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100 años del Tour en los Pirineos Texto: “Ginobartali” Fotos: A. M. S.

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quél año de 1910 fue, por decirlo de alguna forma, una buena cosecha. Sí, es cierto que morían personajes de la talla de los novelistas Mark Twain o Leon Tolstoi, pero en contrapartida, nacían bebés de nombres tales como Jacques Cousteau, Agnes Gonxha (quizás os suene más su futuro nombre: Teresa de Calcuta), Gonzalo Torrente Ballester, Miguel Hernandez,... La aviación luchaba por despegar, y así Charles Rolls cruzaba el canal de la Mancha en sentido de ida y vuelta, sin paradas. Toda una aventura entonces. Pancho Villa y Emiliano Zapata comenzaban la revolución mejicana, inspirando de paso tantos y tantos corridos que han llegado a nuestros días: “Siete leguas, el caballo que Villa más estimaba...” o aquél otro: “Al pie de tu sepulcro, mi General Zapata, en nombre de la Patria, yo te ofrezco una flor...” Y en Francia, Henri Desgranges planteaba otra revolución (pacífica, eso sí) en el ciclismo, la de incluir en el recorrido del aún jovencísimo Tour de Francia unos puertos de montaña nunca antes transitados en bicicleta. La historia, no por ser ya muy conocida, es menos sorprendente: la de un colaborador de Desgranges llamado Alphonse Steines, periodista en l´Auto, periódico organizador del Tour, enviado por su jefe a la zona de los Pirineos con la misión de valorar si sería posible hacer rodar a los ciclistas por el corazón de la cordillera. El pobre Steines se ve envuelto en una tormenta de nieve en el Tourmalet, y consigue, a duras penas, llegar de noche hasta Barèges, desde donde, probablemente con la intención de contentar a su jefe, informa por medio de un escueto y ya célebre telegrama de que la ruta es perfectamente transitable. La etapa “monstruo” propuesta es Bagneres de Luchon – Bayona, 326 km a través del Peyresourde, Aspin, Tourmalet y Aubisque. Nunca se ha planteado nada igual, y muchos son los que piensan que ningún ciclista podrá llegar a la meta. La apuesta es muy arriesgada: si realmente nadie consigue llegar, el Tour puede desaparecer como carrera, y el diario l´Auto mataría a la que empezaba a ser su gallina de los huevos de oro. Llega el gran día. Alphonse Steines decide colocarse en el Aubisque, el último gran puerto de la jornada, y espera. Espera un poco más. Y más aún. El sol calienta sin piedad, y sigue sin aparecer nadie. Los minutos se hacen eternos, y por momentos, Steines piensa que, efectivamente, nadie va a conseguir vencer las terribles pendientes propuestas. Teme haberse cargado el Tour. Pero finalmente, ve a lo lejos un punto negro que avanza muy lentamente, en zig-zag, pero avanza. El alivio es grande. Resoplando como un búfalo, cubierto de polvo y totalmente irreconocible, una especie de espectro pasa a la altura de Steines, quien no duda en preguntar: ¿Quién eres? ¿Dónde están los otros? No hay respuesta, y nuestro héroe anónimo desaparece en la siguiente curva. Se trata de Lafourcade, un vasco francés de Bayona, que no aparecía en ningún pronóstico. Será uno de los escasísimos ciclistas capaces de superar todos los puertos sin poner pie a tierra. Minutos más tarde, un segundo ciclista, éste bien conocido, llega

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a la altura del periodista. Se trata de Octave Lapize, un campeón de su tiempo, que gritará su famosa frase: “¡sois unos asesinos!” Lafourcade se desfondaría en el llano camino de Bayona, y Lapize terminará venciendo la etapa, recorriendo los 326km en 14 horas y 10 minutos, a algo más de 23 km/h de media. El Tour se ha salvado, y los objetivos iniciales de Henri Desgranges se cumplen con creces: las ventas de l´Auto aumentan significativamente, y el Tour de Francia se consolida como la carrera de referencia en el ciclismo. ¿Cómo vencieron los ciclistas esas desconocidas pendientes, en bicicletas de piñón fijo, y por aquellas rutas sin asfaltar? La gran mayoría alternaba pedaleo con tramos a pie, pero sin embargo unos pocos consiguieron vencer aquellos colosos sin descender de sus pesadas máquinas. Evidentemente, los desarrollos que emplearon eran relativamente pequeños: lo estandar podía ser un desarrollo de 4,10 metros, equivalente a un 39x20 actual. El pedaleo ágil en las subidas era aún totalmente desconocido, inimaginable e imposible, pues el desarrollo utilizado también debía de emplearse en las bajadas y en el llano. Se subía a base de fuerza, y qué remedio... La etapa Bayonne – Luchon o Luchon – Bayonne será fija en todas las ediciones de la carrera hasta el año 1930, edición en la que se divide en 2 etapas: Bayonne – Pau, sin puertos de montaña, y Pau – Luchon, con los 4 clásicos puertos. Hoy día, una prueba cicloturista retraza el mismo recorrido original, aunque se dispone de 2 días para completarla. Quisiera sin embargo rescatar 2 capítulos que ilustran muy bien las tremendas situaciones que debían de afrontar los ciclistas en aquellos tiempos heroicos.

La horquilla de Christophe El primer capítulo es el más conocido, y ocurrió en la edición de 1913. El protagonista fue un popular ciclista francés llamado Eugène Christophe, que llegaba a la gran etapa con legítimas aspiraciones. Tras los 2 primeros puertos, todo marcha bien. Christophe rueda en cabeza, y parece el más fuerte. El líder Defraye ha abandonado, y es él el líder virtual de la carrera. Sin embargo, a los 3 km de la bajada del Tourmalet, su horquilla se parte y la cabeza de carrera se le escapa. Sólo hay 2 opciones: el abandono, o la reparación de la avería. En todo caso, cualquier esperanza de vencer la carrera se ha esfumado. Por solidaridad con su equipo Peugeot, decide continuar. Toma su pesada máquina a la espalda, y recorre a pie los 14 km que le separan de Sainte Marie de Campan. Como escribía mi compañero Jordi Escrihuela en un número anterior de PEDALIER, es seguro que Christophe pararía y bebería de la que es posiblemente la fuente más


famosa del ciclismo mundial, situada en el centro de la pequeña plaza del pueblo de Saint Marie de Campan. Un lugar en el que el tiempo parece haberse detenido, por el que han pasado todos y cada uno de los grandes ciclistas de la historia, y en el que uno se siente parte de esa historia... Después, busca una herrería, pide permiso al dueño, y comienza la reparación de su horquilla. Christophe trabajaba en un taller de bicicletas, y era un hombre con recursos, algo muy recomendable si se quería ser ciclista en aquella época. “¿Tienes tubo de 22?” pregunta. El herrero insiste en ayudarle, pero Christophe debe de renunciar: está prohibido por el reglamento. Pero en un momento dado, se hace imprescindible que el herrero le sostenga la bicicleta para poder colocar la horquilla, lo que le supondrá 3 minutos de penalización por parte de un escrupuloso comisario que presencia la escena. Cuando termina la reparación, le quedan 4 horas para el cierre de control, y le falta por escalar los puertos de Aspin y Peyresourde. Aprieta los dientes, y ya de noche, consigue llegar a Luchon a tiempo. Ha perdido el Tour, pero sin ser probablemente consciente de ello, ha entrado para siempre en la leyenda del ciclismo. Hoy día, una sencilla placa recuerda en Sainte Marie de Campan el lugar exacto en el que se situaba la herrería en la que Christophe soldó su horquilla. Dando, de paso, una lección de valentía y humildad para las generaciones futuras.

holandés Wim Van Est cayó por un barranco en 1950 y salió milagrosamente ileso, en fin, la lista sería larga, no puedo evitar que un escalofrío me recorra la espina dorsal recordando tantos y tantos episodios que hicieron otrora del ciclismo el deporte más popular, y de los ciclistas los deportistas más admirados.

La edición dantesca de 1926 El Tour de 1926 fue el más largo de la historia: casi 6.000 km en sólo 17 etapas, a más de 300 km de media por etapa. Y no siempre había un día de descanso entre 2 etapas. Así, la etapa del jueves 24 de junio contaba con 433 km, pero al día siguiente, viernes, otros 361 km debían de ser recorridos. La gran etapa pirenaica Bayonne – Luchon sale, como es habitual, a las 2 de la mañana. Pero a medida que transcurren los kilómetros, la lluvia se hace más y más presente. La subida al Tourmalet, ya dura de por sí con las máquinas de entonces, se convierte en un auténtico barrizal, y tal es así que a las 7 de la tarde, ningún ciclista ha llegado aún a la meta de Bagneres de Luchon. El primero, el belga Lucien Buysse, llegará tras más de 17 horas sobre la bici, 3 horas más que la primera edición de 1910, 16 años antes. La noche se echa encima, aunque las crónicas cuentan que en aquella etapa del mes de julio, oscureció muy pronto. Aún hay ciclistas desparramados por el recorrido. El último que se resiste a abandonar cruza la meta a las 00:47 del día siguiente, es decir, tras más de 22 horas de carrera. Tal ha sido la dureza que Henri Desgranges, el creador del Tour, habitualmente muy duro e intransigente con los ciclistas, aceptará alargar hasta un 40% el cierre del control. 100 años de Tour en los Pirineos dan, lógicamente, para mucho más, como podéis adivinar en las fotos que acompañan este reportaje. Rodar en bicicleta por esos lugares es siempre una sensación especial. Cada lugar tiene su sitio en la historia ciclista: Cuando llego a la cima del Tourmalet, o cuando paso por los túneles del circo de Litor, entre Soulor y Aubisque, por el lugar exacto en el que el

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100 años de Tour en los Pirineos  

Artículo publicado en PDL PRO, en julio 2010

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