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MEXICO SUFRE Este libro está dirigido al nuevo mexicano. Se trata de un libro sobre el amanecer, sobre el mañana, pero no el mañana futuro, no, este libro no se refiere a ese mañana, sino a esta mañana, a este amanecer, ese que raramente ves. Actualmente ser mexicano significa una serie de autosabotajes. Si te interesa dejar esa vieja forma de ser mexicano, entonces este libro es justamente para ti. No tengas prisa. Todo lo vamos a saber. No comas ansias. Todo llegará. Aquí está ya. Si lees, si este libro está en tus manos, es que algo quieres averiguar. Este libro no está dirigido a un interés puramente intelectual. No habrá malabares verbales ni citas eruditas. Lo que me interesa es que este libro sea claro. Lo que quiero es que este libro arda en las manos del mexicano. ¿Quién es el mexicano? No el que yo estoy imaginando, sino tú, el que sostiene este libro, tú que por alguna razón has llegado hasta aquí. Tú que desconfías y, a la vez, esperas, algo anhelas. Entonces, ¿sabes que me diría un mexicano imaginario? Digamos, un típico intelectual mexicano, ¿sabes qué me diría si leyese este libro? “Te vendiste.” Eso me diría. Y me lo diría porque escribir un libro como éste significa traicionar el dogma: “No tomarás la palabra pensando en que algo puede mejorar. Sólo se puede hablar de cómo todo va a empeorar”. Y me diría, eres un pendejo, eres un optimista, ¡el mexicano nunca va a cambiar! “No mames, no jodas. ¡Este libro es de superación personal!” De nada serviría recordarle que la sabiduría de Lao Tse o Buda, Séneca o Marco Aurelio hoy sería clasificada como superación personal y, seguramente, descalificada. Toco este tema porque el choteo a la superación personal de parte de los intelectuales mexicanos es la extensión de un rasgo típico de la cultura mexicana popular, que cree –disculpen, pero es cierto- que es imposible superarse.


Cualquier intento de superarte será ridiculizado. El viejo mexicano cuando ve que otro está intentando avanzar, subir de rango, subir un escalón más, ascender, le dice: “!bájale!” Sí, bájale, no subas, porque si subes, cambias, y si subes y cambias, nos traicionas, dejas de ser leal a todos nosotros, los que no cambiamos, los que somos fieles a nuestro estado de ser, los fijos, los que no “la creemos”, a quienes no “se nos ha subido”, los que cada vez que tú quieras separarte de nosotros y aspirar a más, te vamos a respetar, te vamos a repetir, para que regresas al corral, “!bájale!” Ése es uno de los rasgos constitucionales del viejo mexicano. La superación es imposible.” ¡Ni lo intentes! Y si lo consigues, nos traicionarás. Ya no serás uno de nosotros. Por eso cada vez que alguien tiene éxito en México – digamos, Salma Hayek o José Luis Cuevas – decimos que se le subió, que cambió, que “ya no es el mismo”, como si ser el mismo fuese un mérito – y no un estancamiento -; como si cambiar o subir fuese un gran defecto. Lo peor de todo, sin embargo, es que a veces el que asciende, el que logra lo que buscaba, se convence tanto de que subir envilece que, de hecho, al subir, efectivamente, se pierde a sí mismo, se rebaja, como si rebajarse sirviese de contrapeso a haber ascendido. ¡Bájale! Ésa es la consiga fundamental del viejo mexicano. Al mexicano le encanta ser el perdedor de la película porque eso lo hace ver bien, puro ante sí mismo. Y ama más estar jodido que ser malo, y como el malo es el vencedor, con tal de no ser malo no quiere salir ganando. En nada. Si la selección nacional se volviese ganadora no pasarían ni tres años antes de que todos los mexicanos la odiasen. Como le sucedió a Hugo Sánchez, a quien ya no soportamos desde que se volvió un hombre triunfador. Le buscamos todos los pretextos concebibles, su esposa española, su nuevo acento, su actitud arrogante. ¡En México no hay nada peor que volverse creído! Pero nada más analiza la pura palabra: creérsela es algo perverso, lo peor que puede hacer un mexicano según otro mexicano. Cuando Hugo Sánchez se volvió un triunfador dejó de ser un mexicano en opinión de los propios mexicanos. Nótese cómo las


acusaciones, burlas y críticas que se le hacían tenía que ver directamente con que ya no era mexicano. Eso ocurrió porque consciente e inconscientemente creemos que un Buen Mexicano no puede sobresalir sin corromperse. Y no hay más que buenos mexicanos porque un Mal Mexicano no puede existir, si alguien se hace malo entonces deja de ser mexicano. El mexicano está convencido de que sobresalir es lo peor que puede ocurrirle. Lo hace porque ya tiene demasiado fijado qué es un mexicano. Y un mexicano que gana no es un mexicano. ¡Nosotros los pobres! Nosotros, los vencidos. ¿Qué significa que alguien se crea? Significa que dejó de fingir. Ya no finge, ahora se cree lo que es. Pero eso al viejo mexicano le resulta abominable. El mexicano sigue enojado porque lo que aprendió a hacer se lo enseñaron los conquistadores, los patrones. Desde escribir en español hasta lo que hace todos los días en su trabajo se lo enseñaron – así lo quiere ver para chingarse más a sí mismo – sus amos. Entonces hace las cosas como si no fuese él quien lo hace. El electricista mexicano no se cree electricista. Prefiere creer que hace chambitas. Si se asumiera como un electricista, entonces tendría que saber todo lo que un electricista tiene que saber. Pero lo mismo le sucede a un escritor mexicano. Para que un escritor mexicano admita que es un escritor, ¡uh!, pasarán varias horas. Pondrá todo tipo de pretextos y causas buenísimas. “No, escritor, Borges; yo no, yo sólo escribo, muy humildemente, pero no me puedo llamar un escritor”, y es que si aceptase que es un escritor, de inmediato sentiría que alguien más lo va a criticar por creerse mucho, por creérsela. Y lo mismo le sucede al político que te chinga, a la que te corta el pelo todo chueco, al policía que te muerde, a la empresa de hacer baches y así hasta el último rincón del país. Cada mexicano no quiere asumir lo que es, lo que hace, porque si lo hiciera perdería el amor de los demás. Sería señalado como un creído por creerse lo que hace. Por eso detestamos a Hugo Sánchez. “Ya se le subió.” Y como un mexicano siempre se la tiene que pasar abajo, siempre tiene que quedarse atrás de otro, cuando un mexicano sube, deja de serlo.


Se vuelve un traidor. Ésta es la gran traba de la mentalidad mexicana. Lo mismo sucede cuando alguien se vuelve exitoso. Cuando alguien adquiere fama, por ejemplo, Gael García, lo primero que se va a decir es que “ya no es como antes”. O sea que en México lo óptimo, lo chingón, es quedarte como eras antes. No cambiar. Como dicen los chismógrafos mexicanos de los adolescentes de la secundaria: “!nunca cambies!” ¿Alguien se acuerda de esos “buenos deseos” que te hacían tus amigos en tu cuaderno cuando terminaba el año escolar? La adolescencia es, a veces, de lo más reaccionario. Sin embargo, eso es lo que les recomendamos a todos. No cambies. Por supuesto que Gael García ya no va a ser el mismo que antes. Gael se volvió una estrella cinematográfica mundial. Tenía que cambiar de amigos, pertenecer a otras esferas – si eres un mexicano típico te estás retorciendo sólo de escuchar estos comentarios -, Gael tenía que dejarte atrás, dejarle de importar cosas que antes le importaban, porque ahora quiere ocuparse de que cosas que él considera más relevantes. Pero el problema, caray, fue precisamente que Gael García quizá terminó por ceder a la mexicanidad tradicional. En lugar de seguir haciendo películas en el extranjero, mucho mejor aún, películas, por ejemplo, en donde los personas mexicanos salvaran al mundo de los norteamericanos o de los marcianos, películas donde los personajes mexicanos se salieran con la suya sin tener que hacer transas o pudieran derrotar la injusticia, en lugar de estas películas, después de su éxito, Gael regresó a los estereotipos. Como si hubiesen intentado recuperar el amor de los derrotados, de los Buenos Mexicanos, Gael García y Diego Luna hicieron, por ejemplo, una película en donde los dos eran un par de jugadores de futbol que, a punto de alcanzar la cima, se vinieron abajo y no pudieron cumplir sus sueños, convertidos finalmente, en un par de chistes. ¿Cómo olvidar aquella escena en que el jugador de futbol, interpretado por Gael, siegue obsesionado por ser un cantante popular norteño y hace un video “naco”? Podría decirse, es una burla hacia el mexicano. Pero el mexicano está tan deteriorado que no se dio cuenta y tomó la parodia como un elogio. El video y la canción se volvieron todo un éxito. Con esa película, Gael y Diego se aseguraron el amor del pueblo.


Una película mexicana, bien hecha, en que los personajes pudieran evitar un fraude electoral, es una película mexicana impensable. Suena mamona. Inverosímil. ¡Estúpida! El mexicano no puede ni imaginarse como un personaje de una historia en que le salgan bien las cosas. El mexicano está convencidísimo de que el mexicano sólo es real si se autorretrata como un fiasco. A eso le llama realismo. Así de graves estamos. No nos parece verosímil un éxito mexicano, un triunfo sobre las fuerzas opresoras. Hemos naturalizado el fracaso. Los jodidos son los seres que no pueden imaginarse si quiera sobreponiéndose exitosamente a sus mínimos problemas personales. El mexicano define al mexicano como un ser que pertenece esencialmente a los de abajo. Los de arriba no son mexicanos. Por eso ningún mexicano quiere subir. Y los que suben, peor aún, se vuelven antímexicanos, es decir, efectivamente se venden a los interés extranjeros, porque a pesar de haber subido – de clase, de puesto, de importancia – ¡No han olvidado la consigna” Y la consigna es: si eres mexicano eres pobre, si te vuelves rico, sobresaliente, importante, entonces ya no eres mexicano, ya te volviste malo, corrupto, traidor, malvado. El propio Hugo Sánchez, en parte, no dejaba de tener una mexicaneidad tradicional. La clásica chilena con que anotaba sus legendarios goles es una forma de vencer que no deja de creer que sólo de espaldas a la portería puede sobreponerse. No de frente, sino de espaldas al obstáculo. Y, de paso, en su propio eje corpóreo, esa forma de meter gol (tomando la pelota en el aire, girando el cuerpo hacia atrás) es de nuevo una forma clásica de ingresar al pasado, porque en nuestra cultura, y en muchas otras, la espalda y el pasado están simbólicamente relacionados. Sin embargo, es interesante cómo Hugo Sánchez logró aprovechar esta tendencia del mexicano a voltear hacia atrás y estar de espaldas a la realidad para salir adelante e imponerse. No obstante , gran parte de los mexicanos no pudieron soportar que un mexicano como él se volviera triunfador. En otros países, Hugo Sánchez hubiese sido un indiscutible héroe nacional. En México, para muchísimos, Hugo Sánchez era un malinchista.


De una u otra forma, se buscará hacer de él un fracasado con tal de poder amarlo. Como vencedor no tendría nuestro amor.

Una vez le dije a un amigo escritor que lo único que yo buscaba era la felicidad. Le dije que yo escribía por placer. Y no podía creerlo. Y yo tampoco podría creer que él no pudiera creerlo, pero no, no podía creerlo. El viejo mexicano juzga a la búsqueda de felicidad como ilusa, boba, estúpida. Hay muchos mexicanos – cierta izquierda, digamos – que creen que el deber del mexicano inteligente es permanecer infeliz. Y creen también que el mexicano no debe transformarse, sino resistir. La palabra “resistencia” es el vocablo predilecto de buena parte de nuestra izquierda. Pero “resistencia” es también estancamiento, deseo de inmovilidad. La alegreía es considerada una forma de tontería. Si eres feliz, ¡te entregaste al imperialismo yanqui! ¡Ya te lavó el cerebro Hollywood! ¡Pareces una muchachita! ¡Qué romántico! Aunque suponer que la transformación radical es algo romántico es tan absurdo como decirle a un niño: “!Qué romántico eres! ¿Crees que te vas a transformar en un hombre? ¡Qué va! ¡Un cambio tan radical no es posible! ¡Qué iluso eres, pequeñín!” A veces, pues, las negación del cambio se hace pasar por sentido común. De nada valdría anotar, otra vez, que lo que busca la sabiduría ancestral es construir un hombre simplemente feliz. Esto es también lo que aquí buscamos. El viejo mexicano sufre. El nuevo mexicano, en cambio, será el primer mexicano feliz. El primer mexicano autorrealizado. Si eso te interesa, continúa este libro. Si no, continúa tu vida o, mejor dicho, tu supervivencia. Esta de moda, desde hace algunas décadas, negar la existencia de un carácter o psicología nacional. Y hay razones saludables para tal crítica, en el pasado, los pueblos eran clasificados de acuerdo con caracteres definidos desde un punto de vista racista y eurocéntrico.


Pero negar la existencia de formas de ser colectivas hoy sería ingenuo. Las culturas transmiten caracterologías particulares. Formas de ser que no son uniformes o eternas, pero sí constantes, grupales, históricas, que se transmiten de una generación a otra, como se transmiten las costumbres, las creencias, las tradiciones, las estructuras sociales. Iré por partes. Primero explicaré brevemente qué es un carácter. Un carácter es la forma en que una persona consciente e inconscientemente autocontrola sus energías. Un carácter es la forma en que permitimos o restringimos la entrada y salida de estímulos. Un carácter, por ejemplo, puede facilitar o evitar que yo me dé cuenta de estímulos(emociones, energía) que se producen en mi interior. O puede dejar pasar o bloquear estímulos del exterior. El carácter, pues, es una forma de reaccionar. Una forma de autocontrol. Esas formas de control no se producen (ni se mantienen o se difunden) en un individuo aislado. Esas formas de control se producen en grupos, en épicas, en culturas. Eso es lo que llamamos – agrandes rasgos – el mexicano, el norteamericano, el ruso, se trata de formas de controlar las energías compartidas por grandes comunidades, y que luego llamamos identidad, nacionalidad, cultura. No estoy diciendo que toda forma de autocontrol sea negativa. Estoy diciendo que no todas las formas de autocontrol son las mismas. Y lo que llamamos nacionalidades o culturas son las zonas de influencia de tales formas, por un lado, de autocontrol (es decir, el sujeto se las aplica a sí mismo, porque siente que de no hacerlo se perdería, se volvería otro, y eso lo alarma) y, por otro lado, se trata de formas de cocontrol (es decir, si alguien quiere abandonarlas, otros lo disuadirán, porque hacerlo implicaría abandonar esa forma compartida, traicionar al grupo). La especie humana ha desarrollado muchas formas de control; y unas pueden estar asociadas a lenguas, rituales, ambientes, territorios, historias, identificaciones colectivas. Cierta forma dominante, mayoritaria, del mexicano, y sus variantes, es lo que voy a describir en este libro. Y lo que tú puedes superar.


Pero, por ahora, comienza reconociendo esto: tu carácter puede impedir o facilitar el flujo de energía, es decir, frustrar o promover tu expansión. Al carácter que mayormente impide los flujos de energía le llamo el viejo mexicano. Al carácter que mayormente promueve los flujos de energía, el nuevo mexicano. Tú eliges. Tú eres los dos. Cuando hablo del viejo mexicano me refiero, sobre todo, al mexicano del presente que, sin embargo, sigue viviendo imaginariamente en el pasado. Ya sea en el pasado histórico de este país o en el pasado de su propia experiencia. Le llamo viejo mexicano porque ha envejecido, ya que se ha negado a morir. El viejo mexicano es aquel que no ha renacido. Y con el nuevo mexicano me refiero al mexicano, de cualquier época, que ha logrado vivir en su presente, sin protegerse en el pretérito. Pero no quiero intelectualizar demasiado. No me interesa discutir ideas. Me interesa mover energías. Muchas veces discutir ideas solo es una manera de posponer el trabajo de transformación, el camino de sanación. Pensar es ensayar. Cuando pensamos, lo que estamos haciendo es ensayar una acción mentalmente, fantasear cómo sería, hacer un ensayo, en lugar de actuar, vivir. Pensar, sin embargo, no siempre ha tenido ese significado. La filosofía antigua definía pensar como una forma de construir la realidad y, a la vez, de contemplarla en su absoluta carencia de límites. “Pensar en ser”, decía el filósofo griego Parménides, y en ese enunciado Ser significa no este mundo de objetos sino la energía (sin forma… sin contornos… la energía ilimitada, infinita) de la que está compuesta la realidad total. Pensar, entonces, significa acceder a esa visión en la que ya no nos movemos en el mundo de las cosas, el mundo de los seres separados entre sí, sino en el Ser, en donde hay total unidad y cada cosa es una extensión de una fuerza espiritual de la que emerge el mundo material que percibimos con los sentidos.


Pero ésa no es la definición habitual de pensar. Comúnmente pensar significa usar la fantasía para suspender la acción del cuerpo y, en su lugar, refugiarse y divagar entre imágenes mentales, recuerdos, planes. Esa forma de pensar, por lo tanto se deriva del mido que tenemos a actuar en el mundo. El miedo, sencillamente, a estar en el mundo. Y hay formas de pensar que se vuelven automáticas, se mecanizan. Ésas son las formas de pensar que vamos a indagar para cambiar por el Pensar, el pensar infinito. Lo que el pensamiento común desea es evitar el dolor. Eso hay que tenerlo claro. Así es como, por una parte, no enfrentamos el dolor y, por otra, evitamos el crecimiento. Crecer duele. Al evitar el dolor, dejamos de crecer. Lo que el viejo mexicano está haciendo no es malo. Ni condenable. Lo que el viejo mexicano está haciendo, sencillamente, es evitar que la vida le duela aún más evitar que la vida le duela a los demás. Por eso es falso que el mexicano sea masoquista. Incluso cuando el mexicano sufre y parece no querer dejar de sufrir, lo que en verdad está haciendo es cambiar un dolor por un sufrimiento. Lo explicaré mas despacio. Y antes de explicarte nota que este libro está hecho de pasos. Cuando no comprendas uno de ellos, no avances. Vuelve a las páginas anteriores. Repásalas. No es necesario avanzar rápido. Avanzarás precisamente cuando dejes de intentarlo. Cuando aceptes este momento y no desees intercambiarlo por otro, se producirá el crecimiento. Retomemos pues, el camino: Hay una diferencia enorme entre sufrimiento y dolor. Lo explicaré con una historia sencilla. La historia de un hombre que teme hasta el más mínimo dolor. Un hombre recuerda que cuando era niño las inyecciones le dolían mucho. Y ahora necesitar ir con alguien para que lo inyecte. Entonces, comienza a en pensar en la inyección. Eso es el comienzo del sufrimiento.


El sufrimiento, pues, comienza con las memorias. Casi imperceptiblemente, así dejamos de vivir para comenzar a pensar, es decir, en lugar de experimentar la realidad, la imaginamos. ¿Y cómo la imaginamos? Con base en las memorias, en el pasado. Casi siempre esas memorias provienen de la infancia y de las experiencias amorosas fallidas. Nuestro amigo, pues, evita ir a que lo inyecten. Imagina que le dolerá. Imaginar que le dolerá mucho, eso es el sufrimiento. El sufrimiento duele menos; es cierto. Pero el sufrimiento dura más. No querer que te duela algo te hace un favor, ¡por supuesto! Te evita eso: un dolor. ¿Cómo es ese dolor? ¡No comiences a pensarlo! Si comienzas a pensarlo lo imaginarás grande, enorme, insoportable. Ya estás sufriendo. Sufrir es menos intenso. Pero más prolongado. Sufrir es imaginario. El dolor, en cambio, está mas ligado al cuerpo. Sufrir es resistirte. El dolor es separarte. Regresemos de nuevo a nuestro amigo que teme la inyección. Nuestro amigo se agravó. Y no le quedó otra que ir a que lo inyectaran, por supuesto, después de mucho sufrimiento, de estar pensando y pensando, debatiéndose, incluso revolcándose, preguntando a otros qué tanto duele, cómo puede evitar el dolor, qué truco, qué artimaña… no dejando de pensar en todo lo que le dolerá… Es probable que nuestro amigo ya ni si quiera se dé cuenta de que lo que imagina que le dolerá está basado en imágenes (recuerdos) del pasado y en versiones de otros. Pero nuestro amigo está ya sentado en el consultorio y la enfermera se dispone a inyectarlo. Observa la gran jeringa. Una lágrima está a punto de escapársele. Cuando la enfermera va a hundir la aguja en en su brazo, ¡nuestro amigo lo retira de inmediato! “!No!, ¡no!” “No le va a doler, de verdad.” Así es el sufrimiento. El que quiere evitar dolor se niega a atravesarlo.


Y quien está cerca del que va a atravesar un dolor, para facilitarle su entrada en él, le miente. Le dice que no le va a doler. Estas mentiras piadosas son también parte del sufrimiento, pues el que sufre sabe que eso no es cierto, sabe que se le está mintiendo y, por ende, se aferra más a su sufrimiento. Salir de su sufrimiento le parece arriesgarse a entrar en un engaño. “Señor, por favor, ponga su brazo”, le dice la enfermera y nuestro amigo, apenado, un tanto resignado, cierra los ojos, porque el que sufre no quiere ver. Y aprieta su cuerpo, su brazo, su cara, sus nalgas, sus mandíbulas, porque el que sufre se contrae. Así imagina que le dolerá menos. Pero ocurre lo contrario. Al tensionarse, el dolor aumenta, porque hay resistencia. La aguja entra. “!Ayyyyyyyyy!” Y el dolor dura unos instantes y se va.

Nuestro amigo sale de la enfermería algo ofuscado por haberse resistido tanto a la enfermera – qué vergüenza – y algo confundido. Siente satisfacción de que todo haya pasado. Asimismo, quiere confirmar que hubiera sido mejor no haber atravesado el dolor y, en su lugar, haber sufrido más. Y otra parte de nuestro amigo sabe muy bien que el dolor es intenso. Y pasajero. Un dolor se debe a una pérdida. Una muerte de otro. O una muerte de una parte o la totalidad de nosotros. El sufrimiento sirve para evitar sentir el dolor de volvernos otros, el dolor de cambiar, de perder algo o a alguien, de separarnos de una etapa. De dejar de ser niños, por ejemplo. Y quien no quiere volverse adolescente incluso se puede aferrar desesperadamente al sufrimiento, y vestirse de negro, como en un funeral interminable, un funeral que no quiere completar. Vamos repasando: el viejo mexicano consiste en sufrimiento. Ese sufrimiento está basado en su pasado. En su memoria. A la que se marra, porque piensa que es su única guía, su único conocimiento.


Y el mexicano, para que no le duela existir, se contrae, piensa, se retira de la vida, no se expone, se endurece, pierde flexibilidad. El viejo mexicano no quiere olvidar. No querer olvidar es la base de su sufrimiento y, por lo tanto, la base de su no crecimiento. El viejo mexicano todo lo ve desde sus heridas. Para eso las mantiene abiertas. Cree que sin la herida se quedaría sin mirada. Al no querer ignorar el pasado, ignora el presente. Al no dejar de recordar, deja de percibir el ahora. No vive. Sufre. No atraviesa dolor. Se estanca un paso atrás. No experimenta este momento. Permanece con la vista en el pasado. Lo que el mexicano no quiere olvidar es que el dolor es más intenso (y breve) que el sufrimiento, que es menor (y más perdurable). El viejo mexicano, pues, es una serie específica de sufrimientos. Como no permite la llegada del dolor, lo imagina terrible, tremendo, intolerable. Todo el melodrama mexicano se deriva de esta fantasía y de la elección del sufrimiento por encima del dolor. Como no permite la llegada del dolor, no se percata de que el dolor es la entrada a una nueva identidad, pues el dolor se refiere a la muerte de su vieja cáscara, a la muerte de su vieja identidad, que tiene que dejar ir para poder renovarse. Pero renovarse duele. Y, entonces, prefiere el más apacible (y largo, largo, muy largo) conjunto de sufrimientos que caracterizan al viejo mexicano. ¿Cuáles son esos sufrimientos? Eso es lo que vamos a indagar.


Capítulo 4 - México sufre