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LAS ESTRELLAS, LOS DUENDES, LOS SAPOS Y EL ÁRBOL

Graciela Logarzo


LAS ESTRELLAS, LOS DUENDES, LOS SAPOS Y EL ÁRBOL

Graciela Logarzo


A mis amores y a mis amorcitos


A

Martha Berutti Zulma SantamarĂ­a Bibi Orellano Gracias


LAS ESTRELLAS, LOS DUENDES, LOS SAPOS Y EL ÁRBOL

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LAS ESTRELLAS, LOS DUENDES, LOS SAPOS Y EL ÁRBOL”

Cuenta el árbol a las estrellas que durante la noche los duendes rondan mientras los príncipes encantados transformados en sapos, saltan a su alrededor. Que luego se refrescan en el agua del estanque y se sientan en círculo a descansar. Con la música de los grillos de fondo, cada noche, uno va contando una historia. El árbol invita a las estrellas a escucharlas.

Esa noche es un duende el relator. La historia se la contó uno de los personajes, él la transcribió fielmente y la llamó:

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LA HERENCIA

“El haz de luz se filtra por la rendija de la ventana. En él juegan, suspendidas, las partículas de polvo. Tendido en la cama, veo volutas de humo azulado que se integran y tiñen el haz de luz. De pronto, una se va diferenciando hasta tomar una minúscula morfología androide. Cabeza grande y finalización del cuerpo en cola. Rasgos definidos, mirada pícara, sonrisa amplia. La cabeza apoyada en su mano derecha, flexionada. Lo miro fijamente: –¿Un duende? –Sí, amo. –¿Lees mis pensamientos? –Sí, amo. –Bueno, responde entonces. –Mi origen es de todos los tiempos. Mi acción en todos los mundos. He servidos a reyes y vasallos. Corsarios y conquistadores. A hombres ricos y a hombres pobres. Mundanos y campesinos. Ilustrados y no. La única condición era que fueran hombres sabios. Así continué durante siglos, hasta que cometí el error de ayudar a un hombre tonto, que no supo interpretar el valor de la vida y la desperdició sólo contemplando la fortuna que le ayudé a amasar, hundiendo a su mujer y a sus hijos en la más despreciable de las miserias. Desde entonces–hace miles de años– para que no repita ese error, quedé atrapado en este haz de luz que se ha filtrado hoy en tu cuarto. –¡Oh, duendecito! ¿Cómo puedo ayudarte? Si todo ha ocurrido como dices, ya has cumplido tu castigo. Cerraré la ventana. –¡No lo hagas! El haz me llevará a otro lugar y preferiría quedarme aquí, contigo. Me impresionas bien. –Te atraparé entonces con mi sombra y estarás pegado a mí. –¿Te parece? –No estoy seguro. –¿Ves? Pensemos antes de decidir. –¡Ya sé! Me pondré el anillo de diamante que me legó mi padre y el haz quedará atrapado en él. –Probemos. Pero... ¿y si no lo logras? –Tendrás que arriesgarte. ¿Cuál es tu decisión? –Me arriesgo. Ve a buscar tu anillo. –¡Lo lograste! Ahora estaré contigo para siempre. –Estás equivocado, duendecito. Si yo aceptara eso, tú sólo cambiarías de prisión. No. Lo que voy a hacer, es estallar este diamante en mil pedazos, hasta que sean tan pequeños que no puedan atraparte, y así logres tu independencia. –¿Harás eso por mí? –Y por mí. Y por todos los hombres. Porque aprendí a valorar la libertad. LAS ESTRELLAS, LOS DUENDES, LOS SAPOS Y EL ÁRBOL

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–No me equivoqué contigo. –¡Buena suerte!– le digo – al tiempo que, haciendo uso de la mía, doy un martillazo sobre la herencia de mi padre.”

El grupo queda en silencio. Lenta y suavemente se van retirando. Tal vez a reflexionar en soledad. El árbol queda acompañado por los transeúntes nocturnos que van y vienen en sus tareas.

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La siguiente noche cuenta un príncipe la que resultó ser su historia:

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LA CEGUERA

“ Crecí feliz y despreocupado en el reino de mi padre. De mi madre recuerdo su ternura y sus caricias, murió cuando era niño. Viví rodeado de espacios lujosos, adornados con preciosas telas e iluminados con luces incandescentes que titilaban como estrellas atrapadas en lámparas doradas. Me alimentaba con delicados bocados que se extraían de la naturaleza, sus sabores eran realzados con finas esencias cuyas secretas virtudes los cocineros no develaban. Aprendí y me destaqué en destrezas físicas que practicaba a diario. Mi educación quedó a cargo de los sabios del reino. Cierto día, caminado por el bosque, encontré a un niño a quien nunca había visto. Era muy pequeño, su piel se adhería a sus huesos, vestía andrajos, estaba sucio, me miraba con odio. Le pregunté si me conocía, me contestó que sí. Le pregunté por qué me odiaba, me respondió que tendría que averiguarlo. Desde ese día no pude alejar a ese niño de mis pensamientos. Dejé de comer, de reír, de jugar, de estudiar. Me sumí en una profunda tristeza. Una noche, en sueños, regresó mi madre. Dijo que me dirigiera a este bosque que es donde encontraría la respuesta. Así lo hice. Ni bien me adentré en él, me convertí en sapo. Desde entonces no he tenido lujos ni nadie que me proteja. He luchado solo contra los peligros que me han rodeado, he logrado sobrevivir con mi esfuerzo y he esperado siempre las noches para encontrarme con ustedes, que me acompañan y mitigan mi dolor. Por fin he comprendido que también era dolor el de ese niño. Ahora que sólo salgo de noche, veo más claro. Me gustaría ayudar a los niños que vivan como él, pero en esta situación, no sé cómo hacerlo.” En ese momento- cuenta el árbol- aparece lo que creímos un hada y resultó ser la madre del príncipe, quien le dijo que nunca había estado solo pues ella estuvo siempre allí, velando por él. También le dijo que ya estaba en condición de regresar al reino. Que allí lo necesitaban pues su padre ya era muy viejo y ella tenía que ir a buscarlo para recorrer juntos los espacios y los tiempos. Los despedimos con un “hasta siempre”.

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Otra noche, otro tímido príncipe-sapo se atreve a compartir la suya. Se llama:

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LA SOBERBIA “En mi reino vivía un pintor famoso por los maravillosos colores que lograba para realizar sus obras. A nadie contaba el secreto de cómo los obtenía. Como yo era muy curioso, espié sus movimientos día y noche, sin obtener resultado. Por último, decidí llevarlo al bosque y exigirle bajo amenaza de muerte que me contara su secreto pues era el hijo del rey y me debía obediencia. El hombre se negó. Cuando ya apoyaba la espada sobre su cabeza para descargar el golpe, sentí que me atrapaba un torbellino y me alejaba de allí. Cuando vi mi figura reflejada en el agua del estanque, me reconocí en el cuerpo de un sapo. Apareció el Dios de la Furia y dijo que, por mi conducta, no merecía ser otra cosa y que así sería por siempre. En ese momento no lo entendí. Vagué colérico por mucho tiempo. Luego me fui calmando. Y, finalmente, comprendí que no se le arranca a la gente lo que ama, que no se le roba el corazón. Me gustaría pedirle perdón al pintor, pero ya es tarde. Ésta es mi historia.” – finaliza.

Pequeñas, grandes, finas, gruesas lágrimas se desprenden de sus ojos. –Nunca es tarde para pedir perdón – contesta la Diosa de la Templanza – Sólo tienes que hacerlo. Y ahí, sin más, hace un ademán con sus manos y el príncipe recupera su cuerpo. Tiene la espada en la mano. La cabeza del pintor debajo de ella. Duda un segundo. Luego envaina el arma con firmeza, ayuda al hombre a levantarse, le pide perdón humildemente, y le dice que reconoce su entereza. Príncipe y Pintor se alejan lentamente. El alba les ilumina el camino.

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Las estrellas se van en busca de otra noche. Los sapos a protegerse del sol. Los duendes desaparecen. Y el Árbol se dispone a retomar su trabajo. Sabe que lo esencial se encuentra en la tierra, y que él deberá obtenerlo y elaborarlo. Que se despertarán sus huéspedes, los pájaros, que lo cubren de sonidos, de colores y le traen noticias del mundo. Que en todos los tiempos las parejas se sientan a descansar o a cansarse apoyados en su tronco. Que sus diálogos aunque incomprensibles , le transmiten calor y ternura. –“Hasta la noche” – se despiden En ésa, es otro duende el que narra

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¿QUIÉNES GRITARON DE ALEGRÍA CUANDO LLEGÓ LA LUZ? En tiempos de bruma y movimientos circulares. En tiempos en que las sustancias se enlazaban. En tiempos en que se originó la vida. Fue imprescindible la luz. Desde entonces Luz recorre y recorre espacios para cumplir su misión: desplazar sombras, brumas y tinieblas. En un lugar olvidado, se reflejaba en el agua fangosa de un bañado, una flor de descoloridos pétalos; la recorría un insecto mimetizado, al momento que se acerca a ellos un pájaro gris . También gris era el paisaje. Al elevar la vista sólo veían un agujero oscuro que encerraba montañas y ríos, llanos y quebradas. Todo era tristeza. En cierto momento, Pájaro Gris vislumbra un punto brillante en la otra orilla. Con Insecto, cortan a Flor de su tallo y se trasladan hacia allí. –¿Quién eres, hermosísima? –Soy la Luz. –¿Éste es tu reino? –No, vengo de muy lejos y me reflejo en esta gota de agua. –¿Puedes tocarme? – dijo el pájaro. –Acércate. Y al hacerlo, su plumaje se coloreó en amarillos, verdes y violetas. Lo mismo pidió Insecto quien tomó coloración metalizada. Empujaron a Flor. Sus pétalos se tornaron azules y su centro rosa. Maravillados, preguntaron si también se podría transformar el entorno. –Tómate de mí – indica el haz de luz al pájaro. Y realizando movimientos pendulares fueron retirando la bruma, tiñendo cada elemento de color, permitiendo transparencias y fulgores. Todo fue alegría. Así quedó Luz entre nosotros. Compartiendo con Agua, Suelo y Aire, el Reino de lo Esencial.

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Esta vez, invitan a las estrellas a ser las narradoras. Ellas se miran sorprendidas. Les vuelven la espalda de la vergüenza que tienen. Ante las quejas, pues nadie ve nada y todos tropiezan, se vuelven nuevamente, aunque parpadean, nerviosas. Y así, hasta que la más valiente decide contar un cuento del cielo.

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PERTENENCIA “Cuentan que había entre nosotras una pequeña estrella muy curiosa. Cuentan que metía su nariz en todos lados y siempre estaba en problemas. Cuentan que siempre sus hermanas la socorrían y la salvaban de los peligros. Hasta que un día ... Un día en que el sol lo envolvía todo con sus brazos dorados, se encontró enceguecida por su luz y sin saber qué hacer, pues se había quedado curioseando y sus hermanas se habían ido con la noche. Miró hacia abajo, y al hacerlo inclinó tanto su nariz, que se precipitó cayendo en el océano. Había llegado a Mar Azul. Las corrientes marinas la condujeron hasta depositarla en el fondo. Allí, sentado sobre un trono de corales estaba Marey, el Rey de los Mares. –Bienvenida Estrella – dijo – Iluminarás mi oscuro reino. Le ofreció exquisitos manjares y luego de palmear suavemente, acudió un pulpo que la llevó a pasear. Contemplaba embelesada tanta belleza. Un pez de colores la acariciaba con las aletas, los hipocampos se inclinaban ante ella, las medusas la envolvían con sus tentáculos, las sirenitas las saludaban al pasar. ¡Qué feliz se sentía! Al regresar Marey le ofreció ser la Reina de los Mares. Estrella aceptó encantada. Tiempo después pensaba que la vida en el mar era mejor que la vida en el cielo y ya había olvidado a los suyos. Un día en que realizaba su paseo, subió a la superficie. Era la noche. Estrella vio a sus hermanas reflejadas en el agua y se acercó a abrazarlas. Cada una que tocaba, se separaba en pedacitos que se alejaban de ella. Quiso hablarles ¡Aquí estoy! ¡Soy Estrella! No le contestaban. Se sintió tan, pero tan triste, que se desinfló como pinchada por un alfiler y se precipitó rápidamente al fondo. Lloraba y lloraba. Sus lágrimas eran tantas que engordaban al mar y amenazaron con inundar todas las tierras. Marey pensó que sería una catástrofe. Ante esto mandó llamar a Estrella y le dijo con el ceño tan fruncido que parecía que tenía un solo ojo: –¿Qué es lo que ocurre jovencita? –Es que extraño a los míos, mi lugar. Me deslumbró tanta belleza, pero he perdido mi esencia, ya no ilumino la noche, no guío a los caminantes, no aviso con mi presencia a los animales nocturnos que ya pueden salir a alimentarse, no ilumino los lagos para que se refleje en ellos el amor de las parejas, no..., no..., – contestó entre ahogos. No pertenezco a este mundo. ¡Oh, bondadoso Rey! Quisiera regresar. El rey quedó pensativo largo rato, y a pesar de lo mucho que la amaba, le dijo: –Vete ya. Y se hundió en la penumbra para ocultar su dolor. LAS ESTRELLAS, LOS DUENDES, LOS SAPOS Y EL ÁRBOL

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Estrella, plena de alegría, se lanzó a la superficie con tal fuerza, que se dirigió directamente al cielo. No equivocó el camino pues la luna brillaba como una enorme medalla de plata rodeada de pequeños brillantes que eran sus hermanas. Y desde entonces está aquí, entre nosotras. Más viejita. Más prudente. Siempre curiosa.” Todos quedan gratamente sorprendidos.

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Otra estrella es la que se anima la siguiente noche, y les relata quien es

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PEDRO- “EL VOLADOR Es el día. Pedro sube y sube. Saluda a las gaviotas y a los patos, luego a las águilas y a los cóndores. Superando las cumbres chorreadas de blanco, se mezcla con las nubes y husmea a través de ellas. De allí vislumbra el océano que aparece como una gran mancha turquesa. Al girar su cabeza, ve la tierra rayada de verdes, son los cultivos. ¡Claro! Es primavera. Decide recorrer el mundo. Y lo hace. Regresa. Es la noche. Vuela nuevamente, ahora desde su lecho. Recorre muchos países. Conoce gente diferente. Que habla diferente. Que piensa diferente. Que actúa diferente. Todo lo fascina. Y así cada día con sus alas. Y así cada noche con sus libros. Ellos le ayudan a descubrir el mundo. Un mundo en el que, deduce, los hombres de todos los tiempos no han comprendido el valor de la vida, el respeto, la tolerancia, hacia los otros, hacia los que vivieron, hacia los que vivirán. Hombres que aún no diferencian lo accesorio de lo importante, el monólogo del diálogo, los saberes de la sapiencia. Pedro es de los que piensan que al fin comprenderán. Pedro es “un volador”, de los que resisten y guardan en su corazón la certeza de que, algún día, sus utopías dejarán de serlo. Serán realidad.

El corazón de todos latía con fuerza cuando terminó el relato. Ya era hora de descansar y así lo hicieron.

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Esta noche, estrellas, duendes y sapos invitan al árbol a narrar un relato El árbol se pone serio, piensa y decide, les contaré:

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QUÉ APRENDÍ AQUÍ, EN LA TIERRA Cuando semilla, La paciencia hasta que la calidez primaveral me acarició, el agua y el aire me envolvieron, y luego de romper túnicas, por fin germinar. Ya en el mundo, La lucha por sobrevivir. A la agresión de mis enemigos naturales, a la competencia por los elementos vitales, a la acción de los vientos, de las sequías, de la inundación. El dolor de sentir el desgarro de la rama rota. La conciencia de saberme memoria en pie. Morada atenta, hogar de golondrinas. El placer que me provoca la inquieta primavera. La fecundación en el seno de mis flores. La serenidad de la maduración de los frutos en el estío. El torbellino de la dispersión de las semillas, futura libertad de mis retoños. El vértigo de la furia encendida del rojo otoñal. La fuerza de los amarillos. La placidez de los naranjas y marrones. Y el llanto, luego del temblor provocado por el viento, que me desnuda y tiñe de colores la Madre Tierra. La latencia en el invierno. La esperanza de la próxima explosión primaveral. Y así otro ciclo. Otro tiempo.

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De este modo transcurren las noches entre este grupo de diferentes que se encuentran, que sueñan, que comparten, que se equivocan, que se corrigen; en el que nadie trata de modificar al otro, sino de aceptarlo como es. Y así cada uno.

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Julio/2007

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