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Paz había conocido a Gerda en el taller de pintura que daba su esposo, Tom Daskan, cuando el acceso a una cámara era restringido, más aún el proceso de revelado. Entonces Paz trabajaba en un colegio y fotografiaba a los niños, en un tiempo de drásticas transformaciones. El fundo de Cauquenes había sido expropiado por la Unidad Popular. Con el golpe de Estado Ximena pasó a la clandestinidad y Gerda se hizo cargo de su nieta Natalia, hoy pintora y escritora. Natalia Domínguez revive en el libro Golpe de Palomas el viaje al sur con su abuela, cuando en busca de refugio viajó con Paz y sus hijos en tren hasta Paillaco, donde fueron invitadas a un Nguillatun. Posteriormente, Gerda siguió a su hija Ximena al exilio en Suecia y en México, donde retomaría la pintura. El pueblo de Tepoztlán que la acogió, le compró uno de sus paisajes para regalárselo al obispo Sergio Méndez Arceo, ideólogo de la teología de la liberación. Paz la evoca como una mujer resuelta, que hacía lo que fuera necesario y también gozadora del momento presente. Aún con la pregunta de qué la trajo a Chile, conserva en la memoria una imagen de Gerda anterior a conocerla, cuando la vio a sus 8 años y quedó fascinada por su belleza: una señora en la playa de Zapallar, sentada, con hartos niños. “Si pienso en ella siempre la veo sola y arma este familión en Chile”, dice Paz. “Debe haber caído en esta vorágine chilena de gente bella.” Como en la modesta libreta que dejó con la mayor parte de las hojas arrancadas, su pensamiento es un misterio. En las que restan, hay una cita en castellano del Libro de la Sabiduría, el más reciente del viejo

RE VISTA O CC I DE N T E

testamento: “Nuestro nombre caerá en el olvido con el tiempo y nadie tendrá memoria de nuestras obras, y pasará nuestra vida como rastro de nube y se disipará como niebla herida por los rayos del sol que a su calor se desvanece” (…) “Coronémonos de rosas antes de que se marchiten, no haya prado que no huelle nuestra voluptuosidad”. Había nacido como Gerda Aline Clara Sommerhoff Ruer en una mansión de Wiesbaden el año 1915, hija de un banquero alemán afectado por la crisis de los años 30, y terminó sus días en el conjunto habitacional Los Maitenes de Vespucio, en 1996. En la televisión las noticias sin volumen (para no escuchar tantas tonteras, según decía) y tras la barda de ladrillos, la cordillera. En el closet, junto a tres chalecos bien doblados, una botella de whiskey etiqueta roja que le traía su hermano Walter y un libro del pintor Jean Baptiste Simeon Chardin. De los reflejos de Chile en sus ojos azul profundo quedan dos evidencias: las fotos de sociedad en casas residenciales, y sus óleos, sin pretensiones, revelando aquello que más le gustaba: observar.

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JULIO

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Revista Occidente N° 496 | Julio 2019