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COMENTARIOS AL LIBRO “RAÍCES DEL DISCURSO LIBERAL EN ZACATECAS. EL CASO DE LA PROPAGANDA POLITICA;1792-1814” DEL DR. MARTÍN ESCOBEDO DELGADO Felipe Reyes Romo

La obra que nos ofrece Martín Escobedo posee una importancia particular, se trata no solo de una revisión histórica, sino un rescate y más aún, una reivindicación. Creo que con ello, comienza a saldarse esa vieja deuda que el presente ha tenido con el pasado, con la verdadera historia. La obra que hoy presenta se une a un incipiente coro de voces que comienza a relatar episodios históricos desde una perspectiva distinta a la que se acuñó hace cien años: una historia de héroes de bronce. Se trata de una visión distinta del pasado, un rescate y una nueva interpretación de los hechos. En realidad esta obra nos asegura que el hacer historia en México ha comenzado a evolucionar de manera distinta: Digamos que afecta un movimiento pendular, antes se construía la historia para glorificar a los héroes, como seres epónimos, en tanto que ahora éstos, las figuras señeras de la historia patria, se convierten en seres ordinarios; hombres de carne y hueso que vivieron situaciones concretas, si bien sus actos en la búsqueda de una convicción, han trascendido conformando un proyecto de nación. Así, es posible advertir que al iniciarse la revolución de independencia, la Nueva España ya contaba con elementos propios de vida que le daban derecho a existir por sí sola. Éstos se habían definido especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. En concreto, fue por la oportunidad histórica dada con motivo de la prisión de los reyes de España que pudieron ponerse en acción los hombres que más tarde supieron materializar sus ideas libertarias en hechos revolucionarios, independentistas. El autor recomienda buscar desde el siglo XVI, el origen de la modalidad de nuestro ser político, porque en este siglo tuvo lugar el encuentro de Occidente con las civilizaciones precolombinas de América. Circunstancia que, en el caso novohispano, dejó como herencia un pueblo y una cultura mestizos, que respectivamente se definieron en la occidental como el mexicano y lo mexicano. Aquí hay que enfatizar que el protagonista central de esta reconstrucción histórica


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es un ente colectivo: la gente, la gente ordinaria, y más específicamente, lo que hizo la comunicación de la gente ordinaria produjo en momentos cruciales. Ahora bien, sin que tenga el propósito de ser panamericanista, ni anti-hispanista, esta investigación plantea el escenario originalmente concebido en el movimiento emancipatorio, pues recoge la génesis de idea de “la América”, como una concepción originaria y esencialmente distinta de “la Europa”. Este litigio de ideas conforma, me parece, el hilo conductor del su discurso. Así, suscesos históricos acaecidos a lo largo del S. XVIII en Quito, Santiago, Cartagena, Guayaquil de Indias o Lima, tendientes a cambiar la relación de dominio establecida por el imperio español en las Américas, revela que el episodio idealizado en el pueblo de Dolores, de la nueva España, no fue sino uno más de decenas de levantamientos registrados en poco más de medio siglo, si bien debió ser el más que más impacto tuvo en ese largo proceso histórico de mestizajes, desencuentros y rupturas entre españoles y españoles americanos, criollos y negros y poblaciones autóctonas. En realidad, este enfoque introduce una nueva perspectiva porque contribuye a explicar los procesos de independencia de naciones latinoamericanas en función de una crisis de dominio trans-atlántico. Tal como sucedió en otras partes de la América española, el proceso de emancipación de México se precipitó con la crisis imperial de 1808, con la invasión de Napoleón a España, no con el grito de Dolores. Creo que otro aporte no menos importante es el explica la cuestión zacatecana en el marco de una crisis imperial. No se trata, pues, de una visión aldeana, sino un bien logrado balance de perspectivas históricas entre el centro y la periferia; es decir, la metrópoli imperial, las Américas, la nueva España y, en el extremo, Zacatecas. En esta propuesta de estructuras de dominio, Martín Escobedo ha insertado las más variadas noticias históricas que parecerían hasta hace poco tiempo, definitivamente inconexas: Así las descripciones más coloquiales de un arriero zacatecano en medio del trafago de la guerra, cobran sentido frente a las más graves decisiones de estado adoptadas en el Escorial. La crisis imperial no sólo intensificó actividades políticas en nueva España sino que también generó nuevas formas de vida y de pensamiento políticos, es evidente, empero, en el mejor de los casos, debemos comprender que lo que subyace en estos extremos es la relación entre gobernante y súbdito y que lo que surge en el proceso emancipatorio, antes que el estallido de las armas son los espacios de sociabilidad y como matriz generadora de la opinión pública en la base de las sociedades hispanoamericanas. La legitimidad de los fundamentos del imperio español se desintegró en 1808 cuando Napoleón invadió la península ibérica y forzó la abdicación sucesiva de los reyes Carlos IV y Fernando VII, surge así, el elemento


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desde el cual, el estado español sería reconstituido: la gente. Después del golpe 1808, casi toda la oposición al régimen fue organizada en primero en secreto. El descontento general fue expresado por medio de la prensa con numerosos panfletos y folletos anónimos y los inicios de una conspiración organizadas en el seno de reuniones sociales (tertulias) y otros espacios de la sociabilidad que las ciudades y los pueblos del virreinato proporcionaron. Un aporte invaluable de esta investigación historiográfica, lo constituye sin duda el recuento de las ideas fundamentales en el proceso emancipatorio tanto del pueblo español, subyugado a al postre por la falange napoleónica, como la del pueblo novohispano, que eran exactamente las mismas: la defensa del rey, de la patria y la religión. Este libro explica el hecho de esta por demás extraña coincidencia: no se había implantado la idea de soberanía, ni de nación independiente. Durante los primeros años del S. XIX, el movimiento de insurgencia fueron convulsionados por el deseo de expulsar a los gachupines, pero seguir siendo súbditos de la Corona: las declaraciones de Ignacio Rayón al tomar Zacatecas no pueden ser más elocuentes. Este paralelismo entre la madre patria sojuzgada por el invasor galo y la nueva España hastiada del abuso de los inmigrantes por más tres siglos. Pero si en la península, los españoles formaron juntas de gobierno en defensa de rey, de país, y de la religión, lo mismo ocurría en la Ciudad de México, porque compartían, por extraño que parezca, los mismos agravios. En medio de esta profunda confusión emerge poderosamente entre las elites novohispanas, la idea de soberanía, una vieja idea concebida por Hobbes y perfeccionada por la enciclopedia francesa. La crisis imperial ofreció la oportunidad para los independentistas de la Nueva España, para asumir el apotegma de que la soberanía reside en la nación. Es evidente que esta es la primera idea articuladora del discurso liberal y el litigio político entre la nueva y la vieja España. Antes de que esas ideas se trasminaran hacia la masa insurrecta, el Ayuntamiento de Ciudad de México se convirtió en el vehículo para los intereses independentistas y propuso establecer de una Junta de gobierno para nueva España, justificándolo en los mismos argumentos constitucionales usados por los españoles peninsulares en su lucha contra la imposición francesa. Así, el Ayuntamiento de Ciudad de México sostuvo que la Nueva España, era un reino incorporado a la corona de Castilla por conquista y que ante la ausencia del rey, la soberanía debía descansar en el reino, es decir, los Ayuntamientos, los tribunales superiores que lo gobernaron, y en las corporaciones que representaban a la población. Aunque, en realidad, las demandas del Ayuntamiento de Ciudad de México derivaran de múltiples ordenanzas legales


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no usadas durante mucho tiempo, el gobierno virreinal los consideraba como conceptos muy peligrosos y sediciosos, ya que podrían aplicarse en contra de España en circunstancias de crisis imperial, como ocurrió. La otra idea central en el discurso liberal decimonónico fue la de representación, pues los liberales en la península tomaron la iniciativa en la reorganización de la estructura política del imperio español. En marzo de 1810, convocaron Cortes o, mejor dicho, al parlamento general y extraordinario, que representó a la nación española entera. Más adelante, en marzo de 1812, promulgaron una constitución que reconoció la nación como asiento de la soberanía y que solamente ella poseía el poder para establecer sus leyes fundamentales. La primera circunstancia en la cual los americanos realmente tuvieron participación en la reorganización política ocurrió en enero de 1809, cuando la Junta de gobierno central suprema del reino dio instrucciones nueva España para elegir a un diputado para representar el virreinato en la central de la junta. El libro que ahora comento, ofrece la evidencia, de que en 1810 no se contaba en el Virreinato con un concepto a priori de México como nación, ya que la patria mexicana tal como ahora la entendemos fue el resultado de un proceso lento de integración nacional y que ofrece su primera presencia en el Plan de Iguala. Pero en realidad fue hasta la Reforma, cuando ya hubo un sentido de nacionalidad mexicana, y cuando se llamó guerra a la lucha política y social a partir de 1810. El estudio muestra que el discurso liberal no se instaló de manera homogénea en los diferentes estratos de la sociedad novohispana, pues el sentimiento común de los habitantes, era que los “gachupines” de su entorno inmediato ejercían una opresión y un mal gobierno insufribles. Por eso, dichas deficiencias administrativas fueron las banderas de Hidalgo y Rayón, en el entorno inmediato a Zacatecas. Otra parte del discurso liberal y emancipador se articuló en torno a la identidad de “lo mexicano”, y que le autor recoge, si bien de manera casi sintética, pues luego de la lectura atenta, se queda la convicción de que fueron los criollos los primeros en estar seguros, por su cultura y celo propios, de poder rivalizar con España. En efecto, tenían conciencia de su propia personalidad, de su identidad, de las tradiciones locales que ayudaron a forjar, y casi hasta una idea política de tipo independentista con posibilidades de definición. Más tarde esta primitiva idea de independencia criolla, se transformó en el verdadero principio de la independencia política de México como nación. El estudio de Escobedo nos conduce inequívocamente a comprender que había comenzado el litigio histórico por determinar quien debía ser el titular de la soberanía: uno, o todos


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Comentarios al libro  

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