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Libro: Príncipe Inexplicable Por: Annesdy Tellado www.facebook.com/AnnesdyTelladoPageOfficial

Capítulo # 5 El Castillo Analfabeta Para capítulos anteriores: http://annesdy.blogspot.com


CAPÍTULO CINCO EL CASTILLO ANALFABETA Cuando llegamos frente al castillo, era la imagen más horrible que yo hubiese visto en mi vida. Las torres, los faros destruidos por su deterioro. Entramos, observé a las personas jugando en competencias sin sentido, algunos en el piso durmiendo y otros con mal aspecto y mal olor. Carlos me llevó al palacio para conocer a los reyes del castillo. Cuando entramos al castillo, había una fiesta real, pero a diferencia de las actividades que pude presenciar en el Castillo del Aprendizaje, en este estaban bailando música clásica con sus parejas. Nunca he sido buen bailarín, al parecer Carlos tampoco, entonces nos dedicamos a la tarea de observar desde una esquina sin llamar mucho la atención. De momento, todos comenzaron a aplaudir. Abrieron de nuestro lado derecho de aquel enorme local una puerta en la cual señalaban una mesa larga y fina, invitando a los presentes a que tomaran su lugar para comer. —Carlos, ¿no te equivocaste de lugar? —pregunté, por la fina y espectacular fiesta, que no parecía ser de Analfabeta—. Quizás este castillo no sea el Analfabeta. —Príncipe Lemuel, este es el castillo. Las apariencias a veces engañan. Entramos por esa puerta enorme hasta llegar a la mesa, pero como todo estaba tan organizado, era obvio que no había asiento para Carlos y para mí. —Carlos, ¿cómo te encuentras? —escuché una voz salir de la silla del centro de la mesa. 86

—Muy bien, reina —dijo Carlos con mucha reverencia—. ¿Y usted? 2


—Estupendamente. ¿Cómo se llama el chico que te acompaña? —Mi nombre es Alejandro —dije sin dudar—. Vengo de parte del rey David II para ser su asesor. Mis palabras produjeron un gran murmullo en esa mesa, rompiendo todos los protocolos que se estaban llevando. —Lo siento, joven, no necesito asesor —respondió la reina. —Mi reina, le pido que lo considere —interrumpió Carlos—. Sabe que si no fuera alguien bueno para este castillo yo no lo habría traído. —Bueno, ya, luego hablaremos de eso —realizó una seña y los sirvientes trajeron dos sillas extra para que tomáramos asiento. El aspecto de la reina era de amargura: una señora como de cincuenta años, sus ojos verdes, pelo negro largo. Al parecer, había sido una doncella hermosa en los momentos de su juventud. —¿Cómo se llama, reina? —dije sin pensar y sin ningún tipo de educación. De momento, todas las personas comenzaron a murmurar en la mesa nuevamente. Carlos me golpeó con sus pies y me miró con esa mirada que pude interpretar decía que no volviera a pronunciar ni una sola palabra. —Para tu información, joven, para ti y para todo el castillo, me dicen reina. —Como usted diga, reina —mis palabras volvieron a causar murmullos dentro de la mesa. Toda la noche nos envolvimos entre comida y compartir, sin entender cómo era posible que todo el palacio estuviera actuando de una manera. De momento, entró un hombre como de la edad de la reina; al parecer era el rey, ya que su corona lo delataba. 3


—Hola, reina —dijo el rey, como si estuviera saludando a cualquier persona. —Hola, rey —respondió la reina de la misma manera. No sentía que el amor fuera el centro de sus vidas. Si yo los hubiese visto sin las coronas, créanme que jamás me habría imaginado que eran pareja. Siguieron la conversación entre ellos hasta que culminó la velada. Los invitados se fueron retirando hasta quedar Carlos y yo. —¿Quién es tu invitado, Carlos? —dijo el rey—. Nunca lo había visto en estos lugares. —Él es un asesor. Lo envió el rey David II —respondió Carlos—. No quiero que se molesten, ustedes ya me conocen. Saben que si no diera la talla yo no lo habría traído a este lugar. —Lo sabemos —dijo la reina—, pero tienes que entender que es un poco difícil, y más cuando lo envía ese rey. —El rey David II lo envió, pero yo lo seleccioné —dijo Carlos—. Alejandro, quiero que seas sincero y que les expliques a ellos cuáles son tus verdaderos ideales. —Carlos, ¿estás seguro? —Carlos afirmó con su cabeza—. Bueno, pienso que el poder está en la lectura; sin eso no hay conocimiento, entendimiento, libertad de expresión y personas pensantes. Lo primero que yo haría sería levantar una estructura fundamentada en la lectura. —¿Y si el rey David II no quiere? —preguntó el rey. —No tiene que enterarse. Este castillo queda muy lejos. Podemos levantarlo y, cuando estemos listos para ser libres, tomar el poder sobre el castillo y cambiarle hasta el nombre, que está horrible. —Me gustó tu respuesta, Alejandro —sonrió la reina—. Carlos, ¿te piensas quedar en la noche con nosotros? —Lo siento, reina, me tengo que regresar hoy mismo. Carlos se despidió de nosotros y se fue a su horrible 4


realidad, al Castillo de la Biblioteca, mientras que yo me quedé con los reyes anónimos, ya que ninguno de ellos quería revelar su nombre. Ellos me llevaron a una habitación que, al parecer, era de un criado, ya que su apariencia no era digna de un rey. Me tardé un rato, cuando asumí que los reyes estaban durmiendo. Procedí a salir del cuarto para ver si encontraba algo que pudiera entender del castillo. Mi habitación quedaba debajo de las escaleras del palacio. Al parecer, los cuartos de arriba eran las habitaciones de los reyes y su familia. Pasé por el lado de las escaleras. Traté de abrir todas las puertas que estaban durante el pasillo, pero ninguna abrió. De momento, escuché una voz. —¿Se te perdió algo, joven? —me dijo la reina—. ¿En el Castillo de la Biblioteca no acostumbrabas dormir? —Me quedé en silencio—. Por cierto, te felicito por tu increíble desempeño en ese castillo. —¿Por qué me felicita, reina? —pregunté. —Alejandro, David II es un muchacho malicioso y para enviar a alguien aquí tiene que ser de su confianza. Perdona que te pregunte, joven, ¿cuáles son tus metas? —¿Mis metas? —respondí—. Ser un buen asesor, regresar con mi familia que está en el campo y reencontrarme con mi novia. —¿No te interesa el oro ni la fama? —preguntó sorprendida la reina. —No, eso no lo es todo, ni tampoco aspiro a ser un rey, pero en el puesto que esté lo realizaré con todo mi corazón y ánimo. Uno es el arte de su trabajo. —Me gusta tu respuesta, joven —dijo la reina—. Vete a descansar, que mañana será un día especial. Caminé hacia la habitación que me asignaron. Despertando temprano, me fui a desayunar con los reyes. Conversamos sobre temas de la realeza. Estaba 5


deseoso de comenzar a trabajar, ya que había algo raro en este castillo y lo quería averiguar. Cuando bajamos del palacio, la dinámica del pueblo era muy diferente de la que había observado el día anterior. Las personas leían, compartían entre todos. Los niños y adolescentes estaban deseosos por entrar a tomar clases. Fui al parque, donde vimos muchos niños corriendo y, de momento, la reina los abrazó y me presentó. —Chicos, su nombre es Alejandro y será el asesor de nosotros. Quiero que lo respeten de la misma manera que me respetan a mí. Todos los niños le dijeron que sí. Ella se sentó en el patio y comenzó a leerles a los chamacos. —Alejandro, ¿me quieres ayudar? —Seguro que sí —le contesté. Estaba viviendo algo que a Amanda le gustaba hacer: leer cuentos. Nunca había tenido la oportunidad de leer junto a ella. Pensé que había sanado al tenerla cinco años fuera de mi vida. Los pensamientos de la doncella más hermosa regresaron rápidamente a mí. Dije en alguna ocasión que ella se estaba pegando lentamente como un sello sobre mi corazón. Eso no era la realidad. Su sello estaba pegado hacía tiempo y, al parecer, ni los años, la tempestad y el alejamiento la podían despegar. —¿Te encuentras bien, joven? —preguntó la reina. —Sí, reina —contesté. Al pasar la mañana, nos fuimos al palacio a resolver situaciones que ocurrían en el Castillo Analfabeta. Seguimos en nuestro día tan ajorado. No había que preguntar para saber que la que mandaba por completo era la reina. Llegó la noche, terminando nuestra jornada. —Estoy muy contenta contigo, joven —dijo la reina—. 6


Me tendré que marchar. Yo soy de las reinas que se acuestan temprano cuando no hay eventos sociales. —Que descanse, reina. Comenzó a llover por el castillo y la reina observó hacia la ventana, mirando la lluvia caer. —Alejandro, ¿quieres correr bajo la lluvia? —me miraba la reina como una joven de quince. —Seguro que sí —contesté sin pensar. Procedimos a correr por el castillo, pasando por todas las esquinas, por todas las áreas del lugar. Seguimos corriendo por varios minutos hasta que caí encima de la reina. Nos quedamos mirando, justamente a los ojos. De momento, me vinieron recuerdos en mi mente, cuando por primera vez conocí a Amanda, bajo una lluvia. Nunca se me iba a olvidar la forma en que caí encima de ella. —Joven, si no te paras no podré levantarme. —Lo siento, reina —contesté un poco nervioso y la ayudé a levantarse. La reina me miró un poco preocupada y mi conciencia no me dejó tranquilo. Nos quedamos mirando. La reina se fue a su habitación y yo me fui a la mía, a ver si podía dormir sin pensar en lo sucedido. De momento, se oscureció la pantalla de mi vida. Estaba parado frente a un altar y a un sacerdote, esperando a mi amada esposa. La esposa hizo su aparición. Mi corazón latía de la misma manera que lo hacía cuando pensaba en Amanda. Llegó la novia al altar en donde me encontraba esperándola. Pude ver su rostro. Me llevé una sorpresa: era la reina del Castillo Analfabeta. ¿Cómo era posible? Nunca había tenido un sueño con la mujer que realmente amaba. Y con la que apenas conocía y era mayor que yo, tenía sueños de boda. No entendía qué estaba ocurriendo. Al día siguiente hablaría con la reina y me iría de ese castillo; además, no estaba 7


haciendo nada productivo. Mi castillo en ruinas, mis padres con los campesinos, Amanda y Juan que todavía no sabía nada de ellos… y yo allí, sirviendo a otro castillo. Al otro día, cuando desperté, se encontraba el rey tocando a mi puerta. —Joven Alejandro, despierta —decía el rey—. Hoy te tienes que ir conmigo. —Rey, tengo que pedirle algo —dije con seriedad—. Necesito un favor. —De eso hablaremos más adelante, Alejandro. Es momento de que desayunemos para salir a trabajar. Esa mañana, la reina no bajó a desayunar y yo sudaba; no quería que el rey me preguntara si sabía por qué la reina no había bajado. —Jaime, ven un momento —dijo el rey. Cuando llegó el criado, era mi Jaime, mi sirviente, un poco más viejo que cuando lo recordaba. No podía creerlo, encontrarlo en ese lugar. —¿No sabes por qué la reina no ha bajado? —Lo siento, rey, no lo sé —contestó Jaime. —Bueno, luego hablo con ella. Vamos, Alejandro, a un lugar que te voy a enseñar en el día de hoy. Jaime interrumpió: —Perdone por lo que voy a decir, rey. Pienso que es mejor que suba; quizá la reina tiene algo que comentarle. El rey se levantó del asiento y subió las escaleras; tenía unas ganas de salir corriendo, olvidarme de ellos. Jaime, mirando hacia las habitaciones, procedió a acercarse a mí hasta abrazarme. —Amo, ¿cómo te encuentras? —me decía Jaime, mientras que yo no respondía a sus actos de ternura— . Qué bueno tenerlo aquí. ¿Cómo están sus padres? —Muy bien. ¿En serio sabes quién soy yo? —Sí, joven Lemuel, y quiero que sepas que estás en el 8


lugar correcto. Estuvimos hablando de todo lo que nos había pasado, hasta parar en el Castillo Analfabeta. —Joven Lemuel, quiero que te sientas bien en este lugar. Este castillo lo heredó la reina. Ella es pariente de la reina Leticia. —Tú me quieres decir… —cambiando mi rostro de espanto—. ¿La reina es familia mía lejana? —Al parecer, una prima bien lejana, joven. Aproveché la situación para preguntar por sucesos extraños que habían ocurrido cuando llegué: las personas tiradas en el suelo la primera noche, luego la fiesta real y ver las personas leyendo e instruyéndose. Jaime me explicó que el rey y la reina no creían en la filosofía de David II y Leticia; ellos acostumbraban realizar actividades para que su pueblo se instruyese. Cuando había visitas de parte del Castillo de la Biblioteca, pues ellos comenzaban a actuar como personas incultas para que los visitantes no se dieran cuenta. La reina no había cambiado la fiesta porque lo más seguro era que hubiese visto a Carlos y, por tal motivo, no había detenido la actividad. —Pero —interrumpí— Carlos y yo estábamos escondidos en una esquina. —Bueno, eso es lo que tú piensas, joven. Al bajar el rey, nos fuimos al lugar donde trabajaríamos juntos durante el día. Era un lugar con un olor que parecía ya haber estado ahí, no por medio de sueños, sino físicamente. Cuando el rey abrió las puertas, era una biblioteca. Me sorprendía de poder ver esa inmensa cantidad de libros y colecciones, que hacía tiempo no veía juntos. —Perdona la pregunta, rey —pregunté sin pensar—. ¿Cómo es posible que tengas tanta colección de información? —Te voy a contar, joven —me dijo el rey—. Hace 9


cinco años atrás… El sonido de la puerta opacó la historia que estaba a punto de contar el rey. El rey procedió a abrir la puerta y era la reina. Entró la reina preocupada, con una hoja de parte de David II. “El ministerio real realizó un nuevo reglamento. Hace tres años atrás, comenzaron a aceptar reyes sin casarse, pero ahora de nuevo se crea el estatuto que dice que se tienen que casar. En el caso de los reyes que sean hermanos, la mujer abandonará el cargo, dando paso a la esposa del rey. Si el rey no tiene esposa, pues se queda la reina junto a su esposo. Si ninguno tiene pareja, ambos serán destituidos y se colocará a la siguiente línea correspondiente de la generación. Reyes, los quiero en dos días para realizar su casamiento en el Castillo de la Biblioteca”. —Yo no me quiero casar, rey —dijo la reina—. No sé qué voy a hacer. La reina abandonó la biblioteca. —Lo lamento —le dije al rey—. Ya mismo recapacitará y se casará contigo. —Es que yo tampoco me quiero casar con ella, Alejandro. Dejemos la historia para luego. Ve donde la reina y dale consuelo. —Pero, rey —dije un poco molesto—, quiero saber la historia. —Alejandro, lo único que te puedo decir es que cuando la reina Leticia comenzó a destruir la biblioteca, Carlos, la reina, Jaime y yo nos tomamos el atrevimiento de guardar los pocos libros que quedaban en el bosque. Cuando el rey David II decidió dejarnos como reyes asociados de ellos, la reina y yo decidimos llevarlos al Castillo Analfabeta. No fue fácil comenzar a alfabetizar al pueblo, pero le dedicamos cinco años. Todavía nos falta, pero sé que esta lucha continúa. No es nada fácil educar a un pueblo sin los

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materiales apropiados, pero tenemos en nosotros la vocación de ayudar a este castillo. Me retiré de la presencia del rey. Busqué a la reina por todos lados. Al ver que no la encontraba, me dirigí a un árbol que quedaba fuera del Castillo Analfabeta, me relajé, saqué un libro que tomé prestado de la biblioteca y me senté. De momento, vi a lo lejos a la reina. Ella se veía llorando, mirando hacia el bosque que quedaba al otro lado. La observaba a lo lejos, me iluminaba con su belleza. Sus ojos llenos de amor. Era el momento de verla tan dedicada que me hacía mirarla. Me acerqué a ella. Mi corazón latía cada vez más rápido. El pecho me apretaba, se me quería salir de lugar. Deseaba besarla, mas no podía hacerlo. —Llora a gritos mi corazón —le dije a la reina— al latir tan fuerte, derrumbando así el puente que hace contacto con mi ilusión. —Alejandro, mi corazón desea cantarte una canción, escuchar en el silencio la melodía del amor. Nuestras miradas se cruzaron nuevamente. —Mis sentimientos no se controlan. Le pido que no se atreva a amar. En vez de aceptar la realidad, quiere lucharte hasta el final —le dije sin pensar. —Lloro en la soledad al saber la verdad, que contigo no estoy y triste mi corazón va a quedar. —Quiero llevarte conmigo a un palacio desconocido, crear un mundo contigo, sin temores y perjuicios —le respondí. —Si no estoy contigo, mi corazón quedará destruido. —No me interesa la riqueza ni fama en el mundo, solo deseo ver tu sonrisa y llenarme de tu embrujo. En ese mismo instante, nuestras miradas se cruzaron y nuestros labios procedieron a besarse. Me sentía culpable, amaba a Amanda, pero no sabía qué me pasaba con esta reina. —Alejandro, quiero decirte algo. 11


—Dime, mi amor. De momento, su rostro comenzó a rejuvenecer, su cuerpo y hasta su vida: se convirtió en Amanda. —Soy joven otra vez —me dijo Amanda. —¿Amanda? —dije, asustado. —Sí, Alejandro. ¿Cómo sabías mi nombre? —Me lo dijo… el rey —le mentí. No había cosas claras como para decirle toda la verdad a mi amada—. ¿Qué pasó aquí? —Alejandro, cuando Leticia y David II tomaron el control del Castillo de la Biblioteca nos obligaron a Juan y a mí a ser los reyes del Castillo Analfabeta. Nos visitan cada rato para asegurarse de que nuestra gente sigue analfabeta. La reina Leticia comenzó a decir a su pueblo que yo era su hija para que tuviera una pequeña lógica mi reinado; obviamente, ellos beneficiándose en todo. Como el pueblo no analizaba, me aceptaron como la hija de la reina, aunque nunca me habían visto crecer como princesa en el castillo. Para que nadie nos reconociera, Leticia nos hizo un hechizo para que nos viéramos viejos. La única manera de hacer desaparecer la magia es que uno de nosotros besáramos a nuestro primer amor. Pensé que no tenía esperanza, porque no estoy con mi amado, y no me malinterpretes, Alejandro. Tú eres especial; me haces sentir y decir cosas que solo sentía por mi príncipe. —¿Cómo se llama tu amado? —le pregunté. —Lemuel —respondió Amanda. No pasó ni un segundo cuando la tomé entre mis brazos y comenzamos a bailar como si una sinfonía tocara una canción en el bosque. —¿Cuánto tiempo durará esta magia de nosotros? — preguntó Amanda. —Toda una vida, Amanda —contesté—, toda una vida. Soy yo, tu Lemuel. 12


Nuestros labios se acercaron y nos besamos, interrumpidos por el rey, Juan. — No puedo creer que no te reconocí. — Amanda, no fuiste la única. Estoy comenzando a creer que Josué permitía que no me reconocieran para protegerme. —¡Juan! —grité con alegría—. ¡Mi primo! ¡Mi hermano! —acercándome con un abrazo. Fuimos al palacio, donde les conté lo que me había ocurrido desde la última vez que nos viéramos, cuando regresábamos del Castillo del Aprendizaje y entrábamos al Castillo de la Biblioteca, gracias a Josué, hasta llegar al Castillo Analfabeta. —Chicos —dije con autoridad—, busquemos sus mejores caballeros y pasemos a buscar a mis padres; es la hora de recuperar el castillo que nos pertenece. —Lemuel, el Castillo de la Biblioteca tiene más caballeros —dijo Juan. —Tendrá más caballeros, serán más saludables, pero esta batalla la ganaremos con la fuerza de nuestras capacidades. Podemos ganar. Pasemos donde están los campesinos, que ahí se encuentran mis padres. Hablamos con los ciudadanos del Castillo Analfabeta y a todos les había gustado el progreso de los reyes, Juan y Amanda. Ahora era momento de poner rumbo al Castillo de la Biblioteca a buscar lo que nos pertenecía. Juan se quedaría en el Castillo Analfabeta con algunos caballeros, mientras que Amanda y yo iríamos a buscar a mis padres para dirigirnos a la batalla; quizá no sería la última batalla, pero sí la que iba a determinar el destino de los castillos.

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Capítulo 5 del libro Príncipe Inexplicable