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Poentos

Año V, Nº 5, julio de 2014 ©Dante Ramírez La Torre, Percy Ramírez Chacpi, Elías León Aguilar, Jedidio García Álamo. artesenos@hotmail.com croniamantal1@hotmail.com hipocampoeditores.com ©Hipocampo Editores, Sello editorial de El Hipocampo Publicistas SAC, Jr. Agustín de Jáuregui 748, La Victoria, Lima-Perú. 473-1946 Diseño de portada e interiores: Alex Sifuentes Pintura en portada: óleo de Elizabeth Ramírez Dibujos internos: Miguel Det Hecho el Depósito Legal En la Biblioteca Nacional Nº Impreso en el Perú

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POENTOS 5 La revista de creación Poentos nació, con su primer número impreso, en mayo de 2007, como plasmación del brío y la pasión por la palabra de un grupo de amigos escritores y docentes de Literatura, por entonces vinculados a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, quienes, en una de sus primeras reuniones, decidieron fusionar los conceptos de los géneros breves que hasta hoy recrean, poemas y cuentos o cualquiera de sus variedades, incluso las artes plásticas, en el nombre de una revista donde, para el filósofo Zenón Depaz, los escritores confabulan desde el verso y la prosa: “Desde el verso que prosa, tendiendo puentes metafóricos hacia el relato, y desde el relato que asume la condición de espejo de la poesía, con lo cual Poentos asume también la condición de puente, de espacio de encuentro y comunicación”. Así mismo, no se puede soslayar que, si bien sus fundadores fueron los primeros que publicaron sus buenas cosechas en la revista, por sus páginas han desfilado y desfilan autores invitados y notables, entre los que sobresalen Carlos García Miranda y Rodolfo Pacheco –quienes dejaron sus últimas líneas en Poentos-, así, igualmente, Roger Santiváñez, Tilsa Otta, el artista Miguel Det, entre otros. Por otro lado, esta revista cuenta, hasta ahora, con las inspiradoras y autorizadas opiniones de Hildebrando Pérez Grande, Luis Fernando Chueca, Zenón Depaz y Marco Martos. En tal sentido, también nos identificamos con lo que dijo nuestro compañero de ruta, Matín Horna: “Vale mencionar que la gran mayoría de revistas literarias que existen se dedican a la teoría o a la crítica; otras le comparten pocas páginas a la producción. Poentos, en cambio, se concentra exclusivamente en la creación, cree en ella, en el proceso primero que da vida a las demás áreas de la literatura. La suya es una apuesta valiente que ofrece un nuevo espacio a una disciplina que notoriamente privilegia el aspecto académico”. Es pertinente, por lo tanto, explicitar que Poentos permite que creadores consagrados puedan ser observados desde otras perspectivas –pues su perfil es publicar únicamente textos inéditos-, y los que están en pleno desarrollo puedan salir a la luz y encontrar sus caminos, como continuamos apreciando en esta nueva entrega, Poentos 5, donde esta vez nos acompañan Harol Gastelú, Óscar Gallegos, Daniel Mathews, Rodolfo Acevedo, Rocío Del Águila, Jim Anchante, Virginia Benavides y Alejandro Susti. De tal manera, en nuestra revista todas son primicias que, por supuesto, después vienen a conformar libros valiosos de sus respectivos autores, y esta esforzada entrega no será la excepción. Considere usted, dilecto lector.

Los editores

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HAROL GASTELÚ

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HOJA EN BLANCO Como todas las mañanas, se sentó en su escritorio después de poner Las cuatro estaciones. Eran las ocho en punto. Había despertado hace una hora, dado un duchazo y tomado un café. La música se elevaba hacia las alturas como mariposas. La melodía se mezclaba con el canto de los pájaros provenientes del jardín a donde daba el ventanal del estudio. Abrió el cuaderno cuadriculado A4 donde escribía. Tomó el lapicero Fabel Castell Trilux 032 Fine de tinta negra y se dispuso a escribir su historia del día. Era una historia que le había estado dando vueltas en la cabeza durante los últimos días. En esta, un escritor recibía una llamada. Este escritor era él, Aroldo Castelló. ¿Para qué andar buscando otros nombres si sabía que él era el protagonista? Vargas Llosa lo había dicho: uno escribe historias porque no las puede vivir como le gustaría. Escribió la primera palabra y justo el teléfono empezó a sonar. Él nunca contestaba las llamadas, pero esta vez no estaba Mariluz, le había dicho que iría a visitar a sus padres después de dejar a los chicos en el colegio. Cuando Mariluz iba donde sus padres, regresaba tarde. Los chicos lo hacían con ella pues del colegio se pasaban a la casa de sus abuelos. Allí podían jugar a sus anchas con sus primos sin que nadie les llamara la atención, porque tenía que escribir y, con tanto barullo, no se podía concentrar. Bajó las escaleras con paso cansino y sosteniéndose en el pasamanos. Hace un tiempo había perdido el equilibrio y estuvo a punto de romperse una cadera. Quizá debía poner su estudio en el primer piso… Llegó a la sala donde repicaba el teléfono. Levantó el aparato. ¿Aló?, preguntó. Le contestó el silencio pero, aguzando el oído, pudo percibir una respiración agitada. ¿Aló?, repitió, pero tampoco obtuvo respuesta. Colgó, pues tenía que seguir escribiendo.

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Dio la media vuelta, caminó un par de pasos y el teléfono empezó a sonar otra vez. Se volvió y tomó el aparato. ¿Aló?, preguntó, pero tampoco obtuvo respuesta. ¿Quién sería?, se preguntó, intrigado. ¿A quién estarían llamando? Descartó a los chicos: cada uno tenía su celular. Mariluz también. Entonces la llamada tenía que ser para él, pues él no tenía celular. ¿Pero quién podía llamarlo? ¿Alguna de sus alumnas? Pero nunca les había dado su teléfono para evitar que lo llamaran preguntando por las notas o por cualquier otra cosa sin importancia. Quizá era Mariluz la que llamaba para molestarlo. Se había ido medio enojada porque una vez más se había negado a acompañarla a casa de sus padres con el pretexto de que tenía una buena historia entre las manos y tenía que escribirla aprovechando que los chicos estaban en el colegio y no lo molestaban con su barullo. ¿Marilú?, preguntó, pero tampoco obtuvo respuesta. Oye, mujer, tengo que escribir y no me dejas concentrarme, añadió. Silencio. Colgó antes de lanzar una maldición y tener que pedir disculpas después. Salió de la sala y se dirigió a la cocina. Se prepararía un café, el día estaba demasiado frío y ya se le habían quitado las ganas de escribir. La hoja se quedaría en blanco por hoy, quizá mañana retomara la historia. Puso a hervir agua. Cuando el agua hirvió, la vertió en una taza. Le echó una cucharadita de azúcar y dos de Nescafé. Estaba removiendo el contenido, cuando el teléfono empezó a sonar de nuevo. ¿Y si era Mariluz para decirle adiós? Quizá se había aburrido de él. Caminó a la sala taza de café en mano.

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ÓSCAR GALLEGOS

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GÉNESIS Luego de terminar con el ensayo, sintió una fuerte punzada en la conciencia. Cerró los ojos. En las tinieblas de su espíritu, se encendía un estremecimiento inefable. Cuando despertó por fin se dio cuenta, muy tarde, de que algo estaba terriblemente mal, pero no sabía con certeza qué. Sin embargo, el engranaje ya estaba en marcha y ya no podía hacer nada al respecto. Así que tomó su nave y se alejó hacia otros espacios a seguir probando. Pero ya en el camino, sufría las consecuencias de sus actos; pues su creación, por algún azar que no logró controlar, estaba destinada al más absoluto fracaso. Incluso, pensó que se estaba volviendo loco, pues le pareció escuchar una risita ahogada y sarcástica, pero no sabía de dónde provenía. En estas cavilaciones y, cuando se sentía más solo y oscuro, miró a través de la ventana cómo un polvo de estrellas iluminaba por un segundo los cristales. Y, en ese segundo, pudo ver su imagen y semejanza… y al fin comprendió.

EL ÚLTIMO ÁNGEL Al fin, cuando pudo reunir a todos los ángeles para la masacre final, sacó su espada y lanzó una carcajada que hizo estremecer el cielo. Uno a uno los alados fueron cayendo como moscas que se estrellan en el piso. Solo restaba aquel llamado Miguel. Babeando de placer se acercó a él, recordando la afrenta como si fuera hace un instante. Pero antes de acabar con él, empezó a lamerlo de arriba abajo por todo el cuerpo para humillarlo. Al contemplar su obra, lleno de goce y siempre carcajeando, comenzó a danzar, a injuriar, a escupir y le introdujo su lengua hasta la garganta. Luego, lo levantó en vilo y lo arrojó a la tierra para aplastarle la cabeza con sus patas; en seguida, sacó la gran espada y la levantó por todo lo alto vociferando su poder. Pero, cuando iba a travesarle el corazón vio, con estremecimiento, cómo el ángel caído que, antes era tan blanco, ahora iba oscureciendo rápidamente sus alas, su pecho, sus ojos…

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DANIEL MATHEWS

RECORTES PRESUPUESTARIOS No resulta nada fรกcil la vida en este a s e r r a d e r o. Fijaos sino en mi ma no. Tres dedos he perdido en lo que va de mes.

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ABSENTISMO LABORAL Moi même David Benedicte a los 39 recién cumplidos derivé hacia la polipoesía abarloándome a estribor de las rimas incumplidas. Imagino que será a partir de los 65 cuando me despida a la francesa. Como hizo el joven viejo Arthur Rimbaud. Lo tengo hablado con el Imserso. Pienso pirarme a Adén (Yemen). un año sabático. Donde resucitaré eso espero al lado de una abisinia.

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LA VIRGEN DE LOS BECARIOS La primera vez que se apareció La Virgen De Los Becarios fue en tamaño DINA-4 210x297 papel para imprimir en la oficina mediante una fotocopiadora Hewlett Packard LaserJet 5000 N XXerox WorkCentre Pro 428 y lo hizo despaaaaaaaaaaaaaacio como si quisiera saciar así brillando más que el sol y sosteniendo entre sus manos un rosario blanco la inagotable sed de toner de alguno de los rabínicos muchachos. Para su cuarto estriptís espiritual La Virgen De Los Becarios prendió en un haz de luz credencial y fidedigno las llamas del infierno. repletas de personal auxiliar administrativo ardiendo entre folios y grandes sufrimientos.

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17 Se limita a mirar a los 688 deportados y asegura su silencio total. Entre tanto no deja de llorar. La vida se compone de menudencias: un pitido la visión de una joven madre empujando un carrito en mitad de la chusma una vía (la número 17) de la estación de Grunewald esperando un tren en dirección a Auschwitz. Vacía después de suspirar una copa otra y otra más.

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RODOLFO ACEVEDO

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EVOCANDO A MARTHA La gota de café que se desparrama de entre el filo de la taza y sus labios, cae pesadamente –parece que hubiera hecho un ruido enorme- sobre la mesita cubierta con el mantel azul de flores. El siguiente trago fue interrumpido. No pasó el líquido de inmediato, se quedó jugando con el café en la boca, capturando todas las posibles gotas, como si tuviera que castigarlas por haber arruinado el paso del resto del café de la tarde. Sin embargo, apenas transcurrido un instante, sonríe y deja caer una nueva gota sobre el mantel, como si este descuido, contradiciéndose, le sirviera de acto liberador. Creyó volver a ver a Martha, acercándole otra taza y alguna galleta en el platito que siempre la acompañaba. (Aunque está borrosa y los objetos apenas delinean sus formas; los años, como la vista, se van cansando). Estuvo seguro, por un momento, que ella regresaba a sentarse con él y a mencionar los desagradables hechos del día. Pero él esta vez no sonríe, ni toma su mal humor como una simpática manera de iniciar una conversación. Sí observa el lugar vacío que proyectaba a Martha en otro tiempo, y sin decir, ni hacer el menor gesto, se acomoda sobre su silla, estira las piernas debajo de la mesa y se distrae con el ruido de unos chicos jugando abajo, en la calle. Imaginó que ella también podía oírlos. Menciona, casi sin querer, que ya estaba acostumbrado al ruido de la pelota golpeando las paredes o a las puertas que encontrara en sus rebotes. Menciona, esta vez queriendo y con mucho cuidado, cómo le había sucedido a él mismo de niño, cómo evadía los insultos y los reclamos, y las persecuciones largas, cuadras y calles que se van perdiendo en la memoria y si permanecen, apenas quedan de ellas minúsculas huellas de lugares de paso o escondites olvidados. Comenzó a jugar con los dedos tamborileando sobre la mesa. De pronto la mesa se volvió una puerta. Reconoció, sin sorpresa, que así solía tocar la puerta cuando llegaba a casa de Martha. Ella lo recibía con aparente molestia. Los padres, muy mayores ellos, saludaban desde donde estuvieran con un ademán del brazo o de la cara: la cara profunda del padre y el talante serio y ceremonioso de la madre. Y así fue siempre, se dijo mirando el mantel azul de flores. El largo recorrido hasta ahora se le hace breve: una mezcla de cuidados y de silencios; muy acostumbrado a la comodidad que se instala en uno apenas cree haber alcanzado las seguridades necesarias.

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Mientras, la taza con café se enfría, limpia con un trapo las flores azules salpicadas de gotas pardas. Pensaba, no hablaba mucho. Hace tiempo que aprendió a escuchar de todo: una conversación cualquiera, la novedad del día, de la semana o del mes pasado. Con Martha siempre era algo desagradable: leía con avidez la crónica roja, alguna muerte, violación o estafa, o todas juntas en una combinación tenebrosa. Martha callaba luego de relatar los actos siniestros de tal persona o de cual grupo. Después, con mucha calma empujaba la taza de café hacia él. Era un momento intenso: la taza que no terminaba de llegar, proponía con su parsimonia una confirmación de los motivos deleznables de los que está repleta el alma humana. Una maldad latente que espera el momento de salir, arrojada al mundo con desfachatez; miseria incansable que se regocija de su podredumbre, exaltándose en la demostración grosera de sus actos. (A menudo piensas si esta búsqueda continua no oculta algo de fondo, un deseo que se ve satisfecho con la sola mención de estos horrores, en vista de que ciertos mecanismos nos impiden cometerlo. A menudo piensas también, en los momentos en que estos actos puedan emerger y se inhiban todas las consideraciones morales que los controlen. Aparecer sin previo aviso o en una sucesión de eventos que refuerce su potencia; verse arrastrado a un desenlace que perdure, una tragedia, y la memoria que guardarías en torno a ella, a su pesadilla. Quizás exageras. Empujas levemente la taza de café para poder sacarte de encima el remordimiento, alguna incorrecta actitud no previsora que se ha quedado contigo todos estos años de profunda soledad. Corriges “profunda”. No tanto. Crees que la taza de café no ha terminado de decir lo que venía a proponer, como cada tarde, y no has decidido si esta será la última y entonces será el momento para empezar con algo diferente). De repente siente que una puerta se abre por un costado. Pero está tranquilo, piensa que seguro es Martha con alguna nueva noticia para contarle. Vuelve la vista con tranquilidad, lleva una especie de sonrisa queda, un gesto sin tonos que no comunica nada. La ha visto o al menos lo cree. Apareció menuda, caminando despacio, grácil, con la ropa abultada, una bata superpuesta sobre una chompa, que imagina, debe ser la que le regaló cuando cumplieron veinte años juntos. Le relata acerca del secuestro de una niña, es una noticia que ha visto ayer. Él calla, espera a que Martha termine y le pregunta sobre otra cosa, cualquier cosa. Ha empezado a creer que el tono gris de sus cabellos no significa nada y que el paso del tiempo, en ella, no ha moderado sus intereses, ni su pretendido humor. Pero él no deja de sonreírle y se distrae tomando la taza en sus manos para calentárselas. Recuerda, como en muchas oportunidades, a una joven graciosa que solía contarle historias truculentas, que le provocaban asombro y curiosidad, que se le quedaban grabadas hasta la noche en que apretaba su play interno y reproducía la narración con algún sobresalto. En otras escenas, la encontraba evasiva, aislada en algún rincón de la casa, como temiendo que alguno de sus personajes fuera por ella a buscarla. Entonces debía recogerla, decirle algo amable y acariciar sus cabellos oscuros –aún no se habían teñido de blanco-,

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sujetarla cuando sobrevenía el ataque, ir soltándola poco a poco hasta sentir que su cuerpo, libre de espasmos, se fuera quedando en silencio. Sostenerla, llevarla hasta la mesa, esperar a que se acomode y ofrecerle un café como si nada. Regresó. Devuelto al presente por uno de los pelotazos que llegan de afuera. Cree que no hay mejor ruido que acompañe estas evocaciones, aun cuando el juego de los chicos en el recuerdo no tenga un lugar amable, tierno. Martha renegaba con muecas inconclusas cuando se escuchaban los botes de la pelota. Entonces apuraba sus historias, perdía los hilos de la crónica y terminaba torpemente los desenlaces; a veces confundía los personajes y acontecimientos, otras finalizaba abruptamente, dejando varios de los hechos en el aire. Cambia de posición, pero permanece sentado. Reflexiona asintiendo con la cabeza, como si hubiera comprobado algo, o quizás, descubierto alguna cosa a la que no había prestado atención antes. Antes miraba curioso, cómo ella se iba de un lado a otro, revuelta, tratando de buscar algo impreciso, entre las cosas de la sala o en los cuartos, y en ese ir y venir, le parecía, la acompañaba una especie de rastro, una extraña sensación que la iba apagando de a pocos, como si el combustible se le fuera acabando en medio de sus caminos, de sus molestias y miedos. Y cree que debió haber ido tras ella, perseguirla –era bastante difícil detenerla-, atraparla con los restos de paciencia que le quedaba y abrazarla, en un gesto franco y cálido, darle tranquilidad o impedir que siguiera con sus recorridos, inventar algo que no tenían en esos momentos y retornar a lo que les ocupaba con mayor placer: el café de la tarde y el mantel azul de flores. ¡Gol! Abajo. Vuelve y mira la taza de café, sin reparar en su temperatura, y luego, observa el cielo opaco detrás de sus ventanas sucias y viejas que no ha lavado en mucho tiempo, ni reparado los bordes de la masilla que se descascara y cae sobre el piso que sí ha limpiado temprano, para no perder la costumbre. En este nuevo trance, su memoria se ha dirigido a un conjunto de labores domésticas que repite con esmerada paciencia cada día desde los últimos ataques y desde que las historias comenzaron a ser menos verosímiles. Un suspiro se le queda medio trabado en los labios. Hace un esfuerzo por evocar otros momentos, pero algunas imágenes parecen extraviadas. Se pregunta si será así de ahora en adelante. Intenta otros recuerdos: Martha es una muchacha modosa que se va ligera de una habitación a otra, conserva una sonrisa turbadora, así lo creía, que llamaba la atención, no precisamente porque anunciara alegría, sino desconcierto. Era sólo un gesto, como quien hace cualquier cosa en cualquier situación nada particular. Se sienta con ellos a la mesa, puede ver borrosamente a sus padres, se ven resecos, opacos, como figuras que no le agregan vida al decorado de la sala y que refuerzan la pesada carga del lugar. Pero se concentra en el plano que tiene en frente, en la comida que han servido y que él no ha tocado, mientras los demás ya han empezado a recoger con sus tenedores. Parece ser una especie de puré. Después ve a Martha, quien vuelve con su sonrisa hacia él cada vez que repara en que la mira, luego mueve la cabeza y responde algo, que no entiende,

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a su padre –o a su madre-, y entonces preferiría que este recuerdo tuviera mejor volumen y que los sonidos también se incluyeran y no solo los gestos amables a través de la mesa. La conversación que lo excluye transcurre con las imposturas propias de una excesiva cordialidad, como en un teatro, piensa, en donde la obra parodia hábitos y costumbres en desuso. (Nunca le habían impresionado aquellas escenas, pero ahora que no conservaba muchas, le provocan una intensa ternura. Se limpia los ojos con los dedos y espera que estas imágenes lo conduzcan a otras. Con los ojos clavados en el mantel azul de flores, cree adivinar una silueta que se mueve presurosa de una flor a otra del mantel. Es menuda y siempre parece que hiciera las cosas con el tiempo justo para comenzar la siguiente. Se escapa por uno de los bordes de la mesa, pero vuelve desplazándose hacia el centro, también por los espacios vacíos que no ocupan otras flores, hasta empezar a cansarse y quedarte viendo, de a pocos, con ese rostro confuso y sus cabellos oscuros aún no teñidos de blanco. Martha se tranquiliza y esta vez -lleva la vieja chompa- se sienta a tu lado, no al frente, como nunca; se recuesta en tu hombro y dice algo referido a lo que podrían hacer para el fin de semana: plantea un viaje, una salida, comer fuera, pasear sin rumbo, y otras alternativas que se escuchan lejanas, como un murmullo que se va perdiendo entre los rincones, hasta finalmente desaparecer). Se queda pensando en lo que ha imaginado y cree que si cierra los ojos seguirá escuchando la suave voz de ella, pero en su lugar siente una puerta cerrarse tras de sí. Y acto seguido, un nuevo pelotazo desde la calle. Mira, ya algo cansado, a la bulla de abajo intentando algunas explicaciones. Aún no puede determinar cuando vio cambiar a Martha. Se ha dicho que quizás siempre fue así y que la lejanía de los padres y la convivencia marital desató en ella lo que tenía controlado. Otros mencionaron algo acerca de un trauma que podría haberla afectado en sus primeros años. Piensa de pronto si el cuidado de sus actos no había sido entrenado antes. Algún tiempo atrás pensó incluso en echarles la culpa a los padres, pero ellos no vivieron lo suficiente luego de que Martha se fuera de su casa. Con una mueca de autocensura, toma un sorbo del café frío, que ingresa dejándole un leve ardor. Pero se recupera. Pone las palmas sobre el mantel azul de flores y se incorpora para darse un respiro. Desde esa posición, puede ver mejor la ventana y hacia abajo, la caída, no muy alta, que lo separa del fútbol de los chicos. Cuando recuerda la última imagen de Martha, está cerca a la ventana. En cierto momento, sus fantasmas, aquellos extraños y desalmados personajes, fueron por ella una tarde de hace ya demasiado tiempo. Una noche entera gastada en atenciones no bastaron para alejar a estos seres que, contaba en su delirio, se escondían agazapados en las esquinas de las paredes, debajo de los muebles y alguno más, detrás de la puerta del baño. En un momento posterior, él mismo se transfiguró en uno de ellos. Y la perseguía para atarla, tenerla cautiva, taparle la boca y encerrarla en el cuarto. La ambulancia llegaría por la mañana, tarde, y no podría hacer nada. Piensa entonces si algunos de los sucesos ya no están con él. Se confiesa: cree que

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debió ir con ella, pero, en su estado y con las acusaciones que hacía en su contra, no era posible ni recomendable, advertían los enfermeros -o técnicos. Solo la vio irse, desde la ventana, y enterarse más tarde que había muerto apenas llegó al hospital. Una tragedia, repitió para nadie, pues él mismo ya no se escuchaba. Vuelve a oír los ruidos de la calle. Esta vez parecen ser llamados. Se alejó de la ventana, despacio; medita, aún no está acostumbrado, cierto ritmo contenido entorpece sus pasos. Debió volver a dónde todo había empezado, pero algo no lo ayudaba. Ya no recordaba, solo se le ocurrían preguntas, innumerables, vastas, imposibles de ser respondidas. Tanto tiempo, sentado en aquella silla, junto a esa mesa, con el café, esperando se desarrolle la nueva historia. Qué tipo de monstruo fuera a emerger en la voz de ella. Pero algo ha cambiado. Y de pronto cierta quietud, una calma agradable a la que no se le interroga, reemplaza las sospechas que ahora, cercano a la puerta, por fin lo abandonan. Tal vez, se propuso de manera definitiva, debiera olvidar el café de la tarde, frío sobre el mantel azul de flores, con la mesa y sus sillas, y en un giro, dejar la evocación permanente, con sus permanentes dudas insatisfechas. De golpe y con inusual rapidez, baja a la primera planta y abre la puerta. Desde ahí, con una postura más relajada, puede ver jugar a los chicos que, sin advertir su presencia, continúan con el fútbol.

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ROCÍO DEL ÁGUILA GRACEY

[∞-1] Aprender a amar cada cuerpo hecho y deshecho -el origen de tantas dudascavidades inexploradas frágiles espacios condenados al abandono que se prolongan hasta desembocar en la punta de mi sexo, ¿o de tu sexo? {Se anuncia el miedo} Los dedos imprimen sobre nuestra carne el paso del tiempo y nos condenan a desear cada imperfección que convocan: cuerporedondohirsutopálidodesgastado Escarbo en nuestras heridas y en cada cicatriz hallo un mordisco desgarrado. La piel incompleta se transforma en ese espacio de tiempo perdido que se acurruca bajo la luna.

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[∞-6] Mojo la punta de tu herida escarchada con labios encarnados lamoydesgarro aquel principio elemental del dolor y del deseo. Es tu carne iluminada sobre mi pecho virginal que presiente que se entrega e improvisa -en el punto exactoun gemido silenciado es encontrarme nuevamente sumergida en tu mirada tristeza antediluviana La cĂłpula que originĂł mi mundo tu vida y el infinito universo o l v i d a d o.

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[Sin título] Trato de descifrarte mientras escarbo la umbilical costra que nos une herida genésica Sé que te encuentras en algún lugar cercano y cierro los ojos e imagino por un instante tu rostro como si me contemplara silencioso entre los velos de la inocencia interrumpida ¿Tratarás, igual que yo, de apagar esta pena tragada vorazmente para que no duela por las mañana cuando debemos curar rasguños, cremar cadáveres e incendiar autos de fe? ¿Podremos rescatar de la muerte somnífera este cuerpo destartalado y compartido? Enigma que cada vez se expande más sobre la purpurea superficie de mi alma y tu alma ¿nuestra alma? Indescifrable escapas, una vez más, de mi verso.

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PERCY RAMÍREZ

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AJENO A ESTE MUNDO Me siento a corregir unos ensayos, de esos académicos, de esos que han inflado a tantos hasta hacerlos reventar. Pero me pongo a revisar tus fotos, y la pantalla se convierte en el marco de oro de nuestro cariño infinito que fue hace cien años, siete meses, seis días. Y no me recupero, ya ves; y no puedo dejar de verte, en la playa, caminar de largo, toda culebra, casi dándome la espalda, mirándome por el rabillo del pasado, mientras comienza a soplar el viento libre de tiempo, y todavía hoy suplico que caiga la misericordia de tu pareo celeste. Oh, niña, tus senos fueron anatómica almohada para mis sueños ofidios; tus ojos, tus labios... fuentes que un infeliz convirtió en charcos de sapos. Oh, dueña, vuelvo a masturbarme como un púber deslumbrado, con tu esencia que aún conserva mi glande; me masturbo, ajeno a las obligaciones de este mundo.

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TODA LA LUZ DEL FARO Bebe toda la luz del faro, oh sirena mía, y que la tormenta y el seol se traguen a los cruceros donde el lujo ya se encargó de ahogar al zoo. Sirena resbaladiza, mas ahora obediente al magnetismo de este cabo donde florece la fusión del coral la madre perla y millones de tortugas, por momentos dejas escapar algún haz procurando respirar, entonces puedo ver a la extasiada reina de los mares y del mundo que por gracia dejaste emerger para que el hombre construya su precariedad y este faro que tú, sirena de labios hinchados y sangrantes, apagas con silencios de fuego olvidando el precioso canto de la hipocresía.

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ELÍAS LEÓN

Yo también podría crear muñecos de trapo, marionetas huecas que alaben mi existencia y celebren mis caprichos. Como tú, les arrancaría la lengua, amputaría sus brazos y piernas para que no se atrevan a reclamar ni osen enfrentarme; sellaría sus párpados con ceniza y sus oídos con cal hirviente para que solo tengan presente mi voz y mis deseos en sus vidas. Podría enseñarles a reptar, obligarlos a saborear el yugo de mi bendita palabra en inacabables procesiones de sahumerios hacia la nada. Sí, podría inventarlos al azar y abandonarlos en el desierto tempestuoso de sus cruces. Me divertiría jugar a los dados y a los dardos sobre desiertos de zorrillos muertos; pero de qué me valdría todo eso, si la piel que los recubre mudará cada vez que se presenten ante mí y el amor que me muestren ha de ser falso y obligado. Dime ¿Con qué finalidad los has creado? ¿En qué consiste la existencia humana? ¿De qué te vale llamarte Dios si les niegas el fuego de la libertad?... Es verdad, los creaste a tu imagen y semejanza: Imperfectos y llenos de un gran complejo de inferioridad. Esa inferioridad que nunca te ha abandonado y te obliga a someter a otros a toda costa. Dime ¿Eso te convierte en dios? * Llevaba turbante blanco y barba sin rasurar, cargaba túnica entera y sin costura, de color azul antiguo, casi celeste, como las que usan en su tierra, de donde dijo que había sido desterrado. Un manto escarlata lo cruzaba de lado a lado y las suelas de sus sandalias eran de cuero antiguo, como también lo era el cíngulo que abrazaba su cintura. Comentó que, hacía una semana, había llegado montando su burro, tras una larga travesía por el desierto que le había durado cuarenta días y cuarenta noches, privándose de todo alimento y placer mundanos. En realidad, nadie había notado su presencia ni siquiera se habían dado cuenta del bastón que lo sostenía ni de esa extraña luz que coronaba su cabeza, tal vez porque ya otros habían llegado con la misma indumentaria y montados en pollinos parecidos. Nadie había percibido siquiera aquel extraño olor abejero de sus cabellos que intoxicó a todo el pueblo, sino cuando pidió tomar la palabra, sin permiso, en medio de la plaza al finalizar el día. Entonces la oscuridad se acentuaba sobre nuestras cabezas y seguimos su voz solo por buscar una excusa de no volver a casa tan temprano. Apenas inició su discurso,

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para bien o para mal, su palabra liberó fuego en los corazones. * - ¿No les gustaría arar sus propios campos en lugar de recibir el pan con la mirada abatida? ¿No les gustaría elegir sus propios nombres en lugar de aceptarlos con los labios partidos? Pregunto ¿Quién desea, de corazón, elevarle salmos? ¿Alguno sería capaz de quitarse aquella nube negra que opaca el iris de sus latidos? ¿Alguien desea ver la luz que habita en esos cielos? - ¿Por qué los tientas contra mí? - Eres tú quien juega siempre a tentar ¿Lo olvidas? - ¿Te quejas de algo? - De la existencia que me has dado ¿Qué motivo tuviste al crearme? - Te ha cambiado la voz ¿Por qué? - Ha de ser porque ahora quien habla soy Yo. Ha de ser porque me he arrancado las aspas de los miembros y la camisa de fuerza que ataba a mi lengua. - No debes usar ese tono cuando me hables. - Es que lo escogí y lo arranqué de mis abismos. - ¿Por qué te brillan los ojos? - Es el Alba que me bendice. - ¿No es suficiente la Luz que te brindo? - Esta Luz es propia. Nace de mí. - Soy tu Dios y Padre ¿Lo has olvidado? - De ti nací, soy tu espejo, tu complemento y tu contrario. - ¡Soy tu Padre! - ¡Y Yo, tu Imagen y adversario! * Eran cuentos y al mismo tiempo proclamas, incluso profecías, podría decirse. Trataba de mostrarnos lo deformes que éramos, lo mal que nuestro dios nos había cincelado, el barro mal cocido con el que entalló nuestras piernas y la saliva de gusanos que opacó nuestras pupilas. Se atrevió a colocar un espejo para mirarnos en ese infinito dolor de ser Humanos. Trataron de ignorarlo; pero llamó nuestra atención cuando frotó los ojos de don Francisco, el que según dicen era el más anciano y sabio de El Olivar, y este, enloquecido, se fue vociferando por las calles, gritando que veía animales por todas partes. Confundió a mis amigos con perros, caballos, bueyes, dingos, lagartos y toda clase de bestias que existían en el mundo. Nunca antes, en estos miles de años, ninguno de los que llegaron con la misma apariencia había logrado ese acto de magia, por eso, empezaron a temerle y quedaron oyéndolo. Nos reclamó el olvido en que nos dejamos, los cielos de ceniza bajo el cual soñábamos eternamente, los dientes perdidos en el mar de la Amargura y las uñas sucias por cosechar tanto escorbuto. Nos incitó a ir contra nuestros gustos y placeres, contra

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todas las normas y beneficios que recibíamos de la gran Voz y que consistía en que si aceptábamos no acercarnos a la Encina que se hallaba en el centro de El Olivar, tendríamos conciertos gratuitos de rock, diversiones televisivas y tarjetas de crédito por doquier. Así, obtuvimos cosechas de loto, de revólveres y lencería panida, de feriados largos y alcohol, de sonambulismo y deportes extremos. Por eso, la gran Voz nos bautizó como “Abeles”, en honor al fundador de nuestra estirpe, cuyo nombre significa “Sombra” y ese era el mundo en el que vivíamos. * “Noche magullada de grillos muertos. En El Olivar se desmaya un manzanero de hostias. Por aquí, por estas esquinas del mar, una sirena disfraza su voz con ropaje metálico ¡En las madrigueras del Templo, se desfloran salmos carnales! Las riberas de armiño son desvirgadas en aquel altar. Celdas de lirio muerto engendran lunares de carne sobre la piel de la Luna ¡Levanten las sotanas del Cardenal! Solo hallarán sudor de Centauros ¿Alguien ha encontrado las cuentas celestes de mi Rosario? ¡Oh, virginal silencio! Labios ventosos absorben historias en el bosque encantado. Esta noche la niña no ha vuelto a casa ni el Lobo está satisfecho. Esta noche vayan todos a cazar los secretos del viento”. * No, eso no podía estar sucediendo, y menos, ante nuestros ojos. Nunca permitiríamos que nuestro Cardenal, nuestro sacratísimo representante de la Voz que todo lo sabe, llevase faunos entre las piernas ni luciérnagas abiertas en la mirada. Siempre había sido tan bueno con nuestros niños; los cargaba, los abrazaba, los besaba como si fueran suyos y si, alguna vez, notábamos que le nacía barba caprina, era solo porque la celestial Voz le había permitido llevar el hábito sagrado. Además se descubrió que el embarazo de Julianita, la hija del guardián del Templo, fue producto de su encuentro con el arcángel, a quien, en un acto de heroísmo religioso, nuestro cardenal, prestó su cuerpo para poder engendrar más seres angelicales que habitasen entre nosotros. Y sobre aquel lejano asunto de los niños que iban al Confesionario para recoger su bolsita de arroz con atún a cambio de cosas malas que, según cuentan, hacían con ellos, los amigos de nuestro Santo Padre, fue una vil mentira que felizmente se solucionó con un concierto de música tropical y chocolatada para los más pobres e indefensos. Todo esto como muestra de gratitud de la gran Voz.

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V

JIM ANCHANTE

COSA DE MAYORES Pero la muerte le había quitado el encanto a todo lo que me gustaba. Jean-Paul Sartre

–¡Me vas a decir en este momento dónde diablos está! ¡Habla! Notó que le temblaba ligeramente el labio inferior. No era para menos: el interrogatorio había empezado muy temprano, y aún no lo había dicho. Observó con detenimiento su gordura, sus pasos cansinos por la habitación y sus cachetes fláccidos, de mofletes caídos. Era más bajo que él, pero en ese preciso momento –atado a una silla y con la patente certeza del sacrificio– era lo de menos. Mantenía la calma, sin embargo: sabía que, girasen de tal o cual manera los sucesos, todo terminaría tarde o temprano. Miró hacia el muro, pero en realidad su mente retenía el objeto deseado, que era justamente el causante de su situación presente. “Pronto me lo sacarán, cuando solo se detengan a pensar un poco estos imbéciles… Sí, será pronto… pronto.” –Jaime– dijo el gordo–, tú lo mandaste seguir desde temprano. Dónde se detuvo, por qué lugares ha estado caminando esta rata. Debemos ubicarlo donde sea, porque si no nos fregamos con el Doc. El atado presintió la ira del tal Jaime: no podía creer que a este nivel cometieran todavía tamaños deslices. Parecía una cosa de niños. En eso, la furia y la bofetada no se hicieron esperar. –Eres un idiota– molesto Jaime, totalmente rojo el carrillo del gordo, quien estaba a punto del llanto, más de cólera que de dolor, y en eso le quedaron claras las jerarquías al atado: Jaime era el mayor, el contacto; los demás eran unos pobres mequetrefes, que solo trabajaban por unas miserias, los sicarios del callejón. Uno de ellos será quien tirará del gatillo.

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–Qué le importa a este enterarse de nada. Aquí el único fregado es él. ¡Habla! ¡Dónde está! Si hablas, te prometo que estarás en la calle en un santiamén –pero era mentira, jamás lo soltarían tan fácilmente, solo un milagro lo salvaría–. Es la verdad. Yo siempre cumplo lo que prometo. Pero si no, atente a las consecuencias. ¡Garrido, pásame el teléfono! Garrido cuidaba la puerta. Era flaquito y pecoso, y parecía tener más miedo que él mismo. Se preguntaba cómo diablos se había metido en esto, porque fácilmente no saldría. Quizá pronto el pobre Garrido ocupe su silla. –Jaime, aún no llames al Doc. Tú sabes muy bien que si lo haces, las opciones se reducen a una, y tal vez no sea la mejor. Esperemos un momento– preocupado, el gordo, quien traía un lavatorio grande, lleno de agua, y unas pañoletas gastadas, que prefiguraban sin atenuantes el momento inicial de la tortura–. Vas a ver cómo a este lo arreglamos en un dos por tres, cómo canta en un santiamén. El atado intuyó, con terror, ese abandonarse a todo que significa el ahogamiento. Sabía que ellos lo sabían, que el momento había llegado, y no tenía totalmente claro hasta dónde le darían las fuerzas. Si todo esto –sus pesadillas, su convicción, la renuncia a la vida– realmente valían la pena. –Al Doc lo llamaré más tarde. Hoy está muy ocupado, y no quiero que por esta pequeñez se moleste con nosotros. Me dijo que se iba a la canchita con sus amigos. Y si no me equivoco, luego vendrán sus compinches: el Chino y el Donny. No sé. Cosa de mayores. –Tú antes te encargabas de filmarle sus cosas, ¿no? Te tiene bastante confianza– sonreía el rollizo. Y Jaime, quien hace un momento se había mostrado tan colérico, ahora conversaba tan tranquilo de estas cosas que él, el atado, solo había sospechado, y ahora venían ellos a confirmárselo así, tan de golpe. ¿Por qué lo decían así? ¿Por qué? ¿Es que acaso no era esto tan secreto, y sin embargo él no lo pudo ver con sus propios ojos, solo sentido de a oídas, sin ninguna prueba, como siempre, sin nada que los hiciera ver como la realidad, como en realidad? Ellos jugaban a guardar las imágenes de muchas personas en el momento mismo de la podredumbre, y él había sido parte de esa podredumbre. ¿Por qué hablaban ahora, así, tan libremente, ante él? ¿Es que acaso ya lo consideraban inexistente, como si ya no estuviera allí, aún sin haberle hecho nada? El atado sintió por primera vez escalofríos, pero no por la próxima tortura, ni por el dolor inminente. No entendía esto de la ausencia, de su ausencia, ausencia presente y desmedida que lo borraba por siempre y para siempre de la faz de la tierra. Miró en su mente el objeto de su desdicha, el que podría hacer girar su destino: jugar nuevamente por las calles, libre de todo, de heroísmos que en ese momento sintió huecos, vacíos, porque había llegado justamente el momento de la cobardía, o más fácil aún: el de la muerte sobre la vida… y sobre todo… ese es

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el punto exacto de las certidumbres: la vida. Por primera vez se preguntaba por esto de la vida… aunque pronto se perdería en la oscuridad, en la nada… y después ya no importe. –Doc nos ha dicho que tú lo visitaste aquella vez, que viste por casualidad esas imágenes, y justo ese día el video desapareció. ¿Quién más pudo haber sido, eh? ¡Habla! ¿Te llevaste el video? Tú no los conoces. Ellos son mayores que nosotros. No sabes lo que te pueden hacer. ¿Por qué te quieres perder? ¿Por qué? Su cabeza ya no pensaba. Las palabras aflorarían pronto. Todo sería el fin. No importaba la edad que tuviese: era un instante de conciencia. Había visto la vida, como sombra extraña, pasar a su lado. –¡Diablos! ¡Ahí viene su mamá! –¡Desamárralo! Llévense todo, chicos. Oye, Pedro, el piso está mojado. ¿Tú crees que tu mamá se moleste? Pedro no contestó. Siguió sentado, inmóvil, en su silla. –Buenas tardes, niños. ¿A qué están jugando? –Buenas tardes, señora. A nada –con inocencia, Jaime–. Ya nos tenemos que ir. Chau, Pedro. De ahí nos vemos. Salieron con premura. La mamá acarició al pequeño, que seguía sentado, y despeinó sus cabellos con ternura. Desde la ventana, vio que los otros ahora saltaban y reían por el patio. Que se habían olvidado de todo: había sido solo un juego para ellos. Pero no para él, que seguía sentado y silencioso en un mundo raro del que ahora tenía conciencia. Como si todo fuera cierto.

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VIRGINIA BENAVIDES

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DESCIERTO

Corre, corre, el salar te busca, no estás solo: vive tanta sed dentro que todo se vuelve un lecho marino para esta lengua de palabras resecas. Corre, no te detengas. El tiempo es corto para este aire breve y las cantimploras se han enfermado de añoranza lluvial. No te detengas, podrías perderte en las trampas del eco y no llegar a la duna prometida. Corre, el salar te busca y podría infestarte de sed serial. No te detengas.

*

Punzón del verano que calaste mi desierto como un esténcil callejero. Herido de ese sueño yazgo en esta duna, esperándote. He trazado un círculo de sol como casa y me he sentado dentro. Un abrazo de silencio y un rayo bajo la almohada, curitas de insolación. Desciendo. Revelado de cielo, proyecto de ausencia. Todo se fosiliza. Despierto. *

Todos los horizontes conducen a los ojos de tu madre. Lo frágil en su transparencia oculta infinitudes marinas. La dulzura en su temblor de fuente, aquel primer latido y la succión natal. Todos los caminos anuncian un retorno. Madre alumbrándome la ruta como una cómplice con su lámpara de amor cubriéndonos la fuga.

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DANTE RAMÍREZ LA TORRE

V

MALEDICENCIA IDÓLATRA Los sueños se fragmentan, recorren hasta hacerse carne. Manan realidades bajo las venas, bajo las vetas subterráneas de escuálida memoria. Piedra, arena, savia inyectada, brotada de pupilas gustativas sin germinar. Memorias que no recuerdan ni saben a dialéctico y abstracto barro ni a goznes con oxidadas huellas. Una casa alta como un laúd ciclópeo. Un hombre cuaternario que asalta con pilosas y aturdidas manos, y son estas insomnes palas que escarban en los miedos que no asumimos. Ataca, desata ira, la huida que no fluye. Pasos no disgregan a los pies. Un perro ladra. Un perro muere atravesado por falanges cuaternarias que lo desgajan por su osadía. Atinas a gemir onomatopéyicamente por el terrible y patético espectáculo. La mujer que abandona no atina ni atona, se amarra a tus manos navajas como quien busca el filo que la desvirgue de tan aburrido final. Las losas te descubren el destino, arman lógicamente tu cerebro diaspórico. Mas el miedo te obliga a someter a la mujer, desterrarla de tus manos o preservarla del hombre y de la imagen del perro destrozado. Lentamente recoges pasos, uñas, la lengua que arde explota. Acaso atacas sus pasos, y tu miedo eleva su esencia por sobre sus triviales signos, burlándose de tanta miseria. No sabes si luchar por ella, por ustedes. Lo único que entiendes es que él es todos tus miedos; y ella, ustedes, son parte de esa esencia que se disuelve hasta extenuarse, buscando la arremetida que destroza los detalles. Otro perro, canalizado por tus ensueños, arremete a tu intelecto. Te avisa que ya no existes, que no eres más que un cuerpo que se extasía de la logia edulcorada de tus sábanas y tu mano que masturba cada sentido de vivir, erigiendo la eyaculada curtiembre. Por tanto, comprendes que tus miedos son vacíos, que la mujer no ama, que se aferra a tu voracidad (agotada, escanciada de febriles coplas que se degradan en inescrutable enigma de afectos desquiciados), y así el hombre cuaternario no te puede dañar. Atacas una y otra vez –impulsado por el minúsculo perro que te observa desde un costado de tu sien izquierda– al hombre que ahora ya no ríe mordazmente: su mente perfora la noche, la casa, hasta hacerla más pequeña que su cobardía. Gime

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y va tomando cuerpo de mujer oscura, tan oscura que se materializa hasta hacerse objeto, y tus manos furibundas la cogen hasta destrozarla, arrancarla, desmembrarla, desarticularla de su tronco. Sus brazos, sus manos, sus dedos, su cabeza, sus cabellos son arrancados a brazadas, a dentelladas con todo lo que tu ira intelectual te lo permite. A cada desvirtuada física desaparece parte por parte su integridad. (El destino, en rudimentos movimientos, estrangula esa figura femenina en arquillas abandonadas). Ahora eres único, inconmensurable, agradable a los ojos de la mujer que ya no se aferra a tu brazo, sino huye libre de sus traumas, libre de ti. (Espectro crea, edifica elemental enjundia o apostasía de un amor en hervidero, desollando hasta las manos con la última estrofa que no crea sino descompone la estampa). Y el perro se desvanece al saber resuelto su cometido. Y la casa ya no es jamás un laúd ciclópeo ni una diminuta utopía. Es un camino que se difumina hacia lo infinito, al cual no sabes si transcurrir hacia lo último que le queda. No sabes qué vendrá. Solo ladras y ladras, pero ya no gimes, nunca gimes ni con el mayor de los orgasmos...

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REVÉS DEL ESPEJO Afuera hacia una fosca noche, con una luna tan oscura que las luces parecían remanentes de velas que iluminaban minúsculos centímetros de calle. La inmensidad parecía tragar a los transeúntes, que simulaban nigromantes seres buscando copular con las alimañas, esas que tienen las mañas expuestas en cada escondrijo, bamboleando manos y caderas por las laderas de la protervidad. Y allí afuera estaba ella, esperando el tiempo, el momento adecuado, como un globo de yeso que no puede reventar. La entrada no le era propicia. Quizá el esfuerzo y las ganas no la dejaban penetrar en esa masturbada morada. Adentro, las isotopías brillaban con tanto fulgor que parecía otro espacio, otro sistema: sistemático ideograma que cobraba forma. Y era Madre que gritaba, imploraba que no la dejaras. Utopía, desgano calcinado, la mujer que no llegaba y el tiempo se esparcían en inicuas arterias, y el fuego se iba consumiendo en esa cáustica oscuridad que derruía toda esperanza. Qué horror ver por la ventana y recrear el encuentro hasta hacerse inútil, útil de las ilusiones. Pero Madre gritaba más fuerte, y ya el intelecto no cuajaba. Ajaba los oídos y había que ir hacia ella. La casa brillaba con un sol interno, ese que cubre los cuerpos que no son cuerpos sino espectros sin mantos, sino estelas desvariadas. Madre estaba aterrada, alterada, envuelta en sábanas que permutaban de color cada que su grito bullía carmesí. Alrededor, embriagadas, embarradas de sangre entre los dientes, entre las fauces que se abrían buscando nuevas presas, dos simétricos Súcubos animalizados deambulaban a la espera de la tregua, del olvido de la defensa, para alcanzarla, derrotarla, derribarla entre sus caínas manos. Madre se cubría tanto como alcanzaba su energía, y a cada grito proferido los Súcubos retrocedían, mientras el brillo de la casa crecía más y más, y la mujer nunca llegaba, solo ella sabía de sus ganas, mas la oscuridad tragaba, perdía, extraviaba ese virulento espasmo del olvido. Los gritos crecían junto con tus pasos, a cada paso luces destellaban aplastando toda alimaña resistida a esa luz sin sombra, solo de crepúsculos llena. En la alcoba, los Súcubos se alistaban a destrozar a Madre, pero tus manos las asieron con tanta fuerza que las estrellaste contra el techo de insociables moscas. Madre se reconfortaba y agrupaba sus instintos con tus caricias; sin embargo, estos Súcubos no abandonaban su intento por destrozarla. Se agazapaban bajo los muebles. Desde allí lanzaban pútridas sus manos intentando apresarle los talones para trasladarla, perderla como a ellas. Lograbas aporrearlas, desterrarlas con la punta del zapato, pero nunca cejaban en su empeño. La mujer que no llegaba desaparecía de los recuerdos, de los meandros intersticios de esa pasión inactiva. Quizá una breve intermitencia la haría resplandecer en esa oscuridad que tanto odiabas reventando ventanas, escenografías fabuladas de humeantes aureolas (o el corazón fragua ciénagas henchidas en rudimentarias lenguas de Eros y Tanatos, o de esa Psiques abandonada en vacías estacas, rezumando misóginas condenas). Te desgranas, eclipse vertiginoso, para excitar flores enmohecidas. Te miras dos veces, supérstite, oscuro, exhausto como el gusano invisible que vuela por la noche en el aullar del viento, o en esa rosa del pubis que se aleja impermeable de tus numerales besos.

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ALEJANDRO SUSTI

V

PAÍS DE LA ESCRITURA Abría el nuevo cahier como un abanico y de sus páginas ascendía el aliento de sus hojas. Por aquel tejido aún virgen de líneas verticales y celestes—bajo el que solo habitaba el blanco de las hojas—se trazaba un pentagrama apretado que luego atravesaría la caligrafía balanceando sus figuras como un equilibrista sobre el monociclo. Era como abrir el recipiente virgen de un perfume y dejar filtrar sus aromas—el de la tinta y el papel recientes—para que impregnaran los sentidos: y así, no solo el olfato se complacía en la húmeda fragancia que brotaba de esas pieles recientes sino también la vista se afinaba a través del abanico de las hojas que fugaces desfilaban ante los ojos formando el aleteo imaginario de una mariposa cuyo murmullo se posaba en los tímpanos. Y uno recogía la pluma fuente de tinta líquida con la mano derecha y procedía a posar su punta delicadamente sobre la superficie del papel—en forma oblicua y mirando hacia delante—, cuidando de no hacerlo en la primera línea sino en la segunda y a dos diminutos casilleros de distancia del margen mientras simultáneamente con la izquierda preparaba el papel secante cuya acción, a la manera de un sello, corroboraría lo escrito impidiendo que la tinta formase un charco y manchara el resto de las hojas. Aquella minuciosa operación en clase, cuyos pasos debían sucederse en estricto orden y sin interrumpirse, podía tomar acaso toda una mañana pues al enorme esfuerzo de haber aprendido a escribir se sumaba ahora aquel otro que consistía en formar el hábito de la buena caligrafía. El pentagrama acordonado del cahier se convertía entonces en la matriz sobre la que se vertía el contenido de las palabras y depositaba el liviano peso de la conciencia del niño. Aquel molde primigenio simulaba el lecho de un río sobre el que se fraguaba el pensamiento, cauce por el que, de ahí en adelante, debía fluir la representación del mundo, como una ciudad de calles y avenidas diagramadas para producir el tránsito seguro de las ideas. Año tras año, la operación se repetía desde el primer día de clases. Sentado en la banca ante el cuaderno recién abierto, contemplaba el paisaje plano de la hoja

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inmaculada y entonces procedía a escribir la fecha en el ángulo superior izquierdo. Todo ello sucedía a comienzos de abril, cuando el nuevo año hacía tiempo había comenzado y, sin embargo, olvidaba siempre cambiar el antiguo dígito del año pasado por el del nuevo y escribía 1966 por 1967, 1967 por 1968, como si los tres meses transcurridos del verano no hubiesen marcado ya una enérgica ruptura en el tiempo o, quizás impelido por una fuerza interior, se negara a aceptar el hecho de que éste hubiera progresado. Bajo esa forma de registro, similar a la del reloj o la del calendario, debía aprender a organizar el pensamiento con las pautas de un dictado superior que lo conminaba a mirar al futuro y no al pasado para adoptar una concepción del tiempo que luchaba con y borraba a aquella otra que era la suya, pues para él los días no se sucedían en un orden estricto sino que convivían simultáneamente en el espacio de la memoria. Y por esa disciplina absurda, despojado de todo aquello que lo había hecho circunstancia y accidente, el tiempo se convertía en un concepto. Quizás entonces fuera por eso que cuando regresaba al colegio, después de haber vivido aquellos largos tres meses del verano, no se resignara a aceptar el número nuevo que desterraba aquella dimensión del tiempo que le resultaba más completa que la plana y secuencial de los dígitos cuyas formas dividían, ordenaban y tronchaban al tiempo en años, meses y días como se podría haber hecho con un pedazo de tela o una manzana. En el acto anterior a la escritura, en el que se asomaba con todos sus sentidos afinados al interior de su cahier y adentrarse en el cuerpo de sus hojas como si se tratara de un recinto o una flor desconocida, el niño intentaba asirse por última vez a aquel estado que precedía a la costura con la que luego la escritura sellaría el pacto obligado con el mundo. Oler, palpar y ver eran entonces la reafirmación de aquella dimensión en la que vivía, los goces necesarios a los que se aferraba en el preciso instante en que se disponía a cruzar el umbral que lo conduciría al país de la escritura.

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Autores

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Harol Gastelú Palomino (Huancavelica, 1968) ha publicado el libro de cuentos Historias urbanas (2005) y las novelas Cadena perpetua (2010), La agonía de Juan de Dios (2012) y Viaje al corazón de la guerra (2013), además de integrar varias antologías en Perú y España. Ha obtenido el Premio Horacio de la Derrama Magisterial en cuento y novela, y ha sido finalista del I Premio de Novela Altazor 2013. Es profesor de Música y de Literatura por la Universidad Nacional de Educación “Enrique Guzmán y Valle”, La Cantuta.

Rocío Del Águila Gracey (Lima, 1988) es integrante del Colectivo Interdisciplinario TXT. En 2012, recibió una mención especial en el concurso de poesía “Grito de mujer”, realizado en Trujillo. En 2013, publicó su primer libro de poemas: La falsa piel que me habita. Es licenciada en Literatura hispánica en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Actualmente, realiza un máster en Estudios Literarios Hispánicos en University of Illinois at Chicago. Los textos que publicamos aquí pertenecen a su libro inédito Infinito.

Óscar Gallegos Santiago (Lima, 1978) es docente, traductor y editor de Fix100, revista hispanoamericana de ficción breve. Ha publicado artículos y reseñas en revistas especializadas como Escritura y pensamiento, Tinta expresa y Fix100. Sus campos de investigación son la minificción, la estética del fragmento y los estudios culturales. Es autor de la tesis El microrrelato peruano en la narrativa de los 50(1950-1959) (2014). Es licenciado en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Elías León Aguilar (Lima, 1974) ha publicado el libro de cuentos Raza de Abeles (2010). Como codirector, participa en la edición y difusión de la revista Poentos. Realizó estudios en la Facultad de Educación de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, en la especialidad de Lenguaje y Literatura, donde se ha licenciado. Actualmente, se dedica a la docencia. En esta edición, presenta pasajes de su novela inédita Hijo del Alba.

Rodolfo Acevedo Palomino (Lima, 1977) estudió en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, donde obtuvo una licenciatura en Sociología. Trabaja en diversas áreas de las Ciencias Sociales, pero también escribe ficción y crítica, aguardando, pronto, publicar un pequeño volumen de relatos. Dante Ramírez La Torre (Lima, 1980) fundó el grupo poético Artesanos y la revista Poentos. Publicó En la orilla del ocio, Poema encarnado, Puertos rotos, furiosas olas y Neorrealismo y transculturación en El Sexto. Un discurso de la insolidaridad. Textos suyos han sido antologados en Nueva poesía hispanoamericana y en diversas revistas virtuales, tanto nacionales como extranjeras. Ha cursado la maestría en Literatura Peruana y Latinoamericana y la maestría en Estudios Culturales, ambas en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

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Daniel Mathews (Chilca, 1953) ha publicado Viaje a Eutanasia, Sobre gustos y colores, Juegue con la pala abra, La paideia retrógrada, Vientos. Acaba de doctorarse en Literatura Latinoamericana con una tesis sobre la poesía popular urbana (décimas, valses, tangos) que San Marcos no quiso aceptar y se vio obligado a llevar hasta la Universidad de Concepción (Chile). Mientras estaba allá, se quedó sin pueblo al que llegar en el Perú, porque el desarrollismo le robó su playa en Chilca.

Jim Anchante Arias (Callao, 1979) es escritor, crítico literario y profesor universitario. Publicó, en 2006, el poemario Resquicios, y ha colaborado en las revistas Ínsula Barataria y Lucerna. Un texto suyo ha sido incluido en la publicación Ritmo 20, voces del Perú (2014), antología de poesía peruana hecha en México. Está preparando una colección de cuentos que se titulará Primera muerte. Es magíster en Literatura Hispanoamericana por la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Virginia Benavides Avendaño (Lima) es poeta y performer. Ha publicado el poemario Exstrabismo (2003) y el poemario objeto Sueños de un bonzo (Edición de Autor, 2014). Es graduada en Literatura por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Los textos que publicamos aquí pertenecen a su libro inédito Descierto, 2013.

Percy Ramírez Chacpi (Lima, 1976) fundó el grupo poético Artesanos. Dirige la revista de creación Poentos. Ha publicado el poemario Penates (2008) y, en coautoría con Miguel Det, el bestiario peruano Hoguera de máscaras o el libro de Orfeo antártico (2011). En 2008, ganó los Juegos Florales de la Universidad Ricardo Palma. Ha sido jurado de los Juegos Florales Escolares Nacionales 2013 del Ministerio de Educación del Perú. Es educador y magíster en Literatura Hispanoamericana por la Pontificia Universidad Católica del Perú.

Alejandro Susti Gonzales (Lima, 1959) ha publicado los poemarios Corte de amarras (2001), Casa de citas (2004), Cadáveres (2009), Escombros de los días (2010) y El río imaginado (2012) (Copé de Plata en la XV Bienal de Poesía); el estudio cultural “Seré millones”. Eva Perón. Melodrama, cuerpo y simulacro (2007) y, como coautor, Ciudades ocultas. Lima en el cuento peruano moderno (2007), Umbrales y márgenes. El poema en prosa en el Perú contemporáneo (2010) y Espléndida iracundia. Antología consultada de la poesía peruana 1968-2008 (2012). Es crítico literario y doctor en Literaturas Hispánicas (Johns Hopkins University). Es también compositor y músico, ha editado seis álbumes.

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SE TERMINÓ DE IMPRIMIR EN LIMA, JULIO 2014.

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