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GREGORIO GONZÁLEZ PERLADO

LOS ESCARPES DE LA EDAD


He aprendido a reconocer mi edad mediante los

pasos. Mido la distancia entre dos puntos, la recorro

andando y calculo el tiempo que transcurre.

Ayer, veinte minutos; hoy, veintiún minutos.

Tengo un día más. Cuando llegue a dos horas,

contaré otro año. Mis pasos se lentifican

y me recreo en ello: el curso del tiempo.

Camille Claudel ‘La edad madura’


Fruto del Edén Infancia de amor y chocolate por la tarde,

en medio de la más hermosa nada.

Recuerdo de un tiempo de cerezas

dispersas por las surcos de la dicha. De cuanto pasó entre nosotros,

de cuanto vivimos sin comprender la rotación de los astros, la noche repentina,

restan exclusivamente los aromas

[jazmín entre los labios, madreselva en primavera],

permanecen tan sólo los sabores

[limón y mermelada, ámbar de la vida].

Así transcurrió todo, el placer entre los álamos, la primera pasión bajo las acacias,

el efímero roce de unos muslos en el mirador de las sombras.

Más tarde, cuando nos alcanzó la madurez sin apenas darnos cuenta,

extraviamos los ensueños para acoplar el tiempo a nuestra razón y a la lógica.

Los cuantiosos años que hemos vivido desde entonces se nos revelan yuxtapuestos;

en consecuencia, imprecisos e incapaces

de disociar la libertad del acatamiento, el arrebato de la cautela.


Y ahora, de súbito,

escribimos a mitad del sobresalto y el descuido,

pues cuanto el tiempo enseña, la vehemencia desbarata:

repentinamente, la vida discurre como un río indomable,

aguas que renuncian a su cauce para inundar los vedados donde mora el incontenible fruto delicioso, árbol del Edén, seducción invicta.

Escribimos a mitad de la zozobra y el quebranto,

lejana ya la juventud, arraigada la madurez profunda,

horadada por datos, signos, quehaceres, permanencias… cotidianeidad enojosa que se impuso a la utopía

sin saborearla apenas.

Y al cabo, cuando durante tantos años todo ha persistido cabalmente dispuesto en nuestras estancias,

ordenado y pulcro,

ahora que la edad registra y delata

incluso nuestros pliegues más insignificantes,

volvemos a escribir de un tiempo de cerezas,

agrandamos el horizonte y fortalecemos las palabras

como si realmente nada hubiera sucedido desde ayer. Provocamos a los calendarios,

recuperamos los días transcurridos


y nos ataviamos con el empeño que enajena

los aromas y sabores de otro tiempo.

Si algo marca el rumbo de la vida es, sin duda, el deseo.

Por él contemplamos una y otra vez los paisajes luminosos, disfrutamos los rostros de unos pocos y colmamos nuestros días

con el sonido de sus silencios y sus ecos. Recordamos y olvidamos, pues vivimos para envejecer,

nunca a la inversa.

Nuestros cuerpos se arropan con sombras indecisas

y nuestra memoria se quebranta junto al paso de los años,

pero el afán permanece acuñado en las entrañas,

imperceptible a veces,

descuidado y solitario, prudente y sosegado.

Aun en ese trance, el deseo marca el rumbo de la vida. Las palabras reclaman la pervivencia de la belleza, pero no conciernen al tiempo los anhelos,

sino a la estrechez del instante,

al esplendor intempestivo que, por serlo,

luce con el doble de intensidad, deslumbra y arrebata. Nace y muere en la brevedad, como nosotros,


pues somos un destello en el cosmos, polvo de estrellas. Conscientes de nuestra fugacidad,

más deseamos cuanto más vivimos:

no habríamos de morir

con el estigma de un ansia no consumado.

Si los años sucedieran en proporción indirecta a nuestros gozos, deberíamos contarlos a la inversa,

regresar desde la profunda madurez

hasta la juventud incompleta, vivir de nuevo. Recomponer los calendarios con propósitos

que se han desvanecido entre la prudencia de la edad.

Recuperar las estaciones transcurridas y los cuerpos codiciados que ahora sólo conocen nuestro nombre.

Entonces nunca sería cierto, sin embargo,

que ese entusiasmo fuera impropio.


Soledad expresa por voluntad madura Aquel hombre que alcanzó la madurez hace tanto tiempo

que su memoria se extravía en las calendas,

con el que topáis cada mañana tras rebasar la puerta de los oficios

o al que saludáis con afecto cada tarde, aquél que esboza una sonrisa

o propone una sonsera para aliviar esfuerzos,

el que comparte con vosotros los espacios,

con el que distribuís los empeños en las alacenas del ingenio,

los proyectos que se os figuran imposibles, aquél es un hombre solitario.

Sereno en sus modos,

ingenuo en sus credos, solícito en las demandas,

acostumbra a secretear su desazón frente al espejo

y a buscarse en la refracción de su mirada.

Habita su soledad expresa por voluntad madura y de ella recibe el fundamento de ser,

la sinrazón de la congruencia, la concordia, el intermitente placer de estar vivo.

Aquel hombre cotidiano entre vosotros

[tan circunspecto en ocasiones, tan aparentemente formal algunas veces]


hubo un tiempo en el que trenzó los senderos de la incertidumbre, modificó sus rutas con estelas de sangre,

con el lance de mudanzas que a difícil puerto condujo,

cuando corrigió los cálculos y rectificó los mapas;

un tiempo en el que seres pertenecientes a una raza de hierro

le propusieron artimañas

que dispersaban sus certidumbres

como el óleo entre la porosidad de la piedra.

Aquel hombre, hoy cotidiano entre vosotros,

se entristeció a diario con sus vaivenes, pero resistió el oleaje para recalar al cabo en una playa solitaria.

Alcanzó a preservar su dignidad.

Pero años después, acaso en este tiempo que escribo,

cuando la edad ha templado sus pericias

y la ponderación los vestigios de sus heridas, cuando aquella raza de hierro ha prescrito [sus voces y sus mandamientos],

otra casta y otras tribus le acechan, le conminan a la mentira,

a descomponer el orden de su universo con ardides y mandatos. Vosotros que compartís ahora con él los espacios periódicos,

los oficios y proyectos,


habréis de ser los primeros en recibir la mala nueva:

aquel hombre ha perdido una batalla. Para él la dignidad ha sido,

como para Cyrano en la hora de su muerte, la blanca pluma de su penacho.

Y a él, como al poeta-soldado de Rostand,

le han osado “arrancar sus laureles y sus rosas”, incluso “la corona que siempre llevó consigo”.

Ahora, como un Cyrano agonizante ante Roxana,

conoce a sus enemigos.

Decencia, respeto u orgullo,

la dignidad no habría de descuidarse

ni en el instante más flaco de constancias, ni en el amor, ni en la guerra,

ni en los días de grisura en las entrañas,

ni ante el contrincante imperativo en sus voces y ordenanzas.

La dignidad es un atributo irrenunciable y, sin embargo, es acervo tan escaso

como preciada su posesión para los que, como Cyrano,

saludan a la muerte “barriendo las estrellas

del umbral azul para mostrar algo sin mancha”.


Aquel hombre con el que topáis cada mañana en pasillos y estancias cotidianas ya no es el mismo de ayer

ni con certeza es semejante al de hace años,

pero su edad discierne las pruebas falaces recibidas

y su tiempo le asigna la tarea

del lento reencuentro con su estima.

Si ha perdido una batalla -y su rostro lo delata-,

la soledad ha de serle salvaguardia de escaramuzas venideras,

que acechan siempre, feroces, codiciosas.

Volverá a compartir con vuestros días sus ingenios y su empeño, sus proyectos y sus descuidos. Reservará las cicatrices

para secretearlas frente al espejo de su casa. “El tiempo, si quiere, concede tiempo”. * Habréis de ser pacientes.

Aquel hombre aún entiende que olvidando se encuentra, que amando es posible ser amado. Todavía.

* [Fátima Enjuto]


Escribir contra el olvido El instante en que Sísifo se desprende de su roca,

antes de que alcance la cima de la montaña infernal,

y observa cómo se desploma por la ladera

es la más notable significación del castigo. Ese instante. La fugacidad inesperada.

Sin haber sido capaz de alcanzar lo más alto,

Sísifo observa la caída, sabedor de que su condena

es bajar tras ella para procurar, con sudor y sangre, devolverla a la cumbre. Y en ese empeño

habrá de revivir el momento en que la piedra,

símbolo de su mortificación,

se desprenda nuevamente de sus manos:

brevísimo tiempo que ha de ser para él la representación

suprema de la vaciedad.

Imaginémoslo así:

nada le atañe en ese segundo crítico, pues nada posee, ni honor, ni hacienda, ni visado. Expiación inevitable.

¿Cómo valerse de su autoridad en el vacío? Este dilema descompone su juicio.

La inculpación existe como el pedernal sobre la ladera, acosa a su memoria en ascenso y descenso zodiacales; en consecuencia,

¿cómo regresar sin deshonra desde el infierno hasta el claroscuro?


Sísifo habita el Averno por avaro y mentiroso:

recurrió a medios ilícitos, entre los que se contaba el engaño y posterior asesinato de viajeros y caminantes,

para incrementar su riqueza.

Sísifo es el disco del Sol que sale cada mañana

y después se hunde bajo el horizonte.

La personificación de las olas subiendo hasta cierta altura y entonces cayendo bruscamente.

Representa la traición a la majestuosidad del mar.

Albert Camus escribió que “en ese instante

en que el hombre vuelve sobre su propia vida, como Sísifo vuelve hacia su roca,

contempla esa serie de actos desvinculados

que se convierte en destino, creado por él; unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte.

Así, persuadido del origen enteramente humano

de todo lo que es humano, está siempre en marcha. La roca sigue rodando”. Su castigo.

Sin embargo, la desolación persiste.

El hombre, cargado de culpa, debería aborrecer sus actos


y rodar ladera abajo en busca de la roca

que volvería a hacerle dependiente incluso de su castigo. Reflexionar en torno a cuanto se ha escabullido

de sus argucias, de sus desmanes y tener la certeza de que ello no será causa de su gozo. Inmolarse en la penitencia,

incapaz de prescindir del instante de vaciedad

-esclavo de sus actos- y encarar el precipicio. Su tormento. En el Averno, Sísifo comparte la oscuridad

con el recuento de sus errores, pero la memoria atormentada

le resulta más poderosa que el Hades.

Y entonces el futuro se extingue a su mirada,

sepultado en la vergüenza.

Si acaso pudiera dormir ahora, al despertar apenas

recordaría su nombre, pero sí sus sueños,

que narraría a gritos bajo la oquedad de su caverna,

sueños fútiles como el eco que su caducidad les otorga,

pavorosos como su propia condena: extinguirse en la negrura. Porque en sus sueños se engendra su castigo.

Sancionado por lo cierto, Sísifo arroja su enseña sobre el lodo,

sus corazas y blindajes, mientras su sombra arqueada


se difumina por la oscura senda

donde crecen altas hierbas sin destino:

su debilidad era su sentido de la superioridad.

Errático, factor de un tiempo de lo falso, su tiempo,

Sísifo es un ficticio visionario:

ha contemplado en la superficie del río Estigia el reflejo de su futuro y ha echado a andar sobre las aguas del Flegetonte.

Previsiblemente, perderá su alma en el intento.

[Ahora, permitidme una vasta lejanía con el mito.

Suspendo mi mano sobre la línea del cuaderno

en el que escribo, recupero la armonía y busco,

bajo el velo del pretérito, la salvación en el verbo.

Escribir es una manera de actuar contra el olvido].


Reposado en los años, ágil en el pensamiento A veces no es sencillo caminar por la noche desordenada,

contar los pasos sobre las cuadrículas de una acera angosta, cruzar una calle para escapar de esa clase de música

que nunca se confunde en el silencio,

recién evadido del estruendo de un bar

donde las voces se disipan antes de que alcancen los oídos. A veces no es sencillo comprender la razón de la noche, ni la palabra que la noche

[y el arrebato, y el alcohol, y el desvarío]

ha sido capaz de pronunciar sin el menor recato. Cuando desertas de la compañía espontánea,

de ciertos amigos, del ruido, de las copas, y te enfrentas a la calle deshabitada

con la vista incrustada en el horizonte -lejano, gris, desnudo, solo-,

asumes el curso del tiempo sobre tu cuerpo levemente inclinado, mientras bulle en tu cerebro la palabra injusta,

la expresión intempestiva, el adjetivo más inesperado [anciano]

aplicado a ti mismo por quien supusiste próxima en conceptos,

adyacente en la idea, por quien imaginaste diestra en la certeza de que, si la carne se repliega, la inteligencia no envejece.


Escapado de las voces, abres los ojos a la noche desmadejada,

a la concreción del silencio, a la soledad,

que se torna incómoda y en la que no te reconoces. Cruzas la puerta de tu casa, una luz,

dos tramos de escalera, el sonido de los pasos

sobre el suelo de madera.

Cuelgas lentamente la chaqueta en un armario,

te descalzas.

Recorre la estancia tu mirada, sin mirar apenas,

un cuadro en la pared, tu cuaderno en la mesilla,

unas gafas de vista cansada, un reloj, una cama tan ancha como solitaria.

Abandonas discretamente el dormitorio, otra luz, el aseo, un espejo:

tu estampa en su cristal. Ahora sí te reconoces. Diez pasos más allá

alcanzas el sillón almohadillado del estudio,

lo ocupas y lo giras para afrontar la mesa de trabajo,

libros, folios, películas, tu colección de plumas antiguas

y, a la derecha, la pantalla del ordenador.

Aprietas un botón y aguardas con la vista en la ventana, cortinas abiertas, persiana alzada, oscura madrugada.


El monitor te avisa de que todo está dispuesto.

Posas tus manos sobre el teclado, conectas el correo,

apuntas una dirección electrónica y, más abajo, escribes: “Mi gozo de niño con zapatos nuevos era tan insondable como mi emoción por un periodo que hice tan nuestro que, crédulo, supuse compartir con vosotros en tiempo y en espacio.

Acepto. Entiendo. Sea.”

Acaban de jugar con los últimos rasgos de tu ingenuidad. Tras una corta partida, han salido victoriosos, pero sabes que no era preciso ese envite, porque ahora te inquieta tropezar

con aquellos que todavía te aman sin preguntar nada.

Y en esta madrugada, aposentado en un hogar estrictamente tuyo,

reposado en los años, ágil en el pensamiento,

giras la mano izquierda hacia el cigarro y lo aspiras

[fumas con exceso cuando escribes, expulsas humo y problemas por la boca que estorban

al normal funcionamiento del organismo, ambos].

Luego desocupas la mirada y alzas el cuerpo del asiento. Tras colocar delicadamente el sillón

diez centímetros debajo de la mesa das unos pasos,


cruzas la puerta y encaras el dormitorio.

Recuestas tu inteligencia en el lecho clandestino.

Mañana habrás abandonado la borrachera de pronombres y el corazón, inapelable, volverá a ser un órgano contraído y dilatado por la sangre que le anima.

Pero ahora, envuelto en el futuro que tuviste, te invitas al descuido.


El vigilante Habita una isla en el lugar más extremo de la Tierra.

No conoce la felicidad, pero acepta la fortuna,

el encanto de lo fértil, excedido en la sombra de lo mágico.

Sabe que vivir es perdurar, lo cierto, lo absoluto

en el silencio que precede a la pureza del éxtasis.

Penetra en la luz seducido por un sueño,

por la revelación de lo perfecto, por la razón de la armonía;

un sueño en el que circula por corredores sin retorno, perturbado por el lienzo azul de una mirada.

Acaricia lo absoluto junto al arrecife asaltado por el estallido del oleaje.

En el mínimo espacio concedido por el tiempo,

sacia lentamente su entusiasmo. Y concibe un espejismo.

Orienta cada día la ruta de los barcos

desde el prodigioso faro en el que mora.

Observa y atiende sus destinos, aunque nunca los alcance. Delicado, sutil e idealista, el vigilante ama lo vedado, lo que no puede ser.

Por la noche, mientras alimenta con óleos

el resplandor de la atalaya,

medita sobre el origen de su bienestar, sobre la embriaguez de su inteligencia


ante la firmeza de un rostro delineado en el horizonte,

auténtico e inalcanzable.

Duerme solitario como la flor del arándano.

De madrugada concluye que la libertad

es compatible con la ausencia.

En la primera luz de la mañana

su mirada recorre los indicios de los años sobre su cuerpo, iluminado por la exuberancia de la primavera:

ha visto demasiado el mar y codiciado demasiado el paraíso.

Despojado de su lecho, hace frío.

Recoge el jergón, dispone la sábana y abre la ventana:

sólo el aire y la efervescencia de las olas topan con su rostro. El resto es silencio en esta isla asentada en el lugar más extremo de la Tierra.

El vigilante cruza el umbral de su casa

y afronta el camino cotidiano que le conducirá a lo fecundo,

a la sombra de lo mágico donde recala cada día.

Pulso cardinal en el que, transeúnte, amará a contratiempo.

Presagio de espejismos.

Puesto que donde existe la luz crece la sombra, donde se descifra el enigma penetra el tiempo,


el vigilante ha dispuesto sus días junto al faro abdicando de la tristeza,

desnudando la oscuridad contenida en el paisaje.

Recorre los jardines de la ínsula fecunda

como un niño con cabás, vistiendo racimos de prodigios, hacinando palabras en la comisura de sus labios, vocablos con los que tejer certidumbres

que sustenten el rumbo de las naves, el destino de sus rutas,

aunque nunca las alcance.

Si tropieza al ubicar una ciudad en el mapa, si su desliz colma la rosa de los vientos,

el vigilante solicita un armisticio a los ecos del descuido y asume su inconsciencia, fruta temprana.

En el crepúsculo se encarama al farallón

y observa cómo el azul se extiende más allá del día

y las olas se convierten en un enjambre de milagros, en un vértigo de caricias

bajo el horizonte inflamado por el Sol.

Sabe entonces que nadie habría de morir lejos del mar, condenado a su ausencia

sin haber sido poseído por el ímpetu del deseo.


Cuando acontece la oscuridad por las paredes del ambigú,

el vigilante prende un día más los óleos que iluminarán a los navegantes,

desciende del faro y sale a la noche.

Entonces, una mano firme se acerca hasta su rostro y tres dedos serenos halagan su barbilla,

mientras una voz sólida y afable le declara:

“Yo te quiero”.

Como si persistiese una ola sobre la cresta de una roca, el vigilante se conturba

para ofrecerle la más audaz de las respuestas,

pero calla.

En consecuencia, aposenta la mirada

sobre el vestigio de sus años:

vivir es perdurar, lo cierto, lo absoluto.

Consciente del ensueño, alza la vista y se aleja senda abajo, noche entrada, sin ruido. Acepta el espejismo.


Fruto prohibido Medimos el tiempo con la precisión de la luz.

Sábado, dos nubes con la configuración de tu contorno [casi puro, ligeramente curvilíneo]

se aproximan al Sol. Y me extraño.

Ni una brizna de aire. El tiempo, precisión de la luz y, sin embargo, todo se me presenta

tibiamente claroscuro en tu ausencia. He andado muchos caminos sin conocerte, sin saber que me llevarían hasta ti,

pero comprendo ahora tu apariencia

de fruto prohibido a mi tacto,

ése que me canta y cuenta aterciopeladamente Cesária Évora. Y ahora tú. Tan a destiempo.

Tan imprecisa, descompuesta ante mi edad. Ocupada en otras ansias,

aferrada a personas que se me antojan extranjeras.

Y ahora tu voz dulce, tu mirada azul detrás de los cristales, verde sin ellos, profunda.

Tu carácter de cuarzo, tus decisiones diamantinas en las que yo no me encuentro.


Me refugié en esta pequeña ciudad

para acoplarme a la vida,

para medir el tiempo con la precisión de la luz, vivir privilegiado por un trabajo noble,

para crear y ser creado por las estaciones.

Regresé a la lectura, al cine, a la escritura. Me acomodé entre los días con la certeza

de que era éste el ámbito que había buscado

para el último tercio de mi vida,

agotado ya de tener lo que no quería y querer lo que no tenía.

En este refugio provinciano acepté la paz,

gocé con el sosiego, recuperé la confianza. Pero ahora tú.

No acierto a imaginarme sin ti.

Fruto prohibido por la edad.


Proa contra quilla Te hablo frente a tu mesa de trabajo

y “me miras como si tuvieras una astilla en cada ojo” * desde una isla de vaciedad, con desafecto.

Pero cuando te contemples en el espejo y un océano

de pájaros perdidos atraviese el cielo de tu frente,

relámpagos de permanencias

acunarán tu cuerpo de estrellas y candiles.

Se posará el arco iris sobre tu cabello para que rememores el pasado,

te posesiones de él y me reencuentres. Como antes. Sábado, día borroso en el que todo permanece en la carencia,

en el que el verbo precede al nombre

cuando recuerdo tu reciente enfrentamiento con mi pulso,

proa contra quilla,

madrugada de pérdida y conquista de las formas, los ecos y las voces.

Sábado, enumeración de la ausencia.

En el descampado que se divisa tras el balcón, un perro ladra, un gato se eriza,

* [Federico García Lorca]


dos niños se encaraman a un altar de escombros. No lejos, ventanas abiertas a la primavera,

una mujer se envanece al sol;

sin ceremonia, aparenta estar ajena a mis gestos,

pero su voluptuosidad delata mi presencia. Fruto prohibido.

Al observarla, alzado del silencio, consciente,

pero a pie forzado mientras fumo tras el balcón,

evoco un poema de mis libros:

“Oh señora que desperezas el sueño

cuando mis dedos buscan las sortijas de tu pubis, nada puedes contra mi verso,

oh mi cortesana,

pues ¿quién ha de domeñar a aquél que bien ha amado?”. Eres una figura velada sobre esta pequeña ciudad,

suscitas la pudicia floral de los sentidos

a los anónimos paseantes de tus rondas.

La delicadeza procede del aire que respiras, das cuerpo a la noche, aroma a los jardines,

curso al río, enjambres de mimosas a sus márgenes,

lindes a los senderos por donde transita tu abundancia. Cultivas el amor en ceñidos invernáculos,


cubierto por una volátil sementera.

Así es tu vida: pasiones duplicadas, gravidez de la opulencia sometida al ciclo irrenunciable de la lógica.

Cultivas el amor temiendo el sobresalto de la vida:

tu morada omite cualquier signo

que delate su presencia en esta pequeña ciudad,

por eso atajas los sonidos de los cuerpos que cruzan taciturnos las aceras.

Así es tu vida, piensas.

Imagino cuánto amas lo traslúcido en tus manos,

imagino cuánto gozas con los paisajes y avenidas

que la historia justifica. La hojarasca en otoño,

los regalos de luz que ofrece la luciérnaga.

Las sendas de buganvillas cuando les alcanza la suave lluvia

y se extravían las normas, cuando se repliegan calendarios

y cierran invernáculos para que nada permanezca en la carencia. Pues “que no hay sin ti el vivir para qué sea”, * ignora la tormenta de ese nombre

que habita en tus sienes, prisionero.

Y vuelve a tu sonrisa, a tus lisonjas, a la refracción de tu cuerpo

* [Garcilaso de la Vega]


sobre el río; aunque la memoria elija sus descuidos,

vuelve hacia ti, permanece.

Porque regresarte es lo diáfano, el vástago de luz,

la heredad del consuelo, escorzo de luz rasgando el ventanal donde converge el pacto con tu entorno.

Tú, que detestas el olvido, la estabilidad y la certeza,

precede a tu ternura. Ama.


Harmonía [A veces el alma se descuida y te deja un pedacito de alegría]

[Mario Benedetti]

Últimos días de mayo.

El recuerdo se mide en planos de agua perpendiculares al aire:

llueve y escribo.

Sobre ti, once años paridos uno a uno;

me enternece la memoria de tus gestos,

la sombra de una silla abandonada con los años

donde acomodaste tu cuerpo.

Tú de ayer, efímero, volátil, capaz de sobrevivir al diluvio y de devorar los tiempos de sequía con una manzana entre los labios.

Tú me conmueves medio siglo después en cada rincón de esta pequeña ciudad extranjera que no conociste. Me perturban tu razón y tu recuerdo, inteligencia y memoria,

el enjambre de tu inocencia ignorada por la lluvia,

tu pasión por la tierra recién humedecida en primavera. Cae la luz sobre la ciudad sin nombre en que ahora habito. Mientras el enésimo cigarro de este día arde en los labios, sueño con quien fue cuerpo de mi cuerpo,


y mientras se desliza la noche por los resquicios de los balcones repito con añoranza los gestos que tuve,

los rituales cariñosos en el teatro infantil de guiñoles y fanfarrias.

Abordo a la noche encarando la magia de una infancia bajo el agua

en los veranos de tierras prometidas,

en el mirador de luz desde el que divisaba paisajes ignorados. Agostada la hierba que cubrió nuestros senderos, cincuenta años después

tú regresas a ellos en el equinoccio de las formas

y me alientas a la escritura,

como homenaje contenido a aquellas estaciones de Harmonía

en que exististe aprendiendo a madurar en estanques circulares,

bajo la sombra de albaricoqueros y acacias. En aquel lugar desertaste del tiempo,

conociste el pecado y te satisfizo:

creciste tan lejos de las normas que tu cuerpo se resistió a aceptar la existencia del castigo. Y todavía se resiste.

El sueño se extiende más allá de la lluvia de mayo. Fuera de él te desconozco.

Y tú, con tus once años paridos uno a uno,


pretendes que lo persiga como a una mujer que, desnuda,

escapa de mi boca antes del amor.

Precisamente ahora que llueve sin razón

y el silencio se apresa de las calles inhóspitas

que extravían la Historia, propensas al olvido,

pues el tiempo habla en voz baja.

“Nada puede conservarse tal y como se deja, sólo podemos esperar que quien nos ama

guarde nuestras cosas con cariño”, dijo Katharine Hepburn a Spencer Tracy en ‘La llama sa-

grada’. “Y nuestras locuras y fracasos, también”, respondió Tracy. En consecuencia,

yo te conservo en lo más profundo de mi sombra,

porque fuiste el hogar donde reposaban las llanuras,

el solsticio de las voces pasajeras,

la infancia iluminada por la seducción de lo desconocido, irradiado por el último verso de la invisible memoria: “Durer n’est rien, mais se survivre…”.

Aunque todavía me distraiga ver arder al verano, el tiempo ya no es mío.

Años después, acaso pudieron nacer las horas

ante tu primer libro de poemas urdido en el lenguaje,


ante el primer amor que conoció tu cuerpo en el último verano no existido.

Acaso ante la intransigencia de las palabras,

como la herida donde perdura el dolor,

como la soledad de un sendero nocturno.

¿En qué lugar permanece la conciencia del pasado?

¿las mesetas de la memoria, aquellas tardes

en que a punto estuviste de mencionar al futuro por su nombre? Existo aprendiendo a no volver,

pero escucho todavía el reloj de agua,

la fuente de piedra,

el jardín de aligustre y hierbabuena,

la alameda de estatuas,

los arquitrabes del cielo,

los surcos de heno y de rocío, el aroma del membrillero.

Mi país.

Escucho todavía

los pasos en la senda de adelfas,

donde tan sólo el viento transporta el recuerdo de mi infancia y en la que quedó registrada la paz y el motín de inocencias. Mi país, al que nunca he de volver.


Minotauro atezado por el sol A dónde iréis.

En qué lugar recogerán vuestros esfuerzos,

devorados por el rojo pompeyano y el laurel.

Qué nuevo país será amparo de desengaños,

descanso a vuestras manos cruzadas por lo incierto. En dónde crecerá vuestra memoria del pretérito.

Confundida la libertad,

derivado el amor hacia la carencia,

será remoto este lugar en que exististeis creciendo hacia la gloria.

Dónde deponer la tiranía que amordaza vuestros prados,

vuestros juicios: tren de la emoción asaltado por el minotauro;

vuestra inteligencia, recinto inexpugnable a sortilegios que hoy surge sonora ante la historia.

Engañada la libertad en la contienda, dónde conducir el ingenio,

en qué destino culminar los esplendores de un abrazo rescatado, la ternura de los ritos en los cauces,

el concilio de cigüeñas sobrevolando a la piedra

desde el cielo brumoso del crepúsculo.

No es posible sobrevivir en el naufragio, exculpar la desmesura,


declinar el parapeto de la herida

en tránsito a un incierto país de turbulencias

en el que nunca habrán de ser vuestros rostros alud de soledades, vuestros labios comisura de silencio a los presagios, vuestros ojos mil arcos de calvarios

y el pequeño hogar donde zozobréis,

avaricia del recuerdo, pero nunca desdeñado.

A dónde iréis, aceptada la pérdida,

prendida la luz que desveló la evidencia de la marcha,

qué país recordará en adelante las celosías

donde hurtasteis al enemigo sus desmanes,

en penumbra de astucias

templadas a nuestra hermandad en las estancias.

Cómo describir el quebranto,

sentir la presencia de la libertad en el eco de lo híbrido, en la tibieza de una geografía sin rebozo, en la indignidad del exilio,

en el simulacro de amor

sobre el que ahora vuestros cuerpos se derraman. A dónde irán vuestros abrazos devorados por la nostalgia,

las máscaras recíprocas que esconden las cenizas del pasado.


Desconcertada libertad,

calvario de distancias,

morada de naufragios,

recinto inaccesible a sortilegios. Hubo un tiempo en que creísteis en el propósito y la belleza entonces creció en vuestro cuerpo.

Os mezclasteis con el reflejo sedentario de los frontis, con la virginidad de las candilejas

que sumergían sus luces en la piedra,

con el sonido de los dramas que, a la orilla del vergel,

destinaban su tiempo a cubrir gradas y orquestas. Fueron vuestras las gracias, pero efímeras,

pues un minotauro atezado por el sol

persuadió al destino contra vuestra imaginación,

precipitó la lluvia de fuego sobre lo diáfano,

exhortó al maligno contra vuestros actos,

provocó a los idiomas,

los torrentes, las fronteras y el exilio. Acallando a los regatos,

osó instaurar la monocromía en vuestra mirada, esterilizó los bieldos, los trigales,

el pan ácimo y la quietud del sueño.


A dónde iréis desarraigados por su vileza, qué país será llanura a vuestras ansias,

desvelo a vuestro aliento,

reaparición de la libertad.

Viviréis en adelante sin teúrgias,

impulsados por los dioses a la inconsistencia de otros diezmos.

Pues sentiréis imprescindible la partida hacia otros crepúsculos, saldrán de vuestros labios las palabras precisas para herir al silencio y alumbrar al tiempo, como si nunca hubierais estado aquí,

como si vuestros nombres justificaran la historia aún no escrita. Pero ahora exhumáis la emoción,

único viaje que resiste a su vesania.

Último consuelo que, a modo de ofrenda,

percibís esta noche en que os condenan al éxodo.

Será preciso ensalzar vuestros rostros allí donde nadie conozca los idiomas,

donde gastéis láudano

para extraviar vuestro sueño en otras olas,

donde disipéis los escarpes de un espacio lancinante. Porque vosotros hicisteis posible la aventura en un tiempo irrepetible.


La paz, por fin y al cabo Aposentado con delicadeza frente al cuaderno

que en aquel año de luces recibiste en un cumplenadas,

te ofreces al recuerdo sereno.

Abierto, holgado, confortable con el tiempo que pasó,

la memoria te posee desde los ojos al cerebro.

Te hospedas en los días que la pasión creó para vosotros. Para ella, Teresa de tus primeras tardes,

a quien quisiste en la quimera de un poema

leído junto al fuego en Parada do Monte,

tan lejos de las leyes, tan cerca de la tierra;

para ella, Solange, con quien acallaste el sonido de los ríos en Los Oscos para escuchar su voz

narrando rutas que tú habías supuesto inaccesibles.

También los días se crearon para ella -no lo olvidas-,

tu hermosa Catherine,

dueña de las tormentas, señora de las sendas que recorristeis,

de las cabañas que os cobijaron en el sur y en el oeste de su Galia sin que apenas se uniesen vuestros cuerpos,

porque amarse por la noche no fue entonces

la consumación de vuestro amor, sino la complicidad de la palabra. La palabra que esta tarde certifica cuanto fuiste y tu bienestar con el presente,

aposentado ante un cuaderno colmado de notas,


de memorias, de citas con su remarcada letra: “On jette un blue-jeans usé,

on recolle un livre abîmé,

on regarde une photo ratée

et on pleure sur une fleur séchée...”. Los días también se crearon para ti,

pues a todas ellas quisiste en el viaje,

pues las amaste

en la larga peripecia de tres años sin retorno. Ahora vigila la nostalgia,

porque es tan desbordante como los puertos pedregosos de la Costa de la Muerte en medio del invierno.

La nostalgia hace blandir las olas

para que rompan con arrogancia antes de alcanzar la orilla, atrapa en arcos de espuma, enajena.

Cuida la razón, amigo, y si te ofreces al recuerdo, madúralo, ábrelo a la sabiduría

que has alcanzado desde los altos farallones del tiempo; no tropieces, no claudiques ante sus cantos de sirena:

placeres imposibles, arrebatos comparables únicamente

con cuanto fue de ti y hoy pertenece a otros cuerpos, ya no tuyos.


Tu mirada serena y profunda envejece

como el papel de los libros que has leído,

como aquel tratado de Ángel González que has conservado

durante dos tercios de tu vida en la mesa de estudio y reflexión y ahora, porque así lo quisiste súbitamente, se extiende en otras manos

o acaso permanece custodiado con ternura y empatía

en la impasible opacidad de una gaveta.

Saborea la paz contigo mismo y con los próximos para quienes tu carácter perdura:

abierto, confortable con cuanto trazas, decides y regalas. No busques en jardines azules la verde esperanza, no la encontrarás.

Ni la juventud que ya has gozado:

Teresa, Solange, Catherine y cuantas llegaron después

para acuñar contigo el arte y el amor.

Si supones que el tiempo existe para permitirte desearlas cuando ya nada desees,

procúrate primero un vaso largo, descorcha la botella

y embriágate levísimamente y en silencio. Entonces, aposentado con cariño


frente al cuaderno que hace tantos años recibiste, ofrécete de nuevo al recuerdo,

porque estarás habilitado para ordenar cuanto quisiste,

para amar de todo aquello lo preciso, es decir, lo imprescindible. Recupera de los estantes los libros ya leídos,

sumérgete en Villon,

desnúdate en Pavese,

abrásate con los versos de Valente

o rememora con orgullo el tratado de Ángel González

que poseíste tantos años.

Si aciertas a sobrevivir seducido por los aguaceros de Vallejo [en París, naturalmente],

concíliate contigo, exactamente así, como ahora has hecho.

Y cuando el sueño te alcance, imagina que arde el mar,

lo dijo Gimferrer,

y también que “esta tarde existe sólo porque existes tú”.


La Lógica y la bestia Sucede a veces que el criterio pronunciado

con rigor y corrección no basta, que la razón se pervierte cuando el minotauro resurge de su oscura morada

para emponzoñar la inteligencia

en su bochornoso laberinto de desmanes,

incongruencias, órdenes, dislates y barbaries. Sucede entonces que la Lógica se resguarda

en el rincón más distante de la estancia,

aturdida y desordenada ante el brutal ataque,

debilitada por los rugidos de la bestia y por su pelo erizado [tan escaso a sus años],

por sus patas delanteras que desafían a la presa,

que cortan el aire como el revuelo de los brazos de un demente

al recibir un tratamiento de shock.

Sucede que el minotauro atezado por el sol

milimetra los movimientos de su ataque,

mientras sus fauces despiden un hedor de palabras escupidas con zafiedad, con desprecio a la Lógica,

a quien el minotauro odia porque, en su pertinaz locura, él no puede tolerar la razón de sus actos,

la explicación perspicaz e ingeniosa de sus causas.

Porque la bestia -la historia se repite siempre, siempre-


mimetizó hace años el alarido mefistofélico

de uno de sus antepasados: ¡Muera la inteligencia!”.

Y lo hizo suyo.

Cuenta la crónica

escrita en el mismo campo donde, entre rugidos y afrentas,

el minotauro intentó librar recientemente otra masacre,

que surgió de la espesura oculto por las sombras de la tarde. Aparentó cobardía, dio muestras de cordero destetado y, en esas, eligió a su víctima:

aquella que, aquel día, el tiempo y las dolencias

convirtieron en más frágil, aquella entonces más sensible;

pero aquella, en fin, que era su tormento.

Supo al verla que sería capaz de escupir

las más densas lenguas de lava, mientras un poderoso orgasmo

mental disparaba sus neuronas para instalarse en sus ojos,

ígneos como el fuego.

La Lógica, como cigüeña distraída en sus almenas,

ocupaba entonces los anhelos en reconstruir su nido,

el mismo que aniquiló a dentelladas el minotauro tiempo antes.

La crónica que ha llegado hasta mis ojos

cuenta que la bestia infernal blandió la fealdad de su rostro


de izquierda a derecha,

siguió escupiendo para intimidar a la presa

y, tras conformar un semicírculo con sus dos patas delanteras, atacó del modo más feroz.

Lanzó su desproporcionado cuerpo hacia atrás y, abducido por un descomunal odio,

observó “apenas un rasguño en un muslo inmaculado”.

El minotauro supo entonces de la fortaleza de la Lógica,

de sus “bellos ojos enrojecidos,

que no podían esconder la herida abierta”.

Sulfurado hasta las entrañas, tentó un nuevo embiste.

Ajustició con saña, una vez, y otra, y otra. La Lógica fue lanzada a las alturas,

volteada como a un trapo, con “la femoral casi abierta”.

Entonces, la bestia “decidió dejarlo por hoy”, cuenta la crónica,

“no acabar con ella de momento”.

El analista concluye en la advertencia:

“Volverá, porque los minotauros siempre vuelven”. Sucede a veces que aquellos que no quieren oír, prefieren ocultarse en la espesura.

Sucede, como ahora, que aunque hombres y mujeres


sean llevados al laberinto para ser el alimento de la bestia,

no surge quien asuma el coraje de Teseo

para adentrarse en la morada infernal

y hacer desaparecer al minotauro.

Y así la vida, pienso,

se convierte en una dejación de decisiones,

en un polvorín de desmanes, dislates y barbaries,

mientras la creación y la inteligencia saltan por los aires. Doy por cierto, sin embargo,

que el último elemento poderosamente vivo

sobre el campo de batalla -pese a los ataques de la bestia-

será, ha de ser, perseveraré para que sea la Lógica.


Portugal En la memoria viva de Cabo Espichel, su santuario y su calima:

la indescriptible tierra del fin del mundo, donde el viento embellecía a la piedra

y donde supusimos que el Sol, yuxtapuesto con el mar,

cantaba con nosotros el último aria de Tosca. En los fogones medievales del monasterio de Alcobaça,

acosados por los fantasmas cistercienses, entre tu dolor y mis ausencias. En la mata do Buçaco,

prendidos en acequias y riachuelos;

en las once ermitas siempre a mitad del microclima;

en las estancias manuelinas de palacio, junto a sus frescos y azulejos, bajo sus techos moriscos

y con los versos de Sophia de Mello sobre la cama con dintel. Nos amamos.

De aquello hace nueve años. Era septiembre.

Tú hoy me lo recuerdas, cuando yo no lo he olvidado.


En la esquina del ruido Resituarse en un bar, en la esquina del ruido. Ajenos al entorno.

Por fin, mirarnos de frente

y escuchar, reconocer, entristecerse... comprender. Inevitables, aliviadoras lágrimas en tus mejillas.

“Bárbaras verdades, amorosas crueldades”. Lo cierto, lo inexcusable.

Abrumadoras lágrimas surcando velozmente mis entrañas.

¿Por qué me enseñaron a no exteriorizar el llanto? Al cabo, comprendo. Mi error, tu pena;

mi olvido, tu distancia;

mi desconsideración, tu desarraigo; mi descuido, tus respuestas.

Finalmente entiendo y, ocultándome ante ti,

lloro por dentro.

Más tarde te reconozco y me reencuentras. En la esquina del ruido, inmersos en un bar no deseado, perseveramos por regresar

a nuestro íntimo e indivisible tiempo de cerezas,

por reencarnarnos en nosotros mismos,


en lo que hemos sido,

en lo que procuraremos ser el uno con el otro. Esto no es amor,

al menos el sentido de amor que tú no ofreces ni yo arriesgo.

Pero, con certeza te lo digo: merecería serlo. Quizás así me concebirías plenamente,

quizás así te halagarías sensible, tierna

-exactamente como eres-

y, con lucidez, nos advertiríamos cómplices. Pues lo somos sin decírnoslo,

pero la introversión acostumbra a dejarnos indefensos, uno al otro.

Después de mucho reconocer y comprendernos, te despido con un abrazo indescriptible;

me despides con la extrema cercanía de tu cuerpo con el mío. Me estremezco, te conmueves.

Esto no es amor, pero merecería tanto que lo fuera,

fruto prohibido.


Del presente imposible Sucede, cuando alcanzas la edad del no retorno,

que has de protegerte de los sentimientos

que amenazan con desbordar tus límites,

de las situaciones al margen que a nada conducen, o quizás únicamente al desconsuelo.

Que debes cubrirte y, sin esconder el presente, evitar los momentos de esperanza.

Porque la esperanza es imposible. Aléjate de la fanfarria,

nunca más aceptes ser tentado por ella,

por los festejos nocturnos que arruinan tu templanza. Protege tu dolor entre sábanas blancas,

sueña que no sueñas o, aún más adecuado,

sueña que en tu sueño nunca volverá a estar

lo prohibido, lo inalcanzable.

Sumerge la imaginación de tu duermevela en paisajes que nunca has conocido, incluso en mujeres que fueron

y hoy quizás aún te mencionen [seguramente en calma], no sueñes lo que al despertar recuerdes. Evita ese tormento.


Y cada dĂ­a, ocĂşltate de una palabra,

no tientes a tu mirada,

porque tu infierno te acecha,

el infierno de tu edad y tu figura, contra el que nada puedes.

Ten conciencia de todo lo que sucede a tu alrededor y de que aquello que procuras, es imposible. Has alcanzado la edad del no retorno.

En ella te encuentras solo, lo sabes, solo y desamado. No aprendas a vivir con este lastre, sino a erguirte con toda dignidad.

Aunque la indiferencia que necesitas

y el olvido al que habrĂ­as de llegar

sean hoy tan inciertos como el tiempo que te resta hasta la marcha.


Costa da Morte Alcanzado el punto de no retorno,

oteas el camino recorrido y te confortas

frente a la inmensidad del paisaje de tierra y agua,

abrupto en pedregales erosionados

por los ciclones en donde tu fortaleza encuentra la razón de subsistir

y la justificación de su empeño;

desgastado por el oleaje de la Costa da Morte,

donde habitan las fuertes corrientes, perviven los temporales

y las repentinas cerrazones de niebla desencadenan múltiples naufragios.

De Fisterra a Cereixo:

de los sedantes aguaceros al silencio de un paraje

ofuscado en el abandono de las normas.

Aquí el tiempo no atraviesa a la piedra

[adorada porque es el fin de la tierra conocida],

ni la flora se merma en el camino,

convertido en un tobogán elástico.

Aquí la luz se preña de las tonalidades del mar para, finalmente, parirlas en la atalaya.

Y aquí, ebrio de dicha, acampas la memoria.


Jugueteas con la fortuna,

sintonizas tu ánimo con el de las viejas correderas,

con el sueño de los hórreos que se alzan desmembrados

entre los escarpes del pretérito.

Junto a un viejo campanario cubierto de hiedra, en una colina,

procedes a purificar en el fuego cuanto has escrito:

las hojas azules en las que tu juventud puso nombre y apellido, con tinta negra, a las delebles pasiones;

los cuadernos con tapas de hule

que contienen centenares de arcaísmos,

definidos uno a uno para enriquecer tu lenguaje; los enroscados artículos que precisaste escribir para sonorizar el silencio;

los libros que has publicado.

Verbo y fuego, una conjunción ineludible

si, como supones, tu pretensión es consumarte en el gozo con la penitencia del olvido.

En la austeridad de los muros de Cereixo, entre sus reducidas calles,

en sus vetustas construcciones,

en el cementerio de la iglesia románica


[sepulcros floreados, lápidas con austeros epitafios]

pones coto al pasado,

puesto que en él fue breve el descuido, fugaz el tiempo,

copioso el amor

y ajena la desdicha.

Vives aquí la muerte, la aposentas en la hojarasca de otoño

que cubre los pórticos de piedra y de adobe, la recibes junto a la costa

en donde las olas alcanzan mayor altura que la niebla;

la vives tanto que regresas a la pureza para sentirte

desprovisto de normas, leyes, dictámenes.

Cuando te aproximas a una piedra de abalar,

la mueves sin pecado

con la esperanza de que aumente tu dicha

y te regale los sueños que no sueñas o, aún más adecuado, aquellos

en los que nunca volverán a estar cuantos nombres el aire y el fuego han convertido en ceniza.

Sumerges la imaginación de tu duermevela marina en paisajes que nunca has conocido, incluso en amores que fueron


y hoy quizás aún te mencionen

[seguramente en calma]

y aprendes a no soñar con lo que al despertar recuerdes. Vives aquí, en la Costa da Morte,

en donde el tiempo se detiene sin baldones

en beneficio de la leyenda,

de las ciudades sumergidas en el mar o bajo las piedras.

Vives para desnudarte de las ansias que a nada conducen, para imaginar el principio de los tiempos,

permitir que el cielo se funda con la tierra

y que de esa unión nazca la vida entre las rocas,

como la armeria, como los pétalos inmaculados de silene. Por eso, en el lugar más deshabitado de la costa

desbocas tu dicha y acampas definitivamente la memoria.

Reencarnado, oteas de nuevo las sendas que has cruzado, los paisajes abruptos

que te trajeron hasta el fin de la tierra conocida,

y rememoras los años que empleaste en el viaje,

los seres que en la ruta ocuparon tus ansias y tus penas. Cuanto fue, hoy es ceniza.


Como a un barco sin fanal,

la Costa da Morte ha provocado el naufragio de tus utopĂ­as.

Y ahora, como piedra de culto, permaneces.


Los escarpes de la edad Tiempo de lo falso al filo de los labios,

tiempo de un mal sueño:

la palabra dicha, la mirada confusa, el deseo presentido, el amor trasnochado,

todo ha pasado por él como atraviesa el aire la gaviota,

desde el cielo hasta el mar, en picado, con un vuelo progresivo

que, al cabo, choca súbitamente con el agua. Y ahora

[acompasado de nuevo a su bonhomía, recuperado]

se pregunta por qué la presuntuosa liviandad

descompuso sus formas,

qué estúpido frenesí trastocó su inteligencia de hombre adulto

para ofuscarse en un anhelo temporal

[tan reprobable, innecesario]

con lo que nunca pudo ser, con lo que nunca ha sido,

porque el tiempo reconduce los caminos y acomoda las pasiones,

al menos cuantas desbocadas cruzan sin destino las llanuras de su edad.

Ahora asume la razón de los actos cometidos,

la explicación de sus persistencias cotidianas,

la intromisión de su escritura en los aspectos más delebles de aquella a quien provocó la desazón y el desorden.


Hoy, cuando el hombre regresa a su morada habitual

y se reencuentra con su sombra sobre la mesa de trabajo,

pone el lógico punto final a un libro nunca escrito, redacta minuciosamente un epílogo sin letras

y después, conforme consigo mismo, rehabilitado, lo expande por los rincones de su casa.

Hasta aquí la ventolera. Por fin y por principios. Apenas sin querer, cubiertas casi todas las etapas de su vida,

volvió a cometer los mismos desaciertos que a los treinta años, aunque sin aceptar que entonces la pasión era posible

y ahora sólo ha resultado

una mirada al calidoscopio desconchado por el tiempo. Quizás porque la luz primaveral

le devolvió una imagen aparentemente olvidada,

un perfume, un color, un vestido

para las tardes de ceremonias exactamente iguales que entonces. Y en ese estado fue necesario un solo instante para zozobrar en la melodía de otro nombre,

en el concierto de otro sueño

que [ahora lo comprende] nunca llegó a ser más que deseo, y exigiendo mucho esfuerzo.


Concluida la sinrazón de la mirada y la esperanza,

vuelve a los antiguos ritos, con la pluma y la tinta azul,

con la fotografía distinta, pero en lugar semejante.

Y la palabra justa se recompone en su memoria

exactamente donde antes.

Y el añejo abrazo a cuantos quiere y le quieren regresa a semejante actitud.

Nada o tal vez completamente todo [entendedlo]

ha cambiado en su morada de rituales

donde descansa el pasado y se conforma el futuro

con el horizonte ofrecido de nuevo a su mismidad,

estrictamente suya, intransferible.

Hoy, desprendido de tan brusca obstinación,

se acoge a su entrañable soledad en claroscuro,

y se apacigua.

Todo pasó, todo acabó como era justo que lo hiciera, sin un principio: esquinas de la nada.

Vuelve a ser él en la luz de la mañana, en los sueños de aguaceros,

en las jornadas de trabajos compartidos, en las noches de jardín y bambalinas.

Y comprende que a su edad el tiempo recompone


los estadios de la mente con mayor lentitud que a los cuarenta,

pero, concluida esa labor,

almacena la experiencia y la protege de intrusiones. Al fin y al cabo, las cosas son como son y por siempre.

Fue in煤til su pretensi贸n de mantener encendidos los anhelos

en la niebla de la noche.

El tiempo no se ha hecho para que recuerde lo imposible

ni para guardar silencio tras la guerra conscientemente olvidada.

Porque la vida no es como la vestimos con nuestra mirada.


Teatro Romano ¿En qué lugar del cerebro permanece la conciencia del pasado?

Las mesetas de la memoria, las depresiones del tiempo,

¿dónde se ocultan?

El paseante conoce la condición del coliseo que le acoge, las gradas sin fin, el cielo lejano,

los rostros sin facciones en la escena sobre los que no existe el pasado, en los que no se refleja el futuro.

Esa antigua calzada indescifrable pronuncia su nombre para acallar la memoria, para estampar sus huellas

en la suavidad de la tierra y divisar el horizonte sin mirar atrás. Recorre el hemiciclo romano

entre la densidad de unos seres anónimos, desértico, y las piedras le recuerdan su nombre. Con el deambular aprendido,

su figura se refleja en las inmensas columnas y comprende el mensaje:

allí tienen lugar las representaciones presentidas, los escenarios anhelados y nunca existidos.

Camina sin rumbo, vagabundo impertérrito entre la farsa, donde soñar es imposible.


El monumento es parte de una ciudad provinciana en la que los edificios, a varias leguas del cielo,

suicidan la imaginación.

El paseante calza el desengaño, se expone a la luz

y evita las palabras.

Afable a la indigencia, ama a medianoche los presagios,

ajenos, turbios, intransitables.

Si en ocasiones se reconoce sobre las depresiones del tiempo, su memoria calla, porque ya es tarde.

Tarde para deletrear un nombre y desnudarlo sin pudor,

para fragmentar la conciencia

en su intento de reconocerse vivo en un ámbito apacible. Puesto que el paseante nació después de la muerte,

todo le es extraño frente a la batalla:

lanza su mirada hacia atrás y no reconoce al enemigo. Habría de regresar, descubrir en cada drama los secretos de la pasión,

saludar a los que fueron suyos con la conciencia de un beso y acariciar sus figuras bordando una sonrisa, no rehuir la mirada

al tropezar con el abrazo rebosante de afecto,


no reprimir el suspiro

con los dedos en la comisura de sus labios.

Cuantos quiso se fueron hablando de mesetas

a rostros que él desconocía,

encharcándose en la estela de ciudades en ruinas.

Pero todos estuvieron aquí, es cierto,

en este teatro del pasado y sin futuro. Al cabo, vivir en este espacio

no es más que modular con precisión la soledad: palabras cálidas, gradas que aceptan sus pasos por un módico silencio.

Persistencia y antídoto a la muerte.

Nacer cada madrugada en mitad de la cávea,

en una noche oscura, tan impenetrable

que el aire trasciende a la ciudad donde nunca habitó devorado por los recuerdos.

Existe aprendiendo a no volver, calculando el horizonte

con temor a lanzar atrás su mirada y convertirse en estatua de sal. El verano es a veces demasiado largo

para compartir la soledad, las noches de calima

en la versura donde nunca ha sabido mencionar al futuro


por su nombre,

el jardín colgante sobre el peristilo en el que,

ante la mesa y la cerveza, lapida el calendario.

El momento en que los actores se convierten en ausencia,

en pleamar de imposibles iniciales.

Y entonces mira hacia poniente en lo más alto del recinto,

rema su vista con lentitud hacia otro aliento, y acepta.

Que ya no es imprescindible existir con ansia de azoteas, que ha llegado hasta allí únicamente

para reconocer las voces de aquellos que se fueron. En ese instante el sueño posible termina dulcemente,

como la herida en la que ya no persiste el dolor,

como la soledad de ese teatro vacío.

El paseante alza su cuerpo de la silla

y se acoge a la calzada en la que todavía resuenan los saludos de cuantos quiso y el tiempo ha destruido.

Alcanza la calle tras la verja y, al tiempo, su certeza: durar con esfuerzo, limitar el espacio, sobrevivirse.


Falsas apariencias Cincel que golpea y orada el engaño, que a menudo se enfada.

Vuestro dulce ojo, escribió François Villon, derrote su maldad

ni más ni menos como hace el viento con la pluma. Y sin embargo el cincel nada puede entre la arena a la que hoy se acerca este hombre sin malicia,

erguido y sexagenario,

aposentado en el aparente exilio de un país sin geografía.

Realmente uno muere cuando ya no comprende nada,

dijo Manuel Vicent,

y eso suele suceder

mucho antes de que el alma abandone el cuerpo. Este hombre sin blindaje escribe en un montículo de arena. Los dedos índice y corazón se unen en el trazo, sin confianza, pues si ya no comprende nada

es preciso que se empeñe en suponer que al surcar la arena vaciará el engaño.

Luego se alza, mira al cielo encapotado y entiende

la proximidad de la lluvia.

Pronto, el agua se deslizará sobre la arena

para confundir su escritura con el resto del montículo.


Las estirpes condenadas a cien años de soledad, concluyó García Márquez,

no tienen una segunda oportunidad sobre la tierra.

Seguramente por ello este hombre regresa a su casa

próximo a la noche y bajo el paraguas,

convencido de que si no es posible despojarse del engaño estará abocado a escribir en segunda persona del plural y buscar la pureza en otros valles,

en un río, dijo Luis Cernuda,

donde el viento se lleve los sonidos entre juncos y lirios y el encanto tan viejo de las aguas elocuentes.

En donde ruede el eco como la gloria humana,

como ella de remoto. Ajeno como ella y tan estéril. Deslizándose por la acera infinita, bajo la lluvia,

recuerda íntegramente la leyenda del soldado y la princesa, aquella vez en que un rey celebró una fiesta.

A ella acudieron las princesas más bellas del reino. Un soldado que hacía la guardia vio pasar

a la jovencísima hija del rey, la más bella de todas, y la deseó enseguida.

Pero, ¿qué podía hacer un soldado con la hija del rey? Un día consiguió hablar con ella


y le dijo que no podría vivir sin poseerla.

La princesa quedó tan impresionada que le respondió al soldado:

“Si consigues esperar cien días y cien noches bajo mi balcón, al final seré tuya”.

Y el soldado se fue allí y la esperó un día y dos días,

diez y luego veinte...

Cada noche, la princesa observaba desde la ventana, pero él no se movía nunca.

Con la lluvia, con el viento, con las nieve... siempre estaba allí. Los pájaros le cagaban encima y las abejas se lo comían vivo,

pero él no se movía.

Después de 90 días estaba tremendamente delgado y pálido;

le resbalaban las lágrimas de los ojos, que no podía contener. Ya no le quedaban fuerzas para dormir.

Mientras, la princesa seguía observándole.

Al llegar la noche 99

el soldado se incorporó, tomó la silla y se fue de allí. El hombre pone freno a la memoria cuando alcanza su casa.

Llueve de tal modo que nada quedará

de los signos grabados en el montículo.

Y entonces, ante su mesa, vuelve a la escritura,

aunque en la conciencia de que escribir no es ser y no es tener,


dijo Yves Bonnefoy,

porque el temblor de la alegría en la escritura es sólo una sombra,

acaso la más clara,

tantas y tantas cosas que ha surcado el tiempo duramente con sus garras.

No es ser, puesto que escribe de lo que fue;

no es tener, puesto que lo hace para descuidar lo que no tiene.

Por eso no puede mencionar sino sólo aquello que no es,

salvo su ansia.

Y junto a él, por última vez, el engaño.

El hombre toma la palabra, se incorpora frente a la ventana

como el soldado ante la silla,

y susurra a la lluvia la verdad. En ella se extravía.


Once upon a time Tenía 14 años y un colmado tan repleto de luz

que optó por escapar de él para encontrar el aire

lejos del hogar,

para esconder sus abrazos en unos prados tan distantes

que necesitó sembrar el camino con montículos de piedras

para no extraviar el regreso en medio del trigal.

No contaba todavía con los años suficientes

para nombrar al tiempo, y su memoria blanca

sólo alcanzaba a reconocer la lluvia que se encharcaba bajo a sus pies.

En la escapada era displicente con una voz lejana

que gritaba su nombre

ante la extrañeza de no divisarle en el horizonte,

pero le despreocupaba su congoja.

Quería únicamente que su sombra se fundiese con el trigo dorado,

que sus labios se uniesen a otros labios

y que enjugasen mieles y aromas de tomillo, que sus dedos se deslizaran, dos a dos, por las formas de otro cuerpo

para aspirar el asombro de lo desconocido. ¿Qué resta hoy de aquel tiempo?

Una rancia foto de juventud, de dos cuerpos desnudos junto al río,


cuando desoían el eco de la voz que les reclamaba

para escuchar sólo un viento suave, la cortina de agua sobre las hojas

y el chapoteo de sus pies en el agua.

Después, agotados por la algarabía y extraviados en la noche,

el sueño acostumbraba a encontrarles a varias leguas de casa,

mientras procuraban ahuyentar el miedo

entre los mínimos abrazos de amor que la edad les permitía. Cuando desde varias leguas les alcanzaba la lluvia,

el desamparo de sus cuerpos era prohijado por el agua,

que cubría la tierra

hasta ocultar el rastro de las piedras en la senda.

Entonces brotaban las urgencias,

se desataban sus labios humedecidos.

Pasado el temor y ante la realidad levísima, un clamor de voces alcanzaba la cercanía,

aquellas que les llamaban sin apenas conocer sus nombres. Pero ellos optaban por alejarse de sus ecos

para correr hacia la cañada y asilarse en el farallón

que habían alzado para esconder sus juegos prohibidos en los días de plenilunio.

Semejaba una torre en el desierto:


el suelo de cáñamo acogía las canciones de navíos y bucaneros;

la azotea rezumaba calor con su presencia;

la primera piedra era del país que les albergaba;

los peldaños de la escalera que conducía a sus secretos

surgieron de tantas horas vividas juntos;

al fin, una veleta vertical a la tierra

que dispusieron al viento cada día. En aquel refugio supieron que el tiempo no existía,

pues sus cuerpos desnudos resultaban invisibles y nadie les conturbaba.

En él permanecieron hasta que la brisa de bonanza anunció una melodía. Pero volvieron las lluvias.

………………………………… Él regresó muchos años después,

ante otros gestos y frente a otros rostros,

cuando ya era tarde y su cuerpo había asumido

que la madurez no resultaba más que un naufragio de pasiones que se deslizaban por las hombreras de su chaqueta de cuadros.

Entonces los rumores de Sinatra


no olieron a hierba húmeda en la pradera,

ni a Whitman, ni a él mismo, porque ya era imposible

recobrar los ecos de aquellos domingos de party con meriendas de amor y chocolate.

Una brisa de olvido alcanzó la ventana

cuando sonaron los primeros acordes de ‘Once upon a time’;

de nuevo el viejo Sinatra procuraba inútilmente la melancolía.

Lo susurraba entre el viento,

similar al que muchos años antes había esparcido por el campo su inocencia.

Cesada la canción, la lluvia alcanzó a la ciudad,

que se convirtió en un mar plagado de istmos sin nombre. En aquella tarde de domingo se despidió una a una,

acaso para siempre,

de las voces, de los ecos de su tiempo de cerezas, tantos años después de la distancia.


25 de agosto Estrecho la vida en torno a mi corazón,

que bombea sangre roja, más roja cada día,

y desde el corazón escribo.

Guiado por la edad, rica en conocimiento,

solidario con mis actos, concibo mi inteligencia

directamente unida a mi progreso, y no a la inversa.

La experiencia

me invita a que no anhele para mí

aquello de lo que carece la mitad de la Humanidad.

Y sé

que habríamos de morir más a la izquierda

que cuando nacimos.

Tengo la certeza de que con ello me respeto.

Y me concibo.


Tiempo de lo falso [En la muerte de Fernando Fernán-Gómez]

Rearmados de argucias, pertrechados en furgones

blindados a la embestida de lo cierto,

circulamos en el convoy de lo engañoso.

Sin freno, sin quietud y sin sosiego, dejamos atrás estaciones,

terminales, apeaderos acaso sustanciales para nuestro devenir,

quizás definitivos para nuestras experiencias, con certeza ricos en saber y vida:

permanecerán desconocidos ante nuestro vértigo por lo insustancial, ante nuestra falta de astucia,

ante el desarraigo que impera en nuestra mente.

Transitamos desde un punto hacia la nada

a la más alta velocidad que nos es posible.

Cruzamos estaciones con rostros varados en sus andenes, sin tiempo apenas para reconocer las miradas

de aquellos que se marchan de nosotros. A veces, los mejores. [De modo sutil y categórico, Anatole Litvak lo significó en su película ‘The journey’: Durante

el viaje de huida hacia lo desconocido, Yul Brynner se dirige a Deborah Kerr con una frase

taciturna: “Mira las estaciones: unos lloran, otros se abrazan, otros agitan pañuelos; todos se van, ninguno vuelve. Es el mal de nuestro tiempo.” La actriz conoció en sí misma este mal

de nuestro tiempo 48 años después de rodar con Litvak. Deborah agitó por última vez su


pañuelo en silencio y con mesura. El vértigo de la vacuidad, el trayecto hacia lo falso ha ex-

traviado definitivamente su recuerdo. Cierto, es el mal de nuestro tiempo.] En este imparable peregrinar hacia lo ficticio,

¿quién decelera su ímpetu para recontar los nombres ilustres que se han ido?

Tantos y olvidados súbitamente por el convoy sin freno en el que, rearmados de argucias,

transitamos desde un punto hacia la nada.

La fama es volátil, incluso ajena a nuestro tiempo,

acosado por el ansia de una popularidad deleble, insustancial,

prostituida y degradante, rayana en lo impúdico,

lindante con lo ilícito.

Muere un hombre genial,

agita su pañuelo por última vez una figura del siglo XX

y escribimos en obituarios, pero al cabo olvidamos, viajeros de un tren sin ventanillas

lanzado hacia la fugacidad de las carencias,

insoportables carencias de un tiempo entregado a la estéril complacencia, un tiempo en el que en ningún momento

“las delicias son causas suficientes para las cosas” *

* [Paul Valéry, ‘El cementerio marino’]


Insensibles al arte, apresados por el dispendio, conformes con la vaciedad de nuestro ámbito

-hombres y mujeres de hoy, cenizas de mañana-,

nos adaptamos a una existencia febril e innecesaria en la que no cabe el placer de lo sensible,

por la que cruzamos en un convoy de la más alta velocidad posible con el fin de no saber, no conocer, no soñar, no amar.

Sin abrazar a aquellos que, ilustres, van quedando en el andén

ajenos a nuestra desidia.

Somos timoratos y desconfiados, recelamos del maestro y acosamos al alumno:

ni aprendemos ni enseñamos.

Y olvidamos, procuramos olvidar cuanto sabemos.

No somos tribu ni pueblo entrañados con su historia -que despreciamos como un asunto baladí-,

ligados a su genealogía, ignorada más allá de nuestros padres.

Impasibles al magisterio de los artistas verdaderos,

aprehendemos únicamente de ellos la parte más banal de su existencia para desatender la esencia de su mérito.

Cuando un artista verdadero agita su pañuelo por última vez

habremos de sumirnos en la pena, jamás en el temprano olvido.


A un escritor taciturno Escribe de cuanto precise tu afecto.

Regresado del viaje al cabo del fin del mundo

[cuántos no regresaron sin narrar lo purísimo],

escribe con el nácar de la pluma la embriaguez del suspiro

que incendia los labios al recordar

la limpidez del rosario de agua que anegó tus ojos.

Escribe de escalinatas, araucarias, gigantescos helechos

que interrumpen la duermevela del amanecer en el que absorto,

trastornado, pierdes los pasos por el bosque de piedra, en la inercia de la fuga. Escribe. Regala tus palabras como el río sus torrenteras

al desafiante nadador escoltado por montañas en la vibración del aire.

Tú que también alcanzas la altura de los sueños

y transmites el signo y el placer en los gestos que recreas. Escribe y apasiónate.

Fundido en la luz, toma la pluma con la que es posible el espejismo.

Abandona las esquinas, anega los calendarios,

cierra los invernáculos con mil artilugios indestructibles [¿qué permanece en la carencia?],

piérdete en la distancia, las lógicas, los signos, los aromas,

las aldabas, las bóvedas, las huellas, las cartas, las aceras... Distancia, distancia.

Los salvoconductos, los trazos, las escenas duplicadas, las codicias,


las interminables pérdidas, las ciudades diferentes, los estallidos de pasión y olvido,

la desdicha declinada en frecuente y dolorosa despedida,

el torrente de agresiones amorosas, peldaños de granito...

Distancia, distancia. Y procura durar.

Durarte sin escribir tanto in memoriam

que el brazo no se hurte al hormiguero que te habita.

Nunca dejes de creer, huye del vacío

donde se produce el estallido sin eco de los prismas relucientes, calidoscópicos, sumisos.

Aprende a saber, no a urdir.

Resplandor de lo diáfano, estricta aventura en la pureza. Disuelve los sueños que no te sueñan

en el preciso abandono del ramal ya circulado.

Aventa los aromas, congela en trastiendas los elixires y ambrosías que tu recuerdo secretea.

Porque “así pasa todo, y la vida y la muerte, y lo que más queremos”. Nada podrá suceder entonces fuera de ti mismo.


Sé realista, define lo imposible;

no es un esfuerzo perdido, porque lo que el hombre sabe está escrito

y lo que desconoce alguien siempre inoportuno se anticipa a su búsqueda,

robándole la intención y cacheando su mirada que, inocente y aturdida, se preña de rabia.

Da razón al instante que ahora pasa sobre tus labios en mohín,

pues describir la confusión a medianoche es terco empeño:

palabras que martillean a quien con ojos de corza asume su condición de nutria. Describe la ambigüedad que testimonia tu existencia

en una habitación pignorada donde cursa la luz artificial

sobre utensilios sin historia y pregúntate qué enloquecida euforia tramontana

provocó tu cinética, qué austera sensación de existir

disparó tu huida hacia una escritura donde describir la ambigüedad, marcada la medianoche exactamente,

es narrar la inconsistencia de unas calles cuarteadas

por el roce de neumáticos congestionados y biliosos,

es palpar las paredes que purgan tu cuerpo entre las sábanas y desconocer su turgencia,

los cuadros, carteles y medallas que nada incuban,

como ahondar en la sosegada certeza de saberte extranjero durmiendo en cama de otro


y apagar la luz transpirando oscuridad, abocado a unos sueños en los que alguien siempre inoportuno usa los vocablos

anticipándose a tu pluma y ahonda en su intención por encontrar la imagen.

Pero recuerda a Negrín: “Resistir es vencer”.


Claro / oscuro La vida es un río

de largo recorrido y cauce desigual,

ése es su atractivo. La vida es, sin duda, un foco fulgurante.

Y la política, a veces,

el filtro que difumina su destello.

No habría de serlo,

he ahí nuestro infortunio.


Soy un hereje La Historia es como una lengua que habla sola;

imparable, insobornable y veraz,

a veces ensalza, muchas otras delata y frecuentemente denuncia.

Las razas, tribus y pueblos que nos precedieron en el empleo del mundo

han conformado la Historia y a ella nos debemos,

porque de ella dependemos.

Hijos del amor y de la ira, somos lo que fuimos, espejo de su alteza y de sus mezquindades. Así las cosas y en los tiempos que corren, la herejía es fruto apetitoso,

pues abandera nuestra capacidad de ser libres,

pregona una viva inteligencia y, en fin, atisba sabiduría.

Aunque no doy por asentadas estas cualidades en mi comportamiento,

aspiro a que el curso de los años que me resten

y las experiencias que adquiera me conviertan en un hereje ejemplar, del que mis conciudadanos puedan sentirse complacidos. Permitid que os sugiera este camino:

libertad, individualidad, conocimiento.

Tres disciplinas para rozar la sabiduría,

merced a la cual podréis zafaros de renegridos presagios con sotana,


de la palabra estulta, de la intención espuria;

sabréis discernir los polvos de los lodos y el grano de la paja. Entonces ya no habréis de

“temer ni a los lestrigones ni a los cíclopes, ni la cólera del airado Poseidón”. * La verdad nos hace libres, es cierto,

pero la libertad verdadera nos hace seres humanos,

es decir, individuos inteligentes, capaces de distinguir y de elegir. Entonces, cuando alcancéis tal grado de sensatez y clarividencia, no os sobrecogerá el bramido del encolerizado Poseidón transfigurado en Torquemada.

Y el ruido de sotanas se os antojará distante, ajeno, impropio.

Soez.

Y experimentaréis la intransferible satisfacción del hereje,

es decir, del que no comulga con sus propósitos. En verdad, seréis libres.

* [Konstandinos Kavafis]


Memoria histórica [En el recuerdo de Cipriano de Rivas Cherif y Margarita Xirgu]

Existen hombres para quienes la memoria elige sus descuidos,

dadlo por cierto. Su memoria es subjetiva; la historia inscrita en ella, también.

Su recuerdo es cuestión incierta,

tanto como visibles habrán de ser sus tendencias, sus inquinas, sus hostilidades.

Un ser humano equilibrado callará con prudencia cuanta alusión al pasado perjudique a los que,

en la misma senda de una ciudad común, no piensen como él. Y, aunque fuera diferente a la suya, respetará su memoria.

Una persona que acostumbre a manipular y a engañarse,

a la sinrazón del poder, al estertor como arma, a la autarquía,

pretenderá intimidar con el engaño y, aunque se encuentre en minoría,

al cabo impondrá su dictamen al medroso, nunca al audaz. Persisten seres para quienes la memoria colectiva es manipulable; la historia, también.

Por ello y frente a ellos, uno y otro concepto, aunque sinónimos,

han optado por asociarse y hacer justicia

a cuantos en el pasado fueron extraviados de los libros, del recuerdo y del aprendizaje,


hurtados de nuestros gozos y nuestras sombras.

Han decidido blindar su unión para que cese el engaño

de los manipuladores que escriben sus crónicas con renglones torcidos. La Memoria Histórica existe

para que los rostros de cuantos padecieron la voz de mando, el palio y el fusil, el destierro, el yermo y la guadaña,

sean capaces de desvelar su dignidad y su penacho.

Este país ha reencontrado a los muertos innominados por el odio

y ello desazona a los hombres de azul,

a los hijos del silencio complaciente, herederos de un tiempo sin vendimia. Este país dispone al fin su memoria sin trampas ni arcabuces, reescribe su historia turbulenta y la revela. En justicia.

Y con ello se hace libre.

Quienes no entienden ni aceptan que el aire huele a limpio finalmente,

emponzoñan la atmósfera con sus eructos ácidos, enrarecen los ámbitos con sus ultimátum

y retardan los empeños de quienes, ahora,

reivindicamos a cuantos extravió la vergonzante ‘historia’ mal contada. Nuestros actos se han encontrado amenazados por sus tretas; nuestra libertad, por sus excesos.

Pero no hemos perdido la voz y ello les irrita,


tanto que ocupan sus artimañas en procurarnos el desánimo.

Habremos de reconocer que han estado a punto de alcanzar su objetivo, de que abandonásemos la contienda en el cuarto round, por impotencia.

Su forcejeo puso en peligro de derribo a nuestras almenas libertarias,

pero al final hemos sabido sobrevolar sus escombros,

desprendernos de sus tirrias y elevar el vuelo para rematar la cumbre,

más alta todavía.

En verdad que ello enerva aún más sus voces de imposturas,

pero tenemos la certeza del baluarte -reavivado ante sus fobias-

y el amparo de la ley.

“Los que más temen a los innovadores,

a los que modifican leyes e implantan otras nuevas,

son los que tienen que aplicarlas.

Les sacude la pereza mental y les quebranta la rutina”. * ¿Lo entendéis?

* [Miguel de Unamuno]


La piel del albaricoque Ese hombre es un hombre sin maldad.

Con andar brioso, recorre esta tarde la calle tan solitario como de costumbre, asentado en el exilio de una ciudad sin geografía.

Hace unos minutos que ha dejado sobre la mesa de su estudio

los tres últimos folios

del libro que comenzó a escribir pocos días antes del verano.

Y un apunte cuyo recuerdo se acompasa al ritmo de su andar:

“Henry Miller pensaba que la literatura del futuro sería autobiográfica”,

porque hoy se ha despertado con el nombre de Miller en los labios,

como si uno de su trópicos se hubiera descolgado del sueño con la intención de perseguirle durante la jornada.

A ese hombre le resulta familiar esta persistencia,

pues últimamente cuando despierta

y distrae su sinsentido en el techo de la habitación,

le alcanza una frase del último sueño que retiene a duras penas.

De modo que en la ducha, en el desayuno y hasta en el almuerzo

le ronronea en el cerebro.

Hoy le sucede como a Miller:

quiere consignar todo lo que deliberadamente se omite en los libros. Por eso ha abandonado tres folios dentro de una carpeta negra

y se ha echado a la calle para esparcir en la acera su autobiografía, para regar el aire mortecino y la luz gris de la tarde

con la pasión que le desborda, ésa que no se dice en los libros.


Ese hombre se pregunta qué perversa ecuación y de qué grado

es capaz de dar como resultado un número exacto cuando unimos incógnitas como verano, amistad, tiempo de cerezas, soledad, madurez.

Pretende, como el joven Lèolo, abandonarse a la noche antes de que le deje el día.

Porque ya no ama, porque hoy por primera vez le asusta amar.

Pero su retorno del campo de los sueños siempre es brutal. De vuelta a casa,

ojea la habitación en la que todo ha cambiado en los últimos cien años,

los cuadros, las sillas, la alfombra semioculta, las voces, los recuerdos.

Como casi todos los solitarios, exige un orden severo en su entorno y alimenta una pulcritud en las formas.

Con ello, todos asegurarían que es un hombre distinguido. “Solitario y ordenado”, dirían de él los que no le conocen. Los que se equivocan,

porque ¿quién le conoce realmente, quien nos conoce a cada uno de nosotros?

Todos, es decir, ninguno.

Medimos poco las palabras cuando hablamos del prójimo y aún menos cuando decimos “Le conozco muy bien”, pues nadie sabe del otro más allá de la anécdota.

Porque todos -es decir, ninguno- nos desinteresamos por todos.

Así lo manifiesta la cultura inglesa: “How are you?”, saluda el encontrado; “how are you?”, repite el advenedizo.


Huelgan las respuestas.

“¿Cómo estás?”, preguntamos varias veces cada día,

pero resulta obligada la respuesta: “Bien”, escuetamente.

Todos -es decir, ninguno- mentimos, pues nadie conoce a nadie. Perseveramos en el error: “Le conozco bien”.

Por eso decimos de este hombre que es armonioso, ordenado, respetuoso,

gentil con el prójimo y amante de la luz;

en fin, “en el buen sentido de la palabra, bueno”. Extraviado entre tanta ambigüedad y con una intención de imposible fruto,

ha agrupado en una sola ecuación

el verano, la amistad, el tiempo de las cerezas, la soledad, la decadencia física

y, al cabo, la piel del albaricoque.

Mantiene la osadía de hallarle un resultado exacto, sin decimales. E insiste en que comprendamos su impostura

cuando acaba de nacer el otoño y llegan las primeras lluvias tormentosas.

Ese hombre eres tú.


El sueño de la razón Superviviente a duras penas del naufragio,

héroe del silencio,

un ser humano nominado

[el último sobre la altiplanicie de un esplendor desarbolado] abraza a cuantos quiere

y se adentra en los profundos humedales,

mientras su memoria graba ese minuto de su vida

en el que ha dejado atrás tantas cosas muertas. La compulsión y la mentira asolan la existencia,

vacían la esperanza.

La falacia ciega, la zafiedad ensucia, la ambición destruye.

Y todas, sin embargo,

gozan de una estridente salud de hierro en este tiempo de lo falso.

Víctimas de la tragedia de vivir entre tanta desmesura, muchos nombres de cuantos fueron

han dejado de poner precio a las mañanas forasteras. Porque, a fuerza de intentar olvidar,

la paciencia se convirtió en un pasado sin nombre,

en otro más que se doblegó, como metáfora infeliz,

al espacio donde acostumbran a naufragar los recuerdos sostenibles.


Mentir es fácil.

Dar por cierta la impostura acaso sea tan simple

como necesario para cuantos acomodan su existencia

a la fatuidad de lo infecundo.

Sobrevivir en torno a la mentira es incómodo,

pero no por ello complicado para quienes ocultan su mirada bajo un montículo de borra, imprecisos y romos.

Habríamos de respondernos de una vez si el error inmortal habita en quien esconde una mentira o en quien miente.

Cruza una era de diminutas comisuras en el entendimiento.

La lírica nos deja indiferentes, el amor es imposible.

Sembramos nuestro polen sobre los campos yermos y nos convertimos en seres damnificados

por una jauría de lobos feroces que,

en vez de atacar nuestro cuerpo a dentelladas,

busca las palabras para destrozar su significado y transgredir la verdad de cuanto hablamos.

Seres sin audacia, existimos aprendiendo a no existir.

Y por ello damos por cierta la mentira, humillación de la honra.

Ante la indiferencia de nuestros glóbulos rojos,

sobrevivimos anclados en una misma ensenada,


sin tiempo ni razón para la aventura,

sin sentirnos fatigados de afirmar siempre,

de aceptar siempre,

de limosnear siempre.

Somos los más imperfectos de la Naturaleza,

pero nuestra estulticia no entiende esta tragedia. Fruto del engaño y de quienes han anclado ‘su mentira’ en ‘su verdad’,

la desolación es ámbito selecto

en el que bogan cuantos sienten miedo

a parecerse a tantos rostros que les rodean,

a los desprovistos de la pasión de vivir,

a los ocultados por la ceniza de su cobardía. Desolación, mas no tristeza. Pues si desolación es soledad, en ella están vivos los selectos,

inocentes todavía, heridos por batallas,

pero audaces y pertrechados por la alegría de ser,

frente a la mendacidad de los que únicamente están.

Y así pasa todo, y la compulsión, y la falacia.

Y así producen monstruos, que vienen y que van,

que ensordecen a la ciudad con sus truenos sin relámpagos.

Y que, sin haber sabido vivir lo que han vivido, permanecen.


“Pues amarga es la verdad, quiero echarla de mi boca”

*

Somos seres extraños.

Fueron precisos miles de años para que la evolución nos otorgase

un regalo tan valioso como la facultad de pensar y discurrir, convencer con argumentos,

comprender y aceptar lo que es razonable,

acertar en lo que se dice.

Somos seres extraños. Paradójicos, pues el pensamiento se ha travestido,

el discurso se ha postergado;

los argumentos permanecen desolados en la vacuidad del limbo.

Y, a pesar de todo, existimos.

En la fugacidad de los años vividos,

en el destello de los que nos restan por vivir, procuramos ligarnos al olvido.

Si la memoria es el privilegio del discurso, el argumento de la razón,

desterramos su magisterio y engañamos a la verdad. Nos engulle el contrasentido. Y el silencio.

Y la complicidad con cuantos, en tropel, galopan por el desierto sin mirar atrás, hacia un horizonte tan lejano como gris, tan desnudo como solo;

con cuantos nos conminan a no aprender de lo que fue.

Y nos mentimos con certeza. * [Garcilaso de la Vega]


Y habilitamos la escasez del presente como ejemplo de la verdad. A pesar de todo, existimos.

En este ámbito de vaciedad,

desconocedores del pasado, engañados por nuestra ignorancia,

nos consideramos exploradores en selva virgen,

colonizadores de llanuras deshabitadas. Innovadores.

No queremos saber que todo está ya escrito.

Sería preciso ir más lejos,

desconocer la paradoja y asumir que, en la oscuridad del pasado,

las figuras de cuantos fueron se reflejan en el agua que nos mueve,

en el río que jamás se detiene ante nuestros pies.

Y contemplar el esplendor de los que nos han antecedido,

como una onda que asume su condición de luz.

Entonces olvidaríamos nuestra servidumbre con las contradicciones incontroladas,

ese coágulo de sangre que impide a la razón reconocerse en la fracción del tiempo que vivimos, trágicamente.

Habría que cumplir la noche del olvido

y precisar la hora en que cruzamos el milagro de la memoria. Y en ese momento, absolver a nuestra ignorancia

de este orgullo de ser sin saber lo que hemos sido, de esta mentira fútil que transformamos en verdad.


Paradoja en la que, a pesar de todo, existimos. Sabedores entonces de cuanto fue, sumidos en el desencanto, si sintiéramos piedad por nuestra arrogancia,

la belleza de la vida nos protegería de nosotros mismos

y la hondura del pasado haría el resto:

travestir a la paradoja, recomponer el discurso, postergar a la mentira, conocer la verdad.

Salvemos nuestra piel,

atravesemos el límite de nuestra dependencia con la grisura,

la voluptuosidad que nos causa imaginarnos pioneros de la creación. Dejemos de mentirnos con certeza.

Y de los asuntos que nos mantengan ocupados, cuidemos la razón,

pues que vendrán a forzar nuestra inteligencia

y oiremos su torpe canto como el de un alcaraván. De los propósitos sin gloria, esperemos el olvido.

Sellemos un armisticio con el pasado,

aceptemos lo que fue y hoy es ejemplo de la verdad que ha sido, fuente que aborda nuestra sed.

No engañemos por más tiempo a la verdad.

Posterguemos nuestro orgullo de ser sin saber lo que hemos sido.


Los nombres del mar [En la muerte de Ángel Campos]

La poesía, el arte de la muerte. Procuramos acercar los recuerdos hacia el mar, el origen de la vida,

escribimos un nombre en la cresta de una ola

y cada signo se vuelve transparente, crece, se alza y, al cabo, permanece abierto al aire: la memoria.

Transcurren las noches, como ésta en que escribo, sin que callen los recuerdos,

sin que se desprenda una voz de mi memoria,

como eco de un tiempo acontecido y útil al afecto,

a cuanto le he tenido, a todo el que me tuvo.

Una sola palabra, ningún gesto de olvido. Y nombrar a quien ya no me nombra,

a quien supo disponer tantos nombres al mar que encendió la invisible esperanza en una tierra ajena a otra tan cercana.

Su muerte, como la de un campo de labrantía, quedó cubierta de madreselvas y de avecillas,

un brevísimo camino hacia la vanidad de la nada

en el que sería preciso reconocer las voces de cuantos ha querido


y los ecos de los que le han amado.

Y arribado a puerto, en paz consigo mismo,

mezclarse con el vacío, desaparecer.

Sin hierba y sin tristeza.

Ni siquiera sabemos qué es la vida. El tiempo nos lo impide.

Sabemos, eso sí, que todo se repite, a fuerza de ser irrepetible.

Que todo se afinca en la memoria.

Y que vivimos.

Y que morir resulta necesario.

Pues si ni siquiera sabemos qué es la vida,

cómo entender el arte de la muerte.

La más estricta ausencia.


La memoria amarilla Por la noche registras los recuerdos

para comprender súbitamente que las palabras dichas,

las voces escuchadas, están amarillentas

y que todos los minutos de tu vida se funden en la oscuridad.

Recuentas tus episodios menos expresados y todos preguntan por ti,

por tu sonriente soledad. Y la vida pasa.

En la superficie de los cuerpos, las noches van dejando minuciosas heridas,

una memoria amarilla con la que delatas viejas imágenes fijadas en el tiempo.

Pero el tiempo no es sino una copa de cristal

donde la luz se teje y se desteje siempre a sí misma. Por la noche, una levísima fuga de luz resbala por las hojas del membrillero,

crecido en tu jardín de las Hespérides. Ambarina,

esa luz es otro río de Heráclito en el que nadie puede bañarse dos veces.

Fluyendo,

el fulgor transforma la sustancia de todos los seres que acuden a tu memoria. Y entonces el tiempo, en la oscuridad, es una copa de cristal. Te dejas vivir, sencillamente.

Cuando a veces te duermes para nada, algo inaudible te despierta: los mares de arena de Sorolla,

las profecías amorosas de Garcilaso,


las costumbres de olvido de Cernuda,

los salmos ensangrentados de grisura de Evtushenko

[“La grisura es una prostituta necia y las pasiones no le son ajenas”].

Abres los ojos a la desmesura,

al arte de las cosas,

al diluvio de nombres en tu lecho. Y te dejas existir enrevesado en el aire

que define la distancia entre tu cuerpo y las pasiones no vividas,

acuñadas solamente entre tus manos cordiales.

[Y yo quiero evocarte, mirar lo que tú mirabas detrás de los cristales de la noche]. Lloras permanencias de recuerdos,

reintegrado a las fechas,

iluminado por un sortilegio temporal que vierte su resplandor sobre la sábana.

Has existido en decenios de vidrio,

has escrito sentencias que hablaban de palomas,

de ángeles caídos, de abanicos abiertos aunque tristes, de ríos expuestos al tapiz de la llanura. Y al cabo te desconoces.

Y cada palabra es extranjera en este país oscuro que te habita. Y tú no lo comprendes.


Porque has recorrido los años colmado de intemperies,

ahíto de perfecciones ajenas

y abrumado de esbeltos escaparates con la dignidad en venta.

Y uno tiene conciencia de tu pena, que no es única,

cuando vuela súbitamente entre la noche el enjambre de propósitos,

rotos por la metralla inútil.

Y uno tiene constancia de tus sueños,

incomprensibles signos sin cordura [como esto que ahora escribo] para cuantos de ti sólo conocen tu lenguaje de los días,

el sentido de tus actos en la luz de la mañana,

sin saber de tus heridas nocturnas,

de tu memoria amarilla que se oculta sin pudor bajo la almohada.

Por diferentes motivos, la noche sigue siendo oscura. La ciudad maldice como siempre

tantas cruces grabadas en el pecho de los vivos,

que ahora duermen ajenos a su olvido:

ya no hablan el mismo idioma que el verano.

A ti, palpitante todavía bajo la oquedad de la sábana, no te preocupan las pequeñas virtudes con chistera que saludan a tu caminar cada mañana, ni tienes mucho que decirles.

Porque has supuesto que en alguna parte de tu vida tendrás que abandonarles,


abrir una ventana y expulsar sus recuerdos borrascosos,

a horcajadas sobre el aire. Porque tu trabajo no es justificarles. Después de la expiación, en el insomnio de la noche, a mitad de la sinrazón y el barbitúrico,

volarás entre la turbamulta hacia el ocaso astral.

Y en el horizonte, mientras se agiten sutilmente tus alas,

habrán sido convocados al sortilegio el verbo y la nada

para hacerse cielo y tierra.



Los escarpes de la edad