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La medicina se hace progresivamente más cara, con el desarrollo de nuevas tecnologías diagnósticas y terapéuticas, todas de alta complejidad y un crecimiento de las expectativas individuales de curación; por tanto, hay mayor demanda. Se ha alterado, por otra parte, profundamente la relación médico paciente, incorporándose el factor sospecha: el paciente ve al médico como alguien que podría dañarlo física o financieramente y, por su parte, el médico ve al paciente como un potencial litigante. Derivado de lo anterior se ha establecido la medicina defensiva, en que se abusa de los medios diagnósticos, más que para llegar a una conclusión, para bloquear los flancos débiles en caso de una demanda. Este fenómeno encarece la atención sanitaria, tanto para el paciente, como para el Estado. La puesta en marcha del sistema AUGE que entrega garantías explícitas en salud, tanto en su resolución como en los plazos; actualmente contempla ochenta patologías. El problema es que se hizo con los mismos recursos ya existentes; entonces resulta imposible cumplir, de manera que quedan postergadas otras enfermedades. Por ejemplo el cáncer de próstata copa los servicios de urología en desmedro de otras patologías. Así, crecen las listas de espera en patologías AUGE protegidas por ley. Y los pacientes de las demás patologías no protegidas, exigen que su enfermedad sea incluida en el sistema AUGE, pensando que esa sería la solución a su mal. Para cumplir con esta ley, se ha hecho necesario derivar pacientes al sistema privado, con el resultado de una expoliación del sistema público. La medicina privada no está ajena a estas penurias. Aunque atiende al 10% de la población, también tiene

hombres y de 85 para las mujeres, en 1950 era de 55 años para mujeres y 53 para varones, ambas cifras son revisables, pero dan una idea del problema.

Los mayores y las suspicacias En la actualidad hay 2.600.000 personas mayores de sesenta años, 25% de ellos son totalmente dependientes. Se ve que la antigua pirámide etaria está severamente alterada, con una baja de natalidad que desciende de 4,95 en 1950 a 2.00 en 2005, somos un país de viejos; y este fenómeno genera la aparición de nuevas y graves enfermedades. En el otro extremo de la vida, tenemos niños y jóvenes sobrevivientes de enfermedades genéticas y perinatales, quienes en tiempos pretéritos morían. Ahora, al vivir, también son demandantes de atención y cuidado.

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R E V I STA OCC I DE N T E

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Revista Occidente N° 496 | Julio 2019