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En una época en que la masculinidad bíblica pura no solo es rara, sino a menudo abiertamente proscrita, Pelea de Craig Groeschel nos recuerda que Dios nos creó para ser guerreros. Si cada hombre cristiano captara este mensaje, creo que el mundo cambiaría para siempre.  — ​Dave Ramsey, laureado escritor del New York Times y presentador radial que se transmite en emisoras de todo Estados Unidos El libro de Craig Groeschel, Pelea, envía a todos los hombres el mensaje contundente de que tienen lo que se necesita para ganar las batallas con que intentan lidiar. Si estás cansado de luchar y quieres redescubrir al guerrero que llevas por dentro, este libro es para ti.  — ​Mark Burnett, galardonado productor ejecutivo de The Bible

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L a s c l a v e s pa r a g a n a r l a s b at a l l a s q u e i m p o r t a n

C R AI G GRO ESC HEL

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La misión de Editorial Vida es ser la compañía líder en satisfacer las necesidades de las personas con recursos cuyo contenido glorifique al Señor Jesucristo y promueva principios bíblicos.

PELEA Edición en español publicada por Editorial Vida – 2014 Miami, Florida © 2014 por Craig Groeschel Este título también está disponible en formato electrónico. Originally published in the USA under the title: Fight Copyright © 2013 by Craig Groeschel Published by permission of Zondervan, Grand Rapids, Michigan 49530. All rights reserved Further reproduction or distribution is prohibited. Editora en Jefe: Graciela Lelli Traducción: Ricardo y Mirtha Acosta Edición: Semantics, Inc. Adaptación del diseño al español: BookCoachLatino.com A menos que se indique lo contrario, todos los textos bíblicos han sido tomados de La Santa Biblia, Nueva Versión Internacional® nvi® © 1999 por Biblica, Inc.® Usados con permiso. Todos los derechos reservados mundialmente. Citas bíblicas marcadas «rvr1960» son de la Santa Biblia, Versión Reina-Valera 1960 © 1960 por Sociedades Bíblicas en América Latina, © renovado 1988 por Sociedades Bíblicas Unidas. Usadas con permiso. Reina-Valera 1960® es una marca registrada de la American Bible Society y puede ser usada solamente bajo licencia. Esta publicación no podrá ser reproducida, grabada o transmitida de manera completa o parcial, en ningún formato o a través de ninguna forma electrónica, fotocopia u otro medio, excepto como citas breves, sin el consentimiento previo del publicador. ISBN: 978-0-8297-6593-9 CATEGORÍA: Vida cristiana / Hombres IMPRESO EN ESTADOS UNIDOS DE AMERICA PRINTED IN THE UNITED STATES OF AMERICA 1 4 1 5 1 6 1 7 RRD 6 5 4 3 2 1

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CONTENIDO

SECCIÓN UNO PELEA COMO HOMBRE 1.1 Pelea como hombre.........................13 1.2 en espera de un héroe....................16 1.3 sé el hombre..................................19 1.4 Somos los guerreros.................... 22 1.5 Confrontación en el patio de la muerte...................................... 25 1.6 Elige tus batallas......................... 29 1.7 Club de pelea................................ 33 SECCIÓN DOS HOMBRES FUERTES CON VOLUNTADES DÉBILES 2.1 Hombres fuertes con voluntades débiles........................ 37 2.2 Súperpoderes............................... 40 2.3 Variedades de kriptonita................ 45 2.4 Lujuria errante............................ 48 2.5 El cruce del león.......................... 54 2.6 Orgullo, no prejuicio.................... 58 2.7 El débil es el nuevo fuerte............ 64

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SECCIÓN TRES GUIADO POR EL ESPÍRITU, NO CONTROLADO POR LA EMOCIÓN 3.1 Guiado por el espíritu, no controlado por la emoción............ 69 3.2 Dispara primero............................. 71 3.3 Adivina esto.................................. 74 3.4 Comportamiento iracundo.............. 77 3.5 Lanzamiento de quijada................. 82 3.6 Ahogo en medio de la desesperación........................... 85 3.7 Todo respecto a mí........................ 89 SECCIÓN CUATRO PEQUEÑOS PASOS , GR AN DEST RUCCIÓN 4.1 Pequeños pasos, gran destrucción.................................. 97 4.2 Un día..........................................101 4.3 Paso a paso.................................105 4.4 No provoques al enemigo..............108 4.5 Oye, Dalila.................................. 112 4.6 Costo oculto............................... 117 4.7 Armas de guerra..........................122

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SECCIÓN CINCO SIEMPRE ADELANTE 5.1 Siempre adelante.........................131 5.2 Lado oculto.................................134 5.3 El costo creciente del arrepentimiento............................138 5.4 Simplemente aléjate.....................142 5.5 Atractivo textual........................145 5.6 Hablemos de columnas.................150 5.7 La oración del guerrero...............154 Reconocimientos.................................157

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SECCIÓN UNO

PELEA

COMO HOMBRE Más vale maña que fuerza.  — ​Mark Twain

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1.1

PELEA COMO HOMBRE

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prendí a pelear en segundo grado. Un día iba caminando de la escuela a mi casa, pensando en mis asuntos de alumno de segundo grado. De repente, un chico de tercer grado mucho más grande, Bo Talbot, se me acercó y se plantó de frente en mi camino. Él solo era un año mayor, pero yo estaba convencido de que sus padres lo habían mantenido fuera de la escuela durante algunos años para ser modelado por los entrenadores del Campeonato de Lucha, matones que en lugar de bocadillos sin duda le habían dado esteroides entre sesiones de levantamiento de pesas. Bo me agarró la camisa con una mano y echó la otra hacia atrás empuñada como una bola de demolición. —Groeschel, ¿eres gay? —gruñó con los dientes apretados. Puesto que eso ocurrió en 1975, y que yo solo tenía ocho años, no estaba realmente seguro del significado de gay. Mientras mi mente se apresuraba a responder, recordé una regla imperecedera de mamá: di siempre la verdad. Levanté la mirada hacia él con ojos entrecerrados, preparándome para el impacto meteórico de sus puños. —Yo... yo... no estoy seguro. ¿Te... te... te puedo contactar mañana? La verdad puede ser un arma deslumbrante. Bo se sorprendió por mi táctica dilatoria. Permaneció allí por varios segundos, 13

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paralizado como la estatua de un guerrero griego, cavilando en mi respuesta. —Está bien —expresó después de un incómodo silencio, y me soltó—. Pero más te vale que me lo digas mañana. El matón se alejó, y la crisis se puso temporalmente en modalidad de pausa. ¡Uf! Mamá tenía razón. Siempre hay que decir la verdad. Temblando, me escabullí a casa y encontré a mamá poniendo mis medias sucias en la lavadora. Con mi futuro pendiendo de un hilo, espeté mi gran pregunta, sin revelar mi experiencia cercana a la muerte. —Mamá, ¿qué significa gay? —pregunté tan tranquilamente como pude. Ella se quedó indecisa, de igual modo que me quedé indeciso hace poco cuando mi hija de ocho años me preguntó cómo se había entrado en la barriga de mamá cuando nació. La indecisión de mamá debió haberme servido de advertencia, pero creo que en mi acrecentada fase de temor, la pasé por alto. —Cariño —contestó ella con tranquilizadora convicción—, gay significa simplemente «feliz». Ese fue el momento en que mamá rompió su propia regla y arruinó su expediente perfecto. ¡Ah! Así que gay significa feliz. Eso tuvo sentido para mi mente de segundo grado, aunque parecía extraño que un matón preguntara acerca de mi felicidad. El día siguiente después de la escuela me hallé arrinconado una vez más por Bo. Igual que un actor que retoma su lugar en el escenario, se plantó sobre mí, con el puño hacia atrás, usando el cuello de mi camisa como agarradera. Entonces hizo la fatídica pregunta, resaltando las palabras para lograr un efecto dramático. —Craig, ¿eres... gay? Sonreí ampliamente, orgulloso de saber cómo contestar.

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—Claro que lo soy. He sido gay toda mi vida. ¡Quizás soy el tipo más gay que hayas conocido alguna vez! No recuerdo mucho de lo que sucedió a continuación. Sí recuerdo un zumbido y un sabor metálico en la boca, el gustillo característico de la sangre. Entonces comprendí por qué un personaje de los dibujos animados a quien lo golpean ve estrellas y a veces pajaritos. El golpe que Bo me diera me brindó una cruda ojeada al interior de la dimensión de dibujos animados. Todo el lado de mi cara se hinchó como una sandía. La cabeza me pesaba el doble que el resto del cuerpo. A medida que mis llorosos ojos se despejaban, parpadeé allí bajo la sombra de Bo, mientras su enorme estructura todavía se erguía por encima de mí. Me prometió que habría muchos golpes más, cada día después de clases por el resto de mi vida. Entonces se alejó. En ese momento no me sentí feliz en absoluto. Cuando el mareo se disipó lo suficiente para ponerme de pie, fui a casa tambaleándome y avergonzado. Mi primera pelea y ni siquiera logré dar un puñetazo. Ser golpeado ya era suficientemente malo. Que me golpearan por ser un niño feliz era infinitamente peor.

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1.2

EN ESPERA DE UN HÉROE

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os encanta apoyar a los más débiles. Nos gusta ver que los buenos triunfen sobre los malos y que el valor derrote a la cobardía. Nos alegra ver que la justicia prevalezca y que se castigue la injusticia. Y nos fascina un héroe que se niegue a abandonar la pelea por imposibles que parezcan las posibilidades. Ahora mismo con desesperación buscamos héroes. Ya no nos sorprende cuando individuos una vez admirados y respetados (funcionarios elegidos, atletas superestrellas, pastores talentosos) caen en escándalo sexual, en malversación de fondos, o en detención por maltrato hogareño. Casi estamos hastiados, como a la espera de que nuestros líderes y celebridades favoritas estén ocultando algo. La mayoría lo están haciendo, ¿no es así? Tenemos la esperanza de que ellos hagan sacrificios, asuman riesgos, y tomen decisiones sabias para hacer lo adecuado, pero no nos sorprendemos cuando no lo hacen. Nos faltan verdaderos héroes, y Hollywood llena el vacío con un exceso de superhéroes (Iron Man, Batman, Thor, el Hombre Araña, los Vengadores y X-Men) que nos deslumbran con sus poderes en 3D y en Blu-ray. Sin embargo, aún anhelamos que alguien nos muestre a qué se parece un verdadero héroe de carne y hueso. ¿A dónde han ido a parar todos los hombres buenos? 16

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Hace poco leí un libro que sugiere que nuestra cultura ha tratado de convertir a los hombres buenos en mujeres: más bonitos, más tiernos, más amables, más compasivos, y conocedores de la moda. Perdóneme por decir lo obvio, pero los hombres no son mujeres. (Que conste, las mujeres tampoco son buenos hombres.) Después de todo, Dios nos creó de modo diferente. «Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios. Hombre y mujer los creó» (Génesis 1.27). Tanto hombres como mujeres reflejan la imagen de Dios, pero en distintas maneras. Estoy convencido de que una de tales maneras más significativas tiene que ver con el modo en que usamos nuestra hombría. Dios creó a los hombres para que tuvieran el corazón de un guerrero, colocando dentro de nosotros un deseo de ponernos en pie y luchar por lo que es puro y lo que es verdadero. Un hombre tiene el corazón de un guerrero. Tú tienes corazón de guerrero. Anhelas una pelea. Ese es diseño de Dios, no nuestro. Eso no quiere decir que los hombres deban ser machos agresivos y rufianes dominantes. (Tampoco significa que las mujeres no puedan luchar por lo que también es correcto.) Simplemente quiere decir que Dios ha plantado dentro de cada hombre el deseo divino de pelear por la justicia. Piénsalo de este modo. Hay dos clases de películas: las de mujeres y, bueno, todas las demás. ¿Inspiran a los hombres las películas de mujeres? ¿Los hacen querer ser hombres más fuertes, valientes y mejores? ¿Recuerdas la película de Cary Grant, Tú y yo? ¿Recuerdas cuando el personaje que interpreta Deborah Kerr declara: «Si tú puedes pintar, yo puedo caminar… cualquier cosa puede suceder en realidad?» ¿Has visto alguna vez que un hombre vea esa película? Si eres uno, ni siquiera sabes de qué estoy hablando, ¿no es así? Y qué en cuanto a Orgullo y prejuicio en que el personaje de Keira Knightley le dice a su reciente esposo:

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—Puedes llamarme “Sra. Darcy” solo cuando seas total, perfecta e incandescentemente feliz. —¿Cómo estás entonces esta noche... Sra. Darcy? —responde él, besándola en la frente. Después la besa en la mejilla. —Sra. Darcy —le dice mientras le besa la nariz. De nuevo, si eres un hombre, no tienes idea de lo que estoy hablando, ¿verdad? O si la tienes, estás tratando de olvidar. ¿Y qué tal Braveheart? Mel Gibson, con cara de deprimido, afirma: «Lucha y tal vez mueras. Huye, y vivirás. Al menos por un tiempo. Y cuando estés en tu lecho de muerte dentro de mucho tiempo, ¿no cambiarías todos los días desde aquí hasta entonces por una oportunidad, solo una oportunidad, de volver aquí y decirles a nuestros enemigos que quizás nos quiten la vida [levantando la espada por sobre sus cabezas], ¡pero jamás nos quitarán la libertad!» ¿Recuerdas Gladiador? Russell Crowe, en su atractivo uniforme de general romano, espolea su caballo a través del bosque, gritando: «Hermanos, ¡lo que hacemos en la vida resuena en la eternidad!» Una parte de nosotros los hombres piensa: quisiera poder haber estado allí. Habría peleado. No tienes que ocultármelo. Una parte de mí también piensa eso. ¿Sabes por qué? Porque así es como estamos programados. Se supone que los hombres respondamos de ese modo. Un hombre sin nada por qué pelear rápidamente se convierte en un individuo frustrado, a menudo sin la menor idea de por qué está así. Pelear por lo que es correcto remueve algo dentro de un hombre. Hace que quiera ser no solo un hombre, sino el hombre. El mejor que pueda ser. Un hombre conoce muy profundo dentro de sí lo que Dios quiere que sea: un héroe con corazón de guerrero.

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1.3

SÉ EL HOMBRE

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ocos meses después que mi esposa Amy y yo nos casáramos se le pasó por la mente algo en que no había pensado antes: se había casado con un hombre. Hago cosas de manera muy diferente a como las hacen las mujeres. Habíamos estado casados por cuatro años cuando por fin esto llegó a un punto crítico. Acabábamos de adquirir nuestro primer lavaplatos, y un día insensatamente intenté llenarlo yo solo. Creí estar ayudando, pero no comprendí que hay una forma correcta de cargar un lavaplatos y, al parecer, una forma incorrecta. Pensé: coloco todo adentro, lo enciendo, y eres bueno. —¡Craig! ¡Lo cargaste todo mal! —gritó Amy al ver mi intento de ser útil. —¿Mal? ¿Cómo podría estar mal? Tuvimos una pequeña disputa que terminó con que ella suspirara y expresara: —¡Cielos, Craig! Sencillamente eres uno de esos... ¡hombres! Pensé: ¡vaya! Tienes razón, soy un hombre. Durante años se representaron escenas como esta, en que ella hacía las cosas a su manera y yo las hacía como un hombre. —¿No podrías simplemente ser un poco más como una mujer? —finalmente había expresado ella. —Deberías haberte casado con una mujer —objeté finalmente 19

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un día, molesto—. Yo nunca voy a poder hacer esto como una mujer. Entonces una vez en que Amy y yo estábamos teniendo una de estas diferencias de opinión, parecía que iba a terminar como siempre: en una discusión. Pero luego mi sorprendente esposa dijo algo tan profundo que me cambió la vida. —Craig —manifestó—, quiero que sepas algo. En este instante, a partir de este momento, estoy decidiendo al cien por ciento aceptarte complemente como el hombre que Dios creó. No te pediré que seas algo distinto. A partir de ese momento nuestro matrimonio mejoró como no te puedes imaginar. Permíteme clarificar algo aquí. No estoy sugiriendo que los hombres sean mejores y que deban señorear sobre las mujeres como tiranos. No estoy diciendo que las mujeres sean mejores y que deban castrar a sus maridos. Simplemente estoy indicando que somos diferentes, y ya que fue Dios quien nos hizo así, eso es algo bueno. Ese día Amy reconoció la diferencia, y me fortaleció para aceptar la plenitud total de ser el hombre de Dios para ella y para nuestra familia. Así que paso a decir un par de aspectos más que debes saber a medida que lees. Varón, este libro es para ti. Lo que menos necesitas es otro libro, otra radiodifusión multimedia, otro CD motivacional, o incluso otro estudio bíblico que te diga cómo ser un hombre de Dios en cuatro fáciles pasos. Eso no es lo que estamos haciendo aquí. Nos enfocamos en el asunto medular que estoy convencido que te motivará a profundizar dentro de tu corazón: cómo ser un guerrero y saber cuándo y cómo pelear. Si lees este libro descubrirás quién eres realmente, un hombre creado con un corazón de guerrero a la imagen de Dios; descubrirás también cómo pelear la buena batalla por lo que es correcto. Hallarás las fuerzas para lidiar las batallas que sabes que debes pelear, las que determinan el estado de tu corazón, la calidad de

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tu matrimonio, y la salud espiritual de tu familia. Las batallas que te hacen depender de Dios como la fuente de tu fortaleza. Las batallas que te hacen sentir vivo. Mujer, si estás leyendo este libro, probablemente deberías dejar de leerlo. No es para ti. Déjalo. Por favor. Ahora. Lo digo en serio. Aún estás leyendo, ¿verdad? Comprendo, y de veras deseo que sigas leyendo. Igual a como yo quería que Amy entendiera que no puedo ser algo más que un hombre, creo que la mayoría de esposos quieren que sus esposas reconozcan lo mismo respecto a ellos. Así que si vas a seguir leyendo, espero que uses esto como una guía práctica para ayudar a tu hombre a pelear las batallas adecuadas. Y no solo a pelearlas sino a ganarlas. Espero que lo fortalezcas para que él llegue a ser quien Dios tenía en mente. Si lo haces, tu esposo sobrepasará sus sueños más descabellados. Hará volar tus antiguas expectativas. Por tanto, si vas a continuar leyendo, por favor no trates de hacer de él lo que crees querer que él sea. Tan solo anímalo a ser el hombre que Dios intentó que tu esposo fuera. Simplemente reconoce que Dios puso algo diferente dentro de él: el corazón de un guerrero.

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1.4

SOMOS LOS GUERREROS

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a Biblia dice que Dios es un Dios de misericordia y gracia. Y en Éxodo se nos dice que «el Señor es un guerrero; su nombre es el Señor» (15.3, énfasis del autor). Por ende, si estamos creados a imagen de Dios, como vimos en Génesis, entonces también somos guerreros como parte de nuestra naturaleza. Repito, no estoy sugiriendo que las mujeres no puedan ser guerreras. Es solo que ser guerrero es la esencia de la identidad del hombre. No se trata solo de algo cultural o patriarcal. Es algo de Dios, innato en el diseño de nuestro Creador. Piensa en lo que la Biblia tiene que decir acerca de los padres, otro término usado para describir tanto a Dios como a los hombres. Salmos 127.4–5 declara: «Como flechas en las manos del guerrero son los hijos de la juventud. Dichosos los que llenan su aljaba con esta clase de flechas. No serán avergonzados por sus enemigos cuando litiguen con ellos en los tribunales» (énfasis del autor). Guerreros. Luego está el más grandioso guerrero que alguna vez ha vivido: Jesús. Muchos de nosotros nos imaginamos a Cristo basándonos en las pinturas que hemos visto de él: manso, humilde y sonriente. Niños reunidos a su alrededor adorándolo. 22

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Ovejas revoloteando alrededor de las laderas que lo rodean. Él está sanando enfermos, y consolando a pobres. Solo una fuerza suave para bien dondequiera que Jesús flota. Estoy exagerando (pero solo un poco). Si miras la vida de Cristo, él no era una esterilla divina. Imagina a Jesús, con ira justa, volcando violentamente las tablas de los corruptos cambistas de monedas en el templo del Padre. O considera esta imagen del regreso de Cristo como la vislumbrara Juan: «Luego vi el cielo abierto, y apareció un caballo blanco. Su jinete se llama Fiel y Verdadero. Con justicia dicta sentencia y hace la guerra. Sus ojos resplandecen como llamas de fuego, y muchas diademas ciñen su cabeza.... Está vestido de un manto teñido en sangre, y su nombre es “el Verbo de Dios”.... De su boca sale una espada afilada, con la que herirá a las naciones. “Las gobernará con puño de hierro”.... En su manto y sobre el muslo lleva escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de señores» (Apocalipsis 19.11–16). Este es el Buen Pastor, ¿manso y humilde? Si eres como la mayoría de cristianos, tal vez estés pensando: así no es como imagino a Jesús, como un guerrero salvaje que dirige con un grito de guerra. Los cristianos no deben contraatacar. ¿Qué pasó con lo de volver la otra mejilla? Volver la otra mejilla viene de Mateo 5.38–39, donde Jesús enseña: «Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”. Pero yo les digo: No resistan al que les haga mal. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, vuélvele también la otra». No cabe duda de que Jesús es el Príncipe de Paz prometido (Isaías 9.6). La misericordia y la compasión de Dios son nuevas cada mañana (Lamentaciones 3.22–23). Él nos ha dado mucho más de lo que alguna vez podríamos merecer, al sacrificar a su propio Hijo por nuestros pecados (Juan 1.29; 3.16; Hebreos 10.10). Estas y otras verdades han llevado a muchas personas a imaginar a Jesús como manso y humilde, un pobre carpintero galileo

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que jugaba con niños y cuidaba ovejas. El problema con esta descripción no es tanto que sea inexacta, sino que es incompleta. Tal «instantánea» de Jesús viene típicamente de unos cuantos versículos bíblicos (y a veces incluso de uno solo). Esa clase de prácticas selectivas solo puede ofrecernos parte del panorama total. Debemos considerar todo lo que la Biblia nos dice para apreciar por completo el carácter de Dios y el ejemplo de Jesús. Esto es lo que estaremos haciendo en todo este libro: viendo no solamente la vida de Cristo, sino también la de alguien que tenía algunas sorprendentes similitudes con la mayoría de hombres de hoy día: nuestro buen amigo Sansón. Sí, el tipo con grandes bíceps y cabello ondulado de hippie y que fue un objeto para Dalila. Podría sorprenderte cuánto tenemos en común con este individuo. Las cosas no le resultaron tan bien al final, pero si observamos su vida aprenderemos a defendernos de los demonios que debilitan a hombres fuertes. Aprenderemos a convertirnos en quienes Dios quiere que seamos: hombres que saben cómo pelear por lo que es correcto.

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1.5

CONFRON TACIÓN EN EL PAT IO DE L A M U E R T E

A

l encontrarme en casa con los nudillos de Bo impresos en mi rostro, mamá se aterró al ver mi ojo morado. Por mal que este se viera, mi ego estaba en peor estado. Ella corrió hacia mí, y me tomó en sus brazos. —¿Qué sucedió, tesoro? —inquirió mamá—. Oh, corazón, ¿estás bien? Conteniendo las lágrimas mientras me abrazaba, le conté lo que Bo me había hecho. Igual que muchas mamás, ella estaba consternada por la violencia que un bravucón podía infligir. Cuando papá llegó a casa un par de horas más tarde, mamá relató el incidente mientras yo me hallaba a su lado, observando la reacción de él. Papá escuchó en silencio, parado allí inmóvil, evaluándome, la boca encogida hacia un lado, las manos en las caderas, todavía agarrándose la chaqueta. Entonces en vez de consolarme como había hecho mi madre, levantó la barbilla, me dio la vuelta, me puso sus grandes manos firmemente en los hombros, me llevó hacia el garaje, y me hizo sentar en un balde boca abajo. En cuestión de minutos papá había transformado nuestro garaje en un centro de entrenamiento que Rocky envidiaría. Una vez que tuvo todo ubicado como él quería, se volvió hacia mí. 25

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—Ahora te voy a enseñar a pelear. Vas a encontrar a ese rufián de Bo y a poner las cosas en su sitio —se limitó a expresar. Eso fue todo. No hubo abrazos. Ni curitas. Ni ira. Ni reproche. Ni lágrimas. Yo tenía un problema, y papá tenía una solución: lecciones auténticas a puño limpio. En la más poderosa de las maneras, mi padre me acababa de mostrar cuánto me amaba. Durante el resto del fin de semana me enseñó todo truco que conocía o que pudo inventar. Demostró cómo lanzar un golpe rápido, cómo bloquear, y cómo descargar un porrazo fulminante. Me instruyó en los puntos más refinados de lanzar codazos, estrangular y apretar puntos de presión. Me mostró cómo enfrentar, golpear ojos, arañar, morder y patear a un tipo en el lugar que garantizaba la finalización de la pelea. Papá no me enseñó a pelear con justicia. Me enseñó a pelear para ganar. Para concluir mi entrenamiento, papá me dio instrucciones sobre qué decirle y hacerle a Bo. Si el matón cooperaba, yo no debía golpearlo. Pero si rechazaba mis condiciones, yo debería proyectarle mi primer golpe veloz y fuerte hacia la nariz. Cuando sus ojos comenzaran a lagrimear, inmediatamente debía lanzarle una patada frontal a la ingle. Esta sencilla combinación me permitiría terminar la pelea del modo que yo quisiera. Cuando mamá se dio cuenta de lo que estábamos haciendo se puso furiosa con papá. —Vas a conseguir que lastimen a nuestro hijo. La violencia no resuelve nada —declaró ella. Papá se mantuvo firme, tan tranquilo y decidido como un general del ejército. —Tienes que confiar en mí, cariño —le informó—. Craig tiene que hacerle frente a este matón. Tiene que ganar esta pelea, y ganarla de forma contundente. Y lo hará. En mi camino a la escuela el lunes, mi cuerpo estaba tan imbuido de energía nerviosa que las rodillas me temblaban y

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me sentía mareado. Al girar la esquina del patio de la escuela, allí estaba Bo, a mitad de camino a través del campo, parado junto con otros muchachos. Impulsado por la programación de mi padre, caminé erguido, los hombros hacia atrás, en línea recta directamente hacia mi adversario. Yo no tenía idea de lo que iba a suceder. Simplemente estaba siguiendo el guión. Bo se volvió justo a tiempo para toparse con mi rostro, a pocos centímetros del suyo, mirándolo. Antes de que él pudiera incluso pensar en lo que estaba sucediendo, lo agarré por la camisa, lo jalé hacia mí, y mi puño derecho se ladeó como una catapulta cerrada y cargada. No fue valor. Simplemente como papá me había enseñado, canalicé toda mi justa indignación, mi miedo irracional, y mi ira ciega dentro de mis diminutos brazos y manos, fortificado por la confianza de mi padre en mí. —Si alguna vez me vuelves a tocar, Bo, yo... terminaré... lo que empezaste. ¿Me entiendes? Fue difícil creer que esa fuera realmente mi voz entregando un ultimátum al chico que me había golpeado con contundencia solo días antes. Pero en ese momento el sol se paralizó en el cielo. Las aves detuvieron el vuelo. Las mandíbulas de los otros muchachos se abrieron. Bo dejó momentáneamente de respirar cuando su mirada se encontró con la mía, sondeando una interpretación exacta de la situación. ¿Estará alardeando? ¿Me golpeará de veras? El careo pareció durar millones de años, con los dos negándonos a pestañear. Entonces, tan de repente como yo lo había agarrado, Bo rió y levantó las manos abiertas. Se echó hacia atrás y torpemente rompió el silencio. —Este... está bien, entonces. En realidad no creí que fueras gay de todos modos. Y así Bo y yo nos volvimos amigos. No solo amigos, sino hermanos unidos por sangre. Nunca volvimos a hablar del asunto,

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y hasta el día de hoy me sorprende que yo haya hecho retroceder a un tipo que me superaba al menos por veinte libras. (Eso es mucho cuando pesas solo cincuenta libras.) Pero lo hice. Papá me había fortalecido para mantenerme firme. Ese simple regalo, ofrecido en amor (unas pocas horas de su tiempo, transmisión de conocimiento y habilidad de un hombre a otro) no solo cambió al niño que yo era, sino que también conformó al hombre que soy en la actualidad. Incluso si Bo me hubiera golpeado otra vez, no me habría importado porque me le había enfrentado. Yo había aprendido a pelear como hombre. Esa fue la única vez en mi vida que mi papá me animó a contraatacar. Pero el entrecano guerrero en él se extendió hacia el guerrero en ciernes que había en mí con la clara lección de que algunos entuertos se pueden enderezar cuando decides contraatacar.

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1.6

ELIGE TUS BATALL AS

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i toda esta charla acerca de pelea, violencia y de ser un guerrero te molesta, solo escucha esto: la virtud de la fortaleza está determinada por cómo esta se use. Si se usa para amar y proteger, está bien. Por desgracia también se puede usar para infligir daño, y eso no es consecuente con lo que vemos del carácter de Dios en la Biblia. Él nos llama a pelear por lo que es correcto. Y un guerrero solo es tan digno como lo es su causa. Un hombre sin una causa de Dios es a menudo solamente un individuo iracundo que no sabe hacia dónde dirigir su energía y su agresión reprimidas. Un guerrero con una causa de Dios dirige esa energía belicosa hacia una causa más grande que él mismo. Amigo, Dios te creó con el corazón de un guerrero. A menos que haya algo por lo que estés dispuesto a morir, no puedes vivir realmente. Fuiste creado para pelear por la justicia. A menos que aproveches esa causa divina, te sentirás aburrido, negativo y frustrado. Encuentra algo más. Doy gracias a Dios porque tengo la oportunidad de experimentar mi causa divina. Sinceramente creo que estoy frente a las líneas de la guerra más importante: aquella entre el cielo y el infierno. El reino de Dios contra el reino de las tinieblas. Mi espada está desenvainada, y me encuentro en las líneas de vanguardia. Estoy dispuesto a morir por la causa de guiar a otros a fin de que se 29

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conviertan totalmente en dedicados seguidores de Cristo. Eso no es lo que hago; eso es lo que soy. Se inicia con mi familia, y se infiltra dentro de todo lo que hago dondequiera que me halle. Hace poco tuve este momento sumamente poderoso con un grupo de estudiantes universitarios que visitaron la iglesia donde predico. Las chicas jóvenes por lo general asistían a otra de nuestras iglesias en otra comunidad donde nuestros mensajes se transmiten por video, así que ellas me habían oído predicar durante un par de años. Después del mensaje ese día, varias jovencitas de este grupo se me acercaron para hablar conmigo. —¡Pastor Craig, estamos muy agradecidas por usted! — expresaron básicamente con mucha amabilidad—. Nuestros padres no son un ejemplo para nosotras como hombres piadosos. Apreciamos lo que usted hace. Usted es un hombre fuerte de Dios. Oramos todo el tiempo porque hallemos hombres fuertes de Dios como usted con quienes nos podamos casar. —Vaya —manifesté sonriendo, sintiéndome halagado y al mismo tiempo un poco avergonzado—. Muchísimas gracias. Pero creo que ustedes deben entender algo: no soy fuerte en absoluto. En realidad soy uno de los individuos más débiles que alguna vez han conocido. Ellas se miraron confundidas, así que traté de explicarles. —Lo que ustedes realmente desean no es un sujeto que parezca fuerte por fuera. Quieren un hombre que pueda permanecer fuerte solo porque cada día pasa tiempo de rodillas delante de Dios. (Damas, si aún están leyendo, no pasen esto por alto. El hombre que desean no es el individuo que gana peleas de tipos rudos, sino el que conoce sus debilidades y el que lucha en las fuerzas de Dios. No será perfecto. Pero Dios lo estará perfeccionando.) Todo individuo quiere ser fuerte. Tal vez te gustaría aparecer en la portada de Men’s Health o algo así, con una sonrisa medio arrogante en tu rostro,

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flexionando tus enormes bíceps mientras levantas ligeramente tu camiseta apretada con cuello en V para revelar tus abdominales marcados en la parte inferior. Eso es lo que muchos hombres creen que desean. Pero aquellos que invierten sus vidas solo en fortaleza física no hacen que el reino de Dios adelante en el mundo, al menos no de ese modo. Los hombres que son fuertes, que transforman el mundo, y que son verdaderos guerreros son hombres que pueden admitir sus limitaciones. «Señor, soy débil. Y te necesito». Deseo redefinir la manera en que piensas acerca de lo que significa ser un guerrero. No se trata de arrogancia y actitud; no se trata de abdómenes planos y de provocar peleas; no se trata de triunfar en la vida y ganarse la admiración o la envidia de todo el mundo. Ser un verdadero guerrero tiene que ver con conocer la fuente de la verdadera fortaleza. Es acerca de conocer tus debilidades y volverte a Dios para que te fortalezca y seas el hombre que él quiso que fueras. No tienes que convertirte en Jason Bourne o James Bond (Sean Connery o Daniel Craig, ni en esos otros peleles) para convertirte en un guerrero. Así que si eres alguien amante de la paz que cree que en realidad no estás luchando con grandes problemas, entonces sigue leyendo. Este libro sigue siendo para ti. Ya te encuentras en una pelea, sea que lo sepas o no. Tu enemigo espiritual quiere eliminarte. Él es un maestro en debilitar a hombres fuertes. A veces logra que al hacernos sentir cómodos, seguros y estables nos resignemos a llevar una vida mediocre porque esta es conocida y no exige mucho de nosotros. ¿Es así realmente como quieres vivir? Aunque Satanás debilita a hombres fuertes, Dios se dedica a hacer que hombres débiles sean fuertes. Tu pasado no es lo más importante. Tu futuro lo es. Si quieres vivir (llevar una vida realmente de manera atrevida, apasionada y generosa que sea

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contagiosa) entonces este libro es para ti. Según descubriremos y exploraremos juntos, a menudo Dios usa los momentos dolorosos que más tememos a fin de hacer algo intenso dentro de nosotros. Así es como él nos forma para ser los hombres que desea que seamos. Si no hay luchas, no hay nada por qué pelear. Y Dios tiene una manera única de despertar al guerrero dormido en nuestro interior a fin de que lidie una batalla que nos adiestra para pelear y ganar una incluso mayor.

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1.7

CLUB DE PELEA

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ios no solo quiere que pelees, quiere darte una causa más grande que tú. Luego, una vez que ames algo lo suficiente para estar dispuesto a morir por ello, tendrás libertad para vivir. Cavila en lo que el líder Joab dijo para inspirar a sus guerreros en 2 Samuel 10.12: «¡Ánimo! ¡Luchemos con valor por nuestro pueblo y por las ciudades de nuestro Dios! Y que el Señor haga lo que bien le parezca» (énfasis del autor). Pelea por una causa más grande que tú mismo, y esa causa está en ti. Sabes que está allí. Puedes sentirla. Tú tienes el corazón de un guerrero. Tal vez estés pensando: no sé, Craig. Soy un tipo tranquilo, pacífico, que vive y deja vivir. En realidad no estoy en toda esa escena de club de lucha. El llamado del deber puede ser muy grande y todo lo demás, pero realmente ni siquiera estoy consciente si sé pelear y preferiría no hacerlo. No hay problema si no piensas de ti mismo como guerrero, al menos en términos terrenales. Pero Dios te ha hecho para pelear batallas. Y te ha dado muchas armas espirituales, que analizaremos a lo largo del camino. Sin embargo, por ahora considera tan solo que el hombre más fuerte no es el que levanta el mayor peso, sino el que tiene la mayor fe. Otros podrían estar pensando: en realidad se avecina una 33

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batalla. Y no puedo darme el lujo de perderla. Si ese eres tú, es hora de pelear. Tal vez estás en peligro de fracasar económicamente. Es el momento de pelear como si tu vida dependiera de ello, a fin de obtener el control de tu presupuesto y alinear tus prioridades con tu flujo de dinero en efectivo. Quizás estés participando en un juego lujurioso. Sigues retornando a imágenes, personas y lugares que te excitan pero que también desatan algo que temes no poder controlar. Te vas a quemar. Decide. Confiesa y vence esta perversidad. Pelea. Tu matrimonio podría estar pendiendo de un hilo. Decide no rendirte. Utiliza amor, paciencia y perdón. Rinde tu vida y salva tu matrimonio. Tal vez tus hijos estén tomando decisiones peligrosas. Ponte de rodillas y pelea como un hombre... ¡de Dios! Aprende a pelear con fe, con oración, y con la Palabra de Dios. Entonces, cuando tu enemigo ataque, pelea por la causa justa que Dios te da. Traza una línea en la arena. Haz que tu enemigo pague. Asegúrate de que él entienda el mensaje. De que no contraríe a un guerrero. De que no se meta con este hombre de Dios. Sal a pelear. Además, no te presentes desarmado a esta pelea. Usa las armas que Dios te provee, y vencerás. ¿Puedes sentirlo? Están dentro de ti. Es hora de pelear como un hombre.

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SECCIÓN DOS

HOMBRES FUERTES

CON VOLUNTADES DÉBILES No somos débiles si hacemos un uso adecuado de aquellos medios que el Dios de la naturaleza ha ubicado en nuestro poder.... La batalla, amigo, no solo es para los fuertes; es para los vigilantes, los activos, los valientes. —Patrick Henry

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2.1

HOMBR E S F U ER T E S CON VOLU N TA DE S DÉBIL E S

N

o hace mucho tiempo tres muchachos adolescentes me hicieron un gesto grosero con la mano mientras conducían y se me adelantaban, riendo histéricamente por ser más veloces y más divertidos que yo. Sus sonrisas lo decían todo: pobre viejo papá bicho raro que tiene que llevar a sus hijitos a un partido de fútbol en el todoterreno de la mamita. No tiene posibilidad de alcanzarnos alguna vez ni de hacernos algo. A pesar de que llevaba a tres de mis seis niños en el auto, en ese momento algo se rompió dentro de mí. Casi sin darme cuenta, mi pie presionó el acelerador y me vi envuelto en una persecución implacable. Me encantaría decirte que había esperado saludarlos a la distancia con la mano y hablarles del amor de Dios, pero la verdad es que los estaba tanteando. Con un poco de adiestramiento en varias artes marciales y al menos con veinte años de experiencia en ellas, yo ya estaba planeando cómo me encargaría de todos esos tres. Sin salir golpeado ni permitir que mis hijos se lastimaran, por supuesto. Debió haber sido después de dos minutos completos de confusa persecución en auto a toda velocidad (no muy diferente a una cacería de autos en una película de acción) que recapacité y dejé ir a los bravucones. Tal vez se debió a que vi por el espejo 37

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retrovisor la mirada de terror en los ojos de mi hija. Quizás fue porque no quise tener que explicarle a mi esposa por qué a los chicos y a mí nos habían llevado detenidos a una estación de policía. Tal vez fue porque comprendí que vivo en un pueblo más bien pequeño y que tengo un alto perfil como pastor, uno que por lo general no participa en cacerías a alta velocidad (junto con sus hijos) solo para enseñarles una lección a tres mocosos. Evidentemente, no te estoy contando este incidente para impresionarte con mi dominio propio. En vez de eso espero que sepas que soy tan humano como cualquier persona. En un minuto puedo estar buscando a Dios en oración, y al siguiente estoy participando en una discusión innecesaria con mi esposa. Puedo adorar apasionadamente en la iglesia, solo para chismearle a un amigo durante el camino a casa. De vez en cuando se me ha conocido por predicar un mensaje apasionado y lleno del Espíritu. Pero la mayor parte de días me pregunto si alguna vez haré bien las cosas. No solo que es difícil servir a Dios cuando las cosas están yendo a mi manera, es aun más difícil serle fiel cuando las cosas no salen a mi manera. Tú sabes de qué estoy hablando. Tratas de salir adelante económicamente, pero entonces el auto, el aire acondicionado, o el lavavajillas se descomponen, y ruedas aun más atrás. Te esfuerzas de todo corazón por conseguir un ascenso en tu trabajo ideal, solo para ser superado por ese fastidioso tipo al que apenas logras soportar. Más y más parece que cuando decides vivir piadosamente para Dios, todo el infierno se desata en tu vida. Lo que hace que sea muy difícil ser lo que sabes que quieres ser: un buen esposo, un gran padre, un verdadero amigo y, así como David, un hombre conforme al corazón de Dios. Pero cuando sientes que todo está contra ti es difícil seguir adelante. Es difícil sentir que en realidad eres un hombre piadoso.

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Y seamos sinceros: si miramos alrededor, a menudo parece que hay escasez de hombres piadosos. Uno de los versículos bíblicos más trágicos probablemente es Ezequiel 22.30, donde Dios declara: «Yo he buscado entre ellos a alguien que se interponga entre mi pueblo y yo, y saque la cara por él para que yo no lo destruya. ¡Y no lo he hallado!» Ninguno. Ni uno solo. Dios no pudo hallar un hombre que defendiera a su pueblo. Si hoy día Dios estuviera buscando un hombre así, creo que diría algo como esto: «Estoy buscando un hombre de integridad. Busco un hombre de valor, un hombre dispuesto a defender a aquellos que no se pueden defender. Estoy buscando un hombre que dé su vida por su esposa, así como Cristo dio su vida por su Novia, la Iglesia. Estoy buscando un hombre que imparta verdad espiritual a la próxima generación. Estoy buscando un hombre que se interese desinteresadamente en los demás». Yo esperaría que si Dios estuviera buscando un hombre como este hoy día, no se quedara con las manos vacías. Esperaría que encontrara muchos hombres cuyos corazones palpiten solamente por él. ¿Eres tú esa clase de hombre? ¿Quieres serlo?

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2.2

SÚPERPODERES

C

uando pienso en los individuos en la Biblia cuyas vidas parecen hablarle a mi propia vida, siempre me impresionan hombres como Moisés y Abraham, José y David, Pedro y Pablo. Todos ellos me ofrecen ejemplos y ánimo, visión y sabiduría, perseverancia incluso aunque metieron la pata. También está el ejemplo perfecto del hombre más grandioso que alguna vez caminó en esta tierra: Jesús, el propio Hijo de Dios. Pero a veces esos individuos, incluso Cristo, pueden parecer distantes y alejados de los problemas que tú y yo enfrentamos: constantes exigencias sobre nuestro tiempo, cuentas por pagar, dificultades, conflictos en el trabajo, tensiones en casa, luchas dentro de nuestros corazones. Por eso me sorprendió descubrir que me identificaba fuertemente con un individuo cuya historia no es conocida por tener un final feliz a causa de haber caminado con Dios. Se le ha descrito como el hombre más fuerte que alguna vez haya vivido, y es famoso por ser la mitad masculina de una pareja tristemente célebre. Después de estudiar la vida de este sujeto estoy convencido de que la mayoría de hombres nos parecemos más a Sansón de lo que podríamos esperar. Y no estoy hablando solo de sus pectorales y su lujoso cabello estilo Troy Polamalu. Sansón tenía tanto potencial, tantas fuerzas más allá de su poder físico, y sin 40

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embargo sus debilidades continuamente extrajeron lo mejor de él. ¿Puedes relacionarte con este tipo? Es probable que al menos hayas oído hablar de Sansón, aunque solo haya sido en una versión infantil de la historia de Sansón y Dalila, y que hayas oído hablar de la fuerza física sobrenatural del hombre, y de cómo perdió su fuerza cuando le cortaron el cabello. (Te animo a leer acerca de Sansón en Jueces 13—16.) Aunque los logros de Sansón son legendarios, se lo conoce por sus debilidades. Incluso con el tremendo potencial dado por Dios, una y otra vez tomó malas decisiones que en última instancia le sabotearon la vida que pudo haber llevado. El Señor le proporcionó a Sansón habilidades únicas que pudo haber usado para la extensión del reino divino; pero debido a la vanidad (además del egoísmo, la lujuria y la poca visión) este individuo las desperdició. Puedo resumir la vida de Sansón en una sola frase: fue un hombre increíblemente fuerte con una voluntad peligrosamente débil. Lo que espero que veas es que, al igual que a Sansón, Dios te ha dado fortalezas especiales que puedes utilizar para la extensión del reino divino, tanto en tu vida como en las vidas de quienes te rodean. Creo que podemos aprender lo suficiente de la vida de Sansón para no cometer sus equivocaciones. La historia de este hombre empieza en Jueces 13. Debido a que los israelitas habían sido infieles al Señor, Dios los hizo caer bajo el dominio de sus enemigos, los filisteos. Pero después que les sirvieron como súbditos durante cuarenta años, Dios básicamente dijo: «Creo que has tenido suficiente, Israel. Estoy levantando a un hombre, Sansón, que te liberará de tu esclavitud». Este ejemplo nos recuerda que cuando Dios hace algo en la tierra por lo general lo lleva a cabo a través de su pueblo, y a menudo por medio de los hombres que designa para que sean sus guerreros.

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Por tanto Dios envió un ángel a una pareja que no había podido concebir. El ángel le dijo a la mujer que ella tendría un hijo, por lo que debía comenzar a cuidar de veras su salud. Los padres de Sansón no podían saberlo todavía, pero desde el principio de la vida de su hijo, el Espíritu del Señor se agitaba dentro del niño, y Dios le daría fuerzas sobrenaturales. El ángel no les dijo eso, pero sí les dijo algo más muy extraño. Le indicó a la madre de Sansón que nunca debía permitir que le cortaran el cabello al muchacho, porque Dios quería que fuera un nazareo, «dedicado a Dios desde el vientre». Según describe la Biblia en Números 6, un nazareo era un israelita que deseaba dedicarse a Dios, pero que no debía nacer en la tribu de Leví (los sacerdotes especialmente ordenados del Señor). Los nazareos podían dedicarse a Dios, haciendo un voto especial y entregándose a él. Tales personas harían la declaración: «Decido vivir según estos votos y servir a Dios con mi vida». Había tres votos que tendrías que hacer para convertirte en nazareo: 1. No emborracharse. Nada de Coronas. Ni Martini. Ni margaritas con tu comida mexicana. Ni siquiera podrías dejar que tus labios tocaran alcohol. 2. No tocar nada muerto. Según las leyes que Dios había entregado a los hebreos, los cadáveres eran «inmundos». Dios es perfecto y santo, así que a los nazareos se les prohibió tocar los restos de algo muerto. 3. No cortarse nunca el cabello. Tendrías que dejarte el cabello tan largo como creciera de manera natural. Podrías peinarlo y acicalarlo, pero no cortarlo. Después de investigar un poco estoy convencido de que ningún nazareo nunca llegó a lucir peinado corto por delante y largo por detrás, y especialmente no Sansón. (Estos son cortes de pelo profanos. Pero aunque hubieras tenido uno de ellos por allá en 1982, hay espacio en la cruz para ti.)

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¿Por qué cabello largo? Hoy día cuando alguien dedica su vida a Cristo lo celebramos bautizándolo. Al bautizarte, esta es una manera de declarar exteriormente tu testimonio de que ha habido una transformación espiritual en tu interior. Le estás diciendo a los demás: «Estoy alineando mi vida con Cristo. Este es quien ahora soy». Mientras el bautismo es un suceso único, el cabello largo del nazareo era un recordatorio constante de su compromiso con Dios. Así como mi anillo de bodas es una señal externa y siempre visible de que estoy comprometido con mi esposa, el cabello largo de un nazareo era una señal externa y siempre visible de haber sido apartado para Dios. Si hubieras visto una persona con cabello extraordinariamente largo en la época de Sansón, habrías expresado: «¡Oh, ese es un nazareo! Ese tipo ha dedicado su vida a Dios». Desde luego, Sansón no era un nazareo común y corriente. Debido al compromiso divino de liberar a su pueblo de la opresión filistea, Dios puso su mano sobre Sansón, llenándole el cuerpo con fuerzas sobrenaturales. ¿No es genial? Sansón era cierta clase de superhéroe. Al menos de manera clara y divina este hombre había recibido súperpoderes. Podrías estar pensando que la vida de Sansón está tan lejos de la tuya como te puedes imaginar. El tipo no bebe. Tiene todo el cabello (sin Rogaine). Y está bendecido con súper fortaleza. Pero piensa por un minuto. Tú tienes fuerzas que Dios te ha concedido a fin de que las uses para servirle y amar a quienes te rodean. Como ya hemos comentado, creo que uno de los obsequios que Dios te ha dado es un corazón de guerrero, idea esta que exploraremos en el resto del libro. Sin embargo, ¿Con qué te ha bendecido Dios que puedas identificarlo ahora mismo en tu vida? Antes de empezar a ver cómo nuestras debilidades nos hacen arriesgar muchas de las cosas buenas en nuestras vidas, es importante recordar cuáles son esas cosas buenas. Tú tienes dones que puedes usar para la gloria de Dios. Eres

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escogido y apartado. Tienes batallas por pelear. Y tienes las armas correctas con las cuales batallar. Tienes una pelea que debes ganar. Además tienes a Dios, quien ya te ha concedido la victoria.

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2.3

VARIEDADES DE KRIPTONITA

¿

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eíste alguna vez Superman cuando eras niño, o al menos has visto una de las varias versiones de las películas? Quizás recuerdes que la única debilidad del hombre era la kriptonita, trozos de roca y escombros que llegaron de su planeta de origen, Kriptón. En los antiguos libros de dibujos animados la kriptonita era verde y al instante le quitaba a Superman todos sus poderes. Pero luego algunos escritores fueron creativos y comenzaron a inventar varias clases distintas de kriptonita. La variedad roja tenía efectos extravagantes y casuales en el Hombre de Acero, a veces haciéndolo mutar en animales o insectos. La clase negra le cambiaba la personalidad y le provocaba problemas psicológicos. Aunque Sansón no era de Kriptón, definitivamente tenía varios problemas que se aprovecharon de sus debilidades. Como veremos, a pesar de haberle sucedido tantas cosas, a pesar de haber sido escogido por Dios y bendecido con fuerzas sobrenaturales, Sansón no pudo escapar de sus defectos. A menudo él mismo fue el peor enemigo para todas las bendiciones en su vida. ¿Te resulta familiar? ¿Puedes relacionarte con él? Por desgracia, creo que la mayoría de nosotros somos muy parecidos a Sansón, sin la súperfuerza y el cabello largo, por supuesto. Así como Sansón tenía potencial para la grandeza, 45

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desperdició una y otra vez ese potencial a través de decisiones insensatas. Se entregó a sus emociones en lugar de obedecer a Dios. Y perdió de vista sus puntos débiles, lo que al final le costó su propia vista. La mayoría de los individuos hoy en día no son diferentes. No te puedo decir cuántos tipos he conocido que en el trabajo son realmente agresivos, líderes de talla mundial que se encargan de situaciones y conquistan sus mercados. Son magos para los negocios, pisan talones y se dejan llevar por nombres. Son sorprendentes negociadores. Progresan. Obtienen ascensos. Luego estos mismos individuos, cuando llegan a casa se desploman en el sofá y se vuelven pasivos. Se niegan a dirigir sus familias o a ayudar a sus hijos a descubrir sus propósitos en la vida. No dudan en tomarse el campo de juego en una posición, y después quedarse en la banca en otro. También hablo todo el tiempo con individuos que son disciplinados en comprometerse con sus finanzas, sus profesiones, sus pasatiempos, y su condición física. Se comprometen con lo que quieren comprometerse, pero no se comprometen con una mujer. Algunos hombres pasan horas investigando y analizando todo lo que les interesa. ¿Cuáles son las mejores cañas y carretes de pesca? ¿Cuál es la mejor clase de televisor para comprar? ¿Dónde pueden conseguir la mejor oferta? Pasan horas adorando en el altar del egoísmo, pero no pasan cinco minutos estudiando la Palabra de Dios para edificarse espiritualmente. Un montón de individuos aman sincera y profundamente a Dios y a las mujeres especiales en sus vidas. Y sin embargo estos mismos hombres, sujetos que poseen tantos atributos piadosos, se hallan encerrados en una prisión de lujuria. Pero están paralizados, demasiado asustados o avergonzados para pedir ayuda. Por tanto hacen lo que los hombres han hecho por siglos. Fingen. Llevan una vida pública y otra privada. Muestran sonrisas

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piadosas y encantadoras, mientras por dentro los consume un furioso fuego de lujuria. Todas estas clases de individuos diferentes tienen gran potencial sin explotar, pero se están destruyendo ellos mismos a través de un torrente de malas decisiones. ¿Qué destruye, devasta y degrada a tantos hombres potencialmente grandiosos? La vida de Sansón nos muestra los mismos tres problemas que han debilitado a hombres fuertes desde el principio del tiempo: Lujuria. Derechos. Soberbia.

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2.4

LUJURIA ERRANTE

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n mis más de veintidós años de ministerio, todo hombre con quien he hablado, todo guerrero, ha dicho que la lujuria es, por lo menos, un peligro verdadero y potencial. Lo que hace que la lucha contra este mal sea tan difícil es que estamos rodeados por una cultura dedicada a satisfacer nuestra lujuria del mismo modo que ansiamos una hamburguesa y al instante nos dirigimos a McDonald’s. Estamos bombardeados con el mensaje: «Puedes hacer todo lo que quieras, mirar cualquier cosa que desees… mientras eso no perjudique a nadie. No hay nada de malo en echar un pequeño vistazo. Solo estás viendo vitrinas. No te hace daño mientras no toques». La Biblia no está de acuerdo con esto. Leemos en Efesios: «Entre ustedes ni siquiera debe mencionarse la inmoralidad sexual, ni ninguna clase de impureza o de avaricia, porque eso no es propio del pueblo santo de Dios» (5.3). Muchos hombres tienden a justificar el hecho de tener una vida secreta, una vida que llevan cuando se encuentran solos. Piensan: esto no me causa problemas. No estoy perjudicando a nadie. No he hecho nada malo. Además, así es como enfrento las cosas. Sin embargo, en Mateo 5.27–28, Jesús levantó la norma aun por encima de nuestras acciones. Hizo la impresionante declaración de que con el solo hecho de mirar con lujuria a otra persona, ya se comete adulterio... en el corazón. Lo que le importa a Dios no es 48

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solamente lo que vemos o tocamos, sino aquello en que se centran nuestros corazones. Sansón, el macho con una debilidad por las mujeres, supo lo que sabemos demasiado bien. Lo vemos, lo queremos, lo tomamos... al menos en nuestras mentes. Cuando ves algo que deseas, sabes lo que ocurre en tu mente. Sientes ese jalón, y tu corazón manifiesta: lo quiero. Lo necesito. Tengo que conseguir eso. Y debo tenerlo ahora mismo. Cuando incluso un hombre muy razonable se halla motivado por la lujuria, toda su lógica se va por la ventana. Él permite que sus hormonas se apropien de su razón, de su compromiso, y de su fuerza de voluntad. He hablado con un sinnúmero de hombres que, en momentos de sinceridad, confiesan diferentes versiones de la misma historia. Vi a una mujer ardiente, y no quería mirar, pero me sentí obligado a hacerlo. Tuve que hacerlo. Intenté mirar hacia otro lado, pero los ojos parecían dejarse llevar de modo incontrolable hacia ella, como si tuvieran mente propia. Luché, pero no pude impedir que mi mente recorriera ese antiguo camino conocido. La imaginé desnuda. Tuve pensamientos en cuanto a tener sexo. Y todo sucedió en cuestión de segundos. Por desgracia, la mayoría de los hombres puede relacionarse al menos con partes de las batallas visuales y sexuales. Pero no toda lujuria es sexual. Tal vez lo que ansías es un ascenso, un aumento, o un premio en el trabajo. La promoción, el dinero, y la victoria consumen nuestros pensamientos y vencen nuestras almas. Tal vez es una nueva casa, un auto nuevo, un nuevo yate. Piensas en aquello en la mañana, a la hora del almuerzo, y cuando te acuestas. Sea lo que sea en tu caso, se requiere de todas tus fuerzas para refrenarte y no lanzarte de cabeza tras eso. Sansón tenía el mismo problema. Jueces 14.1–2 declara: «Sansón descendió a Timnat y vio allí a una joven filistea. Cuando él volvió, les dijo a sus padres: “He visto en Timnat a una joven filistea; pídanla para que sea mi esposa”».

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Quizás retorcí eso un poco, pero es verdad. (En la Biblia, Sansón se presenta una y otra vez como un mujeriego.) Muchas cosas están pasando en estos dos versículos. Sansón vivía en Zora con sus padres. Timnat estaba a poco más de seis kilómetros de distancia, en territorio filisteo enemigo. Te podrías preguntar qué estaba haciendo Sansón allí. Abandonó a sus amigos para visitar a sus enemigos, donde encontró una mujer prohibida. (Dios les había dicho a los israelitas que no podían casarse con personas que no lo adoraran.) Sansón simplemente estaba buscando problemas. Igual que un tipo que de manera lujuriosa hace clic en páginas cuestionables en la Internet, o que navega en los canales de modo que pueda tropezar «accidentalmente» con algo que le alimente su apetito sexual, a Sansón no le importaron las consecuencias. Tan pronto como vio a esta chica se olvidó de todo lo demás. No me importa lo que diga Dios. No me importa lo que papá y mamá digan. No me importa lo que está bien o mal. Soy un hombre. Tengo deseos. Tengo necesidades. La quiero. La lujuria debilita a hombres fuertes. Es como una chispa que se convierte en un infierno en cuestión de segundos. Es como polvo de kriptonita que debilita al superhombre más fuerte. Es como ácido derramado en una lámina de aluminio. Comienza pequeño como un virus y después toma el control. Piensa en ello. Los individuos no planean estropear todo lo que más les importa. Este año planeo arruinar mi vida. Creo que comenzaré con un poco de pornografía. Desearé un poco. Eso al final me llevará a tener una aventura. Experimentaré un divorcio conflictivo, mis hijos me perderán el respeto, y batallaré el resto de mi vida. Nadie piensa: voy a contagiarme con una enfermedad de transmisión

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sexual. Quizás pueda adquirir una de las grandes. Podría morir antes de cumplir cuarenta años. ¡Fantástico! Los hombres no planificamos destruirnos. El problema es que tenemos un enemigo que sí planea destruirnos. La declaración de su misión es «robar, matar y destruir» todo lo que le importa a Dios. Guerrero, si no tienes un plan de batalla vas a caer víctima del plan de batalla del enemigo. Ten cuidado con la tentación. Te está esperando. Hay un montón de sitios web que parecen inocentes y que ofrecen más que información. Muchos de ellos cuentan con el hecho de que parecen ser iguales a sitios legítimos y no eróticos. Existe gran cantidad de mujeres que están buscando un hombre como tú, alguien que esté solo, tal vez un poco inseguro, en busca de una mujer que le brinde un poco de consuelo. Hay un montón de catalizadores sexuales que se han convertido en los principales iconos culturales: Playboy. Victoria’s Secret. La edición de trajes de baño de Sports Illustrated. Cincuenta sombras de Grey. No tienes que ir en busca de problemas igual que hizo Sansón. Estos vendrán a buscarte. Hace años me hallaba viajando para dictar una conferencia. Mientras esperaba mi vuelo de conexión me dirigí al baño de caballeros para ocuparme de mis asuntos. Al entrar vi una revista en el suelo. No cualquier revista. No era una copia de Newsweek o Christianity Today. No era el periódico de ayer o un folleto de viaje. Se trataba de una revista de moda Playboy, exactamente allí, portada hacia arriba, mirándome, totalmente gratis. De pronto me inundó un abrumador arrebato de tentación sexual. Me sentí de nuevo como un adolescente que acaba de encontrar una mina de oro. Me gustaría poder decirte que pensé: qué triste. Mejor será que tire eso a la basura, no sea que algún chiquillo de ocho años vea lo que no debería ver. Al contrario, pensé: ¡caramba! ¡Estoy solo en un baño de un aeropuerto en otro estado con una revista Playboy! Nadie lo sabría nunca. No hay problema. La revista simplemente estaba allí, esperándome.

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Aunque tal vez solo por un par de segundos, me sentí como si estuviera agonizando durante horas. Pero entonces de algún modo regresé rápidamente a la verdad. Mi pensamiento se moderó cuando pensé en mi esposa, mi iglesia, y mi llamado. Agarré la revista, la tiré a la basura, y salí del baño a reunirme de nuevo con el amigo que viajaba conmigo. Podrías preguntarte: ¿cuál es el problema? Para mí, abrir esa sola puerta pudo ser el inicio de la espiral de la muerte a la que tantos hombres sucumben. «De los labios de la adúltera fluye miel; su lengua es más suave que el aceite. Pero al fin resulta más amarga que la hiel y más cortante que una espada de dos filos. Sus pies descienden hasta la muerte; sus pasos van derecho al sepulcro» (Proverbios 5.3–5). Para ser sincero, fui tentado. Pero por la gracia de Dios evité la tentación. Hasta el día de hoy estoy convencido de que esa fue una trampa puesta especialmente para mí. Tal vez en realidad no luches hasta ese punto con la lujuria. Quizás creas que estás haciendo realmente bien, y que tienes el asunto bajo control. Primera de Corintios 10.12 expresa: «Por lo tanto, si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer». Mantente alerta a la tentación, aunque no te sientas vulnerable. ¿A qué se parece un plan de batalla contra la lujuria? Levanta expresamente salvaguardias en tu vida. Por ejemplo, en toda nuestra organización se filtra y se controla el uso de Internet. No tenemos ciertas revistas en nuestra casa: revistas femeninas con artículos y encuestas sexuales, revistas masculinas con personas ligeras de ropa y consejos ligeramente velados de «estilos de vida», o revistas de ropa interior femenina (solo en caso de que yo deba investigar por meses el peluche perfecto para regalarle a mi esposa en el Día de San Valentín). No aconsejo a mujeres. Si debo reunirme con una de las damas de nuestro personal, al menos una puerta permanece abierta (a menudo dos), y otra persona está presente, solo para asegurarnos. No viajo solo, y nunca con

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otra mujer que no sea mi esposa, por asuntos de trabajo o por cualquier otra razón. Seamos intencionales. Protejamos nuestra integridad. Tenemos que pelear contra todos nuestros deseos lujuriosos, y luchar para ganar. (Tanto es así que abordaremos este tema con más detalles en la sección 4.) Debemos mantenernos alerta con respecto a nuestros corazones si queremos controlar nuestros cuerpos. Una vez leí acerca de cómo un esquimal mató un lobo que le había estado aterrorizando el ganado. Sumergió un cuchillo afilado en sangre animal y lo congeló. Después repitió la acción una y otra vez, añadiendo capa tras capa de sangre congelada al cuchillo. Luego clavó esta «paleta de sangre» firmemente en la tierra por la empuñadura, con la hoja hacia arriba. Cuando llegó el lobo, olfateó la sangre y comenzó a lamerla. Lamió y lamió, y la sangre congelada le adormeció la lengua. Finalmente estuvo lamiendo la hoja. Pero la sangre caliente de la lengua del lobo se mezcló con la sangre del cuchillo sin que se diera cuenta. El animal siguió lamiendo, hasta que la lengua se le destrozó. Para cuando comprendió lo que había hecho, era demasiado tarde. Se acostó y sangró hasta morir, junto a la trampa. Eso es exactamente lo que la lujuria hace en una vida. «No abrigues en tu corazón deseos por su belleza, ni te dejes cautivar por sus ojos.... ¿Puede alguien echarse brasas en el pecho sin quemarse la ropa? ¿Puede alguien caminar sobre las brasas sin quemarse los pies?» (Proverbios 6.25, 27–28). Lo que parece agradable, placentero y fácil en realidad es una trampa destinada a atraparte.

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2.5

EL CRUCE DEL LEÓN

U

na noche como a las diez mi perro estaba asustado afuera, y mis hijos se me acercaron. —¡Papi! ¡Creemos que Sadie atrapó algo afuera! Hmm, tal vez un gato, pensé y sonreí para mis adentros. Quizás no sepas esto respecto a mí, pero no me gustan los gatos (probablemente porque casi no tengo nada agradable qué decir acerca de ellos). ¿Te ha pasado alguna vez un gato por el costado? ¿Qué hace? El egoísta frota su patético cuerpo felino contra tu pierna, luego levanta la cola mientras pasa, dándote una clara visión de su trasero gatuno. Repugnante en todo nivel. Y además, la Biblia afirma que Satanás ruge como un león, vinculando a Satanás con el gato doméstico. Así que la idea de que nuestro perro hiciera refugiarse a un gato en un árbol provocó una chispita de alegría a mi noche por lo demás tranquila. —Ármense de valor, niños —los tranquilicé—. Y aléjense de las ventanas. Papá se encargará de esto. Provisto de mis nunchakus y de la lámpara de mi iPhone, salí en una misión de búsqueda y destrucción. Evalué la situación, y evidentemente Sadie había obligado a encaramarse a un árbol no al gato doméstico de nuestro vecino, sino a un gato montés. Casi como un león de montaña, como una monstruosa criatura de gruñidos sigilosos e insidiosa inteligencia. Casi como otra buena razón para que yo deteste a todos los felinos. 54

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Ya que no podía alcanzar a la bestia con mis nunchakus, y que en ese momento no tenía deseos de cortar un árbol, decidí solamente tomar una foto en vez de eso. Afirmé mi iPhone y le tomé una foto al felino, y sus pequeños ojos resplandecieron malvadamente en la oscuridad. Entonces vino el ruido sordo. En un abrir y cerrar de ojos las cosas se pusieron patas arriba en mi patio trasero. El monstruo felino saltó de la rama hacia el suelo, a solo centímetros de mí. Desde luego, no me asusté; me «espanté». Aunque estoy ochenta y siete por ciento seguro de que no pronuncié una maldición, estoy cien por ciento seguro de que sí pensé en una. Por suerte mi adiestramiento ninja hizo efecto, y antes incluso de comprender lo que ocurría, entré a la casa, con las puertas trancadas, las persianas cerradas, todas las luces encendidas, mis hijos abrazados a mi alrededor, y todos gritando. —¿Qué diablos está pasando? —fue lo único que se le ocurrió decir a Amy. —¡Mammmi! —le gritamos a una. Entonces ella recordó que Sadie aún estaba afuera. Gracias a Dios sobrevivió y vivió para cazar gatos salvajes otro día. La historia de mi león podría ser un poco diferente de la de Sansón, pero al menos tengo una. Además, lo único que Sansón hizo es lo que haré la próxima vez que tenga otra oportunidad: despedazó a su león con sus propias manos. La historia continúa: «Así que Sansón descendió a Timnat junto con sus padres. De repente, al llegar a los viñedos de Timnat, un rugiente cachorro de león le salió al encuentro. Pero el Espíritu del Señor vino con poder sobre Sansón, quien a mano limpia despedazó al león como quien despedaza a un cabrito.... Pasado algún tiempo, cuando [Sansón] regresó para casarse con ella [la mujer filistea], se apartó del camino para mirar el león muerto, y vio que había en su cadáver un enjambre de abejas y

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un panal de miel. Tomó con las manos un poco de miel y comió, mientras proseguía su camino» (Jueces 14.5–6, 8–9, énfasis del autor). Una vez más este pasaje tiene abundantes lecciones para nosotros. En primer lugar, el único motivo para que Sansón estuviera en la posición de cometer más equivocaciones se debió a que siguió yendo donde no debió haber estado (persiguiendo faldas filisteas). Sin embargo, la primera frase en que deseo enfocarme es «se apartó del camino». Demasiadas veces nos hemos centrado en alguna tarea para luego apartarnos. Aunque estemos haciendo lo que se supone (quizás especialmente si estamos haciendo lo que se supone que debamos hacer) cuando nos apartamos, casi nunca esto termina bien. Cuando Sansón fue a revisar el león que había matado encontró que abejas habían descubierto el cadáver y lo habían llenado con miel. Así que él comió la miel. Eso es asqueroso. Los hombres son sucios. ¿Sabes cómo un sujeto determina si la ropa interior en el suelo está limpia o sucia? Ya conoces la respuesta a esta pregunta, ¿verdad? La levanta y la olfatea. Algunos chicos, aunque la ropa interior esté sucia, simplemente la voltean al revés y la usan de nuevo. Los hombres. Son. Sucios. Pero he aquí lo más importante que debemos quitar de esta parte de la historia de Sansón: ¿cuál fue una de las tres únicas cosas que él había jurado no hacer como nazareo? «No tocar nada muerto». Aquella ni siquiera es una norma difícil de seguir. Pero Sansón no solo tocó ligeramente algo muerto; metió las manos en el interior y comió de eso. Asqueroso. Con este acto insensato y egoísta, Sansón traicionó al mismo

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Dios que le había dado el poder para destrozar al león desde el principio. ¿Y con qué finalidad? Para tomar un par de puñados de miel. ¿Qué clase de idiota es tan tonto como para hacer eso? Yo. Tú. Sabes que es verdad. Los hombres hacemos las cosas más insensatas todos los días. Por cosas ridículas y pecaminosas que queremos en el momento, cosas que al final nos lastiman y dañan a quienes amamos, traicionamos a nuestro Dios que nos bendice. La lujuria nos hace pensar: deseo eso. Creer que tenemos derecho es esa vocecita que toma «lo quiero» y le añade «y lo merezco». Trabajo duro. Me he ganado algo extra. He gastado mucho dinero en este lugar a lo largo de los años. Merezco un poco de retribución. Nadie se hace cargo de mis necesidades, por eso tengo que hacer lo que debo hacer. Creer que se tienen derechos proporciona el combustible para el motor de la auto-justificación. Pero si seguimos diciéndonos que merecemos ceder a la tentación, a la larga nos estrellaremos. Y ese choque podría aplastarnos tanto a nosotros como a quienes nos rodean en maneras que ni siquiera nos atrevemos a imaginar.

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2.6

ORGU L L O, NO PR EJ UIC IO

R

evisemos otra vez los votos de Sansón:

1. No emborracharse. 2. No tocar nada muerto. 3. Nunca cortarse el cabello.

Allí no hay exactamente ciencia espacial. Sin embargo, ¿qué hace el Sr. Fortachón? «Después de eso su padre [el de Sansón] fue a ver a la mujer. Allí Sansón ofreció un banquete, como era la costumbre entre los jóvenes» (Jueces 14.10). ¿Por qué una fiesta? Incluso contra el consejo de todos los que lo conocían y lo amaban más, Sansón hizo lo que los hombres hacen a menudo: exactamente lo que él quería hacer. El hombre escogido de Dios decidió casarse con la chica que Dios le había prohibido casarse. Cuando lo pones de ese modo parece bastante estúpido, ¿verdad? Es decir, ¿quién desea ir y hacer lo contrario de lo que Dios le dice? Y sin embargo no somos diferentes de Sansón: seguimos adelante y hacemos cualquier cosa que nos satisfaga. El tipo grande estaba claramente empecinado en seguir adelante. Así que por un lado, la fiesta tenía sentido. Después de todo estaban planeando la boda de Sansón. Pero la palabra banquete en este versículo viene de la expresión hebrea mishteh (mish-TEH). Esta no fue una reunión de té con bizcochos. La palabra significa 58

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«fiesta», «bebida», «banquete». Significa celebración. Por definición, una mishteh es una ocasión para beber. Sansón se lanzó a una fiesta desenfrenada. Llamó a sus amigos y todos salieron fustigados. Esta actitud expresa lo que muchos hombres dicen: «Soy un tipo fuerte. Puedo controlar unos pocos tragos». El problema en este caso, desde luego, es que se suponía que Sansón no debía beber absolutamente nada. Según Números 6, el nazareo tomaba sus votos tan en serio que no solo que no bebía vino ni bebidas fermentadas, sino que «tampoco beberá jugo de uvas ni comerá uvas ni pasas». Y entonces aquí tenemos al Sr. Puedo Controlarlo haciéndole festejos al barril. Lo quiero. Lo merezco. Puedo controlarlo. Antes de juzgar a Sansón, seamos sinceros con nosotros mismos. ¿Cuántas veces has visto a un tipo fuerte debilitarse igual que este? El sujeto piensa: una fumada no me va a matar. O, Solo voy a tomar una de esas pastillas para ver qué se siente. O, Me tomaré solo un trago. Él piensa: puedo controlarlo. Pero antes de que incluso se dé cuenta, alguna sustancia lo está controlando. Tal vez tú has sido ese tipo. Quizás las sustancias no son lo tuyo. Tal vez eres el tipo que piensa: ¡lindo auto! Me puedo dar ese lujo. O, ¿Dijo alguien «lancha de esquí»? O, Esta casa ya no es suficientemente grande para nuestra familia. Piensas: claro, estaré apretado económicamente por un tiempo. Pero valdrá la pena. Y además, lo merezco. Puedo hacer los pagos. Puedo controlarlo. Solo que después de un tiempo el próximo paseo ya no tiene «olor a coche nuevo». La deuda avanza un poco cada mes, y en vez de disfrutar tus posesiones empiezas a sentirte más como si estas te poseyeran. No eres el amo; trabajas para ellos.

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Conozco muchos individuos que no les interesa tener más cosas. Pero cuando una chica hermosa se pasea con un vestidito de tirantes... Oooh, sé que se supone que yo no deba mirar, ¡pero quiero hacerlo! O el chico cristiano que le dice a su novia: «Quédate. Solo un poquito más. Quedémonos en ropa interior abrazados y... hablemos». O el muchacho que piensa: solo miraré esta vez. Puedo borrar mi historial de Internet. ¿Quién va a saberlo? Esta será la última vez. Lo digo en serio. Estos individuos quedan atrapados en la trampa de «¡lo quiero! Además, soy un buen tipo. Merezco un poco de descanso sexual, un pequeño regalo, un poco de diversión. Solo es una vez. No voy a lastimar a nadie. Puedo controlarlo». Y antes de darte cuenta, «manejarlo» es exactamente lo que estás haciendo. En otro capítulo entraremos en detalles respecto a dónde va a parar Sansón. (Información anticipada de alerta: no se trata de un buen lugar.) Debido a la mano de Dios sobre Sansón, con el Espíritu de Dios fortaleciéndolo desde el momento en que nació, Sansón tal vez fue el hombre más fuerte que haya existido. Pero debido a que por medio de sus actitudes (lujuria, creer que se tienen derechos, soberbia) despilfarra el favor de Dios, termina por los suelos. Sus enemigos le sacan los ojos y lo pasean por todos lados como una especie de raro fenómeno para el morboso entretenimiento de ellos. El hombre que una vez mató miles usando solamente la quijada de un burro y la fuerza bruta, termina postrado, humillado y sin su apreciado cabello largo. Pudo haber cambiado el mundo. Fue elegido. Pudo haber sido un arma para el reino de Dios. Debió haberlo sido. En lugar de eso, su historia es un pie de página en la historia, un cuento con moraleja. Pero Sansón mismo escogió el lugar dónde fue a parar al traicionar a Aquel que lo amó. Y tú tienes la misma decisión que tomar. Si caes presa de los planes del enemigo, como le ocurrió a Sansón, ¿estoy afirmando que vas a parar igual que él? Espero

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que no. Pero te podría ir peor. En serio. Solo piensa en lo que podría suceder. Si pierdes la pelea contra la tentación, negando el llamado de Dios en tu vida, haciendo caso omiso al regalo que él te ha dado, viviendo para ti y no para las personas que él quería que defendieras, podría irte incluso peor. En realidad ni siquiera es difícil imaginarlo: estás en los cuarenta, los cincuenta o los sesenta. Miras hacia atrás y observas un matrimonio fracasado (o más de uno) y comprendes demasiado tarde: ¡idiota! Mucho de lo que pasó fue culpa mía. ¿Por qué no hice algo cuando podía hacerlo? ¿Por qué no me enfrenté? ¿Por qué no peleé? ¿Por qué no dije la verdad? ¿Por qué no pedí ayuda? ¿Por qué no confesé mis pecados? Tendré que vivir el resto de mi vida con estos interrogantes. Conozco a muchos individuos cuyos hijos ahora son adultos, pero estos no los visitan en la época navideña. ¿Es ahí a donde te diriges? ¿No solo que tus hijos no te respetan, sino que no quieren estar en tu presencia? ¿Qué estás haciendo ahora para impedir que eso ocurra después? ¿Tienes las agallas? ¿Tienes lo que se necesita para ser un hombre de Dios? Tal vez estés aterrado. Has estado viviendo con secretos, y no ves una salida. Pero permíteme decirte una enorme verdad de la Palabra de Dios. En Lucas 12.2–3, Jesús manifestó: «No hay nada encubierto que no llegue a revelarse, ni nada escondido que no llegue a conocerse. Así que todo lo que ustedes han dicho en la oscuridad se dará a conocer a plena luz, y lo que han susurrado a puerta cerrada se proclamará desde las azoteas» (énfasis del autor). Eso es real, amigo. Eso va a suceder. ¿Preferirías más bien tener el control de esa conversación, o hacer que esto te ocurra? Es mucho mejor confesar tus pecados y disfrutar el perdón que ser atrapado en ellos. Podría haber una época en tu futuro en

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que tu vida privada se vuelva pública, y temerás ver a cualquier persona porque estarás muy humillado a causa de tus acciones. No hay que endulzarlo, amigo: allí es donde lleva el pecado. Y lo sabes. Por supuesto, no tiene que ser de esa manera. Si decides seguir a Cristo, hay grandeza espiritual dentro de ti, una fortaleza para seguir adelante y no quedarte caído. El poder de Dios en tu vida significa que puedes ser transformado, sin que importe lo que hayas hecho. Puedes renovarte. Puedes ser de influencia en este mundo. Puedes ser un hombre piadoso. Puedes ser un esposo piadoso. Puedes ser un papá piadoso. No importa lo que te haya acontecido en el pasado, puedes ser un hombre de Dios. Pero tienes que mantenerte peleando. No puedes abandonar. Tienes que dejar de tratar de hacerlo en tus propias fuerzas, porque nuestro enemigo espiritual, Satanás, es experto en debilitar a hombres fuertes. Afortunadamente, y no te pierdas esto, nuestro Dios se especializa en fortalecer a hombres débiles. Además, Dios está contigo. Y está por ti. Al Dios al que servimos le encanta fortalecer a hombres débiles. Pablo nos dice en 2 Corintios 12.9–10: «[El Señor] me dijo: “Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad”. Por lo tanto, gustosamente haré más bien alarde de mis debilidades, para que permanezca sobre mí el poder de Cristo. Por eso me regocijo en debilidades, insultos, privaciones, persecuciones y dificultades que sufro por Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte». Ya hemos hablado de las actitudes que fortalecen a hombres débiles. La lujuria expresa: «Lo quiero». Creer que se tienen derechos manifiesta: «Lo merezco». Y el orgullo declara: «Puedo controlarlo». Pero podemos darle la vuelta a todo esto. Una vez que tengamos en nuestras manos los planes de batalla del

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enemigo, podemos darles la vuelta en su contra y obtener nuestra victoria (2 Corintios 2.11). Tu enemigo desea eliminarte por medio del egoísmo y la vergüenza, queriendo engañarte para que cambies el poder que Dios te ha dado por cosas que tientan tus apetitos carnales. Pero si te llenas de valor, si puedes admitir que eres débil y vulnerable, que necesitas la fortaleza de Dios y su presencia, entonces él te redimirá y te colmará de propósito y significado. Tú puedes ser un hombre de fortaleza espiritual, un hombre de integridad, un hombre de valor. Puedes ser un hombre que defienda a los indefensos. Puedes ser un hombre que sirva a tu esposa y tu familia. Puedes ser un hombre que se entregue abnegadamente a otros. Tú puedes ser ese hombre. Un guerrero.

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2.7

EL DÉBIL ES EL NUEVO FUERTE

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na vez yo intentaba palear de mi entrada cerca de treinta centímetros de nieve endurecida a fin de poder sacar mi auto y conducir a la iglesia para predicar. Sabiendo que era una gran tarea, empecé varias horas antes. Con todas las fuerzas ataqué una y otra vez la nieve con mi pala. Golpear a través de la nieve helada tomó considerablemente más esfuerzo del que imaginé. A la media hora se me comenzaron a ampollar las manos, la espalda empezó a dolerme, y el rostro se me enrojeció en parte por el aire frío pero más por la frustración. Una hora después había despejado solo cerca de un décimo de lo que debía solo para poder sacar el auto del garaje. Fue entonces cuando mi motorizado vecino, sonriendo feliz sobre su tractor, comenzó a mover nieve como si fuera un niño jugando en un arenero. «¿Necesitas ayuda?», ofreció de buena gana (y de manera milagrosa). (Los ángeles en el cielo cantaban. No los desnudos que tocan el arpa. Estoy hablando de la clase imponente de ángeles tipo Miguel, el arcángel que patea el trasero cantando en barítono.) En menos de quince minutos mi entrada y la mitad de mi calle estuvieron limpias, sin un solo copo de nieve sobre el concreto. Yo estaba impresionado por el contraste. Mi pala y mis 64

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limitadas fuerzas. O un tractor y las fuerzas de un conductor diestro. Pelear las batallas de la vida funciona de igual modo. Puedes pelear usando tu propio poder limitado. O puedes aprovechar al Dios todopoderoso e infinito que desea ayudarte a ganar todas las batallas para sus causas. He aquí cómo hacerlo: 1. Convierte «Lo quiero» en «Quiero a Dios». Cualquier cosa que «eso» sea para ti, tan pronto como empiezas a sentir ese impulso, es decir esa gravedad que te atrae hacia «lo quiero», te puede apresar. Resiste el jalón. Atrapa esos pensamientos y oblígalos a ser obedientes a Cristo (2 Corintios 10.3–5). Lo que realmente quieres es a Dios... su fortaleza, su poder diario, su Palabra dentro de ti. Lo quieres guiándote los pasos. Deseas que su Espíritu te convenza de pecado, corrigiéndote, guiándote en las sendas de Justicia (Juan 16.7–8; Hebreos 12.6; Salmos 23.3). Algunas personas dicen que Dios es una muleta para los débiles. ¡Desde luego! Soy débil. Quiero a Dios. Necesito su fortaleza. Y tú también. 2. Convierte «lo merezco» en «merezco la muerte». ¿Extremo? Tal vez. ¿Pero sabes qué? Esta es una guerra. Y cuando los riesgos son vida eterna (la tuya y las vidas de otros) debemos hacer lo que tengamos que hacer. Somos seres impíos que hemos pecado contra un Dios santo. El pago por nuestro pecado es la muerte (Romanos 6.21–23). Merecemos morir. Este es el universo de Dios; sencillamente vivimos en él. Dios no nos debe nada. Le debemos todo. ¿Qué hiciste? Nada. Él lo hizo todo. Todo lo que tienes se lo debes a él. Cuando aún éramos pecadores, Dios envió a su Hijo para salvarnos y perdonarnos (Romanos 5.6–8). Cuando podamos ser suficientemente humildes para admitir la verdad, esta debería hacer que nos inclinemos delante de un Dios santo y manifestemos: «No tengo que servirte. Deseo servirte». 3. Convierte «puedo controlarlo» en «no puedo controlar nada sin Dios». Si no eres cristiano, ahora es tu momento de acercarte a Dios. ¿Cómo te está yendo sin él? Pide a Cristo que te perdone

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y que sea tu Salvador y tu Señor. No puedes controlar nada sin él. Si eres cristiano, ¿recuerdas cómo era tu vida antes de llegar a Cristo? Recuerdo la mía. Y déjame decirte que simplemente yo no era capaz de hacer justicia. Lo mejor que pude haber resuelto por mi cuenta era vergonzoso delante de Dios (Isaías 64.6; Filipenses 3.7–9). Necesito a Dios. Cada vez que sientas que el orgullo intenta volver a entrar a hurtadillas, mediante ese «puedo controlar esto», recuerda lo que merecemos: la muerte. No podemos controlar nada sin Dios. Pregunto de nuevo: ¿con qué clase de fortaleza puedes pelear? ¿Con tus débiles fuerzas? ¿O con el poder ilimitado e incomparable de Dios? Eres débil. Dios es fuerte. Su poder se perfecciona en tu debilidad. A Satanás le encanta debilitar a hombres fuertes. A Dios le encanta fortalecer a hombres débiles. ¿Se lo permitirás?

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SECCIÓN TRES

GUIADO POR EL ESPÍRITU, NO CONTROLADO POR LA EMOCIÓN Los sentimientos son como las olas. No podemos dejar que lleguen, pero podemos elegir en cuál de esas olas navegar. —Jonatan Mårtensson

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3.1

GUIADO POR EL ESPÍRIT U, NO CONTROLADO POR LA EMOCIÓN

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los hombres no nos gusta pensar que somos emocionales. Las mujeres son emocionales, no nosotros. Somos fuertes; somos lógicos; somos pensadores. La verdad es que todos los humanos somos seres emocionales. Y eso es algo bueno. Dios nos formó con capacidad para las emociones, por lo que tener emociones no es un lastre. No es pecado sentir. No podemos evitar sentir lo que sentimos. Pero nos metemos en problemas cuando permitimos que esas emociones estimulen nuestras acciones. Por ejemplo, soy adulto, pero a veces no lo sabrías por mi comportamiento. Hace unos pocos años teníamos las oficinas de nuestra iglesia en un pequeño centro comercial. Un día observé por fuera de la ventana de mi oficina que un gran grupo de chicos de colegio comenzaba a reunirse. De repente dos de los muchachos empezaron a golpearse. La intensidad de la ira que mostraban brillaba como olas de calor que salen del pavimento. ¿Qué hice entonces? Llamé a los otros pastores. «¡Pelea! ¡Pelea!» Salí corriendo para observar. Con Dios como mi testigo, tal vez durante treinta segundos completos permanecí allí actuando como si estuviera en un evento de la UFC. Era claro que uno de los chicos tenía ventaja en tamaño y peso; determiné que este era el instigador. Pero el otro (el desvalido, en mi mente) 69

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era rápido y ágil, esquivaba los salvajes golpes, y lanzaba algunos jabs agudos. En general ambos estaban muy parejos. Entonces recordé: «Craig, eres un adulto. Eres pastor. No estimulas peleas; las deshaces». Ah, sí. Por tanto corrí hasta donde los peleadores y agarré a uno de ellos. Lo estaba sacando del lugar cuando se me ocurrió: si todos estos muchachos se vuelven contra mí, esto podría ponerse realmente mal. Afortunadamente uno de los chicos gritó: «¡Es el pastor Craig! ¡Corran!» Y así lo hicieron. ¿Por qué es tan fascinante ver la pelea de alguien más? El corazón me latía y la adrenalina me corría por las venas, y pude muy bien haber estado persiguiendo matones con nuestra Suburban o confrontando a Bo Talbot en el patio. Me había entusiasmado. ¡Me hallaba emocionado! Pero luego, gracias a Dios, la voz de la razón (conocida tan a menudo como el Espíritu Santo) me recordó algo más importante que cómo me sentía: me recordó quién soy. No solo soy un guerrero, sino un guerrero de Dios.

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3.2

DISPA R A PR IMERO

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unque tanto hombres como mujeres experimentamos emociones, las procesamos de manera distinta. En términos generales, las mujeres hablan y los hombres actúan. La mayor parte del tiempo, cuando una mujer está enojada por algo, habla al respecto. Y habla y habla y habla. La mayoría de los hombres no hacemos eso. (Un artículo que leí afirma que los hombres hablamos siete mil palabras diarias mientras las mujeres pronuncian veinte mil... ¡con ráfagas de hasta treinta mil!) Cuando nos sentimos frustrados, algo está a punto de salir mal. Los hombres actuamos. En ocasiones en que Amy debe procesar algunas emociones difíciles invita a una de sus amigas a hablar (generalmente por horas). Nunca en mi vida he tenido un amigo que me llame y me diga: «Hola, Craig, ¿podrías venir a mi casa y sentarte conmigo todo un medio día en mi sofá y beber un poco de té para que podamos hablar?» Si alguien me hiciera eso ya no seríamos amigos. La mayoría de los hombres no cree que con hablar se logre mucho. «Actuar» sí que lo consigue. El problema es que cuando dejamos que nuestras emociones nos lleven a hacer algo, a menudo es algo que no debíamos haber hecho. El problema que la mayoría de nosotros enfrentamos es que solo actuamos en nuestras emociones. Mientras ser controlados 71

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por la emoción con frecuencia nos lleva a cometer algo inadecuado, ser guiados por el Espíritu nunca lo hace. Si tratas de veras de hacer lo que es correcto, dejando que tus emociones te controlen, casi nunca obtendrás el resultado que quieres. No sé cómo funciona esto en tu casa. Tal vez quieras relacionarte más con tus hijos. Pero trabajas duro todo el día, y entonces una vez que llegas a casa estás mentalmente agotado y emocionalmente hecho añicos. El camino de más fácil resistencia siempre te está llamando. Te sientas solo por un momento a ver televisión. Treinta minutos se extienden a una hora que se convierte a cuatro, y antes de que te des cuenta, es hora de dormir. ¿Lo peor de todo? Que esto ni siquiera es lo que deseabas hacer. Tal vez metas la pata diciendo algo estúpido, algo que ni siquiera tenías intención de decir. Sabes que deberías pedir perdón, pero imaginas: «Bueno, si abro esa puerta no se sabe qué podría resultar de esto». O estás en tu espíritu de creer que tienes derechos («Yo no debería ser quien tenga que disculparse; ella fue quien se enojó») así que dejas que tu soberbia te impida hacer lo que sabes de corazón que debes hacer. Eso es ser controlado por la emoción, no ser guiado por el Espíritu. Tal vez no fuiste tú quien hizo algo ridículo, sino alguien cercano a ti. Cuando puedes ser tú mismo, eres un tipo tranquilo. Nadie quiere explotar de ira. Pero en ese momento sientes como si ni siquiera pudieras evitarlo. Ese volcán estalla dentro de ti, y eres tan solo un espectador que observa lo que ocurre. Es como si tu configuración predeterminada estirara la pata (el impulso de pelear o de huir) y para sentirte un «verdadero hombre» (según las normas culturales, no necesariamente las de Dios), la mayoría de los individuos prefiere pelear). Sí, estoy convencido de que Dios nos hizo guerreros a los hombres, razón de más para ser guiados por su Espíritu. Debemos saber qué, cuándo, dónde y cómo pelear. Debemos pelear por lo que es justo. Es por eso que no podemos confiar en que nuestras

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emociones nos guíen. Es como decidir disparar primero teniendo los ojos vendados. Reaccionas aunque ni siquiera puedes ver el objetivo con el fin de apuntar correctamente. Pablo describe esta tendencia en Romanos 7.15, 19: «No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco.... De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero». ¿Por qué cedemos a los instintos que crean los resultados que despreciamos? Porque dejamos que la emoción nos domine, no que nos llene el Espíritu. Afortunadamente, en Gálatas 5.16–17, Pablo brinda una solución a la lucha: «Vivan por el Espíritu, y no seguirán los deseos de la naturaleza pecaminosa. Porque ésta desea lo que es contrario al Espíritu, y el Espíritu desea lo que es contrario a ella. Los dos se oponen entre sí, de modo que ustedes no pueden hacer lo que quieren». Ser guiados por el Espíritu es una decisión que tomamos. Dejamos que el Espíritu de Dios dirija, y entonces vamos a donde él nos dirige. Sencillo, ¿verdad? Bueno, es probable que todos sepamos que eso es lo que deberíamos hacer. Sin embargo, cuando dejan que sus emociones los controlen, en realidad muchos hombres terminan haciendo lo que no deberían hacer.

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3.3

ADIVINA ESTO

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ansón es el ícono original del individuo controlado por la emoción. Al lanzarnos de nuevo a la historia, mira lo que sucede cuando él deja que sus sentimientos manejen sus acciones en lugar de seguir la guía de Dios. Recuerda, Sansón había decidido que iría a casarse con una mujer filistea. Aunque había bastante de malo con esta posibilidad, tal vez el mayor problema era que ella adoraba falsos dioses. Pero como ya hemos visto, eso no detuvo a Sansón. No le importó lo que Dios ni sus padres opinaran. La vio, la quiso, y la iba a tener. La última vez que vimos a Sansón acababa de tomarse un bocado de miel sacada del cadáver de un león, y el hombre estaba listo a lavar eso con algunas bebidas para adultos en su despedida de soltero. Lo acompañaban otros treinta individuos, todos filisteos, enemigos de Israel, y que realmente odiaban a Sansón. (Pero todos en una fiesta son tus amigos, ¿verdad?) Él decide que se quiere divertir un poco con ellos, así que les plantea: «Permítanme proponerles una adivinanza». Por desgracia, Sansón es un tipo normal, lo que quiere decir que no puede divertirse simplemente sin entrar en una competencia. ¿Y cuál es la mejor manera de hacer más interesante cualquier competencia? Adivinaste... una apuesta. «Si me dan la solución dentro de los siete días que dura el banquete, yo les daré treinta vestidos de lino y treinta mudas de ropa de fiesta 74

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—agrega Sansón—. Pero si no me la dan, serán ustedes quienes me darán los treinta vestidos de lino y treinta mudas de ropa de fiesta» (Jueces 14.12–13). Igual que muchos otros tipos que quizás conozcas, el solo hecho de que Sansón pudiera levantar una carreta de bueyes no significaba que fuera bueno en matemáticas. Aquí estaba tratando con treinta individuos. Si él ganaba, cada uno debía entregarle solo un vestido. Pero si perdía, él tenía que entregar treinta vestidos. (Por supuesto, lo más probable era que Sansón no creía que pudiera perder; nadie participa en un juego a menos que crea que va a ganar.) He aquí la adivinanza de Sansón: «Del que come salió comida; y del fuerte salió dulzura» (v. 14). Tú y yo sabemos exactamente de qué está hablando el hombre porque tenemos información que los compañeros de su fiesta filistea no tienen. Sabemos que Sansón destrozó a un león («el que come» y «el fuerte») y que más tarde comió miel del cadáver («salió comida» y «salió dulzura»). Desde luego, la razón de que nadie más supiera esto se debe a que Sansón no quería que lo supieran, pues significaría revelar que él había violado dos de sus tres votos nazareos delante de Dios. Sansón les dio el acertijo, pero según las Escrituras, «pasaron tres días y no lograron resolver la adivinanza». Por supuesto, ellos se molestaron al no poder adivinar el acertijo. Lo que hicieron después era previsible, aunque increíblemente despiadado. Los sujetos eran compatriotas de la prometida de Sansón, y creyeron que ella los estaba traicionando al permitir que este israelita idiota los hiciera quedar mal. «Seduce a tu esposo para que nos revele la adivinanza —amenazaron a la mujer—; de lo contrario, te quemaremos a ti y a la familia de tu padre». Eso parece razonable. La prometida de Sansón fue directo a la alternativa

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termonuclear, el arma más grandiosa de toda mujer: lloró. En caso de duda, llorar. (Todas las veces funciona en mí... y en la mayoría de policías de tráfico.) «¡En realidad no me amas!», sollozó ella. La mujer mantuvo esta conducta por siete días, hasta que por fin Sansón cedió; le contó a ella su secreto, lo cual llevó al versículo 18: «Antes de la puesta del sol del séptimo día los hombres de la ciudad le dijeron: ¿Qué es más dulce que la miel? ¿Qué es más fuerte que un león?» Sansón se puso furioso. No tenía duda en su mente en cuanto a cómo ellos averiguaron el acertijo. Después de todo, su prometida era la única otra persona viva que sabía la adivinanza. «Si no hubieran arado con mi ternera, no habrían resuelto mi adivinanza», les contestó Sansón. Me pregunté si esta pudiera haber sido alguna clase de frase popular durante la época de Sansón, frase con un significado más profundo, quizás como: «No puedes juzgar un libro por su portada». Averigüé en hebreo, y he aquí lo que realmente significa esto: «Si no hubieran arado con mi ternera, no habrían resuelto mi adivinanza». Descubro dos principios que creo que todos podemos extraer de esta frase, dos lecciones que me gustaría que asimilaras: 1. Nunca permitas que alguien «are» con tu esposa. 2. Nunca llames «ternera» a tu esposa. He estado casado durante casi dos décadas y media, así que confía en mí; ambos consejos son sólidos como la roca.

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3.4

COMPORTAMIENTO IRACUNDO

S

ansón arruina una oportunidad tras otra de reaccionar a sus circunstancias a través de la inspiración del Espíritu Santo. La equivocación que sigue cometiendo es dejarse controlar por la emoción en vez de dejarse guiar por el Espíritu. En el versículo 19 leemos: «Entonces el Espíritu del Señor vino sobre Sansón con poder, y éste descendió a Ascalón y derrotó a treinta de sus hombres, les quitó sus pertenencias y les dio sus ropas a los que habían resuelto la adivinanza. Luego, enfurecido, regresó a la casa de su padre» (énfasis del autor). Así que inmediatamente después de perder la apuesta, Sansón dio una vuelta por un pueblo cercano para hacer algunas compras. Escogió a un inocente tipo que resulta que estaba usando ropa, lo mató, y lo desnudó. Una vez que hubo matado a treinta individuos llevó todas sus ropas al grupo y las entregó a fin de pagar la deuda del juego. Finalmente salió de su propia fiesta de compromiso, «enfurecido», y se fue a su hogar en Zora. Lo que aconteció después nos podría parecer muy extraño hoy día: «Entonces la esposa de Sansón fue entregada a uno de los que lo habían acompañado en su boda.... Pasado algún tiempo, durante la cosecha de trigo, Sansón tomó un cabrito y fue a visitar a su esposa. 77

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—Voy a la habitación de mi esposa —dijo él. Pero el padre de ella no le permitió entrar» (14.20—15.2). Leíste bien. Cuando Sansón desapareció de su ceremonia de compromiso para ir a sus mini vacaciones de asesinato (¿y quién sabe cuánto tiempo se necesita para matar treinta hombres, quitarles la ropa, y regresar?), el padre de la novia estaba avergonzado de que su futuro yerno simplemente hubiera desaparecido. No habría sido poco común en ese momento decir: «Bueno, ella está en edad de casarse, y su prometido no está aquí, así que voy a dársela a otro hombre». Y eso es exactamente lo que hizo el padre de la muchacha. Las Escrituras no nos dicen lo que Sansón estaba pensando, pero según parece había pasado un tiempo al menos importante, porque no regresó hasta «durante la cosecha de trigo». Y ya que no nos enteramos cuándo comenzó la petición de mano, no sabemos cuánto más tarde esta se produjo. Ni siquiera en el entorno de lo que un impulsivo Sansón ha sido realmente, puedes imaginarte lo que él haría a continuación. Si crees que el hombre estaba molesto cuando se fue antes, aún no has visto nada. Tras enterarse de que su suegro había entregado a su prometida a alguien más, Sansón montó en cólera. Agarró trescientas zorras, les ató las colas de dos en dos, les puso antorchas entre las colas, las encendió, y luego las soltó hacia las cosechas de los filisteos. Estos lo perdieron todo: grano, viñas y olivares. Puesto que esta era una sociedad agrícola, este simple acto de destrucción les devastó la economía. Ahora era el turno de los filisteos de estar furiosos. Cuando descubrieron que Sansón fue el responsable, una iracunda turba irrumpió en la casa del padre de la prometida, luego quemaron al hombre y a su hija hasta que murieron. Así como hemos visto que ocurre a muchos otros hombres, he aquí otro ejemplo de cómo los ataques dominados por la emoción de Sansón le costó todo aquello que le importaba.

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Para muchos hombres la ira es una emoción predeterminada. Piensa en ello. Cuando alguien nos avergüenza, casi nunca sentimos únicamente vergüenza. La mayor parte del tiempo la vergüenza también nos hace enojar. Nadie me va a hacer parecer un tonto. Lamentarán haberse metido alguna vez conmigo. Si una mujer se golpea un dedo del pie contra una silla es posible que se siente en esa misma silla para sobarse el pie. Pero si un hombre se golpea el dedo del pie en una silla, ¿qué hace? Le devuelve el golpe a la silla. «¡Te odio, silla estúpida!» (Y esa es la versión clara de lo que la mayoría de los hombres dice a la silla.) Aquello se debe a que cuando experimentamos algo negativo, la ira es por lo general nuestra respuesta automática. Fuera como fuera, ¿por qué debía Sansón estar enojado? Repasemos esta secuencia de acontecimientos: Sansón es quien va tras la mujer equivocada. Él es quien decide casarse con ella. Él es quien hace caso omiso al consejo de sus padres y a la sabiduría de Dios. Él es quien provoca a los filisteos con una adivinanza. Él es el único que sabe el secreto. Él es quien revela el secreto. Él es quien deja a su esposa en el altar para ir a matar a un montón de individuos. Él es quien incendia las cosechas. Sansón estaba enojado contra el mundo, pero en realidad casi todo lo que ocurrió fue culpa suya. En algún momento pudo haber retrocedido, aunque fuera un poco. Si hubiera tomado un momento para calmarse, quizás habría podido cambiar las cosas. En lugar de eso, una y otra vez intensifica toda situación, obligando a otros a reaccionar. ¿Y qué tal tú? ¿Puedes relacionarte con Sansón? ¿Te sientes enojado con el mundo? Eres la víctima. La vida es injusta. ¿Por qué no tienes el descanso que otros tipos parecen conseguir?

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¿Cuánto de eso crees que podrías ser tú? ¿Has pensado alguna vez: detesto a mi jefe. Este trabajo no tiene sentido? Quizás en realidad estás frustrado porque no terminaste la universidad, o porque aceptaste un empleo que está muy por debajo de tus capacidades. ¿Es posible que en realidad estés enojado contigo mismo, y que te estés desquitando con alguien más? ¿Has pensado alguna vez: mi esposa no suplirá mis necesidades físicas? En realidad tú no le has suplido ninguna de las necesidades emocionales de ella en meses. Tal vez debas reconocer que el alejamiento de tu mujer es una consecuencia natural de tus acciones. ¿Has pensado alguna vez: estoy muy enojado con Dios. No debería estar pasando por esto. Yo no pedí esta clase de vida? En realidad es posible que estés viviendo las circunstancias en que estás ahora por tus decisiones poco sabias, y sencillamente estás culpando a Dios. Oye, yo he pasado por eso. He creído cada una de estas excusas durante diferentes épocas en mi vida. ¿Y por qué? Porque me estaba dejando controlar por la ira en vez de dejarme guiar por el Espíritu. ¿Cuáles son algunas formas en que la ira te ha controlado? ¿Puedes llamar a esto por su nombre? ¿Puedes admitir que necesitas ayuda; que necesitas perdón? Tal vez sea hora de pedir a alguno de tus amigos que te ayude. «¿Quieres orar por mí? ¿Podrías pedirme cuentas? ¿Irías conmigo a lanzar tiros de básquetbol para que pueda sentirme bien golpeando a alguien?» Imagina a cada persona a quien has herido por tu ira. ¿Eres suficientemente hombre para pedir perdón? ¿Para aceptar tu parte? ¿Para responsabilizarte de tus acciones? Quizás sea hora de pensar un poco en lo que deberías decirles. A tu esposa: «Cariño, he lanzado mis frustraciones sobre ti. Lo siento».

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A tus hijos: «Chicos, no los he tratado tan bien como debía hacerlo. No he controlado mi ira. No fue culpa de ustedes sino mía». A tus amigos: «Te he visitado solo cuando necesito algo. No estuve allí cuando me necesitaste. No he sido un buen amigo para ti». Luego continúa con la parte más difícil: «¿Me puedes perdonar, por favor? Sé que no merezco tu perdón. Pero me honraría tenerlo. ¿Me perdonas?» Vas a estar tentado a tratar de explicar tu actitud, a justificar tus acciones. «En realidad las cosas han estado muy difíciles últimamente». «He estado bajo mucha presión». «Si tú solo hubieras...» No hagas eso. Lucha contra la tentación de dar excusas. Haz tu parte. Haz lo que tú puedas hacer para realizar el cambio. «No te he tratado con honra y respeto. Quiero ser un fiel hombre de Dios. Quiero dejar que el Espíritu me guíe, no que mis emociones me controlen». La ira fue uno de los problemas de Sansón, igual que lo es para la mayoría de hombres. Pero la ira tiene algunos hermanos igualmente destructivos: orgullo y desesperación.

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3.5

LANZAMIENTO DE QUIJADA

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espués que los filisteos mataran a la prometida de Sansón y al padre de ella, Sansón mató un montón de esos hombres y juró seguir vengándose. Por tanto, en Jueces 15.9, una horda filistea fue a buscar a Sansón, incursionando cerca de la ciudad de Lehí en la tierra de Judá. La irresponsabilidad de Sansón finalmente había tocado a su propia gente, la tribu de Judá, en un lugar muy malo. Recuerda, pensaran lo que pensaran los israelitas acerca de los filisteos, estos aún los gobernaban. Así que Sansón fingió rendirse ante los suyos, permitiéndoles que lo entregaran a los filisteos. Pero en realidad el hombre estaba jugando en ambas partes. Utilizó mal sus fuerzas (un regalo de Dios) para continuar su furiosa campaña de venganza. Permitió que los israelitas lo ataran, y cuando los filisteos llegaron por él, Sansón rompió las cuerdas que lo ataban, «al encontrar una quijada de burro que todavía estaba fresca, la agarró y con ella mató a mil hombres» (15.15). Piensa en lo arrogante que fue esto. Fue como el campeonato de lucha con mil veces más esteroides, canalizando el poder de Dios. No tengo dudas de que en un buen día pude haberme deshecho de tres muchachos de colegio (bueno, los tres pequeños que me estaban haciendo gestos groseros). Y si hubiera tenido mis 82

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nunchakus, fácilmente podría haber liquidado a media docena. ¿Pero diez? Probablemente no. ¿Quince? ¡De ninguna manera! Cuando Sansón mató a mil enemigos no quedó duda de que fue el poder de Dios el que lo hizo posible. Todo el mérito lo tiene que recibir el Señor. Con él nada es imposible. Si eso es lo que Dios quiere hacer, sucederá en su poder. Pero en el versículo 16, Sansón se apropia de todo el mérito: «Entonces dijo Sansón: “Con la quijada de un asno los he amontonado. Con una quijada de asno he matado a mil hombres”» (énfasis del autor). Desde luego, hay otra palabra para asno, por lo que los traductores de la Biblia en realidad están siendo amables. Pero Sansón se estaba burlando del pueblo que acababa de derrotar, y los llamó con otra palabra que significa asno. (En caso de que te estés preguntando, rima con brasero.) Si estás creyendo que nunca reaccionarías como Sansón, piénsalo otra vez. Considera todo lo que hacemos cuando queremos impresionar a otros: —Oigan chicos, ¡vean esto! (Muchos de los individuos dicen algo así después de pedir a alguien que les sostenga la cerveza, pero ese es un análisis para otra ocasión.) —¿Cómo les caigo ahora? —He aquí una foto mía con (LeBron James, Angelina Jolie, Billy Graham, el presidente Obama, o [si tratan de impresionarte de veras] todos los anteriores). —Revisa esta foto de mi novia. Es modelo. Vive en Canadá. —Oye, ¿te enteraste? ¡Obtuve el ascenso! Sí, lo sé... es una locura pensar en la cantidad de impuestos que pagaré el año entrante. ¡Vaya! En mi caso es: «No creerás cuántas personas llevó Dios a nuestra iglesia este fin de semana». (Traducción: estoy realmente orgulloso de la asistencia a la iglesia porque esto me hace sentir bien conmigo mismo, por tanto voy a decírtelo, pero le daré el «mérito» a Dios y así tendré permiso para presumir.)

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Sí, todos tenemos nuestras propias quijadas que lanzamos por ahí tratando de levantar nuestra imagen. Básicamente estamos diciendo: «Sí señor, he aquí la evidencia. Puesto que he hecho esto, he estado allí, he traído esto, conozco a esa persona, y suelo hacer lo que hago, soy cierta clase de individuo superior». No es tan bueno pensar en ello. A nadie le gustan los fanfarrones, así que tratamos de disimularlo, a veces con falsa humildad. «No, en serio, tengo que darle el mérito a mi equipo. Yo solamente dirijo al mejor equipo que existe, y ellos son los que obtuvieron esta victoria». ¿Por qué tantas personas lidiamos con el orgullo? El orgullo siempre nace de nuestras inseguridades. Cuando no sabemos quiénes somos en Cristo usamos el orgullo para tratar de llenar ese vacío. Santiago 4.6 declara: «Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes». Y Proverbios 16.18 advierte: «Al orgullo le sigue la destrucción; a la altanería, el fracaso». Muchos tratamos de definirnos por nuestros logros para hallar nuestro valor en lo que hemos realizado, en lugar de hallarlo en Aquel a quien pertenecemos. Queremos confiar en nuestros logros, nuestras victorias, nuestros trofeos, y nuestros éxitos a fin de definirnos, en vez de reconocer que Dios es la fuente de todo lo bueno en nuestras vidas. Igual que Sansón, cada uno de nosotros quiere recibir el mérito y ser conocido como un triunfador, una bestia, un líder, todo un hombre, «alguien». El orgullo puede ser embriagador. Pero la resaca es el infierno. Somos humanos; tenemos (muchas) limitaciones, y debemos confiar en Dios. Cuando perdemos de vista nuestra identidad y tenemos amnesia espiritual, a menudo sentimos como si nos ahogáramos en nuestras emociones. Y no solamente son las tormentas de la ira y el orgullo las que nos hacen zozobrar. A primera vista podemos parecer tranquilos y en control, incluso como si una resaca emocional nos jalara hacia las profundidades de la desesperación.

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3.6

AHOGO EN MEDIO DE LA DESESPERACIÓN

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uizás no luches por controlar tu ira ni sientas que eres particularmente arrogante o engreído. Tal vez nunca hables de tus logros, no lances quijadas, ni muestres tus trofeos. Quizás la emoción que parezca estar en control de tus acciones sea una tristeza aburrida y crónica, una sensación de soledad que intenta tragarte. Incluso puede que ni siquiera te des cuenta de lo que está pasando, solo que ya no eres tú mismo. Sientes que no tienes esperanza. Muchos factores pueden contribuir a la desesperación. Tal vez simplemente estás agotado del todo. Tienes un trabajo de tiempo completo para sostener a tu familia, luego pasas noches y fines de semana trabajando en la casa y el patio. O quizás tienes varios trabajos e intentas estirar el dinero para la universidad, y luego haces proyectos de fraternidad y participas en deportes con tus compañeros. Tal vez eres soltero y mantienes una vida social activa, y nunca te acuestas antes de medianoche. Quizás la razón de tu depresión sea que estás agotado. A veces lo que nos desgasta ni siquiera es todo lo que hemos hecho, sino pensar en todo lo que tenemos por hacer en el futuro. Algunos lunes atrás entré aniquilado a mi oficina, sintiendo malestar por haber predicado todo el el fin de semana largo. 85

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Aunque estaba exhausto por semanas de trabajar denodadamente, lo que consumía mis pensamientos era todo aquello a mi alrededor. Yo tenía ocupados más de siete fines de semana antes de tener uno libre, seis viajes misioneros, nuestro evento anual de tres días con todo el personal, demasiadas reuniones por considerar, y (ah, sí) este libro por terminar. Después de tan solo mirar mi lista de cosas por hacer me sentí paralizado, helado por el temor. Sin duda no podía hacerlo todo. Nadie podría. Intenté contener las lágrimas. Mis emociones ganaron. Las lágrimas fluyeron contra mi voluntad. Me hallaba agotado. Ese estrés que estás sintiendo no necesariamente es solo por el esfuerzo físico. Es más como si sintieras el peso de tus responsabilidades: estar allí para la familia y los amigos, sin querer defraudar a alguien, vivir a la altura de las expectativas de tus padres, ganar suficiente dinero para pagar todas las cuentas. Intentas ser fuerte para todo el mundo, ser el proveedor, el pegamento que une las vidas de todos. Quizás ni siquiera sientas que tu vida pueda dar plenitud a las vidas de quienes te rodean. Si estás llevando esa carga, no asombra que estés agotado. Reconocerlo es el primer paso para vencerlo. Otra causa común de desesperación es dejar fuera a las personas que importan. A Sansón le enorgulleció el hecho de que era autosuficiente y que no necesitaba la ayuda de nadie. Sea que estuviera fanfarroneando o buscando venganza, se había dedicado a ser un espectáculo solitario. Muchos de los hombres hacemos lo mismo cuando empezamos a sentirnos abrumados. Nuestras acciones informan: «No te permito el acceso. No te comunicaré lo que me está pasando. Aunque lo intentara, no lo entenderías». Alejamos a las personas, luego construimos un muro, después cavamos un foso, y a continuación ponemos en el camino minas emocionales que estallan cuando las pisan quienes nos importan.

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Sinceramente, hablo por experiencia. El agotamiento casi siempre me arrastra hacia un retraimiento. Me lanza de un puntapié a mi piloto automático de incomunicación. Casi tan pronto como empiezo a sentir el dolor sordo de esa carga, comienzo a apilar ladrillo sobre ladrillo. Solía creer que eso es exactamente lo que los hombres hacen. Las personas se acercan demasiado a nuestras emociones, y entonces explota ese botón sensible: «Soy fuerte. Trataré con esto yo mismo». Más tarde en mi vida me justifico diciendo: «Las personas que no han sido líderes probablemente ni siquiera entenderían lo que estoy sintiendo». A la larga debo ser auténtico y admitir que eso era orgullo. ¿Observas todos los pronombres personales en esas reacciones? (Pero es probable que nunca te hayas sentido así, ¿verdad?) Cansado y solo, la trampa en que la mayoría de los hombres cae es previsible: empiezas a sentir como si todas las fuerzas del universo están alineadas contra ti. Te enfocas en lo negativo. Te sientes solo. Te sientes deprimido. Te sientes derrotado. Si hay algo con lo que puedes contar en la autocompasión es la exageración. Cada vez que comienzas a pensar en lo mal que están las cosas es como un juego que asegura que todo está tan mal como podría estarlo. Te descubrirás usando palabras extremas como nunca y siempre: Nunca he sido nada bueno. Siempre voy a estar estancado en esta vida. La situación siempre irá de mal en peor. Ahora nunca voy a conseguir ese ascenso. Después de esta equivocación, mi esposa nunca me va a perdonar. Mis hijos nunca seguirán a Jesús cuando vean lo hipócrita que he sido. Quedamos atrapados en estos círculos negativos de juicio y condenación personal que no provienen de Dios. Su Espíritu siempre nos guía a la confesión, a cambiar de dirección y a seguir el camino divino, a un inicio nuevo, a la gracia. A menudo Dios

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nos ha perdonado, pero nuestras emociones no lo han captado. Estoy convencido de que esta es solo otra forma de orgullo: querer estar en control de nosotros mismos y no confiar en Dios. Preferiríamos odiarnos antes que arriesgar la vulnerabilidad y humildad que se requieren para depender de él. Parece más fácil esperar lo peor que poner nuestra esperanza en Dios. La desesperación viene porque no queremos revelar nuestras debilidades a otros. No queremos admitir ante nosotros mismos que necesitamos de Dios. ¿Por qué los hombres nos negamos a pedir instrucciones? Porque no tenemos el valor para decir a alguien más que necesitamos ayuda. Preferimos ahogarnos en la desesperación que agarrar el salvavidas que Dios siempre nos extiende.

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3.7

TODO RESPECTO A MÍ

¿

P

or qué es esto un problema para los hombres? ¿Por qué a veces preferimos confiar en nuestras emociones que en Dios, y seguir la guía de su Espíritu? Creo que es porque la mayoría de nosotros desea ser el héroe, el personaje principal, el centro de la historia que estamos narrando acerca de nosotros mismos. Queremos que todo sea respecto a nosotros. Y ese es el problema. Porque Dios siempre es el personaje principal de la historia. Él es el centro. Todo tiene que ver con él... incluso nosotros. Una vez que reconocemos que Dios es el personaje principal, solo entonces podemos empezar a alcanzar ese lugar donde ya no estamos tentados a permitir que nuestras emociones nos controlen. Querremos de veras ser guiados por el Espíritu. Si tus emociones continuamente te controlan vas a terminar como Sansón: un hombre con potencial divino atrapado en un ciclo de autodestrucción. Pero si estás dispuesto a sacrificar tus emociones en el altar, entregándoselas a Dios, entonces lo convertirás en el personaje principal de tu historia. Aún sentirás tus emociones, igual que siempre, pero ya no te dominarán. Por fin escaparás a la esclavitud del impulso y entrarás a la libertad que viene únicamente de ser guiados por el Espíritu de Dios. Te reto a que te preguntes: «¿Qué quiere realmente Dios de mí?» ¿Crees que él quiere que seas controlado por tus emociones, 89

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o que seas libre para seguir su Espíritu? ¿Y qué de ti? Pregúntate: «¿Qué quiero de veras?» ¿Deseas sinceramente seguir siendo controlado por tus emociones? ¿No preferirías ser un hombre de integridad, un hombre de carácter, un hombre de profunda fortaleza espiritual? Imagínate si, en cada decisión que tomes, tuvieras la confianza de estar haciendo lo que Dios quiere, la convicción de estar actuando como su embajador. Sé que has metido la pata. (¡Todos lo hemos hecho!) Sé que has tenido pensamientos (hasta quizás has hecho cosas) que te daría vergüenza contar a otros. Existe ese sombrío secreto que has estado guardando, eso de lo que nadie más sabe, y todo el tiempo te preocupa que si alguien lo averiguara nunca te recuperarías del daño. Piensas: mi esposa nunca me perdonaría si supiera la verdad. O: si mis hijos lo supieran, nunca me mirarían de la misma manera. O: no sería capaz de recuperar la confianza si se enteraran de lo que en realidad he hecho. Tal vez. O quizás hay noticias más grandiosas que no has estado en posición de considerar: estás en necesidad. Si tan solo reconocieras esa necesidad de una vez por todas delante de un Dios santo que te ama, entonces este podría ser el mejor día de tu vida. Si permites que tu necesidad te guíe a Dios, él suplirá tu necesidad más profunda. Eso es exactamente lo que le sucedió a Sansón. Aunque le había dado la espalda a Dios. Aunque había traicionado dos de sus tres votos nazareos. Aunque había permitido una y otra vez que su ira y su orgullo dictaminaran sus acciones. Cuando clamó a Dios en verdadera necesidad, el Dios que lo amaba le mostró misericordia y compasión. Sansón acababa de matar a mil hombres. Al principio, aún inmerso en la victoria, estaba orgulloso de sí mismo, como si lo hubiera hecho sin la fortaleza sobrenatural que venía de parte de Dios. Pero una vez pasado el momento, cuando se le tranquilizó

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la sangre, se dio cuenta de la posición en que se había puesto. Parado allí, rodeado por todos esos cadáveres, cubierto de sangre, cayó en la cuenta: este podría ser mi fin. Si los filisteos me atrapan aquí en este desierto me matarán. O tal vez antes de que eso ocurra podría morir aquí de sed. En ese momento el hombre permitió que su necesidad lo llevara hacia Dios: «Como tenía mucha sed, clamó al Señor: “Tú le has dado a tu siervo esta gran victoria. ¿Acaso voy ahora a morir de sed, y a caer en manos de los incircuncisos?” Entonces Dios abrió la hondonada que hay en Lehí, y de allí brotó agua. Cuando Sansón la bebió, recobró sus fuerzas y se reanimó» (Jueces 15.18–19). Lo primero que sucedió fue que tan pronto como Sansón entendió su necesidad, recobró la cordura. Admitió que no había sido él quien derrotara a los filisteos; Dios lo había hecho. Una vez que Sansón se humilló pudo describir en sus propias palabras su necesidad ante Dios. Y cuando lo hizo, el hombre volvió a poner a Dios en el lugar que le corresponde en la historia: el centro. Entonces «recobró sus fuerzas y se reanimó». Cuando te vuelves a Dios y le entregas tu debilidad, solo entonces recuperas tus fuerzas. Pero en definitiva no se trata de tu fortaleza, sino de la de él. Y te recobrarás. Te reanimarás. Podrás ser el hombre que él tenía en mente. Podrás ser determinante. Podrás vivir de manera justa. Podrás ser un hombre de integridad. Recuerda: solo cuando permites que tu necesidad te lleve a Dios es que él puede suplir tu más profunda necesidad. ¿Tienes el valor para regresar a Dios en humildad? Si puedes ser sincero contigo mismo, si admites que tus emociones (ira, orgullo e incluso desesperación) te han controlado, y luego reconoces que deseas la guía del Espíritu de Dios de hoy en adelante, él te encontrará donde te halles.

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Si te sientes vacío, vil o derrotado, Dios quiere restablecer tus fuerzas. Él desea renovar tu propósito, ofrecerte una batalla digna por la cual pelear. Estás creado para pelear y ganar batallas que beneficien a otros, no solo a ti. Eres llamado a estar en la vanguardia, haciendo retroceder al enemigo, y glorificando a tu Rey. Pelear por lo que es justo no es solamente lo que haces. Es quien eres. Eres un guerrero, el guerrero de Dios, que pelea su causa divina. El Señor quiere obsequiarte una causa más grande que tú mismo. Entonces, una vez que ames algo tanto que estés dispuesto a morir por ello, serás libre para vivir. Tus emociones ya no estarán dirigiendo la nave. El Espíritu de Dios se convertirá en la fuerza propulsora de tu vida. Considera un ejemplo de lo que sucede cuando somos guiados por el Espíritu, no controlados por la emoción. En 1873 dos predicadores cristianos estaban hablando acerca de una conferencia a la que acababan de asistir. Henry Varley comentó a su nuevo amigo Dwight L. Moody: «Moody, el mundo todavía no ha visto lo que Dios hará con un hombre totalmente consagrado a él». Hoy día podríamos decirlo de este modo: «El mundo todavía no ha visto lo que Dios hará por medio de un hombre totalmente rendido a él». Esas palabras horadaron el alma de Moody. Durante los días y las semanas siguientes recordó la verdad de ellas en su mente, contemplando lo que significaban personalmente para él. Por último, Moody decidió: «¡Yo seré ese hombre! Si Dios está buscando un hombre de integridad, un hombre de honor, valor y fidelidad, con la ayuda divina, ¡yo seré ese hombre!» Si no has oído antes ese nombre, Dwight L. Moody (o D. L. Moody, como se le llegó a conocer) llegó a convertirse en el hombre que muchos historiadores consideran «el más grande evangelista del siglo XIX».

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Tú puedes hacer esto. Nuestro mundo del siglo XXI aún tiene que ver lo que Dios hará por medio de un hombre cuyo corazón está rendido a él. Tú podrías ser ese hombre. Tienes el potencial que ni siquiera empiezas a imaginar. Créeme, ni siquiera sabes de qué eres capaz. ¿Qué dices, entonces? ¿Serás ese hombre?

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SECCIÓN CUATRO

P EQ U E Ñ O S PA S O S , GR AN DEST RUCCIÓN A menos que una persona pueda decir profunda y sinceramente: «Soy lo que soy hoy día debido a las decisiones que tomé ayer», esa persona no puede decir: «Elijo algo distinto». —Stephen R. Covey

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4.1

PEQUEÑOS PA SOS, GRAN DESTRUCCIÓN

H

ace varios años llevé un grupo de cristianos solteros adultos a un viaje a Schlitterbahn (parque acuático de Dios) en San Antonio. El parque cuenta con todo tipo de toboganes, paseos en tubo, y piscinas de olas. Es un gran lugar para que niños y adultos permanezcan frescos en un abrasador día veraniego de Texas. Una de las atracciones más visitadas era la de navegar en tablas sobre las olas. Esta lanza miles de millones de galones de agua imitando olas de mar, y tú navegas en las olas arrodillado en una pequeña tabla. Me hallaba parado allí con todos esos otros cristianos, observando a las personas navegar en sus tablas. En ese entonces yo no sabía que muchos de los chicos veían esta atracción debido a su reputación de despojar a las mujeres de la parte superior de sus trajes de baño. La presión del agua es tan intensa que a menudo hace más que derribar al jinete de su tabla de surf. Efectivamente, una gran ola vino por abajo hacia esta joven que lucía un bikini. Cuando el agua chocó la parte alta del bikini, la multitud lanzó un grito de asombro. Sin saberlo, la chica se quedó con el torso desnudo. Instintivamente miré hacia otro lado. Todos estos muchachos cristianos se quedaron observándola, 97

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luego me miraron, preguntándose si su pastor estaba echando un vistazo a la jovencita. Gracias a Dios yo había apartado la mirada (y esta luz del cielo estaba brillando sobre mí). Ellos estaban muy impresionados. «¡Nuestro pastor no miró!», gritaron con alegría, contando la historia durante meses como si yo hubiera aplastado la kriptonita ofrecida por una modelo en la portada de Maxim. Pero en realidad es un poco triste lo que les impresionó. ¿Por qué estaban impresionados? Porque no es normal apartar la mirada. No me malinterpretes, no soy un monje. Antes de ser cristiano yo hacía más que mi parte en cuanto a mirar. Y después de entregar mi vida a Cristo aún batallaba con la misma tentación que enfrenta la mayoría de hombres de sangre roja. La tentación aún me localiza. Pero me conozco bastante bien para ser consciente de mi debilidad y de cómo protegerme. He levantado salvaguardas en mi vida. Y eso incluye situaciones anticipadas en parques acuáticos que podrían revelar más de lo que yo debería ver. Podrías estar pensando: ¿cuál es el problema, Craig? Solo se trata de una mirada. Un instante de regocijo privado no lastima a nadie. Bueno, se trata de un asunto serio porque las cosas que dejamos entrar a nuestras mentes nos pueden llevar a lugares tenebrosos. Tras un paso viene otro y luego otro. También podrías pensar: creí que ya habíamos cubierto la lujuria a principios de este libro. Aquí vamos de nuevo. Tal vez eres uno de esos individuos que no lucha en absoluto con la lujuria. (Aunque he descubierto que por lo general estos sujetos luchan con la mentira.) Pero la realidad es que la lujuria y la tentación sexual no son acontecimientos de una sola vez. Imágenes, tentaciones y placeres sexuales nos rodean todo el tiempo en nuestra cultura. No solo que la mayoría de las personas no se avergüenzan en regodearse en ellas, eso se espera. Si eres un hombre «verdadero», entonces se supone que seas una bestia sexual, un

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semental, un líder de la manada, un reproductor que las damas no pueden resistir, ¿verdad? Errado. Se supone que seas un hombre más fuerte que tus urgencias físicas o tus reacciones emocionales. Se supone que seas un guerrero que está dispuesto a pelear por algo más importante. Y esa es una batalla que se lidia con una tentación a la vez. Tan solo pregúntale a Sansón. Cuando dejamos la última vez a nuestro poderoso hombre, este acababa de volver el corazón hacia Dios. Dio al Señor el mérito por concederle las fuerzas para matar a mil filisteos con la quijada de un asno, y de modo milagroso Dios le proporcionó agua para beber. Y con la renovada relación de Sansón con Dios, el hombre «recobró sus fuerzas y se reanimó» (Jueces 15.18–19). El siguiente versículo es tan corto que fácilmente se podría pasar por alto sin siquiera entender su significado. Jueces 15.20 declara: «Y Sansón gobernó a Israel durante veinte años en tiempos de los filisteos». Piensa en el cambio sorprendente que representa una declaración como esa. Después de todo el daño que Sansón había ocasionado, solo un minúsculo versículo encapsula veinte años de inquebrantable fidelidad en su vida. Permite que el poder de esto se te fije por un momento. Sin que importe lo que hayas hecho (o no hayas hecho), Dios aún te puede utilizar como líder. Aunque te hayas ensuciado en gran manera y no veas esperanza de volver a llevar una vida que agrade a Dios, con su ayuda puedes ganar una batalla a la vez. Puedes encontrar reconciliación con aquellos a quienes has herido, restauración donde tu vida se ha destrozado, y sanidad donde has estado enfermo. Igual que Sansón, tú puedes dar la vuelta hacia una nueva vida. Tan pronto como Sansón regresó a la senda correcta, Dios lo instaló en un lugar de honor y le ayudó a hacer aquello para lo

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que fue creado. Israel no tenía rey en la época de Sansón. Usaban un sistema de liderazgo basado en jueces justos asignados por sacerdotes de Dios. A esto es a lo que se refiere este versículo; durante veinte años Sansón sirvió a Israel como un juez digno de confianza. Si aquello tan solo hubiera durado. Pero es como se dice: los viejos hábitos tardan en morir. Especialmente en hombres.

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4.2

UN DÍA

E

chemos un rápido vistazo al frente hacia donde Sansón va a parar. Finalmente le está yendo bien, honrando a Dios con su vida y sirviendo al pueblo del Señor. Por desgracia, «como vuelve el perro a su vómito, así el necio insiste en su necedad» (Proverbios 26.11). Repugnante, lo sé. Pero más repugnante es la destrucción que sigue a nuestro pequeño alejamiento de la norma de Dios. Sansón regresa a sus antiguos hábitos, y este tipo con tanto potencial dado por Dios empieza de nuevo a tomar una mala decisión tras otra. Para cuando las consecuencias de sus errores han seguido su curso, a Sansón, con los ojos arrancados y los brazos encadenados, lo arrastran convertido en hazmerreír frente a sus antiguos enemigos: los filisteos. Está reducido a ser un prisionero, un esclavo, y amarrado como un perro quien antes tuviera una fuerza formidable. ¿Cómo pudo haberle sucedido esto? ¿Cómo pudo un hombre ordenado por Dios, separado para la grandeza (un individuo que sirvió fielmente a Dios durante veinte años) echar a perder su vida de tan mala manera? En realidad la respuesta no debería ser tan sorprendente: Sansón no arruinó toda su vida a la vez. La arruinó de la misma forma que los hombres han arruinado las suyas desde el principio del tiempo. La arruinó un paso a la vez. 101

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Piensa en ello. Muy pocos hombres meten toda la pata de una sola vez. Toman una mala decisión, seguida por otro compromiso, luego una mentira, encima de otra decisión pecaminosa. Poco a poco cavan una zanja, un hoyo de pecado del que les es imposible salir. Echemos un vistazo hacia dónde empieza la situación desastrosa de Sansón. Recuerda, acabamos de leer que él estaba teniendo una buena racha de veinte años. Pero «un día Sansón fue a Gaza, donde vio a una prostituta. Entonces entró para pasar la noche con ella» (Jueces 16.1, énfasis del autor). ¡Por Dios! ¿De veras? Toda una racha de veinte años, ¿y entonces qué? ¿«Un día»? Este versículo me recuerda mucho a cuando el rey David cayó con Betsabé. Esa historia empieza de forma parecida a esta. Las Escrituras afirman en 2 Samuel 11.2–3: «Una tarde, al levantarse David de la cama, comenzó a pasearse por la azotea del palacio, y desde allí vio a una mujer que se estaba bañando. La mujer era sumamente hermosa, por lo que David mandó que averiguaran quién era» (énfasis del autor). En la historia de David, era primavera, «época en que los reyes salían de campaña». Solo que el rey David no salió a la guerra. Había un lugar en que debía estar, pero básicamente decidió no ir a trabajar porque el clima era agradable. (¿Has notado que estar en el lugar equivocado no ayuda a hacer lo que es correcto?) Los hombres de David están luchando contra los enemigos del reino, sangrando y muriendo. Mientras tanto, de vuelta al palacio, David sale a dar un pequeño paseo en su terraza, donde divisa a Betsabé (bañándose, ni más ni menos) y piensa: ¡ah, sí! Acerca de eso es de lo que estoy hablando. Por tanto, ¿cómo individuos que parecen destinados a la grandeza terminan en esa senda hacia la destrucción? En realidad es muy fácil. Todo empieza con un solo paso. Un día. Una tarde. Eso es todo lo que se necesita para echar a rodar el balón. Un día tomas una mala decisión. Luego sigues poniendo un pie

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delante del otro, y no haces correcciones al curso. Lo mantienes en secreto. Lo encubres. Haces caso omiso a las señales de advertencia. Con cada paso te sales ligeramente del buen camino en que estabas, cada vez más y más, hasta que la inercia te jala dentro de una espiral descendente. Nueve de cada diez veces los malos tiempos comienzan cuando un hombre va a algún sitio donde, en primer lugar, ni siquiera debe estar. Solo voy a echar una miradita. Solo mataré un poco de tiempo. No me quedaré mucho tiempo; tan solo tengo curiosidad. ¿Recuerdas cuando Sansón hizo esto veinte años atrás? En Jueces 14.1, él «descendió a Timnat»... territorio enemigo. Allí fue donde empezaron todos sus problemas. Esta vez nos topamos con las decisiones que dieron inicio a sus alocadas travesuras hormonales en Jueces 16.1–2. «Un día Sansón fue a Gaza, donde vio a una prostituta. Entonces entró para pasar la noche con ella. Al pueblo de Gaza se le anunció: “¡Sansón ha venido aquí!” Así que rodearon el lugar y toda la noche estuvieron al acecho junto a la puerta de la ciudad. Se quedaron quietos durante toda la noche diciéndose: “Lo mataremos al amanecer”». Permíteme hacerte una pregunta: ¿cuándo en la historia de la humanidad terminó siendo una buena idea visitar una prostituta? Esa equivocación debería ser demasiado obvia. Sin embargo, ¿qué importancia tiene que él hubiera ido a Gaza? Bueno, Gaza era el cuartel general de los filisteos, a cuarenta kilómetros de Zora, la ciudad natal de Sansón. Se supone que él debía estar celebrando audiencias, oyendo los problemas de los israelitas y emitiendo juicios justos para ellos. Pero en vez de eso se dirige directamente al centro del territorio filisteo, en busca de un poco de acción. Se sale cuarenta kilómetros de su camino para arriesgar veinte años de fidelidad.

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Antes de que te burles de lo perpetuamente imbécil que es Sansón, no juzgues tan rápido. A algunos hombres se les conoce por ir a bares, clubes nudistas, o salas encubiertas de masajes cuando están fuera de la ciudad. Se dicen que solo fue una decisión impulsiva y alocada mientras viajaban por asuntos de trabajo. Quizás. Pero no ayudó en nada que estos hombres resultaran haciendo un poco de investigación en línea a fin de encontrar sitios calientes en las ciudades que visitaban. O el individuo que toma el camino más largo a casa, el cual termina llevándolo a la tienda de pornografía al otro lado de la ciudad. Gran sorpresa, entonces, cuando el tipo se descubre a sí mismo deteniéndose. A veces nos esforzamos al máximo para tratar de engañarnos, esforzándonos por negar que estamos arriesgándolo todo por unos momentos de placer. ¿Por qué alguien haría algo tan obsceno y por tan poca recompensa? Esa es una gran pregunta. Tal vez deberíamos hacer una encuesta y preguntar a individuos a nuestro alrededor. Porque la triste verdad es que los hombres aún hacen eso hoy, todos los días. Nos toparemos con algún individuo que parece tener un buen matrimonio, un ministerio floreciente, integridad de sobra, y una carrera en auge, y que lo arriesga todo por un encuentro sexual, por una parada rápida. Sencillamente no vale la pena. ¿Por qué hacerlo? Y sin embargo los hombres lo hacen todo el tiempo.

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4.3

PA SO A PA SO

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uesto que soy pastor, muchas personas creen que trabajo solo un día a la semana. (No obstante, ya que nuestra iglesia tiene reuniones tanto sábados como domingos, supongo que trabajo dos días a la semana.) Y debido a que no tengo nada qué hacer durante el resto de la semana además de ver mi Biblia encima del escritorio, a veces me gusta pasar el tiempo con los brazos cruzados y cuestionándome cosas como: me pregunto cuántos pasos tendría que dar una persona para caminar cuarenta kilómetros. Así que investigué un poco, y resulta que para caminar cuarenta kilómetros, la distancia que Sansón recorrió desde Zora hasta Gaza, se necesitarían cerca de 56.250 pasos. Bueno, recuerda que la mayoría de las personas no arruinan sus vidas de una sola vez; la arruinan paso a paso. En el caso de Sansón, tuvo 56.250 oportunidades de cambiar de parecer, dar media vuelta, y simplemente volver a casa. Con cada paso que daba hacia Gaza se pudo haber dicho: esto es ridículo, Sansón. Esto es muy peligroso. ¿Qué estás haciendo, amigo? Pero por supuesto, no lo hizo. Ningún hombre planifica arruinar su vida. Nunca he conocido ni siquiera un individuo que dijera: «¿Sabes qué? Mi meta de aquí a diez años es volverme adicto al sexo. Quiero estar tan encerrado en mi propio mundo repleto de fantasías de lujuria pornográfica, de modo que esto consuma mis pensamientos cuando 105

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esté despierto. Quiero llegar al punto en que no pueda tener ninguna clase de relaciones íntimas legítimas y significativas porque de la única manera en que podré ver a alguna mujer será como una clase de objeto sexual». Eso es lo que nunca sucede. He aquí cómo resulta de veras: un tipo está simplemente en la computadora o jugando en su teléfono, sumido en sus asuntos, haciendo su trabajo, quizás investigando cuántos pasos hay que dar para ir de Zora a Gaza, cuando algún anuncio con una foto de una chica ardiente aparece repentinamente al borde de la misma página web. El sujeto piensa: hmm. Bueno, ¿no es interesante? Gratis... ¿de veras? No me hará daño echarle un vistazo. Clic. Ahora el hombre está en algún sitio web que no se le había pasado por la mente solo diez segundos antes. Pero ahora en esta página hay algo también «interesante» sobre lo cual hacer clic, algo un poco más provocativo. Clic. Él siente ese conocido ímpetu. El corazón le palpita más rápido. Se olvida de su esposa, sus hijos, su fe. Entonces, casi como si estuviera en piloto automático, el asunto se convierte en clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic. Con el tiempo, el sujeto termina en un mal lugar. Y no llegó allí de una sola vez; lo hizo paso a paso. Nunca he visto a algún individuo que dijera: «¿Sabes qué sería genial, Craig? No se me ocurre ningún objetivo más digno que un día tener que declararme en quiebra». No acontece de este modo. El tipo ve a otro individuo con más de que lo que tiene el primero y piensa: ¿por qué ese no podría ser yo? Paso. El hombre codicia el auto, la casa, los palos de golf. Y las condiciones del crédito hacen que todo parezca asequible. Paso. Pero una vez que empieza a atrasarse un poco en los pagos comienza desesperadamente a buscar soluciones. Paso. Tal vez una apuesta, quizás algún proyecto de multinivel en mercadeo.

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Posiblemente un préstamo en efectivo sobre la tarjeta de crédito para cubrir otra cuenta. Paso, paso, paso. Lo único que necesito es un gran golpe para volver a la pista. Este tipo que ni siquiera puede conciliar la chequera empieza un negocio. Paso, paso, paso, y un día despierta en medio de un gran problema. Nunca he conocido a un fulano que dijera: «Tengo un matrimonio realmente fabuloso. Mis hijos me aman, y todo parece estar yendo muy bien. Creo que voy a arruinarlo teniendo una aventura». No es como si un día ese sujeto estuviera caminando por la calle, se resbalara y cayera, y que cuando aterrizara estuviera sobre una mujer desnuda en una cama de algún cuarto de hotel. No, el lío empieza con un paso. Una atractiva compañera de trabajo lo toca en el brazo, solo una vez, y él piensa: ¿qué? ¿Hay algo ahí? Ella es muy linda. Paso. En otra ocasión el tipo expresa algo coqueto. Paso. ¡Ella responde! Paso. Él piensa en ella durante la noche. Paso. Se pone un chorro adicional de colonia por si se acerca a esa compañera de trabajo. Paso. Le envía un texto. Paso. Le pone una mano en la espalda un momento en que juntos miran un proyecto en la computadora de ella. Paso. Inocentemente van a almorzar un día. Paso. Una cosa lleva a otra, hasta que se ven emocionalmente involucrados. Y enredados. Paso, paso, paso. El matrimonio y la familia del hombre estallan en una explosión nuclear de dolor y traición. Un hombre no arruina su vida de una sola vez. Lo hace paso a paso.

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4.4

NO PROVOQUES AL ENEMIGO

S

ansón dio tres pequeños pasos que iniciaron la espiral que llevó a su gran destrucción. A decir verdad, la mayoría de los hombres que se alejan de Dios y se meten en problemas dan estos mismos pasos. El primero fue provocar a su enemigo. Recuerda que en Jueces 16.1–2, Sansón había ido a visitar a una, ejem, mujer «fácil de usar» (una prostituta). Y cuando los filisteos se enteraron de que él estaba allí, varios de ellos conspiraron para tenderle una emboscada al amanecer. Sin embargo, el versículo 3 afirma que «Sansón estuvo acostado allí hasta la medianoche; luego se levantó y arrancó las puertas de la entrada de la ciudad, junto con sus dos postes, con cerrojo y todo. Se las echó al hombro y las llevó hasta la cima del monte que está frente a Hebrón». Así que en vez de pasar toda la noche con la prostituta, Sansón se escabulló en silencio, y bajo la protección de la noche arrancó las puertas de la ciudad y se las llevó lejos. No se trataba de puertas enchapadas, de centro hueco. Un comentario que leí calcula que estas puertas juntas debieron haber pesado setecientas libras. Tal vez setecientas libras no te parezcan mucho. (Eso es casi lo que levanto en un despegue o peso muerto. Y por peso muerto quiero decir lo último que levanto antes de desvanecerme.) Pero lo es. Mucho. 108

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Cuando Sansón usó sus fuerzas sobrenaturales para arrancar las gigantescas puertas filisteas y llevárselas, en esencia les estaba haciendo a sus enemigos un mal gesto con el dedo del medio. Esas enormes puertas eran las que cerraban los muros de la ciudad en la noche; eran símbolo de la seguridad que tenían. Al llevárselas, Sansón les estaba diciendo: «¿Se creen ustedes seguros? Sus desvencijadas puertas no los pueden salvar de mí». El hombre estaba provocando a sus enemigos. El problema con provocar a tus enemigos es que a menudo los subestimas, y de manera conveniente haces caso omiso a esta realidad: los enemigos son peligrosos. La verdad es que tenemos un enemigo espiritual, Satanás, cuya única misión (como ya vimos) es «robar, matar y destruir» todo lo que le importa al corazón de Dios (Juan 10.10). Y Satanás tiene miles de años de experiencia convenciendo a individuos como tú o yo de que nos rindamos. ¿Y vas a ser tú quien finalmente lo engañe en su propio juego? ¿De veras? ¿Es ese tu plan? Por eso la Biblia nos advierte en 1 Pedro 5.8: «Practiquen el dominio propio y manténganse alerta. Su enemigo el diablo ronda como león rugiente, buscando a quién devorar». Este es un asunto serio, amigo. Satanás no solo quiere perjudicarte y herirte; quiere destruirte y devorarte. Y en caso de que no estuvieras poniendo atención antes, ¿a qué familia biológica pertenece el león? Correcto: ¡a la familia de los gatos! Gato, león, Satanás... ¿ves aquí el patrón? Esto podría ser totalmente aparte, pero quiero aclarar que aunque bromeo mucho respecto a los gatos, solo se trata de eso: bromas. Mi familia tiene dos gatos. Aunque es verdad que en particular no me gustan los gatos, a mis hijos les encantan. Y yo amo a mis hijos un poco más de lo que me disgustan los gatos, así que tenemos dos de esos felinos: Freddy y Binky. Freddy es bastante decente a la manera de los gatos, supongo. Pero Binky es indiscutiblemente un gato malo. Así que a veces provoco a mi enemigo Binky.

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Solo para que no creas que soy un tipo horroroso, déjame contarte un poco acerca de Binky. De pequeño lo golpeó un auto, por lo que ahora solo tiene tres patas (dos atrás y una al frente). Cuando ocurrió el accidente, con compasión que solo puede provenir de Dios en las alturas, pagué ochocientos dólares por cirugía tras cirugía tras cirugía para este estúpido gato. Aunque ahora está bien y sano, solo tiene tres patas, por lo que lo llamo Trípode. A Binky el Trípode le gusta subirse a los mostradores de la cocina. Pero eso no me gusta, ya que allí es donde preparamos nuestros alimentos. Es repugnante. No quiero nalgas de gato sobre mis mostradores. Aunque yo nunca golpearía a un animal indefenso, sí lo asusto. Le hago una gambeta a Binky, sacudiendo la cabeza y diciendo: «¡Bú!» Esa siempre ha sido una burla segura porque, con solo tres patas, el animal no me puede arañar. Si lo hiciera, se iría de bruces. Una ocasión Binky estaba otra vez en el mostrador, ocasionándome hostilidad, porque muy bien sabe que no se supone que esté allí arriba. Me le acerqué sigilosamente y le hice mi gambeta con mi acostumbrado «¡bú!». Puesto que no podía arañarme, aunque yo aún estaba cerca, ¡el gato se me abalanzó y me mordió la nariz! Amigo, no subestimes a tu enemigo. (Siento mucho haber divagado. Sencillamente debía contar a alguien acerca de mi cicatriz de batalla, y escribir de ella es más barato que la consejería.) Conozco a muchos hombres que se han comprometido con honrar a Dios permaneciendo sexualmente puros. Pero incluso entre ellos he conocido a muchos que siempre se arriesgan, coqueteando con la tentación una y otra vez. Te comprometes a esperar tener relaciones sexuales hasta estar casado. Luego tu novia llega a tu apartamento, y pasan allí solos el rato, «hablando». Sobre la cama. Hasta la madrugada. ¿Qué estás pensando? Simplemente es peligroso. No subestimes a tu enemigo.

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Digamos que estás casado y que te vas en viaje de negocios. Todos salen a tomarse un trago después del trabajo, y piensas: claro, puedo manejar esto. No hay problema. Así que sales y te tomas un trago. Ríes con tus nuevos amigos y la pasas bien. Entonces un trago lleva a otro, que se vuelcan en tres, los que se derraman en cuatro, y luego te ves pensando: ¡vaya! ¿De dónde salieron todas esas mujeres? No las vi entrar. Comienzas a pensar en que eres apuesto y divertido. En que sigues teniendo encanto (aunque en primera instancia nunca lo tuviste). Estás provocando a tu enemigo. Peor aun, lo estás subestimando. O tal vez no tienes nada de dinero, así que piensas: ¿qué podría hacer yo que no cueste dinero? ¡Ah, ya sé! Iré a un lote de autos y «solo miraré». ¿Qué estás haciendo? Estás provocando al enemigo. No subestimes al departamento de finanzas. Quizás pasas tiempo con algunos muchachos a quienes no les gusta ir a tu grupo pequeño de estudio bíblico... nunca. Son vulgares. Engañan. Mienten. Roban. Y piensas: les testificaré y les mostraré el amor de Dios. Pero en vez de influir en ellos, tú sabes que en realidad son ellos quienes están influyendo en ti. Crees que no te está afectando, pero en tu interior sabes que tu luz espiritual ya ha comenzado a apagarse. Es muy probable que estés pensando: bien, todo eso está bueno, Craig. Pero ese no soy yo. Estás hablando a otros individuos. Si eso es verdad, entonces esto es para ti: «Si alguien piensa que está firme, tenga cuidado de no caer» (1 Corintios 10.12). Provocar a su enemigo fue la primera de las principales equivocaciones de Sansón. El hombre también cometió otros errores.

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4.5

OYE, DALILA

L

a primera vez que vimos a Sansón cometer algo malo fue cuando bajó a Timnat, donde se encaprichó con una mujer filistea. Sea que hayas dedicado o no tu vida a Dios como nazareo, no deberías ir tras mujeres que adoran falsos dioses. Simplemente no es una buena idea. Bueno, ¿imaginas quién está tramando viejos trucos? Jueces 16.4 nos informa: «Pasado algún tiempo, Sansón se enamoró de una mujer del valle de Sorec, que se llamaba Dalila». «Pasado algún tiempo» significa después que el hombre estuviera con la prostituta y arrancara las puertas de Gaza... solo para estar seguros de que él se volvió a meter en el radar de los filisteos. Por supuesto, entonces se enamoró de Dalila. No puedo dejar de preguntarme qué estaba pensando Sansón. Tal vez: ¿sabes? No he tenido muy buena suerte con estas chicas filisteas. Quizás la tercera vez sea la vencida. Lo cierto es que, como muchos hombres hacen, Sansón simplemente estaba justificando su pecado. Algunos individuos también justifican su pecado basándose en lo «cristalino» que es el resto de sus vidas: este es mi único vicio. Soy un buen tipo. No hago nada más que sea malo. Otros hombres lo justifican como algo privado: lo que hago no es asunto de nadie más. Es mi vida. Puedo hacer lo que yo quiera. No me importa lo que piensen otras personas. Muchos individuos se salen con la suya con esta mentira: si nadie 112

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lo sabe, ¿cuál es el problema? Lo que estoy haciendo no lastima a nadie. Además, solo estoy mirando el menú. No voy a ordenar nada. Es probable que la mayoría de los hombres simplemente eche la culpa de su pecado a alguien más: si mi propia mujer hiciera solo un poco más conmigo, ni siquiera necesitaría esto. Así son las cosas, estos pequeños «suplementos» son la única manera en que puedo superar el estrés de mi día. Mirémoslo por donde lo miremos, la mayoría de los hombres somos maestros en racionalizar el mismo pecado antiguo... igual que Sansón. Veamos lo que sucede a continuación: «Los jefes de los filisteos fueron a verla [a Dalila] y le dijeron: “Sedúcelo [a Sansón], para que te revele el secreto de su tremenda fuerza y cómo podemos vencerlo, de modo que lo atemos y lo tengamos sometido. Cada uno de nosotros te dará mil cien monedas de plata”» (v. 5). Sobornaron a la fémina. Le ofrecieron dinero para que entregue a su amante. Deberías leer esto en Jueces 16.6–14, pero yo te lo resumiré. —Dime el secreto de tu tremenda fuerza —pidió Dalila a Sansón la próxima vez que estuvieron solos. —Si se me ata con siete cuerdas de arco que todavía no estén secas, me debilitaré y seré como cualquier otro hombre —le mintió él. (En otra versión de la Biblia, él dice «mimbres», pero estos me recuerdan a chancletas o... algo más. Me quedo con cuerdas de arco.) Después Sansón se queda dormido, y Dalila lo amarra con cuerdas de arco. —¡Sansón, los filisteos se lanzan sobre ti! —grita ella. El hombre se suelta fácilmente y escapa. —¡Me mentiste! —exclamó la filistea la próxima vez que estuvieron juntos—. Vamos, dime cuál es tu secreto. La pura verdad.

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—Sogas nuevas. Si se me ata firmemente con sogas nuevas, sin usar, me debilitaré y seré como cualquier otro hombre. Sansón vuelve a quedarse dormido. Esta vez Dalila lo ata con sogas nuevas. —¡Sansón, los filisteos se lanzan sobre ti! —advirtió ella. Otra vez él se libera y escapa. La próxima vez que él llega para verla, ella no lo dejará ir. —¡Vamos! Me mentiste. Dime cuál es la verdad. Esta vez él está más cerca de decirle la verdad. —Tiene que ver con mi cabello —confiesa él—. Si entretejes las siete trenzas de mi cabello con la tela del telar, y aseguras ésta con la clavija, me debilitaré y seré como cualquier otro hombre. —¡Sansón, los filisteos se lanzan sobre ti! —le vuelve a gritar ella después de intentar lo que él le había dicho. Y de nuevo él no tuvo problema para escapar. Finalmente, la siguiente vez que Sansón y Dalila están juntos, ella ha tenido suficiente. —¿Cómo puedes decir que me amas, si no confías en mí? Ya van tres veces que te burlas de mí, y aún no me has dicho el secreto de tu tremenda fuerza. «Todos los días lo presionaba con sus palabras, y lo acosaba hasta hacerlo sentirse harto de la vida» (vv. 15–16, énfasis del autor). Muy bien, ¿debo realmente decir algo aquí? ¿Crees de veras que eres el primer individuo que alguna vez ha sentido como si tu esposa simplemente no va a dejar las cosas como están? (Y damas, si aún están leyendo esto, no estoy justificando aquí ninguna de las acciones de Sansón, sino que estoy diciendo que la presión nunca es la mejor manera de animar a su hombre.) Lo interesante acerca de este fracaso de Sansón es que para este momento deberíamos suponer que de alguna manera él debió haberse dado cuenta de lo que Dalila pretendía. Cada vez que le contaba el «secreto» de su fortaleza, él despertaba atado exactamente en la forma en que se lo había dicho a ella. Pero

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aunque la mujer intentaba entregarlo a los filisteos, él seguía volviendo a ella. ¿No dice eso mucho acerca de cómo funcionan las mentes de los hombres? Incluso frente a un gran peligro, aun frente a un desastre casi seguro, seguimos regresando a algo solo porque aquello consigue que nos sintamos bien. Siempre podemos justificar las cosas que queremos. Sansón era un guerrero suficientemente fuerte como para matar a mil hombres; como para destrozar a un león con las manos; como para arrancar puertas de setecientas libras de sus goznes y llevárselas. Pero al final, no fue suficientemente fuerte para dirigir a una mujer. Esa es tu advertencia en pocas palabras, amigo. No te atrevas a ser fuerte solo en tu negocio o en tu trabajo. No te atrevas a ser fuerte solo en tus pasatiempos o en algún deporte. No te atrevas a conformarte con ser fuerte solo en lo físico. Enfoca tus fuerzas en dirigir hacia la rectitud a quienes te rodean. Muchos hombres son fuertes en toda clase de maneras, pero dejan el liderazgo a otros. No permitas que eso te acontezca. No te conformes con ser fuerte en lo que no perdura y débil en lo que sí permanece. Aprovecha al guerrero que llevas dentro. No pelees únicamente las batallas insignificantes. Pelea por lo que más importa. Y sobre todo, pelea por tu vida. Veamos dónde comienzan a dañarse las cosas: «Al fin se lo dijo todo. “Nunca ha pasado navaja sobre mi cabeza —le explicó—, porque soy nazareo, consagrado a Dios desde antes de nacer. Si se me afeitara la cabeza, perdería mi fuerza, y llegaría a ser tan débil como cualquier otro hombre”» (v. 17). Recuerda los tres votos de nazareo que Sansón hiciera: 1. No emborracharse. 2. No tocar nada muerto. 3. Nunca cortarse el cabello. Algo que me gusta realmente acerca de este versículo es cómo Sansón se refiere al hecho de que fue separado para Dios desde

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que nació. Es casi como si solo por un instante recordara para qué fue creado. ¿Y qué hay contigo? ¿Aún puedes recordar para qué fuiste creado? ¿Recuerdas esos momentos en que sencillamente eras un niño, revelando la alegría de fingir que eras uno de tus héroes? Eso no es solo algo infantil, representar cosas; incluso como adultos, nuestros héroes nos inspiran porque avivan la llama que Dios encendió dentro de nosotros. Nos recuerdan al héroe en nuestro interior. Es triste que tan solo vislumbrar esa misma verdad no sea suficiente. Sin acción, sin elegir de forma diferente el siguiente paso que debes dar, el resultado es inevitable. El versículo 19 informa: «Después de hacerlo dormir sobre sus rodillas, ella llamó a un hombre para que le cortara las siete trenzas de su cabello. Así comenzó a dominarlo. Y su fuerza lo abandonó». Me pregunto cuántos hombres en desobediencia a Dios tratan de batallar cada día en sus propias fuerzas. Sería más fácil aprovechar el poder de Dios. Lo único que se necesita es volver a los votos que una vez hiciste. Pero al igual que Sansón, no estropeamos nuestras vidas de una sola vez. Lo hacemos paso a paso. Nos condenamos cuando provocamos al enemigo, cuando racionalizamos nuestro pecado, y luego cuando suponemos que nuestra desobediencia no nos costará nada. Olvidamos que nuestro pecado siempre nos lleva más allá de donde queremos ir y que nos cuesta más de lo que queremos pagar.

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4.6

COSTO OCULTO

¿

H

as hecho alguna vez algo que sabías que no debías hacer, algo que se supone que no harías, y que luego nada malo ocurrió? Muchos hombres hoy día parecen creer que simplemente pueden salirse con la suya mientras hacen lo malo una y otra vez. Sansón se la pasó yendo tras mujeres prohibidas. Por supuesto, sufrió algunas consecuencias emocionales, pero no le costó lo que parecía importarle más, aquello en que confiaba: sus fuerzas. Jueces 16.20 afirma: «Luego ella [Dalila] gritó: “¡Sansón, los filisteos se lanzan sobre ti!” Sansón despertó de su sueño y pensó: “Me escaparé como las otras veces, y me los quitaré de encima”. Pero no sabía que el Señor lo había abandonado». Exactamente como antes, Sansón no creyó que su desobediencia iría a tener un costo. Pero no sabía que la situación había cambiado. Recibe esa otra advertencia de nuestra parte: es posible que te hayas salido alguna vez con la tuya. Es posible que te hayas salido con la tuya más de una vez. Nadie te ha atrapado. Nadie te ha pedido cuentas. Pero recuerda mis palabras: llegará el día en que se sabrá la verdad. Y cuando esto ocurra podrías volverte a tu esposa una vez más, creyendo que con zalamerías lograrás salir del problema, como siempre has hecho, pero en vez de eso ella va a decirte: «Ya estoy harta de tus jueguitos. No habrá otra ocasión. Me estoy yendo». 117

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O llegas a casa donde tus hijos y dices: «Lo siento, chicos. Simplemente me ocupé en el trabajo y se me olvidó. Iremos la próxima vez. ¡Lo prometo!». Pero tus hijos van a contestarte: «Haz lo que quieras, papá. Ya no nos importa. Estamos cansados de perder el tiempo esperando que cumplas tus promesas. No creemos nada de lo que dices». O vas donde tu jefe y le dices: «Lo siento, sencillamente no tuvimos suerte este mes. Pero tengo algunas ideas. Voy a intentar nuevas estrategias, y el próximo mes la situación será diferente». Pero tu jefe dirá: «No. ¡Basta! Siempre me sales con que tienes “nuevas ideas”. Pero luego vuelves a hacer otra vez lo mismo. Has estado dando atajos. Has exagerado de tus clientes potenciales. Me has mentido demasiadas veces como para que te tome en serio. Estás despedido. Pasa por Recursos Humanos». Al igual que Sansón, cavilamos: voy a hacerlo una vez más. Después me libraré de este asunto. Pero a la larga nuestros pecados siempre nos alcanzan y dominan. Tu pecado se descubrirá algún momento. Y en ese instante deberás enfrentar tu propio versículo 21: «Entonces los filisteos lo capturaron, le arrancaron los ojos y lo llevaron a Gaza. Lo sujetaron con cadenas de bronce, y lo pusieron a moler en la cárcel». ¿Cómo un hombre con tanto potencial dado por Dios va a parar en un lugar tan horrible? Aquello no ocurrió de una sola vez, sino poco a poco. Esto nos lleva a la hora de la verdad: ¿qué pasos estás dando que te apartan de Dios? Detente un instante por favor y piensa en la respuesta a dicha pregunta. Este podría ser uno de los momentos más importantes de tu vida. Sea que estés en el primer paso o en el 56.249, ¿en dónde te estás alejando de Dios? Podría tratarse de algo sencillo, como el hecho de que eres cristiano pero no pasas tiempo en la Palabra de Dios. O que eres cristiano pero no pasas tiempo en oración. Tu cabello está largo. Aún sigues yendo a la iglesia. Tienes las señales externas de que

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estás siguiendo a Dios. Pero dentro de ti, tu corazón se ha alejado de él. Quizás se trate de lujuria: «Quiero eso. Tengo que tenerlo». Tal vez has estado dando pasos pequeños hacia alguna trampa pornográfica. Es posible que creas tener derecho: «Lo merezco». U orgullo: «Puedo manejarlo». Podría tratarse de ira. Estás frustrado y tienes mal genio. Estás furioso contigo mismo, pero la emprendes contra alguien más. Una nimiedad te puede proyectar hacia una gran ira. Quizás sea apatía y vida pasiva. Eres agresivo en algunos aspectos de tu vida, pero no estás dando ejemplo en aspectos en que sabes que deberías estar dándolo. Prometes hacer algo, pero tus promesas no significan mucho estos días. Tal vez se trate de codicia. Amas las cosas de este mundo, y quieres más. Deseas seguir el ritmo de los Kardashian... y ni siquiera te gustan los Kardashian. Quizás seas económicamente irresponsable, y hasta pecaminoso. La lista de posibilidades es interminable. Todo depende de ti. Se valiente y sincero: ¿en dónde te estás alejando de Dios? Porque solo eres tan fuerte según lo sincero que seas. Todo este libro se hizo para este momento. ¿Te estás apartando de Dios en alguna manera? ¿Estás en el paso número uno? ¿O en el 56.249? ¿O en algún lugar intermedio? Sin que importe cuántos pasos hayas dado ya, existe una solución simple y profunda. Es tan básica y tan de sentido común, que si no le estás prestando atención sencillamente te la puedes perder: da media vuelta. Eso es. Media vuelta. ¡Ve por el otro lado! No es demasiado tarde. En realidad es así de sencillo. Lucha con el impulso de ir hacia el pecado y toma la otra dirección. Y cuando des media vuelta, ¿quién estará allí esperándote? Tu Dios. Porque él es así de bueno. El último versículo en este capítulo particular de la vida de

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Sansón es para mí el más emocionante y el más lleno de gracia en toda esta historia. ¿Cuál es la señal externa de la devoción interior de Sansón hacia Dios? El cabello. Pero el hombre lo ha perdido a manos de sus enemigos. Lo han sometido, avergonzado públicamente, y arrojado en la cárcel. La calvicie le anuncia a todos los que lo ven: «He desobedecido a Dios». Pero Dios es compasivo. Este versículo exclusivo, el 22, capta el amor y la gracia de Dios: «Pero en cuanto le cortaron el cabello, le comenzó a crecer de nuevo». Aunque Sansón había desobedecido a Dios y ahora estaba sufriendo las consecuencias, la gracia del Señor le era suficiente. Dios, el máximo guerrero, le envía un mensaje a Sansón: «La pelea no ha acabado. ¡Aquello que te da las fuerzas volverá a crecer!» ¿Qué va a ocurrir entonces? ¿Más secretos? ¿Más temor? ¿Más tapujos? ¿O por fin vas a decir la verdad? Si estás yendo por el camino equivocado, detente. Párate ahora. Ponte de rodillas y pelea como un hombre. Clama a Dios. Pídele que te perdone. Acepta su gracia. Recibe su perdón. Levántate. Da media vuelta. Y camina en la otra dirección. Si te has alejado, sea un paso o mil, vuélvete. No es demasiado tarde. La gracia de Dios es suficiente para ti. ¿Cómo? Primera de Juan 1.9–10 nos indica: «Si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad. Si afirmamos que no hemos pecado, lo hacemos pasar por mentiroso y su palabra no habita en nosotros». Eso significa que cuando confesamos a Dios, cuando admitimos que hemos hecho el mal, tenemos el perdón de él. Esto no nos cuesta nada más que sinceridad y valor. Pero eso únicamente es parte de la ecuación de volver a la senda en que debemos andar. Confesarnos ante Dios nos brinda perdón, pero no necesariamente sanidad. Santiago 5.16 nos informa cómo podemos hacerlo: «Confiésense unos a otros sus

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pecados, y oren unos por otros, para que sean sanados». No solo debes confesarte ante Dios; también debes hacerlo ante las personas que importan, aquellas a quienes tus pecados han afectado. (Tú sabes quiénes son.) Podría ser tu cónyuge, tus amigos, tus hijos, tus compañeros de trabajo, o tus colegas. Diles la verdad, y pídeles perdón. Pídeles que oren por ti. Será doloroso, desde luego, tanto para ti como para ellos, pero es hora de dar media vuelta.

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4.7

ARMAS DE GUERRA

U

na vez que has dado media vuelta tendrás que pelear. Sin embargo, la buena noticia es que Dios prepara a todo guerrero para la batalla que tiene por delante. Vemos cómo la Biblia describe esas armas: «Aunque vivimos en el mundo, no libramos batallas como lo hace el mundo. Las armas con que luchamos no son del mundo, sino que tienen el poder divino para derribar fortalezas» (2 Corintios 10.3–4). Efesios 6.12 relata la verdadera guerra: «Nuestra lucha no es contra seres humanos, sino contra poderes, contra autoridades, contra potestades que dominan este mundo de tinieblas, contra fuerzas espirituales malignas en las regiones celestiales». Tu enemigo te odia a muerte. ¿Captas eso? Te desprecia. ¿Por qué? Porque odia todo lo que le importa a Dios, y nada le importa más a Dios que tú. Tu enemigo es un adversario digno. Se llama Satanás. La Biblia lo llama padre de mentiras. Él es un gran engañador. Y quiere destruirte. ¿Te das cuenta de que Satanás ha estado estudiando a la humanidad por miles de años? Nuestras debilidades, tus debilidades. Él diseña estratagemas y prepara planes para perjudicarte a ti y a tus seres queridos. Para robarte, para destruirte, y finalmente para matarte. Amigo, si otro hombre intentara perjudicar a tu familia, ¿qué 122

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harías? Lo liquidarías, ¿verdad? Te desharías de cualquiera que intentara afectar a quienes amas. Es hora de pelear. Los riesgos no podrían ser mayores. Defiéndete. Contraataca. No te quedes allí sentado. Lanza un golpe. Y pelea sucio. No pelees con las armas de este mundo; pelea con las armas de la Palabra de Dios. Efesios 6 afirma que debemos ponernos toda la armadura de Dios. ¿Por qué? Porque estamos en guerra. El cristianismo no es un campo de juego. Es un campo de batalla. Ponte el casco de tu salvación: la mente de Cristo. Estamos protegidos estando bien con Dios por medio de Cristo. Ponte la coraza de justicia. Somos justos no debido a algo que podamos hacer, sino a lo que Cristo ya lo hizo. Levanta el escudo de la fe. El acusador sabe cómo derribarte: «No eres suficientemente bueno. Nunca darás la talla. No te puedes permitir otro inicio falso. No tienes lo que se necesita. Fracasado». No escuches al engañador. Cree lo que Dios dice respecto a ti. Eres quien él expresa que eres. Eres un guerrero espiritual. Créelo. Ponte el cinturón de la verdad. No aceptes las mentiras: tentación, lujuria, orgullo, riquezas. Resiste valientemente con la verdad de Dios. Ponte las botas: el evangelio de la paz. Planta firmemente los pies y levántate. Cuando hayas hecho todo lo que puedas hacer, resiste. Dios te llama a soportar. Tu enemigo quiere que caigas. Por tanto, como guerrero de Dios solo existen dos acciones aceptables. O resistes o das marcha atrás. Aunque Satanás te haga tropezar, no debes permanecer caído. Levántate. No te quedes derribado para siempre. Pero no solo te defiendas. Avanza. Usa lo que la Biblia llama la espada del Espíritu: la Palabra de Dios. Esta, tu más grande arma, es letal, aguda, viva y enérgica. Al usar tu fe, aplica la

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Palabra de Dios a tu vida y observa cómo el Señor pelea a tu favor. Finalmente ora. Recuerda que el hombre más fuerte no es quien levanta el mayor peso, sino el que tiene más fe. En lugar de dar paso tras paso sin ningún sentido hacia tu propia destrucción, es hora de que aprendas a pelear. Jesús dijo que es hora de «volver la otra mejilla». Eclesiastés afirma que no solo hay un tiempo para la paz, sino también un tiempo para la guerra. Creo que demasiado a menudo la Iglesia ha despojado a los hombres del permiso para defenderse, para trazar una línea en la arena y decir: «Satanás, si cruzas esta línea, voy a contraatacar». Aunque no estoy abogando por la violencia, como ya has visto, creo firmemente que a veces Dios nos da permiso para pelear. Permíteme hacer una ilustración con algo que ocurrió hace casi una década. Nuestra familia estaba en una reunión en casa de alguien más, y un niño de cuatro años de edad comenzó a acosar a mi hijo Sam, quien tenía como tres años en ese entonces. El otro muchacho, estando presente su papá, se acercó a Sam y lo empujó. Sam se levantó, asombrado, y me miró con expresión de ¿qué debo hacer? en los ojos. —Simplemente quítatelo de encima, Sam. El chico lo empujó más duro una segunda vez, justo frente a mí y a su propio padre. Sam comenzó a llorar y me volvió a mirar. —Simplemente quítatelo de encima. Miré al padre del muchacho, pensando: ¿no vas a hacer algo en cuanto a tu hijo matón? Entonces el chico volvió a empujar a Sam. Miré al padre con mayor dureza. —Los niños solo son niños —expresó el hombre tomando la situación en tono de burla. Sam seguía llorando. —Sam, vete al otro cuarto. Solo aléjate. Ándate.

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Mi hijo sollozaba, se volvió, y obedientemente comenzó a alejarse. El muchacho de cuatro años corrió detrás de él y lo derribó de un empujón, de cabeza, mientras Sam intentaba alejarse. Yo apenas podía creer lo que estaba sucediendo. Me agaché hasta ponerme a la altura de mi hijo. —Sam, mírame —le dije; el niño levantó la mirada con sus ojos llenos de lágrimas, y manifesté con mucha firmeza—. Pégale. Toda la actitud de Sam cambió. Con lágrimas aún en los ojos, atacó, emprendiéndola contra el muchacho más grande. Cuando Sam hizo contacto, los dos salieron volando. Se estrellaron contra el suelo. El otro muchacho se levantó y corrió hacia su madre, quien se hallaba cerca. —Ah, muy bien —le dije al papá, encogiendo los hombros—. Los niños son niños. Si esta historia te ofende, entiende que este es un asunto serio. Cuando les quitamos a los hombres el permiso para contraatacar en el momento oportuno, los castramos. Les sofocamos el espíritu de guerreros que Dios les puso en el interior, el espíritu que ansía pelear por lo que es justo. Cuando los hombres se sienten despojados de poder, es mucho más fácil ceder a la tentación. Si nunca aprenden a pelear, entonces es difícil saber cómo enfrentar al enemigo más mortífero de todos. El 11 de septiembre de 2001 derribaron cuatro aviones, en Nueva York, Washington y Pensilvania. Yo me hallaba en realidad en un avión cuando comenzaron los ataques. Todd Beamer también estaba en uno. Él hizo lo que yo esperaría hacer en una situación como esa, lo que esperaría que mi hijo hiciera. Un enemigo estaba en el avión de Todd, usando la fuerza para lastimar a personas inocentes. Después de llamar secretamente por teléfono a los suyos en tierra, Todd supo que otros hombres malvados estaban estrellando aviones en vuelo contra edificios a fin de matar a personas inocentes.

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Comprendiendo que estos perversos planeaban hacer lo mismo con su avión, Todd no lo permitiría... no podía permitirlo. He aquí un hombre con el corazón de un guerrero. Era el momento. Trazó una raya en la arena y dijo: «Lancémonos». No sé exactamente qué sucedió en ese avión. Pero un hombre con una causa más grande que su propia vida tomó una posición: «No permitiré que maten a personas inocentes. Los derribaré, tiraré abajo este avión. Si he de morir, que así sea. Entregaré mi vida para salvar a otros». Ese es el corazón de un guerrero. Debemos estar tan consumidos por la verdad de Dios que expresemos: «Pelearé por la causa de Cristo. No retrocederé. No me rendiré». Y cuando pelees por la causa que Dios te da, no pelees sin sus fuerzas. Deuteronomio 20.3–4 declara: «¡Escucha, Israel! Hoy vas a entrar en batalla contra tus enemigos. No te desanimes ni tengas miedo; no te acobardes ni te llenes de pavor ante ellos, porque el Señor tu Dios está contigo; él peleará en favor tuyo y te dará la victoria sobre tus enemigos». ¿Qué batalla estás enfrentando? Ponle un nombre. ¿Desintegración matrimonial? Saca tu espada. Pelea. No te rindas. Es una causa que está más allá de ti mismo. ¿Hijos que se alejan de Dios? Llévalos de nuevo ante Dios en oración. Usa las armas del Señor. ¿Estrechez económica? Pelea. Disciplínate para empezar a ganar pequeñas batallas. ¿Te rodea tu pecado en todo lugar? Desata el corazón de guerrero dentro de ti. Pelea. Romanos 8.37 explica que «somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó». Apocalipsis nos dice que vencemos por medio de la sangre del Cordero y por las palabras de nuestros testimonios. Nuestras fuerzas no son nuestras. Podemos hacer todo a través de Cristo que nos fortalece. Tienes el corazón de un guerrero. Nada puede distraerte. Las

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personas no te pueden desilusionar. Los críticos no te pueden hacer descarrilar. Los demonios no pueden detenerte. Eres un hombre. Dios te entregó una causa para inspirarte. Hónrala. Él te adjudicó armas para pelear por esa causa. Enfrenta tu temor. Di la verdad. Pelea, y pelea para ganar. Estás listo, tienes permiso, y no estás solo. Es hora de dejar de caminar a ciegas a través de la vida y de caer en las trampas del enemigo. Es hora de dar media vuelta y pelear por tu vida.

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SECCIÓN CINCO

SIEMPRE ADELANTE Los fracasos son postes indicadores en el camino hacia el éxito. —C. S. Lewis

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5.1

SIEMPRE ADELANTE

T

engo dos hijos, dos guerreros: Sam (de quien has oído) y Stephen. (A Sam lo llamamos «Cruncher» [triturador] porque pulveriza todo, y a Stephen le decimos «Bookie» [corredor de bolsa] porque su hermano mayor lo llamaba «Booby» [pechuga femenina] cuando era bebé, lo que no podíamos aceptar. Booby no es un buen nombre para un guerrero. Tú entiendes.) Ayudar a Cruncher y a Bookie a convertirse en los guerreros que Dios quiere que sean no ha sido una labor exenta de dificultades. Hace años, a finales de primavera, varios de nosotros jugábamos afuera. Puse a Sam (que tenía dos años de edad) sobre una patineta, y le enseñé a hacer algo que no debí enseñarle. Empezando en lo alto de nuestra entrada le demostré cómo bajar, más y más rápido, todo el trayecto hasta el fondo. Lo hice un par de veces para mostrarle cómo hacerlo. Entonces él lo intentó, y lo estaba haciendo bien. (De tal palo tal astilla, pensé con orgullo.) Pero lo que comenzó como la experiencia de su vida terminó súbitamente en un fémur roto. Aún recuerdo ese horrible sonido. ¡Ese crac! pareció resonar infinitamente, y Sam chilló en agonía. Soportó un dolor increíble, y mi tontería de padre le costó seis semanas enyesado de cuerpo entero, y pasaron otras dos semanas para que el niño pudiera volver a caminar. Todo el suceso fue, por decir lo menos, traumático. 131

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—Quiero que botes esa patineta —me advirtió Amy cuando estábamos en el hospital—. Quémala. Ni siquiera deseo volver a verla mientras viva. Mis hijas tenían miedo a la patineta debido a «lo que le había hecho a Sam». Patineta mala. ¡Mala! ¡Odiamos las patinetas! Cuando mi esposa o los niños entraban al garaje evitaban pasar cerca del maldito instrumento diabólico, no sea que los atacara y les rompiera las piernas. Todos, en especial Sam, querían que me deshiciera de esa patineta. Me negué. Aunque me sentía muy mal por enseñarle a Sam algo que terminó lastimándolo, yo sabía que no habíamos acabado con la patineta. Estaba seguro de que en algún momento mi poderoso guerrero tendría que enfrentar su miedo. Cuando el caballo te tira, tienes que volver a montarte en la silla. No puedes simplemente quedarte en el suelo y aferrarte a tu temor a los caballos. Mi hijo iba a tener que volver a montar en esa patineta. Tal vez no te sorprenda oír que Amy no estuvo de acuerdo. Categóricamente. Lo recalcó por medio de muchas conversaciones animadas acerca de paternidad y las diferencias entre niños y niñas, padres y madres, mujeres y guerreros. No gané precisamente, pero la patineta se quedó en nuestro garaje. Unos cuantos meses más tarde Sam se repuso del todo. —Sam, ¿estás listo para volver a montar la patineta? —le preguntaba casualmente de vez en cuando. —¡No, papá! —gritaba cada vez y se alejaba de mí—. ¡Esa patineta me rompió la pierna! Después de un rato me relajaba. —Bien, solo indícale a papá cuándo volverás a estar listo. Pasaron semanas. Meses. Finalmente olvidé el asunto, lo saqué de la mente. La patineta siguió recogiendo polvo en nuestro garaje detrás del marco de la bicicleta de alguien y de nuestro antiguo soplador de hojas.

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Un día me hallaba afuera jugando a la pelota con varios de los chicos. —Papi, estoy listo —me informó muy serio, acercándoseme. —¿Para qué estás listo, Sam? —inquirí, tratando de recordar si había olvidado llevarlo a alguna parte... una cita médica o la casa de algún amigo. —Estoy listo para montar la patineta. Se me abrió la boca, y miré con los ojos bien abiertos a mi hombrecito. Cuando recuperé la compostura cerré la boca y asentí. Me dirigí al garaje. —¡Vamos a contárselo a mamá! —gritaron al unísono las niñas, y salieron corriendo. Teníamos que actuar rápido. Sam agarró el manubrio de la patineta. Cuando se dirigía hacia lo alto de la entrada empezó a llorar, luego se puso a temblar. —Compañero, mira, no tienes que hacer esto hoy —le dije poniendo mi mano sobre la suya. —No, papá —objetó mirándome a través de sus lágrimas—. Tengo que montarla. Hoy. Nunca olvidaré esas palabras. Por tanto, el niño siguió adelante. Lloraba. Entonces también me encontré llorando. Mis hijas estaban en algún lugar acusando. A través de nuestras lágrimas, guié simplemente a este chico guerrero en un pequeño círculo sobre la patineta, un paseo muy seguro. Luego saltó, y aunque se las había arreglado para dejar de temblar, sollozaba. —¡Papá! ¡Pude hacerlo! ¡Lo hice! ¡Papi! ¿Me viste? —¡Sí, hijo! Lo hiciste. Lo hiciste. El pequeño guerrero volvió a montar. Tenía que hacerlo. Es parte integral de la manera en que él fue hecho. Dios no quiso que seamos guerreros para que fuéramos perfectos; nos hizo guerreros para lidiar con nuestros temores, para que aprendiéramos de nuestros errores, y viviéramos para luchar otro día.

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5.2

L ADO OCULTO

M

i hijo Sam aprendió algo fundamental al volver a montar su patineta, algo que Sansón tardó mucho más en captar. Gran parte de la tragedia de la historia de este juez israelita es no ser todo lo que pudo haber sido si hubiera estado dispuesto a aprender de sus equivocaciones la primera vez. Para mí Sansón sigue siendo uno de los personajes más frustrantes de la Biblia. Dios lo separó desde el nacimiento, incluso le dio fuerzas sobrenaturales para que cumpliera el llamado de dirigir el proceso de liberar a los israelitas del gobierno opresor de los filisteos. Pero así como muchos de nosotros, incluso con un llamado divino y con extraordinaria fortaleza, Sansón se las arregló de alguna manera para estropear las cosas. Él era un hombre increíblemente fuerte, con una voluntad peligrosamente débil. Quebrantó sus votos a Dios, fue tras mujeres prohibidas que adoraban ídolos, tocó cosas que se suponía que no debía tocar, consumió bebidas que no debía tomar, y terminó con un corte de cabello realmente malo. Sin embargo, finalmente los errores de Sansón lo alcanzaron, y las cosas no se veían bien para él. Se supone que derrotaría a los enemigos de Dios, pero terminó perdiendo más que la dignidad. Por supuesto, quedó reducido a un hombre de fuerza normal cuando perdió su cabello. Como si eso no fuera suficiente, la Biblia manifiesta que los filisteos «le sacaron los ojos». La 134

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mayoría de los comentarios parecen concordar que eso significa que le quemaron los ojos con fuego, raspándole lo que quedaba. (Huy... hablando de pillarlo desprevenido.) Luego lo encadenaron y lo pusieron a moler grano en la cárcel. Lo ataron a un gran torniquete de madera y lo obligaron a caminar en círculos día tras día, como un buey girando en una pesada piedra de moler. (Piensa en una gigante jaula de hámsteres sobre la rueda.) Es acertado suponer que sus carceleros y demás prisioneros se burlaban constantemente de él, poniéndole apodos y lanzándole objetos. El trabajo físico en sí debió haber sido suficiente, pero los juegos psicológicos debieron haber agravado tal sufrimiento. Sería difícil hallarnos más bajo de aquello en que Sansón fue a parar. Un dolor todavía peor para Sansón fue probablemente la agonía espiritual de tener que reconocer su fracaso. ¿Cómo sería darte cuenta de que has desperdiciado los años que Dios te ha dado? ¿Darte cuenta de que has desperdiciado los dones que te dio? Que hiciste cosas que no puedes deshacer. Estarías avergonzado por tus acciones, pues habrías dañado a las personas que amas, y no habrías hecho aquello para lo que te creó Dios. Como hombres, tomamos de manera personal esa clase de fracaso. Tal vez porque deberíamos hacerlo. En términos generales, los hombres y las mujeres descubren su valor en maneras diferentes. Típicamente las mujeres extraen su valor de sus relaciones. Y puesto que ellas se miden por la calidad de sus relaciones, constantemente están revisando las cosas con sus amistades: —Somos amigas, ¿verdad? —Simplemente necesito un abrazo. —¿Podemos reunirnos pronto solo para hablar? —Te envié un mensaje hace más de diez minutos. No he recibido respuesta. Tengo un poco de temor aquí. ¿Dije algo que te

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ofendió? Contéstame, por favor. Solo necesito saber que estamos bien. Todo es relacional para las mujeres... hasta ir al baño. ¿Por qué una mujer no puede ir sola al baño? ¿Por qué cuando de ellas una va al baño, todas también tienen que ir? Es como si fuera una grosería que una mujer fuera al baño sin pedirle a otra que la acompañara. —Voy al baño. ¿Quieres ir conmigo? —¡Claro que sí! —¡Mira! En esa otra mesa hay alguien que conocemos. ¡Llevémosla también! —¡Por supuesto! —responde, agitando la mano—. ¡yu ju! Entonces dos horas más tarde regresan del brazo. ¿Qué ocurre ahí? ¿Están ellas opinando sobre por qué el Bachelor (programa televisivo donde un soltero busca esposa) debió haber permanecido con la otra chica? ¿Hay un desfile de modas y un debate acerca de consejos de maquillaje? No te molestes en preguntar; estas amigas están obligadas a guardar el secreto. A los hombres nos gusta que nos quieran, pero eso no es todo para nosotros. La mayor parte de nuestra valía no proviene de relaciones, sino de logros. ¿Cómo doy la talla? ¿Lo hice bien? ¿Gané? Nuestras relaciones sí nos importan, pero no como les importa a las mujeres. Ningún hombre diría alguna vez a sus amigos: —¡Hey, vamos todos juntos al baño! Si alguno hiciera eso, es posible que tenga una hemorragia nasal que deba tratarse... por sí mismo. Si resulta que varios hombres llegan al baño al mismo tiempo, existe un protocolo fácil de entender. No creo que estas reglas estén escritas en alguna parte, pero todos los individuos las conocen. Una es que está bien para los hombres hablar entre sí, pero deben mantener la conversación al mínimo. —Vaya, el agua está fríííía.

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—Sí. Y profunda. Además nunca, pero nunca haces contacto visual. Miras directo a la pared frente a ti. No está bien girar la cabeza y mirar al otro tipo cuando se esté ocupando de sus asuntos. Aun más importante: nunca, bajo ninguna circunstancia, miras de arriba hacia abajo. Ahora que hemos revisado a fondo lo básico del comportamiento en el baño, exploremos una de las dinámicas más profundas de la psiquis masculina... si es que algo así existe. En cuanto a las relaciones, para un hombre es más importante que lo respeten a que lo quieran. Por eso es que toman el fracaso en forma personal. Cuando fallamos, a menudo sentimos que nunca nos recuperaremos. Durante los años en que he sido pastor he hablado literalmente con miles de hombres, y estoy absolutamente convencido de que aquello a lo que más temen es al fracaso, y que lo que más les duele es tener que arrepentirse. La mayoría de los hombres no queremos fracasar ni una sola vez. Queremos dar la talla y triunfar en todo lo que intentamos. Por eso no queremos jugar si no creemos que podemos ganar. Es típico que cuando no logramos vivir según nuestras expectativas (o las de alguien más) el arrepentimiento se ponga en marcha: ojalá yo hubiera. Debí haber tenido. ¿Por qué no lo hice?

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5.3

EL COS T O C R EC IEN T E DEL A R R EPEN T IMIEN T O

L

a verdad es que muchos de los que están leyendo este libro van a enfrentar arrepentimientos muy importantes en sus vidas. Un día podrás mirar a los ojos a tu esposa (una mujer que te ha sido fiel por años, dándote hijos y sirviéndote fielmente todo el tiempo que han estado juntos) y tratar de explicarle: «No, en realidad eres suficiente. Eso no es lo que esto quiere decir. ¡Lo prometo!» mientras ella llora porque te acaba de atrapar mirando pornografía por Internet. Y querrás poder deshacer eso. O quizás tratarás de explicar algo que es inexplicable, como por qué traicionaste tus votos matrimoniales para ir tras alguna tipa de veinticuatro años en el trabajo. Tendrás que lidiar con el remordimiento de haber destrozado el corazón de una mujer que ha estado a tu lado en toda circunstancia, arrepintiéndote terriblemente por no haber expulsado a Dalila antes de que fuera demasiado tarde. O podrás estar frustrado todos los días por sentirte atrapado en una carrera que está por debajo de ti. Estarás viviendo al día, y al mirar a tus amigos te parecerá que a todos ellos les va mejor que a ti. Desearás haberte esforzado más en el colegio, haber trabajado más duro en tus trabajos anteriores, o tan solo no haberte conformado con la vida sin sentido que llevas ahora. 138

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Tal vez te lamentarás por la chica que «se te escapó». La tuviste esperando, aunque sabías que ella quería que le propusieras matrimonio. Habría sido una compañera fabulosa para ti, pero no te comprometiste. Pensarás: ¿por qué no la traté mejor, como ella merecía? ¿Por qué fui tan egoísta? Ahora estoy solo. ¿Cómo pude haber sido tan estúpido? Tal vez serás ese tipo casado que, aunque siempre fuiste fiel, dejaste que tu matrimonio se estancara, sin haber guiado a tu familia a ningún lugar importante. Por supuesto, recordabas tu aniversario y los cumpleaños de todos, matriculabas a tus hijos en colegios privados, y los llevabas al fútbol y la gimnasia. Incluso ibas a la iglesia (algunas de las veces). Pero no inspirabas a los miembros de tu familia. Nunca los desafiaste a vivir de tal modo que fueran a cambiar al mundo. Te arrepentirás simplemente porque es demasiado tarde. Quizás tu remordimiento sea más sencillo que los anteriores. Tal vez ahora mismo estés viviendo cada día tu fracaso; nadie puede verlo. Pero por dentro te duelen todas esas promesas que te mantenías haciéndote y haciendo a Dios, pero que luego rompiste. Te arrepientes del pasado. Te arrepientes del presente. Y el futuro no parece bueno. Sin embargo, debes recordar esta poderosa verdad que sencillamente es tan cierta para ti como lo fue para Sansón: el fracaso es un acontecimiento, no una persona. Toma un momento para asimilarlo. No hay manera de que falles más de lo que fracasó Sansón. Por supuesto que él mismo debió avergonzarse, pero peor que eso, defraudó a toda una nación. Traicionó sus votos y a su Señor. El ego orgulloso y los deseos egoístas del hombre lo hicieron caer una y otra vez. Sin embargo, Dios no había acabado con Sansón. «El cabello de su cabeza comenzó a crecer». Si crees que Dios utiliza únicamente a personas perfectas, entonces no has leído la Biblia. O quizás no has estado poniendo

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atención a quienes te rodean y que están influyendo cada día en este mundo. Solo una vez Dios usó a una persona perfecta. Hasta entonces y desde entonces, para todo el resto de nosotros (incluso Sansón y tú) Dios ha actuado con lo que le hayamos entregado, fuera lo que fuera. Observa cómo en Jueces 16.23–24 la Palabra de Dios crea el marco de lo que está ocurriendo: «Entonces los principales de los filisteos se juntaron para ofrecer sacrificio a Dagón su dios y para alegrarse; y dijeron: Nuestro dios entregó en nuestras manos a Sansón nuestro enemigo. Y viéndolo el pueblo, alabaron a su dios, diciendo: Nuestro dios entregó en nuestras manos a nuestro enemigo, y al destruidor de nuestra tierra, el cual había dado muerte a muchos de nosotros» (rvr1960). Esto se parece mucho a una fiesta. Una vez que encerraron a Sansón bajo llave, los principales («gobernantes») pensaron que sería divertido preparar una agradable reunión de adoración para agradecer a su dios de la cosecha, Dagón, por ayudarles finalmente a capturar a su enemigo. La imagen de Dagón era la de un cuerpo de pez con cabeza de hombre, cierta clase de dios hombre-pez. (Apesta ser filisteo, ¿verdad?) El lugar elegido fue una especie de templo, que para nosotros tal vez parecería más como un coliseo. Varias capas de asientos tipo estadio miraban hacia abajo al piso abierto donde se realizaba la acción. Enormes columnas en sitios estratégicos sostenían toda la estructura. Los historiadores especulan en cuanto a que esta estructura pudo haber contenido hasta cinco mil personas. Los filisteos adoraron a Dagón por entregarles «al destruidor de nuestra tierra, el cual había dado muerte a muchos de nosotros». Sansón les había devastado las cosechas atando ciento cincuenta pares de zorras, poniéndoles antorchas, y soltándolas. Cuando fueron luego a buscar al culpable, este agarró una quijada de burro y apaleó a mil de ellos hasta matarlos. Ya que estamos llevando la cuenta, tal vez deberíamos agregar esas otras treinta

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víctimas mortales por ese asunto sucio en Ascalón al que me gustaría llamar «incidente de la ropa de hombres muertos». Aunque para ti y para mí todo eso únicamente ocurrió un capítulo atrás, (Jueces 15), resultó en un rencor que los filisteos habían estado cargando por veinte años. En Jueces 16.25, ellos enviaron por Sansón: «Cuando ya estaban muy alegres, gritaron: “¡Saquen a Sansón para que nos divierta!” Así que sacaron a Sansón de la cárcel, y él les sirvió de diversión». Sería imposible caer más bajo. En el más profundo de los valles del fracaso que Sansón llegara a conocer, los enemigos de Dios hicieron desfilar al ciego como a un bicho raro, totalmente humillado delante de ellos. Pero la historia de Sansón aún no ha concluido. Se dice que no se puede mantener derribado a un hombre bueno. Más aun, no puede mantenerse derribado a un hombre de Dios. Incluso después de tocar fondo, el gran hombre aún conserva un espíritu de lucha, como veremos en un momento. Pero al considerar cómo había caído, habría sido comprensible que Sansón se hubiera dado por vencido: muerto por dentro, esperando únicamente que su cuerpo se recuperara. Sin embargo, siempre tenemos alternativas. Cuando enfrentamos fracasos podemos elegir entre dos respuestas: remordimiento y arrepentimiento.

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5.4

SIMPLEMENTE ALÉJATE

P

or desgracia, el remordimiento es donde muchos hombres se atascan. El peso de sus fracasos se siente devastador, y no pueden imaginarse hundiéndose más. Están listos para darse por vencidos. Saben que algo tiene que cambiar, pero sienten que es demasiado tarde. Llegan a sentirse paralizados por estos pensamientos: No debí haber hecho eso. Me siento horrible por lo que hice. Nunca compensaré todas las cosas malas que he hecho. Estos hombres almacenan sus fracasos, se preocupan por ellos, y los repasan una y otra vez en sus cabezas, un círculo interminable de vergüenza, amargura y remordimiento. Casi se sienten desvinculados de sí mismos, viendo lo que hicieron como si fuera una película. Saben cómo van a terminar las cosas, pero no pueden cambiar el canal ni dejar atrás sus errores. O a veces estos hombres interiorizan ese remordimiento: No soy bueno. No tengo futuro. Todo el mundo estaría mejor sin mí. Estos individuos no están aceptando la responsabilidad por sus acciones; se culpan a sí mismos por ser perdedores. Suponen 142

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que simplemente son así, como si pudieran hacer muy poco por cambiar el resultado de sus acciones. En cierto sentido, son mártires de la destrucción, resignados a sus maneras egoístas de hacer las cosas y al correspondiente daño colateral. Otras veces los hombres exteriorizan la negatividad, representando el papel de víctimas y culpando a otros: —Esto no hubiera sucedido si no hubieras... —¡Nunca pedí esto! —Si las personas no me hubieran presionado, yo no habría colapsado de este modo. No es bonito que hombres que se supone que sean guerreros se conviertan en quejumbrosos. Al transferir la responsabilidad, al culpar a todos los que los rodean, y al sentir pena por ellos mismos, están negándose a tomar sus propias decisiones. Se niegan a responsabilizarse de sus acciones y a comprender que esos pequeños pasos llevan siempre a alguna parte. No cabe duda de que Sansón pudo haber desviado la responsabilidad por sus acciones: —Mis padres no me prepararon para lo que yo enfrentaría en la vida. —¿Cómo iba yo a saber que Dalila me traicionaría? Yo solo estaba tratando de confiar en mi mujer. —Nadie puede soportar tanto. Ella me fastidió hasta que llegué a mi límite. ¿Qué se supone que yo debía hacer? Sin embargo, como veremos al final de la historia, este hombre experimenta un cambio de corazón. Sabe que necesita a Dios y se humilla. Finalmente está dispuesto a renunciar a su propia vida por un propósito mayor. Por lo general animo a los hombres a memorizar versículos de pasajes que hemos estado estudiando, pero tal vez haré una excepción en este caso. Si tu principal paso de acción es memorizar joyas tales como «Todos los días lo presionaba con sus palabras, y lo acosaba hasta hacerlo sentirse harto de la vida»,

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y «Si no hubieran arado con mi ternera, no habrían resuelto mi adivinanza», posiblemente habrías olvidado el punto principal. Y si citas uno de estos versículos a tu esposa, especialmente durante una discusión, no te atrevas a culparme por lo que ocurra después de eso. El remordimiento es una respuesta común al fracaso, pero hay una mucho mejor: arrepentirse. En lugar de mirar hacia tu interior o tu exterior, mira hacia arriba. En vez de atascarte, detente y luego deja que Dios te lleve a través del problema. Abandona la culpa, el remordimiento, la ira, y la autocompasión, y regresa al Señor. Arrepentirte significa reconocer tus equivocaciones y aceptar la responsabilidad: —Fue culpa mía. —He venido arrastrando esto por mucho tiempo. Pero el solo reconocimiento no te llevará muy lejos. El arrepentimiento requiere acción. «No hice lo que Dios me encomendó hacer, pero ahora voy a apartarme de lo que hice mal. Voy a volver a lo que es correcto». Si tus pasos te están llevando por la dirección equivocada, vuélvete. Eso es arrepentirse. Remordimiento es una sensación basada principalmente en la culpa (una emoción egoísta), manteniendo tu atención en el pasado. Arrepentimiento es alejarnos de lo que está mal, dejar a un lado el pasado, y enfocarnos en cambiar nuestro futuro. El remordimiento levanta un monumento emocional a nuestro pecado, luego permanece allí parado contemplándolo mientras nos sentimos mal. Arrepentirse significa apartarse ciento ochenta grados del pecado y luego alejarse de él. Con cada paso, el arrepentimiento avanza más lejos de ese pecado. Y no regresa a mirar.

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5.5

ATR ACTIVO TEX TUAL

T

odos hemos hecho cosas que quisiéramos poder deshacer. Toma mensajes de texto, por ejemplo. Una vez que haces clic en Enviar no hay manera de echarse para atrás, así que realmente debes tener cuidado con lo que dices. Viajo algunas veces por trabajo, pero Amy y yo nos mantenemos en contacto mediante mensajes de texto. Puesto que estamos casados (y solo porque estamos casados (Hebreos 13.4) a veces nos gusta incluir un pequeño cántico de amor en acción de Cantar de los Cantares, si sabes de qué estoy hablando. Un «texto caliente». Una noche mi esposa me había enviado mensajes de texto acerca de nuestros paseos juntos por una viña o algo descarado como eso, así que cuando regresé a mi alcoba como a las once de la noche le envié un mensaje diciéndole cuánto me encanta su atractivo dental: «Tus dientes son blancos como ovejas recién esquiladas y bañadas. Tu sonrisa es perfecta, cada diente hace juego con su par». Solo que el mensaje que escribí era más subido de tono que eso. Bueno, era mucho más subido de tono. Quizás incluso dije algo respecto a los colmillos de ella. (Si nunca has leído Cantar de los Cantares, no sabes lo que te estás perdiendo.) Por desgracia, casi tan pronto como hice clic en Enviar me di cuenta de que no había contestado la conversación correcta. Tenía dos conversaciones abiertas con Amy: la nuestra privada 145

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y otra con un grupo a principios del día. Acababa de enviar mi mensaje sexual a las amigas de mi esposa. ¿Has visto alguna vez ese anuncio donde el hombre envía accidentalmente un iracundo correo electrónico a Todos, luego grita y se mueve por todas partes, destruyendo las computadoras de todos? Sé exactamente cómo se sintió ese tipo. Si yo tuviera el súperpoder de la teletransportación habría arrebatado cada uno de los teléfonos de las amigas de mi esposa y los habría arrojado en el inodoro. Por desgracia, no tengo tales poderes. Así que me quedé en modo de pánico total, mirando mi teléfono, y cuando este sonó casi me da un ataque cardíaco. ¿Imaginas quién era? Intenté parecer tranquilo. —Ah, hola, nena. Simplemente estaba pensando en ti. —¿Te das cuenta? —expresó Amy con una especie de grito susurrado. —¡Sí, me doy cuenta! Nunca averiguarás lo que decía el mensaje de texto, porque durante las semanas siguientes tuvimos cenas con cada una de esas parejas en restaurantes agradables, y les pagamos la cuenta para sobornarles a fin de que mantuvieran el secreto. Tú no puedes deshacer el envío. Pero puedes arrepentirte. Vas a llegar a la horrible conclusión de que no puedes desacostarte con aquella persona con quien dormiste. Pero puedes arrepentirte. No puedes deshacer ese trato financiero deshonesto que hiciste. Pero puedes arrepentirte. No puedes desmirar lo que miraste. Pero puedes arrepentirte. No puedes deshacer la trampa en tus impuestos, pero puedes arrepentirte. No estoy hablando de algún mal sentimiento que hayas tenido porque te hayan agarrado. Hablo de una convicción profunda, seguida de acción inmediata. Puedes arrepentirte. Según veremos, Sansón finalmente recordó quién estaba destinado a ser. Dios no lo creó para entretener a sus enemigos; lo

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hizo para pelear por un propósito superior. Lo formó para pelear por algo eternamente importante. Igual pasa contigo. Dios te creó para honrarlo y glorificarlo con tu vida. Él envió a su Hijo a morir por ti, a modelar lo que significa ser un verdadero guerrero y no solo un aspirante a héroe motivado por el egoísmo. No caigas en la trampa que tu enemigo espiritual pone delante de ti: —¿No te gustaría simplemente haber... ? —Las cosas serían distintas si tan solo tú... —¿No quisieras haber tenido el valor para arriesgarte a realizar un cambio? Podrías, tendrías, deberías haberlo hecho. No lo hiciste. Pero el solo remordimiento no cambia nada. Es únicamente el arrepentimiento el que dice: «No voy a permitir que lo que hice antes me impida hacer lo que Dios quiere que haga ahora. Me estoy volviendo de mi pecado, y estoy girando hacia Dios». No puedes cambiar tu pasado, pero sí puedes cambiar tu futuro. No interiorices el fracaso. No eres lo que hiciste; eres lo que Dios dice que eres. Después de todo lo que ha pasado, Sansón finalmente comprende esta verdad. «Cuando ya estaban muy alegres, gritaron: “¡Saquen a Sansón para que nos divierta!” Así que sacaron a Sansón de la cárcel, y él les sirvió de diversión. Cuando lo pusieron de pie entre las columnas, Sansón le dijo al muchacho que lo llevaba de la mano: “Ponme donde pueda tocar las columnas que sostienen el templo, para que me pueda apoyar en ellas.” En ese momento el templo estaba lleno de hombres y mujeres; todos los jefes de los filisteos estaban allí, y en la parte alta había unos tres mil hombres y mujeres que se divertían a costa de Sansón. Entonces Sansón oró al Señor: “Oh soberano Señor, acuérdate de mí. Oh Dios, te ruego que me fortalezcas sólo una vez más”» (Jueces 16.25–28). Capta esto: nosotros somos Sansón... tú, yo y millones de

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guerreros en todo el mundo. No importa cuántas veces hayamos echado a perder las cosas, no necesitamos mil oportunidades más. Solo necesitamos una. «Oh Dios, te ruego que me fortalezcas sólo una vez más». Las fuerzas de Sansón no estaban en su cabello; este no tiene ninguna clase de poder mágico. Él le dijo a Dalila que sus fuerzas lo abandonarían si le cortaban el cabello. Pero sus fuerzas venían de Dios, no de su cabello. Sansón no parecía entender esta diferencia: su cabello no era la fuente de su fortaleza; el cabello solo era el símbolo de a quién pertenecía: al Dios a quien había hecho su voto nazareo. Cuando Sansón perdió su cabello, perdió su identidad como ungido de Dios. Cuando Sansón finalmente recordó a quién pertenecía, y rindió su autosuficiencia, atravesó una línea espiritual. Él siempre había actuado en todo con relación a sí mismo: mujeres, demostraciones de fuerza, burlas a sus enemigos. Pero como había hecho después de una victoria anterior, ahora decidió reconocer a Dios como el héroe, y no a sí mismo. «Mi Dios es el personaje principal de esta historia. Usaré todo lo que tengo y todo lo que soy para honrarlo. Solo una vez más». En la condición humillada de Sansón, para nadie representaba una amenaza. Y precisamente por eso era una amenaza. Nadie creía que hubiera algo bueno en él. Pero entonces se despojó de todo lo que quedaba de sí mismo y tuvo un momento privado con Dios, tal como es posible que tú desees hacer. Tal vez nadie crea que podrías marcar una diferencia, pero no tienen idea de lo que Dios está haciendo en ti en este momento. Algunos no creen que puedas librar alguna lucha, pero no pueden ver la fortaleza espiritual que Dios está impartiéndote. Otros creen que siempre te revolcarás en tus debilidades, pero no saben que la fortaleza de Cristo está viva en medio de tus equivocaciones. Podrías estar derribado, pero no acabado. Eres un guerrero de Dios.

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Igual que Sansón, puedes orar: «Oh soberano Señor, acuérdate de mí. Oh Dios, te ruego que me fortalezcas solo una vez más, y el resto de mi vida usaré tus fuerzas para aprovechar todo lo que me has dado para tu gloria, tu reino, y tu nombre. Por favor, concédeme una oportunidad más». Incluso en tus fracasos Dios puede lograr sus propósitos. Él es realmente así de bueno. ¿Recuerdas cuál era el propósito de Dios para la vida de Sansón? «Él comenzará a librar a Israel del poder de los filisteos» (Jueces 13.5b). Ahora veamos lo que ocurre en Jueces 16.29–30: «Luego Sansón palpó las dos columnas centrales que sostenían el templo y se apoyó contra ellas, la mano derecha sobre una y la izquierda sobre la otra. Y gritó: “¡Muera yo junto con los filisteos!” Luego empujó con toda su fuerza, y el templo se vino abajo sobre los jefes y sobre toda la gente que estaba allí. Fueron muchos más los que Sansón mató al morir, que los que había matado mientras vivía». Estos eran los jefes de los filisteos, tres mil. Todos murieron en un día. Los filisteos que Sansón había matado para quitarles la ropa solo eran tipos comunes de la calle. Los mil que mató con la quijada de asno eran soldados que habían ido a buscarlo. Pero estos tres mil eran los líderes de la nación enemiga que habían estado oprimiendo a Israel durante cuarenta años. Con solo una última ofensiva, este hombre cumplió su propósito: «Librar a Israel del poder de los filisteos». Así que no importa qué hayas hecho, Dios aún no ha terminado contigo. Pídele que te fortalezca solo una vez más. Y él podría hacer más a través de ti en el siguiente capítulo de tu vida que en todos los anteriores juntos.

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5.6

HABLEMOS DE COLUMNAS

I

ncluso en medio de tus fracasos, Dios aún te puede usar. No importa cuántas veces lo hayas estropeado todo, si no estás muerto, no estás acabado. Hay más en ti. Pero Craig, no sabes todo el caos que he creado. He cometido muchas equivocaciones. Eso únicamente añade nuevas dimensiones de redención a tu historia. Una vez que estés libre, imagínate iniciando una de estas conversaciones: —Por años fui un mentiroso compulsivo, pero entonces Dios... —Por años fui adicto a las drogas, pero entonces Dios... —Por años fui adicto a la pornografía, pero entonces Dios... —Por años fui tibio en mi fe, pero entonces Dios... —Por años despilfarré dinero, pero entonces Dios... —Por años no guié a mi familia hacia algún lugar, pero entonces Dios... Entiende esto: tu victoria brinda esperanza a otros hombres. Les ofrece una visión de cómo podrían ser las cosas. Les provee la esperanza de que ellos también puedan escapar de las tinieblas hacia la luz del Señor. Si Sansón lo hizo, tú puedes hacerlo. Y si tú puedes hacerlo, otros también pueden lograrlo. Lo mejor de 150

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todo, podrás hablar de cómo Dios hizo que aquello sucediera en tu vida. Dios no ha terminado contigo. Tú tampoco has terminado contigo. ¿Tienes algunas columnas en tu vida que deberías derribar? ¿Columnas que están sustentando lo que te ha estado gobernando, oprimiendo y atormentando? ¿Cuáles son? Ponle nombre a cada una. ¿Es el orgullo una de tus columnas? Confiesa tu debilidad: «Necesito ayuda. Estoy solo. Tengo miedo. Me siento como un fracasado. He estado haciendo algo que no quisiera hacer, pero no sé cómo dejarlo. Soy adicto. He estado mintiendo. No soy quien las personas creen que soy». Derriba esa columna de orgullo. ¿Es la ira una de tus columnas? Reconoce tu condición: «Estoy enojado con todo el mundo. Pero también estoy enojado conmigo mismo. ¿Por qué mi vida no puede ser como deseo que sea?» Derriba esa columna de ira. ¿Es la lujuria una de tus columnas? Expresa tu vulnerabilidad: «No puedo detenerme. No quiero mirar, pero lo hago. Me gustaría ser libre, pero parece que no puedo impedir que los impulsos me alcancen». Derriba esa columna de lujuria. No solo pienses en cuáles son tus columnas. Actúa. Debes escribirlas. Déjame decirte por qué. Una noche fui al supermercado a comprar fruta congelada para hacer jugo. Como se trataba de una sola misión, no me molesté en hacer una lista. Cuando llegué a casa una hora después con doscientos dólares en comida, no llevé fruta congelada. ¿Por qué? Porque soy un hombre, y los hombres deben escribir las cosas para lograr que se hagan. Ahora toma una hoja de papel y algo con qué escribir. Escribe cuáles son tus columnas. Deja un espacio después de cada una para escribir cómo vas a derribarla. No lo compliques. Mantenlo sencillo. Si quieres resultados diferentes, tienes que hacer algo diferente. Este es el momento de la verdad. Pide consejo. Obtén tu

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rehabilitación en algún lugar. Confiesa tus asuntos a hombres piadosos en tu vida... y a tu esposa. Confiésate con tu grupo pequeño. Si no tienes grupo pequeño, asiste a uno. Busca ayuda para administrar tu dinero. Visita un consejero económico. Localiza un mentor que tenga una carrera que admires. Deja de faltar a la iglesia siempre que quieras porque te quedaste levantado hasta tarde la noche anterior, porque hay un partido, porque quieres ir al lago, o por cualquier otra razón que desees inventar. Deja de ser un farsante. De todo corazón entrega tu vida a Cristo. Deja de simplemente ir a la iglesia y ser un observador. Involúcrate tú y tu familia. Marca una diferencia. Sirve. Diezma. Ofrenda. Ora. Intégrate a la vida de la iglesia. Crece espiritualmente. Deja de fingir. Haz algo diferente. Actúa. Deja de quejarte de que tu matrimonio está mal. Empieza a amar lo que debas hacer para lograr un matrimonio espectacular. Guía tu camino hacia un matrimonio centrado en Dios con la esposa que ya tienes. Cada día vuelve a recordar todas las razones por las que en primera instancia te enamoraste de ella. Comienza realmente a fijarte de nuevo en tu mujer y a observar lo asombrosa que es. Luego díselo. Ve tras ella otra vez como cuando la conociste. No pases otro día sin dedicar tiempo a tus hijos. Olvídate de ti mismo y de tu idea de cuánto dinero crees que debes conseguir. Deja de gastar tanto y recorta tu estilo de vida. Juega con tus hijos. Cuéntales historias. Monta en bicicleta con ellos. Pasa tiempo con ellos. Léeles libros y no te saltes páginas. Escúchalos. Ríe con ellos. Ora con ellos todas las noches antes de dormir y cada mañana antes de que vayan a estudiar... y cada vez que tus hijos quieran. Lo que ahora vives no durará mucho. Parpadea, y ellos se habrán ido, y habrás perdido tu oportunidad. Si no estás casado pero quieres estarlo, ve donde un buen estilista para que te haga un buen corte de cabello. Vende tu

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consola de juegos, y el tiempo que habrías pasado jugando en ella úsalo haciendo cosas que te hagan digno de los momentos de una chica piadosa: estudiar la Palabra de Dios, aprender a ser un hombre de Dios, ponerte en forma espiritual. Ingresa a un grupo de hombres con otros varones que te pidan cuentas en una norma bíblica de moral, hombres que te ayuden a moldearte dentro de la versión masculina de la mujer piadosa que siempre has esperado. Dúchate con regularidad. Cepilla tus dientes. Usa enjuague bucal y productos para el cabello. Sal de casa y habla realmente con las personas. Atrévete a participar. Cuando conozcas a una chica, ora con ella. Ábrele la puerta. Escríbele notas. Y aleja tus manazas de su cuerpo hasta que estén caminando por el pasillo el día de la boda. No te conformes con el remordimiento. Una vez que identifiques una columna, no cinceles en ella tus iniciales. Derríbala. Luego vuélvete y aléjate de los escombros. Apártate de tu pecado, y vuélvete hacia Dios. Haz algo diferente de lo que has estado haciendo. Tienes un llamado en la vida. Encuéntralo. Luego entrega todo lo que tengas para obtenerlo. «Siete veces podrá caer el justo, pero otras tantas se levantará» (Proverbios 24.16). Ahora es el momento de dejar de coquetear con Dios. Deja de patear los neumáticos espirituales y de mentirte con que un día lo buscarás realmente. Hoy es ese día. Es hora de clamarle a Jesús. Pídele que te salve. Confíale toda tu vida. Él está allí. Está aquí. Está esperándote. Entrégale la vida. Hazlo ahora. Si eres cristiano, tienes dentro de ti el poder de la resurrección. No te des por vencido. No trates tan solo de «ser un hombre más fuerte». A Satanás le agrada debilitar a hombres fuertes. Dios ama fortalecer a hombres débiles. No intentes tan solo «ser mejor hombre». Sé un hombre de Dios. Deja de tratar de contar tu historia. Empieza a contar la de él. No se trata de ti. Se trata de él. Derriba esos pilares. Muere a ti mismo de modo que puedas vivir para Dios.

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LA ORACIÓN DEL GUERRERO

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o que Sansón hizo al final fue correcto, pero también fue fácil. Lo que hizo fue dramático, pero fue fácil. Estás leyendo correctamente. Creo que en realidad es fácil para un hombre renunciar a su vida. Cada uno de nosotros tiene un héroe interior que está dispuesto a hacer eso. ¿No me crees? Imagina esto: un matón irrumpe en tu casa en medio de la noche y pone en peligro a alguno de tus seres queridos. ¿Qué haces? ¿Te lanzas por una ventana? ¡No! Saltas de tu cama en calzoncillos, agarras una lámpara o lo que tengas a la mano, y con eso le golpeas los sesos. Vas a detener a ese intruso, o mueres en el intento. No titubearías. Darías tu vida por alguien a quien amas. Dar tu vida una sola vez es fácil. ¿Sabes qué es difícil? Dar tu vida diariamente. Pablo manifestó: «Cada día muero» (1 Corintios 15.31). Los verdaderos hombres entregan sus vidas a diario. El mundo aún tiene que ver lo que Dios hará a través de un hombre que le haya rendido el corazón. Sé que podrías sentirte que te has descalificado de esa oportunidad. Conozco tal sensación. ¿Piensas que Satanás no me dice eso todo el tiempo? «¿Quién te crees que eres llamándote pastor con tu ego confundido? 154

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Perseguiste muchachos adolescentes porque te hicieron señas con el dedo. Llevabas a tus hijos en el auto. Cuentas chistes inapropiados como si fueras un muchacho de colegio... en tu libro cristiano acerca de Sansón. Enviaste mensajes indecentes de texto al grupo de estudio bíblico de tu esposa, por amor de Dios». El remordimiento anula el arrepentimiento como un cerdo que se revuelca en el fango. —Yo no debería haber... —Yo no... —Ojalá yo hubiera... Pero eso no cambia nada. Aquello no es lo que vas a hacer. Ya no más. Incluso después de todo lo que has hecho (por terrible, aterrador, secreto y ofensivo que sea) tu Padre quiere perdonarte. Él te ama. Te hizo para que tuvieras un corazón de guerrero como el suyo. Si estás tomando en serio lo de pelear la batalla justa, entonces debes depender de Dios. ¿Te atreverías a hacer esta oración conmigo? Dios, lo siento mucho. He estado viviendo para mí mismo. He hecho que todo tenga que ver conmigo. He estado tratando de ser el héroe de mi propia historia. He estado despilfarrando los dones que me obsequiaste. Aunque he usado tus dones, he tratado de usarlos para provecho egoísta. Esa fue mi decisión y mi culpa. Acepto la responsabilidad por todo lo que he hecho. Me arrepiento, Señor. Perdóname por favor. Tú prometiste en tu Palabra que si confieso mis pecados, tú serás fiel y justo, me perdonarás mis pecados y me limpiarás de toda maldad. Recuérdame, Dios. Muéstrame todas las columnas en mi vida, las cosas que me han impedido ser un hombre para ti. Luego concédeme por favor la fortaleza para derribarlas. Mi vida ya no se trata de mí. Te rindo mi corazón, Señor. Quiero ser tu hombre, que cuenta tu historia. Tu Palabra dice que me adoptaste como tu hijo. Gracias porque no soy lo que yo haya hecho, sino

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lo que afirmas que soy. Por favor, haz que mi vida exterior muestre a otras personas que soy un hombre tuyo. Padre, enséñame cómo vivir en una manera que te agrade, de modo que te traiga la gloria que solo tú mereces. Muéstrame cómo ser el hombre que quieres que yo sea. Soy tu hombre. Muéstrale a este mundo lo que harás por medio de mí. Heme aquí, Señor. Envíame. Usa mi vida como mejor te parezca. Muéstrame qué batallas pelear. Soy tu hombre. Muchas gracias por todas las maneras en que me vas a usar para cumplir tus propósitos en este mundo. Gracias por hacerme un guerrero. En el nombre de Jesús, amén. Si haces esa oración en serio, puedo prometerte que el acto de fe que provocó el fin de la vida de Sansón se puede convertir, por medio de Cristo, en el principio de tu nueva vida. No tienes que tocar fondo para derribar las columnas de orgullo o lujuria, y que hacen que te creas con derechos. No tienes que fingir ser más fuerte de lo que eres. Solo tienes que ser el hombre que Dios tuvo en mente al formarte. Su amado hijo. Su guerrero.

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RECONOCIMIENTOS

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racias a todos mis amigos por su ayuda con este libro. Este no sería lo que es sin todos ustedes. Estoy especialmente agradecido a: Dudley Delffs: Eres un guerrero con palabras. Gracias por guardarme la espalda. Siempre he guardado la tuya. Tom Dean, Tracy Danz, Brian Phipps, John Raymond, y todo el equipo de Zondervan: Me siento honrado de trabajar con todos ustedes. Brannon Golden: Eres el ninja de la corrección. Tom Winters: Gracias por «pelear» por el libro de los hombres. Lori Tapp: Gracias por ser una estrella local de rock. Pastor Steven Furtick, Brandon Donaldson, Adrianne Manning: Gracias por sus valiosos comentarios y sugerencias. Ustedes influyen en gran manera. Catie, Mandy, Anna, Sam, Stephen, Joy: ¡Ningún papá está más orgulloso de sus hijos de lo que yo estoy! Amy: Eres el amor de mi vida. Envejezcamos juntos.

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Nos agradar铆a recibir noticias suyas. Por favor, env铆e sus comentarios sobre este libro a la direcci贸n que aparece a continuaci贸n. Muchas gracias.

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Pelea craig groeschel  
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