Una herencia inesperada

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Capítulo 1

Un caso asombroso Estoy emocionada. Bruno, Mati y yo hemos vivido el caso más asombroso de nuestra vida como investigadores. Ah, también mi abuelo, Teo, y mi perro, Elvis, han sido protagonistas de esta historia. ¡Uf! Su recuerdo me pone la piel de gallina1. No sé por dónde empezar a contar. Lo mejor será que empiece por el principio. Todo comenzó hace un mes, el 8 de marzo concretamente. Lo recuerdo porque era la fecha en que se celebraba el Día Internacional de la Mujer. Ese día, mi amiga Estrella, compañera de la universidad, me llamó temprano por teléfono. —¡Estrella! Cuánto tiempo sin saber de ti. Llevas varios días sin venir a clase. ¿Todo bien? —Malas noticias, Mónica. Ha muerto mi abuela. Cuando alguien te dice algo así, no sabes qué responder. —Lo siento mucho, Estrella. ¿Pero cuándo? ¿Estaba enferma? La última vez que estuve allí, la encontré fenomenal. —Murió la semana pasada. De repente se le paró el corazón. 1

Me pone la piel de gallina: me pone el vello* de punta por la emoción.

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¡Qué pena! Era una mujer muy simpática y muy amable conmigo cuando iba a su casa. —Lo siento, de verdad. Tu abuela Margarita me caía muy bien. Ya lo sabes. ¿Puedo hacer algo por ti? —Para eso te llamaba, además de para contártelo. Voy a vender el piso donde vivíamos, y necesito sacar de allí todas las cosas. —¿No te quedas a vivir allí? —No. Me siento rara allí sin mi abuela. He decidido cambiar de aires2. —Te entiendo, Estrella. Bueno, pues cuando quieras voy. Me dio mucha pena la noticia. Fui varias veces a la casa de Estrella, y la abuela siempre me recibía con una sonrisa. Transmitía mucha paz. Además, cuando yo curioseaba* los libros de las estanterías, siempre me recomendaba alguno y me lo prestaba. En ese aspecto se parecía a mi abuelo: a los dos les encanta leer. Y, además, hacía unas tortitas con nata que estaban para chuparse los dedos3. Cuando iba a casa de Estrella, yo salía merendada y con un libro debajo del brazo. Estrella me pidió ayuda para organizar la mudanza, pero pienso que, sobre todo, me llamó porque necesitaba apoyo moral para enfrentarse a los recuerdos de su abuela pero también de su abuelo, porque Estrella se crió con sus abuelos desde pequeña. Los padres de Estrella —Ana y José— son reporteros de guerra y viajan por el mundo sin un lugar fijo de residencia, así que dejaron a los abuelos maternos a cargo de Estrella. Por eso, sus abuelos han sido para ella como sus padres. 2 3

He decidido cambiar de aires: he decidido cambiar de residencia. Para chuparse los dedos: riquísimas.

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¿Qué relación tiene esto con un caso de investigación? Muy sencillo: el día que entré en aquella casa de la calle Peñuelas, en el popular barrio madrileño de Arganzuela, empezaron a pasar cosas muy extrañas. Tan, tan extrañas, que averiguar su causa se convirtió en un nuevo caso para Bruno, para Mati y para mí, los tres investigadores de la Agencia Eñe. Y también para mi abuelo. Aquel 8 de marzo, tras su llamada de teléfono, fui rápidamente a ver Estrella. Quedamos a media mañana, en la casa de la calle Peñuelas. Cuando llamé al timbre y me abrió la puerta, se echó a mis brazos y se puso a llorar. Ahí estuvimos un buen rato las dos, abrazadas en la puerta de su casa. Era la primera vez que veía llorar a mi amiga y eso me impresionó. Llorar la ayudó —las lágrimas a veces son como una medicina—, porque enseguida se calmó, se limpió los ojos y la nariz, y me invitó a entrar con su habitual voz cantarina: «¡Venga, pasa! ¡No te quedes ahí pasmada*!». Estrella es una chica alegre, siempre con una sonrisa en la cara, y me encanta porque me contagia su optimismo. En ese momento yo necesitaba su optimismo: Al entrar en esa casa vacía y sentir la ausencia de Margarita, que antes lo llenaba todo con sus risas y su buen humor, me dio un vuelco el corazón4. Cuando llevábamos ya un buen rato de trabajo, se acabó la cinta para embalar* las cajas. —¿No te importa quedarte sola un momento? —me preguntó Estrella. —Claro que no. —Bajo a comprarla —dijo Estrella—. Vuelvo enseguida. —¿Por qué no compras ya algo para comer, unos frutos secos o unas aceitunas? 4

Me dio un vuelco el corazón: se alteró de repente el ritmo de mi corazón por la impresión.

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—¡Vale! Cuando Estrella cerró la puerta de la calle, la casa se quedó en silencio y tuve la sensación de que la propia casa me invitaba a pasearme por las habitaciones. Había estado varias veces allí, pero nunca la observé con detalle. Ahí estaba silenciosa la chimenea, que encendían en invierno, el sillón donde Margarita solía sentarse, las estanterías llenas de libros, los cuadros por las paredes —que contemplé uno a uno—, las alfombras persas que cubrían los suelos y cientos de objetos (algunos rarísimos) que se repartían por aquí y por allá, en muebles, mesas y estanterías de toda la casa, por el suelo… Aquello parecía un bazar. Sentí que cada uno de ellos brillaba con luz propia y parecía decirme: «¡Eh, mírame!, yo soy la obra de arte más original de esta casa». Y las fotos. Muchas fotos. Nunca antes me había parado a mirarlas. Colgadas en las paredes en pequeños marcos, o apoyadas en la estantería o en las mesitas, fotos en blanco y negro donde casi no podías distinguir quién era quién. Había una de color sepia donde reconocí a Margarita de joven junto a un hombre chino, alto, con traje y el pelo engominado*. Era el abuelo. ¡Qué guapos los dos! Todo lo que veía me parecía fascinante, aunque ya había estado en esa casa varias veces, pero en ese momento lo veía todo con otros ojos. Y todo me atraía. Cogía cada objeto, lo acariciaba y lo exploraba por todos lados: una caja de música, un huevo de porcelana con decoración chinesca, un mapamundi en miniatura… Todo me llamaba la atención. De pronto, me sucedió algo extraño. Sentí que los objetos me llamaban, que las alfombras se movían debajo de mis pies, que las personas de las fotos me miraban queriendo decirme algo. El aire se hizo más denso y me costaba respirar. La luz se volvió más débil, gris, parecía que una gran nube estaba ahora en el techo, justo encima de mi cabeza. ¿Cuánto tiempo llevaba Estrella fuera de casa? Saqué inmediatamente mi móvil del bolsillo de mi pantalón. Miré el reloj: solo siete minu10


tos. Tuve el impulso de llamarla por teléfono, pero por suerte en ese momento escuché la llave en la cerradura. Era ella. —¿Qué haces ahí parada? Parece que has visto a un fantasma —me dijo mientras entraba con la cinta en una mano y una bolsa con algo de comida en la otra. —Nada, no me pasa nada —le mentí, porque yo misma no entendía qué me había pasado. —Pues venga, ayúdame a meter los libros en estas cajas. Durante toda la mañana, Estrella y yo sacamos muchos libros de las estanterías y los colocamos en las cajas. Parecía que los ejemplares se reproducían cuando los sacábamos de su sitio. ¡No se acababan nunca! —Lo más fácil de empaquetar son los libros. Además, ya sé a qué biblioteca los voy a donar. Pero ya verás cuando empecemos con el resto de las cosas. Eso sí que me va a ser difícil… —me dijo pensativa abriendo los brazos—. Aquí está la vida entera de mis abuelos. —¿Todo lo demás lo vas a llevar a tu piso de alquiler? —Me llevaré lo más importante. Lo demás… Lo demás lo regalaré. Tú puedes coger algo si te gusta. Quiero agradecerte tu apoyo. —No es necesario. Oye, ¿y tus padres? —le pregunté con curiosidad. —Mis padres vinieron al entierro, pero se han tenido que marchar. Ya sabes, su trabajo es así —me contestó, y sentí que lo decía con tristeza.

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—¿Pero la heredera no es tu madre? —No. Mi abuela hizo el testamento hace tiempo y la casa me la deja a mí. —Ah… —Mónica, yo creo que por hoy es suficiente —me dijo Estrella de pronto. Estaba claro que quería dejar de hablar del tema. —¿Quieres que llamemos a Bruno para ir juntos esta tarde a la manifestación? —le propuse sabiendo que iba a decirme que sí. Todos los años se convoca una manifestación por el Día de la Mujer y nunca me la pierdo5. —Claro, quedamos para esta tarde. Pero, antes, coge lo que quieras. Toma esta bolsa y mételo ahí. Casi me obligó a llenar la bolsa, así que no tuve más remedio que obedecerla. Escogí un despertador muy antiguo, una bola de cristal con nieve dentro, varios libros, una tetera, una caja del tamaño de una caja de zapatos —que no se abría por ningún lado, pero que era muy bonita— y un teléfono antiguo. Al día siguiente, decidimos continuar con la recogida y limpieza de la casa. Ahora era momento de descansar y quedar con Bruno por la tarde para ir a la manifestación.

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Nunca me la pierdo: siempre voy.

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EJERCICIOS CAPÍTULO

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1. Une cada personaje con su identidad. 1. Mónica es… 2. Ana es… 3. José es… 4. Huang Li es… 5. Estrella es… 6. Margarita es…

a) nieta de Margarita y Huang Li. b) amiga de Estrella e investigadora de la Agencia Eñe. c) abuelo de Mónica y suegro de José. d) marido de Ana y padre de Estrella. e) madre de Ana y esposa de Huang Li. f) madre de Estrella e hija de Margarita.

2. Contesta estas preguntas sobre el texto. a) ¿Para qué llama por teléfono Estrella a su amiga Mónica? b) ¿Por qué vivía Estrella con su abuela Margarita? c) ¿Qué tienen en común la abuela de Estrella y el abuelo de Mónica?

3. Describe en unas pocas líneas el salón de la casa de Estrella.

4. Los abuelos maternos son por parte de la madre. Si son por parte de padre, ¿cómo se llaman?

5. Completa estas oraciones con expresiones del capítulo. a) Al final Juan vendió su casa y se fue a la montaña. Dice que necesitaba b) ¡Qué pena, Laura! Anoche una entrevista en televisión donde aparecía nuestro jefe. c) A yer esa escena tan triste de la película a los espectadores.

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Un caso asombroso

Descubriendo el misterio • ¿Crees que es casualidad todo lo que le sucede a Mónica cuando se queda sola en la casa de Estrella? • ¿Te ha sucedido a ti alguna vez algo similar? Si es sí, ¿cómo reaccionaste?

s ¿Sabíea? qu

DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

La idea de un día internacional de la mujer nació a finales del siglo xix. Un 8 de marzo de 1857, un grupo de obreras textiles decidió salir a las calles de Nueva York para protestar por sus pésimas condiciones de trabajo. Después, el 5 de marzo de 1908, Nueva York fue escenario de una huelga polémica para aquellos tiempos. Un grupo de mujeres reclamaba la igualdad salarial, la disminución de la jornada laboral a 10 horas y un tiempo para poder dar de mamar a sus hijos. Durante esa huelga, murieron más de cien mujeres, quemadas en una fábrica en un incendio atribuido al dueño de la fábrica como respuesta a la huelga. En 1910, en Dinamarca, en la II Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, se aprobó declarar el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer Trabajadora. A partir de entonces ese día miles de mujeres de todo el mundo salen a la calle para reivindicar la igualdad de derechos y oportunidades entre hombres y mujeres.

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