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PRÓLOGO

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uando cumples sesenta años tienes un deber moral contigo mismo: distinguir lo que es pasajero de lo que es permanente. La historia que te voy a narrar no fue pasajera. Si bien en su inicio parecía alejarse de mi camino, acabó siendo definitiva en mi vida. Tanto es así que puedo afirmar que hace unos meses volví a nacer. Pero no fue un nacimiento de esos en los que uno continua pensando y haciendo las mismas cosas de siempre tras superar una desgracia o accidente. Más bien resultó ser ese tipo de nacimiento verdadero al que merecerían llegar todas las personas. Un nacimiento de vegetal, como digo yo, ya que es en el interior de cada uno de nosotros donde podemos encontrar esa semilla de nuestro futuro. Esa semilla que una vez brote hará que ya no mires atrás, sólo adelante, y así cambiarás tu mente y con ella las decisiones con las que construirás tu vida. Y es que soy de la opinión, mis más de seis décadas me avalan, que esa es la única postura ante la existencia que hace que uno disfrute pronunciando a viva voz ese gran término: Vida. A punto de narrarte el qué, el cómo y el cuándo de mi verdadero nacimiento, te diré que me siento mejor siendo esa voz narradora omnipresente que todo lo ve, que todo lo siente, que todo lo escucha. Aunque añada retazos de ficción, aunque exagere en mi intromisión de las emociones ajenas, supongo que la historia que vas a leer a continuación ocurrió más o menos así. He vivido tres cuartas partes de mi vida sin escucharme pero hubo quién me enseñó a eliminar mi propia contaminación acústica. Es la hora de levantar el telón.

“A la madre de PAU y al hijo de ELENA, con ellos a mi lado no soy una ballena solitaria” Pedro “A las personas más especiales de mi vida, mi hijo Alvaro y esposa Juani, junto a vosotros espero surcar ese mar llamado vida” Juansi

La soledad de las ballenas

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CAPÍTULO 1

ecilio Gris se acostó una noche con media vida por delante y a la mañana siguiente se levantó con los días contados. Aquella mañana aprendió que empezamos a morir en el mismo momento en el que nacemos y que no temer a la muerte es como vivir sin futuro.

A las cinco de la mañana su cuerpo entero emitió  una extraña sacudida interrumpiendo de esta guisa su último sueño. Fue un rápido movimiento que ensamblaba su alma con aquel conjunto de huesos y músculos descalabrados. En aquel despertar una imagen se instaló en su memoria: el rostro entristecido de un payaso. Aquel semblante maquillado y con prominente nariz roja le resultaba familiar pero no atinaba a descubrir quién era. Abandonó su lecho y se dirigió al cuarto de baño donde una vez más se buscó en el espejo. Era ese momento en el que uno necesita volver a saber quién es para continuar con su rutina. “Como siga envejeciendo así, un día de estos no me reconoceré” se dijo con resignación. Puso rumbo a la cocina y en ella recalentó el café de la noche anterior. Tomó asiento junto a la única mesa que obraba en su diminuto aunque barroco comedor y consultó su viejo reloj Orient. “Demasiado pronto” pensó. Dejó la taza de café sin apenas probarlo y regresó a la fábrica de sueños de su habitación empeñándose en dormir una hora más. A su edad sabía que robar una hora de descanso a su cuerpo podría pasarle factura durante el día. En ese nuevo sueño, pese al intento de recuperar el anterior, la imagen del payaso se desvaneció. Cecilio paseaba apaciguadamente en bicicleta por un mercado rico en productos y atiborrado de gente risueña que le saludaba al pasar. La bicicleta llevaba atada varios globos de distinto color. En el mercado Cecilio deambuló entre sus tenderetes sin comprar nada. Al alcanzar la salida montó de nuevo en la bicicleta y continuó su pedaleo, aunque 11

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una inesperada pendiente aceleró su paseo y comenzó a sentir miedo. Pero no hubo impacto, es lo que tienen algunos sueños. Y por efecto de lo que se supone una especie de tele transportación, Cecilio pasó a ser el único ser humano de una estación de trenes vacía. Recorrió aquel lugar congelado en el tiempo hasta que en uno de sus andenes un cartel mostraba la fotografía de Concha, su mujer, quién le indicaba con un texto el camino hacia una catedral. Cecilio obedeció las indicaciones y al llegar a la nave central de la catedral se quedó embobado contemplando una de las cristaleras. En ella se distinguía una especie de rosetón multicolor cuya esfera poseía otras esferas, cada vez más diminutas y con cenefas casi imposibles de seguir con la vista. Aquella imagen le confundió y se entristeció al comprobar que Concha no estaba allí. Retomó su onírico viaje en bicicleta y apareció ante una gran avenida vacía, no reconocía que calle era. Pedaleaba deprisa cuando se encontró con la fachada de un gigantesco edificio del cual había colgado un enorme reloj. Su viejo reloj Orient en el que las manecillas estaban detenidas y marcaban las tres de la tarde. Pero entonces Cecilio regresó a la realidad precedido de otra sacudida corporal. En esa ocasión con el cuerpo algo empapado. Encendió la lámpara que descansaba sobre su mesita de noche y comprobó que las manecillas de su reloj funcionaban como siempre lo habían hecho. Se dirigió al baño y se aseó. Apenas eran las seis de la mañana, la hora de volver a recalentar el café recalentado que le esperaba en la mesa de su comedor. Con el aire fresco acariciando unos pómulos cada vez más enjutos se dirigió al metro. De su mano colgaba una bolsa en la que una fiambrera daba cobijo a las sobras de una tortilla española insípida por recomendaciones médicas. “Mi vida y mis comidas carecen de sal” repetía Cecilio en más de una ocasión ante los compañeros de trabajo. De lunes a sábado realizaba el trayecto desde su barrio 12

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de Bellvitge, al que llegó cuarenta años atrás, hasta la estación de “Glóries”. Durante ese recorrido de treinta minutos las mismas caras se bajaban en las mismas estaciones, todas ellas memorizadas por un Cecilio ausente que evitaba las miradas contemplando su cuerpo encogido a través de los cristales del vagón. El corto paseo desde la boca del metro hasta las puertas de la Torre Agbar fue suficiente para que en un diálogo interno lamentara su tozudez a la hora de comprar las camisetas interiores más baratas. El frío sacudía sin miramientos y “uno ya no está para pillar catarros” se recordó sin mucho convencimiento. En el edificio Agbar trabajaban tantas personas que podía pasar desapercibido para casi todas, excepto para los porteros Alfred y Freddy. -Buenas Cecilio, otro día más. - Dijeron al unísono. Fueron tantas las veces qué había salido esa frase de su boca que ambos la habían adoptado como un saludo en cada encuentro a primera hora. -¡Sí, otro día más! Espero que no sea como el de ayer.- Respondió Cecilio. -Pues ahora que lo dices esta mañana escuché que anoche se averió el sistema de refrigeración de la oficina del Gran Jefe.- Apuntó Alfred. -¡No puede ser!- Lamentaba Cecilio. -¿Llegarás  a tiempo al comedor para comer juntos?-Se interesó Freddy. -¡Eso esperó! - Exclamó Cecilio sin entusiasmo sabedor del tiempo que les llevaba a ellos comer y lo mal que le hacían sentir. La 13

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responsabilidad de Cecilio era tal que su voz interna se convirtió, con el paso de los años, en el peor jefe que podía tener. Cecilio encaró  el pasillo que le llevaba hasta el departamento de mantenimiento. -¡Buenas Joan! Debemos subir a Dirección y reparar el sistema de refrigeración del jefe. Anoche se averió  otra vez.- Afirmó Cecilio algo arisco.   Joan era el joven y avispado ayudante que hacía un par de años entró  como auxiliar de mantenimiento. Conocido sobradamente entre el sector femenino de la torre Agbar, se había convertido involuntariamente en todo un icono sexual. Su secreto radicaba en una seductora sonrisa escoltada por una mirada color turquesa. La distancia que recorría el ascensor entre la planta de mantenimiento y la Dirección permitía una conversación, pero a esas horas Cecilio no era la persona adecuada para ello. El “dink, dink” del ascensor les anunció la planta veintiuno. Entrados en faena, el desperfecto estaba siendo más duro de lo que en un principio parecía. Discutieron el cómo solucionarlo y se repartieron las funciones mientras la pequeña radio que portaba Cecilio no dejaba de regalar canciones. Los dos trabajadores se sumergieron en aquel entuerto de cables y filtros descuidados sin apenas intercambiar palabras. Desde una de las ventanas podía verse el Mediterráneo en todo su esplendor, parecía un mar plateado ante el reflejo que el sol le regalaba. No llevaban trabajando apenas tres horas cuando Cecilio comenzó a sentirse mal, tenía la sensación de no poder coordinar y terminó  perdiendo el equilibrio. Cayó  estrepitosamente de la escalera y su radio le siguió hasta el suelo al ritmo de una canción. 14

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Joan acudió rápidamente en su ayuda. -¿Estás bien? Cecilio entre tanto intentaba incorporarse del suelo. -¡Tranquilo, no es nada! Sólo me he mareado un poco. Un incómodo silencio reinó  durante unos minutos dejando que las mentes rumiaran acerca de lo que estaba pasando. El excesivo calor que causaba la propia avería no ayudaba a que el trabajo fuera llevadero. -¡Ha sido el calor!- Rompió  Cecilio el mutismo intentando tranquilizar tanto a su compañero como a él mismo. Pero un Joan algo turbado no quiso prolongar la tarea ni un minuto más en aquellas condiciones. -¡Se acabó!  ¡Vamos a almorzar! -No es nada. Joan le lanzó una mirada de pocos amigos. -Está bien, de acuerdo, vamos. -¡Así me gusta, que no seas tan tozudo! Vamos al comedor que se está más fresquito. -Sabes de sobra que no es de mi agrado, prefiero soportar este calor. Tu haz lo que quieras pero ¿me puedes subir la fiambrera, por favor? Pese a que las palabras de Cecilio solían ser órdenes en esa ocasión Joan obedeció refunfuñando, más por preocupación que por rebeldía. 15

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Tras tomar juntos el almuerzo en aquel horno de despacho la situación no cambió mucho. Los intentos poco certeros de Cecilio acaparaban toda la atención de Joan, quién atónito a la inédita torpeza de su compañero no podía concentrarse en su tarea. Para Cecilio aquella era la primera vez en su vida en la que tendría que abandonar la planta sin solucionar el desperfecto. Joan pudo apreciar el decaimiento de Cecilio y decidió animarle. -¡Tranquilo compañero! Como diría en esta situación Napoleón hemos perdido una batalla pero no la guerra. Al regresar al departamento de mantenimiento Cecilio todavía permanecía ausente. Abandonaron las herramientas en el habitáculo destinado para ello y tras cumplimentar el preceptivo parte ambos se dirigieron hacia la puerta. Cecilio sintió que volvía a marearse pero pudo contener el equilibrio. -¿Te encuentras bien? ¿Quieres que llame a un médico? -Se interesó Joan con un hilo de voz. -¡No! No te preocupes chaval, es sólo por culpa de la tensión y del esfuerzo. -¡Debes cuidarte más! No comes nada. -¿Y quién puede comer sin sal hostia? Cuando abandonaron el ascensor y encararon la puerta de salida Alfred y Freddy aguardaban para marcharse. -¡Hasta mañana amigos!- Saludó un débil Cecilio. -¿Qué tal el día? -Preguntaron interesados.

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-Duro, muy… -Respondió Cecilio al tiempo que un nuevo desmayo le acercó al cuerpo de Joan para acabar contra el suelo. Pero esta vez acontecía algo que anteriormente no había acaecido. Podía ver como su cuerpo yacía en el suelo mientras sus compañeros hacían lo imposible por reanimarle. Cecilio intentaba hablarles pero ellos no podían oírle, al igual que él sólo podían percibir un profundo y desconcertante silencio.       

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