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LECCIÓN Nº 26

Apreciado estudiante: Vamos a hablar ahora del Libro de los Muertos y el Esoterismo Egipcio. Introduzcámonos en el viejo Egipto, en el país asoleado de Kem, donde existieran los Grandes Misterios de la Gnosis. Entonces, quien ingresaba a los colegios Iniciáticos, después de haberse sometido a las pruebas más difíciles, recibía de labios a oídos el secreto terrible del Gran Arcano (la clave de la magia sexual). Penetremos en una Iniciación Egipcia, parte la describe Eduardo Shure en su obra “Los Grandes Iniciados”. Ávido de saber, el peregrino tocaba a la puerta de uno de esos templos, tal vez el de Thebas o el de Menfis. Pretendía escuchar de los viejos Hierofantes, la palabra de las ciencias Divinas. El Sacerdote de Osiris interrogaba al recién llegado acerca de su ciudad natal y el Templo donde había sido instruido. En aquel corto pero incisivo examen si se le juzgaba indigno de los Misterios, un gesto silencioso pero irrevocable, le mostraba la puerta. Mas, si el sacerdote encontraba en el aspirante un deseo sincero de la verdad, le rogaba seguirle. Le llevaba a un pequeño templo que servía de entrada a las Criptas Subterráneas. La puerta estaba oculta por una estatua de ISIS de tamaño natural. La Diosa sentada tenía un libro cerrado sobre sus rodillas, en actitud de meditación y de recogimiento. Su cara estaba cubierta con un velo. Se leía bajo la estatua: “NINGUN MORTAL HA LEVANTADO MI VELO” (simbolismo de que la ciencia Divina no es para los profanos). “Aquí está la puerta del Santuario oculto”, decía el Hierofante”. “Mira estas dos columnas: la blanca (Jachín) representa la ascensión del espíritu hacia la luz de Osiris; la negra (Boaz) significa la cautividad de la materia y está caída, puede llegarse hasta el aniquilamiento. He aquí lo que encuentra el débil o el malvado; los fuertes y los buenos encuentran aquí la VIDA e INMORTALIDAD. Muchos imprudentes han entrado por esta puerta y no han vuelto a salir vivos. Es un abismo que no muestra la luz más que a los intrépidos. Reflexiona bien en lo que vas a hacer, en los peligros que vas a correr y si tu valor no es un valor a toda prueba, renuncia a la empresa. Porque una vez que esa puerta se cierra, no podrás volverte atrás”. Si el extranjero persistía en su voluntad, el Hierofante le volvía a llevar y le dejaba en manos de los servidores del Templo, con los que tenía que pasar una semana, obligado a hacer los trabajos más humildes. Se le ordenaba el silencio absoluto. Los Egipcios practicaban la Iniciación en la GRAN PIRAMIDE. Este monumento maravilloso nunca fue tumba de faraones, como pretenden demostrar algunos estudiosos. La Gran Pirámide es una copia fidelísima del cuerpo humano, y simbólicamente es la tumba del Dios Intimo que se halla dentro del hombre. La palabra pirámide viene de pir, equivalente a fuego, o sea, ESPIRITU. Llegaba la noche de la prueba. Dos Oficiantes volvían a llevar al aspirante a la puerta del Santuario Oculto, atravesando un corredor que se veía bastante lúgubre y tenebroso. A los lados se veían filas de estatuas con cuerpo de hombre y cabezas de animales: leones, toros, vacas, aves de rapiña, serpientes, etc. (el yo psicológico, nuestros defectos que tienen formas de elementarios animales). Esas estatuas parecían mirar su paso sonriendo con ironía. Al fin de aquel siniestro corredor, había una momia y un esqueleto humano en pie, y con un gesto mudo los dos Oficiantes 1


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mostraban al novicio un agujero en la pared; era la entrada a un pasadizo, tan bajo que no podía penetrar en él más que arrastrándose. “Aún puedes volver atrás” -le decían. “Me quedo” -decía el novicio reuniendo su valor. Se le daba una pequeña lámpara y cerraban la puerta del Santuario. La puerta angosta de la pirámide es la misma puerta angosta de la cual hablaba Jesús, para poder entrar el hombre debe primero inclinarse conduciéndose a su mundo interno; el pasadizo angosto es el camino abrupto y penoso que conduce hacia el Reino de Dios. El novicio penetraba en el pasadizo arrastrándose de rodillas con su lámpara en la mano. Por fin se encontraba frente a un agujero en que una escalera de hierro se perdía en él. El novicio se aventuraba a bajar. En el último escalón (del Vientre) su mirada asustada se hundía en un pozo terrible. Su pobre lámpara que apretaba con la mano proyectaba un vago resplandor en las tinieblas del fondo. ¿Qué hacer? El regreso era imposible; abajo el abismo. En aquella angustia distinguía una grieta, se introducía en aquélla; había una escalera, era la salvación. Subía. Se escapaba de las tinieblas y del abismo. Había pasado la prueba de la tierra. Atravesaba un corredor en cuya entrada brillaba este letrero: “Todos los que recorren este camino, solos y sin mirar atrás, serán purificados por el fuego, por el agua y por el aire. Si consiguen vencer el miedo de la muerte, saldrán del seno de la tierra (la profundidad del cuerpo humano), volverán a ver la luz (del sol en el corazón) y tendrán el derecho de preparar el alma para recibir la revelación de los Misterios de la Gran Diosa ISIS” (Los misterios de la Naturaleza humana). A lo largo del gran corredor se veían las filas de pinturas, once a cada lado. Al final le esperaba un PASTOPHORO (Guardián de los símbolos sagrados), recibía al novicio y le felicitaba por haber pasado la prueba, luego le explicaba las pinturas sagradas, bajo cada una de aquellas figuras había una letra y un número, los 22 símbolos representaban los 22 primeros Arcanos y constituían el alfabeto de la Ciencia Oculta, el libro Sagrado de Toth, el TAROT. Pero las pruebas no habían terminado, e indicándole una puerta se le decía: “Puedes seguir tu marcha si los dioses te conceden el valor que necesitas, pero ten por sabido, que si transpuesto este lugar y llegas hasta el fuego sagrado de tu Divinidad, si en algún momento retrocedes, aquí estamos para impedirte que huyas. Decídete, aún puedes salir al mundo exterior; si avanzas, sigue el camino que ves frente a tí (es el que conduce a la columna vertebral), por donde debes escalar hasta el cielo, ese camino debes recorrerlo sin vacilación”. Al contestar el novicio que nada le detiene, le dejan pasar, cerrando la puerta tras de él. Atraviesa un largo pasadizo a cuyo extremo advierte un resplandor. A medida que adelanta, su luz se hace más intensa, llegando a ser deslumbradora; una enorme hoguera donde las llamas se entrecruzan en el centro (es la base de la columna vertebral). ¡Pero eso es la muerte! Decía el novicio temblando. Salían evaporaciones, y una parte estaba cubierta por un enrejado incandescente y por un sector regado de clavos que no le permitían poner un pie sino apenas algún lugar seguro de quemaduras, y el recorrerlo no sólo era el peligro de morir quemado, sino de morir asfixiado en aquel ambiente irrespirable. El novicio penetra en el ígneo sendero, pero ¡OH increíble encanto! Al tocar un pie en el enrejado (cuando el pensamiento puro entra sin temor en el fuego sagrado) las llamas desaparecen, se daba cuenta que la hoguera se reducía a una ilusión óptica, creada por maderas resinosas dispuestas en formas apropiadas. No crea que se trata de un mero símil, sino de una realidad tangible, en las entradas misteriosas de nuestro cuerpo, como en las de nuestro planeta, arde un gran fuego; este fuego está oculto a la mirada del profano, que vive fuera de su templo; es visto y sentido sólo por el iniciado. 2


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Estas llamas en el cuerpo humano constituyen el fuego creador y son las emanaciones del Espíritu Santo, tercer aspecto del Intimo Dios y por ellas se acerca el hombre a su divinidad. Para poder atravesar el mundo de las llamas Divinas, se necesita el pensamiento y un cuerpo puro, casto y fuerte. El pensamiento es un poder que posee sonido, calor y forma; una vez dirigido hacia la parte inferior del cuerpo, enciende el fuego sagrado, para la pureza de pensamiento y su castidad elimina del fuego su humo y su calor destructor, y deja sólo su luz -Dios es luz- entonces el Iniciado es elevado al Trono de la luz. Todo novicio debe pasar estas etapas, pero los que toman el camino de regreso ascendiendo son los Magos Blancos o Hijos de la luz; mientras los que se detienen en estas esferas son convertidos en Magos negros o Hijos de las tinieblas. Sólo la Transmutación permite el ascenso del Fuego Sagrado y su Transmutación en luz. A la prueba del Fuego sucedía la prueba del Agua; el novicio siguiendo después otras galerías dentro de su organismo, iba a desembocar a un foso, que invadía todo un amplio subterráneo, lleno de un agua negra e inmunda, al otro extremo se distinguía una salida de escalones. Era preciso atravesar el peligroso obstáculo y en consecuencia, el aspirante de desnudaba y haciendo un paquete con sus ropas que mantenía en alto, al igual que la lámpara sostenida en la mano, valíase de la otra para nadar y vencer la corriente de las agitadas, putrefactas e inmundas aguas (simbolismo de sus deseos). El novicio al pasar primero por la prueba del fuego y después por la del agua sigue la misma evolución del planeta tierra que fue un día ígneo, y que al enfriarse por el contacto con l espacio, generó una humedad, la que evaporada se levantaba y nuevamente caía hasta que llegó a ser agua. De este modo, por la acción del calor y del frío fueron tomadas los espíritus elementales de la tierra, del agua y del aire, que hasta hoy siguen formando el cuerpo humano. En la iniciación interna, después de vencer a los elementos del fuego y sus elementales (las Salamandras) dominando así el instinto, debe dominar los elementos del agua y sus elementales ondinas- dominando sus deseos. Entre instinto y deseo hay diferencia. La prueba del agua es el símbolo del vencimiento al cuerpo de deseos (cuerpo astral); es advertir al candidato que para regresar al Cielo del Padre, a la unión con él, debe deshacerse de los groseros goces de la carne (fornicación). El fuego que radica en la parte inferior del cuerpo es el instinto; el de deseo radica en el hígado y ambos influyen en y por la mente. El novicio, después de seguir otras galerías en su cuerpo, llega al hígado, morado del cuerpo de deseos en esta víscera reside la regente de los elementales del agua que dirige a sus huestes en el cuerpo, por medio de deseos; al ver interiormente a las Ondinas y Nereidas que se parecen a una constelación de estrellas, por eso los ocultistas llaman al mundo de los elementales del agua, MUNDO ASTRAL, por la semejanza que tiene con los astros. Estos elementales tienen escuelas internas dentro del hombre, pero nunca dan sus enseñanzas sino a las personas que las dominan, y este dominio tiene su base en el amor; ellos sienten mucha admiración y respeto por aquellos seres que se sacrifican por los demás. Llegando al otro margen, el novicio se vestía y tras breve descanso comenzaba a subir la escalinata a cuyo extremo había una plataforma frente a una gran puerta, en la que estaban fijas dos grandes anillas a modo de llamadores. Al tirar de ella la plataforma se hundía y el novicio se encontraba en el aire colgado por sus manos en medio de un furioso vendaval, para poder

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agarrarse tenía que dejar caer la lámpara que le alumbraba, quedando en tétrica oscuridad. Después de momentos de angustia y de terror que debían parecerles siglos, el viento cesaba; volvía a sentir bajo sus pies el terreno firme de la plataforma, y la puerta se abría ante su asombrada mirada, para dejarle ver el interior de un magnífico templo intensamente iluminado. La prueba del aire pertenece al mundo mental. En la parte abstracta del mundo de la mente habitan los elementos del aire y tienen un importante papel en la evolución del hombre. Los elementales del aire, SILFOS, SILFIDES, al igual que los de los otros elementales están divididos en superiores e inferiores. Los elementales superiores del aire poseen la inspiración de todo arte y ciencia; mientras que los inferiores se interesan mucho en los fenómenos espiritistas. En la iniciación interna, el novicio debe dominar los elementales interiores para ser servido por los superiores. Una vez dominados los unos y servidos por los superiores, el hombre llega a la OMNISCIENCIA, pudiendo de esta manera conocer la Ciencia y las religiones pasadas y ver el futuro. Los elementales del aire son los depositarios de los archivos de la naturaleza; todo lo que el hombre desea conocer lo encuentra en los archivos, en manos de los elementales que habitan en nosotros. Por su Omnisciencia llega el Iniciado a saber el por qué de las cosas sin necesidad de pensarlas, porque este saber está dentro de nosotros y no es necesario vacilar para comprenderlo; entonces el hombre no huye ante el peligro, porque de antemano sabe qué debe suceder y cómo debe evitarlo. Los elementales del aire son los que leen los pensamientos ajenos y comunican esta lectura al hombre a quien respetan y sirven; ellos nunca se manifiestan al hombre orgulloso y vanidoso, son amantes de lo sencillo y humilde, por eso vemos que muchas verdades nos vienen por boca de los niños y de los pobres de espíritu. Todo discípulo que se vanagloria de sus poderes, ahuyenta de sí a los elementales superiores del aire. Una vez terminadas sus pruebas, triunfante en todas, el aspirante entra a su magnífico Templo Interior, iluminado por la luz divina. Avanzaba desde el altar del gran Sacerdote, donde la felicitaba por su firmeza y valor y le ofrecía una copa de agua pura, símbolo de su iniciación y de su perfeccionamiento moral. Enseguida se arrodillaba frente a la triple imagen de Osiris, Isis, Horus; la Trinidad Sagrada, equivalente al Padre, Espíritu Santo e Hijo, del Cristianismo. Todavía no está el Iniciado unido con su Intimo, sino que se halla frente a sus atributos. Con esta ceremonia terminaba la primera parte material de la Iniciación. El novicio tuvo valor y fuerza necesarias para el adelanto; pero esto no es todo, aún falta saber que si el terror no lo vencía, tampoco le sujetaban las seducciones del bienestar, de la pasión y del placer. Para demostrarlo y sin que el aspirante se diera cuenta, tenía que ser tentado, para comprobar si se quebrantarían sus obligaciones de vida pura de dominio de los apetitoso y sensaciones. Si vence será un discípulo de la Iniciación, si por el contrario se deja vencer, es sentenciado a permanecer en una categoría inferior hasta aprender a vencerse a sí mismo. Luego de las duras pruebas a que había sido sometido, al novicio se le conducía a una gruta, en la que no se veía más que un cómodo lecho, misteriosamente iluminado por la semioscuridad de una lámpara. Rociaban su cuerpo con esencias exquisitas, le vestían con un traje de fino lienzo y lo dejaban solo, después de haberle dicho: “Descansa, medita y espera al Hierofante”. Después de las diversas emociones antes vividas, aquel momento de calma era muy dulce para él; pronto una música sensual que parecía salir del fondo de la gruta, le despertaba de su ensueño y veía frente a él 4


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una mujer de infernal seducción, vestida con una gasa púrpura transparente, mostrando seductoramente su cuerpo, mantenía en su mano izquierda una copa. El Novicio se levantaba sorprendido, no sabiendo qué hacer; pero la sensual mujer avanzando muy lentamente le murmuraba con una voz muy cálida: “¿Tienes miedo de mí, bello extranjero? Te traigo la recompensa de los vencedores, el olvido de las penas, la copa de la felicidad”. El novicio dudaba, entonces la seductora mujer, como llena de cansancio se sentaba al lado de él envolviéndole con una mirada dulce, era como si una cálida llama le abrasara. ¡Desgraciado de él si se atrevía a desafiarle, si se inclinaba sobre aquella boca, si se embriagaba con los tiernos perfumes que subían de aquellos hombros bronceados! Una vez que cogiese su mano y tocara con sus labios la copa, estaba perdido. Rodaba sobre el lecho enlazado en un abrazo. Pero después de satisfacer el deseo salvaje, el líquido que había bebido le sumergía en un pesado sueño; cuando se despertaba se encontraba solo, angustiado; la lámpara lanzaba una luz fúnebre sobre su lecho en desorden. Un hombre estaba en pie ante él que le decía: “Has osado profanar este templo”. “Has vencido en las primeras pruebas, has triunfado de la muerte, de la tierra, del agua, del fuego y del aire; pero no has sabido vencerte a ti mismo. Tú que aspiras a las alturas del espíritu y del conocimiento, has sucumbido a las tentaciones primeras de los sentidos y has caído en el abismo de la materia. Quien vive esclavo de los sentidos, vive en las tinieblas. Has preferido las tinieblas a la luz, quédate pues en las tinieblas. Te advertí de los peligros a que te exponías. Has salvado tu vida, pero has perdido tu libertad”. Si el novicio era capaz de vencer a la tentación, el Hierofante le felicitaba: “Acabas de pasar una dura y verdadera prueba, has obrado sabiamente. Alza la cabeza, orgulloso vencedor de la carne, ya te creo digno de leer el gran libro de la naturaleza. La Diosa ISIS, inmortal y eterna, alzará para ti los velos que guardan los Arcanos de la Ciencia y tú podrás contemplar su incomparable belleza. ¡Yo te saludo hermano mío!” Cuenta la tradición que Hermes Trismegisto estuvo trescientos años entre los hombres, para enseñarles la Divina Gnosis. Los Alquimistas fueron los herederos y ésta quedó plasmada en la Tabula Smaragdina (leer la lección de los Alquimistas). El tres veces nacido, señaló a los mortales el camino de los Dioses: “Separarás lo sutil de lo grosero, suavemente y con muy agudo sentido”. El Gran Arcano, el terrible secreto, que nadie osaba revelar. ¡Ay! del imprudente que soltara la lengua. Había que cuidar de los indignos la LLAVE DE ORO, sin la cual nadie abrirá el templo. NO FORNICAR. Todo aquel que recibía el secreto debía prestar juramento de silencio. Quien violaba su juramento era llevado a un empedrado patio de muerte, se le cortaba la cabeza, se le arrancaba el corazón, y sus cenizas eran echadas a los cuatro vientos. En la Edad Media el Iniciado que divulgaba el secreto, era asesinado, ya que aún no había llegado el momento. Es por esto que el V.M. Samael Aun Weor, por mandato de la Logia Blanca, y por motivo de haberse iniciado la Era de Acuario, en los actuales momentos pudo entregar el secreto a la humanidad; y en uno de sus mensajes dice: “Todos aquellos que divulgaron el Gran Arcano antes de mi, murieron. Sólo hay un hombre que divulgó el Gran Arcano y no murió: ese hombre fui yo. Aquí se lo entrego a la humanidad, a todos los seres vivientes para que se conviertan en Maestros. Pues ya llegó el momento en que la humanidad conozca este secreto”. En los antiguos templos egipcios, todo aquel que recibía el Gran Arcano, después de duras pruebas iniciáticas, trabajaba con una Vestal del Templo, que pasaba a ser su esposa Sacerdotisa.

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No había excepciones. Orfeo, Pitágoras, Herodoto, Platón, Moisés y muchos más Iniciados célibes que resplandecieron en la historia de los siglos, practicaron magia sexual con su esposa Sacerdotisa. Había muchas Vestales preparadas para trabajar en la Gran Obra con los Iniciados célibes. Los Iniciados casados practicaban en sus casas con su esposa Sacerdotisa. Las Vestales eran debidamente educadas para el sacerdocio del amor. Ellas tenían grandes Maestras que les enseñaban sometidas a penitencias. Ellas fueron las célebres Vírgenes del Sol de los Templos Incas, y existieron antiguamente en todos los Templos de Misterio. Hoy en día, quien busca la Iniciación tiene que practicar magia sexual en su hogar LEGITIMAMENTE CONSTITUIDO. El Iniciado tenía que someterse a una larga preparación antes de entrar a las CAMARAS donde tenían lugar los ritos mágicos de la Verdadera Iniciación. Estudiaban las ciencias concretas consideradas como elementales: Matemáticas, Geometría, Música y la Naturaleza del número, de la forma, del color y del sonido, Cosmogonía, Astrología, Alquimia y Metafísica, etc. Intensas meditaciones; dominio de la mente; supremos esfuerzos en pos de la íntima verdad; férrea disciplina para poder cumplir aquello demandado por el canon primero del Esoterismo Osiriano: 1 - Que día y noche te esfuerces en dominar tus órganos, pues sólo el que SEÑOREA sus ORGANOS es capaz de someter la naturaleza a su autoridad. 2 - Pon esfuerzos principalmente en vencer el deseo inmoderado, al que todos los sabios consideran como al mayor de los males, puesto que conduce fatalmente a un desgraciado fin. 3 - Reprime los deseos sensuales imponiendo un freno a tus órganos. 4 - Destruye con la meditación profunda las cualidades opuestas a la naturaleza divina. 5 - Cuando por un conocimiento íntimo del mal, te vuelvas insensible a todos los placeres de los sentidos, obtendrás entonces la felicidad en este mundo y la beatitud eterna en el otro. Como parte de los ritos iniciáticos, había una ceremonia, en la cual el Iniciado tenía que enfrentarse a un Tribunal compuesto por 42 sacerdotes. En la iniciación actual, el iniciado pasa por la misma ceremonia cuando tiene que arreglar sus cuentas kármicas ante el venerable Juez Anubis y los 42 Jueces de la Ley en el Tribunal del Karma. El lugar donde se celebra la ceremonia era llamado “Gran sala de la Verdad”. Alrededor del lugar se encontraban alineados los 42 sacerdotes, cuyas cabezas estaban cubiertas por una cabeza de chacal, símbolo de la suprema piedad y la suprema impiedad y adornadas con la pluma, emblema de la verdad. Preside la ceremonia el Gran Sacerdote sentado al fondo, las manos las tiene cruzadas sobre el pecho; lleva el Pendum, especie de cetro, símbolo del mando, y el Flagelum o látigo sagrado, símbolo del dominio y la voluntad. El momento era solemne, el Iniciado comparecía para ser juzgado ante los Maestros de la Verdad en la Cámara de MAAT (la verdad). La ceremonia está escrita en el “LIBRO DE LOS MUERTOS”. El Iniciado decía: Te reverencio, ¡OH Gran Dios! y he venido resuelto a conocer tus decretos. Daba testimonio de su noble comportamiento y de haber practicado fervorosamente el rito del AGUA Y DEL FUEGO, el descenso de la NOVENA ESFERA, el sexo. Y para reafirmar la santidad del sexo, fundamento mismo de la Iniciación, manifestaba el cumplimiento de la ley:

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-¡OH, el que tiene la cabeza por detrás, que aparece en el corredor de paso! Yo no me he dado a la masturbación. -¡OH, el de la catarata, que aparece en el amenti! Yo no he fornicado. -¡OH, doble víbora Namen, que aparece en los lugares del sacrificio! Yo no he tenido ayuntamiento con mujeres casadas. -¡OH, contemplados de los que se lleva a la morada de KEM! Yo no he provocado poluciones. -¡OH, el que obras según su corazón, que aparece en Sahú! Yo no he ensuciado el agua. -¡OH, el que asocia los esplendores, que aparece en Heliópolis! Yo no he mermado el PAN CONSAGRADO a los DIOSES (Cuerpos solares). La última prueba para el iniciado era la del símbolo de la muerte y la resurrección. Se le colocaba dentro de un sarcófago. Echado dentro de él, tenía que pasar inmóvil toda una noche entregado a profunda meditación y a especiales rezos. En estas condiciones, realizaba la proyección del cuerpo astral según los métodos que se le había enseñado y su cuerpo, arrastrado por las corrientes de los planos superiores, ascendía a las alturas donde moran los más sublimes Maestros, donde le era dicha la última palabra, donde conocía el último secreto de la absoluta Verdad. Al despertar del nuevo día se levantaba del sarcófago un hombre distinto: era un RESURRECTO. Perteneciente a la suprema Jerarquía de la Iniciación. Sus poderes y responsabilidades, sólo un Maestro de la Secreta Sabiduría podía afrontarlos. Todos los simbolismos deben ser comprendidos ya que son el camino más recto a la sabiduría. Estos símbolos son la alegría y no deben confundirse con la verdad. Hoy en día el aspirante debe, si desea iniciarse, buscar su propia Iniciación en el interior de su cuerpo, es ahí donde se encontrará. PRACTICA PARA SALIR EN CUERPO ASTRAL Esta práctica va dedicada especialmente para las personas aquellas que tienen dificultad en salir conscientemente en astral. Después de relajarte como te hemos enseñado y acostado en tu cama paradormir,pronunciasmentalmenteelmantramEGIPTO,así: EEEEEEGGGGGGIIIIIIIIIPTOOOOOO. Atentamente, El Instructor

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