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En esta oportunidad tengo la satisfacción de presentar esta colección en diez tomos de once libros de un médico santiagueño que hizo de su vida un ejemplo y cuya obra hoy casi inhallable es una de las más valiosas de Santiago del Estero y el Noroeste Argentino. Como argentinos conscientes, hemos decidido comenzar nuestra actividad en la Madre de Ciudades, y en menos de un año, editamos ya Santiago del Estero. Historia- Tradición - Cultura, Las Termas de Río Hondo y la presente edición que conforma esta colección, que forman parte de la colección de mi hijo más pequeño, Franco Rossi. Estos libros se los dedico a mi esposa Adriana, quien me presentara a Graciela Paladea, que como santiagueña de ley que ama su terruño, nos diera toda la información y su experiencia para lograr nuestro propósito editorial: hacer saber más de esta “tierra de encuentros”. Un reconocimiento especial a la Fundación Cultural Santiago del Estero que permitió que el proyecto se realizara con mayor soltura y excelencia. A todos los que colaboran en cada libro, a los santiagueños: muchas gracias!!!

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FRANCO ROSSI

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Santiago del Estero - República Argentina

Santiago del Nuevo Maestrazgo. La agonía de los pueblos. Viejos pueblos. Contribución al estudio de las voces santiagueñas. 1ª parte. Contribución al estudio de las voces santiagueñas. 2ª parte. Reducciones y fortines. Caminos y derroteros históricos en Santiago del Estero. La Razón del folklore. Santiago del Estero Noble y Leal ciudad. La medicina popular de Santiago del Estero. La alimentación popular de Santiago del Estero. El bosque sin leyenda. Ensayo económico social.

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Santiago del Nuevo Maestrazgo.

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Tomo I II

Santiago del Nuevo Maestrazgo. - Orestes Di Lullo

TÍTULOS DE LA COLECCIÓN

Orestes Di Lullo

FRANCO ROSSI

Obra monumental la de este santiagueño admirable, nacido el 4 de Julio de 1898. Monumental en todos los sentidos: por su excelencia, por su profusión, su multiplicidad, pero sobre todo, por su valor documental, por su gran esfuerzo de rescatar para preservar la memoria. Orestes Di Lullo, médico de profesión, que abarca todos los aspectos, en afán de investigar, desentrañar, registrar, clasificar y dejar así, en sus numerosos libros, el gran corpus de la santiagueñidad para que abreven en él los especialistas que lo continuarán. En reconocimiento a su prolífera labor profesional y cultural, el 28 de abril, día de su muerte (en 1983), fue declarado Día de la Cultura Provincial en Santiago del Estero.

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Jorge Rossi Editor

Proyecto y Realización Jorge Rossi Edición Adriana Serra Lafluf Idea y Coordinación Editorial Graciela del V. Paladea Prólogo de la colección Dr. José Andrés Rivas Revisión y correcciones Dra. Hebe Luz Ávila Dibujos tapas Ricardo Touriño Diseño tapas y armado Nicolás Foong Colaboración Editorial Lic. Alicia C. Montenegro

Primera edición SANTIAGO DEL NUEVO MAESTRAZGO Editorial Herca. Santiago del Estero. Noviembre de 1991. ISBN 978-987-1060-54-2 Este libro ha sido impreso en papel según normas IRAM ISO 2000 de acuerdo con los estándares de TCF. Jorge Rossi Casa Editorial Dr. José E. Uriburu 646, B1846AYL - Esteban de Adrogué, Pdo. Alte. Brown Provincia de Buenos Aires, Argentina Tel. 54 11 4214-4404 / cel. 54 11 15-5769-6740 rossieditorial@uolsinectis.com.ar / www.rossieditorial.com.ar Todos los derechos reservados. La reproducción de este libro, sea en su totalidad o parcialmente, deberá hacerse con expresa autorización del editor. Este libro fue impreso por Jorge Rossi Casa Editorial.

ORESTES DI LULLO

Santiago del Nuevo Maestrazgo

Santiago del Estero RepĂşblica Argentina

Orestes Di Lullo

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Santiago del Nuevo Maestrazgo

LOS LIBROS DE ORESTES DI LULLO Dr. José Andrés Rivas * Hace mucho que los estábamos esperando. Hace mucho que pasábamos con cuidado las hojas cada vez más frágiles de los libros que guardan algunas bibliotecas de Santiago. Siempre había un privilegiado que tenía alguno de ellos y a veces hasta algún recuerdo de aquel hombre pulcro, pausado, de mirada firme y profunda que amaba intensamente a su provincia. Pero la mayoría de las veces sólo eran fotocopias de fotocopias de páginas preciosas sobre las que el tiempo había pasado. A veces sólo era la cita en alguna monografía o en algún ensayo. Otras, el título de alguno de sus libros en una tesis de licenciatura. O el trabajo de un investigador de nombre extranjero, que anotaba el suyo en un texto de más allá de nuestras fronteras. En todos los casos la palabra de Orestes Di Lullo o lo que él había escrito o había afirmado, estaban allí. Sin ella, quedaba inconcluso el pensamiento y la cultura de esa honda pasión que se llama Santiago del Estero. Sin embargo, ese destino es extraño. Di Lullo apenas salió de los límites de su provincia y publicó la mayor parte de sus libros en sus imprentas. La pasión que rige sus páginas se vuelca hacia el presente, el pasado o el futuro de su provincia y más allá de sus límites empieza un territorio que no le pertenece. Hasta en el libro que escribió sobre Castilla a cierta altura de su vida, buscaba el reencuentro con las palabras de su tierra. Tampoco propuso un nuevo sistema, una nueva forma que pudiera servir como modelo de otras disciplinas. Ni creó un paradigma del hombre de su provincia, que sirviera para entender a los que vivían en otras partes. 5

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Por el contrario, en Di Lullo hay una predominante pasión, una felicidad y una angustia por su tierra. A través de miles de sus páginas, de su riquísima erudición sobre las costumbres, temores, creencias, tradiciones, alegrías y tristezas de sus hombres y mujeres elaboró el más extenso corpus de la vida santiagueña. Partió de ella para terminar en ella, y nada ajeno a su cultura tuvo lugar en sus páginas. Lo que no pertenece a ella, apenas le toca y sólo lo convoca para justificar o explicar una fecha, un lugar, la aventura de un habitante del presente o el rico pasado de una tierra postergada. Sus libros están llenos del polvo de los caminos, de páginas amarillentas de viejos textos, de legajos o documentos del pasado de Santiago, de antiguas canciones y refranes populares, de miedos y esperanzas, de voces de criollos y criollas que vivían muchas veces en pueblos de nombres olvidados, de la honda sabiduría de sus gentes. En todos los casos Di Lullo insiste en recordarnos que él pertenece a esa historia y a esa geografía, que le duelen sus dolores y le alegran sus alegrías. Que él también pasó por allí: Me he despertado. Las campanas tañen dulcemente. Un gallo ha hecho oír su épico clarín. Me he asomado por la ventana. Pasa una viejecita arrebujada en su manto negro, puede decirnos con palabras cotidianos en una página. O: …he echado a andar. Las veredas suben y bajan. Veo cuartos diminutos, puertas recias y pequeñas con gruesos herrajes coloniales…., puede decirnos en otra. De experiencias tan sencillas y tan íntimas como éstas, están cubiertas sus páginas. Cuando las leemos, sentimos que el hombre que las escribió está aquí. Por esa razón, las palabras de Di Lullo viven y arden como cuando aún corría la tinta fresca sobre ellas. El papel sobre las que las escribió puede haber envejecido; lo que él dijo, en cambio, sigue igual. Nos parece que todo lo escribió entre nosotros y para nosotros esta misma mañana. A más de un cuarto de siglo de su muerte nos parece normal esa rigurosa pasión de Di Lullo por su tierra. Después de tantos comentarios, tantas observaciones, tantas alabanzas sobre este o aquel libro o sobre cualquiera de sus actos, nos es posible creer que aquel hombre que dedicó tan vasta obra a su provincia, sabía desde el comienzo adónde tenía que ir. La propia sustancia de sus páginas agrava este engaño. Es imposible encontrar en ellas, alguna que no haya sido labrada con pasión y que ignorara adónde iba. Y hasta nos parece natural el largo inventario de sus libros. Sin embargo, su vida aparece como una extraña paradoja. Fue un apasionado hispanista, pero en sus venas corría sangre de inmi6

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grantes italianos que habían llegado cuando la Argentina era el país del futuro. Estudió en el prestigioso Colegio Nacional Absalón Rojas de Santiago bajo la dirección de un hombre al que luego dedicaría párrafos de justa admiración, Baltasar Olaechea y Alcorta. Después disentiría con él en la visión del saladino Ibarra y del pasado de Santiago. Participó en el mitológico movimiento de La Brasa y compartió con su inspirador, Bernardo Canal Feijóo, y tantos otros, la misma pasión: nombrar Santiago desde adentro de Santiago. Después se alejó y describió a su Santiago con otra mirada y otra voz. Pocos años más tarde, se convirtió en el gran cronista de la vida de su provincia. Vista en perspectiva, su obra se abre como los círculos que hace una piedra al caer en el agua. Partió de las características de la medicina y la alimentación, se rebeló luego contra el infierno del obraje, se sumergió en las leyendas, creencias, tradiciones, juegos, temores y alegrías de sus comprovincianos y no se detuvo hasta que buscó en la larga historia de su tierra la misteriosa razón de su destino. Pero detrás de esas aparentes diferencias había una unidad esencial: la de su autor con la tierra que amaba y de esa tierra con ese autor. Por esa razón su obra tiene esa intensa coherencia y por cualquiera de sus páginas podemos internarnos en una experiencia fascinante. Veamos cómo pasaron el tiempo y su vida sobre ella. LA VIDA, LOS LIBROS Todavía puede leerse en el ejemplar de La Medicina Popular de Santiago del Estero que se conserva en la biblioteca Sarmiento la dedicatoria a Bernardo Canal Feijoo: poeta y animador de La Brasa, lo llama. El libro había sido impreso en 1929 y no es posible acercarse a él, ni a los otros que escribió, sin partir de la simpatía que transmiten estas páginas. En todas ellas, Di Lullo tiene una mirada generosa y comprensiva sobre las creencias de los hombres y las mujeres de su tierra. Gracias a esa mirada, el médico Orestes Di Lullo puede guiarnos desde el comienzo de su libro en el devenir de la medicina popular en su provincia. Parte del mundo de rituales y creencias de esa “medicina”, antes de la llegada de los europeos. Un mundo en el que se juntaban las artes mágicas con la experiencia y la práctica en enfermos ajenos, la búsqueda de fórmulas mágicas y los conjuros reservados para unos pocos iniciados. Todo eso sería inexplicable sin los oficios del curandero, un singular personaje que formaba parte de la comunidad indígena, ocupaba un lugar importante en ella y cuyas prácticas eran 7

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muy respetadas. Si ellas fracasaban -lo cual era lo más probable- las creencias de la comunidad, que no estaban muy separadas de las fórmulas mágicas del curandero, le vaticinaban a la víctima un lugar en el más allá adonde compensarían sus pesares. Para la tradición indígena, señala Di Lullo, la enfermedad era producto de los malos espíritus. Para espantarlos recurrían a los curanderos, los amuletos, los conjuros y hechizos. Plumas, hilos de lana, collares de cabezas de serpientes, pedazos de huesos de cráneos, dientes y garras de animales formaban parte de una singular farmacopea, que había asombrado tanto al padre Lozano, quien diría que el pueblo más contagiado por la hechicería era el de Santiago del Estero. Por esa razón el teniente general don Alfonso de Alfaro había condenado…a varios al brasero para que las llamas abrazasen esta peste y se purificasen al aire de tan fatal contagio. Una reacción demasiado cruel, si recordamos que la medicina de los españoles también apelaba a conjuros, rezos y remedios extraños. Como curar tomando agua tres veces “barajada” (pasada de un vaso a otro) mientras se rezaba un padre nuestro. El credo no, aconseja,…porque es muy cálido. La segunda parte del libro es un delicioso inventario de las enfermedades y remedios que la cultura popular había aceptado. Las primeras podían dividirse entre los males en el cuerpo, muchas veces nacidos de la orfandad sanitaria de las poblaciones rurales, y los males del alma, de los que contagia el deseo en todas partes. Para estos últimos también había remedios o explicaciones del mal. Así la vulgar purgación, mejor designada como blenorragia, podía ser mal de hombre o mal de mujer, según la víctima del encuentro amoroso. De cualquier modo, el mal podía curarse tomando durante nueve días en ayunas un trago de ginebra marca llave al que se agregaba enseguida una tajadita de naranjas. Si el remedio fracasaba, el enfermo debía tomar el caldo de la lengua del oso hormiguero bien hervido. Sin sal, por supuesto. Más espiritual es, en cambio, el mal de amor producto de brujerías, artes mágicas o encantamientos, que le causaban al enamorado con el mate, pequeños cigarros o sangre menstrual en la cama. Por suerte, bastaba un ramito de ruda en el bolsillo para evitarlo. Di Lullo escribió ese libro hace más de ochenta años. En ese tiempo, la medicina tuvo grandes transformaciones y encontró cura para estos y otros males. Comparados con esa evolución de la ciencia, la lista de remedios que recoge aquí el médico Orestes Di Lullo con sonriente erudición, envejeció necesariamente. La frescura de sus páginas, en cambio, sigue intacta. 8

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Al año siguiente -en 1930- lo encontramos como concejal de la Municipalidad de Santiago, pero la revolución de Uriburu lo sacaría muy pronto de allí. Igualmente publicó su tesis doctoral sobre el Páaj, más conocido como el Mal del Quebracho, que atacaba a los hacheros en el monte santiagueño. A fines del año siguiente se presentó como candidato a diputado provincial. Y en 1935 apareció La Alimentación Popular de Santiago del Estero con un prólogo en el que el destacado nutricionista Pedro Escudero, destacaba el profundo amor lugareño del autor. Di Lullo nos confirma en este libro que su interés por la cultura popular seguía intacto. Pero a diferencia de los investigadores porteños de más renombre -muchos de ellos provincianos, como el ilustre Ricardo Rojas- a Di Lullo le interesaba más que la elaboración de tesis o investigaciones de laboratorio, recorrer los campos, oír los testimonios de las creencias, milagros, tradiciones o leyendas que allí circulaban y, sobre todo, conversar con sus gentes alrededor de una olla humeante sobre una pila de leña. Allí, junto a hombres sudorosos y mujeres pacientes, podía sentir mejor el sabor de las comidas. Como haría en sus otros libros presentaba a éste como un modesto trabajo, una simple compilación y comentario de los alimentos que prodigaba el campo de su tierra y del arte culinario propiamente dicho. Como haría también en sus otros libros, afirmaba que la materia que trataba era más importante que su tarea, que sus páginas apenas darían una vista panorámica de la alimentación popular de Santiago. Sin embargo, su libro nos muestra un delicioso inventario de comidas con nombres muy extraños para el lector urbano, muchos de ellos en “la quichua” que se hablaba asiduamente en los campos de su provincia. Y así aparecían el chuchocko, la amcka, el illinchao, el anchi-api, el zanco, el huascha-locro, el api, el alcuco, el moten-acu, el jigote, la sajta, la chatasca, etc. mezclados con los más conocidos mistol, bolanchao, guarapo, patay o aloja. Más allá de este inusual inventario, las páginas Di Lullo nos recuerdan que el verdadero héroe de todos los días eran los hombres y mujeres comunes, cuya cultura era honda, secreta, permanente. De ellos rescataba el esfuerzo permanente, los pequeños placeres de la vida cotidiana, la íntima felicidad y el cansancio. De allí que sus páginas podían mostrar con orgullo la tarea que ellos realizaban. Entre ellas aparecía su homenaje a aquellos estupendos chipacos de la Marica, que comían los chicos a la entraba de la escuela. Aunque entre todas las comidas, rescata el pan de mujer: y propone una fórmula única para saborearlo …hay que comerlo en esas mañanitas frescas, a orillas del río, o en 9

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los ranchos del campo, o en las puertas de las revendedoras del mercado, cuando aún conservan el tibio calor de la horneada. Entonces sí que saben a gloria, dice. En 1937 se publicó El Bosque sin Leyenda, un libro al que él calificaba como…una defensa sentimental de las posibilidades sociales y económicas del hombre, en su relación con la tierra y el capital. Esta aparición es extraña si pensamos que el año anterior Di Lullo había obtenido por concurso la beca de la Comisión Nacional de Cultura para estudiar el folklore de su provincia. Para realizar esta tarea se había internado en el campo santiagueño, conversado con sus gentes y escuchado lo que ellos le contaban de sus alegrías y sus penas. De estas últimas, lo que más le había dolido e impresionado era el terrible destino que agobiaba a tantos hombres y mujeres del bosque santiagueño bajo el oprobio del obraje. Y la evidencia de que por la tala indiscriminada, el monte santiagueño que otrora cubría la décima parte de los bosques argentinos, podía convertirse en un desierto. Su libro no era, sin embargo, una voz clamante en el desierto, ya que treinta años antes, al final de El País de la Selva, Ricardo Rojas se lamentaba junto al mítico Zúpay por la caída del bosque a golpes de hacha. Y en ese año de 1937, Bernardo Canal Feijóo publicaba su Ensayo sobre la Expresión Popular Artística de Santiago, en el que denunciaba que con la destrucción del bosque se estaba creando el desierto. A ello se sumaba el azote de la “Gran Sequía”, que estaba diezmando el campo santiagueño. Di Lullo compartía con ellos la misma angustia y la misma rabia, por la tala indiscriminada, pero acentuaba su palabra contra el obraje, al que acusaba de devastar el bosque, crear el desierto y robarle al hachero el futuro de sus hijos. Por su culpa el bosque santiagueño de duras maderas y tantos mitos y creencias, podía convertirse en un infierno. Con esa dolorida experiencia escribió estas páginas. En su libro se internaba en la historia de su provincia que tan bien conocía, y recordaba que durante la Colonia los indios habían tenido una vasta legislación de amparo; en cambio, el paria de su tiempo, se lamentaba, él no tenía nada. El obraje de esos años había arruinado la provincia y sembrado el campo de troncos inútiles. Podía haber cambiado el interior de la provincia, pero había fracasado en su función moral, social y política y se había convertido en el último reducto del caudillismo. A ello se agregaba la proveeduría, a la que llegaba el paria obligadamente, la policía del patrón, el contratista y el trazado de las vías férreas, que había destruido el cuerpo interno de Santiago. Para solu10

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cionar ese problema proponía una alianza entre el hombre y el capital. Éste es importante porque lleva trabajo y progreso, señalaba, pero pedía que quien lo ejerciera tuviera… un sentido humano, de beneficio humano. Di Lullo escribió este libro con mucha angustia. Le dolía ver la destrucción, el olvido y el futuro derrotado. El destino hubiera tenido que ser otro y a él le hubiera gustado escribir un libro más sereno y más esperanzado. En cambio, tuvo que escribir ese libro en el que mostraba tanta injusticia y tanto dolor. En él no aparecían, como en los bosques de la literatura tradicional, ni mitos, ni creencias, ni sueños. Pocas páginas, sin embargo, tenían la poesía y la doliente belleza de su Bosque sin Leyenda. Al año siguiente de su aparición, el gobernador Pío Montenegro convocó a una convención para reformar la Constitución de la Provincia. Di Lullo participó en ella y defendió con mucha pasión la enseñanza libre. En 1939 publicó La San Asís, cuyo subtítulo era Ensayo de Organización de la Sanidad y Asistencia Social, una tesis que interesó a Ramón Carrillo, quien años después la llevaría a cabo desde el Ministerio de Salud Pública de la Nación. Entre fines de 1943 y comienzos del 45 se desempeñó como Intendente Municipal de su ciudad y desde ese lugar intentó devolverle a ella su fisonomía original. Por esos años también publicó una compilación del cancionero popular y le dio forma a una institución a la que se dedicaría con singular pasión durante largos años de su vida: el Museo Histórico de la Provincia. En 1946 apareció su Contribución al Estudio de las Voces Santiagueñas, un monumental estudio, al que él llama apenas un complemento de sus estudios sobre el folklore de la provincia. Con su singular modestia, Di Lullo afirmaba que este libro era una continuación de valiosas investigaciones anteriores que habían quedado truncas, como las de Juan Christensen, Andrés Figueroa y Samuel Lafone Quevedo y las de los sacerdotes Pablo Cabrera y Miguel A. Mossi. Y lo definía como el producto de una paciente búsqueda de largos años, durante los que había podido reunir ese precioso material del acervo lingüístico de su provincia. Que su libro era apenas una compilación o catálogo de voces dialectales y que no tenía otro propósito que servir al lingüista, etnólogo, folclorista o historiador. Una breve incursión en este libro nos demuestra que es mucho más que eso. Con una exquisita erudición, una organización sistemática y la prosa de un hombre que escribe como si nos estuviera contando una historia fascinante, Di Lullo nos introduce en el mundo de 11

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la flora, la fauna, las formas afectivas y familiares de los nombres propios, los topónimos, etc. de su provincia. Sobre ese vasto inventario vuelca el paso de la historia, cuyos pormenores describe deliciosamente. Recorre los rastros que habían dejado pasadas lenguas en el campo santiagueño, en especial el quichua, lengua que según él, había llegado dos siglos antes de la Conquista con los mitimaes que había enviado el Inca Huiracocha para enseñar a sus vasallos la lengua de su corte, como lo asegura Garcilaso de la Vega. Otorga una notable importancia a los nombres de los animales y las plantas, a los que define como la mitad de la vida del campo. Su ignorancia, señala, había deshumanizado al hombre de la ciudad al arrancarlo del mundo original. El hombre del campo, en cambio, estaba en contacto con la naturaleza y podía extraer de ella sus conocimientos. Como en sus páginas sobre la medicina y la alimentación, aquí también Di Lullo recoge los significados más sabrosos. Así por ejemplo, nos cuenta que la hembra del ushamico le asierra al macho la cabeza con una de sus patas; que la charata cuando canta, dialoga en quichua; que el licenciado no es sólo el hombre de estudios sino el que tiene licencia para bautizar a falta de un cura y sobre todo, que el sestiadero, es el nombre que designa el lugar en donde se hace la imprescindible siesta. Centenares de palabras y frases como éstas con tanto sabor y saber, recorren este delicioso y exhaustivo trabajo al que su autor definía apenas como un modesto estudio. También en 1946 apareció su Agonía de los Pueblos. En él, Di Lullo daba otra vuelta de tuerca a sus investigaciones sobre la vida de su provincia y se sumergía angustiadamente en los resabios de un pasado que no se resignaba a perder. Pero antes de internarnos en sus páginas, y en su continuación en Viejos Pueblos de 1954, debemos recordar un libro anterior: Los Pueblos, un libro de 1904 del escritor español José Martínez Ruiz, a quien la literatura recuerda con el seudónimo de Azorín. Muchas veces se ha hablado sobre la huella que Azorín dejó en las páginas de Di Lullo. Sus formas de escribir son parecidas. Ambos utilizaban frases breves, enunciativas, en presente o en el pretérito perfecto tan caro a la expresión del habitante de esta provincia. La forma de contar de ambos era también seca, precisa, austera. Hasta aquí los contactos y coincidencias. Pero mientras el alicantino Azorín volvía a esos pueblos para recuperar las huellas de un imperio, Di Lullo viajaba a los suyos en busca de un futuro que les habría sido arrebatado: Asistimos al espectáculo de esta agonía tremenda con total ausencia de nuestros 12

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deberes /.../ He querido creer que ello es debido a la ignorancia del pasado histórico de estos pueblos....nos dice angustiado. [Escribo] con la vaga ilusión de encontrar algún espíritu que los comprenda o interprete, agrega más adelante Y antes de guiarnos en su viaje por esos pueblos, recuerda otros que ya habían desaparecidos: Ayachiquiligasta, Mocana, Guacra, Mopa, Lasco, Pasao, Mamblache, Sanagasta y tantos otros. Estos pueblos /.../ se van muriendo poco a poco, en una larga agonía de siglos, denuncia. Una agonía que en Azorín venía del agón, la lucha para defender las vastas fronteras del orgulloso imperio de los Austrias. En cambio, los viejos y olvidados pueblos del interior santiagueño que nos recuerda Di Lullo, padecían otra agonía. No era la lucha del hombre triunfador para sobresalir, sino la angustia del moribundo, del que sabe que la muerte es irremediable, porque ya ha sido derrotado por la vida. Sin embargo -y éste es uno de los mayores méritos de su librosu autor nos recuerda que en muchos de esos pueblos habían vivido personajes singulares o habían ocurrido episodios que permanecerían más allá de sus vidas ¿Qué había sido sino, la tarea del padre Miguel Ángel Mossi, quien en 1899 había escrito la Gramática Quichua, mientras que sus dedos agarrotados por el esfuerzo trazaban los signos de una lengua que no era la suya en la antigua Atamisqui? ¿O El Bracho, un lugar que había nacido para ser la cuna de adonde se forjaría el espíritu de una raza libre, pero un ignominioso destino lo había condenado a ser el nombre de una horrorosa prisión de torturas y degüellos? La más tristemente célebre, aquélla en la que estuvieron prisioneros Agustina Palacio de Libarona y su esposo enloquecido. Más allá de las tristezas y los dolores por tanta posible grandeza detenida, Di Lullo nos sumerge en sus páginas en los sabores del mundo provinciano, los placeres de la vida diaria, la recuperación del hombre común como sujeto de la historia y ésta como una empresa que todos realizamos. Él no podía mostrar como Azorín el pasado de un imperio en donde no se ponía el sol, pero rescataba la vida menuda y secreta de aquellos pueblos y nos recuerda nuestro injusto olvido. Al año siguiente, en 1947, Di Lullo consiguió dar forma a uno de sus anhelos más preciados: que la provincia adquiriera la vieja y señorial casona de la familia Díaz Gallo en donde funcionaría el Museo Histórico de la Provincia, que llevaría con justicia su nombre después de su muerte. Pero en esa época Di Lullo estaba muy lejos de ese destino y con casi medio siglo de vida estaba en uno de los momentos más lúcidos de su producción intelectual. Ejemplo de ello es la aparición 13

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de su Santiago del Estero, Noble y Leal Ciudad, en el que se sumerge de lleno en la historia de la ciudad que amaba. Éste es quizás el libro más hermoso de Orestes Di Lullo. El que nos muestra uno de sus más altos momentos como narrador. El libro de un historiador que a partir del relato del tiempo de las lanzas y arcabuces, las espadas y corazas, los yelmos y celadas portados por hombres barbados, sucios, hirsutos, sudorosos… nos pinta con trazo fascinante el arduo devenir de su provincia hasta los albores del siglo XX. De paso, nos demuestra que era un enorme escritor. Para que no quedaran dudas de cuál es su perspectiva, Di Lullo nos recuerda desde el comienzo que el título de Noble y Leal Ciudad le había sido otorgado por Felipe II, uno de los monarcas más grandes de España. Pero agrega de inmediato, que ese título también podría haber sido la ciudad desvalida o la gran desventurada. Y como en sus otros libros reaparece una vez más su rostro más modesto para decirnos que ese trabajo era apenas una narración sucinta de los inmensos sacrificios que había realizado su ciudad, y de la ingratitud y el infortunio que recibiría como pago. El libro comienza en el presente mientras el narrador oye las campanas de la iglesia, que suenan graves, lentas y piensa en el destino de su ciudad. Esto lo lleva a una tarde como ésa de 1552 cuando llegaron los conquistadores con el capitán Juan Núñez del Prado, se instalaron media legua al sud de esa ciudad y fundaron la ciudad del Barco en su tercer y último emplazamiento. A partir de allí advertimos que esa historia tiene un personaje fascinante: un Núñez del Prado con rasgos tan profundamente humanos, que sólo los del brigadier Juan Felipe Ibarra, el personaje que Di Lullo más intensamente conocía y admiraba, podía alcanzarlo. Luego la vida de su ciudad se mete por otros caminos y con la llegada furtiva de Francisco de Aguirre comienza la desdicha. La historia que sigue es el relato de las grandezas y miserias que conoció su ciudad. En ella conviven personajes tan disímiles como un Gonzalo de Abreu y Figueroa odiado por los pobladores, derrotado por los indios y envilecido por sus actos, y el ejemplar San Francisco Solano que borra esas miserias, pero al final se aleja desolado, enfermo, cargado de amargura y pesadumbre. La vida de la Noble y Leal Ciudad continúa. Di Lullo nos cuenta su historia que él conoce como pocos, y nos hace oír las descargas de la fusilería, los estertores y gemidos, las procesiones, las escenas de amor, el sonido de los clavecines o del arpa o los anuncios de la sedición. 14

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También oímos los nombres admirados de José Antonio Rodríguez, de la Beata Antula, de Borges que se rebelaría hasta su propia muerte en defensa de su ciudad natal y del saladino Ibarra. Su relato nos mete por calles, casas, esquinas, nos hace sentir el escalofrío por el anuncio de los malones, la llegada de las carretas, la visita de los prelados, el traqueteo de las encomiendas, los misterios y los secretos, las conversaciones junto a alguna mesa con un vaso de vino y un plato humeante y nos recuerda la profunda sabiduría de la gente del pueblo. Nada de eso estaría tan vivo, si no sintiéramos la presencia de un hombre que asumía en carne propia el destino de su tierra. Sólo con esa sustancia pudo escribir páginas tan intensas como las que nos regaló en este libro. Dos años después -en 1949- ocurriría un hecho central de su vida pública: Di Lullo, uno de los más altos intelectuales del norte argentino, el hombre que había dejado una marca memorable en su breve paso como intendente de la capital, renuncia a la segura gobernación de la provincia por motivos éticos. Una actitud como ésta no era frecuente, pero era coherente con la línea de conducta que había seguido en su vida. Sería también una de sus últimas actuaciones en ese campo. En cambio, siguió buceando en la geografía y la historia de Santiago del Estero y ese mismo año apareció su Reducciones y Fortines, un libro en el que su autor regresaba a dos viejos amores: la vida del interior de su provincia y la marca que había dejado en ella el paso de los siglos. Como en sus libros anteriores, Di Lullo se lamentaba aquí de que después de tantos sacrificios, el Santiago que tanto amaba, había quedado con las manos vacías: Una fuerza aciaga -se quejaba- parece presidir los destinos de esta provincia. Todo nace en ella bajo el signo de la muerte. Eso también había ocurrido con sus reducciones y fortines, otra historia de esfuerzos y sacrificios muy pronto olvidados. Su libro quería recuperar su memoria y el significado que ellos tuvieron en la devenir de la provincia. Y así se detiene minuciosamente en la vida de sus reducciones- la de Concepción de Abipones, la de San José de Vilela y la de San Joseph de Petacas- y en los fortines situados en las riberas del río Salado. La historia de estos últimos era la historia dramática de muchos siglos de dolor y sangre, pero también el recuerdo del sueño de grandeza que habían emprendido los Taboada: la posibilidad de convertir ese río en una vía navegable. A pesar de su precaria apariencia -los fortines se levantaban con la premura que dicta el miedo y el peligro, improvisadamente- ellos habían sido la frontera 15

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de la civilización, señala. Hoy podemos imaginar el aspecto de esos fortines en los versos del Martín Fierro y sobre todo en los folletines de Eduardo Gutiérrez, tan lejanos y ajenos al mundo en que vivimos. Gracias a las páginas de Di Lullo podemos recuperarlos. Con su escueta empalizada, perdidos en la soledad de un territorio peligroso e inmenso, insomnes frente a la invasión inesperada, ellos serían durante mucho tiempo y muy lejos, la última frontera de su provincia. Éste es el significado que él quería rescatar en su libro. Para conseguirlo regresó como en sus otros libros al interior de su tierra, se confundió con sus gentes y buscó las huellas que había dejado el paso de la historia. El libro se cierra con un delicioso documento de 1767, que nos traslada a la vida de la segunda mitad del siglo XVIII. Se trata del Testimonio de los Ymbentaxios que se pxacticaxon al tiempo del secuestxo que se hiso a los Regulares expulsos de este Colegio de Santiago del Estero. Si recordamos que cuando en 1954 apareció Viejos Pueblos, hacía varios años que Di Lullo sólo había publicado artículos sobre la vida de su Noble y Leal Ciudad, nos llama la atención este regreso al interior de su provincia y a la historia de los viejos pueblos, que la memoria había olvidado. Tal vez no fuera ajeno a su publicación el hecho de que el año anterior había sido nombrado director del Instituto de Lingüística, Folklore y Arqueología de la Universidad Nacional de Tucumán. O tal vez había encontrado tantos amarillentos pergaminos de la biblioteca que hablaban de ellos, que regresó a buscarlos. Lo que encontró fue solo un puñado de ranchos escasos, de arbolitos retorcidos, edificios en ruinas, callejas desiertas o apenas unos montículos adonde estaba la iglesia de siglos. Como en su libro sobre la agonía de esos pueblos, también se preguntaba allí cuáles habían sido las causas de ese destino. Su respuesta es otra vez una hipótesis, pero también una acusación: …se debió unas veces al cambio del curso de los ríos; otras, a la tala despiadada de sus bosques; al paso del tren por otras rutas; a la emigración de sus pobladores y, las más de las veces, al desconocimiento de la historia y del destino de estos pueblos…, nos recuerda. Sin embargo, por esos pueblos también había pasado una parte de la historia, que explicaría el destino de la provincia. Como en Soconcho, que fuera testigo de la primera entrada de los españoles en la provincia y de la lucha y la agonía del desdichado Diego de Rojas. O Silípica, adonde se replegó el esforzado Borges perseguido por Lamadrid, cuando aún se oían los pasos de San Martín que iba a reunirse con Belgrano. O en Icaño, adonde Emilio Wagner creyó descubrir el 16

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origen de una antigua civilización que, aunque inexistente, no dejó de ser fascinante, y adonde buscaría refugio el otrora opulento Fabián Gómez de Anchorena, el Conde del Castaño, amigo del rey Alfonso XII y del Príncipe de Orange, para morir muy pobre y con una pierna amputada, pero rodeado de humildes labriegos de rostros curtidos por el sol, de desarrapados pobladores, de viejitas y de niños. O en Otumpa, luego Campo del Cielo, adonde cayó un meteorito del espacio para que se tejieran muchas ambiciones, muchas leyendas y una novela extrañamente olvidada. Esos pueblos también tienen otros nombres, como Tuama, Pitambalá, Sumamao, Oratorio, Guasayán y tantos otros, en los que se oiría el silbato del tren que destruía la geografía y la temible llegada del obraje. En alguno de ellos tal vez estaría la escuelita de barro, en donde el maestro Jorge Wáshington Ábalos había conocido a su inolvidable Shunko. Sobre esos pueblos Di Lullo escribió este libro, que se inserta en la tradición de aquellas Probanzas de Méritos, que escribían los valientes soldados que habían arriesgado algo más que sus vidas en estas tierras de lo que sería América para justificar sus sacrificios. A este género pertenece este libro, pero también al de las lamentaciones por la decadencia y el olvido. Di Lullo compara esos pueblos con esas madres que habían envejecido de penurias después de haberlo dado todo, incluso la alegría. El recuerdo de ese sacrificio, sostiene, es necesario para entender el presente y asegurar el futuro. Y sólo el conocimiento de esos viejos tiempos podría señalarnos el camino. La tesis es discutible, por cierto, pero nos demuestra la honestidad intelectual de su autor y la preocupación ética con que escribía sus páginas. Caminos y Derroteros Históricos en Santiago del Estero apareció en 1959. El año anterior, Di Lullo se había presentado como candidato a Intendente Municipal de su ciudad y ese mismo año y al siguiente obtendría por concurso la beca del Fondo Nacional de las Artes. En este trabajo continuaba las investigaciones que había emprendido en su trabajo sobre las reducciones y fortines y en el delicioso viaje por el interior de su provincia en busca de los viejos pueblos que estaban desapareciendo. Al libro lo acompañaba una minuciosa cartografía de Luis G. B. Garay, que nos muestra el dibujo que habían trazado aquellos caminos en la historia de Santiago. Su importancia era muy grande, señalaba Di Lullo, porque…los caminos y derroteros jalonan, en cierto modo, la historia del hombre. Su historia comenzaba antes del arribo de los españoles. 17

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Cuando éstos llegaron, ya estaba el imponente camino que habían construido los incas hasta los arrabales de su imperio. Él unía las poblaciones de lo que luego sería Santiago del Estero con un rosario de pueblos y ciudades a lo largo de los Andes. Luego, con trazo minucioso, Di Lullo nos lleva junto con los conquistadores, los guerreros, los artistas, los pensadores, los religiosos, los comerciantes, los hombres de leyes y la gente común de los pueblos que recorrieron sus huellas, a veces con sueños de gloria, de poder o riqueza. El libro también nos muestra las huellas que había dejado la historia en ellos. Como el camino que había recorrido Concolorcorvo para escribir su Lazarillo de Ciegos Caminantes, el itinerario real de postas que recogía la Guía de Forasteros, el sendero que trazaron los pies descalzos de la Beata Antula, el Itinerario del Virrey, al que para hacer grata su permanencia en la ciudad, el Cabildo había llamado a campana tañida y que por… no aver en esta Ciudad casa en que poder hospedarlo…se destinan las casas capitulares... a las que hay que rebocar, calzar y poner escalera firme, o la ruta que habían hecho los prisioneros españoles capturados en el norte, quienes después de Ambargasta … comieron asado y tomaron agua caliente de dos chifles. Como en sus trabajos anteriores, Di Lullo nos propone otra vez un libro de grata lectura con personas o acciones famosas. Como en aquellos libros también, los verdaderos protagonistas serían los hombres y las mujeres comunes, que mirarían con asombro, incredulidad y esperanza, las vidas de otros personajes tan transitorias y fugaces como las suyas. Orestes Di Lullo murió en la ciudad que tanto amaba el 28 de abril de 1983. Años antes, en 1965 y 1966, se había convertido en el único santiagueño que fuera designado Miembro Correspondiente en Santiago del Estero por tres de las más prestigiosas Academias Nacionales: la de Historia, la de Medicina y la de Letras. Sin embargo, estas distinciones, como las otras que recibió en los últimos años de su vida, no lo distrajeron de sus trabajos sobre la cultura y la historia santiagueñas y cuando él murió, quedaban en su mesa de trabajo varios libros inéditos. Entre ellos La Razón del Folklore y Santiago del Nuevo Maestrazgo. A ambas las editó su provincia en 1983 y 1991, respectivamente. En este último libro, Di Lullo regresaba a las posturas que había asumido en su fascinante trabajo sobre la Noble y Leal Ciudad: su adhesión a la figura de Juan Núñez del Prado y su lamento porque su ciudad lo hubiera olvidado. Él seguía siendo su fundador, aunque... la 18

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trasladen una y cien veces, aunque se la quiten a Núñez y la llamen de mil modos, aunque la remuden y pueblen y pretendan hacerse dueños de ella. Y como en aquel libro la figura de contraluz era Francisco de Aguirre, un personaje de carecía de los atributos morales y espirituales del anterior. Para que no quedaran dudas de cuál era su perspectiva, Di Lullo se detiene minuciosamente en la figura de ambos, pero también en la de Diego de Rojas, la de Pedro de Valdivia y la de Francisco Villagrán. Ninguno de ellos, sin embargo, alcanzaría la dimensión de Francisco César, un ...oscuro soldado de la expedición de Sebastián Gaboto..., que no había estado en Santiago, pero cuyo nombre había creado la leyenda del País de los Césares con ciudades de oro y piedras preciosas. Alguien que había despertado sueños de aventura y riqueza sin término, y había fundado en la afiebrada imaginación de los conquistadores… el Imperio de la Quimera, tan grande como el Imperio de aquel otro César, llamado Carlos Rey de España y emperador de Alemania…El libro se cierra con una propuesta muy polémica de cambiar el nombre de Santiago del Estero por el de Santiago del Barco o solamente Santiago, como había gritado Diego de Rojas en la primera entrada en la provincia. En La Razón del Folklore también regresa a un libro anterior: el voluminoso estudio sobre el folklore que había publicado casi cuarenta años antes. En aquella ocasión Di Lullo se había detenido minuciosamente en todos los testimonios del folklore de su provincia: sus creencias, leyendas, juegos, fábulas, casos, etc. En éste, en cambio, buscaba la razón y el sentido. El mismo es la larga reflexión de un hombre que había estudiado la geografía, la historia, la vida y la cultura de su provincia durante más de medio siglo, en los últimos años de su vida. Su legado sería esta minuciosa visión sobre el mundo y la vida de sus comprovincianos. Hay un pueblo y una región desconocidos en el país. Son el pueblo y la provincia de Santiago del Estero… ambos, pueblo y comarca, permanecen lejos de nosotros, como en una perspectiva del tiempo, como en una visión del pasado -visión retrospectiva de años que se suman inútilmente, nos dice dolorido. Y sus páginas, como las de sus otros libros, nos muestran la imagen de un hombre que antes de su despedida, seguía luchando contra esa ignorancia y ese olvido. Con ese fin nos brinda uno de los más completos y definidos inventarios de la vida y el hombre de su provincia, del secreto sentido de sus actos, de la huella que había dejado en ellos el paso del tiempo. La Razón del Folklore es uno de esos libros, en los que sentimos que el autor quiere dejarnos en claro cuál era su visión antes de des19

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pedirse. El resultado es una muy digna conclusión de muchos años de trabajo fecundo. Como en sus otros libros la imagen que nos brinda no permite equívocos. Podemos discutirla o no compartirla. Pero no podemos dejar de admirar aquí, como en sus otras páginas, la coherencia y la intensa pasión que mantuvo a lo largo de su vida. Fue un hombre que se arriesgó a sentir y a pensar diferente. Pero todo lo hizo al servicio de su provincia, de los hombres y mujeres de su tierra. Y por eso perdura. LA HERENCIA La redacción de este prólogo me permitió releer varios libros de Orestes Di Lullo. Eran los mismos que había leído hace algunos años en dos bibliotecas de Santiago -la Nueve de Julio y la Sarmiento-, en lejanas fotocopias de fotocopias y en algún precioso ejemplar de sus libros que alguien me había regalado. En todos los casos me encontré con hojas envejecidas por el paso del tiempo y en algún momento hasta me gustó jugar con la ilusión de que yo era él leyendo las hojas gastadas de algún documento olvidado Tan grata tarea me sirvió para confirmar dos recuerdos que tenía de sus libros. El primero, que Di Lullo es uno de nuestros más grandes escritores. No sólo por su extensa bibliografía, sino porque sus libros tienen las virtudes que encontramos en los clásicos: la prosa transparente, el lenguaje preciso, el pensamiento claro y definido. El otro recuerdo era que en todos ellos había una modestia conmovedora. Que en todos los casos, afirma que el mundo que abordaba en sus páginas era infinitamente más importante que él. Gracias a esa relectura, lo confirmé. En sus libros no aparece por suerte la torpe e insensata vanidad que envilece tantas páginas. Él podía hacerlo, porque no necesitaba recordarnos a cada paso que era un grande. Le bastaba con serlo. Estas virtudes aparecían como una constante en las páginas de un hombre al que lo dominaban dos rostros de una misma pasión: la historia y la geografía de su provincia, por un lado; la vida de sus hombres y sus mujeres, por el otro. Con esa pasión había hurgado como pocos y mejor que muchos, en los dolores, las esperanzas, los problemas, la vasta riqueza escondida, las alegrías y las tristezas de una tierra injustamente olvidada. Con esa misma pasión durante más de medio siglo de trabajo fecundo multiplicó la herencia que había recibido. El resultado de ese trabajo fue una imagen mucho más rica, más orgu20

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llosa y más perdurable del Santiago que había heredado. Es innegable, por cierto, que sin los innumerables rostros de su provincia, esa obra hubiera sido imposible. Pero es también innegable que hay un Santiago antes y después de Orestes Di Lullo. ¿Por qué nos interesa tanto una obra que nos habla de extrañas farmacopeas, sabrosas comidas o el secreto de algunas palabras? ¿Por qué nos atraen tantas páginas sobre caminos que ya no existen, pueblos abandonados o viejos y viejas que viven en ranchos lejanos? ¿Por qué nosotros que vivimos en otros tiempos y podemos no compartir sus ideas, queremos leer sus libros? Creo que es porque las páginas de Di Lullo nos recuerdan que nuestros temores son los mismos, que con otros nombres nuestras ilusiones son las mismas, que con el paso del tiempo nos olvidamos de nuestros límites. O porque a lo largo de sus libros siempre quiso mostrarnos formas de amar, de vivir y de sentir que fueran ejemplares. O tal vez por el insobornable amor que tuvo por una tierra que tanto quiere ser amada Un territorio puede ser importante por los recursos que tiene, la riqueza de sus campos, la dimensión de sus montañas, la multiplicación de sus caminos, el caudal de sus ríos, su comercio o su industria. Pero si los hombres de más valía no se apasionan por él, no vale nada. Felizmente Di Lullo fue uno de esos hombres y amó con toda intensidad el cuerpo y el alma de la provincia que había heredado. A ella le dedicó los mejores frutos de su vida, su pasión sin descanso y la invalorable riqueza de sus páginas. Toda esa riqueza estaba escondida en sus libros guardados en algunas bibliotecas, en fotocopias de fotocopias, en la cita de alguna monografía o algún ensayo, en el trabajo de algún investigador de nombre extranjero que anotaba el suyo más allá de nuestras fronteras. Siempre había un privilegiado que tenía alguno de ellos y a veces hasta algún recuerdo de aquel hombre pulcro, pausado, de mirada firme y profunda que amaba intensamente a su provincia. Pero la mayoría carecíamos de ellos y una generación ávida de esos libros los esperó durante muchos años. Su ausencia nos confirmaba el doloroso olvido que él recordó en tantas páginas y era una afrenta para la cultura de su tierra. Hoy por suerte los tenemos entre nosotros. Hoy por suerte los hemos recuperado. *(Miembro Correspondiente de la Academia Argentina de Letras)

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Santiago del Estero RepĂşblica Argentina

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A MODO DE PRÓLOGO Volver a escribir sobre la fundación de Santiago es como volver a las viejas banderías, enrolarse con uno u otro capitán, llevando de nuevo la ciudad, tantas veces trasladada, a ser una presa, no ya del conquistador sino del historiador. Pero hemos de correr el riesgo de una presupuesta adscripción, atendiendo al hecho de que el problema no ha sido dilucidado en absoluto pese a los dictámenes de prestigiosas figuras de nuestra historia, ni en lo que se refiere al nombre del fundador, ni a la fecha de la fundación de nuestra ciudad. Es cierto que las actas han desaparecido, pero es obvio que hay documentación testimonial suficiente y en cantidad abrumadora para suplir la falla de aquella pérdida, si esta documentación hubiese sido consultada con minucioso empeño crítico. Luego, la forma un poco desaprensiva de juzgar los hechos tal un pleito pobre de tribunales nos ha mostrado con evidencia que en la mayor parte de los escritos sobre el tema hubo poco interés al reclamo de una venerable ciudad que no sabía su origen y a quien le adjudican, quiera que no, una paternidad ajena a todas luces. Y creemos nosotros que el caso asume singular importancia, sobre todo en este momento en que Chile, por pretendidos derechos, puja en el empeño de expandir sus fronteras a costa de las nuestras, ya que en Santiago del Estero del Barco empezó (año 1550) el conflicto limítrofe con Chile. Con la intención de subsanar este malentendido hemos escrito esta narración (que por eso no lleva notas al pie de página y porque en ella se relatan hechos muy conocidos) tratando de ordenar los sucesos de modo de hacerlos fáciles y legibles, veraces y concretos. Y es que hemos sentido un poco de tristeza al comprobar de 25

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qué modo un tanto absurdo, se procede a sacar conclusiones por supuesto falsas de hechos dudosos, que, desde luego, no se compaginan con la realidad, tal la presunta legitimidad de derechos de Chile sobre el Barco Santiago, ya que nuestra ciudad nunca estuvo dentro de la jurisdicción de Valdivia, como lo sostienen los chilenos y muchos argentinos, llevados éstos por el afán repetitivo de proclamar, como aquéllos, la paternidad “aguirrista” de nuestra ciudad. Ahora bien, si no hay documentos fehacientes que sustenten dichas pretensiones (y los hay a granel que prueban lo contrario) ¿por qué hemos de seguir consintiendo estos desmanes de lesa historia y hacernos pasibles del grave delito de lesa patria? Estas páginas llevan el propósito de poner cada cosa en su lugar, dando a cada cual lo suyo, en un esfuerzo de esclarecimiento, sencillo y ordenado. Se advertirá en ellas la avilantez de este proceso por la perfidia de los que pretendieron evitar la erección de nuestra ciudad (empeño en que fracasaron) y la persecución y saña con que actuaron contra Núñez del Prado al quitarle la ciudad que él había fundado. Nuestra tarea ha resultado particularmente difícil, pero la hemos realizado con satisfacción, con el afán de situar el problema de la génesis de nuestra ciudad en los términos de una objetividad estricta, sin sombra alguna de duda. No sabemos si lo hemos logrado, aunque la misma Academia nos ha abierto una puerta de acceso a la discusión al permitir nuevas pruebas y nuevos planteamientos, Pues bien, esa prueba (una más de las mil) ha sido encontrada al consultar, en 1955, la Biblioteca provincial de Toledo (España), donde hemos visto el libro “Geografía y Descripción Universal de las Indias”, del año 1571, cuyo autor D. Juan López de Velasco, fue Cosmógrafo y Cronista Mayor del Reino y en sus manos obraban los documentos de la época. Dice López de Velasco que Juan Mz (Martínez por Núñez) de Prado pobló la ciudad de Santiago del Estero que al principio la llamó la Ciudad del Barco del Nuevo Maestrazgo”. No vamos a suponer que este documento sea el decisivo en esta cuestión, pero sin duda es un valioso aporte, que nos decidió a una nueva compulsa e incluso, a examinar de nuevo el Informe Académico de don José Torre Revello, quien después de reconocer todos los derechos a Juan Núñez de Prado sobre la fundación del Barco-Santiago del Estero, acredita a Francisco de Aguirre la paternidad de la ciudad, por el mero hecho de que aquél no había realizado ningún acto de gobierno mientras Aguirre ocupaba el poder, cuando se sabe que no 26

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pudo realizarlo por haber sido encarcelado por orden de Aguirre, como lo reconoce el mismo Torre Revello en dicho informe. Habiendo dedicado una gran parte de nuestra vida a los temas locales, y exigidos por un imperativo de la conciencia, resolvimos replantear el problema que trata de la fundación de nuestra ciudad. Pretendemos enfocar el tema con un esfuerzo totalizador que comprendiese los distintos propósitos fundacionales, ya que nuestra ciudad era el resultado de una pluralidad de intentos. Estamos seguros, por otra parle, de que la documentación mejor ordenada en esta compulsa, ha de hablar por sí sola con mayor claridad a la nueva comprensión historicista de la crítica. Al menos, ese ha sido nuestro propósito. Si no lo hemos logrado que la intención nos valga. O.D.L.

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LA PREHISTORIA

La provincia de Santiago representa geográficamente un gran mar interior desecado, y fue parte principal de una fosa tectónica hundida entre dos grandes pilares cristalinos: los relieves uruguayo-brasileños y las sierras desprendidas de los Andes. Tiene fisonomía propia, pero sin duda, configura la expresión del llano de un llano algo “sui generis” pues, ni es una llanura absoluta, ni deja de serlo. En efecto, la inmensa planicie, en que discurren los ríos Dulce y Salado, que la recorren íntegramente y paralelos de N.O. a S.E., está poblada de bosques, surcada de arroyos y brazos divagantes, modelada de relieves pétreos, y montículos, deprimida en lagunas y hoyas salinosas, aflorada de manantiales, y cubierta en gran parte de arenas esteparias, cuando no de un tenue limo de aguas desbordadas, que le forman inmensos aunque superficiales mantos fecundos. Santiago es una zona de transición morfológica, pero también étnica y cultural. En lo morfológico representa una forma intermedia entre las serranías y las llanuras y, no obstante su tipismo, esta indiferenciación geográfica trasciende al hombre, a la fauna y a la flora. Sus cerros que se elevan apenas en el S.O. (Guasayán, Sumampa y Ambargasta), no serán nunca una montaña; sus bosques, duros, sufridos, no fueron nunca selva lujuriosa; sus lomazos, no serán ni túmulos ni dunas, el llano tampoco será la pampa y sus ríos son ríos sólo dos meses, y cauces secos el resto del año. En este desdibujamiento de su planicie, Santiago puede, sin embargo, participar de las cinco subzonas características en que dividimos su geografía: la llanura, los ríos, las serranías, el bosque y los esteros, cada una de las cuales está representada en su mitología por un numen tutelar: el Pampáyoj, la Mayumaman, el Orkomaman, el Sacháyoj y la Mailinpaya, respectivamente. Esta naturaleza a la vez variada y uniforme, configura un escenario grande, austero; un marco abierto, holgado, de contornos in31

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conmensurables; donde el paisaje parece rechazar el fácil apegamiento del hombre, pues la madre tierra sólo sustenta con mezquindad a sus hijos, enseñándoles en cambio a amarla intensamente, aun por encima de las necesidades vegetativas y de los sufrimientos. Fue, en otro tiempo, la tierra de nadie y continua siéndolo hoy en otro sentido pero fue también la tierra de todos. Ancha, abastecida y plana, ahí confluían, desde 8.000 años ante de Cristo las hordas salvajes de todos los rumbos, convocadas por la necesidad y atraídas por la facilidad, términos que luego serán la clave que explique la postura filosófica de nuestro pueblo actual Ahí los ríos se hinchaban de sí mismos y desbordaban de sus crecidas, fecundando inmensas comarcas donde se sembraba el maíz. Ningún clima fue mejor para la fruta silvestre y la miel por lo prematuro de sus primicias, Había muchos peces y los bosques estaban poblados de aves y otras animales de caza, sin contar con la sal de sus salinas, “de la que eran golosos los indios’, Mas, era tierra paradojal y contradictoria. En ella se daban todos los extremos: frío y calor; inundaciones y sequías; vientos y lluvias; prodigalidad y avaricia; un sol sin sombras y una noche blanca de luna. Estos antagonismos sustanciales de la tierra y sus elementos han sido transferidos a la historia, al alma del pueblo y a su destino, Confluyeron, pues, a Santiago, acuciados por la necesidad y atraídos por la facilidad, casi todos los pueblos vecinos de la prehistoria. Ahí se mezclaron, intercambiando sus respectivas culturas o simplemente, imponiéndolas, como en el caso de los Incas, lo que no impidió que a la caída del imperio y por dejadez del poder aglutinante de la dictadura, aquella civilización se transformara en un caos, singularmente en Santiago, —zona marginal— donde parecen acabar los tributos culturales y raciales, donde sus elementos se dislocan y semejan náufragos que se ayudan para vivir y sobrevivir. Dijimos que Santiago en épocas remotas, fue un gran mar interior. Podemos agregar que fue, también un mar étnico-lingüístico como las mareas, los hombres, viniendo de distintos rumbos llegaron a esta región y se fueron, o se quedaron remansados, o se absorbieron. Estas mareas, inundables, cambiantes, con sus flujos y reflujos, sin estabilidad ni permanencia, como si una ley de interinidad dictase normas emergentes, como si todo tuviese que dejar de ser, fundido o transformado por fuerza de las circunstancias, fueron diversas en tiempo, intensidad y extensión. Cubrieron, como la influencia peruana, vastos y lejanos escenarios, anegando totalmente pueblos, lenguas, cultura, avasallándolas, mas, sin borrarlas totalmente. Otras veces las marejadas de pueblos, fueron aisladas y débiles y llegaron apenas a lamer los pies de otras culturas. De unas y otras quedan en Santiago del 32

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Estero capas estratificadas con resto de civilizaciones y cultura prehistóricas. Y es porque esta provincia es una zona de tránsito, una llanura abierta a todas las invasiones, donde hasta lo propio se cambia constantemente, donde todo florece y nace y fructifica. Por todos los rumbos penetraron en Santiago los pueblos aborígenes. Directamente desde el Norte hacen su entrada los lules o juris, desprendimiento lejano de los ándidos, mezclados luego, con elementos de la Amazonia, que ocupan por momentos la mesopotamia santiagueña a ambas márgenes del Dulce y forman el estrato más indiferenciado por ser de transición típica entre los pacíficos y los atlántidos y sobre todo, por ocupar sin permanencia fija, el camino de las invasiones del Norte (arawacos, chiriguanos, etc.) y del Sur (huarpes, araucanos, pampas, etc.). Del noroeste, los quichuas y aimaras con su secuela de diaguitas, calchaquís, humauacas y atacamas. Del Noreste, los guaraníes y su cortejo de matacos-guaicurús, ramas amazónicas y que ocupan en sus correrías circunstanciales todo el territorio del Chaco Santiagueño. Por el sur penetraron los pámpidos (huarpes, comechingones, sanavirones, indamas, patagones y querandís) sumados a la influencia araucana. Y por el Oeste y el Este los capayanes y los chamás respectivamente. Sin duda, esta sencilla esquematización no responde totalmente a la realidad siempre muy compleja, pero ayuda a fijar los principales rumbos de estos avances que afluyen a Santiago y ahí se pierden, mezclados, y ahí se aquietan como en la necesidad del goce y la holganza, prolíficos, aunque este reposo temporario no fuera, de ningún modo, ni absoluto ni perfecto, aunque más que suficiente si lo comparamos con las urgencias y zozobras de otros lares, por ofrecer Santiago mejores medios de vida a aquellos aborígenes. Señalemos, empero, el hecho de esta confluencia, que no puede ser accidental, y el de su forzosa mixigenación, como la clave de muchos problemas que hay que resolver. Si bien es cierto que la guerra entre ellos era endémica no por eso hay que pensar que fuera cotidiana o muy frecuente. Había largos períodos de quietud y bonanza, sobre todo en las zonas marginales y apartadas de los corredores transitados por las tribus trashumantes ocasionales que se desplazaban buscando “un lugar bajo el sol”, para descansar y sembrar, para dedicarse a su manufactura doméstica, a su arte, a su culto, a su vida. El nomadismo fue siempre por necesidad. Emigraban sólo temporariamente o porque eran impedidos o rechazados y siempre, bus33

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cando mejores condiciones para su vivir, o tranquilidad o bastimentos. La guerra no fue tampoco un quehacer arbitrario. Por el contrario, muchos pueblos la mayoría convivían pacíficamente o intercambiaban sus elementos culturales, a la par que sus productos. Reconozcamos también que los desplazamientos masivos no eran frecuentes y no se realizaban en son de guerra. Eran penetraciones que ocupaban zonas baldías y daban lugar a enfrentamientos. La lucha podía ser endémica, pero de ningún modo era epidémica Lo esporádico y fortuito fue norma de la acción guerrera, particularmente en Santiago, donde su vasta extensión estaba sembrada de pueblos minúsculos, mal organizados y a veces sin nexo de unión entre ellos. No es verosímil pues, que se movieran sincrónicamente ante un enemigo que nunca fue común, a menos que se tratara del español. Ni siquiera los incas ejercieron predominio militar en Santiago, donde se aceptó lisa y llanamente el vasallaje sin lucha Por lo demás, nunca coexistieron las grandes invasiones antagónicas. La cronología lo demuestra con evidencia. Hay estratos culturales que se superponen. Unos dominaban primero y otros después. Y en cada caso los sojuzgados acataron los acontecimientos como hechos naturales. La resistencia se caracterizó por desplazamientos o por fugas. Casi nunca por luchas cruentas. No estaba en la condición natural de estos indígenas de un territorio de tránsito grande y generoso, el hacer pie en nada, para defender nada preciso, acaso una sementera, pero nada más, pues el campo continuaba siendo suyo más allá con los mismo frutos y dones. La verdadera resistencia fue interior, y hasta cierto punto su vasallaje era formal. Adentro del alma triunfaba la inclinación nativa, la idiosincrasia la índole, la tendencia, el seguir siendo el mismo, la insobornable voluntad de no ser al modo de la exigencia. Es decir, triunfaba en él la condición negativa: una especie de huelga de brazos caídos, el “trabajo a reglamento” de los conflictos laborales modernos. Algunos grupos indígenas pelearon en Santiago. Pero eran los diaguitas o yuguitas o capayanes que se establecieron a su modo sobre el Dulce y Salado, a la altura de los paralelos 28 y 29. Formando pueblos bien organizados y defendidos con fosos y empalizadas, En cuanto al hábitat de estos indígenas podría decirse que fue siempre móvil y extensible. El sedentarismo, en esta tierra de nadie — y de todos— era una mera fórmula. En el mejor de los casos sería un reposo peregrino de una trashumancia crónica y forzosa. Sería aspiración de estas tribus vivir en paz, pero pocas veces se daría el caso de una permanencia absoluta en un espacio vital circunscripto, sin normas morales o jurídicas, en tiempos dilatados como los que abarcan la formación libre del hombre en América. 34

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Bien, pues, esta tierra y estos hombres fueron parte del Tucum谩n prehist贸rico y Santiago fue entonces un centro incaico como lo fue durante la conquista del periodo hist贸rico.

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ÍNDICE Prólogo de la colección. A modo de Prólogo.

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PRIMERA PARTE La Prehistoria. El Tucumán. Los dos Imperios. La leyenda de Francisco César. La Historia. El Nuevo Maestrazgo de Santiago. El Descubrimiento. Diego de Rojas. La Fundación. Juan Núñez de Prado. La conquista. Pedro de Valdivia. Francisco de Villagrán. Francisco de Aguirre.

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SEGUNDA PARTE La Ciudad Imperial. Noticias. Méritos y Servidos. El Nombre . Títulos . Jurisdicción. Posición. Distancias. Población. El Río. Traslados. TERCERA PARTE Algunos testimonio a favor de Francisco de Aguirre sobre la fundación de Santiago. Algunos testimonios a favor de Juan Núñez del Prado sobre la fundación del Santiago de Estero. Preguntas para una nueva información sobre la fundación del Barco o Santiago. Resumen General: Conclusiones. Bibliografía.

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En esta oportunidad tengo la satisfacción de presentar esta colección en diez tomos de once libros de un médico santiagueño que hizo de su vida un ejemplo y cuya obra hoy casi inhallable es una de las más valiosas de Santiago del Estero y el Noroeste Argentino. Como argentinos conscientes, hemos decidido comenzar nuestra actividad en la Madre de Ciudades, y en menos de un año, editamos ya Santiago del Estero. Historia- Tradición - Cultura, Las Termas de Río Hondo y la presente edición que conforma esta colección, que forman parte de la colección de mi hijo más pequeño, Franco Rossi. Estos libros se los dedico a mi esposa Adriana, quien me presentara a Graciela Paladea, que como santiagueña de ley que ama su terruño, nos diera toda la información y su experiencia para lograr nuestro propósito editorial: hacer saber más de esta “tierra de encuentros”. Un reconocimiento especial a la Fundación Cultural Santiago del Estero que permitió que el proyecto se realizara con mayor soltura y excelencia. A todos los que colaboran en cada libro, a los santiagueños: muchas gracias!!!

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FRANCO ROSSI

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Santiago del Estero - República Argentina

Santiago del Nuevo Maestrazgo. La agonía de los pueblos. Viejos pueblos. Contribución al estudio de las voces santiagueñas. 1ª parte. Contribución al estudio de las voces santiagueñas. 2ª parte. Reducciones y fortines. Caminos y derroteros históricos en Santiago del Estero. La Razón del folklore. Santiago del Estero Noble y Leal ciudad. La medicina popular de Santiago del Estero. La alimentación popular de Santiago del Estero. El bosque sin leyenda. Ensayo económico social.

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III IV V VI VII VIII IX

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Tomo I II

Santiago del Nuevo Maestrazgo. - Orestes Di Lullo

TÍTULOS DE LA COLECCIÓN

Orestes Di Lullo

FRANCO ROSSI

Obra monumental la de este santiagueño admirable, nacido el 4 de Julio de 1898. Monumental en todos los sentidos: por su excelencia, por su profusión, su multiplicidad, pero sobre todo, por su valor documental, por su gran esfuerzo de rescatar para preservar la memoria. Orestes Di Lullo, médico de profesión, que abarca todos los aspectos, en afán de investigar, desentrañar, registrar, clasificar y dejar así, en sus numerosos libros, el gran corpus de la santiagueñidad para que abreven en él los especialistas que lo continuarán. En reconocimiento a su prolífera labor profesional y cultural, el 28 de abril, día de su muerte (en 1983), fue declarado Día de la Cultura Provincial en Santiago del Estero.

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Jorge Rossi Editor


Colección Orestes Di Lullo