Page 32

el fin y el del viviente, repitámoslo, todavía no ha sido revelado, sino que, por añadidura, hay que afrontar el peligro de la quintaesencia impura. La experiencia adquirida en el trabajo sobre los metales nos ha convencido de la dificultad de esta última purificación; tocar a la vida exige más pureza todavía, más de la que el hombre actual puede soportar sin perecer. Este es el sentido de la prohibición y de la presencia del kherub de espada flamígera delante del árbol de la Vida. El hombre no puede franquear su barrera de llamas sino en la medida en que vuelva a encontrar la estatura angélica que fue la suya en el Paraíso. Pero esta limitación temporal, fruto de la caída y del oscurecimiento del alma, no está inscrita en parte alguna del hombre ni del universo tangible; Dios no ha quitado de nuestra naturaleza la promesa del arte real sobre todos los reinos. La prohibición espejea ante el hombre como un horizonte infinito más bien que como la muralla de una fortaleza en la que estuviera encerrado; por lo tanto nadie puede determinar claramente donde se encuentra el límite, al igual que un niño que tampoco puede encontrar el tesoro al pie del arco iris. Sin embargo un paso demasiado lejos y la espada se abatirá. La razón, la prudencia, el respeto a la naturaleza y a la vida cuyo laboreo, pastoreo y servicio son la primera vocación del hombre, resultan la guía más segura en estos parajes, con la certeza de que Dios no nos permitirá volver a entrar en el concierto angélico antes de que la última purificación no nos haya hecho dignos de ello. Salvo quizás permitir por un tiempo a los sedientos de transgresión la ilusoria familiaridad de los altos ángeles de las tinieblas. En este punto Cristo evoca la parábola de las Bodas. Para examinar la suerte del hombre rechazado de la sala del banquete, consideremos los invitados recalcitrantes y la invitación a todos los lisiados, mendigos y salteadores, que al menos nos deja ninguna ilusión sobre nuestro valor. En los países de Oriente, y muy especialmente en Judea es el novio quien viste a sus invitados con un hábito nupcial cuando entran en la casa, una túnica ligera y blanca, tejida con hilos de oro o plata, que cubre los vestidos ordinarios o los sustituye para que ninguno de los convidados pase vergüenza si es pobre o para que no intente llamar la atención con ropas ostentosas. Por lo tanto aquél a quien el Rey sorprende sin esta túnica de luz es que se ha negado a llevarla cuando le fue ofrecida. Pero ¿qué es el vestido de luz sino el signo de la purificación? Nos las habemos con un ladrón que trata de disfrutar de las capacidades angélicas, vueltas a dar al hombre, sin consentir en pasar por la purificación, es decir por el fuego (pur en griego) del kherub, y que, por lo tanto, rehusa practicar la inocencia. Si consiguiera evitar la llama del Guardián y volver a entrar rompiendo muros o llaves, su suerte sería peor que la condición mezclada del hombre actual: será atado, es decir, que en él, en su naturaleza, 32

Finis Gloriae Mundi  

Finis Gloriae Mundi

Finis Gloriae Mundi  

Finis Gloriae Mundi