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Dr . Guillermo Enrique Guerra ValdĂŠs ME MO R I AS


Diseño, portada y cuidado de la edición: Juan José Guerra Páez Asesoría en diseño: Mauricio Sánchez Gutiérrez Asistente de digitalización: Janeth Guerra Contreras Revisión de textos: María Elena Ramos Rodríguez Derechos reservados conforme a la ley ISBN En trámite Queda prohibida la reproducción parcial o total, directa o indirectamente de la pesente obra, sin contar previamente con la autorización expresa y por escrito del autor. Impreso en los talleres de Infocolor. Saltillo, Coahuila. Septiembre de 2014


Dedicatoria La familia, la base más sólida del hombre, aún cuando se tuerza “por el paso del viento y el peso del tiempo”. Pues se sostiene no solo desde abajo, también desde “Arriba”. Dr. Gregorio Marañón

Dedico con mucho cariño estos recuerdos a la memoria de mis queridos padres, el doctor José Guerra y mamá Veva. No solo heredé la vocación de él, la aprendí oyendo consejos que daba a las madres que lo consultaban con niños en condiciones muy precarias, tan frágiles como después me tocó verlos en mi práctica médica. A mi madre con ese don de formar y mantener unida una hermosa familia por amor. Todavía a sus 104 años era la mamá Veva de numerosos chiquillos. Con mucho cariño y nostalgia a mi hermano Pepe y a mis hermanas Carmela, Queta, Tela, Veva Lucía, Vale y Licha con las que pasé una infancia feliz. A mi esposa, la inolvidable Bambi, una gran esposa de médico, más de sesenta años de matrimonio unidos por una invisible cadena de eslabones de amor, cariño, comprensión, tolerancia. Madre de nuestros tres hermosos hijos, Bambina, Memo y Juan, de los que me siento orgulloso, y doy gracias a Dios que me colmen de cariño y atención, más ahora sin Bambi y en esta época de mi vida. A mis hijos políticos Poncho y Janeth, a mis nietos Lety, Lucía, Guillermo, Gerardo, Memito y Janethita, a mis bisnietos María José y Alfonso. Especialmente mi agradecimiento a todas aquellas madres que me dieron su confianza, al dejar en mis manos a sus pequeños hijos, sus seres más queridos. A todos los niños que pasaron por nuestras manos, a los que están en el Paraíso disfrutando del árbol nodriza jugando con sus ángeles de la guarda, los llevo en el corazón. A todos los niños. Guillermo Enrique Guerra Valdés 1


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Prologo He tenido la oportunidad de conocer al Maestro Guillermo Enrique Guerra Valdés desde 1976 cuando llegué a Monclova. Él entonces era director del Seguro Social, en la Clínica 7 de Monclova, y fue quien me dio la bienvenida; posteriormente como compañeros de trabajo hasta su jubilación y después como amigos. En estas circunstancias, mucho de lo que ahora vuelvo a vivir con sus elocuentes Memorias, me hacen volver a sentir los agradables momentos en que conversando con él, yo salía con mi espíritu lleno de alegría y bienestar. En numerosas ocasiones, con una reflexión que me hacía, descubrí cantidad de aspectos que eran difíciles de explicar y de aprender, todo lo relacionado con el humanismo, el trato al paciente, la ética médica, y finalmente, el arte de la medicina. Hay seres que nacen con fortuna, algunos logran incrementarla por un tiempo, otros están destinados a incrementarla todo el tiempo, mientras el creador les permita vivir, ese es el caso del Maestro Guillermo Enrique Guerra Valdés. Las Memorias que ahora tenemos en nuestras manos, ante nuestros ojos y más ante nuestro propio espíritu, son un dechado de emociones, vivencias, experiencias que se unen unas con otras y cada día dan un producto mejorado. Llegar a las siete décadas de actividad médica cómo le ha tocado vivir es el mejor regalo para él mismo, para su familia y para todos los que hemos tenido la oportunidad de tratarlo; es más, parte de su fortuna la ha repartido en mi persona, 3


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que lo he adoptado como un modelo en la medicina real, en la auténtica, en la que se vive y se experimenta al unísono con quien la vive, es posible entretejer las palabras amigo, colega, Maestro y disfrutar de las charlas con él ha sido uno de los mejores alimentos para mi interior. Me causa una alegría sin paralelo el que sea afortunado para escribir este mensaje, donde se reúnen mi admiración, respeto, reconocimiento y sobre todo agradecimiento para con su persona por todo lo feliz que he salido en cada uno de los encuentros con él. Lo definía el Maestro Gregorio Marañón al identificar que en la atención medica había tres elementos sustanciales de nuestra humanidad que se reflejaban en los pacientes y que eran la mirada, el tiempo y la atención que se le mostraban al paciente. Lo mismo cuando escuchaba la forma en que el Maestro Guerra atendía a los pacientes desde su salida del consultorio, la llegada a los domicilios, la revisión del paciente y la paciencia mostrada para dar la atención y acompañamiento al enfermo y sus familiares, no llevando más armas terapéuticas que su propia humanidad. Para mi entender como médico pediatra que llego a Monclova en 1976, no me podía explicar la forma en que los pacientes mejoraban, si no disponía en sus primeros años de labor profesional, de medicamentos, antibióticos, ni todo el arsenal de procedimientos diagnósticos y terapéuticos con los que sí contábamos los que llegamos a Monclova 29 años después que él. Me costó trabajo entenderlo al principio, pero cuando establecimos una mayor comunicación y yo conté con una mejor apertura, tuve la certeza de cómo lo hacía y eso lo engrandecía y mi admiración se incrementaba. Sí era posible que todo lo que los filósofos, los grandes maestros de la medicina como el doctor Ignacio Chávez repetía que en todo encuentro medico estaba una conciencia frente a una confianza. Cuando reflexiono sobre la vida de mi Maestro, me encuentro que no solo mi admiración y reconocimiento se volcaba en su persona, sino que gracias a él podía retomar la historia reciente de alguien que inicio las actividades en el área de Pediatría en Monclova, y de alguien que tuvo todos los elementos humanos dentro de sí mismo, y ponerlos al servicio de quien más lo necesitaba, y si a eso le agregamos que durante 4


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catorce años el Maestro no cobró por los servicios prestados, considero que a estas alturas ese sueldo no cobrado se convirtió en uno de los tesoros más preciados que ser humano pueda guardar en su alma, y si por añadidura, muchos de esos niños y familias a quienes les brindó desinteresadamente toda su capacidad, ternura y responsabilidad, lograron vivir a pesar de todas las adversidades, no puede haber mayor premio para un ser humano de la capacidad moral del Maestro Guerra. Gracias a su amistad y aprecio pude acércame en algunos momentos de mayor dificultad en su vida, como lo fue el despedirse de su esposa, con quien logró una de las comunicaciones más impresionantes de las que hubiera sido testigo cómo con un simple apretón de las manos de Doña Tere le comunicaba a su esposo la alegría de que la estuviera acompañando, no había palabras, solo el lenguaje de dos espíritus en comunión, ver la fortaleza del Maestro, su disciplina para seguir ejerciendo y mostrando siempre sus atributos de un ser humano fuera de serie, que ahora nos regala sus memorias y con ellas parte de la historia de Monclova donde se plasma lo que habitualmente los historiadores no pueden contar, no porque no quieran, sino porque no la han vivido tan íntimamente como la vivió él en el transcurso de estas siete fructíferas décadas dedicadas a la medicina. Enhorabuena por Monclova, por mis amigos Guillermo Enrique, Juan José y Bambina. Y todo mi agradecimiento para mi Maestro. Dr. Pedro Silva Sanchez Jefe de Pediatría Hospital Universitario de Saltillo Agosto del 2014

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Preámbulo Las filosofías de una era se convierten en el absurdo de la siguiente, también es cierto que las necesidades del ayer, pueden ser la inspiración del mañana. Sir William Osler

Casi ningún pediatra que ejerce hoy su profesión había nacido cuando yo empecé a trabajar como médico en 1944. Les pido volver la mirada y en las lejanas playas del ayer observar un faro, es el faro del saber de la mitad del siglo XX, cuando los valores morales como la generosidad, la bondad, la verdad y la dignidad estaban al alza. Cuando mentíamos para no lastimar inútilmente los sentimientos de una madre. El doctor Gregorio Marañón escribió: “Debemos declarar heroicamente que el médico no solo puede, sino que a veces debe mentir. Y no solo por caridad, sino con el más riguroso criterio científico”. Los médicos que atropellan la infinita sensibilidad de un enfermo y a sus familiares con tal de no equivocarse, con tal de que no padezca su reputación, son lo peor de la profesión nuestra. El humanismo que preconizan el mismo doctor Marañón y el maestro Ignacio Chávez, se manifiesta en la comprensión, generosidad y tolerancia que caracterizan a los hombres impulsores de la civilización. Marañón dice que el tiempo, la atención y la 7


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mirada son las tres armas más precisas y preciosas con que cuenta el médico para el diagnóstico y tratamiento de la enfermedad. El maestro Chávez adivinaba en la consulta el temor escondido, la angustia inconfesada, sentía como el enfermo se entregaba confiadamente al médico. Es, como define Louis Protes, “una confianza frente a una conciencia”. En 1994, cuando cumplí 50 años de ejercer la medicina, un grupo de matrimonios amigos de la familia se reunió para celebrarlo. Mi hijo Memo, al dar las gracias, hizo unas reflexiones que me permito reproducir: “El ejercicio médico, tanto institucional como privado, ha perdido por desgracia mucho de su carácter, que había sido siempre de un elevado contenido ético en servicio del hombre y no de su explotación. En estos tiempos ocurre en muchos casos que el mercantilismo y la corrupción deterioran en alto grado los más esenciales valores de dignidad y decoro que deben invariablemente presidir el trabajo profesional del médico. “La medicina de más alta calidad es la que antepone el hombre a la ciencia. La Pediatría no tiene como único fin prolongar la vida, sino contribuir al mejoramiento de la calidad del ser humano, es decir del pleno desarrollo de sus potenciales, o lo que es lo mismo, de su personalidad. “No añoramos el pasado como pasado en sí y su matices románticos, pero sí la cima que entonces alcanzara el humanismo, porque los valores inherentes al hombre tenían preeminencia. No había en aquellos tiempos tanta instrucción como ahora, ni tan desbordado y espectacular desarrollo tecnológico, pero había nobleza, veracidad, bondad, predisposición positiva por los demás, caballerosidad, respeto a la persona, alto sentido del honor y del deber, lealtad, probidad, honradez, decencia, en una palabra”. Volvamos a la segunda década del siglo XXI. Como dice una parábola de Max Scheler, es preciso actuar como el marino hacia alta mar: orientándose por el faro del puerto. Ha de volver la vista una y otra vez hacia el faro, para saber si sigue el rumbo correcto. Yo, a lo largo de setenta años de dedicarme a la práctica médica, he procurado no perder de vista ese faro guía para mantenerme en la senda apropiada de manera firme y segura, siguiendo los principios básicos del humanismo, haciendo uso de las armas que bien menciona el doctor Ignacio Chávez. 8


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El texto que encontrarán después de este preámbulo está fundamentalmente centrado en mis primeros años de carrera profesional como médico. La razón de mi decisión es simple, considero esos años como los que tienen un enorme significado para mí como persona y como médico, es un tiempo que sobresale en mi existencia, pues las vivencias de esa época me marcaron para siempre. Las enseñanzas que tuve dejaron una huella imborrable hasta la fecha en mi práctica profesional, que abarca ya siete décadas. La primera parte da cuenta de mis experiencias desde que pisé tierras monclovenses en 1944, hasta mediados de 1950. En la segunda parte, relato la maravillosa oportunidad de haber dado vida al sueño de edificar un modesto hospital infantil, producto de una gran labor altruista, ilusión que encarné hasta 1956. En la tercera y última parte, describo cómo un giro inevitable de la modernidad, alteró esa faena inicial y mi sensación de que se había perdido la esencia del principio; narro también mis años en la medicina socializada y el regreso al origen: la Pediatría. Dr . Guillermo Enrique Guerra Valdés Monclova, Coahuila, agosto de 2014

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Primera Parte Mis inicios como médico La oportunidad en Monclova Mi llegada a Monclova

Imposible olvidar mi llegada a Monclova. Me habían contratado para trabajar como médico en Altos Hornos de México (AHMSA). Era un caluroso día de agosto de 1944, cuando arribé a la llamada Estación Monclova, ubicada a unos cuantos kilómetros de la ciudad, en la vecina población de Villa Frontera, otrora territorio monclovense. El viaje fue largo, salí a las siete de la mañana de Saltillo y llegué siete horas después, lo que hacía el tren en ese entonces, a pesar de recorrer solo 200 kilómetros de distancia; el ferrocarril paraba brevemente en Paredón, estación donde entroncaba con el tren procedente de Monterrey. A pesar de lo largo, el viaje se hizo más corto y placentero porque por casualidad en el mismo vagón viajaba el licenciado Sosa Basañes, antiguo compañero de secundaria y preparatoria en el Ateneo Fuente de Saltillo, con el que había cierta amistad. El tren, modesto, lento y con sus clásicos asientos de madera de las corridas de segunda, iba “ranchando” de pueblo en pueblo; pero el ferrocarril era aún el medio de transporte más usado y el más económico en esa época. 11


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Llegué a la Estación Monclova y el viaje al centro de la ciudad fue en un coche tirado por caballos a lo largo de una angosta carretera que comunicaba Frontera y Monclova.

Después del ajetreado viaje, llegamos a la estación. Para ir al centro de Monclova utilizamos el medio más común en esos años: un coche tirado por un caballo que nos llevó por un camino, más bien por una angosta brecha árida. Brincamos durante todo el trayecto, que pareció durar una eternidad, pues en aquellos años Frontera estaba totalmente separada de Monclova; es decir, había grandes espacios deshabitados entre ambas poblaciones, a diferencia de ahora, que es una zona conurbada, debido al crecimiento tanto de Monclova como de la ferrocarrilera Frontera, que tiempo después dejó de ser villa para convertirse en ciudad. En mis viajes de Sabinas a Saltillo, o de Palaú a Saltillo, había pasado por la estación, pero la ciudad la había visitado una sola vez en mi vida. Sucedió unos meses antes de ese agosto cuando me invitó el doctor José Martínez, que trabajaba en una cooperativa minera de Palaú, a que lo acompañara a Monclova a visitar a su novia y recuerdo que viajamos en su coche compacto. No hice gran cosa, mientras él saludaba a su novia, me la pasé esperándolo en la plaza principal, donde no había mucho que hacer. Pero aquel agosto de 1944, llegaba a Monclova para iniciar mi 12


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primer trabajo formal como médico, después de haber cumplido con el servicio social en “La Cuchilla”, congregación de Palaú, municipio de Múzquiz, Coahuila, requisito para obtener el título de Médico Cirujano. Ese mes de agosto cumplí 25 años y tenía frente a mí, sin saberlo entonces, toda una vida por delante en Monclova. Llegaba a una naciente ciudad industrial con un futuro promisorio. Por fortuna ya había hecho por adelantado algunos preparativos para mi es- Tenía 25 años a mi llegada a Monclova. tancia en Monclova. Había estado en contacto con mi primo Chale, Carlos Valdés Hernández, quien se había recibido de cirujano dentista y tenía ya algunos meses en la ciudad. Chale me consiguió alojamiento en una vieja casa de la calle Allende, y hasta donde recuerdo, era un cuarto con tres o cuatro camas, sin baño; había una letrina a medio patio, al cual salíamos por la mañana a lavarnos las manos y la cara en un pequeño lavamanos. En esa ocasión tuve que compartir la habitación con otras personas que ni siquiera conocía. Ahí estuve tres o cuatro días, hasta que conseguí un mejor cuarto en la casa de don Félix Sáenz Ramón, próspero comerciante en pieles y nuez que había habilitado parte de su residencia como hotel por la demanda de cuartos de la gente que llegaba a trabajar a AHMSA. El hotel, por así llamarlo, era un edificio de dos plantas, estaba en la calle Hidalgo, entre Iturbide, hoy Venustiano Carranza, y Allende, a unos pasos de la plaza principal y a un costado de la parroquia de Santia13


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Tienda y hotel de don Félix Sáenz Ramón donde me hospedé por varios meses a mi llegada a Monclova, sobre la calle Hidalgo, a un costado de la Parroquia de Santiago Apóstol.

go Apóstol. La habitación era modesta pero bastante amplia, el sanitario y la regadera estaban en el mismo cuarto, separados por un tabique de cerca de un metro setenta centímetros de altura, y como puerta, había una cortina de hule. La compartía con amigos que había conocido en el Ateneo Fuente de Saltillo y en la Escuela de Medicina de la Ciudad de México, compañeros como los doctores Carlos Espinoza y Rodolfo Hernández Durón, así como José –Pepe- Torres Rincón, con quienes compartí no solo aquel sencillo cuarto de hotel improvisado, sino una gran amistad a lo largo de muchas décadas, pues todos, a pesar de ser de fuera, permanecieron en Monclova toda su vida. El señor Sáenz Ramón exportaba corazones de nuez a Canadá. En un amplio patio techado tenía trabajando alrededor de una enorme mesa de madera a diez o doce muchachas, casi niñas, que se dedicaban a pelar la nuez para separar los corazones. Nos llamaba la atención que durante sus labores se la pasaban cantando, después supimos que era una 14


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táctica de don Félix para que las muchachas no se comieran las nueces. Don Félix era un hombre muy serio, de pocas palabras. Había sido presidente municipal de Monclova en varias ocasiones y creo que hasta diputado, pero la gente le cargaba una infinidad de chuscas anécdotas, muchas de ellas seguramente producto de la inventiva popular. La planta de Altos Hornos de México había iniciado su producción con el Alto Horno 1, conocido como “Guadalupe”, apenas en junio de ese 1944, después de poco menos de dos años de construcción. Por una cláusula que se había establecido en el Contrato Colectivo de Trabajo con los agremiados a la Sección 147 del Sindicato Minero Nacional, los familiares de los empleados tenían derecho a atención médica y medicinas a partir de que la planta empezara a producir. Esa fue la razón por la que me contrataron y por la que llegué a Monclova ese caluroso día de agosto. AHMSA estaba en su etapa de arranque, el mes en que arribé había empezado a operar la Fábrica de Tubos y no sería hasta octubre de ese año cuando se produciría el primer acero líquido en el departamento de Aceración, así como las primeras placas y rollos de acero laminados en caliente. Monclova, a poco más de dos años del inicio de la construcción

Trabajadores que participaron en la construcción de AHMSA. 1943. 15


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de AHMSA, era una pequeña ciudad de alrededor de siete mil habitantes que presentaba situaciones muy contrastantes. Por una parte, circulaba mucho dinero en forma directa, gracias a los salarios de los empleados y trabajadores de AHMSA, e indirectamente por los beneficios que recibía la población por la derrama económica en ocupación de hoteles, casas habilitadas como hoteles, restaurantes de muchos niveles y tiendas que generaban empleos fijos. Pero por otra parte, un buen número de personas no tenía un trabajo estable y vivían en forma muy precaria, con trabajos eventuales y generalmente mal remunerados, que los orillaba a vivir en pobreza extrema. Monclova fue fundada el 12 de agosto de 1689, por el general Alonso de León, quien la llamó Santiago de la Monclova. La villa se construyó a un lado del entonces caudaloso Río Monclova, del cual salían numerosas acequias o husos, que distribuidos en la población, regaban numerosas huertas de árboles frutales. Cientos de frondosos nogales formaban un verdadero oasis en esa región semidesértica. Era una población bien trazada con calles sin pavimento, una plaza de armas al centro de la ciudad, y frente a ella la Parroquia de Santiago Apóstol; en otro costado, estaba el edificio colonial de la Presidencia Municipal y

Plaza de Armas de Monclova. 1941. 16


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alrededor de la plaza una serie de comercios adecuadamente establecidos. La sociedad estaba bien organizada, había instituciones como la Cámara de Comercio, la Sociedad Mutualista de Obreros del Progreso, un casino para reuniones sociales, así como bailes populares en el patio y en el Salón Verde de la Presidencia Municipal. Se contaba con escuelas primarias e iniciaba la Secundaria Federal en un nuevo edificio ubicado entre Monclova y Frontera, en la angosta carretera que comunicaba ambas poblaciones. La estación de ferrocarril de Frontera, como mencioné, estaba a varios kilómetros del centro de la ciudad y enlazaba al norte con la ciudad fronteriza de Piedras Negras, y al sur con Saltillo, la capital del estado. De la estación salía un ramal para Cuatro Ciénegas y Sierra Mojada; además, por caminos vecinales se comunicaba con los pueblos cercanos. Como infraestructura urbana existía en los límites de Monclova y Frontera una pequeña planta de energía eléctrica que resultaba insuficiente. En las horas de mayor consumo proporcionaba una corriente de 20 watts, por lo que se utilizaban focos de esa capacidad. Con la llegada de AHMSA y la instalación de una planta de fuerza, se empezó a suministrar electricidad a una parte de la ciudad. Me encontré con ese Monclova tan parecido a otros pequeños pueblos de Coahuila donde había vivido. Nací el 22 de agosto de 1919, en el pueblo de San Pedro de las Colonias y crecí en él hasta los 10 años; era un pequeño poblado que había vivido un auge económico, pero continuaba con grandes carencias. Mi familia se mudó a Sabinas, Coahuila, cuando la economía de San Pedro decayó y entró en una especie de depresión. Mi padre, el doctor José Guerra Garza; mi madre, Genoveva Valdés Espinosa, y mis seis hermanas: María del Carmen -Carmela-, María Enriqueta, Estela, Genoveva Lucía, Valeriana y Alicia, así como mi hermano José y yo, Guillermo Enrique, llegamos a Sabinas en noviembre de 1929. Yo era el quinto de la familia, estaba entre Pepe y Genoveva Lucía. Llegué a Sabinas para terminar la primaria en ese pequeño poblado de la región Carbonífera de Coahuila, donde mi padre se estableció como 17


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Fotografía de nuestra familia tomada en San Pedro de las Colonias, Coahuila en la década de los 30 del siglo XX. De izquierda a derecha, yo -Guillermo Enrique-, Carmela, Estela, Queta, Veva Lucía, Vale, mi padre José Guerra, mi madre Genoveva, Licha y Pepe.

médico e incluso abrió una pequeña farmacia, un excelente complemento para un doctor en esos años. Así pues, los pueblos pequeños con calles polvosas y sin pavimento ni servicios primarios, me eran familiares. Posteriormente, en 1933, me fui a Saltillo para estudiar la secundaria y preparatoria en el Ateneo Fuente, única escuela en el estado con la instrucción necesaria para quien quería continuar estudiando con miras a obtener un título universitario, que sabía yo que sería el de médico. Saltillo era ya propiamente una ciudad, muy diferente a San Pedro o Sabinas, después de todo era la capital del estado, y se respiraba un aire de modernidad para la época. Era conocida como “La Atenas del Norte” por su tradición cultural. Mi primer año en Saltillo lo viví en una casa de asistencia de doña Ana María Falco de Avilés, viuda del reconocido profesor don Apolonio M. Avilés, ya fallecido en esa época. Doña Ana María, también maestra, era una estricta 18


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dama que también enfrentaba las carencias de esos tiempos difíciles para una viuda con tres hijos. De allí nació una gran amistad con su hijo a quien llamábamos Noni, pero que llevaba el nombre de su afamado padre, originario de Abasolo y pionero de la educación en el estado. A la postre, Noni se convertiría en mi cuñado al contraer matrimonio con mi hermana Valeriana–Vale. Carlos Avilés, su hermano, era el mayor y se graduó como médico militar, después se especializaría en Pediatría en Estados Unidos, para convertirse en precursor de esa especialidad en Saltillo. Después, durante un tiempo muy breve viví en la casa del doctor Colunga, justo frente a la placita de San Credencial del Ateneo Fuente de Saltillo. Francisco, donde también se ubicaba el Ateneo Fuente, hasta que en 1934 mi familia se mudó a Saltillo. Ese año, el entonces gobernador, el doctor Jesús Valdés Sánchez, compañero de mi padre en la Escuela Nacional de Medicina, lo nombró secretario del Consejo de Salubridad del Estado, cuando el presidente de esa dependencia era el general y doctor José María Rodríguez. Ese hecho facilitó mi estancia en Saltillo, pues permanecí en la casa familiar hasta concluir el bachillerato, para luego continuar mis estudios de medicina en la Ciudad de México. 19


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Personal del Hospital de Agujita, Coahuila en la década de los 30 del siglo XX. Sentados de izquierda a derecha, mi padre Dr. José Guerra, medicina interna; Dr. Eduardo M. Morgenstern, cirujano en jefe; A.L. Assig., anestesista; de pie, J. Manuel Muñoz, asistente de cirujano; Herlinda Zambrano, Elisa de la Garza y Florinda Cuéllar, enfermeras.

El Dr. Morgenstern

En aquel año de 1944, el jefe de los servicios médicos de AHMSA era el doctor Eduardo M. Morgenstern, pero él no vivía en Monclova, sino que radicaba en la Ciudad de México y era amigo de mi padre. El doctor me invitó a que fuera a Monclova a hacerme cargo de la atención de los familiares de los trabajadores de la planta siderúrgica. Dado que era necesario cumplir con la cláusula establecida en el contrato colectivo de trabajo que ya mencioné, era urgente que me presentara a trabajar lo antes posible, 20


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incluso dos meses antes de presentar mi examen profesional, programado para los días 19 y 20 de octubre. El doctor Morgenstern, cirujano y ciudadano norteamericano, había sido director del hospital de una compañía minera de Agujita, Coahuila, población vecina de Sabinas, donde radicó mi familia, en la década de los treinta del siglo pasado. Mi padre estableció con el doctor una amistad profesional que luego se hizo personal. Mi padre le ayudaba en sus cirugías y él lo consultaba en casos de medicina. Esa amistad duró muchos años, aunque el doctor después se fue a radicar a la Ciudad de México y mi padre a Saltillo. A pesar de su juventud, pues iba con el siglo, Morgenstern era un médico muy capaz e inteligente con estudios en Estados Unidos. Su personalidad era muy peculiar, pues detrás de ese médico con una sólida preparación, estaba un hombre carismático y con gran sentido del humor, que se podría considerar como bromista, en el buen sentido de la palabra. Mi padre, un hombre serio, congeniaba a la perfección con Eduardo M. Morgenstern, lo que los llevó a mantener una estrecha camaradería por largos años. La anécdota siguiente ilustra la gran amistad que llegaron a tener mi padre y el doctor Morgenstern. En aquellos lejanos años treinta, el doctor Miguel Long, excelente cirujano con estudios en Estados Unidos, era director del hospital de la compañía minera American Smelting en Nueva Rosita, población distante seis u ocho kilómetros de Agujita. A la llegada de Morgenstern, entonces un joven cirujano, se estableció una rivalidad profesional entre ambos médicos. Un buen día, Carmela, mi hermana mayor, presentó un cuadro de apendicitis aguda y fue operada por el doctor, pero tuvo una complicación: peritonitis de gravedad extrema. El doctor pensó en operar de nuevo, pero sentía un gran compromiso con mi padre y frente a él, tomó el teléfono, habló con el doctor Long, le explicó el cuadro de la hija de su amigo el doctor Guerra, y lo invitó, a pesar de sus diferencias, a que lo acompañara a operar de nuevo. El doctor Long se presentó de inmediato en el hospital de Agujita, intervinieron los dos cirujanos con excelentes resultados y ese fue el principio 21


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de una sincera amistad entre esos dos médicos. La amistad de mi padre con el doctor Morgenstern siguió por años, incluso cuando el norteamericano radicaba ya en la Ciudad de México, ya que mi padre viajaba a la capital con cierta frecuencia por su trabajo en la entonces Secretaría de Asistencia Pública. Iba a merendar a su casa, donde vivía con su esposa y su madre que era invidente. A pesar de que el doctor era el único que hablaba español, a través de él había comunicación con su familia y se pasaban momentos muy agradables, de los cuales yo fui partícipe en numerosas ocasiones. Años después, el doctor regresó a su país y mantuvo como residencia la ciudad de San Francisco, en California. Mi hermana Carmela siempre conservó contacto vía correo con él y con su hija. Me presento en AHMSA

El día de mi llegada a Monclova, tan pronto me instalé en aquella casa de la calle Allende, me presenté con el doctor José Antonio Ibarra, jefe del servicio médico de la planta de AHMSA en Monclova. De unos 35 o tal vez 40 años de edad, originario de la capital y enviado a Monclova

Puerta principal de AHMSA en 1944 en fotografía tomada desde el interior. A la izquierda el consultorio médico y primeros auxilios, a la derecha, las oficinas de pagaduría y raya. 22


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también por el doctor Morgenstern, Ibarra era una excelente persona, educada y culta. Mi primera sorpresa fue encontrar al doctor Ibarra en una barraca de madera, ubicada a la entrada de la planta, e improvisada como consultorio y puesto de primeros auxilios. La caseta estaba montada sobre unos pilotes de 40 o 50 centímetros de alto, y tenía un cuarto que funcionaba como oficina y consultorio, y otro para curaciones. A un lado había otra barraca con las oficinas de pagaduría y raya. Me presenté ante el doctor, quien ya estaba enterado de que llegaría pronto. Le expliqué mi situación con respecto del examen profesional y no le dio importancia, seguramente porque era más urgente contar lo más pronto posible con un médico para atender a los familiares de los trabajadores, que preocuparse por mi trámite escolar. El director general de AHMSA era el señor Enrique Sarro, antiguo subdirector de Nacional Financiera, principal accionista gubernamental de la empresa. El señor Sarro radicaba en la capital, mientras que quien mantenía el control de la empresa era su gerente general, el señor Harold R. Pape, quien había llegado a Monclova como empleado de la siderúrgica norteamericana Armco International, para hacerse cargo del proyecto de construcción de AHMSA; posteriormente, renunció a la Armco y ocupó la gerencia general para operar y administrar Altos Hornos. No recuerdo con precisión cuando vi por primera vez a Pape, pero no fue de inmediato, aunque seguramente estuvo enterado de mi llegada porque no había otros médicos en AHMSA, más que Ibarra y yo. En esos años, ir del centro de Monclova a la planta no era fácil, pues aunque no los separa una gran distancia, implicaba recorrer con lentitud las polvorientas calles sin pavimentar. Entonces, se consideraba que AHMSA estaba en las afueras de la ciudad. Generalmente, todos los días hacía el recorrido en ambos sentidos con el doctor Ibarra, o bien enviaban un automóvil de la empresa a recogerme. Durante mis primeras semanas en AHMSA, pasé las mañanas con el doctor Ibarra en aquella barraca que servía de consultorio, para familiarizarme con el tipo de servicio que se brindaba; él atendía a los trabajadores sindicalizados y empleados, mientras que yo veía a los fami23


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liares, que eran muchos para un solo médico. Si se toma en cuenta que en la planta había cerca de mil 300 trabajadores, seguramente habría más del doble de familiares, entre esposas, hijos y padres. Entrábamos a las ocho de la mañana y a las doce en punto salíamos a comer. Teníamos que ir hasta el centro, comíamos en el restaurante de las alemanas anexo al Hotel Olimpia, ubicado en la calle Hidalgo. Por las tardes de esos primeros días empecé a consultar a los primeros pacientes, familiares de trabajadores, en un consultorio totalmente improvisado, ubicado en un pasillo al fondo del despacho del doctor Alfredo García Ríos, médico externo que atendía las emergencias quirúrgicas de la empresa. El consultorio comunicaba un patio con un traspatio y estaba en el centro de la ciudad, sobre la calle Hidalgo, entre Allende e Ildefonso Fuentes. Contaba con lo elemental, una mesa y dos sillas, mientras que el equipo de exploración era de mi propiedad; traía un maletín con estetoscopio, lámpara, abatelenguas, recetarios, un estuche que contenía dos jeringas de tres y cinco mililitros, cuatro agujas, y en otra pequeña caja metálica tenía ampolletas de emergencia con coramina, cafeína y atropina. Ahí consulté varios meses; en el verano con un calor terrible, y en el otoño - invierno con abrigo y sombrero en condiciones médicas y climáticas adversas. El señor Aristóteles Garza, conocido comerciante de Monclova que había venido de Monterrey para administrar la pequeña planta de luz que operaba en Frontera, junto al arroyo, subrogaba las medicinas en su farmacia Ocampo, atendida por su esposa doña Lupita Calderón y su suegra doña Toña Falco, hermana de doña Ana María Falco de Avilés, en cuya casa pasé mis primeros años de secundaria en Saltillo. La farmacia, también se ubicaba en la calle Hidalgo, cerca de donde empecé a ofrecer consulta y al inicio del invierno de 1944, don Aristóteles me invitó a hacerlo en un cuarto anexo a su farmacia. Fue un gran cambio, un verdadero lujo el cambiarme a ese pequeño cuarto cerrado, más cómodo no solo para mí, sino para los pacientes. Incluso en las tardes, me invitaban una taza de café con galletas, una merienda reparadora después de un largo 24


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día de trabajo en el consultorio. Al terminar la consulta hacía visitas a domicilio, tanto en Monclova como en Frontera, que se habían solicitado a la compañía. AHMSA me facilitaba un automóvil con chofer para ir las diferentes partes de la ciudad. En una libreta llevaba el control y si el padecimiento lo ameritaba, lo anotaba para hacer una o dos visitas más sin que lo solicitaran. Además, en el camino no faltaba quien pidiera una visita adicional o de paso me pedían ver a uno o varios miembros de la familia. Pronto se estableció una amigable relación médico-paciente que facilitaba mi trabajo y dentro de lo posible se podían solucionar los problemas de salud más comunes que aquejaban a los familiares de los trabajadores. Los primeros meses estuve solo como médico familiar. No había horario ni reglamento. Iniciaba temprano en el consultorio y terminaba las visitas generalmente entre diez, y diez y media de la noche. A mi llegada a Monclova había varios médicos que ejercían de manera privada, entre ellos estaban los doctores Roberto Castro Fernández, Ramón Regino Ramón, Alberto Fernández, Miguel Ángel Cruz, David Quintero y Ramón Oyervidez, todos ellos mayores que yo y con años de experiencia médica. No tuve problema alguno con los doctores, a pesar de que sabían que me faltaba presentar el examen profesional. En este grupo, se encontraba también el doctor Alfonso Fernández Sánchez, hijo del doctor Alberto Fernández; era más joven que los otros y ocho años mayor que yo. Entablamos una buena amistad, era un médico inteligente y estudioso, además de que era uno de los que más clientela tenía. Tuve la fortuna de hacerme cargo de sus pacientes, cuando él viajaba por uno o dos días a Monterrey, situación que se repetía con cierta regularidad. Esto me sirvió profesionalmente, pues el doctor Fernández Sánchez era considerado el mejor médico de la localidad. Esa amistad y relación duró muchos años y me ayudó tanto en mi profesión, como en la carrera administrativa dentro del hospital del Seguro Social, años más tarde. Aprendí mucho de él y de un buen número de pacientes, en particular de los niños deshidratados, a los que atendíamos juntos, ya fuera en el consultorio o en el domicilio. Era un médico que buscaba la superación 25


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de manera permanente. El doctor Miguel Ángel Cruz estaba a cargo del Centro de Asistencia Materno Infantil, inaugurado por el gobierno en mayo de 1943, en el antiguo edificio colonial de “El Polvorín”, que luego ocuparía la Cruz Roja en sus inicios. En dicho centro, se atendían básicamente partos. Siempre llevé una buena relación con el doctor Ibarra, primero a nivel laboral pues era mi jefe, pero también llegamos a hacer una buena amistad con el paso del tiempo. Además de trabajar juntos, nos frecuentábamos mucho en la ciudad, tan pequeña, y vivimos un tiempo en la misma casa. El doctor tenía muchas amistades femeninas, era una especie de soltero codiciado en Monclova, pero nunca formalizó relación alguna, y un buen día nos sorprendió con la noticia de que se iba a casar con una señorita de Piedras Negras, matrimonio que se llevó a cabo a fines de 1946, el mismo año en que se retiró de AHMSA y se fue a radicar a la Ciudad de México, su tierra. En su lugar, llegó el doctor Manuel del Villar, procedente también de la capital. Por casualidad, al año siguiente, viviendo mi esposa y yo en la Ciudad de México, fuimos a Cuernavaca y la grata sorpresa fue encontrarnos al doctor Ibarra y su esposa en ese centro vacacional. Paseamos juntos y regresamos en el mismo vehículo a la Ciudad de México; los dejamos en su domicilio que se encontraba en la zona de Churubusco. Jamás lo volví a ver. Las condiciones de salud en Monclova

Al iniciar mi práctica profesional en Monclova y tener que atender a tantos pacientes, se me vino el mundo encima. Consultaba y hacía visitas a domicilio sin límite. La población tenía serios problemas de salud con una epidemia de tifoidea que asolaba la región. En ocasiones, en un mismo domicilio había de uno hasta tres casos en distintas etapas de la enfermedad. La tifoidea provocaba fiebres altas de tres semanas de evolución. En esa época se recomendaban dietas bajas en calorías y los pacientes que se aliviaban estaban casi en estado caquéctico. Algunos pre26


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sentaban complicaciones como hemorragias y perforaciones intestinales. Las primeras las corregíamos con pequeñas transfusiones; sin embargo, en muchos casos los veíamos morir dada la falta de hospitales y las malas condiciones de salud. Las circunstancias en las que teníamos que trabajar como médicos eran muy precarias y frágiles, tanto como las condiciones de vida de muchos de los habitantes de Monclova. Centenares de campesinos cambiaron el arado por las herramientas industriales, disminuyéndose el cultivo de alimentos. Los que trabajaban en AHMSA estaban en mejores condiciones, pero la mayoría no llegaba a tener un contrato y carecía de un salario que le permitiera vivir decorosamente. Algunas veces conseguían trabajo como mozos o sus esposas se colocaban en el servicio doméstico con un salario insuficiente para subsistir adecuadamente, menos si había hijos. Recuerdo numerosos casos de personas en condiciones precarias y con enfermedades graves, pero se me viene a la memoria como un ejemplo de los muchos que abundaban en el Monclova de esos años, el de una vieja casa de la calle 5 de Mayo, ya desaparecida, en El Pueblo. El piso del nivel de la calle se había caído y la familia vivía hacinada en el sótano. Bajábamos por una escalera de albañil para ofrecer consulta a dos enfermos de fiebre tifoidea que vivían apretujados en el subsuelo. La química y bióloga Pepa Gil, excelente colaboradora, me acompañaba para tomar las muestras y hacer las pruebas de laboratorio que se requerían. Los enfermos no estaban en condiciones de salir de su humilde vivienda. Casos graves y tristes como ese abundaban en el Monclova de los primeros años de los cuarenta. Además, por si las circunstancias no fueran suficiente problema de salud, en esa época no se contaba con un medicamento específico para combatir la tifoidea. Pocos años después, aparecieron antibióticos definidos para enfrentarla. El paludismo era endémico en la población; el padecimiento es producido por un parásito Plasmodium y transmitido a través del piquete de un mosquito llamado Anófeles. Estos moscos se reproducen en forma exagerada en aguas estancadas, charcos, y pequeños depósitos de 27


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En las cercanías del Río Monclova se presentaba con mayor frecuencia el paludismo.

agua. Las calles Hinojosa, Altos Ibarra y Juárez, paralelas al río Monclova, era donde se desarrollaban mayormente los mosquitos, pues gran parte de los casos de paludismo se presentaban allí. Para ir a la calle Altos Ibarra, no utilizaba el automóvil, hacía las visitas a pie, pues había enfermos en prácticamente todas las viviendas. En el resto de la población había casos menos numerosos, pero en las acequias o husos que derivaban del río hacia otras partes de la ciudad, también se desarrollaba el mosquito. Como tratamiento para el paludismo teníamos quinina y atebrina, un medicamento de reciente descubrimiento en esa época, pero no había una campaña eficaz para combatir a los mosquitos. No fue sino hasta muchos años después, cuando se logró erradicar el paludismo en la región, con campañas nacionales emprendidas por la Secretaría de Salubridad. Las diarreas en verano y los problemas respiratorios en invierno, eran dos flagelos que asolaban a la población menor de dos años. Las diarreas severas llevaban a cuadros dramáticos de deshidratación. Muchas eran provocadas por falta de agua potable, la gente tomaba agua de norias que en ocasiones estaba contaminada por heces, que se filtraban de las 28


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improvisadas fosas sépticas; otras, eran producto de consumir alimentos en descomposición por falta de refrigeración. Era difícil el tratamiento de las diarreas en casa. Se hidrataba a los pequeños vía subcutánea u oral, por gastro y rectoclisis, con el agravante de las temperaturas de más de cuarenta grados centígrados. Para los problemas respiratorios tratados a domicilio, las carencias eran equivalentes. En esa época no se contaba con los antibióticos apropiados y no se tenían al alcance los cuidados hospitalarios que se requerían. La poliomielitis, conocida como parálisis infantil, se observaba durante todo el año, con exacerbaciones durante el verano. Antes de 1946, era poco conocida en nuestro país. Se presentaban de 22 a 47 casos en distintas formas clínicas; a veces se confundía con otros problemas neurológicos. Desde 1946 se notó un incremento de los casos de polio en el país. En Coahuila, se llegó al máximo con 70 casos en todo el estado. En la Ciudad de México se presentó en forma epidémica en 1951; la mayor parte de los niños afectados pertenecía al estrato de los más pobres, a los infantes desnutridos que vivían en colonias insalubres. Esta enfermedad provocó pánico en Monclova: cuando sus hijos menores de dos años presentaban un cuadro febril, las madres acudían al médico exigiendo un diagnóstico que descartara la polio. En 1955, apareció la vacuna Salk, inyectada, que aunque no estaba al alcance de gran parte de la población, representaba una esperanza. En 1962, salió al mercado la vacuna Sabin por vía oral, con la ventaja de que se podían hacer campañas abarcando a gran parte de la población. La polio es un padecimiento que gracias a esas dos vacunas y a las campañas permanentes del sector salud, está prácticamente erradicada en el país. La tuberculosis, llamada “peste blanca”, era también una enfermedad presente en Monclova que atacaba a adultos quienes, invariablemente, contagiaban a sus hijitos. La meningitis de este origen era frecuente en los niños y necesariamente mortal. Cuando apareció la estreptomicina, la vimos como una esperanza para combatir este mal. Quedó como esperanza, pues no fue suficiente para curar la tuberculosis. Hay un aforismo francés que dice que “el sarampión le tiende la cama a la tuber29


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culosis”, así es que después de las epidemias bianuales de sarampión que se presentaban en Monclova, había un incremento notable de los casos de tuberculosis. La tosferina, menos frecuente que el sarampión, era un padecimiento terrible para los niños, por los interminables e incontrolables accesos de tos que les provocaba edema palpebral y hemorragias subconjuntivales, con una duración de varias semanas. No existía medicamento efectivo para su curación. Tanto el sarampión como la tosferina se controlaron años después con las campañas de vacunación de DPT (difteria, tosferina y tétanos). Años más tarde, apareció la vacuna contra el sarampión, la MMR (sarampión, paperas y rubeola). Los antibióticos en Monclova eran prácticamente inexistentes. Todavía viene a mi memoria que la primera dosis de penicilina que se aplicó en Monclova fue a uno de mis pacientes. En las visitas médicas atendía a los trabajadores, mientras que el doctor Ibarra hacia lo propio con los empleados de confianza. Una mañana revisé a un joven trabajador con un fuerte dolor abdominal. Por su sensibilidad, simulaba cálculos en las vías urinarias, que en ese tiempo eran muy frecuentes. Apareció fiebre y lo canalicé con el doctor García Ríos, cirujano a quien AHMSA le subrogaba todos los casos quirúrgicos. El doctor diagnosticó apendicitis y operó de inmediato, encontrando un cuadro de peritonitis. Hizo lo que debía en estos casos y pensó en el uso de penicilina para combatir la infección, pero en ese tiempo el acceso a ésta era muy restringido, pues los norteamericanos la acapararon durante la Segunda Guerra Mundial y no estaba disponible en el mercado, mucho menos en Monclova. Sin embargo, el paciente era familiar de don Mardoqueo Ramos, prominente ganadero de la región, quien gracias a sus relaciones políticas pudo conseguir dos frascos de cien mil unidades de penicilina. Se le aplicaron al paciente tres mililitros cada tres horas y la mejora fue milagrosa. Fue el primer caso en que se utilizó penicilina en Monclova, un antibiótico que después sería de uso generalizado junto con todos sus derivados. En esos años había que atender, tanto en niños como en adultos, todo tipo de padecimientos y casos que requerían la opinión de un médi30


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co. Una mañana, en un periódico de Monclova apareció una noticia sorprendente a ocho columnas: “Dos niñas de siete años fueron violadas por su tío”. Varios días después, las autoridades me solicitaron examinar a las menores. Había dos certificados médicos contradictorios. Se presentaron las niñas en mi consultorio acompañadas por sus padres y al practicar el examen, me llevé una agradable sorpresa: las niñas no tenían lesiones en sus genitales ni moretones. Llamé a los dos médicos que habían hecho las primeras revisiones, repetimos el examen y estuvieron de acuerdo en que no hubo violación. Extendimos un certificado firmado por los tres y luego nuestra sorpresa fue que al tío lo dejaron libre bajo fianza. Platicando con el juez, le pregunté el por qué. Irónicamente me respondió: “Tú lo dejaste libre porque al no haber violación, la clasificación del delito pasa a atentado al pudor, con una penalidad menor”. No volví a hacer comentarios y aprendí que a pesar de haber hecho bien nuestro trabajo, era el juez quien decidía y no nosotros. En el Monclova de la segunda mitad de la década de los cuarenta del siglo pasado, estaba muy presente una enfermedad silenciosa: la desnutrición infantil. Con mucha frecuencia atendía en el consultorio a niños con altos niveles de desnutrición. Los papás no tenían capacidad económica para alimentarse ellos mismos ni a los niños; se trataba de un padecimiento imposible de resolver en un consultorio que tampoco tenía los recursos necesarios. La desnutrición era consecuencia del hambre crónica, de la pobreza extrema que padecía gran parte de la población de Monclova y sus alrededores. Representaba sin duda un grave problema de salud. Nuestro arsenal médico era como una caja de pandora. Cuando se abrió, salieron todas las plagas que azotan a la humanidad, quedando en el fondo un paquete de pastillas de sulfa, un poco de quinina para el paludismo y aspirina, así como la esperanza como un gran poder terapéutico, pues se carecía de antibióticos. Los alimentos para los niños eran la leche materna para los que tenían la fortuna de disponer de ella; también había leche de vaca, peligrosa por la dificultad para su conservación. Estaban disponibles la leche 31


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evaporada y la condensada, incluso a veces usábamos leche de burra con poca grasa y gran cantidad de azúcares, además de que no era necesario hervirla. La empleamos por necesidad, pero después fue severamente criticado su uso. Un recuerdo imborrable y dramático que tengo fresco en mi memoria, es el de un niño tendido en un catre de lona, con una deshidratación severa, provocada por una diarrea aguda con numerosas evacuaciones líquidas; la llamábamos cólera infantil. Frente a él, en el asiento de una silla se tenía un abanico de aspas y en el respaldo de la misma, una sabana húmeda con el propósito de combatir los más de cuarenta grados de temperatura ambiente. Pasábamos vigilias con los padres esperando que las altas temperaturas corporales descendieran, que las convulsiones se calmaran o contando el número de evacuaciones. El estar con ellos generaba un valioso acercamiento, una confianza que depositaban en nosotros y la fe que inculcábamos en ellos para la curación de su bebé; esa era la parte mágica de la medicina, esa época fue el crisol que me hizo médico. Las bronquitis en invierno eran frecuentes y de gravedad extrema que podían ser mortales. Recuerdo una visita médica para atender a un bebé con bronquits aguda. Era una vivienda modesta sin calefacción alguna y los padres tenían al niño envuelto con exceso de ropa para protegerlo del frío. El pecho gorgoreaba como una cafetera, la respiracion frecuente y agitada, el bebé estaba sumamente inquieto. Como médico tenía las manos atadas pues no teníamos antibióticos ni oxigeno. Lo pusimos cerca de una vasija de agua hirviendo para modificar las secreciones y lo haciamos vomitar para expulsar las flemas... esperar, rezar, la única esperanza. En la Breve Historia de la Medicina, de Roy Porter, se hace mención a un óleo de la época victoriana, pintado por Luke Fildes. En él, un médico está sentado a la cabecera de un niño moribundo, incapaz de hacer otra cosa que mostrar cariño y compasión. Extraña semejanza de ese cuadro a una distancia de más de cinco décadas, cuando me tocó estar en la posición del médico inglés, pero en Monclova. Al respecto, un 32


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El Doctor, oleo sobre tela de Sir Luke Fildes. Original en color.

periodista norteamericano comentó que después de leer ese libro se alegraba de no haber nacido antes de mediados del siglo XX; yo, en cambio, me alegro de haber iniciado mi ejercicio profesional en la década de los años 40 del siglo pasado, aun con mi falta de entrenamiento en Pediatría y escasos medicamentos a nuestra disposición. Esa fue una época en que no llegaban a diez los pediatras en la Ciudad de México, todos ellos preparados en Francia. Así encontré las condiciones de salud de Monclova en aquel año de 1944, cuando apenas había cumplido 25 años de edad. Una pausa, el examen profesional

A pesar del arduo trabajo de los primeros meses y del periodo de adaptación a la nueva y fuerte responsabilidad de ser médico familiar de AHMSA, tuve que prepararme para ir a la Ciudad de México a presentar mi examen profesional. A principios de agosto de 1944, al terminar mi servicio social en Palaú, viajé a la capital para realizar los trámites de reconocimiento de éste y cubrir otros requisitos para poder presentar el examen profesional. 33


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En ese tiempo se acostumbraba invitar personalmente a los miembros del jurado y así lo hice con cada uno de ellos. Como integrantes del jurado elegí a los doctores Antonio Tena, presidente; Rigoberto Aguilar Pico, como secretario, y a José Antonio Guevara, como vocal. De acuerdo con los trámites de la Escuela de Medicina de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), se fijó la fecha del 19 y 20 de octubre para presentar el examen. En esos días de agosto, antes de regresar a Saltillo a casa de mis padres, fui a visitar al doctor Morgenstern para platicarle sobre mi experiencia en el servicio social y notificarle la fecha de mi examen. Acudí a su consultorio ubicado en la calle de Gante esquina con Madero, en pleno centro de la Ciudad de México. Lo encontré un tanto eufórico, sentí que hablaba de manera diferente y hasta tenía el pelo alborotado. En la plática, me preguntó sobre mis planes y me hizo el ofrecimiento para trabajar en Monclova, en AHMSA. Acepté la oferta sin titubear y regresé de inmediato para presentarme lo antes posible a mi primer trabajo formal como médico, aún sin haberme recibido. A mi paso por Saltillo rumbo a Monclova, me enteré que el doctor Morgenstern había sufrido

Fachada de la Escuela de Medicina, antigua sede de la Santa Inquisición. 34


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un infarto cardiaco la misma noche del día que pasé a saludarlo. A la distancia, percibo ese estado eufórico del doctor como un cierto malestar que posiblemente ya sentía, y pienso que si hubiera postergado mi visita un solo día, tal vez, y digo tal vez, nunca hubiera llegado a Monclova y otro hubiera sido mi destino. Por fortuna no fue así y Morgenstern, en ese entonces un joven de apenas 44 años de edad, tuvo una rápida recuperación después de haber sufrido ese infarto y mantuvo su posición como jefe de los Servicios Médicos de AHMSA. Así, poco más de dos meses después de haber llegado a Monclova, regresé a la Ciudad de México para cumplir con ese importante paso en los estudios de medicina: el examen profesional. La ceremonia fue muy solemne. El día 19 de octubre a las nueve de la noche, se reunió el jurado en una elegante sala de la Escuela de Medicina, ubicada en la calle Brasil, en la Plaza de Santo Domingo del Publicación en diario de Saltillo, Coah. centro de la capital y antigua sede de la Santa Inquisición. Era una habitación cubierta de finas maderas que, junto a los tres eminentes maestros, imponía respeto; había cierto temor y nerviosismo de mi parte, muy natural en esas circunstancias. Llegué acompañado de mi amigo y compañero de la carrera Juan Manuel 35


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Garza Hernández, quien unos días después también habría de presentar su examen. Primero, el doctor Antonio Tena, en su calidad de presidente, me dirigió unas palabras sobre la importancia de presentar el examen profesional como la culminación de los largos años de estudio; después, cada uno de los miembros hizo algunas preguntas generales sobre diversos tópicos de la medicina y sobre mi experiencia en el servicio social. El examen constaba de dos partes, una teórica, que Título de Médico Cirujano por la Universidad acabo de describir, y una prác- Nacional de México. tica para lo cual cada uno de los sinodales me citó a la mañana siguiente, día 20, en un pabellón determinado del Hospital General, ubicado en la colonia Doctores, lugar que conocía bien porque una buena parte de la carrera, la práctica, la había hecho en ese afamado lugar, el más importante del servicio público del país. En cada pabellón, cada doctor por separado, tenía un paciente para que lo examinara; realicé un interrogatorio, un examen físico y luego una pregunta sobre la impresión diagnóstica. Al final, recibí una felicitación de cada uno de ellos, resultando aprobado para ejercer como Médico Cirujano. Esa misma noche, mi tía Carolina Valdés, en casa de quien había vivido durante el tiempo que duraron mis estudios en la Ciudad de México, de 1938 a 1944, organizó en su casa una cena familiar para festejar. Estuvieron mi mamá, que me había acompañado en mi viaje; Juan Manuel, las hijas de la tía Carolina y algunos de sus amigos, así como Irene 36


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Talamás, otra de mis compañeras de carrera y originaria de Saltillo, y el doctor Carlos Avilés, que casualmente estaba en la Ciudad de México. Al día siguiente, regresé en camión a Monclova acompañado de mi madre, quien se quedó en Saltillo, y continué con la atención médica a los familiares de los trabajadores de AHMSA. El viaje a México fue fugaz pero tranquilizante, pues terminé con el pendiente del examen profesional, que no dejaba de ser la culminación de los siete años de estudios de medicina. De regreso a Monclova

A mi regreso a Monclova seguí con la rutina que tenía establecida, ofrecía consulta por las mañanas y realizaba visitas domiciliarias por las tardes y noches en largas jornadas. Continuaba viviendo en el hotel de don Félix Sáenz compartiendo la habitación con algunos amigos; no eran precisamente condiciones óptimas, pero así era la vida en el Monclova de aquellos años que aún no se recuperaba de la explosión socioeconómica, producto de la instalación de Altos Hornos de México. Al poco tiempo, una hija de don Félix contrajo matrimonio con un licenciado de Saltillo y fui invitado a la recepción de bodas que tuvo lugar en la casa familiar. Allí conocí a una muchacha, María Teresa Páez González, muy joven, de menos de veinte años, y muy bonita. La atracción fue instantánea y pronto establecimos una buena relación de amigos que nos llevó a un noviazgo de varios años y terminó en María Teresa Páez González a los 20 años. 37


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1942. Personal de AHMSA frente a las primeras oficinas ubicadas en la casa de la familia Páez Elizondo sobre la calle Hidalgo. María Teresa (a la derecha) y doña Trini (tercera de derecha a izquierda), mi suegra, fueron de las primeras empleadas de Altos Hornos.

un feliz matrimonio de más de sesenta años. Desde que la conocí le dije Bambi, por su mirada; sus ojos me recordaban a la tierna venadita inmortalizada por Walt Disney. María Teresa –Bambi-, había nacido en Monclova, pero al morir su padre cuando tenía apenas siete años, ella y su madre, doña Trini, se fueron a vivir primero a Monterrey, donde estudió en varios colegios de religiosas y después a Laredo, Texas, donde cursó High School y tuvo la oportunidad de aprender inglés a la perfección, lo que le permitió regresar a Monclova para trabajar en AHMSA. Primero, de solo quince años de edad, fue secretaria provisional del señor Harold R. Pape, gerente general de la planta, hasta que llegó el señor César Luna Larumbe, que ocupó ese puesto por muchos años. Después, María Teresa fue secretaria del laboratorio metalúrgico, cuyo superintendente era Eduardo Roehll, un norteamericano recién llegado que no hablaba español. Roehll era una persona muy educada y de muy buen trato, con quien yo tendría una muy especial relación años más tarde. Algún tiempo, María Teresa también fue maestra de inglés en el colegio México Americano, fundado 38


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bajo los auspicios de AHMSA y el matrimonio Pape. Los empleados de la planta nos encontrábamos en todas partes durante las horas de descanso. El cine Hidalgo, frente a la plaza principal, era muy frecuentado, además era el único en el pueblo. La sala era administrada por Pepe Torres, hombre muy activo y simpático, con quien tenía amistad desde que estudiábamos la secundaria en el Ateneo Fuente. Por el mismo trabajo que se prolongaba hasta entrada la noche, generalmente llegábamos tarde a la última función, pero si eso sucedía, antes de entrar a la sala, Pepe nos ponía al corriente de la trama de la película para que no perdiéramos detalle, y nos decía: “Y entren porque allí va la película”. A María Teresa y a mí nos gustaba sentarnos en galería, pues las tablas eran igual de duras que las sillas de luneta; además, la sala no tenía declive y era más cómodo ver la pantalla. Pasaban de todo un poco, desde los estrenos del cine mexicano hasta las películas norteamericanas que en ese tiempo eran generalmente de propaganda sobre la Segunda Guerra Mundial. El cine europeo empezó a llegar hasta después de terminada la guerra. Otro lugar recreativo era la plaza principal y sus neverías; estaba la del Güero, que era la más visitada, y la del señor Herman, al sur de la calle Hidalgo, a la entrada de la población. Entre los restaurantes más

Teatro Cine Hidalgo de Monclova en la década de los 40 del siglo XX. 39


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Pedro Infante (traje oscuro) se resentó en 1949 en la Plaza de Toros de don Exiquio Villarreal, quien después de una reunión con el actor y cantante le organizó una “caravana de despedida” hasta “La Muralla” en la carretera a Saltillo. A mi (segundo de izquierda a derecha) me invitó el doctor Poncho Fernández (tercero). Están también don Exiquio y don César Luna Larumbe, entre otros. Foto tomada en ese paraje de la caretera.

concurridos, se encontraba el de las alemanas, junto al Hotel Olimpia y el de don José, también en la calle Hidalgo. Se habían inaugurado en 1944 la plaza de toros y el Cine Terraza Misión, propiedad de don Exiquio Villarreal, al sur de la calle Hidalgo, lugares de entretenimiento que también tenían éxito, aunque las corridas de toros y presentaciones de artistas se hicieran esporádicamente. El trabajo en AHMSA iba siempre en aumento, pues además del exceso de pacientes, pasaba alrededor de cuatro horas con el doctor Ibarra en la planta, para familiarizarme con los trabajadores. Todos los días, después de cenar, seguía con las visitas domiciliarias que habían quedado pendientes, pues la gente siempre esperaba que el doctor llegara el mismo día que se le había solicitado. María Teresa siempre me acompañaba en el auto de la compañía y me ayudaba llevando en una libreta el control de las visitas hechas. Recuerdo que un día el señor Pape me llamó a su oficina y me dijo que tenía informes de que hacía la visitas acompañado de mi novia, a quien él conocía muy bien, pues como dije, había sido su secretaria. Le contesté 40


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que efectivamente me acompañaba porque dado el exceso de trabajo las visitas se hacían fuera de horario, a la hora en que veía a mi novia, pero que si no le parecía no se harían más. Entendió bien y me dijo que no había inconveniente; María Teresa siguió acompañándome. El año siguiente empezaron a cambiar algunas de las condiciones tanto personales como de trabajo. Desde el inicio de la construcción de la planta de AHMSA, en 1942, la empresa tenía rentada una casa para alojar a los empleados de confianza, dada la escasez de hoteles. La llamaban la Casa Páez porque era propiedad de don Saturnino Páez, tío de María Teresa. La Casa Páez era administrada por doña Trinidad –Trini- González, madre de María Teresa y mi futura suegra. Hacerse cargo de esa casa-hotel fue la tarea que el señor Pape le asignó, dado que los primeros y principales inquilinos fueron los norteamericanos que llegaron a dirigir la construcción de AHMSA, y como doña Trini hablaba perfectamente inglés, se le facilitaba brindar una mejor atención a los ingenieros y técnicos extranjeros. Era y todavía es, una casa de dos plantas, ubicada en la esquina de las calles Juárez e Iturbide, hoy Venustiano Carranza. En la planta baja había una gran estancia donde comíamos los empleados viviéramos o no en la casa; en ese mismo nivel estaba la cocina y una sala. En la planta alta se encontraban las habitaciones para los empleados, la mayoría norteamericanos. Como resultaban insuficientes, en la parte de atrás ampliaron la construcción con un pasillo central y cuartos a los lados. Al fondo había un baño común para caballeros y otro para damas. Un buen día tuve la fortuna de que se desocupara un cuarto. Ya para entonces, tenía una relación formal con María Teresa, y doña Trini nos invitó a mí y al doctor Ulises Dávila, excelente amigo, a que nos mudáramos a la Casa Páez. Así, cambiaron notablemente las condiciones de vivienda para mí. Teníamos planta de luz propia, agua potable, buena comida y un ambiente de camaradería envidiable, pues además de los norteamericanos, había varios jóvenes ingenieros mexicanos que llegaron a aprender siderurgia y que a la postre serían los pilares fundamentales 41


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de Altos Hornos de México. Con Ignacio Villaseñor, Ernesto Beyer, Jesús Zamora, Servando Chávez, Ramón García de Alba, Carlos Altaba, Joel Ramírez, Luis Barranco y muchos otros jóvenes profesionistas, así como con el resto de los norteamericanos que allí vivían o iban a comer, conviví durante muy buen tiempo hasta que María Teresa y yo nos casamos. Lo que era cierto, es que no había mucho que hacer en Monclova. Recuerdo largas pláticas entre los inquilinos de la Casa Páez, que tenían lugar en el comedor o en aquel largo pasillo en las horas libres de cualquier estación del año o en el invierno, con todos sentados alrededor de un calentador de leña para hacerlo más llevadero. Si había oportunidad, iba al único centro de entretenimiento que era el cine Hidalgo, o bien a reuniones en casas y en el antiguo Casino Monclova, el que estaba sobre la calle Zaragoza, donde se organizaban los bailes y fiestas especiales, aunque debo decir que el baile nunca me gustó, pues mi oído musical era y es hasta la fecha, bastante limitado, pero eso no impedía que nos reuniéramos allí con algunos amigos. En la parte médica también hubo cambios mayores. AHMSA construyó en la calle Hidalgo, justo frente a la farmacia Ocampo donde yo ofrecía consulta, un local con consultorios, sala de espera y sala de curaciones. Contrataron más médicos que al igual que yo, llegaron de fuera. Se trataba del doctor Ulises Dávila, a quien ya mencioné, y de los médicos Alfredo Garza Ramón y Alfredo Konisberg. Eso significaba dos médicos que se quedaban en el consultorio y dos más que hacían visitas. También llegó el doctor Carlos Espinoza Flores, amigo y compañero del Ateneo Fuente en Saltillo, y de la Escuela de Medicina. Él ofrecía consulta en un pequeño local de la familia Dovalina, frente a la plaza Víctor Blanco. Fue por poco tiempo, porque Carlos no trabajó mucho para AHMSA, pero permaneció hasta su muerte en Monclova con una exitosa carrera como ginecólogo de gran prestigio. Yo mismo dejé de trabajar en AHMSA poco más de un año después; no me acostumbré al trabajo rígido, siempre preferí hacerlo como cuando estuve solo: aunque trabajaba hasta 14 y 16 horas diarias, me sentía dueño de mi tiempo y de la distribución que hacía de él. Decidí 42


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Nuestro matrimonio se celebró en la parroquia de Nuestra Señora del Buen Suceso de Castaños, Coahuila. A la salida, con familiares y amigos asistentes en el frío invierno.

dejar AHMSA y dedicarme a la práctica médica privada, con todas las consecuencias y privaciones que eso trajo; tal vez recibí más satisfacción profesional, pero menos ingresos y mayores carencias. Pero esa fue mi decisión. Afortunadamente, seguí viviendo en la Casa Páez, mi relación con Bambi se consolidó y mi práctica médica se inclinó hacia la atención de los niños, aunque en ese tiempo veía también a adultos. El matrimonio

Con una relación fortalecida entre Bambi y yo, después de un noviazgo de poco más de dos años, decidimos casarnos. Fijamos la fecha para el dos de enero de l947. Apresuramos el casamiento porque había decidido irme a la Ciudad de México, en busca de una especialización en Pediatría en el Hospital Infantil, el único que la ofrecía en la República. 43


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La boda civil se realizó antes, el 31 de diciembre de 1946, y la celebramos en completa informalidad, pues en esa época tenía mayor importancia la ceremonia religiosa que la civil. Fue en la Casa Páez; ese día trabajé de manera normal y recuerdo haber llegado apresurado en la tarde-noche con los zapatos llenos de lodo, lo usual debido a las polvorientas calles de Monclova, y más aún en ese invierno en que había llovido y nevado. Así, tras una pequeña acicalada, quedó todo dispuesto para la ceremonia; María Teresa y mi suegra prepararon el lugar, en la sala anexa al comedor de la Casa Páez. Tuvimos la boda civil y después una sencilla cena; al día siguiente, aunque era primero de enero, seguimos con nuestras actividades rutinarias y con los preparativos para la boda religiosa. Escogimos la parroquia de Nuestra Señora del Buen Suceso del poblado de Castaños, porque la parroquia de Santiago Apóstol en Monclova, estaba en remodelación. Hoy parece fácil, pero en ese entonces los doce kilómetros entre ambas poblaciones se recorrían en mucho más tiempo que ahora, debido a la angosta carretera de aquellos años y los vehículos lentos de la época. Para ponerle sabor al acontecimiento, aquel invierno fue particularmente frío. Nunca en más de sesenta años he vuelto a ver un invierno así, o al menos así lo pienso a la distancia. Cayó una nevada de antología y la nieve se elevaba varios centímetros del piso, resultaba imposible caminar o manejar automóvil por el riesgo a caer o patinar en las angostas calles monclovenses. No se diga del riesgo de recorrer esos doce kilómetros de Monclova a Castaños con el pavimento resbaladizo. Finalmente, la zozobra disminuyó porque el clima mejoró el 2 de enero, y con tiempo y precauciones logramos llegar a Castaños; sin embargo, recuerdo que el día previo tuve que ir a la iglesia a dejar unas flores que adornarían el altar y el viaje no fue nada fácil, porque las condiciones del tiempo eran terribles. No todos los invitados y familiares corrieron con la misma suerte. El día primero de enero, mi padre salió en autobús de Saltillo, donde residía, rumbo a Monclova. A aproximadamente setenta kilómetros de 44


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Bambi y yo nos casamos el 2 de enero de 1947.

Monclova, en el muy conocido paraje de “La Muralla”, en plena Sierra Madre Oriental, el camión derrapó por el hielo que había sobre el pavimento y con la suerte a su favor, se fue hacia el lado de la montaña. Como se desplazaba a baja velocidad por las pronunciadas curvas de “La Muralla”, el pesado vehículo patinó y se deslizó hasta chocar y quedar recargado sobre la falda del cerro. El lugar del accidente estaba a unos cientos de metros de la incipiente construcción de lo que luego sería el restaurante La Muralla, ubicado justo antes de iniciar el ascenso hacia la montaña; así es que caminando con cuidado y cuesta abajo no sin resbalar en numerosas ocasiones, se refugiaron en esa construcción con cuatro paredes y sin techo. A mi padre lo acompañaba Raúl Webber Guerra, mi sobrino mayor, de seis años de edad, hijo de mi hermana Carmela, y por suerte en el autobús también venía mi amigo el doctor Carlos Espinoza, quien les 45


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ayudó muchísimo en esa caminata y estancia, prácticamente al aire libre, en una fría noche invernal. La falta de techo les permitió prender fogatas para lograr algo de calor. Allí pasaron la noche. De alguna manera que no recuerdo, nos enteramos del percance y al día siguiente enviamos un taxi a recogerlos, pero llegaron después de que ya se había celebrado la boda en la iglesia de Castaños y por fortuna el clima había mejorado un poco, o al menos, ya no nevaba como en días anteriores. La ceremonia religiosa de nuestro matrimonio fue oficiada por el cura Román Blanco y asistieron familiares y amigos, entre ellos mi mamá y mi suegra, las amigas de María Teresa y damas de la ceremonia religiosa como Estelina Villarreal, Dorita Páez, Else y Ana Steidinger, entre otras, quienes hicieron el esfuerzo de ir hasta Castaños en aquellas condiciones climáticas. Aún recuerdo que a la salida de la iglesia, en lugar de arrojarnos el tradicional arroz, nuestros amigos nos lanzaron bolas de la nieve que aún cubría parte del piso. María Teresa lucía radiante en aquel vestido de novia que compramos gracias a que habíamos ahorrado desde casi un año antes, pues aunque el trabajo era mucho, el ingreso no siempre era abundante, así es que se nos ocurrió empezar a guardar las monedas de un peso, algunas de plata de ley 0.720, que circulaban en ese entonces. Logramos juntar 230 de aquellas monedas, que al final tuvieron un valor superior a los 230 pesos, y así adquirimos el vestido de novia, si no mal recuerdo, en la casa de modas Dina de Sabinas. Yo, en cambio, me casé con un traje que me prestó Ignacio –Nacho- Villaseñor, amigo y alto funcionario de AHMSA, que a la postre sería mi primo político al contraer matrimonio con una prima hermana de María Teresa, otra María Teresa a quien todos llamaban Chichí, hija de don Teódulo Flores Calderón y doña María Teresa González Flores, hermana menor de mi suegra. El casarme con un traje prestado fue un hecho fortuito, pues estaba planeado que lo hiciera con un traje de etiqueta Jaque, utilizado generalmente en ceremonias diurnas, pero resulta que mi padre lo traía de Saltillo y, como escribí antes, quedó atrapado en “La Muralla”. Regresamos a Monclova después de la ceremonia religiosa y tuvi46


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mos una pequeña y modesta, pero agradable fiesta de bodas. La reunión fue en la residencia de Don Teódulo y Doña María Teresa, quienes vivían en una casa muy bonita estilo morisco, situada en la calle Hinojosa, esquina con la privada del mismo nombre. Tenía un gran jardín, que fue escenario de muchas fiestas y matrimonios, pero aquel enero tan frío tuvimos nuestra sencilla recepción en el interior de la casa, acompañados de los mismos familiares y amigos que habían estado con nosotros en la ceremonia religiosa. Al día siguiente, tres de enero, tomamos el ferrocarril en Frontera con destino a Saltillo, donde pasamos un par de días hospedados en el Motel El Huizache y a donde llegué con una gripa tremenda. María Teresa cumplió 20 años el 4 de enero, lo celebramos y luego partimos a México en el clásico ferrocarril El Regiomontano. Papá nos acompañó, pues aunque yo iba decidido a estudiar Pediatría, aún no tenía donde hacerlo. Lo que llevaba era el deseo y la ayuda de mil pesos que me había ofrecido el doctor Morgestern, quien aún era el jefe de los servicios médicos de Altos Hornos, con la condición de regresar a trabajar a AHMSA. Llegamos a la capital con la mala suerte de que perdimos o nos robaron algunas de nuestras maletas, y nos instalamos en la casa de mi tía Carolina, en la calle de Tigris de la Colonia Cuauhtémoc, en la misma vivienda hasta donde hacía pocos años había vivido cuando estudié la carrera de medicina. En busca de una oportunidad

Luego de instalarnos, mi padre y yo acudimos al Hospital Infantil de la Ciudad de México para solicitar una cita con su director y fundador, el doctor Federico Gómez Santos, originario de Zaragoza, Coahuila, y considerado por sus muchos méritos, el padre de la Pediatría en México. Llegamos mi papá y yo al Hospital Infantil en aquel enero de 1947 y nos anunciamos en la oficina del doctor Federico Gómez. Por su trabajo en Salubridad en el estado de Coahuila, mi padre había conocido y hecho amistad con el doctor Gómez, cuando éste se desempeñaba en la 47


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Secretaría de Asistencia Pública. Así es que, después de una breve espera, el doctor nos recibió amablemente. Le expuse de manera breve al doctor Gómez mi intención de estudiar Pediatría. En ese tiempo, el Hospital Infantil ofrecía 22 plazas de internado para preparar pediatras en dos años; sin embargo, para mí eso representaba mucho tiempo y además las plazas ya estaban ocupadas. El doctor Gómez, con la buena disposición que le caracterizaba a pesar de su alta posición y prestigio en la comunidad médica y en la sociedad en general, me ofreció una alternativa factible, ser aceptado como médico visitante del hospital por diez meses, con la oportunidad de recorrer los diferentes pabellones que lo conformaban. Esa opción, que de inmediato acepté, representó una gran oportunidad que cambiaría mi carrera médica para siempre. Además, marcó el inicio de una larga relación profesional y de amistad con el doctor Federico Gómez. Mi padre y yo nos despedimos, con mi compromiso de empezar lo más pronto posible, a la vez que se me explicó el camino a seguir para iniciar mi preparación. A estudiar pediatría

A las ocho de la mañana del día siguiente, me presenté en el Hospital Infantil. Entré por una puerta lateral que accedía a una ropería, donde tenían batas almidonadas que el hospital nos proporcionaba. Ahí dejábamos el saco, y la bata era el pase para circular por todo el hospital sin cortapisas. A la primera sala que asistí fue a la de Contagiosos, el jefe de una de las secciones era el doctor Lázaro Benavides, quien también fungía como subdirector del hospital. Era originario de Piedras Negras, Coahuila, y para el cargo que ocupaba era bastante joven, pues me llevaba tan solo seis años. El doctor tenía gusto por la enseñanza, por lo que asistí regularmente a su servicio. La segunda sala de Contagiosos estaba a cargo del doctor Pedro Daniel Martínez, un médico muy preparado y que también gustaba de la enseñanza. A ellos dos les aprendí mucho sobre los problemas que comúnmente atendíamos en Monclova. Había una tercera sala de Contagiosos a cargo del doctor López Clares, un mé48


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dico de más edad y jefe de todo el servicio; no era muy accesible, pero trataba de enseñar. Recuerdo también a otros médicos del hospital, como los doctores Antonio Prado Vértiz y Jorge Muñoz Trumbul. Ser médico visitante no era fácil, si bien en teoría se tenía acceso a los diferentes pabellones, en la realidad, no todos los doctores-maestros se prestaban a que un médico de fuera llegara como intruso a sus territorios. Algunos fueron muy accesibles, como los que mencioné; sin embargo, había otros pediatras, un tanto “apretados” por su posición de especialistas casi únicos en México, que no nos permitían el acceso a su pabellón o lo hacían de muy mala gana, pero no se tomaban la molestia de compartir sus conocimientos. En muchos de los servicios, la recepción fue fría, los jefes prácticamente nos ignoraban, y si acaso, se dirigían a los médicos internos. Era una actitud que lastimaba y en ocasiones era mejor no asistir, pues ese desprecio era totalmente inaceptable. Eran médicos con mucha capacidad en su especialidad y ninguna sensibilidad hacia pacientes e internos. Una verdadera lástima estar en el lugar indicado y no poder aprovechar la oportunidad de aprender. Pero por fortuna, eso no era lo usual, pues pude pasar por los diferentes servicios que conformaban el hospital y aprender directamente de los mejores pediatras que había en el país, por lo que me considero afortunado. Recuerdo con particular simpatía al doctor Lázaro Benavides, quien me brindó su amistad a pesar de su jerarquía como subdirector del hospital. Aprendí muchísimo con los numerosos enfermos de extrema gravedad que llegaban al hospital. En ese tiempo había demasiados casos de enfermedades que por fortuna hoy han sido prácticamente erradicadas con las campañas permanentes de vacunación ejecutadas por el sector salud; pero en esos años llegaban al hospital un sinnúmero de niños con padecimientos contagiosos graves. Gracias al excelente servicio y los recursos que se tenían en el hospital, una gran cantidad de aquellos pequeños se aliviaban, pero en otros casos, por la gravedad extrema con que ingresaban al hospital, los infantes fallecían. El servicio de Urgencias fue muy importante en mi formación, me enseñaron a aplicar sueros en forma de carga rápida a enfermos que 49


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llegaban de la consulta externa. Los médicos los mandaban a que se les aplicara una carga de soluciones de 200 a 400 mililitros con jeringa. Asistí a Urgencias tanto como me fue posible, pues fue una práctica que me sirvió toda mi carrera a mi regreso a Monclova, pues nadie sabía cómo hacerlas y yo realicé infinidad de ellas e incluso enseñé a varias enfermeras a realizarlas. Tenía también interés especial en asistir al servicio de Dermatología porque Con mis compañeros de Monterrey, los doctores Ramiro, me parecía indispensa- Abelardo y Felipe, paseando en las calles de la capital. ble para mi formación y fui recibido amablemente por el jefe del servicio, el doctor Antonio Dubón, un gran maestro que me brindó su amistad y sus conocimientos. Hice amistad con algunos de los médicos internos, a quienes en ocasiones cubría en sus guardias, lo que para mí representaba una gran oportunidad de aprender. En ese tiempo el Hospital Infantil era un gran nosocomio de concentración. A él llegaban todo tipo de casos, generalmente de alta gravedad o con padecimientos poco frecuentes que eran estudiados y tratados por los mejores pediatras del país. Los pacientes generalmente provenían del Distrito Federal, pero también llegaban de todo el país y pertenecían usualmente a los estratos socioeconómicos más 50


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Graduados de Pediatría en el Hospital Infantil de la Ciudad de México. 1947..

pobres, aquellos que no tenían recursos para internarse en hospitales particulares. Además, el hospital era un gran centro de investigación. Mientras estaba como médico visitante, surgió una oportunidad inigualable. Dada la falta de pediatras en México, sobre todo fuera de las grandes ciudades, era necesario para el país formar especialistas en Pediatría. Así, el Hospital Infantil diseñó un programa intensivo con duración de tres meses, de julio a septiembre de ese 1947, para preparar médicos pediatras que regresaran a sus lugares de origen. Se formó un grupo de 24 médicos que llegaron de diferentes partes de la República, incluido yo, y nos sumergimos en el estudio de todas las áreas de la pediatría. Para lograr la máxima calidad de atención médica al niño, el doctor Federico Gómez tenía tres ejes fundamentales que eran la asistencia médica, la docencia y la investigación. Hice amistad especialmente con dos médicos de Monterrey. Uno radicado en Santa Rosalía, Baja California, el doctor Ramiro González Santos, y otro radicado en Monterrey, el médico Abelardo González, am51


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bos excelentes personas. Un mes antes de que terminara el curso, llevaron a sus esposas a México e hicieron también muy buena amistad con Bambi, que me acompañó durante todo el tiempo que estuve en la capital. Salíamos los fines de semana a cenar, a bailar o al cine. La pasamos muy bien durante ese corto tiempo que convivimos las tres parejas. En esos tres meses, tuvimos una formación teórica que cubrió toda la patología infantil. Estudiábamos de ocho de la mañana a tres de la tarde, y tuvimos la oportuMi maestro, el doctor Federico Gómez Santos. nidad de aprender a fondo y de manera intensiva Pediatría, con grandes maestros de las diferentes especialidades. En el Hospital Infantil fui testigo de todo tipo de padecimientos y vi cómo los grandes maestros de la época los trataban hasta solucionarlos, o bien, les era imposible hacerlo, ante su extrema gravedad. En ese hospital vi por primera vez, muy de cerca, una gran cantidad de niños con severa desnutrición. El doctor Federico Gómez, como cabeza del hospital, tenía una serie de protocolos para atender a aquellos pequeños. Era un permanente desfilar de niños en extrema desnutrición. Del doctor Ramos Galván, pediatra especialista en nutrición, aprendí muchísimo. El doctor era muy accesible, un gran maestro con deseos de enseñar a los pediatras en potencia, que éramos aquellos médicos jóvenes. Tuve la fortuna de establecer una muy buena relación profesional y de amistad con él, a lo largo de los años de mi práctica 52


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médica como pediatra en Monclova. El plazo de los diez meses en el Hospital Infantil se cumplió después del curso intensivo de tres meses, y había que regresar a Monclova. Yo había adquirido con el doctor Morgenstern, el compromiso de regresar a trabajar a la empresa. El doctor me explicó que AHMSA estaba dando una prestación a los médicos para comprar un automóvil, así que antes de regresar a Monclova, un primo político, Manuel Cancino, casado con mi prima Beatriz, me ayudó a buscar en la Ciudad de México una buena oportunidad y adquirí un Ford, usado naturalmente. En ese automóvil hicimos el viaje de regreso a Monclova, con escala en Monterrey, pues viajaron con nosotros los médicos de esa ciudad compañeros del curso y sus esposas. El Hospital Infantil de México, que tiene como emblema el “Ixtlilton”, dios mexica de los niños, fue el primer instituto nacional de salud, pionero de la modernidad en ese renglón. Fui afortunado al estudiar en ese hospital y haber conocido al doctor Federico Gómez Santos, hijo de un maestro de escuela que inició sus estudios de Medicina en la Universidad Nacional, en la que pasó un breve periodo para ingresar luego a la Escuela Médico Militar, perteneciente al Ejército Mexicano. Se graduó como mayor médico cirujano partero, en marzo de 1921. Fue becado por el gobierno para ir a Estados Unidos a especializarse en Pediatría. Realizó un internado de 18 meses en el Saint Louis Children’s Hospital de Saint Louis, Missouri. Hoy en día, el Hospital Infantil lleva muy merecidamente su nombre, pues la Pediatría fue su pasión y le dedicó toda su vida. Y así como formó parte del grupo fundador del Hospital Infantil, también le tocó el 15 de febrero de 1963, inaugurar y dirigir el Hospital de Pediatría del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) en el Centro Médico Nacional, uno más de sus logros profesionales. Con esa trayectoria del doctor Federico Gómez, no pude encontrar mejor guía en mi corta pero fructífera especialización en Pediatría. En esa época había muy pocos pediatras en México, todos ellos especializados en el extranjero, algunos en Estados Unidos como el doctor Gómez 53


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Santos, y otros, en Francia. Dos escuelas con desarrollos y tendencias muy diferentes en el ramo de la Pediatría. Los egresados de cada una de ellas, se sentían muy orgullosos de haber estudiado en uno u otro país. El regreso a Monclova

Después de haber hecho la especialidad en Pediatría en el Hospital Infantil de la Ciudad de México, regresamos María Teresa y yo a Monclova en el mes de octubre de 1947. Esperábamos ya a nuestro primer bebé, fue una niña que nació el 6 de noviembre de ese año. Aunque el Hospital de AHMSA ya estaba funcionando, el médico que atendió a mi esposa fue el doctor Alfonso Fernández Sánchez, excelente médico y amigo personal, quien en esos años atendía los partos en los domicilios. Tenía todo el equipo para armar una sala de operaciones en el cuarto de una casa. En ese tiempo vivíamos en la casa de mi suegra, doña Trini, en la Privada Hinojosa 108, en una zona residencial privilegiada, con vecinos como don Teódulo Flores Calderón y su esposa María Teresa, tíos de mi esposa. Estaban también Alfonso y Rita Felán, Guillermo y Pilar -La Nena- Williamson, entre otros.

Hospital AHMSA, ubicado antes de la entrada a la empresa. 54


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Quirófano del Hospital AHMSA totalmente equipado.

Como decía, el doctor Fernández armó la sala de partos en una de las recámaras de nuestra casa, asistido por Elenita, una enfermera empírica que trabajó muchos años con él. Estuvieron también acompañándonos mis amigos los doctores Ulises Dávila, Alfredo Garza Ramón y Carlos Espinoza, aunque el médico a cargo era Poncho Fernández. Fue un largo trabajo de parto, de 24 horas, que culminó con el nacimiento de nuestra primera hija, a quien bautizamos con el nombre de María Teresa, pero a quien siempre hemos llamado cariñosamente Bambina. A mi regreso a Monclova, el Hospital AHMSA ya había sido inaugurado desde el 1 de mayo de ese 1947. Empezó a operar con una sala general, once camas, cuatro de ellas dobles, y quirófano. Seis médicos integraban la plantilla. El doctor Manuel del Villar estaba al frente como director; era un hospital netamente quirúrgico para cubrir los accidentes de los trabajadores de la empresa, pero no resolvía los problemas de salud de la ciudad, pues era exclusivo para AHMSA. Contaba con nuevos médicos como Alfonso Taracena, Leoncio Meza Martínez, Ulises Dávila, Alfredo Garza Ramón, Rodolfo Hernández Durón y Lauro Aguirre, entre otros. 55


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Así estaba la situación a fines de ese año. Tal y como le había prometido al doctor Morgenstern, al regresar a Monclova empecé a trabajar en el Hospital AHMSA, ofreciendo consulta tanto a niños como a adultos. Todos atendíamos la consulta y hacíamos visitas. Cada uno de los médicos fue tomando su especialidad de manera natural, Dávila como cirujano, Garza Ramón como ginecólogo, Hernández Durón como anestesiólogo, Del Villar como traumatólogo, y Lauro Aguirre como radiólogo. Como complemento, también empecé a dar consultas privadas en el modesto consultorio de la calle Hidalgo, en la contra esquina oriente de la Plaza Zapopan. Tenía apenas un lavamanos con su jarra de agua y solo un pabellón para separar el consultorio de la sala de exploración. Allí estuve un par de meses. Posteriormente, me cambié a otro local sobre la calle Hidalgo, a un costado del Banco de Londres y México, y en él consulté durante casi 30 años. En la consulta privada empecé a notar entre los pacientes a niños muy delgados, con desnutrición; realmente no podía hacer gran cosa en el consultorio, mucho menos resolver ese bajo peso y sus consecuencias, pues se trataba de niños de familias de escasos recursos económicos, muchos de ellos en pobreza extrema. La desnutrición era producto del hambre pero también, en algunos casos, persistía la ignorancia para proveer una alimentación adecuada a los pequeños. La única clínica privada que existía en Monclova era la del doctor David Quintero. Estaba ubicada en la esquina de Ocampo y Morelos y contaba con algunos recursos modestos como sala de partos. En esa época, el comerciante libanés Jorge Masu construyó una clínica en la calle Hidalgo, justo frente a mi consultorio, en la segunda planta de un edificio nuevo. Estaba abierta a todo público y cualquier médico podía internar pacientes o hacer uso del quirófano que tenía. El doctor Alfonso Fernández era tal vez quien más enfermos llevaba, inclusive venían con él médicos de Monterrey para realizar cirugías muy especializadas, entre ellos, prestigiados doctores como Asensio Marroquín y el otorrino Jorge Treviño Landois. 56


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Recuerdo que en los días en que el flagelo de las enfermedades asolaba a la población, atendía al hijito de un joven trabajador de la planta, llamado Fortino Bermea. Establecí una buena amistad con él e incluso me aseguró que existía un parentesco lejano entre la familia Bermea y mi familia, por parte de los Valdés. Le pregunté a mi mamá, quien me confirmó que, en efecto, existía un lejano parentesco; no volví a hablar con él al respecto, pero la amistad persistió. Era común que Fortino llegara a mi casa y me dijera: “Oye Memo, el hijito de un compadre está muy grave y quisiera que lo vieras”, o bien, “Oye Memo, el hijito de un amigo está muy malo quisiera que lo vieras”. Ese “Oye Memo” lo repetía Fortino con mucha frecuencia y en una de tantas ocasiones en que fue a buscarme a la casa, mi esposa María Teresa me dijo muy seria: “Ahí en la sala está el Ángel de la Guarda”, un nombre muy apropiado con que Bambi bautizó al joven Fortino que hacía todo lo posible, como verdadero Ángel de la Guarda, por ayudar a sus amigos y conocidos con niños enfermos y sin recursos económicos. Con el tiempo dejé de verlo, pasaron varios años y casualmente me enteré que estaba en su domicilio recién operado. Lo visité y me di cuenta que estaba muy grave; lamentablemente falleció dos días después.

Los doctores Ulises Dávila, director de la Clínica Obrera, Jorge Treviño Landois, Otorrino de Monterrey, y yo, en una cirujía de amigdalas, en la citada clínica. 57


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Pasó aproxima­ d a m e n t e un a ñ o y AHMSA hizo un convenio con el sindicato minero para aportar una cuota por cada trabajador, en beneficio de su salud. La empresa se desligó del servicio médico directo a los trabajadores y sus familias, pues el sindicato nacional usó esas cuotas para formar y operar la Clínica Obrera, a partir de septiembre de 1949. Ésta vino a ser de gran ayuda; allí se atendían El doctor José Vela y yo, en la Clínica Obrera. lo partos que antes eran atendidos por parteras empíricas, se hacían cirugías y también se internaban niños. Yo estuve trabajando como pediatra en esa clínica por poco más de un año, seguramente entre 1949 y 1950; luego me retiré de la Clínica Obrera, pero seguí acudiendo regularmente a atender a mis pacientes, pues era la clínica que tenía las mejores instalaciones hospitalarias, después del Hospital de AHMSA. La clínica estaba ubicada en la calle Juárez, entre Abasolo y El Callejón del Diablo, donde hoy se encuentra la escuela primaria Sección 147. Era la mejor equipada de la ciudad, contaba con quirófano, sala de expulsión, incubadoras, equipo de rayos x, y sala general para niños y adultos. Esas instalaciones fueron de gran ayuda para resolver los problemas de salud de la población, pero como lo mencioné, era solo para trabajadores de AHMSA y sus familias, por lo que un gran segmento 58


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de la población seguía sin tener acceso a servicios de salud. La Clínica Obrera operaba las 24 horas del día, contaba con una amplia plantilla de médicos y ofrecía consulta externa en el día, y servicio de urgencias y visitas domiciliarias durante la noche. La dirigencia sindical de la Sección 147 aportó una cuota adicional a la realizada por AHMSA, para poder contar con los recursos necesarios que permitieran iniciar y mantener la operación de la clínica. El sindicato nombró como primer director de la Clínica Obrera al doctor Ovidio Gutiérrez Boone, médico mayor que yo, a quien había conocido cuando hice mi servicio social en Palaú y él era el médico de la cooperativa minera “La Paloma”, que estaba a punto de venderse. Después de dos años, con el cambio de dirigentes de la Sección 147, fue nombrado como director y administrador de los recursos, el doctor Ulises Dávila, excelente amigo quien destacaría como cirujano en una carrera no muy larga truncada por su muerte prematura. La Clínica Obrera cerró en noviembre de 1962, al iniciarse la operación de la Clínica-Hospital No. 7, del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), que representó un gran adelanto para los servicios de salud en la ciudad. A pesar de haber trabajado poco tiempo en la Clínica Obrera, recuerdo que una madrugada el médico de guardia me llamó de urgencia. Había ingresado un lactante mayor con un cuadro de obstrucción de laringe. Al llegar a la clínica se confirmó el diagnóstico, la causa era una difteria laríngea y era urgente practicar una traqueotomía. El médico ya tenía preparado todo lo necesario para hacerla. Yo solo había visto dos traqueotomías en el Hospital Infantil pero no había practicado ninguna, y mucho menos con la urgencia que ameritaba el caso, pues en aquellas ocasiones los pacientes estaban entubados. Sin embargo, en esa ocasión no había otra opción más que hacerla de inmediato, pues el doctor Dávila estaba fuera de la ciudad. Hice un corte vertical debajo de la laringe, corté dos anillos de la tráquea, apliqué la cánula traqueal, di un tratamiento antidiftérico, resolviendo así el problema favorablemente. Emergencias como esas eran frecuentes y se tenían que resolver con los exiguos recursos que se tenían a nuestro alcance. 59


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Renuncio

Debo confesar que el trabajo en el Hospital AHMSA se volvió para mí un tanto burocrático, con muchas reglas y horarios que me hicieron sentir limitado en la forma de trabajar y atender a mis pacientes; además, deseaba dedicarme de lleno a la Pediatría. No tuve más remedio que retirarme de AHMSA poco más de un año después y dedicarme solo a la consulta privada, decisión que tuvo consecuencias en la situación económica familiar, pues esa actividad no era muy bien remunerada ni tenía tanta clientela. Además, dada la situación general de la población, en muchas ocasiones era difícil cobrar mis honorarios pues muchos pacientes eran de tan escasos recursos que no tenían dinero ni para la consulta ni para los medicamentos, o también tenía demasiados amigos con los que me sentía comprometido. Así que mis ingresos eran más bien escasos. Para 1949, María Teresa y yo, con nuestra pequeña Bambina, nos habíamos mudado a la Privada Santander en el centro de Monclova, propiedad de Doña Julia Cantú de Gil, ubicada sobre la calle Ildefonso Fuentes, colindante con el río Monclova. Estaba a unas cuadras de mi consultorio. Allí, tuvimos excelentes vecinos como Rodolfo Martínez y la Güera Uzeta, Miguel y Dorita Lazalde, Rafael y Chica Treviño, Fito y Chabelita Hernández Durón, y Alfredo y Panchita Garza Ramón. Las condiciones no eran óptimas, pero en esa casita rentada nació, el 12 de julio de 1949, nuestro segundo hijo, Guillermo Enrique, en un parto que fue nuevamente atendido en nuestra pequeña casa, por el doctor Alfonso Fernández. Por fortuna para María Teresa, en esta ocasión el trabajo de parto fue menos largo que en el primero. En el ámbito familiar, esa época fue difícil desde el punto de vista económico. No contábamos ni siquiera con refrigerador, tan solo teníamos una caja de hielo y para conservar la leche y el alimento de los bebés, los guardábamos en casa de los Lazalde. Fueron tiempos difíciles para un médico que iniciaba una carrera de Pediatría en una ciudad pequeña, casado y con dos hijos. A pesar de que desde mi llegada a Monclova, la población se 60


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había más que duplicado, tal vez llegaba ya a los quince mil habitantes, y había mayor número de empleos y mejores servicios, el hecho es que la atención a la salud en la ciudad seguía muy rezagada y puedo afirmar, incluso, que una buena parte de la población padecía hambre. En 1949, aún no se erradicaban las enfermedades endémicas y las epidemias. El sarampión era uno de los padecimientos más temidos por su gravedad en sí y por el riesgo para el desarrollo de la tuberculosis. Había que luchar contra la desnutrición en los niños menores de cinco años sin recursos, para atenderla en forma ambulatoria, pues se requería alimentación adecuada que no podían proporcionar las familias pobres y tampoco se contaba con recursos hospitalarios. Como médico independiente, prefería dedicarme a atender solo niños, pues la Pediatría es mi vocación; sin embargo, dadas las condiciones de vida en Monclova, los médicos veíamos en esos años todo tipo de casos; algunas veces ayudé en cirugías o apoyé partos, pero también enfrenté situaciones fuera de lo común, casi de médico forense. Un día de tantos, en que la mañana había transcurrido tranquilamente, de repente entró a mi consultorio un policía que llegó en la Julia, un vehículo motorizado cerrado, parecido a una combi, en el cual trasladaban a las personas que detenían por delitos menores. El policía me pidió que lo acompañara, pues en un céntrico hotel estaba una persona en estado de gravedad. En la misma Julia me transportaron al hotel; encontré en una de las habitaciones a una mujer a medio vestir y tirada en el suelo, sobre un charco de sangre, respirando ruidosamente, con mucha dificultad. Al primer examen, detecté una herida en el cuello que sangraba profusamente, había interesado la tráquea y algunos vasos importantes. Con toallas y pedazos de sábana detuve la hemorragia y trasladamos de inmediato, también en la Julia, a la paciente a la Clínica Obrera, nosocomio donde se podía resolver un caso como ese. Le llamé al doctor Dávila y como cirujano la atendió con los procedimientos necesarios en esos casos. Pero una era la parte médica y la otra, la policiaca, pues no se sabía qué había acontecido. La mujer estuvo en condiciones de hablar dos o tres días después. Declaró que se había intentado suicidar, después 61


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Para los años 50, el Hospital AHMSA daba servicio las 24 horas del día.

de que su marido la abandonara en plena luna de miel, por chismes de sus amigos en el sentido de que no era virgen. Al hablar con su todavía esposo, nos dio la misma versión. Sin embargo, el examen ginecológico que se le practicó reveló que la “desfloración” era reciente, es decir menor a 15 días. Aún ante esta evidencia, el marido siguió en la misma actitud y abandonó definitivamente a la esposa. La mujer se dio de alta y no volvimos a saber de ella. Ya para los años 50, el Hospital AHMSA daba servicio las 24 horas del día con 11 médicos, dos internos y 10 enfermeras tituladas. Al frente del hospital seguía el doctor Manuel R. del Villar, quien estuvo como director del mismo más de 40 años. Yo seguía únicamente con mis consultas privadas, pero pronto, en los primeros meses de esos años 50, la solicitud de una visita aparentemente de rutina, daría un giro imprevisto pero trascendental a mi carrera como pediatra.

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Segunda Parte El Campo San Antonio un sentido a mi vocación

El Comité Femenil Pro Asuntos Sociales

Un grupo de damas de la sociedad de Monclova y esposas de empleados de Altos Hornos, algunas de ellas extranjeras, formaron un grupo denominado Comité Femenil Pro Asuntos Sociales, presidido por la señora Suzanne Lou Robert de Pape, esposa de Harold R. Pape. El comité se dedicaba a obras de beneficencia, con cierta predilección por el cuidado de niños. De acuerdo con un artículo publicado por la Sociedad Monclovense de Historia, la señora Pape había realizado labor social con niños mientras vivió en Nueva York; de ahí y debido a las necesidades existentes en Monclova, le nació la idea de fundar el comité. Integraban el comité las señoras Amadita De la Fuente, Meche B. de Munch, Nelly de Steidinger, Teresa Drennon, Maricruz O. de Beyer, Peggy de Snydelaar, Elba C. de Saldaña y Susana de Sánchez, entre otras. En una entrevista, la señora Pape relató: “Rentamos un lugar lla63


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Integrantes del Comité Femenil Pro Asuntos Sociales, presidido por la señora Suzanne Lou Robert de Pape, a la extrema izquierda.

mado La Fábrica, donde solíamos llevar niños raquíticos por periodos de tres a seis semanas en que se les alimentaba para rehabilitarlos”. El lugar al que se refiere la señora Pape era una parte de las ruinas de la Fábrica de Hilados y Tejidos Buena Fe, que el comité restauró para hacerlo habitable; así se fundó en julio de 1949, el Centro de Recuperación Infantil Campo San Antonio para atender a niños de seis a doce años. Sin duda, al crearlo, la señora Pape se adelantó muchos años a su época. La fábrica operó a finales del siglo XIX y en 1905 se incendió para jamás volver a funcionar, pues los edificios quedaron semidestruidos, haciendo incosteable su restauración y equipamiento. El Comité remodeló algunas secciones de la vieja construcción de adobe, las menos destruidas por el fuego, arreglando techos y paredes, colocando pisos, instalando servicios de agua entubada, luz eléctrica, teléfono y sanitarios. Yo había conocido las ruinas de la Fábrica varios años antes, cuando era habitada por un señor de apellido Iracheta que en el patio central tenía un corral para sus burros, y como lo mencioné antes, en las diarreas graves utilizábamos la leche de burra como alimento de transición. Así 64


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es que la familia que requería esa leche, le alquilaba al señor Iracheta una burra y se la llevaba a su domicilio. Existía la ventaja adicional de que los burros son refractarios a la tuberculosis, por lo que no había necesidad de hervir la leche, simplemente se ordeñaba directamente al biberón, previo aseo de las ubres para poder ser administrada a los bebés. El centro se había creado para subsanar una necesidad muy palpable. En Monclova había gente con hambre y los más desprotegidos eran justamente los niños. El hambre también lo padecía una buena parte de la población monclovense y de toda la región, sobre todo en poblados vecinos más pequeños y en los ejidos donde había graves niveles de desnutrición infantil, que perduraban hasta la edad adulta con las inevitables secuelas. En esos años de fines de la década de los 40 del siglo XX, me encontré en Monclova con casos tan o más severos de desnutrición que los que había visto en el Hospital Infantil de la Ciudad de México. Los más afectados conformaban el estrato de la población que no tenía trabajo fijo o que dependía de las labores inestables del campo; los servicios médicos no eran accesibles para ellos. La ciudad de Monclova carecía de hospitales o centros de salud que pudieran atender a la población de toda la Región Centro de Coahuila. Nosotros, los médicos, no podíamos hacer gran cosa en nuestra consulta privada, porque no exis-

Incendio que destruyó la fábrica de hilados y tejidos “Buena Fe” en 1905. 65


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En el Centro de Recuperación Infantil Campo San Antonio atendían niños de 6 a 12 años. 66


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Antiguo edificio de la fábrica de hilados y tejidos “Buena Fe”

tían hospitales ni recursos para internar a pacientes con padecimientos graves o crónicos. En los niños, el problema era aún más serio y mucho mayor la tasa de mortalidad. De esas necesidades, surgió justamente la iniciativa de la señora Pape de crear el Centro de Recuperación Infantil, que atendía a niños con hambre crónica y enfermedades añadidas al flagelo, como anemia, parasitosis intestinal y paludismo impétigo, entre otros. Los niños permanecían internados en el centro de cuatro a seis semanas, tiempo insuficiente para solucionar el problema de fondo, ya que al regresar al hogar volvían a caer en la desnutrición por falta de una alimentación adecuada, y en cierta forma, también por la ignorancia de los padres o de las madres solteras. El centro era atendido en su tiempo libre por los doctores Lauro Aguirre y Miguel Angel Cruz, que trabajaban en Salubridad. Inicialmente recibía donativos de los empleados de AHMSA y, por supuesto, la familia Pape hacía las aportaciones más cuantiosas. Unos meses después de que se iniciaron las labores en el Centro, 67


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ya en 1950, fui llamado para atender a uno de los niños, pues no había asistido un médico. A pesar de la modestia de las instalaciones, me quedé gratamente sorprendido. Hablé con la señora Pape y le expuse el problema de la desnutrición que veía día con día en la consulta privada, principalmente en niños menores de 5 años, que requerían atención hospitalaria para que fuera posible su recuperación. Le expliqué que en muchos de los casos esos niños morían por falta de atención profesional y adecuada. En mi plática, le propuse crear un lugar especial para atender a ese segmento de la población infantil. No pensaba en un gran hospital, sino solo en un espacio y recursos para ofrecer una oportunidad a esos pequeños a los que muy probablemente les aguardaba la muerte prematura o enfermedades muy peligrosas que podrían causarles secuelas de por vida. A la señora Pape le agradó la idea y me pidió esperar un poco para estudiar la manera de obtener los recursos necesarios, de acuerdo a los donativos con los que subsistía el comité que ella presidía. Antes de un mes, me llamó para decirme que ya podíamos empezar y pusimos manos a la obra. El inicio del Campo San Antonio

El 1 de septiembre de 1950, a las once de la mañana, iniciamos nuestras actividades con el nombre de Campo San Antonio en algunas áreas de lo que había sido la Fábrica de Hilados y Tejidos Buena Fe, al sur de la calle Hinojosa, en la margen poniente del río Monclova, que en ese tiempo tenía un caudal considerable. Como dije, la señora Pape se había encargado de remodelar algunas partes de la antigua fábrica, mientras el resto permanecía en ruinas. Se hicieron nuevos trabajos de remodelación y acondicionamiento en el centro. Nuestro Campo San Antonio ocupaba aproximadamente unos 500 metros cuadrados entre construcción y patio. Al frente había un enorme portón de dos hojas de lámina y tela color negro, soportado por dos enormes columnas, una de ellas coronada con un pequeño campanario recordando un antiguo convento. El portón daba acceso a un enorme 68


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El Campo San Antonio captado desde el río Monclova. En el salón de la derecha, con techo de dos aguas, sesionaban las señoras del comité, mientras que en el de la izquierda estaban los niños hospitalizados.

corral, aquel donde el señor Iracheta tenía sus burros, que con el tiempo se convirtió en un hermoso jardín donde sacaban a los niños a tomar el sol o a jugar con sus modestos juguetes como caballitos mecedoras de madera, y algunas veces lo hacían acompañados de sus mamás. En uno de los muros había una escultura en piedra de San Antonio con un niño en brazos, obra escultórica realizada por la señora Pape. Al frente, había dos grandes salones, uno de ellos con techo de dos aguas forrado con papel impermeable, que le daba muy buen aspecto. En ese salón se reunían las señoras del Comité. En la otra sala estaban los niños hospitalizados. Tenía techo terrado con numerosas goteras en épocas de lluvia. Ambas salas tenían ventanas de madera con grandes rendijas, todas ellas protegidas con rejas de fierro. Enseguida había unos cuartos anexos a esta sala; al primero, le llamábamos lactario, porque allí se preparaban las fórmulas para los niños, luego seguía una lavande69


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El portón del Campo San Antonio visto desde el patio interior. A la izquierda, la columna con un pequeño campanario. Al fondo, se puede ver parte del río Monclova.

En las ruinas de la fábrica había un acueducto fuera de uso, al final de la calle Hinojosa. 70


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ría, sanitarios y un cuarto de descanso. Las blancas paredes enjarradas que cubrían las piedras de las ruinas de la antigua fábrica estaban enmarcadas por una franja de pintura roja, así como las ventanas. Todo nuestro mobiliario y enseres eran de medio uso. La sala de hospitalización contaba con ocho camas de medio barandal con colchón, heredadas del centro de recuperación infantil, así como ocho clavijeros de la misma procedencia, que después utilizamos para colgar los frascos de soluciones. Se sumó un moisés en el que llegó un recién nacido y al que llamamos la cama número nueve. Se tenía una mesa de exploración, una mesa de cocina, cuatro o cinco sillas, un pequeño refrigerador, parrilla eléctrica, una báscula para pesar leche, un pesa bebés, doce sabanitas, 24 pañales de tela, cinco jeringas desde 2 a 5 centímetros cúbicos, seis biberones, tres ollas de peltre y algunos

Iniciamos el Campo San Antonio con ocho cunas de medio barandal de medio uso, recuperadas del antiguo centro del Comité Pro Asuntos Sociales.

Un moisés se convirtió en la cama número 9 del Campo San Antonio.

En la misma sala de internamiento, los niños que se recuperaban podían jugar con sencillos juguetes como caballitos de madera. 71


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gabinetes de madera para guardar ropa. El personal era muy limitado. Yo era el único médico y fungía como director. La administración general estaba a cargo de la señora Pape, mientras que la parte Trini Mauricio y Gertrudis Reyes, las primeras enferdel Campo San Antonio, preparando el alimento operativa estaba cubierta meras de los niños. por la señora Lotty Thomae de Sánchez, administradora; la señorita Salomé Mauricio, enfermera; la señorita Oralia N., maestra y ama de llaves; la señorita Lucía Barrón, cocinera, y la señora Cesárea Barrón, lavandera. Durante ocho meses, en la parte médica, el pequeño Campo San Antonio fue atendido por mí y por la enfermera Trini Mauricio, y después empezaron a colaborar como voluntarios el doctor José Vela Ramón y la enfermera Gertrudis Reyes. El personal cubría turnos de doce horas, había dos señoritas en cada turno y otra más que las auxiliaba en las múltiples ocupaciones, como hacer el aseo y preparar alimentos para ellas y los niños. Las enfermeras eran auxiliadas por algunas mamás que deseaban quedarse al lado de sus hijos enfermos; a ellas se les capacitaba en el cuidado de los niños, sobre elementales medidas de higiene como el lavado de manos. Se les decía cómo bañar, preparar biberones y dar de comer a los infantes. Esas madres que tanto nos apoyaron, daban una enorme confianza a las mamás que no podían quedarse a cuidar a sus bebés. Se estableció un horario de consulta externa de una a dos horas diarias de acuerdo a la demanda; algunos niños llegaban fuera del horario y esperaban al médico para que los atendiera o los internara en caso necesario. Se presentaron casos muy variados de desnutrición y deshidratación con problemas respiratorios, pero solo se internaba a los niños que realmente requerían hospitalización. 72


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Con ese sencillo equipamiento, se podía considerar que contábamos con lo necesario para operar un modesto hospital, y aunque el objetivo inicial había sido apoyar a niños desnutridos, se atendían todo tipo de enfermedades y estaba abierto a la población que lo requiriera. Los pacientes que llegaban al Campo San Antonio eran sin duda los más desprotegidos, los que no tenían recursos para acudir con un médico particular o no eran empleados de AHMSA, pues los trabajadores de la planta tenían derecho a servicios médicos. A principios de la década de los 50, Monclova había crecido demasiado en tan solo ocho años desde la llegada de la siderúrgica. Tenía más de 25 mil habitantes, de los cuales solo alrededor de tres mil eran trabajadores de AHMSA. Ese mismo mes de septiembre que iniciamos el Campo San Antonio, se inauguró el Cine Reforma, moderna sala ubicada frente a la plaza principal. Los primeros niños internados

Recuerdo los primeros niños que hospitalizamos, se llamaban Ambrosio y Bertha Miranda, y un niño de apellido Barrios. Eran tiempos de carencias donde la buena voluntad combinada con trabajo e improvisación eran nuestras únicas herramientas. A los ocho días ingresó un prematuro y como se carecía de incubadora, se improvisó una con una caja de cartón y un cristal para observar al bebé. Se usó un termómetro, un foco como fuente de calor, algodón para proporcionar la humedad necesaria y un termostato manual. Así fueron atendidos los prematuros, hasta que tiempo después recibimos la donación de una moderna incubadora. El criterio para internar a los niños desnutridos se basaba en la clasificación del doctor Federico Gómez Santos, independientemente de la gravedad que presentaran. Se consideraba desnutrición de segundo grado cuando los niños habían perdido del 20 al 40 por ciento de su peso ideal, y de tercer grado, si presentaban una pérdida de más del 40 por ciento. Un grupo clasificado de tercer grado, era el de los edematizados, tipo Kwashiorkor, con la particularidad de manifestar una baja conside73


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Niños desnutridos internados en el Campo San Antonio. A la izquierda con desnutrición de segundo y tercer grado, y a la derecha los de tipo Kwashiorkor.

rable de proteínas en la sangre. La edad de los niños oscilaba entre los que tenían unos cuantos meses hasta los de cinco años, aunque tuvimos casos como el de una niña de nombre Juanita, de 15 años de edad, pero muy desnutrida. Primero pensamos que se trataba de una desnutrición secundaria causada por un problema infeccioso, pero eso se descartó y se recuperó con alimentación adecuada. Recuerdo que se quedó con nosotros unos 8 o 10 meses, pues conforme mejoró, ayudaba en el hospital dando biberón a los bebés y jugando a las muñecas con las niñas pequeñas. La desnutrición, azote mortal

Como se mencionó, una de las razones de la fundación del Campo San Antonio, fue brindar atención a los numerosos casos de desnutrición infantil que había no solo en Monclova sino en todas las poblaciones aleda74


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Generalmente los niños llegaban con niveles avanzados de desnutrición.

ñas, hasta Cuatro Ciénegas y Ocampo, así como en los pequeños ejidos en que los infantes padecían cuadros extremos. Al iniciarse las labores en el Campo San Antonio, llegaron niños sumamente desnutridos, de segundo y tercer grado; en muchas ocasiones presentaban complicaciones con otros padecimientos. Venían generalmente a consulta externa, pero inmediatamente hacíamos lo posible por internarlos, a veces a pesar de la poca voluntad de los padres para dejarlos en el hospital. Recuerdo que ingresaron dos niños desnutridos de tercer grado, edamotosos tipo Kwashiorkor, con un cuadro de queratosis, una alteración nutricional en los ojos donde la cámara anterior está prácticamente reventada, por lo que se solicitó interconsulta de urgencia al oftalmólogo Adalberto Pérez González. Fueron los primeros casos en su tipo que se nos presentaron y de tal gravedad que los niños fallecieron en las primeras 48 horas. 75


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En la mayoría de los casos nos llegaban al Campo San Antonio niños con niveles avanzados de desnutrición. Lo primero que se hacía era estabilizarlos con hidratación, transfusión y dieta adecuada. Ya que se corregía la gravedad, venía una etapa de estabilización y luego la fase de recuperación que tomaba de dos a tres meses. Tratábamos de prolongar su estancia el mayor tiempo posible, porque si volvían al mismo medio familiar, era probable una recaída y si volvían al hospital teníamos que reiniciar el tratamiento. Para los desnutridos yo indi- Madre con su pequeño hijo al ingresar. caba el tipo de alimentación, hasta que terminada la etapa de recuperación, tomaban alimento normal de acuerdo a su edad. En lo particular, siempre tuve la convicción de que había que brindarles ese cuidado alimenticio y mantenerlos el mayor tiempo posible en el hospital, para evitar que al regresar a su hogar tuvieran una recaída con consecuencias graves. Por fortuna, aunque nuestros recursos eran modestos, sí contábamos con lo necesario para sacar adelante a esos niños. Algunos permanecían meses internados, prácticamente los adoptábamos para que cuando fueran dados de alta estuvieran en las mejores condiciones posibles de salud. Puedo afirmar que tuvimos un alto grado de éxito, logrando dar de alta a cientos de pequeños que regresaron a sus hogares con un estado de salud satisfactorio. 76


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En ocasiones, el nivel de éxito no fue el esperado, porque a menudo llegaban al hospital niños ya muy enfermos, que acudían a consulta meses después de que les aquejara alguna enfermedad o cuando el grado de desnutrición era muy avanzado, esto era común en pacientitos que llegaban a Monclova de zonas alejadas. Baste decir que algunos niños llegaban en pequeños coches tirados por caballos, después de varias horas de viaje, como por ejemplo los que venían de Cuatro Ciénegas o ejidos aledaños, y que no tenían dinero para pagar los boletos del tren. Las religiosas guadalupanas

Así trabajamos poco más de un año; posteriormente, la señora Pape y el Comité Femenil hicieron algunas gestiones para que un grupo de religiosas de la Orden María Inmaculada de Guadalupe, prestara sus servicios en el Campo San Antonio. En agosto de 1951, llegaron dos enfermeras, una encargada de la cocina y varias auxiliares dirigidas por una madre

Las religiosas Guadalupanas llegaron al Campo San Antonio en agosto de 1951 y fueron de gran ayuda por sus conocimientos en enfermería y alimentación. En la gráfica, con los pequeños en el patio interior. 77


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Fiesta organizada por las Guadalupanas, seguramente una ceremonia religiosa. Bambina mi hija, hizo su primera comunión en el Campo San Antonio.

superiora. La primera fue la madre Emilia Beneque. Las religiosas se acomodaron en la sala donde se reunían las señoras del comité. Se les acondicionó el lugar y se les construyó una capilla para sus oraciones con entrada por el jardín interior. Las religiosas enfermeras tenían experiencia en canalización de venas, un procedimiento a la vez muy usual y útil en la atención de los niños, y muy pronto aprendieron a hacer pruebas cruzadas para las transfusiones de sangre, mismas que yo seguía haciendo. Las monjas eran muy cariñosas con los niños, con cualquier pretexto les hacían fiestas. No faltaba la posada de Navidad y buscaban a la niña más agraciada para representar a la Virgen María. Estas fiestas las disfrutaban tanto los niños que estaban en recuperación, como sus familiares. Pacientes de muy escasos recursos

La mayoría de nuestros pacientes eran, por lo general, los primogénitos de parejas jóvenes. Eran de un bajo nivel socioeconómico, en gran parte campesinos y analfabetas. Recuerdo que una de las primeras preguntas que hacíamos a los papás era si sabían leer y escribir. La respuesta era 78


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negativa en un alto porcentaje y dificultaba la posibilidad de ofrecer indicaciones médicas o de alimentación por escrito. Eran desempleados o con trabajos eventuales; en ocasiones las mamás eran trabajadoras domésticas. Algunos niños llegaban tan graves que desgraciadamente morían en los primeros días de su ingreso. Otros, los más, presentaban diarreas infecciosas o de hambre, con deshidratación de moderada a severa. Al ingresar se estabilizaban con soluciones, pequeñas transfusiones de sangre, vitaminas y alimento de acuerdo a su edad en pequeñas cantidades; paulatinamente, aumentaban de peso hasta lograr el adecuado a su edad. Al respecto, recuerdo a la religiosa Sofía, encargada de la alimentación de los niños, quien preparaba el que llamaba “el platillo de aprendiz”. Los más pequeños y desnutridos eran los que se recuperaban más lentamente. Al llegar a su peso ideal se les daba de alta, situación que, como mencioné, retrasábamos el mayor tiempo posible por temor de un reingreso en peores condiciones, como se dio en frecuentes ocasiones. Se solicitaban altas voluntarias cuando la madre veía muy bien a su hijo, o a veces por la gravedad del niño, pensando que en su hogar y con la ayuda de una curandera, su evolución sería favorable. En otras ocasiones se die-

Las religiosa Manuela y Sofía (derecha), ésta última de origen panameño, estaba a cargo de la alimentación. 79


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Pesando a un niño en la consulta externa como parte del proceso para decidir si se requería o no el internamiento del pequeño.

ron casos en que la mamá tomaba al niño en brazos y simplemente salía del hospital y desaparecía. La mitología náhuatl dice que cuando un niño muere, va al paraíso en donde hay un árbol nodriza que produce un tipo de leche con la que los niños crecen grandes y felices, pero en el Campo San Antonio la muerte de un niño era una tragedia. La mamá, desesperada, abrazaba a su hijo; la vecina de cama, llorando, no sabía si consolar a la madre o salir corriendo con su hijo en brazos por temor a que le sucediera lo mismo. Después venían los reproches en todos los tonos que se repetían a la llegada del padre, culpando al médico, a la enfermera y al mismo San Antonio por no hacer el milagro de salvar al niño. Se internaba solo a los niños que lo ameritaban, como los desnutridos de segundo y tercer grado, los deshidratados severos por las fre80


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cuentes diarreas del verano, y aquellos que presentaban problemas respiratorios que requerían cuidados especiales, entre otros. Obviamente, las camas eran insuficientes y teníamos que acomodar hasta tres niños en cada una de ellas, o bien lo hacíamos en colchones colocados en el suelo que lográbamos conseguir, pero no había otra opción, porque sabíamos que si los enviábamos a su casa corrían el riesgo de morir. Ante la escasez, voluntad e inventiva

Teníamos tanques de oxígeno que nos proporcionaba AHMSA en forma gratuita e ilimitada. Sin embargo, utilizábamos manómetros industriales de soldadura, calculando la cantidad de oxígeno con las burbujas, cuando pasaba éste por un frasco humidificador. Utilizábamos el oxígeno al 100 por ciento, aunque regulado por las burbujas. Por no contar con el oxímetro adecuado, en los prematuros que atendimos se presentaron dos casos de fibroplasia retro lenticular, y una retinitis por el oxígeno a alta concentración, para lo cual fue necesario solicitar una interconsulta con el único oftalmólogo que había en Monclova, el doctor Adalber-

Cámara de oxigeno fabricada en el Campo San Antonio. 81


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to Pérez González. Le expuse el problema a don Luis Oscar Sánchez, gerente de la planta de oxígeno de AHMSA, y lo resolvió de inmediato, ofreció mandar el gas al 40 por ciento, en tanques de determinado color para los prematuros, y no volvimos a tener problemas. En esos años, las cámaras para administrar oxígeno, llamadas Crupete, indispensables en el tratamiento de problemas agudos respiratorios, eran demasiado costosas. El Campo San Antonio no tenía Los recursos eran escasos. dinero para adquirir una. Por fortuna, el ingenio y la voluntad de hacer las cosas siempre estuvieron presentes en los colaboradores y amigos del Campo. El doctor José Vela Ramón, excelente amigo, ya colaboraba con nosotros y además de sus conocimientos médicos, tenía una capacidad de inventiva genial. Unió sus talentos con otro excelente amigo, don Luis Saldaña, superintendente de mantenimiento eléctrico en la planta de AHMSA, para fabricar artesanalmente una cámara Crupete. Don Luis, en forma altruista, daba también mantenimiento a las instalaciones eléctricas del centro. Ambos, fueron a Monterrey a comprar varillas de aluminio para hacer las armazones de las tiendas y luego cubrirlas con plástico. En ese tiempo, nadie manejaba el aluminio en Monclova. El aparato humidificador era más accesible y así nos hicimos de cuatro o cinco cámaras, suficientes para la demanda, y en casos de emergencia poníamos dos niños por cámara. En esa época, las transfusiones de sangre se recomendaban en el tratamiento de la desnutrición. Utilizábamos jeringas de vidrio de 50 mililitros, que se esterilizaban por ebullición. Practicábamos la llamada 82


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Las religiosas realizaron una gran labor en el Campo San Antonio, como la madre Gudelia que me apoya al examinar el pequeño.

prueba cruzada; se centrifugaba manualmente la sangre del donador y la sangre del receptor. En un portaobjetos poníamos suero del donador y glóbulos del receptor, a un lado del suero del receptor y glóbulos del donador. A simple vista se veía la compatibilidad y en ese aspecto nunca tuvimos problemas. Los estudios de laboratorio adicionales que se necesitaban, los hacía por cortesía el laboratorio del Hospital AHMSA. “Motín a bordo”

La llegada de las religiosas fue de gran ayuda para mí y de enorme beneficio para los pacientes. Tenía más tiempo para dedicarme a la consulta externa y para la atención de los niños hospitalizados. Sin embargo, después de unos meses, para mi sorpresa, un día se presentó conmigo la madre superiora diciéndome que no estaban contentas con su trabajo, y que deseaban irse porque sentían que nada más estaban cuidando niños. 83


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Les expliqué a las religiosas, la importancia de su labor con los niños afectados por la severa desnutrición infantil, además de los casos muy frecuentes de deshidratación o de graves problemas respiratorios que padecían los infantes en el invierno. Su labor, les dije, era vital para la recuperación de aquellos niños enfermos y desamparados, provenientes de familias muy pobres no sólo de Monclova, sino de toda la región. Les explique que la mayoría de esos niños estaban destinados a morir si no eran debidamente atendidos en un hospital, y que para esos infantes pobres, su único recurso era el Campo San Antonio, de allí que su trabajo no solo era cuidar niños sino que estaban salvando vidas. Yo tenía una serie de fotografías impresionantes, que aún conservo, tomadas por el ingeniero Eduardo Roehll, excelente fotógrafo y amigo, quien me solicitó permiso para captar imágenes de los niños desnutridos y observar su evolución. Les recomendé a las religiosas que en su

Algunas de las fotografías que las religiosas mostraron al doctor Rafael Ramos Galván, del Hospital Infantil de la Ciudad de México. 84


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próximo viaje a México fueran al departamento de Nutrición del Hospital Infantil, y que llevaran esas fotos. Así lo hicieron, fueron a México al Hospital Infantil y le presentaron las fotos al maestro Rafael Ramos Galván, quien se quedó sorprendido de que trabajaran con desnutridos en un pueblo que prácticamente no figuraba en el mapa. Las religiosas cambiaron de opinión y se percataron de la gran labor que hacían, en el pequeño y precario hospital de una ciudad como Monclova. 85


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En la inauguración del consultorio donado por el Club Rotario estuvieron presentes Bambi, mi esposa, la señora Lou Pape, Axel y Meche Munch, el capitán Yarza, Amadita de la Fuente y Maricruz Beyer, entre otros.

A través de ellas, el doctor Ramos Galván me invitó a que lo visitara. Así lo hice en el corto plazo. El doctor y sus colaboradores me atendieron amablemente. Allí conocí al doctor Joaquín Cravioto y al doctor Silvestre Frenk, investigadores del Hospital Infantil. Tuvimos una interesante y fructífera plática, me preguntaron algunos datos sobre el manejo de los niños desnutridos, y el maestro Ramos Galván me explicó lo que ellos hacían. Para mí, esa visita representó una gran enseñanza y además conservé una larga amistad con el doctor, quien en alguna ocasión nos visitó en el nuevo hospital que tendríamos años después. El apoyo de Rotarios y Leones

En el año de 1952, el Club Rotario de Monclova construyó y amuebló un consultorio anexo al Campo San Antonio, justo en la esquina oriente que colindaba con el río Monclova. Lo equipó con un pequeño aparato de rayos x, negatoscopio, centrífuga, baño María, escritorio, archivero, y 86


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El Club de Leones de Monclova donó la primera incubadora con que contó el Campo San Antonio, equipamiento que salvó la vida de muchos niños prematuros.

equipo de diagnóstico, entre otros instrumentos. Ese mismo año, el Club de Leones donó una moderna incubadora que sería de gran ayuda para la atención de niños prematuros. Fue un excelente apoyo contar con ese espacio para la consulta externa, pues anteriormente se daba el servicio en la sala de internamientos. Siempre tuvimos un gran soporte por parte de clubes de servicio de Monclova. Crecimos por las carencias

Teníamos un horario más o menos fijo para ofrecer consultas en el Campo San Antonio. Al principio, no se ofrecían tantas, pues no se hizo difusión alguna sobre la apertura del lugar. Fueron llegando los niños que vivían en los alrededores, en colonias como Las Flores, Buenos Aires y Progreso, al oriente del río. Pronto se corrió la voz y la afluencia de pacientes se hizo más abundante; empezaron a llegar pequeños de diferentes partes de 87


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Muchas de las mamás de los niños internados permanecían día y noche junto a sus hijos, y además daban soporte a las que no podían quedarse todo el tiempo.

Monclova y de los pueblos vecinos, incluso hasta de ejidos lejanos. Además de la atención médica y hospitalaria a los niños necesitados, también se daba ese tipo de servicio a hijos de personas que por tener como único patrimonio un salario modestísimo u ocasional, carecían de recursos. A éstos se les pedía como pago, por los servicios prestados a sus hijos, una cuota simbólica para no lesionar su dignidad, no desquiciar su modesta economía y fomentar el sentido de responsabilidad. En la mayoría de las ocasiones los padres no tenían recursos ni siquiera para pagar esa cuota, que debo confesar, nunca supe a cuánto ascendía ni quién la fijaba, pues yo solo me ocupaba, por fortuna, de la parte médica y la atención a los familiares. Como complemento, les proporcionábamos orientación a las 88


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madres de familia, cuyos hijos eran atendidos en el Campo San Antonio. Era una capacitación, que aunque elemental, era sumamente útil para atender debidamente a sus hijos, una vez que dejaban el hospital a fin de evitar una recaída o que contrajeran, por ignorancia o imprudencia, enfermedades fácilmente evitables. Aparte de la consulta, había que pasar visita a los pequeños internos que, como dije antes, siempre superaban el cupo que se tenía. A pesar de tener una rutina de revisión, en los casos graves había que acudir a cualquier hora y a veces hasta pasar la noche en vela atendiendo a un niño. Para mí, era muy frecuente pasar visita a la media noche, pues por nuestra afición al cine, lo hacía antes y después de la función; era bastante frecuente que me llamaran a la sala y tuviera que salir al hospital sin haber visto la película completa. Los boleteros de los cines Hidalgo, Reforma, Río y hasta El Encanto de Frontera, sabían que mi esposa y yo siempre nos sentábamos en la última fila para que me pudieran ubicar de inmediato, si surgía alguna emergencia o solicitud de visita, algo que era bastante frecuente en aquellos años.

Los niños que mejoraban su condición de salud salían a jugar al patio interior. 89


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Libertad de acción

La verdad es que el Campo San Antonio de los primeros años funcionaba con muchas carencias y limitaciones, pero de manera ordenada. Yo me ocupaba con toda libertad de la parte médica, apoyado por el doctor José Vela Ramón y por las enfermeras que atendían día y noche a los niños internados. Debo reconocer que la labor de la señora Pape era excelente, pues ella se ocupaba de que los recursos necesarios, aunque escasos, estuvieran disponibles en el momento justo. Ella se entendía con el personal y la operación, y yo prácticamente no la veía porque no coincidíamos en los horarios. Su esposo, el señor Pape, iba pocas veces, aunque siempre estaba al pendiente, a través de su mujer. Recuerdo que a la esposa de Pape la apoyaban las señoras doña Nelly Thomae de Steidinger, de origen alemán pero oriunda de Santa Gertrudis, población cercana a San Buenaventura, así como doña Amadita de la Fuente, esposa del ingeniero J.J. de la Fuente, originario de Saltillo y brazo derecho de Harold R. Pape, quien quizá fue el primer empleado contratado para trabajar en AHMSA, ya que desde 1941 llegó con Pape a inspeccionar los posibles lugares donde se podría instalar una planta siderúrgica, hecho que se consumaría ese mismo año. J.J. de la

Los niños permanecían internados periodos largos para sanar y poder ser dados de alta. 90


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Una caso excepcional fue el de Juanita, niña de cerca de 15 años con apariencia de menos de 10 por su bajo desarrollo, permaneció en el Campo San Antonio varios meses. Cuando se recuperó, ayudaba alimentando a los bebés. En el recuadro, a su ingreso.

Fuente fue diputado y presidente municipal de Monclova en la década de los 50. Yo me daba también el tiempo para dar mi consulta privada en el consultorio que tenía sobre la calle Hidalgo, a un costado del Banco de Londres y México. Consulta externa

Aún hoy, a la distancia de varias décadas, tengo frescos en la mente muchos de los rostros, los nombres o las enfermedades de los niños que alguna vez atendí en el Campo San Antonio, primero en la consulta externa para después enviarlos a su casa con un tratamiento, o bien internarlos por la gravedad de sus padecimientos. A mi memoria han venido algunos de ellos ahora que escribo estas líneas: Adrián, Rocío, Chonito, Federico y Juanita, pero hubo muchos Adrianes, Rocíos, Chonitos, Federicos y Juanitas, que acudieron al 91


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Campo San Antonio como su única esperanza. Un día se presentó a consulta un niño, Adrián, preescolar vecino del Campo San Antonio, mostrando una pequeña giba en la espalda, secuela de una diseminación de la tuberculosis hacia las vértebras, enfermedad denominada Mal de Pott. Recordaba haber visto casos como ese en el pabellón 23 de Ortopedia del Hospital General de México, donde tenían unas mesas muy sofisticadas para ese tratamiento. Había que hacer una hiperextensión de la columna vertebral y después fijarla con un corsé de yeso. No era una técnica muy exitosa porque la lesión ya estaba hecha. En Monclova, por no tener los medios adecuados, la hiperextensión la hicimos con los muebles que teníamos a nuestra disposición. En una mesa colocamos los hombros y en otra la pelvis, en posición boca abajo; luego, esperamos un tiempo razonable para la relajación de los músculos y se aplicó el corsé de yeso. Esa maniobra la hicimos por varios meses sin poder corregir, hasta que la lesión se consolidó, permaneciendo la giba. Un día de muchos años después, cuando iba saliendo del consultorio, me abordó un joven con aspecto de niño. Me preguntó mi nombre, se

Adrián, pequeño con Mal de Pott, secuela de tuberculosis, fue tratado dentro de nuestras posibilidades en el Campo San Antonio. Derecha, con su corsé de yeso jugando en el río Monclova, junto a su hermanita. Centro, Adrián adulto, en foto dedicada a mi por su mamá. 92


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identificó como Adrián y me dijo que era contador; platicamos un rato y me enteré de que, a pesar de su discapacidad, había logrado terminar una carrera profesional y llevar una vida normal dentro de sus limitaciones. Recuerdo a Rocío, de dos semanas de edad. Ingresó por diarrea. No había ganado peso y era alimentada con leche ligeramente diluida. Llegó un poco deshidratada y se estabilizó con alimento normal; sin embargo, a las 48 horas presentó un cuadro oclusivo, el ano imperforado, una fístula recto vaginal que disimuló la imperforación por evacuaciones líquidas, gracias a una alimentación inadecuada. El recto hacía prominencia en la piel. Se hizo una pequeña incisión en cruz, se suturó piel con mucosa y a los ocho días se iniciaron dilataciones con un dilatador de Hegar. Se le proporcionó un dilatador de madera bien lubricado para hacerlas en su domicilio, controlándola en consulta externa; la evolución fue satisfactoria. Se presentaron luego dos casos similares más y se trataron de la misma forma con un desarrollo también favorable. Cuando se presentó ese primer ano imperforado, me ayudó mucho un caso que observé, cuando estuve en Palaú haciendo mi servicio social. En esa ocasión, el doctor Óscar Zaits, amigo y compañero de la Escuela de Medicina, me pidió que lo sustituyera 15 días porque iba a contraer matrimonio. Él era médico de las minas de Esperanza, Coahuila, a unos cuantos kilómetros de Palaú. El primer día hicimos un recorrido para conocer a los enfermos encamados que tenía, entre ellos estaba un niño de tres o cuatro meses de edad que había nacido con ano imperforado, y así sin recursos, con una navaja de rasurar, hilo de la cadena y aguja de costurera, practicó con éxito una iliostomía. Ese espíritu de improvisar con falta de re93


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Atendíamos casos diferentes y graves a diario.

cursos, pero con el conocimiento médico necesario, fue el que salvó a ese pequeño. El doctor Zaits me recomendó a todos sus enfermos, pero en particular al bebé operado. Óscar me dejó esas dos semanas a cargo mientras él disfrutaba de su luna de miel. Enfermedades e internamientos

Casos diferentes se nos presentaban a diario, como el de un preescolar al que le habían hecho una radiación maxilar inferior y seguramente le lesionaron la glándula pituitaria, pues tenía un cuadro de diabetes insípida. Lo internamos para aplicarle Pitrecín y tratar de controlarlo para regresarlo a su hogar; sin embargo se quedó con nosotros varios meses, pues no era conveniente darlo de alta porque en su casa era muy difícil el control de la enfermedad. Se dio de alta a solicitud de la mamá. Tuvimos una niña con un síndrome nefrótico. Ya se le había hecho el tratamiento habitual de corticoides, sin obtener ningún resultado. Era un caso de extrema gravedad y pocas posibilidades de salir adelante. 94


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Los niños desnutridos fueron una constante en el Campo San Antonio.

Hicimos muchas consultas telefónicas a nefrólogos amigos en México y Monterrey, e incluso el doctor José Vela, colaborador nuestro, hizo varias consultas a un nefrólogo radicado en Nuevo Laredo. Seguimos un tratamiento que nos recomendó éste último, y abusando de su confianza, hicimos un prolongado seguimiento telefónico, sin obtener resultados positivos. La niña falleció. El mielomeningocele, es una malformación congénita que presenta una tumoración en la parte baja de la espalda; tiene dentro del saco, médula y raíces nerviosas que producen parálisis de los miembros inferiores, de acuerdo al número de nervios afectados. El saco no está cubierto de piel y se rompe con facilidad, produciendo meningitis bacteriana. No pudimos resolver el primer caso de mielomeningocele, con meningitis, que se nos presentó. En los siguientes que atendimos, cubrimos el saco con piel, para evitar la infección bacteriana y así tuvimos éxito en el tratamiento, salvando la vida de los pequeños, aunque quedaron las lesiones nerviosas que tenían de nacimiento. Cuando se presentó el primer caso de sarampión, me angustié 95


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La incubadora donada por el Club de Leones fue de gran utilidad.

por lo contagioso del padecimiento y la dificultad que teníamos para aislarlo, pero después pensé que era mejor que los pequeños lo contrajeran bajo nuestro cuidado, pues teníamos la manera de atenderlos, darles la alimentación adecuada y vigilancia constante para una mejor evolución. En una de las epidemias, llegamos a tener a más de la mitad de los niños con sarampión y todos, por fortuna, salieron adelante. Una terrible enfermedad a la que nos enfrentábamos eran las meningitis tuberculosas por su frecuencia e incurabilidad. La estreptomicina fue una esperanza que se quedó como esperanza, hasta la llegada de otros medicamentos para poder controlarla. La aplicábamos vía intramuscular y vía intracecal; es decir, directamente al canal raquídeo. Se decía que cuando el tratamiento se iniciaba al principio de la enfermedad se veían mejores resultados, pero el problema era que al Campo San Antonio generalmente llegaban con la enfermedad sumamente avanzada y poco se podía hacer. La vacuna BCG, para prevenir la tuberculosis, que se aplica hoy rutinariamente en el Seguro Social desde el nacimiento, y las mejores condiciones de salud de la población, han disminuido notablemente la 96


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incidencia de esta enfermedad. Los prematuros que llegaban, se trataban después con la moderna incubadora que nos había regalado el Club de Leones, y aunque tenían una evolución positiva, siempre se retardaba el alta de los niños por temor a que a su retorno al hogar tuvieran una recaída y reingresaran al hospital en malas condiciones. Así, con casos como los que someramente relato, el tiempo seguía transcurriendo, los meses y los años pasaron en las mismas condiciones, pero las necesidaChonito dijo sentirse “muy jodido” a su redes eran cada vez mayores porque greso del Hospital Civil de Monterrey cada día que pasaba teníamos más pacientes tanto en consulta externa como en el hospital. Las religiosas siguieron siendo un pilar importante del Campo San Antonio, y los señores Pape, Hal y Lou, permanecían como el motor y soporte del hospital, buscando y aportando los recursos necesarios para su operación. Teníamos la ventaja de que no nos preocupábamos por el cupo. En ocasiones, internábamos niños por un tiempo muy prolongado para ayudar al propio enfermo y a sus familiares, de forma tal que el personal tanto religioso como no religioso y yo, terminábamos por encariñarnos con esos pequeños que atendíamos día y noche por largos tiempos en el hospital. Interconsultas en Monterrey

A pesar de nuestros modestos recursos, en varias ocasiones tuvimos interconsultas con el Hospital Civil de Monterrey, cuando los casos eran 97


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de gravedad extrema y no estábamos en condiciones de brindarles una atención adecuada. La señora Pape aceptaba nuestra solicitud al instante, poniendo un taxi a nuestra disposición. Así fue el caso de Chonito; aunque no recuerdo el motivo de la interconsulta, era un niño muy serio de tres o cuatro años, no sabía reír y miraba de reojo. Lo enviamos a Monterrey y a su regreso las religiosas le preguntaron que cómo se sentía y seriamente contestó: “Muy jodido”. Recuerdo que también enviamos a Monterrey a un recién nacido con una cardiopatía congénita, quien lamentablemente murió. Le hicieron un estudio post mortem que lastimó mucho a los familiares. A su regreso, los papás fueron a visitar a las religiosas y el comentario que hicieron refiriéndose a los médicos regiomontanos fue: “Aquellos están peor que éstos (los de Monclova)”. El día a día

En lo personal, yo mantenía mi consulta privada, pero la mayor parte del tiempo lo pasaba en el Campo San Antonio, pues era demasiada la demanda de los pacientitos. Siempre había nuevos ingresos y nunca faltaba algún niño que estuviera más grave que otros y que requiriera atención de tiempo completo en cualquier día de la semana. Bambina y Memo, mis hijos, seguían creciendo, y el 1 de diciembre de 1954 nació nuestro tercer hijo, Juan José, llamado como sus abuelos. Ya para ese entonces habíamos regresado a vivir a la Privada Hinojosa, y dado el crecimiento familiar, habíamos ampliado la casa en ese barrio inolvidable con vecinos fantásticos y un ambiente de camaradería envidiable. Allí pasaron una maravillosa infancia y juventud nuestros tres hijos. Monclova también crecía y en cierta forma se estaba transformando en una ciudad pequeña, pero aún con muchas carencias. El 5 de marzo de ese 1954, apareció la primera edición del periódico El Día, propiedad de don José González Ballesteros, y en mayo, abrió sus puertas el Cine Terraza Río. En 1957, se inauguró el moderno Hotel Chulavista, 98


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En diciembre de 1954 se completó nuestra familia. En la foto de un pasaporte de 1956, María Teresa .-Bambi-, Bambina de 9 años, Memo de 8 y Juan de 2.

en la colonia Guadalupe, y se fundó la Escuela de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (EIME), de la que tantos profesionistas han egresado para formar parte de AHMSA. Al año siguiente, también empezaron las primeras clases en el Insituto Central Coahuila (ICC) y en el Colegio La Salle, para hacer frente a las necesidades educativas de la región. A propósito de Pape, a todo galope

Por extraño que parezca, mi relación con el matrimonio Pape nunca fue de cercanía ni de amistad. De hecho, siempre me he preguntado si realmente tenían amigos. Sin embargo, la labor que hicieron en el Campo San Antonio fue maravillosa, una gran aportación a esa parte de la comunidad que menos recursos económicos tenía. Sin su interés y aportación económica, nunca hubiera sido posible sacar adelante el hospital ni mucho menos construir el nuevo, que se edificaría en un futuro cercano. Los dos eran visitantes frecuentes del Campo San Antonio, ella más que él, pues era quien llevaba la administración y velaba porque siempre hubiera los medios para su buen funcionamiento. Debo agradecerles eso y que me hayan permitido formar parte de ese ideal de brindar asistencia so99


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cial de manera responsable, pero tengo también que agradecer que al mantener cierta distancia, tuve entera libertad para dirigir el hospital de la manera en que consideré más adecuada. Nunca interfirieron en la parte médica, ni conmigo ni con los pacientes. Recuerdo que iban a menudo y visitaban a las religiosas con quienes mantuvieron siempre una relación estrecha. El señor Pape recorría el hospital con frecuencia, a veces solo, o pasaba a saludar a las monjas, e incluso con regularidad llevaba visitantes ajenos a AHMSA y a Monclova para que conocieran de cerca la labor que Harold R. Pape acudió a todo galope en de los niños internados cuando se dese hacía en el Campo San Anto- auxilio sató una torrencial lluvia que inundó la sala nio; supongo que era una forma de internamiento del Campo San Antonio. de hacerse llegar recursos económicos que siempre hacían falta. Debo admitir que todo el tiempo estuvieron presentes, pero para fortuna mía, la parte médica estuvo bajo mi responsabilidad, apuntalado por las enfermeras, las religiosas, el personal de cocina y limpieza, y el doctor José Vela Ramón, quien siempre me apoyaba incondicionalmente; ello, hacía posible que hubiera atención las 24 horas del día. A propósito de la vigilancia e interés que siempre mantuvo el señor Pape sobre el devenir del hospital, recuerdo algo que refleja lo alerta que estaba ante cualquier imprevisto, tal y como lo hacía en la planta siderúrgica, según contaban trabajadores y empleados. Sucedió en la madrugada de un mes de septiembre de 1952 o tal vez de 1953. Era época de lluvias torrenciales en Monclova. A esas 100


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horas de la noche fui llamado por las alarmadas enfermeras religiosas del Campo San Antonio. La razón de su miedo eran las embravecidas aguas del río Monclova que pasaban justo frente al hospital y amenazaban con inundar las salas donde estaban internados los niños. El temor era más que válido, el agua llegaba ya a los escalones del consultorio de consulta externa, ubicado en la esquina más cercana al río. Llegué tan pronto como me fue posible y me sorprendí al ver que el señor Pape ya estaba ahí. Había llegado por cuenta propia, sin que nadie le hubiera avisado. Junto con las religiosas y personal del hospital cargaba a los niños y los trasladaba a un lugar más seguro en el mismo edificio. Apresuradamente, pudimos cambiar de lugar a todos los niños, al igual que lo hicimos con los enseres necesarios para seguir brindando alimento y cuidado médico a los pequeños. Según me enteré después, el señor Pape, quien vivía en la finca de “El Socorro”, cerca del río pero en la margen contraria al hospital, se dio cuenta de la magnitud de la creciente e inmediatamente pensó en los niños del Campo San Antonio. Sin dudarlo, montó a caballo y recorrió en la oscuridad de la noche, poco más de un kilómetro, hasta llegar al puente cercano al hospital, que cruzó a pie. Unas horas más tarde, ese puente fue arrasado por la corriente del río y al señor Pape no le fue posible regresar a su casa. Posiblemente, se quedó a dormir en la llamada casa de visitas de AHMSA, sobre la calle Hinojosa, a unos cientos de metros del Campo San Antonio. La calidad humana y la personalidad del señor Pape se reflejan en estos hechos que ocurrieron en el modesto hospital del Campo San Antonio, en una lluviosa madrugada en Monclova; sin embargo, también hablan de su sencillez, pues solo el escaso personal del hospital y yo fuimos testigos de sus actos. Él jamás se preocupó por difundirlos. Explosión demográfica y pobreza, los enemigos

Por desgracia, el crecimiento de la ciudad había sido muy acelerado. La planta de AHMSA seguía en constante expansión y servía de polo de 101


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atracción para numerosas familias o jóvenes solteros que deseaban trabajar en la nueva industria, que ya llevaba más de diez años en operación. Se habían instalado nuevos equipos y hasta se había construido un segundo alto horno que empezó a funcionar en 1954. La empresa iba en ascenso sostenido. Sin embargo, la explosión demográfica por nacimientos y por inmigración era alta, y las condiciones de la ciudad no eran del todo buenas para recibir a tanta gente; no había suficientes empleos, casas, ni servicios. La gente de más escasos recursos acudía al Esto traía consecuencias en el Campo San Antonio. área de salud y principalmente entre los más pobres, los más asiduos a solicitar los servicios asistenciales, prácticamente gratuitos, que ofrecía el Campo San Antonio. Los señores Pape se daban cuenta del trabajo que se estaba haciendo en el hospital, y con ese espíritu filantrópico que los caracterizaba, sabían que era necesario hacer algo más en el área de salud. En otros rubros, como el educativo, habían iniciado una importante labor que llevarían después a otra escala, con la creación de escuelas de todos los niveles escolares. Siempre brindaron apoyo a los diferentes sectores de la población, ya fuera a título personal o través de AHMSA, pero principalmente a los más desprotegidos y a los trabajadores y sus familias. Así, un día de principios de 1955, el señor Pape me llamó y me dijo que le habían dado un donativo para hacer un nuevo hospital. Me 102


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pidió que me pusiera en contacto con el arquitecto Alfredo Larín, quien estaría a cargo del diseño de la obra, después de explicarme que la idea era construir un hospital con servicios de primer nivel. Un futuro promisorio

Alfredo Larín era un arquitecto joven de la Ciudad de México, miembro de la familia dueña de los famosos chocolates Larín, y por motivos que desconozco, trabajó en un buen número de proyectos para AHMSA y para el señor Pape. Recuerdo entre sus obras el Casino Monclova y el Hotel Chulavista, además del nuevo hospital que estaba en puerta. Para mí, era como un sueño que se haría realidad, pues si bien en el Campo San Antonio, habíamos logrado realizar una buena labor en beneficio de la niñez monclovense y de las poblaciones vecinas, el hecho de poder contar con un hospital con mucho más recursos técnicos y humanos, representaba una oportunidad sin igual y de gran beneficio para la ciudad. En ese tiempo, a casi catorce años de haberse iniciado la construcción de la planta siderúrgica, solo se contaba en Monclova con el Hospital AHMSA y la Clínica Obrera; también, estaba un hospital de Salubridad y una incipiente Cruz Roja, que se había establecido en 1953, con el doctor Carlos Espinoza como director. Sin duda, hacer un nuevo hospital infantil en Monclova, constituía un gran paso en el desarrollo de la ciudad, y para nosotros un reto el diseñarlo y operarlo. Siguiendo las indicaciones del señor Pape, me puse en contacto con el arquitecto Larín para hablar y detallar el proyecto que se tenía en mente, y por las noches, después del trabajo, me reunía con él para explicarle las necesidades de un hospital infantil, con base en lo que ya estábamos viviendo en el Campo San Antonio. Alfredo Larín era una persona muy receptiva y con buenas ideas. De nuestras pláticas fueron surgiendo los planos del anteproyecto que se replanteaba con multitud de detalles, para finalmente un día contar con un proyecto final y definido, que fue aprobado por el señor Pape. En el camino, recurrí a mi maestro el doctor 103


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Doña Nelly Thomae de Steidinger colocando el 13 de junio de 1955 la primera piedra del nuevo Campo San Antonio. Atrás, el señor Harold R. Pape y el doctor Manuel del Villar, entre otros invitados a la ceremonia..

Federico Gómez Santos, quien seguía como director del Hospital Infantil en la Ciudad de México, y en una de sus visitas a Monclova revisó cuidadosamente los planos e hizo atinadas observaciones, pues tenía una gran experiencia en la dirección y administración de centros pediátricos. El 13 de junio de 1955, se puso la primera piedra del nuevo hospital en un terreno de la colonia Progreso, al lado oriente del río Monclova y no muy lejos de donde estaba el Campo San Antonio. Los señores Pape encabezaron la ceremonia, y el cura Rodrigo Marrero dio la bendición. Estuvieron presentes las integrantes del Comité, y fue doña Nelly Thomae de Steidinger, quien colocó la primera piedra simbólica. Recuerdo al doctor Manuel del Villar, a su esposa Yolanda, a Axel Munch, a doña Julia Cantú de Gil, a doña Amadita De la Fuente, al Capitán Yarza, al señor Alfonso Felán, y a doña María Teresa González de Flores, entre otros asistentes a la trascendental ceremonia. 104


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Yo, pronunciando el discurso alusivo a la colocación de la primera piedra.

Bendición del cura Rodrigo Marrero. A la izquierda las señoras Lou Pape y Julia Cantú. 105


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Vista aérea del Campo San Antonio “viejo” surgido de las ruinas de la fabrica de hilados y tejidos “Buena Fe”.

La nostalgia del Campo San Antonio “Viejo”

A la distancia es difícil hacer un balance de esos seis años de existencia del Campo San Antonio “Viejo”, como yo acostumbro llamarlo. Tan solo pensar que viví esa experiencia hace ya más de 60 años, me pone nostálgico, pero muy orgulloso y satisfecho del esfuerzo que hicimos unos pocos en favor de muchos niños y padres de familia. Me pregunto: ¿qué hubiera pasado en el Monclova de los años 50 del siglo XX, si no hubiera existido el Campo San Antonio? ¿Qué habría sido de aquellos pequeños que atendimos en instalaciones modestas surgidas de las cenizas de una fábrica en ruinas? ¿Cuántos de ellos hubieran sobrevivido a la desnutrición, a la deshidratación o a las enfermedades graves que los aquejaban? Fueron cientos, tal vez miles, los niños que pasaron meses internados en el Campo San Antonio hasta que pudieron regresar a sus casas con una mejor salud, pero también hubo muchos pequeños que llegaron 106


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al hospital en profundo estado de gravedad, pequeños que atendimos al límite de nuestras facultades. Muchos llegaron al borde de la muerte por la gravedad de sus padecimientos y murieron en las primeras horas o días de su ingreso, pero también hubo milagros, muchas veces inexplicables desde el punto de vista médico, en que niños agonizantes llegaban a la consulta, los hospitalizábamos de inmediato y salían adelante con los cuidados médicos y la asistencia que pudimos proporcionarles.

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Deshidratación, bronquitis, neumonía, sarampión, difteria, Mal de Pott, ano imperforado, meningoceles, meningitis bacteriana, tuberculosis, nefrosis, bebés prematuros, y hasta niños abandonados, fueron algunos de los padecimientos y casos más comunes que atendimos día a día durante esos seis años. Recuerdo a cientos de madres acongojadas, para las cuales no tengo más que un profundo agradecimiento por la confianza de haber dejado en nuestras manos a sus seres más queridos; llevo en mi corazón a todos los niños que conocí esos hermosos años, también a los que están en el paraíso disfrutando del árbol nodriza. Mi reconocimiento a la señora Lou Pape por su entrega a esa hermosa obra. Al señor Harold R. Pape por el apoyo incondicional que nos prodigó. Mi reconocimiento al personal religioso por su entrega, al doctor José Vela Ramón, a Trini y Gertrudis por los años que nos dieron, y a todas las Trinis y Gertrudis que pasaron con nosotros esos seis inolvidables años.

Federico, un niño que salió adelante. 108


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Tercera Parte El nuevo Campo San Antonio Avance y retroceso

El nuevo hospital

La construcción del nuevo Campo San Antonio se llevó cerca de 16 meses y durante ese tiempo, al igual que en la planeación y diseño, participé en la supervisión para que lo que se había plasmado en aquellos planos del arquitecto Alfredo Larín, cobrara vida. Al final, se logró el objetivo, tener un edificio nuevo, moderno y funcional totalmente equipado. El 12 de octubre de 1956, a las 12 horas, se inauguró el Hospital Infantil Campo San Antonio y se cerró el ciclo de seis años en que miles de niños pasaron por nuestra sala del Campo San Antonio “Viejo”. Además de los señores Pape, encabezó la ceremonia don Neftalí Dávila, secretario de gobierno, en representación del gobernador de Coahuila, Román Cepeda. Por supuesto, también estuvieron presentes las integrantes del comité presidido por Lou Pape y personalidades de Monclova, como don Teódulo Flores Calderón, entonces presidente municipal; el doctor Manuel del Villar, director del Hospital AHMSA; Miguel Án109


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gel Solís, quien fungió como maestro de ceremonias; Alfonso Felán, gerente del Banco de Londres y México, y muchos otros colaboradores del señor Pape en Altos Hornos. El cura Rodrigo Marrero bendijo las instalaciones hospitalarias. El nuevo hospital contaba con más de 50 camas; tenía una sala general, dos privadas y una de prematuros, tres incubadoras, quirófano, rayos x, consultorios, y un cuarto para contagiosos, entre otras instalaciones. Años más tarde, se le agregaría una segunda sala general, que fue inaugurada el 8 de septiembre de 1962. Las religiosas siguieron a cargo de enfermería y dietología. Pasamos por un proceso de adaptación al dejar aquella vieja construcción de adobe del Campo San Antonio “Viejo” y trabajar en un edificio moderno construido ex profeso como hospital infantil. Iniciamos prácticamente con el mismo 110

Discurso inaugural de la señora Lou Pape.

Mi prticipación en la inauguración.

La señora Pape corta el simbólico listón.

Bendición a cargo del cura Rodrigo Marrero.


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Lic. Neftalí Dávila, representante del gobernador.

Señor Teódulo Flores, presidente municipal.

Lou y Harold Pape.

María Teresa y yo, en la inauguración.

personal y al principio continué como único pediatra apoyado por el doctor José Vela, atendiendo tanto la consulta externa como a los pequeños hospitalizados. El número de religiosas y el personal de enfermería se incrementó. Mantuvimos como objetivo primordial atender a pequeños desde recién nacidos hasta los cinco años, con las excepciones normales por los casos especiales o la gravedad de pequeños de mayor edad. Con el paso de los años ingresaron nuevos pediatras, como los doctores Alfonso Zabaleta Margain, Carlos Silva y José Luis González Chapoy, entre los que recuerdo. Así, en ese moderno y funcional hospital se continuó la labor que habíamos iniciado aquel primero de septiembre de 1950, atendiendo a niños de escasos recursos de la región, más que nada a los afectados de desnutrición. Me mantuve como director al frente del ya llamado Hospital Infantil 111


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Publicación del periódico El Día, el 13 de octubre de 1956.

Campo San Antonio; sin embargo, como director y fundador médico, pronto me sentí acotado por ciertas limitaciones impuestas por el aparato administrativo que se constituyó, y que rendía cuentas al Patronato que vigilaba la buena marcha de la institución desde el punto de vista económico. En lugar de las cuotas simbólicas de recuperación que se cobraban, que casi nunca se hacían efectivas, se empezaron a hacer cuentas prácticamente al nivel de un hospital particular. Generalmente los padres de los niños no tenían recursos para liquidar esas onerosas cuentas y habitualmente al fin de año, por la época navideña, se les condonaban las deudas. Pero esa actitud hacía que si queríamos volver internar a un niño que había sido dado de alta con una deuda por pagar, los padres se negaran a aceptar el internamiento porque “debían mucho al Campo San Antonio” y sentían la presión de un compromiso por cumplir. En muchos de los casos, mejor desaparecían y cambiaban de domicilio por temor a que se exigiera el pago. Yo propuse en repetidas ocasiones que se realizaran estudios socioeconómicos a las familias y se cobrara de acuerdo 112


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a las posibilidades de cada quien. Nunca hicieron caso a mis sugerencias. Pareciera que el destello de la modernidad había transformado el espíritu humilde del antiguo Campo San Antonio y empezaron a ocurrir intromisiones cruzadas entre la parte médica y la parte administrativa, y aún con la parte extra administrativa, es decir, la parte benefactora que aportaba los recursos económicos y era representada por la figura de un Patronato presidido por la señora Pape. A pesar de los obstáculos, pudimos seguir atendiendo por años a miles de niños de escasos recursos con padecimientos graves o con diversos grados de desnutrición, como doy cuenta más adelante, al referirme al Congreso Nacional de Pediatría en que participé en 1962. Las Damas Voluntarias

Grupo de Damas Voluntarias en la Sala General del Campo San Antonio. María Teresa y mi suegra -Doña Trini- al centro. También Dorita Páez y Peggy de Snydelaar, entre otras. 113


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Doña Anita Munguía (izquierda), esposa del doctor Federico Gómez, y presidenta de las Voluntarias del Hospital Infantil de la Ciudad de México, viajaron a Monclova para capacitar a las voluntarias del Campo San Antonio. María Teresa, mi esposa, era la presidenta.

Siguiendo el esquema de trabajo que se tenía en el Hospital Infantil de la Ciudad de México, un grupo de señoras integrantes del Comité Femenil se agruparon para ayudar a nuestro escaso personal en la atención de los pequeños. Los bañaban, les cambiaban los pañales e involucraban a las mamás de los internados en el cuidado de los niños. Se organizó el grupo de Damas Voluntarias y mi esposa María Teresa fue nombrada presidenta del mismo. Como apoyo para el grupo, la señora Anita Munguía, esposa del doctor Federico Gómez Santos, quien seguía siendo Director del Hospital Infantil en la capital, viajó a Monclova con varias de las señoras que conformaban el grupo de Damas Voluntarias en la Ciudad de México, para orientar a las monclovenses sobre las actividades que enfrentarían en el hospital. Estuvieron varios días en Monclova e improvisaron un salón de clases en el patio del hospital, contando con una nutrida asistencia. Recuerdo que una mañana, una señorita de México daba una plática so114


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bre niños quemados, cuando de pronto fue interrumpida por sollozos y luego por un llanto; sorprendida, suspendió la plática cuando la señora en llanto entró en crisis nerviosa, pues hacía pocos meses una de sus hijitas había fallecido por quemaduras, al explotar un tanque de gas. La señorita de México se mortificó mucho, pero después pudieron continuar con esa y el resto de las pláticas que traían preparadas, disertaciones que fueron de gran provecho para las Damas Voluntarias de Monclova. Toda mi vida agradecí a la señora Anita Munguía de Gómez Santos, el gesto de Bambina, mi hija, dando “consejos de salud” al dochaber venido a apoyarnos. tor Federico Gómez, en una de las visitas frecuentes Siempre mantuve contacto que hiciera a nuestra casa. con ella y su esposo por medio de los viajes que hacía a la Ciudad de México. A su vez, ellos pasaban por Monclova al menos un par de veces al año, pues como ya mencioné, el doctor Federico Gómez era originario de Zaragoza, Coahuila. Venían a comer a mi casa y el doctor siempre estuvo atento a la labor que realizábamos en el Campo San Antonio, sus consejos y sugerencias fueron siempre bien recibidos. Recuerdo que en una de esas tantas visitas, después de la comida salimos al patio de la casa, donde había un buen número de árboles de mora. El doctor se agachó a recoger una y cuando se la iba a comer, mi hija Bambina, de unos ocho o nueve años, 115


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le dijo que no comiera moras porque le podía dar tifoidea. Aún conservo una foto de ese día y recuerdo que al doctor, una eminencia médica, le causó mucha gracia el que una niña le diera consejos de salud, pero es que estaba bien aleccionada por nosotros, porque teníamos prohibido a nuestros hijos recoger moras del suelo y comérselas, para evitar enfermedades. El congreso Nacional de Pediatría

Dada la gran cantidad de casos atendidos en el Campo San Antonio, en 1962, el doctor Lázaro Benavides, otro de mis grandes maestros y a quien aprecio particularmente, me invitó a participar en el IX Congreso Nacional de Pediatría, que organizaba la Sociedad Mexicana de Pediatría, siendo el propio doctor Benavides presidente del comité organizador. Originario de Piedras Negras, Participé en el Congreso Nacional de Pediatría de 1962. Coahuila, el doctor Benavides estudió en la Escuela Médico Militar e hizo un posgrado en Pediatría en el Hospital de Chicago en 1944, y una maestría de Salud Pública en la Universidad de Nueva Orleáns, en 1957. Fue subdirector del Hospital Infantil de la Ciudad de México durante 25 años y jefe de Servicios Contagiosos del mismo. Fue coordinador general de Planeación y Organización Médica, y primer director del Instituto Nacional de Pediatría, y ha sido objeto de otras muchas distinciones. Como mencioné, el doctor Lázaro Benavides fue un gran maestro y guía en mi carrera médica, y además hicimos una gran amistad que 116


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Carta de agradecimiento por mi participación en el Congreso Nacional de Pediatría.

mantenemos hasta hoy en día, con un contacto telefónico periódico, él a sus 100 años de edad, en la capital, y yo desde Monclova. Por eso, fue muy satisfactorio que en 1962, siendo el presidente del Comité Organizador del IX Congreso Nacional de Pediatría, me invitara a presentar un trabajo sobre desnutrición, con base en nuestras experiencias en el Campo San Antonio. El trabajo se incluyó dentro de la sesión dedicada a la nutrición y consistió en tres presentaciones. La primera fue desarrollada por el doctor Rafael Ramos Galván, jefe de Nutrición del Hospital Infantil de la Ciudad de México. La segunda, estuvo a cargo del director del INCAP (Instituto de la Nutrición de Centroamérica y Panamérica), con sede en 117


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Guatemala, y la tercera fue la que yo presenté junto con el doctor Alfonso Zabaleta, distinción que siempre le he agradecido al doctor Benavides. Antes de ahondar sobre mi participación en el Congreso, debo agradecer también al doctor Ramos Galván, otro de mis grandes maestros de Pediatría, por el tiempo que destinó para auxiliarme en el trabajo que debía presentar. Me enseñó una serie de operaciones matemáticas para sacar promedios, desviación Presentamos 432 casos de niños marasmáticos en el estándar, comparación de Congreso Nacional de Pediatría. estudios hematológicos y de proteínas; pero, sobre todo, aprecio sus enseñanzas en el tratamiento de los niños desnutridos. Las conferencias tuvieron lugar en la Ciudad de México, del 30 de abril al 4 de mayo de 1962, en la Unidad de Congresos del Centro Médico Nacional, del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS). En la presentación, me acompañó el doctor Alfonso Zabaleta Margain, pediatra que colaboraba en el Campo San Antonio; el trabajo tenía el largo título de “Estudio de algunas caracterizaciones nutriológicas y de la evolución de un grupo de lactantes desnutridos hospitalizados en el Campo San Antonio”. Escribiendo este texto a la distancia de más de 50 años, valoro aún más el significado del Campo San Antonio para los habitantes más pobres de Monclova y la región. Para el trabajo que se presentó, revisa118


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mos 3,655 expedientes que solamente comprendían el periodo del 29 de marzo de 1958 al 19 de septiembre de 1961, es decir poco más de tres años y medio. Se encontraron 532 ingresos de niños menores de dos años, por desnutrición de segundo y tercer grado; 432 eran marasmáticos y 100 Kwashiorkor, y constituyeron el 14.5 por ciento del total. Hubo 1,379 ingresos (37.7 por ciento) por otros padecimientos, incluyendo entre éstos a 12 niños desnutridos mayores de dos años que no Estudiamos 100 niños tipo Kwashiorkor entre marzo de 1958 y septiembre de 1961. se consideraron, y 1,744 niños que asistieron únicamente a consulta externa, que representaban el 47.7 por ciento de los expedientes examinados. La mayoría de los niños que habían ingresado por desnutrición se presentaron con cuadros de desequilibrio hidroelectrolítico por síndrome de diarrea y vómitos, o por padecimientos respiratorios. Presentamos el tratamiento que se les había dado a cada tipo, pues ya en ese tiempo lo teníamos perfectamente establecido. Primero, restituíamos líquidos por vía parenteral, siempre venoclisis; se administraban antibióticos y después de dieta hídrica de 8 a 10 horas, se realimentaban con leche semidescremada, iniciándola con 20 a 30 calorías por kilo de peso, y aumentándola progresivamente hasta llegar a las 120200 calorías por kilo de peso en los primeros 10 días de su ingreso. A las tres o cuatro semanas se cambiaba a leche íntegra en polvo por otras tres o cuatro semanas, para pasar finalmente a leche de vaca. A los niños ma119


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yores de 5 meses, a los diez días más o menos, se les empezaba a dar jugo de carne, carne molida, yema de huevo, frijol molido, y fruta; mientras que a los menores de 5 meses se les daba únicamente leche descremada hasta que alcanzaban esa edad. Esa era solo la parte de nutrición, pero llevábamos controles de laboratorio, de proteínas en sangre y de peso, entre otros factores, para mantener una estrecha vigilancia de la evolución caso por caso. Debo decir que para esos años, el Campo San Antonio tenía personal capacitado que permitió que tuviéramos mucho éxito en sacar adelante a esos pequeños, pero por desgracia hubo también muchas ocasiones en que fue imposible salvar a niños que ingresaban, como ya lo he mencionado en repetidas ocasiones en este texto, en condiciones de desnutrición y gravedad extremas, muchas veces acentuadas con otras complicaciones. Sin embargo, a pesar de contar con menos recursos, en comparación con la Ciudad de México, nuestros casos de éxito y las tasas de curación eran similares a las de la capital. Me queda la satisfacción de que siempre hicimos hasta lo imposible por salvar a los niños que llegaban solicitando nuestra ayuda; ello, desde que empecé solo apoyado por una enfermera, hasta que lo hice como parte de un gran equipo de trabajo muy profesional que se logró conformar en el Campo San Antonio. Mi reconocimiento para todos ellos. “Los prietitos en el arroz”

No todo fue miel sobre hojuelas en el nuevo Campo San Antonio, y no me refiero a la parte médica, pues como he señalado, siento una enorme satisfacción por haber participado activamente en el hospital aun sin percepción alguna durante todo el tiempo que estuve alfrente del mismo, sino a algunos acontecimientos fuera del ámbito médico que obstaculizaron en su momento mi trabajo como director y pediatra. Destacan algunos sucesos que originaron roces desagradables, pues atentaban contra la salud de los indefensos pacientes e iban en contra de la ética médica. Recuerdo uno en particular, representativo de la 120


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manera de “administrar” el nuevo hospital. Estando en el consultorio del Campo San Antonio, llegó apresuradamente y con gran urgencia el doctor Rolando García, recién recibido, del que yo sabía que era hijo de don Amador, distinguido comerciante de la localidad. Traía un niño, un lactante menor, gravemente enfermo de difteria laríngea, un padecimiento peligroso que había que atender de inmediato. La dificultad para respirar era extrema, así que le practiqué de urgencia una traqueotomía, después de la cual lo estabilizamos y lo internamos, ubicándolo en el cuarto que para enfermos contagiosos teníamos en el hospital. El pronóstico no era alentador, pues las toxinas que genera la difteria pueden ser letales y más cuando se trata de un paciente que se hospitaliza con la enfermedad en un estado avanzado. Tengo muy presente el caso de ese niño, porque tuve que luchar no solo con la enfermedad sino además con el pánico causado entre parte del personal del hospital, en particular de las religiosas, quienes al conocer el diagnóstico olvidaron su vocación de servicio y por insólito que parezca, se negaron a atender al niño y jamás entraron a la habitación del enfermo por el temor infundado de contagio. A tal grado llegó su miedo que cuando solicité un suero, solo abrí la puerta del cuarto y materialmente me aventaron el frasco con la solución. Por fortuna, sí conté con el apoyo de varias enfermeras que me asistieron en la atención del pequeño, quien sobrevivió escasas 72 horas, pues como dije, dada la extrema gravedad a su ingreso, el pronóstico no era favorable. El pavor de las religiosas, trascendió las paredes del hospital y llegó a oídos del Patronato, que me cuestionó de inmediato sobre cuándo daría de alta al niño. Mi respuesta fue clara: “Cuándo se alivie o muera”. Logré mantener internado al niño, hasta que lamentablemente, como dije, murió. Al día siguiente, le presenté por escrito mi renuncia a la señora Pape, al tiempo que envié copias de la misma a diferentes personas, pues temía que revirtieran mi decisión y tomaran como pretexto el caso, para despedirme como una decisión del propio Patronato. El ardid funcionó y la renuncia no fue aceptada, pero propició una urgente reunión con varios de los integrantes del Patronato. El resultado de la junta que 121


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sostuvimos, fue la promesa, de nuevo, de que en el futuro tendría entera libertad para tomar las decisiones médicas del hospital. Días después, un fin de semana, fui a Saltillo a visitar a mis padres y aproveché la ocasión para informar de los hechos, inocentemente, al obispo de la Diócesis de Saltillo, Luis Guízar Barragán. Solicité audiencia y me recibió de inmediato, pero cuando le narré la forma de actuar de las religiosas con el niño enfermo de difteria, simplemente se sorprendió, reflejándose el escepticismo en su rostro. Ante esa reacción, simplemente le agradecí el haberme recibido y me retiré. Fue la última vez que traté con un obispo y nunca me enteré si alguna vez habló del asunto con las religiosas. La libertad de acción como director fue siempre el asunto más difícil en el nuevo Campo San Antonio, debido a las constantes intromisiones de la parte administrativa o del Patronato. Las fricciones fueron muchas, tanto así, que un día, ya después de varios años de operación del nuevo hospital, el señor Pape nos invitó a María Teresa y a mí a cenar al Hotel Chulavista. El propósito de Pape era claro y creo que lo planteó de manera honesta, quería limar asperezas y sobre todo que el hospital continuara funcionando de la mejor manera posible. Intercambiamos opiniones de manera cordial y quedamos en seguir trabajando en bien del hospital, pero por desgracia, continuaron los roces constantes con la administración y el Patronato. Debo decir que mi trato con la señora Pape era distante y muy poco frecuente, pues a pesar de que ella asistía al hospital prácticamente todos los días, rara vez coincidíamos y nuestra relación se daba generalmente a través de sus secretarias y asistentes. Mi retiro del Campo San Antonio

Monclova llegaba ya a cerca de sesenta mil habitantes, cuando el jueves 22 de noviembre de 1962, a las 10:30 de la mañana, se inauguró la Clínica-Hospital No. 7 del IMSS, en ceremonia encabezada por el entonces Presidente de la República, licenciado Adolfo López Mateos, acompañado por el licenciado Benito Coquet, director general del Seguro Social y el general Raúl Madero, gobernador de Coahuila, entre otras persona122


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Inauguración de la Clínica-Hospital No. 7 del IMSS en Monclova por el Presidente de la República, licenciado Adolfo López Mateos, el 22 de noviembre de 1962. Yo ingresé como Jefe de Pediatría.

lidades. El hospital ofrecía atención médica para una buena parte de la población, que en su mayoría comprendía a los trabajadores de AHMSA y sus familias. El arribo del IMSS significó para Monclova un mejor nivel de equipamiento hospitalario, como jamás se había tenido en la ciudad. Me convertí en uno los médicos pioneros de la seguridad social en la ciudad, al ingresar al IMSS como jefe del servicio de Pediatría; de hecho era el único pediatra en sus inicios. Al mismo tiempo, continuaba como director del Campo San Antonio y seguía atendiendo pacientes en la medicina privada. Tuve la fortuna de que se me permitió asistir, dentro del horario del Seguro Social, un par de horas al Campo San Antonio. Sin embargo, tener tres trabajos de forma simultánea no era un ritmo fácil de sostener. Al cabo de un tiempo, un hecho poco agradable hizo que me retirara definitiva y voluntariamente del Campo San Antonio. Un día 123


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de 1964, no recuerdo la fecha exacta, recibí un mensaje del señor Pape a través del doctor Alfonso Fernández, en ese entonces Director del IMSS en Monclova, y por consiguiente mi jefe inmediato. Se me informó que dejaba de ser director del Hospital Infantil Campo San Antonio y que me nombraban asesor del mismo, designando al doctor Alfonso Zabaleta en mi lugar. La verdad es que aún hoy a la distancia, no sé cómo interpretar el hecho de que el señor Pape utilizara a un tercero para “ascenderme” a asesor. Pudo ser para evitar un enfrentamiento, por decencia de su parte o por sentirse forzado a tomar una decisión y “tener paz en su casa” como me lo confesó más tarde. Considero que fue un hecho fuera de lo común, porque Pape, con el poder que tenía, estaba acostumbrado a tener el mando y tomar decisiones de frente y sin miramientos. Pudo ser también porque por cierta decencia de su parte no haya querido decírmelo frente a frente y haya optado por hacerlo a través de un amigo mío. En fin, son conjeturas de mi parte, pero estoy seguro que las presiones en casa lo orillaron a tomar una decisión de la que tal vez no estaba muy convencido. Me pareció inaceptable la forma de haberme destituido de la dirección del hospital y consideré que el nombramiento de “asesor”, era una forma “amable” de hacerme a un lado de una obra que habíamos construido juntos los Pape y yo. Así, indignado por el despojo de que había sido objeto, solicité una cita con el señor Pape. Me recibió en su oficina de AHMSA y recuerdo que después de platicar unos momentos, el señor Pape pronunció la frase clave que lo hizo tomar la decisión de retirarme de la dirección del hospital y que entendí con claridad. Me dijo: “Doctor, quiero paz en mi casa”, refiriéndose a los reiterados comentarios negativos hacia mi persona por parte de su esposa. Era el reflejo de una decisión no tan salomónica de un marido, para evitar problemas en casa. Después de esa reunión con Pape, decidí retirarme por completo del hospital al que nunca regresé. Siento aún que tal vez fue una decisión precipitada, aunque saludable. Me afectó profundamente porque el Campo San Antonio había surgido como una iniciativa mía, hecha realidad gracias a los recursos económicos inyectados por el Comité ProAsuntos Sociales, que luego se convirtió en Patronato. Consideraba, tal 124


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En total permanecí 14 años como director del Campo San Antonio, desde su nacimiento en 1950 hasta su consolidación. En la foto, la sala general del nuevo hospital.

vez en una actitud un tanto ilusa de mi parte, que el Campo San Antonio era tan mío como de los señores Pape. Pero dadas las circunstancias, me retiré por voluntad propia, pues era desgastante luchar contra las enfermedades y lidiar al mismo tiempo con personas carentes de calidad moral que transtornaban el hospital, y más importante aún, afectaban la salud de los pacientes y a sus familias. En total, permanecí 14 años como director del Hospital Infantil Campo San Antonio, desde su nacimiento hasta su consolidación, sin recibir percepción alguna durante la mayor parte de ese tiempo; tan solo en los últimos dos años percibí una simbólica gratificación. En ese lapso fui testigo de cómo la salud de la población con menores recursos empezaba a mostrar signos de mejoría, al desterrarse en gran medida aquellos severos y dramáticos casos de desnutrición y enfermedades infecciosas graves. Después de mi retiro del Campo San Antonio, no volví a tener contacto alguno con los señores Pape, hasta un breve encuentro social a mediados de 1974, es decir, cerca de nueve años después. Sucedió poco tiempo antes de la muerte del señor Pape, quien estaba ya enfermo cuando platiqué con él en ese evento organizado por AHMSA para la esposa del Presidente de la República, doña Esther Zuno de Echeverría, en el Hotel Chulavista. Yo acudí invitado como funcionario del IMSS. 125


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En ese tiempo, Pape ya había salido de AHMSA y su influencia había disminuido significativamente. Estaba sentado junto al doctor Manuel del Villar, cuando los esposos Pape entraron al salón sin tener un lugar asignado como invitados. El doctor Del Villar se levantó y por cortesía me preguntó si no me importaba que Pape y su esposa se sentaban con nosotros; entonces, se dirigió a la entrada del salón para invitar a los Pape a que nos acompañaran, sin duda un gesto amistoso de parte del doctor, pues como dije, la influencia de Pape estaba mermada y nadie más tuvo la cortesía de recibirlo. En esa ocasión, el señor Pape me platicó, con mucha naturalidad y en presencia de su médico de cabecera, el propio doctor Del Villar, sobre el tratamiento que se le estaba dando. Con la señora Pape, prácticamente no cruce palabra, fueron simples saludos de cortesía. Recuerdo un hecho menor pero que se me quedó grabado en la memoria: el postre fue cajeta de membrillo y me sorprendió que el señor Pape comentara que nunca la había probado ni conocido su existencia, en los más de treinta años que vivió en Monclova. Semanas después, compré en Saltillo unas cajetas de ese dulce regional y se las envié a su casa con mi hijo Juan, quien me dijo, fueron recibidas por la señora Pape. Después de esa comida en el Hotel Chulavista no volví a ver a los Pape, tan solo hablé por teléfono con él un par de veces para preguntarle sobre su estado de salud. El señor Pape falleció al año siguiente de esa comida, el 12 de septiembre de 1975. A pesar del distanciamiento en la relación, siempre fui el médico pediatra de sus hijos, nietos y hasta bisnietos. El Campo San Antonio siguió en operación con el doctor Alfonso Zabaleta como director y al cumplir alrededor de 29 años funcionando en sus dos sedes, cerró sus puertas en 1979; en su edificio se instaló después un asilo de ancianos. La versión oficial fue que la Fundación Pape consideraba que con los servicios de salud existentes en Monclova y la región, ya no se justificaba la existencia de un hospital infantil con esas características y que orientarían sus esfuerzos de apoyo comunitario, en otras direcciones, pues ya para entonces y desde 1977, estaba funcionando el Museo Biblioteca Pape, un espacio cultural único en Coahuila. 126


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Pero hasta la fecha desconozco la verdadera razón por la que se decidió cerrarlo. En alguna ocasión, en una reunión de carácter social, le pregunté a Jenaro Martínez, muy allegado a Pape, y con quien tenía bastante confianza, pues lo conocía desde mi llegada a Monclova, el por qué habían tomado la decisión de cerrar el Campo San Antonio y me dijo: “Memo, lo siento mucho pero la verdad es que no puedo decirte porqué se cerró”. Visitantes distinguidos

El doctor Federico Gómez Santos, se convirtió en visitante frecuente del Campo San Antonio, así como algunos de mis maestros del Hospital Infantil de la Ciudad de México, con quienes mantuve contacto frecuente. Durante el tiempo que estuve al frente del Campo, en particular del nuevo, recibimos muchas visitas de personalidades tanto mexicanas como extranjeras. El hospital se convirtió en el escaparate de la labor social que realizaba el matrimonio Pape; ese trabajo se consolidaría después, en 1971, con la creación de la Asociación Civil Campo San Antonio Fundación Pape, que hasta la fecha apoya a la comunidad. Construyó los parques Xochipilli I y II, entre otras muchas acciones, emprendidas en beneficio de Monclova y la región.

El doctor Federico Gómez, su esposa Anita Munguía, Meche Munch, María Pérez, Peggy Snydelar, Bettina Epifania y yo, entre otros, en una visita del doctor a Monclova. 127


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El señor Harold R. Pape da la bienvenida a la señora Eva Sámano de López Mateos en su visita al Campo San Antonio. Aparece también el licenciado Tomás Bay, Director General de AHMSA. Al centro, de bata blanca, yo.

Los Pape acostumbraban llevar a Monclova a gente importante en el ámbito político, empresarial, social e incluso artístico. Recibimos a la señora Eva Sámano de López Mateos, entonces esposa del Presidente de la República, que quedó gratamente sorprendida por el nivel del hospital y por nuestra labor. Ella se había interesado particularmente en la asistencia a los niños y tuvo la iniciativa de crear el Instituto Nacional de Protección a la Infancia (INPI). Llegó acompañada del doctor Norberto Treviño Zapata, un prestigiado médico muy allegado a ella y al Presidente, seguramente un asesor importante en el área de salud para el primer mandatario, y quien también se mostró un tanto sorprendido de que en una pequeña ciudad como Monclova se contara con un hospital privado de ese nivel, dedicado exclusivamente a la atención de niños de hasta cinco años. Les ofrecimos un amplio y detallado recorrido por el hospital; dieron muestras de interés conforme visitaban las salas y escuchaban sobre los casos de los niños que en esos momentos teníamos internados. Ambos, tanto la esposa del Presidente como el doctor Treviño Zapata, se mostraron amables y sencillos en su trato. 128


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Tal vez la visita más comentada y recordada fue la de María Félix, en marzo de 1960; en ese tiempo, ella estaba casada con el banquero francés de origen rumano Alexander Berger, quien estaba de visita en Monclova por cuestión de negocios. Llegó vestida en un elegante y ajustado traje blanco, zapatos del mismo color, cinto en su diminuta cintura, un collar de perlas y una mascada al cuello, y el pelo suelto perfectamente peinado. La visita causó revuelo en el Campo San Antonio y en los modestos barrios que colindaban con el hospital. Encontré una María Félix muy accesible y receptiva. Me correspondió guiarla y mostrarle las diferentes áreas del hospital, así como explicarle el trabajo que realizá-

María Félix en su visita. Me acompañan el doctor Alfonso Zabaleta y mi hermano Pepe. 129


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La señora Eva Sámano de López Mateos llegó acompañada del doctor Norberto Treviño Zapata. A la derecha, explicándole en funcionamiento del hospital infantil.

María Félix en la sala general del hospital acompañada por la señora Pape y mi esposa. 130


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bamos, los servicios que se ofrecían y hablarle sobre los niños de Monclova y de la región. Sin embargo, la anfitriona de la visita, fue la señora Pape. Según dicen, María Félix provocó también gran alboroto entre los obreros de Altos Hornos, pues ese día visitó algunos departamentos de la planta. También hubo una cena privada en El Socorro, residencia de los Pape, con algunos de los allegados a la familia. Otro de los visitantes impor- El licenciado Benito Coquet (derecha), Director General del IMSS, durante la tantes fue sin duda el director gene- inauguración de la clínica hospital de ral del IMSS, en el sexenio de Adolfo Monclova. Acompaña al presidente López Mateos, el licenciado Benito López Mateos y al general Raúl Madero, gobernador del Estado. Coquet también Coquet, quien llegó acompañado del visito el Campo San Antonio. señor Pape. Acostumbrado a las grandes obras del Seguro Social, Coquet también mostró su asombro al conocer

Bambina, Memo, María Teresa y Juan, mis visitantes más distinguidos al Campo San Antonio. 131


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la existencia de un hospital infantil de ese nivel de atención en Monclova. Sin poder precisarlo porque la memoria traiciona, es muy probable que la visita la haya realizado durante la gira que hizo para inaugurar la Clínica-Hospital No. 7 de Monclova, o posiblemente en otra ocasión, ya que estuvo varias veces en la ciudad con motivo de la construcción de las instalaciones del IMSS. El Seguro Social

Tres meses estuve a cargo de la jefatura de Pediatría en el IMSS como único médico. Después, ya en 1963, el doctor Alfonso Fernández, director de la clínica-hospital, con quien siempre mantuve una excelente amistad y relación profesional, me invitó a ocupar la subdirección, cargo que ocupé hasta 1969. Incluso, estuve uno o dos meses simultáneamente en Pediatría y en la Subdirección, porque el doctor Raúl Chapa, mi reemplazo en Pediatría, no había llegado a Monclova. En ese tiempo, el doctor Rogelio Montemayor Galindo era el delegado estatal en Coahuila y el doctor Manuel Elizondo Cárdenas, el jefe de los Servicios Médicos del IMSS, ambos eran mayores que yo, pero los conocía desde hacía años. En el inicio del Seguro Social en Monclova, prácticamente había un médico por servicio. Yo estaba solo en Pediatría, Ulises Dávila en Cirugía, Carlos Espinoza en Ginecología, Eleazar Calderón en Traumatología, y Ovidio Gutiérrez Boone en Medicina del Trabajo. También recuerdo a los odontólogos, Chale Valdés y Luis Garza de la Fuente. Con el paso de los años y las necesidades propias del incremento de derechohabientes, aumentó también el número de especialistas y de médicos familiares. Mi paso por el Seguro Social marcó otra etapa en mi carrera y significó un gran aprendizaje en una nueva especialidad, la administración de hospitales. Llegué a una clínica-hospital totalmente nueva y con todos los servicios. Era el tiempo en que el IMSS estaba en plena expansión hospitalaria y se construían unidades por toda la República. El hospital tenía cinco pisos, además de planta baja y sótano, donde se ubicaba el 132


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El IMSS de Monclova. Cinco pisos, planta baja y sótano con todos los servicios y especialidades representó un adelanto para mejorar la salud de los monclovenses. Tuve la oportunidad de fungir como Jefe de Pediatría, Subdirector y Director.

servicio de urgencias, la lavandería, la cocina y el comedor para el personal. En la planta baja solo había oficinas administrativas, laboratorio, sala de rayos x, y consulta externa de médicos, familiares y especialistas de las diferentes ramas como Oftalmología, Cardiología, Neumología, Traumatología, Otorrinolaringología, Ginecología, Cirugía, Pediatría, Radiología, y Odontología. La plantilla laboral rondaba los 30 médicos. Todo el edificio tenía pisos y paredes de mármol, clima artificial, buena iluminación con lámparas fluorescentes y amplios espacios en oficinas con canceles de madera. El número de derechohabientes debe haber andado por los 40 mil y el hospital estaba planeado a futuro, con instalaciones muy sobradas, para 60 mil. El primer piso se mantuvo cerrado por varios años. En el segundo, estaba Cirugía y Medicina Interna; en el tercero, Ginecología y Pediatría; en el cuarto, los quirófanos y salas de expulsión de partos, y en el quinto piso estaban las habitaciones para los médicos internos. En los meses de verano cuando las diarreas eran gravísimas y numerosas, se habilitaba ese último piso para internar a los niños, y a los 133


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El Centro de Seguridad Social fue un excelente complemento de la clínica-hopital, y durante muchos años fue dirigido atinadamente por la señora Clara Meyer viuda de Cabello.

médicos internos se les enviaba a casas de huéspedes. En total había 130 camas, 11 consultorios de especialistas, 20 de medicina general y dos dentales. Cada especialidad contaba con el equipamiento necesario para la atención médica. Esta infraestructura y recursos significaron un gran avance para la salud de los habitantes de Monclova y la región centro. Se convirtió en un hospital de primer nivel donde se podían resolver prácticamente todos los casos que se presentaban. También, se contaba con la infraestructura para trasladar pacientes a Saltillo y Monterrey, en caso necesario. La clínica-hospital tenía como complemento un Centro de Seguridad para el Bienestar Familiar, donde se impartían a los derechohabientes clases de diferentes disciplinas como costura, cocina, pintura, y natación, entre otras, y un teatro de 355 butacas con un escenario como no había habido otro en Monclova, con sala de danza en la parte trasera y camerinos. Un centro que fue atinadamente dirigido durante muchos años por la señora Clara Meyer viuda de Cabello que supo llevar cursos de gran utilidad para las amas de casa, así como entretenimiento y cultura en beneficio de los monclovenses; sin duda un excelente complemento al 134


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servicio médico de la instución. El IMSS era además el edificio más alto de Monclova y tenía elevadores, tal vez los primeros en la ciudad. Se tenía trabajo en prácticamente todas las áreas del hospital y poco a poco fuimos viendo mejoría en la salud de la población, pero ante el crecimiento de Monclova, principalmente como consecuencia de la expansión de Altos Hornos de México, se incrementó también el número de derechohabientes, así como la necesidad de médicos, especialistas, personal de enfermería y otros oficios. Con el paso del tiempo, aquellos pisos que estaban cerrados, fueron abiertos para cubrir las necesidades. Como único subdirector, tenía que estar pendiente las 24 horas del día del funcionamiento del hospital. Hice frente a una serie de situaciones complejas y diversas, relacionadas con el aprendizaje administrativo y médico, pero que a la larga resultaron muy fructíferas y satisfactorias para mi carrera; incluso, tenía poco tiempo para atender mi consultorio, aunque nunca dejé de hacerlo. En 1969, el doctor Alfonso Fernández incursionó en política y fue electo presidente municipal de Monclova, cargo que ocupó a partir del 1 de enero de 1970, sucediendo, por cierto, a mi primo Chale Valdés. Me quedé en lugar del doctor Fernández y recibí el nombramiento como director del hospital tiempo después. En ese tiempo la dirección abarcaba también las clínicas de Frontera, Castaños y San Buenaventura, Coahuila. Los azarosos años 70

Con la llegada a la Presidencia de la República del licenciado Luis Echeverría Álvarez, el 1 de diciembre de 1970, se iniciaron en el país una serie de transformaciones, que se reflejaron en todas las instituciones públicas. En la Clínica-Hospital del IMSS surgieron nuevas necesidades, ante el crecimiento del número de derechohabientes. Creció la plantilla de médicos familiares y especialistas, así como el resto de categorías. Los pisos que en un inicio estuvieron cerrados, se abrieron para dar un mejor servicio; incluso, el quinto piso que funcionaba como residencia de los 135


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médicos internos, fue habilitado como sala de internamiento. Todavía recuerdo que cuando ocurrió el lamentable accidente en la Mina 2 de Barroterán, propiedad de AHMSA, el 31 de marzo de 1969, el primer piso estaba aún fuera de uso y al conocer la noticia, lo preparamos para poder recibir a los mineros accidentados, algo que nunca sucedió, pues lamentablemente la mayoría, 153, fallecieron en el interior de la mina. Las labores de rescate se extendieron por 39 días. El IMSS tenía, y supongo aún conserva, una estructura organizacional muy piramidal y centralizada, donde las decisiones grandes, no las del día a día, se tomaban en México, vía una delegación estatal, con sede en Saltillo. Así, entre los años de 1975 o tal vez 1976, la administración en México decidió que ya estaba saturada la Clínica-Hospital No. 7 y se ordenó la construcción de una nueva unidad. Se edificó frente a la primera, conectada mediante un túnel subterráneo, con la idea de que el edificio original siguiera funcionando y algunas áreas, como Urgencias, se trasladaran al nuevo. Esta saturación tuvo que ver con que Monclova también sufrió un crecimiento sin precedentes y bastante desordenado, cuando en 1974 se decidió construir la Siderúrgica 2 de AHMSA, en la época en que José Antonio Padilla Segura era el director general. Llegaron miles de inmigrantes y se repitió la historia de los años cuarenta, en que muchos llegaron con la esperanza de encontrar un trabajo bien remunerado, pero no todos lo lograron. Se quedaron en Monclova, pero sin empleo ni vivienda; de allí empezaron a surgir una serie de asentamientos irregulares en diferentes zonas de Monclova y Frontera. Hubo una gran derrama económica durante el tiempo de la construcción de la planta y al ponerse en funcionamiento, con la generación de empleos y servicios. Finalmente, la Siderúrgica 2 fue inaugurada el 1 de septiembre de 1976, con la asistencia de Luis Echeverría, Presidente de la República en funciones, y José López Portillo, Presidente electo. Así, con una clínica-hospital saturada, en el segundo semestre de 1977 se inauguró la segunda unidad hospitalaria del IMSS. Pediatría y Ginecología, entre otras especialidades, se cambiaron al nuevo hospital. Pero antes de ese acontecimiento, viví una de las épocas más difíciles y 136


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La segunda unidad del IMSS en Monclova empezó a operar 1977 cuando aún era director.

conflictivas como directivo del IMSS. El primero de diciembre de 1976, asumió la Presidencia de la República, el licenciado José López Portillo. Con el cambio de gobierno, fue nombrado director general del IMSS un nuevo personaje, el licenciado Arsenio Farell Cubillas, nacido en México de padres españoles. En el sexenio anterior había sido director general de la Comisión Federal de Electricidad y sucedía en el cargo a Jesús Reyes Heroles. Durante ese sexenio ocurrieron una serie de sucesos trascendentales, negativos, para el país como cuando el Presidente afirmó que “iba a administrar la riqueza (petrolera)”, y además Monclova empezó a sufrir y ser presa de un ambiente sindicalista violento que afectaba no solo a Altos Hornos de México, sino a todas las empresas y dependencias públicas, extensivo al caos y desorden en la ciudad. El IMSS no estaba exento de esos vaivenes. Recién nombrado, Farell hizo un recorrido por todo el país en diciembre de 1976, pasando por supuesto por Monclova y el resultado fue que, en general, se llevó una buena impresión de Coahuila. Sin embargo, para principios de 1977, la situación empezó a cambiar. Aumentaron de tono las quejas por parte de la Sección 147 del sindicato minero contra el IMSS, por supuesto mal servicio, falta de médicos y medicamentos, e instalaciones inadecuadas por fallas en el clima artificial. Desde me137


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diados de los años setenta, había ganado presencia en la Sección 147, el movimiento radical denominado Línea de Masas o Línea Proletaria, que incluso estalló una huelga en AHMSA en marzo de 1977, y que el 10 de mayo de ese mismo año protagonizó una trifulca en la Tienda Minera o la Cooperativa, con saldo de tres muertos. Las repercusiones en el IMSS de Monclova fueron muchas y la presión de Arsenio Farell sobre el delegado estatal y por consiguiente sobre mí, fueron creciendo conforme avanzaban los primeros meses de ese 1977. A lo largo de ese año, Farell vino varias veces a la ciudad y se entrevistó con los dirigentes sindicales. Pero, a principios de 1977, me hizo pasar un trago amargo, cuando intentó venir a Monclova, y digo “intentó” porque no pudo llegar debido al mal tiempo. Resulta que un día recibí una llamada de uno de los asistentes de Farell, para informarme que vendría a Monclova pero, que por ningún motivo, lo comentara con el delegado estatal. Después de meditarlo, decidí cumplir las indicaciones, pero ante la cancelación del viaje por el mal tiempo, el delegado se enteró que yo sabía de la visita y sufrí su reclamo, aunque al final entendió mis razones. Así empezó lo que considero fue una especie de “guerra sucia e intimidante” por parte de Arsenio Farell Cubillas contra nosotros, sus propios aliados como empleados del IMSS. Semanas después, cuando las condiciones climáticas mejoraron, Farrell hizo el viaje a Monclova; llegó al aeropuerto en un avión pequeño, nosotros lo esperabamos pero ni siquiera saludó, pasó de lado estando yo junto a los funcionarios estatales, en un desplante característico de su manera de actuar. Siempre fue así, su mal genio, prepotencia y desplantes que rayaban en la grosería, se hacían presentes con regularidad y cada vez con mayor frecuencia. Así como vino en repetidas ocasiones a Monclova, nosotros, como directivos, también fuimos citados por el director en México, a consecuencia de la presión sindical. El carácter irascible de Farell no ayudaba en las reuniones que, generalmente, terminaban en regaños y reclamos en un tono de voz incomprensible, pues tenía un marcado acento español que se le acentuaba conforme la intensidad y el atropellamiento verbal se incrementaba. En pocas palabras, no se le entendía. 138


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Estuve al frente de la Dirección del IMSS de Monclova hasta agosto de 1977.

Pero todo tiene un límite y pasó lo inevitable. El sindicato pidió nuestras cabezas con nombre y apellido. Exigió la mía; la del delegado estatal, el doctor Carlón; la del jefe de los Servicios Médicos en el Estado, doctor Juan Francisco Zamora, y hasta la del jefe de los Servicios Médicos de la Zona Noreste del país, el doctor Valdés Durón. Farell, en un acto de desesperación y sumisión ante el sindicato, viajó a Monclova y después de una reunión con nosotros y con el sindicato, por separado por supuesto, dio la orden de cortar nuestras cabezas. Claro que no lo hizo de frente, simplemente salió de la reunión en que estábamos todos presentes y giró las instrucciones antes de partir. Para fortuna mía, el doctor Valdés Durón fue enterado en la Ciudad de México de la situación por uno de sus asistentes que había viajado a Monclova, y sabiendo que se trataba de un asunto con tintes políticos, me extendió el nombramiento de jefe de Pediatría del IMSS en Monclova. Siempre le he agradecido ese gesto, pues en esos momentos hasta pasó por mi mente la idea de presentar mi renuncia, lo que definitivamente no hubiera sido una buena decisión y habría dejado de lado una carrera de quince años en el IMSS, como consecuencia de los atropellos de 139


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Farell y sus desatinadas decisiones; el funcionario siempre se mostró sumiso ante el sindicato minero, supongo que como político lo que menos deseaba eran problemas y mucho menos que llegaran a oídos del Presidente. Por si fueran pocas las contrariedades con el sindicato minero, siempre tuvimos que lidiar con el propio sindicato de trabajadores del IMSS, pues éramos pocos los empleados de confianza y el resto del personal estaba sindicalizado. Durante mi paso por la Dirección y Subdirección, prácticamente todos los líderes del sindicato local del En Pediatría del IMSS Monclova. IMSS se mostraron siempre intransigentes, inaccesibles y hasta necios. Pareciera que éramos enemigos en vez de compañeros de trabajo. Muchas decisiones sindicales frenaron la buena marcha de la clínica-hospital en perjuicio absoluto de los derechohabientes. Así, en medio de una turbulencia político-sindical en Monclova, dejé la dirección del IMSS y regresé al origen: la Pediatría, que tantas satisfacciones me ha dado. En ese tiempo, tenía 58 años de edad, solo me faltaban dos años para jubilarme. Así es que permanecí en el hospital 140


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hasta febrero de 1980, cuando hice efectiva mi jubilación a la edad de 60 años. Debo decir que fue un gran alivio haber dejado la dirección del IMSS y haberme mantenido al margen de aquellos conflictos creados como arma desestabilizadora de las instituciones y de la comunidad. Salí ganando, a partir de ese agosto de 1977, retomé con nuevos bríos la consulta privada, que había descuidado un poco por lo absorbente del trabajo y las dificultades en el Seguro Social. Arsenio Farell Cubillas, como clásico político, siguió brincando de cargo en cargo en diferentes administraciones federales. Con el tiempo se han hecho públicas algunas de sus negras actuaciones como servidor público y muchas menciones sobre su carácter arrebatado e intransigente, que me tocó vivir en carne propia. El regreso al origen

Haber dejado la dirección del hospital del IMSS y mi posterior jubilación, marcaron el inicio de una nueva etapa en mi carrera que relataré de manera más abreviada que el resto de estas memorias. Desde fines de 1977, pero con mayor dinamismo a partir de 1980, regresé de tiempo completo a mi consultorio de la calle Hidalgo, que había remodelado hacía algunos años, al dejar la dirección. Con 35 años de carrera, ya estaba atendiendo a una tercera generación de aquellos que consulté recién llegado a Monclova. Tuve tiempo para ponerme al día asistiendo a cursos y congresos, y lo hice acompañando a Memo, mi hijo, que habiéndose especializado también en Pediatría, se estableció en Monclova, desde 1978. De él, también aprendí muchísimo, particularmente sobre la atención a recién nacidos, que en esa época empezó a tener mayor auge. Fue una especie de segundo maestro en Pediatría y Neonatología. Al momento de mi jubilación, mi hijo Juan se fue a París a realizar estudios de Cinematografía; con el pretexto de visitarlo, tuve la oportunidad de asistir, por primera vez, a un congreso internacional de Pediatría, que en su XVI edición, se realizó en Barcelona, España, en septiembre de 1980. Fue un doble placer conocer París guiado por mi 141


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En el Arco del Triunfo de París, con mi hijo Juan, rumbo al Congreso Mundial de Pediatría. Agosto de 1980.

En el Palacio de Congresos de Barcelona, sede del Congreso Internacional de Pediatría 1980, junto a mi hija Bambina.

hijo y asistir al congreso, que reunió expositores de todo el mundo. En ese viaje me acompañó mi hija Bambina, pues a mi esposa María Teresa le resultaba imposible viajar en avión y mucho menos en un trayecto transatlántico que tomaba muchas horas de vuelo. Esa preparación continua y la nueva normatividad me llevaron a obtener la certificación como pediatra, avalada por la Confederación Mexicana de Pediatría, en 1981. A raíz de estas certificaciones y dada la mayor cantidad de pediatras que ya había en Monclova, en 1982 tuve la oportunidad de participar en la integración de la Sociedad de Pediatría de Monclova, de la cual fui honrosamente el primer presidente. Había tenido una experiencia similar en la conformación y participación, como socio fundador, del Colegio Médico de Monclova, en los años 60 del siglo pasado, siendo presidente del mismo en el periodo 1964-1965. Permanecí en mi consultorio de la calle Hidalgo por muchos años, hasta que decidí dejarlo, pero no me retiré de la Pediatría; instalé un nuevo consultorio en mi casa de la colonia Guadalupe, donde ofrezco consulta hasta la fecha, brindando la atención de siempre. 142


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Fui fundador del Colegio Médico de Monclova y presidente en el periodo 1964-1965. Aquí con los amigos doctores Carlos Espinoza Flores y Alfredo Garza Ramón, en un cambio de mesa directiva.

El reconocimiento, los amigos y las instituciones

Tuve la fortuna de haber sido bien recibido por la sociedad de Monclova, desde mi llegada a esta ciudad en 1944; muchos monclovenses depositaron su confianza en mí, al permitirme atender a sus niños, cuando requerían de un médico. Con muchos, establecí una relación que fue más allá de lo profesional y se convirtió en una amistad, que he conservado hasta la fecha. Los hijos y nietos de mis amigos de juventud también confiaron en mí y he sido pediatra de ya varias generaciones. Hoy en día aún ofrezco consulta a algunos bisnietos de aquellos compañeros de los años cuarenta. Recuerdo con gran cariño, que cuando se cumplieron mis bodas de plata profesionales en 1969, un grupo de amigos, muy numeroso por cierto, se reunió en el Casino Monclova para brindarme un homenaje por esos primeros 25 años dedicados a la medicina. La gran mayoría de ellos se volvieron a reunir cinco lustros después, pero en el Hotel Chula143


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Un numeroso grupo de amigos se reunió en el Casino Monclova para celebrar mis bodas de plata profesionales el 20 de octubre de 1969.

Celebración de 25 años de médico en 1969, con un grupo de niños de la segunda generación que estaba viendo como pediatra. Entre ellos, a mi derecha, Gerardo Benavides Pape y a mi izquierda, mis sobrinas Adriana, María Rosa y Mónica Lazcano Flores.. 144


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Doña Lupita Lastra de Luna me entregó un reconocimiento a nombre de todos los asistentes a esa cena para celebrar las bodas de plata profesionales, reconocimiento que desde entonces conservo en mi casa. (Abajo) Juan, María Teresa, mi mamá y Bambina.

Mi hijo Memo (izq.) dirigió un emotivo mensaje a nombre mi familia. A la derecha, Memo, Juan y yo con monseñor Andrés Dávila quien leé atento el mensaje. 145


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De manos de Barbarita Cerda, Nanis Cabello y Queta Beyer me entregaron un reconocimiento a nombre de los asistentes a la reunión con motivo de mis 50 años de médico.

Con mi familia al cumplir 50 años de ejercicio profesional. Juan y Janeth, Memo, Bambina y Poncho con mis nietos Guillermo y Gerardo.

vista, cuando en 1994, cumplí 50 años de haberme recibido. Ya no solo asistieron mis contemporáneos, sino que estuvieron presentes los hijos y nietos de mis amigos. Esas dos reuniones las recuerdo con muchísimo cariño por las muestras de afecto que recibí, de parte de todos los asistentes. He recibido con beneplácito también, algunos reconocimientos 146


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Presea Ciudadano Distinguido, entrega el gobernador Eliseo Mendoza Berrueto. Atestigua el alcalde Benigno Franco.

El Club Rotario Santiago de la Monclova me entregó la Presea Rotaria en el año 2002.

El doctor Carlos Garza, Presidente del Colegio de Pediatras de Estado de Coahuila entrega el reconocimiento en 2006.

de autoridades y asociaciones civiles. En 1990, recibí el reconocimiento de Ciudadano Distinguido, entregado por el entonces gobernador de Coahuila, licenciado Eliseo Mendoza Berrueto, y en 2002, el Club Rotario de Monclova, me honró con la Presea Rotaria. En 2006, el Colegio de Pediatras del Estado de Coahuila, Capítulo Centro, que encabezaba el doctor Pedro Silva, realizó del 19 al 21 de octubre, el III Congreso Estatal de Pediatría en Monclova, y tuvieron la deferencia de que el congreso llevara mi nombre, como homenaje a mi trayectoria profesional en el 147


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campo de la Pediatría. Asistió como invitado especial el doctor Salvador Jáuregui Pulido, en ese entonces presidente de la Confederación Nacional de Pediatría de México (Conapeme). En el Congreso Estatal con María Teresa, mis hermanas Licha, Durante la cere- Queta y Veva Lucía, mi hija Bambina y mi sobrina Vevita Lucía. monia, mi hijo Memo presentó una semblanza audiovisual de mi trayectoria médica, que causó una impresión positiva en el doctor. Durante su intervención, dijo que después de haber buscado en toda la Republica, por fin había encontrado a la persona idónea para homenajear en el congreso nacional que tenían en puerta. No obstante, señaló que él era presidente saliente y que tendría que plantearlo a la nueva mesa directiva de la confederación, que entraría en funciones con el doctor Sergio Riestra Jiménez a la cabeza. Su propuesta fue aceptada y en abril de 2007 viajé a Veracruz en compañía de mi familia para asistir como invitado especial al Congreso Nacional de Pediatría, organizado por la Conapeme que tuvo lugar del 27 al 30 de ese mes. María Teresa no pudo estar a mi lado debido a su temor de viajar en avión. El coloquio, que reunió pediatras de todo el María Teresa y mis hijos en el Congreso Estatal en Monclova. 148


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El doctor Mauricio Hernández Ávila, Subsecretario de Salud de Veracruz, me entrega la medalla General y Doctor Jesús Lozoya Solís, máxima presea otorgada por la Conapeme.

país y algunos de Estados Unidos, Centro y Sudamérica, se realizó en la Unidad de Congresos de Boca del Río, zona conurbada de la ciudad de Veracruz. En la emotiva ceremonia inaugural, cerca de cinco mil personas, entre médicos y acompañantes, se pusieron de pie luego de que se presentó mi carrera médica en un conmovedor video preparado por mis hijos Memo y Juan, que daba muestra, principalmente, de la labor realizada en

Emotiva ovación de más de cinco mil personas en la apertura del congreso en Veracruz. 149


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Bambina, Memo, Juan y su esposa Janeth, y mi sobrina Vevita Lucía, me acompañaron al Congreso Nacional de Pediatría en Veracruz.

el Campo San Antonio. La Conapeme me otorgó la más alta distinción que entregan una vez al año: la medalla General y Doctor Jesús Lozoya Solís. Fue una experiencia única y muy satisfactoria que ha quedado grabada en mi memoria, como un acontecimiento especial en mi ejercicio de la Pediatría. Paradójicamente, en relación con la simbólica medalla, recuerdo al General y Doctor Lozoya, cuando estuvo a cargo de la jefatura de Cirugía del Hospital Infantil, hace casi setenta años. Era de esos médicos a los que me referí en la primera parte de estas memorias, aquellos que en ese tiempo eran considerados como semidioses en su especialidad, pero que tenían poca o ninguna vocación para enseñar a los jóvenes que intentábamos dedicarnos a la Pediatría. En 2013, el Ayuntamiento de Monclova me otorgó la presea General Alonso de León, como ciudadano distinguido. La distinción hace honor al fundador de la Villa de Santiago de la Monclova. La ceremonia se realizó en el histórico Museo Coahuila y Texas, que originalmente albergó al Hospital Real en el siglo XVIII, en un acto celebrado en Sesión Solemne de Cabildo justo el 12 de agosto, día en que se celebra la fundación de la ciudad. 150


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En 2013 recibí la Presea Alonso de León como Ciudadano Distinguido de Monclova otogada por el ayuntamiento. El alcalde Melchor Sánchez de la Fuente realizó la entrega en sesión solemne de cabildo celebrada en el Museo Coahuila y Texas, antiguo Hospital Real, primero en su tipo construido en la época de la Colonia.

Memo, Juan, Janeth y Janethita en la ceremonia de entrega de la presea Alonso de León, el 12 de agosto de 2013. 151


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Una confianza frente a una conciencia

Pero debo confesar que el mayor reconocimiento lo he recibido de los padres y madres que han tenido confianza en mí, al dejar en mis manos la enorme responsabilidad de velar por la salud de sus hijos, de sus nietos y bisnietos, en estos 70 años que tengo dedicándome a la noble profesión de médico y en particular a la Pediatría. Les agradezco infinitamente a todos ellos esa confianza. Ahora que termino de escribir estas memorias, que son solo algunos fragmentos de mi vida, me percato de los grandes avances alcanzados en materia de salud en México, reflejados en nuestra Monclova y en sus habitantes, que hoy en día tienen acceso a una medicina con mayores recursos y médicos más preparados; se dejaron atrás muchas de las enfermedades y carencias que tuvimos que enfrentar en la década de los 40 del siglo XX, cuando me inicié como médico. Por desgracia, la pobreza extrema no se ha podido erradicar y sigue siendo un jinete del Apocalipsis con el hambre como enemigo mortal. La población, en particular los niños, sufre ahora otras enfermedades; por los excesos de la modernidad, no es tal vez ya la desnutrición a la que con mayor frecuencia nos enfrentamos, sino a la malnutrición que genera sobrepeso y obesidad, con las implicaciones en la salud que ese fenómeno conlleva. Pero, por fortuna, quedaron atrás en gran medida, con menos casos y de menor gravedad, las enfermedades infecciosas y mortales que aquejaban a la población infantil; las diarreas graves del verano también han disminuido significativamente. En pocas palabras, la salud de los mexicanos y por consiguiente la de los monclovenses, ha mejorado en los setenta años que llevo ejerciendo la medicina, y en particular la Pediatría. Ha existido una evolución permanente en el área de salud, tal como he dado testimonio en estas páginas que abarcan desde 1944, cuando Monclova tenía una población de apenas siete u ocho mil habitantes, a 2014, en que tiene más de 300 mil. Yo mismo pasé de ser el único pediatra sin hospitales donde atender a los pequeños, a vivir en un Monclova con especialistas capacitados, con recursos hospitalarios más modernos y 152


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avanzados, y con posibilidades de atención en los mejores hospitales del país e incluso, si se tienen los recursos, del extranjero; sin duda, ha sido un positivo cambio abismal, experimentado en tan solo siete décadas. Para concluir estas líneas, les pido a los médicos de hoy, como mencioné en el preámbulo, que vuelvan la mirada y en las lejanas playas del ayer observen un faro, el faro del saber de la primera mitad del siglo XX, cuando los valores morales como la generosidad, la bondad, la verdad y la dignidad estaban al alza. Cuando mentíamos para no lastimar inútilmente los sentimientos de una madre. Así, siempre con la mirada en ese faro guía, ejerzo hasta la fecha, a los 95 años de edad, la práctica de la Pediatría con el mismo amor y profesionalismo que cuando desempaqué mi maleta aquel caluroso agosto de 1944, al llegar a Monclova, hace 70 años.

Agradezco a los padres y madres que han tenido confianza en mi, a todos los niños que pasaron por mis manos -mis pequeñas preseas- los llevo en mi corazón. 153


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Un reconocimiento... A la señora Suzanne Lou Robert de Pape por la labor que realizó en beneficio de la niñez de Monclova y la región. Al señor Harold R. Pape por el apoyo incondicional que brindó al Campo San Antonio. A las integrantes del Comité Femenil Pro Asuntos Sociales por su actividad en beneficio del Campo San Antonio. Al personal religioso por su invaluable soporte para la atención de los niños que pasaron por el Campo San Antonio. En especial al doctor José Vela Ramón y a las enfermeras Trini Mauricio y Gertrudis Reyes, y a todas las Trinis y Gertrudis que colaboraron en el Campo San Antonio. Un agradecimiento... Al ingeniero Eduardo Roehll por el testimonio fotográfico que nos fue de gran utilidad para evaluar y estudiar la evolución de los niños internados en el Campo San Antonio, hoy un importante legado en imagen para comprender la historia y el desarrollo de Monclova y sus habitantes. A don Luis Saldaña por su gran labor desinteresada en el mantenimiento de las instalaciones del Campo San Antonio, y por su gran inventiva y creatividad para resolver las carencias en beneficio de los niños internados. A don Luis Oscar Sánchez por el apoyo en el suministro y mantenimiento del oxígeno en cilindros y manómetros industriales para cubrir las necesidades del hospital.

154


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Créditos fotográficos Archivo personal Páginas 13, 18, 19, 20, 35, 36, 37 (arriba), 40, 43, 45, 50, 51, 52, 57, 58, 64, 99, 112, 115, 116, 125, 127, 128, 129 (foto Mauricio), 130 (arriba), 130 (abajo, foto Mauricio), 131 (abajo), 140, 142, 143, 144, 145, 146, 147, 148, 149, 150 Eduardo Roehll Portada, páginas 6, 66, 67, 68, 69, 70, 74, 75, 76, 77, 78, 79, 80, 81, 82, 83, 84, 85, 86, 88, 89, 90, 91, 92, 93, 94, 95, 97, 102, 104, 105, 107, 108, 118, 119 Archivo Municipal de Monclova Páginas 15, 22, 39, 100 Archivo AHMSA Páginas 28, 38, 54, 55, 62, 87, 96 Luis Saldaña Fotogramas tomados de película de cine filmada en 16 mm: páginas 71, 72, 110, 111 Dr. Alberto Fernández Página 65 Juan José Guerra Páez Páginas 133, 139 Francisco Martínez Página 151 (arriba) Janeth Contreras Ibarra Página 153 Jesús López Contraportada, página 151 (abajo) Sin fuente Páginas 12, 14, 16, 33, 34, 106, 113, 114, 123, 131 (arriba), 134, 137

155


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Indice Dedicatoria

1

Prologo

3

Preámbulo

7

Primera parte Mi llegada a Monclova 11 El Dr. Morgenstern 20 Me presento en AHMSA 22 Las condiciones de salud en Monclova 26 Una pausa, el examen profesional 33 De regreso a Monclova 38 El matrimonio 43 En busca de una oportunidad 47 A estudiar pediatría 48 El regreso a Monclova 54 Renuncio 60 157


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Segunda parte El Comité Femenil Pro Asuntos Sociales El inicio del Campo San Antonio Los primeros niños internados La desnutrición, azote mortal Las religiosas guadalupanas Pacientes de muy escasos recursos Ante la escasez, voluntad e inventiva “Motín a bordo” El apoyo de Rotarios y Leones Crecimos por las carencias Libertad de acción Consulta externa Enfermedades e internamientos Interconsultas en Monterrey El día a día A propósito de Pape, a todo galope Explosión demográfica y pobreza, los enemigos Un futuro promisorio La nostalgia del Campo San Antonio “Viejo”

63 68 73 74 77 78 81 83 86 87 90 91 94 97 98 99 101 103 106

Tercera parte El nuevo hospital Las Damas Voluntarias El Congreso Nacional de Pediatría “Los prietitos en el arroz” Mi retiro del Campo San Antonio Visitantes distinguidos El Seguro Social Los azarosos años 70 El regreso al origen El reconocimiento, los amigos y las instituciones Una confianza frente a una conciencia

109 113 116 120 122 127 132 135 141 143 152

Reconocimientos y agradecimientos

154

Créditos fotográficos

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Memorias del Doctor Guillermo Enrique Guerra Valdés  

Autobiografía del Doctor Guillermo Enrique Guerra Valdés, que este 2014 cumplió 70 años de médico, 67 años de pediatra y 95 años de edad, y...

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