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Stanislas de Guaita – En el Umbral del Misterio

Reintegración del submúltiplo humano a la Unidad divina: esta es la mejor obra del adepto. ¿En qué consiste esa reintegración?. Conocemos dos: la Pasiva y la Activa. Una y otra tienen varios grados. Se llega a la primera por la Santidad o la austera depuración de su esencia anímica, unida por amor al Espíritu puro de los cielos; a la segunda, por la libre voluntad consciente o la realización del pentagrama místico. La primera (reintegración en forma pasiva) necesita una abdicación del Yo, que se funda, sin reservas ni esperanzas de retorno, en el Yo divino. Ya no se trata de obrar por sí mismo, pues es Dios quien obra por tí. Lo cual hizo decir al Apóstol: “...yo ya no soy quien vive, es Cristo quien vive en mí”. La segunda (reintegración en forma activa) equivale a una conquista positiva del Cielo, a una violación del elemento celeste y de su Espíritu colectivo: Rouach Haschamaim. Las dos, en su grado más elevado, dan al alma el estado primordial de Edén, la potencia del Aor ain-soph. Pero la Pasiva implica una renunciación de las voluntades individuales y el desprecio de todas ciencia profana: “Felices, dijo Cristo, los pobres de espíritu porque de ellos será el Reino de los Cielos”. La Activa, por el contrario, permite, en ciertos casos aquí abajo incluso, el ejercicio de un poder absoluto relativo, como delegación del poder de Dios. Ella pone en la mano el Æesch, la espada flamígera de Iahoah Ælohim. Es la toma de posesión, por derecho de conquista, del Cielo místico, del que Cristo dijo que los Espíritus violentos lo toman por la fuerza: “violenti rapiunt illud”. La inefable caridad de N. S. Jesucristo lo ha inducido a no reivindicar más que la Reintegración pasiva, y murió en la Cruz, dudando de Sí mismo y del Padre: ¡Eli, Eli, Iamma sabachtani! (Con toda seguridad no fue más que el grito de la carne desfalleciente durante la prueba suprema, pero la evocación de ese grito de duda siempre nos ha asustado). La audacia de Moisés le hizo preferir los privilegios de la reintegración pasiva; así, tras haber ejercido en la tierra la omnipotencia celeste, manejando con mano firme la espada ígnea del Kerub, Moisés ascendió hacia Dios (como después lo haría Elías), virgen del beso de la muerte, dejando a su pueblo el nombre de Pueblo del Señor y la entrada libre a la tierra de Canaán, del que los judíos sólo han salido aparentemente, y donde reinan más que nunca86.

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Canaán, en el sentido material, significa hombre de especulación y negocio; la tierra de Canaán de los modernos judíos es la Usura, el Agio, el Alza y la Baja.

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