Page 55

límites impuestos a la arrogancia de un pueblo hasta el Día último en que la misma estructura espacio-tiempo será quebrantada y transformada. Hacia lo que vamos sería más bien hacia el Día del Hombre, la aparición de la quintaesencia bajo la forma propia a nuestra naturaleza. Esta transición es tanto más crítica cuanto que depende tanto de la habilidad del Artista Divino como de nosotros y de nuestro asentimiento. Por ello es por lo que nos parecen tan poco oportunos los esfuerzos demiúrgicos desordenados que hemos denunciado a lo largo de estas páginas. Vale mil veces más dejar actuar a la naturaleza que tratar de forzarla: las resistencias que no pueden dejar de aparecer contra esta presión parásita hacen más peligroso, y quizás más doloroso, el pasaje crucial. Incluso el fracaso no está excluido. No significaría la destrucción de la humanidad ni la pérdida de todas sus adquisiciones –aunque hay riesgo de regresión técnica si las guerras se mezclan en el asunto- pero sí la pérdida de la tensión espiritual acumulada desde los orígenes del mundo. No pensamos que las cosas lleguen hasta ahí. Todo muestra por el contrario, empezando por la proliferación de sectas y falsos profetas, que la sed espiritual es demasiado profunda para que el tránsito fracase completamente por desecación y falta de fermento. En tales fases cruciales ocurre en el laboratorio que las fuerzas en presencia sean demasiado importantes para la capacidad de resistencia tanto del vaso alquímico como del crisol que lo contiene y que todo explote. Pero el vaso de la naturaleza fue previsto por al Artista divino en función de su Obra; incluso la caída adámica no podía desligar su cohesión fundamental. No tememos pues en absoluto el aniquilamiento ni de la humanidad ni de la Tierra que la lleva pues eso sería dudar de la Sabiduría más que eterna que dio ser y devenir a la creación y cubrió con sus alas el caos anterior a la luz. La única cosa que hemos de temer, si excluimos la deflación espiritual o la explosión, sería que las resistencias nos hagan el paso inútilmente doloroso o que la quintaesencia obtenida contenga todavía demasiadas superfluidades impuras. En este sentido el alquimista ya se guarda de pedir demasiado a su materia, aunque todavía pueda intentar las últimas rectificaciones. Pero lo que nos aparece en nuestro crisol no es sino la promesa de las cosas por venir que sólo el Artista divino conoce perfectamente. Intervenir con una comprensión limitada del proceso cósmico sobre lo que no puede ser sino Su Obra sería simultáneamente temeridad loca y vanidad de vanidades. Nadie puede creerse razonablemente llamado a un trabajo semejante, incluso si piensa haber recibido luces particulares sobre la conducción de la Obra. En un tal Día, estas luces no serían sino ilusión. Debemos precisar un punto esencial de esta conducción de la obra como advertencia caritativa a quienes roe la ambición demiúrgica, sobre todo si 55

Finis Gloriae Mundi  

Finis Gloriae Mundi

Finis Gloriae Mundi  

Finis Gloriae Mundi