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Stanislas de Guaita – En el Umbral del Misterio

Por tanto, tomé el camino a ese reducto, uno de los lugares de peregrinaje (debería ruborizarme al confesarlo) que yo recorría voluntariamente. Pero, a decir verdad, ¿están acaso las publicaciones de nuestros días vírgenes de errores y paradojas cuya absurdidad no cede en nada a los de los antiguos alquimistas? ¿Y quién nos asegura que nuestros diarios no parecerán algún lejano día llenos de quimeras a la posteridad, como nos lo parecen a nosotros los grimorios de los espagíricos? Lo que no impide a la Prensa constituir el mismo aire que respiramos, un aire singularmente brumoso, dicho sea de paso. Desde el umbral de la tienda, me vi sorprendido por el aspecto venerable de un cliente que nunca había hallado allí. Pero lo que me asombró más todavía fueron las señales de respeto que el desdeñoso coleccionista le prodigaba. - Caballero - proclamó enfáticamente -, hace ya cuarenta y cinco años que me dedico a estas investigaciones y, de todos los hombres que he conocido, vos sois el único digno realmente de ser mi cliente. ¿Dónde y cómo, en esta época tan frívola, habéis adquirido una ciencia tan profunda? Con respecto a esa augusta Fraternidad, cuyas doctrinas apenas indicadas por los filósofos más antiguos, son un misterio para los más modernos, ¿podéis decirme si existe aún sobre la tierra un libro o un manuscrito verdaderamente reveladores de sus dogmas y sus arcanos?. La frase Augusta Fraternidad atrajo mi atención. ¡Cabe imaginar cómo presté atención a la respuesta del desconocido!. - No lo creo - replicó el viejo caballero -, no, no creo que los Maestros de la Escuela hayan jamás revelado al mundo sus verdaderas doctrinas, si no por la alusión oscura y la parábola mística, y no seré yo quien les acuse por su discreción. Y como, tras una pausa, pareció dispuesto a retirarse, dirigí bruscamente la palabra al coleccionista: - No veo nada, señor D***, en su catálogo que esté relacionado con la Rosa † Cruz. ¡La Rosacruz! - gritó el viejo caballero, mirándome ahora con gran atención llena de asombro -. ¿Quién sino un rosacruz podrá explicarnos los arcanos de la Rosacruz? ¿Pensáis que un miembro de esa Fraternidad, la más celosa de las sociedades secretas, se resignaría a levantar así el velo que hurta al mundo la Isis de su Sabiduría?. “¡Ah!”, pensé. “¿Esta era la Fraternidad de la que hablabas? ¡Alabado sea Dios! No hay la menor duda: ¡he tropezado con un Hermano”. - Pero, caballero - respondí, levantando la voz -, si callan los libros, ¿dónde podría encontrar esos documentos? En la actualidad, ningún escritor se arriesga a hablar de todo esto sin la garantía de alguna autoridad; apenas osa nadie citar a Shakespeare sin precisar al 94

Stanislas de Guaita - En el umbral del misterio  

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