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do el libro) y unos cuantos halagos de cortesía, que a pesar de su empalago o exageración tienen el mismo valor que la sonrisa de una prostituta.” Es decir, define abiertamente la situación en que se encuentra el crítico frente al libro que recibe a fin de comentarlo, y las razones que lo llevan a hablar acerca de él. Sencillamente, se trata de una posición incómoda, por cuanto si vive de su trabajo, mal puede enemistarse con quien se lo otorga. He ahí acaso la mayor dificultad para oficiar de crítico literario hoy en día. Ahora bien. La crítica literaria como actividad intelectual siempre ha estado presente en el ámbito de nuestra cultura literaria. Así lo demuestra fehacientemente John Dyson en su libro La evolución de la crítica literaria en Chile, estudio que abarca desde los albores de nuestra literatura, hasta el final de los años 50. A juicio de este investigador de origen norteamericano, fue Andrés Bello (1781-1865) quien asentó las bases de la critica literaria en Chile. “Entre los críticos buenos y malos, profesionales y aficionados, constantes y ocasionales, hay cerca de quinientos individuos.” “mientras mas se ha escrito [concluye] más se ha afirmado el género.” Es decir, existe una tradición al respecto que bien vale tener en cuenta al momento de abordar el fenómeno, una tradición que bordea cerca de dos siglos, y cuyos principios fundamentales eran ecuanimidad, objetividad y agudeza de juicio. Con posterioridad a los años sesenta, la critica literaria en Chile siguió aquel desarrollo tradicional del que habla Dyson, alcanzando tal vez un máximo grado de esplendor y pluralismo entre los años 70 y 73, como así da cuenta Bernardo Subercaseaux en su artículo “La crítica literaria en Chile (Entre democracia y autoritarismo)” (1983); Rodrigo Cánovas en su ensayo: “Hacia una histórica relación sentimental de la crítica literaria en estos reinos” (1990); Juan Armando Epple, en su estudio “El estado actual de los estudios literarios en Chile: acercamiento preliminar” (1990), para caer luego en un largo período de oscurantismo durante los primeros años de dictadura militar, momento en que los críticos de la época fueron exiliados o acalladas sus voces y cerradas sus tribunas en diarios y revistas. De esta manera, es posible constatar que la tradición crítica señalada por Dyson en su mencionado ensayo, continuó su natural evolución hasta comienzos de los años 70, cuando fue desarticulada por el régimen militar para transformarse en una actividad de carácter unilateral,

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tendiente a modelar el gusto de los lectores desde una óptica oficialista, interesada en destacar obras y autores a fines a la oficialidad imperante en el país. La restricción del debate crítico, como señala Epple, “explica el peso inusitado que comienza a adquirir el sacerdote José Miguel Ibañez Langlois (Ignacio Valente) como opinión rectora sobre la literatura que circula en el país.” Durante la dictadura, será Ignacio Valente la voz cantante de la crítica literaria en Chile, que si bien ejercida a través de una tribuna periodística, diario El Mercurio, abarcó hasta la academia. Tanto en poesía como en novela, destacará a ciertos autores ignorando a otros, alcanzando un poder rector sobre la creación literaria casi absoluto. El mismo confiesa dicho poder cuando en más de algunos de sus artículos críticos compilados en su libro Veinticinco años de Crítica, se refiere al manifiesto interés conferido por los propios autores a sus opiniones críticas, quienes viven a la espera del pronunciamiento de sus artículos semanales en el cuerpo Artes y Letras del diario El Mercurio. Es decir, hay también entonces sumisión tácita por parte de los escritores respecto a la voz del crítico en esa época y también en otras, sencillamente porque se infiere que de su opinión dependerá no sólo el destino de sus libros, sino también de su misma vocación artística. Así, libros y autores destacados por Ignacio Valente en El Mercurio, se impondrán en librerías y por consiguiente en el medio literario de la época durante más veinticinco años. A mediados de la dictadura militar, surgirán poco a poco muchas revistas de opinión que incluyen en sus páginas alguna tribuna de crítica literaria de cierta importancia. Sin embargo, ninguna de ellas alcanzará un poder de importancia semejante al alcanzado por las tribunas críticas del diario El Mercurio, quien consciente de su poderío al respecto, hacia finales de la dictadura, creará el semanario Revista de Libros, separando de esta manera la crítica literaria del cuerpo de Artes y Letras, para dar todavía mayor realce a la actividad, abriendo, además, nuevas tribunas para crear un clima de cierto pluralismo. Coincide también con dicha estrategia la explosión y expansión mundial de lo que se ha venido a llamar Industria del Libro.

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R E V I STA OCC I DE N T E

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Revista Occidente N° 496 | Julio 2019