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recogida en abril no serviría de nada puesto que allí la primavera empieza en Septiembre. Y no hablamos sino de las condiciones estacionales de la espagiria y de la fabricación de remedios vegetales de un arte de boticarios que, por eminentemente respetable y útil que sea, no exige la décima parte de precauciones que requiere el arte de Hermes. Mientras más breves sean las vías practicadas, más aumenta la cantidad de materia. Si no se toma la precaución de fraccionarla y de operar cada vez sobre pequeñas masas, reiterando el trabajo o simultaneando varios crisoles, más sutil es esta materia y más atento ha de estar el artista a las fluctuaciones de las condiciones cósmicas. Conocemos una granja de pollos en Poitu que una determinada semana perdió todas las crías. Todos los pollos presentaban malformaciones letales al romper el cascarón. Los propietarios llamaron a su compañía de seguros que envió a sus mejores expertos quienes no pudieron explicar esta mutación repentina más que por un flujo particularmente intenso, indetectable con medios ordinarios, de radiación cósmica. El campesino fue indemnizado de sus pérdidas y ahí quedó el asunto. Si el alquimista no vigila el menor signo procedente de su crisol para rectificar e intervenir inmediatamente puede perder en unos instantes todo un año de trabajo a causa de esos imponderables. Incluso los fugitivos estados de gracia que favorecen la obra deben atraparse al vuelo si se quieren consolidar sus beneficios. La extrema sensibilidad de la materia trabajada exige tantos cuidados como un bebé y, como él, regula su crecimiento por influencias más misteriosas que el ciclo regular de los relojes. Nadie se atrevería a dar comida sólida al pequeño cuyos dientes todavía no han salido. Si es bueno conocer de antemano las fases de la obra, de nada sirve provocar artificialmente un régimen planetario si el precedente no ha llegado a término por el movimiento propio a la naturaleza del sujeto de los sabios. A fortiori sería vano pensar en abrir una materia sin preparar o cuya preparación no se hubiera completado. En fin, una de las trampas, y no de las menores, es que cualquier materia trabajada canónicamente como sujeto de los sabios puede dar resultados particulares alentadores, cierto, pero ilusorios, incluso y sobre todo si estos se parecen al resultado esperado hasta el punto de confundirse con él. Los maestros antiguos son muy claros sobre este punto: la transmutación del plomo en oro no basta para afirmar que se ha conseguido la Piedra. La aplicación forzada de la Tabla de Esmeralda tal como la hemos visto desarrollarse desde hace medio siglo nunca ha tenido en cuenta el adagio alquímico según el cual todo está vivo; por el contrario la vida fue tratada como una cosa inerte o mecánica. Así que dudamos que los demiurgos hayan aprendido las lecciones de las resistencias que sin falta les ha opuesto su materia, bien sean elementos minerales bien sociedades humanas. La 41

Finis Gloriae Mundi  

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