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La historia de Silvia Por Xilonen Luna Ruíz* El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer (CEDAW) en el rubro de Salud respecto a las mujeres indígenas en las zonas rurales en su numeral 35, reitera sus recomendaciones y exhorta al Estado para que se asegure de que todos los programas y políticas destinados a eliminar la pobreza incluyan una perspectiva de género y un enfoque intercultural (…) y adopte las medidas especiales (…) que enfrentan las mujeres indígenas en su acceso (…) a la salud (…) La urgencia en el acceso a los servicios de Salud para las mujeres indígenas tiene que ir acompañado inexorablemente de criterios de política pública que adopten medidas respecto a la pertenencia cultural de los pueblos y comunidades indígenas del país. Silvia De la Cruz vive en la localidad wixarika de Tierra Azul y tiene 4 hijos, la más pequeña de 3 años y el más grande con 14, la conocí en plena fiesta del ceremonial Hikuri Neixa en cuclillas y relegada del resto de la población asistente al centro ceremonial atrás del Tukipa Maxayueby (centro ceremonial wixarika) y con sus hijos Tuupi y Batuali de 3 y 5 años quienes revoloteaban alegres alrededor de ella. Antonio Hernández su esposo me la presentó, Silvia tenía una enfermedad en los ojos, por lo que a la edad de 14 años había

quedado paulatinamente ciega, ahora ella tiene 37 años de edad. A Silvia se le notaba el rastro de más de 15 años de no conocer el rostro de sus hijos, desarraigada de su entorno familiar y comunitario, tenía una expresión de situarse en ese momento como mujer joven wixarika, descontextualizada en una celebración a la cual no podía participar en los innumerables rituales y no poder ver la gestualidad, los movimientos y los colores de los dioses-hombres Xukuritamete y híkuritamete encargados de realizar las ceremonias en el Tukipa Maxayueby, de no ver el color de la tierra o las piedras por donde pasa cuando sube o baja los cerros de la zona tan, pero tan abrupta donde vive. Para llegar al Tukipa Maxayueby hay que emprender una larga caminata desde un lugar remoto de la comunidad de Waut+a, es un conjunto arquitectónico tradicional protegido por su territorialidad, dicho esto por los enormes cerros que le rodean. Tuve la enorme fortuna de presenciar los rituales de Hikuri Neixa en el Tukipa Maxayueby, así pude permanecer respetando las normas internas de las autoridades tradicionales y con todos mis sentidos alertas para ampliar mi conocimiento y mi respeto al pueblo wixarika. La presencia de Tatei Na’ariwame (diosa de la lluvia) se impuso pues en esta ceremonia es primordial llamar a la lluvia, la preparación de los coamiles, la fecundación de la madre tierra y los cantos ceremoniales son imprescindibles. Al final de la fiesta, Antonio me solicitó ayuda para realizar un escrito al Gobierno en vista del término de su sacrificio en su cargo en el Tukipa y con la decisión de ayudar a su esposa a salir de las tinieblas. Emprendí mi caminata de regreso al punto donde me esperaría una camioneta, me acompañaban entre otros Tuupi y Batuali quienes reían y me rebasaban y subían con destreza los empinados

acantilados y carcajeaban de mí dificultad para desplazarme como ellos. Al despedirme de Antonio y sus hijos hicimos el compromiso de no abandonar a Silvia con su enfermedad. Así que nos dimos a la tarea de tocar puertas, en una primera y definitiva reunión se le solicitó la ayuda al Secretario de Salud de Jalisco quien expresó su inmediata disposición para atender a Silvia y entre la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) y los Servicios de Salud de Jalisco se preparó todo para recibir a esta mujer wixarika. Por supuesto no todo es miel sobre hojuelas y siempre hace falta concientizar al interior de las instancias que los derechos de las mujeres y sobre todo de las mujeres indígenas están a la altura de cualquier mexicano. Una mañana del mes de Agosto, recibí una agradable sorpresa en mi celular, era Antonio Hernández y con una enorme emoción en la voz me expresó que su esposa Silvia había vuelto a nacer recuperando la vista y que estaban sumamente felices. Vino a mi mente la imagen de Silvia quien durante más de quince años al concebir a sus hijos no pudo ver sus caras por primera vez y pensé en la enorme emoción que le generaría su nueva vida al reconocer los rostros de los pequeños Tuupi y Batuali a quienes conocía por su tacto y su voz, como si hubieran nacido otra vez y reconocer y pisar después de tantos años los colores de la tierra por donde siempre ha caminado. Afortunadamente los dioses wixaritari escucharon muy rápido las plegarias de Antonio y su familia y guiaron la mano del oftalmólogo, el Dr. Luis Javier Cárdenas Lamas, en el Hospital Civil de Guadalajara “Fray Antonio Alcalde” con quienes estamos (me incluyo) muy agradecidos y con la coordinación del Dr. Covarrubias y sobre todo el apoyo del Ing. Julio Fernández y Leopoldo López de la CDI Jalisco. Por último, quiero comentar que aunque esta historia tiene un feliz en el aspecto de la salud de Silvia, me atrevo a asegurar que cada día se violentan los derechos de las mujeres en este país, por razones de discriminación y por falta de respeto y reconocimiento a este sector tan importante que son las mujeres indígenas, espero que las autoridades continúen atendiendo la recuperación de Silvia y de tantas mujeres que se encuentran en estado de discriminación en todos sus aspectos. *Xilonen Luna Ruíz es etnomusicóloga de profesión, ha trabajado por más de veinte años con diversos pueblos y comunidades indígenas como funcionaria del Gobierno federal y como investigadora.

La Esquina del Blues y otras músicas: Las reinas del blues Por Sandra Redmond El blues ha trascendido fronteras geográficas, culturales y musicales y su papel en la música popular es uno de los más importantes con respecto a otros géneros. Su origen es ubicado en el sur de los Estados Unidos a partir de los cantos de los esclavos africanos y se atribuye a W. C. Handy su paternidad, debido a que hacia la década de los años 20 del siglo pasado, fue la primera persona que recogió sus melodías en el Delta del Mississippi y las publicó. El papel de la mujer en la música en esa época y anteriores, se mantuvo supeditado a las decisiones masculinas. Hacia el siglo XVI la Iglesia Católica prohibía que las mujeres cantaran en el coro y se usaban hombres castrados. Eran niños y adolescentes a quienes se les habían retirado los testículos para que se impidiera el desarrollo y madurez de la laringe y los cambios fisiológicos de la pubertad y mantuvieran su tesitura en registros de soprano a mezzosoprano, práctica que fue prohibida por el Estado Italiano en 1870. A diferencia de otros géneros, las cantantes de blues rompieron con las normas sociales y los límites que la sociedad del siglo XX les impuso.

Fueron las pioneras de la liberación femenina e hicieron posible la reivindicación de la mujer en muchos ámbitos más allá del hogar. Fueron luchadoras que enfrentaron los prejuicios sociales atribuidos a su sexo, a su condición social y en la gran mayoría, a su color de piel. Las damas del blues eran mujeres trabajadoras, víctimas de la segregación racial. Lo mismo preparaban comida, servían mesas, cantaban, bailaban, que eran explotadas por la industria musical, e incluso debían llevar a los hombres a la cama para obtener su sustento y el de sus hijos. Todo eso lo expresaban en su porte, en su presencia escénica y sobre todo, en su música. Algunas casi se pierden en la historia, como Mamie Desdoumes, cantante y pianista, a quien le faltaban los dos dedos centrales de la mano derecha. También puede recordarse a Ma Rainey (1886-1939), que grabó 92 discos para la compañía Paramount y quien en su “Chain Gang Blues” denunciaba el racismo en el sistema judicial. Otra reina del blues es Bessie Smith (1894-1937), modelo a seguir por muchas cantantes de la actualidad y que vio nacer la era del jazz junto con el trompetista Louis Armstrong. A Billie Holiday (1925-1959) le correspondió cantar a negros y

blancos por igual durante la época de la gran depresión y la guerra, durante el tiempo en que las mujeres lucharon por obtener su derecho al voto y aparecieron los primeros anticonceptivos. Su imagen fue siempre glamorosa, ícono del orgullo negro. La larga lista de las reinas del blues está conformada entre otras por Etta James, pionera del Rhythm & Blues; Aretha Franklin, cuyo sonido fue el de una mujer negra que pedía respeto y a quien se le asoció con la lucha por los derechos civiles y el naciente movimiento feminista. Ahí están también el erotismo de Tina Turner, que aún puede apreciarse en los shows que ofrece por todo el mundo y, por su influencia en la década de los sesenta, imposible no mencionar a Janis Joplin, otra de las grandes leyendas de la música. Rebeldía y sensibilidad extrema. Todas ellas y muchas, muchísimas más, algunas más conocidas o más recordadas que otras, fueron “chicas malas” a la vista de la sociedad del siglo pasado. Todas ellas nunca se limitaron para expresarse, para demostrar su agresividad, sus agallas. A la luz de estos tiempos, son ejemplo de valentía, de coraje, y las primeras en asumir una actitud insumisa cuyo legado trasciende el plano musical, y se hace patente en la existencia cotidiana de muchas mujeres que viven en la actualidad con independencia e igualdad.

MUJER 2014 - Día Internacional de la Mujer  

Suplemento de Ellas.mx y LaSalud.mx impreso y distribuido en Milenio Diario. Edición Especial de Ellas.mx. Conmemorando el Día Internaciona...

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