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Cuentos de los

hermanos

Grimm Relatos originales Relatos adaptados

Tomo 1


Título original: Grimm's fairy tales

©

Copyleft

2014

La ilustración de los hermanos Grimm es dispuesta por Cute Gallaryez para libre distribución y manipulación.

Todas las obras originales de Hermanos Grimm se encuentran en dominio público. Esto es aplicable en todo el mundo debido al fallecimiento de los autores originales hace más de 100 años. Este libro se encuentra bajo licencia Copyleft permitiendo la libre distribución, manipulación y comercialización citando a los autores originales. Se permite el uso comercial de la obra y de las posibles obras derivadas, la distribución de las cuales se debe hacer con una licencia igual a la que regula la obra original. Esta licencia es una licencia libre según la Freedom Defined T1.

La recopilación, maquetación y producción del libro se atribuye a: Carabajal, Yamila Garnero, Gabriel Heredia, Gonzalo Nessier, Lucio

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Jacob Grimm y Wilhelm Grimm

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Índice Blancanieves··················································································· 6 El hueso cantor············································································ 11 El lobo y las siete cabritas····························································· 14 El rey rana ·················································································································16 El sastrecillo valiente···································································· 19 Hansel y Gretel············································································ 25 La Bella Durmiente······································································ 30 La Cenicienta··············································································· 33 Los dos hermanos········································································· 37 Pulgarcito····················································································· 51

Blancanieves················································································· 57 El hueso cantor············································································ 58 El lobo y las siete cabritas····························································· 60 El rey rana···················································································· 62 El sastrecillo valiente···································································· 64 Hansel y Gretel············································································ 65 La Bella Durmiente······································································ 66 La Cenicienta··············································································· 68 Los dos hermanos········································································· 69 Pulgarcito····················································································· 70

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Cuentos de los hermanos Grimm Relatos originales


Blancanieves

Relato original

es la más hermosa de esta región?, el espejo respondió: -La Reina es la hermosa de este lugar, pero la linda Blancanieves lo es mucho más. Entonces la reina tuvo miedo y se puso amarilla y verde de envidia. A partir de ese momento, cuando veía a Blancanieves el corazón le daba un vuelco en el pecho, tal era el odio que sentía por la niña. Y su envidia y su orgullo crecían cada día más, como una mala hierba, de tal modo que no encontraba reposo, ni de día ni de noche. Entonces hizo llamar a un cazador y le dijo: -Lleva esa niña al bosque; no quiero que aparezca más ante mis ojos. La matarás y me traerás sus pulmones y su hígado como prueba. El cazador obedeció y se la llevó, pero cuando quiso atravesar el corazón deBlancanieves, la niña se puso a llorar y exclamó: -¡Mi buen cazador, no me mates!; correré hacia el bosque espeso y no volveré nunca más. Como era tan linda el cazador tuvo piedad y dijo: -¡Corre, pues, mi pobre niña! Pensaba, sin embargo, que las fieras pronto la devorarían. No obstante, no tener que matarla fue para él como si le quitaran un peso del corazón. Un cerdito venía saltando; el cazador lo mató, extrajo sus pulmones y su hígado y los llevó a la reina como prueba de que había cumplido su misión. El cocinero los cocinó con sal y la mala mujer los comió creyendo comer los pulmones y el hígado de Blancanieves. Por su parte, la pobre niña se encontraba en

Había una vez, en pleno invierno, una reina que se dedicaba a la costura sentada cerca de una ventana con marco de ébano negro. Los copos de nieve caían del cielo como plumones. Mirando nevar se pinchó un dedo con su aguja y tres gotas de sangre cayeron en la nieve. Como el efecto que hacía el rojo sobre la blanca nieve era tan bello, la reina se dijo. -¡Ojalá tuviera una niña tan blanca como la nieve, tan roja como la sangre y tan negra como la maderade ébano!Poco después tuvo una niñita que era tan blanca como la nieve, tan encarnada como la sangre y cuyos cabellos eran tan negros como el ébano. Por todo eso fue llamada Blancanieves. Y al nacer la niña, la reina murió. Un año más tarde el rey tomó otra esposa. Era una mujer bella pero orgullosa y arrogante, y no podía soportar que nadie la superara en belleza. Tenía un espejo maravilloso y cuando se ponía frente a él, mirándose le preguntaba: -¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región? Entonces el espejo respondía: -La Reina es la más hermosa de esta región. Ella quedaba satisfecha pues sabía que su espejo siempre decía la verdad. Pero Blancanieves crecía y embellecía cada vez más; cuando alcanzó los siete años era tan bella como la clara luz del día y aún más linda que la reina. Ocurrió que un día cuando le preguntó al espejo: -¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién

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Blancanieves medio de los grandes bosques, abandonada por todos y con tal miedo que todas las hojas de los árboles la asustaban. No tenía idea de cómo arreglárselas y entonces corrió y corrió sobre guijarros filosos y a través de las zarzas. Los animales salvajes se cruzaban con ella pero no le hacían ningún daño. Corrió hasta la caída de la tarde; entonces vio una casita a la que entró para descansar. En la cabañita todo era pequeño, pero tan lindo y limpio como se pueda imaginar. Había una mesita pequeña con un mantel blanco y sobre él siete platitos, cada uno con su pequeña cuchara, más siete cuchillos, siete tenedores y siete vasos, todos pequeños. A lo largo de la pared estaban dispuestas, una junto a la otra, siete camitas cubiertas con sábanas blancas como la nieve. Como tenía mucha hambre y mucha sed, Blancanieves comió trozos de legumbres y de pan de cada platito y bebió una gota de vino de cada vasito. Luego se sintió muy cansada y se quiso acostar en una de las camas. Pero ninguna era de su medida; una era demasiado larga, otra un poco corta, hasta que finalmente la séptima le vino bien. Se acostó, se encomendó a Dios y se durmió. Cuando cayó la noche volvieron los dueños de casa; eran siete enanos que excavaban y extraían metal en las montañas. Encendieron sus siete farolitos y vieron que alguien había venido, pues las cosas no estaban en el orden en que las habían dejado. El primero dijo: -¿Quién se sentó en mi sillita? El segundo: -¿Quién comió en mi platito? El tercero: -¿Quién comió de mi pan? El cuarto: -¿Quién comió de mis legumbres?

El quinto. -¿Quién pinchó con mi tenedor? El sexto: -¿Quién cortó con mi cuchillo? El séptimo: -¿Quién bebió en mi vaso? Luego el primero pasó su vista alrededor y vio una pequeña arruga en su cama y dijo: -¿Quién anduvo en mi lecho? Los otros acudieron y exclamaron: -¡Alguien se ha acostado en el mío también!Mirando en el suyo, el séptimo descubrió a Blancanieves, acostada y dormida. Llamó a los otros, que se precipitaron con exclamaciones de asombro. Entonces fueron a buscar sus siete farolitos para alumbrar a Blancanieves. -¡Oh, mi Dios exclamaron qué bella es esta niña! Y sintieron una alegría tan grande que no la despertaron y la dejaron proseguir su sueño. El séptimo enano se acostó una hora con cada uno de sus compañeros y así pasó la noche. Al amanecer, Blancanieves despertó y viendo a los siete enanos tuvo miedo. Pero ellos se mostraron amables y le preguntaron. -¿Cómo te llamas? Me llamo Blancanieves respondió ella. -¿Como llegaste hasta nuestra casa? Entonces ella les contó que su madrastra había querido matarla pero el cazadorhabía tenido piedad de ella permitiéndole correr durante todo el día hasta encontrar la casita. Los enanos le dijeron: -Si quieres hacer la tarea de la casa, cocinar, hacer las camas, lavar, coser y tejer y si tienes todo en orden y bien limpio puedes quedarte con nosotros; no te faltará nada. Sí respondió Blancanieves acepto de todo corazón. Y se quedó con ellos.

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Blancanieves Blancanieves tuvo la casa en orden. Por las mañanas los enanos partían hacia las montañas, donde buscaban los minerales y el oro, y regresaban por la noche. Para ese entonces la comida estaba lista. Durante todo el día la niña permanecía sola; los buenos enanos la previnieron: -¡Cuídate de tu madrastra; pronto sabrá que estás aquí! ¡No dejes entrar a nadie! La reina, una vez que comió los que creía que eran los pulmones y el hígado deBlancanieves, se creyó de nuevo la principal y la más bella de todas las mujeres. Se puso ante el espejo y dijo: -¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región? Entonces el espejo respondió: -Pero, pasando los bosques, en la casa de los enanos, la linda Blancanieves lo es mucho más. La Reina es la más hermosa de este lugar.La reina quedó aterrorizada pues sabía que el espejo no mentía nunca. Se dio cuenta de que el cazador la había engañado y de que Blancanieves vivía. Reflexionó y buscó un nuevo modo de deshacerse de ella pues hasta que no fuera la más bella de la región la envidia no le daría tregua ni reposo. Cuando finalmente urdió un plan se pintó la cara, se vistió como una vieja buhonera y quedó totalmente irreconocible. Así disfrazada atravesó las siete montañas y llegó a la casa de los siete enanos, golpeó a la puerta y gritó: -¡Vendo buena mercadería! ¡Vendo! ¡Vendo! Blancanieves miró por la ventana y dijo: -Buen día, buena mujer. ¿Qué vende usted? Una excelente mercadería respondió; cintas de todos colores. La vieja sacó una trenzada en seda multicolor, y Blancanieves pensó: Bien puedo dejar entrar

a esta buena mujer. Corrió el cerrojo para permitirle el paso y poder comprar esa linda cinta. -¡Niña dijo la vieja qué mal te has puesto esa cinta! Acércate que te la arreglo como se debe. Blancanieves, que no desconfiaba, se colocó delante de ella para que le arreglara el lazo. Pero rápidamente la vieja lo oprimió tan fuerte que Blancanieves perdió el aliento y cayó como muerta. Y bien dijo la vieja, dejaste de ser la más bella. Y se fue. Poco después, a la noche, los siete enanos regresaron a la casa y se asustaron mucho al ver a Blancanieves en el suelo, inmóvil. La levantaron y descubrieron el lazo que la oprimía. Lo cortaron y Blancanieves comenzó a respirar y a reanimarse poco a poco. Cuando los enanos supieron lo que había pasado dijeron: -La vieja vendedora no era otra que la malvada reina. ¡Ten mucho cuidado y no dejes entrar a nadie cuando no estamos cerca! Cuando la reina volvió a su casa se puso frente al espejo y preguntó: -¡Espejito, espejito, de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región? Entonces, como la vez anterior, respondió: -La Reina es la más hermosa de este lugar, pero pasando los bosques, en la casa de los enanos, la linda Blancanieves lo es mucho más. Cuando oyó estas palabras toda la sangre le afluyó al corazón. El terror la invadió, pues era claro que Blancanieves había recobrado la vida. Pero ahora dijo ella voy a inventar algo que te hará perecer. Y con la ayuda de sortilegios, en los que era experta, fabricó un peine envenenado. Luego se disfrazó tomando el aspecto de otra vieja.

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Blancanieves Así vestida atravesó las siete montañas y llegó a la casa de los siete enanos. Golpeó a la puerta y gritó: -¡Vendo buena mercadería! ¡Vendo! ¡Vendo! Blancanieves miró desde adentro y dijo: -Sigue tu camino; no puedo dejar entrar a nadie. Al menos podrás mirar dijo la vieja, sacando el peine envenenado y levantándolo en el aire. Tanto le gustó a la niña que se dejó seducir y abrió la puerta. Cuando se pusieron de acuerdo sobre la compra la vieja le dilo: -Ahora te voy a peinar como corresponde. La pobre Blancanieves, que nunca pensaba mal, dejó hacer a la vieja pero apenas ésta le había puesto el peine en los cabellos el veneno hizo su efecto y la pequeña cayó sin conocimiento. -¡Oh, prodigio de belleza dijo la mala mujerahora sí que acabé contigo! Por suerte la noche llegó pronto trayendo a los enanos con ella. Cuando vieron a Blancanieves en el suelo, como muerta, sospecharon enseguida de la madrastra. Examinaron a la niña y encontraron el peine envenenado. Apenas lo retiraron, Blancanieves volvió en sí y les contó lo que había sucedido. Entonces le advirtieron una vez más que debería cuidarse y no abrir la puerta a nadie. En cuanto llegó a su casa la reina se colocó frente al espejo y dijo: -¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región? Y el espejito, respondió nuevamente: -La Reina es la más hermosa de este lugar, pero pasando los bosques, en la casa de los enanos, la linda Blancanieves lo es mucho más. La reina al oír hablar al espejo de ese modo, se estremeció y tembló de cólera.

Es necesario que Blancanieves muera exclamóaunque me cueste la vida a mí misma. Se dirigió entonces a una habitación escondida y solitaria a la que nadie podía entrar y fabricó una manzana envenenada. Exteriormente parecía buena, blanca y roja y tan bien hecha que tentaba a quien la veía; pero apenas se comía un trocito sobrevenía la muerte. Cuando la manzana estuvo pronta, se pintó la cara, se disfrazó de campesina y atravesó las siete montañas hasta llegar a la casa de los siete enanos.Golpeó. Blancanieves sacó la cabeza por la ventana y dijo: -No puedo dejar entrar a nadie; los enanos me lo han prohibido. -No es nada dijo la campesina me voy a librar de mis manzanas. Toma, te voy a dar una. -No- dijo Blancanieves tampoco debo aceptar nada. -¿Ternes que esté envenenada? dijo la vieja; -mira, corto la manzana en dos partes; tú comerás la parte roja y yo la blanca. La manzana estaba tan ingeniosamente hecha que solamente la parte roja contenía veneno. La bella manzana tentaba a Blancanieves y cuando vio a la campesina comer no pudo resistir más, estiró la mano y tomó la mitad envenenada. Apenas tuvo un trozo en la boca, cayó muerta. Entonces la vieja la examinó con mirada horrible, rió muy fuerte y dijo. -Blanca como la nieve, roja como la sangre, negra como el ébano. ¡Esta vez los enanos no podrán reanimarte! Vuelta a su casa interrogó al espejo: -¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región? Y el espejo finalmente respondió. -La Reina es la más hermosa de esta región. Entonces su corazón envidioso encontró reposo, si es que los corazones envidiosos

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Blancanieves pueden encontrar alguna vez reposo. A la noche, al volver a la casa, los enanitos encontraron a Blancanieves tendida en el suelo sin que un solo aliento escapara de su boca: estaba muerta. La levantaron, buscaron alguna cosa envenenada, la lavaron con agua y con vino pelo todo esto no sirvió de nada: la querida niña estaba muerta y siguió estándolo. La pusieron en una parihuela. se sentaron junto a ella y durante tres días lloraron. Luego quisieron enterrarla pero ella estaba tan fresca como una persona viva y mantenía aún sus mejillas sonrosadas. Los enanos se dijeron: -No podemos ponerla bajo la negra tierra. E hicieron un ataúd de vidrio para que se la pudiera ver desde todos los ángulos, la pusieron adentro e inscribieron su nombre en letras de oro proclamando que era hija de un rey. Luego expusieron el ataúd en la montaña. Uno de ellos permanecería siempre a su lado para cuidarla. Los animales también vinieron a llorarla: primero un mochuelo, luego un cuervo y más tarde una palomita. Blancanieves permaneció mucho tiempo en el ataúd sin descomponerse; al contrario, parecía dormir. Ocurrió una vez que el hijo de un rey llegó, por azar, al bosque y fue a casa de los enanos a pasar la noche. En la montaña vio el ataúd con la hermosa Blancanieves en su interior y leyó lo que estaba escrito en letras de oro. Entonces dijo a los enanos: -Dénme ese ataúd; les daré lo que quieran a cambio. -No lo daríamos por todo el oro del mundo respondieron los enanos. -En ese caso, replicó el príncipe, -regálenmelo pues no puedo vivir sin ver a Blancanieves. La honraré, la estimaré como a lo que más quiero en

el mundo. Al oírlo hablar de este modo los enanos tuvieron piedad de él y le dieron el ataúd. El príncipe lo hizo llevar sobre las espaldas de sus servidores, pero sucedió que éstos tropezaron contra un arbusto y como consecuencia del sacudón el trozo de manzana envenenada que Blancanieves aún conservaba en su garganta fue despedido hacia afuera. Poco después abrió los ojos, levantó la tapa del ataúd y se irguió, resucitada. -¡Oh, Dios!, ¿dónde estoy?, exclamó. Estás a mi lado le dijo el príncipe lleno de alegría. Le contó lo que había pasado y le dijo: -Te amo como a nadie en el mundo; ven conmigo al castillo de mi padre; serás mi mujer. Entonces Blancanieves comenzó a sentir cariño por él y se preparó la boda con gran pompa y magnificencia. También fue invitada a la fiesta la madrastra criminal de Blancanieves. Después de vestirse con sus hermosos trajes fue ante el espejo y preguntó: -¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?, El espejo respondió: La Reina es la más hermosa de este lugar, pero la joven Reina lo es mucho más. Entonces la mala mujer lanzó un juramento y tuvo tanto, tanto miedo, que no supo qué hacer. Al principio no quería ir de ningún modo a la boda. Pero no encontró reposo hasta no ver a la joven reina. Al entrar reconoció a Blancanieves y la angustia y el espanto que le produjo el descubrimiento la dejaron clavada al piso sin poder moverse. Pero ya habían puesto zapatos de hierro sobre carbones encendidos y luego los colocaron delante de ella con tenazas. Se obligó a la bruja a entrar en esos zapatos incandescentes y a bailar hasta que le llegara la muerte.

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El hueso cantor

Relato original

Todos quedaron atónitos, pero la duodécima, que aún no había anunciado su obsequio, se puso al frente, y aunque no podía evitar la malvada sentencia, sí podía disminuirla, y dijo: -¡Ella no morirá, pero entrará en un profundo sueño por cienaños! El rey trataba por todos los medios de evitar aquella desdicha para la joven. Dio órdenes para que toda máquina hilandera o huso en el reino fuera destruído. Mientras tanto, los regalos de las otras doce hadas, se cumplían plenamente en aquella joven. Así ella era hermosa, modesta, de buena naturaleza y sabia, y cuanta persona la conocía, la llegaba a querer profundamente. Sucedió que en el mismo día en que cumplía sus quince años, el rey y la reina no se encontraban en casa, y la doncella estaba sola en palacio. Así que ella fue recorriendo todo sitio que pudo, miraba las habitaciones y los dormitorios como ella quiso, y al final llegó a una vieja torre. Ella subió por las angostas escaleras de caracol hasta llegar a una pequeña puerta. Una vieja llave estaba en la cerradura, y cuando la giró, la puerta súbitamente se abrió. En el cuarto estaba una anciana sentada frente a un huso, muy ocupada hilando su lino. -Buen día, señora,- dijo la hija del rey, -¿Qué haces con eso?- Estoy hilando, dijo la anciana, y movió su cabeza. -¿Qué es esa cosa que da vueltas sonando tan lindo?, dijo la joven. Y ella tomó el huso y quiso hilar también. Pero nada más había tocado el huso, cuando

Hace muchos años vivían un rey y una reina quienes cada día decían: -¡Ah, si al menos tuviéramos un hijo!. Pero el hijo no llegaba. Sin embargo, una vez que la reina tomaba un baño, una rana saltó del agua a la tierra, y le dijo: -Tu deseo será realizado y antes de un año, tendrás una hija. Lo que dijo la rana se hizo realidad, y la reina tuvo una niña tan preciosa que el rey no podía ocultar su gran dicha, y ordenó una fiesta. Él no solamente invitó a sus familiares, amigos y conocidos, sino también a un grupo de hadas, para que ellas fueran amables y generosas con la niña. Eran trece estas hadas en su reino, pero solamente tenía doce platos de oro para servir en la cena, así que tuvo que prescindir de una de ellas. La fiesta se llevó a cabo con el máximo esplendor, y cuando llegó a su fin, las hadas fueron obsequiando a la niña con los mejores y más portentosos regalos que pudieron: una le regaló la Virtud, otra la Belleza, la siguiente Riquezas, y así todas las demás, con todo lo que alguien pudiera desear en el mundo. Cuando la décimoprimera de ellas había dado sus obsequios, entró de pronto la décimotercera. Ella quería vengarse por no haber sido invitada, y sin ningún aviso, y sin mirar a nadie, gritó con voz bien fuerte: -¡La hija del rey, cuando cumpla sus quince años, se punzará con un huso de hilar, y caerá muerta inmediatamente!, y sin más decir, dio media vuelta y abandonó el salón.

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El hueso cantor el mágico decreto se cumplió, y ellá se punzó el dedo con él. En cuanto sintió el pinchazo, cayó sobre una cama que estaba allí, y entró en un profundo sueño. Y ese sueño se hizo extensivo para todo el territorio del palacio. El rey y la reina quienes estaban justo llegando a casa, y habían entrado al gran salón, quedaron dormidos, y toda la corte con ellos. Los caballos también se durmieron en el establo, los perros en el césped, las palomas en los aleros del techo, las moscas en las paredes, incluso el fuego del hogar que bien flameaba, quedó sin calor, la carne que se estaba asando paró de asarse, y el cocinero que en ese momento iba a jalarle el pelo al joven ayudante por haber olvidado algo, lo dejó y quedó dormido. El viento se detuvo, y en los árboles cercanos al castillo, ni una hoja se movía. Pero alrededor del castillo comenzó a crecer una red de espinos, que cada año se hacían más y más grandes, tanto que lo rodearon y cubrieron totalmente, de modoque nada de él se veía, ni siquiera una bandera que estaba sobre el techo. Pero la historia de la bella durmiente -Preciosa Rosa,- que así la habían llamado, se corrió por toda la región, de modo que de tiempo en tiempo hijos de reyes llegaban y trataban de atravesar el muro de espinos queriendo alcanzar el castillo. Pero era imposible, pues los espinos se unían tan fuertemente como si tuvieran manos, y los jóvenes eran atrapados por ellos, y sin poderse liberar, obtenían una miserable muerte. Y pasados cien años, otro príncipe llegó también al lugar, y oyó a un anciano hablando sobre la cortina de espinos, y que se decía que detrás de los espinos se escondía una bellísima princesa, llamada Preciosa Rosa, quien ha

estado dormida por cien años, y que también el rey, la reina y toda la corte se durmieron por igual. Y además había oído de su abuelo, que muchos hijos de reyes habían venido y tratado de atravesar el muro de espinos, pero quedaban pegados en ellos y tenían una muerte sin piedad. Entonces el joven príncipe dijo: -No tengo miedo, iré y veré a la bella Preciosa Rosa. El buen anciano trató de disuadirlo lo más que pudo, pero el joven no hizo caso a sus advertencias. Pero en esa fecha los cien años ya se habían cumplido, y el día en que Preciosa Rosa debía despertar había llegado. Cuando el príncipe se acercó a donde estaba el muro de espinas, no había otra cosa más que bellísimas flores, que se apartaban unas de otras de común acuerdo, y dejaban pasar al príncipe sin herirlo, y luego se juntaban de nuevo detrás de él como formando una cerca. En el establo del castillo él vio a los caballos y en los céspedes a los perros de caza con pintas yaciendo dormidos, en los aleros del techo estaban las palomas con sus cabezas bajo sus alas. Y cuando entró al palacio, las moscas estaban dormidas sobre las paredes, el cocinero en la cocina aún tenía extendida su mano para regañar al ayudante, y la criada estaba sentada con la gallina negra que tenía lista para desplumar. Él siguio avanzando, y en el gran salón vió a toda la corte yaciendo dormida, y por el trono estaban el rey y la reina. Entonces avanzó aún más, y todo estaba tan silencioso que un respiro podía oirse, y por fin llegó hasta la torre y abrió la puerta del pequeño cuarto donde Preciosa Rosa estaba dormida. Ahí yacía, tan hermosa que él no podía mirar para otro lado, entonces se detuvo

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El hueso cantor y la besó. Pero tan pronto la besó, Preciosa Rosa abrió sus ojos y despertó, y lo miró muy dulcemente. Entonces ambos bajaron juntos, y el rey y la reina despertaron, y toda la corte, y se miraban unos a otros con gran asombro. Y los caballos en el establo se levantaron y se sacudieron. Los perros cazadores saltaron y menearon sus colas, las palomas en los aleros del techo sacaron sus cabezas de debajo de las alas, miraron alrededor y volaron al cielo abierto. Las moscas de la pared revolotearon de nuevo. El fuego del hogar alzó sus llamas y cocinó la carne, y el cocinero le jaló los pelos al ayudante de tal manera que hasta gritó, y la criada desplumó la gallina dejándola lista para el cocido. Días después se celebró la boda del príncipe y Preciosa Rosa con todo esplendor, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas.

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El lobo y las siete cabritas Relato original Érase una vez una vieja cabra que tenía siete cabritas, a las que quería tan tiernamente como una madre puede querer a sus hijos. Un día quiso salir al bosque a buscar comida y llamó a sus pequeñuelas. -Hijas mías, les dijo, me voy al bosque; mucho ojo con el lobo, pues si entra en la casa os devorará a todas sin dejar ni un pelo. El muy bribón suele disfrazarse, pero lo conoceréis enseguida por su bronca voz y sus negras patas. Las cabritas respondieron: -Tendremos mucho cuidado, madrecita. Podéis marcharos tranquila. Despidióse la vieja con un balido y, confiada, emprendió su camino. No había transcurrido mucho tiempo cuando llamaron a la puerta y una voz dijo: -Abrid, hijitas. Soy vuestra madre, que estoy de vuelta y os traigo algo para cada una. Pero las cabritas comprendieron, por lo rudo de la voz, que era el lobo. -No te abriremos, exclamaron, no eres nuestra madre. Ella tiene una voz suave y cariñosa, y la tuya es bronca: eres el lobo. Fuese éste a la tienda y se compró un buen trozo de yeso. Se lo comió para suavizarse la voz y volvió a la casita. Llamando nuevamente a la puerta: -Abrid hijitas - dijo - vuestra madre os trae algo a cada una. Pero el lobo había puesto una negra pata en la ventana, y al verla las cabritas, exclamaron: -No, no te abriremos; nuestra madre no tiene las patas negras como tú. ¡Eres el lobo!. Corrió entonces el muy bribón a un tahonero y le dijo:

-Mira, me he lastimado un pie; úntamelo con un poco de pasta. Untada que tuvo ya la pata, fue al encuentro del molinero: -Échame harina blanca en el pie, díjole. El molinero, comprendiendo que el lobo tramaba alguna tropelía, negóse al principio, pero la fiera lo amenazó: -Si no lo haces, te devoro. El hombre, asustado, le blanqueó la pata. Sí, así es la gente. Volvió el rufián por tercera vez a la puerta y, llamando, dijo: -Abrid, pequeñas; es vuestra madrecita querida, que está de regreso y os trae buenas cosas del bosque. Las cabritas replicaron: -Enséñanos la pata; queremos asegurarnos de que eres nuestra madre. La fiera puso la pata en la ventana, y, al ver ellas que era blanca, creyeron que eran verdad sus palabras y se apresuraron a abrir. Pero fue el lobo quien entró. ¡Qué sobresalto, Dios mío! ¡Y qué prisas por esconderse todas! Una debajo de la mesa; la otra, en la cama; la tercera, en el horno; la cuarta, en la cocina; la quinta, en el armario; la sexta, debajo de la fregadera, y la más pequeña, en la caja del reloj. Pero el lobo fue descubriéndolas una tras otra y, sin gastar cumplidos, se las engulló a todas menos a la más pequeñita que, oculta en la caja del reloj, pudo escapar a sus pesquisas. Ya ahíto y satisfecho, el lobo se alejó a un trote ligero y, llegado a un verde prado, se tumbó a

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El lobo y las 7 cabritas dormir a la sombra de un árbol. Al cabo de poco regresó a casa la vieja cabra. ¡Santo Dios, lo que vio! La puerta, abierta de par en par; la mesa, las sillas y bancos, todo volcado y revuelto; la jofaina, rota en mil pedazos; las mantas y almohadas, por el suelo. Buscó a sus hijitas, pero no aparecieron por ninguna parte; llamólas a todas por sus nombres, pero ninguna contestó. Hasta que llegó a la última, la cual, con vocecita queda, dijo: -Madre querida, estoy en la caja del reloj. Sacó a la cabra, y entonces la pequeña le explicó que había venido el lobo y se había comido a las demás. ¡Imaginad con qué desconsuelo lloraba la madre la pérdida de sus hijitas! Cuando ya no le quedaban más lágrimas, salió al campo en compañía de su pequeña, y, al llegar al prado, vio al lobo dormido debajo del árbol, roncando tan fuertemente que hacía temblar las ramas. Al observarlo de cerca, le pareció que algo se movía y agitaba en su abultada barriga. ¡Válgame Dios! pensó, ¿si serán mis pobres hijitas, que se las ha merendado y que están vivas aún?. Y envió a la pequeña a casa, a toda prisa, en busca de tijeras, aguja e hilo. Abrió la panza al monstruo, y apenas había empezado a cortar cuando una de las cabritas asomó la cabeza. Al seguir cortando saltaron las seis afuera, una tras otra, todas vivitas y sin daño alguno, pues la bestia, en su glotonería, las había engullido enteras. ¡Allí era de ver su regocijo! ¡Con cuánto cariño abrazaron a su mamita, brincando como sastre en bodas! Pero la cabra dijo: -Traedme ahora piedras; llenaremos con ellas la panza de esta condenada bestia, aprovechando que duerme. Las siete cabritas corrieron en busca de piedras

y las fueron metiendo en la barriga, hasta que ya no cupieron más. La madre cosió la piel con tanta presteza y suavidad, que la fiera no se dio cuenta de nada ni hizo el menor movimiento. Terminada ya su siesta, el lobo se levantó, y, como los guijarros que le llenaban el estómago le diesen mucha sed, encaminóse a un pozo para beber. Mientras andaba, moviéndose de un lado a otro, los guijarros de su panza chocaban entre sí con gran ruido, por lo que exclamó: -¿Qué será este ruido que suena en mi barriga? Creí que eran seis cabritas, mas ahora me parecen chinitas." Al llegar al pozo e inclinarse sobre el brocal, el peso de las piedras lo arrastró y lo hizo caer al fondo, donde se ahogó miserablemente. Viéndolo las cabritas, acudieron corriendo y gritando jubilosas: -¡Muerto está el lobo! ¡Muerto está el lobo!" Y, con su madre, pusiéronse a bailar en corro en torno al pozo.

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Relato original

El rey rana

En aquellos remotos tiempos, en que bastaba desear una cosa para tenerla, vivía un rey que tenía unas hijas lindísimas, especialmente la menor, la cual era tan hermosa que hasta el sol, que tantas cosas había visto, se maravillaba cada vez que sus rayos se posaban en el rostro de la muchacha. Junto al palacio real se extendía un bosque grande y oscuro, y en él, bajo un viejo tilo, fluía un manantial. En las horas de más calor, la princesita solía ir al bosque y sentarse a la orilla de la fuente. Cuando se aburría, se ponía a jugar con una pelota de oro, arrojándola al aire y recogiéndola, con la mano, al caer; era su juguete favorito. Ocurrió una vez que la pelota, en lugar de caer en la manita que la niña tenía levantada, lo hízo en el suelo y, rodando, fue a parar dentro del agua. La princesita la siguió con la mirada, pero la pelota desapareció, pues el manantial era tan profundo, tan profundo, que no se podía ver su fondo. La niña se echó a llorar; y lo hacía cada vez más fuerte, sin poder consolarse, cuando, en medio de sus lamentaciones, oyó una voz que decía: -¿Qué te ocurre, princesita? ¡Lloras como para ablandar las piedras!. La niña miró en torno suyo, buscando la procedencia de aquella voz, y descubrió una rana que asomaba su gruesa y fea cabezota por la superficie del agua. -¡Ah!, ¿eres tú, viejo chapoteador?- dijo -pues lloro por mi pelota de oro, que se me cayó en la fuente. -Cálmate y no llores más - replicó la rana- yo

puedo arreglarlo. Pero, ¿qué me darás si te devuelvo tu juguete? -Lo que quieras, mi buena rana- respondió la niña -mis vestidos, mis perlas y piedras preciosas; hasta la corona de oro que llevo". Más la rana contestó: -No me interesan tus vestidos, ni tus perlas y piedras preciosas, ni tu corona de oro; pero si estás dispuesta a quererme, si me aceptas por tu amiga y compañera de juegos; si dejas que me siente a la mesa a tu lado y coma de tu platito de oro y beba de tu vasito y duerma en tu camita; si me prometes todo esto, bajaré al fondo y te traeré la pelota de oro. –¡Oh, sí!- exclamó ella -te prometo cuanto quieras con tal que me devuelvas la pelota.Más pensaba para sus adentros: "¡Qué tonterías se le ocurren a este animalejo! Tiene que estarse en el agua con sus semejantes, croa que te croa. ¿Cómo puede ser compañera de las personas". Obtenida la promesa, la rana se zambulló en el agua, y al poco rato volvió a salir, nadando a grandes zancadas, con la pelota en la boca. La soltó en la hierba, y la princesita, loca de alegría al ver nuevamente su hermoso juguete, lo recogió y echó a correr con él. -¡Aguarda, aguarda!- gritó la rana -llévame contigo; no puedo alcanzarte; no puedo correr tanto como tú!. Pero de nada le sirvió desgañitarse y gritar 'cro cro' con todas sus fuerzas. La niña, sin atender a sus gritos, seguía corriendo hacia el palacio, y no tardó en olvidarse de la pobre rana, la cual

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El rey rana no tuvo más remedio que volver a zambullirse en su charca. Al día siguiente, estando la princesita a la mesa junto con el Rey y todos los cortesanos, comiendo en su platito de oro, he aquí que plis, plas, plis, plas se oyó que algo subía fatigosamente las escaleras de mármol de palacio y, una vez arriba, llamaba a la puerta: -¡Princesita, la menor de las princesitas, ábreme! Ella corrió a la puerta para ver quién llamaba y, al abrir, se encontró con la rana allí plantada. Cerró de un portazo y se volvió a la mesa, llena de zozobra. Al observar el Rey cómo le latía el corazón, le dijo: -Hija mía, ¿de qué tienes miedo? ¿Acaso hay a la puerta algún gigante que quiere llevarte? -No- respondió ella -no es un gigante, sino una rana asquerosa. -Y ¿qué quiere de ti esa rana? -¡Ay, padre querido! Ayer estaba en el bosque jugando junto a la fuente, y se me cayó al agua la pelota de oro. Y mientras yo lloraba, la rana me la trajo. Yo le prometí, pues me lo exigió, que sería mi compañera; pero jamás pensé que pudiese alejarse de su charca. Ahora está ahí afuera y quiere entrar. Entretanto, llamaron por segunda vez y se oyó una voz que decía: -¡Princesita, la más niña, ábreme! ¿No sabes lo que ayer me dijiste junto a la fresca fuente? ¡Princesita, la más niña, ábreme! Dijo entonces el Rey: -Lo que prometiste debes cumplirlo. Ve y ábrele la puerta. La niña fue a abrir, y la rana saltó dentro y la siguió hasta su silla. Al sentarse la princesa, la rana se plantó ante sus pies y le gritó: -¡Súbeme a tu silla!. La princesita vacilaba, pero el Rey le ordenó que lo hiciese. De la silla, el animalito quiso pasar a la

mesa, y, ya acomodado en ella, dijo: -Ahora acércame tu platito de oro para que podamos comer juntas. La niña la complació, pero se veía a las claras que obedecía a regañadientes. La rana engullía muy a gusto, mientras a la princesa se le atragantaban todos los bocados. Finalmente, dijo la bestezuela: -¡Ay! Estoy ahíta y me siento cansada; llévame a tu cuartito y arregla tu camita de seda: dormiremos juntas. La princesita se echó a llorar; le repugnaba aquel bicho frío, que ni siquiera se atrevía a tocar; y he aquí que ahora se empeñaba en dormir en su cama. Pero el Rey, enojado, le dijo: -No debes despreciar a quien te ayudó cuando te encontrabas necesitada". La cogió, pues, con dos dedos, la llevó arriba y la depositó en un rincón. Más cuando ya se había acostado, se acercó la rana a saltitos y exclamó: -Estoy cansada y quiero dormir tan bien como tú; conque súbeme a tu cama, o se lo diré a tu padre. La princesita acabó la paciencia, cogió a la rana del suelo y, con toda su fuerza, la arrojó contra la pared: -¡Ahora descansarás, asquerosa! Pero en cuanto la rana cayó al suelo, dejó de ser rana, y se convirtió en un príncipe, un apuesto príncipe de bellos ojos y dulce mirada. Y el Rey lo aceptó como compañero y esposo de su hija. Le contó entonces que una bruja malvada lo había encantado, y que nadie sino ella podía desencantarlo y sacarlo de la charca; le dijo que al día siguiente se marcharían a su reino. Se durmieron, y a la mañana, al despertarlos el sol, llegó una carroza tirada por ocho caballos blancos,

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El rey rana adornados con penachos de blancas plumas de avestruz y cadenas de oro. Detrás iba, de pie, el criado del joven Rey, el fiel Enrique. Este leal servidor había sentido tal pena al ver a su señor transformado en rana, que se mandó colocar tres aros de hierro en tomo al corazón para evitar que le estallase de dolor y de tristeza. La carroza debía conducir al joven Rey a su reino. El fiel Enrique acomodó en ella a la pareja y volvió a montar en el pescante posterior; no cabía en sí de gozo por la liberación de su señor. Cuando ya habían recorrido una parte del camino, oyó el príncipe un estallido a su espalda, como si algo se rompiese. Volviéndose, dijo: -¡Enrique, que el coche estalla!. -No, no es el coche lo que falla, es un aro de mi corazón, que ha estado lleno de aflicción mientras viviste en la fontana convertido en rana. Por segunda y tercera vez oyóse aquel chasquido durante el camino, y siempre creyó el príncipe que la carroza se rompía; pero no eran sino los aros que saltaban del corazón del fiel Enrique al ver a su amo redimido y feliz.

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El sastrecillo valiente

Relato original

No hace mucho tiempo que existía un humilde sastrecillo que se ganaba la vida trabajando con sus hilos y su costura, sentado sobre su mesa, junto a la ventana; risueño y de buen humor, se había puesto a coser a todo trapo. En esto pasó par la calle una campesina que gritaba: -¡Rica mermeladaaaa... Barataaaa! ¡Rica mermeladaaa, barataaa. Este pregón sonó a gloria en sus oídos. Asomando el sastrecito su fina cabeza por la ventana, llamó: -¡Eh, mi amiga! ¡Sube, que aquí te aliviaremos de tu mercancía! Subió la campesina los tres tramos de escalera con su pesada cesta a cuestas, y el sastrecito le hizo abrir todos y cada uno de sus pomos. Los inspeccionó uno por uno acercándoles la nariz y, por fin, dijo: -Esta mermelada no me parece mala; así que pásame cuatro onzas, muchacha, y si te pasas del cuarto de libra, no vamos a pelearnos por eso. La mujer, que esperaba una mejor venta, se marchó malhumorada y refunfuñando: -¡Vaya! -exclamo el sastrecito, frotándose las manos-. ¡Que Dios me bendiga esta mermelada y me de salud y fuerza! Y, sacando el pan del armario, cortó una gran rebanada y la untó a su gusto. "Parece que no sabrá mal," se dijo. "Pero antes de probarla, terminaré esta chaqueta." Dejó el pan sobre la mesa y reanudó la costura; y tan contento estaba, que las puntadas le salían cada vez mas largas.

Mientras tanto, el dulce aroma que se desprendía del pan subía hasta donde estaban las moscas sentadas en gran número y éstas, sintiéndose atraídas por el olor, bajaron en verdaderas legiones. -¡Eh, quién las invitó a ustedes! -dijo el sastrecito, tratando de espantar a tan indeseables huéspedes. Pero las moscas, que no entendían su idioma, lejos de hacerle caso, volvían a la carga en bandadas cada vez más numerosas. Por fin el sastrecito perdió la paciencia, sacó un pedazo de paño del hueco que había bajo su mesa, y exclamando: "¡Esperen, que yo mismo voy a servirles!," descargó sin misericordia un gran golpe sobre ellas, y otro y otro. Al retirar el paño y contarlas, vio que por lo menos había aniquilado a veinte. "¡De lo que soy capaz!," se dijo, admirado de su propia audacia. "La ciudad entera tendrá que enterarse de esto" y, de prisa y corriendo, el sastrecito se cortó un cinturón a su medida, lo cosió y luego le bordó en grandes letras el siguiente letrero: SIETE DE UN GOLPE. "¡Qué digo la ciudad!," añadió. "¡El mundo entero se enterará de esto!" Y de puro contento, el corazón le temblaba como el rabo al corderito. Luego se ciñó el cinturón y se dispuso a salir por el mundo, convencido de que su taller era demasiado pequeño para su valentía. Antes de marcharse, estuvo rebuscando por toda la casa a ver si encontraba algo que le sirviera para el viaje; pero sólo encontró un queso viejo que

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El sastrecillo valiente se guardó en el bolsillo. Frente a la puerta vio un pájaro que se había enredado en un matorral, y también se lo guardó en el bolsillo para que acompañara al queso. Luego se puso animosamente en camino, y como era ágil y ligero de pies, no se cansaba nunca. El camino lo llevó por una montaña arriba. Cuando llegó a lo mas alto, se encontró con un gigante que estaba allí sentado, mirando pacíficamente el paisaje. El sastrecito se le acercó animoso y le dijo: -¡Buenos días, camarada! ¿Qué, contemplando el ancho mundo? Por él me voy yo, precisamente, a correr fortuna. ¿Te decides a venir conmigo? El gigante lo miró con desprecio y dijo: -¡Quítate de mi vista, monigote, miserable criatura! -¿Ah, sí? -contestó el sastrecito, y, desabrochándose la chaqueta, le enseñó el cinturón--¡Aquí puedes leer qué clase de hombre soy! El gigante leyó: SIETE DE UN GOLPE, y pensando que se tratara de hombres derribados por el sastre, empezó a tenerle un poco de respeto. De todos modos decidió ponerlo a prueba. Agarró una piedra y la exprimió hasta sacarle unas gotas de agua. -¡A ver si lo haces -dijo-, ya que eres tan fuerte! -¿Nada más que eso? -contestó el sastrecito-. ¡Es un juego de niños! Y metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó hasta sacarle jugo. -¿Qué me dices? Un poquito mejor, ¿no te parece? El gigante no supo qué contestar, y apenas podía creer que hiciera tal cosa aquel hombrecito. Tomando entonces otra piedra, la arrojó tan alto que la vista apenas podía seguirla.

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-Anda, pedazo de hombre, a ver si haces algo parecido. -Un buen tiro -dijo el sastre-, aunque la piedra volvió a caer a tierra. Ahora verás -y sacando al pájaro del bolsillo, lo arrojó al aire. El pájaro, encantado con su libertad, alzó rápido el vuelo y se perdió de vista. -¿Qué te pareció este tiro, camarada? -preguntó el sastrecito. -Tirar, sabes -admitió el gigante-. Ahora veremos si puedes soportar alguna carga digna de este nombre-y llevando al sastrecito hasta un inmenso roble que estaba derribado en el suelo, le dijo : Ya que te las das de forzudo, ayúdame a sacar este árbol del bosque. -Con gusto -respondió el sastrecito-. Tú cárgate el tronco al hombro y yo me encargaré del ramaje, que es lo más pesado . En cuanto estuvo el tronco en su puesto, el sastrecito se acomodó sobre una rama, de modo que el gigante, que no podía volverse, tuvo de cargar también con él, además de todo el peso del árbol. El sastrecito iba de lo más contento allí detrás, silbando aquella tonadilla que dice: "A caballo salieron los tres sastres," como si la tarea de cargar árboles fuese un juego de niños. El gigante, después de arrastrar un buen trecho la pesada carga, no pudo más y gritó: -¡Eh, tú! ¡Cuidado, que tengo que soltar el árbol! El sastre saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los dos brazos, como si lo hubiese sostenido así todo el tiempo, y dijo: -¡Un grandullón como tú y ni siquiera eres capaz de cargar un árbol! Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, echando mano a la copa, donde colgaban las frutas maduras, inclinó


El sastrecillo valiente el árbol hacia abajo y lo puso en manos del sastre, invitándolo a comer las cerezas. Pero el hombrecito era demasiado débil para sujetar el árbol, y en cuanto lo soltó el gigante, volvió la copa a su primera posición, arrastrando consigo al sastrecito por los aires. Cayó al suelo sin hacerse daño, y el gigante le dijo: -¿Qué es eso? ¿No tienes fuerza para sujetar este tallito enclenque? -No es que me falte fuerza -respondió el sastrecito-. ¿Crees que semejante minucia es para un hombre que mató a siete de un golpe? Es que salté por encima del árbol, porque hay unos cazadores allá abajo disparando contralos matorrales. ¡Haz tú lo mismo, si puedes! El gigante lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas; de modo que también esta vez el sastrecito se llevó la victoria. Dijo entonces el gigante: -Ya que eres tan valiente, ven conmigo y pasa la noche con nosotros. El sastrecito aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna, encontraron a varios gigantes sentados junto al fuego: cada uno tenía en la mano un cordero asado y se lo estaba comiendo. El sastrecito miró a su alrededor y pensó: "Esto es mucho más espacioso que mi taller." El gigante le enseñó una cama y lo invitó a acostarse y dormir. La cama, sin embargo, era demasiado grande para el hombrecito; así que, en vez de acomodarse en ella, se acurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el gigante que su invitado estaría profundamente dormido, se levantó y, empuñando una enorme barra de hierro, descargó un formidable golpe sobre la cama. Luego volvió a acostarse, en la certeza de que había despachado para siempre a tan impertinente grillo. A la madrugada,

los gigantes, sin acordarse ya del sastrecito, se disponían a marcharse al bosque cuando, de pronto, lo vieron tan alegre y tranquilo como de costumbre. Aquello fue más de lo que podían soportar, y pensando que iba a matarlos a todos, salieron corriendo, cada uno por su lado. El sastrecito prosiguió su camino, siempre con su puntiaguda nariz por delante. Tras mucho caminar, llegó al jardín de un palacio real, y como se sentía muy cansado, se echó a dormir sobre la hierba. Mientras estaba así durmiendo, se le acercaron varios cortesanos, lo examinaron par todas partes y leyeron la inscripción: SIETE DE UN GOLPE. -¡Ah! -exclamaron-. ¿Qué hace aquí tan terrible hombre de guerra, ahora que estamos en paz? Sin duda, será algún poderoso caballero. Y corrieron a dar la noticia al rey, diciéndole que en su opinión sería unhombre extremadamente valioso en caso de guerra y que en modo alguno debía perder la oportunidad de ponerlo a su servicio. Al rey le complació el consejo, y envió a uno de sus nobles para que le hiciese una oferta tan pronto despertara. El emisario permaneció en guardia junto al durmiente, y cuando vio que éste se estiraba y abría los ojos, le comunicó la proposición del rey. -Justamente he venido con ese propósito -contestó el sastrecito-. Estoy dispuesto a servir al rey -así que lo recibieron honrosamente y le prepararon toda una residencia para él solo. Pero los soldados del rey lo miraban con malos ojos y, en realidad, deseaban tenerlo a mil millas de distancia. -¿En qué parará todo esto? -comentaban entre sí-. Si nos peleamos con él y la emprende con nosotros, a cada golpe derribará a siete. No

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El sastrecillo valiente hay aquí quien pueda enfrentársele. Tomaron, pues, la decisión de presentarse al rey y pedirle que los licenciase del ejército. -No estamos preparados -le dijeron- para luchar al lado de un hombre capaz de matar a siete de un golpe. El rey se disgustó mucho cuando vio que por culpa de uno iba a perder tan fieles servidores: ya se lamentaba hasta de haber visto al sastrecito y de muy buena gana se habría deshecho de él. Pero no se atrevía a despedirlo por miedo a que acabara con él y todos los suyos, y luego se instalara en el trono. Estuvo pensándolo por horas y horas y, al fin, encontró una solución. Mandó decir al sastrecito que, siendo tan poderoso hombre de armas como era, tenía una oferta que hacerle. En un bosque del país vivían dos gigantes que causaban enormes daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras atrocidades; nadie podía acercárseles sin correr peligro de muerte. Si el sastrecito lograba vencer y exterminar a estos gigantes, recibiría la mano de su hija y la mitad del reino como recompensa. Además, cien soldados de caballería lo auxiliarían en la empresa. "¡No está mal para un hombre como tú!" se dijo el sastrecito. "Que a uno le ofrezcan una bella princesa y la mitad de un reino es cosa que no sucede todos los días." Así que contestó: -Claro que acepto. Acabaré muy pronto con los dos gigantes. Y no me hacen falta los cien jinetes. El que derriba a siete de un golpe no tiene por qué asustarse con dos. Así, pues, el sastrecito se puso en camino, seguido por cien jinetes. Cuando llegó a las afueras del bosque, dijo a sus seguidores: -Esperen aquí. Yo solo acabaré con los gigantes. Y de un salto se internó en el bosque, donde

empezó a buscar a diestro y siniestro. Al cabo de un rato descubrió a los dos gigantes. Estaban durmiendo al pie de un árbol y roncaban tan fuerte, que las ramas se balanceaban arriba y abajo. El sastrecito, ni corto ni perezoso, eligió especialmente dos grandes piedras que guardó en los bolsillos y trepó al árbol. A medio camino se deslizó por una rama hasta situarse justo encima de los durmientes, y, acto seguido, hizo muy buena puntería (pues no podía fallar) pues de lo contrario estaría perdido. Los gigantes, al recibir cada uno un fuerte golpe con la piedra, despertaron echándose entre ellos las culpas de los golpes. Uno dio un empujón a su compañero y le dijo: -¿Por qué me pegas? -Estás soñando -respondió el otro-. Yo no te he pegado. Se volvieron a dormir, y entonces el sastrecito le tiró una piedra al segundo. -¿Qué significa esto? -gruñó el gigante-. ¿Por qué me tiras piedras? -Yo no te he tirado nada -gruñó el primero. Discutieron todavía un rato; pero como los dos estaban cansados, dejaron las cosas como estaban y cerraron otra vez los ojos. El sastrecito volvió a las andadas. Escogiendo la más grande de sus piedras, la tiró con toda su fuerza al pecho del primer gigante. -¡Esto ya es demasiado! -vociferó furioso. Y saltando como un loco, arremetió contra su compañero y lo empujó con tal fuerza contra el árbol, que lo hizo estremecerse hasta la copa. El segundo gigante le pagó con la misma moneda, y los dos se enfurecieron tanto que arrancaron de cuajo dos árboles enteros y estuvieron aporreándose el uno al otro hasta

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El sastrecillo valiente que los dos cayeron muertos. Entonces bajó del árbol el sastrecito. "Suerte que no arrancaron el árbol en que yo estaba," se dijo, "pues habría tenido que saltar a otro como una ardilla. Menos mal que nosotros los sastres somos livianos". Y desenvainando la espada, dio un par de tajos a cada uno en el pecho. Enseguida se presentó donde estaban los caballeros y les dijo: -Se acabaron los gigantes, aunque debo confesar que la faena fue dura. Se pusieron a arrancar árboles para defenderse. ¡Venirle con tronquitos a un hombre como yo, que mata a siete de un golpe! -¿Y no estás herido? -preguntaron los jinetes. -No piensen tal cosa -dijo el sastrecito-. Ni siquiera, despeinado. Los jinetes no podían creerlo. Se internaron con él en el bosque y allí encontraron a los dos gigantes flotando en su propia sangre y, a su alrededor, los árboles arrancados de cuajo. El sastrecito se presentó al rey para pedirle la recompensa ofrecida; pero el rey se hizo el remolón y maquinó otra manera de deshacerse del héroe. -Antes de que recibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino -le dijo-"tendrás que llevar a cabo una nueva hazaña. Por el bosque corre un unicornio que hace grandes destrozos, y debes capturarlo primero. -Menos temo yo a un unicornio que a dos gigantes -respondió el sastrecito--Siete de un golpe: ésa es mi especialidad. Y se internó en el bosque con un hacha y una cuerda, después de haber rogado a sus seguidores que lo aguardasen afuera. No tuvo que buscar mucho. El unicornio se presentó de pronto y lo embistió ferozmente, decidido a ensartarlo de

una vez con su único cuerno. -Poco a poco; la cosa no es tan fácil como piensas -dijo el sastrecito. Plantándose muy quieto delante de un árbol, esperó a que el unicornio estuviese cerca y, entonces, saltó ágilmente detrás del árbol. Como el unicornio había embestido con fuerza, el cuerno se clavó en el tronco tan profundamente, que por más que hizo no pudo sacarlo, y quedó prisionero. "¡Ya cayó el pajarito!", dijo el sastre, saliendo detrás del árbol. Ató la cuerda al cuello de la bestia, cortó el cuerno de un hachazo y llevó su presa al rey. Pero éste aún no quiso entregarle el premio ofrecido y le exigió un tercer trabajo. Antes de que la boda se celebrase, el sastrecito tendría que cazar un feroz jabalí que rondaba por el bosque causando enormes daños. Para ello contaría con la ayuda de los cazadores. -¡No faltaba más! -dijo el sastrecito-. ¡Si es un juego de niños! Dejó a los cazadores a la entrada del bosque, con gran alegría de ellos, pues de tal modo los había recibido el feroz jabalí en otras ocasiones, que no les quedaban ganas de enfrentarse con él de nuevo. Tan pronto vio al sastrecito, el jabalí lo acometió con los agudos colmillos de su boca espumeante, y ya estaba a punto de derribarlo, cuando el héroe huyó a todo correr, se precipitó dentro de una capilla que se levantaba por aquellas cercanías. subió de un salto a la ventana del fondo y, de otro salto, estuvo enseguida afuera. El jabalí se abalanzó tras él en la capilla; pero ya el sastrecito había dado la vuelta y le cerraba la puerta de un golpe, con lo que la enfurecida bestia quedó prisionera, pues era demasiado torpe y pesada

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El sastrecillo valiente para saltar a su vez por la ventana. El sastrecito se apresuró a llamar a los cazadores, para que la contemplasen con su propios ojos. El rey tuvo ahora que cumplir su promesa y le dio la mano de su hija y la mitad del reino, agregándole: "Ya eres mi heredero al trono." Se celebró la boda con gran esplendor, y allí fue que se convirtió en todo un rey el sastrecito valiente.

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Hansel y Gretel

Relato original

Junto a un bosque muy grande vivía un pobre leñador con su mujer y dos hijos; el niño se llamaba Hänsel, y la niña, Gretel. Apenas tenían qué comer, y en una época de carestía que sufrió el país, llegó un momento en que el hombre ni siquiera podía ganarse el pan de cada día. Estaba el leñador una noche en la cama, cavilando y revolviéndose, sin que las preocupaciones le dejaran pegar el ojo; finalmente, dijo, suspirando, a su mujer:-¿Qué va a ser de nosotros? ¿Cómo alimentar a los pobres pequeños, puesto que nada nos queda? -Se me ocurre una cosa -respondió ella. Mañana, de madrugada, nos llevaremos a los niños a lo másespeso del bosque. Les encenderemos un fuego, les daremos un pedacito de pan y luego los dejaremos solos para ir a nuestro trabajo. Como no sabrán encontrar el camino de vuelta, nos libraremos de ellos.-¡Por Dios, mujer! -replicó el hombre. Eso no lo hago yo. ¡Cómo voy a cargar sobre mí el abandonar a mis hijos en el bosque! No tardarían en ser destrozados por las fieras.-¡No seas necio! -exclamó ella. ¿Quieres, pues, que nos muramos de hambre los cuatro? ¡Ya puedes ponerte a aserrar las tablas de los ataúdes!. Y no cesó de importunarle hasta que el hombre accedió. Pero me dan mucha lástima -decía. Los dos hermanitos, a quienes el hambre mantenía siempre desvelados, oyeron lo que su madrastra aconsejaba a su padre. Gretel, entre amargas lágrimas, dijo a Hänsel:-¡Ahora sí que estamos perdidos!-No llores, Gretel -la consoló el niño-, y no te aflijas, que yo me

las arreglaré para salir del paso. Y cuando los viejos estuvieron dormidos, levantóse, púsose la chaquetita y salió a la calle por la puerta trasera Brillaba una luna esplendoroso y los blancos guijarros que estaban en el suelo delante de la casa, relucían como plata pura. Hänsel los fue recogiendo hasta que no le cupieron más en los bolsillos. De vuelta a su cuarto, dijo a Gretel:-Nada temas, hermanita, y duerme tranquila: Dios no nos abandonará -y se acostó de nuevo. A las primeras luces del día, antes aún de que saliera el sol, la mujer fue a llamar a los niños:¡Vamos, holgazanes, levantaos! Hemos de ir al bosque por leña. Y dando a cada uno un pedacito de pan, les advirtió-: Ahí tenéis esto para mediodía, pero no os lo comáis antes, pues no os daré más. Gretel se puso el pan debajo del delantal, porque Hänsel llevaba los bolsillos llenos de piedras, y emprendieron los cuatro el camino del bosque. Al cabo de un ratito de andar, Hänsel se detenía de cuando en cuando, para volverse a mirar hacia la casa. Dijo el padre: -Hänsel, no te quedes rezagado mirando atrás, ¡atención y piernas vivas! -Es que miro el gatito blanco, que desde el tejado me está diciendo adiós -respondió el niño. Y replicó la mujer:-Tonto, no es el gato, sino el sol de la mañana, que se refleja en la chimenea. Pero lo que estaba haciendo Hänsel no era mirar el gato, sino ir echando blancas piedrecitas, que sacaba del bolsillo, a lo largo del camino.

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Hansel y Gretel Cuando estuvieron en medio del bosque, dijo el padre:-Recoged ahora leña, pequeños, os encenderé un fuego para que no tengáis frío. Hänsel y Gretel reunieron un buen montón de leña menuda. Prepararon una hoguera, y cuando ya ardió con viva llama, dijo la mujer:Poneos ahora al lado del fuego, chiquillos, y descansad, mientras nosotros nos vamos por el bosque a cortar leña. Cuando hayamos terminado, vendremos a recogeros. Los dos hermanitos se sentaron junto al fuego, y al mediodía, cada uno se comió su pedacito de pan. Y como oían el ruido de los hachazos, creían que su padre estaba cerca. Pero, en realidad, no era el hacha, sino una rama que él había atado a un árbol seco, y que el viento hacía chocar contra el tronco. Al cabo de mucho rato de estar allí sentados, el cansancio les cerró los ojos, y se quedaron profundamente dormidos. Despertaron, cuando ya era noche cerrada. Gretel se echó a llorar, diciendo:-¿Cómo saldremos del bosque? Pero Hänsel la consoló: - Espera un poquitín a que brille la luna, que ya encontraremos el camino. Y cuando la luna estuvo alta en el cielo, el niño cogiendo de la mano a su hermanita, guiose por las guijas, que, brillando como plata batida, le indicaron la ruta. Anduvieron toda la noche, y llegaron a la casa al despuntar el alba. Llamaron a la puerta y les abrió la madrastra, que, al verlos, exclamó:-¡Diablo de niños! ¿Qué es eso de quedarse tantas horas en el bosque? ¡Creíamos que no queríais volver! El padre, en cambio, se alegró de que hubieran vuelto, pues le remordía la conciencia por haberlos abandonado. Algún tiempo después hubo otra época de miseria en el país, y los niños oyeron una noche cómo la madrastra, estando en la cama,

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decía a su marido:-Otra vez se ha terminado todo; sólo nos queda media hogaza de pan, y sanseacabó. Tenemos que deshacernos de los niños. Los llevaremos más adentro del bosque para que no puedan encontrar el camino; de otro modo, no hay salvación para nosotros Al padre le dolía mucho abandonar a los niños, y pensaba: "Mejor harías partiendo con tus hijos el último bocado." Pero la mujer no quiso escuchar sus razones, y lo llenó de reproches e improperios. Quien cede la primera vez, también ha de ceder la segunda; y, así, el hombre no tuvo valor para negarse. Pero los niños estaban aún despiertos y oyeron la conversación. Cuando los viejos se hubieron dormido, levantóse Hänsel con intención de salir a proveerse de guijarros, como la vez anterior; pero no pudo hacerlo, pues la mujer había cerrado la puerta. Dijo, no obstante, a su hermanita, para consolarla: -No llores, Gretel, y duerme tranquila, que Dios Nuestro Señor nos ayudará. A la madrugada siguiente se presentó la mujer a sacarlos de la cama y les dio su pedacito de pan, más pequeño aún que la vez anterior.  Camino del  bosque, Hänsel iba desmigajando el pan en el bolsillo y, deteniéndose de trecho en trecho, dejaba caer miguitas en el suelo.-Hänsel, ¿por qué te paras a mirar atrás? -preguntóle el padre-. ¡Vamos, no te entretengas!-Estoy mirando mi palomita, que desde el tejado me dice adiós.-¡Bobo! -intervino la mujer-, no es tu palomita, sino el sol de la mañana, que brilla en la chimenea. Pero Hänsel fue sembrando de migas todo el camino. La madrastra condujo a los niños aún más adentro del bosque, a un lugar en el que nunca había estado. Encendieron una gran


Hansel y Gretel hoguera, y la mujer les dijo:-Quedaos aquí, pequeños, y si os cansáis, echad una siestecita. Nosotros vamos por leña; al atardecer, cuando hayamos terminado, volveremos a recogemos. A mediodía, Gretel partió su pan con Hänsel, ya que él había esparcido el suyo por el camino. Luego se quedaron dormidos, sin que nadie se presentara a buscar a los pobrecillos; se despertaron cuando era ya de noche oscura. Hänsel consoló a Gretel diciéndole:-Espera un poco, hermanita, a que salga la luna; entonces veremos las migas de pan que yo he esparcido, y que nos mostrarán el camino de vuelta. Cuando salió la luna, se dispusieron a regresar; pero no encontraron ni una sola miga; se las habían comido los mil pajarillos que volaban por el bosque. Dijo Hänsel a Gretel:-Ya daremos con el camino -pero no lo encontraron. Anduvieron toda la noche y todo el día siguiente, desde la madrugada hasta el atardecer, sin lograr, salir del bosque; sufrían además de hambre, pues no habían comido más que unos pocos frutos silvestres, recogidos del suelo. Y como se sentían tan cansados que laspiernas se negaban ya a sostenerlos, echáronse al pie de un árbol y se quedaron dormidos. Y amaneció el día tercero desde que salieron de casa. Reanudaron la marcha, pero cada vez se extraviaban más en el bosque. Si alguien no acudía pronto en su ayuda, estaban condenados a morir de hambre. Pero he aquí que hacia mediodía vieron un hermoso pajarillo, blanco como la nieve, posado en la rama de un árbol; y cantaba tan dulcemente, que se detuvieron a escucharlo. Cuando hubo terminado, abrió sus alas y emprendió el vuelo, y ellos lo siguieron, hasta llegar a una casita, en cuyo tejado se posó; y al acercarse vieron

que la casita estaba hecha de pan y cubierta de bizcocho, y las ventanas eran de puro azúcar.-¡Mira qué bien!-exclamó Hänsel-, aquí podremos sacar el vientre de mal año. Yo comeré un pedacito del tejado; tú, Gretel, puedes probar la ventana, verás cuán dulce es. Se encaramó el niño al tejado y rompió un trocito para probar a qué sabía, mientras su hermanita mordisqueaba en los cristales. Entonces oyeron una voz suave que procedía del interior: "¿Será acaso la ratita la que roe mi casita?" Pero los niños respondieron:"Es el viento, es el viento que sopla violento."Y siguieron comiendo sin desconcertarse. Hänsel, que encontraba el tejado sabrosísimo, desgajó un buen pedazo, y Gretel sacó todo un cristal redondo y se sentó en el suelo, comiendo a dos carrillos. Abrióse entonces la puerta bruscamente, y salió una mujer viejísima, que se apoyaba en una muleta. Los niños se asustaron de tal modo, que soltaron lo que tenían en las manos; pero la vieja, meneando la cabeza, les dijo:-Hola, pequeñines, ¿quién os ha traído? Entrad y quedaos conmigo, no os haré ningún daño. Y, cogiéndolos de la mano, los introdujo en la casita, donde había servida una apetitosa comida:leche con bollos azucarados, manzanas y nueces. Después los llevó a dos camitas con ropas blancas, y Hänsel y Gretel se acostaron en ellas, creyéndose en el cielo. La vieja aparentaba ser muy buena y amable, pero, en realidad, era una bruja malvada que acechaba a los niños para cazarlos, y había construido la casita de pan con el único objeto de atraerlos. Cuando uno caía en su poder, lo mataba, lo guisaba y se lo comía; esto era para ella un gran banquete. Las brujas tienen los

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Hansel y Gretel ojos rojizos y son muy cortas de vista; pero, en cambio, su olfato es muy fino, como el de los animales, por lo que desde muy lejos ventean la presencia de las personas. Cuando sintió que se acercaban Hänsel y Gretel, dijo para sus adentros, con una risotada maligna: "¡Míos son; éstos no se me escapan!." Levantóse muy de mañana, antes de que los niños se despertasen, y, al verlos descansar tan plácidamente, con aquellas mejillitas tan sonrosadas y coloreadas, murmuró entre dientes: "¡Serán un buen bocado!." Y, agarrando a Hänsel con su mano seca, llevólo a un pequeño establo y lo encerró detrás de una reja. Gritó y protestó el niño con todas sus fuerzas, pero todo fue inútil. Dirigióse entonces a la cama de Gretel y despertó a la pequeña, sacudiéndola rudamente y gritándole:Levántate, holgazana, ve a buscar agua y guisa algo bueno para tu hermano; lo tengo en el establo y quiero que engorde. Cuando esté bien cebado, me lo comeré. Gretel se echó a llorar amargamente, pero en vano; hubo de cumplir los mandatos de la bruja. Desde entonces a Hänsel le sirvieron comidas exquisitas, mientras Gretel no recibía sino cáscaras de cangrejo. Todas las mañanas bajaba la vieja al establo y decía:-Hänsel, saca el dedo, que quiero saber si estás gordo. Pero Hänsel, en vez del dedo, sacaba un huesecito, y la vieja, que tenía la vista muy mala, pensaba que era realmente el dedo del niño, y todo era extrañarse de que no engordara. Cuando, al cabo de cuatro semanas, vio que Hänsel continuaba tan flaco, perdió la paciencia y no quiso aguardar más tiempo: -Anda, Gretel-dijo a la niña-, a buscar agua, ¡ligera! Esté gordo o flaco tu hermano, mañana me lo comeré. ¡Qué desconsuelo el de la hermanita, cuando venía con el agua, y cómo

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le corrían las lágrimas por las mejillas! "¡Dios mío, ayúdanos! -rogaba. ¡Ojalá nos hubiesen devorado las fieras del bosque; por lo menos habríamos muerto juntos!."-¡Basta de lloriqueos! -gritó la vieja-; de nada han de servirte. Por la madrugada, Gretel hubo de salir a llenar de agua el caldero y encender fuego. -Primero coceremos pan-dijo la bruja. Ya he calentado el horno y preparado la masa. Y de un empujón llevó a la pobre niña hasta el horno, de cuya boca salían grandes llamas. Entra a ver si está bastante caliente para meter el pan -mandó la vieja. Su intención era cerrar la puerta del horno cuando la niña estuviese en su interior, asarla y comérsela también. Pero Gretel le adivinó el pensamiento y dijo:-No sé cómo hay que hacerlo; ¿cómo lo haré para entrar?-¡Habráse visto criatura más tonta! -replicó la bruja. Bastante grande es la abertura; yo misma podría pasar por ella -y, para demostrárselo, se adelantó y metió la cabeza en la boca del horno. Entonces Gretel, de un empujón, la precipitó en el interior y, cerrando la puerta de hierro, corrió el cerrojo. ¡Allí era de oír la de chillidos que daba la bruja! ¡Qué gritos más pavorosos! Pero la niña echó a correr, y la malvada hechicera hubo de morir quemada miserablemente. Corrió Gretel al establo donde estaba encerrado Hänsel y le abrió la puerta, exclamando: ¡Hänsel, estamos salvados; ya está muerta la bruja! Saltó el niño afuera, como un pájaro al que se le abre la jaula. ¡Qué alegría sintieron los dos, y cómo se arrojaron al cuello uno del otro, y qué de abrazos y besos! Y como ya nada tenían que temer, recorrieron la casa de la bruja, y en todos los rincones encontraron cajas llenas de perlas y piedras preciosas. ¡Más valen éstas que los guijarros! -exclamó


Hansel y Gretel Hänsel, llenándose de ellas los bolsillos. Y dijo Gretel:-También yo quiero llevar algo a casa -y, a su vez, se llenó el delantal de pedrería. - Vámonos ahora-dijo el niño-; debemos salir de este bosque embrujado -. A unas dos horas de andar llegaron a un gran río.No podremos pasarlo -observó Hänsel-, no veo ni puente ni pasarela. - Ni tampoco hay barquita alguna -añadió Gretel-; pero allí nada un pato blanco, y si se lo pido nos ayudará a pasar el río. Y gritó:"Patito, buen patito mío Hänsel y Gretel han llegado al río. No hay ningún puente por donde pasar; ¿sobre tu blanca espalda nos quieres llevar?." Acercóse el patito, y el niño se subió en él, invitando a su hermana a hacer lo mismo.No-replicó Gretel-, sería muy pesado para el patito; vale más que nos lleve uno tras otro. Así lo hizo el buen pato, y cuando ya estuvieron en la orilla opuesta y hubieron caminado otro trecho, el bosque les fue siendo cada vez más familiar, hasta que, al fin, descubrieron a lo lejos la casa de su padre. Echaron entonces a correr, entraron como una tromba y se colgaron del cuello de su padre. El pobre hombre no había tenido una sola hora de reposo desde el día en que abandonara a sus hijos en el bosque; y en cuanto a la madrastra, había muerto. Volcó Gretel su delantal, y todas las perlas y piedras preciosas saltaron por el suelo, mientras Hänsel vaciaba también a puñados sus bolsillos. Se acabaron las penas, y en adelante vivieron los tres felices. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

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La Bella Durmiente

Relato original

Hace muchos años vivían un rey y una reina quienes cada día decían: -¡Ah, si al menos tuviéramos un hijo!. Pero el hijo no llegaba. Sin embargo, una vez que la reina tomaba un baño, una rana saltó del agua a la tierra, y le dijo: -Tu deseo será realizado y antes de un año, tendrás una hija. Lo que dijo la rana se hizo realidad, y la reina tuvo una niña tan preciosa que el rey no podía ocultar su gran dicha, y ordenó una fiesta. Él no solamente invitó a sus familiares, amigos y conocidos, sino también a un grupo de hadas, para que ellas fueran amables y generosas con la niña. Eran trece estas hadas en su reino, pero solamente tenía doce platos de oro para servir en la cena, así que tuvo que prescindir de una de ellas. La fiesta se llevó a cabo con el máximo esplendor, y cuando llegó a su fin, las hadas fueron obsequiando a la niña con los mejores y más portentosos regalos que pudieron: una le regaló la Virtud, otra la Belleza, la siguiente Riquezas, y así todas las demás, con todo lo que alguien pudiera desear en el mundo. Cuando la décimoprimera de ellas había dado sus obsequios, entró de pronto la décimotercera. Ella quería vengarse por no haber sido invitada, y sin ningún aviso, y sin mirar a nadie, gritó con voz bien fuerte: -¡La hija del rey, cuando cumpla sus quince años, se punzará con un huso de hilar, y caerá muerta inmediatamente!, y sin más decir, dio media vuelta y abandonó el salón.

Todos quedaron atónitos, pero la duodécima, que aún no había anunciado su obsequio, se puso al frente, y aunque no podía evitar la malvada sentencia, sí podía disminuirla, y dijo: -¡Ella no morirá, pero entrará en un profundo sueño por cienaños! El rey trataba por todos los medios de evitar aquella desdicha para la joven. Dio órdenes para que toda máquina hilandera o huso en el reino fuera destruído. Mientras tanto, los regalos de las otras doce hadas, se cumplían plenamente en aquella joven. Así ella era hermosa, modesta, de buena naturaleza y sabia, y cuanta persona la conocía, la llegaba a querer profundamente. Sucedió que en el mismo día en que cumplía sus quince años, el rey y la reina no se encontraban en casa, y la doncella estaba sola en palacio. Así que ella fue recorriendo todo sitio que pudo, miraba las habitaciones y los dormitorios como ella quiso, y al final llegó a una vieja torre. Ella subió por las angostas escaleras de caracol hasta llegar a una pequeña puerta. Una vieja llave estaba en la cerradura, y cuando la giró, la puerta súbitamente se abrió. En el cuarto estaba una anciana sentada frente a un huso, muy ocupada hilando su lino. -Buen día, señora,- dijo la hija del rey, -¿Qué haces con eso?- Estoy hilando, dijo la anciana, y movió su cabeza. -¿Qué es esa cosa que da vueltas sonando tan lindo?, dijo la joven. Y ella tomó el huso y quiso hilar también. Pero nada más había tocado el huso, cuando

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La Bella Durmiente el mágico decreto se cumplió, y ellá se punzó el dedo con él. En cuanto sintió el pinchazo, cayó sobre una cama que estaba allí, y entró en un profundo sueño. Y ese sueño se hizo extensivo para todo el territorio del palacio. El rey y la reina quienes estaban justo llegando a casa, y habían entrado al gran salón, quedaron dormidos, y toda la corte con ellos. Los caballos también se durmieron en el establo, los perros en el césped, las palomas en los aleros del techo, las moscas en las paredes, incluso el fuego del hogar que bien flameaba, quedó sin calor, la carne que se estaba asando paró de asarse, y el cocinero que en ese momento iba a jalarle el pelo al joven ayudante por haber olvidado algo, lo dejó y quedó dormido. El viento se detuvo, y en los árboles cercanos al castillo, ni una hoja se movía. Pero alrededor del castillo comenzó a crecer una red de espinos, que cada año se hacían más y más grandes, tanto que lo rodearon y cubrieron totalmente, de modoque nada de él se veía, ni siquiera una bandera que estaba sobre el techo. Pero la historia de la bella durmiente -Preciosa Rosa,- que así la habían llamado, se corrió por toda la región, de modo que de tiempo en tiempo hijos de reyes llegaban y trataban de atravesar el muro de espinos queriendo alcanzar el castillo. Pero era imposible, pues los espinos se unían tan fuertemente como si tuvieran manos, y los jóvenes eran atrapados por ellos, y sin poderse liberar, obtenían una miserable muerte. Y pasados cien años, otro príncipe llegó también al lugar, y oyó a un anciano hablando sobre la cortina de espinos, y que se decía que detrás de los espinos se escondía una bellísima princesa, llamada Preciosa Rosa, quien ha

estado dormida por cien años, y que también el rey, la reina y toda la corte se durmieron por igual. Y además había oído de su abuelo, que muchos hijos de reyes habían venido y tratado de atravesar el muro de espinos, pero quedaban pegados en ellos y tenían una muerte sin piedad. Entonces el joven príncipe dijo: -No tengo miedo, iré y veré a la bella Preciosa Rosa. El buen anciano trató de disuadirlo lo más que pudo, pero el joven no hizo caso a sus advertencias. Pero en esa fecha los cien años ya se habían cumplido, y el día en que Preciosa Rosa debía despertar había llegado. Cuando el príncipe se acercó a donde estaba el muro de espinas, no había otra cosa más que bellísimas flores, que se apartaban unas de otras de común acuerdo, y dejaban pasar al príncipe sin herirlo, y luego se juntaban de nuevo detrás de él como formando una cerca. En el establo del castillo él vio a los caballos y en los céspedes a los perros de caza con pintas yaciendo dormidos, en los aleros del techo estaban las palomas con sus cabezas bajo sus alas. Y cuando entró al palacio, las moscas estaban dormidas sobre las paredes, el cocinero en la cocina aún tenía extendida su mano para regañar al ayudante, y la criada estaba sentada con la gallina negra que tenía lista para desplumar. Él siguio avanzando, y en el gran salón vió a toda la corte yaciendo dormida, y por el trono estaban el rey y la reina. Entonces avanzó aún más, y todo estaba tan silencioso que un respiro podía oirse, y por fin llegó hasta la torre y abrió la puerta del pequeño cuarto donde Preciosa Rosa estaba dormida. Ahí yacía, tan hermosa que él no podía mirar para otro lado, entonces se detuvo

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La Bella Durmiente y la besó. Pero tan pronto la besó, Preciosa Rosa abrió sus ojos y despertó, y lo miró muy dulcemente. Entonces ambos bajaron juntos, y el rey y la reina despertaron, y toda la corte, y se miraban unos a otros con gran asombro. Y los caballos en el establo se levantaron y se sacudieron. Los perros cazadores saltaron y menearon sus colas, las palomas en los aleros del techo sacaron sus cabezas de debajo de las alas, miraron alrededor y volaron al cielo abierto. Las moscas de la pared revolotearon de nuevo. El fuego del hogar alzó sus llamas y cocinó la carne, y el cocinero le jaló los pelos al ayudante de tal manera que hasta gritó, y la criada desplumó la gallina dejándola lista para el cocido. Días después se celebró la boda del príncipe y Preciosa Rosa con todo esplendor, y vivieron muy felices hasta el fin de sus vidas.

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La Cenicienta

Relato original

Érase una mujer, casada con un hombre muy rico, que enfermó, y, presintiendo su próximo fin, llamó a su única hijita y le dijo: -Hija mía, sigue siendo siempre buena y piadosa, y el buen Dios no te abandonará. Yo velaré por ti desde el cielo, y me tendrás siempre a tu lado.Y, cerrando los ojos, murió. La muchachita iba todos los días a la tumba de su madre a llorar, y siguió siendo buena y piadosa. Al llegar el invierno, la nieve cubrió de un blanco manto la sepultura, y cuando el sol de primavera la hubo derretido, el padre de la niña contrajo nuevo matrimonio. La segunda mujer llevó a casa dos hijas, de rostro bello y blanca tez, pero negras y malvadas decorazón. Vinieron entonces días muy duros para la pobrecita huérfana. -¿Esta estúpida tiene que estar en la sala con nosotras?- decían las recién llegadas. -Si quiere comer pan, que se lo gane. ¡Fuera, a la cocina!- Le quitaron sus hermosos vestidos,le pusieron una blusa vieja y le dieron un par de zuecos para calzado: -¡Mira la orgullosa princesa, qué compuesta!Y, burlándose de ella, la llevaron a la cocina. Allí tenía que pasar el día entero ocupada en duros trabajos. Se levantaba de madrugada, iba por agua, encendía el fuego, preparaba la comida, lavaba la ropa. Y, por añadidura, sus hermanastras la sometían a todas las mortificaciones imaginables; se burlaban de ella, le esparcían, entre la ceniza, los guisantes y las lentejas, para que tuviera que pasarse horas recogiéndolas. A la noche, rendida como estaba de tanto

trabajar, en vez de acostarse en una cama tenía que hacerlo en las cenizas del hogar. Y como por este motivo iba siempre polvorienta y sucia, la llamaban Cenicienta. Un día en que el padre se disponía a ir a la feria, preguntó a sus dos hijastras qué deseaban que les trajese. -Hermosos vestidos,- respondió una de ellas. -Perlas y piedras preciosas,dijo la otra. -¿Y tú, Cenicienta,- preguntó, -qué quieres?--Padre, corta la primera ramita que toque el sombrero, cuando regreses, y traemela.- Compró el hombre para sus hijastras magníficos vestidos, perlas y piedras preciosas; de vuelta, al atravesar un bosquecillo, un brote de avellano le hizo caer el sombrero, y él lo cortó y se lo llevó consigo. Llegado a casa, dio a sus hijastras lo que habían pedido, y a Cenicienta, el brote de avellano. La muchacha le dio las gracias, y se fue con la rama a la tumba de su madre, allí la plantó, regándola con sus lágrimas, y el brote creció, convirtiéndose en un hermoso árbol. Cenicienta iba allí tres veces al día, a llorar y rezar, y siempre encontraba un pajarillo blanco posado en una rama; un pajarillo que, cuando la niña le pedía algo, se lo echaba desde arriba. Sucedió que el Rey organizó unas fiestas, que debían durar tres días, y a las que fueron invitadas todas las doncellas bonitas del país, para que el príncipe heredero eligiese entre ellas una esposa. Al enterarse las dos hermanastras que también ellas figuraban en la lista, se pusieron muy contentas. Llamaron a Cenicienta, y le

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La Cenicienta dijeron: -Péinanos, cepíllanos bien los zapatos y abróchanos las hebillas; vamos a la fiesta de palacio.- Cenicienta obedeció, aunque llorando, pues también ella hubiera querido ir al baile, y, así, rogó a su madrastra que se lo permitiese. -¿Tú, la Cenicienta, cubierta de polvo y porquería, pretendes ir a la fiesta? No tienes vestido ni zapatos, ¿y quieres bailar?Pero al insistir la muchacha en sus súplicas, la mujer le dijo, finalmente: -Te he echado un plato de lentejas en la ceniza, si las recoges en dos horas, te dejaré ir.La muchachita, saliendo por la puerta trasera, se fue al jardín y exclamó: -¡Palomitas  mansas, tortolillas y avecillas todas del cielo, vengan a ayudarme a recoger lentejas!: Las buenas, en el pucherito; las malas, en el buchecito. Y acudieron a la ventana de la cocina dos palomitas blancas, luego las tortolillas y, finalmente, comparecieron, bulliciosas y presurosas, todas las avecillas del cielo y se posaron en la ceniza. Y las palomitas, bajando las cabecitas, empezaron: pic, pic, pic, pic; y luego todas las demás las imitaron: pic, pic, pic, pic, y en un santiamén todos los granos buenos estuvieron en la fuente. No había transcurrido ni una hora cuando, terminado el trabajo, echaron a volar y desaparecieron. La muchacha llevó la fuente a su madrastra, contenta porque creía que la permitirían ir a la fiesta, pero la vieja le dijo: -No, Cenicienta, no tienes vestidos y no puedes bailar. Todos se burlarían de ti.- Y como la pobre rompiera a llorar: -Si en una hora eres capaz de limpiar dos fuentes llenas de lentejas que echaré en la ceniza, te permitiré que vayas.- Y pensaba: -Jamás podrá hacerlo.Pero cuando las  lentejas  estuvieron en la

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ceniza, la doncella salió al jardín por la puerta trasera y gritó: -¡Palomitas mansas, tortolillas y avecillas todas del cielo, vengan a ayudarme a limpiar lentejas!: Las buenas, en el pucherito; las malas, en el buchecito.Y enseguida acudieron a la ventana de la cocina dos palomitas blancas y luego las tortolillas, y, finalmente, comparecieron, bulliciosas y presurosas, todas las avecillas del cielo y se posaron en la ceniza. Y las palomitas, bajando las cabecitas, empezaron: pic, pic, pic, pic; y luego todas las demás las imitaron: pic, pic, pic, pic, echando todos los granos buenos en las fuentes. No había transcurrido aún media hora cuando, terminada ya su tarea, emprendieron todas el vuelo. La muchacha llevó las fuentes a su madrastra, pensando que aquella vez le permitiría ir a la fiesta. Pero la mujer le dijo: -Todo es inútil; no vendrás, pues no tienes vestidos ni sabes bailar. Serías nuestra vergüenza.- Y, volviéndole la espalda, partió apresuradamente con sus dos orgullosas hijas. No habiendo ya nadie en casa, Cenicienta se encaminó a la tumba de su madre, bajo el avellano, y suplicó: -¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas, y échame oro y plata y más cosas!. Y he aquí que el pájaro le echó un vestido bordado en plata y oro, y unas zapatillascon adornos de seda y plata. Se vistió a toda prisa y corrió a palacio, donde su madrastra y hermanastras no la reconocieron, y, al verla tan ricamente ataviada, la tomaron por una princesa extranjera. Ni por un momento se les ocurrió pensar en Cenicienta, a quien creían en su cocina, sucia y buscando lentejas en la ceniza. El príncipe salió a recibirla, y tomándola de la mano,


La Cenicienta bailó con ella. Y es el caso que no quiso bailar con ninguna otra ni la soltó de la mano, y cada vez que se acercaba otra muchacha a invitarlo, se negaba diciendo: -Ésta es mi pareja. Al anochecer, Cenicienta quiso volver a su casa, y el príncipe le dijo: -Te acompañaré,- deseoso de saber de dónde era la bella muchacha. Pero ella se le escapó, y se encaramó de un salto al palomar. El príncipe aguardó a que llegase su padre, y le dijo que la doncella forastera se había escondido en el palomar. Entonces pensó el viejo: ¿Será la Cenicienta? Y, pidiendo que le trajesen un hacha y un pico, se puso a derribar el palomar. Pero en su interior no había nadie. Y cuando todos llegaron a casa, encontraron a Cenicienta entre la ceniza, cubierta con sus sucias ropas, mientras un candil de aceite ardía en la chimenea; pues la muchacha se había dado buena maña en saltar por detrás del palomar y correr hasta el avellano; allí se quitó sus hermosos vestidos, y los depositó sobre la tumba, donde el pajarillo se encargó de recogerlos. Y enseguida se volvió a la cocina, vestida con su sucia batita. Al día siguiente, a la hora de volver a empezar la fiesta, cuando los padres y las hermanastras se hubieron marchado, la muchacha se dirigió al avellano y le dijo: -¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas, y échame oro y plata y, más cosas!. El pajarillo le envió un vestido mucho más espléndido aún que el de la víspera; y al presentarse ella en palacio tan magníficamente ataviada, todos los presentes se pasmaron ante su belleza. El hijo del Rey, que la había estado aguardando, la tomó nmediatamente de la mano y sólo bailó con ella. A las demás que fueron a solicitarlo, les respondía: -Ésta es mi pareja.- Al anochecer, cuando la muchacha

quiso retirarse, el príncipe la siguió, para ver a qué casa se dirigía; pero ella desapareció de un brinco en el jardín de detrás de la suya. Crecía en él un grande y hermoso peral, del que colgaban peras magníficas. Se subió ella a la copa con la ligereza de una ardilla, saltando entre las ramas, y el príncipe la perdió de vista. El joven aguardó la llegada del padre, y le dijo: -La joven forastera se me ha escapado; creo que se subió al peral.- Pensó el padre: ¿Será la Cenicienta? Y, tomando un hacha, derribó el árbol, pero nadie apareció en la copa. Y cuando entraron en la cocina, allí estaba Cenicienta entre las cenizas, como tenía por costumbre, pues había saltado al suelo por el lado opuesto del árbol, y, después de devolver los hermosos vestidos al pájaro del avellano, volvió a ponerse su batita gris. El tercer día, en cuanto se hubieron marchado los demás, volvió Cenicienta a la tumba de su madre y suplicó al arbolillo: -¡Arbolito, sacude tus ramas frondosas, y échame oro y plata y más cosas!. Y el pájaro le echó un vestido soberbio y brillante como jamás se viera otro en el mundo, con unos zapatitos de oro puro. Cuando se presentó a la fiesta, todos los concurrentes se quedaron boquiabiertos de admiración. El hijo del Rey bailó exclusivamente con ella, y a todas las que iban a solicitarlo les respondía: -Ésta es mi pareja. Al anochecer se despidió Cenicienta. El hijo del Rey quiso acompañarla; pero ella se escapó con tanta rapidez, que su admirador no pudo darle alcance. Pero esta vez recurrió a una trampa: mandó embadurnar con pez las escaleras de palacio, por lo cual, al saltar la muchacha los peldaños, se le quedó la zapatilla izquierda adherida a uno de ellos.

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La Cenicienta Recogió el príncipe la zapatilla, y observó que era diminuta, graciosa, y toda ella de oro. A la mañana siguiente presentóse en casa del hombre y le dijo: -Mi esposa será aquella cuyo pie se ajuste a este zapato.- Las dos hermanastras se alegraron, pues ambas tenían los pies muy lindos. La mayor fue a su cuarto para probarse la zapatilla, acompañada de su madre. Pero no había modo de introducir el dedo gordo; y al ver que la zapatilla era demasiado pequeña, la madre, alargándole un cuchillo, le dijo: -¡Córtate el dedo! Cuando seas reina, no tendrás necesidad de andar a pie.- Lo hizo así la muchacha; forzó el pie en el zapato y, reprimiendo el dolor, se presentó al príncipe. Él la hizo montar en su caballo y se marchó con ella. Pero hubieron de pasar por delante de la tumba, y dos palomitas que estaban posadas en el avellano gritaron:-Ruke di guk, ruke di guk; sangre hay en el zapato. El zapato no le va, La novia verdadera en casa está.- Miró el príncipe el pie y vio que de él fluía sangre. Hizo dar media vuelta al caballo y devolvió la muchacha a su madre, diciendo que no era aquella la que buscaba, y que la otra hermana tenía que probarse el zapato. Subió ésta a su habitación y, aunque los dedos le entraron holgadamente, en cambio no había manera de meter el talón. Le dijo la madre, alargándole un cuchillo: -Córtate un pedazo del talón. Cuando seas reina no tendrás necesidad de andar a pie.- Cortóse la muchacha un trozo del talón, metió a la fuerza el pie en el zapato y, reprimiendo el dolor, se presentó al hijo del Rey. Montó éste en su caballo y se marchó con ella. Pero al pasar por delante del avellano, las dos palomitas posadas en una de sus ramas gritaron:-Ruke di guk, ruke di guk;

sangre hay en el zapato. El zapato no le va, La novia verdadera en casa está.- Miró el príncipe el pie de la muchacha y vio que la sangre manaba del zapato y había enrojecido la blanca media. Volvió grupas y llevó a su casa a la falsa novia. -Tampoco es ésta la verdadera,- dijo. -¿No tienen otra hija? Lavóse ella primero las manos y la cara y, entrando en la habitación, saludó al príncipe con una reverencia, y él tendió el zapato de oro. Se sentó la muchacha en un escalón, se quitó el pesado zueco y se calzó la chinela: le venía como pintada. Y cuando, al levantarse, el príncipe le miró el rostro, reconoció en el acto a la hermosa doncella que había bailado con él, y exclamó: -¡Ésta sí que es mi verdadera novia!La madrastra y sus dos hijas palidecieron de rabia; pero el príncipe ayudó a Cenicienta a montar a caballo y marchó con ella. Y al pasar por delante del avellano, gritaron las dos palomitas blancas: -Ruke di guk, ruke di guk; no tiene sangre el zapato. Y pequeño no le está; Es la novia verdadera con la que va.- Y, dicho esto, bajaron volando las dos palomitas y se posaron una en cada hombro de Cenicienta. Al llegar el día de la boda, se presentaron las traidoras hermanas, muy zalameras, deseosas de congraciarse con Cenicienta y participar de su dicha. Pero al encaminarse el cortejo a la iglesia, yendo la mayor a la derecha de la novia y la menor a su izquierda, las palomas, de sendos picotazos, les sacaron un ojo a cada una. Luego, al salir, yendo la mayor a la izquierda y la menor a la derecha, las mismas aves les sacaron el otro ojo. Y de este modo quedaron castigadas por su maldad, condenadas a la ceguera para todos los días de su vida.

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Los dos hermanos

Relato original

Érase una vez dos hermanos, uno rico, y el otro pobre. El rico tenía el oficio de orfebre y era hombre de corazón duro. El pobre se ganaba la vida haciendo escobas, era bueno y honrado. Tenía éste dos hijos gemelos y parecidos como dos gotas de agua. Los dos niños iban de cuando en cuando a la casa del rico, donde, algunas veces, comían de las sobras de la mesa. Sucedió que el hermano pobre, hallándose un día en el bosque, donde había ido a coger ramas secas, vio un pájaro todo de oro, y tan hermoso como nunca viera otro semejante. Cogió una piedra y se la tiró, pero sólo cayó una pluma, y el animal escapó volando. Recogió el hombre la pluma y la llevó a su hermano, quien dijo: -Es oro puro -y le pagó su precio. Al día siguiente encaramóse el hombre a un abedul, para cortar unas ramas. Y he aquí que del árbol echó a volar el mismo pájaro, y al examinar el hombre el lugar desde donde había levantado el vuelo, encontró un nido, y, en él, un huevo, que era de oro. Recogió el huevo y se lo llevó a su hermano, quien volvió a decir: -Es oro puro -y le pagó su precio. Pero añadió: -Quisiera el pájaro entero. Volvió el pobre al bosque, y vio de nuevo el ave posada en el árbol. La derribó de una pedrada y la llevó a su hermano, quien le pagó por ella un buen montón de oro. -Ahora ya tengo para vivir -pensó el hombre, y se fue a su casa muy satisfecho.

El orfebre, que era inteligente y astuto, sabía muy bien qué clase de pájaro era aquel. Llamó a su esposa y le dijo: -Ásame este pájaro de oro, y pon mucho cuidado en no tirar nada, pues quiero comérmelo entero yo solo. El ave no era como las demás, sino de una especie muy maravillosa: quien comiera su corazón y su hígado encontraría todas las mañanas una moneda de oro debajo de la almohada. La mujer aderezó el pájaro convenientemente y lo ensartó en el asador. Pero he aquí que, mientras estaba al fuego, un momento en que la mujer salió de la cocina para atender otra faena, entraron los dos hijos del pobre escobero y, poniéndose junto al asador, le dieron unas cuantas vueltas. Y al ver que caían en la sartén dos trocitos del ave, dijo uno: -Nos comeremos estos pedacitos, pues tengo mucha hambre; nadie lo notará -. Y se comieron, uno cada uno. En aquel momento entró el ama, y al ver que mascaban algo, los preguntó: -¿Qué coméis? -Dos trocitos que cayeron del pájaro -respondieron. -¡Son el corazón y el hígado! -exclamó espantada la mujer; y para que su marido no los echara de menos y se enfadase, mató a toda prisa un pollo, le arrancó el corazón y el hígado y los metió dentro del pájaro. Cuando ya estuvo preparado el plato, sirviólo al orfebre, el cual se lo merendó entero, sin dejar nada. Pero

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Los dos hermanos a la mañana siguiente, al levantar la almohada para buscar la moneda de oro, no apareció nada. Los dos niños, por su parte, ignoraban la suerte que les había caído. Al levantarse por la mañana, oyeron el sonido metálico de algo que caía al suelo, y, al recogerlo, vieron que eran dos monedas de oro. Lleváronlas a su padre, quien exclamó, admirado: -¿Cómo habrá sido eso? Pero al ver que al día siguiente y todos los sucesivos se repetía el caso, fue a contárselo a su hermano. Inmediatamente comprendió éste lo ocurrido, y que los niños se habían comido el corazón y el hígado del ave; y como era hombre envidioso y duro de corazón, queriendo vengarse, dijo al padre: -Tus hijos tienen algún pacto con el diablo. No aceptes el oro ni los dejes estar por más tiempo en tu casa, pues el maligno tiene poder sobre ellos y puede acarrear tu propia pérdida. El padre temía al demonio, y, aunque se le partía el corazón, llevó a los gemelos al bosque y los abandonó en él. Los niños vagaban extraviados por el bosque, buscando el camino de su casa; pero no sólo no lo hallaron, sino que se perdieron cada vez más. Finalmente, toparon con un cazador, el cual les preguntó: -¿Quiénes sois, pequeños? -Somos los hijos del pobre escobero -respondieron ellos, y le explicaron a continuación que su padre los había echado de su casa porque todas las mañanas había una moneda de oro debajo de las respectivas almohadas. -¡Toma! -exclamó el cazador-, nada hay en ello de malo, con tal que sepáis conservaros buenos y no os deis a la pereza -. El buen hombre, prendado de los niños y no teniendo ninguno

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propio, se los llevó a su casa, diciéndoles: -Yo seré vuestro padre y os criaré. Y los dos aprendieron el arte de la caza, en tanto que su padre adoptivo iba guardando las monedas de oro que cada uno encontraba al levantarse, por si pudieran necesitarlas algún día. Cuando ya fueron mayores, llevólos un día al bosque y les dijo: -Vais a hacer hoy vuestra prueba de tiro, para que pueda emanciparos y daros el título de cazadores. Encamináronse juntos a la paranza, donde permanecieron largo tiempo al acecho; pero no se presentó ninguna pieza. El cazador levantó la vista al cielo y descubrió una bandada de patos salvajes que volaba en forma de triángulo, dijo, pues, a uno de los mozos: -Haz caer uno de cada extremo. Hízolo el muchacho, y así pasó su prueba de tiro. Al poco rato acercóse una segunda bandada, que ofrecía la forma de un dos; el cazador mandó al otro que derribase también uno de cada extremo, lo que el chico hizo con igual éxito. Dijo entonces el padre adoptivo: -Os declaro emancipados; ya sois maestros cazadores. Internáronse luego los dos hermanos en el bosque y, celebrando consejo, tomaron una resolución. Al sentarse a la mesa para cenar, dijeron a su protector: -No tocaremos la comida ni nos llevaremos a la boca el menor bocado, hasta que nos otorguéis la gracia que queremos pediros. -¿De qué se trata, pues? -preguntó él. Y ellos respondieron: -Hemos terminado nuestro aprendizaje; ahora tenemos que ver el mundo; dadnos permiso para marcharnos. Replicó el viejo, gozoso:


Los dos hermanos -Así hablan los bravos cazadores; lo que pedís era también mi deseo. Marchaos, tendréis suerte. Cuando llegó el día designado para la partida, el padre adoptivo dio a cada uno una buena escopeta, un perro, y todas cuantas monedas de oro quisieron llevarse. Acompañólos luego durante un trecho, y, al despedirlos, les dio todavía un reluciente cuchillo, diciéndoles: -Si algún día os separáis, clavad este cuchillo en un árbol en el lugar donde vuestros caminos se separen. De este modo cada uno, cuando regrese, podrá saber cuál ha sido el destino del otro; pues el lado hacia el cual se dirigió, si está muerto, aparecerá lleno de herrumbre; pero mientras viva, la hoja seguirá brillante. Siguieron andando los dos hermanos hasta que llegaron a un bosque, tan grande, que en todo un día no pudieron salir de él. Pasaron, pues, allí la noche, comiéndose las provisiones que llevaban en el morral; anduvieron sin dar tampoco con la salida, y, como no les quedara nada que comer, dijo uno: -Hemos de cazar algo si no queremos pasar hambre y, cargando su escopeta, dirigió una mirada a su alrededor. Viendo que pasaba corriendo una vieja liebre, le apuntó el arma, pero el animal gritó: "Querido cazador, no acortes mis días, y a cambio te daré dos de mis crías." Y saltando entre los matorrales, compareció enseguida con dos lebratos; pero los animalitos parecían tan contentos y eran tan juguetones, que los cazadores no pudieron resignarse a matarlos. Los guardaron, pues, con ellos, y los dos lebratos los siguieron dócilmente. Pronto se presentó una zorra, y ellos se dispusieron a cazarla; pero el animal les gritó:"Querido cazador, no acortes mis días, y a cambio te

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daré dos de mis crías."Y les trajo dos zorrillos que tampoco los cazadores tuvieron corazón para matar; dejáronlos en compañía de los lebratos, y todos juntos siguieron su camino. Al poco rato salió un lobo de la maleza, y los cazadores le encararon la escopeta; pero el lobo les gritó: "Querido cazador, no acortes mis días, y a cambio te daré dos de mis crías." Los cazadores reunieron los lobeznos con los demás animalitos y continuaron andando. Hasta que descubrieron un oso que, no sintiendo tampoco deseos de morir, les gritó a su vez: "Querido cazador, no acortes mis días, y a cambio te daré dos de mis crías." Los dos oseznos pasaron a aumentar el séquito, formado ya por ocho animales. ¿Quién diríais que vino, al fin? Pues nada menos que un león, agitando la melena. Pero los cazadores, sin intimidarse, le apuntaron con sus armas, y entonces la fiera les dijo también: "Querido cazador, no acortes mis días, y a cambio te daré dos de mis crías." Y cuando hubo dado sus cachorrillos, resultó que los cazadores tenían dos leones, dos osos, dos lobos, dos zorras y dos liebres, todos los cuales los seguían y servían. Pero, entretanto, el hambre arreciaba, por lo que dijeron a las zorras: -Vamos a ver, vosotras, que sois astutas, procuradnos algo de comer; de esto sabéis bien. Y respondieron ellas: -No lejos de aquí hay un pueblo del que hemos sacado más de un pollo; os enseñaremos el camino. Llegaron al pueblo, compraron comida para ellos y para los animales y prosiguieron su ruta. Las zorras conocían al dedillo la región, pues en ella había muchos cortijos con averío, y pudieron guiar a los cazadores.


Los dos hermanos Después de haber errado un tiempo sin poder encontrar ninguna colocación para los dos juntos, dijeron: -Esto no puede continuar; no hay más remedio que separarse. Repartiéronse los animales, de modo que cada uno se quedase un león, un oso, un lobo, una zorra y una liebre, y luego se despidieron, prometiéndose cariño fraternal hasta la muerte, y clavaron en un árbol el cuchillo que les había dado su padre adoptivo. Hecho esto, el uno se encaminó hacia Levante, y el otro, hacia Poniente. El menor llegó al cabo de poco a una ciudad, toda ella cubierta de crespones negros. Alojóse en una hospedería, y preguntó al dueño si podría admitir también a sus animales. El hostelero los condujo a un establo que tenía un agujero en la pared, por el cual se escurrió la liebre, para volver con una col, y luego la zorra, que se zampó una gallina, y, a continuación, un gallo. Pero el lobo, el oso y el león, siendo mucho más corpulentos, no pudieron pasar, por lo que el hostelero los condujo a un prado, donde una vaca se hallaba echada sobre la hierba, y de la que ellos dieron cuenta en un santiamén. Ya hartos sus animales, el cazador preguntó al mesonero por qué estaba la ciudad tan enlutada. A lo que respondió el hombre: -Porque mañana debe morir la única hija de nuestro Rey. -¿Está, pues, enferma de muerte? -preguntó el cazador. -No -explicó el hostelero-, está fresca y sana, y, sin embargo, ha de morir. -¿Cómo se entiende esto? -inquirió el forastero. -En las afueras de la ciudad se levanta una alta montaña, en la que tiene su morada un

dragón. El monstruo amenaza con devastar todo el país, si todos los años no se le entrega una doncella virgen. Ya han sido sacrificadas todas las de la nación, y solamente queda la hija del Rey, por lo cual, irremisiblemente, ha de ser entregada, y ello se verificará mañana. Dijo el joven: -¿Y por qué no matan al dragón? -¡Ay! -respondió el hostelero-, muchos caballeros lo intentaron, y todos perdieron la vida en la empresa. El Rey ha prometido dar a su hija por esposa y nombrar heredero del reino a quien acabe con el monstruo. El cazador no dijo nada más; pero a la mañana siguiente, llamó a sus animales y emprendió con ellos el ascenso a la montaña del dragón. En la cima se levantaba una pequeña iglesia, en cuyo altar había tres cálices llenos y la siguiente inscripción: "quien se beba el contenido de los cálices, se convertirá en el hombre más fuerte de la Tierra y será capaz de manejar la espada que se halla enterrada en el umbral de la puerta." El cazador no bebió, pero salió al exterior y buscó la espada; mas no le fue posible moverla de su sitio. Entró de nuevo en la ermita y apuró el contenido de los vasos; al instante adquirió la fuerza necesaria para levantar el arma e incluso para blandirla con la mayor ligereza. Llegada la hora en que la doncella debía ser entregada al dragón, tomaron el camino de la montaña, para acompañarla, el Rey, el mariscal y los cortesanos. La princesa vio desde lejos al cazador en la cumbre y, pensando que era el dragón que la aguardaba, se resistía a subir, pero, al fin, tuvo que resignarse, ya que de otro modo habría sido destruida la ciudad entera. El Rey y su séquito regresaron a palacio sumidos en profunda tristeza; únicamente el

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Los dos hermanos mariscal hubo de quedarse para presenciar desde lejos lo que ocurriera. Cuando la princesa llegó a la cumbre de la montaña, en vez del dragón se encontró con el joven cazador, el cual le infundió ánimos, diciéndole que estaba allí para salvarla, y la introdujo en la capilla, encerrándola dentro. Poco después llegaba, con gran estrépito, el dragón de siete cabezas. Al ver al cazador, díjole, sorprendido: -¿Qué tienes tú que hacer en esta montaña? A lo cual respondió el mozo: -He venido a combatir contigo. -Muchos caballeros han dejado aquí la vida -replicó el monstruo-; no me será difícil acabar contigo -y púsose a despedir fuego por sus siete fauces. Aquel fuego hubiera prendido en la hierba seca y ahogado al joven, de no haber acudido, corriendo, sus animales, que apagaron a pisotones el incendio. Entonces el dragón se arrojó contra el cazador, pero éste, blandiendo su espada con tal fuerza que hacía silbar el aire, de un golpe le cercenó tres cabezas. ¡Con qué furor se irguió la fiera, escupiendo llamas contra su enemigo y aprestándose a aniquilarlo! Pero el otro, de un segundo mandoble, le cortó tres cabezas más. El monstruo, casi agotado, cayó al suelo; pero, reuniendo sus últimas fuerzas, embistióle aún por tercera vez; entonces el joven le cortó la cola. Derribado ya el monstruo, llamó el cazador a sus animales, los cuales acabaron de despedazarlo. Terminada la batalla, el cazador abrió la puerta de la iglesia y encontró a la princesa tendida en el suelo sin sentido, debido a la angustia y el espanto que sufriera durante el combate. Sacóla fuera y, cuando volvió en sí y abrió los ojos, mostróle el dragón descuartizado y le explicó que estaba libre y

redimida. Alegróse ella sobremanera: -Ahora serás mi amadísimo esposo -le dijo, pues mi padre me prometió a aquel que matase al dragón. Y, acto seguido, desatándose su collar de corales, lo repartió entre sus animales para recompensarlos, dando al león el brochecillo de oro. El pañuelo en que estaba bordado su nombre lo entregó al cazador, quien, después de cortar las lenguas de las siete cabezas del monstruo, las envolvió en él y las puso a buen recaudo. Luego, sintiéndose rendido por el fuego y por la lucha, dijo a la doncella: -Los dos estamos cansados y agotados; vamos a dormir un rato. Asintió ella, y los dos se tendieron en el suelo; y el cazador dijo al león: -Tú velarás para que nadie nos sorprenda durante el sueño -y, al instante, se quedaron dormidos. El león se echó junto a ellos para vigilar; pero como él estaba también fatigado de la pelea, llamando al oso le dijo: -Échate a mi lado, que voy a dormir un rato; si viniere alguien despiértame. Tendióse el oso, pero, fatigado a su vez, dijo al lobo: -Échate a mi lado, que voy a dormir un rato; si viniere alguien, despiértame. Echóse el lobo; pero como se sentía también cansado, llamó a la zorra y le dijo: -Échate a mi lado, que voy a dormir un rato; si viniere alguien, despiértame. Y la zorra se echó a su vez; pero, rendida igualmente, dijo a la liebre: -Échate a mi lado, que voy a dormir un rato; si viniere alguien, despiértame. Sentóse la liebre, que tampoco podía con su alma y no tenía quien pudiese sustituirla;

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Los dos hermanos el caso es que se durmió. Y ya los tenemos a todos dormidos: la princesa, el cazador, el león, el oso, el lobo, la zorra y la liebre; ¡y dormidos como troncos! He aquí que el mariscal, encargado de observar lo que ocurriera desde lejos, al no ver al dragón marcharse con la princesa y notar que en la montaña reinaba una calma absoluta, haciendo de tripas corazón subió a la cumbre. Allí yacía el dragón despedazado y, a poca distancia, la hija del Rey con el cazador y los animales, todos durmiendo a pierna suelta. Y como era un hombre malvado e impío, sacando su espada cortó la cabeza al cazador y, sujetando por el brazo a la princesa, la obligó a seguirlo al llano. Al despertar ella se asustó al oír que le decía el mariscal: -Estás en mi poder y tienes que decir que fui yo quien mató al dragón. -No puedo hacer eso -respondió la doncella-, pues lo mataron el cazador y sus animales. Desenvainando entonces la espada, el malvado la amenazó con matarla si no le obedecía, y le exigió que jurase hacerlo. Presentóse luego con ella ante el Rey, cuya alegría fue indescriptible al ver viva a su querida hija después de haberla creído destrozada por el monstruo. Dijo el mariscal: -He matado al dragón, he liberado a la princesa y todo el reino; y así, la reclamo por esposa, tal y como prometisteis. Preguntó el Rey a la doncella: -¿Es verdad lo que dice? -¡Ay, sí! -respondió la muchacha-, bien debe de serlo, pero pido que no se celebre la boda hasta dentro de un año y un día. Confiaba en que durante aquel tiempo recibiría alguna noticia de su cazador. Mientras tanto, los animales seguían

durmiendo junto a su amo muerto, hasta que llegó volando un gran abejorro que se posó en la nariz de la liebre, pero ésta lo ahuyentó con la pata sin despertarse. Vino el abejorro por segunda vez, y la liebre volvió a sacudírselo; pero a la tercera, el abejorro le clavó el aguijón en la nariz, y la despertó. No bien se hubo despertado la liebre, corrió a llamar a la zorra, ésta al lobo, el lobo al oso y el oso al león. Y al despertarse el león y ver que la princesa había desaparecido y que su señor estaba muerto, rugiendo pavorosamente, gritó: -¿Quién ha hecho esto? Oso, ¿por qué no me llamaste? Y el oso al lobo: -¿Por qué no me llamaste? Y el lobo a la zorra: -¿Por qué no me llamaste? Y la zorra a la liebre: -¿Por qué no me llamaste? La pobre liebre fue la única que nada pudo responder, y hubo de cargar con la culpa. Todos arremetieron contra ella, pero el animalillo, excusándose, dijo: -No me matéis; yo resucitaré a nuestro amo. Sé una montaña donde crece una hierba; quien la tenga en la boca, queda curado de todas sus enfermedades y heridas. Sólo que esta montaña está a doscientas horas de aquí. Habló entonces el león: -Debes estar de vuelta dentro de veinticuatro horas con la raíz que dices. Salió la liebre corriendo, y en el plazo fijado compareció de nuevo con su planta milagrosa. El león ajustó la cabeza al tronco del cazador, la liebre le introdujo la raíz en la boca, e inmediatamente todo quedó unido, el corazón empezó a latir y volvió a la vida. Despertóse el cazador y se espantó al no ver a la princesa. "Se habrá escapado mientras

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Los dos hermanos yo dormía para librarse de mí," pensó. Con las prisas, el león había encajado la cabeza de su señor al revés; pero éste ni siquiera se dio cuenta, absorto en sus tristes pensamientos acerca de la princesa. Sólo a mediodía, a la hora de comer, vio que tenía la cabeza vuelta hacia la espalda y preguntó a los animales qué había ocurrido durante su sueño. Explicóle entonces el león que la fatiga los había rendido a todos, y que al despertar lo habían hallado decapitado; la liebre había ido en busca de la raíz salvadora; pero con las prisas, él le había colocado la cabeza al revés; de todos modos, en un momento repararía aquel descuido. Y, cortando de nuevo la cabeza al cazador, se la encajó debidamente, y la liebre terminó la operación con su planta prodigiosa. El cazador empezó a errar tristemente por el mundo, haciendo bailar a sus animales ante la gente. Sucedió que, exactamente al cabo de un año, llegó de nuevo a la misma ciudad donde había salvado a la princesa de las garras del dragón, encontrándose con que toda la población aparecía engalanada con colgaduras de color escarlata. Preguntó al posadero: -¿Qué significa esto? Hace un año todo estaba cubierto de negro; ¿por qué hoy estos colores tan vivos? Y respondió el hombre: -Hoy hace un año, la hija de nuestro Rey debía ser entregada al dragón; pero el mariscal luchó con él y lo mató, y mañana debe celebrarse su boda. Por eso visteis entonces la ciudad enlutada, y hoy la veis adornada con alegres colores, en señal de fiesta. A mediodía del señalado para la boda, dijo el cazador al posadero: -¿Me creeréis si os dijese, señor hostelero, que hoy comeré aquí con vos pan de la mesa del

Rey? -Pues apostaría cien monedas de oro a que no es verdad. Aceptó el cazador la apuesta, y sacó una bolsa con la misma cantidad. Luego, llamando a la liebre, le dijo: -Ve, mi querido saltarín, y tráeme pan del que come el Rey. El lebrato, siendo el de menor categoría, no pudo pasar el encargo a ninguno de sus compañeros y no tuvo más remedio que encaminarse a palacio. "¡Caramba! -pensó-, si voy saltando así solito por las calles me darán caza los perros de los carniceros." Y así fue, efectivamente; los perros salieron en su persecución con propósito de hincarle los dientes en el pellejo. ¡Tendríais que haberlo visto brincar! Fue a refugiarse en la garita de un centinela, pasando tan raudo que ni el soldado se dio cuenta. Llegaron los perros dispuestos a pescarlo; pero el centinela no estaba para bromas y empezó a culatazos, con lo que los canes hubieron de escapar aullando y gimiendo. Cuando el lebrato vio que el campo estaba despejado, entró de un salto en el palacio. Fue directamente adonde estaba la princesa, y, sentándose junto a su silla, con la pata le rascó el pie. Gritó ella: -¡Fuera de aquí! -, pensando que era su perro. La liebre volvió a rascarle el pie, y ella repitió: -¿Quieres marcharte? -, siempre creída que era el perro. Pero la liebre insistió, rascándole el pie por tercera vez. La princesa bajó entonces la vista y reconoció al animal por su collar. Subiéndoselo al regazo, preguntóle: -Mi querida liebre, ¿qué quieres? Y respondió la liebre: -Mi amo, el que mató al dragón, está aquí y

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Los dos hermanos me envía a pedir pan del que come el Rey. Fuera de sí por la alegría, la princesa mandó llamar al panadero y le ordenó traer un pan de los que se servían en la mesa real. Y dijo el lebrato: -Pero el panadero tendrá que venirse conmigo, para que no me persigan los perros. El panadero llevó, pues, el pan hasta la puerta de la hospedería, donde la liebre, enderezándose sobre las patas traseras, cogiólo con las delanteras y fue a entregarlo a su amo. Dijo entonces el cazador: -¿Veis, señor hostelero? Las cien monedas son mías -. Admiróse el buen hombre, y el otro continuó: -Sí, señor hostelero, ya tengo el pan; pero ahora quiero también asado de la mesa del Rey. A lo que repuso el dueño de la posada: -Ya me gustaría verlo -sin atreverse, empero, a renovar la apuesta. El cazador, llamando a la zorra, le dijo: -Zorrillo mío, ve a buscarme asado del que come el Rey. La zorra conocía mejor los rodeos, y, deslizándose por esquinas y rincones, logró llegar junto a la silla de la princesa sin ser vista de los perros, y le rascó el pie. Miró ella al suelo y, reconociendo a la zorra por el collar, llevósela a su aposento y le preguntó: -Mi querida zorra, ¿qué quieres? Y respondió la zorra: -Mi señor, el que mató al dragón, está aquí y me envía a pedir asado del que come el Rey. La princesa mandó presentarse al cocinero, el cual hubo de preparar un asado como el que servía a la mesa real, y acompañar con él a la zorra hasta la hospedería. Una vez allí, la zorra se hizo cargo de la fuente y, después de ahuyentar con el rabo las moscas que se habían posado en el plato, fue a presentarlo

a su amo. -¿Veis, señor hostelero? Ya tenemos pan y carne; ahora es cuestión de procurarse las legumbres que han de acompañarla, tal como las sirven al Rey -Y llamando al lobo, le dijo: -Querido lobo, ve a palacio y tráeme legumbres de las que come el Rey. Y el lobo se encaminó en línea recta al palacio, pues él a nadie temía. Y al llegar a la habitación de la princesa, tiróle de la falda por detrás, obligándola a volverse. Reconociólo ella por el collar, se lo llevó a su alcoba y le preguntó: -¿Qué quieres, mi querido lobo? Respondió el lobo: -Mi señor, el que mató al dragón, está aquí y me manda a pedir de las legumbres que come el Rey. Entonces la princesa mandó venir al cocinero, el cual tuvo que preparar un plato de legumbres de las que servía a la mesa real, y acompañar al lobo hasta la puerta de la hospedería, donde el animal cogió el plato y lo llevó a su amo. -¿Veis, señor hostelero? -dijo el cazador-. Ya tengo pan, carne y verduras; pero quiero comer también dulces de los que el Rey come -Y llamando al oso, díjole: -Querido osito, tú, que te gusta el dulce, ve a buscarme pasteles de los que come el Rey. El oso emprendió el trote camino de palacio, y todo el mundo le dejó vía libre; pero al llegar a la guardia quiso ésta impedirle el paso, encarándole los fusiles. Irguióse el animal y las emprendió a mojicones, derribando a todos los soldados, y, sin más preámbulos, no paró hasta llegar a la habitación de la princesa; se colocó a su espalda, dando un ligero gruñido. Volvióse ella a mirar y, reconociendo al oso, lo condujo a su aposento privado y le dijo: -Mi querido oso, ¿qué quieres?

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Los dos hermanos Respondió el oso: -Mi señor, el que mató al dragón, está aquí y me envía a pedir pasteles de los que come el Rey. Entonces mandó la princesa que se presentase el pastelero, y le encargó que preparase dulces de los que el Rey comía y los llevase, acompañando al oso, hasta la puerta de la hospedería. Una vez allí, el animal, tras haberse comido las grageas confitadas que habían caído, incorporándose sobre sus patas traseras, cogió la bandeja, y fue a entregarla a su amo. -¿Veis, señor hostelero? -dijo el cazador. -Ya tengo pan, carne, verduras y dulces; pero ahora se me antoja también beber vino del que bebe el Rey. -Y, llamando al león le dijo: -Querido león, a ti no te viene mal un trago; anda, ve a buscarme vino del que bebe el Rey. Salió el león a la calle; toda la gente echó a correr asustada, y, si bien la guardia trató de cerrarle el paso, bastóle con pegar unos rugidos, y el camino le quedó expedito, pues todos huyeron a la desbandada. El león se encaminó a las habitaciones reales y llamó a la puerta golpeando con el rabo. Acudió a abrir la princesa, y casi se cayó del susto; pero al reconocer al león por el broche de oro de su collar, hízole entrar en su aposento y le dijo: -Querido león, ¿qué quieres? A lo que él respondió: -Mi señor, el que mató al dragón, está aquí y me envía a pedir vino del que bebe el Rey. La princesa mandó recado al bodeguero y le dio orden de que entregase al león vino del que se servía en la mesa real. Y dijo el león: -Iré contigo; quiero asegurarme de que el vino que me das es el mejor. Bajó con el hombre a la bodega, y, ya en ella, el bodeguero trató de darle vino corriente,

del que bebía la servidumbre; pero la fiera lo detuvo: -Aguarda; antes quiero probarlo. Y sirviéndose media medida, se la echó al coleto: -No -dijo-no es de éste. El bodeguero le dirigió una mirada de reojo, pero, apartándose, se dispuso a darle de otro barril, destinado al mariscal del reino. Dijo el león: -Aguarda; antes quiero probarlo y, sirviéndose otra media medida, se la bebió. -Éste es mejor, pero aún no es el que quiero. Enfadóse el bodeguero, exclamando: -¡Qué demonios entiende de vino este animalucho! Pero el león le propinó un coscorrón que lo hizo rodar por el suelo. Levantándose, sin volver a chistar llevó al enviado a una pequeña bodega privada, donde se guardaba el vino del Rey, del que nadie bebía sino éste. Sirvióse el león otra media medida y, catándola, exclamó: -Éste sí puede que sea del bueno y mandó al bodeguero que le llenase seis botellas. Volvieron al piso alto; pero el león, al salir al aire libre, caminaba un tanto vacilante, pues el vino se le había subido a la cabeza, por lo cual el bodeguero tuvo que llevarle las botellas hasta la puerta de la posada. Allí, el león cogió con la boca la cesta y llevóla a su amo. -¿Veis, señor hostelero? Aquí tengo pan, carne, verduras, dulces y vino de los que toma el Rey, y ahora voy a darme un banquete con mis animales. Tomando asiento, comió y bebió, dando de todo a la liebre, la zorra, el lobo el oso y el león; y estaba de muy buen humor, pues bien veía que la princesa lo recordaba y quería. Terminada la comida, dijo: -Señor hostelero, he comido y bebido como el mismo Rey; ahora me iré a palacio y me casaré

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Los dos hermanos con la princesa. Preguntóle el posadero: -¿Cómo es posible, si ya está prometida y hoy mismo se celebra la boda? El cazador, sacando el pañuelo que le diera la hija del Rey en el monte del dragón y en el que había guardado las siete lenguas del monstruo, replicóle: -Esto que tengo en la mano me ayudará a realizar mi propósito. Mirando el posadero el pañuelo, dijo: -Todo puedo creerlo, pero esto no, y os apuesto mi casa y mi hacienda. El cazador puso encima de la mesa una bolsa que contenía mil monedas de oro: -Ahí va mi postura -respondió. En la mesa, el Rey había preguntado a su hija: -¿Qué querían todos esos animales que vinieron a palacio y se pasearon en él como Perico por su casa? Respondióle la princesa: -No puedo decíroslo; pero enviad a buscar al dueño de todos ellos; no os arrepentiréis. El Rey mandó a un criado a la posada, con orden de invitar a palacio al forastero; llegó allí cuando el hostelero acababa de apostar con el cazador, el cual le dijo: -¿Veis, señor hostelero? El Rey envía a un criado para invitarme, y, sin embargo, no quiero ir todavía. -Y, dirigiéndose al mensajero, le dijo: -Pide en mi nombre al Señor Rey que me envíe ropas de príncipe, una carroza tirada por seis caballos y servidores de escolta. Cuando el Rey oyó esta respuesta, dijo a su hija: -¿Qué debo hacer? Y ella respondió: -Enviadle lo que os pide; no os arrepentiréis.

Y el Rey le mandó ropajes reales, una carroza de seis caballos y gentes de escolta. Al verlos llegar, el cazador dijo: -¿Veis, señor hostelero? Ahora vienen a buscarme tal como pedí y vistiéndose los reales ropajes y cogiendo el pañuelo con las lenguas del dragón, dirigióse a palacio. Cuando el Rey lo vio acercarse, preguntó a la princesa: -¿Cómo debo recibirlo? Y contestó ella: -Salid a su encuentro, no os arrepentiréis. Salió el Rey a recibirlo y lo acompañó arriba, seguido de sus animales; luego le ofreció un sitio entre él y su hija, mientras el mariscal, en su calidad de novio, se sentaba al otro lado, sin conocerlo. Trajeron entonces las siete cabezas del dragón para exhibirlas, y el Rey dijo: -Estas siete cabezas las cortó el mariscal al dragón; por eso le doy por esposa a mi hija. Levantándose el cazador y abriendo las siete fauces, dijo: -¿Dónde están las siete lenguas del dragón? Asustóse el mariscal y palideció como la cera, sin saber qué contestar. Al fin dijo, angustiado: -Los dragones no tienen lengua. -Los mentirosos no deberían tenerla -replicó el cazador-; pero las del dragón son el trofeo del vencedor. Desenvolviendo el pañuelo donde guardaba las siete lenguas, púsolas una por una en la boca a que correspondían y todas encajaban perfectamente. Levantando entonces el pañuelo que tenía bordado el nombre de la hija del Rey, mostrólo a ésta preguntándole a quién se lo había dado. Ella respondió: -Al que mató al dragón. A continuación llamó el cazador a sus

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Los dos hermanos animales, quitándoles a todos el collar, y al león, además, el broche de oro, preguntó a la princesa a quién pertenecía. Respondió ella: -El collar y el broche de oro eran míos, y los distribuí entre los animales que ayudaron a vencer al dragón. Dijo entonces el cazador: -Mientras yo dormía, fatigado del combate, vino el mariscal y me cortó la cabeza. Llevóse luego a la princesa y pretendió haber sido él el matador del monstruo; y que ha mentido, lo pruebo con las lenguas, el pañuelo y el collar. Explicó cómo sus animales lo habían resucitado por medio de una raíz milagrosa, y cómo durante un año había caminado errante, hasta volver, al fin, a la ciudad, en la que, por las palabras del hostelero, se había informado de la falacia del mariscal. Preguntó entonces el Rey a su hija: -¿Es cierto que fue éste quien mató al dragón? -Sí, es cierto -respondió la princesa-, y ahora ya puedo revelar el crimen del mariscal, pues ha salido a la luz sin mi intervención; porque él me había obligado a jurar que guardaría silencio. Pero por eso pedí que la boda no se celebrara hasta transcurridos un año y un día. Mandó el Rey convocar a doce consejeros para que juzgasen al mariscal, y lo condenaron a ser descuartizado por cuatro bueyes. De este modo se hizo justicia con el malvado, y el Rey otorgó la mano de su hija al cazador, al cual nombró lugarteniente del reino. Celebróse la boda con gran regocijo, y el joven rey envió a buscar a su padre verdadero y a su padre adoptivo, y los colmó de riquezas. No se olvidó tampoco del hostelero; lo llamó a su presencia y le dijo: -Ya veis, señor posadero, cómo me he casado

con la princesa. En consecuencia, dueño soy de vuestra casa y hacienda. -Sí, es de justicia -respondió el hombre. Pero el joven monarca lo tranquilizó: -Más que justicia quiero haceros merced; quedaos con vuestra casa y vuestra hacienda, y, por añadidura, os regalo las mil monedas de oro. El joven príncipe y la joven princesa vivían, pues, contentos felices el uno con el otro. El marido salía a menudo de caza, pues ésta era su gran afición, y siempre lo acompañaban sus fieles animales. Pero he aquí que en aquellos alrededores había un bosque que, a lo que decían, estaba embrujado y no era fácil salir de él una vez se había entrado. Pero el joven príncipe se moría de ganas de ir a cazar en sus espesuras, y no dejó en paz a su suegro hasta que éste lo autorizó para hacerlo. Dirigióse pues, al bosque, seguido de un numeroso séquito de caballeros: al llegar a la linde, viendo una cierva blanca como la nieve, dijo a sus hombres: -Aguardad aquí mi vuelta; voy a cazar aquella hermosa pieza. Sus seguidores lo esperaron hasta el anochecer, pero él no regresó. Volvieron entonces a palacio y dijeron a la joven reina: -Vuestro esposo se ha adentrado en el bosque en persecución de una cierva blanca, y no ha regresado -lo cual dejó a la princesa presa de gran inquietud. El príncipe había estado persiguiendo la hermosa cierva, sin poder alcanzarla; cuando pensaba tenerla a tiro, inmediatamente se le aparecía a gran distancia, hasta que, al fin, desapareció del todo. Dándose entonces cuenta de lo mucho que se había internado en la selva, tocó el cuerno, sin recibir respuesta,

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Los dos hermanos pues sus seguidores no podían oírlo. Y como cerró la noche, comprendiendo que no podría volver a palacio aquel día, desmontó y encendió una hoguera junto a un árbol, dispuesto a pernoctar en aquel sitio. Estando sentado junto a la hoguera, con sus animales echados a su lado, parecióle oír una voz humana; miró a su alrededor, pero nada vio. Al poco rato oyó, como viniendo de lo alto del árbol, una especie de gemido; levantó la vista y descubrió en la copa una mujer vieja que repetía continuamente la misma queja: -Uh, uh, uh, qué frío tengo! Díjole él: -Baja a calentarte, si tienes frío. Pero ella replicó: -No, porque tus animales me morderían. -No te harán ningún daño, viejecita -dijo él, intentando tranquilizarla; ¡baja! Pero la mujer, que era una bruja, dijo: -Te echaré una rama del árbol; pégales con ella en la espalda, y entonces no me causarán daño alguno. Y arrojó una ramita, pero al golpearlos el príncipe con ella, todos quedaron inmóviles, convertidos en piedras. Viéndose la bruja a salvo de los animales, saltó al suelo, tocó, a su vez, al príncipe con una vara y lo transformó, asimismo, en piedra. Echándose entonces a reír, los arrastró a todos hasta un foso, donde había otras muchas piedras semejantes. Al ver que el joven príncipe no regresaba, la inquietud y preocupación de la princesa eran cada día mayores. Sucedió que, por aquellas mismas fechas el otro hermano, que al separarse emprendiera el camino de Levante, llegó a aquel mismo reino. Había pasado mucho tiempo buscando un empleo, sin poder encontrarlo, y había ido de acá

para allá exhibiendo sus animales. Un día se le ocurrió ir a ver el cuchillo que, en el momento de separarse, habían clavado en el tronco de un árbol, deseoso de conocer el destino de su hermano. Al llegar a él, la parte del cuchillo correspondiente a su hermano se hallaba mitad brillante y mitad oxidada. Asustóse, y pensó: "A mi hermano debe de haberle ocurrido alguna gran desgracia; pero tal vez me sea posible salvarle aún, ya que la mitad de la hoja sigue brillante." Encaminóse con sus animales hacia Poniente, y, al llegar a la puerta de la ciudad, se le presentó el jefe de la guardia y le preguntó si quería que lo anunciase a su esposa; la joven princesa llevaba varios días angustiadísima por su ausencia, temiendo que hubiese muerto en el bosque embrujado. Los soldados lo tomaron por el príncipe, tan grande era su parecido; además, venía acompañado de los mismos animales. El cazador comprendió que lo confundían con su hermano y pensó: "Lo mejor será que los deje en el engaño; de este modo me será más fácil salvarlo." Y se hizo acompañar por la guardia a palacio, donde fue recibido con grandísima alegría. También la joven princesa lo tomó por su esposo, y, al preguntarle el motivo de su tardanza, respondióle el cazador: -Me extravié en el bosque, y hasta hoy no he podido salir de él. A la noche le condujeron al lecho real; pero él puso su espada de doble filo entre él y la joven reina; y aunque ella no comprendió el porqué lo hacía, no se atrevió a preguntárselo. Después de permanecer en palacio dos o tres días, habiéndose informado de todo lo relativo al bosque encantado, dijo: -Tengo que volver a cazar allí. El rey padre y la joven reina trataron de

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Los dos hermanos disuadirle; pero él insistió, y, al fin, partió al frente de un numeroso séquito. Al llegar al bosque sucedióle lo que a su hermano. Vio una hermosa cierva blanca y dijo a sus hombres: -Quedaos aquí hasta que regrese; quiero capturar esta hermosa pieza y se entró en el bosque, seguido de sus animales. Pero tampoco él pudo alcanzar a la cierva, y penetró tan adentro de la selva, que no tuvo más remedio que quedarse allí a pasar la noche. Cuando hubo encendido la hoguera, oyó que sobre su cabeza alguien gemía: -¡Uh, uh, uh, qué frío tengo! -y, mirando a lo alto, descubrió en la copa a la misma bruja de antes. Díjole: -Si sientes frío, baja, viejecita, a calentarte. Respondió ella: -No, tus animales me morderían. Y él: -No te harán ningún daño. -Te echaré un bastón -contestó la bruja-; pégales con él, y no me harán nada. Al oír el cazador estas palabras, entróle desconfianza de la vieja y le dijo: -Yo no pego a mis animales. Baja tú, o subiré yo a buscarte. -¿Qué te propones? -exclamó la bruja-. ¡Conmigo no podrás! -Si no bajas, te derribo de un balazo -le replicó él. -Dispara cuanto quieras; no les temo a tus balas. Apuntóle el cazador y disparó; pero la bruja era inmune a las balas de plomo, y no hacía sino reírse y chillar: -¡No me tocarás! Pero el cazador sabía cómo habérselas con ella; arrancóse tres botones de plata de su chaqueta y cargó con ellos su arma; contra ellos no tenían poder los encantamientos de la bruja,

y, así, al primer disparo cayó al suelo con un gran grito. El mozo le puso el pie encima y le dijo: -¡Vieja bruja, si no me revelas inmediatamente dónde está mi hermano te cojo con las dos manos y te echo al fuego! Espantóse ella y, pidiendo gracia, dijo: -Él y sus animales están en un foso convertidos en piedra. Entonces, él1 la forzó a acompañarlo y, amenazándole, le dijo: -¡Viejo mico, o devuelves la vida a mi hermano y a todos los que aquí yacen, o te arrojo al fuego! Cogió ella una vara, y, al tocar las piedras, resucitaron su hermano con sus animales, además de numerosos mercaderes, artesanos y pastores, todos los cuales le dieron gracias por su liberación y se fueron a sus casas. Los gemelos, al volverse a ver, se abrazaron, con los corazones que rebosaban alegría. Agarrando luego a la bruja, la ataron y la echaron al fuego. Y he aquí que, cuando estuvo consumida, abrióse el bosque espontáneamente, quedando despejado y luminoso, y apareció el palacio a tres horas de distancia. Encamináronse entonces los dos hermanos hacia la Corte, y por el camino se contaron mutuamente sus aventuras. Al, decir el menor que era regente del reino, le contestó el otro: -Ya me di cuenta, pues cuando llegué a la ciudad y me confundieron contigo, me tributaron honores reales. También la joven reina me tomó por su esposo y me hizo comer a su lado en la mesa y dormir en su cama. Al oír el joven rey estas palabras, en un súbito arrebato de cólera y celos desenvainó la espada y, de un tajo, cercenó la cabeza de su hermano.

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Los dos hermanos Pero, al verlo muerto y bañado en sangre, sintió un fuerte arrepentimiento: -¡Mi hermano me ha salvado -exclamó-, y yo, en pago, le he quitado la vida! se lamentaba a voz en grito. Acercósele entonces su liebre se le ofreció para ir en busca de la raíz milagrosa; y, en efecto, pudo traerla aún a tiempo. El muerto volvió a la vida sin que quedasen señales de la herida. Siguieron, pues, su camino, y dijo el menor: -Tienes un parecido completo conmigo él vistes, como yo, ropas reales, y te siguen los mismos animales que a mí. Entraremos por dos puertas opuestas y nos presentaremos simultáneamente al Rey, viniendo de dos direcciones contrarias. Separándose, pues, y a un mismo momento, la guardia de una y otra puerta comunicó al Rey que el joven príncipe acababa de llegar de la cacería con sus animales. Observó el monarca: -Esto no es posible; entre una puerta y la otra hay una hora de distancia. Pero he aquí que, procediendo de direcciones opuestas, entraron en el patio de palacio los dos hermanos y se apearon de sus monturas. Dijo entonces el anciano Rey a su hija: -Dime, ¿cuál de los dos es tu esposo? Son como dos gotas de agua, y yo no soy capaz de distinguirlos. La princesa quedó de momento perpleja y angustiada, sin saber qué responder, hasta que, acordándose del collar que diera a los animales, vio el broche de oro del león, y exclamó con gran alegría: -Aquel a quien sigue este león es mi verdadero esposo. Echóse a reír el joven rey, diciendo: -Sí, éste es el verdadero -y todos se sentaron

a la mesa, comieron, bebieron contentos y satisfechos. A la noche, cuando el joven rey se fue a la cama, preguntóle su esposa: -¿Por qué las noches anteriores pusiste en el lecho, entre los dos, tu espada de doble filo? Creí que querías matarme. Entonces comprendió él hasta qué extremo le había sido leal su hermano.

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Pulgarcito Relato original -¿Cómo te las arreglarás? ¿No ves que eres demasiado pequeño para manejar las riendas? -No importa, padre. Sólo con que madre enganche, yo me instalaré en la oreja del caballo y lo conduciré adonde tú quieras. -Bueno-pensó el hombre-, no se perderá nada con probarlo. Cuando sonó la hora convenida, la madre enganchó el caballo y puso a Pulgarcito en su oreja; y así iba el pequeño dando órdenes al animal: ¡Arre! ¡Soo! ¡Tras!. Todo marchó a pedir de boca, como si el pequeño hubiese sido un carretero consumado, y el carro tomó el camino del bosque. Pero he aquí que cuando, al doblar la esquina, el rapazuelo gritó: ¡Arre, arre!, acertaban a pasar dos forasteros. -¡Toma!-exclamó uno-, ¿qué es esto? Ahí va un carro- el carretero le grita al caballo y, sin embargo, no se le ve por ninguna parte.¡Aquí hay algún misterio!-asintió el otro. -Sigamos el carro y veamos adónde va. Pero el carro entró en el bosque, dirigiéndose en línea recta al sitio en que el padre estaba cortando leña. Al verlo Pulgarcito, gritó: -¡Padre, aquí estoy, con el carro, bájame a tierra!. El hombre sujetó el caballo con la mano izquierda, mientras con la derecha sacaba de la oreja del rocín a su hijito, el cual se sentó sobre una brizna de hierba. Al ver los dos forasteros a Pulgarcito quedaron mudos de asombro, hasta que, al fin, llevando uno aparte al otro, le dijo: -Oye, esta menudencia podría hacer

Érase un pobre campesino que estaba una noche junto al hogar atizando el fuego, mientras su mujer hilaba, sentada a su lado. Dijo el hombre: -¡Qué triste es no tener hijos! ¡Qué silencio en esta casa, mientras en las otras todo es ruido y alegría!. -Sí-respondió la mujer, suspirando-. Aunque fuese uno solo, y aunque fuese pequeño como el pulgar, me daría por satisfecha. Lo querríamos más que nuestra vida. Sucedió que la mujer se sintió descompuesta, y al cabo de siete meses trajo al mundo un niño que, si bien perfectamente conformado en todos sus miembros, no era más largo que un dedo pulgar. Y dijeron los padres: -Es tal como lo habíamos deseado, y lo querremos con toda el alma. En consideración a su tamaño, le pusieron por nombre Pulgarcito. Lo alimentaban tan bien como podían, pero el niño no crecía, sino que seguía tan pequeño como al principio. De todos modos, su mirada era avispada y vivaracha, y pronto mostró ser listo como el que más, y muy capaz de salirse con la suya en cualquier cosa que emprendiera. Un día en que el leñador se disponía a ir al bosque a buscar leña, dijo para sí, hablando a media voz: ¡Si tuviese a alguien para llevarme el carro!¡Padre!- exclamó Pulgarcito -yo te llevaré el carro. -Puedes estar tranquilo; a la hora debida estará en el bosque. Se puso el hombre a reír, diciendo:

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Pulgarcito nuestra fortuna si lo exhibiésemos de ciudad en ciudad. Comprémoslo. Y, dirigiéndose al leñador, dijeron: -Vendenos este hombrecillo, lo pasará bien con nosotros. No-respondió el padre es la luz de mis ojos, y no lo daría por todo el oro del mundo. Pero Pulgarcito, que había oído la proposición, agarrándose a un pliegue de los calzones de su padre, se encaramó hasta su hombro y le murmuró al oído: -Padre, dejame que vaya; ya volveré. Entonces el leñador lo cedió a los hombres por una bonita pieza de oro. -¿Dónde quieres sentarte?-le preguntaron. -Ponme en el ala de vuestro sombrero; podré pasearme por ella y contemplar el paisaje: ya tendré cuidado de no caerme. Hicieron ellos lo que les pedía, y, una vez Pulgarcito se hubo despedido de su padre, los forasteros partieron con él y anduvieron hasta el anochecer. Entonces dijo el pequeño: -Dejame bajar, lo necesito. -¡Bah!, no te muevas- le replicó el hombre en cuyo sombrero viajaba el enanillo. No voy a enfadarme; también los pajaritos sueltan algo de vez en cuando. -No, no- protestó Pulgarcito-, yo soy un chico bien educado; bajame, ¡deprisa!. El hombre se quitó el sombrero y depositó al pequeñuelo en un campo que se extendía al borde del camino. Pegó él unos brincos entre unos terruños y, de pronto, escabullóse en una gazapera que había estado buscando. -¡Buenas noches, señores, pueden seguir sin mí!- les gritó desde su refugio, en tono de burla. Acudieron ellos al agujero y estuvieron hurgando en él con palos, pero en vano; Pulgarcito se metía cada vez más adentro; y

como la noche no tardó en cerrar, hubieron de reemprender su camino enfurruñados y con las bolsas vacías. Cuando Pulgarcito estuvo seguro de que se habían marchado, salió de su escondrijo. -Eso de andar por el campo a oscuras es peligroso-díjo-; al menor descuido te rompes la crisma. Por fortuna dio con una valva de caracol vacía: -¡Bendito sea Dios!-exclamó-. Aquí puedo pasar la noche seguro. Y se metió en ella. Al poco rato, a punto ya de dormirse, oyó que pasaban dos hombres y que uno de ellos decía. -¿Cómo nos las compondremos para hacernos con el dinero y la plata del cura? -Yo puedo decírtelo- gritó Pulgacito. -¿Qué es esto?-preguntó, asustado, uno de los ladronesHe oído hablar a alguien. Se pararon los dos a escuchar, y Pulgarcito prosiguió: -Llevenme con ustedes, yo los ayudaré. -¿Dónde estás? -Busca por el suelo, fijate de dónde viene la voz-respondió. Al fin lo descubrieron los ladrones y la levantaron en el aire: -¡Infeliz microbio! ¿Tú pretendes ayudarnos? -Mira- respondió él-. Me meteré entre los barrotes de la reja, en el cuarto del cura, y les pasaré todo lo que quieran llevar. -Está bien- dijeron los ladrones-, veremos cómo te portas. Al llegar a la casa del cura, Pulgarcito se deslizó en el interior del cuarto, y, ya dentro, gritó con todas sus fuerzas: -¿Quieren llevarse todo lo que hay aquí? Los rateros, asustados, dijeron: -¡Habla bajito, no vayas a despertar a alguien!.

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Pulgarcito Mas Pulgarcito, como si no les hubiese oído, repitió a grito pelado: -¿Qué quieren? ¿Van a llevarse todo lo que hay? Oyóle la cocinera, que dormía en una habitación contigua, e, incorporándose en la cama, se puso a escuchar. Los ladrones, asustados, habían echado a correr; pero al cabo de un trecho recobraron ánimos, y pensando que aquel diablillo sólo quería gastarles una broma, retrocedieron y le dijeron: -Vamos, no juegues y pásanos algo. Entonces Pulgarcito se puso a gritar por tercera vez con toda la fuerza de sus pulmones: -¡Se los daré todo enseguida; sólo tienen que alargar las manos!. La criada, que seguía al acecho, oyó con toda claridad sus palabras y, saltando de la cama, precipitóse a la puerta, ante lo cual los ladrones echaron a correr como alma que lleva el diablo. La criada, al no ver nada sospechoso, salió a encender una vela, y Pulgarcito se aprovechó de su momentánea ausencia para irse al pajar sin ser visto por nadie. La doméstica, después de explorar todos los rincones, volvió a la cama convencida de que había estado soñando despierta. Pulgarcito trepó por los tallitos de heno y acabó por encontrar un lugar a propósito para dormir. Deseaba descansar hasta que amaneciese, y encaminarse luego a la casa de sus padres. Pero aún le quedaban por pasar muchas otras aventuras. ¡Nunca se acaban las penas y tribulaciones en este bajo mundo! Al rayar el alba, la criada saltó de la cama para ir a alimentar al ganado. Entró primero en el pajar y tomó un brazado de hierba, precisamente aquella en que el pobre

Pulgarcito estaba durmiendo. Y es el caso que su sueño era tan profundo, que no se dio cuenta de nada ni se despertó hasta hallarse ya en la boca de la vaca, que lo había arrebatado junto con la hierba. -¡Válgame Dios!-exclamó-. ¿Cómo habré ido a parar a este molino? Pero pronto comprendió dónde se había metido. Era cosa de prestar atención para no meterse entre los dientes y quedar reducido a papilla. Luego hubo de deslizarse con la hierba hasta el estómago. -En este cuartito se han olvidado de las ventanas- dijo. -Aquí el sol no entra, ni encienden una lucecita siquiera. El aposento no le gustaba, y lo peor era que, como cada vez entraba más heno por la puerta, el espacio se reducía continuamente. Al fin, asustado de veras, se puso a gritar con todas sus fuerzas: -¡Basta de forraje, basta de forraje!. La criada, que estaba ordeñando la vaca, al oír hablar sin ver a nadie y observando que era la misma voz de la noche pasada, se espantó tanto que cayó de su taburete y vertió toda la leche. Corrió hacia el señor cura y le dijo, alborotada: -¡Santo Dios, señor párroco, la vaca ha hablado! -¿Estás loca?- respondió el cura; pero, con todo, bajó al establo a ver qué ocurría. Apenas puesto el pie en él, Pulgarcito volvió a gritar: -¡Basta de forraje, basta de forraje!. Se pasmó el cura a su vez, pensando que algún mal espíritu se había introducido en la vaca, y dio orden de que la mataran. Así lo hicieron; pero el estómago, en el que se hallaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estercolero.

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Pulgarcito Allí trató el pequeñín de abrirse paso hacia el exterior, y, aunque le costó mucho, por fin pudo llegar a la entrada. Ya iba a asomar la cabeza cuando le sobrevino una nueva desgracia, en forma de un lobo hambriento que se tragó el estómago de un bocado. Pulgarcito no se desanimó. -Tal vez pueda entenderme con el lobo, pensó, y, desde su panza, le dijo: -Amigo lobo, sé de un lugar donde podrás comer a gusto. -¿Dónde está?- preguntó el lobo. -En tal y tal casa. Tendrás que entrar por la alcantarilla y encontrarás bollos, tocino y embutidos para darte un hartazgo. Y le dio las señas de la casa de sus padres. El lobo no se lo hizo repetir; se escurrió por la alcantarilla, y, entrando en la despensa, se hinchó hasta el hartarse. Ya harto, quiso marcharse; pero se había llenado de tal modo, que no podía El lobo no se lo hizo repetir; se escurrió por la alcantarilla, y, entrando en la despensa, se hinchó hasta el hartarse. Ya harto, quiso marcharse; pero se había llenado de tal modo, que no podía salir por el mismo camino. Con esto había contado Pulgarcito, el cual, dentro del vientre del lobo, se puso a gritar y alborotar con todo el vigor de sus pulmones. -¡Cállate!- le decía el lobo-. Vas a despertar a la gente de la casa. -¡Y qué!- replicó el pequeñuelo-. Tú bien te has llenado, ahora me toca a mí divertirme- y reanudó el griterío. Despertaron, por fin, su padre y su madre y corrieron a la despensa, mirando al interior por una rendija. Al ver que dentro había un lobo, volvieron a buscar, el hombre, un hacha, y la mujer, una hoz. -Quédate tú detrás- dijo el hombre al entrar

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en el cuarto-. Yo le pegaré un hachazo, y si no lo mato, entonces le abres tú la barriga con la hoz. Oyó Pulgarcito la voz de su padre y gritó: -Padre mío, estoy aquí, en la panza del encaminarse luego a la casa de sus padres. Pero aún le quedaban por pasar muchas otras aventuras. ¡Nunca se acaban las penas y tribulaciones en este bajo mundo! Al rayar el alba, la criada saltó de la cama para ir a alimentar al ganado. Entró primero en el pajar y tomó un brazado de hierba, precisamente aquella en que el pobre Pulgarcito estaba durmiendo. Y es el caso que su sueño era tan profundo, que no se dio cuenta de nada ni se despertó hasta hallarse ya en la boca de la vaca, que lo había arrebatado junto con la hierba. ¡Válgame Dios!- exclamó-. ¿Cómo habré ido a parar a este molino? Pero pronto comprendió dónde se había metido. Era cosa de prestar atención para no meterse entre los dientes y quedar reducido a papilla. Luego hubo de deslizarse con la hierba hasta el estómago. En este cuartito se han olvidado de las ventanasdijo-. Aquí el sol no entra, ni encienden una lucecita siquiera. El aposento no le gustaba, y lo peor era que, como cada vez entraba más heno por la puerta, el espacio se reducía continuamente. Al fin, asustado de veras, se puso a gritar con todas sus fuerzas: -¡Basta de forraje, basta de forraje! La criada, que estaba ordeñando la vaca, al oír hablar sin ver a nadie y observando que era la misma voz de la noche pasada, se espantó tanto que cayó de su taburete y vertió toda la leche. Corrió hacia el señor cura y le dijo, alborotada: - ¡Santo Dios, señor párroco, la vaca ha hablado!- ¿Estás loca?- respondió el cura; pero, con todo, bajó al establo a ver qué


Pulgarcito ocurría. Apenas puesto el pie en él, Pulgarcito volvió a gritar: - ¡Basta de forraje, basta de forraje! Se pasmó el cura a su vez, pensando que algún mal espíritu se había introducido en la vaca, y dio orden de que la mataran. Así lo hicieron; pero el estómago, en el que se hallaba encerrado Pulgarcito, fue arrojado al estercolero. Allí trató el pequeñín de abrirse paso hacia el exterior, y, aunque le costó mucho, por fin pudo llegar a la entrada. Ya iba a asomar la cabeza cuando le sobrevino una nueva desgracia, en forma de un lobo hambriento que se tragó el estómago de un bocado. Pulgarcito no se desanimó. Tal vez pueda entenderme con el lobo, pensó, y, desde su panza, le dijo: - Amigo lobo, sé de un lugar donde podrás comer a gusto. ¿Dónde está?- preguntó el lobo. En tal y tal casa. Tendrás que entrar por la alcantarilla y encontrarás bollos, tocino y embutidos para darte un hartazgo-. Y le dio las señas de la casa de sus padres. lobo. Y exclamó entonces el hombre, gozoso: -¡Alabado sea Dios, ha aparecido nuestro hijo! y mandó a su mujer que dejase la hoz, para no herir a Pulgarcito. Levantando el brazo, asestó un golpe tal en la cabeza de la fiera, que ésta se desplomó, muerta en el acto. Subieron entonces a buscar cuchillo y tijeras, y, abriendo la barriga del animal, sacaron de ella a su hijito. -¡Ay!- exclamó el padre, -¡cuánta angustia nos has hecho pasar! -Sí, padre, he corrido mucho mundo; a Dios gracias vuelvo a respirar el aire puro. -¿Y dónde estuviste? -¡Ay, padre! Estuve en una gazapera, en el estómago de una vaca y en la panza de un

lobo. Pero desde hoy me quedaré con ustedes. -Y no volveremos a venderte por todos los tesoros del mundo- dijeron los padres, acariciando y besando a su querido Pulgarcito. Le dieron de comer y de beber y le encargaron vestidos nuevos, pues los que llevaba se habían estropeado durante sus correrías.

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Cuentos de los hermanos Grimm Relatos adaptados


Blancanieves

Relato adaptado

En un lugar muy lejano vivía una hermosa princesa que se llamaba Blancanieves. Vivía en un castillo con su madrastra, una mujer muy mala y vanidosa, que lo único que quería era ser la mujer más hermosa del reino. Todos los días preguntaba a su espejo mágico quién era la más bella del reino, al que el espejo contestaba: -Tú eres la más hermosa de todas las mujeres, reina mía. El tiempo fue pasando hasta que un día el espejo mágico contestó que la más bella del reino era Blancanieves. La reina, llena de furia y de rabia, ordenó a un cazador que llevase a Blancanieves al bosque y que la matara. Y como prueba traería su corazón en un cofre. El cazador llevó a Blancanieves al bosque pero cuando allí llegaron él sintió lástima de la joven y le aconsejó que se marchara para muy lejos del castillo, llevando en el cofre el corazón de un jabalí. Blancanieves, al verse sola, sintió mucho miedo porque tuvo que pasar la noche andando por la oscuridad del bosque. Al amanecer, descubrió una preciosa casita. Entró sin pensarlo dos veces. Los muebles y objetos de la casita eran pequeñísimos. Había siete platitos en la mesa, siete vasitos, y siete camitas en la alcoba, dónde Blancanieves, después de juntarlas, se acostó quedando profundamente dormida durante todo el día. Al atardecer, llegaron los dueños de la casa. Eran siete enanitos que trabajaban en unas minas. Se quedaron admirados al descubrir

a Blancanieves. Ella les contó toda su triste historia y los enanitos la abrazaron y suplicaron a la niña que se quedase con ellos. Blancanieves aceptó y se quedó a vivir con ellos. Eran felices. Mientras tanto, en el castillo, la reina se puso otra vez muy furiosa al descubrir, a través de su espejo mágico, que Blancanieves todavía vivía y que aún era la más bella del reino. Furiosa y vengativa, la cruel madrastra se disfrazó de una inocente viejecita y partió hacia la casita del bosque. Allí, cuando Blancanieves estaba sola, la malvada se acercó y haciéndose pasar por buena ofreció a la niña una manzana envenenada. Cuando Blancanieves dio el primer bocado, cayó desmayada, para felicidad de la reina mala. Por la tarde, cuando los enanitos volvieron del trabajo, encontraron a Blancanieves tendida en el suelo, pálida y quieta, y creyeron que estaba muerta. Tristes, los enanitos construyeron una urna de cristal para que todos los animalitos del bosque pudiesen despedirse de Blancanieves. Unos días después, apareció por allí un príncipe a lomos de un caballo. Y nada más contemplar a Blancanieves, quedó prendado de ella. Al despedirse besándola en la mejilla, Blancanieves volvió a la vida, pues el beso de amor que le había dado el príncipe rompió el hechizo de la malvada reina. Blancanieves se casó con el príncipe y expulsaron a la cruel reina del palacio, y desde entonces todos pudieron vivir felices.

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El hueso cantor

Relato adaptado

En cierto país lejano había una vez gran lamentación por un jabalí que arrasaba los campos de los agricultores, mataba el ganado y destrozaba los cuerpos de las personas con sus colmillos. El Rey prometió una gran recompensa a cualquiera que quisiera liberar su tierra de esta plaga, pero la bestia era tan grande y fuerte que nadie se atrevía a acercarse al bosque en el cual él  vivía. Por fin, el rey dio aviso de que todo aquel que capturara o matara al jabalí tendría a su única hija por esposa. Vivían en ese entonces en el país dos hermanos,  hijos de un pobre hombre, que se declararon dispuestos a acometer la peligrosa empresa. El mayor era astuto, sagaz, y orgulloso. El más joven era sencillo e ingenuo, de gran corazón. El rey dijo: -A fin de que ustedes puedan tener más seguridad de encontrar a la bestia, entrarán al bosque por lados opuestos. Así entró el mayor por el lado oeste, y el más joven por el este. En cuanto el más joven había avanzado un poco, un pequeño hombre se acercó a él. Tenía en la mano una lanza negra y le dijo:  -Te doy esta lanza, porque tu corazón es puro y bueno; con esto podrás atacar con valentía al jabalí, y no te hará ningún daño. Dio las gracias al pequeño hombre, cargó con la lanza, y continuó sin miedo. En poco tiempo vio a la bestia, que se abalanzó sobre él, pero él apuntó la lanza hacia el jabalí, y éste, en su furia ciega corrió con tanta

rapidez en su contra que su corazón quedó partido en dos por la lanza. Luego el joven montó al monstruo en la espalda e inició su regreso donde el rey. Al salir al otro lado del bosque, encontró a la entrada una casa donde la gente estaba haciendo fiesta con vino y baile. Su hermano mayor, que se había quedado allí pensando que después de todo, el jabalí no se alejaría, iba a beber hasta sentirse exhausto. Pero cuando vio a su hermano menor que salía del bosque con su carga, su envidioso y mal corazón no le dio paz. Él le gritó: -¡Ven, querido hermano, descansa y refréscate con una copa de vino! El joven, quien no sospechaba nada malo, fue y le contó acerca del pequeño hombre que le había dado la lanza con la que había dado muerte al jabalí. El hermano mayor lo mantuvo allí hasta la noche, y después se marcharon juntos. Cuando en la oscuridad, llegaron a un puente sobre un arroyo, el hermano mayor dejó que el otro fuera de primero, y cuando estaban a mitad del puente le dio un fuerte golpe por detrás dejándolo muerto. Lo enterró bajo el puente, tomó al jabalí, y lo llevó al rey, fingiendo que él lo había matado, con lo cual obtuvo a la hija del rey en el matrimonio. Y como su hermano menor no regresaba, dijo, -El jabalí debe haberlo matado-, y todo el mundo lo creyó. Pero como nada permanece oculto ante Dios, este malvado hecho también iba a venir a la luz.

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El hueso cantor Años después, un pastor que conducía su rebaño a través del puente, vio abajo sobre la arena, un pequeño hueso blanco como la nieve. Pensó que sería una buena boquilla, por lo que bajó, lo recogió, e hizo con él una boquilla para su cuerno. Pero sucedió que cuando sopló a través de él por primera vez, para gran sorpresa suya, el hueso inició por su cuenta a cantar: "¡Ah, amigo, tú soplaste sobre mi hueso! Por largo tiempo he permanecido junto al agua; Mi hermano me mató por el jabalí, Y tomó por esposa a la joven hija del rey." -¡Que cuerno tan maravilloso-, dijo el pastor, -que canta por sí mismo, tengo que llevarlo a mi señor el rey! Y cuando llegó con él al rey, el cuerno de nuevo comenzó a cantar su canción. El rey lo entendió todo, y mandó a mover la tierra bajo el puente para ser investigado todo, y entonces el esqueleto del hombre asesinado salió a la luz. El perverso hermano no podía negar el hecho, y fue encarcelado varios años, y luego expulsado del reino sin más haber que lo que tenía puesto encima. Su matrimonio fue anulado y la hija del rey casó de nuevo con un magnífico príncipe vecino. Y los huesos del hombre asesinado fueron sepultados en una tumba hermosa en el cementerio.

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El lobo y las siete cabritas

Relato adaptado

En una bonita casita del bosque vivían 7 cabritas y su mamá. Un día la mamá cabra tuvo que irse de compras al pueblo y dijo a sus hijitas: -Hijas míos, me voy a comprar al pueblo y cuando yo vuelva daremos un paseo por el campo. Os traeré exquisita comidita. Y todos las cabritas, felices, dijeron: -Vale, mamá!. Antes de salir de casa, la mamá cabra les dijo: -Mientras yo no llegue, no abran la puerta a nadie, vale hijitos?. Y las cabritas, obedientes, dijeron: -Vale, mamá! Fuera de casa, detrás de un árbol se escondía un temible lobo que observaba cómo la madre cabra salía con su bolso de casa, dejando a sus hijitas solitas dentro de la casa. Minutos después de que la madre cabra saliera de casa, el lobo se acercó a la puerta y dando algunos golpes, TOC TOC TOC a la puerta de la casa de las cabritas dijo: -Soy vuestra mamá y os traigo buena comidita. ¿podéis abrirme la puerta? Reconociendo la voz del lobo, las cabritas gritaron: -No... tu no eres nuestra madre. Eres el lobo! Decepcionado, el lobo se fue y se acercó a una granja que había allí cerca, y se comió docenas y docenas de huevos para aclarar y suavizar su voz. Y volvió a la casa de las cabritas: TOC TOC TOC... Y con voz suave dijo: -Niños, soy vuestra mamá, ¿podéis abrirme la puerta?. No convencidas de que era su madre, las cabritas le dijeron:

-Si eres nuestra madre, entonces enséñanos vuestra pata. El lobo no dudó en enseñarles su pata negra y peluda por debajo de la puerta. Y las cabritas dijeron: -Nooo... tu no eres nuestra madre. Eres el lobo! Contrariado, el lobo se dirigió a la casa de un molinero y le pidió un saco de harina. Metió una patita en la harina para que se la blanqueara y se fue otra vez a la casa de las cabritas: TOC TOC TOC... Y les dijo: -Niñas, soy vuestra mamá y os traigo comidita muy exquisita del pueblo. -¡Abrid la puerta! Las cabritas volvieron a decirle: -Si eres nuestra madre, entonces enséñanos tu pata. El lobo enseñó su pata bien rebozada en harina por debajo de la puerta y las cabritas dijeron: -¡Esta vez sí que eres mamá! -Y abrieron la puerta. El lobo entró rápidamente en la casa y empezó a correr para alcanzarlas. Las cabritas salieron corriendo y se escondieron cada uno en un sitio distinto. En este momento, pasaba por allí un cazador que, oyendo todo el ruido de voces, entró en la casa y estaba a punto de matar el lobo cuando el animal salió corriendo asustado y con miedo, rogando al cazador que no le matara y jurando que jamás volvería por aquellos lados. Al cabo de un rato llegó la mamá cabra y se encontró la puerta abierta y la casa vacía. -Ay, ¡mis hijitas! Seguro que a todos se los ha llevado el lobo.

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El lobo y las siete cabritas Fue entonces cuando todas las cabritas, una a una, fueron saliendo de su escondrijo, para la alegría de la mamá cabra. El cazador le explicó todo lo que había ocurrido. Y entonces, como agradecimiento al cazador, la mamá cabra y sus cabritas prepararon una gran fiesta donde pudieron comer la rica comidita que había comprado la mamá cabra en el mercado del pueblo.

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Relato adaptado

El rey rana

Hubo una vez un lejano país en el que reinaba un soberano que tenía tres hijas a cuál más bella. Vivían en un espléndido castillo rodeado de jardines repletos de flores, frondosos árboles, fuentes cantarinas y un pozo con agua cristalina. Eran tiempos de paz, todos eran felices y vivían sin más preocupación que buscar entretenimientos para pasar el tiempo. Cierto día, la mayor de las hijas del rey fue a calmar su sed al pozo, mas cuál no sería su sorpresa cuando al acercar el vaso a la boca comprobó que el agua estaba turbia. Nadando en el interior del pozo, se encontraba una rana: -Bella princesa, cásate conmigo y haré que se aclare el agua- dijo el animal. -¡Qué descaro!dijo la princesa volviendo al castillo -¿Cómo puedes pensar que desposaré a una rana?. La hermana mediana también estaba sedienta, pues se trataba de un día muy caluroso, y se acercó al pozo. Al asomarse para llenar el vaso y refrescarse, vio que había una rana enturbiando el agua. -Preciosa niña, si te casas conmigo, limpiaré el agua para que puedas beberla. -¡Estás loca! - replicó la muchacha, mientras se alejaba - ¡Nunca me casaría con un bicho tan feo! La princesa más pequeña también sintió sed, y fue al pozo para beber. Cuando se disponía a hacerlo, observó el vaso al trasluz y vio el líquido tan turbio que era imposible beberlo. Al asomarse, vio a la rana, que al nadar enturbiaba el agua. -Linda joven, si consientes en ser mi esposa,

haré que el agua quede clara. -De acuerdoasintió la joven. Sin embargo, en su fuero interno, pensaba que realmente no importaba demasiado la palabra dada a una rana, puesto que la boda entre un animal y un humano sería de todo punto imposible. La rana dio un salto y después otro, y el agua quedó clara y cristalina. La joven princesa bebió, llenó el vaso con más agua para sus hermanas y olvidó el incidente. A la hora de la cena, alguien llamó a la puerta del castillo: -¡Princesita, princesita! Recuerda tus palabras junto a la fuente, déjame entrar para estar contigo- croó la rana desde fuera. La muchacha no podía creerlo, pero como hubiera dado su palabra, no quiso romperla aunque se tratara de un animal quien la recibiera, así que aceptó compartir con ella la mesa. Cuando llegó el momento de retirarse a los dormitorios, la rana exigió: -Llévame contigo, déjame dormir en tu almohada, como prometiste. Así lo hizo, aunque a regañadientes, y cuando amaneció, la rana desapareció en el jardín y la princesa no la vio durante el día, así que pensó que podía olvidar al verde bichejo. Al atardecer del segundo día, se repitió la escena: la rana llamaba a la más joven de las hijas del rey pidiéndole que la dejase entrar en su dormitorio. Y de nuevo durmió en la almohada, desapareciendo en el jardín al clarear el día. Y lo mismo ocurrió la tercera noche: la rana llamó a la princesita hasta que

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El rey rana ésta le dejó dormir junto a ella, en la almohada. Pero cuando la rana estuvo instalada en la cama, al lado de la princesita, le dijo: -Princesa, como esposos hemos compartido el lecho, pero aún no me has dado siquiera un beso. Dame un beso- exigió. La joven, apurada, reunió todo el valor que tenía para soportar las náuseas que le producía el hecho de besar al animal, y acercó los labios al batracio. Una brillante luz iluminó la habitación, y al apagarse... ¡Oh, sorpresa! No era la rana quien ocupaba la alcoba junto a ella, sino un elegante y apuesto príncipe que le explicó: -Linda niña, se ha roto el embrujo que me condenaba a permanecer bajo la forma de una viscosa rana. Tu amabilidad y nobleza al mantener tu promesa a pesar de la repugnancia que sentías han sido capaces de anular el encantamiento. La princesa no podía ocultar su alegría cuando fueron a anunciar el compromiso a su padre, el rey, que les bendijo antes de celebrar la boda. Tres días y tres noches duró la celebración que fue el comienzo de un largo reinado lleno prosperidad y felicidad para todos, y en especial para la princesita que vio así recompensado con creces su sacrificio.

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El sastrecillo valiente

Relato adaptado

Había una vez un joven sastrecillo que vivía del trabajo que le daba la gente del pueblo. Una mañana, al disponerse a desayunar la mermelada que él mismo hacia, encontró en ella a un grupo de moscas que estaban dándose un buen festín. Muy enfadado, el sastrecillo cogió un trapo y de un solo golpe mató a siete. Para recordar su valentía se hizo un cinturón en el que se leía: "yo maté a siete", y se echó a la calle para que todo el mundo conociera su hazaña. El primero que lo leyó fue un gigante que, impresionado por su valentía, le invitó a dormir en la guarida de los gigantes, pero allí uno de ellos intentó matarlo por envidia. Nuestro héroe huyó y consiguió llegar hasta un castillo, donde el rey informado de su valor, lo mandó llamar. Le pidió que matara a dos ogros que vivían en sus bosques, y a cambio le concedería la mano de su hija. -Si he podido con siete, podré con dos, majestad -aseguró el sastrecillo, y sin pensarlo más, se puso en camino. El valiente sastrecillo se subió a un árbol cercano a la guarida de los ogros y se dedicó a tirarles piedras. Los ogros, que dormían en ese momento, se echaron la culpa mutuamente y acabaron a palos. Pero el rey le pidió un par de servicios más: debería atrapar al unicornio que vivía en el bosque. Para ello, el sastrecillo engañó al animal haciéndole embestir contra un árbol. Así, su cuerno quedó clavado en la madera y nuestro amigo consiguió atraparlo.

La última hazaña consistía en atrapar a un fiero jabalí. El valiente sastrecillo consiguió que el jabalí entrara en una capilla y allí pudo capturarlo. Ante la probada valentía del sastrecillo, el rey ya no tuvo más remedio que cumplir su promesa. La boda con su hija se celebró de inmediato y el joven sastrecillo fue el rey más valiente de la historia.

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Hansel y Gretel

Relato adaptado

En un lugar muy lejano vivió un leñador con su esposa y sus dos hijos que se llamaban Hansel y Gretel. Se trataba de una familia muy pobre  que apenas ganaba dinero para comer. Llegó un día en el que no tenían nada, ni tan siquiera para comprar algo de comida ni harina para hacer pan. El matrimonio se empezó a preocupar porque pensaba que sus hijos iban a morir de hambre. La madre pensó que sólo existía un remedio que era dejarlos en el bosque cerca del palacio del rey para que alguna persona los recogiera y cuidara. Hansel y Gretel no podían dormir escuchando toda la conversación. La niña empezó a llorar, pero su hermano le dijo que encontraría una forma de volver a casa, ya que preferían vivir pasando hambre con sus padres que vivir con desconocidos. Al día siguiente la madre los despertó para ir a buscar fruta y huevos, y Hansel se echó al zurrón un trozo de pan duro. Por el camino fue soltando migas de pan. Al llegar cerca del palacio los padres dijeron a los pequeños que descansaran y que ellos iban a buscar algo para comer. Los niños se quedaron durmiendo, pero al despertar fueron a buscar el camino de migas de pan para regresar a su casa. Por más que buscaban no lo encontraban, ya que los pájaros se lo habían comido. Estuvieron andando mucho tiempo hasta que encontraron una casa hecha de galletas y caramelos. Era tal el hambre que tenían que se acercaron a ella, pero de repente apareció una anciana que los invitó a pasar y les ofreció comida. Seguidamente les preparó la cama para que durmiesen.

En realidad la viejecita era una bruja que lo que quería era hacerlos trabajar. La niña tenía que cocinar y hacer la limpieza, pero a Hansel lo querían para comérselo, por lo que lo metió en una jaula y comenzó a darle de comer. El chico fue comiendo y engordando, pero como la bruja estaba casi ciega, cuando le pedía que sacarse un dedo para ver si había engordado, Hansel sacaba un hueso de pollo. Tanto tiempo había pasado que la bruja al final se aburrió y decidió comérselo. Pidió a Gretel que encendiese el horno para cocinar al niño, pero la pequeña le dijo que ella no sabía hacer un fuego. Fue entonces cuando la bruja se acercó al horno y la niña aprovechó para empujarle a su interior, con lo que ambos niños pudieron quedar libres. Antes de volver a su casa encontraron un montón de oro y piedras preciosas que recogieron para poder dar a sus padres. En su regreso de repente encontraron a su padre cortando leña y le mostraron todo lo que habían conseguido, por lo que volvieron a casa y vivieron felices todos juntos.

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La Bella Durmiente

Relato adaptado

Hace muchos años, en un reino lejano, una reina dio a luz una hermosa niña. Para la fiesta del bautizo, los reyes invitaron a todas las hadas del reino pero, desgraciadamente, se olvidaron de invitar a la más malvada. Aunque no haya sido invitada, la hada maligna se presentó al castillo y, al pasar delante de la cuna de la pequeña, le puso un maleficio diciendo: -Al cumplir los dieciséis años te pincharás con un huso y morirás. Al oír eso, un hada buena que estaba cerca, pronunció un encantamiento a fin de mitigar la terrible condena: -Al pincharse en vez de morir, la muchacha permanecerá dormida durante cien años y sólo el beso de un buen príncipe la despertará. Pasaron los años y la princesita se convirtió en una muchacha muy hermosa. El rey había ordenado que fuesen destruidos todos los husos del castillo con el fin de evitar que la princesa pudiera pincharse. Pero eso de nada sirvió. Al cumplir los dieciséis años, la princesa acudió a un lugar desconocido del castillo y allí se encontró con una vieja sorda que estaba hilando. La princesa le pidió que le dejara probar. Y ocurrió lo que el hada mala había previsto: la princesa se pinchó con el huso y cayó fulminada al suelo. Después de variadas tentativas nadie consiguió vencer el maleficio y la princesa fue tendida en una cama llena de flores. Pero el hada buena no se daba por vencida. Tuvo una brillante idea. Si la princesa iba a dormir durante cien años, todos del reino

dormirían con ella. Así, cuando la princesa despertarse tendría todos a su alrededor. Y así lo hizo. La varita dorada del hada se alzó y trazó en el aire una espiral mágica. Al instante todos los habitantes del castillo se durmieron. En el castillo todo había enmudecido. Nada se movía, ni el fuego ni el aire. Todos dormidos. Alrededor del castillo, empezó a crecer un extraño y frondoso bosque que fue ocultando totalmente el castillo en el transcurso del tiempo. Pero al término del siglo, un príncipe, que estaba de caza por allí, llegó hasta sus alrededores. El animal herido, para salvarse de su perseguidor, no halló mejor escondite que la espesura de los zarzales que rodeaban el castillo. El príncipe descendió de su caballo y, con su espada, intentó abrirse camino. Avanzaba lentamente porque la maraña era muy densa. Descorazonado, estaba a punto de retroceder cuando, al apartar una rama, vio algo... Siguió avanzando hasta llegar al castillo. El puente levadizo estaba bajado. Llevando al caballo sujeto por las riendas, entró, y cuando vio a todos los habitantes tendidos en las escaleras, en los pasillos, en el patio, pensó con horror que estaban muertos. Luego se tranquilizó al comprobar que sólo estaban dormidos. -¡Despertad! ¡Despertad!-, chilló una y otra vez, pero fue en vano. Cada vez más extrañado, se adentró en el castillo hasta llegar a la habitación donde dormía la princesa.

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La Bella Durmiente Durante mucho rato contempló aquel rostro sereno, lleno de paz y belleza; sintió nacer en su corazón el amor que siempre había esperado en vano. Emocionado, se acercó a ella, tomó la mano de la muchacha y delicadamente la besó... Con aquel beso, de pronto la muchacha se despertó y abrió los ojos, despertando del larguísimo sueño. Al ver frente a sí al príncipe, murmuró: -¡Por fin habéis llegado! En mis sueños acariciaba este momento tanto tiempo esperado-. El encantamiento se había roto. La princesa se levantó y tendió su mano al príncipe. En aquel momento todo el castillo despertó. Todos se levantaron, mirándose sorprendidos y diciéndose qué era lo que había sucedido. Al darse cuenta, corrieron locos de alegría junto a la princesa, más hermosa y feliz que nunca. Al cabo de unos días, el castillo, hasta entonces inmerso en el silencio, se llenó de música y de alegres risas con motivo de la boda.

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La Cenicienta

Relato adaptado

Había una vez una bella joven que, después de quedarse huérfana de padre y madre, tuvo que vivir con su madrastra y las dos hijas que tenía ésta. Las tres mujeres eran tan malas y tan  egoístas  que se quedaban cada día mas feas. La bella joven era explotada por ellas. Era ella quien hacía todo el trabajo más duro de la casa. Además de cocinar, fregar, etc, ella también tenía que cortar leña y encender la chimenea. Así sus vestidos estaban siempre manchados de ceniza, por lo que todos la llamaban Cenicienta. Un día se oía por todas partes de la ciudad que el príncipe de aquel país había regresado. El rey, muy contento, iba a dar una gran fiesta a la que iba a invitar a todas las jóvenes del reino, con la esperanza de que el príncipe encontrara en una de ellas, la esposa que deseaba. En la casa de Cenicienta, sus hermanastras empezaban a prepararse para la gran fiesta. Y decían a Cenicienta: -Tú, no irás. Te quedarás limpiando la casa y preparando la cena para cuando volvamos. El día del baile había llegado. Cenicienta vio partir a sus hermanastras al Palacio Real y se puso a llorar porque se sentía muy triste y sola. Pero, de pronto, se le apareció un Hada que le dijo: -Querida niña, sécate tus lágrimas porque tú también irás al baile. Y le dijo Cenicienta: -Pero, ¿cómo?, si no tengo vestido ni zapatos, ni carruaje para llevarme? Y el hada, con su varita mágica, transformó una

calabaza en carruaje, unos ratoncillos en preciosos caballos, y a Cenicienta en una maravillosa joven que mas se parecía a una princesa. Y le avisó: - Tú irás al baile, pero con una condición: cuando el reloj del Palacio dé las doce campanadas, tendrás que volver enseguida porque el hechizo se acabará. Hermosa y feliz, Cenicienta llegó al Palacio. Y cuando entró al salón de baile, todos se pararon para mirarla. El príncipe se quedó enamorado de su belleza y bailó con ella toda la noche. Pero, al cabo de algunas horas, el reloj del Palacio empezó a sonar y Cenicienta se despidió del príncipe, cruzó el salón, bajó la escalinata y entró en el carruaje en dirección a su casa. Con las prisas, ella perdió uno de sus zapatos de cristal que el príncipe recogió sin entender nada. Al día siguiente, el príncipe ordenó a los guardias que encontraran a la señorita que pudiera calzar el zapato. Los guardias recorrieron todo el reino. Todas las doncellas se probaron el zapato pero a nadie le sirvió. Al fin llegaron a la casa de Cenicienta. Y cuando ésta se lo puso todos vieron que le estaba perfecto. Y fue así cómo Cenicienta volvió a encontrarse con el príncipe, se casaron, y vivieron muy felices.

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Los dos hermanos

Relato adaptado

Érase una vez un padre que tenía dos hijos. El uno era hermoso y fuerte, el otro pequeño y contrahecho; por ello el grande despreciaba al pequeño. Esto no le gustaba nada al menor y decidió emigrar lejos e ir por el mundo. Cuando hubo caminado un trecho, se cruzó con un carretero, y al preguntarle dónde iba con su carro, le contestó que tenía que llevar a los enanos sus tesoros a una montaña de cristal. El pequeño le preguntó cuál era la recompensa. La contestación fue que en pago recibíria algunos diamantes, lo que dejo totalmente encantado al pequeño, y preguntó si creía que los enanos lo aceptarian. El carretero dijo que no lo sabía, pero llevó al pequeño consigo. Por fin llegaron al monte de cristal, y el guardián de los enanos recompensó ricamente al carretero por su molestia y se despidió del pequeño que decidió quedarse. Alli los enanitos lo aceptaron de buena gana y llevaron desde entonces una vida espléndida. Mientra que el otro hermano durante mucho tiempo, lo pasó muy bien en casa. Pero cuando se hizo mayor, tuvo que ser soldado e irse a la guerra. Fue herido en el brazo derecho y tuvo que pedir limosna. Así llegó el pobre también una vez a la montaña de cristal y vio allí a un hombre contrahecho, pero no sospechaba que fuera su hermano. Mas éste le reconoció en seguida y le preguntó qué era lo que deseaba. -¡Oh!, señor, estaré agradecido si me dais una corteza de pan, que tengo mucha hambre. -Ven conmigo -dijo el pequeño. Y entró en la cueva cuyas paredes refulgían de diamantes puros.

-Puedes tomar un puñado de ellos si eres capaz de desprender las piedras sin ayuda -dijo el contrahecho. El mendigo intentó con su mano sana desprender algo de la roca de diamantes, pero naturalmente no le fue posible. Entonces dijo el pequeño: Tal vez tengas un hermano, te permito que él te ayude. El mendigo rompió en llanto y dijo: -Ciertamente, tenía un hermano, pequeño y contrahecho como usted, y tan bueno y amable, él seguramente me habría ayudado, pero yo le eché inhumanamente de mi lado, y hace ya mucho tiempo que no sé nada de él. Entonces dijo el pequeño: -Pues yo soy tu pequeño. No sufrirás más privaciones, quédate conmigo.

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Relato adaptado

Pulgarcito

Érase una vez una familia de leñadores, el padre, la madre y sus siete hijos. De estos niños el más pequeño era más o menos del tamaño de un dedo pulgar, y por eso le llamaban Pulgarcito. Pero aunque era tan pequeñín de tamaño, era enormemente listo y valiente. Los leñadores vivían cerca de un bosque, pero a fuerza de ir cortando árboles y árboles, cada vez había menos leña, por lo que un día le dijo el leñador a su mujer... -Mira mujercita mía, apenas queda ya leña, y hay tan poco trabajo que no gano suficiente dinero para alimentar a nuestros hijos. He pensado que como todos son buenos y trabajadores podría decirles mañana que les llevo al bosque para que me ayuden, y luego irme sin que me vean. Y de esta forma, al no saber ellos volver a casa, aprenderán a ganarse la vida por su cuenta. Porque aunque me da una pena terrible separarme de ellos, no quiero que por seguir viviendo conmigo se me mueran de hambre. -A mí también me apena mucho separarme de ellos, pero tampoco quiero que pasen hambre, haz como dices. Lo que ellos no sabían, era que Pulgarcito estaba escuchando esta conversación, y que como era tan listo ideó enseguida un plan para el día siguiente. Cuando por la mañana salieron al bosque, él fue tirando piedrecitas blancas, porque pensó que luego las podría seguir, y sabrían por dónde regresar a casa. Cuando se le terminaron las piedras empezó a tirar miguitas de pan. Pasaron el día trabajando

en el bosque, y de repente, uno de los niños se dio cuenta de que su padre no estaba, y empezó a llorar. Pulgarcito dijo: -No lloréis ni os preocupéis, yo he tirado piedrecitas blancas y miguitas de pan por el sendero que hemos seguido, y así sabremos volver a casa. Pero cuando se pusieron a buscar las miguitas de pan para seguirlas, vieron que no había ni una. ¿Sabéis lo que había ocurrido? Pues que los pajaritos se las habían comido todas. -¡Pues si que me he lucido! Yo que creía que era un plan tan bueno. Bueno es igual, caminaremos hasta encontrar un sitio para dormir. -Pulgarcito, tengo frío. -Y yo estoy cansado. -¡Uy, qué lloricas! Pues yo soy más pequeño que vosotros y aguanto como un jabato. ¡Vamos, vamos, haced un esfuerzo! Anduvieron los siete niños durante un buen rato, y cuando se hizo de noche, uno de ellos gritó de repente: -¡Mirad! ¿No veis una luz allá entre los árboles? -Sí, sí, hay una lucecita, seguro que es una casa... ¡vamos! Llegaron enseguida frente a una casa enorme, llamaron a la puerta y salió a abrirles una viejecita que les dijo: -Pasad, pasad, ya veo que os habéis perdido. No habéis elegido un buen sitio para dormir. Aquí vive el ogro de las botas mágicas que se traga crudos a los niños. Entrad y escondeos, que si no os oye, no ocurrirá nada y podréis

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Pulgarcito iros cuando amanezca. A los niños, lo del ogro no les gustó nada, pero como no tenían otro remedio, entraron en la casa sin hacer un solo ruido y rápidamente se acostaron en un rincón de la cocina, pero uno de ellos estornudó de repente, y el ogro que era enorme y muy malo se despertó gritando: -¡Jajaja! Vieja ¿A quién has dejado entrar que huele a carne fresca de niño. ¡Hombre, si hay nada menos que siete aquí escondidos, jajaja, menudo desayuno me espera mañana! Vamos renacuajos, acostaros en esta otra habitación donde duermen mis siete niñas, que así os vigilarán para que no os escapéis. ¡Jajaja, a la, a la cama! Este chiquitín tiene que estar riquísimo.Aquí tenéis siete gorros y siete camisones de mis hijas"- Y dando un portazo se fue a dormir. Vio entonces Pulgarcito a las siete niñas, que eran feísimas y con cara de malas, y vio que dormían plácidamente. También noto que tenían siete coronas en sus siete cabezas, y entonces, sin pensarlo dos veces cambió los gorros de sus hermanos y el suyo propio por las siete coronas de las niñas, y a ellas les fue poniendo un gorro a cada una. Y a las doce de la noche… -Ahhh...ya me ha vuelto a despertar ese reloj, ¡qué hambre tengo! En lugar de comerme a los hermanitos para el desayuno me los comeré ahora mismo. Subió el ogro a la habitación de sus hijas y empezó a tocar todas las cabezas. Cuando tocaba una cabeza con gorro levantaba a quien lo llevaba y se lo tragaba. De esta manera se comió a sus siete hijas, que como estaban dormidas ni siquiera se enteraron. Cuando terminó el banquete volvió a su habitación y enseguida se oyeron uno ronquidos que

temblaba toda la casa. -¡Arriba hermanitos, aprisa, nos vamos! Pulgarcito y sus hermanos salieron y corrieron durante un rato hasta que encontraron un buen sitio para esconderse. A la mañana siguiente, cuando el ogro se dio cuenta de que se había comido a sus siete hijas se enfadó muchísimo y calzándose unas botas mágicas, que se llamaban las botas de “siete leguas” se marchó a toda velocidad a buscar a los hermanitos. Las botas eran enormes y cada paso que el ogro daba con ellas, recorría siete leguas, por eso se llamaban así. Los niños le vieron desde su escondite pasar una y otra vez, y por fin, como no los encontraba, vieron como se echaba a dormir un rato para descansar. -Ahora que duerme iré y me pondré sus botas que corren tanto, me llevarán rápidamente ante el rey, y le diré donde está el ogro a quien tanto busca. Pulgarcito dijo a sus hermanos que se quedaran allí sin moverse, y él, muy despacito y sin hacer ruido, se acercó al ogro, que dormía a pierna suelta, y le quitó las botas. Al ponérselas, vio que se volvían justo, justo del tamaño de su pie. En voz baja les pidió que le llevaran ante el rey, y en dos minutos estaba Pulgarcito ante el rey. -Majestad, sé donde se encuentra el ogro de las botas mágicas. Y rápidamente, Pulgarcito contó al rey todas sus aventuras. -Ese ogro del que me habláis tiene aterrorizado a mi país desde hace mucho tiempo, al instante enviaré a un guardia para que lo detenga. Así fue como aprovechando que estaba dormido detuvieron e hicieron prisionero al ogro. Y como todo esto se había logrado

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Pulgarcito gracias a Pulgarcito, el rey le colmó de riquezas a la que acudió todo el pueblo, que vitoreaba y aclamaba a Pulgarcito. -Muchas gracias majestad. Me gustaría pediros un último favor, que pongáis un guía a mi disposición para poder encontrar a mis padres. Fue un guía pues, el encargado de hallar la casa de los padres de Pulgarcito, que estaban muy preocupados por sus hijos. Cuando les contó todo lo sucedido, dieron gracias a Dios porque no les había ocurrido nada malo. Y al cabo de un par de días, estaban todos reunidos otra vez. Aunque los papás no quisieron tomar nada del dinero de Pulgarcito, éste mandó construir una casa nueva con granja y todo, para que no pasaran más necesidades. Y a partir de entonces, vivieron padres e hijos juntos y muy felices.

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Cuentos de los hermanos Grimm 2014 Este libro se encuentra bajo licencia Copyleft permitiendo la libre distribuci贸n, manipulaci贸n y comercializaci贸n citando a los autores originales.

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Cuentos de los hermanos Grimm  

Recopilación de los relatos originales y sus versiones adaptadas para niños. Tomo 1

Cuentos de los hermanos Grimm  

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