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l escuchar hoy “Cambio De Planes” (DRO, 1993), el noveno disco en la carrera de Los Secretos, no es difícil detectar en él unos cuantos momentos fantasmagóricos. La banda se presenta en una época de éxito comercial y entrega una buena colección, sustentada sin aparente esfuerzo en la fórmula que les ha dado la fama: canciones sobre conflictos internos y melodramas sentimentales, todo ello envuelto en un confortable pop de raíces norteamericanas. Esta vez dominan las composiciones de Álvaro Urquijo, uno de los dos motores principales de la banda desde su formación en 1978, cuando se llamaban Tos y eran sólo un grupo juvenil en la titubeante nueva ola madrileña. Su hermano mediano, Enrique, es el que desliza los incisos más sobrecogedores del álbum en sus contadas aportaciones. Con su característica laxitud como intérprete, y acompañado en la composición por el teclista del grupo, Jesús Redondo, por Álvaro y por su psicólogo, Iñigo Laguna, Enrique cede a duras penas tres hermosas composiciones. “Cambio de Planes” es la historia de un viejo amor que, más que como un recuerdo incómodo, vuelve como un espectro. “Colgado” y “Me Alegro De Verte”, confesiones insistentes y más o menos resignadas sobre su dependencia emocional. En realidad, Enrique no estaba allí. Estaba en otra parte. Bastan unos pocos datos para zanjar cuanto antes la fastidiosa leyenda negra alrededor de Enrique Urquijo: sus períodos depresivos le condujeron a las drogas, y las drogas enquistaron las depresiones. Sus fantasmas están enjaulados y expuestos de forma brillante en su música, y no hay mucho más que necesitemos saber al respecto. Ésta no es una historia sobre quebrantos, aunque esté trenzada por las proverbiales tristezas de su protagonista, sino sobre su música. Y empieza en 1993. Por entonces, Los Secretos eran una empresa familiar que a Enrique se le empezaba a escapar de las manos. Por un lado estaba la agotadora dinámica disco-gira,

los aforos cada vez más grandes y las obligaciones cada vez más ineludibles. Por otro lado, un mundo interior en ebullición, no siempre fructífera, que reclamaba echar el freno y volcarse en un proyecto modesto e íntimo. Su amor por la vieja música ranchera, de la que le atraía su búsqueda de una verdad emocional y presentada sin artificios, le había devuelto la ilusión. Y de algún modo se estaba yendo de Los Secretos cuando se presentó en la pequeña sala madrileña El Ambigú con Los Rancheros, una pequeña banda reclutada en tiempo record que, casi sin hacer ruido, estaba prendiendo la mecha de una de las páginas más infravaloradas del pop reciente hecho en nuestro país. En un principio, y oficialmente, Los Rancheros no iban a ser para Enrique más que un recreo de entretiempo; una pequeña distracción que le mantendría conectado al placer de hacer música, cuando la agenda de Los Secretos estuviese libre de compromisos sobre los escenarios. De algún modo, el núcleo instrumental de su grupo paralelo ni siquiera cortaba el cordón umbilical que le unía a su banda madre. Así, el primer contacto que Enrique estableció para echar a rodar a Los Rancheros fue un viejo amigo de la infancia, Pedro López,

cuya mandolina ya había aportado aires bluegrass a Los Secretos en su disco “Algo Más” (1983), y que aquí añadiría también el acompañamiento del violín. El siguiente fichaje sería un antiguo y fugaz bajista de Los Secretos, Iñaki Conejero, quien había sido considerado una influencia nefasta para Enrique, al menos en lo que concernía al terreno personal. Fue Iñaki, precisamente, quien recomendaría la incorporación de Begoña Larrañaga, finalmente encargada del piano y el acordeón. Con la madrileña sala Maravillas como centro de operaciones, los ya rebautizados como Los Problemas se presentaron en directo a finales de 1992, convertido en un grupo en constante jornada de puertas abiertas, que parecía vivir en un interminable período de audiciones y ensayos entre amigos e hipotéticas nuevas incorporaciones. Fue así como finalmente entraría en la alineación principal Fermín Aldaz, un violinista académico que permitía a Pedro López centrarse exclusivamente en la mandolina. Durante más de tres meses, y aún en su indisciplina y funcionamiento caótico, Los Problemas terminaron por convertirse en la gran atracción nocturna de Maravillas. Debatido entre sus turbulencias interiores, cada vez más agudizadas, y su renovado entusiasmo como director musical de un proyecto que sentía como una conquista personal, Enrique propuso a DRO entrar en el estudio para registrar su nuevo repertorio con carácter inminente. La decisión supuso un elemento desestabilizador en Los Secretos, por entonces centrados en dar forma a lo que terminaría siendo “Cambio De Planes”. Se llegó a un acuerdo: Enrique aportaría las canciones necesarias a su grupo de toda la vida, con la consiguiente luz verde para grabar después con Los Pro-

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