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Las revistas literarias hispanoamericanas Juan Nicol谩s Padr贸n

Peri贸dico cubarte 21/abril/2011-17/junio/2011


Posiblemente el primero en advertir la importancia de las revistas literarias para el estudio de la literatura hispanoamericana fue el catedrático de las universidades de Illinois y de Missouri Boyd G. Carter ―Las revistas literarias de Hispanoamérica, Ediciones de Andrea, México, 1959; Historia de la literatura hispanoamericana a través de sus revistas, Ediciones de Andrea, México, 1968―, quien revisó miles de publicaciones periódicas para escoger unas ciento cincuenta entre las más importantes que le condujeron a realizar su estudio sobre la narrativa, la poesía, el ensayo y la crítica, la historia, el arte y la lingüística en los países de Hispanoamérica. De esa primera contribución hasta el momento se ha multiplicado muchas veces la cantidad e importancia de las revistas literarias como vía sistemática y creciente de desarrollo de las letras en la región, pero aunque hay muchísimos estudios sobre revistas literarias, la atención que ha merecido este legado por parte de profesores y promotores no se corresponde con su significado y dimensión para la apreciación de las letras del continente; entre otras, las razones principales son: en primer lugar, el prejuicio no superado de que la información y la cultura están fundamentalmente en los libros, el medio de mayor antigüedad y prestigio ―con la presencia y peso crecientes de los medios electrónicos y la Internet, este prejuicio se transforma en un criterio todavía más difícil de sostener―, y, en segundo lugar, las dificultades para el acceso a las revistas literarias impresas, pues las hemerotecas son como las parientes pobres de las bibliotecas, con una histórica desatención, pues algunas instituciones dedicadas a la literatura todavía tienen una concepción errónea sobre el papel de las revistas en la información actual. Aun en la hipotética posesión del universo de todo lo publicado, resulta muy riesgoso determinar las revistas literarias más importantes de América Latina y el Caribe, pues ni siquiera desde el bien organizado sistema de información norteamericano se puede garantizar objetividad; además de que sería imprescindible precisar qué bases deben tenerse en cuenta para establecer la susodicha importancia. Hace unos años asistí a una exposición en Santiago de Chile que dejó sorprendidos a los estudiosos del tema, al mostrar decenas de revistas alternativas que circulaban en esa ciudad clandestinamente en los tenebrosos años de la dictadura fascista de Augusto Pinochet; fue un descubrimiento para todos contar con textos valiosos, que ni siquiera se habían tenido en cuenta por los expertos, procedentes de una literatura sumergida en una época llamada “apagón cultural”. Además, el límite para considerar una revista como literaria ―en la que deben predominar la ficción y los ensayos relacionados con estas temáticas―, frente a publicaciones periódicas en las que otras informaciones tienen un peso significativo, constituye a veces una difusa frontera, pues podemos encontrar importantes textos literarios o de ficción en las últimas, o esenciales ensayos histórico-sociales en las primeras. En las hemerotecas se han confeccionado diversas listas de publicaciones seriadas para su ordenamiento diferenciado, según criterios y conceptos clasificatorios de una racionalidad admirable; sin embargo, muchas de estas revistas todavía no se han digitalizado y apenas se puede acceder a ellas mediante Internet; tampoco existen ensayos o investigaciones suficientemente sólidos y rigurosos que conduzcan a la inclusión del estudio de las revistas literarias en los planes de la enseñanza superior. Tales aspectos constituyen dificultades para investigadores, críticos, profesores y promotores, que solo


acceden parcialmente a este valioso caudal informativo para valorar con mayor precisión o exactitud las corrientes, épocas o escuelas literarias y sus momentos de esplendor y decadencia; quedan entonces fuera de sus análisis obras iniciales o al margen, de ocasión o no incluidas en los libros por los creadores, y criterios o críticas a esos textos en su primer impacto con el público; no es de extrañar que el nacimiento de polémicas literarias o ideológicas sostenidas en los medios queden en el olvido: estas indagaciones no han sido todavía valoradas en la mayoría de los estudios sobre literatura. No pocas veces escritores latinoamericanos y del Caribe, fundamentalmente por factores económicos, han desarrollado su principal actividad literaria en las revistas, en medio de grandes vicisitudes, pues por lo general las publicaciones periódicas en la región, de efímera existencia, han sido herederas de una tradicional pobreza; muchas de ellas se han limitado a dos, tres, cuatro… números, aunque no siempre esta fugacidad se corresponde con la importancia de la publicación. Si uno de los problemas más acuciantes del libro en la actualidad es su pésima distribución y comercialización, no solo en Cuba sino en América Latina y el Caribe, más grave aún es la situación de las revistas literarias, mezcladas en canales de comercialización que tienen muy poco que ver con su naturaleza, amén de cargar con el escaso interés de sus propios distribuidores: al final terminan empolvadas en quioscos u otros lugares inapropiados, en los cuales, para colmo, la irregularidad de las entregas, con la consiguiente discontinuidad de fechas, las hace invendibles. Por otra parte, a veces padecen la concurrencia con las más diversas y raras creaciones del espíritu humano, desde un horóscopo hasta un almanaque con la imagen de una japonesa en trusa. Estas publicaciones han sido las primeras en enfrentar las sucesivas reducciones, restricciones y crisis de los últimos años, a pesar del empeño y la pasión de sus directores o promotores por continuar dándoles vida, aun de manera autónoma, sin dependencias macrofinancieras que entorpezcan su ágil naturaleza, o decisiones ajenas o lejanas que conspiren contra el sueño de su sistemática aparición: una terca realidad que las ajusta en contenido, diseño y tiraje. La cantidad y calidad de las revistas literarias publicadas en América Latina y el Caribe, están condicionadas por múltiples y heterogéneos factores, entre otros: la densidad de las ciudades donde se publican y se distribuyen; el por ciento de analfabetos y las “fuerzas vivas” ilustradas que tienen potencial de compra y consumo; el nivel económico y las realidades culturales, ideológicas, políticas… en las respectivas sociedades, que facilitan o impiden su acceso y desarrollo; el grado de ilustración de gobernantes o personas poderosas que comprenden o no la importancia de ellas y que contribuyen, a veces de manera decisiva, a su existencia y circulación. La longevidad de estas revistas tiene que ver con la estabilidad del director o del promotor principal en el puesto que anima su publicación; pero además, es fundamental la seguridad del factor económico, así como el apoyo y la comprensión de los mecanismos burocráticos que las pueden catalizar o retardar; también incide en su supervivencia el número de lectores que atraen, el prestigio alcanzado o sostenido, la línea editorial que defienden, conservan y han establecido. La falta de apoyo financiero y de lectores han sido posiblemente las dos causas esenciales de la desaparición de algunas de estas publicaciones; la primera es


decisiva; la segunda puede evitarse a tiempo a partir del análisis de los contenidos y su replanteo, incluido el diseño que se ha establecido, la coherencia o no entre el objetivo y la imagen de la revista en relación con su destino previsto, la relación entre tirada y venta, los canales de distribución y comercialización elegidos, etc. Un reajuste a tiempo del diseño puede resolver algunos problemas, y no hay por qué exigirle gran venta a una revista literaria, aunque tampoco debe aceptarse una recepción casi nula; será necesario calcular bien la demanda real y el número de ejemplares impresos, para no crearse falsas expectativas. Los estudios sobre las revistas literarias hispanoamericanas han comprobado que poseen una gran cantidad de contenidos de variado interés, pues intentan cubrir muchos objetivos. En una revista literaria hay ensayos especializados sobre literatura y arte; fragmentos de novelas, cuentos y textos narrativos de variada índole; poemas y prosas poéticas; artículos de costumbres, literarios o socioculturales, a veces confundidos con la “crónica social”; comentarios sobre estéticas, grupos generacionales o promociones literarias y artísticas; reseñas, promoción o publicidad de libros y autores, y también, anuncios ―por lo general de patrocinadores con productos afines a la cultura literaria, aunque no siempre es así―; géneros periodísticos como la entrevista, la crónica, el reportaje, el editorial o la nota informativa; conferencias y discursos de valor literario o cultural; panoramas, monográficos o estudios históricos; trabajos seriados de diversas intenciones y naturaleza; polémicas provocadas o surgidas a raíz de un tema, que se siguen de un número al otro; gráfica, desde caricaturas, dibujos a línea y grabados, hasta fotografías y reproducciones de obras de arte; informaciones para catálogos, compendios, cronologías, índices, bibliografías… En el momento de la irrupción masiva de los periódicos en el siglo XVIII, en el período de la Ilustración, las informaciones de carácter literario ocupaban menos de una columna, pero desde los primeros números fueron necesarias; comenzaron a crecer a una página y, en el siglo siguiente, nacieron con autonomía, editadas como folleto adjunto a los periódicos, como suplemento o boletín. Con la llegada de la independencia hispanoamericana, en “Tierra Firme” estas revistas se convirtieron en instrumentos de cada pueblo o gobierno para desarrollar la identidad cultural o nacional. No resulta un secreto que las revistas literarias en América han contribuido a construir y jerarquizar la literatura de cada país después de la independencia en el siglo XIX, hasta contribuir a la consolidación de las identidades nacionales respectivas. En las nacientes repúblicas latinoamericanas, se dieron a conocer textos de carácter literario en los periódicos; al nacer las revistas, toda esa información que antes se había insertado en ellos, con el objetivo de promover una lectura lúdica, recreativa o culta, se presentaba con propósitos más definidos: se ofrecía un panorama reunido de la literatura del país, se daban a conocer sus escritores, se facilitaba la publicación de inéditos que ampliaban esa nómina, se intercambiaban trabajos periodísticos de perspectiva literaria con Europa y se reanimaban nuevas lecturas de ficción y de arte con sus correspondientes ensayos, junto a temas en que se resaltaban las cualidades nacionales. En Cuba sucedió algo semejante, aunque de manera encubierta, pues todavía éramos colonia española. El modernismo literario aportó una nueva conciencia artística, una voluntad de estilo y un pensamiento


novedoso ante el crecimiento de las ciudades y el vertiginoso desarrollo de la modernidad; este contexto propició una imagen diferente de las revistas literarias; se trataba de una época en que se transferían los gustos afrancesados al pragmatismo de los Estados Unidos. Con el advenimiento del siglo XX, los primeros modelos fueron quedando atrás. El desarrollo de las comunicaciones y la necesidad del cosmopolitismo (un resultado de la modernidad americana), impusieron, ya en el período de las vanguardias, un nuevo concepto del espacio y del tiempo, y por tanto, en este contexto comenzó a importar considerablemente lo ajeno y lo diferente: el cambio y la velocidad se convirtieron en un poderoso paradigma. No bastaba con el libro, era imprescindible mantenerse publicando poemas, narraciones, artículos y ensayos, en revistas que lo facilitaron, ante nuevas formas de comunicación sociocultural para la promoción, como la recitación por la radio o las lecturas organizadas en las recién multiplicadas universidades, sociedades de conferencias, clubes sociales o instituciones de cultura; cada propuesta formulaba novedosos modelos organizacionales de la cultura literaria, necesarios para los propósitos de una modernidad que reclamaba el “arielismo” como forma de desarrollo; muchos de ellos contaban con el prestigio de escritores que requerían de la velocidad de la publicación en una revista literaria. Los vanguardismos latinoamericanos de los años 20 y 30 del siglo XX potenciaron la necesidad de la confrontación y el surgimiento de muchos grupos, generalmente asociados a una revista como vocero de expresión, unas veces de manera oficial y declarada, y otras, en silencio, pero demostrándolo con los autores escogidos para sus páginas. Las llamadas “posvanguardias” continuaron con este proceso por los años 40 y 50; las revistas literarias se convirtieron casi en un requisito para dar a conocer de manera inmediata diversas e innovadoras escrituras, una o varias poéticas emergentes, generaciones y nuevas promociones que se daban a conocer en el escenario cultural, autores inéditos que podían llamar la atención u otros publicados o muy reconocidos que se incluían para ofrecer prestigio. La revolución cultural de los años 60 trajo consigo un boom de publicaciones literarias que incluían las periódicas, en las que se ha enfatizado menos que en los libros; en ellas aparecieron ficción y algunos ensayos literarios especializados, y se segmentaron aún más los espacios para el pensamiento artístico y literario o el histórico y social, así como para el teórico y crítico; incluso, algunas revistas se limitaban a un género, como la poesía o el cuento, o se especializaban en arte o en teoría. En la medida en que avanzó la segunda mitad del siglo XX fueron desapareciendo las célebres revistas fundadas por famosos escritores, como Jorge Luís Borges, Pablo Neruda, Octavio Paz o José Lezama Lima, aunque por lo general se le sigue concediendo importancia a una revista en la medida en que se pueda identificar con alguna importante personalidad literaria que escriba en ella. Desde los años 60 y hasta estos momentos, casi siempre los directores de esas revistas han pertenecido a la burocracia cultural de cada país, aunque puedan ser escritores reconocidos, y van perfilando un acomodo de inclusiones y exclusiones que responde cada vez más a factores en los que tienen un peso mayor los extraliterarios, mientras los periódicos comenzaron a reducir los espacios dedicados a la literatura y a las expresiones literarias, que solo en los de mayor importancia mantienen algunas páginas, en algunos casos de aparición semanal. Ante


estos cambios, no asistimos a la desaparición de las revistas, sino a un cambio frente a los competidores de los medios electrónicos. El embrión de lo que posteriormente vinieron a ser las revistas literarias en América Latina, se halla en las informaciones aparecidas en los primeros periódicos americanos que reproducían textos de ficción y comentarios sobre autores y corrientes estéticas. Las “Gazetas”, como la de Lima en 1715, la de México en 1722, la de Guatemala en 1729 y la de La Habana en 1764 ―solo se conserva un ejemplar de la Gazeta de La Habana, correspondiente a 1782-1783―, dejaron una huella literaria apreciable que necesariamente tuvo que ampliarse con la creación de nuevos periódicos. También los “Mercurios” contribuyeron a esta tendencia, como el de México en 1742 y Lima en 1791. En el Papel periódico de la Havana (1790-1805) se promovió la cultura literaria de acuerdo con los ecos de la Ilustración española, como se hiciera en el Papel Periódico de la Ciudad de Santafé de Bogotá (1791), fundado en el Virreinato de Nueva Granada por el poeta cubano Manuel del Socorro Ramírez, y posteriormente, en el Papel Periódico Ilustrado, instituido por el artista y escritor Alberto Urdaneta en la propio virreinato; también, en La Gazeta de Guatemala (1797-1816), en su tercera época, cuando se promovió el pensamiento liberal; asimismo lo hicieron Primicias de la Cultura de Quito (1792) y otras publicaciones a finales del siglo XVIII. Todos estos órganos estimularon las lecturas literarias y el interés por el conocimiento de lo local en sus respectivas columnas o páginas literarias, sin que a la larga esta contribución fuera el propósito del poder colonial español; estas lecturas prepararon una conciencia regional y facilitaron las condiciones ideológicas para que surgiera un sentido de pertenencia que posteriormente constituyó el prefacio para las revoluciones hispanoamericanas en tierra firme, así como la consolidación de una identidad cultural que definitivamente favorecería la formación de las identidades nacionales en cada pueblo; fue como un irremediable “acto fallido” del colonialismo español promover, por ejemplo, los artículos de costumbres, pues ya los hábitos y usos no eran de españoles peninsulares, sino de ultramar. Una revista que contribuyó a este propósito en Cuba fue El Regañón de La Havana, publicado en 1800 por el español Buenaventura Pascual Ferrer ―treinta años después apareció El Nuevo Regañón de La Habana, dirigido por su hijo Antonio Carlos Ferrer―, que desarrolló el costumbrismo social y la crítica literaria. De una etapa inmediatamente anterior a las independencias hispanoamericanas, una de las publicaciones que más estimuló contenidos literarios fue El Diario de México (1805-1817), según ha afirmado Alfonso Reyes, pues fue “el centro literario de la época”, cuando el virreinato estaba a punto de caer. Entre las primeras revistas dedicadas exclusivamente a textos de y sobre literatura, pueden mencionarse la Gazeta de Literatura de México (1788-1795) y el Semanario Crítico de Lima (1791); el Semanario del Nuevo Reino de Granada en Santafé de Bogotá, desempeñó similares propósitos entre 1808 y 1811. En Cuba, de manera tardía y sin arribar a la independencia, surgió la Revista y repertorio bimestre de la Isla de Cuba (llamada posteriormente Revista Bimestre Cubana), que en su primera época (1831-1834) generalizó ideas literarias y científicas de gran valor para construir las razones de la nación cubana.


Una de las revistas de mayor impacto desde el punto de vista literario y ensayístico, en el período inicial de las primeras repúblicas hispanoamericanas, fue El pensador mexicano (1812), dirigida por José Joaquín Fernández de Lizardi, un escritor autodidacta que escribió una de las primeras novelas de América ―El periquillo sarniento, 1816. Las publicaciones mexicanas El Iris (1826) y Miscelánea (1829), dirigidas por el cubano José María Heredia después de haber señalado el camino romántico en la poesía del continente, constituyeron también modelos de estas nuevas publicaciones que estimulaban no solo la lectura, sino también la sensibilidad hacia los diferentes géneros de la literatura. El poeta, narrador y dramaturgo mexicano Ignacio Rodríguez Galván, autor de una variada obra que consolidó el movimiento romántico en su país, estimuló la creación de un grupo de revistas; posteriormente el también escritor mexicano de ascendencia indígena Ignacio Manuel Altamirano, que luchó para derrotar al archiduque Maximiliano I y publicó la primera novela moderna de su país ―Clemencia, 1869―, fundó y dirigió una de las publicaciones de mayor trascendencia de Hispanoamérica, El Renacimiento (1869), con el propósito de publicar un arte híbrido y una literatura nacional, como correspondía a la nación mexicana; otras revistas literarias brillaron durante el siglo xix en ese país: El Mosaico Mexicano (1836), La Ilustración Mexicana (1851-1854), El Federalista (18721877), El Artista (1874-1875), esta última conceptualizada como de “Bellas artes, literatura, ciencias”. Siguiendo la misma tónica, en Guatemala aparecieron El Museo Guatemalteco (1856) y El Porvenir (1877-1882) ―una de las más importantes de este país; en el primer número, puede leerse: “Una nueva sociedad aparece hoy ante el público. La componen gran número de personas amantes de la literatura y de las ciencias”. Andrés Bello, desde Londres, había incitado la continuación de la labor literaria en Hispanoamérica mediante Biblioteca Americana (1823) y, con la colaboración del colombiano Juan García del Río, El Repertorio Americano (1826). Las circunstancias fueron propicias para que en la construcción de las diferentes “patrias” latinoamericanas después de la independencia, emergieran revistas literarias para expresar tesis culturales que lentamente se transformaban en sociales después de las continuadas guerras civiles y divisiones entre caudillos; Revista de Lima (1859-1863) y Revista Literaria (1865), de Caracas, cimentaron este camino. Domingo Faustino Sarmiento colaboró en numerosas publicaciones periódicas y mediante ellas dio a conocer sus proyectos filosóficos, culturales, pedagógicos, sociales y políticos; algunos de los escritores argentinos de la Generación de 1837, que combatieron la dictadura de Juan Manuel Rosas, aparecieron en La Moda (1837-1838), dirigida por Juan Bautista Alberdi. durante la larga dictadura de Rosas apenas hubo prensa ―en 1850 en Buenos Aires solo existía un periódico―, pero cuando cayó la tiranía en 1852 surgieron 30 periódicos nuevos; los opositores de Rosas se agruparon para escribir contra el dictador en el exilio, como Sarmiento, Alberdi, Bartolomé Mitre, José Mármol, Esteban Echeverría…, ellos fueron colaboradores de periódicos en el extranjero, sobre todo en Uruguay, con una literatura fundamentalmente crítica dirigida contra Rosas; entre los numerosos periódicos que recogieron sus textos se cuentan El Iniciador (1838-1839), El Nacional (1836-1846), El Talismán (1840), El Tirteo (1841), ¡Muera Rosas! (1841-1842), El Guerrillero (1843), El Álbum (1844), El Comercio de


La Plata (1845-1857), El Conservador (1847-1848), La Semana (1851-1852)… El romanticismo literario se continuó expresando en los grandes periódicos de América Latina, pues estos no dejaron de insertar columnas, páginas y hasta suplementos que prácticamente constituían revistas literarias, como ocurrió en El Siglo (1841-1896) y El Universal (1848-1855) de México, El Comercio (1839) de Lima y Mosaico (1854) de Venezuela. En Cuba, todavía española en la segunda mitad del siglo, se inauguraba el suplemento cultural en el Diario de la Marina (1844) ―con el tiempo, especialmente en el siglo siguiente, dio a conocer lo más valioso de las letras cubanas de su tiempo―; pero también surgieron algunas revistas literarias de importancia como las de Luís Caso y Sola ―Miscelánea e útil y agradable recreo, 1837, y El Álbum (1838-1839)―, La Siempreviva (1838-1840) ― “Dedicada a la juventud habanera”―, La Cartera Cubana (1838-1840) de Antonio de Castro, El Prisma (1846-1847), con célebres colaboradores como las de Antonio Bachiller y Morales; El Colibrí (1847-1848), “Dedicado a las damas”; La Guirnalda Cubana (1854), que se autodenominara un “Periódico de literatura, moral, artes, teatros, música, modas, con grabados y litografías, dedicado al bello secso”; Floresta Cubana (1855-1856) y El Cesto de Flores (1856), publicaciones también dedicadas a mujeres; La Piragua (1856-1857), dirigida por José Fornaris y Joaquín Lorenzo Luaces para divulgar el siboneyismo; Álbum cubano de lo bueno y lo bello (1860), dirigida por Gertrudis Gómez de Avellaneda; entre otras tantas. Dos revistas literarias cubanas marcaron una madurez de las publicaciones antes del modernismo: Revista de Cuba (1877-1884), dirigida por José Antonio Cortina, “ajena a todo exclusivismo de doctrina, de escuela o de partido”, según se aclaraba, aunque bien sabemos que contribuyó a profundizar la identidad nacional, y su continuación, Revista Cubana (1885-1894), “Periódico mensual de ciencias, filosofía, literatura y bellas artes”, de Enrique José Varona, inspirada en los mismos objetivos. Como bien ha argumentado el chileno José Victorino Lastarria, el papel formativo de las revistas nacionales durante el siglo xix fue esencial, especialmente para la consolidación de movimientos literarios y para la difusión de las ideas sociales y políticas; esto constituyó un eje fundamental en Chile, desde El Semanario (1842), El Crepúsculo (1843), la Revista de Santiago (1848-1851; 1855; 1872), la Revista de Valparaíso (1842, 18731874)… y la Revista de Artes y Letras (1884-1890), que según Max Henríquez Ureña fue en la que por primera vez se empleó la palabra modernismo, “en su sentido general equivalente a modernidad”, aunque el tema ya estaba planteado por José Martí, desde los Estados Unidos, en diversos ensayos de principios de la década de los 80. Estas publicaciones coleccionaban artículos variados de carácter cultural, ofrecían promoción y publicidad a los escritores latinoamericanos, daban a conocer a los nuevos de Europa, facilitaban la posibilidad de acceder a otros autores inéditos que se inauguraban en las letras del continente y establecían un intercambio con Estados Unidos y Europa. Marcelino Menéndez y Pelayo opinaba: “Para el estudio de la mejor literatura de Colombia es de inapreciable auxilio la colección de los trece tomos de El Repertorio Colombiano, excelente revista que duró desde 1878 hasta 1887, bajo la dirección de don


Carlos Martínez Silva y la inspiración de D. Miguel Antonio Caro. Es la más notable publicación de su género que hasta ahora ha aparecido en la América española”. Las revistas del modernismo irrumpieron en la vida cultural hispanoamericana y en 1894 surgieron dos que de cierta manera representaron este movimiento de una manera más explícita: Revista Azul y Revista de América. La primera, publicada en México (1894-1896) con periodicidad semanal y una extensión de 16 páginas, creada por el poeta Manuel Gutiérrez Nájera, quien convenció al director del periódico El Partido Liberal para editarla; se trataba de un suplemento dominical que respaldaba las ideas positivistas del progreso de la modernidad, más que las ideas políticas; acogió a poetas como el nicaragüense Rubén Darío, el español Salvador Rueda, el venezolano Rufino Blanco Fombona, el colombiano Miguel Antonio Caro, el argentino Bartolomé Mitre, el italiano Giacomo Leopardi, el peruano José Santos Chocano, el francés Alexandre Dumas, el cubano Julián del Casal, el norteamericano Edgar Allan Poe, el francés Charles Baudelaire…: una nómina universal. La Revista de América, “Quincenal, de letras y artes”, de Rubén Darío y el poeta boliviano Ricardo Jaimes Freyre, editada en Buenos Aires, fue un intento de lograr una publicación literaria de y para América; tuvo impacto en el modernismo argentino a pesar de solo haber alcanzado tres números, dejó un aliento latinoamericanista significativo no obstante su brevedad; en su presentación, titulada “Nuestros propósitos”, se declaraba: “Ser el órgano de la generación nueva que en América profesa el culto del Arte puro, y desea y busca la perfección ideal; ser el vínculo que haga una y fuerte la idea americana en la universal comunión artística; […] trabajar por el brillo de la lengua castellana en América, y al par que por el tesoro de sus riquezas antiguas, por el engrandecimiento de esas mismas riquezas en vocabulario, rítmica, plasticidad y matiz”. Paul Groussac en Buenos Aires fundó La Biblioteca, “Revista mensual de historia, ciencia y arte” (1896-1898), que publicó trabajos inéditos de Alberdi, Almafuerte, Darío, Larreta, Lugones, Mitre…; según Ricardo Rojas, “superó a sus predecesoras, mostrando, no solo en la obra personal de su director, sino también en la de sus colaboradores argentinos, que habíamos progresado en disciplina intelectual y formas de estilo”. La Revista Nacional de Literatura y Ciencias Sociales de Montevideo (1895-1897), entre cuyos redactores estuvo José Enrique Rodó, también dejó una huella importante en sus contemporáneos, y, aunque Alberto Zum Felde enfatiza que no respondió al movimiento modernista, reprodujo la escritura de una época de renovación literaria en Uruguay. En ese mismo país, sin adscribirse a ningún movimiento, funcionó Vida Moderna en Montevideo, en dos períodos (1900-1903 y 1910-1911), subtitulada “Revista mensual de Historia, Ciencias, Letras y Arte”, con la consigna de que “Vivir es progresar”; además de criticar el romanticismo, también lo hizo con el modernismo y se inclinó más bien por un eclecticismo hedonista. La Habana Elegante (1883-1891; 1893-1896), con colaboradores como Julián del Casal, Carlos y Federico Pío Uhrbach o Enrique Hernández Miyares, entre otros, representó, sin declararlo, un órgano del modernismo cubano. Más clara definición modernista tuvo El Cojo Ilustrado de Caracas (1892-1915); con motivo de conmemorar en 1912 sus veinte años, se expresaba: “Nuestro programa de cultura integral, ha demostrado en el mismo tiempo su vitalidad y la de nuestra constancia […] Ser el


recíproco mensajero entre la cultura venezolana y la cultura universal, continúa siendo la empresa de nuestra Empresa”; El Cojo… no solo fue una revista venezolana sino americana y universal, con presencia notable de autores europeos; Max Henríquez Ureña la denomina como “órgano continental del modernismo y Mariano Picón Salas considera que de Cosmópolis ―revista venezolana de vida efímera (1894-1895), con carácter programático y grupal e intención explícita de potenciar el cosmopolitismo sin que pareciera una vocación exotista― y de El Cojo Ilustrado saldrán los escritores de la primera generación modernista en Venezuela; un antecedente en ese país con solamente dos números, fue la Revista Venezolana, publicada y escrita por José Martí durante su estancia en Caracas. Otro de los “Voceros del movimiento modernista de todo el continente”, según el propio Max, fue la Revista Moderna de México, (imagen: cabezal de la revista) de Jesús Valenzuela en su primera época (1898-1903), al que se sumó Amado Nervo en la segunda (1903-1911); en ella publicaron casi todos los escritores modernistas de aquel momento y otros autores de Europa y los Estados Unidos, y constituyó uno de los proyectos más valiosos de su tiempo. La Revista de las Antillas, nacida en San Juan, Puerto Rico, entre 1913 y 1914, si bien al principio mantuvo una proyección ecléctica, se encaminó hacia el modernismo, siguiendo la dirección estilística que le ofrecieron colaboradores como Rufino Blanco Fombona, Rubén Darío y Julio Herrera y Reissig; en sus últimos números se anunciaba cierto lenguaje vanguardista, tendencia hacia la que fue derivando la conducción de su director Luís Lloréns Torres. Algunas publicaciones periódicas surgidas en las primeras décadas o a mediados del siglo XX pero activas en una buena parte de la centuria, se han desmarcado, sobre todo por su duración, de cualquier clasificación generacional, grupal, temática o estilística; diversas épocas, señaladas o no, han caracterizado una longevidad en ellas que no es muy frecuente dentro del contexto de América Latina, pues existen muchas revistas hispanoamericanas que por representar a grupos o generaciones, direcciones estilísticas o escuelas estéticas, dependen de la caducidad de estos fenómenos. Una publicación como Nosotros, fundada en Buenos Aires por Alfredo A. Bianchi y Roberto F. Giusti, tuvo su primera época entre 1907 y 1934, y una segunda entre 1936 y 1943; no adscrita “a ninguna tendencia literaria, política o filosófica”, contribuyó a difundir las estéticas del modernismo, el pensamiento de Rodó, la literatura gauchesca y el ultraísmo argentino, diversidad que la caracterizó desde su sentido nacionalista. Otro ejemplo fue Repertorio Americano, la revista literaria, política y cultural dirigida por Joaquín García Monge y publicada en San José, Costa Rica, entre 1919 y 1958; una empresa gigantesca y prolongada ―si tenemos en cuenta que la condujo prácticamente una sola persona―, que acogió a autores como León Felipe, Canín Sano, Reyes, Arciniegas, Henríquez Ureña, Cardoza y Aragón… con temas americanistas que se incluían el pensamiento de Bolívar, Martí, Hostos, Sarmiento, Rodó…; se ha comentado sobre su orientación hispanizante, entre otros aspectos, por la presencia continuada de autores españoles como Alberti, Juan Ramón, Unamuno, Azorín, Ortega y Gasset…, sin embargo, eso fue en su primera época, pues posteriormente derivó hacia una búsqueda cosmopolita con espíritu y pasión crítica americanista, demostrados durante los sucesos de la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial, cuando se convirtió en un órgano antifascista a favor de la paz mundial. Entre los ejemplos notables está también América, revista mensual ilustrada de literatura,


arte y ciencias, fundada en Quito, Ecuador, por Alfredo Martínez y Antonio Montalvo, publicada desde 1925 hasta 1952; en ella se enfatizaba en la crítica, la filosofía, la historia, la política… pero encontramos estudios literarios, como los relacionados con Juan León Mera y el americanismo, o los contextos económico-sociales vinculados a la expresión literaria en América, entre otros temas de interés para las letras. Atenea, editada por la Universidad de Concepción (Chile) desde 1924 ―por iniciativa de su rector, el pedagogo Enrique Molina― hasta la fecha, figura entre las revistas universitarias de mayor continuidad y ecumenismo; ha mantenido una apertura al mundo y se destaca su enfoque multidisciplinario para reafirmar valores nacionales; mensual hasta 1955, bimestral en 1956, trimestral hasta 1968 y semestral en la actualidad, ha servido a los intereses de la cultura y constituido una tribuna abierta al pensamiento; en sus páginas han colaborado los Nobeles chilenos Pablo Neruda y Gabriela Mistral, una buena parte de la intelectualidad de su país y otros destacados autores latinoamericanos como Lugones, Güiraldes, Ibarbourou, Gallegos, Picón Salas, Alegría, Uslar Pietri, Vasconcelos, Reyes, Azuela… así como Pío Baroja, Unamuno, Rolland, Papini, Eliot, Faulkner… Otra de las publicaciones generales de más de una década de permanencia en que no puede precisarse una alineación de grupo fue la Revista de las Indias, publicación mensual de literatura y de crítica fundada en Bogotá; contó con directores de la talla de León de Greiff y Germán Arciniegas, en dos épocas (1936-1938 y 1938-1951), bajo el patrocinio del Ministerio de Educación y la Asociación de Escritores Americanos y Españoles, además de que circulara como órgano de la Biblioteca Nacional Sanín Cano; fue americanista y nacional al mismo tiempo, se caracterizó por constituir una extensión cultural del Ministerio de Educación en la que se daban a conocer valores nacionales, pero con suficiente flexibilidad para divulgar temas de interés latinoamericano y universal, especialmente en su segunda época. Abierta a más allá de sus fronteras, y de larga vida, la Revista Nacional de Cultura, fundada por Mariano Picón Salas en Venezuela, dio a la luz su primer número 1938 y desde entonces a la fecha ha venido publicándose, con la presencia de colaboradores como Martínez Estrada, Valencia, Zalamea, Carpentier, Guillén, Marinello, Neruda, Alone, Torres Rioseco, Díaz Casanueva, Rosamel del Valle, Carrera Andrade, Carrión, Pareja Diezcanseco, Dávila Andrade, Asturias, Cardoza y Aragón, Reyes, Pellicer, Zea, Palés Matos, Gallegos…; su propósito ha sido afirmar el valor nacional y ser al mismo tiempo un órgano al servicio de las letras latinoamericanas, con una amplitud estética en concordancia con la variedad de autores que participan. Con semejantes propósitos, en Montevideo apareció en 1938 la Revista Nacional, definida como de literatura, arte y ciencia, financiada por el Ministerio de Instrucción Pública de Uruguay; fue bimestral y trimestral en los primeros años de su iniciación, y finalizó en 1986 por falta de subvención; al repasar sus colaboradores, notaremos que la gran mayoría son uruguayos o latinoamericanos. Este grupo de publicaciones asociadas a instituciones o universidades pudieron mantenerse fundamentalmente porque tenían sus presupuestos garantizados. Tal es el caso de Ateneo, también de larga vida, fundada en San Salvador en 1912 y activa hasta 1954, con una interrupción entre 1933 y 1940; en ella se promovió abundante poesía y


artículos sobre literatura, especialmente de América Latina y el Caribe. Por otra parte, se destaca por su rigor la Revista Iberoamericana, publicada en México desde 1939 como órgano del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, que se ha centrado en la presentación de estudios y ensayos sobre nuestras letras firmados por docentes latinoamericanos y estadounidenses dedicados a la investigación, unidos en la Asociación Internacional de Profesores de Literatura Iberoamericana, cuyos congresos internacionales han trazado los derroteros de la publicación. Una revista universitaria de parecida proyección y larga ejecutoria (1945-1970) fue la puertorriqueña Asomante ―Pedro Salinas sugirió su nombre―, trimestral y literaria, cuya acertada dirección a cargo de Nilita Vientos Gastón mantuvo un equilibrio necesario entre autores españoles ―Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén, Luís Cernuda…―, boricuas ―Julia de Burgos, Luís Palés Matos, Lola Rodríguez de Tió…― y otros latinoamericanos ―Juan Bosch, Jorge Mañach, Cintio Vitier, Mariano Picón Salas, Alfonso Reyes, Ángel Rama, Rodolfo Usigli...―; se publicaba en coordinación con la Asociación de Graduados de la Universidad de Puerto Rico y se empeñó afanosamente en la crítica y la estética. Comentario aparte merece una de las revistas más importantes de América Latina, por su longevidad e impacto cultural, por no atender solamente a grupos o generaciones, estéticas o escuelas, y cuya proyección continental y democrática la ha situado por encima de particularidades o singularidades; me refiero a Sur, fundada por Victoria Ocampo en Buenos Aires en 1931, y dirigida por ella hasta su muerte en 1979; con ediciones trimestrales correspondientes a las estaciones del año, fue impulsada por el entusiasta hispanista norteamericano Waldo Frank en su visita a la capital argentina en 1929, y bautizada por sugerencia de Ortega y Gasset a la Ocampo, quien llamara a Madrid al director de Revista de Occidente, fundada en 1923 y convertida ya en un paradigma. Sur, hasta la muerte de su fundadora en 1979, fue sostenida por ella y aún continúa publicándose bajo el auspicio de su fundación; mantiene unas doscientas páginas con ilustraciones o fotografías y predominio del ensayo; en ella se pueden encontrar relatos y poemas, comentarios sobre cine, música, artes plásticas y arquitectura. Se han destacado temas como la traducción literaria, el diálogo intercultural entre americanos y entre estos y europeos, los problemas de la mujer en las sociedades hispánicas, la literatura de los Estados Unidos y su influencia en la modernidad, la joven literatura francesa, las letras modernas italianas, canadienses, japonesas… textos de diversas generaciones culturales o diferentes naciones ―Beat Generation, Nouveau Roman―, estudios acerca de Sor Juana Inés de la Cruz, Gandhi, Malraux, Caillois, Sarmiento, Henríquez Ureña…; homenajes a Gide, Reyes, Ortega y Gasset, Supervielle, Tagore, Martínez Estrada…; ensayos sobre Heidegger, Dostoiewsky, Freud, Bergson… Es notable la presencia de reconocidos intelectuales de diversos países europeos ―Alemania, Bélgica, España, Francia, Inglaterra, Italia, Suiza, Rusia…―, que colaboraron asiduamente, así como los más prestigiosos de América Latina y de los Estados Unidos; baste decir que autores como Huxley, Jung, D. H. Lawrence, Camus, Sartre, Greene, Orwell, y otros tantos, fueron descubiertos para el público hispanoamericano por Sur. Su énfasis en la crítica, la historia y la sociología, hace de este conjunto un referente obligado en materia de literatura, arquitectura, música, cine, psicología social, crítica literaria, pensamiento filosófico... Elogiada por los más


exigentes escritores,se ha convertido en una revista indispensable para las letras del continente: no se puede estudiar literatura comparada en América Latina si no se acude a las páginas de esta revista, resultado de la perseverancia y de la fe de su fundadora. Otra de las revistas de larga permanencia y gran importancia para la cultura latinoamericana fue Cuadernos Americanos ―se afirma que el nombre fue sugerido por Alfonso Reyes―; fundada en México en 1942 por su director-gerente Jesús Silva Herzog, uno de los más famosos economistas y pensadores mexicanos, mantuvo una junta de gobierno en la que se encontraban el propio Reyes, los poetas españoles León Felipe y Juan Larrea, el editor Daniel Cosío Villegas, el célebre fundador de otras revistas mexicanas Bernardo Ortiz de Montellano, los pensadores José Gaos y Pablo González Casanova, entre otros; iniciada en el ambiente de la Segunda Guerra Mundial, se definió como “una publicación libre, enteramente libre, sin compromisos con nada ni con nadie, fuera del compromiso de defender la dignidad del hombre, la justicia social y la libertad de los pueblos”. Más de un centenar de prestigiosos intelectuales del mundo han publicado en la revista, en la que aparecieron primeras traducciones del alemán, el francés y el inglés del pensamiento económico y social, así como de la ficción literaria; se reseñaron libros y se denunciaron los desmanes ocasionados por dictadores de Guatemala, Haití, Chile, Venezuela, Colombia… Colaboraciones apreciables de Neruda, la Mistral, Paz, Pellicer, Zea, entre otros tantos, han figurado en páginas que atienden además los problemas del pensamiento político, filosófico, psicológico, antropológico, arqueológico e histórico. Un grupo de temas se reiteran, como las mitologías y la cosmovisión de los pueblos originarios americanos, la necesaria liberación económica del Continente, los problemas filosóficos de las sociedades latinoamericanas, las orientaciones de su psicología social o los conflictos generados por las pugnas Este-Oeste y su repercusión en el hemisferio, pero también se proyectó hacia una “dimensión imaginaria” que nunca le fue ajena a su junta directiva, pues se publicó arte, estética, relatos, dramas, poemas, estudios críticos sobre literatura… Como ha señalado José Luís Martínez, si bien la revista representó otros intereses que no fueron los de la literatura pura, tampoco descuidó estos, especialmente desde el punto de vista ensayístico. Cuadernos Americanos puede compararse no solo con las mejores publicaciones de América Latina, sino también con las del mundo. Entre las más experimentadas y ecuménicas de las revistas hispanoamericanas, otro aparte amerita Casa de las Américas, fundada en La Habana en 1960 y órgano de la institución homónima creada el año anterior y organizada por Haydee Santamaría después de que se convocara el prestigioso premio literario que con más de medio siglo de ediciones ininterrumpidas ha tenido una notable y sistemática participación de escritores, artistas, intelectuales y pensadores. Este movimiento cultural generó la necesidad de una publicación periódica, por lo cual la fundación de la revista no es un hecho aislado, sino que estuvo insertada, desde su nacimiento, dentro del proceso transformador generado por la Revolución cubana. La Casa de las Américas desarrolló un amplio vínculo con la cultura de América Latina y el Caribe en todas sus expresiones, manifestado también en la aparición de otras publicaciones, como Conjunto, dedicada al


teatro;el Boletín de Música y Anales del Caribe, además de las ediciones del hoy llamado Fondo Editorial Casa. La revista Casa de las Américas, actualmente dirigida por Roberto Fernández Retamar y Jorge Fornet, es el órgano de la institución y ha permanecido fiel al legado de sus objetivos fundacionales; ha sido caracterizada como de “letras e ideas” y ha defendido desde sus páginas el proyecto cultural emancipador de “Nuestra América”, definido por José Martí para el necesario proceso de integración de los pueblos latinoamericanos y caribeños. Casa… ha ido construyendo una conciencia cultural para nuestra región y abrió un camino de debate político e ideológico frente a la burguesía conservadora aferrada tradicionalmente al poder político reaccionario y también entre los revolucionarios, al denunciar con diáfana claridad la opresión de regímenes políticos defensores de las oligarquías nacionales en plena alianza con los intereses estratégicos del imperialismo norteamericano; ha dialogado con instituciones culturales que comenzaban a nacer y proyectarse en el panorama social de sus respectivos pueblos y con las más grandes personalidades de la cultura desde los años 60 hasta la fecha; recogió el legado emancipador de nuestros pueblos, sin olvidar el de los aborígenes y el caribeño; ha intercambiado con sus principales escritores y artistas, así como con sus poéticas respectivas ―sería ocioso mencionar nombres o denominaciones porque prácticamente han sido todos―, y también, polemizó con algunos de estos intelectuales: debates en torno a diversos hechos han sido recogidos en sus ya casi cincuenta mil páginas y merecen lecturas que actualicen y evalúen esta dimensión de la cultura latinoamericana en momentos de reencuentro y vocación continental. Otras revistas literarias hispanoamericanas se han comprometido, de manera declarada o de forma indirecta, con las poéticas de las vanguardias literarias. El ultraísmo argentino, que fue el más vinculado a las publicaciones periódicas, produjo Prismas (1921-1922), Proa (1922-1923 y 1924-1926), Inicial (1923) y Martín Fierro (1924); la primera fue una revista mural fundada por Jorge Luis Borges, su primo Guillermo Juan, Eduardo González Lanuza y Guillermo de la Torre, y quizás, como ha escrito César Fernández Moreno, “su importancia se resume en la ‘Proclama’ de su primer número”, que según De la Torre, fue redactada exclusivamente por el joven Borges recién llegado de Europa, deslumbrado por el ultraísmo español e influido por Rafael Cansinos Ansens; sin embargo, Prismas dio la primera señal de una avanzada vanguardista en América, dirigida por González Lanuza, el escritor de mayor prestigio del grupo, pero no hay que exagerar su importancia, pues como ha dicho el propio Borges, se trataba de “un cartelón que ni las paredes leyeron, fue una disconformidad hermosa y chambona”. Más importancia tuvo Proa, especialmente en su primera época, entre 1922 y 1923, cuando el movimiento ultraísta argentino había llegado a su cumbre bajo la dirección de Borges y González Lanuza, y apoyado por ultraístas españoles y otros escritores argentinos; aquí escribían Ramón Gómez de la Serna, Macedonio Fernández, Ricardo Güiraldes… y la publicación se había orientado hacia la cultura argentina, transformada en nacionalista; dejó de publicarse y en su segunda época tomó otro rumbo más desdibujado, pues participaron autores franceses, aunque continuaron colaborando argentinos como el propio Güiraldes y Raúl González Tuñón. El grupo ultraísta se reagrupó para crear Martín Fierro, tabloide quincenal fundado por Ever Méndez, que centralizó y concretó el movimiento hacia obras más maduras; por esta razón acabó por prestarle el nombre a toda una generación, los “martinfierristas”; en la


dirección de este último breve proyecto editorial participaron Oliverio Girondo y, al final, Güiraldes; allí se publicó el famoso “Manifiesto de Martín Fierro”, y como “revista de combate, literaria, agresiva y anticlerical”, se alzó contra la mediocridad argentina del momento, hizo una apología de los progresos que llevarían al futuro y confió en los valores nacionales para impulsar la cultura; Martín Fierro le hizo un homenaje a Marinetti, el líder futurista italiano ―el crítico argentino Adolfo Prieto ha llamado a esta publicación “una curiosa revista de orientación futurista”―, y entre otros temas se destacó la polémica entre los grupos de Florida, entregado al arte puro, y el de Boedo, interesado en participar en los debates de los problemas sociales; colaboraron Darío, Ingenieros, Payró, Ugarte, Jaimes Freyre… En Argentina fueron importantes también otras revistas de orientación vanguardista como Que (1928), de Aldo Pellegrini, y su tardía continuadora A Partir de Cero (1952), de Enrique Molina, defensoras de la poética surrealista. No siempre los movimientos vanguardistas latinoamericanos fueron representados o reflejados ampliamente en revistas; los aportes fundamentales del creacionismo del chileno Vicente Huidobro y del estridentismo del mexicano Manuel Maples Arce se concretaron en libros, al igual que la obra de César Vallejo, aunque Huidobro haya creado muchas revistas, entre ellas Pro (1934), Vital (1935) y Total (1936), y el movimiento estridentista mexicano motivara la publicación de Horizonte e Irradiador, las dos de 1926. En Cuba, sin embargo, el espíritu de las vanguardias se fue definiendo en las secciones de la Revista de Avance (1927-1930), en el suplemento literario del Diario de la Marina, renovado en 1927 y al que se le debe un estudio profundo, así como en las páginas literarias de Social y Carteles, incluso después de la llamada por Juan Marinello “década crítica” ―más bien en el período 1923-1933. a pesar de que Avance no puso su acento en la poesía vanguardista, publicó textos de esa naturaleza de los cubanos Manuel Navarro Luna y Mariano Brull, así como del poeta negrista uruguayo Idelfonso Pereda Valdés, que quizás haya inspirado a Ramón Guirao para impulsar el tema en Cuba; con periodicidad quincenal ―mensual a partir del número 18―, sus primeros editores fueron Alejo Carpentier, Martí Casanovas, Francisco Ichaso, Jorge Mañach y Juan Marinello, pero en el número 2 se retiró Carpentier y ocupó su lugar José Zacarías Tallet, en el 11, al ser expulsado de Cuba Casanovas, acusado de “comunista”, entró Félix Lizaso, y en el número 27 salió Tallet y quedaron hasta su desaparición los editores Marinello, Mañach, Ichaso y Lizaso. en las páginas de la Revista de Avance se difundieron las últimas corrientes literarias, artísticas y de pensamiento de la vanguardia, no solamente de Cuba, sino de España e Hispanoamérica, se dieron a conocer muchos nuevos escritores y se propiciaron amplias relaciones entre intelectuales y grupos literarios; publicó poemas, cuentos, ensayos, crítica de artes plásticas y de música, así como comentarios sobre asuntos históricos y sociales relacionados con la cultura; resultó un divulgador sistemático de las artes plásticas y la música; promocionó muestras de pintores de la vanguardia donde exponían Víctor Manuel y Carlos Enríquez…; propició la celebración de conciertos y dio a conocer figuras como Amadeo Roldán y Alejandro García Caturla; editó números especiales dedicados a Federico García Lorca, Waldo Frank y José Carlos Mariátegui; creó una empresa editorial para publicar libros como los de Regino Boti, Juan Marinello, Rafael Suárez Solís…; en su último número, el 50, se anunció la muerte de Rafael Trejo, el primer


mártir de la revolución antimachadista, y la prisión de Marinello; la represión del dictador Gerardo Machado impidió que continuara la revista. En México las primeras manifestaciones de vanguardia literaria se iniciaron con México Moderno (1920), de Enrique González Martínez, Falange (1922) y Ulises (1927); sin embargo, fue representada fundamentalmente por Contemporáneos (1928-1931), editada en 43 números por Jaime Torres Bodet, Bernardo J. Gastelum, Enrique González Rojo y Bernardo Ortiz de Montellano, aunque colaboraron de manera cercana los poetas Carlos Pellicer y José Gorostiza, junto a Salvador Novo, Xavier Villaurrutia y otros más que formaban parte del Grupo Contemporáneos; la publicación estuvo dentro de la tradición de la española Revista de Occidente y abogaba por un sistemático cosmopolitismo, el rechazo a todo tradicionalismo y la entrada de la cultura mexicana a las ideas y acciones de la modernidad europea y norteamericana; otros colaboradores enriquecieron la revista como los mexicanos Reyes, González Martínez, Azuela, Martín Luis Guzmán, Andrés Henestrosa, Julio Torri…, así como los latinoamericanos Borges, Huidobro, Neruda… y los europeos Cocteau, Gide, Maurois, Supervielle, Valéry, Eliot…; Contemporáneos puso énfasis en los valores del arte, la literatura y los conocimientos modernos, y sus estudios de arte o sociología, de música o teatro, de libros y literatura, se concentraron en destacar la validez de lo experimental o nuevo, más que resaltar lo aceptado o establecido. En otros países emergieron revistas que representaron grupos más tardíos de la vanguardia literaria; las más destacadas fueron: en Chile, Mandrágora (1938-1943) y en Venezuela, Viernes (1939-1941), que simbolizaron las aspiraciones de los grupos literarios homónimos. Mandrágora apoyó el movimiento poético vanguardista chileno con mucha simpatía hacia el surrealismo; estuvo bajo la dirección de Braulio Arenas, Teófilo Cid y Enrique Gómez Correa, y apoyaba la reivindicación de la irrealidad poética en un mundo subjetivo, la magia del arte, el placer de la libertad y la proclamación de una revolución espiritual y social fuera de los márgenes de cualquier orientación partidista; poetas como Gonzalo Rojas, en su “período larvario”, y Jorge Cáceres, entre otros, participaron. Viernes fue la revista del grupo vanguardista venezolano del mismo nombre creado en 1936 después de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez; primero sus integrantes se expresaron en la página cultural “Arte y Letra”, del diario El Universal de Caracas, pero en 1939 publicaron su propia revista, cuyo primer secretario de redacción fue el poeta de origen italiano naturalizado en Venezuela Vicente Gerbasi; esta publicación provocó un gran revuelo y escándalo con sus propuestas y constituyó una empresa editorial que dio a la luz varios plaquettes de los integrantes del grupo. Otros círculos de vanguardias se asociaron a publicaciones, como Los Nuevos, revista colombiana de 1925 que promovía trabajos del grupo homónimo de escritores, artistas e intelectuales, como Zalamea, Arciniegas, de Greiff, Maya, Vidales…; en Perú el Boletín Titikaka de 1925 y en Uruguay, Alfar, de 1929, dirigida por Julio Casal, estuvieron identificadas como revistas que representaron las vanguardias en esos países. Como parte de un proceso ideológico en que las nuevas tendencias culturales latinoamericanas se acercaron a las ideas políticas más avanzadas, y viceversa, moviéndose hacia objetivos de independencia económica y emancipación social, política y


cultural, algunas revistas literarias y culturales acompañaron estas causas. Si bien los escritores del Grupo Boedo argentino, como Leónidas Barleta, comenzaron a orientarse en esta dirección y por los años 20 fundaron Claridad en Buenos Aires, sobre todo para crear un nuevo público que aceptara los vínculos entre estética literaria y acontecer político, mediante poemas y relatos dentro de un realismo de orientación socialista, solo con la llegada de Amauta (1926-1930) ―con 32 números― se presentó el mejor ejemplo de esta integración, debida a la magistral dirección del original pensador marxista peruano José Carlos Mariátegui, quien constituyó uno de los paradigmas del mejor impulso creador en la interpretación integral de la sociedad, no solo de la cultura peruana sino del Continente. Amauta ―que en quechua significa “consejero que escribe”― supo combinar con eficacia y rendimiento diversos temas de la economía, la sociedad, la política, la filosofía y la cultura, el nacionalismo y la universalidad, la tradición auténtica y la modernidad necesaria, el equilibrio clásico y la rebeldía vanguardista; tuvo importantes colaboradores peruanos, entre ellos poetas de estéticas tan distantes como José María Eguren y Emilio Adolfo Westphalen, el pensador y político Víctor Raúl Haya de la Torre, el narrador Enrique López Albújar, el mítico Carlos Oquendo Amat…, y grandes intelectuales extranjeros como el francés Henri Barbusse, la alemana Rosa Luxemburgo, el chileno Pablo Neruda y los españoles Miguel de Unamuno y José Ortega y Gasset. Amauta, balance de una época y acicate para “crear un Perú nuevo dentro del mundo nuevo”, tenía orientaciones marxistas bien claras, dirigidas a promover ideas de justicia social, y militaba activamente junto a los movimientos sociales del Perú, incluido el indigenismo; luchaba por el socialismo, pero no se sometía a los designios hegemonistas de Moscú, pues el propio Mariátegui aclaraba: “no queremos, ciertamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica”. De enfoque literario-político puede mencionarse la polémica publicación chilena Multitud (1939-1963), a veces agresiva e iconoclasta siempre, mantenida por el controvertido poeta Pablo de Rokha ―quien en 1925, en los momentos de auge literario vanguardista, había fundado Dínamo― como una empresa individual. Con la voluntad de denunciar la demagogia fascista que desembocó en la Segunda Guerra Mundial y dentro del espíritu de no eludir la necesaria y natural relación entre arte y sociedad, pero con prioridades diferentes, se fundó en Montevideo, Uruguay, la revista político-cultural Marcha (19391974), dirigida por el periodista Carlos Quijano, quien la condujo en una larga existencia durante la cual mantuvo gran prestigio literario y civismo político en momentos muy difíciles de su país; en amplio formato de periódico y usando la caricatura política con mucha eficacia, fue antifascista y antiimperialista, latinoamericanista y tercermundista, tribuna de escritores como Juan Carlos Onetti y Eduardo Galeano; en ella apareció en 1965 la célebre entrevista realizada por Quijano al Che Guevara, conocida como “El socialismo y el hombre en Cuba”. Las relaciones entre figuras de las letras o el periodismo y líderes que encabezaban el compromiso con la justicia social, se proyectaron hacia la época de la neovanguardia de los años 60 y 70. Posiblemente la última publicación de esta estirpe fue Crisis, una revista cultural bonaerense (1973-1976) que llegó a publicar 34 000 ejemplares en el año 1975 y representó una opción de la intelectualidad de izquierda del peronista Partido Justicialista, en una época de respiro entre dos dictaduras militares;


Crisis estuvo vinculada estrechamente a autores de indiscutible reconocimiento como Eduardo Galeano, Ernesto Sábato, Juan Gelman, Manuel Rojas, Mario Benedetti, David Viñas y Haroldo Conti, entre otros; a finales de los años 80 hubo intentos de recuperar el espíritu de la revista, pero sin éxito: las condiciones que motivaron esta relación entre estética y política estaban desapareciendo por el avance del neoliberalismo. Personalidades literarias de América Latina mantuvieron un vínculo estrecho con ciertas publicaciones periódicas; en algunos casos, la relación de estos escritores con una revista consistía solo en colaboraciones, pero en otros, cuidaron con dedicación cada uno de sus números. Entre unos y otros promotores, puede mencionarse a Vicente Huidobro, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Octavio Paz y José Lezama Lima. A Huidobro y Borges ya me referí al repasar las revistas literarias que protagonizaron las vanguardias. Neruda fundó publicaciones diversas, en virtud de sus funciones diplomáticas y políticas; después de sus primeros éxitos con la poética neorromántica, dirigió en Santiago de Chile, Caballo de Bastos en 1925; posteriormente, Caballo Verde de la Poesía, pero desde Madrid, en 1935, como diplomático, y por iniciativa de Manuel Altolaguirre, proyecto interrumpido por la Guerra Civil; en 1955 creó desde su patria La Gaceta de Chile, vendida bajo suscripción, sobre todo en el extranjero y solo con una duración de 5 números. Paz ha sido uno de los “revisteros” latinoamericanos más importantes: fundó a sus 17 años Barandal y en 1933, Cuadernos del Valle de México; con Efraín Huerta y Rafael Solana, dirigió Taller entre 1938 y 1941, dedicada a la poesía y la crítica, y considerada continuación del Taller Poético de Rafael Solana, creada en 1936; sin embargo, fue Paz, con la nueva publicación, quien le dio solidez cultural y representatividad más evidente a la nueva generación poética que tenía como presupuesto postular un hombre adánico, y para ello introdujo los mejores ejemplos mexicanos del surrealismo renovado bajo el presupuesto de que “Amor, poesía y revolución son sinónimos ardientes”; de 1937 fue Letras de México, también publicada por Octavio Paz y G. Barreda, para continuar promoviendo autores mexicanos reconocidos, propósito que se continuó en 1943 con El Hijo Pródigo, al que se añadieron como protagonistas Rafael Solana, Bernardo Ortiz de Montellano, José Luis Martínez, Alí Chumacera y Emilio Abreu Gómez; en 1971 Paz fundó en México Plural, una de las más importantes publicaciones del quehacer literario mexicano de su época, entre otros aspectos, por la pluralidad de escritores y tendencias literarias y políticas que acogió; por último, en 1977, después de abandonar Plural, instituyó Vuelta, de gran significación no solo para México sino para América Latina, cerrada unos meses después de su muerte en 1998. Lezama comenzó liderando Verbum en 1937, como órgano oficial de la Asociación de Estudiantes de Derecho; Espuela de Plata (1939-1941), bimestral, de arte y poesía, conformada solo por inéditos que cumplirían con el empeño lezamiano de revelar el alma cubana en la cultura; Nadie Parecía. Cuaderno de lo Bello con Dios (1942-1944), dirigida por él y el padre Ángel Gaztelu, le daba continuación al proyecto del Grupo Orígenes, lo cual cristalizaría plenamente con Orígenes (1944-1956): de entrega trimestral, cuyos números se identificaban con las estaciones del año; sus editores fueron José Lezama Lima, Mariano Rodríguez, Alfredo Lozano y José Rodríguez Feo, y el financiamiento corrió a cargo de este último; después del número 36 Rodríguez Feo salió de Orígenes, creó una revista homónima de la que vieron la luz solo dos números y luego fundó Ciclón junto a Virgilio Piñera; la Orígenes de Lezama continuó publicándose hasta la número 40 en 1956,


y desde el inicio nucleó a su alrededor un grupo de relevantes intelectuales con inquietudes estéticas diversas, hizo públicos solamente materiales inéditos y dio a conocer primeras traducciones al español de autores esenciales. Orígenes, de José Lezama Lima, y Vuelta, de Octavio Paz, estuvieron entre los proyectos más trascendentales de revistas literarias en América Latina. Durante el período que comprende el desarrollo de las vanguardias, las posvanguardias y las neovanguardias, muchas personalidades de las letras llevaron la iniciativa de proyectos valiosos de publicaciones periódicas literarias en la región. El poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen fundó junto a César Moro en 1939 la revista surrealista de su país El uso de la palabra, de la que solo se logró un número; posteriormente dirigió las dos más importantes del Perú después de Amauta: entre 1947 y 1949, con 8 números, apareció Las moradas, de la que fueron activos colaboradores Jorge Eduardo Eielson y Martín Adán, una publicación de amplia gama de asuntos que amplió el ambiente cultural peruano e incluyó temas que iban desde el análisis del colonialismo hasta controversias sobre el existencialismo; entre 1967 y 1971, con 14 números, fue publicada Amaru por la Universidad Nacional de Ingeniería en Lima, una difusora de ideas, artes y otros conocimientos que combinó ciencias y humanidades con gran sentido cosmopolita, y cuyas páginas se abrieron a Paz, Lihn, García Márquez, Cortázar, Lezama, Neruda, Ginsberg… así como a los peruanos Arguedas, Vargas Llosa, Bryce Echenique, Blanca Varela, Antonio Cisneros…; Westphalen dirigió, al mismo tiempo, la Revista Nacional de Cultura entre 1964 y 1966; por último, en 1970 fundó Hora Zero. Puede mencionarse también, entre los grandes creadores de estos medios de difusión para la cultura literaria, al narrador argentino Abelardo Castillo cuyo influyente Grillo de Papel (1959-1960), tuvo que rebautizarse, para evadir la censura militar, como El Escarabajo de Oro (1961-1974), y posteriormente El Ornitorrinco; las tres inspiraron y alentaron la creación joven en Argentina, y contribuyeron a la coordinación de talleres literarios, muy demandados en aquellos momentos por las nuevas generaciones de creadores argentinos, que ya habían contado con notables antecedentes: Arturo (1944) de Edgar Bailey, Contemporánea (1948-1950, 1956-1957) de Juan Jacobo Bajarlía, y especialmente Poesía Buenos Aires (1950-1960) de Raúl Gustavo Aguirre ―que intentó continuar la incorporación a la poesía de los recursos del surrealismo, ya ganados en América Latina, con una visión existencialista―, y también Contorno (1953-1959) de Ismael Viñas. En Venezuela surgieron publicaciones como: Rayado sobre el Techo, órgano de expresión del grupo El Techo de la Ballena, formado, entre otros, por Juan Calzadilla, Caupolicán Ovalles, Edmundo Aray, Francisco Pérez Perdomo, Salvador Garmendía…, quienes se mantuvieron en una rebeldía permanente entre 1961 y 1964, con numerosos manifiestos, exposiciones, declaraciones, una verdadera guerrilla contra la cultura oficial ―sus exposiciones “Homenaje a la cursilería” y “Homenaje a la necrofilia”, marcaron el punto culminante de irreverencia―; otro ejemplo fue Cal (1962-1966), tabloide mensual de 16 páginas, sin vínculo a ningún grupo, creado por Guillermo Meneses y Salvador Garmendía, que también escandalizó por su lenguaje y tratamiento de lo sexual; además, Zona Franca, fundada y dirigida por Juan Liscano en Caracas entre 1964 y 1983, mantuvo largas


polémicas culturales en el momento en que declinaba el movimiento guerrillero en Venezuela, para lograr un espacio de encuentro generacional literario no beligerante. En México, país de numerosas publicaciones periódicas importantes de todo tipo ―algunas no literarias propiamente pero de mucho interés cultural como Siempre y Proceso―, han sido cuantiosas las revistas literarias auspiciadas desde las posvanguardias por instituciones, sobre todo universitarias; en varias de ellas es posible identificar determinadas personalidades encargadas de la organización de sus números, como Tierra Nueva (1940-1942), subtitulada “de letras universales”, que contó con Leopoldo Zea y Alí Chumacera como sus impulsores fundamentales ―según Reyes, en ella nace la generación de Paz―; o la Revista Mexicana de Literatura, creada por Enmanuel Carballo y Carlos Fuentes, que entre 1955 y 1965 pretendió reflejar a las diversas generaciones de escritores mexicanos; o Pájaro Cascabel, de Thelma Navas. Probablemente la revista literaria “de la ciudad de México” más significativa en el período de la neovanguardia fuera El Corno Emplumado (1962-1969), mantenida heroicamente de manera independiente, que llegó a los 31 números bilingües ―español-inglés―, de entre cien y doscientas cincuenta páginas y frecuencia trimestral; iniciada por la norteamericana Margaret Randall y el mexicano Sergio Mondragón, contó con la sistemática colaboración solidaria de Juan Bañuelos, Howard Frank, Homero Aridjis, Juan Martínez, Raquel Jorodowsky y Ernesto Cardenal; su nombre ―fruto de la combinación del corno del jazz norteamericano y el símbolo de la serpiente emplumada mexicana― representó el “antigrupo” de la contracultura intelectual neovanguardista, e inauguró una relación inédita y una plataforma transnacional de poesía en América, todavía hoy pendiente de reconstrucción; desarrolló la traducción literaria del inglés al español y en la dirección contraria; compartía el influjo del movimiento Beat norteamericano con jóvenes de la posvanguardia latinoamericana, generalmente con promociones de poetas conversacionales, y logró una amplia presencia de muchos marginados, tanto de los Estados Unidos como de América Latina, que luego alcanzaron fama y reconocimiento; El Corno… divulgó, entre otros, en Hispanoamérica a los casi desconocidos Lawrence Ferlinghetti, Paul Blackburn, William Carlos Williams y Alen Ginsberg, y también al nicaragüense Ernesto Cardenal, al peruano César Vallejo y el cubano Nicolás Guillén en los Estados Unidos; preparó dossiers de diversas poéticas de culturas ignoradas en América, como las de Canadá, Finlandia, Rusia, India, Australia, Argelia, Grecia… y, además, contribuyó a la comunicación entre discursos poéticos de los pueblos latinoamericanos que continúan sin mucho vínculo entre ellos, pues la poesía joven de Argentina, Uruguay, Cuba, Nicaragua, Perú, Ecuador, Venezuela… fue circulada entre esos países, y ya sabemos que a pesar de la cercanía e idioma común, e incluso con la voluntad política expresada por la mayoría de esos gobiernos, todavía la incomunicación resulta una de las barreras para la integración. En el Caribe español ―lamentablemente, el único a que nos referiremos―, después de pasadas las vanguardias, existe un grupo de revistas de calidad sostenida, en algunos casos de prolongada duración. En Puerto Rico, La Torre se distinguió como publicación académica de la Universidad de Río Piedras, que iniciada en 1953 declaró su segunda


época en 1986, y ha combinado temas de estudios universitarios con los sociales, un empeño hacia la hispanidad que amplió el marco hacia el mundo autoral; Zona de Carga y Descarga, de 1972, es otro ejemplo puertorriqueño destacado. De Cuba, además de Casa de las Américas, ya mencionada, hay que destacar a Lunes de Revolución (1959-1961), tabloide cultural semanal del periódico Revolución, dirigido por Guillermo Cabrera Infante y Pablo Armando Fernández, que espera aún por un estudio que le haga justicia; también merece un análisis El Caimán Barbudo, salido desde 1966 como “suplemento mensual de cultura publicado por Juventud Rebelde”, que tiene, al menos, dos épocas, y cuyo primer director fue Jesús Díaz ―quien posteriormente en Europa fundara la revista Encuentro―, junto con un grupo de colaboradores en el que sobresalieron Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Casaus, Lina de Feria, Waldo Leyva, entre otros que se fueron sumando y relevando a los primeros. Dos revistas fundadas por la recién creada Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) aparecieron en el panorama literario cubano en 1962: Unión, órgano de la institución que durante una etapa realizó un trabajo destacado en las traducciones literarias, y La Gaceta de Cuba, tabloide de letras y arte fundado por Nicolás Guillén y cuyo director actual, Norberto Codina, ha logrado darle la continuidad meritoria con el pulso de actualidad de la cultura cubana; en la lista siempre incompleta de revistas no propiamente literarias, puede añadirse Revolución y Cultura, órgano del Ministerio de Cultura, así como otras más distantes de la literatura como Cine Cubano, Temas, Criterios, y las surgidas fuera de La Habana a partir de los años 90.

Por los años 80, vinculadas a editoriales cubanas, surgieron dos revistas poco mencionadas y menos estudiadas, que dejaron un alto rendimiento por la cantidad y calidad de los autores publicados: Letras Cubanas (1986-1994), adjunta a la editorial homónima, y Opción (1987-1993), adscrita a la Editorial Arte y Literatura; la primera, con 20 números, fue fundada y dirigida por Alberto Batista Reyes, excepto el último número, que estuvo a mi cargo, en el momento más agudo del Período Especial, contó con editores como Waldo Leyva, Madeline Cámara, Emilio de Armas, Francisco López Sacha y Ada Rosa Le Riverend, y en ella publicaron los más importantes escritores cubanos de todos los géneros, incluidos los que surgían en la década del 80; Opción llegó a 10 números y fue fundada y dirigida por Elizabeth Díaz, con la participación en la edición de Viera Piñón, Daniel García, Víctor Malagón, Romualdo Santos, Alfonso Quiñones, Jorge Pomar, Rinaldo Acosta, Vitalina Alfonso, Daysi Valls y el autor de estas líneas en los tres primeros números, en ella se publicaron destacadísimos escritores de todos los continentes, incluidos futuros Premios Nobel; tanto Letras Cubanas como Opción contribuyeron a un fructífero diálogo entre escritores y lectores. Las revistas literarias desde las posvanguardias y hasta el fin de la modernidad dejaron en América Latina y el Caribe una huella apreciable de cambio, indocilidad o rebeldía, desde múltiples posiciones ideológicas. De Colombia pueden ser recordadas Espiral (1944); Mito (1955-1962), del poeta Jorge Gaitán Durán; Eco (1960-1983), dirigida por Ernesto Volkening y Juan Gustavo Cobo Borda, quien también atendiera Nadaísmo, del movimiento homónimo de Gonzalo Arango; o Golpe de Dados, de Mario Rivero; Unrica,


de Rafael del Castillo… En Paraguay sobresale Alcor (1955-1971), del novelista Augusto Roa Bastos y el poeta Elvio Romero. En Chile, desde Araucaria de Chile, encabezada por Volodia Teitelboim entre 1978 y 1990, hasta la político-cultural The Clinic, existe gran diversidad de publicaciones “contestatarias”, especialmente las que circularon de manera clandestina después del golpe fascista de Augusto Pinochet. En Perú, en el ámbito académico la Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, especializada en el estudio de la literatura latinoamericana y fundada en l975 por Antonio Cornejo Polar y el chileno Nelson Osorio, propulsó una visión integral de la cultura de este lado del mundo, sin olvidar las voces indígenas y la diversidad del Caribe; El Hueso Húmero y otras posteriores dieron fe de una definitiva ruptura de cualquier tradición. En Ecuador esta quiebra quizás comenzó con Pucuma (1962-1968), órgano del Grupo Tzántzicos, autocalificados irónicamente como “reductores de cabezas” por este procedimiento utilizado por los shuaras en la selva oriental del país; Pucuma ―nombre de la cerbatana con dardos envenenados de estos indígenas―, recogió textos de todo tipo y reflejó la actitud rebelde e iconoclasta, con cierta influencia de los “nadaístas” colombianos; algunos se agruparon más tarde en La Bufanda del Sol. Igualmente iconoclasta fue Ventana del nicaragüense José Coronel Urtecho y la uruguaya Los Huevos del Plata. Estas manifestaciones rebeldes, heterodoxas, heréticas… se han potenciado, algunas veces violentamente, con la llegada de las publicaciones digitales y las posibilidades de inmediatez y permanencia que ofrecen. Las revistas literarias hispanoamericanas en el nuevo siglo denotan una visible ausencia de canon frente a la industria y el mercado cultural; la fragmentación de lectores que buscan su propio paradigma en la actual Era Gates y los endémicos problemas con la circulación de libros y revistas, deja a las publicaciones periódicas literarias impresas reducidas a un mínimo espacio, todavía necesario y útil.

Las revistas literarias hispanoamericanas  
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