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Lo Grotesco en la America Moderna: Diane Arbus y Sherwood Anderson

Agnès Teixidó Graña Módulo: Historia de la Fotografía Curso General I GrisArt, 2011


Lo Grotesco en la America Moderna: Diane Arbus y Sherwood Anderson

Índice 1.

Introducción ....................................................................................................................................................... 3

2.

Diane Arbus: Biografía, contexto histórico y artístico ....................................................................... 4

3.

Sherwood Anderson: Biografía, contexto histórico y artístico .....................................................13

4.

Análisis comparativo.....................................................................................................................................17

5.

Conclusión ........................................................................................................................................................24

6.

Bibliografía........................................................................................................................................................25

7.

Anexo: “Loneliness” y “Adventure” de Sherwood Anderson ........................................................26

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1. Introducción Diane Arbus y Sherwood Anderson son dos artistas que trabajaron en disciplinas completamente diferentes. Arbus era fotógrafa, su medio de expresión eran las imágenes; en cambio, Anderson escribía relatos cortos. A pesar de las diferencias en sus campos artísticos ambos autores se interesaron y representaron lo grotesco en la America moderna. Arbus y Anderson nacieron en Estados Unidos: Anderson en la segunda mitad del siglo XIX, Arbus en la primera mitad del siglo XX. Diane Arbus es conocida por sus retratos de freaks, por buscar lo excéntrico y lo raro en cada persona. A pesar de ello, sus fotografías no buscan causar pena ya que la mayoría de sujetos fotografiados no se sienten freaks o feos. Esta fotógrafa nunca fotografió víctimas de accidentes o guerras. Sherwood Anderson fue escritor mayormente de relatos cortos. En estos relatos aparecían una y otra vez personajes grotescos a la manera de los retratados por Arbus. No son víctimas inocentes de desgracias, sino más bien grotescos espirituales, personajes apartados de la sociedad por sus particularidades. De la misma manera que los sujetos de las fotografías de Diane Arbus, los personajes de Sherwood Anderson no son conscientes de ser grotescos o freaks. Son las experiencias que han vivido lo que hace grotescos a los sujetos de estos artistas. Cerca de 50 años separan los nacimientos de estos dos autores pero comparten similitudes en los contextos históricos en los que ambos vivieron. La última mitad del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, en las que vivió Sherwood Anderson, vieron grandes cambios en la sociedad americana. Estos años fueron años de prosperidad en los Estados Unidos pero fueron acompañados por las consecuencias indeseables de la expansión territorial, industrial y de población demasiado rápida. Estos efectos fueron más sentidos por aquellos con menos recursos. Al mismo tiempo, imperaba la creencia que las condiciones sociales y el medio en que uno vive tiene una fuerza inescapable para formar el carácter humano. Quizás bajo el peso de esta inescapabilidad, muchos artistas de la época expusieron, como Anderson, la cara oscura y la dureza de la realidad; se centraron en el vicio y la miseria.


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En la época álgida de la producción fotográfica de Diane Arbus, los Estados Unidos se estaban recuperando de una guerra y trabajando para una vuelta a la normalidad. Los años 50 fueron la década del nacimiento de los suburbios, la expansión de las grandes empresas y el principio del consumismo salvaje. El Sueño Americano tomo forma de vida tranquila y hogareña. La moral y el patriotismo se convirtieron en los pilares de la superioridad americana. Pero de la misma manera que ocurrió en la época de Anderson, no todo el mundo encajaba en esta descripción de americanidad y normalidad. Es precisamente en estos contextos normativos que tanto Sherwood como Arbus desarrollan un interés por lo diferente, lo anormal, lo grotesco.

2. Diane Arbus: Biografía, contexto histórico y artístico Biografia

Diane Arbus nació Diane Nemerov el 14

de marzo de 1923. Era hija de un hombre de negocios rico de New York. Los grandes almacenes Russeks en la Fifth Avenue pertenecían a la familia. Arbus tuvo una infancia consentida. Siendo miembro de una familia prominente en New York, creció con un fuerte sentido de lo que era “aceptable” y lo que estaba “prohibido” en una sociedad educada. Vivía en un mundo protegido en el que nunca experimentó la adversidad. De todas maneras, Arbus tenía la sensación de estar experimentando el mundo de manera irreal. Aunque parezca ridículo, el sentimiento de ser “inmune” a las dificultades era doloroso para ella. Arbus fue una niña extremadamente tímida y se asustaba con facilidad pero no compartía sus fantasías con nadie. Su hermano mayor Howard era la persona más cercana a ella.


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Des del Seventh Grade al Twelfth Grade Arbus fue a la Fieldstone School en la sección Riverdale en el 1

Bronx, que formaba parte del sistema educativo de la Ethical Culture . Aquí Arbus se interesó por los mitos, los rituales y los espectáculos públicos, tópicos que más tarde aparecerían y formarían parte importante de su fotografía. En Fieldstone dedicó mucho tiempo y energía a la clase de arte: pintando, dibujando y trabajando la arcilla. Fue durante este periodo de su vida que Arbus empezó a explorar New York, bajándose del metro en áreas desconocidas de Brooklyn o el Bronx para observar y seguir transeúntes interesantes o inusuales. A los 14 años, Diane conoció Allan Arbus, un estudiante universitario de 19 años que trabajaba en el departamento de arte en Russeks. Fue amor a primera vista. Los padres de Arbus no aprobaban la relación pero esto solo sirvió para reforzar la decisión de Diane de casarse con Allan tan pronto como fuera mayor de edad. En muchos aspectos, Allan representaba un escape de todas las restricciones y la opresión en su vida familiar. Se casaron en Abril de 1941 en una boda íntima. Para aliviar sus problemas financieros, Allan complementaba su trabajo en Russeks trabajando como viajante y también como fotógrafo de moda. Arbus se convirtió en su asistente. Durante la Segunda Guerra Mundial Allan fue enviado a una escuela de fotografía en New Jersey y Arbus se mudó con él. Allan le enseñó a Diane todo lo que el iba aprendiendo en la escuela. En mayo de 1944, Allan fue trasladado a otra escuela de fotografía en el barrio de Queens, New York. A finales de 1944, fue enviado a Burma. Diane estaba embarazada de su primer hijo, Doon, que nació en abril de 1945. En la década de los 1940s, Arbus estudió durante un breve periodo de tiempo con Berenice Abbott. Cuando Allan acabó su servicio en el ejercito, el matrimonio formó un equipo como fotógrafos de moda y empezaron a trabajar para Russeks y Bonwit Teller, otros grandes almacenes de New York. Su primer encargo para una revista de moda apareció en el número de mayo 1947 de la revista Glamour y fue el principio de su larga asociación con la editorial Condé Nast. Eran conocidos por sus fotografías de modelos en acción. De todas formas, los Arbus despreciaban la superficialidad de la industria de la moda. La verdadera alegría de Diane Arbus durante este periodo era fotografiar a sus amigos y parientes. Llevaba a menudo la cámara consigo en las comidas familiares. En abril de 1954, Arbus dio a luz a su segunda hija, Amy. Además de su trabajo de moda con Allan, empezó a fotografiar niños: extranjeros en el Spanish Harlem, hijos de amigos íntimos y, por supuesto, Doon y Amy. Durante la década de los 1950s, se vio cada vez más atraída por los sujetos no tradicionales, por la gente en márgenes de la sociedad normal. Esto le proporcionó una liberación de la opresión que sentía dentro del mundo de la moda. Durante estos años, Arbus sufrió frecuentes depresiones. 1

Movimiento religioso, educacional y ético que tiene su origen en Felix Adler. La Ethical Culture se basa en vivir de acuerdo con unos principios éticos: - La creencia que la moralidad es independiente de la teología - La afirmación que problemas morales nuevos aparecieron con la sociedad industrial moderna que no han sido debidamente tratados por las religiones - El deber de practicar la filantropía para el avance de la moralidad - La creencia que la propia transformación debe ser paralela a la transformación de la sociedad


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En 1957, la pareja decidió hacer un cambio. Allan continuó llevando su estudio de moda, liberando a Diane para que pudiera fotografiar los sujetos de su elección. Diane Arbus se sentía atraída por la fotografía de sus contemporáneos Louis Faurer, Robert Frank y, especialmente, las imágenes poco usuales de Lisette Model. En 1958, Arbus se apuntó a una clase que Model ofrecía en la New School. Fue durante este periodo de trabajo con Model que Arbus decidió que lo que realmente quería fotografiar era “lo prohibido.” Veía su cámara como una licencia que le permitía ser curiosa y explorar las vidas de otros. Gradualmente empezó a superar su timidez, empezó a disfrutar el hecho de entrar en las vidas y las casas de otros y enfrentarse a lo que había estado fuera de los límites durante su infancia protegida. Model enseñó a Diane Arbus a ser específica. Le enseñó que el escrutinio cercano de la realidad puede producir algo fantástico. Un proyecto temprano de Arbus implicaba fotografiar a los que ella denominaba freaks. Diane respondía a ellos con una mezcla de vergüenza y admiración. Siempre identificaba sus sujetos de una manera personal. Estos sujetos eran freaks, homosexuales, lesbianas, lisiados, gente enferma, gente moribunda, gente muerta. En vez de apartar su mirada de estos individuos, como la mayoría de la gente, Arbus les miró directamente, tratándoles seria y humanamente. Como resultado, su trabajo fue siempre original y único. Cuando Arbus y su marido se separaron en 1960, su trabajo se volvió cada vez más independiente. Fue durante ese periodo cuando empezó su serie de imágenes circenses, fotografiando payasos enanos, hombres tatuados, etc. Acostumbraba a ir al Hubert’s Freak Museum en Broadway con la Calle 42 y le fascinaba lo que veía. También pasaba mucho de su tiempo en la zona de Times Square conociendo a vagabundas (“bag ladies”) y a los marginados. Arbus ponía a sus sujetos mirando directamente a cámara, de la misma manera que ella les miraba directamente. Según ella: “I don’t like to arrange things; I arrange myself.” Para ella, el sujeto siempre era más importante que la fotografía. Creía firmemente que había cosas que nadie vería si no había alguien que las fotografiase. A principio de los 1960s, Arbus empezó a fotografiar a otro grupo, los nudistas. Acostumbraba a ir a colonias nudistas en New Jersey y Pennsylvania yendo ella misma desnuda para ganarse la confianza de sus sujetos. Este periodo, de 1962 a 1964, fue uno particularmente productivo para ella. Durante esta época ganó su primera beca Guggenheim que le permitió fotografiar “ritos, costumbres, concursos y festivales americanos.” Desde 1966, Arbus luchó contra episodios de hepatitis que a menudo la dejaban débil y deprimida. Entonces, en 1969, Allan Arbus se divorció de ella legalmente y se casó con Mariclaire Costello con la que se mudó a California. Durante este periodo difícil, Arbus fotografió a muchas personas importantes de los 1960s: F. Lee Bailey, Jacqueline Susann, Coretta Scott King, etc. Diane Arbus se suicidó en su apartamento en New York en julio de 1971 ingiriendo barbitúricos y cortándose las muñecas con una cuchilla. El artista Marvin Israel encontró su cuerpo en la bañera dos días más tarde; Arbus tenía 48 años.


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Contexto histórico

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Diane Arbus vivió de pleno la década de los 1950s en los que, habiendo

superado la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos se preparaban para su siguiente batalla. Los suburbios y sus habitante sirvieron como arma contra la amenaza comunista. El peligro de la Guerra Fría que podía desencadenarse en cualquier momento llevó a una regresión a las tradiciones y la creencia que el único lugar seguro era el hogar. La mujer ama de casa y el hombre “breadwinner” representaban la nueva estructura de familia nuclear. El rol típico de la mujer era el de ama de casa y madre a la que solo le importaba la limpieza de la casa y el bienestar de su familia. Esta mujer limpiaba la casa, hacía la cena, cuidaba de los niños y, a pesar de todo ese trabajo, siempre estaba arreglada como una modelo de revista de moda. Durante la Guerra Fría, todo lo que estaba fuera del estereotipo de familia nuclear americana no era moral o favorable al patriotismo. La moral y el patriotismo eran entonces los pilares de la superioridad americana. Por consiguiente, todo lo que no encajaba en esta categoría era considerado “un-American” (contrario a lo americano). Y no todo el mundo en la America de postguerra encajaba en la imagen de familia educada, adinerada, blanca y de clase media. A las personas de raza negra, por ejemplo, no se les permitía mudarse a los suburbios así que el sueño de tener una casa y una vida estable estaba fuera de su alcance. Per no era solo la población de raza negra la que perturbaba el ambiente. Las personas que rechazaban o no tenían la oportunidad de vivir la vida de la manera que la sociedad quería eran también considerados “un-American”. En los 50, toda transgresión de lo “normal” era una amenaza para la estructura existente en la que la sexualidad estaba claramente definida por las convenciones sociales e ideológicas. Incluso la gente que no se casaba o no tenía hijos eran considerados sospechosos y “un-American”. Su independencia de la sociedad ponía a esta en cuestión y amenazaba la estabilidad de la nación. Por ejemplo, los padres, y especialmente las madres, cuya identidad sexual no seguía la norma eran acusados de producir “maricas” (homosexuales y travestis) o hasta criminales. Según la ideología de la Guerra Fría, la homosexualidad y el comunismo estaban conectados. Los homosexuales estaban dominados por sus necesidades sexuales y se olvidaban de su moral. Su parte femenina y su debilidad eran una amenaza más para la superioridad americana. No solo las normas morales eran rígidas en los 50, los comportamientos sexuales estaban estrictamente divididos entre normales y perversos. A pesar de ello, las “anomalías” se producían más a menudo de lo esperado. Las rígidas estructuras de la America de postguerra obligaron a muchos a vivir en los márgenes de la sociedad sin posibilidades reales de mejora. La vida de Diane Arbus en los 50 siguió en muchos aspectos la ideología de la Guerra Fría. Su joven matrimonio a los 18 era un fenómeno común en la época. En un artículo publicado en 1947 en Glamour Magazine titulado “Mr. & Mrs. Inc” los Arbus era presentados como la pareja perfecta. La foto que acompañaba el artículo mostraba a Diane como una madre generosa que a pesar de su trabajo tenía tiempo suficiente para cuidar a su hija.


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Los Arbus habían ya empezado a trabajar como fotógrafos de moda en 1946. Las funciones de Diane eran el estilismo de las modelos y la composición de las fotos mientra que Allan hacía las fotografías. Su cooperación duró 10 años y, en 1956, Diane empezó a fotografiar por su cuenta. Fue también cuando el matrimonio de Diane y Allan acabó y ella se mudó con sus dos hijas a un apartamento. Arbus, a trav��s de la elección de sus sujetos y su manera de retratar familias, obviamente se rebeló contra los estereotipos del Sueño Americano de los 50. Ella, como madre soltera, tampoco formaba parte del estereotipo de mujer de los 1950s. A principios de los 60, sus imágenes empezaron a contradecir la ideología de la Guerra Fría. Sus fotografías de enanos, gigantes y actores de freak shows están relacionadas con sus propios sentimientos de desesperación, alienación y depresión. Arbus no fue una fotógrafa política, su interés estaba en las personas que por razones de sexo, edad y rol social no tenían un sitio en la sociedad en la que vivían. En su época, Diane Arbus trabajaba contra unas normas burguesas que querían asegurarse que sólo ciertos fragmentos de la sociedad vieran la luz. No era aceptable hacer un espectáculo de cuerpos humanos que estaban estigmatizados por la sociedad o tratarlos como sujetos de arte. Por eso, como resultado Arbus se encontró queriendo ver lo que uno “no debía” disfrutar viendo. No existía una prohibición legal pero si moral, hay fotografías que una “buena chica” judía no debe tomar. Arbus disparaba una y otra vez contra esta prohibición sacando a la luz a los que estaban a la sombra de la sociedad. Los Estados Unidos eran entonces un país sujeto a una tiranía de la normalidad que se creía el hogar de la libertad y el individualismo. Así Arbus se especializó en el retrato de “outsiders” de todos tipos, particularmente aquellos cuyo estigma, cuya identidad echada a perder, era visible y se podía poner de relieve en una fotografía.

Contexto artístico

En las décadas de los 1950s y 1960s, los fotógrafos americanos reinventaron

la tradición documental. Durante esta época la tradición subjetiva que había apareció en los años 1940s y principios de los 50 se convirtió en un caleidoscopio por el que miraron el mundo fotógrafos como Diane Arbus, Garry Winogrand y Lee Friedlander. Estaban educados en la escuela del “asómbrame”. El trabajo de Diane Arbus se fue volviendo profundo rápidamente después de su impacto inicial. Su aprendizaje junto a Lisette Model la animó a desarrollar su visión del mundo perspicaz que produjo retratos de cautivadora franqueza psicológica. Child with Toy Hand Grenade (Niño con Granada de Juguete en la Mano) parece a primera vista retratar un niño con rodillas huesudas holgazaneando en el parque. Sin embargo, pronto se convierte en una imagen de la turbación contenida que marcó el país mientras este se embarcaba en otra guerra en sureste asiático. A la vez, la misma fotografía era una critica a la cultura conformista de los años 50 que ya empezaba a deshilacharse. Incluso un pilar de esta cultura conformista como Mrs. T. Charlton Henry parece irritarse contra la superficie de la imagen que Arbus tomó de ella, revelando así la extraña habilidad de Arbus de evocar sin abrumar a su sujeto. Si Winogrand construía situaciones existenciales con su cámara o Friedlander buscó entender su era examinando el mobiliario


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cultural de la sociedad, Diane Arbus analizó los habitantes de su era a través de su lente. Estos fotógrafos describieron el “paisaje social” de la America de su época. Arbus empujó las fronteras de la representación de la realidad. Adoptó las maneras de la fotografía documental pero dirigió su lente a los rincones de humanidad excéntrica que la fascinaban: travestis, enanos, gemelos, gigantes, nudistas y otra gente categorizada por el “mainstream” como rarezas. Diane Arbus con sus implacables fotografías de gente que vive en el borde de la aceptación social fueran tan controvertidas como aquellas que representando gente supuestamente “normal” de manera que trazan claramente las grietas en sus máscaras públicas. Incluso sus retratos encargados tiene un tinte de extravagancia y surrealismo. Al presentar sus sujetos en disposiciones convencionales y serias (establecidas por fotógrafos de calle como Robert Frank y Weegee), Arbus confiaba en los observadores para que asumieran que las imágenes eran registros improvisados y objetivos. Sus sujetos, parejas en la calle, figuras solas en casa, extrañas dúos y escenarios sociales irónicos, le daban a sus fotografías la apariencia superficial de fotografía documental.

Teenage Couple on Hudson Street, NYC, 1963


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The King and Queen of a Senior Citizens Dance, NY, 1970

A young waitress at a nudista camp, New Jersey, 1963

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Tattoed man at a Carnival, 1970

Untitled, 1970-71

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Two girls in matching bathing suits, Coney Island, NYC, 1967

Two men dancing at a drag ball, NYC, 1970

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Dominatrix embracing her client, NY, 1970

3. Sherwood Anderson: Biografía, contexto histórico y artístico

Biografía

Sherwood Anderson nació el 13 de

septiembre de 1876 en Camden, Ohio. Él era el tercero de tres hijos. Su familia se vio obligada a mudarse poco después que Anderson naciera porque el pequeño negoció

de

su

padre

fracasó.

Finalmente,

se

establecieron permanentemente en Clyde, Ohio, en 1884. A causa de las dificultades, el padre de Anderson empezó a beber y su madre murió en 1895. Anderson dejó el instituto antes de graduarse y en 1896 dejó la ciudad de Clyde para irse a Chicago dónde su hermano Karl estaba viviendo. Estuvo trabajando allí hasta que se apuntó al ejercitó para ir de servicio a Cuba durante la Guerra Hispanoamericana.

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Después de la guerra, siguió otra vez a su hermano que tenía un trabajo para la Crowell Publishing Company en Springfield, Ohio. En septiembre de 1900, Anderson empezó a ir a la Academia Wittenberg. Trabajó de “chico de los recados” ganándose la comida y el alojamiento en la residencia de artistas donde encontró un ambiente altamente culturizado. Irónicamente, la influencia de los artistas fue más importante para Anderson para su avance en el mundo de los negocios. El jefe de publicidad de Crowell le consiguió un trabajó para el en Chicago como redactor de anuncios. En 1904, se casó con Cornelia Lane, la hija de un mayorista adinerado de Ohio. Aunque deseaba convertirse en artista, vivió como marido y padre de tres hijos durante un par de años. A pesar de todo, Anderson dedicaba cada vez más parte de su tiempo libre a escribir. En noviembre de 1912, desapareció de su oficina y fue encontrado cuatro días más tarde en Cleveland, desaliñado y desorientado, habiendo sufrido una crisis nerviosa. Mas tarde Anderson se referiría en sus escritos a este episodio como una pausa consciente de su existencia materialista. Anderson respondió a esto dejando el trabajo que entonces tenía. En vez de convertirse en un artista bohemio, volvió a la agencia de publicidad en Chicago. Siguió redactando anuncios como ya había hecho y continuó escribiendo febrilmente en su tiempo libre. En 1914, se divorció de Cornelia Lane y se casó con Tennessee Mitchell. Ese mismo año, su primera novela, Windy McPherson’s Son, fue publicada. Anderson es conocido mayormente por su colección de historias, Winesburg, Ohio, que empezó a escribir en 1915. Las historias fueron escritas en el orden en que aparecen en el libro. A pesar del éxito de sus relatos breves, Anderson se sentía presionado a escribir novelas y Poor White fue publicada en 1920. También tuvo éxito en sus intentos de escribir poesía. Se veía a si mismo como parte de la tradición literaria de Whitman, Twain y Dreiser: hombres que apreciaban al americano común. Su influencia afectó a muchos escritores que entonces empezaban, como Hemingway, Faulkner, Steinbeck, Fitzgerald, Wolfe y Saroyan. Ayudó personalmente a Hemingway y Faulkner a publicar sus primeros libros. En 1922, Anderson se separó de Mitchell antes de casarse con Elizabeth Prall dos años más tarde. Viajó a Virginia y le gustó tanto que compró tierras allí. En 1927, compró también l a Virginia’s Marion Publishing Company y se convirtió en editor de dos periódicos. Después de otro matrimonio fracasado, Anderson se casó con Eleanor Copenhaver, con quien por fin fue feliz. Viajaron mucho juntos y estudiaron las condiciones sociales. Anderson murió de peritonitis en marzo de 1941 de camino a Panamá. Una autopsia reveló que la peritonitis fatal había estado causado por un palillo (presuntamente en una oliva en el Martini) que Anderson se había tragado por accidente y que había perforado su colón.

Contexto histórico

Entre 1865 y 1914 los Estados Unidos se pasaron de ser un país saliendo de

una destructiva guerra civil a una nación imperial con posesiones en el extranjero y costa en el Atlántico y el Pacífico. El ferrocarril transcontinental (terminado en 1869) abrió el interior a la colonización por parte de colonos que llegaron para explotar la tierra barata, los descubrimientos de oro y otros minerales útiles. Innovaciones como el desarrollo de las redes de telégrafo, teléfono y electricidad ayudaron al desarrollo de


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estos asentamientos. En todo el país se vivió un arranque de prosperidad económica e industrialización. Un influjo masivo de inmigrantes llegaron atraídos por promesas de trabajo fácil por parte de empresas que pretendían mantener los sueldos bajos gracias a un exceso de mano de obra. La mayoría de estos inmigrantes provenían de Europa y el este de Asia y se unieron al gran número de trabajadores en New York, Boston, Chicago y San Francisco. En 1893, tantos americanos se habían mudado hacía el oeste que el historiador Frederick Jackson Turner declaró cerrada la frontera. Posteriormente, los americanos empezaron a prestar atención al exterior, hacia nuevos territorios como Samoa y Hawaii y las antiguas posesiones española en Cuba, las Filipinas y Puerto Rico. Estos años trajeron riqueza para algunos y estatura para America a los ojos del mundo. Sin embargo, hubo consecuencias indeseables de la rápida expansión territorial, de población e industrial que fue sufrida por aquellos que disponían de menos recursos para resistir a los poderosos sin escrúpulos. Los colonos que se establecieron en la llanura americana oprimidos por la política de precios de los monopolios del ferrocarril. Esto monopolios intentaron dominar el mercado del transporte y eliminar toda competición. En la industria del ferrocarril, como en la del metal, el petróleo, la carne y los bancos y finanzas, el poder corporativo se concentraba en las manos de unos pocos hombres poderosos. La situación de los trabajadores en las grandes ciudades era grave. No solo por el control de los monopolios sobre unas condiciones de trabajo inhumanas y a menudo peligrosas sino por los funcionarios de gobierno corruptos que les dejaban actuar sin obstáculos. Los primeros esfuerzos para organizar los trabajadores contra los monopolios fueron a menudo violentos y tuvieron que luchar contra los prejuicios sociales que favorecían un capitalismo salvaje y un enfoque no intervencionista en los negocios. Del mismo modo, los pequeños granjeros a menudo no lograron organizarse a causa de un duradero deseo de independencia que superaba los beneficios de la acción colectiva. La literatura de este periodo aparecen en el contexto de una diversificación dramática de la experiencia americana, tanto étnica como regional, y el modesto pero insistente movimiento entre autores para combatir la desigualdad social provenientes del crecimiento demasiado rápido. La inmigración desde Europa y Asia resultó en una nueva población americana heterogénea, más diversa en términos de clase y origen étnico. Mientras la población en las grandes ciudades y el campo crecía, aparecieron los periódicos y revistas centradas en lectores de etnias o regiones específicas. Muchos personajes de ficción empezaron a desafiar las nociones establecidas sobre el carácter americano gracias a las nuevas oportunidades editoriales disponibles para representar a los que previamente habían sido marginados. Esta nueva diversidad desembocó a menudo en sospecha, antagonismo y paranoia cultural, provocando un malestar cultural que ponía urbano contra rural, trabajadores contra dirigentes, y inmigrantes contra nativos. En respuesta, una generación de escritores habló en contra de la injusticia social, económica y política en periódicos y revistas. Para enfrentarse al desafío de estos cambios culturales, los autores americanos acudieron a la estética del realismo proveniente de Europa y Rusia. El realismo americano fue un intento de representar la vida tal como la veían los autores a través de concretos detalles descriptivos que los lectores reconocerían en


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sus propias vidas. Otro acontecimiento crucial del realismo fue el estilo “local color”, en un intento de capturar lenguaje, perspectivas y marco geográfico distintos antes de que la industrialización y la homogenización cultural los borrara. A menudo los escritores regionalistas confiaron en la nostalgia para generar interés en personajes auténticos pero evanescentes. Otros escritores encontraron en la especificidad regional un vehículo para el cambio social. Las mujeres escritoras encontraron en esta corriente la oportunidad de documentar sus perspectivas. Finalmente, una respuesta estética diferente fue el naturalismo americano, corriente a la que pertenecía Sherwood Anderson. El naturalismo continuaba el intento realista de representar tipos de carácter nuevos y desconocidos pero se concentraban el las clases bajas y gente marginada y combinaban la atención realista al detalle con una fuerte creencia en determinismo social, muy influidos por la teoría de la selección natural de Charles Darwin. Los personajes en las novelas naturalistas existen en mundos donde el medio determina su carácter, las cosas pasan al azar, los fuertes explotan a los débiles, y los protagonistas a menudo carecen de la inteligencia o los recursos para vencer la adversidad. A pesar de esto las novelas naturalistas presentan sus personajes como estudios de casos prácticos para sugerir soluciones sociales. Otro acontecimiento crucial del realismo fue el estilo “local color”, en un intento de capturar lenguaje, perspectivas y marco geográfico distintos antes de que la industrialización y la homogenización cultural los borrara. A menudo los escritores regionalistas confiaron en la nostalgia para generar interés en personajes auténticos pero evanescentes. Otros escritores encontraron en la especificación regional un vehículo para el cambio social. Las mujeres escritoras encontraron en esta corriente la oportunidad de documentar sus perspectivas.

Contexto artístico

El naturalismo fue un movimiento literario que tuvo lugar entre los 1880s

hasta los 1940s. Esta corriente usaba el realismo detallado para sugerir que las condiciones sociales, la herencia y el medio tenían una fuerza inescapable a la hora de moldear el carácter humano. El naturalismo fue descrito como un movimiento literario que busca replicar una realidad cotidiana creíble en oposición a movimientos como el romanticismo o el surrealismo, en los cuales los sujetos reciben un tratamiento altamente simbólico, idealista o incluso supernatural. El naturalismo es fruto del realismo literario, un movimiento literario prominente a mitad del siglo XIX en Francia y en el resto del mundo. Los escritores naturalistas fueron influenciados por la teoría de la evolución de Darwin. Creían que la propia herencia y el medio social determinan el carácter. Mientras el realismo buscaba solo describir a los sujetos tal como son, el naturalismo intenta determinar “científicamente” las fuerzas ocultas influyendo en las acciones de sus sujetos. Las obras naturalistas a menudo incluyen temas burdos o sórdidos y un pesimismo dominante. Estas obras exponían la dureza de la vida, incluyendo la pobreza, el racismo, la violencia sexual, los prejuicios, las enfermedades, la corrupción, la prostitución, etc. Por consiguiente, los escritores naturalistas fueron frecuentemente criticados por centrarse demasiado en el vicio y la miseria humana.


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Winesburg, Ohio cosechó para Anderson una fama literaria que sus obras tardías no le consiguieron. Publicado en 1919, Winesburg, Ohio, fue el mejor recibido de los trabajos de Anderson y aún es considerado una obra maestra de la literatura americana. Como Theodore Dreiser, autor de Sister Carrie, Anderson fue un maestro del naturalismo literario que ofrece un valoración descarnada, severamente realista y a menudo pesimista de los asuntos humanos. Sin embargo, mientras Dreiser se concentró en las ciudades y la vida en ellas, Anderson se centró, en Winesburg, Ohio, en un pequeño pueblo en el corazón de América, un escenario que una nación cada vez más urbana había empezado a considerar nostálgicamente como el ideal americano. En su novela, Anderson agujerea este velo idealista, dejando al descubierto la soledad y la alienación que impregnan la vida en los pequeños pueblos americanos.

4. Análisis comparativo "You see someone on the street and essentially what you notice about them is the flaw." - Diane Arbus

Diane Arbus se dedicó especialmente a fotografiar freaks. Lejos de espiar a los grotescos y marginados, cogiéndoles desprevenidos, la fotógrafa se acercaba a ellos para conocerles, les ofrecía confianza y ellos posaban para ella tan tranquilos y tiesos como cualquier persona importante en un estudio de la época victoriana. Los sujetos de Arbus disfrutan de la atención de la fotógrafa y no parecen saber que son grotescos. Arbus fotografió a personas en varios grados de relación inconsciente o ignorante con su dolor, su fealdad. Esto necesariamente limita hacia qué tipo de horrores se sentía atraída Arbus: nunca fotografió sufridores que saben que están sufriendo como víctimas de accidentes, guerras, hambrunas y persecuciones políticas. Las desgracias personales de los sujetos de Diane Arbus les acompañan prácticamente desde su nacimiento. Muchos otros retratados no son personas desgraciadas pero personas que viven fuera de las puertas de la América respetable a causa de su sexualidad o su trabajo en el mundo del espectáculo. Arbus transformó a sus sujetos en “humanos” tomándolos en serio aunque algunos consideren sus fotografías un show para voyeurs.


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En la fotografía A Jewish Giant at Home with His Parents in The Bronx (1970) nos encontramos delante de uno de sus personajes más grotescos, con menos posibilidades de llevar un vida normal a causa de su enfermedad. Eddie Carmel, el “Gigante Judío” está de pie en el apartamento de su familia con su madre y su padre visiblemente mucho más bajos que él. Arbus comentó sobre el aspecto monstruoso de esta fotografía: “You know how every mother has nightmares when she’s pregnant that her baby will be born a monster? … I think I got that in the mother’s face…” 2 Una luz dura proveniente de la parte superior izquierda de la imagen centra toda nuestra atención en el gigante, que resplandece gracias a su camisa blanca. Como es acostumbrado en ella, Diane Arbus no busca en ningún momento esconder las características o las deformidades de sus freaks. Por ello, usando una luz dura y lateral, la fotógrafa resalta la gran estatura del hombre e incluso su joroba. El gigante tiene que caminar doblado para poderse poner a la altura de sus padres (que le miran con admiración) y el resto de gente “normal”. Arbus disparaba sus fotografías en blanco y negro, consiguiendo una harmonía monocromática y jugando a dar forma mediante los claros y los oscuros de las escenas. En esta fotografía las zonas claras se concentran en el gigante y en el techo con la intención de poder apreciar su estatura. El resto de la habitación e incluso el padre forman parte de la oscuridad, de lo superfluo. En cuanto a las formas que podemos encontrar en esta escena, debemos fijarnos en el triángulo formado por el gigante y sus padres. La cabeza del hijo sería el vértice superior de este triángulo que una vez más nos obliga a mirar hacia arriba como están haciendo sus padres, en una mezcla de asombro y tristeza, y como merece su estatura. Arbus no ha pretende empequeñecer a este personaje tan anormal sino contrastarlo con personas normales para resaltar aún más su grandeza. El punto de interés, casi un circulo, es el cuerpo del gigante, su camisa hinchada por una joroba. Ahí es donde hay mayor fuerza de atracción para el ojo. Ese círculo marca que el interés recae en esa zona, en el interior de este personaje. A la vez el gigante también está en el centro inescapable del círculo formado por el viñeteado oscuro de la fotografía que llega a ser una metáfora de la situación inescapable e incómoda en la que se encuentra este personaje.

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“¿Sabes como cada madre tiene pesadillas cuando está embarazada de que su bebé nazca un monstruo? … Creo que he capturado algo de eso en la cara de la madre…”


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A Jewish giant at home with his parents in the Bronx, NYC, 1970

Coherente las líneas que predominan esta fotografía son verticales: el bastón, el cuerpo del gigante, los cuerpos más cortos de los padres, la lámpara de pie, las arrugas de las cortinas y los moldes de las paredes. Todas las líneas viajan y señalan hacía arriba acompañando al gigante hasta topar con la única línea horizontal de la fotografía, el techo de la casa, que coincidentemente queda justo por encima de la cabeza del hombre. Esta línea horizontal, este techo marca el límite, encierra al gigante en el espacio interior de su hogar marcando así su diferencia con el exterior, su soledad, informándonos que su sitio no es estar incluido en la sociedad. Su defecto físico lo relega a mantenerse a parte. Sin embargo, no nos encontramos ante una imagen angustiante, más bien al contrario la escena tiene una apariencia de normalidad. El formato cuadrado de la imagen dirige nuestra mirada hacia el centro dónde encontramos una composición estática de tres personas manteniendo una conversación de manera despreocupada. Encontramos equilibrio en la verticalidad de la imagen y el reposo que emana de la cotidianeidad de la situación. Gracias al plano largo en el que está enmarcada la escena podemos observar a los rasgos de los personajes, su contexto y la relación entre los sujetos fotografiados. Al ser un plano frontal también es muy descriptivo siguiendo la intención de la autora de no esconder nada.


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A young man in curlers at home on West 20th Street, NY, 1966

En la fotografía A Young Man in Curlers at Home on West 20 th Street (1966) vemos a otro personaje grotesco muy diferente del gigante judío. El joven de la fotografía no está marcado por defectos físicos de nacimiento sino por un aspecto físico y una condición social escogidos (sean cuales sean las razones) por él. En la imagen podemos ver la cara marcada de un joven con las cejas depiladas que aguanta un cigarrillo entre sus dedos de uñas largas y pintadas. Las reacciones a la fotografía de este travesti de aspecto feminizado fueron siempre enérgicas, por ejemplo, alguien escupió en ella mientras estaba expuesta en el Moma. Diane Arbus retrata a un ser al margen de la sociedad, a un freak, pero además provoca, obliga al espectador a reaccionar. Iluminado por una luz dura provinente de un lado, la cara de este joven queda perfectamente definida. Aunque su lado derecho quedé un ligeramente ensombrecido podemos observar claramente sus rasgos masculinos, su piel picada, sus ojeras e incluso la sombra de su barba debajo del maquillaje. En la fotografía predominan los tonos oscuros que posiblemente escondan un medio poco convencional y acentúen la sensación de soledad que percibimos al observar la imagen. Una vez más Diane Arbus utiliza el formato cuadrado en sus fotografías para centrar la atención del espectador en el centro. En el centro de esta imagen encontramos sólo el rostro del joven travesti, más bien


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alargado: nariz, boca y cara forman una línea vertical que nos dirige hacia abajo siguiendo el pico del triángulo invertido que forma el cuello de su jersey. Esta línea vertical marca su estabilidad en el sitio en que la sociedad le relegado. En contraposición a esta línea vemos los rulos en su cabeza pequeños círculos que lo coronan como personaje femenino y marcan la ambigüedad de su sexualidad. De la misma manera que no encontramos angustia en la imagen del gigante judío, tampoco encontramos desasosiego en esta fotografía. El travesti posa en una actitud relajada fumando un cigarrillo y mirando tranquilamente a la cámara. Parece no ser consciente de su extraña apariencia, ni de su soledad o el rechazo que pueda causar. Una vez más, la verticalidad perfecta transmite una sensación de reposo e inamovilidad. El hombre no aparece entero dentro de la imagen y es claramente el protagonista de ella, el contexto nos es desconocido, ha desaparecido. Diane Arbus utiliza un plano medio corto que corta el joven a la altura del pecho y lo deja como un busto parlante de televisión. Para obtener una fotografía lo más descriptiva posible Arbus posiciona la cámara frontalmente, sin crear una jerarquía de superioridad ni inferioridad respecto al sujeto. Nos encontramos frente a frente con la realidad tal como es, y en este caso es sorprendente, provocadora e inusual.

“It was the truths that made the people grotesques.” - Sherwood Anderson

En una época distinta y a través de un medio totalmente diferente, Sherwood Anderson, al igual que Diane Arbus también retrató a los personajes grotescos de su entorno. Diane Arbus se movía por New York, la gran ciudad; el territorio de Sherwood Anderson era Winesburg, Ohio, un pequeño pueblo en el corazón de Estados Unidos. La manera en que Anderson representaba y describía a sus freaks viene condicionada por el medio literario. Los anormales de Diane Arbus destacaban por sus defectos físicos, su diferencia saltaba a la vista. En cambio, los personajes de los relatos de Sherwood Anderson son grotescos del alma. Anderson utiliza la palabra “grotesco” como sustantivo para referirse a la gente que él ve como tullidos emocionales, deformados por su incapacidad para distinguir entre apariencia y realidad. Igual que los freaks de Diane Arbus, los personajes grotescos de Anderson, no encuentran su sitio en la sociedad pero no se sienten anormales. Anderson tampoco los describe como personas repulsivas, igual que Arbus no nos ofrece nunca esa visión de ellos. En ambos casos son personajes merecedores de amor, compasión y comprensión. Tanto Anderson como Arbus vivieron dos épocas en las que se enfatizaban los valores materiales más que los humanos y, sin embargo, quisieron recordar que los marginados, a pesar de sus deformidades, eran personas también. A través de la obra de estos dos autores los grotescos (reales o ficticios) tuvieron contacto con el mundo, salieron a la luz, se mostraron al público. En “Loneliness” el personaje grotesco es Enoch Robinson. Nacido en Winesburg, se muda a New York de joven y se introduce en un círculo de artistas. Sin embargo, finalmente se cansa de ellos ya que es incapaz


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de tolerar a la otra gente, excepto a la imaginaria que vive en su cabeza y siempre están de acuerdo con el. A pesar de esta intolerancia, a veces se siente solo y llega a casarse en un intento de llevar una vida normal pero el matrimonio fracasa. Él vuelve a recluirse en su habitación acompañado de su gente imaginaria hasta que conoce a una mujer de verdad que va a visitarlo de vez en cuando. Robinson le cuenta a esta mujer sobre la existencia de sus amigos imaginarios en la habitación. Al hacer esta confesión la mujer marcha de la habitación y la gente imaginaria desaparece con ella. Después de esto deja New York y vuelve a Winesburg, donde ha estado solo desde entonces. Enoch Robinson es un hombre que ya en su juventud presentó tendencia a la soledad y el silencio y con actitudes un tanto extrañas como caminar por medio de la calle. También tenía cierta tendencia a comportamientos un tanto femeninos, pudiendo ser así comparable al joven con rulos que fotografió Arbus. Robinson tenía “pensamientos raros y delicados escondidos en su cerebro.” Además de ser un personaje raro, también estaba marcado por la deformidad física como el gigante judío de la imagen de Arbus. En el caso de Enoch Robinson, era cojo y no llegó nunca a crecer demasiado, era un “diminuto rey de ojos azules”. También es descrito como una “oscura, pequeña figura que caminaba con pasos entrecortados por las calles de un pueblo de Ohio.” Sin embargo, y a diferencia de los freaks retratados por Diane Arbus, los personajes grotescos de Sherwood Anderson sienten miedo a enfrentarse al mundo exterior. Cada vez que Enoch decidía tomar formar parte en actividades “normales” tales como emborracharse o tener una relación con una mujer “se asustaba y salía corriendo.” Enoch Robinson se siente más seguro y cómodo cuando está encerrado en su habitación y mira el mundo desde una esquina, incluso “todas las persianas que daban a la carretera se mantenían cerradas.” Es importante destacar que es también en una habitación donde el gigante judío está recluido, escondido del mundo. La habitación de Enoch es lo que mejor le caracteriza ya que el narrador explica que “La historia de Enoch es, de hecho, la historia de una habitación casi más de lo que es la historia de un hombre.” La deformación de Robinson no es visible a primera vista, no podría ser retratada, ya que su deformidad es la locura. Por un momento en la historia, Robinson hace un intento a integrarse en la sociedad: “Estoy llegando a ser un parte real de las cosas, del estado y de la ciudad y todo eso”. Sin embargo, su propósito (con matrimonio incluido) fracasa a causa de su condición anormal. La esposa de Enoch nos proporciona la visión de los “grotescos” por parte de un ciudadano “normal”. Esta mujer piensa que su marido está “un poco loco” y tiene miedo de su carácter inusual. Así mismo es como la gente recibe las fotografías de Diane Arbus, con una mezcla de asombro, tristeza y miedo, que ya encontramos en las miradas de los padres del gigante. Realmente, Enoch Robinson se siente más cómodo en su soledad o acompañado de otros en su misma situación, como la mujer que conoce al final de la historia. Según Robinson, “ella era demasiado para la habitación”, frase que debería dirigir nuestra mente al gigante judío encorvado en la habitación del apartamento de sus padres con la cabeza rozando el techo. Finalmente, pero, es como si Enoch Robinson conociese su condición de marginado social. No puede cambiar su situación y, a través de su comportamiento excéntrico, hace que la gente se aleje de él tarde o temprano. En el fondo, se siente


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confortable en su sitio, igual que el gigante que habla tranquilamente con sus padres o el travesti que fuma relajadamente un cigarro solo en su casa de la calle 20. No conocemos la historia personal de rechazo que los sujetos de Diane Arbus pueden haber sufrido pero no es difícil reconocer que son piezas que no encajaban en la conformista sociedad americana de la época. De la misma manera, los pueblerinos estrafalarios de los relatos de Anderson no tenían cabida en la America en expansión de principios de siglo. La frustración de no ser comprendidos o aceptados lleva a los “grotescos” a aislarse. En el relato “Adventure”, Sherwood Anderson nos cuenta la historia de Alice Hindman, una mujer que, como el travesti de la calle 20, está marcada por su sexualidad. A la edad de 27 años trabaja de dependienta en una tienda de telas en Winesburg y aún vive con su madre. Alice tuvo una vez como amante a un chico más joven que ella que la abandonó después de haber tenido relaciones sexuales con ella para irse a Chicago a hacer fortuna. Allí él se olvidó de ella pero ella desde Winesburg lo siguió esperando. Alice siente como va creciendo pero es incapaz de enamorarse de otra persona aunque siente un irrefrenable deseo de ser amada. Una noche volviendo del trabajo se desnuda en su habitación y presa de un extraño impulso sale a la calle y se acerca, sin ropa, a un señor que pasa por la acera. De repente, se siente avergonzada por ello y vuelve a casa a aceptar “valientemente el hecho que mucha gente debe vivir y morir sola.” Alice creció en una familia poco convencional en cuanto su padre murió y su madre se casó por segunda vez y es una chica activa que no tiene problemas en tomar la iniciativa con su joven amante. No esconde su sexualidad, al igual que el travesti de la fotografía de Arbus no tiene ningún reparo en mirar directamente a la cara vestido de mujer. Alice en contraste al joven retratado es una mujer con rasgos algo masculinizados. Es alta y desgarbada y camina un poco encorvada, en la misma postura que encontramos al gigante judío en la fotografía. Su belleza y la frescor de su juventud pasan rápidamente mientras ella espera que su amante vuelva a buscarla. Finalmente, lo que queda de ella es un retrato grotesco de ella misma, de la misma manera que el joven de la calle 20 puede ser considerado un retrato grotesco tanto de un hombre como de una mujer. Alice Hindman pagó el precio de no respetar las normas sexuales impuestas por la sociedad ya que se entregó a un amante más joven que ella sin haber siquiera contraído matrimonio. El hecho de sucumbir a sus deseos físicos lleva a Alice Hindman a convertirse en “grotesca.” Así mismo, el travesti de retratado por Arbus también es marginado por la sociedad por no conformarse a ningún estereotipo sexual. Ante este rechazo a su sexualidad, vemos que ambos sujetos tanto el ficticio (Alice) como el real (el travesti) tiene la misma reacción: mostrarse al mundo. Alice se desnuda y sale a correr por las calles; el travesti desafía al mundo con su mirada a través de la cámara de Diane Arbus. Aunque en el caso de Alice Hindman conocemos su retracción posterior, su vuelta al escondite y la aceptación de su soledad.


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5. Conclusión A lo largo de este trabajo, hemos podido comprobar como los dos autores estudiados, Diane Arbus y Sherwood Anderson, vivieron en dos épocas diferentes pero con muchos factores en común. Tanto a finales del siglo XIX como a mitad del siglo XX, tuvo lugar en Estados Unidos una expansión económica, un volver a empezar, a redefinir valores. Una de las consecuencias más importantes de esta situación fue, en ambos casos, la aparición de unas normas sociales muy marcadas y una desvalorización de lo que no encajara en la sociedad. A finales del siglo XIX y principios del XX se dio mucho valor al éxito económico y se olvidó a los menos aventajados de la sociedad y fue precisamente entonces cuando Sherwood Anderson, entre otros autores, quiso sacar a la luz a los grotescos. Anderson quiso hablar de sus diferencias, de su existencia y de


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su humanidad y valor como personas. De la misma manera, en la década de los 1950s y principios de los 60s, se vivió una época extremadamente conservadora en la que la definición de ciudadano americano se volvió en muy estricta. Diane Arbus, afectada y educada en esa doctrina, salió a la calle con su cámara fotográfica para encontrar a todas las personas que no encajaban en esa definición y darles una existencia pública. Aunque Arbus y Anderson trabajaran en medios diferentes, se interesaron por el mismo tipo de personajes y los enfocaron de manera similar. Los freaks son diferentes de la llamada gente normal pero es precisamente por esas diferencias que requieren más amor y comprensión. Ambos autores recomiendan a través de su obra que sintamos empatía por los anormales pero no les compadezcamos. La experiencia que los freaks han tenido de la vida es lo que los ha hecho freaks y eso les persigue y les incapacita para integrarse en la sociedad.

6. Bibliografía Libros * Anderson, George Parker. American Modernism 1914 – 1945. New York: Facts on File, 2010. * Anderson, Sherwood. Winesburg, Ohio. London: Penguin Classics, 1992. * Baym, Nina (ed). The Norton Anthology of American Literature. New York: W.W. Norton & Co, 2007. * Goodwin, James. Modern American Grotesque. Columbus: Ohio State University Press, 2009. * Matterson, Stephen. American Literature: The Essential Glossary. London: Hodder Arnold Publication, 2003. * Sontag, Susan. On Photography. London: Allan Lane, 1978.

Artículos


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* Anderson, David D. “Sherwood Anderson’s Idea of Grotesque”. Ohioana: 1963. * Butler, Judith. “Surface Tensions: Judith Butler on Diane Arbus”. Artforum: 2004.

Sitios Web * Anderson, Sherwood. “Adventure” (Texto completo). http://www.bartleby.com/156/12.html * Anderson, Sherwood. “Loneliness” (Texto completo). http://www.bartleby.com/156/18.html * Davies, Christie. “Art as Freak Show: Diane Arbus, Revelations at the V&A”. www.socialaffairsunit.org.uk * Gale Encyclopedia of Biography. “Diane Arbus”. www.answers.com * Hostetler, Lisa. “The New Documentary Tradition in Photography”. www.metmuseum.org

7. Annexo : “Loneliness” y “Adventure” de Sherwood Anderson Loneliness HE was the son of Mrs. Al Robinson who once owned a farm on a side road leading off Trunion Pike, east of Winesburg and two miles beyond the town limits. The farmhouse was painted brown and the blinds to all


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of the windows facing the road were kept closed. In the road before the house a flock of chickens, accompanied by two guinea hens, lay in the deep dust. Enoch lived in the house with his mother in those days and when he was a young boy went to school at the Winesburg High School. Old citizens remembered him as a quiet, smiling youth inclined to silence. He walked in the middle of the road when he came into town and sometimes read a book. Drivers of teams had to shout and swear to make him realize where he was so that he would turn out of the beaten track and let them pass. When he was twenty-one years old Enoch went to New York City and was a city man for fifteen years. He studied French and went to an art school, hoping to develop a faculty he had for drawing. In his own mind he planned to go to Paris and to finish his art education among the masters there, but that never turned. Nothing ever turned out for Enoch Robinson. He could draw well enough and he had many odd delicate thoughts hidden away in his brain that might have expressed themselves through the brush of a painter, but he was always a child and that was a handicap to his worldly development. He never grew up and of course he couldn’t understand people and he couldn’t make people understand him. The child in him kept bumping against things, against actualities like money and sex and opinions. Once he was hit by a street car and thrown against an iron post. That made him lame. It was one of the many things that kept things from turning out for Enoch Robinson. In New York City, when he first went there to live and before he became confused and disconcerted by the facts of life, Enoch went about a good deal with young men. He got into a group of other young artists, both men and women, and in the evenings they sometimes came to visit him in his room. Once he got drunk and was taken to a police station where a police magistrate frightened him horribly, and once he tried to have an affair with a woman of the town met on the sidewalk before his lodging house. The woman and Enoch walked together three blocks and then the young man grew afraid and ran away. The woman had been drinking and the incident amused her. She leaned against the wall of a building and laughed so heartily that another man stopped and laughed with her. The two went away together, still laughing, and Enoch crept off to his room trembling and vexed. The room in which young Robinson lived in New York faced Washington Square and was long and narrow like a hallway. It is important to get that fixed in your mind. The story of Enoch is in fact the story of a room almost more than it is the story of a man. And so into the room in the evening came young Enoch’s friends. There was nothing particularly striking about them except that they were artists of the kind that talk. Everyone knows of the talking artists. Throughout all of the known history of the world they have gathered in rooms and talked. They talk of art and are passionately, almost feverishly, in earnest about it. They think it matters much more than it does. And so these people gathered and smoked cigarettes and talked and Enoch Robinson, the boy from the farm near Winesburg, was there. He stayed in a corner and for the most part said nothing. How his big blue childlike eyes stared about! On the walls were pictures he had made, crude things, half finished. His friends talked of these. Leaning back in their chairs, they talked and talked with their heads rocking from side to side. Words were said about line and values and composition, lots of words, such as are always being said. Enoch wanted to talk too but he didn’t know how. He was too excited to talk coherently. When he tried he sputtered and stammered and his voice sounded strange and squeaky to him. That made him stop talking. He knew what he wanted to say, but he knew also that he could never by any possibility say it. When a picture he had painted was under discussion, he wanted to burst out with something like this: “You don’t get the point,” he wanted to explain; “the picture you see doesn’t consist of the things you see and say words about. There is something else, something you don’t see at all, something you aren’t intended to see. Look at this one over here, by the door here, where the light from the window falls on it. The dark spot by the road that you might not notice at all is, you see, the beginning of everything. There is a clump of elders there such as used to grow beside the road before our house back in Winesburg, Ohio, and in among the elders there is something hidden. It is a woman, that’s what it is. She has been thrown from a horse and the horse has run away out of sight. Do you not see how the old man who drives a cart looks anxiously about? That is Thad Grayback who has a farm up the road. He is taking corn to Winesburg to be ground into meal at Comstock’s mill. He knows there is something in the elders, something hidden away, and yet he doesn’t quite know. “It’s a woman you see, that’s what it is! It’s a woman and, oh, she is lovely! She is hurt and is suffering but she makes no sound. Don’t you see how it is? She lies quite still, white and still, and the beauty comes out


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from her and spreads over everything. It is in the sky back there and all around everywhere. I didn’t try to paint the woman, of course. She is too beautiful to be painted. How dull to talk of composition and such things! Why do you not look at the sky and then run away as I used to do when I was a boy back there in Winesburg, Ohio?” That is the kind of thing young Enoch Robinson trembled to say to the guests who came into his room when he was a young fellow in New York City, but he always ended by saying nothing. Then he began to doubt his own mind. He was afraid the things he felt were not getting expressed in the pictures he painted. In a half indignant mood he stopped inviting people into his room and presently got into the habit of locking the door. He began to think that enough people had visited him, that he did not need people any more. With quick imagination he began to invent his own people to whom he could really talk and to whom he explained the things he had been unable to explain to living people. His room began to be inhabited by the spirits of men and women among whom he went, in his turn saying words. It was as though everyone Enoch Robinson had ever seen had left with him some essence of himself, something he could mould and change to suit his own fancy, something that understood all about such things as the wounded woman behind the elders in the pictures. The mild, blue-eyed young Ohio boy was a complete egotist, as all children are egotists. He did not want friends for the quite simple reason that no child wants friends. He wanted most of all the people of his own mind, people with whom he could really talk, people he could harangue and scold by the hour, servants, you see, to his fancy. Among these people he was always self-confident and bold. They might talk, to be sure, and even have opinions of their own, but always he talked last and best. He was like a writer busy among the figures of his brain, a kind of tiny blue-eyed king he was, in a six-dollar room facing Washington Square in the city of New York. Then Enoch Robinson got married. He began to get lonely and to want to touch actual flesh-and-bone people with his hands. Days passed when his room seemed empty. Lust visited his body and desire grew in his mind. At night strange fevers, burning within, kept him awake. He married a girl who sat in a chair next to his own in the art school and went to live in an apartment house in Brooklyn. Two children were born to the woman he married, and Enoch got a job in a place where illustrations are made for advertisements. That began another phase of Enoch’s life. He began to play at a new game. For a while he was very proud of himself in the role of producing citizen of the world. He dismissed the essence of things and played with realities. In the fall he voted at an election and he had a newspaper thrown on his porch each morning. When in the evening he came home from work he got off a streetcar and walked sedately along behind some business man, striving to look very substantial and important. As a payer of taxes he thought he should post himself on how things are run. “I’m getting to be of some moment, a real part of things, of the state and the city and all that,” he told himself with an amusing miniature air of dignity. Once, coming home from Philadelphia, he had a discussion with a man met on a train. Enoch talked about the advisability of the government’s owning and operating the railroads and the man gave him a cigar. It was Enoch’s notion that such a move on the part of the government would be a good thing, and he grew quite excited as he talked. Later he remembered his own words with pleasure. “I gave him something to think about, that fellow,” he muttered to himself as he climbed the stairs to his Brooklyn apartment. To be sure, Enoch’s marriage did not turn out. He himself brought it to an end. He began to feel choked and walled in by the life in the apartment, and to feel toward his wife and even toward his children as he had felt concerning the friends who once came to visit him. He began to tell little lies about business engagements that would give him freedom to walk alone in the street at night and, the chance offering, he secretly re-rented the room facing Washington Square. Then Mrs. Al Robinson died on the farm near Winesburg, and he got eight thousand dollars from the bank that acted as trustee of her estate. That took Enoch out of the world of men altogether. He gave the money to his wife and told her he could not live in the apartment any more. She cried and was angry and threatened, but he only stared at her and went his own way. In reality the wife did not care much. She thought Enoch slightly insane and was a little afraid of him. When it was quite sure that he would never come back, she took the two children and went to a village in Connecticut where she had lived as a girl. In the end she married a man who bought and sold real estate and was contented enough. And so Enoch Robinson stayed in the New York room among the people of his fancy, playing with them, talking to them, happy as a child is happy. They were an odd lot, Enoch’s people. They were made, I


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suppose, out of real people he had seen and who had for some obscure reason made an appeal to him. There was a woman with a sword in her hand, an old man with a long white beard who went about followed by a dog, a young girl whose stockings were always coming down and hanging over her shoe tops. There must have been two dozen of the shadow people, invented by the child-mind of Enoch Robinson, who lived in the room with him. And Enoch was happy. Into the room he went and locked the door. With an absurd air of importance he talked aloud, giving instructions, making comments on life. He was happy and satisfied to go on making his living in the advertising place until something happened. Of course something did happen. That is why he went back to live in Winesburg and why we know about him. The thing that happened was a woman. It would be that way. He was too happy. Something had to come into his world. Something had to drive him out of the New York room to live out his life an obscure, jerky little figure, bobbing up and down on the streets of an Ohio town at evening when the sun was going down behind the roof of Wesley Moyer’s livery barn. About the thing that happened. Enoch told George Willard about it one night. He wanted to talk to someone, and he chose the young newspaper reporter because the two happened to be thrown together at a time when the younger man was in a mood to understand. Youthful sadness, young man’s sadness, the sadness of a growing boy in a village at the year’s end, opened the lips of the old man. The sadness was in the heart of George Willard and was without meaning, but it appealed to Enoch Robinson. It rained on the evening when the two met and talked, a drizzly wet October rain. The fruition of the year had come and the night should have been fine with a moon in the sky and the crisp sharp promise of frost in the air, but it wasn’t that way. It rained and little puddles of water shone under the street lamps on Main Street. In the woods in the darkness beyond the Fair Ground water dripped from the black trees. Beneath the trees wet leaves were pasted against tree roots that protruded from the ground. In gardens back of houses in Winesburg dry shriveled potato vines lay sprawling on the ground. Men who had finished the evening meal and who had planned to go uptown to talk the evening away with other men at the back of some store changed their minds. George Willard tramped about in the rain and was glad that it rained. He felt that way. He was like Enoch Robinson on the evenings when the old man came down out of his room and wandered alone in the streets. He was like that only that George Willard had become a tall young man and did not think it manly to weep and carry on. For a month his mother had been very ill and that had something to do with his sadness, but not much. He thought about himself and to the young that always brings sadness. Enoch Robinson and George Willard met beneath a wooden awning that extended out over the sidewalk before Voight’s wagon shop on Maumee Street just off the main street of Winesburg. They went together from there through the rain-washed streets to the older man’s room on the third floor of the Heffner Block. The young reporter went willingly enough. Enoch Robinson asked him to go after the two had talked for ten minutes. The boy was a little afraid but had never been more curious in his life. A hundred times he had heard the old man spoken of as a little off his head and he thought himself rather brave and manly to go at all. From the very beginning, in the street in the rain, the old man talked in a queer way, trying to tell the story of the room in Washington Square and of his life in the room. “You’ll understand if you try hard enough,” he said conclusively. “I have looked at you when you went past me on the street and I think you can understand. It isn’t hard. All you have to do is to believe what I say, just listen and believe, that’s all there is to it.” It was past eleven o’clock that evening when old Enoch, talking to George Willard in the room in the Heffner Block, came to the vital thing, the story of the woman and of what drove him out of the city to live out his life alone and defeated in Winesburg. He sat on a cot by the window with his head in his hand and George Willard was in a chair by a table. A kerosene lamp sat on the table and the room, although almost bare of furniture, was scrupulously clean. As the man talked George Willard began to feel that he would like to get out of the chair and sit on the cot also. He wanted to put his arms about the little old man. In the half darkness the man talked and the boy listened, filled with sadness. “She got to coming in there after there hadn’t been anyone in the room for years,” said Enoch Robinson. “She saw me in the hallway of the house and we got acquainted. I don’t know just what she did in her own room. I never went there. I think she was a musician and played a violin. Every now and then she came and


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knocked at the door and I opened it. In she came and sat down beside me, just sat and looked about and said nothing. Anyway, she said nothing that mattered.” The old man arose from the cot and moved about the room. The overcoat he wore was wet from the rain and drops of water kept falling with a soft thump on the floor. When he again sat upon the cot George Willard got out of the chair and sat beside him. “I had a feeling about her. She sat there in the room with me and she was too big for the room. I felt that she was driving everything else away. We just talked of little things, but I couldn’t sit still. I wanted to touch her with my fingers and to kiss her. Her hands were so strong and her face was so good and she looked at me all the time.” The trembling voice of the old man became silent and his body shook as from a chill. “I was afraid,” he whispered. “I was terribly afraid. I didn’t want to let her come in when she knocked at the door but I couldn’t sit still. ‘No, no,’ I said to myself, but I got up and opened the door just the same. She was so grown up, you see. She was a woman. I thought she would be bigger than I was there in that room.” Enoch Robinson stared at George Willard, his childlike blue eyes shining in the lamplight. Again he shivered. “I wanted her and all the time I didn’t want her,” he explained. “Then I began to tell her about my people, about everything that meant anything to me. I tried to keep quiet, to keep myself to myself, but I couldn’t. I felt just as I did about opening the door. Sometimes I ached to have her go away and never come back any more.” The old man sprang to his feet and his voice shook with excitement. “One night something happened. I became mad to make her understand me and to know what a big thing I was in that room. I wanted her to see how important I was. I told her over and over. When she tried to go away, I ran and locked the door. I followed her about. I talked and talked and then all of a sudden things went to smash. A look came into her eyes and I knew she did understand. Maybe she had understood all the time. I was furious. I couldn’t stand it. I wanted her to understand but, don’t you see, I couldn’t let her understand. I felt that then she would know everything, that I would be submerged, drowned out, you see. That’s how it is. I don’t know why.” The old man dropped into a chair by the lamp and the boy listened, filled with awe. “Go away, boy,” said the man. “Don’t stay here with me any more. I thought it might be a good thing to tell you but it isn’t. I don’t want to talk any more. Go away.” George Willard shook his head and a note of command came into his voice. “Don’t stop now. Tell me the rest of it,” he commanded sharply. “What happened? Tell me the rest of the story.” Enoch Robinson sprang to his feet and ran to the window that looked down into the deserted main street of Winesburg. George Willard followed. By the window the two stood, the tall awkward boy-man and the little wrinkled man-boy. The childish, eager voice carried forward the tale. “I swore at her,” he explained. “I said vile words. I ordered her to go away and not to come back. Oh, I said terrible things. At first she pretended not to understand but I kept at it. I screamed and stamped on the floor. I made the house ring with my curses. I didn’t want ever to see her again and I knew, after some of the things I said, that I never would see her again.” The old man’s voice broke and he shook his head. “Things went to smash,” he said quietly and sadly. “Out she went through the door and all the life there had been in the room followed her out. She took all of my people away. They all went out through the door after her. That’s the way it was.” George Willard turned and went out of Enoch Robinson’s room. In the darkness by the window, as he went through the door, he could hear the thin old voice whimpering and complaining. “I’m alone, all alone here,” said the voice. “It was warm and friendly in my room but now I’m all alone.”

Adventure ALICE HINDMAN, a woman of twenty-seven when George Willard was a mere boy, had lived in Winesburg all her life. She clerked in Winney’s Dry Goods Store and lived with her mother, who had married a second husband. Alice’s step-father was a carriage painter, and given to drink. His story is an odd one. It will be worth telling some day. At twenty-seven Alice was tall and somewhat slight. Her head was large and overshadowed her body. Her shoulders were a little stooped and her hair and eyes brown. She was very quiet but beneath a placid


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exterior a continual ferment went on. When she was a girl of sixteen and before she began to work in the store, Alice had an affair with a young man. The young man, named Ned Currie, was older than Alice. He, like George Willard, was employed on the Winesburg Eagle and for a long time he went to see Alice almost every evening. Together the two walked under the trees through the streets of the town and talked of what they would do with their lives. Alice was then a very pretty girl and Ned Currie took her into his arms and kissed her. He became excited and said things he did not intend to say and Alice, betrayed by her desire to have something beautiful come into her rather narrow life, also grew excited. She also talked. The outer crust of her life, all of her natural diffidence and reserve, was tom away and she gave herself over to the emotions of love. When, late in the fall of her sixteenth year, Ned Currie went away to Cleveland where he hoped to get a place on a city newspaper and rise in the world, she wanted to go with him. With a trembling voice she told him what was in her mind. “I will work and you can work,” she said. “I do not want to harness you to a needless expense that will prevent your making progress. Don’t marry me now. We will get along without that and we can be together. Even though we live in the same house no one will say anything. In the city we will be unknown and people will pay no attention to us.” Ned Currie was puzzled by the determination and abandon of his sweetheart and was also deeply touched. He had wanted the girl to become his mistress but changed his mind. He wanted to protect and care for her. “You don’t know what you’re talking about,” he said sharply; “you may be sure I’ll let you do no such thing. As soon as I get a good job I’ll come back. For the present you’ll have to stay here. It’s the only thing we can do.” On the evening before he left Winesburg to take up his new life in the city, Ned Currie went to call on Alice. They walked about through the streets for an hour and then got a rig from Wesley Moyer’s livery and went for a drive in the country. The moon came up and they found themselves unable to talk. In his sadness the young man forgot the resolutions he had made regarding his conduct with the girl. They got out of the buggy at a place where a long meadow ran down to the bank of Wine Creek and there in the dim light became lovers. When at midnight they returned to town they were both glad. It did not seem to them that anything that could happen in the future could blot out the wonder and beauty of the thing that had happened. “Now we will have to stick to each other, whatever happens we will have to do that,” Ned Currie said as he left the girl at her father’s door. The young newspaper man did not succeed in getting a place on a Cleveland paper and went west to Chicago. For a time he was lonely and wrote to Alice almost every day. Then he was caught up by the life of the city; he began to make friends and found new interests in life. In Chicago he boarded at a house where there were several women. One of them attracted his attention and he forgot Alice in Winesburg. At the end of a year he had stopped writing letters, and only once in a long time, when he was lonely or when he went into one of the city parks and saw the moon shining on the grass as it had shone that night on the meadow by Wine Creek, did he think of her at all. In Winesburg the girl who had been loved grew to be a woman. When she was twenty-two years old her father, who owned a harness repair shop, died suddenly. The harness maker was an old soldier, and after a few months his wife received a widow’s pension. She used the first money she got to buy a loom and became a weaver of carpets, and Alice got a place in Winney’s store. For a number of years nothing could have induced her to believe that Ned Currie would not in the end return to her. She was glad to be employed because the daily round of toil in the store made the time of waiting seem less long and uninteresting. She began to save money, thinking that when she had saved two or three hundred dollars she would follow her lover to the city and try if her presence would not win back his affections. Alice did not blame Ned Currie for what had happened in the moonlight in the field, but felt that she could never marry another man. To her the thought of giving to another what she still felt could belong only to Ned seemed monstrous. When other young men tried to attract her attention she would have nothing to do with them. “I am his wife and shall remain his wife whether he comes back or not,” she whispered to herself, and for all of her willingness to support herself could not have understood the growing modern idea of a woman’s owning herself and giving and taking for her own ends in life. Alice worked in the dry goods store from eight in the morning until six at night and on three evenings a week went back to the store to stay from seven until nine. As time passed and she became more and more


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lonely she began to practice the devices common to lonely people. When at night she went upstairs into her own room she knelt on the floor to pray and in her prayers whispered things she wanted to say to her lover. She became attached to inanimate objects, and because it was her own, could not bare to have anyone touch the furniture of her room. The trick of saving money, begun for a purpose, was carried on after the scheme of going to the city to find Ned Currie had been given up. It became a fixed habit, and when she needed new clothes she did not get them. Sometimes on rainy afternoons in the store she got out her bank book and, letting it lie open before her, spent hours dreaming impossible dreams of saving money enough so that the interest would support both herself and her future husband. “Ned always liked to travel about,” she thought. “I’ll give him the chance. Some day when we are married and I can save both his money and my own, we will be rich. Then we can travel together all over the world.” In the dry goods store weeks ran into months and months into years as Alice waited and dreamed of her lover’s return. Her employer, a grey old man with false teeth and a thin grey mustache that drooped down over his mouth, was not given to conversation, and sometimes, on rainy days and in the winter when a storm raged in Main Street, long hours passed when no customers came in. Alice arranged and rearranged the stock. She stood near the front window where she could look down the deserted street and thought of the evenings when she had walked with Ned Currie and of what he had said. “We will have to stick to each other now.” The words echoed and re-echoed through the mind of the maturing woman. Tears came into her eyes. Sometimes when her employer had gone out and she was alone in the store she put her head on the counter and wept. “Oh, Ned, I am waiting,” she whispered over and over, and all the time the creeping fear that he would never come back grew stronger within her. In the spring when the rains have passed and before the long hot days of summer have come, the country about Winesburg is delightful. The town lies in the midst of open fields, but beyond the fields are pleasant patches of woodlands. In the wooded places are many little cloistered nooks, quiet places where lovers go to sit on Sunday afternoons. Through the trees they look out across the fields and see farmers at work about the barns or people driving up and down on the roads. In the town bells ring and occasionally a train passes, looking like a toy thing in the distance. For several years after Ned Currie went away Alice did not go into the wood with the other young people on Sunday, but one day after he had been gone for two or three years and when her loneliness seemed unbearable, she put on her best dress and set out. Finding a little sheltered place from which she could see the town and a long stretch of the fields, she sat down. Fear of age and ineffectuality took possession of her. She could not sit still, and arose. As she stood looking out over the land something, perhaps the thought of never ceasing life as it expresses itself in the flow of the seasons, fixed her mind on the passing years. With a shiver of dread, she realized that for her the beauty and freshness of youth had passed. For the first time she felt that she had been cheated. She did not blame Ned Currie and did not know what to blame. Sadness swept over her. Dropping to her knees, she tried to pray, but instead of prayers words of protest came to her lips. “It is not going to come to me. I will never find happiness. Why do I tell myself lies?” she cried, and an odd sense of relief came with this, her first bold attempt to face the fear that had become a part of her everyday life. In the year when Alice Hindman became twenty-five two things happened to disturb the dull uneventfulness of her days. Her mother married Bush Milton, the carriage painter of Winesburg, and she herself became a member of the Winesburg Methodist Church. Alice joined the church because she had become frightened by the loneliness of her position in life. Her mother’s second marriage had emphasized her isolation. “I am becoming old and queer. If Ned comes he will not want me. In the city where he is living men are perpetually young. There is so much going on that they do not have time to grow old,” she told herself with a grim little smile, and went resolutely about the business of becoming acquainted with people. Every Thursday evening when the store had closed she went to a prayer meeting in the basement of the church and on Sunday evening attended a meeting of an organization called The Epworth League. When Will Hurley, a middle-aged man who clerked in a drug store and who also belonged to the church, offered to walk home with her she did not protest. “Of course I will not let him make a practice of being with me, but if he comes to see me once in a long time there can be no harm in that,” she told herself, still determined in her loyalty to Ned Currie. Without realizing what was happening, Alice was trying feebly at first, but with growing determination, to get a new hold upon life. Beside the drug clerk she walked in silence, but sometimes in the darkness as they


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went stolidly along she put out her hand and touched softly the folds of his coat. When he left her at the gate before her mother’s house she did not go indoors, but stood for a moment by the door. She wanted to call to the drug clerk, to ask him to sit with her in the darkness on the porch before the house, but was afraid he would not understand. “It is not him that I want,” she told herself; “I want to avoid being so much alone. If I am not careful I will grow unaccustomed to being with people.” During the early fall of her twenty-seventh year a passionate restlessness took possession of Alice. She could not bear to be in the company of the drug clerk, and when, in the evening, he came to walk with her she sent him away. Her mind became intensely active and when, weary from the long hours of standing behind the counter in the store, she went home and crawled into bed, she could not sleep. With staring eyes she looked into the darkness. Her imagination, like a child awakened from long sleep, played about the room. Deep within her there was something that would not be cheated by phantasies and that demanded some definite answer from life. Alice took a pillow into her arms and held it tightly against her breasts. Getting out of bed, she arranged a blanket so that in the darkness it looked like a form lying between the sheets and, kneeling beside the bed, she caressed it, whispering words over and over, like a refrain. “Why doesn’t something happen? Why am I left here alone?” she muttered. Although she sometimes thought of Ned Currie, she no longer depended on him. Her desire had grown vague. She did not want Ned Currie or any other man. She wanted to be loved, to have something answer the call that was growing louder and louder within her. And then one night when it rained Alice had an adventure. It frightened and confused her. She had come home from the store at nine and found the house empty. Bush Milton had gone off to town and her mother to the house of a neighbor. Alice went upstairs to her room and undressed in the darkness. For a moment she stood by the window hearing the rain beat against the glass and then a strange desire took possession of her. Without stopping to think of what she intended to do, she ran downstairs through the dark house and out into the rain. As she stood on the little grass plot before the house and felt the cold rain on her body a mad desire to run naked through the streets took possession of her. She thought that the rain would have some creative and wonderful effect on her body. Not for years had she felt so full of youth and courage. She wanted to leap and run, to cry out, to find some other lonely human and embrace him. On the brick sidewalk before the house a man stumbled homeward. Alice started to run. A wild, desperate mood took possession of her. “What do I care who it is. He is alone, and I will go to him,” she thought; and then without stopping to consider the possible result of her madness, called softly. “Wait!” she cried. “Don’t go away. Whoever you are, you must wait.” The man on the sidewalk stopped and stood listening. He was an old man and somewhat deaf. Putting his hand to his mouth, he shouted. “What? What say?” he called. Alice dropped to the ground and lay trembling. She was so frightened at the thought of what she had done that when the man had gone on his way she did not dare get to her feet, but crawled on hands and knees through the grass to the house. When she got to her own room she bolted the door and drew her dressing table across the doorway. Her body shook as with a chill and her hands trembled so that she had difficulty getting into her nightdress. When she got into bed she buried her face in the pillow and wept brokenheartedly. “What is the matter with me? I will do something dreadful if I am not careful,” she thought, and turning her face to the wall, began trying to force herself to face bravely the fact that many people must live and die alone, even in Winesburg.


Agnes Teixido