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abril 2013, n째 76


dos

dos cuentos

el mundo a sus pies ue en enero del 2000, me acuerdo porque poco antes todos estaban paranoicos con eso de que al cambiar de 99 a 00, las computadoras del mundo enloquecerían y estallarían, provocando un apocalipsis. Decían eso, me acuerdo. Y todavía nos reíamos de ese absurdo cuando me llamaron para ese trabajo. Trabajito, una changa, en realidad. Yo estaba desempleada desde hacía meses, era verano -enero, mes muerto- y cualquier cosa me venía bien. Y no era una propuesta desagradable. Tenía experiencia cuidando gente grande, y ahí lo único que me pedían era que le hiciera compañía a una señora, que le leyera y que tomara la merienda con ella. Dos o tres horas por día, de lunes a viernes. Ningún sacrificio. El día que empecé a trabajar como dama de compañía de Norma hacía un calor imperdonable. El departamento de Santa Fe y Riobamba, sin embargo, estaba fresco. Era un departamento caro pero sobrio, amueblado con cosas pesadas, sillones antiguos, mesa de roble, cortinas oscuras; esas cosas de señora mayor que tiene plata. Me recibió Estela, la mujer que me había convocado. Estela era la encargada de cuidar a Norma. Debía andar por los cincuenta años y mostraba esa mezcla perfecta de amabilidad y distancia que sugiere la palabra institutriz. Me pregunté si Estela hubiese preferido tener a tres o cuatro niños a su cargo en lugar de pasar los días velando la salud de una anciana, pero no dije nada, por supuesto. –La señora Norma casi no se levanta de la cama. No está impedida, pero prefiere descansar lo máximo posible. Le gustaba mucho leer, pero a esta altura su visión es mínima, muy limitada; por eso me pidió que contrate a una chica para que le lea y le haga un poco de compañía. Supongo que estará harta de ver siempre mi cara -me dijo, y sonrió. Luego me llevó hasta una habitación, golpeó la puerta y la abrió. En otra época del año, la penumbra me habría resultado muy angustiante; ese día, con el sol criminal invadiendo todo lo que tocaba, me pareció un oasis.

gilda manso

Norma estaba recostada en la cama, con un almohadón detrás de la espalda. No era, de ningún modo, el derrumbe humano que yo había imaginado tras el preámbulo de Estela. Tenía más de setenta años pero menos de ochenta, y por su encanto innato pude darme cuenta de que en su juventud había sido una mujer espléndida. Las arrugas y las marcas del tiempo, lejos de opacar su belleza, se la protegían. Eso sentí cuando la vi. Con el correr de los minutos pude notar que, además de ser bella, Norma era un amor. Me enamoré de ella, de su persona, en apenas cinco minutos. No entendí por qué estaba tan sola, siendo por naturaleza uno de esos seres que sonríen y tienen el mundo a sus pies, incluso en la vejez. Quería que le leyera, y también quería que le contara cosas, cosas mías y cosas de la calle. Por motivos que nunca me dijo, su departamento de Santa Fe y Riobamba se había convertido en una especie de prisión domiciliaria que ella misma se había impuesto. Enseguida percibí un pasado de tormenta y un presente espectral. Al instante le deseé un futuro de maravilla, y por eso, cuando me pedía que le contara cosas, le contaba sólo cosas lindas. Si no las tenía, se las inventaba. Por Norma me convertí en una narradora de la hermosura, y la consecuencia fue que me empecé a sentir mejor conmigo misma. Otro motivo más para amarla. Una tarde me animé y le pregunté dónde había nacido, ya que me hablaba de tú y en un castellano extraño. Argentina no era. Mi pregunta desató sus ganas de hablar, como si hubiera estado esperando mi permiso para contar, a su vez, cosas de ella. Me dijo que nació en California, que se casó y se divorció muy joven, porque su marido quería que se dedicara al cuidado de la casa y ella quería trabajar. Quería ser modelo y actriz. Y su infancia había sido muy dura, y su adolescencia también, y ella, por primera vez en su vida, iba a tomar sus propias decisiones. Le pregunté si lo había logrado. Si pudo dedicarse al modelaje y a la actuación. Entrecerró los ojos, me miró profundo como nunca antes, como nunca después, me sonrió y me dijo que sí. Yo quería saber más, pero Estela entró al dormitorio y me avisó que ya eran las ocho de la noche, que me esperaban el lunes a la misma hora de siempre. El lunes intenté retomar la conversación. Mejor cuéntame tú, me respondió Norma. Yo saqué mi

pelícano enémelo un par de días, por favor, te juro que es la última vez -me mintió mi hermano antes de darme un beso en la frente y salir de mi casa apurado y con rumbo a nadie sabe dónde. Yo cerré la puerta sintiendo esa mezcla de amor y odio que conocía tan bien y que experimentaba cada vez que Esteban me usaba como guardiana de sus objetos. De sus objetos de contrabando. Ilegales. Prohibidos. Peligrosos. “¿Quién va a sospechar de vos, Feli? Sos ama de casa, tenés un nene, tu marido es oficinista. Sos la hermana perfecta”, me decía, y yo me derretía. Pero esa vez había ido demasiado lejos. Porque una cosa es guardar en el patio unas cajas con cigarrillos, y otra muy distinta es guardar en el patio una jaula con un pelícano. Un pelícano malayo, según aclaró Esteban antes de irse. Lo miré y se me partió el alma: flaco, con el plumaje mustio, sucio, asustado y apretujado entre los barrotes. Infeliz. –Mami, ¿lo vas a dejar ahí? -me preguntó Pablo. –No sé. No sé, Pablo. ¿Qué querés que haga? –Y soltalo. –No sé, Pablo. No sé. ¿Qué hago si se escapa y se pone a dar vueltas por el barrio? –¿Y qué hacés si se muere adentro de la jaula? La madurez de mi hijo de nueve años es una cosa escalofriante. Pablo tenía razón. Mi hermano me había dicho que volvería en un par de días, pero seguramente no aparecería hasta dos semanas después. Por más que yo lo atiborrase a pescado, el pelícano no iba a aguantar dos semanas encerrado.

ejemplar de El amor en los tiempos del cólera y me puse a leer. En abril, una empresa me ofreció un puesto como secretaria administrativa. Nueve horas diarias, buen sueldo, todo en blanco. Le dije a Norma que me veía obligada a aceptar, y Norma entendió. Emocionada, le agradecí el trabajo y la compañía que me había dado durante esos meses. Ella me abrazó y me contestó que la visitara cuando quisiera. Lo hice un tiempo; cada tanto dedicaba un domingo a estar con ella. Luego me puse de novia, me casé, tuve a mi hijo, y las visitas se hicieron espaciadas hasta desaparecer. La semana pasada me llamaron por teléfono. –Hola. Habla Estela, no sé si se acuerda de mí. Yo cuidaba a Norma. Claro que me acordaba, y el verbo en pasado me aflojó las piernas. Estela me pidió que fuera al departamento en cuanto pudiera. Me cambié el pantalón, dejé a mi hijo en lo de mi mamá, y volví, luego de diez años, a la casa de Norma. Norma había muerto unos días antes. Estela me dio una caja de cartón, pude verla a través de las lágrimas de dolor y de culpa. Me dijo que Norma siempre me recordaba, y que le había pedido que me entregara su diario íntimo, que quería que yo lo conservara. Que yo fui, en su vida, lo más parecido a una nieta. Seguí llorando hasta que pude secarme los ojos. Abrí la caja, saqué el diario. La tapa tenía una palabra bordada: Marilyn. No entendí. Marilyn. Ella se llamaba Norma. No Marilyn. Abrí el diario; estaba escrito en inglés, claro. Pasé las hojas, leí palabras sueltas, vi flores pegadas, fotos de Norma jovencita, y no era Norma, era Marilyn. La de las fotos era Marilyn. Marilyn Monroe. No entendía, hasta que entendí. Miré a Estela con la boca abierta por el espanto y la fascinación. Estela sonrió con tristeza. –¿Usted nunca lo sospechó? -me preguntó. Quise pegarle. Quise matarla. Por dios, claro que no. –No entiendo, ¿ella no estaba muerta? ¿No estaba deprimida, hace mucho, y murió? -contesté, pregunté, furiosa, aturdida, destruida. –Ahora está muerta. Sin piedad, tomé el diario, la caja, y dejé a Estela con su dolor

–¿Y si lo agarra Samuel? -pregunté, buscando una segunda y última excusa. –Los perros no agarran pelícanos -razonó Pablo. No quise decirle que si los perros no agarran pelícanos es porque los perros no suelen tener pelícanos a su alcance; me enorgullecía su humanidad. Me enorgullecía que no fuese parecido al cretino de su tío. Me acerqué a la jaula y el pelícano intentó retroceder. No pudo, claro. Se me volvió a partir el alma. Ya no tenía dudas: destrabé el pestillo y la jaula se abrió. El pelícano no se movió. –Correte, mamá, lo estás asustando -me dijo Pablo, y se sentó en el suelo, a unos metros del animal. Yo obedecí. Pablo agarró un pescado de la bolsa hedionda que me había dado mi hermano y se lo arrojó. Pobre bicho, con qué hambre lo comió. Pablo tomó otro pescado y lo puso en el suelo, al lado suyo. El pelícano lo miró y dio medio paso, timido, temeroso. Yo me hinché de orgullo. Nueve años. Nueve. El pelícano siguió avanzando, casi a paso de estatua. Mi hijo, paciente, alejó el pescado de sí mismo unos centímetros y lo acercó a la jaula. El pelícano debió interpretar eso como un gesto amistoso, porque dejó la timidez de lado y se abalanzó sobre el manjar ofrecido. No me gustaría tener a mi Pablo de enemigo. Durante los días siguientes pasaron varias cosas: mi marido no me dirigió la palabra, el pelícano -que ya había recuperado su belleza aristocrática- se convirtió en la sombra de Pablo, Pablo se mostró más contento que nunca, Samuel se limitó a adoptar una actitud de observación expectante. Pero lo asombroso, casi irreal, ocurrió hace una semana. Le pregunté a Pablo qué quería almorzar; error, nunca le pregunten a su hijo qué quiere almorzar, ya que corren el riesgo 3 de que su hijo les conteste:


tres 2

–Cornalitos. –¿Cómo cornalitos, Pablo? ¿No querés panchos? Si te gustan los panchos a vos. –Vos me preguntaste. –Pero no tengo cornalitos. Entonces, en ese momento, el pelícano -que estaba pegado mi hijo, para variar- se acercó a mí y abrió el pico. –¿Vos también querés cornalitos? -le pregunté, irónica. El pelícano cerró el pico, me dio un pequeño golpe en la mano, como un empujón suave, y volvió a abrir el pico. Miré a Pablo, que se encogió de hombros y luego me sugirió: –Meté la mano en la bolsa. –¡Pablo, cómo voy a meter la mano en la bolsa del pelícano! Pero el pelícano volvió a golpear mi mano con su pico abierto. Jurando que jamás se lo contaría a nadie -juramento que, como verán, no cumplí-, metí mi mano en la bolsa del pelícano. Cuando la saqué, empuñaba una docena de cornalitos. Pablo estaba encantado. El pelícano era una especie de sombrero de Mary Poppins avícola. Elemento marítimo que mi hijo pedía, elemento marítimo que el pelícano le daba. En mi barrio lo llaman gratitud. –Mamá, ¿puedo pedirle un barco pirata? –Ni se te ocurra. –Dale, por favor por favor por favor. –No, Pablo, no. Así fue durante toda la semana. Pero esta mañana volvió mi hermano. Abrió la puerta Pablo, que estaba atajando los penales que mi marido le pateaba. El pelícano y Samuel miraban desde un costado. -Hola, campeón, ¿está mami? El otro día le dejé un paquete. Un paquete, dijo el hijo de puta. Desde la cocina vi cómo se empapaban los ojos de mi nene. Cuando Pablo contestó lo hizo, sin embargo, con voz serena; ahora pienso que lo tenía todo planeado. –Ah, sí. Ahí te lo busco. Se calzó mejor los guantes de arquero, se acercó al pelícano y le murmuró: –Dame un aguaviva. En el hospital me dijeron que mi hermano va a estar bien, pero que tiene que quedarse internado varios días. Yo ya lo dije. No me gustaría tener a mi Pablo de enemigo

gilda manso

1983, Argentina. Escritora y periodista. Publicó los libros de cuentos Primitivo ramo de orquídeas (Libros en Red, Arg., 2008), Matrioska (Malas Palabras Buks, Arg., 2010; Ediciones de Educación y Cultura, Mex., 2012), Temple (El 8vo. Loco / Milena Caserola, Arg., 2013) y Temporada de jabalíes (Malas Palabras Buks, Arg., 2013). Contacto: gildamanso@gmail.com Matrioska se puede conseguir en el siguiente enlace: http://www.linio.com.mx/ Matrioska-95236.html#rating

humo del réquiem

la habitación de humo

agustín fest

ida, por cierto, miserable y enfadosa. Cervantes. A menudo, y cuando pasa enciendo un cigarrillo, imagino que la gente muere. Sobre todo la gente que quiero, pues es muy diferente imaginar la muerte de los otros, los ajenos. Aunque tampoco es difícil viajar a través de la muerte de los desconocidos: basta echar un vistazo en las noticias o mirar las calles por las que andamos tan seguros; en cualquier momento nos volvemos prisioneros de la inquietud, de la muerte. El sábado pasado manejamos lentamente por la acumulación de automóviles sobre el periférico de Puebla. Mi esposa y yo pensamos, al principio, culpar la situación a un choque estúpido o un cierre de calles injustos. Nos callamos la boca; unos minutos después encontramos la ambulancia y el pequeño cuerpo tapado con plástico azul, como el que usan los vendedores para montar sus puestos de tianguis. Apenas pude ver el cabello, castaño y largo, extendido por el concreto, como un pulpo que se asoma por debajo de la manta. Era una niña, o una mujer muy pequeña. Pensé en Roa Bastos y como la muerte en “Hijo de hombre” parece un regreso a la tierra. Roa Bastos deshace al hombre para convertirlo en el ambiente, en el escenario. Le comenté a mi esposa lo que vi. No sé en qué tono lo hice. Ella, con los ojos al frente, manos firmes en el volante, me respondió que por eso prefería no verlos. A menudo imagino que mueren las personas que quiero: No sólo las más cercanas, incluso los amigos y algunas veces, cuando veo ojos humanos, también los perros, mis animales guardianes. Hace tiempo se murió alguien que quise, ella era como un manojo de reglas para vivir, e inevitablemente, en el producto de mis decisiones, de mi trabajo y de la creación, también me descubro frenéticamente llenando ese vacío. Retuerzo esas reglas, las deformo, las predico. Aunque no lo quiera, aunque no lo desarrolle a consciencia. Después de vivir el vacío y pensar en lo que se fue, alegre o melancólico, en ocasiones persigo el impulso, la noción de la mortalidad, contemplar en silencio (porque a nadie le gusta hablar de eso, pensarlo es otra cosa) un laberinto que desde arriba, se ve como un árbol de decisiones que ramifican sus caminos a partir de una ausencia definitiva. El consuelo viene en imaginar mi propia muerte. Curioso. Ficcionar la propia muerte es comerse el postre más grande o tomarse esa cervecita de más. No me interesa que me lloren, aunque sería agradable (¿para quién no?). Pero prefiero pensar que, al fin, liberaré a un montón de personas del conjunto de errores en los que me he convertido y los cuales, a pesar de todas mis buenas intenciones, no corrijo porque ya estoy atado a mi naturaleza. Así, errado y todo, algunos me quieren. No deberían. Casi puedo asegurar que mi pe-

rro sería más feliz con un tipo que lo saque a pasear a sus horas, mi esposa disfrutaría más con un hombre que no olvide sacar el pollo a descongelar, mi madre hubiera preferido un hijo más responsable y más cariñoso. Ciertas ausencias, en la ficción de la propia muerte, son un beneficio. Otras muertes imaginadas, y que a la vez no lo son, son aquellos perfiles fantasmagóricos que poco a poco abundan en las redes sociales. Espíritus pertinaces, atados a una vida electrónica por circunstancias ajenas a su voluntad, empezando con el accidente de la muerte y terminando con el contrato firmado donde ha intercambiado el alma a una corporación. ¿Exagero? No tanto, Facebook continúa usando los perfiles de los usuarios después de muertos para promover marcas de detergentes y autos. Un espectro sonriente da el mentado me-gusta a una promoción de refrescos y al parecer, si lo recomiendan desde el más allá, es difícil de refutar. Le recomiendo al lector, así como yo me lo he recomendado a mí mismo los últimos meses pero no he tenido el valor de hacerlo, que prepare algún documento especificando las instrucciones de lo que se debe hacer después de la muerte. Anote las contraseñas de sus sitios web, de sus redes sociales y de sus correos electrónicos para que puedan borrar todo perfil y toda huella. En mi caso, yo no quiero ser de esos espíritus que están atados a la aldea binaria, quizás usted sí. En mi carta, además de asuntos personales y ciertas confesiones, pienso escribir: “Favor de destruir el correo electrónico, el Facebook y el Twitter. Lo demás, si quieres, también. Formatea la computadora o mejor mándala a quemar, no sea que el diablo esté allá adentro. Tritura el celular en la licuadora, ni contemples venderlo porque seguramente ya está viejo”. El otro lado de los fantasmas de datos, estados y silbiditos, el más humano (y quien sabe qué tanto más), es la gente que no los olvida desde su sillón, frente al monitor. A la fecha, a un amigo que murió en el 2008, le dejan abrazos en su muro, como si el código binario estuviera estrechamente relacionado con el mundo espiritual. ¿Y no?, ¿cuántos muertos puede ubicar en Facebook, en Twitter, en blogs o en sitios personales?, ¿y además cuánta gente no dirá, graciosamente, que está muerta en vida? Recuerdo el último tweet de otro amigo que narraba una lucha contra una enfermedad apócrifa, de esas rarísimas que son producto de una lotería funesta, publicado en el 2009: «si me muero vendré a jalarles las patas». Y pum, se murió. Espero haya sabido perdonarme esa primera carcajada, fruto de la incredulidad y la ironía. Estoy seguro que si alguna vez nos encontramos, nos sentaremos en la banqueta y le podré decir algo como: «¿Ya viste que sí se te hizo?». Él me responderá: «Ya sé, cabrón». Hoy dormiré pensando si vendrá a cumplir su promesa


cuatro

El novelista en su lecho de muerte

cuaderno posapocalíptico

alejandro espinoza

eamus O’Reilly, novelista, autoproclamado diletante y artista outsider, está postrado en una cama hecha de penas y glorias, resguardado –¿acorralado?–en los márgenes de una ciudad sin nombre. Su casa es el anti-castillo de un rey que gobierna solo para sus entrañas y exquisiteces. Seamus, entre resoplidos y refunfuños y supuestos delirios febriles, envuelto en una cobija hecha de capas y capas de planas del New York Times y El País, finge su muerte. No es algo nuevo, lo he visto muchas veces, una manera lúdica (?) de pasar el rato. O de asustarme. La luz tenue de una lámpara de gas, el aroma a plumas de pichones y lluvias pasadas absorbidas por el techo de madera apenas sostenible, la escena es una suerte de claroscuro decadente. Vasos vacíos de sopa Maruchan dispersos en el suelo alfombrado con colillas de cigarro, un escritorio al fondo, pegado a la pared, repleto de legajos que muestran una escritura sórdida, maltrecha, líneas de escritura que se dibujan en el papel casi en diagonal, formando vericuetos, bucles, párrafos concentrados en la parte central, a veces con patrones gráficos y recortes de periódicos o de páginas de libro pegados en las hojas con cinta adhesiva, llena de correcciones apresuradas hechas con un lápiz bicolor (usa el color azul). Hay incluso una hoja cuya escritura comienza en el margen superior, desciende hasta la esquina final de la hoja, y luego continúa en la superficie del escritorio, para culminar con la palabra efface escrita en la pared. En esta pared, frente al escritorio se muestra un enloquecido mapa mental. Este mapa, compuesto de la misma cantidad de imágenes, impresiones, eslogans e inscripciones hechas con plumón negro, tiene trazada una enorme equis, aparentemente hecha con un carboncillo. Me avienta un zapato para que no vea ese desmadre; dice que no tiene caso. Que ya todo terminó. La locura terminó. En el pie de la cama hay como una docena de revistas abiertas, impresiones de artículos en internet; una mirada más cuidadosa nos revela que cada uno de los artículos en las revistas e impresiones abordan el tema de la muerte de la novela. El subrayado de los artículos es histérico, lleno de anotaciones al margen, flechas, párrafos encerrados en un círculo. Entre estos veredictos hay un artículo que aborda el tema con particular elegancia. Es de 1767. Seamus se ríe. Ríe inconteniblemente y luego le pide a su asistente (es la vecina de al lado) que por favor se retire. Tiene cosas muy importantes que hablar conmigo, en privado. Huelga decir que estamos en medio de tierras baldías. La casa de Seamus O’Reilly está en medio de un conjunto de casas desvencijadas, incluyendo la de la vecina, que vive sola con dos perros llamados Sam. Sí, los dos se llaman Sam. Cuando la vecina cierra la puerta de golpe y mentando madres (es medio borrachina), Seamus me pide que le acerque un cenicero que está en la cocina. Dramático como siempre, espera que la luz de la lámpara se mezcle con el humo del cigarro, a su vez envolviéndose en su barba rojiza. Listo para pontificar, comienza su arenga aclarándose la garganta, como si hubiera tenido atorado un pájaro en el co-

gote. Y dice, frunciendo el ceño, cerrando los ojos, simulando las últimas meditaciones de un cuerpo a punto de ceder, como si reconociera que a continuación presentará su grand statement: “Hemos perdido nuestra capacidad para escandalizar. Hemos soltado las riendas de la realidad hasta ya no comprenderla más, nos hemos alojado en la comodidad de los estilos de vida entrecomillados y los romances efímeros del escritor bien portado, aunque este se disfrace de maldito, de intelectual advenedizo, de refinado orfebre de novelas situadas en Europa y sin el más mínimo conocimiento de cómo nuestros cuerpos se sienten en otros territorios, escritores mal cogidos cuyas epifanías más significativas las vivieron en las aulas de universidades privadas. La literatura ya no debe ser el sitio de la contemplación desinteresada, ni mucho menos para compartirse en la esterilidad de las redes y las charlas de café; la literatura es una amargura que se vive en las entrañas, en silencio, porque callados entendemos mejor las cosas. Todo este ruido que emanan de nuestros cuerpos y esas extensiones de nuestros cuerpos que nos ayudan a comunicarnos no es nada más que el flujo de una conciencia que ya no le teme a perder su imaginación, porque la realidad ya no lo deja imaginar. Y la solución tampoco está en la escenificación de la decadencia, en aras de una supuesta actitud libertaria, eso es solo un romance moralino pintado con tinta roja, escrito por personas que jamás han recibido un buen chingadazo en la boca, y que no reconocen el verdadero peligro detrás de un par de piernas, un revólver y una botella de Bourbon: el peligro del lugar común. La crudeza de la realidad ya no está en las imágenes, secuestradas por los medios, sino en un lenguaje que ha perdido su capacidad de relación con eso otro incomprensible. De manera que los novelistas ya no asustamos a nadie, solo ayudamos a resolver la complacencia moral de nuestros actos. Ya no duele escribir novelas, y el novelista ya no responde a los malestares de la realidad, sea esta en la guerra, el amor, la locura o la muerte. ¡Documenten el ocaso de una mirada que está a punto de perder la vida! ¡Documenten de viva voz una persecución, un acecho, una mente frágil y torturada por una inocencia en medio del caos! Y también prosigan en su búsqueda por lo sublime, que aún se encuentra ahí, en un rincón, dispuesto a dejarnos ciegos, mudos, sin piernas, sin posibilidad de escapar, sin palabras que nos ayuden a resolver el acertijo. Debemos volver a escribir enigmas, adivinanzas crípticas que solo se comparten en secreto, una cofradía de personas que decodificaron la clave de una historia oculta entre las páginas de un libro interminable. Bien será que la novela ha muerto; pero en realidad, nunca ha sido una cosa viva, la escritura jamás es ni será una cosa viva. La novela ha sido, desde el principio, el recuento de su propia muerte”. Acto seguido, Seamus cierra los ojos y duerme. Al salir casi le doy un porrazo con la puerta a la vecina, que estaba escuchando del otro lado; me dice, “Ya van tres veces que borra esa cruz que puso en el revoltijo de cosas que tiene pegadas en la pared. Mañana se despertará como si jamás hubiera montado ese teatrito”


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