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EL ARTE DE LLEVAR GABARDINA Sergi Pàmies Traducción libre de Guillermo de Castro

ECLIPSE

Nos hemos conocido al borde de una piscina de hotel donde todavía no flota ningún cadáver. Es la fiesta de aniversario – cincuenta años – de un conocido radiofonista. Los casi doscientos convidados somos el resultado de una elección que mezcla familiares, amigos y compañeros de trabajo. La vista alcanza a doce kilómetros de playa en forma de luna creciente, un horizonte que mezcla todos los colores del atardecer, y una procesión de aviones que, en riguroso orden de aparición, desfilan hacia el aeropuerto. Nos ha presentado una amiga en común, que ha insistido que nos gustará conocernos. Mientras nos damos los besos protocolarios, los dos detectamos en el otro la misma combinación de timidez y tirantez. Tal vez porque no queramos contrariar a la amiga en común, nuestra primera mirada es de resignación, como si, sin decírnoslo, acordásemos despachar el trago cuanto antes mejor. El tanteo dura hasta que nos sincronizamos. La amiga se va y nos deja a la intemperie. Ahora solo depende de nosotros que la conversación de ahogue o no en la piscina. Hacemos lo que podemos. Tú, con una deferencia que te agradezco. Yo, con muy poca traza agravada por años de inactividad. Alternamos preguntas y respuestas efervescentes hasta que, sin recursos, propongo ir a la barra a buscar una copa. Tú eliges cava y yo vino y, como me conozco, reprimo la tentación de sacar ninguna teoría. Brindamos a la salud del homenajeado, que nos lo agradece y nos anuncia de dentro de unos meses hará de actor en una obra de teatro. No le aplaudimos porque tenemos una mano ocupada con la copa, y nos preguntamos como se las arreglará para compaginar las


representaciones con las seis horas de programación que hace cada día. “No dormirá”, concluyo con un sentido común categórico. Justo en ese momento hago lo que no me había atrevido a hacer hasta entonces: además de oírte y de verte, te miro y te escucho. Que la vida social me moleste no me impide percibir la coherencia entre el color de tus ojos y la vivacidad introvertida de la mirada, la importancia que pareces querer dar a tu cabello y la afabilidad de tu sonrisa. Las preguntas han dejado de ser efervescentes y, aunque hablemos del trabajo, me da la impresión que reemprendemos una conversación empezada hace tiempo. Diferencias entre hace un rato y ahora: hace un rato me era indiferente parecer un misántropo y ahora haría cualquier cosa por no serlo. Desde que nos han presentado calculo que difícilmente deben de haber pasado diez minutos y has tenido tiempo de explicarme que has acabado la carrera de humanidades (con un trabajo sobre la función del paisaje en los relatos de Mary Shelley y Edgar Allan Poe) Y que estás a punto de empezar un proyecto empresarial. Lo mismo que los aviones camino del aeropuerto, ordeno, en formación descendente, las preguntas que me gustaría hacerte. Como torre de control tomo la referencia de tus ojos, que proyectan un código de señales que ojala supiese interpretar. Tomo un sorbo de vino mas largo de la cuenta. Un sommelier detectaría notas de desorientación, un retrogusto de pánico y la adrenalina afrutada de las expectativas. Ya no finjo tener una conversación: la tengo. Y eso comporta escuchar más que hablar y no precipitarte ni preguntarte porque has estudiado Humanidades ni que clase de ironía te ha determinado elegir a Shelley y Poe. Pero, justo cuando me dispongo a hablarte con cierta continuidad para mejorar la impresión que te debo estar causando. El anfitrión vuelve a coger el micrófono y, exultante, nos convida a todos a continuar la fiesta en la planta 26 del mismo hotel, en una discoteca reservada para la ocasión. El anuncio provoca la dispersión de los


asistentes. Cerca de ti aparece un hombre que aún tiene la edad y el aspecto de conservarse joven, que con una confianza más propia de un hermano que de un amigo, te anima – casi te insta – a acompañarlo. Entonces me percato que no se nada de ti. ¿Tienes hijos? ¿Tanbien estás separada? ¿Has venido sola? Ni tan solo se cuantos años tienes, y que diría que eres de la clase de personas que aparentan tener la edad que tienen. Doy un paso atrás y, con la deportividad de los que no saben competir, acepto que debemos haber llegado al final del ritual protocolario. No nos despedimos, quiero creer que es porque debemos que la fiesta es lo suficientemente informal para propiciar estas idas y venidas. Te alejas con el amigo-hermano mientras yo saludo a otros convidados y me obligo a analizar nuestro encuentro de manera pragmática: seguro que no has venido sola y seguro que estás casada. Los asistentes, mayormente emparejados, esperan la llegada de los ascensores. Para poder subir – diez segundos de ascenso supersónico – se nos exige ponernos una pulsera naranja (derecho a barra libre) El la que puede leerse la palabra eclipse dentro de un círculo. La última vez que llevé pulsera recuerdo que fue en el hospital. Después de haber pasado una lipotimia y un brote de amnesia, me ingresaron con el fin de emitir un diagnóstico que, en lugar de tranquilizarme, me decepcionó: estrés. Desde los ventanales de la planta 26, la vista mejora. La grandeza vertical y horizontal del paisaje se completa con una perspectiva insólita de la piscina. A pesar de la distancia, que reduce las proporciones a escala de maqueta, juraría que había un cadáver flotando sobre el agua, perfectamente iluminada. Me abstengo de hacer ningún comentario porque podría ser una alucinación y entro a la discoteca. Esquivo la potencia de los altavoces y, en la barra, intento participar en conversaciones sobre dos cuestiones omnipresentes: twitter y la independencia. Tengo la sensación de que, cuando hablo, nadie me oye. No te busco con la mirada para que no parezca que quiero forzar un


cruce visual falsamente fortuito. Como siempre, envidio la desenvoltura disoluta de los que se han puesto a bailar. El anfitrión, feliz, habla con un músico conocido, amigo suyo, que se ha ofrecido a hacer de discjockey con un repertorio perfecto, ni demasiado nostálgico ni demasiado moderno. Pido un gin tonic y me lo sirven con las proporciones invertidas. Me lo tomo con la impaciencia de comprobar cuanto tarda en fulminarme la mezcla de alcohol y de los nuevos medicamentos que me han recetado. El efecto es inmediato. Los minutos se me enredan en el cerebro, anquilosan las neuronas más activas y me hacen sentir más circunspecto de lo que soy. Tal vez por eso, cuando unos amigos que viven cerca de mi casa me proponen irme y llevarme en su coche, acepto sabiendo que me arrepentiré, por irme sin decirte nada. Me despido del radiofonista con un cordial apretón de manos, pero cuando llegamos al parking recibo un sms de el que dice: “Me sabe mal que no te lo hayas pasado bien, pero gracias por venir. Con todo mi corazón. ¡Salud!” Me pregunto como se lo ha hecho para diagnosticarme un estado de ánimo que ni siquiera se que tengo. Mientras tanto, los amigos que se han ofrecido a acompañarme se encaran con el cajero automático del parking porque no les acepta una tarjeta de crédito corporativa pensada para no ser rechazada bajo cualquier circunstancia. Lo probamos una vez y otra, cada vez mas encolerizados, hasta que, para pacificar la situación, introduzco un billete que el cajero devora con avidez. “Las máquinas prefieren mas el efectivo que las tarjetas”, afirmo como si pronunciase un aforismo neoliberal. Subimos al coche y salimos del hotel por una rampa de maléficas revueltas. Mas que chirriar, los neumáticos gimen. Hemos de frenar cerca de la entrada porque, entre dos coches de la policía, unos enfermeros con chalecos reflectantes cargan en una ambulancia y cadáver tapado con una manta térmica. La litera pasa suficientemente cerca de nosotros para reconocer la manga mojada y el brazo que cuelga –


con la pulsera puesta – los mocasines el muerto, idénticos a los que yo llevo y, iluminados por las luces de las sirenas, las uñas mordidas de las manos y un reloj Swatch que, como el mío, marca la hora de hace tres horas. Me imagino a la amiga en común telefoneándote para decirte. “Sabes aquel hombre que te presenté? Pues lo encontraron ahogado en la piscina, tú” Las indicaciones policiales nos obligan a desviarnos por barrios que desconocía su existencia. A través de los cristales tintados del coche, la ciudad parece la capital de un país de vampiros que se alimentan, además de sangre, de ruido y de euforia. Se mueven en grupo, a cámara lenta, y los pocos que no están ocupados tecleando la pantalla del móvil nos saludan cuando cruzamos por los pasos cebra sin respetar, ni ellos ni nosotros, el color de los semáforos. Sospecho que esta ilusión alucinatoria es una estrategia de huída para no admitir que, contraviniendo todos los tratamientos, pienso en ti más de lo que soy capaz de asimilar. Y También intuyo que los minutos que hemos estado juntos no serán suficientes cuando quiera recordarte con garantía de exactitud. Antes de que sea demasiado tarde, te escaneo mentalmente los ojos, el cabello y los vértices de tu sonrisa. Es una sonrisa que promete unas risotadas cálidas que, sino estuviese muerto y estirado en la litera de una ambulancia, me encantaría compartir. BORRADOR DE PONENCIA PARA UN HIPOTÉTICO CONGRESO DE SEPARADOS 1 Las parejas que se separan no tendrían que esperar la decadencia del aburrimiento ni la tentación del engaño. En el momento de plenitud, cuando el amor se propulsa gracias a las afinidades y al entusiasmo, tendrían que ser suficientemente generosos para


dejarlo correr, y con la satisfacción del trabajo bien hecho, consensuar un punto final que no deshonrase los días vividos. Así se ahorrarían el dolor de las renuncias y el castigo de interpretar los sentimientos como lo que son y no como el pretexto para transformar el afecto en repulsión o indiferencia. Como los mejores deportistas que saben darse cuenta de la inminencia del declive, los amantes se tendrían que proteger el uno al otro con lealtad y coraje. Sería coherente con el respeto por una libertad que, cuando las relaciones se alargan solo por obstinación, se adelgazan hasta morirse. No es verdad que la erosión sea imperceptible. Mucho antes de supurar, se manifiesta en detalles que las parejas detectan pero niegan a consciencia, bien porque la inercia loes atrofia la capacidad de decisión, bien porque prefieren confiar en que ya vendrán tiempos mejores. Aunque no lo parezca, estas prórrogas pueden ser fructíferas. La prueba es que, a menudo, se encarnan en hijos y en periodos de convivencia que tienen la capacidad de transformarnos tanto que cuando intentamos volver a ser como éramos, nos damos cuentas de que los sentimientos evolucionan más deprisa que las personas que los experimentan. Este desajuste provoca malos entendidos, y multiplica las oportunidades de negar las evidencias. Sentirse culpable agrava la mediocridad del desenlace Es por so que en los primeros segundos de la ruptura propiamente dicha reacciono con la voluntad de estar a la altura no de nuestros últimos años juntos sino de toda la historia compartida. <vuelvo a visualizar la escena, que probablemente se asemejará a la que muchos de ustedes han vivido. Ella me dice lo que hace tiempo espero que me diga. Que hemos de hablar. Que ya no me quiere. Que ha conocido a alguien. Que se están conociendo. De entrada, siento calor y vergüenza. Son dos sensaciones contradictorias, imprevistas y brutales. El calor es, constato, mas emocional que físico. La vergüenza, por el contrario, me tensa los músculos y dinamita el andamio de


normalidad en que, sin acabar de asumir todos los riesgos, nos hemos refugiados. No he de pensar mucho para entender que el cambio que acabamos de activar no tienen vuelta atrás y si muchas consecuencias. La tristeza tarda en llegar y, con un sentido de las prioridades que me sorprende, me impongo la condición de no engañarme. Si ya lo intuía, no puedo actuar como si me viniese de nuevo. Para ahorrarnos tragos innecesarios, pues, antepongo los principios a las emociones. El abismo que hemos creado que resumido en la manera como ella cruza los brazos y baja la mirada, extenuada por haber traspasado más allá sus límites habituales. Identifico el origen de mi vergüenza, darme cuenta de que yo la quiera no ya no le aporta nada, ni tan solo el confort de una compañía más voluntariosa que eficaz. Estamos en la cocina, que siempre me ha resultado el territorio para decirse las verdades. En las cocinas la intimidad es relativa. Se oyen avisos de secadoras y centrifugados de lavadoras en el patio interior y el zumbido ciclotímico de la nevera actúa como un mediador ecuánime. La miro y, sin decírselo, le agradezco lo que en otros momentos le he reprochado; el recurso de refugiarse en silencios insondables hasta que todo queda concentrado en un mensaje inapelable que precedes – con ella siempre da la impresión que detrás de cada abismo tiene que haber otro - un nuevo silencio. Esta vez Las apariencias engañan. Los fluorescentes no s endurecen la expresión y desactivan la tentación del llanto. Solo hace cinc minutos que no hemos separado y me siento como si fuesen diez años. Ahora ya puedo admitirlo: me he preparado de manera subconsciente para llegar hasta aquí. He superado todas las fases del entrenamiento, las más exasperantes y las más esperanzadoras. Y me maravilla la cantidad de recursos que descubro que tengo. También estoy impaciente en aclarar hasta que punto esta preparación me ayudará a evitar el paroxismo de reproches y las lamentaciones. Puedo convertir la ruptura en un


acto que de coherencia a todo lo que hemos vestido sin ensuciarnos más allá que lo que ensucia el habernos mantenido atrapados por un respeto que hoy es obsoleto. Cuando nos conocimos, improvisábamos, Por eso preveo que, en esta fase de desamor que justamente inauguramos, tendremos que ser más estrictos y no podremos dejarnos cegar por las arbitrariedades de la espontaneidad. Y la convicción que habrá mucho más amor en esta ruptura que en el declive que le ha precedido actúa, no se por que, como un analgésico. 2 No hacíamos buena pareja. Los dos lo sabíamos pero teníamos el buen gusto de no hablarlo. Cuando dos personas se conocen y se sienten mutuamente atraídos, el relato con que, mas adelante rememoran el primer encuentro acostumbra a ser benévolo. Pero en nuestro caso la seducción no fue bilateral. Hacía años que yo estaba predispuesto a dejarme seducir y nunca imaginé que tendrías la suerte de ser abducido – es el verbo que más se aproxima a lo que pasó – por alguien como ella. Analizado con cierto rigor retrospectivo, conjeturo que todo junto fue la consecuencia de una realidad anterior que nunca conocí. Que las razones por las cuales se interesó por mi debían tener mas a ver con circunstancias relacionadas con su historial – fichas de dominó previas a mi – que no por mis dotes de seducción. Por suerte o por desgracia, de so no te enteras mientras estás viviendo sino mas tarde. Nos conocimos en una fiesta y en seguida compartimos una curiosidad que viví con la impresión de que me había tocado la lotería o de ser la víctima de una apuesta perversa. Como, entonces, aún equiparaba la novedad con la alegría, sobreentendí que la experiencia sería ten irrepetible como fugaz. La prueba es que, al día siguiente de los diversos días que la memoria ha convertido en uno solo, cuando


salí de de su casa con la euforia de los escogidos – bailando por la calle, imitando la escena de un anuncio de perfume que se emitía por aquel entonces – no se me ocurrió que hubiese ninguna posibilidad de volvernos a ver. Hace de mal decir, pero a la hora de emparejarse, hay evidencia que convendría no perder nunca de vista. En general, la unión de dos personas acostumbra a presentar descompensaciones evidentes de belleza, de estatus o de inteligencia. Yo perdía en las tres comparaciones, solo hubiese podido empatar con ella en simpatía (la simpatía que yo tenía entonces, se entiende) y en predisposición a vivir las horas de satisfacción que el azar me hubiese asignado con plenitud y, llegado el momento, con voluntad de saber perder. Por eso me sorprendió tanto que ella me quisiese volver a ver. Y todavía más, que semanas mas tarde fuésemos inseparables (mientras lo escribo percibo la vulnerabilidad de este adjetivo). Llegados a este punto, me concentré en vivir el amor correspondido con la misma intensidad con que había vivido otros amores no correspondidos. Vuelvo al símil de la lotería: Tal ves si que el que la gana se da cuenta de los peligros que la amenazan, pero, con buen criterio, continua adelante, aunque solo sea para aclarar hasta que imprevisible catástrofe le puede llevar el privilegio de haberla ganado. Son los años que mas me agrada recordar. Tenían el punto justo de sorpresa y variedad e incluían muchos viajes y, al menos por mi parte, un estado permanente de gratitud. Dicho de otra manera: aunque era capaz de creer en que el amor era recíproco, también entendía que, desde un punto de vista científico, era improbable que alguien como ella se hubiese enamorado de alguien como yo. No lo digo ni por falsa modestia ni para hacerme la víctima. Al contrario. Precisamente porque soy vanidoso, opté por alargar el amor al máximo confiado en que ya encontraría la manera de mantenerlo. Pero la transición natural de la excepcionalidad a la rutina, subrayó nuestros defectos. Con una particularidad: mis


defectos eran más graves para ella que los de ella para mí. Yo era impaciente y desplegaba una malsana capacidad de sufrir de manera innecesaria y, sobretodo, inoportuna. Hay circunstancias atenuantes de mi infancia que me podrían justificar ante un tribunal de sicoanalistas, pero, en la práctica, era un sufrimiento que se podía confundir con unos celos protectores nada dramáticos pero igualmente pesados. Y además, era aburrido. Del aburrimiento se habla poco, pero quiero aprovechar el marco de este congreso de separados para decir que debe ser el primer factor de envenenamiento de las relaciones. Soy tan aburrido que, gracias al trabajo de escritor, me he tenido que inventar toda una filosofía sobre la grandeza del hombre gris y normal confrontado con el tópico literario del aventurero insaciable y con la apología del movimiento, la novedad y la fantasía. Es un recurso pensado para que no se me note demasiado la facilidad para ser, incluso cuando no me lo propongo, de una insipidez tragicómica. También es verdad que siempre he sido consciente y, que por tanto, era fácil prever que acabaría siendo un problema. Pero sin saber bien ni porque ni el como, el amor continuaba, por lo menos en apariencia. Y como que a los aburridos no nos aburre aburrirnos, no me daba cuenta de hasta que punto esta circunstancia erosionaba las expectativas de alguien como ella, que, por definición, no era aburrida – o lo era de una manera diferente -. Es más: precisamente porque conocía todos los secretos del aburrimiento, di por hecho que me sería fácil superar la fase de estancamiento que viven todas las parejas y que era la persona adecuada para no cambiar demasiado mis hábitos. No he consultado nunca a ninguno, pero tengo entendido que los terapéuticos matrimoniales acostumbran a recomendar incrementar la comunicación, la sinceridad y propiciar conversaciones sobre el nosotros. Yo, en cambio, desconfío de la sinceridad elevada a la categoría de dogma. Prefiero la intuición a la certeza. Como los dos manteníamos el


respeto y la estima y yo continuaba expresamente el factor lotería con una avaricia temeraria, todo era plácido Entonces ya sabía que no éramos buena pareja y que el responsable de esta disonancia era mas yo que ella.. Es una simple cuestión matemática. Si de los dos hay uno que lo tiene todo para hacer una buena pareja con el noventa y nueve por ciento de la humanidad y otro que no, son hechos consumados. Pero no les voy aburrir con estas asimetrías escabrosas e iré acabando. Un día, en un viaje a Portugal, visitamos el santuario del Bom Jesús. Se llega en coche pero, desde el aparcamiento, después hay que subir unas escaleras de peregrino que no acaban nunca. Recuerdo la subida como uno de nuestros grandes momentos de verdad. Las parejas se cohesionan mas en los silencios que en las conversaciones. En plena ascensión, yo iba calculando cuanto me había engordado desde que nos habíamos conocido. Era un pensamiento inoportuno, pero la nula experiencia que tenía como peregrino no daba para más y mis niveles de espiritualidad eran tan vulnerables como mi resistencia física. Cada tramo de escaleras era la antesala de otro tramo hasta que, no se como, llegamos arriba del todo. El paisaje era imponente, tanto como la monumentalidad del santuario, pero el esfuerzo nos había afectado de manera visible. Si en el momento de iniciar la ascensión éramos en colores, cuando llegamos a la cima éramos en blanco y negro. Y entonces, surgido de alguna grieta del tiempo, apareció un fotógrafo ambulante como los que había al fina de las Ramblas en el siglo pasado. Llevaba una cámara de museo, pensada para impresionar a los turistas incautos y que con nosotros funcionó. Las muestras de fotografías que nos enseñó eran deliberadamente kitsch. Un marco en forma de corazón y, enjauladas en su interior, parejas comprometidas con la felicidad que, por la candidez anacrónica de sus expresiones, habría podido ser la chica y el soldado de la canción “Baixant de la Font el Gat”. Pero nosotros éramos modernos,


condescendientes con nuestros propios sentimientos. Y cuando nos hacíamos aquella foto no actuábamos con una sinceridad romántica sino con ironía, buscando mas el placer de la parodia que el recuerdo de una emoción digna de ser enmarcada. Mientras posábamos, imitábamos el estereotipo cursi, pero, unos minutos más tarde, cuando el fotógrafo nos dio la fotografía – en blanco y negro, como el melodramático de una fotonovela de los años sesenta – me percaté, sobre todo por la expresión de ella y el abismo que había entre su belleza y mi morbidez agravada por las santas escaleras, que no hacer buena pareja ya no era una anécdota sino, a l contrario, en quid de la cuestión. Pero en lugar de admitir la verdad – revelada por la astucia del fotógrafo que, quien sabe si para acelerar el destino, eligió la imagen en la que se nos veía mas desvalidos -, y en lugar de tener la valentía de proponerle separarnos allí mismo, sin anestesia, opté por esperar la decadencia del aburrimiento. Y en lugar de celebrar los años de plenitud, cuando el amor se propulsa gracias a las afinidades y al entusiasmo, no tuve ni la generosidad ni el acierto de, con el diagnóstico irrefutable de la fotografía en las manos, dimitir antes de que nos echasen. NADALA MATERNOFILIAL 1 A mi madre le gustaba repetir que la ventaja de ser escritor es que todo lo que vives es susceptible, tarde o temprano, de convertirse en literatura. No era un pensamiento original, y me lo decía cuando yo pasaba por una época difícil, para animarme a escribir. Recuerdo que aquel comentario me sacaba de quicio pero que, cuando murió, tuve que asumir una visión más transigente de todo el conjunto, empecé a entender las razones de su método de superación. Ella había vivido más fracasos que


todos sus hijos juntos y en el tipo de literatura que practicó encontró la terapia para reciclar los dramas en aventuras narrativas dignas de ser compartidas con los lectores. Para darme cuenta de que su consejo era acertado, antes tuve que convencerme que podía escribir. Más por inercia que por ambición, ya intuía que tenía cierta facilidad para moverme por las vivencias propias y ajenas. Nadie me tuvo que explicar que la imaginación es un laberinto que te impulsa a seguir hábitos introspectivos, como sentarse cada día en la mesa a escribir folios y mas folios, observar y escuchar con voracidad o ir por el mundo con l cabeza secuestrada por obsesiones, ideas o fantasías. Y que, si insistes en este ejercicio – con una perseverancia que a menudo es mas vicio que virtud – acabarás domesticando los mecanismos, siempre con el pesar de no conseguirlo del todo y con la necesidad de de mantener la curiosidad como brújula. Es una curiosidad que, en lugar de acercarnos a la vida real, me aleja a cambio de permitirme manipular los códigos de la ficción, más indulgente que los de la realidad. Todo esto lo constato ahora, mientras escribo, sabiendo que tarde o temprano, lo tendré que relacionar con una cosa que me pasó hace meses y con otra que está a punto de pasarme. La primera, cuando mi hija me explicó su primera gran decepción amorosa y me sentí a mi mismo diciéndole: “Todo esto que ahora te parece tan doloroso y difícil de superar, algún día te servirá”. Yo la escuchaba con toda la atención, como hago siempre – y más desde que no vivimos juntos – consciente que de verdad me había sabido mal todo lo que me explicaba. Pero el comentario era tan idéntico a los que me escandalizaban cuando me los hacía mi madre, que me avergoncé al momento. La segunda circunstancia tiene que ver con el timbre de la puerta, que sonará dentro de cinco, cuatro, tres, dos, un segundo. En el mundo de la ficción que llamen a la puerta el día de Navidad acostumbra a ser sinónimo de desgracia o de giro argumental.


Pero como tengo la potestad de saber que no será ni una cosa ni la otra, interrumpo lo que estoy escribiendo para abrir la puerta con una mezcla de expectativa y temor. En seguida reconozco a la mujer que se ocupa de la vecina del piso de arriba. Con urgencia, me explica que la señora Encarna ha resbalado y se ha caído, y que es incapaz de levantarla sola y me pregunta si, por favor, podría ayudarla. Dicho y hecho. Subimos la escalera y, entre los dos, la incorporamos. La sentamos en la silla de ruedas mientras que la mujer que ha llamado a mi puerta – por timidez no he osado preguntarle como se llama – me explica que se le ha escurrido y ha resbalado por que el parquet está demasiado encerado. Como siempre que entro en casa de otro, observo todo con avidez: el musgo del pesebre, las fotografías enmarcadas, el cuadro de un velero en medio de una tempestad, a punto de naufragar. Todo esto no dura más de tres minutos durante los cuales me explica que ha ido a avisar al Paco pero que no lo ha encontrado (Paco es el vecino del primero, que a diferencia de mi, si que sabe como se llaman los vecinos), y que lamenta haberme importunado en un día tan especial. Tal vez porque paso por unos días de susceptibilidad exacerbada – no acabo de similar la nueva medicación – me ha sabido mal no ser – con todo el respeto para Paco – la primera opción. Por suerte los pensamientos no se corrigen a la misma velocidad con que se manifiestan y no tardo en concluir que, aunque la señora Encarna vive en el tercero, yo en el segundo y Paco en el primero – y que por tanto parecería más lógico que me hubiese avisado primero a mi -, hace mucho más tiempo que vive en la misma escalera que Paco que cerca de mi, que me instalé relativamente hace poco. Todo esto lo pienso mientras moviendo la suela de las zapatillas con discreción circular sobre el parquet, constato el exceso de cera – donde vas a parar – y le pregunto a la señora Encarna si se encuentra bien y no lo que de verdad me gustaría preguntarle: como es que ella también pasa la Navidad sin la familia. Y,


entonces, sorprendido por la evidencia me doy cuenta de que la señora Encarna se parece mucho a mi madre, sobretodo de los últimos recuerdos que conservo, acobardada por la conciencia de la propia invalidez. Intuyo que este parecido debe tener que ver con el hecho de que todas las mujeres de más de noventa años postradas en una silla de ruedas, se parecen. Pero como se que a los escritores nos gusta transformar la realidad a nuestra manera, me otorgo el privilegio de mirar a la señora Encarna con un respeto materno filial antes de despedirme de la mujer a quien no he tenido la educación de preguntarle como se llama, pero sí de desearle una feliz Navidad. Una vez en casa, intento recordar que hacía antes de que la vecina llamase a la puerta pero no lo consiguió porque se impone la sensación de urgencia. Urgencia de escribir sin otro propósito que el de recordar como mi madre siempre decía que la ventaja de ser escritor es que todo lo que vivimos – una pena de amor, un naufragio, la euforia por un hijo que acaba de nacer – es susceptible, tarde o temprano, de convertirse en literatura. 2 La prueba que fue coherente con sus principios es que cuando ya no pudo reciclar lo que vivía en artículos, libros y colaboraciones radiofónicas, mi madre se murió. Dicho así puede parecer brusco, pero lo cierto es que la manera como se resistió a la decrepitud la llevó hasta los límites de la obstinación. En realidad aplicaba una filosofía encarnada en más de treinta libros publicados con un tema casi único: su vida. Por eso no dejó de escribir ni en la residencia, donde se empeñó en enclaustrarse con la excusa de que no quería ser una carga para nadie, ni, en los dos últimos años, en casa de mi hermano y mi cuñada, que le demostraron que a menudo mas vale ser una carga en casa que un problema fuera. Seguí de cerca esta evolución del orgullo de


asistencia geriátrica, reivindicado como signo de independencia (sobretodo después de la muerte de mi padre), a la dependencia esclavizante. En el escalafón familiar, ser escritor me situaba en la posición adecuada para asumir la misión de interpretar – al menos de intentarlo –sus peticiones. Si me esfuerzo en ser riguroso, he de situar el inicio de deterioro cuando mi madre dejó de usar la máquina de escribir. Ya no tenía las facultades para teclear con la legendaria energía habitual. Con orgullo de mecanógrafa autodidacta sazonado con toda clase de sermones contra la informática entendida como un instrumento capitalista de alienación, se había resistido a usar ordenadores. Pero para demostrar que no era reaccionaria (reaccionario era uno de sus adjetivos preferidos), consideraba el paso de la máquina mecánica a la eléctrica era el súmmum del progreso. Su método de trabajo era invariable. Primero escribía a mano, con una letra que cuando se la muestras a un grafólogo le provocaba instantes de estupefacción, y, al final, lo mecanografiaba, con papel carbón y copia. Cuando el artículo se publicaba, lo recortaba y lo archivaba en unas carpetas que algún día tendré que ordenar. En la residencia ya no se pudo llevar la máquina de escribir, porque a causa de un ictus de leve intensidad, había perdido la agilidad y capacidad de concentración. Yo me ofrecí a ayudarla para que pudiese mantener la colaboración semanal al diario. Para no tergiversar el episodio, lo que ella dejó escrito sobre esta cuestión: “¿Cómo lo haremos para escribir y enviar puntualmente el trabajo a la redacción del periódico? Primero escribo el artículo a mano en una libreta escolar y llamo a mi hijo, que se presenta en la residencia con su ordenador portátil, le dicto el artículo y el, mientras escribe, controla y ajusta el número de espacios requeridos. Una vez terminado, cierra el prodigioso artefacto y se lo lleva a su casa, lo envía por correo electrónico y verifica su llegada. El artículo aparece en la página prevista y misión cumplida” Funcionamos así hasta que le


empezaron a fallar las fuerzas y decidió despedirse de los lectores con un último artículo. Pero sin aquella colaboración perdió una referencia básica. Ya no leía los periódicos con aquella avidez del que busca el pretexto o la motivación para participar en el debate de la opinión publicada. Todos la animaban a no abandonar, le llevábamos novedades literarias – sobretodo de poesía, que no requería tanta continuidad en el esfuerzo de lectura – y yo la recomendé que registrase es una especie de dictáfono (conservo dos, sin estrenar). No era ninguna gran idea porque hacía días que ella observaba a los otros residentes con la intención d escribir un libro que quería titular Noventa años son demasiados. Me ofrecí a pasarle en limpio los textos garabateados en una libreta y a hacerle las correcciones que ella me indicase. Fue una colaboración laboriosa, que me permitió seguir su deterioro en tiempo real. Se liaba y caía en “repeticiones” circulares que, a pesar de todo, confirmaban la importancia que le daba a poder dedicar aunque solo fuese unas horas a su vocación. En paralelo, los horarios de la residencia, pensados mas para la funcionalidad de los empleados que para la comodidad de los residentes, le complicaron la vida. Los sustos de salud interfirieron en la normalidad y fueron degenerando en arrebatos de insurrección agravados por la medicación. A veces, mis hermanos y a mi nos tocaba apagar incendios que no sabíamos si quemaban de verdad o si ella se los había provocado. Y a veces nuestra presencia era suficiente para aplacar un brote de paranoia causado por lo que ella había interpretado como una arbitrariedad o, si tenía un día especialmente sermoneador y revolucionario, una injusticia. Todo desembocó en el episodio de las tijeras para cortarse las uñas, qué con un sentido grotesco de la dramaturgia, las usó para intentar cortarse las venas. No había que ser Freud para percatarse de que era un acto de desesperación para llamar la atención ya que la herida era mínima. Pero el protocolo de la residencia era tan estricto como


la voluntad de mi madre en transgredirlo. A pesar de la apariencia anecdótico del incidente, los responsables del centro ordenaron una consulta preventiva al Hospital Psiquiátrico. De muy mal humor, mi madre irrumpió en la sala de consultas y se tuvo que someter a una larga entrevista con un médico residente, joven, chileno y circunspecto, que no sabía nada del pasado militante o del estatus de escritora de mi madre. Esta ignorancia podía jugar a nuestro favor, vaticinamos mi hermano y yo. Craso error. Después de la entrevista, el médico (más pálido y ojeroso y un poco menos chileno que antes de hablar con ella) nos convocó en un despacho digno de los servicios de inteligencia albaneses. Con gravedad de oncólogo se manifestó intrigado por el relato de nuestra madre. “No es normal que una persona hable solo de la guerra civil, del exilio y de Praga”, diagnosticó como si fuesen los síntomas de una nueva forma de demencia fantasiosa. Si no hubiésemos estado tan asustados, mi hermano y yo habríamos compartido una sonrisa melancólica de comprensión. En un tono más pausado que el del médico, le dijimos que asumíamos toda la responsabilidad – si era necesario, por escrito – pero que teniendo en cuenta que el diagnóstico no era concluyente, no autorizábamos la sugerencia de unos días de observación ni ningún tratamiento experimental. Por desgracia, los incidentes se fueron repitiendo a este nivel de insubordinaciones caricaturescas, hasta que mi hermano y mi cuñada se ofrecieron para acoger a nuestra madre y poner fin a la dictadura del “no quiero ser una carga”. En una operación en la que participé como coautor intelectual y productor ejecutivo, ideamos una especie de secuestro surrealista. A ella la idea de cambiar de aires la atraía hasta que la dejaba de atraer. Y como que sus cambios de humor eran discrecionales, había que interpretarlos como la confirmación de una necesidad: huir de aquella residencia cuanto antes mejor. Breve informe de la operación: me encargué de contratar un taxi lo suficientemente


espacioso para meterla con la silla de ruedas en la parte de atrás y mentalicé al taxista (que era igual que Alberto Sordi) que nos tenía que llevar al aeropuerto porque, ante una hipotética escena de histerismo, mantuviese una sangre fría escandinava. Y mi hermano se supo mostrar heroicamente sereno incluso en todas las veces en que el pánico estuvo a punto de paralizarnos y sabotear la operatividad del comando. El esfuerzo valió la pena. La adaptación al nuevo paisaje y la mejoría en el estado de ánimo de nuestra madre fueron espectaculares. En pocas semanas mi hermano consiguió hacerla entender qué si se lo proponía, podría volver a escribir. Fue bastante temerario para que, a pesar de todas las dificultades de movilidad de nuestra madre, le instaló un Toshiba portátil medio desguazado en la mesa del comedor que, contra todos sus sermones antiinformáticos y todos los pronósticos, aprendió a hacerlo funcionar como un complemento de las notas garabateadas en las libretas de siempre. Fueron sus seis últimos meses de vocación de practicante. Escribió con una tenacidad felizmente reaccionaria. A menudo repetía el mismo texto o la misma idea con variaciones que se acumulaban en documentos que pronto llenaron todo el escritorio del Toshiba. Desesperado por la multiplicación de documentos, mi hermano me los enviaba por correo electrónico. Yo los corregía a distancia, liberado por no tenerme que pelear con la burocracia geriátrica de ninguna residencia, o con la circunspección hipocrática de un psiquiatra. Como si fuesen códices abstrusos recuperados en una excavación, interpretaba los textos y, una vez corregidos, se los reenviaba para que ella los diese por buenos o sugiriese algún cambio. En este transito digital de ida y vuelta me sentí analógicamente útil. Comprendí – igual que lo entiendo ahora – la importancia de escribir, sobre todo cuando parece que no tengas nada más. Cuando solo fue capaz de darse cuenta que no podía más, mi madre tiró la toalla. Fueron unas semanas en la


que todos intentamos contentarla aún más. Con urgencia, acabé la recopilación (encuadernada) de los escritos de la residencia y de los de Granada, y se los llevé, ella dio el visto bueno y, con la misma autoestima de cuando tenía salud y era independiente, manifestó que el libro le parecía “muy interesante” y me pidió que hablase con su editora para intentar editarlo. La editora estaba pasando por un momento difícil. Habían entrado a robar en la editorial y, después de una concatenación paranormal de desgracias, se estaba planteando cerrar el negocio. Pero encontró el tiempo y los ánimos necesarios para leer el manuscrito. A regañadientes, se dio cuenta de que aquel texto no hacía justicia al prestigio de mi madre y que, desde un punto de vista de coherencia y de respeto, publicarlo sería contraproducente. A mi madre no le dijimos nada. La hicimos creer que la editora aún no había podido mirarlo y así le ahorramos un mal rato que la habría acabado de hundir. ¿La engañamos? Si. Pero me tranquiliza pensar que, en la situación inversa, ella habría hecho exactamente lo mismo y nos habría tratado como los padres tratan a los hijos pequeños los días de Navidad. LA PATERNIDAD A partir de los cincuenta años, Omar entra en una rueda de pruebas médicas preventivas. El verbo que se impone como dogma de una salud cada vez más intervenida es descartar. De análisis en análisis y de prueba en prueba, la regularidad con que ha de comprobar sus prestaciones – como si fuesen las de un vehículo – multiplica las renuncias y las promesas de calidad de vida a cambio de reprimir hábitos que le habían hecho muy feliz. Con una resignación disfrazada de curiosidad, Omar, que nunca ha sido temerario, se adapta a esta nueva etapa por responsabilidad familiar y profesional. A los cincuenta y seis años, ha ido superando diversas inspecciones hasta que, en el


último control – después de una ecografía que le ha detectado unos nódulos de origen incierto – la doctora le ha mandado hacerse un análisis de orina, pero no a partir de una muestra selectiva como es habitual, sino de la orina acumulada de un día entero. “Para descartar”, le ha dicho, sin ninguna ironía. Después de comprar un receptáculo especial (mas de dos litros) en la farmacia, a Omar se le plantea la duda de si quedarse en casa o, si tiene que salir, transportar el recipiente en una mochila. Por cuestiones de agenda prefiere aprovechar el domingo para recoger el líquido y opta por no someterse a las servidumbres impuestas, no tanto por la prueba propiamente dicha como por el modo de afrontarla. Entonces a media mañana hace lo que acostumbra a hacer los domingos, va a una sesión matinal de cine (una película de terror, inglesa, con personajes hechos de plastilina), pero cuando a media película le entran ganas de orinar, se lleva el receptáculo al lavabo y, al acabar, vuelve a su butaca. Guardado en la mochila nadie puede sospechar el contenido y, al salir del cine, Omar se siente mas satisfecho por no haber tenido que modificar sus hábitos de ver la película. Después de una comida frugal (en casa, sin dejar de beber el agua prescrita para estimular la actividad renal), Omar ha quedado con Amira, su hija, para salir a hacer prácticas con el coche. A pesar de haberle pagado la autoescuela para sacarse el carnet y haber hecho más de cuarenta clases, el resultado no es lo suficientemente convincente. Ella no ha conseguido atenuar su inseguridad ni concentrarse lo suficiente en detalles relevantes de la conducción. La prueba es que el día que, para celebrar que había aprobado el examen, salieron a dar una vuelta en el coche familiar, estuvo a punto de atropellar a un transeúnte, a un ciclista y a una monja y se saltó un semáforo y un ceda el paso. Para transmitirle confianza, Omar se ha ofrecido a practicar hasta conseguir un nivel que a ambos les parezca razonable.


En el momento de encontrarse, Omar vuelve a notar una emoción que, desde que ya no viven juntos, ha evolucionado. Antes tenía un sentimiento figurativo de la paternidad, relacionado con detalles y recuerdos tangible s de la vida de Amira. Era como si la suma de momentos vividos configurase un afecto creciente pero definible desde un punto de vista racional. En esta fase acumulativa de secuencias vividas, intervenían dificultades superadas y un montón de escenas que la memoria seleccionaba con una arbitrariedad cronológica (un episodio de gastroenteritis, una actuación en una obra de teatro, partidos de voleibol en los que Amira combinaba estados de eufórica autoestima con abismos depresivos vertiginosos, o un primer amor con turbulencias y una pastilla del día después). Desde la separación, Omar constata que este sentimiento se ha vuelto más abstracto. Ya no tiene que ver con un detalle, una situación o una concatenación de vivencias, sino con una masa emocional que el puede notar sin necesidad – aunque lo quisiese, no podría – de comprender los ingredientes. Es como si, situados cada uno en la ignorancia del otro, los dos hablasen idiomas diferentes pero mantuviesen un vínculo biológico al margen de una realidad que Amira vive sin tener en cuenta la opinión o la capacidad de intervención de su padre. Omar también sabe que no tiene que mostrarse tan exigente como le gustaría. Que ha de reprimir la impaciencia y las ideas siniestras que le pasan por la cabeza y disimular la perplejidad que le produce que un alumno no salga suficientemente preparado de un aprendizaje tan caro. “Hasta que no esté preparada, no se examinará”, le dijo el encargado de la auto escuela el día en que Omar fue a contratar diez clases complementarias. Pero ahora, desde el asiento del copiloto, no lamenta el haberlas pagado y sonríe de manera espontánea mientras se contiene los comentarios que le sugieren el modo de conducir de Amira. Lo que mas le sorprende es que no hay ningún patrón de conducta en el error. De la misma manera que


Amira aplica el código de circulación con corrección, cien metros más allá y, sin venir a cuento, los transgrede y los olvida. Hace unos minutos, por ejemplo, ha estado a punto de quemar el embrague en la calle Santaló y justo cuando Omar ha estado a punto de recriminárselo, ha reaccionado con una gran serenidad cuando de la nada ha surgido un skater, con los auriculares puestos, indiferente al hecho que, si hubiese conducido cualquiera otro – Omar, sin ir más lejos – ahora ya estaría muerto. Amira No dio ninguna importancia a la maniobra ni a sus reflejos salvadores – ni a la cósmica ingratitud del insensato . Por eso Omar ha insistido en elogiarla (cuando era pequeña, la tutora les animó a reforzarla enfáticamente la autoestima porque Amira tenía una tendencia natural al desánimo) y, de pasada, le ha repetido tres ideas básicas sobre la conducción: suavidad, prudencia y anticipación. Han continuado circulando sin incidencias, saboreando la fluidez del tráfico de un domingo de primavera, sin verbalizar la satisfacción que les permitía pensar cada uno en sus cosas. Cambios de marcha coordinados, el sonido del intermitente marcando cada cambio de dirección, una cierta sensación de privilegio, pero, al llegar a la curva de la avenida del Paralelo con la calle de Lérida, Omar ha notado que el coche circulaba demasiado deprisa y que, en el momento de girar, la mochila que había dejado sobre el asiento de atrás se caía al suelo. Que no lo hubiese visto le incomodó y, con un tono de voz impaciente, le pidió a Amira que detuviese el coche. Ella lo hizo de la mejor manera: ha mirado por el retrovisor interior y los laterales y, después ha encendido las luces de posición antes de reducir, frenar, estacionar el vehículo y poner el freno de mano. Omar ha salido del coche para comprobar si el receptáculo se había abierto y se ha sentido tranquilo al ver que no. Curiosa, Amira ha querido saber que pasaba y el le ha quitado importancia, pero, con cierta reticencia, le ha tenido que explicar el motivo de esta situación poco habitual.


Amira ha vuelto a circular, ahora en silencio y sin cometer ningún error. Justo en el momento de entrar al parking y de aparcar sin tener que hacer maniobra alguna, a la primera, le ha preguntado a Omar el que, en parte, el ya le había explicado: “¿Y durante todo el día tienes que recoger la orina que haces en una botella que llevas en la mochila?”. Después de responder, se han despedido con un abrazo más intenso que el del momento de encontrarse. Omar ha sentido una descarga inusual de certidumbre – la paternidad proporciona estas oportunidades de acceder a códigos de comunicación no escritos – y ha percibido que la opinión que Amira tenía de el había cambiado para siempre. Que lo que hasta ahora había sido un sentimiento regido por unos códigos determinados (prioridades, señales, protocolos de seguridad activa y pasiva) daban paso a una nueva etapa que ni Omar ni Amira eran capaces de imaginar, pero que intuía, les exigiría – sobre todo a el –mucha prudencia, mucha suavidad y mucha participación. SOBRE LA UTILIDAD DE LOS NOVELISTAS Situémonos en la zona de llegada del aeropuerto y centrémonos en la única persona que no ha venido a trabajar ni a esperar a nadie. Es un novelista, de unos sesenta años, que acostumbra a visitar el aeropuerto por el simple placer de observar un espacio con mucha gente, cambios constantes de estados de ánimo y estímulos visuales que alimentan su fascinación por la especie humana. Como no presenta ninguna particularidad remarcable, pasa desapercibida cuando, proveniente del parking, sale del ascensor y, como quien conoce el camino, avanza por la terminal. Que sonría es insólito porque, tanto en su faceta pública como en el ámbito privado, acostumbra a cultivar un rictus taciturno que, en función de las circunstancias, evoluciona hacia la timidez o la melancolía. El aeropuerto le libera de esta


máscara y le permite actuar con una naturalidad que le agudiza la capacidad de observación y le afina el humor. De la misma manera que hay quien no se cansa de contemplar el cielo, el mar o el fuego, a el le gusta observar las multitudes desde un mirador que le proporcione el aliciente de los detalles y, entonces, el incentivo de una visión de conjunto. En este paisaje en que confluyen vértigos de espacio, luz y anonimato, se siente cómo y seguro. Podrá avanzar con los ojos cerrados, pero prefiere mantenerlos abiertos para comprobar qué desde su última visita, las cafeterías no han cambiado de titularidad y que los productos mas populares siguen siendo los paninis, el burger, la baguette y la focaccia, hermanos de una familia políglota e hipercalórica. Como el inspector que incluso fuera de servicio no puede evitar evaluar todo lo que le rodea, se acerca a los expositores de ensaladas y sándwiches, de pastelería industrial, de bebidas ricas en azúcares y colorantes, comprueba que las jardineras con plantas de plástico están más decrépitas que nunca e intenta recordar como era el mundo cuando no se habían inventado ni las maletas con ruedas ni los teléfonos móviles. Pero ningún recuerdo tiene el magnetismo que le ofrece el presente. Se recrea, entonces, consciente que a diferencia de la mayoría de los que pululan arriba y debajo de la terminal, el no está aquí por ninguna razón práctica, turística o profesional sino para complacerse por la simple satisfacción de estar. Los adictos al crac explican que solo se necesita una dosis para quedarse enganchado y que el consumidor siempre buscará repetir las sensaciones de aquella Epifania. Por suerte, la adicción que ha llevado al novelista hasta aquí es menos trágica y más prosaica. Las visitas al aeropuerto son bastante espaciadas porque en función de su estado de ánimo se acaba fijando en detalles que no le habían interpelado antes, como si la categoría y la anécdota siguiesen una rotación arbitraria. Hoy, por ejemplo, observa que los carros con equipajes y los cochecitos de niños conforman una


coreografía tan geométrica como los peinados, que nunca le habían parecido tan trabajados y esculpidos. Y se sorprende de darse cuenta que, a pesar de todo el avance del fanatismo religioso y la incertidumbre supersticiosa de aeronáutica, el oratorio esté vacío. El novelista agradece que el grupo de personas que llevan una pancarta para dar la bienvenida a un alpinista muy conocido no sea demasiado estridente. Pero hay cosas que siempre se repiten: la expresión de los amantes que en el momento de reencontrarse se dejan arrastrar por la fogosidad, o el contraste entre los niños que aprovechan la excepcionalidad del paisaje para comportarse como monstruos y los que padecen ataques de narcolepsia difíciles de explicar desde un punto de vista científico. La megafonía repite: “Vigilen sus pertenencias”. En una de las cafeterías, un camarero limpia bandejas mientras, alrededor de las puertas automáticas de llegada – que se abren y se cierran como las de un vodevil – se alternan las miradas de curiosidad, impaciencia o extenuación que anticipan abrazos de madre, novia, hermana, abuela o nieta. La zona de chóferes es un aparador de individuos armados con carteles hechos a mano o con tabletas electrónicas que anuncian el nombre de alguien al que no conocen. El novelista sospecha que son nombres inventados. Le cuesta creer que puedan coexistir un Nikolae Tsiritotakis y una Matilde de la Motte. Son identidades que, por deformación profesional, le suenan a servicios secretos, a perversiones de la realidad tan evidentes como la intensidad de algunos perfumes o la imperturbabilidad de caras que, por exceso de maquillaje, no pueden manifestar expresión alguna. Y ahora fijémonos en la barra de la cafetería central de este espacio, concretamente en una mujer muy alta que interpela al novelista con un gesto que denota sorpresa y confianza. Es posible que os de la impresión de haberla visto antes. A finales del siglo XX interpretó un anuncio de perfume en el que,


después de bajar de una moto de alta cilindrada, de sacarse el casco, de oler a distintos hombres de una fiesta, de abrirse la cremallera de una cazadora de cuero pegada a la piel, miraba a cámara y, con una sensualidad histriónica, decía: “No busco a un hombre cualquiera. Busco a Justin”. Aquel fue el primer trabajo de una carrera marcada por el encasillamiento, en que la condición de joven voluptuosa prevaleció sobre otras aptitudes de la actriz. Han pasado bastantes años para que la popularidad del anuncio se haya diluido, pero ella mantiene la facultad de atraer las miradas sin tener que hacer ningún esfuerzo. En el momento de sentirse interpelado, el novelista amplía su sonrisa, se le acerca, le comenta los años que hace que no se veían y constata como el paso del tiempo la ha favorecido mucho más a ella que a el. La belleza es un don, piensa, y la actriz parece haberlo asimilado sin la urgencia del tiempo en que, por una interpretación demasiado carnal de los papeles que la ofrecían, debía convivir con la servidumbre de ser magnéticamente sexy. No hace falta ir muy lejos para encontrar pruebas de este magnetismo. Cuando justamente empezaba a colaborar en un periódico de esta ciudad, el novelista no dudó en telefonearla para proponerle escribir un artículo de repaso biográfico justificado por el hecho que ella participaba en un programa de televisión de máxima audiencia. Las razones del novelista eran tan libidinosas como inofensivas. Pero de aquel encuentro le quedó el recuerdo de una mujer inteligente, de ojos de dolor variable, que respondió con generosidad a las preguntas que le hizo. Después, a partir de aquel artículo, volvieron a coincidir en espacios más o menos culturales, sin intimar nunca más allá de conversaciones fortuitas que dejaban entrever un círculo invertebrado de afinidades. El encuentro de hoy, constata, se inscribe en la tradición del azar, tan explotada por el cine y la literatura. Y el novelista lo aprovecha para preguntarle en que trabaja. Es en aquel momento cuando se da cuenta que ella lleva


en la mano un rollo de papel como los que se usan en las máquinas registradoras. No es un elemento muy habitual y ella le explica que necesitaba papel para tomar unas notas y, como no llevaba, le ha pedido al camarero, que tal vez para impresionarla, le ha regalado un rollo entero de la máquina con la misma sumisión con que, si ella le hubiese pedido cualquier otra cosa, también se lo habría concedido. Este poder de imponer voluntades a través de la belleza es lo que más le fascinó de la actriz, recuerda el novelista. Ahora, en cambio, se limita a escucharla y, a partir del rollo de papel, descubre circunstancias que le reafirman en el acierto de visitar regularmente el aeropuerto. Ella le explica que se ha puesto en la barra y no en una mesa porque desde aquí puede controlar mejor la pantalla que informa de las llegadas y, en el mismo tono, añade que su padre acaba de morir. Que ha venido a buscar a su tía, que proviene de Bruselas. Que el funeral será mañana y que, mientras espera, ha empezado a tomar notas sobre que dirá durante la ceremonia. Perplejo, el novelista le expresa su pésame con torpeza y se interesa por las circunstancias de la muerte. A través de las respuestas de la actriz, intuye que todavía no ha asimilado toda la dimensión del disgusto y que vive mas el trago de la responsabilidad logística que no el impacto de la pérdida. Y, cuando menos lo espera, ella le dice: “Me va muy bien haberte encontrado porque, como eres novelista me ayudarás con el discurso de mañana”. Y, al acabar, le plantea algunas dudas. Revisa los apuntes apuntados en el rollo de papel y, en voz alta liga ideas que, con una disciplina que no sabrían reproducir si lo hubiesen ensayado, el novelista matiza aportando alternativas más precisas o menos solemnes y subrayando el acierto de una determinada expresión en lugar de otra. De tanto en tanto, y aprovechando que es muy alta, la actriz levanta la cabeza y comprueba en la pantalla que el vuelo de Bruselas aún no ha aterrizado. Esta especie de encuentros acostumbran a crear


momentos de desconcierto y de una cierta incomodidad entre dos personas que, sin conocerse mucho, no tienen ninguna razón para no saludarse. Por eso el novelista se sorprende superando la frontera de la cautela y interviniendo en el borrador del discurso del funeral, preguntando sobre la clase de relación que existía entre la actriz y su padre. Es como si la extrañeza del momento le permitiese ser diferente, más espontáneo y menos prudente de lo que es habitualmente. Pero justo cuando empieza a sentir este arranque insólito, ella se percata que hace unos minutos que solo hablan de ella y le pregunta que es lo que ha venido a hacer al aeropuerto. El novelista duda. Siente que tendría que continuar con la lógica del momento y explicarle la verdad. Decirle que de tanto en tanto le gusta venir al aeropuerto así, sin ninguna intención concreta, solo para ver gente que vuelve de viaje, como se reencuentran con otras personas. Pero, entonces, no cree que deba descubrirse tanto y, como no la conoce bastante para saber si le entenderá o si le parecerá una frivolidad de sicópata o una manera de hacerse el snob, prefiere refugiarse en el conformismo práctico de la mentira. “He venido a buscar a mi hijo – dice – que viene de Galicia”. Y cuando se da cuenta que se está precipitando dando demasiados detalles sobre el hijo que no tiene, frena y cierra la respuesta con una sonrisa que ya no es tan espontánea como cuando, sin haberlo previsto, se han encontrado en la cafetería. El novelista percibe que la voluntad de la actriz de preparar el discurso denota una urgencia un poco neurasténica, como si el control de las emociones fuese solo aparente y en realidad le diese pánico tener que hablar durante un funeral. Por educación, no se atreve a decirle que, como es actriz, seguro que lo conseguirá y celebra que después de fijarse nuevamente en la pantalla, ella le informa que el vuelo de Bruselas acaba de aterrizar y se sitúa más cerca de las puertas que, intermitentes, se abren hacia el espectáculo de la gente que no para de salir. La tía llega. No se parece en nada a como el


novelista se había imaginado – una réplica, más anciana, que la actriz -. Es bajita, lleva un sombrero de paja, tiene las mejillas anormalmente coloradas y sonría con una alegría que, después de abrazar a la sobrina, hace pensar más en el principio de unas vacaciones que el inminente entierro de un hermano. El novelista atribuye esta contención al hecho de que la familia es belga. Incluso se atreve a comentarlo con la actriz, que, quien sabe si por ceñirse simétricamente al conformismo práctico de las mentiras, le responde que quizá si y que, al fin y al cabo, su padre era, a pesar de quererse mucho, un poco especial. A estas alturas el novelista es feliz. La visita le ha proporcionado más ingredientes de los que podía prever cuando, sin ninguna expectativa, ha salido de casa camino del aeropuerto. Por eso continúa sonriendo, se despide amablemente de la actriz (y de la tía) justo cuando, precedido por un coro de bocinas, vivas y aplausos, llega el alpinista.”¿Quien es?”, le pregunta ella cuando ve que el comité de bienvenida despliega la pancarta. El novelista la informa mientras se sorprende que la actriz pueda no conocer a un deportista tan universalmente popular. Y entonces, con un gesto tan fuga< como espontáneo, antes de abrazarse a los familiares y a los amigos que han venido a recibirle, el alpinista la mira. Y si nos fijamos en la expresión del montañero y superamos una primera pátina de jet lag, intuiremos que la ha reconocido. Y que, con una mezcla de admiración y sorpresa como, si descubriese una cima inesperada todavía por escalar, la ha relacionado con la época en que, tal vez hace veinte años, cuando era un adolescente, también se quedaba paralizado cuando la veía aparecer en aquel anuncio de la televisión, bajando de la moto, quitándose el casco, moviendo sensualmente la cabellera, oliendo a presuntos pretendientes, abriéndose la cremallera de la cazadora de cuero, diciendo que buscaba aun hombre diferente de los otros y el, que entonces no se podía


imaginar que se convertiría en uno de los alpinistas más admirados del mundo, solo quería a Justin. NO SOY NADIE PARA DARTE CONSEJOS 1. En el periodo más convulso de mi adolescencia fantaseé con la posibilidad de ser hijo de Jorge Semprún. No era una hipótesis inverosímil. Mi madre y Semprún habían compartido militancia en el exilio y, a pesar de la distancia forzada por las circunstancias, mantenían un respeto que se encarnaba en libros de el en las estanterías de casa y en apariciones intermitentes en las conversaciones de sobremesa. Que durante un congreso fratricida en Checoslovaquia mi padre hubiese intervenido de manera activa en la expulsión de Semprún del Partido Comunista añadía morbosidad a la historia. Impaciente por superar todas las fases de la rebeldía propias de la edad, no llegué nunca a querer matar a mi padre pero sí a quererlo herir. Semprún era uno de los pretextos que mi madre hacía servir como detonante de controversias para cuestionar la jerarquía – más política que familiar – representada por mi padre. El juego no siempre era inocente. Aunque circunscrita al ámbito doméstico, la esgrima de las discusiones incluía referencias a grandes amistades amargamente perdidas por culpa de la política y la acusación de no aceptar la disidencia había destruido lo mejor de la causa en que, desde posiciones frecuentemente antagónicas, creían mis padres. En casa, pues, convivían una comunista peleona defensora de la pluralidad (con la costumbre de juzgar a los demás a partir de un sentido hipertrofiado de la integridad) y un oficial de la nomenclatura marcado por la servidumbre de la disciplina de partido (y por las contradicciones derivadas de las sucesivas metástasis del sistema soviético).


Todo junto propiciaba un debate permanente, casi siempre fructífero, pero que en los peores días podía ser cargante. Tal vez por nostalgia de la juventud o para oxigenarse de la infalibilidad de los comités centrales, mi madre seguía de cerca la actividad de Semprún como una simple excamarada o miembro de aquel grupo de artistas comprometidos en que, entre otros, la acompañaban Yves Montand y Costa-Gavras. El éxito de los libros de Semprún, tan implacables con el nazismo como críticos con el estalinismo, era celebrado por mi madre. Tanto que, cuando notaron que yo me empezaba a refugiarme más de la cuenta en la lectura y a escribir poemas ampulosamente pesimistas, no dudó en recomendármelos, quien sabe si como un antídoto contra la impostura existencialista o como prueba de lealtad al amigo del pasado. De la misma manera, cuando se estrenó La guerre est finie convirtió la presencia de Semprún en los títulos de crédito en referencia obligada en las conversaciones sobre cine. Semprún y sus amigos eran personajes de éxito pero más allá de cualquier otra consideración, eran hombres guapos. Mi madre lo repetía con el impudor provinciano de celebrar que un amigo triunfase en ámbitos como el papel couché y la literatura de primera división y ponderaba el atractivo con una naturalidad inofensiva. En materia de hombres, sus gustos eran más acumulativos que eclécticos. Le gustaban Humphrey Bogart, Jean Gabin, Robert Taylor, Albert Camus, Montgomery Clift, Lino Ventura, Yves Montand, Jorge Semprún, Sami Frey, Alain Delon, George Sanders y, sobretodo, Gérard Philipe. Tardé media vida en darme cuenta que el único denominador común de todos ellos era que sabían llevar la gabardina con una elegancia incontestable. Era una virtud que también se le podía aplicar a mi padre, que llevaba gabardina con una distinción más de escuela británica,


protocolaria y monárquica, que no de la escuela parisina, bohemia y anarquizante. 2. Fue entonces cuando, como el primer porro que los traficantes ofrecen de balde a la salida de los institutos, la adolescencia me proporcionó la posibilidad de desacralizar la imagen que cultivaba de mi padre. Debía de tener diez y siete años. El PSUC y el PCE ya eran partidos legalizados: Desde octubre de 1976 habíamos estrenado la normalización de una convivencia que hasta entonces había sido una aventura y de la cual hacía años – demasiados – que hablábamos. La primera noche en un domicilio legal. La primera vez que mis padres fueron al cine, al teatro, a un concierto o a cenar sin tener que esconderse. El primer carnet de identidad no falsificado. El primer buzón con el nombre y apellidos orgullosamente a la vista. Pero este proceso pronto empezó a incorporar discusiones sobre problemas de intendencia añadidos al habitual debate político. A mi madre la decepcionó constatar que la nueva situación no cambiaba bastante los hábitos de un hombre viciado a delegar todo en ella, y que, con una reticencia intuitiva, se resistía a interpretar el papel de cabeza de familia y a someterse a las leyes de la nueva rutina. Ahora en nombre de las responsabilidades de su cargo y no de las circunstancias del exilio y la clandestinidad, continuaba anteponiendo las razones de partido a las servidumbres establecidas por el matriarcado de su nuevo domicilio. En este contexto, la desacralización de mi padre fue tan rápida como inevitable. Y, puestos a acelerarla, aproveché mi devoción por la lectura para, a través de los libros de Semprún, esbozar la fantasía de una paternidad alternativa. 3. Si tuviese que especular sobre las causas de la mitificación del padre real a la ficción rebelde personalizada en Semprún, me tendría que remontar a la infancia. De


pequeño, el exilio y la clandestinidad se habían regido por una lógica en la que había una causa mayor – combatir al franquismo, unos automatismos de lealtad a la tribu -4. unos automatismos de lealtad a la tribu – el comunismo y las liturgias que comportaban – y unos héroes adscritos a una insobornable mitología oral. Mientras duró el franquismo, las prioridades fueron claras. Cada uno aceptaba su papel con el convencimiento de que, cuando se recuperase la normalidad todo cambiaría. Con la llegada de la legalidad y la implosión de la transición del franquismo predemocrático a la democracia postfranquista, las evidencias decepcionaron las expectativas, por ser poco realistas, de mi madre. Contraviniendo disciplinas, recomendaciones y prejuicios, ella se había ganado la condición de escritora reconocida e independiente. Sus hijos ya eran mayores y en casa solo quedaba yo, un niño zangolotino que, aprovechando la ausencia del control paterno y de mis hermanos (se habían independizado o estaban haciendo el servicio militar), practicaba una doble vida de mal estudiante con una pasión omnívora por cualquier manifestación cultural. Esta pasión estaba muy ligada a la ebullición política de la época. Si a los catorce años escribía poemas de orgullo paterno filial impermeables a la vergüenza (propia y ajena) a los diez y seis tenía que desmarcarme y decretar el final de la infancia con un derroche histriónico de la inocencia. 5. Si, por ósmosis, hasta entonces había interiorizado como propia la ideología familiar (Obelix no escogió tener la fuerza y la gana que lo definen), ahora, por contagio con nuevos amigos y paisajes descubría el encanto del radicalismo de extrema izquierda, del catalanismo republicano de burguesía decadente, del cristianismo comprometido en versión capuchina o, mejor todavía, de la


psicodelia layetana y contracultural que animó a Barcelona hasta el 23-F de 1981. Diez y siete años es una buena edad para comportarse como un idiota y confirmar, sin atenuantes, el tópico de los trastornos de la adolescencia. Resultado: fracasé en el Bachillerato y me convertí en feligrés de una parroquia laica que, sin los deberes ni las tensiones de la militancia clandestina, me permitía ser frívolo y arrogante. Practicaba una subversión contestataria subvencionada y, con grandilocuencia de asamblea de hijos de papá, exigía que todos los políticos de izquierda fuesen más revolucionarios y valientes de lo que las circunstancias – la sombra de los tricornios, brigadas acorazadas, fusilamientos y garrotes viles era alargada – permitían. Impacientes por descubrir la esencia de una normalidad prometida que nunca habíamos tenido, mi madre y yo nos convertimos en un departamento de control de calidad de la nueva vida de mi padre. Con celo depredador auditaban cualquier movimiento, sin darnos cuenta que, a menudo, el ponía cara de añorar la clandestinidad, cuando no tenía que dar explicaciones ni soportar la reconsagrada discrepancia de su mujer, convertida en referente de la cultura de izquierdas, ni de un hijo que, sin solución de continuidad ni vergüenza, había pasado de la admiración genuflexa a una rebeldía de bofetada. 6. A caballo de esta inercia llegaron, dignificados por el prestigio de la supervivencia en los campos de concentración nazis, los libros de Semprún. Como que entonces ya conocía una versión aproximada de la historia de la expulsión durante el V Congreso del PCE, y había oído campanas (desafinadas) sobre el papel de mi padre en la purga de los disidentes liderada por Santiago Carrillo y Dolores Ibarruri, me encarnicé a echarle en cara haber colaborado con una forma ignominiosa de estalinismo


contra camaradas tan valiosos. Entre que mi padre era un poco sordo (un recuerdo de los torturadores franquistas) y que tenía una prodigiosa habilidad para escuchar de manera selectiva, quiero pensar que mi discurso no le afectó. Revisado con indulgencia retrospectiva, no deja de ser curioso que, después de tantos sacrificios, mi padre hubiese de convivir con admiradores tan poco indulgentes como mi madre y yo. Unos admiradores siempre pendientes – cada uno por sus propias razones – de presumir de una superioridad moral que, al menos en mi caso quedaba escandalosamente desmentida por a) la desidia a la hora de no aprovechar el privilegio de poder estudiar; b) la debilidad argumental de mis diatribas 0 c) por todo lo que ha prescrito no me lo perdonaré nunca – robarle el dinero, a el, que daba buena parte de su salario al partido y vivía en unas condiciones de sobriedad coherentes con sus ideas. 7. En pocos meses la aureola del padre se devaluó como un valor de bolsa con más oferta que demanda. Por higiene familiar, mi madre entendió que era importante no sucumbir al culto a la personalidad que, a causa de la agitación ambiental, lo convirtió en símbolo del comunismo con rostro humano y en una especie de mascota laica santificada por militantes, simpatizantes e incluso adversarios. Ella creía que la mejor manera de ayudarlo era impedir que entrase en un proceso de deificación y perdiese, además del norte, los principios. “Quererlo no quiere decir decirle amen a todo”, sentenciaba. Fuera de casa, en efecto, mi padre levitaba. Durante unos meses recuperó el tiempo perdido y se dejó querer – un poco demasiado, según mi madre – por la euforia de la transición. Y lo hacía con la convicción de habérselo ganado y de no tener que dar explicaciones. Pero este nuevo papel de político legal, sometido a disputas electorales y a fratricidios congresuales,


incluía obligaciones que mi madre menospreciaba y que aumentaban las turbulencias de los debates de sobremesa. Llegó un momento en que para mi madre era más importante que mi padre llegase a comer a la hora prevista y manifestase un mínimo de interés (no era necesario que fuese auténtico) por mis estudios que no que estuviese trabajando en un proyecto de ley a favor de los derechos de los homosexuales, por legalizar el aborto en condiciones dignas o discutiendo sobre la conveniencia de una huelga general. Sospecho que el compromiso entre mi padre y mi madre debía incluir cláusulas que el había incumplido y que, sin la excusa del contexto político y en un clima de aparente normalidad, ella le reclamaba con una impaciencia retroactiva. Aguijoneado por las hormonas de la edad, yo añadía leña al fuego. Si me pudiese diagnosticar, el informe sería categórico: la suma de la adolescencia y de ínfulas intelectuales es un coctel terrible. Por suerte, mi padre no tardó en adaptarse a esta sauna y de tanto en cuanto conseguía que volviésemos al repertorio clásico de hablar de futbol – Alcántara, Sagi-Barba, Samitier, Zamora – o las jotas de José Oto Que escuchábamos con un respeto antropológico – “Treinta partes de franqueza, veinte de desinterés y cincuenta de nobleza, eso es un aragonés”. Eran los mejores momentos, cuando salíamos de las zonas de conflicto, tanto por lo que hace al que se le exigía a el (incompetente en el papel de padre convencional porque nunca había actuado como tal) como por lo que se me exigía a mi (mas acostumbrado a vivir con un mito de pedestal que con un padre de infantería). A diferencia de lo que le pasaba a el con mi madre, mi padre y yo no teníamos facturas pendientes ni cláusulas revisables. Nos limitábamos a descubrirnos mutuamente, evitando acercarnos demasiado al abismo de


tener que llegar a la conclusión que preferíamos la etapa clandestina a la libertad. 8. Como físicamente no me parecía mucho a mi padre, me fue más fácil recrearme en la hipótesis de ser hijo de Semprún. Lo hacía con la inconsciencia de quien se complace en la morbosidad de una fantasía sacrílega pero, sobre el papel, parecida. Era un juego tan absurdo que no lo hablé nunca con nadie. En la estructura de este juego privado sospecho que debían intervenir las tensiones antagónicas propias de la adolescencia, como son un cierto afán de notoriedad – agravado por el hecho de que los padres hubiesen pasado del anonimato clandestino a una popularidad creciente – y la lógica incomodidad con todo lo que viene impuesto por la genética. 9. La ocurrencia de la paternidad alternativa llegó a la cota más extrema el año 1977, cuando Semprún ganó el Premio Planeta con la novela Autobiografía de Federico Sánchez. En la cubierta del libro se ve un escudo del PCE, idéntico a tantos otros de los que corrían por casa y, en la parte derecha, una fotografía en blanco y negro de un Semprún con gabardina. Por fisonomía y actitud, y por el misterio difuso que destilaba la imagen, habría podido ser una foto de mi padre en los tiempos más adversos de la clandestinidad. De mi padre de verdad, quiero decir que, en un hipotético retrato accidental recuperado por la policía franquista, habría tenido una apariencia parecida, conspiradora y distinguida. He olvidado muchas circunstancias de aquella época, sospecho qué porque la adolescencia es un periodo que, a diferencia de la infancia, intentamos borrar rápidamente de la memoria. Conservo, eso sí, el ejemplar del libro – dedicado – que tenía mi madre. Con una letra de una persona acostumbrada a agradar, Semprún escribe: “A Teresa Pàmies, en recuerdo


de un (lejano) V Congreso”, y un poco más abajo. Una firma, “J. Semprún (Federico)”. El “V Congreso” es el origen de todo, el agujero del mal checoslovaco que consagra la expulsión de militantes que no aceptan el dogmatismo orgánico de la dirección. Pero la substancia de la dedicatoria, sin una fecha que permita situarla con precisión en la convulsa continuidad de aquel tiempo, la encontramos en los dos paréntesis. El segundo, Federico, hace referencia al nombre de guerra de Semprún, recuperado después de tantos años en el momento de una dedicatoria (quiero pensar qué de manera apresurada, encontrándose en una cola de lectores con la amiga, doble testimonio del inicio de todo, y al mismo tiempo compañera de uno de los personajes que intervinieron, en calidad de antagonista, en todo lo que explica en el libro). Y el primer, lejano, es un signo de coquetería, como si Semprún quisiese subrayar la voluntad de indulgencia con un drama político muy común en la izquierda y que, con una voluntad de amnesia inducida, los dos pretenden haber superado. 10. Sin haber leído el libro, podría parecer que la dedicatoria destila el punto justo de la cortesía. Después de leerlo, en cambio, se afirma como una declaración a medio camino entre el cinismo y el narcisismo. Y lo que sorprende – y intuyo que este detalle debía ser crucial en el momento de alimentar mi ansiedad de paternidad suplantada – es que, conociendo el contenido del libro, mi madre se aviniese a asistir a la presentación y esperase – me consta que fue así porque no se escondió – a saludar a su amigo. En parte porque debía ser la manera de reafirmarse en la idea que, llevada al extremo, la disciplina de partido había sido nefasta, y en parte por ser coherente con esa rebeldía de militante busca pleitos volviendo a saludar aunque fuese de manera apresurada y con un abrazo urgente y casto (en


noviembre de 1977, cuando salió el libro, mi madre tenia cincuenta y ocho años y Semprún cincuenta y tres), el viejo amigo convertido en hombre de moda y en prototipo de intelectual de izquierdas. 11. Devoré el libro en un estado de fiebre autodestructiva. Buscaba la confirmación de sospechas infundadas, los argumentos para ser más beligerante en el momento de criticar a este padre reinsertado en la vida normal. Es un libro descarnado y brillante sobre la disidencia comunista española. Con diez y siete años, encontré el homenaje más sentido a los camaradas de infantería (que conocía), el ataque mas virulento a los dirigentes (que también conocía) y un fiel retrato de los ambientes que me habían marcado, con la presencia permanente de un ejército de militantes (Ramos, Bernardo; Teresa, Julio, Gros, José, Tomasa, Román) uniformados con sus respectivas gabardinas. Si la infancia es un tiempo de evidencias interpretadas en clave de fantasía, la adolescencia acostumbra a desmitificar lo que hemos sobrevalorado. Y el libro de Semprún disparaba contra muchas evidencias pero dejaba las desmitificaciones en el territorio de las opiniones (que, como saben todos, son fantasías encubiertas) y, como el guión de alguna de sus películas, tenía la valentía y la lucidez de describir a los comunistas como una tribu condenada a ser leal a un sueño imposible. Más que ningún otro ingrediente, lo más perturbador era que hablaba de mi padre con un menosprecio brutal, a degüello. Mentiría si dijese que me dolió. Al contrario: la rabiosa subjetividad de Semprún me proporcionó la munición idónea para continuar disparando metafóricamente contra mi padre y, desde el pedestal de la ignorancia, subrayar la superioridad del derecho a la disidencia sobre cualquier otra circunstancia. Y las cada vez más intensas conversaciones de sobremesa (ya no eran una


fiesta o un premio; eran un examen, un juicio, un interrogatorio y, a menudo, una lata) me incitaron ha hacerme el radical y el íntegro y a comprobar como mi padre tomaba mis invectivas con una sorda y generosa indiferencia. 12. Me habría agradado sacarle de sus casillas y activarle el estalinismo gregario que Semprún tanto denuncia en el libro. Pero en lugar de reaccionar coléricamente, mi padre se limitaba a aceptar con una sorna aragonesa (¿el 20% de desinterés o el 50% de nobleza?), que su mujer y su hijo se empeñasen en hablarle, con una reiteración policial, del libro de Semprún. Adiestrado en el hábito de imaginar situaciones imposibles para responder a las preguntas que nadie me respondía, aquella lectura me sugirió la hipótesis sacrílega del adulterio. Sin ningún pudor, imaginaba un fugaz encuentro, entre Semprún y mi madre que, desmintiendo la leyenda familiar según la cual fui engendrado el día en que mis padres fueron a ver Las noches de Cabiria, establecía un nuevo origen, menos felliniano, pero por suerte, igualmente cinematográfico. Ahora que ya no les puedo avergonzar, lo escribo con la boca pequeña: en las imágenes de estos fantasiosos encuentros clandestinos parisinos, tanto Semprún como mi madre (como el aragonés hipotéticamente cornudo) llevaban gabardina. 13. Como la mayoría de fiebres adolescentes, esta también pasó. Me la quité de la cabeza a medida que mi padre fue encontrando la manera de adaptarse a su condición de hombre legal y público. No sufrió los desajustes psicológicos del soldado que regresa del Vietnam o de los presos políticos liberados – Marcos Ana, Fabriciano Roger, Miguel Núñez – después de una condena de record Guinness. Demasiado mayor para desvincularse de las ideas


de toda una vida, demasiado joven para distanciarse de la consanguinidad de su clan, no se perpetuó en la primera línea por, como casi todo lo que hizo en la vida, sentido de responsabilidad, la lealtad y la discreción. Liberarse de la amenaza omnipresente de la represión y de los códigos de clandestinidad no modificó sus objetivos políticos pero si sus costumbres. Trabajar tres o cuatro días a la semana en Madrid como diputado electo en el Congreso le permitió recuperar la independencia (y la juventud) parcialmente perdida y disfrutar de una libertad insólita para el. Una libertad que en su casa habría sido sometida al radar de nuestro control de calidad familiar. Aún hoy, de cuando en cuando tropiezo con personas con quien mi padre compartió aquella etapa madrileña de puente aéreo. Los recuerdos que se empeñan en explicarme tienen poco que ver con la política y si, en cambio, con una ruta noctámbula de tangos, boleros y chotis en directo en que, libres de la vigilancia del partido y entre risas, flirteos y sobremesas más o menos confesables, participaban diputados de todos los partidos. 14. Como padre alternativo, Semprún fue perdiendo la pátina de la perfección que, cometiendo un error simétrico del de la mitificación de mi padre de verdad, yo le había otorgado. Ninguno de sus libros me gustó tanto como El largo viaje y Autobiografía de Federico Sánchez, pero me los leí todos con la disciplina de quien cumple una secreta penitencia. En pocos años todo quedó reducido a una simpatía circunscrita a mi vocación de lector y cinéfilo. Sin proponérmelo, mantuve una especie de vínculo mental con Semprún que transformaba en afinidad, pero nunca, como en el periodo febril de la adolescencia, en ferviente identificación. Incluso seguí sus peripecias como ministro de Cultura, cuando consiguió imponer el prestigio de las


gabardinas parisinas contra el casticismo de las chaquetas de piel vueltas o la pana del socialismo hispánico. El personaje de Yves Montand ya lo había presagiado en La guerre est finie cuando en una de las escenas decía: “Il y a des types qui sont clandestins et un Beau jour ils deviennent ministres”. 15. En una película de aquella época explicaríamos el paso del tiempo con la secuencia de un calendario deshojándose o el desfile acelerado de nubes, alboradas, mareas y atardeceres. Para circunscribirla a la realidad política, añadiríamos imágenes documentales de manifestaciones pacíficas y violentas, marchas silenciosas en funerales multitudinarios contra el terrorismo y alguna proeza deportiva. En la vida real, en cambio, los padres envejecieron con una lenta dignidad, igual que Semprún. Me consta que mi madre le volvió a saludar en otra conferencia para certificar – ahora sin dependencias políticas y con la obstinación de quien quiere ser coherente hasta sus últimas consecuencias – que se arrepentía de la docilidad que les había impuesto la Historia con mayúscula y sus minúsculas mezquindades. 16. Superada la tempestad adolescente y situado en una zona más confortable de la primera juventud, empecé a parecerme a mi padre. No físicamente – ya me habría gustado – pero si químicamente, cuando me hacían un análisis de sangre que confirmaba la misma hipertensión y, fuera del laboratorio, otras minucias hereditarias como la puntualidad o la imposibilidad de comer un huevo sin sal. El hilo de ficción que me había unido a Semprún se debilitaba y solo recuperaba tensión de manera excepcional. Ejemplo: un día, en París, hablando con la editora Jacqueline


Chambon, me explicó que era amiga de Semprún y que, con cierta curiosidad, el le había preguntado si yo era el hijo de mis padres. Y, al final, Jacqueline me dijo que organizaría una cena en su casa y que convidaría a los Semprún, así, en plural. La cena se hizo pero, a última hora, los Semprún no asistieron. Y, a pesar que me había preparado para el encuentro con las manos sudorosas y un nudo de expectativas en el estómago, me sentí definitivamente liberado, tal vez porque para entonces ya sabía que las admiraciones que uno construye en la infancia y en la adolescencia no se ven nunca confirmadas por la realidad (con la excepción de Johan Cruyff, naturalmente, acostumbramos a decir que es mejor no conocer a nuestros mitos porque siempre nos decepcionan, pero es una presunción que no se tiene en cuenta hasta que punto nosotros les debemos decepcionar a ellos). 17. Cuando todavía no podía imaginar que acabaría escribiendo sobre la relación del gusto de mi madre por los hombres y las gabardinas, me compré una. Fue en Agosto del 1987, en Berlín, en un mercado de segunda mano. Lo recuerdo porque unas horas antes se murió el líder nazi Rudolph Hess. La tarde anterior, me había detenido a tomar el fresco delante de la prisión de Spandau, donde Hess estaba confinado a perpetuidad. Había estado de vacaciones y había alquilado una bicicleta. En bicicleta, las ciudades parecen más amables y los turistas menos bárbaros y si hay parques siempre apetece pararse y dejarla descansar como a un caballo exhausto (aunque, en este caso, el motivo de la pausa era una irritación rabiosa en la parte interior de los muslos). De aquel viaje recuerdo el placer de la soledad, la sensación de libertad, el salami ahumado en el desayuno del hotel, un cine de butacas apolilladas donde vi Solaris de Andrei Tarkovski en versión original en ruso subtitulada en


alemán, el bar Mitropa y la sensación de notar la energía de la Historia en el Estadio Olímpico, al Checkpoint Charlie o estar cerca de prisión de Spandau. También recuerdo que cada noche, después de cenar, salía a caminar hasta el café Einstein. Leía periódicos europeos con pose de escritor introvertido y me hacía el interesante cada vez que entraba una mujer acostumbrada a que cuando entraba en un café los hombres se hacían los interesantes. Fui casi cada noche durante las tres semanas que pasé en Berlín y, a pesar de que procuraba parecerme al máximo a los intelectuales bohemios parisinos o praguenses, no conseguí ni una sola conversación con ninguna mujer. Pero si que leí los titulares anunciando que Hess había muerto y, propulsado por la misma temeridad por la que había fantaseado con la idea de ser hijo de Semprún, pensé que quizá tenía el poder paranormal de acabar con la vida de aquel jefe nazi parándome un momento, justo el día antes, al lado de la prisión de Spandau. Hess, uno de los responsables de todas las tragedias que explica Semprún en El largo viaje, idénticas a las que le tocó vivir a mi tío Joaquín y a millones de europeos. 18. El día que, aplicando mi poder telepático, maté a Rudolph Hess, no llevaba la gabardina porque hacía un calor agobiante y la había dejado en la maleta del hotel. Me sentía orgulloso del valor simbólico de la compra, una gabardina berlinesa de segunda mano, de fabricación británica, que, llevado por los caminos de la mitomanía, me retrotraía a gabardinas cinematográficas que había admirado mucho. Como la que llevaba Richard Burton en El espía que surgió del frío o la de Louis Trintignant en El inconformista. O la que Boris Vian llevaba a todas partes con la alegría desesperada de los que intuyen que van a morir jóvenes. O la de Jacques Tati, simétricamente


humorísticas. Llevé aquella gabardina durante cuatro años con una perseverancia insalubre que coincidió con la época más noctámbula de mi juventud. Era un ejemplo de indistinción con una anatomía más predestinada a llevar ponchos de cantante de Inti-Illimani u otras indumentarias irreparables. La gabardina, en cambio, simbolizaba la elegancia inaccesible. La llevaban los actores y los escritores que admiraba incluso cuando, muchos años más tarde, conocí a Ana, la quise impresionar queriéndole comprar una gabardina que me costó el salario de dos meses, de color rojo y con cuello de piel (un regalo que, evidentemente ella no se puso nunca pero que aún conserva, no se si como una prueba de cargo preventivo de nuestra relación o con la esperanza de que alguno de nuestros hijos se encaprichase y la adoptase como una parte de su vestuario con la misma nostalgia con que nosotros adoptábamos, como el súmmum de la modernidad, la ropa de nuestros padres). 19. Leí tanto a Semprún que lo aburrí. Entonces no lo admitía pero me parecía reiterativo y un poco exhibicionista en el momento de volver a la supervivencia de los campos, la clandestinidad o la injusta expulsión del partido. Me hacía recordar un comentario de mi tío Joaquín, que dividía a los supervivientes de los campos nazis entre los que habían escrito y conferenciado con mucha profusión sobre su experiencia porque no habían pasado bastantes años y los que, como el, habían vivido tantas privaciones y horrores que salieron con el único propósito de olvidarlos, convencidos que les sería imposible hablar nunca de ellos. Aún así, prevalecía el vínculo del respeto y la percepción que los escritores tienden de manera natural a la obsesión de volver al lugar del crimen no es un síntoma de impostura o de agotamiento sino de desesperada coherencia. Régis


Debray, que le conoció muy bien (y que llevaba gabardinas de corte socialdemócrata) habla de Semprún como de uno de los miembros privilegiados de lo que llamaba “aristocratie du malheur”. Y, haciendo un juego malabar de conceptos típico de intelectual brillante en decadencia, afirma que Semprún “privatiza la Historia al mismo tiempo que historiza su vida”. Pero lo más interesante es que cuando Debray, que compartió con Semprún las mismas adicciones y curas de desintoxicación ideológicas, describe a su amigo como un viejo usa la memoria como el espejo donde encontrarse cara a cara con lo que fue pero constata que, reclamando la cuota de protagonismo que les desligue de convertirse en zombies del olvido, aparecen decenas de coetáneos que nunca sabremos si son reales o inventados. 20. Sin rencor, me fui distanciando de Semprún al mismo tiempo que iniciaba una lenta pero perseverante recuperación de mi padre. No a través de la política sino de la práctica continuada de mi papel de hijo, ahora sin interferencias históricas, partiendo de una relación normal (suponiendo que el adjetivo normal pueda aplicarse a las relaciones entre padres e hijos). El hecho de ser padre me había proporcionado un punto de vista que huía de los prejuicios ideológicos y, en lugar de invertir los excedentes de energía en intentar matar o herir a los padres, me obligaba – más por responsabilidad que por convicción – a cuidarlos y a serles útil. Pero entonces no me daba cuenta que, a falta de patrimonio inmobiliario o financiero, mis padres me dejaron una herencia inmaterial. Como habían invertido toda su vida en ideales comunes y habían sido consecuentes con esta decisión, nos regalaron, a mis hermanos y a mi, la oportunidad de distanciarnos de la política en general y del comunismo en particular. A veces, tentado por la sospecha creativa, especulo que mi madre nos


abrió la puerta y nos dirigió hacia un tipo de vida menos convulsa y que mi padre lo aceptó con la misma irónica complicidad con que había aceptado tantas otras cosas. Si ellos se habían resignado a aquella democracia imperfecta de consensos y reconciliaciones asimétricas, nosotros podíamos elegir, sin urgencias ni sacrificios, si la combatíamos con militancia legalizadas o nos dejábamos arrastrar por la inercia del aburguesamiento o del cuestionamiento de todas las ideologías. No me percaté hasta que mis hijos empezaron a ser mayores y, mirando atrás, constataba que habían podido vivir sin experimentar, ni para bien ni para mal, ninguna de las interferencias ideológicas que tanto definían mi infancia y mi adolescencia. 21. En el armario de mi padre todavía había una gabardina que no quise heredar porque, superados los tiempos de efervescencia postberlinesa, había renunciado a cualquier presunción de elegancia (me conformaba pasando desapercibido en el universo de los que, en cuestiones de indumentaria, nos hemos de contentar con cazadoras de todos los tipos). Mi padre, mientras tanto, se fue encogiendo y encorvando. Perdió afirmación en la corpulencia y se refugió en la consistencia cobarde de los abrigos. La memoria es cruel y haber vivido de tan cerca el envejecimiento final de mi padre, haberlo acompañado en tantas expediciones médicas, haberle ayudado en el momento de escribir sus memorias (con la colaboración incansable de Enrique Cama), hizo que Semprún quedase reducido a un papel cada vez más secundario. Era una presencia anecdótica que ya no pertenecía a la historia de la familia y que solo volvía a interpelarme cuando escribía algún artículo sobre la memoria y el compromiso intelectual o cuando, como hizo en el Palau de la Generalitat en


presencia de mi tío Joaquín, le tocó conmemorar el heroísmo de los supervivientes de los campos de concentración nazis con uno de sus brillantes discursos. 22. Recuperemos el recurso cinematográfico del paso del tiempo y añadamos escenas de lluvia, imágenes de terrazas de café parisinos o de cementerios melancólicamente inspiradores. Introduzcamos escenas de convulsiones políticas, en Praga o en Berlín, para transmitir la sensación de que la historia avanza gracias a las sacudidas de conflictos en los cuales, de modo sistemático, siempre hay lideres con gabardina que se dirigen a las masas enfervorizadas. En el ámbito familiar, esta aceleración del tiempo que, de manera arbitraria. Elimina largas temporadas aparentemente insulsas para centrarse en los acontecimientos que marcan el pulso consanguíneo, se encarna en funerales y hospitales visitados por motivos de enfermedades, pero también para celebrar el nacimiento de una savia nueva que, si todo fuese como debiera ir, no tendría la necesidad de vivir con la misma intensidad histórica que la de sus antepasados. 23. Quien crea que la gabardina solo es la expresión del carisma revolucionario o del romanticismo bohemio se equivoca. Hay demasiadas imágenes que certifican la absoluta transversalidad, desde el humanismo más admirable y comprometido hasta el totalitarismo genocida. Desde la disidencia y la creatividad inspiradoras a la violencia megalomaníaca y abyecta. Dicho de otra manera: Hitler y Stalin también llevaron gabardina, igual que los torturadores de siniestras gafas oscuras de la Argentina o de Chile. ¿Haberlo descubierto relativiza el entusiasmo inicial por la idea de escribir sobre la influencia de la gabardina en la historia de mi familia? No, pero me obliga a ser más periodista que escritor y a visitar los armarios familiares que


mi madre preservaba con grandes dosis de misterio y naftalina. Y el momento de sacar la ropa de invierno era una ceremonia aplaudida que, como único testimonio de la época más plácida de la familia (sin hermanos cerca, con mi padre descubriendo los placeres de la legalidad), pude vivir en primera línea. Si se había engordado, mi padre eliminaba de su vestuario alguna americana que yo heredaba – todavía conservo alguna – con un entusiasmo nada fingido. 24. Y muchos años más tarde, la sorpresa. Cuando murió mi madre, descubrí dos gabardinas en su armario, hechas a mano. Y me di cuenta que no las recordaba no porque no las hubiese visto nunca sino porqué, a diferencia de mi padre, eternamente ausente y recordado como un héroe, mi madre no había tenido el privilegio de ser mitificada por los hijos. A ella le había tocado el papel del policía malo, de los controles de calidad de su marido y de sus hijos, no siempre con la intensidad requerida para agradar a todos pero si para hacer – cuando todo era mucho más difícil, arriesgado e improbable – lo que había que hacer. Y ver aquellas gabardinas activó el recuerdo de los tiempos en que mi madre las lucía sin que nosotros nos diéramos cuenta. Cuando las llevaba con la satisfacción – la autoestima que tenía como modista solo era comparable a la que tenía como escritora – de haber sabido sumarse a la moda de su tiempo. Una moda que explotó justo cuando París y Praga deciden institucionalizar la gabardina como uniforme informal de la disidencia chic. 25. Conviene empezar a pensar en acabar esta crónica. Mi padre envejece siguiendo los preceptos de la jota de José Oto. Es un enfermo exigente pero amable. Durante las visitas médicas, me cede la responsabilidad de dialogar con los médicos y de supervisar los tratamientos y las dosificaciones en que derivan. Como es una persona


conocida, algunos especialistas se exceden en la amabilidad. Incluso hay uno que le dice que, aunque le han detectado un par de cánceres simultáneos, ninguno de los dos le matará. Y como se lo dice con una sonrisa inoportunamente condescendiente, mi padre aún tiene humor para comentarle: “Así tendremos que estar contentos,¿verdad?”. La sordera le aísla y el carácter se le oscurece, sobretodo teniendo en cuenta que parte de una propensión a ser, por vocación y por interés, encantador. En las sobremesas, la vejez de mis padres, compartida con la misma tenacidad y afecto de siempre, no elimina los momentos de discrepancia, pero a pesar de que la política siempre está presente, se imponen problemas más terrenales relacionados con la salud y un estilo de vida que incluye caídas y fisioterapias, dietas bajas en sal y, sobretodo, funerales de camaradas y amigos. 26. El espacio se reduce casi tanto como el tiempo y en los armarios sobreviven abrigos atemporales hasta que, anunciada por los meteorólogos, llega una ola de frío proveniente de Siberia, que es de donde tienen que llegar las olas de frío como Dios manda. Mi padre va ya en silla de ruedas y le saco a pasear cada día, el abrigo con trabajo le sirve. Después de hablarlo con mi madre, me autoriza a ir al El Corte Inglés a comprarle urgentemente el que, con una ambigüedad inusual, ella define como “una buena parca”. Mi padre y yo continuamos sin parecernos pero ahora que el se ha encogido y que yo me he ensanchado, tenemos una corpulencia equivalente. Y como se le hace muy difícil levantarse de la silla de ruedas, me pide que me pruebe las piezas de ropa y que el ya elegirá la que más le guste. Nos movemos por la planta de caballeros como cuando de pequeño me llevaba a ver los regalos de Navidad. Con el tacto experto de alguien que recuerda sus remotos tiempos


de sastre, comprueba texturas y se para a hacer comentarios de experto. Está de buen humor hasta que, a primera vista, se enamora de una gabardina Burberry con el forro de lana de estampado escocés. El empleado de la planta se nos acerca, elogia la elegida – siempre lo hacen – y observa como mi padre se la prueba por persona – yo – interpuesta. Extiendo los brazos como un espantapájaros, me levanto el cuello, siento el calor perfecto del forro de lana y lamento no tener la percha idónea para una pieza de ropa que debe ser, con diferencia, la más cara que mi padre haya comprado nunca. El me observa sin abandonar aquel inicio de sonrisa parcialmente oscurecida por los cánceres que, según los médicos, no le han de matar. No pienso que, después de diez años de su muerte, escribiré esta historia, quizás demasiado dispersa y con demasiados adverbios y adjetivos. Nos llevamos la gabardina y, a diferencia de tantas elecciones políticas y domésticas sistemáticamente criticadas por mi madre, esta es aplaudida e incorporada como el elemento que definirá el vestuario de los últimos tiempos de mi padre, empeñado en ponérsela incluso cuando, por el clima, no tocaba. 27. Aceleremos porque no me apetece pararme en la agonía en el hospital. Ni en el funeral que le habría gustado tener, nunca celebrado porque mi madre no se vio capaz de soportar las exigencias protocolarias. Ni en la ausencia digerida desde una perspectiva que no puede ser privada porque una parte de mi padre tiene una inevitable dimensión pública. Dejemos que el tiempo imponga su criterio de selección y establezca que el olvido confine a mi padre al limbo que, en el ámbito familiar no son los de la amnesia sino los del recuerdo. Hagamos envejecer a los hijos y crecer los nietos. Veamos tatuarse frases crípticas, ponerse piercing y teñirse los cabellos con colores benetttónicos.


Introduzcamos escenas de discusiones que desembocan en separaciones o en silencios. Pongamos un contexto político en que, de vez en cuando, alguien nos explica que habrían hecho y pensado los padres si estuviesen vivos. Pero están muertos. Y entre todas las cosas que han dejado atrás y del legado que sus hijos administramos como podemos, hay distinciones, medallas, peticiones de homenajes que conviene esquivar con elegancia y decisiones consistoriales de posibles cambios de nombre de una media plaza recóndita o reediciones anunciadas con ilusión que son recibidas con una sintomática indiferencia. 28. En una dimensión más íntima, también está mi armario. Solo tengo uno, porque vivo en un pisito que mis padres no llegaron a conocer. Coloco la ropa que en general me va pequeña y que conservo porque, como tantos obesos, pienso que adelgazaré y que entonces me la podré poner. Conservo dos trajes de mi padre, por acaso me tengo que casar, morirme o recibir un premio prestigioso, media docena de corbatas que no sabría como ponérmelas (todavía no he aprendido a hacerme el nudo) y la gabardina de El Corte Inglés, tan sólida como cuando la compramos. Y, muy excepcionalmente, cuando el frío siberiano decide volver a Barcelona, me gusta ponérmela. Como hoy, después de haber oído como el meteorólogo de la radio decía una frase que definía el momento moral que vivíamos. Ha dicho que las temperaturas serían muy bajas y que a última hora habrían “tímidas bandas de nubes delgadas”. De entrada, me ha parecido un buen título para un libro de poemas, pero la impresión se ha diluido en seguida. He sacado la gabardina del armario. No huele a naftalina porque ahora hay unas pinzas inodoras que, dicen, también espantan las polillas. He de salir para una entrevista de trabajo – las cosas están como están – y encuentro a faltar los momentos en que, en


situaciones parecidas y de manera excepcional, le pedía consejo a mi padre. La última vez, le hablé de una crisis sentimental que acabó siendo definitiva, pero el, que ya había entrado en una fase de renuncias irrecuperables, me dijo que el no era nadie para darme consejos. Me sorprendió mucho porque una de las pocas misiones reconocidas universalmente por los padres es dar consejos a los hijos y lo atribuí al hecho que, por coherencia biográfica, prefería más mantener su condición de padre ausente hasta el final. Pero hoy quiero causar buena impresión y se que la gabardina me ayudará. De entrada me sentiré algo extraño, como siempre que me la pongo. Pero también se que la melancolía que me contagiará no será triste sino reconfortante. Y que cuando pase por delante de un escaparate, me miraré de reojo y volveré a constatar lo que ya se. Que, aunque me esfuerce, nunca sabré llevar gabardina con la ligereza t la elegancia de mi padre, de Jorge Semprún y de todos los hombres que le gustaban a mi madre. POR FAVOR Han llegado de buena mañana: dos chicas y tres chicos, amontonados en un Hyundai de alquiler que conduce mi hijo. Han descargado el material y, como habíamos acordado por teléfono, han ocupado lo que llamamos jardín y que en realidad es una explanada de zarzales reconvertida en almacén de objetos moribundos. A mi hijo le he visto más taciturno, pero esta impresión no es nueva: tiene que ver con el recuerdo mitificado que conservo de cuando era pequeño y reía a todas horas. Les he dejado donuts y café sobre la mesa del comedor, por si quieren desayunar, y me he refugiado en el estudio, bastante lejos para no molestar y bastante cerca para tener buena vista del rodaje.


Mi hijo me ha presentado a sus amigos, que se han limitado a saludarme a distancia y a mantener la pose de futuros cineastas tenebrosos que les identifica. De tanto en tanto se acercan a pedir alguna cosa sin decir por favor: un encendedor, un hacha, cuerda, una compresa. yo intento atenderles sin hacer comentarios que puedan incomodarles. En una de estas idas y venidas he visto que casi todos los enchufes del comedor y de la cocina están ocupados por cargadores, probablemente de móviles y baterías para las cámaras. Desde que vivo en esta casa he sofisticado mi talento para hacer ver que trabajo hasta conseguir la máxima improductividad. Paso las horas, los días y las noches naufragando por Internet, encadenando olas que me alejan de la traducción – un ensayo sobre neumología infantil – que tenia que haber dejado listo hace tres semanas. La editorial no la ha reclamado, pero, cuanto más culpable me siento por incumplir los plazos de entrega, menos ganas tengo de trabajar. Con las ventanas abiertas, intento cazar al vuelo los diálogos de los personajes del cortometraje. Debo estar perdiendo oído porque solo consigo identificar las órdenes más obvias como acción y corten, pronunciadas por mi hijo. El resto de frases con forman un murmullo inaccesible, deliberadamente mal vocalizado, interrumpido por risas que parecen mas de complacencia que de alegría. De tanto en tanto, me levanto, me acerco a la ventana y les miro sin esconderme. Intento situar el movimiento de los actores al guión de las dos escenas que mi hijo me envió por correo electrónico después que, por teléfono, me hubiese pedido si podía usar la casa para rodar. Antes de colgar, recuerdo que me dijo: “Ah, por cierto: tendrías que salir haciendo de muerto”, así, sin añadir por favor. Después de escuchar las instrucciones de mi hijo, me esforcé por no contrariarlo. Verle dirigir y repartir órdenes y recomendaciones nos produce una incomodidad recíproca. Esta


debe ser la razón por la cual ha reservado mi intervención para el final, después de una mañana productiva y sin incidentes. En contextos diferentes de los habituales, a todos nos hace un poco de pesar mostrarnos tal como somos delante nuestra gente. Consciente de esta disonancia, he adoptado una actitud profesional, de figurante solícito. Cuando el director me ha pedido que me estirase en el suelo y me ha explicado que el protagonista del cortometraje – un chico que lleva barba de apóstol – me arrastrará por la explanada cogiéndome de los pies, solo le he preguntado como he de poner los brazos. La respuesta no me ha convencido, pero tampoco la he discutido: “Como si estuvieses muerto”. En el momento de estirarme en el suelo, de espaldas, siento un pinchazo a la altura del hombro derecho. Cuando mi hijo era pequeño y estaba enfermo, para tranquilizarlo siempre le preguntaba si el dolor o el malestar que sentía le era familiar o era nuevo. Casi siempre era un dolor conocido y darse cuenta de ello le ayudaba a comprender que no era grave, y ser mas obediente en el momento de aceptar de tomar agua, medicamentos, un tazón de caldo o una compota de manzana. El pinchazo que ahora noto no se parece a ninguna de las que he vivido. Como no la reconozco, la analizo. Se extiende en movimientos retráctiles, unos segundos hacia la derecha, unos segundos hacia la izquierda, unos segundos hacia la superficie y unos segundos hacia profundidades intestinas que no sabía que existían. La cadencia se repite y, como en el Bolero de Ravel, gana en intensidad y parece que suma en otros instrumentos (esófago, pulmones, tráquea, corazón) que, a pesar que interpretan la misma melodía, la hacen más alarmante. No relaciono el dolor con la muerte, solo con el miedo, y justo cuando quiero avisar al actor barbudo que me arrastra que deje de cogerme de los pies y que pare, me doy cuenta que ya no me quedan fuerzas y que el modo más preciso de definir mi estado –


es la deformación profesional de trabajar con palabras – es muerto. Me sorprende que la muerte tenga la estructura de un reloj de arena. Mientras me cuelo hacia vete a saber donde, tengo mucha más conciencia que cuando estaba vivo. Es como si me fuese concedida la oportunidad de despedirme de mi mismo no a través de la visión retrospectiva de mi vida sino de este último momento. Lo primero que me transmite este alud de lucidez es que no podré acabar la traducción. El segundo tiene que ver con los cargadores: me pregunto si la instalación eléctrica resistirá. El tercero, con la situación algo ridícula en que me encuentro: hace ya rato que, siguiendo instrucciones de mi hijo, el actor me arrastra arriba y abajo. Por lo que podido entender, en la escena han de deshacerse de mi cadáver, pero el actor se debe haber dado cuenta de que alguna cosa no va bien y ha dudado hasta el punto de pararse, acercarse, mirarme fijamente (más allá de la superficie del rostro que le ocupa la barba, le invade una mezcla de pánico y perplejidad) y gritar que le parece que estoy muerto. Y entonces he oído la voz de mi hijo, que, con una determinación que no se de donde le viene (de mi seguro que no), le ha gritado al tenebroso operador de cámara: “¡Sobre todo no dejes de filmar!”. LA FENOMENOLOGIA DEL ESPÍRITU Sentado en la butaca 9C del segundo vagón del AVE Barcelona-Madrid, lloro. Concentrado en una de las pantallas y conectado a los auriculares, miro una comedia romántica sobre viajes en el tiempo Me vuelve a sorprender la facilidad con que me emociono viendo películas y, en cambio, como me mantengo monstruosamente inexpresivo, cuando los dramas son de verdad. El paisaje que desfila por la ventana también reclama mi atención y me transmite la cadencia de un horizonte que,


sinuoso, avanza en dirección contraria. Las grandes extensiones de secano me hacen pensar en poetas republicanos y en pintores franquistas. Me impresionan las colinas de árboles carbonizados y la majestuosidad de los molinos de energía eólica. Perseguidos por el viento, las nubes arrojan sombras amenazadoras sobre las tierras cultivadas. Las lágrimas, que no tienen la consistencia de la pena sino de las gotas de un colirio, hacen que todo lo que miro esté recubierto de un barniz demasiado brillante. El azar ha querido que en el asiento de al lado viaje un exministro socialista de educación. Es un hombre discreto, de una fealdad afable y de una corpulencia insólita. Lleva una camisa de color azul celeste, corbata, gafas de hombre que vive al margen de la moda y zapatos con cordones, probablemente hechas a medida (calculo que debe calzar un 50). Hace un rato ha ojeado el periódico en que colaboro. Cuando ha llegado a la página del artículo que publico hoy (la crítica de un telefilm sobre el obispo Casaldáliga), lo ha saltado, ale hop, con una indiferencia que, mas que ofenderme, me ha hecho sonreír. Al terminar le ha pedido una Coca Cola Light a la azafata y ha hablado por teléfono – un Smartphone Samsung con funda de piel – en voz bastante baja para que fuese imposible entenderle lo que decía, a diferencia del pasajero del asiento 10C, que, a gritos, ha repetido tres veces; “Si solucionamos el problema de la conectividad, eso no pasará”. Con gestos de persona acostumbrada a aprovechar cada minuto, el exministro ha sacado de la cartera una edición universitaria de La dialéctica de Hegel, un texto impreso – una conferencia, he pensado – y otros materiales de estudio donde ha escrito al margen con un rotulador rojo (Pilot) o ha subrayado con un marcador fosforescente (Staedtler). Tiene una letra elegante pero difícil de entender. De reojo, he intentado descifrarla y solo he sido capaz de reconocer palabras como “los griegos” y “maestros”, subrayadas con el trazo que los conferenciantes experimentados usan para dar énfasis a una idea


o marcar el pié de unas digresiones que a menudo acaban siendo más interesantes que la substancia troncal del discurso. Cuando el exministro bosteza me doy cuenta de que ya no lloro y recupero el hilo de la película. A diferencia del protagonista, no consigo viajar en el tiempo ni compartir el mensaje – seamos capaces de disfrutar con la grandeza de los momentos insignificantes de nuestra vida – del desenlace de la comedia. Media hora antes de llegar a la estación de Atocha, la película acaba con una canción que me vuelve a emocionar. Me gustaría llamar a alguien y, aunque fuese de broma, preguntarle si me quiere, pero, con buen criterio me abstengo. Nervioso, cojo la libreta que siempre llevo encima como si fuesen las pastillas de nitroglicerina de un cardiópata y pruebo, en balde, escribir alguna cosa. Para hacerme el interesante, imito la gestualidad hiperactiva de los otros pasajeros. Miro la pantalla del móvil – un Nokia carpetovetónico – y compruebo que no hay ningún aviso de mensaje ni de llamada perdida. Cuando el tren se para, soy de los primeros en bajar y, con una vergüenza que aplaco acelerando el paso hacia la salida, hago ver que hablo por teléfono. Respondo con monosílabos, fingiendo sonrisas de complicidad y, con una voz suficientemente fuerte y determinada para hacerme oír, repito “Si solucionamos el problema de conectividad, eso no pasará”. BIELORUSIA El escenario de esta historia es una perrera. Los protagonistas sois tus hijos y tu, que intervienes como personaje secundario. Tu hija asume el liderazgo de la expedición. Es la primera en entrar en el edificio y hablar con la recepcionista. Le expone la razón de la visita: quiere regalar un perro a su madre – Ana – pero antes de comprar un cachorro cualquiera en una tienda de mascotas, prefiere dejarse aconsejar por un especialista. Te


sorprende la manera como se expresa, sin equivocarse, como si hubiese ganado una seguridad impensable hace unos años. Tu hijo, en cambio, mantiene una actitud en el límite del desinterés y no deja de mirar la pantalla del móvil. La voluntaria que os atiende un explica “un poco por encima” cuales son las condiciones que comporta adoptar. Se dirige sobretodo a ti, tal vez porque le pareces que eres el que tendrá que firmar el formulario que no tardareis en llenar. Al final, os propone visitar los perros mientras recita un discurso que parece haber pronunciado muchas veces sobre tenencia responsable, periodo de seguridad de adaptación del animal a la familia y condiciones de entrega – estar al corriente de las vacunaciones, desparasitado, esterilizado e identificación con un chip – que suena como las prestaciones de un electrodoméstico. “Cuando encontréis uno que s guste, me lo decís, y lo podréis pasear”, os dice. Como que os sorprende que los perros se puedan probar, añade que así podréis comprobar si el animal es rebelde, hiperactivo, tranquilo y ver “que química” tenéis. Te viene a la cabeza un documental sobre adopciones de niños y el relato de la cuidadora de un orfanato bielorruso, que explicaba las estrategias de los candidatos a ser adoptados para, en una primera visita, seducir a los potenciales padres. En pocos segundos los niños tenían que ganárselos con miradas que implorasen compasión o mostrándose afectuosos y obediente. Siguiendo a la voluntaria, llegamos a una zona de pasadizos, con jaulas habilitadas con un criterio más de refugio que de prisión. Dentro de cada jaula hay un perro con el nombre – Pipo, Brown, Laika, Goku, Lula, Roc escrito en la puerta con letras demasiado infantiles para haber estado pintadas por niños. En efecto, las miradas de los animales apelan al ansia de afecto, de libertad y de atención. La voluntaria os dice que salir a pasear también es una oportunidad para sustituir la soledad de los dos metros cuadrados de la jaula por la compañía y el espacio del jardín. Lo comenta en un tono neutro,


pero quizás porque no acabas de sentirte cómodo con la expedición, interpretas que debe ser una forma de presión. Cuando tu hija se para delante de una jaula, y después de intercambiar una mirada con un Beagle despierto, afirma que este seguro que le gustará a Ana, no sabes que decir. Tu hijo le hace fotos con el móvil. Desde el primer momento has tenido dudas, pero te ha parecido más importante valorar la iniciativa de tus hijos que reprimirlos, como haces habitualmente. Desde hace unos meses constatas que el ambiente familiar se ha deteriorado y que todos juntos os estáis resignando a un respeto mecanizado, que actúa como una capa de maquillaje para que no se haga tan evidente la rutina del aislamiento. Es una percepción de distanciamiento que no sabes como corregir. Cuando lo intentas, notas que Ana se aleja tanto de ti como tu cuando, cada vez menos, lo intenta ella. Que el solo hecho de mostraros recíprocamente solícitos acelera un desenlace que aun crees que podrás evitar. Tus hijos también se dan cuenta pero como no hay discusiones ni gritos ni llantos, les es más fácil situarse en un territorio de resignación tácita, poco visceral. Los días pasan igual que las semanas, sin estridencias ni cambios aparentes. Tanto Ana como tu tenéis el instinto del artificiero. Cuando detectáis el peligro de posibles conflictos, tomáis medidas para evitar explosiones innecesarias. Es en este contexto donde enmarcas la idea de regalarle un perro. Ha sido iniciativa de tus hijos. Y precisamente porque no acostumbran a tener iniciativa, has preferido no contrariarles. Has aceptado visitar la perrera (y ahora ya sabes que el nombre oficial es Centro de Recuperación de Animales de Compañía) y, “en función de lo que veamos” tomaré una decisión. El problema es que ellos lo han interpretado como un si y que, enorgullecidos de llevar el adhesivo de visitante en el pecho y delante del Beagle de ojos refulgentes, actúan con el entusiasmo de la novedad. Ana nunca se ha manifestado como gran amante de los animales y, hasta


hace poco, los hijos tampoco. En si infancia no h habido ni tortugas, ni hamsters, ni tan solo peces encarnados. Pero en los últimos meses, habían hablado de perros, a pesar de que te pareció que era más para tener conversación que por nada mas. También es verdad que en estas conversaciones – alternadas con el sonido cada vez más sintomático de los cubiertos en los platos – Ana se había mostrado insólitamente receptiva. Esto, sumado a algunos cambios de actitud (cortarse el cabello muy corito después de décadas de cabellera larga o tatuarse una estrella en un tobillo), llevó a tu hija a decretar que había llegado la hora del perro. Para reafirmar su convicción, incluso os había sorprendido con un discurso: “Nosotros – se refería a ella y a su hermano –no siempre vivimos con vosotros”. No la rebatiste porque no querías explicarle que lo más probable era que tu te hubieses de marchar bastante antes que llegase el perro y que ellos se independizasen. A pesar de ello, recuerdas que no podía dejar de mirar al beagle. Mientras movía la cola con la cadencia de un metrónomo, señalaba el jardín del centro de recuperación con el morro y las orejas. Los hijos habían preguntado como se llamaba y cuando la voluntaria respondió que Buda, todos sonrieron. Te diste cuenta que junto con la primera impresión visual, el nombre era un factor de vínculo inmediato. No era gordo, ni desprendía la paz interior que se atribuyen a los budistas, pero una vez sabías que se llamaba Buda, era difícil imaginarle ningún otro nombre. Animados por la novedad, tus hijos no dejaban de decirme “¡Buda!”, como si quisiesen ensayar la capacidad de ser sus propietarios. Por la mañana, antes de salir de casa, les había sermoneado sobre la importancia de ser responsables, pero topaste contra un muro infranqueable de ignorancia y entusiasmo. “Lo paseará la mamá – argumento tu hijo – que por eso se lo hemos regalado” En otro momento habrías interferido para discutir la afirmación y les habrías obligado a comprometerse ha hacer turnos de paseos. Pero, precisamente


porque sentías que a medida que crecían tenías que darles más aire, propiciaste que ninguno de los dos se comprometiese. Mientras tanto, Buda, aprovechaba la libertad vigilada para correr como corren los perros, sin rumbo. No ladraba nada, y esta contención, te hizo sospechar que igual que los huérfanos bielorrusos, el perro candidato a ser adoptado debía intuir que ladrar causaba mala impresión y estaba penalizado. No hacerlo, en cambio, ayudaba, porque seguro que cuando los potenciales adoptantes volvían a casa – excitados por la novedad -, los hijos, que son los que realmente pueden influir en la decisión final debían comentar con simpatía: “¿Y os habéis fijado que no ladra nunca?”. La voluntaria os había dejado una correa para que lo paseaseis durante unos minutos tu detectaste como Buda ganaba todos los puntos de la partida sin que ni ellos ni tu opusiereis resistencia. Incluso os parasteis para repetir el gesto universal de tirar una rama y esperar que os la devolviese. Y con una interpretación prodigiosa de obediencia, el Buda supo correr mientras la rama aún volaba mirarla, cazarla al vuelo y, en el momento de cogerla, acercarse sumisamente a tu hija, como si invirtiese en las alianzas que más le convenían. Para no dejarte liar por emociones demasiado obvias, te impusiste el ejercicio mental de añadir a la escena la presencia de Ana. La imagen que te vino a la cabeza era de contrariedad contenida, como si, delante del abeto de Navidad – absurdamente sintético, porque tus hijos se han convertido en enemigos fanáticos del abeto natural de cultivo -, ella aceptase el regalo de perro pero lo hiciese de manera que todos interpretaseis que no le acababa de gustar. Quizás para rescatarle de aquella espiral mental, Buda se acercó para olerte los mocasines. No parecía cansado y levantaba la cabeza para mirarte con una franqueza categórica. Tu hijo no dejaba de hacerle fotos y repetir: “Las colgaré en el Facebook”. Pasado un rato volvisteis a la galería de las jaulas y la voluntaria os preguntó como había ido y aprovechó la satisfacción de la


respuesta para concretar el nivel de compromiso. Y entonces tú, que seguías dudando, preguntaste si podíais contestar mañana. “Ningún problema”, dijo ella, pero la mirada de los hijos era de sorpresa y les tuviste que explicar que solo querías acabar de organizarlo todo. Sin decirlo, ellos interpretaban que la adopción era un hecho consumado y os llevasteis los formularios y los trípticos como si fuesen un contrato cerrado. En el coche, la conversación continuó. Tu hija resolvía las incógnitas abiertas. ¿Dónde dormirá? ¿Quién le sacará a pasear? ¿Hay un veterinario cerca de casa? Lo que para ti parecía un obstáculo era rebatido por el entusiasmo reconducido hacia el objetivo inicial del regalo y la certidumbre – que en realidad solo era una hipótesis – que a Ana le encantaría. Al terminar, os centrasteis en la entrega. Faltaba poco para Navidad y teníais que actual con rapidez. Le iríais a busca r por la mañana después de cerrar las gestiones y si descartasteis meterlo dentro de una gran caja fue porque, rompiendo su interés, tu hijo dijo: “¿y si tiene claustrofobia?” A medida que os acercabais a casa, enfilando las salidas de la Ronda de Dalt como si fuesen las cuentas de un rosario, recuperabais los aislados hábitos de cada uno. Pendientes del móvil, tus hijos reaccionaban con sonrisas, cejas levantadas y narices fruncidas a mensajes que, atento a la conducción, tu solo podías imaginar. Te pasaba por la cabeza alargar la complicidad que hacía un rato se había establecido entre ellos y el perro. O volver a comentar el objetivo de Una Navidad que no os condenase a la inercia de regalar pañuelos y foulards que acaban en el cajón de los pañuelos y los foulards que no se ponen nunca. Para distraerte, porqué tantas cosas que se regalan acaban abandonadas, pero poco a poco, no podía evitar sentir como te ganaba una inquietud más prosaica. La inquietud de temer que el regalo no fuese una buena idea. Que, tal vez no el primer día pero si al cabo de unas semanas, Buda acabaría siendo el detonante de una discusión (que tu no provocarías) y quien sabe


si de una separación definitiva. Y entonces, con una claridad premonitoria que te asustó tanto como el adelantamiento temerario de un motorista suicida, te viste a ti mismo viviendo solo con el perro. Le sacabas a pasear dos veces al día. Le comprabas el mejor pienso. Le asignabas un rincón privilegiado en un piso alquilado, pequeño, de ermitaño (sin pesebre, sin fotografías enmarcadas, sin un parquet excesivamente encerado). Le llevabas al veterinario y a la peluquería canina. Y, a Buda y a ti, se os veía plenamente compenetrados con vuestras respectivas nuevas vidas. EL CUENTO SOBRE EL 11-S QUE NO ME ENCARGARON NUNCA El recuerdo tiene poco que ver con lo que vivimos. En tiempo real, en cambio, las imágenes acumulan trascendencia y horror, como si quisiesen recrearse en la condición de ser el atentado más importante de la historia. En el momento – a la hora de comer de un martes festivo, cuando aún no prevalece la hora de Nueva York sino la nuestra – solo es un presagio administrado por una indiferencia que, igual que la primera torre, no tardará en hundirse. Los filtros concéntricos de la información imponen su jerarquía. Nueva York, Madrid y Barcelona. Nueva York por razones obvias, Madrid, por las responsabilidades informativas de un despliegue que intuye la magnitud de la tragedia, y Barcelona, porque aporta la particularidad de un Once de Septiembre festivo a la hora del café, cuando lo que apetece es echarse una siesta. Nuestros hijos aún son pequeños y justo empiezan a negociar momentos de tregua. En seguida se percatan que la televisión nos ha fulminado con un magnetismo insólito. Por intuición, no se interrumpen ni nuestro horror ni nuestra estupefacción de adultos mínimamente interesados por las cosas que pasan. A estas alturas, el zapping ya es el reflejo


del ansia de información. Y durante unos minutos que tardaré casi quince años en asimilar, la mente fabrica una especie de adrenalina tóxica. La reconozco: es la adrenalina del pánico. Me acostumbra a interpelar en momentos especialmente inoportunos y por eso he aprendido a domarla a base de respirar con lentitud y aplicando un protocolo determinado. El protocolo es simple y requiere mas disciplina que voluntad. Consiste en negar o empequeñecer las posibles causas del pánico y a ceñirse a la literalidad de los hechos y huir de cualquier interpretación. En aquel momento ya me contemplan bastantes años de paternidad y mientras comienzan a llegar noticias de gente saltando por las ventanas incendiadas de la primera torre, intento encontrar equivalencias de pánico en el disco duro de la memoria. No encuentro ninguna. La secuencia me obliga a ponerme un auricular. Conectar la radio, mantengo las buenas formas y, con monosílabos, intercambio comentarios con Ana. Han pasado quince años y no hemos vuelto a hablar nunca más de aquella tarde (de hecho, no hemos vuelto a hablar de casi nada de nuestro pasado), pero recuerdo – o me lo parece – la manera como ella en seguida se dio cuenta de la dimensión de los hechos. No cayó ni el terror exhibicionista ni en los aspavientos de eso que ahora llamamos empatía y que antes era compasión y misericordia. Cuando la torre se hundió, la noté unas ganas espontáneas de llorar, diferentes de las mías, más histéricas y, digamos, culturales. Los programas especiales de radio y televisión se sumaron a una bola de consternación voraz que hoy todavía rueda y que se alimenta de todo lo que ha destruido a su paso. Ni nuestros hijos ni nosotros no somos lo que habríamos podido ser sino se hubiese producido el atentado. Por eso tiene sentido recuperar carpetas, retales, filmaciones y testimonios de aquellas horas y sumergirme en una regresión mental que es el sucedáneo de una terapia sicoanalítica para centrarme en que hice, que sentí y que pensé, separando un día insólito de una


secuencia vital más rutinaria. De los protagonistas de la tragedia de verdad que ya lo sabemos casi todo, pero lo que hoy me interesa es contrastarlo con el microcosmos particular de una casa normal de Barcelona y con la micro milésima emoción –en comparación con la consternación global – que nos provoca la desaparición ahora si, no de uno sino de dos rascacielos. Como siempre que lo intenta, Ana encuentra el tono adecuado y, sin ser especialmente oportuna, recuerda en voz alta el día de agosto de 1994 en el que subimos al mirador de las Torres Gemelas, tan satisfechos de estar y, entonces tan decepcionados, por los cristales de seguridad y la masificación turística, un poco ganadera, en que participábamos. Pero, propulsado por el pánico, yo enseguida me distancié de este circuito que, en realidad, es el circuito del privilegio de estar lejos y entonces, de pensar en un dolor que me alivia de no tener que compartir pero que tampoco no puedo considerar del todo ajeno. Con una parte del cerebro conectada a la radio, acumulo información. Interiorizo los rumores de otras explosiones, supuestamente magnicidas, y las noticias confusas sobre presidentes refugiados dentro de Bunkers preparados para la guerra atómica, y todas las alarmas – y todas quiero decir todas – que se están activando. La reacción que espero de mi es la de siempre: cobardía. Pero la situación es lo suficientemente para dejar entreabierta la posibilidad de sorprenderme. El recurso previsible de la taquicardia o del desmayo aún no se manifestado. I intuyo que me conviene aprovechar este espacio entre la inminencia de los hechos y los hechos propiamente dichos para construir un cortafuegos mental entre las torres y yo. Por eso desvío la atención hacia un único propósito, monstruosamente egoísta pero eficaz: pensar de que manera nos puede afectar la apariencia de caos mundial que las imágenes empiezan a convertir en una especie de making off de simulacro de Apocalipsis. Contraviniendo la trascendencia planetaria del momento, transformo a mi hijo en el único


epicentro de la historia. Ya lo fue en el momento de nacer. A pesar de la presión preparatoria que durante el embarazo me encargué de agravar a base de sufrimientos inútiles, todo fue bien (en apariencia). Pero tres días más tarde, le diagnosticaron una complicación que cambió la lógica rotatoria del universo. Entonces no fallé a la hora de mostrarme tal como soy. Cuando el médico nos comunicó el diagnóstico, caí fulminado por una suma de taquicardia y lipotimia. Minutos más tarde, estirado sobre una litera, me di cuenta que esta vez el recurso del escapismo – desmayarse es una manera orgánica de huir – no resuelve nada y que, tanto que si como que no, me tocaría arremangarme e imitar a las personas que hacen todo lo que pueden sin saber cual será su límite. Sin hoja de instrucciones, aposté por una responsabilidad medio japonesa medio soviética. Eran mis armas y, poco o mucho, me habían servido para llegar hasta el día en que dos aviones secuestrados por terroristas islámicos destruyeron la Torres Gemelas de Nueva York y interfirieron para siempre en las vidas de buena parte del planeta. El recuerdo es selectivo y combina la telegénica hierática de Matías Prats en Antena 3, con la intuición adaptativa de Gaspar Hernández en Cataluña Radio. En el momento de entrar en antena, los testimonios colaterales actúan como airbags emocionales. Quien habla ha sobrevivido y, como un alíen de película de ciencia ficción, recompone sus tentáculos a medida que hace una valoración aproximada de los daños. Pro, en el espacio minúsculo que separa el sofá del televisor, con nuestros hijos removiendo piezas de Lego, yo ya no estoy pendiente de las víctimas de Nueva York, ni del coraje de su alcalde, ni del valor histórico – y periodístico – de las imágenes de la gente que, como un ejército de zombies de antes de que los zombies se volviesen a poner de moda, aparezco caminando entre la niebla de polvo de fuego, hormigón y odio. Mi mundo se contrae para fortalecerme y me centro en que he de hacer porque lo que estás


pasando – el pánico no me permite imaginarme las dimensiones y por eso adivino que debe se ser inimaginables – no sea tan grave para mi – y yo soy básicamente mis hijos -. Es un cálculo pedestre de probabilidades. De entre todas las consecuencias, esquivo las más probables: los colapsos financieros y la escalada bélica, los crack bolsarios y las venganzas religiosas, y decido que, en lugar de pensar, me conviene actuar. Actuar pensando en mi, se entiende, que quiere decir pensar en mi hijo y en la posibilidad que, con una consecuencia menor derivada de la catástrofe, las farmacias dejen de recibir medicamentos y se instaure una ley de la selva entre la oferta y la demanda. Es como si lo viese: colas, altercados, mercado negro, contrabando, pillaje. La naturaleza de este pensamiento me proporciona una energía casi robótica. Me cambio de ropa, me pongo los zapatos y salgo a la calle para sacar todo el dinero que pueda de los cajeros automáticos y, sobretodo, para comprar el máximo de cajas de antibióticos como el que, en calidad de paciente crónico, necesita tomar mi hijo, en dosis variables en función de su estado. Las torres, mientras tanto, ya son más historia por haber caído que por haber sido construidas. Tal vez por eso propician cambios de paradigma y de lenguaje, alteran constelaciones humanísticas y consiguen certezas religiosas milenarias. El incendio es absoluto, pero yo me empequeñezco en el reto que me he impuesto. Es fiesta en Barcelona y hay que ir de una farmacia de guardia a otra. Por suerte vivimos en un país dond el control de recetas aún es felizmente arbitrario y, a demás, he desarrollado una técnica infalible para conseguir antibióticos saltándome la burocracia: hablo de mi hijo enfermo y de un pediatra ausente que, por teléfono, me la ha recetado como una urgencia. Y casi siempre – algún día tendré de convidar a cenar a todos los farmacéuticos de la ciudad – responden con decencia y discreción y el punto justo de flexibilidad. Balance: diez y seis cajas de antibióticos recolectadas, que me aseguran el suministro


de entre dos y tres meses, que es lo que calculo – sin ningún rigor –que durará lo que sea que haya empezado a las 9 hora local, porque nuestra hora – las tres, las cuatro, las cinco las seis, las siete, las ocho las nueve – ya hace rato que han dejado de tener sentido y ya se anuncian operaciones militares. Consejos de Seguridad extraordinarios y cierres simultáneos de Wall Street y del espacio aéreo. Me muevo por mis propias alcantarillas, acumulando antibióticos como una proeza personal, repitiendo y perfeccionando la historia que me permite llevármelos sin receta de farmacia en farmacia, pagándoles con el dinero que he sacado de los cajeros y permanentemente conectado a la radio. La radio, tan útil, tan precisa, tan necesaria para alimentar la administración de un pánico que parece disminuir con cada caja de antibióticos. Como si existiese una relación directa entre la alarma absoluta y universal y mi desasosiego, tan irrelevante, tan particular, tan egoísta y al mismo tiempo, tan real. NADALA PATERNOFILIAL La nostalgia es arqueología: investiga vestigios y los interpreta. Pero en lugar de aplicar un método científico, se alimenta de una modalidad tendenciosa de memoria. Para hablar de cómo afecta enterarse que Papá Noël son los padres, que es lo que te has propuesto, te obligas a situarte en un lugar remoto de la infancia. Recuerdas: te habían educado en el misterio de no preguntar nunca y, por sistema, confiar en tu entorno. A medida que superabas las etapas de una instancia feliz, incorporabas tu interpretación el mundo traicionando la obediencia familiar. Este margen de interpretación te impulsó a creer en cosas tan absurdas como que, si por Navidad le escribías una carta con tu lis de juguetes preferidos, un hombre obeso y barbudo y vestido con un uniforme rojo, bajaría por la chimenea (que no tenéis) la noche del 24 al 25 de diciembre. Como pasa en la mayoría de


autarquías familiares, el secreto de la historia se basaba en la verosimilitud del relato, en la convicción que la expandían y en el colaboracionismo de los que en nombre de magia navideña y con la coartada de la tradición, preservaban la mentira. Es verdad que muy de vez en cuando, en el colegio o en la calle, los mayores se acercaban y en secreto te revelaban la naturaleza del secreto. Pero el peso de la mayoría y la autoridad de los padres prevalecían y las malévolas versiones solo conseguían abrir grietas anecdóticas en el monolito de la libertad. Desde un punto de vista arqueológico, la nostalgia puede transformar la crueldad de los hechos en síntoma de una civilización capaz de preservar mitos y de establecer claramente las diferencias de acceso a la ficción de los niños y de los adultos. Pero para que la mentira funcione los adultos han de mantener su papel. Y por razones que se te escapan, tu padre trasgredió la norma – debía consensuar con tu madre que había llegado la hora de abandonar, como si fuesen pañales, un hábito tan infantil como creer en el Papá Noël – y tres días antes de Navidad, aprovechando que estaba en casa después de una enésima ausencia (ausencias que tu gestionabas no preguntando, claro está) te anunció que iríais juntos a los grandes almacenes Le Primtemps a ver juguetes. El enunciado de la propuesta fue tan sobrio como espectacular. No incluía ningún dato explícito, pero entonces, la excursión representaba un cambio en el método tradicional de limitarse a escribir una carta. Y la palabra clave era mirar. Quizás porque hiciste muy pocas excursiones a solas con tu padre, esta la recuerdas. Aunque también sospechas que la memoria ha intervenido para amplificar la relevancia. Y que, como el arqueólogo que se entusiasmaba con el sextercio de bronce oxidado encontrado en una excavación, tu exageras la trascendencia numismática. Recuerdas: de vuestra casa al centro de París había más de una hora de autobús y de metro después de una larga caminata. Tu debías tener seis o siete años y te cogiste


a la mano gigante de tu padre con la intención – y la instrucción insistentemente reiterada por tu madre – de no separarte bajo ninguna circunstancia. El padre no era hombre de largas conversaciones pero sabía instalarse en silencios que reconfortaban porque justo cuando empezabas a sospechar que tal vez era extraño callar durante tanto rato, sonreía y dejaba caer alguna frase de escasa significación, pero de efectos perdurables como, por ejemplo, “¡Que vida mas perra!”. Es el secreto de los que hablan poco; cada palabra que dicen adquiere categoría de memorable. Visto con perspectiva, ahora tienes derecho a sospechar que la excursión debía ser un ultimátum impuesto por la madre: “O sales con el chico que hace meses que no te ve, o ya puedes hacer las maletas”, le debía decir – la madre siempre se había sentido cómoda con los ultimátum, tal vez porque era el único recurso que funcionaba con el padre -. Incómodo, el se lo debía tomar como una misión, una aventura impuesta que, por vez primera en muchos años, le obligaba a hacer cosas tan insólitas como pagar dos billetes de autobús, procurar que su hijo pequeño no se extraviase ni desencadenase un problema de consecuencias inimaginables (especialmente para un exiliado clandestino con documentación falsa) y, poco o mucho, darle conversación. Más atento a los rituales de la clandestinidad que a los de la paternidad, se paraba de vez en cuando para comprobar que nadie nos seguía hasta que, sin novedades, bajamos al metro. Te encantaba el metro, especialmente aquella secuencia de ilustraciones gigantes pintadas en las paredes de los túneles. Era un anuncio de la marca Dubonnet dividida en tres fases. La primera ilustración, que el movimiento del convoy te permitía descubrir con la nariz pegada al cristal del vagón, era la de un hombre sentado a punto de tomarse una copa de vino, con el brazo estirado, de manera que el vino le llenaba, como si fuese un recipiente, una parte testimonial del cuerpo, y debajo, se leía DUBO. Unos segundos más allá y aprovechando la misma


inercia, aparecía la segunda viñeta, DUBON, con el mismo hombre pero bebiendo la copa previamente servida y con el cuerpo más alcoholizado. Y, finalmente, la tercera imagen, con el hombre totalmente pintado de color vino de Burdeos, sentado y sirviéndose otra copa de la botella, reforzado por el texto concluido DUBO, DUBON, DUBONNET. El caso es que bajasteis una parada en una parada muy céntrica y que cuando salisteis al boulevard Haussmann ya era oscuro y el paisaje transmitía una profusión de estímulos que no habías recibido nunca. Acostumbrado a la periferia, donde cualquier novedad era detectada inmediatamente por la tribu, el boulevard monumental, burgués, concurrido por el hormigueo navideño, era un espectáculo que os obligó, a ti i al padre, a cogeros de la mano todavía con más fuerza. Alguna vez habías estado en los mismos grandes almacenes, pero nunca en esta época. Decorada con un sentido faraónico, de espectáculo, la fachada reproducía constelaciones de luce diseñadas para atraer multitudes. En las diferentes puertas del edificio, en todas las plantas y cerca de todas las escaleras mecánicas, había un Papá Noël disfrazado que tenía la instrucción de sonreír y saludar a los clientes, sobretodo a los niños. Todos detectaron tu predisposición a ser deslumbrado y cumplieron la norma corporativa de amabilidad con la misma disciplina con que tú, sonriente, les correspondías. Abriéndoos paso entre la ola consumista, llegasteis a la planta de juguetes sin saber como asimilar tantas tentaciones. Y, quizás viendo que estabas superado por tantos estímulos, el padre te descubrió el auténtico propósito de la expedición: “Fíjate en todo lo que hay y, cuando lleguemos a casa y escribas la carta, escribes algún juguete que te guste especialmente”. Tomaste la información porque estabas adiestrado por la disciplina revolucionaria de la obediencia y no de la frustración de caprichos pequeñoburgueses. Y, siguiendo la inercia, contemplaste con avidez todas las novedades, intuyendo cuales


estaban allá solo para ser miradas (trenes eléctricos, excalextrics y otras formas inaccesibles de ocio capitalista) y cuales eran susceptibles de superar la censura materna en el momento de pedir cosas factibles y más, digamos, proletarias. Y fue entonces cuando, quizá por vez primera, sentiste que todas las pequeñas estrías marcadas en el mármol de la verdad abrían una hemorragia irreparable. Que, sin saberla definir – no tenías ni el vocabulario ni la conciencia para hacerlo – experimentabas una sospecha fundamentada de desconfianza. No desaprovechaste la oportunidad. De manera instintiva, ataste cabos que habías ido desatendiendo por pura credulidad y formulaste la pregunta definitiva: “¿Cómo es que hay tantos Papás Noël en todas las entradas y en todas las plantas si de Papá Noël solo hay uno?”. Si hoy, cincuenta años más tarde, un grupo de arqueólogos estudiasen la expresión de tu apdre en aquel momento – Después de con pinzas y guantes de látex, de limpiarla el polvo con un pincel de pelo de camello – concluirían que era una expresión de pánico y resignación. Pánico por no saber que decir y resignación por haber previsto, justo cuando la madre le había puesto entre la espada y la pared, que podría pasar lo que, con el corazón encogido, estaba pasando. Y entonces, demostrando que la paternidad es un noventa por ciento de improvisación y un diez por ciento de pánico, el padre se arrodilló, como si estuviese a punto de revelar una verdad definitiva. De entrada recurrió al gesto universal de los padres: despeinar al hijo con la mano mientras sonreían con una simpatía de aparente publicidad. Es un gesto ancestral que, en realidad, permite ganar tiempo mientras el adulto en dificultades busca una respuesta para escabullirse de la acometida interrogativa del niño. Y mientras te despeinaba de manera afectuosa, dio un vistazo rápido con la mirada. Con la coordinación del torero que sabe que en una décima de segundo tendrá que ser capaz de esquivar a un animal herido y furioso, toreó la respuesta (o tal vez sería más preciso decir que toreó la


pregunta) con las habilidades que Jacinto Benavente atribute a Joselito: ligereza, agilidad, destreza, rapidez, facilidad, flexibilidad y gracia. Y, en lugar de responder, te señaló con el dedo otro juguete, expuesto como si alguien lo acabase de situar allá con la eficacia del capote que cambia la dirección del toro, para que te enamorases al instante. La consistencia de los amores de un niño es tan relativa como premonitoria. Pero quizás porque el padre te supo dar el empujón adecuado para no profundizar en el misterio de la multiplicidad de los Papás Noël, te fijaste en una pistola de aire comprimido que disparaba balines contra unas siluetas de plástico valoradas con puntuaciones diferentes. Cuando los balines tocaban el corazón de la silueta, la silueta caía y el tirador acumulaba puntos. El precio del juguete debía superar todos los mecanismos de censura previa porque, unos días más tarde, cuando tu hermano y tu corriste a los pies del árbol para saber que os había dejado Papá Noël, rompiste impacientemente el papel de regalo (de Le Primtemps, otra coincidencia) y descubriste, perfectamente guardados en cajas, la pistola de aire comprimido, el kit de siluetas abatibles y dos cargadores de balines. El juguete te entretuvo durante meses mientras, cuando tenías la oportunidad de recluirte en tus propios monólogos interiores, llegabas a la conclusión, sin que nadie te hubiese inducido a pensarlo, que si cuando vas a unos grandes almacenes hay decenas de Papás Noël y se les nota la falsa barba y un cierto aliento a Dubonnet, debe querer decir que tal vez tenían razón los malvados del barrio que se te acercaban para explicarte la Verdad. Y a partir de entonces, cada vez que disparabas contra las siluetas coloreadas (cada vez más precarias a la hora de caerse), imaginabas que era un grupo de Padres Noël falsos, vestigios de una infancia arqueológicamente superada.


POÉTICA Se te han acabado las pastillas de propanolol y has pasado por la farmacia del barrio, que no cierra nunca, para comprar una caja. Eres cliente habitual y has pagado con un billete de cincuenta. Te has metido el cambio en el bolsillo sin pensar en contarlo, te has tomado dos pastillas y como te ha quedado un gusto desagradable en la boca has entrado en el colmado del pakistaní de la esquina para reponer existencias de agua y de Coca Cola zero. Lo llamas “el pakistaní de la esquina” aunque la tienda no está en la misma esquina sino a media manzana, entre un centro de estética regentado por una fumadora compulsiva y la oficina de un electricista que se parece al coronel Custer. El pakistaní ha abierto hace poco y lo regenta un hombre un poco más joven y corpulento que tu. Tiene la televisión permanentemente conectada a un canal que alterna sermones de imanes furiosos, concursos estridentes y partidos de criquet y, en la sección de productos frescos, vende yogures de sabores que no encuentras en ningún otro sitio más. En el momento de pagar has sacado de la cartera un billete de veinte (del cambio de la farmacia), pero cuando el tendero lo ha tenido en las manos, en seguida te ha dicho: “es falso”. De entrada te has sentido avergonzado, sobretodo por su tono severo, como si te responsabilizase que intentases colocarle un billete falso. A ti solo se te ha acudido balbucear una disculpa inconexa y sacar otro billete con la esperanza que no fuese – no lo era –falso. Cargado con las aguas y las Coca Colas has vuelto a casa inquieto y violentado. Has pensado en volver a la farmacia para pedirles que te cambiasen el billete. Pero también has especulado que los de la farmacia que durante tantos años no te han pedido nunca las recetas de los muchos medicamentos que has comprado, podrían sentirse mal si les reprochases el haberte endosado un billete un billete falso (un billete que, de hecho, no pueden justificar que te hayan dado


ellos porque lo habrías de haber comprobado antes, justo cuando te han dado el cambio de cincuenta). Y, activando mecanismos de compensación, has llegado a la conclusión que, precisamente por el hecho de ser una situación ambivalente, tal podrías reconvertirla en un artículo (la anécdota entendida como metáfora de un todo, como el análisis de sangre que, a partir de una pequeña muestra, explica el pasado, el presente y tal vez el futuro de un organismo pletórico o moribundo). Las fuerzas antagónicas que han entrado en colisión dentro de tu cerebro hasta paralizarte eran: a) evitar que el tendero pakistaní – que en el artículo podía ser perfectamente indio, afganis o iraní – pudiese interpretar que había querido aprovecharte solo por el hecho de ser un recién llegado y que pudiese entender que habías tenido un reflejo racista o colonial; b) que la farmacéutica pudiese, a partir de la reclamación por el billete falso, sentirse innecesariamente acusada y dejar de ser amable y eficaz (y no hacer la vista gorda cuando le pides los antidepresivos con que te automedicas), y c) –y, de largo, la más dolorosa – tener que admitir que en cualquier situación de incomodidad, en lugar de actuar con naturalidad, de cara, siempre acabas adoptando unos tics de cobardía, paranoia e inseguridad que, si los tuvieses que definir con un adjetivo para calificar al autor de este artículo que probablemente tampoco te atreverás a escribir, elegirías pusilánimes. “BONUS TRACK” Te darás cuenta cuando estés a punto de acabar el manuscrito que hace cinco años que estás escribiendo; en el fondo no has hecho nada más que darle vueltas a una idea de no haber conseguido hacer feliz a nadie. “Hacer feliz a alguien de verdad”, escribirás para subrayar la carga conclusiva de la afirmación. Huyendo del magnetismo de la autocompasión,


recordarás que si hiciste felices a tus padres y a tus hermanos, sobretodo cuando eras pequeño y emanabas una alegría que, mal te está el decirlo, te convertía en una buena compañía. Después, sin premeditarlo, te fuiste especializando en intentar crear las condiciones para que los demás pudiesen ser felices. Por inercia o ineptitud, no conseguiste nunca ser el proveedor principal de aquella de aquella especie de felicidad que, para serlo, tenía que cuestionar la razón a través del entusiasmo y del compromiso. A tus hijos le sometiste a un amor tan incondicional que a menudo les asfixiaba a cambio de solucionar los miles de problemas (incluso los problemas que no tenían) y prever catástrofes que, con una disciplina estéril, ibas evitando. Señor del Castillo de Por Si Acaso, practicaste el feudalismo de la sobreprotección, siempre atento a todo aquello que pudiese facilitar la hipotética felicidad de tus descendientes, medio siervos medio cachorros. Era una felicidad – dejémoslo en bienestar llevado hasta sus últimas consecuencias – que nunca acababas de compartir, porque cuando los hijos estaban contigo les notabas seguros e invulnerables, pero también tensos por la responsabilidad de estar a la altura de una burbuja de exigencias que habías creado con la excusa del amor protector y la complicidad de una época que les concedía el derecho a no exigirles nada a cambio de todo. De eso te diste cuenta cuando todavía no era demasiado tarde, pero las circunstancias te pusieron entre la espada (dejar de hacer lo que era conveniente) y la pared (arriesgarte a que fuesen vulnerables a los riesgos que comporta el crecer). ¿Y con Ana?, te preguntas solo para constatar que escribir su nombre ya no te inmuta. Como en las buenas películas, estabais en Nueva York. Hacía poco que habíais decidido tener un hijo. Nunca habías estado tan contento. Se te notaba en la manera de ser intenso y excesivo, pesado y exigente, atento y detallista. Se te notaba en las veces que te reías durante el día, en el modo de caminar, de mirarla y de escucharla incluso cuando te parecía


que ella se callaba demasiado y tenías que morderte la lengua para respetar sus silencios. Se te notaba cuando comprabais comida india o cuando, con la petulancia de un experto en jazz, le hablabas del mismo Abdullah Ibrahim que ella acababa de descubrir. El caso es que un día fuisteis a la tienda de discos Tower Records de Broadway y le regalaste un CD de Jimmy Durante con, entre otros, la canción “Make someone happy”. Y como habías llegado a las máximas cotas de bienestar que podías imaginar. Decidiste ser anormalmente espontáneo y, en una tienda de electrodomésticos del barrio regentada por un matrimonio de Surinam, le compraste un reproductor de radio y CDs. Y, con la impaciencia invasiva que entonces confundías con amabilidad, insististe en estrenarlo en el apartamento que os habían dejado – una amiga de Ana; a ti nadie te ha dejado nunca un apartamento, ni en Nueva York ni en ningún otro sitio -. Y allá, con las ventanas abiertas y vistas a otros edificios, con la inconsciencia de no saber que grado de plenitud estabas viviendo, le hiciste escuchar sin preocuparte si a ella le apetecía o no, la canción que insistía que hacer feliz a alguien, solo hacer feliz a alguien, era el gran qué de la existencia, cantado por Durante. Todo parecía sencillo. Pero ahora que estás a punto de acabar el manuscrito tienes la oportunidad de comprobar, sin ningún remordimiento, que no lo has conseguido porque siempre ha intervenido el perfeccionismo, la razón, la lógica, una por posesiva a todas las cosas o la maldita presunción de integridad, que lo envenena todo. Y entonces esta posibilidad solo era el espectro embrionario de una hipótesis que, como tenías toda la energía del mundo, la rechazaste con la arrogancia de los enamorados. Después, a lo largo de los años, cuando las circunstancias empezaban a imponer una cierta necesidad de hacer balance, te convencías que, en materia de amor, en algún momento habías sido generosamente correspondido mientras que


la felicidad – ahora ya no te preocupa decirlo así porque sabes que la cuenta atrás se acaba – siempre estaba sometida a la auditoría, de lo que es conveniente, prudente o peor aún, prioritario. Y mientras, con mas lejanía que melancolía, constatas que el final del libro es inminente, con el miedo encallado en el estómago por la incógnita de que pasará después, cuando seas consciente de haberlo acabado, te preguntas si te desmayarás, como dicen que le pasa a Jaume Cabré cuando cierra un manuscrito. Y, paralelamente, intuyes que quizás has tardado demasiado en llegar al quid de la cuestión, a esta canción de musical, tan diferente en función de quien la interpreta y del estado de ánimo de quien la escucha. Para ti siempre será la versión de Jimmy Durante, en Nueva York, el verano de 1994. Con las pecas veraniegas de Ana, y un vestido estampado provenzal. Con la generosidad de haberte aceptado como una especie de mueble de la calle, de haber seguido la broma según la cual erais como los perros de La dama y el vagabundo. Ella, atractiva y principesca; tu, un milleches pero sin el encanto ni la audacia de los huérfanos dibujados por Disney. Y como el Tramp de la película si que pudiste compartir el plato de espaguetis con la Lady, pero siguiendo con el único mensaje de la canción, no supiste hacerla feliz. Si supiste quererla, estar en todas partes donde debías estar en todos los momentos en que tenías que estar y comprometerte. Pero nunca con aquel punto de pirotecnia arbitraria que diferencia a los hombres memorables – los que insisten cuando les dicen que no, los que conducen con una sola mano y no se asustan cuando han de firmar un contrato de una hipoteca, rebatir la arrogancia de un inspector fiscal o viajar a Estambul, - de los hombres simplemente necesarios. Y para ti “Make someone happy· siempre será la de Durante, porque el cantante la despacha en dos minutos con el optimismo de quien los ha visto de todos los colores y transmite perfectamente la idea de la prioridad. Contra


todo. Contra todos. Hacer feliz a alguien. Solo hacer feliz a alguien. De eso va la vida reducida a una minima máxima expresión. Y pensarás que hace falta explicar que en los últimos años acumulaste versiones de la canción casi por superstición, como la de Jamie Cullum. Y que la escuchabas en bucle, en la iPod, mientras paseabas sin ningún otro objetivo que quemas suficientes calorías para combatir – el ejercicio es una de las patas del tratamiento – la diabetes que te acababan de diagnosticar. Y que eras consciente que era una manifestación demasiado intensa pero majestuosa y tan adictiva como, cuando escribes usar más adjetivos y mas adverbios de los que son pertinentes. Y a menudo sentías la tentación de complacerte en una pena impuesta por la cultura del dolor, agravada por la dramaturgia de las ausencias que nosotros mismos hemos propiciados – porque la consecuencia de no haber sabido hacer feliz a alguien tiene que ser, por justicia prosaica, la soledad, sentenciabas -. Pero sin preocuparte por si te reconfortaba o te hacía más daño, la escuchabas una y otra vez. Hacer feliz a alguien, solo hacer feliz a alguien, repetía Cullum con el justo punto de voz rasposa contra la madurez optimista de Durante. Y de nuevo – porque aún te queda margen – te darás cuenta que Durante correspondía a como era entonces, impaciente, excesivo, pirotécnico, sentimental, alegre, cuando querías tener un hijo sin saber que acabarías teniendo tres. Cuando Ana todavía te miraba con aquella mezcla de curiosidad y de ilusión, de respeto y bondad (nunca de pasión: no se puede tener todo) Mientras que Cullum tal vez te corresponde más a como eres ahora, vulnerable, contradictorio e inseguro, convencido que ella siempre será lo mejor que te ha pasado pero tu no serás nunca el mejor que le ha pasado a ella. Y no le explicaste nunca a nadie, ni a Ana ni a tus hijos, que te habían hecho tan feliz, y fuiste acumulando versiones de la canción y a veces, te dejabas tentar por las de Judy Garland o Barbra Streisand. Y, inevitablemente –


y hoy tampoco será una excepción -, volvías L luminosa ventana del apartamento de Nueva York, cuando mirabas como Ana sonreía y como te correspondía con una expresión que – ahora te das cuenta – quería decir que todavía tenia esperanza que la hicieses feliz y que, un día tras otro – y durante muchos años – te daría la oportunidad de que fueses tu – y no otro – quien lo consiguiese. Barcelona, 27 de enero del 2019.

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El arte de llevar gabardina  

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