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La Mora. Una fuente, muchas vidas

MIGUEL ÁNGEL MAINAR JAIME


La Mora. Una fuente, muchas vidas MIGUEL ÁMGEL MAINAR JAIME

EDICIÓN

Ayuntamiento de Cariñena COORDINACIÓN

Benito Báguena Isiegas DISEÑO

Miguel Bielsa + Jorge Rabadán IMPRESIÓN

Tipolínea DEPÓSITO LEGAL

Z-4047-10

© De la edición, Ayuntamiento de Cariñena © De las fotografías, Archivo gráfico del Ayuntamiento de Cariñena y sus autores © Miguel Ángel Mainar Jaime

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La Mora. Una fuente, muchas vidas

MIGUEL ÁNGEL MAINAR JAIME


Si toda fuente, como tal, constituye un importante símbolo, utilizado habitualmente en el arte y la literatura, no cabe ninguna duda de que la Fuente de la Mora es uno de los símbolos más representativos de la ciudad de Cariñena. En numerosas ocasiones, contemplándola, me he preguntado –y como yo, seguramente, muchos cariñenenses– a quién representa su figura y a qué debe su nombre «la Mora». ¿Es quizá un joven Baco, al que a veces solía representarse con vestiduras y rasgos femeninos? ¿Será acaso una hermosa canéfora, esa doncella que, en las fiestas griegas y romanas de la antigüedad, portaba una cesta con flores y frutos? Hay que considerar también el hecho de que en la mitología aragonesa, las Moras (o Donas d´aigua) son «fadas» o seres femeninos de extraordinaria belleza, morenas de cara, que habitan en las aguas. Sea como fuere, quizá la lectura de este delicioso libro nos proporcione algunas claves que permitan a cada uno sacar sus propias conclusiones. A lo largo de sus páginas, Miguel Ángel Mainar se mete bajo la piel férrea y a la vez delicada de esta joven fontana (¿o es ella la que se cuela en su corazón?) y con gran maestría le presta su voz, su pensamiento y su sabiduría. Así, la Mora, nos va relatando hechos y acontecimientos que ella ha vivido desde aquel lejano 1882 en que fue fundida por Antonio Averly y colocada en el centro de la plaza que oficiosamente lleva su nombre.


A veces nos habla de las gentes que ha visto pasar a su lado y de su realidad cotidiana. Otras fabula e inventa historias que, desde su perspectiva desdibujada por un eterno manto de agua, pudieran ser verdaderas. Desde su posición privilegiada ha podido contemplar la evolución de Cariñena y los profundos cambios que han ido produciéndose a su alrededor. También nosotros podremos comprobarlo a través de las fotografías que ilustran este libro, en las que la Mora y su plaza son las protagonistas. Unos sentirán nostalgias de un tiempo que les tocó vivir, otros curiosidad e interés por circunstancias y formas de vida que ya forman parte de nuestra historia, pero sin duda alguna, todos sentiremos cariño y orgullo por este monumento que es un símbolo de Cariñena, y alrededor del cual discurre el devenir de lo cotidiano, pero sobre todo las celebraciones más importantes de nuestra ciudad. Como muy bien apunta Miguel Ángel, a lo largo de los casi 130 años de existencia, la Mora ha sido protagonista y testigo de muchos acontecimientos, de muchas vidas. ¡Cuántos rostros, cuántas conversaciones, cuántos secretos, cuántas penas, y esperanzas guardará en su delicado corazón de hierro! Unas veces se habrá alegrado con el aire de unas jotas, otras habrá soportado, con una imperceptible sonrisa, el alborozo de los niños y los chapuzones de los jóvenes durante los encierros y las fiestas. Por San Valero, presta su círculo mágico para soportar el tradicional roscón, y ya

en septiembre, el día grande de la Fiesta de la Vendimia. Ese día grande en el que, engalanada, contempla con profunda emoción el pisado de uvas y el primer mosto ofrecido al Santo Cristo de Santiago. Ese día grande para ella en el que sus aguas, como en un antiguo milagro bíblico, se transforman en vino. Agua y Vino. Dos elementos esenciales que la Mora nos ofrece. El Agua, preciada y transparente, origen de la vida y la fecundidad. El Vino, símbolo de la juventud y el sacrificio, esencia de esta tierra roja y fértil que nos acoge y nutre. Espero que la lectura de «La Mora. Una fuente, muchas vidas», el delicioso libro que ha pergeñado Miguel Ángel, sea para vosotros, queridos cariñenenses, un auténtico deleite y a la vez un impulso para amar y conservar mejor un patrimonio que nos pertenece a todos. Sergio Ortiz Gutiérrez Alcalde de la Ciudad de Cariñena


A mis padres, AgustĂ­n y Esperanza, y a todos los que hicieron casa con agua de fuente


Agua, aqua de los antiguos, superficial, subterrรกnea, agua de lluvia, de deshielo, agua fluyente, estancada, agua que se precipita desde las alturas o que surge de la tierra, manantiales naturales o perforados por la vara santa. Agua dulce, potable, precisa, insustituible...

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Toda forma de vida conocida necesita agua, depende del agua. Toda civilización surge del agua, como un estado más del preciado elemento; agua sólida, líquida, gaseosa, civilizada… Agua para beber, para regar, para construir, alimentar, transportar, agua para medir el tiempo, agua para el aseo y la salud. Agua en el origen de la vida. Agua en la formación del espíritu. Agua definitiva. La mayoría de las religiones otorgan al agua poderes sacramentales y purificadores. Importantes filósofos de la antigüedad la consideraban una de las raíces o elementos a partir de cuyas combinaciones surgen todas las cosas existentes. La historia nos ha demostrado que las civilizaciones primitivas nacieron allá donde el agua estaba disponible y la agricultura era posible. Todos sabemos, además, que el futuro estará donde haya disponibilidad de agua. Y los científicos ya la buscan más allá de nuestro planeta. Porque el agua es el elemento más buscado de todos los tiempos, el más adorado, el más glorificado. Ni el oro o las piedras preciosas, ni la legendaria alquimia ni el Santo Grial han ocupado el quehacer de la humanidad como lo ha hecho el agua. Tampoco han alimentado tantos mitos, historias y fábulas como ésta.

página anterior, derecha y siguiente. Detalles de «la Mora»

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Donde hay agua, hay vida. Por ello los que buscan la vida se afanan primero por encontrar el agua. El agua de los ríos, de los manantiales o de los pozos, el agua que les permita establecerse y crear una familia, una sociedad, una civilización. Cariñena tiene un río, el río Frasno, que la mayor parte del año sólo es un lecho pedregoso y triste. Un río que fluye únicamente cuando las lluvias son generosas y que se agota irremediablemente a las pocas semanas de empezar a correr. Pero probablemente hubo un tiempo, milenios atrás, en que exhibió una mocedad poderosa, incansablemente húmeda y surgente. Los primeros pobladores pudieron encontrar gracias a él las condiciones idóneas para establecerse. O bien accedían directamente a sus aguas o bien obtenían ésta de fáciles pozos donde brotaba el líquido que durante largas épocas se había ido acumulando bajo la tierra. Con el tiempo, aquel adinerado romano a quien llaman Carinius debió atisbar un horizonte de esplendor en la población que hoy lleva de alguna manera su nombre y a partir de ahí empezó otra historia. Pero yo no estoy aquí para contarla, ésa es labor para sabios historiadores y yo, aunque algo sabia por vieja y por haber visto tantas cosas como he visto, sólo soy una humilde mujer-fontana. Sí, lo han leído bien, soy mujer y soy fuente, igual que un centauro es un hombre-caballo y una sirena una mujer-ave o, como más se le conoce, una mujer-pez.


Me llaman La Mora, aunque mi origen no es, ni de lejos, sarraceno; quizá la ligera túnica que me cubre y mi color oscuro han inspirado ciertas interpretaciones. Algunos, cuya imaginación me encanta, pues yo misma soy de natural cuentista y fabuladora, dicen que soy la representación de Dionisio, el dios griego del vino, a quien los cariñenenses, dicho sea de paso, deberían hacer mayor honra, que no creo que fuera a enfadarse el Santo Cristo de Santiago. Otros más descreídos me reducen a simple ninfa surgida de un catálogo industrial de ornamentos urbanísticos; ya ven: ¡qué poca sensibilidad! Si me preguntan a mí, y volviendo a la Grecia clásica, cuando me veo reflejada en las aguas cristalinas del pilón sobre el que me situaron, más que a Dionisio creo que me parezco al joven Ganímedes dispuesto a repartir vino entre los dioses del Olimpo. Pero no puedo ser él salvo en una interpretación muy libre, pues creo que Ganímedes era un apuesto guerrero troyano de rasgos bellamente varoniles (lo que no impidió al gran Zeus, sino mas bien al contrario, raptarlo para solaz propio y rabieta de su esposa Hera). Yo, como he dicho, soy mujer, es cierto que quizá púber todavía, y no pienso renunciar a mi feminidad ni siquiera por el honor de representar a un héroe clásico.

Dicen que soy la más importante fuente de Cariñena, y aunque por pudor y por evidentes razones de movilidad yo no puedo afirmarlo, es posible que sea así. A juzgar por el palacio que tengo a mi espalda y que llaman Ayuntamiento, no cabe duda de que me encuentro en un lugar principal. Es por ello, supongo, que en torno a mí se producen acontecimientos de gran trascendencia, con abundante gentío, mucha algarabía, algo de envaramiento en ocasiones, músicas y fanfarrias, desfiles, besamanos, procesiones, festejos y manifestaciones variopintas del espíritu humano. No quisiera parecer pedante ni engolada, pero tengo más de cien años y he visto tantas cosas, tantas tragedias y tantas comedias, han desfilado tantas vidas por delante de mí, que algo de importancia, creo, debo de tener para mis vecinos. Pero ojo, no soy, ni mucho menos, la fuente más vieja de Cariñena. Ese honor lo tiene, precisamente, la que llaman Fuente Vieja, un manantial de sillería construido en el siglo XV junto a la antigua muralla para refresco de personas y animales. La Fuente Vieja es, probablemente, la primera fuente de Cariñena, cuyos habitantes, hasta la construcción de la misma, parece que se abastecían de pozos excavados en las propias viviendas. O directamente

derecha.

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Detalle de la «Fuente vieja»


del río, si todavía pululaba éste con brío suficiente. Hoy ya no se bebe el agua de esos pozos, la mayoría de ellos desaparecidos, pero tuvo que llegar el siglo XX con sus grandes avances para que cayeran definitivamente en desuso. El agua es determinante a la hora de establecer un poblamiento, pero el grado de acceso a la misma es asimismo sustancial para que éste se desarrolle. De ahí que el hombre se las haya arreglado siempre para construir infraestructuras e ingenios que acercasen el agua a los ciudadanos. Desde el pionero y todavía actual tornillo de Arquímedes a las modernas instalaciones urbanas, pasando por los acueductos romanos o las más o menos humildes fuentes, todas las soluciones pensadas por el ser humano han perseguido la inserción del agua de la forma más directa y cómoda posible en sus actividades. Las fuentes urbanas fueron uno de los primeros escalones. Se construían para llevar el agua de manantiales naturales, cursos de ríos o alumbramientos forzados hasta las plazas y vías principales de las poblaciones. La Fuente Vieja era a la vez fuente y abrevadero de animales, surtía de agua a los dos lavaderos del pueblo, el convencional y el de enfermos, y los flujos sobrantes todavía abastecían un estanque, el Estanque Bajo, utilizado para regar unos olivares hoy desaparecidos. Pero Cariñena crecía y la Fuente Vieja se tornaba insuficiente. Así que en 1882 se redactó un ambicioso proyecto de abastecimiento que preveía

arriba derecha.

Fuente vieja, abrevaderos y lavaderos, 1924

izquierda. Portada del proyecto para abastecer de aguas potables a Cariñena, 1878 página siguiente. Vista panorámica de Cariñena desde la Torre de la Iglesia, 1909

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la construcción de tres nuevas fuentes a lo largo de los seiscientos metros de la calle Mayor. A ellas se uniría también una cuarta, de carácter ornamental, en la plaza del Ayuntamiento, llamada entonces plaza del Mercado porque allí, en la lonja municipal, se daban cita compradores y vendedores. Un proyecto, por otra parte, que contemplaba futuros servicios en viviendas, para extinción de incendios y de riego. La de la plaza del Mercado era la fuente que popularmente se habría de conocer como Fuente de la Mora, aunque también se le llamó Fuente de los Patos. Es curioso, ni los patos son patos, que son cisnes, ni yo soy mora, ya lo he dicho. Pero así se me ha llamado desde entonces y a mí no me importa, porque una noche escuché la explicación que un mozo enamorado daba a su novia acerca del origen de mi nombre y, la verdad, me gustó. Era una noche apacible de verano, de esas en que el fresco se deja notar e invita a las gentes a salir de sus casas, donde se han encerrado por la tarde para protegerse del calor. Todo el mundo, como es habitual, andaba por los veladores del Paseo, muy pocos por la calle Mayor. De hito en hito alguien pasaba por mi lado, ignorándome, hasta que llegaron, de la mano, los dos enamorados. La chica se acercó hasta el borde del pilón, alargó los brazos y recogió agua de uno de los patos (ya me he acostumbrado a llamarlos así). No la bebió,

como hacían antaño, sino que la derramó sobre la cabeza de su novio. Imagínense la escena: risas, carreras alrededor del aro, salpicaduras y un tórrido encuentro final justo bajo mi mirada. El amor ahora no es tan recogido y disimulado como cuando venían las mozas con el cántaro a por agua. Me gusta la naturalidad actual de los jóvenes, pero, a veces, como silencioso testigo de sus efusiones, siento un pudor a la vez apocado y picante. Ellos piensan que sólo soy de hierro… Sin embargo, este joven que digo vio algo distinto en mí. Eso, o era un gran embaucador que se ganó en una misma partida a la muchacha y a la Mora. El caso es que, más allá del metal que me cubre, el galán supo ver a la mujer que soy y conmoverme hasta el llanto, ese llanto inapreciable de las fuentes en el que las lágrimas se mezclan con el agua de los surtidores sin poder escapar nunca de su condena a la invisibilidad.

izquierda. Primera foto de la Fuente de la Mora sin «patos», 1883 página siguiente.

1961 y 1968

Escenas de mercado: 1907, 1924,

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«Ojo que nos ve la Mora», bromeó la chica cuando él la atrajo por la cintura y comenzó a besarle el cuello. El novio se volvió, me miró a la cara y afirmó: «se muere de envidia». «Pues dale un beso», replicó ella. Y a continuación el aludido se encaramó al pilón, puso el pie en un pato y se dispuso a saltar hasta el plato donde me encuentro. «¿Estás tonto?», le recriminó la novia tirándole del brazo, «baja de ahí». Y, para mi desdicha, él bajó. Pero prosiguió con el juego: «mírala, se ha quedado con las ganas, creo que nunca la llegaron a besar». «Definitivamente, estás tonto», contestó su compañera haciendo ademán de marcharse. «No, espera, no… la Mora existió, escucha…». Y comenzó a relatarle una historia, mi historia, que yo nunca antes había escuchado.

derecha.

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Calle Mayor, 1970


Esta plaza, que ahora se llama plaza de España, aunque nos solemos referir a ella como plaza del Ayuntamiento, hace cien años era conocida como plaza del Mercado, porque era aquí donde se comerciaba. Los vendedores solían ponerse bajo las arcadas del Ayuntamiento, en lo que denominaban lonja, pero no siempre cabían ahí y también ocupaban otros lugares en torno a la plaza. Uno de los hortelanos más antiguos de Cariñena era de los que tenían derecho a lonja, lo cual era muy ventajoso porque suponía estar resguardado del viento, la lluvia o el sol. Este hortelano tenía una hija, y cuando la niña se hizo mayor optó por mandarla a ella a feriar al mercado, así él podía seguir con las tareas de la huerta. Pero a la muchacha, no se sabe por qué, no le gustaba instalarse bajo los soportales del Ayuntamiento y siempre lo hacía en el mismo centro de la plaza. Todos los veranos le ocurría lo mismo: debido al sol que soportaba en el mercado y cuando ayudaba a su padre en la huerta, la tez se le oscurecía exageradamente. Además, aunque no estaba muy bien visto, solía acudir a vender cubierta únicamente por un ligero sayo que minoraba el calor que tenía que soportar. Ese atuendo no era el que solían llevar las mujeres en 26


la época y recordaba más al de las musulmanas que contaban las viejas leyendas; además, aunque ella era poco más que una niña, le otorgaba una cierta sensualidad que atraía a los hombres y, como te puedes imaginar, repelía a las mujeres. Así que, morena, con vestido largo y odiosamente atractiva, a la chica no tardaron en apodarla La Mora, yo creo que con una cierta malicia, pero tampoco estoy seguro. El caso es que la Mora acudía puntualmente al mercado y se situaba en el centro de la plaza, aquí mismo, donde está ahora, para vender las hortalizas de su padre. Todo normal hasta que la providencia (el progreso más bien) quiso que llegaran a Cariñena dos jóvenes ciertamente apuestos y con estudios, algo que en aquellos tiempos les hubiera hecho acreedores a las más ricas mozas casaderas que hubiera. Ellos, sin embargo, y ambos a la vez, se rindieron ante una de las más humildes, la Mora. Uno era agrimensor y trabajaba en el proyecto para abastecer de agua potable a Cariñena, que contemplaba la instalación de cuatro fuentes vecinales, una de ellas, precisamente, donde la hija del hortelano colocaba siempre su tenderete. Su misión era hacer mediciones y cálculos sobre 27


caudales, materiales a emplear, costes, tiempo de ejecución de las obras… El otro era propietario de una importante fundición a la que habían encargado diversos materiales de hierro para la línea de tren que estaba previsto construir entre Cariñena y Zaragoza con el fin de que los bodegueros pudieran exportar sus vinos. Ambos trabaron amistad porque solían pernoctar en la misma fonda y parecían tener varias cosas en común. De hecho, a la Mora la conocieron cuando paseaban juntos por el pueblo. Enseguida les llamó la atención su establecimiento, aislado de los demás, su cara extrañamente tintada y hermosa y esa túnica ligera de reminiscencias literarias. La cortejaron a dúo entre bromas de tunante y veras de mancebo preso de amor; de un amor, eso sí, disimulado. Porque cada uno de ellos aparentaba ante el otro encontrarse ante un simple juego de mocedad, un divertimento banal a costa de una muchacha bonita que pronto erraría por la senda del olvido. Esta actitud, sin embargo, provocaba que los dos fueran cayendo, imperceptiblemente, en un profundo pozo en cuyo fondo sólo encontrarían desdicha, ya que cuanta más desafección mostraba 28


el uno por la Mora, más esperanzas albergaba el otro de quedarse con ella para siempre. Por su parte, la muchacha disfrutaba de su recién estrenada juventud como pudiera hacerlo un labrador recogiendo el fruto de mieses ubérrimas. Despertaba al mundo de los sentidos como un río en su crecida primaveral, y allí estaban los dos jóvenes foranos para catalizar las transformaciones que estaba sufriendo y conducirla a un nuevo territorio de sensaciones. Por algún sitio le había brotado un alma que la llevaba en volandas de un lugar para otro, como si ella no fuera dueña de sus actos, y que sólo pedía una cosa a cambio: que la cubrieran de besos. Y ahí es donde empezó a percibir que una tormenta se cernía sobre ellos. ¿De quién tenían que ser esos besos? En el juego del festejo sus dos pretendientes aparentaban haber capitulado ante ella, pero ¿era ciertamente así? Podía ocurrir que sólo fueran galanteos simulados y que realmente ninguno sintiera lo que expresaba. O que sólo uno se estuviera comportando con sinceridad, ¿quién de ellos?, en este caso. Y lo más importante, ¿qué sentía ella?, ¿hacia dónde se inclinaba su ser? Ciertamente estaba enamorada, de eso no tenía duda. Poco a poco el agrimensor y el fundidor habían ido 29


repujando su corazón con relieves alados. Se sentía poseída y sabía que su voluntad estaba en manos de los dos amigos, pero ¿era posible querer a dos hombres a la vez? No era eso lo que le habían enseñado ni lo que veía a su alrededor, y aunque se sentía dispuesta a explorar ese camino, algo, muy adentro, le advertía con gritos que le anudaban el estómago que, por ahí, no había salida. Una mañana, recién entrado el invierno, el agrimensor notó un repentino frío en la nuca y las piernas comenzaron a temblarle. Se sintió pequeño y frágil y la imagen de la Mora se le apareció como si fuera una cadiera a la que acercarse con la ropa calada tras la borrasca. De inmediato abandonó sus labores en el río Frasno, corrió a la huerta y ante la mirada del atribulado hortelano desenmascaró su pasión por la muchacha. Esa misma tarde, como si unos dioses antiguos estuvieran jugando con ellos, al terminar su faena y con el corazón arrebatado el fundidor ofreció todos los tesoros de su pecho abierto en el mismo escenario y ante los mismos actores. Pero la Mora ya había comprometido su alma con el más madrugador. Los dos jóvenes se encontraron en la fonda al anochecer. No supieron si odiarse o si pedirse perdón, si ofrecer explicaciones o solicitar desagravios, si reír 30


o llorar, si emborracharse o acuchillarse. Finalmente sólo cruzaron las miradas para reconocer, sin palabras, que todo había terminado. Al alba, un rumor grave, de los que anuncian calamidades, recorrió el espinazo cariñenense: la Mora no acudiría a la plaza del Mercado ese día, uno de los jóvenes forasteros se la había llevado por la fuerza de la misma casa paterna. Al enterarse, el agrimensor salió apresuradamente en dirección a Zaragoza. Sabía que su antiguo amigo tenía allí la fundición y que difícilmente estaría en otro lugar. Acaso había pensado que un acto de fuerza como ése iba a demostrar que era él quien sentía un amor indesmayable y que la muchacha cambiaría de opinión. Lo que encontró no se lo esperaba. El fundidor apareció balanceándose en una soga anudada fatalmente en su cuello y sujeta a una de las grúas que utilizaban para mover los materiales de la fundición. Sobre una de las palancas de la grúa una nota manuscrita decía: «puedes llevarte tu Mora». Arrojó la nota al suelo y se precipitó hacia las estancias contiguas con el corazón galopante y una angustia que le prensaba los pulmones hasta asfixiarlo. En una de ellas la encontró, 31


morena, con su sayo de verano desvanecido y sus pequeños pechos al aire, las piernas desnudas y los brazos elevados sobre la cabeza, como si portara uno de los canastos de hortalizas con los que habitualmente comerciaba. La encontró así… fundida en hierro. De la Mora real, la hija del hortelano, nunca más se supo. El joven terminó su proyecto y se encargó de ejecutarlo directa y meticulosamente. Lo último que hizo fue levantar la fuente de la plaza del Mercado, donde colocó la figura fundida del que había sido su gran amor. Miró a la Mora como despidiéndose y por un momento creyó que sus ojos estaban vivos y le pedían un beso. Si los operarios del Ayuntamiento no hubieran abierto el paso del agua para probar la instalación, la hubiese visto llorar, pero las lágrimas de una fuente siempre son inadvertidas, se las lleva el agua condenándolas a una perpetua invisibilidad. El agrimensor no se despidió de nadie. Regresó a la fonda, recogió sus cosas y cayó fulminado por el amor y la desesperación acumulados. Cariñena tenía sus nuevas fuentes, que habían costado tres vidas. derecha.

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Esperando a recoger el cántaro, 1934


El agua quita la sed, pero también favorece la limpieza y la higiene y contribuye a instaurar costumbres decorosas en las viviendas y las familias, haciendo avanzar a la sociedad, como el propio proyecto de abastecimiento de aguas aventuraba en su momento. Las nuevas fuentes de Cariñena, sin duda, sirvieron para todo ello. Pero la fuente principal, la de la plaza del Mercado, no se terminó realmente hasta un año después de su inauguración. Inicialmente no era como la conocemos hoy, pues sólo constaba del vaso, construido con piedra de Tafalla, y la columna central con el plato que sostiene a la figura surgente. Es decir, cumplía con sus objetivos ornamentales pero no servía como fuente de uso público, pues no tenía caños accesibles para los cántaros. Los cariñenenses se las arreglaron para colocar unas cañas que derivasen el agua desde la plataforma superior hasta el aro del pilón, pero evidentemente ésa era sólo una solución temporal. Los patos llegaron después para arreglar definitivamente el problema. Cuatro bellos cisnes de fundición se colocaron en el interior del aro, al alcance de las manos. Sus picos eran (y son todavía) surtidores de agua. Las mozas y las criadas apoyaban bajo ellos los cántaros y los llenaban hasta rebosar, quizá por eso de vez en cuando se oía aquello de «en Cariñena, hasta que no se sale no está llena».

Aquellas escenas diarias dieron lugar a muchos lances de amor o de pícaros acercamientos. Muchos hombres aprovechaban las horas en las que más mozas había en torno a la fuente para acudir a la zapatería, al banco, a la peluquería o a cualquiera de los comercios que con el tiempo se fueron situando en la plaza del Ayuntamiento. Algunos invitaban a churros o pasteles a las chicas. Otros, menos pudientes o más torpes en el arte del galanteo, simplemente miraban. Y los de lengua más suelta las apabullaban con una retórica ora plagada de malos ripios ora exultante en versos bien labrados. A mí, la Mora, estos episodios me entretenían sobremanera. Cada enamorado es un mundo, cada pareja un universo, pero el cortejo y sus circunloquios siempre parten del mismo sitio y van al mismo lugar. Una película rodada parcialmente en Cariñena en 1925, Gigantes y Cabezudos, recrea particularmente bien, a mi entender, lo que en aquellas circunstancias solía ocurrir. La película es muda y por tanto sin verdaderos diálogos, pero yo he podido escuchar en cientos de ocasiones lo que dos enamorados se dicen en el borde de una fuente. Muchas tontadas, lo reconozco, pero también muchas palabras que hacen enrojecer el firmamento. Todavía recuerdo aquellos versos que escuché una mañana de abril:

izquierda.

«La Mora»

página siguiente.

Los «patos» 35


Acércate con el cántaro a la fuente, mujer, que ceder no es estar vencido. Una estrella aun en agua sigue ardiente y, sol, para tu gozo yo he nacido. No seas como el agua fría que fluye. Que si no es en el ánfora encerrada, igual que llega, de repente huye, dejando entre las manos casi nada. De cerámica y cristal hay un nido que mi corazón mide y construye y que para ti tengo, ay, escondido. Cuando el alma de la Mora atribuye a dos pechos un único latido, amor afirma, vida, y casa intuye.

derecha.

Rellenando la cántara de zinc, finales de los años 40

página siguiente. ¡Tanto va el cántaro a la fuente...! Escena de «Gigantes y cabezudos» de Florian Rey, 1924

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Con el tiempo, las fuentes pierden su función primigenia y quedan como adornos de espacios urbanos. En Cariñena, la de la Plaza Alta sufre una importante transformación y pasa de ser un simple caño de agua a convertirse en la Fuente de la Pipa, pues es un tonel de vino el que, como en las Bodas de Canaán pero al revés, ofrece agua. La Fuente de las Cadenas también mejora su aspecto. Se instala la del Torico en el Campo del Toro y después surgen algunas otras de importancia menor. La de la Mora sigue siendo la principal. Ya nadie viene a beber, es cierto, estamos en el siglo XXI. Pero algunas fuentes, y perdón por la inmodestia, seguimos siendo no sólo importantes, sino muy famosas. Yo salí en un película, ya lo he dicho, pero también he aparecido decenas de veces en la televisión y en los periódicos. No por mi singular belleza, he de reconocerlo, sino porque mis vecinos siguen manteniéndome en el centro de la vida pública de Cariñena (en la privada ya me cuelo yo). Como bien sabrán, un día al año ofrezco vino en vez de agua; otro, doy roscón. En fiestas soy más una piscina que una fuente. Si hay algo que celebrar, ahí esta la Mora para el decorado. Igual que les pasa a mis hermanas por todo el mundo, me convierten cuando les viene bien en comparsa de las victorias. Pero yo no me callo, si alguien se encarama sobre mí con banderas victoriosas, sea quien sea, siempre le susurro lo mismo:

izquierda. arriba.

Fuente de las cadenas durante la Guerra Civil

Fuente de las cadenas, 1973 43


La victoria es pura energía, una esfera de pasiones comprimidas que estalla al final de la lucha. La victoria es un espíritu encendido, fluyente, que busca cauces por los que drenar el exceso de dicha y así llega a las fuentes. La victoria es una fuente anímica que conduce a las masas humanas hasta las fuentes arquitectónicas para lograr una metáfora inteligible y rotunda. La victoria, aunque en ocasiones lo parezca, no entiende de justicia, no tiene patria ni banderas, es pura egolatría desbordada. La victoria suele estar arriba, sobre las fuentes, pero no es otra cosa que los restos del despilfarro en la batalla. La victoria siempre es pírrica para el corazón porque entre los vencidos hay hermanos.

derecha.

44

Falange de Cariñena, 1936


Hay quien me escala por capricho, por exhibicionismo, por ganar una apuesta, porque viene el toro. Hay quien necesita estar en lo alto, sin más, como hay quien no soporta estar abajo. Y ahí estamos las fuentes, al servicio de las vanidades humanas, de los antojos sobrevenidos. En mi caso, gozo de un fuste bien aherrojado, si no, ¡cuántas veces hubiéramos ido al suelo la Mora y los bravíos trepadores! A propósito de estas escenas, voy a intentar transcribir una conversación que, sentados en el aro del pilón, mantuvieron hace muchos años un viejo maestro muy querido en Cariñena y, supongo, uno de sus aventajados alumnos. Habían estado contemplando a varios mozos encaramados en el plato donde yo misma me encuentro, pletóricos de alegría y… en fin… pletóricos de alegría, dejémoslo ahí. El joven manifestó, como en broma, que el ser humano nunca dejaría de maravillarle. Y el maestro, aprovechando la circunstancia, impartió una de sus lecciones:

izquierda.

Peña «El botijo», 1961

arriba derecha.

Baño en la fuente después del café-confierto, 1977 47


–Dices que te maravilla el ser humano, pero dime, ¿qué es el ser humano para ti? –La creación más perfecta de la naturaleza. –¿No ha hecho la naturaleza nada más perfecto que el ser humano? –No hay duda. Es el ser más poderoso, un conquistador nato, siempre está en lo más alto y cada vez llega más arriba. Ninguna otra creación puede superar las hazañas del Hombre. –Pero, ¿qué es estar arriba? –Estar arriba es dominarlo todo, ver más, ver mejor… –¿Y no son los cortos de vista los que necesitan ver más y mejor? –Obviamente, pero el ser humano no escala para ver más y mejor, ve más y mejor porque escala. –En cualquier caso, esto quiere decir que antes de la escalada no veía todo lo que podía ver, 48


lo que necesitaba ver. Y que, a medida que sube, amplía más su visión, lo que hace todavía más patentes sus carencias originales. Podríamos decir que cuanto más sube más pequeño se descubre, ¿no es cierto? –Podríamos decirlo así. –Luego… el ser humano es conquistador a la fuerza, avanza impelido por una necesidad de superación que nace de su precaria situación inicial. Si la naturaleza le hubiera dotado con todo lo que necesita para sobrevivir, se mantendría tal cual fue creado, como cualquiera otra de las criaturas del mundo. Es, por lo tanto, un ser imperfecto, probablemente más imperfecto que los demás o que muchos de los demás. –Tal vez pudiera hacerlo, tal vez pudiera sobrevivir sin avanzar, sobrevivir en su estado original, como cualquier otra criatura, como un animal. Pero no es un animal, es un ser superior, por eso progresa, se eleva. –Pensemos en ello. Pensemos, por ejemplo, en un niño recién nacido y en un adulto. 49


¿Estamos de acuerdo en que el adulto es superior al recién nacido? –Lo estamos. –Sin embargo, es el recién nacido el que más y más rápidamente progresa. Cada día en él tiene un cambio; cada mes, un cambio mayor; y cada año que pasa hace al antaño bebé irreconocible. El adulto, por su parte, permanece estable, apenas progresa, y si lo hace, lo hace mucho más pausadamente. Pero, según nuestro punto de partida, el adulto era superior. Tendremos que concluir, quizás, que el progreso sólo es posible desde la inferioridad. ¿Estamos? –Es decir, que si el ser humano se ha colocado por encima de las demás criaturas es porque la naturaleza le ha hecho inferior a ellas. –Eso parece, pero dejémoslo ahí por ahora. Volvamos a las alturas. Hemos dicho que quien más arriba está, mejor ve, ¿no es cierto? –Eso hemos dicho. –Pero, ¿y los demás?¿Qué pasa con ellos? 50


–Su perspectiva no ha mejorado. –¿Eso crees? –Ya no sé lo que creo, maestro. –Bien, tranquilo. Piensa en una gavilla de trigo. ¿Se ve alguna espiga mejor que otras? –¿La de delante? –Puede ser. Pero vamos a elevar una sobre todas las demás. ¿Cuál se ve mejor? –La elevada, sin duda. –Si las espigas fuesen personas, ¿podríamos decir que ha mejorado la perspectiva de todas o sólo de la que más arriba está? –Ya lo entiendo: los de abajo también mejoran su visión, porque ven mejor a los de arriba. –Exacto. Luego podríamos colegir que el ser humano no sólo sube para ver mejor, sino para que le vean mejor. O lo que es lo mismo, progresa, se supera, porque es una forma de obtener un reconocimiento que no le ha sido 51


dado por naturaleza. Con lo que volvemos a concluir que, si es así, no podemos estar hablando de un ser superior. –Así que yo estoy equivocado. –Lo estás, pero fíjate que yo comparto tu opinión. Creo firmemente que el ser humano es la creación más perfecta de la naturaleza. –Ahora estoy descorazonado. –¿Por qué? –¿Cómo que por qué? Maestro, yo estaba convencido de algo que usted me ha demostrado que es falso y ahora me dice que usted está convencido de lo mismo que yo. ¿Está jugando conmigo? –Pues claro. –Ahora estoy más descorazonado. –A ver… ¿Qué hemos estado haciendo hasta ahora? –Dar vueltas y vueltas. 52


–¿Y cómo llamamos a eso? –Pensar, reflexionar… –Efectivamente. Y gracias a ello hemos llegado a una conclusión… –¿Qué el ser humano es imperfecto? –No, que el ser humano es superior. –¿Cuándo hemos llegado a esa conclusión? –Lo hemos hecho sin darnos cuenta. Pero ahora dime, ¿Por qué te considero un alumno aventajado y te tengo en mayor estima intelectual que a los demás? –Sería muy fácil e impúdico decir que porque soy superior. Además, ciertamente me siento imperfecto, tremendamente imperfecto. –Así es, eres imperfecto… pero consciente de tu imperfección. Por eso eres superior. El ser humano es la creación más perfecta de la naturaleza porque es capaz de percibir su imperfección. Y ése es el primer paso del progreso. Sólo los ignorantes se creen superiores por naturaleza. 53


Como pueden comprobar, yo, la Mora, he visto y oído de todo, pues todo el mundo ha pasado alguna vez por mi lado y la mayoría se ha sentado en mi borde, ha bebido de los caños, se ha refrescado con el agua, ha jugado alrededor del aro o ha cogido un capazo interminable, de esos que siempre acaban con el «¿dónde te has metido?», al llegar a casa. A pesar de ello, nunca he contado los secretos de los que me han hecho depositaria inocentemente unos y deliberadamente otros, no soy una de esas alcahuetas que van con dimes y diretes de acá para allá. He conocido, claro que sí, a algunas de éstas. Antes venían con el cántaro y, más que agua, trasegaban chismes de indisimulada maldad; hogaño no portan vasija alguna, pero siguen lacerando la honra de los demás e ignorando que la vida privada de cada uno pertenece sólo a su propietario y que ninguna persona ajena a ella tiene derecho a inmiscuirse lo más mínimo en su discurrir.

página anterior. derecha.

Vista del Ayuntamiento, 1917

Ayuntamiento, finales de los 40

página siguiente. Escenas de transporte de mercancías al mercado durante la Guerra Civil y camión de «Maggi», años 50

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Si ahora me he animado a romper mi silencio y contar algunas cosas es, primero, porque no dañan a nadie. Lo hago, también, por Benito Báguena y por el Ayuntamiento de Cariñena. Éste siempre me ha cuidado lo mejor que ha podido; el honor que me hace con esta publicación es una muestra del cariño que me tiene y que yo, como fuente bien nacida, quiero agradecer. Y de Benito, ¿qué podría decir? Casi seguro que soy el monumento más fotografiado de Cariñena, y él ha revuelto cielo y tierra para encontrar muchas de estas fotografías, algunas centenarias, que son una importante muestra, no de mi vida, que no es más importante que la de nadie, sino de todas las vidas que he vivido, que son tantas como las de todos los cariñenenses y visitantes que han dejado retazos de las suyas en torno a mí. Benito es un investigador vocacional, un dinamizador incombustible y, a su manera, también una fuente, aunque no de agua. Como yo, lleva en la cabeza una buena parte de la historia de Cariñena, la que han ido labrando con sus hechos los más notables cariñenenses, en el sentido más amplio de la palabra notable. Y, como yo, lleva en la cabeza, también, una buena parte de la historia más divertida y parda de Cariñena. O más que yo, porque mis conocimientos se limitan, como no podría ser de otra manera, a lo que ha ocurrido en la plaza del Ayuntamiento, que ha sido mucho, pero no todo. Pero esa historia, si quiere, que la escriba él.


De todo el material que se ha recopilado para esta edición, seguro que una de las imágenes más llamativas y buscadas será la de la helada de 1956, aunque sería más propio decir heladas, porque éstas fueron continuas prácticamente durante un mes entero. Me helé yo, como es todavía visible gracias a las fotografías, pero se helaron también las huertas, los olivos, las viñas… Recuerdo que pasé muchos días sin ver a los hortelanos por la plaza. En Cariñena había ocho o diez que acudían siempre que tenían género a vender al mercado. También acudía alguno de La Almunia, de Aguarón y creo recordar que de Muel. Me acuerdo de ellos con agrado porque eran un grupo de gente sosegada y tranquila, buena gente, como se suele decir. Vendían en armonía y almorzaban juntos con vino y gaseosa después de haber preparado sus manojicos de verduras. Aquella helada no se les olvidará nunca. Ni a mí tampoco, porque alguien a mi espalda recitó un día estas coplas:

Ya no viene el hortelano a la plaza del Mercado. No puede ver a la Mora y se le hiela la mano.

arriba.

Arturo Lanuza, principio de los 80

derecha.

Helada en 1956

página siguiente.

Guardia Civil con traje de gala en la Inauguración del Juzgado de Primera Instancia, 1912 60

Ya no vienen las criadas con la cántara a la fuente que los patos se han helado y ahora cantan diferente.


En las poblaciones pequeñas las manifestaciones del espíritu humano son como torrentes imparables que inundan las calles en busca de un punto de reunión, de un lugar donde remansarse y crear una laguna de emociones compartidas. Por ella navegan todos los vecinos, sea un quebranto o un gozo lo que las aguas arrastren. La aflicción o el alborozo nunca se viven con la misma intensidad, pero se comparten en ese ágora de nuestros tiempos que son las plazas mayores. A la plaza mayor de Cariñena, la del Mercado, del Ayuntamiento, la de España, pues todos estos nombres tiene o ha tenido, han llegado muchedumbres de muy diversa procedencia, ora en suave discurrir de arroyo naciente ora en aguadas de caudal incontenible. Mítines políticos, espectáculos musicales, presentaciones oficiales, charangas, manifestaciones, encierros, celebraciones de quintas, procesiones y fiestas de toda índole han tenido lugar en el centro de esta centenaria ciudad. Porque Cariñena tiene, desde 1909, el título de ciudad que le fue concedido en reconocimiento a los méritos de sus vecinos por el rey Alfonso XIII. Aunque ésta también es otra historia que habrán de contar versados investigadores.

izquierda. Esperando a las autoridades provinciales para el miting vinícola, 1895 página siguiente.

Multitud en la plaza, años 20 65


Por lo que a mí respecta, si en algo estoy versada, como ya he dicho en alguna ocasión, es en la vida de las gentes, de tantas y tantas vidas o retazos de vidas como han discurrido a mi alrededor. Que más sabe el diablo por viejo que por diablo y una ya va teniendo su edad. Y hablando del diablo, de todos es conocido que éste merodea por donde hay algarabía igual que un lobo por donde hay parideras. Por eso yo lo he visto urdir asechanzas y extender su hálito imperceptible y tenebroso como una red en la que han caído no pocos hombres y mujeres de endeble constitución. Si ha habido para él un buen caladero, éste han sido siempre las fiestas mayores, las de septiembre, cuando en la confusión de las turbamultas la veleidad del espíritu se muestra más en sazón que las propias uvas de los cascajos.

derecha.

Don José Bribián, Alcalde de Cariñena, con las participantes al concurso de «Maja internacional», 1970

página siguiente.

68

Encierros, años 50 y 80


No querría equivocar a nadie, no estoy en contra de las fiestas, que encarnan, con diferencia, el momento del año en el que recibo mayor homenaje. Las fiestas son, por naturaleza, sementera del libre albedrío y abono para el sano ejercicio de la desinhibición. De ahí que sean tan esperadas y seguidas en su desarrollo por el público menudo y adulto, que las recibe con el alborozo de quien está dispuesto a dejarse caer por una pendiente prolongada y de gran desnivel pero al final de la cual no hay sino el arrullo que deja la adrenalina desprendida. Estos festejos son vividos con ilusión por los pequeños, con intensidad por los jóvenes y con sosegado deleite por los mayores. Pero ocurre, a veces, que algunos no se resignan a disfrutar de la forma que les es procedente, y ahí es donde el descenso de la pendiente puede terminar en un amargo sinsabor. Una fábula moderna lo ejemplifica así:

izquierda.

Cabezudos saliendo del Ayuntamiento, 1924 73


Un hombre, casi anciano, se acercó a la Fuente de la Mora ebrio y, para divertir a las personas allí congregadas, dijo con sorna, como si ésta fuera el dios Baco: «oh, dios festivo de griegos y romanos, soy uno de tus más enfervorecidos hijos, yo te celebro y loo a diario, pero tú no te ocupas de mí como es menester; me has abandonado a la suerte de la edad y ya no puedo disfrutar de las fiestas como antaño, cuando corría el encierro como un diestro recortador; atiende mi súplica y dame de nuevo unas piernas y un corazón con los que correr y bailar sin descanso». Todos los presentes rieron la gracia, animaron al viejo y lo dejaron allí, en soledad, con su juego. Cuando se hizo el silencio, el hombre pudo escuchar una voz grave y moldeada por el filtro de la tierra, como si llegase hasta él desde mucho más abajo de sus pies: «¿quieres correr?, ¿quieres bailar hasta el amanecer? Hónrame como nunca lo has hecho y tendrás las piernas y el corazón que reclamas; di a todos que Baco está presente, predica el frenesí, bebe sin medida y yo te liberaré de tu viejo cuerpo». Sorprendido pero crédulo hasta le médula, el anciano tomó aquellas palabras como el mandato divino que aparentaban ser y predicó hasta que las risas, mofas y befas de los demás le hicieron pensar que todos se habían 74


sumado a su delirante actitud, al frenesí que pedía el dios. Se miró las piernas y las encontró fuertes como el boj; se palpó el pecho y lo encontró sereno, dispuesto, enérgico. «El próximo encierro lo correré», se dijo. Cuando soltaron las vacas saltó a la calle. Todo el mundo le reconvenía por su arrojo suicida e incluso algunos trataron de llevárselo del lugar. Pero él les increpaba con soberbia, forcejeaba y se liberaba de sus captores; «tenéis envidia», gritaba a las mujeres de los balcones y los hombres subidos en los remolques. La primera vaca se lo llevó por delante, lo volteó varias veces y lo arrastró entre sus cuernos para dejarlo exangüe a los pies de los patos mientras otros corredores se refugiaban en el interior de la fuente. Miró a la Mora creyendo estar ante Baco: «esto no es lo que me has prometido, yo quería unas piernas y un corazón jóvenes». La voz llegó de nuevo envuelta en un eco cavernoso: «tienes las piernas y el corazón que has pedido, tú mismo lo has comprobado; has corrido como un joven, ¿pero acaso piensas que ellos no tropiezan y caen?, ¿acaso no conoces que también son atropellados?, ¿por qué no te apoyas más en la experiencia que en las piernas, como te corresponde?» 75


Ya lo he dicho, el diablo, en ocasiones, no tiene más que entrar por la puerta que se le abre. Pero no son muchas, afortunadamente. En torno a mí, a la Fuente de la Mora, lo que más se abre es la felicidad, que se despliega como un abanico desde la calle de Aguarón a la del Cordero reservándome, siempre, el lugar central de su espectáculo y, cada trescientos sesenta y cinco días, el más principal. Me refiero, es fácil de adivinar, a la Fiesta de la Vendimia. El único día del año en el que dejo de ser la Mora para ser la Fuente del Vino. El día en que mis teñidos caños son paseados gracias a los maravillosos inventos de la fotografía y la televisión a miles de kilómetros de distancia para que me contemplen decenas de miles de personas. No puedo expresar con palabras lo que ese día significa para mí, el éxtasis que se apodera de todo mi ser. La Fiesta de la Vendimia sí que es un verdadero homenaje a Baco. Todo el Campo de Cariñena se reúne como los estambres de una flor alrededor del vino manantío. Y como los estambres, desprende el polen fecundante de una cultura milenaria que circula por sus venas emparentada con la propia savia de las vides.

página anterior. izquierda.

Fiesta de «La vendimia», 1995

Fiesta de «La vendimia», 1969

derecha.

Fuente decorada con melocotones. Hermanamiento con Calanda, 2000

página siguiente. Pisado de la uva, 1968 y primer llenado de vino, 1974

78


Para quienes se acercan a la Fiesta de la Vendimia con el espíritu abierto, dispuesto para aprehender, como los agricultores, la sabia enseñanza de la tierra, es un espectáculo sobrecogedor. En él rezuman ecos pasados y pasiones de hoy en un cantar de gesta labradora que deja tras de sí un reguero de versos abocados como el vino añejo. Hasta los reyes de España han sido testigos de lo que en Cariñena acontece en un día así, pero si yo tuviera que elegir un episodio de todos cuantos he vivido, me quedaría con aquella Fiesta de la Vendimia levantada como tálamo de hermandad entre los hombres y mujeres de todos los rincones del planeta en la que fui decorada con ricos melocotones de Calanda (¿habrá mejor expresión de la fraternidad que la del melocotón y el vino?). Recuerdo con emoción incontenible la rompida de aquellos tambores agazapados que invadieron atronadoramente la plaza tras la estela de la sorpresa. Y aquella pisada de uva en la que una pareja de jóvenes del otro lado del mundo estrujaron con sus pies la primera fruta vendimiada. Fue desconcertante y hermoso como un pétalo blanco en una copa de vino tinto.

Dicen que es costumbre muy antigua la de llenar fuentes de vino en Cariñena y que el primer documento escrito en el que hay constancia de ello habla de la visita regia del gran Felipe II, aquel rey español sobre cuyas posesiones no se ponía el sol y que visitó a los cariñenenses en 1585. Yo, como ya he contado, soy gran amiga de inventar historias, y como pienso que las fuentes de vino que me antecedieron son mucho más antiguas que éstas de la que hablan las crónicas de Don Felipe, con un poco de imaginación y los retazos de una leyenda que por aquí circula, he compuesto mi propio relato de algo que aconteció cuando los dos Pedros, el rey de Castilla y el rey de Aragón, andaban zumbándose de lo lindo por estos lares.

izquierda. 75 aniversario de la D.O. Cariñena con SS. MM. los Reyes de España, 2008

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Los hombres del capitán Ramírez derribaron la puerta con una sonora patada. No hubiera hecho falta tanto derroche de energía, pues la tabla apenas se sostenía en sus goznes, pero el ejército castellano tenía órdenes muy claras: amedrentar a la población, atemorizarla hasta rendirla, no por las armas, que ya lo habían hecho, sino por el suplicio del terror. La humilde choza del sacristán no merecía tanto, ni una patada como aquella ni una docena de soldados tan bien pertrechados ni el destrozo que estos provocaron en la única estancia de la vivienda. Sin mediar palabra la ocuparon con su mortífera ferretería en las manos, la emporcaron con el barro de sus botas, la inundaron con un estruendo guerrillero desproporcionado y la desbarataron toda. No quedó loza sana en los anaqueles, se esparció el escaso contenido de los pucheros por el suelo, las cuentas del rosario que colgaba sobre la chimenea rodaron por los rincones. El sacristán lo contemplaba todo arrinconado entre las dos mitades en que había quedado el catre matrimonial, con el corazón encabritado por la sorpresa del ataque y los ojos huidos de sus órbitas por el miedo. 84


Era demasiado para un alma tan cándida y una voluntad tan pusilánime, tanto era que antes de que nadie le agarrase por la pechera o le acercase una daga al gaznate liberó aguas y se derrumbó en medio de un charco fétido. Cuando llegó su mujer, alertada por los vecinos, ninguno de los cuales se atrevió a acompañarla, lo encontró colgando entre dos fornidos conmilitones mientras un tercero le arrojaba el agua de una tinaja que milagrosamente sobrevivía sobre el caos. Con sus gritos de falsa angustia, de plañidera barata, la esposa consiguió lo que no lograron el agua y los zarandeos, que el sacristán abriese los ojos. Mientras balbuceaba una corta plegaria, el hombre fue recobrando las fuerzas y la noción de lo acontecido. Por su parte, la soldadesca repasaba el fondo de las cazuelas con mendrugos secos de pan. Cuando entró el capitán todo estaba dispuesto para el interrogatorio, es decir, el sacristán sentado en una tabla con las manos atadas a la espalda (lo que era tan innecesario como la patada de la puerta) y la mujer, con la sayuela rasgada y los pechos al aire, como buscando la protección de las paredes. Lo primero que pensó Ramírez es que aquella hembra tenía menos 85


miedo del que aparentaba y tanta hambre como el desdichado que le había descuadernado la indumentaria, pero tenía un quehacer, un quehacer preciso y apremiante, así que centró la atención en la caricatura humana que tenía delante. Tras un asedio no tan largo como salvaje, varias compañías del rey de Castilla habían logrado abrir las puertas de la villa y algunos lienzos de su muralla por los que penetraron con mucha dificultad hasta rendirla. La lucha fue encarnizada, no en vano todos los habitantes de las aldeas circundantes se habían refugiado en el poblado principal después de destruir sus propias viviendas y posesiones para que el ejército invasor no hiciera uso de ellas. Todos eran conscientes de que el futuro se resumía en algo muy sencillo: matar o morir. Al monarca castellano le precedía su fama de hombre cruel e inmisericorde, así que los refugiados tras las murallas de Cariñena, éste era el nombre de la población asediada, sabían que, en caso de desfallecer antes de que llegara el auxilio de su propio rey, serían degollados, desollados, decapitados o lentamente sacrificados para diversión del atacante y escarmiento de 86


cuantas aldeas o villorrios no pensaran dar paso franco a las huestes de occidente. Se defendieron, pues, con una bizarría impropia de campesinos y artesanos. Bien es cierto que estaban dirigidos y organizados por soldados de las compañías que el rey de Aragón había destacado en esta importante aldea y en otras vecinas en previsión del ataque; también lo es que contaban con imponentes murallas, ballestas y armamento abundante. Pero sin el coraje y la determinación que mostraron, la defensa frente a los castellanos hubiera sido mucho menos intensa y duradera. De hecho, tanto costó a las mesnadas atacantes la conquista, que su conocida sevicia se vio incrementada, una vez tomada la plaza, con el odio y la rabia generados por el tremendo esfuerzo que hubieron de realizar y las bajas que los lugareños provocaron con su encendida resistencia. Otras aldeas habían caído con mucha más facilidad, algunas incluso se habían entregado sin lucha. El ardor guerrero de los cariñenenses merecía un castigo ejemplar, pues el orgullo castellano estaba herido, y así ocurrió. Las tropas aragonesas supervivientes fueron ejecutadas al completo, no sin antes someter 87


a sus integrantes a torturas inenarrables. Las manos, los pies y la sangre de los soldados corrían cuesta abajo por las calles incluso mucho antes de que éstos perdieran la vida. Los campesinos y menestrales que no eran necesarios al servicio de los ocupantes corrieron la misma suerte. Las mujeres fueron forzadas y humilladas, muchas de ellas pasadas a cuchillo posteriormente. Hasta los niños sufrieron la venganza histórica de los hombres de Don Pedro el Cruel. Al rey aragonés, también llamado Pedro, pero en este caso con el apodo de El Ceremonioso, no le fue posible acudir en defensa de sus vasallos, pues andaba al mismo tiempo ocupado en la defensa de otros territorios amenazados también por su tocayo. La caída de Cariñena le dolió como pocas otras. Precisamente en este lugar había celebrado Cortes algunos años antes y residido durante algunos meses, mientras preparaba el reino para lo que sabía habría de ser una guerra duradera con el vecino de poniente. En aquellos días, y como agradecimiento por el honor que se les había hecho, los cariñenenses prometieron a su rey una fuente con el mejor 88


de sus vinos para celebrar la victoria sobre el castellano cuando ésta llegara. Eran los del lugar campesinos avezados desde antiguo en el cultivo de la vid y la obtención del vino, cuya fama se extendía como lo había hecho el propio reino de Aragón. ¡Cuántas veces se habían regado las conquistas por el Mediterráneo con los caldos de la villa! ¡Cuánto ardor había dado el cariñena a la sangre almogávar! Desde aquella vendimia de 1357, en la que el propio Ceremonioso participó pisando las uvas que habrían de ofrecer el vino reservado a la victoria, éste reposaba en un gran tino de madera. Acostumbraban los señores del lugar, los clérigos y algunos campesinos a guardarlo de este modo, en pasadizos subterráneos que excavaban bajo el suelo de sus viviendas. Comenzaban en una dirección y sólo daban por terminada la obra cuando ésta alcanzaba el túnel horadado por otro convecino. Toda la villa se encontraba, de esta manera, surcada en el subsuelo por innumerables galerías de distintas proporciones. A ellas llegaba la uva recién cortada, de la que se extraía un dulce mosto que, al fermentar, tornaba en delicioso vino. El mejor se guardaba para las celebraciones, el resto se consumía o trocaba por otros alimentos y enseres. 89


Los caballeros y hombres buenos de la villa, con la aquiescencia del clero, convinieron que el vino destinado al rey y su victoria había de guardarse en la cripta de la Iglesia, por ser éste lugar sagrado y estar más protegido frente a asaltos o pillajes. En cualquier caso, pocos habrían de estar en el secreto y todos juramentados en defender con su vida el caldo, como si de la mismísima sangre de Jesucristo se tratase. Y todos los que juraron morir murieron sin abrir la boca para otra cosa que escupir a sus torturadores castellanos o prorrumpir en alaridos de dolor y sangre. Una vez tomada la plaza, al capitán Ramírez no le había costado gran esfuerzo enterarse de la existencia del preciado tesoro, así como de los nombres y paradero de sus guardianes, o de los que todavía quedaban con vida. Uno a uno fueron apresados e interrogados. Y uno a uno fueron muriendo a consecuencia de los tormentos y de su propio juramento. Ramírez esperaba la llegada de su señor, al que suponía jubiloso por la buena marcha de la guerra con el aragonés, pero quería obsequiarle 90


con algo especial, una conquista particular: el vino destinado al rey de Aragón en la fuente prometida por los cariñenenses. El capitán sabía que su carrera en la milicia obtendría un impulso imparable si, con un solo trago de vino, el de Pedro III el Cruel, arrebatado a Pedro IV el Ceremonioso, lograba humillar al rey aragonés y a todo su reino, empezando por aquellos cabezotas cariñenenses. Sólo tenía que encontrar el rico manjar y recibir con él, en el mismo centro de la aldea y en presencia de los humillados aldeanos y de todo el ejército castellano, al señor de Castilla. Pero únicamente quedaba una persona que pudiera indicarle el lugar que estaba buscando: el sacristán. Ese pellejo tembloroso y suplicante maniatado frente a él. El capitán no entendía cómo a una inmundicia semejante se le había podido confiar un secreto de tal envergadura, pero ésa era su información. Con un gesto hizo que uno de sus ayudantes volcase el contenido de una saca ante el acongojado servidor de curas. Varias cabezas rodaron a sus pies provocándole un nuevo desvanecimiento que hizo temer a Ramírez por la vida de quien era su última esperanza. 91


Sin embargo, el sacristán no era un héroe, una vez vuelto en sí no hicieron falta más gestos o preguntas. Se levantó, pidió que lo desataran, recogió una llave colgada sobre la chimenea y salió de la estancia seguro de que el demonio castellano le seguiría los pasos. Él no formaba parte del grupo de juramentados pero sabía dónde estaba el vino del rey. Lo sabía porque la iglesia no tenía secretos para él. No quería entregarlo, pero tampoco quería que su cabeza coronara una lanza como iban a hacer las otras hasta ser echadas a los cerdos. Así que se aferró a la única posibilidad que le quedaba: la llave de la cripta. –¿Seguro que es ése? El capitán Ramírez no quería errores en su plan, esa misma noche pensaba enviar un despacho a su rey, pero antes de acariciar las mieles que le esperaban quería estar absolutamente seguro de que nada habría de fallar. –Vos conocéis el sello de mi señor; comprobad que es el que figura grabado a fuego en las tablas del tino. El sacristán, en la iglesia, había ganado confianza y valor; estaba en su casa, en la casa de Dios, que seguro le observaba desde lo alto. 92


–¿No estará envenenado? La pregunta del capitán Ramírez no era baladí. En no pocas ocasiones los habitantes de una aldea conquistada habían envenenado el agua o los víveres que sabían iban a consumir los conquistadores. Había que ir con cuidado. –Podéis comprobarlo vos –respondió el sacristán– aunque no creo que al rey de Castilla le guste saber que un servidor suyo ha bebido tan rico caldo antes que él mismo. La ironía podía haberle costado el pellejo, pero el capitán estaba tan desconcertado por la repentina gallardía del sacristán que no tuvo ese primer impulso que sin duda hubiera sido atravesarlo con su espada. Ramírez receló unos segundos. Lo que decía el hideputa del sacristán era razonable, Don Pedro no aceptaría que ninguno de sus vasallos disfrutara de una conquista antes que él, pero si nadie probaba el vino, ¿cómo podía estar seguro de no envenenar a su rey cuando se lo ofreciera? No tardó en encontrar una respuesta: 93


–Permanecerás aquí encerrado –dijo al de Cariñena– hasta que Don Pedro, mi Señor, llegue a este villorrio, y cada día beberás una copa del vino. Si no has muerto cuando él esté a las puertas, yo mismo te desollaré por haber osado catar lo mejor de su bodega, después él beberá lo que nadie antes habrá probado, puesto que nadie habrá vivo para afirmar lo contrario. El día señalado el capitán Ramírez cumplió su palabra. Acudió a la cripta como todos los días, dio una copa de vino al sacristán, cuyo color blanquecino atribuyó al encierro en la oscuridad, y cuando éste la hubo terminado le abrió la garganta con su daga. A continuación ordenó trasladar el tino al centro de la aldea, donde la feligresía había levantado la fuente que tenía prevista, y formó allí mismo a la tropa, que previamente había sacado a los cariñenenses de sus casas para que también recibieran a El Cruel y fueran testigos de la humillación que planeaba. Cuando el poderoso rey de Castilla entró en la villa y cesaron los vítores y músicas, el capitán Ramírez en persona escanció el vino destinado al rey de Aragón en una copa que ofreció con 94


gran ceremonial al enemigo de éste. Pedro III la alzó, miró sardónicamente a los cariñenenses y la bebió de un solo y goloso trago. Un rey es un rey, por eso nadie se percató de la cuchillada que el líquido asestó al monarca, incólume sobre su montura, desde la garganta hasta el fondo del estómago. Sólo unas pocas lágrimas que se acumularon en sus ojos sin llegar a rodar lograron traicionar su bravura de guerrero. Como estaba previsto, fueron los nobles y caballeros castellanos que le acompañaban los que gozaron a continuación del trago victorioso. Y no podía ser de otra manera, bebieron y resistieron como el mismo dueño de la Corona había hecho. Luego fueron los capitanes, incluido Ramírez, que se supo muerto en cuanto la ceremonia llegase a su final, los que hubieron de apelar a todo su coraje para no doblar el espinazo. Y por fin llegó el regocijo que los cariñenenses esperaban, que estallaron en una estruendosa carcajada cuando el primer solado de infantería al que le llegó la copa, reclutado por la fuerza y sin obligaciones caballerescas de por medio, escupió el precioso legado de Baco y gritó: ¡cagondiós, es vinagre! 95


Al parecer, los mismos hombres que habían jurado defender el vino del rey aragonés con su vida guardaban un doble secreto; el primero, dónde se encontraba ese vino tan especial; el segundo, que el caldo había sido trasladado desde la cripta de la iglesia hasta otro lugar cuando los castellanos comenzaron a entrar en la aldea. Al mismo tiempo habían ordenado al sacristán rellenar el tino real con el vinagre más agrio de las bodegas. El buen hombre no sólo lo hizo sino que supo también morir con un honor al que no estaba obligado. En realidad todos los cariñenenses conocían este segundo secreto y todos lo guardaron mientras algunos conducían hábilmente al capitán Ramírez hacia su particular abismo. Contemplar las caras desternilladas de los de Cariñena fue demasiado para El Cruel, que inmediatamente mandó cortar las orejas y la nariz a todos ellos. Y fue a partir de ese momento cuando a la villa de Cariñena se le comenzó a conocer como la villa de Carallana.

derecha.

96

Jota en la plaza, años 20


Y si el vino abrió el camino de la costumbre y desde antiguo se sirve en Cariñena en fuentes aromáticas como la propia garnacha, por este mismo camino han transitado después otras manifestaciones cariñenenses que también han terminado por arraigar en las calendas invernales y ventosas de mi centenaria ciudad. Se celebra aquí, con una especial veneración quizá nacida del arrepentimiento, la festividad de San Valero. Cuentan que éste notable zaragozano de la familia de los Valerios hizo un alto en Cariñena cuando se dirigía, deportado por la administración romana, a Valencia, donde habría de morir mártir. Valero pidió agua a los cariñenenses, que probablemente asustados por las consecuencias que pudiera acarrearles ayudar a un perseguido, se la negaron. El santo tocó entonces con su báculo en el suelo e hizo brotar agua, de la que bebieron él y su compañero de viaje, a quien habría de conocerse como San Vicente, que corría la misma suerte. De aquel episodio queda hoy en las afueras de Cariñena un pozo, el llamado Pozo de San Valero, del que dicen que nunca se seca. En la Iglesia, una reliquia: un hueso del santo guardado en un relicario con forma de brazo donado por Pedro Cerbuna, el fundador de la Universidad de Zaragoza. Y en los cariñenenses una costumbre, la de comer roscón el día 29 de enero.

Desde 1984 el Ayuntamiento encarga a los panaderos de Cariñena un roscón del mismo diámetro que el aro de la fuente. Sobre éste se coloca la rica vianda haga el tiempo que haga y allí mismo se la comen los cariñenenses con moscatel y alegría contagiosa, honrando al santo varón y a la santa sabiduría, que el vivo tiende al bollo mientras descansa el muerto en el hoyo. Vino y roscones, es curioso, se me conoce más por ellos que por mi verdadera razón de ser: el agua. Así es el devenir de las cosas y de las gentes, un cambio continuo, imparable, en el que todo acontece según el antojo indescifrable de las fuerzas del Universo. Pero la vida también es un constante ir y venir, un péndulo invisible colgado sobre el mástil del tiempo. ¿Quién sabe si algún día volveré a ser una fuente proveedora de agua? A mí me gustaría, aunque quizá eso no fuera una buena señal. Quizá fuera un signo de que algo no había ido bien. ¿Volver a por agua a la fuente? ¿Se lo imaginan?

derecha.

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Primer roscón de San Valero, 1984


Mejor intentar que ese día no llegue. Aunque para ello habrá que tener en cuenta algunas cosas. Por ejemplo, que el agua no es tan abundante como parece. Que no está tan limpia como debería. Que en todo este tiempo las sociedades han pasado de depositar en ella sus esperanzas a arrojar a ella sus deyecciones. Que nos está pidiendo auxilio, cuidados, atenciones… Conviene que no olvidemos que todo lo que somos lo hemos construido sobre el agua y que ésta, la que nos sirve para beber, para regar, para refrigerarnos, para hacer funcionar la industria, para curarnos o divertirnos, no llega a una centésima parte del agua existente. Lo demás, casi todo, es agua salada. Conviene que no lo olvidemos y que seamos conscientes de que hay lugares en los que de un día de lluvia a otro pasan muchos meses; sitios en los que el agua de beber hay que buscarla en caminatas de hasta ocho horas; barrios enteros donde decenas de miles de personas hacen la comida con un líquido oscuro que nada tiene que ver con el agua limpia de nuestros grifos.

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Sólo soy una humilde mujer-fontana sin más funciones que la de adornar el día a día de mis vecinos, pero ello no me impide pensar y sentir, como he dejado patente en las páginas precedentes. Así que a veces pienso en los glaciares que desaparecen de las montañas y en los acuíferos subterráneos que descienden de nivel y me asusto. No, no es verdad lo que he dicho hace un momento, no me gustaría volver a ser una fuente a la que se hubiese de ir a por agua. No quiero que el péndulo nos lleve de nuevo hacia atrás y cada gota de rocío encierre en su interior un sueño de agua fracasado. Sé que podemos evitarlo y comprometo en ello mi alma de ninfa ácuea.


Agua, aqua de los antiguos. Manantial de vida, río del progreso. Fuente de civilización, remanso de la cultura. Agua en el origen, en la mezcla primigenia, en la esencia de los días. Agua de Cariñena, agua de la Mora, agua de la gente…


la Mora  

La Mora. Una fuente, muchas vidas MIGUEL ÁNGEL MAINAR JAIME Z-4047-10 Benito Báguena Isiegas Tipolínea COORDINACIÓN DEPÓSITO LEGAL IMPRESIÓN...