - Barrido y Escobillas, lo se. Canallas con quien, sin ánimo de ofenderle, usted no debería mantener ningún tipo de relación. - Es una opinión compartida con otras personas. - ¿La señorita Sagnier, quizá? - ¿Usted la conoce?


- De oídas. Parece la clase de mujer que llevaría a un hombre a hacer lo que fuese con tal de ganarse su respeto y admiración, ¿verdad que sí? ¿No le anima ella a abandonar a aquel par de parásitos y ser fiel a lo que es usted? - No es tan sencillo. Tengo un contrato que me liga a ellos en exclusiva durante seis años más. - Lo se, pero eso no debería preocuparle. Mis abogados están estudiando el asunto y le aseguro que hay diversas fórmulas para disolver definitivamente cualquier lazo legal, en el caso de que usted se aviniese a aceptar mi propuesta. - ¿Y cual es su propuesta? Corelli sonrió con aire juguetón y travieso, como un colegial que disfruta revelando un secreto. - Que me dedique un año en exclusiva para trabajar en un libro por encargo, la temática del cual discutiríamos usted y yo a la hora de firmar el contrato, y por el cual yo le pagaría, de antemano, la suma de cien mil francos. Le miré, atónito. - Si esta suma no le parece adecuada estoy abierto a estudiar la que usted estime oportuna... Le seré sincero, señor Martín, usted y yo no nos pelearemos por dinero. Y, francamente, me parece que usted tampoco querrá, porque se que cuando le explique el tipo de libro que quiero que escriba para mí, el precio será lo de menos. Suspiré y me reí interiormente. -Ya veo que no me cree. - Señor Corelli, soy un autor de novelas de aventuras que ni tan solo van a mi nombre. Mis editores, a los que usted ya parece conocer, son un par de estafadores de pacotilla que no valen su peso en estiércol, y mis lectores no saben ni que existo. Hace años que me gano la vida en este oficio y todavía no he escrito ni una página de la que me sienta satisfecho. La mujer que amo opina que estoy malgastando mi vida, y tiene razón. También opina que no tengo derecho a desearla, que somos un par de almas insignificantes que, como única razón de ser, tienen una deuda de gratitud respecto a un hombre que nos ha


sacado a los dos de la miseria, y tal vez en eso también tenga razón. No tiene demasiada importancia. El día más inesperado hare treinta años y me daré cuenta que cada día me parezco menos a la persona que quería ser cuando tenía quince. Eso si llego, porque últimamente tengo una salud casi tan consistente como el trabajo. Ahora mismo, si soy capaz de enlazar una o dos frases que valgan la pena en una hora, ya me puedo dar por satisfecho. Esta es la clase de autor y de hombre que soy. No alguien que recibe visitas de editores de París con cheques en blanco para escribir ese libro que le tiene que cambiar la vida y hacer realidad todas sus esperanzas. Corelli me observó con gesto grave, sopesando mis palabras. - Me parece que usted se juzga demasiado severamente, cosa que siempre es una cualidad que distingue a las personas de valor. Créame si le digo que en todos los años que hace que ejerzo la profesión, he tratado con infinidad de personas por las cuales usted no hubiese dado ni un escupitajo y que tenían de si mismos un concepto muy elevado. Pero quiero que sepa que, aunque usted no me crea, se exactamente la clase de autor y de hombre que es. Hace años que le sigo la pista, ya lo sabe usted. He leído desde el primer relato que publicó en La Voz de la Industria, hasta el serial de Los misterios de Barcelona, y ahora, todos los episodios de Ignatius B. Samson. Me atrevería a decir que le conozco mejor que usted mismo. Por eso se que, finalmente, aceptará mi oferta. - ¿Qué más sabe? - Se que tenemos algunas cosas, o tal vez muchas, en común. Se que usted perdió a su padre y yo también. Se lo que es perder a un padre cuando todavía le necesitas. A usted, se lo arrebataron en trágicas circunstancias. El mío, por motivos que no vienen al caso, me repudió y me expulsó de casa. Casi le diría que esto puede ser aún más doloroso y todo. Se que usted se siente solo, y créame si le digo que este sentimiento también lo conozco profundamente. Se que usted tiene grandes esperanzas dentro del corazón, pero que no se ha cumplido ninguna, y se que esto, sin que usted se de cuenta, le está matando poco a poco cada día que pasa.


Estas palabras llevaron a un largo silencio. - Usted sabe muchas cosas, señor Corelli. - Las suficientes para creer que me gustaría conocerle mejor y ser su amigo. Y me parece que usted no tiene muchos amigos. Yo tampoco. No confío en la gente que se cree que tiene muchos amigos. Es señal de que no conocen a la gente. - Pero usted no busca un amigo, usted busca un alquilado. - Busco un socio temporal. Le busco a usted. - Usted está muy seguro – me atreví a decirle. - Es un defecto de nacimiento – replico Corelli mientras se levantaba – Otro es la clarividencia. Por eso comprendo que quizás es demasiado pronto para usted y que no tiene bastante oyendo la verdad de mis labios. Necesita verla con sus ojos. Y sentirla en la carne. Y, créame, la notará. Me largó la mano y no la retiró hasta que se la estreché. - ¿Me puedo quedar por lo menos con la tranquilidad de saber que reflexionará sobre lo que le he dicho y que volveremos a hablar? – me preguntó. - No se que decirle, señor Corelli. - No me diga nada ahora. Le prometo que la próxima vez que nos encontremos lo verá mucho más claro. Después de estas palabras, me sonrió cordialmente y se encamino hacia las escaleras. - ¿Habrá una próxima vez? – le pregunté. Corelli se paró y se volvió. - Siempre la hay. - ¿Dónde? Vi como desaparecía por la puerta de las escaleras. Solo entonces me di cuenta de que, a lo largo de toda la conversación, no le había visto parpadear ni una sola vez. 14


El consultorio estaba situado en un piso alto, desde donde se veía el mar, reluciendo a lo lejos, y la pendiente de la calle de Muntaner, punteada de tranvías que iban hacia el Ensanche, entre grandes caserones y edificios señoriales. La consulta olía a limpio. Las salas estaban decoradas con un gusto exquisito. Los cuadros eran tranquilizadores y llenos de vistas a paisajes de esperanza y de paz. Los estantes rebosaban de libros imponentes que rezumaban autoridad. Las enfermeras se movían como bailarinas y sonreían al pasar. Aquel purgatorio estaba pensado para bolsillos bien rellenos. - El doctor le verá ahora mismo, señor Martín. El doctor Trías era un hombre de aire patricio y aspecto impecable que transmitía serenidad y confianza en cada gesto. Unos ojos grises y penetrantes tras unas gafas elegantes. Sonrisa cordial y afable, nunca frívola. El doctor Trías era un hombre acostumbrado a bregar contra la muerte, y cuanto más sonreía más miedo me daba. A pesar de que unos días antes, cuando empecé a someterme a las pruebas, me había hablado de médicos y progresos científicos recientes que permitían tener esperanzas en la lucha contra los síntomas que le había descrito, por el modo en que me hizo pasar y sentarme, tuve la impresión que el no tenía ninguna duda sobre mi situación. - ¿Cómo se encuentra? – me preguntó, dudando entre mirarme a mí o a la carpeta que tenía sobre la mesa. - Dígamelo usted. Me ofreció una sonrisa leve, de buen jugador. - La enfermera me ha dicho que es escritor, pero veo que cuando llenó el cuestionario de ingreso, usted puso mercenario. - En mi caso, no hay ninguna diferencia. - Me parece que algunos de mis pacientes leen sus libros. - Confío que los daños neurológicos causados no sean permanentes. El doctor sonrió como si mi comentario le pareciese divertido y adoptó una actitud más directa, como si diese a entender que los prolegómenos amables y banales de la conversación se habían acabado.


- Señor Martín, veo que ha venido solo. ¿No tiene familia próxima? ¿Mujer? ¿Hermanos? ¿Padres que aún vivan? - Esto suena un poco fúnebre – me atreví a decir. - Señor Martín, no le voy a engañar. Los resultados de las primeras pruebas no son tan halagüeños como esperábamos. Le miré en silencio. No sentía miedo ni inquietud. No sentía nada. - Todo apunta a que usted tiene un crecimiento alojado en el lóbulo izquierdo del cerebro. Los resultados confirman lo que los síntomas que usted me describió me hacían temer, y todo parece indicar que se podría tratar de un carcinoma. Durante unos segundos, fui incapaz de decir nada. No pude ni fingir sorpresa. - ¿Cuánto hace que lo tengo? - Es imposible saberlo con certeza, pero me atrevería a suponer que el tumor ya hace bastante tiempo que está creciendo, hecho que explicaría los síntomas que me ha descrito y las dificultades que ha experimentado últimamente en su trabajo. Respiré profundamente, asintiendo. El médico me observaba con aire paciente y benévolo, para darme tiempo. Intenté empezar diversas frases que no me llegaron a salir de los labios. Al final, cruzamos la mirada. - Supongo que estoy en sus manos, doctor. Usted me dirá que tratamiento he de seguir. Vi que los ojos se le llenaban de desespero y que en aquel momento se daba cuenta que yo no había querido comprender lo que me decía. Volví a asentir, luchando contra las náuseas que me empezaban a subir hasta la garganta. El doctor me sirvió un vaso de agua de una jarra y me lo ofreció. Me lo bebí de un solo trago. - No hay tratamiento – dije yo. - Lo hay. Son muchas las cosas que podemos hacer para aliviarle el dolor y garantizarle la máxima comodidad y tranquilidad… - Pero me moriré. - Sí. - Pronto.


- Posiblemente. Sonreí para mis adentros. Incluso las peores noticias son un consuelo cuando no pasan de la confirmación de alguna cosa que sin querer ya sabíamos. - Tengo veintiocho años – dije, sin saber muy bien porqué lo decía. - Lo siento, señor Martín. Me gustaría poderle dar otras noticias. Me pareció que, al final, había confesado una especie de mentira o un pecado venial y que la losa del arrepentimiento se levantaba de golpe. - ¿Cuánto tiempo me queda? - Es difícil determinarlo con exactitud. Yo diría que un año, año y medio como máximo. El tono daba a entender claramente que aquello era un pronóstico muy optimista. - ¿Y de estos años, o lo que sea, cuanto tiempo le parece que podré conservar las facultades para trabajar y valerme por mi mismo? - Usted es escritor y trabaja con el cerebro. Por desgracia, es aquí donde se localiza el problema y es aquí donde nos encontraremos antes con limitaciones. - Limitaciones no es un término médico, doctor. - Lo más normal es que, a medida que avance la enfermedad, los síntomas que ha ido experimentando se manifiesten con más intensidad y frecuencia, y que a partir de un momento determinado se vea obligado a ingresar en un hospital para que nosotros podamos cuidarle. - No podré escribir. - No podrá ni pensar en escribir. - ¿Cuánto tiempo? - No lo se. Nueve o diez meses. Tal vez más, o quizás menos. Lo siento mucho, señor Martín. Asentí y me levanté. Me temblaban las manos y me faltaba el aire. - Señor Martín, entiendo que necesita tiempo para pensar en todo lo que le he dicho, pero es importante que actuemos cuanto antes mejor…


- Todavía no me puedo morir, doctor. Todavía no. Tengo cosas pendientes. Después tendré toda la vida para morirme. 15 Aquella misma noche subí al estudio de la torre y me senté delante de la máquina de escribir, aunque sabía que estaba seco. Las ventanas estaban abiertas de par en par, pero Barcelona ya no me quería explicar nada y fui incapaz de completar una sola página. Todo lo que conseguía conjurar me parecía banal o vacío. Tenía suficiente con releer alguna página para comprender que mis palabras no valían ni la tinta con que estaban impresas. Ya no era capaz de oír la música que desprende un pedazo de prosa decente. Poco a poco, como un veneno lento y placentero, las palabras de Andreas Corelli empezaron a gotear dentro del pensamiento. Me quedaban por lo menos cien páginas para acabar aquel enésimo episodio de las aventuras rocambolescas que habían llenado los bolsillos de Barrido y Escobillas, pero en aquel mismo momento supe que no lo terminaría. Ignatius B. Samson se había quedado estirado sobre los raíles de aquel tranvía, exhausto y con el alma desangrada en un exceso de páginas que nunca tenían que haber visto la luz. Pero, antes de irme para siempre, me había dejado la última voluntad. Que le enterrase sin ceremoniales y que, por una vez en la vida, tuviese el valor de hacer oír mi propia voz. Me llegaba su considerable arsenal de humo y de espejos. Y me pedía que le dejase irse, porque el había nacido para caer en el olvido. Cogí las páginas que había escrito de su última novela y las eché al fuego, con la sensación de sacarme una losa de encima con cada página que echaba en las llamas. Una brisa húmeda y calurosa soplaba sobre los tejados aquella noche y, al entrar por las ventanas de casa, se llevaba las cenizas de Ignatius B. Samson y las escampó los las callejuelas de la vieja ciudad, de donde ya no se iría más, por mucho que las palabras se perdiesen para siempre y el nombre huyese de la memoria de sus lectores más devotos.


Por la mañana, me presenté en la oficina de Barrido y Escobillas. La recepcionista era nueva, justo una chiquilla, y no me reconoció. - ¿Su nombre? - Hugo, Víctor. La recepcionista sonrió y conectó con la centralita para avisar a Herminia. - Señora Herminia, el señor Víctor Hugo está aquí y quiere ver al señor Barrido. La vi asentir y desconectar la centralita. - Dice que sale ahora mismo. - ¿Hace mucho que trabajas aquí? – le pregunté. - Una semana – me contesto la chica, atenta. Sino estaba equivocado en mis cálculos aquella era la octava recepcionista que había pasado por Barrido y Escobillas en un solo año. Los empleados de la casa que dependían directamente de Herminia, la bruja, duraban bien poco, porque la Veneno, cuando descubría que tenían un par de dedos más de frente que ella y tenía miedo que la pudiesen hacer sombra, cosa que pasaba nueve de cada diez veces, las acusaba de robo, de un hurto o de cualquier falta absurda, y armaba un escándalo hasta Escobillas las echaba a la calle y las amenazaba con enviarles un sicario si, por casualidad, hablaban más de la cuenta. - Que alegría verte; David – me dijo la Veneno – Te veo más guapo. Con muy buen aspecto. - Es que me ha atropellado un tranvía. ¿Está Barrido? - Que cosas tienes. Para ti, está siempre. Se pondrá muy contento cuando le diga que has venido a vernos. - Me parece muy bien. La Veneno me acompañó hasta el despacho de Barrido, decorado como la cámara de un canciller de opereta, con profusión de alfombras, bustos de emperadores, naturalezas muertas y volúmenes encuadernados en piel y comprados al mayor, que yo imaginaba lleno de páginas en blanco. Barrido me ofreció su más untuosa sonrisa y me estrechó la mano.


- Ya estamos impacientes en recibir el nuevo episodio. Tiene que saber que vamos reeditando las dos últimas entregas y que nos las quitan de las manos. Cinco mil ejemplares más. ¿Qué le parece? Me parecía que como poco debían ser cincuenta mil, pero me limité a asentir sin ningún entusiasmo. Barrido y Escobillas habían llegado a un gran refinamiento en aquello que, en el gremio editorial barcelonés, se conocía como la doble tirada. De cada título, se hacía una edición oficial de unos pocos miles de ejemplares, por los que pagaban al autor una cantidad ridícula. Después, si el libro funcionaba, había otra o muchas otras ediciones reales y subterráneas de docenas de miles de ejemplares que no se declaraban nunca, y de las cuales el autor no veía ni una peseta. Estos últimos ejemplares se podían distinguir de los primeros porque Barrido los hacía imprimir a escondidas en una antigua planta de embutidos situada en Santa Perpetua de la Moguda y, cuando los hojeabas, desprendían el perfume inconfundible del chorizo bien curado. - Me temo que tengo malas noticias. Barrido y la Veneno intercambiaron una mirada sin aflojar la mueca. En aquel momento, Escobillas apareció por la puerta y me miró con aquel aire seco y displicente con lo que parecía tomarte las medidas a ojo para hacerte la caja. - Mira quien ha venido a vernos. Que sorpresa tan agradable, ¿verdad? – preguntó Barrido al socio, que se limitó a sonreír. - ¿Cuáles son estas malas noticias? – preguntó Escobillas. - ¿Va un poco retrasado, amigo Martín? – añadió Barrido, amistosamente – Seguro que podremos acordar… - No. No hay ningún retraso. Simplemente no habrá libro. Escobillas dio un paso adelante y arqueó las cejas. Barrido dejó escapar una risita. - ¿Qué quiere decir con que no habrá libro? – preguntó Escobillas. - Quiere decir que ayer lo quemé y no queda ni una sola página del manuscrito. Se desplomó un espeso silencio. Barrido hizo un gesto conciliador y señaló la que se conocía como la butaca de las visitas, una especie de


trono negruzco y hundido que usaban para acorralar a los autores y proveedores para que quedasen a la altura de la mirada de Barrido. - Siéntese y explíquese, Martín. Le preocupa alguna cosa, lo noto. Puede sincerarse con nosotros, somos familia. La Veneno y Escobillas asintieron con convicción, demostrando el alcance de su estima, y fingiendo una mirada boquiabierta y devota. Preferí quedarme de pie. Todos hicieron lo mismo y me contemplaron como si fuese una estatua de sal a punto de ponerse a hablar en cualquier momento. A Barrido la cara le dolía de tanto sonreír. - ¿Y que? - Ignatius B. Samson se la suicidado. Ha dejado inédito un relato de veinte páginas en que se muere en brazos de Chloé Permanyer, después que todo se hayan tomado el veneno. - ¿El autor muere en una de sus novelas? – preguntó Herminia, confundida. - Es su despedida avant-garde del mundo de los seriales. Un detalle que estaba seguro que a ustedes les encantaría. - ¿Y no podía haber un antídoto o…? – preguntó la Veneno. - Martín, no hace falta que le recuerde que es usted, y no este Ignatius presuntamente difunto, quien tiene un contrato con nosotros… - dijo Escobillas. Barrido levantó la mano para hacer callar a su socio. - Me parece que ya se lo que le pasa; Martín. Está agotado. Hace años que se quema las pestañas sin descanso, cosa que esta casa valora y le agradece, y necesita un descanso. Y lo entiendo. Lo entendemos todos, ¿verdad que sí? Barrido miró a Escobillas y a la Veneno, que se apresuraron a asentir con cara de circunstancias. - Usted es un artista y quiere hacer arte, alta literatura, alguna cosa que le salga del corazón y que le permita inscribir su nombre con letras de oro en los escalones de la historia universal. - Tal como usted lo explica, suena ridículo – le dije. - Porque lo es – adujo Escobillas.


- No. No lo es – le cortó Barrido – Es humano. Y nosotros también somos humanos. Yo, mi socio y Herminia, que es mujer y una criatura de una sensibilidad delicada; es la más humana de todos, ¿Verdad que si, Herminia? - Humanísima – corroboró la Veneno. - Y como somos humanos, le entendemos y le queremos ayudar. Porque nos sentimos orgullosos de usted y estamos convencidos que sus éxitos serán los nuestros, y porque en esta casa, de verdad que lo que cuenta son las personas no las cifras. Al final del discurso, Barrido hizo una pausa escénica. Tal vez esperaba que yo estallase en aplausos, pero cuando vio que me quedaba quieto, prosiguió la exposición sin más demora. -Por eso le propondré lo siguiente: cójase seis meses, nueve si es necesario, porque un parto es un parto, y enciérrese en su estudio a escribir la gran novela de su vida. Cuando la tenga escrita, nos la trae y nosotros la publicaremos con su nombre auténtico, nos jugaremos la camisa e iremos a por todas. Porque estamos de su parte. Miré a Barrido y después a Escobillas. La Veneno estaba a punto de romper a llorar de emoción. - Sin adelantos, por descontado – puntualizó Escobillas. Barrido aplaudió, eufórico. - ¿Qué me dice? Empecé a trabajar aquel mismo día. Mi plan era tan simple como alocado. De día reescribiría el libro de Vidal y de noche trabajaría en el mío. Le sacaría el jugo a todas las malas artes que me había enseñado Ignatius B. Samson, y las pondría al servicio de las pocas cosas dignas y decentes que quedaban en mi corazón, si es que quedaba alguna. Escribiría por gratitud, por desesperación y por vanidad. Escribiría sobre todo por Cristina, para demostrarle que también yo era capaz de pagar la deuda con Vidal y que David Martín, aunque estuviese a punto de morirse, se había ganado el derecho a mirarla a los ojos sin avergonzarse de sus ridículas esperanzas.


No volví a la consulta del doctor Trías. No veía la necesidad. El día que no pudiese escribir ni una palabra más, ni tan solo imaginarla, yo mismo sería el primero en darme cuenta. Mi farmacéutico de confianza y poco escrupuloso me proporcionaba todas las chucherías de codeína que le pedía, sin hacer preguntas y, a veces, también me daba alguna delicia que me encendía las venas y me hacía estallar el dolor e incluso la conciencia. No comenté con nadie mi visita al médico y el resultado de las pruebas. Las necesidades básicas me las cubría la lista semanal que me hacía traer de Can Gispert, un emporio de ultramarinos formidable situado en la calle Mirallers, detrás de Santa María del Mar. El pedido siempre era el mismo y habitualmente me lo traía la hija de los dueños, una chica que se me quedaba mirando como un corzo asustado cuando la hacía pasar al recibidor para que se esperase mientras iba a buscar el dinero para pagarla. - Esto es para tu padre y esto es para ti. Siempre le daba diez céntimos de propina, que ella aceptaba en silencio. La chica volvía cada semana a llamar a la puerta de casa con el pedido, y cada semana la pagaba y le daba diez céntimos de propina. Durante nueve meses y un día, el tiempo que tenía que tardar en escribir el único libro que llevaría mi nombre, aquella chica de la que ignoraba su nombre y de la cual olvidaba su fisonomía cada semana, hasta que me la volvía a encontrar en el quicio de la puerta de casa, fue la persona que vi más a menudo. Cristina dejó de venir a nuestra cita de cada tarde sin previo aviso. Cuando empezaba a temer que Vidal se hubiese percatado de nuestra estratagema, una tarde que la esperaba después de casi una semana de ausencia, abrí la puerta pensando que sería ella, me encontré con Pep, uno de los criados de Villa Helius. Me traía un paquete de parte de Cristina, sellado con todo cuidado que contenía el manuscrito completo de Vidal. Pep me explicó que el padre de Cristina había sufrido un aneurisma que le había dejado prácticamente inválido, y que su hija se lo había llevado a un sanatorio en los Pirineos, en


Puigcerdá, donde aparentemente había un médico joven experto en el tratamiento de esta clase de enfermedades. - El señor Vidal se ha hecho cargo de todo – me explicó Pep – No escatima ni esfuerzos ni dinero. Vidal nunca se olvidaba de la gente que le servía, pensé, no sin cierta amargura. -Me pidió que le diese esto en mano. Y que no le dijese nada a nadie. El mozo me dio el paquete, aliviado de sacarse de encima aquel artículo misterioso. - ¿No te dejó ninguna dirección donde la pudiese encontrar si hacía falta? - No, señor Martín. Lo único que se es que el padre de la señorita Cristina está ingresado en un lugar que se llama Villa San Antonio. Al cabo de unos días Vidal me hizo una de sus visitas inesperadas y se quedó toda la tarde en casa, mientras se me bebía el anís, se me fumaba los cigarrillos y me explicaba lo que le había pasado a su chófer. - Parece mentira. Un hombre fuerte como un roble y, de pronto, se cae redondo y ya no sabe quien es. - ¿Cómo está Cristina? - Ya te lo puedes imaginar. Su madre se murió hace años y Manuel es la única familia que le queda. Se llevó un álbum de fotografías de familia y cada día se lo enseña a Manuel a ver si recuerda alguna cosa. Mientras Vidal hablaba, su novela – o quizá debería decir la mía – descansaba en un montón de folios sobre la mesita de la galería, puestos boca abajo y a medio metro de sus manos. Me explicó que en ausencia de Manuel había apresado a Pep – aparentemente un buen jinete – a aprender las artes de la conducción, pero que el joven, de momento, era un desastre. - Déle tiempo. Un automóvil no es un caballo. El secreto es la práctica. - Ahora que lo dices, Manuel te enseñó a conducir, ¿verdad que sí?


- Un poco – admití – y no es tan sencillo como parece. - Si esta novela que tienes entre manos no se vende, siempre podrás cambiar de oficio y hacerme de chófer. - No enterremos al pobre Manuel antes de tiempo, señor Pedro. - Un comentario de mal gusto – reconoció Vidal – Lo siento. - ¿Y su novela, señor Pedro? - Por el buen camino. Cristina se ha llevado el manuscrito final a Puigcerdá para pasarlo a limpio y pulirlo, mientras hace compañía a su padre. - Me gusta verle tan contento. Vidal me sonrió, triunfante. - Creo que será algo grande – dijo – Después de tantos meses que ya creía perdidos, he releído las cincuenta primeras páginas que Cristina ha pasado a limpio y me he sorprendido a mi mismo. Creo que a ti también te sorprenderá. Al final, resultará que aún me quedan unas cuantas astucias que enseñarte. - Nunca lo he dudado, señor Pedro. Aquella tarde, Vidal bebía más que de costumbre. Los años me habían enseñado a interpretar su abanico de inquietudes y reservas, y supuse que aquella no era una simple visita de cortesía. Cuando se me había acabado las existencias de anís, le serví una generosa copa de coñac y esperé. -David, hay algunas cosas de las que tu y yo notemos hablado nunca… -De futbol, por ejemplo. -Hablo en serio. -Usted dirá señor Pedro. Me miró largamente, dubitativo. -Yo siempre he procurado ser un buen amigo, David. ¿Lo sabes, verdad? -Ha sido mucho más que eso, señor Pedro. Lo se yo y lo sabe usted. -A veces me pregunto sino tendría que haber sido más honesto contigo. - ¿A qué se refiere?


Vidal ahogó su mirada dentro de la copa de coñac. -Ha y cosas que no te he explicado nunca, David. Cosas de las cuales quizá te habría tenido que hablar hace años… Dejé transcurrir un instante que se me hizo eterno. Fuese lo que fuese que Vidal me quería explicar, quedaba claro que ni con todo el coñac del mundo se lo sacaría. - No se preocupe, señor Pedro. Si ha esperado años, seguro que puede esperar hasta mañana. - Mañana tal vez no tenga valor de decírtelas. Me di cuenta que nunca le había visto tan asustado. Se le había encallado alguna cosa en el corazón y verle en aquel mal momento me empezaba a preocupar. - Haremos una cosa, señor Pedro. Cuando publiquen su libro y el mío, nos reuniremos para brindar y me explica lo que me tenga que explicar. Me invita a uno de esos locales tan caros y elegantes donde no le dejan entrar sino voy con usted, y me hace todas las confidencias que quiera. ¿Entonces, entendido? Ya de noche, le acompañé hasta el paseo del Borne, donde Pep le esperaba al pie del Hispano-Suiza embutido en el uniforme de Manuel, que le iba cinco tallas demasiado grandes, igual que el automóvil. La carrocería estaba perfumada con arañazos y golpecitos de aspecto reciente que dolía mirarla. -A paso tranquilo, ¿eh, Pep? – le aconsejé – Nada de galopar. Lento pero seguro, como si fuese un percherón. -Si, señor Martín, lento pero seguro. Al despedirse, Vidal me dio un fuerte abrazo y cuando subió al coche me pareció que llevaba todo el peso del mundo sobre sus hombros. 16 Pocos días después de poner punto final a las dos novelas, la de Vidal y la mía, Pep se presentó en casa sin avisar que venía. Iba embutido en aquel uniforme que había heredado de Manuel y que le


asemejaba al aspecto de un niño disfrazado de mariscal de campo. De entrada, supuse que me traía un mensaje de Vidal, o quizá de Cristina, pero la expresión oscura que me mostraba revelaba una inquietud que me hizo descartar esa posibilidad en cuanto cruzamos las miradas. -Malas noticias, señor Martín. - ¿Qué ha pasado? -Se trata del señor Manuel. Mientras me explicaba los hechos, se le rompió la voz, y cuando le pregunté si quería un vaso de agua casi se puso a llorar. Hacía tres días que Manuel Sagnier había fallecido en el sanatorio de Puigcerdá y después de una larga agonía. Por decisión de su hija, le habían enterrado el día anterior en un pequeño cementerio al pie de los Pirineos. - Dios del cielo – murmuré. En lugar de agua, le serví una generosa copa de coñac y le dejé descansar en una butaca de la galería. Cuando se hubo calmado me explicó que Vidal le había enviado a recoger a Cristina, que tenía que volver aquella tarde en el tren de las cinco. - Imagínese como debe estar la señorita Cristina… murmuró abatido ante la perspectiva de tener que ir a recibirla, de consolarla y acompañarla hasta el pequeño apartamento que tenían sobre las cocheras de Villa Helius, donde había vivido con su padre desde pequeña. - Pep, no creo que sea buena idea que vayas a recoger a la señorita Sagnier. - Órdenes del señor Pedro… - Dile al señor Pedro que yo asumo la responsabilidad. A copia de licor y de retórica, le convencí para que se fuese y dejase el asunto en mis manos. Yo mismo iría a recoger a Cristina y la llevaría a Villa Helius en un taxi. - Se lo agradezco, señor Martín. Usted que es de letras, sabrá encontrar las palabras para consolarla, pobre chica.


A las cinco menos cuarto, me dirigí hacia la estación de Francia, inaugurada recientemente. La Exposición Internacional de aquel año había dejado la ciudad sembrada de prodigios, pero de entre todos, mi preferido era aquella bóveda de acero y cristal de aspecto catedralicio., aunque solo fuese porque me quedaba al lado de casa y la podía ver desde el estudio de la torre. Aquella tarde, el cielo era un desparrame de nubes negras que galopaban desde el mar y se extendían por la ciudad. El sonido de los relámpagos en el horizonte y un viento cálido con olor a pólvora y electricidad presagiaban que se acercaba una tempestad veraniega de considerable envergadura. Cuando llegué a la estación, empezaban a verse las primeras gotas, relucientes y pesadas como monedas caídas del cielo y cuando me adentré en el anden a esperar la llegada del tren, la lluvia ya repicaba con fuerza sobre la cúpula de la estación y la noche pareció caer de golpe, interrumpida por los destellos de luz que estallaban sobre la ciudad dejando un rastro de ruido y de furia. El tren llegó con una hora de retraso, una serpiente de vapor que se arrastraba bajo la tempestad. Esperé al pie de la locomotora para ver aparecer a Cristina entre los otros viajeros que iban bajando de los vagones. Al cabo de diez minutos, ya había bajado todo el pasaje y de ella no había ni rastro. Estaba a punto de volverme a casa, creyendo que, al final, Cristina no había cogido aquel tren, cuando decidí dar un último vistazo y recorrer todo el andén hasta el final, con la mirada atenta a las ventanas de los compartimientos. La encontré en el penúltimo vagón: sentada y con la cabeza apoyada en la ventana y la mirada perdida. Se volvió cuando oyó mis pasos y me miró sin sorpresa, sonriendo débilmente. Se levantó y me abrazó en silencio. - Bienvenida – le dije. Cristina no llevaba más equipaje que una maleta pequeña. Le ofrecí mi mano para bajar al andén, que ya estaba desierto. Recorrimos el trayecto hasta el vestíbulo de la estación sin decir nada. Cuando llegamos a la salida nos paramos. El chaparrón caía con furia y la línea de taxis que había en la puerta de la estación cuando había llegado, se había evaporado.


- No quiero volver a Villa Helius esta noche, David. No todavía. - Te puedes quedar en casa, si quieres, o bien te podemos buscar una habitación en un hotel. - No me quiero quedar sola. - Vamos a casa. Tengo habitaciones de sobras - Vi a uno de los mozos que trajinaban equipajes; había sacado la cabeza para contemplar la tempestad y tenía en las manos un paraguas enorme. Me acerqué y le ofrecí comprarle el paraguas por una cantidad cinco veces superior al precio normal. Me lo dio envuelto en una sonrisa servicial. Amparados por aquel paraguas, nos encaminamos, bajo el diluvio, hacia la casa de la torre. Gracias a las ventoleras y a los charcos, al cabo de diez minutos ya habíamos llegado empapados de pies a cabeza. La tempestad se había llevado la luz y las calles habían quedado sumergidas dentro de una oscuridad líquida, justo punteada por las luces de aceite o de las velas que proyectaban su claridad huidiza desde balcones y portales. No dudé ni un momento que la formidable instalación eléctrica de la casa debía haber sido de las primeras en hundirse. Tuvimos que subir la escalera palpando y cuando abrí la puerta principal del piso, el aliento de los relámpagos desenterró el aspecto más fúnebre e inhóspito. Si has cambiado de idea y prefieres buscar un hotel… -No. Ya está bien. No sufras. Dejé la maleta de Cristina en el recibidor y me fui a la cocina a buscar una caja de velas y cirios variados que guardaba en un armarito. Empecé a encenderlas una por una, y las iba pegando en platos, vasos y copas. Cristina me observaba desde la puerta. Tardo un minuto – la aseguré – Ya tengo práctica. Empecé a repartir velas por las habitaciones, por el pasillo y por los rincones hasta que toda la casa quedó sumergida en una neblina dorada. -Parece una catedral. – dijo Cristina. La acompañé hasta un dormitorio que no utilizaba nunca, pero que mantenía arreglado y limpio porque Vidal algún día que iba


demasiado bebido para volver a su palacio, se había quedado a pasa la noche. Ahora mismo te traigo toallas limpias. Sino tienes ropa para cambiarte, te puedo ofrecer el vestuario estilo Belle Époque, amplio pero siniestro, que los antiguos propietarios dejaron en los armarios. Estas desgraciadas tentativas humorísticas con trabajo conseguían arrancarle una sonrisa y se limitó a sentir. La deje sentada sobre la cama mientras iba corriendo a buscar las toallas. Cuando volví aún estaba allí, inmóvil. La deje las toallas al lado, encima de la cama, y la acerqué un par de velas que había dejado en la entrada, para que tuviese un poco más de luz. - Gracias – murmuró. - Mientras te cambias, te prepararé un caldo bien caliente - No tengo nada de gana. - Se te pondrá bien igualmente, - Si necesitas algo, avísame. La deje sola y me fui a la habitación para sacarme aquellos zapatos encharcados. Puse agua a calentar y me senté en la galería. La lluvia continuaba cayendo con fuerza, ametrallando rabiosamente los ventanales y formando regueros, los desguaces de la torre y el terrado, que sonaban como pasos en el techo. Más allá el barrio de la Ribera se había sumergido en una oscuridad casi absoluta. Al cabote un rato, oí que la puerta de la habitación de Cristina se abría y la oí que se acercaba. Se había puesto una bata blanca y se había echado un mantón de lana sobre los hombros que no la favorecía nada. - Te he cogido un préstamo de un armario – dijo – espero que no te sepa mal. - Te lo puedes quedar si quieres. - Se sentó en una butaca y paseó su mirada por la sala, parándose en un montón de folios que estaban sobre la mesa. Me miró y yo asentí. - La he acabado hace unos cuantos días – le dije. - ¿Y la tuya?


La verdad era que yo sentía que ambos manuscritos eran míos, pero me limité a asentir. -¿Puedo? – me preguntó, cogiendo una página y acercándola a la palmatoria. -Y tanto. La miré, mientras leía en silencio, con una tibia sonrisa en los labios. -Pedro no se creerá nunca que esto lo haya escrito el. -Confía en mí. – repliqué. Cristina devolvió la página al montón y me miró un buen rato. - Te he añorado – dijo – No quería, no, pero te he añorado. - Yo también. - Algunos días, antes de ir al sanatorio, hacia una escapada hasta la estación y me sentaba en el andén a esperar el tren que venía de Barcelona, pensando que tal vez te vería. Tragué saliva. - Pensaba que no querías verme – le dije. - Yo también. Mi padre preguntaba a menudo por ti, ¿sabes? Me dijo que te cuidase. - Tu padre era un buen hombre – le dije – Un buen amigo. Cristina asintió con una sonrisa, pero me dí cuenta que los ojos se le llenaban de lágrimas. -Al final ya no recordaba nada. Algunos días me confundía con mi madre, y me pedía perdón por los años que pasó en la cárcel. Después pasaban semanas que casi ni se daba cuenta de que yo estaba allá. Con el tiempo, la soledad se te mete dentro y ya no se va. - Lo siento, Cristina. - Los últimos días me pareció que se encontraba mejor. Empezaba a recordar cosas. Me había llevado un álbum de fotografías que mi padre tenía en casa y se lo enseñaba una y otra vez quien era cada uno. Había una foto de veinte años atrás, en Villa Helius, en que salíais tú y el dentro del coche. Tú estabas al volante y mi padre te enseñaba a conducir. Los dos estabais riendo. ¿La quieres ver? Dudé, pero no quise romper aquel momento.


- Y tanto. Cristina fue a buscar el álbum a la maleta y volvió con un librito pequeño encuadernado en piel. Se sentó a mi lado y empezó a pasar páginas llenas de postales, retratos y recortes viejos. Manuel, como mi padre, casi no sabía leer ni escribir, y sus recuerdos se basaban en las imágenes. - Mira, estás aquí. Examiné la fotografía y recordé con precisión aquel día de verano en el que Manuel me había dejado subir al primer coche que había comprado Vidal y me había enseñado el abc de la conducción. Después, habíamos sacado el coche hasta la calle de Panamá y a la velocidad de cinco kilómetros por hora, que ami me parecía vertiginosa, habíamos ido hasta la avenida de Pearson y habíamos vuelto conduciendo yo. - “Usted es un as del volante – había dictaminado Manuel – Si algún día le falla eso de los cuentos, tenga en cuenta el futuro que podría tener en el mundo de las carreras” Sonreímos, recordando aquel instante que creía perdido. Cristina me alargó el álbum. -Quédatelo. A mi padre le hubiese gustado que lo tuvieses tu. -Es tuyo, Cristina, no lo puedo aceptar. -Y yo también prefiero que lo guardes tu. -Queda en depósito, pues, hasta que lo quieras venir a buscar. Empecé a hojear el álbum, revisando rostros que recordaba y rostros que no había visto nunca. Estaba la foto de la boda de Manuel Sagnier y su esposa, Marta, a quien Cristina se parecía tanto, retratos de estudio de tíos y abuelos, de una calle del Raval por donde pasaba una procesión y de los baños de San Sebastian, en la playa de la Barceloneta. Y recortes antiguos de periódicos con imágenes de un Vidal muy joven posando en las puertas del hotel Florida, arriba del todo del Tibidabo, y otra donde iba del brazo de una belleza espectacular en los salones del casino de la Arrabassada. - Tu padre veneraba al señor Pedro. - Siempre me decía que se lo debíamos todo – respondió Cristina.


Continué viajando a través de la memoria del pobre Manuel hasta topar con una página en la que había una fotografía que aparentemente no encajaba con el resto. Se podía ver a una niña de unos ocho o nueve años caminando por un pequeño muelle de madera que se adentraba en una lámina de mar luminoso. Iba cogida de la mano de un adulto, un hombre con americana y pantalones blancos que quedaba desenfocado, fuera del cuadro. Al fondo del muelle, se podía entrever una pequeña barca de vela y un horizonte infinito en el que se ponía el sol. La niña, que se veía de espaldas, era Cristina. - Es la que más me gusta – murmuró ella. - ¿De donde es? - No lo se. No recuerdo ese lugar ni aquel día No estoy segura de que aquel hombre fuese mi padre. Es como si ese momento no hubiese existido nunca. Hace años encontré esa foto en el álbum de mi padre y nunca he sabido que significa. Es como si me quisiese decir alguna cosa. Continué pasando páginas. Cristina me iba explicando quien era cada uno. - Mira, esta soy yo a los catorce años. - Ya lo se. Cristina me miró con un aire triste. -¿Yo no me daba cuenta, verdad? – me preguntó. Me encogí de espaldas. -No me podrás perdonar nunca. Preferí pasar páginas que mirarla a los ojos. - No tengo nada que perdonar. - Mírame, David. Cerré el álbum e hice lo que me pedía. -Es mentira – me dijo – Si que daba cuenta. Me daba cuenta cada día, pero me parecía que no tenía derecho. -¿Por qué? -Porque la vida no nos pertenece. Ni la mía, ni la de mi padre, ni la tuya… -¿Todo es de Vidal, no? – le dije, con amargura.


Lentamente me cogió la mano y se la acercó a los labios. -Hoy no – murmuró. Sabía que la perdería en cuanto se acabase aquella noche, cuando el dolor y la soledad que se la comían por dentro se apaciguasen. Sabía que tenía razón, no tanto porque lo que había dicho fuese verdad, sino porque en el fondo los dos lo creíamos y siempre sería así. Nos escondimos como dos ladrones en una de las habitaciones sin osar encender ni una vela, sin osar ni tan solo hablar. La desnudé lentamente, mientras le reseguía la piel con los labios, consciente de que no lo volvería a hacer nunca más. Cristina se me entregó con una mezcla de rabia y dejadez, y cuando el cansancio nos venció se durmió en mis brazos sin decir nada. Quise resistir al sueño, saboreándole calor de su cuerpo y pensando que si, por la mañana, la muerte me quería venir a buscar la recibiría en paz. Acaricié a Cristina en la penumbra, más allá de los muros, consciente de que la perdería, pero sabiendo también que, durante unos minutos, habíamos sido el uno del otro y de nadie más. Cuando el primer soplo del alba tocó en las ventanas, abrí los ojos y encontré la cama vacía. Salí al pasillo y fui hasta la galería. Cristina había dejado el álbum y se había llevado la novela de Vidal. Recorrí la casa, que ya olía a su ausencia, y fui apagando una detrás de la otra todas las velas que había encendido la noche antes. 17 Al cabo de nueve semanas me encontraba plantado frente al número 17 de la plaza de Cataluña, donde ya hacía dos años que se había establecido la librería Catalonia, y me distraía delante de un escaparate que me parecía infinito y lleno de ejemplares de una novela titulada La casa de las cenizas, de Pedro Vidal. Sonreí interiormente. Mi mentor había utilizado incluso el título que yo le había sugerido tiempo atrás, cuando le había explicado la trama de la historia. Decidí entrar y pedí un ejemplar. Lo abrí al azar y empecé a releer pasajes que me sabía de memoria y que había acabado de pulir


justo hacía un par de meses. No encontré ni una sola palabra en todo el libro que yo no hubiese colocado donde debía estar, salvo la dedicatoria: “Para Cristina Sagnier, sin la cual…” Cuando le devolví el libro, el encargado me dijo que me lo pensase dos veces. -Nos llegó hace un par de días y ya me lo he leído – añadió – Una gran novela. Hágame caso y llévesela. Ya se que todos los periódicos la ponen por las nubes y esto, casi siempre es mala señal, pero en este caso la excepción confirma la regla. Sino le gusta, me la trae y le devuelvo el dinero. - Gracias – le contesté, por la recomendación y especialmente por el resto – Pero yo también la he leído. -¿Le puedo ofrecer alguna otra cosa, entonces? -¿No tiene una novela titulada Los pasos del cielo? El librero pensó unos momentos. -¿Es la de Martín, esta, verdad, el de La ciudad…? Asentí. - La pedí pero la editorial no me la ha servido. Déjemelo mirar bien. Le seguí hasta un mostrador, donde consultó con un compañero del trabajo, que respondió negativamente. Nos tenía que haber llegado ayer, pero el editor dice que no tiene ejemplares. Lo siento. Si quiere le reservo uno cuando me llegue… - No se preocupe. Ya volveré a pasar. Y muchas gracias. - Me sabe mal, señor. No se lo que debe de haber pasado, pero le aseguro que deberíamos de tenerla… Salí de la librería y me fui hasta un quiosco de prensa que había en el principio de la Rambla. Compré casi todos los periódicos del día, desde La Vanguardia hasta La Voz de la Industria. Me instalé en el café Canaletas. Y me sumergí dentro de las páginas de los periódicos. La reseña de la novela que había escrito para Vidal salía en todas las ediciones, a página entera, con grandes titulares y una foto del señor Pedro en la que mostraba una pose reflexiva y misteriosa, lucía un traje nuevo de trinca y saboreaba una pipa en una


actitud de despreocupación bien estudiada. Empecé a leer los diferentes titulares y el primero y el último parágrafo de cada reseña. El primero que encontré empezaba así: “La casa de las cenizas es una obra madura, rica, de mucho vuelo, que nos reconcilia con las mejores cosas que nos puede ofrecer la literatura contemporánea”. Otro rotativo informaba a los lectores que “nadie escribe mejor en España que Pedro Vidal, nuestro novelista más respetado y reconocido”, y todavía otro más sentenciaba que la novela era “una novela capital, de factura maestra y calidad exquisita”. Un cuarto rotativo glosaba el gran éxito internacional de Vidal y su obra: “Europa se rinde ante el maestro” (a pesar de que la novela hacía solo días que había salido en España y, en caso de traducirse, no aparecería en ningún otro país hasta al cabo de un año, como mínimo). El artículo se extendía en una glosa detallada sobre el gran reconocimiento y el enorme respeto que el nombre de Pedro Vidal suscitaba entre “los expertos internacionales de más nombradía”. A pesar de que, por lo que yo sabía, no se había traducido ninguno de sus libros a ningún idioma, a parte de una novela traducida al francés gracias a la financiación del mismo señor Pedro, y de la cual se habían vendido 126 ejemplares. Milagros aparte, la prensa coincidía en afirmar que “ha nacido un clásico” y que la novela señalaba “el retorno de uno de los grandes escritores, la mejor pluma de nuestro tiempo; Vidal, un maestro indiscutible”. En la página opuesta de alguna de aquellos periódicos, en un espacio mucho más humilde que justo ocupaba una o dos columnas, también encontré alguna reseña sobre la novela del tal David Martín. La más favorable empezaba así: “Obra primeriza y de estilo pedestre, Los pasos del cielo, del novel David Martín, patente desde la primera página de la falta de recursos y de talento del autor”. Otra estimaba que “Martín, un principiante, quiere y no puede: intenta imitar al maestro Pedro Vidal, pero no lo consigue”. La última que fui capaz de leer, publicada en La Voz de la Industria, empezaba el texto con una entradita en negrita que afirmaba “David Martín, un autor completamente desconocido que se dedica a la redacción de anuncios


por palabras, nos sorprende con lo que puede ser el peor debut literario de este año”. Dejé sobre la mesa los periódicos y el café que había pedido y me encaminé Rambla abajo, hacia las oficinas de Barrido y Escobillas. Mientras iba, pasé por delante de cuatro o cinco librerías, todas adornadas con una multitud de copias de la novela de Vidal. En ninguna de las tiendas, no vi ni un solo ejemplar de la mía. En todas se repetía el mismo episodio que había vivido en la Catalonia. - Pues mire, no se que debe de haber pasado, porque nos tenía que llegar anteayer, pero el editor dice que ha agotado las existencias y que no sabe cuando la volverá a imprimir. Si me quiere dejar un nombre y un teléfono, le avisaré si me llega… ¿Lo ha preguntado en la Catalonia? Si ellos no la tienen… Los dos socios me recibieron con aire fúnebre y una pose de indiferencia. Barrido, detrás de su escritorio, jugaba con una pluma estilográfica, y Escobillas, de pie a su lado, me trepanaba con la mirada. A la Veneno, que se sentaba en una silla, le caía la baba de tanta expectación. -No se imagina lo mal que me sabe, amigo Martín – se explicaba Barrido – El problema es el siguiente: los libreros nos hacen los pedidos a parir de las reseñas que salen en los periódicos, no me pregunte a mi el por que. Si va al almacén de al lado, descubrirá que tenemos tres mil copias de su novela muriéndose de asco. - Con los costos y las pérdidas que esto implica – redondeó Escobillas, en un tono claramente hostil. - He pasado por el almacén antes de venir y he comprobado que hay trescientos ejemplares. El encargado me ha dicho que no se han impreso más. -Eso es mentira – proclamó Escobillas. Barrido le interrumpió, conciliador: -Disculpe a mi socio, Martín. Tiene que comprender que nos sentimos tan indignados como usted o más, por el trato vergonzoso que la prensa local ha dado a un libro, del cual, en esta casa, estábamos todos profundamente enamorados. Pero le ruego que


comprenda que, a pesar de nuestra fe entusiasta en su talento, en este caso nos encontramos atados de pies y manos por la confusión que han causado estas notas de prensa maliciosas. Pero no desanime, que Roma no se construyó en dos días. Estamos luchando con todas nuestras fuerzas para otorgar a su obra la proyección que merece su mérito literario, muy elevado… -Con una edición de trescientos ejemplares. Barrido resopló, dolido por mi poca fe. - La edición es de quinientos – precisó Escobillas – Los otros doscientos, los vinieron a buscar ayer Barceló y Sampere, en persona. El resto saldrá en el próximo servicio porque no han podido entrar en el último momento a causa de un conflicto de acumulación de novedades. Si usted se tomase la molestia de entender nuestras dificultades y no fuese tan egoísta, lo comprendería perfectamente. Los mire, a los tres, incrédulo. - No me digan que no harán nada más. Barrido me miró, desolado. - ¿Y que quiere que hagamos, amigo mío? Nos lo hemos jugado todo por usted. Ayúdenos un poco usted a nosotros. - Si por lo menos hubiese escrito un libro como el de su amigo Vidal – dijo Escobillas. - Aquello si que es una novelaza – confirmó Barrido – Lo dice hasta La Voz de la Industria. - Ya lo sabía yo, que esto iría así – prosiguió Escobillas – Usted es un desagradecido. A mi lado, la Veneno me miraba con pose compungida. Me dio la impresión de que me quería coger la mano para consolarme y la aparté rápidamente. Barrido me ofreció una sonrisa untuosa. - Tal vez sea para bien, Martín. Quizá sea una señal de Nuestro Señor, que en su infinita sabiduría le quiere revelar a usted el camino de vuelta al trabajo que tanta felicidad ha traído a los lectores de La ciudad de los malditos.


Me puse a reír. Barrido me siguió y, solo haciendo una rápida señal, Escobillas y la Veneno le imitaron. Contemplé a aquel grupo de hienas y me dije que, en otras circunstancias, aquel instante me habría parecido de una ironía exquisita. -Así me gusta, que se lo tome de manera positiva – proclamó - ¿Qué me dice? ¿Cuándo tendremos el próximo libro de Ignatius B. Samson? Los tres me miraban amables y expectantes. Me aclaré la voz para vocalizar con precisión y les dediqué una sonrisa. - Ya se pueden ir todos a la mierda. 18 Salí de allí y me pasé horas vagabundeando al azar por las calles de Barcelona. Noté que me costaba respirar y que alguna cosa me oprimía el pecho. Un sudor frío me cubría la frente y las manos. Al anochecer, cuando ya no sabía donde esconderme, enfile el camino de vuelta a casa. Cuando pasé por delante de la librería de Sampere e hijos, vi que el librero había llenado el aparador de ejemplares de mi novela. Ya era tarde y la tienda estaba cerrada, pero dentro aún había luz y, cuando quise acelerar el paso, vi que Sampere se había percatado de mi presencia y me sonreía con una tristeza que nunca le había visto, después de tantos años de conocerle. Se acercó la puerta y la abrió. -Pase un rato, Martín. -Otro día, señor Sampere. -Hágalo por mí. Me cogió del brazo y me arrastró al interior de la librería. Le seguí hasta la trastienda y allí me ofreció una silla. Sirvió un par de vasos de una cosa que parecía más espesa que el alquitrán y me indicó con un gesto que me lo bebiese de un trago. El hizo lo mismo. - He hojeado el libro de Vidal – me dijo. - El éxito de la temporada – apunté. - ¿El sabe que lo ha escrito usted?


- ¿Qué importancia tiene? Sampere me dedicó la misma mirada con que había recibido a aquel rapaz de ocho años, un lejano día que se había presentado en su casa dolorido y con los dientes rotos. -¿Se encuentra bien, Martín? - Perfectamente. Sampere lo negó en voz baja y se levantó para coger una cosa de un estante. Vi que se trataba de un ejemplar de mi novela. Me lo alargó junto con una pluma y me sonrió. - Sea tan amable de dedicármelo. Una vez lo hube hecho, Sampere me cogió el libro de mis dedos y lo consagró en la vitrina de honor, detrás del mostrador donde guardaba las primeras ediciones que no estaban en venta. Aquello era el santuario particular de Sampere. - No hace falta que haga eso, señor Sempere – murmuré. - Lo hago porque quiero y porque la ocasión lo merece. Este libro es un pedazo de su corazón, Martín. Y por la parte que me toca, también del mío. Lo pongo entre El Padre Goriot y La educación sentimental. - Esto es un sacrilegio. - Tonterías. Es uno de los libros mejores que he vendido en los últimos años, y mire que he vendido muchos – me dijo el viejo Sampere. Las palabras amables de Sampere consiguieron arañar aquella calma fría e impenetrable que me comenzaba a invadir. Volví a casa paseando, sin prisas. Cuando llegué me serví un vaso de agua, y mientras me lo bebía en la cocina, a oscuras, me puse a reír. Al día siguiente por la mañana recibí dos visitas de cortesía. La primera era de Pep, el nuevo chófer de Vidal. Me traía un mensaje del amo, que me convocaba a comer a la Maison Dorée, sin duda la comida de celebración que me había prometido tiempo atrás. Pep parecía presuroso y ansioso por irse en seguida. El aire de complicidad que solía mostrarme se había evaporado. No quiso entrar


y prefirió esperarse en el rellano. Me alargó el mensaje escrito por Vidal casi sin mirarme a los ojos y, en cuanto le dije que iría a la cita, se largó sin despedirse. La segunda visita, al cabo de media hora, me trajo a casa a mis dos editores acompañados de un señor de apariencia huraña y mirada penetrante que se identificó como su abogado. Aquel trío tan formidable exhibía una expresión hecha de duelo y de beligerancia que no dejaba ninguna duda respecto a la naturaleza del encuentro. Les invité a pasar a la galería, donde procedieron a acomodarse alineados de izquierda a derecha en el sofá por orden descendente de altura. - ¿Les puedo ofrecer algo? ¿Una copita de cianuro? No esperaba ninguna sonrisa y no la obtuve. Después de un breve prolegómeno de Barrido sobre las terribles pérdidas que el desastre ocasionado por el fracaso de Los pasos del cielo provocarían a la editorial, el abogado procedió a hacer una sucinta exposición en que, resumiendo, me venía a decir que sino volvía al trabajo, convertido en la reencarnación de Ignatius B. Samson, y les hacía llegar un manuscrito de La ciudad de los malditos en el término de un mes y medio, procederían a demandarme por incumplimiento de contrato, daños y perjuicios y cinco o seis conceptos más que se escaparon, porque entonces ya no les escuchaba. No todo eran malas noticias. A pesar de las contrariedades que mi conducta les había causado, Barrido y Escobillas habían encontrado dentro del corazón una perla de generosidad con la que limar asperezas y poner los fundamentos de una nueva alianza de amistad y provecho. - Si lo desea puede adquirir a un costo preferente del setenta por ciento del precio de venta todos los ejemplares que no han estado distribuidos de Los pasos del cielo, ya que hemos comprobado que el título no tiene demanda y nos resultará imposible incluirlo en el próximo servicio – me explico Escobillas. - ¿Por qué no me devuelven los derechos? De hecho, no me pagaron un duro por el libro y no piensan hacer nada para vencer ni un solo ejemplar.


-No podemos hacer eso, amigo mío – matizó Barrido – Por más que no se concretase ningún adelanto a su persona, la edición ha implicado una inversión muy importante para la editorial, y el contrato que usted firmó es por veinte años, automáticamente renovable en los mismos términos en caso que la editorial decidiese ejercer su legítimo derecho. Tiene que entender que nosotros también hemos de recibir alguna cosa. No puede ser todo para el autor. Cuando acabó el parlamento, invité a los tres señores a encaminarse hacia la salida, ya fuese por voluntad propia o a patadas, como lo prefiriesen. Antes de cerrarles la puerta en las narices, Escobilla decidió dispararme una de aquellas miradas de mal de ojo. -Le exigimos una respuesta en una semana, se ha acabado la paciencia, Martín – balbuceó. -Dentro de una semana usted y el imbécil de su socio estará muertos – repliqué con calma, sin saber porque había pronunciado aquellas palabras. Me pasé el resto de la mañana contemplando las paredes, hasta que las campanadas de Santa María del Mar me recordaron que se acercaba la hora de la cita con Pedro Vidal. Me esperaba en la mejor mesa de la sala, jugueteando con una copa de vino blanco en los dedos mientras escuchaba al pianista, que acariciaba una pieza de Enrique Granados con dedos de terciopelo. Cuando me vio se levanto y me alargo su mano. -Felicidades – le dije. Vidal sonrió imperturbable y esperó a que me hubiese sentado para hacer lo mismo. Dejamos pasar un minuto de silencio al amparo de la música y las miradas de familia ilustre, que saludaban a Vidal desde lejos o se acercaban a la mesa a felicitarlo por el éxito, que era el tema de conversación de toda la ciudad. -David, no te imaginas lo mal que me sabe todo esto que ha pasado – empezó. -No tiene que saberle mal. Disfrute del éxito.


-¿Te piensas que esto significa alguna cosa para mí? ¿La adulación de cuatro infelices? Mi ilusión mayor era verte triunfar. -Lamento haberle vuelto a decepcionar, señor Pedro. Vidal suspiró. -David, no es culpa mía que se hayan encarnizado contigo. La culpa es tuya. Hacía tiempo que lo pedías. Ya eres mayorcito para saber como van estas cosas. -Explíquemelo usted. Vidal se tocó la oreja, como si mi ingenuidad le ofendiese. -¿Qué te esperabas. Tu no eres uno de ellos. No lo serás nunca. No lo has querido ser y te piensas que te lo perdonarán. Te cierras dentro de tu caserón y te piensas que puedes sobrevivir sin añadirte al coro de la escolanía ni ponerte el uniforme. Pues te equivocas, David. Te has equivocado siempre. El juego no va así. Si quieres jugar en solitario, haz las maletas y vete a algún lugar donde puedas ser el amo de tu destino, si es que lo encuentras. Pero si te quedas aquí, vale más que te apuntes a una capillita, la que sea. Así de simple. -¡Es esto lo que usted hace, señor Pedro? ¿Apuntarse a una capillita? -Yo no lo necesito, David. Yo les doy de comer. Esto tampoco lo has entendido nunca. -Pues me estoy poniendo al día bien deprisa. Pero no se preocupe, porque estas reseñas no tienen la menor importancia. Para bien o para mal, mañana no se acordará nadie ni de las mías ni de las suyas. -¿Entonce donde está el problema? -Déjelo correr. -¿Son aquellos dos hijos de puta? ¿El Barrido y el ladrón de cadáveres? -Olvídelo, señor Pedro. Como usted dice, la culpa es solo mía. De nadie más. El maître se acercó con una mirada inquisitiva Yo no había mirado el menú ni pensaba hacerlo-Lo de siempre para los dos – le indicó el señor Pedro. - El maître se alejó con una reverencia. Vidal me observaba como si fuese un animal peligroso encerrado en una jaula.


Cristina no ha podido venir – dijo – He traído esto para que se lo dediques. Dejó sobre la mesa un ejemplar de Los pasos del cielo, envuelto en papel púrpura con el sello de la librería de Sampere he hijos, y lo empujó hacia mi. No hice intención de cogerlo. Vidal se había pisto pálido. La vehemencia del discurso y su tono defensivo se batían en retirada. Ahora viene la estocada, me dije. -Dígame de una vez lo que me tenga que decir, señor Pedro, no le morderé. Vidal se bebió una copa de vino de un solo trago. -Te quería decir dos cosas. No te gustarán. Me estoy empezando acostumbrar. -Una tiene que ver con tu padre. Noté que aquella sonrisa envenenada se me fundía en los labios Hace años que te lo quería decir, pero pensé que no te haría ningún bien. Tal vez te imaginarás que no te lo dije por cobardía, pero te juro, te juro por lo que más quieras que… -Que? – le corté. Vidal resopló. La noche que murió tu padre… - Que le mataron – le corregí en un tono glacial. - Fue un error. La muerte de tu padre fue un error. Le miré sin comprenderle. -Aquellos hombres no le buscaban a el. Se equivocaron. Recordé las miradas de aquellos tres pistoleros en medio de la niebla, el olor a pólvora y la sangre de mi padre que brotaba negra en mis manos. -A quien querían matar era a mi – dijo Vidal con un hilo de voz – Un antiguo socio de mi padre descubrió que su mujer y yo… Cerré los ojos y escuché una risotada oscura que se me formaba adentro. Mi padre había muerto cosido a balazos por un lío de faldas del gran Pedro Vidal. -Di alguna cosa, por favor – suplicó Vidal. Abrí los ojos. -¿Cuál es la segunda cosa que me tenía que decir’


Nunca había visto a Vidal tan asustado. Le quedaba bien. -He pedido a Cristina que se case conmigo. Un largo silencio. - Me ha dicho que si. Vidal bajó la mirada. Uno de os camareros acercó los entrantes. Los dejó sobre la mesa deseándonos “Bon apettit”. Vidal no osó volverme a mirar. Los entrantes se enfriaban en el plato. Al cabo de un rato cogí el ejemplar de Los pasos del cielo y me fui. Aquella tarde, saliendo de la Maison Dorée me sorprendí a mi mismo caminando rambla abajo con aquel ejemplar de Los lasos del cielo. A medida que me acercaba a la esquina desde donde salía la calle del Carmen, me empezaron a temblar las manos Me paré delante del aparador de la joyería Bagués, haciendo ver que miraba medallones de oro en forma de hadas y de flores, salpicados de rubíes. La fachada barroca y exuberante de los almacenes del Indio, quedaban a pocos metros de allí y cualquiera se habría imaginado que se trataba de un gran bazar de prodigios y maravillas y no una tienda de trapos y telas. Me acerqué lentamente y me introduje por el vestíbulo que conducía a la puerta. Sabía que ella no me podía reconocer, que tal vez ni yo mismo la reconocería, pero así y todo me quedé allí casi cinco minutos antes de atreverme a entrar. Cuando lo hice, el corazón me latía muy fuerte y noté que sudaban las manos. Las paredes estaban cubiertas de estanterías llenas de grandes bobinas con toda clase de tejidos y, sobre las mesas, los vendedores, armados con cintas métricas y de unas tijeras especiales anudadas al cinturón, mostraban aquellos tejidos tan preciados, como si se tratase de metales preciosos, a damas de casa bien escoltadas por criadas y modistas. - ¿Le puedo ayudar, señor? Era un hombre corpulento con voz de pito embutido dentro de un traje de franela que parecía punto de rasgarse en cualquier momento y llenar la tienda de jirones de tela voladores. Me observaba con aire condescendiente y una sonrisa entre débil y forzada.


- No – murmuré Entonces la vi. Mi madre bajaba de una escalera con un montón de retales en la mano. Llevaba una blusa blanca que reconocí al instante. Se le había ensanchado un poco el tipo y la cara, un poco más desdibujada, tenía aquella derrota leve de la rutina y el desengaño. El vendedor, enfadado, continuaba hablando conmigo, pero yo casi ni me enteraba. Solo la veía a ella, que se acercaba y pasó por delante de mí. Me miró un segundo, y viendo que la observaba, sonrió dócilmente, como se sonríe a un cliente o a un amo, y después volvió a su trabajo. Se me hizo un nudo en la garganta, con dificultad abrí los labios para hacer callar al vendedor, y me faltó tiempo para enfilar la salida con lágrimas en los ojos. Una vez en la calle, crucé hacia el otro lado y me metí en un café. Me senté en una mesa que estaba fuera de la ventana, desde donde podía ver la puerta del Indio, y esperé. Había pasado casi una hora y media cuando vi que el vendedor que me había atendido salía para bajar la reja de entrada. Al cabo de poco, empezaron a pagarse las luces y fueron pasando algunos de los vendedores que trabajaban en la tienda. Me levanté y salí a la calle. En el portal de al lado estaba un chiquillo de unos diez años, mirándome. Le indiqué que se acercase con un gesto. Lo hizo y le enseñé una moneda. Sonrió de oreja a oreja y comprobé que le faltaban unos cuantos dientes. -¿Ves este paquete? Quiero que se lo des a una señora que saldrá ahora. Le dices que te lo ha dado un señor para ella, pero no le digas que he sido yo. ¿Lo has entendido? El muchacho asintió. Le dí la moneda y el libro. -Ahora, a esperar. - No tuvimos que esperar mucho. Tres minutos más tarde, la ví cuando salía. Iba hacia la Rambla. - Es esa señora. ¿La ves? Mi madre se paró un momento delante del pórtico de la iglesia de Belén, y le hice una señal al chiquillo, que corrió hacia ella. Presencié la escena de lejos, sin poder oír lo que decían. El chico le alargó el


paquete y ella le miró extrañada, dudando si debía aceptarlo o no. El chico insistió y ella al final cogió el paquete y se quedó mirando como el muchacho arrancaba a correr. Desconcertada se volvió a un lado y al otro, buscando a alguien con la mirada. Sospesó el paquete, mientras examinaba el papel púrpura con el que estaba envuelto. Al final, la curiosidad pudo más y lo abrió. La vi sacar el libro. Lo sostuvo con las dos manos, mirando la cubierta, y después le dio la vuelta para examinar la contracubierta. Noté que me faltaba el aliento y me quise acercar a ella, decirle alguna cosa, pero no pude. Me quedé allá, a pocos pasos de mi madre, espiándola sin que se diese cuenta de mi presencia, hasta que reemprendió la marcha en dirección a Colón con el libro entre las manos. Cuando pasaba por delante del Palacio de la Virreina, se acercó a una papelera y lo tiró. La vi marchar Rambla abajo hasta que se perdió en el gentío, como si no hubiese existido nunca. 19 El padre Sampere estaba solo en la librería encolando el lomo de un ejemplar de Fortunata y Jacinta, que se estaba haciendo pedazos. Levantó la mirada y me vio al otro lado de la mesa. Tuvo suficiente con un par de segundos para comprender en que estado me encontraba. Con un gesto me indicó que entrase. Cuando estuve dentro, el librero me ofreció una silla. -Tiene mala cara, Martín. Debería ir al médico. Si le da miedo, le acompaño. A mi los galenos también me infunden respeto, siempre con una bata blanca y objetos puntiagudos en las manos, pero a veces hay que pasar por el enderezador. -Solo es un dolor de cabeza, señor Sampere. Ya me está pasando. Sampere me sirvió un vaso de agua de Vichy. -Tenga. Esto cura todo, menos la tontería, que es una pandemia creciente. Sonreí la broma de Sampere sin ganas. Me tragué el vaso de agua de un solo trago y suspiré. Sentía las náuseas en los labios y una presión


intensa que me latía detrás del ojo izquierdo. Durante un momento, creí que me desmayaría y cerré los ojos. Respiré hondo, mientras suplicaba que no me quedase muerto allá mismo. El destino no podía tener un sentido del humor tan perverso por haberme llevado hasta la librería de Sampere para dejarle un cadáver de propina, como agradecimiento a todo lo que había hecho por mí. Noté una mano que me sostenía la frente con delicadeza. Era Sampere padre. Abrí los ojos y me encontré al librero y a su hijo, que había sacado la cabeza, observándome con expresión de vela de difuntos. -¿Aviso al médico? – preguntó el hijo Sampere. -Ya me encuentro mejor, gracias. Mucho mejor. -Pues tiene usted una manera de mejorar que pone los pelos de punta. Se le ve gris. -¿Un poco más de agua? El hijo Sampere se apresuró a volverme a llenar el vaso. -Me tendrán que perdonar el espectáculo – dije – les aseguro que no lo traía preparado. -Déjese de decir tonterías. -Tal vez le iría bien tomar algo dulce. Puede haber sido una bajada de azúcar – apuntó el hijo. -Acércate a la panadería de la esquina y trae unas cuantas pastas – corroboró el librero. Cuando nos quedamos solos, Sampere me clavó la mirada. -Le juro que iré al médico – me adelanté. Al cabo de un par de minutos, el hijo del librero volvió con una bolsa de papel que contenía la flor y nata de las pastas del barrio. Me la dio y escogí un brioche que, en otra ocasión, me habría parecido tan tentador como el pompis de una corista. Muerda – me ordenó Sempere. Me comí el brioche dócilmente. Poco a poco, me fui empezando a encontrar mejor. -Parece que revive – observó el hijo. -Es que las pastas de la esquina hacen milagros…


En aquel momento oí la campanilla de la puerta. Había entrado un cliente en la librería y ante una leve señal del padre, el hijo Sempere nos dejó para atenderle. El librero se quedó a mi lado e intentaba tomarme el pulso apretándome la parte interna de la muñeca con el dedo gordo. - Señor Sempere, ¿se acuerda usted que un día, hace muchos años me dijo que si quería salvar un libro, salvarlo de verdad, viniese a verle? Sempere echó un vistazo al libro que había rescatado de la papelera donde lo había tirado mi madre, y que aún lo tenía entre los dedos. -Déme cinco minutos. Cuando empezaba a oscurecer, bajábamos por la Rambla entre el gentío que aquella tarde húmeda y calurosa había salido a pasear. Justamente soplaba una insinuación de brisa, y balcones y ventanales estaban abiertos de par en par, la gente fuera mirando el desfile de siluetas bajo el cielo encendido de ámbar. Sempere caminaba a paso ligero y no aflojó la marcha hasta que vimos el pórtico de sombras que se abría en la entrada de la calle Arco del Teatro. Antes de cruzar, me miró solemnemente y dijo: -Martín, lo que usted va a ver ahora, no lo puede explicar a nadie. Ni a Vidal ni a nadie. Asentí, intrigado por el aire de seriedad y secretismo del librero. Seguí a Sempere a través de esta calle estrecha, poco más que una rendija entre edificios lóbregos y maltrechos que parecían inclinarse como sauces de piedra para cerrar la línea del cielo que perfilaba los terrados. Al cabo de unos minutos, llegamos a un gran portalón de madera que daba la impresión de sellar una vieja basílica que se hubiese pasado cien años en el fondo de un pantano. Sempere subió los dos escalones que llevaban hasta el portalón y llamó con el pomo de bronce forjado en forma de diablillo sonriente. Llamó a la puerta tres veces y volvió a bajar para esperarse a mi lado. - Lo que ahora verá no lo puede explicar… - …a nadie. Ni a Vidal. A nadie.


Sempere asintió con aire severo. Esperamos durante un par de minutos hasta que se oyó lo que parecían cien cerraduras trabándose simultáneamente. El portalón se medio abrió con un profundo gemido y apareció el rostro de un hombre de mediana edad y cabellos escasos, que tenía la pose y los ojos de un pájaro de rapiña. -Éramos pocos y parió Sempere, para variar – dijo - ¿Qué me trae hoy? ¿Otro amante de cultivar las letras de los que no buscan chica porque prefieren vivir con su madre? Sempere no hizo caso de aquel recibimiento sarcástico. -Martín, este hombre es Isaac Monfort, guardián del lugar y propietario de una simpatía incomparable. Hágale caso en todo lo que le diga. Isaac, este es David Martín, buen amigo, escritor y persona de toda confianza. El tal Isaac me miró de arriba abajo con muy poco entusiasmo y después intercambió una mirada con Sempere. -Un escritor nunca es persona de confianza. A ver, ¿le ha explicado las normas, el Sempere? -Solo me ha dicho que no podré explicar a nadie lo vea aquí. -Esta es la primera y la más importante. Si la infringe, me encargaré de hacerle personalmente una cara nueva. ¿Se impregna del espíritu general? -Al cien por ciento. -Pues adelante – dijo Isaac, indicándome que pasase hacia dentro. -Yo, ahora, les digo adiós, Martín, y les dejo solos. Aquí estará seguro. Comprendí que Sempere se refería al libro, no a mí. Me abrazó con energía y después se perdió en la noche. Entré dentro de la cancela y Isaac tiro de una palanca detrás del portalón. Mil mecanismos anudados a una telaraña de rieles y poleas la sellaron. Isaac cogió una lámpara de aceite del suelo y la levantó hasta la altura de mi cara. -Usted tiene mala cara. -Una indigestión – repliqué -¿De que? -De realidad.


-Póngase a la cola. – me cortó. Avanzamos por un pasadizo largo a los lados del cual, veladas por la penumbra, se adivinaban pinturas al fresco y escalinatas de mármol. Nos adentramos por aquel recinto palatino y, al cabo de poco, delante nuestro, vislumbramos la entrada de lo que parecía una sala muy grande. -¿Qué trae usted? – preguntó Isaac. -Los pasos del cielo. Una novela. -Que titulo más cursi. ¿No será usted el autor? -Me temo que sí. Isaac resopló, negando en voz baja. -¿Y que más ha escrito? -La ciudad de los malditos, volúmenes del uno al veintisiete, entre otras cosas. Isaac se volvió, y sonrió complacido. -¿Ignatius B. Samson? -Un servidor, que ya descansa en paz. Entonces, el enigmático guardián se paró y dejo el farol en una especie de balaustrada suspendida de una gran cúpula. Levanté la mirada y me quedé mudo. Un colosal laberinto de puentes, pasajes y estantes llenos de centenares de miles de libros se levantaba delante nuestro formando una gigantesca biblioteca de perspectivas imposibles. Un ovillo de túneles atravesaba la inmensa estructura, que se elevaba en espiral hacia una gran cúpula de cristal, acuchillada por cortinas de luz y de tinieblas. Pude ver algunas siluetas aisladas que recorrían pasarelas y escalinatas o examinaban con detalle los pasadizos de aquella catedral hecha de libros y de palabras. No podía creer lo que los ojos me decían y, atónito, miré a Isaac Monfort. Sonreía como un zorro viejo que saborea su astucia preferida. - Ignatius B. Samson, bienvenido al Cementerio de los Libros Olvidados. 20


Seguí al guardián hasta la base de la gran nave que acogía el laberinto. El suelo que pisábamos estaba todo remendado de losas y lápidas, con inscripciones funerarias, cruces y rostros diluidos en la piedra. El guardián se paró e hizo pasar el farol de gas por encima de algunas de las piezas de aquel macabro rompecabezas para que yo disfrutase. -Restos de una antigua necrópolis – me explicó – Pero que esto no le traiga malos pensamientos y decida diñarla aquí mismo. Continuamos hasta una zona que estaba delante de la estructura central que parecía que hiciese de umbral. Isaac me iba recitando de memoria las normas y los deberes, y de tanto en tanto, me clavaba una mirada que yo no podía hacer más que aplacarla asintiendo con mansedumbre. -Artículo uno: La primera vez que alguien viene aquí tiene derecho a elegir un libro, el que quiera, de entre todos los que hay en este lugar. Artículo dos: cuando se adopta un libro, se contrae la obligación de protegerlo y de hacer todo lo posible para que no se pierda nunca. Toda la vida. ¿Alguna duda, hasta ahora? Levante la mirada hacia la inmensidad del laberinto. -¿Cómo lo hace uno para elegir un solo libro, habiendo tantos? Isaac se encogió de hombros -Hay quien prefiere pensar que es el libro el que le escoge a el…, el destino, por decirlo de alguna manera. Lo que ve aquí es la suma de siglos de libros perdidos y olvidados, libros que estaban condenados a ser destruidos y silenciados para siempre, libros que preservan la memoria y el alma del tiempo y prodigios que ya no recuerda nadie. Ninguno de nosotros, ni los más viejos, no sabe exactamente cuando ni quien lo creo. Probablemente, es casi tan antiguo como la ciudad misma y ha ido creciendo con ella, a su sombra. Sabemos que edificio fue levantado con los restos de palacios, iglesias, prisiones y hospitales que en otro tiempo podrían haber estado en este lugar. El origen de la estructura principal es de comienzos del siglo XVIII y no ha dejado de cambiar desde entonces. Con anterioridad, el Cementerio de los Libros Olvidados había estado oculto bajo los


túneles de la ciudad medieval. Hay quien dice que, en el tiempo de la Inquisición, gente de saber y de mente libre escondían libros prohibidos en sarcófagos y los enterraban en los osarios que había por toda la ciudad para protegerlos, y así confiaban que las futuras generaciones los pudiesen desenterrar. Hacia la mitad del siglo pasado, se encontró un largo túnel que va desde las entrañas del laberinto hasta los subterráneos de una vieja biblioteca que hoy está sellada y oculta entre las ruinas de una antigua sinagoga del barrio del Call. Cuando cayeron las últimas murallas de la ciudad, hubo un corrimiento y el túnel quedó inundado por las aguas del torrente subterráneo que baja desde hace siglos por debajo de lo que hoy en día es la Rambla. Ahora es impracticable, pero suponemos que, durante mucho tiempo, este túnel fue una de las vías principales de acceso a este lugar. La mayor parte de la estructura que puede ver se desarrolló durante el siglo XIX. De toda la ciudad no son ni cien personas las que conocen este lugar, y espero que Sempere no haya cometido ningún error al incluirle a usted entre ellas… Negué enérgicamente, pero Isaac me observaba con escepticismo. -Articulo tres: usted puede enterar su libro donde quiera. -¿Y si me pierdo? - Una cláusula adicional, de cosecha propia: procure no perderse. -¿Se ha perdido nunca alguien? Isaac dejó salir un soplido. -Cunado yo empecé aquí, hace años y años, explicaban la historia de Darío Alberti de Cymerman. Supongo que Sempere no le debe haber hablado de esto, claro… -¿Cymerman, el historiador? -No, el domador de focas. ¿Cuántos Darios Alberti Cymerman conoce usted? El caso es que, el invierno de 1889, Cymerman se introdujo en este laberinto y desapareció durante una semana. Le encontraron escondido en uno de los túneles medio muerto de miedo. Se había emparedado detrás de diversas hileras de textos sagrados para que no le viesen. -¿Qué no le viese quien?


Isaac me miró largamente. -El hombre de negro. ¿Seguro que Sempere no le ha explicado esto? -Seguro que no. Isaac bajó la voz y adoptó un tono confidencial. -Algunos de los miembros, a lo largo de los años, a veces han visto al hombre de negro en los túneles del laberinto. Todos le describen de un modo diferente. Incluso alguno afirma que le ha hablado. Hubo un tiempo en que corrió el rumor de que el hombre de negro era el espíritu de un autor maldito que uno de los miembros traicionó cuando se llevó uno de sus libros y no mantuvo su promesa. El libro se perdió para siempre y el difunto autor vaga por los pasadizos buscando venganza, ya sabe que quiero decir, esta especie de cosas al estilo Henry James que gusta tanto a la gente. -No me dirá que usted se lo cree. -Claro que no. Yo tengo otra teoría. La del Cymerman. -¿Qué es…? -Que el hombre de negro es el amo de este lugar, el padre de todo conocimiento secreto y prohibido, del saber y de la memoria, portador de cuentistas y escritores desde tiempos inmemoriales… Es nuestro ángel de la guarda, el ángel de las mentiras y de la noche. -Se está usted burlando de mí. - Todos los laberintos tienen su minotauro – puntualizó el guardián. Isaac sonrió enigmáticamente y señaló la entrada del laberinto. -Usted mismo. Enfiló hacia una pasarela que llevaba a una de las entradas y penetró lentamente aun largo pasillo de libros que describía una curva ascendente. Una vez al final de la curva, el túnel se bifurcaba en cuatro pasadizos y formaba un pequeño círculo desde el cual subía una escalera de caracol que se perdía en las alturas. Tiré escaleras arriba hasta que me encontré en un rellano desde donde arrancaban tres túneles. Me decidí por uno, el que creía que llevaba hasta el corazón de la estructura, y me aventuré. Mientras avanzaba, iba tocando los lomos de centenares de libros con los dedos. Me dejé impregnar por el olor, por la luz que conseguía filtrarse entre las


rendijas y de las linternas de vidrio incrustadas en la estructura de madera y que flotaba en espejos y penumbras. Caminé sin rumbo durante casi treinta minutos hasta que llegué a una especie de cámara cerrada e la que había una mesa y una silla. Las paredes estaban hechas de libros y parecían sólidas, quitando un pequeño hueco de donde parecía que alguien se había llevado un libro. Decidí que aquel sería el nuevo hogar de Los pasos del cielo. Contemplé la cubierta una última vez y releí el primer parágrafo, imaginándome el instante en que, si así lo quería el destino, y muchos años después que yo hubiese muerto y olvidado, alguien recorrería aquel mismo camino y llegaría a esta sala, y encontraría un libro desconocido en el que yo había entregado todo lo que yo tenía para ofrecer. Lo coloqué allá, sintiendo que era yo el que se quedaba en el estante. Fue entonces cuando sentí la presencia detrás de mí y, al volverme, me encontré, mirándome fijamente a los ojos, al hombre de negro. 21 De entrada, no reconocí mi propia mirada reflejada en el espejo, uno de los muchos que formaban una cadena de luz tenue a lo largo de los pasadizos del laberinto. Eran mi rostro y mi piel lo que veía en el reflejo, pero los ojos eran de un extraño. Turbios y obscuros y desbordando malicia. Aparté la mirada y noté que el mareo me volvía a rondar. Me senté en la silla delante de la mesa y respiré hondo. Me imaginé que incluso el doctor Trías le podía resultar divertida la idea de que al inquilino de mi cerebro, el crecimiento tumoral, tal como a el le gustaba nombrarlo, se le hubiese acudido darme el toque de gracia en aquel lugar y concederme el honor de ser el primer ciudadano permanente del Cementerio de los Novelistas Olvidados. Enterrado en compañía de su última y lamentable obra, la que le envió a la tumba. Alguien me encontraría allá al cabo de diez meses o diez años, o tal vez nunca. Un gran final digno de La ciudad de los malditos.


Me salvó mi propia risa amarga, que me hizo espabilar y me devolvió la noción de donde estaba y de lo que había venido a hacer. Me iba a levantar de la silla cuando le vi. Era un volumen rústico y sin título visible en el lomo. Estaba encima de un montón de cuatro libros más, justo en la punta de la mesa. Lo cogí. Las cubiertas parecían encuadernadas en cuero o en algún tipo de piel adobada y oscurecida, más a causa del tacto que de un tinte. Las palabras del título que habían estado grabadas en la tapa con lo que supuse que era una especie de marca de fuego, estaban desdibujadas, pero en la cuarta página, se podía leer el mismo título con toda claridad. Lux Aeterna D.M. Me imaginé que las iniciales, que coincidían con las mías, correspondían al nombre del autor, pero no había ningún otro indicio en el libro que lo confirmase. Pasé unas cuantas páginas rápidamente y reconocí, como mínimo, cinco lenguas diferentes que se alternaban en el texto. Catalán, alemán, latín, francés y hebreo. Leí un parágrafo al azar que me hizo pensar en una oración que no recordaba de la liturgia tradicional, y me pregunté si aquel cuaderno debía ser una especie de misal o de compendio de plegarias. El texto estaba punteado con numerales y estrofas con entradas subrayadas que parecía que indicaban episodios o divisiones temáticas. Cuanto más lo examinaba, más me daba cuenta que lo que me recordaba era los evangelios y catecismos de cuando iba a la escuela. Habría podido salir de allí, elegir cualquier otro volumen de entre centenares de miles de libros y abandonar aquel lugar y no volver nunca más. Prácticamente había pensado que lo había hecho hasta que me percaté que deshacía los túneles y pasadizos del laberinto con el libro en la mano, como si fuese un parásito que se hubiese pegado a la piel. Durante un instante, me pasó por la cabeza la idea de que el libro tenía más ganas de salir de aquel lugar que yo mismo y que, de


alguna manera, me guiaba los pasos. Después de dar un pequeño rodeo y de pasar por delante del mismo ejemplar del cuarto volumen de las obras completas de LeFanu un par de veces, me encontré sin saber como, delante de la escalinata que bajaba en espiral y, desde allá, acerté el camino que llevaba a la salida del laberinto. Me había figurado que Isaac me estaría esperando en el umbral, pero no había ni rastro de su presencia, a pesar de que tuve la certeza de que alguien me observaba desde la oscuridad. La gran bóveda del Cementerio de los Libros Olvidados estaba sumida en un profundo silencio. -¿Isaac? – grité Mi voz se perdió en la sombra. Esperé unos segundos y me encaminé hacia la salida. La tiniebla azul que se filtraba por la cúpula se fue desvaneciendo hasta que la oscuridad a mi alrededor fue casi absoluta. Unos pasos más allá, distinguí una luz que parpadeaba en el extremo de la galería y comprobé que el guardián había dejado el farol al pie de la puerta. Me volví por última vez y escruté la oscuridad de la galería. Estire el manubrio que ponía en marcha el mecanismo de rieles y de poleas. Los anclajes del cerrojo se liberaron de uno en uno y la puerta cedió unos cuantos centímetros. La empuje lo suficiente para poder pasar y salir al exterior. En cuestión de segundos, la puerta comenzó a cerrarse otra vez y se cerró con un sonido profundo. 22 A medida que me alejaba de aquel lugar, noté que su magia me abandonaba y me volvía a invadir el mareo y el dolor. Me caí de morros un par de veces, la primera en la Rambla, y la segunda, cuando intenté atravesar la Vía Layetana, donde un chico me levantó y me salvó de que me atropellase un tranvía. Con penas y trabajos, conseguí llegar a mi puerta. La casa había estado todo el día cerrada, y el calor, aquel calor húmedo y venenoso que cada día ahogaba un poco más la ciudad, flotaba en el interior en forma de luz polvorienta. Subí al estudio de la torre y abrí las ventanas de par en par. Con


dificultad corría una pizca de aire bajo un cielo lapidado de nubes negras que se movían lentamente en círculos sobre Barcelona. Dejé el libro sobre el escritorio y me dije que ya tendría tiempo de examinarlo con detalle. O quizá no. Tal vez el tiempo ya se me había acabado. En aquel momento justo me sostenía en pie, y necesitaba estirarme en medio de la oscuridad. Rescaté uno de los frascos de píldoras de codeína del cajón y me tragué tres o cuatro de golpe. Me guardé el frasco en el bolsillo y tiré escaleras abajo sin estar del todo seguro de poder llegar entero al dormitorio. Cuando estuve en el pasillo, me pareció ver un parpadeo en la línea de claridad que había justo bajo la puerta principal, como si hubiese alguien al otro lado de la puerta. -¿Quién hay? – pregunté No se oyó ninguna respuesta ni ningún ruido. Dudé un segundo y después abrí y saqué la cabeza al rellano. Me incliné para mirar escaleras abajo. Los peldaños bajaban en espiral y de difuminaban entre tinieblas. No había nadie. Me volví hacia la puerta y me di cuenta que el pequeño farol que iluminaba el rellano parpadeaba. Volví a entrar en casa y cerré con llave, cosa que muy a menudo, me olvidaba de hacer. Fue entonces cuando le vi. Era un sobre de color crema con los bordes en sierra. Alguien lo había hecho pasar por debajo de la puerta. Me agaché a recogerlo. Era papel de alto gramaje, poroso. El sobre estaba lacrado y ponía mi nombre. El escudo sellado en el lacre trazaba la silueta del ángel con las alas desplegadas. Lo abrí. Estimado señor Martín: Pasaré una temporada en la ciudad y me complacería mucho poder disfrutar de su compañía y, tal vez, de la oportunidad de recuperar el tema de mi oferta. Le agradecería mucho que, sino tiene ningún compromiso, me acompañase a cenar el próximo viernes 13 de este mes a las 10 de la noche en una pequeña villa que he alquilado mientras estoy en Barcelona. La casa está en la esquina de las calles


de Olot y San José de la Montaña, tocando a la entrada del Parque Güell. Confío y deseo que le sea posible venir. Su amigo, Andreas Corelli. Dejé caer la nota al suelo y me arrastré hasta la galería. Allí, me estiré en el sofá, al amparo de la penumbra. Faltaban seis días para aquella visita. Sonreí para mis adentros. No creía que viviese siete días. Cerré los ojos e intenté coger el sueño. Aquel silbido constante en los oídos ahora me parecía más estrepitoso que nunca... Pinchazos de luz blanca se me encendían en la cabeza con cada latido del corazón. No podrá ni pensar en escribir. Volví a abrir los ojos y escruté la tiniebla azul que velaba la galería. A mi lado, en la mesa, aun permanecía aquel viejo álbum de fotografías que Cristina había dejado. No se había visto con fuerzas de tirarlo, ni tan solo tocarlo. Alargué la mano hasta el álbum y lo abrí. Fui pasando las páginas hasta que encontré la imagen que buscaba. La arranqué del papel y la examiné. Cristina, de pequeña, paseando, cogida de la mano de un extraño por aquel muelle que se internaba en el mar. Apreté la foto contra el pecho y me abandoné al cansancio. Poco a poco, la amargura y la rabia de aquel día, de aquellos años, se fueron atenuando y me envolvió una cálida oscuridad llena de voces y manos que me estaban esperando. Deseé perderme como no lo había deseado nunca en toda mi vida, pero algo me estiró y una puñalada de luz y de dolor me arrancó de aquel sueño agradable que prometía no acabarse nunca. Todavía no – musitó la voz – todavía no. Supe que los días pasaban porque de tanto en tanto me despertaba y me parecía que veía la luz del sol que atravesaba las láminas de los porticotes de las ventanas. En diversas ocasiones, pensé que oía golpes en la puerta y voces que pronunciaban mi nombre y que, al cabo de un rato, desaparecían. Horas o días después, me levanté y me


puse las manos en la cara y, entonces, ví que tenía sangre en los labios. No sé si bajé a la calle o si soñé que lo hacía, pero sin saber como había llegado, me encontré en el Paseo del Borne y paseando hacia la Iglesia de Santa María del Mar. Las calles estaban desiertas bajo la luz de mercurio. Levanté la vista y pensé que veía el espectro de una gran tempestad negra que desplegaba sus alas sobre la ciudad. Un soplo de viento de luz blanca abrió el cielo y una capa tejida de gotas de lluvia se desplomó como un enjambre de puñales de cristal. Un momento antes que la primera gota tocase el suelo, el tiempo se paró y centenares de miles de lágrimas de luz se quedaron suspendidas en el aire como briznas de polvo. Supe que alguien o alguna cosa caminaba tras de mí y noté su aliento en la nuca, frío e impregnado del fuerte olor de carne putrefacta y el fuego. Noté como sus dedos, largos y afilados, planeaban sobre mi piel y, en aquel momento, atravesando la lluvia suspendida, apareció aquella niña que solo vivía en el retrato que mantenía contra el pecho. Me cogió de la mano y me estiró, guiándome otra vez hacia la casa de la torre, dejando atrás aquella presencia helada que reptaba tras de mí. Cuando volví en si, habían pasado siete días. Era el 13 de julio, viernes, y ya clareaba. 23 Pedro Vidal y Cristina Sagnier se casaron aquella tarde. La ceremonia tuvo lugar a las cinco en la capilla del Monasterio de Pedralbes y solo asistió una pequeña parte del clan Vidal, con la flor y nata de la familia, incluyendo al padre del novio, en ominosa ausencia. Si hubiese habido malas lenguas, habrían dicho que el casanova del hijo pequeño de contraer matrimonio con la hija del chófer había sido como un jarro de agua fría para los secuaces de la dinastía. Pero no había. En un discreto pacto de silencio, los cronistas de la sociedad tenían otras cosas que hacer aquella tarde y ni una sola publicación hizo mención de la ceremonia. No hubo nadie para explicar que en las puertas de la iglesia, se había reunido un florete de


antiguas amantes del señor Pedro, que lloraban en silencio, como una cofradía de viudas arrugadas a quien solo les faltaba por perder la última esperanza. No hubo nadie para explicar que Cristina llevaba un pomo de rosas blancas en la mano y un vestido de color marfil que se confundía con su piel y hacía pensar que la novia iba desnuda hacia el altar, sin mas ornamento que el velo blanco que la tapaba el rostro y un cielo color ámbar que parecía que se recogía en un remolino de nubes sobre la aguja del campanario. No hubo nadie para recordar como bajaba del coche y, durante un momento, se paraba para alzar la vista y mirar hacia la plaza que había delante del portal de la iglesia hasta que se encontró con aquel hombre moribundo al que le temblaban las manos y murmuraba, sin que nadie le pudiese oír, palabras que se llevaría con el a la tumba. Malditos seáis. Maditos seáis los dos. Dos horas después, sentado en la butaca de su estudio, abrí el estuche que años atrás había caído en mis manos y que contenía la única cosa que me quedaba de mi padre. Saqué la pistola envuelta en un trapo y abrí el tambor. Introduje las seis balas y volví a cerrar el arma. Me puse el cañón en la sien, tensé el percutor y cerré los ojos. En aquel instante, noté como aquel golpe de viento batía la torre y las contraventanas del estudio se abrían de par en par y picaban con fuerza contra la pared. Una brisa glacial me acarició la piel y me hizo llegar el aliento perdido de las grandes esperanzas. 24

El taxi subía lentamente hasta los confines del barrio de Gracia en dirección al solitario y sombrío recinto del Parque Güell. La colina esta punteada de caserones que recordaban el pasado esplendor y que ahora solo sacaban la cabeza entre una arboleda que se columpiaba en el viento como agua negra. Vi, los herederos del conde de Güell, arriba del todo de la cuesta, la gran puerta del recinto. Tres años atrás,


con la muerte de Gaudí los herederos del conde de Güell habían vendido al Ayuntamiento aquella urbanización desierta, que no había tenido nunca otro habitante a aparte de su arquitecto, por una peseta. Descuidado y desatendido, el jardín de columnas y torres ahora hacia pensar en un edén maldito. Indiqué al conductor que se detuviese delante de las rejas de la entrada y le pagué el trayecto. -¿Está seguro, señor, que quiere bajar aquí? – Preguntó el conductor, que no las tenía todas – Si quiere puedo esperarle unos minutos… - No hará falta. El murmullo del taxi se perdió colina abajo y yo me quedé solo con el rumor del viento entre los árboles. La hojarasca se arrastraba a la entrada del parque y formaba remolinos a mis pies. Me acerqué a las rejas, que estaban cerradas con cadenas estropeadas por el óxido, y escruté el interior. La luz de la luna lamía el contorno de de la silueta del dragón que presidía la escalinata. Una forma oscura bajaba los escalones muy lentamente, observándome con unos ojos que brillaban como perlas bajo el agua. Era un perro negro. El animal se paró al pie de las escaleras y solo entonces me di cuenta de que no iba solo. Dos animales más me miraban en silencio. Uno se había acercado con cautela por la sombra que proyectaba la casa del guarda, situada a un lado de la entrada. El otro, el mas grande de los tres, había subido al muro y me contemplaba desde la cornisa, mas o menos a un par de metros. La niebla de su aliento se escampaba por los caninos que me enseñaba. Me retiré muy poco a poco, sin dejar de mirarle a los ojos y sin darle la espalda. Paso a paso llegué a la acera del otro lado de la entrada. Otro de los perros se había subido al muro y me seguía con la mirada Busqué por el suelo algún palo o alguna piedra que me pudiese servir para defenderme si decidían saltar y atacarme, pero solo había hojas secas. Sabía que si apartaba la mirada y apretaba a correr, los animales me alcanzarían y no podría hacer ni unos veinte metros que ya se me habrían lanzado encima y haría trocitos El más grande de los animales avanzó unos cuantos pasos por encima del muro y tuve la certeza que iba a saltar. El tercero, el único que había visto al principio y que seguramente hacía de cebo,


empezaba a escalar la parte baja del muro para añadirse a los otros dos. Aquí me tenéis, pensé. En aquel momento, un resplandor de claridad iluminó los rostros de lobo de los tres animales, que se pararon en seco. Miré por encima del hombro y vi el montículo que se elevaba a medio centenar de metros de la entrada del parque. Las luces de la casa se habían encendido, las únicas de toda la colina. Uno de los animales emitió un gemido sordo y se fue atrás hacia el interior del parque, Los otros le siguieron al cabo de un momento. Sin pensármelo dos veces me encaminé hacia la casa, Tal como me había indicado Corelli en su invitación, el caserón se alzaba sobre la esquina de la calle Olot con San José de la Montaña. Era una estructura esbelta y angulosa de tres pisos en forma de torre coronada de buhardillas que, como un centinela, contemplaba la ciudad y el parque fantasmagórico que se extendían a sus pies. La casa quedaba al final de una pendiente empinada y de unas escalinatas que conducían hasta la puerta. Por los ventanales, exhalaban aureolas de luz dorada. A medida que subía las escaleras de piedra, me pareció distinguir una silueta recortada en una balaustrada del segundo piso, inmóvil como una araña extendida sobre su red. Llegué al último escalón y me paré para recuperar el aliento. La puerta principal estaba entreabierta y una lámina de luz se difundía hasta mis pies. Me acerqué lentamente y me paré en el umbral. Del interior emanaba un olor a flores muertas. Llamé a la puerta con los nudillos y cedió unos cuantos centímetros. Delante de mi, había un recibidor y un largo pasillo que se adentraba en la casa. Pude detectar un sonido seco y repetitivo, como el de un porticón pegando sobre la ventana con el viento, que provenía de algún lugar de la casa y me recordaba el latido del corazón. Di unos cuantos pasos hacia dentro del recibidor y vi que ami mano izquierda estaban las escaleras que subían hacia la torre. Me pareció oír unos pasos ligeros, pasos de niño, escalando los últimos pisos. -¿Buenas noches? – dije.


Antes que el sonido de mi voz se perdiese por el pasillo, el sonido precursor que latía en algún lugar de la casa paró. Se hizo un silencio absoluto a mi alrededor y una corriente de aire helado me acarició la cara. ¿Señor Corelli? Soy David Martín. El David Martín… Como no recibí respuesta me aventuré por el pasillo que avanzaba hacia el interior de la casa. Las paredes estaban recubiertas con fotografía de retratos enmarcados de diferentes medidas. Por las poses y la ropa de los individuos, supuse que la mayoría tendrían, como poco entre veinte y treinta años. Al pie de cada uno de los marcos, había una pequeña placa con el nombre del retratado y el año en que se había tomado la imagen. Estudié aquellos rostros que me observaban desde otros tiempos. Niños y viejos, damas y caballeros. A todos, les unía una sombra de tristeza en la mirada, un grito silencioso. Todos miraban a la cámara con un deseo que helaba la sangre. -Le interesa la fotografía, amigo Martín? – dijo la voz a mi lado. Me volví sobresaltado. Andreas Corelli estaba a mi lado y contemplaba las fotografías con una sonrisa llena de melancolía. No había visto ni oído que se me acercase, y cuando me sonrió, noté un escalofrío. -Me pensaba que no vendría. -Yo también. -Entonces permítame que le convide a una copa de vino para brindar por nuestros errores. Le seguí hasta una gran sala con amplios ventanales orientados a la ciudad, Corelli me indicó que me sentase en una butaca y empezó a servir dos copas de una botella de cristal que había sobre una mesa, Me alargó la copa y se sentó en la butaca delante de mí. Probé el vino. Era excelente. Me lo acabé casi de un sorbo y pronto noté que la calidez queme bajaba por la garganta me calmaba los nervios. Corelli olía su copa y me observaba con una sonrisa serena y amistosa. -Usted tenía razón – le dije.


-Acostumbro a tenerla – replico Corelli – Es una costumbre que raramente me proporciona satisfacción. A veces pienso que pocas cosas me complacerían más que tener la certeza de que me he equivocado. -Esto tiene solución. Pregúntemelo a mí. Yo siempre me equivoco. -No, no se equivoca. Me parece que usted ve las cosas casi tan claras como yo y que esto tampoco le produce ninguna clase de satisfacción. Escuchándole se me ocurrió que, en aquel momento, la única cosa que podía proporcionar satisfacción era prender fuego a todo el mundo y quemarme yo también. Corelli, como si me hubiese leído el pensamiento, sonrió enseñando los dientes y dijo que si con la cabeza. -Yo le puedo ayudar, Amigo mío. Me sorprendí a mi mismo esquivando su mirada y concentrándome en aquel pequeño broche con un ángel de plata que llevaba en la solapa. -Un broche muy bonito – le dije señalándolo. -Un recuerdo de familia – respondió Corelli. Pensé que ya habíamos intercambiado suficientes gentilezas y trivialidades para toda la velada. -Señor Corelli, ¿Qué he venido a hacer aquí? Los ojos de Corelli brillaban con el mismo color del vino que se removía en su copa. -Es muy sencillo. Usted está aquí porque por fin ha entendido que este es su lugar. Usted está aquí porque hace un año le hice una oferta. Una oferta que, en aquel momento, usted no estaba preparado para aceptarla, pero que no la ha olvidado. Y yo estoy aquí porque continúo pensando que usted es la persona que busco y por eso he preferido esperar doce meses antes de dejarlo correr. -Una oferta que usted no llegó nunca a explicarme con detalle – le recordé. -De hecho, la única cosa que le dí fueron los detalles.


-Cien mil francos por trabajar todo un año para usted escribiendo un libro. -Exactamente. Muchos encontrarían que esto era lo más esencial. Pero usted no. -Me dijo que cuando me explicase que clase de libro quería que escribiese para usted, lo haría incluso aunque no me pagase. Corelli asintió. -Tiene buena memoria, usted. -Tengo una memoria excelente, señor Corelli, tanto que no recuerdo haber visto, leído y oído hablar de ningún libro que usted haya editado. -¿Duda de mi solvencia? Lo negué intentando disimular el deseo y la codicia que me recomían por dentro. Cuanto más desinterés mostraba, más tentado me sentía por las promesas del editor. -Simplemente me intrigan los motivos – manifesté. -Como tiene que ser. -En todo caso, le recuerdo que tengo un contrato en exclusiva con Barrido y Escobillas durante cinco años más. El otro día recibí una visita suya muy ilustrativa en compañía de un abogado de aspecto expeditivo. Pero supongo que da lo mismo, porque un lustro es demasiado tiempo y, si una cosa tengo clara, es que si hay algo que no tengo, es tiempo. -No se preocupe por los abogados. Los míos tienen infinitamente un aspecto más expeditivo que los de ese par de pústulas y no pierden nunca ningún caso. Deje los detalles legales y la litigación en mis manos. Por la manera como sonrió al pronunciar aquellas palabras, pensé que valía más no tener nunca una entrevista con los consejeros legales de Éditions de la Lumière. -Le creo. Supongo que, entonces, esto nos lleva a la cuestión de cuales son los otros detalles de su oferta, los esenciales. -No hay ninguna manera sencilla de decirlo, o sea que será mejor que se lo explique sin ambages.


-Por favor. -Corelli se inclinó hacia delante y me clavó sus ojos. -Martín, quiero que cree una religión para mí. De entrada, pensé que no le había oído bien. -¿Qué dice? Corelli me miró de hito en hito con sus ojos sin fondo. -Le he dicho que quiero que cree una religión para mí. Le contemplé durante un buen rato, mudo. -Me toma el pelo. Corelli dijo que no, saboreando en vino con deleite. -Quiero que saque todo su talento y que se dedique en cuerpo y alma, durante unos años, a trabajar en la historia más grande que haya creado nunca: una religión. No pude evitar echarme a reír. -Está usted bien loco. ¿Esta es su oferta? ¿Este es el libro que usted quiere que le escriba? Corelli dijo que si, serenamente. -Se ha equivocado de escritor. Yo no se nada de religión. -No se preocupe por eso. Yo sí. Lo que busco no es un teólogo. Busco un narrador. ¿Usted sabe lo que es una religión, amigo David? -Con trabajos recuerdo el Padrenuestro. -Una oración preciosa y bien trabajada. Dejando la poesía a un lado, una religión es, digamos, como un código moral que se expresa mediante leyendas, mitos o cualquier tipo de ingenio literario a fin de establecer un sistema de creencias, valores y normas con las cuales regular una cultura o una sociedad. -Amén – repliqué -Como en la literatura o en cualquier acto de comunicación, lo que confiere efectividad es la forma, y no el contenido – continuó Corelli. -Usted me está diciendo que una doctrina es como un cuento, digamos. -Todo es un cuento, Martín. Lo que creemos, lo que conocemos, lo que recordamos e incluso lo que soñamos. Todo es un cuento, una narración, una secuencia de sucesos y personajes que comunican un


contenido emocional. Un acto de fe es un acto de aceptación, de aceptación de una historia que nos explican. Solo aceptamos como verdadero aquello que puede ser narrado. No me diga que no le tienta, la idea. -No. -¿No le tienta, crear una historia por la cual los hombres sean capaces de vivir y morir, por la cual sean capaces de matar y dejarse matar, de sacrificarse y condenarse, de entregar su alma? ¿Qué reto más grande puede tener, en su oficio, que crear una historia tan poderosa que trascienda a la ficción y se convierta en verdad revelada? Nos miramos en silencio durante unos cuantos segundos. -Me parece que ya sabe cual es mi respuesta – le dije finalmente. Corelli sonrió. -Yo si. Quien me parece que aún no lo sabe es usted. -Gracias por la compañía señor Corelli. Y por el vino y por los discursos. Muy provocativos. Pero vaya con cuidado, esta charla no se la creerá mucha gente. En todo caso, le deseo que encuentre a su hombre y que el panfleto sea todo un éxito. Me levanté y me dispuse a irme. -¿Le esperan en algún sitio, Martín? No contesté, pero me paré. -¿No siente rabia, uno, cuando sabe que podría tener tantas cosas por las cuales vivir, con salud y fortuna, sin ataduras? – Dijo Corelli detrás de mí - ¿No siente rabia, cuando se las arrancan de las manos? Me volví poco a poco. ¿Qué es un año de trabajo ante la posibilidad que todo lo que desea se haga realidad? ¿Qué es unos años de trabajo ante la promesa de una larga existencia de plenitud? Nada, me dije para mis adentros, a despecho mío. Nada. -¿Es esta su promesa? -Ponga usted el precio. ¿Quiere quemar el mundo y quemarse usted. Hagámoslo juntos. Usted fija el precio. Yo estoy dispuesto a darle lo que más quiera.


-No se que es lo que más quiero. -A mi me parece que sí lo sabe. El editor sonrió y me guiñó un ojo. Se puso de pie y de acerco a la cómoda sobre la cual había una luz. Abrió el primer cajón y sacó un sobre de pergamino. Me lo alargó, pero no lo quise aceptar. Lo dejó sobre la mesa que estaba entre nosotros y se volvió a sentar, sin decir ni palabra. El sobre estaba abierto y dentro se entreveía lo que parecían fajos de billetes de cien francos. Una fortuna. -¿Guarda todo ese dinero en un cajón y deja la puerta abierta? – le pregunté -Los puede contar. Si le parece que no son suficientes, dígame una cifra. Ya le he dicho que no tenía la intención de discutir de dinero, con usted. Me miré aquel pedazo de fortuna durante un buen rato, y finalmente dije que no. Por lo menos lo había visto. Era real. La oferta y la vanidad que me compraba en aquel momento de miseria y desesperanza eran bien reales. -No lo puedo aceptar – dije -¿Cree que es dinero sucio? -Todo el dinero es sucio. Si fuese limpio, no lo querría nadie. Pero este no es el problema. -¿Y pues? -No lo puedo aceptar porque no puedo aceptar su oferta. No podría aunque quisiese. Corelli sopesó mis palabras. -¿Puedo preguntarle por qué? -Por que me estoy muriendo, señor Corelli. Porque solo me quedan semanas de vida, quizás días. Porque no tengo nada más que ofrecer. Corelli bajó la mirada y se sumió en un largo silencio. Oí el viento como arañaba las ventanas y se arrastraba por encima de la casa. -No me diga que no lo sabía – añadí. -Lo intuía. Corelli se quedó sentado, sin mirarme.


-Hay muchos otros escritores que pueden escribir ese libro para usted, Señor Corelli. Le agradezco la oferta. Más de lo que se imagina. Buenas noches. Me dirigí hacia la salida. -Pongamos que le puedo ayudar a superar su enfermedad? – me dijo. Me paré en medio del pasillo y me volví. Tenía a Corelli justo a dos palmos y me miraba fijamente. Me pareció que era más alto que cuando le había visto la primera vez en el pasillo y que sus ojos eran más grandes y más oscuros. Pude ver mi reflejo que se encogía en sus pupilas a medida que se dilataban. -¿Le preocupa mi aspecto, amigo Martín? Tragué saliva. -Sí – confesé -Por favor, vuelva a la sala y siéntese. Déme la oportunidad de explicárselo mejor. ¿Qué puede perder? -Nada, supongo. Me puso la mano sobre el brazo con delicadeza. Tenía los dedos largos y pálidos. - No tiene que temer nada de mi, Martín. Soy su amigo. Su tacto era reconfortante. Me dejé guiar otra vez hacia la sala y me senté dócilmente, como un niño que espera las palabras de un adulto. Corelli se arrodilló cerca de la butaca y me miró a los ojos. Me cogió una mano y me la apretó con fuerza. -¿Usted quiere vivir? Quise responder, pero no encontré palabras. Me di cuenta que se hacía un nudo en la garganta y los ojos se me llenaban de lágrimas. Hasta entonces no había entendido como deseaba continuar respirando, continuar abriendo los ojos cada mañana y poder salir a la calle para pisar las piedras y ver el cielo, y sobretodo, continuar recordando. Dije que si. -Le ayudaré, amigo Martín. Solo le pido que confíe en mi. Acepte mi oferta. Déjeme ayudarle. Déjeme que le de lo que mas desea. Esta es mi promesa.


Asentí otra vez. Corelli me sonrió, se inclinó sobre mí y me dio un beso en la mejilla. Tenía los labios fríos como el hielo. -Usted y yo, amigo mío, haremos grandes cosas juntos. Ya lo verá – murmuró. Me ofreció un pañuelo para que me secase las lágrimas. Lo hice sin sentir la vergüenza muda de llorar ante un extraño, una cosa que no había hecho desde que se había muerto mi padre. - Está agotado, Martín. Quédese aquí a pasar la noche, hay habitaciones de sobras. Le aseguro que mañana se encontrará mejor y que verá las cosas más claras. Me encogí de hombros, aunque entendí que Corelli tenía razón. Casi no me tenía en pie, y solo deseaba dormir profundamente. No me veía con valor ni de levantarme de aquella butaca, la más cómoda y acogedora de la historia universal de todas las butacas. -Si no le importa, prefiero quedarme aquí. -Por descontado. Dejaré que descanse. Muy pronto se sentirá mejor. La doy mi palabra. Corelli se acercó a la cómoda y apagó la luz de gas. La sala se sumergió en la penumbra azul. Se me cerraban los ojos y una sensación de embriaguez me inundaba la cabeza, pero llegué a ver la silueta de Corelli que atravesaba la sala y se diluía en la sombra. Cerré los ojos y oí el murmullo del viento detrás de los cristales. 25 Soñé que la casa se hundía lentamente. Primero unas pequeñas lágrimas de agua oscura empezaron a brotar de las rendijas de los azulejos, de las paredes, de los relieves del techo, de las esferas de luz, de los agujeros de las cerraduras. Era un líquido frío que se arrastraba lento y pesado, como gotas de mercurio, y que, gradualmente, iba formando una capa que cubría el suelo y escalaba las paredes. Noté que el agua me llegaba a los pies y que iba subiendo rápidamente. Me quedé en la butaca, viendo como el nivel del agua


me llegaba al cuello y como, en cosa de segundos, tocaba el techo. Me sentí que flotaba y pude ver que unas luces pálidas ondulaban tras los ventanales. Era figuras humanas suspendidas, ellas también, en aquella tiniebla acuosa. Fluían atrapadas por la corriente y estiraban sus manos hacia mí, pero yo no las podía ayudar y el agua las arrastraba sin remedio. Los cien mil francos de Corelli flotaban a mí alrededor, nadando como peces de papel. Atravesé la sala y fui hasta una puerta cerrada que había en un extremo. Un hilo de luz emergía de la cerradura. Abrí la puerta y vi que daba a unas escaleras que caían hacia las profundidades de la casa. Bajé. Al final de las escaleras, se abría una sala oval en el centro de la cual se distinguía un grupo de figuras congregadas en círculo. Cuando se dieron cuenta de mi presencia, se volvieron y vi que iban vestidas de blanco y que llevaban máscaras y guantes. Unas luces intensas y blancas ardían sobre lo que me pareció que era una mesa de quirófano. Un hombre que no tenía facciones ni ojos en la cara ordenaba las piezas sobre una bandeja de instrumentos quirúrgicos. Una de las figuras me alargó una mano, convidándome a acostarme. Me acerqué y noté que me cogían la cabeza y el cuerpo y que me estiraban cómodamente en la mesa. La luz me deslumbraba, pero llegué a ver que todas las figuras eran idénticas y tenían la cara del doctor Trías. Me reí en silencio. Uno de los médicos sostenía una jeringa con las manos y me la inyectó en el cuello. No sentí ningún pinchazo, solo una agradable sensación de aturdimiento y calidez que se me escampaba por el cuerpo. Dos de los médicos me colocaron la cabeza sobre un mecanismo de sujeción y ajustaron la corona de tornillos que sostenían una placa acolchada en su extremo. Noté que me sujetaban brazos y piernas con unas correas. No me resistí nada. Cuando todo el cuerpo quedó inmovilizado de pies a cabeza, uno de los médicos alargó un bisturí a otro de sus gemelos y este se inclinó sobre mi. Note que alguien me cogía la mano y me la sostenía. Era un niño, que me miraba con ternura y que tenía la misma cara que yo había tenido el día que mataron a mi padre.


Vi como la hoja del bisturí bajaba por la tiniebla líquida y noté que el metal me daba un corte en la frente. No experimenté ningún dolor. Sentí que alguna cosa emanaba del corte y vi una nube negra sangrando lentamente de la herida y se escampaba por el agua. La sangre se elevaba en volutas hacia las luces, como humo, y se retorcía en formas cambiantes. Mié al niño que me sonreía y me sostenía la mano con fuerza. Entonces lo noté. Alguna cosa se movía dentro de mí. Alguna cosa que hasta justo hacía un segundo tenía aferrada a la mente como unas tenazas. Sentí que alguna cosa se retiraba, como un aguijón clavado hasta la médula que se extrae con unas tenazas. Sentí pánico y me quise levantar, pero estaba inmovilizado. El niño me miraba fijamente y decía que si con la cabeza. Me dio la impresión de que me iba a desmayar, o a despertar, y entonces la vi. La vi reflejada en las luces que estaban sobre la mesa del quirófano. Un par de filamentos negros sacaban la cabeza por la herida, reptando por mi piel. Era una araña negra de la medida de un puño. Corrió por sobre mi cara y, antes de que pudiese saltar de la mesa, uno de los cirujanos la enfiló con un bisturí. La levantó hacia la luz para que la pudiese ver. La araña movía las patas y sangraba contra la luz. Una mancha blanca la cubría la cabeza y sugería una silueta de alas desplegadas. Un ángel. Al cabo de un rato, las patas le quedaron inertes y el cuerpo se le desprendió. Se quedó flotando, y cuando el niño levantó la mano para tocarla, se volvió polvo. Los médicos me desataron y aflojaron el mecanismo de sujeción que me había atenazado el cráneo. Con la ayuda de los médicos, me incorporé sobre la litera y me puse la mano en la frente. La herida se estaba cerrando. Cuando volví a mirar a mi alrededor, me di cuenta de que estaba solo. Las luces del quirófano se apagaron y la sala se quedó en penumbra. Volví hacia la escalinata y subí los escalones, que me llevaron otra vez a la sala. La luz del alba se filtraba por el agua y atrapaba mil partículas en suspensión. Estaba cansado. Más cansado de lo que había estado nunca en toda mi vida. Me arrastré hasta la butaca y me dejé caer. El cuerpo se me desplomó lentamente y una vez estuve en reposo, finalmente, sobre la butaca, pude ver que unas espelas de


pequeñas burbujas empezaban a moverse por el techo. Se formó una pequeña cámara de aire encima de todo y entendí que el nivel del agua empezaba a bajar. El agua, densa y brillante como la gelatina, se escapaba por las grietas de las ventanas a borbotones, como si la casa fuese un submarino que emergiese de las profundidades. Me encogí en la butaca, liberado a una sensación de ingravidez y paz que no quería dejar nunca más. Abrí los ojos y entreví una lluvia de gotas que caían muy lentamente desde arriba, como lágrimas que se podían parar al vuelo. Estaba cansado, muy cansado, y solo quería dormir profundamente. Abrí los ojos a la intensa claridad de un cálido mediodía. La luz caía como polvo desde los ventanales Lo primero que vi fue que los cien mil francos continuaban sobre la mesa. Me enderecé y me acerqué a la ventana. Descorrí las cortinas y un brazo de claridad deslumbrante inundó la sala. Barcelona seguía allá, como un espejismo de calor. Fue entonces cuando me percaté que el zumbido de mis oídos, que los ruidos del día acostumbraban a atenuar, había desparecido por completo. Oí un silencio intenso, puro como agua cristalina, que no recordaba que hubiese experimentado nunca- Me oí a mi mismo reírme. Me puse las manos en la cabeza y me palpé la piel. No sentía ningún tipo de presión. Tenía la visión clara y me pareció como si se me acabasen de despertar los cinco sentidos. Pude notar el olor de la madera vieja del artesonado de techos y columnas. Busqué un espejo, pero no había ninguno en toda la sala. Salí a ver si encontraba un baño o alguna otra cámara donde pudiese encontrar un espejo y comprobar que no me había despertado en el cuerpo de un extraño, que aquella piel que sentía y aquellos huesos eran míos. Todas las puertas de la casa estaban cerradas. Recorrí todo el piso pero no pude abrir ni una. Volví a la sala y comprobé que allá donde había soñado una puerta que llevaba al subterráneo, solo había in cuado con la imagen de un ángel retorcido sobre si mismo en una roca que sobresalía en un lago infinito. Me dirigí a las escaleras que subían a los pisos superiores, pero en cuanto enfilé los primeros escalones, me


paré. Una oscuridad pesada e impenetrable llenaba el aire y la claridad se desvanecía. -¿Señor Corelli? – grité. Mi vos se perdió como si hubiese impactado contra algo sólido, sin dejar ningún eco. Volví a la sala y observé el dinero que estaba encima de la mesa. Cien mil francos. Cogí el dinero y lo sopesé. El papel se dejaba acariciar. Me los metí en el bolsillo y volví hacia el pasillo que llevaba a la salida. Las decenas de rostros de los retratos continuaban contemplándome con la intensidad de una promesa. Preferí no enfrontarme con aquellas miradas y fui hacia la puerta, pero justo antes de salir, me dí cuenta que, entre todos los marcos, había uno vacío, sin inscripción ni fotografía. Noté un olor dulce y apergaminado y me di cuenta de que venía de mis dedos. Era el perfume del dinero. Abrí la perta principal y salí a la luz del día. La puerta se cerró pesadamente tras de mí. Me volví para contemplar la casa, oscura y silenciosa, ajena a la claridad de aquel día de cielo azul y sol resplandeciente. Miré el reloj y comprobé que era la una tocadas. Había dormido más de doce horas seguidas en una vieja butaca y sin embargo, no me había sentido tan bien en toda mi vida. Me encaminé colina abajo, hacia la ciudad, con una sonrisa en la cara y la certeza que, por primera vez en mucho tiempo, quizá por primera vez en la vida, el mundo me sonreía. SEGUNDO ACTO LUX AETERNA. 1 Celebré mi retorno al mundo de los vivos rindiendo homenaje a uno de los templos más influyentes de toda la ciudad: las oficinas centrales del Banco Hispano Colonial de la calle Fontanella. Al ver los cien mil francos, el director, los interventores y todo un ejército de cajeros y contables entraron en éxtasis y me elevaron a los altares


reservados a aquellos clientes que inspiran una devoción y una simpatía rayanas a la sanidad. Una vez solucionado el trámite con la banca, decidí plantar cara a otro caballo del Apocalipsis y me llegué a un quiosco de prensa de plaza de Urquinaona. Abrí un ejemplar de La Voz de la Industria por la mitad y busqué la sección de sucesos que en su día había sido mía. La mano experta del señor Basilio todavía se olía en los titulares y reconocí casi todas las firmas, como si prácticamente no hubiese pasado el tiempo. Los seis años de tibia dictadura del general Primo de Rivera habían traído a la ciudad una calma venenosa y turbia que no acababa de ir del todo bien en la sección de crímenes y horrores. Con trabajo hablaban de historias de bombas y de tiroteos en la prensa. Barcelona, la temible “Rosa de Fuego”, empezaba a parecer más una olla a presión que otra cosa. Estaba a punto de cerrar el periódico y coger el cambio, cuando lo ví. Solo era un texto breve en una columna con cuatro hechos destacados en la última página de la crónica de sucesos. Un incendio a medianoche en el Raval Deja un muerto y dos heridos graves. Joan Marc Huguet/ redacción.Barcelona

La madrigada del viernes, se produjo un gran incendio en el número 6 de la plaza de Los ángeles, sede de la editorial Barrido y Escobillas, en el que resultó muerto el gerente de la empresa, el señor José Barrido, y gravemente heridos su socio José Luis Escobillas, y el trabajador Ramón Guzmán, que quedó atrapado por las llamas cuando intentaba auxiliar a los dos responsables de la empresa. Los bomberos especulan con la idea de que la causa de las llamas podría haber sido la combustión de un material químico que se estaba utilizando en la renovación de las oficinas. De momento, no se descartan otras causas, ya que testigos presenciales afirman haber visto salir a un hombre momentos antes de que se declarase el incendio. Las víctimas fueron trasladadas al Hospital Clínico, donde


uno ingresó cadáver y los otros dos continúan ingresados con pronóstico muy grave. Llegué tan deprisa como pude. El olor a quemado se olía en la Rambla. Un grupo de vecinos y de curiosos se habían reunido en la plaza de delante del edificio. Hilos de humo blanco subían desde un montón de ruinas apiladas a la entrada. Reconocí a diversos empleados de la editorial que intentaban salvar de entre las ruinas lo poco que había quedado. En la calle, se amontonaban cajas con libros chamuscados y muebles mordidos por las llamas. La fachada había quedado ennegrecida, los ventanales reventados por el fuego. Rompí el círculo de cotillas y entré. Una intensa pestilencia se me metió en el cuello. Algunos de los trabajadores de la editorial, que se afanaban a rescatar sus propias pertenencias, me reconocieron y me saludaron cabizbajos. -Señor Martín… una gran desgracia – murmuraban. Atravesé lo que había sido la recepción y me dirigí al despacho de Barrido. Las llamas habían devorado las alfombras y reducido los muebles a esqueletos de brasas. El artesonado se había desplomado en una esquina y había dejado abierta una vía de luz en el patio de atrás. Un haz intenso de ceniza flotando atravesaba la sala. Una silla había sobrevivido milagrosamente al fuego. Estaba en el centro de la sala y estaba sentada la Veneno, que lloraba con la mirada abatida. Me arrodillé delante de ella. Me reconoció y me sonrió entre lágrimas. -¿Estás bien? –le pregunté. Dijo que si. -Me dijeron que me fuese a casa, ¿sabes?, que ya era tarde y que me fuese a descansar porque hoy tendríamos un día muy largo. Estábamos cerrando toda la contabilidad del mes… Si me hubiese quedado un minuto más… -¿Pero que pasó, Herminia?


-Estuvimos trabajando hasta tarde. Era casi media noche que el señor Barrido me dijo que me fuese a casa. Los editores estaban esperando a un señor que les venía a ver… - ¿A media noche? ¿Qué señor? -Un extranjero, me parece. Tenía algo que ver con una oferta, no lo se. Me habría quedado de buena gana, pero era muy tarde y el señor Barrido me dijo… -Herminia, aquel señor, ¿te acuerdas de su nombre? La Veneno me miró extrañada. -Todo lo que recuerdo ya se lo he explicado al inspector que ha venido esta mañana. Me ha preguntado por ti. -¿Un inspector? ¿Por mí? -Están hablando con todos. -Claro. La Veneno me miraba fijamente con desconfianza, como si intentase leerme los pensamientos. -No saben si saldrá – murmuró refiriéndose al Escobillas – Se ha perdido todo, los archivos, los contratos…todo. La editorial se ha acabado. -Lo siento, Herminia. Una sonrisa torva y maliciosa le afloró a los labios. -¿Qué lo sientes? ¿Qué no era eso lo que querías? -¿Cómo puedes pensar eso? La Veneno me miró con recelo. -Ahora eres libre. Quise tocarle el brazo, pero Herminia se levantó y dio un paso atrás, como si mi presencia le diese miedo. -Herminia… -Vete… - me dijo. Dejé a Herminia entre las ruinas humeantes. Cuando salí a la calle, me tropecé con un grupo de críos que rebuscaban entre el montón de restos. Uno de ellos había desenterrado un libro de entre las cenizas y lo examinaba con una mezcla de curiosidad y desprecio. La cubierta había quedado velada por las llamas y el margen de las páginas,


ennegrecido, pero, a parte de eso, el libro estaba intacto. Vi por el grabado del lomo que se trataba de una de las entregas de La ciudad de los maditos. -Señor Martín? Me volví y me encontré con tres hombres vestidos con trajes de saldo que no pegaban con el calor húmedo y pegajoso que flotaba en el aire. Uno de ellos, parecía el jefe, dio un paso adelante y me mostró una cordial sonrisa de vendedor experto. Los otros dos, que parecían tener la constitución y el temperamento de una prensa hidráulica, se limitaron a dedicarme una mirada abiertamente hostil. -Señor Martín, soy el inspector Víctor Grandes y ellos mis colegas, los agentes Marcos y Castedo, del cuerpo de investigación y vigilancia. Me pregunto si sería tan amable de dedicarnos unos minutos. -Por descontado – le contesté. El nombre de Víctor Grandes me sonaba de los años en que estuve en la sección de sucesos. Vidal le había dedicado alguna de sus columnas y me recordó especialmente una en el que calificaba como hombre revelación, del cuerpo, un valor sólido que confirmaba la llegada a la fuerza de una nueva generación de profesionales de élite mejor preparados que sus predecesores, incorruptibles y duros como el acero. Los adjetivos y la hipérbole eran de Vidal, no míos. Supuse que, desde entonces, el inspector Grandes no debía de haber hecho más que escalar posiciones en la Jefatura y que su presencia allí evidenciaba que el cuerpo se tomaba en serio el incendio de Barrido y Escobillas. Si no tiene inconveniente podemos ir a tomarnos un café para hablar sin que nos interrumpan – dijo Grandes sin aflojar para nada la sonrisa de rigor. -Como quieran. Grandes me llevó hasta un pequeño bar que quedaba en la esquina de las calles del Doctor Dou y Pintor Fortuny. Marcos y Castelo caminaban detrás nuestro, sin sacarme la vista de encima. Grandes me ofreció un cigarrillo, que rechacé. Se guardó el paquete de nuevo.


No abrió los labios hasta que llegamos al café y nos trasladamos a una mesa, al fondo, donde los tres se colocaron a mi alrededor. Si me hubiesen llevado a un calabozo oscuro y húmedo, me habría parecido que el encuentro era más amistoso. -Señor Martín, supongo que ya debe haber tenido conocimiento de lo que ha pasado esta madrugada. -Solo lo que he leído en el periódico y lo que me ha explicado la Veneno… -¿La Veneno? -Perdón. La Señorita Herminia Duaso, adjunta de dirección. Marcos y Castelo intercambiaron una mirada impagable. Grandes se sonrió. -Un nombre interesante. Dígame, señor Martín, ¿Dónde estaba usted ayer por la noche? Bendita ingenuidad, la pregunta me cogió por sorpresa. -Es una pregunta rutinaria – aclaró Grandes – Estamos intentando establecer la presencia de todas las personas que podrían haber tenido relación con las víctimas durante los últimos días. Empleados, proveedores, familiares, conocidos… -Estaba con un amigo. Así que abrí la boca me arrepentí de las palabras que había escogido. Grandes se dio cuenta. -¿Un amigo? -Más que de un amigo, se trata de una persona relacionada con mi trabajo. Un editor. Ayer por la noche, tenía concertada una entrevista. -¿Podría decir hasta que hora estuvo con aquella persona? -Hasta tarde. De hecho, acabé pasando la noche en su casa. -Entiendo. ¿Y la persona que usted define como relacionada con su trabajo, se llama…? -Corelli. Andreas Corelli. Es un editor francés. Grandes se anotó el nombre en un pequeño cuaderno. -Diría que el nombre parece italiano – comentó. -La verdad es que no se muy bien de que nacionalidad es.


- Es comprensible. Y este señor Corelli, tenga la nacionalidad que tenga, ¿podría corroborar que ayer por la noche estaba con usted? Me encogí de hombros. -Su pongo que si. -¿Lo supone? -Estoy seguro de que si. ¿Por qué no tendría que hacerlo? -No lo se, señor Martín. ¿Hay algún motivo por el que cree que no lo haría? -No. -Entonces entendido. Marcos y Castelo me miraban como sino me hubiesen oído pronunciar más que mentiras desde que nos habíamos sentado. -Para acabar, ¿me podría aclarar la naturaleza de la reunión que mantuvo anoche con este editor de nacionalidad determinada? -El señor Corelli me había citado para hacerme una oferta. -¿Una oferta de que tipo? -Profesional. -Ya lo veo. ¿Para escribir un libro, tal vez? -Exactamente. -Dígame, ¿ es habitual que después de una reunión de trabajo, se quede a pasar la noche en casa de, digamos, la parte contratante? -No. -Pero usted me está diciendo que se quedó a pasar la noche en el domicilio de ese editor. -Me quedé porque no me encontraba bien y pensaba que no pudiese llegar a mi casa. -¿Le sentó mal la cena, quizás? -He tenido unos cuantos problemas de salud, últimamente. Grandes asintió con aire de consternación. -Mareos, dolores de cabeza… completé. -¿Pero es razonable decir que ahora ya se encuentra mejor? -Si, mucho mejor. -Me alegro. La verdad es que usted tiene un aspecto envidiable. ¿Verdad que sí?


Castelo y Marcos asintieron lentamente. -Cualquiera diría que se ha sacado un gran peso de encima – dejó ir el inspector. -No le entiendo. -Me refiero a los mareos y a las molestias. Grandes hacia ir aquella farsa con un dominio del tempo exasperante. -Disculpe mi ignorancia respecto a los detalles de su ámbito profesional, señor Martín, ¿pero no es verdad que usted tenía suscrito un contrato con los dos editores que no vencía hasta dentro de seis años? -Cinco. -¿Y este contrato no le ataba en exclusiva, por decirlo así, a la editorial Varrido y Escobillas? -Esos eran los términos. -Entonces, ¿Por qué motivo tenía que discutir una oferta con un competidor, si su contrato le impedía aceptarla? -Era una simple conversación. Nada más. -Que de todas maneras, acabó con una velada en el domicilio de este señor. -Mi contrato no me impide hablar con terceras personas. Ni pasar la noche fuera de casa. Soy libre de dormir donde quiera y hablar con quien quiera de lo que quiera. -Por descontado. No pretendía insinuar lo contrario, pero gracias por aclararme este punto. -¿Puedo aclararle algo más? -Solo un pequeño matiz, en caso que, muerto el señor Barrido y, Dios no lo quiera, el señor Escobillas no se recuperase de sus heridas y también se muriese, la editorial quedaría disuelta y lo mismo pasaría con su contrato, ¿Me equivoco? -No estoy seguro. No sé exactamente en qué régimen estaba constituida la empresa. -Pero, ¿es posible que fuese así, diría? -Es posible. Lo tendría que preguntar al abogado de los editores.


-De hecho, ya lo he preguntado. Y me ha confirmado que, si pasase lo que nadie quiere que pase y el señor Escobillas se fuese al otro barrio, sería así. -Pues entonces ya tiene usted su respuesta. -Y usted, su plena libertad para aceptar la oferta del señor… -…Corelli. -Dígame, ¿Ya la aceptada? -Le puedo preguntar que relación tiene todo esto con las causas del incendio? – le solté. -Ninguna. Simple curiosidad. -¿Esto es todo? – le pregunté. Grandes miró a sus colegas y después a mí. -Por mi parte, sí. Iba a levantarme. Los tres policías se quedaron clavados en sus asientos. -Señor Martín, antes de que me descuide – dijo Grandes - ¿me puede confirmar si recuerda que hace una semana en señor Barrido y Escobillas le hicieron una visita a su domicilio del número 30 de la calle de Flassaders, en compañía del mencionado abogado? Resoplé. -Si – admití. -¿Se trataba de una visita social o de cortesía? -Los editores vinieron a expresarme su deseo para que volviese a ponerme a trabajar en una serie de libros que había dejado de lado para dedicarme unos cuantos meses a otro proyecto. -¿Calificaría la conversación de cordial y distendida? -No recuerdo que ninguno alzase la voz. - Y puede hace memoria de si les contestó, y cito textualmente, que “de aquí a una semana ustedes estarán muertos”? Si alzar la voz, por descontado. Volví a resoplar. -Estaba enfadado y dije lo primero que se me pasó por la cabeza, inspector. Esto no quiere decir que hablase en serio. A veces, dices cosas que no sientes.


-Gracias por su sinceridad, señor Martín. Nos ha sido de una gran ayuda. Buenos días. Me fui de allá con las tres miradas clavadas como puñales en la espalda con la certeza que si hubiese contestado a cada pregunta del inspector con una mentira, no me habría sentido tan culpable. 2 El mal gusto de mi encuentro con Víctor Grandes y la pareja de fieras que llevaba de escolta justo sobrevivió cien metros de paseo por el sol caminando con un cuerpo que apenas reconocía: fuerte, sin dolor ni mareo, sin silbidos en los oídos ni pinchazos de agonía en el cráneo, sin cansancio ni sudores fríos. Sin ningún tipo de recuerdo de la certeza de una muerte segura que me agobiaba justo hacía veinticuatro horas. Alguna cosa me decía que la tragedia sobrevenida aquella noche, incluyendo la muerte de Barrido y la práctica defunción en potencia del Escobillas, me tendría que haber llenado de pena y de angustia, pero entre mi conciencia y yo fuimos incapaces de sentir nada más allá de la indiferencia más agradable. Aquella mañana de julio, la Rambla era una fiesta y yo su príncipe. Dando una vuelta, llegué hasta la calle Santa Ana dispuesto a hacer una visita sorpresa al señor Sempere. Cuando entré en la librería, Sempere padre estaba tras el mostrador haciendo cuentas mientras su hijo esta subido en una escalera y ponía orden en los estantes. Al verme, el librero me ofreció una cordial sonrisa y me di cuenta que, durante un momento, no sabía que era yo. Un segundo más tarde, se le borró la sonrisa y, boquiabierto, dio la vuelta al mostrador para abrazarme. -¿Martín? ¿Es usted? ¡Madre de Dios Santísima…pero sí parece otro! Me tenía muy preocupado. Hemos ido unas cuantas veces a su casa, pero usted no contestaba. He estado preguntando en hospitales y comisarías.


Su hijo se me quedó mirando desde lo alto de la escalera, incrédulo. Tuve que hacer un esfuerzo por recordar que aún no hacia una semana me habían visto en un estado que no alejaba mucho de los inquilinos de la morgue del distrito quinto. -Me sabe mal haberles asustado. Estuve fuera unos días por un asunto del trabajo. -Pero, ¿Qué? Me hizo caso y fue al médico, ¿no? Asentí. -Resultó que era una tontería. Cosas de la tensión. Unos cuantos días tomando un tónico y como nuevo. -Pues ya me dirá el nombre del tónico, a ver si me pongo en remojo… ¡Que gusto y que descanso verle así! La euforia se desinfló en seguida al caer la noticia del día. -¿Qué ha oído eso de Barrido y Escobillas? – preguntó el librero. -Ahora vengo de allá. Cuesta creérselo. -Quien lo iba a decir. No es que me inspirasen mucha simpatía, pero de aquí a una cosa así…Y, dígame, todo esto a usted, a efectos legales, ¿Cómo le deja? Disculpe la crudeza de la pregunta. -La verdad es que no lo se. Me parece que los dos socios eran titulares de la sociedad. Debe de haber herederos, supongo pero es posible que si los dos mueren, la sociedad como tal se disuelva. Y mi vínculo con ellos, también. O eso creo. -O sea, que si Escobillas, y que Dios me perdone, también la diña, usted es un hombre libre. Hice que sí. -Diantre, que dilema…murmuró el librero. -Que sea lo que Dios quiera – me atreví a decir. Sempere dijo que si, pero me di cuenta que en todo esto había alguna cosa que le preocupaba y que prefería cambiar de tema. -En fin. El caso es que me viene como anillo al dedo, que haya pasado por aquí, porque le quiero pedir un favor. -Hecho. -Le aviso que no le gustará.


-Si me gustase no sería un favor, sería un placer. Y si el favor es para usted, lo será. -De hecho, no es para mí. Yo se lo explico y usted decide. Sin ningún compromiso, ¿entendido? Sempere se apoyó en el mostrador y adoptó el aire narrativo que me traía tantos recuerdos de la infancia y vividos en aquella tienda. -Es una chica, Isabella. Debe tener diez y siete años. Es espabilada como una liebre. Siempre viene por aquí y le dejo libros. Me explica que quiere ser escritora. -Me suena la historia – le dije. -El caso es que hace una semana me dejó uno de sus relatos, nada, veinte o treinta páginas, y me pidió la opinión. -¿Y? Sempere bajó el tono, como si lo que me explicaba fuese una confidencia del secreto del sumario. -Magistral. Mejor que el noventa y nueve por ciento de lo que he visto publicado en los últimos veinte años. -Espero que me cuente entre el uno por ciento restantes, o pensaré que mi vanidad ha sido pisada y apuñalada a traición. -Aquí es donde yo quería llegar. La Isabella le adora. -¿Me adora? ¿A mí? - Sí, como si usted fuese la Moreneta y el Niño Jesús juntos. Se ha leído La ciudad de los malditos, de punta a rabo diez veces, y cuando la dejé Los pasos del cielo, me dijo que, si ella pudiese escribir un libro así, ya se podría morir tranquila. -Aquí hay gato encerrado. -Ya sabía yo que se me querría escabullir. -No, no me escabullo. No me ha dicho en que consiste el favor. -Imagíneselo. Suspiré. Sempere hizo chasquear la lengua. -Ya le he dicho que no le gustaría. -Pídame otra cosa. -Solo tiene que hablar con ella. Animarla, aconsejarla…escucharla, leer alguna cosa y orientarla. No le costará mucho. La chica tiene la


cabeza rápida como una bala. Le caerá la mar de bien. Se harán amigos. Y ella puede trabajar como su ayudante. -No necesito ninguna ayudanta. Y aún menos desconocida. - Tonterías. Y además, ya la conoce. O eso dice ella. Dice que a usted hace años que le conoce, pero que seguramente usted no la recuerda. Según parece, el par de tontos de sus padres para estar convencidos que esto de la literatura no hará más que condenarla al infierno o a una soltería laica, y dudan si hacerla monja o casarla con algún mocetón que le haga ocho hijos, y la entierre para siempre entre platos y ollas. Si usted no hace nada para salvarla, es el equivalente de un asesinato. -No dramatice, señor Sempere. -Mire, no se lo pediría porque ya se que a usted esto del altruismo le gusta tanto como bailar sardanas, pero cada vez que la veo que entra aquí y me mira con aquellos ojillos que le brillan de inteligencia y de ganas, y pienso en el porvenir que le espera, se me rompe el corazón. Lo que yo le podía enseñar ya se lo he enseñado. La chica aprende deprisa, Martín. Si me recuerda a alguien, es a usted de pequeño. Suspiré. -¿Isabella que más? -Gispert. Isabella Gispert. -No la conozco. No he oído este nombre en mi vida. Le han embaucado. El librero dijo que no con la cabeza. -Isabella me dijo que diría exactamente lo mismo. -Talentosa y adivina. ¿Y que más le dijo? -Dijo que sospecha que usted es mejor escritor que persona. -Un sol, esta Isabelita. -¿Le puedo decir que venga a verle? ¿Sin compromiso? Me rendí y le dije que si. Sempere sonrió triunfante y quiso sellar el pacto con un abrazo, pero huí antes de que el viejo librero pudiese completar su misión de intentar hacerme sentir buena persona. -No se arrepentirá, Martín – oí que decía cuando salía por la puerta.


3 Cuando llegué a casa, me encontré al inspector Víctor Grandes sentado en el escalón de la puerta saboreando tranquilamente un cigarrillo. Al verme, me sonrió con aquella gracia de galán de sesión de tarde, como si fuese un viejo amigo que me hacía una visita de cortesía. Me senté a su lado y me ofreció el porta cigarrillos abierto. Gitanes, vi. Le acepté uno. -¿Y Hansel y Gretel? - Marcos y Castelo no han podido venir. Hemos recibido un aviso y han ido a buscar a un viejo conocido en Pueblo Seco que probablemente necesitará cierta persuasión para que se le refresque la memoria. -Pobre desgraciado. -Si les hubiese dicho que le venía a ver a usted, seguro que se habrían apuntado. Les ha caído la mar de bien. -Les he llegado al alma, ya lo he notado. ¿Qué puedo hacer por usted, inspector? ¿Le puedo convidar a subir y a tomarse un café? -No me atrevería a invadir su intimidad, señor Martín. De hecho, solo le quería dar la noticia en persona antes de que se enterase por otros medios. -¿Qué noticia? -Escobillas ha muerto a primera hora de tarde en el Hospital Clínico. -Vaya, no lo sabía. Grandes se encogió de hombros y continuó fumando en silencio. -Se veía venir. Que le vamos a hacer. -Ha podido saber algunas cosas de las causas del incendio? - le pregunté El inspector me miró durante un largo rato y después dijo que si. -Todo parece que alguien echo gasolina por encima del señor Barrido y le prendió fuego. Las llamas se escamparon y él, dominado por el pánico, intentó salir del despacho. Su socio y el otro trabajador, que corrieron a ayudarle, quedaron atrapados por las llamas. Tragué saliva. Grandes me sonrió de manera tranquilizadora.


-Aquella tarde, el abogado de los editores me ha comentado que, sabida la vinculación personal que existía en el contrato que usted tenía suscrito con ellos, a Harris de la muerte de los editores el vínculo quedaba disuelto, aunque los herederos mantienen los derechos sobre su obra publicada con anterioridad. Su pongo que le escribirá una carta para informarle, pero he pensado que le gustaría saberlo antes, por si tiene que tomar alguna decisión respecto a la oferta de aquel editor que mencionaba. -Gracias. -No se merecen. Me dio un golpecito en la espalda y se alejó en dirección a la calle de la Princesa. -Inspector? – le grité Grandes se paró y se volvió. -No debe pensar que… El inspector me mostró una sonrisa pesada como una mueca. -Cuídese, Martín. Me fui a dormir pronto y me desperté pronto pensando que ya era mañana, pero en seguida comprobé que con trabajo pasaban unos minutos de las doce de la noche. En el sueño había visto a Barrido y Escobillas atrapados en su despacho. Las llamas les subían por la ropa hasta que les seguían por cada centímetro de su cuerpo. Detrás de la ropa, la piel se les caía a tiras y los ojos, encendidos de pánico se retorcían a causa del fuego. Sus cuerpos se sacudían en espantosos espasmos de agonía y terror hasta que caían abatidos sobre las ruinas mientras la carne se desprendía de sus huesos como cera fundida y formaban a mis pies un charco humeante en que se veía reflejado mi propio rostro sonriente, y finalmente, en una visión huidiza, aún se me podía ver la cerilla que sostenía entre los dedos. Me levanté a buscar un vaso de agua y suponiendo que ya se me había pasado el tren del sueño, subí al estudio y saqué del cajón del escritorio el libro que había rescatado del Cementerio de los Libros


Olvidados. Encendí la luz del escritorio y torcí el brazo que sostenía la lámpara para que enfocase directamente el libro. Lo abrí por la primera página y empecé a leer. Lux Aeterna D.M. Al primer golpe de vista, el libro ofrecía una colección de textos y plegarias que no parecía que tuviesen mucho sentido. La pieza era un original, un montón de páginas mecanografiadas y encuadernadas en piel sin mucho cuidado. Continué leyendo y, al cabo de un rato, me pareció intuir un cierto método en la secuencia de de acontecimientos, cantos y reflexiones que punteaban el texto. El lenguaje tenía su propia cadencia t aquello que al principio parecía una absoluta ausencia de diseño o de estilo, poco a poco iba revelando un canto hipnótico que calaba lentamente en el lector y le sumía en un estado entre al amodorramiento y el olvido. Pasaba lo mismo con el contenido, el eje central del cual no se hacía evidente hasta bien entrada una primera sección, o canto, ya que la obra parecía estructurada a la manera de los viejos poemas compuestos en épocas en que el tiempo y el espacio iban a su aire, Entonces, me dí cuenta que aquel Lux Aeterna era una especie de libro de los muertos. Pasadas las primeras treinta o cuarenta páginas de circunloquios y adivinanzas, te ibas adentrando en un rompecabezas preciso y extravagante de oraciones y súplicas cada vez más inquietantes, en que la muerte, a la cual, a veces, se refería en versos de métrica dudosa como un ángel blanco con ojos de reptil y, en otros, como un infante hecho de luz, era presentada como una divinidad única y omnipresente que se manifestaba en la naturaleza, en el deseo y en la fragilidad de la existencia. Fuese quien fuese aquel enigmático D.M. en sus versos, la muerte se desplegaba como una fuerza voraz y eterna. Aquella mezcla bizantina de referencias a diversas mitologías, de paraísos y de avernos, quedaba finalmente representada en un solo nivel que lo aplanaba


todo. Según D.M., solo había un principio y un final, solo un creador y destructor que se presentaba con diferentes nombres para confundir a los hombres y tentar su debilidad, un único Dios el verdadero rostro del cual estaba dividido en dos mitades, la una dulce y piadosa, la otra cruel y demoníaca. Todo esto es lo que pude deducir porque más allá de estos principios, el autor parecía que hubiese perdido el norte de la narrativa y muy justo se hacía posible descifrar las referencias e imágenes que poblaban el texto a expensas de visiones proféticas. Tempestades de sangre y de fuego abalanzándose sobre pueblos y ciudades Ejércitos de cadáveres uniformados recorren planicies infinitas y arrasan la vida a su paso. Infantes colgados con jirones de banderas en las puertas de las fortalezas. Mares negros donde miles de almas en pena flotaban suspendidas durante toda la eternidad sobre aguas heladas y envenenadas. Nubes de ceniza y océanos de huesos y de carne corrompida infestada de insectos y de serpientes. La sucesión de estampas infernales y nauseabundas continuaban hasta la saciedad. A medida que pasaba las páginas del manuscrito, me iba haciendo el efecto de que recorría punto por punto el mapa de una mente enferma y retorcida. Raya a raya, el autor de aquellas páginas había ido documentando, sin saberlo, su descenso a un abismo de locura. El último tercio del libro me pareció un intento de deshacer el camino, un grito desesperado desde la celda de su locura por escaparse del laberinto de túneles que había ido abriendo dentro de su mente. El texto moría a media frase de súplica, una solución de continuidad sin ninguna explicación. Llegado a este punto, los ojos se me cerraban. Desde la venta me llegó una suave brisa que venía del mar y deshacía la niebla de los tejados. Cuando ya me disponía a cerrar el libro, me dice unta que alguna cosa de se había quedado encallada en el filtro de mi mente, alguna cosa que tenía que ver con la composición mecánica de aquellas páginas. Volví al principio y empecé a repasar el texto. Encontré la primera muestra en la quinta raya. A partir de allá, salía


la misma marca cada dos o tres rayas. Una de las letras, la S mayúscula, siempre aparecía ligeramente inclinada hacia la derecha. Saqué una página en blanco del cajón y la metí en el tambor de la Underwood que tenía sobre el escritorio. Escribí una frase al azar: Suenan las campanas de Santa María del Mar. Saqué la hoja y la examiné, acercando la luz a la mesa, Suenan… de Santa María Resoplé. Lux Aeterna había sido escrita con aquella máquina de escribir y, supuse, probablemente en aquel mismo escritorio. 4 Al día siguiente por la mañana, bajé a desayunar a un café que quedaba justo por delante de las puertas de Santa María del Mar. El barrio del Borne estaba lleno a rebosar de carros y gente que iba al mercado, y de mercaderes y mayorista que abrían sus tiendas. Me senté en una de las mesas de fuera y pedí un café con leche. Un ejemplar de La Vanguardia se había quedado huérfano en la mesa de al lado y lo adopté. Mientras mis ojos resbalaban por los titulares y entradas, me di cuenta que una silueta subía la escalinata hasta la entrada de la iglesia, se sentaba en el último escalón y se ponía a observarme disimuladamente. La chica debía tener unos diez y seis o diecisiete años, hacia ver que tomaba notas en un cuaderno mientras me iba lanzando furtivas miradas. Saboreé el café con leche con calma. Al cabo de un rato, le hice una señal al camarero para que se acercase. -¿Ve aquella señorita sentada en la puerta de la iglesia? Dígale que pida lo que le apetezca, que la invito yo. El camarero digo que si y se fue. Cuando vio que alguien se le acercaba, la chica hundió su cabeza en el cuaderno, tomando una


expresión de absoluta concentración, que me arrancó una sonrisa. El camarero se paró delante suyo y se aclaró la voz. Ella levantó la mirada del cuaderno y le miró. El camarero le explicó su misión y acabó señalándome. La chica me lanzó una mirada, alarmada. La saludé con la mano. Las mejillas se le encendieron como brasas. Se levantó y se acercó a la mesa con pasos cortos y la mirada clavada en el suelo. -¿Isabella? – pregunté. La chica levantó la vista y sus piró, molesta con ella misma. -¿Cómo lo ha sabido? – preguntó. -Intuición sobrenatural – le contesté. Me ofreció su mano y se la estreché sin entusiasmo. -¿Me puedo sentar? – preguntó. Se sentó sin esperar mi respuesta. Durante medio minuto, la chica cambió de posición unas seis veces hasta que retomó su postura inicial. Yo la observaba con calma y un calculado interés. -No se acuerda de mí. ¿Verdad que no, señor Martín? -¿Debería acordarme? -Durante años, cada semana, le subía la cesta con el encargo de la semana de Can Gispert. La imagen de la niña que durante tanto tiempo me traía los víveres de casa del droguero me vino a la memoria y se diluyó en el rostro más adulto y ligeramente más anguloso de aquella Isabella, que ya era una mujer de formas suaves y mirada incisiva. -La niña de las propinas – dije yo, aunque de niña le quedaba bien poco o nada. Isabella asintió. -Siempre me he preguntado que hacías de todas aquellas monedas. - Comprar libros a Sempere e hijos. -Si lo llego a saber… -Si le molesto, me voy. -No me molestas. ¿Quieres tomar algo? La chica dijo que no. -El señor Sempere me dice que tienes talento.


Isabella se encogió de hombros y me devolvió una sonrisa escéptica. -En general, cuanto más talento tienes, más dudas te acechan que realmente lo tengas – le dije - Y al revés. -Entonces yo debo ser un prodigio – replicó Isabella. -Bienvenida al club. Díme, ¿que puedo hacer por ti? Isabella inspiró hondo. -El señor Sempere me dijo que usted tal vez podría leer alguna cosa de las que he escrito y dame su opinión y aconsejarme un poco. La miré a los ojos durante unos cuantos segundos sin responder. Me aguantó la mirada sin parpadear. -¿Y ya está? -No. -Ya me lo parecía. ¿Cuál es el capítulo dos? Isabella solo vaciló un momento. -Si le gusta lo que lea y cree que tengo posibilidades me gustaría pedirle que me permitiese ser su ayudante. -¿Qué te hace pensar que necesito una ayudante? -Le puedo ordenar los papeles, mecanografiarlos, corregir errores y faltas… -¿Errores y faltas? -No pretendía insinuar que usted cometa errores… -¿Qué pretendías insinuar entonces? -Nada. Pero cuatro ojos siempre ven más que dos. Y, además, me puedo ocupar de la correspondencia, de hacer encargos, de ayudarle a buscar documentación. Además, se cocinar y puedo… -¿Me estás pidiendo un trabajo de ayudanta o de cocinera? -Le estoy pidiendo una oportunidad. Isabella bajó la mirada. No pude contener una sonrisa. Aquella curiosa criatura se me hacía simpática por mucho que me pesase. -Haremos una cosa. Tráeme las mejores veinte páginas que hayas escrito, las que tu creas que demuestran lo mejor que sabes hacer. No me traigas ni una más porque no me la pienso leer. Me las miraré con calma y, según lo que vea, hablaremos.


Se le iluminó el rostro y, durante un momento, aquel velo de dureza y tirantez que le anclaba el gesto se disipó. -No se arrepentirá – me dijo. Se puso en pie y me miró nerviosa. -¿Le va bien si se lo llevo a casa? -Déjamelo en el buzón. ¿Nada más? Negó diversas veces y se fue retirando con aquellos pasos cortos y nerviosos de gorrión. Cuando estaba a punto de volverse y echar a correr, la llamé. -¿Isabella? Me miró atentamente, con la mirada nublada con una inquietud súbita. -¿Por qué yo? – la pregunté – Y no me digas que porque soy tu autor preferido y todas esas tonterías con que Sempere te ha aconsejado que me enjabones. Porque si lo haces, esta será la primera y la última conversación que tengamos. Isabela dudó un instante. Me ofreció una mirada desnuda y contestó sin miramientos. -Porque usted es el único escritor que conozco. Me sonrió animada y se fue con su cuaderno, su paso incierto y su sinceridad. La contemple como doblaba la esquina de la calle de Mirallers y desaparecía por detrás de la iglesia. 5 Cuando volví a casa aún no había pasado una hora, y ya me la encontré sentada en mi portal. Llevaba en las manos un pliego de folios. Al verme, se levantó y forzó una sonrisa. -Te he dicho que me lo dejases en el buzón – la dije. Isabella dijo que sí y se encogió de hombros. -Como muestra de agradecimiento, le he traído un poco de café de la tienda de mis padres. Es colombiano. Buenísimo. El café no pasaba por el buzón y he pensado que era mejor esperarle.


Aquella excusa solo se le podía ocurrir a una novelista en potencia. Suspiré y abrí la puerta. -Entonces, adelante. Subí las escaleras con Isabella que me seguía unos cuantos escalones detrás, como un perro faldero. -¿Siempre está tanto rato para desayunar? No es que me importe, claro, pero como hacía casi tres cuartos de hora que le esperaba, he empezado a preocuparme, y me he dicho, que no se haya atragantado con alguna cosa, por una vez que encuentro a un escritor de carne y hueso, con la suerte que tengo no me extrañaría nada se tragase una oliva por el lado que no toca y, apa, ya se ha acabado mi carrera literaria. – me lanzó la chica. Me paré a medio tramo de la escalera y la miré con la expresión más hostil que pude poner. -Isabella, para que las cosas funcionen entre nosotros, tendremos que establecer una serie de reglar. La primera es que las preguntas las hago yo y tú te limitas a contestarlas. Cuando, por mi parte, no haya preguntas, por la tuya no habrá respuestas ni discursos espontáneos. La segunda regla es que yo me estoy, para desayunar, comer o merendar o para mirar de donde viene el viento, el rato que me da la gana y esto no constituye objeto de debate-No le quería ofender. Ya entiendo que una digestión lenta ayuda a la inspiración. -La tercera regla es que el sarcasmo no te lo tolero antes del mediodía. ¿Entendidos? -Si, señor Martín. -La cuarta es que no me llames señor Martín ni el día de mi entierro. A ti te debo parecer un fósil, pero a mi me gustaría pensar que todavía soy joven. Es más, lo soy y punto. -¿Cómo le tengo que llamar, entonces? -Por mi nombre: David. La chica dijo que sí. Abrí la puerta del piso y le indiqué que pasase. Isabella dudó un instante y se coló hacia dentro de un saltito.


-Yo creo que usted todavía tiene un aspecto bastante juvenil, para su edad, David. La miré, atónito. -¿Qué edad piensas que tengo? Isabella me miró de arriba abajo, calibrando. -¿Sobre los treinta, tal vez? Pero bien llevados, ¿eh? -Has el favor de callarte y prepara una cafetera con ese potingue que has traído. -¿Dónde está la cocina? -Búscala. Compartimos aquel delicioso café colombiano sentados en la galería. Isabella sostenía su taza y me miraba de soslayo mientras yo leía las veinte páginas que me había traído. Cada vez que volvía una hoja y levantaba la vista, me encontraba con su mirada expectante. -Si te piensas quedar aquí mirándome como un pasmarote, la cosa se alargará mucho. -¿Qué quiere que haga? -¿No querías ser mi ayudanta? Pues, apa, ayuda. Busca algo que se deba ordenar y ordénalo, por ejemplo. Isabella miró a su alrededor. -Todo está desordenado. -Entonces, no puedes perder pistonada. Isabella asintió y se fue a encontrarse con el caos y el desorden que reinaban en mi casa, con una determinación militar. Oí sus pasos que se alejaban por el pasillo y continué leyendo. El relato que me había traído casi no tenía hilo argumental. Relataba con una sensibilidad afilada y palabras bien articuladas las sensaciones y ausencias que pasaban por la cabeza de una chica confinada en una estancia fría de un ático del barrio de la Ribera desde donde contemplaba la ciudad y la gente que iba y venía por los callejones estrechos y oscuros. Las imágenes y la música triste de su prosa delataban una soledad que bordeaba la desesperación. La chica del cuento se pasaba las horas prisionera de su mundo y, a ratos, se enfrentaba a un espejo y se hacía cortes en los brazos y en los muslos con un cristal roto, que dejaban


unas cicatrices como las que se podían adivinar bajo las mangas de Isabella. Estaba a punto de acabar la lectura cuando me di cuenta que la chica me miraba desde la puerta de la galería. -¿Qué? -Perdone que le interrumpa, pero, ¿Qué hay en la habitación del fondo del pasillo? -Nada. -Huele extraño. -Humedad. -Si quiere la puedo limpiar y… -No. Aquella habitación no se utiliza. Y, además, tu no eres mi criada y no tienes que limpiar nada. -Solo quiero ayudar. -Ayúdame sirviéndome otra taza de café. -¿Por qué? ¿El relato le da sueño? -¿Qué hora es, Isabella? -Deben de ser las diez de la mañana. -¿Y eso quiere decir…? -… que no hay sarcasmos hasta mediodía – replicó Isabella. -Sonreí triunfal y le alargué la taza vacía... La cogió y se la llevó a la cocina. Cuando volvió con el café humeante, ya había acabado la última página. Isabella se sentó delante de mí. La sonreí y saboreé con clama en exquisito café. La chica se retorcía las manos y apretaba los dientes., lanzándome miradas furtivas a las cuartillas de su relato, que yo había dejado boca abajo sobre la mesa. Aguantó un par de minutos sin decir nada. -¿Y? – dijo, al final. -Excelente. Se le iluminó la cara. -¿Mi relato? -El café. Me miró, dolida, y se levantó para recoger sus cuartillas. -Déjalas donde están – la ordené


-¿Para qué? Es obvio que no le han gustado y que piensa que soy una pobre idiota. -Yo no he dicho eso. -No ha dicho nada, que todavía es peor. -Isabella, si realmente quieres dedicarte a escribir o, por lo menos, a escribir para que la gente te lea, te tendrás que acostumbrar que, a veces, te ignoren, te insulten, te menosprecien, y casi siempre te muestren indiferencia. Es una de las ventajas del oficio. Isabella bajó la mirada y respiró hondo. -Yo no se si tengo talento. Solo se que me gusta escribir. O mejor dicho, que necesito escribir. -Mentirosa. Levantó los ojos y me miró con dureza. -Entendido. Tengo talento. Y me importa un rábano si usted cree que no lo tengo. Sonreí. -Esto ya me gusta más. No podía estar más de acuerdo. Me miró confundida. -¿De acuerdo que tengo talento o de acuerdo que usted no cree que tengo? -¿A ti que te parece? -Entonces, ¿Cree que tengo posibilidades? -Encuentro que tienes talento y ganas, Isabella. Más de lo que tú te piensas y menos de lo que esperas. Pero hay muchas personas que tienen talento y ganas, y muchas de ellas no llegan nunca a ninguna parte. Esto solo es el principio para hacer cualquier cosa en la vida. El talento natural es como la fuerza de un atleta. Se puede nacer con más facultades o con menos, pero nadie llega a ser un atleta sencillamente porque ha nacido alto o fuerte o rápido. Lo que hace al atleta, o al artista, es el trabajo, el oficio y la técnica. La inteligencia con la que naces es, simplemente, munición. Para llegar a hacer alguna cosa, tienes que transformar tu mente en un arma de precisión. -¿Y este símil bélico?


-Toda obra de arte es agresiva, Isabella. Y toda la vida del artista es una pequeña o gran guerra, empezando por uno mismo y sus limitaciones. Para llegar a cualquier cosa que te propongas, primero se necesita ambición y, después, el talento, el conocimiento y, al final, la oportunidad. Isabella consideró mis palabras. -¿Le suelta este discurso a todo el mundo o se le acaba de ocurrir? -El discurso no es mío. Me lo endilgó, como dices tú, alguien a quien hice las mismas preguntas que tu me haces a mi ahora. De esto hace muchos años, pero no hay día que pase que no me de cuenta de la razón que tenía. -¿Entonces puedo ser su ayudanta? -Lo pensaré. Isabella asintió, satisfecha. Se había sentado en una esquina de la mesa, y tenía delante el álbum de fotografías que se había dejado Cristina. Lo abrió al azar y se tropezó con la última página. Se quedó mirando un retrato de la nueva señora Vidal en las puertas de Villa Helius dos o tres años antes. Tragué saliva. Isabella cerró el álbum y paseó su mirada por la galería hasta que se volvió a parar en mí. Yo la observaba con impaciencia. Me sonrió sobresaltada, como si la hubiese pillado curioseando cosas que no debía mirar. -Tiene una novia muy guapa – dijo. -No es mi novia. -Ah. Se hizo un largo silencio. -Supongo que la quinta regla es que no meta mis narices donde no me lo pidan, ¿verdad? No contesté. Isabella dijo que si para ella misma y se levantó. -Entonces será mejor que le deje tranquilo y que por hoy no le moleste más. Si le parece bien, vuelvo mañana y empezamos. Recogió sus cuartillas y me sonrió tímidamente. La correspondí con un asentimiento. Isabella se retiró discretamente y desapareció por el pasillo. Oí sus pasos que se alejaban y, después, el ruido de la puerta al cerrarse.


Cuando estuvo fuera, noté por primera vez el silencio que embrujaba aquella casa. 6 Tal vez fuese el exceso de cafeína que me corría por las venas o tan solo mi consciencia que intentaba como la luz después de un apagón, pero me pasé el resto de la mañana preocupado por una idea que no era nada reconfortante. Resultaba difícil pensar que el incendio a causa del cual habían muerto Barrido y Escobillas, por un lado; la oferta de Corelli, de quien no había sabido nada más, por la otra, cosa que me enojaba – y aquel extraño manuscrito rescatado del Cementerio de los Libros Olvidados, que sospechaba que había sido escrito entre aquellas cuatro paredes, no estuviesen relacionados. La perspectiva de volver a la casa de Andreas Corelli sin estar invitado previamente para preguntarle sobre la coincidencia que nuestra conversación y el incendio se hubiesen producido prácticamente entonces se hacía bastante cuesta arriba. El instinto me decía que, cuando el editor decidiese que quería volver a verme, lo haría de motu proprio, y que si alguna cosa no me inspiraba aquel inevitable encuentro, eran presas. La investigación del incendio ya estaba en manos del inspector Grandes y sus dos perros de presa, Marcos y Castelo, en la lista de personas preferidas de las cuales me consideraba incluido con mención de honor, Cuanto más alejados de ellos me mantuviese, mejor. Esto dejaba como única alternativa viable el manuscrito y su relación con la casa de la torre. Después de años de decirme a mi mismo que no era casualidad que hubiese acabado viviendo en aquel lugar, la idea comenzaba a tomar otro significado. Decidí empezar por la cámara en que había confinado buena parte de los objetos y pertenencias que los antiguos residentes de la casa de la torre habían dejado atrás. Recuperé la llave de la última habitación del pasillo del cajón donde se había pasado años. No había vuelto a


entrar desde que los trabajadores de la compañía de la luz habían hecho la instalación por la casa. Cuando introduje la llave en la cerradura, noté en mis dedos una corriente de aire frío que salía del agujero de la cerradura y constaté que Isabella tenía razón; aquella habitación desprendía un olor extraño que hacia pensar en flores muertas y tierra removida. Abrí la puerta y me puse la mano en la cara. El fuerte olor era intenso. Palpé la pared buscando el interruptor de la luz, pero la bombilla desnuda que colgaba del techo no respondió. La claridad que entraba por el pasillo permitía entrever los contornos del montón de cajas, libros y baúles que había en este lugar desde hacía años. Lo contemplé todo con asco. La pared del fondo estaba completamente tapada por un gran armario de roble. Me arrodillé delante de una caja que contenía fotografías viejas, gafas, relojes y pequeños objetos personales. Empecé a revolver sin saber bien que buscaba. Al cabo de un rato, dejé correr la empresa y suspiré. Si esperaba aclarar alguna cosa, tenía que tener un plan. Me disponía a salir de la habitación cuando oí que la puerta del armario se abría poco a poco detrás de mí. Un corriente de aire helado y húmedo me rozó la nuca. Me volví lentamente. La puerta del armario estaba entreabierta y, en el interior, se podían apreciar vestidos y las americanas antiguas colocadas en las perchas, roídas por el tiempo, ondeando como algas bajo el agua. La corriente de aire frío que traía ese olor tan fuerte venía de allá. Me puse derecho y me acerqué poco a poco al armario. Abrí las puertas de par en par y separé con las manos las piezas de ropa de los colgadores. La madera del fondo estaba podrida y había empezado a desprenderse. Al otro lado, se podía intuir un muro de yeso en el que había abierto un orificio de un par de centímetros de anchura. Me incliné para intentar ver que había al otro lado, pero la oscuridad era casi absoluta. La claridad tenue del pasillo se filtraba por el agujero y proyectaba un filamento vaporoso de luz al otro lado. Con trabajo se apreciaba más que una atmósfera espesa. Acerqué el ojo intentando llegar a ver alguna imagen de lo que había al otro lado de la pared, pero, en aquel momento, apareció una araña negra en la boca del


agujero. Me retiré de golpe y la araña corrió a subirse por el interior del armario y desapareció en la sombra. Cerré la puerta del armario y salí de la habitación. Cerré con llave y la guardé en el primer cajón de cómoda que estaba en el pasadizo. El fuerte olor que había quedado atrapado en aquella cámara se había escampado por el corredor como un veneno. Maldije la hora en que se me había ocurrido abrir aquella puerta y salí a la calle confiando en que lo olvidaría, aunque solo fuese por unas horas, la oscuridad que latía en el corazón de aquella casa. Las malas ideas siempre vienen de dos en dos. Para celebrar que había descubierto una especie de cámara oscura en mi casa, quise ir hasta la librería de Sempere e Hijos, con la idea de convidar al librero a la Maison Dorée. Sempere padre leía una preciosa edición de El manuscrito encontrado en Zaragoza, de Potocki y no quiso ni oír hablar del tema. -Si quiero ver snobs y tipos a los que se han subido los humos a la cabeza y que no paran de congratularse mutuamente, no me hace falta pagar, Martín. -No refunfuñe tanto. Si le invito yo. Sempere dijo que no. Su hijo que había presenciado la conversación desde el umbral de la trastienda, me miraba, dudando. -¿Y si me llevo a su hijo, que pasa? ¿Me retirará la palabra? -Ustedes sabrán en que malgastan el tiempo y el dinero. Yo me quedo leyendo, que la vida es corta. Sempere hijo era el paradigma de la timidez y la discreción. Por más que nos conocíamos de pequeños, no recordaba que hubiésemos mantenido más de tres o cuatro conversaciones de más de cinco minutos los dos solos. No le conocía ni vicio ni pecado. Me constaba de buena fuente que, entre las chicas del barrio, se le consideraba ni más ni menos que el guapo oficial y el soltero de oro. Había más de una que sacaba la nariz en la librería con cualquier excusa y se paraba ante el aparador a suspirar pero el hijo de Sempere, si es que se percataba, no daba nunca ni un paso para hacer efectivos esos pagarés


de devoción y de labios entreabiertos. Cualquier otro habría hecho una carrera estelar como calavera con una décima parte de aquel capital. Cualquiera menos Sempere hijo, a quien, a veces, uno no sabía bien sino atribuirle el título de beato. -A este paso, este se me quedará para vestir santos – se lamentaba Sempere a veces. -¿Ha probado de ponerle un poco de guindilla en la sopa para estimularle la irrigación en puntos clave? – le preguntaba yo. -Usted ríase, gaznápiro, que yo ya voy por los setenta y sin un puñetero nieto. Nos recibió el mismo maître que recordaba de mi última visita, pero sin la sonrisa servil ni el gesto de bienvenida. Cuando le comuniqué que no había hecho reserva, asintió con una mueca de menosprecio e hizo chasquear los dedos para invocar la presencia de un mozo, que nos escoltó sin ceremonia a la que supuse era la peor mesa de la sala, al lado de la puerta de la cocina y enterrada en un lugar oscuro y ruidoso. Durante los siguientes veinticinco minutos, nadie se acercó a la mesa, ni para ofrecernos el menú ni para servirnos un vaso de agua. El personal pasaba de largo dando portazos e ignorando completamente nuestra presencia y nuestros gestos para reclamar su atención. -¿Quiere decir que no nos tendríamos que ir? – Preguntó Sempere hijo, al final – Yo, con un bocadillo en cualquier sitio, me arreglo… No había acabado de pronunciar estas palabras cuando les vía parecer. Vidal y señora avanzaban hacia su mesa escoltados por el maître y dos camareros que se deshacían en enhorabuenas… Se sentaron y, al cabo de un par de minutos, se inició la procesión de besamanos en que, uno detrás de otro, los comensales de la sala se acercaban a felicitar a Vidal. El los recibía con gracia divina y les despachaba poco después. Sempere hijo, que se había dado cuenta de la situación, me observaba. -Martín, ¿está bien? ¿Por qué no nos vamos?


Dije que si lentamente. Nos levantamos y nos dirigimos hacia la salida, bordeando el comedor por la punta opuesta a la mesa de Vidal. Antes de abandonar pasamos por delante del maître, que no se molestó en mirarnos, y mientras íbamos hacia la puerta, aún pude ver por el espejo que estaba sobre el marco de la puerta que Vidal se inclinaba y besaba a Cristina en los labios. Cuando estuvimos en la calle, Sempere hijo me miró, mortificado. -Lo siento, Martín. -No se preocupe. Mala elección. Nada más. Sino le importa, de esto, a su padre… -Ni una palabra – me aseguró. -Gracias. -No se merecen. ¿Qué me dice si soy yo quien le convida a alguna cosa más plebeya? Hay un comedor en la calle del Carmen que tira de espaldas. Se me había pasado la gana, pero dije que sí de buena gana. -Entonces, vamos. El lugar quedaba cerca de la biblioteca y se servía comida casera a un precio económico para la gente del barrio. Casi ni toqué el plato que emanaba un olor infinitamente mejor que cualquier otra cosa que hubiese olido en la Maison Dorée en todos los años que hacía que estaba abierta, pero, a la hora de los postres, ya había vaciado yo solo una botella y media de vino tinto y la cabeza me había entrado en órbita. -Sempere, dígame una cosa. ¿Qué tiene usted en contra de mejorar la raza? ¿Cómo se explica, si no, que un ciudadano joven y sano, bendecido por el Altísimo con una planta como la suya no se haya pasado por la piedra lo bueno y mejor del mercado? El hijo del librero se rió. -¿Qué le hace pensar que no lo he hecho? Me toqué la nariz con el índice, guiñándole un ojo. Sempere asintió. -Ya se que me tomará por un beato, pero me gusta pensar que estoy esperando. -¿Esperando que? ¿Qué el instrumento se le oxide?


-Usted habla como mi padre. -Los hombres sabios comparten el pensamiento y la palabra. -Supongo que debe haber alguna cosa más, ¿no? – me preguntó. -¿Alguna cosa más? Sempere dijo que si. -Yo que se – dije -Yo creo que si lo sabe. -Pues ya ve el provecho que le saco. Me iba a servir otro vaso, pero Sempere me paró. -Prudencia – murmuró. -¿Ve como si que es un beato? -Cada uno es lo que es. -Esto tiene remedio. ¿Qué me dice, si usted y yo, ahora mismo, nos vamos a hacer el loco por estos barrios? Sempere me miró con lástima. -Martín, me parece que es mejor que se vaya a casa y descanse. -No le dirá a su padre que he cogido una trompa, ¿verdad que no? Yendo hacia casa me paré en, por lo menos, siete bares para saborear sus existencias de alta graduación hasta que, con una excusa o con otra, me echaban fuera y recorría cien o doscientos metros más a la búsqueda de un nuevo puerto donde fondear. No había sido nunca un bebedor de fondo y, a última hora de la tarde, iba tan ebrio que no recordaba ni donde vivía. Recuerdo que un par de camareros del hostal Ambos Mundos, de la plaza Real me levantaron cada uno por un brazo y me dejaron en un banco delante de la fuente, donde caí en un adormecimiento espero y oscuro. Soñé que iba al entierro del señor Pedro. Un cielo ensangrentado atenazaba el laberinto de cruces y ángeles donde estaba el gran mausoleo de los Vidal, en el cementerio de Montjuic. Un séquito silencioso de de velos negros rodeaba el anfiteatro de mármol ennegrecido que configuraba el pórtico del mausoleo. Cada una de las figuras llevaba un largo cirio blanco. La luz de cien llamas esculpía el contorno de un gran ángel de mármol abatido de dolor y perdida


sobre un pedestal a los pies del cual reposaba la tumba abierta de mi mentor y, en el interior, un sarcófago de cristal. El cuerpo de Vidal, vestido de blanco, descansaba estirado sobre el cristal con los ojos abiertos. Por las mejillas, descendían lágrimas negras. De la comitiva, venía la silueta de la viuda, Cristina, que caía de rodillas delante del féretro llorando a lágrima viva. De uno en uno, los miembros del séquito desfilaban delante del difunto y depositaban rosas negras sobre el ataúd de cristal hasta que quedaba cubierto y solo se le podía ver la cara. Dos sepultureros sin rostro hacían bajar el féretro a la fosa, que tenía el fondo inundado de un líquido espeso y oscuro. El sarcófago quedaba flotando sobre el charco de sangre, que lentamente se filtraba entre las rendijas de la pata de cristal. Poco a poco, el ataúd se inundaba y la sangre cubría el cadáver de Vidal. Antes de que su cara se sumergiese del todo, mi mentor movía los ojos y me miraba. Una bandada de pájaros negros alzaba el vuelo y yo arrancaba a correr y desaparecía por los caminos de la infinita ciudad de los muertos. Solo un llanto lejano conseguía guiarme hasta la salida y me permitía eludir los lamentos y los ruegos de oscuras figuras de sombras que me salían al paso y me suplicaban que me las llevase conmigo y que las rescatase de su eterna oscuridad. Me despertaron dos guardias dándome golpecitos en la pierna con una porra. Ya se había hecho de noche y tardé unos segundos en dilucidar si se trataba del orden público o de agentes de la parca en misión especial. -Venga, señor, a dormir la mona a casita, ¿entendido? -A sus órdenes, coronel. -Espabílese o le encierro en el calabozo, a ver si me sabe ver la gracia. No me lo tuvo que repetir dos veces. Me levanté como pude y me encaminé hacia mi casa con la esperanza de llegar antes que mis pasos me guiasen de nuevo a algún otro tugurio de mala muerte. El trayecto que, en condiciones normales, habría sido de diez o quince minutos, se alargó casi el triple. Finalmente en un giro milagroso, llegué al portal de casa, donde, como si se tratase de una maldición,


me volvía a encontrar a Isabella sentada, esta vez, en el vestíbulo interior de la finca. -Está borracho – dijo Isabella. -Si que lo debo estar, porque en pleno delirium tremens, me ha parecido encontrarme a media noche durmiendo en el portal de mi casa. -No tenía otro sitio donde ir. Mi padre y yo hemos discutido y me ha echado de casa. Cerré los ojos y resoplé. Mi cerebro, embutido de licor y de amargura, era incapaz de dar forma al torrente de negativas y maldiciones que se me estaban acumulando en los labios. -Aquí no te puedes quedar, Isabella. -Por favor, solo esta noche. Mañana buscaré una pensión. Se lo suplico, señor Martín. -No me mires con esos ojos de perro perdido – la amenacé. -Además, si estoy en la calle es por culpa suya – añadió. -Por culpa mía. Esta si que es buena. Talento para escribir no se si tienes, pero imaginación alocada tienes de sobras. ¿Por qué infausta razón, si se puede saber, es culpa mía que tu señor padre te haya echado de casa? -Cuando está borracho, habla de un modo extraño. -No estoy borracho. No he estado borracho en mi vida. Contesta a la pregunta. -Le he dicho a mi padre que usted me había contratado como ayudanta y que, a partir de ahora, me dedicaría ala literatura y que ya no podría trabajar en la tienda. -¡Qué? -¿Podemos entrar? Tengo frío y el culo se me ha quedado petrificado de dormir sobre los escalones. Note que la cabeza me daba vueltas y que me rondaba el mareo. Levanté la vista a la tenue penumbra que destilaba de la claraboya arriba del todo de la escalera. -¿Es este el castigo que me envía el cielo para que me arrepienta de mi vida disoluta?


Isabella siguió el rastro de mi mirada, intrigada. -¿Con quien habla? -No hablo con nadie, es un monólogo. Privilegios de los que van bebidos. Pero mañana, a primera hora, hablaré con tu padre y pondré fin a este disparate. -No se si es una muy buena idea. Ha jurado que, cuando lo vea, le matará. Tiene una escopeta de dos cañones escondida bajo el mostrador. El es así. Una vez, la usó para matar un asno. Fue en verano, cerca de Argentona… -Calla, ni una palabra más. Silencio. Isabella asintió y se me quedó mirando, expectante. Reemprendí la búsqueda de la llave. Ahora no podía bregar con las embestidas de aquella locuaz adolescente. Necesitaba caerme estirado sobre la cama y perder la conciencia, preferiblemente por este orden. Busqué durante un par de minutos, sin resultados visibles. Al final, Isabella, sin decir ni pio, se me avanzó y me revolvió los bolsillos de la chaqueta, por donde mis manos habían pasado cien veces, y encontró la llave. Me la enseñó e hice que si, vencido. Isabella abrió la puerta del piso y me ayudo a levantarme. Me guió hasta el dormitorio como a un inválido y me ayudó a estirarme en la cama. Me puso bien la cabeza sobre los cojines y me quitó los zapatos. La miré confundido. -Tranquilo que no le voy a quitar los pantalones. Me aflojó los botones del cuello y se sentó a mi lado, observándome. Me sonrió con una melancolía que a sus años no se merecían. -No le he visto nunca tan triste, señor Martín. Es por aquella mujer, ¿verdad? La de la foto. Me cogió la mano, acariciándomela, tranquilizándome. -Todo acaba pasando, hágame caso. Todo acaba pasando. A pesar de todo, mis ojos se llenaron de lágrimas y giré la cabeza para que ella no me viese la cara. Isabella apagó la luz de la mesilla y se quedó sentada a mi lado, en la penumbra, oyendo como lloraba


aquel miserable borracho, y sin hacer ni preguntas ni juicios, me obsequió con su compañía y su bondad hasta que me dormí. 7 Me despertó la agonía de la resaca, una prensa oprimiéndome las sienes y el olorcillo del café colombiano. Isabella había preparado una mesita al lado de la cama con una cafetera acabada de hacer y un plato con pan, queso, jamón y una manzana. La visión de la comida me produjo náuseas, pero alargué la mano hacia la cafetera. Isabella que me había estado observando desde el quicio de la puerta sin que me diese cuenta, se me avanzó y me sirvió una taza, deshaciéndose en sonrisas. -Tómeselo así, bien cargado, que le irá de primera. Acepté la taza y bebí. -¿Qué hora es? -La una del mediodía. Deje escapar un bufido. -¿Cuántas horas hace que estás despierta? -Unas siete. -¿Haciendo que? -Limpiando y ordenando, pero aquí hay trabajo para meses – replicó Isabella. Le dí otro sorbo al café. -Gracias – murmuré – Por el café. Y por limpiar y ordenar, pero no tienes que hacerlo. -No lo hago por usted, si es eso lo que le preocupa. Lo hago por mí. Si tengo que vivir aquí, prefiero pensar que no me quedaré pegada a cualquier cosa, si me apoyo en cualquier sitio, sin querer. -¿Vivir aquí? Pensaba que habíamos dicho que… Al levantar la voz, un pinchazo doloroso me cortó la palabra y el pensamiento. -Xssst – siseó.


Asentí como si pactase una tregua. Ahora no podía ni quería discutir con Isabella. Ya habría tiempo para devolverla a su casa, cuando la resaca empezase a perder la regla. Al acabarme la taza en un tercer sorbo me incorporé poco a poco. De cinco a seis pinchazos de dolor se me clavaron en la cabeza. Dejé escapar un lamento. Isabella me sostenía por el brazo. -No soy ningún invalido. Me puedo valer por mi mismo… Isabella me soltó, indecisa. Di unos cuantos pasos hacia el pasillo. Isabella me seguía de cerca, como si tuviese miedo que me fuese a desplomar en cualquier momento. Me paré delante del baño. -¿Puedo orinar solo? – pregunté. -Apunte con cuidado – musitó la chica – Le dejaré el desayuno en la galería. -No tengo gana. -Ha de comer alguna cosa. -¿Eres mi aprendiza o mi madre? -Lo digo por su bien. Cerré la puerta del baño y me refugié. Mis ojos tardaron un par de segundos en ajustarse a lo que veían. El baño parecía otro. Limpio y reluciente. Cada cosa en su sitio. Una pastilla de jabón nueva sobre el lavabo. Toallas limpias que ni tan solo sabía que eran mías. Olor a lejía. -Madre de Dios – murmuré Metí la cabeza bajo el grifo y dejé correr el agua fría un par de minutos. Salí al pasillo y me dirigí lentamente a la galería. Sino había podido reconocer el baño, la galería me pareció de otro mundo. Isabella había limpiado los cristales y el suelo y había ordenado muebles y butacas. Una luz pura y clara se filtraba por las vidrieras y el olor a polvo había desaparecido. Mi desayuno me esperaba en la mesa de delante del sofá, sobre el cual la chiva había extendido una sábana limpia. Las estanterías llenas de libros parecían ordenadas y las vitrinas habían recuperado la transparencia. Isabella me estaba sirviendo una segunda taza de café. -Se lo que estás haciendo y no funcionará – le dije.


-Servir una taza de café? Isabella había ordenado los libros escampados en montones sobre las mesas y por los rincones. Había vaciado revisteros que hacía más de una década que estaban amontonados. En justo siete horas, había aclarado de golpe años de penumbra y de tinieblas con su afán y su presencia, y aún le quedaba tiempo y ganas de reírse. -Me gustaba más como estaba antes – le dije. -Seguro. A usted y a los cientos de miles de escarabajos que tenía de inquilinos y que he despachado con viento fresco y amoniaco. -¿O sea que era esto, el hedor que se notaba? -El olor es olor de limpio – protestó Isabella _ Podía estarme un poco agradecido. -Y lo estoy. -Pues no se nota. Mañana subiré al estudio y… -Ni se te ocurra. Isabella se encogió de hombros, pero su mirada era suficientemente elocuente y supe que en cosa de veinticuatro horas, el estudio de la torre sufriría una transformación irreparable. -Por cierto, esta mañana me he encontrado un sobre en el recibidor. Alguien lo debe haber pasado por debajo de la puerta ayer por la noche. La miré por encima de la taza. -El portal de abajo estaba cerrado con llave – dije. -Eso mismo pensaba yo. La verdad es que me ha parecido muy extraño, aunque pusiese su nombre… … Lo has abierto. - Me temo que si. Ha sido sin querer. - Isabella, abrir la correspondencia de los demás no es señal de buenas maneras. En algunos lugares, incluso es delito y se castiga con pena de prisión. - Eso mismo le digo yo a mi madre, que siempre me abre las cartas. Y sigue libre. - ¡Donde está la carta


Isabella sacó un sobre del bolsillo del delantal en que estaba enfundada y me lo alargó evitando mi mirada. Tenia los bordes serrados y era de papel grueso y poroso, de un tono marfil, con el sello del ángel sobre lacre rojo – roto – y mi nombre en un trazo carmesí y tinta perfumada. Lo abrí y ví una cuartilla doblada. Estimado David: Confío que se encuentre bien de salud y que haya ingresado los fondos acordados sin problemas. ¿Le parece que nos veamos esta noche en mi domicilio para empezar a discutir los detalles de nuestro proyecto? Se servirá una cena ligera hacia las diez. Le espero. Su amigo, Andreas Corelli Plegué la cuartilla y la volví a guardar dentro del sobre. Isabella me observaba, intrigada. -¿Buenas noticias? -Nada que te afecte. -¿Quién es este señor Corelli? Tiene una bonita letra, a diferencia de usted. La miré con severidad. -Si tengo que ser su ayudanta, supongo que tendré que saber con quien tiene tratos. Por si los tengo que enviar a paseo, quiero decir. Resoplé. -Es un editor. -Debe de ser bueno, porque mire que papel de cartas y que sobres utiliza. ¿Qué libro está escribiendo para el? -Nada que te incumba. -¿Cómo quiere que le ayude, sino me dice en que está trabajando? No, será mejor que no me conteste. Me callo. Durante diez milagrosos segundos, Isabella se quedó callada. -¿Cómo es ese tal señor Corelli? La miré fríamente. -Peculiar


-Cada oveja con su…. No he dicho nada. Observando a aquella criatura de noble corazón, me sentí, si era posible, más miserable y comprendí que, aún a riesgo de hacerle daño, lo mejor que podía hacer era alejarla de mi cuanto antes mejor. -¿Por qué me mira así? -Esta noche saldré, Isabella. -Le dejo preparada alguna cosa para cenar? ¿Volverá muy tarde? -Cenaré fuera y no se cuando volveré, pero sea a la hora que sea, cuando vuelva, quiero que te hayas ido. Quiero que cojas tus cosas y que te vayas. Donde te vayas, me da lo mismo. Aquí no hay lugar para ti, ¿Lo has entendido? La cara me palideció y los ojos se le inundaron de lágrimas. Se mordió los labios y me sonrió con las mejillas surcadas de lágrimas. -Le estorbo. Lo he entendido. -Y no limpies más. Me levanté y la dejé sola en la galería. Me fui a esconder en el estudio de la torre. Abrí las ventanas. Desde la galería me llegaba el llanto de Isabella. Contemplé la ciudad extendida al sol del mediodía y dirigí la vista al otro extremo, donde casi me pareció que podía ver las tejas brillantes de cubrían Villa Helius e imaginarme, a la señora de Vidal, arriba, en las ventanas de la terraza mirando hacia la Ribera. Alguna cosa oscura y turbia me llenó el corazón. Olvidé el llanto de Isabella y tan solo deseé que llegase el momento de encontrarme con Corelli para hablar de su maldito libro. Me quedé en el estudio de la torre hasta que el anochecer cubrió la ciudad como sangre en el agua. Hacia calor, y más de la que había hecho en todo el verano, y las techumbres de la Ribera parecían que vibrasen a la vista, como espejismos vaporosos. Bajé al piso y me cambié de ropa. La casa estaba en silencio, las persianas de la galería ajustadas y las vidrieras teñidas de una claridad ambarina que se escampaba por el pasillo central. -¿Isabella? – grité.


No recibí respuesta alguna. Me acerqué a la galería y comprobé que la chica se había ido. Pero antes de hacerlo se había entretenido en ordenar y limpiar la colección completa de Ignatius B. Samson, que durante años había estado acumulando polvo y olvido en una vitrina que ahora relucía sin una mancha. La chica había cogido uno de los libros y lo había dejado abierto por la mitad sobre un atril de pie. Leí una ralla al azar y me dio la impresión que viajaba a un tiempo en que todo parecía tan simple como inevitable. “La poesía se escribe con lágrimas, la novela con sangre y la historia con fuego de virutas”, dijo el cardenal mientras untaba con veneno la hoja del cuchillo a la luz del candelabro? La estudiada ingenuidad de aquellas me arrancaron una sonrisa y me devolvió una sospecha que no me había dejado de bailar por la cabeza: tal vez habría sido mejor para todos, y sobretodo para mí, que Ignatius B.Samson no se hubiese suicidado nunca y que David Martín hubiese ocupado su lugar. 8 Ya estaba oscureciendo cuando salí a la calle. El calor y la humedad habían empujado a numerosos vecinos del barrio a sacar las sillas a la calle para buscar una brisa que no llegaba. Esquivé las improvisadas reuniones delante de puertas y de esquinas y me dirigí hasta la estación de Francia, donde siempre se podían encontrar dos o tres taxis esperando pasaje. Abordé al primero de la fila. Tardamos unos veinte minutos en atravesar la ciudad y escalar la vertiente de la colina sobre la cual descansaba el bosque fantasmal del arquitecto Gaudí. Las luces de la casa de Corelli se podían ver desde lejos. -No sabía que viviese nadie aquí – comentó el conductor. Así que le hube abonado el trayecto, propina incluida, no perdió ni un segundo en esfumarse muy deprisa. Esperé unos instantes antes de llamar a la puerta saboreando el extraño silencio que reinaba en aquel lugar. Prácticamente no se movía ni una hoja, en el bosque que cubría la colina que estaba detrás de mí. Un cielo sembrado de estrellas y


pinceladas de nubes se extendía en todas direcciones. Podía notar el sonido de mi propia respiración, del roce de la ropa cuando caminaba, de mis pasos que se acercaban a la puerta. Llamé con el picaporte y esperé. La puerta se abrió momentos más tarde. Un hombre de mirada y hombros caídos asintió ante mi presencia y me indicó que pasara. Su indumentaria sugería que se trataba de una especie de mayordomo o de criado. No emitió sonido alguno. Le seguí a través del pasillo que recordaba flanqueado de retratos y me cedió el paso a la gran sala que quedaba en el extremo y desde la cual se podía contemplar toda la ciudad a lo lejos. Con una leve reverencia, me dejó allí solo y se retiró con la misma lentitud con la que me había acompañado. Me acerqué a los ventanales y miré entre las cortinillas, matando el tiempo mientras esperaba a Corelli. Habían transcurrido un par de minutos cuando me di cuenta de que una figura me observaba desde un rincón de la sala. Estaba sentado, completamente inmóvil en una butaca entre la penumbra y la luz de un candelero que justo revelaba las piernas y las manos apoyadas en los brazos de la butaca. Le reconocí por el brillo de sus ojos que no parpadeaban nunca y por el reflejo de su broche en forma de ángel que siempre llevaba en la solapa. En cuanto le miré se puso en pie y se me acercó con pasos rápidos, demasiado rápidos, y una sonrisa de lobo en los labios que me congeló la sangre. -Buenas noches, Martín. Le dije que si con la cabeza, intentando corresponder a su sonrisa. -Le he vuelto a sobresaltar – dijo – me sabe mal. ¿Le puedo ofrecer algo de beber o pasamos a cenar sin más preámbulos? -La verdad es que no tengo gana. Es este calor, claro. Si le parece podemos pasar al jardín y hablar allá. El silencioso mayordomo hizo acto de presencia y abrió las puertas que daban al jardín, donde un camino de velas colocadas sobre platitos de café llevaba a una mesa de metal blanca con dos sillas colocadas una ante la otra. La llama de las velas quemaba bien recta,


sin fluctuar nada. La luna proyectaba una tenue claridad azulada. Me senté y Corelli hizo lo mismo mientras en mayordomo nos servía dos vasos de una vasija que supuse que era vino o algún tipo de licor que no tenía intención de probar. <a la luz de aquella luna de tres cuartos, Corelli me pareció más joven, los trazos de su rostro mas afilados. Me observaba con una intensidad voraz. - Algo le desazona, Martín. - Supongo que ha oído hablar del incendio. - Un fin lamentable y, sin embargo, poéticamente justa. - ¿Le parece justa que dos hombres mueran de esta manera? - ¿Una manera menos cruenta le parecería más aceptable? La justicia es una afectación de la perspectiva, no un valor universal. No fingiré una consternación que no siento, y supongo que usted tampoco, por mucho que lo intente. Pero si lo prefiere hagamos un minuto de silencio. - No será necesario. - Claro que no. Solo se hace cuando no se tiene nada que decir. El silencio hace que incluso los más necios parezcan sabios durante un minuto. ¿alguna cosa más que me preocupe, Martín? - Parece que la policía piensa que tengo algo que ver con lo que ha pasado. Me preguntaron por usted. Corelli asintió con aire pusilánime. -La policía tiene que hacer su trabajo y nosotros la nuestra. ¿Le parece que demos el tema por solucionado? Dije que si lentamente. Corelli sonrió. Hace un rato, mientras le esperaba, me he dado cuenta de que usted y yo tenemos pendiente una pequeña conversación retórica. Cuanto antes nos las saquemos de encima, antes podremos enfilar la aguja – dijo – Me gustaría comenzar preguntarle que es para usted la Fe. Cavilé unos instantes. -No he sido nunca una persona religiosa. Más que creer o no creer, dudo. La duda es mi fe.


-Muy prudente y muy burgués. Pero evadiéndose no e llega a ninguna parte. ¿Por qué diría usted que, a lo largo de la historia, aparecen y desparecen creencias de todo tipo? No lo se. Supongo que por factores sociales, económicos o políticos. Usted habla con alguien que dejó de ir a la escuela a los diez años. La historia no es mi fuerte. -La historia es el vertedero de la biología, Martín. -Me parece que el día que hicieron esa lección no fui a clase. -Esta lección no la dan en las aulas, Martín. Esta lección nos la hace la razón y la observación de la realidad. Esta lección es la que nadie quiere aprender y, por tanto, la que hemos de analizar más detalladamente para poder hacer bien nuestro trabajo. Toda oportunidad de negocio parte de una incapacidad ajena para resolver un problema simple e inevitable. -¿Hablamos de religión o de economía? -Elija usted mismo la nomenclatura. -Si le entiendo bien, usted sugiere que la fe, el acto de creer en mitos e ideologías o leyendas sobrenaturales, es consecuencia de la biología. -Ni más mi menos. -Una visión un poco cínica para venir de un editor de textos religiosos – le dije. -Una visión profesional y despasionada – matizó Corelli –El ser humano cree como respira, para sobrevivir. -¿Esta teoría es suya? -No es una teoría, es una estadística. -Estoy pensando que tres cuartas partes del mundo, por lo menos, estarían de acuerdo con esa afirmación – le deje caer. -Por descontado. Si estuviesen de acuerdo, no serían creyentes potenciales. A nadie se le puede convencer de verdad de lo que no necesita creer por imperativo biológico. -¿Entonces usted sugiere que nuestra naturaleza comporta vivir engañados?


-En nuestra naturaleza tenemos la se de sobrevivir. La fe es una respuesta instintiva a aspectos de la existencia que no podemos explicar de otra manera, ya sea el vacío moral que percibimos en el universo, la certeza de la muerte, el misterio del origen de las cosas o el sentido de nuestra propia vida, o su ausencia. Son aspectos elementales y de una sencillez extraordinaria, pero nuestras propias limitaciones nos impiden responder de una manera inequívoca a estas preguntas y, por este motivo, generamos, como defensa, una respuesta emocional. Es simple y pura biología. -Según usted, entonces, todas las creencias o los ideales no serían más que una ficción. -Toda interpretación u observación de la realidad lo es por necesidad. En este caso, el problema radica en el hecho de que el hombre es un animal moral abandonado en un universo amoral y condenado a una existencia finita y sin otro significado que perpetuar el ciclo natural de la especie. Es imposible sobrevivir en un estado prolongado de realidad, por lo menos para un ser humano. Nos pasamos buena parte de nuestras vidas soñando, sobretodo cuando estamos despiertos. Tal como le digo, simple biología. Suspiré. -Y después de todo esto, usted quiere que me invente una fábula que haga arrodillar a los incautos y les persuada que han visto la luz, que hay alguna cosa en que creer, por la que vivir y por la cual morir e incluso matar. - Exactamente. No le pido que invente nada que no esté inventado ya, de una manera o de otra. Simplemente, l pido que me ayude a dar de beber al sediento. -Un propósito loable y piadoso – ironicé. -No, es una simple propuesta comercial. La naturaleza es un gran mercado libre. La ley de la oferta y la demanda es un hecho molecular. -Tal vez se tendría que buscar un intelectual para este trabajo. Hablando de hechos moleculares y mercantiles, le aseguro que la mayoría no han visto cien mil francos juntos en toda su vida, y me


juego lo que quiera que estarán dispuestos a venderse el alma, o a inventársela, por una pequeña parte de esa cantidad. El brillo metálico de sus ojos me hizo sospechar que Corelli me iba a dedicar otro de sus ácidos sermones de bolsillo. Visualicé el saldo que reposaba en mi cuenta del Banco Hispano Colonial y me dije que cien mil francos bien valían una misa o una colección de homilías. -Un intelectual es, habitualmente, alguien que no se distingue precisamente por su intelecto – dictaminó Corelli – Se atribuye a sí mismo este calificativo para compensar la impotencia natural que intuye en sus capacidades. Es aquello tan viejo y tan cierto de dime de que presumes y te diré de lo que careces. Es el pan nuestro de cada día. El incompetente siempre se presenta a el mismo como un experto, el cruel como piadoso, el pecador como santurrón, el usurero como benefactor, el mezquino como patriota, el arrogante como humilde, el vulgar como elegante y el maldito como intelectual. De nuevo, toda obra de la naturaleza, que lejos de ser la sílfide a la que cantan los poetas, es una madre cruel y voraz que necesita alimentarse de las criaturas que va pariendo para continuar viva. Corelli y su poética de la biología feroz empezaban a provocarme náuseas. La vehemencia y la ira contenidas que destilaban las palabras del editor me incomodaban, y me pregunté si debía haber alguna cosa en el universo que no le pareciese repugnante y menospreciable, incluyendo a mi persona. -Usted debería ir a hacer conferencias de estas a escuelas y parroquias el Domingo de Ramos. Tendría un éxito apabullante – le sugerí. Corelli se rió fríamente. -No cambie de tema. Lo que yo busco es justamente lo contrario de un intelectual, es decir, alguien inteligente. Y ya lo he encontrado. -Me halaga. -Aún mejor, le pago. Y muy bien, que es el único halago de verdad en este mundo prostituído. No acepte nunca condecoraciones que no


vayan impresas al dorso de un cheque. Solo benefician a quien las concede. Y ya que le pago, espero que me escuche y que siga mis instrucciones. Créame cuando le digo que no tengo ningún interés en hacerle perder el tiempo. Mientras esté a sueldo, su tiempo también es mi tiempo. Su tono era amable, pero el brillo de sus ojos resultaba de acero y no dejaba lugar a equívocos. -No es necesario que me lo recuerde cada cinco minutos. -Disculpe mi insistencia, amigo Martín. Si le mareo con todos estos circunloquios es para sacárnoslos de encima cuanto antes mejor. Lo que quiero de usted es la forma, no el fondo. El fondo siempre es el mismo y está inventado desde que existe el ser humano. Está grabado en su corazón como si fuese un número de serie. Lo que quiero de usted es que encuentre una manera inteligente y seductora de contestar a las preguntas que todos nos hacemos y que lo haga desde su propia lectura del alma humana, poniendo en práctica su arte y su oficio. Quiero que me traiga una narración que despierte el alma. -Ni más… -Ni menos. -Habla de manipular sentimientos y emociones. ¿No sería más fácil convencer a la gente con una exposición racional, simple y clara? - No. Es imposible iniciar un diálogo racional con una persona respecto a creencias y conceptos que no ha adquirido mediante la razón. Da lo mismo que hablemos de Dios, de la raza o de su orgullo patrio. Por eso necesito alguna cosa más poderosa que una simple exposición retórica. Necesito la fuerza del arte, de la puesta en escena. La letra de la canción es lo que nos pensamos que entendemos, pero lo que hace que nos la creamos o no, es la música. Intenté absorber todo aquel galimatías sin atragantarme. -Tranquilo, por hoy ya no hay más discursos – cortó Corelli – Ahora vamos al grano: usted y yo nos reuniremos cada quince días aproximadamente. Me informará de sus progresos y me enseñará el trabajo hecho. Si tengo cambios o modificaciones, se lo haré saber. El


trabajo se prolongará durante doce meses, o la fracción necesaria para completar la tarea. Cuando se acabe este término usted me entregará todo el trabajo y la documentación que haya generado, sin excepciones, tal como corresponde al único propietario y garante de los derechos, es decir, yo. Su nombre no figurará en la autoría del documento y usted se compromete a no reclamarla con posterioridad a la entrega ni a discutir el trabajo hecho o los términos de este acuerdo en privado o en público con nadie. A cambio, usted obtendrá el pago inicial de cien mil francos, que ya se ha hecho efectivo, habiéndome entregado previamente el trabajo y habiéndole confirmado mi satisfacción, una bonificación adicional de cincuenta mil francos más. Tragué saliva. No eres plenamente consciente de la codicia que esconde tu corazón hasta que no sientes el dulce tintineo de la plata en tu bolsillo. -¿No quiere formalizar un contrato por escrito? -Nuestro acuerdo es un acuerdo de honor. El suyo y el mío. Y ya está sellado. Un acuerdo de honor no se puede romper porque rompe al que lo ha suscrito – dijo Corelli en un tono que me hizo pensar que habría sido mejor firmar un papel aunque fuese con sangre. - ¿Alguna duda? -Sí. ¿Por qué? -No le entiendo, Martín. -¿Para que quiere este material, o como le quiera llamar? ¿Qué piensa hacer con el? -¿Problemas de conciencia, Martín, a estas alturas? -Quizás me tomará por un individuo sin principios, pero si he de participar en una cosa como la que me propone, quiero saber cual es el objetivo. Me parece que tengo derecho. Corelli sonrió y puso su mano sobre la mía. Noté un escalofrío al contacto con su piel helada y lisa como el mármol. -Porque usted quiere vivir. -Esto suena vagamente amenazador.


-Un simple y amistoso recordatorio de lo que ya sabe. Usted me ayudará porque quiere vivir y porque no le importa el precio ni las consecuencias. Porque no hace mucho estaba a las puertas de la muerte y ahora tiene toda una eternidad por delante y la oportunidad de una vida. Me ayudará porque usted es humano. Y porque, aunque no lo quiera aceptar, tiene fe. Retiré mi mano y observé como se levantaba de la silla y se dirigía al final del jardín. -No se preocupe, Martín. Todo irá bien. Hágame caso – dijo Corelli en un tono dulce y sedante, casi paternal. -¿Ya puedo irme? -Por descontado. No le quiero retener más de lo necesario. He disfrutado con nuestra conversación. Ahora dejaré que se retire y que vaya pensando en todo lo que hemos comentado. Ya verá que pasada la indigestión, se dará cuenta que le vienen las verdaderas respuestas. No hay nada en el camino de la vida que no sepamos ya antes de empezarlo. No se aprende nada importante en la vida, simplemente se recuerda. Se puso derecho y le hizo una señal al taciturno mayordomo que se esperaba en los confines del jardín. -Un coche le vendrá a buscar y le llevará a casa. Nosotros nos veremos dentro de dos semanas. -¿Aquí? -Dios dirá – dijo, mordiéndose los labios, como si aquello le pareciese un chiste delicioso. El mayordomo se acercó y me hizo una señal para que le siguiese. Corelli hizo que si con la cabeza y se volvió a sentar, con la mirada de nuevo perdida en la ciudad. 9 El coche, por llamarlo de alguna manera, se esperaba en la puerta del caserón, era una pieza de coleccionista. Me hizo pensar en una carroza encantada, una catedral que circulaba llena de cromados y


curvas hechas de ciencia pura, tocada por la figura de un ángel de plata sobre el motor como un mascarón de proa. En otras palabras, un Rolls-Royce. El mayordomo me abrió la puerta y me despidió con una reverencia. Entré en el habitáculo, que parecía más la habitación de un hotel que la cabina de un vehículo a motor. El coche arrancó en cuanto me recliné en el asiento y partió colina abajo. -¿Sabe la dirección? – le pregunté. El chófer, una figura oscura al otro lado de una partición de cristal, me hizo un leve asentimiento. Atravesamos Barcelona en el silencio narcótico de aquella carroza de metal que parecía bien justo que tocase al suelo. Vi desfilar calles y edificios a través de las ventanas como si se tratase de acantilados sumergidos. Era pasada la media noche cuando el Rolls-Royce negro giró por la calle del Comercio y se metió en el paseo del Borne. El coche se paró al final de la calle Flassaders, demasiado estrecha para permitirle el paso. El chófer bajó y me abrió la puerta con una reverencia Salí del coche y el cerró la puerta y volvió a subir al vehículo sin decirme ni una palabra. Le vi que se iba hasta que la silueta oscura se deshizo en un velo de sombras. Me pregunté que era lo que había hecho y, preferí no saber la respuesta, me dirigí hacia mi casa con la sensación que el mundo entero era una prisión sin escapatoria. Cuando entré en el piso, me dirigí directamente al estudio, Abrí las ventanas a los cuatro vientos y dejé que la húmeda brisa ardiente penetrase en la sala. En algunos terrados del barrio, se podían ver figuras estiradas sobre colchones y sábanas que intentaban escapar del bochorno asfixiantes y coger el sueño. A lo lejos. A lo lejos las tres grandes chimeneas de Paralelo se alzaban como pitas funerarias, y escampaban un velo de cenizas blancas que se extendía sobre Barcelona como polvo de vidrio. Mas cercano, la estatua de la Mercé levantando el vuelo desde la cúpula de la iglesia me recordó el ángel del Rolls-Royce y el que Corelli siempre lucía en la solapa. Sentía que la ciudad, después de muchos meses de silencio, me volvía a hablar y a explicarme sus secretos.


Fue entonces cuando la vi hecha un ovillo en el escalón de una puerta de aquel túnel angosto y miserable entre edificios viejos que llamaban la calle de las moscas. La Isabella. Me pregunté cuanto tiempo debía hacer que estaba allí y me dije que no era asunto mío. Iba a cerrar la ventana y retirarme al escritorio cuando que percaté que no estaba sola. Un par de figuras se le acercaban poco a poco, tal vez demasiado, desde el final de la calle. Deseé que las figuras pasasen de largo. No lo hicieron. Una de ellas se colocó al otro lado, bloqueando la salida del callejón. La otra se arrodilló, alargando el brazo hacia ella. La chica se movió. Instantes después las dos figuras se lanzaron sobe Isabella y la oí gritar. Tardé poco más de un minuto en llegar. Cuando lo hice, uno de los hombres tenía a Isabella agarrada por los brazos y la otra le había arremangado las faldas. Una expresión de terror atenazaba el rostro de la chica. El segundo individuo que se estaba abriendo camino entre sus muslos riéndose, le había puesto un cuchillo en el cuello. Tres líneas de sangre salían de los cortes. Miré a mi alrededor un par de cajas con desechos y un montón de adoquines y materiales de construcción abandonados contra el muro. Aferré lo que era una barra de hierro, sólida y pesada, de medio metro. El primero el darse cuenta de mi presencia fue el que tenía el cuchillo. Di in paso adelante, blandiendo la barra de metal. Su mirada saltó de la barra a mis ojos y vi que se le borraba la sonrisa de los labios. El otro se volvió y me vio que avanzaba hacia el con la barra en alto. Hubo suficiente con que le hiciese una señal con la cabeza parque soltase a Isabela y se apresurase a ponerse detrás de su compañero. -Venga, marchémonos –murmuró. El otro hizo caso omiso a sus palabras, Me miraba con fuego en los ojos y el cuchillo en las manos. -¿A ti quien te manda meterme, hijo de puta? Cogía a Isabella por el brazo y la levanté del suelo sin apartar la mirada del hombre que tenía el arma. Busqué las llaves en el bolsillo y se las alargué. -Ves a casa le dije – Haz lo que te digo.


Isabella dudó un momento, pero pude oír sus pasos que se alejaban por la calle hacia el callejón de Flassaders. El individuo del cuchillo vio que marchaba y sonrió con rabia. -Te pelaré, cabrón. No dude de su capacidad y de sus ganas de cumplir la amenaza, pero había alguna cosa en su mirada que me hizo pensar que mi adversario no era imbécil del todo y que, si todavía no lo había hecho, era porque estaba pensando cuanto debía de pesar aquella barra de metal que yo sostenía con la mano y, sobretodo, si tendría la fuerza, el valor y el tiempo de hacerla servir para aplastarle el cráneo antes de que pudiese clavarme la hoja de aquella navaja. -Inténtalo – le invité. El tipo me miró a los ojos de hito en hito unos cuantos segundos y después se rió. El chico que le acompañaba suspiró aligerado. El hombre cerró la hoja de la navaja y escupió a mis pies. Se volvió y se alejó hacia las sombras de donde había salido, con su compañero corriendo detrás de el como un perro fiel. Encontré a Isabella encogida en el rellano interior de la casa de la torre. Temblaba y sostenía las llaves con las dos manos. Al verme entrar se levantó de golpe. -¿Quieres que avise a un médico? -Dijo que no con la cabeza. -¿Estás segura? -Todavía no habían llegado a hacerme nada – murmuró, mordiéndose las lágrimas. -Eso no es lo que me ha parecido. -No me han hecho nada, ¿entendido? -Entendido. – dije La quise sostener del brazo mientras subíamos las escaleras, pero rechazó el contacto. Una vez en el piso, la acompañé al baño y encendí la luz. -¿Tienes una muda de ropa limpia que te puedas poner? Isabella me enseñó la bolsa que llevaba y me dijo que si. -Venga, lávate mientras yo preparo alguna cosa para cenar.


-¿Cómo puede ser que tenga gana ahora? -Pues la tengo. Isabella se mordió el labio inferior. -La verdad es que yo también… -Fin de la discusión, entonces – le dije. Cerré la puerta del baño y me esperé hasta que oí correr el agua... Volví a la cocina y puse agua a calentar. Quedaba un poco de arroz, tocino entreverado y algunas verduras que Isabella había traído aquella mañana. Improvisé un guisado con sobras y esperé casi media hora a que Isabella saliese del baño, acabándome casi media botella de vino. La oí que lloraba con rabia al otro lado de la pared. Cuando apareció por la puerta de la cocina, tenía los ojos enrojecidos y parecía más niña que nunca. -No se si aún tengo gana – murmuró. -Siéntate y come. Nos sentamos en la pequeña mesa que había en medio de la cocina. Isabella examinó con cierta sospecha el plato de arroz y los restos variados que le había servido. -Come – le ordené. Tomó una cucharada indecisa y se la acercó a los labios. -Es bueno – dijo. Le serví medio vaso de vino y el resto se lo llené de agua. -Mi padre no me deja beber vino. -Yo no soy tu padre. Cenamos en silencio, intercambiando miradas. Isabella rebañó el plato con el trozo de pan que le había cortado. Sonreía tímidamente. No se daba cuenta que todavía no había digerido el susto. Después la acompañé hasta la puerta de su dormitorio y la encendí la luz. -Intenta descansar un poco – le dije – Si necesitas algo golpea la pared. Estoy en la habitación de al lado. Isabella asintió. -Ya le oí roncar la otra noche. -Yo no ronco. -Debían ser las tuberías. O quizá algún vecino que tiene un oso.


-Una palabra más y te vuelves a la calle. Isabella sonrió y dijo que si. -Gracias – musitó – No cierre la puerta del todo. Déjela ajustada. -Buenas noches – le dije, apagándole la luz y dejando a Isabella en penumbras. -Más tarde, cuando me desnudaba en mi dormitorio, me di cuenta que tenía una mancha oscura en la mejilla, como una lágrima negra. Me acerqué al espejo y me la fregué con los dedos. Era sangre seca. Solo entonces me di cuenta que estaba exhausto y que me dolía todo el cuerpo. 10 Por la mañana, antes de que Isabella se despertase, fui a la tienda de ultramarinos que regentaba su familia en la calle Mirallers. Justamente salía el sol y la reja de la tienda estaba a medio abrir. Me colé por debajo de la reja y me encontré a un par de mozos apilando cajas de té y otras mercancías sobre el mostrador. -Está cerrado – me dijo uno de ellos. -Pues no lo parece. Vete a buscar al dueño. Mientras me esperaba, me entretuve examinando el emporio familiar de la ingrata heredera Isabella, que en su infinita inocencia, había renegado de las mieles del comercio para ir a parar a las miserias de la literatura. La tienda era un pequeño bazar de maravillas traídas de todos los rincones del mundo. Mermeladas, pastas y tes. Cafés, especias y conservas. Frutas y carnes curadas. Chocolates y carnes frías ahumadas. Un paraíso pantagruélico para bolsillos bien repletos. El señor Odón, padre de la criatura y encargado del establecimiento, apareció al cabo de poco vestido con una bata azul, un bigote de mariscal y una expresión de consternación que le situaba en una alarmante proximidad al infarto. Decidía saltarme los cumplidos.


-Me dice su hija que usted guarda una escopeta de dos cañones con la que ha prometido matarme – dije, abriendo los brazos en cruz – Aquí me tiene. -¿Quién es usted, sinvergüenza? - Soy el sinvergüenza que ha tenido que acoger a una chica porque el calzonazos de su padre es incapaz de mantenerla a ralla. La ira se le fue del rostro y el tendero mostró una sonrisa angustiada y pusilánime. -¿Señor Martín? No le había reconocido…¿Cómo está la niña? Suspiré. -La niña está sana y buena en mi casa, roncando como un mastín, pero con el honor y la virtud impolutos. El tendero se santiguó dos veces consecutivas, aliviado. -Dios se lo pague. -Y que usted lo pueda ver, pero mientras tanto, le pido que me haga el favor de venirla a buscar sin falta a lo largo del día de hoy, o le romperé la cara, a usted, con escopeta o sin ella. -¿Escopeta? – musitó el tendero, confundido. Su esposa, una mujer pequeñita y de mirada nerviosa nos espiaba desde una cortina que escondía la trastienda. Algo me decía que no habría tiros. El señor Odón, resoplando, parecía que se iba a desplomar allí mismo. -Que más querría yo, señor Martín. Pero la niña no quiere estarse aquí. – argumentó, desolado. Al ver que el tendero no era el bribón que Isabella me había pintado, me arrepentí del tono de mis palabras. -¿Qué no la ha echado de su casa? El señor Odón puso unos ojos como naranjas, dolido. Su mujer se adelantó y cogió la mano de su marido. -Tuvimos una discusión. Nos dijimos cosas que no debíamos de haber dicho, por ambas partes. Pero es que la niña tiene un genio que déjela correr… Me amenazó con irse y dio que no la volveríamos a ver nunca más. Su santa madre por poco se queda, de la taquicardia que tuvo. Yo la levanté la voz y dije que la encerraría en un convento.


-Un argumento infalible para convencer a una jovencita de diecisiete años – le solté. -Es lo primero que se me ocurrió… - argumentó el tendero - ¿Cómo quiere que la encierre en un convento? -Por lo que he visto, solo con la ayuda de todo un regimiento de la Guardia Civil. -No se lo que le debe haber explicado la niña, señor Martín, pero no se lo crea. Tal vez no seamos gente refinada, pero no somos monstruos tampoco. Yo ya no se como hablarle. No soy hombre que sirva para sacarse la correa y enseñar a palos. Y mi señora, aquí presente, no se atreve a alzar la voz ni al gato. No se de donde ha sacado este carácter, la niña. Yo creo que es de leer tanto. Y eso que ya nos avisaron las monjas. Ya lo decía mi padre, que en el cielo esté: el día que a las mujeres se les permita enseñar a leer y a escribir, el mundo será ingobernable. -Gran pensador, su señor padre, pero esto no resuelve su problema ni el mío. -¿Y que podemos hacer? Isabella no quiere estar con nosotros, señor Martín. Dice que somos unos tochos, que no la entendemos, que la queremos enterrar en esta tienda… ¿Qué más querría yo que entenderla? Trabajo en esta tienda desde que tenía siete años, de sol a sol, y lo único que entiendo es que el mundo es un lugar malcarado y sin contemplaciones para una jovencita con la cabeza en las nubes – me explicó el tendero, apoyándose en un barril – Lo que más temo es que si la obligo a volver se nos escape de verdad y caiga en manos de cualquiera…No lo quiero ni pensar. -Es la verdad – añadió su mujer, que hablaba con un ligero acento italiano – Piense que la nena nos ha roto el corazón, pero esta no es la primera vez que se va. Ha salido clavada a mi madre, que tenía un carácter napolitano… -Ay, la mamma – remachó el señor Odón, aterrorizado solo al conjurar la memoria de su suegra. -Cuando nos dijo que se quedaría en su casa unos cuantos días, mientras le ayudaba con su trabajo, nos quedamos más tranquilos –


continuó la madre de Isabella - `porque sabemos que usted es una buena persona y, en el fondo, la nena está aquí al lado, a dos manzanas. Sabemos que usted la sabrá convencer para que vuelva. Me pregunté que les debía de haber explicado Isabella sobre mí para persuadirles que un servidor andaba sobre las aguas. -Ayer mismo, por la noche, a cuatro pasos de aquí, les dieron una paliza a un par de jornaleros que volvían a casa. Ya me dirá. Se ve que los pegaron con un hierro hasta reventarlos como a perros. Dicen que uno no sabe si vivirá y al otro, le dan por impedido para toda su vida – dijo la madre - ¿En que mundo vivimos? -Si la voy a buscar, se volverá a ir. Y esta vez no se si encontrará a alguien como usted. Ya sabemos que no está bien que una jovencita esté en casa de un señor soltero, pero más o menos, de usted nos consta que es honrado y que sabrá cuidarla. El tendero parecía que estuviese a punto de echarse a llorar. Habría preferido que corriese a buscar la escopeta. Siempre habría la posibilidad que algún sobrino napolitano se presentase allá para salvaguardar en honor de la niña con el trabuco en la mano. Porca miseria. -¿Tengo su palabra que me la cuidará hasta que ella recupere el sentido común y vuelva? Yo resoplé. -Tiene mi palabra. Volvía casa cargado de comida y exquisiteces que el señor Odón y su mujer se empeñaron en que me llevase a cuenta de la casa. Les prometí que cuidaría de Isabella durante unos cuantos días hasta que ella reflexionase y comprendiese que su lugar era estar con su familia. Los tenderos insistieron en pagarme por la manutención, oferta que rehusé. Mi plan era que en menos de una semana, Isabella volviese a dormir en su casa, aunque tuviese que mantener la ficción que era mi asistenta durante las horas del día. No sería fácil, pensaba yo, pero cosas más verdes han madurado. Cuando entré en casa, me la encontré sentada en la mesa de la cocina. Había lavado todos los platos de la noche anterior, había


hecho café y se había vestido y peinado como si fuese una santa salida de una estampa. Isabella, que la sabía muy larga, era perfectamente consciente de donde venía y se armó con su mejor mirada de perro abandonado y me sonrió, sumisa. Dejé las bolsas con el lote de delicias del señor Odón sobre la pica y la miré. -¿No le ha disparado mi padre con la escopeta? -Se le había acabado la munición y ha decidido tirarme todos estos botes de mermelada y trozos de queso manchego. Isabella apretó los labios, poniendo cara de circunstancias. -¿O sea que esto de Isabella es por la abuela? -La mamma – me confirmó – En su barrio la llamaban la Vesubia. -Me lo creo. -Dicen que me parezco un poco. En la tozudez. No hacia falta que ningún juez levantase acta, pensé. -Tus padres son buena gente, Isabella. No te comprenden menos de lo que tu les comprendes a ellos. La chica no dijo nada. Me sirvió una taza de café y esperó el veredicto. Tenía dos opciones: echarla y matar del susto al par de tenderos o hacer de tripas corazón y armarme de paciencia durante un par o tres días. Supuse que con cuarenta y ocho horas de mi encarnación más cínica y cortante, tendría suficiente para romper la férrea determinación de la jovencita y enviarla, de rodillas, otra vez bajo las faldas de su madre implorándola perdón y alojamiento a pensión completa. -De momento, te puedes quedar aquí… -¡Gracias! -No tan de prisa. Te puedes quedar con la condición que, uno, cada día pases un rato por la tienda a saludar a tus padres y a decirles que estás bien y, dos, que me hagas caso y sigas las normas de esta casa. Aquello sonaba patriarcal pero excesivamente pusilánime. Mantuve la expresión adusta y decidí aflojar un poco el tono. -¿Cuáles son las normas de esta casa? – quiso saber Isabella. -Básicamente, lo que a mi me de la gana. -Me parece justo.


-Trato hecho, entonces. Isabella dio la vuelta a la mesa y me abrazó con gratitud. Pude notar el calor y las formas firmes de su cuerpo de diecisiete años contra el mío. La aparté con delicadeza y la situé a un mínimo de un metro. -La primera norma es que esto no es Mujercitas y que aquí no nos damos abrazos ni nos ponemos a llorar en cuanto tenemos ocasión. -Lo que usted diga. -Este será el lema sobre el cual construiremos nuestra convivencia: lo que yo diga. Isabella se rió y se fue hacia el pasillo. -¿Dónde piensas que vas? -A limpiar y ordenar su estudio. No debe tener la intención de dejarlo tal como está, ¿no? 11 Necesitaba encontrar un lugar donde poder pensar y esconderme del celo doméstico y la obsesión por la pulcritud de mi nueva ayudanta, de manera que me fui a la biblioteca que ocupaba la nave de arcos góticos del antiguo hospicio medieval de la calle del Carmen. Me pasé el resto del día rodeado de volúmenes que olían a sepulcro papal, leyendo sobre mitología e historias de las religiones hasta que los ojos estuvieron a punto ce caerse sobre la mesa y salir rodando por el suelo de la biblioteca. Después de horas de lectura sin tregua, calculé que bien justo había arañado una millonésima parte de lo que podría encontrar bajo los arcos de aquel santuario de libros, por no decir todo lo que se había escrito sobre el tema. Decidí que volvería mañana y pasado mañana y que dedicaría por lo menos una semana entera a alimentar la caldera de mi pensamiento con páginas y páginas sobre dioses, milagros y profecías, santos y apariciones, revelaciones y misterios. Cualquier cosa menos pensar en Cristina y el señor Pedro y en su vida matrimonial. Ya que disponía de una ayudanta solícita, le di instrucciones para conseguir copias de los catecismos y textos escolares que se usaban


en la ciudad para el enseñamiento religioso y que me redactase resúmenes de cada uno. Isabella no discutió mis órdenes, pero frunció las cejas cuando las recibió. -Quiero saber punto por punto como se les enseña a los niños, toda la pesaca, desde el Arca de Noé hasta el milagro de los panes y de los peces – le expliqué. -¿Y eso por qué? -Porque yo soy así y tengo un amplio abanico de posibilidades. -¿Se está documentando para una nueva versión de Jesusito de mi vida? -No. Planeo una versión novelada de las aventuras de la monja alférez. Tu limítate a hacer lo que yo te digo y no me discutas o te vuelvo a enviar a la tienda de tus padres a vender membrillo a granel. -Usted es un déspota. -Me alegro que nos vayamos conociendo. -¿Esto tiene algo que ver con el libro que escribirá para aquel editor, Corelli? -Podría ser. -Pues el corazón me dice que aquel libro no tiene posibilidades comerciales. -¿Y tu que has de saber? -Más de lo que usted se piensa. Y no tiene porque ponerse así, porque yo solo intento ayudarle. ¿O es que ha decidido dejar de ser un escritor profesional y transformarse en un diletante de café y melindros? -De momento tengo las manos ocupadas haciendo de niñera. - Yo no sacaría el debate de quien es la niñera de quien, porque ya lo tengo ganado de entrada. -¿Y que debate le viene de gusto a su excelencia? -El arte comercial versus las estupideces con moral. -Estimada Isabella, mi pequeña Vesubia: en el arte comercial. Y todo arte que se merezca este nombre es comercial tarde o temprano, la estupidez se encuentra casi siempre en la mirada del observador. - ¿Me está llamando estúpida?


Te estoy llamando la atención. Haz lo que te digo. Y punto. Mudos a la jaula. Señalé la puerta y Isabella giró los ojos en blanco, cuchicheando algún improperio que no llegué a oír mientras se alejaba por el pasadizo. Mientras Isabella recorría colegios y librerías a la búsqueda de libros de texto y catecismos varios para hacer un extracto, yo me iba a la biblioteca del Carmen a profundizar en mi educación teológica, una tarea que emprendía con extravagantes dosis de café y estoicismo. Los primeros siete días de aquella extraña creación solo me hicieron aflorar dudas. Una de las pocas certezas que encontré fue que la inmensa mayoría de los autores que se habían sentido llamados a escribir sobre la divinidad, los humanos y la historia sagrada debían haber sido estudiosos sumamente doctos y devotos, pero como escritores eran una birria. El sufrido lector que se sumergía en sus páginas, las pasaba canutas para no caer en un estado de coma inducido por el aburrimiento en cada punto y aparte. Cuando hube sobrevivido a miles de páginas sobre el tema, empezaba a tener la impresión que los centenares de creencias religiosas catalogadas a lo largo de la historia de la letra impresa resultaban extraordinariamente parecidos entre si. Atribuí esta primera impresión a mi ignorancia o a una falta de documentación adecuada, pero no podía sacarme de la cabeza la idea de haber estado repasando el argumento de docenas de historias policíacas en que el asesino era o el uno o el otro, pero la mecánica de la trama siempre era, en esencia, la misma. Mitos y leyendas, ya fuese sobre divinidades o sobre la formación y la historia de pueblos y razas, empezaron a parecerme imágenes de rompecabezas vagamente diferenciadas y contraídas siempre con las mismas piezas, aunque en diferente orden. Al cabo de dos días ya me había hecho amigo de Eulalia, la jefa de la biblioteca, que me seleccionaba textos y volúmenes de todo aquel océano de papel que tenía a su cargo y, de tanto en tanto, me hacía


vistas a la mesa del rincón para preguntarme si necesitaba algo más Debía tener mi edad y el ingenio le salía por las orejas, normalmente en forma de chistes afilados y vagamente venenosos. -Muchas vidas de santos se está tragando usted. ¿Qué ha decidido hacerse monaguillo, ahora a las puertas de la madurez? -Solo es documentación. -Ah, eso lo dicen todos. Las bromas y el ingenio de la bibliotecaria me ofrecían un bálsamo impagable con el cual sobrevivir a aquellos textos de factura pétrea y me permitían continuar con mi peregrinaje documental. Cuando Eulalia tenía un rato libre, venía hasta mi mesa y me ayudaba a poner orden en todo aquel galimatías. Eran páginas en las que abundaban relatos de padres e hijos, madres puras y santas, traiciones y conversiones, profecías y profetas mártires enviados del cielo o de la gloria, recién nacidos para salvar el universo, seres maléficos de aspecto aterrador y morfología habitualmente animal, seres etéreos y de trazos raciales aceptables que ejercían como agentes del bien y héroes sometidos a terribles pruebas del destino. Siempre se percibía la noción de la existencia terrenal como una especie de estación de paso que convidaba a la docilidad y a la aceptación del destino y de las normas de la tribu, porque la recompensa siempre se encontraba en un más allá que prometía paraísos colmados de todo aquello que había faltado en la vida corpórea. El medio día del jueves, Eulalia vino hasta mi mesa durante uno de sus descansos y me preguntó si además de leer misales, de tanto en tanto comía. La convidé a comer a casa Leopoldo, que acababa de abrir las puertas muy cerca de la biblioteca. Mientras saboreábamos un exquisito estofado de rabo de toro, me explicó que hacía dos años que trabajaba allí como bibliotecaria y dos más que luchaba con una novela que se le revelaba y que tenía como escenario central la biblioteca del Carmen y como argumento una serie de crímenes misteriosos que tenían lugar. -Me gustaría escribir alguna cosa parecida a aquellas novelas de hace años de Ignatius B. Samson – dijo - ¿Le suenan?


-Vagamente. Eulalia no acababa de encontrarle el que a su libro, y le sugerí que diese a todo un tono ligeramente siniestro y que centrase su historia en un libro secreto poseído por un espíritu atormentado, con subtramas de aparente contenido sobrenatural. -Es lo que haría Ignatius B. en su lugar – osé decirle. -¿Y que hace usted, leyendo tanto sobre ángeles y demonios? No me diga que es un exseminarista arrepentido -Estoy intentando aclarar que tienen en común los orígenes de las diferentes religiones y mitos – le expliqué. -Prácticamente nada. No la quiero aburrir con mi miserere. -No me aburre. Explíquemelo. Me encogí de hombros. -Pues lo que me ha resultado más interesante hasta ahora es que la mayoría de todas estas creencias parten de un hecho o de un personaje de relativa probabilidad histórica, pero rápidamente evolucionan como movimientos sociales sometidos y conformados por las circunstancias políticas, económicas y sociales del grupo que las acepta. ¿Aún esta despierta? Eulalia dijo que si. -Buena parte de la mitología que se desenvuelve alrededor de cada una de estas doctrinas, desde su liturgia hasta las normas y los tabús, proviene de la burocracia que se genera a medida que evolucionan y no del supuesto hecho sobrenatural que las ha originado. La mayoría de las anécdotas simples y bienintencionadas, una mezcla de sentido común y de folklore, y toda la carga beligerante que llegan a desarrollar, proviene de la interpretación posterior de aquellos principios, si es que no se han desvirtuado plenamente en manos de sus administradores. El aspecto administrativo y jerárquico parece clave en su evolución. La verdad es revelada en principio a todos los hombres, pero rápidamente aparecen individuos que se atribuyen la potestad y el deber de interpretar, administrar, y, si es el caso, alterar esta verdad en nombre del bien común y, con esta finalidad, establecen una organización poderosa y potencialmente represiva.


Este fenómeno, que la biología nos enseña que es propio de cualquier grupo animal social, no tarda en transformar la doctrina en un elemento de control y de lucha política. Divisiones, guerras y escisiones se hacen inevitables. Tarde o temprano la palabra se hace carne y la carne sangra. Me dio la impresión de que mi discursito ya empezaba a sonar como los parlamentos de Corelli y dejé ir un bufido. Eulalia sonreía débilmente y me observaba con una cierta reserva -¿Y es esto lo que usted busca? ¿Sangre? -Es la letra la que entra con sangre, no al revés. -Yo no estaría tan segura. -Intuyo que fue a un colegio de monjas. -Las damas negras. Ocho años. -¿Es verdad lo que dicen que las alumnas de colegios de monjas son las que alimentan los deseos más oscuros e inconfesables? -Me juego lo que quiera que le encantaría descubrirlo. -Juéguese todas las fichas. -¿Qué más ha aprendido en su cursillo acelerado de teología? Su cabeza ya debe echar humo. -Poca cosa más. Mis primeras conclusiones me han dejado un regusto de banalidad e inconsecuencia. Todo esto ya me parecía más o menos evidente sin necesidad de tragarme enciclopedias y tratados sobre las cosquillas de los ángeles, quizás porque soy incapaz de entender más allá de mis prejuicios o porque no hay nada más que entender, y el quid de la cuestión radica simplemente en creer o no, sin pararse a pensar por qué ¿Qué le parece mi retórica? Todavía está impresionada, ¿verdad? -Me pone la piel de gallina. Lástima no haberle conocido en mis años de colegiala de oscuros anhelos. -Es muy cruel, Eulalia. La bibliotecaria se rió con ganas y me miró largamente a los ojos. -Y ahora, dígame, Ignatius B. ¿Quién le ha roto el corazón con tanta rabia? -Veo que usted sabe leer más cosas, a parte de libros.


Nos quedamos sentados en la mesa unos cuantos minutos, contemplando el ir y venir de los camareros por el comedor de Casa Leopoldo. -¿Sabe que es lo mejor de los corazones rotos? – dijo la bibliotecaria. -Dije que no. -Que solo se pueden romper de verdad una vez. El resto son arañazos. -Póngalo en su libro, esto. Señalé su anillo de compromiso. -No se quien debe de ser ese gaznápiro, pero espero que sepa que es el hombre más afortunado del mundo. Eulalia sonrió con cierta tristeza y dijo que si. Volvimos a la biblioteca y cada uno se puso en su lugar, ella en su escritorio y yo en mi rincón. Me despedí de ella al día siguiente, cuando decidí que no podía ni quería leer ni una raya más sobre revelaciones y verdades eternas. Cuando iba hacia la biblioteca, le compré una rosa blanca en una de las paradas de la rambla, y la dejé sobre su escritorio vacío. La encontré en uno de los pasillos, ordenando libros. -¿Ya me abandona, tan pronto? – dijo al verme - ¿Quién me echará flores ahora? -¿Quién será tan tonto que no lo haga? Me acompañó hasta la salida y me apretó la mano arriba del todo de la escalinata que bajaba al patio del viejo hospital. Eche escaleras abajo. A medio camino, me paré y me volví. Seguía allá observándome. 12 Mientras cenaba en la mesa de la galería con Isabella, me dí cuenta que mi nueva ayudanta me miraba de reojo. -¿No le gusta la sola? No la ha tocado…osó decirme la chica. Miré el plato intacto que había dejado enfriar sobre la mesa. Tomé una cucharada e hice ver que saboreaba un manjar exquisito.


-Buenísima – dije. -Tampoco ha abierto la boca desde que ha vuelto de la biblioteca – añadió Isabella. -¿Alguna queja más? Isabella desvió la mirada, molesta. Me tomé la sopa fría sin ganas, una excusa para no tener que hablar. -¿Por qué está tan triste? ¿Por aquella mujer? Dejé la cuchara sobre el plato a medias. No contesté y continué remando en la sopa con la cuchara. Isabella no me quitaba los ojos de encima. -Se llama Cristina – dije Y no estoy triste. Estoy contento por ella, porque se ha casado con mi mejor amigo y será muy feliz. -Y yo soy la reina de Saba. -Tu eres una cotilla. -Lo prefiero así, usted, cuando esta de mala baba y dice la verdad. Intentó sonreír, pero cuando alargué mi mano hacia ella se le habían llenado los ojos de lágrimas. Cogió mi palto y el suyo y huyó hacia la cocina. Oí los paltos cayendo en el fregadero y, segundos después, la puerta de su dormitorio que se derraba de golpe. Suspiré y saboreé el vaso de vino que quedaba, un caldo exquisito de la tienda de los padres de Isabella. Al cabo de un rato, fui hasta la puerta de su habitación y golpeé suavemente con los nudillos. No contestó, pero pude oírla como sollozaba. Intenté abrir la puerta, pero la chica se había cerrado por dentro. Subí al estudio que, después de pasar Isabella, olía a flores frescas y parecía la cabina de un crucero de lujo. Isabella había ordenado todos los libros, había sacado el polvo y lo había dejado todo reluciente y desconocido. La vieja Underwood parecía una escultura y las letras de las teclas se podían volver a leer sin problemas. Un montón de folios nítidamente ordenados reposaban encima del escritorio: Estaban los resúmenes de diversos textos escolares de religión y de catequesis, junto a la correspondencia del día. En un platito de café, había un par de puros que olían deliciosamente. Macanudos, una de las delicias caribeñas que un contacto con la Tabacalera pasaba a


escondidas al padre de Isabella. Tomé uno y lo encendí. Tenía un gusto intenso que dejaba intuir que, en su tibio aliento, se encontraban todos los aromas y venenos que un hombre podía desear para morirse en paz. Me senté en el escritorio y repasé las cartas del día. Las ignoré todas menos una, de pergamino ocre y tocada con aquella caligrafía que habría reconocido en cualquier lugar. La misiva de mi editor y mecenas, Andreas Corelli, me citaba el domingo a media tarde arriba del todo de la torre del teleférico que atravesaba el puerto de Barcelona. La torre de San Sebastian se elevaba a cien metros de altura en un lío de cables y de acero que inducían al vértigo a simple vista. La línea del teleférico había quedado inaugurada aquel mismo años con motivo de la Exposición Internacional, que lo había puesto todo patas arriba y había sembrado Barcelona de ingenios magníficos El teleférico atravesaba la dársena del puerto desde aquella primera torre hasta una gran atalaya central con aspecto de torre Eiffel, que servía de meridiano y de la cual salían las cabinas suspendidas en el vacío a la segunda parte del trayecto hasta la montaña de Montjuic, donde se emplazaba el corazón de la Exposición. El prodigio de la técnica prometía vistas de la ciudad que hasta entonces solo habían estado permitidas a dirigibles, aves de una cierta envergadura y bolas de granizo. Tal como yo lo veía, el hombre y la gaviota no habían sido concebidos para compartir el mismo espacio aéreo y, en cuanto puse los pies en el ascensor, noté que el estómago se me encogía hasta llegar a una medida de una bala de jugar. La subida se me hizo infinita, el traqueteo de aquella cápsula de latón, un puro ejercicio de mareo. Encontré a Corelli mirando por uno de los ventanales desde donde se podía contemplar la dársena del puerto y la ciudad entera. Tenía la mirada perdida en las acuarelas de velas y palos que se deslizaban por el agua. Llevaba un conjunto de seda blanca y jugaba con un terrón de azúcar que, de golpe, engulló con una voracidad de lobo. Me aclaré la voz y el amo se me volvió y me sonrió, complacido.


-Una vista maravillosa, ¿no cree? – preguntó Corelli. Dije que si, blanco como un pergamino. -¿Le impresionan las alturas? -Soy animal de superficie – contesté, manteniéndome a una distancia prudencial de la ventana. -Me he permitido comprar billetes de ida y vuelta – me informó. -Todo un detalle. Durante unos minutos que me parecieron eternos, le seguí hasta la pasarela de acceso a las cabinas que salían de la torre y que quedaban suspendidas en el vacío, a casi un centenar de metros. -¿Cómo ha pasado la semana, Martín? -Leyendo. -Por la expresión de aburrimiento que tiene, sospecho que no leía a Alejandro Dumas. -Más bien a una colección de académicos sen jugo y su prosa de cemento. -Ah, intelectuales. Y usted quería que contratase a uno. ¿Por qué debe ser que cuantas menos cosas tiene alguien para decir, lo dice de la manera más pomposa y pedante posible? – preguntó Corelli ¿Debe ser para engañar al mundo o para engañarse a ellos mismos? -Seguramente por ambas cosas. El amo me entregó los billetes y me indicó que pasase delante. Se los alargué al encargado, que sostenía abierta la puerta de la cabina. Entré sin ningún tipo de entusiasmo. Decidí quedarme en medio, tan lejos de los cristales como pudiese. Corelli sonreía como un niño entusiasmado. -Tal vez parte de su problema es que ha estado leyendo los comentaristas y no los comentados. Un error habitual, pero fatal cuando se quiere aprender alguna cosa útil. – dijo Corelli. Las puertas de la cabina se cerraron y un tirón brusco nos puso en marcha. Me aferré a una barra de metal y respiré hondo. -Intuyo que los estudiosos y los teóricos no son santo de su devoción – le dije.


-No soy devoto de ningún santo, amigo Martín, y todavía menos de los que se canonizan a ellos mismos o entre ellos. La teoría es la práctica de los impotentes. Mi sugerencia es que se aparte de los enciclopedistas y de sus reseñas y vaya a las fuentes. Dígame, ¿ha leído la Biblia, usted? Dudé un momento. La cabina salió al vació. Miré al suelo. -Fragmentos de aquí y de allá, supongo. – murmuré. Supone. Como casi todos. Un grave error. Todos tendrían que leer la Biblia. Y releerla. Creyente y no creyentes. Da lo mismo. Yo la releo como mínimo una vez al año. Es mi libro preferido. -¿Y usted es un creyente o un escéptico? – le pregunté. -Soy un profesional. Y usted también. Lo que creamos o dejemos de creer es irrelevante para la consecución de nuestro trabajo. Creer o descreer es un acto pusilánime. Se sabe o no se sabe. Son habas contadas. -Entonces confieso que no se nada. -Siga por ese camino y encontrará los pasos del gran filósofo. Y mientras tanto, léase la Biblia de punta a rabo. Es una de las historias más grandes que nunca se hayan contado. No cometa el error de confundir la palabra de Dios con la industria del misal que vive. Cuanto más tiempo pasaba con el editor, más me parecía que no le entendía. -Me parece que me he perdido. ¿Estamos hablando de leyendas y de fábulas y ahora me dice que tengo que pensar en la Biblia como en la palabra de Dios? Una sombra de impaciencia e irritación le enturbió la mirada. -Hablo en sentido figurado. Dios no es un charlatán. La palabra es moneda humana. Entonces me sonrió como se le sonríe a un niño que es incapaz de entender las cosas más elementales, para no darle una bofetada. Observándole, me di cuenta que resultaba imposible saber cuando hablaba en serio o cuando hacía broma, el editor. Tan imposible como adivinar el propósito de aquella extravagante empresa para la cual me estaba pagando un sueldo de monarca regente. Con todo esto,


la cabina se agitaba con el viento como una manzana en un árbol sacudido por una ventolera. No me había acordado tanto de Isaac Newton en toda mi vida. -Usted es muy cobarde, Martín. Este invento es completamente seguro. -Me lo creeré cuando vuelva a poner los pies en la tierra. Nos íbamos acercando al punto medio de la ruta, la torre de San Jaime, que se alzaba en los muelles próximos al gran Palacio de Aduanas. -¿Le importa que bajemos aquí? – le pregunté. Corelli se encogió de hombros y dijo que si, a su pesar. No respiré tranquilo hasta que no estuve en el ascensor de la torre y noté que tocaba en el suelo. Cuando salimos a los muelles, encontramos un banco que se enfrentaba con las aguas del puerto y con la montaña de Montjuic y nos sentamos a ver volar el teleférico en las alturas: yo con alivio, Corelli con añoranza. -Hábleme de sus primeras impresiones. De lo que le han sugerido estos primeros días de estudio y de lectura intensiva. Empecé a resumir lo que creía que había aprendido, o desaprendido, durante aquellos días. El editor escuchaba atentamente, asintiendo y gesticulando con las manos. Una vez hube acabado mi informe pericial sobre mitos y creencias del ser humano, Corelli se pronunció positivamente. -Encuentro que ha hecho un trabajo de síntesis excelente. No ha encontrado la proverbial aguja en el pajar, pero ha comprendido que lo único que interesa de verdad de toda la montaña de paja es un alfiler y que el resto es alimento para los burros. Hablando de pollinos, dígame, ¿Le interesan las fábulas? -De pequeño, durante un par de meses, quise ser Esopo. -Todos abandonamos grandes esperanzas por el camino. -¿Qué quería ser de pequeño, usted, señor Corelli? -Dios. Su sonrisa de chacal borró mi risotada de golpe.


-Martín, las fábulas son seguramente uno de los mecanismos literarios mas interesantes que se han inventado. ¿Sabe que nos enseñan? -¿Lecciones morales? -No. Nos enseñan que los seres humanos aprenden y absorben ideas y conceptos a través de narraciones, de historias, no de lecciones magistrales o de discursos teóricos. Esto mismo nos lo enseña cualquiera de los grandes textos religiosos. Todos son relatos con personajes que se han de enfrentar a la vida y superar obstáculos, figuras que se embarcan en un viaje de enriquecimiento espiritual a través de peripecias y revelaciones. Todos los libros sagrados son, antes que nada, grandes historias las tramas de las cuales abordan los aspectos básicos de la naturaleza humana y los sitúan en un contexto moral y un marco de dogmas sobrenaturales determinados. He preferido que se pasase una semana miserable leyendo tesis, discursos, opiniones y comentarios para que se diese cuenta por si mismo que no se puede aprender nada, porque, de hecho, no son nada más que ejercicios de buena o mala voluntad, normalmente fallidos y que, al final, sirven para intentar aprender. Se ha acabado las conversaciones de cátedra. A partir de hoy, quiero que empiece a leer los cuentos de los hermanos Grimm, las tragedias de Esquilo, el Ramayana y el Mahabharata o las leyendas celtas. Usted mismo. Quiero que analice como funcionan estos textos, que destile su esencia y que averigüe por qué provocan una reacción emocional. Quiero que aprenda la gramática, no la moral. Y quiero que, dentro de un par o tres semanas, ya me traiga algo suyo, el principio de una historia. Quiero que me haga creer. -Me pensaba que éramos profesionales y que no podíamos cometer el pecado de creer en nada. Corelli sonrió, enseñándome los dientes. -Solo se puede convertir a un pecador, nunca a un santo. 13


Los días pasaban entre lecturas y tropiezos. Acostumbrado a años viviendo en solitario y en este estado de metódica e infravalorada anarquía propia del hombre soltero, la presencia continua de una mujer en casa, aunque solo fuese una adolescente tozuda y de carácter volátil, empezaba a dinamitar mis hábitos y costumbres de una manera sutil pero sistemática. Yo creía en el desorden categorizado; Isabella, no. Yo creía que los objetos encuentran su propio lugar en el caos de una vivienda; Isabella, no. Yo creía en la soledad y el silencio; Isabella, no. Justo en un par de días, descubrí que era incapaz de encontrar nada en mi propia casa. Si buscaba un abrecartas, o un vaso o un par de zapatos, tenía que preguntarle a Isabella donde caramba los había colocado, movida, sin duda, por una inescrutable inspiración de la providencia. -Yo no escondo nada. Pongo las cosas en su lugar, que es diferente. No pasaba ni un día que no sintiese el impulso de estrangularla media docena de veces. Si me refugiaba en el estudio buscando paz y tranquilidad para pensar, Isabella sacaba la nariz al cabo de unos pocos minutos para subirme una taza de te o unas pastas, toda ella convertida en una sonrisa. Entonces empezaba a dar vueltas por el estudio, sacaba la nariz por la ventana, empezaba a ordenarme todo lo que tenía sobre el escritorio y después me preguntaba que hacía, allí arriba, tan callado y tan misterioso. Descubrí que las chicas de diecisiete años poseen una capacidad verbal de una magnitud tal que su cerebro las impulsa a ejercitarla cada veinte segundos. Al tercer día, vi claro que necesitaba encontrarle un novio, sordo si era posible. -Isabella, ¿Cómo es posible que una chica tan lista como tu no tenga pretendientes? -¿Quién dice que no los tengo? -¿No hay ningún chico que te guste? -Los chicos de mi edad son aburridos. No tienen nada que decir y la mitad parecen más tochos que un zapato. Iba a decirle que con la edad no mejoraban, pero no quise aguarle la fiesta. -¿Entonces de que edad te gustan?


-Mayores. Como usted. -¿Yo te parezco mayor? -Hombre, usted ya no es un jovencito, precisamente. Preferí más pensar que me estaba levantando la camisa antes que encajar aquel golpe bajo que tocaba de lleno a mi vanidad. Decidí salirme con unas gotas de sarcasmo. -Las buenas noticias son que a las jovencitas les agradan los hombres mayores, y las malas, que a los hombres mayores y, especialmente a los decrépitos y babosos, les gustan las jovencitas. -Ya lo se. No se crea que me chupo el dedo. Isabella me observó, maquinalmente alguna cosa, y sonrió con malicia. Ahora viene la buena, pensé. -¿A usted también le gustan las jovencitas? Tenía la respuesta en los labios antes que me formulase la pregunta. Adopté un tono de magisterio y ecuanimidad, como de catedrático de geografía. -Me gustaban cuando tenía tu edad. Generalmente, me gustan las chicas que tienen mis años. -A su edad, ya no son chicas, son señoritas, y todavía diría más, señoras, en muchos casos. -Se acabó la cháchara. ¿No tienes nada que hacer por abajo? -No. -Entonces ponte a escribir. No te tengo aquí para que friegues los platos y me escondas las cosas. Te tengo aquí porque me dijiste que querías aprender a escribir y yo soy el único idiota que conoces que te puede enseñar a hacerlo. -No hace falta que se enfade. Es que me falta inspiración. -La inspiración llega cuando se clavan los codos en la mesa, el culo en la silla y se empieza a sudar. Elige un tema, una idea, y piensa hasta que cerebro te duela. Eso se llama inspiración. -De tema, ya tengo. -Aleluya. -Escribiré sobre usted.


Un largo silencio de miradas cruzadas, de contrincantes que se miran a través del tablero. -¿Por qué? -Porque me parece interesante. Y extraño. -Y mayor. -Y susceptible. Casi como un chico de mi edad. Mal que me pesase, estaba acostumbrándome a la compañía de Isabella, a sus diatribas y a la luz que había traído a esta casa. Si las cosas seguían así, se cumplirían mis peores temores y acabaríamos haciéndonos amigos. -¿Y usted ya tiene tema con todos estos librotes que consulta? Decidí que cuantas menos cosas explicase a Isabella sobre mi encargo, mucho mejor. -Aún estoy en la fase de documentación. -¿Documentación? ¿Y eso como funciona? -Básicamente, te lees miles de páginas para aprenderte lo más necesario y llegar a la esencia de un tema, a su verdad emocional, y después lo olvidas todo y vuelves a empezar de cero. Isabella suspiró. -¿Qué es verdad emocional? -Es la sinceridad dentro de la ficción. -¿Entonces, hay que ser honesto y buena persona para escribir ficción? -No. Se ha de tener oficio. La verdad emocional no es una cualidad moral, es una técnica. -Habla como un científico. – protestó Isabella. -La literatura, por lo menos la buena, es una ciencia con las venas llenas de arte. Como la arquitectura o la música. -Yo pensaba que era una cosa que brotaba del artista, así, de repente. -La única cosa que sale así, de repente, es el pelo y las verrugas. Isabella consideró aquellas revelaciones con escaso entusiasmo. -Todo esto lo dice para desanimarme y para que me vaya a casa. -Que mas quisiera yo. -Usted es el peor maestro del mundo.


-Al maestro lo hace el alumno, no al revés. -Con usted, no se puede discutir; porque se sabe todos los trucos de la retórica. No es justo. -No hay nada justo. Como máximo, se puede aspirar a que sea lógico. La justicia es una enfermedad rara en un mundo que, a parte de esto, tiene una salud de hierro. -Amén. ¿Es esto lo que pasa cuando te haces mayor? ¿Qué dejas de creer en las cosas, como usted? -No. A medida que envejeces, la mayoría de la gente continúa creyendo en tonterías, generalmente cada vez mayores. Yo voy contracorriente porque me gusta tocar las narices. -No hace falta que lo jure. Entonces, cuando yo sea mayor, continuaré creyendo en las cosas – amenazo Isabella. -Buena suerte. -Y además, creo en usted. No apartó los ojos cuando la miré. -Porque no me conoces. -Esto es lo que usted se piensa. No es tan misterioso como se imagina. -No pretendo ser misterioso. -Era un sustituto amable de antipático. Yo también se me algún truco de retórica. -Esto no es retórica. Es ironía. Son cosas diferentes. -¿Siempre tiene que ganar las discusiones, usted? -Cuando me lo ponen tan fácil, si. -Y este hombre, su amo… -¿Corelli? -Corelli. ¿Se lo pone fácil? -No. Corelli aún sabe más trucos de retórica que yo. -Ya me lo pensaba. ¿Usted se fía? -¿Por qué me preguntas eso? -No lo se. ¿Se fía? -¿Por qué no tendría que fiarme? Isabella se encogió de hombros.


-¿Qué es concretamente lo que le ha encargado? ¿no me lo piensa decir? -Ya te lo dije. Quiere que escriba un libro para su editorial. -¿Una novela? -No exactamente. Mas bien una fábula. Una leyenda. -¿un libro para niños? -Una cosa así. -¿Y usted lo hará? -Paga muy bien. Isabella enarcó las cejas. -¿Es `por eso que usted escribe? ¿Por qué le pagan bien? -A veces. -¿Y esta vez? -Esta vez escribiré ese libro porque lo tengo que hacer. -¿Qué está en deuda con el? -Se podría decir así, supongo. Isabella sopesó el asunto. Me pareció que iba a decir alguna cosa pero se lo tenía que pensar dos veces y se mordió los labios. En cambio, me ofreció una sonrisa inocente y una de sus miradas angelicales con que era capaz de cambiar de tema con un simple movimiento de sus párpados. -A mi también me gustaría que me pagasen por escribir – dijo. -A todo el que escribe le gustaría, pero esto no quiere decir que alguien lo tenga que hacer. -¿Y como se consigue? -Se empieza bajando a la galería, cogiendo papel… - …Clavando los codos y pensando hasta que el cerebro te duela. Ya me lo sé. Me miró a los ojos dudando. Ya hacía una semana y media que la tenía en casa y no había ni intentado hacerla volver a casa de sus padres. Supuse que se preguntaba cuando lo pensaba hacer o por que no lo había hecho todavía. Yo también me lo preguntaba y no encontraba la respuesta.


-Me gusta ser su ayudanta, aunque usted sea de la manera que es – dijo finalmente. La chica me miraba como si su vida dependiese de una palabra amable. Caí en la tentación. Las buenas palabras son bondades vanas que no exigen ningún sacrificio y se agradecen más que las bondades de hecho. -A mí también me gusta que seas mi ayudanta, Isabella, aunque sea como soy. <<<<<y me agradará más cuando ya no haga falta que seas mi ayudanta y no tengas nada que aprender de mí. -¿Usted cree que tengo posibilidades? -No tengo la menor duda. Dentro de diez años, tu serás la maestra y yo el aprendiz – die, repitiendo aquellas palabras que aún me sonaban como una traición. -Mentiroso – dijo, haciéndome dulcemente un beso en la mejilla y, a continuación, salió corriendo escaleras abajo. 14 Por la tarde, deje a Isabella instalada en el escritorio que habíamos preparado en la galería, encarada a unas páginas en blanco, y me fui hasta la librería del señor Gustavo Barceló, en la calle de Fernando, con la intención de conseguir una edición de la Biblia que fuese buena y legible. Todos los juegos de nuevos y antiguos testamentos que tenía por casa estaban impresos en tipografía microscópica sobre papel cebolla semitransparente, y su lectura, más que al fervor y a la inspiración divina, inducían a la migraña. Barceló, que entre muchas otras cosas era un persistente coleccionista de libros sagrados y textos apócrifos cristianos, disponía de un reservado en la parte de atrás de la librería lleno de un formidable surtido de evangelios, memorias de santos y beatos y toda clase de textos religiosos. Cuando me vio entrar en la librería, uno de los dependientes corrió a avisar a su jefe en la oficina de la trastienda. Barceló emergió de su despacho, eufórico.


Alabados sean los ojos. Ya me había dicho Sempere que había renacido, pero esto es antológico. A su lado, el mismo Valentino parece que acabe de salir de la mima. ¿Dónde se había metido, grandullón? -Aquí y allá – le dije. -En todas partes menos en la boda de Vidal. Le echamos en falta, amigo mío. -Permítame que lo dude. El librero asintió, dándome a entender que se hacía cargo de mi deseo de no querer entrar en aquel tema. -¿Me aceptará una taza de te? -Y dos. Y una Biblia. Si puede ser, manejable. -Esto no será ningún problema – dijo el librero - ¿Dalmau? Uno de sus dependientes vino amablemente. -Dalmau, aquí el amigo Martín necesita una edición de la Biblia de carácter no decorativo sino legible. Estoy pensando en Torres Amat, 1825. ¿Cómo lo ve? Una de las características de la librería de Barceló era que allí se hablaba de los libros como vinos exquisitos, catalogando bouquet, aroma, consistencia y año de la cosecha. -Una elección excelente, señor Barceló, aunque yo me inclinaría por la versión actualizada y revisada. -¿Mil ochocientos sesenta? -Mil ochocientos noventa y tres. -Por descontado. Adjudicado. Envuélvaselo al amigo Martín y apúntelo en la cuenta de la casa. -De ninguna manera – objeté. -El día que cobre a un descreído como usted por la palabra de Dios será el día que me fulmine un rayo destructor, y con razón. Dalmau salió pitando a buscar mi Biblia, y yo seguí a Barceló hasta su despacho, donde el librero sirvió dos tazas de te y me ofreció un puro de su humidificador. Lo acepté y lo encendí con la llama de una vela que me sostenía Barceló. -¿Macanudo?


-Veo que se está educando el paladar. Un hombre ha de tener vicios, si puede ser de categoría, si no, cuando llega a la vejez, no tiene de que redimirse. De hecho, le acompañaré, que caramba. Una nube de humo de puro exquisito nos cubrió como la marea alta. -Hace unos meses estuve en París y tuve la oportunidad de averiguar algunas cosas sobre el tema que le comentó al amigo Sempere hace tiempo – explicó el Barceló. -Éditions La Lumière. -Efectivamente. Me habría gustado poder rascar alguna cosa más, pero lamentablemente desde que la Editorial cerró, parece que nadie ha adquirido el catálogo, y me resultó difícil averiguar alguna cosa. -¿Dice que cerró? ¿Cuándo? -Mil novecientos catorce, sino me falla la memoria. -Tiene que haber un error. -No, si hablamos de Éditions de la Lumière, en boulevard SaintGermain. -Esa misma. -Miré, de hecho, me lo apunté todo para no olvidarme cuando nos viésemos. Barceló registró el cajón de su escritorio y sacó un pequeño cuaderno de notas. -Aquí lo tengo.: “Éditions La Lumière, editorial de textos religiosos con oficinas en Roma, París, Londres y Berlín. Fundador y Editor, Andreas Corelli. Fecha de apertura de la primera oficina en París, 1881” -Imposible – murmuré. Barceló, se encogió de hombros. -Hombre, me puedo haber equivocado pero… -¿Tuvo la oportunidad de visitar las oficinas? - De hecho, lo intenté, porque mi hotel quedaba delante del Panteón, muy cerca de allá, y las antiguas oficinas de la editorial quedaban en el lado sur del boulevard, entre la rue Saint Jacques y el boulevard Saint Michel. -¿Y?


-El edificio estaba vacío y tapiado, y parecía que hubiese habido un incendio o algo parecido. Lo único que quedaba intacto era el picaporte, una pieza realmente exquisita en forma de de ángel. Bronce, diría. Me lo habría llevado sino hubiese sido porque un gendarme me estaba mirando de reojo y no tuve el valor de provocar un incidente diplomático, no fuese que Francia nos volviese a invadir. -Tal como están las cosas, quizás nos harían un favor y todo. -Ahora que lo dice…Pero volviendo al asunto, cuando vi el estado en que estaba todo aquello, fui hasta un café de allá al lado a preguntar, y me dijeron que el edificio hacía más de veinte años que estaba así. -¿Pudo averiguar algo sobre el editor? -¿Corelli? Por lo que pude entender, la editorial cerró cuando el decidió retirarse, aunque no debía tener ni cincuenta años. Me parece que se trasladó a una villa del sur de Francia, al Luberon, y que murió al cabo de poco. Una picadura de serpiente, me dijeron. Un escorpión. Retirarse a la Provenza puede acabar así. -¿Está seguro de que se murió? -El Padre Coligny, un antiguo competidor, me enseñó la esquela, que guarda enmarcada como si se tratase de un trofeo. Dijo que la miraba cada día para acordarse de que aquel mal nacido estaba muerto y enterrado. Palabras textuales, aunque en francés sonaba mucho más bonito y musical. ¿Ese Coligny mencionó si el editor tenía algún hijo? -Me dio la impresión que el tal Corelli no era su tema preferido, y en cuanto pudo, Coligny se me escurrió. Según parece, hubo un escándalo en el que Corelli le robó uno de sus autores, un tal Lambert. -¿Qué pasó? -Lo mas divertido de todo es que Coligny ni tan solo había llegado a ver a Corelli nunca. Todo su contacto se limitaba a correspondencia comercial. La madre de los huevos diría que era, según parece, monsieur Lambert, subscribió un contrato para escribir un libro para Éditions de La Lumière, a escondidas de Coligny, para quien


trabajaba en exclusiva. Lambert era un adicto terminal al opio y arrastraba deudas para pavimentar la rue de Rivoli de punta a punta. Coligny sospechaba que Corelli le había ofrecido una suma astronómica, y el pobre, que se estaba muriendo, lo aceptó porque quería dejar bien situados a sus hijos. -¿Qué clase de libro? -Alguna cosa de contenido religioso. Coligny me nombró el título, un latinajo en boga que ahora no lo recuerdo. Ya sabe que todos los misales suenan más o menos igual. Pax Gloria Mundi, o una cosa así. -¿Qué pasó con el libro y con Lambert? -Aquí la cosa se enreda. Según parece, el pobre Lambert, en un rapto de locura, quiso quemar en manuscrito y se prendió fuego, a el y al texto, en la mima editorial. Muchos pensaron que el opio había acabado friéndole el cerebro, pero Coligny sospecho que era Corelli quien le había impulsado a suicidarse. -¿Por qué lo iba a hacer? -Vaya a saber. Tal vez no quería satisfacer la suma que le había ofrecido. Quizá todo fuesen fantasías de Coligny, que yo diría que era un aficionado al Beaujolais los doce meses del año. Sin ir más lejos, me dijo que Corelli había intentado matarlo para liberar a Lambert de su contrato y que solo le dejó en paz cuando decidió rescindir el contrato con el escritor y dejarle que se fuese. -¿Qué no decía que no le había visto nunca? -Más a mi favor. Yo creo que Coligny deliraba. Cuando le fui a visitar a su piso, ví más crucifijos, vírgenes y figuras de santos que en una tienda de pesebres. Me dio la impresión que no acababa de estar del todo. Cuando nos despedimos me dijo que me mantuviese alejado de Corelli. -¿Pero no me había dicho que se había muerto? -Ecco qua. Me quedé callado. Barceló me miraba, intrigado. -Tengo la impresión que mis indagaciones no le han causado gran sorpresa.


Esbocé una sonrisa despreocupada, quitándole importancia al asunto. -Al contrario. Y gracias por dedicarle tiempo a su búsqueda. -No se merecen. Para mí, ir a hacer de cotilla a París es un placer, ya me conoce. Barceló arrancó de la libreta la página con los datos que había anotado y me la alargó. -Para lo que le pueda servir. Aquí tiene todo lo que pude averiguar. Se levantó y me estrechó la mano. Me acompañó a la salida, donde Dalmau ya me tenía preparado el paquete. -Si quiere alguna estampa del Niño Jesús de estas que abre y cierra los ojos según como se mire, también tengo. Y otra de la Madre de Dios rodeada de ovejitas que, si se vuelve, se convierten en querubines redonditos. Un prodigio de la tecnología estereoscópica. -De momento, tengo bastante con la palabra revelada. -Que así sea. Agradecí los esfuerzos del librero por animarme, pero a medida que me alejaba de allá, me empezó a invadir una inquietud fría y me dio la impresión de que aquellas calles y mi destino estaban construidos sobre arenas movedizas. 15 Cuando volvía para casa, me paré delante del aparador de una papelería de la calle Platería. Sobre un pedazo de tela, relucía un estuche que contenía plumillas y una empuñadura de marfil a juego con el tintero blanco gravado con una especie de musas o hadas. El conjunto tenía un cierto aire de melodrama y parecía robado del escritorio de algún novelista ruso de los que se desangraban de mil en mil páginas. Isabella tenía una caligrafía de ballet que yo envidiaba, pura y limpia como su conciencia, y me pareció que aquel juego de plumillas llevaba su nombre. Entré y pedí al encargado que me lo enseñase. Las plumillas estaban chapadas en oro y la broma costaba una pequeña fortuna, pero decidí que bien podía corresponder a la


amabilidad y la paciencia que mi joven ayudanta me dedicaba, con algún detalle de cortesía. Pedí que me lo envolviese con un papel púrpura y un lazo de la medida de una carroza. Cuando llegué a casa, me dispuse a disfrutar de aquella satisfacción egoísta que da el hecho de presentarse con un obsequio en la mano. Iba a llamar a Isabella como si fuese una mascota fiel sin nada más que hacer que esperar con devoción la vuelta de su amo, pero lo que vi al abrir la puerta me dejó mudo. El pasillo estaba oscuro como un túnel. La puerta de la habitación del fondo estaba abierta y proyectaba una lámina de luz amarillenta y parpadeante sobre el suelo. -¿Isabella? – grité, con la boca seca. -Estoy aquí. La voz venía del interior de la habitación. Dejé el paquete sobre la mesa del recibidor y fui hacia allá. Me paré en el umbral y miré dentro. Isabella estaba sentada en el suelo en medio de la estancia. Había colocado una vela dentro de un vaso largo y se dedicaba con afán a su segunda vocación después de la literatura: es decir, a poner orden y concierto a la casa de los demás. -¿Cómo has entrado aquí? Me miró sonriente y se encogió de hombros. -Estaba en la galería y he oído un ruido. He pensado que debía ser usted, que había vuelto, y cuando he salido al pasillo he visto que la puerta de la habitación estaba abierta. Pensaba que me había dicho que la tenía cerrada. -Sal de aquí. No me gusta que entres en esta habitación. Es muy húmeda. -Que tontería. Con la cantidad de trabajo que hay aquí. Apa, venga. Mire todo lo que he encontrado. Dudé. -Entre, va. Entré en la habitación y me arrodillé a su lado. Isabella había separado los artículos y las cajas por clases: libros, juguetes, fotografías, ropa, zapatos, gafas. Miré todos aquellos objetos con


aprensión. Isabella parecía encantada, como si hubiese tropezado con las minas del rey Salomón. -¿Todo esto es suyo? Dije que no. -Es del antiguo propietario. -¿Usted le conocía? -No. Todo esto hacía años que estaba aquí, cuando me mudé. Isabella sostenía un paquete de correspondencia y me lo enseñó como si se tratase de una prueba de sumario. -Pues yo creo que he averiguado como se llamaba. -No me fastidies. Isabella sonrió claramente encantada con su trabajo detectivesco. -Marlasca – dictaminó – Se llamaba Diego Marlasca. ¿No lo encuentra curioso? -¿El que? -Que las iniciales sean las mismas que las suyas: D.M. -Es una simple coincidencia. Decenas de miles de personas de esta ciudad tienen esas mismas iniciales. Isabella me guiñó un ojo. Se lo estaba pasando en grande. -Mire que he encontrado. Isabella había rescatado una caja de latón llena a rebosar de fotografías viejas. Eran imágenes de otros tiempos, postales viejas de la Barcelona antigua, de los palacios derruidos del Parque de la Ciudadela después de la Exposición Universal de 1888, de grandes caserones hundidos y avenidas sembradas de gente vestida a la manera ceremoniosa de la época, de carruajes y memorias que tenían el color de mi infancia. Rostros y miradas perdidas me contemplaban a treinta años de distancia. En diversas de aquellas fotografías me pareció que reconocía la cara de una actriz que había sido popular en mi juventud y que había caído en el olvido hacía mucho tiempo. Isabella me observaba, en silencio. -¿La reconoce? – me preguntó.


-Me parece que se llamaba Irene Sabino, creo. Era una actriz de cierta fama en los teatros del Paralelo. Hace mucho, de esto. Antes de que tu nacieses. -Pues mire esto. Isabella me alargó una fotografía en que Irene Sabino aparecía recostada contra una ventana que no me costó identificar como la de mi estudio, arriba de todo de la torre. -¿Interesante, ¿verdad que sí? – Preguntó Isabella - ¿Cree que vivía aquí? Me encogí de hombros. -Tal vez era la amante del tal Diego Marlasca… -En todo caso, no creo que sea asunto nuestro. -Que aburrido que es usted, a veces. Isabella guardó las fotografías en la caja. Mientras lo hacía, se le resbaló una de las manos. La imagen se quedó a mis pies. La recogí y la examiné. Irene Sabino, con un vestido negro deslumbrante, estaba con un grupo de gente vestida de fiesta en una estancia que parecía en gran salón del Círculo Ecuestre. Era una simple imagen de fiesta que no me habría llamado la atención a no ser porque, en segundo término, casi borroso, se distinguía a un señor de cabellos blancos arriba del todo de la escalinata. Andreas Corelli. -Se ha vuelto pálido – dijo Isabella. Me cogió la fotografía de las manos y la examinó sin decir nada. Me puse de pié y le hice una seña a Isabella para que saliese de la habitación. -No quiero que vuelvas a entrar aquí – dije sin fuerzas. -¿Por qué? Esperé que Isabella saliese de la habitación y cerré la puerta. Isabella me miraba como si no acabase de estar del todo. -Mañana avisarás a las hermanas de la caridad y les dirás que pasen a buscar todo esto. Que se lo lleven todo, y lo que no quieran, que lo tiren. -Pero… -Que no se hable más.


No quise afrontar su mirada y me dirigí hacia la escalera que subía al estudio. Isabella me contemplaba desde el pasillo. -¿Quién es aquel hombre, señor Martín? -Nadie – murmuré – Nadie. 16 Subí al estudio. Era completamente de noche, el cielo desnudo de estrellas y de luna. Abrí las ventanas de par en par y saqué la cabeza para contemplar la ciudad sumergida en las sombras. Solo corría un halito de aire y el sudor me mordía la piel. Me senté sobre el borde de la ventana y encendí el segundo de los puros que Isabella había dejado sobre el escritorio, días atrás, esperanto un aliento de viento fresco o una idea un poco más presentable que toda aquella colección de tópicos con la cual emprender el encargo del amo. Entonces, oí el ruido de los porticones del dormitorio de Isabella que se abrían en el piso de abajo. Un rectángulo de luz cayó sobre el patio y vi el perfil de su silueta que se recortaba. Isabella se acercó a la ventana y miró hacia las sombras sin darse cuenta de mi presencia. Contemplé como se desnudaba poco a poco. La vi que se acercaba al espejo del armario y se examinaba el cuerpo, acariciándose el vientre con la punta de los dedos y resiguiendo los cortes que se había hecho en la cara interna de los muslos y de los brazos. Se contempló un buen rato, vestida solo con una mirada derrotada, y después apagó la luz. Volví al escritorio y me senté delante del montón de anotaciones y de apuntes que había ido recopilando para el libro del amo. Repasé aquellos esbozos de historias llenas de revelaciones místicas y profetas que sobrevivían a pruebas terribles y me volvían con la verdad revelada, de infantes mesiánicos abandonados en las puertas de familias humildes y puras de alma perseguidos por imperios laicos y maléficos, de paraísos prometidos en otras dimensiones a quien aceptase su destino y las reglas del juego con espíritu deportivo y de deidades ociosas y antropomórficas sin nada mejor que hacer que mantener una vigilancia telepática sobre la conciencia de millones de


frágiles primates que habían aprendido a pensar justo a tiempo de descubrir que habían sido abandonados a su suerte en un remoto rincón del universo y la vanidad de los cuales, o la desesperación, les llevaba a creer con los ojos cerrados que cielo e infierno se desvivían por sus pequeños pecados triviales y mezquinos. Me pregunté si era aquello lo que el amo había visto en mí, una mente mercenaria y sin manías para tramar un cuento narcótico capaz de enviar a los niños a dormir o de convencer a un pobre desgraciado y sin esperanza de asesinar al vecino a cambio de la gratitud eterna de deidades suscritas a la ética del pistolerismo. Días atrás, había llegado otra de aquellas misivas que me citaba con el amo para comentar el progreso de mi trabajo. Cansado de mis propios escrúpulos, me dije que justo me quedaban veinticuatro horas para la cita y que, al paso que iba, me presentaría con las manos vacías y la cabeza llena de sospechas y de dudas. Sin más alternativa, hice lo que había hecho durante tantos años en situaciones parecidas. Puse un folio en la Underwood y, con las manos sobre el teclado como un pianista que espera el compás, empecé a exprimirme el cerebro, a ver que salía. 17 -Interesante – pronunció el amo cuando acabó la décima y última página – Extraño, pero interesante. Estábamos sentados en un banco en la tiniebla dorada del umbráculo del Parque de la Ciudadela. Una cúpula de láminas filtraba la luz hasta reducirla a polvo de oro y un jardín de plantas esculpía las sombras y claridades de aquella extraña penumbra luminosa que nos envolvía. Encendí un cigarrillo y contemplé el humo como elevaba desde mis dedos en volutas azules. -Viniendo de usted, extraño es un adjetivo inquietante – le dije -Me refería a extraño en oposición a vulgar – precisó Corelli. -¿Pero? -No hay peros, amigo Martín. Considero que ha encontrado una vía interesante y con muchas posibilidades.


Para un novelista, cuando alguien le dice que alguna de sus páginas es interesante y que tiene posibilidades es señal que las cosas no van bien. Corelli parecía que leía mi inquietud. -Ha dado la vuelta a la cuestión. En lugar de ir a las referencias mitológicas, ha empezado por las fuentes más prosaicas. ¿Le puedo preguntar de donde ha sacado la idea de un mesías guerrero en lugar de pacífico? -Usted mentó a la biología. -Todo lo que necesitamos saber está escrito en el gran libro de la naturaleza. Hay suficiente con tener la valentía y la mente y el espíritu suficientemente claro para poderlo leer – convino Corelli. -Uno de los libros que consulté explicaba que, en el ser humano, el hombre llega a su punto álgido de fertilidad a los diecisiete años. La mujer llega más adelante, y lo mantiene y, de alguna manera, actúa como selector y juez de los genes que acepta reproducir y de los que rechaza. El hombre, en cambio, simplemente propone y se consume mucho más deprisa. La edad en que llega a su máxima potencia reproductiva es cuando su espíritu combativo está en el punto álgido. Un chico no es un soldado perfecto. Tiene un gran potencial de agresividad y un escaso o nulo nivel crítico para analizarlo y para juzgar como canalizarlo. A lo largo de la historia, numerosas sociedades han encontrado la manera este capital de agresión y han hecho, de sus adolescentes, soldados, carne de cañón con la cual conquistar a sus vecinos u defenderse de sus agresiones. Algo me decía que nuestro protagonista era un enviado del cielo, pero un enviado que, en su primera juventud, se alzaba en armas y liberaba la verdad a golpes de hierro. -¿Ha decidido mezcla la historia con la biología, Martín? -Por sus palabras, me pareció entender que eran una sola cosa. Corelli sonrió. No se si se daba cuenta, pero cuando lo hacía parecía un lobo hambriento. Tragué saliva e ignoré aquella expresión que ponía la piel de gallina. -Estuve pensando y me di cuenta que la mayoría de las grandes religiones se habían originado o habían llegado a sus puntos álgidos


de expansión e influencia, en los momentos de la historia en que las sociedades que las adoptaban tenían una base demográfica más joven y empobrecida. Sociedades en las que el setenta por ciento de la población tenían menos de dieciocho años, la mitad de ellos adolescentes machos con la sangre hirviéndoles de agresividad e impulsos fértiles; una tierra fecunda para la aceptación y el auge de la fe. -Esto es una simplificación, pero ya veo por donde va, Martín. -Ya lo se. Pero teniendo en cuenta estas líneas generales, me pregunté porqué no ir directo al grano y establecer una mitología alrededor de este mesías guerrero, de sangre y de rabia, que salva a su pueblo, a sus genes, a sus hembras y a sus ancianos garantes del dogma político y racial de sus enemigos, es decir, de todos aquellos que no aceptan o no se someten a su doctrina. -¿Y que pasa con los adultos? -Al adulto llegaremos apelando a su frustración. A medida que avanza la vida y hay que renunciar a las ilusiones, a los sueños, a los deseos de juventud, crece la sensación de sentirse víctima del mundo y de los otros. Siempre encontramos algún otro culpable de nuestra desgracia y de nuestro fracaso, alguien que queremos excluir. Abrazar una doctrina que positivice este rencor y este victimismo reconforta y da fuerzas. Así, el adulto se siente parte del grupo y sublima sus deseos y anhelos perdidos a través de la comunidad. -Tal vez si – concedió Corelli - ¿Y toda esta iconografía de la muerte y de banderas y escudos? ¿No le parece contraproducente? -No. Me parece esencial. El hábito hace al monje pero sobre todo, al feligrés. -¿Y que me dice de las mujeres, de la otra mitad? Me sabe mal, pero me cuesta ver una parte sustancial de las mujeres de una sociedad creyendo en banderitas y escudos. La psicología del boy scout es cosa de criaturas. -Toda religión organizada, con escasas excepciones, tiene como pilar básico la subyugación, represión y anulación de la mujer en el grupo. La mujer tiene que aceptar el rol de presencia etérea, pasiva y


maternal, nunca de autoridad o de independencia, o paga las consecuencias. Puede tener su lugar de honor entre los símbolos, pero no en la jerarquía. La religión y la guerra son negocios masculinos. Y, en todo caso, la mujer acaba, a veces, convirtiéndose en cómplice y ejecutora de su propia subyugación. -¿Y los viejos? -La vejez es la vaselina de la credulidad. Cuando la muerte llama a la puerta, el escepticismo salta por la ventana. Un buen susto cardiovascular y crees incluso en la Caperucita Roja. Corelli se rió. -Cuidado, Martín que me parece que se está volviendo más cínico que yo. Me lo miré como si fuese un alumno dócil y ansioso por obtener la aprobación de un maestro difícil y exigente. Corelli me dio un golpecito en la rodilla con la mano, asintiendo complacido. -Me gusta. Me gusta el olor de todo esto. Quiero que le siga dando vueltas y encontrándole la forma. Le daré más tiempo. Nos encontraremos dentro de dos o tres semanas, ya le avisaré con unos cuantos días de antelación. -¿Ha de salir de la ciudad? -Gay unos asuntos en la editorial que me reclaman y me temo que me esperan unos cuantos días de viajes. Pero me voy contento. Ha hecho un buen trabajo. Ya sabía yo que había encontrado a mi candidato ideal. El amo se puso en pie y me alargó su mano. Me sequé con la pernera del pantalón la palma de la mano, empapada en sudor, y se la estreché. -Le encontraremos a faltar – improvisé. -No se pase, Martín, que iba muy bien. Vi como se iba entre las tinieblas del umbráculo, con el sonido de sus pasos desapareciendo en la sombra. Me quedé allí un buen rato, preguntándome si el amo debía haber picado en el anzuelo y se debía haber tragado aquel montón de historias que acababa de transmitirle. Tenía la certeza que le había explicado exactamente lo que quería oír.


Confiaba que fuese así y que, con aquel montón de barbaridades, hubiese quedado satisfecho, de momento, y convencido que su servidor, el infeliz novelista fracasado, se había convertido al movimiento. Me dije que cualquier cosa con que pudiese comprar un poco más de tiempo para averiguar donde me había metido, bien merecía el intento. Cuando me levanté y salí del umbráculo, aún me temblaban las manos. 18 Años de experiencia escribiendo intrigas policíacas proporcionan una serie de principios básicos con los cuales empezar una investigación. Uno es que casi cualquier intriga de solidez mediana, incluidas las pasionales, nace y muere con olor de dinero y propiedades inmobiliarias. Saliendo del umbráculo, me dirigí a la Oficina del Registro de la Propiedad, en la calle Consejo de Ciento, y quise consultar los volúmenes en que se hacía referencia a la compra, venta y propiedad de mi casa. Los volúmenes de la biblioteca del Registro contienen casi tanta información esencial sobre las realidades de la vida como las obras completas de los filósofos más pulcros, o incluso, más y todo. Empecé por revolver en la sección que recogía el proceso de alquiler por mi parte del inmueble ubicado en el número 30 de la calle de Flassaders. Allí encontré las indicaciones necesarias para seguir el rastro de la historia del inmueble, antes que el Banco Hispano Colonial asumiese la propiedad en 1911, como parte de un proceso de embargo a la familia Marlasca, que, según parece, había heredado el inmueble cuando murió su propietario. Allí se mencionaba un abogado que se llamaba S.Valera, que había actuado como representante de la familia durante el pleito. Un nuevo salto al pasado me permitió encontrar los datos correspondientes a la compra de la finca por parte del señor Diego Marlasca Pongiluppi en 1902 a un tal Bernabé Massot y Caballé. Me apunte en una cuartilla aparte todos los datos, desde el nombre del abogado y los participantes en las


transacciones hasta las fechas correspondientes. Uno de los encargados avisó en voz alta que faltaban quince minutos para que el Registro cerrase e iba a acabar para irme, pero antes de hacerlo, me apresuré a consultar el estado de la propiedad de la residencia de Andreas Corelli, al lado del Parque Güell. Una vez transcurridos los quince minutos, y sin ningún éxito en mi búsqueda, levanté los ojos del volumen de registros y me encontré con la mirada cenicienta del secretario. Era un tipo consumido y reluciente de tana laca como llevaba desde el bigote hasta los cabellos y que destilaba aquella desidia beligerante de los que hacen de su trabajo una tribuna con la que obstaculizar la vida de los otros. -Dispense. No se encontrar una propiedad – le dije. - Pues debe ser porque no existe o porque no la sabe buscar. Hoy ya hemos cerrado. Correspondí a aquella demostración de amabilidad y eficiencia con la mejor de mis sonrisas. -Tal vez la encontraría con su experta ayuda – le sugerí. Me dedicó una mirada de náusea y me arrebató el volumen de las manos. -Vuelva mañana. La parada siguiente fue en el ceremonioso edificio del Colegio de Abogados, en la calle Mallorca, a solo unas cuantas travesías de allá. Subí las escalinatas custodiadas por arañas de cristal y lo que me pareció una escultura de la justicia con busto y maneras de estrella del Paralelo. Un hombrecillo con aspecto de ratoncillo me recibió en la secretaría con una sonrisa afable y me preguntó en que me podía ayudar. -Busco un abogado. -Ha venido al lugar adecuado. Aquí ya no sabemos como sacárnoslos de encima. Cada día hay más. Se reproducen como conejos. -Es el mundo moderno. El que yo busco se llama, o se llamaba, Valera. S.Valera. con uve.


El hombrecillo se escurrió por un laberinto de archivadores, mientras iba rumiando en voz baja. Me esperé apoyado en el mostrador, dejando deslizar la vista por aquel decorado que olía al contundente peso de la ley. Al cabo de cinco minutos, el hombrecillo volvió con una carpeta. -Me salen diez Valeras. Dos con S. Sebastián y Soponcio. -¿Soponcio? -Usted es muy joven, pero tiempo atrás este era un nombre bastante distinguido e idóneo para el ejercicio de la profesión legal. Después vino el charleston y lo mandó todo a hacer puñetas. -¿Vive el señor Soponcio? -Según el archivo y su baja en la cuota del Colegio, el señor Soponcio Valera Menacho fue recibido en la gloria de Nuestro Señor en los años 1919. Memento mori. Sebastian es el hijo. -¿En ejercicio? -Pleno y constante. Intuyo que querrá la dirección. -Si no es mucha molestia. El hombrecillo me la anotó en un papelito y me la alargó. -Diagonal 442. Le queda a cuatro pasos de aquí, aunque ya son las dos y, a estas horas, los abogados de categoría llevan a comer a viudas ricas o a fabricantes de telas y explosivos. Yo me esperaría a las cuatro. Me guardé la dirección en el bolsillo de la chaqueta. -Así lo haré. Muchísimas gracias por su ayuda. -Para eso estamos. Que usted lo pase bien. Me quedaban un par de horas para matar antes de hacer una visita al abogado Valera, o sea que cogí in tranvía que iba hasta la Vía Layetana y bajé a la altura de la calle Condal. La librería de Sempere e hijos quedaba allí mismo y sabía por experiencia que el viejo librero, contraviniendo la costumbre inmutable del comercio local, no cerraba a mediodía. Le encontré, como siempre, al pie del mostrador, ordenando libros y atendiendo a un numeroso número de clientes que se paseaban por las mesas y estanterías a la caza de algún tesoro.


Cuando me vio me sonrió, y se acercó a saludarme. Estaba más delgado y pálido que la última vez que nos habíamos visto. Debía leer la preocupación en mi mirada, porque se encogió de hombros e hizo un gesto para quitarle importancia al asunto. -Unos tanto y otros tan poco. Usted hecho un figurín y yo, un pellejo, ja lo ve – me dijo. -¿Se encuentra bien? -Yo, como una rosa. Es esta maldita angina de pecho. Nada grave. ¿Qué viento le trae por aquí, amigo Martín? -Había pensado en invitarle a comer. -Se lo agradezco, pero no puedo dejar el timón. Mi hijo se ha ido a Sarriá a tasar una colección y las cuentas no están para ir cerrando cuando los clientes están en la calle. -No me diga que tiene problemas de dinero. -Esto es una librería, Martín, no un despacho de notaria. Aquí, la letra da para ir justitos, y a veces, ni eso. -Si necesita ayuda… Sempere me paró con la mano levantada. -Si me quiere ayudar, cómpreme un libro. -Usted sabe que la deuda que tengo con usted no se paga con dinero. -Razón de más para que no se le ocurra. No se preocupe por nosotros, Martín, que de aquí no nos sacarán sino es en una caja de pino. Pero si quiere, puede compartir conmigo una suculenta comida de pan con pasas y queso fresco de Burgos. Con eso y el conde de Montecristo, se puede sobrevivir cien años. 19 Sempere casi no comió nada. Sonreía cansado y fingía interés por mis comentarios, pero vi que a veces incluso le costaba respirar. -Dígame, Martín, ¿en que trabaja ahora? - Queda mal decirlo. Un libro por encargo. -¿Novela? -No, exactamente. No sabría muy bien como definirlo.


-Lo más importante es que trabaje. Siempre he dicho que el ocio ablanda el espíritu. Hay que mantener el cerebro ocupado, y sino se tiene cerebro, por lo menos las manos. -Pero a veces, se trabaja más de la cuenta, señor Sempere. ¿No debería descansar un poco, usted? ¿Cuántos años hace que está aquí, al pie del cañón, sin parar? Sempere miró a su alrededor. -Este lugar es mi vida, Martín. ¿Dónde quiere que vaya? ¿A un banco del parque, para que me de el sol y pueda dar de comer a las palomas y quejarme de mi reuma? Me moriría en dos minutos. Mi sitio es aquí. Y mi hijo aún no está preparado para hacerse cargo del negocio, aunque se lo crea. -Pero es un buen trabajador y una buena persona. -Demasiado buena persona, entre nosotros. A veces, me lo miro y me pregunto que será de el, el día que yo falte. Como se las arreglará… -Esto lo hacen todos los padres, señor Sempere. -¿El suyo también lo hacía? Perdone, no querría… -No se preocupe. Mi padre ya tenía suficientes dolores de cabeza para tener que cargar, además con los que yo le causaba. Seguro que su hijo tiene más traza de lo que usted se piensa. Sempere me miraba, dudando. -¿Sabe que me parece que le falta? -¿Malicia? -Una mujer. -No le deben faltar novias con todas las palomitas que se apiñan en el escaparate para admirarlo. -Yo hablo de una mujer de verdad, de las que hacen que un hombre sea lo que tiene que ser. -Aún es joven. Deje que se divierta unos cuantos años. -Esta sí que es buena. Si por lo menos se divirtiese. Yo, a su edad, si hubiese tenido ese séquito de mozas, habría pecado como un cardenal. -Dios da pan a quien no tiene dientes.


-Esto le hace falta: dientes. Y ganas de morder. Me dio la impresión que le rondaba alguna cosa por la cabeza. Me miraba y sonreía. -Tal vez usted le podría ayudar… - ¿Yo? -Usted es un hombre de mundo, Martín. Y no me ponga esta cara. Seguro que, si se pone, le encuentra una buena chica a mi hijo. La cara bonita ya la tiene, el resto se lo enseña usted.5 Me quedé sin palabras. -¿No me quería ayudar? – Me preguntó el librero – Pues ya lo tiene. -Yo hablaba de dinero. -Y yo hablo de mi hijo, del futuro de esta casa. De mi vida. Suspiré. Sempere me cogió la mano y me la apretó con la poca fuerza que le quedaba. -Prométame que no dejará que me vaya de este mundo sin ver a mi hijo colocado con una mujer de estas por las cuales vale la pena morirse. Y que me de un nieto. -Si lo llego a saber me quedo a comer en el café Novedades. Sempere sonrió. -A veces pienso que usted tenía que haber sido hijo mío, Martín. Miré al librero, más frágil y viejo que nunca, con trabajos una sombra del hombre fuerte e imponente que yo recordaba cuando, de pequeño, había pasado tantas horas entre aquellas cuatro paredes, y noté que el mundo se me caía encima. Me acerqué y, antes de que me diese cuenta, hice lo que no había hecho nunca en todos aquellos años que le había conocido. Le di un beso en aquella frente picada de manchas y tocado por cuatro pelos grises. -¿Me lo promete? -Se lo prometo. 20 El despacho del abogado Valera ocupaba el ático de un extravagante edificio modernista encajado en el número 442 de la


avenida Diagonal, tocando a la esquina con el Paseo de Gracia. La finca parecía un cruce entre un gigantesco reloj de campana y un barco pirata, tocado con grandiosos ventanales y una techumbre de buhardillas verdes. En cualquier otro lugar del mundo, aquella estructura barroca y bizantina habría sido proclamada una de las siete maravillas del mundo o un engendro diabólico obra de algún artista loco poseído por los espíritus del más allá. En el Ensanche de Barcelona, donde piezas parecidas brotaban por todas partes como tréboles después de la lluvia, apenas conseguía enarcar una ceja. Me introduje en el vestíbulo y me encontré un ascensor que me hizo pensar en el que habría dejado a su paso una gran araña que tejiese catedrales en lugar de redes. El portero me abrió la cabina y me aprisionó en aquella extraña cápsula, que empezó a subir por el conducto central de la escalinata. Una secretaria de expresión adusta me abrió la puerta de roble labrado y me indicó que pasase. Le di mi nombre y le indiqué que no tenía ninguna cita concertada, pero que iba por un asunto relacionado con la compraventa de un inmueble del barrio de la Ribera. Alguna cosa cambió en su mirada imperturbable. -¿La casa de la torre? – preguntó la secretaria. Dije que si. La secretaria me condujo hasta un despacho vacío y me indicó que entrase. Intuí que aquella no era la sala de espera oficial. -Espérese un momento, señor Martín. Diré al señor abogado que está usted aquí. Me pasé los siguientes cuarenta y cinco minutos en aquel despacho, rodeado de estanterías llenas de volúmenes de la medida de losas funerarias con inscripciones en los lomos del tipo de “18881889,B.C.A. Sección primera. Titulo segundo”, que convidaban a la lectura compulsiva. El despacho disponía de un amplio ventanal suspendido sobre la Diagonal, desde donde se podía contemplar toda la ciudad. Los muebles olían a maneras nobles envejecida y macerada en dinero. Alfombras y butacas de piel sugerían un ambiente de club británico. Intenté levantar una de las lámparas que dominaban el escritorio y calculé que debía de pesar no menos de treinta kilos. Un gran óleo que reposaba sobre una chimenea por estrenar mostraba la


presencia rechoncha y expansiva de quien no podía ser nadie más que el inefable señor Soponcio Valera Menacho. El titánico letrado lucía unas patillas y unos bigotes que parecían la cabellera de un león viejo, y sus ojos, de fuego y de acero, dominaban todos los rincones de aquella estancia desde el más allá con una gravedad de sentencia de muerte. -No habla, pero si se queda mirando el cuadro un rato, parece que se vaya a poner a hacerlo en cualquier momento – dijo una voz detrás de mí. No le había oído entrar. Sebastián Valera era un hombre de andares discretos que parecía que se hubiese pasado la mayor parte de su vida intentando huir, aunque fuera arrastrándose, de la sombra de su padre y que ahora, entrada en la cincuentena, ya estaba cansado de intentarlo. Tenía una mirada inteligente y penetrante, y sus gestos exquisitos mostraban aquella especie de conducta que solo exhiben las princesas reales y los abogados realmente caros. Me largó la mano y yo se la estreché. -Me sabe mal haberle hecho esperar pero no contaba con su visita – me dijo, indicándome que me sentase. Al contrario. Le agradezco que haya tenido la amabilidad de recibirme. Valera sonreía como solo lo puede hacer el que sabe y fija el precio de cada minuto. -Mi secretaria me ha dicho que usted se llama David Martí. ¿David Martín, es escritor? Mi cara de sorpresa me debía delatar. -Vengo de una familia de grandes lectores – explicó - ¿en que le puedo ayudar? -Me gustaría hacerle una consulta respecto a la compraventa de una finca situada en… -¿La casa de la torre? – Me cortó el abogado, educadamente. SI. -¿Qué la conoce usted? -Vivo.


Valera me miró durante un largo rato sin dejar de sonreír. Se sentó bien derecho en la silla u adoptó una postura tensa y cerrada. -¿Usted es el actual propietario? -En realidad, vivo en la finca, en régimen de alquiler. -¿Y que querría saber, señor Martín? -Me gustaría conocer, si es posible, los detalles de la adquisición del inmueble por parte del Banco Hispano Colonial y conseguir un poco de información sobre el antiguo propietario. -El señor Diego Marlasca – murmuró el abogado - ¿Puedo preguntar la naturaleza de su interés? -Pura casuística. Hace poco, en el decurso de una remodelación de la finca, he encontrado una serie de artículos que creo le pertenecen. El abogado frunció las cejas. -¿Artículos? -Un libro. O más propiamente dicho, un manuscrito. El señor Marlasca era un gran aficionado a la literatura. De hecho, era autor de numerosos libros de derecho y también de historia y de otros temas. Un gran erudito. Y un gran hombre, aunque al final de su vida, hubiese quien probó de embrutecer su reputación. El abogado se dio cuenta de mi gesto de extrañeza. -Entiendo que usted no esté familiarizado con las circunstancias de la muerte del señor Marlasca. -Me temo que no. Valera suspiró como si se debatiese entre continuar hablando o no. -¿No escribirá sobre esto, verdad que no, ni sobre la Irene Sabino? -No. -¿Me da usted su palabra? Asentí. Valero se encogió de hombros. -Tampoco podría decir nada que no se dijese en su día, supongo – dijo, más para el mismo que para mí. El abogado miró un momento el retrato de su padre y después fijó su mirada en mí.


-Diego Marlasca era el socio y mejor amigo de mi padre. Fundaron juntos este bufete. El señor Marlasca era un hombre muy brillante. Lamentablemente, también era un hombre complejo y afectado por largos periodos de melancolía. Llegó a un punto en que mi padre y el señor Marlasca decidieron disolver su vínculo. El señor Marlasca dejó la abogacía y se consagró a su primera vocación: la escritura. Dicen que casi todos los abogados tienen el deseo secreto de dejar el ejercicio y hacerse escritores… -…hasta que comparan los sueldos. -El caso es que el señor Diego había establecido una relación con una actriz de cierta popularidad en aquella época, Irene Sabino, para quien quería escribir una comedia dramática. No había nada más. El señor Marlasca era todo un señor y no fue nunca infiel a su esposa, pero ya sabe como es la gente. Chafarderías. Rumores y celos. El caso es que corrió el bulo que el señor Diego estaba viviendo un idilio secreto con Irene Sabino. Su esposa no le perdonó nunca y el matrimonio se separó. El señor Marlasca, destrozado, adquirió la casa de la torre y se trasladó. Por desgracia, justo hacía un año que vivía que murió en un desgraciado accidente. -¿Qué clase de accidente? -El señor Marlasca murió ahogado. Una tragedia. Valera había bajado la mirada y hablaba en un suspiro. -¿Y el escándalo? -Digamos que hubo lenguas venenosas que quisieron hacer creer que el señor Marlasca se había suicidado, después de sufrir un desengaño amoroso con Irene Sabino. -¿Y fue así? Valera se quitó las gafas y se frotó los ojos. -Si quiere que le diga la verdad, no lo se. Ni lo se ni me interesa. El pasado es pasado. -Y que se hizo de Irene Sabino? Valera se volvió a poner las gafas. -Pensaba que su interés se limitaba al señor Marlasca y a los aspectos de la compraventa.


-Es simple curiosidad. Entre los efectos del señor Marlasca, encontré numerosas fotografías de Irene Sabino, y también ciertas cartas dirigidas al señor Marlasca… -¿Dónde quiere llegar con todo esto? – dejó caer Valera - ¿Es dinero lo que quiere? -No. -Me alegro, porque no le daría nada. Ya no le importa a nadie ese asunto. ¿Me entiende? -Perfectamente, señor Valera. No era mi intención importunarlo ni hacer insinuaciones fuera de lugar. Me sabe mal haberle ofendido con mis preguntas. El abogado sonrió y dejó escapar un suspiro amable, como si la conversación ya se hubiese acabado. -No tiene importancia. Discúlpeme usted a mí. Aprovechando ese gesto conciliador que el abogado mostraba, adopté mi expresión más dulce. -Quizá la señora Alicia Marlasca, su viuda… Valera se encogió en su butaca, visiblemente incómodo. -Señor Martín, no querría que me interpretase mal, pero parte de mi deber como abogado de la familia es preservar su intimidad. Por motivos obvios. Ha pasado mucho tiempo, pero no querría que ahora se abriesen nuevas heridas que n conducen a nada. -Me hago cargo. El abogado me observaba, tenso. -¿Entonces dice que encontró un libro? – me preguntó. -Sí… un manuscrito. Seguramente no tiene importancia. -Seguramente no. ¿De que trataba la obra? -Teología, diría. Valero dijo que sí con la cabeza. -¿Le sorprende? – preguntó. -No. Al contrario. El señor Diego era una autoridad en la historia de las religiones. Un hombre sabio. En esta casa, todavía se le recuerda con mucho afecto. Dígame, ¿Qué aspectos concretos de la compraventa quería conocer?


-Me parece que ya me ha ayudado bastante, señor Valera. No querría robarle más tiempo. El abogado asintió, aliviado. -¿Es la casa, no? – preguntó -Es un lugar extraño, sí – dije yo. -Recuerdo haber estado una vez, de joven, al cabo de poco que el señor Diego la comprase. -¿Sabe porqué la compró? -Decía que le había fascinado desde que era joven y que siempre le habría gustado vivir allí. El señor Diego tenías esas cosas. A veces, era como un crío capaz de entregarlo todo a cambio de una simple ilusión. No dije nada. -¿Se encuentra bien? -Perfectamente. ¿Sabe alguna cosa del propietario a quien se la compró el señor Marlasca? ¿Un tal Bernabé Massot? -Un indiano. No se pasó nunca más de una hora. La compró cuando volvió de Cuba y la tuvo vacía durante años. No dijo el por qué. El vivía en un caserón que se hizo construir en Arenys de Mar. Se lo vendió por cuatro reales. No quería saber nada. -¿Y antes que el? -Me parece que vivía un sacerdote. Un jesuita. No estoy seguro. Mi padre era quien llevaba los asuntos del señor Diego y, cuando murió, mi padre destruyó todos los archivos. -¿Por qué lo hizo? -Por todo lo que le he explicado. Para evitar rumores y preservar la memoria de su amigo, supongo. La verdad es que no le lo dijo nunca. Mi padre no era un hombre que acostumbrase a dar explicaciones de sus actos. Debía tener sus razones. Buenas razones, no tengo ninguna duda. El señor Diego había sido un gran amigo, además de socio, y todo aquello fue muy doloroso para mi padre. -¿Qué se hizo del jesuita?


-Me parece que tenía problemas disciplinarios con la orden. Era amigo de mossen Cinto Verdaguer y diría que había estado implicado en algunos de sus líos, ya sabe que quiero decir. -Exorcismos. -Chafarderías. -¿Cómo se puede permitir, un jesuita expulsado de la orden, una casa así? Valera volvió a mover los hombros, y supuse que ya se había acabado la entrevista. -Me gustaría poderle ayudar más, señor Martín, pero no se como. Créame. -Gracias por su tiempo, señor Valera. El abogado asintió y apretó un timbre que tenía en el escritorio. La secretaria que me había recibido apareció por la puerta. Valera me ofreció la mano y yo se la estreché. -El señor Martín se va. Acompáñele, Margarita. La secretaria dijo que si y me guió. Antes de salir del despacho, me volví para mirar al abogado, que contemplaba abatido, el retrato de su padre. Seguí a Margarita hasta la salida y, justo cuando empezaba a cerrarme la puerta, me volví y le mostré mi sonrisa más inocente. -Disculpe. Antes el abogado Valera me ha dado la dirección de la señora Marlasca, pero, ahora que pienso, no estoy seguro de recordar el número de la calle… Margarita cayó en la trampa, con ganas de deshacerse de mí. -Es el trece de la carretera de Vallvidriera, número trece. -Eso. -Buenas tardes – dijo Margarita. Antes de que pudiese corresponder a su despedida, la puerta se cerró delante de mis narices con la solemnidad y distinción de un santo sepulcro. 21


Cuando volví a la casa de la torre, aprendí a ver con otros ojos la que había sido mi casa y mi prisión durante demasiados años. Entré por el portal sintiendo que atravesaba la garganta de un ser hecho de piedra y de sombras. Subí la escalinata como si me introdujese en sus entrañas, abrí la puerta del piso principal y me encontré con aquel largo pasillo oscuro que se perdía en la penumbra y que, por primera vez, me pareció el vestíbulo de una mente recelosa y envenenada. Al fondo, recortada en el resplandor escarlata del anochecer que se filtraba desde la galería, distinguí la silueta de la Isabella que avanzaba hacia mí. Cerré la puerta y encendí la luz del recibidor. Isabella se había vestido de señorita fina, con el pelo recogido y unas líneas de maquillaje que había que pareciese una mujer diez años mayor. -Te veo muy guapa y elegante – le dije fríamente. -Casi como una chica de su edad, ¿verdad que sí? ¿Le gusta el vestido? -¿De donde lo has sacado? -Estaba guardado en uno de los baúles de la habitación del fondo. Diría que era de Irene Sabino. ¿Qué le parece? ¿Verdad que me queda la mar de bien? - Te hice un encargo. Te dije que quería que viniesen y se lo llevasen todo. - Y lo he hecho. Esta mañana he ido a la parroquia a preguntar y me han dicho que ellos no pueden venir a buscar nada, que si queremos, lo podemos llevar nosotros. La miré sin decir nada. -Es la verdad – dijo. -Sácate eso y lo dejas donde lo has encontrado. Y lávate la cara que pareces… -¿Una cualquiera? – acabó Isabella. Negué, suspirando. -No. Tú no podrías parecer nunca una cualquiera, Isabella. -Claro. Es por eso que le gusto tan poco – murmuró volviéndose y yendo se hacia su habitación.


-Isabella – la llamé. Me ignoró y entro en su habitación. -Isabella – repetí, levantando la voz. Me lanzó una mirada hostil y cerró la puerta de un portazo. Oí que removía cosas en el dormitorio y me acerqué a la puerta. Llamé con los nudillos. No hubo respuesta alguna. Volví a llamar. Ni caso. Abrí la puerta y me la encontré recogiendo las cuatro cosas que había traído y metiéndolas en una bolsa. -¿Qué haces ahora? – le pregunté. -Me voy. Eso es lo que hago. Me voy y le dejo en paz. O en guerra, que con usted nunca se sabe. -Puedo preguntar donde? -¿Y que le importa? ¿Es una pregunta retórica o irónica? A usted, es obvio que todo le importa un bledo, pero como yo soy imbécil no lo se distinguir. -Isabella, espérate un momento y… -Np se preocupe por el vestido que ahora me lo saco. Y las plumillas ya las puede devolver ni las he usado ni me gustan. Son una cursilada de niña de parvulario. Me acerqué y le puse una mano en el hombro. Se apartó de un salto, como si la hubiese picado una serpiente. -No me toque. Me retiré hasta el umbral de la puerta, en silencio. A Isabella le temblaban las manos y los labios. -Isabella. Perdóname, por favor. No te quería ofender. Me miró con lágrimas en los ojos y una sonrisa amarga. -Sino ha hecho otra cosa. Desde que estoy aquí. No ha hecho otra cosa que insultarme y tratarme como si fuese una pobre idiota que no entiende nada. -Perdona – repetí – Dejas las cosas. No te vayas. -¿Por qué no? -Porque te lo pido por favor. -Si quiero lástima o caridad, las puedo encontrar en otro lugar.


-No es lástima ni caridad. En todo caso, soy yo quien tiene que darte lástima. Te piso que te quedes porque el idiota soy yo, y no quiero estar solo. No puedo estar solo. -Que gracia. Siempre pensando en los otros. Cómprese un perro. Dejo caer la bolsa sobre la cama y se me encaró, enjugándose las lágrimas, y sacando la rabia que llevaba acumulada. Tragué saliva. -Pues como jugamos a las verdades, déjeme que le diga que usted siempre estará solo. Estará solo porque no sabe querer ni compartir. Usted es como esta casa, que me pone los pelos de punta. No me extraña que su damita de blanco le dejase plantado ni que todos le acaben abandonando. Ni quiere ni se deja querer. La contemplé, abatido, como si acabasen de hacerme una cara nueva y no supiese de donde habían venido los golpes. Busqué palabras, pero solo podía balbucear. -¿De verdad que no te gusta el juego de plumillas? – conseguí articular, al final. Isabella puso los ojos en blanco, exhausta. -No ponga cara de perro apaleado, porque tal vez sea idiota, pero no tanto. Me quedé en silencio, recostado en el marco de la puerta. Isabella me observaba entre el recelo y la compasión. -No quería decirle eso de su amiga, la de las fotos, discúlpeme – murmuró. -No te disculpes, es la verdad. Bajé la mirada y salí de la habitación. Me refugié en el estudio a contemplar la ciudad oscura y enterrada en la neblina. Al cabo de un rato, oí sus pasos de gorrión en la escalera. -¿Qué está aquí arriba? – gritó. -Si´. Isabella entro en la sala. Se había cambiado de ropa y se había limpiado las lágrimas de la cara. Me sonrió y la correspondí. -¿Por qué es de esta manera, usted? – preguntó. Me encogí de hombros. Isabella se acercó y se sentó en el borde de la ventana, a mi lado. Disfrutamos del espectáculo de silencios y de


sombras que se escampaban por los tejados de la ciudad sin necesidad de decir nada. Al cabo de un rato, Isabella sonrió y me miró. -¿Y si encendemos uno de estos puros que le regala mi padre y nos lo fumamos a medias? - Ni hablar. Isabella se aisló en uno de sus largos silencios. A veces me miraba un momento y me sonreía. Yo la observaba de reojo y me daba cuenta que, solo mirarla, ya se me hacía menos difícil creer que tal vez aún quedaba alguna cosa buena y decente en este mundo de mierda, e incluso, y con un poco de suerte, dentro de mi mismo. -¿Así que te quedas? –le pregunté -Déme una buena razón. Una razón sincera, o sea, en su caso, egoísta. Y más vale que no sea una tontería porque me largo de aquí ahora mismo. Se escudó en una mirada defensiva, esperando alguna de mis adulaciones, y durante un instante, me pareció la única persona en este mundo, a quien no quería ni podía mentir. Baje la mirada y, esta vez, dije la verdad, aunque solo fuese para oírla yo mismo en voz alta. - Porque eres la única amiga que me queda. La dureza de su expresión se endulzó y, antes de reconocer la lástima en sus ojos, aparté la mirada. -¿Y que me dice del señor Sempere y de aquel otro pedante, Barceló? -Eres la única que me queda que se atreve a decirme la verdad. -¿Y su amigo, el amo, no le dice la verdad? -Para el carro. El amo no es amigo mío. Y no creo que haya dicho la verdad en toda su vida. Isabella me miró con detenimiento. -¿Lo ve? Ya sabía yo que no se fiaba. Se lo vi en la cara desde el primer día. Intenté recuperar un poco la dignidad, pero solo encontré sarcasmo. -¿Has añadido la lectura de caras a tu lista de talentos?


-Para leer su cara no hace falta talento? – contraatacó Isabella – Es como un cuento para chiquillos. -¿Y que más lees en mi rostro, querida pitonisa? -Que tiene miedo. Intenté reírme sin ganas. -No le tiene que dar vergüenza tener miedo. Tener miedo es señal de sentido común. Los únicos que no tienen miedo de nada son los tochos rematados. Lo leí en un libro. -¿El manual del cobarde? -No hace falta que lo admita, si esto pone en peligro su sentimiento de masculinidad. Ya se que ustedes los hombres creen que la medida de su tozudez se corresponde con la de sus genitales. -¡Caramba! ¿Esto también lo leíste en ese libro tan ilustrativo. -No. Esto es de cosecha propia. Me dí por vencido. -Entendidos. Si, admito que siento una inquietud indefinida. -Usted si que es indefinido. Está muerto de miedo. Confiéselo. -No exageremos. Digamos que tengo ciertas dudas respecto a mi relación con mi editor, la cual cosa, atendiendo a mi experiencia, es comprensible. Por lo que se, Corelli es todo un señor y nuestra relación profesional será fructífera y positiva para ambas partes. -Por eso le suenan las tripas cada vez que sale el nombre del editor. Resoplé. Ya no tenía más fuerzas para continuar aquel debate. -¿Qué quieres que te diga, Isabella? -Que no trabajará más para el. -Eso no lo puedo hacer. -¿Y porqué no? ¿No puede devolverle el dinero y mandarle a paseo? -No es tan sencillo. -¿Porqué no? ¿Qué está metido en algún lío? -Me parece que si. -¿De que tipo? -Es lo que estoy intentando averiguar. En todo caso, yo soy el único responsable y el que tiene que resolverlo. No es nada que tenga que preocuparte.


Isabella me miró, resignada, de momento, pero no estaba convencida. -Usted es un auténtico desastre como persona, ¿lo sabía? -Me voy haciendo a la idea. -Si quiere que me quede, las reglas, aquí, tienen que cambiar. -Soy todo oídos. -Se ha acabado el despotismo ilustrado. A partir de hoy, esta casa es una democracia. -Libertad, igualdad y fraternidad. -Vigile con eso de la fraternidad. Pero basta de ser el que corta el bacalao, y basta de numeritos al estilo de mister Rochester. -Lo que usted diga, miss Eyre. -Y no se haga ilusiones porque no me casaré con usted aunque se quede ciego. Le alargué la mano para sellar nuestro pacto. Me la estrechó, dudando, y después me abrazó. Me dejé rodear por sus brazos y recosté mi rostro en sus cabellos. Su tacto era paz y bienvenida. La luz de vida de una chica de diecisiete años que quise creer que se debía parecer al abrazo que mi madre no tuvo nunca tiempo de darme. -¿Amigos entonces? – murmuré -Hasta que la muerte nos separe. 22 Las nuevas reglas del reinado isabelino entraron en vigor a las nueve horas del día siguiente, cuando mi ayudanta se presentó en la cocina y, sin más, me informó de cómo serían las cosas a partir de aquel momento. -He pensado que usted necesita una rutina en su vida. Si no, se despista y actúa de una manera disoluta. -¿De donde has sacado esta expresión? -De uno de sus libros. -Y tiene una rima despampanante.


-No me cambie de tema. Durante la jornada, los dos trabajaríamos en nuestros manuscritos respectivos. Cenaríamos juntos y, después, ella me enseñaría las páginas del día y las comentaríamos. Yo juraba que sería sincero y que le daría las indicaciones oportunas, no cuatro cumplidos para que estuviese contenta. Los domingos serían festivos y yo la llevaría al cine, al teatro o de paseo. Ella me ayudaría a buscar documentación en bibliotecas y archivos y se encargaría que la despensa estuviese llena gracias a la conexión con el emporio familiar. Yo haría el desayuno y ella, la cena. La comida, la prepararía quien estuviese libre en aquel momento. Nos dividiríamos los trabajos de limpieza de la casa y yo me comprometía a aceptar el hecho incontestable que la casa necesitaba ser limpiada con regularidad. Yo no intentaría encontrarle novio en ningún caso y ella se abstendría de cuestionar mis motivos para trabajar para el amo o de manifestar su opinión, sino es que yo se la pidiese. El resto, lo improvisaríamos sobre la marcha. Levanté mi taza de café y brindamos por mi derrota y rendición incondicional. En solo un par de días, me adapté a la paz y serenidad del vasallo. Isabella tenía un despertar lento y espeso, y cuando emergía de su habitación con los ojos medio cerrados y unas zapatillas mías que le iban sobradas mas de medio pie, yo ya tenía listo el desayuno, el café y un periódico de la mañana, cada día, distinto. La rutina es la mayordoma de la inspiración. Justo habían pasado cuarenta y ocho horas desde la instauración del nuevo régimen que descubrí que empezaba a recuperar la disciplina de mis años más productivos. Las horas de estarme cerrado en mi estudio cristalizaron rápidamente en páginas y páginas en las cuales, no sin cierta inquietud empecé a reconocer que el trabajo había llegado a aquel punto de consistencia en que deja de ser una idea y se transforma en una realidad.


El texto fluía, brillante y eléctrico. Se dejaba leer como si se tratase de una leyenda, una saga mitológica de prodigios y penurias poblada por personajes y escenarios ligados alrededor de una profecía de esperanza para la raza. La narración preparaba el camino para la llegada de un salvador guerrero que tendría que liberar la nación de toda clase de dolores y agravios para devolverla la gloria y el orgullo que les había sido arrebatado por un amplio abanico de enemigos maliciosos y astutos, los cuales habían conspirado por siempre y desde siempre contra el pueblo, fuese el que fuese. El mecanismo era impecable y funcionaba igual de bien aplicado a cualquier credo, raza o tribu. Banderas, dioses y proclamas eran comodines en una pelea que siempre entregaba las mismas cartas. Atendiendo a la naturaleza del trabajo, había optado por utilizar uno de los artificios más complejos y difíciles de ejecutar en cualquier texto literario: la aparente ausencia de artificios. El lenguaje resonaba llano y sencillo, la voz honesta y limpia de una conciencia que no narra, simplemente revela. A veces, me paraba a releer lo que había escrito hasta entonces y me llenaba la vanidad ciega de sentir que la maquinaria que estaba armando funcionaba con una precisión impecable. Me di cuenta que, por primera vez en mucho tiempo, pasaba horas enteras sin pensar en Cristina o en Pedro Vidal. Las cosas, me dije, mejoraban. Tal vez por eso, porque parecía que al final lo conseguiría, hice lo que he hecho siempre cada vez que mi vida ha quedado encarrilada por el buen camino: estropearlo todo. Una mañana, después de desayunar, me puse uno de mis trajes de ciudadano respetable. Fui hasta la galería para decirle adiós a Isabella y la vi inclinada sobre su escritorio, releyendo páginas del día anterior. -¿Hoy no escribe? – preguntó sin levantar la vista. -Jornada de reflexión. Me di cuenta que tenía el juego de plumillas y el tintero de las musas al lado de su cuaderno. -Pensaba que lo encontrabas una cursilada –le dije.


-Y me lo parece, pero soy una chica de diecisiete años y tengo todo el derecho del mundo de que me gusten las cursiladas. Es como usted con los habanos. Le llegó el olor a colonia y me lanzó una mirada llena de curiosidad. Cuando vio que me había vestido para salir, enarcó las cejas. -¿Qué se va a hacer de detective otra vez? – preguntó. -Un poco. -¿No necesita guardaespaldas? ¿Una doctora Watson? ¿Alguien con sentido común? -No aprendas a buscar excusas para no escribir antes de aprender a escribir. Este es un privilegio de profesionales y hay que ganárselo. -Yo creo que si soy su ayudanta, lo tengo que ser para todo. Sonreí mansamente. -Ahora que lo dices si que hay una cosa que te quería pedir. No, no te asustes. Tiene que ver con Sempere. He sabido que va mal de dinero y que la librería se puede ir a hacer gárgaras. -No puede ser. -Lamentablemente si, pero no pasa nada, porque nosotros no permitiremos que la cosa empeore. -Tenga en cuenta que el señor Sempere es muy orgulloso y no dejará que… ¿Ya lo ha intentado usted, verdad? Asentí. -Por eso he pensado que hemos de ser más astutos y recurrir a la heterodoxia y a las malas artes. -Su especialidad. Pasé por alto su tono reprobatorio y proseguí mi exposición. -He pensado lo siguiente: como quien no quiere la cosa, te dejas caer por la librería y le dices a Sempere que soy un monstruo, que estás de mi hasta la coronilla… -Hasta aquí, verosímil al cien por ciento. -No me cortes. Le dices todo esto y también que lo que te pago por ser mi ayudanta es una miseria. -Pero sino me paga ni un céntimo… Suspiré armándome de paciencia.


-Cuando te diga que lo siente, que te lo dirá, pones cara de damisela en peligro y le confiesas, si puede ser con alguna lagrimita, que tu padre te ha desheredado y que te quiere meter a monja y por eso has pensado que tal vez podrías trabajar allí unas cuantas horas, a prueba, a cambio de un tres por ciento de comisión de lo que vendas para forjarte un futuro lejos del convento como una mujer libertaria y entregada a la difusión de las letras. -Isabella frunció el entrecejo. -¿Un tres por ciento? ¿Quiere ayudar a Semepre o desplumarle? -Quiero que te pongas un traje como el del otro día y que te acicales como tu sabes y que le hagas la visita cuando su hijo esté en la librería, que normalmente es por la tarde. -¿Estamos hablando del guapo? -¿Cuántos hijos tiene el señor Sempere? Isabella hizo números y, cuando empezó a ver por donde iban los tiros, me lanzó una mirada sulfúrica. -Si mi padre supiese la clase de mente perversa que tiene, se compraría la escopeta. -Lo único que quiero es que el hijo te vea. Y que el padre vea que el hijo te ve. -Usted es aún peor de lo que me pensaba. Ahora se dedica al tráfico de blancas. -Es simple caridad cristiana. Además, tu has sido la primera que ha admitido que el hijo de Sempere está bien plantado. -Bien plantado y un poco bobo. -No exageremos. Sempere junior simplemente es tímido en presencia del género femenino, cosa que le horra. Es un ciudadano modelo que, a pesar de ser consciente del efecto persuasivo de su planta y gallardía, ejerce el autocontrol y el ascetismo por respeto y devoción a la pureza sin mácula de la mujer barcelonesa. No me dirás que eso no le confiere un aura de nobleza y encanto que apela a tus instintos, el maternal y los periféricos. -A veces, creo que le odio, señor Martín.


Aférrate a ese sentimiento, pero no culpes al pobre benjamín Sempere de mis deficiencias como ser humano, porque el es, claro y catalán, un santo. -Quedamos en que usted no me buscaría novio. -No te ha hablado nadie de noviazgos. Si me dejas acabar te explico el resto. -Prosiga, Rasputín. -Cuando Sempere padre te diga que si, que te lo dirá, quiero que cada día te estés dos o tres horas en el mostrador de la librería. -¿Vestida de que? ¿De Mata-Hari? -Vestida con la decencia y el buen gusto que te caracteriza. Bonita, Sugerente, pero sin que se vea. Si es necesario recuperar uno de los vestidos de Irene Sabino, pero no te pases, con pudor. -Hay dos o tres que me quedan de coña – dijo Isabella, enorgulleciéndose de antemano. -Pues te pones el que te tape más. -Usted es un reaccionario. Y mi formación literaria, ¿Qué? -¿Qué aula puede haber mejor que Sempere e hijos para ampliarla? Allá estarás rodeada de obras maestras de las cuales podrás aprender de sobras. -¿Y que hago? ¿Respiro hondo, a ver si se me pega alguna cosa? -Solo son unas cuantas horas al día. Después, puedes seguir con tu trabajo aquí, como hasta ahora, y recibir mis consejos, que no tienen precio y que harán de ti una nueva Jane Austen. -¿Y donde está el truco? -El truco es que cada día, yo te daré unas pesetas y, cada vez que cobres a los clientes y abras la caja, las metes dentro con discreción. -De manera que este es el plan… -Este es el plan que, como puedes ver, no es nada perverso. Isabella volvió a fruncir el ceño. -No funcionará. Se dará cuenta de que pasa algo extraño. El señor Sempere es muy espabilado.


-Funcionará. Y si Sempere se extraña, le dices que los clientes, cuando ven a una joven guapa y simpática detrás del mostrador, relajan el bolsillo y se muestran más generosos. -Eso debe ser en los tugurios de baja estofa por donde se pasea usted, no en una librería. -Difiero. Yo entro en una librería y me encuentro con una dependienta tan encantadora como tu y soy capaz de comprarle hasta el ultimo premio nacional de literatura. -Eso es porque usted tiene la mente más sucia que el palo de un gallinero. -También tengo, o debería decir tenemos, una deuda con Sempere. -Eso es un golpe bajo. -Entonces no me hagas apuntar más abajo. Toda maniobra de persuasión con cara y ojos apela primero a la curiosidad, después a la vanidad, y al final, a la bondad o al remordimiento. Isabella bajó la mirada e hizo que si con la cabeza, lentamente. -¿Y cuando pretendía arrancar su plan de la ninfa con el pan bajo el brazo? -No dejemos para mañana lo que podamos hacer hoy. -¿Hoy? -Esta tarde. -Dígame la verdad. Esto es una estratagema para blanquear el dinero que le paga el amo y purgar su conciencia o lo que sea que tenga? -Ya sabes que mis motivos son siempre egoístas. -¿Y que pasa si el señor Sempere me dice que no? -Tu asegúrate que el hijo esté allá y que vas vestida de domingo, pero no de misa. -Es un plan degradante y ofensivo. -Y te encanta. Isabella, finalmente, sonrió, felina. -¿Y si al hijo le coge un pronto de coraje y decide pasarse de rosca?


-Te garantizo que el heredero no se atreverá a ponerte un dedo encima sino es en presencia de un sacerdote y con un certificado de la diócesis en la mano. -Unos tantos y otros tan poco. -¿Lo harás? -¿Por usted? -Por la literatura. 23 Cuando salí a la calle, soplaba un viento frío y afilado que barría las calles con impaciencia y fui consciente que el otoño entraba de puntillas en Barcelona. En la plaza Palacio subí a un tranvía que se esperaba vacío como una gran ratonera de hierro forjado. Me senté al lado de la ventana y pagué el billete al revisor. -¿Llega hasta Sarria? -Hasta la plaza. Recosté la cabeza en la ventana, y al cabo de poco, el tranvía arranco con una sacudida. Cerré los ojos y me abandoné a una de esas cabezadas que solo se pueden disfrutar a bordo de algún engendro mecánico, el sueño del hombre moderno. Soñé que viajaba en un tren forjado de huesos negros y vagones con forma de ataúd, que atravesaba una Barcelona desierta y sembrada de ropa abandonada, como si los cuerpos que la habían ocupado se hubiesen evaporado. Una tundra de sobreros y vestidos, ternos y zapatos abandonados cubrían las calles embrujadas de silencio. La locomotora desprendía un rastro de humo escarlata que se escampaba por el cielo como si se hubiese vertido pintura. El amo, sonriente, viajaba a mi lado. Iba vestido de blanco y llevaba guantes. Alguna cosa oscura y gelatinosa le goteaba por la punta de los dedos. -¿Qué ha pasado con la gente? -Tenga fe, Martín, tenga fe.


Cuando me desperté, el tranvía se deslizaba lentamente por la entrada de la plaza de Sarriá. Bajé antes de que se hubiese parado del todo y enfilé la pendiente de la Calle Mayor de Sarriá. Quince minutos más tarde, llegaba a mi destino. La carretera de Vallvidriera nacía en una arbolada sombría que se extendía detrás del castillo de ladrillos verdes del Colegio San Ignacio. La calle subía hacia la montaña, flanqueada de caserones solitarios y cubierto por una capa de hojarasca. Nubes najas resbalaban por la vertiente y se deshacían en soplos de niebla. Por la acera de los impares, recorrí muros y rejas intentando llegar a la numeración de la calle. Más allá se entreveían fachadas de piedra oscurecida y fuentes secas incrustadas en caminos llenos zarzas. Recorrí un tramo de acera a la sombra de una larga hilera de cipreses y me encontré con que la numeración saltaba del 11 al 15. Confundido, volví para atrás para buscar el número 13. Empezaba a sospechar que la secretaria del abogado Valera había resultado que era más astuta de lo que parecía y me había proporcionado una dirección falsa, cuando me di cuenta que había una boca de un pasaje que se abría desde la acera y que se prolongaba medio centenar de metros hasta una reja oscura que formaba una cresta de lanzas. Cogí aquel callejón estrecho y empedrado y llegué hasta la reja. Un jardín espeso y descuidado había trepado hasta el otro lado y las ramas de un eucalipto atravesaban las lanzas de las rejas como brazos suplicantes entre los barrotes de una celda. Aparté las hojas que tapaban parte del muro y encontré las letras y las cifras labradas en la piedra. Casa Marlasca 13 Seguí la reja que rodeaba el jardín, intentando entrever el interior. A una veintena de metros, encontré una puerta metálica encajada en


el muro de piedra. Un picaporte reposaba sobre la lámina de hierro, soldado por lágrimas de óxido. La puerta no estaba totalmente cerrada. La empujé con un hombro y conseguí que cediese lo suficiente para introducirme sin que las aristas de piedra que sobresalían de la pared me desgarrasen la ropa. Un intenso olor de tierra mojada impregnaba el aire. Un camino de losas de mármol se abría entre los árboles y conducía a un claro recubierto de piedras blancas. A un lado, se podían ver unas cocheras con la puerta abierta y los restos de lo que algún día había sido un Mercedes Benz y que ahora parecía un carruaje funerario dejado de la mano de Dios. La casa era una estructura de estilo modernista que se elevaba tres pisos de líneas curvas y estaba rematada por una cresta de lucernas arremolinadas en torreones y arcos. Cantidad de ventanales estrechos y afilados como puñales se abrían en la fachada salpicada de relieves y gárgolas. Los cristales reflejaban el silencioso paso de las nubes. Me pareció que entreveía un rostro perfilado detrás de de uno de los ventanales del primer piso. Sin saber bien porque, levanté la mano y medio saludé. No quería que me tomasen por un ladrón. La figura se quedó allí observándome, inmóvil como una araña. Bajé los ojos un momento y, cuando volví a mirar, había desaparecido. -¿Buenos días? – grité. Esperé unos segundos y, como no obtuve respuesta, me acerqué lentamente hacia la casa. Una piscina de forma ovalada flanqueaba la fachada este. Al otro lado, se levantaba una galería acristalada. Sillas de lona deshilachada rodeaban la piscina. Un trampolín tapizado de hiedra se adentraba sobre una lámina de agua oscura. Me acerqué al borde y comprobé que estaba sembrada de hojas muertas y algas que ondeaban en la superficie. Estaba contemplando mi propio reflejo en el agua de la piscina cuando noté que una figura oscura planeaba detrás de mí. Me volví bruscamente y me encontré un rostro afilado y sombrío que me escrutaba con inquietud y recelo.


-¿Quién es usted y que hace aquí? -Me llamo David Martín y me envía el abogado Valera – improvisé. -Alicia Marlasca apretó los labios. -¿Usted es la señora Marlasca? ¿La señora Alicia? -¿Qué ha pasado con el que viene siempre? – preguntó. Entendí que la señora Marlasca me había tomado por uno de los pasantes del despacho de Valera y suponía que traía papeles para firmar o algún mensaje de parte de los abogados. Por un instante calibré la posibilidad de adoptar aquella identidad, pero alguna cosa en el rostro de aquella mujer me dijo que ya había oído suficientes mentiras en su vida para no aceptar ni una más. No trabajo para el despacho, señora Marlasca. El motivo de mi visita es de tipo particular. Me preguntaba si tendría unos minutos para que hablásemos de una de las propiedades de su difunto esposo, el señor Diego. -Ya no queda ninguna propiedad de mi marido, señor… -Martín. -Los bancos se lo quedaron todo, señor Martín. Todo menos esta casa, que gracias a los consejos del señor Valera, padre, puso a mi nombre. El resto se lo llevaron los rapiñadores… -Me refería a la casa de la torre, en la calle Flassaders. -La viuda suspiró. Calculé que debía rondar los sesenta o sesenta y cinco años. El resto de lo que debía haber sido una belleza deslumbrante ya se había evaporado. -Olvídese de aquella casa. Es un lugar maldito. -Lamentablemente no puedo hacerlo. Vivo allí. La señora Marlasca frunció las cejas. -Pensaba que nadie querría vivir allí. Estuvo vacía muchos años. -La alquilé hace un tiempo. El motivo de mi visita es que en el transcurso de unas obras de remodelación, he encontrado una serie de efectos personales que diría que pertenecen a su difunto marido y, supongo, que a usted.


-No hay nada mío en aquella casa. Lo que haya encontrado debe ser de aquella mujer… -La Irene Sabino? -Alicia Marlasca sonrió amargamente. -¿Qué quiere saber, en realidad, usted, señor Martín? Dígame la verdad. Usted no ha venido hasta aquí para devolverme cosas viejas de mi difunto marido. Me miró en silencio y supe que no podía ni quería mentir a aquella mujer, a ningún precio. -Estoy intentando averiguar que le pasó a su marido`, señora Marlasca. -¿Para que? -Porque me parece que ami me está pasando lo mismo. Can Marlasca tenía aquella atmósfera de panteón abandonado de las grandes casas que viven de la ausencia y de la pobreza. Lejos de sus días de fortuna y gloria, de los tiempos en que un ejército de servidores la mantenían inmaculada y llena de esplendor, la casa era una ruina, ahora. La pintura de las paredes, despegada; las losas del suelo, levantadas; los muebles, carcomidos por la humead y el frío; los techos caídos, y las grandes alfombras, gastadas y descoloridas. Ayudé a la viuda a sentarse en la silla de ruedas, y siguiendo sus indicaciones, la guié hasta una sala de lectura en que casi no quedaban ni libros ni cuadros. -Me tuve que vender la mayoría de las cosas para sobrevivir – explicó la viuda – Sino hubiese sido por el abogado Valera, que cada mes me continúa enviando una pequeña pensión a cargo del despacho, no habría sabido donde ir. -¿Y vive sola aquí? La viuda asintió. -Esto es mi casa, El único lugar donde he sido feliz, aunque de eso haga ya tanto tiempo. Siempre he vivido aquí y aquí moriré. Disculpe que no le haya ofrecido nada: Hace tiempo que no tengo


visitas y ya no se como se trata a los convidados. ¿Le apetece un té o un café? -Estoy bien, gracias. La señora Marlasca sonrió y me señaló la butaca donde me había sentado. -Esta era la preferida de mi marido. Tenía la costumbre de sentarse aquí a leer hasta muy tarde, delante del fuego. Yo, a veces, me sentaba aquí, a su lado y le escuchaba. A el le gustaba explicarme cosas, por aquel entonces. Fuimos muy felices en esta casa. -¿Qué pasó? La viuda se encogió de hombros, con la mirada perdida en las cenizas de la chimenea. -¿Está seguro de que quiere oír esta historia? -Por favor. 24 Si le tengo que decir la verdad, no se bien cunado fue que mi marido Diego la conoció. Solo recuerdo que un día empezó a nombrarla, de pasada, y que pronto no había día que oyese pronunciar su nombre: Irene Sabino. Me dijo que se la había presentado un hombre que se llamaba Damián Roures, que organizaba sesiones de espiritismo en un local de la calle de Elisabets. Diego era un estudioso de las religiones, y había asistido a diversas sesiones como observador. En aquella época, Irene Sabino era una de las actrices más populares del Paralelo. Era una belleza, esto no le negaré. A parte de eso no creo que fuese a saber contar hasta más de diez. Se decía que había nacido entre las barracas de la playa del Bogatell, que su madre la había abandonado en el Somorrostro y había crecido entre pedigüeños y gente que iba allí a esconderse. Empezó a bailar en cabarets y locales del Raval y el Paralelo a los catorce años Esto de bailar es un dicho. Supongo que comenzó a prostituirse antes de aprender a leer, si es que aprendió alguna vez… Durante una época fue la gran estrella de la sala La


Criolla, o eso decían. Después pasó a otros locales de más categoría. Creo que fue en el Apolo donde conoció a un tal Juan Corbera, a quien todos le llamaban Jaco. El Jaco era su representante y probablemente su amante. El Jaco fue el que se inventó el nombre de Irene Sabino, y la leyenda que era la hija secreta de una gran vedette de París y un príncipe de la nobleza europea. No se cual era su nombre de verdad. No se si llegó nunca a tener uno. El Jaco la introdujo en las sesiones de espiritismo, me parece que siguiendo las sugerencias de Roures, y los dos se repartían los beneficios de vender su supuesta virginidad a hombres adinerados y aburridos que iban a aquellas farsas para matar la monotonía. Su especialidad eran las parejas, decían. “Lo que el Jaco y el Roures no sospechaban es que la Irene estaba obsesionada con aquellas sesiones y se creía de verdad que en aquellas pantomimas se podía establecer contacto con el mundo de los espíritus. Estaba convencida que su madre le enviaba mensajes desde el otro mundo y, incluso cuando fue famosa, continuaba asistiendo a aquellas sesiones para intentar establecer contactos. Allá conoció a mi marido Diego. Supongo que pasábamos una mala época, como todos los matrimonios. Diego hacía tiempo que quería dejar la abogacía y dedicarse exclusivamente a la escritura. Reconozco que no le apoyé todo lo que necesitaba. Yo encontraba que, si o hacía, echaría a perder toda su vida, aunque seguramente de lo único que tenía miedo era de perder todo esto, la casa, los criados…y, al final, lo perdí todo igualmente, y también a el. Lo que acabó apartándonos fue la pérdida de Ismael. Ismael era nuestro hijo. Diego estaba loco por el. No he visto nunca un padre tan entregado a su hijo. Ismael, no yo, era toda su vida. Estábamos discutiendo en el dormitorio del primer piso. Yo había empezado a recriminarle el tiempo que se pasaba escribiendo, el hecho de que su socio Valera, cansado de cargarse el trabajo de los dos, le había dado un ultimátum y estaban pensando en disolver el bufete para establecerse por su cuenta. Diego dijo que le daba lo mismo, que estaba dispuesto a venderse su participación en el despacho y


dedicarse a su vocación. Aquella tarde, encontramos a faltar a Ismael. No estaba en la habitación ni en el jardín. Pense que, al oírnos discutir, se había asustado y había salido de casa. No era la primera vez que lo hacía. Meses atrás, lo habían encontrado en un banco de la plaza de Sarriá, llorando. Salimos a buscarle cuando empezó a oscurecer. No había rastro suyo por ninguna parte. Fuimos a las casas de los vecinos a los hospitales… Cuando volvimos cuando ya amanecía, después de pasarnos la noche buscándolo, encontramos su cuerpo en el fondo de la piscina. Se había ahogado la tarde anterior y no habíamos oído sus gritos de auxilio porque estábamos gritándonos el uno al otro. Tenía siete años. Diego no me lo perdonó nunca, ni se perdonó a el mismo. Pronto fuimos incapaces de soportar la presencia de uno y del otro. Cada vez que nos mirábamos o nos tocábamos, veíamos el cuerpo de nuestro hijo en el fondo de aquella maldita piscina. Un buen día, me levanté y supe que Diego me había abandonado. Dejó el bufete y se fue a vivir a un caserón del barrio de la Ribera que hacía años que le obsesionaba. Decía que estaba escribiendo, que había recibido un encargo muy importante de un editor de París, que no tenía que preocuparme por el dinero. Yo sabía que estaba con Irene, aunque el no lo admitiese. Era un hombre destrozado. Estaba convencido que le quedaba poco tiempo de vida. Pensaba que padecía una enfermedad, una especie de parásito que se le estaba comiendo por dentro. Solo hablaba de la muerte. No escuchaba a nadie. Ni a mí, ni al Valera…solo a Irene y al Roures, que le envenenaban la cabeza con historias de espíritus y le cogían el dinero con promesas de ponerlo en contacto con Ismael. En una ocasión, fui a la casa de la torre y le supliqué que me abriese. No me dejó entrar. Me dijo que estaba ocupado, que estaba trabajando en una cosa que le permitiría salvar a Ismael. Entonces me percaté que estaba empezando a perder el sentido. Creía que si escribía aquel maldito libro para el editor del país, nuestro hijo volvería de la muerte. Creo que entre Irene, el Roures y el Jaco consiguieron cogerle el dinero que le quedaba, que nos quedaba… Meses después, cuando ya no veía a nadie y se


estaba siempre cerrado en aquel horrible lugar, le encontraron muerto. La policía dijo que había sido un accidente pero yo no me lo creí nunca. Jaco había desaparecido y no había ni rastro del dinero. Roures afirmo que el no sabía nada. Declaró que hacía meses que no estaba en contacto con Diego porque se había vuelto loco y le daba miedo. Dijo que las últimas veces que había ido a las sesiones de espiritismo, Diego asustaba a los clientes con sus historias de almas malditas y que no le permitieron volver. Decía que había un gran lago de sangre bajo la ciudad. Decía que su hijo le hablaba en sueños, que Ismael estaba atrapado por una sombra con piel de serpiente que se hacía pasar por otro niño y jugaba con el… No le extrañó a nadie que se lo encontrasen muerto. Irene si lo dijo que Diego se había suicidado por mi culpa, que aquella esposa fría y calculadora que había permitidos que se muriese su hijo porque no quería renunciar a una vida de lujo y le había empujado a la muerte. Dijo que ella era la única que le había querido de verdad y que nunca había aceptado ni un céntimo. Y creo que, que al menos en eso, decía la verdad. Creo que el Jaco la utilizó para seducir a Diego y robarle todo. Después a la hora de la verdad, el Jaco se la sacó de encima y huyo sin compartir ni un céntimo con ella. Eso es lo que dijo a la policía, o al menos a algunos agentes. Siempre me pareció que no querían remover mucho aquel asunto y que la versión del suicidio les resultó muy conveniente. Pero yo no creo que Diego se matase. No me lo creí entonces y no me lo creo ahora. Creo que le asesinaron entre Irene y Jaco. Y no solo por dinero. Había alguna cosa más. Recuerdo que uno de los policías al que asignaron el caso, un hombre muy joven que se llamaba Salvador, Ricardo Salvador, también lo pensaba. Dijo que había alguna cosa en la versión oficial de los hechos que no le cuadraba y que alguien encubría la causa verdadera de la muerte de Diego. Salvador luchó por aclarar los hechos hasta que le apartaron del caso y, con el tiempo, le expulsaron del cuerpo. Incluso entonces continuó investigando por su cuenta. A veces me venía a ver. Nos hicimos buenos amigos…Yo era una mujer sola,


arruinada y desesperada. Valera me decía que me volviese a casar. El también me culpaba de lo que le había pasado a mi marido y llegó a insinuarme que había muchos tenderos solteros a los cuales una viuda aristocrática y con buena presencia les podía calentar la cama en sus años dorados. Con el tiempo, Salvador dejo de venir a verme. No le culpo. En su intento por ayudarme había arruinado su vida. A veces, me da la impresión que eso es lo único que he conseguido hacer por los otros en este mundo, arruinarles la vida…No había esta historia a nadie hasta hoy, señor Martín. Si quiere un consejo, olvídese de aquella casa, de mí, de mi marido y de esta historia. Váyase bien lejos. Esta ciudad está maldita. Maldita. 25 Abandoné la casa Marlasca con el alma en los pies y caminé sin rumbo a través del laberinto de calles solitarias que conducían a Pedralbes. El cielo estaba tapado por una telaraña de nubes grises que con dificultades permitían ver el paso del sol. Agujas de luz perforaban aquella mortaja y barrían la pendiente de la montaña. Seguí aquellas líneas de claridad con los ojos y pude ver como a lo lejos, acariciaban el tejado esmaltado de Villa Helius. Las ventanas brillaban en la distancia. Sin hacer caso al sentido común, me encaminé hacia allá. A medida que me acercaba, el cielo se iba oscureciendo y un viento cortante hizo revolotear espirales de hojarasca a mi paso. Me paré al llegar al pie de la calle de Panamá. Villa Helius se alzaba delante de mí. No me atreví a cruzar la calle y acercarme al muro que rodeaba el jardín. Me quedé allí Dios sabe el tiempo, incapaz de huir e incapaz de ir a la puerta y llamar. Fue entonces cuando la vi pasar por delante de uno de los ventanales del segundo piso. Sentí un frío intenso en las entrañas. Empezaba a retirarme cuando se volvió y se quedó quieta. Se acercó al cristal y noté sus ojos en los míos. Levantó la mano como si quisiese saludar, pero no llegó a desplegar los dedos. No tuve el valor de sostenerle la


mirada y me volví para alejarme calle abajo. Me temblaban las manos y me las metí en los bolsillos para que no me viese. Antes de volver la esquina, me volví una vez más y vi que continuaba allá, mirándome. Cuando quise volver a odiarla, me fallaron las fuerzas. Llegué a casa con frío, o eso quise pensar, calado hasta los huesos. Al atravesar el portal, ví que un sobre sacaba la cabeza del buzón del vestíbulo. Pergamino y lacre. Noticias del amo. Lo abrí mientras me arrastraba subiendo las escaleras. Con su pulida caligrafía, me citaba para mañana. Cuando llegué al rellano, vi que la puerta estaba entreabierta y que Isabella, sonriente, me esperaba. -Estaba en el estudio y le he visto venir y le esperaba – dijo Intenté sonreírle, pero no debía haber sido muy convincente, porque en cuanto Isabella me miró a los ojos puso cara de preocupación. -¿Está bien? -No es nada. Me parece que he cogido un poco de frío. -Tengo un caldo en el fuego que será aceite en un candil. Pase. Isabella me cogió del brazo y me acompañó hasta la galería. -Isabella, no soy ningún inválido. Me soltó y bajó la mirada. -Perdone No tenía ánimos de enfrentarme a nadie, y aún menos a mi tozuda ayudanta, de manera que me fui dejando guiar hasta una de las butacas de la galería y me desplomé como un saco de huesos. Isabella se sentó delante de mí, y me miró, asustada. -¿Qué ha pasado? Le mostré una sonrisa tranquilizadora. -Nada. No ha pasado nada. ¿No me ibas a dar una taza de caldo? -Ahora mismo. Salió zumbando hacia la cocina y desde allí pude oírla como trasteaba. Respiré hondo y cerré los ojos hasta que oí los pasos de Isabella que se acercaba. Me largó un tazón humeante de dimensiones exageradas. -Parece un orinal.- dije


-Bébaselo y no diga groserías. Olí el caldo. Hacía buen olor, pero no quise dar excesivas muestras de docilidad. -Huele extraño – dije - ¿Qué tiene? -Huele a pollo porque tiene pollo, sal y un chorrito de jerez. Bébaselo. Tomé un sorbito y le devolví el tazón. Isabella hizo que no con la cabeza. -Todo. Suspiré y me tomé otro sorbo. Era bueno, mal que me pesase. -¿Cómo ha ido el día hoy? – preguntó Isabella. -Ha tenido sus momentos. ¿Y a ti como te ha ido? -Tiene delante suyo a la nueva dependienta estrella de Sempere e Hijos. -Excelente. -Antes de las cinco, ya habíamos vendido dos ejemplares de El retrato de Dorian Gray y unas obras completas de Lampedusa a un señor muy distinguido de Madrid, que me ha dado propina. No ponga esta cara, que la propina también la he dejado en la caja. -¿Y Sempere hijo que ha dicho? -No ha dicho gran cosa. Ahora bien, se ha pasado todo el rato como un pasmarote haciendo ver que no me miraba pero sin quitarme la vista de encima. No me puedo ni sentar de tanto como me ha llegado a mirar el culo cada vez que subía a la escalera para bajar un libro. ¿Contento? Sonreí, y dije que sí. -Gracias, Isabella. Me miró fijamente a los ojos. -Vuélvamelo a decir. -Gracias, Isabella. De todo corazón. Se puso roja y desvió la mirada. Nos quedamos un rato en un plácido silencio, disfrutando de aquella amistad que, de tanto en tanto, no necesitaba ni palabras. Aunque ya no me cabía ni una gota más, me acabé todo el caldo y le enseñé el tazón vacío. Dijo que sí.


-¿La ha ido a ver, verdad? A aquella mujer, Cristina -dijo Isabella, rehuyendo me la mirada. -Isabella, la lectora de rostros. -Dígame la verdad. -Solo la he visto de lejos. Isabella me contempló con cautela, como si se debatiese entre decirme o no decirme alguna cosa que tenía encallada en la conciencia. -¿Usted la quiere? – Preguntó, al final. Nos miramos en silencio. -Yo no se querer a nadie. Ya lo sabes. Soy un egoísta y todo eso. Hablemos de otra cosa. Isabella asintió, con la miara clavada en el sobre que sobresalía de mi bolsillo. -¿Noticias del amo? -La convocatoria del mes. El excelentísimo señor Andreas Corelli se complace en citarme mañana a las siete de la mañana en las puertas del cementerio de Pueblo Nuevo. No había otro sitio para elegir. -¿Y usted piensa ir? -¿Qué más puedo hacer? -Puede coger un tren esta misma noche y desaparecer para siempre. -Eres la segunda persona que me propone esto, hoy. Desaparecer de aquí. -Debe ser por alguna cosa. -¿Y quien sería tu guía y mentor en los desastres de la literatura? -Yo voy con usted. Sonreí y la cogí la mano. -Contigo, hasta el fin del mundo, Isabella. Isabella retiró la mano de golpe y me miró, ofendida. -Se está riendo de mí. -Isabella, si algún día se me ocurre reírme de ti, me pego un tiro. -No diga eso. No me gusta que me hable así. -Perdona.


Mi ayudanta volvió a su escritorio y se sumergió en uno de sus largos silencios. La observé que repasaba las páginas del día, haciendo correcciones y tachando parágrafos enteros con el juego de plumillas que le había regalado. -Si me mira no me puedo concentrar. Me puse en pie y di la vuelta a su escritorio. -Entonces, te dejo que sigas trabajando, y después de cenar me enseñarás lo que tienes. -No está acabado. Lo tengo que corregir todo y reescribirlo y… -No está nunca acabado, Isabella. Véte acostumbrando. Lo leeremos juntos después de cenar. -Mañana. Me rendí. -Mañana. Asintió y volví a dejarla sola con sus palabras. Cuando cerraba la puerta de la galería, oí su voz que me llamaba. -¿David? Me paré en silencio al otro lado de la puerta. -No es verdad. No es verdad que no sepa querer a nadie. Me refugié en mi habitación y cerré la puerta. Me estiré de lado en la cama, encogido, y cerré los ojos. 26 Salí de casa después del alba. Oscuras nubes se arrastraban por encima de los tejados y robaban el color a las calles. Mientras atravesaba el Parque de la Ciudadela, vi las primeras gotas de lluvia picar contra los árboles y estallar en el camino, levantando volutas de polvo como si fuesen balas. Al otro lado del parque, un bosque de fábricas y torres de gas se multiplicaban hacia el horizonte, el cisco de las chimeneas diluida en la lluvia negra que bajaba del cielo formando lágrimas de alquitrán. Recorrí el inhóspito paisaje de cipreses que conducía hasta las puertas del cementerio del Este. En mismo camino que había hecho tantas veces con mi padre. El amo


ya estaba. Le vi desde lejos; se esperaba imperturbable bajo la lluvia, al pie de uno de los ángeles de piedra que custodiaban la entrada principal ala necrópolis. Iba vestido de negro, y la única cosa que hacia que no se le pudiese confundir con una de los centenares de estatuas detrás de las rejas del recinto eran los ojos. No movió un a pestaña hasta que estuve a pocos metros de el, y sin saber que hacer, le saludé con la mano. Era una mañana fría y el viento hedía a cal y a azufre. -Los visitantes ocasionales creen ingenuamente que, en esta ciudad, siempre hace sol y calor,- comentó el amo. Pero yo digo que el alma antigua, turbia y oscura de Barcelona tarde o temprano se refleja en el cielo. -Usted debería editar guías turísticas en lugar de textos religiosos – le sugerí. - Mas o menos son lo mismo. ¿Le han probado estos días de paz y tranquilidad? ¿Ha avanzado mucho con el trabajo? ¿Tiene buenas noticias para mí? Abrí la chaqueta y le alargué un pliego de páginas. Nos adentramos en el recinto del cementerio buscando un lugar resguardado de la lluvia. El amo eligió un viejo mausoleo que ofrecía una cúpula sostenida por columnas de mármol y rodeada de ángeles de cara afilada y dedos demasiado largos. Nos sentamos sobre un frío banco de piedra. El amo me dedicó una de sus sonrisas de perro y me quiñó un ojo; los círculos amarillos y brillantes del iris se cerraban en un punto negro donde podía ver reflejada mi cara pálida y visiblemente intranquila. -Relájese, Martín. Concede demasiada importancia al atrezzo. El amo se puso a leer con calma las páginas que le había traído. - Mas vale que estiré las piernas mientras usted lee- le dije Corelli asintió sin desviar los ojos de las páginas. -¿No se me escape, eh? Me alejé de allá tan rápido como pude sin que se notase que lo hacía y me perdí entre las calles y rincones de la necrópolis. Esquivé los obeliscos y sepulcros, adentrándome en el corazón del cementerio. La


lápida continuaba en su lugar, marcada por un jarrón vacío donde quedaba el esqueleto de flores petrificadas. Vidal había pagado el entierro, incluso había encargado a un escultor de una cierta reputación entre el gremio funerario una Piedad que custodiaba la tumba alzando la vista al cielo, las manos sobre el pecho en actitud de súplica. Me arrodillé delante de la lápida y limpié el musgo que había cubierto las letras grabadas con un cincel. JOSEP ANTON MARTÍN CLARÉS 1875-1908 Héroe de la guerra de las Filipinas Su país y sus amigos no le olvidaran nunca. -Buenos días, padre – le dije. Contemplé la lluvia deslizándose por la cara de la Piedad, el sonido de las gotas repicando sobre las lápidas, y sonreí a la salud de los amigos que no tuvo nunca y del país que le envió a morir a una isla lejana para enriquecer a cuatro caciques que ni supieron nunca que mi padre existía. Me senté sobre la lápida y puse la mano sobre el mármol. -¿Quién lo iba a decir que usted acabaría así, verdad? Mi padre, que había vivido siempre al nivel de la miseria, descansaba eternamente en una tumba de burgués. De pequeño yo no había entendido nunca porqué el periódico había decidido pagarle un funeral con sacerdote fino y plañideras, con flores y un sepulcro de importador de azúcar. Nadie me dijo que fue Vidal quien pagó los fastos del hombre que había muerto en su lugar, aunque yo siempre lo había sospechado y atribuía el gesto a la bondad y generosidad infinitas con que el cielo había bendecido a mi mentor e ídolo, el gran Pedro Vidal. Le tengo que pedir perdón, padre. Durante años, le odié por dejarme aquí, solo. Me decía que había tenido la muerte que se había buscado. Por eso no vine nunca a verle. Perdóneme.


A mi padre no le habían gustado nunca las lágrimas. Creía que un hombre no tenía que llorar nunca por los otros, tan solo por el mismo. Y si lo hacia era un cobarde y no se merecía ningún tipo de piedad. No quise llorar por el y traicionarlo una vez más. Me habría gustado que usted viese mi nombre en un libro aunque no pudiese leerlo. Ma habría gustado que estuviese aquí, conmigo, para ver que su hijo conseguía abrirse camino y llegaba a hacer algunas cosas que a usted lo le dejaron hacer nunca. Me habría gustado conocerle, padre, y que usted me hubiese conocido a mí. Le convertí en un extraño para borrarle de mi memoria y ahora el extraño soy yo. No oí sus pasos, pero al levantar la cabeza vi que el amo me observaba en silencio a pocos metros de mi. Me incorporé y me acerqué a el como un perro bien enseñado. Me pregunté si sabía que, allí estaba enterrado mi padre, y si me había citado en aquel lugar precisamente por eso. Mi cara debía leerse como un libro abierto, porque el amo hizo que no con la cabeza y me puso una mano en el hombro. -No lo sabía, Martín. Me sabe mal. No estaba dispuesto a abrirle aquella puerta de intimidad. Me volví para desembarazarme de su gesto de afecto y conmiseración y cerré bien fuerte los ojos para contener las lágrimas de rabia. Me puse a caminar hacia la salida sin esperarle. El amo dejó pasar unos cuantos segundos y después decidió seguirme. Caminaba a mi lado en silencio, hasta que llegamos a la puerta principal. Allí me paré y le miré con impaciencia. -¿Y pues? ¿Es que no piensa hacer ningún comentario? El amo no hizo caso de mi tono vagamente hostil y esbozó una sonrisa resignada. -Las páginas son excelentes. -Pero… -Si, de verdad. Creo que lo ha acertado del todo al construir la historia desde el punto de vista de un testimonio de los hechos que se siente víctima y habla en nombre de un pueblo que espera un guerrero salvador. Quiero que continúe por este camino.


-No lo encuentra forzado, artificioso…? -Al contrario. No hay nada que no haga creer tanto como el miedo, la certeza de estar amenazados. Cuando nos sentimos víctimas, todas nuestras acciones y creencias quedan legitimadas, por cuestionable que sean. Los oponentes o simplemente los vecinos, dejan de estar a nuestro nivel y se convierten en enemigos. Dejamos de ser agresores para convertirnos en defensores. La envidia, la codicia o el resentimiento que nos mueven quedan santificados, porque nos decimos a nosotros mismos que actuamos en defensa propia. El mal, la amenaza siempre esta en los otros. El primer paso para creer apasionadamente es el miedo. El miedo de perder la identidad, la vida, la posición social o las creencias. El miedo es la pólvora y el odio es la mecha. El tercer ingrediente, el dogma, no es mas que una cerilla encendida. Aquí es donde lo que ha escrito tiene algunos agujeros. -Acláreme una cosa. ¿Usted busca fe o dogma? -No hay bastante con que las personas crean. Han de creer lo que queremos que crean. Y no han de cuestionar ni escuchar la voz que sea la que lo cuestiona. El dogma ha de formar parte de la propia identidad. Los que lo cuestionan son nuestros enemigos. Son el mal. Y tenemos el derecho y el deber de luchar contra ellos y destruirlos. Es el único camino a la salvación. Creer para sobrevivir. Suspiré y desvié la mirada, asintiendo de mala gana. -No le veo muy convencido, Martín. Dígame que piensa.¿cree que me equivoco? -No lo se. Creo que simplifica las cosas de una manera peligrosa. Todo su discurso parece un mecanismo con una sola función: crear y manipular el odio. -El adjetivo que usted iba a pronunciar no era peligroso, era repugnante. Pero no se lo tendré en cuenta. ¿Por qué hemos de reducir la fe a un acto de rechazo y obediencia ciega? ¿No es posible creer en valores de aceptación, de concordia? El amo, divertido, sonrió.


-Se puede creer en cualquier cosa, Martín en el libre mercado, en la reencarnación. Incluso creer que no creemos en nada, como hace usted, que es la credulidad mayor. ¿Tengo razón o no? -El cliente siempre tiene razón. ¿Qué agujero ve en la historia? -Encuentro a faltar un malo. La mayoría de nosotros, tanto si nos damos cuenta como si no, nos definimos por oposición a una cosa o a alguno más que no a favor de una cosa o de alguno. Es más fácil reaccionar que accionar, por decirlo de alguna manera, Lo que más atiza la fe y el celo del dogma es un buen antagonista. Cuanto más inverosímil, mejor. -Había pensado que este papel podía funcionar mejor en abstracto. El antagonista sería el no-creyente, el extraño, el que está fuera del grupo. -Si, pero me gustaría que concretase más. Es difícil odiar una idea. Pide disciplina intelectual y un espíritu obsesivo y enfermizo que no abunda. Es mucho más fácil odiar a alguien con una cara reconocible a quien echar la culpa de todo lo que nos molesta. No hace falta que sea un personaje individual. Puede ser una nación, una raza, un grupo…, cualquier cosa. El cinismo pulido y sereno del amo me doblegaba a mí y todo. Resoplé, abrumado. -No haga ahora de ciudadano modelo, Martín. A usted lo mismo le da y en este vodevil necesitamos un malo. Esto lo debería saber mejor que nadie. No hay drama sin conflicto. -¿Qué clase de malo le gustaría? ¿Un tirano invasor? ¿Un falso profeta? ¿el hombre del saco? -El vestuario lo dejo en sus manos. Cualquiera de los sospechosos habituales me va bien. Una de las funciones del malo ha de ser permitirnos adoptar el papel de víctima y reclamar nuestra superioridad moral. Proyectaremos todo lo que somos incapaces de reconocer en nosotros mismos y podremos demonizar según nuestros intereses particulares. Es la aritmética básica del fariseísmo. Lo que usted tiene que hacer es leer la Biblia. Encontrará todas las respuestas que busca.


-Ya he empezado a leerla. -Es suficiente con convencer a los santurrones que están libres de pecado para que se pongan a tirar piedras o bombas, con entusiasmo. Y no hay que hacer mucho esfuerzo, porque queda convencido con un mínimo de argumentación y coartada. No se si me explico. -Se explica la mar de bien. Sus razonamientos tienen la sutileza de una caldera siderúrgica. -Este tomo condescendiente no me acaba de agradar, Martín. ¿Qué quizá cree que todo esto no está a la altura de su pureza moral o intelectual? -No, claro que no – murmuré pusilánime. -¿Qué es entonces lo que le hace rau-rau a su conciencia, amigo mío? -La duda de siempre. No estoy seguro de ser el nihilista que usted necesita. -Nadie lo es. El nihilismo es una pose, no una doctrina. Coloque la llama de una vela bajo los testículos de un nihilista y comprobará con que rapidez ve la luz de la existencia. Lo que a usted le preocupa es otra cosa. Levante la mirada y rescaté el tono más desafiante de que era capaz de adoptar mirando al amo a los ojos. -Tal vez lo que me cabrea es que puedo entender todo lo que usted me dice, pero no lo siento. -¿Le pago para que tenga sentimientos? -A veces sentir y pensar es lo mismo. La idea es suya, no mía. El amo sonrió en una de sus pausas dramáticas, como un maestro de escuela que prepara la estocada letal con la que hacer callar a un alumno rebelde y maleducado. -¿Y que siente, Martín? La ironía y el menosprecio que había en su voz me espoleó y abrí el grifo de la humillación que había acumulado durante meses a su sombra. Rabia y vergüenza de sentirme acoquinado por su presencia y de consentir sus discursos envenenados. Rabia y vergüenza porque el me había demostrado que, si bien yo prefería creer que lo que había


en mi era desesperanza, mi alma era tan mezquina y miserable como su humanismo de alcantarilla. Rabia y vergüenza de sentir, de saber que el siempre tenía razón, sobre todo cuanto más me dolía aceptarlo. -Le he hecho una pregunta, Martín. ¿Qué siente usted? -Siento que más valdría dejar las cosas como están y devolverle el dinero. Siento que, sea lo que sea lo que se propone con esta absurda empresa, prefiero no formar parte. Y siento un gran remordimiento en mi conciencia al haberle conocido -El amo dejó caer sus párpados y se sumergió en un largo silencio. Se volvió y dio unos cuantos pasos en dirección a las puertas de la necrópolis. Observé su silueta oscura recortada contra el jardín de mármol, y su sombra inmóvil bajo la lluvia. Sentí miedo, un miedo turbio que me nacía en las entrañas y me inspiraba un deseo infantil de pedir perdón y aceptar cualquier castigo que me impusiesen a cambio de no soportar aquel silencio. Y sentí asco. De su presencia y, especialmente, de mi mismo. -El amo se volvió y se acercó de nuevo. Se paró a pocos centímetros de mi e inclinó su cara sobre la mía. Le sentí el aliento frío y me perdí en sus ojos negros, sin fondo. La voz y el tono eran gélidos, desprovistos de la humanidad práctica y estudiada con la que el amo adornaba su conversación y sus gestos. -Se lo diré una sola vez y basta. Usted cumplirá su parte del pacto y yo la mía. Esto es la única cosa que puede y debe sentir. No me di cuenta que yo decía que si con la cabeza hasta que el amo se sacó un pliego de páginas del bolsillo y me las alargó. Las dejó caer antes de que las pudiese coger. El viento las arrastro en un remolino y las ví escamparse hacia la entrada de la necrópolis. Me apresuré a rescatarlas de la lluvia. Pero algunas habían caído dentro de los charcos: se desangraban en el agua y las palabras se desenganchaban del papel en filamentos. Las cogí todas en un puñado de papel mojado. Cuando alcé la vista y miré a mi alrededor, el amo se había fundido. 27


Si alguna vez había necesitado una cara amiga donde refugiarme, era precisamente entonces. El viejo edificio de La Voz de la Industria sacaba su cabeza detrás de los muros del cementerio. Encaminé mis pasos hacia allá con la esperanza de encontrar a mi viejo maestro, el señor Basilio, una de las pocas almas inmunes a la estupidez del mundo que siempre tenía un buen consejo que ofrecer. Cuando entré en la sede del periódico, descubrí que aún reconocía a la mayoría del personal. Parecía que no hubiese transcurrido ni un minuto desde que había dejado el diario años atrás. Los que me reconocieron, a su vez, me miraban con desconfianza y apartaban la mirada para evitar saludarme. Me escurrí dentro de la sala de redacción y fui sin turbarme al despacho del señor Basilio, situado al fondo. Estaba vacío. -¿A quien busca? Me giré y me encontré con Rosell, uno de los redactores que ya me parecían viejos cuando yo trabajaba y que había firmado la reseña venenosa publicada por el periódico sobre Los pasos del cielo. Me calificaba de “redactor de anuncios por palabras”. -Señor Rosell, soy Martín, David Martín. ¿Es que no se acuerda de mí? Rosell dedicó unos cuantos segundos a inspeccionarme. Hacia ver que le costaba mucho reconocerme. Al final, asintió. -¿Y el señor Basilio? -Se fue hace dos meses. Le encontrará en la redacción de La Vanguardia. Si le ve, déle recuerdos. -Entendido. -Me sabe mal lo que pasó con su libro – dijo Rosell con una sonrisa complacida. Atravesé la redacción, navegando entre miradas huidizas, sonrisas torcidas y murmuraciones con regusto de hiel. El tiempo lo cura todo, pensé, menos la verdad.


Al cabo de media hora, un taxi me dejaba en las puertas del edificio de La Vanguardia en la calle Pelayo. A diferencia de la siniestra decrepitud de mi antiguo periódico, allí todo desprendía un aire de distinción y de opulencia. Me identifiqué en el mostrador de conserjería y un chiquillo con pinta de meritorio, que me recordó a mi mismo en mis años de aprendiz, fue enviado a avisar al señor Basilio que tenía una visita. El aspecto leonino de mi viejo maestro no se había ablandado con el paso de los años. Al contrario, con la nueva indumentaria que hacía juego con la selecta escenografía, el señor Basilio tenía una figura tan formidable como en los tiempos de La Voz de la Industria. Se le iluminaron los ojos de alegría al verme y, rompiendo su férreo protocolo, me recibió con un abrazo con el que habría podido romperme dos o tres costillas sino hubiese habido público presente, porque, de grado o a la fuerza, el señor Basilio tenía que mantener unas apariencias y una reputación. -¿Es que nos aburguesamos, señor Basilio? Mi antiguo jefe se encogió de hombros, sacándole importancia al nuevo decorado que le rodeaba. -No se deje impresionar. -No sea modesto, señor Basilio, que usted ha ido a parar a la joya de la corona. ¿Ya les hace pasar por el tubo? El señor Basilio se sacó su perenne lápiz rojo y me lo enseñó, guiñándome un ojo. -Gasto cuatro cada semana. -Dos menos que en La Voz. -Espere y verá. Por aquí hay alguna eminencia que dispara los signos de puntuación con escopeta y se cree que el sangrado es un vino del Penedés. A pesar de sus palabras, era evidente que el señor Basilio se encontraba bien, en su nuevo hogar, e incluso tenía un aspecto más saludable. -No me diga que ha venido a buscar trabajo, porque soy capaz de dárselo – me amenazó.


-Se lo agradezco de todo corazón, pero ya sabe que dejé los hábitos y que mi fuerte no es el periodismo. -Ya me dirá entonces como le puede ayudar este viejo cascarrabias. -Necesito información sobre un caso antiguo para una historia en la que trabajo, la muerte de un abogado famoso, Se llamaba Marlasca. Diego Marlasca. -¿De que años hablamos? -De mil novecientos cuatro. El señor Basilio suspiró. -Si que me hace ir atrás. Desde entonces ha llovido mucho. -Pero no lo suficiente para limpiar el asunto –le repliqué. El señor Basilio me puso la mano en el hombro y me indicó que le siguiese hacia el interior de la redacción. -No lo sienta, ha venido al lugar ideal. Esta buena gente dispone de un archivo que ya lo querría el santo Vaticano. Si en la prensa ha salido algo, lo encontraremos aquí. Y, además, el jefe del archivo, es un buen amigo mío. Le aviso que yo, a su lado, soy la Blancanieves. No haga caso de su talante más bien esquivo. En el fondo, muy en el fondo, es un pedazo de pan. Seguí al señor Basilio a través de un amplio vestíbulo de maderas nobles. A un lado se abría una sala circular con una gran mesa redonda y una serie de retratos desde donde nos observaban una pléyade de aristócratas de cara severa. -La sala de los aquelarres – me explicó el señor Basilio – Se reúnen los redactores jefes con el director adjunto, que es un servidor, y el director. Como buenos caballeros de la mesa redonda, buscamos el santo grial cada día a las siete de la tarde. -Impresionante. -Usted aún no ha vito nada – dijo el señor Basilio, guiñándole un ojo – Mire. El señor Basilio se colocó bajo uno de aquellos retratos tan augustos y empujó el plafón de madera que cubría la pared. El plafón cedió con un gruñido, dando paso a un corredor oculto.


-¿Qué me dice, eh, Martín? Este es uno de los numerosos pasadizos secretos de la casa. Ni los Borja tenían una martingala como esta. Seguí al señor Basilio a través de un pasadizo y llegamos a una gran sala de lectura envuelta de vitrinas acristaladas que estuchaban la biblioteca secreta de La Vanguardia. Al fondo de la sala, bajo un haz de luz de cristal verdoso, se distinguía la figura de un hombre de mediana edad, sentado tras una mesa, que examinaba un documento con una lupa. Al vernos entrar, levantó la vista y nos clavó una mirada que habría transformado en piedra a cualquier persona que fuese menor de edad o fácilmente impresionable. -Le presento al señor José maría Brotons, rey del submundo y jefe de las catacumbas de esta santa casa – anunció el señor Basilio. Brotons, sin dejar la lupa, se limitaba a observarme con unos ojos que oxidaban al contacto. Me acerqué y le alargué la mano. -Le presento a mi antiguo pupilo, David Martín. Brotons me estrechó la mano, a su pesar, y miró al señor Basilio. -¿El Escritor? -El mismo. Brotons asintió. -Ya tiene valor, ya, salir a la calle después de los garrotazos que recibió. ¿Qué hace aquí? -Suplicar su ayuda, bendición y consejo en un tema de alta investigación y arqueología del documento – explicó el señor Basilio. -¿Y donde está el sacrificio de sangre? – lanzó Brotons. -¿Qué sacrificio? – pregunté Brotons me miró como si fuese atrasado mental. -Una cabra, un cordero, un capón, sino hay ningún animal más grande… Me quedé en blanco. Brotons sostuvo la mirada sin parpadear durante un instante infinito. Después, cuando empecé a notar el picor del sudor en la espalda, el jefe del archivo y el señor Basilio se echaron a reír. Les dejé que se riesen con ganas a costa mía hasta que se atragantaron y se tuvieron que enjugar las lágrimas. Sin duda, el señor Basilio, había encontrado un alma gemela en el nuevo colega.


-Venga por aquí, joven – indicó Brotons, la fachada feroz en retirada – a ver que le encontramos. 28 El diario tenía los archivos en uno de los subterráneos del edificio, bajo la planta que alojaba la gran maquinaria de la rotativa, un engendro de tecnología post victoriana que parecía un cruce entre una locomotora de vapor y una máquina de fabricar rayos. Le presento la rotativa, más conocida como Leviatán. Hay que ir con pies de plomo, porque dicen que ya se ha tragado a más de un incauto – avisó el señor Basilio –Es como aquello de Jonás y la ballena, pero con efecto de trinchado. -¡No hay para tanto! -Un día de estos podríamos tirar al becario nuevo, el que dice que es sobrino de Maciá y se hace demasiado el listo – propuso Brotons. -Fije el día y la hora y lo celebraremos con un Capinota – aprobó el señor Basilio. Los dos se hicieron un hartazgo de reírse, como los críos del colegio. Tal para cual, pensé yo. La saladle archivo estaba situada en un laberinto de corredores formados por estantes de tres metros de altura. Un par de críos pálidos con aspecto de no haber salido de aquel subterráneo en quince días hacían de ayudantes de Brotons. Al verle acudieron como mascotas fieles a la espera de sus órdenes. Brotons me dirigió una mirada interrogante, -Que buscamos? -Mil novecientos cuatro. Muerte de un abogado que se llamaba Diego Marlasca. Prohombre de la sociedad barcelonesa, socio fundador del bufete, Valera, Marlasca y Sentís. -¿Mes? -Noviembre. A un gesto de Brotons, los dos ayudantes se fueron a buscar los ejemplares correspondientes al mes de noviembre de 1904. En aquellos tiempos, la muerte era tan presente en el color de los días


que la mayoría de los diarios aún abrían las primeras páginas con grandes necrológicas. Había que suponer pues, que un personaje de la envergadura del Marlasca había generado más de una nota funeraria en la prensa de la ciudad y que su obituario había sido material de portada. Los ayudantes volvieron con unos cuantos volúmenes y los depositaron sobre un amplio escritorio. Nos dividimos el trabajo y entre los cinco presentes encontramos la necrológica del señor Diego Marlasca en la portada, tal como yo había supuesto. La edición era del día 23 de noviembre de 1904. -Habemus cadáver – anunció Brotons que fue el descubridor. Había cuatro notas necrológicas dedicadas de Barcelona al personaje. Una de la familia, otra del bufete de abogados, otra del Colegio de Letras y la última de la asociación cultural del Ateneo Barcelonés. -Es la ventaja de ser rico. Uno se muere cinco o seis veces – comento el señor Basilio. Las necrológicas en si no tenían demasiado interés. Plegarias por el alma inmortal del difunto, indicaciones que el funeral sería para los íntimos, glosas grandiosas a un gran ciudadano, erudito y miembro insustituible de la sociedad barcelonesa, etcétera. -Lo que a usted le interesa debe estar en las ediciones de uno o dos días antes o después – indicó Brotons. Procedimos a repasar los diarios de la semana del traspaso del abogado y encontramos una secuencia de noticias que estaban relacionadas. La primera anunciaba que el distinguido letrado había muerto en un accidente. El señor Basilio leyó el texto de la noticia en voz alta -Esto lo ha redactado un chimpancé –dictaminó – Tres parágrafos redundantes que no dicen nada y hasta el final no explica que la muerte fue accidental, pero son concretar que clase de accidente fue. -Aquí tenemos una cosa más interesante- dijo Brotons. Un artículo del día siguiente explicaba que la policía estaba investigando las circunstancias del accidente con tal de dictaminar con exactitud lo que había pasado. Lo más interesante era que


mencionaba que en la parte del expediente forense sobre la causa de la muerte se indicaba que Diego Marlasca se había ahogado. -¿Ahogado? – interrumpió el señor Basilio. ¿Cómo? ¿Donde? -No lo aclara. Probablemente tuvieron que recortar la noticia para incluir esta urgente y extensa apología de la sardana que se abre a tres columnas con el título “Al son de la tenora: espíritu y temple – indico Brotons. -¿Indica quien se encargaba de la investigación? –pregunté. -Menciona a un tal Salvador Ricard Salvador – dijo Brotons. Repasamos las otras notas relacionadas con la muerte de Marlasca, pero no había nada de interés. Los textos se regurgitaban los unos en los otros, repitiendo una cantarella que sonaba demasiado parecida a la línea oficial proporcionada por el bufete de Valera y compañía. -Todo esto huele a encubrimiento. Indico Brotons. Suspiré desanimado. Había confiado en encontrar algunas cosas más que simples recordatorios azucarados y noticias vacías que no aclaraban nada sobre los hechos. -Verdad que usted tenía un buen contacto en Jefatura – preguntó el señor Basilio - ¿Cómo se llamaba? -Víctor Grandes- dojo Brotons. Tal vez el puede poner en contacto con el tal Salvador. Me aclaré la garganta y los dos hombretones me miraron con las cejas fruncidas. -Por motivos que no hacen al caso, o que hacen mucho a l caso, preferiría no liar al inspector Grandes en este asunto – dije yo. Brotons y el señor Basilio intercambiaron una mirada. -De acuerdo. ¿Hemos de borrar más nombres de la lista? -Marcos y Castelo. -Veo que no ha perdido el talento de hacerse amigos a todas las partes que va – opinó el señor Basilio. Brotons se fregó la barbilla. -No sufran. Dispongo de otra vía de entrada que no despertará sospechas.


-Si me encuentra al Ricardo Salvador le sacrifico lo que quiere, un cerdo y todo. -Con la gota me guardaré muy mucho de comer cerdo. Pero no diría que no a un buen habano – dijo Brotons. -Que sean dos – añadió el señor Basilio. Mientras corría para el estanco de la calle Tallers a buscar los dos ejemplares más exquisitos y caros del establecimiento, Brotons hizo un par de llamadas discretas a Jefatura y confirmó que el tal Salvador había abandonado el cuerpo, más bien por la fuerza, y que había comenzado a trabajar haciendo de guardaespaldas para un industrial o investigador para diversos bufetes de abogados de la ciudad. Cuando volví al periódico a hacer donación de los puros a mis benefactores, el jefe del archivo me alargó una nota donde se leía una dirección: Ricardo Salvador Calle de la Leona, 21, ático -Que el conde se lo pague – le dije. - En vida suya. 29 La calle de la Leona, más conocida entre los vecinos del barrio como el de Las Tres Camas en honor a la famosa casa de lenocinio que acogía, era una callejuela casi tan tenebrosa como su reputación. Nacía en los arcos a la sombra de la Plaza real y crecía en un hueco y privado de la luz del sol entre viejos edificios apilados los unos sobre los otros y cosidos por una perpetua telaraña de hilos con ropa tendida. Las fachadas decrépitas se deshacían en ocre, y las láminas de piedra que cubrían el suelo habían quedado bañadas en sangre durante los años del pistolerismo. Más de una vez la había utilizado como escenario en mis historias de La ciudad de los malditos, y ahora, desierto y olvidado, aún conservaba el olor de intrigas y de pólvora. Aquel sombrío escenario parecía indicar que el retiro forzoso


del comisario Salvador del cuerpo de policía no había sido demasiado generoso. El número 21 era un modesto inmueble enclaustrado entre dos edificios que le hacían de tenaza. El portal, abierto, no era más que un pozo de sombra de donde salía una escalera estrecha y derecha que subía en espiral. El suelo estaba lleno de charcos, y de un líquido oscuro y viscoso que chorreaba entre las grietas de los azulejos. Subí las escaleras como pude, sin soltar la barandilla pero sin fiarme mucho de ella. En cada rellano había un a sola puerta y si tenía que juzgar por el aspecto de la finca, no creía que ningún piso tuviese más de 40 metros cuadrados. Una pequeña claraboya coronaba el ojo de la escalera y bañaba de una claridad tenue los pisos superiores. La puerta del ático quedaba al final de un estrecho pasadizo. Me sorprendió encontrarla abierta. Pique con los nudillos, pero no tuve respuesta. La puerta daba a una sala de estar pequeña, vi una butaca, una mesa, y una estantería con libros y cajas de latón. Una especie de cocina y lavadero ocupaba la pieza contigua. La única bendición de aquella celda era una terraza que daba al terrado. Por la puerta de la terraza, también abierta, se colaba una brisa fresca que trajinaba el olor de connota y de colada de los terrados de la ciudad vieja. -¿Qué hay alguien? – pregunté Al no obtener respuesta, me introduje hasta la puerta de la terraza y saqué la cabeza al terrado. La jungla de terrados, torres, depósitos de agua, pararrayos y chimeneas crecían en todas direcciones. Cuando no había dado ni un paso por el terrado noté la pieza de metal frío en la nuca y sentí el chasquido metálico de un revolver al tensarse el percutor. No se me ocurrió otra cosa que levantar los brazos y no mover ni una ceja. -Me llamo Davis Martín. En Jefatura me han dado su dirección. Quiero hablar con usted de un caso que investigó cuando estaba de servicio. -¿Usted entra siempre en casa de la gente sin llamar, señor David Martín?


-He encontrado la puerta abierta. He llamado, pero no me ha debido oír. ¿Puedo bajar las manos? -No le he dicho que las subiese. ¿Qué caso? -La muerte de Diego Marlasca. Soy el inquilino de su última residencia. La casa de la torre, en la calle Flassaders. La voz enmudeció. La presión del revolver seguía allí, bien fuerte. -¿Señor Salvador? -Estoy pensando sino sería mejor volarle la cabeza ahora mismo. -¿No quiere oír antes mi historia? Salvador aflojó la presión del revolver. Oí como destensaba el percutor y me volví poco a poco. Ricardo Salvador tenía una figura imponente y oscura, los cabellos grises y los ojos de color azul claro y penetrantes como agujas. Calculé que se debía acercar a los cincuenta, pero habría costado encontrar hombres con la mitad de sus años que se atreviesen a interponerse en su camino. Tragué saliva. Salvador bajó el revolver y me dio la espalda, volviendo al interior del piso. -Disculpe el recibimiento – murmuró Le seguí hasta la pequeñísima cocina y me paré en el linde. Salvador dejó la pistola sobre la pica y encendió uno de los fogones con papel y cartón. Sacó un bote de café y me miró con ojos interrogantes. -No, gracias. -Le aviso que es lo único bueno que tengo – me dijo. -Entonces le acompañaré. -Salvador introdujo un par de cucharadas generosas de café en la cafetera, la lleno de agua de una jarra y la puso al fuego. -¿Quién le ha hablado de mí? -Hace unos días visite a la señora Marlasca, la viuda. Ella me habló de usted. Me dijo que era la única persona que había intentado descubrir la verdad y que esto le había costado el trabajo. -Es una manera de explicarlo, supongo – dijo. Me fijé que la mención de la viuda le había enturbiado la mirada y me pregunté que debía haber pasado entre ellos durante aquellos días de infortunio.


-¿Cómo está? – preguntó – La señora Marlasca. -Me parece que le encuentra a faltar. Salvador asintió, su ferocidad había desaparecido del todo. -Hace mucho que no la voy a ver. -Tal vez usted tenga razón. Quizá la tendría que visitar. -¿Me puede hablar de lo que ha pasado? Salvador recuperó la expresión severa y dijo que si con la cabeza. -¿Qué quiere saber? -La viuda de Marlasca me explicó que usted no aceptó nunca la versión que aseguraba que su marido se había matado y que tenía sospechas. -Más que sospechas. ¿Le ha explicado alguien como murió Marlasca? -Lo único que se es que dijeron que había sido un accidente. -Marlasca murió ahogado. Al menos esto decía el informe final de la Jefatura -¿Como se ahogó? -Solo hay una manera de ahogarse, pero ya hablaremos después. Lo más curioso es el lugar. -¿En el mar? Salvador sonrió. Era una risita negra y amarga como el café que empezaba a salir. Salvador lo olió. -¿Está seguro que quiere oír esta historia? -No he estado más seguro de nada en mi vida. Me alcanzó una taza de café y me miró de pies a cabeza, analizándome. -Supongo que ya habrá visitado al mal nacido de Valera. -Si se refiere al socio de Marlasca, se murió. He hablado con el hijo. -También es un mal nacido, pero no tiene tantos huevos. No se lo que le explicó a usted, pero seguro que no le dijo que entre los dos consiguieron que me expulsasen del cuerpo y que me convirtiese en un paria a quien nadie le daba ni una limosna.


-Tiene razón, se olvido de incluir eso en su versión de los hechos – concedí. -No me extraña. -Usted me tenía que explicar como se ahogó Marlasca. -Aquí es donde la cosa se pone interesante – dijo Salvador - ¿Sabía que el señor Marlasca además de abogado, erudito y escritor, había sido, de joven, campeón dos veces de la travesía del puerto que por Navidad organiza el Club Natación Barcelona? -¿Cómo se ahoga un campeón de natación? – pregunté. -La cuestión es donde. Encontraron el cadáver del señor Marlasca en el estanque del terrado del Depósito de las Aguas del Parque de la Ciudadela. ¿Lo ha visto alguna vez? Tragué saliva y dije que si con la cabeza. Era el primer lugar donde me había encontrado con Corelli. -Si lo ha visto, debe saber que cuando está lleno tienen como mucho un metro de profundidad. En realidad no es más que una balsa. El día que encontraron al abogado muerto, el estanque estaba medio vacío y en nivel del agua no llegaba a los sesenta centímetros. -Un campeón de natación no se ahoga en sesenta centímetros de agua, así como así.- le indiqué. -Eso pensé yo. -¿Y las otras opiniones que decían? Salvador sonrió amargamente. -Para empezar, es dudoso que se ahogase. El forense que hizo la autopsia del cadáver encontró un poco de agua en los pulmones pero según su dictamen la causa de la muerte fue un paro cardiaco. -No lo entiendo. -Cuando Marlasca cayó en el estanque, o cuando alguien le empujó, de su cuerpo salían llamas. Después presentaba quemaduras de tercer grado en el torso, en los brazos y en la cara. Según el forense, el cuerpo se pudo quemar durante casi un minuto antes de entrar en contacto con el agua. Los restos encontrados en la ropa del abogado indicaban la presencia de algún tipo de disolvente. A Marlasca le quemaron vivo.


Tardé unos cuantos segundos en digerir todo aquello. -¿Por qué alguien hizo una cosa así? -¿Venganza? ¿Pura crueldad? Elija usted. Mi opinión es que alguien quería retrasar la identificación del cadáver de Marlasca para ganar tiempo y confundir a la policía. -¿Quién? -El Jaco Corbera. -El representante de Irene Sabino. -Que desapareció el mismo día de la muerte de Marlasca con el importe de una cuenta personal que el abogado tenía en el Banco Hispano Colonial. Tan personal que su mujer no sabía nada. -Cien mil francos franceses – dije yo. Salvador me miró, intrigado. -¿Usted como lo sabe? -Da lo mismo. ¿Qué hacía Marlasca, en el terrado del Depósito de las Aguas? No es un lugar de paso, precisamente. -Este es otro punto confuso. Encontramos un dietario en el estudio de Marlasca. El había anotado que a las cinco de la tarde tenía una cita allá. O al menos eso parecía. Lo único que el dietario indicaba era una hora, un lugar y una inicial. Una “C”. Probablemente Corbera. -¿Entonces que cree que pasó? – le pregunté. -Lo que yo creo, y lo que demuestran las pruebas, es que el Jaco engañó a Irene Sabino para que manipulase a Marlasca. Ya debe saber que el abogado estaba obsesionado con las mentiras de las sesiones de espiritismo y todo eso. Jaco tenía un socio, Damián Roures, que estaba metido en estos ambientes. Un farsante consumado. Entre los dos, y con la ayuda de Irene Sabino, liaron a Marlasca, prometiéndole que podría entrar en contacto con su hijo en el mundo de los espíritus. Marlasca era un hombre desesperado y dispuesto a creerse lo que fuese. Aquel trio de gamberros tenía organizado el negocio perfecto, hasta que Jaco quiso ganar más dinero de la cuenta. Algunos opinan que la Sabino no actuaba de mala fe, que estaba enamorada de verdad de Marlasca y que creía en


todas aquellas historias igual que el. A mi esta posibilidad no me acaba de convencer; pero teniendo en cuenta lo que pasó, es irrelevante. Jaco supo que Marlasca tenía aquel fondo en el banco y decidió quitárselo de en medio y desaparecer con el dinero, dejando un rastro de confusión. La cita del dietario bien podía ser una pista falsa de jada por la Sabino o por el Jaco. No había ninguna prueba que la hubiese escrito Marlasca. -¿Y de donde provenían los cien mil francos que Marlasca tenía en el Hispano Colonial? -El mismo Marlasca los había ingresado en metálico un año antes. No tengo ni la más remota idea de donde pudo sacar una cifra tan exorbitante. Lo único que se es que los francos que quedaban fueron retirados en metálico, la mañana del día que murió Marlasca. Los abogados dijeron después que el dinero no había desaparecido, sino que se había transferido a una especie de fondo tutelado, porque Marlasca había decidido reorganizar sus finanzas. Pero a mi me cuesta creer que alguien reorganice sus finanzas y desplace casi cien mil francos por la mañana y aparezca quemado vivo por la tarde. No me creo que este dinero acabase en un fondo misterioso. Hasta el día de hoy no ha aparecido ningún dato que me saque de la cabeza que este dinero fue a parar a las manos de Jaco Corbera y la Irene Sabino. Por lo menos al principio, porque creo que, después, ella no debía ver ni un céntimo. Jaco desapreció con el dinero. Para siempre. -¿Qué ha sido de Irene? -Este es otro de los aspectos que me hacen pensar que Jaco engañó al Roures y a Irene Sabino. Poco después de la muerte de Marlasca, Roures dejó el negocio de ultratumba y abrió una tienda de artículos de magia en la calle Princesa. Que yo sepa, todavía está. La Irene Sabino trabajó un par de años más en cabarets y locales cada vez de menor categoría. Las últimas noticias que tuve de ella era que se prostituía en el Raval y que vivía en la miseria. Evidentemente, no se quedó ni uno de aquellos francos. Y el Roures tampoco. -¿Y el Jaco?


-Lo más probable es que abandonase el país con un nombre falso y que esté en algún lugar viviendo como un sátrapa. El caso es que todo aquello, en lugar de aclararme las cosas, me abría más interrogantes. Salvador debía interpretar mi mirada de preocupación y me ofreció una sonrisa de conmiseración. -El Valera y sus amigos del Ayuntamiento consiguieron que la prensa contase a bombo y platillo la historia del accidente. Resolvió el asunto con un funeral de primera. No quería enturbiar las aguas de los negocios del bufete, que en gran parte eran los negocios del Ayuntamiento y de la Diputación. Y prefería pasar por alto la extraña conducta del señor Marlasca los últimos doce meses de su vida, desde que abandonó a la familia y los socios decidieron adquirir una casa en ruinas en una parte de la ciudad donde no había puesto sus bien calzados pies en su vida. Según su antiguo socio, se quería dedicar a escribir. -¿Y que quería escribir? ¿Le dijo algo, Valera? -Un libro de poesía o una cosa así. -¿Y usted se lo creyó? -He visto cosas muy extrañas en mi trabajo, amigo mío, pero los abogados cargados de dinero que lo dejan todo para retirarse a escribir sonetos no forman parte del repertorio. -¿Entonces? -Pues lo más razonable habría sido hacer lo que me decían y olvidarme del caso. -Pero no lo hizo. No. Y no porque sea un héroe o un cretino. Lo hice porque cada vez que veía a aquella pobre mujer, la viuda Marlasca, se me revolvía el estómago y no me podía mirar al espejo sino hacia lo que se suponía que me pagaban por hacer. – Señaló en entorno miserable y frío que le hacía de hogar y se rió – Créame, si lo llego a saber, habría preferido ser un cobarde y no salirme de la fila. No puedo decir que los jefes y los compañeros no me avisasen. Muerto y enterrado el abogado, tocaba pasar página y dedicar los esfuerzos a perseguir


anarquistas muertos de gana y maestros de escuela con un ideario sospechoso. -“Muerto y enterrado”, acaba de decir. ¿Dónde enterraron a Diego Marlasca? -Me parece que, en el panteón familiar del cementerio de San Gervasio, no muy lejos de la casa donde vive la viuda. ¿puedo preguntarle a que se debe su interés por este asunto? Y no me diga que se le ha despertado la curiosidad porque vie en la casa de la torre. - Me cuesta explicárselo. -Si quiere un consejo de amigo, míreme a mí y aplíquese la lección. Déjelo correr. -Ya me gustaría. El problema es que no creo que el asunto me deje correr a mí. Salvador me observó largamente y asintió. Cogió un papel y apunto un número. -Es el teléfono de los vecinos de abajo. Son buena gente y los únicos que tienen teléfono en toda la escalera. Me puede llamar o dejar el encargo. Pregunte por Emilio. Si necesita ayuda, no dude en llamarme. Y vaya con mucho cuidado. Hace ya muchos años que jaco desapareció del panorama, pero todavía hay gente a quien no le interesa remover este asunto. Cien mil francos es mucho dinero. Acepté el número y me lo guardé. -Gracias. -No se merecen. Total, ¿Qué más me pueden hacer? -¿No tiene una fotografía de Diego Marlasca? No he encontrado ninguna en toda la casa. -Pues no lo se…Alguna debo de tener. Déjeme ver. Salvador se acercó a un escritorio situado en un rincón de la sala de estar y sacó una caja de latón llena de papeles. -Aún guardo cosas del caso…Ya ve que no con los años escarmiento. Aquí, mire. Esta foto me la dio la viuda. Me dio un viejo retrato de estudio donde aparecía un hombre alto y bien plantado de cuarenta y tantos años que sonreía a la cámara sobre un fondo de terciopelo. Me perdí en aquella mirada limpia,


preguntándome como era posible que detrás de él se escondiese el mundo tenebroso que había encontrado en las páginas de Lux Aeterna. -¿Me la puedo quedar? Salvador dudó. -Supongo que sí. Pero no la pierda. -Le prometo que se la devolveré. -Prométame que irá con mucho cuidado y me quedaré más tranquilo. Y que sino lo hace, y se mete en líos, me llamará. Le alargué la mano y se la estreché. -Se lo prometo. 30 El sol empezaba a ponerse cuando dejé a Ricardo, solo, en su frío terrado y volvía a la plaza Real bañada por una luz polvorienta que pintaba de rojo las siluetas de los viandantes y extraños. Me puse a andar y acabé refugiándome en el único sitio de la ciudad donde siempre me había sentido bien recibido y protegido. Cuando llegué a la calle Santa Ana, la librería de Sempere e hijos estaba a punto de cerrar. El crepúsculo reptaba sobre la ciudad y una brecha de azul y púrpura se había abierto en el cielo. Me paré delante del aparador y vi al Sempere hijo que acababa de acompañar a un cliente que ya se despedía. Me vio y me sonrió con una timidez que parecía más que nada decencia. -Precisamente pensaba en usted, Martín. ¿Va todo bien? -No podía ir mejor. -Se me ve en la cara. Venga, pase, que prepararemos café. Me abrió la puerta de la tienda y me cedió el paso. Entré en la librería y aspiré aquel perfume de papel y magia que inexplicablemente a nadie se le había ocurrido embotellarlo todavía. Sempere hijo me indicó que le siguiese hasta la trastienda, donde se dispuso a preparar una cafetera. -¿Y su padre? ¿Cómo está? El otro día le vi un poco mustio.


Sempere hijo dijo que si con la cabeza, como si agradeciese la pregunta. Me dí cuenta de que no tenía a nadie con el que hablar del tema. -Ha tenido tiempos mejores, la verdad. El médico dice que, con una angina de pecho, más vale que se vigile, pero el insiste en trabajar más que antes. A veces me tengo que enfadar, porque se piensa que si deja la librería en mis manos el negocio de hundirá. Esta maña, cuando me he levantado le he dicho que hiciese el favor de quedarse en la cama y no bajase a trabajar en todo el día. ¿Se puede creer que al cabo de tres minutos me lo h encontrado en el comedor, poniéndose los zapatos? -Es un hombre firme en sus ideas – le dije. -Es tozudo como una mula – replicó Sempere hijo – Suerte que ahora tenemos un poco de ayuda, que si no… Desenfundé mi expresión e inocencia, muy sudada y arrugada, pero que me salía fácilmente. -La chica – aclaró Sempere hijo – Isabella, su ayudanta. Por eso pensaba en usted. Espero que no le haga ir mal que Isabella pase unas cuantas horas aquí. La verdad es que , tal como están las cosas, se agradece la ayuda. Pero si usted tiene algún inconveniente… Reprimí una sonrisa por la manera como lamía las dos ll de Isabella, pronunciándoles geminadas: Isabel·la. - Hombre, mientras sea una cosa temporal. La verdad es que Isabella es una buena chica. Inteligente y trabajadora – dije – Nos avenimos mucho. -Pues ella dice que usted es un déspota. -¿Ah, sí? -De hecho, tiene un mote para usted: mister Hyde. -Es un angelito. No le haga caso. Ya sabe como son las mujeres. -Si, ya lo se – replicó Sempere hijo en un tono que dejaba claro que sabía muchas cosas, pero que de aquella, no tenía ni la más remota idea. -Isabella le dice eso de mí, pero no se crea que a mí no me dice cosas de usted.


Vi que alguna cosa se le movía en la cara. Dejé que mis palabras fuesen perforando las capas de su armadura. Me acercó una taza de café con una sonrisa solícita y mencionó el tema con un recurso que no habría pasado el filtro de una opereta de pan con aceite. -Vaya a saber lo que dice de mi – dejó caer. Dejé que macerase la incertidumbre un ratito. -¿Le agradaría saberlo? – pregunté con fingida indiferencia, escondiendo la sonrisa detrás de la taza. Sempere hijo se encogió de hombros. -Dice que es usted un hombre bueno y generoso – añadí – que la gente no le entiende porque es un poco tímido y, cito textualmente, no ven más allá de una presencia de galán de cine y una personalidad fascinante. Sempere hijo tragó saliva y me miró, atónito. -No le explico ninguna mentira, amigo Sempere. Mire, de hecho, me alegro, que haya sacado a colación el tema, porque la verdad es que hace días que quería comentarlo con usted y no sabía como. -¿Comentar el que? Bajé la voz y le miré fijamente a los ojos. -Entre usted y yo, Isabella quiere trabajar aquí porque le admira. Me parece que está secretamente enamorada de usted. Sempere me miraba al borde del pasmo. -Pero se trata de un amor puro, ¿eh? – añadí. Espiritual. Como de heroína de Dickens para entendernos. Nada de frivolidades ni criaturazas. Isabella, si bien aún es joven, está hecha toda una mujer. Ya se debe de haber fijado, supongo… -Ahora que lo dice… -Y no me refiero tan solo a su marco deliciosamente suave, si me permite la licencia, sino también al cuadro de bondad y belleza interior que lleva dentro, esperando el momento adecuado para salir fuera y hacer de algún afortunado el hombre más feliz del mundo. Sempere no sabía donde meterse. -Y, además, tienes talentos escondidos – continué – Habla idiomas. Toca el piano como los ángeles. Tiene una cabeza para los números


que ni el propio Isaac Newton, y. encima, cunado cocina, hace maravillas. Míreme a mí. Me he engordado unos cuantos quilos desde que trabaja para mí. Me prepara unas delicias que ni la Tour d’Argent… ¡No me diga que no se había dado cuenta! -De cocina no hemos hablado nunca… -Me refiero al enamoramiento súbito. -Pues la verdad… -¿Sabe lo que le pasa? La chica en el fondo, aunque tenga esos aires de fiera salvaje, es mansa y tímida hasta extremos patológicos. La culpa la tienen las monjas, que les enturbian los sentidos con tantas historias de del infierno y clases de costura. Viva la escuela libre. -Pues yo habría considerado que me consideraba prácticamente un poco atrasadito – aseguró Sempere. -¿Lo ve? La prueba irrefutable. Amigo Sempere, cuando una mujer trata a alguien de tontaina, significa que se le están afilando las gónadas. -¿Está seguro? -Más que de la fiabilidad del Banco de España. Hágame caso, que en esto, tengo la mano rota. -Mi padre dice lo mismo. ¿Y que tengo yo que hacer? -Hombre, eso depende. ¿A usted le gusta la chica? -¿Gustarme? No lo se. ¿Cómo sabe uno si…? -Es muy sencillo. ¿Si la mira usted de reojo, le vienen ganas de morderla? -¿Morderla? -En el culo, por ejemplo. -Señor Martín… -No se haga el estrecho, que estamos entre caballeros. Todos sabemos que los hombres son el escalón perdido entre el pirata y el cerdo. ¿Le gusta o no? -Hombre, Isabella hace mucho gozo. -¿Qué más? -Es inteligente, Simpática. Trabajadora. -Continúe.


-Y una buena cristiana, me parece. No es que yo sea muy practicante, pero… -¡No hace falta que me lo explique! Isabella es más de misa que el agua bendita. Las monjas tienen la culpa. -Pero morderla no se me había ocurrido, la verdad. -No se le había ocurrido hasta que yo se lo he dicho. -Perdone, pero me parece una falta de respeto hablar así de ella, o de cualquier otra mujer. Usted debería avergonzarse – protestó Sempere hijo. -Mea culpa – entoné, alzando las manos como gesto de rendición – Pero es igual, porque cada uno manifiesta su devoción a su manera. Yo soy una persona frívola y superficial, por eso adopto un enfoque de perro; pero usted, con esta áurea gravitas, es un hombre de sentimientos místicos y profundos. Lo que cuenta es que la chica le adora y que el sentimiento es recíproco. -Bien, pues… -Ni bien ni mal. Las cosas son como son, Sempere. Usted es un hombre cabal y responsable. Yo, en cambio, más vale que no hablemos. Pero usted no es un hombre que juegue con los sentimientos nobles y puros de una mujer en la flor de la vida. ¿Me equivoco? -…supongo que no. -Pues ya está. -¿El que? -¿No está claro? -No. -Es el momento de festejar. -¿Perdón? -Hacerle la corte o, en lenguaje científico, hacer la aleta. Mire, Sempere, por algún extraño motivo, siglos de de supuesta civilización nos han conducido a una situación en que uno no puede ir acercándose a las mujeres por las calles o proponerla en matrimonio así porque sí. Primero hay que festejar. -¿Matrimonio? ¿Es que se ha vuelto loco?


-Lo que le quiero decir, y en el fondo es idea suya, aunque no se de cuenta, es que hoy o pasado mañana, cuando se le cure el temblor y no parezca que se le cae la baba, al final del horario de Isabella en la librería, la invita usted a merendar en un lugar encantador y se dan cuenta de una vez que están hechos el uno para el otro. Por ejemplo, Els Quatre Gats. Como son un poco avaros y quieren ahorrar electricidad, ponen unas luces bastante flojas, y esto siempre ayuda en estos casos. Para la chica le pide mató con una cucharada de miel, que hace venir la gana, y después, como quien no quiere la cosa, le hace beber un par de sorbos de moscatel, que sube a la cabeza infaliblemente. Y mientras le pone la mano en la rodilla, la deja boquiabierta con su palabrería que tiene tan escondida, tonto. -Pero sino se nada, ni de ella, ni de lo que le interesa, ni de… -Le interesa lo mismo que a usted. Le interesa los libros, la literatura, el olor de los tesoros que usted guarda aquí y la promesa de amor y aventura de las novelas de una peseta. Le interesa sacarle la soledad de sobra y no perder el tiempo en comprender que en este mundo de monos, las cosas no valen nada sino tenemos alguien con quien compartirlas. Ahora ya sabe lo esencial. Las otras cosas las aprende y las disfruta usted por el camino. Sempere se quedó pensativo, alternando miradas entre su taza de café, intacta, y un servidor, que mantenía con penas y trabajos la sonrisa de vendedor de títulos de Bolsa. -No se si darle las gracias o denunciarlo a la policía – dijo, al final. Precisamente entonces en la librería se oyeron los pesados pasos de Sempere padre. Unos cuantos segundos después sacaba la cabeza por la trastienda y se quedaba mirándonos con desaprobación. -¿Dónde se ha visto? La tienda desatendida y aquí charlando como si fuese fiesta mayor. ¿Y si entra algún cliente? ¿O un sinvergüenza dispuesto a llevarse el género? Sempere hijo suspiró, poniendo los ojos en blanco. -Eso, nada. Señor Sempere. Los libros son la única cosa de este mundo que no se roba – le dije guiñándole un jo.


Una sonrisa cómplice le iluminó la cara. Sempere jijo aprovechó la ocasión para escabullirse de mis zarpas y escabullirse en la librería. Sempere padre se sentó a mi lado y olió la taza de café que el hijo había dejado sin probar. -¿Qué piensa el médico de la cafeína? ¿Va bien para el corazón? – le pregunté. -Aquel no se encuentra el culo ni con un atlas de anatomía. ¿Qué quiere que sepa del corazón? -Más que usted, seguro – repliqué, arrebatándole la taza de las manos. -Si estoy hecho un toro, Martín. -Una mula tozuda. Haga el favor de subir a casa y meterse en la cama. -En la cama solo vale la pena estarse cuando uno es joven y tiene buena compañía. -Si quiere compañía, se la busco. Pero pienso que no hay la coyuntura cardíaca adecuada. -Martín, a mi edad, la erótica se reduce a saborear un flan y mirar el cuello de las viudas. Aquí, el que me preocupa es el heredero. ¿Algún progreso en ese terreno? -Estamos en fase de adobo y siembra. Habrá que ver si el tiempo acompaña y tenemos una buena cosecha. En dos o tres días le puedo hacer una estimación al alza con un sesenta o setenta por ciento de fiabilidad. Sempere sonrió, complacido. -A el si que le vi un poco verde. O se espabila o Isabella se lo como crudo en cinco minutos. Suerte que es de buena pasta que sino… -¿Cómo le puedo agradecer este favor? -Subiendo a casa y metiéndose en la cama. Si necesita compañía picante, llévese a Pilar Prim. -Tiene razón, el señor Oller no falla nunca. -Ni proponiéndoselo. Venga, a la cama. Sempere se levantó. Le costaba moverse u respiraba dificultosamente, con unos resoplidos roncos que ponían los pelos de


punta. Le cogí por el brazo para ayudarle y me di cuenta que tenía la piel fría. -No se espante, Martín, son cosas de mi metabolismo, que va un poco lento. -Hoy le veo como el de Guerra y Paz. -Una cabezadita y me quedo como nuevo. Decidí acompañarlo hasta el piso donde vivían padre e hijo, encima mismo de la librería. Me quería asegurar que se metía bajo las mantas. Tardamos un cuarto de hora en subir el tramo de escaleras. Por el camino nos encontramos a uno de los vecinos, un afable catedrático de instituto que se llamaba Anacleto. Daba clases de lengua y literatura en los jesuitas de Caspe y en aquel momento llegaba a su casa. -¿Cómo se presenta hoy la vida, amigo Sempere? -Cuesta arriba, señor Anacleto. Con la ayuda del catedrático, conseguí llegar al primer piso con Sempere prácticamente colgado de mi cuello. -Con el permiso de ustedes me retiro a descansar después de una larga jornada de bregar con los granujas de simios que tengo por alumnos – anunció el catedrático – Se lo digo yo, este país se desintegra en una generación. Pronto de descuartizarán como ratas los unos con los otros. Sempere hizo un gesto que me daba a entender que no le hiciese mucho caso al señor Anacleto. -Es un bon jan – murmuró – pero se ahoga en un vaso de agua. Al entrar en el piso, me asaltó el recuerdo de aquella mañana lejana en que llegué ensangrentado, con un ejemplar de Grandes esperanzas en las manos, y Sempere me subió en brazos hasta su casa y me sirvió una taza de chocolate deshecho que me bebí mientras esperábamos al médico y el me susurraba palabras tranquilizadoras y me limpiaba la sangre del cuerpo con una toalla tibia y una delicadeza que antes no había mostrado nadie. En aquella época, Sempere era un hombre fuerte que me parecía un gigante en todos los sentidos. Sin el no creo que hubiese sobrevivido en aquellos años de escasa fortuna. De su


fortaleza, quedaba bien poca cosa o nada cuando le sostuve con mis brazos para ayudarle a meterse en la cama y le tapé con un par de mantas. Me senté a su lado y le cogí la mano sin saber que decir. -Escúcheme, si nos hemos de poner a llorar como magdalenas, más vale que se vaya – me dijo el. -Cuídese. ¿de acuerdo? -Entre algodones. No sufra. Asentí y me fui hacia la salida. -¿Martín? Me volví en el umbral de la puerta. Sempere me contemplaba con la misma preocupación con que me había mirado aquella mañana en que había perdido unos cuantos dientes y mucha inocencia. Me fui antes de que me preguntase que me pasaba. 31 Uno de los primeros recursos propios del escritor profesional que Isabella había aprendido de mí era el artículo y la practica de fer el ronsa (remolonear). Los veteranos del oficio saben que cualquier ocupación, desde sacar punta al lápiz hasta contar las vigas del techo, tiene prioridad sobre el acto de sentarse a la mesa y exprimir el cerebro. Isabella había absorbido por ósmosis esta lección fundamental y, al llegar a casa, en lugar de encontrarla en el escritorio, la sorprendí en la cocina afinando los últimos toques de una cena que olía a gloria, como si su elaboración hubiese sido cuestión de muchas hors. -¿Qué celebramos? – pregunté. -Con la cara que tiene no podemos celebrar nada. -¿De que es este olor? -De pato confitado con peras al horno y salsa de chocolate. He encontrado la receta en uno de sus libros de cocina. Isabella se levantó y me trajo un volumen encuadernado en piel, que dejó sobre la mesa. El título: Las 101 mejores recetas de la cocina francesa, de Michel Aragón.


-Esto es lo que usted se piensa. En los estantes de la biblioteca, en la segunda fila, he encontrado de todo, incluyendo un manual de higiene matrimonial del doctor Pérez-Aguado., con unas ilustraciones de lo más sugerentes y frases como esta:”La mujer, por designio divino, no conoce el deseo carnal, y su realización espiritual y sentimental se sublima en el ejercicio natural de la maternidad y en los trabajos de la casa” Allí tiene las minas del rey Salomón. -¿Y se puede saber que buscabas, en la segunda fila de los estantes? -Inspiración. Y la he encontrado. -Pero solo culinaria. Habíamos quedado que escribirías cada día, con inspiración o sin ella. -Estoy encallada. Y la culpa es suya, por tenerme pluriocupada y liarme en sus intrigas con el inmaculado Sempere hijo. -¿Te parece bien burlarte del hombre que está locamente enamorado de ti? -¿Qué? -Ya me has oído. Sempere hijo me ha confesado que le tienes el sueño robado. Literalmente. No duerme, no come, no bebe, no puede ni mear de tanto pensar en ti todo el santo día. -Usted delira. -El que delira es el pobre Sempere. Le tenías que haber visto. He estado a punto de pegarle un tiro para liberarle del dolor y la tristeza que le invaden, -Pero sino me hace ni caso – protestó Isabella. -Porque no sabe como abrir el corazón y encontrar las palabras que plasmen sus sentimientos. Los hombres somos así. Bestias y primarios. -Bien ha sabido encontrar las palabras para reñirme cuando me he equivocado al ordenar la colección de Episodios Nacionales. ¡Vaya con la retórica que gasta! -No es lo mismo. Una cosa es el trámite administrativo y otra el lenguaje de la pasión. - Simplezas.


-No hay nada de simple en el amor, estimada ayudanta. Y cambiando de tema, ¿cenamos o no cenamos? Isabella había preparado una mesa que hacía juego con el festín que había cocinado. Había colocado un montón de platos, cubiertos y copas que yo no las había visto nunca. -No se por qué teniendo tantas cosas tan preciosas usted no las hace servir. Lo tenía todo en cajas en la habitación de al lado del lavadero – dijo Isabella – Hombre tenía que ser. Levanté uno de los cuchillos y lo contemplé a la luz de las velas que Isabella había puesto sobre la mesa. Comprendí que era el menaje de mesa de Diego Marlasca. Perdí la gana. -¿Qué le pasa algo? -Dije que no con la cabeza. Mi ayudanta me sirvió dos platos y se quedó mirándome, expectante. Probé el primer bocado y sonreí. -Muy bueno – dije. -Ha quedado un poco crudo, me parece. La receta decía que había que asarlo a fuego lento no se cuanto tiempo, pero con la cocina que tiene usted, el fuego es inexistente o abrasador, sin ningún punto intermedio. -Delicioso – insistí, comiéndomelo sin gana. Isabella, de vez en cuando me miraba de soslayo. Cenábamos en silencio, el tintineo de cubiertos y platos como única compañía. -¿Decía de verdad eso de Sempere hijo? -Hice que si con la cabeza sin levantar la vista del plato. -¿Y que más le ha dicho de mí? -Me ha dicho que tienes una belleza clásica, que eres inteligente, intensamente femenina (ya sabes que el es muy cursi) y que nota que hay una conexión espiritual entre vosotros. Isabella me clavó una mirada asesina. -Júreme que todo esto no se lo inventa – dijo Isabella. Puse la mano derecha sobre el libro de recetas y levanté la izquierda. -Lo juro sobre Las 101 mejores recetas de la cocina francesa – declaré. -Se jura con la otra mano.


Cambié de mano y repetí el gesto con expresión de solemnidad. Isabella suspiró. -¿Y que haré yo, ahora? -No lo se. ¿Qué hacen los enamorados? Pasear, bailar… -Pero yo no estoy enamorada de este señor. Continué saboreando el confit de pato, sin hacer caso de su insistente mirada. Al cabo de poco, Isabella dio un golpe en la mesa con la mano abierta. -Haga el favor de mirarme. Todo esto es culpa suya. Dejé los cubiertos con parsimonia, me limpié la boca con la servilleta y la miré -¿Qué haré ahora? – preguntó, de nuevo, Isabella. -Es depende. ¿Te gusta Sempere o no? Una nube de duda le atravesó la cara. -No lo se. Para empezar es un poco demasiado mayor para mí. -Tiene, más o menos, mi edad. Como máximo uno o dos años más. Tal vez tres. -O cuatro o cinco. Suspiré. -Está en la flor de la vida. Habíamos quedado que te gustaban maduritos. -No se ría. -Isabella, yo no soy nadie para decirte lo que tienes que hacer… -¡Esta si que es buena! -Déjame acabar. Lo que quiero decir es que esto es una cosa entres Sempere hijo y tu. Si me pides consejo, te diría que le dieses una oportunidad. Nada más. Si uno de estos días el decide dar el primer paso y te invita, pongamos por caso, a merendar, acepta la invitación. Quizás os pongáis a hablar, os conocéis y acabáis siendo grandes amigos, o tal vez no. Pero yo creo que Sempere es una buena persona, su interés por ti es genuino y me atrevería a decir que, si piensas un poco, en el fondo tu también sientes alguna cosa por el. -Usted está cargado de puñetas.


-Pero Sempere no. No respetar el afecto y la admiración que siente por ti, sería mezquino. Y tú no lo eres. -Esto es chantaje sentimental. -No. Es la vida. Isabella me fulminó con la mirada. La sonreí. -Por lo menos hágame el favor de acabarse la cena – mandó-Limpié el pato, rebañé el plato con pan y solté un suspiro de satisfacción. -¿Qué hay de postres? Después de cenar dejé a una Isabella meditabunda macerar sus dudas y desasosiegos en la sala de lectura y subí al estudio de la torre. Saqué el retrato del Diego Marlasca que me había dejado Salvador y lo coloqué al pie de la lámpara del escritorio. Después di un vistazo a la pequeña ciudadela de blocs, notas y cuartillas que había ido acumulando para el amo. Con el frío de los cubiertos del Diego Marlasca todavía en las manos, no me costó imaginármelo sentado allá, contemplando la misma vista sobre los terrados de la Ribera. Cogí una de mis páginas al azar y empecé a leerla. Reconocía las palabras y las frases porque las había compuesto yo, pero el espíritu turbio que los alimentaba me parecía más lejano que nunca. Dejé caer el papel al suelo y levanté los ojos para encontrarme con mi reflejo en el cristal de la ventana, un extraño sobre la tiniebla azul que colgaba de la ciudad. Supe que aquella noche no podría trabajar, que sería incapaz de garabatear un solo parágrafo para el amo. Apagué la luz del escritorio y me quedé sentado en la penumbra, escuchando como el viento arañaba las ventanas e imaginando a Diego Marlasca en el momento de caer en llamas a las aguas del estanque, mientras las últimas burbujas de aire le salían de los labios y un líquido glacial le inundaba los pulmones. Me desperté al amanecer con el cuerpo dolorido y encajado en la butaca del estudio. Me levanté y escuché como crujían dos o tres engranajes de mi anatomía. Me arrastré hasta la ventana y la abrí de par en par. Los terrados de la ciudad vieja relucían de rocío y un cielo


púrpura se pegaba encima de la ciudad. Al son de las campanas de santa María del Mar, una nube de alas negras alzó el vuelo desde un palomar. Un viento frío y cortante me trajo el olor de los muelles y las cenizas de carbón que destilaban las chimeneas del barrio. Bajé al piso y me fui hacia la cocina a prepararme un café. Eché un vistazo al armario de la pared y me quedé estupefacto. Desde que tenía a Isabella en casa, mi despensa parecía la tienda Quílez de la Rambla de Cataluña. Entre el desfile de comidas exóticas importadas por la tienda del padre de Isabella, encontré una caja de latón con galletas inglesas recubiertas de chocolate y decidí probarlas. Al cabo de media hora, cuando las venas se pusieron a bombear azúcar y cafeína, se me puso en marcha el cerebro y tuve el genial pensamiento de empezar la jornada complicándome un poco más la existencia, si es que era posible. Tan pronto como abriesen los comercios, haría una visita a la tienda de artículos de magia y prestidigitación de la calle de la Princesa. -¿Qué hace aquí, despierto a estas horas? La voz de mi conciencia, Isabella, me observaba desde el linde de la puerta. -Comer galletas. Isabella se sentó a la mesa y se sirvió una taza de café. Hacía cara de no haber pegado un ojo. -El padre dice que es la marca preferida de la reina madre. -Por eso está tan hermosa – le dije. Isabella cogió una galleta y la masticó con un aire ausente - ¿Ya has pensado que harás? Me refiero al Sempere, porque… Isabella me cortó, clavándome una mirada venenosa. -¿Y usted que hará hoy? Nada bueno, seguro. -Un par de encargos. -Ya. .¿”Ya”, interjección de ironía, ¿O “ya”, adverbio de tiempo? Isabella dejó la taza en la mesa y me miró con un aire de interrogatorio sumarísimo.


-¿Por qué no me habla nunca de lo que usted lleva entre manos con aquel elemento, el amo? -Entre otras cosas, por tu bien. -Por mi bien, está claro, No había caído. Que burra que soy. Por cierto, me olvidé de decirle que ayer pasó por aquí su amigo, el inspector. -¿El Grandes”. ¿Venía solo? -No. Le acompañaban un par de tipos, voluminosos como armarios y con cara de perros perdigueros. -¿Y que quería el Grandes? - No me lo dijo. -¿Qué dijo entonces? -Me preguntó quien era yo. -¿Y tu que le contestaste? -Que era su amante. -Fantástico. -Pues a uno de los ganapias le hizo mucha gracia. Isabella cogió otra galleta y se la acabo en dos mordiscos. Se dio cuenta que la miraba de reojo y paró de masticar en el acto. -¿Que he dicho? – dijo, proyectando una nube de migas de galletas. 32 Un dedo de luz vaporosa caía desde el mantel de nubes y encendía la pintura roja de la fachada de la tienda de artículos de magia de la calle de la Princesa. El establecimiento que daba detrás de una marquesina de madera labrada. Las vidrieras de la puerta justamente insinuaban los contornos de un interior sombreo y adornado con cortinajes de terciopelo negro que rodeaban vitrinas con máscaras e ingenios de regusto victoriano, peleas trucadas y dagas contrapesadas, libros de magia y botellitas de cristal pulido que contenían un arco de San Martín de líquidos etiquetados en latín y probablemente embotellados en Albacete. La campanilla de entrada anunció mi presencia. Al fondo, había un mostrador vacío. Me esperé unos


cuantos segundos, examinando la colección de curiosidades del bazar. Mientras buscaba mi cara en un espejo donde se reflejaba toda la tienda excepto yo, vi de reojo una figura canija que sacaba la cabeza por detrás de la cortina de la trastienda Un truco interesante, ¿verdad? – dijo el enano de hombre de cabellos blancos y mirada penetrante. Dije que si, con la cabeza. -¿Cómo funciona? -Todavía no lo se. Me llegó hace un par de días de un fabricante de espejos trucados de Estambul. El creador lo llama inversión refractaria. -Nos recuerda que nada es lo que parece – dijo. -Menos la magia. ¿En que puedo servirle, señor? -Hablo con el señor Damián Roures? -El hombrecillo dijo que si, lentamente, con la cabeza, sin parpadear. Me di cuenta de que sus labios dibujaban una mueca risueña que, como su espejo, no era lo que parecía. La mirada era fría y cautelosa. -Me han recomendado su establecimiento. -¿Puedo preguntar quien ha sido tan amable? -Ricardo Salvador. La pretensión de sonrisa amable se le borró de la cara. -No sabía que aún estuviese vivo. Hace veinticinco años que no le veo. -¿Y la Irene Sabino? El Roures suspiró, maldiciendo en voz baja. Dio la vuelta al mostrador y se fue hacia la puerta. Puso el cartel de cerrado y cerró con llave la puerta. -¿Quién es usted? -Me llamo David Martín. Me he propuesto aclara las circunstancias que envolvieron la muerte del señor Diego Marlasca. Tengo entendido que usted le conocía. -Que yo sepa, quedaron aclaradas hace muchos años. El señor Marlasca se suicidó.


-A mi me lo han explicado de otra manera. -No se que le debe haber dicho aquel policía. El resentimiento afecta a la memoria, señor… Martín. Salvador, en su día, ya intentó convencernos que se trataba de una conspiración. Pero no tenía ninguna prueba. Todos sabíamos que se dedicaba a calentar la cama de la viuda de Marlasca y que se quería erigir en el héroe de la situación. Como era previsible, sus superiores le hicieron quisieron meter en cintura, y le expulsaron del cuerpo. -El está convencido que querían tapar la verdad. Roures se rió. -La verdad…no me haga reír. Lo que querían tapar era el escándalo. El bufete de abogados de Valera y Marlasca tenían los dedos metidos en casi todas las ollas que hierven en esta ciudad. No interesaba a nadie que se destapase una historia como aquella. “Marlasca había abandonado la posición, el trabajo y el matrimonio para encerrarse en un caserón a hacer vaya a saber que. Cualquier persona con dos dedos de frente sabía que aquello acabará mal. -Pero usted y su socio, el Jaco, bien se aprovecharon de la locura de Marlasca prometiéndole la posibilidad de contactar con el más allá en las sesiones de espiritismo… -Yo no le prometí nada. Aquellas sesiones eran una simple diversión. Todos lo sabíamos. No me endilgue el muerto, porque yo lo único que hacía era ganarme la vida honradamente. -¿Y su socio, el Jaco? -Yo respondo de mí. Lo que hiciese el Jaco no es responsabilidad mía -Hizo una muy gorda, ¿verdad? -¿Qué quiere que le diga? ¿Qué se quedo el dinero que el Salvador se emperra en decir que estaban en una cuenta ¿ ¿Qué mató a Marlasca y nos engaño a todos? ¿Y no fue así? Roures me miró largamente. -No los he vuelto a ver desde el día que murió Marlasca, Al Salvador y a los otros policías, ya les expliqué todo lo que sabía. Yo


no digo nunca mentiras, nunca. Si Jaco hizo una de gorda, yo ni me enteré ni saqué nunca ningún provecho -¿Que sabe de la Irene Sabino? -La Irene estimaba a Marlasca. Ella no habría maquinado nunca nada para hacerle daños. -¿Que ha sido de ella¿ Aún vive? -Me parece que si. Me dijeron que trabajaba en una lavandería del Raval. Irene era una buena persona. Demasiado buena. Así ha acabado, Ella creía en aquellas cosas. Se las creía de todo corazón. -¿Y el Marlasca? ¿Qué buscaba en ese mundo? El Marlasca esta metido en alguna historia, no me pregunte cual. Ni yo ni Jaco teníamos nada que ver. Todo lo que se me lo explicó Irene una vez, Se ve que El Marlasca había encontrado a alguno, alguien ha quien no conocía, y créame que conozco a todos los de la profesión, que le había prometido que si hacia una cosa, no se cual recuperaría a su hijo Ismael de entre los muertos. -¿Le dijo la Irene quien era esa persona? -Ella no le había visto nunca. Marlasca no quería que lo viese. Peo Irene sabía que el tenía miedo. -¿Miedo de qué? Roures se encogió de hombros. -Marlasca se creía que estaba maldito. -Explíquese mejor, por favor. Ya se lo he dicho antes. Estaba enfermo. Estaba convencido que una cosa fea se le había metido dentro. -¿El qué? Un espíritu, un parásito. No lo se. Mire, en estos negocios conocemos a mucha gente que no está bien de la cabeza. Les pasa una tragedia personal, pierden un amor o un amante o una fortuna, y se caen por el agujero. El cerebro es el órgano más frágil del cuerpo. El señor Marlasca estaba trastocado, lo podía ver cualquiera que hablase cinco minutos con el. Por eso recurrió al espiritismo. -Y usted le dijo lo que el quería oír. -No, le dije la verdad. - ¿Qué verdad? ¿La suya, la del mundo del espiritismo?


-Le dije la única verdad que conozco. Me pareció que aquel hombre estaba peligrosamente desequilibrado y no quise aprovecharme. Estas cosas no acaban nunca bien. En este negocio que no se traspasa si uno sabe lo que le conviene. Al que viene buscando diversión o un poco de emociones y consuelo del más allá, le atendemos y le cobramos los servicios prestados. Pero al que está a punto de perder la conciencia, le enviamos a casa. Esto es un espectáculo como cualquier otro. Lo que queremos son espectadores, no iluminados. -Una ética ejemplar. ¿Qué le dijo entonces a Marlasca? -Le dije que todo aquello era una engañifa y yo era un farsante que me ganaba la vida organizando sesiones de espiritismo para los pobres desgraciados que habían perdido a algún ser querido y necesitaban creer que el amante, los padres o los amigos los esperaban en el otro mundo. Le dije que no había nada en el otro lado, solo un gran vacío, que este mundo era todo lo que teníamos. Le dije que se olvidase de los espíritus y que volviese con su familia. -¿Y el le hizo caso? -Dejó de acudir a las sesiones y buscó ayuda en otra parte. -¿Dónde? -Irene había crecido en las cabañas de la playa del Bogatell. Aunque se había hecho famosa bailando y actuando en el Paralelo, pertenecía a aquel lugar. Me explicó que había llevado a Marlasca a ver a una mujer. La llamaban la Bruja del Somorrostro, y Marlasca le pidió protección contra aquella persona con quien tenía una deuda. -¿Nombró alguna vez, Irene, el nombre de aquella persona? -Si lo hizo, no lo recuerdo. Ya le he dicho que dejó de acudir a aquellas sesiones. -¿Andreas Corelli? -Este nombre no lo había oído nunca. -¿Dónde puedo encontrar a Irene Sabino? -Ya le he dicho todo lo que se - replicó Roures, exasperado. -La última pregunta y me voy. -A ver si es verdad.


-¿Recuerda haber oído decir a Marlasca, nombrar una cosa que se llamaba Lux Aeterna? Roures enarcó las cejas y dijo que no con la cabeza. -Gracias por su ayuda – le dije. -No se merecen. Y si puede ser, no vuelva por aquí. Asentí y me encaminé hacia la salida. Roures me siguió con los ojos, desconfiado. -Espere – me dijo antes que yo pasase el umbral de la trastienda. Me volví. El hombrecillo me observaba, dudando. -Creo recordar que Lux Aeterna era el título de una especie de panfleto religioso que habíamos usado algunas veces en las sesiones del piso de la calle Elisabets. Formaba parte de una colección de opúsculos similares, probablemente, pedido prestado a la biblioteca de supercherías de la sociedad El Porvenir. No se si usted se refiere a eso. -¿De que trataba? ¿Se acuerda? -El que lo conocía bien era mi socio, el Jaco, que llevaba las sesiones. Por lo que recuerdo, Lux Aeterna era un poema sobre la muerte y los siete nombres del Hijo de la Mañana, el Portador de la Luz. -¿El Portador de la Luz? Roures sonrió. -Lucifer. 33 Una vez en la calle, mientras andaba hacia casa, me preguntaba que haría. Cuando me acercaba a la boca de la calle Montcada, le vi. El inspector Víctor Grandes, apoyado contra el muro, saboreaba un cigarrillo y me sonreía. Me saludó con la mano y yo atravesé la calle en dirección hacia el. -No sabía que usted estuviese interesado en la magia, Martín. -Ni yo que usted me siguiese, inspector.


-No le sigo. Lo que pasa es que a usted cuesta mucho localizarle y he decidido que, si la montaña no venía hacia mí, yo iría hacia la montaña. ¿Tiene cinco minutos para tomarse una cerveza? Invita la Jefatura Superior de Policía. -En ese caso… ¿Hoy no lleva los guardaespaldas? -Marcos y Castelo se han quedado en la oficina cuidándose del papeleo. Si les llego a decir que le venía a ver, seguro que se apuntaban. Bajamos por el desfiladero entre viejos palacios medievales hasta en Xampanyet y elegimos una mesa del fondo. Un camarero equipado con una gamuza que olía a lejía nos miró y Grandes pidió un par de cervezas y una tapa de queso manchego. Cuando llegaron las cervezas y la comida, el inspector me ofreció el palto. Decliné la invitación. -¿Le importa que coma? A estas horas me muero de gana. -Bon appétit. Grandes se comió un dado de queso y se lamió los labios con los ojos cerrados. -¿No le dijeron que ayer pasé por su casa? -Me dieron el recado con retraso. -Es comprensible. Escuche, que bonita la niña. ¿Cómo se llama? -Isabella. -Sinvergüenza. ¡Como viven algunos! Le envidio. ¿Qué edad tiene el bomboncito? Le lancé una mirada venenosa. El inspector sonrió, complacido. -Un pajarito me ha dicho que usted se ha dedicado últimamente a hacer de detective. ¿No nos dejará nada a los profesionales? -¿Cómo se llama el pajarito? -Es más bien un pajarraco. Uno de mis superiores es íntimo del abogado Valera. -¿A usted también lo tienen en nómina? -Todavía no, amigo mío. Ya me conoce. Soy de la vieja escuela. El honor y todas estas mierdas. -¡Que pena me da!


-Dígame una cosa: ¿Cómo está el pobre Ricardo Salvador? ¿Sabe que hace veinte años que no oía ese nombre? Todo el mundo le daba por muerto. -Un diagnóstico precipitado. -¿Y como se encuentra? -Solo como un mochuelo, traicionado y olvidado. El inspector asintió lentamente. -Esto me hace pensar en el futuro que le espera en este oficio, ¿verdad? Me juego lo que quiera que en su caso las cosas serán diferentes y el ascenso a las cimas más altas es cuestión de un par de años. Le veo de director general del cuerpo antes de los cuarenta y cinco, dando besamanos a los obispos y capitanes generales del ejército en el desfile del día del Corpus. Grandes asintió fríamente, sin hacer caso del tono sarcástico. -Hablando de besamanos, ¿Ya se ha enterado de las últimas noticias de su amigo Vidal? Grandes no empezaba nunca una conversación sin un as escondido en la manga. Me observó sonriente, saboreando mi inquietud. -¿Qué ha pasado? – murmuré. -Dicen que la otra noche su mujer intentó suicidarse. -¿Cristina? -Es verdad, usted la conoce… No me di cuenta que me había levantado y que me temblaban las manos. -No sufra. La señora Vidal está bien. Un susto nada más. Se ve que se pasó algo más de la cuenta con el láudano… Haga el favor de sentarse, Martín, por favor. Me senté. El estómago se me encogía como un nudo de clavos. -¿Cuándo fue eso? -Hace dos o tres días. Me vino a la memoria la imagen de Cristina en la ventana de Villa Helius días atrás, saludándome con la mano mientras yo rehuía su mirada y le daba la espalda.


-¿Martín? – dijo el inspector, pasándome la mano por delante de mis ojos, como si temiese que me faltase un hervor. -¿Qué? El inspector me observaba con lo que parecía auténtica preocupación. -¿Por qué no me explica lo que le pasa? Ya se que no me creerá, pero me gustaría ayudarle. -¿Todavía cree que fui yo el que mató a Barrido y a su socio? Grandes dijo que no con la cabeza. -Yo no lo he creído nunca, pero hay otros que si les gustaría hacerlo. -¿Por qué me investiga, entonces? -Cálmese, Martín. Yo no le investigo. No le he investigado nunca. El día que le investigue ya se percatará. De momento, le observo. Porque usted me cae bien y temo que se meta en un berenjenal. ¿Por qué no confía en mí y me dice que le pasa? Nuestras miradas se encontraron y estuve tentado de explicárselo todo. Lo habría hecho si hubiese sabido por donde empezar. -No me pasa nada, inspector. Grandes dijo que si con la cabeza y me miró con lástima, o quizás solo fuese decepción. Se acabó la cerveza y dejó unas monedas en la mesa. Me dio un golpecito en la espalda y se levantó. -Pórtese bien, Martín. Y vigile donde pisa. No todos le aprecian tanto como yo. -Lo tendré en cuenta. Era casi mediodía. Mientras andaba hacia casa, no paraba de darle vueltas a lo que me había explicado el inspector. Al llegar a la casa de la torre, subí los escalones de la escalinata despacio, como si me pesase el alma y todo. Cuando abrí la puerta del piso, temía encontrarme con una Isabella con ganas de charla. La casa estaba en silencio. Recorrí el pasillo hasta la galería del fondo, y me la encontré dormida en el sofá con un libro abierto sobre el pecho, una de mis viejas novelas. No pude evitar el sonreír. Como en aquellos días de otoño la temperatura había bajado mucho en el interior de la casa,


tuve miedo que Isabella cogiese frío. A veces la veía andar por la casa envuelta con un mantón de lana que se ponía sobre los hombros. Fui a buscarlo a su dormitorio, con la intención de ponérselo sin despertarla. La puerta estaba entreabierta y, aunque estaba en mi casa, no había entrado nunca en aquella habitación desde que Isabella se instaló. Y ahora dudaba en hacerlo. Vi el mantón doblado sobre una silla y entré a cogerlo. La habitación olía dulcemente a limón, propio de Isabella. La cama estaba aún deshecha y me incliné para alisarle las sábanas y las mantas, porque me constaba que cuando hacía algún trabajo doméstico, mi categoría moral ganaba puntos a los ojos de mi ayudanta. Entonces vi que había una cosa encajada entre el colchón y el somier. Una punta de papel salía bajo el doblez de la sábana. Cuando estiré de ella, comprobé que se trataba de un pliego de papeles. Lo saqué del todo y tuve en las manos lo que parecía una veintena de sobres de papel azul atados con una cinta. No sabía que pensar. Noté que me invadía una sensación de frío. Deshice el nudo de la cinta y cogí un sobre. Delante estaba mi nombre y dirección. El remitente decía sencillamente Cristina. Me senté en la cama, de espaldas a la puerta y examiné los remitentes, de uno en uno. El primero era de unas cuantas semanas atrás, el último de tres días antes. Todos los sobres estaban abiertos. Cerré los ojos y oí como las cartas se me caían de las manos. También la oí a ella detrás de mí, inmóvil en el umbral. -Perdóneme – murmuró Isabella. Se acercó poco a poco y se arrodilló para recoger las cartas, de una en una. Cuando las tuvo todas en un montón, me las alargó con una mirada herida. -Lo he hecho para protegerle – añadió. Se le llenaron los ojos de lágrimas, y me puso una mano en el hombro. -Véte – le dije. La aparté de mí y me puse en pie. Isabella se dejó caer al suelo, gimiendo como si se quemase por dentro.


-Véte de esta casa. Salí del piso sin molestarme en cerrar la puerta tras de mí. Llegué a la calle y me enfrenté a un mundo de fachadas y rostros extraños y lejanos. Me puse a andar sin rumbo, indiferente al frío y al viento cargado de lluvia que empezaba a azotar la ciudad con un aliento de maldición. 34 El tranvía se paró a las puertas de la torre de Bellesguard, donde la ciudad moría al pié de la colina. Me encaminé hacia las puertas del cementerio de San Gervasio, siguiendo el sendero de claridad amarillenta que las luces del tranvía perforaban la lluvia. Los muros de la necrópolis se alzaban a unos cincuenta metros, formando una fortaleza de mármol sobre la cual emergía un enjambre de estatuas del color de la tempestad. En la entrada del recinto, encontré una garita donde un vigilante envuelto con un abrigo se calentaba las manos con las brasas de un brasero. Al verme aparecer bajo la lluvia se levantó, asustado. Me examinó durante unos segundos antes de abrirme la puerta. -Busco el panteón de la familia Marlasca. -Anochecerá antes de media hora. Mejor vuelva otro día. -Cuanto antes me diga donde está, mejor. El vigilante consultó una lista y me indicó el lugar, señalándome con un dedo un mapa del recinto que colgaba de la pared. Me alejé sin darle las gracias. No me costó nada encontrar el panteón entre la ciudadela de tumbas y mausoleos que se amontonaban dentro de los muros de la necrópolis. La estructura se levantaba sobre una peana de mármol. De estilo modernista, el panteón describía una especie de arco formado por dos grandes escalinatas dispuestas como un anfiteatro, que subían a una galería sostenida por columnas. En su interior se abría un atrio flanqueado por lápidas. La galería acababa coronada por una cúpula que encima de todo tenía una figura de mármol ennegrecido. Un velo


le tapaba el rostro, pero al acercarse al panteón hacía el efecto que aquel centinela de ultratumba iba volviendo la cabeza para seguirte con los ojos. Subí por una de las escalinatas y al llegar a la entrada de la galería me paré para mirar hacia atrás. Las luces de la ciudad se divisaban, lejanas, en medio de la lluvia. Me adentré en la galería. En medio se alzaba la estatua de una figura femenina abrazada a un crucifijo, en actitud de súplica. Su rostro había sido desfigurado a golpes y alguien había pintado de negro los ojos y los labios, cosa que le confería el aspecto de un lobo. Aquel no era el único signo de profanación del panteón. Las lápidas mostraban lo que parecían marcas o arañazos hechos con algún objeto punzante, y en algunas habían dibujos obscenos y palabras que con dificultad se podían leer medio a oscuras. La tumba de Diego Marlasca quedaba al fondo. Me acerqué y puse la mano sobre la lápida. Saqué el retrato de Marlasca que Salvador me había dado y lo examiné. De pronto oí pasos en la escalinata que subía al panteón. Me guardé el retrato en el abrigo y me volví hacia la entrada de la galería. Los pasos se habían detenido y no se oía más que la lluvia repicando contra el mármol. Me acerqué lentamente a la entrada y saqué la cabeza. La silueta estaba de espaldas, contemplando la ciudad en la lejanía. Era una mujer vestida de blanco que tenía la cabeza tapada con un manto. Se giró despacio y me miró. Sonreía. A pesar de los años la reconocí al momento. Irene Sabino. Di un paso hacia ella y entonces me percaté que había otra persona detrás de mí. El impacto en la nuca proyectó un espasmo de luz blanca. Caí de rodillas. Al cabo de un segundo, quedé extendido en el suelo sobre el mármol lleno de charcos. Una silueta oscura se recortaba bajo la lluvia. Irene se arrodilló a mi lado. Noté que su mano me palpaba la cabeza buscando el lugar donde había recibido el golpe. Vi como sus dedos salían húmedos de sangre y me acariciaban la cara. La última cosa que vi antes de perder el conocimiento fue que Irene Sabino se sacaba una navaja de afeitar, las desplegaba lentamente y, mientras la acercaba hacia mí, las gotas plateadas de la lluvia resbalaban sobre el corte.


Abrí los ojos al resplandor cegador de del farol de aceite. La cara del vigilante me observaba sin ninguna expresión. Intenté parpadear mientras una punzada de dolor me atravesaba el cráneo desde la nuca. -¿Todavía estás vivo? – dijo el vigilante, sin especificar si la pregunta iba dirigida a mi o era simplemente retórica. -Si – me lamenté – No se le ocurra meterme en un agujero. El vigilante me ayudó a levantarme. Cada centímetro me costaba un pinchazo en la cabeza. -¿Qué ha pasado? -Usted sabrá. Hace una hora que tenía que haber cerrado. Pero como no le he visto salir he venido hasta aquí y le he encintrado durmiendo la mona. -¿Y la mujer? -¿Qué mujer? -Eran dos. -¿Dos mujeres? Suspiró, haciendo que no con la cabeza. -¿Me puede ayudar a levantarme? Con la ayuda del vigilante, conseguí ponerme en pie. Entonces noté el escozor y me di cuenta que tenía la camisa abierta. Diversas líneas de corte superficiales me recorrían el pecho. -Escuche, esto no tiene buena pinta… Me cerré el abrigo y, al hacerlo, me palpé el bolsillo interior. El retrato de Marlasca no estaba. -¿Tiene teléfono en la garita? -No. Está en la sala de baños turcos. -¿Por lo menos podría ayudarme a llegar a la torre de Bellesguard para pedir un coche desde allí? El vigilante maldijo y me sostuvo por debajo de los brazos. -Ya le dije que volviese otro día – dijo, resignado. 35


Cuando, al final, llegué a la casa de la torre faltaban pocos minutos para la medianoche. En cuanto abrí la puerta, supe que Isabella se había ido. Mis pasos al andar por el pasillo tenían otro sonido. No me molesté en encender la luz. Me adentré en la casa medio a oscuras y saqué la cabeza por la que había sido su habitación. Isabella la había limpiado y ordenado. Las sábanas y las mantas estaban bien dobladas sobre una silla, el colchón desnudo. El olor a Isabella aún flotaba en el aire. Fui a la galería y me senté en el escritorio que había utilizado mi ayudanta. Isabella había sacado punta a los lápices y los había colocado pulcramente en un vaso. Las cuartillas en blanco estaban impecablemente apiladas en una bandeja. En un extremo de la mesa, estaba el juego de plumillas que le había regalado. La casa no me había parecido nunca tan vacía. En el cuarto de baño me quité la ropa mojada y me coloqué un apósito impregnado de alcohol en la nuca. El dolor había disminuido hasta quedar reducido a un latido sordo y una sensación general no muy distinta de una resaca monumental. En el espejo, los cortes que tenía en el pecho parecían líneas trazadas con una pluma. Eran cortes limpios y superficiales, pero picaban como una mala cosa. Los limpié con alcohol y confié en que no se infectarían. Me metí en la cama y me tapé hasta el cuello con dos o tres mantas. Las únicas partes del cuerpo que no me dolían eran las que el frío y la lluvia habían dormido hasta insensibilizarlas del todo. Mientras me esperaba que entrase en calor, escuchaba aquel silencio frío, un silencio de ausencia y vacío que ahogaba la casa. Antes de irse, Isabella había dejado el montón de sobres con las cartas de Cristina sobre la mesilla de noche. Alargué la mano y saqué una al azar, con la fecha de dos semanas antes. Querido David: Pasan los días y yo sigo escribiendo cartas que, supongo, prefieres no contestar, si es que llegas a abrirlas. He empezado a pensar que las escribo solo para mí, para matar la soledad y para creer durante


un instante que te tengo cerca. Cada día me pregunto que se ha hecho contigo y a que te dedicas. A veces pienso que has huido de Barcelona para no volver nunca y te imagino en un lugar rodeado de extraños, empezando una nueva vida que no conoceré nunca. Otras veces pienso que aún me odias, que destruyes estas cartas y deseas no haberme conocido nunca. No te culpo. Es curioso lo fácil que es explicar en un pedazo de papel lo que no te atreves a decir a la cara. En mi vida las cosas no son nada fáciles. Pedro no podría ser más bueno y comprensivo conmigo, y es tan bondadoso que a veces me irrita su paciencia y su voluntad para hacerme feliz, y lo único que consigue en que me sienta miserable. Pedro me ha enseñado que tengo el corazón vacío y que no merezco que nadie me quiera. Se pasa casi todo el día conmigo. No me quiere dejar sola. Sonrío cada día y comparto su cama. Cuando me pregunta si le quiero, le digo que sí, y cuando veo la verdad reflejada en sus ojos, querría morirme. Nunca me lo reprocha. Habla mucho de ti. Te encuentra a faltar. Tanto, que a veces pienso que a quien más quiere en este mundo, es a ti. Le veo hacerse mayor, solo, con la peor de las compañías, la mía. No pretendo que me perdones, pero si deseo alguna cosa en este mundo es que le perdones a el. Yo no valgo el precio de negarle tu amistad y tu compañía. Ayer acabé de leer uno de tus libros. Pedro los tiene todos, y yo los he ido leyendo, porque es la única manera de sentir que estoy contigo. Era una historia triste y extraña, de dos muñecos rotos y abandonados en un circo ambulante que, durante una noche, cobraban vida sabiendo que morirían al amanecer. Leyéndola me dio la impresión que escribías sobre nosotros. Hace unas cuantas semanas, soñé que te volvía a ver, que nos encontrábamos por la calle y que no te acordabas de mí. Me sonreías y me preguntabas como me llamaba. No sabías nada de mí. No me odiabas. Cada noche, cuando Pedro se duerme a mi lado, cierro los ojos y pido al cielo, o al infierno, que me dejen volver a soñar lo mismo.


Mañana, o tal vez pasado mañana, te escribiré otra vez para decirte que te quiero, aunque esto no signifique nada para ti. Cristina Dejé caer la carta al suelo, incapaz de continuar leyendo. Mañana será otro día, me dije. Difícilmente peor que hoy. Poco me imaginaba que las delicias de aquella jornada no habían hecho más que empezar. Cuando debía haber dormido un par de horas como máximo, me desperté de súbito en medio de la madrugada. Alguien llamaba con fuerza a la puerta del piso. Me quedé unos cuantos segundos asustado a oscuras. De nuevo, los golpes en la puerta. Encendí la luz, salí de la cama y fui hasta la entrada. Abrí la mirilla. Tres caras dentro de la penumbra del rellano. El inspector Grandes y, detrás suyo, Marcos y Castelo. Los tres escudriñaban la mirilla con los ojos. Antes de abrir, respiré profundamente. -Buenas noches, Martín. Perdone la hora. -¿Y que hora se supone que es? -Hora de mover el culo, mico pelado – murmuró Marcos arrancando a Castelo una sonrisa con la que podría haberme afeitado. Grandes le miró con desaprobación y suspiró. -Un poco más de las tres de la madrugada – dijo - ¿Qué puedo pasar? Suspiré, asqueado, pero le dejé entrar. El inspector hizo una señal a sus hombres para que se quedasen esperando en el rellano. Marcos y Castelo obedecieron a disgusto y me echaron una mirada de reptil. Les cerré la puerta en las narices. -Tendría que tratar mejor a estos dos – dijo Grandes, mientras enfilaba el pasillo con rapidez. -Adelante, como si estuviese en su casa – le dije. Volví al dormitorio y me vestí en un momento. Me puse lo primero que encontré: un montón de ropa sucia que estaba sobre una silla. Cuando salí al pasillo, no vi a Grandes por ninguna parte.


Anduve por el pasillo hasta la galería y le encontré allí, contemplando a través de los ventanales como las nubes bajas reptaban sobre los tejados. -¿Y el bomboncito, donde está? – preguntó. -En su casa. Grandes se volvió sonriendo. -Usted es un hombre sabio, no las tiene a pensión completa. Siéntese – dijo señalándome una butaca. Me dejé caer. Grandes se quedó de pie, mirándome de hito en hito. -¿Qué? – le pregunté. -Tiene mala cara, Martín. ¿Se ha peleado con alguien? -Me he caído. -Ya. Tengo entendido que hoy ha visitado la tienda de artículos de magia propiedad del señor Damián Roures, en la calle Princesa. -Este mediodía usted me ha visto salir. ¿Por qué me lo pregunta? Grandes me observaba con frialdad. -Coja un abrigo y una bufanda o lo que sea. Hace frío. Vamos a la comisaría. -¿Por qué? -Haga lo que le digo. Un coche de la policía nos esperaba en el paseo del Borne. Marcos y Castelo entraron detrás sin demasiada delicadeza y se colocaron uno a cada lado, aplastándome. -¿Está cómodo el señor? – me preguntó Castelo, metiéndome el codo en las costillas. El inspector se sentó delante, al lado del conductor. Nadie abrió la boca durante los cinco minutos que tardamos en recorrer la Vía Layetana, desierta y envuelta en una niebla ocre. Al llegar a la Comisaría Central, Grandes bajó del coche y entró sin esperar a nadie. Marcos y Castelo me cogieron cada uno de un brazo como si quisiesen triturarme los huesos y me arrastraron por un laberinto de escaleras, pasillos y celdas hasta una habitación sin ventanas que olía a sudor y a orines. En medio, había una mesa de madera carcomida y dos sillas desvencijadas. Una bombilla desnuda colgaba del techo, y


había una rejilla del desguace en medio de la habitación, en el punto donde convergían las dos suaves pendientes que formaban la superficie del suelo. Hacía un frío horroroso. Antes de arme cuenta, la puerta se cerró con fuerza tras de mí. Oí unos pasos que se alejaban. Di doce vueltas a aquella mazmorra hasta dejarme caer en una silla estropeada. Durante la hora siguiente, a parte de mi respiración, los crujidos de la silla y el ruidito de una gotera que no pude localizar, no se oyó nada más. Una eternidad más tarde, percibí el sonido de unos pasos que se acercaban, y al cabo de poco se abrió la puerta. Marcos sacó la cabeza del interior de la celda, sonriente. Sostuvo la puerta y dejó pasar a Grandes, que entró sin dignarse echarme un vistazo y se sentó en la silla que estaba al otro lado de la mesa. Dijo que si con la cabeza a Marcos y este cerró la puerta, no sin antes lanzarme un beso silencioso al aire y guiñarme un ojo. El inspector dejó pasar treinta segundos antes de mirarme a la cara. -Si quiere impresionarme, inspector, ya lo ha conseguido. Grandes hizo caso omiso de mi ironía y me clavó una mirada como si no me hubiese visto nunca en su vida. -¿Qué sabe usted de Damián Roures? – Me preguntó. Me encogí de hombros. -No demasiadas cosas. Que tiene una tienda de artículos de magia. De hecho, no sabía nada hasta hace pocos días, cuando me habló Ricardo Salvador. Hoy o ayer, porque ya no se que hora es, le fui a ver. Buscaba información sobre el anterior residente de la casa donde vivo ahora. Salvador me indicó que Roures y el antiguo propietario… -Marlasca. -Sí, Diego Marlasca. Como le decía, Salvador me explicó que Roures y el se habían relacionado años atrás. Le hice algunas preguntas y el me las contestó como pudo o como supo. Y poca cosa más. Grandes dijo que si varias veces con la cabeza. -¿Esta es su versión de los hechos?


-Si. ¿Cuál es la suya? Comparémoslas y así podré conseguir entender que carai hago aquí, a latas horas de la noche, congelándome y en un subterránea que huele a mierda. -No me levante la voz, Martín. -Perdone, inspector, pero me parece que por lo menos me podría decir que hago aquí. Le diré lo que hace aquí. Hace unas tres horas, cuando un vecino de la finca donde tiene el establecimiento el señor Roures, volvía tarde a casa, ha visto la tienda abierta con la puerta abierta y las luces encendidas. Ha entrado y, como no ha visto al amo por ninguna parte ni le ha contestado, ha sacado la cabeza por la trastienda. El señor Roures estaba atado con alambre de pies y manos a una silla y sobre un charco de sangre. Grandes hizo una larga pausa, que dedicó a perforarme con los ojos. Supuse que no lo había explicado todo. Grandes siempre se reservaba un golpe de efecto para el final -¿Muerto? – le pregunté Grandes dijo que si con la cabeza. -Bastante. Alguien se había entretenido en arrancarle los ojos y cortarle la lengua con unas tijeras. El forense cree que murió ahogado en su propia sangra al cabo de media hora. Noté que me faltaba el aire. Grandes andaba a mi alrededor. Se paró detrás de mí y le oí encender un cigarrillo. -¿Cómo se ha dado este golpe? Es nuevo de trinca. -He resbalado con la lluvia y me pegad con la nuca en el suelo. -No me tome por tonto, Martín. No le conviene.¿Prefiere que le deje un rato con Marcos y Castelo a ver si le enseña nuevas maneras? -Entendido. Me han dado un golpe. -¿Quién? -No lo se. -Esta conversación empieza a aburrirme. -Pues imagínese a mí. Grandes se sentó de nuevo delante de mí y me ofreció una sonrisa conciliadora.


Para variar, ahora me cree el culpable de la muerte de ese hombre. -No Martín. No estoy pensando en eso. Creo, que usted no me explica toda la verdad y que de alguna manera la muerte de ese pobre desgraciado está relacionada con su visita. Como la del Barrido y Escobillas. -¿Qué le hace pensar eso? -Me lo dice el corazón. -Ya le explicado lo que se. -Ya le he dicho que no me tome por tonto, Martín. Marcos y Castelo están aquí fuera, esperando una oportunidad para mantener una conversación con usted a solas. ¿Eso es lo que quiere? -No. Pues ayúdeme a sacarle de esta situación y enviarle a casa antes de que le enfríen las sábanas. -¿Qué quiere oír? -La verdad, por ejemplo. Empujé la silla hacia atrás y me puse en pie, exasperado. Tenía el frío metido en los huesos y la sensación de la cabeza me iba a estallar. Me puse a andar dando vueltas alrededor de la mesa, escupiendo las palabras al inspector como si fuesen piedras. -¿La verdad? Le diré la verdad. La verdad es que no se cual es la verdad. No se que explicarle. No se por qué me fui a ver Al Roures ni al Salvador. No se lo que busco ni lo que me pasa. He aquí la verdad. Grandes me observaba, estoico. -Pare de dar vueltas que me marea. -Usted no podría ayudarme aunque quisiese. Volví a derrumbarme en una silla. -¿Quién puede hacerlo entonces? -No lo se… - murmuré. Me pareció ver una chispa de lástima, o quizás solo era de cansancio, en los ojos del inspector. -Mire, Martín. Volvamos a empezar. Hagámoslo a su manera. Explíqueme una historia. Empecemos por el principio. Le miré en silencio.


-Martín, no se crea que porque usted me cae bien no haré mi trabajo. -Haga lo que tenga que hacer. Llame a Hansel y a Gretel, si tiene ganas. En aquel instante, intuí un indicio de inquietud en su cara. Venían unos pasos por el corredor y Grandes, nervioso se acercó a la puerta. Llamó tres veces y Marcos que la custodiaba abrió. Un hombre ataviado con un abrigo de piel de camello y un terno que hacía juego entró en la sala, moró a su alrededor con cara de disgusto y acto seguido me dedicó una sonrisa de infinita dulzura mientras se sacaba los guantes con parsimonia. Le observé, atónito. Había reconocido al abogado Valera. ¿Se encuentra bien, señor Martín? – me preguntó. Dije que si con la cabeza. El letrado guió al inspector hasta un rincón. Les oí cuchichear. Grandes gesticulaba con furia contenida. Valera le observaba fríamente y hacía que no con la cabeza. La conversación duró cosa de un minuto. Al final, Grandes, resopló y dejó hacer sus manos. -Coja la bufanda, señor Martín, que nos vamos – indicó Valera – El inspector ya ha acabado el interrogatorio. Detrás de sí, Grandes se mordió los labios, fulminando con la mirada a Marcos, que se encogió de espaldas. Valera, son dejar su sonrisa amable y experta, me cogió del brazo, y me sacó de aquella mazmorra. -Espero que el trato recibido por parte de estos agentes haya sido correcto, señor Martín. -Si, - conseguí Balbucear. -Un momento, saltó Grandes, detrás de nosotros. Valera se paró y, indicándome con un gesto que callase, s volvió. -Para cualquier cuestión pendiente que tenga con el señor Martín, se puede dirigir a nuestro despacho, donde le atenderemos con mucho gusto. Mientras tanto, si usted no dispone de ninguna razón de peso para retener al señor Martín en estas dependencias, por hoy nos retiramos, deseándole muy buenas noches y agradeciéndole su am5abilidad, que me complaceré comentar con sus superiores, en


especial al inspector jefe Salgado, que como usted sabe es un gran amigo mío. El sargento Marcos hizo el gesto de adelantarse pero el inspector le cerró el paso. Intercambió una última mirada con el antes de que Valera me cogiese del brazo y tirase de mí. -No se entretenga. Recorrimos el largo pasillo flanqueado de luces mortecinas hasta una escalera que nos condujo a otro largo corredor para llegar a la puertecita que daba al vestíbulo de la planta baja y, a la salida, un Mercedes-Benz con el motor en marcha y un chofer que cuando vio a Valer nos abrió la puerta de detrás. Entré y me acomodé en el asiento de piel. El coche disponía de calefacción y la temperatura interior era de lo más acogedora. Valera se sentó a mi lado y con golpe en el cristal que nos separaba del compartimiento del conductor, le indicó que arrancase. Cuando el coche se puso en el carril central de la Vía Layetana, Valera sonrió señalando la niebla que se apartaba a nuestro paso como los matorrales. -¿Es un tiempo desagradable, verdad? – preguntó con naturalidad. -¿Dónde vamos? -A su casa, evidentemente. ¿O prefiere ir a u hotel o a …? -No, no. Quiero ir a casa. El coche transitaba lentamente por la Vía Layetana. Valera observaba con desinterés las desiertas calles. -¿Qué hace usted aquí? – le pregunté al final. -¿Qué quiere que haga? Representarlo y velar por sus intereses. -Dígale al conductor que pare el coche. El chofer buscó la mirada de Valera. Valera dijo que no con la cabeza y le indicó que siguiese. -No diga tonterías, señor Martín. Es tarde y hace frío, por eso le acompaño a su casa. -Prefiero ir a pie. -Por el amor de Dios, haga las cosas con sentido común. -¿Quién le ha enviado? Valera suspiró y se fregó los ojos.


-Tiene buenos amigos, Martín. En la vida es importante tener buenos amigos y, sobretodo, saber mantenerlos. Tan importante como saber como saber cunado uno se Emelina en seguir por mal camino. -¿Se refiere tal vez al camino que pasa por la casa Marlasca, en el número trece de la carretera de Vallvidriera? Valera sonrió con paciencia, como si estuviese riñendo a un niño maleducado. -Señor Martín, no sea tozudo y hágame caso cuando le digo que se mantenga alejado de esta casa y del asunto Marlasca. Acépteme aunque solo sea este consejo. El chófer cruzó el paseo de Colon y fue a buscar la entrada del paseo de l Borne por la calle Comercio. Los carros de carne y de pescado, de hielo y de especies empezaban a amontonarse delante del gran recinto del mercado. A nuestro paso, cuatro mozos descargaban el esqueleto de me día cada abierta en canal, dejando un rastro de sangre y vapor que se podía oler en el aire. -Su barrio está lleno de encanto y de vista pintorescas, señor Martín. El chofer se paró al pie de la calle Flassaders y salió del coche para abrirnos la puerta. El abogado bajó conmigo. -Le acompaño hasta el portal. -Se van a pensar que somos novios. Nos adentramos en el montón de sombras del callejón. Al llegar al portal de casa en abogado me ofreció su mano con cortesía profesional. -Gracias por sacarme de aquel lugar. -No me lo agradezca a mí. – respondió Valera, sacándose un sobre del bolsillo interior del abrigo. Reconocí el sello del ángel sobre el lacre que incluso en la penumbra rezumaba del farol colgado en le muro, encima de nuestras cabezas. Valera me dio el sobre y con un último asentimiento, se alejó de vuelta al coche que le esperaba. Abrí el portal y subí la escalinata hasta el rellano del piso. Al entrar, fui sin vacilar hasta el estudio y dejé el sobre en el escritorio. Lo abrí y saqué una cuartilla doblada con la caligrafía del amo.


Estimado David: Confío que esta nota le encuentre en buen estado de salud y ánimo. Pasa que estoy de paso por la ciudad y me complacería poder disfrutar de su compañía este viernes a las siete de la tarde en la sala de billares del Círculo Ecuestre para comentar nuestro proyecto. Hasta entonces, le saluda cordialmente su amigo Andreas Corelli. Doblé de nuevo la cuartilla y la metí cuidadosamente en el sobre, cogiendo el sobre por una esquina y lo acoqué a la llama de una cerilla acerqué a la llama. Contemplé como ardía hasta que el lacre se encendió derramando lágrimas escarlatas sobre el escritorio y los dedos se me quedaron de color ceniza, Váyase a hacer puñetas – murmuré, mientras la noche, más oscura que nunca, acechaba tras los cristales. 36 Sentado en la butaca del estudio, esperaba a que clarease. Pero no se hacia de día. Invadido por la rabia, salí a la calle dispuesto a aceptar la advertencia del abogad Valera. Soplaba aquel frío cortante que en invierno procede al alba. Al cruzar el paseo del Borne me pareció oír pasos detrás de mí. Me volví in instante, pero no vi a nadie, aparte de los mozos del mercado que descargaban los carros, y seguí caminando. Al llegar a la Plaza de Palacio, vislumbre las luces del primer tranvía del día esperando entre la niebla que reptaba desde las aguas del puerto. Serpientes de luz azul centelleaban sobre la catenaria. Subí al tranvía y me senté delante. Me cobró el billete el mismo revisor que la otra vez. Una docena de pasajeros fue goteando poco a poco, todos ellos solos. Al cabo de pocos minutos, el tranvía arrancó e iniciamos el trayecto, mientras por el cielo se expendía una red de capilares rojizo ente nubes negras. No hacía falta saber que sería un mal día.


Cuando llegamos a Sarriá, el día había clareado con una luz gris y mortecina que impedía distinguir los colores. Subí por los callejones solitarios del barrio hacia la falda de la montaña. De Tanto en tanto, me parecía oír pasos tras de mi, pero cada vez que me paraba y me volvía para mirar no había nadie. Por fin llegué a la boca del callejón que llevaba a Can Marlasca y me abrí paso por el manto de hojarasca que crujía a mis pies. Atravesé el patio lentamente y subí los escalones hasta la puerta principal, rebuscando con los ojos los ventanales de la fachada. Llamé tres veces con el picaporte y reculé unos cuantos pasos. Esperé un minuto sin obtener ninguna respuesta y volví a llamar. Oí el resonar de los golpes perderse en el interior de la casa. -¡Buenos días!” – grité. La arboleda que rodeaba la finca parecía absorber el eco de mi voz. Di la vuelta a la casa hasta el pabellón que alojaba la piscina y me acerqué a la galería acristalada. Las ventanas quedaban oscurecidas por contraventanas de madera ajustados que impedían ver el interior. Una de las ventanas, al lado de la puerta de cristal que cerraba la galería, estaba medio abierta. A través del cristal, se podía ver el pestillo que ajustaba la puerta. Introduje el brazo por la ventana medio abierta y abrí l pestillo de la cerradura. La puerta cedió con un ruido metálico. Miré una vez más tras de mi, para asegurarme que no había nadie, y entré. A medida que mis ojos se adaptaban a la penumbra, iba distinguiendo los contornos de la sala. Me cerqué a los ventanales y abrí un poco las contraventanas para tener un poco más de claridad. Un deshecho de hojas de luz traspasó las tinieblas y dibujaron el perfil de la habitación. -¿Qué hay alguien ¿ - grité. Escuché el sonido de mi voz hundiéndose en las entrañas de la casa como una moneda que cae en un poco sin fondo. Me encaminé hacia los extremos de la sala donde un arc de madera labrada adornaba la entrada de un corredor oscuro flanqueado de cuadro que con trabajo


se podían ver sobre las pareces de terciopelo. Al otro lado, se habría una gran sala circular con el suelo de mosaico, y un mural de vidrio esmaltado donde se distinguía la figura de un ángel blanco con un brazo extendido y dedos de fuego. Una gran escalinata de piedra subía formando una espiral que rodeaba la sala. Me paré al pie de la escalera y grité de nuevo. -¡Buenos días! ¿Señora Marlasca? En la casa había un silencio absoluto y el resonar amortiguado se llevaba mis palabras. Subí por la escalera hasta el primer piso y me detuve en el rellano, desde donde podía contemplar la sala y el mural. Desde allí pude ver el rastro de mis pasos había dejado en la capa de polvo que cubría el suelo. A parte de mis pisadas la única señal de paso que pude ver era una especie de pasillo trazado en cima del polvo por dos líneas continuas paralelas, separadas dos o tres palmos y un rastro de pisadas entre ellas. Pisadas gigantes. Contemplé aquellas marcas, desorientado, hasta que saqué conclusiones. Se trataba del paso de una silla de ruedas y las huelas de quien la empujaba. Me pareció oír un ruido detrás de mí y me volví. Una puerta semiabierta en el extremo del pasillo se balanceaba un poco. Me llegaba un soplo de aire frío. Me acerqué lentamente a la puerta. Mientras lo hacía daba vistazos a las habitaciones que quedaban a lado y lado. Eran dormitorios que tenían los muebles tapados con traps y sábanas. Las ventanas cerradas y una penumbra densa indicaban que hacía mucho tiempo que no se utilizaban, excepto una habitación mayor que las otras, un dormitorio de matrimonio. Entré y comprobé que había un olor extraño mezcla de perfume y enfermedad que acompañaba a las personas mayores. Supuse que era la habitación de la viuda de Marlasca, pero no había signos de su presencia. La cama estaba hecha con pulcritud, y delante, sobre una cómoda, había una serie de retratos enmarcados. En todos, sin excepción, salía un niño de cabellos claros y expresión sonriente. Ismael Marlasca. En


algunas imágenes, aparecía posando con la madre o con otros niños. No había ningún rastro, en aquellas fotografías, de Diego Marlasca. El ruido de una puerta rozando en el pasillo me asustó de nuevo y salí del dormitorio dejando los retratos como los había encontrado. La entrada de la habitación que se abría en el extremo del pasadizo continuaba balanceándose. Llegué hasta allí y me paré un instante antes de entrar. Respiré hondo y abrí la puerta. Todo era blanco. Las paredes y el techo estaban pintados de un blanco inmaculado. Cortinas de seda blanca. Una cama pequeña cubierta de sábanas blancas. Una alfombra blanca. Estanterías y armarios blancos. Después de la penumbra que envolvía toda la casa, aquel contraste me nubló la vista durante unos segundos. La habitación parecía sacada de una visión de un sueño, una fantasía de cuento de hadas. Había juguetes y libros de cuentos en las estanterías. Un arlequín de porcelana a tamaño real, sentado delante de un tocador, se contemplaba en el espejo. Un móvil de pájaros blancos colgaba del techo. A primera vista, parecía la habitación de un niño consentido, el Ismael Marlasca, pero tenía el aire opresivo de una cámara mortuoria. Me senté en la cama y suspiré Entonces me dí cuenta que allí había una cosa que parecía fuera de lugar, Empezando por el olor. Un hedor dulzón impregnaba el aire. Me incorporé y miré a mi alrededor. Encima de una cómoda, había un plato de porcelana con una vela de color negro, la cera caía en un goteo de lágrimas oscuras. Me volví. El hedor parecía proceder de la cabecera de la cama. Abrí el cajón de la mesilla de noche y encontré un crucifijo roto en tres partes. Sentí el hedor más cerca. Di dos vueltas por la habitación, pero no encontré el origen del mal olor. Entonces le vi. Había alguna cosa bajo la cama. Me arrodillé y le eché un vistazo. Una caja de latón, como la que tienen los niños para guardar sus tesoros de juventud. Saqué la caja y la coloqué encima de la cama. Ahora el hedor era mucho más intenso y penetrante. Me aguanté las nauseas que me invadían y abrí la caja. En el interior había una paloma banca con el corazón atravesado por


una aguja. Di u paso atrás, tapándome la boca y la nariz, retrocedí hacia el pasillo. Los ojos del arlequín, con su sonrisa de chacal, me observaban desde el espejo. Volví corriendo hacía la escalinata y me tiré escaleras abajo, buscando el corredor que llevaba a la sala de lectura y la puerta que había conseguido abrir al jardín. En algún momento creí que me había perdido y que la casa, como un animal capaz de desplazar los pasillos y las salas a voluntad, no me quería dejar escapar. Por fin vislumbré la galería acristalada y corrí hacia la puerta. De pronto, mientras me peleaba con la cerradura, oí una sonrisa maliciosa detrás de mí y supe que no estaba solo en la casa. Me volví un instante y distinguí una silueta oscura que me observaba desde el fondo del pasillo. En la mano llevaba un objeto brillante: un cuchillo. La cerradura cedió bajo mis manos y abrí la puerta de un tirón. El impulso me hizo caer de bruces sobre las losas de mármol que rodeaban la piscina. La cara me quedó a un palmo de la superficie olí la fortaleza de las aguas corrompidas. Escudriñé con los ojos las tinieblas que se entreveía en el fondo de la piscina. Se abrió una claridad en medio de las nubes y la luz del sol atravesó las aguas hasta iluminar el fondo del mosaico. La visión duró solo un instante. La silla de ruedas había caído y estaba encallada en el fondo. La luz continuó el recorrido hacia la parte más honda de la piscina y allí la vi. Estaba recostada, apoyada en la pared, en lo que parecía un cuerpo envuelto en un vestido blanco deshilachado. Pensé que se trataba de una muñeca, los labios escarlatas roídos por el agua y los ojos brillantes como zafiros. Sus cabellos rojos se columpiaban lentamente dentro de las aguas putrefactas y tenía la piel azul. Era la vida Marlasca. Al cabo de un segundo la claridad se cerró en el cielo y las aguas se volvieron a transformar en un espejo oscuro donde solo conseguí ver mi cara y una silueta que había aparecido en el borde de la galería detrás de mí, con un cuchillo en la mano. Me levanté rápidamente y arranqué a correr hacia el jardín. Atravesé la arboleda, arañándome la cara la cara y las manos con las zarzas, hasta llegar a


la gran puerta metálica y salir al callejón. Continué corriendo hasta la carretera de Vallvidriera. Una vez allí, jadeando, me volví y comprobé que can Marlasca había quedado de nuevo escondida detrás del callejón, invisible el mundo. 37 Volví a casa en el mismo tranvía, recorriendo la ciudad que se iba oscureciendo a cada minuto bajo un viento glacial que levantaba la hojarasca de las calles. Al bajar en plaza de Palacio oí a dos marineros que venían del muelle hablar de una tempestad que se acercaba desde el mar y que caería sobre la ciudad antes del anochecer. Levante la vista y vi que el cielo empezaba a taparse con una capa de nube que se escampaban sobre el mar como sangre rojiza. En las calles que rodeaban al Borne, la gente se apresuraba a cerrar puertas y ventanas, los tenderos cerraban sus comercios antes de tiempo y los niños salían a la calle para jugar contra el viento, alzando los brazos en cruz y riendo con el estrépito de los truenos lejanos. Los faroles parpadeaban y el estampido de los relámpagos velaba la luz blanca de las fachadas, Aceleré el paso hasta el portal de la casa de la torre y subí las escaleras deprisa. El rumor de la tempestad se oía detrás de los muros, acercándose. Dentro de la casa hacía tanto frío que, al entrar, vi el contorno de mi aliento en el pasillo. Fue yendo sin entretenerme a la habitación donde había una vieja estufa de carbón que tan solo se había usado cuatro o cinco veces, desde que vivía allí y la encendí con un montón de periódicos viejos y secos. Hice lo mismo con la chimenea de la galería y me senté en el suelo delante de las llamas. Me temblaban las manos y no sabía si era de miedo o de frío. Mientras me esperaba que mi cuerpo entrase en calor, contemplaba el cielo la retícula de luz blanca que dejaban los relámpagos. La lluvia no llegó hasta la noche. Cuando comenzó a caer, cayó en cortinas de gotas furiosas que en pocos minutos cegaron la noche y


anegaron los terrados y callejuelas bajo un manto negro que pegaba con fuerza contra paredes y cristales. Poco a poco, entre la estufa de carbón y el hogar de la chimenea, la casa se fue caldeando. Pero yo aún tenía frío. Me levanté y fui al dormitorio a buscar mantas para abrigarme. Abrí el armario y empecé a hurgar dentro de los grandes cajones de la parte inferior. El estuche aún estaba escondido en el fondo. Lo cogí y lo coloqué sobre la cama. Lo abrí y contemplé el viejo revolver de mi padre, la única cosa que me quedaba de el. Lo empuñé acariciando el gatillo con el índice. Abrí el tambor e introduje las seis balas de la caja de munición que había en el doble fondo del escuche. Dejé la caja sobre la mesilla de noche y me llevé el revolver y una manta a la galería. Una vez allí me estiré en el sofá envuelto con la manta y con el revolver sobre el pecho. Clavé los ojos en la tempestad de tras de los ventanales. Oía el tic-tac del reloj que había en el pretil de la chimenea. No me hacía falta mirarlo para saber que faltaba justo media hora para la reunión con el amo en la sala de billares del Círculo Ecuestre. Poco después de media noche abrí os ojos. Con el fuego del hogar casi extinguido, la galería estaba sumergida en la ondulante penumbra que proyectaban las llamas azules que devoraban las últimas brasas. Continuaba lloviendo a cántaros. Aun tenía el revolver en las manos, caliente. Me estuve agachado unos segundos más, casi sin parpadear. Supe que había alguien en la puerta antes de oír los golpes. Retiré la manta y me incorporé. Oí de nuevo la llamada. Los nudillos de unos dedos picaban en la puerta de la casa. Me levanté con la pistola en la mano y enfilé el corredor. De nuevo los golpes. Di unos cuantos pasos en dirección a la puerta y me paré. Me lo imaginé sonriente en el rellano, en medio de la oscuridad. Tensé el percutor del revolver. De nuevo el ruido de una mano llamando a la puerta. Intenté encender la luz, pero no había electricidad. Continué avanzando hasta llegar a la puerta. Intenté encender la luz, pero no había electricidad. Continué avanzando hasta llegar a la puerta. Iba a


hacer girar la mirilla, pero no me atreví. Me quedé allí, inmóvil, casi sin respirar, con el revolver en el aire, apuntando hacia la puerta. ¡ Váyase! – grité casi sin fuerza en la voz. Entonces sentí aquel llanto en el otro lado de la puerta y bajé pistola. Abrí la puerta en la oscuridad y la encontré allí, temblando con la ropa empapada. Tenía piel helada. Al verme estuvo a punto de hundirme en mis brazos. La sostuve y sin saber que decir, la abracé con fuerza. Me sonrió débilmente, y cuando le puede la mano en la, me la besó, cerrando los ojos. Mejilla Perdóname – murmuró la Cristina. Abrió los ojos y me ofreció aquella mirada herida y rota que me habría perseguido hasta el invierno. La sonreí. Bienvenida a casa. 38 La desnudé a la luz de una vela. Le saque los zapatos mojados de agua de los charcos, el vestido empapado y las medias ralladas. Le sequé el cuerpo y los cabellos con una toalla limpia. Cuando la metí en la cama, todavía temblaba de frío. Me eché a su lado y la abracé para hacerla entrar en calor. Estuvimos así mucho rato, en silencio, escuchando la lluvia. Note como su cuerpo de calentaba poco a poco bajo mis manos y empezaba a respirar profundamente. - Tu amiga me vino a ver. - Isabella. - Me explicó que te había escondido las cartas. Que no lo hizo de mala fe. Creía que lo hacía por tu bien y tal vez tenía razón. - Me incliné sobre ella y le busqué los ojos. Le acaricié los labios y ella me sonrió débilmente. - Me pensaba que te había olvidado de mí – dijo. - Lo he intentado. Hacia cara de cansancio. Los meses de ausencia le habían dibujado las líneas de la piel y su mirada tenía un aire de derrita y de vacío.


-Ya no somos jóvenes – dijo, leyéndome el pensamiento -¿Cuándo hemos sido jóvenes tu y yo? Apartó la manta a un lado y contempló su cuerpo desnudo estirado sobre la sábana blanca. La acaricié el cuello y el pecho, tocándole suavemente la piel con la yema de los dedos. Dibujé círculos en su vientre y tracé el contorno de sus huesos que se insinuaban bajo sus caderas. Dejé que mis dedos jugasen con el pelo casi transparente entres sus muslos. Cristina me observaba en silencio, con la sonrisa rota y los ojos semicerrados. ¿Qué haremos ahora? – me preguntó. Me incliné sobre ella y la besé en los labios. Ella me abrazó y quedamos juntos mientras la luz de de la vela se extinguí lentamente. -Ya pensaremos en alguna cosa – musité. Me desperté poco después del alba y descubrí que estaba solo en la cama. Me incorporé de golpe. Tenía miedo que Cristina se hubiese ido en medio de la noche. Entonces vi que en la silla todavía había ropa y sus zapatos y respiré hondo. La encontré en la galería, envuelta en una manta y sentada en el suelo, delante de la chimenea, donde un tronco ardía desprendiendo unas llamaradas azules. -Me senté a su lado y la besé el cuello. -No podía dormir – dijo ella con los ojos fijos en el fuego. -¿Por qué no me despertabas? -No me he atrevido. Tenías cara de haberte dormido por primera vez en muchos meses. He preferido explorar la casa. -Esta casa está embrujada de tristeza. ¿Por qué no la quemas? -¿Y donde viviríamos? -¿En plural? -¿Por qué no? -Pensaba que ya no escribías cuentos de hadas. -Es como ir en bicicleta, una vez se aprende… Cristina me miró largamente. -¿Qué hay en l habitación del fondo del pasillo?


-Nada. Trastos viejos. -Está cerrada con llave. Cristina asintió, no demasiado convencida. -¿Por qué no nos vamos? –preguntó -¿Dónde? -Muy lejos. No pude evitar sonreír, pero ella no me correspondió. -¿Hasta adonde? -Hasta adonde nadie sepa que estamos y tampoco les importe. -¿Esto es lo que quieres? -¿Y tu no? Dudó un instante. -¿Y Pedro? – pregunté atragantándome con las palabras. Dejó caer la manta que le tapaba los hombros y me miró desafiante. -¿Necesitas su permiso para meterte en la cama conmigo? Me mordí la lengua. Cristina me miraba con lágrimas en los ojos -Perdóname. – Murmuré - No tenía derecho a decirte eso. Cogí la manta del suelo con la intención de taparla, pero se retiró y rechazó mi gesto. -Pedro me ha dejado – dijo con la voz rota – Ayer se fue al Ritz a esperar a que yo me hubiese ido. Me dijo que sabía que no le quería, que me casé por gratitud o por lástima. Me dijo que no deseaba mi compasión, que cada día que paso a su lado fingiéndole que le quero le duele. Me dijo, que hiciese lo que hiciese, el me querría siempre y que por eso no me quería volver a ver. Las manos le temblaban. -Me ha querido con todo su corazón, y yo solo he sabido hacerle desgraciado – murmuró. Cerró los ojos y su cara se transformó en una máscara de dolor. Al cabo de un momento soltó un gemido profundo y empezó a darse golpes en la cara y en el cuerpo con los puños. <me eché sobre ella y envolviéndola con los brazos, la inmovilicé. Cristina se retorcía y gritaba. La presioné contra el suelo, sujetándole las manos. Se rindió poco a poco, exhausta, con la cara llena de lágrimas y saliva y los


ojos enrojecidos. Estuvimos así casi media hora hasta que noté que su cuerpo se relajaba y se sumergía en un largo silencio. La tapé con la manta y la abracé por detrás, escondiéndole mis lágrimas. -Nos iremos bien lejos – le musité al oído, sin saber si me podía oír o entender –Huiremos bien lejos, donde nadie sepa donde estamos y le dé lo mismo. Te lo prometo. Cristina decantó su cabeza hacia mí y me miró. Tenía la expresión robada, como si la hubiesen roto el alma a martillazos. La abracé con fuerza y la besé en la frente. La lluvia continuaba descargando en los cristales y, atrapados en la luz gris y pálida del alba muerta, pensé por primera vez que nos hundíamos. 39 Aquella misma mañana, abandoné el trabajo del amo. Mientras Cristina dormía, subí al estudio y ordené todas las carpetas que contenían todas las páginas, notas y apuntes del proyecto en un viejo baúl que estaba arrumbado en la pared. Mi primer impulso había sido quemarlo, pero me vi capaz de hacerlo. Siempre había tenido la sensación que las páginas que iba dejando a mi paso formaban parte de mí. La gente normal trae hijos al mundo; los novelistas traen libros. Estamos condenados a dejarnos la piel, aunque no lo agradecen casi nunca. Estamos condenados a morir en sus páginas y a veces, incluso a dejar que ellas acaben cogiéndonos la vida. Entre todos los extraños hijos de papel que había traído a este mundo miserable, la ofrenda milenaria a las promesas del amo era sin duda la más grotesca. En aquellas páginas no había nada que mereciese alguna cosa que el fuego, y, a pesar de eso, no dejaba de ser sangre de mi sangre y no tenía el coraje de destruirlas. Las abandoné en el fondo del baúl y salí del estudio, agobiado, casi avergonzado de mi cobardía y de la turbia sensación de paternidad que me inspiraba aquel manuscrito de tinieblas. Probablemente el amo habría sabido apreciar la ironía de la situación. A mi, sencillamente, me inspiraba náuseas.


Cristina durmió hasta bien avanzada la tarde. Aproveche la oportunidad para ir a una vaquería, cerca de mercado, y comprar leche, pan y queso. Por fin había dejado de llover, pero las calles, se habían formado charcos y la humedad se palpaba en el aire como si fuese un polvo frío que traspasaba la ropa y se metía en los huesos. Mientras hacía cola en la vaquería, me hizo el efecto que alguien me observaba. Al salir de nuevo a la calle y atravesar el paseo del Borne, miré tras de mí y comprobé que me seguía un niño de no más de cinco años. Me paré y me miró y me miró. El niño se paró y me sostuvo la mirara. -No tengas miedo – le dije – ven. El niño avanzó y se quedó a dos metros. Tenía la piel pálida, medio azulada, como si no hubiese visto nunca la luz del sol. Iba vestido de negro y llevaba los zapatos de charol relucientes, nuevas de trinca. Tenía los ojos oscuros y las pupilas tan grandes que casi no se le veía el blanco de los ojos. -¿como te llamas? – le pregunté El niño sonrió y me señaló con el dedo. Quise dar un paso hacia el, pero se arrancó a correr y le vi perderse por el paseo del Borne. Al volver al portal, encontré un sobre encajado en la puerta. El sello de lacre rojo con el ángel aún estaba caliente. Miré a lado y lado de la calle, pero no vi a nadie. Entré y cerré la puerta con dos vueltas de llave. Me paré al pie de la escalera y abrí el sobre. Querido amigo: Me duele profundamente que no pudiese acudir a nuestra cita de ayer por la noche. Confío en que esté bien y que no haya sufrido ninguna desgracia ni ningún contratiempo. Me sabe mal que no haya podido disfrutar de su compañía en esta ocasión, pero espero y deseo que resuelva bien pronto aquello que le ha impedido reunirse conmigo y que la próxima vez no salgan inconvenientes. He de salir de la ciudad por unos cuantos días, pero en cuanto vuelva a estar aquí le haré conocer mis noticias. Esperando tener bien pronto


noticias suyas y de nuestro progreso de nuestro proyecto en común, le saluda como siempre con afecto, su amigo, Andreas Corelli Arrugué la carta con el puño y me la metí en el bolsillo. Entre en el piso silenciosamente y acompañé la puerta con suavidad. Saqué la cabeza en el dormitorio y comprobé que Cristina todavía dormía. Fui a la cocina, a preparar café y un pequeño tentempié. Al cabo de pocos monitos, oí los pasos de la Cristina detrás de mí. Me observaba desde el umbral de la puerta, enfundada en un viejo jersey mío que le llegaba a medio muslo. Tenía el pelo despeinado. Tenía los ojos hinchados y señales de golpes en los labios y en los pómulos, como si ella misma se hubiese abofeteado la cara con fuerza. Rehuía mi mirada. -Perdóname – murmuró. -¿Tienes gana? Negó con la cabeza, pero no hice caso de su gesto y le indiqué que se sentase a la mesa. Le serví una taza de café con leche y azúcar y una rebanada de pan acabada de salir del horno con queso y jamón. No hizo ni el gesto de tocar el plato. -Solo un mordisco – me dijo. Jugó con el queso sin ganas y me sonrió débilmente. -Es bueno – dijo. -Cuando lo pruebes aún lo encontrarás mejor. Comió en silencio. Cristina, con gran sorpresa mía, se comió la mitad de su plato. Después se ocultó tras la taza de café y me observaba de reojo. -Si quieres me iré hoy – dijo al final – Por el dinero no te preocupes. Pedro me dio suficiente y… -No quiero que te vayas a ninguna parte. No quiero que te vayas nunca más ¿Entendido? -No soy una buena compañía David. -Ya solos dos. -¿Lo decías de verdad aquellos de huir muy lejos?


Hice que si con la cabeza. -Mi padre decía que la vida no da segundas oportunidades. -Solo las da a los que nunca les dio la primera. En realidad, son oportunidades de segunda mano que alguien no ha sabido aprovechar. Pero más vale eso que nada. Sonrió débilmente. -Llévame a pasear – dijo de repente. -¿Dónde quieres ir? -Me quiero despedir de Barcelona. 40 A media tarde, el sol despuntó sobre la capa de nubes que había dejado la tempestad. Las calles relucientes por la lluvia se fueron transformando en espejos por donde caminaban los paseantes y se reflejaban el ámbar del cielo. Recuerdo que fuimos hasta el pie de la Rambla, donde la estatua de Colón sacaba su cabeza entre la neblina. Caminábamos en silencio, contemplando las fachadas y la gente como si fuesen un espejismo, como si la ciudad estuviese ya desierta y olvidada. Barcelona no me había parecido nunca tan bonita y tan triste como aquella tarde. Cuando empezaba a oscurecer nos fuimos hacia la librería de Sempere e hijos. Nos metimos en un portal del otro lado de la calle donde no nos podía ver nadie. El aparador de la vieja librería proyectaba un aliento de luz sobre los adoquines húmedos y brillantes. En el interior, se podía ver a Isabella subida en una escalera ordenando libros en el último estante, mientras el hijo Sempere hacía ver que repasaba un libro de contabilidad detrás del mostrador y la miraba los tobillos de reojo. Sentado en un rincón, viejo y cansado, el señor Sempere los observaba a los dos con una sonrisa triste. Este es el lugar donde he encontrado casi todas las cosas buenas de la vida – dije sin pensar. No le quiero decir adiós.


Al llegar a la casa de la torre ya se había hecho de noche. Al entrar nos recibió el calor del hogar de la chimenea, que había dejado encendida antes de salir. Cristina enfiló el pasillo y, sin decir una sola palabra se fue desnudando dejando un rastro de ropa por el suelo. La encontré estirada en la cama, esperándome. Me estiré a su lado y dejé que me guiase las manos. Mientras la acariciaba, vi como los músculos de su cuerpo se tensaban bajo su piel. En sus ojos no había ternura, sino anhelo de calor y de urgencia. Me abandoné a su cuerpo, envistiéndola con rabia mientras notaba sus uñas en la piel. La escuché gemir de dolor y de vida, como si l faltase el aire. Al final, acabamos exhaustos y sudorosos uno al lado del otro. Cristina recostó su cabeza en mi hombro y me miró a los ojos. -Tu amiga me dijo que te había metido en un buen lío. -¿Isabella? -Está muy preocupada por ti. -Isabella se cree que es mi madre. -No creo que las cosas vayan por aquí. Evité su mirada. -Me explicó que trabajabas en un nuevo libro. Te lo ha encargado un editor extranjero, ella le llama el amo, que te paga una fortuna, pero tu te sientes culpable por haber aceptado el dinero. Dice que tienes miedo de este hombre, del amo, y que en esta historia hay algo turbio. Resoplé, irritado. -Así que Isabella te lo ha explicado todo, ¿verdad? -Los otros secretos quedaron entre nosotras – replico, guiñándome un ojo - ¿Crees que mentía? -No metía, especulaba. -¿De que trata el libro? -Es un cuento para niños. -Isabella me dijo que me dirías esto. -Si Isabella ya te dio todas las respuestas, ¿Por qué me lo preguntas? Cristina me miró con severidad. -Para tu tranquilidad, y la de Isabella, he abandonado el libro. C’est fini – aseguré.


-¿Cuándo? -Esta mañana, mientras dormías Cristina, escéptica, frunció las cejas. -¿Y ese hombre, el amo, ya lo sabe? -Aún no lo he hablado. Supongo que se lo imagina. Y sino, lo hará bien pronto. -¿Le tendrás que devolver el dinero, ¿verdad? -No creo que el dinero le importe lo más mínimo. Cristina se sumergió en un largo silencio. -¿Lo puedo leer? – me preguntó, al final -No. -¿Por qué no? -Es un borrador. No tiene ni pies ni cabeza. Es un montón de ideas, notas y fragmentos que no casan entre si. Se lee mal. Te aburriría. -A pesar de eso, me gustaría leerlo. -¿Por qué? -Por que lo has escrito tu. Pedro no se cansa de repetir que la única manera de conocer de verdad a un escritor es a través del rastro de tinta que va dejando, que la persona que no cree ver no es más que un personaje vacío y que la verdad se esconde siempre en la ficción. -Esto lo debía de leer en una postal. -De hecho, lo sacó de uno de tus libros. Lo se porque yo también lo he leído. -El plagio no lo eleva a la condición de tontería. -Yo creo que tiene sentido. -Pues entonces será verdad. -¿Lo puedo leer entonces? -No. Para cenar comimos lo que quedaba de pan y queso de aquella mañana. Sentidos el uno ante el otro en la mesa de la cocina, de tanto en cuando nos mirábamos. Cristina masticaba sin gana, examinando cada trocito de pan a la claridad de la luz de aceite antes de llevárselo a la boca.


-Hay un tren que sale de la estación de Francia hacia París mañana a mediodía - dijo - ¿es demasiado pronto? No me podía sacar la imagen de Andreas Corelli subiendo la escalera y llamando a la puerta de mi casa en cualquier momento. -Supongo que no – respondí. -Conozco un pequeño hotel delante de los Jardines de Luxemburgo que alquila habitaciones por meses. Es u poco caro, pero… añadió. -El precio da lo mismo, pero yo no hablo francés – le indiqué. -Yo si – dijo Cristina. Bajé la mirada. -Mírame a los ojos, David. Levante la mirada a regañadientes. -Si prefieres que me vaya… Dije que no diversas veces con la cabeza. Ella me cogió la mano y se la llevó a los labios. -Saldrá bien, ya lo verás – añadió – Lo se de verdad. Será la primera cosa de mi vida que salga bien. La miré, una mujer rota en la penumbra con lágrimas en los ojos, y no quise otra cosa en el mundo que poderla devolver lo que no había tenido nunca. Nos estiramos en el sofá de la galería. Abrigados con dos mantas, contemplábamos las brasas del hogar. Me dormí acariciando los cabellos de Cristina y pensando que era la última noche que pasaba en aquella casa, la prisión donde había enterrado mi juventud. Soñé que corría por las calles de una Barcelona llena de relojes con agujas que giraban en sentido inverso. Las callejuelas y las avenidas se torcían a mi paso como túneles con voluntad propia, formando un laberinto vivo que hacía fracasar todos mis intentos para avanzar. Al final, bajo el sol de mediodía, que quemaba el cielo como una esfera de metal al rojo, conseguía llegar a la estación de Francia y me dirigía como una exhalación al andén, donde el tren comenzaba a moverse. Yo corría tras de el, pero el tren ganaba en velocidad y, a pesar de mis esfuerzos, lo único que conseguía era tocarlo ligeramente con la punta de los dedos. Yo, continuaba corriendo hasta quedarme allí, sin


aliento, y al final del andén, caía al vacío. Cuando levantaba la mirada, ja era tarde, el tres se alejaba rápidamente, la cara de Cristina me miraba desde la última ventanilla. Cuando abrí los ojos, supe que Cristina no estaba. El fuego había quedado reducido a un montón de cenizas que aún chisporroteaban. Me incorporé y miré a través del ventanal. Se hacía de día. Pegué la cara al cristal, y vi una claridad que titilaba en los ventanales del estudio. Me encamine hacia la escalera de caracol que llevaba a la torre. Un resplandor del color del cobre se extendía por los escalones. Subí poco a poco. Al llegar al estudio me paré en el linde. Cristina estaba de espaldas, sentada en el suelo. Había abierto el baúl pegado a la pared y tenía en las manos la carpeta con el manuscrito del amo. Estaba deshaciendo el lazo que lo cerraba. Al oír mis pasos, paro en seco. -¿Qué haces aquí – le pregunté, procurando que la alarma no se reflejase en mi voz. Cristina se volvió y me sonrió. -Cotillear. Siguió la línea de mi mirada hacia la carpeta que tenía en sus manos y me hizo una mueca maliciosa. -¿Qué hay aquí dentro? -Nada. Notas. Apuntes. Nada que valga la pena… -Mentiroso. Me juego cualquier cosa que es el libro en que has estado trabajando - dijo empezando a deshacer el lazo – Me muero de ganas de leerlo… -Preferiría que no lo hicieses – dije, en el tono más relajado que pude adoptar. Cristina frunció las cejas. Aproveché el momento para arrodillarme delante suyo y cogerle la carpeta delicadamente. -¿Qué pasa, David? -No pasa nada – la aseguré con una sonrisa idiota en los labios. Até el lazo de la carpeta y la guardé en el baúl. -¿Por qué no lo cierras con llave – me preguntó Cristina.


Me volví, dispuesto a darle una excusa, pero Cristina había desparecido bajando las escaleras. Suspiré y bajé la tapa del baúl. Encontré a Cristina abajo, en su dormitorio. Me miró un instante como si yo fuese un extraño. Me quedé en la puerta. -Perdóname – empecé. -No tienes porque pedirme perdón – replicó – No tenía que haber metido la nariz donde no debía. -No se trata de eso. Me ofreció una sonrisa bajo cero y un gesto de despreocupación que cortaba el aire. -Da lo mismo – me dijo. Asentí, dejando el segundo asalto para más adelante. -Las taquillas de la estación de Francia abren pronto – dije – Iré para estar cuando abran y compraré los billetes para hoy al mediodía. Después iré al banco a sacar dinero. Cristina se limitó a asentir. -Muy bien. -Mientras tanto, ¿Por qué no preparas una bolsa con un poco de ropa? Volveré dentro de dos horas como mucho. Cristina sonrió débilmente. -Aquí me encontrarás. Me acerqué y le cogí la cara con las manos. -Mañana por la noche estaremos en París – le dije. Le di un beso en la frente y me fui. 41 El vestíbulo de la estación de Francia extendía un espejo bajo mis pies donde se reflejaba el enorme reloj colgado del techo. Las manillas marcaban las ocho menos veinticinco de la mañana, pero las taquillas aún no habían abierto. Un ordenanza equipado con una escoba y un espíritu preciosista lustraba el suelo silbando una canción, y dentro de lo que le permitía la cojera, movía las caderas con gracia. Como no tenía otra cosa que hacer, me dediqué a


observarlo. Era un hombre muy pequeño que el mundo parecía haberle arrugado sobre si mismo hasta quitarle todo menos la sonrisa y el placer de poder limpiar aquella parcela, como si se tratase de la Capilla Sixtina. No había nadie más en el recinto y por fin se dio cuenta de que le observaban. Cuando a la quinta pasada transversal le condujo a limpiar delante de mi lugar de vigilancia en uno de los bancos de madera del vestíbulo, el ordenanza se paró y, apoyándose en el palo con las dos manos, se animó a mirarme abiertamente. -Nunca abren a la hora que dicen – me explicó, haciendo un gesto hacia las taquillas. -¿Pues por que ponen un cartel que dicen que abren a las siete? El hombrecillo se encogió de hombros y suspiró con un aire filosófico. -Mire, también ponen horarios a los trenes y en los quince años que hace que trabajo aquí ni uno que saliese o llegase a la hora prevista. El ordenanza continuó barriendo hasta el fondo y al cabo de quince minutos oí como se abría la ventanilla de la taquilla. Me acerqué y sonreí al encargado. -Me pensaba que abrían a las siete – le dije. -Eso es lo que dice el cartel. ¿Qué quiere? -Dos billetes de primera clase a París en el tren del mediodía. -¿Para hoy? -Sino le es molestia. Tardó casi quince minutos en expedirme los billetes. Una vez acabada su obra maestra, los dejó caer con desgana sobre el mostrador. -A la una. Andén cuatro. No se retrase. Pague y, como no me iba, me obsequió con una mirada hostil y escrutadora. -¿Quiere algo más? Le sonreí y le dije que no con la cabeza. El aprovechó la oportunidad para cerrarme la ventanilla en las narices. Me volví y atravesé el vestíbulo inmaculado y reluciente por cortesía del ordenanza, que me saludó desde lejos y me deseó un bon voyage.


La oficina central del Banco Hispano Colonial, de la calle de Fontanella, hacía pensar en un templo. Un gran pórtico daba paso a una nave flanqueada de estatuas que se extendían hasta una fila de ventanillas dispuestas como un altar. A lado y lado, en lugar de capillas y confesionarios, había mesas de roble y butacas de mariscal, todo eso para u pequeño ejército de interventores y empleados pulcramente vestidos y equipados con sonrisas cordiales. Retiré cuatro mil francos en efectivo y recibí las instrucciones sobre como sacar dinero de la oficina que el banco tenía en París, en el cruce de la rue de Rennes y el boulevard Raspail, cerca del hotel que había nombrado Cristina. Con aquella pequeña fortuna en el bolsillo, me despedí sin hacer caso del apoderado, que me avisó que era una gran imprudencia circular por las calles con aquella cantidad en metálico. El sol se levantaba en un cielo azul con el color de la buena suerte y una brisa limpia traía el olor a mar. Caminaba a paso ligero, como si me hubiese quitado de encima una carga pesada, y empezaba a pensar que la ciudad había decidido dejarme marchar sin rencor. En el paseo del Borne, me paré para comprar flores para Cristina, rosas blancas atadas con un lazo rojo. Subí los escalones de la casa de la torre de dos en dos, con una sonrisa en los labios y la certeza que aquel sería el primer día que había creído perdida para siempre. Estaba a punto de abrir, cuando al meter la llave en la cerradura, la puerta cedió. Estaba abierta. La empujé y me adentré en el vestíbulo. La casa estaba en silencio. -¿Cristina? Dejé las flores en la repisa del recibidor y saqué la cabeza por el dormitorio. Cristina no estaba. Recorrí el pasillo hasta la galería del fondo. No había ninguna señal de su presencia. Me acerqué a la escalera del estudio, y desde allí la llamé en voz alta. -¿Cristina? El eco me devolvió mi voz. Me encogí de hombros y consulté la hora en el reloj que había en una de las vitrinas de la biblioteca de la


galería. Eran casi las nueve de la mañana. Supuse que Cristina había bajado a la calle a buscar alguna cosa y que, malacostumbrada por la vida en Pedralbes a dejar que las puertas y las cerraduras fuesen trabajo de los sirvientes, al salir no había cerrado la puerta. Mientras me esperaba, decidí estirarme en el sofá de la galería. El sol entraba por la vidriera, un sol limpio y brillante de invierno, e invitaba a dejarse acariciar. Cerré los ojos y probé en pensar en lo que me llevaría. Había pasado media vida rodeado de todos aquellos objetos y ahora, en el momento de decirles adiós, era incapaz de hacer una corta lista de los que consideraba imprescindibles. Poco a poco, sir dame cuenta, echado bajo la cálida luz del sol y de aquellas prometedoras esperanzas, me dormí plácidamente. Cuando me desperté, miré el reloj de la biblioteca. Era la una y media del mediodía. Faltaba justo media hora para la salida del tren. Me incorporé de un salto y corrí hacia el dormitorio. -¿Cristina? Esta vez inspeccioné toda la casa, habitación por habitación, hasta llegar al estudio. No había nadie, pero no te un extraño olor. De fósforo. La luz que penetraba por los ventanales atrapaba un tenue red de filamentos de humo azul suspendidos en el aire. Me metí en el estudio y, en el suelo, encontré dos cerillas quemadas. Noté un latigazo de miedo y me arrodillé delante del baúl. Lo abrí y suspiré, aliviado. La carpeta y el manuscrito todavía estaban ahí. Cunado iba a bajar la tapa del baúl, me di cuenta de que el lazo de cuerda roja que cerraba la carpeta estaba deshecho, La cogí y la abrí. Repasé las páginas, pero no encontré a faltar ninguna. Cerré de nuevo la carpeta, esta vez con un nudo doble, y la devolví a su lugar. Cerré el baúl y bajé al piso. Me senté en una silla de la galería, de cara al largo corredor que conducía a la puerta de entrada, dispuesto a esperar. Los minutos resbalaron con infinita crueldad. La conciencia de lo que había pasado fue desenredándose lentamente a mi alrededor y el deseo de creer y confiar se volvió hiel y amargura. Pronto sentí las campanadas de Santa María, dando las


dos. El tren que iba a Paría ya había dejado la estación y ella no había vuelto. Comprendí entonces que Cristina se había ido, y que las pocas horas que habíamos compartido habían sido un espejismo. A través de los cristales, contemplé aquel día cegador que ya no tenía el color de la buena suerte y me la imaginé de vuelta a Villa Helius, abrazándose en los brazos de Pedro Vidal. Noté que el rencor me envenenaba lentamente la sangre y me puse a reír, de mi mismo y de mis absurdas esperanzas. Incapaz de dar un solo paso, contemplaba como la ciudad se oscurecía con el atardecer y las sombras se alargaban por el suelo del estudio. Después me levanté y me acerqué a la ventaba. La abrí de par en par y saqueé la cabeza. Ante mi se abría una caída vertical de bastantes metros. Suficiente para romperme los huesos y convertirlos en puñales que me traspasasen el cuerpo y le dejasen apagarse en el patio en medio de un charco de sangre. Me pregunté si el dolor sería tan atroz como me imaginaba o si con la fuerza del impacto habría suficiente para dormirme los sentidos y ofrecerme una muerte rápida y eficaz. Noté entonces unos golpes en la puerta. Uno, dos, tres. Unos golpes insistentes. Me volvía, preocupado todavía por aquellos pensamientos. Otra vez los golpes. El corazón me dio un salto y me lancé escaleras abajo, convencido que Cristina había vuelto, que algún impedimento la había retenido, que mis miserables y menospreciables sentimientos de desconfianza habían sido injustificados, que, al final, aquel era el día era el primer día de nueva vida prometida. Corrí hasta la puerta y la abrí. Era ella, vestida de blanco, en medio de la penumbra. La quise abrazar, pero entonces le vi la cara llena de lágrimas y me di cuenta de que aquella mujer no era Cristina. -David – murmuró Isabella con la voz rota – El señor Sempere se ha muertoTERCER ACTO EL JUEGO DEL ANGEL


1 Cuando llegamos a la librería ya era de noche. Un resplandor dorado rompía el azul de la noche en las puertas de Sempere e Hijos, donde un centenar de personas de había juntado llevando velas en la manos. Unos lloraban en silencio, otros se miraban entre si sin saber que decir. Reconocía algunas caras, amigos y clientes de Sempere, gente a quien el viejo librero había regalado libros, lectores que se habían iniciado en la lectura con el. A medida que la noticia se escampaba por el barrio, llegaban más lectores y amigos que no se podían creer que el señor Sempere hubiese muerto. La librería tenía la luz encendida en el interior y se podía ver al señor Gustavo Barceló abrazando con fuerza a un hombre joven que se sostenía el pie con dificultad. No me di cuenta de que era el hijo de Sempere hasta que Isabella me cogió de la mano y me guió hasta el interior de la librería. Al verme entrar, Barceló, levanto la mirada y me ofreció una sonrisa, vencido. El hijo del librero lloraba en sus brazos y no me ví con ánimos de ir a saludarle. Isabella, en cambio, se le acercó y le puso una mano en la espalda. Sempere hijo se dio la vuelta y le vi con la expresión derrotada. Isabella le guió hasta una silla donde le ayudó a sentarse. El hijo del librero se hundió en la silla como un muñeco roto. Isabella se arrodilló a su lado y le abrazó. No me había sentido nunca tan orgulloso de nadie como lo estuve en aquel momento de Isabella, que ya no me parecía una niña, sino una mujer más fuerte y más sabia que todos los que allí estábamos. Barceló se me acercó y me estrechó las manos, que le temblaban. Se ha muerto hace dos horas – explicó con la voz enronquecida – Se había quedado solo un momento en la librería y cuando su hijo ha vuelto…Dicen que discutía con alguien…No lo se. El médico dice que ha sido el corazón. Tragué saliva. -¿Dónde está?


Barceló señaló con la cabeza la puerta de la trastienda. Fui. Antes de entrar respiré hondo y apreté los puños. Atravesé el umbral y le vi. Estaba estirado en una mesa, con las manos plegadas sobre el vientre. Tenía la piel blanca como el papel y las facciones de la cara parecían haberse hundido como si fuesen de cartón. Aún tenía los ojos abiertos. Me di cuenta de que me faltaba el aire y sentí como si alguna cosa me diese unos fuertes golpes contra el estómago. Me apoyé en la mesa y respiré profundamente. Me incliné sobre el librero y le cerré los párpados. Le acaricié las mejillas, que ya estaban frías y miré a mi alrededor, aquel mundo de páginas y sueños que el había creado. Quería creer que Sempere aún estaba allá, en medio de libros y de amigos. Noté unos pass detrás de mí y me volví. Barceló acompañado de dos hombres de rostro lúgubre vestidos de negro. Su profesión no ofrecía ninguna duda. -Estos señores vienen de la funeraria – dijo Barceló. Los dos saludaron con una seriedad profesional y procedieron a examinar el cadáver. Uno de ellos, alto y enjuto, hizo una estimación cortísima y explico algo a su compañero, que asentía y anotaba las indicaciones sobre las medidas en un pequeño cuaderno de notas. En principio, el entierro será mañana por la tarde, en el cementerio del Este – informó Barceló – He decidido hacerme cargo, porque el hijo, como puede ver, está destrozado. Y estas cosas, cuanto antes mejor… -Gracias, señor Gustavo. El librero lanzó una mirada a su viejo amigo y le sonrió entre lágrimas. -¿Y que haremos, ahora que el viejo nos ha dejado solos? – dijo. -No lo se… Uno de los empleados de la funeraria se aclaró la voz discretamente, indicando que quería hablar. -Si les parece bien, mi compañero y yo iremos a buscar la caja y… -Haga lo que tenga que hacer – le corté. -¿Tienen alguna preferencia por lo que hace a los últimos ritos? Yo le miré con cara de no entender nada.


-¿El difunto era creyente? -El señor Sempere creía en los libros. -Entendidos – respondió, retirándose. Miré a Barceló, que se encogió de hombros. -Se lo preguntaré a su hijo – dije. Volví a la parte anterior de la librería. Isabella me miró de modo interrogante y se levantó del lado de Sempere hijo. Se me acercó y le comuniqué mis dudas. -El señor Sempere era muy amigo del rector de aquí al lado, en la iglesia de Santa Anna. Corre la voz de que los del arzobispado hace tiempo que lo quieren echar por rebelde y díscolo, pero como es tan mayor, han preferido esperar a que se muera, porque no le pueden doblegar. -Es el hombre que necesitamos – dije. -Ya hablaré yo con el – dijo Isabella. Señaló a Sempere hijo. -¿Cómo está? – pregunté. Isabella me miró a los ojos. -¿Y usted? -Yo estoy bien – mentí - ¿Quién se quedará con el esta noche? -Yo – dijo, sin dudarlo un instante. Asentí y le di un beso en cada mejilla, antes de volver a la trastienda, donde Barceló se había sentado delante de su viejo amigo. Mientras los dos empleados de la funeraria tomaban medidas y preguntaban por trajes y zapatos, Barceló sirvió dos copas de brandy y me alargó una. Me senté a su lado. -A la salud del amigo Sempere, que nos enseñó a todos a leer y también a vivir. Brindamos y bebimos en silencio. Nos quedamos allá hasta que los empleados de la funeraria volvieron con el ataúd y la ropa con la que enterrarían a Sempere. -Si les parece bien, de esto, nos encargaremos nosotros – propuso el que parecía más espabilado. Dije que si con la cabeza. Antes de pasar a la parte delantera de la librería, cogí el viejo ejemplar de Grandes


esperanzas que no había vuelto nunca a recoger y lo puse en las manos del señor Sempere. -Para el viaje – dije. Al cabo de quince minutos, los empleados de la funeraria sacaron el féretro y lo depositaron sobre una gran mesa colocada en medio de la librería. Un montón de gente se había ido acumulando en la calle y esperaba en profundo silencio. Me acerqué a la puerta y la abrí. De uno en uno, los amigos de Sempere e Hijos fueron pasando al interior de la tienda para ver al librero, y más de uno no podía contener las lágrimas. Ante aquel espectáculo, Isabella cogió al hijo del librero de la mano y se lo llevó al piso, encima mismo de la librería, donde había vivido con su padre. Barceló y yo nos quedamos allá, acompañando al viejo Sempere mientras la gente venía a despedirse. Algunos, los más íntimos, se quedaban. El velatorio duró toda la noche. Barceló se estuvo hasta las cinco de la madrugada y yo me quedé hasta que Isabella bajó del piso poco después del alba y me mandó que me fuese a casa, aunque solo fuese para lavarme y cambiarme de ropa. Miré al pobre Sempere y le sonreí. No me podía creer que cuando atravesase aquellas puertas no le volvería a encontrar nunca más detrás del mostrador. Recordé la primera vez que había visitado la librería, cuando solo era una criatura, y el librero me había parecido alto y fuerte. Indestructible. El hombre más sabio del mundo. -Más vale que se vaya a casa – musitó Isabella. -¿Por qué? -Por favor… Me acompañó hasta la calle y me abrazó. -Ya se que le apreciaba mucho y lo que significaba para usted - me dijo. No lo sabía nadie, pensé. Nadie. Pero asentí y después de darle un beso en cada mejilla, me puse a caminar sin rumbo. Recorría calles que me parecían más vacías que nunca, creyendo que sino me paraba, si continuaba caminando, no me daría cuenta de que el mundo que creía conocer ya no existía.


2 La gente se había amontonado a las puertas del cementerio a la espera de la llegada de carruaje. Nadie osaba hablar. Se oía el rumor del mar en lontananza y el sonido de un tren de carga fluyendo hacia la ciudad de fábricas que se extendía por detrás de la necrópolis. Hacía frío y los copos de nieve flotaban en el viento. Poco después de las tres de la tarde, en carruaje, tirado por caballos negros, enfiló la Avenida Icaria flanqueada de cipreses y almacenes viejos. El hijo de Sempere y Isabella viajaban en el carruaje. Seis colegas del gremio de libreros de Barcelona, entre ellos el señor Gustavo, levantaron el féretro y lo introdujeron a peso en el recinto. La gente les siguió, formando una comitiva silenciosa que recorrió las calles y los pabellones del cementerio bajo una capa de nubes bajas que ondeaban como una lámina de mercurio. Oí que decían que el hijo del librero parecía haber envejecido quince años en una noche. Se referían a el como el señor Sempere, porque ahora era él, el responsable de la librería y durante cuatro generaciones el bazar encantado de la calle de Santa Anna no había cambiado nunca de nombre y siempre se había encargado un señor Sempere. Isabella le cogía por el brazo, y me pareció que si ella no hubiese estado se habría hundido como un títere sin hilos. El rector de la iglesia de Santa Anna, un veterano de la edad del difunto, se esperaba al pie del sepulcro, una sobria lámina de mármol y sin adornos que casi pasaba desapercibida. Los seis libreros que habían llevado el féretro lo dejaron descansar ante la tumba. Barceló, que me había visto, me saludó con la cabeza. Preferí quedarme detrás, no se si por cobardía o por respeto. Desde allí podía ver la tumba de mi padre, a una treintena de metros. Cuando la congregación de juntó alrededor del féretro, el rector alzó la mirada y sonrió. -El señor Sempere y yo fuimos amigos durante casi cuarenta años. En todo este tiempo, tan solo hablamos de Dios y de los misterios de la vida una vez. No lo sabe casi nadie, pero el amigo Sempere no


había puesto los pies en una iglesia desde el funeral de su esposa Diana, cerca de la cual la acompañamos hoy para que reposen el uno al lado del otro para siempre. Tal vez por eso todos le tenían por un ateo, pero el era un hombre de fe. Creía en sus amigos, en la verdad de las cosas y en algo que no osaba nombrar porque decía que para eso estaban los sacerdotes. El señor Sempere creía que todos formaban parte de alguna cosa y, que al dejar este mundo nuestros recuerdos y nuestros anhelos no se perdían sino que se convertían en los deseos y los anhelos de los que venían a ocupar nuestro lugar. No sabía si habíamos creado Dios a imagen y semejanza nuestra o si el nos había creado a nosotros sin saber muy bien lo que hacía. Creía que Dios, o el que fuese que nos había traído aquí, vivía en cada una de nuestras acciones, en cada una de nuestras palabras, y se manifestaba en todo aquello que nos hacía ser algo más que simples monigotes de barro. El señor Sempere creía que Dios vivía un poco, o mucho, en los libros, y por eso empleó su vida en compartirlos y asegurarse de que en sus páginas, como en nuestros recuerdos y nuestros anhelos, no se perdiesen nunca, porque creía, y a mi también me creyó, que mientras quedase una sola persona en el mundo capaz de leerlos y vivirlos, habría un trozo de Dios o de vida. Se ciertamente que a mi amigo no le hubiese gustado que nos despidiésemos de el con plegarias y cánticos. Se que habría tenido suficiente con saber que sus amigos, tantos como hoy han venido aquí a despedirlo, no le olvidarán nunca. No dudo ni por un instante que el Señor, aunque el viejo Sempere no se lo esperaba, acogerá en su seno a nuestro bien querido amigo y se que vivirá para siempre más en el corazón de todos los que estamos hoy aquí, de todos los que algún día descubrieron la magia de sus libros gracias a el y de todos los que incluso sin conocerle, algún día traspasaban las puertas de su pequeña librería, donde, como a el le gustaba decir, la historia acababa de empezar. Descanse en paz, amigo Sempere, y que Dios nos conceda a todos la ocasión de honrar su recuerdo y agradecer el privilegio de haber le conocido.


Un infinito silencio se apoderó del recinto cuando el rector pudo fin a sus palabras y se retiró unos cuantos pasos, bendiciendo el ataúd y bajando los ojos. A una señal del jefe de los empleados de la funeraria, los enterradores se avanzaron y bajaron el féretro lentamente con unas cuerdas. Recuerdo el ruido del ataúd al tocar el fondo y los sollozos ahogados entre la gente. Recuerdo que me quedé allí incapaz de dar un paso, contemplando como los enterradores cubrían la tumba con la lámina de mármol, donde solo se leía la palabra Sempere y donde yacía su mujer Diana desde hacía veintiséis años. La congregación de fue retirando lentamente hacia las puertas del cementerio, donde se separaron en grupos sin saber bien donde ir, porque nadie se quería marchar de allá y dejar detrás al pobre señor Sempere. Barceló y Isabella, uno a cada lado, se llevaron al hijo del librero. Me quedé allá hasta que todos se alejaron y entonces me atreví a ir hasta la tumba de Sempere. Ma arrodillé y puse la mano sobre el mármol. -Hata pronto –murmuré Le oí acercarse y supe quien era antes de verle. Me levanté y me volví. Pedro Vidal me ofreció la mano y la sonrisa más triste que he visto nunca. -¿No me piensas estrechar la mano – me preguntó. No lo hice. Al cabo de pocos segundos, Vidal asintió para el mismo, y retiró la mano. -¿Qué hace usted aquí – le pregunté. -Sempere también era amigo mío – replicó Vidal. -Ya. ¿Y viene solo? Vidal me miró con cara de no entender nada. -¿Dónde está? – le pregunté. -¿Quién? Dejé brotar una sonrisa amarga. Barceló que nos había visto, se acercaba con aire de consternación. -¿Qué le ha prometido ahora para comprarla? La mirada de Vidal se endureció.


-No sabes lo que dices, David. Me acerqué hasta notar su aliento en mi cara. -¿Dónde está? – insistí. -No lo se – dijo Vidal. -Está claro – dije, apartando los ojos -Me giré, dispuesto a encaminarme hacia la salida, pero Vidal me agarró del brazo, y me retuvo. -David, espérate… Antes de adarme cuenta de lo que hacia, me volví y le pegué con todas mis fuerzas. Mi puño se estrelló contra su cara y le vía caer hacia atrás. Vi que tenía sangre en la mano y sentí pasos que se acercaban corriendo. Unos brazos me sujetaron y me apartaron de Vidal. -Por el amor de Dios, Martín – dijo Barceló. El librero se arrodilló al lado del Vidal, que tenía la boca manchada de sangre y jadeaba. Barceló le sostuvo la cabeza y me lanzó una mirada furiosa. Me fui de allí deprisa. Por el camino me crucé con algunos asistentes, que se habían parado a contemplar la batalla, y no tuve el valor de mirarlos a la cara. 3 Pasé unos cuantos días sin salir de casa. Dormía a deshora y no comía casi nada. Por la noche me sentaba en la galería delante del fuego y escuchaba oír pasos en la puerta. Estaba convencido que Cristina volvería, que cuando supiese la muerte del señor Sempere volvería a mi lado, aunque solo fuese por lástima, de hecho, con eso, yo ya tenía bastante. Cuando hacia una semana de la muerte del librero y ya sabía que Cristina no volvería, subí de nuevo al estudio. Rescaté el manuscrito del amo del baúl y lo releí, saboreando cada frase y cada página La lectura me inspiró entonces náuseas y una oscura satisfacción. Cuando pensaba en los cien mil francos que al principio me habían parecido una fortuna, sonreía para mi mismo y me decía que aquel mal nacido me había comprado muy barato. La


vanidad nublaba la amargura, y el dolor cerraba la puerta a la consciencia. En un acto de soberbia, releí Lux Aeterna de mi predecesor, Diego Marlasca, y después lo eché al fuego del hogar. Donde el había fracasado, yo triunfaría. Donde el se había perdido por el camino, yo encontraría la salida del laberinto. Reemprendí el trabajo al séptimo día. Esperé a que fuese media noche y me senté a escribir en el escritorio. Una página en blanco en el tambor de la vieja Underwood y la ciudad negra detrás de la ventana. Las palabras y las imágenes surgían de mis manos como si se hubiesen esperado con rabia en la cárcel del alma. Las páginas manaban sin conciencia ni medida, sin más voluntad que la de embrujar y envenenar los sentidos y el pensamiento. Había dejado de pensar en el amo, en sus exigencias y en la recompensa. Por primera vez en mi vida escribía para mí y para nadie más. Escribía para quemar el mundo y consumirme. Trabajaba cada noche hasta caer exhausto. Picaba las teclas de la máquina hasta que los dedos me sangraban y la fiebre me nublaba la vista. Una mañana de Enero en que ya había perdido la noción del tiempo oí que llamaban a la puerta. Estaba estirado en la cama, con la vista perdida en la vieja fotografía donde se veía a Cristina de pequeña, que caminaba dando la mano a un extraño en un muelle que se adentraba en un mar de luz, aquella imagen que me parecía la única cosa buena que me quedaba y la llave de todos los misterios. No hice caso de la llamada durante unos cuantos minutos, hasta que oí su voz y supe que no se rendiría. -Abra de una puñetera vez. Se que está y no me iré hasta que me abra la puerta o la tire al suelo. Cuando por fin abrí la puerta, Isabella dio un paso atrás y me contemplo horrorizada. -Soy yo, Isabella. Isabella me apartó y se fue disparada a la galería, a abrir las ventanas de par en par. En seguida entró en la cámara de baño y llenó la bañera. Me cogió del brazo y arrastrándome, me hizo sentarme en


el borde de la bañera. Me examinó los ojos, alzando los párpados con los dedos y maldiciendo en voz baja. Al acabar, me sacó la camisa. -Isabella, no estoy de humor. -¿Qué son estos cortes? ¿Pero que se ha hecho? -Son arañazos. -Le tiene que ver un médico. -No. -A mi no se atreva a decirme que no – replicó en un tono áspero – Ahora usted se meterá en esta bañera, se fregará bien con agua y jabón y después se afeitará. Tiene dos opciones: o lo hace usted o lo hago yo. No se imagine que me da cosa. Sonreí. -Ya se que no. -Haga lo que le digo. Yo mientras tanto voy a buscar a un médico. Yo iba a decir alguna cosa pero levantó la mano y me hizo callar. -Ni una palabra más. Si usted se cree que es el único que tiene males, se equivoca de medio a medio. Y si tan poco le importa dejarse morir como un perro, por lo menos tenga la decencia de recordar que a otras personas si que nos afecta, aunque, la verdad, no se por qué. -Isabella… -Al agua. Y haga el favor de quitarse los pantalones y los calzones. -Y se bañarme. -Pues no lo parece. Mientras Isabella iba a buscar al médico, me rendí a sus órdenes y me sometí al bautismo de agua fría y jabón. No me había afeitado desde el día del entierro y en el espejo me vi con aspecto de lobo. Tenía los ojos enrojecidos y la piel de una palidez enfermiza. Me puse ropa limpia y me senté a esperar en la galería. Isabella volvió al cabo de veinte minutos en compañía de un galeno que me había parecido ver alguna vez por el barrio. -Aquí tiene al paciente. No haga caso de lo que le diga, porque es un mentiroso – anunció Isabella. El medico me dio un vistazo, calculando mi grado de hostilidad.


¡Adelante, maestro! – Exclamé – Como si no estuviese. El médico empezó en sutil ritual que constituye la base de la ciencia médica: tomarme la presión, hacerme diversas auscultaciones, examinar la pupilas y la boca, hacerme preguntas misteriosas, y lanzar miradas de reojo. Cuando me examinó los cortes que la Irene Sabino me había hecho en el pecho con un cuchillo, arqueó una ceja y me miró. -¿Y esto? -Es largo de explicar. -¿Se lo ha hecho usted? Negué con la cabeza. Le dejaré una pomada, pero le quedará la cicatriz. -Creo que este era precisamente el objetivo. El medico continuó el reconocimiento. Yo me sometía a todo, dócil, contemplando a Isabella, que miraba preocupada desde el quicio de la puerta. Entendí porque la había encontrado a faltar y apreciaba tanto su compañía. -¡Que susto! – murmuró con reprobación. El medico examinó las manos y frunció las cejas cuando vio la yema de los dedos casi en carne viva: Me las vendó de uno en uno, murmurando en vos baja. -¿Cuanto hace que no come? Me encogí de espaldas. El medico intercambió una mirada con Isabella. No hay motivo de alarma, pero me gustaría visitarle en mi consulta mañana mismo. -Me sabe mal, pero no podré ir – dije yo. -Irá –aseguró Isabella. Mientras tanto le recomiendo que coma cosas calientes, primero caldos y después sólidos, mucha agua pero nada de café ni excitantes. Y, por encima de todo, reposo. Que le toque un poco el aire y el sol, pero sin hacer esfuerzos Usted tiene un cuadro clásico de agotamiento y deshidratación y un principio de anemia. Isabella suspiró.


-No es nada – dije yo. El médico me miró dudando y se incorporó. -Mañana en mi consulta a las cuatro de la tarde. Aquí no tengo ni el instrumental ni las condiciones para poder examinarlo bien. Cerró el maletín y se despidió de mí con un saludo. Isabella le acompañó a la puerta y les oí murmurar en el rellano durante un par de minutos. Me vestí y esperé como un buen paciente, sentado en una esquina de la cama. Oí la puerta al cerrarse y los pasos del medico bajando las escaleras. Sabía que Isabella estaba en el recibidor, esperándose unos segundos antes de entrar en el dormitorio. Cuando por fin lo hizo, la recibí con una sonrisa. -Ahora comerá un poco. -No tengo gana. -Me da lo mismo. Comerá y después saldremos para que le toque el aire. ¿Entendido? Isabella me preparó un caldo que, haciendo un esfuerzo, lo llené con trocitos de pan y lo engullí con cara amable, aunque tenía gusto de piedras. Me lo acabé todo y le enseñé el plato a Isabella, que mientras yo comía, había estado de guardia a mi lado como un sargento. Después me llevó al dormitorio y buscó un abrigo en el armario. Me puso guantes y bufanda y me empujó hasta la puerta. Cunado salimos al portal hacia un viento frío, pero el cielo lucía con un sol crepuscular que llenaba las calles de ámbar. Me cogió del brazo y nos pusimos a caminar. -¿Cómo si fuésemos novios, ¿verdad? -Muy gracioso. Fuimos hasta el parque de la ciudadela y nos adentramos en los jardines que rodeaban al umbráculo. Llegamos hasta el estanque de la gran fuente y nos sentamos en un banco. -Gracias – murmuré. Isabella no respondió. -No te he preguntado como estás – añadí. -No es ninguna novedad. -¿Cómo estás?


Isabella se encogió de hombros. -Mis padres están encantados con que haya vuelto. Dicen que usted ha sido una influencia muy positiva. Si lo supiesen… La verdad es que nos avenimos bastante. Pero no los veo mucho. Paso casi todo el tiempo en la librería. -¿Y Sempere? ¿Cómo se ha tomado la muerte de su padre? -No demasiado bien. -¿Y tu a el, como te lo tomas? -Es un buen hombre – dijo. Isabella guardó un largo silencio y bajó la cabeza. -Me ha pedido que me case con el – añadió Hace dos días, en los Quatre Gats. Contemplé su perfil, sereno y sin la inocencia juvenil que yo había querido ver en ella y que probablemente su cara no había expresado nunca. -¿Y? – le pregunté al final. -Le he dicho que tenía que pensarlo. -¿Y te casarás? Los ojos de Isabella estaban perdidos en la fuente. -Me dijo que quería formar una familia, tener hijos…, que viviríamos en el piso encima de la librería, que saldríamos adelante a pesar de las deudas del señor Sempere. -Tu aún eres joven… Ella ladeo la cabeza y me miró a los ojos. -¿Le quieres? Isabella sonrió con una tristeza infinita. -¡Yo que se! Me parece que si, aunque no tanto como el piensa que me quiere a mi. -A veces las circunstancias difíciles, uno puede confundir la compasión con el amor – le dije. -Por mi no hace falta que se preocupe. -Solo te pido que no tengas prosa y te lo pienses bien. Nos miramos, amparados en una infinita complicidad que no necesitaba palabras, y la abracé.


-¿Amigos? -Hasta que la muerte nos separe. 4 De vuelta a casa, nos paramos en una tienda de la calle Comercio a comprar leche y pan. Isabella me dijo que le pediría a su padre que me llevase un encargo de requisitos y que valía más que me los comiese todos. -¿Cómo van las cosas en la librería? – le pregunté. -Las ventas han bajado muchísimo. A la gente le da pena venir porque se acuerdan del pobre señor Sempere. El caso es que, tal como están las cuentas, tenemos un mal asunto entre manos. -O sea, que ya no os salen los números… -Bien puede decirlo. Mal. En las semanas que hace que trabajo, he repasado el balance y he comprobado que el señor Sempere, que en el cielo esté, era un desastre. Regalaba los libros a quién nos los podía pagar. O los dejaba y no se los devolvían. Compraba colecciones que sabía que no podría vender porque los amos amenazaban con quemarlos o tirarlos. Con sus limosnas, mantenía a un grupo de poetastros sin ningún mérito que no tenían donde caerse muertos. Ya se puede imaginar el resto. -¿Acreedores a la vista? -A razón de de dos por día, sin contar las cartas y los avisos del banco. La buena noticia es que no nos faltan ofertas. -¿De compra? -Un par de tocineros de Vic están muy interesados en el local. -¿Y que dice Sempere hijo? -Que del cerdo se aprovecha todo. El realismo no es su fuerte. Dice que saldremos de esta, que tenga fe. -¿Y tu no tienes? -Tengo fe en la aritmética, y cuando hago números me sale que de aquí a dos meses en el aparador de la librería se exhibirán, fuets, chorizos, longanizas y butifarras blancas.


-Ya encontraremos alguna solución. Isabella sonrió. -Ya sabía que diría eso. Y hablando de cuentas pendientes, dígame que ya no trabaja para el amo. La enseñé mis manos limpias. -Vuelvo a ser un hombre libre. – le dije. Me acompañó escaleras arriba y cuando iba a despedirse, dudó. -¿Qué te pasa? – le pregunté -No lo quería decir, pero… prefiero que lo sepa por mi que por otros. Es sobre el señor Sempere. Pasó dentro y nos sentamos en la galería delante de la chimenea, que Isabella atizó echándole un par de troncos. Las cenizas de Lux Aeterna del Marlasca aún estaban y mi antigua ayudanta me lanzó una mirada que habría podido enmarcarse. -¿Qué me has de explicar del Sempere? -Lo se por el señor Anacleto, uno de los vecinos de la escalera. Me explicó que la tarde que el señor Sempere murió el discutió con alguien en la tienda. El volvía a casa suya y dice que las voces se oían incluso desde la calle. -¿Con quien discutía? -Era una mujer. Algo mayor. El señor Anacleto nunca la había visto por allá, aunque su cara si le era algo familiar. Pero con el señor Anacleto no se sabe nunca porque le gustan más los adverbios que las golosinas. -¿Oyó que discutían? -Le pareció que hablaban de usted? -¿De mí? Isabella dijo que si con la cabeza. -Su hijo había salido un momento a llevar un encargo a la calle de la Canuda. No estuvo fura más de diez o quince minutos. Cuando volvió encontró a su padre extendido en el suelo, detrás del mostrador. Aunque respiraba, pero estaba frío. Cuando llegó el médico, ya era tarde… Me dio la impresión que el mundo se me caía encima.


-No se porqué le he explicado todo esto… murmuró Isabella. -No. Has hecho bien. ¿Qué más te explicó el señor Anacleto sobre esa mujer? -Que les oyó discutir. Le pareció que era sobre un libro. Un libro que ella quería comprar y el señor Sempere no le quería vender. -¿Y porque salió mi nombre? No lo entiendo. -Porque el libro era suyo. Los pasos del cielo. El único ejemplar que el señor Sempere había conservado en su colección personal y que no estaba a la venta… Me invadió una oscura certeza. -¿Y el libro…? –empecé -Ya no está. Ha desaparecido. Isabella completo la frase – Repasé el registro porque el señor Sempere lo anotaba todos los libros que se vendían, con fecha y precio, y este no figuraba. -¿Lo sabe esto, su hijo? -No. No se lo he explicado a nadie salvo a usted. No acabo de entender lo que pasó aquella tarde en la librería. Ni por que. Pensaba que tal vez usted lo sabría… -Aquella mujer le quería robar el libro por la fuerza, y cuando se pelearon, el señor Sempere sufrió un ataque al corazón. Esto es lo que pasó. Y todo ello, por un maldito libro mío. Se me revolvió el estómago. -Todavía hay otra cosa – dijo Isabella. -¿Qué? -Al cabo de unos cuantos días, me encontré al señor Anacleto en la escalera y me dijo que ya sabía de que recordaba a aquella mujer, que el día que la vio no cayó en la cuenta, pero que la había vito en el teatro muchos años antes. -¿En el teatro? Isabella dijo que si con la cabeza. Me sumergí en un largo silencio. Isabella me observaba, preocupada. -Ahora no estaré tranquila si le dejo aquí solo. No tenía que haberle explicado todo esto.


-No. Has hecho bien. Y yo estoy bien. De verdad. Isabella dijo que no con la cabeza. -Esta noche me quedo con usted. -¿Y tu reputación? -La que peligra es la suya. Me voy un momento a la tienda de mis padres a llamar por teléfono a la librería y avisar. -No es necesario, Isabella. -No habría hecho falta su usted hubiese aceptado que vivimos en el siglo XX y hubiese instalado un teléfono en este mausoleo. Volveré dentro de un cuarto de hora. No vale discutir. Mientras Isabella no estaba, la certeza de que la muerte de mi viejo amigo Sempere pesaba sobre mi consciencia empezó a hurgarme por dentro. Recordé que el viejo librero siempre me había dicho que los libros tenían alma. El alma de quien los había escrito y de los que lo habían leído y soñado con ellos. Entonces entendí que el señor Sempere había luchado hasta el último momento para protegerme, sacrificándose para salvar aquel trozo de papel y tina que el creía que contenía mi alma escrita. Cuando Isabella volvió, cargada con una bolsa de comidas exquisitas de la tienda de sus padres, tuvo suficiente con mirarme para saberlo. -Usted conoce a esa mujer – dijo – La mujer que mató al señor Sempere. -Me parece que si. La Irene Sabino. -¿No es la de las fotografías viejas que encontramos en la habitación del fondo? ¿La actriz? Yo dije que si con la cabeza. -¿Y porque debía querer aquel libro? -No lo se. Mas tarde, para cenar comimos algunos requisitos de Can Gispert. Acabada la cena, nos sentamos en la gran butaca delante del fuego. Cabíamos los dos. Isabella recostó su cabeza sobre mi hombro mientras mirábamos el fuego.


-La otra noche soñé que tenía un hijo – dijo – Soñé que me llamaba, pero no le podía oír ni acercarme, porque yo estaba atrapada en un lugar donde hacía mucho frío y no me podía mover. El me llamaba y yo no podías acudir a su lado. -Solo es un sueño – le dije. -Pues parecía muy real. -Tal vez tendrías que escribir esa historia – me atreví a decirle. Isabella dijo que no con la cabeza. -Lo he pensado mucho. Y he decidido que prefiero vivir la vida, no escribirla. No se lo tome a mal. -Me parece una sabia decisión. -¿Y usted que hará? ¿La vivirá? -Me parece que mi vida ya la he vivido bastante. -¿Y aquella mujer? ¿Cristina? Respiré hondo. -Cristina se ha ido. Ha vuelto con su marido. Otra sabia decisión. Isabella se apartó de mí, y me miró, sorprendida. -¿Qué pasa? – pregunté -Pues que se equivoca. -¿En que? -El otro día vino a casa el señor Gustavo Barceló y hablamos de usted. Me dijo que había visto al marido de Cristina, aquel…. -Pedro Vidal. -Exacto. Y que el le había dicho que Cristina vivía con usted, que no la había vuelto a ver ni sabía nada desde hacía un mes, más o menos. De hecho, me ha extrañado mucho no encontrarla aquí con usted, pero no me atrevía a preguntar… -¿Eso dijo Barceló? ¿Estás segura? Isabella hizo que si con la cabeza. -¿Qué he dicho, ahora? – preguntó, asustada. -Nada. -Usted no me l ha explicado todo… -Cristina no está aquí. No ha puesto los pies desde el día en que murió el señor Sempere.


-¿Entonces, donde está? -No tengo ni idea. Nos quedamos en silencio poco a poco, arrebujados en la butaca delante del fuego. Isabella se durmió bien entrada la madrugada. La rodeé con el brazo y cerré los ojos, pensando todo lo que había dicho e intentando sacar conclusiones. Cuando la claridad del alba encendió la vidriera de la galería, abrí los ojos y descubrí que Isabella ya estaba despierta y que me observaba. -Buenos días – dije -He pensado mucho. -¿En que? – dije yo. -He decidido aceptar la propuesta del hijo del señor Sempere. -¿Estás convencida? -No – dijo, riéndose. -¿Qué dirán tus padres? -Se llevarán un disgusto, supongo, pero ya se les pasará. Para mi preferirían un rico mercader de embutidos a uno de libros, pero se tendrán que aguantar. -Podría ser peor – comenté Isabella asintió. -Si. Podía acabar con un escritor. Nos miramos mucho rato, hasta que Isabella se levantó de la butaca. Recogió el abrigo y, dándome la espalda, se lo abrochó. -Me tengo que ir – dijo. -Gracias por la compañía – la respondí. -No la deje escapar – dijo Isabella – Búsquela, esté donde esté, y dígale que la quiere, aunque sea mentira. A las chicas nos gusta oír eso. Entonces se volvió y se inclinó para tocarme suavemente mis labios con los suyos. Me apretó la mano con fuerza y se fue sin decir adiós. 5


Consumí el resto de la semana recorriendo Barcelona a la búsqueda de alguien que recordase haber visto a Cristina durante el último mes. Visité los lugares que había compartido con ella y reseguí en vano la ruta predilecta de Vidal por los cafés, restaurantes y tiendas de lujo. A todos con quien me topaba le enseñaba una de las fotografías del álbum de Cristina había dejado en mi casa y le preguntaba si la había visto hacia poco. En algún lugar, encontré a alguien que la reconocía y recordaba haberla visto alguna vez en compañía de Vidal. El cuarto día de búsqueda empecé a sospechar que Cristina había salido de la casa de la torre la mañana en que yo había ido a buscar los billetes del tren y se había evaporado de la superficie de la tierra. Recordé entonces que la familia Vidal mantenía una habitación reservada a perpetuidad en el hotel España de la calle de San Pablo, detrás del Liceo, para uso y disfruté de aquellos miembros de la familia a quien, acabada la noche de ópera, no les apetecía, o no les convenía, volver a Pedralbes de madrugada. Me constaba que, al menos en sus años de gloria, el mismo Vidal y su señor padre la habían usado para satisfacer el paladar con señoritas y señoras, porque esta presencia femenina en sus residencias oficiales de Pedralbes, a causa de linaje, alto o bajo, de las interesadas habrían motivado charlatanerías poco recomendables. Más de una vez me la había ofrecido cuando aún vivía en la pensión de la señora Carmen por si, como el decía, me apetecía desnudar a una dama en algún lugar que no diese miedo. No me creía que Cristina hubiese elegido aquella habitación como escondite, si es que conocía su existencia, pero era el último lugar de mi lista y no se me ocurría ninguna otra posibilidad. Se hacia de noche cuando llegué al hotel España y solicité hablar con el gerente haciendo gala de mi amistad con el señor Vidal. Cuando le enseñé la fotografía de Cristina, el gerente, todo un señor que de la discreción hacía hielo, me sonrió educadamente y me dijo que “otros” empleados del señor Vidal ya habían ido preguntando por aquella señora semanas atrás, y que les había dicho lo mismo que a mí: en el hotel no la habían visto nunca.


Le agradecí su amabilidad glacial y, derrotado, me encaminé hacia la salida. Al pasar por delante de la vidriera que daba al comedor, me pareció ver de reojo un perfil familiar. El amo estaba sentado en una de las mesas, el único huésped en todo el comedor, saboreando lo que parecían terrones de azúcar para el café. Cuando me disponía a desaparecer deprisa y corriendo, se volvió y me saludó con la mano, sonriente. Maldije mi mala suerte y le devolví el saludo. El amo me hizo señales para que me reuniese con el. Me arrastré hasta la puerta del comedor y entré. -¡Que sorpresa tan agradable encontrarlo aquí, querido amigo! Precisamente pensaba en usted – dijo Corelli. Le estreché la mano sin ganas. -Le hacía fuera de Barcelona – apunté. -He vuelto antes de tiempo. ¿Le puedo invitar? Hice que no con la cabeza. El me indicó que me sentase a su mesa y obedecí. En su línea habitual, el amo iba vestido con un terno de lana negra y una corbata de seda roja. Impecable, como era habitual en el, aunque aquella vez había algo que no acababa de ligar. Tardé unos cuantos segundos en darme cuenta. En la solapa, no llevaba el broche con el ángel. Corelli siguió mi mirada. -Desgraciadamente lo he perdido, y no se donde – me explicó. -Espero que no fuese muy valioso. -Su valor era puramente sentimental. Pero hablemos de cosas importantes. ¿Cómo está, amigo mío? He encontrado a faltar mucho nuestras conversaciones, a pesar de los desacuerdos esporádicos. Los buenos conversadores cuesta encontrarlos. -Me sobrevalora, señor Corelli. -Al contrario. Se hizo un breve silencio, sin más compañía que aquella mirada sin fondo. Me dije que le prefería cuando se embarcaba en sus conversaciones banales. Cuando dejaba de hablar, su aspecto cambiaba y el aire se espesaba a su alrededor. -¿Qué se aloja aquí? – le pregunté para romper el hielo.


- No, continúo en la casa cercana al Parque Güell. Esta tarde había citado a un amigo aquí, pero todavía no ha llegado. La informalidad de algunas personas es deplorable. -Supongo que no hay muchas personas que osen darle el salto, señor Corelli. El amo me miró a los ojos. -No muchas. De hecho, la única que recuerdo es usted. El amo cogió un terrón de azúcar y lo dejó caer en la taza. Después dos más. Probó el café y le añadió un cuarto terrón. Acto seguido, cogió el quinto y se lo acercó a los labios. -Me encanta el azúcar – me comentó. -Ya lo veo. -No me dice nada de nuestro proyecto, amigo Martín. ¿Han surgido problemas? Tragué saliva. -Ya lo he terminado casi del todo – dije. El rostro del amo se iluminó con una sonrisa que preferí esquivar. -Una gran noticia. ¿Cuándo me lo traerá, entonces? -Dentro de un par de semanas. Aún le tengo que hacer alguna revisión. Mas que nada retoques y acabados. -¿Podremos fijar una fecha? -Si así lo desea… -Le va bien el viernes 23 de este mes? Me aceptará una invitación a cenar y celebrar el éxito de nuestra empresa? Faltaban dos semanas exactas para el viernes 23 de enero. -Entendidos – aprobé. -Confirmado entonces. Levanto la taza de café cargada de azúcar como si brindase y se la tomo de un sorbo. -¿Y usted? – me preguntó con fingida indiferencia - ¿Qué vientos le traen por aquí? -Buscaba a una persona. -¿Alguien que yo conozca? -No.


-¿Y la ha encontrado? -No. El amo asintió lentamente, saboreando mi mutismo. -Me parece, amigo mí, que le estoy reteniendo contra su voluntad. -Estoy un poco cansado. -Pues no quiero robarle más tiempo. A veces me olvido que, si bien a mi me complace su compañía, quizá la mía no sea de su agrado. Sonreí dócilmente y aproveché la circunstancia para levantarme. Me vi reflejado en sus pupilas, un niño pálido atrapado en un oscuro pozo. -Sobre todo, Martín, cuídese. Me despedí saludándole con la cabeza y me encaminé hacia la salida. Mientras me alejaba, oí que se metía otro terrón de azúcar en la boca y lo trituraba con los dientes. Dirigiéndome hacia la Rambla, vi que las marquesinas del Liceo estaban encendidas y que una larga hilera de coches custodiados por un pequeño grupo de chóferes uniformados, se esperaba en la acera. Los carteles anunciaban Cosí fan tutte y me pregunté si Vidal se debía haber animado en dejar su castillo y acudir. Estuve escudriñando el grupo de chóferes que se había formado en medio de la calle y no tardé en ver a Pep. Le hice señas para que se acercase. -¿Qué hace aquí, señor Martín? -¿Dónde está? -El señor está dentro, mirando la representación. -No me refiero al señor Pedro, sino a Cristina, su señora. ¿Dónde está? El pobre Pep tragó saliva. -No lo se. No lo sabe nadie. Me explicó que hacía semanas que Vidal removió cielo y tierra para localizarla y que su padre, el patriarca del clan, incluso había puesto algunos hombres del departamento de policía a sueldo, para que la encontrasen. -Al principio, el señor pensaba que estaba con usted…


-¿No ha llamado, ni enviado una carta, un telegrama…? -No, señor Martín. Se lo juro. Todos estamos muy preocupados, y el señor, en fin… nunca lo había visto así. Hoy es la primera noche que sale desde que se fue la señorita, la señora, quiero decir… -¿Recuerdas si la Cristina dijo algo, lo que fuese, antes de irse de Villa Helius? -Pues… -dijo el Pep, bajando el tono de voz hasta quedarse en un susurro – Discutía con el señor. Yo la veía triste. Pasaba muchas horas en soledad. Escribía cartas y cada día iba a enviarlas a la estafeta de Correos del paseo de la reina Elisenda de Montcada. -¿Hablaste alguna vez con ella, los dos solos? -Solo un día. Poco antes de desaparecer, el señor me pidió que la acompañase al médico en el coche. -¿Estaba enferma? -No podía dormir. El médico le recetó gotas de láudano. -¿Qué dijo por el camino? Pep se encogió de hombros. -Me preguntó por usted, si sabía algo o le había visto. -¿Y nada más? -Se la veía muy triste. Se puso a llorar y, cuando le pregunté que la pasaba, me dijo que encontraba mucho a faltar a su padre, el señor Manuel… Entonces lo supe y me maldije por no haber caído antes. Pep me miró extrañado y me preguntó porque sonreía. -¿Usted sabe donde está, verdad? -Me parece que si – murmuré Oí una voz al otro lado de la calle y vi una sombra familiar que se dibujaba en el vestíbulo del Liceo. Vidal no había aguantado ni el primer acto. Pep se volvió un segundo para atender la llamada de su amo, y cuando quiso decirme que me escondiese, yo ya me había desparecido. 6


Incluso desde un buen trozo lejos, tenían el aspecto inconfundible de las malas noticias. La brasa de un cigarrillo en medio del azul de la noche, siluetas recostadas en la negrura de los muros, y volutas de vapor en el aliento de tres figuras que custodiaban el portal de la casa de la torre. El inspector Víctor Grandes en compañía de sus dos oficiales de presa, Marcos y Castelo, en comité de bienvenida. Era fácil adivinar que ya habían encontrado el cadáver de Alicia Marlasca en el fondo de su piscina de su casa de Sarriá y que mi cotización en la lista negra había subido muchos puntos. Cunado les vi, me paré y desaparecí en las sombras de la calle. Es observé un momento, asegurándome que no habían detectado mi presencia a una cincuentena de metros. Distinguí el perfil de Grandes bajo la luz del farol que colgaba de la fachada. Reculé poco a poco, protegido por la oscuridad que inundaba las calles y me metí en el primer callejón, para perderme dentro del ovillo de pasajes y arcos de la Ribera. Al cabo de diez minutos llegaba a las puertas de la estación de Francia. Las taquillas ya habían cerrado, pero aún se podían ver trenes alineados en los andenes bajo la gran vuelta de cristal y acero. Consulté el tablón de horarios y comprobé que, tal como me temía, no había salidas previstas hasta mañana. No me podía arriesgar a volver a casa y toparme de bruces con el inspector Grandes y sus acólitos. Tenía el presentimiento que esta vez la vista a la comisaría sería a pensión completa y que ni los buenos oficios del abogado Valera conseguirían sacarme de la mazmorra, tan fácilmente como la vez anterior. Decidí pasar la noche en un hotel de mala muerte que había delante del edificio de la Bolsa, en la Plaza de Palacio. Según la leyenda, malvivían algunos cadáveres ambulantes de antiguos especuladores que quienes la avaricia y la aritmética de estar por casa les había estallado en la cara. Elegí aquel agujero de mala muerte porque supuse que allí no me buscaría ni la Parca. Me registré con el nombre de Antonio Miranda y pagué por adelantado. El conserje, un individuo con aspecto de molusco que parecía incrustado en la garita que hacía de recepción, toallero y tienda de recuerdos, me dio la


llave, una pastilla de jabón el Cid Campeador que olía a lejía y que me pareció empezada, y me informó que, si me apetecía tener compañía femenina, me podía enviar una fámula conocida por el mal nombre de la Tuerta, cuando volviese de la visita a domicilio. -Le dejará nuevo de trinca. Me aseguró. Decliné la oferta, alegando un principio de lumbago, y enfilé la escalera deseándole buenas noches. La habitación tenía el aspecto y las medidas de un sarcófago. Un vistazo me convenció que mas me valía estirarme con la ropa puesta sobre el jergón en lugar de meterme dentro de las sábanas y confraternizar con lo que me habría podido encontrar. Me tapé con una manta deshilachada que había en el armario – y que puestos a oler, por lo menos olía a naftalina – y apagué la luz. Mie imaginaba que había ido a parar a una suite de las que se puede permitir alguien con cien mil francos en el banco. Co trabajo, pude cerrar los ojos. Dejé el hotel a media mañana y me fui para la estación. Compré un billete de primera clase con la esperanza de dormir en el tren todas las horas que no había podido hacerlo en aquella cueva de mala muerte y, viendo que aún disponía de veinte minutos antes de salida, me fui hacia la hilera de cabinas con los teléfonos públicos. Di a la operadora en número del Ricardo Salvador me había ofrecido, el de sus vecinos de abajo. -Me gustaría hablar con Emilio, por favor. -Yo mismo. -Me llamo David Martín. Soy amigo del señor Ricardo Salvador. Me dijo que en caso de urgencia le podía llamar a este número. -A ver… ¿se puede esperar un momento a que le avisemos? Miré el reloj de la estación. -Si. Me espero. Muchas gracias. Pasaron más de tres minutos hasta que oí pasos que se acercaban, y la voz de Ricardo Salvador me llenó de tranquilidad. -Martín, ¿se encuentra bien? -Si.


-Gracias a Dios. Supe por los periódicos la muerte de Roures y estaba preocupado por usted. ¿Dónde está? -Señor Salvador, ahora no tengo mucho tiempo. He de salir de Barcelona. -¿Seguro que se encuentra bien? -Si. Escúcheme: Alicia Marlasca está muerta. -¿La viuda? ¿Muerta? Un largo silencio. Me pareció que Salvador sollozaba y me maldije por haberle dado la noticia con tan poca delicadeza. -¿Aún está al teléfono? -Si… -Le llamo para avisarle que vaya con mucho cuidado. La Irene Sabino está viva y me ha seguido. Hay alguien con ella. Me parece que es el Jaco. -¿El Jaco Corbera? -No estoy seguro. Saben que sigo su pista y se han propuesto silenciar a todos los que han hablado conmigo. Me parece que usted tenía razón. -¿Pero por que ahora vuelve a aparecer el Jaco? – me preguntó el Salvador – Esto no tiene ni pies ni cabeza. -No lo se. Ahora he de irme. Solo quería avisarle. -Por mi, no se preocupe. Si este mal nacido me quiere hacer una visita estoy preparado. Hace veinticinco años que le espero. El jefe estación anunció la salida del tren con el silbato. -No se fíe de nadie. ¿Me ha oído? Le llamará cuando vuelva a Barcelona. -Gracias por llamar, Martín. Vaya con mucho cuidado. 7 Cuando el tren empezaba a deslizarse por el andén, refugié en mi compartimento y me dejé caer en el asiento. Me abandoné al acogedor aire la calefacción y al suave traqueteo. Dejamos atrás la ciudad, atravesando el bosque de fábricas y de chimeneas que la


rodeaba y escapando de aquella mortaja de luz amarillenta que la cubría. El añojal de hangares y trenes abandonados en vías muertas se fue diluyendo lentamente en un llano infinito de campos y colinas coronadas por caserones y atalayas, bosques y ríos. Carros y pueblecitos aparecían de tanto en tanto en medio de bancos de niebla. Estaciones pequeñas pasaban de largo mientras campanarios y masías dibujaban espejismos en la lejanía. En algún momento del trayecto me quedé dormido y, cuando me desperté, el paisaje había cambiado del todo Atravesábamos valles hundidos y riscos de piedra que se alzaban entre lagos y riachuelos. El tren rodeaba grandes bosques que escalaban las vertientes de las montañas que parecían infinitas. Al cabo de poco, el enredo de cordilleras y túneles tallados en piedra se resolvió en un gran valle abierto de planicies infinitas donde grupos de caballos salvajes corrían por la nieve y en la lejanía se vislumbraban pueblecitos de casas de piedra. Los picos de los Pirineos se levantaban al otro lado, las vertientes nevadas encendidas por el crepúsculo. Delante, un montón de casas y edificios se amontonaban sobre una clina. El revisor sacó la cabeza por el compartimiento y me sonrió. -Próxima parada, Puigcerdá – anunció. El tren se paró exhalando una tempestad de vapor que inundó el andén. Bajé y me quedé envuelto por aquella niebla que olía a electricidad. En seguida sonó la campaña del jefe de estación y el tren reemprendió la marcha. Mientras los vagones se deslizaban por las vías, el contorno de la estación fue surgiendo lentamente como un espejismo a mi alrededor. Estaba solo en el andén. Una fina corina de nieve en polvo caía con infinita lentitud. Un sol rojizo transpuntaba al oeste bajo la capa de nubes t teñía la nieve como pequeñas brasas encendidas. Me acerqué a la oficina del jefe de estación. Llamé al cristal y el levantó la mirada. Abrió la puerta y me dedicó una mirada de desinterés. -¿Qué me podría indicar como llegar a la Villa San Antonio? El jefe de estación arqueó una ceja. -¿El sanatorio?


-Si. El jefe de estación adopto una pose pensativa de quien está pensando como dar indicaciones y direcciones a los forasteros. Después de repasar su catálogo de gestos y muecas, me ofreció el siguiente croquis: -Ha de atravesar el pueblo, pasar por la plaza de la iglesia y llegar hasta el lago. En el otro lado, encontrará una larga avenida rodeada de caserones que va a parar al paseo de la Rigolisa. Allá, en la esquina hay una casa enorme de tres pisos rodeada de un gran jardín. Es el sanatorio. -¿Donde me recomiendo alojarme? -De camino pasará delante del hotel del Lago. Dígales que les envía el Sebas. -Gracias. -Buena suerte… Atravesé las solitarias calles del pueblo bajo la nieve, buscando el perfil de la torre de la iglesia. Por el camino me encontré con algunos lugareños que me saludaban con la cabeza y me miraban de reojo. Al llegar a la plaza, dos chiquillos que descargaban un carro de carbón me indicaron el camino que conducía al lago. Al cabo de dos minutos, enfile una calle que rodeaba una inmensa laguna helada y blanca. Grandes casonas de terrazas afiladas y perfil señorial rodeaban el lago, y un paseo adornado de bancos y de árboles formaba una cinta entorno de la gran lámina de hielo, donde habían quedado atrapados pequeños botes de remos. Me acerqué a la orilla y me detuve a contemplar en estanque congelado que se extendía a mis pies. La capa de hielo debía tener un palmo de grosor y en algunos lugares resplandecía como cristal opaco. Insinuando la corriente de aguas negras que fluían bajo aquella especie de cáscara. El hotel del Lago era un caserón de dos pisos pintado de rojo oscuro que quedaba al pie del estanque. Me paré un momento a reservar habitación para dos noches, que pagué por adelantado. El conserje me


informó que el hotel estaba prácticamente vacío y me dejó elegir la habitación. -La 101 tiene una vista espectacular cuando sale el sol sobre el lago. Pero si prefiere vistas al norte, tengo… -Elija usted – le corté, indiferente a la belleza señorial de aquel paisaje crepuscular. -Pues la 101. En la temporada de verano es la preferida de los recién casados. Me dio las llaves de la supuesta suite nupcial y me informo de los horarios del comedor para la cena. Le dije que volvería más tarde y le pregunté si la Villa San Antonio caía lejos de allá. El conserje adoptó la misma expresión que había visto en el jefe de estación y, dedicándome una amable sonrisa, hizo que no con la cabeza. -Está cerca, a diez minutos a pie. Si coge el paseo que queda al final de esta calle, la verá al fondo. No tiene pérdida. Al cabo de diez minutos, me encontraba a las puertas de un gran jardín alfombrado de hojas secas atrapadas en la nieve. Más allá, la Villa San Antonio se alzaba como un centinela sombrío envuelto por un halo de luz dorada que exhalaba desde sus ventanales. Atravesé el jardín. El corazón me latía con fuerza y, a pesar del frío afilado, me sudaban las manos. Subí las escaleras que conducían a la entrada principal. El vestíbulo era una sala con los azulejos del suelo como un tablero de ajedrez que llevaba hasta una escalinata, donde vi a una chica vestida de enfermera que sostenía la mano de un hombre tembloroso que parecía eternamente suspendido entre dos escalones, como si toda su existencia hubiese quedado atrapada en ese instante. -¿Buenas tardes? – dijo una voz a mi derecha. Tenía los ojos negros y ariscos, las facciones talladas sin ninguna simpatía y el aire grave de quien ha aprendido a no esperar sino malas noticias. Debía acercarse a los cincuenta años, y si bien llevaba en mismo uniforme que la enfermera joven que acompañaba al viejecito, toda ella transmitía autoridad y jerarquía.


-Buenas tardes. Busco a una persona que se llama Cristina Sagnier. Tengo motivos para creer que se aloja aquí… Me observaba sin parpadear. -Aquí no se aloja a nadie, señor. Esto no es ni un hotel ni una residencia. -Discúlpeme. Acabo de hacer un largo viaje buscando a esta persona. -No tiene que disculparse – me dijo la enfermera - ¿Puedo preguntarle si es usted familiar o amigo? -Me llamo David Martín. ¿Está aquí la señorita Sagnier? ¿Me lo podría decir, por favor? La expresión de la enfermera se ablandó: esbozó una sonrisa amable y dijo que si con la cabeza. Respiré hondo. -Soy Teresa, la enfermera jefe del turno de noche. Si me quiere seguir, señor Martín, le acompañaré al despacho del doctor Sanjuán. -¿Como está la señorita Sagnier? ¿La puedo ver? Otra sonrisa leve e impenetrable. -Por aquí, por favor. La habitación describía un rectángulo sin ventanas encajado entre cuatro muros pintados de azul e iluminado por dos lámparas que colgaban del techo y emitían una claridad metálica. Los tres únicos objetos que ocupaban la sala eran una mesa sin ningún adorno y dos sillas. Se olía a desinfectante y hacía frío. La enfermera la había descrito como un despacho, pero al cabo de diez minutos de esperar solo anclado en una silla, no veía más que una celda. A pesar de que la puerta estaba cerrada, se oían voces, a veces gritos aislados, entre los muros. Cuando empezaba a perder la noción del tiempo que había pasado, se abrió la puerta y entró un hombre entre treinta y cuarenta años, con una bata blanca y una sonrisa tan glacial como el aire que impregnaba la habitación. El doctor Sanjuán, supuse. Dio la vuelta a la mesa y se sentó en la silla que estaba al otro lado. Puso las manos sobre la mesa y me observó con curiosidad durante unos cuantos segundos, antes de empezar a hablar.


Ya se que acaba de hacer un viaje largo y debe de estar cansado, pero me gustaría saber porque no está aquí en señor Pedro Vidal – dijo, finalmente. -No ha podido venir. El doctor me observaba sin parpadear, esperando. Tenía la mirada fría y la postura particular del que no oye, sino que escucha. -¿Qué la puedo ver? -Usted no puede ver a nadie si antes no me dice la verdad y se lo que busca aquí. Suspiré y asentí. No había hecho ciento cincuenta kilómetros para explicar mentiras. -Me llamo Martín. Daniel Martín. Y soy amigo de Cristina Sagnier. -Aquí la llamamos señora Vidal. -Me da lo mismo como la llamen. La quiero ver. Ahora mismo. El doctor suspiró. -¿Usted es el escritor? Me incorporé, impaciente. -¿Qué clase de lugar es este? ¿Por qué no la puedo ver? -Haga el favor de sentarse. El doctor me señaló la silla y se esperó hasta que hube estado sentado. -¿Le puedo preguntar – añadió – cuando fue la última vez que la vio o que habló con ella? -Debe de hacer más de un mes – respondí - ¿Por qué me lo pregunta? -¿Sabe si alguien la ha visto o ha hablado con ella después de usted? -No. No lo se. ¿Qué pasa aquí? El doctor se puso su mano derecha en los labios, pensando sus palabras. -Señor Martín, me sabe mal, pero tengo malas noticias. Se me hizo un nudo en la boca del estómago. -¿Qué le ha pasado? El doctor me miró sin responder y por primera vez me pareció entrever una chispa de duda en su mirada.


-No lo se – dijo. Recorrimos un pasillo corto flanqueado de puertas metálicas. El doctor Sanjuán me precedía, con un manojo de llaves en la mano. Me pareció oír voces que susurraban detrás de las puertas a nuestro paso, ahogadas entre risas y llantos. La habitación estaba al final del pasillo. El doctor abrió la puerta y se paró en el umbral, mirándome con ojos inexpresivos. -Quince minutos – dijo. Entré y oí al doctor cerrar detrás de mí. Tenía delante una habitación de techos altos y paredes blancas que se reflejaban en el suelo de azulejos brillantes. A un lado, había una cama de estructura metálica, envuelto por una cortina de gasa, y vacío. Un ventanal amplio contemplaba el jardín nevado, los árboles, y, más allá, la silueta del lago. No me fijé en ella hasta que me acerqué unos cuantos pasos. Estaba sentada en una butaca delante de la ventana. Llevaba una camisa de dormir y se había recogido los cabellos en una trenza. Di la vuelta a la butaca y la miré. Tenía los ojos inmóviles. Cuando me arrodillé a su lado ni tan solo parpadeó. Cuando puse mi mano sobre la suya, no movió un solo músculo de su cuerpo. Entonces vi las vendas que le cubrían los brazos, desde la muñeca a los codos, y las ataduras que la sujetaban a la butaca. Le acaricié la cara, secándola una lágrima que le resbalaba por la mejilla. -Cristina – murmuré. Tenía los ojos fijos en el vacío, indiferentes a mi presencia. Acerqué una silla y me senté delante de ella. -Soy David – murmuré. Durante un cuarto de hora estuvimos así, en silencio, cogidos de la mano, su mirada perdida y mis palabras son respuesta. Entonces, oí que la puerta se abría y noté que alguien me estiraba del brazo con delicadeza. Era el doctor Sanjuán. Me dejé conducir hasta el pasillo sin ofrecer resistencia. El doctor cerró la puerta y me acompañó de vuelta al despacho helado. Me hundí en la silla y le miré, incapaz de decir una palabra.


-¿Quiere que le deje solo un rato? – me preguntó. Dije que si con la cabeza. El doctor salió y dejó la puerta ajustada. Me miré la mano derecha, que temblaba, y la cerré en un puño. Con trabajos notaba el frío de aquella habitación y no oía los gritos y las voces que se filtraban por las paredes. Solo sabía que me faltaba el aire y que tenía que salir de aquel lugar. 8 El doctor Sanjuán me encontró en el comedor del hotel del Lago, sentado delante de la chimenea, y acompañado de un plato que no había probado. Allá no había nadie más, solo una camarera que pasaba por las mesas desiertas y fregaba con un trapo los cubiertos hasta dejarlos relucientes sobre las servilletas. Detrás de los cristales se había hecho de noche y la nieve caía lentamente, como polvo de cristal azul. El doctor se acercó a mi mesa y me sonrió. -Ya sabía que le encontraría en el hotel – dijo – Todos los forasteros acaban aquí. Cuando llegué a este pueblo, yo también pasé mi primera noche, ahora hace diez años. ¿Qué habitación le han dado? -Se supone que la preferida de los recién casados, con vistas al lago. -No se lo crea. Lo dicen de todas. Una vez fuera del recinto del sanatorio y sin la bata blanca, el doctor Sanjuán tenía un aspecto más relajado y afable. -Sin el uniforme casi no le he reconocido – le dije. -La medicina es como el ejército. Sin el hábito no hay monje – me replicó -¿Cómo se encuentra, usted? -Estoy bien. He tenido días peores. -Ya. Le he encontrado a faltar antes, cuando he vuelto al despacho a buscarle. -Necesitaba un poco de aire. -Claro. Pero no me esperaba que usted fuese tan impresionable. -¿Por qué? -Porque le necesito. Mejor dicho, Cristina le necesita. Tragué saliva.


-¿Usted debe pensar que soy un cobarde, verdad? – le dije yo El doctor dijo que no con la cabeza. -¿Cuanto tiempo hace que está así, Cristina? -Unas cuantas semanas. Prácticamente desde que llegó aquí. Con el tiempo ha empeorado. -¿Ella es consciente de donde está? El doctor alzó los hombros. -Eso no lo podemos saber. -¿Qué le ha pasado? El doctor Sanjuán suspiró. -La encontramos hace cuatro semanas no muy lejos de aquí, en el cementerio del pueblo, estirada sobre la lápida de su padre. Tenía hipotermia y deliraba. La trajimos al sanatorio porque uno de los guardias civiles la reconoció del año pasado, cuando estuvo unos cuantos meses aquí para hacer compañía a su padre. Mucha gente del pueblo la conocía. La ingresamos y la tuvimos en observación durante un par de días. Estaba deshidratada y hacía días que no dormía. Recuperaba la conciencia a ratos. Cuando lo hacía, hablaba de usted. Decía que usted corría un gran peligro. Me hizo jurar que no avisaría a nadie, ni a su marido ni a nadie, hasta que ella no pudiese hacerlo por su cuenta. -¿Pero por que no telefoneó a Vidal explicándole lo que la había pasado? -Lo habría hecho, pero… A usted le parecerá absurdo. -¿El que? -Como ella huía, consideré que mi deber era ayudarla. -¿De quien huía? -No estoy seguro – dijo con una expresión ambigua. -¿Por qué no me lo explica todo, doctor? -Yo solo soy médico. Hay cosas que no entiendo. -¿Qué cosas? El doctor Sanjuán sonrió nerviosamente. -Cristina cree que alguna cosa, o alguien, le ha entrado dentro y la quiere destruir.


-¿Quién? -lo único que se es que ella cree que está relacionado con usted y que es alguien o alguna cosa que le da miedo. Por eso creo que no la puede ayudar nadie más. Por eso no informe al señor Vidal, como era mi obligación. Porque sabía que, tarde o temprano, usted aparecería por aquí. Me miró con una extraña mezcla de lástima y despecho. -Yo también le aprecio, señor Martín. Los meses que Cristina pasó aquí visitando a su padre…nos hicimos muy amigos. Supongo que ella no le ha hablado de mí. Al fin y al cabo, no tenía porque hacerlo. Fue una temporada muy difícil para ella. Me confió muchas cosas, y yo también a ella, cosas que no he contado nunca a nadie. De hecho, incluso la propuse casarnos, para que vea que aquí, los médicos también estamos un poco locos. Evidentemente me dio calabazas. No se porque le explico todo esto. -¿Pero volverá a estar bien, ¿verdad, doctor? Se recuperará… -Espero que si – respondió. -Me la quiero llevar. El doctor enarcó las cejas. -¿Llevársela? ¿A dónde? -A casa. -Señor Martín, le hablaré con toda franqueza. Al margen del hecho que usted no es familiar directo ni el marido de la paciente, como exigen los requisitos legales, Cristina no está en condiciones de ir con nadie a ningún sitio. -¿Está mejor aquí, encerrada en un caserón con usted, atada a una silla y drogada? No me diga que le ha vuelto a proponer casarse, El doctor me observó mucho rato, tragándose la ofensa que sin duda le habían causado mis palabras. -Señor Martín, me alegro de tenerlo aquí, conmigo. Creo que si trabajamos juntos, podremos ayuda a Cristina, porque su presencia le permitirá salir del lugar donde se ha refugiado. Lo creo porque la única palabra que ha pronunciado en las dos últimas semanas ha sido


su nombre. Fuese lo que fuese l que ha pasado, estaba relacionado con usted. El doctor me miraba como si de mi esperase la solución que respondiese a todas sus preguntas. -Me pensaba que me había abandonado – empecé –Teníamos que dejarlo todo e irnos de viaje. Yo había salido un momento a buscar los billetes de tren y a hacer un encargo. No estuve fuera mas de noventa minutos. Cuando volví a casa, Cristina ya no estaba. -¿Qué pasó antes de que ella despareciese? ¿Discutieron? Me mordí los labios. -Yo no lo llamaría una discusión. -¿Cómo lo diría? -La sorprendí curioseando unos papeles relacionados con mi trabajo y la ofendió lo que debía interpretar como una desconfianza por mi parte. -¿Era una cosa importante? -No. Un simple manuscrito, un borrador. -¿Puede decirme de que género literario era? Dudé. -Una fábula. -¿Para niños? -Digamos que para una audiencia familiar. -Lo entiendo. -No. No creo que lo entienda. No hubo ninguna discusión. Cristina estaba un poco enfadada porque no la dejé charle un vistazo a mi manuscrito. Pero nada más. Cuando salí, ella estaba bien y preparaba el equipaje. Este manuscrito no tiene la menor importancia. El doctor dijo que sí con la cabeza, más por educación que por convicción. -¿Podría ser que mientras usted estuvo fuera alguien la visitase en su casa. -Yo era la única persona que sabía que ella estaba allí. -¿Se le ocurre algún motivo que la hiciese salir de casa antes de que usted volviese?


-No. ¿Por qué? -Solo son preguntas, señor Martín. Intento deshacer el intríngulis de lo que pasó entre el momento en que usted la vio por última vez y su aparición aquí. -¿Dijo ella qué o quien se le había metido dentro? -Es una manera de hablar, señor Martín. No se le ha metido nada dentro. No es infrecuente que pacientes que han sufrido una experiencia traumática noten la presencia de familiares muertos o de personas imaginarias, incluso que se refugien dentro de la mente y cierren las puertas al exterior. Es una respuesta emocional, una forma de defenderse de sentimientos o emociones que se consideran inaceptables. Esto ahora es secundario. Lo que cuenta, y lo que nos ayudará, es que si hay alguien importante para ella ahora, ese alguien es usted. Por una serie de cosas que me explicó en su día Y que se quedaron entre nosotros, y por lo que he observado estas últimas semanas, me consta que Cristina le quiere, señor Martín. Le quiere como nunca ha querido a nadie, y, evidentemente como no me querría a mí. Por eso le pido que me ayude, que no se deje cegar por el miedo o por el resentimiento y que me ayude, porque los dos queremos lo mismo. Los dos queremos que Cristina pueda salir de este lugar. Asentí, avergonzado. -Perdone si antes… El doctor me hizo callar levantando la mano. Se incorporó y se puso el abrigo. Me ofreció su mano y la estreché. -Le espero mañana –dijo -Gracias, doctor. -Gracias a usted, por venir a hacerle compañía. A la mañana siguiente, salí del hotel cuando el sol empezaba a levantarse sobre el lago helado. Un grupo de niños jugaban cerca del estanque tirando piedras con la intención de tocar el casco de un pequeño bote prisionero del hielo. Había parado de nevar y en la lejanía se veían las montañas blancas y grandes nubes pasajeras que se deslizaban por el cielo como monumentales ciudades de vapor.


Llegué al sanatorio de la Villa San Antonio poco antes de las nueve de la mañana. El doctor Sanjuán me esperaba en el jardín con la Cristina. Estaban sentados cara al sol y el doctor cogía la mano de Cristina con la suya mientras la hablaba. Ella casi ni le miraba. Cuando me vio atravesar el jardín, el doctor me hizo señales para que me acercase. Me había reservado una silla delante de Cristina. Me senté y la miré, sus ojos fijos en los míos, sin verme. -Cristina mira quien ha venido. – anunció el doctor. -Cogí la mano de Cristina y me acerqué. -Hable con ella. – dijo el doctor. Asentí, perdido en aquella mirada ausente sin encontrar palabras. El doctor se incorporó y nos dejó solos. Le vi desaparecer en el interior del sanatorio, no sin antes indicar a una de las enfermeras que no nos quitase el ojo de encima. No hice caso de la presencia de la enfermera y acerqué la silla a Cristina. Le aparté los cabellos de la frente y ella sonrió. -¿Te acuerdas de mi? - le pregunté Veía mi reflejo en sus ojos, pero no sabía si ella me veía o si oía mi voz. El doctor me dice que te recuperarás pronto y nos podremos ir. Donde tú quieras. He decidido dejar la casa de la torre y huir bien lejos, como tu querías. Donde nadie nos conozca ni quienes somos y de donde venimos. Le habían tapado las manos con unos guantes de lana, que disimulaban las vendas de los brazos. Había perdido peso y tenía arrugas profundas en la piel, los labios pelados y los ojos apagados sin vida. Me limité a sonreír y a acariciarla la cara y la frente, hablándola sin parar, explicándole que la había encontrado mucho a faltar y que la había buscado por todas partes. Pasamos así un par de horas, hasta que el doctor volvió con una enfermera y se la llevó dentro. Me quedé sentado en el jardín, sin saber donde ir, hasta que vi de nuevo al doctor Sanjuán en la puerta. Se acercó y se sentó a mi lado.


-No ha dicho nada – comenté – Ni se ha dado cuenta de mi presencia… -Se equivoca, amigo mío –replicó – Es un proceso lento pero le aseguro que su presencia le ayuda, y mucho. Asentí a las limosnas y mentiras piadosas del doctor. -Mañana volveremos a probarlo – dijo. Eran justo las doce del mediodía. -¿Y que haré hasta mañana? – le pregunté - Usted es escritor, ¿no? Pues escriba. Escriba alguna cosa para ella. 9 Volví al hotel rodeando el lago. El conserje me indicó como encontrarla única librería del pueblo. Compre cuartillas y una estilográfica que era de tiempos inmemoriales. Equipado con este material, me encerré en la habitación. Coloqué la mesa delante de la ventana y pedí un termo con café. Me pasé casi una hora mirando el lago y las montañas en la lejanía antes de escribir una sola palabra. Recordé la vieja fotografía que Cristina me había regalado, donde se veía una niña caminando por un muelle de madera construido sobre el mar. Era una imagen misteriosa que su memoria no había conseguido descifrar nunca. Imagine que me adentraba en este muelle, que mis pasos me llevaban detrás de la niña; las palabras empezaron a brotar poco a poco y el esqueleto de una pequeña historia se insinuó en el trazo. Supe que escribiría la historia que Cristina no recordó nunca, la historia que de pequeña la había llevado a caminar sobre aquellas aguas relucientes de la mano de un extraño. Escribiría la historia de aquel recuerdo que no cristalizó nunca, la memoria de una vida robada. Las imágenes y la luz que aparecían entre las frases me llevaron de nuevo a la vieja Barcelona de tinieblas que nos había hecho a los dos. Escribí hasta que se puso el sol y en el termo no quedó una sola gota de café, hasta que el lago helado se encendió con la luna azul y me hicieron daño los ojos y las manos. Dejé caer la pluma y aparté las cuartillas de la mesa. Cuando el conserje llamó a la


puerta para saber si bajaría a cenar. No lo oí. Me había hundido en un sueño profundo y, por una vez, soñé y creí que las palabras, incluso las mías, tenían el poder de curar. Pasaron cuatro días al ritmo de la misma rutina. Me despertaba al amanecer y salía al balcón de la habitación para ver el sol tiñendo de rojo el lago a mis pies. Llegaba al sanatorio alrededor de las ocho y media y acostumbraba a encontrar al doctor Sanjuán sentado en los escalones de la entrada, contemplando el jardín con una taza de café humeante en las manos. -¿No duerme nunca. Doctor? -No más que usted – me replicaba. Hacia las nueve el doctor me acompañaba hasta la habitación de Cristina y me abría la puerta. Nos dejaba solos. A ella, siempre la encontraba sentada en la misma butaca delante de la ventana. Acercaba una silla y la cogía de la mano. Ella, con trabajo, reconocía mi presencia. Me ponía a leer las páginas que había escrito para ella la noche anterior. Cada día empezaba a leer desde el principio. A veces interrumpía la lectura y al levantar la mirada quedaba sorprendido al descubrir un esbozo de sonrisa en sus labios. Pasaba el día con ella hasta que el doctor volvía al oscurecer y me pedía que me fuese. Después me arrastraba por las calles desiertas bajo la nieve y volvía al hotel, cenaba y subía a la habitación para continuar escribiendo hasta que el cansancio me dejaba baldado. Los días no tenían nombre. El quinto día entré en la habitación de Cristina como cada mañana y encontré vacía la butaca donde siempre me esperaba. Asustado, la busqué y la encontré encogida en el suelo, en un rincón, abrazándose las rodillas y con la cara inundada de lágrimas. Al verme sonrió y comprendí que me había reconocido. Me arrodillé a su lado y la abracé. No había sido nunca tan feliz como en aquellos segundos en que sentí su aliento en mi cara y vi que una chispa de luz había vuelto a sus ojos. -¿Dónde estabas? – me preguntó.


Aquella tarde, el doctor Sanjuán me dio permiso para sacarla a pasear durante una hora. Anduvimos hasta el lago y nos sentamos en un banco. Me explicó un sueño que había tenido, la historia de una niña que vivía en una ciudad laberíntica y oscura, con calles y edificios vivos que se alimentaban de las lamas de sus habitantes. En el sueño, como en el relato que le había leído aquellos días, la niña conseguía escabullirse y llegaba a un muelle edificado sobre un mar infinito. Caminaba dando la mano a un extraño sin nombre ni cara que la había salvado y que la acompañaba ahora hasta el final de la plataforma de madera construía sobre el agua, donde alguien la esperaba, alguien que no llegaba a verlo nunca, porque su sueño, como la historia que la había leído, estaba inacabado. Cristina recordaba vagamente la Villa San Antonio y al doctor Sanjuán. Se puso colorada al explicarme que creía que el la había propuesto casarse la semana anterior. Su memoria confundía el tiempo y el espacio. A veces, creía que su padre estaba ingresado en una habitación y que ella había venido a visitarle. Un instante después, ya no recordaba como había llegad hasta allá y a la vez, ni se lo preguntaba. Recordaba que yo había salido a comprar unos billetes de tren y, de tanto en cuando, se refería a la mañana en que había desaparecido como si esto hubiese pasado el día antes. A veces, me confundía con Vidal y me pedía perdón. En otros momentos, el miedo le enturbiaba la cara y se ponía a llorar. -Se acerca – decía – Tengo que irme. Antes de que te vea. Entonces se sumergía en un largo silencio, indiferente a mi presencia o al mundo, como si alguna cosa la hubiese arrastrado a algún lugar lejano e inalcanzable. Al cabo de unos cuantos días, la certeza de que Cristina había perdido la razón empezó a plasmarse. La esperanza del primer momento se tiñó de amargura y, a veces, al volver a la celda del hotel, se abría dentro de mí el viejo abismo de la oscuridad y odio que creía haber olvidado. El doctor Sanjuán, que me observaba con la misma paciencia y obstinación que reservaba a los pacientes, me había avisado que eso pasaría.


-No tiene que perder la esperanza, amigo mío – me decía –hacemos grandes progresos. Tenga confianza. Yo asentía dócilmente y volvía día tras día al sanatorio para levar a Cristina a pasear hasta el lago, para escuchar sus recuerdos soñados que me había relatado muchas veces pero que ella volvía a descubrir de nuevo cada día. Cada día me preguntaba donde había estado, porque no había ido a buscarla, porque la había dejado sola. Cada día me miraba desde su jaula invisible y me pedía que la abrazase. Cada día, al despedirme de ella, me preguntaba si la quería y yo siempre le respondía lo mismo: -Te querré siempre. Siempre. Una noche me despertaron unos golpes en la puerta de mi habitación. Eran las tres de la madrugada. Me arrastré hasta la puerta, asustado, y en el umbral encontré a una de las enfermeras del sanatorio. -Me envía el doctor Sanjuán. Le pide que vaya. -¿Qué ha pasado? Al cabo de diez minutos, entraba por las puertas de la Villa San Antonio. Los gritos se podían oír desde el jardín. Cristina había trabado la puerta de su habitación por dentro. El doctor Sanjuán, con aspecto de no haber dormido en una semana, y dos enfermeros hacían todos los posibles por forzar la puerta. En el interior, Cristina gritaba, daba golpes en la pared, tiraba los muebles al suelo y destrozaba todo lo que encontraba. -¿Quién hay dentro con ella? –pregunté, helado. -Nadie – replicó el doctor -Pero si habla con alguien… protesté. -Está sola. Un celador llegó deprisa y corriendo trajinando una gran palanca de metal. -Es la única cosa que he encontrado. – dijo. El doctor asintió. El celador metió la palanca dentro de la rendija de la cerradura y empezó a hacer fuerza.


-¿Cómo ha podido cerrarse por dentro? – pregunté. -No lo se… El miedo se traslució por primera vez en la cara del doctor que evitaba mi mirada. Cuando el celador estaba a punto de forzar la cerradura con la palanca, súbitamente se hizo el silencio en el otro lado de la puerta. -¿Cristina? – dijo el doctor. No hubo respuesta. Al final la puerta cedió y se abrió de golpe hacia adentro. Seguí al doctor al interior, que estaba medio a oscuras. Un viento glacial entraba por la ventana abierta e inundaba la habitación. Las sillas, las mesas y las butacas estaban tiradas por el suelo. Vi las paredes manchadas de lo que parecía un trazo irregular de pintura negra. Era sangre. No había ni rastro de Cristina. Los enfermeros corrieron hacia el balcón y escudriñaron el jardín en busca de pisadas en la nieve. El doctor miraba a uno y a otro lado. De pronto, oímos una carcajada que provenía del cuarto de baños. Me acerqué a la puerta y la abrí. Había un montón de cristales escampados por las baldosas. Cristina estaba sentada en el suelo, recostada en la bañera de metal como una muñeca rota. La sangre le brotaba de las manos y los pies, cubiertos de cortes y aristas de cristal. Su sangre aún resbalaba por las grietas del espejo, que había destrozado a puñetazos. La rodeé con mis brazos y busqué su mirada. Sonrió. -No le he dejado entrar – dijo. -¿A quien? -Quería que me olvidase, pero no le he dejado entrar – repitió. El doctor se arrodilló a mi lado y examinó los cortes y las heridas del cuerpo de Cristina. -Por favor – murmuró, apartándome – Ahora no. Uno de los enfermeros había ido a buscar una litera. Les ayudé a estirar a Cristina y le sostuve la mano mientras la llevaban a un consultorio, donde el doctor Sanjuán le inyectó un calmante que en pocos segundos la robó la conciencia. Me quedé a su lado, contemplando sus ojos finos que su mirada se volvió un espejo vacío


y una enfermera me cogió del brazo y me sacó del consultorio. Me quedé en medio de un pasillo en penumbra que olía a desinfectante, con las manos y la ropa manchadas de sangre. Me recosté en la pared y resbalé hasta el suelo. Cuando Cristina se despertó al día siguiente, se encontró atada a la cama con correas de cuero, en una habitación sin ventanas ni más luz que la de una bombilla que amarilleaba colgada del techo. Yo había pasado la noche en una silla colocada en un rincón, observándola, sin noción del tiempo que había transcurrido. Abrió los ojos de pronto e hizo una mueca de dolor al notar los pinchazos de las heridas que le cubrían los brazos. -¿David? – dijo. -Estoy aquí – respondí. Me acerqué a la cama y me incliné para que viese mi cara y la sonrisa anémica que había ensayado para ella. -No me puedo mover. -Estás atado con correas. Es por tu bien. El doctor te las quitará cuando vengas. - Quítamelas tu. -No puedo. Ha de ser el doctor quien… -Por favor – me suplicó. -Cristina, más vale que… -Por favor. Su miraba traslucía dolor y miedo; pero, sobretodo, tenía una claridad y una presencia que no la había visto en todos los días que la había visitado en aquel lugar. Volvía a ser ella. Desaté las dos primeras correas, que le pasaban por los hombros y la cintura. La acaricié la cara. Temblaba. -¿Tienes frío? Ella dijo que no con la cabeza. -¿Quieres que avise al doctor? Ella volvió a decir que no con la cabeza. -David, mírame.


Me senté en el borde de la cama y la miré a los ojos. -Le tienes que destruir. -No te entiendo. -Lo has de destruir. -¿El que? -El libro. -Cristina, más vale que avise al doctor. -No. Escúchame – Me cogió la mano con fuerza – La mañana que te fuiste a buscar los billetes, ¿te acuerdas? Subí a tu estudio y abrí el baúl. Suspiré. -Encontré el manuscrito y lo leí. -No es más que una fábula, Cristina… -No me digas mentiras. Lo leí, David. Al menos suficientes páginas para saber que lo tenías que destruir. -No te preocupes por eso, ahora. Ya te dije que había abandonado el manuscrito. -Pero el no te ha abandonado a ti. Intenté quemarlo… Al oír aquellas palabras, dejé un momento su mano. Reprimí la fría cólera al recordar las cerillas quemadas que había encontrado en el suelo del estudio. -¿Intentaste quemarlo? -Pero no pude – murmuró – En la casa había alguien más. -No había nadie, Cristina. Nadie. -Cuando encendí la cerilla y la acerqué al manuscrito, le noté detrás de mí. Me dio un golpe en la nuca y me caí. -¿Quién te dio un golpe? -Todo estaba muy oscuro como si la luz del día se hubiese retirado y no pudiese entrar. Me volví, pero todo estaba muy oscuro. Solo le vi los ojos. Eran como los de un lobo. -Cristina… -Me tomó el manuscrito de las manos y lo metió en el baúl. -Cristina, no estás bien. Déjame que llame al doctor y… -No me escuchas.


La sonreí y le dí un beso en la frente. -Claro que te escucho. Pero en la casa no había nadie más… Cerró los ojos y volvió la cabeza, gimiendo como si mis palabras fuesen puñales que le retorcían los intestinos. -Avisaré al doctor… Me incliné para darle un beso y me volvía poner de pie. Mientras caminaba hacia la puerta, notaba su mirada en la espalda. -Cobarde – me dijo. Cuando volví a la habitación con el doctor Sanjuán, Cristina se había soltado de la última correa y hacía pasitos por la habitación en dirección a la puerta, dejando huellas de sangre sobre las baldosas blancas. La cogimos entre los dos y la pusimos en la cama. Cristina gritaba y se resistía con una rabia que helaba la sangre. El jaleo alertó al personal de enfermería. Un celador nos ayudó a reducirla mientras el doctor le ataba las correas. Una vez inmovilizada, el doctor me clavó una mala mirada. -Ahora la sedaré. Quédese aquí y no se le ocurra volver a quitarle las correas. Me quedé solo con ella un minuto, intentando calmarla. Cristina luchaba por quitarse las correas. La sujeté la cara y quise captar su mirada. -Cristina, hazme el favor de… Me escupió en la cara. -Vete. El doctor volvió acompañado de una enfermera que llevaba una bandeja metálica con una jeringa, apósitos y una botellita de cristal que contenía una solución amarillenta. -Salga – me mandó. Me retiré hasta el umbral de la puerta. La enfermera sujetó a Cristina en la cama y el doctor la inyectó el calmante en el brazo. Cristina gritaba con una voz rota. Me tapé los oídos y salí al pasillo. Cobarde, me decía. Cobarde. 10


Más allá del sanatorio de la Villa San Antonio, se abría un camino flanqueado de árboles que bordeaban una acequia y se alejaba del pueblo. El mapa enmarcado que había en el comedor del hotel del Lago lo identificaba con el apelativo ramplón de paseo de los Enamorados. Aquella tarde, al dejar el sanatorio, enfilé aquel caminito sombrío que más que enamoramientos sugería soledades. Anduve durante casi media hora sin tropezarme con nadie, dejando atrás el pueblo hasta que la silueta angulosa de la Villa San Antonio y los grandes caserones que rodeaban el lago tan solo parecían retazos de cartón sobre el horizonte. Me senté en uno de los bancos que punteaban el recorrido del paseo y contemplé como el sol se ponía al otro lado del valle de la Cerdaña. Estando allá, a unos doscientos metros, se vislumbraba la silueta de una pequeña ermita aislada en mitad de un campo nevado. Sin saber bien por que, me levanté y me abrí camino entre la nieve en dirección al edificio. Cuando me encontraba a unos doce metros, me percaté que la ermita no tenía portal. La piedra se veía ennegrecida por las llamas que habían devorado la estructura. Subí los escalones que llevaban a lo que había sido la entrada y avancé unos cuantos pasos hacia dentro. Los restos de los bancos quemados y de maderas desenganchadas del techo sacaban la cabeza entre las cenizas. Los zarzales habían trepado hacia el interior y trepaban por lo que había sido el altar. La luz del crepúsculo penetraba por los estrechos ventanales de piedra. Me senté delante del altar en lo que quedaba de un banco y escuché al viento ulular entre las rendijas de la cúpula devorada por el fuego. Levanté la mirada y deseé compartir aunque solo fuera una chispa de la fe que había tenido mi viejo amigo Sempere, en Dios o en los libros, así podría pedir a Dios o al infierno que me concediese otra oportunidad y me dejase sacar a Cristina de aquel lugar. -Por favor – musité, mordiéndome las lágrimas. Sonreí amargamente, un hombre ya vencido y suplicando mezquindades a un Dios en quien no había confiado nunca. Miré a mi alrededor y vi aquella casa de Dios hecha de ruinas y de cenizas, de


vacío y de soledad, y supe que aquella misma noche volvería a buscarla sin más milagro ni bendición que mi determinación de sacarla de allá y de arrebatársela de las manos de un doctor pusilánime y enamoradizo que había decidido hacer suya la bella durmiente. Quemaría la casa antes que permitir que alguien le pusiese las manos encima. Me la llevaría a casa para morir a su lado. El odio y la rabia me iluminarían el camino. Dejé la ermita a oscuras. Atravesé aquel campo de plata que quemaba a la luz de la luna y volví al caminito de la arboleda siguiendo el rastro de la acequia, hasta que desde lejos vislumbré las luces de la Villa San Antonio y la ciudadela de torreones y buhardillas que rodeaban al lago. Al llegar al sanatorio no me molesté en llamar con el picaporte que había en la reja. Salté el muro y atravesé el jardín reptando a oscuras. Bordeé la casa y me acerqué a una de las entradas posteriores. Estaba cerrada por dentro, pero no dude ni un segundo en darle un codazo al cristal para romperlo y acceder a la manija. Enfilé el pasadizo, escuchando las voces y los rumores, oliendo el aroma de un caldo que venía de la cocina. Atravesé la planta hasta llegar a la habitación del fondo, donde el buen doctor había cerrado a Cristina, sin duda mientras fantaseaba con hacer suya a la bella durmiente, cautiva para siempre en una cárcel de fármacos y de correas. Esperaba encontrar cerrada la puerta de la habitación, pero la misma cedió bajo la presión de mi mano, que la apretaba notando el dolor sordo de los cortes. Empujé la puerta y entré en la habitación. Lo primero que noté fue que podía ver mi propio aliento flotando delante de mi cara. Lo segundo, que el suelo de baldosas blancas estaba manchado con huellas de sangre. El ventanal que daba al jardín estaba abierto de par en par y las cortinas ondeaban al viento. En la cama no había nadie. Me acerqué y cogí una de las correas de cuero con las que el doctor y los enfermeros habían atado a Cristina. Estaban cortadas con traza, como fuesen de papel. Salí al jardín y vi un rastro de pisadas rojas en la nieve que se alejaban hasta el muro.


Lo seguí y palpé la pared de piedra que rodaba el jardín. Había sangre en las piedras. Me subí y salté al otro lado. Las pisadas, erráticas, iban hacia el pueblo. Recuerdo que me puse a correr. Seguí las huellas dejadas en la nieve hasta el parque que rodeaba el lago. La luna llena quemaba encima de la gran lámina de hielo. Y allí la vi. Se adentraba lentamente cojeando sobre el lago helado, dejando detrás un rastro de pisadas de sangre. La brisa hacía volar la camisa de dormir que la envolvía el cuerpo. Cuando llegué a la orilla, Cristina había avanzado una treintena de metros en dirección al centro del lago. La llamé por su nombre y se paró. Se volvió poco a poco y la vi sonreír mientras una telaraña de grietas se tejía a sus pies. Entre en el hielo de un salto y corrí hacia ella. La superficie helada se rompía a mi paso. Cristina, inmóvil, me miraba. Las grietas bajo sus pies se ensanchaban formando una hiedra de capilares negros. El hielo cedía bajo mis pies y me caí de cara al suelo. -Te quiero – la oí decir. Me arrastré hacia ella, pero la red de grietas crecía bajo mis manos y la iba envolviendo. Cuando nos separaban pocos metros, el hielo se rompió y cedió bajo sus pies. Una boca negra se abrió bajo Cristina y se la tragó como un pozo de alquitrán. En cuanto desapareció bajo la superficie, las placas de hielo se fueron uniendo cerrando la abertura por donde se había precipitado Cristina. Su cuerpo, impulsado por la corriente, se deslizó un par de metros bajo la lámina de hielo. Conseguí arrastrarme hasta el lugar donde había quedado atrapada y empece a dar goles al hielo con todas mis fuerzas. Cristina, con los ojos abiertos y el cabello ondulando en la corriente, me observaba desde el otro lado de aquella lámina translúcida. Pique el hielo hasta destrozarme las manos en vano. Cristina no apartó nunca sus ojos de los míos. Alargó su mano hasta rozar suavemente la costra del hielo y sonrió. De sus labios, salían las últimas burbujas de aire y sus pupilas se dilataban por última vez. Al cabo de un segundo, lentamente, empezó a hundirse dentro de la negrura para siempre. 11


No fui a la habitación a buscar mis cosas. Escondido entre los árboles que rodeaban el lago, vi como el doctor y una pareja de guardias civiles acudían al hotel, y a través de las vidrieras, les vi hablar con el gerente. Resguardado por las calles oscuras y desiertas, atravesé el pueblo hasta llegar a la estación enterrada en la nieve. Dos faroles de gas permitían adivinar la silueta de un tren que esperaba en el andén. El semáforo rojo encendido a la salida de la estación teñía su esqueleto de metal oscuro. La máquina estaba parada; lágrimas de hielo colgaban de los raíles y palancas como gotas de gelatina. Los vagones estaban a oscuras, las ventanas veladas por la escarcha. No se veía luz en la oficina del jefe de estación. Todavía faltaban horas para la salida del tren y en la estación no había un alma. Me acerqué a uno de los vagones y probé de abrir una puerta. Estaba trabada por dentro. Bajé a las vías y di la vuelta al tren. Amparado por las sombras, me subí a la plataforma de paso entre los dos vagones de cola y probé suerte con la puerta que comunicaba los coches. Estaba abierta. Me colé dentro del vagón y avancé medio a oscuras hasta uno de los compartimentos. Entré y través la puerta por dentro. Temblando de frío, me hundí en el asiento. No osaba cerrar los ojos por miedo a encontrarme con la mirada de Cristina bajo el hielo. Pasaron minutos, tal vez horas. En algunos momentos me pregunté porque me escondía y porque era incapaz de sentir nada. Me refugié en aquel vacío y me esperé escondido como un fugitivo, escuchando los miles de gemidos del metal y la madera que se contraían por el frío. Escudriñé las sombras detrás de las ventanas hasta que el haz de luz de un farol rozó las paredes del vagón y oí voces en el andén. Abrí una mirilla con los dedos encima de la capa de vaho que enmascaraba los cristales y pude ver que el maquinista y dos operarios caminaban hacia la parte delantera del tren. A una docena de metros, el jefe de estación hablaba con la pareja de guardias civiles que un poco antes había visto en el hotel con el doctor. Le vi asentir y sacar un manojo de llaves mientras se acercaba al tren seguido de los dos guardias civiles. Me volví a


esconder en el compartimento. Al cabo de poco, oí el ruido de las llaves y en chasquido de la puerta del vagón al abrirse. Alcé el pestillo de cierre, dejando la puerta del compartimento abierta. Los pasos de la guardia civil se acercaban, los haces de los faroles que trajinaban en las manos trazaban agujas de luz azul que resbalaban por las vidrieras de los compartimentos. Cuando los pasos se pararon delante de mí, aguanté la respiración. Las voces habían callado. Oí el ruido de la puerta al abrirse y las botas me pasaron a dos palmos de la cara. El guardia se estuvo quieto unos cuantos segundos, después salió y cerró la puerta. Sus pasos se alejaron por el vagón. Me quedé allá, inmóvil. Dos minutos después oí un chasquido, y el aliento cálido que exhalaba la rejilla de la calefacción me acarició la cara. Una hora más tarde las primeras luces del alba tocaban a las ventanas. Salí de mi escondite y miré al exterior. Viajeros solitarios o en pareja recorrían el andén arrastrando maletas y paquetes. El rumor de la locomotora puesta en marcha resonaba las paredes y en el suelo del vagón. Al cabo de pocos minutos los viajeros empezaron a subir al tren y el revisor encendió las luces. Me senté de nuevo en el banco al lado de la ventana y devolví el saludo de algunos pasajeros que pasaban por delante del compartimento. Cuando el gran reloj de la estación tocó las ocho de la mañana, el tren se empezó a deslizar por las vías. Entonces, entorné los ojos y oí las campanas de la iglesia repicar en la lejanía como el sonido de una maldición. En el trayecto de vuelta no faltaron motivos de retraso. Una parte de la red eléctrica había caíd y no llegamos a Barcelona hasta el anochecer de aquel 23 de enero. La ciudad quedaba enterrada bajo un cielo escarlata sobre el cual se extendía una telaraña de humo negro. Hacía calor, como si el invierno hubiese huido súbitamente y un aliento sucio y húmedo saliese de las rejillas de las alcantarillas. Al abrir el portal de la casa de la torre, encontré un sobre blanco en el suelo. Vi el sello de lacre rojo que lo cerraba y no me molesté en recogerlo porque sabía perfectamente lo que contenía: un recordatorio de mi cita con el amo aquella misma noche, en el caserón al lado del


Parque Güell, para darle el manuscrito. Subí las escaleras a oscuras y abrí la puerta del piso principal. No encendí la luz y fui directamente al estudio sin turbarme. Me acerqué al ventanal y contemplé la sala bajo el resplandor infernal que destilaba el cielo en llamas. La imaginé allá, tal como me lo había descrito, de rodillas delante del baúl. Abría el baúl y sacaba la carpeta con el manuscrito. Leía aquellas páginas malditas con la certeza que las tenía que destruir. Encendía las cerillas y acercaba la llama al papel. Había alguien más en la casa. Me acerqué al baúl y me paré a unos cuantos pasos, como si estuviese detrás suyo espiándola. Me incliné hacia delante y lo abrí. El manuscrito todavía estaba. Me esperaba. Alargué la mano para tocar suavemente la carpeta con los dedos y la acaricié. Entonces le vi. La silueta de plata brillaba en el fondo del baúl como una perla en el fondo de un estanque. Lo cogí y lo examiné a la claridad de aquel cielo ensangrentado. El broche del ángel. -Mal nacido – me oí decir. Saqué el estuche con el viejo revolver de mi padre del fondo del armario. Abrí el tambor y comprobé que estuviese cargado. Me metí la caja de municiones en el bolsillo izquierdo del abrigo. Envolví la pistola con un trapo y me la metí en el bolsillo derecho. Antes de salir, me paré un momento a contemplar el extraño que me miraba desde el espejo del recibidor. Sonreí, la paz y el odio quemándome las venas, y me sumergí en la oscuridad de la noche. 12 La casa de Andreas Corelli se alzaba sobre una colina, contra la capa de nubes rojizas. Detrás se columpiaba el bosque de sombras del Parque Güell. El viento hacía ondear las ramas, y las hojas cuchicheaban como serpientes dentro de la oscuridad de la noche. Me paré delante de la entrada y examiné la fachada. En toda la casa no había ninguna luz encendida. Los ventanales estaban cerrados. Oí la respiración de los perros que corrían detrás de los muros del parque,


siguiendo mis pasos Saqué el revolver del bolsillo y me volví hacia la reja de la entrada, donde se entreveían las siluetas de los animales, sombras líquidas que me observaban desde la negrura. Me acerqué a la puerta principal de la casa y clavé tres golpes secos con la balda. No esperé la respuesta. Habría hecho volar la cerradura a tiros, pero no hizo falta. La puerta estaba abierta. Giré la maneta de bronce hasta liberar la traba de la cerradura y la puerta de roble se deslizó lentamente hacia el interior con la inercia de su propio peso. Delante se abría un largo pasillo; la lámina de polvo que recubría el suelo brillaba como arena fina. Entré y me acerqué a la escalinata que subía a un lado del vestíbulo y desaparecía en una espiral de sombras. Avancé por el pasillo que llevaba a la sala. Muchas miradas me seguían desde la galería de viejas fotografías enmarcadas que cubrían la pared. El único ruido que se oía era el de mis pasos y de mi respiración. Llegué al final del corredor y me paré. La claridad nocturna se filtraba como cuchillos de luz rojiza desde los ventanales. Alcé el revolver y entré en la sala. Adapté mis ojos a las tinieblas. Los muebles estaban en el mismo lugar que recordaba, pero incluso medio a oscuras se podían ver que eran viejos y coleccionaban capas de polvo. Ruinas. Los cortinajes colgaban deshilachados y la pintura de los muros se desenganchaba en tiras que recordaban escamas. Me encamine hacia uno de los ventanales para dejar entrar un poco de luz abriendo las contraventanas. Cuando me encontraba a dos metros del balcón, me di cuenta de que no estaba solo. Me paré, helado, y me volví lentamente. La silueta se distinguía claramente en el rincón de la sala, sentado en su butaca de siempre. La luz que sangraba de los ventanales revelaba los zapatos brillantes y el contorno del vestido. Todo el rostro quedaba en la sombra, pero sabía que me miraba y que me sonreía. Alcé el revolver y apunté. -Se lo que ha hecho – le dije. Corelli no movió ni un músculo. Su figura seguía inmóvil como una araña. Di un paso adelante, apuntándole a la cara. Me pareció oír un suspiro dentro de la oscuridad y, por un momento, la luz rojiza


resplandeció en sus ojos. Tuve la certeza que estaba a punto de saltarme encima. Disparé. El retroceso del arma en el antebrazo me hizo el mismo efecto que un golpe seco de martillo. Del revolver salió una nube de humo azul. Una mano de Corelli cayó del brazo de la butaca y comenzó a balancearse. Las uñas pasaban a nivel del suelo. Disparé otra vez. La bala le tocó el pecho y le abrió un agujero humeante en la ropa. Me quedé sosteniendo el revolver con las dos manos, sin osar dar ni un paso más, vigilando su silueta inmóvil sobre la butaca. El balanceo del brazo, se fue parando poco a poco y las uñas, largas y pulidas, quedaron ancladas en el suelo de roble. No hubo ningún sonido ni indicio de movimiento en el cuerpo que acababa de encajar dos balas, una en la cara y la otra en el pecho. Me acerqué al ventanal y lo abrí de una patada, sin apartar la vista de la butaca donde yacía Corelli. Una columna de humo vaporoso se abrió camino desde la balaustrada hasta el rincón, iluminando el cuerpo y la cara del amo. Intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca. El primer tiro le había abierto un orificio entre los ojos. El segundo le había agujereado una solapa. No había ni una sola gota de sangre. En cambio, destilaba un fino polvo brillante, como la de un reloj de arena, que le resbalaba por los pliegues de la ropa. Le brillaban los ojos y tenía los labios congelados en una sonrisa sarcástica. Era un muñeco. La mano aún me temblaba. Bajé el revolver y me acerqué poco a poco. Me incliné hacia aquel títere grotesco y acerqué lentamente la mano a su cara. Durante un momento, temí que súbito los ojos de cristal se moviesen y las manos de uñas largas se me lanzasen al cuello. Le toqué suavemente la mejilla con las yemas de los dedos. Madera esmaltada. No me pude contener de exclamar una risa amarga. Del amo, había que esperar una de bien grande. Me enfrenté una vez más a aquella mueca burlesca y le clavé un golpe de culata que tiró al títere hacia un lado. Cayó al suelo y me puse a darle patadas. La estructura de madera se fue deformando hasta que brazos y piernas quedaron retorcidos en una postura imposible. Reculé unos cuantos pasos y miré alrededor. Vi la gran tela con la figura del ángel


y la arranqué de un tirón. Detrás del cuadro, encontré la puerta de acceso al subterráneo. La recordaba la noche en que me había quedado dormido. Probé la cerradura. Estaba abierta. Escudriñé la escalera que bajaba hacia el pozo de oscuridad. Me dirigí a la cajonera donde recordaba haber visto guardar los cien mil francos durante nuestra primera reunión en la casa y busque dentro de los cajones. Encontré una caja de latón con velas y cerillas. Dudé un instante, preguntándome si el amo también había dejado aquello esperando que lo encontrase, como había pasado con el títere. Encendí una vela y atravesé el salón en dirección a la puerta. Di el último vistazo al muñeco desballestado y, con la vela bien alta y el revolver firmemente sujeto con la mano derecha, empecé a bajar. Avanzaba escalón por escalón y me paraba a cada paso para mirar detrás de mí. Al llegar a la sala del subterráneo aguanté la vela tan lejos de mí como pude y con ella describí un semicírculo. Toco continuaba allá: la mesa de operaciones, las luces de gas y la bandeja de instrumentos quirúrgicos. Todo cubierto por una pátina de polvo y telarañas. Pero había más cosas. Se veían unas siluetas colgadas en la pared. Tan inmóviles como la del amo. Dejé la vela sobre la mesa de operaciones y me acerqué a los cuerpos inertes. Reconocí al criado que nos había atendido una noche y al chófer que me había llevado a casa después de cenar con Corelli en el jardín de la casa. Había otras figuras que no supe identificar. A una, colocada contra la pared, no se le veía la cara. La empujé con la punta de la pistola y se giró. Al cabo de un segundo, me encontraba mirándome a mi mismo. Me entró un escalofrío. El muñeco que me miraba tan solo tenía medio rostro. La otra mitad no tenía las facciones formadas, Cuando me disponía a aplastar a aquella cara de una parada, oí la risotada de un niño arriba de la escalinata. Aguanté la respiración y entonces sentí una serie una serie de chasquidos secos. Corrí escaleras arriba y, al llegar al primer piso, la figura del amo ya no estaba, ni en el suelo ni en ninguna otra parte. Un rastro de pisadas se alejaba en dirección al corredor. Armé el percutor del revolver y seguí el rastro hasta el pasillo que conducía al vestíbulo. Me paré en el umbral y levanté el revolver. Las pisadas


de interrumpían a mitad del pasillo. Busqué la forma del amo escondida entre las sombras, pero no había ningún rastro. Al fondo del pasillo la puerta principal continuaba abierta. Avancé poco a poco hasta el punto donde se acababa el rastro. Me fijé unos segundos más tarde, cuando me di cuenta que el vacío que recordaba entre los retratos de la pared ya no estaba. Ahora había un marco nuevo con una fotografía que parecía salida del mismo objetivo que todas las que formaban aquella macabra colección. Se podía ver a Cristina, vestida de blanco, la mirada perdida en el ojo de la lente. No estaba sola. Unos brazos la envolvían y la mantenía de pie. Su propietario sonreía a la cámara. Andreas Corelli. 13 Me alejé colina abajo, hacia el montón de calles oscuras de Gracia. Encontré un café abierto donde se había reunido una numerosa parroquia de vecinos que discutían acaloradamente de política o de futbol; hacia de mal determinar. Esquivé al gentío y traspasé una nube de humo y ruido al llegar a la barra, donde el tabernero me clavó una mirada claramente hostil con lo que supuse, recibía a todos los extraños, que en aquel caso debían ser todos los residentes de cualquier lugar situado a más de un par de calles de su establecimiento. -Tengo que telefonear – le dije. -Solo pueden telefonear los clientes. -Pues un coñac. Y un teléfono. El tabernero cogió una copa y me señaló un pasillo al final de la sala que se abría bajo un cartel que decía Urinaris. Al fondo encontré un simulacro de cabina telefónica, delante mismo de la entrada al lavabo, expuesto a un intenso tufo de amoniaco y al ruido que se filtraba desde la sala. Descolgué el auricular y esperé. Al cabo de unos cuantos segundos, me respondió una operadora de la compañía telefónica.


-Quiero hablar con el bufete de abogados del señor Valera, en el nº 442 de la Avenida Diagonal La operadora tardó un par de minutos en encontrar en número y conectarme. Me esperaba sosteniendo el auricular con una mano y tapándome la oreja izquierda con la otra. Finalmente me confirmó que transfería mi llamada y enseguida reconocí la voz de la secretaria del señor Valera. -Me sabe mal, pero en este momento el abogado Valera no está. -Me llamo David Martín. Le llamo por algo muy grave, de vida o muerte. -Ya se quien es usted señor Martín: no le puedo poner en comunicación con el abogado porque no está. Son las nueve y media y hace rato que se ha ido. -Pues déme la dirección de su casa. -No le puedo facilitar ese tipo de información, señor Martín. Me sabe mal. Llámeme mañana por la mañana y… Colgué el teléfono y volví a esperar en tener línea. Esta vez, a la operadora le di el número que me había facilitado el señor Salvador. Contestó su vecino y me indico que subía a ver si el expolicia estaba en casa. Al cabo de un minuto, oí la voz de Salvador. -¿Martín? ¿Qué pasa? ¿Está en Barcelona? -Acabo de llegar. -Vaya con mucho cuidado. La policía le busca. Vinieron aquí haciendo preguntas sobre usted y sobre Alicia Marlasca. -¿El Víctor Grandes? -Me parece que si. Iba acompañado de dos gaznápiros que no me hicieron nada de gracia. Le quieren colocar las muertes del Roures y de la viuda Marlasca. Más vale que vaya con pies de plomo. Seguro que lo vigilan. Si quiere puede venir aquí. -Gracias, señor Salvador. Lo tendré en cuenta. Pero no le quiero meter en más embrollos. -Haga lo que haga, vaya con pies de plomo. Usted tenía razón: el Jaco ha vuelto. No se por que, pero ha vuelto. ¿Qué piensa hacer?


-Ahora buscaré al abogado Valera. Creo que quien mueve los hilos de este caso es el editor para quien trabajaba Marlasca. De hecho, el único que sabe la verdad es el Valera. Salvador hizo una pausa. -¿Quiere que le acompañe? -No es necesario. Ya le llamaré después de hablar con Valera. -Usted mismo. ¿Va armado? -Di. -Me alegro. -Señor Salvador…El Roures me habló de una mujer del Somorrostro con quien se había relacionado Marlasca. La había conocido a través de Irene Sabino. -La bruja del Somorrostro. -¿Qué sabe de esta mujer? -No se sabe casi nada. De hecho, no creo ni que existiese, igual que ese editor. Lo que ha de hacer es procurar que no le pille ni el Jaco ni la policía. -Lo tendré en cuenta. -llámeme cuando tenga alguna novedad. ¿Entendido? -Si, gracias. Colgué el teléfono y al pasar por delante de la barra dejé unas cuantas monedas para pagar las llamadas y la copa de licor, que continuaba intacta. Veinte minutos más tarde, me encontraba al pie del 442 de la Avenida Diagonal, observando las luces encendidas del despacho del Valera arriba del todo del edificio. La portería estaba cerrada, pero llamé a la puerta hasta que el portero sacó la cabeza. No tenía una cara muy amistosa. Así que abrió un poco la puerta para despacharme de mala manera, le di un empujón y me metí dentro de la portería, sin hacer caso de sus protestas. Fui directo al ascensor y, cuando el portero probó de pararme cogiéndome por el brazo, le lancé una mirada venenosa que le disuadió de su propósito. Cuando la secretaria de Valera abrió la puerta, la sorpresa que se traslucía en su cara se transformó rápidamente en miedo, sobretodo


cuando metí el pie en la abertura de la puerta para evitar que cerrase la puerta en mis narices y entré sin invitación. -Avisé al abogado ahora mismo – le dije – ahora mismo. La secretaria, pálida, me miró. -El señor Varela no está… La cogí del brazo y la empujé hasta el despacho del abogado. Las luces estaban encendidas, pero no había ni rastro del Valera. La secretaria, atemorizada, sollozaba. Me di cuenta que le clavaba los dedos en el brazo. La solté y reculé unos cuantos pasos. Temblaba. Suspiré y esbocé un gesto tranquilizador que solo sirvió para que viera el revolver en el cinturón de mis pantalones. -Por favor, señor Martín…Le jur que el señor Valera no está… -De acuerdo. Me lo creo. Y ahora cálmese. Solo quiero hablar. La secretaria dijo que si con la cabeza. Yo la sonreí. -Haga el favor de coger el teléfono y llame a su casa. La secretaria descolgó el teléfono y murmuró el numero del abogado a la operadora. Cuando obtuvo respuesta me alargó el auricular. -Buenas noches – dije -¡Martín, que sorpresa tan desagradable! – exclamó el Valera al otro lado del hilo -¿Puedo saber que hace en mi despacho a estas horas de la noche, a parte de asustar a mis empleados? -Me sabe mal causarle molestias, pero me corre mucha prisa localizar a un cliente suyo, el señor Andreas Corelli. Usted es la única persona que me puede ayudar. Un largo silencio. -Se equivoca, señor Martín. No le puedo ayudar. -Esperaba resolver esto de manera amistosa, señor Valera. -No le entiendo, Martín. Yo no conozco al señor Corelli. -¿Perdone? -No le he visto nunca, ni he hablado nunca con el ni se donde está. -Bien que le contrató para sacarme de Jefatura. -Dos semanas antes recibimos un cheque y una carta. Decía que usted era un asociado suyo, que el inspector Grandes le asediaba y que nos encargásemos de su defensa en caso de necesidad. Con la


carta venía también el sobre que nos pedía que se lo diésemos personalmente. Yo me limité a ingresar el cheque y a pedir a mis contactos en Jefatura que me avisasen si usted aparecía. Yo cumplí mi parte del trato, y le saqué de Jefatura, amenazando a Grandes si no le dejaba en libertad. Usted no se puede quejar de nuestros servicios. Esta vez el que enmudeció durante un largo rato fui yo. -Sino me cree, pídale a la señorita Margarita que le enseñe la carta – añadió Valera. -¿Qué me dice de su padre? – le pregunté. -¿De mi padre? -Su padre y Marlasca tenían tratos con Corelli. Bien debía saber alguna cosa… -Le aseguro que mi padre no tuvo trato directo con este fantasmagórico señor Corelli. De toda su correspondencia, si es que la había, porque en los archivos del despacho no ha quedado constancia, se encargaba personalmente el difunto señor Marlasca. De hecho, como me lo ha preguntado, le puedo decir que mi padre llegó a dudar de la existencia del señor Corelli, sobretodo durante los últimos meses de vida del señor Marlasca, cuando empezó a relacionarse, por decirlo de alguna manera, con aquella mujer. -¿Qué mujer? -La Corista. -La Irene Sabino. Le oí resoplar, irritado. -Antes de morir el señor Marlasca dejó un fondo de capital bajo la administración y tutela del despacho, desde donde se tenían que hacer una serie de pagos a una cuenta a nombre de Joan Corbera y María Antonia Sanahuja. El Jaco y la Irene, pensé. -¿De que cantidad era el fondo? Era un depósito en moneda extranjera. Se acercaba a los cien mil francos franceses, si no lo recuerdo mal. -¿Le dijo Marlasca de donde había sacado tanto dinero?


-Somos un bufete de abogados no una agencia de detectives. El despacho se limitó a seguir las instrucciones estipuladas en el testamento del señor Marlasca, no a cuestionarlas. - ¿Qué otras instrucciones le dejó? -Nada especial. Simples pagos a terceras personas que no tenían ninguna relación ni con el despacho ni con su familia. -¿Recuerda a alguna en concreto? -Mi padre se encargaba personalmente de estas cosas para evitar que los empleados del despacho tuviesen acceso a la información digamos que, comprometida. -¿Y a su padre no le pareció extraño que su exsocio quisiese dar este dinero a desconocidos? - Claro que lo encontró extraño. Muchas cosas le parecieron extrañas. -¿Se acuerda de donde tenía que enviar el dinero? -¿Cómo quiere que me acuerde. Al menos hace veinticinco años de todo aquello. -Haga memoria – le dije – Por la señorita Margarita. La secretaria me miró horrorizada. Respondí guiñándole un ojo. -¡No la toque ni con la punta de los dedos! – exclamó Varela. -No me de ideas – le corté - ¿Cómo va la memoria? ¿Se le va refrescando? -Puedo consultar los dietarios particulares de mi padre. Es lo único que puedo hacer. -¿Dónde están? -Aquí, entre sus papeles. Pero tardaré unas cuantas horas… Colgué el teléfono y contemplé a la secretaria de Valera, que se había puesto a llorar. Le alargué un pañuelo y le di unos golpecitos en la espalda. -Venga, mujer, no se ponga así, que ya me voy. ¿Lo ve como solo quería hablar? Asintió, asustada, sin apartar los ojos del revolver. Me abroché el abrigo y la sonreí. -Una última cosa.


Levanto la vista, temiendo lo peor. -Apúnteme la dirección del abogado. Y no intente engañarme. Si lo hace, le aseguro que dejaré en la portería la simpatía natural que me caracteriza. Antes de salir, le pedí a la señorita Margarita que me enseñase donde tenía el cable de la conexión telefónica, y lo corté, para ahorrarle la tentación de avisar a Valera y decirle que me disponía a hacerle una visita de cortesía o llamar a la policía para informarle de nuestra pequeña desavenencia. 14 El abogado Valera vivía en una finca monumental con aires de castillo normando enclavada en la esquina de de las calles de Girona y Ausiàs Marc. Debía heredar aquella monstruosidad de su padre, igual que el despacho, y las piedras que la sostenían se habían forjado con la sangre y el esfuerzo de generaciones enteras de barceloneses que nunca soñaron en poner los pies en un palacio como aquel. Al portero le dije que llevaba unos papeles del despacho del señor Valera, de parte de la señorita Margarita. Y después de dudarlo un instante, me dejó pasar. Subí la escalinata sin prisa bajo la mirada atenta del portero. El rellano del piso principal era más amplio que la mayoría de casas que recordaba de mi infancia en el viejo barrio de la Ribera, a pocos metros de allá. El picaporte era un puño de bronce. Cuando lo cogí para llamar, me percaté que la puerta estaba abierta. La empujé con suavidad y saqué la cabeza al interior. El recibidor daba a un largo pasillo de unos tres metros de anchura con paredes revestidas de terciopelo y recubiertas de cuadros. Cerré la puerta tras de mí y escudriñé la penumbra cálida que se entreveía al fondo del corredor. Flotaba una música tenue, un fragmento de piano elegante y melancólico. Granados. -¿Señor Valera? Soy Martín. Al no obtener respuesta, enfile lentamente el pasillo siguiendo el rastro de aquella música triste. Avancé ente los cuadros y las


hornacinas que alojaban figuras de vírgenes y de santos. Arcos sucesivos cubiertos por cortinillas adornaban el pasillo. Atravesé corina tras cortina hasta llegar al final del corredor, donde se abría una gran sala medio a oscuras. Era una sala rectangular y las estanterías de libros cubrían las paredes, del suelo al techo. Al fondo se veía una gran puerta ajustada y, más allá, las tinieblas parpadeantes y anaranjadas de un hogar de chimenea. -¿Señor Valera? – repetí, esta vez más fuerte. Una silueta se perfilo en el haz de luz que proyectaba el fuego desde la puerta ajustada. Dos ojos brillantes me contemplaban con desconfianza. Un pero que parecía un pastor alemán pero que tenía todo el pelaje blanco se acercaba poco a poco. Me quedé quieto, desabrochándome silenciosamente el abrigo y buscando el revolver. El animal se paró a mis pies y me miró, dejando salir un plañido. Le acaricié la cabeza y me lamió los dedos. Acto seguido, se volvió y se acercó a la puerta detrás de la cual brillaba el resplandor del fuego. Se paró en el umbral y me miró otra vez. Le seguí. En el otro lado de la puerta, encontré una sala de lectura presidida por una gran chimenea. No había más luz que la que desprendían las llamas, y una danza se sombras parpadeantes reptaba por las paredes y el techo. En medio de la sala había una mesa, y encima, el gramófono de donde procedía la música. Delante del hogar, de espaldas a la puerta, había una gran butaca de piel. El perro se acercó y se volvió a mirarme una vez más. Avancé hasta ver la mano que descansaba en el brazo de la butaca, aguantando un puro encendido que desprendía una columna de humo azul que subía verticalmente. -¿Señor Valera? Soy Martín. Tenía la puerta abierta… El perro se estiró a los pies de la butaca, sin dejar de mirarme de hito en hito. Me acerqué poco a poco y di la vuelta a la butaca. El abogado Valera estaba sentado delante del fuego, con los ojos abiertos y una leve sonrisa en los labios. Iba vestido con un terno y con la otra mano sostenía un cuaderno de piel en la falda. Me coloqué delante de el y le miré a los ojos. No parpadeaba. Entonces vi una lágrima roja, una lágrima de sangre, que se deslizaba lentamente


mejilla abajo. Me arrodillé y le cogí el cuaderno. El perro lanzó una mirada desolada. Le acaricié la cabeza. -Me sabe mal – murmuré. El cuaderno estaba escrito a mano y parecía una especie de dietario con entradas de parágrafos fechados y separados por una leve línea. Valera lo tenía abierto por la mitad. La primera entrada de la página donde se había quedado indicaba que la anotación correspondía al 23 de noviembre de 1904. Aviso de caja (356-a/23-11-04). 7.500 pesetas, a cuneta fondo D.M. Tramitado con Marcel (en persona) a la dirección proporcionada por D.M. Pasaje detrás del cementerio viejo –taller de escultura Sanabre e hijos.

Releí aquella entrada diversas veces, mirando de sacarle algún sentido. Conocía aquel pasaje de mis años en la redacción de La Voz de la Industria. Era un callejón miserable hundido detrás de los muros del cementerio de Pueblo Nuevo donde se amontonaban talleres de lápidas funerarias y que iba a morir a una de las rieras que atravesaban la playa del Bogatell y la ciudadela de barracas que se extendían hasta el mar, el Somorrostro. Por la razón que sea; Marlasca había dejado instrucciones para que se pagase una suma considerable a uno de aquellos talleres. En la página correspondiente al mismo día aparecía otra anotación relacionada con Marlasca que indicaba el inicio de los pagos a Jaco y a la Irene Sabino. Transferencia bancaria desde el fondo D.M. a Cuenta Banco Hispano Colonial (oficina de la calle Fernando) nº 008965-2564-1. Joan Corbera-Mª Antonia Sanahuja. 1ª mensualidad de 7000 pesetas. Establecer programa de pagos.

Continué pasando páginas. La mayoría de las anotaciones eran de gastos y operaciones menores relacionadas con el despacho. Tuve que leer por encima unas cuantas páginas más llenas de crípticos recordatorios antes de encontrarme otro que mencionase a Marlasca. También se trataba de un pago en metálico librado por el mismo Marcelo, probablemente uno de los pasantes del despacho.


Aviso de caja (379-a/29-12-o4). 15.000 pesetas a cuneta del fondo D.M. Librado con Marcelo. Playa del Bogatell, al lado del paso a nivel. 9 horas. La persona de contacto se identificará.

La Bruja del Somorrostro, pensé. Una vez muerto, Marlasca había repartido importantes cantidades de dinero a través de su socio. Esto contradecía la sospecha de Salvador de que el Jaco había huido con el dinero. Marlasca había ordenado los pagos en persona y había dejado el dinero en un fondo tutelado por el bufete de abogados. Los otros dos pagos indicaban que, poco antes de morir, Marlasca había tenido tratos con un taller de escultura funeraria y con algún turbio personaje del Somorrostro, tratos que se habían traducido en una gran cantidad de dinero cambiando de manos. Cerré el cuaderno, más perdido que nunca. Me disponía a abandonar aquel lugar cuando, al girarme, vi una de las paredes de la sala de lectura cubierta de retratos bien enmarcados sobre una tela de terciopelo granate. Me acerqué y reconocí la cara adusta e imponente del patriarca Valera (su retrato al óleo todavía dominaba el despacho del hijo). En la mayoría de imágenes, el abogado aparecía en compañía de una serie de prohombres y patricios de Barcelona en diferentes actos sociales y acontecimientos cívicos. Era suficiente repasar una docena de aquellos retratos e identificar el elenco de personajes que posaban sonrientes con el viejo letrado para constatar que el despacho de Valera, Marlasca y Sentís era un órgano vital en el funcionamiento de Barcelona. El hijo de Valera, mucho más joven pero fácilmente reconocible, aparecía en algunas imágenes, siempre en segundo plano, siempre con la mirada eclipsada por la sombra del patriarca. Lo noté antes de verle. Era una imagen tomada en las puertas del 442 de la Diagonal, l pie del despacho. Aparecían Valer, padre e hijo. Y, además, un señor alto y distinguido. Su cara también salía en muchas otras fotografías de la colección, siempre cerca de Valera. Era Diego Marlasca. Me concentré en su mirada turbia, en el rostro afilado y sereno que me contemplaba desde aquella instantánea,


tomada veinticinco años atrás. Igual que el amo, no había envejecido ni un solo día. Sonreí amargamente al comprender mi ingenuidad. Aquella cara no era la que aparecía en la fotografía que me había dado mi amigo, en viejo expolicía. El hombre que conocía con el nombre de Ricardo Salvador era, de hecho, Diego Marlasca. 15 Cuando abandoné el palacio de la familia Valera, la escalera estaba a oscuras. Atravesé el vestíbulo a tientas, y, al abrir la puerta, los faroles de la calle proyectaron hacia el interior un rectángulo de luz azul. Me volví para reseguir esa luz tenue hasta que, al levantar la vista, tropecé con la mirada del portero. Toqué el dos a paso ligero, hacia la calle trafalgar desde donde salía el tranvía nocturno que dejaba a las puertas del cementerio de Pueblo nuevo, el mismo que había cogido a menudo con mi padre cuando le acompañaba a su turno de vigilancia de La Voz de la Industria. El tranvía llevaba muy pocos pasajeros y me senté delante. A medida que nos acercábamos a Pueblo nuevo, el tranvía se adentraba en un entramado de calles tenebrosas cubiertas con grandes charcos velados por el vapor. El alumbrado público era casi inexistente y las luces del tranvía iban desvelando los contornos como una antorcha a través de un túnel. Al final, vislumbré las puertas del cementerio y el perfil de las cruces y esculturas retallado contra el horizonte sin fondos de fábricas y chimeneas que inyectaban de rojo y negro la cúpula del cielo. Había un grupo de perros famélicos al pié de dos grandes ángeles que custodiaban el recinto. Se quedaron inmóviles un momento, mirando los faros del tranvía, y después se escamparon por las sombras. Bajé del tranvía todavía en movimiento y empecé a bordear los muros de la necrópolis. El tranvía se alejó como un barco en medio de la niebla y aceleré el paso. Podía sentir i oler a los perros que me seguían a oscuras. Al llegar a la parte de atrás del cementerio, me


paré en la esquina del callejón y les tiré una piedra a ciegas. Oí una queja aguda y pisadas rápidas que se alejaban. Enfilé el callejón, justo un pasaje atrapado entre el muro y la fila de talleres de esculturas funerarias que se amontonaban unas sobre las otras. El cartel de Sanabre e hijos se balanceaba a la claridad de un farol que proyectaba una luz ocre y polvorienta a unos treinta metros. Me acerqué a la puerta, una reja asegurada con cadenas y un candado oxidado. Lo destrocé de un tiro. El viento que soplaba por el callejón, impregnado de salitre del mar, que se encontraba solo a un veintena de metros de allá, me trajo el ruido del disparo. Abría la reja y me introduje en el taller de Sanabre e hijos. Aparté la cortina de tela oscura que ocultaba el interior y dejé que la claridad del farol penetrase en la entrada. Más allá, se abría una nave profunda y estrecha poblada de figuras de mármol congeladas dentro de las tinieblas, rostros a medio esculpir. Caminé entre vírgenes y madres de Dios que sostenían infantes en los brazos, damas blancas con rosas de mármol en la mano que alzaban los ojos al cielo y bloques de roca donde empezaban a dibujarse miradas. En el aire, se podía oler el polvo de la piedra. Allí no había nadie, a parte de aquellas efigies sin nombre. Cuando iba a girarme, le vi. La mano aparecía detrás del perfil de un retablo de figuras tapadas con un trapo en el fondo del taller. A medida que me acercaba poco a poco, su silueta se iba revelando centímetro a centímetro. Me paré delante y contemplé aquel gran ángel de luz, el mismo que el amo había llevado en la solapa y que había encontrado en el fondo del baúl, en el estudio. La figura se debía alzar dos metros y medio del suelo y, al contemplarle lacara, reconocí sus facciones y, sobretodo, la sonrisa. A sus pies, había una lápida. Gravada en piedra, se leía una inscripción: David Martín 1900-1930


Me sonreí. Si algún mérito había que reconocer a mi buen amigo Diego Marlasca era su sentid del humor y el gusto por las sorpresas. Me dije que no debía de extrañarme que, movido por su celo perfeccionista, se hubiese avanzado a las circunstancias y me hubiese preparado una despedida conmovedora. Me arrodillé delante de la lápida y acaricié mi nombre. Oí tras de mí unos pasos ligeros y lentos. Me volví y descubrí una cara familiar. El niño llevaba el mismo traje negro que cuando me había seguido en el paseo del Borne hacía unas cuantas semanas. -La señora le verá ahora – me dijo. Dije que si con la cabeza y me puse el pie. El niño me ofreció su mano y yo se la cogí. -No tenga miedo – me dijo, guiándome hacia la salida -No lo tengo – le murmuré. El niño me llevó hasta el final del callejón. Desde allí se podía adivinar la línea de playa, que quedaba tapada por una ristra de almacenes dilapidados y los desechos de un tren de carga abandonado en una vía muerta cubierta de matojos. Tenía los vagones roídos por el óxido y la locomotora había quedado reducida a un esqueleto de calderas y rieles que esperaban el desballestamiento. Arriba de todo, la luna se dejaba ver entre las rendijas de una cúpula de nubes de plomo. Mar adentro, se vislumbraban algunos navíos de carga enterrados entre las olas, y delante de la plaza del Bogatell, una osamenta de viejos buques de pesca t barcos de cabotaje escupidos por el temporal y embarrancado en la arena. Al otro lado, como un manto de escoria extendido detrás de la fortaleza de las tinieblas industriales, se extendía en campamento de barracas del Somorrostro. Las olas rompían a pocos metros de la primera línea de cabañas de caña y madera. Columnas de humo blanco reptaban entre los terrados de aquel poblado de miseria que crecía entre la ciudad y el mar como un infinito vertedero humano. El hedor de las basuras quemadas inundaba el aire. Nos introdujimos por las calles de aquel poblado olvidado, pasajes abiertos entre estructuras trabadas con ladrillos robados, barro y maderas que devolvía la marea.


El niño me guiaba por el interior indiferente a las miradas desconfiadas de los habitantes del lugar. Jornaleros son jornal, gitanos expulsados de otros campamentos similares a las vertientes de la montaña de Montjuic, o delante de las fosas comunes del cementerio de Can Tunis, niños y ancianos desahuciados. Todos me observaban con recelo. Al exterior de las barracas, mujeres de edad indefinible calentaban agua o comida en el fuego con recipientes de latón. Nos paramos delante de una estructura blancuzca. En la puerta había una nena con cara de anciana que cojeaba sobre una pierna carcomida por la polio y trajinaba un cubo donde se agitaba una cosa grisácea t pegajosa. Anguilas. El niño me señalo la puerta. -Es aquí – me dijo. Dio un vistazo al cielo. La luna se volvía a esconder ente las nubes y un velo de oscuridad avanzaba desde el mar. Entré. 16 Tenía la cara dibujada de recuerdos y una mirada que habría podido tener diez o cien años. Estaba sentada cerca de una pequeña chimenea y contemplaba la danza de las llamas con la misma fascinación que un niño. Los cabellos, de color ceniza, los llevaba atados en una trenza. Su físico era esbelto y austero, el gesto breve y pausado. Iba vestida de blanco y llevaba un pañuelo de seda atado alrededor del cuello. Me sonrió cálidamente y me ofreció una silla a su lado. Me senté. Estuvimos dos minutos en silencio, escuchando, escuchando el chisporroteo de las brasas y el rumor de la marea. Acompañado de ella, el tiempo parecía haberse parado y la presa que me había traído hasta su puerta, aunque pareciese extraño, había desaparecido. Lentamente, el aliento del fuego fue haciendo efecto fue haciendo efecto y el frío que llevaba pegado en los huesos se fundió con el calor de su compañía. Entonces ella apartó los ojos del fuego u cogiéndome la mano, me habló.


-La madre vivió en esta casa cuarenta años. En aquella época no era ni una casa, sino una cabaña hecha con cañas t desguaces que traía la marea. Siempre decía que el día que dejase el Somorrostro se moriría. Había nacido aquí, con la gente de la playa, y se quedó hasta el último día de su vida. De la madre se han dicho muchas cosas. Todos hablan, pero muy pocos la conocieron. Muchos la tenían miedo y la odiaban. Incluso después de muerta. Le explico todo esto para que sepa que yo no soy la persona que busca. La persona que busca o cree buscar, la que todos nombran la Bruja del Somorrostro, era mi madre. La miré confundido. -¿Cuándo…? -Mi madre murió en 1905 – me dijo – La mataron a pocos metros de aquí, en la playa, de una cuchillada en el cuello. -Me sabe mal. Yo creía que… -Mucha gente lo cree. El deseo de creer pude borrar hasta la muerte y todo. -¿Quién la mató? -Usted ya sabe quien fue. Tardó unos cuantos segundos en responder. -El Diego Marlasca… -Ella hizo que si con la cabeza. -¿Por qué? -Para silenciarla. Para esconder su rastro. -No lo entiendo. Su madre bien le había ayudado… El mismo le dio un buen dinero a cambio de su ayuda. -Por eso la quiso matar, para que se llevase su secreto a la tumba. Me observó con una sonrisa leve, como si mi confusión, y al mismo tiempo, le diese lástima. Mi madre era una persona normal y corriente, señor Martín. Había crecido en la miseria y el único poder que tenía era la voluntad de sobrevivir. No aprendió nunca ni a leer ni a escribir, pero sabía ver el interior de las personas. Sabía lo que sentían, lo que escondían, lo que ocultaban y lo que deseaban. Lo leía en los ojos, en la voz, en la manera de caminar o de gesticular. Sabía lo que dirían o lo que harían


antes de que lo hiciesen. Por eso muchos la consideraban una bruja, porque era capaz de ver en ellos lo que ellos mismos se negaban a ver. Se ganaba la vida vendiendo brebajes de amor y encantos que preparaba con agua de la riera, hierbas y un poco de azúcar. Ayudaba a las ánimas perdidas a creer lo que querían creer. Cuando su nombre se hizo popular, mucha gente de alta alcurnia la visitaba y la solicitaba favores. Los ricos querían más dineros. Los poderosos querían más poder. Los pecadores se querían sentir santos y los santos querían ser castigados por pecados que les dolían no haber tenido el coraje de cometerlos. Mi madre les escuchaba a todos y aceptaba y aceptaba sus monedas. Con este dinero, nos envió a mí y a mis hermanos, a estudiar a los colegios donde iban los hijos de sus clientes. Nos compró otro nombre y otra vida lejos de este lugar. Mi madre era una buena persona, señor Martín. No se engañe. No se aprovechó nunca de nadie, ni les hizo creer más de lo que necesitaban creer. La vida la había enseñado que las personas vivimos tanto de mentiras, grandes o pequeñas, como del aire. Decía que si fuésemos capaces de ver sin trabas la realidad del mundo y de nosotros mismos durante un solo día, de la mañana a la noche, nos suicidaríamos o nos volveríamos locos. -Pero… -Si ha venido aquí buscando magia, se llevará una decepción. Mi madre me explicó que la magia no existía, que en el mundo no había más mal o bien que el que imaginamos por ambición o por ingenuidad. A veces, por locura y todo. -No fue eso lo que le explicó a Diego Marlasca cuando aceptó su dinero – objeté – Siete mil pesetas de aquella época debían comprar unos cuantos años de buen nombre y buenos colegios. -Diego Marlasca necesitaba creer. Mi madre le ayudó a hacerlo. Y nada más. -¿Creer en que? -En su salvación. Estaba convencido que se había traicionado a el mismo y a los que quería, que se había descarriado y seguía un camino de maldad y falsedad. La madre pensaba que esto no le hacia


diferente de la mayoría de los hombres que en algún momento de su vida se miran al espejo. Son los escorpiones malévolos los que siempre se sienten virtuosos y miran a las demás personas con desprecio. Pero, Diego Marlasca era un hombre de conciencia y no estaba satisfecho con lo que veía. Por eso acudió a mi madre. Porque había perdido la esperanza y probablemente el sentido común. -¿Y que había hecho el Marlasca? ¿lo llegó a decir alguna vez? -El decía que había dado su alma a una sombra. -¿Una sombra? -Estas fueron sus palabras. Una sombra que le seguía, que tenía la misma forma, cara y voz que el. -¿Y que significado tenía todo eso? -L culpa y arrepentimiento no tienen significado. Son sentimientos, emociones, no son ideas. Se me ocurrió que ni el amo no lo habría podido expresar más claro y catalán. -¿Y su madre que podía hacer por el? – pregunté -Consolarle y ayudarle a encontrar un poco de paz. Mi madre le quería convencer que su camino de salvación pasaba por la magia. Porque el Diego Marlasca creía mucho en la magia. Mi madre le habó de un viejo encantamiento, una leyenda de pescadores que había oído de pequeña entre las cabañas de la playa. Cuando un hombre se descarriaba y notaba que la muerte había puesto precio a su alma, la leyenda decía que si encontraba un alma pura que se quisiese sacrificar por el, tiznaría con esta su corazón negro, y la muerte, ciega, pasaría de largo. -¿Un alma pura? -Libre de pecado. -¿Y como se hace eso? -Con dolor, naturalmente. -¿Que clase de dolor? -Un sacrificio de sangre. Un alma a cambio de otra. Muerte a cambio de vida.


Un largo silencio. El rumor del mar en la playa y del viento entre las barracas. -La Irene se habría arrancado los ojos y el corazón por Marlasca – continuó – Ella era su única razón para vivir. Lo quería ciegamente y, como el, creía mucho, en la magia. Primero se quiso quitar la vida y ofrecerla como sacrificio, pero mi madre la disuadió. Le dijo lo que ella ya sabía, que la suya no era un alma libre de pecado y que su sacrificio sería en vano. Le dijo eso para salvarla. Para salvarlos a los dos. -¿De quien? -De ellos mismos. -Pero cometió un error… -Mi madre no lo podía prever todo. -¿Qué hizo el Marlasca? -Mi madre no me lo explicó nunca. No quería que yo y mis hermanos formásemos parte de este mundo. <nos envió lejos y nos separó en diferentes internados para que se nos borrase de la memoria de donde veníamos y que éramos. Decía que ahora éramos nosotros los que estábamos malditos. Murió al cabo de poco, sola. No lo supimos hasta mucho tiempo después. Cuando encontraron su cadáver, no osaron tocarlo y dejaron que se lo llevase el mar. De su muerte nadie osaba hablar. Pero yo sabía quien la había matado y por qué. Y todavía hoy creo que mi madre sabía que moriría pronto y a manos de quien. Lo sabía y no hizo nada por impedirlo, porque al final ella también se lo creyó. Creyó porque no era capaz de aceptar lo que había hecho. Creyó que, sacrificándose, su alma salvaría la nuestra, la de este lugar. Por eso no quiso huir de aquí, porque la vieja leyenda decía que el alma que se sacrificaba tenía que estar siempre en el lugar donde se había cometido la traición, una venda en los ojos de muerte, aprisionada para siempre jamás. -¿Y donde está el alma que salvó la del Diego Marlasca? La mujer sonrió. -No hay almas, señor Martín. Ni salvaciones. Todo esto son romances, puras habladurías. Lo único que hay son cenizas y


recuerdos. Y, si hay, deben estar en el lugar donde Marlasca cometió el crimen, el secreto que ha escondido todos estos años para huir de su destino. -La casa de la torre… He vivido casi diez años y en aquella casa no hay nada. Volvió a sonreír. Y, mirándome fijamente a los ojos, se inclinó la cabeza hacia mí y me dio un beso en la mejilla. Tenía los labios helados, como los de un cadáver. Su aliento hedía a flores muertas. -Tal vez no haya sabido buscar el lugar oportuno – me susurró al oído - Quizás el alma atrapada es la suya. Entonces se desató el pañuelo que le abrigaba el cuello y vi una gran cicatriz que lo surcaba. Esta vez su sonrisa fue más maliciosa y los ojos le brillaron con una luz cruel y burlesca. -Pronto saldrá el sol. Váyase mientras pueda – me dijo la bruja del Somorrostro dándome la espalda y volviendo a clavar la mirada en el fuego. El niño vestido de negro apareció en el umbral y me tocó con la mano, indicándome que se me había acabado el tiempo. Me levanté y le seguí. Al volverme, sorprendí mi reflejo en un espejo que colgaba de la pared. Se podía ver la silueta encorvada y cubierta de harapos de una viejecita sentada en el fuego. Su risa oscura y cruel me acompañó hasta la salida. 17 Cuando llegué a la casa de la torre, empezaba a clarear. Encontré la cerradura de la puerta rota. Empujé la puerta con la mano y entré en el vestíbulo. En la parte interior de la puerta, del mecanismo de la cerradura salía humo y hacía un olor intenso. Ácido. Subí las escaleras poco a poco, convencido que encontraría al Marlasca esperándome en las sombras del rellano o que, si me volvía, lo encontraría sonrientes detrás de mí. Al enfilar en último tramo de escalones, vi que, en el agujero de la cerradura, también había rastros de ácido. Metí la llave y tuve que hurgar durante casi dos minutos


para desbloquear la cerradura, que había quedado mutilada pero que aparentemente no había cedido. Saqué la llave corroída por aquella substancia y abrí la puerta de un empujón. La dejé abierta tras de mí y me introduje en el corredor sin sacarme el abrigo. Saqué el revolver del bolsillo y abrí el tambor. Vacié los cartuchos que había disparado y los sustituí por balas nuevas, tal como le había visto hacer a mi padre tantas veces cuando volvía a casa al amanecer. -¿Salvador? – dije. El sonido de mi voz se extendió por la casa. Tensé el percutor de la pistola. Continué avanzando por el corredor hasta llegar a la habitación del fondo. Tenía la puerta ajustada. -¿Salvador? – pregunté. Apunté la puerta con el revolver y la abrí de una patada. Dentro no había ningún rastro de Marlasca, solo la montaña de cajas y objetos viejos apilados contra la pared. Volví a sentir el mal olor que parecía filtrarse por los muros. Me acerqué al armario que cubría la pared del fondo y abrí las puertas de par en par. Saqué la ropa vieja que había en los colgadores. La corriente fría y húmeda que provenía de aquel agujero de la pared me acarició la cara. Fuese lo que fuese que el Marlasca había escondido en aquella casa, se encontraba detrás de aquella pared. Guardé la pistola en el bolsillo del abrigo y me lo quité. Metí el brazo por la ranura que quedaba entre el armario y la pared. Conseguí poner la mano en la parte de atrás y estiré con fuerza. Gané un par de centímetros y pude coger bien al armario. Lo volví a estirar y cedió casi un palmo. Continué empujando hacia fuera hasta que la pared de atrás del armario quedó a la vista y tuve suficiente espacio para colarme. Una vez situado detrás, empujé el armario con los hombros y lo aparté del todo, hasta que quedo arrumbado a la pared de al lado. Me paré para recuperar el aliento y examiné la pared. Se veía pintada de un color ocre diferente del resto de la habitación. Bajo la pintura, se adivinaba una especie de masa arcillosa sin pulir. Piqué en la pared con los nudillos. Después de oír el sonido, quedo bien claro que aquello no era una pared maestra. Al otro lado había alguna cosa.


Apoyé la cabeza contra la pared y la ausculté. De Pronto, oí ruidos. Pasos por el pasillo. Se acercaban. Me retiré poco a poco y alargué la mano hacia el abrigo que había dejado sobre una silla para coger el revolver. Me aguanté la respiración. La silueta apareció lentamente en el interior de la habitación. -Inspector…- murmuré. Víctor Grandes sonrió fríamente. Supuse que hacía horas que me esperaba con sus dos acólitos, escondidos en algún portal de la calle. -¿Qué hace reformas, Martín? -Ordeno unas cuantas cosas. El inspector miró el montón de vestidos y cajones tirados por el suelo y el armario retirado y se limitó a asentir. -He pedido a Marcos y a Castelo que se esperen abajo. Iba a llamar, pero como usted ha dejado la puerta abierta, me he tomado la libertad de entrar. Me he dicho: seguro que el amigo Martín me espera. -¿Qué puedo hacer por usted, inspector? -Acompañarme a la comisaría, si es tan amable. -¿Estoy detenido? -La verdad es que sí. ¿Me lo pondrá fácil o me lo tendré que llevar por la fuerza? -Le facilitaré el trabajo – le aseguré. -Se lo agradezco de todo corazón. -Me deja coger el abrigo – le pregunté. Grandes me miró a los ojos por un instante. En seguida cogió el abrigo y me ayudó a ponérmelo. Note el peso del revolver en la pierna. Me abroché el abrigo sin prisas. Antes de salir de la habitación, el inspector echó un vistazo al trozo de pared que había quedado al descubierto. Después me indicó que saliese al pasillo. Marcos y Castelo habían subido hasta el rellano y se esperaban con una sonrisa triunfante. Al llegar al final del pasillo, me paré un momento para mirar el interior de la casa, que parecía replegarse en un pozo de sombras. Me pregunté si algún día la volvería a ver. El Castelo se sacó unas esposas, pero Grandes hizo un gesto de negación.


-¿No hacen falta, ¿verdad, Martín? Dije que no con la cabeza. Grandes ajustó la puerta y me empujó con suavidad pero con firmeza hacia la escalera. 18 Esta vez no hubo golpe de efecto, ni escenografía tremendista, ni calabozos húmedos y oscuros. La sala era grande, bien iluminada y de techos altos. Me hizo pensar en el aula de un colegio religioso de los buenos, incluyendo el crucifijo delante. Estaba situada en la primera planta de Jefatura, con amplios ventanales que ofrecían vistas a la gente y a los tranvías que ya empezaban a circular por la Vía Layetana. En medio de la sala, había dos sillas y una mesa de metal que, abandonadas entre tanto espacio vacío, parecían minúsculas. Grandes me guió hasta las mesa y mandó a Marcos y a Castelo que nos dejasen solos. Los dos policías tardaron en acatar la orden. La rabia que traslucían se podía oler en el ambiente. Grandes esperó que saliesen y se relajó. -Pensaba que me tiraría a los leones – le dije. -Siéntese. Obedecí. Sino fuese por las miradas de Marcos y Castelo, al salir, la puerta de metal y los barrotes al otro lado del cristal, nadie habría dicho que mi situación era grave. Me acabaron de convencer los termos con café caliente y el paquete de cigarrillos que Grandes dejó sobre la mesa, pero sobretodo, su sonrisa serena y amable. Esta vez el inspector hacía las cosas como se debían de hacer. Se sentó delante de mí y abrió una carpeta. Sacón un montón de fotografías que colocó sobre la mesa, una al lado de la otra. En la primera, salía el abogado Valera, arrellanado en la butaca de su salón. A su lado había una imagen del cadáver de la viuda Marlasca, o lo que había quedado de el después de sacarla del fondo de la piscina de su casa en la carretera de Vallvidriera. En una tercera fotografía se veía a un hombrecillo con el cuello cortado que se parecía a Damián Roures. La cuarta imagen era la de Cristina Sagnier, del día de su


boda con Pedro Vidal. Las dos últimas eran retratos de estudio de mis antiguos editores, el Barrido y el Escobillas. Una vez bien alineadas las seis fotografías, Grandes me lanzó una mirada impenetrable y dejó pasar un par de minutos de silencio, estudiando mi reacción delante de las imágenes, o la falta de reacción. Al terminar, con una parsimonia infinita, llenó dos tazas de café y empujó una hacia mí. -Antes de nada, me gustaría darle la oportunidad de explicármelo todo, Martín. A su manera y sin prisas – dijo, al final. -No servirá de nada – le repliqué – no cambiará nada. -¿Prefiere un acareamiento con otros implicados? ¿Ante su ayudanta, por ejemplo? ¿Como se llamaba? Isabella? -Déjela en paz. Ella no sabe nada. -Convénzame. Miré hacia la puerta. -De esta sala, Martín, solo podrá salir de una manera – dijo el inspector, enseñándome una llave. Volví a notar el peso del revolver en el bolsillo del abrigo. -¿Por donde quiere que empiece? -Usted es el narrador. Solo le pido una cosa: que me diga la verdad. -No se cual es la verdad. -La verdad es lo que hace daño. Durante dos buenas horas, Víctor Grandes no abrió la boca. Escuchaba atentamente y, de tanto en tanto, decía que si con la cabeza o anotaba palabras en un cuaderno. Al principio le miraba, pero pronto me olvidé de su presencia y descubrí que me explicaba la historia a mi mismo. Las palabras me hicieron viajar a un tiempo que creía perdido, a la noche que asesinaron a mi padre a las puertas del periódico. Recordé mis días en la redacción de La Voz de la Industria, los años en que había sobrevivido escribiendo historias de noche y la primera carta de Andreas Corelli, que prometía grandes esperanzas. Recordé el primer encuentro con el amo en el Depósito de Aguas y los días en que la certeza de una muerte segura era todo el horizonte que tenía delante. Le hablé de Cristina, de Vidal y de una


historia con un final que todos habrían adivinado excepto yo. Le hablé de los dos libros que había escrito, uno con mi nombre y el otro con el del Vidal, de la pérdida de aquellas pobres esperanzas y de la tarde en que vi a mi madre abandonar en la broza la única cosa buena que creía haber hecho bien en la vida. No buscaba la lástima ni la compasión del inspector. Tenía suficiente con trazar un mapa imaginario de los acontecimientos que me habían traído a aquella sala, a aquel instante de vacío absoluto. Volví a la casa del Parque Güell la noche en la que el amo me había formulado una oferta que no podía rechazar. Confesé mis primeras sospechas, las investigaciones sobre la historia de la casa de la torre, sobre la extraña muerte de Diego Marlasca y la red de engaños en que me había visto liado o que había elegido para satisfacer mi vanidad, la ambición y la voluntad de vivir a cualquier precio. Vivir para explicar la historia. No me dejé nada. Nada, excepto el hecho más importante, que no osaba ni explicármelo a mi mismo. En mi relato, volvía al sanatorio Villa San Antonio a buscar a Cristina y no encontraba nada más que un rastro de pisadas que se perdían en la nieve. Tal vez, si me lo repetía una y otra vez, hasta yo me lo llegaría a creer todo lo que había pasado. Mi historia acababa aquella misma mañana, volviendo de las barracas del Somorrostro para descubrir que Diego Marlasca había decidido que el retrato que faltaba en aquella exposición de fotografías que el inspector había montado sobre la marcha era el mío. Al acabar el relato, me aislé en un largo silencio. Nunca me había sentido tan cansado. Me habría gustado meterme en la cama y no despertar nunca más. Grandes me observaba desde el otro lado de la mesa. Me pareció que estaba confuso, triste, colérico y, sobretodo, perdido. -Diga alguna cosa – le provoqué. Grandes resopló. Se levanto de la silla que no había abandonado durante toda mi historia y, volviéndose de espaldas, se acercó a la ventana. Me vi a mi mismo sacando el revolver del abrigo, le


disparaba en la nuca y salía de allá con la llave que se había metido en el bolsillo. En sesenta segundos podía estar en la calle. -Si estamos aquí hablando es porque ayer llegó un telegrama del cuartel de la guardia civil de Puigcerdá. Decía que Cristina Sagnier había desaparecido del sanatorio Villa San Antonio y que usted era el principal sospechoso. El jefe médico del centro asegura que usted había expresado su interés en llevársela y que el le denegó el alta. Le explico todo esto para que entienda perfectamente porqué estamos en esta sala hablando como viejos amigos, con café caliente y cigarrillos. Estamos aquí porque la mujer de uno de los personajes más ricos de Barcelona ha desaparecido y usted es el único que sabe donde está. Estamos aquí porque el padre de su amigo Pedro Vidal, uno de los hombres más poderosos de esta ciudad, se ha interesado en el caso, pero según parece, es un viejo conocido suyo que ha pedido amablemente a mis superiores que antes de tocarle un solo pelo obtengamos información sobre la Cristina Sagnier y dejemos cualquier otra consideración para más adelante. Sino fuese por eso, y por mi insistencia en tener una oportunidad para aclarar el tema a mi manera, ahora mismo usted estaría encerado en un calabozo del Campo de la Bota y en lugar de hablar conmigo lo haría con el Marcos y el Castelo. Estos dos, y se lo digo para que lo sepa, creen que todo lo que no sea empezando por rompiéndole las rodillas a fuerza de martillazos es perder el tiempo y poner en peligro la vida de la señora Vidal, opinión que cada minuto que pasa comparten más mis superiores, que creen que le doy demasiada cuerda a causa de nuestra amistad. Grandes se volvió y me miró, conteniendo su ira. -Usted no me ha escuchado – protesté – No se ha creído nada de lo que le he dicho. -Le he escuchado atentamente, Martín. He escuchado como, moribundo y desesperado, usted formalizó un acuerdo con un más que misterioso editor parisino de quien nadie ha oído hablar ni ha visto nunca, para inventarse, según sus propias palabras, una nueva religión a cambio de cien mil francos franceses, solo por descubrir


que había caído en un siniestro complot en que estarían implicados un abogado que simuló su muerte hace veinticinco años y su amante, una corista en decadencia, para huir de su destino, que ahora es el suyo. He escuchado como este destino le llevó a caer en la trampa de un caserón maldito que ya había atrapado a su predecesor, Diego Marlasca, y usted ha encontrado pruebas que alguien le seguía los pasos y asesinaba a todos los que podían revelar el secreto de un hombre que, si he de juzgarlo por sus palabras, estaba casi tan loco como usted. El hombre en la sombra, que habría asumido la identidad de un expolicía para esconder que estaba vivo y ha cometido una serie de crímenes con la ayuda de su amante, entre otras haber provocado la muerte del señor Sempere por algún extraño motivo que ni usted mismo es capaz de explicar. Irene Sabino mató al señor Sempere para robarle un libro. Un libro que pensaba que contenía mi alma. Grandes se dio un golpe en la frente con la palma de la mano, como si acabase de aclarar en las entrañas de todo este lío. -Está claro. ¡Qué burro que soy! Esto lo explica todo. Como también el terrible secreto que le ha revelado una hechicera de la playa del Bogatell. La Bruja del Somorrostro. Me gusta. Es de su estilo todo esto. A ver si he entendido bien todo el argumento. El protagonista principal, el tal Marlasca, mantiene una alma prisionera para ocultar la suya y así, huir de una misteriosa maldición. Dígame, Martín, ¿Esto lo ha sacado de La ciudad de los malditos o se lo acaba de inventar? -No me he inventado nada. -Póngase en mi lugar y dígame sinceramente si se creería una historia tan inverosímil. -Supongo que no. Pero le he dicho todo lo que se. -¡Y tanto que sí! Me ha dado datos y hechos concretos para que compruebe la veracidad de su relato: la visita al doctor Trías, la cuenta en el Banco Hispano Colonial, su propia lápida mortuoria esperándole en un taller de Pueblo nuevo, incluso una ligazón legal entre el hombre que usted llama “el amo” y el bufete de abogados


Valera, entre muchos otros detalles que no desmerecen en nada su experiencia en la creación de historias policíacas. Lo único que no me ha explicado y que, con toda franqueza, por su bien y el mío, esperaba oír, es donde puedo encontrar a Cristina Sagnier. Comprendí que en aquel momento la única manera de salvarme consistía en contarle una mentira como una casa de payés. Si explicaba la verdad sobre Cristina, mis horas estaban contadas. -No se donde está. -Esto es mentira. - Ya le he dicho que no serviría de nada explicarle la verdad – le respondí. -Excepto para hacerme quedar como un burro por querer ayudarle. -¿Es eso lo que quiere hacer, inspector? ¿Ayudarme? -Si. -Pues compruebe todo lo que le he dicho. Encuentre al Marlasca y a la Irene Sabino. -Mis superiores me han concedido veinticuatro horas para aclarar este enredo por las buenas. Si cuando se acabe este término no les llevo a Cristina Sagnier sana y salva, o por lo menos viva, me relevarán del caso y se lo pasarán a Marcos y Castelo. Hace tiempo que esperan la oportunidad de hacer méritos y no la desaprovecharán. -Pues muévase. Grandes, resopló, pero asintió. -Espero que sepa lo que hace, Martín.

19 Calculé que cuando el inspector Grandes me dejo cerrado en aquella sala sin más compañía que el termo de café frío y un paquete de cigarrillos, debían ser las nueve de la mañana. Apostó a uno de sus hombres en la puerta y le oí que bajo ningún concepto dejase entrar a nadie. Al cabo de cinco minutos oí que alguien llamaba a la puerta y reconocí el rostro del sargento Marcos recortado en la ventanita de


cristal. No oía palabras, pro leía perfectamente la caligrafía de los labios: Vete preparando, mal nacido. Pasé el resto de la mañana sentado en el antepecho de la ventana contemplando a la gente que se creía libre por andar detrás de los barrotes. Jo fumaba y comía trozos de azúcar con la misma fruición con que había visto hacerlo al amo más de una vez. El cansancio, o tal vez solo era el desasosiego de la desesperación, me dejaron aturdido a mediodía y me estiré en el suelo, de cara a la pared. Me dormí en un minuto escaso. Cuando me desperté, la sala estaba medio a oscuras. Ya era de noche y la claridad ocre de los faroles de la Vía Layetana dibujaba sombras de coches y tranvías en el techo de la sala. Pe levanté, con el frío del suelo metido en todos los músculos de mi cuerpo, y me acerqué a un radiador situado en un rincón, que estaba más helado que mis manos. En aquel momento, oí la puerta de la sala que se abría tras de mí y me volví para encontrarme al inspector que me observaba desde el quicio de la puerta. A una señal de Grandes uno de sus hombres encendió la luz de la sala y cerró la puerta. La claridad dura y metálica me hirió la vista, cegándome momentáneamente Cuando los abrí, me encontré con un inspector que tenía tan mal aspecto como yo. -¿Quiere ir al lavabo? No hace falta. Aprovechando las circunstancias, he decidido mearme encima e ir haciendo prácticas, así estaré preparado cuando usted me envíe a la cámara de los horrores de los inquisidores Marcos y Castelo. -Veo que no ha perdido el sentido del humor. Me alegro. Hoy le será de una gran ayuda. Siéntese. Volvimos a las posiciones de unas cuantas horas antes y nos miramos en silencio. -Me he dedicado a comprobar los detalles de su historia. -¿Y? -¿Por donde quiere que empiece?


-Usted es el policía. -Primero he visitado la clínica del doctor Trias, en la calle de Muntaner. No me he estado mucho rato. El doctor Trías se murió hace 12 años y hace ocho que la consulta pertenece a un dentista que se llama Bernat Llofriu. Evidentemente, a usted no le conoce de nada ni ha oído hablar nunca. -Eso es imposible. -Espere, que solo acabo de empezar. Saliendo de allá, he pasado por las oficinas del Banco Hispano Colonial. Una decoración impresionante y un servicio impecable. Me han entrado ganas de abrirme una libreta. He aclarado que usted no ha tenido nunca ninguna cuenta, que no han oído hablar nunca de nadie que se llame Andreas Corelli y que en estos momentos no hay ningún cliente que tenga una cuenta en divisas por el importe de cien mil francos franceses. ¿Quiere que continúe? Me mordí los labios, pero dije que si con la cabeza. -La siguiente parada ha sido en el despacho del difunto abogado Valera. He comprobado que usted tiene una cuenta bancaria, pero no con el Banco Hispano Colonial, sino con el banco de Sabadell, desde donde transfirió fondos a la cuenta de los abogados por un importe de dos mil pesetas, hace cosa de seis meses. -No lo entiendo. -Pues es muy sencillo. Usted contrató los servicios del abogado Valera, anónimamente, o por lo menos se lo creía, porque los bancos tienen memoria de poeta y, cuando han visto volar un céntimo, no se olvidan nunca. Le he de confesar que, después de lo que acababa de descubrir, había cogido gusto a la investigación, por eso he decidido hacer una visita al taller de escultura funeraria de Sanabre e Hijos. -No me diga que no ha visto el ángel… -¡Y tanto que lo he visto! Es impresionante. Como la carta firmada de su propia mano, con fecha de hace tres meses, para encargar la lápida, y el recibo de pago por adelantado que el bueno del Sanabre guardaba en sus libros. Un hombre encantador y orgulloso de su


trabajo. Me ha dicho que era su obra maestra, que ha recibido una inspiración divina. ¿No le ha preguntado por el dinero que le pagó el Marlasca hace veinticinco años? -Si que lo he hecho. Guardaba los recibos. A cuenta de las obras de mejora, mantenimiento y reformas del panteón familiar. -En la tumba de Marlasca, hay enterrado alguien que no es el. -Eso lo dice usted. Pero si quiere que profane un sepulcro, antes me tiene que facilitar argumentos más sólidos. Déjeme continuar con el repaso de su historia. Tragué saliva. -Aprovechando que estaba cerca, he ido hasta la playa del Bogatell. Por un real he encontrado por lo menos a diez personas dispuestas a revelar el horroroso secreto de la Bruja del Somorrostro. Esta mañana, cuando me explicaba su relato, no le he dicho para no estropearle su efecto dramático, pero la mujerzuela que se hacía llamar así hace años que se murió. La viejecita que he visto esta mañana no da miedo ni a los niños y está postrada en una silla de ruedas. Un detalle que le encantará: es muda. -Inspector… -Espérese, que aún no he acabado. No me puede acusar de no tomarme mi trabajo en serio. Total, que desde allá me he ido al caserón del Parque Güell. Hace unos diez años que está abandonado y no había ni fotografías ni estampas ni nada de nada. Lo único que había era caca de gato. ¿Qué me dice? No respondí. -Escuche, Martín, póngase en mi lugar. ¿Qué habría hecho si se hubiese encontrado en esta conjetura? -Abandonar, supongo. -Exacto. Pero como yo no soy usted, después de un periplo tan provechoso he decidido seguir su consejo como un idiota y buscar a la temible Irene Sabino. - ¿Y la ha encontrado?


-Las fuerzas del orden bien merecen un poco de crédito, Martín. Está claro que la hemos encontrado. Muerta de asco en una pensión miserable del Raval donde vive desde hace no se cuantos años. -¿Y ha hablado con ella? Grandes asintió. -Mucho rato. -¿Y? -No tiene ni puñetera idea de quien es usted. -¿Esto es lo que le ha dicho? -Entre otras cosas. -¿Qué cosas? -Me ha explicado que conoció al Diego Marlasca en una sesión organizada por Roures en un piso de la calle Elisabets donde en el año 1903 se reunía la asociación espiritista El Porvenir. Me ha explicado que se encontró con un hombre que se refugió en sus brazos destrozado por la pérdida del hijo y atrapado en un matrimonio que ya no tenía sentido. Me ha explicado que Marlasca era un hombre bondadoso pero perturbado, que creía que se le había metido alguna cosa dentro y que estaba convencido que se moriría pronto. Me ha explicado que antes de morir dejó un fondo de dinero para que ella y el hombre a quien había dejado para irse con Marlasca, Joan Corbera, alias el Jaco, pudiesen recibir alguna cantidad en su ausencia. Me ha explicado que Marlasca se quitó la vida porque no podía soportar el dolor que le roía. Me ha explicado que ella y Joan Corbera vivieron de la caridad de Marlasca hasta que el fondo se agotó y que el hombre que usted llama Jaco la abandonó al cabo de poco y que supo que había muerto solo y alcoholizado mientras trabajaba como vigilante nocturno en la fábrica Casarramona. Me ha explicado que si, que llevó a Marlasca a ver a aquella mujer, la Bruja del Somorrostro, porque esperaba que ella le consolase y le hiciese creer que se reencontraría con su hijo en el más allá… ¿Quiere que continúe?


Me abrí la camisa y le enseñé los cortes que la Irene Sabino me había hecho en el pecho la noche que ella y el Marlasca me atacaron en el cementerio de San Gervasio. -Una estrella de seis puntas. No me haga reír, Martín. Estos cortes se los puede haber hecho usted mismo. No significan nada. Irene Sabino no es más que una pobre mujer que se gana la vida trabajando en una lavandería de la calle de la Cadena, no una bruja. -¿Y que me dice de Ricardo Salvador? -Ricardo Salvador fue expulsado del cuerpo en 1906, después de pasarse dos años removiendo el caso de la muerte de Diego Marlasca mientras mantenía una relación ilícita con la viuda del difunto. Las últimas noticias que tuvimos era que había decidido embarcarse para América para iniciar una nueva vida. No me supe callar y me puse a reír delante de la enormidad de aquel engaño. -¿Es que no se da cuenta, inspector? ¿No se da cuenta que ha caído en la misma trampa que me puso Marlasca? Grandes me contemplaba con lástima. -El que no se da cuenta de lo que pasa es usted, Martín. El reloj corre y usted, en lugar de decirme que ha hecho con la Cristina Sagnier, se emperra en hacerme creer una historia que parece salida de La ciudad de los malditos. Aquí solo hay una trampa: la que usted se la puesto a sí mismo. Y cada minuto que pasa sin decirme la verdad me lo pone más difícil poderle sacar de esa trampa. Grandes me pasó la mano por delante de los ojos un par de veces, como si se quisiese asegurar que yo todavía conservaba el sentido de la vista. -¿No? ¿Nada? Como quiera. Déjeme que le acabe de explicar lo que ha dado de si el día. Después de la visita a Irene Sabino, la verdad es que ya estaba cansado y he vuelto un rato a Jefatura, donde aún he encontrado tiempo y las ganas de llamar al cuartel de la Guardia Civil de Puigcerdà. Allí me han confirmado que le vieron salir de las habitaciones donde estaba internada Cristina Sagnier la noche que ella desapareció, que no volvió nunca al hotel a recoger el equipaje y


que el médico jefe del sanatorio les explicó que usted le había cortado las correas que ataban a la paciente. Después he llamado a un viejo amigo suyo, Pedro Vidal, que ha tenido la amabilidad de acercarse hasta Jefatura: el pobre hombre está destrozado. Me ha explicado que la última vez que se vieron ustedes dos le pegó. ¿Es cierto? Hice que si con la cabeza. -Sepa que no se lo tiene en cuenta. De hecho, me ha querido convencer que le dejase ir. Dice que todo debe de tener una explicación. Que usted ha tenido una vida difícil. Que perdió a su padre por culpa suya. Que el se sentía responsable. Que lo único que quiere es recuperar a su mujer y que no tiene intención de tomar represalias contra usted. -¿Todo eso le ha explicado al Vidal? -No he tenido otro remedio. Escondí la cara entre las manos. -¿Y que ha dicho? –le pregunté. Grandes se encogió de espaldas. -El cree que usted ha perdido la razón y que es inocente, por eso no quiere que le pase nada. Su familia es otra historia. Usted no es precisamente santo de su devoción del padre de su amigo Vidal. Aquel honorable señor ha ofrecido secretamente una bonificación a Marcos y a Castelo si le arrancan una confesión en menos de doce horas. Ellos le han asegurado que en una mañana usted recitará todos los versos del Canigó. -¿Y usted que cree? -¿La verdad? La verdad es que me gustaría creer que pedro Vidal tiene razón, y que usted ha perdido la razón. No le dije que, en aquel mismo momento, yo también me lo empezaba a creer: Me iré a Grandes y me di cuenta por su expresión que había alguna cosa que no ligaba. -Hay algo que no me ha explicado –le indiqué. -Yo diría que le he explicado más de lo que debiera – me replicó. -¿Qué es lo que no me ha dicho?


Grandes me observó atentamente y después dejó salir una risita soterrada. -Esta mañana me ha explicado que la noche en que murió el señor Sempere alguien fue a la librería y se les oyó discutir. Usted sospecha que esta persona quería adquirir un libro, un libro suyo, que Sempere se negó a venderle y que en la batalla el librero sufrió un ataque al corazón. Según usted, era una pieza única, que quedan muy pocos ejemplares. ¿Cómo se titulaba el libro? -Los pasos del cielo. -Exacto. Es el libro que según sus sospechas, fue robado la noche en que murió Sempere. Asentí. El inspector cogió un cigarrillo y lo encendió. Saboreó un par de pipadas y lo apagó. -He aquí mi dilema, Martín. Por un lado creo que usted me ha explicado una bola detrás de otra. Se las ha inventado tomándome por tonto o, cosa que no se si es peor, usted ha empezado a creérselas de tanto repetirlas. Todos los indicios le apuntan a usted y para mí lo más fácil sería lavarme las manos y dejar que Marcos y Castelo se encarguen. -Pero… -…Pero por otro lado, y es un pero minúsculo, insignificante, un pero que mis colegas no tendrían ningún inconveniente en pasarlo por alto, pero que a mi me molesta cono una broza en un ojo, también pienso que tal vez, y esto que le diré contradice todo lo que he aprendido en veinte años en este oficio, lo que me ha explicado usted no es la verdad pero tampoco es falso. -Solo le puedo decir que le he explicado todo lo que recuerdo, inspector. Me podrá creer o no. El caso es que yo ni a veces me creo a mi mismo. Pero es lo que recuerdo. Grandes se puso en pie y empezó a dar vueltas por la mesa. -Esta tarde, cuando hablaba con la María Antonia Sanahuja, alias Irene Sabino, en la habitación de su pensión le he preguntado si sabía quien era usted. Me ha dicho que no. Le he explicado que usted vivía en la casa de la torre donde ella y Marlasca habían pasado unos


cuantos meses. Le he vuelto a preguntar si se acordaba de usted. Me ha dicho que no. Después le he dicho que usted había visitado el panteón de la familia Marlasca y que aseguraba haberla visto allá. Por tercera vez, esta mujer ha negado haberlo visto nunca. Y yo me lo he creído. Me lo he creído hasta que, cuando ya me iba, ella ha dicho que tenía frío y ha abierto el armario para coger un mantón de lana para taparse los hombros. Entonces he visto que había in libro sobre la mesa. Me ha llamado la atención porque era el único libro que había en la habitación. Aprovechando que me había dado la espalda, le he abierto y he leído una inscripción escrita a mano en la primera página: -“Para el señor Sempere, el mejor amigo que podía desear un libro, por abrirme las puertas del mundo y enseñarme a traspasarlas”- cité yo, de memoria. -“Firmado, David Martín”- acabo Grandes. El inspector me dio la espalda y se paró delante de la ventana. -Dentro de media hora, le vendrán a buscar y me relevarán del caso – dijo – Usted pasará a la custodia del sargento Marcos. Y yo no podré hacer nada. ¿Tiene algo que decirme que me permita salvarle el cuello? -No. -Pues coja ese ridículo revolver que tiene escondido en el abrigo desde hace horas y, procurando no disparárselo en el pie, amenáceme con volarme la cabeza sino le doy la llave que abre esta puerta. Miré hacia la puerta. -A cambio – añadió – solo le pido que me diga donde está Cristina Sagnier, y si todavía está viva. Baje la mirada, incapaz de encontrar mi propia voz. -¿La mató usted? – me preguntó. -No lo se. Grandes se me acercó y me ofreció la llave de la puerta. -Márchese, Martín. Dudé un poco antes de aceptarla.


-No coja la escalera principal. Saliendo al pasillo, al final, a mano izquierda, hay una puerta azul que solo se abre por este lado y que da a la escalera de incendios. La salida da al callejón de atrás. -¿Cómo le puedo agradecer? -No perdiendo el tiempo. Dispone de treinta minutos antes de que todo el departamento empiece a buscarlo. No los desaproveche. – me dijo el inspector. Cogí la llave y me encaminé hacia la puerta. Antes de salir, me volví un instante. Grandes se había sentado sobre la mesa y me observaba con una cara inexpresiva. -Este broche del ángel – dijo el, señalándose la solapa. -¿Sí? -Desde que le conozco, siempre lo lleva – dijo. 20 Las calles del Raval eran túneles de sombra punteados por faroles parpadeantes que con dificultad conseguían arañar la negrura. Tardé más de los treinta minutos que me había concedido el inspector Grandes en descubrir que había dos lavanderías en la calle de la Cadena. En la primera, justo era una cueva al fondo de una escaleras relucientes por el vapor, solo trabajaban niños con las manos violáceas de tinta y con ojos amarillentos. La segunda era un establecimiento grasiento que olía a lejía; costaba entender que la ropa saliese limpia de allí. La encargada al ver unas monedas, admitió sin turbarse que la María Antonia Sanahuja trabajaba seis tardes a la semana. -¿Qué ha hecho ahora? – preguntó la matrona. -Ha heredado. Dígame donde la puedo encontrar y quizá le toce un buen picotazo. La matrona se rio pero los ojos le brillaron de avaricia. -Que yo sepa vive en la pensión Santa Lucia, en la calle Marqués de Barberá. ¿Cuánto dinero ha heredado?


Dejé caer unas monedas en el mostrador y salí de aquel pozo infecto sin molestarme en responder. La pensión donde vivía la Irene Sabino languidecía en un edificio sombrío que parecía tejido con huesos desenterrados y lápidas robadas. Los buzones de la portería estaban cubiertos de óxido. En los dos primeros pisos no figuraba ningún nombre. El tercer piso acogía un taller de costura y confección con el altisonante nombre de La Textil Mediterránea. El cuarto y último lo ocupaba la pensión Santa Lucia. Una escalera por donde con trabajo pasaba una persona subía medio a oscuras, el olor de las alcantarillas se filtraba por los muros y roía la pintura de las paredes como ácido. Subí los cuatro pisos hasta llegar a un rellano inclinado que daba a una sola puerta. Llamé con el puño y al cabo de un rato me abrió un hombre alto y delgado como una pesadilla del Greco. -Busco a la María Antonia Sanahuja – dije. -¿Usted es el médico? – me dijo. Le empujé a un lado y entré. El piso no era más que un enredo de habitaciones estrechas y oscuras arracimadas a lado y lado de un pasillo que moría en un ventanal delante de un patio. El hedor que subía por los desagües impregnaba la atmósfera, El hombre que me había abierto la puerta se había quedado en el umbral, mirándome desconcertado. Supuse que se trataba de un huésped. -¿Cuál es su habitación? – le pregunté Me miró en silencio, impenetrable. Saqué el revolver y se lo enseñé. El hombre, sin perder la serenidad señaló la última puerta del pasillo, al lado del respiradero del patio. Fui y, cuando descubrí que la puerta estaba cerrada, me peleé con la cerradura. Los otros huéspedes habían sacado la cabeza al pasillo. Formaban un coro de almas olvidadas, su piel hacía que no recibía la luz ni el calor del sol. Me vinieron a la cabeza mis días de miseria en la pensión de la señora Carmen y llegué a la conclusión de que mi antiguo domicilio parecía el nuevo hotel Ritz comparado con aquel miserable purgatorio, uno de tantos en la colmena del Raval. -Vuelvan a sus habitaciones – les dije.


Nadie dio pruebas de haberme oído. Levanté la mano para que viesen el alma. Entonces todos se metieron en sus habitaciones como ratas espantadas, excepto el caballero de la triste y espigada figura. Concentré mi atención en la puerta. -Ha cerrado por dentro – me explicó el huésped – no ha salido en toda la tarde. - La portera tiene la llave maestra – me informó en huésped – Si se quiere esperar…No creo que tarde en volver. Por toda respuesta, me puse a un lado del pasillo y me lancé con todas mis fuerzas contra la puerta. La cerradura cedió a la segunda embestida. Una vez dentro de la habitación me asaltó aquel olor agrio y nauseabundo. -¡Dios del cielo! – exclamó el huésped detrás mío. La antigua estrella del Paralelo yacía en un jergón tronado, pálida y sudorosa. Tenía los labios negros y al verme, sonrió. Sus manos agarraban con fuerza la botellita de veneno. Lo había engullido hasta la última gota. El tufo de su aliento, de sangre y de bilis, llenaba la habitación. El huésped se tapo la nariz y la boca con la mano y reculó hasta el pasillo. Contemplé a Irene Sabino retorciéndose mientras el veneno la recomía por dentro. La muerte no tenía prisa en llegar. -¿Dónde está el Marlasca? Me miró a través de lágrimas de agonía. -Ya no me necesita – dijo – No me ha querido nunca. Tenía la voz enronquecida y rota. Le vino una tos seca que arrancó de su pecho un sonido desgarrado y, un segundo después, un líquido oscuro le brotó entre los dientes. Irene Sabino me observaba aferrándose a su último aliento de vida. Me cogió la mano y me la apretó con fuerza. -Usted está maldito, como el. -¿Cómo me puedo liberar? Dijo que no lentamente con la cabeza. Otro ataque de tos la sacudió todo el pecho. Los capilares de los ojos se le rompían y una red de líneas sanguinolentas avanzaba hacia las pupilas.


-¿Dónde está el Ricardo Salvador? ¿Enterrado en la tumba del Marlasca, en el panteón? Irene Sabino dijo que no con la cabeza. Una palabra muda se formó en sus labios: Jaco. -¿Dónde está entonces Salvador? -El sabe donde está usted. Le ve. Le hará una visita. Empezaba a delirar. La presión de su mano empezaba a perder fuerza. -Yo le quería – dijo –Era un buen hombre. Un buen hombre. El lo cambió. Era un buen hombre… Le salió de sus labios un sonido de carne rasgada y el cuerpo se le tensó en un espasmo muscular. Irene Sabino se murió con sus ojos clavados en los míos y se llevó para siempre el secreto de Diego Marlasca. Ahora solo quedaba yo. Le tapé la cara con una sábana y suspiré. En el umbral de la puerta, el huésped se santiguó. Miró alrededor buscando alguna cosa que me pudiese ayudar, algún indicio de cual había de ser el paso siguiente. Irene Sabino había pasado sus últimos días en una celda de cuatro metros de largo por dos de ancho. No había ventanas. Todo el mobiliario se reducía a la cana de metal donde yacía el cadáver, un armario al otro lado y una mesita pegada a la pared. Una maleta sacaba la cabeza bajo la cama, al lado de una jofaina y una sombrerera. Sobre la mesa, había un plato con migas de pan, una jarra con agua y un montón de lo que parecían postales pero que resultaron que eran estampas de santos y recordatorios de funerales y de entierros. Envuelto en un trapo blanco, había lo que parecía un libro. Lo desenvolví y me encontré el ejemplar de Los pasos del cielo que había dedicado al señor Sempere. La compasión que me había despertado la agonía de aquella mujer se me evaporó en el acto. Aquella infeliz había matado al amigo Sempere para arrebatarle un asqueroso libro mío. Entonces, recordé que Sempere me había dicho la primera vez que entré en la librería, que cada libro tenía un alma, el alma de quien lo había escrito y el alma de los que lo habían leído y habían soñado. Sempere se había muerto creyendo en aquellas


palabras y comprendí que la Irene Sabino, a su manera, también había creído. Releí la dedicatoria y continué pasando las páginas del libro. Encontré la primera marca en la séptima página. Un trazo marrón escrito sobre las palabras dibujaba una estrella de seis puntas idéntica a la que ella me había gravado en el pecho con el corte de una navaja semanas antes. Era un trazo de sangre. A medida que pasaba las hojas, encontraba más dibujos: unos labios, una mano, unos ojos. Sempere había sacrificado su vida por un miserable y ridículo encantamiento de barraca de feria. Guardé el libro en el bolsillo interior del abrigo y me arrodillé al lado de la cama. Saqué la maleta y volqué todo su contenido en el suelo. Solo había ropa y zapatos viejos. Abrí la sombrerera y encontré un estuche de piel. Contenía la navaja de afeitar con la que Irene Sabino me había hecho las marcas en el pecho. De pronto me di cuenta se extendía por el suelo y me giré bruscamente, apuntando con el revolver. El huésped de la figura espigada me miró con ojos sorprendidos. -Me parece que tiene compañía – dijo concisamente. Salí al pasillo y me acerqué a la entrada. Saqué la cabeza por la escalera y oí unos pasos pesados que subían. Una cara se perfiló en el ojo de la escalera, mirando hacia arriba, y me encontré con los ojos del sargento Marcos dos pisos más abajo. La cara desapareció y los pasos se aceleraron. No venía solo. Cerré y me apoyé en la puerta mientras pensaba. Mi cómplice me observaba, calmado pero expectante. -¿Hay otra salida que no sea esta? – le pregunté. Dijo que no con la cabeza. -¿Y por el terrado? –insistí. Señaló la puerta que acababa de cerrar Al cabo de tres segundos, oí el impacto de los cuerpos del Marcos y del Castelo, que intentaban abrirla. Me aparté, reculando por el pasillo con la pistola apuntando hacia la puerta.


-Por si acaso me voy a mi habitación – dijo el inquilino – encantado de conocerle. -Igualmente. Clavé los ojos en la puerta que se tambaleaba con fuerza. La madera, envejecida alrededor de las bisagras y la cerradura, se iba resquebrajando. Llegué al fondo del pasillo y abrí la ventana que daba al patio. Un túnel vertical de metro por metro y medio, más o menos, se hundía en las sombras. El borde del terrado se entreveía a unos tres metros sobre la ventana Al otro lado del patio de luces, había un desguace pegado al muro con argollas podridas por el óxido. La humedad supurante salpicaba su superficie con lágrimas negras. El ruido de los golpes continuaba retumbando detrás de mí. Me giré y comprobé que la puerta ya se había desencajado casi del todo. Calculé que me quedaban bien pocos segundos. No tuve más remedio que subir al marco de la ventana y saltar. Conseguí coger el desagüe con las manos y apoyar un pie en una de las argollas que la sujetaban. Levanté la mano para agarrar el tramo superior del bajante, pero cuando tiré con fuerza, noté que la tubería se me deshacía en las manos y un metro entero se caía por el espacio vacío del patio. Yo también estuve a punto de caer, pero me aferré a la pieza de metal clavada en el muro que sostenía la argolla. La tubería con la que esperaba subirme al terrado quedaba ahora fuera de mi alcance. Solo tenía dos salidas: volver al pasillo, donde entrarían el Marcos y el Castelo al cabo de dos segundos, o bajar por aquella garganta negra. Olí la puerta picar con fuerza contra la pared interior del piso y me dejé caer lentamente, cogiéndome como podía a la tubería de desguace y arrancándome una gran parte de la piel de la mano izquierda. Cuando había bajado un metro y medio, vi las siluetas de los dos policías recortarse contra el haz de luz que el ventanal proyectaba en la oscuridad del patio. Marcos fue el primero en sacar la cabeza. Sonrió y me pregunté si dispararía allí mismo, sin miramientos. Castelo apareció a su lado. -Quédate aquí. Yo me voy al piso de abajo – le mandó Marcos.


Castelo dijo que si con la cabeza sin quitarme los ojos de encima. Me querían vivo, por lo menos durante unas cuantas horas. Oí los pasos de Marcos alejarse apresuradamente. Al cabo de pocos segundos, sacaría la cabeza por la ventana que quedaba a un metro escaso por debajo de mí. Miré hacia abajo y vi que las ventanas del segundo y del primer piso dibujaban trazos de luz, pero la del tercero estaba a oscuras. Bajé poco a poco hasta apoyar el pie en la argolla siguiente. La ventana oscura del tercer piso quedó delante de mí, el pasillo vacío con la puerta al fondo, donde Marcos llamaba. A aquellas horas el taller de confección ya había cerrado y no había nadie. Los golpes en la puerta pararon en seco y deduje que Marcos había bajado al segundo piso. Miré hacia arriba y vi que el Castelo continuaba observándome, relamiéndose los labios como un gato. -No te caigas, ¿eh? Cuando te cojamos nos divertiremos de verdad – me dijo. Oí voces en el segundo piso. Marcos había conseguido que le abriesen. Sin pensármelo dos veces, me lancé con todas las fuerzas que me quedaban contra la ventana del tercero. Tapándome la cara y el cuello con los brazos y el abrigo, traspasé la ventana y aterricé en un charco de cristales rotos. Me levanté con penas y trabajos y en la penumbra vi que una mancha oscura se me escapaba por el brazo izquierdo. Una astilla de vidrio, afilada como una daga, se alzaba por encima del codo. La sujeté con la mano y la estiré. El frío fue desplazado por una llamarada de dolor que me hizo caerme de rodillas al suelo. Desde allí, vi que el Castelo había empezado a bajar por la tubería y me observaba desde el lugar por donde yo había saltado. Antes de que pudiese sacar la pistola, saltó hacia la ventana. Sus manos se aferraron al marco, y en un acto reflejo, di un golpe al marco de la ventana rota con todas mis fuerzas, dejando caer todo el peso del cuerpo. Los huesos de sus dedos se rompieron con un chasquido seco y Castelo aulló de dolor. Saqué la pistola y le apunté a la cara, pero el ya había empezado a notar que las manos se le desenganchaban del marco. Un segundo de terror en los ojos y se cayó por el patio: su cuerpo pegaba contra las paredes y dejaba un


rastro de sangre en las manchas de luz que destilaban las ventanas de los pisos inferiores. Me arrastré por el pasillo en dirección a la puerta. La herida del brazo me dolía de mala manera y me hizo notar que también tenía cortes en las piernas. Continué avanzando. A lado y lado se abrían habitaciones medio a oscuras, llenas de máquinas de coser, bobinas de hilos y mesas con grandes rollos de tela. Llegué a la puerta y puse la mano en el pomo de la cerradura. Una décima de segundo después, la noté girar bajo mis dedos. La solté. Marcos estaba al otro lado, forzando la puerta. Reculé unos cuantos pasos. Un estrépito ensordecedor sacudió la puerta y una parte de la cerradura salió proyectada en una nube de chispas y de humo azul. Marcos quería romper la cerradura de la puerta a tiros. Me refugié en la primera habitación, llena de siluetas inmóviles sin brazos y sin piernas. Eran maniquíes de escaparate, apilados los unos contra los otros. Me deslicé entre los torsos que brillaban en la penumbra. Oí un segundo tiro. La puerta se abrió de golpe. La Luz del rellano amarillenta y atrapada en el halo de pólvora, penetró en el piso. El cuerpo de Marcos dibujó un perfil afilado en el haz de luz. Sus pesados pasos se acercaban por el pasillo. Le oí abrir un poco la puerta. Me pegué a la pared, escondido tras los maniquíes, con el revolver en las manos temblorosas. -Martín, salga – dijo Marcos en un tono calmado, avanzando poco a poco – No le voy a hacer daño. Tengo órdenes de Grandes de llevarle a comisaría. Hemos encontrado a aquel hombre, Marlasca. Lo ha confesado todo. Usted está limpio. Ahora no haga ninguna tontería. Salga y vayamos a comisaría a hablar tranquilamente. Le vi andar delante del linde de la habitación y pasar de largo. -Martín, escúcheme. Grandes viene hacia aquí. Podemos aclarar todo esto sin necesidad de complicar más las cosas. Armé el percutor del revolver. Los pasos de Marcos se pararon. Un roce en las baldosas. El estaba al otro lado de la pared. Sabía con certeza que yo me encontraba dentro de aquella habitación y que tenía que pasar por delante suyo. Vi su silueta adaptarse a las sombras


de la entrada. Su perfil se fundió en la penumbra líquida, la luz de sus ojos eran el único rastro de su presencia. Estaba a cuatro metros escasos de mí. Doblando las rodillas, empecé a resbalar por la pared hasta llegar al suelo. Las piernas de Marcos se acercaban por detrás de los maniquíes. -Su que está aquí, Martín. No haga criaturadas. Se quedó inmóvil. Después se arrodilló y palpó con los dedos el rastro de sangre que había dejado. Se toco los labios. Supuse que sonreía. -Pierde mucha sangre, Martín. Más vale que le vea un médico. Salga y le acompañaré a un dispensario. Yo callaba. Marcos se paró delante de una mesa y cogió un objeto brillante que había entre retazos de ropa. Eran unas tijeras de coser descomunales. -Usted mismo, Martín. Oí el ruido que hacían el corte de las tijeras al abrirse y cerrarse en sus manos. Un ramalazo de dolor me atenazó el brazo y me tuve que morder los labios para no gemir. Marcos volvió la cara hacia donde estaba. -Hablando de sangre le gustará saber que tenemos a su putita, una tal Isabella, y que antes de empezar con usted nos divertiremos con ella… Alcé la pistola y le apunté a la cara. La luz del metal me delató. Marcos saltó hacia mí, tirando al suelo las figuras y esquivando el tiro. Sentí su peso encima de mi cuerpo y su aliento en mi cara. Las hojas de las tijeras se cerraron a un centímetro de mi ojo izquierdo. Le di un golpe con mi frente en su cara con todas las fuerzas que me quedaban y cayó de costado. Alcé la pistola y le apunté a la cara. Marcos, con el labio partido en dos, se levantó y me clavó sus ojos. -No tienes cojones - murmuró. Puso la mano sobre el cañón y sonrió. Apreté el gatillo. La bala le voló la mano y le proyectó el brazo hacia atrás como si hubiese recibido un martillazo. Marcos se cayó de espaldas contra el suelo, cogiéndose la muñeca mutilada y humeante, mientras la cara


salpicada de quemaduras de pólvora se fundía en un rictus de dolor que aullaba sin voz. Me levanté y le dejé allá, desangrándose sobre un charco formado por sus orines. 21 Me arrastré con penas y trabajos por las calles del Raval hasta el Paralelo, donde una fila de taxis se esperaba a las puertas del teatro Apolo. Me metí en el primero que encontré. Al oír la puerta el conductor se volvió y cuando me vio puso una mueca disuasiva. Me dejé caer en el asiento de detrás sin hacer caso de sus protestas. -Espero que no la diñe aquí atrás, ¿eh? -Cuanto antes me lleve donde quiero ir, antes se desembarazará de mí. El conducto maldijo en voz baja y puso en marcha el motor. -¿Y donde quiere ir? No lo sabía, pensaba. -Vaya circulando y ya se lo diré. -¿Circulando hacia donde? -Hacia Pedralbes. Veinte minutos más tarde vislumbré a lo lejos las luces de Villa Helius. Se las mostré al conductor que no veía llegado el momento de deshacerse de mí. Me dejó en las puertas del caserón y casi se olvidó de cobrarme el trayecto. Me arrastré hasta la puerta y toqué el timbre. Me dejé caer en los escalones y recosté la cabeza en la pared. Oí pasos que se acercaban y en algún momento me pareció que la puerta se abría y una voz pronunciaba mi nombre. Note una mano en la frente y me pareció reconocer los ojos de Vidal. -Perdóneme, señor Pedro – le supliqué – No tenía donde ir… La oí levantar la voz y, al cabo de poco rato, unas cuantas manos me cogían de los brazos y las piernas y me levantaban. Cuando volví a abrir los ojos, estaba en el dormitorio de Pedro Vidal, echado en la misma cama que había compartido con Cristina durante los dos meses


escasos que había durado el matrimonio. Suspiré. Vidal me observaba al pie de la cama. -Ahora no hables – dijo – el médico viene hacia aquí. -No les crea, señor Pedro – gemí – No les crea. Vidal asintió, apretando los labios. -Claro que no. El señor Pedro cogió una manta y me tapó. -Bajaré a esperar al médico – dijo – Descansa. Al cabo de poco, oí pasos y voces que se adentraban en el dormitorio. Noté que me quitaban la ropa y conseguí ver los numerosos cortes que me cubrían el cuerpo como una hiedra de sangre. Noté las pinzas hurgando dentro de las heridas, sacándome agujas de cristal que arrastraban pedazos de piel y carne a su paso. Noté el calor de los desinfectantes y los pinchazos de la aguja con la que el médico cosía las heridas. Ya no había dolor, solo cansancio. Una vez vendado, cosido y recompuesto como si fuese un títere roto, el médico y Vidal, me taparon y me hicieron recostar la cabeza en la almohada más dulce y más blanda que había conocido en mi vida. Abrí los ojos y me encontré con la cara del médico, un señor de aspecto aristocrático y sonrisa tranquilizadora. En las manos tenía una jeringa. -Ha tenido suerte, joven – dijo mientras me pinchaba con la aguja en el brazo. -¿Qué es esto? – murmuré. La cara de Vidal apareció al lado de la del médico. -Te ayudará a descansar. Una nube de frío se me escampó por el brazo y me tapó el pecho. Caí por un pozo de terciopelo negro mientras Vidal y el medico me observaban desde arriba. El mundo se fue cerrando hasta quedar reducido a una gota de luz que se evaporó en mis manos. Me sumergí en una paz cálida, química e infinita, y deseaba no escaparme nunca. Recuerdo un mundo de aguas negras bajo el hielo. La claridad de la luna rozaba la bóveda helada de la parte de arriba y se descomponía


en mil haces polvorientos que se volcaban en una corriente que me arrastraba. El manto blanco que lo rodeaba ondeaba lentamente, la silueta de su cuerpo visible a contraluz. Cristina alargaba la mano hacia mí y yo luchaba contra aquella corriente fría y espesa. Cuando ya quedaban pocos milímetros de separación entre mi mano y la suya, una nube de oscuridad desplegaba las alas detrás de ella y la envolvía como una explosión de tinta. Tentáculos de luz negra le rodeaban los brazos, el cuello y la cara y la arrastraban con fuerza hacia la oscuridad. 22 Me desperté al oír pronunciar mi nombre en los labios del inspector Víctor Grandes. Me incorporé de golpe sin reconocer el lugar donde me encontraba. Si se parecía a alguna cosa era a la suite de un gran hotel. Los latigazos de dolor de los cortes que me surcaban el dorso se fueron convirtiendo en realidad. Estaba en el dormitorio de Vidal, en Villa Helius. Una claridad de media tarde se insinuaba entre las contraventanas ajustadas. Habían encendido la chimenea y hacía calor. Las voces provenían del piso de abajo: Pedro Vidal y Víctor Grandes. No hice caso de los estirones y las punzadas que me segaban la piel y salí de la cama. Vi mi ropa sucia y ensangrentada encima de una butaca. Busqué el abrigo. El revolver continuaba en el bolsillo. Tensé el percutor y salí de la habitación, siguiendo el rastro de las voces hasta la escalera. Bajé unos cuantos escalones, bien pegado a la pared. -Me sabe muy mal la muerte de sus hombres, inspector – oí decir a Vidal –Puede estar seguro que si David se pone en contacto conmigo o se donde se esconde, se lo comunicaré en seguida. -Se lo agradezco su ayuda de todo corazón, señor Vidal. Me sabe mal molestarle en estas circunstancias pero la situación es muy grave. -Me hago cargo. Gracias por su visita.


Pasos hacia el vestíbulo y ruido de la puerta principal. Pisadas en el jardín alejándose. La respiración de Vidal, pesada, al pie de la escalera. Bajé más escalones y le encontré con la frente apoyada en la puerta. Al oírme, abrió los ojos y se volvió. No dijo nada. Se limitó a mirar el revolver que tenía en mis manos. Lo deje en la mesita que había al pie de la escalinata. -Ven, a ver si encontramos ropa limpia – me dijo. Le seguí hasta un inmenso vestidor que parecía más un museo de indumentaria Estaban todos los vestidos elegantes que recordaba de los años de gloria de Vidal. Un montón de corbatas, zapatos y botones de puño dentro de estuches de terciopelo rojo. -Todo esto es de cuando yo era joven. Te irá bien. Vidal eligió por mí. Me dio una camisa que debía valer lo mismo que una pequeña parcela, un terno hecho a medida en Londres y unos zapatos italianos que no habrían desentonado en la colección del amo. Me vestí en silencio mientras Vidal me observaba pensativo. -Un poco ancho de espaldas, pero te tendrás que conformar – dijo acercándome dos botones de puño de zafiro. -¿Qué le ha explicado el inspector? -Todo. -¿Y usted se lo ha creído? -Es igual si me lo he creído o no. -A mi no me es igual. Vidal se sentó en una banqueta que reposaba contra una pared cubierta de espejos del techo al suelo. -Dice que tu sabes donde está Cristina – indicó. Dije que si con la cabeza. -¿Está viva? Le miré a los ojos, muy lentamente, e hice que si con la cabeza. Vidal me sonrió débilmente, rehuyendo mi mirada. Después se puso a llorar, dejando salir un gemido que le salía del fondo del corazón. Me senté a su lado y le abracé. -Perdóneme, señor Pedro, perdóneme…


Mas tarde, cuando el sol empezaba a hundirse por el horizonte, Pedro Vidal recogió mi ropa vieja y la echó al fuego. Antes de abandonar el abrigo a las llamas, sacó el ejemplar de Los pasos del cielo y me lo dio. -De los dos libros que escribiste el año pasado, este era el bueno – me dijo. Le observé revolver mi ropa que se estaba quemando en la chimenea. -¿Cuándo se dio cuenta? Vidal se encogió de espaldas. -Incluso a un burro vanidoso cuesta engañarlo para siempre, David. No conseguí captar si en su voz había rencor o solo tristeza. -Lo hice porque pensaba que le ayudaba, señor Pedro. -Ya lo se. Me sonrió sin amargura. -Perdóneme – murmuré. -Has de huir de la ciudad. Hay un barco de carga amarrado en el muelle de San Sebastián que zarpa a media noche. Está todo arreglado. Pregunta por el capitán Olmo. Te espera. Llévate uno de los coches del garaje. Lo puedes dejar en el muelle. Pep lo irá a buscar mañana. No hables con nadie. Necesitarás dinero. -Ya tengo suficiente y de sobras – mentí. - Nunca se tiene suficiente dinero. Cuando desembarques en Marsella, Olmo te acompañará a un banco y te dará cincuenta mil francos. -Señor Pedro… -Escúchame bien. Estos dos hombres que Grandes dice que has matado… Marcos y Castelo. Me parece que trabajaban para su padre, señor Pedro. Vidal dijo que no con la cabeza. -Ni mi padre ni sus abogados trabajan nunca con las cabezas intermedias, David. ¿Cómo crees que esos dos sabían donde encontrarte treinta minutos después de salir de la comisaría?


La fría certeza me cayó encima, transparente. -Por mi amigo el inspector Grandes. Vidal dijo que si con la cabeza. -Grandes te dejo marchar porque no se quería manchar las manos en la comisaría. Así que saliste, sus dos hombres no te dejaron de pisar los talones. La tuya era una muerte telegrafiada. Sospechoso de asesinato huye y le matan al resistirse a la detención. -Como en los viejos tiempos de la sección de sucesos, en el periódico – le dije. -Hay cosas que no cambiarán nunca, David. Tú lo has de saber mejor que nadie. Abrió el armario y me alargó un abrigo nuevo de trina, sin estrenar. Lo acepté y guardé el libro en el bolsillo interior. Vidal me sonrió. -Por una vez en la vida te veo bien vestido. -A usted le caía mejor. -Eso seguro. -Hay muchas cosas que… -Ahora ya no tienen ninguna importancia, David. No me debes ninguna explicación… -Le debo mucho más que una explicación… -Pues háblame de ella. Vidal me miraba con ojos desesperados, suplicando que le explicase mentiras. Nos sentamos en la sala, delante de los ventanales desde donde se veía toda Barcelona, y le empecé a explicar todo una reata de mentiras. Le expliqué que Cristina había alquilado un pequeño ático en la rue de Soufflot con el nombre de madame Vidal y que me había dicho que me esperaría cada día a media tarde delante de las fuentes de los Jardines de Luxemburgo. Le dije que hablaba constantemente de el, y que no le olvidaría nunca y que yo sabía que por muchos años que pasase a su lado no podría llenar nunca la ausencia que el había dejado. Pedro Vidal asentía, la mirada perdida en la lejanía. -Me tienes que prometer que la cuidarás, David. Que no la abandonarás nunca. Que pase lo que pase, siempre estarás a su lado.


-Se lo prometo, señor Pedro. Con la pálida claridad del atardecer, en el no reconocí más que a un hombre viejo y vencido, enfermo de remordimientos y de arrepentimiento, un hombre que no había creído nunca y a quien ahora solo le quedaba el bálsamo de la credulidad. -Me habría gustado ser un amigo mejor para ti, David. -Usted ha sido el mejor de mis amigos. Y mucho más que eso. Vidal alargó el brazo y me cogió la mano. La suya temblaba. -Grandes me ha hablado de aquel hombre, aquel que llamas el amo…Dice que le debes una cosa y que crees que la única manera de pagar la deuda es ofreciéndole un alma pura… -Todo eso son paparruchas. No haga caso. -¿No te sirve un alma sucia y cansada como la mía? -No conozco alma más pura que la suya, señor Pedro. Vidal se sonrió. -Si me pudiese cambiar por tu padre, lo haría, David. -Ya lo se. Se puso en pie y contemplo como el anochecer caía sobre la ciudad. -Tendrías que empezar a pasar – dijo – Ve al garaje y elige un coche. El que quieras. Yo voy a ver si tengo dinero en metálico. Asentí y cogí el abrigo. Salí al jardín y me dirigí a las cocheras. En el garaje de Villa Helius se alojaban dos automóviles relucientes como carrocerías reales. Elegí el más pequeño y discreto, un Hispano Suiza negro que daba la impresión de no haber salido de allá más que dos o tres veces y todavía olía a nuevo. Me senté tras el volante y lo puse en marcha. Saqué el coche del garaje y me esperé en el patio. Pasó un minuto, y al ver que el señor Pedro no salía, bajé del coche dejando el motor en marcha. Volví a entrar en la casa para despedirme de el y decirle que no se preocupase por el dinero, que ya me espabilaría. Al atravesar el vestíbulo me acordé que había dejado el revolver. Cuando lo fui a buscar a la mesita, ya no estaba. -¡Señor Pedro? La puerta que daba a la sala de estar estaba ajustada. Saqué la cabeza por el umbral y le vi en medio de la sala. Se puso el revolver


de mi padre en el pecho y colocó el cañón en el corazón. Arranqué a correr hacia el, pero el estrépito del tiro ahogó mis gritos. La pistola se le cayó de las manos. Su cuerpo se decantó contra la pared y resbalo lentamente hasta el suelo, dejando un reguero escarlata sobre el mármol. Caí de rodillas a su lado y le sostuve con mis brazos. El tiro le había abierto un orificio humeante en la ropa, desde donde manaba sangre oscura y espesa a borbotones. El señor Pedro me miraba de hito en hito a los ojos mientras la sonrisa se le llenaba de sangre, su cuerpo dejaba de temblar y caía derrumbado, en medio del olor a pólvora y de miseria. 23 Volví al coche y me senté, las manos manchadas de sangre sobre el volante. Con trabajos podía respirar. Me esperé durante un minuto y, después, quité la palanca de freno. El anochecer había teñido el cielo con una mortaja roja, debajo de la cual relucían las luces de la ciudad. Fui calle abajo hasta dejar detrás la silueta de Villa Helius que se perfilaba encima de la colina. Cuando estuve en la Avenida Pearson me paré y miré por el retrovisor. Un coche salía de un callejón escondido y se situaba a unos cincuenta metros de mi vehículo. No había encendido las luces. El Víctor Grandes. Fui bajando por la avenida de Pedralbes hasta pasar por el gran dragón de hierro que custodiaba el pórtico de la Finca Güell. El coche del inspector Grandes me seguía a unos cien metros. Cuando llegué a la Diagonal, torcí hacia la izquierda, en dirección al centro de la ciudad. No había demasiados vehículos que circulasen y Grandes me pudo alcanzar sin sobresaltos, hasta que rompí de repente hacia la derecha y me escabullí por las callejuelas de les Coris. Entonces el inspector ya se había dado cuenta de que su presencia no era un secreto y ya había encendido las luces y había acortado distancias. Nos pasamos unos veinte minutos esquivando tranvías y siguiendo todo un montón de calles. Me deslizaba entre ómnibus y carros, y siempre notaba los faros de Grandes en la nuca. Al cabo de poco, ya


teníamos delante la montaña de Montjuic. El gran Palacio de la Exposición Internacional y los restos de otros pabellones que habían sido clausurados apenas unas dos semanas, pero ya se dibujaban en la neblina del crepúsculo como las ruinas de una gran civilización olvidada. Enfilé la avenida que subía hacia el deshecho de luces fantasmales y de fuegos fatuos que había en la Exposición y entonces aceleré el máximo. A medida que nos enfilábamos vertiginosamente por la carretera que circundaba a la montaña y que serpenteaba hasta el Estadio Olímpico, Grandes fue ganando terreno hasta el punto que le vi perfectamente la cara por el espejo retrovisor. Pensé que, si tenía que coger la carretera que llevaba hasta el castillo militar, arriba del todo de la montaña, pero si había algún lugar que no tuviese salida era precisamente aquel. Mi única esperanza era llegar a la otra vertiente de la montaña, y entonces escabullirme hacia los muelles del puerto. Pero necesitaba ganar un margen de tiempo. Grandes estaba solo a unos quince metros de mi coche. Nos acercábamos a las grandes balaustradas de Miramar y la ciudad de extendía delante nuestro. Tiré de la palanca del freno con todas mis fuerzas y Grandes se estrelló contra el Hispano Suiza. El impacto nos arrastró a los dos a lo largo de una veintena de metros, y fue sembrando una guirnalda de chispas sobre la carretera. Solté el freno y avancé unos metros. Mientras Grandes intentaba recuperar el control, puse la marcha atrás y aceleré al máximo. Cuando Grandes pudo darse cuenta de lo que yo estaba haciendo, ya era demasiado tarde. Lo envestí con la fuerza de una carrocería y de un motor de la escudería más selecta de la ciudad, con un vehículo mucho más sólido que el suyo. La fuerza del encontronazo lo sacudió violentamente y vi que su cabeza iba a tropezar con el parabrisas, que quedó hecho añicos. Un aire blanco salió de la capota de su coche y sus faros se apagaron. Metí la primera marcha y aceleré. Le dejé atrás, quería llegar cuanto antes mejor a la atalaya de Miramar. Al cabo de pocos segundos, me di cuenta de resultado del topetazo, había aplastado el guardabarros de atrás contra el neumático, que ahora giraba rozando el metal. El olor a goma quemada llenó el vehículo. Al cabo de veinte metros, el


neumático explotó y el coche empezó a hacer zigzags hasta que se paró del todo., envuelto por un humo negro. Salí del automóvil y miré hacia el lugar donde estaba el coche de Grandes. El inspector se arrastraba intentando salir del vehículo, y se fue enderezando lentamente. Miré a mí alrededor. La parada del teleférico que cruzaba el puerto de la ciudad desde la montaña de Montjuic hasta la torre de San Sebastián, me quedaba a unos cincuenta metros. Pude ver las siluetas de las cabinas, que colgaban de los cables y que se deslizaban sobre el rojo intenso del crepúsculo y fui corriendo. Uno de los empleados del teleférico ya se disponía a cerrar las puertas del edificio, cuando vio que me acercaba. Me sostuvo la puerta abierta y me señaló hacia el interior. -El último trayecto del día – me advirtió – Mas vale que se apresure. La taquilla estaba a punto de cerrar, pero todavía pude comprar el último billete de la jornada y me apresuré a añadirme a un grupo de cuatro personas que se esperaban delante de la cabina. No me di cuenta de sus vestimentas hasta que el empleado abrió la portezuela y les invitó a pasar. Sacerdotes. -El teleférico fue construido con motivo de la Exposición Internacional y está equipado con los últimos adelantos de la técnica. Es un medio de transporte completamente seguro. En cuanto empiece el recorrido, esta puerta de seguridad, que solo se puede abrir por fuera, quedará trabada para evitar accidentes o, Dios no lo quiera, intentos de suicidio. Está claro que con ustedes, eminencias, no hay ningún peligro de… -Joven – le corté - ¿Qué podría ir más deprisa en su ritual? Se nos va a hacer de noche pronto. El encargado me lanzó una mirada hostil. Uno de los sacerdotes se percató de las manchas de sangre que tenía en las manos y se santiguó. El empleado prosiguió con su discursito. -Ustedes viajarán por el cielo de Barcelona a unos setenta metros de altura, por encima de las aguas del puerto y, podrán disfrutar de las vistas más espectaculares de toda la ciudad, hasta ahora solo reservadas a las golondrinas, gaviotas y otras criaturas plumíferas que


han recibido de Dios Nuestro Señor el don de volar. El viaje tiene una duración de diez minutos y hace dos paradas. La primera es en la torre central del puerto o, como a mi me gusta llamarla, la torre Eiffel de Barcelona, o torre de San Jaime. La segunda y última parada es la torre de San Sebastián No nos entretengamos más: espero que sus eminencias tengan una travesía gloriosa y les reitero el deseo de la compañía de reencontrarles bien pronto a bordo del teleférico de Barcelona. Fui el primero de entrar en la cabina. El empleado puso su mano mientras pasaban los sacerdotes, esperando alguna propina que no llegó nunca. Con una pose de decepción nada disimulada, cerró la portezuela de un solo golpe, y se volvió dispuesto a hacer funcionar la palanca. El inspector Víctor Grandes se esperaba en el otro lado. Había salido malparado del trompazo con el coche, pero llevaba una sonrisa dibujada en los labios y la tarjeta de identificación en las manos. El encargado le abrió la compuerta y Grandes entró en la cabina, saludo a los sacerdotes con la cabeza y a mi me guiñó un ojo. Al cabo de unos segundos ya estábamos flotando en el vacío. La cabina subió, desde el edificio de la terminal hasta la cima de la montaña. Los sacerdotes se habían juntado en un lado, claramente dispuestos a disfrutar del anochecer que se extendía por encima de Barcelona y a pasar por alto el asunto turbio que Grandes y yo teníamos que acabar. El inspector se me acercó lentamente

Y me enseñó el arma que llevaba en la mano. Grandes nubes rojizas flotaban sobre las aguas del puerto. La cabina del teleférico se sumergió por unos momentos y nos pareció que estábamos dentro de un lago de fuego. -¿Había subido nunca? – me pregunto Grandes. Dije que si con la cabeza.


-A mi hija le gusta mucho. Una vez al mes, me pide que hagamos en viaje de ida y vuelta. Sale un poco caro pero vale la pena. -Con el dinero que le paga el viejo Vidal por venderme. Debe tener bastante para venir cada día, si es que le apetece. Solo por curiosidad. ¿Qué precio me ha puesto? Grandes sonrió. La cabina salió de la gran nube encendida y quedamos suspendidos sobre la dársena del puerto, las luces de la ciudad escampadas por las oscuras aguas. -Quince mil pesetas – contestó mientras se palpaba un sobre blanco que sacaba la cabeza del bolsillo de su abrigo. - Supongo que me tendría que sentir halagado. Hay quien les mata por cuatro reales. ¿Esto también incluye el hecho de traicionar a sus dos hombres de confianza? -Le recuerdo que aquí el único que ha matado a alguien es usted. Teniendo en cuenta como iba la conversación, los cuatro sacerdotes nos miraban sorprendidos y asustados, y ya no se quedaban boquiabiertos con el vértigo y el vuelo por encima de la ciudad. Grandes les miró sucintamente. -Cuando lleguemos a la primera parada, sino les es molestia, les agradecería a sus eminencias que bajasen y nos dejasen discutir nuestros asuntos terrenales. La torre de la dársena del puerto se alzaba delante como un cimborio de acero y cables arrancados de una catedral mecánica. La cabina de metió en la cúpula de la torre y se paró en la plataforma. Cuando se abrió la portezuela, los cuatro sacerdotes se largaron a toda prisa. Grandes, con la pistola en la mano, me indicó que me fuese al fondo de la cabina. Uno de los sacerdotes, antes de salir, me miró, preocupado. -No sufra, joven, que avisaremos a la policía – me dijo antes de que se cerrase la puerta. -Harán bien hecho – replico Grandes. Una vez la puerta quedó trabada, la cabina prosiguió su trayecto. Salimos de la torre de la dársena y empezamos en último tramo del recorrido. Grandes se acercó a la ventana y contempló la ciudad, un


espejismo de luz y neblina, catedrales y palacios, callejuelas y grandes avenidas tejidas en un laberinto de sombras. -¿La ciudad de los malditos, verdad? – Dijo Grandes – Cuanto más de lejos se mira, más bonita parece. -Será este mi epitafio? -No le mataré, Martín. Yo no voy por el mundo matando gente. Usted me hará este favor. A mí y a usted mismo. Sabe que tengo razón. De repente, el inspector pegó tres tiros sobre el mecanismo de cierre de la compuerta y la abrió de una patada. La portezuela quedo colgando en el aire y un aliento de viento húmedo se escampó por la cabina. -No sentirá nada, Martín. Créame. El golpe dura solo una centésima de segundo. Es instantáneo. Y después, la paz. Miré hacia la compuerta abierta. Tenía delante setenta metros de caída libre. Miré hacia la torre de San Sebastián y calculé que todavía faltaban unos cuantos minutos para que llegásemos. Grandes me leyó el pensamiento. -Dentro de unos minutos, todo se habrá acabado, Martín. Tendría que estarme agradecido. -¿Se cree de verdad que yo he matado a todas estas personas, inspector? Grandes alzó el revolver y me apuntó al corazón. -Ni lo se ni me importa. -Pensaba que éramos amigos. Grandes sonrió y dijo que no con la cabeza. -Usted no tiene amigos, Martín. Oí el estallido del tiro y noté el impacto en el pecho, como si un mazo me hubiese pegado en las costillas. Caí de espaldas, sin aliento un espasmo de dolor encendiéndome el cuerpo, como si hubiesen echado gasolina y la hubiesen encendido. Grandes me había cogido por los pies y me tiraba hacia la compuerta. La cima de la torre de San Sebastián ya se podía ver al otro lado, entre velos de nubes. Grandes pasó por encima de mi cuerpo y se me arrodilló en la


espalda. Me iba empujando por los hombros hacia la portezuela. Noté el frío húmedo que me entraba por las perneras de los pantalones. Grandes me empujó un poco más y me di cuenta que mi cintura traspasaba la plataforma de la cabina. El tirón de la gravedad fue instantáneo. Empezaba a caer. Alargué los brazos hacia el policía y le clavé los dedos en el cuello. Llevado por el peso de mi cuerpo, el inspector se quedo trabado en la compuerta. Apreté con todas mis fuerzas, le hundí los dedos en la tráquea y en las arterias del cuello. Intentó deshacerse de mí con una mano, y con la otra procuraba alcanzar el arma Sus dedos encontraron la culata de la pistola y se resbalaron hacia el gatillo. El tiro me rozó las sienes y se estrelló contra un extremo de la compuerta. La bala rebotó hacia el interior de la cabina y le atravesó limpiamente la palma de la mano. Le hundí todavía mas las uñas en el cuello y noté que la piel se abría. Grandes gimió. Tiré con fuerza y me subí a la cabina, hasta que tuve medio cuerpo dentro. Una vez aferrado a las paredes de metal, dejé ir a Grandes y conseguí quedarme acurrucado en un lado. Me toqué el pecho y encontré el agujero que había dejado el tiro del inspector. Me desabroché el abrigo y saqué el ejemplar de Los pasos del cielo. La bala había atravesado la cubierta, casi las cuatrocientas páginas del volumen y sobresalía por la contracubierta como la punta de un dedo de plata. Delante, Grandes se retorcía en el suelo y se cogía el cuello desesperadamente. Tenía la cara azulada y las venas de la frente y de las sienes se le marcaban como cables tensados. Me miró como suplicándome. Una telaraña de vasos rotos se le escampaba por los ojos y me di cuenta que le había aplastado la tráquea con las manos y que se estaba asfixiando. Le vi que se agitaba por el suelo, en una lenta agonía. Estiré la punta del sobre blanco que todavía sacaba la cabeza por la solapa del abrigo. Lo abrí y conté quince mil pesetas. El precio de mi vida. Me guardé el sobre. Grandes se arrastraba por el suelo intentando llegar al arma. Me puse de pie y la aparté de una patada. Se me aferró al tobillo, implorando misericordia.


-¿Dónde está el Marlasca? – le pregunté. Su garganta dejo salir un gemido inaudible. Le miré a los ojos y me di cuenta de que se reía. La cabina ya se encontraba en el interior de la torre de San Sebastián y le empuje por la portezuela. Vi que su cuerpo caía desde una altura de unos ochenta metros, a través de un laberinto de rieles, cables, ruedas dentadas y barras de acero que lo dejaron descuartizado. 24 La casa de la torre estaba colgada por la oscuridad. Subí a tientas los escalones de la escalinata de piedra hasta que llegué al rellano. La puerta estaba medio abierta. La empujé con la mano y me quedé plantado en el dintel, escudriñando las sombras que llenaban el largo pasillo. Me adentré un poco. Me quedé allá, inmóvil, expectante. Reseguí la pared hasta encontrar el interruptor de la luz. Lo hice girar cuatro veces inútilmente. La primera puerta a la derecha daba a la cocina. Recorrí lentamente los tres metros que me separaban y me paré delante. Recordé que guardaba un farol de aceite en uno de los armaritos de la pared. Fui y lo encontré entre las latas de café, aún por estrenar, procedentes del emporio de Can Gispert. Dejé el farol sobre la mesa de la cocina y lo encendí. Una tenue luz ambarina se escampó por las paredes de la cocina. Cogí el farol y volví al pasillo. Avanzaba poco a poco, con la luz del farol parpadeante y esperaba ver alguna cosa o alguien que saliese de pronto de laguna de las puertas que flanqueaban el pasillo. Sabía que no estaba solo. Lo podía oler. Un olor agrio, hecho de rabia y de odio, flotaba en el aire. Llegué al final del pasillo y me paré delante de la última habitación. El resplandor del farol dibujó el contorno del armario, apartado de la pared, y de la ropa tirada por el suelo; todo estaba exactamente igual que como lo había dejado cunado Grandes había venido a detenerme, hacia dos noches. Fui hasta el pié de las escaleras que subían en espiral hasta el estudio. Subí lentamente, volviéndome cada dos o tres pasos, hasta que llegué a la sala de arriba. El aliento rojizo del


crepúsculo se filtraba por los ventanales. Fui deprisa hasta la pared donde estaba el baúl y lo abrí. La carpeta con el manuscrito del amo no estaba. Volví a las escaleras. Cuando pasé por delante del escritorio vi que el teclado de mi vieja máquina de escribir estaba destrozado, como si alguien le hubiese pegado muchos puñetazos. Bajé por las escaleras muy despacio. Cuando llegué al pasillo, saqué la cabeza por la galería. Incluso en medio de la penumbra, vi que todos mis libros estaban escampados por el suelo y que la piel de las butacas estaba cortada. Me volví y clavé mi mirada en los veinte metros de pasillo que me separaban de la puerta. La claridad que emitía el farol solo me permitía distinguir los contornos hasta la mitad de aquella distancia. Más allá, las sombras se columpiaban en un mar negro. Recordaba que, al entrar en casa, había dejado abierta la puerta del piso. Ahora estaba cerrada. Avancé un par de metros, pero me paré cuando pasaba por delante de la última habitación del pasillo. Antes, al entrar, no me había dado cuenta porque la puerta de la habitación se abría hacia la izquierda y yo no había entrado lo suficiente para verlo. Pero ahora que me acercaba si que lo podía distinguir claramente. Había una paloma blanca, con las alas desplegadas en forma de cruz, clavada en la puerta. Las gotas de sangre, que aún estaban frescas, bajaban por la madera. Entré en la habitación. Miré detrás de la puerta, pero no había nadie. El armario todavía estaba en un lado, como antes. El aliento frío y húmedo que provenía del agujero de la pared se escampaba por toda la cámara. Dejé el farol en el suelo y reseguí con los dedos el yeso ablandado que rodeaba el agujero. Empecé a arañarlo con las uñas y noté que se me deshacía en los dedos. Busqué a mí alrededor algún instrumento y encontré un abrecartas viejo en el cajón de una de las mesas amontonadas en un rincón. Clavé la hoja en el yeso y empecé a rascar. El yeso se desprendía con facilidad. La capa debía de tener unos tres centímetros de grueso, como mucho. Al otro lado encontré madera. Una puerta.


Busque las goznes con el abrecartas y poco a poco, el contorno de la puerta se fue dibujando en la pared. Entonces yo ya me había olvidado de aquella presencia próxima que envenenaba la casa y me asediaba desde las sombras. La puerta no tenía pomo, solo una cerradura oxidada por el yeso y la humedad. Hundí el abrecartas y hurgué en ella inútilmente. Empecé a clavarle patadas y el yeso que sostenía la cerradura se fue troceando poco a poco. Finalmente, saqué el marco de la cerradura con el abrecartas y una vez deshecho, la puerta se hundió solo con empujarla. Un soplo de aire encerrado salió del interior de la cámara, y me manchó la ropa y la piel., Cogí el farol y entré. La pieza era un rectángulo de unos seis o siete metros de largo. Las paredes estaban llenas de dibujos e inscripciones que parecían hechos con los dedos. Tenían un color marrón oscuro. Sangre seca. El suelo me pareció estar lleno de polvo, pero cuando acerqué el farol, descubrí restos de huesos pequeños. Huesos de animales medio partidos en un montón de ceniza. Del techo colgaban incontables cogidos con cuerdas negras. Reconocí figuras religiosas, estampas de sanos y vírgenes con las caras quemadas y los ojos arrancados, cruces atadas con alambres puntiagudos y restos de juguetes de latón y muñecas de ojos de cristal. La silueta quedaba al fondo, casi invisible. Una silla encarada en un rincón. Se podía distinguir una figura. Iba vestida de negro. Un hombre. Las manos atadas a la espalda con unas esposas. Un alambre grueso le ataba los miembros a la estructura de la silla. Un frío intenso se me escampó por todo el cuerpo. -¿Salvador? – pude decir, al final. Me acerqué lentamente. La silueta se mantenía inmóvil. Me paré a un paso de la figura y alargué la mano, poco a poco. Mis dedos le rozaron los cabellos y los hombros. Cuando quise volver el cuerpo, noté que algo se hundía. Al cabo de un segundo de haberlo tocado, me pareció que oía un susurro y el cadáver se deshizo, convirtiéndose en un montón de cenizas que se esparcieron por la ropa y las ligaduras de los alambres y formaron una nube de tiniebla que flotaba en los muros de aquella prisión que lo tenía escondido desde hacía


años. Vi el velo de cenizas que tenía en las manos y me las llevé a la cara, escampando los restos del alma de Ricardo Salvador sobre mi piel. Cuando abrí los ojos vi que el Diego Marlasca, su carcelero, estaba en el linde de aquella celda y llevaba el manuscrito del amo en las manos y fuego en los ojos. Me lo he leído mientras le esperaba, Martín – dijo Marlasca – Una obra maestra. El amo me dará una buena recompensa cuando se lo de de su parte. He de reconocer que yo no fui nunca capaz de resolver el enigma. Me perdí por el camino. Pero estoy contento de comprobar que el amo supo encontrarme un sucesor con más talento. -Márchese. -Me sabe mal, Martín. Se lo digo de verdad. Me empezaba a caer bien – dijo mientras sacaba un mango de marfil del bolsillo. – Pero no puedo dejar que salga de esta habitación. Ahora es el momento de que usted ocupe el lugar del pobre Salvador. Apretó un botón que había en el mango y una hoja de doble filo relució en la penumbra. Se me abalanzó con un grito de rabia. La hoja de la navaja me abrió la mejilla y me habría arrancado el ojo izquierdo sino la hubiese desviado. Caí de espaldas sobre aquel suelo lleno de huesos pequeños y de polvo. Marlasca cogió el cuchillo con ambas manos y se lanzó sobre mi cuerpo, dejando caer todo su peso en la punta de la navaja. El cuchillo quedó a dos centímetros de mi pecho, mientras yo, con la mano derecha, cogía a Marlasca por el cuello. Volví el rostro para morderle la muñeca y le clavé un puñetazo en la cara con la mano izquierda. Ni se inmutó. Le dominaba una rabia que iba más allá de la razón y del dolor, y supe que no me dejaría salir vivo de aquella celda. Me volvió a embestir con una energía inaudita. Noté que la punta del cuchillo me traspasaba la piel. Le volví a golpear con todas mis fuerzas. El puño se estrello contra su cara y noté que se le rompían los huesos de la nariz. Su sangre me empapó los nudillos de los dedos. Marlasca, como sino sintiese ningún dolor, volvió a gritar y hundió un centímetro más en cuchillo en mi cuerpo. Un pinchazo de dolor me corrió por todo el pecho. Volví a golpearlo,


buscándole las cuencas de los ojos, pero Marlasca levantó la barbilla y solo le puede clavar las uñas en una mejilla. Esta vez, noté sus dientes en mis dedos. Metí el puño dentro de su boca, le partí los labios y le rompí unos cuantos dientes. Gritaba y, durante un momento, dudó. Pero me volvió a embestir. Me aparté y le empujé Cayó de cara al suelo, el rostro convertido en una máscara de sangre que temblaba de dolor. Me eché hacia atrás y rogué porque no se volviese a levantar. Al cabo de un segundo, ya se arrastraba hacia el cuchillo y empezaba a ponerse de pie. Cogió la navaja y se me abalanzó con un grito horripilante. Esta vez yo estaba al tanto. Cogí el asa del farol y se lo estrellé contra su cara. El aceite se escampó por los ojos, por los labios, por la garganta y por el pecho. En seguida todo el se incendió. En un par de segundos, el fuego era como un manto que le envolvía el cuerpo entero. Sus cabellos se evaporaron al instante. Le pude ver los ojos, llenos de rabia, a través de las llamaradas que se le comían los párpados. Plegué el manuscrito y me marché de allí. Marlasca todavía sostenía el cuchillo en las manos, cuando trató de seguirme, más allá de aquella cámara maldita, y se cayó sobre l montón de ropa vieja que se puso a arder en seguida. Las llamas se escamparon desde la madera vieja del armario a los muebles amontonados en la pared. Huí hacia el pasillo y todavía le pude ver detrás de mí, con los brazos extendidos, intentando atraparme. Me fui corriendo hacia la puerta. Antes de salir me paré para ver a Diego Marlasca consumido por las llamas, clavando golpes en la pared que se iban encendiendo cuando el pasaba. Se quemaron los libros escalpados por la galería y las llamas llegaron enseguida a las cortinas. Por el techo, se veían serpientes de fuego que ardían, que lamían los marcos de las puertas y de los ventanales, y que subían por las escaleras del estudio. La última imagen que recuerdo es la de un hombre maldito cayendo de rodillas al final del pasillo, las vanas esperanzas de su locura perdidas y el cuerpo reducido a una antorcha de carne y de odio que la tempestad de llamas se lo tragaba, mientras se esparcía imparable por el interior


de la casa de la torre. Después abrí la puerta y me largué escaleras abajo. Había gente del barrio que se había reunido en la calle, al ver que las primeras llamaradas sacaban la cabeza por los ventanales de la torre. Nadie se fijó en mí mientras me iba. Al cabo de poso, oí el estallar de los cristales del estudio y me volví para ver aquel fuego que bramaba y que rodeaba la rosa de los vientos en forma de dragón. Al cabo de unos minutos ya estaba en el paseo del Borne, siguiendo la dirección contraria y todo el gentío de vecinos que se iban acercando, con los ojos mirando hacia arriba, las miradas encendidas por la luz de la pira que se elevaba en el cielo negro. 25 Aquella misma noche fue la última vez que fui a la librería de Sempere e Hijos. El cartel de cerrado colgaba de la puerta, pero cuando estuve cerca, vi que todavía había luz en su interior y que Isabella estaba en el mostrador, sola, con los ojos clavados en un grueso libro de cuentas. Cuando le vi la expresión de la cara, pensé que aquel libraco no prometía otra cosa que el fin del establecimiento. Ahora bien cuando la vi que mordía un lápiz que tenía en los dedos y que se rascaba la punta de la nariz con el dedo índice, supe que mientras ella estuviese allá, aquel lugar no desaparecería nunca. Su presencia la salvaría, de la misma manera que me había salvado a mí. No me atreví a romper aquel instante y me quedé plantado mirándomela sin que ella se pudiese enterar, con una sonrisa que me ensanchaba el corazón. Súbitamente, como si me hubiese leído el pensamiento, levantó la mirada y me vio. La saludé con la mano y vi que, a pesar de ella, los ojos se le llenaron de lágrimas. Cerró el volumen y salió corriendo de detrás del mostrador para abrirme la puerta. Me miraba como si no acabase de creer que yo estaba allá. -Aquel hombre me dijo que usted se había ido para siempre… y que ya no le volveríamos a ver nunca más. Supuse que Grandes le había hecho una visita.


-Quiero que sepa que no me creí todo lo que me explicaba aquel hombre – me dijo Isabella – Déjeme avisar… -No tengo mucho tiempo, Isabella. Me miró con una pose abatida. -¿Se va, verdad? Hice que si. Isabella tragó saliva. -Ya le dije que no me gustan las despedidas. -A mi todavía menos. Por eso no he venido a decir adiós. He venido para devolver un par de cosas que no son mías. Saqué el ejemplar de los pasos del cielo y se lo di. -Esto no tenía que haber salido nunca de la vitrina donde el señor Sempere tenía su colección personal. Isabella lo cogió y, cuando vio la bala todavía atrapada en el grueso de sus páginas, me miró y no me dijo nada. Entonces saqué el sobre blanco con las quince mil pesetas, el precio con que el viejo había querido comprar mi muerte, y lo dejé sobre el mostrador. -Y esto es a cuenta de todos los libros que Sempere me regaló a lo largo de los años. Isabella lo abrió y contó el dinero. No se lo podía creer. -No se si lo puedo aceptar… -Considéralo mi regalo de boda por adelantado. -Y yo que pensaba que usted me acompañaría al altar, aunque solo fuese como padrino. -Nada me habría gustado tanto. -Pero se tiene que ir. -Si. -Para siempre. -Una temporada. -¿Y si le acompaño? Le di un beso en la frente y la abracé. -Vaya donde vaya, tú siempre estarás conmigo, Isabella. Siempre. -No pienso encontrarle a faltar. -Ya lo se. -¿Y si le acompaño al tren o donde sea que vaya?


Dudé demasiado tiempo para poderme negar a aquellos últimos instantes de su compañía. -Aunque solo sea para saber de verdad que se va y que me he deshecho de usted para siempre – añadió. -Hecho. Bajamos lentamente por la rambla. Isabella me cogía del brazo. Cuando llegamos al Arco del Teatro, pasamos a la otra acera, hacia el callejón oscuro que atravesaba el Raval. -Isabella, lo que verás esta noche no se lo puedes explicar a nadie. -¿Ni a mi Sempere junior? -Suspiré. -Claro que si. A el se lo puedes explicar todo. Con el casi no tenemos ningún secreto. Cuando se abrieron las puertas, Isaac, el guardián nos sonrió y se retiró para dejarnos pasar. -Ya era hora que tuviésemos una visita de categoría – dijo, haciendo una reverencia a Isabella – Me imagino que usted querrá hacer de guía, ¿verdad, Martín? -Si no le molesta… Isaac dijo que si y me alargó la mano. Las encajamos. -Buena suerte – dijo. El guardián se sumergió en las sombras y me dejó solo con Isabella. Mi antigua ayudanta y ahora flamante gerente de Sempere e hijos, lo miraba todo boquiabierta y recelosa. -¿Qué es este lugar? – preguntó. La cogí de la mano y, lentamente, la acompañé durante el resto del trayecto hasta la gran sala donde estaba la entrada. -Bienvenida al Cementerio de los Libros Olvidados, Isabella. Isabella levantó la vista hacia la cúpula de cristal de arriba del todo y se quedó cautivada por aquella visión imposible de haces de luz blanca que cortaban una babel de túneles, de pasarelas y de puentes que se adentraban en las entrañas de aquella catedral hecha de libros.


-Este lugar es un misterio. Un santuario. Cada libro, cada volumen que ves, tiene alma. El alma del que lo escribió, el alma del que los que lo leyeron y lo vivieron y lo soñaron. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien deja deslizar los ojos por sus páginas, su espíritu crece y se refuerza. En este lugar, los libros que nadie recuerda, los libros que se han perdido en el tiempo, viven para siempre, esperando llegar a las manos de un nuevo lector, de un nuevo espíritu… Al cabo de un rato, dejé a Isabella esperándose a la entrada del laberinto y me adentré yo solo por los túneles llevando aquel manuscrito maldito que no había sido capaz de destruir. Tenía la confianza que mis pasos me guiarían para encontrar el lugar donde iba a enterrarlo para siempre. Volví mil esquinas y rincones y continué hasta que creí que me había perdido. Entonces, cuando tuve la certeza que ya había hecho aquel camino diez veces, fui a parar a la entrada de la pequeña sala en la que me había visto mi propio reflejo, en aquel espejo pequeño en que la mirada del hombre de negro siempre estaba presente. Vislumbré un agujero entre dos volúmenes de cuero negro y, sin pensármelo dos veces, metí la carpeta del amo. Cuando ya me iba me giré y volví a acercarme al estante. Cogí el volumen que estaba al lado del manuscrito que había dejado hacía un momento y lo abrí. Tuve suficiente con leerme un par de frases para volver a oír aquella risa oscura tras de mí. Dejé el libro y cogí otro, y todavía otro más, y fui haciendo lo mismo hasta que hube examinado bien unas cuantas docenas de los volúmenes que poblaban la sala. Comprobé que todos esbozos diversos de las mismas palabras, que las oscurecían las mismas imágenes y que la misma fábula se repetía como una infinita galería de espejos. Lux Aeterna. Cuando salí del laberinto, encontré a Isabella que me esperaba sentada en unos escalones, con el libro que había elegido en las manos. Me senté a su lado y Isabella dejó descansar su cabeza sobre mi hombro.


-Gracias por traerme aquí – dijo. Entonces, entendí que ya no volvería a ver aquel lugar nunca más, que estaba condenado a soñarlo y a esculpir el recuerdo en mi memoria, sabiendo que era un hombre afortunado porque había podido reseguir los pasadizos a acercarme a sus secretos. Cerré los ojos durante un momento y dejé que aquella imagen se me gravase para siempre en la mente. Al final, sin atreverme a volver a mirar, cogí la mano de Isabella y me encaminé hacia la salida, dejando atrás para siempre en Cementerio de los Libros Olvidados. Isabella me acompañó hasta el muelle. Me esperaba el barco que me tenía que llevar muy lejos de aquella ciudad y de todo lo que había conocido. -¿Cómo me ha dicho que se llama el capitán? – me preguntó ella. -Caronte. -No me hace ninguna gracia. La abracé y la miré a los ojos en silencio. Por el camino habíamos acordado que no habría despedidas, ni palabras solemnes ni promesas por cumplir. Cuando las campanadas de media noche sonaron en Santa María del Mar, subí al barco. El capitán Olmo me dio la bienvenida y me quiso acompañar hasta mi cabina. Le dije que prefería esperarme. La tripulación soltó las amarras y, lentamente, el buque se fue separando del muelle. Me fui a popa, para contemplar la ciudad que se alejaba en medio de aquella llovizna de luces. Isabella se quedó allí, plantada, inmóvil, sus ojos clavados en los míos, hasta que el muelle se perdió en la oscuridad y el gran espejo de Barcelona quedó colgado por las aguas negras. De una en una, las luces de la ciudad se fueron apagando en el horizonte y entonces entendí que ya había empezado a recordar. Epílogo 1945


Ya han pasado más de quince años de aquella noche en que huí para siempre de la ciudad de los malditos. Durante mucho tiempo, mi vida ha sido una existencia llena de ausencias, sin ningún otro nombre ni ninguna otra presencia que la de un extraño que vaga de un lado a otro. He tenido cien nombres y también cien oficios, y ninguno ha sido el mío. He desaparecido en ciudades infinitas y en lugarcillos tan pequeños que parecía que nadie tuviese ni pasado ni futuro. En ninguna parte me he estado más tiempo de la cuenta. Más bien pronto que tarde, volvía a huir, sin ningún aviso, dejando justo un par de libros viejos y ropa de segunda mano en habitaciones oscuras en donde el tiempo me daba latigazos sin piedad y el recuerdo me quemaba. No he tenido más memoria que la incertidumbre. Los años me han enseñado a vivir en el cuerpo de un extraño que no sabía si había cometido aquellos crímenes que todavía se podían oler en las manos, si había perdido la razón y estaba condenado a vagar por aquel mundo en llamas que había soñado a cambio de unas monedas y de la promesa de esquivar una muerte que ahora le habría parecido la más dulce de las recompensas. A menudo, me he preguntado si la bala que el inspector Grandes me disparó al corazón atravesó las páginas de aquel libro, si fui yo el que murió en aquella cabina que colgaba del cielo. En todos estos años de peregrinaje, he visto que el infierno prometido en las páginas que escribí para el amo cobraba vida delante de mí. Mil veces he huido de mi propia sombra, siempre al acecho, siempre volviéndome por si acaso, siempre esperando volvérmela a encontrar en la esquina, en el otro lado de la calle, o en el borde de mi cama durante las horas inacabables que precedían al alba. No he permitido nunca que nadie me conociese demasiado tiempo para preguntarme como era que y no envejecía nunca, porqué no se me hacían arrugas en la piel de la cara, porque mi reflejo era el mismo que aquella noche que dejé a Isabella en el muelle de Barcelona y nunca un minuto más viejo.


Hubo un tiempo en que creí que ya no me quedaban más escondites en el mundo. Estaba tan cansado de tener miedo, de vivir y de morir de recuerdos, que me paré allí donde la tierra se acababa y empezaba un océano que, como yo mismo, nacía cada mañana, como el día anterior, y me dejé caer, agotado. Hoy hace un año que llegué a este lugar y que recuperé mi nombre y mi oficio. Compré esta cabaña vieja, en la playa, justamente un techo que comparto con los libros que dejó el antiguo propietario y una máquina de escribir que me gusta pensar que podría ser la misma con la que escribí centenares de páginas de las cuales no sabré nunca ciertamente si alguien se acuerda. Desde mi ventana, veo un muelle pequeño de madera que se adentra en el mar. Amarrado a un extremo, está el bote que compré junto con la casa, una simple barca de remos que a veces uso para navegar hasta los escollos, y llegar al punto en que la costa casi ni se ve. No había vuelto a escribir hasta que llegué aquí. La primera vez que puse un folio en la máquina y las manos sobre el teclado, tuve miedo de no ser capaz de escribir ni una sola ralla. Escribí las primeras páginas de esta historia durante mi primera noche en la cabaña de la playa. Escribí hasta que se hizo de día, como acostumbraba a hacer años atrás, sin saber todavía para quien lo estaba escribiendo. Durante el día caminaba por la playa o me sentaba en el muelle de madera, delante de la cabaña – un pequeño puente entre el cielo y el mar – y leía un montón de periódicos viejos que encontré en uno de los armarios. Sus páginas me traían historias de guerras, del mundo en llamas que había soñado para cumplir el encargo del amo. Fue entonces, mientras leía aquellas crónicas sobre la guerra en España y después en toda Europa y del mundo, que decidí que ya no tenía nada que perder y que la única cosa que quería saber era si Isabella estaba bien y si aún me recordaba. O tal vez, solo quería saber si aún estaba viva. Escribí aquella carta dirigida a la antigua librería Sempere e Hijos, en la calle Santa Ana, de Barcelona., una carta que tardaría semanas o meses en llegar a su destino, si es que realmente llegaba. En el remitente solo puse Mr.Rochester, porque


sabía que si la misiva llegaba a manos de Isabella, ella seguro que sabría quien era el que la enviaba y, si lo quería, podía dejarla sin abrir y olvidarme para siempre. A lo largo de unos cuantos meses, fui escribiendo esta historia. Volví a ver el rostro de mi padre y volví a pisar la redacción de La Voz de la Industria, en aquel tiempo en que soñaba en ser algún día como el gran Pedro Vidal. Volví a ver, por primera vez, a Cristina Sagnier y volví a entrar en la casa de la torre para sumergirme en la locura que había destruido Diego Marlasca. Escribía desde la media noche hasta el alba, sin reposo, y me volvía a sentir vivo, por primera vez, desde que había huido de la ciudad. La carta llegó un día de junio. El cartero había hecho pasar en sobre por debajo de la puerta, mientras yo dormía. Iba dirigida Mr. Rochester, y en el remitente solo ponía Librería Sempere e Hijos, Barcelona. Durante unos minutos, rondé por la cabaña, porque no me atrevía a abrirla. Al final, salí fuera y me senté en la arena de la playa para leerla. La carta contenía una cuartilla y otro sobre, más pequeño. El segundo sobre, envejecido y amarillento, solo llevaba mi nombre, David, en una caligrafía que yo no había olvidado, y eso que hacía tantos años que no la veía. En la carta, Sempere hijo me explicaba que Isabella y el, después de unos cuantos años de estar prometidos, unos años llenos de problemas y de interrupciones, finalmente se habían casado el 18 de Enero del año 1935, en la iglesia de Santa Ana. A pesar de que nadie lo habría predicho, la ceremonia aún la pudo celebrar en nonagenario sacerdote que había pronunciado la elegía el día del entierro del señor Sempere y que, a pesar de los intentos y esfuerzos del obispado, se mantenía activo y continuaba haciendo las cosas a su manera. Al cabo de un año, días antes que estallase la Guerra Civil, Isabella había tenido un infante que llevaría el nombre de Daniel Sempere. Los años terribles de la guerra le trajeron toda clase de miserias, y poco después del fin del conflicto, en aquella paz negra y maldita dispuesta a envenenar para siempre cielo y tierra, Isabella cogió el cólera y murió en brazos de su marido en el piso que compartían encima de la


librería. La enterraron en Montjuic el día que Daniel cumplía cuatro años, bajo una lluvia que duró todo un día y toda una noche, y cuando el pequeño preguntó a su padre si el cielo lloraba, a el le falló la voz y no pudo contestar. En el sobre que iba a mi nombre, había una carta que Isabella me había escrito durante sus últimos días de vida. Había hecho jurar a su marido que me la haría llegar si llegaba a saber donde estaba. Querido David: A veces me parece que empecé a escribir esta carta hace años y que todavía no he sido capaz de acabarla. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que te ví, muchas cosas mezquinas y terribles, y, aún así no pasa un día que no me acuerde, de usted, y que no me pregunte donde debe estar, si habrá encontrado la paz, si estará escribiendo, si se habrá convertido en un viejo cascarrabias, si se habrá enamorado o si se acordará de nosotros, de la pequeña librería de Sempere e Hijos y de la peor ayudanta que tuvo nunca. Me da la impresión que se fue sin enseñarme a escribir y no se ni por donde empezar a poner por escrito todo lo que querría decirle. Me gustaría que supiese que he sido feliz, que gracias a usted he encontrado a un hombre que he querido y que me ha querido y que los dos hemos tenido un hijo, Daniel, a quien siempre le explico cosas de usted y que ha dado a mi vida un sentido que ni todos los libros del mundo juntos podrían empezar a explicar. No lo sabe nadie esto, pero a veces todavía vuelvo al muelle en el que le vi irse para siempre, y me siento un rato, sola, para esperar, como si creyese que usted iba a volver. Si viniese vería que, a pesar de las desgracias, la librería continúa abierta, que el solar donde se alzaba la casa de la torre está vacío, que todas las mentiras que se dijeron sobre usted han sido olvidadas y que en estas calles hay tanta gente que tiene el alma manchada de sangre que ya no se atreven ni a recordar, y, cuando lo hacen, se engañan a ellos mismos porque no se pueden mirar al espejo. En la librería, continuamos vendiendo libros, pero bajo mano, porque ahora han estado declarados ilegales


y el país está más lleno de gente que quiere destruir y quemar libros que no de los que quieren leerlos. Son tiempos difíciles y, a menudo creo que los que han de venir aún serán peores Mi marido y los médicos se creen que me engañan, pero yo se que me quedan pocos días de vida. Se que moriré pronto y que cuando usted reciba esta carta yo ya no estaré aquí. Por eso le quería escribir, porque quería que supiese que no tengo miedo, que solo me sabe mal porque dejaré a un hombre bueno que me ha dado la vida y a mi Daniel, solos en un mundo que cada día que pasa, es más como usted decía y no yo quería creer que podía ser. Le quería escribir para que supiese que, a pesar de todo, he vivido y estoy agradecida por haberle conocido y haber sido su amiga. Le quería escribir porque me gustaría que se acordase de mí, y que, algún día, si usted tiene alguno como yo ahora tengo a mi pequeño Daniel, le hable de mí y que, con sus palabras me haga vivir para siempre. De todo corazón, Isabella. Unos días después de haber recibido esta carta, supe que no estaba solo en la playa. Noté su presencia en el oreo del alba, pro no quise volver a huir. No pasó hasta la tarde. Yo me había sentado a escribir delante de la ventana mientras esperaba que el sol desapareciese en el horizonte. Oí unos pasos en las maderas del muelle y le vi. El amo, vestido de blanco, caminaba lentamente por el muelle y llevaba cogida de la mano a una niña de unos siete u ocho años. En seguida reconocí la imagen, aquella fotografía vieja que Cristina guardó como un tesoro toda su vida sin saber de donde venía. El amo se acercó al final del muelle y se arrodillo al lado de la niña. Los dos contemplaron el sol hundiéndose sobre el océano en una infinita lámina de oro encendido. Salí de la cabaña y fui hacia el muelle. Cuando llegué al final, el amo se volvió y me miró con una sonrisa.


No había ni amenaza ni rencor en u rostro, solo una sombra de melancolía. -Le he encontrado a faltar, amigo mío – dijo – He encontrado a faltar nuestras conversaciones, incluso nuestras pequeñas disputas… -¿Ha venido a pasar cuentas? El amo sonrió y dijo que no con la cabeza, lentamente. -Todos nos equivocamos, Martín. Yo el primero. Le robe lo que más quería. No lo hice para herirlo. Lo hice por miedo. Por miedo a que ella le apartase de mí, de nuestro trabajo. Estaba equivocado. He tardado tiempo en reconocerlo, pero si hay algo que me sobre es tiempo. Me lo miré con detenimiento. El amo, igual que yo, no había envejecido nada en absoluto. -¿Para que ha venido entonces? El amo se encogió de hombros. -He venido a despedirme de usted. Su mirada fue a parar a la niña que llevaba cogida de la mano y que me miraba con curiosidad. -¿Cómo te llamas? – le pregunté. -Se llama Cristina – dijo el amo. La miré a los ojos y dijo que sí. Noté que se me helaba la sangre. Solo podía intuir las facciones, pero la mirada era inconfundible. -Venga, Cristina, saluda al amigo David. A partir de ahora vivirás con el. Miré al amo, pero no dije nada. La niña me alargó la mano, como si hubiese ensayado el gesto mil veces, y se rió vergonzosa. Me incliné y se la estreché. -Hola – dijo con un hilo de voz. -Muy bien, Cristina – dijo el amo, en señal de aprobación - ¿Y que más? La niña asintió, como si recordase de repente. -Me han dicho que usted es un fabricante de historias y de cuentos. -Y de los buenos – añadió el amo. -¿Verdad que me hará uno?


Dudé durante unos segundos. La niña miró al amo, preocupada. -¿Martín? – susurró el amo. -Es claro –dije al final. Te haré todos os cuentos que quieras. La niña sonrió, se me acercó y me dio un beso en la mejilla. -Cristina, ¿Por qué no te vas a la playa y te esperas un poco, mientras yo me despido de mi amigo? – le pidió el amo. Cristina asintió y se alejó lentamente. De tanto en cuando, se volvía y nos sonreía. A mi lado, la voz del amo me susurró dulcemente su maldición eterna. - He decidido que le devolvería lo que más quería y que yo le robé. He decidido, aunque solo sea esta vez, que usted hará mi camino y que sentirá lo que yo siento, que no envejecerá nunca ni un solo día y que verá crecer a Cristina, que se volverá a enamorar, que verá como envejece a su lado y que algún día la verá morir en sus brazos. Esta es mi bendición y mi venganza. Cerré los ojos, como si quisiese negar lo que estaba viendo. -Eso es imposible. No será nunca la misma. -Eso dependerá solamente de usted, amigo Martín. Le doy una página en blanco. Esta historia ya no me pertenece. Oí sus pasos cada vez más lejanos y cuando volví a abrir los ojos, el amo ya no estaba. Cristina me miraba, desde el muelle con ojos inquietos. Sonreí y se acercó poco a poco, recelosa. -¿Dónde está el señor? – me preguntó. -Se ha ido. Cristina miró a su alrededor, la playa infinita y desierta por todas partes. -¿Para siempre? -Para siempre. Cristina sonrió y se sentó a mi lado. -He soñado que éramos amigos – dijo ella La miré y dije que si con la cabeza. -Y lo somos, amigos. Siempre lo hemos sido. Se rió y me cogió de la mano. Señaló hacia delante, hacia el sol que se hundía en el mar, y Cristina lo contempló con lágrimas en los ojos.


-¿Me acordaré algún día? -Algún día, si. Entonces supe que dedicaría todos y cada uno de los minutos que nos quedaban en hacerla feliz, en corregir todo el mal que le había hecho y a devolverle aquello que no le supe dar nunca. Estas páginas serán nuestra memoria hasta que con su último aliento de vida, se pague en mis brazos, hasta que la acompañe mar adentro, allí donde se agita la corriente de las aguas, hasta que me sumerja con ella y los dos huyamos para siempre a un lugar en que el cielo y el infierno nos pueda encontrar nunca. FIN Diez de diciembre de 2019.

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El juego del ángel  

Un escritor no olvida nunca la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia.

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