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DO

GA LiLiAN DEL

TRES INIOS DESG TE DEL ARIANO COTID A las doce del día, el sol nos mira con arrogancia desde arriba y con compasión alumbra y calienta; hace con nosotros lo que quiere, nos quema, nos acalora, nos manda a la sombra, y nos hace transformar. En el metrobús que pasea por toda la Avenida de los Insurgentes, unos 300mil pasajeros capturan con sus pupilas la luz del sol. Lo mismo vemos los cuadros surrealistas, los barrocos, los modernos, los postmodernos, los iguales, los únicos, los pintados con ternura y quietud, los que apenas y se perciben, los que andan rápido, los que andan tomados de la mano y, mis favoritos, los que en medio de la multitud se detienen, se miran y se fusionan, con la lentitud que poco tiene que ver en estos dosmiles. Como un mural que empieza con el diseño de escribir lo que sucede con materiales que transcurren, así los personajes de este mural, aparecen y desaparecen a gusto de su escultor. Con el diseño del estilo más natural que es la que oferta nuestro propio armario todos los días, que viene y va como es prudente en cualquier moda de temporada, las longitudes de onda logran dominar al sol y capturar a su antojo la luz para deleitarnos las cámaras personales, individuales, siempre listas, para retratar los mejores cuadros de la avenida.


ÁNCHEZ

CRISTIAN S

MI CHOLE Todavía ni siquiera abría los ojos y el sabor amargo en mi lengua ya me había despertado, quizá porque aquello era como el sabor desértico de la misma escena que estaría por presenciar en cuanto mis parpados se deshicieran del yunque que los anclaba; y no porque no quisiera abrirlos realmente, más bien fue que los destellos del día que se filtraban por mi ventana ya comenzaban a retumbar en las punzantes oleadas de dolor en mi cabeza. Era una de todas esas mañanas en que me amanecía en cualquier lado, menos en el que me había quedado en estado de putrefacción alcohólica. Como siempre, me levante de la misma manera casi autómata en que me levanto las mismas mañanas para ir al trabajo, con la diferencia de que me da más sed. Si no dejan nos vamos a vivir a un mundo nuevo… Como si hubiera opción. Siempre me canta cuando ella también se levanta sedienta.

No me había dado cuenta de estaba ahí hasta que me apareció en la imagen del espejo que reflejaba la decadencia de mi rostro, imagen típica de los inventos románticos de la noche anterior.


Nada más me contempla en esas noches de frivolidad que acompañan a mi patético estado de embriaguez. No se ausenta, sólo se aparta a una distancia considerable para que no deje de mirarla cada vez que me gana la simplonería de las risotadas que expulsamos todos los parroquianos de esas noches en las que simplemente me transformo en el arlequín de mis propios escenarios. Me sonríe en cada vez que me mira acercármele a cualquier damita incauta de mis palabrerías y coqueteos rudimentarios de galán de ocasión y pronóstico reservado. Me abraza por detrás y toca mi torso desnudo. Siento sus heladas manos y se me acerca al oído para preguntarme – ¿cómo estás? Esa pregunta siempre me ha parecido parte de su ensayado sarcasmo puntilloso, muy característico de ella. Imagino esa expresión de lástima - ¡como estas! Me volteo, la miro por un momento y no le contesto. Al tumbarme como bulto en la cama, escucho sus pasos sigilosos siguiéndome. – ¿No me dejas ni un momento, verdad? – Le pregunto. - ¿A estas alturas soy lo único que tienes galán? – Me responde con esa sonrisita que siempre dibuja en su cara cada vez que intenta consolarme.

Con sabor a ron le canto esa canción que tanto nos gusta escuchar en los desgarradores susurros de la chamana que cura nuestros males justo en el momento más obscuro de la noche – Soledad, los arroyos están secos, en las calles hay mil ecos que te gritan sin cesar. Soledad vuelve ya.... Vuelve ya mi Soledad... - ¿Me cantas? - Claro, es tu canción. - Me gusta cuando me dices Chole, sé que me quieres cuando me dices así, “Tu Chole”. A ver, ¿cual de las de anoche es tu lo que sea?

Se sienta sobre el colchón; siento su peso, sin lugar a dudas siento su - Bien sabes que ninguna Chole, nadie presencia, siento su helada figura. Y me acompaña como tú. me abraza. Acurrucado en sus brazos acaricia mi ca b e l l o, m i p e c h o, m i ca b e z a . En mi lengua la mezcolanza de los diferentes licores de la noche anterior.


REYRA DIANA FER

O EL MUARV ENTANA POR L Aún me faltaban seis meses para nacer, cuando todos hablaban del discípulo del seudoberlinés Kennedy, Mr. Reagan. Para esa época, los dinosaurios se habían descubierto y los planetas tenían colores fosforescentes, y el presidente tenía ganas de echar la Berlinermauer por la ventana con ayuda de un T-Rex, o tragarse a los socialistas con su boca de velocirraptor. Era el 89, a un paso de los noventas, mientras la gente decía que en el 94 sería el fin del mundo y la decadencia de la moda noventera: el pelo corto de las empresarias para sentirse como machorras de las Torres Gemelas y de la Estatua de la Libertad. Pero antes de que yo naciera, Reagan tenía la bilis en el esófago porque le fallaban los cálculos en su cargo (y no solo renales), aunque repetía a cada rato, entre sueños lujuriosos de meter el capitalismo a toda Alemania y en la radio, su frase «Herr Gorbachov, machen Sie dieses Tor auf».

Los demás presidentes capitalistas, algunos ya muertos antes que naciera, se burlaban de él porque no podía con Gorbachov que, peor, sabía que estaba en las últimas: no podía guardar su utopía al otro lado del muro. A pesar de las críticas, en muchas ocasiones tomaron café irlandés y americano para abrir el diálogo, mientras las cámaras y los periódicos amarillistas los trataban como homosexuales con helado de fresa y chocolate. A escondidas, dirían los jóvenes. Ya era el 89, tenían más de dos años discutiendo; antes, Roger Waters metió la cuchara en la política y cantó a los berlineses (incluyendo al portavoz) “We don't need you, education” (o “more control”). Curiosamente, se sintieron con The Wall imaginario y tuvieron la ansiedad de bofetearse al cerdito de Money: lo único que lograron fue escupirle, si acaso, el hociquito. Phill Collins hizo lo mismo y se le ocurrió convertir a toda la población mundial en muñequitos de plastilina, en su Land of Confusion, ohhh sí, jugaba


con los de la farándula, hasta el Jackson estuvo involucrado, sin tener por qué, ya que su Thriller no era parte del contexto. Aunque tuviera apenas tres meses de embarazo, mi mamá bailaba conmigo. Quizá de allí tengo náuseas y me muevo en ocasiones como un zombi. Reagan escuchaba la voz de Kennedy en el plato, diciéndole «Ich bin Berliner und dir?». Salía en portadas de revistas, incluyendo Spiegel que lo citaba: «Er hat den Grund, Herr Gorbachov: wenn Sie wollen, machen dieses Tor auf». Reagan comenzó a tener esquizofrenia por los murmullos de Kennedy, hasta que una noche todos sacaban flores y bailaban con cervezas, tipo Walhalla.

Lo bueno es que hacía frío, sino se hubieran encuerado y hubieran gritado “¡actúo como un actor porno del capitalismo!” ¿Y por qué habrían de estar contentos? Porque ya estaba derribada la Berlinermauer. Pero qué diablos…, vio el desorden, y Gorbachov había sacado las maletas para irse a otro lado, pues de nada servía quedarse. Mi papá dice que cuando cayó el muro, mi madre brincó tanto que se resbaló de las escaleras. Recuerdo bien esos porrazos en mi estado de feto, por eso nací con moretones y contornos moraditos en mis codos. Es que a ella le ilusionó la llegada del 90. Quisieron comprar un pedacito del muro para recordar, además del día de la caída, del seudotriunfo de los Estados Unidos (todavía se creen ser los ganadores de la Guerra Fría), del descubrimiento de los dinosaurios, de la atención psiquiátrica de Reagan y los vendajes de mi madre, el gran quinto aniversario de la muerte de John Lennon. Poquito me acuerdo porque todavía no nacía.


NOZ

BRENDA OR

SÍN


RÍN

. MA CLAUDIA F

S SONIDEO NCIO DE SIL

Cada noche escuchaba música desde el reproductor con el sonido directamente en mis oídos, sólo así me sentía segura al dormir y tenía que subir el volumen bastante alto porque había perdido parcialmente la audición del lado izquierdo, por ello sabía iba lastimándome de a poco el derecho y tal vez en un tiempo no escucharía nada. A eso si le temía bastante – le temía al silencio, el silencio, decían, estaba lleno del sonido de las cosas-. Una noche paso. “Deje de escuchar”. El reproductor seguía diciendo “Ahora suena” sin que yo lograra escuchar los sonidos de Anthony González y su M83, tire de los audífonos y pegue mi oído “bueno” a la pared deseando escuchar los gritos desesperados de mi vecina, (que era madre soltera) tratando de dormir a sus dos hijos inquietísimos, era ilógico que ya estuvieran dormidos, no dormían pasadas las 12 a.m. Después de horas de insomnio e intentos fallidos por escuchar algo, salí de casa buscando en vano los sonidos habituales y seguros del exterior, tal vez se tratase de una descomposición sonora en mi apartamento, como una especie de válvula hermética.


Me pare justo en la acera y un tipo golpeo mi hombro, como auto parado en el tráfico me aventó diciendo algo que no logre escuchar. De alguna manera sabía que me encontraría con aquel tipo y eso me produjo una sensación extraña, desconcertada me puse a andar antes de que la luz volviera a verde y camine un par de cuadras más para llegar al restaurante donde desayunaba todas las mañanas, me senté en la barra y pedí un café -pese al asco que me daba la posibilidad de tomarlo con escupitajo- y una tostada, pues era lo que usualmente pedía. El mesero se apoyo en la barra quedando a unos centímetros de mi rostro, tan cerca que sentía su aliento, lo observe durante algunos segundos mover sus labios con los mismos movimientos una, otra, otra y otra vez. –negro, conteste al fin por pura inercia y porque recordé que había olvidado decirle, no porque lo hubiese escuchado. Cuando iba a entregarme lo pedido escupió dentro de la taza, pensó que no lo había visto, evidentemente lo hizo porque lo fastidie al no contestar a su pregunta a la primera, pensé. Pero eso de que en el silencio existían sonidos iba siendo cada vez más cierto, yo los había estado oyendo desde que quede sorda, y por lo que había experimentado en aquella mañana, también eran epifánicos. De pronto me arremetió un miedo terrible, corrí a casa a encerrarme con cadenas y todo –para evitar la tentación- aunque a partir de ese momento sabía que no podría evadir mi ya escuchada muerte.


ORENO

HÉCTOR M

EN LOSES JARDÍN UOS PERPET AD DE BAGD Cien cierzos amurillados dentro del paraíso ocre de la arcilla lunar padecen el abyecto hechizo de espinas escarlatas. Hollín en ciernes. Musítame, bengala elísea del jardín de las siestas, tu bélico canto. Aflora el mimético e impoluto deseo de tu halo con la vara macilenta de tu encanto paradigmático. Siderosa menta. Sublime odalisca que ruedas terciopelo de la más inquieta letra de tu meridiano aire crepuscular. En los jardines perpetuos de Bagdad se encuentra la media luna roja que bendices con piedra de arena; Al Qur'ān Al Karīm. El variopinto sol de quintaescencia soslaya tu onomástico cabello que decanta a los desiertos.


ROS.

LLIKANTZA

DEIMOS KA

LTO Y HAN VUEOS LOS SUEÑ


CHRISTIAN

ZÁLEZ

AMED GON

RA

EN LA ESPE

Estamos esperándote impacientes, fumando lodo y mordiendo nuestras ultimas escamas, anunciaste con lunas antes tu llegada y comenzamos a tomar café, a inventar tu imagen de luciérnaga apagada, dicen que llegara como todos, por arriba, que vendrás entre palomas moribundas con tu corona de flores regada sobre tu espalda, soltando carcajadas, mentando madres, mandando a dios a la chingada. Dicen que traerás regalos para todos; botellitas de aguas negras, cofrecitos con gusanos y cagada, estrellas fugaces, lenguas de princesas que han muerto envenenadas. Dicen también que entraras así como si nada, como si nunca te hubieras ido, como si no estuvieras regresando después de tantos años, después de tanta ausencia acumulada. Te estamos esperando impacientes, aquí, tres metros bajo tierra y tú que no llegas, que no vienes, que no asomas por mis ojos tu mirada.


RÓN

MARÍA BAR

ADO MI COST IZQUIERDO


MICROS

L ROSA CARACUE

Lonchas

r que no sabe separa as on rs pe s la a o Odi o del embase. las lonchas de ques i贸 una y Una vez se me part hablarme. estuve un mes sin


RIGÓZ

ALEQS GAR

OS

CUMPLEAÑ


MICROS

. o z o b a l a c l e n E ficial, no dispare.

-Por favor o sesinan! ÂĄLos valientes no a aliente. v -Yo no soy ningĂşn


SCANO

O RODRIGO T

ELLOS


RVÍN

ANDREA SE

HUMO Así como el aire al humo, el tiempo va desvaneciendo tu recuerdo, es menos intenso, menos nítido, tu aroma se me va borrando. Como los restos del café, así otra vez quede insuficiente de oscurecer cualquier agua, incapaz de recuperar aquel amor, insuficiente para sanar, insuficiente para seguir y es que hasta la nicotina me recuerda a ti...


RAL

MIGUEL TO

ORQUESTA Extraño cuando matábamos moscas, mejor dicho cuando me quedaba sentado viendo como tu lo hacías, hipnotizado por el movimiento de tu brazo que viajaba ligero de un lugar a otro sin temor de gravedad. Danza absoluta de tu cuerpo con una sinfonía alada, silbantes, moribunda... Yo aplaudía el concierto nocturno y tu te ibas deshaciendo de los intrusos del lecho que, rara vez era amedrentado por otros bichos, y que entonces tenía que matar yo, con la salacidad de un cazador en Safari, de un poeta mal vestido. Tu gritabas y yo mataba. Hoy silencio y ni un zumbido.


GOLFA: AÑO UNO  

Número Especial de cuento y poesía de la Rvista GOLFA a propósito de nuestro primer año en la calle.

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