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EL CÍRCULO DE LA MOTIVACIÓN Doctor Valentín Fuster

Traducció “Gratia et amore” del català d’en Guillem de Castro. (para los no catalanohablantes)

INTRODUCCIÓN Vivimos en una sociedad de infarto. Es imposible leer los periódicos de buena mañana y no tener palpitaciones. Bancos que se hunden, países a punto de quebrar, escándalos de corrupción política, hospitales con menos recursos, suicidios de personas a punto de ser desahuciadas, desoladoras cifras de paro, despidos masivos y palabras de algunos dirigentes, cuyas preocupaciones o prioridades, se alejan mucho de las de la ciudadanía. Un mundo que creíamos estable parece fundirse bajo nuestros pies; “todo lo que es sólido se desvanece en el aire”. En su lugar se ha instaurado una sensación de incertidumbre que está paralizando el progreso de nuestros jóvenes, el éxito de los trabajadores y la merecida serenidad de la gente mayor. Las malas noticias económicas irrumpen acompañadas de las pésimas noticias climatológicas. La crisis y el calentamiento son fenómenos globales: nuestras cuentas bancarias se funden como los glaciares. Es evidente que algo ha de cambiar, tenemos que construir una sociedad más humana, más justa y con valores más firmes. La sensación de hartazgo y las ganas de cambio son compartidas por millones de personas en todo el mundo. Ya no son solo los más jóvenes o los más radicales los que exigen una transformación de la sociedad: incluso los abuelos y los padres más conservadores han llegado a aceptar que el actual sistema es insostenible y no quieren dejar esta triste herencia a sus hijos y a sus nietos. Yo también tengo hijos y nietos, y creo que un cambio de mentalidad es posible. Según mi punto de vista, la motivación de las personas es el motor de este cambio. De hecho me preocupa que el aburrimiento actual pueda convertirse en desesperanza o pasividad, que se imponga


la resignación, el “yo no puedo hacer nada”. La historia nos demuestra que la gente puede levantar hospitales, escuelas, ciudades y países cuando se suman esfuerzos e ilusiones. Una actitud positiva es la clave para poder ver las oportunidades que la vida nos ofrece. Las personas decididas y positivas aprenden de los contratiempos y salen reforzadas. Los momentos duros no conducen al resentimiento sino a la empatía, a la generosidad y al empeño creativo. Esta buena disposición tiene un indudable componente genético, pero también se puede adquirir en la infancia. Una madre o un padre entusiastas nos enseñan desde pequeños a interpretar nuestro entorno de una cierta manera. Estar programados para tener una visión estimulante de la realidad es una suerte inmensa, pero esta actitud también se puede desarrollar con los años, con la observación y con la experiencia. Los golpes que nos da la vida son, sin duda, la mejor escuela. Tenemos dos opciones: entrar en una espiral de rencor y amargura que acabará dañando a los otros, o superar los golpes y comprender que todos los seres humanos somos iguales, que en algún momento pasamos por situaciones muy parecidas y, por tanto, hemos de tener la capacidad de empatizar y de ayudarnos los unos a los otros. El resentido tiende a pensar que sus problemas son más graves que los de los demás y su sufrimiento mucho más intenso que el de cualquier otro individuo del mundo. El resentido vuelve la espalda a la sociedad o, aún peor, la desafía para humillar y herir al prójimo. En cambio, la actitud positiva tiene importantes efectos sobre uno mismo y las personas que nos rodean. El optimista es capaz de motivar a los demás, de alegrarse de su éxito, de ser amable, es capaz de levantarse después de una caída, entiende que las relaciones son más importantes que las posesiones materiales y es capaz de pasárselo bien incluso cuando las circunstancias no le son del todo favorables. La actitud positiva determina la mayoría de nuestras experiencias diarias, impide que la negatividad de los otros nos afecte, nos impulsa a darnos sin recibir nada a cambio y, en último término, nos permite ser auténticos. En realidad, lo veo cada día en el centro médico donde trabajo, todos somos iguales. El empresario de Manhatttan y la trabajadora social del Bronx viven en universos muy diferentes, pero a la hora de la verdad, con el corazón literalmente abierto sobre una mesa de quirófano, llevan la misma bata, han tenido el mismo miedo y tal vez han afrontado los mismos problemas familiares.


No somos especiales, y nuestras pequeñas o grandes desgracias tampoco lo son. Compartimos el presente con siete mil millones de personas y todas están construyendo el mundo que heredarán las futuras generaciones. Si pensamos que nuestra aportación es irrelevante, la suma de millones de derrotas será letal para la sociedad. Sería un error dejarnos llevar por el huracán del pesimismo, la insensatez egoísta o la irreflexión. Hemos de resistir y buscar las señales que nos permitan llegar encontrar el camino hacia una sociedad más equitativa y altruista. Transformar el desánimo en entusiasmo es decisivo si queremos impulsar un cambio que es del todo necesario. En el contexto económico actual, los ciudadanos están frustrados por la duración y la profundidad de la crisis económica. La Cruz Roja ya habla de “desesperación silenciosa” en referencia al estado de ánimo de millones de españoles. Esta organización ayudó a 1,2 millones de personas en España en el año 2012, y este año espera llegar a a más de 1,5 millones de ciudadanos que han solicitado su ayuda para comprar alimentos y productos de primera necesidad. Este movimiento humanitario está ayudando por primera vez a miles de “nuevos pobres”: familias que han quedado atrapadas en una situación de extrema vulnerabilidad a causa de una pérdida de trabajo de todos sus miembros adultos. Unos seis millones de españoles están desocupados: la cantidad es horrorosa y sigue creciendo cada día con una crueldad inexorable. Los que tienen un trabajo precario y mal pagado sueñan con trabajos más estables y menos ingratos. Los jóvenes se enfrentan a una situación especialmente difícil: uno de cada dos no encuentra trabajo y muchos optan por irse al extranjero. Otros se ven obligados a aceptar ofertas temporales o prácticas a tiempo parcial en condiciones, a veces, abusivas. Los niños son las víctimas más vulnerables de la crisis: en España, unos cuatro millones viven por debajo del umbral de pobreza. Son la cara invisible, una voz muda o silenciada, pero la penuria de las familias tendrá un efecto muy profundo en su educación, su bienestar y su desarrollo. El drama económico actual hace pensar en la Gran Depresión que desde los Estados Unidos, se escampó por todo el mundo en los años treinta del siglo pasado. También tiene puntos en común con la crisis que padeció Argentina hace diez años.


La ansiedad, la angustia, la impotencia y las palpitaciones de mis pacientes españoles se parecen mucho a los trastornos que presentaban los neoyorquinos cinco años atrás o los argentinos hace una década. He tratado enfermos de muy diferentes orígenes, y durante más de cuarenta años he podido observar a través de ellos la evolución de muchas regiones del mundo. Personas que provienen de países en vías de desarrollo hoy en día ya pueden afirmar que son ciudadanos de estados emergentes como Brasil o China. También se ha producido la situación inversa: nativos de una potencia mundial como los Estados Unidos ven ahora como su hegemonía se debilita con el auge de países con los que van recortando distancias. Durante la década de los noventa, muchos pacientes que trabajaban en Wall Street ganaron grandes cantidades en la bolsa de Nueva York. Las palpitaciones y la ansiedad no se la producían la falta de trabajo, sino todo lo contrario, era el ritmo inhumano de su actividad profesional, el alto riesgo de sus operaciones financieras, el uso y abuso de sustancias que les mantenían en constante tensión y les permitían cerrar transacciones formidables en cuestión de minutos… En definitiva, por llevar un tren de vida brutal, abrumador y absurdo. Después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, se generalizó la angustia, la depresión y el miedo. La lesión fue física y sicológica, pero también económica. La caída de Lehman Brothers provocó un tsunami imparable en los Estados Unidos y después en el resto del mundo. Desde entonces, las tribulaciones económicas se han convertido en un tema reiterado por todos mis pacientes cuando llegan a la consulta y les pregunto como están. Y, tal como explicaré en este libro, yo también he pasado por malos momentos, y he tenido contratiempos (dificultades laborales, académicas, un cáncer, etc.) que me podrían haber abatido fácilmente. Permítanme que les ponga en antecedentes. Nací en Barcelona el 20 de enero de 1943. En aquellos momentos la ciudad se recuperaba de los terribles bombardeos sufridos durante la Guerra Civil, que solo hacía cuatro años que había acabado. La Segunda Guerra Mundial devastaba Europa en aquella época. Yo era el pequeño de cinco hermanos y mis padres se esforzaban en conseguir llevar adelante a un sanatorio mental situado en el barrio de Pedralbes. Formaban una pareja luchadora e incansable que me transmitió una visión positiva de la vida. Después viví en el Liverpool


de los Beatles y en Edimburgo; más tarde me trasladé a los Estados Unidos, primero al estado de Minnesota, después a Nueva York y más tarde a Boston, y entonces regresé a Nueva York. Durante los últimos años compagino dos trabajos: en Nueva York soy director médico del hospital Mount Sinaí y de su Centro de Cardiología; en España dirijo el Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC). Setenta años de vida y de experiencia y el contacto con amigos, conocidos y pacientes me han llevado a la siguiente conclusión: el desánimo, la incertidumbre, los altibajos y las adversidades son elementos inseparables de nuestra existencia. Es imposible estar siempre arriba de todo. Quien consigue la cima fácilmente puede caer, pero después puede volverse a levantar solo o con la ayuda de otros. La buena y la mala noticia es que este proceso es cíclico: cuando estamos arriba de todo, en el punto álgido de la satisfacción, luchamos para poder mantenernos; después de la caída también tendremos que luchar para levantarnos y volver a subir la cuesta. Es un círculo en rotación continua, una obstinación constante. Como pueden ver, ya les adelanto que la satisfacción no es un regalo o un privilegio otorgado graciosamente sin nuestro esfuerzo. Una vida satisfactoria es una conquista diaria. EL CÍRCULO EL ORIGEN DEL CÍRCULO DE LA MOTIVACIÓN. Hace unos años, durante una época en que me encontraba bajo de moral, me ayudó mucho imaginar mentalmente un círculo. Le llamé círculo de la motivación, y como era una metáfora muy poco científica y bastante casera, la guardé para mí. A pesar de eso, al cabo de poco tiempo mi hijo, Pablo, también experimentó una bajada de moral y yo no sabía como explicarle como superar la frustrante apatía que le dominaba. Entonces se me ocurrió explicarle mi experiencia y enseñarle mi dibujo. A partir de aquel momento, siempre que hablamos por teléfono nos explicamos en que tramo del círculo nos encontramos. Por ejemplo, la última vez que hablamos, Pablo me explicó que había conseguido subir la pendiente del círculo, y entrar en el tramo sudoeste de la motivación. Tiene diversos proyectos en marcha y, a pesar de que son muy diferentes de


los que yo tengo, hemos reflexionado juntos sobre como podemos mantener intacto nuestro entusiasmo y conseguir los objetivos que nos hemos propuesto. Se trata de una figura tan sencilla como el concepto que representa, y el entusiasmo de mi hijo me animó a usar la misma fórmula con los pacientes cuando necesito que se motiven antes de una operación, cuando están deprimidos o cuando han de perder peso, hacer deporte o dejar de fumar. También he compartido la fórmula del círculo con amigos que me han pedido consejo después de una separación, la muerte de un familiar o un problema académico o laboral. El círculo tiene cuatro tramos. El Sudeste o la Frustración, el Sudoeste o la Motivación – tramo esencial en este libro – el Noroeste o la Satisfacción y el Nordeste o la Pasividad. LA FRUSTRACION Empecemos por el tramo Sudeste del círculo, la Frustración. Es la culminación de una pasividad interior o una respuesta emocional a los obstáculos que nos impiden avanzar. A menudo nos enfrentamos a situaciones más o menos difíciles que nos pueden producir tristeza y decepción: perder o no conseguir un trabajo, no poder tener hijos, suspender un examen, no ser correspondidos por la persona amada… Ante estos desengaños, es normal sentirse impotente y desanimado, como también es normal sentirse confundido y no ver una salida al problema. Nos encontramos de tener la vida que nos gustaría y, además, no sabemos que rumbo o que cambio podríamos hacer para mejorar nuestra realidad. Algunas personas viven en la insatisfacción o en la queja permanente. Otras, cansadas de desengaños o disgustos, deciden coger las riendas de su vida para mejorarla. Encuentran la energía y el valor necesarios que les permiten sobreponerse a los acontecimientos vitales y motivarse. Una desgracia o una fase de incertidumbre les proporcionan el empuje necesario para dar un paso adelante.


LA MOTIVACION Entramos en el tramo Sudoeste del círculo, la Motivación. Creo que muchas personas están genéticamente predispuestas a ser optimistas y a no dejarse vencer por las adversidades. Otras han crecido rodeadas de personas muy entusiastas y han aprendido el código los primeros años de su vida. Y algunas adquieren este talante por caminos que irán apareciendo en este libro. Pasar de la resignación a la acción requiere grandes dosis de valor, honestidad y energía. Además se trata de un viaje muy personal, ya que es el mismo individuo frustrado el único que puede decidir como y cuando cambiará su actitud y su estado de ánimo, además de que cambios adoptará para conseguir el objetivo que se ha propuesto. Acumulamos energía y valor por diferentes razones. Porque nuestra situación es tan desesperada que decidimos saltar al vacío y arriesgarnos cuando ya no tenemos nada que perder; porque alguien nos quiere, confía en nosotros y nos administra la fase mágica “Se que lo puedes hacer”, o por el estímulo contrario, cuando nadie espera nada de nosotros y decidimos demostrar al mundo que está equivocado y que si lo podemos conseguir. O tal vez porque seguimos el ejemplo de alguien que lo ha conseguido antes. La Motivación es la esencia de este libro, y me gustaría compartir mis reflexiones sobre como podemos subir esta pendiente del círculo y conseguir este estado de ánimo. Yo me he motivado y lo sigo haciendo realizando cuatro tareas básicas para conseguir la madurez personal que yo nombro como las cuatro T: buscar TIEMPO para la reflexión, descubrir nuestro TALENTO, TRANSMITIR optimismo y ejercer la TUTORIA. El orden es importante, ya que sin tiempo para pensar no podemos encontrar nuestro talento o vocación, y si no hemos descubierto nuestras capacidades, difícilmente podremos transmitir optimismo ni hacer de tutores o ayudar a los más jóvenes. Estas cuatro tareas para alcanzar la madurez se proyectan hacia la sociedad a través de cuatro acciones a las que llamo las cuatro A: ACTITUD positiva, ACEPTACIÓN, AUTENTICIDAD y ALTRUISMO. Estas cuatro maneras de encarar la sociedad también están entrelazadas: si tenemos una actitud positiva ante los problemas, si aceptamos nuestras circunstancias, si somos siempre auténticos, tendremos la voluntad de


dar, es decir, la generosidad necesaria para llevar a término trabajos altruistas que nos llenaran de satisfacción. LA SATISFACCIÓN Nos encontramos en el tramo Noroeste del círculo, La Satisfacción. La motivación y, en consecuencia, el talante activo acostumbra a dar resultados. Cuando el objetivo que nos hemos fijado es realista, probablemente estaremos más próximos a conseguirlo si dejamos atrás las actitudes negativas, las lamentaciones y la pasividad. Constatar que nuestro esfuerzo ha valido la pena y ver conseguidos algunos de nuestros deseos nos produce satisfacción, nos refuerza la confianza y nos da energía. Cuando se empieza un trabajo, una relación sentimental o cualquier otro proyecto que nos hace ilusión, estamos contentos y cargados de energía, pero tarde o temprano (de hecho, más bien pronto que tarde) descubrimos que la aventura profesional o sentimental solo continua funcionando si ponemos algo (o mucho) de nuestra parte y nos esforzamos día a día para alimentar el fuego del hogar. Parafraseando la famosa expresión, el “guerrero” no puede descansar ni un momento. Al menos hoy en día. Una vez hemos conseguido un trabajo hemos de conservarlo. Si abrimos un negocio hemos de madrugar cada día para mantenerlo en funcionamiento. Si empezamos una relación hemos de cuidar y valorar a nuestra pareja. Cuando ganamos un campeonato de tenis, hemos de continuar entrenando si queremos repetir la victoria el año que viene. Si somos directores de cine, escritores, pintores o arquitectos y hemos recibido elogios por nuestra última obra, hemos de reactivar nuestro ingenio para poder crear otra de igual calidad o superior. Y si somos cocineros en un restaurante respetado por la crítica, tampoco podremos dormirnos: el gran reto será no perder la ilusión, cambiar la carta y mejorar constantemente la comida y el servicio. Seguramente los guerreros tampoco descansaban demasiado en tiempos remotos: si se despistaban, sus colegas más feroces podían saquearles las tierras para robarles la cosecha y el ganado. Actualmente, no nos asedian enemigos terribles armados hasta los dientes, pero también hemos de vigilar nuestras posesiones: si bajamos la guardia y no cultivamos el entusiasmo, sino alimentamos la llama de


la satisfacción personal, corremos el riesgo de caer en la pasividad y, por este camino, en la frustración. Precisamente cuando estemos satisfechos hemos de actuar para que no cambie la situación. LA PASIVIDAD Finalmente, completamos el círculo y llegamos al tramo Noroeste, la Pasividad. La satisfacción no es eterna, especialmente en una sociedad sometida a constantes cambios. Sino somos capaces de continuar motivados, tarde o temprano iniciaremos la bajada de la pendiente del círculo y entraremos den la fase de pasividad. Una vez más deberemos recorrer todo el círculo. Lo veo con mucha frecuencia en los médicos residentes que trabajan conmigo. Si, por ejemplo, una revista especializada les encarga un artículo sobre una investigación que han realizado, acostumbran a tener el empuje necesario para llevar a buen término el trabajo y, después de la publicación, quedan muy satisfechos. Por otro lado si al cabo de unas semanas no se marcan nuevas metas, algunos entran en una etapa de pasividad que solo se acaba cuando han entendido que han de empezar un nuevo proyecto y continuar avanzando. De la misma manera lo observo en los pacientes; ellos también pasan una y otra vez por las cuatro fases del círculo. Individuos que, por ejemplo, están frustrados porque no tienen pareja. Más tarde conocen a alguien y se encuentran motivados con el nuevo compromiso. Dan el paso de casarse y entran en la fase de satisfacción. Pero la mayoría no cuida su relación, se aburren y se desaniman; no han entendido que deben seguir esforzándose cada día, y entran en un periodo de pasividad y de desilusión que solo tiene dos desenlaces posibles: alargar la tediosa rutina de un matrimonio fracasado o espabilarse y entender que la ilusión solo se recupera con el esfuerzo, que la bicicleta solo avanza y no pierde el equilibrio solo si el ciclista pedalea. Es alarmante el poco tiempo que invertimos en reflexionar sobre nuestras relaciones de pareja cuando lo comparamos con el que dedicamos a otros trabajos o preocupaciones. No hay nada más peligroso que una pareja inerte que ha bajado la guardia y cree que ya no vale la pena buscar nuevos retos para seguir adelante.


Las cuatro T y las cuatro A del Círculo.

Como ya he dicho, este libro se centra en el tramo Sudoeste del círculo: la MOTIVACIÓN. No me gustaría que mi explicación pareciese una declaración bienintencionada o fuese una muestra de ingenuidad o de desconexión de la crisis que sacude al país. Como médico y científico, me fundamento en la observación y en centenares de casos reales. Por este motivo les explicaré experiencias vividas a lo largo de los años y compartiré algunas lecciones aprendidas de numerosos amigos, muchos conocidos y centenares de pacientes. ¿Cómo conseguimos superar la frustración que nos invade? ¿Cómo hacemos para encontrar o crear los estímulos necesarios para seguir adelante? Según mi opinión, a partir de un viaje que nos permita entender quien somos realmente, aceptarnos y construir una vida que sea coherente con nuestra personalidad y nuestros sueños. Durante este trayecto será imprescindible la ayuda de familiares y amigos, que encontremos orientación en la figura de un guía o tutor y, al mismo tiempo, que aportemos nuestro granito de arena para construir una sociedad mejor. La buena noticia es que todos podemos hacer este viaje. La mala es que no hay atajos. Es un recorrido que requiere valentía, fuerza, generosidad y perseverancia. En resumen, y tal como he dicho al presentar el círculo, para emprender esta aventura necesitamos cargar una maleta que contenga las cuatro T y las cuatro A. La maleta de la motivación, el tramo Sudoeste del círculo. Las cuatro T son las cuatro tareas o estados de ánimo para conseguir la madurez personal que nos ayudará a establecer los fundamentos necesarios para poder recorrer el círculo hacia la satisfacción. Tareas (T): - Tiempo para reflexionar - Talento por descubrir - Transmitir optimismo - Tutoría


Las cuatro A son cuatro acciones vinculadas con la sociedad que nos permite coger impulso para poder superar la cuesta del círculo, dejar atrás el desencanto y avanzar hacia la satisfacción. Acciones (A): - Actitud positiva - Aceptación - Autenticidad - Altruismo Las cuatro tareas para conseguir la madurez personal. TIEMPO PARA LA REFLEXIÓN Reservar cada día unos minutos para reflexionar es crucial; de hecho, en lugar de ser una pérdida de tiempo, son los minutos mejor invertidos de todo el día. Ya lo decía Publio Sirus: “El tiempo de reflexión es una economía de tiempo”. Por otra parte, aquel que se levanta por la mañana y corre sin parar de una a otra actividad, aquel que no se para a meditar “para no perder tiempo”, no se percata de la cantidad de tiempo que pierde cuando toma decisiones precipitadas y corre “como un pollo sin cabeza”. Nuestra sociedad no invita a la reflexión, pero andar sin rumbo, vagar a ciegas por la vida, en realidad, nos aparta de nuestro camino. Meditar no es una actividad pasiva tal como creen muchos: se requiere voluntad y disciplina, unas elevadas dosis de sentido común y fortaleza intelectual. Vivimos en un entorno que constantemente nos obliga al cambio. Por este motivo es esencial saber hacer una parada para poder estudiar nuestras circunstancias o considerar nuestras opciones; solo de esta manera conseguiremos avanzar por el camino correcto. La reflexión es la pieza clave dentro del engranaje de la motivación. Cuando nos falla, vagaremos sin mapa y sin sentido, desorientados, perdidos, y tarde o temprano sin motivos para continuar caminando. Yo necesito reflexionar para ordenar lo que es más inmediato y para poder organizar asuntos a más largo plazo. Cada mañana, cuando llego al despacho, dedico unos quince minutos a la reflexión; es el momento más importante del día ya que me ayuda a establecer las prioridades y centrarme en lo que es fundamental. En mi caso cada día es toda una


vida. Durante este tiempo recibo noticias buenas y malas, examino urgencias que requieren decisiones determinantes para el futuro de mis pacientes, me ocupo de compromisos, valoro posible presentaciones y procuro salir indemne cuando me caen encima una cascada de correos electrónicos. El tiempo que dedico a la reflexión es crucial para ordenar mi agenda, sobretodo mi agenda mental, pero esta meditación diaria también tiene impacto a largo plazo. No es casualidad que, cuando me levanto, encuentre soluciones a un problema temporal. El agotamiento y la confusión de la noche no me dejan pensar con claridad. Al cabo de unas horas, en cambio, soy capaz de procesar la situación con serenidad y analizarla desde una perspectiva diferente. Tengo la impresión de que en el mundo actual se reflexiona poco. Vivimos pendientes del teléfono móvil y tenemos la tiránica necesidad de actualizar cada cinco minutos nuestro estado en las redes sociales. La mayor parte de las veces, esta conducta precipitada y mecánica no es más que una huída hacia la nada, un paso hacia ninguna parte. El ruido no nos deja percibir la música del camino. Observo a mis amigos o pacientes y me doy cuenta que muchos tienden a reaccionar de modo automático sin considerar las consecuencias de sus actos. Incluso creen que podrán idear alguna cosa valiosa durante una fiesta, un partido de béisbol o una cena multitudinaria. Algunos me dicen que esperan encontrar un poco de calma para pensar cuando viajan en grupo, sin duda una actividad gratificante, pero muy poco propicia para un análisis reposado. No tiene ningún sentido pasar a la acción si previamente no ha habido reflexión. La reacción irreflexiva solo conduce al fracaso. Y una sucesión de reacciones irreflexivas nos lleva a lugares extraños, con la consiguiente pérdida de energía y de tiempo. Hemos de deshacer nuestros pasos y avanzar hacia un lugar que tenga sentido. Hace unas semanas, un médico joven me explicó afligido que una prestigiosa revista especializada le había rechazado un artículo muy extenso en el que exponía los resultados de su investigación. Esta publicación tiene unos expertos que evalúan el contenido del material que reciben. En su caso, uno de ellos había elogiado el artículo y el otro había lo había criticado de un modo bastante rudo. Leí el estudio y también los comentarios hostiles y llegué a la conclusión que la censura no había sido justa. En el pasado había tenido una relación muy estrecha con la mencionada


revista, y decidí llamar a la editora. Nunca lo había hecho, o sea que me escucharon con mucha atención y después me dijeron que el médico investigador enviase una carta defendiendo sus criterios. Al cabo de unos días recibí un borrador de aquella carta. Parecía escrita por alguien que en ningún momento se había detenido a considerar lo que quería conseguir con la respuesta o que aportación positiva podía hacer. Era un texto agresivo, alocado, simplemente un ataque frontal al experto que había recomendado no publicar el estudio. Llamé al joven y le pedí que fuese a mi despacho. Le devolví la carta y le expliqué que era una perfecta diatriba si lo que quería era no publicar nunca más en aquella revista y quedarse aislado de la comunidad medico-científica. También le sugerí que reflexionase, que usase el sentido común y que volviese al cabo de unos días. Yo me preguntaba como era posible que una persona que había acabado la carrera de medicina con excelentes no tuviese ninguna clase de tacto, de sicología, y no supiese elegir el tono que debía utilizar para dirigirse a una revista, la dirección de la cual le estaba dando una segunda oportunidad. La respuesta es que, en un mundo cada vez más tecnificado, es posible obtener excelentes conocimientos académicos y ningún conocimiento sobre relaciones humanas. Por otra parte, también es cierto que con la edad aprendemos a valorar la importancia de la reflexión y a evitar los actos precipitados o poco meditados. Cuando yo tenía la edad de este joven y estaba haciendo mi residencia en el Reino Unido, me fui a Barcelona de vacaciones sin haber acabado la historia clínica de diversos pacientes. Ahora, cuando lo pienso, he de admitir que fue un acto muy irresponsable, una monumental falta de reflexión. Nunca en mi vida olvidaré la llamada que me hizo mi mentor cuando regresé de vacaciones. El tirón de orejas fue tan espectacular como merecido, y nunca más dejé una ficha médica abierta. De hecho, actualmente siempre llevo una grabadora digital para poder describir en el momento todas mis impresiones cuando hago una exploración médica a un paciente. A pesar de que defiendo la necesidad de incluir la reflexión en nuestras vidas y dedicar el tiempo necesario a esta tarea, algunas veces hacemos un balance de nuestra realidad de una manera mucho más intensa y rápida. Me explicaré: ante situaciones extremas conseguimos ampliar el tiempo, o si lo prefieren, comprimir nuestras experiencias.


Les daré dos ejemplos muy cercanos. He visto como muchos pacientes terminales de cáncer exprimen cada día hasta que consiguen el jugo de todo un año. Pero aún hay un caso más cercano: durante un vuelo de Nueva York a Sidney tuve la seguridad de que moriría al cabo de pocos minutos. Estábamos cruzando el Pacífico cuando, de pronto, el avión se metió de lleno en una gran tormenta. Los pasajeros pudimos oír perfectamente los chispazos de los rayos y un ruido extraño en el motor. El piloto decidió que tenía que alejarse de aquella turbulencia tan rápido como fuese posible e inició un descenso en picado. Mi cuerpo quedó totalmente inclinado y podía notar la presión del cinturón de seguridad. Pensé: “Esto es el fin”. Esos segundos de caída fueron eternos. Tuve tiempo de recordar a mi familia. Pensé que los proyectos médicos y sociales que había emprendido quedaban en buenas manos. En aquellos últimos segundos de mi vida no dediqué ni un instante a mis éxitos profesionales. La toma de un tiempo que se acaba te obliga a dilatar aquellos segundos, minutos, horas o días y convertirlos en semanas, meses o años. Te obliga a destilar ideas y sensaciones para que puedan caber en el breve lapso de tiempo de que dispones. Es una recapitulación aguda y fulgurante. La reflexión diaria es clave, pero también lo es compartirla con las personas más próximas. Cuando el año pasado murió un buen amigo mío, el escritor Carlos Fuentes, pensé que encontraría a faltar nuestras charlas sobre la vida, el ser humano, el poder y la poesía. Al cabo de unos meses se publicó su novela póstuma, Federico en su balcón, y tuve la gran sorpresa cuando descubrí que me la había dedicado. Para mi es un gran honor que un escritor de su talla me dedique una de sus obras, y tratándose de la última, el hecho adquiere un mayor significado. El libro además me recuerda las conversaciones que mantuvimos, ya que el relato es diálogo de dos personajes en un balcón: Dante Loredano, una especie de alter ego de mi amigo, y el filósofo alemán Friedrich Nietzsche. “Me gustan los que son capaces de sonreír ante un problema, los que pueden reunir fuerzas cuando están afligidos y se convierten en personas más valientes a través de la reflexión”, afirmaba Leonardo da Vinci. No podría estar más de acuerdo. Solo si meditamos, establecemos prioridades o metas, y aprendemos a conocernos mejor, seremos capaces de poner los fundamentos de una vida fructífera y avanzar como individuos y como sociedad. Una cita del arzobispo


Fulton Sheen nos advierte de los peligros que comportan pasar de una acción a otra sin haber reflexionado antes: “Si no vivimos como pensamos pronto empezaremos a pensar como vivimos”. Efectivamente, el acto de reflexionar es el timón de nuestra vida y lo tenemos que hacer cada día para mantener el rumbo de nuestro viaje. TALENTO PARA DESCUBRIR Todos tenemos aptitudes que nos convierten en personas idóneas para determinados trabajos pero, desgraciadamente, muchas pasan por la vida sin explorar sus innatas habilidades. Los que exploren encontrarán con el tiempo un equilibrio entre talento y las oportunidades que da la sociedad. Esta es la mejor inversión de futuro. Algunas personas con auténtico talento han nacido en un contexto histórico en el que su vocación era impensable. Otras crecieron en un entorno que no era el más propicio para poder desarrollar sus destrezas, y esto presionó para que se dedicasen a la misma profesión de sus padres o abuelos. Otras, finalmente, entendieron que sus habilidades no les darían de comer y escogieron una profesión con más salidas. En el mejor de los casos, este talento se convirtió en una afición de fines de semana. En el peor, la máquina de fotos, los pinceles, el violín o las zapatillas de ballet acabaron arrinconados en una caja en la buhardilla y más tarde en el cubo de la basura. Yo tuve la gran suerte de poder contar con el apoyo de un mentor, el doctor Pedro Farreras Valentí, que supo adivinar mi intuición científica y me animó a avanzar en esa dirección. Su ejemplo me ha servido para ayudar a muchos jóvenes investigadores a encontrar su talento, y la mejor vía para potenciarlo es hoy día la plataforma que me ofrece el CNIC, el centro que dirijo en España. Es importante no dejarse llevar por profesiones atractivas o simplemente bien remuneradas, pero extrañas a la existencia que soñamos. “Elige un trabajo que te apasione y no tendrás que trabajar ni un solo día en toda tu vida”, aconsejaba Confucio. Yo me atrevo a dar el mismo consejo dos mil quinientos años después. La profesión que escojamos nos acompañará siempre. Desgraciadamente, si alguna cosa ha puesto en evidencia la actual crisis económica es que el concepto profesión con futuro es poco sólido. Estudiar la carrera de Medicina ya no es ninguna garantía de


estabilidad profesional, como tampoco lo son las carreras de Derecho, Economía, Arquitectura o Biología. Miles de jóvenes deben abandonar España durante este último año y en estos momentos viven en Alemania, Reino Unido, Suecia o cualquier otro lugar donde surja una oportunidad laboral. Mas de seis millones persona no tienen trabajo. Uno de cada cuatro adultos está desocupado; en el caso de los jóvenes, la proporción es de uno cada dos. Este alud de despidos, de dramas familiares, de desahucios por impago de las hipotecas y de colas en los comedores sociales es un motivo de peso para que ayudemos a los jóvenes que tienen que elegir una carrera a escoger la más idónea. Y la más idónea será la que quieran estudiar, sin excepción. Para exponer una realidad diferente, los médicos de Estados Unidos que escogieron la especialidad de cardiología hace tres años y que ahora buscan trabajo en los centros médicos, se han encontrado con una nueva situación: durante los últimos años el sueldo de estos profesionales se ha reducido considerablemente. Si la elección de su especialidad fue motivada solo por razones económicas, estarán muy frustrados. La mejor profesión es la que más nos apasiona. Solo así podremos luchar cada día para salir airosos y solo así tendremos la motivación suficiente para no rendirnos cuando todo parezca jugar en nuestra contra. La primera gran pregunta que hemos de responder es la siguiente: ¿Qué queremos hacer ahora con todo el tiempo que tenemos de ahora en adelante? La respuesta no siempre llega en forma de profesión: a veces se manifiesta con una vocación genérica que se puede materializar por muy distintos caminos. Con todo esto no estoy insinuando que el mercado laboral (actualmente deprimido y deprimente) no necesite buenas dosis de pragmatismo. Pero lo que pasa es que, en última instancia, no hay nada más práctico que descubrir nuestra vocación; quizá en un principio no sabremos la profesión concreta que queremos tener, pero si seremos capaces de intuir, de manera genérica, en que tipo de ambiente queremos trabajar. Es básico que esta elección sea compatible con nuestra personalidad y nuestros valores y deseos. Algunas personas no tienen una vocación definida, pero saben el tipo de vida que les gustaría tener: quieren ayudar a los demás, o viajar por todo el mundo, o evitar complicaciones porque desean llegar pronto a


casa y estar con sus hijos. Algunos aspiran a ganar mucho dinero y otros se conforman con lo que es imprescindible si así obtienen otras ventajas. Precisamente en este contexto de intuición y de vocación más genérica, Silvia, mi hija, siempre ha tenido una inclinación social muy clara. Quería hacer “un trabajo comunitario”. ¿Qué carrera debía estudiar? La respuesta es que son muchas las profesiones que nos permiten ayudar a la comunidad. Puedes ser médico y atender a los más desvalidos, o ser asistente social. Estas son dos de las alternativas más evidentes, pero la verdad es que un cocinero puede trabajar en comedores sociales, un actor o un payaso puede actuar para los niños en las áreas más necesitadas, y un adiestrador de perros puede formar cachorros para invidentes. Mi hija quería estudiar Medicina y especializarse en psiquiatría. Pensaba que, de esta manera, podría ayudar a un sector de la sociedad más vulnerable. Me ilusionaba mucho que Silvia estudiase Medicina, pero un verano, antes de empezar la Universidad, colaboró en un proyecto de jardines públicos en el Bronx y se dio cuenta que era muy creativa y que se sabía mover muy bien en aquel ambiente. Vio que podía conseguir su meta siguiendo otro camino: la arquitectura. Estudiar seis años una carrera como la de Medicina y hacer cuatro años más de especialización tal vez no tuviese sentido, si podía trabajar en proyectos públicos desde una profesión más afín con una personalidad artística como la suya. Al final, se decanto por Arquitectura. Actualmente es una arquitecta con una visión urbanística y social de su trabajo. El caso de Pablo, mi hijo, es muy diferente porque no acepta consejos. Es un chico genial y auténtico que va completamente a su aire. Yo he aceptado su proyecto vital sin ninguna reserva. Es una persona muy honesta, autodidacta y sorprendentemente hábil con las manos. De algún modo, es como los artesanos de antes y huye de cualquier tipo de promoción porque prefiere trabajar para un público muy reducido. Nunca ha sido materialista: construye bicicletas y después se las regala a los amigos. De hecho, unos fabricantes de bicicletas hablaron con el para que les cediese la patente de una de sus creaciones, que había causado furor en Brooklyn, pero la oferta no le interesó. Pablo vive como quiere vivir y es feliz. Compone canciones, canta, toca la guitarra (también hecha por el). Es un hombre valeroso y


consecuente que siempre ha sabido que no quería estudiar una carrera universitaria ni vivir según ciertas reglas convencionales. Mi hijo nunca ha estudiado música y me impresiona que haya podido descubrir su talento musical y desarrollarlo. No hay nada más triste que un talento desaprovechado. En mi caso, cuando yo estaba estudiando segundo de carrera conseguí una beca para acudir a un curso de neurofisiología en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mis compañeros y yo conocimos diversos científicos que nos explicaron su trabajo de investigación, los últimos avances, las técnicas que utilizaban, pero también nos hablaron con total sinceridad de las adversidades que tenían que afrontar. Aquel curso cambió mi vida porque decidí que mi trabajo como médico siempre estaría unido a la investigación y a la difusión científica. Medio siglo más tarde tengo la suerte de dirigir el CNIC, donde una de mis misiones es patrocinar un programa para descubrir a jóvenes científicos en todo el país. No puedo prometer a todos los jóvenes con talento que pasan por el CNIC que obtendrán becas de investigación, o que en los próximos años se aumentarán las partidas destinadas a investigación y desarrollo. Algunos podrán trabajar en España y otros optarán por emigrar al extranjero. Pero lo que si se es que no les puedo ni les debo decir: que más vale buscar otra salida profesional porque con la que han elegido toparán con muchos obstáculos. Una combinación de perseverancia, motivación y talento ha hecho que se pusiesen en marcha y nadie puede ni debe pararlos. Actualmente la investigación en España atraviesa un momento muy difícil. Pero, ¿quien soy yo para decir a estos jóvenes brillantes y motivados que su actuación no tiene futuro? A veces tenemos que plantear una estrategia a largo plazo porque a corto no podemos hacer lo que nos hemos propuesto. Por ejemplo, muchos jóvenes investigadores actualmente no pueden acceder a becas de gran envergadura: yo intento ayudarles a conseguir subvenciones más modestas y les digo que esto es cíclico, y que dentro de unos años la situación habrá mejorado. Además en algunas ocasiones puede ser más provechoso tener una sólida vocación y la fuerza de voluntad necesaria para conseguir nuestro objetivo, que no tener el talento pero no ser suficientemente perseverante. Por mi experiencia, el alumno que es tozudo al final tiene


más posibilidades de llegar al objetivo que no el que se fía de su destreza. De esta manera, algunos médicos con expedientes muy envidiables no saben como vadearse en un hospital, mientras que otros con notas no tan impresionantes suplen esta desventaja con esfuerzo y tenacidad. Soy un profesional de la medicina que tengo como principal objetivo causar un impacto, aunque sea modesto, científico y social. Durante mi carrera me han hecho diversas propuestas que se apartaban de mi camino. Por ejemplo, ser rector de una universidad o decano de una facultad de Medicina es extraordinariamente importante por el impacto que puede ejercer, pero la verdad es que los trabajos que tienen una gran vertiente protocolaria o institucional no están hechos para mí. Para que acepte participar en un proyecto me tiene que apasionar, me ha de entusiasmar y me ha de obsesionar. Me involucro en iniciativas muy diferentes pero que tienen un punto en común: todas tienen que ser útiles para la ciencia y la comunidad. Por otra parte, además de talento, vocación y perseverancia, es importante tener un método, es decir, una estrategia para poder llegar al objetivo que nos hemos propuesto. La pregunta al joven que quiere se abogado, a la empresaria que quiere abrir un restaurante o al artista que quiere diseñar polichinelas es la misma: “¿Con que método conseguirás tu objetivo?”. Soy muy estricto con el método porque los jesuitas me educaron con este rigor. Cuando empiezo un proyecto siempre pienso en la estrategia que usaré para materializarlo. Por ejemplo, cuando decidimos que escribiríamos este libro, Emma Reverter y yo tuvimos que pensar en el procedimiento mas adecuado con tal de que tal redacción de los capítulos fuese compatible con el frenético ritmo del hospital y con mi agenda de viajes. Acordamos la estructura del libro, un calendario de reuniones los fines de semana y también un término de entrega. Muchas personas tienen proyectos geniales pero entonces intentan realizarlos sin ningún método ni estrategia. El hecho de no tener un objetivo concreto, hace que por el camino se pierdan o acaben en un lugar muy diferente al que querían llegar. Si has trazado una estrategia, después te la puedes saltar para poderte adaptar a hechos imprevistos, pero si no la has trazado caminas a ciegas.


Para evitar la desorientación siempre les digo a los médicos e investigadores más jóvenes que no visualicen el camino sino que visualicen el gesto de abrir un paraguas. Nuestro sueño estaría en el centro y, a medida que el paraguas se vaya abriendo, nuestra vida se va expandiendo en diversas direcciones afines formando un espacio propio que nos reconforta y nos protege. Por ejemplo, alguien podría pensar que si quiero avanzar en mi trabajo de científico, no debería perder el tiempo con la publicación libros sobre las manzanas que se ha comido el Triki, el Monstruo de las Galletas, o que me tendría que centrar y no viajar cada semana a España para reunirme con los investigadores del CNIC. A pesar de esto, todas estas actividades son compatibles. Uno de mis sueños es contribuir a mejorar las costumbres cotidianas de la gente, y cuando abro mi paraguas, este objetivo se expande en diferentes direcciones: la práctica médica, la publicación de este libro, conferencias y encuentros con jóvenes, reuniones con empresarios y políticos, o peticiones de ayuda para impulsar proyectos de investigación. Un excelente caso de proyecto vital que se abrió como un paraguas, o en este caso como un enorme y brillante parasol, es la vida del economista y escritor José Luis Sampedro. Estudió Economía y durante muchos años ocupó cargos de responsabilidad en la Administración y dio clases en la Universidad. El eje de su paraguas no era la economía sino la promoción de los valores democráticos, la tolerancia, los derechos humanos y la justicia social. Por este motivo, cuando empezó a publicar novelas y cuentos no se estaba apartando de su camino: estaba ampliando su radio de acción. Su humanismo crítico es totalmente coherente con sus teorías económicas. Uno de los médicos formados en el Hospital Mount Sinaí es un cardiólogo español. Se interesó por la estrecha vinculación entre la salud cardiovascular de los pacientes y su salud mental. Este es un tema fascinante y de hecho el siquiatra Luis Rojas Marcos y yo, con la colaboración de Emma, escribimos un libro sobre esta cuestión en el 2008, Corazón y Mente. Este médico pasó de la cardiología a la sicología y más tarde se dio cuenta que también quería estudiar siquiatría. ¿Es una trayectoria errática? En absoluto. Es el recorrido de un excelente médico que tiene una visión muy completa del ser humano. Ahora dirige en España un exitoso proyecto para ayudar a los drogodependientes.


A veces, abrimos el paraguas y se rompe. Como todos saben cuando pasa esto hay que comprar uno nuevo. En cualquier momento de la vida uno puede percatarse que su sueño ha desaparecido, y lo que tiene que hacer es armarse de valor, respirar hondo y empezar de nuevo partiendo de cero. Cambiar de vida es duro y en la mayoría de los casos no podemos hacerlo solos. Es importante compartir el proceso con alguien que nos pueda guiar y prestar apoyo; alguien que nos entienda y no nos juzgue. Uno de mis ayudantes, antes trabajaba en la policía de Nueva York y era un experto redactor de actas policiales. Hace unos diez años despidieron a muchos agentes y este hombre perdió su trabajo. Tenía treinta y cinco años y no sabía como reinventarse. Entró en mi hospital como voluntario y pronto me fijé que si tenía experiencia escribiendo actas, probablemente también podría ayudarme en la redacción de mis consultas clínicas. No me equivoqué: es muy descriptivo, meticuloso y rápido. Otro excelente ejemplo es el de un individuo que tenía una barbería y un buen día decidió estudiar Medicina. Empezó la carrera cuando tenía más de treinta años y hoy en día puedo afirmar que es uno de los mejores cardiólogos que he conocido. En una ocasión creo que conseguí motivar a un taxista paquistaní frustrado con un trabajo que le parecía monótono. Llegó a los Estados Unidos buscando oportunidades, pero el elevado coste de la vida en Nueva York le obligó a aceptar un trabajo en una empresa que gestiona una flota de taxis.. Recientemente se ha matriculado en una escuela de negocios de Nueva York. Ahora trabaja de día en un restaurante y estudia por la noche. Obviamente para hacer este sacrificio es necesario tener muchas ganas de hacerlo y una ambición considerable. Y este taxista tiene una motivación extrema y está dispuesto a hacer un descomunal esfuerzo para construir la vida que quiere y salir de la vida que le tocó vivir. Para este conductor y para la mayoría de personas que se esfuerzan en transformar su vida, la voz interior es más fuerte que las conveniencias sociales que les empujan en dirección contraria. Si esperamos que la sociedad nos indique el camino que hemos de seguir es muy probable que nos cansemos de esperar o que lleguemos a un destino no deseado. Tal y como decía antes, hemos de construir una sociedad que se esfuerce por descubrir el talento innato de los jóvenes y les ayude a


desarrollar sus aptitudes. Añadiría que el talento o la vocación pueden surgir tardíamente por muchas causas. Todos podemos hacer un esfuerzo activo para encontrar nuestro talento, solos o guiados por alguien que nos conozca y nos aconseje. A veces el sueño que se disipa no es profesional sino personal. Durante muchos años trabajé con un médico que siempre estaba amargado y en el tramo sudeste del círculo que se corresponde con la frustración porque su mujer le hacía la vida imposible: tenía muy mal carácter y era demasiado exigente y egoísta. El era muy religioso y no quería divorciarse. La situación era insostenible y el hombre llegó a la conclusión que su felicidad era más importante que la presión ejercida en su entorno. Se separó y con los años pudo rehacer su vida. Actualmente está felizmente casado con una mujer encantadora y tiene una hija que, por cierto, es estudiante de Medicina. En muchas ocasiones, el detonante del cambio o “rotura del paraguas” es un golpe que nos da la vida, una desgracia o un susto muy grande. Los cambios más radicales en los hábitos de salud se suelen producir después de un infarto. He tratado pacientes que nunca seguían mis consejos: fumaban, llevaban una vida sedentaria y su alimentación era poco equilibrada. Cuando estas personas sufren un ataque cardiaco y acaban en urgencias, normalmente reaccionan porque por primera vez se sienten vulnerables; si ven las orejas al lobo dejan de fumar, hacen deporte y mejoran su alimentación. El sentimiento de vulnerabilidad es un potente motor de cambio y tiene importantes efectos positivos. Sentirnos frágiles, vencidos o mortales nos humaniza y es una poderosa cura de humildad. La persona que se siente vulnerable tiende a reflexionar sobre su situación y tiene la motivación necesaria para volver a recobrar las fuerzas perdidas. Además, porque es consciente de su fragilidad, busca el apoyo de la familia y de los amigos y se da cuenta de lo importante que es estar rodeados de personas que le quieran y que se preocupen. También es una poderosa llamada de atención para todos los enfermos que se creen inmortales y se niegan a seguir los consejos de sus médicos. Uno de mis pacientes empezó a jugar a tenis después de padecer un infarto. Ahora tiene setenta y dos años y practica este deporte cada día. Otro, de cuarenta y cinco años, se compró una bicicleta cuando le dije que tenía alterado su ritmo cardiaco. Otro, de cincuenta y cinco, tenía un problema cardiaco y, además, se rompió el


fémur, pero ahora juega a golf. Eran personas sedentarias que cambiaron sus hábitos porque se asustaron. En resumen, el sentimiento de vulnerabilidad fue decisivo en su cambio de actitud y de estilo de vida de estos tres enfermos. Aprendieron una lección muy valiosa: mostrar nuestra vulnerabilidad nos hace fuertes. También he conocido individuos poderosos que han tenido un problema grave y entonces han querido ayudar a personas con menos recursos que se encontraban en una situación similar. Entre ellos, hay un paciente que sufrió un infarto de miocardio en su casa y que está vivo porque el servicio de ambulancias funcionó y en tan solo dos minutos llegaron al domicilio y lo resucitaron. Este hombre hizo un donativo millonario para poder ampliar la flota de ambulancias en su ciudad. Una de mis pacientes más antiguas, después de tener un hijo con diabetes juvenil, creo junto con su marido, una fundación que cuarenta años después se ha convertido en una de las más importantes en el fomento de la investigación de este tipo de enfermedad. Otros dos enfermos, que han tenido hijos con síndrome de Down, han impulsado programas de ayuda para personas con discapacidades psíquicas. En definitiva, creo que estos ejemplos demuestran que todos tenemos un talento innato y un gran potencial por explorar. Algunos descubrimos nuestro talento porque hemos crecido en un ambiente positivo y propicio para cultivar nuestras habilidades. En algunas ocasiones, lo descubrimos a una edad temprana y, en otros, cuando ya hemos llegado a la madurez, hemos pasado por determinadas experiencias o hemos conocido a personas que han cambiado nuestra manera de pensar. Otras personas se han visto más limitadas por un entorno que les asignó un lugar en la sociedad, pero han sido lo suficientemente intuitivas para saber que una vida diferente les estaba esperando en algún lugar y han luchado para llegar. Y, finalmente, también podemos descubrir el talento a través de una experiencia positiva o negativa a partir de la cual impulsamos proyectos que son importantes para nosotros, para nuestra familia o a nuestra comunidad. El voluntariado es una tarea que nos permite explorar nuestro talento y ayudar a los demás. También nos ayuda en momentos de espera porque la sociedad no siempre está preparada para ofrecernos un trabajo que se ajuste a nuestras aptitudes, y pasará algún tiempo hasta que nuestro talento y nuestra vocación encuentren un lugar en el mundo laboral. Para acabar, es clave que las sociedades fomenten y protejan el talento


de sus ciudadanos, ya que sin duda, es la mayor riqueza que puede tener un país. Hemos de propiciar entornos que guíen a las personas trabajadoras y con talento, que las ayuden a encontrar el camino más idóneo para crecer profesionalmente y tener una vida plena. TRANSMITIR OPTIMISMO No hay nada más peligroso que la negatividad. Hemos de rodearnos y dejarnos guiar por personas que transmitan optimismo. De hecho, los grandes líderes que contagian optimismo a la sociedad no emergen en tiempos de bonanza, sino en momentos de crisis, caos y desconcierto. Son hombres y mujeres que tienen el entusiasmo o la suficiente visión para intuir que el cambio es posible. No solo consiguen subir la pendiente del círculo sino que son capaces de motivar a las demás personas para que sigan sus pasos e inicien el ascenso. La negatividad es muy contagiosa, pero también lo son la positividad y el optimismo. Con mucha frecuencia asociamos el liderazgo con la política, cuando en realidad es una característica que puede tener una señora de la limpieza, un pintor, un médico, un albañil, un estudiante, una trabajadora social o un maestro de escuela y, sin duda, cualquier padre o madre. También lo asociamos con actividades que tienen una repercusión pública muy amplia, pero las personas que son capaces de guiar a otras muchas veces lo hacen a pequeña escala y solo tienen impacto en sus familias, en sus barrios, en sus comunidades de vecinos, en sus empresas o en sus amigos. El liderazgo del médico es el rasgo más valorado por los enfermos. Al final, los médicos más apreciados son aquellos que unen sus conocimientos técnicos con la capacidad para transmitir confianza a su paciente, que le dan la tranquilidad que estarán con el durante el tratamiento y tomarán las decisiones más acertadas. En realidad, un líder es alguien que, en general, ha sido capaz de superar vicisitudes adversas y después de la experiencia ha salido reforzado. Hoy en día se usa el término resiliencia para designar esta capacidad aunque yo prefiero el término elasticidad porque es más gráfico: son personas que, en una crisis o un disgusto, se doblegan pero no se rompen; es decir, no sucumben. Son como las gomas elásticas, que salen disparadas hacia adelante. “Out of suffering have emerged the strongest souls, the most massive characters are seared with scars”


(El sufrimiento es lo que ha forjado a las personas más fuertes, los caracteres más sólidos están llenos de cicatrices), afirmaba el poeta libanés Khalil Gibran. Los líderes que tienen un impacto más amplio e irradian optimismo a su alrededor están dotados de la capacidad de coger impulso y avanzar con fuerza después de momentos difíciles y, cuando lo hacen, también saben captar los sentimientos o las necesidades de la gente que les rodea y conducirla hacia el camino que ellos consideran que es el correcto. Conectan emocionalmente con su entorno y consiguen convencer, motivar y emocionar a todos aquellos que le escuchan. Si observamos el último siglo vemos que la capacidad de liderazgo puede tener consecuencias tan positivas como, por ejemplo, el final del apartheid en Sudáfrica. Desgraciadamente, el carisma no siempre va unido a las causas nobles y sus efectos pueden ser tan devastadores como el régimen de Adolf Hitler en Alemania. A través de mi trabajo he tenido la suerte de conocer a políticos, pontífices y artistas muy carismáticos, así como a muchas otras personas de todas las profesiones y clases sociales. Los auténticos líderes practican con el ejemplo: cuando hablan de esfuerzo, perseverancia, estoicismo y lucha, no utilizan palabras vacías, sino conclusiones a las que han llegado después de una infancia difícil o una vida llena de obstáculos. Me fascinan las personas que han llegado a superar sus limitaciones, han roto barreras y han desafiado las estadísticas que les daban unas posibilidades de éxito muy bajas o nulas. La tenacidad es un ingrediente fundamental en el espíritu de superación. Detrás de todo líder hay una persona extremadamente obstinada e irreductible, una persona incluso obsesiva. La tenacidad de los atletas paralímpicos me produce una enorme admiración. En el mundo del deporte hay muchos casos de futbolistas, ciclistas, nadadores o tenistas que no tenían las mejores aptitudes físicas para competir al más alto nivel y que, aún así, lo han conseguido. Uno de mis ídolos cuando jugaba a tenis era el ecuatoriano Pancho Segura. Aquel hombre era increíble: había estado a las puertas de la muerte cuando nació y, más tarde, sufrió malaria y raquitismo. Tenía las piernas arqueadas y no era corpulento, pero en la pista era invencible. Y, a pesar de esta infancia enfermiza, ahora es un venerable señor nonagenario y una leyenda del tenis.


No todos los líderes que tienen un gran impacto necesitan estar arriba del todo y salir en los medios de comunicación. Algunos ejercen su liderazgo desde un modesto segundo plano. Es el caso de J.K. Rowling, la autora de la saga de Harry Potter, que ha conseguido entusiasmar a millones de niños de todo el mundo casi sin conceder entrevistas. El pequeño mago es su mejor representante porque ha creado un mundo mágico y al mismo tiempo, verosímil, donde las fuerzas del bien (la inteligencia, la amistad y la valentía) son más poderosas que las fuerzas del mal. A pesar de que es tímida y discreta, Rowling tiene madera de líder: en un momento muy difícil de su vida, cuando era una madre soltera que no podía pagar el recibo de la luz, consiguió crear un personaje fantástico y no se rindió cuando diversas editoriales rechazaron su manuscrito. La editorial que confió en aquella desconocida nunca lo ha lamentado. El brasileño Oscar Niemeyer, que ha muerto recientemente, es otro personaje con un genio y un carisma indiscutibles. Considerado uno de los arquitectos más influyentes del último siglo, intervino decisivamente en la construcción de Brasilia y participó en proyectos que han mejorado la calidad de vida de millones de personas. No es por casualidad que fuese uno de los arquitectos que diseñaron la sede de las Naciones Unidas en Nueva York. Era un visionario y puso su imaginación al servicio de la humanidad. Su funeral en Brasilia fue tan espectacular y solemne como el de un estadista. En el terreno más personal, mis inicios en Nueva York fueron muy duros: tuve que luchar para poder mantener el ánimo y le energía, e invertí muchas horas en transmitir optimismo a un equipo que no me recibió con los brazos abiertos. Viví diez años en Minnesota, hasta que una llamaba telefónica lo cambió todo: el director médico del Hospital Mount Sinaí de Nueva York me ofrecía encabezar la Unidad de Cardiología. Al principio decliné la oferta, pero cuando llegué a casa aquella noche mi mujer me pidió que lo reconsiderase porque le hacía ilusión vivir en Manhattan. Este cambio, para Mª Ángeles, representaba dejar atrás la Minnesota de los inviernos extremos. Además, podría hacer realidad uno de sus sueños: estudiar Historia del Arte en la Universidad Columbia. Cuando dejé la Clínica Mayo y me trasladé a Nueva York para trabajar en el Mount Sinaí, mis amigos me aseguraban que las posibilidades de fracasar se acercaban al cien por cien. Decían que en


aquella ciudad encontraría una atmósfera muy competitiva y unos médicos que se habían formado con una mentalidad y en una cultura muy diferentes de la mía. Recuerdo perfectamente la llegada al centro médico. Encontré la zona de aparcamiento sin ningún problema, pero el vigilante de seguridad me cortó el paso. Me pidió que me identificase. Yo todavía no tenía ninguna identificación, porque nunca antes había puesto los pies en aquel lugar. Le dije que era el nuevo responsable del Departamento de Cardiología. “Y a mí que me explica”, me contestó. “Sin identificación no le puedo dejar pasar, aunque sea el presidente de los Estados Unidos”. Este fue el primer intercambio de impresiones solo al llegar. De hecho, el comportamiento de aquel guarda es muy interesante y muy positivo: que seas el jefe no te autoriza a saltarte las normas; aunque seas un subordinado tienes la obligación de aplicarlas, y esta conducta no tendrá consecuencias porque estás cumpliendo con tu deber. Supongo que dejé el coche en la calle o que alguien de la administración me ayudó. Cuando finalmente llegué al despacho, organicé una reunión para aquella misma tarde con todos los cardiólogos del departamento. En 1981 en el hospital habían setenta y cinco cardiólogos: sesenta tenían consultas externas y enviaban a sus pacientes al centro médico para hacer determinadas pruebas, diagnósticos o intervenciones quirúrgicas; este grupo se consideraba que trabajaba a tiempo parcial. Los otros quince trabajaban a tiempo completo y eran buenos conocedores de las tecnologías más avanzadas. Uno de mis objetivos era ampliar la plantilla de facultativos a tiempo completo, pero los dos grupos no se entendían muy bien. Estaba convencido que el futuro pasaba por la combinación de los dos elementos. El grupo interno trabaja totalmente amparado por la institución y utiliza la tecnología más puntera; el grupo externo de cardiólogos más generales consultan los casos complicados y no necesariamente domina la tecnología más moderna ni puede mantener el costo, en contraste con la administración hospitalaria. En resumen, no tenía ningún tipo de duda que ampliar la plantilla de cardiólogos a tiempo completo era beneficioso para ellos, era beneficioso para el hospital y era beneficioso para los enfermos. El encuentro empezó con una breve presentación por mi parte. Uno de los facultativos que tenía consulta externa levantó la mano y me


preguntó si podía hacer una aclaración. Y continuó: “Solo quería decirle, en mi nombre y creo que en el nombre de los médicos que tienen consulta, que usted no es nuestro jefe y que no nos representa”. Mi primer día en aquel edificio fue un auténtico desastre. Las palabras del vigilante de seguridad primero y las del cardiólogo después parecían confirmar que, tal como me habían predicho mis amigos, en aquel entorno fracasaría. ¿¿ Y como has de luchar contra una bienvenida como esta? ¿Cómo has de imponer tus ideas cuando justo acabas de llegar? Creo que lo consigues cuando no estás intentando imponer una visión porque te beneficia, sino porque consideras que es la correcta y la más justa para la comunidad. Tienes que huir del ruido, centrarte y continuar adelante. Si estás convencido que lo que haces no es para una gloria personal mayor, sino porque, basándote en tu experiencia y tus conocimientos, este es el camino adecuado, no puedes dejar que las pequeñas adversidades cotidianas y los intereses de unos y de otros se interpongan en tu camino. Luchar porque tienes una misión te da más fuerza que luchar en defensa de tus intereses. Hoy día, en el hospital hay sesenta cardiólogos en plantilla y veinticinco con consulta externa. El hombre que levanto la mano para puntualizar que el no me había contratado ha sido uno de mis mejores amigos. Al cabo de unos años fui contratado en Boston como director del Departamento de Cardiología del Massachusetts General Hospital de la Universidad de Harvard para impulsar un proyecto similar. Me encontré de nuevo con un grupo de cardiólogos en pie de guerra. Y de nuevo decidí que dotar al hospital con facultativos de plantilla era el camino correcto. En tres años, el departamento pasó a tener veintiún médicos en plantilla cuando antes no tenía ninguno. Cada vez que he empezado un proyecto me encontrado con un montón de obstáculos y dificultades. Nadie se escapa de las envidias o de la competitividad mal entendida; los problemas del ego, las luchas de poder y la falta de química (yo diría empatía, feeling…) con los otros son inevitables. Este ruido no me interesa porque te incapacita para poder ser efectivo. La comunicación y una actitud positiva son esenciales. Y no tenemos que olvidar de los conspiradores, las chafarderos, y los susceptibles. Deben estar bastante descontentos conmigo. Porque cada vez que un amigo mío me dice “Te diré lo que me han comentado…”,


mi respuesta es: “No me interesa, de verdad”. Entonces están los que se dedican a las futesas: quieren salir en la foto, sentarse en una mesa determinada, ser nombrados en un discurso, figurar en no se que lista. No fue fácil, pero en Nueva York y en el Mount Sinaí me convertí en el primer medico no judío que dirigía un instituto médico. A lo largo de los años, en Nueva York he intentado transmitir optimismo a mi equipo, y, en muchas ocasiones, cuando han visto que yo estaba pasando un mal momento, mis compañeros han conseguido animarme. He de decir con orgullo que nuestro instituto cardiovascular formado por cerca de mil profesionales, es generalmente muy positivo y entusiasta. No obstante esto, necesité que un amigo médico me transmitiese optimismo cuando en el 2008 me diagnosticaron un cáncer de próstata. Muchos hombres de mi familia han tenido este tipo de enfermedad, por este motivo me hacía regularmente la prueba del antígeno prostático específico (PSA, por las siglas en inglés) En una de aquellas revisiones, salió que los niveles eran demasiado altos y sonaron todas las alarmas. Una biopsia confirmó que tenía cáncer, pero por suerte, poco avanzado. Cuando recibí la noticia, sentí inquietud y pensé que teníamos que actuar rápido. Algunos hombres prefieren esperar porque no quieren padecer los efectos secundarios de los tratamientos agresivos. En mi caso “esperar” y “cáncer” no son compatibles: tenía la necesidad de extirpar aquella enfermedad de mi cuerpo. Fui contundente y radical porque estaba inquieto. Tenía claro que, en mi caso, pasar por el quirófano era mejor opción De todas maneras tenía que decidir que cirujano me operaría y que técnica sería la más adecuada. Llamé a un experto en cáncer de próstata con una alta cualidad científica y humana al que habíamos fichado, y al cual estimaba y admiraba. De hecho, el ha operado a muchos de mis pacientes. Le expliqué que quería operarme tan pronto como fiera posible y le pregunté cual era el mejor camino. Me infundió mucha calma y optimismo; me habían detectado la enfermedad a tiempo y todo iría bien. También me pidió que confiase en el y en la técnica que me quería proponer. “Creo que te debería de operar un robot”, me dijo. Primero dudé. El robot en cuestión había legado no hacía mucho al centro medico. Si me dejaba intervenir por el sería uno de los primeros pacientes en mundo en hacerlo. Mi amigo me explicó que el y el robot trabajaban en equipo; el le daba las órdenes a la máquina, con un pulso


mucho muy preciso y firme, que el de un ser humano, y las ejecutaba. Esta técnica permite unos resultados mucho mejores que los que se obtienen por una mano humana. El riesgo de dañar nervios o vasos sanguíneos disminuye”, añadió. La explicación de mi colega tenía sentido… en teoría. Pero precisamente porque se trataba de una técnica pionera, no había precedente para corroborar que esta máquina era la mejor solución a mi problema de salud. Confié en mi amigo y al final, pronuncié la misma frase que he oído en mi consulta en numerosas ocasiones: “Me pongo en tus manos”. Al cabo de unas semanas pasé por el quirófano y la operación fue un éxito. Tuve un postoperatorio muy corto y al cabo de cuatro días ya trabajaba con normalidad. Y lo más importante: me sentía muy bien atendido y no estaba nada preocupado. Actualmente este robot que tiene sabio nombre de Da Vinci ya se encuentra en muchos hospitales del mundo, y ha operado a miles de pacientes. Fui un avanzado en este campo de la medicina y, por una vez, no como médico sino como paciente. Y puedo afirmar, una vez más, que dejarte guiar por alguien en quien confías y que te transmite optimismo en un momento de confusión y miedo puede ser trascendental en tu vida. Este no ha sido el único momento de gran ansiedad que he vivido durante mi etapa en el Hospital Mount Sinaí. Un golpe inesperado se convirtió en una pesadilla que duró unos cuantos meses. Durante quince años traté a un paciente con una grave enfermedad cardíaca. La esperanza de vida para aquel tipo de enfermedad era de unos cinco años. El vivió trece. Seguí muy de cerca su enfermedad, lo mismo que haría un familiar, e hice todo lo que pude para que estuviese bien atendido. Desgraciadamente un día tuvo una parada cardíaca. Su mujer pidió una ambulancia y cuando estaban en el vehículo me llamaron a mi consulta. Una ayudanta les dijo que yo estaba de viaje y les aconsejó que llevasen al paciente al hospital más próximo. Efectivamente en un caso así el mejor hospital es el más próximo, si bien yo no podía hacer nada por salvar la vida de aquel hombre. Mi amigo murió. Unos días después su mujer me demandó por negligencia médica. A la tristeza por la muerte de mi paciente, se sumó el malestar por la demanda. La cultura de la querella está muy arraigada en los Estados Unidos, y por este motivo todos los hospitales tienen equipos legales, y


todos los médicos, un seguro que cubre todas estas eventualidades. A mi no me habían demandado nunca. De hecho, no me ha vuelto a pasar nunca más. No estaba preparado para poder librar una batalla legal y, además, no me podía creer que la demandante fuese la viuda de alguien que yo había apreciado tanto. Cuando se te muere un ser querido es una reacción bastante normal enfadarse contra el médico que le trataba y sospechar que no ha hecho todo lo necesario. Pero la verdad es que vivió muchos más años de los que se podían predecir y en esta circunstancia final el desenlace era inevitable. Yo había hecho todo lo que había podido para proporcionarle la mejor atención médica, garantizarle una buena calidad de vida. No puedo hacer milagros. Preocupado y muy afectado, fui a hablar con la abogada del hospital Desde el primer momento me transmitió serenidad y confianza. Me dijo que el caso no dejaba margen a ningún tipo de duda, y que ningún tribunal le daría la razón a la mujer. Por otro lado, me recomendó a una abogada joven que, según ella, era la mejor letrada para este tipo de pleitos. El soporte de la jurista del hospital y después el de la joven letrada, fueron claves para que no me desanimase. Me transmitieron optimismo y el convencimiento de que estaba en buenas manos. Fue un proceso largo y doloroso, y durante más de un año tuve que pelearme con papeles, llamadas, reuniones y, al final, el juicio. Tolero muy bien la tensión diaria, pero no estaba preparado para luchar con la presión de un juicio, me sentía indefenso y muy vulnerable Recuerdo la tristeza que sentí cuando me senté en el banco y mi mirada se encontró con la de la viuda de mi paciente, que me volvió la cara y no volvió a dirigirme la mirada durante todas las horas que estuvimos en la sala. El momento más doloroso fue el interrogativo a que fui sometido por un médico contratado por la demandante. Aquel facultativo experto en querellas por negligencia médica, se me lanzó a la yugular. Y lo hizo sin ningún tipo de escrúpulo, porque cualquier estudiante de medicina sabe que la enfermedad de aquel hombre era incurable y entiende la naturaleza de una urgencia médica. El estaba trabajando por su fama en el sector que un cardiólogo que había sido el presidente de la asociación del corazón de los Estados Unidos y del mundo sería un trampolín increíble para su carrera. La decisión del tribunal fue unánime en mi comportamiento no había habido negligencia alguna. A


pesar de la sentencia favorable, tuve que superar la pérdida de un amigo, la pérdida de la amistad de la viuda y una tristeza acumulada durante meses. Fue duro, pero por suerte pude contar con el apoyo del hospital, de un excelente equipo legal y de mi familia. Perder amigos forma parte del aprendizaje de la vida; personas que estaban a tu lado y, un buen día, ya no están, o todavía peor. Las tienes en contra. Las tienes en contra. Y aunque duela y pueda afectar a nuestra autoestima, hemos de superar esta pérdida, buscar el apoyo de familiares o amigos y mirar hacia delante. He compartido estas experiencias para poder hacer la suficiente afirmación: tendremos que superas momentos duros y pérdidas, pero al vida continua y nosotros henos de seguir su ritmo. Y aunque las crisis económicas y los recortes nos preocupen, también hemos de ver rl lado positivo de la realidad y transmitirla a los demás. Como científico les puedo asegurar que hay razones para ser optimistas y que la humanidad nunca había vivido mejor que ahora. Además, creo que a pesar de todos los numerosos retos, algunos de mucha envergadura en pocos años haremos grandes avances en el campo de la medicina y muchos tratamientos tendrán un coste menor y un alcance muchos más grande. En mi campo, hemos conseguido grandes avances en prevención de la enfermedad cardio –vascular. Los medios de comunicación y las redes sociales nos permiten llevar a término un trabajo de difusión para explicar a la profesión que hay que cuidarse. En realidad, ahora el gran reto es convencer a los ciudadanos que seguir estos consejos es vital. Sabemos que la hipertensión y los altos niveles del colesterol son importantes factores de riesgo y que podemos controlarlos. Ya nadie pone en duda que fumar es perjudicial para la salud, y también para la de nuestro cuerpo. Con revisiones médicas regulares para mantener el colesterol a raya, una dieta equilibrada que limite la cantidad de grasas y azúcares, un poco de ejercicio y una vida sin humo reducimos las posibilidades de tener problemas cardiacos. Los científicos tenemos motivos para ser optimistas los gobiernos de muchos países porque durante los últimos años han utilizado nuestros estudios para impulsar medidas que fomenten un estilo de vida saludable para la población. Países como ahora Australia han endurecido las leyes antitabaco y están luchando en una dura guerra judicial con la poderosa industria tabaquera, que teme que otros estados puedan seguir el mismo ejemplo. Este país ha uniformado el diseño de


los paquetes de cigarrillos, que son de un color verde oliva independientemente de la marca y han prohibido su publicidad. El alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, ha implantado medidas que impidan fumar en locales cerrados o comercializar bebidas azucaradas de más de 473 mililitros en los restaurantes, cines y recintos deportivos y que obliguen a los establecimientos a informar a sus clientes de la calidad de caloría que tienen en el plato que consumirán. La ley antitabaco española también prohíbe fumar en los espacios públicos cerrados. Aunque algunas voces críticas afirman que estas prohibiciones atenta contra los derechos y las libertades individuales, la verdad es que son muy efectiva y unas grandes aliadas de la salud pública. Otro aspecto fundamental de la salud pública es que muchos países del mundo, entre ellos España, están fomentando la instalación de desfibriladores en lugares muy concurridos (centros comerciales, aeropuertos, instalaciones deportivas, etc.). Estoa aparatos portátiles, que pueden ser usados por personal no médico que haya completado un curso de formación emiten un impulso eléctrico con el objetivo que el corazón recobre el ritmo después de una parada cardiorrespiratoria. El descubrimiento, en los años setenta del siglo pasado, de las estatinas, un grupo de fármacos que disminuyen el nivel del colesterol a las personas que lo tienen alto, nos ha permitido reducir el riesgo de arteriosclerosis y otras enfermedades cardiovasculares. Lo mismo ha pasado con los medicamentos antitrombóticos, como la aspirina y los anticoagulantes. Por otro lado, las técnicas de circulación extracorpórea han posibilitado operar a corazón abierto. El bypass cardiopulmonar también conocido como máquina corazón-pulmón sustituye temporalmente las funciones del corazón y de los pulmones. Esta máquina oxigena y hace circular mecánicamente la sangre del cuerpo mientras en cirujano interviene el corazón del enfermo. El uso de la tecnología informática está a punto de revolucionar la medicina en los Estados Unidos. Con esto ya podremos acceder al historial médico de un paciente y saber de una manera muy precisa que enfermedades ha tenido, que medicamentos ha tomado o que pruebas se le han hecho. Digitalizar millones de historias clínicas supone una considerable inversión de tiempo y dinero, pero hacerlo facilitará el


tratamiento y será extraordinariamente beneficioso tanto para los facultativos como para los pacientes Hemos conseguido avances científicos que eran impensables hace solo una década, y estamos muy cerca de otros que podrían revolucionar el campo de la medicina. Hemos desarrollado vacunas que previenen enfermedades que antes eran mortales y antibióticos que las tratan. Robots dirigidos por expertos podrán operar con estricta precisión. Pronto estos expertos podrán dar órdenes a las máquinas a miles de kilómetros de distancia. Esto nos permitirá salvar vidas de muchos enfermos que viven en países en vías de desarrollo. También hemos sido capaces de crear una pasilla que prevé un nuevo infarto de miocardio en personas que ya han tenido un primer aviso y que es igualmente eficaz, menos difícil de olvidar y más económicos de las tres pastillas que se administraban antes. El bajo coste de esta única pastilla permite distribuirlas con éxito a países en vías de desarrollo. La fecha de un descubrimiento científico representa la frontera entre los afortunados que se podrán salvar y aquellos la salud de los cuales está muy deteriorada o que ya han muerto. Por ejemplo, la llegada de los antiretrovirales convirtió al Sida en una enfermedad crónica cuando antes era mortal. El reto de los años venideros es seguir avanzando en la prevención y tratamiento y también compartir estos avances con los países menos desarrollados. La cooperación y la solidaridad entre naciones es fundamental sin queremos construir un mundo más sostenible. Muchas tragedias ocurridas estos últimos años demuestran que la bondad y generosidad de los ciudadanos son más fuetes que la crueldad y la codicia humana. La cola de centenares de personas dispuestas a dar su sangre que se forman en la puerta de mi hospital después de los atentados del once de septiembre, las manifestaciones de solidaridad ciudadana después de los atentados del 11 de marzo en Madrid, y todas las muestras de soporte ante las masacres, los bombardeos o los actos de represión lo demuestran. Vivimos en una sociedad abierta a la libertad de movimientos y de asociación. Estamos conectados y la información fluye de manera inmediata. Las redes sociales nos dan la oportunidad de denunciar agresiones, abusos de poder o actos degradantes. Los ciudadanos solo necesitan un teléfono móvil para que un acto cobarde y cruel se convierta en una fotografía o un fideo que circula de manera imparable


por la red. Centenares de miles de jóvenes de diferentes nacionalidades y creencias religiosas o políticas comparten un mismo ideal de cambio. Son muchos los motivos para transmitir optimismo a los demás. No perdamos esta oportunidad. No nos autodestruyamos, pues, con actitudes pesimistas y derrotistas.

TUTORIA Un tutor o mentor es una persona, normalmente mayor que nosotros, que conoce nuestros puntos fuertes o débiles, y nos aconseja durante nuestra primera etapa de aprendizaje o en los primeros años de nuestra vida laboral. Un buen tutor puede cambiar el rumbo de nuestra vida. El asesoramiento de un mentor no está tan arraigado en España como en otros países. Es una lástima. Hay muchas personas que, por su valor y experiencia, podrían orientar a una generación de jóvenes que en estos momentos tiene mucha dificultad par encontrar trabajo. Está demostrado que los países que tienen más tradición de tutoría y que fomentan programas de prácticas en empresas (me refiero a prácticas formativas y bien organizadas) tienen índices de paso más bajos. En estos casos, los cargos más altos y medianos están dispuestos a compartir tiempo y conocimientos con el joven aprendiz. Además, los programas de prácticas de estas compañías se han diseñado pensando en las necesidades actuales. Estos proyectos requieren un alto nivel de profesionalidad, responsabilidad y altruismo de las compañías que los impulsan. Cuando alguien nos aconseja en el sentido correcto y cree en nosotros, tenemos más motivación y más seguridad para avanzar. No conozco demasiados jóvenes que con dieciséis o diecisiete años, tengan la madurez y la experiencia suficientes para tomar decisiones que determinarán su futuro. No obstante esto, a esta edad han de decidir su carrera o profesión, y el tipo de vida que les gustaría tener. La verdad es que tendrán que pasar décadas antes de que estos hombres y mujeres puedan mirar atrás y reflexionar sobre si acertaron o se equivocaron en la elección profesional. Los años nos dan la perspectiva de la vida y también de nosotros mismos. Nos conocemos más y, por otro lado, estamos liberados de las presiones familiares que probablemente influyeron en nuestra decisión. Todavía no se ha inventado una


máquina del tiempo que permita a los jóvenes indecisos viajar al futuro para ver si la carrera profesional que escogieron les han dado grandes momentos de placer o una permanente frustración. La buena noticia es que disponemos de un instrumento parecido a esta máquina del tiempo, y en cierta manera, más eficiente: la figura del tutor o mentor. El tutor es una persona que, en la mayoría de los casos, lleva muchos años de ventaja a su pupilo y le aconseja para que pueda encontrar su camino. Se trata de una relación fundamentada en la confianza mutua y con gran dosis de química. El mejor tutor es el que hace esfuerzos por comprender la personalidad del joven y, en función de eso, le guía en la dirección correcta para que pueda potenciar su creatividad artística, su pasión por las matemáticas o su amor por la naturaleza. Es tan generoso que no solo comparte conocimientos, sino que desea que el pupilo le supere algún día y pueda llegar más lejos que el. Como ya he comentado antes, tuve la suerte de tener un tutor excelente. Era el doctor Pedro Farreras Valentí, una eminencia en el campo de la medicina. Le conocí en una pista de tenis. Yo tenía diecisiete años y estaba totalmente perdido. Excepto en las asignaturas como biología o filosofía, siempre había sido un estudiante poco destacado. Diría que era un joven creativo y muy inquieto que necesitaba practicar deporte cada día para calmarme. Jugaba a futbol y a tenis. Este último deporte me gustaba especialmente y durante muchos años me entrené dos o tres horas diarias en el Club de Tenis Barcelona y participé en numerosos campeonatos. A los quince años tenía la fantasía de dedicarme al tenis. Aquel sería mi futuro: levantarme temprano para encontrarme con el entrenador, viajar, jugar partidos importantes y ganar trofeos. A principios de aquel verano recibí noticias. La buena era que había sido seleccionado para participar en el campeonato Orange Ball (la Copa Davis juvenil) que se celebraría en Miami en otoño; la mala era que había suspendido matemáticas. Esta última fue la que más impresionó a mi padre, que me dejó claro que en los meses siguientes entrenaría en mínimo porque me tenía que quedar en casa a estudiar. Aprobar las matemáticas en septiembre se convirtió en una prioridad. Al cabo de tres meses lo conseguí y volví con mucha ilusión al club de tenis. En entrenador me dijo que, durante mi ausencia, otros jóvenes se habían estado preparando para el campeonato de los Estados Unidos,


que éramos cuatro candidatos y solo podían ir tres. Teníamos que competir y uno sería eliminado. Competimos y fui eliminado. Recuerdo que aquella tarde fui a ver la película El puente sobre el río Kway, de David Lean. Cuando salí del cine, decidí que el tenis no estaba hecho para mí, y que quería ser ingeniero agrónomo, porque me apasionaba la naturaleza y la investigación sobre la biología de las plantas y los animales. Nunca olvidaré la profunda decepción que tuve cuando al cabo de unos días supe que aquella carrera no la hacían en Barcelona y que me tenía que trasladar a Madrid o a Valencia. En aquella época no había tanta movilidad como ahora, y los estudiantes no solían alejarse de la familia. Si la carrera que querías estudiar no existía en tu ciudad, hacías otra. Yo era el pequeño de cinco hermanos y estaba muy unido a la familia; no me planteé que trasladarme a otra ciudad fuese una opción. El balance del verano era un suspenso en matemáticas, una derrota en el tenis con la posterior eliminación para un campeonato que para mi era muy importante. La elección de una carrera imposible y una desorientación absoluta. En resumen, estaba en la parte más baja del círculo, en la parte de frustración, y aún no había conseguido reunir la fuerza y la confianza necesarias para motivarme. “Creo que estudiaré Medicina, porque estudiar a los humanos no debe ser muy diferente de estudiar las plantas”, dije a mi padre. El sabía mejor que nadie que yo no era un alumno muy aplicado, pero supongo que creía en mí. Me respondió: “Mira, es una carrera que la comienzan mil alumnos y solo la acaban cien; sino tienes que quedar entre los primeros, no hace falta ni que lo pruebes”. Yo no sabía si podría ser uno de los mejores; ni tan solo tenía la seguridad de poder entrar entre los cien que la terminaban. La inseguridad y el nerviosismo me consumían. Hasta que un encuentro fortuito me cambió la vida. En las pistas de tenis solía encontrarme con un eminente médico que siempre me sonreía y con el cual a veces conversaba. Recuerdo que le vi y le pregunté si creía que podría llegar a ser médico. “No tengo la más mínima duda. No solo serás médico, serás un gran médico y un gran investigador”, me respondió. Soy médico porque Pedro Farreras Valentí pronunció esta frase y me transmitió confianza. No se que cualidades me había visto, pero me aferré a sus palabras porque era lo único que tenía. A partir de aquel momento, me convertí en estudiante de Medicina y el en mi mentor.


Farreras Valentí fue presidente de la Sociedad Española de Medicina Interna y autor de un texto canónico para muchas generaciones de médicos, una especie de bíblia de la medicina hispánica. Fue catedrático de Medicina Interna primero en Cádiz, y después en Salamanca y Barcelona. La influencia que ejerció sobre mí no se acaba aquí: soy cardiólogo porque en 1959, durante el segundo años de carrera, el sufrió un infarto de miocardio mientras jugaba a tenis. Me animó a seguir en esta dirección pero que era la especialidad médica que el menos conocía. Mi mentor quedó muy marcado por aqul infarto, que le dejó como secuelas frecuentes crisis de angina de pecho. En aquella época, la media de vida después de un infarto era muy reducida. Yo me estaba orientando hacia la psiquiatría por tradición familiar, porque mi padre y mi hermano mayor eran psiquiatras. Mi mentor me dijo una cosa así: “Mi preocupación más grande como clínico general es que mis conocimientos de las enfermedades cardíacas es insuficiente. Creo que deberías ser cardiólogo, porque te interesa la fisiología cardiovascular y te gusta la investigación. Por otra parte, las bases de la siquiatría están justo en sus inicios”. Por la confianza que tenía en el y que el tenía en mí, decidí seguir su consejo y nunca me he arrepentido: la cardiología me apasiona. Es verdad que aquel hombre vivía con el fantasma de su enfermedad, pero al mismo tiempo poseía dos cualidades esenciales en un gran mentor: me conocía bien y estaba genuinamente interesado en mí. Además, era un brillante académico que podía imaginar el futuro de las diferentes especialidades médicas. Me animó a salir del país. Me dio unos consejos que fueron determinantes para mi carrera: que leyese los libros que se estaban publicando en Inglaterra y en los Estados Unidos y que cada verano me fuese al extranjero a hacer prácticas. Seguí su recomendación y en el verano de 1963 conseguí unas prácticas en la Royal Infirmary de Liverpool. Llegue y, a pesar de un expediente lleno de matrículas, me encontré un poco perdido: mi inglés era bastante básico, me encontraba solo y, tal como se dice vulgarmente, era el último mico del centro médico. Además yo había crecido durante la dictadura en una Barcelona tan rígida como depresiva, y un viaje de pocas horas me había transportado de golpe a un mundo lleno de música, fiestas y cerveza. De hecho, un grupo de jóvenes de la ciudad estaban causando


furor en Inglaterra y en Alemania. Eran los Beatles, y el “Love Me Do” sonaba sin parar por las calles, los bares y las tiendas. En el hospital me sentía casi invisible. Me habría gustado trabajar con un eminente patólogo, el profesor Harold Sheehan, pero aquel célebre doctor ignoraba mi existencia. El hecho de sentirme tan insignificante tan solo m motivó. Decidí que cuando me fuese, en Septiembre, los médicos del Centro sabrían mi nombre. Y pasó un hecho curioso. La Royal Infirmary organizó un torneo de tenis que, aparentemente, era un acontecimiento al cual iban muchos aficionados. Hacía cinco años que no tocaba la raqueta, pero me pareció una oportunidad única para luchar contra mi invisibilidad. Prácticamente no me pude entrenar, pero, tal como saben todos los deportistas, la fuerza mental es más importante que la fuerza física. Y estaba motivado porque tenía un objetivo: Que alguien se fijase en mí y me dejase entrar en el equipo de investigación. Gané el campeonato derrotando fácilmente a todos los adversarios Gané el campeonato derrotando fácilmente a todos los adversarios Al cabo de dos días me llamó el profesor Sheehan y me dijo que si podía ir a su despacho; me propuso que pasase cada tarde con el. A su lado aprendí muchísimo. De hecho, el me enseñó la diapositiva de un coágulo de sangre con unas células (plaquetas) obtenidas durante la autopsia de un enfermo que había muerto a causa de un infarto. Años más tarde, aquella imagen dio lugar a mi tesis doctoral. Después del verano, volvía a Barcelona. Cuando acabé la carrera, decidí que había llegado el momento de irme a vivir al extranjero; y en esta ocasión no quería que se tratase de una experiencia de un verano, sino de unos cuantos años. Conseguí una beca de la Fundación March para hacer el doctorado en Edimburgo, me casé con María Ángeles y al cabo de dos días nos trasladamos a aquella ciudad. Fui a Escocia por recomendación de Farreras Valentí. A pesar de que mi primera opción había sido Londres, mi tutor me dijo que allá encontraría a grandes cardiólogos, pero que probablemente ninguno tendría tiempo para míEn Edimburgo, en cambio, podría trabajar con el fundador de la primera unidad coronaria del mundo, Desmond Julian, y con un reconocido experto en colesterol, Michael Oliver. En los años sesenta. la distancia entre Edimburgo y Barcelona era enorme, y no solo me refiero a la geográfica. Creo que una de las primeras experiencias vividas en nuestra nueva primera ciudad muestra


esta lejanía. Al cabo de pocos días que la María Ángeles y yo llegásemos a Escocia, la enfermera jefe de la unidad coronaria del hospital organizó una fiesta en su casa y nos invitó. Cuando llegamos, la mayoría de los convidados ya estaban bastante bebidos y visiblemente desinhibidos. Ahora me parece conmovedor pensar que, entonces, aquella fiesta fue nuestro tema de conversación y de risas durante semanas. Yo tenía una fijación: la diapositiva del coágulo del enfermo que había muerto de un infarto que había visto en Liverpool hacía dos años. Creía que mi investigación tenía que seguir aquel camino. Por otra parte, continuaba en contacto con mi tutor y compartía mis impresiones y mi evolución en el hospital. Farrereas Valentí me pidió que cuando volviese a Barcelona aquel verano le trajese un nuevo fármaco, la lidocaína, que acababa de empezarse a utilizar en nuestra unidad de Edimburgo. Aquel medicamento podía evitar la muerte después de un infarto agudo y todavía no había llegado a España. Al cabo de unos cuantos meses llegué a Barcelona, con la lidocaína en el bolsillo. Habíamos quedado en vernos una semana después. Dos días antes de la cita, su hijo me llamó por teléfono. Me dijo que ni tutor acababa de tener un infarto y que se había caído al suelo después de comer. Corrí hasta su casa, que estaba a pocas calles de distancia, con el fármaco que me había pedido. Desgraciadamente había llegado tarde. Había muerto súbitamente de un infarto de miocardio. Era el 17 de Mayo de 1968. Farreras Valentí tenía cincuenta y dos años. Yo tenía veinticinco. Me enseñó que es imposible ser un buen médico sino eres una persona con principios éticos que asumes la responsabilidad con el paciente. La medicina clínica y ls conocimientos empíricos son muy importantes, pero también lo es la relación de confianza que estableces con el enfermo, una relación que te hace entender sus inquietudes, solidarizarte con el y respetar sus opiniones. Mi mentor me animó a salir y a adaptarme a un mundo que era muy diferente en la España de época. El Liverpool y Escocia de los sesenta no tenían nada que ver con la sociedad que yo había conocido. Obviamente tenía motivos personales de mucho peso para querer que yo investigase las causas del infarto, pero también vi que me gustaba la investigación y sabía que me estaba guiando hacia un campo con mucho futuro. Farreras Valentí me trató como a un hijo; fue tan generoso que deseó que llegase a lugares donde el no había podido llegar y que hiciese todo aquellos que el no


había tenido tiempo de hacer. Fue un guía inolvidable. Un tutor que me acompañará siempre. Tuvo la tenacidad de dedicar todos los años de su vida a escribir y a dejar un legado para el futuro. Dio consejos hasta el final. El último fue para su segundo hijo antes de morir. Es una recomendación que todos deberíamos seguir: “Sobretodo, no seas vanidoso.” Sin duda, Farreras Valentí me ayudó a encontrar el camino que tenía que seguir. A pesar de que a partir de su muerte ya tuve que continuar el camino sin el, ya me había transmitidos las pautas para que no me perdiese. Cuando murió mi tutor, decidí que mi etapa en Edimburgo había acabado y que los Estados Unidos era el lugar más adecuado para estudiar las enfermedades cardíacas. Quería trabajar con uno de los cardiólogos más prestigiosos del mundo, el doctor Eugene Braunwald, en un centro médico de San Diego, en la costa Oeste. Envié una solicitud y me admitieron.. Cuatro meses antes del viaje, la administración del hospital me envió una carta para explicarme que, desgraciadamente, no me podían contratar porque no tenía el permiso de residencia en los Estados Unidos, la famosa “carta verde”. Para trabajar en los Estados Unidos es necesario permiso de residencia, pero para tener permiso de residencia es necesario tener trabajo en aquel país. Es un pescado que se muerde la cola. Actualmente, cada vez hay más empresas que, para poder contratar a un profesional valioso, no dudan en seguir los pasos oportunos para obtener el permiso correspondiente. En aquella época el trámite era complicado. A lo largo de mis cuarenta años de carrera en los Estados Unidos, el país ha pasado por épocas más o menos flexibles por lo que hace a los permisos de residencia para extranjeros. Aquel era un momento especialmente duro y no conseguí la documentación necesaria. Así y todo, durante los años setenta, la clínica Mayo, en el estado de Minnesota, ya tenía muchos facultativos extranjeros y también pacientes de todas las nacionalidades. Era un centro médico de gran prestigio, pero quizá era menos codiciado por su ubicación geográfica. Vivir en el interior del país es más duro que vivir en la Costa Este, donde hay ciudades más grandes, el clima es mejor y en mi caso, estás más cerca de mi casa. Y es mucho más duro que vivir en la Costa


Oeste, con un clima inmejorable, prácticamente mediterráneo, un ambiente muy relajado. Tal como repetiré a lo largo del libro, la vida es un trabajo en equipo: si vas solo se consiguen muy pocas cosas, y es preferible unir fuerzas con otras personas. Se equivocan los que trabajan solos porque quieren más protagonismo o porque tienen miedo que los otros sean más brillantes que ellos. De hecho, si saben más que nosotros, tanto mejor. Tal como dice un proverbio massai. “Si quieres llegar pronto camina solo, pero si quieres llegar lejos anda acompañado”. En aquella ocasión fue un joven médico español que trabajaba en la Clínica Mayo, Joan Surós, quien me hizo el gran favor de ir personalmente a la oficina del jefe de admisiones a entregarle la carta en mano. Este gesto fue decisivo y nunca lo olvidare. No obstante eso, a veces hay que hacer un paso atrás para hacer dos hacia adelante. Al cabo de dos meses empecé a trabajar en el hospital, y a pesar de ser un cardiólogo formado en el Reino Unido, tuve que empezar de interno en los servicios de urgencias. Entonces se presentó un segundo trámite burocrático: después de un año como interno en medicina general y urgencias, había que pasar un examen antes de empezar la especialidad de cardiología. Para un extranjero educado en el sistema español y el británico, ra una extraña prueba con respuesta de elección múltiple. Suspendí. Aquel examen no tenía nada que ver con lo que había hecho hasta ahora. Pero no valen las excusas ni la autoindulgencia: el hecho es que suspendí. Aquello me desmoralizó; sentí una especie de derrota y de humillación. Y la situación parecía que empeoraba: mi jefe del hospital también recibió los resultados y me llamó a su despacho. Cuando vio la cara que yo ponía se echó a reír. Me dijo que me había observado durante eses y que no me tenía que preocupar por el resultado. Quitó hierro al asunto: “Simplemente, prepárate mejor y la próxima vez aprobarás” Me inyectó confianza, me conocía. Todos hemos reaccionado con tristeza y decepción cuando hemos suspendido algún examen. En mi caso, y si he de ser sincero conmigo mismo, era el resultado más lógico teniendo en cuenta que no conocía bien el sistema. La gran mayoría de veces, la vida no te ofrece atajos: para pasar aquella prueba era necesario esforzarse. Me esforcé y aprobé. Prácticamente, acabé la residencia de cardiología por segunda


vez, ya que me había formado en el Reino Unido al lado del doctor Desmond Julian. ¿Fue duro? Sin duda. Pero nadie me había dicho que sería fácil. Lo vi como la única manera de abrirme el futuro que yo quería. Al cabo de tres años ya estaba preparado para practicar como cardiólogo de plantilla en la cínica Mayo y para empezar a investigar. Conseguí una beca del Instituto Nacional de la Salud 8NIH según las siglas en inglés) para un proyecto de investigación sobre las plaquetas (las que había visto en la diapositiva de Liverpool). Resultó que aquel era el mejor lugar para investigar, porque la mayoría de los médicos que tenía a mi alrededor eran principalmente clínicos, no hacían demasiada investigación, y tuve más espacio por recorrer y más becas a las cuales acceder. Allí aprendí a presentar solicitudes y propuestas para la obtención de ayudas públicas a proyectos de investigación. Actualmente continúo por esta vía y pocas veces he pedido ayudas privadas. Un grupo de científicos de l hospital que quería llevar a término un proyecto parecido me vino a preguntar si me podía unir a su equipo, porque yo tenía la subvención. Esta situación en muy frecuente en la comunidad científica. Grupo diferentes con proyectos parecidos. A veces colaboran, a veces compiten. A veces prevalece más el al ego que no el bien común. Yo opté por compartir mis investigaciones con aquel equipo y nunca me arrepentí. Seis investigadores llegan mucho más lejos que no uno solo. Sobre todo cuando tienes que observar una familia de cerdos. No es una metáfora, no, me refiero literalmente a una familia de cerdos que vivía en una granja a diez kilómetros de la clínica. Los miembros de esta familia porcina tenían una enfermedad genética muy parecida a la humana, pero más severa. La enfermedad de Von Willebrand es una anomalía que afecta a las plaquetas y que produce frecuentes hemorragias. Los otros cinco investigadores y yo hacíamos turnos nocturnos de dos horas para observar a los animales. Tengo el recuerdo de ir hacia la granja a las dos de la madrugada y a treinta bajo cero con un coche cargado de líquido anticongelante. Contemplar durante dos horas a una familia de cerdos que sangran en una granja con escasa calefacción mientras el frío te iba calando hasta los huesos y la nieve te sepulta el


coche, es duro. Sin la ayuda de las otras cinco personas, habría fracasado. Actualmente, puedo coordinar muchos proyectos al mismo tiempo y en diferentes países del mundo porque cada uno está gestionado por un equipo de expertos en el cual confío. Yo solo no podía dirigir el Instituto de Cardiología del Hospital Mount Sinaí de Nueva York, ser el director del CNIC en Madrid, impulsar programas de salud cardiovascular en Cardona o en la Isla de Granada, promover hábitos de vida saludable en las escuelas de Colombia, en los Estados Unidos.en España y en otros países, o potenciar el unos de la polipíldora y de la tecnología de la imagen en países en vías de desarrollo.. Trabajar al lado de otras personas me permite hacer todo eso y más, redacto peticiones de ayudas para proyectos científicos, doy conferencias y escribo libros. Todo junto me ha permitido ser tutor de investigadores jóvenes al mismo tiempo que ellos han sido colaboradores de estos proyectos. Es fundamental que alguien te aconseje. Ha de ser alguien que te aprecie y con quien tengas una química personal, alguien que te conozca lo suficientemente bien para saber cual es el mejor camino para ti, un camino que se corresponda con tus habilidades o preferencias y que te haga feliz. Cambiar de vida o hacer un salto en el vacío es mucho más fácil si una persona en la cual confiamos plenamente nos da la mano y nos acompaña en esta aventura. Yo he tenido tutores y también he sido tutor. A lo largo de la vida, todos habríamos tenido que estar en una situación y en la otra. Me gusta estar rodeado de personas que puedan darme consejos relativos a mi especialidad, a otras especialidades médicas o a materias que no tienen nada que ver con mi profesión. Comparto información con otros médicos, pero también con políticos, arquitectos, pintores, cineastas, taxistas y, sobretodo, pacientes. Además de tutores que nos acompañen durante años determinados de nuestra vida, todos necesitamos guías que nos indiquen el camino a seguir en momentos determinados. Y todos tenemos la capacidad de ser guías y de dar apoyo a alguien que necesita consejo ó ánimos. La relación entre el guía y el guiado es muy parecida al la del mentor y el pupilo. El vínculo de química y de confianza es idéntico, pero la diferencia fundamental es que en este caso los consejos no tienen porqué ser académicos o de gran abasto.


Mis experiencias como guía se enmarcan en la cotidianeidad y han surgido a parir de relaciones muy naturales, nada forzadas; nunca me he planteado guiar a personas que no conozco y que se dirigen a mí porque me han visto en el periódico o alguien les ha dicho que soy un nombre conocido y bien conectado. Les pondré cuatro ejemplos para que me entiendan. Cada mañana hago el mismo recorrido. Salgo de cada a las cuatro y media de la madrugada y llego a la puerta del hospital al cabo de diez minutos. Antes de entrar siempre me dirijo a la parada ambulante de un matrimonio griego de unos sesenta años que a aquellas horas ya sirven desayunos. Me conocen desde hace tanto tiempo que ya no les tengo que decir lo que quiero: chocolate deshecho (me da más energía que el café) y una rosquilla sin azúcar. Trato con esta pareja desde que empecé a trabajar en el hospital. Les admiro mucho porque son muy trabajadores, sencillos y muy amables. Me alegra verles cada mañana y mantener una breve charla. Nuestra relación data de hace dos décadas y en una relación de confianza y química mutua. Su parada ambulante apenas tiene espacio para los dos puedan servir desayunos a pié firme. Utilizan los lavabos de la sala de urgencias del hospital, de manera que, con los años, se han familiarizado con el ir y venir de los médicos, las enfermeras, los pacientes y las ambulancias. Por tanto, no es sorprendente, que su hijo, que les ayuda los fines de semana, tomase la decisión de estudiar Enfermería. Un día, mientras me preparaban el chocolate, mis amigos me preguntaron si podía hablar con su hijo. Les dije que el chico viniese a la consulta a verme. Vino al cabo de unos cuantos días y me explicó que quería estudiar Enfermería por tres motivos: era la profesión que le gustaba, le permitiría aportar dinero a la familia y además podría ayudar a otras personas. También me explicó que nunca había sido un buen estudiante, pero que ahora tenía la motivación necesaria para mejorar sus resultados académicos y sobresalir en aquella profesión. Tenía veintiséis años y no tenía ninguna titulación universitaria. Me pidió trabajo en el hospital. Le contesté que no contratábamos a todos los que llamaban a la puerta sin estudios universitarios y que, por otra parte, sin el título no se podían tratar a los pacientes. Esta era la mala noticia. La buena era que si trabajaba duro, volvía a la universidad y estudiaba Enfermería, yo me ofrecía a orientarlo durante todo aquel proceso y sería su mentor.


Para que todos los lectores me entiendan: cuando digo “trabajar duro” me refiero a trabajar en la parada de sus padres o en un restaurante para poderse pagar la carrera (la mayoría de la universidades de los Estados Unidos son privadas), estudiar Enfermería por las noches y preparar los exámenes los fines de semana. Le dejé muy claro que, si quería ser enfermero, yo no conocía atajos, que el único camino posible y realista era el esfuerzo y el sacrificio. El chico captó el mensaje y todos los retos que le planteé le motivaron todavía más. “Lo conseguiré, no le decepcionaré”, me afirmó. La verdad es que no tengo ninguna duda que aquel joven estudiará Enfermería y tal vez, incluso Medicina, y será un excelente profesional, de la misma manera que, medio siglo antes, un médico que me había observado durante años mientras yo jugaba a tenis me dijo que no tenía duda alguna que yo sería un buen médico y científico. Este joven confía en mi y ha decidido avanzar por la senda que yo le propongo. Y yo confío en el y por este motivo estoy dispuesto a que nos reunamos de tanto en cuando para hablar de su evolución y para asesorarle. Sino creyese en el, no tendría sentido alguno perder el tiempo con estas sesiones. Es una rueda positiva: que yo crea en el le dará la fuerza necesaria para conseguir lo que se ha propuesto. No siempre somos guías de personas que tienen un problema académico. También podemos convertirnos en la tabla de salvación de los que necesitan otro tipo de ayuda. Hace unas cuantas semanas vino a la consulta el hijo de un antiguo paciente mío. Pero para explicar el dilema del hijo, tal vez antes tendría que explicar la historia de su padre, un hombre muy inteligente y hábil en los negocios, un empresario con mucha visión. Nuestra relación empezó cuando, ci¡on una simple exploración física, sin ayuda tecnológica, le pude detectar una anomalía cardíaca que a otros especialistas les había pasado por alto. Le recomendé un cirujano de la Clínica Mayo que era experto en aquel tipo de operaciones. A partir de aquel momento, el hombre desarrolló una gran confianza conmigo por dos motivos: por haber detectado un problema cardiaco sin mas instrumentos que una simple observación y mi intuición clínica, y por haberle recomendado el mejor experto aunque no fuese en mi hospital. De hecho, el fue el primer paciente que dio dinero para mis proyectos. Murió de un cáncer de próstata y su hijo heredó el negocio.


Y, como decía, el hijo vino a mi consulta. Precisamente como tenía que dirigir el conglomerado de empresas familiares y estaba sometido a mucha presión, se quería hacer una revisión médica para confirmar que estaba sano, no lo estaba. La verdad es que, desgraciadamente, no lo estaba. Le detecté el mismo problema cardiaco que a su padre y le expliqué que se tenía que operar. No obstante, le dije que preferiría esperar unas semanas para ver como evolucionada su estado de salud y que me viniese a ver pasados dos meses. El hecho que le hiciese esperar sesenta días no le gustó mucho, y me consta que durante aquellas semanas pidió la opinión de otros cardiólogos (lo se porque todos me llamaron). Yo tenía un motivo para atrasar la operación. Para someterse a este tipo de intervención el paciente ha de estar preparado desde el punto de vista psicológico. Cuando, al final, volvió al Mount Sinaí, tenía una lista con todas las opiniones que había visitado. Le recomendaban técnicas diferentes, entre las cuales, una que solo requiere una incisión torácica mínima. También le aconsejaban un cambio de válvula. Yo le dije que, según mi opinión, se tenía que poner en manos de un cirujano de mi hospital que es experto en este tipo de problemas y que no cambia la válvula cardiaca, sino que la repara. A pesar de que se trata de una situación diferente, reaccionó como el hijo del matrimonio griego. “Me pongo en tus manos, confío plenamente en ti y estoy tranquilo”, me dijo. Le operaron con éxito hace ocho semanas. También conozco desde hace muchos años a una mujer octogenaria que había trabajado en el hospital. Siempre tuvo muy mal carácter. Es una persona irritable y quejita. De hecho, todo el mundo la evitaba. No creo que a ella le importase ni poco ni mucho, porque no era muy sociable. Siempre que venía a ki despacho mi equipo desaparecía. Cuando se jubiló, mantuvimos el contacto, entre otras cosas porque yo era el médico de su marido, que también tenía un carácter bastante complicado. Cuando el marido murió, ella pasó por una depresión que la recluyó en casa y alimentó pensamientos suicidas. Fue entonces cuando decidí que podía ayudarla, porque no aceptaría los consejos de Ningún otro médico. Me propuse visitarla cada fin de semana y tratarla hasta que superase su depresión. Poco a poco se fue encontrando mejor, pero nunca interrumpí las visitas a domicilio, porque a su edad siempre se tiene un problema u otro. Lo que es interesante del caso es que me escucha y sigue todos mis consejos. Y con esto no quiero decir


que con el paso de los años el carácter se le haya ablandado: estas últimas semanas ha necesitado la atención de una enfermera y creo que ha contratado cinco en quince días. Lo que quiero decir es que incluso ella se da cuenta de que todos necesitamos ayuda y orientación. Y. por algún motivo, siempre ha confiado en mí. Nadie entiende mi relación con esta mujer. Todos necesitamos el soporte de alguien, y yo soy el único que se lo puedo dar. Un aspirante a enfermero, un enfermo que será sometido a una operación quirúrgica y una vieja gruñona que tenía ideas suicidas. En un contexto de incertidumbre y oscuridad, se lo jugaron todo a una sola carta para que alguien en quien confiaban les condujese en aquella dirección. No es tan fácil dar el salto; solo lo haremos cuando confiemos plenamente en la persona que nos promete que esta es la mejor opción. Y les daré un último ejemplo que, como los anteriores, reúne los elementos de una relación de confianza que se cultiva con el paso del tiempo. Cada año trabajo en un equipo de dieciocho residentes (anualmente aceptamos seis residentes que se quedan tres años). Tengo muy buenos recuerdos de uno que trabajó en el hospital a finales de los ochenta. Me atrevería a decir que fue uno de los tres residentes más brillantes que han pasado por el Instituto de Cardiología. Ahora es un cardiólogo muy prestigioso y trabaja en un centro médico del interior del país. He mantenido la relación con el porque cada dos años los antiguos residentes del Instituto de Cardiología, más de ciento cincuenta, se desplazan hasta Nueva York para asistir a una cena que ellos han bautizado como la Sociedad VF, es decir, Valentín Fuster Society. Por otro lado, desde hace diez años soy el cardiólogo de su padre y ahora hace un mes, después de la revisión anual, le recomendé que se operase porque había empeorado. Le aconsejé que se dirigiese a un cirujano de nuestro hospital que, según mi opinión, es el mejor para ests tipo de operaciones. Su hijo me llamó, porque el que conocía a los mejores cirujanos cardíacos, había oído hablar del cirujano que operaría a su padre a corazón abierto pero no sabía mucho más. Había elaborado una lista de expertos, que según el, eran los más indicados para la intervención. Le dije que ninguno de aquellos superaba al que yo recomendaba. Creo que nos quedamos unos segundos en silencio y entonces mi exresidente me dijo “Pues i tu estás seguro, yo confío plenamente”. Después de años de relación y habiendo trabajado


conmigo, codo con codo en el hospital, este médico se atreve a dar un salto en el vacío y dejar que una persona que, hasta cierto punto, le era desconocida operase a su padre. Les he descrito estos cuatro casos por un motiv: una persona solo puede ser el guía o tutor de alguien si existe una relación de mucha confianza y una química favorable. En mi opinión, un vínculo tan estrecho solo se construye con los años. En resumen, he sido discípulo y tutor. Algunas veces, he necesitado guías y, en otras, he guiado yo. Todos tenemos la necesidad de que nos orienten otras personas. Creo que es una cadena que no se debe romper y espero haber tenido en algún joven médico un impacto parecido al que Pedro Farreras Valentí tuvo conmigo. LAS CUATRO ACCIONES VINCULADAS A NUESTRA RELACION CON LA SOCIEDAD ACTITUD POSITIVA De lunes a jueves llego al despacho a las cinco menos cuarto de la madrugada. Como ya he explicado, antes de entrar en el hospital compro el desayuno en la parada ambulante de un matrimonio griego. Cuando llego al despacho doy un breve repaso a la agenda del día y reflexiono durante quince minutos. Uno o dos días de la semana, durante unas dos horas, me pongo en contacto con España para hablar sobre el CNIC y otros proyectos vinculados a la salud pública. Si no hago estas llamadas, empiezo las reuniones con mi equipo a las cinco y media o las seis de la mañana, ya que una parte de médicos e investigadores llegan muy temprano. Dedico al menos dos horas diarias a proyectos de investigación que tenemos en marcha. Normalmente, examino pacientes durante gran parte del día y también me he de ocupar de alguna urgencia. Por otra parte, cada día tengo reuniones y contesto llamadas de los pacientes o relativas a la gestión de mi departamento. Intento llegar a casa sobre las ocho de la noche para cenar con mi mujer, y por los alrededores de las diez, unos cuatro días a la semana hago una hora de ejercicio físico como entrenamiento para poder subir en verano los puertos del Tour o del Giro. Para asegurarme que no me fallará la fuerza de voluntad y que haré ejercicio aunque esté cansado, viene un entrenador a casa dos veces por semana.


De esta manera yo me motivo dos días y el me motiva los otros dos. Muchos días antes de irme a dormir redacto solicitudes para ayudas y proyectos científicos que quiero impulsar. No necesito dormir más de cuatro horas; por algún motivo no me levanto cansado, supongo que duermo poco pero muy intensamente. Las tardes de los jueves y de los viernes suelen ser diferentes. Mi jornada empieza a las cinco menos cuarto de la mañana, como siempre, pero por la tarde me voy al aeropuerto y vuelo hacia Madrid para llegar puntualmente al CNIC a las siete y media de la mañana del viernes. Allá trabajo hasta las cinco de la tarde. Después me vuelvo a Nueva York. Normalmente, llego al aeropuerto JFK a las siete de la tarde y paso por el hospital. El sábado y el domingo llego al despacho a las cinco y media de la mañana. Cada día me espera una lista de veinte pacientes a los que he le llamar para hacer un seguimiento de su estado de salud, ya que anteriormente los he examinado en visita ambulatoria en el hospital. Son personas con enfermedades complicadas y hablo un cuarto de hora con cada uno de ellos. He de estar muy concentrado y orientarlos adecuadamente. Son unas sesiones que no podría hacer ningún otro día de la semana, cuando el teléfono suena constantemente y tengo a todo mi equipo de soporte a mi alrededor. Se que estas llamadas hacen que mis pacientes se sientan bien atendidos, comprendidos y acompañados. Esta es mi agenda durante todo el año, excepto las semanas de verano que paso en Cardona, el pueblo de María Ángeles, que está a una hora y cuarto de Barcelona. Allí dedico por lo menos diez días a subir montañas en bicicleta como preparación para el ascenso a uno de los grandes puertos de Francia o de Italia que coronan cada año los ciclistas profesionales. Hago unos setenta kilómetros diarios, unos setecientos en total. El Tourmalet, por ejemplo, se eleva a dos mil doscientos metros sobre el nivel del mar. Los otros puertos tienen una altitud parecida. He coincidido en diversos actos con ciclistas profesionales y cuando les explico mis peripecias veraniegas siempre se sorprenden que un médico que no tiene la posibilidad de entrenarse como ellos sea capaz de hacer unos recorridos que requieren una gran fuerza física. A los incrédulos siempre les digo lo mismo: me lo propongo y tengo disciplina. La fuerza mental es más importante que la física.


¿Cómo puedo mantener esta agenda de locos a mi edad? Porque se que con disciplina y una actitud positiva mi trabajo puede tener una cierta influencia en los que me rodean. Dicho de otra manera: la actitud positiva se puede definir como un estado anímico que predispone a superar cualquier dificultad o adversidad. Cuando empezó la crisis en los Estados Unidos, disminuyeron los ingresos en el Instituto de Cardiología que dirijo. De pronto, y sin que nadie se lo exigiese, mi equipo empezó a trabajar los fines de semana. Yo no se lo pedí, ni tan solo lo insinué, pero a ellos les pareció la reacción más normal ante el problema que teníamos. Durante estos tres años nadie ha entrado en mi despacho a para pedir un aumento de sueldo. Es un ejemplo que simboliza la actitud positiva y la ética de trabajo de un equipo formado por personas luchadoras llegadas de todos los rincones del mundo, algunos después de pasar muchas penalidades. Les explicaré una anécdota: el otro día, en un avión, conocí a un hombre muy interesante que, según pude observar, tenía una actitud positiva innata. Me dijo que, poco después de cumplir los doce años, sus padre fallecieron en un accidente de coche. Cuando empezó a trabajar tuvo que enfrentarse a un montón de obstáculos y fracasó unas cuantas veces. En un momento de desesperación, se hundió y se planteó el suicidio. A pesar de esto, gracias a su actitud positiva y al consejo de unos amigos, encontró la fuerza necesaria para fundar una empresa informática que ahora el líder en el sector y trabaja con las principales compañías del mundo. A veces, la vida hace que te muevas entre la plenitud y el fracaso, y la diferencia que separa una cosa de la otra es mínima. Una palabra de ánimo, un conocido que te da una oportunidad o el recuerdo de un ser querido que nos transmitió la importancia de la lucha, pueden ser claves para la salvación. En casos de desesperación extrema, la actitud positiva tal vez no sea suficiente para tirar hacia delante; entonces abrirnos a los otros es un paso decisivo. Desgraciadamente, muchas personas se avergüenzan de su situación y no comparten su problema con nadie. Reconocer que están deprimidas les parece humillante. Esto es un gran error, por dos motivos: hablar de los problemas que nos angustian es sin duda un alivio terapéutico y, además, sino somos capaces de explicar a nuestros familiares o amigos que lo estamos pasando mal, nadie nos podrá ayudar. La vergüenza y el orgullo son nuestros peores enemigos.


En relación a la actitud positiva, les hablaré de algunos ejemplos que conozco muy bien porque se refieren tanto a personas que estimo (mi mujer, mi hija, o algunos amigos), como a compañeros de trabajo y pacientes. Son la muestra que, después de un revés o una crisis, es posible tirar hacia delante con una actitud positiva, y a menudo abrirnos a la ayuda de otros. Quiero compartir ahora, lo que, sin duda, fueron uno de los peores momentos de mi vida. Acabo de cumplir setenta años y como todos los seres humanos, he tenido momentos buenos y malos. Profesionalmente he recibido premios y distinciones pero también he pasado por épocas duras en las cuales he tenido que luchar porque trabajaba con personas que no creían en mi. He superado un cáncer de próstata, he enterrado a mis padres y a muchos amigos, también he visto morir a muchos pacientes. Así y todo toqué fondo una vez: cuando mi novia, ahora mi mujer, me dejó. Nos conocimos en un pasillo del Hospital Clínico de Barcelona, Yo salía de la habitación de un paciente y me llamó la atención una enfermera que se había sentado en una silla del pasillo y leía la revista Destino, un referente progresista e intelectual de la época. De hecho, tenía la cara tapada tras las páginas y al principio solo podía verle la cabeza y la portada. Por tanto le di un vistazo por encima, le vi la cara por primera vez y me interesé por la revista. Hablamos unos cinco minutos y cuando nos despedimos yo ya había decidido que me casaría con ella. Empezamos a salir. Era más bien tímida. Le expliqué mis experiencias en el extranjero y también le dije que quería vivir en el Reino Unido una temporada. Le hablé de mi familia, de mis investigaciones científicas y de mis proyectos. Estaba entusiasmado y en ningún momento me di cuenta de que aquella información la estaba atolondrando. Un día se presentó muy seria y me dijo que lo había estado pensando y que había llegado a la conclusión que era mejor que lo dejásemos correr. Había decidido que aquella decisión no funcionaria. En un instante caí en picado por la pendiente del círculo para situarme en la parte más baja de la frustración. Durante los días siguientes fui incapaz de pensar con claridad. Soy muy obsesivo, y no paraba de pensar en la conversación que habíamos tenido y en sus motivos para dejarme.


Escribí su conversación en un papel y me di cuenta que en ningún momento me había dicho que no le gustaba; lo que había dicho era que creía que la relación no podía funcionar. Y pensé que su razonamiento para llegar a aquella conclusión era, sencillamente, erróneo. Por lo tanto, y movido por una actitud muy positiva, decidí resolver en embrollo de la mejor manera posible: con metodología científica. En una libreta dibujé un gráfico con los motivos que ella me había dado para acabar la relación, y unas flechas azules y rojas que indicaba porque estaba equivocada y que mostraban el camino a seguir. Como pueden ver, había conseguido salir de la frustración y motivarme; había iniciado el ascenso por el círculo de la motivación. Para poder llegar a la parte más alta del círculo y estar satisfecho, tenía que conseguir que María Ángeles cambiase de pensamiento. Me fui a Cardona y le pregunté si nos podíamos ver fuera del pueblo en un territorio neutral. Me citó en un restaurante de Solsona. Una vez allí, abrí la libreta y le hice una presentación de una hora y media. Defendí mi caso con mucha pasión y vehemencia; es la mejor conferencia que he dado en mi vida y por la mejor causa. Ella decidió darme otra oportunidad. Casi medio siglo después, solo tiene un reproche: que no guardase el diagrama que salvó nuestra relación. Todas las parejas tendrían que elaborar presentaciones como esta de tanto en cuando, para hablar del presente y del futuro de su relación. Sino les gusta pintar, hoy en día se pueden hacer gráficos con PowerPoint, pero creo que no es tan romántico. Años más tarde, quien se desanimó fue María Ángeles. Se había criado en un pueblo catalán y estaba muy unida a su familia, pero tuvo la valentía de casarse conmigo y seguirme primero al Reino Unido y después a los Estados Unidos. Nunca le podré agradecer bastante en soporte que me ha ofrecido durante todos estos años, especialmente cuando no estaba seguro de que trayectoria había de seguir. Cuando nos trasladamos a Minnesota a principios de los setenta, decidió que quería estudiar la carrera de Trabajo Social. Consiguió el título y además tuvimos a nuestros dos hijos. En 1980 entró en contacto con un grupo de trabajadores sociales y empezó a participar en un programa destinado a adolescentes cubanos que habían salido de su país por el puerto de Mariel. Más de ciento veinte mil cubanos había llegado en barco a las costas de Florida. La mayoría acabaron


escampados por los Estados Unidos y recibieron ayuda de familias o centros de acogida. Durante dos años, mi mujer asesoró a un grupo de chicos cubanos que habían sido enviados a nuestra ciudad, Rochester. Las diferencias entre el Caribe y una ciudad con temperaturas bajísimas en invierno, situada en el interior de los Estados Unidos son brutales. María Ángeles quería ayudar a aquellos jóvenes e invirtió horas y esfuerzos a esta trabajo. De hecho, estaba tan implicada que algunas mañanas yo les acompañaba al trabajo. La mayoría eran camareros en restaurantes. Aquella experiencia acabó mal. Los chicos añoraban a sus familias, no se adaptaron y algunos empezaron a desarrollar comportamientos violentos. Mi mujer pensó que podría ayudarles, pero un día se despertó con la noticia de que dos habían muerto en un tiroteo. Fue un golpe pata María Ángeles, pero su actitud positiva la hizo salir adelante. Durante diez años ella me había dado su apoyo de manera incondicional y había soportado con infinita paciencia mis ausencias y “excentricidades”, como las excursiones que he mencionado antes a la granja donde supervisaba a una familia de cerdos. Vivía en una ciudad que no tenía nada que ver con el pueblo donde había crecido. La animé a tener una actitud positiva e ir en aquella dirección. Al cabo de unos meses me ofrecieron un trabajo en Nueva York, y a pesar de que no estaba muy convencido que fuese mi mejor opción profesional sabía que allí María Ángeles podría estudiar en la Universidad Columbia. Fue una de las mejores decisiones que hayamos tomado en la vida. En algunas ocasiones es necesario reinventarse, y eso es lo que ella hizo. Su generosidad, su actitud positiva, su pasión por la vida y su enorme valentía son un referente constante para mí. Querer nos hace ser mejores, y ella me ha dado la fuerza y la motivación necesarias para avanzar. Admiro tu tenacidad y su espíritu de lucha. Aprendo de ella cada día. De hecho, aprendí micho observándola durante aquel proceso de cambio y entendí que es muy importante tener un “plan B”. Puedo afirmar sin ninguna duda que si algún día llego al hospital y recibo la noticia de que estoy despedido y me dan una caja de cartón para llevarme mis cosas, ya tengo un plan alternativo y estoy preparado para empezar una nueva vida. Les explico mi plan: continuaría llevando a término una intensa labor de difusión social sobre la necesidad de mejorar los hábitos de salud de la población como la mejor medida para prevenir enfermedades. Por otra parte, me gustaría escribir. En


estos momentos, no dispongo del tiempo necesario para hacerlo. Si estuviese menos ocupado me gustaría escribir, no solo artículos o libros vinculados a la medicina, sino también novelas y guiones en que pudiese reflejar muchas de las experiencias que he vivido y de las cuales no he podido hablar directamente. También me gustaría viajar. No me refiero a los viajes que hago ahora, que consisten en subir a un avión, cruzar el océano, hacer unas reuniones de pocas horas, volver al aeropuerto, cruzar de nuevo el océano e ir directamente a la consulta. Echo en falta los viaje4s que hacía cuando era adolescente y concretamente, me gustaría repetir una ruta por la isla de Mallorca, durante ka cual dormí en diferentes playas, contemplar amaneceres y observar como trabajaban los pescadores. No me haría falta volver a pasar noches enteras a la intemperie (pero esta vez mejor equipado). Mi hija y su marido también pasaron una mala racha profesional en los primeros años de casados. Los dos son arquitectos y se formaron en las mejores escuelas, pero sus magníficos expedientes no fueron suficientes para parar el golpe que sufrieron muchos profesionales jóvenes durante los dos primeros años de la recesión de los Estados Unidos. Los encargos eran escasos. Día tras día esperaban una llamada o un correo electrónico con alguna nueva prpuesta. Uno no puede sobrevivir mucho tiempo en Nueva York con escasez de trabajo. El nerviosismo inicial se convirtió en ansiedad. Por suerte, su actitud les empujó a buscar soluciones y decidieron buscar ayuda. Cuando se dieron cuenta de que no estaban solos y que tenían una familia que les daría apoyo emocional si lo necesitaban, se tranquilizaron. Y el hecho de salir de aquel bloqueo les permitió, poco a poco, impulsar sus propios proyectos, que en estos momentos son muchos. Cuando se desanimó, mi hija entendió que tenía que compartir el problema con sus padres. Esta reacción, que parece normal, no es lo habitual en Nueva York, una ciudad donde uno puede tener la sensación de estar rodeado de personas que triunfan (un concepto absurdo que todos tendríamos que eliminar de nuestras vidas), que son felices, que tienen familias perfectas y el trabajo más interesante. En este contexto, admitir que tienes problemas es muy difícil y son muchos los que optan por fingir que todo va bien y que les llueven las


ofertas. Pero si envías en mensaje que todo está perfectamente, nadie te dará una ayuda. Esta simulación es muy habitual en profesion3s artísticas y la veo en escritores, arquitectos, pintores, cantantes o actores. Creen que si reconocen que no les llueven las ofertas están admitiendo su fracaso y piensan que entrarán es una espiral de desastres sin salida. Por este motivo, fingen siguiendo un consejo muy popular en los Estados Unidos: “Fake until you make it”, es decir, finge hasta que lo consigas. Fingir que estás bien te produce una ansiedad enorme y , tarde o temprano, te hundes en la más absoluta de las miserias. Además, estas personas suelen llevar un tren de vida que ya no se pueden permitir, y no solo malgastan el poco dinero que les queda, sino que contraen deudas y mienten constantemente. Al final, su mundo ficticio se hunde y se quedan solos, sin amigos, con deudas y una enorme sensación de vacío. Admitir que estás pasando un mal momento no representa un fracaso, sino un primer paso hacia una posible solución. Hace años, uno de los voluntarios del hospital me vino a ver a pedirme ayuda. Era cardiólogo y quería trabajar en un hospital universitario, pero había entrado en una espiral negativa de la que era muy difícil salir. Había nacido en la India y había emigrado a los Estados Unidos sin dinero y sin los contactos suficientes para poder mejorar su expediente académico y entrar en las universidades que después te abren las puertas de los mejores hospitales universitarios del país. El sabía que si alguien no le daba una oportunidad, estaba acabado. Podría ejercer una práctica privada o trabajar en un centro médico de importancia menor, pero nunca en un hospital como el Mount Sinaí. Es una persona con mucho talento y muy trabajadora. Pensó que si empezaba en mi hospital como voluntario, tal vez tuviese la oportunidad de demostrar su gran valía y alguien le daría una oportunidad. Y no se equivocaba, porque capté su potencial desde el primer momento, sobre todo su tremenda actitud positiva. Cuando me pidió ayuda no teníamos ninguna vacante, pero al cabo de unos cuantos meses un cardiólogo de mi equipo se puso enfermo y le propuse una sustitución de unos cuantos meses. Durante aquel tiempo transformó el departamento y actualmente, además de ser mi mano derecha, y el director asociado del centro que dirijo, es probablemente el cardiólogo que practica más intervenciones del país y con menos índices de complicaciones, tal como ha ratificado durante siete años


consecutivos en comité de control de calidad médica del estado de Nueva York. Otro médico de nuestro hospital ha sobrevivido a un tumor cerebral. En cuanto supo el diagnóstico, se fió del apoyo de su familia, pero también de los compañeros, que hicimos frente común para que no se hundiese y consevase la esperanza. Durante los meses que estuvo de baja, nos mantuvimos en contacto constante con el. Esto le permitió mantener la calma y no precipitarse. Buscó el mejor cirujano para un tipo de intervención, que, desgraciadamente, puede comportar una hemorragia y la muerte en el quirófano. La operación fue perfecta y no le quedaron secuelas. Acaba de recibir el premio al mejor educador de la escuela médica de nuestra institución. Como pueden ver, los médicos somos humanos y tambien enfermamos. Las empresas has de estar preparadas para dar apoyo a sus trabajadores en este tipo de situaciones y transmitirles calma y confianza. No tiene sentido que una persona que lucha contra una enfermedad, además, tenga que combatir la incomprensión, la insolidaridad, la ignorancia y los prejuicios de un sistema corporativo que no entiende que los humanos no somos máquinas. Durante los meses que luché contra mi cáncer de próstata no habría tolerado que nadie cuestionase mi valía profesional o la capacidad que tengo para desarrollar mi trabajo.. Actualmente muchos problemas de salud que antes eran graves o mortales se curan con tratamientos perfectamente compatible, con una vida personal y profesional plena. Y entre todos hemos de cambiar estos departamentos de personal los responsables de los cuales no entienden la naturaleza humana y adoptan actitudes brutalmente negativas. El otro día tuve que conseguir animar a unos padres muy angustiados porque no sabían como afrontar la vida de su hijo de cuatro años. Cuando en niño tenía doce meses, un electrocardiograma reveló que sufría un problema cardiaco que podía causar la muerte súbita.. Lógicamente los padres les entró el pánico y pensaron en lo peor. Estaban muy asustados y habían perdido la esperanza. Iniciaron un largo periplo por diversos hospitales hasta que llegaron a mi consulta. Examiné al niño, después me reuní con los padres y les describí la situación de la manera más realista posible: efectivamente, su hijo tenía una anomalía cardiaca que puede causar la muerte súbita, pero las posibilidades de que esto pase son mínimas y si la familia y los


educadores del niño están bien informados y adoptan precauciones, como ahora tomar unos determinados medicamentos si en niño tiene fiebre. Cuando salieron de mi despacho, aquella pareja se había quitado un gran peso de encima. Parecían otros. Durante tres años habían estado convencidos que su hijo podía morir en cualquier momento, y por primera vez alguien les había dicho que lo más probable ra que esto no pasase. Alguien les había dado una claves básicas para prevenirlo, pero nada más. Mi actitud positiva y la empatía con aquella familia no fue ficticia, vacía o paternalista: fue realista y em basé en datos científicos. Algunos enfermos se atreven a someterse a una operación de vida o muerte porque saben que no tienen ninguna otra alternativa; esta intervención les puede costar la vida, pero no actuar supone una muerte segura. Una de mis pacientes salió en algunos medios de comunicación de Nueva York porque se sometió a una de las primeras intervenciones de doble transplante de corazón y de pulmón. María tenía cincuenta años, era gallega, casada, tenía una hija y era una trabajadora incansable. Le dijimos la verdad: Tenía un problema congénito en el corazón y tenía los pulmones inundados de sangre. Tenía muchas posibilidades de morir si se operaba y, por otra parte, sino se operaba le quedaban pocos meses de vida. La verdad es que no se atrevió a entrar en el quirófano hasta el último momento, cuando finalmente entendió que solo si asumía aquel riesgo tenía algunas posibilidades de ver crecer a su hija. Una década después, María goza de buena salud. En su caso, las circunstancias habían forzado la actitud positiva. No siempre podemos salvar la vida de nuestros pacientes con una actitud positiva. En cambio, uno de los mejores consejos que puedo dar a los médicos más jóvenes en que traten a sus pacientes como ellos querrían ser tratados si algún día están enfermos, y tanbien que les acompañen en las fases graves y en los momentos finales. Es el último gesto que un médico puede hacer por un paciente, pero además es fundamental porque los familiares tengan la tranquilidad que se ha hecho todo lo posible por salvar a aquella persona, porque el médico lo ha sido hasta el final. Aquella familia siempre le recordará y el duelo será más fácil, ya que tendrá la seguridad que su ser querido ha recibido la mejor actuación posible. A menudo estoy al lado de mis pacientes graves en los momentos finales. De hecho, si un enfermo es operado a corazón abierto siempre


estoy presente cuando sale del quirófano y normalmente vuelvo por la noche. Si no estás, el duelo de los familiares es muy amargo. Yo visitaba a una enferma cada semana. La mujer había padecido una embolia y para que no se tuviese que desplazar hasta el hospital, iba a su casa cuando hacía la ronda de visitas a domicilio el sábado o el domingo por la tarde. Recuerdo que estaba dando una conferencia en la Universidad Cornell y apagué el teléfono móvil. Cuando lo encendí al cabo de dos horas, tenía unas cuantas llamadas perdidas del marido y un mensaje de voz. Le llamé inmediatamente y el hombre muy afectado, me dijo que su mujer se había muerto y que no me lo perdonaría nunca. La verdad es que yo no podía haber evitado la muerte de su mujer, y por otra parte, tampoco puedo estar siempre conectado.; de tanto en cuando no puedo atender llamadas, tal como pasó en aquella ocasión. Han pasado los años y el hombre continúa sin perdonarme: no ha encontrado la paz interior que le permita superar aquella muerte. El desasosiego de los pacientes no siempre está causado por una enfermedad. A veces piden hora porque nos quieren ver y explicarnos sus problemas amparados en el secreto profesional, que nos impide hablar. También saben que intentaremos ayudarles. Recuero que una vez me pidieron hora, solo con tres días de diferencia, dos hombres muy influyentes de la ciudad que acababan de ser despedidos de sus empresas. Los dos casos eran similares: ninguno se esperaba el despido fulminante y ninguno tenía un plan alternativo. Habían acumulado una gran fortuna y ahora tenían la posibilidad de hacer lo que quisiesen con su vida, pero las actitudes eran muy diferentes. El primero era un hombre poderoso que tenía un defecto tan grave como habitual en nuestro tiempo: el egoísmo. Durante los últimos años, la ciencia ha avanzado mucho, pero ningún investigador ha conseguido tratar el egoísmo, una enfermedad crónica qu, en la mayoría de los casos es incurable. Este tipo de personas no están conectadas con nadie, cultivan amistades muy superficiales e intermitentes y generalmente se mueven por interés. Cuando se hunden están muy solos y tampoco tienen la capacidad de cambiar, son prisioneros de una miseria interior y de una sensación de vacío que ellos mismos se han ganado a pulso. Después del despido, mi paciente tomo una serie de decisiones equivocadas y pasó los últimos años de su vida aislado y deprimido. El egocentrismo y la falta de actitud positiva


le impidieron que pensase en un “plan B”. Sin duda el egoísmo y el aislamiento son la peor combinación para alguien que ha caído y que se quiere levantar. Si la persona no cambia, está condenada a ir de fracaso en fracaso, a perder una vez tras otra. El segundo paciente, en cambio, era un hombre mucho más generoso y sociable. Siempre la había interesado la política internacional y con la ayuda de unos cuantos amigos creo una fundación que promueve un mayor entendimiento y cooperación entre países. Desarrolló un “plan B” que funcionó. Mi experiencia como médico me permite hacer la siguiente afirmación: tener una actitud positiva o negativa ante un determinado problema puede marcar la diferencia entre la solución y el caos más absoluto., entre la vida y la muerte. He tratado a pacientes con enfermedades cardíacas muy graves que se salvaron en parte porque desde el primer momento hicieron todo lo posible por luchar contra la enfermedad. Otros tenían la misma afectación y murieron, me parece, porque se desanimaron y optaron por darlo todo por perdido desde el primer momento. Les hablaré de algunos enfermos que he conocido, personas con problemas médicos, pero con una actitud parecida a la de otros con problemas laborales, económicos o sentimentales. Son ejemplos de cómo ante una dificultad no existen atajos: es necesario motivarse, respirar hondo, encontrar fuerzas donde sea y coger el toro por los cuernos. Unos estaban motivados desde el principio, otros estaban muy asustados y conseguí que confiasen en mí, se rehiciesen y luchasen; otros estaban muy desmotivados y todavía no he conseguido que superasen esta negatividad. Son enfermos que conozco bien, que he tratado desde hace muchos años y los historiales clínicos de los cuales son más largos que este libro, pero les resumiré sus historias. El primer caso que compartiré es el de una paciente de cuarenta años muy motivada y el valor de la cual me impresionó. Esta mujer nació con una grave enfermedad cardiaca conocida con el nombre “síndrome del recién nacido azul”, de la que se operó, y además, hace un año superó un cáncer de colon. Y esto no es todo: hace unos meses le detectaron un coágulo de sangre en las piernas que iba directamente a los pulmones. Esta mujer ha superado obstáculo tras obstáculo, dificultad tras dificultad, siempre con una confianza absoluta que las


enfermedades no podrían superarla. De hecho, horas antes de que la operación para extraerle el trombo de la pierna, me comento que era muy religiosa (era judía ortodoxa) y que había decidido casarse. Incluso había dado permiso a su familia para que le buscase marido. A mí siempre me ha interesado el corazón de mis pacientes, también por lo que hace por la parte emocional. He de admitir que cuando aquella mujer me explicó que creía en los matrimonios arreglados, me quedé un poco preocupado. Le dije que esperaba que su marido pudiese acompañarla a mi consulta más adelante, porque le quería conocer. También he de admitir que sus padres tienen muy buen criterio, porque el hombre la quiere y le da su apoyo, y desde que se casaron siempre la acompaña al hospital y se interesa por todas las pruebas médicas que practicamos a su mujer. Siempre he admirado el optimismo de esta mujer y he aprendido mucho de ella. No hace mucho, la vigilia del día de Acción de Gracias, le di el alta médica. Me despedí de ella con el tradicional “Feliz día de Acción de Gracias”, y su respuesta fue: “Doctor, yo doy las gracias todos los días de mi vida” Los pacientes más optimistas son con frecuencia los de mayor edad. Cuando tienes la suerte de tratar con personas nonagenarias o centenarias, te das cuenta que ya lo han visto todo, lo han superado todo y han llegado a esta edad porque tienen unas ganas tremendas de vivir. Esta motivación les mantiene vivos. Una de estas pacientes cumplirá ciento un años dentro de unos meses. Se cansa cuando camina porque la velocidad del corazón se le dispara. Cuando le pregunto como está, siempre me responde lo mismo: “Estoy fabulosa”. Hace unos cuantos meses se compró una bicicleta estática para hacer ejercicios en casa los día que n puede salir a pasear porque llueve o nieva. La supera en optimismo un hombre de diento seis años que pidió hora para venir a verme porque necesitaba mi consejo. Cuando le pregunté que quería, me dijo: “Necesitaría que me ayudase a organizar mis próximos años”. También tengo pacientes con problemas cardiacos graves pero con una actitud positiva que confían en mí y escuchan mis consejos, pero no siempre los siguen; intentan encontrar el equilibrio entre cuidarse y disfrutar de la vida. Es el caso de una enferma extremadamente optimista, una mujer de 48 años que padece una compleja enfermedad


que le hace disparar los niveles de colesterol. Hace prácticamente treinta años que entra y sale del quirófano para ser operada a corazón abierto: primero le hicimos un bypass coronario, después necesitó una válvula artificial y, finalmente, le tuvimos que sustituir esta válvula por otra. Nuestra comunicación es muy fluida y, ante cualquier problema o anomalía, me llama inmediatamente. Así y todo, cuando mis consejos son incompatibles con sus planes, valora el riesgo que comporta ignorarlos y, si considera que el riesgo no es muy elevado, continúa adelante con su vida. No hace mucho, me llamó porque ya volvía a tener el colesterol por las nubes, y le pedí que cancelase un viaje a Colombia. Me contestó que había estado organizando aquel viaje durante meses y me pidió que le dijese que medicación tenía que tomarse y el hospital al cual se tenía que dirigir en el caso de que no se encontrase bien durante las vacaciones. Me pasa lo mismo con un paciente de ochenta y nueve años al cual solo le funciona la mitad del corazón. Le he ficho cantidad de veces que no puede jugar cada día un partido de tenis de dos horas. No entiendo como su pobre corazón soporta esta actividad. No puedo decir que este enfermo sea un irresponsable, ya que cada tres meses se presenta puntualmente en la consulta y quiere que le hagamos todas las pruebas necesarias para confirmar que todo va bien. Sabe que tiene un problema e intenta mantenerlo controlado, pero ha decidido que no está dispuesto a sacrificar el tenis. Pero no siempre todos los enfermos tienen una actitud positiva desde el principio, porque están asustados. Una de mis pacientes tuvo tres infartos antes de los treinta y cuatro años. Ningún médico había podido diagnosticar que enfermedad le causaba el adelgazamiento de las arterias (conocido en medicina como vasoespasmo) y los consiguientes infartos. Hay que añadir que en su historia clínica, también aparece reflejado que tuvo un espasmo de las arterias que van al intestino y al cerebro. Cunado la conocí estaba muy deprimida, asustada y cansada. Le hice diversas pruebas y descubrí que tenía una enfermedad rara y desconocida. En el momento en que le diagnostiqué la enfermedad, cambió su actitud y pasó de ser una paciente atemorizada a ser una persona motivada. Esta transformación fue sorprendente porque, a pesar de que había descubierto la causa de sus espasmos, no tenía una


solución mágica para solucionar aquel grave problema. De hecho, fue necesario hacerle un transplante de corazón. Recibir el corazón de otro ser humano es una experiencia intensa y difícil para todas las partes implicadas. La operación es compleja y, desgraciadamente, en paciente ha de asumir el riesgo de un probable rechazo. En el mejor de los casos, le espera un postoperatorio duro que se soporta con medicación y muchas veces con soporte sicológico. Esta enferma demostró tener una fuerza increíble, hasta el punto de que era ella la que daba ánimos a la familia. El hecho de confiar en el equipo médico que le había diagnosticado la enfermedad y le había demostrado que velaba por su enfermedad, le proporcionó la fuerza necesaria para afrontar con optimismo aquella grave situación y luchar por su vida. Recuerdo el caso de un hombre que estaba muy asustado cuando llegó a mi consulta. Este paciente, de cuarenta y un años, había tenido una infección en el corazón que le causó un aneurisma cerebral: es comprensible que se sintiese un poco desbordado por su situación. De hecho, estaba convencido que todo iría mal y que ni no le operábamos, la arteria se le rompería y tendría una hemorragia cerebral que le causaría la muerte. Mi opinión como médico era muy diferente. No era partidario de operar porque la experiencia me indicaba que en su caso la intervención era arriesgada e innecesaria. Evidentemente, no le gustó mi consejo e inició un periplo por diferentes hospitales de la ciudad buscando un facultativo que le diese la respuesta que el quería oír., y otros le dieron la razón. Algunos médicos coincidieron con mi diagnóstico y otros le dieron la razón Estos últimos me llamaron para pedirme más información sobre algunas pruebas que le habíamos hecho y aproveché la ocasión para explicarles el por qué de mi opinión y que la operación era un riesgo innecesario. No le operaron, y el tiempo me dio la razón: el aneurisma no le ocasionó una hemorragia. Han pasado tres años y el paciente se encuentra bien y ya no está asustado. Cuando hablo por teléfono está relajado y receptivo porque sabe que puede confiar en nosotros. Otra paciente muy negativa era una mujer de cincuenta y seis años que había pasado por el quirófano en tres ocasiones: en 2001 se le implantó una válvula en el corazón, en el 2008 se tuvo que implantar otra, y al cabo de tres años esta válvula artificial tuvo que ser reparada. Hace unos cuantos meses sonaron todas las alarmas. Me explicó que


prácticamente no podía andar porque se ahogaba y se cansaba. Estos son síntomas de mal funcionamiento de la válvula de manera que la hice ingresar inmediatamente para hacerle unas cuantas pruebas. Después de pasar dos días con ella en el hospital y recibir los resultados de de los exámenes médicos, llegué a dos conclusiones: que la válvula funcionaba perfectamente y que la paciente tenía otros problemas. Era muy exigente con las enfermeras y las trataba con desprecio. Su marido aún era peor, porque se comportaba de manera agresiva y desagradable. Después de recibir diversas quejas de la gente de mi equipo, fui a verla a la habitación y me di cuenta de que ella y su marido tenían graves problemas de comunicación. Era evidente que había un grave conflicto entre ellos. Aquella mujer, de manera consciente o inconsciente había utilizado sus problemas cardiacos del pasado para llamar la atención y conseguir que, durante unos días, su marido le hiciese caso, o, tal vez n la abandonase. Se quejó de las enfermeras del hospital y decidí ser muy directo: “La válvula de su corazón funciona perfectamente, lo que no funciona es su matrimonio”. Este comentario fue la clave para que la relación con esta paciente cambiase de golpe, porque a partir de aquel momento me empezó a tratar con respeto. Y no solo me dio la razón, sino que se sinceró y me explicó que ella y su marido pasaban por una crisis que le daba miedo que su matrimonio fracasase. Y es que los seres humanos somos muy complejos. A veces tenemos un problema grave y lo que hacemos es inventarnos un segundo problema para no teneros que afrontar a una situación dolorosa. Desgraciadamente, no todos los enfermos confían en los médicos y siguen sus consejos. Tengo un joven paciente con una actitud más bien suicida. Tiene veintitrés años y nació con un agujero en el corazón. Mientras era pequeño, sus padres pudieron vigilar los controles médicos y la medicación que tomaba, pero cuando llegó a la mayoría de edad y asumió la responsabilidad de su salud, empezaron los problemas. Desarrolló una aversión a los médicos y dejó de tomar los medicamentos. Tiene un problema grave pero ha optado por la negación. En su caso, esta negación podría costarle la vida. Le llamamos para recordarle que tenía una revisión y no se presentó. Un médico de mi equipo le preguntó por teléfono si se tomaba la


medicación y le respondió que no, lo había podido hacer durante unas cuantas semanas porque había tenido que viajar a Perú. Su situación había empeorado, y en los próximos días tendré que hablar con el. Sino consigo que cambie de actitud y confíe en nosotros, se morirá. Y esta muerte no estará causada por el agujero que tiene en el corazón, sino porque su actitud negativa le ha cerrado las puertas a un tratamiento. He tenido pacientes que desconfiaban de mis consejos y han pedido una segunda opinión, una tercera o una cuarta, pero al final han cambiado de actitud y han vuelto a mis manos. Espero poder convencer a este chico que tomar la medicación es imprescindible si quiere vivir. A veces, los peores momentos son la mejor oportunidad para emprender grandes proyectos. Las situaciones más duras ofrecen posibilidades si la actitud es tan positiva como la de mis progenitores, un ejemplo de entereza y de energía en circunstancias adversas. Prueba de esto es que abrieron una clínica para enfermos mentales durante la Guerra Civil. Ellos me enseñaron a no tener miedo de asumir riesgos. El teólogo J. Sidlow Baxter se preguntaba: “¿Cual es la diferencia entre un obstáculo y una oportunidad?” Nuestra actitud. Cada oportunidad incluye una dificultad y cada obstáculo esconde una oportunidad”. Sin duda, mi padre, Joaquín Fuster, supo ver las oportunidades que se escondían tras los obstáculos de su juventud. Estudió Medicina en Barcelona, más adelante se se especializó en Psiquiatría y llegó a dirigir en Departamento de Psiquiatría del Hospital de San Pablo. Se casó con una de las hijas del rector de la Universidad de Barcelona y Marqués de Carulla, distinción que le había concedido el rey Alfonso XII, uno de sus pacientes. No tardaron mucho en formar una familia numerosa. Cuando mi madre estaba embarazada de su tercer hijo, estalló la guerra. El conflicto bélico dividió familias, destruyó ciudades y dejó una cifra espantosa de muertos, heridos, desplazados y exiliados. Barcelona fue bombardeada repetidas veces. Una de las bombas tocó el edificio donde vivían mis padres, que era en el barrio del Ensanche. Decidieron que había llegado el momento de dejar en centro de la ciudad, y una conocida les dejó una casa en el barrio de Pedralbes, que entonces estaba en las afueras de Barcelona. Mi padre se dio cuenta de la importancia que podía tener un sanatorio mental donde se atendiesen a personas con necesidad de unas cuantas


semanas de tratamiento y de reposo. Con la ayuda de mi madre, convirtieron el edificio que les habían dejado en un clínica, y alquiló la casa de delante para convertirla en su hogar. El sanatorio continuó en funcionamiento después del inicio de la Segunda Guerra Mundial y la llegada del franquismo. Mi padre se encargaba de la dirección médica y mi madre de la administración. Juntos coordinaban un centro que podía atender hasta treinta pacientes. Aquella clínica era mi segundo hogar. No solo porque vivía en la casa de delante, sino también porque solía ir cuando salía de la escuela para abrir la nevera de la espaciosa cocina y prepararme la merienda. Observé a muchos de los pacientes. Recuerdo sus sonrisas, sus llantos, la alegría al despedirse de nosotros y, desgraciadamente, algunos suicidios. Aprendí mucho sobre la empatía y el respeto por el sufrimiento de los otros. Mi padre dirigió la clínica hasta el final. Cuando murió el Centro cerró sus puertas. Mi madre aún vivió muchos años más, exactamente hasta los ciento uno. El secreto: su actitud positiva en todo momento delante de cualquier adversidad. Mis progenitores me dieron una libertad absoluta. Mi padre me llamaba “el sabio” a pesar de que yo no era un alumno brillante. Creo que supo percibir mi creatividad y me dio margen para que pudiese desarrollar una manera de vivir y de pensar. A pesar de que nunca no nos quiso orientar en una dirección o en otra, y a pesar de que en casa nunca se habló que los hijos siguiésemos sus pasos y estudiásemos Medicina, uno de mis hermanos mayores, Joaquín, se convirtió con los años en un psiquiatra que hace estudios neurofisiológicos apreciados por la comunidad científica mundial y yo me decanté por la cardiología. Nuestros progenitores, y especialmente nuestra madre, nos ayudó a cultivar desde pequeños una actitud positiva ante la vida, que yo he asimilado plenamente y quiero transmitir a los otros en todo momento. Mis otros hermanos, Gerardo, Alberto y Pilar, también contribuyeron de manera brillante en los campos de la economía, la dirección de personal y la dirección hospitalaria, respectivamente. Tienen personalidades muy diferentes, pero comparten una visión muy positiva de la vida y un gran espíritu de lucha y superación.


ACEPTACIÓN

A lo largo de los años, han pasado por mi consulta pacientes que aparentaban ser felices con una vida que nunca habían deseado. Esta farsa se hunde si tienen un problema de corazón. Cunado estas personas están cerca de la muerte, y la vida les da una segunda oportunidad, la mayoría se dan cuenta que probablemente no tendrán una tercera y acaban por sincerarse con ellos mismos y con los otros. Entonces aceptan quienes son. Sin aceptación es imposible progresar. Aceptar nos obliga a reflexionar sobre nuestra situación y nuestras capacidades de una manera realista para examinar nuestras virtudes y nuestros defectos, nuestros puntos fuertes y nuestras debilidades, nuestro pasado y nuestro presente. Mientras continuamos atormentados por el pasado, resentidos con el mundo y frustrados por nuestras limitaciones (físicas, intelectuales, económicas o familiares), no podremos encontrar posibles salidas, relacionarnos con los demás de manera positiva y tener la estabilidad necesaria para luchar por un objetivo. Estaremos, en definitiva, encallados en la parte más baja del círculo. Conseguimos la madurez cuando entendemos que no se puede tener todo, aceptamos nuestra vida e intentamos que sea lo más armoniosa posible. Cuando transigimos con nuestro físico, nuestro intelecto, la infancia que tuvimos y las circunstancias que nos toca vivir. Cuando admitimos que la vida tiene momentos duros y que nosotros, como cualquier otro individuo, hemos de pasar unos cuantos. Gracias a esta aceptación estaremos mucho mejor con nosotros mismos y con los otros. La consecuencia más negativa de la no-aceptación es el rencor. Y estar resentido con familiares, amigos, compañeros de trabajo o con la sociedad en general nos condena a una vida de aislamiento. Este ostracismo nos impide conocer nuevas personas y tener una red de amistades, emprender proyectos interesantes y acceder a informaciones muy útiles para nuestra carrera académica o profesional. Una situación, en definitiva, que nos conduce al más profundo abismo y que solo nos reporta más rencor, más aislamientos y menos oportunidades. Si damos la vuelta al círculo en sentido inverso, esta espiral se contraerá en lugar de expandirse.


Aceptar nuestras circunstancias y limitaciones, reconciliarnos con nuestro pasado, con los reveses de la vida y con las otras personas es una prueba de madurez y una sabia decisión. Sin esta aceptación estamos condenados a enfadarnos constantemente con nosotros mismos y con todo lo que nos rodea. La culpa seguirá siendo de los otros: de nuestros padres, de nuestras parejas, de nuestros compañeros de trabajo y de la sociedad en conjunto. Tengo pacientes con problemas congénitos muy graves: nacieron, simplemente les tocó. Otros no padecen una enfermedad hereditaria y gozan de salud hasta que un día la pierden. A otros, todos los problemas les llegan de golpe: tal como pasa en las tragedias griegas, el matrimonio, la salud y el negocio son azotados por una calamidad al mismo tiempo. Otros tienen una salud de fierro, pero están desesperados porque sus hijos están gravemente enfermos y darían lo que fuese por invertir los papeles. Y también han entrado en mi consulta muchas personas marcadas por las desgracias de sus antepasados, de padres y abuelos que sucumbieron o sobrevivieron a guerras, campos de concentración y masacres. Unos aceptan de manera tremendamente estoica la adversidad. Reflexionan y hacen las paces con las circunstancias que les han tocado. Otros, en cambio, están amargados y profundamente resentidos. Si bien la actitud de los primeros les permitirá establecer las bases para levantarse de nuevo, la de los segundos solo les conduce al fondo de un pozo de dolor, hostilidad y parálisis. Todos conocemos hombres y mujeres que continúan culpando a sus padres de los infortunios que se producen medio siglo después. Nos explican que sus infidelidades, la mala gestión de sus negocios, sun adicciones o su mal carácter tienen su origen en la ludopatía del padre, la muerte precoz de la madre, el turbulento divorcio e sus progenitores o la miseria vivida durante la infancia. Quedan anclados en el pasado y no son capaces de percibir que podrían tener un presente muy diferente. Llenos de resentimientos, entran en una espiral autodestructiva. Otros, en la misma situación, reflexionan, aceptan su infancia y llegan a la conclusión que no quieren repetir los errores de sus padres. Utilizan los malos recuerdos como un trampolín y nadan todo lo que haga falta para llegar a un puerto mejor. Todo esto que digo no es nuevo ni original: conocidos filósofos y líderes espirituales han abogado por los conceptos de aceptación y


estoicismo a lo largo de la historia. Pero no hemos de confundir la aceptación con la resignación. Aceptar significa contemplar las circunstancias de nuestra vida y asumirlas sin rencor y sin odio, pero también sin rendiciones, porque continuamos aspirando a una vida mejor y haremos todo lo posible por conseguirla. Crecemos como individuos porque estamos en paz con nosotros mismos y somos más sólidos y fuerte. Resignarse, en cambio, comporta una actitud pasiva sin otras aspiraciones. La consecuencia de la no-aceptación es el resentimiento, un sentimiento mezquino e inútil. Como que en mi consulta veo pacientes de origen muy diverso, muchos de ellos hijos de inmigrantes, he tenido la oportunidad de conversar con muchas personas que han perdido algún familiar en el Holocausto. He podido observar como han sido capaces de transformar la rabia y la tristeza en energía para cambiar la comunidad. Son personas que han pasado por situaciones difíciles, y esto les conduce a la conclusión que la sociedad ha de mejorar para que aquella brutalidad no se repita. Primero aceptan su pasado, y después, no sol no están resentidas con la sociedad, sino que quieren ayudar. Es una actitud mucho más constructiva que criticar y no hacer nada. Uno de mis pacientes era un conocido productor de Hollywood. Hizo un donativo millonario al hospital que nos permitió emprender un proyecto sin precedentes: la clínica ambulatoria Hazen. Les explicaré como se gestó la idea de esta clínica ambulatoria y como la convertimos en una realidad. Cuando me trasladé de la clínica Mayo de Rochester al Hospital Mount Sinaí de Nueva York, observé un hecho que me pareció inadmisible y que había que corregir.. Tratábamos tanto a los enfermos con buenos seguros médicos como a los enfermos sin recursos que solo tenían el seguro estatal. Unos y otros tenían derecho a las mismas pruebas, pero la realidad era que los pacientes con seguros privados podían pedir hora para el día siguiente, mientras que los otros se veían obligados a esperar semanas. Yo quería crear una unidad que nos permitiese tratar a todos los enfermos por igual y hacerlos sentar en la misma sala de espera, con independencia de su nivel económico. Algunos colegas tenían reservas y dijeron que los pacientes que buscaban un servicio exclusivo y un cierto ambiente cambiarían de hospital. Yo sabia que esto no se produciría porque cuando una persona no se encuentra bien, lo único que desea es ser bien atendido. Uno de los pacientes de la nueva clínica


fue un miembro de la familia Rockefeller. Compartió la sala de espera con una señora de Harlem que nunca había tenido un seguro médico privado. El mismo me comentó que le parecía una tarea extraordinaria. Joseph Hazen, productor de clásicos de cine tan memorables como el póker de la muerte o Descalzos por el parque, era una persona muy generosa que había asumido el Holocausto y una juventud complicada, entre otras dificultades de su pasado. Cuando le sugerimos que su donativo se destinase a un proyecto que en aquel momento parecía arriesgado y revolucionario, se entusiasmó con la idea. Y me emociona pensar que, años después de su muerte, la cínica que lleva su nombre es un modelo imitado que ha permitido tratar a miles de personas. La enfermedad tiene un impacto idéntico en el rico y en el pobre: nos hace a todos iguales. No todo lo que se de la aceptación lo he aprendido de mis pacientes. Observar a los médicos jóvenes es muy interesante. Desde 1999 organizo en Washington unos encuentros con un centenar de jóvenes médicos que aún han de decidir su futuro profesional. Este acontecimiento intenta responder a la pregunta siguiente: ¿Cómo se llega a ser un investigador clínico?. La fórmula es muy sencilla: convido a diez investigadores muy prestigiosos y les pido que hagan un balance sincero de sus carreras. Yo también me sumo a esta terapia de grupo. Durante un día y medio les explicamos la realidad de nuestras vidas (enfermedades, aspectos familiares positivos y negativos, miedos y traumas, fracasos, consecuciones, frustraciones y retos). Estas reuniones son un éxito rotundo, porque los diez convidados son un modelo para todos los jóvenes que participan en el acto, que tienen una imagen muy idealizada de estas eminencias. Y el gran éxito de las charlas radica en el hecho de que estos ilustres científicos no dudan en desnudarse ante el público y exponer la realidad de sus vidas. Este ataque de sinceridad tiene dos objetivos. Por un lado, que los jóvenes entiendan que, en el mejor de los casos, tendrán que superar muchos obstáculos y trabajar duro. Por otra parte, elimina la falsa noción de “éxito”, una palabra que la sociedad fomenta y que ami no me gusta nada. Prefiero el concepto de “satisfacción personal”, tal como he mencionado diversas veces a lo largo del libro. Un gran número de participantes llega a Washington con una idea de lo que quiere hacer, y se va de la ciudad con un proyecto totalmente


diferente. La razón es muy sencilla: antes de las charlas con los científicos solo habían tenido en cuenta las salidas más atractivas, mejor remuneradas o con más prestigio social, mientras que después se sinceran con ellos mismos, sopesan sus puntos fuertes y sus puntos débiles, las habilidades y las debilidades, y también el tipo de vida personal que les gustaría tener. Dicho de otra manera, aceptan su esencia y su talento y así hacen la mejor inversión para su futuro. He tenido oportunidad de tratar con centenares de médicos residentes, y este es un error que veo constantemente. Jóvenes que, sin pensar en su personalidad, sus aptitudes o su vocación, escogen una salida profesional, que les proporcionará dinero, prestigio y la admiración de sus compañeros. No piensan que para algunas especialidades se necesita, por ejemplo, una intuición especial, ser muy cognitivo o sensible, y tener muy buenas manos. Y al cabo de unos meses, cuando ya están en el lugar equivocad, continúan sin aceptar la realidad y entran en una fase de frustración y de resentimiento. Pondré un ejemplo. Hace dos años, un médico que estaba a punto de acabar la residencia en el hospital, vino a despedirse y me preguntó si podía ser su mentor. Quise saber que salida profesional había elegido y su respuesta me sorprendió porque se había decantado por la cardiología intervencionista y Aquila especialidad requería mucha preparación técnica, y en mi opinión, no era la mejor opción para aquel joven. Al cabo de unos cuantos días, otro residente se vino a despedir y también me pidió si podía ser su mentor. Tal como había hecho con su compañero, le pregunté la salida profesional que había escogido y, para gran sorpresa mía, la respuesta fue idéntica que la del otro médico. Hablé con el responsable de cardiología intervencionista del hospital y me confirmó lo que ya sabía: ninguno de los dos reunía el perfil que se requería para este trabajo. Durante dos años les perdí la pista, hasta que en una cena de antiguos residentes del instituto aparecieron los dos. En diferentes momentos de la velada, uno y otro me explicaron que estaban muy descontentos, que trabajaban con equipos que no funcionaban y con unos superiores desastrosos. No dejaron títere con cabeza y criticaron a los mejores especialistas del sector. Y lo hicieron por una simple razón: el resentimiento. En lugar de aceptar que se habían equivocado de salida profesional, que ellos no servían y, por este motivo no encajaban en los equipos médicos con los que trabajaban, continuaban sin aceptar la


realidad y se auto engañaban. Tal como suele pasar en estos casos la culpa era “de los otros”. Les contesté lo mismo, pero por separado: “¿No te das cuenta de que el problema eres tu?” Si tú no cambias de actitud, sino te aceptas a ti mismo, serás un frustrado y un resentido. Ven un día ami despacho y lo hablaremos”. Al cabo de unos meses tuve noticias. Los dos habían decidido dar un giro a su profesión y habían entendido que el origen de la tensión con sus equipos era, sencillamente, que no estaban en el lugar adecuado para ellos. Ahora uno trabaja como cardiólogo en el pueblo donde había nacido, y el otro es cardiólogo general en Long Island, Nueva York, y lidera un proyecto muy válido. No son casos aislados. Lo veo todos los años, cuando la nueva promoción de residentes es contratada por centros médicos. Primero buscan un trabajo en el cual quieren demostrar que “han triunfado”. Al cabo de unas emanas llaman a una inmobiliaria porque se quieren comprar un apartamento. Pero cuando los muebles aún no han llegado a su nuevo hogar, ya empiezan a intuir que todos estos juegos malabares no tienen nada que ver con ellos. La única manera deshacer el entuerto es captar el error y volver a reformularse la carrera profesional de acuerdo con sus propias personalidades. Esto les permite encontrar su lugar dentro de la profesión médica. Subir a un taxi de Nueva York también es una clase magistral sobre aceptación y resentimiento. Una licencia de taxi cuesta un millón de dólares. Y de la misma manera que algunas personas compran pisos como fórmula de inversión, otros adquieren licencias porque con los años se revalorizarán y las podrán revender o alquilar. De hecho, una sola familia de la ciudad, los Murstein, tienen tres licencias. Obviamente ningún miembro de esa familia son taxistas: ellos se limitan a gestionar su activo. Alquilan la licencia al propietario de una flota o un vehículo, que, a su vez, alquila el taxi a un conductor. Se trata de un alquiler diario y el conductor ha de pagar unos trescientos euros con independencia de los beneficios de aquel día, las inclemencias del tiempo o cualquier otra eventualidad. Para superar esta suma y obtener ganancias que les permitan comer, han de trabajar más de catorce horas diarias, fines de semana incluidos: y tienen que correr, no pueden parar. Es un trabajo que en los años ochenta hacían los estudiantes o los neoyorquinos pobres, pero hoy en día la mayoría


de taxistas son inmigrantes acabados de llegar a la ciudad. En sus países de origen eran médicos, arquitectos, maestros o tenderos. Trabajan en unas condiciones muy precarias y son conscientes que en la cúspide del escalafón esta el tipo que compró la licencia o la heredó y que obtiene unos beneficios económicos que el nunca los podrá igualar trabajando día y noche, y llueva o haga sol. Cuando subo en u taxi, siempre pregunto al taxista como le va, y al cabo de pocos segundos ya se si se trata de una persona que acepta su situación o si, contrariamente, he entrado en una dinámica de resentimiento. Unos te comentan que están trabajando mucho porque acaban de llegar, pero están contentos porque enseguida encontraron trabajo, y añaden que les gustaría encontrar pronto otro trabajo como el que hacían en sus países. De hecho, algunos de estos taxistas se han convertido en amigos y he podido hacer un seguimiento de sus vidas. Algunos son pacientes míos. Otros te contestan que están mal, que el país no funciona y que todo es un desastre. El país, la ciudad y los ciudadanos son los culpables de todos sus males y, por este motivo, les odian y les desean lo peor. Otros deciden no hablarme cuando les digo que voy al hospital e infieren que soy médico y que me gano bien la vida. Este resentimiento solo conduce a la pérdida de amistades y posibilidades, a una amargura infinita y, en definitiva, al aislamiento. Solo se sale de esta dinámica negativa cuando se conecta con la sociedad y se participa en el cambio. La mayoría de las personas aprenden a aceptarnos con la edad. Yo acepto mis limitaciones y mis defectos. También se muy bien como y donde puedo ser efectivo. Una persona se tiene que conocer bien, este es el secreto. Después hay que aceptar que si tu esencia no cambia, vives en una sociedad cambiante a la que te tienes que adaptar. La aceptación supone entender quien eres y donde estás. Esto te permite tomar decisiones perosnales y profesionales que te beneficiarán. Tu vida mejorará. Te tienes que aceptar. Y aceptar al otro. Aceptar que vives en una sociedad en movimiento y que tienes que participar de esta dinámica.


AUTENTICIDAD Nunca dejará de sorprenderme la cantidad de personas que no se muestran tal como son, que viven una impostura permanente desde que se levantan hasta que se van a dormir. También cambian de personalidad en función de la situación o de la de su interlocutor. Esconden sus problemas e inseguridades detrás de actitudes egocéntricas, de comportamientos histriónicos que van cambiando según el contexto en que se encuentran. Se disfrazan con ropa de marca, gafas de sol que les permiten ocultar la mirada o grandes coches deportivos. Tienen amistades superficiales y son prisioneros de una actividad permanente que les permite desplazarse sin descanso y sin tener que dar demasiadas explicaciones. Su vida es un huída hacia delante o más bien, hacia ningún lugar. Son personas que todavía no se han aceptado. Muchas han caído víctimas de las presiones de una sociedad que las empuja a simular personalidades para ser más populares, más atractivas, más parecidos al resto. Algunas se inventaron el personaje hace tanto tiempo que les es más fácil continuar fingiendo que el quitarse la máscara. La impostura es un error muy grave. Para empezar esta actuación constante comporta un gasto de energía considerable, energía que ya no tendremos para emprender proyectos que realmente valen la pena. Además, cualquier proyecto personal o profesional que emprendamos desde esta ficción está abocado al fracaso: estamos construyendo un castillo de arena que se hundirá en cualquier momento (un gigante con los pies de barro-sic). La falsedad da mucha pena, porque detrás del impostor se esconde una persona en potencia mucho más interesante que la máscara tras la cual se oculta. Es mil veces mejor un ser humano complejo, como todos, que un antifaz parlante que solo repite frases hechas. Me gustan las personas auténticas, aquellas que no cambian de personalidad o de comportamiento según el ambiente, las circunstancias o el interlocutor. Son siempre ellas mismas, y se comportan exactamente igual en una recepción con un jefe de Estado que en una reunión de la comunidad de vecinos. De hecho, siento una gran admiración por los individuos que, por ser ellos mismos, han luchado contra su sociedad o los convencionalismos de su época y han navegado a contracorriente para tener la vida que querían.


A lo largo de mi vida, he tenido la suerte de conocer a muchas personas que apostaron por la autenticidad, pero nombraré el ejemplo de dos seres genuinos a los cuales quiero y conozco muy bien, mi padre y mi hijo. Como ya he comentado, mi padre era psiquiatra y dirigió un sanatorio mental en Barcelona. Mi hijo es un cantautor bohemio que construye guitarras y repara bicicletas con piezas de automóviles abandonados. A simple vista, abuelo y nieto son muy diferentes. Pero la realidad es que su esencia es muy parecida: los dos se rebelaron contra ciertas normas impuestas por la sociedad y lucharon por defender su autenticidad. En páginas anteriores he explicado las peripecias de mis padres para abrir la clínica y formar una familia en la Barcelona bombardeada de la Guerra Civil. Lo que no he dicho es que mi padre llegó a esta ciudad huyendo de otra y de los fantasmas de la época que le tocó vivir. Mi padre, Joaquín, nació en 1901 y creció en Palma de Mallorca. Al cabo de diecisiete años se trasladó a Barcelona para estudiar Medicina. Su familia también se trasladó por la misma época, de modo que cuando yo nací, en la isla solo quedaban parientes lejanos. Yo solía visitar a mi abuelo paterno, un medico sabio y paciente que me regalaba caramelos de pegadolça (las famosas pastillas Juanola). Durante mi infancia viajé con mis padres y mis hermanos a diversas ciudades de Europa, pero nunca a la ciudad de mis antepasados paternos. A principios de los setenta descubrí un importante secreto por casualidad. Trabajaba en la clínica Mayo y en el diario de la ciudad, el Rochester News, publicó un artículo donde se nombraban apellidos de origen judío, entre los cuales el mío y el de otro residente que se llamaba Aguiló. Entonces ya habían nacido mis hijos, Silvia y Pablo. Llamé a mi padre y me dijo que aquella información era cierta, pero que ya hablaríamos del tema durante las vacaciones de verano. La historia que me explicó al cabo de unos meses me fascinó. Mi padre se crió en Mallorca durante los años anteriores de la Primera Guerra Mundial. Desde muy pequeño, fue consciente que, por algún motivo, su familia no era como las otras y que, por el mismo motivo, sus sueños tenían un techo en la sociedad de la época. Mi madre era chueta, es decir, miembro de una familia con antepasados judíos que se habían convertido al catolicismo siglos atrás. El apellido Fuster está en todas las listas de apellidos chuetas. Y según me explicó, este no era el


único factor que se tenía en cuenta para identificar a ciertas familias y ponerles el sello de chuetas. También se consideraban los linajes: cada generación transmitía a la siguiente una lista mental de familias que procedían de judíos conversos.. Eran muchos los que se fijaban bien en esta información, muy útil para evitar que sus hijas se casasen con un chico de una de estas familias, o para impedir que los miembros de aquella comunidad pudiesen acceder a determinadas posiciones sociales. Esta situación provocó que algunos descendientes de judíos conversos ocultasen los apellidos para evitar la discriminación. De alguna manera, una práctica bastante inútil, ya que siempre había alguien en la isla que “sabía” e informaba a los demás. Otros tenían relaciones muy endogámicas. De hecho, los dos apellidos de mi padre, Fuster y Pomar, son chuetas porque mi abuelo y mi abuela pertenecían al grupo. Todos sabían cuales eran los quince apellidos o linajes malditos y todavía hoy podemos mostrar la lista: Aguiló, Bonnín, Cortés, Forteza, Fuster, Martí, Miró, Picó, Piña, Polar, Segura, Tarongí, Valls, Valentí y Valleriola. La marginación de esta comunidad se remonta al siglo XV. En 1391, durante el asalto al Call, la judería de Palma, murieron más de trescientas personas. Un siglo más tarde, La inquisición torturó a los que no quisieron convertirse al cristianismo. Los judíos de Mallorca quedaron divididos en reconciliados (conversos), relajados (castigados) y malsins (judíos que delataron a otros judíos para salvarse). Tradicionalmente, los chuetas vivían en barrios concretos y eran prestamistas o compradores de oro, o bien ejercían profesiones liberales como los médicos y abogados. Mi abuelo era un médico muy conocido en Palma de Mallorca y llegó a ser el médico de cabecera del obispo, prueba irrefutable que si eres un buen profesional, nadie te cierra la puerta; eso sí, eres un excelente profesional chueta. Mi padre solo quería tener una etiqueta, la de autenticidad que exhibiría toda la vida, su esencia de médico y no estaba dispuesto a cargar con la otra. Por eso decidió que viviría en otro sitio. Aquel estigma le proporcionó la motivación necesaria para irse a Barcelona a estudiar. En aquella épocas, trasladarse a Barcelona era una aventura parecida a la que años más tarde viví yo cuando crucé el Atlántico y me trasladé a Minnesota para trabajar en la clínica Mayo.


La comunidad sueca fue discriminada hasta los años cincuenta. Mientras tanto, mi padre ya se había abierto paso como psiquiatra en Barcelona, se había casado con quien había querido y había tenido cinco hijos que nunca recibieron las burlas de sus compañeros de escuela. De hecho, es sorprendente pensar que en 1942, cuando mi madre estaba embarazada de mí, agentes de las SS se presentaron en Palma de Mallorca con la orden de preparar una lista detallada de los descendientes de aquellos judíos mallorquines. Explican que el obispo de Palma elaboró un informe que se remontaba hasta los tiempos de la Inquisición, donde incluyó a miles de personas con la finalidad de que la Alemania nazi no supiese por donde empezar. Una situación de injusticia puede convertirse en el motor que mueve a una persona a luchas por un futuro mejor. Para que el motor continúe en marcha, es necesario que el individuo esté decidido y quiera llegar hasta la meta que se había propuesto, cueste lo que cueste. Nadie no ha dicho que los sueños sean fáciles de conseguir. Lo que es difícil no es estar motivado, sino continuar motivado, mantener la autenticidad y luchar por una causa. Mi padre tenía una motivación extrema porque fracasar y volver a la isla no era una posibilidad que le resultase demasiado atractiva. A veces cuesta tomar una decisión, como en este caso, la de irte a empezar una nueva vida en otra ciudad. No obstante eso, cuando nos hemos lanzado al abismo el resto del camino nos parece fácil o inevitable: simplemente, pensamos que esta es la única vía posible y que no hay atajos. Mi padre no quiso vivir en Mallorca. En Barcelona estudió Medicina Legal y pudo cultivar su afición a la ópera, la lectura y la escritura. Y la familia de mi madre no puso ningún obstáculo cuando la pidió en matrimonio. De hecho, fue uno de mis tíos quien los presentó con tal de propiciar la relación. Aún así, la sutil discriminación que sufrió durante la infancia le marcó, hasta el punto de ocultar los orígenes de su apellido a sus cinco hijos. No quería que ninguno pudiese señalarnos injustamente con el dedo. Siempre persiguió la autenticidad a cualquier precio. Mi hijo Pablo tiene también una definición de autenticidad muy estricta. Para el, la autenticidad es ser constante y coherente con uno mismo y también con la situación en que te encuentres. Siempre el, con


independencia del momento, del lugar y de las personas. Descubrió que no quería vivir en Nueva York. Se sintió muy angustiado por la presión social. Nueva York es una ciudad con una actividad frenética llena de personas pegadas al teléfono móvil. Este ritmo ha sido una gran fuente de motivación para mí, y me entusiasma estar envuelto por personas tan trabajadoras y enérgicas, pero mi hijo se sentía desbordado por la agresividad y la competitividad del ambiente. Esta adrenalina no le ha interesado nunca. Es muy probable que en casa se sintiese incomprendido, ya que mi mujer, mi hija y yo, si que nos habíamos adaptado a la ciudad y habíamos encontrado nuestro lugar en una sociedad que nos recibió con los brazos abiertos. Pablo hizo las maletas y se fue a un lugar más adecuado a su personalidad. Se trasladó a Cardona, que como ya he dicho antes es el pueblo donde nació su madre. En esta localidad de cinco mil habitantes, muy tranquila y relajada, ha encontrado la base sobre la cual construir la vida que le gusta. Recientemente una productora le ha propuesto un proyecto que es perfecto para el: viajar durante unos meses en una bicicleta que el mismo diseña y construye, cargado con unas cuantas de sus guitarras, que también ha hecho el. A lo largo del peregrinaje actuará en los pueblos por donde vaya pasando. Su itinerario se podrá seguir a través de las redes sociales, que informarán puntualmente de sus paradas y planes. El, que siempre ha huido de la publicidad, está muy ilusionado con una idea que le permite unir su pasión por las bicicletas, la música y la creación. A veces pasa que las personas que mas queremos, sin proponérselo, pueden ser obstáculos para nuestra autenticidad.. Muchos padres ven en sus hijos como una extensión de sus vidas. Quieren que hagan lo que ellos no pudieron hacer y que lleguen donde ellos no pudieron llegar. La verdad es que nuestros hijos son personas independientes con sus propios sueños. Cada uno tiene su personalidad y un potencial que el mismo tiene que explorar. Nuestra relación es excelente, es uno de mis mejores amigos. Se ha convertido en un personaje tan curioso como entrañable. Tiene un gran sentido del humor, es capaz de reírse hasta de su sombra y está en las antípodas de lo que se considera convencional. Es una persona muy compleja y extremadamente íntegra.


Los dos somos muy creativos y nos gustan las bicicletas. Pablo “opera” sus bicicletas con una precisión de cirujano. No las vende, las regala: como ya he mencionado en páginas anteriores, una conocida fábrica de bicicletas le llamó porque las quería patentar y el se negó. Los negocios nunca han sido su fuerte. Supongo que para Pablo ha sido un buen ejemplo con ciertos aspectos negativos. Es probable que en ocasiones se sienta confundido e incluso intimidado cuando sospechaba que tenía unos objetivos muy diferentes que los míos y no sabía como expresarlo. En cambio, creo que mi hija Silvia, con la que también estoy muy unido, me vio como un aliado incluso durante la adolescencia. De hecho, cuando estudiaba en el instituto, instauramos la costumbre de quedar una vez por semana para ponernos al día de nuestras vidas y compartir reflexiones y planes. Es una costumbre que hemos mantenido con los años, siempre que hemos vivido en la misma ciudad. En cualquier caso, puedo entender perfectamente la reacción de Pablo porque, irónicamente, a mi me pasó exactamente lo mismo. También me sentía intimidado por los éxitos profesionales de mi padre y de mi abuelo, cuando yo estudiaba. Mi padre era un médico muy conocido en Barcelona y unos de los psiquiatras más prestigiosos del país. Mi hermano mayor, Joaquín, fue un magnifico estudiante científico. Y mi abuelo había sido rector de la Universidad de Barcelona y senador. Cada mañana pasaba por delante de su busto cuando iba a clase. Mi angustia no se acabó, cuando empecé a sacar matrículas de honor y fui premio extraordinario de fin de carrera, porque algunos compañeros empezaron a insinuar que me habían dado aquel reconocimiento por ser quien era. Y esto me marcó. Es imprescindible sincerarse con los otros y, muy especialmente, con uno mismo. Tener una vida aparentemente perfecta que no está a la altura de nuestras expectativas o de nuestros deseos, nos hace profundamente infelices. Y pasa lo mismo si renunciamos a nuestros principios éticos y de autenticidad. Les explicaré una experiencia personal. De 1995 al 2005, el Hospital Mount Sinaí tuvo diversos directores y decanos en la escuela de medicina. Yo no siempre estaba de acuerdo con las decisiones que tomaban y no dude en manifestarlas, porque aquellas iniciativas afectaban a la calidad del servicio médico y a las condiciones de


trabajo de mi equipo. En aquel contexto de desconfianza y de tensión, pedí a un paciente que siempre había sido muy generoso en sus donaciones al centro que n volviese más por mi consulta. Esto desencadenó una enorme crisis interna, porque aquel miembro de la lata sociedad neoyorquina me había ofrecido cincuenta millones de dólares por llevar a término un importante proyecto: Construir el nuevo edificio de nuestro instituto cardiovascular. Los responsables del hospital que, en el marco de aquella negociación, le hubiese dicho a nuestro benefactor que se buscase otro médico. De hecho, después de medio siglo de práctica profesional, es la única ocasión que le he dicho a alguien que no le quería ver más. Aquel señor tenía un carácter muy fuerte y parece que en un diario de la ciudad había publicado un articulo sobre el con información personal. Por algún motivo, pensó que aquella información había salido de mi consulta y me llamó muy enfadado para insultarme. Nunca antes me habían acusado de revelar secretos médicos. Me sentí muy ofendido y le dije que en una relación médico-paciente se construye a partir de la confianza t del respeto mutuos. Y que nuestra relación se había acabado. El hombre se quedó muy parado, porque no estaba acostumbrado a que alguien le parase los pies, y mucho menos alguien que está esperando una gran suma de dinero para un hospital. Hasta entonces, todos habían estado a su servicio. Al día siguiente su hijo me llamó y me pidió que me lo repensase. Le dije que podía recomendarle otro cardiólogo de confianza, pero que yo no quería tener tratos con su padre porque no era la primera vez que perdía los papeles. Entonces un día que estaba cruzando el Atlántico y el piloto de Air France vino a preguntarme si podía ir a la cabina a atender la llamada de un paciente. Era el: había conseguido averiguar que yo estaba en aquel vuelo y que la compañía aérea hiciese la llamada para preguntarme que medicamento debía de tomar porque aquella mañana se había constipado. Unos meses antes ya había habido un pequeño incidente que o acabó mal porque mi mujer y yo tenemos sentido del humor. Aquel hombre organizó una fiesta en su mansión de Newport, la réplica de un castillo. El protocolo marcaba que todos los convidados se situasen al pie de una escaleras de mármol hasta que el apareciese en lo alto y bajase los escalones acompañado de música clásica. María Ángeles y yo estábamos al pie de las escaleras, ya que el organizador de la fiesta había decidido que seríamos los primeros en


saludarle. El hombre inició el descenso con su estimado gato en brazos. Cuando al final llegó donde estábamos nosotros y nos saludó, el animal se lanzó sobre mi mujer y la arañó en el brazo. Han pasado muchos años, el conflicto con su padre hizo que mi relación con los decanos del Mount Sinaí fuese aún más incómoda. De hecho, me estaba planteando aceptar la propuesta de otro centro académico cuando tuve un golpe de suerte: nombraron a un nuevo decano. Incluso antes que recibiésemos la importante donación, el nuevo decano me indicó desde el primer momento que me consideraba imprescindible para su proyecto y así hemos avanzado a lo largo de los últimos siete años. En resumen, siempre hay personas que necesitan ponerte una etiqueta o explicarte quien eres. Creen tener poderes telepáticos y que saben como eres; creen que conocen tus motivos para hacer las cosas y como piensas; te catalogan basándose en tu familia, en tus antepasados o en tus apellidos. Es importante no perder el tiempo el complacerles con justificaciones o disculpas. Tampoco debes renunciar a tus valores y principios. Has de ser quien eres, has de ser auténtico.

ALTRUISMO

Participar en un proyecto común es una fuente de satisfacción enorme y nos impulsa hacia la parte superior del círculo. Las personas solidarias consideran que su vida tiene más sentido y se saben más conectadas con los otros. La afirmación “Si ayudas a los otros, te ayudas a ti mismo”, puede no ser muy original pero se ha de repetir hasta la saciedad porque es cierta. Cuando somos solidarios y nos unimos a un equipo para mejorar las vidas de otras personas, nuestra imaginación y nuestra energía aumentan, la tristeza y la depresión disminuyen y nuestros problemas se ven desde una perspectiva muy diferente. Aún diría más: es muy probable que la respuesta a nuestros problemas la tengan las personas con las que colaboramos. La solidaridad y la colaboración son fundamentales.


A lo largo de mi carrera he vivido incontables experiencias de personas que, movidas por la intención de ayudar a otras, han participado de modo altruista en proyectos, que tarde o temprano, han transformado sus vidas y la de los demás. Todos afirman que, sorprendentemente, al final han recibido más de lo que habían dado. Muchos amigos y pacientes que conocen mi apretadísima agenda y saben que me levanto a las cuatro de la mañana cada día, y que viajo al extranjero, al menos una vez a la semana, quieren saber como es que no estoy agotado. Yo también me lo pregunto, especialmente ahora que cumplido setenta años y me siento con más vigor que nunca. Los proyectos científicos y sociales que lidero son, sin duda, mi principal fuente de energía, el combustible que me mantiene ilusionado y con ganas de seguir adelante. Dar a los otros y participar en proyectos solidarios proporciona una energía formidable que repercute en el propio bienestar. Es una enorme fuente de satisfacción. Se equivocan los que creen que con una actitud individualista podrán navegar por las aguas de la crisis económica actual y esquivar sus obstáculos. Este “sálvese quien pueda” que da la espalda al sector más vulnerable de la sociedad es una actitud egoísta, pero también contraproducente. ¿Están seguros que sus hijos, nietos o hermanos no contraerán una enfermedad crónica que requiera el apoyo del sistema sanitario? ¿Nunca necesitarán el soporte de sus vecinos o de la comunidad? ¿Creen que pueden ser felices en una sociedad que no valora la colaboración entre los individuos? ¿Creen que un país donde no se fomenta el altruismo es sostenible y competitivo? El altruismo y el trabajo del voluntariado tienen muchas ventajas. Para empezar son actividades no obligatorias que pueden acompañarnos a lo largo de nuestras vidas. O bien ser puntuales o esporádicas. Otra ventaja es la efectividad: la mayoría de veces se obtienen resultados concretos y podemos apreciar el impacto que ha tenido nuestra acción. Es lo que pasa, por ejemplo, si compramos unas gafas a un niños, trabajamos en un comedor social o hacemos de voluntarios en un hospital. Todos somos útiles. El contable por llevar la contabilidad de una fundación afectada por los recortes, el óptico por promover una campaña para que cientos de niños del país tengan las gafas graduadas que precisan. El peluquero por cortar el pelo a los abuelos de una


residencia. El paleta por reparar una pared en un centro para discapacitados que no recibe las ayudas prometidas. Todos los casos que acabo de mencionar son reales. Y les puedo decir que el paleta que trabaja como voluntario para aquella institución explicó a su director que lo hacía porque no tenía trabajo desde hacía meses y prefería ayudar que no quedarse en casa de brazos cruzados. Pronto empezó a recibir llamadas de familiares de residentes del centro y ha de reformar cocinas, baños y paredes. Su decisión de ponerse al servicio de los demás le ha proporcionado un grupo de apoyo y una fuente de ingresos. Las personas egoístas suelen acabar deprimidas y tristes, nunca tienen bastante y se sienten vacías. Piensan, erróneamente, que cuando tengan más dinero, más reconocimiento una casa más grande o un trabajo más imponente se sentiran mejor. Y cuando, por fin, consiguen todo esto, se continúan sintiendo vacíos y quieren más-. Es un pescado que se muerde la cola. Van de un trabajo a otro, de una pareja a otra, sin encontrar la salida a una sensación permanente de vacío. Los más desconfiados o cínicos pueden pensar que con esto quiero ganar algún premio o conseguir algún cargo. A estas alturas, ya no tengo que demostrar nada. Las paredes de mi despacho del hospital ya tienen bastantes reconocimientos y no me puedo llevar ninguno a casa porque mi mujer prefiere los cuadros y las fotos de familia. Lo que si que diría a los más cínicos es que, efectivamente, soy altruista por conveniencia: no hay nada más conveniente que dar y recibir. De hecho, y todos los que han hecho algún trabajo solidario lo sabe perfectamente, siempre recibes más que lo que das. Colaborar en proyectos sociales, o en mi caso también científicos, proporciona una gran satisfacción, aumenta la autoestima, nos permite ampliar horizontes más allá del ombligo y conocer a personas valiosas.. Además, de estos proyectos suelen salir amistades y oportunidades profesionales. ¿Han oído hablar de las redes sociales? La solidaridad es una de las redes más potentes que existen. Un medico que se tome en serio su profesión y el juramento hipocrático que hizo al acabar la carrera busca el bienestar de sus pacientes. El primer paso es prevenir y tratar enfermedades. El segundo, preocuparse por la sociedad en la que viven. No recuerdo mi paso por el colegio de los Jesuitas como una etapa feliz en mi vida, porque me parece que el sistema rígido de la época


topaba con mi necesidad de cuestionarlo todo y de hacer la cosas a mi manera.. A pesar de ello, aprendí la importancia de ayudar a los demás si estás en situación de hacerlo. Me inculcaron el concepto de justicia social y agradezco a mis profesores que nos mostrasen las desigualdades que había en Barcelona en aquella época. Tal como ya he comentado, me crié en Pedralbes, el barrio más señorial de Barcelona, y mi vida cotidiana transcurría en la parte alta de la ciudad pero mi infancia no fue la de un niño mimado. De hecho vivíamos en una casa de alquiler y mis padres trabajaban, sin horarios, los fines de semana incluidos, en el sanatorio mental que habían fundado en la casa de delante, también alquilada. No fui un niño consentido, pero vivía mejor que muchos otros niños de la ciudad. Me parecía normal tener agua corriente, jugar a tenis o viajar con la familia a otros países de Europa. Cunado cumplí los quince años, los jesuitas empezaron a asignarme trabajos de asistencia. Durante un tiempo, consistía en visitar a abuelos necesitados los fines de semana, o a ayudar a los pequeños a estudiar matemáticas. Fueron pasando los meses y me fui alejando del barrio, hasta que empecé a hacer trabajos sociales en las barracas de Montjuic y en el frente marítimo. Iba solo. Subía al autobús, cruzaba la ciudad y aparecía allá, a veces con comida a veces con las manos vacías. Solía visitar una barraca del Somorrostro donde vivían veinte miembros de una misma familia. Había niños de tres y cuatro años que jugaban descalzos sin vigilancia adulta y con los pies dentro de aguas fecales. Aquellos asentamientos insalubres eran peligrosos por un doble motivo: por la violencia de algunos individuos que rondaban por allá y también, muy especialmente, porque estaba literalmente en la playa, al dado del agua, y se inundaban con facilidad. Las olas se llevaban las casas y las pocas pertenencias de los que vivían en las cabañas más próximas al mar. Cuando entré en la Facultad de Medicina, continué visitando las barracas del Somorrostro y de Montjuic, una vez a la semana. Era voluntario en un centro de salud y hacía el trabajo de un médico de familia. Me ocupaba de niños con bronquitis, infecciones de la piel o problemas de malnutrición, mujeres embarazadas y hombres febriles y agotados. Pienso en el Somorrostro cada vez que viajo a Brasil y veo las favelas. En ciudades como Río de Janeiro conviven apartamentos de


luos con barracas de cartón. En la Barcelona de finales de los cincuenta y sesenta era una sociedad muy injusta con grandes desigualdades y enormes bolsas de pobreza. Hemos avanzado mucho desde entonces construyendo un estado de bienestar que no excluye a los más débiles. Hoy día es necesario que el gobierno, las empresas y los ciudadanos se unan para proteger los que se encuentran en una situación más precaria. Como científico me interesan los proyectos que tienen una vertiente educativa o social. Me muevo por la sensación de que puedo promover ideas que tendrán un impacto en la sociedad. Por ejemplo, decidí involucrarme en el proyecto del CNIC porque estaba convencido que los científicos españoles tienen mucho potencial y es posible competir en excelencias con otros países de Europa y con los Estados Unidos. También lo hice porque creo en la figura del educador o tutor, y me gustaría hacer por los jóvenes lo mismo que un médico y un científico hizo por mi ahora hará medio siglo. Cuando me ofrecieron este cargo, algunos dijeron que solo quería volver a España para jubilarme. Cualquier persona que conozca mi posición en el Hospital Mount Sinaí sabe que esto es absurdo. El tiempo ha demostrado que no tenía ninguna intención de utilizar el CNIC para vivir de resta y descansar. De hecho, es una responsabilidad que sobrecarga mi agenda, porque cada semana he de subir al avión, trabajar un día entero en esta institución y después volver a Nueva York. No es la más tranquila de las jubilaciones… Gran parte de mi trabajo es difícil de percibir: ver decenas de pacientes, redactar solicitudes de ayudas para proyectos de investigación, participar en la edición de publicaciones sobre descubrimientos científicos e investigar. A pesar de esto, hace unos cuantos años decidí que también tenía que hacer un trabajo de difusión porque, aún conociendo los malos hábitos que conducen a una persona hacia el infarto (mala alimentación, tabaquismo, consumo de drogas, consumo inmoderado de alcohol y una vida sedentaria), no hemos sido capaces de emitir mensajes convincentes para que los ciudadanos abandonen estas malas costumbres. Participé en proyectos científicos que me interesan porque no solo pueden mejorar la calidad de vida de los enfermos en los países ricos, sino también la de los que viven en países subdesarrollados. La polipíldora es un ejemplo excelente. Se trata de una pastilla “tres en uno” porque tiene la misma eficacia que tres fármacos administrados


para prevenir enfermedades cardiovasculares. Estas píldoras son caras para los países en vías de desarrollo, y uno de los factores que las encarece son su distribución. Además, el enfermo ha de tomar tres píldoras aunque las pudiese pagar, en muchos lugares no está arraigada la cultura de la medicación y tres…son multitud. Con la polipíldora obtenemos idénticos resultados, el paciente solo ha de tomar una pastilla y baja el coste de distribución. El consumo masivo de la polipíldora para la población de alto riesgo (pacientes con infarto de miocardio o cerebral previo) podría reducir la mortalidad de manera substancial.. Es un tratamiento relativamente barato y tiene pocos efectos secundarios. El proyecto de la polipíldora se impulsó desde el CNIC con la participación del Grupo Ferrer Internacional de Barcelona, que se entusiasmaron con el proyecto y la fabricaron. Se está ensayando con éxito en España, Italia, Paraguay, Brasil y Argentina. Y ya se ha aprobado para consumo público en Guatemala, Méjico y Nicaragua. En el Mount Sinaí estamos impulsando u proyecto que podría tener gran impacto en la prevención del control de la hipertensión en el África subsahariana. El 80 por ciento de las muertes por enfermedad cardiovascular en el mundo se produce en los países con ingresos bajos o medianos. De hecho, en el África subsahariana es la primera causa de muerte de los adultos de más de treinta años. Nuestro propósito es demostrar que los profesionales de la salud con un nivel de formación y experiencia menor que el de los médicos pueden realizar un control eficaz de la hipertensión de la población. Concretamente, en colaboración con el Gobierno de Kenia y la Facultad de Medicina de la Universidad de Moi, en la ciudad de Eldoret, hemos impulsado un programa piloto en diversas zonas rurales del oste del País. Aquellos pueblos remotos están faltos del número de médicos necesarios para llevar a término un control eficaz de la hipertensión de sus habitantes, pero si que disponen de enfermeras y voluntarios en los cuales se puede delegar este trabajo. Además, estos profesionales estarían conectados a una red de apoyo y control a través de la tecnología móvil (smartphones). Si conseguimos demostrar que la delegación de funciones es eficaz en el control de la hipertensión, se pueden impulsar proyectos similares para otras enfermedades crónicas. Sin duda, la telefonía móvil es una gran aliada para proyectos educativos y de salud que se impulsen en aquella región y a nosotros nos permitirá coordinar


profesionales de la salud y tener un impacto muy positivo en la vida de miles de familias. Los países pobres también se beneficiarán de los avances conseguidos durante ls últimos años en la tecnología de la imagen. La primera vez que entré en contacto con una de estas técnicas, la resonancia magnética, fue en 1992. Como he dicho antes, Joaquín, mi hermano mayor, es siquiatra y neurofisiólogo. Visité su laboratorio de Los Ángeles y su grupo estaba examinado los cerebros de unos monos con aquella tecnología. En aquel momento intuí que podríamos usar la resonancia magnética para estudiar las arterias. Me parecía obvio que serían sensible a a la tecnología de la imagen y que podríamos ver en interior en profundidad sin necesidad de un procedimiento invasivo y sin radiactividad. El proceso es sencillo: se introduce una substancia de contraste en la vena y la tecnología de la imagen permite visualizar la arteria y analizar en estado de las diferentes enfermedades. La verdad es que entre 1992 y 2002 nadie nos hizo caso y fue una experiencia muy frustrante. Mi grupo de investigadores y yo íbamos a congresos científicos en los cuales dábamos charlas sobre los beneficios de la resonancia magnética y de otras tecnologías para visualizar las arterias, y los auditorios estaban prácticamente vacíos. De hecho, cuando gané el Premio Príncipe de Asturias en 1996, había obtenido buenos resultados estudiando las arterias coronarias mediante resonancia en estudios post mortem, pero aún no había conseguido resultados concluyentes con material vivo. A pesar de toda una década de desinterés y de silencio, no me rendí. En este caso mi intuición de investigador fue el motor de mi motivación; estaba totalmente convencido que iba por el camino correcto. Actualmente, las tecnologías de la imagen para el estudio de las arterias son una realidad y en muy poco tiempo preveo que algunas de estas pruebas tendrán un coste inferior a los treinta euros. Esto permitirá que se puedan practicar en países poco desarrollados. También participo en iniciativas dirigidas a los niños. Esta es la mejor inversión de futuro y, además, es una excelente inversión porque a estas edades todavía están a tiempo de adquirir unos hábitos de vida saludables y una visión del mundo que les permita liderar un cambio y construir una sociedad mejor. El programa de televisión Barrio Sésamo me pidió colaboración para que explicase cuales son los hábitos más saludables a niños entre tres y


cinco años. Pensé que podía convertirme en el médico de Triqui, el Monstruo de las Galletas. Acepté encantado porque, aunque este monstruo es cautivador, como cardiólogo he de decir que tiene sobrepeso, colesterol elevado y unos hábitos de vida poco recomendables (normalmente mi relación con un paciente es confidencial, pero este me autoriza a detallar sus problemas). Después de una larga charla, Triqui comprendió que si quería seguir en horario de máxima audiencia mucho tiempo, tenía que limitar la cantidad de dulces que comía. Se decidió que comería manzanas cada día y que guardaría las galletas para el fin de semana. Esta decisión repercutió muy favorablemente en su salud, también en la de millones de niños que le siguen a través de la pequeña pantalla. No me convertí en el cardiólogo del Monstruo de las Galletas y los otros personajes de Barrio Sésamo por interés personal. Como comprenderán rodarse de muñecos de trapo no es la actividad que da más prestigio a un científico.. No lo he visto en ningún curriculum de ningún Premio Nobel. Y no obstante esto, cambiar los hábitos de aquellos muñecos me han permitido tener un impacto en las vidas de miles de niños de España y de América Latina. Mi experiencia en Barrio Sésamo fue tan gratificante, que continué colaborando en sus campañas de salud. Creamos material de divulgación para las escuelas de España y de América Latina. Además, los creadores del programa decidieron incorporar aun nuevo muñeco en el barrio, al doctor Ruster, que curiosamente se parece a mí… Concretamente, solo en Colombia, veinticinco mil menores están participando es estos programas. Esto nos permite inculcarles un estilo de vida más sano, que les acompañará siempre. Los resultados obtenidos en la campaña escolar de Barrio Sésamo en aquel país han sido increíbles. Organizamos unos talleres sobre hábitos de vida saludables para niños entre tres y seis años. Si a estas edades imbuimos nociones básicas sobre una educación correcta o sobre la importancia de hacer ejercicio y de no consumir drogas, el mensaje queda en su “disco duro” para el resto de sus vidas. Y no solo eso: pudimos observar como aquellos niños cambiaron en muchos casos ciertos hábitos alimenticios nocivos de sus padres o consiguieron que dejasen el tabaco. Este efecto se conoce como educación invertida, ya que el niño ejerce un papel educador beneficioso para sus padres.


A través de nuestra Fundación SHE, una fundación que nació en España en el año 2007 y fomenta la ciencia, la salud y la educación, unas setenta escuelas de España también participan en este proyecto. Creemos que estos programas, los muñecos de Barrio Sésamo, llegaran a centenares de escuelas del mundo para explicar a los más pequeños la importancia de una alimentación sana, practicar deporte, y alejarse de las drogas. Si conseguimos que estos niños recuerden estas lecciones cuando sean adultos, será el mejor premio científico que pueda recibir. El éxito de esta iniciativa nos empuja a repetirla en otros lugares, y ahora empezaremos una campaña parecida en los barrios de Harlem y el Bronx en Nueva York. Ser solidario es una actitud ante la vida. Las personas altruistas ayudan a sus parejas, a su familia, a sus amigos y a todos aquellos que se cruzan en su camino si tienen la posibilidad de hacer alguna cosa. Desde el inicio de la crisis, la sociedad española ha demostrado que el sistema familiar sostiene el país. Abuelos que mantienen hijos y nietos, hermanos que se unen para ayudar a padres con problemas o que se dan apoyo mutuo. Para los lectores españoles de este libro, los comportamientos que acabo de describir tal vez parezcan normales. Después de vivir cuarenta años fuera, entre el Reino Unido y tres ciudades de los Estados Unidos, les puedo asegurar que estos fuertes lazos familiares no son tan habituales en otros países. Conozco parejas de Barcelona y Madrid que cada día cenan con sus hijos y nietos. Los bajos sueldos y las facturas elevadas han obligado a jóvenes familias a volver a casa de sus padres para cenar. Y no les preparan solo la cena, sino también la comida del día siguiente. Hay abuelos que cuidan de sus nietos porque sus hijos trabajan más horas que antes para no perder el trabajo o porque no pueden pagar la guardería. Y conozco decenas de familias que vuelven a tener en casa a un hijo adulto que ha perdido su trabajo o que con el sueldo actual ya no puede pagar el alquiler. Esto es normal en España porque la sociedad de consumo ha puesto en peligro los valores tradicionales y han colocado a los más desfavorecidos en una situación de vulnerabilidad. Las familias evitan que uno e los suyos se hunda y, juntos, están evitando que el país se hunda. La comida del domingo con padres y suegros, por la llamada diaria de una madre o hermana y el abrazo del padre cuando todo va


mal has sido la tabla de salvación de miles de personas que en otro tipo de sociedad navegarían a la deriva o dormirían en las calles. La recesión económica en los Estados Unidos empezó unos cuantos años antes, y precisamente porque las familias están menos unidas vimos en el hospital problemas humanos que en España son menos frecuentes: padres con un recién nacido que no tenían donde dormir, hombres con una enfermedad terminal que no sabían a quien llamar, jóvenes parados que pedían limosna en la calle porque su madre vivía en la otra punta del país, y su padre en el extranjero y, además, solo hablaba con ellos el día de Acción de Gracias. A pesar de que no se puede etiquetar de altruismo, tener una pareja y una familia que nos quieran incondicionalmente por nuestra importancia como personas y no por nuestra cuenta corriente es una gran suerte. A todos los lectores en paro que pasan por momentos difíciles, les puedo asegurar que si tienen pareja y a la familia a su lado, son más ricos de lo que se imaginan. Siguiendo en el marco del altruismo, volvamos a mis pacientes. A mi consulta vienen dos tipos de individuos: los que tienen un seguro privado que cubre los servicios hospitalarios y los que tienen un seguro público, que es excelente, al cual acceden las familias de menos recursos o las personas jubiladas. Es importante explicarles que mi consulta tiene una ubicación muy particular: está situada entre la Quinta Avenida y la calle 101, exactamente en la frontera que separa el barrio del Upper East Side, muy señorial, del Harlem hispano, un barrio con fuerte presencia latina, un sentimiento de comunidad muy arraigado y con muchas necesidades sociales. Los enfermos que llegan a través del seguro público tienen problemas de todo tipo, y la mayoría viven en condiciones muy precarias, pero sus parejas suelen estar a su lado mientras están ingresados. Hay un sentimiento de lealtad a menudo ejemplar. En cambio, les puedo asegurar que las situaciones más tensas con las que me debo enfrentar a menudo se producen cuando el paciente es poderoso y la lealtad de sus parientes es menos patente. Esto que digo puede parecer demagógico estereotipado, y obviamente estoy generalizando. No obstante, estas situaciones me han hecho reflexionar mucho sobre la condición humana. Hombres y mujeres que te hablan de sus cónyuges como si fuesen un fondo de pensiones; individuos poderosos que se desesperan


porque sus mujeres, que podrían ser sus nietas, tienen un comportamiento poco edificante en el hospital o, sencillamente, no les van a ver cada dái porque se deprimen, se cansan o tienen algún compromiso. Estos hombres y mujeres acostumbrados a mandar pueden mantener sus vínculos mientras tienen poder. Cuando el dinero o el poder se evaporan, ya no pueden controlar a sus parejas y el montaje se rompe. Evidentemente, todo se hunde al mismo tiempo, el dinero, la salud y el matrimonio. Mi equipo y yo hemos de afrontar una situación de este tipo cada semana; las llamamos relaciones apocalípticas. Las relaciones apocalípticas son, desgraciadamente, tan frecuentes que algunos de los médicos solteros de mi equipo ocultan que son médicos cuando tienen una cita (es una de las profesiones más cotizadas en el fascinante mundo de los o de las cazafortunas), y se inventan otra profesión hasta nueva orden. Y como que saben que “la salud de su corazón” me importa mucho, me explican sus progresos y decepciones románticas. Todas estas situaciones están en las antípodas de los pacientes que conocieron a sus parejas antes de enriquecerse y han estado juntos en las buenas y en las malas, o de las parejas que se conocieron cuando uno de los dos, ya tenían éxito profesional, pero construyeron una relación auténtica. El amor, el respeto, el apoyo, la complicidad, la armonía que el médico nota cuando entra en la habitación de estos enfermos son muy reconfortantes. Los seres humanos no estamos hechos para vivir solos. Necesitamos el apoyo de los familiares y amigos para sobrevivir. La tensión y el estira y afloja de poder son inevitables en las relaciones humanas, y solo se pueden superar cuando las personas se quieren de verdad. No se puede etiquetar exactamente de altruismo, pero espero que mi familia me recuerde algún día como un hombre que dio por lo menos tanto como lo que recibió. Tengo la necesidad de compartir la vida con mi mujer, mis hijos y mis nietos, y también con otros familiares que viven a miles de kilómetros de distancia. Hace más de cuarenta años que decidí que también quería compartir los momentos más importantes de mi vida con mis bisnietos, y sus hijos y los hijos de sus hijos. Para mi es muy importante que algún día, los nietos de mis nietos sepan que, muchos años atrás, hubo un hombre que les quería, que ellos son parte de una cadena humana. Por este motivo me compré


un equipo de cámaras y tengo más de cuatrocientas horas de imágenes con encuentros familiares, aniversarios, bodas, cenas, excursiones o veladas en familia. <he hecho documentales de nuestros viajes a Jerusalén, Londres, París, Leningrado, Moscú y Roma. Haciendo honor a la verdad, cuando mi mujer y yo llegamos a Cardona en verano y convido a nuestros familiares a una sesión de videos, todos huyen asustados. En mi defensa diré que después todos quieren copias de todas estas cintas. Normalmente, edito los videos en mis ratos libres. También he de decir que ir a la tienda Sony de Nueva York a comprar una cámara nueva o un nuevo programa de retoque fotográfico es una de mis actividades preferidas para el fin de semana. Desgraciadamente, la tienda no ofrece, un servicio tan personalizado como años atrás. Antes te podías pasar horas, y un experto te enseñaba las últimas novedades y te respondía a todas y cada una de las preguntas que me hacías. Espero de aquí a cien años mis descendientes se diviertan mirando estas cintas y que mis esfuerzos no hayan sido en vano. También he intentado, en la medida de lo posible, hacer alguna cosa por el pueblo de mi mujer. Cardona tiene un pasado minero y un gran patrimonio medieval. Por desgracia, ha sufrido una fuerte sacudida por la crisis económica unida al hecho que la principal fuente de trabajo y de ingresos del pueblo, las mimas de sal, ya no están operativas. Hace un año, convoqué a los habitantes a una reunión. En encuentro tuvo lugar en el teatro municipal, que se llenó. Les quería hacer una propuesta: necesitaba su colaboración para llevar a término un proyecto de ayuda sanitaria mutua que se llamaría Fifty-Fifty (cincuenta/cincuenta); si el ensayo funcionaba, intentaría exportarlo a otras partes del mundo. Se presentaron unos setenta voluntarios. Les expliqué mi plan. Todos asistieron a cuatro charlas sobre salud cardiovascular y aprenderían a tomar la presión, a calcular el índice de masa corporal, a comer sano, a hacer ejercicio y a dejar de fumar. Después de las charlas se formarían dos grupos. Los primeros treinta y seis se dividirían en tres grupos de doce y se tenían que cuidar los unos de los otros. Para eso, organizarían encuentros quincenales en los cuales se sincerarían sobre la cantidad de cigarrillos consumidos, se tomarían la presión arterial, se pesarían y hablarían de los regímenes o de los adelantos con el ejercicio físico.


Los otros trenita y cuatro participantes se tenían que cuidar por su cuenta con la única ayuda de una publicación informativa. Un años más tarde, ya tenemos los resultados sobre los grupos de ayuda mutua. Los miembros estaban muy motivados y, en consecuencia, los factores de riesgo antes mencionados habían disminuido considerablemente. Creo que el hecho que un miembro del grupo pueda ayudar a otro, el altruismo, es el combustible de su motivación y, por otra parte, los encuentros quincenales con personas del pueblo de diferentes edades y no necesariamente amigas hasta aquel momento, también ha sido una fuente de satisfacción. Hemos desembarcado con el proyecto Fifty-Fifty en la isla caribeña de Granada y porto pensamos llevarlo a diversos municipios españoles y a dos ciudades de los Estados Unidos. En resumen, intento que todos mis proyectos tengan una vertiente altruista y un impacto positivo en la sociedad. Intento que todos los avances lleguen también a países emergentes en vías de desarrollo. Se que los trabajos sociales me aportan felicidad y energía, son una fuente de motivación. A pesar de que lo dan todo desinteresadamente, las personas altruistas al final también reciben. Es una manera muy positiva de relacionarnos con la sociedad, a partir de la cual nacen amistades, oportunidades y proyectos.

FRENOS DEL CIRCULO En nuestro ascenso por la pendiente del círculo, encontraremos inevitablemente barreras. Al esfuerzo descomunal para no desanimarnos y mantenernos motivados, tendremos que sumar un esfuerzo adicional para no sucumbir a las fuerzas negativas que nos impiden avanzar. Algunas personas no solo no transmiten optimismo, sino que además frenan los sueños y los proyectos de los otros. Desgraciadamente, estos individuos negativos que obstruyen cualquier iniciativa que tienen cerca abundan en la sociedad, y en muchas ocasiones ocupan cargos importantes en la Administración o en las empresas. Diariamente, me las tengo que ver con sujetos de este tipo, y parte de mi trabajo consiste en convencerles, esquivarlos o neutralizarlos.


Bloquean cualquier idea con afirmaciones como “Esto no funcionará”, “Imposible”. “No podemos hacerlo” o “No, nosotros no lo hacemos así”. Estas personas minan nuestro entusiasmo, perjudican nuestra motivación y pueden contagiarnos su desánimo. Representan un impedimento añadido a nuestra lucha para conseguir un futuro mejor. Cada día nos cruzamos con personas así de dos maneras. De manera directa, en reuniones, llamadas telefónicas o trámites cotidianos. De manera indirecta, como usuarios de Internet o de las redes sociales y como consumidores de ciertos medios de comunicación. Algunos comentaristas, columnistas o autores de blogs transmiten negatividad y no son capaces de hacer aportaciones constructivas a la sociedad que critican. Después están los internautas que, sistemáticamente, entran en las páginas Web de los consumidores para criticar un restaurante, hotel, tienda, consultorio médico o cualquier otro servicio que hayan utilizado durante las últimas veinticuatro horas. No me refiero, obviamente, a las legítimas quejas de un consumidor, sino al comentario venenoso y a la exigencia ilimitada de algunos. Son la versión moderna de los clientes malhumorados que solo llegar al hotel piden el libro de reclamaciones por si acaso lo necesitan. Y siempre lo necesitan, porque su mal genio y su disgusto crónico les convierten en unos incansables detectores de defectos. Después de observarlos detenidamente durante años, he llegado a la conclusión que estos “interruptores de sueños” se pueden clasificar en seis grandes grupos: personas con un gran complejo de inferioridad que necesitan frenar a los otros para demostrar que tienen un parcela de poder; cargos intermedios que intentan ascender y son prisioneros de una pulsión constante para agradar a sus superiores y escalar; individuos que no tienen mala fe, pero que son muy negativos y pesimistas; egomaníacos, que no saben escuchar a los otros y no atienden a razones; personas con una tenebrosa confusión mental que no les permite impulsar un proyecto propio o ajeno aunque sea muy sencillos, y, finalmente, individuos el único objetivo de los cuales en la vida es sobrevivir y solo son capaces de valorar los proyectos que les mantienen a flor de agua. Les pondré un ejemplo de cada grupo, a pesar de que podría explicar un centenar. En relación con el primero de estos grupos, hace unos cuanto años el equipo de uno de los proyectos de salud pública que impulsaba fijó un


coordinador. Conocí a aquel hombre al cabo de unas semanas y en seguida me percaté que tenía un gran complejo de inferioridad: solo veía problemas y no aportaba soluciones. Soy un médico observador y normalmente no me equivoco con las primeras impresiones. Pasaron los meses y no conseguíamos avanzar porque aquella persona encontraba defectos y problemas en todas las propuestas, que siempre quedaban en un punto muerto. Decidí que solo había una manera de salvar el proyecto: despedirlo. Al cabo de unos meses coincidí con el director de una fundación y me explicó que aquella persona trabajaba con el. Después de una pequeña pausa, me preguntó cual había sido la causa de su despido. Mi respuesta fue: “La misma por la cual tu ya n puedes trabajar más con el”. Entonces el hombre se desfogó y me explicó que estaba harto, porque además de tener que dirigir la fundación, tenia que luchar a diario contra un individuo que, a pesar de trabajar para ellos, se había convertido en el principal obstáculo de la institución. Un ejemplo perfecto para el segundo caso, el de la persona que intenta prosperar y aparenta poder, lo viví con un abogado acabado de fichar por una multinacional asiática que ha dado soporte a unos de mis proyectos de salud con una aportación de unos dos millones de dólares. Solo llegar y sin conocer el proyecto en profundidad o tener experiencia en el campo de la salud pública, convocó una reunión urgente y extraordinaria de los principales inversores de la compañía para hacerles saber el inmenso error de seguir dando apoyo al proyecto. Según me comentó uno de los asistentes, atacó la iniciativa con razonamientos erróneos. Obviamente, en aquella sesión, el hombre tenía el objetivo final de darse a conocer y llamar la atención a un grupo de personas que, más adelante, podían ayudarle en ascender. Con este tipo de individuos y comportamientos soy muy severo: llamé al vicepresidente de la multinacional y le dije que no estaba dispuesto a tolerar aquellos frenos y trabas, y que si aquel individuo continuaba metiéndose, les devolvería el dinero y buscaría otro donante. Después encontramos en el tercer grupo, como decía antes, los pesimistas, que siempre tienen un no por respuesta, pero no tienen mala intención. Su máxima es “Todo aquello que puede ir mal, irá mal…”, o sea que no hace falta probarlo. La mejor defensa antes esta actitud es el prestigio profesional. En mi caso, después de muchos años de esfuerzo, he conseguido que este tipo de personas no se atrevan a frenar mis


proyectos en los Estados Unidos porque he demostrado que, cuando me propongo impulsar una iniciativa, reúno a las personas y los medios para que sea un éxito. Cada vez que he entrado en un nuevo país, he necesitado unos años para conseguir el reconocimiento, que me proteja de individuos que puedan dudar de mi capacidad creativa. La buena noticia es que con los años es posible hacerles callar; la mala, para los lectores que son jóvenes y lo que necesitan es apoyo al principio, es que, de entrada, representan un considerable obstáculo. Por lo que hace al cuarto grupo, el de los egomaníacos que no escuchan, he observado su actitud sobre todo en personas que ejercen altos cargos ejecutivos y políticos. Son un peligro, ya que, desgraciadamente tienen el poder suficiente para silenciar a aquellos que no piensan como ellos. Creen que saben más que nadie, de arquitectura, genética, física quántica, psiquiatría, urbanismo, arte, literatura y cualquier otra materia humana o divina. Precisamente porque no escuchan, conversar con ellos o intentar hacerles entrar en razón es imposible: que frenen o que den soporte a un proyecto no dependerá ni de nuestro esfuerzo ni de nuestro talento. Después hay el quinto grupo, el de las personas de pensamiento espeso, que muy a menudo pasan por perfeccionistas pero que no lo son: Más bien tienen una constelación de ideas en su cerebro que no pueden ordenar. Por el hospital han pasado médicos jóvenes que eran brillantes, pero que nunca han sido capaces de publicar un estudio porque, por algún motivo, no han conseguido estructurar sus pensamientos, pasarlos a un papel y publicarlos. Pueden estar meses o años dándole vueltas a una idea o a un proyecto, y solo consiguen perder el tiempo propio y el de los otros, y muchas veces hacer que otras personas pierdan la paciencia. Crean grandes enredos porque cualquier idea, por sencilla que sea, se convierte en complicada y, al final, consiguen que treinta personas de se involucren en una tarea que podría hacer una sola si el la dejase tranquila. Uno de los médicos más brillantes que he conocido, con unas credenciales impecables de una de las mejores facultades de Medicina del mundo, nunca fue capaz de hacer un diagnóstico concreto a un paciente. No podía porque empezaba a valorar alternativas y nunca llegaba a una conclusión definitiva. A pesar de sus amplios conocimientos, dio muchos dolores de cabeza al hospital que se vio obligado a crear un equipo que supervisase el trabajo. Actualmente ya no trabaja con nosotros.


Finalmente, integran el sexto grupo, el de los supervivientes, las personas que no tienen mucho poder y que, básicamente, solo quieren continuar estando en su lugar y que todo se muevo cuanto menos mejor. Cualquier propuesta puede desestabilizar su particular juego de equilibrios, y, por este motivo, siempre están al pie del cañón, haciendo ver una actividad, el objetivo final de la cual es consolidar su inactividad. Suelen hablar con frases hechas y vacías. Crean situaciones tan absurdas y kafkianas que serían muy divertidas sino fuese porque te complican la vida. En resumen, estas personas forman parte de una corriente que avanza en sentido contrario al círculo. Hemos de mantenernos alejados o esquivarles. Este sería mi primer consejo como médico, ya que siempre es preferible prevenir que curar. Cuando esto sea posible no tendremos más remedio que empujar más fuerte, con una actitud positiva y grandes dosis de creatividad, astucia y paciencia. Solo cuando nuestra actitud positiva consiga vencer la actitud negativa de estas otras personas, podremos conseguir nuestro ascenso por la pendiente del círculo y dejarlas detrás.

EPILOGO Escribí las últimas páginas del Círculo de la motivación en Kenia. Volé hasta Nairobi y desde allá a la ciudad de Eldoret, situada en el valle de Rift, en el extremo oeste del país. Visité el Hospital General de la Universidad de Moi, que coordina una iniciativa para mejorar el acceso y la calidad de la atención médica en zonas rurales. Pude compartir impresiones con médicos y enfermeras kenianos sobre el proyecto del Mount Sinaí para extender el control de la hipertensión a los pueblecitos más remotos. También me desplacé hasta dos poblados y visité en Centro de Salud de Sosiani, uno de los cinco centros del proyecto, y el dispensario de Cheramei, uno de los veintidós dispensarios que coordinamos. Fue un periplo cansado, ya que mi agenda me obligaba a concentrar todas las visitas y reuniones en dos días, pero muy gratificante. Viajar a países en vías de desarrollo me permite constatar que con pocos recursos y mucha creatividad podemos transformar vidas. Concretamente, nuestro proyecto en Kenia dedicado a delegar


funciones a los enfermeros y enfermeras, y a educar a la población voluntaria a detectar la hipertensión de sus vecinos con aparatos automáticos y registrarla en teléfonos inteligentes, podría evitar la muerte por enfermedad cardiovascular de miles de adultos y que sus familias quedasen desprotegidas y en una situación de gran vulnerabilidad. He de admitir que durante las primeras horas en Kenia me sentí frustrado. Nuestro proyecto es muy ambicioso, ya que pretende llegar a dos millones de keniatas que viven en una región muy sacudida por la pobreza, la malaria y el VIH. En el Hospital General de la Universidad de Moi visité a pacientes, y la mayoría compartían cama con otra persona. No es la primera vez que me encuentro con esta situación; en las regiones pobres es bastante frecuente. Así y todo, mi frustración se fue transformando en motivación a medida que observaba los estrechos vínculos de solidaridad y el espíritu de colaboración entre los pacientes, entre ellos y los médicos y las enfermeras, y entre el personal médico. Por ejemplo, me acerqué a diversas camas para examinar pacientes, y sus compañeros de cama se fueron para que el otro enfermo tuviese más intimidad y mejor atención. El personal médico era extremadamente atento y respetuoso con los enfermos, y están todos muy orgullosos de contribuir con el proyecto. Después de la visita al Hospital, fui al Centro de Salud de Sosiani, donde atienden de manera ambulatoria pacientes con malaria y sida, y también a numerosos partos. Me quedé admirado al constatar que en un centro con tan pocos recursos ha sido capaces de registrar las historias de todos los pacientes en sus smartphones. De hecho, pedí la historia clínica de uno de los enfermos que examiné y me la dieron al cabo de unos minutos. Además, me sorprendió la generosidad de las familias y de los vecinos de los enfermos. En Kenia no existe la cobertura médica universal y el hospital tiene un enorme plafón donde hay una lista de tratamientos con el precio correspondiente. Los enfermos saben que su comunidad venderá cultivos, animales y propiedades para que ellos puedan seguir el tratamiento. Este sentimiento tan fuerte de comunidad y de solidaridad me estimuló y me fui de aquellos centros médicos pensando que en aquel contexto nuestro proyecto podría funcionar y tener impacto. Con esta sensación de motivación llegué al dispensario de Cheramei, y todas las situaciones que viví allá me motivaron aún más. En este dispensario de llevan a término curas más rutinarias, como por


ejemplo, vacunar a la población. Lo más impresionante es que las personas que trabajan son enfermeros y enfermeras, y también voluntarios. Se ocupan de una población de unas cinco mil personas y prácticamente las conocen a todas, ya que los voluntarios que han hecho un curso de primeros auxilios, van casa por casa y explican a las familias el calendario de vacunaciones de los niños, y también algunas normas de higiene básicas para prevenir enfermedades en sus casas. Su altruismo explica lo que es inexplicable: que con pocos recursos y en un país en vía de desarrollo, un grupo de voluntarios haya sido capaza, de llevar un control absoluto y puntual de miles de personas. Poder compartir dos días con una comunidad los miembros de la cual están tan conectados entre sí y tienen un espíritu tan solidario y luchador me dio una energía enorme. Tal com he dicho, hice todo el recorrido por el círculo; me pude motivar y de la frustración inicial pasé a la enorme satisfacción por el hecho de haberme desplazado hasta allá y haber podido observar que si un grupo de personas se lo propone, su proyecto funciona, con independencia del contexto, los recursos y las dificultades, que en este caso eran numerosas y descomunales. Regresé a Nueva York muy motivado y con la seguridad de que avanzo por el camino correcto cuando intento que los proyectos que impulsamos en el Mount Sinaí, en el CNIC y en la fundación SHE, beneficien a países en vías de desarrollo. Con mi viaje a África cierro un círculo… la vida está llena de retos y de obstáculos, de vacas gordas y de vacas flacas, de ciclos de prosperidad y de abundancia y ciclos de crisis y de sequedad. Atravesaremos momentos en los cuales todo fluye, momentos en los que tendremos la sensación de estar encallados, y momentos de cierta angustia. El mérito consiste en encontrar la motivación necesaria para levantarse y la valentía para volver a caminar. Tal como he explicado en el libro, el círculo consta de cuatro fases: motivación, satisfacción, pasividad y frustración. Y la motivación es la esencia del libro que tienen en sus manos. La motivación nos permite subir la pendiente del círculo y llegar a la satisfacción. Tal como he repetido a lo largo de los capítulos, hemos de reforzar nuestra naturaleza y nuestros vínculos con la sociedad para construir unos fundamentos lo suficientemente sólidos para continuar avanzando. Las cuatro pautas para conseguir la madurez personal (tiempo para


reflexionar, talento para descubrir, transmitir optimismo y tutoría) son el mejor combustible para poner en marcha el motor de la motivación y avanzar hacia la satisfacción y hacia las cuatro acciones que refuerzan nuestra relación con la sociedad (actitud positiva, aceptación, autenticidad y altruismo). Y es importante no perder de vista que la motivación se ha de cultivar cada día, con constancia y una actitud activa para no caer en la pasividad y en la frustración. Con motivación, mis padres fundaron un sanatorio mental durante la Guerra Civil, y lo gestionaron con mucha dedicación y esfuerzo durante décadas. Con motivación, mi mujer hizo los estudios de enfermería primero, de Trabajo Social después, y de Bellas Artes más tarde. Con motivación, y después de un largo recorrido, mi hijo Pablo ha encontrado su camino. Con motivación, mi hija Silvia ha superado unos inicios profesionales difíciles a causa de la crisis y ahora coordina numerosos proyectos arquitectónicos. Con motivación, he superado dificultades académicas, he impulsado proyectos que parecían imposibles en un principio, he vencido un cáncer de próstata y he mantenido la calma y he continuado luchando durante momentos complejos. Y, precisamente, porque la sociedad española atraviesa unos momentos durísimos, decidí exponer muchos aspectos de mi vida privada en este libro y explicar como he superado los obstáculos que he ido encontrando a lo largo de un viaje vital de setenta años. La verdad es que tardé meses en tomar esta decisión, ya que no tengo costumbre de exponer mi vida personal en público. No obstante, llegué a la conclusión que tal vez mi experiencia pueda ayudar a otras personas que han caído en una actitud de pasividad o están frustradas. Cuando, al final, me decidí a escribir un libro sobre la motivación, Emma y yo nos prometimos predicar con el ejemplo, procurando estar siempre motivados durante los cinco meses que ha durado el proyecto. Escribimos estas últimas frases del libro motivados y con una actitud optimista. Somos positivos, pero sensatos; nadie debería pensar que no tenemos una visión realista de la sociedad o de nuestras vidas. De hecho, cuando estábamos escribiendo el capítulo sobre la tutoría, el huracán Sandy llegó al Caribe y, más tarde, a la Costa Este de los Estados Unidos. El violento meteoro afectó al sur de Manhattan: los barrios situados en aquella parte de la isla se inundaron y los edificios se quedaron sin luz y sin agua. Emma fue una de los millones de


afectadas y, por suerte, pudo refugiarse durante diez días en casa de unos amigos, donde llegó con tos y fiebre. En mi caso, aunque yo vivo en un barrio que no sufrió el apagón de luz, el huracán inundó en ático de mis vecinos y esto provocó que el techo de mi piso se hundiese. A pesar de esto, los dos decidimos que era importante continuar trabajando y avanzando en el libro. Barcelona, 19 de septiembre del 2019. A las 18 horas.

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EL CÍRCULO DE LA MOTIVACIÓN  

Vivimos en una sociedad de infarto. Es imposible leer los periódicos de buena mañana y no tener palpitaciones

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Vivimos en una sociedad de infarto. Es imposible leer los periódicos de buena mañana y no tener palpitaciones

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