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TORTURA i algo me repugna es la tortura. No concibo mayor crueldad que la de someter a semejante sufrimiento a una persona. La tortura es vieja como el mundo y en 2012, en demasiados lugares del planeta, sigue asomando su podrida cara para vergüenza de la humanidad. Como apuntaba, campa a sus anchas, y así lo subraya diariamente Naciones Unidas y otras organizaciones humanitarias. Solo tenemos que echar un vistazo a la red para constatar lo que es una realidad palmaria. Amnistía Internacional acaba de publicar un informe espeluznante sobre la tortura en México, bajo el título Culpables conocidos, víctimas ignoradas. En Siria, país devastado por una guerra civil inacabada, Save the Children tacha de aterradoras las torturas a niños. ¿Puede existir tanta sevicia como para torturar a un niño? La ONU ha acusado a Marruecos, a través de su relator especial para la tortura, de utilizar de forma sistemática estas prácticas sobre manifestantes contrarios al gobierno y contra las personas acusadas de terrorismo. Y en parecidos términos se ha manifestado Human Rights Watch sobre Hamás en la franja de Gaza. La lista de esta violación de los derechos humanos es inacabable. Y todavía mantenemos frescas en la retina las imágenes del vídeo sobre torturas en cárceles de Georgia, que han puesto en la picota al presidente Saakashvili. Lo dicho, la tortura es una lacra que nos hace más infelices, menos humanos. Más despreciables. Pero no tenemos que fijarnos solamente en países del tercer mundo, en dictaduras feroces, en regímenes militares implacables. La noticia ha saltado hace unos días. El Tribunal de Dere-

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Apuntes de un mirón

J.D. DEL MORAL OKARIZ

“CAMPA A SUS ANCHAS Y ASÍ LO SUBRAYA DIARIAMENTE NACIONES UNIDAS”

chos Humanos de Estrasburgo ha condenado a España por no investigar en profundidad la acusación de torturas interpuesta en 2003 por Martxelo Otamendi, exdirector del diario Egunkaria. Otamendi denunció malos tratos durante su arresto; sin embargo, el caso fue archivado en 2004. Y el caso Otamendi se une tristemente a la ristra de tantísimas denuncias de tortura y de malos tratos que el poder ha soterrado –la mayoría de las veces– pertinazmente, dando así una bofetada al esclarecimiento de la verdad y coadyuvando a enquistar el denominado conflicto vasco. Son hechos que nos sonrojan y que vulneran el estado de derecho. La alargada sombra de la tortura se cierne, por tanto, también sobre las democracias occidentales, aquellas que supuestamente son más respetuosas con los derechos humanos; y que lo son, pero que deberían darnos lecciones de cumplimiento escrupuloso de consideración con el prójimo, bajo cualquier circunstancia. Hermanadas con la tortura –nos lo recuerdan los grupos humanitarios y la ONU– se encuentran la explotación y la agresión a los niños (qué decir de los niños de la guerra o niños soldados) y a las mujeres. Y no quiero concluir esta columna sin ensalzar el nombre de Malala, que aúna en toda su fiereza el bofetón de esas dos ignominias. Los talibán justifican su intento de asesinato porque la niña de catorce años no se posicionó en contra del mayor enemigo de los muyahidín: Obama. No, Malala solo quería seguir estudiando en uno de los lugares más peligrosos del planeta, en el valle de Swat. ¡Que se alce el nombre de Malala como una brisa fresca, como un viento barredor del fanatismo y la impiedad!

[ILUSTRACIÓN: ANNAPHOTO]

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