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Paula De: L. Kraps


Salí, y era de noche, entonces no había cielo que me cubriera, ahora tampoco, miro arriba y sólo veo la claridad de la mañana. Salí, y era de noche, entonces estaba descalza, las zapatillas me fueron prohibidas, quizá temiendo lo peor, que escapase (como hice), estaba descalza, sentí la tierra entre mis dedos y comencé a trotar, despacio, como probando mis fuerzas, mi carácter, comencé a correr para probarme a mi misma que debía salir de aquel lugar, era de noche y comencé a correr, primero despacio, luego poco más aprisa, mis piernas respondían tiernamente, tímidas, imbéciles luego, paciente esperé corriendo a ese ritmo un ciento de metros, era de noche y hacía frío, los árboles movíanse, mis piernas se sacudían con cada metro recorrido, cubrí el ciento pactado y apuré el paso, más aprisa, el frío también comenzaría a ceder, pensé, jamás sucedió, hoy tengo frío, siempre lo tendré, hacía frío y decidí esperar un ciento más para apurar nuevamente el paso, arriba la oscuridad de la noche, más tarde la claridad, pero no había cielo, sabía hacia donde debía dirigirme, debía correr, cumplí el ciento, más aprisa, más aprisa, pensé y corrí, helado sentía en manos, pies, rodillas, cadera, pecho, nariz, orejas, ojos, mente, otro ciento, más aprisa, mis pies aún imbéciles de vez en cuando me hacían pensar en la posibilidad del frío acompañándome siempre y tal vez, por qué no, la imbecilidad también, un ciento, más aprisa, pasé entre un bosque sutil, pude correr libremente por cualquiera de los vastos senderos sin tropezar o siquiera trastabillar, más aprisa, ciento o doscientos, debía ir más aprisa, aún estaba cerca de aquel lugar, estarían percatándose ya de mi ausencia, primero buscarían en todo el lugar, luego una llamada a seguridad haciendo preguntas de rigor y un vistazo rápido a los alrededores, al no encontrar, una llamada urgente al doctor en turno, un vistazo, un informe, una brigada a buscar kilómetros a la redonda, más aprisa, más aprisa,


luego la llamada a mi doctor, corrí en medio del bosque y el frío siguió a mi lado, como ahora, corrí más aprisa y mis piernas sólo eran imbéciles si yo se los pedía; el doctor despertó sobresaltado ante la noticia, yo corrí alejándome, más aprisa, la oscuridad me cubriría por un buen rato, al amanecer aumentarían mis precauciones, corrí, corrí, “Pero cómo sucedió, nadie le cuidaba?”, corrí, más aprisa, un paso tras otro, más aprisa, más aprisa, corrí, corrí, corrí, el frío entraba en mis huesos, corrí, “no pudo escapar, no pudo!”, corrí, intercalaba los pasos, aprisa, aprisa, izquierdo y derecho, uno luego del otro, aprisa, corrí, con frío. Corrí, una vez más, tras la estrella que vi caer una noche del cielo.

Miramos las manos de una mujer, quietas, suplicantes, junta la una con la otra esperando el pan de cada día. Entonces se mueven muy despacio, casi imperceptible el movimiento, pensamos, por un instante que somos nosotros quienes nos acercamos a ellas, vemos con más detalle, se acercan a nosotros, obscurecen.

Es una mujer, su cabello está desorganizado, exquisito, lacio, negro, aunque no podemos ver su rostro, lo cubren sus manos, amplias, delgadas. La vemos inhalar con fuerza, ahora exhala, no quita las manos del rostro; de su cuerpo, nada vemos. Ahora desliza sus manos sobre su rostro, se dirige a su cabello, le recorre con fuerza y sus manos se encuentran una vez más en su rostro, pasando por sus orejas hasta las mejillas, el labio inferior y descienden, perdiéndose a nuestra vista. Vemos su rostro, es una mujer blanca, ojos


oscuros, nos mira de frente, sin temor, más bien, expectante, no deja de mirarnos, parpadea. Nos mira.

-Si tan sólo pudiera salir de este lugar- piensa como tantas otras veces en el día, en los días, los meses que lleva dentro, encerrada, esperando una llamada que cambié de pronto su vida, que le devuelva nuevamente la certeza de su búsqueda antes de revelar su secreto. Sus manos comienzan a resultarle ajenas, desconocidas, cabría entonces la posibilidad de en verdad no saber ya quién era ella misma?, no, serían las píldoras que debía tomar cada noche y mañana y tarde sin cesar, una píldora de cada color cada momento del día; sí eso era, las píldoras le devolvían su propio cuerpo extraño, desconcertante. El tiempo que debía permanecer en aquel lugar, indefinido, escuchó en una ocasión decir al encargado del lugar cuando paseaban, él y su madre por el jardín, ella los observaba mientras caminaba a sus espaldas. –Nada puedo asegurarle, la condición de su hija es, cómo explicarle, desconcertante, indefinible, le hemos hecho ya algunas pruebas y nada parece normal, no hemos podido hacer un diagnóstico claro, pero no desespere, ella estará mejor aquí, le cuidaremos y procuraremos que vuelva a casa lo antes posible, de eso puede estar segura-. Su madre aguardó en silencio, como consintiendo a todo cuanto acababa de escuchar. Luego no escuchó más, una mujer de atuendos lilas la tomó delicadamente por los hombros y corrigió su camino en dirección al estanque, sentíase tan débil que no optó más que por aceptar su nuevo camino, en dirección al estanque. Luego no miró nunca más estanque, nada de todo aquello volvió a ser como aquel día, pasaba horas enteras dentro de un pensamiento, en una habitación, todo el día, mañana,


tarde y noche, a pesar de las visitas al baño, obligadas, por cierto, la vida le transcurrió dentro del mismo pensamiento, nunca otro, siempre el mismo, aun cuando le visitaban los doctores, hacíanle pruebas, cuestionarios, muestras de sangre, reconocimiento de figuras, álgebra, lógica, física, literatura, comprensión de lectura, conciencia del espacio, del tiempo, del cuerpo, de los otros, del medio ambiente, de la situación actual, cómo pretendían que lo supiera, hacía meses que estaba encerrada en un mismo pensamiento y en aquella habitación. Los primeros días había intentado escapar, un agujero en la pared, en el techo, en el piso, en la mente, pero nada daba resultado, escapar de ese lugar significaba quedarse para siempre, luego salía a caminar, solo luego, cuando la guardia lo permitía, nunca, siempre en su pensamiento, de noche, cuando podía encontrarle más fácilmente, caminaba por los alrededores, no podía ir demasiado lejos, podría perderse y no volver a la revisión del amanecer, nunca encontró indicio alguno, pasaba las horas caminando, buscando un destello de luz, nunca vio más allá de sus pasos, siempre hasta el horizonte, entonces volvía sin hacer ruido, no quería despertar a alguien, mejor quitarse los botines y subir de prisa las escaleras, tener cuidado de no tropezar y resbalar, a veces, de noche, la limpieza olvidaba secar los pasillos. Luego abrir despacio la puerta, rechinaba, esperar alguna señal del guardia, de no existir ésta entrar y esperar la supervisión, al amanecer.

Es una puerta, la mitad de ella, al centro una ventanilla, como un espejo, nos movemos, nos acercamos a mirar, lentamente, vemos oscuridad, luego una figurilla, el marco de la ventanilla, nos acercamos más, entramos en la ventanilla, lentamente, nos detenemos, hay luz, una habitación, una mujer de pie, de brazos cruzados, cabellera larga, revuelta, negra, es


blanca, no nos mira, mira de frente; la habitación es minúscula, alta, no vemos el techo, sólo tres paredes, sucias; la mujer no s mira, mira de frente, cruzada de brazos, es una habitación luminosa.

Son los pies de una mujer, descalzos, sucios, un poco de su tobillo, atrás?, no distinguimos, sólo vemos la piel, los pies y los tobillos, sucios, percudidos, alzamos la vista, despacio, vemos piel, texturas percudidas, las rodillas, una sombra y subimos, despacio, hay más sombras, tela, tela blanca, ámbar, más tela y la figura de la mujer que se desliza conforme nos deslizamos hacia arriba, despacio, es su cuerpo, su cintura, luego sombras, piel, brazos cruzados, debajo tela, ámbar, blanca, nos detenemos, justo donde miramos sus brazos, la piel, las sombras y la tela, debajo interpretamos su figura, sus senos, quizá. Alzamos la vista más, ya no nos deslizamos, sólo miramos desde sus brazos, la sombra de su rostro, su barbilla, delicada, percudida, sucia, distinguimos su cuello, imaginamos que la gran sombra detrás es su cabellara, se mueve, respira, miramos piel, sombras, suciedad.

-Mas nunca de día podré salir- piensa a menudo, y es que de día, dicen los doctores, moriría ahora, cuando la enfermedad, su enfermedad ha tomado un nuevo rumbo. Según ellos, los doctores, padecía también un trastorno fóbico, a la luz del día o al día mismo, llegó a decir un joven médico aventurándose con su diagnóstico. –De día parecería una demenciada común, no habla, casi no se mueve, no come, se rehúsa al contacto humano, es imposible llevarle a asearse, menos por su propio pie, ha puesto parte de su propia ropa en las ventanillas de su celda, no obstante es agresiva para estar demenciada, ataca a cualquiera


que intente ofrecerle muestras de afecto, incluso de humanidad, no tolera que le hablen, que le toquen, tampoco que estén cerca de ella, los enfermeros han desistido en sus intentos, les rasguña, muerde, golpea, las inyecciones parecían la mejor opción, no obstante, fue cuando observamos detenidamente: durante el día duerme por periodos, cada vez que despierta mira hacia las ventanas, al parecer comprobando si el día ya no existe, hacia la media tarde, cerca del anochecer, parece mejorar, comienza a moverse por el centro de la habitación, circularmente, aleatoriamente, entonces prueba poco a poco los alimentos que aún están sobre la charola de servicio, una vez que come vuelve a dormir, al despertar, es de noche, entonces parecería la mujer más normal de este mundo, al menos en apariencia, sale de su celda no sin antes haber quitado los harapos de las ventanillas, mira, aunque tímida, amablemente a los que cruzan su camino, entrega en la cocina la charola de servicio, y camina hasta el ventanal donde comienza un monólogo mirando al cielo, escribe un cuadernillo algunas notas, oraciones sin sentido. Pasa cada noche en el mismo lugar, cerca del amanecer vuelve a su habitación para no volver a salir hasta la noche siguiente. De acuerdo con esto hemos convenido el doctor Ramos y yo no forzarla a salir en el día ni que se le obligue a hacer algo que no deseé; sus sesiones de análisis son por la noche, cerca de las ocho treinta, parecería una esquizofrenia, no obstante, en repetidas ocasiones hemos tenido charlas tan amenas y llenas de sentido y verdad que nada parece patológico, es como si la noche le tranquilizara y el día le imposibilitara cualquier actividad, incluso mental. Parecería que de blancos y vacíos se llena su mente durante el día, las posiciones en las que se mantiene son tan variadas como tan normales y extrañas. Cuando de pie se mantiene, su rostro siempre se oriente hacia el piso, sus manos lejos una de la otra, sólo al


acercarse a alguna parte de su cuerpo se unen, se tocan, como si la una le ocultara algo a la otra, las piernas tampoco juntas. Sentada, sobre el piso o la cama, las piernas extendidas, los pies descalzos y su rostro firme, al frente, expectante, los ojos bien cerrados y la mirada firme en su interior, buscando, las manos sobre sus costados, al aire, sobre el vientre, extendidas. Ha llegado a escribir en el piso del cuarto, son signos desprovistos de toda comprensión, no obstante, responden a la lógica del lenguaje, parecieran formar un nuevo idioma, los signos se agrupan en, parecieran, monosílabos. Luego de pasar horas escribiendo, como en un arranque de desesperación, borra todo cuanto en la superficie se encontraba y vuelve a una tajante quietud hasta que la noche vuelva.

Una extensión cuadrangular de superficie clara, nos alejamos de ella y miramos una nueva extensión, ahora más cuadrados, y más lejos, un pedazo de piel, un talón, seguimos alejándonos, la superficie sobre la cual descansan los pies es una loseta de cuadros blancos, una bata, inicialmente blanca, percudida por la suciedad, cubre la piel, nos alejamos más y vemos el cuero cabelludo de una mujer sobre la loseta blanca, expandimos discretamente nuestro panorama, más loseta blanca, cuadrangular, rayada, sucia, la cabellera de la mujer y los pies debajo, algunos fragmentos de la bata percudida. Nos alejamos, la loseta, una mujer de pie, un mueble comienza a divisarse, expandimos discretamente el panorama, es una cama, expandimos más, es una gran superficie cuadrangular, una habitación, rodeada por cuatro paredes, en el rincón de la derecha un bacín, arriba, una cama, sobre ella, pareciera una ventana cubierta, al centro una mujer de pie, inmóvil, a la izquierda un picaporte, un


halo de discreta luz, una ventanilla en la puerta, suponemos, abajo, vació, la mujer del centro se mueve lentamente, extiende los brazos, nos movemos hacia la cama, lentamente, miramos a la mujer y sus brazos extendidos ahora abajo, la cama al centro, luego una línea gruesa, es un muro, y arriba losa blanca, seguimos moviéndonos sin detener, los brazos de la mujer casi imperceptibles, sólo sus manos, la cama, el muro al centro, la loseta blanca, un bulto se mueve arriba, es una mujer a gatas, se detiene, brinca sobre sus cuatro simuladas patas, vuelve a correr de un lado a otro. Oscuro.

Se escucha un vaivén, un trepidar constante, rítmico, no es un golpeteo uniforme, más bien, alternativo, constante, lejano, podrían ser pequeños objetos golpeando un superficie plastificada, brincando dentro de ella, constante, trepidante, constante, pequeños objetos, varios, constante. Se escuchan cercanos, constante, trepidantes objetos golpeando alternada y constantemente sobre la superficie que les contiene, más cercano, constante, trepidante, se han detenido. Es una bandeja plateada, un vasillo de plástico blanco encima, píldoras multicolores dentro de éste, unas manos que sostienen, sólo una, la bandeja se desliza suavemente hacia la izquierda, una de las manos toma un picaporte, le gira, empuja, la bandeja aparece en primer plano, luego un cuerpo vestido en blanco que cruza el marco de la puerta, se aleja, se acuclilla, se incorpora nuevamente y despacio retrocede, vemos la bandeja vacía, una de las manos toma del picaporte y jala, la puerta se cierra. Nos movemos, descendemos lentamente al tiempo que levantamos la vista al frente vemos lámparas alineadas, el techo blanco, seguimos descendiendo sin dejar de ver las lámparas, es un pasillo amplio, una mujer se aleja paso constante, vestida de blanco, incluso los zapatos,


algo sostiene al frente, (no logramos ver qué es), se aleja, no nos movemos más, vemos el pasillo iluminado artificialmente, las lámparas, picaportes a los costados del pasillo y silencio, la mujer, las lámparas, el pasillo se desvanecen lentamente.

-Dejar las píldoras en la entrada- había dicho el doctor a las enfermeras responsablesnunca intentar dárselas por la fuerza, ella no reniega el medicamento, sí el contacto humano. –Qué mujer más extraña!- dijeron casi al unísono las enfermeras del pasillo, todas reunidas en ese momento, si bien estaban acostumbradas a tratar con enfermos mentales, no todos los días tenían ante ellas una paciente de las características tan particulares y cambiantes. Al menos una vez por semana las enfermeras eran citadas para recibir nuevas instrucciones sobre cómo tratar a la paciente de la habitación 211, nunca igual, los síntomas eran variables, enfermeras como doctores dudaban ya de la veracidad de los síntomas, quizá era todo una simulación, una farsa, nadie podía comprobarlo, sólo algo constante, un delirio. Cuando los síntomas no cambiaban radicalmente, sí se sumaban otros a los existentes hasta que los precedentes desaparecían paulatinamente, podían repetir los síntomas luego de un periodo de tiempo relativamente largo, no era una constante. Los medicamentos variaban también, electroshocks?, no por el momento, dijo su madre en una ocasión que le fue sugerido. Las posibilidades de mejorar, inciertas, doloroso?, evidentemente, ella está conciente, doctor?, Sí, en ocasiones, Se despertaría en ese momento?, No, mas luego lo notaría, el dolor quizá sería peor, no puedo mentirle, Gracias por su sinceridad, entonces no por el momento, Bien, como usted lo decida, seguiremos administrándole dosis considerables del último tratamiento, aún no ha pasado


el tiempo suficiente para comprobar su efectividad, Está bien, doctor, infinitas gracias por lo que hacen por mi hija, Nos gustaría poder hacer más, que tenga una agradable tarde, señora, hasta luego, Hasta luego, doctor. Parecía una apacible mujer, llena de esperanza, cada mes venía puntual a su cita con los médicos, pasaba horas entre resultados de estudios, pruebas, nuevas alternativas terapéuticas, nuevas opiniones, silencios incómodos; pocas veces se quedaba a visitar a su hija. Lo hacía al principio, cuando aún le reconocía, un buen día: que vestía un pantalón de casimir, beige, zapatos oscuros, un lindo suéter marrón y poco maquillaje, entró al jardín central luego de la reunión con el doctor, había un nuevo medicamento, las posibilidades eran enormes, las probabilidades igual, no podía ocultar cierta felicidad en el rostro, Se pondrá bien, Francisca, le dijo casi en silencio a la mujer que estaba al pendiente de su hija cuando ésta salía al jardín, aquella no hizo más que sonreír, les dejó solas, caminaron como de costumbre en medio de los árboles, tanto le gustaba a su hija, ella le miraba de cerca, abrazaba los árboles, miraba hacia las copas como intentando alcanzar con los ojos la punta, arrancaba hojas, las olía y les dejaba sobre la tierra delicadamente; luego comenzaban a charlar, Has ido a ver a papá?, Sí querida, le he dejado flores y le he dicho cómo estás, Tú, cómo estás?, Bien querida, trabajando mucho, sabrás que ha llegado un paquete recientemente..., en esa ocasión no hubo preguntas introductorias, sólo un Cómo estás?, tan seco, cordial y frío que espantó un poco a su madre, no hizo caso y contestó, Bien querida, sabes lo que me ha dicho el doctor?, No, (silencio), Hay un nuevo medicamento, lo han usado en casos como el tuyo y los resultados han sido notables, hija, me estás escuchando?, se había adelantado hasta un árbol y comenzó a olerle, como cuando un perro olfatea a un extraño recién llegado, Hija, me escuchás?, entonces se


acercó hasta donde ella y le tocó el hombro para llamar su atención, Hija!, Me hablás a mí?, y volvió sobre su olfateo; dejó de recordarle.

-Buen día señorita, visito a una paciente- se anunció con gran simpatía una joven de rasgos muy delicados. Claro, es el número 211, contestó presurosa, no podía negar cierta y desconocida emoción, algo le decía que el encuentro con aquella amiga sería tan desconcertante como devastador, sin embargo, deseaba tanto verle, hacía tanto que no lo hacía, desde que ambas salieron del bachillerato, ahora, años después se volverían a encontrar, o al menos ella a la otra. Esperó solamente las visitas obligadas a su regreso del extranjero para acudir a la Calle de Tulipanes, número siete, y encontrarse con la desagradable noticia. No está en este momento, María, lo siento. Algo extraño en la expresión de la madre le causó extrañeza y mucha inquietud, entonces preguntó antes de volver la espalda, Puedo verle? La mujer se soltó en un inconsolable llanto, entró a la casa sin cerrar la puerta, razón suficiente para que María entrara detrás de ella, cerró la puerta y aguardo en el recibidor hasta que la madre de su mejor amiga volviese, los minutos languidecían, entonces volvió la mujer un poco menos inconsolable, Pasá, hija, pasá, tomá una silla, esta es tu casa, discúlpame pero todo fue tan repentino (decía entre sollozos), tiene ya tanto tiempo que creí haberlo superado, pero luego abro la puerta y te encuentro allí, de pie, tan hermosa como siempre y tan llena de vida que no pude menos que recordar su lindo rostro. Por un momento la idea de muerte comenzó a inundar sus pensamientos, su amiga más íntima estaba ahora muerta, cómo pudo suceder, no recibió ningún aviso, nada, no era posible, cuándo. No te alarmes, hija. Dijo más tranquila la mujer al ver la expresión


de la joven sentada sobre aquella silla donde tantas veces se había sentado a charlar con su hija. No ha muerto, aunque en ocasiones así lo creo, ella... (el llanto inconsolable apreció de nuevo) está muerta en vida, lee esto. Entregándole un folder con los datos más relevantes de la condición de su hija, María leyó con atención luego de debatirse entre consolar a la pobre mujer o saciar su inquietud y curiosidad por aquella entrañable compañera de juegos y llanto, decidió lo segundo. Una vez que hubo terminado su lectura, sus ojos repletos de lágrimas le delataron los sentimientos de su ser, devastada, absolutamente desecha, aunque no tanto como su fiel amiga. Todo era claro entonces, cuándo sucedió, el motivo tan simple pero contundente, los síntomas, los medicamentos, el deterioro, las posibilidades de recuperación, las probabilidades, las visitas, los horarios, etcétera; sólo había algo que no entendía, cómo había sucedido?, no se especificaba en los documentos que terminó de leer, luego preguntó: Nadie lo sabe, absolutamente nadie, yo misma me lo pregunto a diario, al principio creí que yo había tenido que ver directamente, luego comprendí que jamás descubriría el verdadero motivo y que mi único consuelo era poder creer en lo que decían los doctores, “en ocasiones, la mente nos juega cartas que ni el más hábil jugador puede trampear”. Entonces María echó un vistazo fugaz hacia su pasado común, nada sería tan grave para ocasionarle algo así, o si?, nada que ella pudiera recordar, no por el momento. Se marchó cerca de media noche, la madre y amiga charlaron hasta hartarse de sus intentos por saciar sus impulsos, la última, su curiosa perplejidad y la primera, su interminable plena. Ahora frente a esa mujer que se escondía tras un ordenador tenía ganas de saciar nuevamente sus hartazgo de curiosidad, aguardó impaciente unos segundos moviendo el pie derecho, cosa que desde hacía más de 5 años no hacía. –Lo siento, la paciente no puede


recibir visitas- sentenció la mujer del ordenador, volvió tras él. Pero, los horarios están establecidos, de 12 a 4, lo dice claramente, señalando una hoja detrás de la señorita del ordenador. Lo sé, pero el caso de esta paciente es especial, creí que usted estaba al tanto; y lo estaba, no obstante, el expediente que le había entregado la madre de su amiga no contenía las nuevas indicaciones de visita, “la paciente no recibe visitas de día, tiene fobia al mismo”, entonces no recibía visitas jamás sólo con autorización de los médicos pues, de ser así, debían visitarle en su habitación, la seguridad no estaba garantizada y, además, resultaría poco útil en la condición en la que se encontraba la paciente. -Puedo visitarle al anochecer?- aventurose María a preguntar. No señorita, las visitas están restringidas por seguridad tanto de los visitantes como de los enfermos, los doctores que hacen guardia no encuentran conveniente hacer este tipo de concesiones, sin embargo, puede usted pedir un permiso especial al director del hospital, con la previa autorización de la responsable del paciente, contestó extrañamente cordial la mujer detrás del ordenador. Puedo verle aunque sea?- casi desesperada cuestionó nuevamente. Un silencio se desató de pronto, el teclado del ordenador cesó su golpeteo, la mirada de la mujer se posó sobre los ojos de María y finalmente dijo: Creo que está usted en horario de visitas, aguarde un momento, una enfermera le llevará hasta su habitación podrá verle por la ventanilla, aquí tiene su pase. Se lo agradezco profundamente, María- leyó en la identificación colgante de la mujer del mostrador, y dijo casi sin pensar debido a la excitación que comenzaba a gestarse en ella. Luego, caminando detrás de una enfermera se percató de la coincidencia nominal y sonrió delicadamente haciendo más evidentes sus hermosas facciones.


La imagen es poco nítida, clara, se vislumbran luces y formas regulares, poco a poco la imagen toma un verdadero sentido, es un pasillo en perspectiva, profundo, claro, estático, aparece de pronto y fugazmente una cabellera, sigue, los hombros y espalda de una mujer en blanco, comenzamos a mirarle el resto del cuerpo, aparece una nueva cabellera, unos hombres y una espalda, un cuerpo que se aleja siguiendo a la mujer que con anterioridad vimos. Ambas caminan sobre el pasillo, profundo, claro; las figuras femeninas caminan sin prisa, sin pausa. Siguen avanzando empequeñeciéndose poco a poco, avanzan, empequeñecen, el pasillo en perspectiva y dos figuras femeninas que empequeñecen, una se detiene al frente de una puerta que se encuentra al costado del pasillo, la otra le imita, ambas figuras empequeñecidas frente a una puerta en un pasillo profundo, claro.

Es ella? –Pregunta sorprendida como espantada María al mirar a través de la ventanilla. Sí, pasa el día entero así, sin más. La enfermera mira a María mientras ésta no cabe en su asombro mirando a través de la ventanilla, cómo es que ella, su amiga, se encuentre en esa expresión?, pensaba, cómo así?, como así con la mirada fija cómo ausente? Y es que a través de la ventanilla una mujer pasmada, absorta en un mundo desconocido para todo aquel que le miraba, parecía indiferente ante cualquier estímulo, cualquier mirada, cualquier intento desesperado por traerla al mundo, como aquel que en ese momento tanto deseaba María al mirarla. Pareciole a María que aquella mirada no era otra cosa que la misma mirada de desconcierto ante aquella explosión que un día ambas miraron cerca del vecindario donde vivían. Ella, Paula, corrió de prisa hasta la loma al escuchar el estruendo, arrojó la bicicleta y una vez en la loma quedo fija ante el resplandor, ante el


espectáculo que ambas veían, tanta cerca de casa parecían las llamas consumir todo el rededor; en una ocasión anterior la madre de Paula había dicho “esa fábrica sólo puede traer problemas”, pero María había pensado todo lo contrario, gracias a esa fábrica su padre ahora tenía un trabajo, ahora después de tantos años tenía un trabajo. Pero ahora las palabras parecían tener sentido, su padre estaría trabajando ese día en aquel momento, Paula miraba la luz, el fuego, ella sólo le miraba a través de los ojos de su amiga, no podía ver como todo se consumía bajo las llamas, más tarde cuando Paula había despertado de su inmovilidad, tomaron de nuevo las bicicletas y pedalearon en silencio, un profundo silencio pues el padre de María había muerto, eso pensaban, cada una eso pensaba, luego, en casa de María sólo hubo llanto, más tarde, sólo sollozos. Pero ahora la mirada de Paula parecía estatuaria, como sin vida, como si algo en el día le perturbara, le trasgrediera, le destrozara, qué era aquello?, ahora no había fuego ni luces resplandecientes en el horizonte, no había muertos, tampoco vida. Qué tienen? –preguntó sin mirar a la enfermera. Entre muchas otras cosas, contestó en voz baja, parece fobia al día, Al día?, Sí, al día, es una fobia rara, nunca antes había escuchado hablar de algo parecido pero al parecer no puede vivir de día, tampoco morir pues no podría vivir de noche y desde que la veo es, sólo de noche cuando sus ojos cobran vida. Paula siempre gustaba del día, recordaba María mientras miraba expectante tras la ventanilla de la puerta,

en cambio ella prefería la noche, largas

discusiones a media tarde sostenían las dos amigas, la una que prefería quedarse en casa y ver una película, escuchar la radio o jugar al ajedrez; la otra, María, salir al boulevar, tomar algo, quizá visitar un par de amigas y convencerles para ir al baile. Ahora, a María le daba igual la noche o el día, pero Paula prefería la noche encontraba en ella una esperanza para


su búsqueda, sólo así podría volver a ver la luz, esa diminuta luz que un día vio caer del cielo, una estrella. Cuánto tiempo lleva aquí?- Pregunta para alargar su estancia frente a la ventanilla, la enfermera, incomoda, parecía impacientarse. Casi tres años, al principio parecía una chica normal, hablábamos, pero de a poco comenzó a distanciarse, hoy no le reconocería si hubiese dejado de verle. A mí me paso por un instante, comentó sin pensar María que seguía absorta a través de la ventanilla mirando con sus ojos llenos de vida y lágrimas, lágrimas por su amiga y vida por su condición. Había partido, seis años atrás, rumbo al extranjero a seguir sus estudios, Paula decidió quedarse, dejaría de estudiar un año y luego, con un poco de suerte le alcanzaría en el extranjero. María le escribía periódicamente sentada en un café sobre una glamurosa avenida, dedicábale algunos de sus pensamientos, de los versos que había aprendido a escribir, dedicábale notas, narraciones, descripciones de su estancia en aquel mundo, en aquel nuevo mundo que de un principio le pareció extraño, ajeno, tan diferente de aquel mundo en donde ellas había aprendido a vivir, “si tan sólo pudieras estar aquí” escribiole en una de las cartas a Paula, si tan sólo hubiera estado allá, en medio de las ideas de progreso, en medio de la moda, en medio de la certeza académica, en medio de los nuevos amigos, de los amigos del mundo, de los amigos importantes, de las lecturas obligadas, de los filmes inimaginables, de las cervezas, del buen vino, de la exquisita comida, de los restaurantes, de los atardeceres en una banca, de las charlas interminables sobre un sin fin de temas, de la nueva música, de los autores de moda, del arte contemporáneo, del sexo, de la nueva filosofía, de la vanidad, de la estupidez y de la moral. María, con la mirada a través de la ventanilla, de pie con un discreto per


exquisito atuendo, limpia, esbelta, bella, de ojos profundos, vivos, de brazos largos y piernas suaves, curvas sutiles y apariencia encantadora, mirando a través de la ventanilla a otra mujer de ojos inmediatos, muertos, de brazos entrecortados y piernas ásperas, curvas llanas y apariencia desoladora, mirando a través de sus ojos a otra mujer.

Es azul, azul casi blanco, conforma toda la imagen, azul, casi blanco. Un sonido en el fondo azul, delicado, fino como alfiler, un sonido metálico; de la parte superior una píldora cae lento, llega hasta la superficie de la superficie, cuadrangular, por cierto, azul, casi blanca, silencio, una píldora bicolor dentro de un marco azul, casi blanco. Un sonido delicado, fino, sutil y metálico, el espacio azul, casi blanco, una píldora en la superficie, luego otra píldora de la parte superior cae lento, se impacta sobre la otra y toma un lugar cercano, sobre la superficie, detrás lo azul, casi blanco en todo el espacio. Otro sonido metálico, fino, otra píldora en la superficie que cae lento, impáctase y toma lugar sobre la superficie, detrás el fondo azul, casi blanco, otro sonido, metálico, fino, sutil, una vez más otra píldora bicolor de la parte superior a la superficie, luego el impacto, una encima de otra y otras junto a éstas, detrás azul, casi blanco. Un sonido metálico, fino, una píldora que cae, lento, un impacto, acumulación de píldoras, un fondo blanco, azulado. Un sonido, impacto, cae lento, fino, sutil, una encima de la otra, una píldora en la superficie, otras; sonido metálico, píldora que cae, impacto, sonido, junto a otras, metálico, píldora que cae, junto a otras, sonido, píldora, sonido, sonido, píldora, caen, azul casi blanco, píldoras, sonido, sonido, sonido, píldoras caen junto a otras detrás loa azul con blanco, luego el sonido que se repite una y otra vez,


metálico, fino, sutil, píldoras que caen sobre otras llenando la superficie, entonces amontonándose una sobre la otra, de nuevo el sonido repitiéndose, las píldoras sobre otras y las que siguen cayendo, lo azul, casi blanco, desaparece tras las píldoras bicolor. Una vez más sonido, metálico, fino, sutil píldora que cae, sonido, sonido, píldora, píldora, sonido, sonido, sonido, sonido, píldora, píldora, píldora, sonido. El fondo azul casi blanco desaparece ante nuestros ojos, las píldoras ocupan casi todo el espacio, sonido metálico y espacio se llena totalmente de píldoras bicolor. Luego otro sonido, esta vez no es metálico, tampoco fino, sí sutil, acuoso, una gota que cae, una vez más el sonido acuoso, otra vez, y el fondo azul casi blanco vuelve a verse, poco. Otra vez el sonido acuoso, las píldoras dejan espacio en la parte superior, como si cayesen; entonces nos movemos de la imagen hacia abajo, vemos píldoras y un espacio claro, otra vez el sonido acuosos y vemos como una píldora se desprende de las demás y cae: la imagen se divide en dos, píldoras arriba, espacio abajo, seguimos moviéndonos y escuchamos el sonido acuoso, vemos caer una píldora y le seguimos en su recorrido hasta que descansa en un dentro de un vaso, donde otras pocas píldoras están, una encima de la otra. Luego otra vez el sonido acuoso, una píldora cae y se acomoda dentro del vaso, sólo vemos un espacio difuso en la parte superior, y un vaso, con algunas píldoras, sobre una superficie blanca. Miramos desde lo alto el vaso, un círculo con manchas bicolor dentro de su área, una superficie blanca alrededor, nos alejamos de prisa, sin dejar de ver las píldoras dentro del vaso, la superficie blanca es de una habitación, donde una mujer, al centro de este último, inmóvil.


Parada justo en medio, en la mitad de un vacío cuarto, donde nada le alcanza, ni ella misma. Debajo de sus piernas, un vaso repleto de píldoras, también justo en medio de ella, aún no le alcanzan. Como inmóvil, sólo la respiración le hace moverse, de vez en vez, esperando la inalcanzable tranquilidad de un lugar repleto, de vacío. Justo a la mitad del cuarto, debajo de ella, en medio de sus piernas ligeramente abiertas para dar soporte a su cuerpo, equilibrio, justo allí, Paula ve, oye y obligada deja que el tiempo transcurra, y digo obligada pues no hay en ella voluntad, fuerza o movilidad. Su cuerpo está presente como en ningún estado comparable, como vacío, quizá. El reflejo de la luz se mimetiza sobre su cuerpo absorbente, obligado también, su cuerpo transpira poco, sus pupilas se dilatan de cuando en cuando, espaciando la posibilidad de la deshidratación, en ocasiones evidente en sus labios, delgadas líneas parcas; sus ojos planos, casi lisos, atexturizados, viendo lo que pueden ver, un muro blanco, imperfecto, podrían cerrarse pero para cerrar hay que estar contenido, ella está vacía, nada puede salir, tampoco entrar; su piel parece desvanecerse en la continuidad, en la certeza de la permanencia, a veces sus pies se mueven, mas no para andar, sino para evidenciar lo único, la vida. -Andá muchacha que morirás pronto y no podemos permitirlo. Aquella enfermera regordeta del turno vespertino entra en la habitación, recoge del piso el vaso con píldoras entiéndele la mano con un par de ellas. Andá, tomá un par, te harán sentir mejor. Una vez más la mano extendida frente a Paula, un par de píldoras, He de dártelas yo mujer que de lo contrario pasarás todo el día mirando el muro, andá, abre la boca. Como si al abrir la boca ella pudiese aprender a mirar y dejar de ver el mundo, como si abriendo la boca la sensación del mundo se tornará real, al abrir la boca parecería que encontraría una


conexión, con ella misma, con los otros, al menos dejaría de ver el muro para escuchar la claridad del ambiente que le rodea. Una vez, cuando de pequeña, abrió la boca para mirar y nadie le advirtió de la que una vez abierta, tanto las cosas entran como salen para transformar el mundo que la rodeaba y transformarse a sí misma, escuchó a los que abrían la boca y trato de imitarles, pero algo sonaba distinto. En otra ocasión, un poco más grande, comprendió que no bastaba sólo con abrir la boca, debía emitir ella misma ciertos sonidos aún más claros que los primeros, cuando era más pequeña, luego, quizá, alguien le volvería la mirada, así tuvo que volver la mirada ante el sonido paula, nombró. Más tarde, volvió a abrir la boca, a sabiendas que podían hacerle callar pese a todo lo que dijeran sus padres y profesores sobre la libertad, abrió la boca, emitió sonidos que hicieron voltear a más de uno y fue callada, también por más de uno. Ya más grande, asumió la posibilidad de no abrir la boca hacia fuera, abrió hacia adentro para luego volver hacia fuera, y una vez más fue callada por algunos y mirada por otros. Al paso de los años siguió escuchando y mirando, abriendo la boca y dejando pasar para luego, después de abrir hacia adentro, dejar salir o asignar un lugar, abrir para significar y no abrir para significar también, como hacen aquellos que mueren, por ejemplo. Hace tiempo que no había vuelto abrir la boca, desde la noche que, abierta, dijo, “he visto una estrella caer, y he de encontrarle”, fue cerrada su boca, por otros y, al final, por ella misma, incluso hacia adentro. Ahora unas manos limpias y regordetas le abren delicadamente, apenas para dejar pasar un par de píldoras, pasan por la lengua y luego por la garganta, les traga. La habitación se oscurece con el paso de la tarde, se oscurece el semblante y la mirada, sus labios se mueven, uno contra el otro, dentro la boca, muy despacio, luego vuelven a estar quietos, obscureciendo bajo la sombra de la


mirada sobre el muro blanco de enfrente, inquieta la mirada vuelve sobre su cuerpo, los pies, inquietos también no dejan de moverse, las manos se recorren la una a la otra, luego al cuerpo, baja la cabeza para mirar el frasco de píldoras, toma otro par y vuelve a abrir la boca, les traga rápido. Sus labios se mueven desesperados, sus ojos, las manos, pies y cabeza, sale del centro de la habitación y le recorre mirando alrededor, vuelve al centro y expectante cierra los ojos, abre la boca y ahoga un sonido largo, profundo. La última vez que ahogo un grito, de pronto pensó, fue la noche anterior a la estrella, cuando recorría el centro de la ciudad sin objetivo práctico alguno, sólo andaba entre las callas sin detenerse, mirando pasar a su lado las tiendas, los grandes y antiguos edificios, las espaciosas calles y una que otra persona que, sin querer, le sonreían; una vez cerca del subterráneo decidió detenerse a contemplar una última vez, sin ella saberlo, aquella plaza magnífica en la que se encontraba, justo a un costado del palacio de las bellas artes, de noche parecía una pequeña ciudad dentro de la enorme metrópoli, no obstante esta era una ciudad cuidada, rescatada del desperdicio y del descuido generalizado en la mayor parte de la ciudad. Miraba entonces a su alrededor cuando una sensación extraña le recorrió el cuerpo, de arriba abajo y de un costado al otro, una sensación tan ajena y tan desconcertante, jamás antes experimentada, especie de terror y goce, justo donde las dos experiencias se bifurcan: cerca de ella, un explosivo había detonado, comenzó a correr junto con todos aquellos que pasaban por aquel lugar, entre gritos y empujones logró entrar al subterráneo, no muy lejos de donde se encontraba. Ya en el interior del vagón, y éste andando, pudo emitir sonido, un calmo pero profundo suspiro con boca de a. Parados los unos junto a los otros, la gran mayoría de los pasajeros parecían ahora aliviados luego de la detonación. Volvió a casa con sensaciones de


angustia, desesperación y rabia, todas juntas en un gesto de incertidumbre que jamás había experimentado. Pensaba también las múltiples ocasiones que debió esperar para poder gritar, para poder llorar, reír y expresar su deseo, las numerosas ocasiones que lo hizo sin detenerse ante las consecuencias, cuando descubriría que la paciencia podría traerle cosas magníficas y privarle de otras tantas aún más hermosas, en ocasiones espero con rabia e impotencia, en otras con certeza y decisión. Hubo también que soportar la pérdida, la pérdida de lo deseado, con angustia, con tristeza y con alegría y goce, aunque las más veces tuvo que reprimir dicho sentimiento ante la pérdida. Perdió los sueños en la realidad y dejó que ésta se perdiera en los sueños, pensó, por un instante en aquel hombre que tanto le hablaba y le confortaba con sus narraciones extraordinarias, en las veces que tuvo que complacerle para no perderle, al menos en su fantasía, en las veces que le perdió sin darse cuenta y en la imposibilidad de volver a escucharle, con serenidad aguardo su regreso y cuando por fin comprendió que tal no habría, fue que no miró más su retrato, le invadió la ira y el deseo, la paz y la melancolía. Volvía a recordar la necedad de su pensamiento, de su sinceridad; luego les cambió, en numerosas ocasiones, por la hipocresía y la alevosía, a veces, también, la conveniencia y la practicidad, de donde no pudo ausentarse más una vez experimentadas. Cerró los ojos y comenzó a llorar, de alegría por el descubrimiento y rabia, por el mismo. Lloró, por horas, de angustia ante la realidad, ante su realidad y ante la realidad que cumplía en los otros, lloró por el saber que le embriagaba, por la ignorancia que le completaba y por el saco de porquerías que ahora cargaba dentro de sí, desde su interior hasta la más completa certidumbre de lo observable, fue que comenzó a agitarse


nuevamente, como deseando escapar, salir de adentro, escapar de la guarida que había logrado construir desde hacía tanto tiempo y de donde nunca supo que se ahoga, hasta aquella noche, sentíase asfixiada, oprimida desde el exterior, desde el interior, desde la fantasía y desde eso que los otros llaman realidad, desde lo físico y desde lo etéreo, desde lo normal y lo patológico. Su cuerpo se agita incontrolable, Paula en medio de la habitación déjase caer al piso y tendida sobre él golpea con todas su fuerzas al aire, rasgándole, haciéndole huecos para poder huir. Padece de calma absoluta, comienza a vomitar, vaciándose, cierra la boca por instante y la vuelve a abrir para gritar, profundamente, un sonido vacío. Del recipiente, Paula toma un par de píldoras más, les mira y les deja caer, para no tomarles más, camina hacia el fondo de la habitación desde allí mira hacia la entrada, paciente, su semblante sereno, las manos al costado, firmes sin tensión, sus hombros caen delicados y la cadera se acomoda, pies y piernas le sostienen sin esfuerzo; emite un sonido casi imperceptible, “paula”, una vez y más veces, siempre casi imperceptible, “paula”, ausente.

Es la mirada de una mujer, perdida, sólo vemos el rostro, muy de cerca, todos y cada uno de los rasgos, suciedad, manchas de sangre, polvo impregnado entre las líneas de expresión, que son pocas, el rostro, fijo, se desplaza continuamente y sin detenerse, nos alejamos del rostro, miramos parte de su cuello, igualmente percudido por la mugre, el pecho cubierto por una especie de blusa repleta de vómito, sudor seco, sangre y fluidos, vemos el espacio


detrás de ella, no es nítido pero es profundo, claro, amarillento, seguimos viendo en primer plano a la mujer, su rostro, el cuello y el pecho, está erguida y en movimiento, sus cabellos que caen sobre sus hombros están tiesos opacos casi grises, nos alejamos un poco y vemos ya el cuerpo completo de la mujer, amarrada a un montacargas individual, que es llevado por otra mujer vestida de blanco, contrastantemente pulcra; le lleva de prisa, las mujeres recorren un pasillo largo, vemos de frente a las dos mujeres en movimiento, nosotros nos movemos frente a ellas, la una amarrada y deplorablemente asquerosa, la otra de pie, andando, muy limpia y llevando la carga, nos detenemos junto con ellas, parpadeamos y vemos a la mujer pulcra por detrás, camina hacia el frente dejando el montacargas con la otra mujer en él, ya no vemos más el pasillo, ahora una puerta y la cabeza de la mujer en el montacargas, al frente de ésta la otra mujer abre la puerta y regresa detrás del montacargas, vemos como le empuja nuevamente y entramos detrás de ellas, es un cuarto amplio, donde se escucha caer el agua a presión, risas, gritos y uno que otro llanto, nos detenemos frete a una regadera, la mujer pulcramente vestida desata y comienza a desvestir a la otra, nos movemos en el espacio y nos hallamos en un baño, enorme, mujeres pulcramente vestidas asean a otras mujeres desnudas, algunas lloran, otras gritan, otras, simplemente, no hacen algo. Oscuridad.

Desnuda, Paula está frente a otra mujer por segunda vez en su vida, luego de su madre, cuando de niña; ahora frente a una mujer desconocida que le ha visto desnuda ya desde hace varios meses, sólo que en los últimos días las cosas han cambiado. Antes, Paula debía desnudarse frente a otras y ante la enfermera en turno, normalmente ésta que ahora le mira


déspota, una vez desnuda aseábase lo más pronto y mejor posible, deseando no ser mirada, deseando ser mirada. Ahora, está lejos de aquel pudor y del recato, del aseo, de la linda figura en el espejo, del bello rostro al amanecer y de los masajes antes de dormir, de la gesticulación exagerada y de la conciencia de sí, resumiendo. Sin resumir, la mujer de blanco le mira déspota, de arriba abajo, como si la otra, Paula, pudiera corresponder con sumisión ante tal mirada, con orgullo o con ira, con un desprecio mayor o con desconcierto, con alguna inquisitiva frase que las alejara de tal situación, quizá, con un más déspota, pero sincero “¿qué mirás?”,

pero nada de eso, sólo un par de ojos traslúcidos, incoloros,

desvaneciendo junto a las gotas de agua que humedecen, primero, luego saturan la mierdosa piel desnuda. Así pues, déspota le mira la una a la otra, sabiendo, quizá no, que sólo en una situación como la suya, de ellas, le podría mirar de tal forma, arrogante; le toma por el brazo, apretándole, sacudiéndole y obligándola a entrar debajo de la regadera, como si la otra se resistiese, dolosamente dejándola debajo del agua fría, gélida, segundos debajo del incesante chorro que comienza a golpearle el rostro, la espalda, la espalda, la espalda, la espalda, la espalda, el vientre, el vientre, el vientre, el vientre, el vientre, la nuca, la nuca, la nuca, la nuca, la nuca, la nuca, el rostro nuevamente, el rostro, el rostro, el rostro, la espalda, la espalda, el ano, el ano, el ano, el ano, el ano, sutilmente acomodada para que el chorro de agua gélida le golpee el ano, el ano, el ano, el ano, el ano, el ano, el ano. Una risa, vuelve el grifo a girar para dejar caer el agua en paraguas, gélida, ahora sobre el cuerpo, los hombros, las piernas delgadas, casi parcas, los pies orinados, las caderas quebradas de cientos de caídas, la espalda porosa, granulosa, el pecho lánguido, recubierto por mucosidad y lágrimas, las piernas también cagadas, los glúteos embarrados de mierda, de sangre, como


la entrepierna que apesta a orina, a mierda y a fluidos vaginales, mezclados y perfectamente distinguibles el uno del otro; el cabello reseco, cubierto de sebo, las manos casi verdes, cafés, grises, rojizas... el agua cae sobre su cuerpo, la mujer de blanco le mira y prefiere, como pintor que mira su obra y descubre que algo le ha hecho falta, escupirle el rostro, bofetearla en cada mejilla y, detenida por la paga, por la presencia de las demás enfermas y enfermeras, sólo fantasea con meterle el cepillo de baño en por el ano. Las mujeres de blanco ríen juntas ante la obra de arte y una que otra desnuda ríe también, por imitación, Paula aguarda, dejándose llevar por las manos que le recorren el cuerpo intentando quitarle el descuido, la humillación, la burocracia de un centro que ahora ha pensado en obligar a la madre a incrementar su cuota para que su hija pueda ser atendida “como se merece”, dijeron los doctores en la última junta que tuvieron con ella para informarle de la nueva situación en la que se encuentra Paula desde hace unas semanas. No pretendemos sacar ventaja de esto, señora, pero comprenderá que la condición de su hija es muy precaria, es necesaria una atención especializada para ella, tememos por su vida y, como usted bien sabe no contamos con el suficiente personal para atender a cada una de las pacientes de forma individual, pero, quizá con la nueva aportación que le hemos sugerido podamos hacer algo por su hija, de lo contrario, no sabemos en qué pueda terminar todo este asunto de su hija, la decisión es toda de usted, tómese unos días para pensarlo y mientras tanto nosotros tomaremos cartas en el asunto, aunque debo reconocer que no hay mucho que se pueda hacer dadas las circunstancias del centro, que tenga un excelente día, señora, esperamos su pronta y favorable decisión para poder darle a su hija la atención que merece, ah y olvidé mencionarle que de no ser atendida nuestra sugerencia económica, deberá


usted firmar una carta responsiva donde deslinda al hospital por cualquier accidente, que esperamos, claro está, no tener, que su hija pudiera sufrir das las condiciones en las que se encuentra, condiciones que, para ser breves definiremos como precarias, parasitarias, una vez aclarado el asunto, esperamos comparta con nosotros la decisión que tomará con respecto a la situación de su hija, que pase buen día, hasta luego. Disculpe, es usted enfermera de mi hija, la paciente del 211, no es así?- inquirió desesperada ante la mujer que salía del hospital justo después de la reunión con los doctores. Lo siento, señora, no nos está permitido hablar de los pacientes fuera del hospital, no es ético, Sí, entiendo, sólo que, verá, soy la madre de Paula y en verdad estoy muy preocupada, tan sólo dígame, usted que convive con ella a diario, si en verdad está tan mal como dicen los doctores? En verdad, señora, lo siento, me gustaría tanto poderla ayudar, pero no podemos... Por favor, sólo dígame cómo está mi Paula, No está nada bien, ya no hace nada, sólo pasa los días, como esperando morir, aunque ni eso es perceptible, sólo pasa los días, de pie, cae al suelo cuando pierde las fuerzas, pasa las horas así hasta que alguien le cambie de posición, no come si no lo hace alguien por ella, defeca en cualquier lugar y sobre ella, no sé que más decirle, pero creo que está muy mal, señora, sólo le pido que no le diga a nadie que yo le he contado esto, podría costarme mi empleo, No se preocupe, ha sido usted muy amable, hasta luego- y comenzó a caminar sin esperar respuesta o cortesía de la enfermera, tan sólo salió de allí, tratando de no recordar que era de su hija de quien acababa de hablar con esa otra mujer, casi de la misma edad que su hija, tratando de olvidar, que bien pudo ser Paula esa mujer de blanco, pulcramente vestida, la cual se dirigió a un bar cercano al hospital intentando olvidar a las pacientes de su camellón, a los doctores y sus regaños, las charlas


imbéciles con sus compañeras y al aún más imbécil hombre del pabellón central que le mira el culo cada vez que pasa por allí. Una vez estuvo en el lugar, sentada y junto a una copa de vino, repasó lo planeado, mirar, sonreír, charlar y luego, ya vería. Así sucedió, rápido, no era una mujer fea, mas no pudo pasar más allá de la charla, sintió esa extraña y recurrente sensación de puritanismo infantil que le obligo a salir huyendo del lugar cuando el joven que la cortejó apenas le insinuó la posibilidad de tener sexo aquella noche, como cualquier otro joven lo hubiera hecho, al menos en ese lugar. Se sintió profundamente imbécil, llegó a casa, besó a su madre en la frente y, una vez sobre su cama, extrajo una botella pequeña de licor de la cajonera, tomó, fumó, hasta sentirse segura, otra vez, fue que recordó a la paciente del 211, esa que debe bañar cada vez que el hedor que de ella es insoportable. Una vez terminado el aseo, Paula es llevada de vuelta al cuarto 211, amarrada previamente al montacargas, recorren los pasillos con aroma a cloro, tal como Paula. La enfermera le deja en medio de la habitación, no sin antes propinarle un par de empujones y una patada en la espinilla comprobando que toda esa actitud no sea una farsa: Paula, inmóvil.

La pared de mosaico blanco al fondo, perfectamente nítida, al frente miramos una mancha de piel, una mancha carne, húmeda tal vez. La pared al fondo y la piel al frente, borrosa, clara, luminosa, mas el mosaico domina la imagen. Algo se mueve sobre la mancha de piel, estamos cerca de ella, muy cerca, un recorrido de arriba abajo, deteniéndose arrítmicamente, despacio sigue bajando, un movimiento sutil, constante y perceptible en el


recorrido que traza sobre la piel que cada vez miramos más nítida al tiempo que el mosaico del fondo se desvanece en el blanco total. El líquido sigue cayendo, ahora un grumo, oscuro, pastoso, no tanto, resbala en la entrepierna, pues ahora que la imagen es más clara al frente, descubrimos que se trata de la pierna, muy probablemente de una mujer, por la forma. El líquido sigue cayendo, amarillento, rojizo, ambos mezclados, perceptibles, sobre la piel, caen despacio tomando cada imperfección en la piel para seguir su recorrido hacia abajo, le seguimos despacio, a la velocidad de los líquidos, sobre la parte posterior de la rodilla, el orín y la sangre le recorren despacio, nosotros de cerca, muy cerca, seguimos descendiendo hasta la pantorrilla, los tobillos, pies, mojados, entre cada ambos un pequeño charco de orina, sangre y pastoso grumos de excremento. La mujer está de pie, en medio de una habitación, la vemos de cuerpo entero, desde lo alto, vemos, debajo de ella una mezcla indescriptible, sugerente. Silencio.

Cuándo fue la última vez que le vio?-pregunta casi impaciente el analista. El ambiente es muy similar al de las últimas tres semanas, frío y silencioso. Paula correspondió a las arbitrarias preguntas de un par de doctores previos: monosílabos, fechas, estupideces de la ciencia moderna, pensó decir antes de contestar en una ocasión. Ahora pasaba las tardes con este hombre, de edad madura, bien parecido y sumamente paciente, de ojos grandes y escucha permanente, un completo desconocido con el cual repasan su vida, le toman desde todas las perspectivas posibles y toca a ella decir dónde, cuándo, porqué parar, detenerse, reír, llorar, silenciar. No todos los años de sesión habían sido así, fríos y silenciosos, hubo


otros, pasaban las horas en sincronía, ella hablando, él escuchando, interviniendo de a poco, luego, ella lloraba, reía, se llenaba de la más profunda ira y salía de la sesión sin previo aviso, volvía cabizbaja, rogando perdón, suplicando la certeza de un espacio propicio. Otras veces llenas de rencor, constante, duras y largas horas frente a frente deseando la inexistencia del otro; hubo también momentos llenos de amor, amor sincero, deseo y desesperación ante la frustración de ese amor insatisfecho. Recorrieron los elementos más evidentes, aunque duró poco, luego revisaron la adolescencia, la infancia, la más temprana infancia costó algo más que ardua labor, fueron horas de fantasía y deseos reprimidos, floreciendo; interpretaciones que hacían de la sesión un tormento, otras vacías, carentes de sentido. Volvieron a los momentos, que al parecer, tenían más sentido, volvieron las asociaciones perversas, las complicaciones, incluso el saber, el reconocimiento. De verdad es que no comprendo- contestó ante la junta directiva luego de las inquisitivas propias de un caso como el suyo. La paciente no parece tener mejoría, es evidente que en sus sesión la tiene, los videos lo demuestran, parecería una mujer totalmente sana, evidentemente confundida como casi cualquiera de los aquí presentes pudiera estar con la vida que llevamos. Los presentes: directivos, doctores y demás colegas rieron discretamente ante el comentario oportuno del doctor S., miembro presidente del consejo de salud del hospital. Sin embargo, las notas de las enfermeras, las visitas de los psiquiatras, sus propias notas de visitas a su celda, y los videos realizados fuera de su consultorio, revelan que la paciente se encuentra en un estado de completo abandono mental, salvo la hora que se encuentra con usted, colega. Hemos incluso llegado a pensar que se trata de un chantaje, falso, demostraron todas las pruebas que se le han realizado.


Podría comentar algo al respecto? La sala comprendió que un silencio de avecinaba. Comenzó a vaciarse la sala, el dictamen fue contundente, si el doctor deseaba seguir el tratamiento de la paciente era su decisión, no obstante el hospital no pagaría los honorarios por esa hora de sesión, si gustaba, podría designársele otro paciente. Esperaban su resolución y la junta se daba por terminada. El analista quedó quieto sobre su silla, al centro de la sala, pensaba en ella, en el tratamiento, en el análisis que habían realizado, en las palabras, todo estaba en los videos, en las notas, en el proceso, pero algo había en el interior de esa paciente que no quería ser revelado, hubo ocasiones que sabían, ambos, que descubrían algo fascinante, aterrador, fueron noches complicadas, luego vino el reconocimiento. Pero cada vez que surgía el tema de la inhibición ella decía: “nada en la mi vida es total, incluso la palabra, hay silencio entonces”. Quedar fuera de ese silencio era como quedar fuera del pensamiento que ella conocía a la perfección, no parecía temerle. -Hemos hablado de ello ya en otras ocasiones. Contesta Paula sutilmente sumida en un pensamiento ajeno a ello, ajeno a toda sutileza y a todo lo presente en la sesión. Sólo podría agregar que la última vez que le vi fue en sueños, justo noches antes de entrar aquí , los sueños se los he contado. Habías visto entonces la estrella?-inquirió él deseando tener una posibilidad. Sí, semanas antes, creo que al decirle a mamá que había visto a papá en sueños fue la gota que derramo el vaso de mi cordura, entonces a los pocos días me trajeron acá- se alejaba cada vez más de la sesión y se sumía en un pensamiento más frío y silencioso. Luego de mirar la estrella caer, aquella noche caminó por las calles hasta encontrarse perdida en medio de la ciudad, entonces recordó cuál era su nombre y dónde vivía, detuvo un taxi e indicó la dirección. El día siguiente fue normal, aunque ansiosa


esperaba la noche, sentía en ella la necesidad de salir y seguir una búsqueda que, en aquellas horas, encontraba irracional. Llegaba la noche y emprendía largas caminatas en búsqueda de un resplandor, le parecía entonces algo completamente normal y deseable, un resplandor que le ayudara a comprender, a saber. Olvidaba las caras conocidas, los nombres de las calles, de los lugares, de las cosas, su nombre, todas las noches, hasta que una mañana no logró recordarlo. Quedose de pie, frente a la inmensidad de la ciudad en movimiento y sintió la imperante necesidad de protección, de certeza, de poder nombrar, siguió su camino y se encontró devastada en medio de lo innombrable, de la ciudad desconocida que tanas veces recorrió con la mirada atenta en los detalles, en los nombres de las calles, en las avenidas desbordantes y en los peatones que pasaban sin mirar siquiera que hombres y mueres caminaban, como ellos a su lado. En esa ciudad se hallaba sin poder decir algo, sin reconocer su cuerpo en el reflejo de los aparadores, quedo ausente sentada en un parque cercano a su hogar, sin saberlo. Volvió la noche y comenzó de nuevo su búsqueda por las calles, para mirar el resplandor. A la mañana siguiente nuevamente la angustia y la desesperación por nombrar lo que sus ojos veían, lo que lograba descifrar de los sonidos que llenaban sus sentidos, de los olores, las sensaciones tan extrañas y a la vez tan incomprensibles y devastadoras, le hacían gemir y vomitar sobre sus pies, sin poder nombrar, ni distinguir la realidad que le rodeaba. Pronto, cuando alguien la reconoció y la llevó de vuelta a casa, fue internada en el hospital, una de las mañanas previas soñó con su padre, el mismo que había muerto hacía una década y al que no había vuelto a ver desde entonces.


Es un solo plano, marrón cuadro más amplio, al centro una mujer de pies a cabeza, recostada sobre un diván, relajada. Viste una bata blanca y unas zapatillas blancas también, su cabello está despeinado; sus manos descansan sobre su vientre y sus piernas parecen más cómodas. El diván sobre el que reposa es gris, con una cobija que funciona como almohadilla, también gris. La imagen comienza a alejarse y a la mujer, el diván y la superficie marrón se le suma la cabeza de un hombre, sentado, cruzado de piernas, viste un pantalón oscuro y un par de zapatos elegantes. Él está a un costado de ella, a tres metros aproximadamente. Nos alejamos más y sólo vemos dos figuras sobre una superficie marrón, en un solo plano.

Es hora de que me marche. Sí, casi termina la sesión, quizá mañana... No, tengo que irme de aquí, de este lugar. Pero Paula, aún no le dan de alta, no puede abandonar el lugar por vuestro propio deseo. Ningún deseo, es sólo que ahora sé lo que no sabía de mí, sé y eso me llena en gran medida, ahora he de inventar lo que seré; gracias por el reflejo, por la certeza, por los nombres.-Paula tomo la chalina que le acompañaba a sesión y extendió la mano hacia el analista que, resignado, motivado por el deseo que le perturbaba, estrechó su mano con la de ella y despidiéronsé sin palabras.


Desprovisto de cualquier otro elemento, nos enfrentamos a una oscuridad total, casi total pues de aquella sólo en la más pervertida de las imaginaciones. Es oscuridad, un negro mate, sin posibilidad de dimensión ni de matiz, sólo negro, que conforma toda la visión que podamos tener. Cómo imaginar el movimiento dentro de este negro unidimensional, imaginar el movimiento nos remitiría a lo bidimensional, intentémosle, mas sólo negro veremos, sin movimiento, un oscuro permanente, constante, del negro a la oscuridad hay sólo algo que los distingue, la luz, pues la oscuridad es luz reducida a la mínima expresión antes de la nada, del negro total, de la ausencia y del vacío. Es negro, ahora oscuro, un poco de luz aparece en forma insignificante, desapercibida, pero favorece la oscuridad, dimensional, podemos recorrerla y distinguir el movimiento; en un momento nos encontramos en medio, contemplando un cuarto oscuro, muy oscuro, sabemos que es un cuarto pues nuestra imaginación es lo primero que nos sugiere frente a los ángulos que vemos formados por la sombras desapercibidas. Es oscuro, recorremos el espacio desde un punto, alrededor sólo oscuridad, profunda, que abraza. Oscuro.

Han pasado años desde que Paula ingresó a aquel hospital, piensa en silencio. Ha visto como muchos han querido visitarla, normalmente no vuelven, otros más discretos, más hipócritas, pasan por casa a preguntar por ella, periódicamente prolongadas son las visitas hasta que un buen día, no vuelven, como los otros. Ella misma ha dejado de visitarle, no puede más que verle desde lejos, detrás de esa puerta, en los últimos meses su agresión se


incrementó a tal grado que las enfermeras y personal médico temía por su seguridad cuando debían interactuar con ella, incluso llegaron a incrementar las dosis al máximo permitido, no era más agresión, sino violencia, primitiva y descuidada ira, convertida en violencia por el juicio de los que les corresponde determinar las conductas de los hombres, médicos, entre ellos. Violentaba su cuerpo, luego el de un par de enfermeras que, sumidas en la ignorancia, intentaron acercarse a ella apelando a técnicas varias y dudosas provenientes, según declararon luego de recuperarse de los ataques, de una investigación sobre medicina alternativa. Una ocasión cuando parecía haber dado muestras de mejoría fue, nuevamente, permitida su estancia por las tardes en los jardines, arremetió contra un par de aves que pasaban y contra un paciente que intentó detenerle, las aves murieron y aquel paciente no fue más el mismo, la violencia, agresión, ira y melancolía con que fue atacado le dejaron secuelas físicas impensadas y el impacto de la transgresión sufrida fueron suficientes para no volverle a ver caminar ni emitir palabra alguna; Paula volvió a la tranquilidad luego de varios meses de aislamiento, imposibilitada para hacerse daño. Hacia entones tanto tiempo de todo, de los pleitos con los directores del hospital, con los médicos y las falsas esperanzas, de la intransigencia de las enfermeras, de la ausencia de su hija, de la ausencia de su esposo, de la vida distinta, hacia tanto tiempo que pasaba a visitarla, quizá mañana, piensa mientras seca un par de platos. Nada sabe ya de su hija, quien desde meses atrás estaba sumida en la más profunda oscuridad, en un silencio severo y en ausencia de la mirada; cuando era llevada al exterior cerraba los ojos lentamente y así pasaba los días enteros, cuando los abría permanecían justo en un solo punto, parpadeaba lentamente y quien le miraba no podía más que sentir un poco de la extraña melancolía que


aquella mirada expresaba. Miraba donde las fantasías se esconden evitando la perversión de su realización: indagaba la serenidad de la maleza, así, olvidaba la pulcra habitación de la hipocresía. Luego los médicos optaron por no sacarla más, resultaba lo mismo, sugirieron las enfermeras quienes llegaron a golpearla con el afán de verle reaccionar, ella sólo miraba y sentía dentro, ignorante de la salud cotidiana. Recoge los aderezos de la mesa y el teléfono llama, un número desconocido, le coge: Hola, Hablamos del hospital Psiquiátrico, Sí, diga... cuelga el teléfono y sale rumbo al hospital, Paula escapó la noche anterior.

(Escape)

Saldrá y será de noche. Saldrá y pensará en la claridad que embriagará su ser. Saldría para tomar parte de su muerte, despacio; antes miraría atrás y nada de ello reconocerá. Cuando amanezca le buscarán. , , , ,... Al amanecer habrá desaparecido. , , , ,... Nadie la buscará más allá del rango establecido, estaría lejos entonces. Si alguien le reconociera, tendría que ser él, aquel hombrecillo de medianoche, aquel que deambula entre la realidad y sus fantasías. Desde la última noche, cuando le hablaba de la partida, justo en el instante que sus ojos, repletos, desbordaban mirándole casi tierno, él habría entendido de quien se trataría, aunque fuese doloroso.


Sus pies sigilosos aguardarán, entreabierta,

frente

atenta, las manos en los bolsillos,

sólo esta noche durmiera un poco antes, pensaría; uno...,

a

la

puerta

ya

previamente

expectantes, inquietas; si tan dos..., tres... cuatro, luego la

espera, aguardaría paciente a que la vigía cayera en ese profundo sueño que todos los días llegaba y le hacía perderse en la serenidad de la nada y la prudencia del sueño. Si tan sólo durmiera ya. Saldría en ese preciso momento, sin vacilar, sabría, sabrá. (2.08)---------------------------Aparecería el momento, el silencio lo indicaría, todo, la plenitud absolutamente: /pasos rápidos daría entre las celdas/ nadie despertaría, al menos lo desearía /pasos entremezclados, rápidos/, saldría por el jardín que recorrió del brazo de tantos /uno luego del otro/ del brazo de cada uno que se fue alejando /uno luego del otro/ la luz nocturna le reposaría, el bosque frente a ella sugiriéndole el camino de regreso en su búsqueda /y sus pasos cortos, veloces, fugaces uno luego del otro/ (2.44)

Extrañará los momentos a su lado, cuando pasaban las noches en vela, ella escuchando sus historias, él paseando entre la fantasía de lo real, muriendo. Si, tal vez, Si... (el silencio...) si hubiese atendido más de lo debido(...el silencio susurraba en sus oídos...); o hubiese replicado una sola palabra, habría sucumbido ante sus súplicas(... de piedra pulida), ante lo latente de su deseo por permanecer, pertenecer. Hubiese muerto, viviendo sin saber lo

uno

ni

lo

otro.------------------------------------------------------El

momento

indicado,

comenzaría a correr, no esperar, por qué esperar, para qué esperar?, Un paso más, lejanía cercanía, otro paso más allá y estaría más lejos, más cerca lejos de ellos, alguien reconocería su sombra entre los árboles., /lejos de quien escapa/ una sombra a los lejos /esperar por


qué esperar?/, sólo eso una sombra entre la noche /escapar de ellos que vienen/ aunque no hay motivo de sombras, /escapar de la lejanía/ una sombra de la noche, /cercanía que hostiga/ de la noche en medio del jardín/ escapar de la cercanía de ellos/ sólo una sombra entre la noche. (3.31-3.47)Alguien reconocería su sombra entre los árboles, aunque no haya motivo de sombras. Sólo eso, una sombra de noche, en medio del jardín, perdida del brazo de todos los que se fueron, en medio de la noche.(3.48-4.00)De haberle escuchado estaría esperándole como las otras noches esperando una más de sus historias, tan bellas y llenas de sentido; otra de sus historias que tanto le gustaban, de haberle escuchado. (4.01)Correría, lo más rápido que sus piernas pudieran soportar, correría, correría, correrá dejar atrás el peso del presente, correría, correría pensar en ella, olvidar el futuro y respetar al pasado, nunca nombrarle, salir de allí, correría, sin descanso ni calma, alejarse sin pausa, sin mirar detrás, sin espera: nombrarle hasta vomitar la vida, hasta el hartazgo de irritación y melancolía, rabia e hipócrita mediocridad, hasta defecar el último gramo de vida, comer de esa mierda o morir inane, escapar. nunca nombrarle, salir de allí, correría, sin descanso ni calma, alejarse sin pausa, sin mirar detrás, sin espera: nombrarle hasta vomitar la mediocridad, hasta el hartazgo de mierda y vida, irritación e hipócrita rabia, hasta comer el último gramo de vida, escapar de esa mierda o defecar inane, morir (...si tan sólo pudiera comer...4.48) Porque comer de esa mano era casi como defecar en sí mismo,(...comer mi propia sombra, llenarme de coraje y desesperación, llenarme de silencio...) como poner sobre sí la voluntad y aferrarse a la estupidez[...](...para dejar en paz


a los que me rodean, incluyéndome, escapar.)(5.05) Hasta caer profundo silente paralizado luego de no poder más________ __ _ _ _ Lejana(el silencio), de pie(susurraría), volvería la mirada pronta(una sombra), para nunca más mirar de nuevo. Sólo al cielo, (lejano extraño oscuro)

(El pasado)

(0.00-0.27) Mirar, detenerse, mirar, al horizonte.

Reconocer, sensación, aroma, color

de estar cerca,


a casa

de estar de sentirse seguro, cerca.

(0.28-1.01) Mirar, las aceras floreadas detenerse, las altas fachadas viejas mirar al horizonte, su madre despidiéndose ausente. Reconocer, Los rostros de antiguos sensación, las maneras de familiares aroma, el banquete por dos monedas color, de estar junto al parque, luego del colegio cerca, esperando la tarde a casa e ir al río en bicicleta de estar la noche contándose historias de sentirse y así poder dormir seguro, cerca. segura. de estar Sentada frente al mercado


cerca, colorido, vivo a casa sofocante a veces, gris de estar y mirar la calle de sentirse iluminada, insignificante seguro, cerca.

(1.05-2.08) Mirar: el paisaje que tantas veces recorrí sin miedo a pisar mis pasos dos veces ; oler: las alcantarillas y las flores de las aceras cercanas a casa; tocar: a mamá luego de la ducha fría al despertar antes del colegio; reír: día y noche con papá aunque no existiese motivo aparente para hacerlo; jugar: con María a las escondidas pretendiendo nunca encontrarle; cagar: sobre los escombros que logro mirar desde aquí, ahora que paso Desperté: pensando en vos como todas las mañanas; soñé: con la desesperanza de no encontrarte al despertar; deseé: sin reparo que jugásemos juntos a nunca descansar; reí: a sabiendas que me reprimías aunque después reías; lloré: cuando te fuiste, papá, porque siempre pedí que existieras; miré: una ocasión, que no volvería más;

de pies.(2.08-

2.40)aunque nunca supe en verdad si mis sueños de la infancia podrían realizarse, les abandoné pronto, como todos, al empezar a vivir, como decían los mayores, dejar la fantasía y mirar la realidad; olvidé, junto a mis compañeros del colegio si podía alcanzar mis sueños, preferí la voluntad impuesta y la certidumbre de mi pertenencia. Desperté un día y era


mayor, había jugado en el parque, hecho amigas intrañables, había perdido a mi padre, amado a mi madre, odié a ambos, creí en dios, en mis maestros, besé al abuelo e incluso oriné mi cama en una ocasión, nuevamente

(2.41-3.16)silente, como una sombra entraba en su habitación siempre deseosa; constante, saboreé las delicias de su compañía incluso aborreciéndola; delicadas, fueron su manos sobre mi piel, amándome, pervirtiendo nuestros deseos; condescendientes sus palabras en mi dolor, inútiles y petulantes; sutiles las palabras de amor que recitó en mí, poesía, superchería o locura; ingenuas las pasiones entregadas día y noche en la habitación, camino (3.17-3.45)Perfumado la dulzura de las palabras escritas con pena y vergüenza, camino, pernicioso el verdadero sabor a culpa que llenaba mi espacio, camino, piadosas las miradas de los ofendidos con la amargura de mis entrañas, me alejo caminando, espasmos de alegría y sinceridad rondaron la habitación donde dormía, caminando recuerdo, escrupulosa bienaventura de compañía diaria, constante y benévola, me alejo de aquí, confrontando mis principios un día desde este mirador vi una estrella del cielo caer

de

noche,

(3.46-

4.21)he esperado tanto que amanezca, que la luz del día inunde mis pensamientos de calma y quietud, olvidando, recordando, dejando pasar lo que ha pasado, pasado, remembrando lo innombrable que de ello me basta para existir. Me alejo de esta vista, camino hacia la sombra del sol, mi propia sombra es guía del recorrido; recordando que en mi pasado hallé la especulación de la vida, mis principios, la especulación de un espacio que resultó ser


razón y pasión sujeta--

a ustedes

a ellos

y al Otro

Vacía.

(Dios)

Renegué de la satisfacción que me brindaba la calidez de la piel y su textura sobre mis labios, de la virtud de la fantasía que se creaba en mí, ante el vacío. Renegué del sumo control que me brindaba el cuerpo y la fantasía, con el ano negrecido expulsé la divinidad del deseo, olvidé las caricias de mi madre y las sustituí por una pasión incontrolable, la violenta irrupción inexistente de mi padre, el poder que me gobernaba me cegó y le negué. Negué la sinceridad de mis propias virtudes, nuevamente. Negué a dios, desde el momento en que nací, renegué lo evidente, sucumbí luego de la insistencia de mi ser y del otros seres, renuncié a la vida de los muertos para vivir, para vivir en la alegría ensombrecida de la auténtica serenidad, alejado del dios que me creó y amando al dios que me asumió, deseándome, aun negándome. Asumí la existencia de la voluntad impuesta, reconocida y nombrada cada día como parte de la vida, siendo inobjetable; asumí la parte que me correspondía, que me correspondió desde siempre, correspondí a las necesidades de otros y comprendí que el saber estaba en la necesidad, el deseo y la esperanza de la verdad, la libertad: nunca objetar, jamás repudiar lo que bien supe siempre, asumí por repetición del


deseo, asumí por emancipación de la virtud e imposición de la repugnancia, luego añadí la voluntad, enmascarando, respetando la libertad, mi libertad que jamás juzgué, cuando lo hice hube correspondido a la verdad de mis “deseos”, de mi voluntad, de mi necesidad, de mi ausencia. Acepté confiado la realidad: virtuosa realidad emancipada de dios padre, lograda en dios madre, siempre dios. Acepté confiado la verdad, acepté pues el camino de la vida está en la verdad, nunca descubierta, enredada, pero verdadera. Acepté, sabiendo que en ella encontraría la única y absoluta verdad, la palabra, de dios

.

(1.45-2.28)camina frente al templo, donde otros, pacientes, esperan ser redimidos de la mancha que ensucia los nombres, las palabras. Frente a los templos convertidos, para algunos, en lugares de frenético impulso cultural, casi fanático, creíble; para otros, en la morada de la honesta salvación, del encuentro, del reconocimiento, pacientes. Frente al templo, inmenso, desbordante, como el altamar nocturno, queda absorta en un pensamiento mágico, repetitivo, ancestral, enternecedor:

(2.29)Creoendiospadre Creoendiosmadre Creoendiosnuestroseñor Creoendioslibertad Creoendiosrazón

Creoendiosvicio

Creoendiosparsimonioso

Creoendiosredentor

Creoendiosmago

Creoendiosculpable

Creoendiossantificado creoendiossentimiento

Creoendiosjuez Creoendiospadre Necesario es dios pues, él, el hombre, así lo Creoendiosausente Creoendiosinombrable Creoendiosdolor Creoendiosesperanza dispuso, de otra forma, moriría en la


Creoendiosinfringe Creoendioscaridad Creoendiosmirsericordiosos incertidumbre de su reconocimiento Creoendiossalvador

Creoendiosayuda

Creoendiosdeseo

Creoendiosnecesidad

Ceoendiospasión Creoendiosmujer Creoendiosvirgen Creoendiosjusticia Olvidarle es conformarse de insatisfacción, Creoendioscortesía

Creoendiostolerancia

Creondiosjudío

Creoendiosnegro

Creoendiosmestizo olvidar la culpa que hiere, la culpa que llena, Creoendiosblanco Creoendiosverbo Creoendioscuerpo olvidaría que soy humano, estaría solo Creoendiosacción

Creoendiosamor

Creoendiosomnipotente

Creoendioscreador

Creoendiosmiser Creoendiosmivoluntad Creoendiosmisinismo Creoendiosmiinsignificancia No recordar mas no olvidar, olvidaré su existencia, Creoendiosmipalabra

Creoendiosmisotén

Creoendioselvacío

Creonedioscompletud

Creoendioselsignificado pues así, sin duda, obviaré a mi padre y a mi madre, Creoendiosverdadero Creoendiosperversión Creoendiosterrenal que siempre estuvieron, gran virtud! Creoendiosdador Creoendiosmipotencial Creoendiosateo Nocreoendios Creoendiostiempo creoendiospasado creoendiosdestino creoendiosvoluntad Adiós, padres, dios, no habré de olvidarles, Nocreoendios,idota nocreoendiospresente nocreoendiosnada creoendiosdedios creoendiospecado no les recordaré, pues he de crear, creoendiosmiedo creo en dios el tiempo creoendiosminombre soydioscreador,ominipotente creoendiosmiser


(la gente estática)[incluir una hoja de albanene con el primer párrafo y luego varios “En el andar” para repetir nuevamente el primer párrafo, así las veces que fuesen necesarias para cubrir el capítulo] Paula seguirá caminando, moviendo los pies que le han traído hasta aquí, hasta la posibilidad de mirar sin ser mirada, moviéndoles sin esperar un destino, sino un encuentro. En el andar Encontrará personas, cientos de sujetos, sujetos a una única postura, estáticos, pasando la vida, inmersos en la inmovilidad, en una extraña sensación, de quietud: Un paseante en la mitad del parque; un hombre tomando café camino al trabajo; una dama de la mano de su pequeño, rumbo al colegio; un joven en bicicleta, y audífonos; una pareja en la parada del autobús; un automovilista impaciente; un hombre que camina con el diario bajo el brazo; una mujer que habla al móvil: provocado por la incesante necesidad de movimiento por un acto tan convencional como innecesario el incesante deseo de consumación aislamiento perpetuo en la mezcla perfecta de idiotez y pasividad fervientes seguidores del amor verdadero consecuente amante del caos cotidiano imágenes estelares de lo cosmopolita, todos pacientes de la inmensa ola de parsimonia y deseo inmediato.

Encontrará a los otros, sujetos también, a farolas más lejanas, ligeras; encontrando en la vida, la posibilidad del movimiento, la perversión del movimiento, la fortuna: Un escritor frente a su máquina; un hombre pronunciando un discurso político; una artista plástica sobre su obra; una mujer dentro de un libro; dos humanos amándose; una hombre


entregado a su deseo; una mujer contemplando su inmovilidad; sujetos frente al espejo reconociéndose: sosteniendo desde su escondite la vida aludiendo a la hipocresía de la palabra corrompida desprendiéndose de la posibilidad frustrante inmersa en la movilidad más sugerente y profunda desoladora entregados al cuerpo y la sin razón de sus orígenes paciente incrédulo de la voluntad estúpida inerte en la restricción de la libertad con una mano reposan sobre la farola para volver al camino y andar; inmóviles, y, sin embargo, andando.

(Reconocimiento y encuentro) Andar y parecer, resultan, comúnmente, poco similares, simétricos, distantes entre sí. Llegaríamos incluso a pensar que se encuentran tan alejados el uno del otro, como la palabra silla de la otra aceite. Si bien andar y parecer no son ni remotamente cercanos en el campo de la lingüística, sí lo serán en este terreno, de la incertidumbre, de la voluntad mermada y de la pérdida de una estrella que se ha visto caer y no logra encontrarse. Ésta es la historia de una mujer que andando, como todos lo hacemos a diario, miró, una buena noche, que una estrella caía del cielo. Pasó de noches, a partir de entonces, en búsqueda de la estrella que vio caer, pues el cielo resultaba cada vez más confuso, incluso desolador sin la luz, sin el brillo de aquella. Los días, sumida en el desconcierto de la noche anterior, paseaba desconocida entre la gente, con la gente, andando, como todos nosotros a diario, sin poder nombrar, percibiendo lo evidente y obviando lo real, andando entre la muchedumbre oyendo los sonidos, desconociendo las palabras, como todos nosotros; luego


volvía la noche y buscaba de nuevo, entre los muros, debajo de las sombras y en medio de las letras escritas, intentando, quizá, métodos poco comunes, insanos. A la mañana siguiente, desconocida, volvía a andar, sola o acompañada, daba igual, como a todos nosotros; andaba como cada día, perdida en la certeza de la cotidianidad que, además, le brindaba seguridad y confianza que, como a todos nosotros, tanto le valían; entonces volvía la noche, fría y desconocida, pues no era la noche que todos nosotros conocemos, era la noche del ser: esa oscuridad que embriaga la existencia y la permea de inseguridad, de angustia, desesperación, odio y rabia, y reconocimiento; en ella buscaba desesperada la estrella que vio caer, pero amanecía. Así, también había noches, las que conocemos, luego del atardecer, y en ellas andaba también, como todos nosotros; andaba entre sueños, entre luces falsas que prolongan el día y derriten la serenidad. Un buen día, curiosamente, cuando las noches eran más y más prolongadas al grado de no andar más, Paula, el nombre de la mujer que vio la estrella del cielo caer una buena noche, fue llevada a un hospital de salud mental intentando que no hubiera más noche, intentando que anduviera al amanecer. Allí comenzó a parecer, como todos nosotros, parecía que andaba luego de las largas charlas con los hombres de blanco especializados, luego de las píldoras para todo, luego de las normas de conducta, luego de la pastilla para el insomnio, luego de los programas informáticos, luego de las conexiones inalámbricas, luego de los tratamientos alternativos, luego de las amistades convenientes, luego del poder por el poder, luego de la saciedad inexistente, luego de lo divertido de la vida,

luego de

fanatismos, luego del tiempo, luego de los emocionantes anuncios publicitarios y la


democracia globalizada que hacían, del andar, un parecer a ser: como todos nosotros. Pero Paula, prefirió la noche y salió de aquel hospital para la salud mental, escapó.

En una ocasión, le encontró. La Ciudad a la que había llegado, luego de un camino recorrido, sino cuál, parecía llena de vida, amorfa pero llena de vida. Mujeres y hombres parecían y andaban entre sí, como semejantes, parecían y andaban entre sí, como comprendiéndose, andaban y parecían unidos por una certeza, la de vida; Paula se entremezcló en la Ciudad, andaba y parecía uno de ellos, creyó ella recién amanecía. Parecía que andaba, como todos en la Ciudad, hasta que, luego del atardecer, la noche, y entonces le vio, la estrella que había visto caer. Caminó hacia ella, la cual, arrinconada en una de las tantas calles de la inmensa Ciudad, aún brillaba.

(Reconocimiento y encuentro) Hubo llegado, presa del cansancio, donde sus pasos quietos: inmersa en la inmensidad

Hubo llegado, presa del cansancio, donde sus pasos quietos: en la inmensidad que desborda

Inmersa en la inmensidad En la inmensidad que desborda: quieta, miró alrededor para no encontrar sus propias huellas.

Desde la inmensidad


Junto a la sensación de vacío: quieta, miró dentro para no encontrar sus propias huellas.

Rabia

eldesmembramientodelaspartesehechalamássuperficialesdelasrealidadescorrompidaporun reflejoinmediatorabioso lainciertabienaventuradelasoledaddañadaenlaintensidaddelaexistenciaprementaldondesol olosmasimbécilessobreviven esenlasobrevivenciadondelasrazassecurtendeodiointeligenciacultodesesperacióninmedaite zylaexistenciapendedeunhilo

En la inmensidad, parte de ella, hay un abismo luminoso: que no esperanza

Hay un abismo luminoso que no esperanza: quieta, miró sino hastío y desesperación.


Tiempo


(Final, decisi贸n) Sus pasos


le parecĂ­an cercanos


y sus manos propias, no en cambio,


la realidad.


Paula se encontró frente a la inmensidad de una ciudad festiva, por la tecnología, el progreso, y la democracia. Frente a ella alzó la vista esperando encontrar el cielo oscuro, nocturno para buscarle de nuevo; encontró un cielo claro, posible, imaginado. Recorrió las calles contemplando aquello, la serenidad de la gente en medio del caos, las constantes significaciones del sonido desfigurado, la gama pálida de colorida selección, las sombras que andan mientras sus figuras se resguardan bajo los empequeñecidos árboles que decoran las esquinas de las aceras. Allí, en medio de la inmensidad de la ciudad, Paula pasó inadvertida, como las demás figuras, siempre contemplando, siempre atentas, al más mínimo movimiento, a la más mínima alteración en la programación cotidiana. Se acercó con cierta cautela a la terraza de aquel café, prestó atención a lo que decían las personas, nada pudo comprender, sólo escuchó sonidos, gemidos, pero ellos, al parecer, se entendían los unos a los otros.

Sonaron las campanas de un viejo reloj en cierta plazuela, marcaban la caída de la tarde, el comienzo de la noche. Del sol quedó sólo su luz, de la noche el temperamento y la idea de tranquilidad, de que luego de ella volverá a amanecer. Paula sintió el peso de los segundos en los pies, la carga de los minutos en los hombros y volvió a andar atenta. De su bolso tomó un reloj de arena, lo puso sobre su mano, anduvo dándole vueltas luego que terminaba, anduvo por entre las calles y el tiempo pasó, el arenero se lo dijo susurrándole. Continuó con el arenero sobre su mano, y cuando hubo terminado así le dejo, de cabeza, entonces no amanecería más. Dejó que la noche la tomara y se adentro en los callejones de la ciudad siguiendo un vago resplandor.


Sintió las campanas de nuevo aunque lejanas, muy lejanas, comprobó que el arenero seguía en su mano y la arena quedaba toda al fondo del mismo, pero las campanas seguían sonando, también la noche y el amanecer se distinguía en el horizonte borrado de la ciudad. Del resplandor sólo quedaba el brillo de abismo que encontró al doblar la esquina. Era una luz inversa, opaca, desnutrida, pero sumamente atrayente, deslumbrante y cercana. Se acercó más a la orilla del abismo, tomó un poco de luz entre sus manos, cerró los ojos y sólo escuchaba el paso del tiempo. Quiso tomar más luz, quiso tomar más tiempo para charlar, para sentir, pero en vez de eso las campanas repicaron y el horizonte detrás de los rascacielos anunciaron la mañana. El arenero había desaparecido de entre sus manos, la luz se hundía en el abismo y sus pasos dejaban la tierra sumida, no había palabras, ni fe, ni nombres, ni moral, ni yo, ni espejos, tampoco cuerpo. Abrió los ojos y contempló la ciudad detrás del abismo bajo sus pies, se sostuvo.

La mediocridad del ser humano radica en que la voluntad perdida se reinventó con tantas máscaras que resulta imposible ya saber dónde se halla: en la libertad no, en la pasión tampoco, en la razón no, en la compasión... en la guerra... en la democracia... en la igualdad... en dios... en el autoritarismo... en el ser... Hemos creado verdades, les hemos inventado sentados junto al abismo para entretener a los niños que esperan poder dormir esta noche sin soñar de nuevo con la muerte. La verdad y la voluntad no están en el ser humano.


Dio un paso


y, frente al abismo,


se escribe la melancolĂ­a sobre la piel.

PAULA  

novela de la adolescencia