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pañero de patrulla lo mantiene aislado en medio de la central. El trabajo lo hace el espectador. Debe imaginar los motivos para mentir, sobre todo, deberá imaginar la huida por carretera donde Asger construye un secuestro. Suponemos que las lucubraciones son ciertas, pero de todos modos nuestra imaginación es la que dibuja la escenografía del fuera de campo. Se interrumpe la llamada. Holm averigua el domicilio de la mujer y contacta a la hija de seis años. El secuestrador es el padre, ahora lo sabe y los espectadores estamos atentos escuchando desde el auricular. Otro silencio. ¿Es normal tanta impaciencia ante un caso que terminará en quince minutos? Los silencios van desnudando sentimientos que corroen al protagonista. Ya en la sala privada, apartado del cuarto de los telefonistas, Holm ha averiguado el nombre del padre y su número de celular. Baja las persianas y no sólo enfrenta la culpa de haber asesinado a un sospechoso, sino que se encuentra aislado de su entorno. La mujer está encerrada en el maletero del auto, es un clásico secuestro y Asger le da instrucciones para defenderse. El compañero cometerá perjurio al otro día mientras una patrulla llega al rescate de la niña: la escena será dantesca (todo transcurre en nuestra imaginación,

el único indicio es la gestualidad de Holm). Ya es tarde, las serpientes imaginarias han dado un vuelco y el padre ahora es la víctima. Silencio muy largo al teléfono. Ese silencio, en vez de calmarlo, detonará una bomba de tiempo, también silenciosa, pero más devastadora. La consciencia le recuerda a Holm que no puede convivir con sus actos. Le propone a su compañero que no mienta por él. Pierde el control de sus emociones y explota destruyendo una lámpara y el computador. Asger ha dado muerte a un hombre por un asunto de venganza. Estaba en su poder quitarle la vida y no dudó en actuar. La culpa se acrecienta y destroza el mobiliario intentando desahogarse. El padre está herido en el bosque y la mujer escapó. Todo ocurre en los alrededores del hospital psiquiátrico que sitúa el drama en lugares oscuros. La luz del cuarto anunciará la próxima llamada. La pantalla reflejando tonalidades rojas de peligro inminente. La mujer no era la víctima del secuestro, el marido la llevaba a internar. El verdadero secuestrado es Holm al interior de ese cuarto maldito. Enfrenta sus frustraciones a espaldas de los otros policías. El celular personal suena cada vez más fuerte dentro de la sala de cine. Perturba el silencio y la oscuridad, pero la culpa ya no es capaz de permanecer en las sombras.

RE VISTA O CC I DE N T E

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JULIO

La culpa se enquista en el inconsciente profundo, oculta en los recovecos silenciosos del alma. Intentamos evadirla, pero invariablemente aflora cuando la realidad nos envía señales. La culpa empieza donde el libre albedrío pierde fuerza, donde el acto cometido deja de ser tolerado por el inconsciente. Holm carga con la culpa de la mujer. Es la manera que encuentra de aliviar su propio dolor. Al teléfono le cuenta que ha muerto a un hombre, que más que policía se convirtió en un vengador. La mujer es salvada por esa confesión, mientras el resto de los policías escuchan. Asger pide perdón ante sus colegas en medio de ese otro cuarto lleno de luz. El director se ha tomado hora y media para mostrarnos el sufrimiento de un hombre. Poco importa que sea policía. No se trata de un thriller. Había un asesino y un culpable, pidiendo perdón a una mujer sin malas intenciones, secuestrada por ideas perturbadoras. Tampoco interesa quien secuestró a quien. La culpa es un mecanismo de auto castigo que de mantenerse en el tiempo se transforma en pensamientos delirantes. Asger Holm se quita los auriculares e ingresa a un pasillo de transición. Detrás de la puerta se vislumbra luz, realiza un último llamado y el espectador será el encargado de contestarlo.

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Revista Occidente N° 496 | Julio 2019