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un fenómeno para mí.

Resumiendo esa parte de su vida, ¿se puede decir que la muerte de su padre y los toros le han salvado de la droga? Totalmente. Nunca he tenido la menor duda de que ambas cosas me salvaron de un mundo tremendo, el de la droga.

Tiene que ser duro vivir pensando que la muerte del padre le ha salvado a uno de caer en el abismo. Es muy duro, pero es la verdad. Alguna vez lo he pensado y muy pocas veces lo he dicho, porque es una barbaridad, pero sí, gracias a Dios que mi padre murió. Si él no hubiera muerto, yo, posiblemente, hubiera sido un desastre. Estaba abocado a la ruina.

¿En algún momento su madre le pidió dinero o ayuda? No, ¡solo faltaba que hubiera hecho eso! Tampoco le di pie; cuando la conocí vivía

““

lea el libro va a entender mis rarezas. Además de mi chaladura y mi majadería, que también las tengo, casi todo tenía un por qué, y era porque había tenido una vida un tanto extraña.

La mayoría recuerda su infancia con cariño y nostalgia, es un territorio abonado de buenos recuerdos, ¿qué siente usted hacia ese periodo de su vida? Es un conjunto de muchas cosas. Si me pongo a analizar no tengo la sensación de que de pequeño era triste. Es cierto que había situaciones límite, que mi padre maltrataba en algunas ocasiones a la señora que vivía con él cada vez que venía la policía a casa. Yo era como las liebres, tenía 10 años y dormía con un ojo abierto y otro cerrado. Cuando tenía doce, a mi padre le metieron en la cárcel y yo iba a visitarle a Carabanchel. Atravesaba esos patios con unas colas tre-

Es una barbaridad decirlo, pero gracias a Dios que mi padre murió” Con 13 años me sentía el personaje más desdichado del mundo” con otro señor y tenía hijos con otro señor.

La suya parece una vida de película. Pues sí. No me lo he planteado, pero es posible que sea una vida de película.

¿Qué ha sacado de bueno de esa primera parte de su vida? Que no fallecí en el intento. Con 13 años todo me parecía desastroso, fíjate lo que tenía encima. Mi padre había muerto, mi madre biológica era una desconocida para mí y tenía su propia vida… Era todo tan rocambolesco que me sentía el personaje más desdichado del mundo. Pero cuando comprobé que la situación no podía conmigo y que seguía hacia delante, me hice más fuerte, pero también muy débil porque tenía un pasado, un pasado escondido dentro de mí. Y me daba miedo sacarlo porque me sentía inferior a los demás.

¿Con el libro ha sacado sus demonios fuera? Eso es una parte. Creo que la gente que 6 ❘ GENTEON

mendas, juntándome allí con cientos de quinquis… ¿Una infancia feliz? No, pero tampoco tengo la sensación de que era una situación muy mala. Vivía, me había acostumbrado a subsistir y mi ilusión y mi sueño era ser torero.

¿De dónde le viene su afición por los toros? Fue casual. Mi padre era aficionado y me llevaba a los toros, pero como a mí no me gustaban dejó de llevarme. Un día, jugando al fútbol en el aparcamiento de la plaza de toros, llegó un torero y se formó un gran meollo. Me metí en él y cuando vi de nuevo al torero algo me llamó la atención. Cuando llegué a casa le dije a mi padre que quería ir a ver una corrida, y me llevó. No sé lo qué me pasó, no sé lo qué me llamó la atención y me maravilló, no sé lo que fue, pero pasó.

¿Fue el momento en el que decidió su futuro? Sí. Cuando llegué a casa cogí un trapo de cocina y empecé a emular al torero que

había visto en la plaza. Le dije a mi padre que quería ser torero y, como soy un cabezón y le di tanto la brasa, a los doce días me llevaron a la Escuela Taurina.

Una decisión que dio la vuelta también a su futuro familiar. Enrique Martín, que era y es el director de la Escuela Taurina, se dio cuenta de que a la hora que tenía que estar en el colegio yo estaba entrenado, y se me acercó para preguntarme por qué estaba allí y no estudiando. Le dije que mi padre estaba enfermo y se interesó por hacerle una visita de cortesía. A los pocos días de haber ido a verle, mi padre se puso en contacto con él y le dijo que no sabía qué iba a ser de su hijo. Parece que mi padre veía que se estaba muriendo y se preocupó por mí. Enrique le contestó que no sabía si yo iba a ser torero, pero que se ocuparía de mí como persona y se encargaría de que fuera recto por la vida.

Una promesa cumplida. Y tanto. Cuando falleció mi padre yo regañé con la mujer que vivía con él y cuando terminó el curso escolar me fui al campo con Enrique y su familia. Y ya no volví. No solo me quedé a vivir, es que me aceptaron tal y como yo era.

¿Y cómo era usted? Tenía 13 años, era revolucionario, mal hablado, mal encarado, con un carácter horrible…

Vaya joya, pues sí que le tenían que querer. Sí, es una familia muy generosa. Coger a un niño que no es nada tuyo, que encima es un regalito, porque al principio a todo lo que me decían yo iba a la contra y en plan borde, es de admirar. Ahora que soy padre, si me tocara un niño así que no fuese mío, le diría: Qué te aguante tu padre chaval, vete a hacer puñetas.

¿Lo que vivió en su infancia le hace valorar más a su familia? Me gustaría tener la inteligencia suficiente para no ser como mi padre biológico. Quiero mucho a mi mujer y a mis niñas, Alba y Claudia.

¿Es un padre consentidor? No, y en cierta forma el libro también es para ellas. Que vean que han tenido la suerte de nacer en una familia acomodada, que sepan cuál ha sido la vida de su padre, del torero que mucha gente quiere y admira, que vean de qué barrio procedemos y que no es oro todo lo que reluce.

Siempre le ha reconocido a su mujer 

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Estilo y moda

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