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Destinos Mágicos

S

iempre he pensado que los senderos que se nos develan casualmente, los que van apareciendo poco a poco en el horizonte, son los que hay que tomar. En ocasiones planear demasiado las cosas sólo nos retrasa. La desidia nos condena a vivir inmersos en las rutinas, a vagar por los mismos paisajes una y otra vez, prolongando nuestra estancia en una postal cansada: tubos, charcos, metal, concreto, humo, decadencia. La apatía nos arruina la vida.

Era viernes, ya de noche y yo estaba ávido de largar­me de la ciudad, tomar cualquier dirección y desconectarme del bullicio, de la oficina, de las conversaciones superficiales. Lo que buscaba llegó en una frase y realmente no hubo mucho más que pensar: “Mis papás me dejaron una casa en el Chico, en el estado de Hidalgo, ahí realizaremos nuestro taller”. La cita se concretó para la mañana del sábado a las 07:20 horas, tiempo perfecto para evitar el posible tráfico que hay al salir de la Ciudad de México, así como las largas filas de la primera caseta. Para llegar a Mineral del Chico desde el Distrito Federal, hay que tomar la carretera a Pachuca, después el Boulevard Luis Donaldo Colosio y virar en la desviación que predice uno de los atractivos más grandes de el Chico Hidalgo: “Corredor de la Montaña”. Al subir por ese camino angosto, rodeado de árboles de espeso follaje, a través de los cuales se pueden vislumbrar los rayos del sol, pareciera que algo dentro de uno comienza a preparar un ritual; la paz y la tranquilidad se mezclan con la nostalgia, con el anhelo de compartir esas visiones con los seres queridos, tal vez con los que ya no están físicamente.

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Mi Negocio Septiembre Octubre 2014  

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